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Arguments - Jesucristo

Extraído de Mateo Seco, Lucas F. y Domingo, Francisco. Cristología. Instituto Superior de Ciencias Religiosas. Universidad de Navarra, 2004.

El testimonio bíblico sobre Cristo 1. EL SALVADOR ESPERADO
Todo el Antiguo Testamento está orientado hacia Cristo como una gran espera y una gran profecía. Es lo que preguntan a Jesús los discípulos de Juan: ¿Eres tú el que ha de venir, o esperamos a otro? (Mt 11, 3). Comenzamos por el relato del libro del Génesis, en torno al pecado del hombre y el anuncio del Salvador, para continuar destacando algunos de los hitos más importantes en los que el Antiguo Testamento delinea la figura del Mesías esperado.

aceptación o el rechazo de Dios por parte del hombre. Dios se revela actuando. Su palabra es omnipotente y creadora. Esta efectividad de la revelación divina viene acompañada por otro rasgo esencial: Dios no es un ser caprichoso y arbitrario, sino que es Alguien de quien uno puede fiarse siempre. Él es el eternamente fiel.

Principales profecías mesiánicas
Israel, desde su elección como pueblo elegido, vive en la esperanza de que Dios enviará un Salvador. Esta esperanza es alimentada con las profecías mesiánicas. Cuando decimos que Jesús de Nazaret es el Cristo, estamos diciendo que es el Mesías esperado por los judíos y anunciado en las profecías. El mismo Jesús remite a las profecías, pues “ellas dan testimonio de Él”. También en la predicación apostólica se recurre a las profecías como testimonio importantísimo sobre Jesús. Entre las profecías mesiánicas destacan las contenidas en los Salmos, en el profeta Isaías, en el profeta Daniel y en los Cantos del Siervo de Yahvé

Los relatos de Génesis en torno al pecado del hombre y la promesa del Redentor
El capítulo 3 del Génesis contiene una narración poética de la caída del hombre. Había un mandato de Dios que el hombre debía observar libremente, como signo y manifestación de su dependencia del Creador. Tras este primer pecado , Dios no abandonó a los hombres, sino que inmediatamente prometió un Redentor.

La Alianza y la espera del Mesías
Si en la Biblia se habla de la creación, no es por hacer ciencia sobre el origen del mundo, sino por la relación que tiene con la Alianza que Dios establece con su pueblo. Desde las primeras páginas de la Biblia aparece clara la dimensión religiosa de la historia que se narra en ella: lo principal de esta historia es la

2. LA VENIDA DE CRISTO EN LA PLENITUD DE LOS TIEMPOS
Todo el evangelio está centrado en la confesión de que Jesús de Nazaret es el Cristo e Hijo de Dios (cf. Mt 16, 16). Se trata de un anuncio gozoso en el que resuenan las palabras del ángel a los pastores en la noche de Navidad: “Vengo a anunciaros una gran alegría, que lo será para todo el pueblo: hoy os ha nacido en la ciudad de David, el Salvador, que es el Cristo, el Señor” (Lc 2, 10-11)

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Jesús mismo dio testimonio en forma explícita e implícita de que Él es el Mesías y el Salvador. También los discípulos dan un testimonio convergente de su divinidad al confesarle como Cristo y Señor no sólo con su palabra, sino sobre todo con su martirio

Getsemaní es prueba de sus dudas y de su depresión, etc. Este modo de leer los evangelios no es compatible con el testimonio que Jesús da de sí mismo en múltiples ocasiones, ni tampoco con el testimonio de sus discípulos y de otras personas.

El testimonio apostólico
Jesús es denominado Mesías por los primeros discípulos. Por ejemplo: • Mt 16, 16: “Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo”. Es la confesión de Pedro en Cesarea de Filipo. Jn 1, 41: “Hemos encontrado al Mesías”, son las palabras de Andrés a Simón. Jn 1, 49: “Rabbí, tú eres el Hijo de Dios, tú eres el Rey de Israel”; son las palabras de Natanael a Jesús. Jn 4, 25: “Le respondió Jesús y le dijo: Yo soy, el que habla contigo”, en el dialogo con la mujer samaritana.

El Evangelio como buena nueva de salvación
“Evangelio” significa buena noticia. Esta buena noticia es, principalmente, que “tanto amó Dios al mundo que le entregó a su Hijo Unigénito, para que todo el que cree en Él no perezca sino que tenga vida eterna” (Jn 3, 16). Este amor de Dios restituye al hombre a su primitiva dignidad de imagen de Dios.

