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LOS CRIPTONIMOS

EN EL EPISTOLARIO TERESIANO
CRISTOBAL CUEVAS GARCIA
Universidad de Málaga
En el campo de los epistolarios españoles del Siglo de Oro, tan extenso
como insuficientemente conocido, las cartas de Santa Teresa destacan por su
inmediatez sicológica, espontaneidad de estilo yanticonvencionalismo. Frente
a la retórica bien codificada de la epístola doctrinaF en la línea que va de
Cicerón a Vives y Guevara, la amorosa de Diego de San Pedro o Juan de
Segura, y aun más frente al formularismo impersonal de los repertorios de
Gaspar de Texeda, Diego Martínez o Jerónimo Pablo de Manzanares
2
, nuestra
escritora vuelca en sus epístolas un caudal de intimidad que las hace
inconfundibles. Es cierto que no todas alcanzan un mismo nivel de calidad. El
paso del tiempo y la práctica van madurando su talla de redactora de cartas,
haciéndola progresivamente más suelta de estilo, más dominadora del ritmo
epistolar, más precisa en los conceptos, más ingeniosa en las alusiones, menos
embarazada por la timidez, el desmaño o la retórica ingenua de corresponsal
primeriza. Cada vez la cohiben menos los destinatarios encumbrados por la
sangre, el poder o la riqueza, que en un principio pudieran haber condicio-
nado su espontaneidad con el cuidado de los tratamientos, los conven-
cionalismos urbanos y el control reflexivo de los aspectos formales de la
redacción. Pero la cumbre de su labor literaria en esta parcela, aparentemente
1 Pedro Salinas establece una interesante distinción entre ella y la carta en su «Defensa
de la carta misiva y de la correspondencia epistolan>, trabajo incluido en su libro El defensor,
Bogotá, Universidad Mayor de Colombia, 1948, p. 28.
2 Gaspar de Texeda, Cosa nueva. rute es estilo de escrivir cartas mensageras, sobre
diuersas materias como se usa con los titulas y cortesis, por B. de Nagera,
M.D.XL VII; Diego Martínez, Formulario de provisiones de prelados y cartas familiares,
Medina del Campo, F. del Canto, 1576,3 partes; J. P. de Manzanares, Estilo y formulario de
cartas familiares, Madrid, L. Sánchez, 1600. «Los formularios -decía Suárez de Figueroa-
antes causan daño que provecho, por tratar á sus inclinados como á niños de escuela, á quien
apenas es lícito escribir sin ejemplar. Sin esto, la necia confianza que comunican á sus
poseedores produce flojedad en los ingenios más vivos, para no inquirir agudos concetos, ni
las elocuentes galas de que se adornan: por eso no se debrian consentir en las repúblicas»; El
Pasagero, [1617], Madrid, Renacimiento, M.CM.XIII, p. 58.
558 Cristóbal Cuevas García
tan humilde, la alcanza, a nuestro parecer, cuando su personalidad se
manifiesta en toda su espontánea autenticidad, al dirigirse a un escogido grupo
de corresponsales entrañables -su hermano Lorenzo, la M. María Bautista, la
M. María de S. José, el P. Gracián, seguramente S. Juan de la Cruz (aunque,
por desgracia, su correspondencia con el Santo fuera destruida)- y algún otro.
Entonces resplandece su genio humano y literario en multitud de observacio-
nes, pareceres y comentarios, en los cuales alcanzan sus cartas categoría de
obra de arte del lenguaje, ofreciendo quizá los mejores ejemplos de su prosa en
eficacia comunicativa y gracia de expresión.
1. Lo epistolar como un modo de entender la literatura
En las epístolas de Teresa de Jesús, escritas desde la perspectiva de lo que
la retórica renacentista llamaba «misivas» o «familiares», tienen cabida desde la
noticia al consejo, desde el más profundo pensamiento místico a la broma
intrascendente, desde recetas caseras a efusiones emotivas o anécdotas
chispeantes. Más que de cartas religiosas en sentido técnico y exclusivo3, se
trata de lo que, ya en 1578, llamaba Rodrigo Sáenz de Santayana «epístolas
mixtas)}, en las cuales «se escriue mas que vna materia», variándose el estilo al
compás del cambio de asuntos
4
• Aquí encontraba el espíritu de la reformadora
cauce adecuado a su espontaneidad, liberándola de estrechos corsés retóricos
que coartaban el discurrir de sus pensamientos, afectos y fantasía
5
• En las
aladas palabras de sus cartas, el lenguaje adquiere rango de signo privilegiado,
al hacerse soporte de un cúmulo de mensajes que asombra por su riqueza y
densidad. Quizá en esta cargazón expresiva, tan plural en sus unidades como
coherente en su sistema, radique el más profundo valor literario de las cartas
teresianas, cuyo aparente descuido estructural tiene también categoría de
significante, al poner de manifiesto el ansia de autenticidad de su autora.
«Entre todos los géneros literarios -escribía en 1897 J. Martínez Ruiz, el
futuro Azorín-, me agradan los epistolarios y las memorias. Pero me agradan
cuando las cartas son sinceras ... , no escritas mirando a la posteridad ... Las
quiero auténticas. Quiero ver a través de las líneas un estado del alma, un
hombre... Y encuentro más placer, emoción más intensa, leyendo cartas
espontáneas de mujeres, que no muchas obras -novelas pseudo-psicológicas,
3 El Prof. F. López Estrada analiza'y clasifica brevemente este tipo de cartas en la lntr. a
su Antología de epístolas, Barcelona, Labor, 1961, pp. 79-80.
4 Arte de Retorica. En el qval se contienen tres Libros ... El tercero escríuir Epístolas y
Dialogos, Madrid, G. Drouy, 1578, fol. 76 v.
5 ~ o no' quiere decir que nuestra escritora prescindiera por co mp leto de toda retórica
epistolar; véase a este respecto EFREN DE LA MADRE DE DIOS-OTGER STEGGINK,
Intr. a Obras, BAC, IIl, MCMLIX, pp. 28*-46*. De su acatamiento a las normas generales
de escribir cartas misivas familiares parece deducirse que conocería, directa o indirecta-
mente, libros como Jos citados en la n. 2.
Los Criptónimos en el epistolario teresiano 559
poemas tontos- escritas con todas las reglas de la retórica y de la poética»6.
Leyendo el epistolario teresiano asistimos a la apoteosis de lo que Northrop
Frye llamó «retórica de la prosa no literaria»7, es decir, de aquella que se
escribe sin colocar lo estético-literario como fi
I1
primordial, y que, paradójica-
mente, puede resultar a la postre generadora de los más grandes libros que
conoce la humanidad: la Biblia, los diálogos de Platón, la poesía de S. Juan de
la Cruz, y -¿por qué no decirlo?- este extraordinario manojo de epístolas.
Para mí, Teresa de Jesús se configura en lo literario, ante todo, como
escritora de cartas. Depositaria de inefables experiencias que ha de transmitir a
sus semejantes en una época en que se veda a la mujer el papel explícito de
maestra y rectora -piénsese en la suspicacia de teólogos y moralistas ante los
escritos de féminas letradas-, el vehículo del tratado doctrinal se le cierra
inexorablemente
8
• Tampoco su temperamento ni su formación la llevaban por
ese camino, como confesaba ella misma a María de S. José: «No estoy bien en
que esas hermanas escrivan las cosas de porque hay muchos inconve-
nientes que quisiera decirlos. Sepa que aunque no sea sino gastar tiempo y que
es estorbo para andar el alma con la libertad, y aun se pueden figurar hartas
cosas»9. Era en las cartas,con su carácter familiar, su falta de pretensiones
intelectuales y lo reducido del círculo de sus destinatarios donde se ofrecía un
camino expedito a su magisterio. Y esta realidad explica que, incluso cuando se
pone a escribir obras de envergadura, salgan de su pluma «libros» que se
configuran como extensas cartas, dirigidas unas veces a sus religiosas -así, el
Camino. de perfección o Las Moradas-, y otras -por ejemplo, el Libro de la
Vida- a corresponsales tan concretos como sus confesores Fray Domingo
Báñez y fray García de Toledo, a los que siempre se dirige con el epistolar
apelativo de «vuestra merced»\O. Es cierto que en esta última obra se da, como
6 «Crónica», en Artículos olvidados de J. Martínez Ruiz (1894-1904). Estudio, notas y
comentarios de texto por José Maria Valverde, Madrid, Narcea, 1972, pp. 96 Y lOO.
7 Anatomía de la crítica, [1957], Caracas, Monte Avila, 1977, pp. 431-432.
8 Todavía en 1653, Juan de Zabaleta considera incapaz a la mujer hasta de hacer poesía;
«La mujer que es poeta jamás hace nada, porque deja de hacer lo que tiene obligación, y lo
que hace, que son versos, no es nada. Habla más de lo que había de hablar, y con más
defectos y superfluidades. Añade otra locura a su locura ... Esto hace una mujer que hace
versos; ¡buena debe de andar su casa! Mas, ¿cómo ha de andar casa donde, en lugar de
agujas, hay plumas y en lugar de almohadillas, cartapacios?»; Errores celebrados. ed. de
D. Hershberg, Madrid, Clásicos Castellanos, 1972, p. 44.
9 Carta 78-3U, 220.
10 El carácter de carta de la Vida queda especialmente de manifiesto en algunos pasajes
en que la Santa declara escribir sólo para sus confesores, en el bien entendido de que éstos
suprimirán determinadas noticias del manuscrito con vista a posibles lectores futuros: «Basta
ser mujer para caérseme las alas, cuantimás mujer y ruin, y ansí lo que fuere más de decir
simplemente el curso de mi vida tome vuestra merced para sí, pues tanto me ha importunado
escriva alguna declaración de las mercedes que me hace Dios en la oraciófl»; y unas líneas
antes, insistiendo en el carácter confidencial de su escrito: «y por pensar vuestra merced hará
esto que por amor de el Señor le pido y los demás que lo han de ver, escrivo con libertad; de
560
Cristóbal Cuevas Garda
ha observado el proL Víctor G. de la Concha, una verdadera «ampliación del
radio de destinatarios»!!, que va desde el inicial ya apuntado al de sus monjas,
y tal vez a cuantos aspiran a recorrer el itinerario místico. Pero ello no destruye
el carácter apistolar de tales «libros», que, al igual que sus hermanas más
pequeñas y efímeras, se destinan como máximo a una lectura conventual
compartida.
