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INTRODUCCIÓN

Históricamente, la tecnología ha estado presente en el desarrollo


cognoscitivo de la humanidad. En un inicio, los datos e información
recabados por las personas se almacenaban a través de los
recursos memorísticos con los que siempre hemos contado. La
tradición oral permitió descentrar la información, fortaleciendo la
memoria colectiva de los pueblos, dejando atrás un legado que se
compartía de boca en boca. En esta época la función del
aprendizaje era de carácter reproductivo, por lo que los maestros se
hacían cargo de ejercitar la memoria de sus pupilos a través de la
recitación. No pasó mucho tiempo antes de que la aparición de la
escritura dejara una huella muy profunda en la historia de la
humanidad. Su surgimiento liberó la memoria individual de las
personas y los pueblos, generando la primera fase del desarrollo
cognoscitivo, mediante la fijación con signos escritos de los datos e
información con la que se contaba de manera estable y
permanente.

Una vez que fue posible fijar las ideas del hombre por medio de
la escritura, aparecieron las primeras tecnologías que hicieron
posible evitar el olvido. La pluma se convirtió entonces en la primera
tecnología popular que desplazó a la memorización, permitiendo a
las personas desarrollar sus propias ideas y mantenerlas para la
posteridad. Si bien el uso de la pluma se popularizó entre muy
pocos, pues eran muy reducidos los grupos que sabían leer y
escribir, el rechazo de este artefacto se hizo evidente entre los
intelectuales que pensaban que la mente humana se vería atrofiada
al ya no usar la memorización como herramienta de trabajo. Las
clases de nemotecnia empezaron a caer en desuso. Entonces ya
no era necesario memorizar todo para poder recuperarlo; la pluma
empezó a hacer su trabajo al dejar constancia de los pensamientos
del hombre.

Con la aparición de la imprenta (era Gutenberg) la tecnología de


la escritura sufrió una segunda revolución. Si bien los datos y la
información se habían empezado a difundir, se ofreció la
oportunidad de reproducirlos de manera masiva, democratizando el
pensamiento y estableciendo la escritura como la memoria colectiva
de la humanidad. Nació así el principal producto de esta segunda
revolución cognoscitiva: el libro. A través de este instrumento las
ideas del hombre no sólo se perpetuaron sino que además llegaron
a todas partes, y fue posible compartir y difundir casi cualquier tipo
de ideas sin necesidad de hacer uso de facultad humana alguna. El
aprendizaje se fortaleció y la enseñanza de nuevas ideas a través
del libro formó parte obligada de escuelas y universidades en todo
el mundo. Se difundió la cultura impresa y la oralidad empezó a ser
sustituida por un mundo visual representado por la escritura.
Apareció entonces el primer movimiento alfabetizador, en donde la
adquisición de la lectoescritura se convirtió en política prioritaria de
un gran número de naciones.

La imprenta, promotora de una segunda metamorfosis


cognoscitiva, ha sido considerada como el primer procesador de
texto capaz de multiplicar de forma masiva las palabras; también se
constituyó como el primer editor de ideas de la era industrial. La
imprenta hizo posible crear nuevas formas de mirar/hacer/pensar,
generando una nueva cultura del aprendizaje. La biblia es un caso
que resalta: no sólo se reprodujo en miles de ejemplares sino que
también se tradujo a otros idiomas diferentes al latín, dando pauta a
la formación de los estados protestantes.

Con el libro, el conocimiento decimonónico se fortaleció. Nació la


escolaridad obligatoria y gratuita en la que se enseñaba a leer y
escribir. Se intensificó la creencia en el poder del texto y se crearon
las primeras grandes bibliotecas públicas de la historia en las que
era posible almacenar la memoria colectiva de la humanidad a
través de cientos o miles de volúmenes. Por primera vez, el
ciudadano común podía acceder a todo ese saber.

A partir del siglo XVIII y como consecuencia de esta nueva


hambre de saber y conocer, se perfilaron nuevas tecnologías que
permitían no solo editar sino a su vez generar documentos escritos
de manera semejante a como lo hacía la imprenta.