Las afirmaciones de Jesús sobre su condición de Mesías y Salvador
Que Jesús tuvo conciencia de ser el Mesías se recoge en muchos pasajes de los Evangelios: ante los discípulos del Bautista (Lc 7, 18-23; Mt 11, 1-6 en que remite a Is 35, 6); en el momento solemne de la declaración a Caifás (Mt 26, 64; Mc 14, 61); en la conversación con la samaritana (Jn 4, 25-27), y en muchos lugares más. Jesús dio testimonio de su conciencia mesiánica no sólo con sus palabras, sino también con sus obras: desde el comienzo de su vida pública, Jesús actuó como el Mesías y presentó sus milagros como aval de la veracidad de sus palabras. Algunos racionalistas niegan que Jesús tuviese conciencia de ser el Mesías y pretenden reducir todo a que tenía un fuerte sentimiento religioso: que creyó oír una voz cuando fue bautizado en el Jordán y que, por influjo del Bautista, pensó que era el Mesías; que atravesó sus dudas y tentaciones; que progresivamente fue afianzándose en su mesianismo espiritual; que la agonía en

3. JESUCRISTO, PERFECTO HOMBRE
Jesucristo es hombre verdadero y perfecto. Se trata de una verdad que pertenece a la fe cristiana y sobre la que existe, además, abundante documentación histórica. La realidad de esta Humanidad nos lleva a afirmar no sólo que Cristo es perfecto hombre, sino que es un hombre de nuestra estirpe, es decir, descendiente de Adán. Por esa razón consideramos aquí la Humanidad del Señor especialmente a través de los misterios de su concepción y de su nacimiento. Jesús no sólo posee un alma y un cuerpo humanos, sino que ha sido engendrado verdaderamente por una mujer, Santa María, que es verdadera Madre de Dios.

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El Hijo de Dios, al hacerse hombre, toma sobre sí nuestra propia historia, recapitulándola en sí mismo como nuevo Adán (cfr Rm 5, 1219)

se cansa y duerme, predica y anda de un sitio para otro; posee un alma que se alegra y que siente tristeza, que es capaz de amistad y de indignación. La Sagrada Escritura habla de la concepción virginal de Cristo como algo muy coherente con la trascendencia de la Encarnación. La virginidad es también privilegio de Santa María. Pero hay que subrayar que el modo milagroso de la concepción de la Humanidad de Cristo no resta nada a la verdad sobre su naturaleza humana. Al afirmar que Jesucristo tiene una verdadera naturaleza humana, como la nuestra, no hacemos más que afirmar la verdad de la Encarnación. La Iglesia siempre ha profesado, desde los Símbolos más antiguos, que el Hijo de Dios “asumió la naturaleza humana completa, como la nuestra, mísera y pobre, pero sin pecado”. Al tomar sobre sí la naturaleza humana, el Hijo de Dios quiso asumir con ella las características naturales de esta humanidad y, entre ellas, la pasibilidad y la mortalidad.

La realidad de Jesús y su documentación histórica
La existencia de Jesús es un hecho probado por la ciencia histórica: en verdad, sobre Jesús tenemos más y mejor información que sobre la mayoría de los personajes de su tiempo. Que Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre, existió realmente pertenece también a la doctrina de la fe, como pertenece a la fe que murió realmente por nosotros y que resucitó al tercer día. Como ya se ha dicho, los evangelistas no intentan hacer una biografía de Jesús en el sentido usual del término, pero sí quieren narrar y dejar constancia escrita de las palabras y de la vida de Jesús de Nazaret: con rigurosa fidelidad a los hechos , porque estaban persuadidos de que Jesús estaba revestido de la autoridad divina. A los testimonios contenidos en los Evangelios, hay que añadir la riqueza de datos y testimonios de los Hechos de los Apóstoles y de las Epístolas.

4. JESUCRISTO, PERFECTO DIOS
La Iglesia, desde los primeros tiempos, confesó con claridad no sólo la Humanidad del Señor, sino también su perfecta Divinidad. Esta fe es testimoniada por Evangelios: Jesús aparece mostrando una clara conciencia de que es el Hijo del Padre y, en consecuencia, de que es Dios de Dios. Esta Divinidad aparece también expresada con fuerza en los escritos paulinos y en los escritos joánicos, de forma que puede decirse con toda justicia que la afirmación de la divinidad de Jesús es tema fundamental de todo el Nuevo Testamento. De hecho los evangelios se escriben para suscitar la fe de que “Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios” (Jn 20, 31)