En enfoque complementario, Teresa, salvo raras excepciones impuestas
por lo reservado de ciertas materias, concibe también sus cartas como
micro libros, escribiéndolas igualmente para la lectura pública en el seno de la
comunidad religiosa, con lo que el destinatario nominal de las misivas se
convierte con frecuencia en un intermediario privilegiado. Cartas y libros
brotan de su pluma como un legado homogéneo de' doctrina, noticias e
intimidad compartida -en esto concuerdan lejanamente con ciertas epístolas
neotestamentarias, vistas desde la perspectiva que acaba de apuntar A. Via-
la-!2. Esta actitud mental, siempre operante, se hace en ocasiones explícita,
como cuando, en la autobiografía, dice reveladoramente a su confesor:
«Rompa vuestra merced esto que he dicho, si le pareciere, y tómelo por carta
para sí y perdóneme que he estado muy atrevida»!3. El hecho nos parece tan
decisivo que, a nuestro juicio, resulta imposible entender desde perspectivas
literarias la obra teresiana en su integridad si no la enfocamos genéticamente
como obra en última instancia epistolar. Por eso afirmamos, al margen de todo
énfasis retórico, que en las cartas de Teresa Se encuentra lo más específico de su
labor de escritora, su voz más auténtica e incontaminada,
En sus mejores misivas, cuando la Santa escribe a sus íntimos sin recelo de
malinterpretaciones, en la seguridad de ser entendida precisamente por ser
amada, aparecen páginas en que todo lo noble y delicado del espíritu humano
tiene su latido. Y es que, como decía D. Me1chor de Sas, «si las cartas se
escriben entre amigos, parientes ó personas que se tratan con confianza y con
llaneza, pueden escribirse en estilo familiar, que algunos entienden por sencillo.
En estas cartas familiares es donde mas bien puede dejarse correr la pluma;
porque no hay tanto riesgo de ofender, ni recelo de degradarse»!4. «Son las
cartas -matizaba el prologuista de la edición Foppens del Epistolario teresia-
no- unos como espejos, en que se mira el retrato de su Autor, como el de los
Padres en los hijos ... Por lo qual dixo san Ambrosio, que el uso de las Cartas se
otra manera seria con gran escrúpulo»; Vida, X, 8, ed. cit., p. 650. En este sentido, el libro
presenta indudables concomitancias de género literario con el Lazarillo de Tormes.
II «El destinatario como condicionante retórico», en El arte literario de Santa Teresa"
Barcelona, Ariel, 1978, pp. 190-194.
12 «La genese des formes épistolaires en francais ... (XVIe-XVIIe s.»), RLComp, 218
(1981), p. 168.
13 Vida, XVI, 8, ed. cit. p. 687. El subrayado es mío.
14 Arte epistolar, o reglas teÓrico-prácticas para escribir cartas, Barcelona, T. Gosths,
1819, pp. 48-49.
Los Criptónimos en el epistolario teresiano 561
ordena a suplir las faltas de la ausencia: pues en ellas se mira la imagen del
amigo, como si estuviera presente ... Y aunque en todas se halla esta natural
especialmente en las familiares, que son mas propias de la
naturaleza: pues quanto tienen menos de arte, representan mas al vivo lci
propio del naturah)!5. Eso explica que el alma de Teresa de Jesús se retrate en
sus cartas con más pureza y autenticidad que en ninguno de sus escritos.
2. Cartas confidenciales y materias reservadas
Esa actitud desinhibida, que coloca al epistolario teresiano en los
antípodas de lo que convencionalmente se entiende por «literatura», lleva a
nuestra escritora a abrir su corazón a la confidencia en un grado que no puede
darse en los libros destinados a un ancho público. «Bien puede vuestra merced
-sugiere a Diego Ortiz de Toledo- escrivirme lo que quisiere, que como
conozco la voluntad con que se dice, sólo si doy pena a vuestra merced me da
pena»!6. Así aparecen en sus cartas confesiones explícitas de cariño, frases de
cordial adulación, recomendaciones en favor de familiares y amigos (las
inevitables, hasta para una santa, «cartas de favom), quejas por el olvido en
que se la tiene, rasgos autobiográficos muy reservados e íntimos, detalles sobre
su propio avance en el camino de la perfección, autocríticas, consejos prácticos
reservados, opiniones secretas y hasta juicios de personas e instituciones de
extrema delicadeza. Las cartas teresianas, vistas desde este ángulo, son
verdaderas conversaciones íntimas por escrito, auténticos «discursos» -en el
sentido que Benveniste da a este término- elevados a la categoría de
sustitutivos del diálogo oral, en 'cuanto esfuerzos comunicativos que privilegIan
la relación «emisor»-«destinatariQ».
Estas características comportan como exigencia ineludible la garantía de
reserva, y hasta el secreto, para unos documentos que, por definición,
contienen con frecuencia materias comprometedoras. ¿Cómo lograrlo tratán-
dose de cartas que han de sufrir mil avatares antes de llegar a su destinatario?
Resulta difícil para nosotros comprender el grado de inseguridad de la corres-
pondencia de entonces. Multitud de cartas se perdían, por extravío involunta-
rio o por intervención de manos poco escrupulosas. En el epistolario teresiano
aparece de continuo la preocupación de la escritora por la suerte que puedan
correr sus misivas!7. Todo es previsto meticulosamente para garantizar, en lo
posible, su seguridad, desde el pago puntual de los portes hasta la evitación de
tentaciones a los mensajeros no incluyendo dinero en los enVÍos. Teresa insiste
15 Cartas de Santa Teresa de Jesús, Bruselas, Por F. Foppens, M.DC.LXXIV, «Prólogo
al Lector».
16 Carta 7l-5T, 31.
17 Sobre este punto, véase ahora L. Rodríguez Martínez-T. Egido, «El sistema postal en
tiempos de Santa Teresa», en VV. AA., Introducción a la lectura de Santa Teresa, Madrid,
Ed. de Espiritualidad, 1978, pp. 443-459.
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una y otra vez en la búsqueda de correos seguros -«personas ciertas», según
expresión suya-, y en que se aprovechen los desplazamientos de gente de
entera confianza siempre que ello sea posible. Estas cartas -advierte en una
ocasión-, «si no es con persona cierta y que vaya presto, no se sufre darlas a
ninguno, que van algunas cartas que a no ser el recuero tan cierto no las osara
enviam
l8
• A falta de plenas garantías, sus epístolas se llenan de reticencias: «y
porque no sé si este mensajero será cierto, no digo más», advierte cautelosa-
mente en una de 1577.
Su prudencia llega al extremo cuando ruega a sus corresponsales que no
den lectura a determinadas misivas ni siquiera en el seno entrañable de la
comunidad monástica. «Porque entiende el amor con que lo digo -insiste al P.
Gracián-, me puede perdonar, y hacerme la merced que' le he suplicado de no
leer en público las cartas que le escrívo. Mire que son diferentes los
entendimientos y que nunca los perlados han de ser tan claros en algunas cosas;
y podrá ser que las escrivayo de tercera persona u de mí y no será bien que las
sepa nadie, que va mucha diferencia de hablar conmigo misma qué es esto, u
vuestra paternidad a otras personas, aunque sea mí misma hermana; que como
no querría que ninguno me oyese lo que trato con Dios ni me estorbase a estar
con El a solas, de la misma manera es con Paulm} 19. No son raras, en conse-
cuencia, en su epistolario las recomendaciones de secreto, ya refiriéndose a
toda una carta, ya a noticias o asuntos concretos: «Esto sea para sola ella»,
advierte, por ejemplo, a la priora de Sevilla en 1576
20
. En determinados casos,
le parece tan reservado lo que ha de decir que ni siquiera se atreve a confiarlo al
papel. Así en un carta afirma que ha decidido obrar de determinada manera
«por algunas razones que no son para carta»; «lo demás no es para carta ni aun
para decim; «hay cosas que se pueden decir y no escrivim
21
• ¡Cuántos secretos
se habrá nevado Teresa a la tumba, de los que sólo se ha conservado el leve
rastro de estas impenetrables fórmulas de reticencia!
3. De la contraseña al criptónimo
Pero hay casos en que, pese a tratarse de temas de la máxima delicadeza,
la vía epistolar se impone. Son asuntos urgentes que atañen a la reforma,
decisiones de gobierno, dirección de espíritus, peticiones de consejo absoluta-
mente inorillables. De aquí proviene la angustia instintiva que invade a la
Santa cuando se entera de que una carta se ha perdido o ha caído en manos de
sus émulos. «Pena me ha dado -dice a Gracíán- lo de las cartas perdidas, y
no me dice si importavan algo la's que parecieron en manos de Peralta})22.
