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Artículo. ¿Géneros discursivos o actos de habla? 1 Sobre la clasificación de los enunciados en M. M. Bajtín y J. L. Austin.

Ignacio Mazzola2 i_mazzola@yahoo.es Agosto, 2006. Introducción. En su conocido artículo “El problema de los géneros discursivos”3 Mijaíl M. Bajtín se propone acreditar un nuevo punto de partida para los estudios literarios, filológicos, estilísticos y lingüísticos en general. Ese nuevo punto de partida estará constituido por el enunciado y sus propiedades. Sobre una clara comprensión del mismo se podrá erigir una lingüística del habla, o de la comunicación discursiva, que girará en torno al concepto de géneros discursivos. Más allá de ésta, la lingüística estructural y formal podrá seguir haciendo su trabajo, liberada de la ilusión de estar trabajando sobre la mismísima materia significante. Según el diagnóstico que de los estudios lingüístico-literarios de la época hacía Bajtín, la inmensa red de problemas conceptuales y metodológicos en la que esas disciplinas se veían envueltas –y que les impedía ser algo más que confusos conjuntos de generalizaciones apresuradas y taxonomías incoherentes– se debía fundamentalmente a la falta de una adecuada unidad de fundamento, es decir, a la falta de comprensión de la unidad real del fenómeno lingüístico. Ésta es, dirá Bajtín, el enunciado, concreto, real, singular y total, conectado de una manera inmediata con la acción humana, perteneciente a un hablante particular. De éste ha de ocuparse ya no la tradicional lingüística, objetivante-abstractiva, sino una metalingüística, en la que Bajtín se encontraba trabajando al momento de su muerte y de la cual nos han quedado algunos esbozos preparatorios que se encuentran compilados en el libro Estética de la creación verbal4. Ahora bien, no obstante el innegable interés y plausibilidad que presentan las ideas de Bajtín, me ha parecido que existen algunos problemas en sus planteos, y quisiera tratar de llamar la atención sobre los mismos. Veremos a continuación que en el marco de otra tradición, y buscando dar cuenta de problemas también relacionados con el lenguaje, ante una situación
Algunas reflexiones sobre problemas relacionados con los aquí tratados fueron publicadas en: Ignacio Mazzola, “Lecturas de Bajtín. El problema de los ‘géneros discursivos’.” Revista Electrónica: Razón y Palabra, N. 41, Octubre-Noviembre 2004. http://www.razonypalabra.org.mx/anteriores/n41/imazzonla.html 2 Ignacio Mazzola es Sociólogo. Investigador del Instituto Gino Germani, UBA, FCS. 3 Incluido en: M. M. Bajtín, Estética de la creación verbal, Siglo XXI Editores, Buenos Aires, 2002. 4 Op. cit. En especial Cáp. 5, 6, 8, 9 y 10.
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similar, se adoptó la decisión de partir del segundo polo de la problemática, constituyéndose así una estrategia teórica distinta que ha tenido, a la postre, amplia aceptación y desarrollo.