La Humanidad de Jesús en los acontecimientos de la concepción y el nacimiento del Señor
Jesús se manifestó a sus contemporáneos como verdadero hombre, igual a nosotros. Esta verdad está claramente manifestada en los Evangelios: encontramos los relatos de la concepción de Jesús en el seno de una mujer virgen; de su nacimiento y crecimiento; de su vida de hombre adulto; de su predicación y de su muerte. Jesús posee un cuerpo tangible:

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La fe de la Iglesia en la divinidad de Cristo.
Desde la confesión de San Pedro (“Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo”, Mt 16, 16), hasta nuestros días, la Iglesia no ha cesado de proclamar que Jesús de Nazaret, nacido de María Virgen, siendo verdadero hombre, es a la vez Hijo verdadero de Dios, el Unigénito del Padre, Dios verdadero de Dios verdadero. Esta confesión de fe se fue haciendo más explícita conforme se hizo necesario para hacer frente a las herejías cristológicas, especialmente a la herejía de Arrio.

el Señor utiliza especialmente en el sermón del monte al proponer la ley fundamental de su reino, Jesús expresa que su autoridad está por encima de la de Moisés y la de los profetas: Él tiene autoridad divina. “Pues para que veáis que el Hijo del Hombre tiene poder para perdonar los pecados, dijo al paralítico: levántate toma tu camilla...” (Mt 9, 6). Jesús, al curar al paralítico con sólo su palabra, hace ver a los judíos que tiene la potestad para curar las enfermedades del cuerpo y también para perdonar los pecados, es decir, que tiene poderes divinos El célebre himno cristológico de la carta a los Filipenses (Flp 2, 5-11): constituye un resumen de todo el misterio de Cristo: desde la preexistencia eterna del Verbo —“siendo en forma de Dios”— antes de la Encarnación, hasta su glorificación en cuanto hombre, ensalzado a la gloria del Padre y constituido Señor Universal y poseyendo un nombre que está sobre todo nombre

La divinidad de Jesús en el Nuevo Testamento
Aunque, como se ha indicado, la afirmación de la divinidad de Cristo recorre todo el Nuevo Testamento, señalamos algunos pasajes significativos: Jesús llama Padre, “Abbá”, a Dios. Ese abbá revela que la familiaridad de Jesús con Dios es tal que excluye la distancia entre Él y su Padre : sólo un Hijo-Dios puede dirigirse con una expresión así, tan familiar entre los judíos, a un Dios-Padre. Jesús ha revelado que Dios es Padre en un sentido nuevo y de una mayor radicalidad que el sentido en que esa expresión es utilizada en el Antiguo Testamento. Dios es Padre, porque engendra a un Hijo que es enteramente igual a Él. He aquí cómo lo expresa refiriéndose a la igualdad en el conocimiento: “Todo me ha sido entregado por mi Padre, y nadie conoce al Hijo sino el Padre, ni al Padre le conoce nadie, sino el Hijo y aquél a quien el Hijo se lo quiera revelar” (Mt 11, 27). Jesús manifiesta tener una relación singular y propia — exclusiva— con el Padre; la simetría del texto expresa la igualdad entre Padre e Hijo en la divinidad. “Pero Yo os digo...” (Mt 5, 17-48). Con esta forma de hablar, especialmente solemne y que

Cristo, Verbo e Hijo de Dios en San Juan
El Evangelio de San Juan muestra de continuo la divinidad de Cristo. Ya en el Prólogo (Jn 1, 1-18), el evangelista expone los trazos fundamentales del misterio de Cristo: En el principio era el Verbo, y el Verbo estaba junto a Dios, y el Verbo era Dios ( Jn 1,1). Este Verbo de Dios se hizo hombre: Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros (Jn 1, 14). Antes de que Abraham existiese, Yo soy (Jn 8, 58). La expresión Yo soy, usada con frecuencia por Jesús, tenía para los judíos un sentido muy fuerte, pues era el nombre de Dios revelado a Moisés en la teofanía del Sinaí (Ex 3, 14). Con esa expresión Jesús indica ser el verdadero Dios. Unigénito del Padre (Jn 1, 14) es un título que San Juan atribuye muchas veces a Jesús, y que también Jesús se atribuye a sí mismo como equivalente a las expresiones “el Hijo”, “el Hijo de Dios” o “Hijo del Padre”.

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El Padre y yo somos una sola cosa (...); el Padre está en Mí y Yo en el Padre (Jn 10, 30.38). Cristo no se limita a llamar Padre a Dios, sino que afirma “ser una sola cosa con Dios Padre”; es decir, que su ser Hijo de Dios es ser Dios.

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