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IX.

Labadie el nómada
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lfándersmann, a la vez errante y emigrante: «el que camina»334. Ho
( del por los modelos que lo .inspiran, va hacia el .
pre mas al norte, como la mendiga de Marguente Duras descIende •.
el sur
335
De la Guyena donde nació y donde se hizo jesuita, pasa a •
Amiens, Montauban, Orange -oscilaciones francesas-, después tal VI
a Londres, o a Ginebra, después a los Países Bajos, Utrecht,
Amsterdam, y aún más lejos, a Dinamarca, Altana, donde muere en
dio del grupúsculo que él mismo ha formado (¿«los secuestrados de
na»?) y que continuará su migración sin él hacia América del Nort'
«nomadismo infatigable» de este héroe barroc0
336
hace pertinente una
blemática del espacio. El viaje interior se transforma en itinerancia
gráfica. La historia de Labadie es el espacio indefinido creado por la
posibilidad de un lugar. Sus etapas vienen marcadas por las «religiones.
va atravesando: jesuita, jansenista, calvinista, pietista, chiliasta o mile
ta, y finalmente «labadista» -etapa mortal-o Pasa. No puede detenerse.·
Evoca a Juan Bautista, el caminante tal como lo esculpió
el instante en que el movimiento es una pérdida de equilibrio. Esta q'
deviene un caminar si resulta que un segundo lugar existe después del
mero, pero el artista, aislando al personaje, hace incierta esta hipót
¿cómo saber si cae o si camina? Para Surin, caminar es arrojarse hacia
ra, arrojarse por la ventana. Labadie cae así fuera de los lugares donde /
puede mantenerse, yeso deviene un caminar, acaba por construir una
toria porque, cada vez, milagrosamente, otros lugares lo «reciben» o,
exactamente, como él mismo no deja de repetir, «preservan» su cuerpo:
la caída «soportándolo». Cada uno de estos lugares proporciona, en el .
timo momento, «otro suelo», dice, allí donde normalmente podía pr
l
mirse el vacío; y cuando al final de su vida, tras una nueva partida, ca
tata la ausencia de un nuevo «soporte» (como si, por azar, hubiera lle
al final de las tierras posibles), lo reemplaza por un delirio. Así pues, sie
pre es empujado fuera del lugar donde se encuentra y sorprendido por
lugar que sobreviene después, uno, intolerable, y el otro, providencial;
signo de la corrupción de las sociedades, y el otro, prueba de su elecció:
Va de desequilibrio en desequilibrio, y de milagro en milagro. Sólo t:s «
tural», siempre inminente, el movimiento de caer. Su
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regrinaje. Es la «teoría» (el desarrollo en el modo de itinerario) de un di- -<
vorcio -«gracia»' (el milagro) y la extensión.
Es' en elmomento en que la caída (re)comienza y en que la aparición
de «otro suelo» todavía es improbable, cuando la escritura de Labadie se
lllultiplica y precipita, como para colmar mediante el discurso el vacío en­
tre una cosa y la otra. Escritura también nómada, interminable, panfletaria
y profética, arrojada con prisa, al ritmo del lugar que condena al perderlo
y del lugar, incierto y necesario, que anuncia como un próximo milagro.
Sus textos no constituyen un sistema. Son los efectos, prolijos, excesivos,
de una manera de padecer el espacio: Labadie sufre el espacio como se tie­
ne dolor de tripa o de cabeza. Sus escritos forman la puntuación extraña,
fantástica, de un paisaje progresivamente vaciado de lo real que dichos es­
critos rechazan en cuanto lo descubren, y lleno de lo extraordinario que
proyectan sin jamás encontrarlo. Cada vez, construyen una tierra de ficción
relativa a una institución que falta. Estos procesos de desplazamiento, liga­
dos a las decepciones y las expectativas de las sucesivas etapas, todavía se
adhieren a aquello de lo que se separan. No se puede hacer de ello un todo
autónomo. Dispersan en fragmentos el marco de una autobiografía que no
tiene un texto propio. Cada uno de ellos aparece para decir: «Yo» no está
aquí. Desorbitación y defección del discurso, toda esta literatura arrojada
hacia una exterioridad (diseminada ella misma como un espacio) fabrica
una atopía que no podría ser la historia de una institución, de un pensa­
miento o de una personalidad «labadista» (toda historia construye una le­
gitimidad). Este relato que prolifera en los umbrales narra acontecimientos
que, en coyunturas diversas, siempre son caídas evitadas de milagro. Pero
cada escrito, fijado en el instante presente, como un éx-tasis, olvidadizo de
los precedentes, ignorando los siguientes, ocupado en una caída y una gra­
cia próximas, también es una variante del «esto no puede duran>. De este
modo entrecortado, el conjunto repite una forma casi abstracta de la ex­
periencia espacial: su carácter aleatorio y finalmente imposible. No perte­
nece, pues, a nadie. Es el texto de un no-lugar.
Por eso no resulta sorprendente que los rumores cubran todo lo que La­
badie hizo o dijo. Estos rumores son la forma social, actual, de ese no-lugar.
Ninguna institución lo reivindica, «soporte» necesario, como se sabe, para
que haya producción de una historiografía. Las «traicionó» a todas -en un
doble sentido: las abandonó, pasándose al enemigo de enfrente, y desveló
una diferencia intolerable entre sus discursos sobre sí mismas y su funcio­
namiento efectivo, entre su «verdad» y su realidad-o Las hiere en esta jun­
tura, en efecto intocable en el interior de la Iglesia, del «partido» o de la
organización social que legitima una «verdad» de la militancia. No se atie­
IX. Labadie el nómada
(' a la vez errante y emigrante: «el que camina»334. Hombr:'\
\ del Midi por los modelos que lo inspiran, Labadie va hacia el norte, sie;;;;)
pre más al norte, como la mendiga de Marguerite Duras desciende hacia
el sur
335
• De la Guyena donde nació y donde se hizo jesuita, pasa a París,
Amiens, Montauban, Orange -oscilaciones francesas-, después tal vez irá
a Londres, o a Ginebra, después a los Países Bajos, Utrecht, Middelburg,
Amsterdam, y aún más lejos, a Dinamarca, Altona, donde muere en me­
dio del grupúsculo que él mismo ha formado (¿«los secuestrados de Alto­
na»?) y que continuará su migración sin él hacia América del Norte. El
«nomadismo infatigable» de este héroe barroc0
336
hace pertinente una pro­
blemática del espacio. El viaje interior se transforma en itinerancia geo­
gráfica. La historia de Labadie es el espacio indefinido creado por la im­
posibilidad de un lugar. Sus etapas vienen marcadas por las «religiones» que
va atravesando: jesuita, jansenista, calvinista, pietista, chiliasta o milenaris­
ta, y finalmente «labadista» -etapa mortal-o Pasa. No puede detenerse.
Evoca a Juan Bautista, el caminante tal como lo esculpió Donatello, en
el instante en que el movimiento es una pérdida de equilibrio. Esta caída
deviene un caminar si resulta que un segundo lugar existe después del pri­
mero, pero el artista, aislando al personaje, hace incierta esta hipótesis:
¿cómo saber si cae o si camina? Para Surin, caminar es arrojarse hacia fue­
ra, arrojarse por la ventana. Labadie cae así fuera de los lugares donde no
puede mantenerse, yeso deviene un caminar, acaba por construir una his­
toria porque, cada vez, milagrosamente, otros lugares lo «reciben» o, más
exactamente, como él mismo no deja de repetir, «preservan» su cuerpo de
la caída «soportándolo». Cada uno de estos lugares proporciona, en el úl­
timo momento, «otro suelO», dice, allí donde normalmente podía presu­
mirse el vacío; y cuando al final de su vida, tras una nueva partida, cons­
tata la ausencia de un nuevo «soporte» (como si, por azar, hubiera llegado
al final de las tierras posibles), lo reemplaza por un delirio. Así pues, siem­
pre es empujado fuera del lugar donde se encuentra y sorprendido por el
lugar que sobreviene después, uno, intolerable, y el otro, providencial; uno,
signo de la corrupción de las sociedades, y el otro, prueba de su elección.
Va de desequilibrio en desequilibrio, y de milagro en milagro. Sólo «na­
tural», siempre inminente, el movimiento de caer. Su eLl'e­
regrinaje. Es la «teoría» (el desarrollo en el modo de itinerario) de un di­
(el milagro) y la extensión. . . ..-----.--­
Es-eñ-ermomenfo en que la caída (re)¿onuénza·y en que la aparición
de «otro suelO» todavía es improbable, cuando la escritura de Labadíe se
multiplica y precipita, como para colmar mediante el discurso el vacío en­
tre una cosa y la otra. Escritura también nómada, interminable, panfletaria
y profética, arrojada con prisa, al ritmo del lugar que condena al perderle
y del lugar, incierto y necesario, que anuncia como un próximo milagro.
