Ciudad de los Reyes - 1968

Pero esta noche Clayton es tan solo una carta, entre cuyos renglones deambulan tres o cuatro carajos, referencias más o menos precisas al porqué y para qué, y la sueco rumana descarada que hizo de mi vida el paraíso más negro de que tengo memoria. Ingenuamente Clayton quema sus naves en la quinta página, y habla de la vida que puede terminar en el amor, aunque supone que hemos de estar en pie toda la noche para alcanzar esa aurora. Carta la suya que no leí antes debido me imagino a un sorprendente instinto de conservación y también, aceptémoslo, a que ignoro el inglés.

Ya que se insiste en ella sobre lo que subyace debajo de los muertos, el arte no es el mar sino tan solo lo que sostiene al mar y flota en él, y me pregunta Clayton, se pregunta, ¿porqué nos es tan duro vivir en este mundo? y luego de maldecir la reputación Maidenform de las limeñas a fin de cuentas, que sentido tiene, porqué debo morir. Entre tanto, es de noche, no hace frío y han pasado tres años. Puedo decir que vivo, que he vivido como un condenado, que escribí dos poemas aceptables y mandé traducir el postergado y largo mensaje del buen Clayton.

Tres años han pasado, se han pedido refuerzos, distintos personajes dicen las mismas cosas, la sueco rumana fornica en la platea, alguien grita y se arroja desde un palco, llueve en el escenario, el público cansado de aplaudir y pifiar se entretiene en desvestirse mutuamente, como quien no quiere la cosa y yo dale que dale, impenitente, cubierto de basura, preguntando porqué debo morir.

Cosa grave dirás, cuando ya no se busca el famoso sentido de la vida y se rastrea en cambio una razón para irse al otro mundo de allí que esto no sea sino una piedra para romper semáforos, una señal de alarma, nada de soluciones, aunque alguna palabra por su cuenta se lance a quitar hierbas del camino puesto que no hay camino, puesto que mi camino son mis pies y tus pies son el tuyo. Aquí entiendo porque te hablé al comienzo de Clayton y su carta, todo este ansioso tiempo que pase sin leerla he caminado sobre el mismo sitio, como suele decirse, estuve cavando mi propia tumba, y la inmovilidad no es precisamente la razón que buscaba.

Tú podrás explicarme como fue que concebimos la peregrina idea de vivir, la pendejada del amor eterno, toda esa gran fachada de cartón, con destinos reducidos más tarde a tu saliva. Séame permitido recordar ya en escena, la platea colmada de verdugos oír sus manos rotas aplaudiendo la caída del telón sobre nuestras cabezas, la triunfal seda de la Guillotina. Séame permitido recordarte antes de ello, largo gemido de oro en hoteles cubiertos por la nieve y recordarme, verme, zapato desconfiado dibujando tu nombre entre las hojas de la Place de Pepluie. Creía, entonces, cosas, buscaba una palabra para sobrevivir.

Era Paris entonces un altillo del Hotel des Nations y el amor como un pozo que cavamos a golpes en las noches feroces sin saber que la vida requiere de la muerte, muriendo sin morir. O es que una sola vez, bajo mi cuerpo me viste tras de un vidrio humedecido, ordenaste llorando mis cabellos. Si alguien ahora nos preguntara que cosa es un altillo, una moneda, Frank Sinatra cantando por un franco en la Gallerie de L´Odeon sonara tu memoria como una casa sola y yo envejecería estoy seguro en algún aeropuerto de esta tierra, esperándome.

Clayton tiene razón, las únicas estrellas nos aguardan en el fondo del pozo y solo son posibles cuando ya no lo son. Nadie durmió jamás en un altillo, Paris no existió nunca. ¿Que cosa es una noche frente al mar? No hay mas ciudad que esta ciudad vacía ni mas sueño dorado que el insomnio, estos papeles húmedos y vanos.

En las Casas de Cita, a estas alturas del verano se insiste mas que nunca, hay buenos tragos. Y si no hacemos el amor este año, al menos, mirando hacia otro lado, haremos el amor. No estaremos en pie toda la noche esperando la aurora no por ello querida, seremos mas amargos, no por ello seremos menos ágiles, acaso así encontremos una buena razón para morir y dejemos de ser, como dice Clayton el cuerpo solitario en la ribera, para ser la ribera, el río mismo, dos cuerpos abrazados que al hundirse, se salvan.
CÉSAR CALVO

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