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ALAIN POZARNIK

Misterios y Acciones del Ritual de Apertura en Logia Masónica

Ediciones Dervy, 199

PRÓLOGO Se ha dicho de todo sobre la francmasonería y los francmasones, misas negras, negación de Cristo, complot contra la Iglesia, complot contra el Estado, mafia de especuladores, dirigentes anónimos del mundo, iniciados maravillosos, almas del artesanado, intrigantes, poderes ocultos, nada ha sido ahorrado a esta Orden Iniciática. Los envidiosos y los amargados esgrimen un espantajo, los miedosos y los ignorantes dejan libre curso a sus fantasmas. En todas partes se encuentran en librerías miles de libros sobre el simbolismo, el ritual de iniciación o la historia de la masonería pero nadie ha aclarado la esencia misma de la evolución masónica, ni la enseñanza esotérica del ritual de apertura, que son no obstante los objetivos del trabajo en logia. He voluntariamente omitido la anécdota contada en todos los libros bien documentados y las particularidades debidas a las situaciones conflictivas, geográficas e históricas, para remontar a través de una cadena de hombres notables hasta la quintaesencia de la enseñanza masónica de la cual se encuentran señales de reconocimiento, símbolos y ritos, en las antiguas sociedades de Caldea, Persia, Egipto y Grecia.

Por mucho tiempo he dudado en publicar este trabajo pero frente al entusiasmo de la juventud por la sabiduría oriental, debía exponer la excepcional riqueza de Occidente con el fin de restablecer la Verdad sobre la dignidad y la eficacia de la enseñanza secreta de Constructores del Templo. Quizá pueda así ayudar a algunos jóvenes profanos y algunos francmasones en su búsqueda de la Verdad y de la Luz. El ritual masónico es leído en asamblea o logia por unos Servidores u Oficiales cada vez que los Hermanos se reúnen. El ritual sirve por así decirlo de apertura de los trabajos, de paso entre un estado de ser ordinario y un estado de ser sagrado. ¿Cómo? Esto es lo que he querido demostrar en este estudio evocando a propósito de cada frase que se presenta, la parte de la Gran Obra que se cumple. Siguiendo el camino abierto por los antiguos, aunque queden sombras, el lector puede avanzar hasta la más alta percepción de las energías del cielo y de la tierra, del consciente y del inconsciente, de la materia y de la espiritualidad, que el ritual de apertura masónico permite abarcar. Seguir el camino de la luz hasta la luz misma siguiendo frase después de frase el ritual de apertura en logia masónica, es el verdadero viaje al que este libro invita al lector. Os deseo entonces buen viaje dentro de la tradición y de vosotros mismos. Alain Pozarnik 1. EL VENERABLE MAESTRO: “Tomad vuestros lugares mis hermanos”

Hace sólo un momento estábamos atrapados en el movimiento de la vida ordinaria, como lo estamos frecuentemente. Estábamos al servicio de nosotros mismos, del ego, con nuestra voluntad de afirmarnos, nuestra avidez, nuestro deseo de poder, y muchas veces nuestra búsqueda de renombre. Vivimos en un mundo llamado profano, con actitudes, espíritu y emociones profanas. Es decir, que vivimos en un mundo ordinario, en comparación con un mundo llamado sagrado. Todo lo que hace un hombre ordinario, no puede ser sino ordinario; incluso cuando defiende a la viuda y al huérfano y cuando reza o contribuye al desarrollo de la célula familiar. Sin embargo, a veces presos del vértigo, nos preguntamos: “¿Quién soy yo?”, “¿Cuál es el sentido de la vida?”. Frente a la ausencia de respuesta la duda nos invade: “¿Para qué sirven tanta actividad y tanta agitación?”. La toma de conciencia de ese tumulto nos irrita pero también nos une a instantes de intensa felicidad, instantes de una calidad particularmente radiante donde una alegría infinita manifiesta en nosotros una extraña realidad. ¿De dónde vienen esos momentos fugitivos que adquieren una importancia fundamental en nuestra vida, y cómo encontrar ese estado del Ser dentro del cual nos sentimos tan apacibles, tan llenos de una parcela de universo luminoso?.