Sus textos no constituyen un sistema. Son los efectos, prolijos, excesivos
de una manera de padecer el espacio: Labadie sufre el espacio como se tie­
ne dolor de tripa o de cabeza. Sus escritos forman la puntuación extraña
fantástica, de un paisaje progresivamente vaciado de 10 real que dichos es­
critos rechazan en cuanto lo descubren, y lleno de lo extraordinario qw
proyectan sin jamás encontrarlo. Cada vez, construyen una tierra de ficciól
relativa a una institución que falta. Estos procesos de desplazamiento, liga
dos a las decepciones y las expectativas de las sucesivas etapas, todavía s'
adhieren a aquello de 10 que se separan. No se puede hacer de ello un todl
autónomo. Dispersan en fragmentos el marco de una autobiografía que Ili
tiene un texto propio. Cada uno de ellos aparece para decir: «YO» no est
aquí. Desorbitación y defección del discurso, toda esta literatura arrojad
hacia una exterioridad (diseminada ella misma como un espacio) fabric
una atopía que no podría ser la historia de una institución, de un peusa
miento o de una personalidad «labadista» (toda historia construye una 1f
gitimidad). Este relato que prolifera en los umbrales narra acontecirnient<
que, en coyunturas diversas, siempre son caídas evitadas de milagro. Pel
cada escrito, fijado en el instante presente, como un éx-tasis, olvidadizo c
los precedentes, ignorando los siguientes, ocupado en una caída y una gr:
cia próximas, también es una variante del «esto no puede durar». De es
modo entrecortado, el conjunto repite una forma casi abstracta de la e:
periencia espacial: su carácter aleatorio y finalmente imposible. No pert·
nece, pues, a nadie. Es el texto de un no-lugar.
Por eso no resulta sorprendente que los rumores cubran todo lo que L
badie hizo o dijo. Estos rumores son la forma social, actual, de ese no-lug
Ninguna institución 10 reivindica, «soporte» necesario, como se sabe, p;
que haya producción de una historiografía. Las «traicionó» a todas --en 1
doble sentido: las abandonó, pasándose al enemigo de enfrente, y
una diferencia intolerable entre sus discursos sobre sí mismas y su funci
namiento efectivo, entre su «verdad» y su realidad-o Las hiere en estaju
tura, en efecto intocable en el interior de la Iglesia, del «partido» o de
organización social que legitima una «verdad» de la militancia. No se at
ne al compromiso que supone, para «salvan la institución y para estar mo­
ralmente autorizado a permanecer en ella, que su «verdad» se haya retira­
do «a las bases» (esta ITÚstica «interioridad» que tiene como equivalentes,
en la historia revolucionaria, al «pueblo» o a «las masas»); que sólo sea co­
rrompida o contradicha por los responsables; y que baste por lo tanto con
reformarlos a ellos para restaurarla. Juzga el espíritu a partir de lo que ve,
perspectiva espacial (una vez más) que no postula, detrás de las conductas
efectivas, un reino autónomo de símbolos. Su reacción utopista es el efec­
to de un análisis «realista». A esta perspicacia ofensiva, las instituciones res­
ponden con rumores que desacreditan al locutor. Táctica tradicional. En el
caso de Labadie, sus muchas «apostasías» hicieron proliferar por todos lados
estas leyendas que aprovechan el cuerpo del acusado para extinguir su dis­
curso: su temperamento, su nacimiento, sus enfermedades, sus violencias,
su locura, su voyeurismo, sus obsesiones sexuales sobre todo, territorio por
excelencia de las maniobras defensivas. El sexo desacredita el texto. Inútil
volver a remover estos chismes, de los que el mismo Bayle, el erudito, el
crítico, se hace eco en una entrada, hábilmente escogida, de su Diccionario:
el artículo «Mamilares» -una historia de mamas-o Impresiona sobre todo la
secuencia que repiten todas las instituciones, al hacer suceder a un exceso
de honor un exceso de indignidad: honor cuando al llegar Labadie testi­
monia que su institución es superior a sus rivales; indignidad, cuando al
partir demuestra que no es mejor que las demás. Todas estas «indignidades»
se acumulan. Han enterrado al traidor. Todavía lo cubren, aun cuando, tras
un artículo hagiográfico en lA France protestante en 1856
337
, la revisión del
proceso está en curs0
338
.
Doblemente oculto, por sus propios textos y por el rumor de los otros,
Labadie no puede ser presentado verdaderamente. Tampoco puede ser ol­
vidado en la escena ITÚstica en la que ha representado prácticamente a to­
das las figuras. Quizás, como hizo Van Berkum con una erudición precisa
pero tratándolo a la manera de su contemporáneo Alexandre Dumas
339
, de­
bería aparecer como un personaje de novela. De un modo dramático y en
el campo de la espiritualidad, este héroe pertenecería a la tradición que va
del Don Juan de Tirso de Molina (el Burlador de Sevilla, 1630) al Neveu de
Rameau, «traidor» seductor, «demonio» del pasaje, espíritu en búsqueda de
un cuerpo imposible... Queda también la posibilidad de que su silueta fu­
gitiva atraviese el teatro del texto. Las huellas numerosas, editadas, y aún
más, manuscritas, que jalonan sus viajes, trazan la singularidad de un reco­
rrido (más que la supuesta psicología de un individuo o la configuración de
una doctrina). Evocan igualmente lo que, del «espiritual», cae ya y pasa con
él. Aquí, tendremos sólo un rasgo, rayando la (falsa) vitrina de la ITÚstica.
1. Un espíritu en busca de un lugar
En el momento en que los abandona, Labadie declara a sus «amig05
católicos: «Al cambiar de comunión, no he cambiado de vocación»34'
Terna, o más bien motiv musical de un translatus, «transporte» ITÚStico .
geográfico, que es trasgresión de la ley propia de cada lugar y trasplante in
definido. Nacido el 13 de febrero de 1610 en Bourg-en-Guyenne, dondl
su padre, Jean-Charles, era lugarteniente de la ciudadela, Jean de Labadic
se siente marcado por Dios desde su juventud, «tanto por la gracia interio,
de su Espíritu como por la de su Escritura», dos fuentes que para él siem­
pre conducirán a la palabra interior. «Desde mis más lejanos recuerdos».
añade, «tengo memoria de haber sentido las impresiones de su Espíritu,
que mi infancia no me permitía discernir cuando las recibí, pero despué5
he sabido y sentido no haber sido ni ser más que suyo». Esta inspiración
no se distingue de él más que por un efecto ulterior del aprendizaje y del
lenguaje. Pero en un primer momento es un instinto, una «inclinación in­
nata», como decía Cluniac en 1628
341
. Algo nace en él que está en él. Tam­
bién «a esta corta edad» quedó «impresionado por esa expresión de que era
bueno para un niño llevar el yugo de Dios desde una edad temprana»342.
Esta referencia a una infancia fundadora separa de entrada al «salvaje» de la
educación ilustrada, según la cual es necesario que «nos deshagamos de los
prejuicios de nuestra infancia»343.
Entra en el noviciado jesuita de Burdeos el 28 de diciembre de 1625:
tiene, pues, quince años
3
«. Sus dos primeros años de forrnación345 los de­
dica ya a la composición de «tratados» sobre la ITÚstica. Tras finalizar los es­
tudios de filosofía en Burdeos (1628-1631), en el momento en que se es­
tán discutiendo allí las «devociones extraordinarias» de Cluniac, Du Tertre,
346
etc. , se marcha dos años a Périgueux (1632-1633); después está un año en
el colegio de Agen (1634), antes de volver a Burdeos para estudiar teolo­
gía. En 1639, es ordenado sacerdote
347
. Desde 1637, Muzio Vitelleschi, ge­
neral de la Compañía de Jesús, muestra su preocupación al enterarse de
que el padre Jérome Baiole va repitiendo por todas partes que «un joven
teólogo llamado Labadie... estaría viviendo «per modum puri spiritus» (a la
manera de un puro espíritu), habría alcanzado el estado de visión beatífi­
ca, y otras historias absolutamente ajenas al espíritu de la Compañía»348. A
pesar de las admoniciones romanas, los talentos y el vigor del joven profe­
ta le granjean un número creciente de admiradores, como André Dabillon,
que entró al noviciado en 1622
349
, profesor de lógica y que, en 1642, deja­
rá a los jesuitas para seguir a Labadie
J50
, porque «en su vida ha encontrado
únicamente a un buen religioso»J51 -el mismo del que Jean du Ferrier evo­
ca los «comienzos tan bellos», como de «una estrella que se levanta»J52.

