Editorial Ramón Sopena, S. A. Depósito Legal: B. 2.805-1959. N R.°: 4.661-58-66 Gráficas Ramón Sopeña, S. A. (11031) Barcelona - 1966 Impreso en España - Printed in Spain Digitalización y corrección por Antiguo.

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CAPITULO I EL ADIÓS

¡Adiós! Y, si es para siempre, también para siempre... ¡adiós! LORD BYRON.

¿Conocéis la región a la que se da el nombre de jardín de Francia, país maravilloso, en cuyas llanuras, constantemente verdes, bañadas por un caudaloso río, se respira siempre el aura pura? Si habéis recorrido durante el estío la hermosa Turena, siguiendo, encantados, el tranquilo curso del Loira, seguramente habréis quedado perplejos de no poder determinar el sitio en que más placer encontraríais en vivir, porque todos son, a una y otra margen del río, igualmente deliciosos para morada propia al lado de un ser querido, olvidados por completo del mundo. El viajero que se limita a seguir el lento curso de las aguas no suele detenerse a contemplar el soberbio panorama y los risueños paisajes dilatados a la orilla derecha del Loira, donde todo revela la fecundidad de la tierra, donde todo demuestra la vetustez de sus monumentos, donde todo testimonia la grandeza de Dios. Valles deliciosos salpicados de blancas casitas, rodeadas por amenos y apacibles bosquecillos; laderas pobladas de doradas viñas, o nevadas por la flor del cerezo; muros seculares, completamente cubiertos por madreselvas; frondosos jardines, esmaltados de fragantes rosas, en medio de los cuales surge inesperadamente alguna elevada torre. Doquiera se extiende la vista, el alma se regocija en una sensación de placidez y de bienestar; todo allí es interesante, tanto los seres y las cosas naturales como las obras creadas por el ingenio de los industriosos moradores. En efecto, los habitantes de aquella hermosa región, única provincia de Francia que jamás fue hollada por el extranjero invasor, no han desaprovechado un solo palmo de terreno, ni considerado inútil un solo grano de arena: todo lo han utilizado sabiamente. Las torres derruidas no son allí morada exclusiva de las aves nocturnas; también los seres humanos buscaron en ellas refugio. Por eso no es extraño ver asomarse por entre las hiedras, grises del polvo del camino, algún rostro juvenil que sonríe al pasar por la vereda un caminante. Si se asciende a la cima de una colina sembrada de viñedos, la humareda que sale de una chimenea indica que los viñadores se acogen durante la noche a la tierra generosa que cultivan durante el día. Los naturales de Turena son gentes sencillas, como su vida, tranquilas y de carácter suave como el aire que respiran, y recias como la tierra que laboran. Sus rasgos morenos no revelan ni la impasible inmovilidad de los franceses del Norte, ni la viveza que distingue a los hijos del Mediodía; en sus rostros refléjanse el candor y la ingenuidad del auténtico pueblo de San Luis; usan todavía melena como las estatuas pétreas de los reyes antiguos, y hablan correctamente el idioma francés sin acento local. Turena es, en fin, la cuna del idioma y de la monarquía. Más austero es el aspecto de la orilla izquierda del Loira; aquí encuéntrase Chambord, cuyas cúpulas azules y pequeños cimborrios le dan, si se contemplan desde lejos, cierta semejanza con una villa oriental; allí, Chanteloup, que eleva hacia las alturas su elegante pagoda; y, tras ellos, el castillo de Chaumont, soberbia construcción admirablemente situada, cuya mole ingente no puede por menos de llamar la atención del viajero. El castillo se alza sobre la colina más prominente de la ribera; encuadra la cumbre con sus altas murallas y torres enormes; sus elevados campanarios de pizarra dan al majestuoso edificio
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a la que bajaban los señores y subían los aldeanos. después de haber sonado diez veces la campana del castillo invitando a sus moradores al almuerzo. la verdad. ya desaparecidos de Francia. sorprendidos. igualitariamente. os compadezco! ¡Viajar hoy. los siguen a todas partes. que se hacían preparativos de viaje con gran precipitación. en el centro de la 4 . cuyo último suspiro recogió él en Luzzelstein. que arriesgan la vida en defensa de sus amos. y probablemente no saldrá de sus habitaciones. mientras ella ocupaba un sillón dorado. deseando apresurar el almuerzo. Ocupado en los preparativos de la comida. espesas y negras también. cuyas blancas casitas parecen surgir de la dorada arena. Luis y Esteban ensillad los caballos. Era un hombre excelente. cabellos grises. 13 del mes. cual lugar neutral en las discordias entre nobles y plebeyos. querido Grandcharrip! —díjole en voz baja. y que. desempeñaba los oficios de maestresala. a orillas del río. que compartían los infortunios y alegrías de la familia. aunque he rezado mucho. advirtió que la mariscala Effiat hablaba con voz menos firme. —¡Pronto! —decía—. en parte. y el día de los mártires San Gervasio y San Protasio! Toda la mañana la he pasado rezando el rosario por el señor de Cinq-Mars. Apresuraos a servir. extiéndese una aldea. Negros y frondosos árboles circuyen la antigua mansión solariega. El viejo criado del mariscal Effiat. una camarera joven—. Grandchamp era serio y de rostro interesante. a primera vista. ved nuestras viñas. el tono de su voz era áspero.aspecto conventual. en la prosperidad. tan enlutada como él. El día de que nos ocupamos. La aldea está. trabajando si es preciso para sustentarlos. que riñen a los niños y alguna vez a los padres. a quienes sirven desinteresadamente en las épocas de revolución. ¿habéis avisado a la princesa? Apostaría que ha ido con las damas a leer a un rincón del parque o a orillas del río. obligando a todos a que se levanten para recibiría. a quien colocó a su izquierda. ¡Conque no se burle usted! La joven italiana deslizóse rápidamente como una flecha en el amplio comedor y desapareció por un pasillo. Llega siempre luego de servido el primer plato. al pasar a su lado. sentándose a la mesa once personas. a la parte media de la colina hay una capilla. y les dicen cuando regresan al castillo: —Señor. entre señoras y caballeros. La gente del castillo y los italianos que acompañaban aquella temporada a la duquesa de Mantua en Chaumont. ponerse en camino un viernes. cutis cobrizo. no he podido olvidarme de lo que os digo. apoyada en el brazo de un anciano de hermoso aspecto. asustada al advertir que se abrían las dobles puertas del gran salón. forma monástica de los viejos castillos. y vigilaba a los criados para que todos cumplieran su cometido. ricamente vestido. pero. Grandchamp se situó detrás de la silla del primogénito. plateados. y que desean haya bodas para adiestrar a los herederos. ¡Dios santo. y al pie del monte. en cierto modo. siendo una gran dama. y. vieron. el tipo de servidores leales. está muy triste. que. Y vosotros. con las cejas. Mi señora. en suma. cierta dureza suavizada por su tranquila mirada. acababa de regresar de Alemania para referir a la mariscala y a sus hijos los detalles de la muerte del general. unida al castillo por un angosto sendero que serpea monte arriba. muerto hacía seis meses. piensa igual que yo. señores italianos. había servido al jefe de la familia como escudero en las guerras y en calidad de secretario en tiempos de paz. Cuando entraron en el comedor los señores con sus huéspedes. de mechones todavía negros. —¡Ay. Cierta mañana del mes de junio de 1639. Germán. don Enrique y nosotros debemos estar lejos de aquí a las ocho de la noche. que imprime el más serio y grave carácter a casi todos los paisajes de las provincias francesas. Era. No hagáis cavilar a la duquesa. habíase puesto nuevamente las polainas a pesar de haber jurado no volver a ceñírselas jamás. tenía llenos de lágrimas los ojos e iba más enlutada que de ordinario. Grandchamp apenas había prestado atención a la camarera. dictaba órdenes a toda la servidumbre. La mariscala entró la última. La numerosa servidumbre que rezaba la oración matinal. inusitados acontecimientos ocurrieron en la señorial mansión. dábanle. llamado Grandchamp.

aya de la hija del mariscal. porque Bassompierre. Este lacayo engreído nos considera como viejos retratos de familia cuyas cabezas va cercenando poco a poco. haciendo pequeñas pausas. Tenía veinte años de edad. a quien han arruinado. compañeros inseparables del difunto rey. La mariscala se persignó y dijo el Benedicite en voz alta. A la derecha de la mariscala había otro asiento más lujoso que los demás. desconoce el nuestro. convencido de que no puede mover estas estatuas de hierro. el mariscal exclamó familiarmente: —¡Pardiez! No comprendo poco ni mucho el nuevo régimen de Francia. y hasta se dice que pretende encerrarme en la Bastilla. a quienes no inspira temor alguno. Nosotros. nobles y corteses. aproximadamente. pero no sin cortedad y pronunciando previamente alguna frase acerca del tiempo. indicando por señas a Bassompierre que observara la emoción que producían a la dueña de la casa el recuerdo de la muerte reciente de su esposo y la censura dirigida a un ministro que había sido amigo suyo. conservaba cierto aire de vivacidad y juventud.mesa. acompañada de una sonrisa exculpatoria cuando hay invitados: también la virtud tiene su rubor. no entendemos bien el idioma que habla la corte actual. a la izquierda del primogénito. aunque más serio y circunspecto. cuya intransigencia no debe sorprendernos en aquella época tanto como en la actual. vació de un trago su vaso de vino. que. algunas la practican todavía. Pero esta indicación fue completamente inútil. a su vez. Esta costumbre la conservaron en Francia muchas familias hasta la revolución de 1789. todavía nos queda la divisa. fueron las personas que tomaron asiento a la mesa de aquella mansión señorial. Por suerte. ¿qué esperáis para poneros en camino. Así se lo manifesté el otro día a mi querido amigo el duque de Guisa. No creo exentos de esta preocupación otros pueblos que los orientales. satisfecho de la mediana complacencia con que se le escuchaba. señor mariscal? —preguntó el italiano—. en su ademanes. Por eso complacióle mucho que el caballero sentado a su izquierda hiciera uso de la palabra y sostuviera la conversación durante la comida. respondiendo todos los comensales. con la mariscala y el joven marqués. tres caballeros italianos del séquito de la duquesa de Mantua. No se atreve a reunirse con nosotros. y un sacerdote del contorno. las gentes de cada siglo se burlan de las modas precedentes. echándose hacia atrás para que su escudero volviera a escanciarle el sabroso líquido. y. y siguió diciendo: —Sí. María de Gonzaga. caminaba a pasitos cortos y hablaba con fatiga. un caballero de la edad del mariscal. aunque no representaba más de cuarenta y cinco años. a pesar de tener ya blancos los cabellos. Era éste el anciano mariscal Bassompierre que. El joven marqués de Effiat. instalado frente a su madre. viejos compañeros de armas del rey difunto. No falta quien cuenta los minutos que nos restan de vida sacudiendo nuestro reloj de arena a fin de adelantarlo. ridiculez imperdonable para los lechuguinos de la corte. ayudábale a hacer los honores de la casa. —Entonces. quedando un asiento vacío. pero su apostura y modales distinguidos revelaban un carácter sociable. Estos esfuerzos la obligaban a llevarse la mano al pecho con muestras de vivo dolor. abrumada por los sufrimientos. Cree que conspiramos. La mariscala era una respetable dama de grandes y hermosísimos ojos azules. especialmente en provincias. Al ser preguntado por uno de los hidalgos respecto al trato que el cardenal dispensaba a la hija del duque de Mantua. Cuando el señor cardenal-duque encuentra a su paso a tres o cuatro de nuestras grandes figuras. se acomodó mejor en su asiento. viejo y sordo. Su hermana. que permaneció vacío. todos guardan silencio delante del cardenal. querido Puy-Laurens? El aludido. dos hidalgos de la provincia. había una especie de galantería anticuada. respondió conciso. aquí sobramos todos. en la que contrastaba la gorguera a estilo de Enrique IV con las mangas acuchilladas del último reinado. apresura la marcha. de catorce años de edad. una señorita de compañía. su rostro era vulgar. ¿Verdad. lo mismo que en su indumentaria. ¡Qué digo! En este infortunado país ya no se habla ningún idioma. 5 . siendo esto lo único que se podía adivinar en él.

para atraerle al terreno del elogio con el propósito de hacerle olvidar el disgusto—: Hasta creo que el rey os ha concedido cuanto deseabais obtener para vuestra familia. que os marcháis. Por más que los Bestein sean loreneses y extranjeros. mariscal! Recibid mi felicitación —dijo—la señora Effiat. recordando a sus antepasados—. mirad: aquí llega muy oportunamente para oírme un joven. pálido. y advierto que cuanto más tiempo transcurre. pasando por detrás de la mariscala. ¿Están preparados los caballos? ¿A qué hora partís? —Tan pronto como haya comido. y he escrito a mi sobrino notificándole que lo desheredaré si sirve al emperador. y recias polainas de ancha boca. denominación de unas tierras de su familia.» —¡Ah. que recuerda el cariño que os profesaba su padre —añadió. iría sin esperar que me condujesen. dulcemente—. un apretón de manos de Enrique IV nos conquistó para siempre. terreno actualmente muy resbaladizo. Una de las mayores penas que he tenido en mi vida ha sido la de que mi hermano muriese al servicio de España. como yo esperaba. de saber adonde pensaban enviarme. las personas de nuestro temple se dejan llevar siempre por los impulsos del corazón.Sólo en Flandes estaréis seguro. cuello de encaje. caballero. acercóse al señor de Bassompierre para saludarlo antes de sentarse a la izquierda de su hermano mayor. Le guardaré fidelidad hasta la muerte. a quien dije que iba para que no se molestara en buscarme. porque ofrecí mi vida y hacienda a su padre. cuyo aspecto reflejaba indiferencia. —¿Cómo os encontráis. Pero. los pares que lo visitaban para testimoniarle su adhesión y su amistad. Enrique? —le preguntó—. y me dijo: «¿Cómo se te ha ocurrido pensar que deseo encarcelarte? Sabes bien lo mucho que te aprecio. —De modo —dijo el mariscal. Yo vine a Francia a pasearme con los hidalgos y con mis pajes. que no había pronunciado una palabra todavía y que llamaba la atención por el excesivo número de cintas y lazos que ostentaba en su traje y por la cruz de la Orden de San Miguel. al entrar. El rey me recibió muy bondadosamente. vais a la corte. y para asistir al bautizo del rey actual me compré un traje que me 6 . no era más que el salón del rey. —Señor de Launay. Y. hemos nacido tan dueños de nuestras tierras como el rey de las suyas. que le caía hasta la mitad del pecho. Como os profeso gran cariño y me inspiráis sumo interés. nadie mejor que Francisco de Bassompierre reconoce sus virtudes.. señora. El recién llegado vestía de negro traje y capa corta. haciendo con las espuelas bastante ruido al caminar para que se le oyera desde lejos.. y juro que. Esas palabras revelan la bondad del rey. sin recibir más recompensa que el permiso de obligar a sus vasallos a romperse la cabeza en servicio de la corona. gracias a Dios. me presenté al rey. señora. Yo he tenido necesidad de vender una finca cada vez que he obtenido un nuevo grado. se inclinó. —¡Oh. porque los pagaba de su peculio. Era Enrique de Effiat. marqués de Cinq-Mars. si lo permitís —contestó el joven con el ceremonioso respeto de la época. Enrique de Effiat. —Cierto. el título de general de los suizos me costó cuatrocientos mil escudos. os equivocáis de medio a medio —repuso el mariscal. Abrióse la puerta del comedor para dar paso a un gallardo joven. Uno de los hidalgos. dirigióse rectamente a la mariscala y le besó la mano. donde éste recibía a sus amigos. como se ha asegurado. con mi consentimiento. comiendo con apetito—. nadie de mi familia faltara al deber de servir al rey de Francia. Antes. Los honores que recibía entonces un personaje de calidad no le enriquecían. los nobles de las grandes casas. cuyo cordón negro le ceñía el cuello. de cabellos castaños y ojos negros. y que. insinuante. hijo mío. lamento que la corte haya sufrido tan notable transformación. no me conocéis! Lejos de huir. la idea de nuestros derechos se olvida en Francia y especialmente en la corte. y que jugaban con él y le acompañaban en las partidas de placer. diciendo que todo caballero leal al rey no podía hablar de otra manera.

Pero. esa independencia ha provocado muchas guerras civiles. cuando la obtenía. adiós! Pronto mi corazón no será ya lo suficiente ingenuo para amarte. tranquilizaos. en el que quizá me pierda. mariscal! —interrumpió la marquesa—. El mismo rey. sino contra una facción. quizá con el propósito de enardecerlo—. todas las clases sociales. Los grandes nombres ennoblecerán los cargos viles. y los árboles y céspedes. puesto que semejantes gastos no podían soportarlos más que los ricos. bañando en oro y esmeralda la arena del Loira. hermosa y espléndida Naturaleza. que habría podido resultar demasiado infantil. El sol brillaba en el espacio azul con inusitado esplendor. —Pero. Confío en que ni mis hijos ni yo conoceremos esos tiempos calamitosos que vaticináis. por María. Toda esa política no se acomoda bien a vuestro carácter festivo.costó cien mil francos. intentaran rebelarse… —¡Estáis hoy muy pesimista. y revueltas como la del señor de Montmorency. Las grandes casas que ahora destruyen con tanto encarnizamiento. señor mariscal —interrumpió fría y cortésmente el señor de Launay. y cuya única causa de adhesión al Trono era el cariño profesado a su señor. saltando en su asiento —. Tampoco la ambición había contaminado. a lo lejos. en los que habrá cesado de ejercer influencia. al escribir a un amigo mío. he de penetrar en este laberinto. la señora Effiat—. y temiendo mostrar pesadumbre por ausentarse de su hermosa región y de su familia. se alzaban las velas latinas de los barcos mercantes. la nobleza abandonará y perderá sus tierras. Indudablemente. no eran ambiciosas y. en cuyas coronas de duque o de marqués brillaban tantos diamantes como en la corona real. —Sí. pero sentiría mucho que estuvieran de moda esos trajes tan costosos. aquellos tiempos no volverán! Cierto que cometíamos locuras. y los cargos concluirán por envilecer los grandes hombres. En aquellos tiempos no podían arrebatarle al rey los vasallos. aunque mis ojos te contemplen con idéntica admiración. desaparecerá una gran fuerza. como la de Rohán: «No debo nada al príncipe». no podían derribar ningún trono. y las islas ostentaban un verde luminoso. ¿Y qué habéis conseguido al aplastarlos? Habéis roto los brazos del trono y no lo habéis substituido. y el oro sólo se obtiene arrancándolo de las minas. Hemos oído hablar de la magnificencia de vuestro traje de perlas. y decían. pero confesad que nadie os obligaba a hacer tales dispendios —objetó. —¡Oh Naturaleza —decíase a sí mismo Cinq-Mars—. La nobleza subsistirá merced a los empleos que haya recibido. La corte es ahora un palacio donde se mendiga. —No puedo escuchar semejante afirmación —replicó el fogoso mariscal. Esas revueltas y esas guerras no conculcaban las leyes fundamentales del Estado. Y de igual suerte procedían todas las familias nobles a quienes bastaba su nobleza. dijo: —Pensaba. Enrique? Parece que estáis muy distraído. riendo.. La voz de su madre le hizo volver a la realidad. le decía: «El dinero no abunda entre los gentileshombres como vos y yo». señora. y degenerará en camarilla cuando la constituyan únicamente los palaciegos. pero de esa manera demostrábamos nuestra independencia. señora marquesa. Jamás combatían contra la autoridad real. con la vista fija en la gran ventana del comedor. juntamente con la gran propiedad. porque en mi pecho arde ya una pasión profunda y el relato de los azares de la vida me produce una desconocida sensación turbadora. Cinq-Mars. mas vendrá una terrible reacción. no admitiendo empleos remunerados del Gobierno. porque todos sabían bien que los demás grandes señores les habrían abandonado si se declaraban rivales del soberano legítimo. sostenían su alcurnia y su boato en la corte con sus propios recursos. vencida la cual todo volvía a la normalidad. y. —¡Ay. contemplaba tristemente la magnificencia del paisaje. las aguas transparentes del río deslizábanse mansamente murmurando. Ninguno de todos aquellos grandes jefes de mesnada dejó de poner su victoria. y si los pueblos. allá. ¿Qué tenéis. a los pies del rey. como hoy. en el camino que debo recorrer al ir a Perpiñán. el cardenal-duque llevará a cabo su propósito. Ya no puedo retroceder. y en el que tendré que seguir 7 .. y esperaba que fueran otros los consejos que dierais a mi hijo.

por lo menos. no he venido con el propósito de ponerme a vuestro servicio. y más habría hecho. al buen mariscal habíansele humedecido los ojos. Mientras hablaba. me ofrezco a vos hasta la muerte. con su aspecto glacial. El espiritual y sencillo Enrique nos inculcó otras costumbres. según decía. como para obligarse a escuchar atentamente lo que éste le decía. Me habría agradado más verme con las entrañas desgarradas en cualquier asedio de ésos. quizá le convenía conquistar adictos. el rey deseaba. sin duda. y el duque le dijo: «Sois de los hombres más atractivos del mundo. puesto que. En cierta ocasión preguntóme qué me había inducido a venir a Francia. ¡Ay! Me parece estar viéndolo todavía abrazar al duque de Guisa en la carroza. que. El rey es bueno y valeroso. de haber podido hacer más que renunciar a la señorita de Montmorency. Un italiano simulaba hablar y reír 8 . convencido de haber guardado ya bastante silencio—. hablabais con gran confianza al rey Enrique. que paraliza los movimientos espontáneos. sorprendióle cómo se expresaba el rey Enrique. y nuestro destino nos obliga a ser uno del otro. ganarme mis monedas de oro y mis hermosas monedas portuguesas. podíamos decirle libremente que lo amábamos. como lo demostró. A Cinq-Mars. nacisteis rey. aleja de su lado a la gente. y yo le contesté francamente: «Señor. lo han acostumbrado a observar la fría etiqueta española. —¿Es posible —se decía—que las pasiones corran la suerte de las modas y que en el espacio de unos años llegue a ser igualmente ridículo un traje y un amor? ¡Feliz quien no sobrevive a su juventud ni a sus ilusiones. con la vista fija en Bassompierre. porque es íntimo amigo del duque de Bouillon. pero con amargura. gran hombre! Tú mismo lo dijiste —exclamó Bassompierre derramando lágrimas a causa. aunque nada necesitarais de él.cuando regrese. jugaba con él y con la duquesa de Beaufort. Si hubierais sido un hombre de clase humilde. Poco tiempo después de haber llegado yo a Francia. Bromeaba conmigo haciendo gala de su ingenio chispeante. como me ocurrió. ¿No cambió de táctica al considerar segura la Corona? —Jamás aquel gran rey varió de conducta.» ¡Ah. el mismo día en que murió. de la gran cantidad de vino ingerido—. pero.. Estando al comienzo de su reinado. Os dará muy útiles consejos acerca de la vida en la corte y. si me aceptáis. nunca se sonrojaba de ser un hombre como los demás. con el deseo de que el mariscal no advirtiera en los rostros de sus oyentes nada que le desagradase. —¿De manera que vais al sitio de Perpiñán? —preguntó el viejo mariscal. os habría tomado a mi servicio a cualquier precio. asegurándome que no podía haber encontrado mejor señor y que más me quisiera. que tomar parte en el más brillante torneo. pero. sonriendo al considerar que la princesa de Condé no era ya joven ni bonita. llevándose a la tumba su tesoro! Interrumpiendo el curso de sus melancólicas ideas. A él lo sacrifiqué todo. Pero entonces reinaba en Francia la paz y tuve que ejercitarme en el tiro de pistola contra los turcos para no incurrir en el desagrado de mi familia por mi holganza. me veo obligado a serviros. —Con vivacidad y franqueza. hasta mi amor. «Cuando me perdáis comprenderéis lo mucho que valgo. dijo: —Según parece. el bondadoso abate Quillet. además. en Fontainebleau. sino únicamente para pasar algún tiempo en vuestra corte y en la de España. ¡Qué suerte! ¡Un sitio! ¡Hermosa manera de empezar! Hubiera hecho el mayor de los sacrificios por asistir a uno de esos cercos con el difunto rey. y hablaba a todos con energía y afecto. el joven marqués de Effiat y los italianos se miraron unos a otros. es una deferencia que le debéis. —No os olvidéis de tomar el camino de Poitiers y de llegar a Loudun.» El rey me abrazó. por desgracia. a mi llegada a su corte.. Deseo que Su Majestad os reciba tan amablemente como a mí me recibió su padre. Cinq-Mars vio aquellas sonrisas y se río también. para visitar a vuestro antiguo ayo.» Mientras el mariscal se expresaba en estos términos. las personas en torno de la mesa habían adoptado diferentes actitudes. por voluntad de Dios. os conviene hacerle una visita. pero me agrada tanto vuestro trato. conforme a su categoría oficial.

pero. Todo lo anteriormente referido ocurrió con suma rapidez. Fuera el holgorio. No más compases ni alegres notas. de cutis extraordinariamente blanco y cabellos negros. dijo en voz queda: —Así será. mirándolo como se mira elevarse y caer una pelota lanzada al aire. nadie le contestaba. porque temía que el mariscal se comprometiera. que estaba en el otro extremo de la mesa. PuyLaurens contemplaba atentamente a la mariscala. de los torneos en que había tomado parte y de la avaricia de los actuales cortesanos. El hidalgo adoptó un aire de cortés condescendencia. tales avisos resultaban inútiles. cuatro de los cuales los montaban otros tantos criados con capas y armas. y no se había servido aún la comida cuando la llegada de María de Gonzaga obligó a todos a ponerse en pie para recibirla. ved ya ensillado y embridado nuestro caballo de batalla. a quien apenas conocía. os quedaréis aquí y reemplazaréis a uno de mis hijos que se ausenta. —¡Ah! —exclamó Bassompierre—. puesto que reemplazáis a mi madre. era el único que parecía prestar atención. pero. amigo mío. señora. y bajando los ojos para que no advirtieran su turbación. —Os habéis hecho esperar demasiado. apresurémonos. Sólo el mariscal prosiguió hablando de la magnificencia y esplendor de la antigua corte. cesó la danza. que dejó de ser general. con la mano detrás de la oreja. y varias veces le había llamado la atención disimuladamente mirando al señor de Launay. después de haber hecho hablar al mariscal. era el destinado al amo. volvióse hacia él y le dedicó toda su peroración. el mariscal fingió no advertirlos y abrumó con insolentes miradas al hidalgo. el primogénito de la casa hacía con su habitual parsimonia los honores de la mesa. al parecer. Cuando los comensales abandonaron la mesa. Ya se acabaron todas las bromas. Afortunadamente. de las campañas hechas en Turquía. aunque. por algún tiempo. En aquel momento entraban en el patio cinco caballos. repito. y digamos como Marot: ¡Adiós la corte. La llegada de la duquesa hizo vaciar el curso de la conversación. afligida e inquieta. negro y nervioso. cese la jácara. con gran sentimiento suyo. poniéndose a su lado—. y adiós las damas! ¡Adiós las hijas y las esposas! Adiós. porque muchas de las palabras rudas de Bassompierre le habían recordado la muerte de su esposo o el viaje de su hijo. que no volvió a abandonar hasta que anunciaron a la señorita duquesa de Mantua. por su bondad y juventud.en voz baja con la hija de la mariscala: otro atendía al abate sordo que. Y dirigió a Cinq-Mars. Cinq-Mars había vuelto a ensimismarse. empezando cada cual a hablar en voz baja con su vecino. para las personas como Bassompierre. El quinto. querida María —le dijo. La mariscala se incorporó y la besó en la frente. Cesó ya el baile. 9 . La duquesa de Mantua era pequeñita y bastante bien formada. Voy a la lid en pos de la gloria. sosteníalo por la brida el viejo Grandchamp. eran las dos en punto de la tarde. partidario acérrimo del primer ministro. especialmente. Ruborizóse la joven duquesa. una mirada que le hizo palidecer.

empujándole. hacia la parte del bosque. movieron a risa a todos. Éramos trece en la mesa y vos sois la culpable. sentóse nuevamente en el enorme sillón tapizado y. —Va al galope. una tontería. estrechó la mano al mariscal. mientras lo contemplaba: 10 . aunque débilmente. según la frase de Homero. —¡Otro mal presagio! —exclamó la marquesa. poco después sacó un medallón que llevaba pendiente de una cinta negra en el pecho. y el mariscal no dio importancia a este hecho. pero no pudo dar más que dos pasos y volvió a sentarse. para él una especie de maldición. besó a su hermana. Después. y al poco rato creyó oír.. y todo predisponía a la tristeza.. que en vano trataba de reprimir: —Perdonad. le dijo: —Vamos. querida duquesa. oyéndole decir entre sollozos. separándose de la ventana. volvió a entregarse a sus reflexiones.. La ventana del aposento del anciano daba a la llanura. riéndose. en la parte opuesta al río. saludó a la duquesa sin alzar la vista. deseo verte a caballo. pero se ha levantado inmediatamente. por la luna en su cuarto creciente.. no es nada —contestó el señor de Launay—. con el codo apoyado en la mesa. el caballo de vuestro hijo ha tropezado al salir. pisadas de caballos. conducido por su ayuda de cámara. El silencioso viajero besó la mano a su madre y se inclinó ante ella profundamente. se encaminó a sus habitaciones.. —¿Qué ocurre? —inquirió la madre. Dios mío! —musitó la princesa. señora. y dijo. hay que reservarle su sillón. que fueron apagándose unas tras otras después de haber serpenteado por las ojivas de las escaleras y recorrido los patios y caballerizas. la muerte de una hermana querida.. ¡Adiós. pero me encuentro tan débil. amigos míos. A las diez de la noche. colocando en la mesa un pesado candelabro. Aunque Bassompierre estaba muy lejos de ser un soñador. mirad: nos saluda desde el camino. —¡Ay. Regresará cubierto de bordados. manifestó deseos de quedarse solo. pero el ruido cesó de pronto. cerca del portalón. y. sin decir más.. Todos estos recuerdos le arrancaron involuntariamente un suspiro. que no he podido contenerme. volvió a levantarse y. ¡Buena señal! —exclamó el mariscal. que se reflejó en el rostro de los moradores de la mansión señorial. excepto la señora de Effiat. recordó la conversación sostenida durante la comida... Sus hijos y la duquesa la rodearon inquietos. Las tristes mudanzas que le había hecho sufrir el nuevo reinado. salió y un momento después montaba a caballo. púsose un amplio ropón de seda. excepto a tres personas. es una locura.. e hizo pasar ante su imaginación todos los sucesos importantes de su larga existencia. todos los cuales cenaron en silencio. a la sazón iluminada. y los demás conversando en voz baja. la pérdida de bienes y de influencia. Todos la imitaron. notable jinete. Comprendo que no debo mostrarme cobarde en su presencia. Durante algunos minutos contempló todavía las luces del castillo. y. el cielo cubríase de nubarrones..Estos antiguos versos y la afectación con que los recitó el mariscal. unos en silencio. —Nada. Como el calor era excesivo abrió la ventana para que entrara el aire. palideció la mariscala y se apresuró a levantarse de la mesa llorando. —¡Dios mío! —prosiguió el mariscal—. las locuras del heredero de su nombre. retiróse el viejo mariscal a la torre del Norte. hijo mío! ¡Permite que te bese en la frente y que Dios te guarde! Muéstrate digno del nombre que llevas y de tu padre. Diríase que tengo ahora diecisiete años como él. En el castillo de Chaumont fue aquél un día de tristeza. el reciente fallecimiento de su amigo el mariscal de Effiat. abrazó a su hermano. «riendo bajo el llanto». Bassompierre se asomó a la ventana para respirar. Al oír esto.. Todos se asomaron a las ventanas que daban al patio para verlo partir.

salió al patio. gran rey.. empañándolo. asomándose a la portezuela. ¡Ah! ¿Por qué en París no recibí la herida que a ti te infirieron? Con la vida perdió el mundo tus buenas obras y tu reino quedó interrumpido. y el mariscal. avanzó hacia él. y aún más lejos si hubierais cumplido vuestro deber. sé que he vivido demasiado y estos pensamientos absorbían toda mi atención cuando habéis entrado. —¿Quién va? —gritó. le gritó: —Venid. Bassompierre. Al pronunciar estas palabras dirigió a Launay una mirada tan firme. sino que traigo. en voz baja—. En nombre del gran rey Enrique entrego tranquilamente esta espada a su hijo. Las lágrimas brotadas de los ojos del mariscal caían sobre el cristal del medallón.—Ven. El mariscal tomó un candelabro. ven. De pronto abrióse ruidosamente la puerta de la estancia. a confiarme la sencillez de tu amor y la buena fe de tu infidelidad. señor mariscal.. cuando un caballero que. ya que los mosqueteros no podían avanzar. os habría librado de estos señores en este bosque donde no puede revolverse un caballo. En la puerta del castillo os espera una carroza escoltada por treinta mosqueteros del señor cardenalduque. —¡Cómo! ¡Enrique! ¿Sois vos el autor de esta calaverada? Señores. ven. si hubierais querido —agregó en voz alta—. seguida por gran número de caballos. ven. El mariscal había tomado asiento al lado del señor de Launay y empezaba a dormirse. Y. Por orden de Launay cesaron los mosqueteros de acometer al joven. —Declaro. señores. además. seguidme. Bassompierre pugnaba por ver lo que ocurría. subiendo de punto su sorpresa al reconocer al señor de Launay que con el sombrero en la mano. mientras le decía: —Caballero. ¡Lo que habéis hecho es una gran calaverada! —No he venido solamente para defenderos. tenía a raya a un guardia que le había acometido. impedía a los jinetes colocarse a los lados de la carroza. una misión secreta — repuso Cinq-Mars. como supongo que os conducen a la Bastilla. a que rivalice contigo en el combate. y hablemos como solíamos en otro tiempo. tengo el sentimiento de manifestaros que el rey me manda que os arreste. que estaba preparada. saltó en su asiento y empuñó la espada. que no tengo participación alguna en este atentado —dijo Bassompierre. ven. Los caballos pararon en seco. que es una criatura. por ser demasiado angosto. si os place. caballero inconstante. lo siguió con la cabeza gacha. venid. estoy seguro que no podréis decírselo a nadie. pero.. temeroso. y Bassompierre agregó: —¿Cómo diablos os encontráis aquí? Creía que estabais ya en Tours. diciendo: —Señor mariscal. Un campesino me informó de la 11 . como si fuera él quien iba arrestado por el noble anciano. Pero. señor. mi viejo y buen señor. vio que se encontraban en un bosquecillo y en medio de un camino que. con una larga espada. ahora ya no es tiempo. gran hombre. sorprendido. y encontró todas las puertas guardadas por los mosqueteros. dejadlo. ventaja no despreciable para los agresores. soldado heroico.. quienes con su llegada habían asustado a los moradores del castillo y les imponían silencio en nombre del rey. presentó desdeñosamente ésta al señor de Launay. que no se había levantado y conservaba el medallón en una mano y en la otra la espada. a consultarme respecto a las ambiciones de Austria. La carroza. que éste. púsose inmediatamente en marcha. mecido por el vaivén del carruaje. porque la Bastilla es el templo de la discreción. pero el anciano las secaba besando respetuosamente el retrato. de pronto una voz varonil gritó imperiosamente al cochero: «¡Detente!» Pero éste no obedeció y sonó un pistoletazo. y que la risa de un amigo verdadero te haga olvidar la corte.

12 . y se las cede en los tratados como si fueran una plaza. no os ocurra lo mismo. y debemos tener valor para despertar! No penséis más en los dos hermosos años transcurridos. por haberse separado de Grandchamp y de su reducida escolta. Tened vos cuidado. cómo la juventud nos pone en tutela. sino yo? ¿Qué otro vendría sino yo como un malhechor hasta los muros de la casa? ¿Quién sino un hijo que vuelve a ella a despedirse de su madre. y respondió llorando: —¡Infeliz de mí? ¿De qué os quejáis. quizá. especialmente en favor de personas que rechazan mi protección. puesto que os prendieron en nuestra casa. señor Cinq-Mars? —¿Quién podía ser. a quienes. y por temor a lo que pudiera ocurrir. y dejadme proseguir este agradable viaje. amigo mío. Al pie de la torre del Oeste se detuvo. se turbó. dadme la mano. —Cuando el rey ordena. No tengáis más que un pensamiento: el de ser ambicioso. Sabéis perfectamente que he deseado que me creyeran muerta y casi he anhelado las revoluciones. —¿Qué esperaba? ¿Por qué volvía? Esperaba una palabra de la persona que en voz queda le preguntó desde la ventana: —¿Sois vos. que me separáis de mis deberes. y contra vos. Bassompierre contestó riéndose a carcajadas. Como iba solo. —Ya veis. Las torres y techumbres formaban sólo una masa negra que apenas se destacaba del cielo algo más transparente. y levantó la celosía de una ventana del piso bajo que.. pero a la corte le sorprende mi conducta. —Pues partid —repuso Enrique—. aunque esto os lo agradezco de todo corazón. La luna había ocultado ya su argentado disco a los habitantes de la tierra. la reina me llama a su lado. E. permaneció a caballo. Acercóse al muro hasta tocarlo con la bota. como las que pueden verse todavía en muchos edificios antiguos. hice lo humanamente posible por conquistar la felicidad y apartarme de los tronos. como di gracias a Dios por haber permitido que destronaran a mi padre. guardad vuestro valor para servirle. Con el rostro recatado por un sombrero de anchas alas. por 1 El Mariscal estuvo preso doce años. al nacer. y el cuerpo envuelto en una capa amplísima. la oscuridad era tan densa que nadie que no hubiera sido el dueño de aquella mansión señorial habría encontrado el camino. le ruega recluirse durante unos días en la Bastilla1. en el castillo todo reposaba en silencio. se les arranca el corazón! Todo el mundo sabe la edad que tienen. Enrique? ¿No hice mucho más de lo que debía? ¿Acaso tengo yo la culpa de que mi padre sea un príncipe soberano? ¿Se puede elegir padre? ¿Se puede decir: naceré pastora? ¡Bien sabéis cuál es la infausta suerte de las princesas. dirigióse por senderos extraviados al castillo. tenía la forma de rastrillo. y llevad a cabo valerosamente la gran resolución que hemos adoptado. que me separa de vos. el golpe que me hubiera arrebatado el título de princesa. desde que os conozco. Os consta que. Era más de media noche. Vaya. sin que nunca les sea permitido lamentarse. Enrique. debemos acatar su voluntad. y nuestras ilusiones se desvanecen.. internándose en el bosque. que el rey me ha encargado comunique al señor mariscal que lamenta esta prisión. no brillaba una sola luz. Hasta habría bendecido. —Permitidme manifestar.injuria inferida a nosotros más que a vos. ¡Hemos soñado demasiado. señor de Cinq-Mars —agregó Launay—. mientras la carroza marchaba al trote. He luchado durante dos años contra mi mala estrella. ni quién sino yo volvería a quejarse de su suerte sin esperar nada del mañana? La persona con quien conversaba el señor de Cinq-Mars en medio de la noche. Cinq-Mars esperaba anhelante. no me meteré otra vez en libros de caballerías.

. por primera vez. rico. ¡Adiós! ¡Que mi destino se cumpla! —¡Adiós. Si alguna vez atentarais contra la vida del monarca. ángel mío! Invocaré vuestro recuerdo. extendiendo. toda la eternidad! Cinq-Mars se estremeció de júbilo y. ¡Adiós. el brazo. que os sacrificaré todo y os esperaré sufriendo. Ved una nube que nos ampara.. María! —replicó Cinq-Mars. Tomad esta pequeña cruz de oro y colocadla sobre vuestro corazón. que seréis mi esposa. tan pronto como lo vio llegar.? Decidme pronto de dónde procede y marchaos.. —¡Toda la vida. amado. luego. no sin cierto titubeo. y el joven. y.. y hasta nuestros paseos por el estanque y por el bosque. y. juro por la Virgen Santísima. comprendo que se puede ser noble y tener ambiciones. ¡Partid! Sois joven. —¡Amado! ¿Lo seré siempre? —preguntó Enrique. —Parto.. pero pensad en el mañana y partid. El cortejo partió. empezó a regañarle porque trasnochaba. dulcemente.. sin haber sufrido contratiempo alguno durante el viaje. o que mi cabeza rodará en el cadalso. 13 . Tengo la seguridad de que alguien ha hablado cerca de nosotros. noble. ¿No oísteis nada hace una hora aproximadamente? —No. Dadme la sortija que lleváis en vuestro dedo. —¡Adiós! Estoy asustada. ¡Dios santo! ¡Los dos tenemos las manos manchadas de sangre! —¡Bah! No la he derramado por vos. no es un ave nocturna. —Más temor que la muerte me inspira la ausencia —objetó Cinq-Mars. El amor me ha hecho ambicioso y.? —Es un ave nocturna de las que anidan en la torre. cogiendo la manó de Enrique desde la ventana —. al terminar su amoroso coloquio. la he bañado con mis lágrimas. pero. valiente. no había cesado de refunfuñar mientras esperó a su joven amo. —¡Pues olvidémoslo todo. El caballo negro que montaba Cinq-Mars no había cesado de agitarse y piafar. ¡Adiós! —dijo la voz amada. Grandchamp. le permitió galopar. después de mí. el viejo sirviente. que lo amaréis siempre más que a nadie. —¿Qué decís? ¡Dios mío! —exclamó la princesa. Vuestro padre era mariscal. y cinco días después entraba en la antigua ciudad de Loudun de Poitou. ¿no oís vos en este momento. jurad que no realizaréis ningún acto punible. prosiguió resueltamente—: Olvidad nuestra pasada felicidad. nuestras largas veladas. ¿Pero esta sangre. —No. y pensad en mí también! —¿Acaso pueden separarse nuestros destinos? —Sólo la muerte los separará —replicó María. todo lo he olvidado —asintió la joven. sí. que nunca olvidaréis que el rey de Francia es vuestro señor.mí. dijo: —Pues bien. y la puerta fue cerrándose con suma lentitud. sed vos condestable o príncipe. No.. cuyo nombre lleváis. —Sí. no tardando en llegar a Tours. lloraré con mayor amargura aún..

pero los otros cinco se han negado a salir. —¿No lo sabéis. en latín. buena moza? Un mes haría ya que habrías echado el diablo —agregó un soldado que llegó en aquel momento. —Por cierto. y no te enojes. mostraba a la multitud el edificio hacia el que todos se dirigían. seguras de entrar las primeras. con su charlatanería. según parece. como todo el mundo sabe. y. que. Virgen santa! —imploró. dudan los hugonotes y los herejes. Tomaron asiento en los guardacantones y bancos de piedra. Ahora es la guarida del infierno. persignándose—.CAPÍTULO II LA CALLE Yo avanzaba con cansado e inseguro paso hacia el destino de esta trágica cabalgata. a retirarse.. estaría posesa. C. quizá porque los mimó demasiado.. próximo a la iglesia. que la exorcizó ayer. NODIER. del que. —¡Ah. —¡Jesús. Y cuando los exorcistas. María y José! —exclamó una beata—. y. La abadesa tiene siete diablos metidos en el cuerpo. ¡Y pensar que he encargado misas con frecuencia a ese brujo Urbano! —¿Y yo? —añadió una jovencita. fumando en pipa. a quienes Dios proteja. El diablo Elimi. al soldado. han contestado que no se irán hasta haber demostrado su poder. había en ella inusitado movimiento. y se incorporó al grupo. como estaban junto a la puerta del suntuoso edificio. sin reparar apenas en los viajeros que acababan de llegar. Las calles estaban intransitables por la excesiva aglomeración de gente. Luego. la que primero había hablado—. despectivas. siguieron chismorreando con más animación que antes. Los rostros de aquel enorme concurso reflejaban impresiones diversas. enamorada de su gran belleza. amontonándose. exhortaba o leía. La joven se ruborizó y recató el rostro con el capuchón de su pelliza negra. le hizo echar por la boca al demonio Eazas. Martina —díjole una vendedora gordiflona—. y el reverendo Lactancio le hizo expulsar al demonio Beherit. Las viejas miraron. Estoy temblando. ha dicho que hoy quitará el solideo al señor Laubardemont y lo suspenderá en el aire mientras se reza el Miserere. cuyas conversaciones cesaban repentinamente para prestar atención a una voz que. El grupo fue aclarándose y viose al fin al orador: era un capuchino o recoleto. Smarra. ¡Yo que me confesé con él hace diez meses! Sin la reliquia de Santa Genoveva. —El diablo que se le ha entrado en el cuerpo a la superiora se llama Legión —agregó una tercera. de todas partes partían gritos furiosos mezclados con piadosas exclamaciones. asustada. las campanas de la iglesia y del convento tocaban como invitando a extinguir un incendio. formaban corrillos. hermana? —interrumpió una religiosa—. con un crucifijo en la mano. Las gentes. los han intimado. al parecer. se oprimían y empujaban en dirección a un gran edificio. que por fortuna llevo bajo la ropa. ¡Quién hubiera pensado que el espíritu del mal entrara en nuestra ciudad! —¡Y que el demonio se apoderara de las buenas ursulinas! —dijo otra. El prior del Carmen. —¿Y qué. Cuando el cortejo formado por Cinq-Mars y sus acompañantes entró en la ciudad de Loudun. disponiéndose. cerrada todavía. a saborear 14 . que es el peor. que empleaste demasiado tiempo confesándote con ese brujo tan hermoso. seguramente. y todos los transeúntes.

a quien la Virgen bendiga. —¡Fijaos en estas brujas! —dijo—. que usa a veces con sus iguales. alegrándose de poder substraerse. me llamo Grandferré. único recurso de ignorantes y engañados. y siempre con sus superiores. Y así diciendo. volviéndose hacia la multitud. y cada vez que presenciaban algún nuevo desatino de las gentes se consultaban unas a otras con la mirada. la superiora. El descontento general que por doquiera se advertía apesadumbraba a los vecinos del pueblo. de una aparición quizá. y su aspecto lo delata. pues hoy conocerás el verdadero poder del espíritu maligno. antigua vestimenta de los galos. Cuando estuvo cerca de los personajes indicados. de un suplicio. comprendían que se avecinaban graves sucesos. —¿De verdad. echando espuma por la boca empezó a hablar en latín. Cuando llegó el padre Luciano y pronunció el nombre de Urbano Grandier. tía. Un campesino muy anciano avanzó. como las de los niños a las personas mayores. Como. tan cierto como te estoy viendo ahora. entre los que se distinguía el soldado que las había insultado un momento antes. llevando todos sombrero ancho y blusa azul. lo cual quiere decir que Urbano la hechizó con rosas del diablo. los campesinos. a pesar de esta arrogancia. su sonrisa sardónica y la simulada gravedad con que se apoya en su largo bastón. exagera su torpeza y grosería para lograr su oculto propósito. y tienen la misma voz que la superiora. Muchas personas que les oyeron pueden atestiguarlo. por lo menos. empuñó con una mano el sable y con la otra se retorció el rubio bigote. se empequeñece exageradamente con objeto de cohibir en su propia suficiencia al que interroga. arrugando el ceño. —Los demonios hablan como las personas. como si el extraño y repentino vocerío las consternara. que solicitaban inútilmente la opinión de las personas acomodadas. por medio de este diálogo. ocho o diez personas razonables de la pequeña ciudad se paseaban. que asusta. —¿Cómo hablan los demonios. y tuvimos que taparnos la nariz. sobrina. sin embargo. hijos y sobrinos suyos. el soldado adoptó el partido de ir a pasearse por las calles estrechas y obscuras con la indiferencia del militar que hace sus primeras armas y desprecia profundamente a cuantos no visten su uniforme. entre la multitud. y pocos hay que posean un hisopo como el mío. Te he traído para que tu alma se edifique. que el viento puede convertirse en llamas y abrasaros. ninguno le dirigió una mirada de reto. porque los demonios iban a salir y podían meterse en nuestro cuerpo. cierta ingenuidad burlona. no bromeéis al aire libre. rosas diabólicas. —¡Mirad! —chillaron triunfalmente las viejas reunidas. revelan claramente las esperanzas que acaricia y las fuerzas de que dispone. Por eso no la entendí bien. y todos permanecían resignados y pasivos. y es tal su insidia. —Joven —amonestó un burgués de aspecto triste—. Hace preguntas de difícil contestación. a la curiosidad de quienes las rodeaban. El campesino francés posee. y en especial hacia un grupo de hombres vestidos de negro. —No lo dudes. en 15 . pero recuerdo que decía: Urbanus magicus. No obstante. —Se me da una higa de todos los exorcistas. la boca y los ojos. o. que el pueblo francés usa con preferencia a otra cualquiera por convenir mejor a sus costumbres laboriosas y preservarle de la lluvia. en silencio. Creen estar en sábado y promueven más ruido que si fueran a caballo en el mango de una escoba. habéis oído hablar a los demonios? —preguntó Martina a la más vieja de las murmuradoras. quitóse el sombrero.el placer que iba a proporcionarles el espectáculo de algo extraño. como si estuviera leyendo la Biblia. Entonces le brotaron de los oídos y del cuello rosas de color de fuego que olían a azufre. tía? —continuó la jovencita. Ayer la estuve oyendo largo rato y daba pena verla desgarrarse el pecho y retorcer las piernas y los brazos. seguido por diez o doce jóvenes.

seguían a éstos otras dos filas. pues no se les veía el rostro. haciendo que sus doce hijos formaran en línea como los soldados—. golpeó un guardacantón. —Amigo Guillermo —siguió diciendo el señor de Lude—. penitentes. pensativa y apasionada. El trabajo y la edad le habían encorvado las espaldas. pero extremadamente pálido. revelaba gran superioridad de espíritu y precoz madurez. coronada de cabellos blancos muy largos. Quienes le rodeaban contemplaban curiosos al anciano. amigo —prosiguió el conde—. Estas personas eran tres frailes capuchinos y un recoleto que formaban parte del concurso. cubierta la cabeza con capirotes. en lo sucesivo. Guillermo Leroux. y llevaba bajo el brazo izquierdo un rollo de papeles que empuñaba y blandía convulsivamente al hablar. lo que le hacía parecer más joven de lo que era en realidad.lo que le imitaron los demás individuos de su familia. con aberturas para los ojos y nariz. Luego. —No nos movamos. a la ciudad. y apoyó en él las manos cruzadas. La verdad es en mí una pasión. de manera que. y no olvidéis que tenéis setenta años de edad. por donde venía una larga procesión. de barbas puntiagudas. en los tiempos actuales. los muchachos saben moverse mejor que las chiquillas. señor —repuso Fournier—. y se les llama todavía. A la vanguardia marchaban los arqueros en dos filas de frente. que puede informaros. Quizá hoy lo oigáis. como el guerrero encolerizado esgrime la espada. y le dijo: —¡Cómo! ¿También vos. pero no solamente por la indumentaria provocaba la admiración del concurso. En el Mediodía de Francia se llamaba a éstos enmascarados. ojos azules muy claros y esbelto y delicado talle. —¡Ah! —exclamó el viejo. a lo largo de la calle. —¡Bah! Señor conde de Lude —respondió el arrendador—. se trata de una broma. que lo acompañaban. ¿por qué habéis venido con los varones solamente? ¿Para qué traéis esos bastones? —No me agrada que mis hijas aprendan a bailar como las monjas. que se parecía notablemente al rey bearnés. dejando ver su rostro moreno. púsose el palo entre las piernas. tenía cabellos rubios. Su fisonomía. adquirida enérgicamente por el estudio. El procurador del rey dimitió anoche. creedme —aconsejó el conde—. Vestía traje y capa negros y cortos. y 16 . además. Probablemente. En esta posición cerró los ojos. Estuve en la guerra con el difunto rey Enrique y sé manejar la pistola perfectamente. veremos en qué consiste. Es preferible que os pongáis en fila para ver pasar la procesión que ya se aproxima. abismándose en los recuerdos de sus años juveniles. Dijérase que deseaba desenrollarlos y sacar de ellos rayos para fulminar a las personas a quienes miraba con indignación. no siendo día de mercado? Es tan raro como si vuestros bueyes rompieran el yugo para ir a cazar estorninos o abandonaran el trabajo para contemplar la carrera de una liebre. si el puñal que le dio muerte no hubiera impedido que la cabellera de éste encaneciera. Aquí está el abogado Fournier. y en las manos la barba blanca. El sonido de algunas campanillas hizo que las gentes dejaran de contemplar al anciano para dirigir la vista al extremo de la calle Mayor de Loudun. Y. habéis venido desde la granja de la Chenaie. amigo Guillermo. —Conversemos de otra cosa. al uso de la época. cuyo traje rayado era de la época de Enrique IV. sólo empleará su elocuencia para exponer su noble pensamiento. a veces. —No importa. de frente desnuda y rugosa. cosa que por él temo tanto como me alegro por el acusado a quien defiende. en el centro de las cuales caminaba una larga hilera de hombres con amplias hopas de color gris. le tendió la mano sin descubrirse. la liebre pasa por delante de los bueyes. con largas alabardas y sombreros de anchas alas adornados de plumas. sino también debido a su rostro. Era un joven de rostro noble y expresivo. Uno de los extraños personajes vestido de negro que formaban el grupo.

La superiora sólo se distinguía de las demás por el enorme rosario con cruz de oro que le pendía del cuello y le llegaba hasta los pies. especialmente en los entierros solemnes. Al paso de los penitentes. tienen el rostro más feo que el alma —agregó un joven. aunque en éstas es el arte quien realiza el prodigio que en aquélla era obra exclusiva de la Naturaleza. realzada por el color oscuro de su toca. —¡Ay. para que el pueblo pudiera contemplar el rostro de las posesas. —¡Es un hipócrita! —agregó una voz varonil. —El demonio. en todos sus movimientos afectaba una calma extraordinaria. la prematura arruga de su frente revelaba la constante y profunda agitación de los pensamientos que la absorbían. que. —¡Ah! —chilló la vieja—. van a ser nuestra salvación. mirad —gritó la joven Martina—. 17 . —Los sacerdotes no tienen enemigos más encarnizados que éstos —murmuró el conde de Lude. al aparecer la superiora de las ursulinas. el cura de San Jaime de Chinon. sin pretenderlo. con el velo monjil alzado. —¿No los conocéis? —siguió diciendo la vieja a las mujeres que estaban a su lado. Richard y Chevalier se empeñaron en ser destituidos hace un año —prosiguió el señor de Lude. Fijaos en el señor de Mignón. tía. —¡Qué hermosa es! —exclamó unánime la multitud. continuaba tomando apuntes.aún suelen verse en los Pirineos. la multitud prorrumpía en exclamaciones. que va hablando en voz baja a los consejeros y al presidial de Poitiers. tan diversas como los opuestos sentimientos que inspiraba el espectáculo. contribuyendo a su aspecto macabro el brillo de los ojos a través de la máscara. —Mirad. quien. —¡Qué miedo! —exclamó una mujer. —¡Tened cuidado con las bolsas! —recomendó otro espectador. las tiene apesadumbradas —respondió la interlocutora. sus cejas hacían recordar las de las circasianas. es él quien los imbuye. bajo la capa. como otras seis hermanas de la comunidad. al abogado Fournier. ¡Dios los bendiga! —Roatin. a quienes pellizcaba para llamarles la atención—. Dios mío! Son los santos hermanos de la Penitencia —exclamó una anciana. Mirad ese fraile que ata al demonio entre las llamas con una cadena al cuello. mirad cómo lloran sor Inés y sor Clara al lado de la madre superiora. que las posee. Ahora pasan los jueces. a media voz. ¡Qué pendón! ¡Qué suerte que residan en nuestra ciudad! Seguramente. atraía las miradas de la multitud. oculto entre el grupo de burgueses enlutados. —¡Cómo le ha enflaquecido el ayuno! —¡Es que el remordimiento le hace palidecer! —¡Pone en fuga a los diablos! —Por el contrario. imponían tristeza. y qué bonitos son sus vestidos rojos! Han tenido mucho gusto para elegirlos. Poneos en fila para que veáis bien al señor Barré. que marchaba al frente de su comunidad. que no cesaba de tomar notas. iba. —Seguramente. para verlos mejor—. en sus ojos negros reflejábase una pasión profunda y ardiente. simulando fantasmas. en voz baja. dirigiéndose al abogado Fournier. ¡Qué buenas personas. Los penitentes de Loudun llevaban grandes cirios y caminaban lentamente. poniendo término al anterior diálogo. —Entre esos enmascarados debe haber muchos bribones —dijo un burgués. blancas e inmóviles como las de las estatuas orantes de algunos sepulcros. —¡Es un santo! —exclamó otra anciana. con las manos juntas. La blancura de cara de la superiora. caminaba cadenciosa y paulatinamente. separando del rostro su mantilla negra.

del padre Lactancio. Laubardemont. con el rostro apacible de San Basilio. un hombre alto. y la mirada de Nerón. «Segundo. señor de Laubardemont. oyó algunos sollozos. asistido por los reverendos padres Mignón. nobles o burgueses. mandó cerrar las puertas del vetusto edificio. Y. Al ver el grupo de que antes hemos hablado. y vio brazos que se tendían hacia él como indicándole que había quien estaba dispuesto a defenderlo. entraba en un edificio contiguo a la iglesia. y de todos los demás jueces llamados a entender en este asunto. El sacerdote encadenado era Urbano Grandier. el sonido de las trompetas ensordeció el espacio. por calumniosa contra las buenas hermanas ursulinas y contra los reverendos padres y jueces. será públicamente quemada. que siguió vociferando durante largo rato. Interceptada su carta. aquel hombre se asustó. cura de San Jaime de Chinon. declarándose nulos todos sus actos. lo reconoció y tuvo el consuelo de saber que había personas a quienes su desgracia afligía. al que se aproximaban los campesinos para escuchar. los jueces.Y la misma voz varonil que antes había intervenido en el diálogo callejero. de esta ciudad y sus aledaños. «Día 18 de junio del año de Gracia 1639. con tanta curiosidad como sorpresa. »Los bailes y regidores harán cumplir estas nuestras disposiciones. ¡supremo consuelo de los condenados a muerte! El sacerdote. no creyéndose seguro. seco y pálido. por orden de la persona que presidía el acto. pero él. con voz imponente. al cura de la iglesia de Santa Cruz. Barré. canónigo. De repente se acallaron todas las voces y cesaron los comentarios. e indicó a los guardias que lo rodearan para defenderlo en caso necesario. dirigida al rey contra nosotros. por el delito de conato de sedición popular. que vestía sus hábitos talares. Disolución de la asamblea clandestina de propietarios. investido de poder discrecional para juzgar a Urbano Grandier. bajo la multa de veinte mil libras y pena de castigo corporal. como si la multitud hubiese quedado helada y sin aliento. los canónigos y los frailes capuchinos se colocaron a su lado. y. para no perder a los que se interesaban por su suerte. de amplio traje negro y solideo. efectivamente. inmediatamente después de haber entrado. magistrado. deseando encontrar entre la muchedumbre algún amigo compasivo. Prohibición de negar pública ni privadamente que las citadas religiosas están poseídas por los demonios. dejando fuera a la multitud. El rostro del encadenado reflejaba gran nobleza. leyó el siguiente edicto: «Nos. sofocando las protestas de la multitud. La procesión volvió a ponerse en marcha y. supuesto autor de todos los delitos que se le imputan. cargado de cadenas y conducido por cuatro penitentes. muy a propósito para el uso a que se destinaba. La procesión se detuvo de pronto. agregó: —El arrepentimiento de haber engañado a Dios es lo único que las hace llorar. ministro y subdelegado. no tardó en encontrarlo.» Apenas hubo concluido de pronunciar la última palabra. decretamos lo siguiente: «Primero. momentos después. 18 . marchaba detrás del grupo de religiosas. había hecho acelerar el paso a la comitiva. que no era otro que un antiguo convento cuyo pisos habíanse derrumbado formando una sala inmensa. que. y miraba a derecha e izquierda con expresión bondadosa. Todos contemplaban ansiosos. como igualmente queda prohibido dudar del poder de los exorcistas. bajó los ojos sin responder a ninguna seña.

lleno de júbilo. tan estrecha que las rodilleras de sus polainas rozaban las paredes. en las que desaparecían sus cortas piernas. Cinq-Mars poseía un gran tacto instintivo. y desde allí pudo presenciar cuanto sucedió. Además. El hombrecillo empuñaba una pistola en cada mano.. Al extremo de la calle encontró una casa de madera de un solo piso. su voz bondadosa! Absorto en tales pensamientos llegó a una obscura callejuela. temerosos. todas las miradas se fijaron en el grupo de jinetes. mientras en la sala de espectáculos. encontróse. bajo y colorado. Después de haber conversado largo rato en voz muy baja. retirado en un callejón obscuro que desembocaba en la calle Mayor. comprendió que no le sería fácil encontrar al abate Quillet en aquellos momentos. le dijo muy cortésmente: —Apeaos. Voy a ver al bueno. El Vicario Savoyard Veamos ahora lo que hizo Cinq-Mars en medio de los conmovidos espectadores. se despidieron con la ceremoniosa cortesía de la época Cinq-Mars y el conde de Lude. los ánimos estaban extraordinariamente sobreexcitados. con su escolta. Y casi al mismo tiempo abrióse la puerta. señor abate. acercándosele el conde de Lude. comprendiendo Cinq-Mars que necesitaba adoptar una determinación. preguntando a la de aspecto más distinguido: —Señor. varios campesinos advirtieron que los cinco caballos estorbaban el paso. —¡Ah. Al principio.CAPÍTULO III EL BUEN PRESBÍTERO Así me dijo el hombre de paz. el buen hombre. los circunstantes miraron a Cinq-Mars. su alma. lejos de la multitud. pareció aquistarle la pregunta benevolencia general. inmensa gorguera blanca y botas enormes. y creyó oportuno mantenerse sobre su cabalgadura con los cuatro sirvientes que le acompañaban. que llevaba solideo negro. Y. dejando caer las 19 . agarrándolo por un brazo—. se organizaba el cruento acto. —¿Quién llama? —gritó una voz iracunda. ¡Cómo recuerdo su rostro. como si acabara de nombrar a Lucifer. y os daré acerca del abate informes que quizá os convenga conocer. nadie le prestó atención. tranquilizaos —dijo Cinq-Mars. Las gentes los miraban recelosas. cuando la curiosidad pública no tuvo otra cosa en qué ocuparse. hijo mío! ¿Sois vos? —exclamó. mas. ¿seríais tan amable que me indicarais dónde podré ver al abate Quillet? Al oír este nombre. la casualidad había favorecido a Cinq-Mars en su elección. Somos amigos. El primero volvió a montar en su caballo gris. —¡Qué alegría! —exclamó al caminar—. y. avanzó con su escolta sombrero en mano hacia el grupo de personas enlutadas. donde había entrado la demoníaca procesión. y. después de recorrer varias callejuelas. al amable abate a quien debo mi educación. pero. —Tranquilizaos. preguntándose en voz baja unos a otros si acababa de llegar algún otro exorcista. señor.. en cuya puerta llamó repetidas veces. porque. lejos de considerarse nadie agraviado. apareciendo un hombrecillo grueso. —¡He de vender cara mi vida! —exclamó—.

que un criado. Pero respondedme: ¿a dónde os encamináis? ¿Qué pensáis hacer? —Voy a Perpiñán. tened la seguridad de que le seré adicto. al empezar a vivir? ¡Qué desgracia! ¡Dios santo! ¿Por qué habéis venido? Cuando el bondadoso abate hubo concluido de lamentarse. —¡Ah! ¿El cardenal mismo os manda que vayáis? Cinq-Mars mostró entonces la carta que el cardenal-duque dirigiera a su madre. diciéndole que el cardenal me llama a la corte. —¡Ay. creía que eran los esbirros de Laubardemont y. —Le escribí ayer. —No lo sé con seguridad —respondió el joven mirando al techo—. Pero contaréis con el señor de Thou. Enrique. y tomando asiento ambos sobre un baúl de cuero negro. ¿verdad? —inquirió sonriendo el abate. Dios mío! ¿Quién ha de protegeros en este peligroso país?—decía tomando nuevamente asiento y volviendo a estrechar. en vuestra juventud.. —¡El cardenal! ¡El cardenal! —repetía con voz angustiada. Entrad pronto con los que os acompañan. seguramente. cuando todo debiera induciros a que os forjéis una excelente idea de la humanidad. pero supongo que se trata del cardenal Richelieu. aunque la casa se encuentra aislada. el rostro encendido y lágrimas en los ojos—. se apresuró a recoger—. por lo presenciado. habréis dejado de escribirle. ¿A qué venís? Aquí no hay más que abominación. 20 . lo condujo a una habitación. ¡Capitán de guardias a los veinte años! No está mal —y se sonrió. Al oír esto.. hijo mío? ¿En qué piensa la mariscala al permitiros que vengáis aquí? ¿No veis cómo tratan a un infeliz desdichado a quien se han empeñado en perder? ¡Dios mío! ¿Y es éste el primer espectáculo que habíais de presenciar. y tras de haber estrechado afectuosamente entre sus manos arrugadas y rojas las de su discípulo. con paternal solicitud. ¡Juan! ¡Juan! Cerrad en seguida la puerta y recomendad a esta buena gente que no hagan. podrían espiarnos. armado también hasta los dientes. Grandchamp apresuróse a obedecer al intrépido y minúsculo abate. pateando rabiosamente el suelo. y os juro que. y que tiene ideas propias.pistolas. mayor que vos. Es vuestro amigo de la infancia. éste pudo decir: —¿No adivináis. no amaré menos a la humanidad. tiemblo al escucharos! Ese hombre os perderá si no os convertís en sus manos en dócil instrumento. preguntó el abate a su discípulo con sumo interés: —¿A dónde vais. Inmediatamente. me ha parecido soberanamente ridículo. —Pero. y esto contribuyó en gran manera a tranquilizar al bondadoso abate. las manos de su discípulo. a correr de un extremo a otro de la estancia. ¿no es verdad? —dijo procurando tranquilizarse—. que era amigo de mi padre. No está mal. —¡No perdamos tiempo! Ya os explicaré en qué consiste esa locura. especie de granero abandonado. tiernos afectos y una dulce confianza. la verdad. mejor dicho. querido maestro.. cuando necesitáis amistad. ¡Infeliz muchacho! ¡Quieren perderos! ¿Qué pretenden que hagáis? ¡Qué pretenden. ¡Si yo pudiera acompañaros! ¿Por qué me habré conducido como un chiquillo de veinte años en este lamentable asunto? «¡Señor! Mi compañía os atraería serios peligros. ruido. empinándose sobre las puntas de los pies. estaba dispuesto a defenderme. —Sí. el impetuoso abate saltó del baúl en que estaba sentado y comenzó a caminar. pues cinco o seis monjas locas. —¡Vaya. hijo mío. vuestras virtudes y sabias lecciones me han hecho formar un buen concepto de los hombres. en cuyos ojos trataba de leer.. ¿Veis esos caballos? Me esperan para ir a Italia a reunirme con nuestro amigo e duque de Bouillon. y espero que llegue la noche para huir. o. escuchadle. pues me veo obligado a ocultarme. pues no he dejado de estimarlo. es un joven inteligente que ha reflexionado. vaya! —musitó el abate—. que abrazó cuatro o cinco veces a Cinq-Mars. para qué el cardenal-duque me presente al rey. que si he venido a Loudun ha sido únicamente por vos? En cuando al espectáculo de que habláis.

no obstante los tristes acontecimientos que se están desarrollando y que acaso tengan un final sangriento. si contribuyerais a la perdición de un inocente. Conozco vuestro carácter impetuoso. porque es el que conduce a las grandes fortunas. se puede ser tan niño como vos. El abate Quillet pasó cariñosamente sus descarnadas manos por la cabeza de Cinq-Mars. sea quien destruya mi propia obra y quebrante vuestras convicciones. no extremaría tanto sus favores. Al fin. seguido por la mirada de Cinq-Mars.Entusiasmado con esta sonrisa. que os cercará. pero. —Entonces no hay esperanza. tened la bondad de cerrar la ventana. no os asustéis. Enrique. Mas el abate Quillet desprendióse. dando por terminada la parte moral del discurso. y Dios quiera que no presenciemos mayores horrores. Recordad que vuestra espada debe estar al servicio de Dios. no hagáis un gesto que revele vuestra opinión acerca de los acontecimientos. pero tengo el deber de declararos que las creo exageradas y poco lógicas. Conservad siempre esa fe sencilla. se sentó el anciano. entristecido al verlo otra vez tan serio. pensaréis que vuestra conciencia habla contra vos. no sin gran trabajo. y el cura está perdido —dijo el abate Quillet—. le han hablado de vos y. ahora. y de la que no se avergonzaban los más grandes capitanes de nuestra época. cerró la ventana. cubierta de telarañas. Y. es preciso. os supone apto para la realización de sus planes. por lo que le hayan dicho. galardón de vuestra noble familia. pero presenciadlos. no pronunciéis una palabra. del caluroso abrazo. semejante en un todo al de vuestro padre el mariscal. Esta mañana habéis presenciado en parte la ejecución. os veo inclinado a ellas y. que le recordaba otras. ¡Perdonad mi ruda franqueza! Pasado algún tiempo os acordaréis de lo que ahora os digo. que tenéis hermosos cabellos castaños. con lo que demostraban que sabían sobreponerse y vencer temores y desgracias. invocando quizá vuestra religión. y dijo en tono grave: —Amigo. vuestras esperanzas. porque es de esperar que la carta que hemos dirigido al rey llegue oportunamente. padre! ¿Puede ocurrir semejante cosa? —preguntó Enrique de Effiat. vuestro antiguo preceptor. esperando oír un relato cualquiera. —Cuanto más lo reflexiono. que hacéis bien en seguir este camino. comprendo. En cuanto a mí. —Sí. hijo mío. de gloria y de amor. pero escuchadme atentamente. Entretanto. y volvió a su sitio en silencio. Seguramente. y. os atacará por el punto vulnerable de vuestro sincero corazón. os lo ruego en nombre de vuestra madre y de todos los que amáis. cómo se sublevaría contra vos. como un padre. que los favores no os turben y que la elevación no os maree. Tosía y movía la cabeza a menudo. Si el cardenal sólo se propusiera demostrar a vuestra familia su adhesión y gratitud. aun teniendo la cabeza calva. se trata solamente de no dejarse dominar. Sin embargo. que nuestros padres sintieron más que nosotros mismos. que no osaba reanudar la conversación. más creo que quizá no haya sido inútil el pasar por aquí. y 21 . porque eso les ha ocurrido a otros más viejos que vos. pagaré las consecuencias de mi torpeza. ¡si supierais cuan superior es la serenidad! Los antiguos la grababan en la frente de sus divinidades como uno de sus más hermosos atributos. Testigo de las extravagancias de su fingido celo. Escribidme con frecuencia. —He oído decir que ha sido interceptada —repuso Cinq-Mars. No permita Dios que yo. esas cóleras repentinas proporcionan pocas satisfacciones y ocasionan grandes disgustos. pero no será ella la que os hable. asistid a este juicio doloroso. mi querido discípulo. lo mismo que a vuestra madre. no os dejéis engañar por ningún hipócrita. os tendréis por persona de tibias creencias comparado con él. juntando las manos. Permaneced impasible ante los sucesos que presenciéis. y reanudó sus paseos y reflexiones. Escuchadme: suceda lo que suceda. y cualquiera que sea el crimen que cometan. visitad al señor de Thou y os aconsejaremos. invocando el mismo testimonio de Dios! —¡Oh. hijo mío —prosiguió el abate—. lo que os demostrará que. ¡Qué gritos daría vuestra conciencia. voy a referiros lo ocurrido aquí. hijo querido. el joven saltó al cuello de su ayo y lo abrazó como si acabara de conquistar todo un porvenir de placer. a tal punto han llegado las cosas. Procurad. porque el aire me molesta.

cuando el cirujano Duncan. volvióse hacia la pared llorando y dijo en voz baja al padre Barré: «Señor. ¡Ojalá el velo le haya impedido ver el espectáculo de hoy! La elocuencia de Grandier y su belleza angélica han enardecido a muchas mujeres que venían de lejos para oírle. levantó las manos. excepto su belleza. y gritó con voz terrible: Quis te misit. amigo mío. por más que no dudara de que las monjas estaban poseídas del diablo. arrebatándoselos a su madre Juana Estievre. otras han proclamado que era un ángel y le han besado los manteos y las manos cuando bajaba del púlpito. «Caballeros. según manifestó. se le ocurrió tirar de un hilo que descubrió atado a una columna. que por cierto es muy hermosa. probo. ¿tan grande es su poder? —Superior al que se cree y puede creerse.» Y por haber pronunciado estas palabras. mirándolas como la serpiente a las palomas. —Mas —repuso Cinq-Mars—. apoderóse de la caja. increpó Lactancio.prosiguió: —Como otras muchas personas. El señor de Lude adelantóse con su habitual sangre fría y rogó a los exorcistas que trabajaran en su presencia. y que no podíamos poner en duda la fuerza física que poseían. «Si. la señal de la cruz. no puedo más. La superiora. que todo lo sabe. tan gruesas y pesadas que me lastiman los pies. le dije. lo pasara muy mal. El padre Lactancio. Lactancio aullaba exorcismos. El padre Lactancio. y cuyo extremo caía muy cerca del magistrado. una voluntad inflexible. se encargó de sor Inés y de sor Clara.» Yo repetí en voz alta mis palabras. manifestó. en voz alta su sorpresa de que el demonio. porque el cardenal ha prohibido a este Cuerpo intervenir en la causa de Urbano Grandier. —En resumen. quienes me replicaban a voces que hay demonios más ignorantes que los campesinos. Mignón y los jueces aplaudían. El señor de Lude volvió a apoderarse de la caja. nada hay que supere la sublimidad 22 . respondió el señor de Lude. puesto que los malos espíritus Granizo de los Tronos. Barré arrodillóse con todas las viejas. profundamente indignado al presenciar tales mojigangas. Diabole? Las religiosas contestaron: Urbanus. y algo burlón. pero estoy resuelto a no dejarme prender. La joven superiora. tuve curiosidad por ver a los diablos de las ursulinas. profundamente interesado ya. encantado. entonces le llamaron hugonote y. éstas empezaron a saltar y a retorcer pies y manos. mostrando abierta la caja vacía.» «Tan convencido estoy de su eficacia como de la posesión». Disponíanse a ello los diablos. y Laubardemont hacía. Yo. —Las de ser un alma fuerte. pero cometí la imprudencia de prescindir del latín y les interrogué en griego. y las religiosas se quedaron inmóviles: «No creo —dijo arrogantemente Lactancio—que pongáis en duda la virtud de vuestra reliquia. han violado el secreto de sus papeles. una señora octogenaria. El amigo Laubardemont ha decretado mi prisión. que estaba sobre un lecho previamente preparado. llevo puestas estas botas de montar. un genio. con el deliberado propósito de condenarlo. algunas se han desmayado durante sus sermones. y voy armado de pistolas. sin conseguir otra cosa que enfurecer a los exorcistas. parecido al cordón de una campanilla. Verdad es que. sin que un rayo divino lo fulminara. lo mismo que vos os burláis de Dios y de los hombres. Iba el exorcista a proseguir interrogando. hombre sabio. cometiera solecismos y barbarismos y no entendiera el griego. y una pasión profunda que le ha impulsado a cometer el único pecado que creo que se le pueda reprochar. Por estos papeles se ha sabido y publicado su amor a la hermosa Magdalena de Brou. ¿qué faltas ha cometido Urbano Grandier? —preguntó el joven. señor. capuchino de rostro negro y mirada dura. os burláis de nosotros». El médico Duncan. a no haberle protegido el mariscal de Brézé. no pudo responderme en esta lengua. Me aseguraron que hablaban todos los idiomas. cuando el señor de Lude sacó con aire compungido una cajita de oro que. contenía una reliquia de sus antepasados y cuya eficacia deseaba comprobar. y apenas rozó con la reliquia la frente de las religiosas. Aman de los Poderes y Asmodeo habían prometido arrebatar el solideo al señor Laubardemont. que no se quería casar y deseaba ser monja. Me consta que la abadesa poseída es sobrina suya y que tiene un auto del Consejo en el que se le ordena juzgar sin temor las apelaciones que puedan interponerse en el Parlamento.

si no me engaño. y examinado por médicos instruidos. han representado los primeros papeles.. diciéndole que la activa correspondencia que sostenía Grandier con la señorita Hamón les permitía afirmar que Grandier era el calumniador. Le han recordado que. El privado. y la soberana la tomó a su servicio. juzgado entonces por santos prelados. se han comprometido a perderlo. Es tan evidente que sus faltas verdaderas no bastaban para condenarlo a muerte. El abate sacó un pañuelo rojo. actrices descocadas. e. obra de los satélites de la reina. impusieron silencio a esos demonios hechos hombres.de sus discursos. y la conjura. sabiendo que podían salvar a su hijo. una mujer del pueblo. cuya presidencia ha confiado a Laubardemont. le estrechó la mano en silencio por no interrumpirle. En un eclipse momentáneo del valimiento del cardenal. otra vez ya lo acusaron deshechizar a las religiosas. allí las religiosas. hondamente conmovido y con lágrimas en los ojos. cuyo título era: La zapatera de la reina madre. comprendieron que si triunfaba estaban perdidos. muy emocionado. La Hamón. encontrado entre sus papeles. capuchino temible de quien el cardenal se sirve para todo. sin duda. magistrados inteligentes. cuando el cardenal era prior de Coussay. y el amor que le inspiró esa obra es una falta grave en una persona consagrada a Dios. más de cien personas enemigas de Urbano. que las guardaba con el interés que podéis suponer. lo matarán. cosa que irritó grandemente al privado. lo que no permite dudar que será condenado. a pesar de la lucha desesperada de su pobre madre. El abate pronunció estas palabras. y prosiguió: —La persecución de Urbano Grandier es la segunda de que le hacen víctima sus enemigos. ¡Quiera 23 . se interrumpió. y con tal cúmulo de injurias contra la persona del cardenal. ha sobrado mayor fuerza con su primer fracaso. que han desenterrado la acusación de hechicería. indignados. y esta ventaja de entonces es lo que ahora le pierde. Se asegura que el pobre cura escribió el trabajo para calmar los remordimientos de la señorita Brou. el cardenal lo considera culpable. olvidada hace tiempo.. ¿Conocéis a un sujeto llamado la Eminencia Gris. apareció una sátira. hasta el extremo de que Francia no supo jamás cuál de los dos soles luciría a la mañana siguiente. pero. secó las lágrimas que surcaban sus mejillas. leyó el infamante anónimo y quiso conocer al autor. —¡Cómo! ¿Creéis que se atreverán a matarlo? —exclamó el joven. Cinq-Mars. y revela tener un gran corazón. Humillados por la publicidad que se dio a los debates. y avergonzados al saber que Grandier fue tan bien acogido por el rey cuando se postró a sus pies en París. en sus labios se unen la miel dulcísima de los Evangelios y la brillante llama de los profetas. y el cardenal ha creado en la ciudad un nuevo tribunal. En el convento de las ursulinas se han representado farsas indignas. y cómo Ana de Austria y el señor de Richelieu se han disputado durante algún tiempo el favor del rey. Han hecho desaparecer todas las piezas y testimonios de descargo. porque daba la impresión de que la tristeza no podía nublarlo. siempre inspirados. lleno de piedad por los infortunios humanos. Han supuesto que Urbano pretendía provocar un cisma con un trabajo contra el celibato del clero. Es culpable. Grandier le disputó el ascenso y le aventajó en la carrera. Ya sabéis el odio mutuo que se profesan la camarilla de la reina y la del cardenal. en ocasión en que los capuchinos de Loudun escribieron al padre José. Ved ahora los medios que han empleado sus enemigos implacables para lograr su propósito. y le conducirá al sepulcro. Su rostro rotundo y jovial impresionaba más que cualquiera otro. hijo mío. —Sí. e imponer silencio a su infierno. que los enemigos de éste se apresuraron a ponerla en circulación. escrita en un estilo bajo. El abate Quillet. le absolvieron. tuvo la suerte de agradar a la reina cuando pasó por el país. porque descubría intrigas y misterios que el cardenal creía impenetrables. a quien consulta a menudo y desprecia siempre? Pues a él se han dirigido los capuchinos de Loudun. sonriendo tristemente. cuyo estilo no se parece en nada al del libelo escrito en el lenguaje de las arrabaleras. Aunque Urbano Grandier ha publicado libros de oraciones y de meditación. El piadoso arzobispo de Burdeos limitóse a nombrar los examinadores de esos pretendidos exorcistas y esto bastó para poner en fuga a tales profetas. pero estaba muy lejos de pretender estimular la herejía. en vez de fracasar.

porque el tiempo pasa y podrían encontraros conmigo. casi no puedo pronunciar una palabra. prosiguió: —¡Qué grito. hijo mío! ¡Arrodillaos! Cinq-Mars obedeció. dejad vuestra gente y vuestros caballos aquí. y le besó la frente. con las manos en los ojos. y el anciano lo bendijo. —Ese grito es de mujer —dijo el anciano. y le aconsejó: —Marchaos al punto. Luego lo hizo levantarse. envolveos bien en la capa y salid. El abate. hijo mío! ¡Qué grito tan espantoso! Me ha llegado al alma. tras de lo cual y de haberse prometido escribirse con frecuencia. Enrique partió. Cerró la ventana. Marchaos. le recomendó: —Ocurra lo que ocurra. ¿Qué ha ocurrido? —preguntó a sus sirvientes. Sin duda. ¡Que Dios os bendiga.Dios que no conozcáis jamás eso que los Gobiernos corrompidos llaman golpes de Estado! Un grito horrible que sonó en aquel momento tras de un muro del patio puso término a la conversación. Estos respondieron que ya no se oía nada. que habían salido al patio. No hagáis ruido. El abate Quillet y Cinq-Mars se pusieron en pie instantáneamente. Aun tengo que escribir mucho antes que la oscuridad me permita emprender el camino a Italia. bien —dijo el abate—. mirándole por la ventana. Ambos volvieron a abrazarse. se trata de una desgracia. ¡Dios mío! Me ha dejado temblando. Ha sonado en el preciso momento en que os hablaba de vuestro destino. ¡prudencia! 24 . —¡Ha sido un grito de desesperación! —añadió el joven—. —Bien. y.