Bajtín: enunciados y géneros discursivos. Como hemos dicho, Bajtín pretendía elaborar un marco conceptual y metodológico para las ciencia humanas en general, y en particular para las ciencias interpretativas. Teniendo en cuenta la centralidad que el sentido y la significación tienen en ellas, intentaba forjar una serie de categorías apropiadas a los objetos significantes. El espectro de disciplinas que en este sentido le interesan se extiende desde la crítica literaria hasta la lingüística formal, a lo largo de un continuo, por así decir, cuyos polos son: por un lado, la objetivación y formalización total del conjunto significante, i.e. la lingüística estructural; y por otro, la hermenéutica inacabable de las grandes obras de la literatura universal. Esta amplitud de miras es patente en textos como “El problema del texto en la lingüística, la filología y otras ciencias humanas. Ensayo de análisis filológico” y en “Hacia una metodología de las ciencias humanas”5. Por su parte, en el famoso trabajo sobre los géneros discursivos Bajtín se encuentra fundamentalmente interesado en estudiar el proceso real de la comunicación discursiva, y en consecuencia el uso real, efectivo, singular (espacio-temporalmente), del lenguaje (en forma escrita u oral) en situaciones de interacción social (en sentido amplio). Al hacer de éste su objeto, al concebir así su problemática, se ubica de modo resuelto en un plano prácticamente opuesto a aquel en que se ubicaba el famoso lingüista F. de Saussure. De hecho, sus “enemigos teóricos” son, en lingüística, el estructuralismo y el formalismo, lo cual incluye no sólo a Saussure, sino también a autores como Vossler, Propp, Shklovsky y otros. Pero además, dado su fundamental interés en el aspecto comunicativo del uso del lenguaje, rompe con toda una tradición intelectual que consideraba que la función esencial del lenguaje era “la expresión del mundo individual del hablante” o bien la “generación del pensamiento independientemente de la comunicación.” (Bajtín, 2002: 256)6 Podemos preguntarnos: ¿Qué lo impulsa a estudiar el proceso real de la comunicación discursiva si, desde Saussure, estaba instalada la opinión de que “el habla”, esto es: el uso de la lengua en una situación particular, era un fenómeno individual, contingente y caótico y por tanto no analizable “científicamente”, es decir, en base a criterios como los de efectividad, repetibilidad
Ambos en: Op. cit. Cáp. 6 y 10. Su referencia a Wilhelm von Humboldt en este punto es, por lo menos, apresurada y desafortunada porque para Humboldt el lenguaje es a la vez constitutivo del mundo, del pensamiento y de la comunicación. Bajo ningún punto de vista se puede decir que para Humboldt la función comunicativa fuera “accesoria” (Bajtín, 2002: 256). Sobre esto: Lafont, C. y Peña, L., “La tradición humboldtiana y el relativismo lingüístico” en: Dascal, M. (editor), Filosofía del lenguaje II. Pragmática, Trotta, Madrid, 1999.
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e intersubjetividad? La respuesta de Bajtín sería, se me ocurre, más o menos la siguiente: esa opinión, sobre la imposibilidad de analizar seriamente el habla, surge de una insuficiente comprensión de la unida de análisis: el enunciado. Si realizamos una caracterización adecuada del mismo podremos advertir cómo y por qué son posibles (e incluso necesarios) ciertos “tipos relativamente estables de enunciados, a los que denominamos géneros discursivos”. (Ibíd.: 248) Estos deben ser, en consecuencia, las verdaderas unidades de análisis. En breve: 1) el enunciado es “la unidad real del fenómeno lingüístico” (Ibíd.: 255) y 2) su aparición reviste (muchas veces) formas típicas. Sobre estas dos consideraciones se puede erigir un estudio “científico”, si se quiere, del real proceso de la comunicación discursiva. Veamos los pasos seguidos por el autor. En primer lugar Bajtín –desde la primera línea- llama la atención sobre la necesidad de hacer hincapié en el entrelazamiento de la actividad humana y el uso de la lengua. De hecho, el uso de la lengua es (como queda señalado por la palabra “uso”) una actividad humana. En segundo lugar, Bajtín se da su unidad de fundamento: el actor, el hablante (o escribiente) hace uso de la lengua bajo la forma de enunciados concretos y singulares. Así, cada uno de estos pertenece en cada caso a un agente embarcado en alguna actividad específica. Ahora bien, ¿cómo pasamos de aquí a los géneros discursivos, definidos como “tipos relativamente estables de enunciados”? Pues bien, en tercer lugar, y esta es a la vez la hipótesis y la convicción de Bajtín, “cada esfera del uso de la lengua elabora sus tipos relativamente estables de enunciados”. Así, según Bajtín, los enunciados, cada uno de ellos en cada caso, “reflejan las condiciones específicas y el objeto de cada una de las esferas” (Ibíd.: 248 – mis cursivas) de la praxis humana en las cuales son producidos. Es decir, ciertas condiciones específicas (que han de presuponerse mínimamente estables) relativas a cada área o esfera de actividad humana, y el correspondiente “objeto” (en sentido amplio) nuclear de esa actividad o esfera de actividades, se hacen presentes, se muestran en cada uno de los muchos enunciados producidos bajo esas condiciones y en relación a ese objeto. Entonces, si bien los enunciados individualmente considerados son totalidades cuyos aspectos se encuentran “vinculados indisolublemente”, un estudio minucioso del enunciado (en sentido genérico) y de sus propiedades ha de poder indicar los aspectos (analíticos) relevantes en los cuales advertir y corroborar ese reflejo de lo extra-lingüístico en lo lingüístico que provee la estabilidad y la tipicidad requerida para el estudio científico. (Metodológicamente esto significa que, en lugar de proceder a la abstracción del enunciado en relación a su contexto real de aparición, se lo debe proyectar sobre fondo de una “esfera de la actividad humana” específica,

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quedando así a la vista tanto el enunciado como las condiciones en las cuales es producido por un hablante/escribiente.) Debemos ahora, entonces, preguntarnos, 1) ¿qué es, para Bajtín, un enunciado? O, de otra manera, 2) ¿cuáles considera que son las propiedades intrínsecas de los enunciados? y, a partir de ellas, 3) ¿cuáles los aspectos paradigmáticos desde el punto de vista de la diferenciación y clasificación de los enunciados en géneros discursivos, es decir, en tipos relativamente estables? La respuesta a la primera pregunta la daremos a través de la respuesta a la segunda. Esta última supone un recorrido por todo el texto, ya que a lo largo del mismo, en una suerte de fenomenología de la comunicación discursiva, Bajtín va identificando y desgranando los constituyentes del enunciado. Por supuesto, es imposible hacer justicia a la riqueza, detalle y profundidad de sus descripciones y análisis. Nos conformaremos con agrupar aquellos aspectos que nos parecieron centrales. Así, en una lista que no implica ningún tipo de jerarquía de los elementos se encontrarían las siguientes propiedades constitutivas del enunciado en tanto que unidad real de la comunicación discursiva7: un enunciado, 1) pertenece a un hablante/escribiente; 2) se encuentra orientado hacia un otro –cuya presencia puede ser inmediata o diferida8; asimismo, el enunciado 3) determina una respuesta; 4) tiene un carácter concluso o plenitud de sentido, lo cual constituye la cara interna de su completitud externa, manifiesta en el cambio de sujeto hablante; 5) posee un objetivo, es decir, conlleva una intención por parte del hablante/escribiente; a su vez, 6) constituye un eslabón en una cadena relativamente organizada de enunciados, cada uno de los cuales posee el carácter de una respuesta a los enunciados anteriores, es decir, se encuentra en una relación dialógica con otros enunciados; también 7) se enfrenta de una manera directa e inmediata con la realidad (contexto extra-verbal); y, por último, 8) posee un objeto o contenido temático; 9) posee una cierta expresividad o actitud expresiva, generalmente plasmada en el tradicionalmente llamado “estilo”; y 10) es, en su estructura y composición y más allá de su complejidad, un uso gramaticalmente correcto o aceptable del lenguaje. En esta lista, evidentemente, todos los elementos se encuentran íntimamente relacionados entre sí, no obstante lo cual creo que se podría defender la autonomía analítica de cada uno de ellos. Ahora bien, frente a un conjunto tan amplio de aspectos genéricos, cabe sospechar que no todos ellos tienen la misma relevancia a la hora de construir un principio de
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No contamos con espacio suficiente para analizar los distintos aspectos a partir de los cuales Bajtín distingue ‘el enunciado’ de ‘la oración’, pero en parte las diferencias quedan reflejadas en nuestra enumeración de las propiedades del enunciado si se las compara con la idea de la lingüística objetivante de la oración como mera construcción gramatical. 8 Lo cual evidentemente implica el reconocimiento de ese otro, como miembro legítimo de una comunidad de comunicación discursiva (p.261)