«Su sociedad», dirá (no sin exceso) el erudito Nicéron, «lo consideraba:
como un prodigio de espíritu y de piedad». ¿Por qué? «Predica ante todo'
el mundo la antigua doctrina de los Apóstoles.»353 Prestigio de la Iglesia
primitiva, que es el lugar del Espíritu. A diferencia de los «pequeños san­
tos» que son sus cofrades en Guyena, Labadie se remonta a los orígenes de
la Iglesia, y no sólo a los de la Compañía. Por este retorno a un comien- ,
l
zo, pertenece sin embargo, como ellos, a esos «místicos reformados» que}
Vitelleschi teme como a la peste. Labadie intenta un agrupamiento de los
«regenerados». ¿Pero cómo ha conocido a este Espíritu fundador sino es ;'
por el espíritu de su propia infancia, por una inspiración que le hace con­
temporáneo de ese pasado hoy corrompido? «Observo [...] que para hacer
una verdadera copia o un cuadro de la Iglesia cristiana, hay que sacarla de
su original; que ese original era el primer cristianismo tal como Jesucristo
10 fundó y como los apóstoles 10 prometieron, tal como pide el Evangelio
y como los Hechos 10 describen [...]. Dios, manteniéndome en un gran de­
seo de esta gran obra, pronto me manifestó que [...] su designio era hacer­
me trabajar» en esta cruzada reformista
354
. La primera operación consiste
pues en producir una representación: hacer o «sacar un retrato», como se
decía en el siglo XVII, es construir una imagen, como en los «admirables
artificios» caros a la catoptromancia que se desarrolla por aquel entonces
entre los propios jesuitas
355
. Ninguna época, sin duda, ha conocido mejor­
las añagazas de la imagen. En efecto, si la «visión» hace surgir 10 que no está
aquí, un ausente (un muerto, un pasado o el rey), desvela, por eso mismo,
un desdoblamiento del yo. Lo que veo en la imagen del otro soy yo; no ':
estoy aquí donde estoy, sino en otro lugar, en el espejo que representa el
otro ausente, y yo no 10 sabía: tema icónico de esos años. El otro que apa­
rece en la visión es un yo desconocido. El «puro espejo» (<<speculum sine
macula») es pues el «enigma», la «palabra oscura» que dice una ausencia a
uno mismo. No es sino una ficción o un simulacro del alma. La claridad
del objeto aparecido designa la oscuridad que separa al espíritu de sí mis­
mo; es un «artificio», pero interior. Labadie surge de este «misticismo vi­
sionario barroco»356, pero la «copia» o el «retrato» que él saca de los oríge­
nes es precisamente el no-lugar de su espíritu, una «morada prestada», una
metáfora, un traslado fuera de sí. Su visión misma le muestra que no está
en sí mismo. Está privado de sí mismo por el lugar en el que está.
El gesto de abandonar a los jesuitas no es, en el fondo, sino un efecto
lógico de esta experiencia. Labadie escribe que al «designio» de hacer efec­
tiva la «copia» de los orígenes, al designio de estar al fin en la Imagen (esta
verdad extranjera) o de hacerla coincidir con un lugar en el que esté, Dios
<,insertó una cláusula que primero me causó sorpresa, pero que no me
arrojó por ello a una verdadera desconfianza; consistía en que no serviría
l,
a este designio sino fuera del lugar en el que me encontraba y separa,
la sociedad a la que estaba unido»357. Rasgo impactante, esta «cláusula»
bién le fue notificada mediante la palabra de otro, una palabra que fu
na como la imagen del otro en él mostrándole que ahí donde se en<
tra no está en su verdad (Dios). «Una persona tan luminosa como pia
le dice: «Haced 10 que Dios quiera y 10 que él os lleve o empuje a }
que es que salgáis de los jesuitas... »358. Labadie habla en la palabra di
<'persona luminosa» como habita la imagen de la Iglesia ideal, pero es!
labra y esta imagen se mantienen fuera del lugar que él ocupa (su cu
y este cuerpo social). Le muestran su alienación. Pero es (será) sobre
la imagen, ese espacio otro, 10 que le hace ver su exilio. La propia visi
exílica. Más en general, parece que al construirse un universo óptic0
3
espíritus del siglo XVII se separan de las realidades que articulaban su
tidad. De cualquier forma, para volver a un caso concreto, Teresa de ,
que se lamentaba de no tener imaginación, experimenta más bien 1
determinado de un interior sin fondo, divino, que la <<nostalgia» de
visibles, y por 10 tanto distintas, que deletrearían fuera de ella su impc
verdad.
Labadie «saldrá de los jesuitas» en la primavera de 1639. Durante e
anterior (1638-1639), vive con Jean-Joseph Surin en el colegio de BI
os. Ya se habían encontrado en varias ocasiones. Surin, diez años JI
vuelve herido de sus batallas de exorcista en el teatro de la posesié
Loudun. Está enfermo, loco, infectad0
360
. Labadie todavía disfruta de
admiración general, pero ya no está allí. Su confrontación está a la :
de sus genios extraños y diferentes. En 1663, Surin evocará esa épol
que, <'por orden de mi provincial, me comunicaba con él». Se suponía
en su triste estado, los consejos del joven profeta podían ayudarlo. R
xiones de Surin: «Tenía muy buenas cosas, y muchas semejantes a la
yo había tenido, y si Dios no me hubiera dado el deseo de no apo),
en mi sentido y de no desistir jamás de mi primera vocación, y sobre
de la obediencia, no tengo ninguna duda de que, en esta mezcla de
ritus, yo hubiera naufragado tanto como él... Le hablaba de su engañ<
se dejaba conducir hacia el espíritu extraordinario que, a mi parec
principio había sido bueno y fue aprobado por varios grandes sirvienl
Dios, pero, a causa de esta falta de humildad, por haberse preferido
píritu de su vocación [...] y por haberse abandonado a sus instintos, '
por creerse inspirado por Dios, se dejó engañar por falsas apariciones
velaciones... El orgullo 10 había desorientado tanto que se fue arrastrá
se entre las zarzas».
Respuesta de Labadie: «Me dijo que veía en mí muchas cosas del
ritu de Dios y que podría hacer grandes servicios a Dios y progresar
l
cho, pero que la obediencia me retendría siempre a ras del suelo y me ata.A;,
ría las alas; que por eso no llegaría nunca lejos»361. Una palabra provoca
escisión: la «vocación)), definida por uno como una positividad social
impone a un espíritu «universa1» el límite de un cuerpo, de algo real, y fi·:/
nalmente de una muerte, y por el otro, como una revelación interior a la
que su elegido debe inventar un cuerpo. También se confrontan dos siro....,
,igualmente fundamentales en cada uno de ellos. en Su-jo
nn (el nusmo preso en una tormenta): «su nave embarranco), dice, «aban-:¡
donado» a los vientos por presunción y «arrastrado) hacia los arrecifes.:t'
Aérea en Labadie: un espíritu retenido «a ras del suelo) y que se deja «atar :.i
las alas)). Uno, navegante en alta mar, condena una «conducta) temeraria
que desdeña las advertencias; el otro, prisionero de un lugar, desprecia una
fuerza que, por cobardía, no alza el vuelo.
Cuando Labadie solicita abandonar los jesuitas, a finales de 1638, lal
autoridades se sorprenden. Las razones que alega se refieren a dificultades.
de salud (en particular la falta de sueño). Tras el desconcierto por no ha­
ber oído hablar nunca de ép62, Vitelleschi saca de esta partida una lección
que hará furor: «En cuanto al padre Jean Labadie, he aquí desvanecidos
los sueños de los que llenaban con sus méritos páginas enteras y que nos
machacaban las orejas con ellos. Que reconozcan al menos, ahora, de qué
naturaleza fue su precipitación alloarlo... ))363. <,En razón de su petición y
de su mala salud)), Labadie es «liberado de toda obligación para con la"
compañía)), mediante una carta firmada por el provincial, el 17 de abril '"
de 1639
364

En su intento de fundar una «escuela secreta para los simples)36s, Laba,..
die es «recibido)) en varios lugares: Burdeos, París (diversas estancias),
Amiens (1643-1644), Abbeville, Toulouse (1645 y 1649), Bazas, La Gravi'"
lle... No es que, sacerdote secular, se quiera itinerante. Cada vez, responde
a una invitación que le proporciona «otro suelO), en el momento en que
cae de un lugar. Son puestos estatutarios: titular de una cátedra de predi-:
cador en Guyena, canónigo en la iglesia de Saint-Nicolas d'Amiens, di­
rector y confesor de los terceretos en Toulouse o de las ursulinas en Bazas,:
etc. Muy pronto, su elocuencia cautiva a unos y escandaliza a otros. «Que '\
les parezca bien que diga la verdad, como se merece, es decir, de maner;l
un poco fuerte))366: tal es la máxima de la oratoria. La palabra corta el lu­
gar. El no-lugar del discurso corta en la opaca estratificación de la que está
hecha la cohesión de un grupo y planta allí el cuchillo de una ficción di­
cotómica: «Dios llama [...] a unos, por justicia, a los suplicios eternos, a los
otros, por misericordia, a su gloria))367. Operación quirúrgica, «anatómica),
como en Diego de Jesús
368
-que pretende recortar en lo real lo que podría
ofrecer un lugar a la Imagen.