y parecía ocupado en ordenar papeles que hacía pasar a manos de sus compañeros de tribunal. permitió. Los jueces estaban decididos a condenar a Urbano Grandier. las pesadas puertas. a cuyo efecto habían predispuesto a la multitud. encargados de impedir que la gente pudiera ver la cara al acusado. bordadas en relieve. desde seis meses antes. Los jueces tenían orden de condenar a Urbano Grandier a la pena de muerte. Cinq-Mars. Laubardemont. SHAKESPEARE.CAPITULO IV EL PROCESO Por más que el cielo. símbolo del delito que se iba a juzgar. pero. Estos monjes estaban. dando órdenes con la vista. que la sesión del tribunal fuera pública. su cabeza sobresalía de todas. y se retiraron los testigos por una puerta que les 25 . como si fuera un tigre o lobo rabioso. con farsas y truhanerías. A la izquierda había un banco reservado al acusado. reveladores de urgentes y misteriosos preparativos. además. aunque se tranquilizó algún tanto suponiendo que la oscuridad le hacía irreconocible. pero no tardaron en arrepentirse de su resolución. para hacer visible el estrado. contra la costumbre. Vestía largo y ancho ropón rojo y solideo negro. que se agolpó a la puerta de la sala donde debía celebrarse el juicio. escuchando el ruido de unos martillazos. se encontraba el grupo de burgueses vestidos de negro. y sobre el crespón que le cubría aparecían. distinguiéndose entre todos el padre Lactancio por la sencillez de su hábito de capuchino. no obstante ser mediodía. por reprobables que éstos fueran. y no repararían en medios. cerca de él. cubierta con un paño negro que daba un reflejo lívido a los rostros. arrastrado por una oleada de la multitud. demostró. Los alguaciles abrieron. permaneció allí dos horas. yo hablaría. retirándose al más leve movimiento del reo. pero dando a su sentencia carácter legal y. El presidente del tribunal hizo una indicación. que era una especie de ave de rapiña de quien el cardenal se valía para vengar sus agravios. o como si las llamas amenazaran prenderle las ropas. para llegar a este fin. Los acusadores. y el pueblo se precipitó ávidamente en la sala. era preciso tener encendidos algunos hachones. unas llamas rojas. como siempre. los hombres. todos gente de iglesia. su tonsura y la dureza de su fisonomía. y todo el mundo gritara contra mí. procurando pasar inadvertido. logró colocarse tras una columna para ver sin ser visto. ser digno de la confianza de Richelieu. La sala estaba tan sumida en tinieblas. como igualmente se esforzaban por no ser vistas las señoras que estaban en otras. La muchedumbre. que. que dos monjes sujetaban con afectado temor. Sentado en un sillón más alto que los otros. Sentado entre alguaciles. No obstante haber ordenado Richelieu que las sesiones de los tribunales de Justicia fueran secretas. sobre todo. colocados a la derecha de los jueces. los demonios. advirtiendo con disgusto que. que la indignación pública la sancionara. el acusado tenía las manos atadas con cadenas. El obispo de Poitiers ocupaba una tribuna. al fin. Los jueces estaban alineados detrás de una larga mesa. deseando intimidar y asustar. La impasibilidad de Laubardemont parecía dominar a los jueces por él elegidos. el tribunal que había de juzgar al cura de Loudun resolvió que el juicio fuera público. iban revestidos de albas y estolas.

si en sus respuestas. Hubo que imponer silencio. dirigiéndose a los jueces—. cuando los jueces deliberaban. prosiguió la lectura del acta de acusación: —Se ha obligado a los demonios a que declaren sus nombres por boca de las víctimas. tuvo la feliz ocurrencia de comprobarlo. sin que los demonios le permitieran recibir los auxilios de nuestra santa madre la Iglesia católica. duda que llegamos a compartir nosotros al ver que los espíritus rehúsan explicarse en griego o en árabe ante personas desconocidas. Alex. por desdén. al acudir al sitio de donde partió. Barré y Mignón inclináronse repitiendo la señal cristiana. colgaron del techo un hilo para que los exorcistas fueran acusados de embaucadores. Acaos. que. lo hicieron con el deliberado propósito de que les despreciaran y para que. le dijo en voz bastante alta para ser oída: —Me habéis engañado. pero fue inútil. pronunciando claramente aquellos párrafos del escrito que pudieran impresionar la imaginación del pueblo. »Señores. juntamente con otras muchas personas. de la Orden de los tronos. aquí presente. caballero. nos informó de que. sostenida por el canónigo padre Mignón. y que el odio de los demonios es tan grande. Se llaman Astaroth. que es una copia del pacto que hizo con Lucifer y que debía llevar siempre consigo para conservar su poder.. explicaba de este modo. y leyó el acta de acusación en voz tan baja y ronca. Lo multitud.franqueó un ujier. levantóse con gravedad y gran turbación. La señorita exhaló un grito y cayó instantáneamente muerta. y a las hermanas Inés. Celsus. y algunas alabardas golpearon el suelo. gritó. siendo grande la malicia de los malos demonios. Clara y otras. —Con dolor hemos visto a la joven y respetable superiora de las ursulinas desgarrarse el pecho con sus propias manos y retorcerse en tierra. teniente fiscal de Orleáns. han replicado los reverendos Padres que. que han dudado de la presencia demoníaca. por mediación de sus santos intérpretes. Asmodeo. una gran voz. sospechando que estaba poseída de los demonios. encontramos el cadáver de una señorita de elevada alcurnia. Uriel y Achas. Cam. no es extraño que afectaran ignorancia para no ser molestados con tantas preguntas. Aún pueden leerse en el pergamino estas horripilantes palabras: «El borrador obra en la oficina de Lucifer». a juzgar por la admiración que le inspiraba Urbano Grandier. Zabulón. barbarismos y otras faltas. señores —dijo Houmain. Uno de los jueces. cerca de la sala del consejo. firmado con la sangre del brujo. de la de los principados. llamado Houmain. Clasificó las pruebas en dos grupos: las aportadas por setenta y dos testigos. hasta que se restableció el orden. Al salir aquéllos. Restablecido el silencio. haciendo la señal de la cruz. ¿quién de nosotros no los ha presenciado? Un prolongado murmullo partió de la asamblea. Eazas. Pero el magistrado permaneció impasible. quien. los santos doctores los dejaran tranquilos. cuando quisieron cometer una de sus tropelías. al oír semejante desatino. Dióse orden a los alguaciles de que detuvieran a los perturbadores. La infeliz acababa de morir en la calle. etc. que. nos llegó una nueva prueba. ha sido reconocido y presentado como auténtico este ramo de rosas blancas y este manuscrito. diciéndole de pronto: «Urbano Grandier ha sido condenado a muerte». milagrosamente. porque no se encontraron. de la Orden de los serafines. y las de «los exorcismos de los reverendos Padres presentes». pero personas respetables han jurado que jamás hubo en aquel sitio hilo alguno. oímos. que fue imposible entenderlo. mientras el Cielo. sus designios. A las objeciones de los impíos. 26 . Los padres Lactancio. que hizo palidecer de rabia al presidente. En cuanto a sus hechos. olvidar el recato de su sexo para hacer movimientos apasionados y prorrumpir en inmoderadas risas. porque el número es infinito. —Sí. incurrieron en solecismos. Cedrón. al pasar ante el señor Laubardemont. y. la lista de estos nombres y de sus hechos se encuentra en esta mesa. prorrumpió en una estruendosa carcajada. observaron los curiosos que la superiora de las ursulinas.

sonriendo a la muerte y lamentando la vida? Cuando te postras ante mí. el amor que me inspiras no debe entristecerte. ¡Amaba a la señorita de Brou! —¡Una joven tan buena! —murmuraban las mujeres. arrodillada a mis pies. porque tú eres el único objeto de mi existencia. Echaron agua fría a Grandier. jamás contaminada de impureza por labios humanos. y. pero éstos. al orar juntos. La asamblea se conmovió. y hablamos frente a Dios. dio muestras de desagrado. en plena juventud y en pleno amor? Cuando soñamos bajo los árboles del cementerio. ¡Qué bella estabas! Tu mirada buscaba a Dios en el Cielo. no le pedimos que nos arrebate pronto del mundo. El amor que me profesas no debe afligirte. —¡Dios mío! ¡Dios mío! ¡Es demasiado!—gimió Grandier. expongo en un libro la única idea que reside en mi alma. y estar seguros de que nuestras almas eran dignas de adorar juntas a Dios. en que ofició el mismo Dios. y los jueces cuchichearon. con la frente humillada. ¿tienes algo de qué arrepentirte y confesar. mujer celestial.» Al llegar el relator a este punto de la lectura. cayendo desvanecido en el estrado. dulce y bella Magdalena. abominable infamia. Y. —Ved. Todos mis pensamientos se concentran en ti. el solo secreto de tu pureza inmaculada. En poder de la citada señorita se ha encontrado esta obra escrita por Urbano Grandier. que empieza así: «Para ti. a quien también recibí en mi pecho. y el relator prosiguió la lectura. —La señorita endemoniada —agregó el relator— llamábase Magdalena de Brou. los ujieres impusieron silencio. te la ofrezco como una flor que recibo de ti. lo ataron al banco. ¿no buscamos la tumba para ambos. porque. o. Houmain continuó: —Hemos recibido orden de leer al tribunal algunos párrafos del libro. inquietos. con voz siniestra—. alguien pronunció la palabra asesino. ¿no se aman también los ángeles en el Cielo? Y.La multitud. al decir esto. Nuestra única voluptuosidad fue ver comenzar al mismo tiempo para nosotros una eternidad de bienaventuranza. mostró un libro encuadernado en pergamino. —¡Dios! —exclamó Urbano. profundamente indignada. y durante un momento reinó gran confusión en la sala. y mi mano temblorosa lo depositó en tu boca pura. como a pesar de esto el reo no recobraba el conocimiento. a quién ha sostenido tu alma en las puras regiones celestes? ¿Qué acción nuestra ofende al Creador? Quizá algún espíritu divino envidiara la felicidad que experimenté al verte. ¿qué otra recompensa que amor obtienen las almas de los bienaventurados? ¿Somos acaso nosotros menos puros que los ángeles? ¿No están nuestras almas tan desligadas de la tierra como después de haberse separado de nuestros cuerpos? ¡Oh Magdalena! ¿Qué pecado cometemos contra Dios? ¿Acaso. —¡Cuidado! —recomendaron los jueces a los alguaciles que rodeaban al acusado. respirar los perfumes celestiales. hermosa mía! ¿Crees acaso que no he rendido bastante culto a tu virtud? ¿Temes que la admiración que me inspiras pueda hacerme olvidar al Señor?.. abrióse violentamente la puerta por donde habían salido los testigos. para tranquilizar tu conciencia turbada. Laubardemont preguntó por señas a los Padres si se trataba de alguna escena preparada por ellos. ¡Oh alma angelical! Yo era el único que compartía los secretos del Señor. en el tribunal de la penitencia. purificada de las leves impurezas con que pudo mancharte el pecado original. que hasta entonces había mantenido oculto.. —¡Desgraciado! —exclamaban los hombres—. escuchar sus conciertos. como si la razón residiera en la fuerza de los pulmones—. el demonio va seguramente a revelar que se encuentra presente —dijo el padre Lactancio. levantando mucho la voz. único himeneo lícito entre la virgen y el pastor. Te uní a Dios. ¿Qué escrúpulos puedes tener todavía? ¡Ah. Himeneo inefable. por mejor decir. ¡Apretadle las ligaduras! Los alguaciles cumplieron la inicua orden. algo alejados del presidente 27 . señores! —exclamó. y tenía diecinueve años de edad. Los espectadores empezaban a ser dominados por la piedad. que existe por ti y que a ti vuelve. el día -de Pascua. —¡Y.

porque jamás había pensado en Dios. acrecentada por su desnudez. Antes de poder entenderse los jueces con la mirada. —¿Qué opinan vuestras Paternidades? —preguntó. yo. pero hoy estoy arrepentida y tengo remordimientos por haber representado una farsa. el cirio era en su mano la espada del ángel exterminador. cumplid vuestro deber! Laubardemont contaba con el apoyo de un hombre tan poderoso que nada le amedrentaba. Satanás! —exclamó el padre Lactancio. el arrepentimiento me ilumina. hasta caer de rodillas. brindándoles protección miles de personas. Clavó sus negros ojos en los frailes. impostor! —gritó enérgicamente—. vióse. que me engañasteis diciéndome que Grandier no sería juzgado.y tan sorprendidos como él. Juana de Belfield levantóse inmediatamente. avanzaba.. miraron al presidente. descalzas. arrastrando a su compañera consigo. con una soga al cuello y un cirio en la mano. El demonio que me ha poseído sois vos. hija del barón de Core.. y Lactancio inclinó. levantaos! ¿Verdad que es inocente? —¡Lo juramos! —respondieron. aplaudiendo. y los alguaciles. semejaba un alma escapada del infierno. que avanzaban hasta el centro del estrado tres mujeres en camisa. permaneció inmóvil. dirigiéndose a los frailes. la superiora avanzó hacia él con los pies desnudos haciendo retemblar la tarima. con gran estupefacción de todos. Tal espanto y confusión produjo en el ánimo de todos la aparición inesperada de las religiosas. las palabras que pronuncié me fueron dictadas. —Que el demonio pretende salvar a su amigo. deshechas en llanto. con paso seguro y ojos serenos y osados. —¡Silencio! —gritó con voz áspera—. ¡Hermanas mías. avergonzado. —¡Bravo! —exclamaron. superiora indigna del convento de ursulinas de Loudun. y la superiora. vacilantes. La multitud prorrumpió en imprecaciones contra los jueces. como si intentara exorcizar todavía a la superiora. Juana de Belfield. —¡Obmutesce. —No. La superiora de las ursulinas. —El demonio os ciega. muy pálida. tan desgraciadas como yo. y aparecida a quien le había esclavizado la voluntad. que a nadie se le ocurrió detenerlas. Los jueces saltaron en sus sillones. con voz firme y clara que resonó de un modo siniestro en el oído de los espectadores. pero éste.. Sus compañeras la imitaron. la cabeza. ¡Alguaciles. dijo lo siguiente: —En nombre de la santa Trinidad.. pero hoy preveo su muerte y hablaré. —¡Silencio. aún de rodillas. Las dos últimas lloraban. Eran la superiora de las ursulinas y las hermanas Inés y Clara. no pudieren hacerle entender que no eran los autores de aquella interrupción. se irguió con toda su espléndida hermosura de veinte años. precipitóse hacia el pueblo. los personajes de las tribunas y el pueblo. la hermana Inés volvióse hacia la multitud implorando auxilio: —¡Socorredme! ¡Me castigarán! ¡Me asesinarán! Y. que las acogió cariñosamente. aunque sin la firme resolución que alentaba en la superiora. pido humildemente perdón a Dios y a los hombres del crimen que he cometido acusando al inocente Urbano Grandier. Pero el fuego no ha producido jamás en la pólvora un efecto más rápido que el producido por estas palabras. los hombres golpearon con los bastones el suelo. No es cierto que esté poseída por los demonios. y los magistrados no se atrevieron a oponerse a que la concurrencia abriera 28 . Tan pronto como hubo formulado su juramento.

repuesto del duro ataque de la monja. hermana. ¡Yo sólo deseaba separarlos! Cometí un verdadero crimen. verlo diariamente. y ahora comprendéis que tenía razón: las pasiones que no se encaminan al Cielo son siempre dañosas. Había firmado la sentencia que le presentaron los doctores de la Sorbona declarando a las religiosas poseídas del demonio. Urbano es puro como un ángel y bueno como quien sabe amar. como si hubiera pretendido arrancárselo. que desde que había sufrido el desmayo permanecía cabizbajo y como muerto.. que no conoció había respirado yo en sus discursos. y Laubardemont miraba a los alguaciles indicándoles.. Los acusadores dirigieron la vista a la tribuna del obispo de Poitiers. yo os perdono en el nombre de Dios. quien hizo grandes esfuerzos para recobrarse. Laubardemont se encolerizó de nuevo. como ahora. y que hasta sus excelentes consejos contribuyeron a desarrollar en mí. ¡He sido vuestra cómplice. sin parar mientes en que condenaba a muerte a Urbano. en las que no se fijaba. diciéndole dulcemente: —Levantaos. exclamando: —¡Desgraciado! ¡Habla como los ministros de Dios! 29 . hermana? La voz de la joven se anubló. Mientras se desarrollaba esta escena. señalando a Lactancio. y bendijo a la religiosa. —¡Ojalá pudiera verme todo el universo! —repuso Juana de Belfield. pero tenía aún inteligencia bastante para distinguir entre los hombres al más fuerte y obedecerle ciegamente. ¡Yo ignoraba que estuviera enamorado! Fuisteis vosotros —agregó con mayor viveza e indignación. y la vista de la causa no era para él otra cosa que una de tantas ceremonias más o menos largas. y. firme en su actitud—. pero soy italiana por mi madre y mi sangre ardía. vosotros. ¡Había recobrado el conocimiento para sufrir un nuevo pesar! La joven penitente prosiguió: —Sí. Hizo una pequeña pausa y. gritó: —¡Es inocente! ¡Infeliz mártir. y su boca entreabierta musitaba palabras incoherentes de misericordia. volvióse al presidente diciendo: —La prueba más palmaria que el Cielo nos ofrece. por señas. El reo alzó las manos que tenía atadas. Barré y Mignón— los que me revelasteis su pasión. y esta complicidad me cerrará las puertas del Cielo! El sudor perlaba la frente de Laubardemont. perdóname. tenerlo por amigo. de que esas hermanas están poseídas del demonio. Con frecuencia os lo dije. Era éste uno de esos ancianos de quienes la muerte se apodera diez años antes de que exhalen el último suspiro. derramando amargas lágrimas. mirando a Grandier. Sí. me sometieron en la tierra a tan grande humillación. a quien veré muy pronto. el padre Lactancio. los jueces no cesaban de cuchichear. repuso: —¡El amor! La asamblea se estremeció al oír esta confesión.paso a las religiosas y las empujara a la calle. Nunca. pero. púsose una mano sobre el corazón. dirigió una mirada a la hermana superiora. los que esta mañana me habéis vengado cruelmente asesinando a mi rival con una sola palabra. Sin embargo. como ahora. pero no vieron en el rostro indiferente del prelado expresión alguna. el amor que Grandier ha rechazado. concentrando la hermana todas sus fuerzas. su mirada parecía velada por el sueño. permíteme que te bese los pies! La religiosa cayó postrada de hinojos ante Urbano. después. que debían vigilar al grupo de hombres vestidos de negro. Urbano. acostumbrado a presenciarlas como miembro o figura decorativa indispensable en ellas. estaba celosa y vosotros me permitíais hablar a Urbano. y exclamó: —¡Qué absurdo! ¿Y quién os ha violentado. es que jamás la superior a olvidó la humildad y severidad de su Orden. que bebí en sus ojos.

Los alguaciles. y el presidente intentó desalojar el local. pero el público. No había alguaciles bastantes para obligar a la multitud a despejar la sala y fue necesario ceder. advirtieron que la joven había apretado tanto el dogal que llevaba al cuello. entonces. apresuráronse a abandonar la sala. levantó la sesión. no se advirtió su ausencia. haciendo esfuerzos inauditos para entrar. porque los huecos que dejaban eran inmediatamente llenados por las personas que se apretujaban en la calle. horrorizadas. pero el pueblo permaneció inmóvil en actitud que infundía terror. Laubardemont. habiendo necesidad de sacar a muchas desvanecidas. 30 . Todas las mujeres. —Haced salir a esa mujer —ordenó el presidente. al obedecer. taciturno. pero. que estaba roja y casi asfixiada.—No he dejado de serlo —replicó Urbano. Asustados. los jueces se pusieron en pie. no se movió.

—Sospechaba algo de lo que sucede. caballero! —Verdaderamente. no! Aquellas voces eran los agudos. impostores! ¡Con qué habilidad han tramado la conjura! ¡Veremos si lo asesinan delante de nosotros! Los alguaciles no deben intimidarnos. El pueblo. cohibida por aquel aparato. así es que la mayoría esperaba. cuya única utilidad consistía en demostrar que se estaba dispuesto a pensar como el más fuerte. pero nadie osaba interrogar a su vecino ni comunicarle lo que pensaba. Sin embargo. RAYNOUARD. el aparato de que se le rodeó y las interrupciones que había sufrido mantuvieron la expectación del pueblo. aun comprendiendo a veces que eran fábulas cuanto les contaban los agentes interesados en embaucarlo. las trompetas de la orquesta. royéndoles el corazón como una serpiente. Los templarios. Cada cual sospechaba las impresiones de quien tenía al lado. y. El joven abogado. El interés despertado por el proceso contra Urbano Grandier. 31 .CAPITULO V EL MÁRTIR La tortura interroga y el dolor responde. todavía muy ingenuo. alzando la voz. —¿Y hemos de permitir que las cosas queden así? ¡Qué osadía! ¡Interceptar y quemar la carta que hemos escrito al rey! ¡Si el rey lo supiera! ¡Bárbaros. Tiemblan porque han oído protestar a tres mujeres engañadas. hizo añicos un cuaderno de papel. cuando los jueces abandonaron la sala. no. ¿Qué intentaba yo? ¿Qué elocuencia habría igualado a la que han empleado esas infelices monjas para defender al reo? ¿Qué palabras os habrían demostrado con mayor evidencia que Urbano Grandier es inocente? El Cielo lo ha defendido y se ha puesto a su favor impulsando a esas religiosas al arrepentimiento. No obstante. ¿Cuál de ellos es digno de escuchar a un hombre honrado? ¿Cuál se atreverá a sostener su mirada? ¿Cuál de ellos puede decir la verdad? ¡La verdad! Ellos la conocen por completo. ¡oh pueblo! Ya habéis visto a estos magistrados infames. el público empezó a gritar. en aquella época. porque se han suspendido los debates y no puedo hablar a los jueces. hablando en voz baja y con misterio. pero te hablo a ti. ¡No. dijo: —Rompo y arrojo al viento la defensa que había preparado en favor del acusado. señora. el Cielo terminará la obra que ha emprendido. subido en un banco. sobresaliendo entre el tumulto algunas voces que dominaban la algarabía. como las trompetas predominan en un concierto orquestal. ocurren cosas estupendas. —¡Vivir para ver! Frases tan estúpidas como éstas oíanse por doquiera. pero la llevan oculta en el pecho. la vuelta de los jueces. —¡No se sabe qué pensar. —Vivimos unos tiempos muy particulares. pero no he querido manifestar ni manifestaré a nadie mi opinión. no se atrevía a juzgar ni lo evidente. en el grupo de hombres enlutados se conversaba de otro modo. señal inequívoca de su torpeza y temor.

—¡Vade retro, Satanás! —replicaron voces que partieron de una ventana alta. Fournier hizo una pequeña pausa y, después, prosiguió: —¿Habéis oído esas voces que remedan la frase divina? Seguramente esos esbirros del poder infernal están preparando alguna otra diabólica combinación. —Dadnos un consejo —solicitaron los que rodeaban al abogado—. ¿Qué podemos hacer? ¿Qué le ha ocurrido a Urbano? —No os mováis; permaneced quietos y silenciosos —respondió el abogado—, porque la inercia de un pueblo es formidable, es su sabiduría y su fuerza. Mirad sin pronunciar una palabra y haréis temblar a los jueces. —¡No se atreverán a presentarse de nuevo! —dijo el conde de Lude. —¡Me agradaría salir al encuentro de ese bribón! —dijo Grandferré, que había observado todo lo ocurrido. —¡Desgraciado páter! —murmuró el anciano Guillermo Leroux, viendo que sus hijos, llenos de indignación, hablaban en voz baja y examinaban y contaban los alguaciles, burlándose del traje de éstos y señalándoles con el dedo. Cinq-Mars, apoyado en la columna, continuaba arrebujado en su capa negra, devorando con la vista el espectáculo y sin perder una sílaba de cuanto se hablaba, con el corazón rebosando amargura. A pesar suyo, experimentaba el joven violentos deseos de matar, de vengarse, de herir, bajo la impresión que producen en las almas generosas la injusticia y la maldad. A la derecha de la sala, cerca del estrado levantado para los jueces, un grupo de mujeres contemplaban absortas a un niño de unos ocho años de edad que había conseguido encaramarse en una cornisa ayudado por su hermana Martina, la joven con quien el soldado Grandferré había bromeado a la puerta del edificio. Como, suspendidos los debates del juicio, no había nada que distrajera al muchacho, éste se había subido a una lumbrera por donde penetraba una luz muy tenue, con la esperanza de encontrar algún nido de pájaros u otro tesoro; pero, al verse con los pies firmes en la cornisa y las manos agarradas a una antigua urna de San Jerónimo, empezó a gritar desde la altura: —¡Hermana, hermana, dame la mano, que quiero bajar! —¿Qué ves? ¿Qué ves, que te causa espanto? —No me atrevo a decirlo; pero quiero bajar, pronto, pronto. Y rompió a llorar con gran desconsuelo. —No, no bajes; quédate ahí —aconsejáronle las mujeres—. ¡No temas, hijo mío! ¡Di qué es lo que ves! ¡Fíjate bien! —Han acostado al cura entre dos planchas que le aprietan las piernas, y han amarrado las planchas con cuerdas. —¡Eso! ¡Eso! —exclamó un vecino de la ciudad—. Mira bien, hijo mío, ¿qué más ves? Tranquilizado, el muchacho se asomó más a la lumbrera y, volviendo el rostro, contestó: —Ya no veo al cura, porque los jueces le rodean y con los hábitos no me lo dejan ver. Están también los capuchinos, que se inclinan hacia el cura hablándole en voz baja. La curiosidad llevó más gente a los pies del niño, cuyas palabras eran escuchadas con gran ansiedad, como si de ellas dependiera la salvación de todos. —Ahora —prosiguió—, el verdugo mete cuatro estacas entre las cuerdas bendecidas por los capuchinos. ¡Uy! ¡Se enfadan con el cura porque no responde! ¡Madre, madre! ¡Dame la mano! Quiero bajar. Al volverse, vio el niño a unos hombres que lo miraban con avidez diciéndole, por señas, que continuara hablando. El muchacho no se atrevió a bajar, y permaneció, temblando, en la cornisa.
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—¡Oh! El padre Lactancio y el padre Barré meten otros pedazos de madera entre las cuerdas. El cura está muy pálido y parece que reza. ¡Ay! Inclina la cabeza como si fuera a morirse. ¡Bajadme, bajadme!... Y, dicho esto, él muchacho dejóse caer en los brazos del abogado, del señor de Lude y de CinqMars, que se apresuraron a sostenerlo. —Deus stetit in synagoga deorum: in medio autem Deus dijudicat... —oyóse cantar por el ventanillo a varias voces, cuyos salmos eran interrumpidos por golpes de martillo. ¡Tarea infernal rimada por frases celestes! Se habría dicho que era una fragua, si los martillazos no hubieran sido tan sordos y no se supiera que un cuerpo humano les servía de yunque. —Silencio —recomendó Fournier—. Grandier habla; los cantos y golpes de martillo han cesado. Efectivamente, oyóse una voz débil que decía con suma lentitud: —¡Oh Padres! Mitigad el rigor de vuestros tormentos, porque, de lo contrario, la desesperación me obligará a quitarme la vida. En aquel momento resonó en la sala un alarido formidable; temblaron las bóvedas; los hombres, furiosos, asaltaron el estrado ante las barbas de los alguaciles, desconcertados y atónitos, a quienes la multitud empujó y acorraló contra las paredes sujetándoles los brazos; y el pueblo precipitóse en tropel por las puertas que conducían al departamento del martirio. La habitación crujió al empuje de la gente y mil voces formidables prorrumpieron en injurias contra el tribunal, llenando de terror a los jueces. —¡Han huido! ¡Se lo han llevado! —gritó una voz. La multitud se detuvo de pronto, cambiando de dirección; luego, salieron todos de aquel lugar maldito, esparciéndose por las calles, donde remaba una confusión extraordinaria. Entretanto, la noche había cerrado por completo y caía una lluvia torrencial. La oscuridad era espantosa; gritaban las mujeres y, empujadas por los caballos de los guardias, resbalaban y caían sobre el empedrado; los hombres, llenos de indignación, lanzaban furiosas imprecaciones; las campanas anunciaban el suplicio con toques de agonía; oíase el retumbar de truenos lejanos: todo contribuía al desorden que reinaba en Loudun. El espectáculo no era menos asombroso que el ruido: antorchas fúnebres, encendidas en las esquinas, iluminaban fantásticamente a las gentes armadas de a pie y de a caballo, que pasaban, atropellando a la multitud, con dirección a la plaza de San Pedro; los vecinos arrojaban tejas contra los guardias, hiriéndolos a veces, y como éstos no podían apoderarse de los agresores, se vengaban en los inocentes que estaban a su alcance. La confusión era tremenda. La multitud desembocaba, por todas las calles, en la plaza de SaintPierre-le-Marche, sorprendiéndose al encontrarla defendida por barricadas y llena de guardias a caballo. Las bocacalles estaban cerradas por carros, enlazados unos con otros, junto a los cuales vigilaban centinelas armados de arcabuces. En medio de la plaza alzábase un montón de gruesos leños en forma de perfecto cuadrilátero, y sobre los leños veíase un rimero de tablas más blancas y blandas; del centro del montón salía un poste grueso y alto, al lado del cual estaba un hombre vestido de rojo con una antorcha en la mano. A los pies de este antipático personaje ardía un braserillo, al que unas planchas de hierro preservaban de la lluvia. La contemplación de este pavoroso cuadro restableció el silencio, y durante algunos instantes sólo se oyó el monótono golpeteo de la lluvia y el tronar de la tormenta que se acercaba. Cinq-Mars, los señores de Lude, Fournier y otros importantes personajes guareciéronse, para no sufrir los efectos del temporal, bajo el peristilo de la iglesia de Santa Cruz, al que daban acceso veinte peldaños de piedra. Estaban frente a la pira y desde aquella altura dominaban la plaza, a la sazón vacía, surcada por los regatos de la lluvia. Estaban iluminadas todas las ventanas, resaltando en sus vanos las siluetas negras de cabezas humanas. El joven Effiat contemplaba tristemente el siniestro aparato. Educado entre personas de elevados ideales, y ajeno por completo a los sentimientos que el odio y la ambición suelen engendrar en el corazón humano, no comprendía cómo se podía inferir tanto daño sin poderosos y secretos
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motivos, pareciéndole increíble la audacia de aquella condena, que empezaba a dudar no fuese justa. El horror que hacía enmudecer al pueblo se le filtraba en el alma, llegando casi hasta olvidarse el interés que le había inspirado el desgraciado Urbano. Aquel rigor era tan excesivo, que no podía, en su concepto, más que ser debido a una alianza con el infierno, no acordándose ya de las revelaciones de las religiosas ni del relato del abate Quillet. ¡Tal es la sugestión del triunfo! ¡Tanto imperio ejerce la fuerza, a pesar de lo que dice la conciencia! Preguntábase Cinq-Mars si el tormento no habría arrancado alguna monstruosa confesión al acusado, cuando de pronto iluminóse la iglesia, cuyas puertas se abrieron de par en par, y, al resplandor de innumerables antorchas, avanzaron los jueces y frailes rodeados de guardias; en medio de ellos iba Urbano, sostenido, o, mejor dicho, llevado por seis hombres vestidos con el hábito negro de los penitentes, porque sus piernas, vendadas y ensangrentadas, no podían sostenerlo. Cinq-Mars, que lo había visto dos horas antes, casi no le reconoció. Una palidez mortal extendíase sobre la piel del condenado, brillante como el marfil, como si tuviera las venas exangües y toda su vida estuviera concentrada en los ojos negros y dilatados, que paseaba en torno suyo. Los cabellos castaños esparcíansele sobre el cuello y la hora que le cubría completamente, ropón amarillento de anchas mangas, que trascendía a azufre; y una cuerda gruesa le rodeaba el cuello y le caía sobre el pecho. Aquel infeliz no era ya más que una sombra, el espectro de un mártir. Urbano se detuvo, es decir, se detuvieron quienes lo conducían, en el peristilo de la iglesia; y el capuchino Lactancio, poniendo al reo una antorcha en la mano derecha, le dijo con inflexible dureza: —Dignifícate, humillándote, y ruega a Dios que te perdone el crimen de brujería que has cometido. El infeliz dijo penosamente, mirando al Cielo: —Laubardemont, juez prevaricador, te emplazo, en nombre de Dios, para dentro de tres años. Me habéis privado de confesor, y he tenido que confesar mis culpas a Dios mismo, porque sólo veo enemigos en mi derredor. Dios es testigo de que nunca he practicado la magia, porque no conozco otros misterios que los de la religión católica, apostólica y romana, en la que muero. He pecado contra mí, pero no contra Dios, nuestro Señor. —¡Silencio! —ordenó imperiosamente el capuchino, tapándole la boca antes de que pronunciara el nombre del Salvador—. ¡Miserable contumaz, vuelve al infierno de donde saliste! Y, dicho esto, hizo una seña a cuatro clérigos, que se apresuraron a exorcizar con hisopos el aire que respiraba el acusado, la tierra que pisaba y la leña que había de quemarlo. Mientras se practicaba esta ceremonia, el teniente fiscal leyó apresuradamente la sentencia, que llevó la fecha de 18 de agosto del año de Gracia 1639, y que se conserva todavía, «declarando a Urbano Grandier convicto del crimen de magia y maleficio-cometido contra varias personas». Deslumbrado por un relámpago, el teniente fiscal detúvose en su lectura, y, dirigiéndose a Laubardemont, le preguntó si a causa del mal tiempo no podría demorarse la ejecución hasta la mañana siguiente. —La sentencia —respondió el magistrado—ordena que se haga justicia dentro de las veinticuatro horas. No temáis a este pueblo incrédulo; se convencerá... En aquel momento avanzaron los personajes de la ciudad y los forasteros que se habían refugiado de la tempestad bajo el peristilo de la iglesia. Con ellos, avanzó también Cinq-Mars. —El mágico no ha podido pronunciar el nombre del Salvador cuya imagen rechaza. De entre los penitentes salió entonces Lactancio con un enorme crucifijo de hierro que parecía sostener con precaución y respeto; acérceselo a los labios al reo, que, efectivamente, se echó atrás y, concentrando todas sus fuerzas, movió el brazo haciendo caer el crucifijo de manos del capuchino.
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Muchas manos varoniles sujetaron entonces a Laubardemont. un hombre se apoderó de él. que estaba ya completamente apagada. ¡Ha tirado al suelo el crucifijo! La multitud no daba crédito a sus ojos. —¡No son restos de un hombre. ¡Pongámosle en libertad! No maltratéis a los soldados. observando con ansiosa curiosidad lo ocurrido. la arrojó precipitadamente a la pira y prendió fuego a los leños. Cinq-Mars. a pesar de los disparos. a su luz. —¡Adelante. Lanzaban los caballos contra la multitud. y los maderos. los guardias fueron rechazados. y pudo verse que los dedos estrechaban una cruz de marfil y una imagen de santa Magdalena. apenas encendidos. el joven se adelantó. ¡A la hoguera! ¡A la hoguera! Los penitentes arrastraron a Urbano hacia la plaza. Lactancio y los demás clérigos atizaban el fuego. al caer el crucifijo en los escalones mojados por la lluvia. avanzó hacia Laubardemont y. Una animosa mujer del pueblo atrevióse a abrir aquella negra mano.—¿Visteis? —dijo éste—. Caía una lluvia torrencial. 35 . justicia. general se fijaba en otras cosas. había rechinado como el metal caliente al ser metido en el agua. lleva la marca de este hierro enrojecido! Al oír esto. sino reliquias divinas de un mártir!. precipitóse el pueblo hacia la hoguera. incluso el verdugo. pero ésta los arrastraba y anegaba en sus oleadas crecientes. sin atar la víctima al poste. salvada del fuego por un brazalete de hierro y una cadena. pero el agua que caía de las nubes esterilizaba todos sus esfuerzos. Lanzando aullidos de furor. mientras varias voces exclamaban: —¡Justicia. amigos! —¡Bien! —¡Detened ese caballo! —¡Empujad! ¡Adelante! Derrotada y dispersa la guardia en todas direcciones. le dijo: —¡Miserable. llorando. había visto que. —replicó una voz varonil. pero obligadles a retroceder. Dios no quiere que muera. descubrióse bajo un montón de cenizas y barro tinto en sangre. tomó el crucifijo entre los pliegues de su capa. Con la indignación y furor de su corazón leal. y. adelante! —gritaba un campesino—. Por toda la plaza propagóse el tumulto iniciado en el peristilo de la iglesia. golpeándole con él la frente. el verdugo. la multitud prorrumpió en imprecaciones. como se advirtiera que uno de aquellos tizones estaba ardiendo aún. —¡Profanación! —gritaron los clérigos. avanzando hacia la hoguera. Todos habían desaparecido. en nombre del rey! —Estamos perdidos —rugió Lactancio—. una mano ennegrecida. —¡Prended a este insensato! —gritó inútilmente el magistrado prevaricador. mientras los jueces y alguaciles luchaban con los ciudadanos iracundos. se derribaron dos barricadas y. deslizándose por detrás de una columna. y. El grito de «justicia» se repetía y circulaba con el relato de la infamia descubierta. —¡He aquí sus restos! —exclamó la mujer. Mientras la atención. ¡Otro esfuerzo. la multitud esparció los leños humeantes de la pira. porque envía la lluvia para apagar la hoguera. se apagaban humeando. tocó el crucifijo y se quemó las manos.

durante los cuarenta años que le serví. y luchabais. os lo ruego. Languidecen los vergeles y. el ataque a los treinta mosqueteros en el bosque de Chaumont no tuvo importancia. pero lo ocurrido aquí es más grave. o permitidme conduciros de nuevo al lado de vuestra madre. —¡Bah. dime por qué fuiste a la plaza habiéndote recomendado yo que permanecieras en casa del abate Quillet. señor! —replicó el criado—. Está de duelo el espino y los capullos de las débiles pervincas no tienen color. aunque estamos en primavera. partió al galope. montó a caballo. Verdad es que. vuestro padre. cuando éste sintió que alguien le cubría los hombros con otra capa de más abrigo. A pesar de la lluvia y del viento. lo empujó detrás de la iglesia. era el viejo ayuda de cámara que se le había acercado. no habría hecho lo que vos. Los baches del camino les obligaron a refrenar el paso. Salid de la ciudad inmediatamente. agitase su ramaje desprovisto de hojas. adelante. Al reanudar sus conciertos. he de ver cosas famosas. y luego me veía a su lado entre el humo de la pólvora. Parece como si el invierno se perpetuara. si esto sigue así. además. ¿ignoras que esos malvados habían calentado al fuego el crucifijo? ¿Qué persona honrada no se habría encolerizado? —El mariscal. ahora que estamos lejos del tumulto. señor. con hombres de honor. Caballos y servidores los tenéis al final de la calle. Aunque algo desconcertado por la severidad con que le trataba su servidor. aunque vos lo ignorabais. —Grandchamp —dijo el joven—. que vos exponéis con tanta facilidad. porque soy yo el responsable de vuestros miembros. JULIO LEFEVKE. jamás le vi hacer nada de lo que habéis hecho vos en los pocos días que os acompaño —y agregó suspirando—: Bueno. y se reunieron con los demás sirvientes que estaban esperándoles. porque. la señora mariscala. la primavera no ha despertado a los pájaros dormidos en las ramas. María. no podría esperar buena acogida en las altas esferas del Estado. sacándolo de entre la multitud. —Pero. 36 . Sólo me recomendaba que no cometiera disparates. a Cinq-Mars le agradó verse fuera del tumulto. sin replicar. Una mano tan dura como el hierro sujetó a Cinq-Mars por el brazo izquierdo y.CAPITULO VI EL SUEÑO Los bosques. pues comprendía que si lo reconocían después de haber herido al presidente del tribunal y agente del cardenal que había de presentarlo al rey. Continuaba diluviando. Siguió a su criado. obligóle a bajar la escalinata. Advirtió también que alrededor suyo habíanse agrupado gentes de baja estofa cuya compañía le avergonzaba. se encuentran despoblados. y lo puso frente al anciano Grandchamp. por lo tanto. que le dijo con acritud: —Señor. en vez de brindarnos flores y sombra. porque sabía que estando yo cerca podría sustituir con mi caballo el suyo si se lo mataban. nos encontrábamos nosotros cerca. y no tardó en verse en la carretera con su escolta. y la lluvia había casi calado la ropa de Cinq-Mars. ¿Voy a obedeceros más que al señor mariscal? Cuando mi desgraciado amo me mandaba que no me moviera de la tienda. no se quejaba.

vuestras tierras no estarían en tan buen estado. contemplad la llanura despoblada. construiremos una barraca. y estaremos tan calentitos como en una buena cama. Sin embargo.. toma esta bolsa de oro. volví con sus caballos. sus mulos. Si alguna vez vamos a las Landas. señor. colocóse a la izquierda del joven y prosiguió la conversación: —¿Creéis que no he de seguiros a todas partes? Pues estáis equivocado. por el temor de verse obligado a dar explicaciones o mentir. Era un gran principio en tan buen soldado como excelente general. como éste no había dicho cuanto se proponía decir.—¿Pues qué habría hecho? —Hubiera dejado tranquilamente que los frailes quemaran al cura. porque respeto mucho a la señora marquesa para que algún día pueda decirme con razón: «Grandchamp. y vos no dispondríais de tanto oro que contar. pero. no detuviste al asesino. ¿Dónde vamos a pernoctar? Si el señor lo permite cortaremos ramas secas de esos árboles. como si el camino cruzara un interminable cementerio. Grandchamp exhaló un profundo suspiro al oír la desdeñosa afirmación de su amo. Así. Mejor harías en decirme quién es ese bulto negro que viene tras de nosotros caminando por el fango. señor marqués. chapoteando en el barro. ignoro cuánto contiene. Cierta vez. Tened. recelando que Grandchamp lo hubiera seguido más allá del bosque de Chaumont.. Grandchamp —interrumpió el joven—. como de ordinario. Quizá algún día te encargaré que conduzcas mis caballos a casa. la misión que el señor mariscal me confió. porque jamás han tenido que reprocharme cosa análoga. sus guantes de gamuza para que la lluvia no se los estropeara! ¡Cuando recuerdo que el señor de Rosni le negaba dinero si había gastado demasiado! ¡Cuando recuerdo. cosas que a mí me agradan mucho. —Alguna campesina que piensa pediros limosna. o imponer silencio al anciano. —Perfectamente —dijo Enrique de Effiat—. Grandchamp. porque nuestros caballos. lodazales y grandes abetos negros. cuando iba de noche al pie de la ventana de una gran princesa. y paga por mí.. han matado a mi hijo de un balazo o de una estocada y tú no te interpusiste. 37 . su sobrino. y puedo juraros que al llegar a Chaumont los caballos se encontraban tan bien cuidados y enjaezados como si el conde hubiera tenido que salir de caza. nos sigue sin fatiga.! —Eres muy fastidioso. como había sido superintendente de Administración. sé el español y desempeñé honrosamente. O bien: «Cuida de que la lluvia no oxide mi espada. Cuando el conde cayó herido de un balazo en el bajo vientre. le han herido con un estilete italiano porque. a la guerra de los Países Bajos. no deseaba averiguarlo. y se habría batido contra treinta sin ayuda de nadie y con la espada de lujo que llevaba a los saraos. cuyo contenido ignoráis. pero. pues. veréis un terreno igual a éste: arenas. sin una casa. él mismo contaba su dinero. —Efectivamente. y no se metía en lo que no le importaba. ¡Me molesta ocuparme de estos menesteres! —El señor mariscal no habría hecho semejante cosa. da a mis caballos avena abundante y evita que se les retire el pienso». señor marqués! ¡Cuando recuerdo que el gran rey Enrique se guardó en el bolsillo. adoptó el partido de espolear a su caballo y adelantarse a su sirviente. entretanto. sin ayuda de nadie. —¡Ay. El señor mariscal era muy previsor. el señor mariscal me ordenó que siguiera al señor conde. que he creído perder muchas veces. Si hubiera procedido de otro modo. la bondad de guardaros vuestra bolsa. y de que el cebo de mis pistolas no se humedezca». Cuidaba mucho de sus arreas.. se ven obligados a caminar al paso. Ahora que ha cesado la lluvia y que se ve mejor. en presencia mía. y me habría dicho: «Grandchamp. Aquello me valió muchas felicitaciones y elogios de toda la familia. pues.» Esta justa reprimenda sería muy desagradable para mí. Cinq-Mars escuchaba atentamente.» «Grandchamp. lo que hubiera equivalido a una confesión y una confidencia. su tienda y todo su equipaje. sin perder ni un pañuelo. yo.

Poco después. agitándose en el lecho. casi a viva fuerza. Y anduvieron..» Y. cuando hubo tomado asiento. mientras la multitud seguía gritando. éste es mi trono. Al inclinarse para besar la mano que acababa de salvarle. que le decía: «Ven conmigo. la más grande desdicha del amor. distinguió la voz suave de María Gonzaga. Las pesadillas. se desmoronaban y le era imposible ascender. María sonreía y. pero entonces ocurrió un hecho singular que le llenó de terror. entonces comprenderá su insensatez y se irritará contra mí. Cinq-Mars pretendía detenerlas. Me conoció y creyó que yo constituía su soñado ideal. llevada a la corte de Ana de Austria. pero al afirmar los pies en los peldaños de madera. preguntábale tembloroso el joven. y donde se durmió de nuevo. Grandchamp obedeció y. Luego. arremolinábanse en su cerebro. subió al trono y. «Todo lo debes al amor». cogido por la mano. una gran habitación y una cama espaciosa. vio que era la del verdugo. estoy sediento. la mariscala derramando lágrimas. y Cinq-Mars. exclamó. y gran número de guardias. que marchaba al paso. Sentada sobre su cama estaba una joven hermosísima. para consolarse. y el sueño le cerraba los ojos. Cinq-Mars preguntábase si la realización de sus esperanzas no se alejaría cada vez más. creyendo que el sueño continuaba. Cuando esté en la corte. la duda. una alquería. más rápidas que partículas de polvo impulsadas por el viento. vio que se encontraba en la ruinosa estancia de la hostería. gentes del Norte que gritaban jubilosas. y mida el camino que necesito recorrer. Toda la sangre de sus venas se le agolpaba en la cabeza. del modo de conocer el terreno durante la noche. Germán. «Si sois reina. pálida como un cadáver. advirtió que detenían su caballo. se inclinaba con frecuencia sobre el cuello del caballo. Luis y Esteban. Abandonado a la pesadumbre de sus pensamientos. los aclamó. iluminada por la trémula luz de una lámpara. se lo llevaba consigo. ¿por qué estáis triste?». Quédate atrás. Quizá sólo ha sido ilusión. nuestra edad y mi amor han hecho lo demás. ¿Podría la princesa. no contestaba. cuyas cortinas cerró Grandchamp. Entre el confuso rumor que la multitud promovía.—Es preferible que sigamos hasta donde brilla la luz de allá lejos —dijo Cinq-Mars—. Urbano Grandier torturado. y sea dueña de su porvenir. reúnete con la escolta y seguidme. Alborozado el pueblo. anduvieron mucho sin vislumbrar el término de aquella larga caminata. todos desfilaban ante él. rechazar las bodas reales que le propusieron? ¿Cómo resignarse a esperar que la caprichosa suerte le permitiera realizar sus románticas esperanzas de elevarse hasta ella y ser su marido perteneciendo a las últimas filas del ejército? ¿Quién le garantizaba que los juramentos de María Gonzaga fueran sinceros? —¡Ay de mí! —exclamaba Cinq-Mars—. Me parece que tengo fiebre. de feroz aspecto. y transido de frío. contempla la diadema que ciñe mi frente. aturdido por la fiebre. empezó a desgarrarle el corazón. exhalando profundo suspiro. y sepa contemplar las grandezas (aspiraciones mías que veo tan lejanas).. y oiga amorosos juramentos en boca de personas que con una sola palabra pueden perderme y aniquilarme. Bassompierre encadenado. y se quedó dormido. Cinq-Mars lo intentó. Despertó y. La soledad de su vida la ha hecho muy sensible. «¡Dios mío!». entornó 38 . el abate Quillet preparándose a la defensa. deseo ir solo. con hábitos de religiosa. entrevió campesinos. ven. soldados franceses. ocasionándole gran pesadez. En su calenturienta imaginación veía la plaza pública llena de extranjeros. dijo María y. empezó a instruir a los otros criados.. lo elevó hasta ella. al abrir los ojos. Llevóse la mano a la frente y detuvo aquel desfile que se deslizaba como un movible paisaje de arenas. Así. tiró de él con fuerza diciéndole: «Sube». tirándole de la mano. antorchas.

¡imbécil! Tráeme agua. seguramente.. La mujer a quien amáis. ¡Ay! He perdido el juicio. ¡Desventurado! ¡Morir tan joven! ¡Qué hermosos cabellos tenéis! ¡Y condenado! La línea que cruza vuestra frente no engaña. también pediré vuestro perdón. guardad silencio para que el rumor de vuestras palabras no despierte a Urbano Grandier. alzó la sábana que cubría al joven y lo encontró muy encogido. pero en mi alma hay un tesoro de bondad. remedio eficaz que tuvo la virtud de hacer saltar del lecho al joven. Lo perdonará. que estáis enamorado? ¡Bah! Podéis vivir tranquilo. —¿Qué diablos pasa aquí? —dijo la persona que acababa de entrar—. pero no temáis. volviéndolo a la realidad. quien. Le hablaré como Grandier me ha enseñado a hablar. y tengo buenos ojos. pero encontrándoos enfermo. están manchados de lodo. al advertirlo. sí. y la cruz será vuestra perdición. estoy muy cuerdo. ¡Vedlos!. Heristeis con una cruz. ¿es también hermosa? ¡Ah. y no te estés ahí quieto.. dormido. No tenéis mal gusto. lo que he visto. porque vuestro rostro revela que estáis condenado a muerte. un relicario que guarda un rizo. también fui muy hermosa. No os ocultéis bajo la sábana. sentada sobre el lecho de Cinq-Mars. Germán! ¡Esteban! ¡Luis! El hostelero respondió desde abajo: 39 . que no dio contestación alguna. si puede derramarlas! Juana de Belfield. señor. —¡Chocheas! Tengo sed. señor. ¿Quién estaba rezando el oficio de difuntos. dame agua. El señor mariscal no. He hecho voto de no lavármelos hasta que consiga hablar al rey y Su Majestad me conceda el indulto de Urbano. y el rey no podrá menos de perdonarlo. y llamó desde lo alto de la escalera. Instantes después abrióse la puerta de la estancia. que prometo no decir nada a la mujer que adoráis. mi cabeza y mis pies están mojados. hasta hace tres días. pasando entre los dedos las cuentas del rosario.. sabéis elegir. Tenéis razón. señor. que está en el cuarto contiguo!.. Antes eran de una blancura extremada. Os habéis servido de una cruz para ultrajarlo. y la monja. Grandchamp? ¡Qué sueño más horrible he tenido! —Al contrario. a juzgar por el rostro que he visto al punto de llegar. un duende o un ángel? La sábana en que estáis envuelto parece un sudario.... La sorpresa y el espanto del anciano subieron de punto al ver la inmovilidad de Cinq-Mars. Grandchamp salió.. quizá. —¡Ah! ¿Eres tú.. soy muy buena y. al parecer. Se aproximó al lecho.. —¡Oh Juana de Belfield! —exclamó el joven al verla—. pero la monja le estrechó la mano fuertemente. le derramó un vaso de agua sobre el rostro. ¿Os ofende lo que os digo? ¿Es. Por eso he podido ver.. Era Grandchamp..los párpados. vuestro sueño ha debido ser muy agradable. y otra cruz lleváis pendiente del cuello. muy dichosa. huyó por una puertecilla.. ¿Sois vos? ¿Qué hacéis aquí? ¡Desgraciada! La lluvia os ha empapado la toca y los cabellos. —¡Silencio. infeliz! ¡Cuántas lágrimas ha de derramar algún día! ¡Y dichosa. ¡ay!. —¡Las mujeres! ¡Diablos! ¿Cuántas han sido. empezó a recitar el oficio de difuntos con voz monótona e increíble locuacidad. —¡Eh. sorprendido al ver huir a la monja. dejó caer el vaso de limonada que iba a servir a su amo. Creyendo que la fiebre lo abrasaba. señor? —Hablo del sueño que he tenido. —¿Has perdido el juicio? —No... ¡Qué noche más horrible! Todavía me parece estar viendo las mujeres que se me han aparecido en sueños. El hombre a quien heristeis os dará muerte.. —Voy en seguida a pedir otra limonada. ahora.

.? ¡Qué sueño más horrible! Salid todos. volvió el rostro hacia la pared. Él hostelero preguntó a Grandchamp si su amo deliraba. a pie. pero se ha escapado y no hemos podido encontrarla. Y mi madre. sin responderle. le indicó que saliera. El hostelero entró en la estancia y. Y. —¿Cómo? —inquirió Cinq-Mars. cubriéndose la cabeza con las ropas del lecho. después de saludar. van! Vuelven de perseguir a la loca. es una loca que llegó aquí esta noche. profundamente dormido. —¿Qué loca? —preguntó Cinq-Mars... al propio tiempo. con aire tan grave y tan severo como el que adoptaría Arquímedes al calcular el reflejo de sus espejos. refregándose los ojos—. —Señor. 40 . pero el sirviente. ¿No he soñado entonces?. incorporándose en el lecho.. y a quien acostamos en el aposento contiguo a éste. empezó a exprimir limones. dijo. señor. disponiéndose él a pasar la noche al lado de Cinq-Mars. ¿dónde está? ¿Y el mariscal? ¿Y.—¡Van. Arrellanóse en un sillón y.

La voz salía de un amplísimo sillón de grandes brazos. DE PONS Vamos a trasladar al lector a la ciudad de Narbona. sillones en los que se apoya la espalda en un almohadón de plumas. cargo que se conservaba en la sociedad francesa desde el tiempo del feudalismo. y cerca de él. Eran sus pajes. sus familiares. y el asiento se desborda como si los tapiceros que los construyeron se hubieran cuidado de que el libro desprendido de las manos del lector. afilado y pálido rostro. que hubiera podido oírse el vuelo de una mosca. en la parte superior. donde ardía un buen fuego. según se decía entonces. Los pajes redactaban cartas cuyo asunto les había indicado el cardenal. quien. contra el más pequeño deseo de su amo. y que. parecen destinados para dormir.CAPITULO VII EL GABINETE Raros son los casos en que los hombres son completamente buenos o absolutamente malos MAQUIAVELO En parte alguna busquéis un árbitro supremo G. sólo guarnecidas con cristales. al que una barbilla blanca y puntiaguda imprimía la delicadeza del siglo de Luis XIII. más que andar. Otros varios individuos. signo infalible de maldad. Era un sillón de los que todavía se conservan algunos en los viejos castillos. que. Era Armando Juan du Plessis. reinaba en la sala un silencio tan absoluto. No obstante la reunión de tantas personas. Su boca. amarillos y rojos. colocado cerca de la chimenea. quienes cobraban grandes sueldos y desafiaban al primero que se les ponía delante. próxima a la cual tiende el Mediterráneo sus azules olas en playas arenosas. parecían deslizarse por la alfombra. por su comodidad. estaban cuatro jóvenes de quince a veinte años. no lo despertase. se reclina la cabeza en cojines forrados de seda. según Lavater. o la voz débil del que dictaba. En torno a una enorme mesa. subamos la escalinata del arzobispado y penetremos en el primero y más amplio de sus salones. Era un hombre de frente espaciosa. Vestía el antiguo solideo del mismo color y medias púrpura de seda. al que llega la luz del exterior por varias ventanas ojivales. de colores azules. al quedar éste dormido. desempeñado por los jóvenes de las familias más linajudas. a pesar de lo templado de la estación y del país. En el sillón velaba una persona. según la usanza de la época. encuadrada entre un bigotillo gris y la perilla. casi sin labios. penetremos en una obscura y tortuosa calle. De vez en cuando percibíase el rasgueo de una pluma sobre el papel. ocho secretarios ocupábanse en copiar cartas que les iban entregando las personas sentadas alrededor de otra mesa más pequeña. interrumpido a veces por la tos. En torno de la mesa pequeña. andaban con tanta precaución. cabello escaso y muy blanco. Para llegar hasta aquel que allí impera como amo absoluto. cardenal-duque de Richelieu. encargados de ordenar los papeles en las estanterías de una biblioteca. ojos grandes y dulces. después de 41 . cargada de papeles. pequeña. parecida a una coma.

en un papel más pequeño que el del ministerio. salió como pájaro que escapa de la jaula. el efecto de un rayo. como si difundiera hedor. La aparición de este personaje produjo. Cuando todos hubieron desfilado. Viendo que el cardenal. absorto en profundos pensamientos. mirando en un espejo. notas secretas que incluía en todos los paquetes. —Señor vizconde Oliverio de Entraigues —dijo el ministro con asombrosa tranquilidad—. —Monseñor —repuso entonces el paje con lágrimas en los ojos—. unos lo saludaron al salir. de pronto. Largo rato hacía ya que el cardenal escribía. acostumbrados a las llamadas del cardenal. Los demás pajes y secretarios no se movieron. no pudiendo fingir. se abrió la puerta de la estancia y dejóse ver. Richelieu. abriendo la puerta. y barba rubia. El duque escribía. —¿Qué escribíais? —preguntó Richelieu. avanzó sin ceremonia alguna y tomó asiento junto al cardenal. el fraile rompió el silencio bruscamente: 42 . pero. realmente indignos de pisar alfombras. avanzó el fraile. escribía a una prima mía. Se levantó apresuradamente.echarles un vistazo. El recién llegado tenía la piel tostada con numerosas huellas de viruela. le dijo ásperamente: —¡Venid. —¡Veámosla! El paje experimentó un convulsivo temblor que le obligó a apoyarse en la chimenea. el paje escribía rápidamente. sin terminar el concepto. a pesar de que esta vez su voz era mucho más viva que de ordinario. al parecer. que el más joven de los pajes proseguía unas líneas interrumpidas. hizo una profunda reverencia. arrugó el entrecejo como ante una repugnante alimaña. pero. se retiró. Vestía el hábito de la Orden San Francisco. y los secretarios redoblaron su actividad. protegidos por dos cejas unidas en el entrecejo. que sabía bien que era inútil replicar. la línea o la palabra comenzados los amanuenses se retiraron. cuando se hubo cerrado. y después ocultaba el papel bajo la hoja obligado a redactar. y calzaba sandalias en las que se le veían los pies desnudos. entre las dos hojas. y otros le volvieron la cabeza. El ministro prosiguió redactando notas sobre sus rodillas. —Monseñor… lo que ha dictado Vuestra eminencia. suponía que la dificultad de moverse éste. y. mientras contestaba a media voz: —Imposible. Le saludó secamente. y aproximóse al ministro con la cabeza baja y los brazos caídos. guardóse el papel en el bolsillo. impediría ver sus maniobras. dirigiéndose a él. esperando la venia para entrar o la orden de retirarse. sonrisa astuta y siniestra. gran sensación en la sala. —¡Qué! —Monseñor… una carta dirigida a don Juan de Braganza. y éstos las ponían en limpio. un capuchino que se inclinó. El paje. monseñor. ojos dulces y bisojos. y. porque la puerta permanecía abierta aún y alguien podía verlo. las entregaba a los secretarios. antes de cerrarlos él mismo. que sólo tendría dieciséis años de edad. De pronto. —Decid que escribíais otra cosa. porque. Oliverio! Estas dos palabras produjeron al infortunado muchacho. Sentado detrás del cardenal. que lo reconoció por la desbandada que había ocasionado. cuando observó. no le dirigía la palabra. le miró en expectativa de noticias. sobre sus rodillas. quedáis excluido de mi servicio. los jóvenes se taparon la nariz.

—Monseñor, ¿en qué pensáis? —Amigo José, es inútil pensar, mientras vivimos, en otra cosa que no sea un mundo mejor que éste. Hace días que medito en que los intereses humanos me han alejado de este único fin y me arrepiento de haber dedicado algunos ratos de ocio a trabajos profanos, como mis tragedias Europa y Miramo, a pesar de la gloria que han conquistado. Este principio sorprendió al padre José, a quien inquietaba el relato que tenía que hacer; pero conocía demasiado al cardenal para mostrarse impaciente, y sabía manejarlo bastante para inducirle a hablar de lo que se proponía. —Son obras muy notables, en efecto, y Francia lamentará que no escriba otras igualmente meritorias. —Sí, amigo José, de nada ha servido que Boisrobert, Claveret, Colletet, Corneille y, especialmente, el célebre Mairet, las hayan proclamado las tragedias más bellas de cuantas se han representado hasta hoy, porque os juro que me arrepiento de haberlas escrito como de un pecado mortal, y ahora, en el reposo, sólo me ocupo en mi Método de las controversias y La Perfección del cristiano. Tengo cincuenta y seis años, y una enfermedad moral podría... —Eso es, precisamente, lo que piensan también vuestros enemigos, Eminencia —repuso el fraile, cansado ya de la conversación y deseando concluir. El rostro del cardenal enrojeció. —Lo sé, lo sé —dijo—. Conozco su maldad y estoy preparado para todo. ¿Qué novedades hay? —Habíamos convenido, monseñor, reemplazar a la señorita de Hautefort, a quien alejamos de la corte, como a la señorita La Fayette, ¿no?; pero su puesto se encuentra vacante aún y el rey... —¿Qué? —El rey ya piensa como antes. —¿De veras? ¿Tiene ideas que yo no le haya sugerido? Perfectamente —dijo el ministro con ironía. —Monseñor, no es prudente dejar vacante durante seis días la plaza de favorita. —¿De manera que tiene ideas? —repetía Richelieu, espantado—. ¿Y cuáles son esas ideas? —Piensa hacer volver a la reina madre —dijo el capuchino en voz baja—; mandarla a buscar a Colonia. —¡María de Médicis! —exclamó el cardenal, golpeando con ambas manos los brazos del sillón en que estaba sentado—. No lo consentiré; la reina madre no pisará el suelo de Francia, de donde la expulsé a empujones. Inglaterra le ha negado hospitalidad por haberla desterrado yo; Holanda ha temido derrumbarse si le daba albergue. ¿Habíamos de recibirla aquí, en mi reino? No, no, semejante idea no ha podido ocurrírsele al rey. ¡Volver mi enemiga! ¡Llamar a María de Médicis! Sin habérselo sugerido, al rey no se le habría ocurrido jamás semejante cosa. Richelieu reflexionó un instante, y añadió, mirando con ojos escrutadores y encendidos por la cólera al padre José: —Y... ¿con qué palabras ha expresado ese deseo? Repetídmelas. —Ha dicho, en presencia del duque de Orleáns: «Uno de los primeros deberes del cristiano es ser buen hijo, y yo no podré sobreponerme durante mucho tiempo a los reproches de mi conciencia.» —¡Cristiano! ¡Conciencia! Esa no es su manera habitual de expresarse. Son palabras del padre Caussin, su confesor, que me ha hecho traición —exclamó el cardenal—. ¡Ah, jesuita infame! Te he perdonado tu intriga con La Fayette, pero no te permitiré que aconsejes secretamente al rey. Despediré a ese confesor, por ser enemigo del Estado. También yo he sido demasiado negligente, aunque hace algunos días he apresurado la venida del joven de Effiat, en cuyo triunfo confío. Aseguran que es espiritual y apuesto. He cometido una insensatez dejando cerca del rey a ese zorro de jesuita, sin darle instrucciones secretas, y sin ninguna garantía de su fidelidad. ¡Ha sido
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un olvido indisculpable! Es preciso elegir otro confesor. Pienso en el padre Sirmond. El padre José tomó asiento cerca de la mesa, disponiéndose a escribir. El cardenal le dictó los nuevos deberes, que no tardó en enviar al rey, y que éste recibió, respetó y aprendió de memoria como los mandamientos de la Iglesia. Estos documentos se conservan aún como testimonio del poder que una persona puede lograr a fuerza de paciencia, de intriga y de audacia. El citado documento decía así: «I.— El príncipe debe tener un primer ministro, y este primer ministro debe reunir las tres cualidades siguientes: 1.a No poseer otro afecto que el que inspire el príncipe; 2.a, ser hábil y fiel; y 3.a, ser eclesiástico. »II.— El príncipe debe amar a su primer ministro. »III.— No debe destituir jamás a su primer ministro. »IV.— No debe guardar secretos para su primer ministro. »V.— Debe estar siempre dispuesto a tratar con él. »VI.— Debe concederle absoluta autoridad sobre el pueblo. »VII.—Debe otorgarle grandes honores y cuantiosos bienes. »VIII.—El primer ministro debe ser el mayor y más estimado tesoro del príncipe. »IX.— El príncipe no debe dar crédito a nada que censure al primer ministro ni dar oídos a murmuraciones contra él. »X.— El príncipe debe revelar al primer ministro cuanto se diga contra éste, aunque le hayan exigido guardar secreto. »XI.— El príncipe ha de preferir, a todos sus parientes, no solamente el bien del Estado, sino también el del primer ministro» Estos mandamientos del dios de la Francia eran menos sorprendentes que la ingenuidad que le indujo a legar estas órdenes a la posteridad, como si pretendiera obligarla también a observarlos. Mientras los dictaba, parecía víctima de una gran melancolía. Cuando hubo concluido permaneció reclinado en el respaldo del sillón con los brazos cruzados y la cabeza baja. El padre José interrumpió la escritura, y se disponía a preguntar al cardenal si estaba indispuesto, cuando éste profirió estas lúgubres palabras: —¡Qué fastidio! ¡Cuántas inquietudes! Si los ambiciosos me vieran, se irían a vivir a un desierto. ¿Qué significa mi poder? Sólo un mísero reflejo de la realeza. ¡Y cuántas fatigas para que ese rayo de luz no se extinga! ¡Hace veinte años que lo procuro inútilmente! No comprendo a ese hombre que no se atreve a huir de mí, pero que se me escurre entre los dedos... ¡Cuánto habría yo hecho, si hubiera tenido su poder! Tanto, tanto me veo obligado a calcular para sostener el equilibrio, que no me es posible dedicar mi inteligencia a otros asuntos. Tengo a Europa en un puño, ¡y mi suerte pende de un hilo! ¡Ved a lo que queda reducido un primer ministro! No es un cargo muy envidiable. Tales reflexiones le afectaron de tal modo, que se le transfiguró el rostro, como si fuera a acometerle algún ataque. Un violento acceso de tos le hizo esputar sangre pero, al advertir que el padre José alzaba la campanilla de oro para llamar, se levantó apresuradamente y le detuvo diciendo: —No es nada, José, ya pasó. En ocasiones me dejo dominar por el abatimiento; pero esos momentos de debilidad son rápidos y salgo de ellos más fuerte que nunca. Sé a qué atenerme respecto a mi salud; mas ahora no se trata de eso. ¿Qué habéis hecho en París? Me complace que el rey haya llegado al Bearn, porque lo deseaba. Así podremos vigilarlo más fácilmente. ¿Cómo
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habéis logrado decidirle a emprender ese viaje? —Le he hablado de una batalla en Perpiñán. —Perfectamente. Prepararemos una batalla; lo mismo da una batalla que otra cualquier cosa. Y la reina, la reina joven, ¿qué dice? —Está todavía encolerizada contra vos, a causa de la violación de su correspondencia, y del interrogatorio a que lo sometisteis... —¡Bah! Un madrigal le aplacará los nervios y le hará olvidar que la he separado de su casa de Austria y del país de Buckingham. ¿En qué se ocupa? —Intriga con el duque de Orleáns pero, como sus confidentes nos son adictos, nada hay que temer. —Mientras el duque de Bouillon se encuentre en Italia, nada temo, puede la reina fraguar conspiraciones con Gastón, al calor de la lumbre. Tiene confianza en las buenas intenciones, y no acierta más que cuando se marcha de Francia; éste es el tercer viaje que realiza, y si luego lo desea, organizaremos otro, porque no merece ni que tú hicieras que le disparasen un tiro al conde de Soissons, que es poco valiente. El cardenal tomó asiento con alegría impropia de un hombre de Estado. —Su expedición a Amiens me hará reír cada vez que la recuerde. Estaba yo con los dos, cada uno de los cuales tenía a sus órdenes quinientos hidalgos armados hasta los dientes, apercibidos para asesinarme como Concini; pero faltaba el gran Vitry. Me dejaron hablar tranquilamente, durante más de una hora, de caza y del Corpus, y ninguno de los dos hizo señas a su gente. Chavigny me refirió después que hacía dos meses que esperaban aquella ocasión. A no ser por el pillastre del abate Gondi, que andaba en derredor mío y parecía ocultar algo en la manga, nada habría advertido... El abate Gondi me decidió a subir a la carroza. —A propósito, monseñor; la reina desea nombrar coadjutor al abate Gondi. —Ha perdido el juicio, si se fía de él. Gondi es un mosquetero fracasado, un diablo con sotana; leed su Historia de Fiesque, y veréis quién es. Mientras yo viva, jamás será nada. —¿Lo juzgáis de esa manera, y hacéis venir a otro joven tan ambicioso como él? —¡Existe notable diferencia entre los dos! El joven Cinq-Mars será un muñeco, un verdadero muñeco, que no se preocupará más que de su gorguera y de sus agujetas; su aspecto revela su carácter. Me consta que es dulce y débil, y por eso lo he preferido a su hermano mayor. Haremos de él cuanto se nos antoje. —¡Ay, monseñor! —exclamó el padre José con aire de duda—: Jamás me han inspirado confianza las personas de aspecto demasiado tranquilo, porque, cuando tienen un impulso, son sumamente peligrosas. Acordaos de su padre, el mariscal de Effiat. —Cinq-Mars es un niño, a quien educaré a mi gusto, y Gondi es un faccioso hecho y derecho, un osado que no se arredra ante nada. Hasta tuvo el atrevimiento de disputarme la señora de La Meilleraye. ¿Qué os parece? Es increíble. ¡Ponerse frente a mí un cleriguillo sin más mérito que su charlatanería y aire gallardo! Por fortuna, el mismo esposo de la señora de La Meilleraye le obligó a desistir. El padre José, a quien no agradaba oír hablar a Richelieu de sus versos ni de sus éxitos, hizo un gesto con el que pretendió mostrarse fino, pero que le resultó torpe y de mal gusto. La expresión de su boca torcida quiso decir: «¿Qué mujer puede resistir a monseñor?» Pero el cardenal la tradujo así: «Eres un infeliz que desconoce el gran mundo.» Y, sin transición, tomando varios despachos, dijo: —¡Una buena noticia! El duque de Rohán ha muerto, y por consiguiente, los hugonotes están perdidos. El duque ha tenido suerte; habiéndole hecho condenar por el Parlamento de Tolosa a ser descoyuntado por cuatro caballos, ha muerto gloriosamente en el campo de batalla de Rhinfeld. De todos modos, el resultado es el mismo. ¡Otra cabeza suprimida! ¡Cuántas desde que
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por lo que inspiraba cuidados. tratándolos como acordaron tratarme en el Consejo de la reina madre. José. —¡Ah! —interrumpió el cardenal—. y el otro como esclavo resignado a todas las humillaciones que contribuyan a su encumbramiento. A Marillac. A Bassompierre y al mariscal de Vitry los castigaré con prisión perpetua. Laubardemont cometió la torpeza de permitir que la sesión fuera pública. el otro un albañil. Todos están ciegos creyéndose libres. y ya nadie se acuerda del asunto. Queda el duque de Bouillon. —Perfectamente. por mejor decir. Al salir el último del gabinete. nuestro general está bastante alegre puesto que ha hablado con jovialidad en la mesa. que se aproximó. todo resuelto felizmente. y que voy soltando para sugerirles la ilusión de que pueden moverse y de que son dueños de sus actos. desgarraron los pliegos. darían al traste con la monarquía. el duque Carlos ha sido derrotado. —Sí. —El duque de Weimar continúa triunfando. Penetraban en palacio por una escalera secreta. Sin embargo. Era algo protestante. —¡Cuántos disgustos proporcionan a nuestro Santo Padre el Papa! —exclamó José. todas se inclinan ante mí. pero hoy mismo hablaré del asunto al nuevo embajador que enviamos a Roma. La púrpura te sentará perfectamente. Vuestra Eminencia puede estar tranquilo. y nada se me puede reprochar. y si algún día tuvieran mayoría en Francia.cayó la de Montmorency! Ahora. —Adelante. Los hugonotes forman una verdadera república dentro del Estado. Richelieu se apresuró a levantarse. sin verse ni poder comunicarse nada del contenido de sus despachos. lo condenaré a muerte tan pronto como tenga ocasión. Se abrió la puerta de la estancia y presentóse un paje que anunció varios correos llegados al mismo tiempo de lugares distintos. todo se realizó en veinticuatro horas. Ponían sobre la mesa un rollo de papeles. quien seguramente no tardará en conseguir que se satisfagan tus aspiraciones. aquél un cantinero. en efecto. todos ellos disfrazados: éste parecía un soldado suizo. y yo habría apostado cualquier cosa a que estaba dispuesto a abjurar. es preferible cortar el árbol antes que grane. su obra respecto al celibato de los clérigos me lo hace suponer. hablaban unos momentos con el cardenal en el hueco de una ventana. y se promovió un tumulto. El vizconde es un hombre honrado que no se mete en política. o. y. Otro tras otro entraron hasta doce mensajeros. pena que ambos quisieron imponerme. porque con ella no se advertirá que te has manchado de sangre. —¿Cómo «felizmente»? Supongo que Grandier ha muerto. en la duda. ¿La muerte del duque de Rohán ha enojado mucho a los hugonotes? —Menos la cuestión de Loudun. Lo celebro. que aconsejó que me mataran. El padre José se levantó y. y. que no tardaría en arraigarse. y conspiran. y volvían a partir. comunicándose luego mutuamente el contenido de los despachos. estableciendo un Gobierno popular. sin advertir que soy yo quien sostiene el extremo del hilo que los hace moverse. que también obtendrá oportunamente el merecido castigo. oyó los relatos que le hicieron y cerró la puerta tras ellos. Hemos rectificado casi todos nuestros errores de Versalles. me recuerdas la insistencia de Su Santidad en no concederte el capelo cardenalicio. no os olvidéis de recordármelo. Aquí están sus actos privados. apoyando la espalda en la pared. decidido a no valerse de ningún intermediario: recibió personalmente a todos. sin pronunciar una palabra. El mando de un 46 . en la duda. el cardenal hizo señas al padre José. se debe ser justo con todos. fíjate. y salían del gabinete por la parte opuesta a la que entraban. Ambos interlocutores rieron la frase: uno como amo que desprecia al sicario a sueldo. abrieron juntos. pero conocemos a los alborotadores y se les sigue la pista. adoptó una actitud de estúpida impasibilidad. como una momia egipcia. —El vizconde de Turena ha reconquistado las plazas de Lorena. Urbano Grandier era un hombre superior y demasiado inteligente. Adivino tu intención. los someto a la ley del Talión.

. los que conocían más a fondo el carácter del primer ministro. arrojó al fuego los que contenían noticias reservadas. El padre José abundaba indudablemente en las mismas ideas que el abogado Aubery. que no se satisfacía hasta haber conseguido que el Parlamento decretara la cremación del libro injurioso en la plaza de la Gréve. después de depurados y corregidos como el cardenal deseaba que el monarca los leyera.pequeño ejército le satisface por completo.. Sin embargo. ¡Desgraciado Wentworth! A los ojos del cardenal afluyeron las lágrimas. conforme puede verse en las sentencias de aquella época. dentro de doce horas. lloraba por un ministro caído en desgracia. puesto que tres años después de estos escritos fue sometida aquella ciudad. y ha nombrado cuatro comisarios. Ha habido matanzas en Irlanda. y estuvo a 2 Titulo irónico que se le dio a Richelieu para ridiculizar su empeño en mandar como general en jefe y atribuirse el mérito de la toma de La Rochela. La situación de ambos era análoga. 47 . inspirados por el mismo entusiasmo que hizo hablar a la burra de Balaam.. piérdete. Atento siempre a no provocar el enojo del cardenal. Lo único que sentía Richelieu era no poder sustituir en la hoguera el libro por la persona del autor. e impiedad sangrienta del dios Marte. El conde de Strafford ha sido condenado a muerte. a lo sumo. El padre José no pudo oír más que esta frase: «Ten mucho cuidado. quien. y lo mismo hizo José. se inclinó al oído del mensajero y le habló durante largo rato. El padre José. hizo añicos el billete. tendría catorce años de edad. como hizo con Urbano Grandier. que jugaba con la vida de muchos semejantes suyos. conmovíase y lloraba por sí mismo.» Mientras Richelieu conversaba aparte con este mensajero. a partir de este momento. y los Comunes insisten en sus planes. el padre José ocultó innumerables libelos procedentes de Flandes y Alemania. Eres un ingrato.. esforzándose por persuadirse de que lo hacía en interés del Estado. ni con nuestro dinero.» —Rey pusilánime. el padre José apartó y ocultó más tarde un libro titulado: Misterios políticos del cardenal de La Rochela. Rechelieu no parecía muy satisfecho. él. y. que le persuadían de que las heridas inferidas al primer ministro ofendían a la nación. respecto a este particular. satisfacción que se proporcionaba tan pronto como se le presentaba ocasión.. pues se paseaba desasosegado con gestos de inquietud. titulado: Preguntas equívocas adaptadas al tiempo presente. De este modo se vengaba sin confesárselo a sí mismo. —¡A muerte! ¡Qué horror! —En este pliego leo lo siguiente: «Su Majestad Carlos I no se ha atrevido a firmar la sentencia. Seremos siempre buenos amigos. no cuentes más conmigo. por la misma razón que a Escipión se le llamó el Africano por haber sojuzgado esta provincia». confundidos lamentablemente sus intereses particulares con los de Francia. a quien se debe una de las biografías más fieles del cardenal Richelieu. afectando. Llevaba bajo el brazo un paquete con sello negro dirigido al rey. le llamaran acertadamente el cardenal de La Rochela2. al conmoverse y llorar por un extraño. atribuido a un monje de Munich. una actitud filosófica que distaba mucho de ser sincera. quien a todo trance deseaba conocerlos. se enfurece sólo con el título del primero de estos libros. El honrado abogado Aubery.. y exclama que «El gran ministro tuvo motivo sobrado para mostrarse orgulloso de que sus enemigos. como ofensiva al rey en la persona del ilustrísimo cardenal. y entregó únicamente al cardenal un billete en el que la mirada rápida del padre José sólo pudo leer cuatro palabras. El duque se estremeció. De pronto abrióse la puerta de la estancia y entró el mensajero decimotercero. Luego prosiguió la lectura en voz baja. con objeto de producir en quienes le rodeaban la falsa impresión de su modo de pensar. Estos despachos se incluían en los dirigidos al rey. y otro. después de haber informado al cardenal. —El Parlamento inglés sigue abierto. descubrían tras de esta actitud un profundo rencor. en los que se atacaba rudamente al cardenal.

un sucesor impaciente. por fin. partamos! —exclamó el cardenal—. recordando la parte de ridículo que le había correspondido en el sitio de La Rochela que. que para él era una corona. pretextando encontrarse enfermos. conversaban con el padre José en la habitación contigua. o por necesidades del servicio. a quien se disponía a utilizar como instrumento de sus intrigas. el amo engañaba al servidor. antes de que el ministro despidiera al joven mensajero con quien conversaba. por lo que debe ocultarlo si no quiere que se le encierre en la Bastilla. que se tenía por hombre hábil en el arte de la guerra. para no ser los últimos en llegar a la antecámara de Richelieu. El poder del cardenal empieza a declinar. El padre José le hablaba en secreto. hasta que entró el mariscal de Estrées. cubierto con el capelo. inclinaba ligeramente la cabeza ante los más distinguidos. quedándose el rey casi solo. el cardenal permanecía inmóvil ante la mayoría de los cortesanos. Esta detención reveló al padre José que el cardenal hablaba extensamente con alguien. sentado a su nivel y dispuesto a substituirle en el cargo de ministro. inútiles. iba a despedirse. y es para mí un deber de conciencia advertir las faltas del ministro a quien es posible que desempeñe la regencia durante la minoridad del heredero. y él ministro. si el servidor engañaba al amo. Dijérase que. salían del palacio o se alineaban de pie. sin interrumpir el desfile.» El taimado capuchino indicó también a su amo que tenía entre las garras a una de sus víctimas. Arrellanado en un amplio sillón. Se reprimió. Pero. frente a él. cuyas doradas puertas abrieron en seguida los pajes. miembros de las familias más linajudas de Francia. padre José. Dos pajes. estaban junto a la puerta. El amor propio de Richelieu y un resto de veneración a las personas y las cosas de la Iglesia. apoyando las manos en los brazos del sillón. Los cortesanos lo saludaban profundamente. tras el sillón. —¡Partamos. y sólo para recibir a los príncipes se incorporaba ligeramente. habíase permitido resistir al eminentísimo cardenal. y esperaban de pie. sin embargo. avisadle que el cardenal pretende detener a PuyLaurens. El cardenal dejó pasar a algunos personajes de poca importancia y a muchas personas de mérito. si el ministro se lo indicaba. —Decid al duque que no dé crédito a las apariencias. nombrado embajador en Roma. que les dirigiera la palabra. y. Los gestos del cardenal les revelaba cuándo debían continuar hablándole o cuándo apresurarse a salir del salón por la misma puerta por donde habían entrado. chupa del mismo color y pantalón rojo. por lo que le llamaban la Eminencia gris) y. y vamos inmediatamente en busca del rey que está esperándome en Perpiñán. y ocultó el libelo en un bolsillo de su hábito. por parte del cardenal: «Podéis estar tranquilo. dos ujieres encargados de anunciar a los personajes que. a su lado. una agonía continua. secretamente. 48 . pero no en favor del cardenal. las personas que lo seguían se detuvieron. había intentado hacer pasar las tropas por una cloaca. ceñido. a pesar de que el fraile.punto de exteriorizar su indignación. no siendo una provincia como África. en concepto de los cortesanos. deteníanse un momento a saludar al padre José (que imitaba a su amo. como una prueba de gran favor. el reinado. por lo que se apresuró a acudir para cambiar con Richelieu una mirada que significaba por parte suya: «Acordaos de lo que me habéis prometido». con quien pensaba rivalizar. que. por que yo soy su servidor más fiel. con brillantes ligas de oro: uniforme de los pajes del duque de Qrleáns. conquistando amigos para el caso en que el primer ministro lo abandonara. no le permitían ver tranquilamente a aquel agente suyo. que anunciaron sucesivamente a los grandes señores de aquella época autorizados por el rey para separarse de su séquito e ir a saludar al ministro. Era un joven gentilhombre que llevaba capa verde muy corta. antes de entrar. El capuchino salió de la estancia. se habían anticipado. Esta vez es mío para siempre. y. que era un ente despreciable. Franquead la entrada a toda esa gente que me asedia. el trono era una cámara fúnebre. Algunos de ellos. Para probar a vuestro señor mi adhesión y buena fe.

