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Mi Vida en Nazareth Giuliana Crescio 67. [16]- Y lo vuelvo a ver Niño.

Lo tengo entre mis brazos, siento el perfume de sus cabellos: un perfume de nido. Bajo la Cruz he sufrido lo insufrible, y bien se puede comprender: ¡cuántas madres sufren lo insufrible! Deben entonces esperar, deben tener la certeza: los hijos no son nuestros en la tierra: Dios en el Reino nos los entrega, y para siempre. Estaba aniquilada por ese dolor y no podía derramar lágrimas. Como tú bien sabes, cuando el dolor deja un pequeño espacio para nuestro egoísmo, podemos entonces llorar; pero en el dolor por los otros, cuando sufrimos con ellos, cuando estamos destrozados por ellos, no se tiene siquiera el desahogo del llanto y pesa sobre el corazón como una piedra de granito. "¡He aquí a tu Madre! ¡He aquí a tu hijo!". Confiándome a Johanan, Jesús me encomendaba también a todos vosotros. Soy madre de los viejos, de los jóvenes, de los niños... Soy madre de los pecadores y de los santos... Johanan fue siempre dulcísimo, un verdadero hijo amoroso". "Nuestro Rabí, te llamaba con el dulce nombre de madre: Immi, nunca te llamaré así: solamente el Rabí pudo hacerlo, ¡pero Tú, Señora, eres también una Madre! Jesús te veneró y te amó, te llamaba: mi Reina, Señora, ¿puedo entonces llamarte: Reina?" Era el dulce Johanan que posó su cabeza sobre el Sagrado Corazón de Jesús: "¡Venid a Mí, vosotros los cansados, vosotros los desilusionados, vosotros los afligidos! ¡Apoyad vuestra cabeza sobre mi corazón y seréis consolados!". Jesús en el tiempo de la Pasión era ya un hombre fuerte, pero para Mí en el dolor, era como si aún hubiese sido todavía un niño. Y lo vuelvo a ver cuando niño: lo tengo entre los brazos, siento el perfume de sus cabellos: ¡un perfume de nido! Siento la tibieza de su cuerpo, Él ha posado su cabeza sobre mi corazón, y somos un solo corazón... "Immi, estoy feliz de tener mis sandalias nuevas". Tenía sus piececitos en las nuevas sandalias: las primeras, eran sus primeros pasos, ya hablaba bien, ciertamente no pronunciaba las palabras con claridad, pero se hacía entender. Los piececitos en las nuevas sandalias: una suela un poco gruesa y una tira que cubría el pie y llegaba hasta el tobillo. ¡Sobre la Cruz aquellos pies fueron perforados! Y estaban sin sandalias: ¡muchos lo habían abandonado! Jesús hubiera podido hacer ostentación de Su inteligencia, si solamente hubiera sido hombre, mas también como hombre fue humildísimo, ¡justamente porque era Dios! Y Dios conoce el valor de la humildad. ¡Los valores humanos que importan son los del espíritu! Fue una noche de verano: Jesús, José y Yo, estábamos sentados en el jardín, bajo la luna. "¡Qué bella es esta luna!, despide una luz blanca que hace tu rostro de plata, Immi!". ¡Y Él, Dios de Dios, me decía esas palabras con voz y rostro de niño! ¡Su amor por Mí!, una criatura, fue grandísimo, y así es también grandísimo el amor que siente por vosotros, sus criaturas. Dios se hace carne y Verbo, ama a su Madre, ama a sus, hermanos, de todos los tiempos, de toda las tierras. ¡Dios es amor! En las noches de verano nos gustaba cenar en el jardín. Poníamos la mesa junto a las rosas y generalmente comíamos verduras, queso y para Jesús ponía en la mesa también un tazón de leche y un poco de miel. "Immi, ¡me gusta comer en el jardín! ¿Está preparada la lámpara?, así la llevo Yo afuera..." ¡La lámpara de aceite! Tal vez muchos de vosotros no habréis nunca visto lámparas así, vosotros tenéis ahora muchos tipos de luces. Yo miraba a Jesús que llevaba esa lámpara con su rostro iluminado y radiante. ¡La luz del mundo! ¡La Verdad! Bajo la Cruz mi dolor fue inmenso, pero he tenido también horas serenas, tranquilas, de alegría, y pensaba: "Vendrá el dolor, pero ahora soy feliz, porque soy su Madre". También vosotros que habéis llorado por nuestros hijos que Dios ha llamado a Su Reino, habéis tenido horas de alegría. Horas, que transformadas en Eternidad, se repetirán. ¡Para vosotros la eternidad no es comprensible, para vosotros no es comprensible la verdadera libertad, la Verdadera Vida! Yo, Myriam, os digo que es maravillosa: unidos a vuestros seres más

queridos, unidos a todos los hermanos por el hilo del amor, que en el Reino jamás se rompe, gozaréis de Dios y de Su rostro: Jesús, y Yo, que soy criatura como vosotros, y que seré y soy Madre de todas las criaturas. Una noche en el jardín, bajo la luz de la luna, habíamos apagado la lámpara para ahorrar un poco de aceite, Jesús pronunció por primera vez aquella oración: "¡Padre Nuestro!" Tenía veinte años, José se había ido ya allá donde esperaba, Jesús era bellísimo: tenía la túnica blanca, los brazos en alto, la mirada luminosa y aquella voz: "¡Padre Nuestro que estás en los Cielos, sea alabado y santificado tu nombre, y tu Reino descienda a los corazones, así los hombres harán Tu voluntad, como ya sucede en el Cielo, también en la tierra sea así! ¡Danos el pan para alimentarnos y el pan para el espíritu. Perdona los pecados, y da la fuerza y el amor para perdonar y ayudar a la humanidad a fin de que no caiga en tentación, y líbrala del mal!". Y Jesús oraba y había venido para redimir a la humanidad, enviado por el Padre. "¡Mi reino no es de este mundo!" Si el amor que Jesús entregó a la humanidad fuese realmente vivido y sentido, su Reino podría ya estar en este mundo. ¡Jesús siempre ha pedido el amor y bien pocos saben amar de verdad y profundamente! 19 de Diciembre de 1981