18 77-ID, 174; en términos parecidos se expresa en 76-9A, 111 Y 77-ID, 168.
19 76-12P, 160.
20 76-12L, 155.
21 75-12U, 94; 77-IK, 171; 77-3K, 184 respectivamente.
22 76-lOW, 131. Como se sabe, «Peralta» es cifra del P. Jérónimo Tostado.
Los Criptónimos en el epistolario teresiano
563
Sabiendo que los enemigos de la reforma no se detienen ante la violación de la
correspondencia, siente más temor por el posible secuestro de una misiva que
por su simple extravío: «Por amor de Dios a María de S. José-:-,
sepa cuándo nuestro padre recibe carta mía, aunque casi nunca dejo de escrivir
a vuestra reverencia con las suyas, que una que me dan hoy de su paternidad
-hecha de 22 de octubre- dice ha mucho que no recibe carta mía, y no hago
sino escrivir. .. No querría las cogiesen, que de perderse no iva tanto»23. Sabe
que sus émulos la tienen estrechamente controlada, que vigilan todos sus
pasos, y que el mero hecho de dirigir una carta a alguien que se signifique en el
proceso reformista -sobre todo el tan odiado Gerónimo Gracián- constituye
una invitación a apoderarse de ella y leerla no siempre sin apasionamiento.
Dentro de este contexto hay que colocar las cartas en cifra, que se
reducen, a la postre, a un intento de preservar el secreto de la correspondencia.
en asuntos comprometedores, para el caso en que las epístolas caigan en manos
extrañas. Nuestra escritora, en colaboración, sin duda, con sus corresponsales,
va puliendo progresivamente este procedimiento, desde unos estadios rudimen-
tarios, hasta el establecimiento de un código sé mico más complicado y sistemá-
tico, cuyo alcance se va ensanchando por grados, a medida que las necesidades
comunicativas obligan a camuflar nuevas personas o instituciones. En un
principio utiliza tan sólo claves externas al texto epistolar, que figuran como
signos convencionales en los sobrescritos, y que no tienen, por consiguiente,
ninguna repercusión literaria. Así, cuando la inquina contra Gracián arrecia,
Teresa conviene con la priora de Sevilla que las cartas que escriba a fray
Gerónimo llevarán la dirección de María de S. José, aunque contraseñando el
sobrescrito con dos o tres cruces -«mejor es dos u una, que son muchas las
que ahí van», precisa sobre la marcha con prudencia- para que sólo ella
advierta quién es el verdadero destinatario. Igmll procedimiento habría de
seguirse en las respuestas, evitando que la letra de su confesor y colaborador le
delatara. En cuanto al momento de poner en práctica la traza, advierte a la
intermediaria: «Avíseme cuándo ha visto este aviso, porque no lo haré hasta
entonces»24.
La escasa eficacia práctica de este procedimiento debió, sin embargo,
hacérsele pronto evidente. Entonces se decide, como alternativa de más
garantía, a recurrir a la correspondencia propiamente cifrada, en la que la clave
afecta al texto mismo de la misiva. El procedimiento era común en la época,
dada la inseguridad de los correos, diversificándose las técnicas en función del
ingenio e inventiva de cada cual. Así, en 1617 escribía Suárez de Figueroa en el
«Alivio v» del Pasajero que «algunos [enamorados], hallándose en honrosas y
lícitas conversaciones, han manifestado su pasión por el medio de alguna
23 76-lOY, 133.
24 t6-11F, 140 y 76-11K, 141.
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novela, mudando los nombre y dándose a entender del todo con cifras, con
alusiones y cosas así»25. Esto es lo que sucede en la correspondencia teresiana,
sobre todo -aunque no exclusivamente- en la que mantiene con Gerónimo
Gracián, donde las cifras afectan a instituciones y personas, nombres de rango
u oficio y antropónimos. U nas veces la iniciativa partía de la propia Santa,
otras de su corresponsal, el cual, en ocasiones, la desconcertaba cambiando las
claves sin previo acuerdo: «Avise vuestra paternidad dónde está -le advierte
Teresa-, no ande tonta cuando le quiero avisar algo, como lo estoy con las
cifras que vuestra paternidad muda sin haverme avisado dellas))26. Aunque hoy
por hoy resulte imposible determinar qué claves proceden de la inventiva de
nuestra escritora, y cuáles de sus corresponsales, es claro que la innata sagaci-
dad -tan femenina- de Teresa hubo de intervenir en la definitiva fijación de
todas ellas, rechazando lasque creía ineficaces por demasiado transparentes:
«Lo más apriesa que vuestra paternidad pudiere -escribe a Gracián-, envíe
esa carta al P. Salazar por vía del prior de Granada que se la dé a solas, y
encárguelo mucho; porque temo no me torne a escrivir por la Compañía a mí u
a alguna de estas hermanas, y sus cifras vienen bien claras»27.
En vista de ello, y pese a lo que algunos han dicho en contra
28
, nos parece
innegable que Teresa se sirve en estos casos de una estricta literatura cifrada,
utilizando, aunque de forma harto personal e intuitiva, los procedimientos
usuales de la criptografía de su tiemp029. No se trata, pues, de simples motes
afectivos o humorísticos, como el que las monjas de Sevilla impusieron a la M.
Maria del Espíritu Santo, a quien llamaban «Clarencia)) en vista de su
ingenuidad. Los nombres que vamos a estudiar han de considerarse, por el
contrario, como verdaderos «criptónimos)}, o, para .utilizar un término de
entonces, como auténticas «cifras». Esta es la palabra que, con entera
propiedad, emplean una y otra vez la escritora y sus corresponsales: «Quando
nos escribíamos la Madre Theresa y yo -afirma, por ejemplo, Gerónimo
Gracián-, por manera de cifra mudávamos los nombres)}30. Este vocablo se
25 Ed. cit., p. 168.
26 78-8C, 236.
27 78-2L, 214.
28 «En realidad no eran cifras, sino nombres convencionales», dicen Efrén-Steggink, loco
cit., p. 39; el P. Silverio -Epistolario, (1), Obras. VII (1922), p. 189, n. 2- propuso el
apelativo de «seudónimm> (palabra que Corominas sólo documenta a partir de h. 1760, en
Terreros), con notable impropiedad, al referirse este vocablo al «fiombre empleado por un
autor en vez del suyo verdadero» (DRAE); tampoco «apodo» (BAC, p. 39*) es término
aceptable, dado el sentido despectivo, vulgar y no hermético que encierra.
29 Criptografía: «Arte de escribir con clave secreta o de un modo enigmático» (DRAE);
«alteración convencional de la escritura, con el fin de que no pueda ser comprendida si no se
está en posesión de su clave»; F. Lázaro Carreter, Dice. de términos filológicos, Madrid,
Gredos, 1974
3
, S.V.
30 Peregrinación de Anastasio, Burgos, El Monte Carmelo, 1905, p. 307. El
es mío.
Los Criptónimos en el epistolario teresiano
565
toma en sentido técnico, tal como lo hace Covarrubias cuando define el
lenguaje cifrado como un conjunto de signos, números, letras cambiadas o
palabras convenidas para tratar enigmáticamente de un asunto. La cifra -pa-
labra que el famoso lexicógrafo hace derivar del griego «kryfios» (occultus)-
es para él <<una escritura enygmática, con caracteres peregrinos, o los nuestros
trocados unos por otros, en valor o en lugam
31
. Nada podría definir mejor este
conjunto de cartas teresianas, en las que unos cuantos vocablos herméticos
hacen posible la comunicación escrita sobre asuntos secretos en base a una
cla ve preestablecida.
4. La cifra como signo motivado
Estudiando ahora más de cerca los procedimientos de acuñación de
criptónimos en el epistolario teresiano, lo primero que nos sorprende es su
variedad y atipicidad, ya que, coincidiendo en parte con las normas habituales
en la época para el lenguaje cifrado, muestran también claras diferencias que
los acercan al terreno estrictamente literario. Como ya hemos señalado,
Covarrubias reducía tales procedimientos al empleo de «caracteres peregrinos,
o los nuestros trocados unos por otros, en valor o en lugam
32
• El arte de
escribir en clave -matiza en 1726, el Diccionario de Autoridades- se puede
llevar a la práctica «usando de charactéres inventados, ó trocando las letras,
eligiendo unas en lugar de otras: á que se suele añadir, quitar algúnas letras, y
suplir su falta con números ... También puede ser enlazando las letras, que
muchas veces son las primeras de los nombres y apellidos de las personas».
La criptografía usual se servía, pues, en síntesis, de grafemas inusitados, susti-
tuciones de letras por números -o incluso por otras letras- de acuerdo con
equivalencias preestablecidas, forja de siglas y anagramas. Todos estos
procedimientos tienen en común el carácter convencional de los signos sutituti-
vos, lo que. resulta, por otra parte, lógico en una literatura que se propone
dificultar todo lo posible la comprensibilidad autónoma de sus contenidos. Fiel
en lo esencial a estos procedimientos, las cifras del epistolario teresiano se
basan en técnicas de sustitución nominal de carácter hermético. Pero, de
acuerdo con el hondo temperamento artístico y literario de nuestra escritora,
tan lejano de la fría objetividad de los criptógrafos profesionales, sus procedi-
mientos de nomInación evitan lo ex¿lusivamente convencional y mecánico
-forja de caracteres nuevos, sustituciones de letras por números, siglas-, limi-
tándose, en lo puramente transpositivo, al popular anagrama, mientras añade
todo un corpus de cifras motivadas en imágenes y sentimientos subjetivos. He
31 Tesoro, s.v. «Cifra». De la importancia que estos procedimientos tuvieron en nuestro
Siglo de Oro nos da idea el propio Covarrubias, cuando añade que «tiene escrito un tratado
.de cifras, al qual remito lo que dellas se podía aquí dezir, porque hará volumen entero» (ib.).