—Ha hecho una hermosa retirada —repuso el mariscal subrayando la palabra «retirada». dijo: —Señor embajador. silenciosas y pendientes de sus labios. Yo recé la primera misa en La Rochela. —Dios —prosiguió diciendo Richelieu. los interlocutores pasaron a hablar de otros asuntos. porque no tenemos secretos para vos. Nuestra política es franca y a plena luz. en una conversación sin 49 . Alzando luego la voz y mirando en torno suyo. a media voz. quien le había propinado «veinte cañazos o bastonazos. Comprendemos la repugnancia de Su Santidad a revestir con la púrpura romana a ese mendigo. y el rey Católico no tendrá ya pretexto para solicitar la excomunión del rey Cristianísimo. pues el duque de Weimar no contribuyó tanto a la conquista de Lorena como ese piadoso cardenal. como dirigiéndose a cuantas personas estaban en el salón. y jamás ha sido tan bien dirigida una escuadra como la que estuvo a las órdenes de nuestro arzobispo de Burdeos en La Rochela. sostuvo Richelieu con el mariscal. y creo que desea excomulgar a toda Francia. siendo el duque de Epernon gobernador de la Guayana. el arrobismo había reñido con el mariscal de Vitry. alzando la voz— ha demostrado que concede la victoria a sus ministros.. aduciendo que el papa había obligado al duque de Epernon a suplicarle que lo perdonara. y. por cuyo motivo fue excomulgado. hasta en el ejército. Este relato indujo al mariscal de Estrées a suponer que las alabanzas que el cardenal tributaba al talento militar y naval del arzobispo eran irónicas. El mariscal saludó profundamente y fue a colocarse detrás del sillón del ministro.» Y. puede decir que el arzobispo haya sido «batido» en el mar. como otras veces. y suscitando murmullos y conjeturas. Su Eminencia sonrió. señor mariscal. que había dirigido el asesinato del mariscal de Ancré. y a pesar de esta lección. como gustéis —según escribía el cardenal-duque al cardenal de La Valette—. efectivamente. Y. Los hábitos talares están en todas partes. le dijo: —No necesitáis hablar a Urbano VIII en favor del padre José. y jamás sois importuno en nuestras conversaciones. inspirada por los celos profesionales. dijo al cardenal de La Valette. monseñor. excomulgó. adular y jurar fidelidad absoluta al cardenal. ni me preocuparán los esfuerzos que España está haciendo cerca del Santo Padre. que se aproximaba: —Confío que no nos perseguirán. y el arzobispo. que iba acompañado por sus gentileshombres y seguido de sus tropas.. dirigiéndose al mariscal—: Quedaos. Cuatro años antes.En la conversación que. señor de Estrées. cuya altanería e impertinencias habían provocado dos incidentes desagradables. Era público que el ministro se encontraba en aquella ocasión muy disgustado con el arzobispo de Burdeos. dicho esto. tenemos mucho que hablar. con vuestra colaboración no temería yo al cardenal Albornoz. el cardenal de La Valette tuvo el mando de las tropas que han luchado gloriosamente en el Palatinado. El ministro no prestó atención a esta palabra. Más tarde. —Su Santidad nos trata con frialdad. por habernos aliado con uno de los hombres más eminentes de nuestro tiempo. al bastón del mariscal.. y tomando familiarmente al mariscal por un brazo. pero.. ni a todos los Borgias del mundo. sin que éste le dirigiera más que algunas vagas palabras. ¿Verdad. basta con que Su Majestad se haya dignado proponerle para el cardenalato. tenía gran influencia en la corte. y repuso con admirable sangre iría: —Nadie. monseñor? —y agregó. había encontrado al arzobispo y a su clero en una procesión y el duque. Gustavo Adolfo acaba de morir. sin embargo. pero Vitry. fue amonestado por el ministro. tenéis buena suerte. al advertir que su sonrisa había provocado la de otras personas. después de apaleado. le trató de insolenta y le aplicó dos bastonazos. cediendo su sitio al cardenal de La Valette. se reduce a servir el interés de Su Majestad y del Estado. aunque nada hemos hecho que no redunde en favor de nuestra madre la Iglesia Católica. que insistía en prosternarse. recobró su habitual gravedad.

pero cuando uno de los grandes personajes se le aproximaba ya ofreciéndole el brazo. tanto si hacía sol como si llovía. los mariscales Schomberg y de Estrées. Habló luego de las operaciones del sitio. relevados de vez en vez y elegidos entre los guardias del ministro. le dejó más rojo que su toga.» Era Laubardemont. el público sabe que está a mis órdenes y es desagradable para mí que trabaje poco. Sin embargo. por no permitirle sus achaques viajar en coche ni a caballo—. y Chavigny y el mariscal Vitry. insinuante y ya seguro de sí mismo. Entró el cardenal en una espaciosa litera cuadrada —en la que debía ir hasta Perpiñán. volviéndose a las personas que lo rodeaban. veréis qué buena acogida me dispensa. preguntó con amargura: —¿Hay aquí algún criminal? Y. era conducida por dieciocho hombres. desconcertado por esta importuna interrupción. El desconocido parecía decir: «Tenemos que tratar asuntos secretos. Este último deseaba contraer méritos para librarse de ir a la Bastilla. Firmaréis Schomberg. por fin. porque estoy en su gabinete como en mi casa. llamándoles por sus nombres. El cardenal. se dirigió a su casa. Estaba cubierta de damasco púrpura. Richelieu dirigió una mirada iracunda al padre José. iba a humillarse ante Richelieu. le pasaré una pensión de quinientos escudos de mi bolsillo particular.interés. en la que el gran Corneille compara su alma a la de Augusto y le agradece el haber dado limosna a «las musas». descendió por la gran escalera del arzobispado. —No. llenos de asombro. volviendo la espalda al recién llegado. alineáronse el general y los oficiales. tengo una gran satisfacción en anunciaros que el rey os ha nombrado mariscal de Francia. despidió a los que le rodeaban. —¡Ah. el general Fabert y otros importantes personajes marchaban a caballo junto a las portezuelas. libertada por vos. después de haber luchado contra Enrique IV. peligro que. Terminada esta conversación. a quien había encantado la liberalidad del ministro. ¿no es cierto? En Leucate. especie de habitación ambulante en la que había una cama. diciendo que era hora de ir a ver al rey. El tesorero de Hacienda. y entró el duque de Angulema. El pueblo y las autoridades de Narbona presenciaron. que sólo había desempeñado en tercer lugar en el sitio de La Rochela. y les pregunto detalles de la vida de campaña. aquel viaje regio. cuyos elogios interrumpió el cardenal. mientras el primer ministro miraba hacia la puerta para ver quién entraba en el salón. entró en el salón un magistrado que se adelantó a saludarle con sonrisa insolente y confiada que sorprendió a todos. ¡Ah. A éstos siguió el duque de Halluin. El duque de Angulema. Después. y le presentó los oficiales que acababan de llegar con él del campamento. distinguiéndose entre los más solícitos los cardenales Mazarino y La Valétte. está muriéndose de hambre. Richelieu interrumpió de pronto una de las frases más aduladoras de La Valette para saludar a un general que llegaba en aquel momento. para decir en alta voz: —Señor duque. ¡por Dios!. melifluo. una mesa y una silla para un paje que escribía o que leía en alta voz al cardenal. y. esperan que adoptéis ese nombre. donde recibió poco después la dedicatoria de Cinna. monseñor. Tras del duque entró el joven Mazarino. que iban con la cabeza descubierta. El cardenal conversó con los oficiales. 50 . puesto que lo protegéis. y el ministro pareció adularlo para predisponerle a obedecer las órdenes que le dictaría oportunamente en el campo de batalla. que trabaje. Este Valois. que llega en este momento. querido Fabert! ¡Tenía grandes deseos de veros para hablar del sitio de Perpiñán! El general saludó con manifiesta torpeza al cardenal-generalísimo. debe tener algo importante que comunicarme. sólo he visto El Cid y los Horacios. que trabaje. dispensad! Montauron. —¡Ah! ¿Por qué me habláis de semejante cosa ahora? Corneille no escribe nada que valga la pena. y a solicitar un mando. precedido por los personajes que debían escoltarle. sólo vengo a deciros que el joven a quien os habéis dignado aceptar como servidor vuestro.

Al cardenal le escoltaban doscientos mosqueteros de infantería. a pesar de que las dimensiones de la litera habían obligado varias veces a ensanchar los caminos y derribar muros de algunas villas y aldeas por las que no habría podido pasar de otro modo. A la litera seguían dos carrozas con los secretarios. 51 . llenos de sincera admiración. cuando viajaba. le amenazaba. en los que viajaban los gentileshombres. «parecía un conquistador entrando por las brechas». El ministro no tardó muchos días en llegar a Perpiñán. y veinticuatro mulos con bagajes. los médicos y el confesor del cardenal. Los escritores de aquella época dicen. una compañía de la guardia a su servicio y numerosos caballos ligeros. arrastrados por cuatro caballos cada uno. que el cardenal Richelieu.según se decía. ocho coches. los gentileshombres abrían y cerraban el cortejo.

señor conde —repuso muy ceremonioso el joven abate—. os buscaba hace tiempo y aprovecho esta ocasión para desafiaros en nombre del señor Attichi. recibieron al ministro con salvas y músicas. —Señor abate. a modo de avenidas. Habéis venido a retarme. si os place. en París. a quien abandonan todos desde que hicisteis el viaje a Turena. Voy a buscar mis padrinos. despidiéndose con gran cortesía y haciendo profundas reverencias. —El duelo ha de ser a espada y pistola. que no resistimos el deseo de darlo a conocer a nuestros lectores. conducían al pabellón real. En su visita al monarca precedieron al ministro todos los personajes del séquito. alfileres de oro. que lo esperaron paseando por grupos en las galerías cubiertas de cotí y que. grandes señores de aspecto grave. id en busca de los vuestros. —Así es. La corte desplegaba aquel día gran lujo y ostentación: capas de terciopelo y raso de todos los colores. todo brillaba. hace ya diez minutos que La Valette ha ido a estrechar la mano de Rocheport y a todos los caballeros que fueron gentileshombres del difunto conde de Soissons. cadenas sosteniendo largas espadas. bordadas en oro y plata. signos evidentes de haber ocurrido algún suceso extraordinario. correctamente formadas. Después de dirigir palabras halagadoras a los jefes. con más altivez cuanto más elevada era la alcurnia de los señores a quienes servían. como si se tratara de una cacería. De vez en cuando pasaban algunos personajes. Si habéis de hacerlo. desde la primera tienda hasta la del favorito del rey. pero con menos vivacidad que las miradas. cruces de San Miguel y del Santo Espíritu. —Como os plazca —respondió Launay. quedándose solo hasta la hora de presentarse al rey. En un ángulo de la galería principal sostenían un diálogo tan interesante dos personajes. por medio de aquel concurso numeroso. de cuya muerte no me consolaré jamás. 52 .CAPITULO VIII LA ENTREVISTA Mi espíritu asombrado tiembla ante el suyo. apresuraos. todo resplandecía. conocer vuestra actitud respecto al ministro. Unos a otros mirábanse los cortesanos. las frases chispeantes y las risas espirituales de aquella juventud belicosa. a caballo. os he comprendido. gorgueras. las tropas. Pero no os preocupéis. sacudiéndose con los dedos la manga de la sotana. que se distinguía por su color de púrpura. a conversar con los amigos íntimos del señor duque de Orleáns o con los de la reina. estoy a vuestra disposición. Richelieu pasó por entre una doble fila de soldados de infantería y de caballería. señor da Gondi. —Señor abate. Otros murmuraban con muestras de regocijo o de enojo. ¿Qué os parece? —preguntó Gondi tranquilamente. el cardenal entró en su tienda y despidió a la escolta. Id. Cuando el fastuoso cortejo del cardenal llegó al campamento. sombreros adornados de hermosas plumas. con quien habéis tenido otro lance. —Perfectamente. acompañados de sus gentileshombres. señor de Launay. ¿por qué diablos me contempláis tan atentamente? —Porque deseo.

querido abate. permitidme que reanude la conversación que habéis interrumpido. acercábase a todos con gran impertinencia para reconocer a sus amigos. pero uno de ellos le contestó con mucha gravedad: —Señor Gondi. señores. vuestro duelo con Coutenan y vuestra intriguilla con la hermosa vendedora de alfileres. porque me interesa mucho. —En cambio.. Abordó a dos gentileshombres del séquito de la reina a quienes suponía descontentos del cardenal. Además. os necesito para que me apadrinéis en un duelo a caballo. hoy. adiós. ¿sabéis lo que el rey ha dicho en voz alta? Pues ha dicho lo siguiente: «Plazca o no al dominante cardenal. y dispuestos. y. —Seguramente —añadió el señor de La Rochefoucauld—. ¿me escucháis o no? —¡Ah! ¡Cuánto os aprecia! Le obsesionan vuestras aventuras. Alejóse Gondi mirando el reloj. —Señor Thou —le dijo—. Al efecto. el destierro de la viuda de Enrique el Grande no durará mucho. dicho esto. que Dios os favorezca. Y. —Lo sabía. El joven.. El abate estrechóle la mano. dirigióse a varios jóvenes. pero somos completamente profanos en las cuestiones de sotana. Pero. por fin. vestido completamente de negro. Mazarino está a favor vuestro. pero sus gestiones no obtuvieron mejor éxito. quiere batirse con algún amigo del cardenal-duque. Como hombres de armas. y estoy dispuesto a demostrárselo a quien lo ponga en duda. pero tengo pendiente un lance. —Pero. paseaba entornando los ojos para ver mejor y se retorcía el bigote. Thou fue a reunirse con el capitán. fue llevado aparte por Gondi. —¡Eh. abate! ¿Qué andáis buscando? ¿Necesitáis un padrino? —preguntóle el duque de Beaufort. ¿acaso son motivo de risa los lances de honor? —¡Dios me libre de tomar a risa cuestiones tan serias! —repuso el señor de Beaufort—. y fue a buscar el otro padrino que necesitaba.El abate de Gondi. —¿Os batís con tanta frecuencia para que vuestros adversarios acaben con ellos? No olvidéis que estáis dentro de la sotana —dijo La Rochefoucauld.. —Es una suerte para vos el ser detenido en vuestra carrera por el cardenal. que era de acero pavonado. a espada y pistola. ¿Dónde hemos de encontrarnos? —Si os acomoda. Seré puntual. tenemos mucha prisa. abandonará la corte. a batirse con los partidarios de éste. porque le conocían mejor que Thou. porque no quería perder el tiempo bromeando. seguramente.» —¡Dominante. ¿Tendréis la bondad de dispensarme tal honor? —Soy vuestro amigo y estoy por completo a vuestra disposición. satisfecho. —Sabéis perfectamente que la sotana no me entorpece la muñeca. nos agrada la esgrima. se detuvo ante un joven muy alto. señor abate! ¡Jamás había pronunciado el rey palabra tan enérgica contra un ministro! ¡Dominante! Implica la caída del ministro. por lo tanto. ¡Hasta se la ha referido al rey! Vaya. mi más vehemente deseo es colgar los hábitos. —Habéis acertado. que los eclesiásticos usaban todavía en aquella época.. que conversaba con un capitán de guardias... frente al baluarte español. que era muy corto de vista. 53 . Y ahora. —Perfectamente. pero no le fue fácil entenderse con ninguno. —Un lance de honor. adiós. incluso la espada. que ha de efectuarse dentro de una hora. y en cuanto le veían acercarse se escabullían o tomaban a broma sus palabras sin comprometerse a nada.

que iluminaba el sol al penetrar por lo alto del pabellón. a la gente que circulaba a su entorno. El monarca ocultaba bajo la capa el brazo izquierdo. Gondi dirigióse a él. pausada y sucesivamente. excepto en los ojos. quien recibió con suma amabilidad a toda la corte. Luis XIII estaba de pie ante una mesita y unos sillones dorados. Como llevaba la cabeza descubierta. mirando descuidadamente. *** Don ujieres de la servidumbre del rey descorrieron las grandes cortinas que separaban la galería del pabellón del monarca. en la que apoyaba un codo. Y. podía vérsele bien el rostro. pasóse varias veces la mano por los cabellos. ancho pantalón hasta la rodilla. como el niño que corre delante de su padre o el perrillo que va y vuelve veinte veces antes de llegar al término del paseo. que parecían enrojecidos por las lágrimas o velados por cierta vaguedad que le extraviaba la mirada. y he retado al señor de Launay. adelantándose al encuentro de cada personaje que llegaba. sin distintivo que revelara pertenecer a ninguna gran casa ni a ningún cuerpo. y. dentro de un cuarto de hora estaremos en el campo. Este joven no parecía tener impaciencia por ver al rey. y me encuentro sin amigos. y. sin atender a más. sentado junto a una mesa. asemejándose extraordinariamente a sus antepasados. forradas con tantos y tan anchos encajes que parecía llevar los pies dentro de dos búcaros de flores. hablándoles rápidamente e interrumpiéndose de vez en cuando para saludar con una graciosa inclinación de cabeza a los que desfilaban ante él haciéndole reverencias. y como si no conociera a nadie. cuando divisó a un joven gentilhombre desconocido. La barba en punta. repuso con indolencia consultando un reloj que llevaba pendiente de la cintura: —Decís bien. volviéndose de vez en cuando para darle prisa. agrupó en torno suyo y escuchó atentamente a los enemigos del cardenal. acepto. por fin. pálido y noble. ¿qué importa? Por un arañazo en duelo no se pierden las amistades. fueron entrando los visitantes en la habitación improvisada del príncipe. guarnecido también con lazos azules. y. se alejó. Su aspecto era melancólico y vestía traje de luto. no tengo el honor de conoceros. pero. y le dijo: —Señor. marchó tranquilamente tras el belicoso abate. Mi nombre es Pablo de Gondi. acentuaba la delgadez y expresión melancólica de su rostro. recogiendo de la mesa su sombrero de plumas negras. Sonrió el desconocido. usanza de la época. rodeado de oficiales de la Corona. cuya mano apoyaba en la empuñadura de la espada. si os place servirme de padrino. vestía un traje elegantísimo: chupa de color gamuza con mangas abiertas y cintas azules. Al abate le mortificaba no contar más que con un padrino. y el cardenal no se había dignado 54 . Miraba tristemente pasar la gente y el tiempo. la frente alta y la nariz aguileña delataban en él a un príncipe de la raza borbónica. un perfecto caballero. como no tengo nada más importante que hacer. pero comprendo que un asalto de armas no desagrada a ningún caballero de buen gusto. Llamó. polainas de montar muy bajas. bordada en plata. que caminaba con gran rapidez. El desconocido respondióle sin variar de postura ni demostrar extrañeza: —¿Quiénes son los otros padrinos? —Lo ignoro. Dos horas hacía que duraba el desfile de cortesanos. a pesar de ser amigo del cardenal.Y tomando del brazo a su amigo. amarillo con listas rojas. y capa de terciopelo azul con la cruz del Santo Espíritu.

dirigiéndose a La Valette. los triunfos recientes obtenidos por Vuestra Majestad. con la brida y las espuelas. aplaudíase interiormente a sí mismo. a agregarse a los cortesanos. No había aún concluido el pedante duque de Beaufort de lanzar tamaña fanfarronería. demuestran la habilidad con que elegís vuestros instrumentos de gobierno. pero no tardó en serenarse y adoptar un aire altanero. sorprendido en flagrante. en realidad. le interrumpió con su habitual altanería. como obligado por los padecimientos. pero. y.. pues. —Yo no sé curar escrófulas —respondió el rey—. que no pasó inadvertido para el cardenal. apoyado en dos pajes y seguido por su capitán de guardias y más de quinientos gentileshombres agregados a su servició. como todos somos buenos jinetes. sólo hablaba con objeto de aturdirse y disimular el convencimiento de su ineptitud para regir el reino. su gentilhombre. cardenal! —agregaba luego. siendo Fabert el único que. vuestra presencia entre los cortesanos ha producido el efecto de una bala de cañón. la corte en pleno se apretaba detrás del monarca y. en las galerías. después del primer saludo. —Únicamente Vuestra Majestad puede curarle —agregó el duque de Beaufort. pues. porque a los pueblos se les dirige como a los caballos. y el rey le dirigió un ligero saludo y prosiguió hablando aparte y en voz baja con el duque de Beaufort. La escolta que le seguía se detuvo a la entrada del pabellón real. ¿verdad? El italiano. Su Majestad no necesita tomarse otra molestia que la de elegir entre nosotros. y. pero la turbación involuntaria que sentía le recordaba que. Mas el duque de Beaufort. —¡En breve tomaremos a Perpiñán! —decía desde lejos a Fabert—. ni a mirarlo siquiera. pues habéis abierto una brecha entre ellos. dentro y fuera de Francia. a la parte posterior del pabellón real. y le dijo: —Monseñor. tomándole a broma para sacudir mejor el yugo insoportable que le abrumaba. cuando dos ujieres anunciaron a la vez: —¡Su Eminencia! El rey. deteniéndose a cada paso. Éste. avanzó hacia el rey. que no dudaba de la caída del primer ministro. obligado.. El cardenal viose. que justificaba su sobrenombre de el Importante. y. Creyendo haberlo conseguido. acercóse al ministro.presentarse aún. y tocando en el brazo a Mazarino—: No debe ofrecer tantas dificultades como se asegura gobernar un reino. Una mirada le bastó para hacerse cargo de la situación. para evitar compromisos: —Señor. se sonrojó a pesar suyo. animado por el ambiente de júbilo que le rodeaba. aunque con intención de ponerles a prueba. pero todos retrocedieron apresuradamente como en presencia de un leproso. y las dolencias del cardenal son tan misteriosas que no las entiendo. para examinar los rostros de los que acompañaban al monarca. La Valette fingió estar distraído conversando con Montresor. —Basta proponérselo. veríase obligado a soportar todo el peso del Estado. sin el concurso del cardenal. ¡La Lorena es nuestra. Luis XIII. con toda la pompa de su dignidad eclesiástica. y ninguno de cuantos se encontraban en él se atrevió a saludar al ministro. se dice que el cardenal está gravemente enfermo en estos momentos —respondió Montresor. respondió. volviéndose a él. con su franqueza y brusquedad habituales. Os suplico que les perdonéis. De este modo ensayábase el rey en desafiar al ministro. —¿Vendrá nuestro primo el cardenal? —preguntó el rey a Montresor. 55 . —Señor. no tan convencido de la desgracia de Richelieu como los demás cortesanos.

de espaldas al grupo que rodeaba al rey. y la misma sorpresa reflejó el rostro de los cortesanos. la reina María de Médicis. Tan ajeno estaba Luis XIII a que Richelieu le hablara de su madre. medio encorvados. pero no sin precauciones. estoy al borde del sepulcro. sin esperar que el monarca le dirigiera una palabra ni una mirada. Richelieu mantúvose erguido. y dijo: —Señor: vengo a suplicar a Vuestra Majestad me conceda el descanso a que aspiro desde hace ya mucho tiempo. Mazarino acercósele también. inclinándose ante el monarca. os concedemos el descanso que solicitáis. no obstante vivir en mala inteligencia con vos y del alejamiento que los intereses del reino me obligaron a imponerle —continuó el cardenal—. no os arrepentiréis de ello. avanzando para no perder detalle de lo que iba a ocurrir. por el contrario. pero muy poderosa en un príncipe. pero no te verás libre de mi poder. y el cardenal los interpretara como saludos de respeto. mi vida se extinguirá pronto. una persona a quien le debo mucho. Estas palabras del ministro dimisionario provocaron la curiosidad general de cuantos las oyeron y acrecentaron la inquietud del rey. Hace dieciocho años. una persona a quien os suplico que levantéis el destierro: vuestra madre. Vuestros enemigos fueron derrotados y humillados. —También suplico a Vuestra Majestad que prescinda del rigor adoptado por mí y que juzgué indispensable para la tranquilidad del Estado. pero. Nadie. —Existe una persona a la que he amado siempre. Querido Fabert. dejó escapar una involuntaria exclamación. y. Sorprendido el rey de la altanería de algunas de estas frases. comprendo que me he equivocado y estoy arrepentido. Ante el monarca. de donde soy abate general. señor me confiasteis la gobernación de un reino débil y dividido. con objeto de terminar allí mi vida entregado a la oración. Mi salud es precaria. con la vista baja y las manos en los hombros de sus pajes. Luis XIII volvióse. sino que. viéndose acechado por toda la corte. Le hizo cinco o seis reverencias. al oírlo. Richelieu conmovióse profundamente. 56 . aunque todos fingieron no mirarle. los que conversaban con el rey enmudecieron. se apoyó en sus pajes y encaminóse directamente al soberano. porque mientras viví para el mundo olvidé mis más arraigados sentimientos de respeto y adhesión al bien común. y que os ha de ser indudablemente muy querida a pesar de sus tentativas contra vos a mano armada. manifestando una tristeza profunda. tuvo valor suficiente para no manifestar la debilidad que el cardenal esperaba. y mi misión ha terminado. agregó en voz alta: —Como recompensa a mis servicios. E. perdiendo de pronto la serenidad. su única fuerza. Al acercarse Richelieu. el rey le miró altivamente y dijo con ostensible frialdad: —Quedamos muy agradecidos a vuestros servicios. ahora que tengo la evidencia de la soledad. antes de justificarme con el rey eterno. por creerlo justo. —Me tratas con la misma frialdad —dijo para sí mismo—con que dejaste morir a Montmorency. como otras veces que le había amenazado con retirarse. ruego a Vuestra Majestad acepte el palacio levantado a mis expensas en París. de manera que éste creyera que sus movimientos eran los saludos rápidos y precipitados que dirigimos a las personas de quienes deseamos prescindir. sin abandonar su actitud. El rey hizo un gesto de asentimiento y los cortesanos prorrumpieron en un murmullo de extrañeza. atravesando el pabellón en toda su longitud. El ministro sonrió desdeñosamente. quedó inmóvil y esperó fríamente. asombrado. os lo devuelvo unido y poderoso. pero no exteriorizó su contrariedad. le había perdido de vista. que. quiero rendir cuentas al rey de Francia. y.—Y sólo vos habéis permanecido firme ante mí como ante el enemigo —repuso el cardenalduque—. Os ruego que me concedáis permiso para retirarme a Citaux.

tratándose de otro que no fuera él. El cardenal de La Valette inclinóse inmediatamente para besar la orla del manto real con el entusiasmo de un amante. Claramente se advierte que la Virgen dispensa su protección a mi reino. le conmovió. tan hábiles como éstos. volveremos a verla. a la violenta agitación de aquella mañana. 57 . y se oía un murmullo respetuoso.El rey dirigió una larga mirada al ministro. el amor filial le hizo derramar lágrimas y. Conmovido. sucedía ahora la calma. conversaba con Montresor y los gentileshombres del rey. que no recibía las felicitaciones con su habitual tranquilidad. La tempestad parecía haberse conjurado. sólo interrumpido de vez en. que debió estallar arrepentido. Los aduladores adelantáronse. con toda la nobleza y bondad peculiares de los Borbones. En aquel momento acercóse al rey un capitán de guardias. venía de ganar una batalla. voy allá. pero era público y notorio que. el mariscal de Chatillon y todos los grandes jefes del ejército y dignatarios de la Corona se apresuraron a rodearle. El cardenal se inclinó. a pesar de vivir en la corte. rivalizando en pronunciar frases halagadoras. y quedó decidido el destino de Francia. en el lugar que le correspondía por su cargo. especialmente al juzgar a tan gran político como éste. quemando a los pies de uno el incienso que destinaban al otro. pero corrieron las cortinas y no pudieron ver más. besándola con sumo respeto. sin haberse enterado. señores. y deja que los perros acaricien a su amo y se repartan la comida. conducta que habría sido poco hábil. a la verdad. inundóse de júbilo con la satisfacción del triunfo. Desde fuera. Como no había encontrado otra persona con quien hablar. de aquella escena. Que me espere en mi cámara. Richelieu avanzó dos pasos. el duque de Angulema. el rey le abandonó la mano. enemigos jurados del ministro. al punto. Y agregó con impaciencia: —Voy. dijo lleno de emoción: —Sufrimos frecuentes equivocaciones. unos hacia el rey y otros hacia el cardenal. ajeno al ceremonial de la corte. habría sentido morirme sin experimentar este placer. advirtiéndose. desconocía las intrigas. El cardenal quedó en medio de la corte como dueño e ídolo de todas las adoraciones. Fabert habíase retirado a un rincón del pabellón. La súplica del cardenal. aquéllos. y volviéndose graciosamente hacia los cortesanos. y. puesto que tiene tan buen corazón como elevada inteligencia. Cualquiera. yo me enemistaba con él! Desde el nacimiento del Delfín no había vuelto a sentir una satisfacción igual. componiendo su rostro de manera que pareciese satisfecho y enternecido. no pretendía reclamar su parte de botín. y. a la derecha del rey. Afortunadamente. sin embargo. y no ocultó su satisfacción. dirigían al monarca frases de gratitud que podía oír el ministro. todos los embajadores. su adhesión sin límites. Según aseguraba. ¡Y cuando sólo pensaba en unir a la familia. y su corazón. aunque menos directamente. saludando y sonriendo. El mariscal de Estrées. —¿Un correo de Colonia? —preguntó Luis XIII—. habría creído que era el rey quien se colocaba a la izquierda del cardenal. Recordó. vez por las risas y protestas de adhesión. —¡Infortunada reina! —exclamaba el cardenal—. considerándose dichoso al poder conceder lo que con tanto anhelo deseaba otorgar. y quedó de pie. los infatigables servicios de Richelieu. y sorprendióse de haber tratado de prescindir de él. al parecer. Confío en que el cardenal no nos abandonará jamás. que le arrebataba la única arma que podía esgrimir contra él. Y entró presuroso en una pequeña tienda aneja al pabellón real. tendió la mano al duque. como el caballo del rey que regresa de caza. —El Cielo ha inspirado al cardenal —decía—. los cortesanos vieron a un joven que llevaba una cartera negra. el de Halluln. su asombrosa capacidad. El rey le escuchaba confiado. y el joven Mazarino hizo casi lo mismo con el hábito de Richelieu.

sin manifestar tristeza ni despecho. —Señores —anunció en voz alta—. a caballo. La corte se retiró tras del ministro. aunque con aire confiado. que permanecía impasible—: Quizá no he sido el primero en recibir tan triste nueva. pero Dios lo sabe todo. salió con la misma gravedad con que había entrado. señores mariscales! Y volvió bruscamente la espalda. quien. mientras miraba con frecuencia e inquietud la tienda en que el rey había entrado: De pronto descorrióse la cortina y apareció. el monarca. vamos a atacar las líneas enemigas. mirando severamente al cardenal. 58 . ¡Venid. sin compañía alguna. entrando con éstos en su despacho. la reina madre ha muerto en Colonia —y agregó. más pálido que de ordinario. Dentro de una hora. manifestándose francamente intranquilo.Richelieu preguntó varias veces qué hora era. llevando en la mano una carta con cinco sellos negros.

que conducía hasta el pie del baluarte español. días en que el alma —semejante al león de la fábula. que seguramente había reconocido a Cinq-Mars en el gentilhombre enlutado. Sabía que las tropas no habían de atacarle por este lado. Cinq-Mars púsose su coraza a usanza de la época. podían haberse establecido líneas de ataque y reductos contra determinado lugar accesible. lo que no era obstáculo para que situaran en ellas cuatro cañones de enorme calibre clavados en el césped. montó a caballo y encaminóse al baluarte español. de atacar por este lado. A partir de su encuentro con la monja loca. víctima de ideas dolorosas. cuando llegó al campamento de Perpiñán. y por consiguiente inmóviles e inútiles. Cinq-Mars examinó la parte sur de Perpiñán. Cinq-Mars encontrábase en esta disposición de ánimo. cerca de Loudun. porque la satisfacción de arriesgar la piel exponía al riesgo de perder la cabeza. muy apropiado para que el abate pudiera llevar a término sus proyectos homicidas. todas las fuerzas estaban preparadas para atacar por la parte norte de Perpiñán. que. Era un campo de musgo. situado sobre la puerta de Notre-Dame. estaban lejos las avanzadas y garitas. e inquiría la razón de ello. estaba a punto de desfallecer. provocada por la sensibilidad enfermiza de sus sentidos y por la continua agitación de su corazón. Este había plantado su tienda. un fuerte de ladrillo llamado el Castillet. el baluarte los separaba del campamento francés. tan indiferente como melancólico. pera no se veía por allí ni un soldado. lugar de la cita. puesto que no se podían disparar contra un ejército colocado al pie de la muralla. pues nadie hubiese podido sospechar que los oficiales se batieran al pie mismo de los muros de la ciudad que atacaban. diciéndome que me bendecía y que me perdonaba todos mis homicidios y los que cometiera en lo sucesivo en servicio de la Iglesia Apostólica. Entre la parte meridional de la ciudad. oculto entre las obras de la plaza sitiada. y por el otro. Vio un terreno pantanoso en apariencia. porque sus aspilleras y troneras se encontraban arruinadas. había poca y mal organizada 59 . que le pareció admirablemente elegido.CAPITULO IX EL SITIO Alzó la mano el papa. pues. desea las tribulaciones con toda la vehemencia de su pujanza. y. anhela combatir con un enemigo más poderoso—. y a los asaltados la de aumentar los medios de defensa. Por un lado. y me hizo una cruz en la cara. donde tuvo la suerte de aceptar la proposición del abate de Gondi. que era el sitio más difícil de conquistar. en la calle del campamento destinada a los jóvenes señores que debían ser presentados al rey y tenían necesidad de servir como ayudantes de campo a los generales. en la hostería. Los duelistas tenían necesidad de adoptar precauciones. protegiéndoles contra la curiosidad pública. Como fue el primero en llegar. Comprendíase inmediatamente que aquellas enormes piezas habían quitado a los asaltantes la intención. no había logrado dominar por completo su espíritu. fatigado por los continuos ataques del insecto. las montañas de Albere y la garganta del Perthus. baluarte guardado con toda la negligencia castellana. si la tuvieron. tuvo tiempo de reconocer el sitio. como voluntario. pero sólido en realidad. BIENVENUTO CELLINI Existen en la vida momentos en que se desean con ardor fuertes emociones para mitigar pequeños dolores. mientras esperaba a los duelistas.

Sin duda. ¿Os encontráis aquí sin que yo haya sabido vuestra llegada al campamento? Sí. Ambos jóvenes se abrazaban con los ojos arrasados en lágrimas. limitándose a preparar las riendas y las espuelas para resguardarse. acordemos las condiciones del lance. ¿Habéis pasado alguna enfermedad. que paseaba a caballo alrededor de los fosos y del pantano. os reconozco. amigo mío? Os he escrito con frecuencia. pero Gondi se apresuró a poner término a la escena. y vas a disparar contra un mozo que no vale ni la mecha que necesitas emplear? En este lugar mismo.reanudó su interrumpido paseo por la muralla. —¡Cómo! ¿Sois vos. porque tenemos que atacar las líneas y he de ocupar mi puesto. y Cinq-Mars se encontró en los brazos del consejero Thou. ¡Qué bueno sois! Siempre sois mi fiel y cariñoso amigo. hizo avanzar su caballo a medio galope hacia sus jóvenes adversarios. el baluarte. efectivamente. como si fuerais don Quijote de la Mancha? Y mientras decía esto tomaba y plantaba en tierra la horquilla que estaba a su lado. y al poco rato vio cinco caballeros que se dirigían a él. y aquí. Si no cumples tu deber haré lo que él hizo. sois vos. apoyando luego en ella el cañón del arcabuz en actitud de apuntar. señores! Ya os quedará tiempo de abrazaros. con el mariscal. cuando Launay. y le dijo en castellano: —Señor caballero. con un salto del ligero animal. porque no he olvidado al mariscal de Bassompierre. que lo abrazaba cariñosamente. porque ahora tenemos que ponernos de acuerdo con los buenos amigos que llegan. A Cinq-Mars no le alteró el gesto del español. Un centinela. por una y otra parte. solo y a caballo. Ambrosio volvió a apoyar el arma sobre el hombro y . pero ya os explicaré el motivo de tan larga distracción. con sus testigos a sesenta pasos de distancia. Effiat reanudó también el suyo por el musgo. caballero. —Reconozco —respondió Enrique de Effiat—que no me he portado muy correctamente con vos. mientras el abate de Gondi decía. tras del muro de una cabaña próxima. para juzgar rectamente de ciertas cosas. los de capitán de guardias. como un asesinato. Los dos primeros llegaron a galope. el soldado que amenazó con disparar no conocía bien la consigna. y que mi alma había de encontrar siempre eco en la vuestra. paseábase con displicencia por la muralla. le dijo en su idioma: —Ambrosio del demonio. con un largo arcabuz al hombro y la mecha humeante en la mano derecha. pero me alegraría mucho batirme con vos. antes de que el llamado Ambrosio disparase. me daba vergüenza escribíroslo. arrebujado en una capa parda. hasta en los ataques. diciéndoles: —¡A caballo. hablaremos extensamente. aunque estéis algo pálido. —A vuestras órdenes —repuso Cinq-Mars—. Carlos y arrojó al foso a un centinela que se quedó dormido. Cuando el español continuó el paseo. se apearon. Yo cumplí en casa de vuestra madre los deberes de caballero y de persona educada. riéndose: —Orestes encuentra a Pílades en el momento de inmolar un truhán que está muy lejos de pertenecer a la familia del rey de reyes. y sabéis el concepto que me mereció vuestra insolente visita a casa de mi madre. —Señores —dijo—. Sabía además que por tácito convenio de ambos ejércitos beligerantes estaba prohibido hacer fuego contra los centinelas. Pronto tendré el honor 60 . ¿pretendéis conquistar. —Como os conozco bien. porque os profeso la misma amistad que de niño.vigilancia. lo que habría sido considerado. ¿no sabes que está prohibido gastar inútilmente la pólvora. ni el bosque de Chaumont. —Sois muy joven. a caballo. querido Cinq-Mars? —exclamaba Thou—. cuando otro soldado más viejo. se detuvo a mirar a Cinq-Mars. sabía que no podían existir rencillas entre nosotros. No había concluido aún de hablar. los de gentilhombre con el señor abate que me ha retado.

que saltaba y caracoleaba arrastrando al futuro cardenal. señor Thou? —No. señor abate. sin chocar. sujetando al cuadrúpedo por la brida. A una señal de Gondi partieron los seis caballos a galope. porque el humo se corre al llano. llenos de tierra—. Mirad. e inmediatamente dispararon los jinetes las pistolas. si no escapamos. el señor CinqMars se ha portado noblemente conmigo. que pierde el tiempo buscando al infortunado Launay. —Si os lo permito —replicó el abate. logrando ver al caballo del abate. que es la señal para dar principio al ataque. Tenía Gondi la nariz y las manos ensangrentadas a causa de la caída y de los esfuerzos realizados para agarrarse al césped. disparando al aire cuando pudo matarme. Cinq-Mars se interpuso oportunamente entre el foso y el abate. no debéis encontraros muy grave. 61 . quedando envueltos en una nube de humo. Thou acercábase a su rival. y la caballería carga protegida por la artillería de la plaza. —¡Rayos y truenos! —exclamó Gondi. acercándose—. para presenciar aquel duelo de seis personas. Si regresamos al campamento. los españoles. pero. señores —agregó de Fontrailles—. mirad a su caballo en el foso. —Cierto —confirmó Thou. No lo olvidaré nunca. —Señor abate—le dijo—. no todos tenemos tanto acierto como vos —respondió amargamente Montresor. Y así era en efecto. pareciendo que la guarnición estaba más atenta a observar la suerte que corrían las demás fortificaciones. —Yo tampoco estoy dispuesto a continuarlo. —Me parece que el enemigo ha hecho una salida —dijo Montresor—. en la que se situaron dos oficiales y una veintena de soldados españoles. No creí que el jaleo empezara con los suizos. por lo que creo que ha empezado el ataque en todas partes y nos encontramos entre unos y otros combatientes. enganchado por un pie al estribo. y seré su amigo hasta la muerte. —En ese caso celebremos consejo —repuso Gondi—. encontrándose. Ya no podemos reanudar el duelo a espada. y a vuestro adversario con la cabeza destrozada. espectáculo que les era familiar. por fortuna. Cinq-Mars continuaba montado y estrechaba la mano a su adversario. frente al cual se encontraban. en el centro del campo. señores —dijo el adversario de Cinq-Mars—. cuyo caballo había quedado muerto. que a defender la posición que tenían a su cargo. tropezaremos con los suizos y los lansquenetes que se baten por esta parte. —No es cosa tan fácil como creéis.de ponerme a vuestra disposición. y la ciudadela. Llamemos al señor Montresor. siendo éste el que quedó más cerca de la muralla. vióse que sólo estaban sanos y salvos tres hombres y tres caballos. el cañoneo se había generalizado. que cojeaba a causa de la caída del caballo—. lo que me ha hecho perder el equilibrio. porque en este momento ha sonado un cañonazo. para ayudarle a levantarse. pero creo que Launay ha caído también. Los testigos señalaron sesenta pasos de campo. al otro extremo del campo. puesto que gritáis con gran energía. Sólo el baluarte. como en un balcón. restregándose los ojos. nos arcabucearán. al ver qué su caballo corría hacia el foso lleno de agua que rodeaba el baluarte. que corren ya a buscar las armas. Acabo de oír silbar una bala junto a mi cabeza. pero Cinq-Mars los buscó con inquietud. —Tiene razón el señor de Fontrailles —dijo Thou—. y renegando como un energúmeno. que ya estaba a caballo. la ciudad y el ejército estaban envueltos en humo. —No se trata ahora de eso. ¿Le habéis herido. no había sido atacado. Cuando éste se hubo disipado. A Gondi y Launay no se les veía. que comprendía todo el prado. e inmediatamente se colocó el abate entre Thou y Cinq-Mars. señores —interrumpió Cinq-Mars—. Para disparar a la cara de ese gigante me he visto obligado a alzarme sobre los estribos e inclinarme hacia adelante. Pongámonos en salvo. tan tranquilo como él.

son las gentes de armas de la guardia del rey —dijo Fontrailles —. a pesar de sus cabellos blancos. ¿estaríais satisfechos si los que tienen el honor de mandaros se hubieran visto defraudados al ordenar la carga contra el enemigo? —¡No. Los cinco caballeros avanzaron hacia aquella tropa desordenada y comprobaron la certeza de sus conjeturas. si os place! Guiadnos. ¡Ya vienen en nuestro socorro! Efectivamente. estaba equivocado al mandarnos cargar de parte del cardenal. Tenía la seguridad de que el capuchino José. después de observar las murallas—. acercándose—. oyéronse voces repetidas y prolongadas de los jefes mandando hacer alto.—Señores —propuso Cinq-Mars. —Ya os lo advertí. obedeceréis. creyendo muerto al marqués. —El marqués de Coislin debe de estar loco. vieron que todos estaban alegres y reían a carcajadas. Cahuzac! —decía uno—. Esto. que. como si llevaran propósito de ocupar el mismo campo de los duelistas. a caballo. siempre es preferible que nos fusilen ahí arriba a que nos ahorquen allá abajo. Si seguimos hasta allá. no! —respondieron todos los jóvenes. tan pronto como llegaron los primeros caballos. pero sólo somos cinco contra treinta lo menos. no. En este momento. una numerosa tropa a caballo galopaba con gran desorden hacia ellos. —Locmaria. que. Ya habrán advertido la ausencia de Launay. —¡Pardiez. tomad el mando y. —Pongámonos al frente de ellos. una bala disparada desde la muralla cayó en la testa del caballo que montaba el viejo capitán. aplaudiendo.. porque los españoles nos invitan al baile. vamos a conquistar ese baluarte mal defendido. habría. caballero —asintió Fontrailles—. mezclémonos con ellos. y estamos al descubierto. Vuestro caballo corría más que el mío. seguramente lo habéis ejercitado para las cacerías del rey. parece un sauce llorón. —¡Un momento. —¡Ahí ¡Ah! ¡Ah! Locmaria. señor voluntario. porque me parece que los hacen volver. pues sólo a un loco se le puede ocurrir que carguemos contra ocho regimientos españoles. pero hace un instante que estos señores y yo examinamos ese baluarte y creo que se puede dar el asalto. Llegasteis primero —respondió otro. en vez de la consternación que se podía esperar en semejante circunstancia. levantándose—. Yo no soy más que un simple voluntario. y debemos 62 . Les reconozco por la escarapela negra.. —Perfectamente. pero. quería decir que habían sido derrotados. nos pueden contar fácilmente. —Pues bien. que sondear el vado para. y toda la corte sabe que habíamos concertado un lance. Pero. ¡al asalto. que se mete en todo. que se encontraban en trance difícil. un momento. no siendo nosotros más que cuatrocientos hombres en junto. ¡Yo os conduciré. perecemos. —¡Señores —exclamó Montresor—. señor marqués —dijo Cinq-Mars. señores! —gritó Coislin. —Señor. —No está mal pensado —agregó Gondi—. —¡Bravo! ¡Bravo! —exclamaron todos. También vienen muchos de la caballería ligera. ante todo. señores —decía malhumorado el joven oficial—. vuestro penacho ha quedado en buen estado. —Es porque nosotros hemos venido más unidos. si damos lugar a que vengan en nuestra busca. en lenguaje militar. conservaba en los ojos el brillo de la juventud—. —He dicho —manifestó el viejo marqués de Coislin. ha llegado la ocasión de ejecutar lo que habéis prometido. al asalto! —gritaron los dos nobles compañeros. Moury. colocándose inmediatamente en sus puestos respectivos. si os mandan dar el asalto a las murallas.

Le ayudó a ponerse de pie. ante él. arrojando al aire su sombrero. del cuerpo de caballería ligera. Ambrosio? —preguntó a un soldado—.responderles cortésmente. que había tomado asiento sobre el parapeto. al foso. es un cuerpo de aventureros que nada pierden y todo lo ganan en el pillaje. que suponían fuese más profundo—. abriéndose paso a codazos entre los jinetes desmontados. Thou. los caballos sólo se hundieron hasta los corvejones. ¿no os parezco ridículo. pues los soldados españoles no opusieron gran resistencia al empuje de los franceses. envuelto en una capa obscura. sin esperar las órdenes del jefe. más daño que al enemigo. pero esto no impidió que llegaran a un pequeño campo cubierto de césped al pie de los muros medio derruidos. Un oficial español. En su impetuosidad juvenil. el abate Gondi. ocasionándose. los contemplaba con gesto ceñudo. no le habría creído capaz de hacer otra cosa que cantar romanzas. La defensa no duró mucho. No los había visto nunca en Francia. Fontrailles y Locmaria lanzáronse a caballo a la muralla. precedida por Cinq-Mars y sus amigos. estrujándose. echado en una cama bien mullida. y le dijo tranquilamente. era de cutis blanco y rosado como una muchacha. El español detúvose. mientras miraba la hora en un grueso reloj redondo adornado con rubíes que llevaba suspendido de la cintura por medio de una cinta. sorprendido. —¡Desmontaos. con la espada en una mano y la pistola en la otra. donde —con sorpresa propia y de los españoles. como el borboteo del agua que sale de una botella de cuello sumamente estrecho. sin hacer caso de las balas que llovían a su alrededor: —Amigo mío. y con un pañuelo bordado se enjugaba la frente y el rubio cabello. pero un vivo tiroteo les mató las tres cabalgaduras y rodaron con ellas. y así corrieron. Sin embargo. a quien recibió casi en los brazos cuando cayó del caballo. que avanzaba—. con mi traje de consejero del Parlamento? —¡Pardiez! —exclamó Montresor. Thou. supuso que los objetos de valor que tenía en las 63 . Apenas el viejo marqués montó en la cabalgadura que le trajeron y hubo sacado su espada. Si el ejército de Luis XIII lo forman soldados como éstos. que conservaba siempre su sangre fría y no olvidaba a los amigos. relataremos esta hazaña a nuestras amigas de París! —exclamó Locmaria. Si no le hubiera visto combatir. arrojóse. señores! —ordenó Coislin—. toda aquella ardorosa juventud. —No creo que sean muchos. ¡Ved cómo se luce el abate! En efecto. le devolvió la espada. arremetía a tajos y mandobles contra un español gigantesco. los oficiales de las compañías rojas y todos los gentileshombres. bulliciosos y alegres. Y. —¿Quiénes son esos diablos. Voy a procurar conquistarme la simpatía de alguno para escapar de ésta. Seguramente. muestra demasiada generosidad al no conquistar Europa entera. en medio de esta batalla. Mouy. en su precipitación. acercóse a un joven de dieciocho años. —¡Señores. Cinq-Mars. gritaba como un energúmeno: —¡Tres duelos y un asalto! ¡De esta hecha. pierdo la sotana! Y así diciendo. Desde las murallas se les hizo una descarga de metralla. como escolares en vacaciones. —Tienes razón —asintió el oficial—. Londigny. Coislin. Y Cinq-Mars. andando con lentitud. no perdió de vista a Enrique. empujándose. La pistola y la espada. desembocaron en la explanada del baluarte a empellones. arrojándose a la brecha en pelotón. ¡Adelante! ¡Adelante! Todos se apresuraron a obedecer. prevenido por las advertencias de Ambrosio.

de expresión dulce. Los cañones habían cesado ya de disparar. seguramente. os presentaré al marqués de Coislin. y echó a andar seguido por Ambrosio. ¡Ya han muerto bastantes españoles! Y se apresuraron a desarmar al oficial enemigo. a quienes encontraron riéndose con los jinetes desmontados de la caballería ligera. —La justicia y la religión estaban de parte nuestra. que os concederá.manos serían substraídos del tocador de alguna dama y. imbécil! Y. El rostro. —Señor. —¡Oliverio! ¡Oliverio! —le gritaron de todas partes los compañeros. 64 . El español sacó inmediatamente un puñal del pecho. el adolescente le sujetó el brazo derecho. pero no sabemos el oficio de verdugo. El anciano marqués evitó a Cinq Mars la dificultad de la respuesta haciendo sonar las cornetas para reunir sus valientes compañías dispersas. lo que deseáis. porque ha sido «el mejor peón de la jornada». y el marqués hizo pasar los caballos por la brecha. pero. y. y tendré que aguardar un año. y al reanudar luego la conversación le preguntaron su nombre. ¡No queremos que sea «cardenalista»!3. —¡Así debe ser. yo puedo desengañaros —dijo Oliverio de Entraigues—. asiendo al francés por un brazo. —Yo no lo quiero ni para ayuda de cámara —respondía otro. había dado la vuelta al baluarte. respondió: —Señor. —¡Por el cardenal! No es necesario. ¡Quítate de mi presencia. porque he sido paje del cardenal y lo conozco perfectamente. 3 Francia y el ejército encontrábanse a la sazón divididos en realistas y cardenalistas. ¿De dónde es vuestra familia? ¿De Aragón o de Castilla? —Coislin. se inflamó de indignación. descargóle una sonora bofetada. recordando a su familia.. de rasgos infantiles. —Señores —dijo el viejo capitán—. Así. Enviémosle al batallón de suizos que pasa ahora por el llano. rápido y ágil.. —¿Qué hacemos de éste? —preguntó uno. Te daré cuatro mil ducados si consigues que me escape. Es demasiado decente para eso —decían vivamente todos aquellos jóvenes. al decir esto. volvieron a reunirse en la explanada con Thou y el abate Gondi. Es un voluntario que hoy mismo será presentado al rey por el cardenal. necesitara también permiso de otro jefe superior. intentó clavarle el arma en el corazón. señores. ¿quieres devolverme la libertad y dejarme que vuelva a ver mi país? El francés miróle con la dulzura propia de su juventud y. comprobando que se hallaba completamente separado de la ciudad. pues. trémulo de ira. siguiendo el consejo de Coislin. y. empujado por cinco o seis de aquellos atolondrados jóvenes. —Merece ser ahorcado —agregó un tercero—. Podemos presentarlo nosotros mismos. tu jefe. le dijo: —Soy oficial. El español envolvióse tranquilamente en su capa. lo dirigió a la cabeza del agresor. porque ellos han luchado tan valerosamente como nosotros! Al aproximarse Cinq-Mars guardaron silencio. creyendo conseguirlo fácilmente. abordándole bruscamente. acudiendo a la reyerta—. levantándolo vigorosamente. Momentos después presentóse un guardia anunciando que el rey y el cardenal recorrían la línea de combate para apreciar el resultado de la jornada. y que no ofrecía ventaja alguna. Cinq-Mars. y por eso hemos triunfado. —¿Dinero a mí? —repuso el joven—. rodeáronle y lo felicitaron con entusiasmo. tenéis razón al felicitarle. Servid en las compañías rojas y tendréis buenos camaradas.

El cardenal permaneció impasible. pistolas en el arzón de la silla y sombrero con plumas que apenas se ponía en la cabeza cubierta con el solideo rojo. Siguiendo lentamente la línea de operaciones. siendo clérigo. Con su muralla de ladrillos. Sinnúmero de generales y grandes señores permanecían a caballo. desde donde divisaba. porque la ciudad no se rendirá ni será francesa hasta dentro de dos años. al norte de la ciudad. y esperaba sus órdenes para ejecutarlas. y habría podido decir con exactitud qué sensaciones había experimentado el monarca. Panhypocrislade. su ciudadela y sus campanarios. pero ese capricho de gloria no contrariará mis inmutables deseos.» Tales eran los pensamientos que bullían en la mente del anciano cardenal. a unos veinte pasos de distancia y en profundo silencio. verlo desde todos los lados. os lo permito. y detrás de ellos el ministro. trompeta. empleaba palabras autoritarias. en la montaña de Salces. ocurriendo lo que Richelieu había previsto. «Para sugerir emociones a esa alma débil y distraerle de su pena. al consultarle. por cuyos flancos se deslizan dos ríos que descienden al llano. tambor. coraza con tonalidades de agua. llegando la línea francesa hasta el pie de aquella barrera. mandaba a éste todos los que solicitaban su consejo. y que Luis parta y descargue sobre algunos pobres soldados los golpes que no se atreve descargar sobre mí. permanecía inmóvil. el cardenal había llegado a la altura en que se encontraba y desde allí dominaba con la vista y el pensamiento a sitiadores y sitiados. pífano. pero el cardenal. que sacie su cólera en sangre plebeya. que se había situado. Como el rey había vuelto a nombrarle generalísimo de las tropas. rodeada de montañas azules. cercad esa ciudad. A la derecha elevábase el inmenso monte llamado El Canigó. uno de los cuales le sostenía los guanteletes y el otro el casco. llevara coraza. frente a él. Richelieu había dicho. Tras él estaban dos pajes. sus baluartes. a caballo. caerá en mis redes el día previamente calculado. creyéndolo su jefe. su irresolución y su 65 . pudiendo observarse que el rey. un capitán de guardias. la llanura del Rosellón inclinándose hacia el Mediterráneo. y atento a las órdenes que se dignara darle. a su vez. ¡Cegad su entendimiento! N. espada al cinto. Perpiñán formaba una masa ovalada y umbrosa sobre los verdes prados. pero mostrábase altanero y descontento. El ejército podía. Richelieu iba ataviado completamente de militar: traje color de hoja seca. a un lado. todos los generales le enviaban sus ayudantes a recibir órdenes. por eso no sorprendió a nadie que. para conciliar de este modo su debilidad y su poder.CAPITULO X LAS RECOMPENSAS La Muerte:—¡Ah! ¡De qué manera corren hurtándose a mis golpes! Excitad sus sentidos con rabia insana. y la admiración había evitado a todos sus actos el ridículo a que habría estado expuesto cualquier otro jefe. como el discípulo adolescente obligado a reconocer que el maestro tiene razón. LEMERCIER. Hacía mucho tiempo que Francia estaba sometida al yugo despótico del cardenal. Luis XIII se colocó al lado del ministro. bordado en oro. porque él regulaba y calculaba los movimientos del corazón de Luis XIII como los de un reloj. Deseando calmar el primer arrebato del rey. que conocía los secretos motivos de la cólera que inspiraba actualmente al rey.

orgullo. Si seguimos así. El mariscal y sus ayudantes. deseo que Vuestra Majestad. es decir. No son el Castillet ni esos seis grandes baluartes los sitios que debíamos haber atacado. hay seis regimientos de dragones y los mosqueteros de la Roque —dijo el primer ministro—. y agregó con indiferencia —: Es decir. pero sin violencia. mientras el ministro le dictaba órdenes con tono de profunda obediencia. ¿verdad que esto es muy fastidioso? ¡Parecemos momias! Carlos de Valois aproximóse entonces al rey diciéndole: —Parece. que han salido de la plaza en gran número y se dirigen precisamente aquí. y. guardaron silencio. dijo con impaciencia: —La Meilleraye. el gran brazo de piedra de la ciudadela nos amenazará mucho tiempo todavía. eso pensaba yo también. y el cañonazo sonó oportunamente. ¡Os lo mando! Schomberg fue a encargarse del mando del ala derecha del ejército. al hacer esta pregunta. Lanzad la caballería conmigo. porque quiero hacerlo todo. especialmente. y a la hora que hayáis convenido con los mariscales. se situó detrás del cardenal. si lo tiene a bien. porque vuestra 66 . viendo que permanecía inmóvil como una estatua ecuestre. mirando insistentemente al cardenal—. y les dijo. quien. destacándose del grupo de los ayudantes. que no tenemos aquí las máquinas del ingeniero Pompeé-Targon. cerca del capitán de guardias. transmitió la orden recibida. simulando creerlas más eficaces donde las había emplazado. ¡Schomberg. Los regimientos de Bizon y de Pohts se retiran haciendo fuego. con el buen sentido y rápida vista peculiares del soldado francés. Angulema. El extraño mutismo que siguió a sus palabras hizo suponer al rey que había cometido. deseo que empiece pronto el ataque —dijo el rey al llegar. —Señor. señor. ni una mina. señor. El cardenal. voy a dar las órdenes en persona. Aquí no hay una máquina preparada. ni un petardo bajo las murallas. —Cardenal. Mirad. El mariscal La Meilleraye me dijo esta mañana que había propuesto construir aproches para abrir trincheras y que su proposición no había sido aceptada. un error militar. nuestra tardanza en abrir la brecha envalentona a esos bribones. porque los artilleros veían que lanzaban los proyectiles contra dos sitios inexpugnables. si permitís que os exponga mi propósito. para disimular: —Angulema. esas baterías no atacan bien. —Perfectamente. vuestros artilleros duermen. y. Las baterías que había emplazado el mariscal de La Meilleraye empezaron a disparar. su ineptitud y sus pretensiones. sonrojándose levemente. Schomberg! Quiero que dentro de un cuarto de hora suene el cañonazo de aviso. ruego a Vuestra Majestad se ponga a la cabeza de esas tropas. cuando estén hechos todos los preparativos. —Es que entonces preferimos tomar La Rochela antes que Perpiñán —repuso el duque de Baufort. Sorprendiendo al rey la lentitud de los disparos. que habían mirado al cardenal. y éste. indicó por señas a Fabert que se acercara. impuso silencio a los jefes que intentaron hacerle observaciones. El duque de La Rochefoucauld acercóse entonces al rey para decirle: —Majestad. señor cardenal. ataque dentro de un cuarto de hora. con la experiencia. Beaufort. Habrían tenido que disculparse diciendo que no era culpa de los soldados sino de quien había ordenado el mal emplazamiento de las baterías. que permanecía inmóvil. acercóse al grupo de príncipes que le acompañaban. —Perfectamente —repuso el rey desenvainando la espada—. allá abajo se encuentran mis soldados de infantería y mi caballería ligera. de Richelieu. démosles una carga y hagámosles volver a la ciudad. comprendían cuál era el lugar que debían haber atacado. ¿Dónde está el cardenal? —Detrás de esta colina. tiempo suficiente para que avance la tercera línea.

que parecían ecos sueltos. ¡Un papel! Necesito escribir enseguida a Schomberg. E inmediatamente se desplegaron las tropas de caballería. —El rey ha derrotado a la caballería. los cañonazos. José. como la francesa. trocáronse en trueno formidable cuyos incesantes estampidos semejaban el estruendo de tambores. y. convirtiéronse en inmensa y continua hoguera. —¡Ordenad la carga —gritó imperiosamente Luis XIII—. y abriendo en ella una ancha y sangrienta brecha pasaron para ir a reunirse detrás del baluarte español. los generales dieron órdenes. La Meilleraye y Lesdiguiere. Apeóse un paje. movióse inmediatamente en todos sentidos. semejante a una selva viva y umbría. cobrando nueva vida y renaciendo más Borbón que nunca. Durante un momento mezcláronse con la caballería española. salvad al rey! La escolta. los ayudantes de campo desaparecieron lanzándose a la llanura y. pero antes de llegar al frente de los mosqueteros. devorando el espacio entre las nubes de polvo del suelo que temblaba a su paso. sostenido por cuatro individuos de su escolta. mientras por otra puerta salía la caballería pesada alineándose en la llanura. bajó del caballo. El ejército francés que combatía al pie de la colina del rey sobre fuertes cubiertos de césped y detrás de los reductos vio. dicho esto. dejando apenas sitio al humo que ascendía al espacio en innumerables coronas ligeras y flotantes. el rey se quedó atónito. ¡Corred. envuelta también. que hasta entonces había permanecido inmóvil. que se aproximó al cardenal presentándole un lápiz y un papel. dad enseguida vuestras órdenes. pero todavía resisten los infantes. o mi bravo Coislin está perdido! Y. partiendo con la rapidez del rayo. Aquí soy el rey de Francia. quien. Todo el valor de su raza brilló en los ojos del rey. Las llamaradas que brillaban a lentos intervalos en las baterías. —¡Ahora! ¡Ahora! —exclamó el cardenal desde la altura en que se encontraba—. —¡Amigos valerosos. pero no han vencido. volad. Richelieu habló luego en voz baja al capuchino que le acompañaba y dirigióse hacia la llanura. llegaron a su destino casi tan pronto como el pensamiento que los impulsaba y los ojos que los contemplaban. descendió rápidamente de la colina con toda la escolta. creyeron que los mandaba otro hombre. que las tropas de Infantería y la caballería ligera iban a ser arrolladas por aquellos dos cuerpos de ejército diez veces superiores en número. dejando a la caballería tan asombrada que no se cuidó más que de formarse en vez de perseguirlos. Retirad esas baterías de su inútil emplazamiento. En aquel momento salían de la ciudad de Notre-Dame nutridas columnas de infantería española. Richelieu. que lo siguió denodadamente. con los ojos fulgurantes y el gesto imperativo. barreras y empalizadas. Lanzadas con la rapidez del rayo. ¡Que avancen inmediatamente tres regimientos de infantería! ¡Adelante! ¡Gassion. después de permanecer unos segundos suspenso. multiplicaba las órdenes acompañándolas de una mirada. atacad con esas columnas por el flanco! Transmitid al resto del ejército la orden de suspender el fuego y de que permanezcan quietos en toda la línea.guardia se ha alejado de Coislin. precipitáronse sobre la columna enemiga como un buitre sobre la presa. sin moverse del mismo sitio. entre los quejidos que le 67 . Los que le vieron en aquella ocasión. franqueando fosos. que era una sentencia de muerte con la que conminaba a los que las recibían. y al grito de «¡viva el rey!». que se muestra siempre excesivamente celoso de su deber. miró en torno suyo y en todos los rostros leyó el deseo de atacar. las dos compañías habían adoptado su partido. seguidme! —exclamó con la espada en alto y la mirada fija en el sol resplandeciente—. de tres sitios distintos se disparaba contra las gruesas columnas que salían de la ciudad cercada. Nuestras baterías han ocasionado muchas muertes. que concentren el fuego contra la infantería que envuelve lentamente al rey. El ministro. Fabert. reanimóse al estruendo de la artillería y al olor de la pólvora. en una inmensa polvareda. con espanto. El ejército aplaudió. corred a decirle que retroceda.

o el calor del sol me ha trastornado el juicio. porque acababa de comprobar. El hábil ministro procuró no hablar ni hacer gesto alguno que revelaran su intervención en el combate. evocó el recuerdo de las acciones brillantes realizadas durante su carrera y que no habían sido recompensadas. nuevamente a caballo. se inclinó y. cayendo ante las líneas del campamento y acrecentando la justa fama que el rey tenía de valiente. Al deciros que Su Majestad desea que no os arriesguéis. su mirada perdía su brillo pasajero. una melancolía profunda apagó su júbilo. ya por connivencia secreta con el ministro o por respeto al rey de Francia fueron disparadas de modo que las balas pasaran a diez pies sobre su cabeza. os nombro caballero de mi séquito y os concedo acceso a mi cámara. porque la responsabilidad será. con satisfacción. y el mariscal. siguió al rey con la cabeza baja como un culpable. inclinándose. el paje ofreció su espalda para que sirviera de pupitre. y. su deseo es que no libréis una batalla formal como no sea con gran esperanza de vencer. no arriesguéis nada y pensadlo bien antes de atacar. o el fuego me ciega todavía. al lado de Luis XIII. en nuestro concepto. el cardenal escribió presuroso la siguiente orden: «Señor mariscal. sorprendido de que le concedieran tantos favores. que no había podido dominar desde la altura. colocóse a su lado para revistar las tropas y apreciar los resultados de la jornada. el resto corrió la misma suerte. el campo de batalla limpio de enemigos. Luis XIII encontró a Richelieu como lo había dejado. que el mariscal había luchado con enemigos más considerables de lo que parecían. Para consolarse y reconciliarse con su propia conciencia. cuando llegó al lado del cardenal. atribuyendo los inmerecidos favores presentes al deseo de premiárselas. el viejo ministro. cuando el duque de Beaufort. después de pronunciar algunas palabras de felicitación. como de costumbre. la derecha del campamento. descomponíasele el rostro. viendo con satisfacción que Schomberg había obrado como él le ordenara. por consiguiente. y la barba en los brazos. personalmente. Aquella conducta encantó al ministro y no disgustó al rey.arrancaban los dolores que padecía. exclamó lleno de estupor: —Señor. se atribuyó al rey. habéis triunfado. cuando fueron rechazadas al interior de la ciudad de Perpiñán las columnas de infantería. Luego recorrió. Todo. comprometiendo solamente algunas tropas ligeras y peleando lo suficiente para que no le tildaran de inactivo. Quiso el monarca persuadirse y hacer creer que todos los esfuerzos de Schomberg habían resultado infructuosos. a cada paso que avanzaba hacia la colina en que estaba Richelieu. mirando hacia arriba. e. en fin. toda vuestra. Sin embargo. Luis XIII regresaba despacio contemplando. El cardenal estrechóle efusivamente la mano al pasar.» Escrito esto. prosiguió contemplando el combate en que estaba empeñado el rey. 68 . pasó orgullosamente bajo el fuego de las piezas españolas que. tomó asiento junto a un cañón. cambiando de expresión. sentado. manifestándole que no estaba descontento de él. viéndose sólo en la llanura los brillantes escuadrones del rey. con los brazos apoyados en el cañón. ya por torpeza. Disponíase el rey a dar la vuelta. no es que el rey os prohíba en absoluto luchar. apagábasele el arrebato del combate y secábasele el sudor de la frente. pero creo ver sobre ese baluarte algunos caballeros vestidos de encarnado y que parecen a los caballeros de vuestra guardia que creíamos muertos. El cardenal lo recibió con frío respeto. Había concluido de hacer disparos la artillería. cuyo amor propio acariciaba la idea de haber sido él quien había ganado la batalla. naturalmente. —Para demostraros que.

porque éste no es mi oficio. —¿Quiénes son? —preguntó el rey. siempre a 69 . y no lo olvidaremos. porque la conquista de este baluarte no favorece nada la toma de Perpiñán. El rey y su escolta adoptaron grandes precauciones para pasar a caballo por entre los escombros. quedando todos asombrados al encontrar las dos compañías formadas como en días de gran parada. Seguidnos al campamento.. La imprudencia de Coislin ha conducido a la perdición a la guardia y a los caballeros de la guardia de Su Majestad. que está aquí. habéis cumplido vuestra palabra de tomar a caballo las murallas. —Perdone Vuestra Eminencia —replicó el duque de Beaufort—. —Señor. en cambio. sólo dos jóvenes han resultado heridos en este ataque —dijo Coislin—. pues no hay lugar más a propósito cuando se lleva el nombre de un viejo amigo. detrás del marqués de Coislin. tenemos que hablar detenidamente. No he contraído tampoco ningún mérito.. Cardenal. ha sido el primero en el asalto y el que me sugirió la idea del ataque. Marqués. Lamento la sangre que aquí se ha derramado. —Sin embargo. Y. —¡Por Cristo! —exclamó Luis XIII al verlos—. pero el más joven. descubriendo su rostro pálido y juvenil. —Señor. —Enrique de Effiat —interrumpió en voz alta e inclinándose el voluntario.. ¿Verdad. el monarca se encaminó hacia el baluarte. más que a juzgar ha venido a condenar a algunos españoles: ha sido el segundo que ha entrado en el baluarte. tres se han retirado modestamente. viéndose todos obligados a seguirle. pero no creo equivocarme. militarmente hablando. caballero —dijo el cardenal arrugando el entrecejo—.—Imposible. y como los odios del cardenal obedecían. Celebraré mucho encontrar en él a mi viejo Coislin. ¿qué veo? ¿Vos aquí. —El rostro de ese joven me recuerda a alguien —dijo el rey—. No falta uno siquiera. señor Thou? ¿A quién habéis venido a juzgar? —Señor —dijo Coislin—. Pero. Cinq-Mars. Las dos compañías reclaman el honor de presentarlo a Vuestra Majestad. —Vuestra modestia nos complace tanto como vuestro valor. Por eso precisamente me he atrevido hace un momento a manifestar al rey que la supresión de esos cuerpos inútiles podría ser muy ventajosa. Me complace en extremo que os hayan presentado a mí en este baluarte. efectivamente. —¡Ah! —exclamó Luis XIII vivamente—. señor —interrumpió Thou sonrojándose—. sus grandes ojos y sus largos cabellos. y habrá costado muchas vidas. quitóse el sombrero. dirigiendo por primera vez la palabra al cardenal con menos acritud. es el joven que había anunciado a Vuestra Majestad y que debía ser presentado por mí: el segundo hijo del mariscal. —Si no estoy equivocado ese joven es. a caballo. después de la entrevista que con él había tenido al recibir la noticia de la muerte de la reina—. —No he herido a nadie. he venido únicamente para acompañar a mi amigo Cinq-Mars. Mirad: siete u ocho caballeros de la guardia marchan a pie conduciendo algunos prisioneros: —Vamos entonces al baluarte —dijo el rey con indiferencia—. cardenal? Este había dirigido ya una mirada penetrante al caballero desconocido. habiendo. —Señor. —Verdad. ¿está vacante la presidencia de algún tribunal? Richelieu distinguía con su odio a Thou. me parece que ha sido mal elegido el sitio de ataque —dijo Richelieu desdeñosamente—. encontrado nuevos compañeros de armas en los voluntarios que nos han servido de guía. tenéis razón —dijo el rey.

su carácter y su conducta me complacen. del presidente Thou. pasando a enaltecer los méritos de Cinq-Mars. En la vida se cometen muchas injusticias. Entregadle mañana mismo el nombramiento. Ordenad que mis dos bravas compañías nos sigan.motivos ocultos. afectó no haber oído. pero se le escapó en una palabra cruel salida de sus labios. Cinq-Mars acercóse a su amigo para decirle: —Estos héroes han sido muy mal recompensados. —Lo que no es inconveniente —respondió riendo el joven Oliverio— para que nos hagamos matar mañana. Richelieu inclinóse al oído del padre José para decirle: —Ese hombre es hijo de quien escribió mi nombre en su historia. —Os prometí nombrarlo capitán de mi guardia —dijo Luis XIII—. para no contestar al rey. 70 . me han elogiado a mí. porque el sol se oculta ya y nos encontramos lejos del campamento. ahora. padre del amigo de Cinq-Mars. con la que infamó ante la posteridad a un hermano del abuelo del cardenal. monje apóstata. para regresar al campamento. ¡Ni un favor! ¡Ni una alabanza! —En cambio —respondió Thou—. y a exponer su deseo de verle colocado en la corte. era inútil inquirir la causa. yo consignaré el suyo en la mía. después de dar la orden sin mencionar el elogio del rey. pero el verdadero juez está en lo alto. y toda la escolta abandonó el baluarte confiado a la guardia de los suizos. efectivamente. para conferirle mejores puestos más adelante. Y. Richelieu odiaba a Thou por una frase consignada en las Historias. pues deseo conocerle más íntimamente. si se presenta ocasión. más adelante lo inscribió con sangre. En aquel momento. colocóse a la derecha de éste. Y. que he venido contra mi voluntad. contaminado con todos los vicios humanos. vámonos. El ministro.

enseguida enfermo si no veo el fogonazo.. tan cierto como yo he nacido en Tours. mucho! ¿Os reís de lo que digo de vuestro caballo? No olvidéis que en la guerra el caballo es el alma del jinete. En una de las campañas con el señor mariscal me ocurrió. según parece. señor! Tres premios había ganado en las carreras. que no por eso come mejor que los demás días. Además. ¿Quién inspira temor a la infantería? El caballo. si hubiera podido. ¿Quién caza al corzo sin probar su carne? El caballo. me acariciaba con la cabeza. no sé estar allí.» (De una antigua leyenda) Como Cinq-Mars había perdido su caballo al pie de la muralla del baluarte. ¿también has estado en el combate. 71 .CAPITULO XI LOS DESPRECIOS Llegó el turno a San Guilín. señor marqués? Os habéis puesto pálido. Le he puesto la silla de terciopelo bordada en oro que he sacado del foso. tres dados echó en la mesa. y a caballo habéis peleado. Cuando oigo el disparo de un mosquete. señor: el alma. como puede verse por el pedazo de oreja que un día me arrancó. ¡las pistolas que compré en Alemania y que. Veremos quién de los dos de su alma se apodera. lo dice el proverbio: «Lo que cae en el foso pertenece al soldado. sí. le dijo: —¿Quiere el señor marqués montar este caballo? Es suyo. ¡Lo quería mucho. Y. señor. y dijo luego al diablo: «Juguémonos esta vieja. ¿No creéis que. el bondadoso anciano ensillaba un caballo gris. Durante el largo rato que emplearon las dos compañías en salir del baluarte. ¿Qué os sucede. a montar el de un oficial de la caballería ligera que había sido herido en la acción. son muy buenas y hacen disparos tan certeros! ¡Como si no fuera bastante que os mataran el pobre caballo negro nacido en Inglaterra. —Pero. mientras el amo obtiene buenas cantidades. pero me he lastimado un brazo al levantar al señor Thou. es envidiado por los amigos y festejado como si él y no el caballo hubiera corrido. ¡Por Cristo! ¡Pensar que cualquier español o cualquier francés podía habérsela apropiado! En estos tiempos hay mucha gente que se apodera de lo que le viene en gana como si todo le perteneciera. —¡Oh! Me ha sido imposible. sino todo lo contrario. No comía avena más que en la mano de Grandchamp.» Con la silla habrían podido apoderarse también de los cuatrocientos escudos de oro que el señor marqués olvidó en las fundas de sus pistolas. ¡Tu oficio no es pelear! Te mandé que permanecieras en el campamento.. para presentarse al rey. se encontró con su viejo criado Grandchamp que. pobre amigo. mientras él os ayudaba a vos en el combate. —Perdonadme. Esto sin mencionar las pistolas.. en Turena! Y. Por eso. el pobre caballo que a veces cae y es pasto de las fieras. Y no es que tuviera propósito de ocasionarme el menor daño. habría salvado la vida a la pobre bestia que está en el foso? ¡Cuánto la quería. además.. con un hermoso caballo de la brida. sintió Effiat que le tocaban en el hombro y. el animal le rompió una pierna a Juan. mi oficio es el de cuidar vuestros caballos. vióse obligado. si empleo más tiempo del debido. mientras formulaba estas quejas. sin dejar de hablar. viejo loco? —preguntó Cinq-Mars—. el hombre es lo mismo que un haz de heno. ¿Quién alcanza los premios en las carreras? El caballo. Después de lanzado. al volverse.

o. a dejarles que ellos mismos se ataran. pero sin conseguir apoyar el pie en tierra—. y. mientras sostenía la escala. haciendo esfuerzos por caminar. ¡Bajad! 72 . hablando como desde un púlpito. Uno de los suizos pretende que han de ahorcar al oficial. los guardias rojos que se los entregaron no se molestaron en decírselo. El soldado. después de una orden categórica de su amo. Suicidaos luego. pero. volvióse hacia Cinq-Mars. a regañadientes. como desconocía el idioma alemán.. Me gustas. manifestó que los dos prisioneros le pertenecían y que los haría conducir a su tienda. pero te advierto que no por eso te odiaré menos. que se habían quedado cerca de ellos al salir la tropa. y no te daré las gracias. empezó de pronto a reírse con toda el alma. tenéis cortada una polaina. Effiat intentó descifrar las frases de la disputa. El alemán. Grandchamp! —Señor.—Véndame y apriétame la pierna con cualquier cosa. y responsable. oprimiéndose las caderas. no replicó. llamó la atención de amo y criado una viva disputa promovida por varios soldados suizos.. con la sangre fría de los hombres enérgicos de su país. Cinq-Mars llegó a tiempo de salvarlo. ¿Quién te ha dicho que ame la vida? —No os lo he preguntado —repuso Cinq-Mars—. sin que nadie se lo hubiera ordenado. —Bien —contestó Cinq-Mars—. o con lo que se te antoje. me molesta horriblemente. no debéis hacer semejante cosa. —¡Despacio! ¡Despacio! —exclamó Cinq-Mars. que escuchaba también. en cambio.. porque el oficial. dispuestos a colgar de un árbol a los prisioneros. cosa que detesto. y. porque no haces más que corresponder a lo que antes había yo hecho por ti. te hará llorar. Quizá habréis recibido un balazo. y corrió. impidiendo al centinela esta mañana que te matara. Dijo su nombre al oficial suizo. —¡Ja! ¡Ja! ¡Ja! Señor.. pero un tercero acaba de ponerles de acuerdo. —¡Bien dicho! —replicó el orgulloso español—. sirviéndole Grandchamp de intérprete. a detener a los suizos que estaban ya en la explanada. condenado como él a morir. protestó el prisionero. —Obedece. Tengo un dolor intolerable. habíase puesto el nudo corredizo al cuello y disponíase a subir. y monta tú después. he ahí dos sargentos que disputan para decidir a cuál de los dos españoles que tienen presos han de ahorcar. sin embargo. disponiéndose a hacer la apología del plomo. —Señor. pues. ¡Móntame en el caballo. —¡Ah! Quien bien te quiere. ademán que Effiat no le había visto hacer nunca. por lo tanto. según parece. mejor dicho. Mientras el adicto servidor vendaba la pierna de Cinq-Mars por la corva. Consiento en bajar. pues él es el que. con la misma pesadez con que había elogiado al caballo. que estaba todavía subido en la escala. un centinela al que no se le ha escapado jamás una gamuza en los montes de León. si os acomoda. El viejo sirviente obedeció. no pudo enterarse del motivo de la querella. con un pañuelo. obediente a la disciplina. el plomo! No debemos hablar mal del plomo. El oficial español. una escala apoyada en el árbol para anudar en éste el otro extremo de la cuerda. dijo sonriéndose sardónicamente: —Me agradaría saber a qué vienes aquí. miraba con tranquilidad e indiferencia a los suizos que disputaban en torno suyo. y no sé a qué atribuirlo. —¿De qué modo? —Aconsejándoles que ahorquen a los dos. pero. de cuanto pudiera ocurrir. Grandchamp. ¡Ah. pero quiero impedir un acto que considero cruel e injusto. con vuestra herida. porque eres francés. Supuse que ibas a echártelas de generoso para obligarme a mostrarme agradecido. mientras que el otro sostiene que al soldado. pero «el plomo es amigo del hombre». que era capitán de la guardia. una correa. —Y. ni me importa lo que hagáis después.

y su aspecto me ha conmovido. ¡Cuánto habéis tardado! ¡Temía que os hubiera ocurrido algo desagradable! ¿A quién traéis? ¿Por qué os habéis detenido? El rey no va a tardar en llamaros. hay también algo que me espanta. He visto ya al rey. si me lo pregunta. Además. amigo mío. confío en que no se me dispensará el fatal honor de que viva a su lado. veréis surgir el capricho que provoca las guerras sangrientas. —Me alegro de que os horroricéis.. a quien he de estar agradecido. Germán. En aquel momento acercósele su amigo Thou. a las compañías que marchaban tras el rey. —En efecto. Cinq-Mars caminaba lentamente con el propósito. me entran tentaciones de huir. —Si exponéis ante el monarca esos sentimientos respecto al cardenal. Querido y prudente amigo. no me encuentro bien en ella. ninguno de vosotros me conocéis bien. me ha impedido dirigirle la palabra. ese hombre. Una vaga esperanza le hizo entrever. y tendréis en la mano la gota de agua que origina el torrente. la imagen de María de Mantua. ¡Complacer al monarca! ¡Qué humillación! Obedecer no es tan denigrante. Lejos de aquí. Vais a poneros en contacto con el Poder y veréis la mano que forja los rayos. y es necesario pasar por las cumbres para conocer la pequeñez de lo que parece grande. y. Luis. me propongo seguir la línea recta. Al pensar que puede tener semejante ocurrencia. —Habláis lo mismo que mi preceptor. —No importa. en el favor del rey. en el fondo de mi alma existe algo salvaje que la educación no ha hecho más que encubrir aparentemente. —Estoy ligeramente herido. ha hecho derramar sangre humana. pero retrocedo al primer paso. —Prefiero la muerte a su amistad. ignoráis que estoy cansado de mí mismo. os perdéis. en las lejanías de lo porvenir. ¿qué va a ser para mí? —Un amigo. Invocando la cruz del Redentor. a quien conozco demasiado por sus obras. y el recuerdo de su último crimen.Como acostumbraba tratar a todos conforme lo trataban a él. de no adelantarse a los hombres que iban a pie. un protector. porque odio de su persona hasta el nombre. además. porque eso puede seros provechoso —repuso Thou—. había retrocedido en su busca. pero ese cardenal. 73 . el rey. creí que podría vivir en otro mundo y hasta lo deseé. y el mariscal lo hubiera dejado ahorcar. pero no se atrevería a imponerla —respondió Thou—. la escucharía. sin duda alguna —respondió Thou. venid a custodiar a estos prisioneros del señor. y no ataquéis a un coloso como Richelieu sin haber medido antes las fuerzas. de quien me habían hecho creer que era tan débil. la rudeza del español le hizo inflexible. el abate Quillet. —Ese hombre es un tunante. ese hombre. y pretendiendo adivinar lo que éste quería decirle. de que fui testigo. ¡Valiosa adquisición! ¡Dios quiera que no nos ocasionen disgustos! Sufriendo a cada movimiento del caballo. ¡No permita Dios que os hiera! Quizá tengáis asiento en los consejos en que se decide la suerte de las naciones. Refrenad esos impulsos vuestros. ¿Qué desea el rey de mí? ¿Qué haré si el rey desea mi adhesión al trono? Me veré obligado a complacerlo. y sus inquietudes se calmaron. ¡qué servilismo! ¡Cuántos sacrificios de la voluntad! ¡Cuántas componendas con la conciencia! ¡Cuánta bajeza necesita cometer el cortesano! ¡Ay. las conquistas y los tratados. traigo dos prisioneros y no he olvidado al rey —respondió CinqMars con la misma precipitación conque fue interrogado—. Escucharía atentamente la verdad. inquieto por su retraso. pero no puede ser cruel. siguiendo. Esteban. como si hubiera de serme funesto.. amigo Thou! No he nacido para vivir en la corte. La presencia del cardenal me ha hecho estremecer.. Es desgraciado. quien. Desde la altura se ven mejor las flaquezas humanas. la lección me sería provechosa. aunque me cueste la cabeza. El soldado expone la vida y basta. y cuánta es mi ambición. —¡Ah! Si sólo fuera eso. sabrá lo que pienso sinceramente. Pero.. aunque no la haya visto más que un momento. de lejos. señor —dijo Grandchamp—.