Es la época de las simpatías, después vendrán las discrepancias con Port­
Royal
369
. Existen afinidades doctrinales. Incluso se han supuesto vínculos
ulteriores, personales o intelectuales, entre Labadie y Pascal
370
. ¿Es la histo­
ria tan fantástica como supone Sainte-Beuve (no mezclemos a los puros
con los comprometidos)? Como los jesuitas, los jansenistas borraron los
rastros del seductor después de su traición. Pero, como dice Freud a pro­
pósito de este tipo de represión, «el crimen nunca es perfecto». Quedan
indicios; por ejemplo, una recopilación jansenista de las máximas pronun­
ciadas o escritas por «autoridades» o amigos de Port-Royal: Labadie se en­
cuentra en buena compañía, con Le Camus (el futuro obispo «reformador»
de Grenoble), M. Lombert (traductor de La Ciudad de Dios), N. Manes­
sier (teólogo y muy pronto diputado jansenista en Roma), todos ellos no­
tables de la casa,7!. Por parte de Godefroy Hermant, en nombre de Port­
Royal, Labadie es presentado como un <,libertino» de costumbres
vergonzosas
372
En Amiens, se le acusa de tener relaciones sexuales con las •
religiosas, de lo que se deriva un proceso que llega hasta el canciller Sé­
guier
373
• La misma denuncia se repite en Abbeville. En Toulouse, se cuen­
ta que expande las ideas de los adamitas y de los alumbrados entre los re­
ligiosos terceretos, o que danza ante el altar -una muy hermosa definición,
como sólo los enemigos pueden encontra2
74
-. En Bazas, se dice que él
sembró el veneno de <<la doctrina de Jansenius) entre las ursulinas
375
.
Durante estos pasajes y tempestades, Labadie publica La So/itude chres­
tienne (1645). Éste, que es uno de sus mejores libros (obra de su verde ma­
durez: tiene treinta y cinco años), fundamenta la unión con Dios en la se­
paración del mundo, como si tomara de Port-Royal precisamente lo que
le reprochará. En él trata más de la elección que de la contemplación. «La
consumación en Dios», que llega «hasta la unidad en él por su adherencia»
(una palabra berulliana), es para los elegidos indisociable de su «soledad»,
pues «viven en otro suelo y respiran otro aire»376. Pero esta «soledad», este
«retiro» o este «refugio» no es, como en la ideología religiosa de la época,
el nombre de un lugar constituido y protegido
377
• El «otro suelO» designa
un no-lugar: estando el hombre en todas partes <,fuera» y <<no pudiendo por
sí mismo sino perderse», no hay más experiencia efectiva que la de la caí­
da. El «solitario) es un «vagabundo», siempre engañado por el suelo en el
que ha creído reconocer el suyo. Su vida nómada es la manifestación es­
pacial de la relación permanente que mantiene con la ley de su pérdida.
Para él, nada perdura. No parece que haya en Labadie, nacida de un «ani­
quilamiento» de la inquietud subjetiva por una evidencia interior, ningu­
na certidumbre capaz de afrontar (como ciertos estoicos), de aceptar
(como ciertos quietistas) o de olvidar (como ciertos místicos) la idea de la
predestinación <<natural» a una muerte eterna. Experimenta la ley de esta
ída de los espíritus, que también es la ley de una separación, un poco a
la manera en que Aristóteles examinaba la caída de los cuerpos. Una ame­
naza «antigua», concerniente a la defección del cosmos, reaparece en un
desarraigo religioso «moderno». Única salvación: el milagro de ser soste­
nido, recibido, elegido. La necesidad que tiene de ello, refuerza en Laba­
die la afirmación del milagro del que se beneficia y que significa para él,'
acontecimiento siempre sorprendente, el «apoyo», la recepción y la elec­
ción de las que es objeto en un nuevo lugar. Pero no le basta con esta aco- ,
gida. Sabe, tanto como Surin, de su «engaño». Necesita recibir del exte­
rior una confirmación más sólida. La espera de los mismos públicos que
rompen su esperanza de encontrar allí un lugar. Para él, su rechazo es una
garantía más segura que su admiración. Lo provoca. En su violencia, «tien­
ta» a estas audiencias para sacarles precisamente lo que le niegan. Su hosti­
lidad le vale el lugar excepcional de un mártir que tiene como privilegio
el no-lugar al que lo expulsan. Las audiencias sostienen así su elección:
prueba por vía negativa. Hacen de él el verdadero «solitario». Su oposición
es, finalmente, una gracia más «eficaz» que su primer entusiasmo.
I
r
Antigua tradición mística, pero desplazada. Ya Juan de la Cruz pensaba
q ~ e sól? el d9.lor no engaña: no es que constituya lo esencial de la expe­
rienCia, pero, e ~ m a t e r i a de conocimiento, esta escritura que altera el cuer­
po atestigua una diferencia, al igual que en ciencia el fracaso inscribe lo real
en un marco de expectativas teóricas. En Labadie, el dolor no afecta exac­
tamente a su cuerpo, sino a la «uniÓn» que había creído encontrar con un
cuerpo social; hiere la juntura con el cuerpo que creía que le había sido
dado a su espíritu. De ahí, precisamente, que el espíritu resurja como es­
píritu «solitario», «viviendo en otro suelo». El dolor restaura la Imagen en
su pureza. Lejos de perderse en la multitud (que es la metáfora social de lo
Real), Labadie no deja de provocarla. A su manera, la desana. Se ríe de
ella. Con impaciencia, con arrogancia, espera que se revele la mentira de
la multitud, puesto que su elección interior se cimienta sobre esta menti­
ra. El descrédito de lo real deviene fuente de verdad.
Extraña retórica la de sus textos. Su estÜ:l combina el arte de hacer cre­
er con la necesidad de agredir. Seduce e irrita. En sus discursos hay mu­
cho de edificación, y a menudo monótona. Pero bajo este manto anóni­
mo, brilla el cuchillo con el que castiga a los públicos y los dogmas
tranquilamente asentados en un consenso. Corta. Opone una interpreta­
ción inspirada a la positividad del texto recibido. Despoja a las prácticas ri­
tuales de sus justificaciones escriturales. Separa de la realidad social que lo
aprisiona al espíritu hecho para «respirar otro aire». Lenguaje barroco,
compuesto de gestos contradictorios que no obstante son, todos, actos dis­
yuntivos. No cesa de practicar la «crisis» evangélica: «He venido a divi­
dir»378. Pero finalmente, de las escenas que interpreta en tantos teatros di­
ferentes, ¿dónde está el autor?, ¿quién es?, ¿un muerto pendiente?, ¿alguien
curado milagrosamente por la gracia?, ¿un don Juan?, ¿un actor? Los pú­
blicos se reparten con pasión los personajes que creen reconocer en su re­
pertorio. En cuanto a Labadie, él designa con bastante exactitud la relación
que su vocación mantiene con todas estas mentiras cuando la llama una
«oscura noche de la fe».
En 1650, se pasa al calvinismo. Es acogido calurosamente. La agresivi­
dad entre las Iglesias hace que todo emigrante de una sea la codicia de otra.
Pero, otro elemento decisivo en los ambientes que frecuenta, el código so­
cial impone a cada uno una casilla que lo identifica en el tablero de «puer­
tas» y «estados» religiosos: si no está aquí, entonces está allá; si no es jesui­
ta, entonces es jansenista; si no es jansenista, será calvinista. La itinerancia
de Labadie obedece a la ley del terreno; sigue dócilmente, de casilla en ca­
silla, un orden preestablecido. Ciertamente, este orden tiene un «sentido»
objetivo, como una dirección indicada por la pendiente de la historia. De
casilla en casilla, de modelo en modelo, despliega un diagrama en el que
el ideal «primitivo» se intensifica a medida que se deshace el vínculo del
grupo social con la «presencia» de su origen. Desarrolla las variantes suce­
sivas por las cuales hay historización del Origen (y también fragmentación,
(<1os orígenes»): de acto sacramental presente, el Comienzo deviene repre­
sentación textual pasada. Pivote estratégico de esta evolución, como mues­
tra Labadie a propósito de la eucaristía
379
, el sacramento, efectuación dialo­
gal de la unión entre el hombre y Dios, se escinde en un gesto ético
(desafio de la fe) y una positividad escritural (escena primitiva); entre las
dos mitades, la mística conserva la marca inaccesible de su unión. Etapa
fundamental de este desarrollo, el calvinismo ofrece a Labadie algo con lo
que «anuncian> la relación fragmentada, paradójica, que un desafio (abso­
luto, desligado) mantiene con una Imagen (distante), y la elección incom­
prensible que los reúne. En principio, esta Iglesia sólo circunscribe un lu­
gar cuyo contenido es una inalcanzable regeneración. Marca sus fronteras,
pues, de una manera tanto más rígida cuanto que su «interior» es inacce­
sible a toda apropiación por el saber, la voluntad o los sentidos. Pero pre­
cisamente por eso, pronto se harán intolerables para Labadie las autorida­
des que se han vuelto políticas (cívicas y moralizantes) en nombre de un
«espíritu» que les escapa.