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observación y clasificación de enunciados a fin de formar una taxonomía de géneros discursivos. En efecto, se podría decir de las propiedades 1 a 7 que pertenecen todas por igual a cualquier tipo de manifestación comunicativa, incluso aquellas que no son discursivas, aunque si éste fuera el caso habría algunas reservas bastante claras que hacer en lo tocante a 2, 4 y 6. Se desprende entonces que la respuesta a nuestra tercera pregunta –esto es: ¿cuáles son los aspectos paradigmáticos desde el punto de vista de la diferenciación y clasificación de los enunciados en géneros discursivos, es decir, en tipos relativamente estables?– ha de ser respondida en base a los aspectos 8, 9 y 10, es decir, en base a: el contenido temático, la actitud expresiva y la composición. Esta es, en efecto, la propuesta de Bajtín. (Ibíd.: 248; 252) Ahora bien, parece difícil aceptar que esos tres criterios proveen a los enunciados la “estabilidad” o “tipicidad” necesaria para clasificarlos en “géneros discursivos”. En relación al criterio del “contenido temático” es más bien poco, si algo, lo que se aclara en el texto. De hecho, no hemos podido encontrar ningún pasaje en el texto donde Bajtín manifieste de manera clara y relativamente exhaustiva en qué exactamente estaba pensando al referirse al “contenido temático”. Lo mismo sucede en relación al criterio de la estructura o composición, con la salvedad de la interesante distinción entre géneros discursivos primarios (o simples) y “secundarios” (o complejos). Por su parte, el criterio de la actitud expresiva es claramente el más promisorio. (Volveremos sobre el mismo.) Un concepto, como el de géneros discursivos, es una forma de “cortar camino” (de hecho, de eso se trata la construcción de teoría), cuya utilidad reside en su posible aplicación sistemática en el agrupamiento de datos para facilitar o hacer más fluidos los análisis particulares. El problema es que, en caso de aceptar la propuesta de Bajtín, tendremos tres “variables independientes”, cuyos “valores” son prácticamente (exceptuando, aunque esto ha de ser determinado, la “actitud expresiva”) infinitos9. Piénsese solamente en la cantidad de “objetos” (abstractos o concretos, directos e indirectos) que pueden proveer el contenido temático a un enunciado cualquiera, o en la cantidad de estructuras que puede adquirir un enunciado, desde el sólo grito de la palabra ¡Fuego! en la situación apropiada hasta, como dice Bajtín, novelas en varios tomos. (De hecho, esta infinitud en la posibilidad de construir nuevos enunciados es la piedra de toque de la teoría chomskyana y hoy en día un lugar común que ya no es discutido.) Tenemos ahí pues un primer problema en relación a la observación y clasificación de géneros discursivos: al menos dos de los criterios propuestos, el contenido temático y la
Bajtín reconoce en parte este hecho. Así, habla de una gran “multiformidad” del uso de la lengua en relación a las distintas esferas de acción, y de una riqueza y diversidad “inmensa” de los géneros discursivos, y de una “extrema heterogeneidad” entre ellos. (Ibíd.: 248) Pero evidentemente creyó poder aportar los elementos necesarios para construir clasificaciones estables.
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composición gramatical, son por principio tan amplios (y ampliables) que hacen imposible el agrupamiento de enunciados en cada caso concretos y singulares en categoría preestablecidas. Pero además, a mi juicio, se presenta un segundo problema. Preguntémonos nuevamente, ¿cuáles son los factores que determinan las similitudes genéricas de los enunciados? La afirmación más clara al respecto por parte de Bajtín es la siguiente: “Una función determinada (científica, técnica, periodística, oficial, cotidiana) y unas condiciones determinadas, específicas para cada esfera de la comunicación discursiva, generan determinados géneros, es decir, unos tipos temáticos, composicionales y estilísticos de enunciados determinados y relativamente estables.” (p. 252 – mis cursivas) Analicemos este pasaje. Lo que aquí nos interesa es que tenemos, por un lado, “unas condiciones determinadas, específicas para cada esfera de la comunicación discursiva” (Ibíd.: 252 – mis cursivas) esto es, condiciones específicas de cada esfera de la actividad humana en la cual se produzca comunicación discursiva. Y, por otro lado, “una función determinada” (Ibíd.) de la comunicación discursiva. Estos dos serían los factores determinantes o que “generan” los enunciados bajo formas típicas. El problema con estos factores es que responden aparentemente más a una intuición que a un motivo sistemático; por lo demás, Bajtín no hace más que mencionarlos de una manera extremadamente general cuando, dada la relevancia que se les atribuye en relación a la generación de los enunciados, habrían merecido un más profundo análisis. En efecto, uno podría preguntarse, por un lado, ¿cuáles son las distintas esferas de la comunicación discursiva? y, por otro, ¿cuáles condiciones específicas de cada una de ellas? No se encuentra en Bajtín respuestas a preguntas como estas. Y si se recomendara tener en cuenta en cada caso las condiciones que se consideren relevantes, estaríamos haciendo uso, nuevamente, de un criterio intuitivo, y no teóricamente consistente. Del mismo modo, cabe la pregunta: ¿cuáles serían las distintas funciones de la comunicación discursiva? (Véase más abajo.) En relación con los dos factores se presenta el siguiente problema: se podría argumentar polémicamente, en analogía con la posición de Bajtín respecto de los enunciados, que sólo existen contextos particulares, concretos de enunciación, o bien una función concreta, específica del enunciado en cada caso. Bajtín no cuenta con las respectiva “unidades de fundamento” para pensar “contextos” o “funciones” típicas. Así, no se aportan criterios para distinguir las esferas en función de acciones humanas específicas en cada caso pero agrupables bajo algún principio de tipicidad, ni tampoco criterios para distinguir las funciones que en cada caso pueden cumplir los enunciados.