Es para responder a esta solicitud misteriosa y profunda, mal definida, vaga y que nos interpela con fuerza que, libremente nos ponemos en marcha sobre el camino. Sintiendo confusamente que somos más de lo que expresamos ordinariamente, buscamos una apertura hacia el Ser esencial, hacia la vida armoniosa, hacia una realidad trascendental, y vamos a tocar a la puerta de la sabiduría. Esa puerta estrecha, ese pasaje interior, exige una repetición constante, una práctica muchas veces experimentada y un perfeccionamiento trabajado durante mucho tiempo. Tocar una vez a la puerta del templo es una vana veleidad, por eso antes de cada reunión o tenida como dicen los francmasones, el ritual de apertura recuerda que los buscadores de la verdad deben tomar un lugar especial que responde a un despertar de conciencia particular. No se trata de intentar adquirir poderes superiores sino de encontrar la fuente primordial oculta en el fondo del “yo” existencial. El francmasón ha venido aquí para encontrar un estado del ser superior, vivo y auténtico, y debe, para tener la posibilidad de alcanzarlo, decidir voluntaria y conscientemente sustraerse a las demandas automáticas del hombre-animal. En el silencio del ritual que va a abrir los trabajos de despertar, el francmasón se detiene, olvida su palabrería y, lejos de las opiniones y convulsiones de la mente, se aproxima a su Ser esencial. Se siente guiado por el ritual y, sin embargo, increíblemente libre de aprovechar o no la oportunidad que se le brinda para extraer la respuesta preciosa a su angustia profunda, para encontrar la armonía con lo eterno manifestado. El lugar que el ritual le pide al hombre que tome, desde la primera palabra como preámbulo a cualquier movimiento, no es ordinario y no es simplemente físico. Este lugar es desconocido por el hombre ordinario, de otra manera éste sería capaz de asumirlo en sus preocupaciones cotidianas y no sentiría la necesidad de seguir la vía trazada por el ritual para unirse de nuevo en un gesto luminoso al orden cósmico y llevar a cabo su unidad con el Ser Universal. Pues, como lo descubriremos a lo largo de este estudio, es a esta transformación luminosa que se dirige el ritual y, si después de siglos, hombres de calidad adornan las columnas de los templos masónicos, es para elevarse por encima de la condición ordinaria y alcanzar la belleza del espíritu despierto. Es posible que respondiendo a solicitaciones de amor, el hombre experimente el vivo sentimiento de corresponder a lo que en él constituye la parte mejor o servir a la humanidad, pero no nos engañemos, la actividad humana ordinaria y personal, como la búsqueda de la felicidad, de la gloria, del honor, de la fortuna, del don de sí, responden a un orden egoísta. Sólo un lugar donde tomamos conciencia de la armonía universal, de la belleza de las leyes del orden cósmico y del esplendor del hombre, es un lugar justo. La búsqueda que se emprende en logia, no es una búsqueda relativa a un punto de vista mejor que otro. Por eso, los francmasones los aceptan todos, son tolerantes ante los antagonismos dualistas, sólo les interesa el lugar que ofrece una visión global porque es

justo. Sólo el lugar que disuelve los conflictos profanos libera de las pulsiones vulgares y reúne al Ser eterno, sólo ése procede de un orden sagrado e iniciático. Este lugar donde la objetividad reemplaza a la subjetividad, no puede calcularse ni concebirse en los meandros de la reflexión discursiva. Se necesitan una indispensable una voluntad del corazón, un esfuerzo, un deseo, una aspiración creadora que luego desaparecen, para encontrar y dejar vivir un mundo interior nuevo y extraordinariamente activo. Éste es todo el sentido de la manifestación del Venerable Maestro: “Tomad vuestros lugares mis hermanos”, éste es todo el sentido de este llamado a abrir un espacio diferente, un espacio fuera del tiempo, un espacio sagrado en el interior de sí mismo. El deseo todopoderoso de alcanzar este espacio que anima a cada hombre presente en el templo une los unos a los otros en un mismo impulso y crea una fraternidad mágica. Es debido a que aquel que intenta mejorarse, conocerse y crecer, se da cuenta de que solo no puede conocerse ni vencer los obstáculos, que se vuelve hacia la tradición enriquecida por todos aquellos que han buscado en el pasado y por todos los que buscan en el presente. Uniendo sus fuerzas esparcidas, crean una energía apropiada para abrir el reino de lo inexpresable. El francmasón consciente de su debilidad espiritual, se da cuenta de que ella es la que provoca indefectiblemente su sufrimiento, su inestabilidad y su caída exactamente cuando intenta elevarse. Con el fin de adquirir su dimensión humana que le es propia, el francmasón se une a sus hermanos para crear un impulso nuevo. La visión de una debilidad en un hermano revela al observador su propia debilidad que probablemente él jamás habría descubierto en sí, si su espíritu no hubiese primero arrojado el descrédito sobre otro a fin de quedarse tranquilamente en la sombra sin tener que volver a examinarse. La humildad masónica no es fingimiento y la tolerancia no es falsa piedad. Es la unión fraternal de dos corazones lo que permite al francmasón comprender mejor, comprender con toda serenidad, las facetas de un hermano. Cada miembro de una logia es el reflejo de una comprensión diferente de la misma experiencia, lo que ensancha la comprensión relativa y muestra los límites. El hombre vanidoso, lleno de poder y orgullo, no acepta verse en el espejo revelador de sus hermanos: él se encierra en una autosuficiencia ciega y se nutre de la estrechez de espíritu y de la miseria psicológica de algunos hermanos. La satisfacción mórbida de este hombre ordinario no tiene nada que esperar de una logia masónica. Él se basta a sí mismo y no necesita espectadores más que para que aplaudan su genio superficial. Su lugar no es el nuevo lugar que el francmasón busca, y no merece llamarse hermano. El hombre nuevo no puede nacer si uno está encerrado en sus propias construcciones, si no se mide en el aspecto dualista del mundo, si se evita el encuentro con los demás. El francmasón es un constructor del templo interior que estudia constantemente su obra para perfeccionarla, no vacila en destruir una pared para reconstruir otra siempre más viva y mejor adaptada al lugar sagrado que ocupa su Ser en proceso.