Los primeros momentos son eufóricos. El sacerdote que se convirtió en
Montauban (1650) pronto ejerce el cargo de pastor (1652-1657), tras haber
dirigido a «sus amigos de la comunión romana» su larga Declaración, y des­
pués una Carta a este propÓsit0
380
Pone en un aprieto a sus amigos janse­ •
nistas al p-!:etender que (<la doctrina de la predestinación y de la gracia pre-
I
supuesta, tal como Jansenius la explica y presenta como la única ortodo:


y verdadera, es la pura y entera doctrina de la Iglesia reformada»381. Esto
justamente de lo que los jesuitas acusan a los jansenistas. Un panfleto j
suita utilizará inmediatamente contra Port-Royal la afirmación de Lah·
J
die
382
• A esto añade, en una segunda edición «aumentada, los elogios q
los jansenistas hicieron del mencionado Labadie»: en realidad, no pudo al,
gar más que una página de la Seconde apologie pourJansénius (Segunda
logía para Jansenius) en la que Labadie y Dabillon son tratados como «ecl
siásticos de una virtud ejemplar»383. En su respuesta, bastante confusá¡!
Arnauld reestablece las diferencias que Labadie no deja de compromet6i!l;!
haciendo «circular» los lugares como el traid02
84
o el cornudo en los
tos tradicionales. El converso no se contenta con abandonar los lugaresi4
como un «shifter» (en el sentido que Jakobson da a este término), los ponc'v
en movimiento y los baraja como si se tratara de cartas.
De 1657 a 1659 está en Orange. El vicelegado de Avignon, Gasparcd
Conti, informa regularmente a la Secretaría de Estado romana sobre las
timañas del «apóstata», al que llama «1'Abadia». Entramado de cartas secre.. 'il
tas
385
. El fantasma
386
vuelve a entrar en los despachos romanos -los de";i
«vuestra Eminencia» (el cardenal Pamphili) y no ya los de «vuestra Pate!'.. ' ':f
nidad» (Vitelleschi)-, pero con el mismo motiv que antaño: «La corrupción i,'i
del bien es lo peor que hay»387. Ha tomado un mal rumbo. La cuestión es' ¡l
más bien saber cuál va a tomar. Huyó de las «persecuciones» de las que
objeto en Montauban; se repiten en Orange. Tiene contactos en Londres;,;l
lo que le proporciona un largo informe en el que se habla ya de sus méri- \1
tos: El «Sr. de Labadie, ministro de una vida muy ejemplar y de una doc'"
trina singular [...], habiendo abjurado en otra época la Religión papética,
se retiró en Montauban donde tuvo tal éxito con sus predicaciones que un
gran número de personas siguieron su ejemplo, lo que movió a la última'
Asamblea celebrada en París, a causa de su inoportunidad, a lograr del Rey
de Francia que abandonara el Reino para evitar con ello que su ministe­
rio progresara aún más en Montauban y en sus alrededores con la conver­
sión de aquellos que iban a escucharlo. Habiéndose retirado dicho minis­
tro, para evitar persecuciones, en el condado de Orange fuera del Reino,
no disminuyó su éxito, yendo los de Avignon y sus alrededores en multi­
tud a escucharlo, de tal manera que, si el Legado no hubiera ordenado a
los del condado de Avignon que no volvieran, parecía que en esa tierra ha­
bría una gran conversióm
388
.
La Iglesia francesa reformada de Westminster, en Londres, le ofrece un
puesto de predicador (1659). Tras consultar a los pastores de la Iglesia re­
formada de París (Drelincourt, Daillé, Gasche), acepta, con el propósito de
pasar por Ginebra y por Alemania. Pero sus logros en la ciudad de Calvi­
no harán que se establezca allí durante siete años (1659-1666). El «Regis­
tro de la Compañía de los pastores» permite seguir, semana por semana, el
paso de la seducción a la exclusión. Viernes 10 de junio de 1659, «llegada
de Mr. de Labadie a Ginebra»389. Predicará el día 12. Martes 14 de junio,
en razón de «la satisfacción de nuestro pueblo con sus sermones», parece
bueno «retenerlo aquí como pastof»390. Flechazo. El 18 ya explica a la
Compañía «que su vocación es divina»391, y lo repetirá cien veces, la pri­
mera en un largo discurso autobiográfico, el 2pn. Ingresa como pastor,
pero «se le hace prometer que ni participará ni quiere participar en las no­
vedades»393. Todas las instituciones se parecen. El 29 de julio, primera difi­
cultad: las predicaciones que se le asignan en el templo de Saint-Pierre
caen «en concurrencia» con las de M. Turrettin. La Compañía tiene cui­
dado con los compromisos
394
. En noviembre, la gente ya habla de él «con
cierta impaciencia»395. En diciembre, es él quien ataca, a partir de un deta­
lle, pero central: en un sermón, afirma que es «necesario quitar las imáge­
nes de los Apóstoles que están en las ventanas de dicho templo» (de Saint­
Pierre). La Compañía responde alegando argumentos escriturales, una
decisión del Consejo, una costumbre antigua. Es inútil. Labadie considera
que estos vitrales «son objeto de idolatría»396. Hay una sola imagen, el «cua­
dro de la Iglesia cristiana», que le es interior. Es la reliquia de su cuerpo
espiritual, algo análogo a la «penúltima imagen» en la que, según Freud, el
fetichista se detiene ferozmente porque sabe: ha visto la ausencia que la se­
guía. La imagen protege, ficticiamente, de una carencia ya conocida que
precisamente le otorga su importancia. Lugar al mismo tiempo protector
y testimonio del no-lugar, y por lo tanto intocable. Labadie no puede ha­
cer concesiones. La Compañía le impone «que no vuelva a predicar con­
tra [estas] imágenes» y también «que abrevie los sermones» -siempre se ex­
tiende demasiado, no puede «detenerse»-. Las dificultades se multiplican:
a propósito de los profesores y de los estudiantes de teología, a los que acu­
sa por su nombre (un caso que dura más de un año, 1662-1663); a propó­
sito de los panfletos de Mauduit publicados contra él en Lyon y Greno­
398
ble397 , de los que se le pide que de una respuesta y que la muestre ; etc.
Debates inagotables.
Período intenso, no obstante. En Ginebra, conoce a Philipp Jacob Spe­
ner, poeta de la «Seelensprache» (la «lengua del alma»), profeta de un «des­
pertar» espiritual a través de la «piedad práctica» y que le deberá la inspira­
ción pietista de sus Pia desideria (1675)399. Allí hace sus discípulos más fieles:
Pierre Yvon (1646-1707), que será su sucesor a la cabeza de los labadistas;
el pastor Pierre du Lignon, proveniente de la Academia de Saumur; etc.
En este elevado lugar teológico, trata las cuestiones fundamentales: la cris­
tología, lalclesiología, la Eucaristía, la exégesis, el ministerio pastoral. A
í
'
partir de ahí elaborará sus libros doctrinales más importantes (aunque oc¡)
los más originales): Le Hérault du grand roi jésus (Amsterdam 1667), Le,
li'íomphe de l'Eucharistie (A. Wolfgang, Arnsterdam 1667), LA Puissance ee,:"
clésiastique bornée al'Éeriture et par elle a. van Elsen, Amsterdam, s.d.),
Riformation de l'Églíse par le pastorat (H. Schmidt, Middelburg 1667-1668),'
etc. La circulación de estos textos avanza. Al principio, proliferan en Gi.¡.
nebra, surgidos del lugar abandonado. «Salen» de allí. En la vigilancia i
tillosa de la que, cada vez más, Labadie es objeto desde 1662
400
(a menudQ
se lamenta de ello a la Compañía), no sólo se repiten prisiones pasada&."
sino también una cuestión relativa, una vez más, a la autoridad cuyo po­
der se acredita disciplinando el espíritu: «Niego que los pastores o los obis.
pos sean ordenados como legisladores sobre los fieles, para establecer las re...
glas de vida que les plazcan u obligar a mantener sus decretos o su.':
estatutos»401. Labadie no critica el poder del Estado y de los magistrados..
Al contrario, se hace su apologista y condena al «clero romano» por habet'
querido «sustraerse» a ellos
40
'. Pero rechaza la autoridad espiritual que Sf
otorga el «poder civil», y sobre todo, recíprocamente, la asimilación de una;¡
comunidad de «regenerados» a una sociedad jerarquizada. ,l
Durante sus últimos años en Ginebra se desarrolla el tema
No, evidentemente la Iglesia no está donde él está, en los «bastiones»
esta «ciudad santa». Pero si la misma Ginebra no es el lugar, ¿dónde buscart
el reino del Espíritu? Hay que esperar una nueva llegada del Mesías,
_1 '
años después. Dado que los lugares son engañosos, hay que confiar en t·
tiempo; y cuanto menos capaces parecen los lugares de capitalizar el tiemr
po, de constituir las reservas de una historia, de una tradición o de un sen;.­
tido, es decir, finalmente, de tener figura de autoridades, más les escapa d
tiempo, liberado de sus codificaciones, transformado en puros advenÍT'
mientos o en milagros. El milenarismo es un efecto de la autonomizaciÓfll
del sentido en relación con una laicización de los lugares, incluso los ecle,;­
siásticos, en la experiencia creyente. Se expande en los ambientes refor... "
mados, con, por ejemplo, el comentario del Apocalipsis escrito por Pierre
de Launay en 1635, pero publicado precisamente en Ginebra en 1651•.'