Cierto que todos me creerán ambicioso. Desprecio tanto como vos la ambición que aparentemente tengo. en aquel momento. aunque con palabras atentas y corteses. después de interrogarle. y los señores que permanecían en el cuartel real habíanse acercado a Richelieu. Cinq-Mars. Thou hablaba con vehemencia y en tono de reproche. Su amigo inclinó la cabeza y no respondió. sólo vivo para ella. remontándonos al ideal de la más excelsa virtud y deseando para nosotros las desgracias e infortunios sublimes que forjan grandes a los hombres.. dejando ver sus ojos llenos de lágrimas. el cardenal apresurábase a despedir. A Su Majestad no se le hace esperar. Únicamente velaban las personas del séquito real. pero. cuando resonaron las pisadas de los caballos de Cinq-Mars. os ruego que. luchaba entre el deseo de hablarle y el temor de que flaqueara su descontento. a saludarle antes de retirarse a descansar. sin embargo. habríamos creído sentir el contacto de una serpiente. la ciudad sitiada parecía entregada al sueño. pero reconociendo que le debía el buen éxito de la jornada. Fatigado de las emociones del día y del peso de la armadura. Luis XIII paseaba.Necesito. si alguno Hubiera pronunciado la palabra ambición. pero. y en la necesidad de notificarle su propósito de dejar el ejército y poner término al sitio de Perpiñán. amigo generoso. al llegar frente al pabellón del rey. El sol había desaparecido por completo del horizonte. no os lo quiero ocultar. con la cabeza entre las manos. cuando el rey los llamó. os desconozco! Habéis variado muchísimo. Junto al ministro no quedaban más que el padre José y Laubardemont. antes de retirarse. creedme. a todo trance. por delante de su pabellón. el ministro no se atrevía tampoco a iniciar la conversación. a veinte pasos del monarca. sois ya víctima de esa pasión propia de la edad madura? ¡Ay. Irritado con su ministro. Después de un rato alzó el rostro. —Os juro —respondió Thou—que os creo ciegamente. Dicho esto. 74 . estrechó la mano a su amigo y le dijo: —Amigo Thou. no dejéis de estimarme. quien. Encontrábase Luis XIII. aunque me devora una secreta esperanza que no puedo revelar a nadie. —¿A los veinte años. encontrábase sentado sobre un montón de césped. el silencio majestuoso de la callada noche. habría podido decirse que un día más suave sucedía al que se acababa de extinguir. pero sin la escolta. intranquilo por las ideas que el rey acariciara en su imaginación. a intervalos. especialmente. cuyas voces interrumpían. cuando imaginábamos tener ocasión de realizar actos de abnegación y sacrificios lamasucos. mas. triunfar o morir. se estrecharon efusivamente la mano. Los guardias del cardenal. me habéis recordado los días más hermosos de mi juventud. como la luna brillaba en todo su esplendor. Richelieu les dirigía la palabra.. a los que se acercaban. en las murallas sólo se veía la punta de las armas de los centinelas. me parece que habéis decaído. ambos quedaron silenciosos y. —Habéis llegado tarde para hablar al rey —dijo Richelieu con acritud—. Durante los paseos de nuestra infancia. no he decaído. temiendo perder el tiempo y no atreviéndose a retirarse. Disponíanse ya a retirarse los dos amigos. —¿Pero tenéis ya ambiciones? —preguntó Thou lleno de sorpresa. ¿qué me importa? A vos. meditabundo. permitieron que pasara. Nadie se atrevía a interrumpirle. Por su parte. —¡Ah. cuando la vida y. pues ocupa completamente mi corazón. en una de aquellas falsas situaciones que labraron la desgracia de toda su vida. por mucho que me veáis hacer. Cinq-Mars caminaba en silencio. os juro que mis intenciones son tan puras como el Cielo. El ejército reposaba tranquilamente en sus tiendas. la muerte de Sócrates nos hacían llorar de admiración y envidia. acompañado de Thou solamente. Me habéis devuelto la vida. amigo mío! ¡La ambición es la más triste de las esperanzas! —Y. ni siquiera a vos.

Y. dicho esto. ¿No veis que ese joven está muriéndose? —De ningún modo —repuso Luis XIII sosteniendo a Cinq-Mars con sus propias manos—. Estoy herido. seguía contemplando el lugar en que se había desarrollado la escena. me acompañará a París. Y. cardenal. convencido de que la buena estrella de éste empezaba a palidecer. arrastrándolo tras de sí con la ayuda de Laubardemont. le dijo a media voz: —Monseñor. pero. Laubardemont no se atrevía a pronunciar una palabra. y el padre José apenas acertaba a reconocer en el cardenal a su antiguo amo. obligóle a entrar en su tienda. porque estoy esperándolo. y. las cortinas de púrpura del pabellón ocultaron la puerta por donde acababa de desaparecer. lo obliga a acostarse. y que mis médicos lo cuiden. precedido de pajes y oficiales. Es cuanto tenía que deciros. y. Thou y sus servidores habían retirado a Cinq-Mars. y no le asusta la sangre derramada en su defensa. instaladlo cerca de mi pabellón. con antorchas encendidas. os dejo aquí encargado del mando. penetró bruscamente en su pabellón. Este joven me inspira gran interés. y Richelieu aprovechó el momento para acercarse también con afectada solicitud. porque el sitio queda levantado. momentos después. deslizándose por la polaina. al recordar que todos lo odiaban y que no tenía más protector que Richelieu. y otras ocupaciones reclaman mi presencia en la capital. Ya he visto bastante. agarró al ministro por un brazo. 75 . a semejanza del preceptor que. lleno de estupor y sin ver ni oír a los que le observaban. El rey de Francia sabe ver morir. señor —dijo—. Effiat aproximóse a caballo. si la herida que ha recibido no es grave. cayó de rodillas. —¿No es el señor Cinq-Mars? —preguntó en voz alta. parecéis una gallina mojada. Impresionado todavía por la mala recepción que se le había dispensado la víspera. el rey se apresuró a aprovechar la ocasión que se le presentaba. y el duque de Richelieu. seguidnos. agregando—: Que se acerque. —Perdón. Y la sangre salió a borbotones de la pierna. lamentaba haberse confiado a él. sacudiéndolo con fuerza.La situación de ambos era la de dos amantes reñidos que desean tener una explicación. Thou habíase acercado para sostenerle. —Evitad ese espectáculo al rey —exclamó—. temiendo que a su discípulo le haga daño el relente de la noche. Richelieu obedeció a sus acólitos. al ir a apearse a pocos pasos del rey.

CAPITULO XII LA VELADA

¡Oh, cobarde conciencia, como me atormentas! Las luces palidecen. Alborea. La media noche ha pasado ya Mi carne temblorosa, abrasa. ¿A quién temo? ¿A mí mismo? A mi mismo me amo. SHAKESPEARE.

Apenas el cardenal hubo entrado en su tienda, armado y acorazado como estaba, dejóse caer en un gran sillón; y, llevándose el pañuelo a la boca, la mirada fija en el vacío, quedóse inmóvil. Tenía palidez cadavérica y el sudor perlaba su frente. De pronto, echóse hacia atrás el solideo rojo, única prenda sacerdotal que llevaba, y se tapó la boca con las manos. El padre José, a un lado, y Laubardemont, al otro, contemplábanle en silencio, pareciendo, con sus trajes negros, el capellán y el notario junto a un moribundo. El capuchino, con voz más apropiada para recitar el oficio de difuntos que para consolar, fue el primero que rompió el silencio. —Si no os molesta —dijo—, recordad, monseñor, los consejos que os di en Narbona, y reconoceréis que acerté al presentir que el joven Effiat os ocasionaría graves disgustos. —El viejo abate sordo que comió en casa de la mariscala de Effiat —dijo a su vez el magistrado —, me ha dicho que el joven Cinq-Mars revelaba poseer más energía de la que le suponían, y que pretendió libertar a Bassompierre. Conservo todavía el relato minucioso del sordo, que desempeñó perfectamente su papel; Su Eminencia puede estar satisfecho. —Digo, monseñor —prosiguió el padre José, porque los dos agentes alternaban en los discursos como los pastores de Virgilio—, que sería muy conveniente deshacerse del pequeño Effiat; podría encargarme de ello, si gustáis. Creo que sería empresa fácil predisponer al rey en contra suya. —Preferible sería que muriera de la herida —rectificó Laubardemont—. Si Su Eminencia tiene a bien de ordenarlo, conozco íntimamente al médico que lo cuida; es el mismo que me curó el golpe que recibí en la frente. Se trata de una persona prudente, adicto a monseñor y que ha perdido en el juego gran parte de los bienes que poseía. —Si Su Excelencia ha de utilizar a alguien para ejecutar ese proyecto, acuda a quien ha obtenido tantos éxitos en los servicios que le ha encomendado. —Yo podría citar algunos de esos éxitos, bastantes notables, recientes y muy difíciles. —¡Ah! Sin duda —agregó el padre José inclinándose con gran cortesía—, vuestra empresa más atrevida y hábil fue el proceso contra Urbano Grandier, el brujo; pero, con la ayuda de Dios, se pueden realizar cosas tan excelentes e importantes como ésa. No es pequeño mérito, por ejemplo, haber podado una rama de los Borbones.
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—Realmente, no era difícil elegir entre los guardias un soldado que matara al conde de Soissons; mas presidir, juzgar... —Y ejecutar personalmente, es menos difícil que inculcar a un hombre, desde la infancia, la idea de acometer grandes empresas y soportar, en caso necesario, y por amor al Cielo, grandes torturas, antes que revelar el nombre de los que le han amado, o morir sobre el cuerpo del que han herido, como hizo mi enviado. No profirió ni un grito al recibir el golpe de Riquemont, el escudero del rey, y murió como un santo. ¡Era mi discípulo! —Ordenar es una cosa, y otra muy diferente arrostrar los peligros. —Pues, ¡qué! ¿No estuve expuesto en el sitio de La Rochela? —Seguramente; os expusisteis a ahogaros en la alcantarilla. —¿Y vos? ¿Corristeis peligro de deshaceros los dedos con los instrumentos de tortura? La superiora de las ursulinas era sobrina vuestra... —Contadle eso a nuestros hermanos de San Francisco que golpeaban con los martillos; pero a mí me hirió en la frente el joven Cinq-Mars, que capitaneaba la chusma enfurecida. —¿Estáis seguro de ello? —preguntó el padre José, manifiestamente satisfecho—. ¿Se atrevió a desobedecer las órdenes del rey? Tan intensa fue la alegría que le produjo al padre José esta revelación, que le hizo olvidar que estaba encolerizado. —¡Impertinentes! —exclamó el cardenal separándose de la boca el pañuelo manchado de sangre —. Castigaría vuestra disputa, si por ella no me hubiera enterado de algunos de vuestros infames secretos. Os habéis extralimitado al cumplir mis órdenes; yo no quería torturas, Laubardemont. Habéis cometido la segunda falta, dando motivo a que me odien sin utilidad. Vos, padre José, averiguad los detalles del motín en que intervino Cinq-Mars; quizá nos sean convenientes en alguna ocasión. —Conozco los nombres y las señas de todos los que intervinieron en él —se apresuró a decir el magistrado. —Bien, bien —dijo el ministro, rechazando la oficiosidad de Laubardemont—. No se trata ahora de eso. Vos, padre José, tendríais que estar en París antes de que llegue ese joven presuntuoso, que sin duda alguna va a ser el favorito del rey. Haceos su amigo para atraerlo a mi partido, o hundirle. Favorecerá mis planes, o se estrellará. Sobre todo, enviadme gente todos los días, gente de confianza, para que me informen verbalmente de cuanto ocurra; no volveré a utilizar los papeles escritos. Me tenéis muy descontento, padre José. ¿Qué correo elegisteis para traerme noticias de Colonia? No me comprendió, puesto que se apresuró a ver al rey; por culpa suya, me veo obligado a defenderme de una nueva desgracia. Casi me habéis perdido, porque veréis lo que va a suceder en París. Pronto tramarán una conjuración contra mí, aunque prometo que será la última. Me quedaré aquí para dejarles ancho campo. Y, ahora, salid ambos y enviadme, dentro de dos horas, mi ayuda de cámara. Deseo estar solo. Cuando estuvieron fuera sus satélites, el cardenal exclamó: —¡Miserables! ¡Ejecutad mis secretos designios, miserables! Ya os desacreditaré yo luego, resortes impuros de mi poder. El rey no tardará en sucumbir, víctima de la enfermedad que lo consume; y yo seré regente, rey de Francia, y no temeré los caprichos que le inspira la debilidad; destruiré sin compasión las orgullosas familias francesas y haré temblar a Europa... No pudo proseguir, pues sintió sabor de sangre y se llevó el pañuelo a la boca. —¡Ay! ¿Qué estoy diciendo? ¡Desgraciado de mí! Estoy herido de muerte; me deshago; la sangre se me escapa, y me empeño en trabajar sin descanso... ¿Por qué? ¿Para qué? No es por la gloria, ni por amor a la humanidad, a la que desprecio. ¿Por quién, entonces, si he de morir pronto? ¿Por Dios? ¡Qué nombre!... No he caminado con Él; pero Él lo ha visto todo. Abatió la cabeza sobre el pecho, y su vista fijóse en la cruz de oro pendiente del cuello. La tomó
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y, contemplándola, dijo: —Me persigues, símbolo terrible. ¿Te encontraré en la otra vida... divinidad y... suplicio? ¿Qué soy? ¿Qué he hecho? Si me oyes, ¡Dios mío!, júzgame, pero no separadamente. Mírame rodeado por los hombres de mi tiempo y considera la inmensa obra que he realizado. Pueden creerme un malvado, pero tú, Juez Supremo, ¿juzgarás de igual modo? No, tú sabes lo que es el poder ilimitado, el poder que hace a la criatura culpable ante sus semejantes; no soy yo, Armando de Richelieu, el que impone la muerte, sino el primer ministro. ¡Me cegó el poder que delegaron en mí! ¡Oh confusión de inteligencia, debilidad humana, fe candorosa! ¿Por qué no presté oído a tu voz? ¿Por qué he querido ser otra cosa que sacerdote? ¡Si me atreviera a romper los lazos que me ligan a los hombres para consagrarme a Dios! Todavía podría contemplar en sueños la escala de Jacob. El cardenal vióse interrumpido en sus ideas por las risas y tacos de los soldados, entre los que se percibía, de vez en cuando, una voz débil y argentina semejante al canto de un ángel entre carcajadas de demonios. El ministro se levantó, asomándose a una especie de ventana, practicada en uno de los lados de la tienda, y contempló un extraño espectáculo. —Oye, oye, La Valeur —gritaba un soldado a otro—. Escúchala, que ya vuelve otra vez a hablar y cantar. Invítala a pasar aquí, en el centro, entre el fuego y nosotros. —Atiende —agregaba otro—. Grandferré asegura que la conoce. —¡Vaya si la conozco! ¡Por San Pedro de Loudun juraría que la he visto en mi pueblo, cuando estuve en él con licencia! La vi en una cuestión muy seria, de la que no se puede hablar, y menos a ti, que eres cardenalista. —¿Y por qué no se puede hablar, grandísimo pillo? —preguntó un soldado viejo. —Porque quema la lengua. ¿No comprendes? —No, no comprendo. —Pues yo tampoco; pero unos campesinos me lo dijeron. Estas palabras fueron acogidas con una carcajada general. —¡Qué estúpido! —exclamó un soldado—. Escucha lo que dicen los campesinos. —Poco tendrías que hacer cuando los escuchaste —repuso otro. —¿Sabes, charlatán, lo que decía mi madre? —preguntó gravemente el soldado más viejo, bajando los ojos con expresión noble y solemne, para que todos le prestaran atención. —¿Y cómo he de saberlo, Pipa, si tu madre murió de vieja antes de nacer mi abuelo? —Te lo diré, sin embargo, imbécil; pero conste que mi madre fue una respetable bohemia, tan apegada al regimiento de carabineros de La Roque como mi perro Cañón; llevaba el aguardiente en un barril colgado al cuello, y bebía más y mejor que cualquier soldado; tuvo catorce maridos, todos militares, que murieron en el campo de batalla. —¡Brava mujer! —exclamaron los soldados respetuosamente. —Y nunca habló a un paisano sino para decirle, cuando llegaba al alojamiento: «Enciende el fuego y caliéntame la sopa.» —Bueno, ¿y que es lo que tu madre decía? —preguntó Grandferré. —Si tienes mucha prisa, no lo sabrás. Pues mi madre decía: «Un soldado vale más que un perro, y un perro vale más que un paisano.» —¡Bravo, bravo! ¡Bien dicho! —exclamaron con entusiasmo los oyentes. —Lo cual no impide que quienes me dijeron que ciertas palabras queman la lengua, tengan razón. Además, no eran paisanos del todo, pues llevaban espada y estaban tan soliviantados como yo de que quemaran a un cura.
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aunque mejor fuera que hubiesen quemado a uno de nuestros generales. Y dirigiéndose a la joven: —Corazoncito —díjole—. no me gustan los medias rojas.. y llevaba una grosera cuerda atada a la cintura. se cubrió el rostro con el velo. en nombre del Dios de los ejércitos. con velo blanco. ya —contestó Pipa—. —¡Traed a esa mujer y dejadla tranquila! —gritó imperiosamente Richelieu desde su observatorio. —Loca —díjole el soldado más viejo. La harás llorar. descalza. ni vosotros podéis entenderme. con los pies desnudos? Lávatelos antes. —No te entiende —dijo Grandferré riendo como un beodo—. Una grosera carcajada la interrumpió. y pendiente del cuello un rosario que le llegaba hasta las rodillas y cuyas cuentas pasaba entre sus dedos marfileños. Vended vuestra sangre a los príncipes de la tierra a razón de tantos óbolos por día. ¡Vamos. atrás. Al oír al ministro enmudecieron todos apresurándose a cumplir la orden. defendéis a los mal llamados príncipes de la Paz contra el cardenal y los impuestos. veíase entre los soldados a la mujer que tanto les divertís. Divirtámonos sin discutir. vuelve a empezar tu historia o te relleno de pólvora y te hago saltar como una mina. y dejad que cumpla mi misión. señor. con voz ronca. recoge tu traje y atraviesa los ríos —repuso la joven. —¿Por qué —preguntó la loca viendo al cardenal-duque—me traéis ante un militar? 79 . Y como mi padre fue halconero de Su Majestad. —El Señor ha dicho: Jerusalén. te llevaré de viaje por el río Tendré. Yo. —¿Es que crees —dijo un carabinero de Maurebert—que Su Eminencia el generalísimo va a recibirte así.. el que te vio en Loudun representando la comedia que hizo condenar a un pobre diablo. —Variemos de conversación. No hay nada de común entre nosotros. Ya os conozco.—¿Y qué te importaba que quemaran a un cura? —replicó un sargento apoyado en su arcabuz—. hombres impuros: No os entiendo. En resumen. Llevadme a presencia del cardenal. al mismo tiempo que la amenazaba con la mecha encendida del arcabuz—. Era una joven vestida de negro. o no? —No. ¿Digo bien. lo digo francamente.. como dicen las damas parisienses.. ¡Siempre han de ser los perros realistas quienes nos impiden divertirnos! —¿Qué dices? —preguntó Grandferré—. De pie en torno de la hoguera que iluminaba más que la luna. —¡Ah! ¿Me llamas media roja? Ya me lo repetirás mañana. si vuelves a empezar la historia que contabas hace poco a estos señores. sin responder. Conducidme ante el cardenal. No conoces el lenguaje cortesano. Yo le hablaré. que tuesten a cuantos quieran. yo soy realista. canta! La mujer miróles gravemente. —¡Callad! —gritó imperiosamente Pipa—. Por mí. ¿Sabes acaso qué quiere decir realista? —Sí. ni tratarías tan despectivamente a los medias rojas. Con el paisanaje. no dices bien. ahora casi todos son clérigos. El realista es partidario del rey. que continuaba con los brazos cruzados—. de haber visto a Su Eminencia pasearse con Spínola por el muelle de La Rochela bajo el fuego de la artillería. Y ten en cuenta que esa broma ya la hice con otras mujeres en las guerras de los hugonotes. y beberás aguardiente con tu galán. Dejad a esa muchacha. que soy realista. a pesar de hallarse en plenilunio y brillar en todo su esplendor. La joven cruzóse de brazos y exclamó imperiosamente: —Atrás. y. Los soldados divertíanse esparciendo frente a ella los tizones para que se quemara los pies desnudos. Si hubieras estado en Valteline no hablarías así.

pero desde entonces creo haber vivido doble número de años de los que suelen vivirse durante toda una vida. Me los inspira el demonio. ¡Ah! —exclamó. es muy bueno! Aborrece a los malvados. Además —agregó. ¿Qué os ha podido conducir a semejante decisión? ¿Venís a informarme? Pues hablad tranquilamente. que me posee y que me ha perdido. —¿En? ¿Quién os ha enseñado esos episodios de la Historia Sagrada? —prosiguió el cardenal sin soltarle la mano. Dios no exige tales rigores a las personas débiles. —¡Tener confianza en los hombres! —replicó la joven—. más que el señor Cinq-Mars.. repentinamente. tomando asiento junto a él—. bajo vuestra coraza debe latir un corazón noble. —¡Ah! —exclamó la joven. halagado. surgió Débora. No me comprenderíais. dudando—. repuso: —No recuerdo. porque parecéis muy joven. que ardía. y piedad creciente—. no. ¡Oh. —¿Joven? ¡Oh. que empezó a mirarla con cierto recelo. —¡Oh! No puedo decíroslo —replicó la joven con voz dulce y conmovedora ingenuidad—. apoyándose un dedo en la frente. ¡tan extremada era su palidez! Sus labios temblaban y castañeteaban los dientes. La costumbre de atender a su salud y a la de las personas que lo rodeaban le impulsó a buscar el pulso en aquel brazo enflaquecido. Richelieu se sonrió. un aire hosco y salvaje—. y necesito ejecutarla a todo trance. y. y eso le perderá. impaciente. los soldados la dejaron a solas con Richelieu.. adoptando. —¡Ay. ¿Conocéis a ese joven? ¿Ha ocasionado él vuestra desgracia? —¡Oh. —Hermana —dijo el cardenal asombrado. dulcificando la voz y aproximándose a ella para observarla—. no. —¿Estáis enferma. Hice también voto de no comer hasta encontrar al hombre que busco. Cuando faltaron los hombres valerosos en Israel. con los hombres valientes y generosos. Me habéis hablado tanto. sin los cuales habría parecido el rostro de un fantasma. Grande es vuestro poder con los militares.Sin responder. tomándole la mano. al decir esto. —Señora —le dijo—. pero sus enseñanzas son falsas — repuso Richelieu con acento paternal. He olvidado mi idea. 80 . Y. —Pero —agregó con más interés—os estáis matando al imponeros esos tormentos. nadie me inspira confianza. los he condenado siempre y especialmente a las criaturas tan jóvenes como vos. a vuestra edad. sobre todo. y os prometo que os socorrerán. —¿Cómo? —inquirió Richelieu arrugando el entrecejo y riéndose con amargura—. los hombres son débiles y hay cosas que las mujeres deben ejecutar. superiores a las fuerzas humanas. a pesar de hallarse condenado a morir pronto. ¿cómo os halláis a estas horas en el campamento? ¿Por qué andáis descalza? —Es un voto —respondió la interpelada. ¿Qué faltas habéis cometido? Confesádmelas.. Por ella me he impuesto el hambre que me mata. hija mía! Siempre es el demonio quien nos pierde. sí! He sido muy joven hasta hace pocos días. lo que le hizo advertir que las arterias latían abrasadas por una fiebre espantosa. Soy poderoso. hermana? —preguntóle el ministro emocionado. tanto he pensado y sufrido: miradme. pero sois un viejo general que desconoce las tretas del crimen. dejó ver su rostro correctamente bello y animado por unos ojos negros hermosísimos.. —¿No preguntabais por el cardenal? ¿Qué deseáis de él? ¿Qué pretendéis? La joven meditó y. una gran idea. jamás! Todos me han engañado.

Pero.. especialmente cuando se trata de monseñor. escuchadme: mi amante.. Señorita de La Fayette. Vos sabéis también cuan sincera es mi adhesión a Su Eminencia. frente a la tienda del cardenal se detuvieron a conversar.introduciéndose la mano bajo la ropa—. Monseñor. ¡Ja. se interrumpió. porque sabemos que os han propuesto para el cardenalato. inclinándose al oído del cardenal. don precioso para una familia.. reverendo padre.. os juro que la hubiera llamado a capítulo. ruborizada. y he venido para matarlo con este puñal. pero.. y prosiguió: —Voy a decírosla. entonces? A veces me expreso con demasiada vehemencia. porque eso debe ser muy enojoso. El cardenal retrocedió. Si llego a sospechar la conducta que Juana había de seguir. ¿Eh? La señorita de Hautefort.. Urbano Grandier. de quien soy un verdadero adicto.. horrorizado. reverendo padre! —comenzó el magistrado—.. me ha dicho esta noche que fue Richelieu quien lo hizo condenar... digo. porque mi hijo está hecho un perdido y hace más de cuatro años que no tengo noticias suyas.. y sé que comprende cuanto se haga por favorecer a la familia. todavía se podría hacer alguna tentativa. —¡Por doquiera me persigue esta horrible historia! —exclamó contemplando a la joven y meditando la resolución que le convendría adoptar.. y luego abadesa. habían llegado al extremo de la calle que conducía al campamento de los voluntarios.. ja!. abrió extraordinariamente los ojos. a quien se lo debo todo. Es un verdadero modelo de parientes. ¡Infeliz Juana de Belfield! La hice monja. ¿Comprendéis?. Decidme dónde puedo encontrarlo. gritó. eso fue lo que ocurrió —repuso Laubardemont—. —Efectivamente. de pronto. Laubardemont y el padre José habían salido juntos. No se atrevía a llamar a los guardias por temor a los gritos y acusaciones de aquella loca.. Mirad: ésta es mi idea. y representó una escena desagradable el día del proceso. —Lo sé mejor que nadie. y el rey. para legar todos mis bienes a ese mala cabeza de mi hijo. dijo el padre José deteniéndose: 81 .. ¡Mostráis mucha bondad al acordaros del más desinteresado de vuestros amigos! Conversando. y allí. y se condujo como una niña. la habría reservado para otros fines en el mundo. monseñor. —Aseguran que es bellísima —repuso el padre José—. cuyo impulso podía serle fatal. —¡Dios mío! —repuso el capuchino—. Y quedaron los dos. especialmente para mí y los jueces.. No me he disgustado poco ni mucho. —¿De veras? ¡Y en plena audiencia! Lo siento mucho por vos. siendo mi parienta más próxima. —¡Ah! Esas maniobras revelan claramente vuestra habilidad. ¡Ay! He pecado por un exceso de celo que Su Eminencia me reprocha. Se desmayó. —Tranquilizaos —aconsejó el padre José—.. pretendiendo engañarse mutuamente.. antes de separarse.. ¡Ah. cometió faltas de latín. —¡Más de lo que podéis suponer! Olvidó lo que le dijimos para fingir que estaba poseída por el demonio. De todos modos. Mi sobrina y su convento no habrían podido salvarse si Urbano Grandier triunfa.. porque podía haber sido presentada en la corte. como el perro de caza y su víctima fascinada. le conozco bien. El cardenal no os guarda rencor. lo que comprenderéis perfectamente.. a no haberme visto obligado a salir precipitadamente de Loudun! Sin embargo. frente a frente. pero sed justo. —¡Ah. ¿De qué serviría la caridad. es muy comprensible que yo la disculpe. La caridad. sobre todo teniendo en cuenta que mi sobrina no nos entendió. Lamento mucho que os hayan disgustado las bromas que os di hace poco..

—Hace una hora que me habéis visto salir y ocurren cosas de las que necesito dar cuenta a Su Eminencia. la pena que Dios permitió a Adán. dame la mano. Pocos minutos necesitó para llegar a la tienda de la guardia. Richelieu estaba conmovido. —Si me hubieran hecho caso —repuso Laubardemont—..» ¡Ah. agregaré que ha ido a adular al nuevo favorito y acaso pueda reemplazarlo en el favor del ministro. Conozco secretos que pueden perderle. con la que tenía libre hizo señas a Laubardemont de que guardara silencio.. Es el clavo de Sisara. ¿Sabéis cuál es esa hora? Cuando llueve y mis manos arden como en este momento. volvió apresuradamente a la tienda del ministro. en compañía amorosa. donde le dijo el capitán: —Monseñor tiene visita y no podéis entrar.—¡Qué Dios y su santa Madre os protejan durante mi ausencia! Voy a París. Entrad pronto y solo. contrastando sus horribles frases con la dulzura de su voz. Nos perderá si no varía de conducta. es indudable que le estorba. cantó la religiosa lo siguiente: Príncipe soy del Infierno. diciéndose: —Puesto que el cardenal lo aleja. Tengo once demonios a mis órdenes y te veo cuando toca la campana. después de hacer una profunda reverencia al magistrado. no temas. y seguro después de la dirección que había tomado. La lluvia es fría y constante. la canción que me cantó anoche. 82 . que. pero no dormirás solo. es de azufre mi vestido. y el magistrado quedóse inmóvil sin ver la cara de la monja.. soy tu prometida esposa. Pero acércate. que voy a ser tu marido! —¡Es una canción rara! ¿Verdad. y no acepta ya los buenos consejos. —Sí. El cardenal ha variado muchísimo. lo veré y me informaré del estado de su herida. ven. cuando fue a verme a la hora del suplicio. general. en la posada.. antesala del pabellón del primer ministro. Después quemaré su cuerpo. bajo un palio de terciopelo rojo. el capuchino reemprendió el camino. general? Pues oíd la respuesta que yo le doy: Por orden de un juez severo.. y como necesito trabar amistad con el joven Cinq-Mars. Y. tenía en una de sus manos las dos de una religiosa. mi trono es un tronco ardiente y mi cetro es un martillo... Laubardemont le siguió con la vista durante algún tiempo. Apresurémonos. Y con la música del De profundis. Laubardemont —gritó el ministro—.. me conducen a la fosa. ¿verdad. tiene el mango de marfil bañado por mis lágrimas. a la luz de las antorchas de resina que nos alumbran. haciéndole sufrir la pena del talión. Pues más os asombraríais si os hiciera oír su canción.. que hablaba con locuacidad. —Entrad. oíd su canción. —Tenéis razón —respondió el padre José exhalando un profundo suspiro—.. lo mataré con este cuchillo que me ha entregado el demonio Beherith. Parecéis asombrado.. nuestros cuerpos yacerán en la tumba silenciosa. ¡Qué raro!. qué hermoso! Oíd.. ¡Juana. os veríais libre de esa molestia. El cardenal continuaba sentado. general? Lo clavaré y lo removeré en la garganta del que asesinó a mi amigo. Miradlo. Mi amigo me dijo: «Los magistrados están equivocados. la noche es obscura y lóbrega.

tres. para obligarle a hablar. La monja continuó delirando: —¿Han temblado los jueces? —me preguntó Urbano—. Uno solo sería un asesino. Me dice: «¡Ay del que ha matado! ¿Son dioses los jueces humanos? Sólo son hombres que sufren y envejecen. atemorizaron horriblemente a Richelieu y a Laubardemont... se les pone al descubierto los nervios. parecía haber perdido. se les hace crujir los huesos. al reconocer a Laubardemont. Laubardemont la siguió y. —Lleváosla —repitió el ministro. dejando escapar de su mano el cuchillo y retirándose hacia la puerta de la tienda. soñando con flores y con la primavera. Se le destrozan los miembros. Tal es el problema. en la otra vida. destruir la carne! ¡Derramar la sangre fríamente. los jueces. sin que se resistiera ni exhalara un solo grito.. 83 ... despertándose.. al pronunciar estas palabras. el juez. y se estremeció al verse entre el cardenal y Laubardemont. compasivo: —¡Por amor de Dios! Concluyamos esta escena. la habría recluido en un manicomio. estarías aún más pálida. humillándose ante el ministro. Desde que se dictó esa famosa sentencia. el resto de las fuerzas. ¡Qué calor hace en esta sala! —exclama. la víctima siguió al verdugo. se levantó. a causa de la emoción y de la sorpresa. dispuesto a clavarle los dientes. Ella se está muriendo y a mí me está matando. y arrastró en pos de sí a la loca. me habla con la voz de los espíritus y de los profetas. saltando como una cabritilla asustada al percibir el cálido aliento del lobo. luego. que se ha vuelto loca. Si lo hubiera sabido. la fatiga y el remordimiento. Una palidez espantosa substituyó al color que encendía sus mejillas. como yo. pero cuenta bien: uno. monseñor! Esta desgraciada es mi sobrina. misericordioso. se le arranca la piel. ¿Han experimentado el temor de equivocarse? Es la muerte del puesto. cuyas túrdigas se enrollan como un pergamino.! —¡Richelieu! —exclamó la religiosa quedándose completamente paralizada de sorpresa. ¡La muerte! ¡Único temor de los vivos! Y lanzan del mundo un alma que lo esperará. ¿Han concluido de atormentar al reo? Y. La infortunada demente clavó la vista en el apesadumbrado cardenal.. ¡Qué sabios y justos son esos facinerosos asalariados! ¡Inspiran horror! Si pudieras verlos desde lo alto. Y diciendo esto. Con la cabeza baja. al encontrarse con su víctima al aire libre. se disculpó. sin cólera! ¡Quemar la carne que se nutre de sangre!» Los gritos que lanzaba la infeliz. me habla —prosiguió—. Mientras retrocedía mirando hacia atrás. ¡La carne. el cuadro de la venganza? ¿No se han visto desollados. Juana.! ¡Arrodillaos y pedid perdón a monseñor el cardenal-duque. furiosa... cubrióse el rostro con el velo. le sujetó furiosamente las manos. a quienes miró alternativamente. atónita y silenciosa. ¡La infeliz ha perdido el juicio! En aquel momento volvióse la joven y. Juana de Belfield. parece que el infierno se ha desencadenado en contra mía. gritó: —¡Ah! ¡El juez.. que ató con un pañuelo. Juana. fuera de sí—. ¡Oh! ¿No han visto jamás. los prevaricadores? Abatido por la fiebre.—Y. dicta la sentencia de muerte. Llevaos a esta mujer. pero los jueces duermen. el cardenal exclamó..! Este. profundamente ensimismada. a pesar de lo cual se atreven a decir: ¡Matad a ese hombre! ¿Quién ha dado al hombre semejante derecho? ¿Es el número dos?. uno de los jueces—.. dos. antes de conciliar el sueño. ¡Juana. medroso: —¡Ay.

valerosamente. el joven Cinq-Mars. Os admiro y os reverencio. y solo al fin con Thou. suavizar las amarguras del soberano notificándole la confianza que inspira al pueblo. por orden de Luis XIII. amigo mío. Effiat. por cuantos tuvieron noticias de ellas. gozaba Cinq-Mars de instantes de paz y de esperanza confortantes. restablecer las relaciones de padre a hijos. Acariciando secretamente la cruz de oro que llevaba sobre el pecho. como infalible señal de favoritismo. remediar los males públicos dándolos a conocer al señor y. Atendía. interrumpidas durante dieciocho años por un desalmado. que nos ayude a sufrir de la vida los tormentos ahorrándonos la vergüenza de que se los confesemos. La frialdad con que Luis XIII acostumbraba tratar a cuantos le rodeaban. y deseáis estar cerca del rey para servir a la nación y realizar los sueños dorados de nuestra primera juventud. hacedle saber que las rancias noblezas de Francia son tan antiquísimas como 84 . sonriente. sus homenajes a quien disfrutaba. el corazón lleno de candor y dispuesto a hacer cualquier sacrificio. ha arraigado en vos con mucha más fuerza. y que. —Pronto iré también a París —decíale Thou—. y no desmayéis. He reflexionado detenidamente acerca de las secretas causas de vuestra ambición y creo haberlas adivinado. todo ello es un sueño digno de vos. oír sus confidencias y confiarle las de sus súbditos. es un principio de amistad que os conviene mucho cultivar. LA FONTAINE Escena muy diferente a la narrada en el capítulo anterior se desarrollaba entretanto en la tienda a que fuera conducido. del favor del rey. que le estrechaba una mano. y pensaba en la amada que se la había regalado y cuya mano confiaba estrechar muy pronto.CAPITULO XIII EL ESPAÑOL Nada mejor en el mundo que un amigo verdadero. y a quienes se unió el antiguo paje Oliverio de Entraigues. arrostrar. repuesto algún tanto. uno de los primeros en visitarle fueron el abate Gondi y de Fontrailles. el amor a Francia. Las bondadosas palabras del monarca habían sido para el joven bálsamo más eficaz que los cuidados que se apresuraron a prodigarle los médicos. dio notable importancia a las frases que dirigiera a Cinq-Mars. hablad al rey del mérito y desgracias de sus mejores amigos. recibió numerosas visitas de amigos y de personas que creyeron prudente ofrecer. ordenó a sus sirvientes que hicieran los preparativos para emprender la marcha. ¡La idea es hermosa y digna de vos!. Acercarse al monarca con la abnegación caballeresca de nuestras padres. con vuestra influencia. interpretadas. desafiando las calumnias que persiguen al favorito hasta las mismas gradas del trono. pero nunca al monarca. que también iban a París. todos han combatido al ministro. y con Grandchamp. que la antigua nobleza no ha conspirado jamás contra él. Tendido Cinq-Mars en su lecho de campaña. al acometer tan noble empresa. que era la de su vida. Sí. éste echaba pestes contra los importunos que habían fatigado a su amo. en tan alto grado. desde Montmorency hasta el conde de Soissons. todos los horrores de la venganza. Me alegro tanto como vos de que el rey os lleve a su lado. Seguid. Mientras se cumplían sus órdenes. decidle. y meditaba en la finalidad del viaje que estaba a punto de realizar. los consejos del magistrado. que hacía latir antes a vuestro corazón. hoy humillados. a sus pies. Como los médicos no le prohibiesen viajar.

Sí —prosiguió Thou. cuando en el templo veis a un hombre arrodillado. ya más repuesto. si no os detenéis. por haber estimulado su resolución en la tierra. —Bueno. los reyes están acostumbrados a oír palabras de admiración hipócrita. no les exigían más. ¿le preguntáis qué ángel o santo le protege y a quién eleva su oración? ¿Qué os importa que rece ante los mismos altares que vos. el odio santo al ambicioso que la oprime interrumpiendo sus antiguas costumbres con el hacha del verdugo. Seguramente. Os juro por esta cruz de oro que veis. miró a CinqMars. ¡Lazo sublime entre la tierra y el cielo! La vida. arropando al enfermo con solicitud maternal—no volver a enojaros con mis consejos. como la encina que cae a impulso del viento. sonrojándose ligeramente—. porque no está bien que los llevemos y traigamos de este modo. y continuó guardando silencio. ¿Qué espíritu malo os sugiere la idea de sondear mi alma? Vuestras ideas no me son desconocidas. amigo Thou. la empresa es noble y hermosa. Dejádmelo abrir. despabilado. sonriendo—. siguió agitándose en el lecho. marchad por ese camino a paso firme. y por la Virgen María. con objeto de que la luz no molestara al paciente. a pesar de la prohibición de hablar de la cuestión—. porque también yo he soñado eso mismo. al poco rato. el mismo que vos profesáis. pero quizá algún día habréis de rogarme que me detenga. empezó a leer atentamente. en su realización. —¡Oh. incorporándose vivamente—. si las extinguiera. y le dijo: —Suponía. os seguiré adondequiera que vayáis. Os prometo —añadió. cada vez con mayor animación—. bueno. y quizá el mismo Dios. hiere a su propia estirpe. encontraréis siempre. o a Dios que le habla de las flaquezas humanas. Enrique? —preguntóle Thou—. consideradlas como un idioma que necesitáis aprender. ya conocéis la antigua superstición de nuestro país: cuando se abre un libro de misa con una espada. la convicción de que la virtud puede tener tanta habilidad como el crimen: he ahí mi credo. dispuesto a sufrir el martirio si es necesario? Cuando nuestros padres iban en peregrinación al Santo Sepulcro. que tendríais suficiente confianza en mí para no someterme a un interrogatorio. —Amigo mío —repuso Thou con gravedad. la muerte. esa agitación puede perjudicaros. ¡Ah. y los hombres. Y. que continuaba despierto. derriba a los demás árboles que la rodean. —¿Es que no tenéis las ideas que os atribuyo? Cinq-Mars. morir antes que renunciar al plan que me habéis trazado.la suya. sin íntimas vergüenzas. aunque entonces será ya tarde. —¡Ah! —exclamó Cinq-Mars. porque el joven. completamente desconocido por vos. algún pensamiento secreto más humano. o al hombre en el estado que conviene a su debilidad: la oración y la incertidumbre de su destino. la eternidad están en sus páginas: abridlo por donde os plazca. amigo mío! En este libro consolador se encuentra la verdadera paz. —Tranquilizaos —le aconsejó Thou. habíase sonrojado Cinq-Mars. sacando del bolsillo un devocionario. sí! —exclamó Cinq-Mars. a hacer la corte. por cualquiera página que lo abráis. ¿Y quién os asegura que no me he propuesto resueltamente llegar. ¿Acaso estoy equivocado? Cinq-Mars exhaló un profundo suspiro. miró a su amigo. hizo seña a Grandchamp para que trasladara de sitio la lámpara. dormid. os voy a leer alguna cosa piadosa para sosegaros el ánimo. la primera 85 . Por desgracia. pero fue inútil. al herirlas. su casta sufriría también las vicisitudes de los acontecimientos. descalzos y con un báculo en la mano ¿averiguaban el impulso secreto que les llevaba a Tierra Santa? Luchaban y sucumbían. no fueron juzgados en el Cielo con mayor severidad. Pero. Mientras Thou pronunciaba su entusiasta discurso. mucho más lejos de lo que se puede decir? El amor a Francia. Abrigaos los hombros. hasta hoy. que la noche está fría. dejemos este asunto y no mezclemos a Dios y al Cielo en nuestras conversaciones. —¿Qué tenéis. que volvió la cabeza al otro lado para no ser visto. y que. desechad el pudor que experimenta toda alma noble antes de decidirse a adular. pero susceptible de ser hablado noblemente.

. —Dejadme que lea —dijo Cinq-Mars. —Mas los senadores y el pueblo rechinaban de dientes contra ellos. —Presentáronse en la ciudad de Mediolanum. probadlo. —Los designios del hombre no pueden compararse con los de Dios.. Grandchamp aproximó gravemente su cabeza de rostro tostado y cabellos grises. —¡Perfectamente! —exclamó Cinq-Mars. pero. sonriendo. con mucha oportunidad —respondió Enrique de Effiat. y me sepultaran sus ruinas. veamos.. temería derramar lágrimas indignas del Señor. con sonrisa quizá algo forzada. —Y Protasio le contestó lo siguiente: —Hermano. gravemente. V... —Eso es una tontería. mientras 86 . Cinq-Mars leyó. ¿Qué decís a esto? —Acatemos. para escuchar. después de terminada la lectura. —¡Ah! ¡Entonces será él! —exclamó Cinq-Mars. pero. acometidos por los soldados. y la primera persona que se presenta. viejo soldado? ¿Lloras? —preguntó Cinq-Mars. después.. X. III. porque tengo más años y más resistencia para verte sufrir. IX. sometámonos —aconsejó Thou. señor! Preguntádselo a Su Eminencia gris que viene a veros —respondió el leal criado por el padre José. quizá inoportunamente? —preguntó el capuchino con voz melosa.. es justo que muera después que tú. apoderándose del libro. XI. —El gran sacerdote les dijo: Arrodillaos y adorad a los dioses. nuestro Dios. levantando la vista al cielo y lleno del Espíritu Santo: —¡Oh hermano mío! Veo al Hijo del Hombre que nos sonríe. VIII. —¿Llego. mirando a su amigo al concluir la lectura—. Sí. tomad la punta. II. secándose bruscamente los ojos. —Una preocupación infantil no debe hacernos retroceder —repuso Effiat impaciente. que tenía arrasados en lágrimas. ejerce gran influencia en el porvenir de quien ha leído. Justum et tenacem propositi virum. Interrumpióse a la primera frase. —Pero Gervasio cogió la mano a Protasio. —Y. pero no exploremos la voluntad divina.. arropándose con la capa que lo cubría—. —Porque si viera tu sangre. —¿Por qué te permites tomar parte en nuestra conversación. Aquí tenéis vuestra espada. aunque el universo se hundiera. VI. —Amén —agregó Grandchamp. de todos modos. —¡Amén! —repitió una voz gangosa en la puerta de la tienda —¡Carape. —Al contrario. Palabras de hierro que se han grabado en mi cerebro. que entraba con los brazos cruzados y aspecto bonachón. prosiguió hasta el fin: I. y exclamó. rodaron sus cabezas juntas y cayeron sobre la misma piedra. —Y el pueblo permanecía silencioso mirándoles las caras que semejaban de ángeles.página que se encuentra a la izquierda contiene el destino de quien la lee. déjame morir primero. VII. IV. —Y en este mismo sitio encontró el bienaventurado San Ambrosio las cenizas de los dos mártires que devolvieron la vista a un ciego.

gritó a los que iban a pedirle órdenes: «¡Matadlos a todos! ¡Matadlos a todos!». para decirles: —Si no estoy equivocado. Los españoles son orientales. tomando la palabra. quien se levantó. o para ahorcarme? —Ni para una cosa ni para otra —respondió el padre José. Diríase que pretende obligarnos a descifrar enigmas. en nombre del cardenal generalísimo. ¡Ah! ¿Es quizá porque el prisionero habla mucho y de prisa? ¡Qué importa! ¡Os podría decir muchas cosas y dispensaros algunos favores. ¿os reiríais. quien. pero no esperaba encontraros despierto. señor CinqMars. por lo que son perezosos o infatigables. y os dijera. —Mi nombre no lo declararé. Os reís. En cuanto a mi país. y dijo a Cinq-Mars: —¿Cómo permitís a un prisionero. Este era el oficial..miraba a Thou—. yo he oído esta voz en otra ocasión. Pero si yo agregara que ese señor ha estado más de una hora tras de la tela de vuestra tienda. y dijo fríamente: —Vengo a hablaros. preguntó: —¿Por qué me habéis hecho levantar del montón de paja en que duermo. acercóse a Effiat y le dijo al oído: 87 . y necesito verles e interrogarles. y por qué interrumpís mi sueño? ¿Para ponerme en libertad. señores. padre. que mantuvo sobre su cabeza. llevaba dispuestos diferentes recursos para salir del paso. sin ocuparse más del capuchino. ¿qué diría? Y ahora. escuchando lo que hablabais. porque ese señor está mordiéndose el labio y la barba. turcos católicos. a la una de la madrugada? Seguramente se trata de alguna buena obra. —dijo el prisionero—.. inconmovibles en su ignorancia e ingeniosos en su superstición. y que ha venido para haceros víctima de alguna perfidia con el pretexto de interrogarme. que os hable con tan poco respeto? El español. señores? No. como en Oriente. ¿Y de qué os reís? Yo he brindado esa idea sin reírme. pero quizá no lo sea. por ejemplo. ¿Creéis que soy listo porque sé establecer comparaciones? Pues me dispensáis gran honor. que conozco a un cura que hizo prisioneros a algunos herejes. ¿Qué deseáis? —Deseo saber vuestro nombre y de qué país sois. fueron conducidos a la tienda los dos prisioneros que Cinq-Mars había ya casi olvidado: uno de rostro casi salvaje. que merece ser ahorcado. si fuera de vuestro agrado. y deseaba solamente que las personas que os rodean me informaran de lo que Su Eminencia desea conocer. Después de un cambio de obligadas cortesías. furioso porque le interrumpieron cuando celebraba el santo sacrificio. —¿Oriente? En efecto. El padre José volvióse hacia los dos amigos. de rasgos sombríos. Creyendo que habían adivinado el objeto de su visita. Aun podría ampliar mi idea. y el otro. la indolencia los esclaviza y el entusiasmo los hace crueles. vos podéis juzgar: tengo aspecto de español. de sangre muy ardiente. por fin. señores. Después de este exordio se empleó algún tiempo en hacerle comprender al extranjero que el capuchino tenía derecho a interrogarle. —Perfectamente —asintió—. ¡Oh! El os replicaría que hizo perfectamente. informes acerca de ellos. tomó asiento junto a la cama. ¿Qué os trae aquí. y que. hombre barbudo. de los dos prisioneros españoles que capturasteis. El cardenal desea tener. porque el español no es español jamás. Habla el francés correctamente. todos no os reís. envuelto en una capa negra y tocado con un ancho sombrero. El padre José comprendió que su presencia no era muy grata. ¿estáis ya contentos? ¿Puedo retirarme? El prisionero dijo todo esto con la rapidez de un charlatán de plazuela. bondadosos amigos! Si empezara a referir anécdotas. y en voz tan alta que aturdió al padre José. —Contigo nada tengo que ver. No has estado en la brecha. lo antes posible. Miradme: estoy triste. y como siempre tenía sobre la conciencia diferentes cosas que reprocharse respecto a la persona que abordaba.

—Llevaré esta imbécil —replicó Laubardemont. E inmediatamente hizo retirar a sus servidores y al soldado español. y el padre José se complació en contrariarle refiriéndole lo ocurrido con su hijo: —Vuestra familia no os hace feliz. en los Pirineos. riéndose— a un antiguo juez. José. iba pensando en la venganza. que me han robado al juego toda mi fortuna. ¡Adiós! En lo sucesivo no tendré patria. que quiso reservarse para que le sirviera de criado. salió precipitadamente de la tienda. Sí. durante dos años he sido español para matar franceses. un amigo digno de ti. Soy Jaime. me has visto otras veces —prosiguió empujándole y derribándole en tierra—. dejando a los dos amigos riéndose de la aventura y de la contrariedad del capuchino. dichas estas palabras. Os recomiendo a Casandra y a Edipo. y repitiendo incesantemente: —¡El juez! ¡El juez! ¡El juez! Laubardemont y el padre José pusiéronla como un saco sobre uno de los caballos que un criado había traído. no consiguieron otra cosa que verlo saltar por encima de un soldado. con tal que monseñor no vuelva a oír hablar de ella. —¡Adiós. —¡Oh. al dirigirse a su tienda. que me ha convertido en fiera. sorprendido sin armas. pero sin vuestra autorización no la quiero. Y. Os recomiendo a Orestes y a Pílades. despidiéndose. Prosigue. desapareciendo como una visión que se desvanece. cuando encontró a Laubardemont que conducía a la monja demente. y patria mía. pero ahora odio más a España que a Francia. Thou y los lacayos que corrieron tras él hasta la puerta. para que haga con ella lo que se le antoje. sin dar señal alguna de inteligencia. Quedáronse únicamente en la tienda los dos amigos. el padre José y el oficial español. he robado y matado. que es un monstruo. demonio rojo! Aniquila con tu propia mano a tu infame familia. El capuchino. Ahora 88 . o de otro modo análogo. Es cosa que no me interesa. después. y a quienes. asesino gris! Procuraré hablar al cardenal mientras estés ausente. y jamás sabrá nadie el motivo. Otorgádmela o mandad que me maten. soy francés —dijo al padre José—. patria de mi padre. —Sí. porque todos los hombres son mis enemigos. La sangre que te quede aún en las venas la derramaré yo. y el magistrado montó en otro. Os juro que me alegraré que lo consigáis. Refiriéndose mutuamente sus aventuras. pero pronto tendrás necesidad de recurrir a mí. El padre José aprovechó la confusión para marcharse también. utilizándola como doméstica en su posada. al padre José—. —¡Adiós.—Puesto que mi prisión no puede seros útil en nada. venerable amigo! Y en voz baja agregaron: —¡Adiós. reverendo padre! —¡Adiós. a pesar de los disparos que le hicieron. no ha matado a su padre ni se ha casado con su madre todavía! —Pero está en camino de realizar semejantes hazañas.. y a la que he combatido. Desempeñad bien vuestra misión en París. concededme la libertad. como estudiantes que han visto caer los lentes al profesor. pero odio a Francia. Juana de Belfield caminaba con la cabeza baja. que ahora es contrabandista en Olorón. si podéis apoderaros de él. disponiéndose a salir del campamento para poder llegar a las montañas antes de que amaneciera. por el camino que vas. odio a los franceses. —¡Buen viaje! —respondió el padre José—. Quitóse éste el sombrero y dejó ver su rostro risueño y satisfecho. derrama tu sangre asesinando a los parientes. y correr hacia las montañas con la velocidad de un relámpago. hijo de Laubardemont. he podido recobrarla. —Partid si podéis —respondió Cinq-Mars—. —¡Feliz viaje! —dijo.. por lo que os aconsejo que hagáis encerrar a vuestra sobrina en un manicomio y ahorcar a vuestro hijo.

¡Ha sido ésta una noche bien aprovechada! 89 .emprenderé el camino.

cuya conquista no habían logrado. Reinaba allí tal animación. según se aseguraba. Los ejércitos del Norte.. habían sido atacadas numerosas patrullas de suizos. Los frecuentes tumultos. y los de los Pirineos contenían a Cataluña amotinada. que se odiaban mutuamente. y el rigor de la estación había entristecido a París. cuya miseria e inquietud eran extremadas. como derribadas por un soplo letal. y el otro había dejado de intervenir en la gobernación de Francia. algunas cabezas. MIRABEAU. es la misma. quienes tropezaron con varias barricadas en las calles tortuosas. Cierta noche oyéronse en la ciudad repetidos disparos. acababa de perder sin temor ni vergüenza4. pero reinaba el orden. y su amenaza sobrepuja a todos los cálculos de la prudencia humana. lo que revelaba la existencia del poder invisible del purpurado.Mensaje al rey. y los asesinatos ruidosos revelaban el agotamiento del monarca y la ausencia e inminente fin del ministro. mientras el cardenal. los de la frontera de Italia recibían en el Piamonte las llaves de las ciudades que había defendido el príncipe Thomas. el inmutable Richelieu se agigantaba. que fueron su único crimen. Destituidos o desprestigiados Strafford y Olivares. varias carretas. pero ahora abriga temores y esperanzas. Saint-Preuil. Sin embargo. Eran las dos de la madrugada. La poderosa monarquía francesa parecía más fuerte. Interiormente la nación no era feliz. gravemente enfermo. próximas a Notre-Dame. cayendo. Sin embargo. las sentencias de muerte que se promulgaban daban fe de vida de Richelieu. excepto en el barrio que rodeaba el palacio del Louvre. y la oscuridad absoluta. Han transcurrido dos años.CAPÍTULO XIV EL MOTÍN El peligro. el frío intensísimo. aliados con Suecia. de vez en cuando. De pronto. época a la que nos transportamos de súbito. Corría el mes de diciembre. atadas a los guardacantones y llenas de toneles. impidieron pasar a las tropas de caballería. hacía un frío intenso. un grupo numeroso de personas se detuvo en el muelle. recién empedrado a la razón. Parecía que algún poder invisible mantuviera la paz. el uno no había empuñado jamás las riendas del Estado. aquella especie de prólogo a la sangrienta jornada de la Fronda aguzaba la malicia e inflamaba las pasiones de los parisienses. Francia parecía gobernada por sí misma. según dijo él mismo en el momento de subir al cadalso. y maniobraban ante Perpiñán. El porvenir ofrece distinto aspecto. y pasaba el tiempo dormido como la araña en el centro de su tela. situándose en el 4 Diósele este nombre por su valor y carácter firmísimo. aparentemente al menos. porque el rey. su cabeza. es inminente y universal. por lo que ni se le nombraba en los actos públicos. al lado de un joven favorito. la ciudad estaba entregada al sueño. de aquellos dos enfermos. La Francia de 1642. contrastando su situación con las desdichas de los Estados vecinos. languidecía en Saint-Germain. que claramente se advertía estaba organizándose una importante expedición nocturna. y hasta los guardias de corps. porque el rey y el ministro estaban divorciados. de hierro. aún sin terminar y habitado a la sazón por la reina y el duque de Orleáns. señor. enemigo de Richelieu. 90 . y algunos disparos de mosquete habían herido a algunos soldados y no pocas cabalgaduras. agonizaba en Narbona. habían puesto en fuga a los imperiales.

Pero no se trata ahora de eso. ¿Tenéis completa confianza en vuestro abogado que anda también por ahí? —Sí. Sobre todo no olvidéis las contraseñas. Mi amigo Fiesque no podría hacerlo mejor. ¿las sabéis bien todos? —Sí. pero todavía vacila y hay que decidirlo con el golpe de esta noche. verdadero hombre! ¡Cómo los ha despistado con su afectada melancolía! Ahora es el amo de la corte. pero todos en silencio. No conviene que se decida hoy a ponerse de nuestra parte. llegáis a punto: ni demasiado pronto ni demasiado tarde. Fontrailles. —No importa —replicó el abate Gondi—. Montresor llegará con un centenar de gentileshombres. el zorro viejo se encuentra muy enfermo en Narbona y no tardará en morir. porque vendrá disfrazado de albañil con una regla en la mano. y se mantiene firme como una roca. todos. está dicho todo. que sería capaz de arrojar al cardenal al río. —¡Bah! ¡Sois un niño y no conocéis la corte! Nadie puede favorecerle tanto como el rey. muy bueno. muy bien. Los gritos deben revelar el odio a él. Y el abate irguióse sobre las puntas de los pies para golpear ligeramente en el hombro a Oliverio. ¿tenéis gente dispuesta para esta noche? —Tranquilizaos. envueltos en capas cuyos vuelos levantaban las espadas a la española. pero podréis reconocerlo fácilmente. Paseaban y. he visto a Cinq-Mars. que todavía no ha llegado. y haremos que se oiga. Transcurridos algunos minutos. ¡Oh! Todo marcha bien.terreno en declive que se extendía hasta el Sena. Es lo importante. —¿Por qué? —Porque. admiradoras mías. Será la muerte de Richelieu. y le habló en voz baja. excepto el abate Gondi. señor Oliverio de Entraigues? Todo está perfectamente organizado. Llego de Saint-Germain. como verdadero jefe de partido. nombre que se encuentra repetido frecuentemente en el curso de este relato. por abreviación. que me parece que se ha atrevido a mirarla con malos ojos. lo profetizo. ¿verdad? —¿Y qué otra cosa puede hacer?. no porque le preocupe el porvenir. La reina tiene talento. que todavía vacila. porque no es la primera vez que se finge aletargado. 91 . mañana al amanecer opinaría lo contrario. con decir que es Fournier. Se asegura que el rey va a nombrarle duque y par del reino. es un verdadero realista. ése es un. Eso me permite confiar en Cinq-Mars. Fontrailles. que le quiere como a un hijo. en su actitud. que es bueno. para haber servido como paje hasta hace poco. un sujeto que salió por una puerta abovedada del Louvre acercóse con una linterna sorda. ¿Todo marcha bien? —Sí. «¡La voz del pueblo!» Es necesario hacer oír «la voz del pueblo». no lo hacéis muy mal. estrechándole la mano: —¿Qué ocurre. ya se acerca.—inquirió Fontrailles—. 5 Dióse este nombre. con el uniforme de soldado de la guardia francesa. Algunos sentáronse en las piedras del parapeto en construcción. más parecían esperar que provocar contienda. no tardó en aproximarse a ellos un hombre bajo. Además. es a impulso de ciertos recuerdos. El citado grupo lo formaban unos doscientos hombres. si su corazón late. y enormes bigotes postizos. pero hay que hacer las cosas bien. les han calentado los cascos. Dentro de dos horas llegarán los feligreses de mi tío el arzobispo de París. a cuya luz examinó el rostro de varios individuos hasta encontrar al que buscaba. ¡Viva el duque! ¡Viva el regente! ¡Abajo el cardenal! Unas cuantas devotas. ayer le vi en Saint-Germain. —Todo marcha bien. Oliverio? ¿Qué os ha dicho el Mayor?5. —Y corazón—agregó Oliverio—. ¡Ah. ¿Quién diablos lo reconoce? Efectivamente. y. porque esto decidirá a nuestro Gastón. este joven hará una brillante carrera. de Loudun. a quienes he catequizado. sí. Parecía estar alegre y se frotaba las manos. El rey se encuentra muy mal. en cuanto a la reina. seguramente. pero ved. al caballerizo mayor Cinq-Mars. —¿Sabéis que.

—¡Ya lo creo! —confirmó el recién llegado—. viéronse algunas cabezas de mujeres que presenciaban curiosamente la lucha. distinguiéndose por su raro uniforme. éste se detenía y descubríase. Los primeros jinetes pasaron rápidamente y con las pistolas preparadas. Los de a pie consiguieron poner atravesadas las dos carrozas en el camino para defenderse de los caballos de Chavigny. percibíanse las voces de: «¡Abajo el ministro! ¡Viva el rey! ¡Vivan el duque y el Mayor!» —¡Abajo los medias rojas! —gritaban los unos. ¡Cuidado.. desde donde se lanzó un hombre sobre un caballo.—Perfectamente. así parapetados. el guardia deteníase a contemplarlos. entre el choque de las espadas y el piafar de los caballos. sirviendo únicamente para aumentar la confusión. Las ventanas del Louvre fueron iluminándose poco a poco. —Son Montresor y la gente del duque —dijo Fontrailles—. Esta orden fue una señal. cuando se abrieron de pronto las puertas del Louvre para dar paso a dos escuadrones de guardias de corps. calma! Mas. y el guardia se retiraba después de estrecharle afectuosamente la mano. y a través de los cristales. la mayoría de los cuales llevaban antorchas. acribillándolos y desmontando a varios jinetes. en forma de losanges. —Esta carroza es de alguien que no teme a los amigos del Mayor —contestó una voz en la portezuela abierta. a los de Chavigny fue casi nulo. —Acorralad a los cardenalistas hasta la orilla del río —ordenó imperiosamente una voz estridente. Numerosas patrullas de suizos salieron del Louvre con antorchas. Para tranquilizar su conciencia los guardias de corps procuraban apaciguar a los bandos rivales. dándose a conocer. diciéndoles por pura fórmula: —¡Calma. Inmediatamente varió la escena de aspecto. cuando dos gentileshombres luchaban de veras. como en toda Francia. porque el nombre del monarca presidía los odios y los afectos. que viene gente por la calle de San Honorato! —¿Quién va? —preguntaron los del grupo a los que se acercaban—. la 92 . La confusión y el tumulto eran espantosos. en aquel momento. entre las ruedas y por debajo de los muelles. señores. y.. Llevaban la manga derecha rayada de azul y rojo. Acaban de informarnos de que los cardenalistas tienen que pasar por aquí a las tres. y la media del mismo lado roja. había cardenalistas y realistas. —¿De quién es esa carroza que atropella a los peatones? —gritaron los hombres de las capas—. en la contienda. ¡Es una barbaridad! Quizá viaja en ella algún amigo del cardenal de La Rochela. señores. —¡Viva Su Eminencia! ¡Viva el gran cardenal! ¡Abajo los facciosos! ¡Viva el rey! —gritaban los otros. —¿Adonde se dirigen? —preguntó Fontrailles. —¡Pues les haremos una caricia! —dijo el abate. Como se oyera. Han creído preferible pasar de largo por el Louvre. ¿Realistas o cardenalistas? —Gastón y el Caballerizo —respondieron en voz baja los recién llegados. iluminando los fogonazos la tumultuosa y sombría escena. pero el postillón que guiaba el primer coche tropezó en la piedra y rodó al suelo. porque en seguida empezaron a disparar furiosamente ambos bandos. El auxilio que los guardias prestaron. sospechando que ocurriría algo. Pronto podremos empezar. ruido de carrozas y caballos. disparaban por las portezuelas. interviniendo algunas veces para ayudar al que creía de su partido. porque entre los guardias de corps. varios hombres arrastraron una enorme piedra hasta el centro del camino. Cuando los guardias se encaraban con alguno de los hombres encapados. —Son más de doscientos y acompañan al señor de Chavigny que va a visitar al zorro viejo a Narbona.

Aquellos soldados obedecieron fría y escrupulosamente las órdenes que habían recibido. El abate Gondi. corrían esparciendo por el arroyo y las aceras. en Palacio se abrigaba la convicción de que. rojo de monaguillo. que llevaba en la cabeza un solideo. profiriendo injurias e imprecaciones. que estaba aturdido—. en las que se narraba la historia de los personajes contemporáneos. arrastraban un cerdo recién degollado. aullidos feroces que acrecentaron la confusión. Dijérase que sólo la destrucción de uno de los dos bandos podría poner término al combate. vociferando contra el Cielo y el Louvre. y los menestrales de todos los oficios. que a toda prisa llegaba por las puertas de Oriente. rojo y blanco. cruzando los brazos con el empaque de un general. vestidos de mujer y pintarrajeados de bermellón. al fin. De todos modos. pero los que tal creyeron. andrajosas viejas arrastraban carretillas cargadas de armas oxidadas y rotas. o. palas. La contienda. garfios. pero. trayendo aquí a esa canalla. los niños arrastraban alabardas y lanzas damasquinadas del tiempo de la Liga. mujeres y niños de la ínfima clase del pueblo. mezclándonos con ellos. horquillas. porque si hubieran venido de noche no les habrían visto. ahora viene lo bueno! ¡Mirad. y visto el lodo que habían removido. querido abate —dijo Fontrailles a Gondi. en virtud de las cuales circularon simétricamente entre los grupos. aquella tropa extranjera podría disolver los grupos. volvió a reproducirse a causa de las explicaciones que los individuos de ambos bandos pretendían darse. sólo se habría oído la voz del pueblo: Vox populi. Amanecía cuando viose llegar por el extremo de la isla de San Luis una multitud de hombres. exclamó: —¡Ya llegan los míos! ¡Fontrailles. su ayuda no es despreciable. uno de cuyos animales. advertidos por las funestas consecuencias que podían ocasionar sus juegos políticos. Pregoneros con el rostro encendido y jadeante. Los amigos del duque de Orleáns y de Cinq-Mars indignáronse al verse apoyados por semejantes auxiliares. de noche. para reunirse luego ante la verja. Otros jóvenes. sables y asadores. el maullido de los gatos. ayudando ellos mismos a montar a caballo y a subir a las carrozas a los gentileshombres del cardenal. esos idiotas han llegado demasiado tarde. lanzas. que había cesado momentáneamente. ¡Vuestro excelente tío tiene unos famosos feligreses! —No es mía la culpa —respondió Gondi con altanería—. que era aficionado a ellos. Avergonzados ante la superioridad numérica y de la tropa innoble que parecían mandar. caricatura del cardenal. el medio de 93 . pértigas. les servía de enseña. ¡Abajo el cardenal! Estos llevaban en brazos muñecos de paja que arrojaban al río. —Habéis hecho fracasar el negocio. seguíanlas con garrotes. y la media blanca y roja. gritaban coléricos: Somos las madres a quienes ha arruinado Richelieu. separáronse calándose los sombreros hasta los ojos. mirad cómo corren! ¡Es soberbio! Abandonando a su adversario. envuelto en un trapo rojo. La invasión de los malecones por la turba produjo en los combatientes un efecto completamente contrario del que el abate esperaba. Algunas mozas empuñaban largas espadas. Un grupo de jóvenes carniceros y marmitones. nos facilitarán. o pegando en parapetos y guardacantones. la mayoría borrachos. esgrimiendo grandes cuchillos. no tardaron en salir de su error. se retiraron sin detenerse a mirar si los enemigos a quienes acababan de separar reanudaban o no la lucha. cuando se oyeron gritos. entre ruidosas carcajadas. y arrebujándose en las capas por temor a que los reconocieran a la luz del sol. cantaban y aullaban. hachones. subióse sobre una piedra para ver las maniobras de su tropa. pasquines redactados con aleluyas. pues los de uno y otro bando bajaron las armas y se separaron. Sin duda.manga izquierda listada de azul. después de dar cita a los adversarios para dirimir la contienda en ocasión y lugar más dignos de ellos. con precisión perfecta. por mejor decir. porque. separándolos durante un momento. vox Dei. en las paredes de las casas y hasta en las de Palacio. ocupado en tirar de la capa a un jinete para derribarlo a tierra. remedando. hasta que. Reconozco que la luz del día no les favorece.

ni deseo saber lo que gritan. con sus regidores y prebostes. ¡Adiós. Chavigny y sus amigos son buenas personas. Estos reanudaron la marcha por las calles más apartadas. al llegar. y ordenaba. Aunque hacía ya rato que terminara la lucha en las calles. por un lado. a un grupo de casas pequeñas y calles angostas que casi no dejaban ver la plaza. habremos realizado nuestra empresa. Y así terminó aquella escaramuza. continuó con toda la fuerza de sus pulmones y gesticulando: —¡No sé nada de esto. algunos. con la bolsa de menos. al palacio de Justicia. para que pudiera llegar su voz a las personas de su séquito que se encontraban en las galerías. desde las ventanas de las casas del muelle aquellos preludios de desorden. púsose unos anchos chapines de tacones bajos. vestidos de negro. y cuyas ventanas daban. y que sé gritaba a favor suyo. y empezó a pasear por la estancia. que fueran en busca de su consejero. y al cabo. Como la repugnancia que les inspiraba la plebe superaba los deseos que indujeran a realizar aquella intentona. para dar tiempo a que éste concluyera de manifestar cuanto deseaba. encaminábase. seguía paseando desordenadamente. voy a saludar al señor Bouillon. que no podía acudir porque se encontraba ausente de la ciudad. mientras el gremio de comerciantes. Dos horas más pasó estacionada allí la turba de haraposos. se disolvieron. Medio desnudo y golpeándose el pecho. que iban de una parte a otra en la oscuridad de la noche. El verdadero pueblo de París contemplaba. no murió nadie en ella. hasta que el frío de la mañana apagó el ardor de su sangre y extinguió el entusiasmo. que se apresuró a levantarse. no contestó y. por en medio del populacho. no me los nombréis siquiera. con el propósito de presentar sus quejas por los tumultuosos sucesos ocurridos durante la pasada noche. entristecido. pero desde allí sólo veía la luz de las antorchas. en el Louvre. al patio del edificio y.huir sin ser conocidos. El ruido de los disparos había despertado al príncipe. y. que pudo ocasionar mayores desgracias. que ocupaba. saliéndoles al encuentro: —¡Venid. que regresa de Italia! —¡Oliverio! —llamó Fontrailles—. y. amigos míos! ¡Gracias a Dios que llegáis! ¿Qué ocurre? ¿Quiénes son esos asesinos? ¿Qué pretenden? ¿Qué gritan? —Gritan: ¡Viva el duque! —le respondieron. cosa que no había logrado obtener la fuerza. al fin. a quienes Gastón de Orleáns se apresuró a decir. uno a uno. pero los jinetes de Chavigny resultaron con varios arañazos de más y. Gastón de Orleáns. porque no he de intervenir en ninguna conjuración! Los que alborotan son unos facciosos. Aunque los sirvientes le aseguraban que el tumulto lo habían promovido sus partidarios. con el cabello enmarañado y los ojos dilatados por la inquietud y el temor. entró despacio. el príncipe no se tranquilizaba. y. simulando no haber oído la respuesta. mientras yo voy con Montresor a informar al duque. confundidos con el populacho. si queréis ser bien recibidos aquí. el ala paralela a las Tullerías. envolvióse en una bata de seda bordada en oro. venid. De vez en cuando hacía salir un lacayo para que se informara de lo que ocurría. le dijo Fontrailles: 94 . a quienes aprecio mucho. donde se reunía el Parlamento. que sabía bien a qué atenerse respecto a lo que el príncipe decía. el abate de la Riviére. ¡No odio a nadie y me inspiran horror estas escenas! Fontrailles. y dejando un momento abierta la puerta de la estancia. encontráronle. Cuando Gastón de Orleáns concluyó de hablar y hubo cerrado la puerta. Id a Saint-Germain con Fournier y Ambrosio. No deseábamos la muerte del culpable. Montresor y Fontrailles. advertíase extraordinaria agitación en las habitaciones del príncipe Gastón de Orleáns. por el otro. no quiero oír gritar. a gritos. yo no he autorizado semejante cosa. Cada vez que sonaba un disparo en la calle corría el príncipe a las ventanas. gritando y escandalizando. los otros fuéronse.

sin duda alguna. venimos a solicitar vuestro perdón para el pueblo que se desgañita pidiendo a gritos la muerte de vuestro enemigo y que alimenta la esperanza de que se os nombre regente del reino. Apuesto la cabeza y la parte de gloria eterna que puede corresponderme. y. sentóse en el borde de la cama. casualmente.—Monseñor. y ninguna a los amigos del duque. que se había ya tranquilizado—. Fontrailles relató los sucesos desarrollados durante la noche anterior. —¿Qué habéis hecho? —interrumpió el príncipe. como procede en todos sus actos con sincera espontaneidad. con alguna turbación. que.. y. que ha rebasado los límites de las conveniencias. que los había atropellado.. ¿qué es lo que ha ocurrido? —preguntó el príncipe. por lo que supuse no le sorprenderían. —¿Tenéis seguridad —insistió Gascón. y teniendo conciencia de haber dado su consentimiento para la conjuración. casi nada —respondió Fontrailles—. —¡Todo! —exclamó Gastón de Orleáns. y. Después de haber referido algunos detalles. ademanes bruscos y arañazos. haciéndonos cometer actos que. obligando a retroceder a la carroza. pero permitió le comunicara que preveía que a las dos de la madrugada habría disturbios. —La casualidad —repuso Montresor—me ha puesto en las manos el traje de obrero que llevo bajo la capa y que he preferido a otro cualquiera. ha sido una explosión de cariño a monseñor. —Los actos a que alude Montresor —prosiguió Fontrailles—. podíais haber visto algunas respetables madres. que me sería muy enojoso. respirando—de que no habéis sido reconocido? Comprended. —Sí.. con estos disturbios. Nadie puede decir que yo haya autorizado semejante cosa. cambiamos con las gentes de éste algunas palabras fuertes. son precisamente los que yo había previsto. amigo mío. y que tuve el honor de exponeros anoche. Todo el mundo sabe que Montresor es mi amigo. cruzó los brazos y preguntó a sus interlocutores. porque ni he intervenido en nada ni sé gobernar. al mismo tiempo.. a que nadie me ha reconocido ni pronunciado mi nombre. a unos amigos que disputaban con el cochero del señor Chavigny. puede suponer que ha sido mandado por mí. cuando tengamos la desgracia de que muera el rey. monseñor —agregó Montresor. Habiendo encontrado.. como es de suponer. En suma. es un gran político. ¿puedo saber. El príncipe habíase tranquilizado por completo.. que nos ha arrastrado también a nosotros. Referidme detalladamente lo ocurrido. al fin. me comprometéis gravemente. —Eso es todo. la mayor parte de ellos al pueblo. sus gritos han brotado del corazón. y que la fría razón no ha podido reprimir. ¿Qué han hecho esas gentes durante las cuatro horas que han estado gritando? —El cariño del pueblo a monseñor —contestó Montresor fríamente—se desbordaba de tal manera de sus corazones. —Pero. —Ahora no se trata de eso —replicó Gastón de Orleáns—. que nos ha sido imposible contenerla. volviendo a tomar asiento en el borde de la cama. que. ¿Y os parece poco hacer retroceder a la carroza de un amigo del cardenal-duque? Ya os he dicho que semejantes escenas me desagradan. Viendo que no atemorizaba a los dos amigos. con manifiesta satisfacción—. locas 95 .. atribuyendo. monseñor. con afectada severidad: —Pero. No odio al cardenal. saltando del lecho—. La multitud es tan numerosa. —Perfectamente —dijo Gastón de Orleáns. monseñor. qué es lo que habéis hecho? —Poca cosa. precisamente para que no me reconozcan. si alguien lo ha reconocido. mirándolos. seguridad absoluta —afirmó el gentilhombre—. aquí mismo. —Reconozco —continuó diciendo Fontrailles —que Vuestra Alteza nada ha autorizado. agregó: —Desde vuestras ventanas..

—¡Qué horror! —exclamó el príncipe. si deseáis. eso. en las habitaciones de la reina. con nosotros. una conjuración? —¡De ningún modo. que no temen inscribirse y cuyos nombres pondremos a continuación del de Vuestra Alteza. que seguramente no tomará parte en la conjuración. verdadera o admirablemente fingida—. Todo está preparado.. sino los franceses. inclinándose reverentemente.. Pero no creo que se inscriban muchos nombres antes que el mío.. ¡Cuánto odian a ese hombre! La verdad es que lo merece. —Perfectamente. no puede dársele otro nombre que el de conjuración. ¿prometéis. —¡Infeliz de mí! —repuso Gastón. puesto que la nación entera está dispuesta a prestar su concurso. —objetó Gastón. alzando la vista al cielo—. es posible. —murmuró Gastón de Orleáns. golpeando cariñosamente la espalda de Montresor—. ya que ese nombre sólo puede ser el del rey. siempre que mi dignidad no ge comprometa ni se haga uso de mi nombre. —Precisamente —replicó Fontrailles con firmeza—. Vosotros no os atreveríais a confesar que tomáis parte en ella. tenéis empeñada vuestra palabra. un convenio para encauzar la voluntad unánime de la nación y de la corte. Hoy mismo visitaré a mi cuñada e invitaré a mi hermano a dar caza a un ciervo en Chambord. jamás habían visto tan resuelto a su jefe. Desde este momento. que acabéis de decidiros a librarnos de las garras del tirano. ¿qué haríais. pero antes. arrojaban sus hijos al Sena. firmar debajo? —¡Naturalmente! Con toda el alma.. nada arriesgaría. mirando con exagerada insistencia a Fontrailles. pero el deber me obliga a tomar en consideración los clamores del pueblo. quienes os suplican. —Pero. sólo uno. monseñor. Dignaos consentir en conferenciar con el señor Bouillon. después de un momento de vacilación—. con cierta alarma—. al que no puedo dejar sin socorro. con indignación. se trata de una liga. Hay numerosas personas influyentes que nos han ofrecido su apoyo. Pero no es sólo el pueblo de París. monseñor —prosiguió Fontrailles—. —Pues bien —repuso éste. ¡No! A lo sumo. si hubiera uno. —Al contrario. lleno de júbilo. —No hay inconveniente —contestó el duque de Orleáns. eso es lo que necesitamos para triunfar: vuestro nombre. A ambos amigos. —Sí. monseñor. ¿Quién dejará de inscribir su nombre después del de los señores Bouillon y Cinq-Mars? —Después. E inmediatamente se apresuraron a variar de conversación por temor a perder el terreno 96 .. y yo formo parte de la nación.. les sorprendió el satisfactorio resultado de sus gestiones. monseñor. y con el Mayor en el departamento del rey.. se lo diría a todo el mundo. si os citara algunas personas. —Sin embargo —objetó el duque de Orleáns—.. retrocediendo—. monseñor! —exclamó. Prestaré ayuda al pueblo. a continuación de cuyos nombres podíais inscribir el vuestro? —¡Ah! Siendo así. y una señal vuestra es suficiente para exterminar al pigmeo que ha pretendido humillar a la familia real.. porque su avaricia y ambición han reducido al estado más lamentable al Honrado pueblo de París. No se trata de otra cosa. que no deseaban otra cosa. En cuanto a mí se refiere le perdono la injuria que me ha inferido. en ese caso.. no siendo una cuestión general y pública. —¡Esperad! —prosiguió el príncipe. —¡Ah. ¿Me proponéis entonces. monseñor. Os diré ahora mismo quiénes son... porque. Montresor. —Eso.. monseñor! Nosotros somos personas de honor y no podemos proponeros que toméis parte en una conjuración. lanzando maldiciones contra Richelieu.. que tanto amo.de desesperación.

97 . diciéndole que confiaban en la promesa que les había hecho. Sumamente satisfechos.conquistado. se despidieron del duque de Orleáns.