El Venerable Maestro acaba de decir: “ Tomad vuestros lugares mis hermanos”, subrayando con esto que todos son iguales respecto al lugar que ocupan, todos son hermanos frente a la nueva promesa de despertar, todos son hermanos - incluido el Venerable que preside la asamblea desde lo alto de sus tres peldaños - frente al camino que emprendieron para alcanzar las cimas del conocimiento. Puesto que son todos iguales en el mundo que desean alcanzar, puesto que son igualmente iguales en la ignorancia de ese mundo, ninguno tiene derecho a creerse mejor o superior a otro hermano. Incluso si un hombre, por azar de la genética, es naturalmente más completo que otro en el plano físico, intelectual o afectivo, no puede apoyarse en estos recursos ordinarios para franquear la puerta estrecha que lo separa del mundo espiritual. El justo lugar que se debe tomar es radicalmente de una naturaleza desconocida, de un nuevo orden que el ritual masónico nos va a hacer descubrir poco a poco de aquí en adelante. Si existe otra visión, otro lugar, otro punto de vista capaz de romper los límites inherentes a la vida ordinaria como lo afirma la Sabiduría Tradicional, entonces, ¿cuál es ? Ante la importancia de la cuestión de la felicidad, la serenidad y el futuro del hombre, se convierte en urgente tomar hoy, a esta hora precisa, de inmediato, el justo lugar. Para ir más lejos es necesario buscar el justo lugar que es concedido a los francmasones en el momento presente, y aquel que viene libremente a la logia comienza aquí la realización de su gran evolución. Nada ni nadie ha obligado a un hermano a venir al templo y éste hará un mal favor si no sigue la exigencia inmediata de los métodos, de los ritmos y las formas que la Tradición masónica emplea en su comunidad en el trabajo. Si el francmasón participa libremente en el desarrollo de sus cualidades espirituales debe, bajo la mirada del Gran Arquitecto del Universo, tomar su lugar dentro del templo y dentro de la construcción cósmica. De esta manera, él tendrá un lugar más justo en la sociedad, en su familia, en su vida. Un lugar que no se debe al azar sino a un deseo deliberado de conocerlo y asumirlo. Por el momento el francmasón toma lugar al inicio del ritual, como en un tren o en un automóvil, para irse de viaje, para descubrir un mundo nuevo, un ser maravilloso, una tierra prometida. ¡Qué emoción para el humilde postulante del conocimiento! Él se embarca hacia el misterio de la Gran Obra para buscar la Palabra Perdida, para descubrir lo desconocido, para encontrar la unidad interior. “Tomad vuestros lugares mis hermanos”. ¡Qué turbador es este acto sugerido que se impone al hombre, habitualmente tan inconsecuente, veleidoso, vuelto hacia las futilidades, y tan dispuesto a rebelarse! ¡Qué grande es el misterio del llamado al cual el francmasón responde sin complacencia después de haber osado pasar la puerta estrecha!.

Ahora que el golpe de mallete ha retumbado como una desgarradura en el transcurso del tiempo ordinario, el francmasón se prepara a recorrer el camino sutil y delicado del conocimiento con un ritmo acorde a su ritmo interior, pues se trata de tomar no solamente un lugar físico sino especialmente un lugar interior que estará en armonía con el universo en el sortilegio de las palabras y la magia de los símbolos del ritual de apertura. Cada uno toma su lugar dentro del espacio sagrado para que el milagro de la Vía Real le sumerja en la luz venida del Oriente. Tomad vuestros lugares mis hermanos.