32 s. v. «Cifra».
566 Cristóbal Cuevas García
aquí una nueva e insospechada muestra de lo emotivo y artístico del alma
teresiana, que sin darse cuenta y hasta contra su voluntaz, forja en ocasiones
unos criptónimos tan exactos y sugestivos que, más que para ocultar, parecen
hechos para definir a los mismos que los sustentan.
Las cifras del epistolario teresiano se forjan, pues, como condensación de
los juicios, imágenes y afectos que merecen a nuestra escritora instituciones y
personas, conformándose a manera de núcleos de complejos campos semánti-
cos, en los que lo connotativo predomina sobre lo denotativo. Por eso, a la
hora de estudiar un criptónimo para deducir su alcance, habrá que partir de la
determinación de qué ideas y emociones producía en la escritora la realidad
designada, para, coherentemente, entender por qué se le aplica la cifra en
cuestión, y quiénes podrán compartirla. Pongamos un ejemplo: si los que
tienen la misión de velar por los demás desde puestos de responsabilidad se
configuran en la sensibilidad teresiana como «ángeles custodios», el criptónimo
«Angeh>, constituido en núcleo de un campo semántico integrado esencialmente
por las notas de 'vigilancia', 'supervisión', 'guía', 'protección', etc., podrá
aplicarse a cuantos estén constituidos en autoridad: de hecho, los inquisidores
-sobre todo, el General-, los presidentes del Consejo de Castilla y demás
altos dignatarios, y hasta la propia reformadora. Lo mismo sucederá, como
iremos estudiando enseguida, con las cifras «aves nocturnas», «cigarras», «los
de Egipto», «Elías», etc. Y esta será también la explicación de que una misma
persona o institución pueda ser aludida por significantes crípticos distintos,
según la perspectiva desde la que sean contemplados: así, el P. Gerónimo
Gracián, a quien se llama «Paulo», y «Joanes», «Eliseo», «Cirilo» o «ese
Caballero». Lo que no podremos admitir, de acuerdo con este principio, es el
cambio de campo semántico para un mismo signo, ya que esto contradiría su
norma genética más esencial. Rechazamos, en consecuencia, en la carta 77-
l2B, 207, la hipótesis de los que afirman que el nombre de «Peralta» -que en
el epistolario teresiano nuclea un campo semántico efectivamente negativo-
pueda referirse a Jesucristo, pareciéndonos preferible -aunque no sin reser-
vas- la opinión del P. Silverio que ve en él una posible alusión al inquisidor
Gaspar de Quiroga. En todo caso, la persona del Tostado es la que, para
nosotros, se adapta mejor a estas exigencias.
5. Criptónimos anagramáticos
La única relativa excepciónq1,le encontramos a cuanto llevamos expuesto
es la que se refiere a los criptónimos anagramáticos. Se trata, por lo demás
-como ya hemos apuntado- del procedimiento menos empleado por la
escritora. Esel anagrama, según Rengifo, «una dicción o periodo, que resulta
de las mismas letras de algun nombre, o clausula diferentemente colocadas»33.
33 Arte poética española, Barcelona, en la impr. de M. A. Martí, 1759, p. 80.
Los Criptónimos en el epistolario teresiano
567
Pertenece, por consiguiente, a los que llamó Saussure «signos relativamente
motivados», es decir, aquellos que evocan el signo lingüístico que les ha servido
de punto de partida en la terminología de la época, en
contraposición al «anagramma» o punto de el cual aparece como su
referencia inmediata
34
• Así considerado, el anagrama es una variante, y no de
las más complicadas, de la agudeza verbal, lo que explica la importancia que le
dará el Conceptismo, pues, como decía Baltasar Gracián, el jesuita, «truécanse
las sílabas y letras para forjar una nueva y misteriosa significación en elogio o
en vituperio», resultando tanto más artístico cuanto más adecuadamente se
acomode a la realidad aludida
35
• Con su peculiar libertad frente a todo rigor
retórico, Teresa desdeña la meticulosidad del anagrama «puro», forjando
criptónimos de este tipo en base a las letras que basten a recordar el
«programma» del que derivan. «Bela», el popular anagrama de Isabel, le servirá
para designar a Isabel Dantisco, la hermana de Gracián (77 -1 E, 169), caso, por
lo demás, escásamente relevante a nuestro propósito, dada su carencia de
intenciones cripticas. Muy distinto es, en este aspecto, el caso de «Matusalén».
Para nosotros, este nombre se forjó en un principio como anagrama de
«Nicolás Ormaneto», con el que tiene en común ocho letras (siete, si utilizamos
como «programma» la forma «Nicolao»). Con el paso del tiempo, al asociarse
habitualmente en el epistolario teresiano el nombre del longevo personaje del
Génesis (V, 21-27) a la persona del nuncio, el criptónimo se convirtió en
designativo, no ya del individuo concreto, sino del officium, por lo que
también se llamará así a Felipe Sega. Esto explica la carta 76-11D, 138,
dirigida al P. Gracián, en que la Santa, previendo la muerte de Ormaneto, dice
a su corresponsal que pronto «havrá otro Matusalén». Se trata, pues, de un
simple desplazamiento significativo harto conocido en semántica.
6. Criptónimos negativos procedentes de la tradición de
bestiarios y fabularios
Lo normal,sin embargo, es que Teresa y sus corresponsales eludan las
cifras de predominante carácter arbitrario, prefiriendo las que se basan en
correspondencias más o menos objetivas. Para ello se sigue un procedimiento
siempre idéntico en lo esencial: se selecciona, de forma intuitiva, un rasgo
típico de la persona o institución que se quiere cifrar. Se le busca, no sin humor
en muchas ocasiones componente lúdica tiene un valor capital en estos
cubileteos un paralelo en la realidad exterior. Se sustituyen los
nombres, aceptada la convención. El campo semántico nuc1eado por el recién
acuñado criptónimo se va enriqueciendo progresivamente con armónicos de
raíz connotativa, sobre todo en sus aspectos imaginativo-afectivos, des-
34 Curso de lingüística general. Buenos Aires, Losada, 19552, pp. 219-222.
35 Agudeza y arte de ingenio, ed. de E. Correa Calderón, t. n, Madrid, Castalia, 1969,
p. 51.
568
Cristóbal Cuevas García
individualizándose al propio tiempo con relativa frecuencia. Por último, y en el
caso de que se haya convertido en designativo genérico, queda listo para
aplicarse a más de un individuo o institución. Pongamos un ejemplo
ilustrativo: en el fragor de las contiendas reformistas, los carmelitas calzados
debieron de aparecer ante la Santa y sus amigos como «solapados», «dolosos»,
«falsos en su aparente celo por el biem). ¿Dónde podrían encontrarse,
alegóricamente resumidas, estas características? U na larga tradición literaria y
folklórica las había visto en los «gatos». Esta palabra tenía en nuestro Siglo de
Oro un área semántica muy rica y matizada: «Díxose de la palabra catus
-observa Covarrubias-, que vale astuto, sagaz ... Es animal ligerísimo y
rapacísimo ... , y con ser tan casero jamás se domestica ... El es de calidad y
hechura del tigre, y los gatos monteses son fieros y muy dañinos; de un aruñoo
mordedura de un gato han muerto algunos ... Gatos llaman a los ladrones
rateros ... Cuentan que esta gata [la de Juan Hurtado], no pudiendo aver a las
manos los ratones, porque se acogían a sus agujeros, se tendió en medio de la
p i e ~ a adonde acudían, como muerta, y los ratones poco a poco, viendo que no
se me neava , perdieronle el miedo en tanta manera que saltavan sobre ella
jugando; y cuando vio la suya, con dientes y uñas hizo riza en ellos y los mató
todos ... Engatar, engañar con arrumacos como hace el gato con su dueñO)36.
Las notas que integran el campo semántico del vocablo no pueden ser más
claras: «astucia», «agresividad», «disimulo», «falso cariño», etc., sernas en que
lo connotativo tiene tanta o mayor importancia que lo denotativo. Si tenemos
ahora en cuenta lo que para Teresa y sus colaboradores en la tarea
reformadora representaban los calzados, se comprende la elección de esta
cifra
37
• Como también se comprende que más tarde, y por extensión, llegara a
aplicarse igualmente a los jesuitas, y a cuantos, por su forma de actuar o
comportarse, encajaban en el área sugerida por esa palabra
38
.
Basándose en esta misma técnica criptográfica, el epistolario teresiano va
acuñando otros nombres en clave, de connotación negativa, tomados en
préstamo a bestiarios y fabularios: «aves nocturnas», «cigarras», «cuervos»,
«lobos», etc. El primero se empleaba, como recuerda Gerónimo Gracián, para
designar a las carmelitas descalzas, y más en particular las de Paterna
39
. En
36 Tesoro, s.v. «gato, -ca».
37 La clave de esta cifra se halla autenticada por el testimonio explícito de G. Gracián:
«Gatos llamábamos algunas veces á los fraylescalzados»; Peregrinación. .. , ed. cit., p. 307.
38 El P. Silverio rechazaba la lectura «Cato» ofrecida por algún manuscrito: «Suponer
que en dicha palabra alude a Catón, es hacerla [a Teresa] resabida y erudita en un género de
erudición que no tuvo ni necesitó»; Obras, VIII, ed. cit., p. 214, n. 4. Sin embargo, es curioso
lo que acerca de esto dice Covarrubias: «De catusse llamaron Catones aquellos romanos,
dichos assí por la prudencia y sagacidad del primero que tuvo este nombre»; loco cit.