Mientras un príncipe. la convencieron de que los terrores de la duquesa no carecían de fundamento. logrando comunicar su terror a la reina. habíase herido los pies y dejaba tras de sí la huella sangrienta de sus pasos. protegedme.CAPITULO XV EL DORMITORIO Agitad todos sus sentidos con furia insensata. Esta princesa era la reina. hasta cerca de los pies. que apenas hacía una hora se hallaba en el lecho. no tardando en entrar la duquesa de Chevreuse. Nada tenéis que temer. casi desvanecida. lo que revelaba el propósito de asesinarla. rompiendo los cristales. podía suponerse. debemos ponernos a bien con Dios. apresurábanse a tomar cuanto de valor encontraban. completamente trastornada. La duquesa.. a quien había costado gran esfuerzo tranquilizar. una princesa. entró en el regio dormitorio la señora de Guemencé. fue a caer. 98 . Tranquilizaos. que iba descalza. antes de su arrepentimiento. Os parecéis a la Magdalena. por consiguiente. echado hacia la espalda. quitadle el pensamiento. pífano. tengo completa seguridad de que Richelieu me persigue. ocupábase en abrir uno de los cofres de ébano que entonces servían de armarios. que vieron el resplandor de las antorchas. la víctima elegida seré yo. —Señora —dijo sin saludar y más pálida que un cadáver—. Salvadme. —No puedo estar tranquila. del que sacó la caja en que la augusta esposa de Luis XIII guardaba sus diamantes. que había llegado distinto a los oídos de la reina. si se trata de asesinar a alguien. LEMERCIER. apresuróse a decir que había penetrado una bala de pistola por su ventana. la reina comprendió que la toilette de la asustada dama era más esmerada de lo que. pero también con aspecto algo más trágico. sin cumplir las órdenes de la reina. El ruido de los disparos. Pero la dama. trompeta. La duquesa de Chevreuse llevaba el cabello en desorden. al pie del lecho. y como éste era precisamente su mayor atractivo. N. en camisa y arrebujada en una capa. intentando desvanecer el terror que se había apoderado de sus damas. envolvíanlo en sábanas y pretendían arrojarlo por las ventanas. que sabía lo ceremoniosa y reposada que era.. Llorando como una criatura. —Vestidme. a primera vista. Inmediatamente dio orden a sus camareras de hacer pasar a quienes de tal manera gritaban. con algo más de ropa que la duquesa de Chevreuse. y que suplicaba se la desterrase para no estar expuesta a semejantes riesgos. mostraba gran valor y resignación cristiana. señora. señora de Motteville —dijo. Probablemente. que. tambor. En aquel momento de confusión. Otras damas. revelaba ser víctima de un terror contagioso. Panhypocrisiade. Tras la duquesa entraron en la regia cámara todas sus doncellas y azafatas. —¿Qué os ocurre. amiga mía? —preguntó la reina tranquilamente—. creyendo que ardía el palacio. a quien los azares de la suerte la exponían más a toda clase de riesgos. cuando la despertaron los gritos agudos que resonaban junto a la puerta de su dormitorio y detrás de las tapicerías.

reflejándose en las vidrieras de las ventanas los fogonazos de los disparos. la harás desaparecer en el Sena.. prosiguió. en este momento soy y debo conducirme como un hombre. mis 99 . piafar de caballos. dijo al oído de María: —Júrame que si me ocurre alguna desgracia. He visto al pueblo desde mis ventanas. difundiendo el terror. pues a cualquiera de nosotras podrán tomarnos por la reina —y agregó. pasos precipitados. —Que entren —ordenó la soberana—. se aproximaban y se alejaban. que estaba rezando el rosario en un rincón de la alcoba. ¡Dios mío! ¿Por qué salí de Inglaterra? ¡Confesión! ¡Confesión! Voy a confesarme. Os permito quedaros. a quien dijo la reina tendiéndole las manos: —Habéis tenido más valor que todas nosotras. —Doña Estefanía —ordenó la reina a la única dama española que había conservado—. para dar paso a una joven encantadora. cuyos estampidos oíanse desde la habitación de la reina. alternativamente. arrastradas por el empedrado para formar barricadas y defenderse en caso de ataque. al advertir el descuido de su atavío. rodar de carrozas preparadas para la huida. bien —dijo la reina—. y. que huyáis. —Por fortuna no me había acostado aún —respondió la princesa de Gonzaga. a la habitación contigua. Y. es traerme aquella cajita de oro que la infeliz Motteville ha dejado en el suelo y que contiene lo que más aprecio. aparentemente. —Os obedeceré como a mi bienhechora. alzando las cortinas del lecho. no os preocupáis. sonriéndose y presentándole su delicada mano para que la besara—. y vos sois hija. Doña Estefanía. En el gran patio del Louvre oíanse voces de mando. Lo único que debéis de hacer. llorando—: He oído gritar ¡muera! Huid. y os suplico. El motín adquiría vastas proporciones. las reanimó. y por los que. La tranquila y severa réplica de Ana de Austria devolvió la calma a la hermosa duquesa. En los muelles era cada vez mayor el ruido del combate.porque están atacando el Louvre. pero yo no me iré. para repararlo. yo no tengo trono que perder. gentes que corrían por el corredor. porque deseo hablar con algún hombre y oír algo razonable. Nuevamente volvió a abrirse la puerta de la estancia. Salid por la escalera secreta y permitidnos quedar en lugar vuestro. órdenes a la reina. no quiero oír más. al recibir la caja.. El estupor inmovilizó a cuantas damas oyeron a la señora de Guemencé. no sería ése el menor de los peligros que me amenazan. pidieron. Pasad a este lado. —Bien. que se levantó turbada. y aquella orden misteriosa en idioma ininteligible para las damas. y no cesan de llegar gentes del pueblo. señora. He amado. digiéndose a los oficiales: —Señores. se apresuró a cumplir la orden de Su Majestad. que era la que acababa de entrar—. marchaos y dejadme aquí. señora. Habló en castellano. si ésta llegaba a ser necesaria. esposa y madre de reyes. he sido amada por. según parece. como el rumor del mar. señoras. que continuaba de rodillas—. recordad sobre todo que me respondéis con la cabeza de la vida de los príncipes. Y. y venís ataviada para ser la admiración de la corte. como a mi segunda madre —contestó María derramando amargas lágrimas. por mediación de doña Estefanía. juventud y supongo que felicidad —repuso la reina. voces sordas y confusas que aumentaban y disminuían. El capitán de los guardias de corps y el capitán de los suizos. —¡Nos matarán! —chilló la duquesa de Chevreuse. pasó. el ruido de las cadenas. id a llamar al capitán de guardias. —Vos tenéis que perder más que yo: belleza.

hizo como si no se diera cuenta de ello. arrodillada a su lado. que. Emocianada. que no se habían tranquilizado aún. y proteged indistintamente a cuantos corran algún peligro. María. levantándose. simulando prestar atención al tumulto y a las voces del pueblo. cuando la informaron de que la multitud esperaba un ademán suyo para retirarse. Si rezas por mí. Expuesta a tantas miradas. —Pero aún me queda otra mano —agregó. pero su alegría no era completa. como Richelieu la había creado. señora. Saludó. Gritan ¡viva el rey!. déjame llorar. levantóse la reina. Bassompierre? Sois gentilhombre. tacando los vidrios de colores. —Pero. lo otorgó graciosamente con aire satisfecho. señora. ¿no es cierto? —Duermo frente a la puerta de las habitaciones de los príncipes. pero el motín no les amenaza. retirándose con Guitaut. Cayeron los gruesos cortinajes. quizá en breve plazo. ¿Oigo bien? ¡Oh! No hay duda. porque el llanto consuela a los reyes.hijos. al decir esto. Bassompierre. debía ella gobernar. dijo: —No te aflijas. respondió con ligero acento alemán: —Vuestra Majestad verá que olvido a mi familia. —Mas. lo que. rompió a llorar echando la cabeza sobre la almohada. ¿no está en Narbona? Porque supongo que aludís al cardenal. pudiendo entonces oírse también: «¡Abajo el cardenal! ¡Viva el caballerizo mayor! » María se estremeció. y ¡viva la reina! Al reconocerla. ni a Vuestra Majestad. No os acordéis de mí hasta después de haberos acordado de ellos — interrumpió la reina—. la ventana. —Perfectamente. al fin. ¿Me comprendéis. pero jamás a la vuestra. y la estancia quedó iluminada por gruesas velas de cera que ardían en candelabros. Lo sabéis. entreabrió la ventana y se asomó. tomó asiento sobre el lecho y. el pueblo redobló sus aclamaciones. en los sucesos de esta noche se adivina su funesta intervención. Y. y. de la que acababan de amputarle dos dedos. mostróle la mano izquierda. llegando a exagerar la inquietud que no sentía. cumpliendo vuestro deber con los nietos del difunto rey que fue amigo suyo. volvía a saludar al pueblo. otra princesa. a pesar de los ruegos de la princesa de Guemencé. El es quien ha provocado esos tumultos. despidiendo inmediatamente después a las damas. señor Guitaut. que era un joven franco y simpático. advertido por la reina. porque abrigaba el presentimiento de su regencia. Ciento cincuenta años después. ¿No habéis oído que gritaban contra él y a favor vuestro? 100 . sin base sólida. Cuando Ana de Austria se hubo quedado sola con María de Gonzaga. sentíase mujer y se estremecía al contemplar al pueblo. ¿qué gritan? —preguntó—. María. pide a Dios que me conceda las fuerzas necesarias para no odiar al enemigo que me persigue y que perderá a la monarquía y a la familia real de Francia con su desmesurada ambición. del llanto de María de Gonzaga y de los gritos de la duquesa de Chevreuse. apoyada en el hombro de la duquesa de Mantua. Durante algunos minutos permanecieron ambas en la misma actitud. le indujo a preguntar: —¿Qué tenéis? —pero. Una hora después. y debéis olvidar que vuestro tío está en la Bastilla. nació y sucumbió entre aquellos dos saludos. porque hasta entonces no había visto llorar a la reina. cansada de fingir. de sangre austriaca y también reina de Francia. La reina cerró. hasta que la reina. y que demostraba saber pedir la muerte de alguien a su reina. La monarquía. no recibiendo contestación. la estrechaba una mano y temblaba sin atreverse a hablar.

porque semejante amistad es un veneno. dictada al rey. mientras sus manos temblaban entre las de Ana de Austria. lo ha sabido anticipadamente. Aquellos a quienes demuestra más afecto son los más expuestos a ser abandonados a merced del monstruo que devora a todos. pero no había contado con el corazón. La princesa. Hasta se atrevió hace poco a acusarme. y los hombres que se han congregado y alborotado desaparecerán cuando llegue la hora que el cardenal ha señalado para perderles. no me atrevo. de la vergüenza de la señora de Hautefort. su adhesión los deslumbra y los devora como el fuego. me sometieron a un interrogatorio. y conocerá a quienes las han enviado? —Con toda seguridad. ni de la muerte de Calais? Pues todos cayeron por orden de Richelieu. sin la amistad del monarca. del de Saint-Simón. Ni el temor a los suplicios ni la ambición de obtener el oro que el cardenal le ofreció. aunque me ha salido caro el conocer su alma perversa. señora! —exclamó—. Si se han proferido esos gritos es porque él los ha permitido. (N. los placeres propios de mi edad. el cariño de mis parientes y hasta el corazón de mi esposo. ¿cómo empezar? Lo difícil no era abriros el alma. a quien inspiraba compasión. Mira. Gracias a la abnegación y encarcelamiento. pero no quiero humillarme más. rebuscaron en mis papeles. Sin embargo. llorando. amiga mía! Aunque se encuentra a trescientas leguas de distancia. y le ha substituido por otro en su afecto. —¡Dios mío! ¿Que decís? —¿Sabes a cuartos ha perdido? —siguió diciendo la reina en voz baja. 6 Se llamaba Laporte. contempló en silencio el rostro. La reina sonrió. su vida habríase deslizado tranquila. sin escuchar a la reina. porque. y pareció reposar el alma y la vista contemplando con delectación morosa su inocencia. cuando todos podían haber sido felices. Luego. ¿verdad. Me he portado mal con vos. y me tiene aislada por una barrera de respeto y de honores. y la mirada candorosa de la princesa. Ana de Austria la mecía para consolarla. ¿ves este tapiz que representa a Sámele? Pues los favoritos de Luis XIII se parecen a esa mujer. repitiéndole con frecuencia: —¡Hija! ¡Pobrecita mía! ¡No te aflijas de ese modo! —¡Ay. y es que el rey no ama a nadie. de correctas líneas. lo conozco bien. escandalizando a toda la nación. y a pedir perdón al rey por faltas que no había cometido. vamos. y temo ser castigada. me obligaron a firmar que era culpable. ya que me ha costado el prestigio de mi alcurnia. señora? ¿Sabrá también lo que han gritado esas gentes al pie de vuestras ventanas. Tus ojos me dicen que crees que tengo miedo. y lo ha autorizado para comprometerme ante el rey y mantenerlo separado de mí. ¿Conoces el fin de sus favoritos? ¿No tienes noticias del destierro de Baradas. dime: ¿En qué actitud estás respecto al señor Cinq-Mars? Al oír este nombre acrecentóse el dolor de la joven. y tratando de adivinar el pensamiento de María—.—¡Ay. ¡Oh. pude conservar la cajita que acabas de ver. en brazos de la bondadosa reina. continuaba mirándola fijamente. de la reclusión en un convento de la señorita de La Fayette. sí. sino confesaros que tenía necesidad de que leyerais en ella. del A. la besó en una mejilla y prosiguió: —Tú no sospechas una triste verdad. Me ha separado de todo el mundo. —¿Cómo. pero no te dejes engañar como toda la corte. quizá perpetuo. con los ojos velados por las lágrimas. Hija mía. su genio fatal vigila a mi puerta. ten la completa seguridad de que ese hombre se encuentra en todas partes y conoce todos nuestros pensamientos. María? —prosiguió la reina dulcificando la voz y acariciándola como a un niño a quien se pretende arrancar la confesión de una diablura—. —Sin embargo. soy muy mala! La medida ha llegado al colmo y no puedo resistir más. —Soy cruel. que se arrojó. hace dos años que el rey ha dejado de estimarle. Créeme. de un fiel servidor6. le arrancaron una sola palabra respecto a los secretos de la reina. le separó los rizos que le caían sobre la frente.) 101 .

todavía echas algo de menos. Mi rostro y mis ojos fueron de mármol para él.. y si. y vio. porque tengo la completa seguridad de que os han engañado.. —¡Oh.. por el placer de luchar contra mi esposo.. Entre todas las personas de aquella numerosa familia. Ana de Austria. residencia de la mariscala Effiat. el más valiente. revistióse con los diamantes de la corona de Inglaterra. María.. toma la llave. éste es todo mi tesoro. Él señor CinqMars y yo estamos unidos para siempre.. a no impedirlo la etiqueta. el duque de Rethel.. María? Sí. y arriesgó la vida por besar y humedecer con sus lágrimas los pies de este lecho en presencia de dos damas de la corte. He sido mujer por el amor que sobrevive al amado. el más ilustre de los grandes de Europa. sólo su dolor me pareció tan profundo y sincero como el mío. para serme grato. promovió una guerra y fletó una escuadra que mandó él mismo. después de reflexionar un rato. Voy a hablar yo.. La primera palabra es la que nos cuesta más trabajo pronunciar. tienes mucha razón.. —Hace más de cuatro años que no pienso en otra cosa y estoy resuelta a todo.. he trabajado para que ocuparas el trono de Polonia. un cuchillo de forma vulgar con mango de hierro y con la hoja oxidada. como sabéis. no tienes confianza en mí. mientras el corazón me estallaba de pena. dijo: —Señora. dentro de la cajita. María intentó tomarlas. María. es que te he juzgado mal. interrumpiéndose. Enrique perdió el suyo. sois para mí. ¿Qué más deseas.. Le amé. necesitáis la autorización del rey. —¿Prometidos? —exclamó la reina—.. el origen de nuestro amor es muy sencillo. Sí. madre de Cinq-Mars. ya es hora de que hables. ¡cuántas veces faltaríamos a nuestra propia dignidad! ¡Ay. —Atrévete a lamentar tu suerte —prosiguió la reina—. y atrévete a ocultarme algo después de haberte confesado lo que acabas de oír.. pero él no lo supo jamás porque no se lo dejé adivinar. una mujer —apresuróse a interrumpir la reina—. diciéndole: —No hay nada más. y que vivió por mí. cuanto él decía. y que te trato como a una hija mayor? Después de haber pretendido casarte con el hermano del rey. La duquesa de Mantua obedeció. ¡No creas semejante cosa! ¿Y tu alcurnia. es difícil desempeñar el papel de reina! Hoy. después que lo haya hecho. aunque titubeando. Os han engañado. Cruzó los mares para apoderarse de una flor que yo había pisado. Sin duda se trata de una intriga. sí. un tesoro.. y amo todavía su recuerdo. era yo la reina de Francia. señora! Os confesaré mi dolor. Habla. en el castillo de Chaumont. tu nombre. adonde fui a pasar una temporada para llorar a mi padre. cuando. lo había yo pensado.. Habitaba yo. Ábrela. después de algunos momentos de silencio—. ¿Qué más puedo decirte? Te lo confesaré todo. Y hace diez días que somos prometidos. —Por el contrario. ya no es hora —contestó María sonriéndose amargamente—. Para prometeros. apretó fuertemente el brazo de María.—Tienes razón —replicó la reina. María de Gonzaga inclinó la cabeza. pero es forzoso decirla y. —¡Para siempre! —exclamó la reina—. —¿Necesito animarte para que hables? ¿Quieres que recuerde que te profeso gran cariño. y deseo conocerla. que me he decidido a leer en tu alma.. Como mujer te he revelado un secreto que nadie conoce.. Abre esta cajita. por ser la sangre de un hombre que ya ha muerto. si no has podido confiar el secreto de tu amor. en las que se leía el nombre de Buckingham. sospecho haber llegado demasiado tarde para serte útil. y no respondió. tu porvenir? ¿Quieres malograrlos? Piensa en el disgusto de tu hermano. era el más hermoso. y cuando nos comunicamos nuestras penas 102 .. pero no tiembles. y en el de todos los Gonzaga. María. pero la reina la detuvo. Encontrábase sobre varias cartas cuidadosamente dobladas. —Una amiga. poco tiempo después.

. ¿Le has visto? —Muy pocas veces. Sólo el cardenal. Pero. Yo no puedo nada. algo más tranquila—. mientras el ángel no cometa pecados mortales —agregó mirándola con fijeza—. Os lo ruego encarecidamente. —Así lo espero. tu causa. son inútiles. conocía yo mejor que él su tristeza y procuraba consolarle refiriéndole mis sufrimientos. La reina sonrió. que concluya con felicidad! —dijo la reina. señora. para conseguirlo. Repito.. aunque no lo sea en opinión de Europa. ¡Dios mío! ¡Cuántas faltas has cometido! Déjame reflexionar. sonriendo. Como mi desgracia ocurrió antes que la suya. El me decía que deseaba vivir eternamente como entonces: en su país y con nosotros. el eterno cardenal… Y el cardenal es su enemigo. sobre todo. y que la causa de mi llanto no era la misma de antes.. estaba ya lleno de ambiciones. ruborizada. abrazando a María—. necesita Vuestra ayuda. Ahora lo comprendo: ha sido por María. inclinó la cabeza. puesto que rezáis por mí —repuso María—. —Lo ha demostrado. y todas las noches me retiraba a mis habitaciones conmovida y derramando lágrimas.. valiente. —¿Pero os habéis casado realmente? ¿Y se ha atrevido alguien a casaros? Yo lo averiguaré. hija mía. —Cinq-Mars lo derribará. Hasta el día en que emprendió el viaje no tuvo ambiciones. porque no podemos contar con el rey. la de toda la nación. cuando nos hemos visto ha sido en una iglesia y en presencia de un sacerdote ante quien he jurado ser de Cinq-Mars o de nadie.. y tiene grandes ideales. proteged al ángel contra el diablo. creí que perdía a otra persona de mi familia. porque es bueno. orgullosa de sí misma—. Durante estos dos años ha vuelto. únicamente la fuerza. sino la esposa de un rey que me desprecia. y hasta crueles los reproches. ver y pesar las cosas. María. ¿verdad. Mi poder no es tan grande como supones. —¡Dios quiera. Ignoraba si tú le amabas. porque ignoraba si yo. al verle alejarse. señora. veamos qué puede ocurrir en lo sucesivo. agregó: —Puesto que el mal no tiene remedio. Perdóname.. lo he observado. pero entonces era sumamente desgraciada. Ahora todo me sonríe. tal como es.. ¿no es eso? —Sí.. aunque entre Cinq-Mars y yo no mediaba nada todavía.las encontramos iguales. lo he comprendido hace poco —interrumpió María de Mantua. Durante el tiempo que medió entre el llamamiento de Richelieu y la partida de Cinq-Mars nos vimos diariamente. de manera que al compadecerme se olvidada de sí mismo. Al emprender la marcha. Cierto día recibióse en el castillo la noticia de que Richelieu llamaba a Cinq-Mars a servir en el ejército. El señor Bassompierre hablaba constantemente de batallas y de muertes. Se porta bien y es digno de ella. Al principio. La princesa de Mantua no puede haberse casado. puesto que lo ocultaba a todos. te lo ofrezco en absoluto. ya! —exclamó la reina—. pero es preciso que llegue a más todavía. Pero es necesario hablar claro. pero. y. señora —contestó la duquesa.... quizá este motín… —Este motín es el principio de la guerra entre Richelieu y Cinq-Mars. —¡Está perdido! —exclamó la reina.. defended vuestra causa. espiritual. en voz alta y con la cabeza inclinada. —¡Ah. Y así empezó nuestro amor que. no me atrevo a decirlo a Vuestra Majestad. que está perdido si no derriba a ese malvado. como veis. partió —dijo Ana de Austria. tuvo origen entre dos desgracias... y.. porque esta 103 .. hija mía.. en mi concepto. Y. porque no soy la reina.. al fin.. y en dos años ha hecho una gran carrera. creí que lloraba por el pasado. pero no tardé en comprender que mis lágrimas corrían por el porvenir. te martirizo. pues. la de vuestra familia.. mas. hija mía? Y por ser tu causa haré cuanto me sea posible en su favor. Es necesario que Cinq-Mars alcance el título de príncipe. —Y. produciéndome pena pensar que debíamos separarnos. Sois la diosa de Francia y tenéis mucho poder. efectivamente... Cinq-Mars vale mucho..

una palabra que le llamara la atención. hija mía! No hablemos de asuntos de Estado. la reina de las ninfas encantó a la princesa. La reina de las ninfas que moran en este antro ha hecho un encantamiento. en las páginas siguientes. Velando el sueño de la reina. con visible repugnancia. Será. María leyó lo siguiente. por consiguiente. pues mis ojos arden y quizá también los tuyos. que entusiasmaba a las gazmoñas. deseosa de encontrar algo que la distrajera. su sencillez no le permitía comprender a los pastores del Lignón. ¡Qué horror! Mas. y el grueso volumen se deslizó por su falda hasta el cojín de terciopelo en que la lectora apoyaba los pies. La ingenua pero inteligente María no podía recrearse en aquellos amores bucólicos. para distraerse y enjugar sus lágrimas. efectivamente. hasta que. sin advertir las impropiedades del cuadro. y María seguía reflexionando sin dejar de llorar. erguida sobre las puntas de los pies para ver pasar. que no tardará en llegar de Montbrison. no lo son.noche pronunciaban su nombre gentes indignas. y. 104 . leamos. Sin embargo. que pretendía suicidarse por haberlo recibido su dama con frialdad aquella mañana. encontró la palabra druida. —¡Ay. o seréis lapidados por las pastoras del Lignón como el irisco Amidor. por el río. tan inmóviles como las manos de que acababan de desprenderse. María de Mantua rogaba al Cielo concediera a aquélla toda suerte de bendiciones. si. al tierno Celadón. Id. La reina reclinó la cabeza en la almohada que ocultaba el cofrecillo. María de Mantua quedóse dormida. si vuestros deseos son puros. bellos pastores. María. contemplando a su protectora. seguramente. y. El gran sacerdote Amasis. encontraréis el castigo en devaneos como los de Celadón y la pastora Galatea. no tardando en quedar dormida. en esta fuente. de quien los tres estáis enamorados. El alma enamorada se convierte en el objeto amado. como si pretendiera con sus besos transmitirle sus ideas. tomó asiento en un gran sillón de tapicería. Ligdamon y Clidamant. justillo y guardainfante. y. por eso mis encantamientos os muestran reflejada. uno de aquellos misteriosos sacrificadores cuyas aras se conservan todavía en Bretaña. al final. si puedo conciliar el sueño. Sacrificará seres humanos. al fin. reflexionó acerca de su situación dolorosa. pasando las hojas con el índice. Recordó que debía asistir al tocado de Ana de Austria ante toda la corte. levantándose de vez en cuando para besarle los rubios cabellos. de la familia Papón. allí. por el contrario.» Y. plegó las manos sobre las rodillas. se consoló. pues. a quien Hércules abandonó en las montañas de Auvernia y dio nombre al país de Gales. Todavía no los entiendes. con la que el autor quería representar al general Montbrison. os explicará la sutileza de esta idea. Prolongábase el sueño de la reina. a la ninfa Silvia. entonces. Un grabado atrajo su curiosidad: representaba a la pastora Astrea con tacones altos. señora! Juraría que él lo ignora. no pudiendo. pero. la gran boga de que gozaba la novela la sugestionó de tal manera que procuró interesarse en su lectura. buscó. —¡Ah! —exclamó—Este será un gran carácter. olvidados en dulce reposo. hojeando el libro con impaciencia. »—Esta aventura —les dijo—no puede terminar más que por exceso de amor. Sin saber por qué. en fin. tomó un libro olvidado sobre una mesa llena de esmaltes y medallones: era la Astrea. Déjame dormir un rato. quedaron Astrea y Celadón. leer. no os atormentarán. que el druida Adamas era sólo una alegoría. —¡Oh. de la bella galantería. que acababan de llegar de Calais. y. arrugando el entrecejo: «El druida Adamas llamó dulcemente a los pastores Pimandre. que apenas tuvo ánimo para seguir hojeando el libro. le gustaba el grabado. cuyos diálogos y ternuras no la complacían.

me haya inculcado esta idea. Entonces recordó que los grupos iban armados y.. donde ardía sobre enormes morillos de hierro una gran lumbrada. casi acostado en el sillón.—¿Y yo también? (Antiguo misterio.) En la madrugada en que acontecieron los sucesos que tan profunda perturbación llevaron al ánimo de Gastón de Orleáns y de Ana de Austria. cuando llegó a sus oídos el ruido de la calle. Creyendo se trataría de algún incendio. Era el de Santa Bárbara. la idea de Dios nació y se desarrolló en mí desde que fui creado. y que de ninguna chimenea salía humo revelador de que en la casa se hubieran levantado. Un grupo de mujeres y de niños con la insignia ridícula que ostentaban y groseros disfraces de hombres le hicieron suponer que se trataba de una fiesta popular o de alguna mascarada. Luego. de vez en cuando hacía girar una esfera colocada a su lado. elevado a mayores alturas por tan profundos pensamientos. vio a las gentes apresurarse. temas por entonces de todas las conversaciones.—¿Soy yo? Santo Tomás. con un pie apoyado en un morillo.—¿Soy yo pues. y sumíase en profundas meditaciones científicas. Llevado de su entusiasmo. En el momento en que lo presentamos a nuestros lectores. por lo que volvió a sentarse junto al fuego y buscó en un almanaque el santo del día.. otras veces..—¿Soy yo? San Simón. En la estancia había una chimenea tan espaciosa. examinaba atentamente las nuevas obras de Descartes y de Grocio. con las manos sobre los ojos. tomando sobre sus rodillas notas de aquellos textos de filosofía y de política. La luz de la aurora luchaba con la de una lámpara gótica de cobre. Yendo de ventana en Ventana. seguía mentalmente los razonamientos de Renato Descartes. absorbían su atención las Meditaciones metafísicas. Y no debe sorprender que Dios.». hasta la sublime conclusión de la meditación tercera: «Sólo falta decir que. mover la cabeza y estirar el brazo no son otra cosa que engañosas ilusiones. sumido.—¿Soy yo? San Juan.—¿Y yo también? San Pedro. próxima al Palacio de Justicia.—¿Soy yo el que está aquí sentado? San Andrés. Thou. semejante a la idea de mí mismo.. satisfecho de la 105 . apresuróse a mirar la parte del edificio habitada por su madre y hermanas. arrodillábase ante el crucifijo colocado sobre la chimenea.CAPITULO XVI LA CONFUSIÓN Santiago el Mayor. desde la primera meditación: «Supongamos que estamos dormidos y que la facultad de abrir los ojos. al crearme. iluminando los bustos de L’Hospital. del presidente Thou y de Luis XIII. Montaigne. reinaban la quietud y el silencio en el modesto cuarto de estudio de una casa. precipitándose por las callejuelas que conducen al muelle. que una persona podía entrar y sentarse cómodamente en ella. cuyo rojizo resplandor extendíase sobre una mesa llena de papeles y de libros. como la firma que estampa el artífice en su obra.» Tales pensamientos embargaban el espíritu del joven consejero. advirtiendo con gozo que todo parecía dormir en ella. el joven consejero descargaba frecuentes golpes sobre el libro del filósofo de Turena. y rezaba. éste? San Judas.

no merezco los elogios que me tributáis —repuso el abogado entrando en el estudio. —Sí. humillado el Parlamento. mas tenía la pretensión de ser experto en política. En esta ocasión. Como vivía retirado y entregado por completo a sus estudios. señor Fournier? —preguntó asombrado—. de quien no se apartaba. no debéis ignorar que desde hace un año nos ocupamos en organizar. Súbitamente abrióse bruscamente la puerta del estudio... —Perfectamente. acompañado por un señor de edad. —Ya sabéis la situación en que nos encontramos —prosiguió el abogado. en organizar.. —Decid a qué os referís. ofenden el oído. —Es inútil. las cámaras secretas del Arsenal son más poderosas que la antigua magistratura contemporánea de Clodoveo. —El pueblo más bajo de París. —Sí —confirmó el abogado—. una línea o únicamente una palabra. Por el contrario. —¿Decís que va demasiado lejos? —preguntó Thou. Recordaréis. Continuad. y.. pero Thou. de la que seguramente os ha dado cuenta? —¡Ah! Es decir. olvidó la idea que le distrajera y volvió a abismarse en la meditación. Es demasiado... no se preocupaba gran cosa. merezco vuestra censura y me arrepiento de todo corazón. en una capa—. ignorando todavía de qué se trataba. levantándose de vez en cuando para tomar algún libro de la estantería de su biblioteca. Explicaos. todo está perdido. ¿Hay que defender a alguien? ¿Solicita consejo alguna familia? ¿Se impone esclarecer algún equívoco entre nosotros.. la vista... que sabía que estaba en Saint-Germain favorecido por el rey. sin duda. —Que no se admitiera a nadie más en la lista —agregó el señor Lude.explicación que se daba a sí mismo. lo mismo que el señor Lude. —Caballero.. creo que el caballerizo mayor va demasiado lejos. —¿Qué poderoso motivo os trae a mi casa a las cinco de la mañana. esparciendo desordenadamente los volúmenes por temor a perder el hilo de las ideas. La sorpresa que le ocasionaba cualquier noticia y el afán por disimular que la desconocía provocaban la risa de sus amigos. —¿Asilo? ¿Quién os persigue? —preguntó Thou invitándoles a tomar asiento. —¡Ah! Eso. —¡Ah! ¿Demasiado? —exclamó Thou disimulando la curiosidad que sentía. sí. aquí presente. pero éstos son odiosos. —Es preciso reconocer que Cinq-Mars ha hecho mal en. que pretende imponernos sus jefes. como él. hablando en confianza. y lo dejaba sobre la mesa o arrojaba al suelo. Hacía tres meses que no veía a Cinq-Mars.. —Dada la amistad que nos une a él.. 106 . Venimos a pediros asilo en vuestra casa durante el día. perdonad.. lo que nos recomendó en casa de Marión Delorme.. siendo siempre el último en enterarse de ellos. envuelto. según y conforme.. —¿Conocéis el acuerdo adoptado en la última conferencia. Sé algo. en el que buscaba una frase... pero.. a su amor propio uníase la amistad con Cinq-Mars. y le anunciaron a una persona a quien siempre había distinguido entre la gente del foro y a quien sus relaciones en la magistratura le habían dado a conocer. ponedme en antecedentes. ignoraba los acontecimientos públicos. mas no quería que advirtieran que ignoraba sus proyectos. o consolidar alguna virtud en nuestros corazones? ¿Venís acaso a notificarme alguna nueva humillación de nuestro Parlamento? Desgraciadamente. el olfato —contestó el señor Lude con cómica gravedad—.

Me parece bien. protesta que cualquier hombre pudo secundar honradamente. a quien debéis conocer. pero no quería confesar su ignorancia. os lo habrá notificado. porque atacaba de frente. caminaba erguido y de prisa: verdad es que el miedo da piernas. se lo notifiquéis al señor Cinq-Mars. había excitado. —¡Ah! Sí. el prisionero español. señor. esta mañana. que guardó silencio. ¡Ah! Me olvidaba. porque no me conviene me confundan con semejante canalla. amigo Thou. que era absoluta. allí. de las caballerizas del rey. pero lealmente. que venga a interrumpir vuestras ocupaciones tan de mañana.. —¿Cómo? ¿Qué? —preguntó Thou saliendo de Escila para dar en Caribdis. porque la última vez que viera a su amigo. al ver que el consejero no acababa de comprenderles. con gran fortuna y con equidad indignante. En aquel instante entró el viejo preceptor de Cinq-Mars. cosa que os sorprenderá. en voz baja: —Amigo mío. no puedo exponerla. —¿De Santa Bárbara? —repitió Lude. —Pues. cómo pasa el tiempo! Hace dos años. acercóse a una ventana. —Esto —agregó Fournier—es diferente de lo de Loudun. voy a contároslo porque conocéis sus secretos: hace quince días celebramos sus esponsales. sin embargo —prosiguió Fournier—. y os ruego que se lo comuniquéis al señor Cinq-Mars. enmudecieron también. cojeando ligeramente. Subijoux! ¡Me ganaste tres mil ducados. brotados del fango y lanzados por las cloacas de París. A mí me repugna eso. es lo que quiere decir el señor Thou —explicó riendo Fournier —. sí —repuso Thou—. se aventuró a decirles. cuando fui a Italia. Comprendo. porque el desconocido daba órdenes a un tal Ambrosio. ha corrido la pólvora. y os suplico que. el pueblo se alzó sin revolucionarse realmente. y os ofrezco mi mesa y mi casa por todo el tiempo que deseéis. además de los tipos que ha traído Gondi. no cojeaba. —Perdonad. aunque el amor de los dos jóvenes sea realmente simpático. porque él 107 . Thou esforzábase inútilmente por comprender lo que Cinq-Mars tenía que decidir respecto al pueblo bajo de París. llamó a Thou y le dijo. y cuando me disponía a manifestarle mi opinión —reanudó Lude—. porque. —Sí.. cuestiones todas que no revelaban proyectos en que pudiera tomar parte el populacho. aunque con timidez: —Cumpliré vuestro encargo. Era la parte sana. riéndose con otros desconocidos de tostado rostro. especialmente tratándose de un gotoso. la fiesta de Santa Bárbara? —¿De Santa Bárbara? —preguntó Fournier con asombro. con la rapidez de una ardilla. —No tenéis por qué fingir que os sorprendéis. pero conservaba la viveza de la mirada y su brusco lenguaje. Temo haber sido demasiado complaciente. esta mañana. La extrañeza de sus interlocutores concluyó de desorientar a Thou. te doy mis pistolas a cambio de diez gotas de tu sangre!» Le vi con mis propios ojos atacar a señores de ambos partidos. En cuanto a mi opinión. Confieso que semejantes escenas me desagradaban. hoy es Santa Bárbara. Al fin. No dudo que lo haya enviado Cinq-Mars. En efecto.—¡Ah! Sí. dicho esto. el capitán desapareció entre la multitud. no habló con él de otra cosa que de caballos. ¿Se ha celebrado. y no alaridos de fingida rebeldía. toma tres cuchilladas!» «¡La Chapelle. ha faltado a lo convenido. Parecía preocupado y no mostraba la alegría de otros tiempos. el abate Quillet. indignada por un asesinato y no estimulada por el vino ni por el dinero. Y. y aquéllos. al que. de caza y de la influencia que el caballerizo mayor ejercía en los negocios de Estado. hemos visto una especie de capitán que luchaba con gestileshombres de los dos bandos gritando al mismo tiempo: «¡A mí. Más lo siento por él que por ella. al parecer. amistosamente. ¡Ay. un pillo que sirve a nuestro amigo como criado. Fue una protesta contra el verdugo.

vaya. de algo sirvió a Thou el haber acompañado al anciano abate hasta la calle. —Pero. es inútil que pretendáis tener secretos para mí. pero. —¡Al fin se ha asomado la reinecita! —gritaban triunfalmente algunas voces groseras. que se detuvo a la puerta de la casa del consejero. —Os juro que no comprendo nada de lo que acabáis de decirme. Me marcho —repuso el abate Quillet furioso. —Os he prometido ciega adhesión —repuso el consejero—. el del bigote blanco! —¡Acércate. —Y lo apuráis hasta las heces —respondió Thou con gravedad. —Os explicaré la causa de este alboroto —prosiguió Cinq-Mars. ¡qué hermoso es este amor! —¡Su cara vale más que la del otro. quien tomó su muleta y salió disparado sin escuchar a Thou. corazón. amiguito. pero. —En seguida estaré en disposición de acompañaros —respondió Thou—. luego de apearse. vestíos y acompañadme a ver a la reina. hijo mío. Como el joven no se atreviera a nombrar a su amigo ante la gente de servicio. vióse obligado a dejar partir enojado al abate. —Cuando volvamos de visitar a la reina. —La popularidad es un cáliz amargo —dijo al entrar. pero Quillet no le respondió. Necesitamos hablar de ello. no me inspiráis ya la misma confianza. estrechó la mano de su amigo e hizo cerrar las puertas. Además. ¿Quién es el que comete tonterías? —Vaya. si me amáis. pues merced a ello. Quienes lo conducían llevaban la librea de la casa real. avergonzado. mientras cambio de traje. CinqMars tuvo que hacer grandes esfuerzos para descender del coche y desasirse de las vendedoras del mercado que le abrazaban gritando: —¡Ya has llegado. pero ahora. ¡Viva el rey! ¡Viva el caballerizo mayor! La multitud gritó con mayor fuerza al ver llegar un coche arrastrado por cuatro caballos. hablaremos detenidamente. a descorrer las cortinas que en aquella época cerraban las carrozas. no os entiendo. pasad —y lo introdujo en el gabinete donde se hallaban el conde de Lude y Fournier. —Pero —repuso Thou gravemente—. hablando sinceramente. —¡Hasta mañana! —gritó al ponerse el coche en marcha. Sin embargo. porque van a dar las diez. y el pueblo se agolpó entre el carruaje y los primeros escalones de la casa. y no pudiendo explicarse. ¿Habláis de Cinq-Mars? —Si me tratáis de cardenalista. ¿de qué esponsales habláis? ¿A quién habéis casado? —¿Insistís en haceros el sorprendido? —¿Qué ha sido el amotinamiento de esta madrugada? —Puesto que os burláis. —¡Viva el duque de Bouillon. El viejo cardenal de La Rochela puede darse por muerto. pudo ver los grupos de gente del pueblo que volvían del Louvre. Ambrosio se apresuró. ahora.comete tonterías como el alboroto de esta madrugada. apresuraos. y danos vino como el de esta madrugada! Enrique de Effiat. que viene con cien mil hombres! Llegan en balsas por el Sena. algo cohibido—. lo que reveló a Thou que el vehículo pertenecía a Cinq-Mars. vuestra conducta me ofende —dijo el abate algo enojado. no hablemos más. me retiro —dijo el anciano poniéndose en pie. que le siguió hasta el coche esforzándose por apaciguarle. amiguito nuestro! —Mirad. 108 . mas. y hacer un cálculo respecto a la importancia del motín. no sé qué queréis decir.

Sin embargo. y.. en un sillón de terciopelo rojo con franjas doradas. como puede comprobarse viendo los retratos de aquella época. en efecto. porque. el caballerizo mayor corrió las cortinas del carruaje. que brillaba casi tanto como la luz. tenía. que estaba ya trenzado con perlas. Ana de Austria encontrábase en el tocador cuando un ujier. esparcidas en él veíanse varias joyas. que no estoy dispuesto a interrumpir por nadie ni por nada. La claridad matutina iluminaba directamente la blanca frente. no dejó de advertirlo. e inició la conversación diciendo: —Querido Thou.. muy fresca. lo diré con franqueza. al caballerizo mayor.. en cuanto a los consejos. como la seda. Tan pronto como hubieron tomado asiento. pero después reanudaré mi labor. el labio inferior algo abultado y ligeramente hendido en forma de cereza. el tono de Cinq-Mars al hablar. con un pequeño espejo curvado en su remate. le anunció que Cinq-Mars y Thou solicitaban el honor de ser recibidos. os consta que los peligros no me arredran. Pero no me interrumpáis. en esta ocasión. que emprendió rápidamente la marcha con dirección al Louvre. azules con visos verdes. —Sin embargo —repuso Thou—. como las de todas las princesas de la casa de Austria. y Thou siguió a Cinq-Mars por la escalinata del palacio. eran grandes y bien dibujados. El cabello era abundante y tenía reflejos de extraña belleza. para evitaros la molestia de que me dierais consejos. pero de aspecto suntuoso. vuestros consejos me atemorizaban. que hacían suponer fuese fino y suave al tacto. Ana de Austria. El tocador de la reina era de madera negra con incrustaciones de cobre. mientras doña Estefanía y la señora Motteville simulaban darle los últimos toques al peinado. sin que su mirada afectuosa ni su aspecto tranquilo denunciasen los esfuerzos que hacía para reprimirse. Cuando salgamos del Louvre. con gran sentimiento mío os he ocultado grandes secretos. nácar y dibujos de dudoso gusto. estrechó la mano a su amigo. realzaba la 109 . que conocía muy bien. pero he procedido así para no exponeros a peligro alguno. —Así es. Cinq-Mars y el consejero Thou subieron al coche. no me habría sido fácil seguirlos. El traje negro adoptado por la corte y cuya forma había sido impuesta por edicto. permanecía inmóvil. Así se lo he advertido también a Fournier y a Lude. vestido de negro y con un bastoncillo de ébano en la mano. pero.. ya tendréis ocasión de hablar. era dulce y bondadoso. Thou. Sus ojos.CAPITULO XVII EL TOCADO DE LA REINA ¡Qué delicia ser bella cuando se es amada! DELFINA GAY. suponía que los atendíais. Llegados al Louvre apeáronse del coche. aunque creyéndolos siempre prudentes y acertados. y su boca. y. A pesar de la acritud de sus palabras. cualidad que Ana de Austria se complacía en poner de manifiesto. donde escucharé cuanto os acomode decirme. os conduciré a vuestra casa.

de un elector o del rey de Polonia. Ana de Austria hizo girar el asiento que ocupaba y le dijo al duque de Orleáns: —Os suplico. conversaba el duque de Orleáns con un caballero alto y grueso. en tanto que las duquesas. por lo menos. acababa de entregar unos documentos. no se piensa más que en el ser amado. la duquesa de Chevreuse y las señoritas Montbazon. A los pies de la reina. el heredero de la corona de Francia. En el hueco de una ventana. de Guisa. medio en broma. y temía que se confiara la suerte del caballerizo mayor a persona menos digna de la que él deseaba. permitidme que os presente al barón de Beauvau. era el Delfín. No. hermano.blancura marfileña de sus brazos. jugando con su gorguera y con la cadena del Santo Espíritu que llevaba colgada al cuello: —Supongo que no molestaremos con una conversación demasiado larga a la princesa María. que acaba de llegar de 110 . porque la política actual interesa realmente a la princesa. —Os equivocáis. no puede ser ella. jugada con un cañoncito un niño de cuatro años. casi imperceptible para éstos. con el sombrero bajo el brazo. sentóse a la derecha de ésta. —Ante todo —dijo—. abandonando la grave y ceremoniosa rigidez habituales.. Ana de Austria. adoptó una actitud desdeñosa. pero en sus miradas había más coquetería que amor. a quienes miraba con altanería. hemos de oír al señor de Bouillon. examinó a María de Mantua tan detenidamente como una madre que elige compañera para su hijo. sobre todo cuando advirtió que parecía experimentar cierto placer por encontrarse sentada junto a la reina. cuando se tienen diecinueve años y se ama. y la princesa Guemencé. porque. Acercaos. a quien un oficial de unos veinticinco años. Nadie nos interrumpirá.. y. dijo. De vez en cuando dirigía la princesa la vista hacia Cinq-Mars. De sus orejas pendían hermosas perlas. sentado sobre dos cojines. Estas observaciones convencieron al consejero de que se había equivocado al sospechar de la princesa. de encendido color y de mirada audaz: era el duque de Bouillon. radiantes de belleza y juventud. María de Mantua estaba sentada a su derecha. indicó a Cinq-Mars y a Thou que se aproximaran también. como lo demostraba el hecho de que no cesara de observar en los espejos la simetría de sus galas. La diadema extraordinariamente brillante de María de Mantua daba a ésta un aire vanidoso impropio de las circunstancias. y la profusión de encajes de las amplias mangas. y los rubíes que adornaban su peinado no apagaban el color de su cutis. se encontraban en pie. medio en serio. Gastón de Orleáns. y Cinq-Mars arrugó el entrecejo. hermano —respondió la reina mirándole—. No pretendáis escabulliros —agregó sonriendo—. excepto María de Gonzaga. os he atrapado y. le he rogado que permanezca con nosotros. Este acercóse con el oficial con quien momentos antes conversaba. que toméis asiento a mi lado. a quien seguramente agradaría más que le habláramos de bailes y de bodas. Luego. Thou. a quien interesaba todo cuanto se relacionaba con Cinq-Mars. pues hemos de hablar de lo que os he anunciado. desnudos hasta el codo. abandonaron en silencio el salón haciendo grandes reverencias. Después de corresponder al saludo de Cinq-Mars y de Thou. la reina hizo una seña. agrupadas en torno suyo. de arrogante figura y agradable rostro. Rohán y de Vendóme. María. como si ejecutaran algo previamente convenido. por ejemplo. —No es ella —pensó el consejero—. adquiriendo la persuasión de que la princesa no era ajena a las empresas de Cinq-Mars. algo inquieto por el preámbulo solemne de su hermana política. que más tarde se llamó Luis XIV. y todas las damas. Como a la princesa María puede interesarle. permanecían de pie detrás de ella. al oír esto.

son ya de todo punto insoportables. Está viva. y al ver llorar a la reina llevó su mano a la espada que pendía de su cintura. señor duque? ¿Qué pretendéis hacer? —Nada temo por mí. y esas armas eran la rancia nobleza que él os ha aniquilado. pero tendréis súbditos y no amigos. pero temo por vos y quizá por vuestros hijos. —¡De España! —exclamó la reina con gran emoción—. monseñor! —dijo el duque de Bouillon inclinándose ante el Delfín para dirigirle las frases que deseaba que oyera también la reina—.España. señora. abandonando el tono de chanza. ¡Demasiado viva. exclamó: —¿Qué os ocurre. estrechando con instinto maternal al Delfín entre sus brazos. en quienes sólo en ellos podremos confiar en lo sucesivo. porque estoy acostumbrado ya a toda clase de persecuciones. No desenvainéis contra nosotros vuestra espada. —¿El amo? —replicó la reina—. señora. como siempre lo había visto tranquilo. —¡Ay. señora. Desea que le nombren regente. y de ese hombre hay que esperarlo todo. El niño. se emocionó al advertir la inquietud que demostraba. que en estos tiempos haya todavía hombres de carácter como éstos —y señaló a Cinq-Mars. avanzando hacia la reina: —Es un milagro. parece que no os sorprende mucho. Es el amo y hay que resignarse. el inmenso egoísmo de ese hombre. 111 . aprovechando aquella coyuntura para iniciar la conversación que le interesaba. —¡Apoderarse de mis hijos! —exclamó Ana de Austria. es preciso hablar sinceramente. —Existente. Ana de Austria. A cuantos tienen corazón les indigna ese yugo. ¿quién impedirá su caída? ¿Seréis vos o yo? —Él mismo —apresuróse a decir el duque de Bouillon—. apartóse de Cinq-Mars. ¿Pero no es el rey quien le da el poder de que abusa? Si el rey muere. —¿Por mis hijos. y ahora que se patentizan como nunca los infortunios que el porvenir nos reserva. y vos tendréis un cetro absoluto. por los hijos de Francia? ¿Habéis oído. porque ha mandado los coraceros del conde de Soissons. como también del conde-duque de Olivares. de pie entre las rodillas de la madre.. no pudo menos de sonreírse. —No. —¿Aludís al tiempo o a una persona existente? —preguntó la reina. un poder inmenso. y el duque de Bouillon. señora. y sé que pretende apoderarse de vuestros hijos. sin duda alguna. no me sorprende nada —repuso tranquilamente Gastón de Orleáns—. recordando el nombre que habían adoptado los vencedores de Marfée. señora! —respondió con gran animación el duque—. miró con gravedad impropia de sus pocos años a los presentes. y dijo. señor duque. porque el gran nivelador ha pasado su larga guadaña sobre Francia. a cuyo fin pide al rey que se los confíe.. ¿quién lo sostendrá? Decidme. Ese hombre. sino contra el que está minando vuestro trono. —¡Cómo! ¿Tan joven? ¿Os agradan las guerras políticas? —Al contrario. Su excesiva ambición. hermano mío? ¿No os sorprende? No. ¡Qué valor! ¿Habéis visto a mi familia? —De vuestra familia ha de hablaros precisamente. La severidad y franqueza con que se expresaba el duque no sorprendió a Ana de Austria. pero. el ejército de Italia o el de Sedán se apresuraría a defenderme. señora. En cuanto al valor. porque es tarde para guardar miramientos. pues pronto tendremos necesidad de proceder de algún modo. Tengo el presentimiento de que seréis un gran monarca. no es la primera vez que lo demuestra. La enfermedad del rey es gravísima y hay que decidirse. os está creando. demasiado existente. así es que. y perdonadme: yo servía con los Príncipes de la Paz. a quien acababa de saludar efusivamente. pero ha deshecho el haz de armas que sostenían la corona. porque la verdadera amistad consiste en la independencia y esa especie de igualdad que nace de la fuerza. a Thou y al joven Beauvau—.

En el transcurso de la conversación no consiguió Gastón de Orleáns apreciar si Ana de Austria había pronunciado las anteriores palabras intencionada o inadvertidamente. porque con vos hay que proceder así. que conocía el carácter del caballerizo mayor. porque los hombres no podrán hacerlo sin ayuda de las instituciones! Sed poderoso y. sólo con la vida abandonaré este derecho. unidos los dos. es verdad. El duque recordó la acción de todos conocida. por lo que adoptó el partido de no darse por enterado. lo escuchaba conmovida y en silencio. en semejante situación. si es preciso luchar.Vuestros antepasados tenían sus pares. me indigna la miseria del pueblo. Padece un mal que no puede curarse. hermano mío. que intriga para desbaratar mi boda. lo miró y tembló. por el contrario. deseosos de oír una palabra suya para hablar. vos que acabáis de ver al rey. seré yo quien atienda y haga las cosas en su nombre. o los hace asesinar. porque Cinq-Mars se anticipó a contestar a Ana de Austria: —No creo. no nos atemoricemos. Además. pálido. aliaos conmigo. y lo seré. señora. Si dictáis órdenes. que el rey se encuentre tan enfermo como suponéis. un mal 112 . ¿Necesito ausentarme? Decídmelo con franqueza. El consejero Thou. para influir en el ánimo del príncipe y en el de la reina. Y comprendió la ironía de la reina. puesto que. Señor caballerizo mayor. —Pero ante todo —prosiguió la reina mirando a Cinq-Mars—. alejemos de nosotros el pánico. pareció tan bella Ana de Austria. seremos bastante fuertes. como madre. ¡Qué Dios os sostenga. sobre todo. mientras Gastón de Orleáns permaneció inmóvil con sus tropas. pero su enfermedad está en el alma. que tenía en él absoluta confianza. hermana mía. cuya expresiva fisonomía le revelaba las ideas con más claridad y rapidez que la palabra. sí. sufre mucho. y vosotros también señores. El duque de Bouillon se expresaba con un calor y seguridad tales. me indigna —prosiguió. pero vos no los tendréis. Su valor y pericia en las guerras. Cinq-Mars. Como mujer y como esposa he estado a punto de derramar lágrimas. seré vuestro capitán de guardias. pero saltad el foso. comprendiendo que iba a jugarse el porvenir. animándose y bajando la vista con aire solemne—. y al llegar a la orilla opuesta recibió diecisiete heridas y fue apresado y muerto. el conocimiento profundo de la política y de las cuestiones de Europa. defiendo mi derecho y estoy dispuesta a dar las órdenes necesarias. ¡tan aflictiva es mi situación! Mas. como os aliasteis con el señor de Montmorency. como entonces. porque lo acepto todo. se reconcentró en sí mismo. y sepamos a qué atenernos. su carácter reflexivo y resuelto hacían de él uno de los hombres más capaces de aquella época. cuyo entusiasmo comunicóse a sus oyentes. —Hermano —se apresuró a replicar la reina—. se derrumba la monarquía. lucharemos. que se decidió a tomar la palabra: —Perfectamente. menos la vergüenza y el horror de dejar el futuro Luis XIV en manos de un hombre tan funesto. una sola palabra. que Dios le concederá todavía muchos años de vida para bien de Francia. leyendo en ella el deseo de oírle hablar. El rey sufre. si el rey llega a vacilar. en que el desventurado rebelde de Castelnaudary salvó casi solo un ancho foso. Portaos como el conde de Soissons y sobrevivid a vuestra victoria. que vuestros sucesores sean tan fuertes como vos. aconsejadme. y espero que. por lo que era el único a quien el cardenal-duque temía realmente. yo soy quien debe ser la regente. La reina. y confío. os tomo la palabra. ¿os parece que se encuentra muy enfermo? Effiat no había apartado la vista de María de Mantua. y los decidiera a tomar parte en la conspiración. y encierra en la Bastilla a todos mis amigos. El duque de Bouillon dirigió una mirada rápida a Gastón de Orleáns. que encantaba a sus oyentes. estoy cansado de sufrir los tormentos de ese miserable. Nunca. pero le fue imposible. deseaba decirle una palabra. —¡Ojalá —exclamó—mi hijo comprenda vuestros consejos y sepa aprovecharlos! Mientras llega ese día. Sí —agregó ruborizándose y apretando el brazo del Delfín—.

a saberlo. mejor que vos y que nosotros. Cada año ha puesto en un platillo los hechos buenos de ese hombre y en el otro los crímenes. —¡Qué noble abnegación! —replicó la reina. no disponemos de suficiente tropa. Yo le he visto tomar y mojar la pluma resueltamente para decretar un destierro. si yo mismo no arrojaba su cabeza al mar como arrojaron la del gigante de Aríosto!. El cardenal es capaz de todo y. para refugio vuestro y de vuestros hijos. ¿Contando con el apoyo del rey? —Sí. —Pero puede matar a quien le toque —objetó Gastón de Orleáns. al ver la hoguera que ese hombre merece. asustado. porque desea obrar y no se atreve. necesito un refugio más seguro que Sedán. el rey se indigna. ver fantasmas que la mandan herir. y se cree merecer el castigo divino. el universo entero lo compadecería. y lo haré venir si es necesario. A veces debe de sufrir alucinaciones. Voy a explicaros mis planes. y. sí.. Durante muchos años ha sentido crecer el odio contra una persona a quien cree deber gratitud. En tales momentos se acusa de debilidad criminal. hace un año que lo he organizado todo. —¿Yo? ¡Oh. y se levanta. —replicó el señor Bouillon. señora. Pero en ese plan general os olvidáis de París. no olvido nada! —respondióle en voz baja. porque el cardenal es demasiado hábil para sorprenderle desprevenido. señora. y se desprecia como rey. le compadeceríais. —No vacilaré en confiar a vos la salvación de mis hijos. Su debilidad es puramente moral. que es su rey. pero se maldice como juez. la tropa. el ofrecimiento del señor Cinq-Mars. el pueblo lo tenéis por medio del arzobispo y del señor Beaufort. rió! Me niego resueltamente. Pero estad sobre aviso.. señora. señora. —Sedán es bastante fuerte para refugio de la reina. ¿olvidáis lo que debéis agregar? —¡No. ya que el rayo no se atreve a fulminarlo. Entonces se congratula de su propia bondad cristiana. Si pudierais verle en esa situación. añadió—: Aceptad. por influencia de vuestros guardias y de los del duque de Orleáns. el fin de su vida no llegará por ahora. que se pondrá a la cabeza de todos. y. —¡Yo lo haré! —afirmó resueltamente Cinq-Mars. El caballerizo mayor dispone de más de medio campamento de Perpiñán.. para decirle: —Señor duque. debemos apresurarnos a cortarle las alas. pero se reprime y llora anticipadamente. El ejército de Italia es mío. pero la reina no corre tanto riesgo como un hombre que maneja la espada. No creo que esté enfermo. —¡Yo le admiraría! —exclamó María a media voz. quizá sí. No sabemos el tiempo que el asunto puede durar. en su corazón se libra una gran batalla. afortunadamente. además. desea castigarle. como tampoco creo en el silencio ni en la inmovilidad de que pretende nos convenzamos desde hace dos años ¡no creería ni en su muerte. No haré nada sin el tratado con España.. puede decidir al rey. ¿No comprendéis que lo que hacemos es muy peligroso? —¡Cómo! —exclamó Ana de Austria—. El joven Beauvau acercóse al duque de Bouillon. Acude a la oración y a las meditaciones.que no desearíamos ni a nuestro peor enemigo. éstos inclinan la balanza. —Lo haremos —dijo Thou al oído del caballerizo mayor. En previsión de lo que pudiera ocurrir. porque alza el brazo en actitud amenazadora. él. —Para la reina. y los hugonotes de La Rochela y del Mediodía acudirán al primer llamamiento. y acabar escribiendo una carta de felicitación. y es necesario adoptar precauciones. si al rey le ocurriera algo. dirigiéndose a la reina. —París está completamente a favor nuestro. 113 . que hace un rato he expuesto al duque de Orleáns: os ofrezco Sedán. por consiguiente. —¡Pues hay que hacer que hiera! —exclamó el duque de Bouillon. y por el que. lleva en el corazón una tempestad que sólo a él perjudica. señora. y hoy. Sin embargo. En resumen. y esa lucha interior entre su bondad y su rencor le consume.

El señor Bouillon arrugó el entrecejo. —Sin embargo. saludó con menos aspereza y salió acompañada de la princesa María. señora. —¡Oh! —dijo la reina asombrada—. señor duque —prosiguió 114 . Todos quedaron algo desconcertados.—No hagáis nada. un inviolable secreto. no queriendo perder las ventajas obtenidas. Cinq-Mars creyó leer en la mirada de ésta la abnegación absoluta de una mujer entregada para siempre. y repuso: —Si no conociera al señor Thou. El duque de Sanlúcar nos ofrece diecisiete mil hombres y quinientos mil escudos contantes y sonantes. sería lo más prudente. —Tiene razón. Además. La reina no quiso prolongar la discusión. al ver a María temblorosa y deshecha en lágrimas. señor —contestó—. Habéis molestado a la reina por querer ir demasiado lejos. —Señor —interrumpió el consejero—. pero nada más. retrocedió para decir: —Os prometo. Effiat miró a su amigo. señores.. porque si la justa severidad de Su Majestad para con el cardenal os dispensa de ello. de pronto. ¿A eso se han atrevido sin mi consentimiento? ¡Dejaos de alianzas con el extranjero! —¿Extranjero. somos inseparables. entonces —repuso. hablaré al rey y me expondré a todo para arrancarle las órdenes necesarias. porque he demostrado más resolución de la que estaba obligado a tener.. excepto el duque de Bouillon que. indignada. convencidos de que. y sé que la patria de una reina es la de su trono. yo lo. me comprometo por mi honor a hacer cuanto haga el señor Cinq-Mars. sorprendiéndole ver en su serena fisonomía una expresión desesperada. dijo con solemnidad: —Hemos resuelto firmarlo después de la entrevista con el rey. adelantándose. y. De ese trabajo no quiero oír ni hablar. monseñor y vos. Os dejo. y comprendió que le era imposible retroceder en su empresa. y no más deseamos. Soy española. sin embargo. Thou agarró bruscamente a Cinq-Mars por un brazo. dijo Gastón de Orleáns: —¿Lo veis? Os lo había anunciado. continuad sin mí. creería que esa demora no era otra cosa más que un pretexto. señor Cinq-Mars? —Yo no retrocedo jamás. pero también nieta de Carlos V. porque. Tan pronto como hubieron salido las princesas. En lo sucesivo no intervendré más en esa cuestión. señora. repuso.. suponer que una princesa de España pronunciara esa palabra? Ana de Austria se levantó. solemnemente. Dio algunos pasos para salir. No podréis decir que he retrocedido hoy. inclinándose respetuosamente: —Os agradecemos la promesa. y el porvenir es nuestro. unidos con él. El señor duque tiene razón —dijo Bouillon—. seremos más fuertes. tras del éxito. la reina—.. asiendo al Delfín de la mano y apoyándose en María. —¿Y el tratado con España? —Sí. ¿Qué haréis ahora. Sean cuales fueren las consecuencias. —Estoy sumamente agradecido a Su Majestad —contestó el duque con aire triunfante—. y tanto le conmovió. seréis de los nuestros. —Sí. es preferible no exponerse a que lo descubran. señores —dijo sonriendo—. hermana? ¿Podíamos. que no se atrevió a contradecirle. pero. Bouillon. el rey nos evitará quizá muchas cosas. pero tratándose de él.

realmente. Impresionado por la importancia de la escena de que había sido testigo. pues no he nacido para sufrir emociones violentas. esa dama os interesa. y tan pequeño que cabe en un pastel.resueltamente—. ¿es cierto que parece una monja? ¡Ah! ¿No respondéis? Entonces. puesto que las cosas se encuentran en este estado —dijo Gastón—. Tened en cuenta que no hay nada escrito. El rey tiene un bufón encantador. de Guemencé. Y ahora. que quebrantan mi salud —y agregó tomando del brazo a Beauvau—: Decidme si las españolas continúan siendo tan bonitas. Todos ustedes han ido más lejos y están más comprometidos en la conjuración de lo que había supuesto. Caerá el poder del cardenal o perderé la cabeza. ¿verdad? Sed franco. no respondió al borbotón de palabras vanas de su interlocutor. y os bastará dar una orden para que no quede rastro de la conjuración. —Estoy satisfecho. y tengo la seguridad de que habéis dado que hablar. —Nada de eso. asombrado. como preguntándole si aquél era el hombre a quien pensaban poner al frente de una de sus atrevidas empresas. Gastón de Orleáns habló en el mismo tono voluble y locuaz. Creo que allá las mujeres llevan guardainfantes enormes. durante más de media hora al joven cuya seriedad no se compadecía con semejante conversación. señor —respondió el duque de Bouillon—. mirando. ¿Todavía sirven de rodillas a la reina? ¡Oh! Es una costumbre excelente. aunque. Pasemos a otro asunto. Se dice que sois muy galante. No se ha hecho sino lo que habéis aceptado. deseo que todo acabe pronto. que nosotros no seguimos ya. y me veo obligado a avanzar. he quemado mis naves. Gracias a Dios disponemos de tiempo. que será un sueño o un volcán. con cuya moda el pie parece más pequeño. —Me sorprende —dijo el duque de Orleáns—. según lo que ordenéis. no temáis que yo retroceda. 115 . La esposa de don Luis de Haro no es tan bella como la señora. ¡Qué suerte la del rey de España! No he podido encontrar jamás un bufón tan diminuto. ocupémonos en algo más agradable. al duque de Bouillon.

cada vez. —¡A morir! ¿Cuándo os he reprochado vuestro triunfo? —¡Ah. si morís? Habéis tenido valor para engañarme durante dos años. mientras Cinq-Mars. la única quizá de que he disfrutado tranquilamente en el mundo. quizá. de la amistad que. necesariamente. me juzgaríais mal. si creéis que me dejo engañar por la fortuna. hasta mí con el rostro sonriente para ofrecerme. durante la cual pareció meditar. he acometido una empresa superior a las fuerzas humanas. dejándoos trasparentar mi otra idea. ¿Por qué senderos habéis llegado a situados tan lamentable? ¿Cómo os habéis envilecido tanto? —Sólo de vos tolero las palabras que acabáis de pronunciar —contestó fríamente Cinq-Mars—. hace tiempo. al engañaros. he experimentado una gran alegría. En fin. —Y sin ese temor. sabedlo de una vez: amo a María de Gonzaga. habría sido preferible. para que adoptéis conmigo semejantes precauciones? ¿Qué delito he cometido para imponerme la pena de sobrevivir. una idea más digna de la amistad que mutuamente nos profesamos. os he engañado. Clytemnastra. y. Recuerdo que cuando. no me conocéis bien. ¿de qué me hubieran servido vuestros consejos? No los hubiese seguido. Al fin. fui herido. No quería deciros nada. SOTNVAN. no habéis compartido conmigo más que las alegrías. es el primero de los afectos. tras de una pequeña pausa. Soporto fácilmente la maldición de las personas extrañas. que maten a un hombre. pero no la vuestra. y por eso me decido a informaros de todo. abismado en profundas meditaciones. y habéis llegado. después del amor. y quizá habría hecho mi suerte. prosiguió: —Sí. Thou habíase dejado caer sobre un sillón de su estudio. Sí.CAPITULO XVIII EL SECRETO Y pronunciados al mismo tiempo. —¡Qué decís! ¿Amáis a la futura reina de Polonia? —No puede ser reina mientras yo viva. o lo que es lo mismo. nuestros dos nombres fraternales servirán de ejemplo. seréis asesino y traidor a la patria. quizá mejor. aunque me sonría! ¿Creéis que no conozco cuál es mi verdadero destino? Lucho contra él. casi dejé escapar mi secreto. probablemente a morir. Por ella me hice cortesano. y vos erais dichoso suponiéndome feliz. querido Enrique. esperaba pacientemente que su amigo le dirigiera la palabra. y. Y. hasta haberos mostrado mi obra acabada. por ella casi he reinado en Francia. pero. A. Era feliz con que me creyerais dichoso. os confieso mi debilidad: temo que. si me muriese en estos momentos. miró al Mayor y le dijo con acento sombrío: —¡A qué triste situación habéis llegado! ¡Ved las consecuencias de Vuestra desmedida ambición! Haréis que destierren y. Sin embargo. No me culpéis porque hoy destruya vuestra ventura revelándome como soy. porque deseaba evitaros todo peligro. ¡Sois excesivamente culpable o excesivamente virtuoso! —No veáis en mi alma sino lo que contiene. y por ella voy. e introducís en Francia un ejército extranjero. 116 . sentado junto a la chimenea. ¿os habríais abstenido de confiaros a mí? ¿Qué os he hecho. pero comprendo que es más fuerte que yo. el consejero cruzó los brazos. y voy a daros una explicación. un nuevo favor.

—No sé qué contestaros —dijo Thou. inclinando la cabeza—. paso a paso. y que quizá no ha comprendido todo cuanto por ella he realizado. yo habría sido el más fuerte. estoy convencido de ello. pero me he visto detenido por una barrera invisible. y las venas de su frente marcáronsele como líneas azules trazadas por manos invisibles. a través de una reja. Es preciso: María es mi prometida. por quien he llegado hasta el favoritismo de un rey. Necesito ocultarme para oír. —¿En qué fiáis. pero probablemente no lograré el triunfo. la voz de mi esposa. y. pero. Mañana realizaré el último esfuerzo. con plena conciencia. hay que triunfar o morir. ese compromiso era el que quería evitar. y ésta era una de las ilusiones de María. y soy ajeno a ella. no puede dedicarse a los hermosos proyectos de interés general. ¡Qué digo! Cada día he de oír discutir qué trono de Europa le conviene más. llamado por él. pesar la llama. ¿No recordáis el compromiso que acabo de contraer? —Precisamente. Richelieu es el genio maléfico del rey. porque lo esperaba. el fuego interior que me devora. llego al fin que me he propuesto. Os acuso. entregándome como garantía. Todo marchaba bien. las ha acrecentado. Sin duda ha previsto que el más joven sería el primero en impacientarse. Al derribar a Richelieu. pero sin razón. —Sí —agregó levantándose y retorciéndose las manos con desesperación—. son bellas. esos vagos proyectos de perfeccionar la sociedad me parecen muy inferiores a la abnegación del amor. y esta palabra lo explica todo. para elevarme o caer definitivamente. porque hasta las cumbres más elevadas están debajo del cielo. ¿Qué confianza tenéis en las personas a quienes confiáis vuestra vida? ¿No habéis conocido sus verdaderas intenciones? —¡Todas! He adivinado la esperanza tras de su fingida cólera. porque decidiré al rey. para perderme. ¡María me tendía la mano y no me era dado retroceder! El mundo entero no me habría hecho volver atrás. Habría podido ser yo el genio del bien para Luis XIII. fui testigo. ¿No os arrepentís de haberme creído ambicioso por vil egoísmo. se encendió. Cuando se lucha con un enemigo como Richelieu. En este instante experimento el placer de haberme substraído a toda incertidumbre. en vuestra presencia. Necesito dar el último paso. entonces. —¿No podéis retroceder? ¿Para qué os sirve el ingenio? —Para nada. someter a cálculo el error. Richelieu. como el cardenal ambicioso por el pueril deseo de conquistar un poder que jamás se satisface? Tengo ambiciones. y hay que confesar que ha acertado. para obtener la victoria? 117 . sé que tiemblan cuando amenazan. Sí. ¿podréis encauzarlas? A mí. amo. Cuando el alma está completamente poseída por este sentimiento. y he de conjurarlo. Pretendéis aplicar la razón al desorden. pero. sin el amor que me ha precipitado. palideció luego. y qué príncipe de sangre real debe ser su esposo. en el camino. sé que están dispuestos a firmar la paz. Hace poco. —Sí —replicó Cinq-Mars—.tengo que sucumbir. me he comprometido a ello. Voluntariamente. me habéis atribuido nobles ideas y elevadas concepciones políticas. vastísimas. ¡Ese hombre me inspira indecible horror! Cuando vine a la corte. quizá con demasiada precipitación. —¿Pretendéis derribar al Estado para conquistar vuestra felicidad personal? —Es que mi felicidad va unida a la del Estado. y su servidor en público! Es demasiado y no puedo soportarlo por más tiempo. El rostro de Cinq-Mars. y en público me he de inclinar ante ella. Indudablemente. Vos lo habéis dicho: lo he calculado todo. Él debe alegrarse. ¡Soy su marido a solas. derribo al tirano del rey. lejos de aminorar mis fuerzas. de su más execrable crimen. porque amo. o morir. No os comprendo. y necesito destruirla. Esa criatura tímida por quien derribaría un Imperio. sufro todas las penas que el amor impone a sus víctimas. y he de arrancársela de las manos a la suerte. y en Narbona se ha dado ya la orden de matarme. me he colocado entre el cadalso y la felicidad. pero les obligaré a persistir en nuestro propósito. Es mía ante Dios. pero no puedo retroceder. habéis idealizado mis secretas intenciones. no puede pertenecerme todavía. variando súbitamente de expresión.

Pero. Apartaos de mí. ¡Una guerra! ¡Una guerra civil! ¡Y una alianza con el extranjero! —Efectivamente. que sois bueno. la amistad es una pasión? ¿Podría sobreviviros si murierais. si entregáis las plazas fuertes. ¡Es mi amigo y es desgraciado! Aproximóse a Cinq-Mars y. triunfaré. abrió un libro colocado al pie de él. abandonando su afectada frialdad. ruborizado: —Ya os lo he dicho: firmaré. Si el rey resiste durante algunas horas. no me separaré de vos ni aun en vuestros actos criminales. Cinq-Mars inclinó la cabeza. no os he demostrado que. le abrazó. No. y engaño a un amigo. si firmáis el tratado con España. cuya alma sólo se nutre de religión y de ciencia? Mi amistad sólo os ha proporcionado inquietudes y penas.» Después. Estoy fraguando la desgracia de un hombre. —Juradme que no traicionaréis a Francia —replicó Thou—. Es la última prueba en la que juego mi destino. y éste. No denunciaré al traidor. Las madres francesas. ¿No lo comprendéis? Venid. arrostrar más peligros. no merezco que os acordéis de mí. os llenarán de maldiciones. para mí. y no debéis. y respondió. Olvidadme. —¡Y el de María! —¿Lo creéis así? —preguntó impetuosamente Cinq-Mars—. por ella. Luego. buscó una página ya marcada y leyó en voz alta: —«Opino que el señor Lignebceuf fue. comprendiendo lo que debía de sufrir su amigo al 118 . Cinq-Mars se conmovió profundamente. opinasteis con acierto. La corte me ha corrompido. Yo voy a ser criminal y a merecer la muerte. ¿Os atrevéis a hablarme así? ¿No sabéis. con los brazos cruzados y con inexpresable angustia. ni soy digno de que corráis mi suerte. ¿os he invitado a intervenir en él? —¡Sois cruel e Ingrato! —contestó Thou—. a quien no extravían ni la pasión insensata ni el deseo de vengaros. mi único amigo! ¡Os suplico de rodillas que no me induzcáis a ser parricida.—En el azar. ¡Conservadme la estimación que me tengo a mí mismo y por la que tanto he luchado! Thou dejóse caer sobre las rodillas de su amigo. no os las devolverán? Vuestro nombre inspirará horror a las generaciones venideras. cuyas Memorias leía. Si el rey me abandona firmaré el tratado con España. despreciadme. y he dejado de ser candoroso y bueno. y contemplando el busto de su padre. ya no somos iguales. es un crimen —repuso fríamente Cinq-Mars—. permitidme impediros ocasionéis daño a Francia. tomándole nuevamente la mano. ¿Sabéis que vais a desgarrar la patria? ¿No comprendéis que. por no haber denunciado la conspiración fraguada por Catteville contra el Estado. no. ¡Oh amigo mío. padre mío. condenado a muerte por el Parlamento de Ruán. y le dijo. o aunque solamente os ocurriera alguna desgracia? No obstante. Thou palideció y le soltó la mano. y habrá guerra. se dirigió solemnemente hacia el busto de su padre. pero no puedo proceder de otro modo. vos. asesinar a nuestra patria! De todos modos. vos. pero. con justicia. le alzó. porque esta denuncia sería otra traición. no esperéis nada de mí. obligadas a enseñar a sus hijos un idioma extranjero. —¡Qué horror! —exclamó el consejero—. empezando a dar vueltas por la estancia. sin dejar de las manos el libro abierto. profundamente emocionado: —¿Por qué me amáis tanto? ¿Por qué me amáis vos. le dijo: —Hago mucho por vos al no denunciaros. Y Thou llevóle junto al busto de Luis XIII. si me obligan a hacerlo. prosiguió: —Sí. —Jurad ante él (también él es vuestro amigo). jurad que jamás firmaréis ese infame tratado. el presidente Thou. virtuoso y honrado.

rechazarle. Ahora. Thou. sois perfecto como siempre! Sí. porque. 119 . tuvo suficiente fuerza de voluntad para reprimir las lágrimas que pugnaban por brotar de sus ojos y. no me atrevería a disponer de mi vida y vacilaría en sacrificarla. respondió: —¡Ah. y. Sin embargo. abrazándole. firmaré el tratado con España. me hacéis un gran favor al separaros de mí. si me obligan. estando vuestro destino unido al mío. tengo completa seguridad de conseguir mi propósito. os lo repito.

Para tranquilizar a la nación entera. el hijo de Enrique IV ordenó que anunciaran su restablecimiento momentáneo. hízole avisar el rey que lo esperaba. y cuando se cercioraba de la sinceridad de su amistad. no tenía valor para exteriorizar su resentimiento de modo que les pusiera en guardia. instrumento preferido del monarca. ¿quién le impediría empuñar el cetro y dictar leyes firmadas sólo por él? El pueblo buscaba. fue a Chambord con Luis XIII. y la tibieza de corazón de aquel rey. y. como suele ocurrir. solía pasar el rey meses enteros sin ver a nadie. retiro favorito de Luis XIII. a la que su hermano. y que debía verificarse en Chambord. leyendo y releyendo misteriosos documentos. mayores eran las pausas que hacía en cada escalón. pero no encontraba más que sus tumbas recientemente abiertas. que a veces había reanimado la esperanza pública. CH. a medida que se encontraba más cerca de él.CAPITULO XIX LA PARTIDA DE CAZA Se ha de estar muy agradecido a la suerte si se puede abandonar a los hombres sin estar obligados a causarles daño ni declararse su enemigo. nadie se conmovía con su afectada enfermedad. Decidido a aprovechar la primera ocasión favorable. cuando oyó el sonido de una vihuela. y no encontraba nada que pudiera impedir el desarrollo monstruoso de aquel poder usurpado. inútilmente. que no sabía amar ni odiar por completo. y la ocasión que buscaba no tardó en presentársele. y que la corte se preparara para asistir a la cacería. El cardenal no engañaba a nadie con sus fingidos padecimientos. en todo el reino. La persona a quien hacía objeto de su afecto parecíale un ser dominante. El vivir lejos de la corte no era obstáculo para que la mano del horrible advenedizo se dejara sentir. Jean Sbogar. y escribiendo papeles que encerraba en un cofrecillo de hierro cuyo secreto sólo él conocía. Richelieu era. al que temía. en circunstancias análogas. ya para reflexionar acerca de lo que iba a hacer. La mañana del día fijado para la partida de caza. en todos los Estados cuyos tronos se bambolean. NODIER. a los colosos en quienes acostumbraba guarecerse en las tormentas políticas. mansión triste y majestuosa. y 120 . pero sólo reinaba en nombre del monarca. el eje de la monarquía. En Chambord. Desgraciadamente para sus favoritos. Cinq-Mars conocía perfectamente la debilidad de aquel carácter. y se lamentaba de vivir esclavo. Continuaba halagándoles. a pesar de tenerle sometido a su voluntad. ciertamente. El Parlamento había enmudecido. Cinq-Mars subía lentamente los anchos peldaños por donde había de llegar a la presencia del rey. ¿qué empresa acometería el ministro cuando Luis XIII dejara de existir? ¿Cuál sería el límite de las ambiciones de un hombre que tanta osadía había demostrado? Acostumbrado a mandar como rey. Llamaba a sus amigos. que casi lo lloraba como muerto. cuyo poder le substraía al cumplimiento de sus deberes. tenía escrúpulos de conciencia. el duque de Orleáns. La enfermedad de Luis XIII preocupaba en Francia. que no podía persistir en ningún propósito. creyendo que el cariño que profesaba a cualquier persona le distraía del amor divino. ya porque le molestara oír las quejas incesantes de Luis XIII. le había invitado. Pero. pero la violencia que tenía que hacerse para fingir atizaba el fuego de su corazón hasta convertirlo en odio.