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Se puede resumir la argumentación que hasta aquí hemos realizado de la siguiente manera: creo que, en lo fundamental, la noción de enunciado de Bajtín es correcta o aceptable10, en el sentido de que efectivamente da cuenta de las distintas dimensiones constitutivas del enunciado (en tanto “construcción lógica” –véase más abajo la cita de Austin). Pero creo que Bajtín falla en el pasaje del enunciado a la determinación de “tipos de enunciados” identificables y clasificables a partir de características intrínsecas (en tanto constituyentes) del enunciado pero variables en su modalidad concreta. Es decir, logra determinar la “naturaleza verbal (lingüística) común” a los enunciados, pero no logra determinar adecuadamente los criterios de diferenciación y clasificación de tipos de enunciados porque, como vimos, los “valores” de dos de los criterios que propone son potencialmente infinitos. Ahora bien, en este punto es necesario volver sobre el tercer criterio de Bajtín, que hasta ahora hemos dejado de lado y al que caracterizamos como “el más promisorio”. Este tercer criterio es denominado por Bajtín de diferentes maneras. Se trata de la actitud expresiva o estilo de un enunciado. El hecho de que lo caracterizásemos como el criterio más útil de los mencionados es producto de dos consideraciones: por un lado, no se presentaría en relación con este criterio el problema de la posible infinitud de sus valores, más allá de que evidentemente puede haber una gran cantidad de estilos o actitudes expresivas. Pero, por otro lado, es a partir de este factor que podremos pasar a considerar una segunda estrategia teórico-metodológica para la construcción de un inventario, una nomenclatura (Ibíd.: 269) o una taxonomía de los enunciados. ¿Qué dice Bajtín respecto del estilo o actitud expresiva de un enunciado? Pues bien, en un primer momento señala que un estilo verbal sería producto de “la selección de los recursos léxicos, fraseológico y gramaticales de la lengua” (Ibíd.: 248). Luego establece una estrecha relación entre el estilo y la función de un enunciado (Ibíd.: 252), lo cual es otra manera de hacer referencia a la conexión que había destacado poco más arriba entre el estilo y la intención con que es producido un enunciado (Ibíd.). Aquí hemos de notar cómo claramente el estilo es uno de los factores privilegiados por Bajtín en relación con los géneros discursivos –ya que si estos últimos han de ser típicos, también los criterios de su tipicidad han de reflejarla. En efecto, dice nuestro autor: “En realidad los estilos lingüísticos o funcionales no son sino estilos genéricos de determinadas esferas de la actividad y la comunicación humana.” (Ibíd. – mis cursivas) Así, entre las funciones que Bajtín rápidamente enumera a modo de ejemplo de las diferencias estilísticas que los enunciados reflejarían se encuentran funciones “científica, técnica, periodística, oficial,
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Incluso está ampliamente en consonancia con el “aparato formal de la enunciación” que analizara Benveniste. (Véase: Benveniste, 2002. En especial págs. 85-86.) No nos ocupamos aquí de este texto porque, como dice el autor, se trata de una “descripción un poco abstracta”, y no hemos visto en ella ningún elemento que resulte disonante o novedoso respecto de la posición de Bajtín.

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cotidiana.” (Ibíd.) Y concluye: “El estilo está indisolublemente vinculado a determinadas unidades temáticas y, lo que es más importante, a determinadas unidades composicionales; el estilo tiene que [v]er con determinados tipos de estructuración de una totalidad, con los tipos de su conclusión, con los tipos de relación que se establece entre el hablante y otros participantes de la comunicación discursiva (…). El estilo entra como elemento en la unidad genérica del enunciado.” (Ibíd. – mis cursivas.) Dicho esto, es necesario reconocer que Bajtín no elabora el problema de los estilos típicos más allá de lo hasta aquí señalado, ni da una explicación sistemática de la manera en que se combinan los elementos típicos mencionados en el párrafo anterior para producir estilos típicos. Lo mismo sucede con la categoría de función (de un enunciado en el contexto de la comunicación discursiva), respecto de la cual no da ni una definición ni una caracterización. Por el contrario, en ese respecto parece incurrir en las mismas incoherencias y pobreza que denunciara (Ibíd.: 253) en otros autores. Por ejemplo, considera, como vimos más arriba en la cita, que un enunciado puede tener una función “científica”, así como una función “cotidiana”. No sé qué tipo de función puede ser ésta última, más allá de que tampoco está claro en qué puede consistir la “función científica” de un enunciado. Luego habla de enunciados que “suelen funcionar como enunciados enteros de determinados géneros típicos” y señala entre ellos las oraciones “interrogativas, exclamativas y órdenes.” (Ibíd.: 279) Evidentemente aquí el criterio de distinción de funciones no es el mismo que utilizaba para distinguir entre una “función oficial” y una “función técnica”. Y así, también el análisis del tercer criterio de Bajtín nos lleva a la confirmar la crítica que antes hiciéramos: si bien el autor logra determinar la “naturaleza verbal (lingüística) común” a los enunciados, no logra identificar criterios adecuados de diferenciación y clasificación de tipos de enunciados.