39 «También llamava [la Madre Theresa]. .. aves nocturnas á las monjas calzadas»; «O
válame Dios, con qué razón dize aquí la Madre que no te fiases ... de las aves nocturnas que
eran las calzadas de Paterna!»; G. Gracián, Peregrinación ...• ed. cit., p. 308. Sobre la
ascendencia literaria de· este sintagma, cf. A. Vilanova, Las fuentes y los temas del
Los Criptónimos en el epistolario teresiano 569
Plinio, X, 12, reciben este nombre las lechuzas, búhos, autillos y murciélagos,
de los que, en 1613, decía Francisco Vélez de Arciniega: «Tienen vota la vista
entre día ... ; son fúnebres, y muy malaguero en sus alas ... ; son de noche
monstruos, porque no cantan con canto suaue, o que resuene, sino con
gemido»40. Es el contexto que da origen a la «infame turba de nocturnas aves»
gongorina. Filippo Picinelli, en su admirable Mondo simbolico veía alego-
rizado en ellos el engaño -illvdil el delinel-, la charlatanería insustancial, la
sensualidad, el voluntario empecinamiento en el propio error -lvcem refvgit-
la ceguera ante los designios divinos, la envidia -divengo infermo al fa 19orar
del sole-, la mundanidad, etc.
41
. Se comprenden, pues, los motivos de su
aplicación a las calzadas, primero, y luego a la rama de varones no reformados
(cf., vgr., 76-11D, 138).
Algo parecido sucede con las «cigarras», cifra también peyorativa de las
mismas religiosas. Con más caridad que ingenuidad pretendió interpretar
positivamente el criptónimo el P. Antonio de S. José cuando escribía: «Habla
de las Religiosas de Sevilla, debaxo del nombre de zigarras, y vinoles nacida la
metafora: pues como esta Avecilla se a cantar, y alabar a su Criador
con los rigores del Sol, assi estas Religiosas lo hazian entre el incendio de sus
trabajos»42. Muy al contrario, el nombre de «cigarras» hay que insertarlo en la
tradición que inicia en el mundo latino la fábula 15 del L. III de Fedro, que las
presenta como perezosas, pertinaces e interesadas; «también es símbolo
-matiza Covarrubias- del hablador importuno y del maldiciente». Por eso
Ambrosio Calepino aplica su nombre a los locuaces y charlatanes, dado que
este insecto se deleita sobre todo con su propio cant0
43
• Nada podía, pues,
reflejar mejor que esta cifra el concepto que las calzadas merecían a la
reformadora, sobre todo tras las enojosas complicaciones de Paterna,
provocadas en buena parte por la insustancial falta de discreción de algunas de
ellas.
Muy ilustrativo es también el criptónimo «cuervos», aplicado a los
jesuitas, para revelar desde una perspectiva nada convencional la opinión que
estos padres merecieron a Teresa, al menos durante un período de su labor
«PolifenJo» de Góngora, Madrid, CSIC, 1957, t. 1, comentario al v. «Infame turba de
nocturnas aves»; C. C. Smith, «ün a couplet of the Polifemo», MLR, UlI (1958),
pp. 410-416.
40 Historia de los animales, Madrid, Impr. Real, 1613, p. 363.
41 Mondo simbolico formato d'imprese ... con sentenze, ed eruditioni Sacre, e Profane,
Milano, F. Vigone, MDCLXXX, pp. 160-161 (<<Barbagianni»), 168-169 (<<Civetta») y 203-204
(<<PipistrellQ» ).
42 Epistolario, ed. Foppens, cit., t. lI, p. 58, n. 3 c. Da el mismo texto, ligeramente
modificado, el P. Silverio, Obras, VII, p. 387, n. 1.
43 «Cicada vocaliar. Dici solitum in hominem impendia garru/um aut admadum
musicum: propterea qu'od hoc insectum rore dumtaxat viuens, cantu_ potissimum delec-
Mur (s.v.
570 Cristóbal Cuevas García
reformadora. Recordemos que nuestra escritora les da este nombre en carta a
Gerónimo Gracián escrita en Avila el 16 de febrero de 1578 (78-2L, 214), en
pleno caso Salazar, cuando el carteo entre el provincial P. Juan Suárez, el
rector de Avila P. Gonzalo Dávila y la propia Santa es más tenso y amargo.
Ello explica la alteración de ésta -«me desgustó tanto que quisiera
responderle peor de lo que le respondí»-, recogida inequívocamente en el
duro criptónimo. Evidentemente, éste podría tener una explicación simple y
obvia, basada en la coincidencia de colores entre el hábito de la Compañía yel
plumaje de los cuervos: «Ave conocida, y entre todas la más negra -la define
el Tesoro-, y tanto que para encarecer este color en otro sujeto, dezimos: Es
mas negro que el cuerbO». Pero recordemos la tradición recogida por Picinelli,
según la cual este animal es símbolo de quien hace daño aún a costa de su
propio sufrimiento, pues «mientras aferra a la serpiente, es mordido y matado
por su víctima -raptori noxia praeda sua; infausta lucra-». Por otra parte, en
el cuervo se cifra la industria solapada y falta de escrúpulos, que no duda en
alimentarse de carroña con tal de que nadie se dé cuenta -mihi cadavera
Ivxvs-. Vese, en fin, en él un trasunto del cobarde, que se ensaña en quien no
puede defenderse y retrocede ante el poderoso -procvl, si viveret-
44
• En este
criptónimo encierra, pues, Teresa el concepto que le merecieron algunos padres
de la Compañía durante el difícil conflicto provocado por Salazar, a quien, a
su juicio, se habría querido retener en el seno de la institución con engaño y
violencia, ensañándose con el débil. Por lo demás, este juicio debió de ser
pasajero, pues es notorio el alto concepto en que la reformadora tuvo a los
jesuitas a lo largo de toda su vida.
Notables peculiaridades presenta, a nuestro parecer, el caso de
«Ardapilla». La primera parte de esta palabra -«arda»-, como observa el
Diccionario de Autoridades, es el nombre de la ardilla: «Animaléjo conocído a
modo de una rata grande, o fuína pequeña ... El dia de oy se llama Ardilla mas
comunmente». La segunda -«pilla»- nos parece anagrama imperfecto de
Padilla, apellido del personaje real a que se refiere la cifra (el Lcdo. Juan Calvo
de Padilla). «El nombre castellano harda -decía Covarrubias-, quitada la
aspiración, puede venir del verbo arder, porque es ardiente, fogosa y presta, y
tan inquieta que nunca está queda; y assí la llaman por otro nombre pyrolos,
que vale tanto como fogosO»45. Se la consideraba símbolo de la habilidad
industriosa, de la destreza en la propia defensa, del trabajo muchas veces
baldío -labor irritvs omnis- (tal es la perspectiva desde la que la ve Iriarte en
su fábula XXXI, «La ardilla y el caballo»), de la sabiduría, en fin, terrena
46
.
«Tienen la costumbre -observaba con gracia Vélez de Arciniega- de algunos
hombres chiquitos, que se les sube presto el humo a hi chimenea, y se les passa
44. Mondo simbolico, ed. cit., pp. 173-174.
45 Tesoro, S.Y. «Harda».
46 Picinelli, op. cit., pp. 299-300: «Scoiattolm), «Schirattm).
Los Criptónimos en el epistolario teresiano
571
de presto el enojo como la tienen tan baxa: porque quando las cacan, se
muestran muy iracundas, y no han estado dos horas en casa quando (si las dan
de comer principalmente) se domesticam)47. En este curioso' criptónimo,
acuñado por un procedimiento mixto de anagrama y nominación, ha
bosquejado, pues, Teresa el perfil espiritual de un hombre como Padilla, celoso
sacerdQte, activo y emprendedor, hábil negociador de los asuntos de la
reforma, de buen fondo, aunque un poco atolondrado e irreflexivo. «Yo no sé
-escribe en cierta ocasión la sagaz carmelita- cómo fue este desatino, y creo
que si estuviera por acá Ardapilla, en estas cosas se hubieran hecho mayores»48.
Su etopeya queda magistralmente caricaturizada en esa sola palabra, que
eterniza su silueta moral como una moneda de oro.
7. Criptónimos elativos procedentes de las mismas fuentes
Dos criptónimos animales sirven también, pero ahora desde una
perspectiva exaltadora, para designar a los frailes y monjas de la reforma. El
matiz que los distingue es de cautivadora gracia y delicadeza: a los primeros se
les llama «águilas», ya las segundas «mariposas». El águila, en la literatura y en
la tradición folklórica, se distingue por su capacidad de mirar al sol de hito en
hito sin sentir molestia alguna. Se presenta como enemiga natural de serpientes
y dragones, alegorías tradicionales, a su vez, del demonio. Desafía al rayo, es
imagen de eterna juventud, y personifica al hombre generoso que, acosado por
todas partes, no se deja abatir por las acometidas de la gente vil. «El águila que
lleva a Ganímedes por los ayres -observaba Covarrubias-, significa la
contemplación de las cosas celestiales, de la qual, arrebatada el alma, sube a
considerar los divinos misterios con inefable gusto». Por eso se llama a S. Juan
Evangelista «el Aguila de Patmos», asignándosele como emblema precisamente
esta ave. Picinelli resume la tradición simbólica del águila relacionándola con
el justo probado por el sufrimiento, la presencia de Dios, la intrepidez del
devoto contemplativo que «dedicado con vivo afecto a meditar las glorias y
grandezas divinas, cada día se encuentra más arrebatado por los clarísimos
resplandores de Dios», la inteligencia perspicaz, el alma noble, la unión de fe y
obras, el llanto penitente, la prudencia ponderada, etc. «La generosidad del
águila -subraya el autor del Mondo simbolico- no la deja bajarse a la
captura de cosas viles y rastreras ... Non parva ferit, lo que es cifra de los
bienaventurados, que no se preocupan de los bienes de la tierra, elevados como
están a sólo la fruición de Dios. Por eso dice Cornelio a Lapide en su
comentario al cap. 40, v. 31 de Isaías: Aquila non captat muscas: Beati non
curant res terrenas et viles»49. En ella se simboliza, en fin, la providencia divina,
47 Historia de los animales, ed. cit., pp. 132-133.
48 78-IOK, 251; en esta misma carta, la Santa le contrapone a D. Antonio Mauricio
Pazos y Figueroa, a quien designa, a su vez, con el criptónimo de «El Pausado».