¿por qué no me nombráis duque. y. o no soy. y que se asustaba ante las dificultades irreparables. par y hasta condestable. le dijo con tono lacrimoso y algo enfático: —¿Qué es lo que me han contado de vos. con los ojos inflamados por la cólera. es un crimen de lesa majestad. Me molestaríais menos si fuerais falsificador de moneda. o que me permitáis retirarme a Turena. ¿soy. vuestro amigo? Si lo soy. y se turbó. Luis XIII. vuestro padre! Al verse perdido. y otras frases semejantes. cuya piedad y virtud me habían cautivado! —Preocupado Cinq-Mars con sus proyectos políticos. El favorito levantó los hombros y se puso a escuchar. si soy culpable. como os aleja de mí.. Leamos una vez más en ese corazón helado que se considera capaz de sentir anhelos. Luis XIII. Cinq-Mars procuró poner buena cara y dijo con resignación: —Majestad. y con los codos apoyados en un cojín. venía a confesároslo. Permitid que vuelva a mi provincia. habéis tramado una intriga criminal! ¡Jamás hubiera esperado de vos un acto semejante! ¡De vos. ¡Un ángel no la resistiría! Vuelvo a suplicaros. no fue dueño de sí. golpeó el suelo con los pies. —¿Qué nueva tristeza le domina? —se preguntó a sí mismo—. ¿Os atreveríais a destrozarme los oídos con horribles confidencias? ¡Y con esa tranquilidad me habláis de vuestros desórdenes! Marchaos. variando de color incesantemente. como un chiquillo que está enojado. a quien ofendió la frase del monarca—.. como si Richelieu se encontrara presente y pudiera verle. Al ver al caballerizo mayor. Sería capaz hasta de matarlo —y. —¡A confesármelo! —exclamó Luis XIII. merecéis que os condenen a galeras como a Rondín. dejó de cantar. al decir esto. estrechó la mano a su joven favorito. como al señor Luynes. quien con sus rabietas infantiles dominaba al rey de Francia mejor y más fácilmente que el primer político de la época. complaciéndoos luego en desvanecerlas. por fin. Majestad! —exclamó el impetuoso joven. que me hagáis juzgar. ¡Estáis deshonrando a vuestra familia y ultrajando la memoria del general. y luego volvió la espalda al rey. vuestra falta de confianza en mí. —¡Oh. pues. pero Dios juzgará. vestido completamente de negro. El rey ensayaba en aquel momento una romanza compuesta por él mismo. Al traerme a la corte labrasteis mi desgracia. Luis XIII—. que haciendo lo que habéis hecho. rasgueaba indolentemente su vihuela. hastiado del mundo. porque me hicisteis concebir grandes esperanzas. le bastó adiestrar unos halcones? ¿Por qué no me nombráis miembro de vuestro Consejo? Lo haría bastante mejor que los viejos consejeros que os rodean. Cien veces he experimentado la tentación de marchar. mandad que me juzguen y condenen a muerte. Y se apresuró a entrar en el pequeño aposento en que se encontraba el rey. si no pensabais dispensarme mayores mercedes? En resumen. —¿Os burláis de mí. a quien. lo detesto. hidalguillo provinciano? —gritó. Effiat. es imposible soportar la vida que hago a vuestro lado. recobrándose en seguida. De la letra sólo se distinguían algunas palabras sueltas: «abandono. o capitán de los Croquants. Cinq-Mars hizo un gesto amenazador. a quien contrariaban grandemente las grandes resoluciones.su voz triste y temblorosa que se prolongaba bajo las bóvedas. Cinq-Mars? ¡Me apenáis grandemente. hermosa llama». El cardenal es quien os impide que me favorezcáis y. le miró con un gesto de reproche. y repetía con mano vacilante un ritornello defectuoso. Sé perfectamente que no merecéis la pena de muerte. como si le dominara el temblor de la fiebre—. para merecer tan altos honores. como el marqués de Coucy. enojado. pero. porque tengo la costumbre de abriros mi alma. amigo mío! ¡Olvidando mis consejos. Majestad. apoyóse en una de las columnas de la tribuna. respondió resueltamente: —Sí. ¿Para qué me nombrasteis caballerizo mayor. porque tengo ideas más nuevas y mucho mayor deseo de serviros. pero no me dirijáis reproches. reclinado en un diván. que tanto desprecio os merece. movió la cabeza. 121 .

y. —Sí. Es.. Giry. a casa de una. os beneficia. ¿Cómo justificáis vuestras visitas a Marión Delorme? Decid. un escritor que tiene fama de piadoso. os vais a pasar la noche. como los señores duque de Bouillon y de Aubijoux. A veces.. Jaret. llamado Renato Descartes.. El favorito. recién llegado de Italia. pero seguramente será otro religionista.—No se trata ahora del cardenal —dijo Luis XIII—. Charpentier. un señor Goot. Habla muy poco. un oficial que se distinguió en el sitio de La Rochela. Estoy seguro de que habréis encontrado en aquella casa personas que no son para vos la mejor compañía. —¡Ah.. continuadores de Astrea. Se llama Corneille.. obedezco vuestras órdenes. hagamos las paces. amigo mío. deponiendo su enojo. Además. que recibe a personas de ideas avanzadas. Estaba un señor. Colleret. el cardenal La Velette. lejos de perjudicaros. todos académicos. —¡Me habéis engañado tantas veces —siguió diciendo el monarca—. Son reuniones bien inocentes por cierto. Cinq-Mars. —¡Gracias a Dios que habéis nombrado personas de verdadero mérito! —exclamó Luis XIII—. se lo habría manifestado hace tiempo. Además. que es un espíritu fuerte. adoptó un aire resignado. Si Vuestra Majestad hubiese querido. al hacerlo así. a que os he acostumbrado. autor de Ariadna. que me cuesta mucho perdonaros. que ha escrito la bella Cyropedia. Le pagaba una pensión. acercándose al rey: —Pasar algunas horas escuchando cosas interesantes no creo que ocasione perjuicio a nadie. pero amigo de Desbarreaux. —Bien. y está muy enojado porque Ryer ha ocupado el puesto a que él aspiraba.. ¿Y franceses? ¿No concurrieron franceses esa noche? —El autor de Cinna. o Grocio.. y fingiendo buscar en su memoria—. Cinq-Mars! ¿Habéis perdido ya la confianza en mí? ¿No la necesitáis? Pues sabed que la confianza es condición indispensable de la verdadera amistad. señora de dudosa reputación. y que se dirige a Londres. de un amigo de Barneveldt. —¡Ah.. el conde de Brion. Todos son personas piadosas y de verdadera reputación. y como yo la necesito. que ya no puedo confiar en vos! ¿No es gente perdida y viciosa la que concurre a casa de esa mujer? ¿No van también otras meretrices? —¡Oh Dios mío! ¡Qué equivocado está Vuestra Majestad! Con frecuencia voy a casa de Marión Delorme. dijeron que es un exaltado religionista. como debe ser la nuestra. sino de vuestra escandalosa conducta. De éstos nada hay que decir. señor! Mis visitas a Marión Delorme sólo obedecen al propósito de oír las conversaciones de los sabios y hombres eminentes que a tal casa concurren. o parte de ella. En vez de asistir a los ejercicios piadosos. Cinq-Mars se inmutó y dijo. ¿queréis decirme quiénes son esos personajes? ¿No os avergonzáis de que os vean en su compañía? Ante la ofensa a su amor propio. y estrechémonos la 122 . a quien la Academia eminente ha rechazado tres veces. Besons y Baro.. acompañado de un gentilhombre de Turena. y hombres ilustres en las ciencias y en las artes. —¿Renato Descartes? He oído ese nombre.. y no he visto allí nada pecaminoso. ni siquiera pregunto cómo se llaman. bien —interrumpió el rey. Montresor y Fontrailles. decidme: ¿a quién visteis allí la última vez que estuvisteis? —¡Oh! Casi no recuerdo los nombres —repuso Cinq-Mars titubeando.. a casa de Marión Delorme asisten también personas muy importantes de la corte. Doujat. su compañía. como Maíret. porque en ellas se pasa el tiempo leyendo escritos que elevan el alma... según creo.. —También estaba un joven inglés llamado Juan Milton.. un holandés. porque me habéis mandado que os informe de todo. ya sé de quién se trata. si no. Vaya. Desmarets. —¿Juan Milton? No lo he oído nombrar jamás. cruzándose de brazos. que ocupa en mi real ánimo un lugar no preferente al que vos ocupáis. pero dijo el carde. y mirando a su interlocutor con aire triunfal—..

porque ya os habréis convencido de que es inútil. Si se supiera de qué estamos hablando. Al frente de uno de aquellos cuadernos había un rótulo que decía: Baradas. Y. Vos sois. ¡Yo fui testigo de ese crimen. cometisteis la impiedad de arrojar con rabia vuestro devocionario al fuego. ¡Cuántos crímenes cometidos durante mi reinado me reprochará la Historia! Luis XIII arrojó lejos de sí los documentos que tenía en las manos y prorrumpió en llanto con desconsuelo. cuando estábamos cantando vísperas en mi aposento. no pudiendo impedir aquella infamia. lo hizo quemar vivo! ¡Qué horror! En vano se invocó mi nombre para que se hiciera justicia. en el tercero. aquí está relatado lo que hicisteis hace tres días. en el último: Cinq-Mars. teniendo la paciencia de prestar atención durante dos horas a la lectura de lo que el rey había escrito durante los dos años que llevaba el caballerizo mayor en la corte. exclamó: —¡Cuántas infamias! ¿Cómo he podido olvidarlas? Indudablemente. Pero tomad asiento. Los reyes. porque todos os acusan de 123 . seré ahora maldecido por una familia. horrorizado. titulada La Caza Real. señor! —exclamó Cinq-Mars. Cada día he anotado las conversaciones que hemos sostenido. después de reprocharos que no fuerais muy inteligente en montería. os permito que vayáis alguna que otra vez. y he consignado vuestras faltas. cuándo el montero ha conseguido acostumbrar al perro a perseguir una pieza.. La misma noche me dijisteis que el cardenal había hecho quemar injustamente a un hombre. podéis convenceros de lo que digo. sacó de un cofre de hierro. leíase: Hautefort. porque os conozco. el 7 de diciembre. ¡Benditas sean vuestras lágrimas! Toda Francia debía estar ahora en este aposento y. ¿Recordáis cuál fue vuestra contestación? «Majestad. según la cual. mi verdadero amigo.. pero no volváis a engañarme. —Y es cierto. y. pero no me engañáis. se resistiría a dar crédito a sus ojos. y por vengarse de Urbano Grandier. —¡Ah. —No. y yo. documento que fue encontrado al lado del testamento de Luis XIII.mano. cuando éste murió. unos enormes cuadernos de papel escritos con letra muy menuda. tengo la seguridad de que se burlarían de nosotros. exhaló un suspiro y se dispuso a escuchar. Cinq-Mars. confiadme el mando de un regimiento y no el de una bandada de pájaros ni una jauría de perros. colocado junto al muro. Luis XIII leyó efectivamente el relato de los sucesos a que aludía Cinq-Mars y. y. y luego os disculpasteis diciendo que se os había caído de las manos. —¿Se asombraría al verme llorar? Entonces. ¡El cardenal interceptó las cartas que la nobleza y las personas notables del país me dirigieron. —Escuchad.. leyendo las pruebas que entonces os entregué. Mirad. y no un reo condenado a muerte! Puesto que conserváis vuestras Memorias. Cinq-Mars. al veros llorar. y estoy dispuesto a demostrarlo. de la que estaba ignorante. señor —repuso con franqueza Effiat— . en otro. no os conoce. sinceramente admirado—.» El día 8. todavía no he concluido. porque es el crimen más grande que ha cometido ese hombre que os está amargando la existencia y a quien no os atrevéis a imponer el castigo que merece. señor. La Fayette. siguió diciendo: —Ved cuántas veces me habéis engañado durante los dos años que hace que os conozco. sólo por odio personal. el cardenal me tiene fascinado.. —Por último —terminó diciendo el monarca—. al decir esto. sin pruebas que lo acusaran. cité la obra de Carlos IX. El rey tomó aquel en el que aparecía escrito el nombre del caballerizo mayor. son muy desgraciados. no debe gritarle ni castigarle para que busque la pista. mostrándoselo a éste. señor. que se cometió en Loudun! ¡Urbano Grandier fue víctima de un asesinato. Francia no conoce a su rey. Hablábamos del vuelo del halcón y. Cinq-Mars se sentó. lo sé todo. —Pero.

repuso al fin: —Pero. que no se impone por el respeto que Vuestra Majestad le inspira. y os 124 . en fin. los duques de Orleáns y de Bouillon os informarán. ingratitud del pueblo! Lo he sacrificado todo. en la creencia de que mis sufrimientos labraban la dicha del país. de todos los preparativos hechos para destituir al cardenal. al oíros. señor. porque Francia. y veréis cómo los enemigos. los amigos más decididos del cardenal se convertirán en adversarios. ¿qué sacrificio dejaría de hacer por vos? Sólo necesitáis hablar. he reprimido mis lágrimas para enjugar las de mis súbditos. creyendo que éste tiene mano más fuerte que la mía. señor! —replicó el caballerizo—. Hasta yo mismo os he atribuido a veces esos defectos. que había decidido aprovechar la ocasión para jugarse la última carta. hasta mi orgullo. —¡Ay. el reinado de la virtud. empuñad. se inmutó. y. —Ese error en que estáis os quita las energías. me apresuraré a hacerlo. jamás he dicho que lo odiara. hija del duque de Montpensier. para que. —En ese caso. —Señor —expuso Cinq-Mars francamente—. os nombrarán las personas que pueden reemplazar a los partidarios del actual primer ministro. El rey. Como no he usado de mi poder. señor! Mostraos tal y como sois a Francia. Todavía existe la antigua liga de los Príncipes de la Paz. una de las cuales llegó a ser reina. pero. a pesar de mi buen deseo. señor. batido el rey en sus últimas trincheras. he vivido angustiosamente. no ha puesto a mi lado una persona que no sea hechura suya? ¿Puedo hacerlo acaso? —¡Ah. que me deshaga de un ministro que. ocultando de vez en cuando la mano en el pecho y entornando los párpados como si experimentara un dolor agudo. y de que a la unión de ambas cosas se llame crimen.indiferencia y de frialdad. temiendo perjudicarle. imperturbable y solemne. y he hecho. pero Dios. por el pueblo. pertenece a la rama de Carlota de Borbón. Es algo revoltoso. que ni siquiera lo ha advertido. como siempre que se veía obligado a tomar alguna grave resolución. para quien nada hay oculto. Cinq-Mars. ya me es imposible! Se me acaba la vida y el gobierno de la nación es una carga demasiado abrumadora para mis hombros. Si mi hermano me facilita la manera de destituir a Richelieu. durante la cacería. os ame más. no cesó de dar muestras de aturdimiento. si el pueblo os viera llorar. y la nación. —¡El duque de Bouillon! —exclamó Luis XIII. —El duque de Orleáns tiene el propósito de hablaros hoy del duque de Bouillon. guiaba a todos sus súbditos con una sonrisa. contrajeron matrimonio con príncipes de la dinastía? No odio a Bouillon. porque yo no soy cardenalista y no me opondré. hasta el placer de guiarlo personalmente. —¡Ah. ¿No lo sabíais? ¿No sabíais que su casa está emparentada con siete princesas de sangre real. tosió. las riendas del poder. Tan pronto como Vuestra Majestad deje de dispensar su favor a ese hombre y lo destituya. Vuestro padre. atacando al cardenal. desde hace dieciocho años. de hecho. hasta que. Ha llegado la hora. un sacrificio mayor de lo que yo mismo había pensado. a quien todos los realistas desean ver en el cargo de primer ministro. a causa de mi debilidad y de mi timidez. me juzgará. prosiguió. hará lo que el temor le ha impedido hacer. sorprendido ante la conmovedora elocuencia del caballerizo mayor. no me lo agradece. pero no le guardo rencor alguno. y que ocho princesas de su linaje. en obsequio a vos. me creen incapaz de gobernar. El duque de Bouillon desciende de San Luis. ¿cómo queréis. de que el crimen y el poder dejen de confundirse. he sufrido pacientemente los males que me ha ocasionado. arreglando el cojín de su sillón—. por el pueblo he entregado las riendas del poder a un hombre a quien detesto. Anunciad al mundo que en Francia se va a empezar con vos. conociéndoos mejor. caerán a vuestras plantas. Cinq-Mars. Revivid y ocupad el trono. decidles que no se detengan por mí. —¡Indiferencia cuando la pena me mata! ¡Frialdad cuando me estoy sacrificando por los intereses de la nación! ¡Ah. a quienes el vicio no puede exterminar. por línea recta.

púsose en movimiento la comitiva.. Inmediatamente sonaron las trompas. se decidió a bajar rápidamente. cuando apareció Luis XIII. en dirección. después de subir a sus respectivas cabalgaduras los cortesanos que debían acompañar al rey. y rodeado por una brillante multitud de gentileshombres.. ¡sarcasmo horrible que no he olvidado ni olvidaré nunca! ¡Después de haberla desterrado en vida. Esta circunstancia le hizo olvidar el objeto de su preocupación. volvió a subir. Verdaderamente. tan pronto como llegó a la sala de guardias. y los pasos. apresuraos. dos personas. Cinq-Mars. cambio que no fue muy del agrado de Cinq-Mars. dio crédito a las últimas palabras del monarca. especialmente cuando. mantiene en el destierro sus cenizas! Y. seguido de su séquito. dicho esto. No obstante. como si lo hubiera satisfecho ya. el duque de Orleáns. 125 . a pesar de hacer ya dos años que lloro a mi madre. montó a caballo. que conocía bien las costumbres del rey. Consultadlo con vuestros amigos. aunque con el propósito de esperar en la puerta de entrada para ver cuando saliera a la persona que había subido. después de lamentarse mucho. desapareciendo Richelieu. Si encontráis otro medio de arreglar el asunto. que resonaban en la otra escalera de caracol. La escalera formábanla dos espirales enlazadas. Obedecedme y partid. la corte. temiendo que aquella cólera no durase mucho. el rey sobrecogióse ligeramente y despidió a Cinq-Mars. que era menos culpable que el cardenal. se apresuró a apearse para ayudarle a subir al cochecillo que le estaba esperando. mientras Luis XIII siguió por un camino apartado. vióse rodeado por un numeroso grupo de cortesanos que estaban esperándole. y tan pronto como Vuestra Majestad deje de oponerse. no puedo. pero en tal estado de abatimiento. Este propósito no lo pudo llevar a cabo.. toda la nobleza y el Parlamento están de nuestra parte. y.. retrocedieron. no es necesario. como en aquel momento se oyera ruido de pasos en la escalera. fastuosa y brillante. Es un ministro de Dios y cardenal. presentaciones. diciéndole: —Disponeos para asistir a la cacería. quedará resuelta la cuestión. que era la granja de Ormage. servido por nobles y pajes. Llegados allí. arrastrado por dóciles caballos y guiado de ordinario por el propio monarca. y. no he logrado todavía que traiga su cadáver a Francia para darle sepultura entre mis antepasados? Sabiendo que ya había dejado de existir. todas las manifestaciones de simpatía que suelen padecer los favoritos. y no había transcurrido aún una hora. —¿Cómo Concini? —preguntó el rey—.. yo también reflexionaré. en resumen. y que le obligaron a separarse de aquel sitio para dictar órdenes y recibir saludos. Y. Cinq-Mars salió de la estancia. Richelieu desaparecerá. abrazos. y. lo aceptaré gustoso. me propuso ante la corte que la llamara a Francia. Os convenceréis. como desapareció el mariscal Dancre. impaciente y disgustado de aquel juego. porque. No. escoltado por Cinq-Mars y otros cuatro personajes.dirán con qué maestres de campo y con qué coroneles se cuenta para sustituir a Fabert y a todos los cardenalistas de Perpiñán. y nos excomulgaría. que era casi llevado por cuatro servidores. Poco tiempo después llegó el duque de Orleáns. al ver al monarca. confidencias. solicitudes. agregó: —¿Creéis que. después de conversar un breve rato con los cortesanos que le rindieron pleitesía. Y empujó familiarmente al favorito hacia la escalera por donde había subido. sin verse. de que los partidarios de Richelieu son muy pocos. dejóse el rey arrastrar por el rencor. al que daban el nombre de brouette. Era éste un vehículo muy bajo. La reina. y por ella podían subir y bajar al mismo tiempo. se esparció por los senderos del parque. a quienes había indicado que lo siguiesen. señor. El favorito se detuvo y cesó el ruido de pasos. por lo que. esforzándose por adivinar la causa de que se hubiera turbado el rey al oír los pasos de la persona que subía. al sitio designado para cazar..

las voces que proferían algunos grupos de jóvenes. como el cielo parece más sombrío después de apagarse el cárdeno fulgor de un relámpago que lo ha iluminado un momento. porque el señor de Bouillon está tan próximo a ser ministro como yo. enardecidos por la caza. me parece que veis menos que yo. desde el cual no perdían de vista a éste. ¡Victoria! El rey no cesa de tenderle la mano. y para resguardarse de él veíanse los cazadores obligados a abrigarse. Ladraban los perros. ton. que el viento arremolinaba al borde de todos los senderos. muy probablemente. que es un refugio y un buen hogar para nosotros. aunque se tenga seguridad de no ser escuchados por oídos indiscretos. ton. más espantosa que antes. para burlar la curiosidad de miradas indiscretas. para ambas cosas. lo que me permitirá casarme con mi prima —exclamó Oliverio Entraigues con gran alegría. empezó a cantar esta canción de caza: Buen viento tienen los estorninos. El viento era frío y penetrante. las encinas del parque iban desprendiéndose de sus hojas. muy bien. ¡Oh. pero las voces se extinguían pronto. ¿Qué hacen? ¡Quién tuviera buena vista! Decídmelo. sin preocuparse de la caza. por un sendero paralelo al que seguía al rey. toninos. ¿Veis cómo le sonríe? Mirad: el caballerizo se apea del caballo. con la velocidad del rayo alguna avenida. Todos hablaban en voz baja y con ese tono misterioso que suele adoptarse cuando se dicen cosas graves. De vez en cuando. —Es de suponer que el duque me confíe el mando de un regimiento. ton. Bouillon sale ministro! —Ministro —dijo Fontrailles. cruzando. siguieron hablando como si no le hubieran oído: —El caballerizo ha empuñado las riendas y guía los caballos del coche de Su Majestad. Continúa habiéndole. Próximo ya el invierno. burlándose y levantando los ojos al cielo. porque es todo un carácter. —Ministro —repitió Lude. ton. Gondi. o. aunque el rey lo abrace. muy arrebujados en sus capas. pero no llegará.. —¡No veo! No tengo más ojos que los de mi fe y los vuestros. 126 .. ¿Qué hacen? —El rey habla al duque de Bouillon al oído. autumnal. Montresor. El abate Gondi. mirad. gesticula. no sabemos si para resguardarse del frío. y los seres y las cosas volvían a sumirse en profunda tristeza. —Señores. Montresor y los demás compañeros.Aquella fiesta tenía un aspecto triste. animaban momentáneamente el cuadro. Varios cortesanos. —¡Ah! ¿Veis cómo el rey estrecha la mano a Gastón de Orleáns? Os hace señas. de ésta. El zorro está perdido. Todo era desolador y triste. Posee relevantes cualidades. sube al coche y toma asiento al lado de Su Majestad. y las damas a cubrirse el rostro con velos o antifaces. tonteras. —Sin duda —repuso Montresor. —Bien. atentos a los gestos del rey. Fontrailles. porque en aquella época las carrozas no tenían cristales. cabalgaban. Yo le aprecio mucho por ser dueño de la grande y estúpida ciudad de Sedán. o que se realizan milagros en el año de gracia de 1642. y de vez en cuando oíase el sonido lejano de las trompas.

Frente a Ana de Austria iba sentada la mariscala de Effiat. tontaina. ¡Lástima que así ocurra! Si fracasamos.. y he entrado con toda el alma en esta conjuración cuya alteza de miras es innegable. ¡No faltaría más! No nos faltarán cargos contra el insolente que osó despedir a un paje. y por la misma senda que éstos. ton. 127 . ¿Qué habéis descubierto? ¿Alguna maravilla? —¡Casi nada! El rey ha estrechado la mano al duque de Orleáns. calificativo que sus raros vestidos orientales parecían justificar. pero las imprudencias amenazan malograrla. pues. la princesa María. postillón. ah. Este príncipe era un delegado del rey de Polonia. a la que los parisienses daban el nombre de «bárbara y escita». para decidir a la duquesa de Mantua a contraer matrimonio con el anciano rey Ladislao VI. y ésta no se puede tomar en serio. Es preciso juzgarlo. —¡Naturalmente! —exclamó el abate—. acercándose al señor Lude. Si guías mi carricoche. ton. le dijo: —Me entran deseos de referir el secreto a mi ayuda de cámara. También se afanaba por ver los gestos del rey a través de los árboles. —¿Qué sucede? ¿Qué ocurre? ¡Ah. a los pies de aquélla. ton. El duque no me obligará a llevar a Madrid ese maldito tratado. apoyados en el dorado estribo. ton. tendré un grave disgusto. ¡Loado sea Dios! Señores. no lo vuelques. ton.El abate continuó cantando: . habría para derribar tres reinos. a causa del paso continuo de los caballos del príncipe Palatino y de su escolta. y. y. además. dejó que Oliverio y Montresor se adelantaran. ¡No se atraviesan los Pirineos con tanta facilidad como algunos suponen! Y. Aubijoux? ¿No es cierto. enviado con el pretexto de tratar grandes negocios de Estado. ton. —¡Ah! ¡Ah!—repitió Oliverio. Me ocupo de estas cuestiones por afición. ton. —El mar es una tumba demasiado hermosa para él —dijo Oliverio—. Montmort? A un centenar de pasos detrás del abate y sus amigos. cosa que no sentiré. es necesario pasar por donde se encuentra el cardenal. avanzaban varias carrozas.. la verdad. ¡Han cazado al viejo jabalí! ¿Quién se encargará de rematarlo? Es necesario arrojarlo al mar. la música de estos sucesos es muy de mi agrado —continuó Fontrailles en voz baja—. ton. que iba conversando con dos personajes más serios. pero con frecuencia veíase obligada a inclinarse. tonto. —Abate. que llevaban descorridas las cortinas de la izquierda para poder ver al monarca. ton. porque es una comisión muy escabrosa. ¿verdad. a quererlo. porque jamás he visto fraguar una conspiración tan a la ligera. Las grandes empresas necesitan realizarse en la sombra. sobre un escabel y con los pies fuera de la carroza. Es más importante qué cuantas menciona la historia. en realidad. ¿verdad? —Detuvo a su caballo. —Pues. ya nos hemos librado del cardenal. pero. ah! —preguntó Gondi—. La primera carroza la ocupaba la reina. ¿Tenéis música apropiada a todos los sucesos de la vida? —Y os puedo proporcionar también sucesos que se acomoden a todas las músicas —replicó Gondi. ton. Desplegaba el príncipe en la corte de Francia todo el lujo de la suya. vais a volvernos locos con vuestras canciones —dijo Fontrailles—. —¡Ah! ¡Ah! ¡Ah! —exclamó Montresor.

a media voz. El caballerizo mayor ha tomado asiento junto al rey. en incorrecto francés. cuyo silencio veíase interrumpido por los infinitos rumores de la cacería. contemplando la tierra húmeda y obscura que se deslizaba bajo las ruedas de la carroza. señora. al iluminar aquellos campos. que los creían salvajes. les inspiraban terror. sin embargo. Le daba escolta una compañía de guardias poloneses vestidos de amarillo y rojo. con la mariscala de Effiat. Momentos después. 128 . No atreviéndose a reanudar la conversación. y exhalaba un profundo suspiro. ¡El rey es tan bondadoso! —respondía la mariscala. Después. temiendo haberla afligido. en voz alta. luego. vestían trajes de brocado de oro y plata. El caballo que montaba estaba pintado de rojo y engalanado con gran número de plumas. tan frecuente en las riberas del Loira. Al poco rato penetró en los tallares con uno de aquellos caballeros. A las damas. pálido como un cadáver. y los jinetes parecíanle sombras grises moviéndose a poca distancia. absorta. María de Gonzaga estaba ya aburrida de los saludos y gracias orientales del extranjero y su escolta. y la siguió con los ojos hasta que hubo pasado la carroza. Súbitamente pasó ante ella un caballero que corría como una flecha. parecióle a María que Cinq-Mars entregaba a aquel hombre un rollo de papeles. en efecto. —Os felicito. y ostentaban en el occipucio un solo mechón de cabellos que les daba aspecto de tártaros. lo mismo que los moscovitas. abrió los ojos y vio a CinqMars. y que le recibieron sombrero en mano. —Necesitáis. Los señores poloneses que formaban su séquito. que llevaban colgando de los hombros. María miraba atentamente todos los movimientos del rey. Cinq-Mars se detuvo ante el grupo de caballeros que precedían a las carrozas. y chaqueta corta adornada de diamantes y rubíes. María. y con los ojos ocultos en la sombra del sombrero echado hacia adelante. la cabeza afeitada a la usanza turca. y María dejó de verle ya. Presa de tristes presentimientos. entonces completamente desconocidos en la corte de Luis XIII. cejijunto. temblorosa. Y. mientras hablaba. Mazarino decíame hace pocos días que en el purgatorio se me impondrá el castigo de oler malos perfumes y de no dormir entre sábanas de Holanda. un motivo de alegría. que María apenas podía distinguir los caballos delanteros de la carroza. y ya sabéis que tengo gustos muy delicados. semejaba una luna sanguinolenta arrebujada en un sudario desgarrado. se miraron y viéronse mutuamente con los ojos llenos de lágrimas. a sus esperanzas y a su promesa de realeza. reprimir vuestro corazón y habituaros a ellos —respondió con cierta sequedad Ana de Austria. como todos los individuos de su escolta. distinción que no se le había otorgado hasta ahora —decía María. con grandes abrigos de mangas largas. a la reina: —Estos señores usan unos perfumes que hacen daño al corazón. con notoria torpeza. María inclinó la cabeza y quedó. dicho esto. una barba larga y espesa. le siguió con la vista. sobrecogíase de confusión y de terror. prosiguió alegremente: —Os habituaréis a aspirar esos perfumes lo mismo que nosotros. Effiat se internó en el bosque. cubierta con un gorro de pieles. La princesa no encontraba otro modo de evitar sus importunidades que llevarse un pañuelo a la nariz y decir.El palatino de Posnania era bello y llevaba. El sol. ambas procuraban infundirse mutuamente el ánimo y la esperanza que les faltaban. un cumplido aludiendo. Al cabo de medía hora ocultóse el astro diurno tras de un velo tan denso. miró a su amada desde lejos. —Es. a pesar de ver al primer rey de Europa a los pies del hombre a quien amaba. porque cada vez que el príncipe pasaba junto a ella creíase obligado a dirigirle. a causa de la niebla. ambas volvieron a guardar silencio.

agarraron las bridas de los caballos. después sonaron en el bosque algunos disparos. puedo prestaros un gran servicio. ¿Es posible que el rey de Francia le haya revelado nuestros secretos? —¿Y eso es todo cuanto se os ocurre? ¿No tenéis nada más que decirme? Ya sabes que tengo contraída con el capuchino una antigua deuda que deseo saldar. si os place. mientras. En un extremo del bosque. cuyo reflejo no alcanzó a ver. Sepamos. les dio un significado terrible. sois muertos. —Amigo8. —¡Dios! ¡Es el señor!7 —exclamó la misma voz. ha querido daros una broma. Las trompas resonaron. en parte. distinguir la cabeza de un caballo o el de un cuerpo oscuro saliendo del bosque. Aquella idea la obsesionó hasta el castillo. se arrojó sobre ellos y. les sujetaron las piernas y los brazos. ¿no me reconocéis? Jaime. Al mismo tiempo. —En primer lugar. —¿Qué servicio podéis prestarme vos? —inquirió Cinq-Mars—. dos cazadores que habían extraviado el camino dirigíanse para descansar hacia la orilla de un estanque. velados por una especie de cortina blanca que ocultaba la luz. Yo no soy un farsante. buscando el camino en medio de la niebla. ordenando el regreso y llamando a las jaurías. donde se apresuró a encerrarse en sus habitaciones. después de haber hablado con el rey. Estas sencillas palabras la hicieron estremecer. por la parte de Montfrault. porque no debemos desperdiciar nada. forcejeando por desenfundar sus pistolas—. Recuerdo que me dispensasteis algunos favores y. La reina hizo sentar a la princesa a su lado. y los detuvieron. este hombre es tan valiente como osado. que acababa de salir del bosque. Merced a vuestros motines. —¡Santo Dios! Ahora comprendo el cambio súbito e inexplicable que experimentó Luis XIII. 7 8 En castellano en el original. Os aconsejo que utilicéis sus servicios. como lo sois siempre. antes de que los cazadores tuvieran tiempo de esgrimir sus armas. En castellano en el original. la voz ronca de una persona oculta en la niebla preguntó a gritos: —¿Sois realistas o cardenalistas? Gritad: ¡viva el caballerizo mayor! Si no. como mi padre. turbado. Esta mañana. y dio orden de regresar a Chambord. porque su espíritu. bajabais por una escalera. los cazadores pasaron cerca de las carrozas. cuando un grupo de diez o doce hombres. —Oídme cuatro palabras—dijo Jaime Laubardemont—. y llamándose a voces unos a otros. mi fortuna. De pronto latióle el corazón apresuradamente. el de haceros una advertencia. —¿Dónde estará el caballerizo mayor? —Hace un rato que ha desaparecido —respondió una voz al pasar junto a la princesa. resonó una carcajada salvaje y aproximóse un hombre solo a Cinq-Mars. Oyó llegar al rey y al duque de Orleáns. adonde se encaminaron al paso y silenciosamente. me habéis sido muy útil. a pesar de mirar a través de los cristales.La helada niebla no tardó en convertirse en lluvia torrencial y en nube de olor fétido. internándose en el bosque. —El rey pregunta por el caballerizo —decían. Inmediatamente abandonaron su presa los agresores. y se esforzaba inútilmente por entender alguna palabra. —¡Bribones! —respondió uno de los caballeros detenidos. he logrado rehacer. 129 . el capitán español. porque soy capitán de un grupo de valientes. recientemente. el padre José subía por la otra. Haré que os ahorquen por abusar de mi nombre. María apenas lograba. sin saberlo. Fontrailles acercóse entonces al caballerizo y le dijo en voz baja: —Señor. acababa de oír que llamaban a Cinq-Mars. la mayoría de las veces. y.

volviéndose a Cinq-Mars. por lo menos. Personajes muy importantes en la corte han asesinado a sus enemigos con sus propias manos. dirigiéndose otra vez a Cinq-Mars—. dejadme! —replicó Cinq-Mars. porque os basta pronunciar una palabra para que. como dicen en la Sorbona: puesto que. y eso es lo que me preocupa. nos ponemos a mal con Dios y hacemos amistad con el diablo. antes de treinta y seis horas. al capuchino —insistió el capitán. y tenéis razón. no se debe ser orgulloso aunque se haya contraído algunos méritos en el ejercicio de la profesión. No comprendo vuestros escrúpulos. ¡Y vaciláis en hacer desaparecer a un miserable! Richelieu tiene a sus órdenes una partida de pícaros. ¿eh? Ergo: tanto monta matar a uno como a mil. Y. señor doctor en cuchilladas —respondió Fontrailles. os veáis libre de ese maldito fraile. sonriendo—. Reconozco que seríais un buen compañero de viaje. es porque se desea su muerte o. compungido. si queréis venir. Es mejor que se encarguen de despacharlo los grandes señores. También podemos hacer lo mismo con el cardenal. prosiguió: —Escuchad: cuando se conspira contra alguien. Vuelvo a suplicároslo. —También puede ejercer gran influencia en el corazón del rey —repuso Cinq-Mars. —¡Dejadme. No debo agredir al cardenal. ese caso. lo exige su alcurnia. Yo le convenceré. de todos modos. no me rehuséis esta merced. ¡Ah! ¡La guerra! ¡La guerra! ¡Guerras civiles. es bocado de rey. Eso puede influir mucho en nuestros destinos. Entonces no me habría atrevido ni a matar a un fraile. y que el que lo mate esté a punto de ser mariscal. por caminos que nadie conoce. —Ni a nadie —agregó el caballerizo. Vale la pena. —Aceptad el ofrecimiento —aconsejó Fontrailles—. en las calles de París. Os desafío a que me demostréis lo contrario. antes de tener uso de razón. monseñor —continuó. Vitry empezó con Concini y lo ascendieron a mariscal. Los reyes se lamentan de que un súbdito les traicione. Yo no tengo pretensiones. pecar mucho que poco. aunque en este momento se encuentre ya cerca de París. si queréis. recordad que han intentado demostrar algunos que se puede matar en secreto a nuestros enemigos. Os guiaré. Este principio consolador ha sido siempre mi norma de conducta. Si sois religioso. absorto en una profunda meditación. No podemos exigir tanto. ¿No es así? Secundo. guerras con el extranjero! 130 . para evitar dos pecados: el de arriesgar la vida y el de batirse en duelo. —Cedednos. siquiera. —¡Ah! Comprendo.—¿Qué me importan a mí vuestras deudas? —replicó Cinq-Mars inclinando la cabeza. Lo mismo que él pensaba yo de niño. —¿Qué cosas más importantes puede preocuparos?—preguntó Fontrailles—. sofocado por la cólera—. y vos debéis tener otra. —No se puede argumentar con lógica más irrebatible. —No le atormentéis—dijo Jaime bruscamente—. —Ya sé que vais a llevar el tratado —repuso Jaime—. preferís que lo despachen con un par de estocadas. ¿No es cierto? Hizo una pequeña pausa y agregó: —En. Os llevaré conmigo a España. —Me asustáis —respondió el gentilhombre—. para cruzar los Pirineos. Comprendo sus escrúpulos. igual da. —Tampoco quiero decir lo que suponéis —continuó Effiat severamente—. —¡Oh! No pienso utilizar el puñal —repuso Cinq-Mars. Ofrecimientos de esta clase no se hacen todos los días. —Os importan mucho. Me preocupan cosas más graves. su desgracia. nos hemos de condenar.

Desatemos sus furores. Acerquemos el fuego a la mina. ¡Que perezca el Estado, que perezcan veinte reinos si es necesario! No nos contentemos con ocasionar vulgares estragos, puesto que el rey traiciona a sus súbditos. Escuchad —y retirándose con Fontrailles algunos pasos, agregó en voz baja—; Sólo os encargué preparar nuestra retirada y los socorros, caso de que el rey nos abandonara. Acabo de presentirlo por las exageradas pruebas de amistad que me ha dado, y he decidido que partáis, porque el rey me ha anunciado que va a Perpiñán. Temía que fuera a Narbona; pero ahora comprendo que marcha a entregarse, prisionero, al cardenal. Partid inmediatamente. Además de las cartas que os he dado, os entrego el tratado; tomadlo. Está redactado con nombres supuestos, pero aquí tenéis la contraescritura firmada por Gastón de Orleáns, por el duque de Bouillon y por mí. El conde-duque de Olivares está deseando recibirlo. Aquí tenéis también pliegos en blanco firmados por el duque de Orleáns; llenadlos como creáis conveniente. Marchaos. Dentro de un mes debéis encontraros, de vuelta, en Perpiñán, donde os espero, y franquearé las puertas de Sedán a los diecisiete mil españoles que están en Flandes. Después, dirigiéndose al aventurero que lo esperaba, le dijo: —A vos, puesto que deseáis servirme como capitán, os encargo que escoltéis a este gentilhombre hasta Madrid, y obtendréis una espléndida recompensa. Jaime, retorciéndose el bigote, contestó: —Dais prueba de tacto y de buen gusto utilizando mis servicios. Quizá ignoráis que la gran reina, Cristina de Suecia, envió a buscarme y me rogó que permaneciera a su lado, como persona de su confianza. Ha sido educada «a cañonazos» por el León del Norte, Gustavo Adolfo, su padre; le entusiasman los hombres valerosos y le deleita el olor de la pólvora. Pero me negué a servirla por ser hugonota; yo profeso ciertos principios de los que no me aparto jamás. Así, por ejemplo, os juro por San Jaime, que conduciré a vuestro amigo a través de los Pirineos con toda seguridad, y que lo defenderé contra el mismo diablo, si es preciso. Vuestros papeles os serán devueltos sin romperlos ni mancharlos. Todo esto sin recompensa alguna, pues me basta mi propia acción. Además, no acepto jamás dinero, porque soy gentilhombre. La familia Laubardemont es muy antigua y noble. —Adiós, entonces, noble hombre —repuso Cinq-Mars—. Partid. Y, dicho esto, Cinq-Mars estrechó la mano a Fontrailles y se internó en el bosque, suspirando, en dirección al castillo real de Chambord.

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CAPITULO XX LA LECTURA

Las circunstancias revelan, por decirlo así, la realeza del genio, último recurso de los pueblos extintos. Los grandes escritores... esos reyes sin corona, pero que reinan verdaderamente por la fuerza del carácter y la grandeza de pensamiento, son elegidos por los acontecimientos que ellos dirigen. Sin antepasados y sin descendientes, únicos seres de su raza, cuando han realizado su misión desaparecen, dictando al porvenir órdenes que son fielmente ejecutadas. F. DE LAMENNAIS.

Cierta noche, frente a una linda casa situada en una esquina de la Plaza Real, detuviéronse numerosos carruajes, con asombro de los vecinos que, al ruido, se asomaban a las ventanas para informarse de la causa de tan inusitado alboroto. Aquellos carruajes, conforme iban llegando, abrían sus portezuelas frente a los tres escalones de piedra que precedían a la entrada de la casa, y los personajes que se apeaban de los vehículos se apresuraban a subir. Las rondas nocturnas que vigilaban para que no se turbara el sosiego del vecindario acudían a la Plaza Real con propósito de cortar el inusitado bullicio; pero, al ver que cada carroza estaba rodeada por diez o doce criados armados de garrotes y provistos de antorchas, volvían a retirarse. Un gentilhombre de largo espadón con cintas color de rosa, y zapatos de tacón alto, adornados con lazos enormes, bajo los cuales desaparecían casi por completo los pies, vueltos hacia afuera, entró, seguido por tres lacayos, y, mientras se retorcía el bigotillo rizado, y se peinaba la barba suave y puntiaguda, preguntó por la señorita Marión Delorme. El anuncio de su llegada fue acogido con un murmullo de regocijo. —¡Al fin, llegó! —exclamó una voz joven y sonora—. Mucho se ha hecho esperar el buen Desbarreaux. Vamos, pronto, tomad asiento cerca de esta mesa y leed. Quien así se expresa era una joven de veinticuatro años, alta y hermosa, de cabellos negros, muy crespos, y cutis oliváceo. En sus ademanes advertíase cierta masculinidad, adquirida, sin duda, en el trato con los hombres que componían su tertulia. Les asía por el brazo bruscamente, y les hablaba con tal libertad, que concluía por contagiárseles. Sus conversaciones eran más vehementes que alegres, pero provocaba con frecuencia la risa en torno suyo con las frases ingeniosas que pronunciaba, porque su rostro apasionado parecía incapaz de sonreír, y sus grandes ojos azules y sus cabellos de azabache le daban una aspecto extraño. Al entrar, Desbarreaux le besó la mano galantemente, y juntos, y sin cesar de hablar, cruzaron el salón en el que se hallaban unos treinta personajes, sentados unos en grandes sillones, otros de pie bajo la campana gigantesca de la chimenea, y los demás conversando en los huecos de las ventanas, tras los anchos tapices. Entre los concurrentes había hombres desconocidos entonces y que llegaron a ser ilustres; y hombres ilustres entonces y a quienes la posteridad desconoce. Entre estos últimos encontrábanse los señores de Aubijoux, Brion, Montmort y otros brillantes gentileshombres que habían acudido a juzgar al recién llegado, el cual estrechó afectuosamente la mano a Montereul, Sirmond, Malleville, Baro, Gombauld y otros sabios muy conocidos en los anales de la docta corporación de que eran fundadores, y a la que denominaban Academia
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eminente. Desbarreaux apenas se dignó dirigir una mirada protectora al joven Corneille, que hablaba en un rincón con un extranjero y un adolescente que aquella noche había presentado a la dueña de la casa con el nombre de señor Poquelín, hijo del ayuda de cámara-tapicero del rey. El adolescente se llamaba Moliere, y el extranjero Milton. Antes de empezar la ansiada lectura del joven sibarita, suscitóse una discusión entre él y otros poetas y prosistas de la época, quienes hablaban con gran facilidad un lenguaje incomprensible para el que no estuviera iniciado en él; estrechábanse la mano con afectuosos cumplidos y aludían frecuentemente a sus respectivas obras. —¡Ah! ¿Os encontráis aquí, ilustre Baro? —exclamó el recién llegado—. He leído vuestra última sextilla. Es muy delicada y muy tierna. —¿Qué habláis del reino de la Ternura? —interrumpió Marión Delorme—. ¿Conocéis ese país? Os habéis detenido en la ciudad del Talento y en la de los Bellos Versos, pero no habéis pasado de ahí. Si el gobernador de Nuestra Señora de la Guardia quiere dejarnos ver su nuevo mapa, os señalaré el punto en que os encontráis. Scudéry, al oír esto, se apresuró a levantarse y, desenrollando una especie de mapa con cintas azules, mostró las líneas de tinta rosa trazadas por él mismo, diciendo: —Este es el pasaje más hermoso de Clelia. Muchos opinan que este mapa es exageradamente galante, pero es sólo una prueba de buen humor y de ingenio, con la que me he propuesto complacer a nuestro pequeño círculo literario. Sin embargo, como en el mundo hay personas raras, temo que no todos tengan suficiente inteligencia para comprenderlo. Este es el camino que se debe seguir para ir de la Nueva Amistad a la Ternura. Advertid que así como se dice Cumas del mar de Jonia, y Cumas del mar Tirreno, en el mapa se dice Ternura de la Inclinación, Ternura de la Estimación y Ternura de la Gratitud. Es necesario empezar por vivir en las aldeas del Gran Corazón, la Generosidad, la Exactitud y la Delicadeza. —¡Oh! ¡Qué preciosidad! —interrumpió Desbarreaux—. Efectivamente, mirad: las aldeas están bien indicadas. Ved la de Pequeños Cuidados, la de Carta Amorosa, y la de Dulces Palabras. —Efectivamente. ¡Es ingeniosísimo! —exclamaron Vaugelas, Colletet y los demás. —Fijaos también —prosiguió el autor, orgulloso del éxito—, que es preciso pasar por la Complacencia y la Sensibilidad, porque, si no se toma este camino, se expone uno a perderse en la Tibieza y en el Olvido, y caer en el lago de la Indiferencia. —¡Maravilloso! —exclamaron todos los presentes—. ¡Es un derroche de ingenio! —Pues bien, señora —prosiguió Scudéry—, lo confieso, este trabajo, impreso con mi nombre, es obra de mi hermana, quien lo ha traducido de Safo. Y, sin que nadie lo solicitara, declamó enfáticamente unos versos que terminaban así: El amor es un mal grato, sin él no puede vivirse, pero, aunque tuviese cura, es preferible morirse. —¿Cómo? ¿Tanto talento tenía esa griega? Me resisto a creerlo. —exclamó Marión Delorme—. ¡La señorita Scudéry la supera! La idea es suya, y esos versos deben incluirse en Clelia. Hacedlo así, os lo suplico, porque encajarán perfectamente en esa historia romana. —¡Maravillosamente! Son perfectos —asintieron los sabios—. Horacio, Arunce y Porsenna son enamorados muy galantes.
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que no tardaron en rehacerse. después de que los recién llegados se hubieron instalado. describió el nacimiento de las edades. mejor que sentarse. y vivía en un mundo fantástico. veía como a través de un velo. hay varias copias en francés. velada al principio. Aquí. un deseo constante de vengarse. recitarnos versos. y que.. El puede. al deslizarse. Ven conmigo. se desplomó. porque algunos de estos señores saben el inglés. Esta observación fue acogida por los concurrentes con gran desdén. pero se necesitó algún tiempo para decidir al joven extranjero a salir del hueco de la ventana donde parecía encontrarse muy a gusto conversando con Corneille. dijo: —¿Para qué sirve este mapa? ¿Para hacernos felices o para proporcionarnos placer? Porque este señor no tiene aspecto de ser muy dichoso ni yo me encuentro muy alegre. chocando y entrecruzando sus dedos al seguir con los índices el curso de los ríos amorosos. Esperamos al caballerizo mayor del rey y a otros gentileshombres. delante de los ojos. ¡Eh! ¿Qué importa este campo en que se libran las batallas celestiales? ¿Crees que se ha perdido todo? Conservar una voluntad indomable. diciendo: «¿Eres tú el que estabas envuelto en un halo luminoso en los reinos bienaventurados de la luz? ¡Oh! ¡Qué caída tan enorme la tuya!. ha hecho traducir los pasajes. para los demás. que había escrito durante su enfermedad. falaz modestia con la que conquistaban los elogios de los oyentes y ofendían al poeta. Relató en sus versos la primera rebeldía del hombre. en medio de la desconfianza del auditorio. disponiéndose a escuchar. El extranjero declamó sus versos. La inspiración poética lo abstrajo de cuanto le rodeaba. El joven Poquelin.. Inmediatamente. repartía nueve veces entre los mortales el día y la noche. y la mirada. que eran hermosísimos. describió el tiempo que. dirigida al cielo. quienes.las copias y las distribuyó entre los eruditos. que nada ignora. que lo miraba con aire doctoral y protector. mientras tanto. deshicieron los corros. fingiendo. —No empecéis todavía a leer —díjole la dueña de la casa conteniéndole—. de memoria. un odio eterno y un valor no doblegado jamás. y del que se acusaba.. sobre el que. a un antiguo secretarlo del duque de Buckingham. Apoyó el codo sobre la mesa y púsose la mano. y la obscuridad de las eternas pasiones y el océano llameante en que se agitaban los ángeles caídos. y cantó la excelsitud del corazón dotado de sencillez y pureza. Este apoyó la cabeza entre las manos y los codos sobre la mesa para no oír las frases de cortesía 134 . Desbarreaux disponíase a leer un soneto de carácter religioso. se ocupa en escribir un poema. fue robusteciéndose a medida que avanzaba en la declamación de los versos. le dio una expresión tan sublime como la del joven evangelista de Rafael. tomó . ¿no es una victoria?» En aquel momento presentóse un lacayo anunciando con voz vibrante a los señores Montresor y Entraigues. pero enrojecidos por las lágrimas y las noches pasadas en vela. El concurso aprovechó aquella coyuntura para entablar diálogos aparte. sobre esta mesa. avanzó hasta el sillón colocado junto a la mesa. Se encuentra aquí un joven inglés que viene de Italia y vuelve a Londres.. según me han dicho. porque os interrumpirían.Todos estaban inclinados sobre el mapa de la Ternura. Su voz. a modo de pantalla. de lo que decían. por haber pensado en Dios ante el peligro. Por fin. levantando tímidamente su voz y su mirada melancólica. que estaba por encima de sus inteligencias. Y. al entrar. en el que se pronunciaron palabras de censura y se hicieron reproches de mal gusto. Su voz tronante pronunció el discurso del príncipe de los demonios. grandes y hermosos. El poeta escuchaba. y. Algunos concurrentes declararon que no comprendían la composición. Pintó luego al genio del mal. que va a leernos. invocó al Espíritu Santo. El silencio profundo con que fue acogido el principio de la obra convirtióse en murmullos de aprobación después de la última frase. sujeto con cadenas diamantinas al fuego vengador. al decir esto. tomaron los concurrentes asiento. y sería un crimen dejaros recitar en medio del ruido y de los saludos a dichos señores.

idea que la dejó como encantada. encontró a su lado cuatro admiradores cuya voz sofocó a la de la concurrencia. Son unos versos completamente insulsos. porque el auditorio no está a su altura. porque Milton estaba completamente absorto en la sublimidad de sus ideas. que el amor es compatible con la virtud. Sorprendido el inglés. pero le quitaré todo lo referente al cielo. yendo a colocarse cerca de Corneille. lanzando exclamaciones que obligaron a Marión Delorme a levantarse para evitar que las oyera el autor. En aquel momento anunciaron al consejero Thou. De esta manera. —¡Qué falta de gracia y de inspiración! —decía Scudéry. entre el desplomamiento del cielo. quien. porque hay pocas personas que sepan apreciar la poesía pura. revestido con una armadura de diamantes. custodiado por hermosos querubines y marchando contra el Eterno. Marión Delorme. Poquelín y Corneille. saludó modestamente. Poquelin y el oficial estaban profundamente admirados. Hízole un pequeño ademán amistoso. Cuando el joven poeta inglés miró en torno suyo. Al llegar el poeta a este punto. —¡Qué diferencia entre esta majadería y la Ariadna y Astrea! —exclamó suspirando el comentarista Godeau. Después relató la aparición de Enmanuel. y volvió a abstraerse para seguir declamando. al reanudar la lectura. al entrar. —Me importa poco la gloria presente —respondió Milton—. al oír aquellas conmovedoras descripciones. No me preocupa el triunfo: escribo 135 . Pintó la rebelión de Lucifer. al advertir que sus versos no entusiasmaban al auditorio. se indignaron los oyentes e interrumpieron la lectura. protestaba la asamblea contra Juan Milton. describió la llegada de un enviado de Dios a los jardines del Edén. se recogió en sí mismo antes de pulsar otra cuerda de su lira. precipitando en el infierno con los mil rayos que empuñaba en su mano derecha al ejército maldito. y se deslizó tras del poeta inglés. mensajero que. sus sonrisas encantadoras. si aspiráis a conquistar la gloria presente. Milton. Este inclinóse hacia Milton para decirle al oído: —Os aconsejo que variéis de tema. y lo dejaré en tragedia. enfermo. Corneille. al agitar sus alas divinas. Describía la casta felicidad de las dos criaturas más hermosas del universo. diciéndole: —Soy vuestro más entusiasta admirador. quien. lo que no les fue difícil conseguir. en un carro tan luminoso como el sol. a pesar de su gran mérito.ni las de censura. —Es imposible resistir más —exclamó Desbarreaux—. por primera vez. derramaba perfumes inefables y revelaba al hombre la historia de los Cielos. o poniendo con afectada cortesía reparos a los versos que oía. Su voz adquirió entonces una entonación dulce. pero no se atrevieron a manifestarlo porque unas voces recias ahogaron la del poeta. pintó su desnudez majestuosa y el candor de su mirada. —Escuchad —le dijo Corneille—. no esperéis alcanzarla con esa obra. Los hombres vulgares no comprenden otra poesía que la que inspira un interés casi físico. Sólo tres personas se acercaron a él: un oficial. su vida entre los tigres y leones que jugaban a sus pies. Yo pensé escribir un poema acerca de Poliuto. derramó lágrimas de ternura. El oficial estrechó la mano al poeta inglés. de Poquelin y del joven oficial. como el drama. su expansiones juveniles y los diálogos dolorosos que sostuvieron con el príncipe del Mal. que quedó sorprendido. comprendiendo. la pureza de su oración matinal. alzó la vista y vio ante sí un rostro espiritual apasionado. —¡No se parece a nuestro inmortal Urfé! —agregaba Baro.

Thou. que empuñaba un gran abanico como si fuera un cetro. —¿No ha venido el caballerizo mayor? —Esperaba verlo. con gran sorpresa el consejero. Salió Thou sin que nadie intentara detenerle. Llego algo tarde. ¿Os hemos asustado? ¿Os hemos interrumpido? Tenéis aspecto de conspiradores. —¡Oh. cuando oyeron música de vihuelas y flautas que ejecutaban minuetos. —inquirió el abate en voz baja.. a no ser que se haya marchado ya. cuya imagen he encontrado en mi corazón. en efecto. —¿Vos. sí. lo que también es desesperante. Cedo el sitio a la señorita Léñelos y a sus mosqueteros.. una obra inspirada es siempre bella. señor paje! —respondió la joven mirando a otro oficial de caballería ligera. donde sostuvieron una de esas conversaciones que se recuerdan siempre con complacencia. —Adiós. en cuyo caso la posteridad conserva un concepto inexacto de nosotros. porque la paz adormece las preocupaciones militares. y su presencia ahuyentó a los intelectuales. Además. vosotros conspiráis contra mí. señor? ¡Ah! Perdonadme. no hemos de pensar constantemente en ella. señores —dijo Thou—.. pero nuestra bella Aspasia me perdonará. fuera del ejercicio de las armas existe siempre el temor de que nos mate un accidente cualquiera. —La lectura. deteniendo al consejero—. y paseando por sus adoradores las miradas de sus divinos ojos. más que estos señores —replicó Oliverio Entraigues. pero. —¿Quién me habla tan afablemente? —preguntó el poeta... que daba la mano a la famosísima Niñón. señores! —exclamó Niñón—. en compañía de Corneille. pero la profesión no absorbe por completo nuestra atención. bailando. zarabandas y danzas españolas que la reina había puesto de moda. entró en la habitación escoltada por diez caballeros que le dispensaban las mismas atenciones que a una reina. El paso continuo y las carcajadas de las mujeres que. al bajar por la gran escalera. —¡Los juramentos! —exclamó sorprendido. desfilaban ante ellos. —¿Adonde vais? —dijo el abate. se conmovió y le estrechó la mano. en grupos. —¡Oh. continuaría escribiéndolos. al oír a aquel hombre superior expresarse en un lenguaje tan sencillo. —Señor —le interrogó Thou—. —Quizá conspiramos. 136 . —Soy. Milton y Moliere. encontró al abate Gondi. Ya han leído. hija del sentimiento que el sacrificio de la vida inspira. Aunque estos versos no hubieran de leerse hasta cien años después de mi muerte.. porque en ellos veo a Dios. ¿qué tienen que ver las ideas con el uniforme? Llevo espada. o un mal concepto. Una joven bellísima. que subía sudando y sin aliento. ¿Por qué os marcháis? ¿Acaso ha terminado ya la fiesta? —Están bailando. ¿y los juramentos?. y. —¡Oh! Yo los admiro antes de qué estén escritos —exclamó el oficial—. pero. mientras ofrecía a un tercero el brazo que le quedaba libre. militar. mientras realizamos nuestro plan. pero me parece que no ha venido. Thou. pero. ¿tenéis la fortuna de ser pariente del autor de Principios? —Soy el autor. Me agrada la carrera de las armas porque sostiene al alma en una esfera de ideas nobles. revelaron a los amigos que empezaba el baile. —Soy Renato Descartes —respondió cortésmente el joven militar. ¿no sois militar? —preguntó. y estuve en el sitio de La Rochela. Dejad a los extranjeros y a los sabios y venid con nosotros. Dos horas hacía que estaban conversando.porque me siento poeta y voy adonde me lleva la inspiración. conduciéndole luego a un gabinete contiguo.

cuando un hombre valeroso acoge una idea. pero las personas allí reunidas parecían muy ajenas al ambiente del sitio en que se encontraban. venid conmigo —dijo el abate—. oyendo a cada paso más distintamente las voces de varios hombres reunidos. multiplicaban hasta lo infinito sus brillantes facetas. y tenéis que acompañarnos. os proporciono una guerra. Thou. agarró al consejero por ambos brazos y lo detuvo en el último peldaño de la escalera. debe seguirla arrostrando todas las consecuencias. queriendo asegurarse aún más de sus amigos. señores. dirigió una mirada en torno suyo y tuvo la satisfacción de ver reflejados en todos los rostros la alegría y el entusiasmo. donde os espero a todos. Recordad que. y antes que el rey. —¿Y vos. el hermano del 137 . precipitóse a la puerta y dirigió a Gondi una mirada terrible. apartando a un lado a su amigo. parecía haberle presentado a los gentileshombres que habían prestado juramento. y donde nos aguardan los realistas del ejército. y ofrecióse a sus ojos un espectáculo inesperado. la guerra. pero son innecesarios ya tantos misterios. reanudó el discurso que la llegada del consejero había interrumpido. La estancia estaba suavemente iluminada por una luz misteriosa. temblando de coraje. A un lado veíase dorado lecho bajo dosel de tapices con plumas y cubierta de encajes y otros adornos. De pie y a su lado Marión Delorme. ensimismóse unos segundos y. y empuñando sus espadas desnudas. con los brazos cruzados y absorto en profundas reflexiones. como si acabaran de prestarle juramento. —Sed. y dentro de dos días. y diseminados en otra chiquita. Cinq-Mars. no. simulando uno solo. El caballerizo mayor estaba delante de la chimenea. Podréis manifestar vuestro valor en campo más amplio que el de una intriga de la corte. —Ya es inútil.—No. repitió solemnemente: —Sí. con la mirada fija en Cinq-Mars. inclinó la cabeza. estaban muchos caballeros entre los que Thou reconoció a no pocos personajes de la corte y del ejército. —¿Qué hacéis aquí? —le preguntó ansiosamente. El señor de Bouillon ha ido a ponerse al frente del ejército de Italia. y al pie de cada sillón había cojines de terciopelo sobre espesas alfombras. que contemplaban ansiosamente el espectáculo que se desarrollaba en la primera estancia. seria y abstraída. Navarra y La Rochela están haciendo ya los preparativos necesarios. porque me han visto.—¿Quién os ha traído? ¿Qué deseáis? Si entráis. entró. Thou. volvió a su puesto. no lo olvidéis. Gondi y Thou volvieron a subir a casa de Marión. Infinidad de pequeños espejos. ¿Qué pensarían si me retirara? Los desanimaría y ocasionaría vuestra desgracia. siguió al abate. pero. una guerra sin cuartel. Venid. los muebles estaban forrados de seda gris ricamente bordada. Sois de los nuestros. qué hacéis? ¿Qué sucede en esta casa? —Son las consecuencias de lo que sabéis. de los nuestros. alzando luego el rostro. iré yo a Perpiñán. os perdéis. y se situó junto a la chimenea. del mismo modo que aceptaba partidas de placer que no eran de su agrado. Gondi abrió la puerta de una sala. Este ambiente está envenenado para cuantos nos encontramos aquí. Apretujados a la entrada de aquella habitación. señores. que le daba aspecto de refugio amoroso. para que no se creyera que renegaba de sus amigos. entonces. por una parte entrará el ejército de Italia. cruzaron dos gabinetes. Después de este diálogo. unidos unos a otros por engarces de plata. cruzó con paso firme la habitación. Alrededor de una mesa hallábanse diez jóvenes de pie. Os mando que os retiréis en seguida. ya más sereno. inclinadas al suelo. Ningún ruido exterior llegaba a aquel rincón de delicias. más espaciosa. y bajaron por una escalera excusada. sostenido en voz baja. Dicho esto. Tan pronto como Cinq-Mars vio a Thou. Agradecédmelo: a cambio de una conspiración.

y no podéis titular ésta. Al llegar a este punto. de los del duque de Bouillon ni de los míos. El de «Guerra del bien público» se ha usado otras veces. como entonces. y rodearemos. Sedán nos abrirá sus puertas. que en otra época sancionó hasta los de haut gourdier y los de sorgueurs9. —¡Viva el rey! ¡Viva la Unión! ¡Viva la Liga Santa! —gritaron los jóvenes de la asamblea. sí. hijos míos. venceremos y destruiremos al enemigo. —¡Eh. —¡Cómo! —prosiguió. estrechando la mano a Cinq-Mars. Tampoco podéis poner en vuestro sello de cera verde un trono vacío. y ahorcarlos. pero. suplicándole que nos perdone por haberle librado de un ambicioso sanguinario y haber precipitado su resolución. . miró en torno suyo y vio en las miradas y en la actitud de sus cómplices muestras inequívocas de resolución. le conviene escuchar a los ancianos. —Sí. cruzándose de brazos y esforzándose por reprimir su emoción—. —Por dos reyes —interrumpió Gondi.. se permite al pueblo desobedecer a los magistrados. y dejaremos en todas guarnición francesa. el anciano. Cinq-Mars continuó: —No he querido. porque con vuestra ayuda generosa voy a realizar la más justa y noble de las empresas. y poner nuevamente en vigor su segunda proposición. es necesario someterlo a la aprobación de la Facultad teológica de la Sorbona. aplaudiendo. pero hay ocasiones en que es necesario desobedecer a los reyes para servirles mejor. Todo está previsto. 138 .. porque actualmente está ocupado por un rey. Sin embargo. porque contáis con la ayuda de los hugonotes. No se trata ahora de eso. ocultaros ninguno de los proyectos del duque de Orleáns. y he mencionado las fuerzas con que 9 Términos de los ligueros. sonriendo. por mucho entusiasmo que tenga la juventud. no entregaremos plaza alguna a los extranjeros. en caso necesario. dijo después de colocarse a su lado: —Veo con placer que vais a libertar a mi amigo Bassompierre y a vengar al conde de Soissons y al joven Montmorency. y. señores. caballero! —exclamó Gondi—. las tomaremos en nombre del rey.. En aquel momento destacóse un anciano de barba blanca. Dejad hablar al señor caballerizo mayor. Estas palabras fueron acogidas con otra explosión de júbilo. La Sorbona nos tiene completamente sin cuidado. va a enfriar vuestro entusiasmo. Cinq-Mars continuó su discurso: —Este es el día más hermoso de mi vida. —Adoptaremos el de «La guerra del rey» —se apresuró a decir Cinq-Mars. dijo Gondi a media voz: —El caballero de Guisa. «Liga Santa». y después de la victoria nos arrojaremos a los pies de Luis XIII. ¿No retrocedéis ante este propósito que a otros hombres que no fuerais vosotros parecería una rebeldía? ¿No teméis que haya abusado de los poderes que me concedisteis? He llevado las cosas un poco lejos. «La guerra del rey» —aprobaron Gondi y los demás jóvenes. que chochea. arma tan poderosa como las espadas.rey vendrá por la otra parte para reunirse con nosotros. «Protectores de San Pedro» y «Columnas de la Iglesia». He conocido la Liga. —Es muy importante adoptar un título que pueda ser popular —prosiguió el anciano caballero de Guisa—. y España nos presta su ayuda enviándonos doce mil hombres aguerridos que vendrán con nosotros a París. A retaguardia irán los parlamentarios con la súplica dirigida al rey. Efectivamente. al verle.. —Pero —repuso el viejo conjurado—. porque es justo que quien arriesga la vida sepa por qué la arriesga. «Unión Santa». Os he notificado las dificultades de la empresa.

después del cual hubo un momento de silencio que permitió oír la música y los pasos acompasados de los que bailaban. arrojó el caballerizo sobre la alfombra veinte doblones de oro con el busto de Richelieu. porque desea que en Francia sobresalga su casa. necesitamos hacernos nuestras confidencias y pronunciar nuestros juramentos de guerra y de muerte en medio de la embriaguez de las fiestas y de la vida! ¡Desgraciado del que entristece a la juventud! Cuando las arrugas surcan la frente de un joven. como todos sabéis. en cambio. Los corsarios de Argel han estado a las órdenes de un arzobispo. durante dos años he seguido la marcha insidiosa de su desmedida ambición. A todos nos considera enemigos de su autoridad. ¿necesito daros a conocer las riquezas que el duque de Orleáns pone a nuestra disposición? ¿He de decir a los señores de Aignan y de Mony cuántos gentileshombres se han unido a nuestras compañías de infantería y de caballería ligera para combatir a los cardenalistas? De Turena y de Auvernia. músicas. se ha hecho elegir general de las Ordenes de Citeaux. carmelitas. pares. puede asegurarse sin temor. En la actualidad desempeñan los primeros cargos de justicia hombres infames. ¿Ignoráis la valerosa. haciéndoles sonreír. Muchos obispos han sido juzgados contra lo que disponen las leyes del reino. obligados a comer los animales muertos de peste o de hambre. dominicos. cuya causa era la nuestra. placeres juveniles. y. ya no sois nuestras únicas ambiciones! ¡Alzaremos nuestras voces para hacer oír nuestros gritos de indignación a través de las explosiones de alegría. arrancando a los comensales un murmullo de odio contra el primer ministro. y ha encarcelado a los religiosos que se negaron a votarle. tristes y hoscos. aspira nada menos que al trono. bailes. corrompidos. fueron expulsados. franciscanos. donde están enclavadas las tierras de la casa de Effiat. París y las ciudades marítimas están abrumadas por los impuestos. humillados. sus órdenes secretas. cada mañana. y a quien visteis asesinar en pleno triunfo por aquel a quien vencisteis? ¿He de manifestar a esos señores la alegría que experimentó el conde-duque de Olivares al recibir la noticia de nuestras determinaciones. los campesinos. Cluny. que hace veinte años no poseía más que un pequeño feudo de Portou. suspendidos en sus funciones y encarcelados. exclamó: —¡Oh. ya no sois vosotros solos los que distraéis nuestros ocios. que las ha trazado un tirano. y a todos vosotros. emigran al extranjero. Premontré. Otras pesadumbres pueden desesperar a un joven. —El clero no está menos envilecido ni descontento. aprovechando esta circunstancia. Novion y Bellievre a la condena de muerte contra el duque de La Valette? Los presidentes y consejeros de las Cortes soberanas que se atrevieron a hablar en nombre del pueblo. pero no lo consternan. todos han sido arruinados por él. sacerdotes sin ilustración ni virtudes. Cinq-Mars. agustinos. y hasta en el del rey. pero inútil resistencia que opusieron los presidentes de Mennes. están dispuestos a salir dos mil señores con sus vasallos. amores. su indignación y su necesidad de rebelarse? Cuando todas las naciones extranjeras desean la paz. sus asesinatos jurídicos. Conocéis sus extraños procedimientos. porque. pero. mariscales. ¿he de ensalzaros el celo y valor de los coraceros que ofrecisteis al desgraciado conde de Soissons. ¿Qué ocurre? ¿Qué sucede en Francia? ¡Hay un hombre que sobra! Sí —continuó—. han sido elevados al cardenalato. Ved. pasar en silencio a los estudiantes. señores. y las cartas que el cardenal-infante ha dirigido al duque de Bouillon? ¿Necesito hablar de París a Gondi. Y al decir esto.contamos para que ninguno desconozca el secreto. que constantemente estáis viendo su desgracia. esos dignos agentes han hecho acuñar monedas con la efigie del cardenal. sanguinarios y venales. sus pasos lentos y su voz queda revelan que temen la vida en lo por venir. con la frente pálida. Los Parlamentos. no hay familia en Francia que no haya sido víctima de ese hombre funesto. Tal es la obra de la nueva justicia. atropellando lo más santo. han sido obligados a elegir vicarios generales en 139 . Señores de Montresor y de Saint-Thibal. Estas palabras de Cinq-Mars fueron acogidas con un murmullo de aprobación. Miradlas. los campos arrasados. en el interior de Francia. El mismo Richelieu. Barón de Beauvau. Jesuitas. Aquel ruido distrajo algo a los más jóvenes de la asamblea. haciendo gemir al Estado bajo sus violencias y su ambición desmedida. carecen de voto. Entraigues. la mala fe del cardenal Richelieu la turba. príncipes.

un monstruo! —exclamaron algunos oyentes. que era de los únicos de quienes se podía sospechar.10 —Hay un traidor entre nosotros…—agregó arrojando el papel— Pero. de las salinas y de todo lo que garantiza la vida del Estado. porque nadie. yendo a caer a los pies de Cinq-Mars. A CINQ-MARS CENTUBIE DE NOSTRADAMUS. —Ya he alistado mi regimiento —exclamaba—. Quand bonnet rouge passera par la fenétre. 140 . que no simpatizaba con Gondi. Por el contrario. que empezaron a hablarse al oído y a mirarse unos a otros con desconfianza. abusando del vocablo. quedaron asombrados del discurso de Cinq-Mars.» ¡Si pudierais presenciar todas nuestras hazañas! La bella Marión. Fueron inútiles las pesquisas para averiguar la procedencia de aquel papel. Et tout finirá. —Su propósito es evidente. procurando que no se le atribuyera a personal ambición. Es una divisa encantadora: «Sólo ardemos para quemar a los demás. El hecho produjo mala impresión a los conjurados. bruscamente. es dueño de las desembocaduras de los ríos principales y de los mejores puertos del Océano. A quarante onces on coupera la tete. contra el rey. —Cuando el bonete rojo pase por la ventana. y se retiró retorciéndose el bigote con desdén. Son soldados admirables —y dirigiéndose a Marión Delorme. es librar al rey de la opresión de que es víctima. y todo acabará. le volvió la espalda. y todo. El abate Gondi saltaba como un cabritillo entre los que acudían a estrechar la mano al joven jefe. para mortificar al pequeño abate. CinqMars. —Es necesario buscarlo y arrojarlo por la ventana —respondieron los jóvenes. pero sus esfuerzos fueron inútiles para desvanecer la desanimación que reinaba en la sala. «A Cinq-Mars. ni él había revelado jamás aptitudes oratorias ni conocimiento de las cuestiones públicas. es Thou. que se apresuró a recogerlo. De pronto. y sólo exteriorizaba su indignación contra los desmanes del ministro. por consiguiente. poco a poco ha ido acantonándose. pretende apoderarse del poder temporal y del espiritual. hasta entonces. ostentaré vuestros colores. en las plazas más fuertes de Francia. —Siglo de Nostradamus. pero el resultado de nuestra empresa está en las manos de Dios. actualmente. le había oído hablar mucho. había afectado indiferencia. Nuestra misión. —¡Es un cismático. —Marión Delorme prometió despedir a sus sirvientes. Las primeras frases del discurso de Cinq-Mars habían ya despertado recelos acerca de las intenciones del rey. y lo desdobló y miró en torno suyo. incluso el consejero Thou. ni aun en las conversaciones familiares. Nuestro grito de guerra debe ser: El rey y la paz.Francia para que no se comuniquen con sus superiores de Roma. vuestra cinta gris lino y vuestra orden de La Antorcha. un papel enrollado chocó en el cielo raso. comenzó a hablar con Thou por encima de la cabeza de aquél. ¿qué importa? No nos asustan los juegos de palabras. y aquella franqueza intempestiva acabó de acobardar a los caracteres menos 10 Esta especie de predicción en juego de palabras fue publicada tres meses antes de la conjuración. que produjo a la asamblea tanta curiosidad como asombro. señores. agregó—: Señorita. La asamblea. a cuarenta onzas se le cortará la cabeza. que.» Bonete rojo alude al cardenal. cuarenta onzas son cinco marcos. El cardenal aspira a ser el patriarca de Francia y el jefe de la Iglesia anglicana. o sea.

Sin embargo. les dijo: —Además. —El cardenal pagará los gastos —terminó Gondi. y Francia entera es de nuestra opinión. Cinq-Mars prosiguió interrogando a algunos de los conjurados. por no dar con la firmeza de su mirada importancia a su resolución. Si Richelieu llegara a triunfar. libre y digna. volvamos al baile. después de los Montmorency y de los Soissons. escuchad la música. quienes se negaron resueltamente a dejar de participar en la conjuración. que fue el último interrogado. caerían con nosotros los cimientos de la monarquía. —¿Y el vuestro? —preguntó Cinq-Mars a Thou. levantándose fieramente sobre sus tacones. al contrario. Nadie aceptó aquella proposición. Y. —¿Es ésa vuestra voluntad? Perfectamente. la acepto —dijo Cinq-Mars—: pero. riéndose.firmes. señores. como se había previsto. mi retiro es el arzobispado de París y la isla de Nuestra Señora. avanzando hacia los que estaban más comprometidos. porque en Francia. —A vuestro lado —respondió bajando la vista. y pronunciad algunas palabras que despierten el espíritu de contradicción. dijo: —Señor caballerizo mayor. porque tengo bastante con los valientes que nos esperan en Perpiñán. me sacrifico más que vos. volviéndose hacia la asamblea. porque. Al caballerizo mayor parecióle bueno él consejo del abate y. declaró que se atravesaría con su propia espada antes de faltar a su palabra y Gondi. antiguas barreras y al mismo tiempo apoyos poderosos de la autoridad real. en las conspiraciones y asambleas hay cosas puramente mecánicas que no conviene olvidar. vamos. Montresor. si nosotros triunfamos. Si alguno de vosotros desea retirarse. Hacedme caso. no pretendo obligar a nadie a seguirme. 141 . Y ahora. sólo vosotros os atrevéis a levantar la frente. que convertiré en plaza lo bastante fuerte para que no puedan sacarme de allí. Francia nos deberá la conservación de sus antiguas costumbres y de su existencia. Simulad que no queréis obligarles a nada y que los dejáis en libertad de hacer lo que les plazca. sois los últimos hombres de Francia. que lo diga francamente y le proporcionaremos los medios de ponerse desde ahora mismo en salvo. señores. pero. Los jóvenes aplaudieron y. de nuestra noble sinceridad. prosiguió: —Señores. subieron al salón de baile de igual modo que habrían podido ir a una batalla. y volverán a entusiasmarse y ni uno solo desertará. la corte reinaría sola en lugar de los Parlamentos. al aceptarla. esto da siempre resultado. las damas esperan. todos renovaron sus juramentos. —Escuchad —dijo Gondi a Cinq-Mars en voz baja—y creedme. hábilmente escogidos.

—Sí. envolviendo a la urbe en una especie de sudario. pasaron tres hombres. Laura. —¡Ah. Las paredes de París. El monje. destacóse una sombra sobre la nieve y avanzó. Los criados viejos dan respeto a las casas. cayó sobre París una copiosa nevada. pero a mí debía tratarme con más consideración.CAPITULO XXI EL CONFESIONARIO ¡Es por vos belleza fatal. El señor mariscal no me emplearía en estos menesteres. retratos y otras paparruchas semejantes. Comprendo que vos llevéis recados. y se soplaba los dedos mal defendidos del frío por unos guantes de búfalo que le llegaban hasta el codo. La campana de ese reloj que suena está cascada. cruzaba y abría los brazos rápidamente para entrar en calor. Y. tan bulliciosa de ordinario. amigo Grandchamp! —Bueno. sentábase en uno de los guardacantones de la iglesia. tiritando de frío. —La nieve es fría. efectivamente. Un hombre. se atrevían a circular por las calles. Laura. golpeábase el pecho. Al fin. Al día siguiente de la asamblea celebrada en casa de Marión Delorme por los conjurados. ha entrado en la iglesia. —Para mí es la de agonía. bueno. por quien vengo a este lugar terrible! LEWIS. ¡Mal presagio! —Ese reloj ha dado la hora de una cita. y la ciudad estaba envuelta en sombras. arrostrando la inclemencia del tiempo. caro amico? —¡Eh! ¿Caro. deslizándose pegada a la pared. ¡Ay. De vez en cuando. ¿Ha llegado vuestra ama? Mi amo estaba esperándola en la puerta. y yo soy viejo. tienen oídos que escuchan por cuenta del cardenal. guareciéndose de la nieve que no cesaba de caer bajo las gárgolas horizontales que sobresalen del tejado del templo y se prolongan fuera del callejón como aves de rapiña dispuestas a arrojarse sobre su presa. se acercan tres encapotados. pues él era el nocturno paseante del callejón—. El hombre abría la capa. —¿Hace mucho tiempo que llegó vuestro amo. esforzándose por distinguir si alguien daba vuelta a la esquina de la plaza. Chiten. —¡Silencio! —ordenó Grandchamp—. a quienes siguió Grandchamp para informarse del camino que seguían. la persona que se acercaba—. Ya hacía una hora que nos helábamos cuando llegasteis las 142 . coro? Dejadme en paz. pues la nieve apagaba el ruido de los pasos de las pocas personas que. y especialmente las de las iglesias. Virgen santa! ¡Qué mal clima el de estos países del Norte! —murmuró. Todo era silencio en la capital de Francia. volviendo luego a sentarse exhalando un profundo suspiro. paseábase lentamente en un estrecho callejón que serpeaba alrededor de la vetusta iglesia de San Eustaquio. no habléis tan alto —respondió bruscamente el viejo criado de Cinq-Mars. El señor caballerizo mayor debió mandar a otro para la centinela mientras él se dedica al amor. ducado de Mantua! ¡Cómo me agradaría encontrarme ahora allí. cintas. arrebujado en amplia capa. Eran las ocho de la noche.

Sin embargo. solamente ardían la lámpara del sagrario y cuatro cirios de cera amarillenta. y que iluminaban con violáceos reflejos los mármoles negros y azules de la desierta basílica. según lo convenido. todavía no ha llegado el abate Quillet. Tengo los pies en la nieve. —¡Hum! —gruñó el anciano—. disfrazado. aunque satisfecho de la exactitud del abate. encontraron al abate que hacía rato los esperaba. encontrando la puerta abierta. que temía la enviara a la plaza de San Eustaquio. pareció enternecerse. cotorra! El idioma italiano sólo es bueno para cómicos y danzantes. avanzó precipitadamente por el templo hacia un confesionario. vigiló personalmente la entrada del templo hasta que llegó María.. Jesús! ¡No haber nadie que nos hable con amor. Enrique de Effiat se había acercado despacio: iba a resolver y a ordenar. esperándola con inquietud. cuando me hablabais de meie occhi negros. Mientras ésta había ido a reunirse con Grandchamp. en la Turena. que escribía versos a una Laura. No comparecía ante un rey. mientras Enrique cerraba cuidadosamente la puerta de la iglesia por donde ella acababa de entrar. No quiero oír más tu idioma cantarín. y estoy inquieto. y. haciendo un frío tan terrible! ¡Y mi desgraciada señora! ¡Haber tenido que venir a pie desde el hotel de Nevers! ¡Ah! ¡Amare! ¡Qui regna amore! —Vaya. y oiréis el lenguaje divino. colocados sobre las pilas de agua bendita en las principales columnas. id a las otras puertas para ver si ronda algún sospechoso. echóse ambas manos a la cabeza y quedó pensativo e inmóvil. —¡Ay. Laura. estaba ya esperándole. el abate Quillet. —¡Oh Italia mia! Grandchamp. —¡Oh Jesús! ¡Qué vozarrón. donde encontró a Cinq-Mars. El abate era para Enrique un segundo padre. Laura guardó silencio. según costumbre. del que sólo se veían la cúpula y la crucecita de madera a causa de la verja de hierro. por decirlo así. querido Grandchamp! Me tratabais más amablemente cuando estábamos en Chaumont. o para hacer bailar a los perros sabios. —¡Cállate. a no ser que haya llegado antes que nuestros jóvenes amos.. que tenía delante. cuando una mujer le decía algo. su destino. y hasta lanzó un ronquido muy semejante a la risa. escuchadme. —Callaos —dijo—. esta vez. de que su antiguo preceptor. En la capilla más obscura estaba el confesionario.. Para evitar que los sorprendieran. bastante antes.. Si fuerais un galanteumo. y. conservando puesto el antifaz que le ocultaba el rostro. temblorosa.. empujaba con mano tímida la puerta de la iglesia. excepto en la autoridad. como yo. Somos solamente dos centinelas y tenemos que recorrer el campo. colocándose más debajo de la ojiva de la iglesia. frío en la cabeza y tristes presentimientos en el corazón. y fue a arrodillarse junto a María. Apenas lo hubo reconocido. sino ante la mujer por la que había emprendido una labor 143 . da media vuelta.. indicio seguro. Cumplid vuestro deber. ¡Vaya! ¡Cállate! Y. La antigua parroquia de San Eustaquio encontrábase casi sumida en las tinieblas. respondía siempre malhumorado. italiana. bastante alta y forrada con gruesas tablas. María de Mantua al otro. de pie. Cinq-Mars había llegado con su antiguo ayuda de cámara una hora antes que la duquesa. Aseguróse de que no podía abrirse desde fuera. no quiso abandonar la guardia para expresarle su gratitud. María de Mantua. y. ante el tribunal de la penitencia. La luz apenas penetraba en las hornacinas de ambas alas del templo. una gotera en la oreja. En todo ese tiempo pude haberme fumado tres pipas turcas. como Petrarca.dos. Cinq-Mars arrodillóse a un lado del confesionario. El viejo soldado tenía por costumbre no hablar con las mozas. contestó que estaba persuadida de que el abate había entrado hacía mucho tiempo. y lo trataba sin cumplimientos.

amigo mío. soy yo.. no. en aquel momento. mas por amor a vos. y que acaso no apreciaba todos los sacrificios que había realizado. ¿creéis que puedo olvidarla? ¿No os parezco bastante desgraciada? ¿Tenéis necesidad de verme llorar? Pues sabed que lloro mucho a solas. y preguntábale con ingenuidad cuándo sería condestable y cuándo contraerían matrimonio. María. disculpables a los dieciocho años en una joven nacida en un trono y familiarizada con todas las grandezas. a los proyectos criminales y a los trabajos sombríos y violentos de los conspiradores. de qué manera y con qué voz me habláis! ¿Os habéis disgustado porque he venido tarde? —Al contrario. ¿no he de sostener yo también crueles combates? Más feliz que yo. Hasta entonces. si vuelve a hablarme del asunto. —¡Qué miedo. María había recibido. en sus secretas y castas entrevistas. Enrique! —dijo María acercándose al confesionario—. yo solo el culpable. ¿era mentira? —Me habláis con mucha dureza y no lo merezco —respondió la princesa María. tengo seguridad de lo contrario!. No atreviéndose a hablar el primero. siempre que la veía no podía por menos que medir la magnitud de la empresa acometida por conquistar una criatura cuya pasión era sólo reflejo de la suya. sin comprender lo fatigosa que era aquella ascensión a los honores.. lo hará con la severidad que la caracteriza y que me hace llorar. rompió a llorar. Por amor a ella se doblegó a las complacencias cortesanas. y esto le hacía temblar. Todavía resonaban en sus oídos las voces varoniles de los conspiradores juramentados en la asamblea para emprender la guerra. ¡Oh. Aunque no os diga nada de esa horrible conjuración. Electivamente. tengo mucho miedo! Cinq-Mars exhaló un suspiro. Al ver a su prometida arrodillada frente a él. y. el carácter de su amada le hizo reflexionar más detenidamente. lucháis contra el odio. ¡Sois tan bueno! —¡Cómo! —exclamó Cinq-Mars—. mientras yo 144 . y creed que. no tenéis culpa alguna. condenado a las intrigas y a los sufrimientos de la ambición. exclamando: —¡Dios mío! ¿Qué he hecho para que me llaméis señora. Enrique. —¿No me contestáis? —le preguntó María. ¿No intervenís en mis proyectos? ¿No adiviné vuestro pensamiento cuando me mirasteis en las habitaciones de la reina? ¿Acaso no sé ya leer en vuestros ojos? El fuego que los animaba. a pie. pues advierto que os mostráis muy ajena a ellas. como si se tratara de la cosa más sencilla del mundo. Me obligáis a venir sin guardias. las noticias de los triunfos de Cinq-Mars. pero. y las frases de la mujer por cuyo amor lo comprometiera todo le produjeron honda impresión. —¿Habéis hecho algo malo? ¿Habéis condenado a muerte a alguien? ¡Oh. porque experimentaba la felicidad que podía perder. ¿era adhesión a Richelieu? La admiración que prometíais al que se atreviera a decirlo todo al rey. Iba a poner a prueba la fe de María. estremecióse. y para que me tratéis tan duramente? —Tranquilizaos —repuso Cinq-Mars con ironía—. A Enrique le habían hecho reír. A pesar de su amor. si no he dicho una palabra de la conjuración en nuestras últimas entrevistas. —¿Acaso tengo algo más que temer? ¡Oh. ¿Necesito ocultarme todavía durante mucho tiempo. y temo que me vean salir del hotel de Nevers. habéis venido excesivamente pronto para las cosas que vais a oír. señora. pero. y sometido a las combinaciones enmarañadas.inmensa. —¿Y no tenéis otros terrores que ésos? —dijo Cinq-Mars con amargura. afligida por la amargura con que le hablaba Effiat. ha sido porque temía saber demasiado ¿En qué otra cosa puedo pensar sino en los peligros que arrostráis? ¡Bien sé que todo lo hacéis por mí! Combatís por mí. quedó extático contemplando la cabeza de María en la penumbra. aquellas preguntas y aquella ignorancia. hasta entonces. con júbilo infantil. llorando a raudales—. como si hubiera cometido algún crimen? La reina se ha disgustado cuando lo ha sabido.

y a veces lágrimas. Esa es la desgracia que yo adivinaba. es preciso que nos desliguemos de nuestro juramento. —Devolved —siguió diciendo Cinq-Mars con voz menos segura— este anillo nupcial a la duquesa de Mantua. pero con tal indiferencia que sorprendió a Cinq-Mars. al duque de Bouillon y a mí. en silencio. —¡Lo presentía! —exclamó María—. El abate Quillet agitóse en el confesionario. ¡Qué triste fue para mí esa partida de caza! —Ya os dije que me engañó —respondió Cinq-Mars—. Mi empresa tendrá más resonancia y la realizaré a la luz del día. y. 145 . No puedo conservarlo. —¡Oh. gracias a mí. la dulce Ana de Austria. al convencerme de que el rey mentía parecióme que el mundo vacilaba. ¿Creéis estar perdido por haberse negado a destituir su viejo servidor? Pues esperad que os devuelva su afecto. y vengo a sacrificarme en vuestra presencia. después de haber renunciado a la idea de dar muerte al cardenal. Me ha traicionado valiéndose del infame padre José. El sacerdote tomó bruscamente la sortija y la pasó por la rejilla opuesta. cuando fingía querer señalar el lugar del destierro. No os enojéis. mi querido amigo! —exclamó—. os comprendo. que había dejado de llorar. se echó el bonete sobre la frente. un deber sagrado. daré gracias a Dios de no tener que temblar por vos.lucho contra la amistad. ¿Qué os dijo el rey en Chambord? Os seguí durante mucho tiempo con la vista. El abate. al decir esto. y cómo he de abandonaros en la desgracia? Aunque el rey haya dejado de amaros. dudé de todo. olvidad a los conspiradores que tanto miedo me inspiran. padre —prosiguió Enrique de Effiat—. despertando en las ojivas del templo un eco más armonioso que el sonido del órgano. Pero tengo que cumplir un deber. una hora más. El rey me ha engañado. Y. quien. ¡Oh. ¿Cómo es posible desatar los lazos que ató Dios. —No temáis nada. a quien no ha querido nunca. pero. y. podéis tener la seguridad de que no os causará ningún mal. y yo os perdía para siempre. Señora. Sólo restaba un medio y lo aproveché. abrió la rejilla que la separaba de su antiguo preceptor. estremecido de horror. lo dirigiría todo desde Perpiñán y. y vengo a que la destruyáis con la misma mano que la consagrasteis. si éstos han perdido la esperanza de triunfar. Mi felicidad ha sido muy breve. salió del gabinete del Lis. Vuestro discípulo no apela jamás a tales medios. entreabrió la puerta del confesionario. caricias. puesto que nos amamos y estamos seguros de nosotros. —¡Dulce violencia —exclamó Cinq-Mars con amargura— para obligaros a aceptar un trono! Comprendo que tengáis necesidad de mucha energía para resistir tales seducciones. —¡Dios mío! ¿Qué más ocurre? —Dios está sobre nosotros y contra nosotros —repuso Cinq-Mars severamente—. como somos aún muy jóvenes. ¿tengo yo la culpa? —Me engañaba cuando me estrechaba la mano —prosiguió Cinq-Mars—. el padre José. Veía derrumbarse nuestra obra. alzó su voz de ángel. a quien me han prometido coser a puñaladas. El porvenir es hermoso. y. No os aflijáis inútilmente. —¿Cómo? ¡Padre mío! ¿Tanto habéis modificado vuestro juicio respecto a mí? María. pero la reina. La reina nos ama. el rey. que invoqué el recuerdo de mi padre! Nos aseguraba que él mismo. porque no soy el mismo Enrique de Effiat con quien prometió casarse. no me opone más que consejos. El cardenal os opondrá hombres y armas. ese espía inmundo. María! Os confieso que. porque tampoco se lo ha causado al cardenal. y la conjuración quedaría deshecha. ¡Quién lo creyera. esperemos. desde donde había escuchado la conversación. cuando solicitaba detalles de la conjuración y mostraba deseos de saber en qué día arrestarían a Richelieu en Lyón. si ella no me lo entrega de nuevo. cuando estrechaba la mano a su hermano. al enterarme. sin embargo.

mía para toda la vida! El abate Quillet no respondió. soy vuestra esposa.—¿Cuál? —preguntó María. cuando llegó a la entrada que Grandchamp estaba encargado de custodiar. —¡Grandchamp! ¿Responderás al fin? —gritó Cinq-Mars. soy un criminal y. Entonces advirtió que el preceptor. abandonando la iglesia antes de que Cinq-Mars pudiera alcanzarle. ¡Los ejércitos! ¡Y Richelieu se encuentra entre dos fuegos! El cardenal vacila. me apresuré a firmarlo. En aquel momento presentóse Grandchamp frotándose los ojos. —¡Socorro! ¡Enrique! ¡Hijo mió! ¡Socorro! —respondió la voz del abate Quillet. llamó a su sirviente y escuchó: —¡Soltadlo ya! —ordenó un voz en la próxima esquina. —¡Por Dios. pero rebelde por amor. —Pues bien. Eran más de veinte. ¡Entonces seréis mía para siempre. corrió a una puerta que encontró cerrada. no lograrán hacerme desistir de mi propósito. ¡Abandonadme! María. no es ya tiempo de reflexionar. —¿Quién lo tiene? —Fontrailles. ¡Bendecid esta segunda unión. precipitóse Effiat fuera del templo. dio vuelta a la iglesia con la espada en la mano. rebelde por vos. pero no favorito del rey. Es cierto. y Cinq-Mars oyó pisadas de caballos que partían a galope. como quien acaba de despertar. —¿La oís. asustada. ¡Mía. criminal. 146 . Inquieto y sin responder. ya os lo he dicho. digno del cadalso. —¡Tened piedad de mí. bajó los peldaños del pórtico y buscó inútilmente a su preceptor. pero una palabra vuestra puede vencerme. rebelde. —Llamadle. pero no obtuvo respuesta ni vio a nadie. Rebelde. Laura. —¡Dios mío! ¡Destruidlo! —¡Imposible! No está ya en mi poder. me han robado! —exclamaba—. dudo de que sea digno de vos. de Cinq-Mars vencedor! —¡De Cinq-Mars rebelde! —respondió gimiendo. y. y salió bruscamente. apenas podía contestarle. —¿A dónde vais? ¿Qué os sucede? —gritó el joven. María! La traición del rey y hasta el abandono de los jefes de las tropas. y los ejércitos me esperan. recibid vuestro anillo. no lo ignoro —exclamó el apasionado joven cayendo nuevamente de rodillas—. ebrio de felicidad—. Alguien puede haberos oído. —Debe haber pasado ya los desfiladeros de Olorón —replicó Cinq-Mars poniéndose de pie—. ¡Miserables! ¡Asesinos! Me amordazaron con un pañuelo para impedir que gritara. abrió la puertecilla del confesionario. —¿De dónde salís? ¡Me estáis comprometiendo! —dijo el caballerizo aproximándose al abate. más hermosa en el sacrificio que la unión por amor. corrió al templo en busca de su ama. por serlo. —La espada que se mancha en la sangre de nuestros hermanos no es espada. María. En Madrid y en Sedán están hechos ya los preparativos necesarios. Hagáis lo que hagáis. padre mío? —preguntó Cinq-Mars. bajad la voz. —¡Malvados! —seguía lamentándose el abate—. —No —protestó la duquesa—. y. y sólo es necesario un golpe para derribarle. sin sombrero y bajo la nieve. —Como tenía en mi poder el tratado con España. que ya ha marchado a llevarlo. me ataron las manos y me arrebataron la llave de la iglesia. a quien mi espada conquistará para siempre. si no queréis perderme! —suplicó María—. —¡Me han detenido. sino puñal. entrando todos precipitadamente para tranquilizar a María.

mientras María. dentro del confesionario? —inquirió Cinq-Mars ansiosamente. temblorosa. Es la primera vez que me ocurre semejante cosa. —¡Soy un infeliz viejo! —agregó Grandchamp—. —¡Ah. ¿Por qué salisteis tan precipitadamente? ¿Por qué nos dejasteis? —¿Que os he dejado? ¡Si hacía más de dos horas que estaba maniatado! —¡Dos horas! —exclamó Effiat. 147 . —El padre José —respondió el abate. estremeciéndose. se agarraba a su brazo. ¿No habéis visto al malvado a quien han entregado la llave? —¡No! ¿Quién es? —preguntaron todos al mismo tiempo. Dios mío! ¡Estáis perdido! ¡Huid! —exclamó María. Me he dormido mientras mi amo estaba en peligro.—¡Cómo! —exclamó Cinq-Mars—. entonces. —¡Cómo! —repuso el abate—. —¿No estabais.

aun con alpargatas que eviten los resbalones. Allí. 148 . por naturaleza y por ley. Durante el estío. el soplo rudo. Oíanse disparos de armas de fuego en la montaña. escalando sus lomos desiguales. no es muy temible. y allí. viento. Impalpable y sutil. por más que brames. armonías caprichosas que deleitan al viajero y regocijan al rabadán selvático y silencioso. con el morueco negro y barbudo. —¡Bandidos! ¡Hasta aquí nos han perseguido! —exclamó uno de ellos—. no lograrás jamás el ser visible. una sábana de nieve cubre los montes. y llevando bastón con regatón de hierro que se clave en las grietas de las rocas. respetando únicamente aquel sendero profundo. pobladas de bosque y cubierta de césped. mientras bandadas de cuervos y de cornejas revolotean sobre las simas y los pozos naturales. serpea por el borde de los precipicios inundados. remonta los abismos de otra nueva región. el pastor. ábrese un estrecho desfiladero. pero no son las cabras ni los osos los habitantes más salvajes y crueles de aquellos parajes durante el invierno. Dos meses después de los acontecimientos ocurridos en París. cruza su cumbre nebulosa. deslizase bajo puentes de hielo. la humana ingratitud es más terrible. canta. Por eso en tales escarpados lugares sólo se percibe el sonido de las esquilas con acordes inesperados. Las caballerías no han dejado jamás huellas de sus herraduras en aquel camino. que barren el césped con la lana. ejercen las dos Navarras su tráfico oculto y conciertan sus tratados secretos. Canta. fatigados y medrosos. las gargantas abiertas por los torrentes y algunas rocas de granito que elevan su extraña silueta a modo de osamenta de un mundo sepultado. conduce por allí los rebaños. sale de Francia y entra en España. arrostrando la nieve y el viento. que al hombre le es difícil recorrer. me habrían atrapado. del árbol entre el follaje. sirven de límite a Francia y España. canta. que no es otra cosa sino el cauce seco de un torrente que pasa por entre rocas. procedentes de España. ¡No puedo más! Si no hubiera sido por vos. se detuvieron a media noche. desde la cima hasta la base. en los mismos linderos que. sube las montañas próximas a Urdoz y a Olorón. convertidos por estos pajarracos en nidos tenebrosos. y los osos bajan lentamente de su guarida asaltada por los temporales del invierno. son tan falsos los amigos como locos los amantes. y entre las azules pirámides coronadas de nieve. Las ligeras cabras salvajes toman entonces posesión de aquel desierto aéreo y lánzanse de roca en roca. envuelto en su parda capa. tu mordedura. al fin. porque si tienes. dos viajeros. se instalan los contrabandistas en rústicas cabañas de madera. ya narrados. se inclina a la derecha. Al llegar el mes de septiembre. sopla furioso.CAPITULO XXII LA TEMPESTAD Viento de tempestad. como si el viento las empujara. en la vertiente francesa del estrecho desfiladero. A través de la altiva cordillera pirenaica que forma el istmo almenado de la península ibérica. viento.