Austin: actos de habla y fuerza ilocucionaria. Es en este punto que, manteniendo la referencia al uso del lenguaje bajo la forma de enunciados, hemos de recurrir a una perspectiva teórica diferente que, según me parece, cuenta con mejores instrumentos analíticos para resolver el problema de los tipos de enunciados. El marco de esta teoría es la filosofía del lenguaje ordinario, y la teoría en cuestión es la teoría de los actos de habla, iniciada por John Langshaw Austin y continuada por John R. Searle y Jürgen Habermas entre otros. Como señalara Eduardo Rabossi, J. L. Austin se proponía –en sus conferencias de 1955 en Harvard cuyo texto conforma el libro Cómo hacer cosas con palabras11– “elaborar un marco teórico general para la acción lingüística y fundar, de tal manera, una concepción novedosa del
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Austin, J. L., Cómo hacer cosas con palabras, Paidós, Buenos Aires, 2003.

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significado.” (Rabossi, 1999: 53) Mi idea es que Austin y Bajtín coinciden plenamente en su objeto de análisis fundamental; en efecto, ambos dirigen su mirada precisamente al cruce, al punto de intersección donde se produce la unidad de lenguaje y acción, esto es, en palabras de uno, el enunciado; en palabras del otro, el acto de habla. Nuestros autores no se interesan en el lenguaje mismo, tal como este es objeto de la lingüística, sino en el uso del lenguaje, donde la imbricación del lenguaje con la acción/interacción produce el significado que un acto de habla tiene para los interlocutores implicados. Es necesario entonces, para ambos, elaborar un marco, un punto de vista desde el cual la comunicación discursiva o acción lingüística12 pueda ser analizada en toda su complejidad, es decir, sin cometer falacias abstractivas (K.-O. Apel). Además, al igual que en Bajtín, que se enfrentaba como dijimos al estructuralismo y al formalismo, el punto de partida de Austin también es crítico: se enfrenta al descriptivismo o constatativismo, esto es, a la tradicional idea (que se remonta a Aristóteles y llega hasta el primer Wittgenstein y Carnap) de que “el papel de un ‘enunciado’ sólo puede ser ‘describir’ algún estado de cosas, o ‘enunciar algún hecho’, con verdad o falsedad.” (Austin, 2003: 41) Coinciden igualmente en el hecho de que se lanzan al estudio de una serie de problemas sobre los que, se suponía, no se podía decir mucho de una manera objetiva y sistemática. Vimos que ese era el caso en Bajtín. Austin, por su parte, va a dar carta de ciudadanía filosófica a aquella parcela del lenguaje que Aristóteles había desechado (ya que la reflexión filosófica sobre el lenguaje se concentraría –según el estagirita- sólo en las proposiciones que portan verdad o falsedad) y remitido al campo la retórica o la poética. Nuestro autor se preguntará entonces qué tipo de expresiones son aquella de las que no se puede predicar verdad o falsedad pero que evidentemente, pace el positivismo lógico, no son de ninguna manera ni seudo-enunciados ni sinsentidos. Se pregunta así, respecto de esas expresiones, cómo caracterizarlas, qué funciones cumplen, qué uso se hace de ellas.13

Nuestros autores coinciden también en distinguir claramente entre oraciones y enunciados. Una nota al pie de Austin es muy certera al respecto, y puede caracterizar también la posición de Bajtín en este punto, de la que no tuvimos ocasión de ocuparnos pero que representa uno de los más importantes desarrollos del autor ruso en el artículo de que nos ocupamos más arriba. Dice Austin: “Por supuesto, nunca es realmente correcto decir que una oración es un enunciado. Mas bien lo correcto es decir que la oración es usada al hacer un enunciado. El enunciado mismo es una ‘construcción lógica’ a partir de las formulaciones de enunciados.” (Austin, 2003: 41 – nota a pie de página. Las cursivas son del autor.) 13 La propuesta de relacionar los puntos de vista de Bajtín y Austin que aquí realizamos se ve “confirmada” por un señalamiento de E. Rabossi quien al enumerar aquellas áreas de estudio en las cuales la teoría de los actos de habla tiene relevancia y aplicación hoy en día hace referencia, entre otras, a “la crítica literaria (en el análisis de textos y la elucidación de los géneros literarios)” (Rabossi, 1999: 54). Ahora bien, por un lado, la lectura del artículo del filósofo argentino fue posterior al surgimiento de la idea y, por otro lado, no nos consta que esa aplicación tengo algún parecido con el contrapunto que nosotros intentamos.

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Austin14 está pensando en enunciados tales como “Te prometo que dejaré de fumar” o “Te apuesto cien pesos que mañana va a llover”. Evidentemente estas expresiones no son sinsentidos, ni describen algo, ni se puede decir de ellas que sean verdaderas o falsas. Decide llamarlas expresiones realizativas15, y en una primer instancia, buscando hacer manifiesto el interés que este tipo de expresiones presentan y su singularidad, las contrapone fuertemente a las tradicionales expresiones (constatativas) objeto del análisis filosófico como “El libro está sobre la mesa”, respecto de las cuales se puede predicar verdad o falsedad. Esta contraposición resulta siempre a la vez intuitivamente aceptable y problemática, porque si bien efectivamente las expresiones identificadas por Austin, las realizativas, tienen un algo singular, no está claro cuáles son los criterios que permiten identificarlas y distinguirlas de las que no lo son. Austin dedica las primeras siete conferencias a proponer y probar distintos criterios de demarcación. Todos estos intentos son infructuosos. Antes de ver por qué razones esa contraposición ha de ser abandonada y en qué sentido se produce el giro que le permite resolver el problema de la distinción de enunciados, avancemos algo en la caracterización de los realizativos, para que la aporía implícita en la distinción realizativo/constatativo sea más clara. Austin advierte en relación a las expresiones realizativas que proferir cualquiera de ellas en unas determinadas circunstancias es la realización de una acción (prometer o apostar, en los ejemplos arriba dados) que es distinta de la acción de proferir la oración. La realización efectiva (o no) de la acción de prometer o apostar depende de la satisfacción de ciertas condiciones de felicidad que difieren claramente de las condiciones que han de ser satisfechas para que se pueda caracterizar una acción como “simplemente” la proferencia de una oración. Rabossi resume las condiciones de felicidad a ser satisfechas para la efectiva realización de la acción intentada mediante la proferencia de un realizativo de la siguiente manera: “tiene que haber un procedimiento convencional, las personas tienen que ser las adecuadas, el procedimiento debe observarse correcta y completamente, los participantes tienen que tener los sentimientos pertinentes y comportarse de las maneras requeridas, y el interlocutor tiene que comprender qué intenta hacer el hablante al decir lo que dice.” (Rabossi, 1999: 57) Ahora bien, hacia el final de la séptima conferencia parece que respecto de la distinción realizativo/constatativo no hemos