49 Op. cit., pp. 146-159; véase también Covarrubias, Tesoro, s.v. «Aguila»; y Vélez de
Arciniega, op. cit., pp. 235-246.
572
Cristóbal Cuevas Carda
que vela por los hombres y los protege de todo peligro: «Parece -escribía en
1639 el P. Ignacio Coutiño- que habla el Redentor del mundo con los
hombres, y les dize: Yo os lleue como sobre alas de Aguila, y quise que las
saetas del rigor de mi Padre, tiradas por manos de hombres crueles, me
atrauessassen el pecho, pies, y manos, para que quedasseys libres, no en la
libertad del Egipto verdadero, sino en la libertad del cautiuerio del pecadQ»5o.
En cuanto a las «mariposas», poético criptónimo de las carmelitas
descalzas, «son -como dice Covarrubias- unos animalitos que ·se cuentan
entre los gusanitos alados, el más imbécil ("débil", por cultismo semántico) de
todos los que puede aver». Aunque se suela simbolizar en ellas al amante
imprudente y mundano, Teresa parece haberlas visto tan sólo desde
perspectivas positivas, como trasunto del enamorado sin doblez, del alma
incendiada en afectos -patitvr dum frvitur-, del amante a lo divino que, al
tiempo que se enciende en amor de Dios, muere a todo afecto terreno. Picinelli
destaca un rasgo que las relaciona con la emblemática del águila: «Como
símb<;>lo de un alma en estado de purgación, que se somete a la tortura de las
llamas para llegar desde ellas a los gozos de la bienaventuranza sirve la
mariposa junto al fuego: vt potiar patior ... Se ajusta igualmente esta empresa al
alma contemplativa, que, llena de ansiedad, se acerca y da vueltas en torno al
Redentor, el cual, como antorcha de amor encendida en el candelero de la cruz,
arde para subyugar y llenar de felicidad aquella alma»51. Todo ello se completa
con las obvias connotaciones tradicionales de «belleza», «agilidad», «limpieza»
y «ligereza» típicas de la mariposa literaria, que apenas toca el suelo en que se
posa.
En los criptónimos que definen místicamente a los miembros de la
reforma hay, pues, una profundidad insospechada. No se trata de simples
apelativos, sino de nombres definitorios en los que late toda una visión, a la vez
conceptual, emotiva y estética, de lo que deben ser los nuevos carmelitas a
juicio de la reformadora: ellos, águilas, y ellas mariposas. Con todo lo que esto
implica.
8. Criptónimos forjados por transferencia de nombres históricos
Muy frecuente en el epistolario teresiano es la acuñación de cifras basadas
en la transferencia de nombres históricos a personajes actuales. El motivo
justificante se halla en una comunidad de rasgos definitorios que fundamenta
su equivalencia. Así se forjan algunas de las claves más importantes y
frecuentes. Recuérdese, ante todo, el nombre de «Eliseo», aplicado en un
primer momento a Gerónimo Gracián, por motivos, al parecer, puramente
50 Promptvario Espiritval ... , Barcelona, P. Lacavalleria, 1639, p. 35.
51 Op. cit., pp. 390-392.
Los Criptónimos en el epistolario teresiano 573
externos y humorísticos: como el célebre profeta, el incansable colaborador de
Teresa era calvo. Esa es, al menos, la explicación que da Andrés Mármol: «Era
de gran cabeza y calvo, por lo cual le llamaba Sta. Teresa mi Elíseo»52. Causas
más profundas, sin embargo, hubieron de influir en la elección de esta cifra.
Repasando el libro IV de los Reyes donde se traza la biografía de Eliseo, vemos
que en 11, 9-10 se dice que el cielo le otorgó recibir duplicado el espíritu de
Elías. Al ser considerado éste como el fundador primitivo de la Orden
53
. Teresa
quiso, sin duda, significar con este nombre cuán auténticamente había
entendido el espíritu del Carmelo su entrañable colaborador. Por lo demás, el
activo papel que juega el profeta Eliseo en la vida del pueblo elegido, su
generosidad, su condición de portavoz de Yahwé, así como su condición de
cabeza de las agrupaciones de Hijos de los Profetas, coinciden también con el
papel jugado por Gracián en la reforma carmelitana. Tal vez por ello, el propio
fray Gerónimo sintió predilección por este alias, adoptándolo como alter ego
en algunos de sus tratados: Diálogo de un Pastor y una Pastora sobre el
gobierno de cierto ganado, en el que juegan y figuran como interlocutores
Angela y Elíseo, Diálogos sobre las persecuciones de Elíseo, Del suceso de la
vida de Elíseo y de su vocación, etc.
Parecidos motivos hubo de tener el, criptónimo «loanes», aplicado
igualmente al autor de la Peregrinación de Anastasia, pues como -apoyán-
dose, sin duda, en la profecía del ángel a Zacarías de Le, 1, 17-, decía
S. Cipriano (Epist. LXXII), el Bautista era, por antonomasia, «aquel que vino
adornado del espíritu y virtud de Elías»54. En cuanto al nombre de «Paulo»,
Teresa hubo de imponérselo a su fiel colaborador en memoria del Apóstol de
las Gentes, como parece insinuarlo incluso la grafía latinizante con -U_
55
.
Tal es la temprana explicación ofrecida por el Vble. Juan de Palafox cuando
escribía: «Entiendo que llama Pablo al Padre Gracián: y no me admiro,
siguiendo, y imitando (según el espíritu que Dios le comunicó en su santo
exercicio) al Apostol de las Gentes»56. A ello hubo de contribuir, por otra
parte, no sólo el celo, valentía y solidez doctrinal de Gracián, sino muy
52 A. Mármol, Excelencias, vida y trabajos del p, Fray Gerónimo Gracián, Valladolid,
por F .. Fernández de Córdoba, M,DC.XIX, fol. 122 v, Confirma lo dicho el retrato que le
hizo Cristóbal Gómez, y que se conserva en el convento de Descalzas de Sevilla. Respecto del
profeta, el dato de su calvicie se halla en IV Reg, 11, 23,
53 Cf. A. Miraevs, Originvm monasticarvm Libri IV, Coloniae Agrippinae, sumpt.
B. Gvalteri, M.DC.xX, p. 261-267 (se apoya principalmente en Juan de Jesús María);
también, A de VilIegas, Flos sanctorum y Historia General, Barcelona, T. Piferrer, 1775,
pp, 392-393,
54 Apud G. López Madera, Excellencias de San [van Baptista, Toledo, B. de Guzmán,
1617, fol.I73 r-v.
55 También esta cifra se halla autenticada explícitamente por Gracián: «Llamava la
Madre Theresa Paulo á Anastasio»; «Aquí [la Madre Theresa]. .. Pablo llama á Anastasio»;
Peregrinación ... , ed, cit., pp. 308 y 310. .
56 Cartas, ed, Foppens, cit., t. 1, p. 93, n, 6,
574 Cristóbal Cuevas García
particularmente su condición de gran predicador, que tanto entusiasmaba a
Teresa y que ella destacaba con frecuencia. Por motivos semejantes hubieron
de foIjarse los criptónimos «David», aplicado a un desconocido, y «Elías»,
posiblemente cifra del suprior de Sevilla P. Juan Evangelista, persona de gran
virtud y observancia, a no ser que -aunque resulte menos probable- se aluda
al Padre Ambrosio Mariano o al propio Elías de S. Martín.
Matices distintos presentaría, a nuestro juicio, el caso de «Melquisedec»,
irónica cifra del P. Angel de Salazar, con la que se zaheriría lo autoritario y
encumbrado del provincial de los calzados -que tanto dio que hacer a
Teresa-, al identificarlo con el rey y sacerdote del Génesis (XIV, 18-20),
personaje a quien la exégesis de la época, e incluso las colecciones
hagiográficas, presentaban como misterioso, inaccesible y sin linaje
57

En técnicas de transferencia onomástica se basan igualmente las cifras
procedentes de la Patrística, del primitivo Martirologio, o de la historia
profana, como «Cirilo», «Macario», «Clemente», «Lorencia» o «Séneca».