Entregadme ese maldito pergamino. que no tenía cerradura. encontrábase. 11 En castellano en el original. Como voy vestido de contrabandista. en un rincón. La entrada de un hombre en la cabaña no inmutó a la joven. sólo cuando trabajo mucho y mi labor resulta perfecta. Luego. Nos tienen cercados. agarrándose a las piedras y a las ramas. —¡Eh. —Sostenedme: estas botas me hacen resbalar —repuso el primer viajero. con la agilidad de un gato salvaje. con los ojos bajos. la moza!11. El perseguidor pasó. sobre la roca de San Pedro del Águila. La joven. advertirán su error. la sombra de un hombre armado reflejóse sobre la nieve. sin dejar de hilar. Dormiré aquí. Vamos. alumbrado por un hachón de cera amarilla. a los pies de los aventureros. La muchacha prosiguió afanosamente su tarea sin alzar los ojos. antes. enmarañados. El aventurero la rodeó como un lobo hambriento. levántate y dame de beber! Vengo muy cansado y traigo sed. y casi suspendido. Bajad. sin duda. hasta que se encontró sobre un cerro. —¿Cómo queréis que baje. si podéis. horriblemente delgada. y seguid el camino. Bajad. por entre las cuales filtrábase una luz. que parecen de mármol. a mitad de la pendiente. pero. En aquel momento sonó un disparo y una bala se hundió en la nieve. Creen que vamos por la cuesta del Limazón. sin volverse si quisiera a mirarle. Bajad. pero tornad la derecha. El heno es caliente. no me será difícil encontrar refugio entre ellos. porque empujó resueltamente la puerta. —¡Seguid! ¡Seguid! —le dijo el compañero empujándole—. Duermo sobre la tierra. no lograréis escapar. deteniéndose en el borde de una roca. la espuma verde que flota sobre el agua de los pantanos es mi bebida habitual. libre de todo peligro. húmedo por la nieve derretida que corría bajo las tablas de la choza. que. Mirad: uno de nuestros perseguidores pasa sobre nuestras cabezas. Los cabellos negros. Es una ronda que caza contrabandistas. Efectivamente. 149 . al decir esto. y los dos desconocidos continuaron descendiendo. —Tenéis razón —asintió el compañero. —¡Enterado! —dijo el primero—. contestó con voz enronquecida: —La nieve que se deshace en el hueco de las rocas. Oíd. quedó satisfecho de lo que vio. Los dos aventureros permanecieron inmóviles. acurrucada sobre el suelo. polvorientos y desmesuradamente largos. miró por una de las rendijas y. caíanle sobre el traje de buriel pardo. continuó hilando en una rueca atada a la cintura. pero. En el primero. entrególe un canuto de madera. cruzad Olorón y os encontraréis en el camino de Pau. sólo cuando realizo un esfuerzo muy penoso me arrojan un poco de heno. otro tiro. dame de beber. Esta se hallaba dividida en dos compartimientos por un tabique de madera. Ve a decirle al patrón que está aquí un amigo que viene a verle.—Se apoderarán de vos y de ese maldito papel. si perdéis el tiempo en hablar. y con él me cubro los pies. si no veo…? —Bajad y agarraos a mi brazo. Y. agarrándose a los salientes de la roca para comprobar la solidez de ésta antes de afirmar el pie. A la izquierda del Gave está Santa María. Vos. y los lagartos fríos pasan sobre mi rostro. —¡Nos cazarán! —dijo el que parecía de ánimo más esforzado—. me permiten beber el agua cristalina del manantial. una joven pálida. empujó al compañero. haciendo tambalear la cabaña. frente a una choza de tablas mal unidas. con vuestro traje galoneado. para evitar las bajadas y subidas. y un capuchón rojo le cubría la cabeza y los hombros. —¿Has oído? —preguntó el recién llegado dándole con un pie—. cuando lleguen abajo. eh. bajad. siguió horizontalmente el flanco del monte.

¡Somos muy dichosos aquí los bandidos! ¡Ay. jotep. yo soy. —Lo fui algún tiempo. si es que ya no lo sabes. Encogióse de hombros el aventurero y. le llaman «el rey del rey». —Sí. jaleo! Bebe. hay un joven que tiene casi tanta influencia como él. —¿Quién es esa gran diabla que he visto en la puerta? —continuó—. grueso y amarillo. Tienes la misma cara de granuja. Los amigos van a venir. empujó la puerta del otro compartimiento. cadáver. pero no tardaré en verte ensangrentado. y he emprendido nuevamente la hermosa profesión de contrabandista. cuanta sangre ha manchado mis manos! ¡Que Dios perdone. El resplandor de las brasas iluminaba su rostro. ¿sabes? Sin embargo. he pasado por donde tú no pasarías. —¡Ah! ¿Eres tú. a quien la ha derramado! Me han obligado a sostener la cabeza de las víctimas y la cubeta llena del líquido rojo. —Sí. mientras silbaba. te he reconocido en seguida. estaba sentado sobre una albarda. Después cantaremos la tirana andaluza. es que está loca. en persona! Aunque no te había visto hace cuatro años. en el que había otras varias sillas de montar alrededor del brasero. —¡Ah! —exclamó Jaime. adonde ha llegado hace un mes. Bebe y te contaré. cigarros o lana? —Ya lo sabrás luego —dijo el espadachín—. Nosotros servimos para todo. donde encontró al hombre que había visto por las rendijas de la cabaña.—¿Por qué me cuentas esas historias? —dijo Jaime—. 150 . te diré. Viajero. arrebujado en una amplia capa. —¿Pero qué llevas? —Una mercancía desconocida. sin moverse del sitio en que se encontraba. bribón. actualmente. Mis mulas llegarán mañana. El viejo cardenal se encuentra en Narbona. ¡Dios mío!. —¿Son cinturones de seda. dentado por ambos lados como una sierra. debes de haber andado por otros sitios. mientras decía gravemente: —Ante todo. pálido. —¿Qué amigos? —preguntó Jaime dejando caer la bota. Después caí prisionero. —Y yo creía que tú eras capitán español.. Houmain removió con él las brasas. fumaba y de vez en cuando bebía vino de una bota que tenía a su lado. En cuanto al rey. ¡Yo que he sido esposa de Cristo! Arrojan los cuerpos a los abismos llenos de nieve. ¿cómo diablos te encuentras en estos parajes. tú. —Toma y bebe. porque no te he visto desde que reanudé el oficio. y al que llaman «el Mayor». —¡Viva! ¡Viva! Jaleo!12—exclamó Houmain—. pero. pero logré salir con bien. y beberemos unos tragos. donde los buitres los encuentran luego. Llevaba éste la boina azul de los vascos ladeada sobre la oreja. —Sí. casi todo el ejército de Perpiñán. tan pronto se inclina a un lado como a otro. Ese jovencito manda. si es posible. Es verdadero Valdepeñas.. —No. y el aposento. ¿Te pregunto algo? —Me han obligado a sujetar a muchos hombres —prosiguió la joven—. ya te contaré. Pero. Houmain? Creía que eras juez. e inclinado sobre un brasero de hierro. a modo de asientos. bebe. que allá —señalando hacia Francia—. ¿por qué has entrado aquí? ¡Desgraciado! Ahora estás lleno de vida. no. mientras les daban muerte. ¡Tú. seguramente —replicó Jaime. Pero. Parece una agonizante. No has cambiado nada. ¡Oh. Dame la bota: tengo sed. Y sacando de su roja faja un largo puñal. Siéntate aquí. El aventurero tomó la bota y simuló beber tranquilamente. mientras 12 En castellano en el original. pero no se descuida. El ruido que produjo el recién llegado le hizo levantar la cabeza. —No te inquietes. Jaime? —exclamó—. el viejo zorro Richelieu trata a las personas a tambor batiente.

según dice. le informé de mi proyecto de dedicarme al contrabando. a lo que nada habría que objetar si el dinero fuera suyo. y. —¡Ah! —exclamó Jaime—.. Richelieu es cardenal. en fin. ¡Claro. Es posible —repuso Houmain en el mismo tono—. ¡Lo que somos! Así estaremos nosotros en casa del diablo. mira. Te referiré el caso. no bromees con esas cosas! —dijo el otro gravemente—. ha acordado. ¿Le conoces? —Sí. —Hasta creo que habría preferido verla sepultada en la nieve. —¡Oh. es un buen pariente. —¿Su sobrina? —preguntó Jaime levantándose—. a su sobrina. Decía. Sigue. Pero eso no importa. —Sí. no la agrade tener una sobrina loca en casa. Necesitaba el cardenal personas de carácter y de ingenio para un negocio insignificante. como estamos en las nubes! ¿Oyes? Truena. Sabrás que. que vive en la corte. Pero no te preocupes. —Como debe ser —replicó Jaime. un pícaro de elevada categoría que se llama Laubardemont. El mismo Laubardemont me mandó que la tratara así. Entonces se me ocurrió invertir el dinero en nuestro antiguo negocio. En aquella ocasión entablé amistad con nuestro presidente. —¡Ahí sí! Fue un buen cargo. pero no importa. aunque resulta más seguro. porque en él se mata con más frecuencia. —Ya lo sé.. bebe! Va a dar la una de la madrugada. porque Armando Duplessis paga bien los servicios que se le prestan. esa loca que has visto ahí fuera. pues. ¡Ya le escoció bastante! —¡Ah! ¡Fue una broma muy pesada! —exclamó Jaime. la condena. porque. concluiremos la bota y la noche al mismo tiempo. me consta —asintió irónicamente el aventurero—. —¿Qué es eso? —exclamó Jaime—. por fortuna. y ayudé a condenar a la hoguera a un bello sujeto que era cura de Loudun y qué estaba en un convento de frailes como lobo en un aprisco. ¿Y la tratas como a una esclava? ¡Demonio! —Bebe. pero. yo soy cardenalista. algo —respondió Jaime—. y volví aquí. pero es menos honrado. Ya sabes que soy religioso. a pesar de que nos condenan a muerte y de que las mercancías están cada día más caras. —Se comprende que a una persona como él. ¿Relámpagos en este tiempo? —Sí. —¡Bebe! —continuó Houmain—. desde que Richelieu me encargó un asunto hace cerca de tres años. —No digo lo contrario. que la condena me valió quinientas piastras. El oficio está bueno. hombre! Jaime volvió a tomar asiento. —Me vestí. como estaba condenado. efectivamente. se acordara de su compañero de tribunal. es un negocio en el que cada cosa tiene su precio. En fin. por consiguiente.se decide por uno de ellos. y me mandó buscar para que actuara de teniente fiscal. cuando hubiera ocasión de hacer un buen negocio. ahora empiezan las tormentas. Ya ha habido dos. Continúa. como este carbón de la punta de mi puñal. Si yo hubiera continuado desempeñando el cargo de juez habría hecho lo mismo en 151 . con la diferencia de que se trafica en cuerdas en vez de traficar en hilos. de rojo. porque. ¡Bebe. ¡Siéntate. como nada nos ocultábamos. y a grupas de su caballo. Me lo refirieron. hombre —prosiguió Houmain removiendo el fuego con su puñal—. se. —¡Cómo! ¿También gastas ironías? —Algunas veces. ¿entiendes? Pero él no quiere matarla con sus propias manos. Es muy avaro. le sirvo. todos hacen lo mismo. y le supliqué que. siempre que me necesita. Después de la función le vi reducido a pedacitos tan negros como el carbón. —Pues bien. es un negocio parecido al nuestro. ¿Qué ha hecho? —Hace dos años me trajo personalmente.

caballito mío! ¡Ay. los párpados—. Toma la botella. A todos los desafío. ¡Ay. Demuestra ahora más juicio del que yo esperaba.su caso. —¡Bebe! —repuso el flemático Houmain. no existen en el idioma francés frases que puedan expresar la precisión enérgica de este romance español. pero ya le pasará. dicho esto. —¡Ah! ¡Es una cosa graciosa! —contestó el borracho—. Pues a nadie tengo miedo. hizo saltar el tapón de una botella que contenía vino blanco. al resplandor del brasero. dando ejemplo. que viene la ronda Y se mueve el tiroteo! ¡Ay. empezó a cantar Houmain. Y yo me marcho corriendo. Están buscando dos bribones que intentan traer a Francia sesenta mil soldados españoles de papel en el bolsillo. sácame de este aprieto! ¡Viva. que continuaba sentado. —¿Y para qué recorre la montaña? —preguntó Jaime. tambaleándose e interrumpiendo de vez en cuando la canción para echarse al coleto largos tragos de vino. Francia a la izquierda. —¡Pues sí que lo comprendo! —repuso Jaime tentándose el puñal que llevaba en la faja y dirigiendo una mirada a la puerta. jaleo! Muchachas. ¡Ay. y debe tener los pies fríos. porque puede creer que la tengo de criada por economía. Limpia y cepilla un mulo como un muchacho. el vino del difunto rey Enrique! ¡Somos muy dichosos aquí arriba! España a la derecha. ¡El vino de los valientes. y a nuestro lado una bota y una botella. los llevan en el bolsillo. Houmain cantaba: Yo que soy contrabandista13 Y campo por mi respeto. arroja el cigarro y canta. pero aquí no gastamos lujo y la tomé por criada. Bueno. Quizá no me comprendas. no digas a Laubardemont que su sobrina vive todavía. prosiguiendo después de beber a largos tragos: —Sí. reflexionando acerca de lo que debía hacer. nuestros bandoleros. ¡La botella! ¡Por ella lo he abandonado todo! Y diciendo esto. Hace varios días que tiene un poco de fiebre. diablo.) 152 . (N. entornando. ¿está aquí? —preguntó Jaime. y. mientras Jaime. viva mi caballo. —Oye tú. le miraba sombríamente. del T. se encuentra aquí. enternecido. ay. Este es el segundo negocio que me proporciona Laubardemont. vamos a cantar la Tirana. ¿sabes?. y hemos de beber a su salud este vino de Juraigoi. Y. porque desde el anochecer está recorriendo la montaña con sus guardias y nuestros camaradas. pues según el autor. ay. —Pero. Por eso le quiero como a las niñas de mis ojos. Caballo mío careto! 13 Esta canción aparece en castellano en el original. aunque habla poco y al principio pretendió hacerse la señorita. pero así es. los verdaderos contrabandistas. ¿Quién me acerca un hilo negro? Mi caballo está cansado.

eh! —exclamó el bebedor—. a la loca. ¡Ay. acercóla al brasero. lanzando una carcajada de horror y de rabia.. ¡Ay. guardó silencio. dejando en la estancia un fuerte olor de azufre. de la que cayó un madero. sácame de este aprieto! Viva.. y se encontró frente a la loca. —¿Sois el que perseguíamos hace poco? —preguntó Laubardemont. —¡Eh. jaleo! Muchachas.ma. convencido de estar borracho. Y yo me marcho corriendo.. Caballo mío careto. Era Laubardemont. En aquel momento. Jaime retrocedió hasta las tablas que formaban la vacilante pared de la cabaña. y repitió: Mi caballo está cansado. que viene la ronda Y se mueve el tiroteo! ¡Ay. como un oso acosado por una jauría numerosa.ra. ay..¡Ay.. Este bebió para animarse. y. a quien seguían varios hombres armados. Jaime retrocedió.da! ¡Bribón! —dijo Houmain haciendo esfuerzos por levantarse—. —¡Eh! ¡Ca.. El diablo ha entrado en esta casa. volvió la cabeza de la joven. Disponíase Jaime a pasar por encima del cuerpo de la infeliz. viva mi caballo. —Sí. quien tenía los ojos cerrados. y cayó tendida sobre la tierra húmeda. ¿Eres acaso realista? Pero al ver a aquellos dos hombres que parecían petrificados. muchachas! ¡Ay! ¡Jaleo!. para ganar tiempo y reflexionar. El cárdeno fulgor de un relámpago entró por el ventanillo. que hizo temblar la cabaña. y se acercó. y al verla. El otro ha logrado escapar... tendida entre el juez y el capitán. cuando apareció una figura siniestra. Jaime. Jaime retrocedió.. ¿Quién me acerca un hilo negro? Al concluir. que miraba asombrardo al aventurero.a. ¿Cuándo vendrán los amigos? —Cantemos —dijo Jaime acercando la albarda en que estaba sentado a la de Houmain.. al verle. a tropezones. y casi instantáneamente oyóse una detonación espantosa. caballito mío! ¡Ay. Dios mío! ¡Juana! ¡Siempre Juana! 153 . lo mato! Y sacó un puñal. arrebujándose en su capa. dijo con voz fuerte y sombría: —¡Al primero que pase de ese brasero y el cuerpo de esta joven. exclamó Laubardemont. sintió vacilar su asiento y cayo de espaldas. es él —dijeron al mismo tiempo todos los guardias—. se lanzó a la puerta en el momento que ésta se abría. que estaba arrodillado. Era un hombre de cara sorprendida y lívida. Houmain. jaleo. después de deshacerse así de Houmain. envuelto en una capa cubierta de nieve.. aterrado: —¡Oh. ay.. —¡El juez! —exclamó ella al entrar.

—¿Yo? ¡Yo no le conozco! —respondió Laubardemont en voz alta—. y 154 .. .. Rugía la tempestad en toda su pujanza. En la masa de nieve movediza se agitaba un hombre. que brillaba como cristal al resplandor de la tormenta. No diré que esta joven es tu sobrina ni que yo soy hijo tuyo. ¿Qué dirá tu amo? —Entrégame el tratado y te perdono la vida. derribó dos de ellas y desapareció. Sálvame y te entregaré el tratado. —Si me entregas el tratado te dejaré pasar. Bajo la nieve percibíase el ruido de los peñascos de granito que caían a los abismos. arrancaron las tablas que quedaban en pie y se inclinaron hacia el abismo. —Y a ti. respondió en voz baja. con precaución. cada uno de cuyos esfuerzos le hundía más en la vorágine. después de un momento de reflexión. y.mo. se inclinó riendo ferozmente ante Laubardemont.—Calma. Me has destruido la vivienda por el sitio peor. —¿Y en el tuyo? —objetó Jaime—. El viento penetró con violencia en la estancia. haciéndoles retroceder algunos pasos. ¿Cuánto hace que le conocéis? Es un buen muchacho. Tranquilizaos y no os enojéis. pero si intentas arrebatármelo. hacia la abertura. y le dijo en voz baja: —Cortesano.on. tocándole en la espalda: —Empleáis mucho tiempo en explicaros. interponiéndose entre ambos. . casi sin intervalos. —¡Eh. que volvían a cerrársele. bribón! —Sí. y por alzar la cabeza. —¡Yo he prometido llevadlo! —¿Quién puede confiar en tu juramento? —replicó Laubardemont. —Entrégame ese documento. haciendo esfuerzos por abrir los ojos. —Déjame pasar y te perdono que me la hayas dado. déjame libre el paso y no te comprometeré. volvía a quedar iluminada por aquella luz constante más propia de la noche que la misma oscuridad. miró a sus agentes. que se inclinaba como una planta agostada—. —Lo llevo en la faja. No le había visto jamás.. Sin embargo. La bóveda celeste parecía ensancharse y luego. Está muerta. iluminando los horizontes con la cárdena luz de los relámpagos. En aquel momento se arrojó Jaime violentamente contra las débiles tablas que formaban la pared de la cabaña. el témpano iba deslizándose poco a poco por la pendiente rocosa. Laubardemont. .. asesino. diablo! ¿A dónde vas? —exclamó el contrabandista—. he jurado apoderarme de él. Jaime puso el pie sobre el cadáver como si éste fuera una barrera. Acercáronse todos. e. debatíase inútilmente. que le rodeaban con las carabinas preparadas para hacer fuego. tan rápidos y continuos. porque es indudable que el diablo protege a Richelieu! —gritó el aventurero. contemplando un espectáculo maravilloso.. semejaban una claridad permanente. y agarrado a un enorme témpano. —¡Me hundo! —gritó—. porque le separaban de Laubardemont algunos pies de distancia. bien muerta. Jaime podía salvarse todavía. —¿Qué te importa qué un chiquillo conspire?—preguntó el juez. —¡Siempre serás el mismo. transparente y en forma de pirámide. publicaré que eres mi padre. dijo al juez. ¿Tu Dios es el crucifijo de hierro enrojecido al fuego? Houmain se incorporó. —Dámelo y te salvaré —respondió el juez. ¿qué te importa que reine un viejo? —respondió Jaime. Enterrado ya hasta las rodillas. —¡Tómalo. señor —dijo Houmain. que sus resplandores.

desapareció bajo la nieve. Y no se oyó más que el ruido de los truenos rodando por el espacio. y el del agua que fluía entre las rocas: quienes se encontraban en la cabaña alrededor de un cadáver y de un malvado guardaban silencio. temiendo que Dios bajara a la tierra para fulminarlos con sus rayos. Laubardemont se precipitó sobre el tratado como lobo sobre una presa. y dejó morir a su hijo Jaime. no viéndose ya más la extensión deslumbradora iluminada por el incesante fulgor de los relámpagos. inmóviles y horrorizados. padre? Y.desprendiendo una mano del témpano resbaladizo arrojó a la cabaña un canuto de madera. Te lo he dado yo. ¿Lo oyes.. y hundirse en silencio en la vorágine. Pero no me has arrebatado el tratado. dicho esto. Le vieron resbalar agarrado al bloque que se desplomaba sobre él. 155 .. —¡Ah! ¡Infame! ¡Me has engañado! —exclamó—.

—Piensa —respondió la reina sonriendo—. ser menos bella y no reinar nunca. en vez de acoger siempre desdeñosamente. en la que podría ser su reina con sólo hacer un gesto y posar sobre ese trono una mirada de sus ojos negros y rasgados. simulando buscar unas joyas en su tocador. Detuviéronse un instante. pero aquel espectáculo brillante y seductor la hizo asomarse nuevamente. con un abanico. a esos pobres extranjeros. Preferiría que mirases hacia Polonia. y el príncipe saludó dos veces mientras su ágil caballo caminaba de lado vuelto hacia el sitio en que se encontraban la reina y María de Mantua. ¡cruel! LA FONTAINE. Y. no comiendo ni durmiendo por llorar. No para ti. ¡En qué país tan hermoso podrías reinar! En aquel momento. haciéndola sonreír. La princesa María se retiró de la ventana para que no vieran las lágrimas que afluían a sus ojos. Hasta se vio obligada a contemplar las nubes que se cernían sobre el palacio. hacíanles brillar con extraño esplendor. —Es el país del sol. aludiendo. —¡Infeliz! —prosiguió la reina—. Ana de Austria la dejó un momento sola en el balcón. apoyada en el balcón. se encabritaba y agitaba las crines. con una gran escolta de jóvenes poloneses a caballo. como hace ahora. Mirad qué tormenta viene de la parte del mediodía. se reprochó aquella sonrisa y abismóse en su tristeza habitual. pasaba rápidamente el príncipe palatino bajo las ventanas de la reina. guareciéndose de la lluvia que empezaba a caer. Al ver que María se cubría el rostro con el pañuelo para llorar. esmeraldas y rubíes. hija mía. pareciendo que saludaba al inclinar la cabeza entre las patas. cree en mi amistad. María se había tranquilizado y contemplaba con tristeza el campo. sus capas verdes y pardorrojizas. no tanto a las negras nubes que al desprenderse de los picachos pirenaicos riegan la campiña francesa. Sus chaquetas turcas con botones de diamantes. —¡Qué bien monta el palatino ese hermoso caballo! —exclamó María de Mantua. los labios de María. las colinas del horizonte y la 156 . Cinq-Mars es un ambicioso fracasado. los penachos de sus caballos y su aspecto de aventureros. señora. —Y el de las tempestades —replicó la reina. esas nubes no pueden haber presenciado nada que te favorezca. pero al poco rato volvió a asomarse. al decir esto. sin poder reprimirse—. —Siempre estás mirando hacia ese lado —respondió Ana de Austria. Ya lo ves. El caballo relinchaba.CAPITULO XXIII LA AUSENCIA El más grande de los males es la ausencia. pero ésta inclinó inmediatamente la cabeza. como a otro género de tormentas—. que había empezado a disiparse. Padece que no piense en que va montado. —¡Oh. Todo el séquito repitió el saludo. con el que la corte había llegado a familiarizarse. con lo cual sólo vas a conseguir enmagrecer. pero te perjudicas. Ana de Austria golpeaba suavemente. señora! —decía María de Mantua a la reina—. pasas las noches soñando despierta o escribiendo. Haces todo lo posible por ser fiel y prolongar la melancolía de tus novelescos amores.

ni habrá habido sacerdote que se haya atrevido a semejante cosa. señora! ¿Confiáis? Entonces. ni casi su prometida. No te acuso de ingrata con el cardenal a quien yo tampoco estimo. Eras muy niña entonces. No niego ninguna de las bellas cualidades de Cinq-Mars: tiene gran carácter. colocándose junto a María. Afortunadamente. marqués de Cinq-Mars. que arrebató al Imperio y a España para devolverlo al duque de Nevers. —¡Ah. sólo perjuicios ocasionará.tormenta que se cernía en el espacio.. Despierta. que no me interrumpas. no eres su esposa. —Soy suya.. puesto que el duque de Orleáns está dispuesto a no tomar parte en la conjuración. No tiembles. contenta por no haber tenido que llorarlas toda la vida. —¡Ilusiones de los dieciocho años! —repuso la reina sosteniendo a María—. por amor solamente (quiero creer que por amor).. pero. —Pero no has recibido la bendición de Dios —objetó Ana de Austria—. que sólo la muerte puede romper vuestra unión. La inocencia te ha salvado del amor. desterrado. Os lo juro que ha rechazado ese proyecto. le seguiré al destierro. sólo bebe agua pura. no has contraído matrimonio. De cuantas 157 . Cinq-Mars ha organizado. le salvaremos la vida. señora. Calla —agregó poniendo sus dos hermosas manos en la boca de María. en este castillo de Saint-Germain. y ello equivale a la entrega de Cinq-Mars. cerca de la puerta de su alcoba —. Aquí. —¡Oh. porque. señora. Sé que Cinq-Mars es tan leal como generoso. —Te ruego. se firmó el tratado en cuya virtud era destronado el duque de Guastalla. El duque de Orleáns intercederá. y conseguiré que aprecies de otra manera la situación actual. señora! ¿Qué queréis decir? ¿No soy ya bastante desgraciada? —No me interrumpas —dijo la reina—. por fortuna. a la princesa María de Gonzaga. por todos los conjurados. Quisiste hacer un sacrificio. Yo confío. pero. cualquiera que sea el giro que tome. para derribar al cardenal. ¡Calla! Vas a decirme que Dios ha oído vuestros juramentos. porque te ha salvado de un gran peligro.. pero debes recordar que él fue el único en Francia que. Propósitos de juventud. hija mía. ¡estoy perdida! —exclamó María casi desfallecida. sólo suya. señora! Cinq-Mars es incapaz de cometer un crimen.. sin duda.. al ver que ésta se disponía a responder—. es mi deber. no lo has consumado. y no necesito dar más explicaciones. —¿Cómo? —Estoy completamente segura.. Y ya tienes a la duquesa de Nevers y de Mantua.. soy su esposa. espíritu amplio y mucho valor. pero todo eso no representa nada para ti. ¿podrá Cinq-Mars evitar que otros le asesinen si lo hace prender a viva fuerza? No lo sabemos. quimeras deliciosas de las que algún día te reirás. también por él. ni siquiera tu padre espiritual. Quisiera saber que se encuentra ya en lugar seguro. que no puedes vivir sin él. te lo prometo. —Dios ha sido para ti mejor de lo que tus imprudencias merecían —prosiguió la reina gravemente—. —exclamó María sollozando—... y. María. pero el castigo más leve que puede imponérsele será el destierro perpetuo. creyendo tomar un veneno mortal. despierta. él mismo me lo ha dicho.. —¡Ay. seguramente. y creo que. todavía queda tiempo. contra la costumbre de estos tiempos. apoyó la guerra en defensa del ducado de Mantua. ¿qué hará Cinq-Mars solo si llegan a descubrirle?. es necesario. —Tomemos asiento —dijo la reina... tiene suficiente moderación para no llegar a tales extremos y no matar a un anciano como hizo el caballero de Guisa. una guerra civil que no puede tener éxito. pero debieron decírtelo. —En ese caso... ¿Qué puede hacer el caballerizo mayor? El rey le ha juzgado bien: ha consultado al cardenal. que vuestros destinos son inseparables. contra la opinión de la reina madre y de la corte. esposa del señor Enrique de Effiat. un joven de veintidós años pretende hacer asesinar al cardenal. Firmado el tratado con España. tu padre.. Y ahora. eres como quien.

dejara de tener algún ensueño amoroso parecido al tuyo. Al aceptar nuevamente la vida como la suerte nos la ha deparado. nos atormenta grandemente. en este momento estábamos hablando de la corona de Polonia. Jamás se es independiente. Esa lucha entre tus proyectos y su posición. y acudan a reír y a bailar cada noche. o que el enfermo que vuelve a ver la luz del sol después de una noche turbada por malos sueños. todos los sacrificios admirables que la pasión te inspire. Y. rechazando. te mata. lo hicieron por sí mismos o por el mundo. ¡Mientras viva seré suya! —Y mientras yo viva —repuso la reina resueltamente—. La reina mostraba a la princesa de Guemencé unos diamantes que acababa de recibir de París. y contribuye a hacernos cumplir los deberes que olvidamos con facilidad. pero bastará que entre un lacayo a recibir tus órdenes para que el encanto se desvanezca y vuelvas de tu acuerdo. a tu edad. los extravíos de la imaginación. ninguna que. le dijo: —Os hemos visto pasar. después de sacrificar lo que nos trastornaba la razón.. a nuestro pesar. Perdónate. porque desconoces el mal que te hace sufrir. Hasta se asegura que los más sombríos eremitas no han podido resistir la tentación de conocer lo que de ellos se decía. algunas de cuyas frases le llamaron la atención. La reina se dirigió a ellos mientras María se colocaba en la sombra.. —Sí. Que no amaron tanto como tú. muchas veces con éxito. las bodas reales que te han ofrecido. se experimenta la misma satisfacción que el desterrado que regresa al seno de su familia. amiga mía: nuestra vida interior. La opinión ajena es un bien. María. la señora de Guemencé y el príncipe palatino... negándose a intervenir en la conversación entablada en tono alegre. que aprovechaba todas las coyunturas para descubrir secretos. y te consideras culpable —continuó la reina—. y Ana de Austria aprovechó la ocasión para retirarse de la ventana y entrar en la estancia donde la estaban esperando la duquesa de Chevreuse. ninguna hay. lo que no ha sido obstáculo para que sean esposas y madres felices. estás disgustada contigo misma. ¿A dónde os encaminabais? —Al palacio de la duquesa de Rohán —respondió el polaco. todos los seres humanos dependen unos de otros. ¿Crees que eres perjura por renunciar a CinqMars? Le has correspondido con exceso. —Esta corona no es para mí. ¿qué ha hecho por ti ese amante tan apasionado? Al pretender elevarse hasta ti. dirigiéndose al príncipe palatino. Te revelaré el gran secreto que te desespera. María volvió la cabeza.. Pues bien.. y te diriges amargos reproches. a solas.. me opondré a semejante desatino. durante dos años. mientras que la vida exterior nos domina. cree una ser dueña de su destino. no sé si los que algunas veces se han retirado del mundo. la de nuestros sentimientos. los ensueños se han desvanecido. después de todo. príncipe. El rey la ha mandado labrar para la futura reina de Polonia. Adivino lo que vas a replicarme. Pero. los nudos se han roto y los juramentos se han olvidado. sobre todo cuando ocupamos una posición elevada.mujeres de brillante posición figuran en la corte. para que no le vieran los ojos enrojecidos por el llanto. y la soledad tiene también su coquetería. aproximándose a la reina: —¡Qué casualidad! Precisamente. cerca de una cortina. que no sabernos todavía quién será. Mazarino. 158 . porque combate. dijo. ¿ha tenido ambiciones para alcanzar tu amor o se ha valido de tu amor para satisfacer sus ambiciones? ¿Qué dirías si fueras para él un medio y no un fin? —¡Lo amaría de igual modo! —respondió María—.. Al pronunciar la reina estas últimas palabras arreciaron la lluvia y el granizo. Mazarino. mas la presencia de tres personas que llegan de pronto basta para ligarnos y hacernos recordar nuestra jerarquía y el círculo en que vivimos. ¿verdad? Pues estás equivocada: amaron tanto y no lloraron menos. ¿Qué digo? Enciérrate y adopta todas las resoluciones valerosas y extraordinarias. Nuestra existencia es doble. la desesperación puede ser afectada.

Te sientan admirablemente. a pesar de las lágrimas que todavía le humedecían las mejillas. ¿Es eso cierto? ¿Amor? ¿En la corte? ¿Un amor verdadero. Pero es imposible hacerla desistir de semejante propósito. dando a besar su mano al embajador polaco. —La corona parece hecha de propósito para la princesa —agregó el cardenal.. ¡Casarse con un gentilhombre la duquesa de Rohán. y. al duque de Weimar y al duque de Nemours! ¡Es una verdadera lástima! ¿Adonde iremos a parar? ¿Cómo va a acabar esa mujer? —¿Cómo? —exclamó Mazarino. María de Mantua se sonrió involuntariamente. Probemos. no pudiendo reprimirse. María.. lo que hizo sonreír a todos los que presenciaron la escena. fingió prestar atención a la conversación que ella misma alentaba. —¡Daría mi vida porque la corona estuviera siempre en esa cabeza! —exclamó el príncipe palatino. profundo? ¿Es posible? La reina no cesaba de abrir y cerrar. se sonrió y. que se encontraba a su lado: —¿Desde cuándo es rey de Polonia el señor Chabot? La reina. dijo a la señora de Guemencé. regocijóse con aquel arranque de orgullo. que escuchaba en silencio.María. La reina la siguió con la vista. como un rayo de sol a través de la lluvia. Luego se ruborizó intensamente y echó a correr hacia sus habitaciones. irónicamente—. —Los diamantes no sientan bien más que a los cabellos negros —dijo—. que la oyó. que rechazó tan altivamente al conde de Soissons. jugueteando. acércate. el broche de la corona. para disimularlo. —¡No se concibe semejante casamiento! —decía la princesa de Guemencé—. 159 . se retiró con objeto de escribir una carta.

dejándose arrastrar y comprometer por un motivo poderoso. Al ver. que. disfrutábase de una aparente tranquilidad. comprendió que toda advertencia para hacerle desistir de su arriesgado propósito sería vana. recorrieron las tiendas para despertar. adivinando más de lo que Cinq-Mars le había confesado y viendo en la unión secreta de su amigo con la princesa María de Mantua uno de esos lazos de amor cuyos abandonos voluptuosos e involuntarios no se purifican fácilmente con las bendiciones recibidas en público. y casi al mismo tiempo. Los que estaban de facción llamaron a las armas. Las lentas y casi interrumpidas operaciones habían embotado la vida del campo y de la población. yendo a colocarse en su sitio de combate. al piadoso e inteligente Thou en vela y armado. FELIPE DE COMINES. y no se veía otra cosa que la chispa roja de las mechas humeantes de los arcabuces. como en tiempo de paz. puesto que un rey tan poderoso ha sufrido y trabajado tanto en él. En la oscuridad de la noche. De pronto. Desde que Enrique da Effiat le revelara su secreto. varios hombres esperaban a caballo. apenas si se acordaban de los franceses. lo que demostraba que la caballería se apercibía también a combatir. en aquella hora. de un hecho sumamente extraordinario. aunque por una circunstancia fortuita. Algunas antorchas brillaban como estrellas en el interior de una de las últimas tiendas del campamento. mantenían libre comunicación con Cataluña. Oíase el ruido de las recias botas de los individuos de tropa y el trote de los escuadrones. No obstante. hasta aliarse con los españoles. la ciudad dormía. de la caballería ligera y las de infantería tocaron a botasilla y «a caballo». y todo estaba ya en reposo. sólo se percibía el rumor de los pasos acompasados de los centinelas. pero no obtuvo otro resultado que estimular la resolución inquebrantable de Cinq-Mars. en sus proyectos. Thou y Cinq-Mars estaban dentro. las trompetas de los mosqueteros. Eran las diez. Thou había hecho todo lo posible por impedir que Effiat llegara. Después de media hora de movimiento cesaron los ruidos. y los sargentos. cierta noche. con antorchas y largas picas. pasar lista y formar a los soldados. a la reunión de los conjurados en casa de Marión Delorme. en cuya lona dibujábanse dos sombras yendo y viniendo. hubiera podido creerse que era uno de los jefes de la conjuración. Los españoles que. En el exterior. pero el ejército permaneció de pie. Numerosos pelotones circulaban en silencio por las calles del campamento. Después de haber asistido. firmó el tratado con el extranjero. y de haber oído todos los detalles del complot. consideróse Thou tan 160 . pero. en cambio. sobreponiéndole al horror que le inspiraba aquella empresa.CAPITULO XXIV EL TRABAJO Poca esperanza deben de tener respecto a este mundo los pobres y las gentes humildes. al observar más de cerca su grave continente y su triste mirada. el ejército francés experimentaba esa secreta inquietud que precede a los grandes acontecimientos. extinguiéronse las antorchas y se restableció la calma. comprendíase inmediatamente que la reprobaba. Perpiñán fue testigo. al fin.

llama funesta! ¡Tú representabas el rayo y el cetro para mí! Thou. llama preciosa. pero seguía a Cinq-Mars a todas partes. permanecía inmóvil con los brazos cruzados. ¡Pero no importa! Seguramente. que. había una pistola. Thou fijaba la mirada tan pronto en el cielo. acto seguido. y frente a ella un gran reloj en caja de cobre. soplan con temible violencia. contempló el cielo y reanudó el paseo. y. aun convencido del fracaso. Los peligros que corría su amigo le atraían con la fuerza de una amante irresistible. sin dejar el crucifijo de marfil. Cinq-Mars le contemplaba con fijeza. pero lucharemos sin la ayuda de los españoles. y entre dos candelabros encendidos. ¡Arde. El maldito tratado con España no ha llegado a vuestras manos por permisión divina. Había entregado su vida y juzgó indigno de ambos mostrar deseos de volver sobre su decisión. Súbitamente dirigió la vista al reloj. El ejército espera el pistoletazo. ¡Dios quiera que no tengáis que experimentar ninguna contrariedad por vuestra falta. Thou había visto al duque de Orleáns. —La noche es oscura —repuso Thou. es cierto. está donde estaba. corre. a quien profesaba verdadero cariño fraternal.comprometido y tan ligado a los intereses de Effiat. Arde. que es la señal para comenzar. como en el crucifijo de marfil que tenía en la mano. Vas a provocar un incendio que todas las aguas del Océano no serán suficientes para extinguir. Su resplandor iluminará medio mundo y probablemente llegará a los pies del trono. —¡Sois un buen amigo! —exclamó—. —Decid que el tiempo avanza. al duque de Bouillon y a Fontrailles. Sobre una mesa. El caballerizo púsose la coraza. Thou. Los escrúpulos de conciencia le hacían sufrir. por vos celebraré equivocarme si mi error favorece vuestra gloria. que perdona a los que aman. tened piedad de nosotros y perdonadnos la sangre que se va a derramar! ¡Sólo nos proponemos abatir al malvado y al impío! Y. como cobardía. aunque quizá no sea necesaria la lucha para triunfar. corre. y que ésta caiga solamente sobre mi cabeza! Dios. Perdonadme este recuerdo fugaz de las ideas de toda mi vida. el amor y el odio. amigo mío. creyó que debía correr la misma suerte que su amigo. y vos por amistad. para que no se interpretara. —Es la hora del sacrificio —dijo Thou tristemente—. —No te consumas —dijo—. veinte minutos más y todo quedará hecho. continúa ardiendo lentamente. Al fin. No me arrepiento. nos protegerá seguramente. sin atreverse. arde despacio. decía en voz baja: —¡Dios mío. a hacerle ninguna sola objeción. mirando. arde lentamente. con los brazos a la espalda. Y estrechando con fuerza la mano de Cinq-Mars. por delicadeza. el minutero que avanzaba con excesiva lentitud para su impaciencia. prosiguió alzando la voz: —La virtud triunfa siempre. Los cabellos. erróneamente. Desde entonces. —No luce mi estrella en las alturas —dijo—. él era nuestro crimen y Dios lo ha destruido. mientras las lágrimas se deslizaban lentamente por sus mejillas. porque el rey puede variar de 161 . y se había acostumbrado a hablar sin temor en presencia de ellos y a escucharles sin cólera. arrebujado en una capa negra. Tu explosión repercutirá lo mismo en la cabaña del pobre que en el palacio real. de vez en cuando. agregó con el impulso de un corazón lealmente adicto: —Por vos. semejaban la melena de un león. que le caían sobre el rostro. ¡qué amarga es para mí la copa del pecado! Consagré mi vida al estudio y a las obras piadosas y heme aquí dispuesto al crimen y a empuñar la espada. requirió las armas y se calzó las botas. pues sólo me preocupa vuestra felicidad. Somos criminales. Cinq-Mars se paseaba. pronunciada esta breve jaculatoria. entreabrió la tienda. pero yo peco por amor. pero. empuñó la pistola y examinó la mecha. vientos que han de avivarte.

El correo partió a escape. —¡Thou! —exclamó angustiosamente. Su primer impulso había sido disparar contra sí mismo para darse muerte. rechaza obstinadamente la corona de Polonia. habéis emprendido una guerra que va a ensangrentar el suelo de mi hermosa y amada Francia. que se arrodilla ante vos. »La reina. entró en la tienda. sudando y extenuado de fatiga. la princesa María de Gonzaga.opinión. dicho esto. al entrar. sin tomarse tiempo para reflexionar.» E inmediatamente. y tomando un lápiz escribió en el reverso de la carta de la reina: «Señora: »María de Gonzaga no puede ser reina de Polonia mientras yo viva. pálido y tambaleándose. Decía así: «Señor marqués de Cinq-Mars: »Os ruego encarecidamente que hagáis cumplir su deber a nuestra muy amada hija adoptiva y amiga. Y. A no ser por las lágrimas que le brotaban de los ojos. —¡La hora! ¡La hora! —exclamó Cinq-Mars con la vista fija en el reloj y júbilo inmenso—. si lo creéis necesario. cuya nariz y oídos manaban sangre. donde se encuentra Richelieu. »CINQ-MARS. Asustado. las pasiones no suelen tener raíces muy hondas. a su edad. Os habéis portado noblemente. pero yo os ruego que os mostréis como un verdadero gentilhombre. devolviendo a la duquesa de Mantua las promesas que os haya hecho. abrió bruscamente la tienda. En aquel momento apeóse del caballo que montaba un hombre recién llegado. os mataré. »ANA. porque es mi esposa. »Con la esperanza de engrandeceros para haceros digno de ella. Dadme esa pistola. monseñor! El caballerizo mayor tomó precipitadamente la carta y se apresuró a leerla.» Terminada la lectura. e inmediatamente nos dirigiremos a Narbona. que sólo por permanecer fiel al amor que le profesáis. —¡Correo de París! —gritó—. y Cinq-Mars. en seguida! Si permanecéis aquí un segundo más. Pero yo moriré para que ella reine. pero logró reponerse. después de verlo marchar. con voz cavernosa. entregó la carta al correo. —¿Qué deseáis. Con esa devolución daréis tranquilidad a su alma y paz a la nación. querido amigo? Aquí me tenéis a vuestro lado. ¡Correo de la corte! ¡Es de la reina. y cogió la mecha de la pistola. diciéndole: —¡A caballo! ¡A caballo. cayendo desplomado al suelo como árbol desarraigado. Cinq-Mars volvió a dejar tranquilamente la pistola sobre la mesa. Cuatro minutos nos bastarán para arrollar a todos los cardenalistas del campamento. »He sondeado su alma y creo que no le sería tan penoso como suponéis aceptar la corona. todavía es muy joven y. 162 . para que accedáis a su súplica. apresuróse Thou a levantar a su amigo. y entregó a Cinq-Mars una carta. ¡Sois sublime! —¡Thou! —repitió el caballerizo mayor. el consejero habría creído que Cinq-Mars estaba muerto.

al volver. a Cinq-Mars y a María de Gonzaga. Son las once y media. como espanto al padre José. huid con los demás conjurados! No me sigáis. el costado no deja de dolerme. sin atreverse a mirarle. encontró a Cinq-Mars tranquilamente sentado y limpiándose la sangre que manchaba su rostro. —Thou —le dijo—. lo hemos visto resolver las cuestiones de Estado con la ayuda del padre José. salió a transmitirla. al lado del ministro. Sentado en un amplio sillón. ni aun para defenderos. os juro no atentar contra mi mismo. jugando. ¡Por vuestra vida. Yo no podría hablar mucho. le repetía nuevamente lo que había oído. en otra ocasión. porque me estorbáis. vuestra muerte es segura. El cardenal. marchaos. reíase a mandíbula batiente. entretanto. de la que esta misma noche daré explicación. a vos. entregadles estos pasaportes y decidles que inmediatamente partan para ponerse en salvo. de continuo sufrimiento para el cardenal. temblando al recordar el peligro de ser muerto por Enrique de Effiat. dijo: —¿Estoy todavía entre los hombres? Cumpliré el compromiso que voluntariamente he contraído con ellos. estrechó efusivamente la mano de su amigo. Y. y a las cuatro de la madrugada (vendréis para que os dé las órdenes de 163 . Richelieu. durante la cual estornudó y tosió. me haré conducir al jardín para aspirar el aire puro y fresco de la noche. El padre José. A las nueve. Comprendiendo Thou la importancia de esta orden. —No. si éste adivina quién era el sacerdote que le escuchaba. a las diez.El caballerizo mayor abrió de pronto los ojos. estaba en Narbona y en el mismo gabinete en que. y su flexibilidad y disimulo son extraordinarios! Mirad cómo se finge el dormido este gato amarillo para caer sobre el otro listado cuando lo deje de observar. y la hora de dar la señal ha pasado ya. y no es hora todavía.. Y. que Dios os proteja.. distraíase el cardenal con tres gatitos que rodaban. Los Pirineos están cerca. desde el confesionario. me estremezco de horror cada vez que recuerdo los peligros que amenazaban y todavía continúan amenazando a Vuestra Eminencia. y con las piernas envueltas en telas de abrigo. porque yo no podré protegeros en lo sucesivo. sobre sus rodillas. y después siguió diciendo: —No me habléis de asuntos de Estado. —En fin. En los tres años transcurridos.. El médico Chicot me ha recomendado que observe gran regularidad. Llamad a Fontrailles y a los demás conjurados. querido amigo. Y ahora — agregó mirando el reloj—. y. volviendo a sus preocupaciones. luego. y salió de la tienda apresuradamente. Si permanecéis a mi lado. pero. monseñor —dijo poniendo término a su relato—. colocándolo sobre los otros para prolongar sus juegos. pero los últimos viajes hechos infundiéronle tanto ánimo. querido amigo. resolveremos qué hemos de hacer del caballerizo mayor. ¡Es un tigre de salón. éste había envejecido mucho. dormiré una o dos horas: a las doce recibiré al rey. hasta después de la cena. —Pues bien. ¡Qué animales más hermosos son! Hizo una pausa. —En ese caso. vuelvo a rogaros que os salvéis. A veces agarraba uno y. dispongamos cómo hemos de pasar la velada. sin dejar de jugar con los gatitos. dicho esto.. Decidles también que ha fracasado la conjuración y que les agradezco mucho su ayuda. que las tropas vuelvan de nuevo a los cuarteles. —¡Qué hermoso animal es el gato! —exclamó—. Distraen mucho los juegos de los gatos. Ordenad en mi nombre. —Os repito que huyáis. de ningún modo me separaré de vos —repuso el consejero. Sólo ha habido una alarma. aunque sigo sus prescripciones. aquí me quedo —insistió Thou. bostezó varias veces. a la luz de la luna. por cierto que tengo un apetito atroz. miró en torno suyo y. padre José.

y. Al oír el padre José el elogio que Richelieu hacía de una de sus víctimas se mordió vivamente los labios. Mientras llega la hora. viven todavía cuatro de los magistrados que juzgaron a Urbano Grandier. por ahora. Cuando el capuchino llegó y hubo tomado asiento cerca de la mesa del ministro. los otros cuatro han muerto miserablemente.. que habéis de enviar inmediatamente a París. a las provincias o a los ejércitos de Su Majestad. en los curatos que desempeñan. que las tropas que se encuentran en el campamento son débiles e inspiran poca confianza. sobre todo. Lactancio. Por cierto —agregó con malicia—. En cuanto a los otros tres. ya es hora —respondió el padre José. pero. Y leyó al capuchino la página de sus Memorias. El cardenal firmó la carta. —Son las ocho y media. que el trayecto que hay de Perpiñán a Narbona es corto y fácil de recorrer. porque importa mucho borrar todos los vestigios del proceso de Urbano Grandier. No debéis tampoco olvidar que los jóvenes de la nobleza están encolerizados y que el rey no se encuentra muy seguro. Según mis apuntes. Mientras leía el cardenal. escribid lo que voy a dictaros. en que se encuentra la posesión y sortilegios del mago. El capuchino obedeció. —En efecto.arrestos y demás penas. y dijo a su compinche: —Ya sabrás cómo deseo que desaparezca esta gente. ¿Crees que he dejado a esos infelices conspiradores ir demasiado lejos? De ningún modo. y cuando las agujas del reloj señalaron las ocho y media. dejémosle tranquilo. a los padres Barré y Mignón. éste le dijo: —Ya sabéis todo cuanto el caballerizo mayor ha hecho en el transcurso de más de dos años en contra mía. puesto que no nos molesta. Barré y Mignón.. tomad la pluma y escribid al obispo de Poitiers. El cardenal cenó tranquilamente. el padre José no apartaba la vista del reloj. Escucha ahora lo único que sabrá la posteridad acerca de este tenebroso asunto. pero guardó silencio. El primero morirá ahorcado por contrabandista. para que comparezcan ante un tribunal especial. Supongo que tendréis en cuenta que disponéis de un buen ejército. y los enviéis lo antes posible a la ciudad de Lyón. José —dijo el cardenal mirando el reloj—. como le ocurría con frecuencia—. Tengo en mi poder unos documentos que te tranquilizarán tan pronto como los conozcas. y el ministro le dictó la siguiente carta: «Monseñor: Desea Su Majestad que reemplacéis inmediatamente. abandonó la estancia. 164 . —¿Estás impaciente —preguntó el ministro— por saber qué he resuelto respecto al caballerizo mayor? Pues voy a complacerte. juntamente con el padre capuchino Lactancio. después de inclinarse ante Richelieu. y antes os manifesté que hasta las nueve no hablaríamos de ese asunto. y ahora ha llegado el momento de que tiremos de las redes. porque tengo buena memoria y es preciso hacer justicia. Eran las siete de la noche y el capuchino. monseñor. —Los cuatro magistrados que viven —siguió diciendo el cardenal—son Houmain. como acusados de alimentar propósitos criminales contra el Estado. Te equivocas si supones que me faltan razones para permanecer tranquilo. dio orden de que llamaran al padre José. que Grandier fue un hombre de mucho talento.» El padre José escribía tan fríamente como un turco hace caer una cabeza humana al mandato de su señor. temblando involuntariamente al hablar.

A. José. añadió: —Bien. ¡Ah! Pero se equivoca si cree que yo me desagravio tan fácilmente. pero os juro que ésta será la última que os moleste en este sentido. y. y se respondió a sí mismo—: Cierto debe de ser.» He aquí. M. se ha prosternado ante uno de mis servidores más adictos. Ved. a los dos pasos. Esto es todo cuanto tengo que deciros. »Dos veces habéis intercedido ya por mí ante Su Eminencia. pero. si os place. y. Al principio. sólo tengo que entendérmelas ya con los dos jóvenes compañeros. Ya sabéis la ansiedad con que espero que me saquéis del apuro. dado el afecto que me profesáis y que supongo será superior al enojo que os he ocasionado. Toma y lee la carta que el duque de Orleáns. —¡Ah. te descuidas. Esta mañana he mandado que le contesten14. pidiendo perdón. que. ha empezado bien. quien continuó: —¿Su Eminencia pretende ya juzgar a personas que todavía empuñan las armas? —No todas. que era el agente de los conspiradores. Estas palabras inundaron de júbilo el alma perversa del capuchino. Mientras tanto. con el mismo entusiasmo con que soy vuestro afectísimo primo. si no la dan. pero es necesario que concluya. me ha escrito a mí. porque os lo cedo. O me hace una confesión minuciosa. y general en jefe de los ejércitos de Italia. o lo desterraré de Francia. cuyos ojos relampagueaban de celos—. Por consiguiente. luego. he estado siempre prevenido contra él y contra sus artificios. porque sois vos. me los entregará el rey esta misma noche. «Monseñor. y. Pero. conocido por el sobrenombre de Mayor. No obstante. La carta escrita al cardenal-duque de Richelieu estaba redactada en los siguientes términos: «Mi querido primo: El joven. después. mi querido primo. La conjuración lo tenía intranquilo. ¿quién os ha informado de ello? —Los mismos que le acompañaban y que están dispuestos a comparecer para declararlo verbalmente. y la contestación del ministro: «Señor de Chavigny. luego. no atreviéndose a dirigirse a mí directamente. y verdaderamente no os faltan motivos. lo han ocultado ya sus oficiales en un haz de paja. monseñor! ¡Si supierais las fatigas que pasé para descubrir el camino que seguían los mensajeros del tratado con España! Vime obligado a arriesgar la vida entre aquellos dos 14 He aquí las cartas escritas por el duque de Orleáns al señor de Chavigny y al cardenal Richelieu.. le utilizaremos todavía para que juzgue a los conspiradores. ahora. podéis hacer de él lo que se os antoje. interceptado en Olorón por Laubardemont. En cuanto al señor de Bouillon. los apresarán mis regimientos. A pesar de las mercedes que le dispensaba S. tan pronto como se les indique. Si a las ocho y media dan la señal. y al que. habiendo podido salvar. —¡Ah! —exclamó el padre José. —Gastón. soberano de Sedán. a quien yo profeso verdadera estimación y amistad absoluta. sin tu concurso. es el hombre de mundo más culpable de haberos ofendido. haciendo un esfuerzo de valor. entre las doce y la una de la madrugada. porque las demás son partidarias del duque de Orleáns y no secundarán sus planes. serán detenidos.. os indico el camino que debéis seguir para salir del apuro en que os encontráis. ha dejado morir sin socorro.» 165 .—Gastón de Orleáns». El cardenal examinó los documentos que le entregó el padre José. además. enviándome. estoy muy arrepentido de haber faltado nuevamente a la fidelidad que debo al rey. que es muy hábil y estoy satisfecho de él. —¿Es eso cierto? —preguntó el cardenal severamente. ha escrito a Chavigny. ¿Monseñor ignora a quién ha arrebatado Laubardemont ese documento? Pues se lo ha arrebatado a su hijo. ¡Eh! ¡No abras tanto los ojos! Repito que me los entregará el rey. »V.. he ordenado que simulen obedecerles. otra carta para el rey.En este canuto de madera está el tratado con España. y no ha podido acuitar el secreto por más tiempo. favor que espero obtener. pero. tú no nos has prestado grandes servicios. os suplico que me ayudéis a reconciliarme con Su Eminencia. la respuesta del cardenal: «Monseñor: Puesto que Dios quiere que los hombres confiesen ingenua y completamente las faltas que cometen en este mundo para ser absueltos. lo hemos arreglado todo perfectamente. y Dios es testigo de la sinceridad con que me propongo seros fiel durante toda mi vida. quienes creen tener a sus órdenes todo el campamento y no cuentan más que con las compañías rojas. porque no os atreveríais a decirme una mentira. cansado ya de la conjuración. Aunque creo que no estáis satisfecho de mí. Ya ves. sus declaraciones escritas.

anonadado. mirando el reloj—. —Veamos. y vos y el padre José retiraos también a descansar. Richelieu. que no merece la atención que le he prestado. haréis que lo juzguen y lo ejecuten en la ciudad de Lyón. También esta vez.. contestó con voz tarda y gangosa: —Debe ser una calentura de mala índole que ataca el cerebro.. complaciéndose. pero que no vuelva a ocurrir. porque no sirven más que para descubrir secretos. tropezando con el escabel del cardenal. al fin.jóvenes. estuvo a punto de caer. Tenéis poca calma. 166 . en este momento acaba de llegar de Perpiñán uno de vuestros servidores. contemplaba al capuchino. aunque lo procuraba. ¿Te agrada ese lenguaje. yo no quiero intervenir en asuntos de tan escasa importancia. —¿Viene ya el rey? Pues es. inclinó la vista al suelo. ¿Qué es el amor. sólo se necesita encontrar la ventana por que habéis de pasar el día de la ejecución. Cuando el caballerizo mayor esté en nuestro poder. Tú lo has escuchado con tus indignos oídos. monseñor. ¿lo comprendes claramente? No creo que tengas del amor una idea muy bella. impulsado únicamente por el amor. formando proyectos para lo porvenir cuando no podía disponer de lo presente.. Afirma que nuestros enemigos han montado a caballo. no existe sólo en las novelas? Ese muchacho ha tramado todas esas pequeñas conjuraciones. La sorpresa del padre José subió de punto cuando vio entrar precipitadamente a Chavigny.. En aquel momento oyóse el ruido de las espuelas y de las armas que anunciaban la llegada del soberano. Mi deseo es que se separe del trato social a las mujeres. ¿qué es el amor? Yo lo ignoro en absoluto. que. con los brazos cruzados. Veamos. como tú lo comprendes —prosiguió el cardenal irónicamente. padre José? Dime. colocando bien el taburete que acababa de tirar el recién llegado—. efectivamente. como la duquesita y Marión Delorme. en hacer pronunciar las frases más nobles a los labios más impuros—. El capuchino guardó silencio. como siempre he evitado hablar con las mujeres. que estaba completamente desconcertado. El capuchino. como acostumbraba en ocasiones análogas. —¡Debías estar muy ridículo —repuso el cardenal. como en el sitio de Hesdin. dejadle que duerma. Retiraos ahora los dos. No acertaba a comprender. de que se avise al señor de Fabert? —No. que ha visto el campamento sublevado. riéndose irónicamente—. —Ha sido otra torpeza vuestra —respondió el cardenal—. como un animal innoble. aunque. El caballerizo mayor es una insignificante piedrecilla colocada bajo mis pies. que no están a la altura de mi grandeza. porque no lo esperaba hasta dentro de dos horas —dijo el ministro. pero no se la recomiendo a Vuestra Eminencia. jamás se me ha ocurrido pensar en el amor. un hecho extraordinario. a quien rodeaban tantos enemigos armados. y. monseñor. Si continuáis del mismo modo. ni os ocupéis de otras gentes sino de las que se os indiquen. conseguiréis ponerme tan en ridículo como estáis vos. —Ya se apearán —contestó tranquilamente Richelieu. Esta última os echó las cartas admirablemente en medio de los conjurados. —¿No dais orden. ocurre otro acontecimiento. inferior o superior al resto de los mortales. quien. —Monseñor —exclamó Chavigny—. hablaba con tanta seguridad. reflexionó durante largo rato. según has visto. y pasar mucho miedo dentro de aquella caja! Seguramente oirías entonces por primera vez hablar de amor. Vacilaba entre creerle loco o profeta. cómo Richelieu. José. —Además. ha venido en nuestro auxilio lo maravilloso. ¡Tengo demasiada fuerza para utilizar la ayuda del Cielo! En lo sucesivo no hagáis más que lo que os encargo. define el amor.

que le concediera permiso para 167 . pero. le fue imposible dar un paso hacia el monarca. me sorprende que Vuestra Majestad haya olvidado lo muy adicto que le fui siempre. que entró en la estancia apoyado en el hombro del padre Sirmond. con profunda amargura. hasta que no me expliquéis dos cosas. y apareció Luis XIII. e intranquilo por la manera que tenía el rey de iniciar la conversación. Escuchadme. No os creeré nada de lo que me digáis.. como aquel gran sacrificio lo hice por amor a vos. porque voy a hablaros con toda franqueza. que estaba desterrada. dijo el primero con débil voz: —Me muero. Ella fue quien llamó a su lado al entonces obispo de Luzón. los guardias del cardenal golpearon el suelo con las alabardas. Los detalles escandalosos. de feliz memoria. —¡Ah! Pero. ¿Son ésas las únicas faltas que he cometido? Pues tienen una explicación sencillísima. apruebo vuestra conducta. son el proceso de Urbano Grandier y el odio que tuvisteis a mi infortunada madre. El cardenal se puso en pie. aquellos cuadros me hubieran ofendido. Se habían cometido crímenes. En cuanto a la gloriosa reina María de Médicis. puesto 15 En 1639. pero que habrían podido inducirme a consentir en propósitos contrarios a vuestros intereses. y quise evitaros la molestia y la vergüenza de conocerlos. —No prosigáis. y a ella debo la elevada posición que ocupo. si se hubieran revelado. ¡dos espinas que tengo clavadas en el corazón!. a quien perseguisteis hasta después de muerta. junto al fuego. y de las que. pero sufrí horriblemente. hizo cuantas protestas creyó necesarias al fin que se proponía. porque. —Seguramente. la reina María de Médicis. Todo lo comprendo. —Que vos no tengáis remordimientos. la muerte me ha agarrado por las piernas. Apurado el brebaje. Desde hace tres años me abruman dos cosas que no puedo olvidar y de que jamás os he hablado. horribles y repugnantes que concurrieron en el proceso de Urbano Grandier habrían escandalizado los oídos de Vuestra Majestad. mientras tenga la cabeza sana para pensar y la mano firme para escribir. y. su confesor. pero deseando conocer los motivos de enojo que contra él tenía el rey. se estremeció. interrumpiéndole—. pero yo. Cada día me encuentro más extenuado. ¿no se trata más que de eso señor? —dijo Richelieu—. y descubierto misterios peligrosos que convenía tener ocultos. Por defender a Vuestra Majestad me vi obligado a combatirla. Richelieu. ¿Tenéis pruebas de esos crímenes? —Están en mi poder. Está bien. Estas dos cosas. Dios me llama. —repuso el rey. como esperaba. Los aires del Sur no me han devuelto. las fuerzas. Como veis. —¡No! ¡No! —exclamó el monarca. Aquella habilidad no puede ser calificada de culpable. y en un bastón de junco. El padre Sirmond abandonó en seguida la estancia. aunque con gran trabajo. si los consideráis útiles. por lo que se limitó a hacer ademán de ayudarle a tomar asiento frente a él. pero continuaré prestándoos mis servicios. no he experimentado jamás ni el más leve remordimiento. habrían sublevado el pudor de las gentes honradas. y Luis XIII pidió un vaso de elixir que solía tomar para combatir los desmayos que le ocasionaba su enfermedad. bien. El mismo Hijo de Dios os dio el ejemplo 15.. habéis tenido intención de agregar: «y el corazón para amaros». Sin embargo. —¡Oh. para las que no encuentro justificación. volviendo la cabeza y bajando la vista. me han hablado al censurar vuestra conducta. y solos ya el rey y el ministro. no puedo oír más. —¿Puede Vuestra Majestad ponerlo en duda? —dijo el cardenal arrugando el entrecejo... cardenal. que. todavía hace poco tiempo. como tenía las piernas liadas en telas de abrigo. —Yo abriré el camino a Vuestra Majestad —repuso Richelieu—.Inmediatamente fueron abiertas las dos hojas de la puerta. señor! —exclamó el cardenal—. señor. cardenal —interrumpió Luis XIII. avergonzado—. suplicó al rey su hijo. si los hubiera conocido. por lo que se apeló a la estratagema de llamarles magia para evitar al pueblo la exhibición de grandes impurezas. al oír esto. —A veces lo pongo en duda —replicó el monarca—.

.. —¡Traidores! —exclamó el rey. ¿no hay que prender a nadie más? —¿A quién?. los socorros en hombres y dinero. sencillamente. que no creo que Vuestra Majestad haya subscrito.» —¿Qué es lo que quiere decir esto? —exclamó Luis XIII—. pero la respuesta que obtuvo. —Sí. sin duda... el número de tropas. Os han engañado. pero ordeno que prendan al duque de Bouillon.. El Hijo de Dios no tuvo dificultad alguna en separarse de la suya durante cierto tiempo ni en dejarla acongojada. Si Dios me da fuerzas. diciendo esto. —Es. profundamente indignado—. mirándole fijamente. su conducta debe servirnos de guía. y por vos. también. El rey adoptó una actitud más afable.. Parece que se considera culpable de haber faltado a Vuestra Majestad.. »Vuestro muy humilde súbdito.que Él es modelo de todas las perfecciones. monseñor! Eso ya no es creíble. cuando allí se deposite el cadáver de vuestra augusta madre. ¿Qué consejo me dais? —Con toda franqueza y en secreto. señor. resolvió divertirse atacando al enemigo frente a frente. y Richelieu. regresar a Francia. Por temor a afligiros. —No será empresa fácil en medio de su ejército de Italia. Richelieu contestó: «Es indudable que un rey puede tener motivos poderosos para desterrar a su madre y. La Madre se quejó. recordándoos la muerte de vuestra santa madre. no nos hemos atrevido a levantar un monumento a sus preciosas cenizas. mordiéndose los labios. luego. —¡Yo! —exclamó Luis XIII—. deben anteponer el interés de éste a todas las obligaciones personales. —No es eso lo que dicen los conjurados. ofreciéndoos mi más rendida sumisión y arrepentimiento. un tratado con España. Cierto que he oído hablar de una conjuración. señor. —¡Ah. convencido de que aquella noche no había de conseguir desenojarlo por completo. os digo que obraréis cuerdamente vigilando a Gastón. ("Relatos del señor de Fontrailles”) 168 . señor. pero sin abandonar la seriedad. pero bendito sea este día por poder hablaros de este asunto. enseña a los reyes que los que están encargados de velar por la felicidad de un reino. pero no he ordenado nada contra vos. yo diré en Saint-Denis la primera misa. »GASTON. y os suplico humildemente que me permitáis pediros un millón de perdones. Es necesario prenderlos. Y. debe hacerlo. en tal caso. pero. sacó de un tubo de madera un pergamino enrollado.. Podéis leer los veinte artículos que contiene. y leyó estupefacto: «Monseñor: Me encuentro desesperado por haber faltado nuevamente a la fidelidad que debo a Vuestra Majestad. Luis XIII consultó el caso con su Consejo. ¿A Cinq-Mars? —balbuceó el rey. y. porque aquí tenéis la carta que me ha enviado para que la ponga en vuestras manos. —¿Por eso. celebro que se hayan engañado. —Respondo con mi cabeza de que será preso. agregó—: Sí. Mi hermano está arrepentido y renuncia a tomar parte en la conjuración. En este tratado todo está previsto: la plaza para refugiarse. y lo que hasta cierto punto me lo ha hecho creer es este rollo de papeles. El rey tomó la carta que le entregó el ministro. que entregó al rey para que lo examinara. permite Vuestra Majestad que me maten? —preguntó al rey. aunque doy más crédito a Vuestra Majestad. ¿También se ha atrevido a hacer armas contra mí? —¡También! —respondió en voz baja el cardenal.

libres de mí.. que los mismos culpables. sumamente audaz. Luis XIII ocultaba la cabeza entre sus manos y acaso también lloraba. y si tropezáis con algún inconveniente. porque. él es quien ha tramado la conjura. por último. permaneciendo con la cabeza entre las manos. añadió con dureza: —¿No recordáis las recomendaciones que Dios os ha hecho por mediación de vuestro confesor? Me dijisteis en cierta ocasión que la Iglesia os mandaba expresamente que revelarais a vuestro primer ministro cuanto oyerais en contra suya. Este discurso. quien llama a las armas todos los estamentos del Estado. se entregaran. quien reanima la Liga. pero el ministro. inducidos por la Providencia. ¿Estáis dispuesto a combatir? ¿Con qué armas contáis? El rey. a esos rebeldes. Por el contrario. no tengo un retiro donde. continúa resistiéndose. lo contemplaba sin piedad. inflexible. Esta es la hora en que acostumbran entregarme mi trabajo ordinario. Lo haréis. Porque. y nos daremos por satisfechos»?. anonadado. cruzó los brazos y prosiguió: —Temo supongáis que hablo en mi defensa. y su muerte sería un dolor para mí. —Escuchadme —dijo repentinamente Richelieu con voz tonante—: es indispensable que hoy mismo quede concluido todo. Quizá ésta sea una gran solución. conociendo vuestra alma hace veinte años.. ¿Creéis que. que se podría. y nada me habéis dicho acerca de mi próxima muerte. quizá. —Le cortaré la cabeza a él y a su confidente. Richelieu hizo una señal e inmediatamente entraron cuatro vigorosos lacayos. —Yo lo despacharé —repuso Luis—. quien subleva a los hugonotes del Mediodía. por ejemplo. —¡Ah! Creo. confesándome sus culpas.. guardaba silencio. podría ir a acabar los pocos meses que me restan. Mientras hablaba. no sé qué me detiene y por qué no os dejo que pongáis las riendas del Estado en manos de ese chiquillo. a pesar vuestro. —¿Y qué haréis si os doy la preferencia? —preguntó el rey. ¡Imposible! —respondió el rey. pero el cardenal. Vuestro favorito se encuentra en este momento a caballo al frente de su partido. y ambos juntos me hacéis el más desgraciado de los hombres. para gobernar la Isla de Francia. de vida? ¡Para mí sería un curioso espectáculo semejante reinado! ¿Qué responderéis. ¿Por qué no os ponéis de acuerdo los dos? ¿A qué conduce esa enemistad? Vuestra inquina lo ha llevado a estos extremos. Uno solo. quien derriba en un día el trabajo de veinte años. inexorable. —Jamás. Me retiro. sin duda alguna. y. llamadme. Decidíos por él o por mí. Abriré las carteras y dictaré las órdenes. quien entrega Francia al extranjero. que trasladaron al 169 . a deciros como dijeron a Enrique IV: «Repartidnos los grandes gobiernos a título hereditario y de soberanía. señor —asintió el cardenal.. sacó al fin a Luis XIII de su ensimismamiento. lo mismo que vos. vengan en pos de vuestro hermano. Ha sido necesario que amigos más fieles me informaran de la conjuración. señor —respondió alzando la cabeza—. —En buena hora —dijo Richelieu—. es la Liga la que alza todas esas cabezas contra vos. Entregad el joven al anciano o el anciano al joven.—Sí. sin concederle un momento de respiro.. —Haced la prueba —dijo Richelieu—. responderé que deseo reinar yo solo. —Pues bien. tan perplejo como cuando trató con Cinq-Mars de la destitución de Richelieu— Es mi amigo. no lo pongo en duda. ¿Creéis que no tengo idea de quién soy y que me importa mucho semejante adversario? Realmente. Vos me desesperáis. vuestro nuevo ministro no necesitará cavilar mucho.. pero os advierto que las cuestiones actuales son difíciles de resolver. y es lo menos que podéis conceder a quienes os libren de Richelieu. que os dejarán como dominio originario. cuando. el más duro de corazón. el más insignificante de todos. aprovechando la turbación del rey. si llega ese caso. quien resucita aspiraciones muertas. que deshizo vuestro padre.

los Estados generales de Cataluña no pueden esperar. El rey se quedó solo. a quien ha coronado hace ya una. señor de Guinea y de la conquista. vio que estaba dividida en tantos departamentos como subdivisiones tenía el país a que estaba destinada. de España —repuso Luis XIII—. Apenas ha tomado posesión del trono. secretario de Estado. Firme en la resolución que había adoptado. —Está bien. ¿Quién habla de ese modo? —El duque de Braganza. aquello era un caos. envía al principado de Cataluña a su sobrino don Ignacio de Mascareñas. rey de Portugal. —De Portugal —Insistió Desmoyers—.. rey de Portugal. Luis XIII esforzábase inútilmente por desenredar aquella madeja... dijo en voz alta: —Su Majestad dictará las órdenes.. España y Francia están en guerra. para que se constituya en protector. y satisfecho de haber resistido.. No reconozco como rey a un sublevado. preguntó: —¿Puedo hablar a Su Majestad de los asuntos de Portugal? —Y. y el conde-duque de Olivares no vaciló en hacer que Su Majestad tendiera la mano a nuestros hugonotes. de los Algarves y de los reinos de la parte de acá de África.» —¿Qué es eso? preguntó el rey—. Al abrir una de las carteras. —¿Y qué importa eso? —repuso Luis XIII. —¡Yo proteger a los rebeldes! ¿Y os atrevéis a proponérmelo? —Este era el proyecto que tenía Su Eminencia —prosiguió el consejero de Estado—. —El duque de Braganza. por la gracia de Dios. y encontróla atestada de tantos documentos y carteras como imperios y reinos había en Europa. señor. al duque de Portugal. El rey de Portugal. cuando entró un hombre pequeño. ¡Dejadme! —Señor. hace algún tiempo. anunciándole que todo el país se alza en armas contra sus tropas sacrílegas y excomulgadas. —El duque de Braganza —rectificó Luis XIII—. Ved aquí la declaración que los Estados generales de Cataluña hacen a Su Majestad Católica. tiende la mano a Cataluña que se ha sublevado. que andaba de un modo afectado. Dio una vuelta alrededor de la mesa. y acaso también en soberano. Además.. porque las tropas de Aragón han marchado ya contra ellos. navegación y comercio de Etiopía. porque Portugal es una provincia de España. porque cada nota contenía solamente la quinta esencia de cada cuestión. haciendo únicamente referencia a las actuales relaciones con Francia. de rostro aceitunado y talle torcido.. después de saludar muy respetuosamente al monarca. que desea agregar a la corona que ha conquistado. 170 . —Los catalanes son más amigos de Francia que de Portugal. pero. —¿También se subleva Cataluña? ¿Acaso el conde-duque de Olivares ha dejado de ser primer ministro del rey Felipe? —Por el contrario. ya lo pensaré —respondió el rey—. un sujeto llamado Pinto.. Al pasar por la habitación en que trabajaban los secretarios. Arabia. Persia y las Indias. de ese país.. señor —repitió con manifiesta frialdad el consejero del Estado—. puesto que las tropas de Vuestra Majestad se encuentran frente a Perpiñán.. quiso ponerse inmediatamente al trabajo. y todavía podernos arrebatar esa tutela al rey de. Aquel laconismo resultaba casi tan enigmático para el rey como las cartas cifradas que cubrían la mesa. Acabamos de recibir el siguiente manifiesto —y leyó: «Don Juan. era Desmoyers. por consiguiente. señor.ministro en el mismo sillón que ocupaba a otra habitación. quien. Todo se encontraba en orden. para él. señor. precisamente ocurre esto porque el señor conde-duque de Olivares continúa siendo ministro del rey de España.

desvanecido. Repasando las notas del cardenal. —Enviaremos tropas a mi hermano de Inglaterra —dijo Luis XIII. examina con curioso interés las manifestaciones del mal que ha de combatir. han hecho levantar el sitio de Glocester. al recibir la primera petición de Carlos I. agitando al mismo tiempo una campanilla: —¡Richelieu! ¡Traed al cardenal! —y cayó. gritó. salió de la estancia. poniéndose en seguida a examinar los antecedentes de la cuestión. contemplaba a éste con ojos escrutadores. la batalla que el príncipe Ruperto ha librado en Newbruy ha resultado desastrosa para los intereses de Su Majestad Británica. pero se elevará mucho. miró hacia su interior y se asustó de no encontrar en sí más que un gran vacío. que se apresuraron a socorrer al monarca. —Dejadme solo —ordenó el rey. la Cámara de los Comunes tiene gran fuerza. inmediatamente. en la que. Esperaremos —dijo el rey. impasible. viendo en todos ellos peligros difíciles de resolver. —Señor —replicó Chavigny—. deseando adherirse a ellos.» —No. Cuando los solícitos servidores hubieron conseguido que Luis XIII abriera los ojos y recobrara el conocimiento. y Carlos I confía en los escoceses. y los realistas. que llevaba una cartera con las armas británicas. con manifiesto mal humor. sentado a la cabecera del enfermo. —Si la suerte favorece un momento a Carlos I. Una hora de retraso del correo puede hacer que la desgracia del rey de Inglaterra se anticipe un año. las ciudades marítimas y todos los presbiterianos están de parte del Parlamento. encontró que éste había escrito. Socorros buscados. disputan unos con otros. Inmediatamente entró un ejército de pajes. los acontecimientos se Drecioitan. cuando vino a visitar a Vincennes: no se debe herir a los reyes más que en la cabeza. e. y el rey Carlos I solicita socorros. Luis XIII. finge ser un iluminado. como el médico que. e. »Se debe proceder con mucho cuidado. al quedarse solo. —Pero. ¿tanto poder tienen sus enemigos? —preguntó Luis XIII. salió de la estancia el secretario de Estado. —Los Estuardos tienen poca suerte. haciéndole aspirar sales y otros olores fuertes. posó luego la vista en la montaña de papeles que había sobre la mesa. cuyo mando está confiado al conde de Essex. se retiraron. sobre un sillón. que la reina no encuentra ya en Holanda. y esperar que se despeje el asunto. 171 . se salvará todo. es necesario reflexionar mucho. El ministro había hecho colocar su sillón junto al del rey. —Con la Biblia en la mano propagan las ideas republicanas entre los independientes. porque en Inglaterra hay un militar que ha dicho. vengo a que Vuestra Majestad me dé órdenes respecto a las cuestiones de Inglaterra. pero de un modo que obligaba a reflexionar. dejándolo a solas con el cardenal. inmediatamente después. y. dinero perdido. no se puede precipitar nada. señor —repuso Chavigny respetuosamente. se presentó Chavigny. lo siguiente: «Antes de resolver. y es necesario resolver pronto. después de leer las notas del cardenal. El secretario de Estado. Los parlamentarios. »Este hombre tiene dominado a Fairfax. las grandes poblaciones.—Sólo necesito un cuarto de hora para adoptar una resolución. descontento y desanimado. pero los escoceses venderán a Carlos I. —Señor —dijo al entrar—.

en calidad de rehenes. —¿Me entregaréis a Cinq-Mars y a Thou? —preguntó Richelieu implacable. porque no me inspiráis mucha confianza. —Continuad reinando—murmuró Luis XIII. y necesito prevenirme. —Entonces. profundamente angustiado—. le parecía el genio del mal. ¿Osáis. y como garantía de la buena fe de su adhesión. además. o me retiro. espantado. que estaba tan pálido como él. firmad —dijo imperativamente el ministro. Luis XIII firmó. —¿Qué se os ofrece aquí. en aquel momento. abrióse bruscamente la puerta de la estancia y entró Cinq-Mars. —Firmad. Firmad también esta orden.Majestad». con los ojos llameantes y la sotana de color de sangre y fuego.—¿Me habéis llamado? —preguntó Richelieu—. sonriéndose mefistofélicamente. ¿Eres tú quien ha 172 . Pero no. a los dos príncipes. El cardenal se irguió sobre su asiento. —Señor. y dejadme. porque. —¡Infeliz de mí. avanzó con mucha calma hacia Luis XIII. el rey. dondequiera que se les encuentre». sin dignarse contestar al ministro. si no queréis que muera! —No es bastante —dijo el hombre a quien han llamado el gran político—. exclamó con voz suplicante: —¡Tened piedad de mí. —¿Hemos concluido? —preguntó. volviendo la cabeza. señor? —preguntó Richelieu. Y. vivos o muertos. este otro documento —y el ministro puso ante la vista del monarca un papel que decía así: «Su Majestad el rey se compromete a entregar al cardenal-duque de Richelieu. vais a tropezar con grandes dificultades para hacer que me prendan. con voz desfallecida y suspirando profundamente. al leer el odioso documento—.. —¡Mis hijos! —exclamó el rey. dulcificando la voz cuanto le fue posible—. Luis XIII no había apurado aún las heces del cáliz de amargura que su infausta suerte le hacía beber. en este papel que dice: «Es mi voluntad que se prenda a Cinq-Mars y a Thou. los guardias del cardenal vigilarán al mismo tiempo que los guardias de Su. ¿Qué deseáis de mí? —Que sigáis reinando —respondió el monarca con voz débil sin atreverse a mirar al ministro. implacable. porque dispongo de veinte mil hombres. Hecho esto.? —O firmáis—repuso. diciendo esto. y puso su nombre al pie de él. El caballerizo mayor. Cinq-Mars! —exclamó el rey. el ministro puso ante los ojos del monarca un documento redactado en los términos siguientes: «Cuando Su Majestad el rey visite al cardenal-duque de Richelieu. mirando al rey con la ansiedad con que un pariente ambicioso contenióla la agonía de aquél a quien espera heredar.. quien. "«Cuando el cardenal-duque de Richelieu visite a Su Majestad. empuñando la campanilla para llamar. sus hijos». el cardenal—. —¿Dónde? —Aquí. los guardias del cardenal no abandonarán las armas.—dijo Enrique de Effiat. El rey apoyó la mano sobre el fatal documento.

os repito. Fabert y los gentileshombres que allí se encontraban. ¡Dios mío! ¡Dios mío! ¡Se ha delatado! —¡Te había adivinado. —¡Dos! —exclamó Cinq Mars—. Los gentileshombres miráronse unos a otros.. porque seguramente me habéis entregado —dijo.. quien cerró los ojos y no contestó. porque tengo deseos de morir. respondió al fin: —No tengo cómplice alguno —y abandonó precipitadamente la estancia. —Pero.hecho tan graves cosas? —Sí. sorprendido—. En la primera galería se detuvo. El cardenal apretó los puños con rabia. Cinq-Mars. pero exenta de amargura. estupefactos. la puso respetuosamente a los pies del monarca. El otro no puede ser más que Thou. pero no se atrevieron a acercarse al caballerizo mayor. se pusieron en pie respetuosamente al verle. —Señor —dijo Cinq-Mars avanzando con resolución hacia Fabert—. señor. pero os traigo mi espada. Ya veis que no tengo espada. señores. Luis XIII inclinó la cabeza. que siguió diciendo: —Prendedme. haciendo un esfuerzo por contenerse. quien. yo soy. y arrojándose a los brazos del caballerizo mayor. porque soy prisionero de Su Majestad. saliendo de detrás del grupo de los gentileshombres. soy vuestro prisionero. 173 . y sois ya dos los que habéis venido a entregaros. profundamente conmovido. ¿qué sucede? —preguntó el general. En aquel momento sufría horriblemente. y desprendiéndose la espada que llevaba sujeta a la cintura. preguntó: —¿Quiénes son vuestros cómplices? El caballerizo mayor miró fijamente al rey y entreabrió los labios. prendedme. dijo: —No me habéis vencido. pero me rindo. querido amigo! —dijo entonces el consejero Thou. Prendedme. No tengo orden de prender a nadie. Cinq-Mars lo estrechó. asomó a los labios de Cinq-Mars... mirando despreciativamente a Richelieu. ordenad a estos gentileshombres que me detengan. cuyo suplicio comprendía. pero. Una sonrisa triste. compadeciéndose del rey.

con la frente serena. los soldados de César. inclinada sobre el camino y hasta sobre el río. remolcando en la segunda a sus víctimas. sin amasar en su fango a esos verdugos. pero los cristianos de la época de Richelieu ni siquiera se atrevían a reflexionar y ver la 174 . empavesadas con sus armas y blasones. las aguas y los hombres. Una torre colosal y única. y cuya cima. por decirlo así. en su séquito. y en él residían. sirvió de prisión de Estado. sin vaciar mi aljaba! ¡Sin traspasar. que apenas quedan en pie las moles de granito en que estuvo asentada y que le servían de pedestal. dióse el placer de encarcelar y conducir personalmente a esta fortaleza a sus dos jóvenes enemigos. que se eleva a modo de pirámide natural. después fue convertido en plaza de guerra. Los arzobispos de Lyón habían construido el castillo como señores de la ciudad. como si se hubieran puesto de acuerdo para consumar su obra demoledora. al que le daba nombre la enorme roca de Pierre-Encise. en la otra. luego. acampados en aquellas mismas orillas. pálido y descarnado. Al efecto. Para hacer más lento el placer de la venganza. En tiempos pasados. existía uno de sombrío y salvaje aspecto. donde no penetraba la luz del día más que por tres largas saeteras lo dominaba. embadurnadores de leyes! ANDRÉS CHENIER. como trofeos gloriosos de su último triunfo. al extremo de una larga cadena. llevándolos. en la orilla izquierda del Saona. sacó de Narbona a los dos prisioneros.CAPÍTULO XXV LOS PRISIONEROS En mi corazón encontré el deseo de mi hermano. apoyados uno en otro y contemplando las aguas del río. habrían imaginado ver al inflexible batelero de los infiernos conduciendo las sombras amigas de Castor y Pólux. y de pie. rodeado por los macizos muros de algunas construcciones irregulares cuyas líneas y ángulos armonizaban con la forma de la inmensa roca. sentado a popa. como si la despojaran de los florones de su corona. y. PICHALD. sin duda. que le arrebataran su presa. y remontó poco a poco el río en barcas de dorados remos. han ido destruyendo la fortaleza con tal perseverancia. durante el reinado de Luis XIII. esperó que el rey marchara a París. El tiempo. temiendo. Al llegar la noche. a los dos jóvenes prisioneros. y. Entre los antiguos castillos que cada año y contra su voluntad perdía Francia. uncidos a su carroza. delata que en pasadas épocas estuvo unida a otras rocas que se ven en la orilla opuesta y con las que formó una especie de arco natural a manera de puente. Richelieu. quitaban los toldos de las dos lanchas. desplegó a la vista de las dos orillas el lujo de su odio. Iba tendido en la primera. Parecía un centinela formidable colocado en una de las puertas de Lyón. y veíase entonces a Richelieu en una. ¡Morir. abordó el Ródano en Tarascón. sin pisotear. cuando el calor había pasado. casi en la misma embocadura. Leónidas.