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La extensión de este trabajo nos impide seguir detalladamente toda la sutil argumentación de Austin, así como antes nos impidió dar cuenta de toda la riqueza del análisis de Bajtín. También aquí haremos sólo los señalamientos básicos necesarios para enfocar el problema de los criterios de una clasificación de los enunciados o actos de habla. 15 Austin propone denominar esta clase de expresiones como realizativos y aclara que esa palabra “deriva, por supuesto, de ‘realizar’, que es el verbo usual que se antepone al sustantivo ‘acción’. Indica que emitir la expresión es realizar una acción y que ésta no se concibe normalmente como el mero decir algo.” (Austin, 2003: 47)

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ganado mucho terreno en relación con lo hasta aquí expuesto y parece incluso necesario abandonar la contraposición que proveyera el impulso inicial a la investigación del filósofo inglés. Este resultado es producto de varios factores. En primer lugar, no ha sido posible para Austin establecer un criterio gramatical de distinción de los realizativos16, ni siquiera después de haber introducido la importante distinción entre realizativos primarios (como “Dejaré de fumar”) y realizativos explícitos (como “Prometo que dejaré de fumar”) que permite avanzar la idea de la posibilidad de construir una lista de verbos realizativos en la que quedarían registradas las diferencias entre ellos. Que esta propuesta no es satisfactoria se debe a que “no suele ser fácil alcanzar la certeza de que, aún cuando una expresión esté en forma explícita, es un realizativo o no lo es. Típicamente tenemos expresiones que comienzan con ‘enuncio que…’, las cuales parecen satisfacer los requisitos para ser realizativas y, no obstante ello, emitirlas importa, sin duda, formular enunciados y con seguridad son esencialmente verdaderos o falsos.” (Austin, 2003: 135) En segundo lugar, la posibilidad del infortunio, es decir, de la no satisfacción de las condiciones de felicidad de que habláramos más arriba, no afecta sólo a los realizativos, sino también a los constatativos, es decir, puede suceder que uno no esté en la situación epistémica adecuada para afirmar con certeza un determinado hecho y sin embargo lo afirme, puede suceder que uno mienta al hacer una afirmación o puede incluso suceder que el interlocutor dude respecto de si se trata de una afirmación o, póngase por caso, una sugerencia. En tercer lugar, ante la hipótesis de verificar una diferencia entre los realizativos y los constatativos a partir de su relación con los hechos o a partir del tipo de relación con los hechos que uno y otro tipo de enunciado mantendrían17, Austin tiene que admitir que en realidad no hay aquí diferencias significativas ya que relaciones de implicación y presuposición se dan igualmente en los dos casos, o sea, que “la exigencia de adecuarse a los hechos, o de tener cierta relación con ellos (…) parece caracterizar a los realizativos (…) de modo semejante a lo que es característico de los supuestos constatativos.” (Ibíd.: 135) Llegamos así a la conclusión de que es necesario abandonar la tajante distinción propuesta entre enunciados constatativos y realizativos, y sin embargo todavía contamos con una serie de elementos, los mencionados arriba, que permiten ver diferencias entre enunciados, es decir, queda en pie la necesidad de aportar criterios de distinción. En mi opinión, hasta aquí Austin se mueve no sólo en torno al mismo problema que Bajtín, sino también en el mismo
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Uno puede pensar que este primer posible criterio de Austin tiene cierta similitud (aunque no es equivalente) con el criterio de la “composición o estructura” de los enunciados en Bajtín. 17 Aquí, nuevamente, uno puede pensar que este posible criterio de Austin se acerca al criterio del “contenido temático” de Bajtín.