Amyrault, el gran teólogo de Saumur, no considera una cuestión fiítil b .
refutación del libro en su Du rcgne de mílle ans (1654). Nathanael Homes
retoma el tema el mismo año, y todavía en 1664 Samuel des Marets (el mis­
mo que pronto escribirá contra Labadie) intenta hacer añicos el milenaris- 1
mo en el Chilíasmus enervatus. No cabe duda de que esta literatura se de­
sarrolla tras los terroríficos rumores suscitados por la alteración del cosmos
celeste, el eclipse de 1654 o la ejecución del rey Carlos I Estuardo (1649).
equivalente a la caída de un planeta
4ü3
Para Labadie, estas caídas de astros •
probablemente no son más sorprendentes que las de las sociedades o las
Iglesias. Lo que importa sobre todo es el movimiento que lleva a huir ha
cia el tiempo futuro, es decir en el sentido de la marcha, la Imagen pasa
da, ya distante, pero cuyo retorno parecía prometido a las Iglesias. El mi
lenarismo señala una nueva frontera traspasada; es el paso de las Iglesias
las sectas.
Invitado por la comunidad valona de Middelburg, Labadie llega
Utrecht en junio de 1666 con un grupo de «pobres de Lyom. Allí conoc
a los Van Schurman, Johann Gottschalck (médico) y, sobre todo, a su her
mana, Anna Maria, con la que se supuso (erróneamente) que se había ca
sad
o
4ü4, y cuya autobiografia ofrece las mejores informaciones sobre el úl
timo período del profeta
405
: esta apasionada erudita ya no lo abandonará
anota con fórmulas de un radicalismo intenso, un itinerario asentado en e
«odio» ((odium») que hace actuar a Dios, como si todas las cosas le habla·
ran el lenguaje de un furor solitario y sin consuelo al que responder COl
un amor sin retorn0
406
. Este Dios que «sale», pero para una lucha a muer·
te contra su decepcionante creación, un dios fuera de sí hasta el punto de
estar exiliado al mismo tiempo de sí mismo y del mundo, furioso por UI
deseo sin objeto, puede recordar tal vez al Labadie de los últimos años. El
el fondo, poco importa. La apelación a la psicología no explica nada, pue
el nómada es el escenario, más que el autor, de la pasión que surge all
donde faltan tanto un espacio exterior como uno interior. Anna Maria val
Schurman reconoce, en su forma teórica, una estructura «absoluta» del de·
seo; sabe entender (última manera de «cuidan» una guerra que ya no opo·
ne dioses, sino que causa estragos en el interior del dios, como ya Jacol
Boehme había visto al situar el «odio» en el comienzo mismo de la Dei·
40B
dad407 . Es el momento en que Labadie, instalado en Middelburg , vincu­
lado al «partido de la reforma», próximo a Voetius (con quien Anna Ma·
ria le puso en contacto), acentúa el milenarismo que las Compañías de
pastores y los sínodos le reprochan cada vez más.
Pero la polémica más violenta concierne a la interpretación de la Es­
critura, es decir, al estatuto de «la verdadera copia o cuadro de la Iglesi.
cristiana», que es el último «lugar» de Labadie. La disputa se desencadenó
a causa de la Phílosophia S. Seripturae interpres (1666), publicada anónima­
mente por Louis Meyer, médico, poeta, filósofo cartesiano, amigo y pri­
mer editor de Spinoza, que por aquel entonces estaba preparando el Trac'
tatus theologico-politicus. Con el pretexto de refutar este libro en su D
Serípturarum Interprete (Utrecht 1668), Ludwig Wolzogen, que enseña el
Utrecht, retoma a sU manera el racionalismo bíblico de Cocceius. Estable­
ce la razón natural siguiendo el criterio de lo que es aceptable o no en la:
Escrituras. Los textos bíblicos componen un espacio metafórico y hechi·
zad"<»del que hay que seleccionar lo verosímil (que todavía no es lo verda­
dero), según los criterios de una erudición y de una filosofia. De todo estq'¡
resulta una protesta airada por parte de los sínodos y los espirituales: diez,.:
veinte panfletos. Junto con Yvon yen nombre del consistorio de Middel... , ~
burg, Labadie denuncia a Wolzogen ante el sínodo de Flessinge en un li-i ~
brito de cincuenta y seis páginas. Por una vez, es breve
409
. Apoyadas en re"¡'
ferencias a la tradición de la teología reformada, las tesis desarrolladas son
clásicas: «Wolzogen quiere elevar la Razón por encima de la Escritura... La
interpretación de la Escritura [...] pertenece al Espíritu Santo. [...] A dicho)
efecto, él está en cada Fiel particular»41O. Labadie toma su impulso a partif
de este último punto: sólo la iluminación interior da una inteligencia del
/-;
','
libro. Aísla así una convicción «llÚstica» que ya era central en Teresa de
Ávila: el verdadero «libro» se lee en el alma; es el alma misma, en tanto que
ésta es una «ficción» y una «pintura» del Espíritu. En resumen, la autoncw
mía de la Biblia no existe ni para Labadie ni para Wolzogen; uno reduco
la Escritura a lo que la iluminación interior encuentra en ella; el otro, a lQ
que una razón reconoce allí como suyo. El texto no tiene oscuridad, nacLt
propIO.
Por una inversión espectacular, y sin embargo completamente lógica.
en septiembre de 1668 el sínodo de Naarden, tras una serie de moratorias
y discusiones, juzga la posición de Wolzogen perfectamente ortodoxa; la
de Labadie, por el contrario, se juzga errónea y se le exige una retractación
pública. Escándalo de Labadie, y un nuevo escrito contra la parcialidad y,
el racionalismo de los miembros del sínod0
411
. En realidad, estos señoreJ
tienen razón. Desde hace cincuenta años, los pastores están preocupadO$
porque aun conservando el texto intacto, ya no controlan el sentido que le
dan los fieles. La «letra» sigue estando en las Iglesias, pero el «espíritu» se
disemina fuera de ellas. Se produce pues, paralelamente a una reacción
análoga en la Iglesia católica
412
, un retorno a los «clérigos» y al privilegiQ
de la institución de definir el sentido. Desde este punto de vista, la insti,
tución eclesiástica y la institución académica se echan una mano contra el
«separatismo» subjetivo, sobre todo si se acredita por una «iluminación». En
realidad, en este debate no se trata del texto, sino de dos prácticas del tex.,
to, una institucional, conducida por los clérigos, funcionalmente «ortodo-.
xa», y otra individualista, a través de la cual los fieles se escapan y siguen
sus propios caminos. Cuando la oposición entre estas dos prácticas devie-;
ne preocupante, como ocurre en el país valón, las disputas entre pastores y i
profesores enmudecen y éstos se alían contra un peligro común. En 1668,
habiéndose negado Labadie a inclinarse, una comisión censura su milena";
rismo; es destituido de su puesto, como sus adjuntos Yvon, Du Lignon y
Menuret; cambian casi todos los miembros del consistorio de Middelburg.
El año siguiente, un grupo de teólogos confirma la «ortodoxia» de Wol­
zogen. El condenado persiste. Organiza conventículos en su casa. Nueva
exclusión, por el sínodo de Dordrecht (primavera de 1669). Finalmente, a
petición del nuevo consistorio de Middelburg, los Estados de Zelanda le
ordenan que abandone la provincia. Incluso los propios pietistas rechazan
al separatista
413
• La prohibición de afincamiento está destinada a partir de
ese momento a no ser más que labadista.