Enviaré un médico. desahuciado por los demás sabios de París. me haréis cardenal. dentro de dos horas vendrán a interrogaros. Sólo veían al primer ministro que paseaba. Al fin. y mullidas alfombras tapizaban el suelo de la prisión. Tal estupor produjo al joven prisionero lo que acababa de oír. Complacíase en burlar así al destino. Una noche del mes de septiembre. Escuchad: he pensado mucho en vos y no os aborrezco tanto como suponéis. el preso alzó la cabeza de pronto. a hora ya muy avanzada y cuando todo parecía dormir en la inexpugnable torre en que habían sido encerrados los prisioneros. Es inevitable. he reflexionado mucho y vengo a proponeros algo que seguramente os agradará. que. sin comprender. la puerta de la primera habitación giró silenciosamente sobre sus goznes. Cuento con medios seguros para facilitaros la evasión sin ruido. —Pues bien. contemplando en silencio el aposento del caballerizo mayor. vestido con largo ropón gris. Como sois todavía muy joven. desocupada. parecido al hábito del monje. sonriendo. porque ese hombre. Espléndidos y anchos tapices cubrían los muros. Los momentos son preciosos y voy a explicarme en pocas palabras. Un hombre al servicio de un ministro no profesa a éste más gratitud que la que puede profesar un caballo al jinete que lo ha escogido entre otros. Al cardenal no le quedan ni seis meses de vida. y dejó a los presos encerrados en la ciudad donde los conjurados habían decidido que él pereciera. que avanza hacia el río. Los dos meses que lleváis en la prisión debían de haberos calmado. sólo hay intereses. Pasó. plantando un trofeo de victoria donde se quiso cavar su tumba. pero ahora me conviene derribarlo. porque. dando paso a un hombre vestido con hábito gris. porque aquí ejerzo poder omnímodo. en la torre del Norte. que el padre José pudo acercarse y colocarse frente a él sin que Cinq-Mars lo advirtiera. aplazando indefinidamente mi ascenso. le administrará un remedio universal y eterno. sólo pudo pronunciar estas palabras: —¡Vuestro protector! ¡Richelieu! El capuchino aproximóse a Cinq-Mars. y contaba con ello. en la que se veía una cama de damasco rojo. El preso estaba sentado en un gran sillón. y al enterarse de que vivís aún. efectivamente. en meditación tan profunda. podéis ser feliz y poderoso durante largo tiempo. y preguntó. se apresurará a llevaros a su lado.verdad del espectáculo: un sacerdote llevando sus enemigos al verdugo. Esos hombres reemplazarán a las gentes del cardenal. indignado: —¿A qué has venido aquí. 175 . porque es necesario que hoy mismo termine esta situación. y yo le he servido con gusto. joven —dijo en voz muy baja el misterioso visitante—. ceñido al cuerpo por una cuerda. como acabo de decir. y. a juzgaros y a daros muerte al mismo tiempo que a vuestro amigo. Vengo a deciros algo importante. miserable? —No os exaltéis. que no ama a nadie más que a sí mismo. Podríamos abreviar los seis meses de vida que le restan al cardenal. Reemplazaré a los hombres de su confianza por otros que el cardenal ha condenado a morir y que se encuentran cerca de este lugar. Calzaba sandalias y llevaba un manojo de llaves en la mano: era el padre José. no andemos con tapujos y seamos francos. me protegeréis. Mis procedimientos le convinieron al cardenal. —Lo sé —respondió Cinq-Mars—. un empírico adicto al cardenal. a la luz temblorosa de una lámpara. y prosiguió en voz baja: —En política no hay protectores. yo puedo todavía salvaros. si nosotros nos ponemos de acuerdo. encontrábase absorto. Con la cabeza baja y los ojos fijos en una pequeña cruz de oro. me ha engañado. en la torre de los condenados a cadena perpetua. El capuchino miró con cautela antes de entrar. cerca de la alta chimenea. El rey os ama.

ella sólo pensaba en su alcurnia y vos en vuestra ambición. Dios mío? —exclamó Cinq-Mars poniéndose en pie. —¡Fuera! —exclamó Cinq-Mars a media voz.—¡Fuera de aquí! —gritó. No existen fieras ni hombres virtuosos. me han hecho ambicioso y hábil para conocer el lado flaco de nuestros ensueños. indignado. Ahora comprendéis que nuestro sistema era mejor que el vuestro. —¡No. Cinq-Mars—. creyendo que soy como tú! —Y. —¡Desgraciado! ¡No me ofendas. Eres el alma torturada de un condenado. fraile maldito! ¡No hay otro hombre más infame que tú! ¡Tú no eres un hombre! Caminas con paso furtivo y silencioso en las sombras. ¡Retírate. os oí hablar con aquella joven. ¡El santo egoísmo. y jamás. Si las almas de los muertos se quejaran. bah! ¡Dejaos de romanticismos! —repuso el padre José—. como la luz de un astro ignorado da distintos matices a los objetos conocidos. lo más prudente es mirar la vida como es.. Si éste y el cardenal son hombres. La soledad de la prisión. te interpones entre los corazones de los amantes para separarles eternamente. Quizá no haya alma ni condenación. ni en sueños. y observé que ambos no pensabais más que en vosotros mismos. Esas no son más que frases. —¡Bah. ¡Mira. porque hemos pecado al seguir el mismo sendero que. y tenemos pasiones que debemos satisfacer. ¿No tienes bastante con condenarnos a muerte? ¿Por qué vienes a envenenarnos la vida que nos has de quitar? ¿Qué demonio te ha enseñado a hacer ese horrible análisis de los corazones? —El odio a todo lo que es superior a mí —respondió el padre José. No era por amor. su alma habíase bañado en una luz más fúlgida. —¡Miserable! ¡Yo sólo he sido ambicioso por amor!.. somos hijos de las circunstancias. Quizá vos lo creyerais así. no!. y por concentrar en Dios el inmenso amor que lo había perdido. como las espigas que el sol madura súbitamente. especialmente. es la verdad —repuso el capuchino—. y era necesario sacrificar todo para satisfacer la ambición.. Poco ha faltado para que Thou y vos.. ¿qué soy yo? Compara estas dos ambiciones: una egoísta y sangrienta. he visto una. la nuestra sugerida por el amor. Perdónanos. Si no hubierais tenido esas falsas ideas de la vida. te filtras por las murallas para presenciar dos crímenes secretos. sonriéndose mefistofélicamente—. no. vos y yo —continuó diciendo el padre José— nacimos ambiciosos. 176 . y los grandes esfuerzos que hacía por convertir en esperanzas inmortales la pena desgarradora. las meditaciones acerca de eternidad. cualquiera que sea su fin. ¡No cree en Dios! —Richelieu. la de ellos. habríais sido un gran hombre. para fundar un gran poder.. —¿Le oyes. y eso durante la noche. —¡Dios mío! —repitió Cinq-Mars—.. sin embargo.. habría más de mil en mi derredor. todo había contribuido a transformar a Cinq-Mars de un modo extraño y. Cuando se pretende mantenerse puro. y decirse como yo me digo: «Quizá el alma no exista. mira! Juzga y perdona.. sólo tiene un nombre en la tierra. —¡Palabras! —repuso el padre José—. avivada por la misteriosa influencia de la muerte. las conversaciones piadosas con Thou y. no os amabais uno a otro. pero era por vos. y levantando los brazos hacia el cielo. y el deseo de pisotear a cuantos odio. que pretendéis poseer eso que se llama virtud. en tanto que Richelieu y yo hemos hecho menos víctimas. no se intenta conquistar poder sobre los hombres. Dios mío! —¡Fiera! —dijo Cinq-Mars—. la proximidad de la muerte que. la otra pura y abnegada. Creedme. hicierais morir a cien mil hombres a la luz del día. inspirada por el odio. no. Existe un gusano que penetra hasta el corazón de esos hermosos frutos.» —¡Ya respiro! —exclamó Cinq-Mars—. Señor.

tu insomnio agitado con el sueño del justo. veremos lo que sucede en el interrogatorio. salvad a mi amigo! Es el más honrado de los hombres. El capuchino inmutado. golpeando el suelo con el pie y diciéndole: —Cuando concluyáis vuestra oración. no he querido luchar. riéndose. mirándole con aire terrible. el cuerpo reposaba en el cojín del 177 . ahora seríais el amo. ¡Eso es imposible! —repuso el padre José—. le interrumpió. jamás me asociaré contigo —contestó Enrique de Effiat—. a pesar de todo. Compara la intranquilidad de tu triunfo con la placidez de nuestra derrota. y sabe que no ha de encontrar otro discípulo tan dócil que le escuche y aplauda. ven y pon en duda la abnegación y la inmortalidad de las almas... Seguramente negará que estaba enterado de la conjura. exhalando un suspiro y ocultando el rostro entre las manos. si tienes corazón —respondió el prisionero—.. sois su hechura. la bajeza de tu reinado con la grandeza de nuestra prisión. impaciente. reflexionó un momento. y me opuse. No es cosa natural.... nada! Ella era toda mi ilusión. —Hicisteis mal. Sois vos y vuestra influencia lo que necesito. porque. siquiera. Su amor propio de autor lo une a vos. infame.. ¡Figúrate si puedo aceptar el poder de manos del crimen! —¡Locura inconcebible! —exclamó riéndose el capuchino... y. Cuando era poderoso me propusieron hacerte a ti víctima de un crimen análogo. Os acompaña rutinariamente. porque. —¡Oh Dío mío! ¿Qué he hecho? —exclamó Cinq-Mars. —Lo he envilecido al interceder por él..El padre José.. jamás cometeré un asesinato. Thou... La costumbre le ha hecho creer que su vida estaba unida a la vuestra. —Tú. luego.. se salvará si aceptáis lo que os ofrezco. Vuestro amigo os ha seguido porque. —Jamás. contad con el favor del rey. parecía haberse dormido rezando. y que no me ha amado lo suficiente para rechazar una corona? Abandonado por ella. No lo habíais declarado todavía. porque de otro modo no podrían.. arrodillado en un reclinatorio... triunfante—.. ayudarme. el amor desorientado momentáneamente. Cinq-Mars se levantó impetuosamente y agarró al padre José por un brazo. acaso. el capuchino—. si eso hubiera ocurrido. e iluminado por una lámpara. —¿Qué felicidad me proporcionaría el poder compartido con una mujer que no supo comprenderme. y. por vanidad. todo! ¡Sin ella. —¡Hombre o demonio. y os salvaré inmediatamente. —¡Con esa mujer.. Además. la abnegación de mi amigo? —Tampoco. tenía la cabeza inclinada hacia atrás.. —¿Conocía entonces la conjura? ¿Lo confesáis? —preguntó el padre José. sobre el que había un gran crucifijo de ébano. no hemos concluido. que niegas la abnegación —prosiguió Cinq Mars—. Como Effiat no contestase. Ven.. —¿Y qué servicios puede prestarme vuestro amigo? —preguntó. prosiguió: —Porque. el capuchino prosiguió: —Salvad a vuestro amigo. Se había acostumbrado a sermonearos. malvado —le dijo levantando un tapiz que separaba su aposento del de Thou—.. ¿comprendes. —¡No lo negará! —replicó impetuosamente Cinq-Mars. o no.. me diréis si deseáis. —Persistís por obstinación. Algo así. y sus labios pálidos dibujaban una sonrisa tranquila y celestial. porque sois su obra.. pero haced que se lo lleven dormido. —Tranquilizaos.

y se dispusieron a escuchar las respuestas del preso. a quien dijo: —Al fin ha llegado el día de nuestra gloria. Cuando se entregó en Narbona.. llevándose la mano a los ojos. con frecuencia.! —respondió Cinq-Mars. un amigo a quien mantuve en su cargo. pero. rutinariamente.asiento.. Se decidió que el sillón sirviera de banquillo. —Informad al señor canciller —dijo tranquilamente el reo—. —¡Jesús! ¡Con qué tranquilidad duerme! —exclamó el capuchino estupefacto. Thou respondió al punto. Estas ideas sólo sirven para calmar.. precedidos por un destacamento de guardias escoceses con antorchas encendidas... En aquel momento. y que sólo muere por mí. confesándome autor de la conjuración proyectada y ejecutada únicamente por mí. en cuya virtud me condeno por las mismas leyes que redactó mi padre. y preside el tribunal el señor Segnier. Voy a evitaros muchos trabajos. que había dirigido la instrucción del proceso siguiendo las instrucciones del cardenal. mirando a Laubardemont con ironía feroz. —Que comparezca —ordenó Laubardemont. de quien el rey ha dicho que es el hombre más honrado de Francia. asustado. Por lo tanto. escogidas e instruidas en Tarascón por Richelieu. como el opio. ambos amigos se arrojaron uno en brazos del otro. sonriendo y con la vista baja: —Señores. —Bru. 178 . ganaremos el cielo y nuestra eterna felicidad.. como deslumbrado por una visión celestial. furioso. he pasado la vida estudiando las leyes y sé que el testimonio de un acusado no puede aceptarse en perjuicio del otro. mezclando inconscientemente con sus abominables propósitos el nombre divino que pronunciaba. quien seguramente me perdona desde la otra vida. dicho esto. porque dos de ellos son mis enemigos. si queréis ser justos. entonces. Los recién llegados. y que hice lo posible por que desistiera de ella. todos personas seguras y «de confianza».. —Despertadle. El padre José les habló al oído varias veces con reverente cortesía.. y abrazó a Cinq-Mars. Podría repetir lo que ya dije: que no me habrían creído si hubiera denunciado sin pruebas al hermano del rey. Dos guardias entraron en el aposento de Thou y le condujeron a presencia del tribunal. El relator del Estado era Laubardemont. Y. Tampoco él querría vivir a costa de un asesinato. sonriéndose bondadosamente. brr. Thou. ni me arrepiento de haber perdido nuevamente a Thou. saludó. —Acaba de notificaros el señor Cinq-Mars —dijo Laubardemont— que conocíais la conspiración. se sentaron en silencio. no condenéis a mí amigo. brr. Eran los jueces delegados por el cardenal-duque Richelieu para resolver aquella solemne y sombría cuestión.. y estaba al frente de todos los demás magistrados. cuyos rostros no se distinguían bien. no fue para retroceder en Lyón. habría de ser desgraciada después de perder a Cinq-Mars. ¡Bah! ¡Es una tontería! Me vencería si pensara en ello. De pronto retrocedió. entraron catorce magistrados. Pero no se trata de eso. confieso que conocía la conjuración. —dijo sacudiendo la cabeza y pasándose la mano por el rostro—. sin turbarse.. y he comprendido que cualquiera que fuese la vida de que pudiera yo gozar.. empujándolo hacia la puerta—. que tengo derecho de apelar al Parlamento de París y de recusar a los jueces. Me he considerado siempre su único amigo fiel y no he querido traicionarle. decidid: ¿aceptáis o no? —¡No. al entrar. pero he meditado detenidamente. señores.. Deseo morir. No quiero la vida. que se acercan los jueces —dijo sarcásticamente el capuchino. y no tengo que agregar nada por mi cuenta.

no me privéis de los dolores que a él le hagáis sufrir. No sabréis nada más. —y. y Grandchamp enmudeció. pero Dios sabe lo mucho que os quiero. lanzando chispas de furor por los ojos—. Lo solicitamos. aproximándose. ¡Vos ya sois mártir. se puso a una ventana que miraba al río. respondió levantando la vista al cielo: —¡Ah! ¡Qué felices somos al morir de este modo! Humanamente hablando. por lo tanto. no era partidario del tormento. para consolarse. —¿Necesitáis esas infames torturas para conquistar el cielo? —preguntó Cinq-Mars—. El primero se llevó involuntariamente la mano a la frente. Thou. Los jueces rodeaban a los dos ministros privados del cardenal-duque escuchándolos. amigo mío? —interrumpió Thou—. —¡Ah! Si me dieran una partesana —dijo con voz ronca Grandchamp. Laubardemont. Pero Thou. No lo he seguido hasta aquí para abandonarle en este momento supremo y no hacer todo lo posible para subir en su compañía al cielo. porque el jefe de una conspiración es quien mejor la conoce. un hombre de mi edad y de mi condición no debe ser sometido a esas formalidades. pero te diré cómo. hemos conseguido nuestro propósito. sólo yo puedo tener importante secretos que guardar. el tormento no es necesario. —Por caridad. temiendo que el dolor arrancara a Cinq-Mars la confesión de las proposiciones que él le había hecho. —¿Qué decís. aplicadme a mí únicamente el tormento. La indignación devolvió a Cinq-Mars su carácter impetuoso. fingiendo no ocuparse más en lo que pasaba en la habitación. cruzando los brazos. ¿Qué hemos hecho para merecer la gracia del martirio y la felicidad de morir juntos? Los jueces. lo exigía imperiosamente. —¿Creéis que estamos en Loudun? —preguntó el preso. Dos alabarderos pusiéronse inmediatamente a su lado. y no es necesario que los declare porque son inútiles y muy 179 . y. dirigiéndose a los jueces. continuó diciendo: —Señores. se miraban atónitos. como algunas frases les hicieran sospechar que la influencia del capuchino era más poderosa que la del juez. podría quejarme de vos. optando por la misericordia. agregó—: Señores. No rechazamos el martirio que Dios nos ofrece. temiendo el enternecimiento de los jueces. con gran acaloramiento. y. mirando a los jueces. pero el otro. Acepto la muerte voluntaria y cordialmente. mártir voluntario de la amistad!. Cinq-Mars se calmó y. abrazándole y consolándole. y. conducirán a estos señores al tormento. que se había deslizado en el aposento. y os hemos dicho lo suficiente para que nos maten.—¡Amigo mío! —exclamó Cinq-Mars—. El capuchino. que no esperaban tanta mansedumbre. He dicho todo cuanto tenía que decir y puedo repetirlo. según las órdenes del cardenal. si es que se nos ha de tratar como a los más viles malhechores. avanzó hacia Laubardemont y el padre José. el padre José y Laubardemont discutían también. A almas como las nuestras no les arranca los secretos el sufrimiento corporal. El padre José terminó diciendo. que se asustaron. libraría a monseñor de todos esos hombres negros. y cuando quisimos. le tomó de la mano y se la estrechó. señores —suplicaba Thou—. Nos entregamos prisioneros voluntariamente. lo apoyaron. que no consideraba completo su triunfo si no hacía más que condenar a muerte a la víctima. dijo en voz alta: —Ahora. señores. mas. Mientras los dos amigos sostenían este debate de generosidad. en voz baja: —Conozco todos sus secretos. ¡Qué dolor! ¡Morir por mi causa! Dos veces te he traicionado. Se equivocan.

el padre José dijo a Laubardemont: —Os he dejado disfrutar bastante aquí. lo que desluciría la ceremonia. Dejémosles. Al oír Thou que llamaban al escribano criminalista del presidio de Lyón. le dijo: —En nombre de Dios venid a la terraza. quedarían desfigurados y no podrían andar. —Abrigamos una gran esperanza. Además. libre de los dos guardianes que habían estado custodiándole. desgraciados hijos míos! —exclamaba llorando con gran desconsuelo el anciano —. que estaba completamente atolondrado. a quienes el cardenal deseaba hacer morir para borrar todo rastro de su crimen. Y teniendo a Cinq-Mars asido de una mano. y los magistrados no se atrevieron a obligarle a que se arrodillara. vuestros hermanos se encuentran aquí escondidos. donde nadie duda de que se indultará a todos los conjurados. venid! Pero. a su discípulo. que volvieron a alinearse en la habitación.. abrazándole. abrióse la puerta y entró el siniestro cortejo. uno por orgullo y el otro por piedad. El señor caballerizo mayor sólo puede denunciar al rey. para que leyera la sentencia. les conozco. 180 . lo rechazaría —respondió Cinq-Mars. Es preciso que se presenten bien. y es preferible ignorarlo. La tortura los magullaría.comprometedores para quienes los oyen. en cuanto al duque de Bouillon. guardarán silencio. y el otro reo a la reina. salid a la terraza. —¡Hijos míos.. —¡Silencio! —ordenó el señor Cetón. y. Al salir. en el que faltaban el padre José y Laubardemont. no hablarán. Efectivamente. vuestra madre.. estaba redactada en los siguientes términos: «Entre el procurador general reclamante en los casos de crimen de lesa Majestad. Dicho esto. Prevaleció esta última consideración. su interrogatorio no es desfavorable. y os mostraré una cosa. monseñor. Los jueces se acercan. Ha ido a palacio el duque de Orleáns. —No quiero indulto. lanzó una carcajada y salió. ahora experimentaréis la satisfacción de deliberar. se arrodilló con la cabeza descubierta para escuchar la sentencia. ¡Por vuestra madre. evangelizantium bona.. Esperaremos que os indulten. Grandchamp. me congratulo de poder manifestaros que llego de París. ¡Ay de mí! ¿Por qué no me han permitido entrar hasta hoy? Querido Enrique. como era costumbre. —Señores —dijo el abate Quillet dirigiéndose a los comisarios—. empujando ante sí al juez. monseñor. —Callaos —interrumpió nuevamente Grandchamp—. se precipitó hacia su amo y cogiéndole una mano. de una parte. y. —Sólo esperamos la gracia de Dios —agregó Thou. en aquel momento. y los jueces se retiraron a deliberar con el canciller. Estos presos no eran otros que los tres jueces de Urbano Grandier. y después iréis a interrogar a tres presos en la torre del Norte. avanzando hacia aquel hombre. La sentencia que les fue leída. Pero el viejo sacerdote retenía. en el momento en que entraban los catorce comisarios. abrióse la puerta y entró el anciano abate Quillet. exclamó: —Quam speciosi pedes evangelizantium pacerá. Apenas hubo desfilado el sombrío tribunal. señor abate —dijo Grandchamp—. tuvo un transporte de goce religioso semejante a los que experimentaban los mártires y santos próximos a morir. teniente de la guardia escocesa. Effiat permaneció de pie. —Callaos.

a quienes. defensores y acusados de otra parte. y de los que se destinará aproximadamente la suma de 60. adquiridos y confiscados en beneficio del rey. »Como autores de tales crímenes se les ha privado de honores y dignidades. «Visto el proceso instruido con carácter extraordinario por el procurador general del rey contra los citados Enrique de Effiat y Francisco Augusto de Thou.° Que las leyes antiguas y las constituciones de los emperadores declaran reos de lesa Majestad a los que atentan contra la vida de los ministros de los reyes. emocionado. En el arsenal de los tiranos es donde únicamente habéis podido encontrar armas contra dos jóvenes honrados. declaraciones y copias comprobadas del tratado concertado con España. y con arreglo a las fórmulas legales. exclamó Grandchamp: —Por Dios. el antiguo preceptor. y despidióse de ellos. »Los comisarios designados por Su Majestad para juzgar y fallar este proceso. de veintidós años de edad. de treinta y cinco años. declaró. «Considerando el tribunal delegado: »1. de Lyón. teniendo conocimiento de una conjuración atentatoria contra el Estado. vamos a la terraza —y arrastró tras de sí a Cinq-Mars y a Thou. bienes obtenidos inmediatamente de la Corona y agregados al dominio de ésta. no la denuncie. Inmediatamente después. —¡Asesinos! —exclamó el abate Quillet—. caballerizo mayor de Francia. —No lloréis —les decía Cinq-Mars—. y tras él los guardias. acto seguido. siguió. »2.»Y el señor Enrique de Effiat de Cinq-Mars.° Que la tercera ordenanza del rey Luis XI impone la pena de muerte al que. »Se declara a todos y a cada uno de sus muebles e inmuebles. señor Thomé.000 libras a obras pías. *** Cuando se hubieron cerrado las puertas y corrido los tapices. vistos los informes. es a saber: »Al llamado Effiat de Cinq-Mars por las conspiraciones y atentados. porque las lágrimas son inútiles. dijo Thou en voz alta: —¡Alabado sea Dios! ¡Alabado sea Dios! —Jamás me ha asustado la muerte —agregó tranquilamente Cinq-Mars. interrogatorios. en silencio y con los ojos llenos de lágrimas. que entregaba los presos al preboste. ligas y tratados concertados por él con extranjeros contra el Estado. y se les condena a la decapitación en un patíbulo que al efecto se levantará en la plaza de los Terreaux. Rogad a Dios por nosotros y tened la seguridad de que no temo morir. Salieron con los ojos inundados de lágrimas y ocultando los rostros con las capas. porque desde hace dos meses. Y. ¿Por qué han permitido que yo entre en este momento? —Como confesor —contestó en voz baja un comisario—. »Y al llamado de Thou por tener conocimiento de las citadas empresas y no haberlas denunciado. nadie ha entrado aquí. 181 .. teniente de la guardia escocesa. presos en el castillo de Pierre-Encise. el señor Cetón. anciano de setenta años de edad. cojeando. y Francisco Augusto de Thou. acusados y convictos del crimen de lesa Majestad. les estrechó la mano a todos mientras Thou les abrazaba. de esta (ciudad).» Después de haber oído la lectura de la sentencia. consejero de los Consejos del rey. han declarado a los citados Enrique de Effiat y Francisco Augusto de Thou..

no disipada aun por la claridad matinal. Señor! ¿Serán hombres los que caen? —exclamó santiguándose el abate. Hace dos meses que no he hecho otra cosa más que rondar en torno de la fortaleza. avanzando sobre un remolino de agua verdosa. —¡Bah! ¡Bah! —respondió Grandchamp—. —¿Vienen a buscarnos? —preguntó Cinq-Mars. La torre sobresalía da la roca. El anciano abate y Grandchamp se inclinaron sobre el parapeto de la terraza para mirar hacia el río. y se hundió para siempre. y la suave luz del crepúsculo matutino coloreaba el cielo. El alegre campaneo convocaba a los fieles a la oración. —¿No divisáis allá abajo. Y. cortada a pico. por lo menos una vez por semana. mirando como un marino al extremo del malecón con la esperanza de columbrar una vela en el horizonte. Sin embargo. efectivamente. en todas partes hay pasiones y dolores. En el horizonte distinguíase una línea brillante y amarilla sobre las montañas. ¿qué hemos de contemplar? ¿La belleza de la llanura o la riqueza de la ciudad? ¿La paz de las aldeas? ¡Ah! Amigos míos. Era Laubardemont. y otras tantas veces vieron caer al agua algo negro que hizo saltar la espuma a considerable altura. Sólo los muros de la prisión permanecían silenciosos. haciendo rechinar la enorme rueda del molino. —¿Pero qué? —preguntó Cinq-Mars—. La aurora había abierto al sol las puertas del Oriente. y he visto. —¡Con cuánta lentitud transcurre nuestro último día!—exclamó Thou. La pesada trampa gimió por cuarta vez. No os ocupéis en eso. dio dos vueltas. Pensemos en nosotros. —¡Qué espesa es la niebla maldita! —prosiguió Grandchamp. —¡Misericordia. horrorizado. 182 . un rumor confuso. a espantosa profundidad. Veíase girar rápidamente la rueda de un molino abandonado hacía mucho tiempo. una invencible curiosidad impulsó a los dos presos a mirar la torrecilla. cantaban los maitines. aprisionado entre los gruesos maderos. percibíase. una casita blanca entre la puerta de Halincourt y el bulevar de San Juan? —preguntó el abate. De la espuma manchada de sangre negra surgió un hombre. en aquella ventana hay una luz. en la otra orilla. Desde la torre se oyó un grito horrible y una blasfemia. y un bulto cayó ruidosamente al agua verdosa. no exenta de indulgencia. Como la torre apenas era mayor que un palomar. —¡Silencio! —ordenó el abate—. uno de cuyos grandes radios se quebró. Es la torre de los condenados a cadena perpetua. caer a alguien desde esa torre al agua. los presos casi no se habían fijado en ella. de las aguas del Saona se levantaba una ligera bruma. en sus conventos. —Contemplad las cadenas de la ciudad —dijo el fiel criado. A pesar de la horrible situación en que se encontraban. y los frailes. Cinq-Mars retrocedió. Oigo voces. sordo e inexplicable. y no se ve nada todavía —dijo el abate. Oyóse tres veces consecutivas una especie de crujido semejante al que produciría un puente levadizo que cayera de golpe sobre el muro. —Me ha parecido ver ropas pardas voltejeando en el aire —dijo Grandchamp— Son los amigos del cardenal. —No distingo otra cosa que un montón de murallones grises —respondió Cinq-Mars. al pie de las rocas. —La niebla es demasiado espesa. en una torrecilla adosada a la plataforma de la terraza.—¿Qué quieres de nosotros en semejante momento? —preguntó Cinq-Mars con gravedad. especie de manantial inútil que un canal perdido del Saona formaba entre las rocas.

se entregó al placer involuntario con que los viejos relatan. Hasta circulaba el rumor de que Richelieu había preparado la evasión de Cinq-Mars y de Thou. de quienes se aseguraba habían convenido asesinarle. con plausible generosidad. Señor abate. incluso los que afligen a los oyentes.—Hay Providencia —dijo Grandchamp—. al morir. y pretenden libertaros. lo emplazó para el término de tres años. explicó que cuando su discípulo fue detenido. huyendo. que se dignó llamarlo para encargarle avisara a la mariscala de Effiat y a todos los conjurados con el fin de que hicieran un esfuerzo desesperado para libertar al jefe de la conjura. a cambio de las cartas de abolición. Han derramado por la ciudad oro suficiente para no ser denunciados. Me dijo que os admiraba y suplicaba poneros en salvo. le dijo: —¡Detener! ¿Tenemos que renunciar también al honor de habernos entregado voluntariamente? ¿Hemos de sacrificar hasta la opinión benévola de la posteridad. nadie lo sabía en la corte ni en la ciudad. Al oír esta parte del relato del abate. porque esos malvados se devoran unos a otros como las ratas. no permanezcáis mano sobre mano. que él había mirado momentos antes. se enteró del encarcelamiento en Pierre-Encise por la misma reina. y al propio tiempo sonriendo de esperanza. Cinq-Mars olvidó su resignación. y habló de la salvación de Francia. —Escuchadme —les dijo—. Para realizar su propósito han elegido el momento en que os conduzcan al suplicio. no nos sorprendamos de que Laubardemont haya muerto de manera tan trágica. procurando. Lloraba mucho cuando la vi. El abate. todo está preparado. que no dudaba que la tranquilidad de los jóvenes era debida a la satisfacción que experimentaban por tener la fuga asegurada. muchos lo creían desterrado. —¿No dijo nada más? —interrumpió Thou. y. y al conocerse la reconciliación de los duques de Orleáns y de Bouillon con el rey. Refirió sus infructuosos trabajos para descubrir el lugar en que se encontraba su discípulo. Ninguno de los conjurados ha aceptado el refugio que vosotros les garantizabais. acontecimientos ignorados. que todo el mundo ignoraba el lugar en que estaba encerrado el caballerizo mayor. hasta el fin.. Vamos. Reprochábase amargamente haber escrito una carta. Intentemos arrebatarles su mejor presa. la señal de ataque será poneros el sombrero. donde no se atrevían a pronunciar su nombre ni en los sitios más retirados. y todos se encuentran en Lyón disfrazados. estrechando la mano a su amigo. otorgadas al duque de Orleáns. sosteniendo a Cinq-Mars. Señores. él marchó a París. 183 . Ana de Austria llegó al extremo de enviar a Lyón a muchos gentileshombres de Auvernia y Turena para que ayudaran a dar el golpe de mano. llorando. Urbano Grandier. no perdamos tiempo. corramos. Al fin. pero no dio más explicaciones. vamos. el pueblo admiraba la habilidad del cardenal y su clemencia para con los conspiradores. reconocido inocente. y dijo que daría cuanto posee por salvaros. El abate agarró por la mano a los dos jóvenes y los arrastró hacia la terraza.. que se refugiaran en el extranjero después de haberles hecho detener valerosamente en el campo de Perpiñán. y tan en secreto ejecutaba sus actos el cardenal. Ved el pañuelo blanco en la ventana. Más todavía: en cierto modo se celebraba en París que la ciudad y los territorios de Sedán hubieran sido agregados al reino. —¡Excelente reina! —exclamó el abate—. nuestros amigos nos esperan. El preceptor. a que tenemos derecho? —¡Eso es pura vanidad! —repuso Thou poniéndose un dedo en los labios—. a quien aquel relato había hecho desfallecer. no sé a quién. Con el resultado de aquellas combinaciones. a quien dejaríais un remordimiento eterno. nadie dudó que la vida de los demás conjurados estuviera a salvo y que se había echado tierra a aquel asunto que comprometía a pocas personas y por el que no se había impuesto ninguna pena de muerte. Escuchemos al abate. ¡Vive Dios! ¡Ya hacen la señal convenida! Estamos salvados. aunque no fuera sino por piedad hacia ella.

secundum magnam misericordiam tuam. viejo mío? —preguntó Cinq-Mars. Y empezó a pasearse por la estancia. Una de ellas. lloró con desconsuelo. a los que se daba el nombre de pennonage. lugar ordinario de las ejecuciones. al reconocer a su madre y a los demás individuos de su familia.. Cinq-Mars. al poco rato. y nueve. de pronto. y se retiró en seguida de la ventana como para tomar aliento. que habéis venido aquí como confesor —agregó Thou. buen amo mío.—Nada más —respondió el anciano. diciéndole: —Esta carta es el último pensamiento que dedico al mundo. tendió los brazos hacia la fortaleza. sostenida por las otras mujeres. El consejero Thou también se confesó. En el tribunal de la penitencia. padre mío. La caballería.. Entonces. después de lo cual escribió una carta que entregó al abate Quillet. al que no era permitido el acceso. desde la puerta del castillo hasta la plaza de los Terreaux. dijo al abate: —Bajemos pronto. —Nadie —contestó el abate. marchemos al paraíso. Cuatro compañías de paisanos de Lyón. En el centro habíase levantado un patíbulo de siete pies de alto. Efectivamente. respondiendo con un ademán a su familia. Todos ellos.. padre mío. ahora.. de modo que cerraban un espacio de ochenta pasos por cada lado. Sin embargo.. y la infantería acordonó las orillas del Saona. los regimientos de Pompadour. Grandchamp. pero. —Recordad. decíale con voz entrecortada: —Monseñor. vuestro hermano.. Y. Todo era tranquilidad y sosiego en Lyón. que luego fueron vendidos.. mudos de asombro. abrió los brazos y puso la mano sobre su corazón. mi amo. Domine. —¿Cuántas veces será necesario morir? —exclamó. la ya clara luz del día permitióle ver a varias mujeres que agitaban sus pañuelos.. ¿No los reconocéis? Vuestra madre. formáronse —dice el diario de Montresor—en medio de la plaza de los Terreaux. —¿Y no os ha hablado de mí ninguna otra persona? —preguntó el caballerizo mayor.. reclinando la cabeza en el pecho de su amigo. que parecía no tocar la tierra y fuera a salir de sí mismo. ante Dios. en medio del cual había un posta de tres pies sobre un bloque de medio pie de altura. Ellos. a grandes pasos. vieron los habitantes con asombro entrar por todas las puertas de la ciudad tropas de caballería y de infantería. —¡Si ella me hubiera escrito! ¡Todavía! —exclamó Enrique a media voz. cuando. vuestras hermanas.. este espectáculo. vestida completamente de negro. con tal fervor y tan violentos estremecimientos.. componiendo un total de mil ciento a mil doscientos hombres. arrodillado junto a Cinq-Mars y tirándole de la ropa hacia el otro lado de la terraza. los soldados de Maurevert y los carabineros de la Roque. me diréis si el resto de mi vida vale la pena de que haga derramar sangre para conservarla. Los guardianes contemplaban. y entregó a su confesor el retrato de una gran dama rodeado de diamantes. en cuadro. ¿Los veis? Miradlos. sintió que le abandonaban las fuerzas y. formóse en línea alrededor de la fortaleza de Pierre-Encise. Cinq-Mars confió a Dios lo que únicamente él y María de Mantua sabían de sus desgraciados amores. empleándose el producto de la venta en obras piadosas. Son ellos.. —¿Quién. Los guardias franceses y suizos. El patíbulo miraba al matadero de los 184 ... —¿Quién? ¡Dios mío! Dirigid la vista a aquella ventana. desfilaron en silencio por las calles de la ciudad. recitando al mismo tiempo el salmo Miserere mei. que les hacía estremecer de respeto y de terror. aproximadamente.. con los mosquetes apoyados en el arzón de la silla..

Oliverio Entraigues y el marqués de Effiat habíanse colocado junto a un grupo de pescadores y verduleras que disputaban a gritos. Al lado de cada uno de los soldados que cubrían la carrera había un hombre decidido a darle muerte. Las mujeres próximas a él lo oyeron y empezaron a murmurar. para convencerse de que todos estaban dispuestos a realizar el proyecto convenido. al ver entrar tanta tropa en la ciudad. importa poco. y pagando anticipadamente gran número de barcas. que buena falta te hace para vestir a tus tres hijos. Fontrailles. porque. había conservado Cinq-Mars. ¡Lástima! ¡Y habiendo ido a buscar a Juan el Rojo el padre capuchino! —¡La alegría del pueblo es un horrible sarcasmo! —exclamó Oliverio Entraigues irreflexivamente. El marqués de Effiat. cuando se han asomado a la ventana. hermana del infortunado y bonísimo consejero Thou. como criado. observaba actitudes. vistiendo distintos disfraces y llevando los puñales ocultos bajo las ropas. casi pegado al capitán de lanceros. escuchaba comentarios. disfrazado de fraile cartujo. habían mezclado entre la gente del pueblo más de quinientos hombres —caballeros y servicianos—. El abate Gondi. encontrábase. dispuestos a partir al galope.. de soldados. Juan el Rojo no será verdugo. Hay personas que no merecen tener suerte. porque los muros de la fortaleza eran tan inaccesibles. decía algunas palabras de esperanza a los seres queridos que lloraban anticipadamente el trágico fin de Cinq-Mars. Los habitantes de Lyón. a quien se había encargado de matar y con el que no tardó en entablar una disputa. por la parte del Saona. mientras yo sea su mujer.Terreaux. el barón de Beauvau. germano mayor de Cinq-Mars. que sólo la noche penetraba en su interior. antes prefiero. —¿Por qué —decía esta última—ha de cortar mi marido la cabeza a dos cristianos? ¿Porque tiene el oficio de carnicero? Pues. tanto los cardenalistas como los conjurados que arriesgaban en aquel trance la cabeza. En cambio. El español Ambrosio. se subía a él. que están casi en cueros. disfrazado de músico. Montresor. pues. ¡No seas tonta. obreros y danzantes. y más parecen corderos inocentes que criminales. ganará cien escudos. como ellos. que sea o no comestible. durante largos años. volaba hacia la casita. porque no saben aprovecharla. pero nadie respondía satisfactoriamente a esta pregunta. colocada en el lado que daba frente a las Damas de Saint-Pierre. a pesar de no separarlos más que una distancia de cuatro pies. preguntándose unos a otros qué era lo que allí iba a ocurrir. acudieron al lugar en que se congregó tanto aparato. desde la plaza de los Terreaux a la pequeña casa en que su madre y hermana se habían encerrado con la presidenta Pontac. —No tienes razón —le replicaban las compañeras—. a quien. ¡Lástima de mozos! —¡Qué tonta! —repuso la señora Le Bon—. sorprendidos y creyendo que se trataba de una fiesta. y aprovecha el dinero que te envía Dios por conducto de Su Eminencia! —Repito que no acepto —insistió la esposa de Juan el Rojo—. estacionando en el camino de Italia numerosos caballos. El marqués de Effiat corría entre la multitud. y por una grada de ocho peldaños. insultando a otra mujer más joven y tímida. El oficio de tu marido es cortar carne. cuyos remeros esperaban a la orilla del Ródano la señal para llevarlas al otro lado del río. el conde de Lude y el abogado Fournier. y volvía de nuevo al lado de los conjurados. el abate Gondi.. 185 . habían guardado bien el secreto. En aquellos profundos y sombríos calabozos habían permanecido encerrados un padre y un hijo. no cesaba de ir y venir. sin que ninguno de ellos sospechase la vecindad del otro. disfrazados. He visto a los dos jóvenes. El vecindario desconocía el nombre de los reos. Oliverio Entraigues.

le obligó a alejarse de aquel sitio.» —¡Ah. y precipitóse. —No. Vamos a buscar al capitán de la ronda para que lo prenda. cuando salió de la Bastilla. ¡Bien podíais haberos acordado de ella antes! ¡Ah! Es del viejo Bassompierre. 186 .. No tengo tiempo para leer toda la carta. gandul! ¡A casa! Y dándole algunos golpes.. Quizá contenga algún secreto que importe mucho conocer a nuestro amigo. de parte de uno de sus compañeros de prisión. son juzgados y condenados por magistrados de ínfima categoría. Oliverio Entraigues.. he sabido que conspiráis contra Richelieu.» —¡Ah! ¡El viejo chocho! —interrumpió el paje. y no cesa de minar los cimientos que sirven de base al edificio del Estado.» —¡Oh! Todavía emplea el lenguaje del último reinado —volvió a interrumpir Oliverio. no tanto! Bien es verdad que está algo atrasado de noticias —repuso el abate Gondi. que. donde continúo preso. y prosiguió : «A pesar de mis muchos años.. Es un holgazán que no trabaja nunca. por Dios! —suplicó el abate. sonriéndose interiormente. puedo daros un consejo. se ven obligados a apelar. Y leyó: «Mi querido joven. Veamos lo que dice. contra los antiguos usos. Hace dos años que mi padre lo colocó de aprendiz. lanzando una carcajada. Voy a abrirla. »En un calabozo de la Bastilla. entregándosela al abate— es de un preso a otro preso. y que. El abate Gondi le siguió. —¡Sí. El abate Gondi comprendió el peligro que entrañaba la situación. —Esta carta—dijo el paje. —¡Diablo! —exclamó el abate Gondi—. sobre Oliverio. fue a colocarse en otro lugar de la fila de soldados. con fingido enojo. caramba! —exclamó el abate—. pero sin chistar. y no podemos sacar de él ningún partido. no os habéis equivocado —dijo a las mujeres que lo rodeaban—. —¡Dejadme leer. Es un gentilhombre disfrazado. y que hacía dos meses guardaba en el bolsillo. y reanudó la lectura: «Apruebo vuestro generoso proyecto y os suplico que me comuniquéis todo. el tirano que constantemente está humillando a nuestra buena y antigua nobleza y a los parlamentarios. «También he sabido que los nobles se encuentran en difícil trance. No es albañil. Debe ser uno de los conjurados. sí! —gritaron varias voces a un tiempo—. pidiéndole la carta que tenía que entregar a Cinq-Mars cuando éste se evadiera. Los albañiles no tienen las manos tan finas. ¡Lárgate de aquí. y recordaros lo que en 1560 me ocurrió a mí. Me la entregó el caballero de Jars. ¿De dónde habrá salido este albañil con el traje tan manchado de yeso? —¡Ah! —exclamó otra—.—¡La alegría del pueblo! —dijo una—. —¡No tanto. Veamos el final. contra los privilegios de su alcurnia. todo el tiempo se lo pasa en acicalarse para agradar a las muchachas. asiéndole por el cuello.

a pesar de los esfuerzos que hizo por reprimirse. que 187 . a la cual me dispensó el honor de invitarme la señora mariscala.Y leyó: «Al recordar la comida.» —¡Otro acierto! —dijo Oliverio riéndose a carcajadas. Puy-Laurens murió en Vincennes. —¡Oh. en compañía del paje. con gran desesperación del abate Gondi. —Son extranjeros. La multitud presenció entonces un extraño y doloroso espectáculo. que temió que aquella imprudencia provocara otro conflicto. Uno de esos retrasos inevitables en la marcha de todos los cortejos obligó a detenerse a todos los Caballos. qué cortejo más hermoso! —exclamaron las jóvenes—. El aspecto sombrío y el silencio de aquellos espectadores formaba singular contraste con la animación. Al poco rato pusiéronse a su lado varias jóvenes vestidas de blanco y cubiertas con velos. sobre un montón de piedras que había detrás de los soldados. El de la izquierda. Las trompetas iniciaron una marcha. se encaramaron. y cuyas pisadas era el único ruido que desde hacía un momento se percibía. muchacho más joven. El otro. cada uno lo agarraba por un brazo. y que. colocándose ambos junto a la fila de guardias a quienes debían atacar. que de vez en cuando se estrechaban una mano por detrás de la espalda encorvada del tonsurado. iba espléndidamente vestido. Dad gracias a Dios. Hay lo menos quinientos hombres con corazas y trajes rojos. Por fortuna. para ver la ceremonia. cuando Cinq-Mars hiciera con el sombrero la seña convenida. curiosidad y charla infantil de las muchachas vestidas de blanco. y me sobrecojo de temor y espanto. y esta vez. llorando y sostenido por dos jóvenes de rostro simpático e interesante. le fue imposible al abate Gondi permanecer serio. que aquel aparato estaba montado para honrar a algún elevado personaje. de sentimiento. Considerando inútil aquella carta. Un anciano sacerdote caminaba penosamente. —¿Y a quién conducen? —¡Ah. probablemente. por ser vos el único de cuantos nos sentamos aquella noche a la mesa de la señora mariscala. como la mayor parte del vecindario. mientras que con la otra. disfrazados de soldados suizos. y yo. Oliverio. En los sombreros llevan plumas amarillas. el abate la hizo añicos. Un jubón de tela de Holanda. continuaré preso hasta que deje de existir el cardenal. y seguidos por un grupo de gentileshombres con trajes de marinos y armados con bastones de hierro. olvidando nuevamente su papel de conspirador y su disfraz de albañil. por haberlo dejado olvidado en la prisión el duque de Orleáns. montados en soberbios caballos. mirad una carroza dorada! Pero no va nadie dentro. Launay falleció en un duelo. llegaron Fontrailles y Montresor en aquel momento. Es aquí. a quien no ha ocurrido ninguna desgracia. La palidez de los recién llegados no anunciaba nada bueno. a comulgar. vuestra madre. catalanes —explicó un guardia francés. suponiendo. me preguntó qué suerte habrán corrido los invitados que a ella asistieron. —¡Detengámonos! —dijo uno de los gentileshombres—. que iban a la iglesia. que avanzaban con lentitud. se aproximó a la plaza de los Terreaux. y. iba serio y con la vista baja. empezó a decir chicoleos a las muchachas. —¡Siguen tres hombres a pie! ¿A dónde van? —¡A morir! —explicó Fontrailles con voz siniestra haciendo enmudecer a todas las demás. vestido le negro.

desaparecía bajo anchos encajes de oro. a pesar de ser tan enorme el gentío congregado. ¡Levantaos! ¿Qué hace? —Se ha parado y habla frente a nosotros. lo ha arrojado lejos de él —respondió el alabardero a quien se había hecho la pregunta. era tan profundo el silencio que reinaba en aquel momento. ¡Le sostienen esos jóvenes! —¡Arrodillaos. que continuaba de rodillas. espuelas de oro y capa escarlata con botones de oro también. ¡Rogad por él! —¡De rodillas! —repitió Gondi—. de bigote y barba blancos. —¿Qué hace? —preguntó el joven cartujo con angustiosa ansiedad—. llevando de las riendas dos caballos de batalla. —¡De rodillas! ¡De rodillas! —repitieron todos los conjurados. En aquel momento asomó la cabeza por entre dos guardias un joven cartujo. sonreía melancólicamente. botas grises con tacones rojos. Y dieron ejemplo al pueblo. que era Cinq-Mars. Saluda. elegante y fino. con mangas huecas y bordadas. Todos tenían la mano derecha en la cintura o en el pecho. Pero el aire estaba en calma. la voz de CinqMars. Al ver el grupo que pasaba. el resto del traje era de terciopelo negro con palmas bordadas en plata. las ventanas. que tenía el rostro más pálido que un cadáver. ¿también conducen a ese pobre viejo al patíbulo? —preguntaron. entre el pueblo. —De este modo podemos ver mejor sus movimientos —explicó en voz baja Gondi a Montresor —. que habrían podido oírse el zumbido de los insectos. Este joven. azul el cielo. Nos ha reconocido. Una multitud inmensa. —Pero. 188 . Los que se encontraban más próximos a la plaza de los Terreaux redoblaron su atención. cubiertos con armaduras. los tejados y todos aquellos sitios desde donde podía verse el desfile de la trágica comitiva. ocupaban las casas. le cubría el cuerpo hasta la cintura. las jóvenes vestidas de blanco prorrumpieron en sollozos. y los conjurados se pusieron en pie. ¿Tiene puesto el sombrero? —Por el contrario. pero. señorita! —dijo imperiosamente una de las religiosas que estaban al cuidado de las jóvenes—. —Miradle. Recemos para que Dios lo salve. a sus oídos acababan de llegar el ruido de unos martillazos y. y el sol brillaba con esplendor inusitado. Seguíale un viejo sirviente. casi simultáneamente. que se apresuró a imitarlos. los muros. Esta lujosa indumentaria realzaba la gracia de su talle. compuesta de personas de todas las categorías sociales. y cada uno estaba al lado del soldado a quien se había encargado de acometer. saludando a derecha e izquierda del cordón de soldados. el más leve susurro del aire y el vuelo del polvo levantado por el viento.

En cada peldaño estaba un arcabucero de la guardia cardenalicia con la antorcha en una mano y el arma en la otra. empinadas sobre tacones rojos. se encontraba en los demás palcos. cuatrocientos mosqueteros a pie. llenar de magnificencia a las dos primeras ciudades de Francia. alineado en las amplias escaleras y a la entrada de las largas galerías del Palacio del Cardenal. Varias personas fueron sacadas de allí desvanecidas. y. asomó su descarnada cabeza fuera de la tribuna. pero con todo el mal gusto propio de aquellos tiempos. cansado de dominar. una guardia de doscientos arcabuceros. y. Dueño del Imperio por la fuerza. en 1626. conducido y seguido por sus treinta y ocho pajes. invadieron en pocos minutos el local. cuando Richelieu se dejó ver. dos compañías de caballería ligera. dos compañías de gentes de armas y de caballería ligera. pero sólo le respondieron desde los palcos. Richelieu había pretendido demostrar que no temía la opinión que de su obra literaria formara el público. encontrábanse dispuestas para cumplir la primera orden o desvanecer el primer susto de su amo. frente al ocupado por el rey. El poderoso cardenal había querido. El mismo día en que el siniestro cortejo recorría las calles de la ciudad de Lyón. mientras que en el jardín. Tan enorme era la concurrencia y tan apretujada estaba. habíase construido exprofeso una gran sala. celebrábase en París una fiesta magnífica. y se recostó tras de unas cortinas verdes que le preservaban del resplandor de las antorchas. en 1638. faldas ahuecadas por los 16 El rey concedió al cardenal. púsose en pie en señal de respeto. las cuatro compañías de mosqueteros habíanse. y se permitió el acceso a la sala a todas las personas de la ciudad y al ejército. ascendiendo a tres mil escudos los gastos del espléndido festival. que. con cayados adornados de cintas y sostenidas con las puntas de los pies. colocóse en su palco tapizado de púrpura.CAPÍTULO XXVI LA FIESTA Triste y engalanada. más tarde reemplazados por pórticos. Las «pastoras» de la escena. se había anunciado la fiesta que se celebraba en honor del rey y de toda la corte. deseaba agradar. precipitándose en tres oleadas impetuosas. donde todos los pecados mortales tenían un templo en cada piso. Las personas imparciales mostrábanse tan frías como la «tragedia pastoral» que se estaba representando. a la vez. en 1632. Para representar la tragedia Miramo. montadas y armadas de mosquete. rodeado de espesos castaños. Richelieu quiso serlo también de las almas por la seducción. la música empezó una brillante obertura. fue dedicado aquel día completamente al orgullo. Aquel brillante pandemonio. y saludó a la multitud con aire que pretendía ser gracioso. Toda la guardia del primer ministro16 estaba sobre las armas. pero empezaba a arrepentirse. el público del patio permaneció silencioso. alistadas por el mismo Richelieu. El ministro. El cardenal. según dice Pélisson. contra su costumbre. que el movimiento de un brazo bastaba para mover a la multitud como si ésta fuese un campo de trigo. Con la denominación de apertura del Palacio del Cardenal. 189 . circulando por entre aquellos candelabros vivientes una inmensa multitud de gentileshombres. ¡Dios mío! ¡Lo que el mundo es! PALABRAS DE CINQ-MARS. en su totalidad. La corte. y permitió que asistieran a la fiesta gentes de todas las clases sociales.

para enterarse de lo ocurrido. se morían de amor en largas tiradas de versos ripiosos. con gran sorpresa de las damas y caballeros que ocupaban los palcos y. Los jefes de la nobleza. se hizo colocar en un trono. contó los hombres poderosos que en actitud sumisa le rodeaban. De repente el concurso. y las damas de la corte expresaban su arrobo inclinadas sobre el antepecho de los palcos. muy especialmente. podríamos decir. aunque por cortesía aplaudieron algunos gentileshombres. lanzó una mirada fulminante al público que se permitía no admirar su obra. antes de salir de París. las hubiera dado por un solo gesto de aprobación del público que había presenciado inmóvil e impasible su tragedia pastoral. entre la multitud. Esta maniobra resultó completamente ineficaz. se deslizó por entre los bastidores. que no llevarlo por las galerías dando un rodeo enorme. El rey y toda la corte se asomaron. prorrumpiendo en estruendosas e interminables salvas de aplausos. cohibido y procurando ocultarse. Richelieu. que acababa de entrar y en quien estaban fijos los ojos de toda la concurrencia. los presidentes de todos los grupos del Parlamento. mariscales y generales en jefe de los ejércitos. donde. mandó correr las cortinas de su palco y se hizo trasladar a las galerías. para cortarla de una vez a todos. hasta entonces impasible. que. agradecido. fingió hallarse distraído. Inmediatamente se restableció el silencio en la sala. Y Corneille —pues no era otro el joven. envuelto en su capa negra. como el bárbaro emperador romano. quorante onces. se inclinó para saludar. y que conducía a sus habitaciones. Entonces ocurrió otra escena. a los palcos. —¡El Cid! ¡El Cid! —gritaba la multitud. como un rey. durante los dos primeros actos. mas. el pueblo permaneció silencioso. de que toda aquella gente no tuviera una sola cabeza. mientras sujetaban a sus cabellos lazos del color favorito de sus amadas. cada vez que éstos pretendían reanudar la representación. los «amantes perfectos» —según el bello ideal de la época—perecían de hambre deplorando con énfasis su muerte. El cardenal se mordía los labios de despecho. —¡Se ha cumplido la profecía de Nostradamus! —exclamaron cien voces a un tiempo—. a quien se le tributaba aquella ovación—. el Nuncio de S. rebosando de júbilo y de satisfacción. creyendo que sería más fácil hacer pasar a Richelieu por una ventana colocada a dos pies del suelo. y tout finirá aludía a Thou. al advertir que los aplausos interrumpían a los actores. y vieron. y. a un joven modestamente vestido. Mazarino. se animó. gobernadores de provincias. y quedó asombrado de que fuesen tantos los que estaban pendientes de sus órdenes. la hizo abrir y los pajes pasaron el sillón. se contuvo. se aburría soberanamente. entre el murmullo. había aleccionado a los serviciarios del cardenal.. del cardenal. pero. pero todas aquellas frases que pronunciaban gentes serviles divinizando su genio. ¡Viva Su Eminencia! Y explicaron luego: el bonnet rouge es monseñor. Pero el pueblo. taciturno. de la adulación.guardainfantes y adornadas de guirnaldas de flores. curiosos. le afectó de tal modo que hizo que lo asomaran al palco para indicar por señas a sus amigos de la corte los pasajes más bellos de la obra y dar la señal de los aplausos. aplaudiendo entusiasmada. y se lamentó. El primer ministro avanzaba por las largas galerías del palacio en su trono ambulante. el silencio con que fueron acogidos el tercero y cuarto. los embajadores de 190 . furioso. pues. El amo de Francia y. S. Cinq-Mars. de todo Europa. demasiado corta. miró en torno suyo. preparada por el padre José. Richelieu. halagador siempre. Al llegar a sus habitaciones.

María de Mantua estaba a su lado. pero enterada también de que el rey había perdonado al duque de Orleáns. conversación que la hacía sufrir por ser ella la única responsable del error en que estaba la joven—. todavía no me ha notificado el lugar en que se encuentra. no debía llevar ninguno. creyendo que Enrique de Effiat se había ausentado. el efecto de las galas que hacían resaltar su belleza deslumbradora. pero no la dejaba un momento a solas para evitar que la duquesa se enterara del arresto y de la causa instruida contra el joven. que estaba arrepentida de haber escrito a Cinq-Mars la fatal carta que decidiera la suerte del caballerizo mayor. Recuerdo cuanto me dijisteis. pero hastiada y mohína. ven —interrumpió la reina. que correspondieron a su saludo con manifiesta frialdad. según le dije. que sería rebelde. hija mía. Ahora comprendo que tenía razón Vuestra Majestad. yo continúo renunciando a la corona de Polonia. hasta el fin. para substraerse. porque si me amase. Mientras tanto. hija mía! ¿Por qué pones esa cara de enfado? ¿Te agrada este aderezo de topacios. fueron recibidas por el rey y el ministro. que no asistía a ningún espectáculo. La reina. rodeados y casi oprimidos por una turba de aduladores. Luis XIII y Richelieu jugaban en aquellos momentos al ajedrez. Hasta recuerdo haberle dicho en la iglesia de San Eustaquio que yo también secundaría la rebelión. donde ya debía haberse concluido la representación de la tragedia. silenciosa y rápida. suponía que Cinq-Mars seria igualmente perdonado. por el momento. porque. Soy muy desgraciada. señora. puesto que había obrado por delegación de Gastón. sí. no debía engalanarme. Los hombres nos tratan con mucha crueldad. ¡Vaya. eres más bella que todas las de este ramo. porque. Voy esta noche a la fiesta que da el cardenal porque no se trata de un baile. contemplaba en María de Mantua su obra. pero a quien le había sido imposible rechazar la invitación de Richelieu para que concurriera a su fiesta. Sin embargo. o prefieres llevar otro? —No. no habría renunciado tan pronto a la empresa que tantos sufrimientos me ocasiona. rodó por su mejilla. sí. Cinq-Mars no me ama. preparada para salir. salió del Louvre pocos momentos después. —Sí. encontrábase en sus habitaciones. que estaba esperándola en el Palacio del Cardenal. quejábase de que no le hubiera notificado el lugar en que se encontraba ni dándole a conocer sus propósitos para lo futuro. Las mujeres valemos mucho más que los hombres. no. haciendo ya dos meses que renunció a su empresa — desde que me dijisteis que le habíais hecho huir—.todas las naciones. María de Mantua sabía que la conjuración había fracasado. y que Cinq-Mars tenía más ambición que amor. No obstante. senadores y otra infinidad de personas influyentes y de elevada posición permanecían inmóviles y sumisos en torno suyo. quizá allí adquiramos buenas noticias. Cinq-Mars no me ama.. quien. La reina. es indudable —prosiguió mientras cerraba los broches de los brazaletes que acababa de ponerse—. —Sí. en compañía de la reina. en el Louvre. ¡Soy muy desgraciada! Y de los ojos de la duquesa brotó una lágrima que. al enojo de Luis XIII y a la persecución de Richelieu. diputados. he de dar pruebas de constancia. Efectivamente. 191 . —Pareces una rosa fresca —dijo la reina a María de Mantua—. Esta esperanza infundió ánimos a la duquesa.. en una mesa estrecha y baja. bien lo sabéis. porque los hechos lo han confirmado. con el deseo de poner término a la infantil charla de la duquesa. señora. desde luego. vestida con traje color de rosa. esperando que se dignase dirigirles una mirada. aunque procuraba atenuar las consecuencias de su propia obra. y. las damas de Ana de Austria anunciaban a ésta que era la hora de ir a reunirse con el rey. contemplando con atención. como una perla sobre pétalos de rosa. Ven. Cuando llegaron al Palacio del Cardenal.

Chabot y la duquesa de Rohán. Volvió entonces María de Mantua la vista hacia la reina. De pronto. derramando lágrimas de amargura. son felices —dijo María de Mantua a la reina. se sonrió. detrás del rey. para ocultarlo a la vista de las personas que lo rodeaban. haciéndole estremecer. ¡Infeliz! ¡Ya eres reina de Polonia. quien. según todas las probabilidades. atraídas por los sonidos de la orquesta. llevándola consigo. grito de angustia. recordando las censuras de que toda la corte había hecho víctima a la enamorada pareja.Las damas que acompañaban a la reina al Palacio del Cardenal esparciéronse por los salones. fue a colocarse. habiéndoles jovialmente. profundamente absorto en las combinaciones del ajedrez. Poco después acercáronse el duque de Orleáns. sin responder. al oírlo. excepto Mazarino. María de Mantua los siguió con la vista hasta que desaparecieron en uno de los salones de la espléndida morada cardenalicia. al fijarla en el rostro del rey. al oído: —Señor. al hablar al duque de Orleáns. En aquel momento se oyeron las doce campanadas de la media noche. que. y advirtió que se encontraba sumamente pálida. llevóse el pañuelo a la boca y lo retiró ensangrentado. Richelieu sufrió un acceso de tos. casados. Un grito agudo y penetrante. yendo a ocultar su dicha en un sitio solitario. mirándola con severidad—. inclinóse hacia Mazarino. y miró severamente en torno suyo como prohibiendo que nadie se preocupara. Luego. cuya curiosidad subió al colmo cuando. y como. —Vuestra belleza y alegría —dijo a María de Mantua el príncipe palatino. Luis XIII. son esta noche admirables. Y se alejó inmediatamente. dijo al rey. quien. pero las palabras que acababa de pronunciar llamaron poderosamente la atención de la duquesa. Y. resonó junto al rey. Ana de Austria. Ha variado mucho. exclamando: —¡Ah! Esta mañana a esta misma hora. nuestro querido amigo el caballerizo mayor habrá pasado un mal rato. dicho esto. haciendo gestos de admiración. lo arrojó debajo de la mesa. Y dedicóse a prestar auxilio a María de Mantua. seguía con servil atención las combinaciones del juego. —Desgraciadamente es cierto —le dijo Ana de Austria. diciéndole al oído: —Éste. y el rey levantó la cabeza. que estaban recién. El ministro. hija mía! 192 . rodeada por todas las damas de la corte. el ministro alzó la vista del tablero. temiendo que alguna indiscreción de los invitados informara a la duquesa del funesto fin de Cinq-Mars. se inclinó a un lado. —A pesar de todo. tenéis un hacha de doble filo. no tardó en recobrar el conocimiento. guardaba también silencio y nadie se atrevía a interrumpirle. apoyado en un brazo del sillón en que estaba sentado el cardenal Richelieu. advirtiera que éste se encontraba densamente pálido y tenía aspecto de moribundo. éste simuló no oírla. María de Mantua se había desvanecido en brazos de la reina. morirá antes que yo. pasaron junto a la reina y María de Mantua. el príncipe palatino y el duque de Bouillon. derribando todas las piezas de ajedrez. tratando de contener con sus besos las lágrimas que a raudales brotaban de los ojos de la duquesa—.

ya caminando silenciosas. asidos del brazo y cantando a coro. Eran Corneille y Milton. Al pie leíase la siguiente inscripción: «¡Gran duque. que habían acudido impulsados por la curiosidad. que no adoraba al cardenal ni al dios Marte. que tiene la vulgar creencia de que las fiestas proporcionan la felicidad. que no podían impedir que desde lejos lo apedreasen manos desconocidas. que llevaban antorchas encendidas. en cierto modo. ante el Palacio del Cardenal. ya riéndose á carcajadas o lanzando gritos y silbidos. Con este motivo promoviéronse algunos disturbios. En París hubo. al pie de los retratos del primer ministro del reino. Sin embargo. con gran sorpresa. colocada en el pedestal de la estatua de Enrique IV. grandes festejos para celebrar la vuelta del ministro Richelieu a la populosa urbe. y que sólo aceptaba las fiestas como pretexto para el desorden. donde algunos pacíficos burgueses. Francia te hace justicia al honrarte. Este retrato representaba al cardenal-generalísimo ostentando en la cabeza un casco rodeado de laureles. el poeta francés al autor de El paraíso perdido—. Patrullas numerosas de hombres de largas barbas. jarros llenos de vino y vasos de estaño. Uno de estos retratos guardábanlo los alabarderos. 193 . pero en los sitios engalanados por orden de Richelieu. Las gentes. Sin embargo. por los corros que pasaban ladrando los versos de la canción. con frecuencia. cuya fachada estaba brillantemente iluminada. durante las noches. Una multitud inmensa apretujábase cada noche al pie de las ventanas del Louvre y del espléndido palacio de Su Eminencia. familiarizado con los tumultos y movimientos públicos. como al dios Marte. ¿Todavía estáis en París? Suponía que os encontrabais ya en Londres. causa de regocijo para el pueblo. a veces. desdeñosa. por servil adulación. especialmente en los muelles y en el Puente Nuevo. tan pronto se batían en las encrucijadas. hostil. recorrían las calles. y a quienes el resplandor de una antorcha. a quienes los últimos motines habían. fueron magullados contra las paredes de las casas. una antigua canción de la Liga. iban de una parte a otra con curiosidad impertinente y. la multitud guardaba silencio. durante cinco días. Uno de estos tumultos puso frente a frente a dos jóvenes que iban envueltos en sus capas. de vez en cuando oíase la voz de algún transeúnte que se detenía para leer y releer con ironía manifiesta las leyendas que autores desconocidos habían escrito.CONCLUSIÓN Aquello mismo que hace derramar lágrimas en el palacio de los reyes es. Los jóvenes. pasando. sin saber por qué. les hizo reconocer. con rudas y groseras voces. el pueblo. La ciudad de París estaba alborozada. te adora París!». no se convencía de ser feliz. —¿Cómo? —dijo. como bailaban en las plazas. a pesar de cuantas maravillas presenciaba.

. pero oía los sollozos. y con gravedad y gallardía dirigió 194 .. sin manifestar el más leve temor. a quien había visto nacer. Toda nuestra época está compendiada en esa frase. Acerquémonos a esta antorcha que ilumina la estatua del difunto rey. y el escribano de Lyón. rechazarían nuestra ayuda. Dio una vuelta por él tranquilamente. —¡Cómo! ¿Y es ésa la obra que ha realizado el ministro a quien los franceses y otros pueblos consideran grande? No comprendo a ese hombre ni su supuesta grandeza. Se nos debía haber ocurrido. haciendo precisamente lo contrario de lo que debió hacer para que lo salváramos. Escuchad. en la precipitación con que hicimos los preparativos. vi que Cinq-Mars arrojaba desdeñosamente. ¡Los señores han muerto. le abrazó y subió al patíbulo con agilidad y ligereza sorprendentes. dejándonos solos. sorpresa inaudita. dirigiéndose al caballerizo mayor. cometimos la imprudencia de separarnos demasiado unos de otros. a quien el peso de los años y el dolor de ver morir de manera tan afrentosa a su discípulo predilecto. dicho esto. y no tenía alientos más que para besar la mano de los dos amigos.—¿Oís al pueblo. y a esta circunstancia debióse que no pudiéramos reunimos tan pronto como se necesitaba para adoptar una rápida resolución. »—Es cierto —asintió Thou. cuando. »La guardia. »Y. avanzamos en espera de la señal convenida. al advertir nuestro movimiento.. lejos de sí. »—Vos tenéis más edad —dijo el confesor a Thou. le dificultaban la marcha. con el deseo de pasar inadvertidos entre la multitud. que ninguno de los dos escuchó. y no pude ya ver nada más. que. su sombrero. Además. ¿Os acordáis de los santos Gervasio y Protasio? »—El que vos indiquéis —respondió Cinq-Mars.. vamos a bailar! ¡Somos los dueños! ¡El viejo cardenal se muere. a caballo. Escuchad lo que dicen. —¡El Parlamento ha muerto ya! —decía un hombre del pueblo—.los reyes ya se han ido? —Nada. agregó—: Vos sois el más generoso. con. y no quedamos más que el rey y nosotros! —¿Habéis oído. preparados para morir. La multitud se ha alejado. ahora. que estaba junto al patíbulo. señor.. Salgamos generosamente al encuentro de la muerte. oíd el final de esta carta que he recibido. pero ninguno previó semejante cosa. querido amigo?—preguntó el señor Thou a Cinq-Mars—. habíame situado yo cerca del patíbulo. y resucitemos en la eterna bienaventuranza. todavía. —Luego os la explicaré —dijo Corneille—. leyó a los reos la sentencia de muerte. señor? ¿Lo oís? ¿Qué quiere decir ese estribillo que cantan . lo que dice ese miserable? —preguntó Corneille—. El anciano abate sollozaba con amargura. y. »—¡Dios mío! —respondió Cinq-Mars—. «Resonaron en el aire los tres toques ordinarios de trompetas. »—¿Quién ha de morir primero. mostradme el camino de la gloria. Y el poeta leyó: «. pero. »Por desgracia. y pude ver bien cómo avanzaban hasta él nuestros infortunados amigos llevando sostenido al bondadoso abate Quillet.Una de esas imprevisiones que dificultan la realización de las más generosas empresas ha sido causa de que no hayamos podido salvar a los señores de Cinq-Mars y de Thou. Yo he sido quien os ha hecho recorrer el camino de la perdición. «Dispuestos ya a precipitarnos sobre los guardias que formaban el cordón a lo largo de la carrera que recorrían los reos.. redobló su vigilancia alrededor del cadalso.

pero vi. y un grito horrible. donde nos hemos refugiado Fontrailles. lanzado desde la plaza. puso el cuello sobre él y levantó la mirada al espacio. y rogué a Dios por el descanso eterno del alma del infortunado Cinq-Mars. como si el alma de Thou empujara al cuerpo hacia el cielo. »—Padre. y el infortunado repitió la súplica abriendo los brazos y estrechando las manos sin soltar el Cristo. adonde la víctima se llevó las manos sin exhalar un gemido. pero. como en un cortejo fúnebre. en seguida. Señor. Era la del señor Thou que. Beauvau. abatida y los ojos arrasados en lágrimas. Cuando besaba el crucifijo. Gondi.. El pueblo avanzó en actitud agresiva contra el verdugo. yo y todos los demás conjurados. entonó el Ave maría Stella. me advirtió que el hacha del verdugo había consumado su obra. El anciano criado de Effiat. se arrodilló. emocionado. como si no hubiera conocido a ninguno de nosotros. completamente desconcertado ya.» 195 . habíase colocado junto al patíbulo.. con asombrosa tranquilidad de espíritu. El pueblo. asustado sin duda del primer golpe que había asestado. y que horripiló a la multitud. que se había aproximado. que rogaran por él. ¿estoy bien así? —preguntó al confesor. con fervor seráfico. y encomendó su alma a Dios.una mirada a la multitud. Luego. horrorizado. y que la cabeza había rodado por el suelo. »Cinq-Mars abrazóse más estrechamente al tajo. »¡Yo contemplé las dos manos temblorosas del abate Quillet sosteniendo el crucifijo! »En aquel momento una voz clara y pura. arrodillóse voluntariamente delante del tajo. el confesor suplicó al pueblo. abrazóse al madero. le hería en lo alto de la cabeza. volviéndose al verdugo. como le había horripilado la muerte del virtuoso Thou. »Me arrodillé con la frente. exclamó. que no había sacado todavía el hacha del saco viejo en que la tenía. a gritos. este suplicio para que perdonéis mis pecados! »Y. le preguntó: »—¿Qué esperas? ¿Qué haces inmóvil? »El confesor. desde las ventanas y desde las torres. asestó al mártir otro golpe con el hacha. alzó los ojos al cielo. Abandono para siempre el servicio del cobarde príncipe que nos ha vendido. «Mientras le cortaban los cabellos. El confesor y él recitaron los salmos. exhalando un suspiro y sin dejar de mirar al cielo: »—¡Dios mío! ¡Lo que el mundo es! ¡Os ofrezco. que el verdugo. volvió a dar la vuelta al cadalso y saludó al pueblo con afectada indiferencia. como herido por el mismo golpe asestado a su señor. Lude. quien. donde esperaremos que el tiempo libre a Francia del tirano a quien nos ha sido imposible derrotar. desde donde presenció hasta el fin el suplicio de Cinq-Mars. le entregó una medalla. «MONTRESOR. Entonces lo derribó sobre el tablado y se lanzó contra él para rematarlo. unánime. Vamos a Inglaterra. repitió el canto sagrado. No había querido que se los vendaran. al pie del cadalso. »Os escribo apresuradamente estos tristes detalles a bordo de una galera de Génova. desollándole parte del cráneo. Entraigues. después se arrodilló y besó la sangre de Cinq-Mars con la misma devoción con que hubiera besado la de un mártir. »Al alzar los ojos vi a Thou que ya subía al patíbulo con increíble ligereza. y él. como la de un ángel. cuando el hacha del verdugo separó del tronco la cabeza del marqués de Effiat. cayó súbitamente muerto. tanto más trágico cuanto menos esperado. «Ignoro si Dios quiso concederle tal gracia. que sostenía de la rienda el caballo de su amo. esperaba que le llegase el turno de rendir su alma a Dios. En aquel momento ocurrió un suceso. y su martirio fue mayor todavía que el de su compañero. le rogó que sostuviera el crucifijo ante sus ojos.

la aristocracia y el Senado han sido aniquilados. porque le ha faltado energía para hacerse dueño de Francia sin compartir el gobierno con nadie. deben entregarse a ella en absoluto. no manifiesta espiritualidad cuando hombres como quienes lo gobiernan actualmente le inspiran admiración. porque. —¿Y es ésta la obra del supuesto grande hombre? —preguntó Milton—. lo extravía con frecuencia. en el mismo lugar en que ahora nos encontramos. pero la humanidad se renueva. Es un tirano a las órdenes de un amo. a vuestro apasionado pueblo. y ha trabajado para él. puesto que ha destruido las bases de la monarquía? —No le atribuyáis designios tan lejanos —respondió Corneille—. Puesto que Richelieu sólo ambiciona el poder. riéndose—que el verdadero genio habría emprendido otro camino. y puedo aseguraros desde luego que irá más lejos que éste. ¿por qué no se ha apoderado de él por completo? Los que abandonan las altas regiones por una pasión humana. que acaba de ser casi derrocado por un joven. pero que es tan ambicioso como el tirano Richelieu. pero ninguno de los dos han sabido lo que hacían. pero no para el porvenir. Ese hombre se llama Cromwell. No lo comprendo bien. ¿Cuál ha sido su propósito? ¿Ha pretendido establecer repúblicas para lo porvenir. ése es el hombre genial? De ninguna manera. y Richelieu se ha devorado a sí mismo. Los hombres pasan. se paseaban. en medio de la cual volvieron a detenerse un momento. tanto como vos. Richelieu ha quebrantado precisamente lo que debía sostener. dialogando. —No la compadezcáis —repuso vivamente Corneille—. en lo sucesivo. Yo voy ahora a ver a un hombre. La gratitud prosterna a los humildes ante esta estatua del que fue un rey bondadoso. de hecho. posee una energía imperecedera e indestructible. su imaginación puede extraviarle y. Sólo se ha propuesto reinar en vida. pero ya surgirá un espíritu superior que lo domine por completo y lo encauce. señor —prosiguió Corneille—. Este pueblo. y me considero feliz por haberla descubierto. famosos ya en aquella época. señor. por el espacio que separa la estatua de Enrique IV de la plaza Delfina. FIN 196 . cada noche advierto que una idea nueva y generosa hace palpitar los corazones franceses. —Creo —dijo el poeta inglés. ¿Y ése es el coloso. se alzará una pirámide importada del Oriente? —Los secretos del porvenir son inescrutables —respondió Milton—. Ha continuado la obra comenzada por Luis XI. —Sí. Admiro. El amor al poder es una puerilidad. ¿Qué otra pasión levantará otro monumento al lado de éste? ¿Quién sabe hasta dónde puede conducir a nuestro pueblo el amor a la gloria? ¿Quién sabe si. ¡Y lo admiran! Compadezco a Francia. pero este mismo apasionamiento me hace temer por él. que todavía no es famoso. Ambos jóvenes. no podrá reinar en Francia más que una corte.—¡Qué triste —siguió diciendo Corneille cuando hubo concluido de leer la carta—ha sido el fin de esos dos jóvenes que fueron tan poderosos! Con ellos ha exhalado su último suspiro la antigua monarquía.