Según el P. Ribadeneyra, «Tritemio llama a San Cyrilo Ornamento, y morador
del Monte Carmelo; y dize, que hizo en el vida eremitica, y santissima, antes
que fuesse Patriarca; y los Padres de el Carmen en sus Historias también le
hazen de su Orden, y el fue varon tan eminente, que qualquiera Religion se
puede gloriar con 'e1»58. No es extraño, por tanto, que Teresa se sirva de su
nombre para designar en ocasiones a Gracián, cuyos criptónimos convenía
diversificar al máximo por razones de seguridad obvias. En cuanto a
«Macario», cifra indistinta de Antonio y Baltasar de Jesús, puede referirse
tanto al Egipcio como al Alejandrino -quizá más al primero, teniendo en
cuenta que uno de sus milagros más conocidos lo hizo recordando a Giezi, el
criado de Eliseo-
59
• Por lo que hace a «Clemente», cifra del P. Elías de
S. Martín, aparte posibles razones de _paralelismo con el Romano o el
Alejandrino, debieron de intervenir también motivos etimológicos, habida
cuenta del trueque que experimentó el nativo carácter colérico y pendenciero
de este Padre en evangélica mansedumbre a raíz de su entrada en la Orden
60

En cuanto a «Lorenza» o «Laurencia», nombre que, como atestigua el
57 Cf., vgr., «La vida de Melchisedec, Rey, y Sacerdote», del Lcdo. A. de Villegas, ed.
cit., pp. 183-185.
58 Flos Sanctorum, Primera Parte, Madrid, Impr. Real, 1716, p. 390 (la vida ocupa las
pp. 384-390).
59 lb., p. 41.
60 «En este convento de Altamira tomó el hábito para frayle lego el P. Ellas de San
Martín ... Y es cosa maravillosa, que con ser antes de frayle tan ynquieto, colérico y
acuchillador (que le acaesCÍa por solo tener ocasión de reñir y acuchillarse, yr á dejarretar el
toro qué corrían en otros pueblos) después que tomó el hábito, entre otras muchas virtudes
que tiene es una admirable mansedumbre»; G. Gracián, Peregrinación ... , ed. cit., p. 200. Una
razón parecida habría qúe buscar para el criptónimo «Doña Clemencia», con que se designa
a Constanza del Río.
Los Criptónimos en el epistolario teresiano 575
P. Gracián
6
1, oculta a la propia reformadora, se basa sin duda en el recuerdo del
mártir S. Lorenzo, cuyos sufrimientos en la parrilla equivaldrían a los que ella
hubo de soportar día a día en Sus trabajos y luchas. .
Atención aparte merece «Séneca)), nombre que aparece en carta de
mediados de octubre de 1575 (75-lOK, 88) Y que tiene más de cariñoso alias que
de criptónimo. Lo incluimos aquí por haberse elaborado también en base a
estas técnicas, recordando el porte grave y mesurado de S. Juan de la Cruz, así
como lo severo y ascético de su vida y lo puro de su doctrina, que le daban un
cierto aspecto de filósofo estoico a lo divino, a la manera del gran moralista
cordobés.
9. Nominaciones derivadas de la función u oficio
Muy distintas son las nominaciones basadas en la función u oficio que
desempeñan ciertos personajes. Quizá el mejor empleo haya que buscarlo en
las que utilizan el lexema «ángeb) y sus derivados, a que ya nos hemos referido
antes de pasada. Es éste un vocablo que, como señalaba S. Gregario Magno,
no hace referencia a la naturaleza sino al oficio. Los que lo detentan son
siempre espíritus, pero sólo pueden denominarse con propiedad «ángeles))
mientras llevan a cabo las misiones que les son propias: guiar, dar fuerzas,
castigar o premiar, asistir al que lucha, etc. Pese al sentido etimológico
originario de «enviad m) o «mensajerQ)), la tradición cristiana fue incluyendo
progresivamente en el campo semántico de ángel las notas de «vigilante)),
«guardiám), y ello en gracia a la función de «custodios)) que les asignan los
teólogos. Así, Sto. Tomás de Aquino, en la Suma Teológica (1, q. CXIlI, a. 1-
8), explica cómo los ángeles, en diverso grado según sus diversos órdenes,
guardan sin interrupción a cada hombre, y ello desde el inicio de su existencia,
doliéndose en alguna manera de su ruina. De aquí surgió la tradición de llamar
«ángeles)) a cuantos tienen la misión de velar por los demás -príncipes,
pontífices, superiores, padres ... -. «Bueno es que el Rey sea Angeb), decía
Quevedo
62
. Para Andrés Ferrer de Valdecebro, los ángeles de Ezequiel son
misteriosa cifra de los príncipes
63
• Los prelados, según Juan Clavería, no han
de gobernar como déspotas, sino comoángeles
64
. En consecuencia, la conocida
doctrina formulada en 1668 por el P. Alonso Rodríguez de que «Dios nos
quiso, y estimo tanto, que dio a cada uno un Angel por ayO))65, conduciría
irremisiblemente a elevar a éstos a la categoría de aquellos.
61 «Aquí se llama la Madre Theresa Lorenza ... »; Peregrinación ... , ed. cit., p. 309.
62 Política de Dios, ed. de J. O. Crosby, Madrid, Castalia, 1966, p. 109.
63 El cetro con ojos, Madrid, R. Rico de Miranda, 1682, pp. 10-11.
64 Elección de J. de Lanaja y Quartanet, 1629, fol. 40 v.
65 Exercicio deperfeccion y virtudes christianas, Barcelona, J. Piferrer, y P. Campins,
1740, p. 360.
576 Cristóbal Cuevas García
De acuerdo con tales ideas, el epistolario teresiano utiliza el serna «ángel»
como criptónimo para designar a los que velan por el bien y la seguridad
comunes. Así, ya en las notas a la edición de Foppens, al aventurarme la
hipótesis de que la cifra «Angel Mayom pudiera aludir a Felipe 11, se añade: «y
si fue el Rey, tuvo mucha razon en llamarlo Angel, no solo porque los Reyes
son Angeles de sus Reynos (como dize san Gregorio, lib. 4 Moral, cap. 31) sino
porque su Magestad fue el Angel de Guarda de nuestra Reforma»66. Esto
llevará a designar herméticamente con el mismo vocablo a los inquisidores,
asumiendo una tradición iniciada y mantenida por los miembros del Santo
Oficio;que se autoproc1amaban «ángeles» interpretando en este sentido textos
como Mt. XIII, 41 Y 4, Hebr. 1, 7, y los apocalípticos que les atribuyen una
función discriminatoria y punitiva en la era escatológica e l propio inquisidor
Torreblanca creía ver la base escriturística que justificaba la existencia de la
Inquisición en un texto angelológico de Ezequiel (XXVIII, 14)-: «Tú, Cherubin
extendido, y que cubre, yo te puse en el monte santo de Dios, en medio de
piedras encendidas anduviste». (Vulgata, trad. de F. Scío). Por' un mecanismo
elativo normal, «Angel Mayor» se convertirá en el criptónimo del Inquisidor
General, y, alternativamente, en el de los Presidentes del Consejo de Castilla.
Por fin, la palabra «Angela» será cifra de la propia reformadora -tal es el alias
que le da, como hemos visto, el P. Gracián en uno de sus diálogos-, en
atención al cargo en que está de velar por la seguridad de sus religiosas siendo,
en cierto modo, su mentora y guardiana
67
.
10. Tipos y antitipos bíblicos
Especial interés tiene el criptónimo «loseph», aparentemente tan inexpli-
cable. Pese a la interpretación temprana y auténtica del P. Gracián, que dice:
«Llamava la Madre Theiesa (hablando en la misma cifra) ... Joseph á Nuestro
Señor Jesu Cristo, quando la dezía algo en revelacióm)68, lo corriente del
nombre y la falta de nexos externos con el de Cristo indujo desde el principio a
errores de interpretación. Así se explica que, para el Vble. Juan de Palafox, la
misteriosa cifra aluda a la M. María de S. J osé
69
. Y el caso es que la elección de
ese nombre no puede estar mejor justificada si nos damos cuenta de que con él
se alude al José del Antiguo Testamento, tal como se nos presenta en el
Génesis, caps. XXX-Lo Predilecto de su padre, odiado y perseguido a muerte
por sus hermanos, echado en una cisterna, vendido por dinero, vencedor
66 Op. cit., p. 53, n. 4.
67 Esclarece la cifra auténticamente el P. Gracián: «Aquí se llama la Madre Theresa de
Jesús Angela»; Peregrinación ... , ed. cit., p. 310. Otros criptónimos, formados según estos
mismos métodos, son los de «Maestro de Ceremonias» (Jerónimo de Aranda) y
«Mayordomo» (María de S. José, priora de Sevilla).
68 Peregrinación ... , ed. cit., p. 308; también lo hace en p. 310.
69 Cartas, ed. Foppens, cit., t. 1, p. 95, n. 16.
Los Criptónimos en el epistolario teresiano 577
heroico de la tentación, encarcelado durante tres años, exaltado luego en
premio a su justicia, objeto de amor y veneración en la anagnórisis final, la
tradición cristiana había hecho de él uno de los «tipos» fundamentales de la
figura de Cristo. En 1582, fray Luis de Granada, tan amado y admirado por
Teresa, en la Introducción del símbolo de la fe (P. In, tr. I1, cap. XXVII,&
VI), al hablar «De las figuras que en los tiempos antiguos representaron la
venida y el misterio de Cristo», dedica todo un apartado a dicho patriarca
como figura del Redentor. En 1616, Cornelio a Lapide recoge, sistematiza y
amplía esta doctrina en sus Comentarios al Pentateuco: «José -escribe el gran
exégeta-, que sirvió trece años y dominó ochenta, fue tipo de Cristo que
padeció y resucitó. Alegóricamente, según S. Ambrosio (libr. de Ioseph, cap.