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“nivel”, esto es, en un nivel exclusivamente lingüístico de consideración de los enunciados. En efecto, hasta aquí, ambos autores han buscado criterios en torno al contenido proposicional de los enunciados, o en torno a su estructura proposicional, y esa búsqueda resulta igualmente infructuosa. Al iniciar este trabajo señalé que finalmente recurriríamos para resolver el problema de Bajtín respecto de los tipos de enunciados o géneros discursivos a una tradición que partía de un planteo similar pero que se inclinaba para su solución por el segundo polo de la problemática. ¿Qué quería decir con esto? Pues bien, tal como yo la veo, la problemática es la de la acción lingüística, la de los actos de habla, la de la comunicación discursiva18 y hasta aquí nuestros autores se han ocupado siempre, como hemos visto, exceptuando la intuición irresuelta en Bajtín y expresada por medio de términos como función o estilo, del aspecto lingüístico, del habla, de lo discursivo, y no de la acción, de los actos, de las comunicaciones. Y es justamente mediante el giro de un campo al otro a partir de la octava conferencia de Cómo hacer cosas con palabras que Austin “resuelve” el problema. En efecto, la teoría de los actos de habla distingue y clasifica acciones, tipos de comunicaciones, funciones que cumplen o actos que realizan las proferencias, o que se realizan mediante la proferencia de enunciados, al decir algo. Distingue y clasifica el componente, la dimensión ilocucionaria de los actos de habla, y no sus contenidos proposicionales. Es en este punto en que se consuma el giro pragmático de Austin, y con él de gran parte de la filosofía del lenguaje del Siglo XX. Así, siguiendo a Austin, John Searle dirá: “Podría objetarse a este enfoque que un estudio semejante trata solamente del punto de intersección de una teoría del lenguaje y una teoría de la acción. Pero mi réplica a esto sería que si mi concepción [y la de Austin] del lenguaje es correcta, una teoría del lenguaje forma parte de una teoría de la acción.” (Searle, 2001: 26 – mis cursivas)19 Habiendo anticipado así la idea que ha guiado el presente trabajo, volvamos a la propuesta de J. L. Austin y mediante un análisis de las ideas centrales de su conocido libro –ideas que conforman lo que E. Rabossi llama “la doctrina canónica de los actos de habla”– veamos cómo se produce el giro y solución del problema de la distinción de enunciados o actos de habla y la consiguiente conformación de una taxonomía de los actos de habla. El giro fundamental se produce al final de la séptima conferencia donde Austin afirma: “Ha llegado el momento, pues, de comenzar de nuevo. Es menester que reconsideremos de un
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El término “enunciado” no deja ver aquí de un modo igualmente claro las dos dimensiones imbricadas, es decir, la acción y el lenguaje. 19 Posteriormente Searle abandonará esta posición para sostener que la teoría del lenguaje forma parte de una teoría de la mente o de la intencionalidad pre-lingüística, pero autores como Habermas y Apel consideran errónea la nueva postura de Searle. En lo personal me inclino por los argumentos con Searle-1 contra Searle-2 de Habermas y Apel.

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modo más general los sentidos en que decir algo puede ser hacer algo, o en el que al decir algo hacemos algo (y también, quizá, considerar el caso diferente en el que por decir algo hacemos algo).” (Austin, 2003: 135-136) Una lectura atenta del párrafo citado deja ver ya la distinción austiniana clave entre el acto locucionario, el acto ilocucionario y el acto perlocucionario. Si todos estos son casos de actos que realizamos cuando decimos algo, es todavía necesario especificar las diferencias entre los tres tipos de actos. De más está decir, por otro lado, que no es a partir de esas categorías que se distinguen y clasifican enunciados o actos de habla. Estos últimos se diferencian de una manera suficientemente específica sólo a nivel ilocucionario. El acto locucionario remite al sentido obvio en que al decir algo hacemos algo, y esto comprende los hechos de que: 1) emitimos ciertos sonidos, 2) emitimos ciertas palabras construidas de una determinada manera, y 3) las emitimos con una cierta referencia y sentido. Austin dedica la octava conferencia a analizar estas distinciones y a defender la posibilidad de distinguir esos tres sentidos en que hacemos algo con un acto locucionario. Pero agrega: “Podemos decir que realizar un acto locucionario es, en general, y eo ipso, realizar un acto ilocucionario, como propongo denominarlo. Para determinar qué acto ilocucionario estamos realizando, tenemos que determinar de qué manera estamos usando la locución.” (Ibíd.: 142 – mis cursivas) Y poco después agrega: “La dificultad radica (…) en el número de sentidos distintos de una expresión tan vaga como ‘de qué manera estamos usando’ la locución.” (Ibíd.: 143) Pues bien, antes de aclarar esa cuestión, que es la que nos venimos planteando desde el inicio, hace falta, por un lado, especificar el sentido en que se habla de actos ilocucionarios y, por otro, distinguir los actos locucionarios e ilocucionarios de un tercer tipo: los actos perlocucionarios. Con respecto al primer punto valga la siguiente aclaración de Austin: realizar un acto ilocucionario es “llevar a cabo un acto al decir algo, como cosa diferente de realizar el acto de decir algo.” Ello requiere la correcta aprehensión por parte de la audiencia del tipo de acto realizado al decir algo. Lo que hacemos al decir algo es producto de la asociación a un determinado contenido proposicional de una específica fuerza, asociación que se produce en el ámbito de la comunicación lingüística y de la que es necesario ser concientes cuando nuestro objeto de análisis lo constituye el acto lingüístico total en la situación lingüística total (Véase conf. 12 – pág. 196). “Me referiré –dice entonces Austin- a la doctrina de los distintos tipos de función del lenguaje que aquí nos ocupan, llamándola doctrina de las ‘fuerzas ilocucionarias’.” (Ibíd.: 144 – mis cursivas.) Así, la intuición básica de Austin se plasma en la distinción de las