El uso de la máquina de escribir (tecnología popular de la


primera alfabetización) desde finales del siglo XIX, la convertiría en
herramienta maravillosa para los escritores, pero muy mala para
fomentar algunas otras actividades creativas (dibujo, pintura,
composición musical, o desarrollo de las matemáticas). Con la
aparición de las máquinas de escribir surgió una nueva
alfabetización. Ya no era suficiente saber leer y escribir; el reto
estaba en poder generar (a una gran velocidad) documentos de
forma independiente, legibles, replicables (con papel carbón) y a un
bajo costo. Las ideas se multiplican casi de inmediato; aparecieron
nuevas profesiones (corresponsales, taquígrafas, mecanógrafas,
editores); se desarrollaron nuevas tecnologías: máquinas
mecánicas, eléctricas, con tipos de diferentes formas y tamaños,
con cintas de colores, etc.). El poder de los intelectuales se
multiplicó; poetas, escritores, analistas, y académicos se
independizaron de las grandes corporaciones editoriales; se les
daba la oportunidad de dar a conocer su trabajo de manera eficaz,
de manera semejante al libro, y a precio de regalo. Las escuelas y
universidades no tardaron en incorporar esta tecnología dentro del
aprendizaje; los talleres de mecanografía se hicieron muy
populares; las máquinas de escribir bajaron sus costos, y apareció
una nueva cultura laboral centrada en escritos, memorandos, y
oficios.

A la par de desarrollo de la máquina de escribir, surgió a


mediados de los años treinta del siglo XX una tecnología que hasta
la fecha no ha dejado de generar controversia. La reproducción
masiva de datos e información dejó de estar en los libros: Chester
Carlson inventaría la fotocopiadora, si bien no se empezó a
comercializar sino hasta 1958, a través de Xerox. Aunque la
fotocopiadora permitió duplicar cualquier tipo de documento,
empezó a violar derechos autorales, que hasta el momento estaban
en manos de editores o autores de libros. A pesar de que facilitó un
sinnúmero de procesos administrativos, a la fotocopiadora se le
considera una herramienta generadora de una cultura asociada a la
reproducción indiscriminada de documentos, principalmente de
libros o revistas, que ha promovido el dejar de comprar material
auténtico o el desarrollar nuevas ideas, tal y como sucedía con la
máquina de escribir. La fotocopia sólo ha servido para fortalecer lo
que se conoce como la “cultura Xerox”; bajo esta perspectiva,
profesores y alumnos tenían la opción de llegar a clase con un
“bulto de fotocopias” muchas de las cuales podían llegar a ser
ilegibles y de procedencia dudosa, para impartir o estudiar un curso.
A la fotocopia se le consideró entonces como una tecnología
“pasiva”, reproductora, pero poco productiva, en muchos casos
destructora de la industria editorial tradicional, generadora de malas
hábitos de lectura asociados a la construcción de digestos
(antologías), fomentando la revisión parcial de contenidos que
impedían la consulta de las obras originales.

El siglo XX se caracterizó por crear o popularizar herramientas o


instrumentos nuevos y avasalladores vinculados al desarrollo e
intercambio de datos e información, tales como la radio, la
televisión, el cine… o la computadora personal. Es esta última la
que se considera a partir de su aparición como la tecnología popular
de las nuevas alfabetizaciones. La computadora personal desarrolló
una inteligencia de tipo secuencial, favoreciendo la aparición de
códigos iconográficos basados en la imagen, pero a su vez bajo
entornos multisensoriales e hipermediales (no lineales),
acompañados de entornos comunicacionales y de interacción, no
sólo con datos e información, sino entre y con personas, sin
importar el lugar o el horario del que se disponga.

A través de la computadora, junto con otras herramientas que le


acompañan (Internet, la Web), es posible desarrollar nuevas ideas,
compartir recursos, distribuir emociones, o simplemente buscar
información. Bajo esta nueva perspectiva, estamos bajo una
tecnología de última generación, que junto con otros aditamentos
móviles (teléfonos celulares, memorias flash, cámaras digitales,
iPods, entre otros) le están dando al aprendizaje una esencia
completamente diferente a la que existía a principios del siglo XX.

El siglo XXI es considerado como el siglo de las nuevas


tecnologías para el aprendizaje. Bajo esta perspectiva, el
aprendizaje, más que la enseñanza, se ha convertido en el objetivo
fundamental en la formación de las personas. Este aprendizaje,
más que individual, es un aprendizaje social en el que ahora
profesores y alumnos interactuan para fortalecer el trabajo en
cooperación. De esta forma, y con el desarrollo de la Nueva
Red Social (Web 2.0), las TIC se convierten en extraordinarias
herramientas de apoyo en la educación y formación de las
personas. A lo largo del presente curso se revisará el impacto de
éstas en el proceso de enseñanza, pero también a lo largo del
desarrollo del aprendizaje de los alumnos.