La «comunidad de santos» que se mantiene fiel a él llega a Amsterdam
(1669). Allí, se organiza. A su vez, por dificil que sea su instalación, devie­
ne una institución. Curiosamente, la información al respecto se hace cuan­
tiosa: la documentación y los estudios sobre los últimos cinco años de La­
badie (1669-1674) Y sobre la «secta» abundan4!4. Como institución, tiene
derecho a una historia. También ella cuenta con su escritor «renegado», Ja­
cob Dittelbach
415
• Se estrecha (repartición de bienes) y recluta (propagan­
da en busca de «regenerados»), se jerarquiza (de un modo muy autorita­
rio), se disciplina (severamente), se define (ritos y doctrinas), se extiende
(La Haya, Rotterdam, Utrecht, Dordrecht). Como hace demasiado ruido,
la tolerancia del burgomaestre de Amsterdam, Konrad van Beuningen, lle­
ga a su límite. Querría restringir a Labadie al servicio interno de su comu­
nidad. Éste busca una casa fuera de la ciudad. Los contactos con Antoinette
Bourignon, esa otra mística nórdica, con miras a un establecimiento con­
junto en la isla de Noordstrand fracasan: «Los labadistas», dirá, «han hecho
todo lo posible para tenerme de su lado y para venir conmigo a Noord­
strand, presentándome toneladas de oro de asistencia por si eran necesarias
para contar con dicha isla de Noordstrand a fin de establecerse allí, pero
[oo.] Dios me hizo ver, desde el primer momento en que los conocí, que
no eran más que perfidias y búsquedas de arreglos humanos»416. La predes­
tinación labadista la subleva, por lo demás, tanto como las «disputas y con­
tiendas» del grupo. Las cosas se envenenan: Yvon publica dos panfletos
contra la «santa», a quien Pierrot Poiret se apresura a defender
417
• Una in­
vitación de la princesa Elisabeth del Palatinado, abadesa de Hervord, por
la que permite el asentamiento en sus tierras de algunas decenas de adhe­
rentes, llega en el momento oportuno. Son muy mal acogidos por los ha­
bitantes y los clérigos de la ciudad. De ello resultan dos años prácticamen­
te de encerramiento, litúrgico y de trabajo. La comunidad dispone de una
imprenta, que publica la «Solemnis fidei declaratioll del trío fundador, con
el título-programa de verítas sui vindex
418
• Problema de fondo: «veritas se
patefacit», escribe Spinoza en la misma época. ¿En qué condiciones la
«verdad» es su propia prueba? ¿Pero cómo podría tener otras? La cuestión,
en cualquier caso, es planteada, de un lado y del otro, en un modo que ex­
cluye la inspiración, y, en cuanto a Labadie, a partir del descubrimiento
chocante ~ que la verdad ya no tiene el poder de convencer.
)
A pesar de los progresos de la princesa Elisabeth en la corte de Berlín
para implorar la protección del rey, los labadistas tendrán que ceder a las
autoridades de Hervord, que no quieren que sigan en sus territorios. Par­
ten hacia Altona, en Dinamarca (1672). Al cabo de algunos meses, tienen
que volver a cambiar de casa una vez más (mayo de 1673) para que los «her­
manos» de Bremen puedan unirse al grupo. Enfermo, Labadie delira. Tras
un período de mejoría, muere el 6 de febrero de 1674 00 entierran en el
jardín), dejando una comunidad que se establecerá en Frise (en Wieu­
werd), hasta 1688, que se exiliará más tarde en Maryland, tras el viaje ex­
ploratorio de Jasper Danckaerts y Peter Sluyter a los Estados Unidos en
419
1679-1680 . ¿Fue durante este período cuando Labadie escribió los poe­
mas publicados después de su muerte, en 1680
420
? Tal vez, pero ya había
compuesto y publicado algunos, en Le Ihomphe de 1'Eucharístíe, en 1667:
Me has arrebatado, Dios IlÚO, me arrancas de mí mismo...
Al fin ya no soy yo mismo, soy tú421.
Un arrancamiento, cuya única salida posible será, al fin, la poesía.
2. La invención de la extensión
A partir de ese momento, la historiografía puede apoderarse del nóma­
da y darle un lugar -tumba y jardín-o «Aquí yace Labadie», titula el estu­
dio histórico: no falta la literatura que honra y entierra en un solo gest0
422
.
Si se prefiere prescindir de las biografías polémicas o edificantes que apa­
recen tras su muerte, hay que detenerse al menos un instante en el juicio
que hace, veinte años después, el espíritu más abierto de la época. Leibniz
sitúa a Labadie entre los «condenadores» que «se distancian de aquellos que
están llenos de buena intención, pero que no hacen justicia a su opinión»,
cuya conducta no se conforma de una manera <9
ust
a», exacta y sin com­
promiso, a su intención. Demasiado prudente para aprobar, pero demasia­
do preciso y demasiado universal para no comprender estas «maneras ex­
traordinarias que tocan más que iluminan» (hieren), encuentra «triste que
su celo no esté acompañado de más ciencia y quizás también de más cari­
dad general»)423.
Lucidez remarcable. Distingue dos tipos de espíritu y de conducta, en
un universo en expansión cuyos lugares, al dejar de estar jerarquizados
(hasta un punto supremo que fuera su unidad), se yuxtaponen intermina­
blemente. Lo decía ya Descartes, buen exponente de una nueva antropo­
logía: «La materia extensa que compone el universo no tiene límites pues­
284
to que, en cualquier sitio en que queramos simularlos, más allá de éstos po­
demos seguir imaginando espacios indefinidamente extensos que no sólo
imaginamos nosotros... »424. En esta «extensión indefinida» hay espíritus fas­
cinados por 10 «general», a ser posible en el doble modo de la «ciencia» y
de la «caridad». Es la ambición de Leibniz: reconciliar mediante el cálculo
y la relación el «infinito» de particularidades. También hay espíritus para
quienes el trabajo del infinito consiste en rechazar sucesivamente todo lu­
gar singular. Pasan el tiempo «desligándose» de las identificaciones locales.
Esta pasión por el desligamiento (por el ab-soluto) reitera en cada etapa el
gesto que dice «no es esto», «no es esto», sin fin, hasta que faltan las fuer­
zas. Este gesto era el resorte de la vida mística. Lo designaba una pequeña
palabra, una <<nada» del Otro, un término infinito, común e indefinida­
mente repetido: «Dios». Pero en un mundo jerarquizado, como era toda­
vía el de Juan de la Cruz, cada salida se presentaba como un descenso o
una «subida», y si era conducida con discernimiento, se inscribía en una
«ascensióru). Devenía el movimiento de ir «más alto» (un comparativo in­
defmido). El mundo en el que circula Jean Labadie ya no obedece real­
mente a esta jerarquización cósmica y espiritual, que todavía no ha sido
completamente reemplazada por el sistema, también rígido y sutil, de una
jerarquización socio-económica, de manera que todo paso adelante con­
siste solamente en ir «más lejos», y en descubrir, de etapa en etapa, que el
orden de la gracia y de la creación está siendo sustituido por otro espacio:
la «extensión».
doce
Sin duda, éste es el mayor «descubrimiento» que Labadie testimonia
con sus viajes. Todavía vive del mito fundador de que existe un lugar de la
verdad (todavía se publican, en su época, mapas del paraíso terrestre), en
su interior alberga una «verdadera copia» de éste sacada del «original» evan­
gélico, y busca su emplazamiento, pero con la sorpresa (y la irritación) cre­
ciente de constatar que no esta «aquÍ», ni «allí», ni en otra parte. No cesa
en su «vocaciÓn», que ha identificado, de una vez por todas y muy justa­
mente, con la función sacerdotal. Hay, dice, «un sello divino en mí, no sólo
de promesa, sino de sacerdocio»: «Mi gran intención fue participar en el
verdadero Ministerio de la Iglesia primitiva, la idea del cual estaba en mi
corazón»425. Uno de sus primeros textos (inédito) se titulaba Du Sacer­
426
: principio motor de su vida. El sacerdote designa funcionalmente
el «ser-aquí» de un Espíritu. Mediante su estado y su servicio, garantiza a
una sociedad que ella es el lugar del sentido. De ahí que se juzgue intolera­
ble que traicione una legitimidad local que los habitantes pagan siempre
muy cara (nada más costoso que la «autorización») del lugar a través de una
verdad). Pero Labadie es un sacerdote que ya no tiene Iglesia, igual que hay
militantes que ya no tienen una causa a la que entregarse. Conserva la
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285
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«idea» de un lugar coincidente con esta vocación, pero, experiencia tras
experiencia, el espacio le es robado. No se dirige pues hacia un fin defini...
do por el punto inaccesible de una verdad que focaliza y organiza un espa­
cio; va hacia su propio fin, una caída personal en el tiempo, en los lindes
engañosos de una extensión sin centro. Quizás se dirige constantemente}
hacia el norte del mismo modo que Descartes, «hombre que camina solo ):,
yen las tinieblas»427, decidía ir siempre hacia delante, única manera de en.. '!,'
contrar una salida en el bosque. De hecho, el nomadismo de Labadie tie.. "f
ne una dirección, una orientación regular: lo conduce hacia lugares en los,]"
que la concepción «sacramentah> del espacio se desmorona progresivamen.. JI
te, es decir, hacia un horizonte en el que la gracia es un poco más ajenal
en cada lugar y en el que, con relación a la esperanza de localizar al fin el ;:
sentido, la extensión es cada vez más «insensata».
Su escritura se desarrolla esencialmente como una manera de caminar.
