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“todo ha sido pensado antes, lo difícil es volver a pensarlo”

Goethe

Si bien he utilizado esta cita antes, al leer a Freire la vuelvo a recordar, pero esta vez llevada a la práctica educativa, (Grito manso) en donde dos hitos son señalados y merecen ser repensados en las practicas pedagógicas actuales, que como diría el autor es difícil pero no imposible, pues un docente que se interese por comprender de forma crítica su propia búsqueda y respete el interés del estudiante en su propia búsqueda, como hombres y como mujeres, tendrá claridad de cómo, a quién y para qué enseñar. Y su clase será pensada realmente para el otro y para él, siendo una clase que le genere satisfacción, una clase con un sentido ético claro, ya que se muestra más responsable en la tarea formativa, pues un profe critico de su quehacer puede jalonar en sus estudiantes dicha práctica.

Esto no es algo diferente a lo que un docente espera de sus estudiantes, y es una actitud crítica, en donde finalmente exista una construcción personal en la toma de posiciones o en la problematización de la realidad; buscando alejarse de repeticiones sin sentido (por no entenderse realmente) que finalmente desaparecen la autonomía en la formación, pues su lógica es moldear a partir de lo establecido, buscando cada vez más la unificación o incluso la homogenización del pensamiento y del ser, que si bien no se logra (no creo en homogenizaciones absolutas ya que siempre hay algo en el que se rehúsa), si desprovee al sujeto de elementos que le faciliten hacerse cargo de sí mismo tanto académicos como personales.

Es allí en esta posibilidad del ser, que no busca homogenizarse al no temerle a la complejidad de la realidad (la cual no busca simplificar en un laboratorio), que tiene lugar el proceso de inteligibilidad y será la comunicación con otros un aspecto fundamental en la formación, que pone de manifiesto su propia inconclusión.

Ambos hitos, pensados antes, siguen estando vigentes en la pregunta desde lo pedagógico, como repensarlo, y responder por qué se ha hecho difícil llevarlo a la realidad. Porque la criticidad del pensamiento se ha quedado en discurso, y se repiten modelos por competencias mientras se espera que el estudiante se apropie sólo de lo que puede “usar” o le resulta funcional a la “sociedad” (o mejor al mercado laboral), de lo cual el reflexionar termina siendo poco atractivo e incluso como practica sin sentido,

porque estamos buscando siempre que sea el otro el que traiga el concepto o saber para que este sea puesto en acción.

Dos aspectos me parece importante señalar acá, el primero es el sentido de lo político y el segundo la interculturalidad; la conciencia de ambos se gesta en la escuela, en todos esos años de vida en la que nos preparamos sin saber bien para qué, por qué, pero, en los últimos años se convierte en una intención profesional, no siendo extraño escuchar como los estudiantes se quejan de haber cursado asignaturas que al no relacionarse con la carrera elegida resultaron una pérdida de tiempo y esfuerzo inoficioso; este pensamiento es bastante lógico si se reduce el proceso formativo a la elección de carrera u oficio, no percatándose de todos los elementos facilitadores para comprender la realidad y actuar en ella en diversos ámbitos.

Es la motivación de formación la que incentiva el docente, rescatando en el error la potencialidad del saber, que surge cuando me confronto con mi no saber, pero por lo general es tan insatisfactorio este hecho que se aborrece al punto en que el repetir de memoria resulta más funcional que el comprender para qué me formo y cuál es mi papel en la formación de otros, teniendo en cuenta que la interacción en la que se generan los aprendizajes académicos y afectivos, no se dan sólo con el docente sino entre pares que se reconocen como diferentes e inacabados.

Este es un elemento fundamental en lo político pues en la cotidianidad se da por hecho que todo acto de comunicación implica reconocer que hay otro, pero actos de violencia, agresividad, negligencia, corrupción, entre otras innumerables acciones demuestran que el reconocimiento del otro es mínimo, pues si se contemplara su existencia, desde su derecho como sujeto político, estas no tendrían lugar, pues responden en gran medida a los intereses de unos pocos, que no piensan en el otro.

La escuela está encubando el fatalismo político, al mostrar desde la pasividad una realidad inmodificable, que es controlada por unos pocos que tienen el poder, de forma indefinida; por ello es mejor no saber, no hacer, existiendo una desesperanza frente al cambio, estando aquí la fuerza de lo colonial (dominación, exclusión, desigualdad e inequidad) que finalmente llega a inmovilizar y bien que lo ha logrado. Por lo tanto no se están formado seres humanos libres sino atados a repetir los modelos tradicionales y a abandonar la comprensión de sus conocimientos locales los cuales carecen de cientificidad o veracidad; “la confrontación no es pedagógica sino política”,

son las políticas las que cambian a la educación y a la pedagogía, son las que hacen los contextos incluyentes o no, son las que cambian el curso de la historia, es allí en donde puede presentarse la decolonialidad del ser, despertando de nuevo su capacidad de agencia desde un pensamiento crítico, que cambie su lectura del mundo, humanizándose cada vez más. Es construir un estado en donde “quepan todos” (Walsh) y las diferencias sean asumidas como riquezas de la humanidad y no como amenazas a destruir.

Es desde lo político que tiene sentido hablar de interculturalidad (que para la autora aún no existe, pero está en construcción) , en donde no existen minorías, sino diferencias producto de elecciones y desarrollos humanos libres, que tiene una historia, unos sentidos y unos sentimientos que deben ser vistos desde la comprensión del saber, poder, ser y naturaleza o vida genuinos, integrándose a las culturas dominantes, desmarcando los opuestos y las distancias entre minoría y cultura dominante, que son la base de un conflicto que no responde necesariamente a un orden político, pues no reconoce la importancia de incluir a todos pese a las diferencias, ni pone por encima el bien común.

Si bien la interculturalidad aun no es un proyecto social político en las sociedades, es importante que se reconozca desde la practica pedagógica como si es posible pensarnos diferentes y que ello no nos hace excluyentes; la vivencia del niño y la niña tendrá todo que ver en sus concepciones, las cuales se tramitan en escenarios de socialización siendo por excelencia la escuela uno de los contextos que más “marca” los procesos de humanización. Esto implica volver a pensar lo dicho por Freire, al igual que lo expuesto por Walsh, hay que volver sobre la función docente, sobre el rol humano (hombre y mujer)