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dimensiones fuerza y significado, donde significado se entiende como sentido y referencia, o sea, como decir algo en el sentido del acto locucionario20. Por su parte, en relación con los actos perlocucionarios podemos, para abreviar el extenso y detallado tratamiento de Austin, citar la caracterización de E. Rabossi: “El acto perlocucionario corresponde al acto que llevamos a cabo porque decimos algo, es decir, corresponde a la(s) consecuencia(s) o el (los) efecto(s), buscado(s) o no buscado(s), que tiene lo que decimos sobre los acontecimientos, los pensamientos o las acciones del auditorio. El efecto perlocucionario de un acto de decir algo es de tipo causal.” (Rabossi, 1999: 59) Con estas rudimentarias distinciones a la vista podemos dar cuenta de las ideas clave: en primer lugar es claro que el tema, el objeto central de la investigación es el acto ilocucionario. Se intenta distinguir entre éste y los actos locucionarios y perlocucionarios; en el primer caso mediante los criterios de distinción entre fuerza y significado, y en el segundo caso distinguiendo los tipos de efectos y consecuencias que producen unos y otros. Así, se demuestra que 1) la fuerza ilocucionaria no es ni puede ser absorbida por el significado, y –en relación con ello– que las condiciones de felicidad que ha de satisfacer un acto ilocucionario no pueden ser equiparadas a las condiciones de verdad de una oración. También se muestra que el carácter convencional de los actos ilocucionarios ha de ser claramente distinguido del carácter causal de los efectos de los actos perlocucionarios. Por otro lado, Austin se propone (y logra según mi criterio) hacer de la descripción y la constatación nada más que dos tipos de actos ilocucionarios, sin privilegio alguno (Ibíd.: 196). Y, por último, el punto al que quería llegar es el siguiente: es posible, según Austin, construir la nómina de las fuerzas ilocucionarias listando los verbos realizativos y clasificándolos/agrupándolos según la naturaleza de cada tipo de acto y sus criterios de identidad, con lo cual la dicotomía realizativos/constatativos “tiene que ser sustituida por la idea de que hay familias más generales de actos lingüísticos emparentados y parcialmente superpuestos” (Ibíd.: 197). Esta es, en efecto, la tarea que el autor encara en la duodécima conferencia. Allí distingue, aunque no sin dejar claro el carácter tentativo de esas distinciones, entre “cinco clases generales de verbos [realizativos]” (Ibíd.: 198) y ellos son: los judicativos, los ejercitativos, los compromisorios, los comportativos y los expositivos. Es sumamente difícil dar cuenta de estas categorías de acuerdo con la exposición de Austin, extensa y compleja debido a que se articula mediante la comparación de cada categoría con las demás. Cito por tanto simplemente su conclusión, Dice Austin: “Para resumir, podemos

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Si en este punto uno no está convencido de la plausibilidad de la distinción sugerida por Austin puede ser útil recordar que si bien Searle no acepta la distinción entre actos locucionario y actos ilocucionario ello no lo lleva rechazar la diferencia entre fuerza y contenido proposicional, F(p) en su ya tradicional notación.

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decir que usar el judicativo es enjuiciar [y esto incluye verbos como: absuelvo, interpreto (como), calculo (que), diagnostico, etc.]; usar el ejercitativo es ejercer una influencia o una potestad [así por ejemplo: despido, nombro, anulo, etc.]; usar el compromisorio es asumir una obligación o declarar una intención [adhiero, prometo, asumo, pacto, etc.]; usar el comportativo es adoptar una actitud [por ejemplo, pedir disculpas, expresar solidaridad, agradecer, etc] y usar el expositivo es clarificar razones, argumentos o comunicaciones [conjeturo, afirmo, replico, etc].” (Ibíd.:210) Quedan distinguidas entonces fuerzas ilocucionarias, usos del lenguaje, acciones. Y la clasificación de las mismas, de la enorme multiplicidad de ellas, se logra mediante el agrupamiento según tipos, respecto de los cuales se dan simplemente definiciones extensionales, incompletas siempre, pero lo suficientemente específicas como para permitir su

operacionalización. Llegamos así a nuestra conclusión.

Conclusión. La conclusión que quisiera esbozar es la siguiente: creo haber dejado claro que una taxonomía o “inventario de géneros discursivos” (Bajtín, 2001: 269) que resulte teóricamente productiva, es decir, que resulte controlable y que provea criterios de observación y clasificación sistemáticos y consistentes, no puede ser producto de consideraciones relativas a la estructura o composición gramatical ni tampoco producto de consideraciones relativas al contenido temático de los actos de habla o enunciados, sino que es sólo en base a la consideración de las distintas fuerzas ilocucionarias, asociadas en cada instancia de interacción comunicativa verbal con un contenido proposicional (p) susceptible de permanecer invariante más allá del uso variable del mismo que se hace en cada caso alternando sólo la fuerza ilocucionaria de la emisión, que se alcanza ese objetivo. Esto no implica negar la riqueza de los análisis de M. Bajtín, que pueden servir de correctivos a la aridez de la filosofía analítica del lenguaje propensa a cometer las falacias abstractivas que Karl-Otto Apel ha venido denunciado insistentemente. Ni tampoco implica conceder una confianza ciega a la propuesta de Austin que, es preciso reconocerlo, ha tenido que ser corregida ya que tal y como la presentara no cumplía con las exigencias de disyuntividad y distinción que se aplican a una clasificación. Sin embargo, la teoría de los actos de habla me ha parecido la perspectiva más adecuada a la hora de proveer los aquí tan buscado criterios de diferenciación y clasificación21.

Críticas y correcciones a la propuesta de clasificación de Austin (que difieren a su vez entre sí) se encuentran en Searle, 1979 y en Habermas, 1981.

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Bibliografía Consultada: - Austin, J. L., Cómo hacer cosas con palabras, Paidós, Buenos Aires, 2003. - Bajtín, Mijaíl M., Estética de la creación verbal, Siglo XXI Editores, Buenos Aires, 2002. - Benveniste, E., “El aparato formal de la enunciación”, en: Benveniste, E., Problemas de lingüística general II, Siglo XXI Editores, México, 2002. - Dascal, M. (editor), Filosofía del lenguaje II. Pragmática, Trotta, Madrid, 1999. - Habermas, J., Teoría de la acción comunicativa, Tomo I, Taurus, Madrid, 1999. - Lafont, C. y Peña, L., “La tradición humboldtiana y el relativismo lingüístico” en: Dascal, 1999. - Rabossi, E., “Actos de habla” en: Dascal, 1999. - Searle, John R., Actos de habla, Cátedra, Madrid, 2001. - Searle, John R., “A taxonomy of illocutionary acts” en: Searle, J. R., Expression and meaning, Cambridge University Press, 1999.

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