No hay, hablando con propiedad, una «doctrina» de Labadie. Es un i¡
work que teje referencias y fragmentos teóricos de todos los orígenes. Sus'
libros se forman, día a día, o más bien de «religión» en «religión», con losj
elementos que saca de aquella que lo recibe contra aquella que
-o la inversa-o Acumula en sus zapatos las reliquias de las tierras que atra....i
viesa. No crea una obra que fuera su lugar. Compone una especie de
mysticísm, al igual que hoy existe una junk music. Si (como resulta eviden..
te) las ideas y las citas que conserva de lecturas tan numerosas (y a menu"
do rápidas) como sus viajes obedecen a una selección personal, el criterio'
de estas elecciones no proviene de su adecuación a un sistema en cons­
trucción, sino del movimiento que se apropia y se deshace de las obras de
la misma manera que él trata los lugares. Así ocurre con los místicos que A
más frecuentó durante su período católico: Ricardo de San Víctor, Ber""J
nardo de Claraval, Tauler, Harphius, Juan de la Cruz, etc., textos dondct ;1
pudo leer los relatos de exilio referidos a «espejos» evangélicos. Pero a di..
ferencia de estas obras, su texto es su camino. Escribe con sus pies, es de..
cir geográficamente, una historia cuyas publicaciones, sin embargo múlti­
ples y voluminosas, no constituyen sino la puntuación, fragmentos y
jalones. Para abordarlas, se impone un cambio de método que permita
pensar «geográficamente» la significación teórica de esta escritura.
Avanzándose gracias al material simbólico (es decir al campo de ejerci­
cio) que le proporciona cada Iglesia -un material que dibuja la ficción utó­
pica de un lugar antes de convertirse en su mentira-, Labadie no se detie­
ne en éste. Tampoco aprovecha su paso para capitalizar información. Su
impaciencia tiene una extraña capacidad para olvidar y perder lo que ha
precedido. Labadie no pertenece a la raza de viajeros -visitantes de tierras
o de libros- que sustituyen poco a poco la certeza de una verdad infinita
por la acumulación indefinida de un saber. Su discurso no se estabiliza más
que su lugar. Sólo perdura, lo repite cien veces, su «vocación». Una voca­
ción que es un trabajo dentro de estos lenguajes diferentes, una operación
idéntica sobre elementos cambiantes. Desde este punto de vista, todavía
pertenece a la «manera de hablar» mística
428
; de ahí sus simpatías hacia la
«praxis pietatis» de los pietistas durante un tiempo. Pero lo que original­
mente es, en la ciencia mística, una práctica de las verdades (o de los enun­
ciados), destinada a hacer un «conversar» (o una enunciación), deviene en
Labadie una práctica de los lugares (sociales, geográficos) para convertirlos
en un caminar. En realidad, aquí ya no hay diálogo. La «oratio» se concen­
tra en una elocuencia que violenta el lugar en nombre de la imagen que
éste debería ser, a la espera de que, «naturalmente», el apego del público se
transforme en desligamiento y rechazo. De la «plegaria» o de la «comuni­
cación» no queda sino su negatividad, el puro movimiento de abandonar
un sistema de lugares por un «no sé qué», el gesto solitario de salir.
Al aislamiento de esta operación Oa «vocación») se opone una neutra­
lidad de los lugares, el «ni el uno ni el otro» de la extensión, expansión in­
definida de una ausencia del sentido. Labadie, todavía una vez más, es el
descubrimiento espiritual de esta extensión. Del lado de la «vocación», no
hay nada aprendido. Ha sido evidente para él toda su vida, como una «in­
fancia» que lo ha conducido por todas partes y que él ha sostenido sin
compromiso. Pero esta vocación ha suscitado las sucesivas traiciones que de
hecho marcaron la revelación progresiva de un espacio deconstruido por­
que carecía de lugares santos que lo estructuren. Un espacio sin límites
porque no tiene centro, y diseminado porque no tiene sentido. En reali­
dad, desde el punto de vista de Labadie, es el espacio quien le traiciona.
Este desierto se recorre sin que sea posible «creer» en algo. No resulta sor­
prendente que el nómada acabe por considerar esta extensión como el tea­
tro de un «odio», el de su autor. Este odio es la relación todavía concebible
entre la fe tradicional en un Dios creador y el descubrimiento «moderno»
de la extensión.
Labadie no es, evidentemente, el único nómada de su época. Prolife­
ran en este período, en el momento en que las Iglesias dejan de estructu­
rar el espacio y cuando aún no se ha confirmado un orden político. Hay
nómadas de todos los tipos, desde los más pequeños pasajeros (como esos
jesuitas que se hacen protestantes, o a la inversa, y cuyos numerosos expe­
dientes duermen en los archivos romanos), hasta los grandes itinerantes
(como Quirinus KuWmann, que pasó de Sicilia a Constantinopla, de allí a
Suiza, y después a Moscú, donde finalmente fue quemado vivo en 1689)429,
por no hablar de las «conversiones» a menudo todavía más radicales, pero
más silenciosas, que se multiplican entre los conquistadores cautivos del
!
Nuevo Mundo, de África o de Asia. Quizás estas núgraciones a través de
las instituciones de sentido tuvieron su «exemplum» y su laboratorio en los
pasajes del judaísmo al cristianismo, o del cristianismo al judaísmo, fre­
cuentes en la España de los siglos xv y XVI
430
. El modelo cultural del con­
verso se difunde como el indicio, fundamental, de una ruptura entre ellu­
gar y el sentido -una ruptura difícilmente tolerable pero sin la cual no se
podría comprender, en el siglo XVII, la restauración agresiva de legitimi­
dades locales de un modo político y nacional.
ria
A pesar de no ser más que una figura entre todos estos pasajeros, Laba­
die reúne, a causa de su viaje singular, algunas de las líneas de fuerza esen­
ciales de la «mística» que se había constituido como una «ciencia» un siglo
antes, y es un testimonio lúcido, aunque «condenativo», de su defección.
Tres ejes definirían la inversión producida por un movinúento que perma'"
nece fiel al de esta mística, pero fuera del campo que ésta presuponía: la idea
de sacramento, la sorpresa del no-lugar, la práctica de la conversión. Tres
polos que corresponderían al esquema propuesto al principio de esta histo­
431
• La idea sacramental se escinde, como si el discurso simbólico que fun­
damentaba la legitinúdad de una Iglesia, tras haber sido el lenguaje paradó­
jico (<<oximórico»)432 de la coincidencia entre dos contrarios -el Espíritu y
el lugar- no dejara, reliquia de una historia núlenaria, más que la certeza
originaria y subjetiva de una <<vocación». El acontecimiento surge como la sor­
presa, repetida, ante la ausencia de lugar: este dolor tiene para el espíritu va­
lor de confirmación, pero traza en él una privación de cuerpo, idéntica a la
privación de lugar. En fin, la conversión, que presupone el paradigma occi­
dental de una verdad única y que practica los cambios de lugar (o de perti-'
nencia) como la manera de encontrarse ante todo en «la» (o «sw») verdad,
deja de ser una puesta en circulación social de los lugares de sentido, para
devenir el gesto ético de un desafío que atraviesa un desierto de sentido.
Tu es seul maintenant malgré ces étoiles,
Le centre est pres de toi et loin de toí,
Tu as marché, tu peux marcher, plus rien ne change,
Toujours la meme nuit qui ne s'acheve pas.
Et vois, tu es déja séparé de toi-meme,
1bujours ce meme cri, mais tu ne l'entends pas,
Est-tu ce/uí qui meurt, toí quí n'as plus d'angoísse,
Es-tu meme perdu, toí quí ne cherches pas?,133
El poema, como siempre, precede al caminar. Pero quizás éste lo ha he­
cho posible, por uno de esos rodeos que multiplican las argucias de la his­
toria. En cualquier caso, el caminar culmina en esa extensión que ha de­
jado de hablar, muda, en la que al nómada, si bien sigue albergando ese
mismo grito, sólo le queda por «decif) la «mentira» de una imagen. Ya no
busca un lugar donde perderse, pues se pierde en todos los lugares. Aislar
de una vida particular la forma de esta experiencia que sigue siendo mís­
tica conduce a interrogarse de nuevo sobre qué ocurre con el cuerpo, que
aquí falta. Es necesario, pues, volver a atravesar la mística, a la búsqueda no
ya del lenguaje que ésta inventa, sino del «cuerpo» que habla en ella: cuer­
po social (o político), cuerpo vivido (erótico y/o patológico), cuerpo es­
critural (como un tatuaje bíblico), cuerpo narrativo (un relato de pasiones),
cuerpo poético (el «cuerpo glorioso»). Invenciones de cuerpo para el
Otr0434. Labadie nos ha conducido a un línúte extremo en el que, formal­
mente, no habría más que la relación entre un desafío y una pérdida. Este
«exceso» marca un límite. Hay que volver al lugar «finito», el cuerpo, que
la mística o el místico «infinitizan»4l5, y dejar pasar a Labadie, cuyo noma­
dismo escapa todavía a los eruditos que solamente ven cómo atraviesa e
estrecho campo de su competencia y del que no nos quedan más que la
sandalias, como con en EmpédocIes.
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