2), al haber sido enviado por su padre a sus hermanos que apacentaban ovejas,
significa a Cristo enviado por su Padre en carne mortal para salvar a los
hombres, y sobre todo a los judíos, como hermanos propios. Igualmente se
muestra como tipo de Cristo al no haber podido librarse de la cisterna, al ser·
vendido como esclavo por veinte monedas, al ser luego exaltado como príncipe
de todo Egipto, al manifestarse a sus hermanos lleno de majestad. En fin,
alegóricamente, José es Cristo, a quien bendicen y adoran cielos e infiernos,
todos los ángeles y santos en el paraíso, los padres en el limbo, todos los fieles
en la tierra. Alegóricamente, José es Cristo, entregado, pese a su inocencia, por
Judas y los judíos a la muerte, y librado por Dios Padre, que le constituyó en
cabeza de los aherrojados y en dominador del infierno»70.
«No faltaba -resume fray Luis de Granada- mas para el cumplimiento y
perfeccion de esta figura, sino la conveniencia del nombre de Josef con el de
Cristo, y tampoco esa faltó; porque el rey Faraón, visto que por su providencia
se remedió el mundo para que no pereciesen las gentes de hambre, púsole por
nombre en su lengua Salvador del mundo. Lo cual ya se ve cuán al proprio
pertenece á Cristo nuestro único Salvador y reparadom
71
. Si a esto añadimos la
devoción extraordinaria que tuvo Teresa por el otro José, el esposo de María,
de quien fue también tipo el patriarca veterotestamentario -«por su castidad
(dice el propio Cornelio a Lapide), inocencia, paciencia y gracia fue un
preanuncio de José, esposo de la Virgem>-72, acabaremos de entender en toda
su profundidad la elección de este criptónimo. Por lo demás, al poner la Santa
en boca de «1oseph», nombre tan corriente y aséptico, los consejos y
revelaciones que recibía de lo alto, los lectores ignorantes de la clave pensarían
sin duda en algún sacerdote amigo, tal vez un confesor -no se olvide que en
diversas ocasiones (79-4T, 271; 79-6B, 276, etc.), se antepone a la cifra la
70 Commentaria in Pentatevchvm Mosis, [1616], Antverpiae, apud Martinvm Nvtivm,
M.DC.LXI, pp. 268,270,271,282,288,300 Y 326 respectivamente. (La traducción es mía).
71 Introducción ... , en Obras del V. P. M. Fray Luis de Granada, t. 1, Madrid, BAE (t.
VI), 1944, p. 449.
72 Commentaria ... , ed. cit., p. 282.
578 Cristóbal Cuevas García
palabra «Padre»-, con lo que ello suponía de seguridad frente a malévolas
interpretaciones.
11. Criptónimos de origen lúdico y humorístico
No siempre, sin embargo, tienen las cifras del epistolario teresiano
motivación tan trascendente. Hay en ellas con frecuencia -ya lo hemos
dicho- un componente lúdico que tiñe de humor a criptónimos como
«Ardapilla», «aves nocturnas», «cigarras», «el Pausadm), etc., nombres en que
la burla se mezcla con la confianza y la ternura en proporciones muy diversas.
Pero hay veces en que la figuración burlesca se convierte en basepreponde-
rante, o hasta exclusiva, de ciertas cifras, que se sitúan ya en las fronteras de los
términos hipocorísticos y del apodo. Dado su tem'peramento alegre y
expansivo, Teresa era muy aficionada a motejar en broma a personas de su
confianza: recordemos, dentro del mismo epistolario, los casos, entre otros, de
«la Gordilla», «mi Sabandijita», «mi Senequita», etc. Pero hay ocasiones en que
estos nombres alcanzan la categoría de auténticos criptónimos: así, es posible
que el «Carrillo» que oculta al jesuita P. Gaspar de Salazar, a quien nuestra
escritora apreció tanto por sus aparentes -a ella se le antojaban claros y
nobles- deseos de entrar en el Carmelo reformado, proceda de la antro-
ponimia pastoril rústica, siendo variante de «Carillo», como propone el Tesoro
de Covarrubias. En ese caso, el designar al grave jesuita con semejante alias,
aparte desconcertar a posibles enemigos en tan delicado negocio, no dejaría de
tener un delicioso matiz burlesco.
Más claro es el caso de «Perucho», criptónimo del P. Alonso Valdemoro,
religioso que tanto dio que sufrir a la reformadora con sus persecuciones reales
y sus dudosos deseos de acercamiento en momentos concretos. Efrén-Steggink
apuntan la posibilidad de que la cifra aludiera a un posible significado de
«glotóm)73. No creo se trate de eso, ya que en ninguna parte se dice que
Valdemoro anduviera aquejado de esa debilidad. Pienso más bien en un
derivado despectivo de «Pero», que encerraría la connotación de «veleidoso»,
«insustancial», «falto de peso», notas todas que encajan bien con el concepto
que parece tuvo la reformadora acerca de este personaje.
En cuanto a «Patillas», es apelativo popular y folklórico del demonio: «Sin
duda -explica el Diccionario de Autoridades- porque comunmente le pintan
con unos pies o patas mui disformes y feas». Es curioso que también
S. Francisco de Borja, como atestigua el cardo Alvaro de Cienfuegos, designara
a Satanás con mote tan despectivo: «[Lo] llamaba siempre Patillas por más
despreciü»74. Estamos, pues, en presencia de una nOjllinación burlesca que,
pese a la opinión de algunos, no tiene el carácter de cifra.
73 Obras, I1I, BAC, ed. cit., p. 249.
74 La heroyca vida, virtudes y milagros del grande S. Francisco de Barja ... , [1702],
Madrid, J. García Infanzón, 1717, lib. VII, cap. 3; apud Dice. Aut.
Los Criptónimos en el epistolario teresiano
579
12. Conclusión
Las repercusiones literarias y estilísticas que el empleo de este recurso
tiene en el epistolario teresiano, sobre todo en las cartas a Gracián, son muy
varias. Cuando, como en el caso de «Joseph», «Angela», «Elías» o «Macario»,
se utiliza un antropónimo usual, el fenómeno pasa desapercibido, confor-
mándose el párrafo que lo incluye como uno más dentro del decurso de la
epístola. Cuando aparecen nombres biblícos extraños, como «Matusalén» o
«Melquisedec», se adivina un algo de misterio que hace reflexionar -hablo
siempre desde la perspectiva de un lector desprevenido e ingenuo-o La
llamada de alerta se hace más intensa en los nombres de oficio, como «el
Angel», «el Angel Mayor», «los de Egipto». Por último, en el caso de
nominaciones basadas en la tradición de los bestiarios y fabularios, lo extraño.
de las expresiones -«aquella priora, aunque es amiga de los gatos tiene
muchas virtudes», «el Angel Mayor está muy contento de tener sobrina entre
las mariposas», «Pe rucho ... tiene un hermano que le han echado las aves
nocturnas ... , que quiere esté entre las águilas»- nos hace pensar si no se
divertiría la escritora imaginando las cavilaciones que provocarían aquellas
cartas desconcertantes en sus aviesos émulos.
En todo caso, y desde el punto de vista estrictamente estilístico, estos
vocablos ponen siempre en las epístolas teresianas un sello de hermetismo que
llega a su culminación al combinarse con referencias deliberadamente vagas a
hechos o asuntos concretos: «Respondía a Paulo sobre aquello de las lenguas»,
dice, por ejemplo, Teresa a Gracián en noviembre de 1576; sólo la explicación
posterior y auténtica de éste nos permitirá entender el sentido que oculta tan
impenetrable demostrativ0
75
• El hermetismo se alía con la confusión, buscada
a propósito, en los casos de desdoblamiento de personalidad, en cuya virtud
nuestra escritora habla al destinatario desde la fictiva personalidad del nombre
en cifra, emitiendo opiniones propias por boca aparentemente ajena. Entonces
se convierte la carta en un documento enteramente cerrado en sí mismo, no
pudiendo penetrar su sentido más que el que se halle en posesión de la
«clave»/ «llave».
Observemos, por último, que, frente a lo que es práctica común en el
lenguaje cifrado profesional de la época, los criptónimos del epistolario
teresiano son siempre nombres significativos. Sus motivaciones recorren un
amplio espectro: desde lo exegético a lo histórico, desde lo emotivo-personal a
lo folklórico-literario. Con frecuencia se guarda en su elaboración un cierto
«decoro poético», distribuyéndose las cifras de acuerdo con la importancia y el
carácter de los personajes designados. En muchos casos, el criptónimo se .
aproxima curiosamente, desde su vertiente genética, a los signos típicos de la
literatura emblemática, presentándose profundamente permeados de uria
75 Peregrinación .. , ed. cit., p. 308.
580
Cristóbal Cuevas García
concepción del mundo alegórica, y hasta simbólica. Es preciso, sin embargo,
subrayar que la esencia de este recurso, lo que lo distingue, por una parte, de
las empresas, jeroglíficos y similares, y por otra de los apodos y motes de
origen familiar y humorístico-afectivo, radica en su carácter conscientemente
cerrado y hermético, en su propósito de ocultar definitivamente a la
comprensión de los no iniciados una realidad secreta. A nadie, ni para nunca,
se promete la solución del enigma. Sólo al que previamente esté en posesión de
la clave quedará patente el misterio. Por eso, estas cartas configuran un tipo de
literatura absolutamente específico dentro de la obra de Teresa de Jesús, algo
que, por su génesis y sus propósitos, se coloca al margen del resto de sus
escritos, y que hay que investigar desde perspectivas inusuales y con métodos
propios.
Actas del Congreso Internacional Teresiano,
II, 1983. pp. 557-580