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Las lanzas coloradas Arturo Uslar Pietri pág.

"117” Las lanzas coloradas «Destaqué al Sargento Ramón Valero con ocho soldados... conminando a todos ellos con la pena de ser pasados por las armas si no volvían a la formación con las lanzas teñidas en sangre enemiga... Volvían cubiertos de gloria y mostrando orgullosos las lanzas teñidas en la sangre de los enemigos de la patria.» PÁEZ pág. "119” I ¡Noche oscura! Venía chorreando el agua, chorreando, chorreando, como si ordeñaran el cielo. La luz era de lechuza y la gente del mentado Matías venía enchumbada hasta el cogollo y temblando arriba de las bestias. Los caballos planeaban, ¡zuaj! y se iban de boca por el pantanero. El frío puyaba la carne, y a cada rato se prendía un relámpago amarillo, como el pecho de un Cristofué. ¡Y tambor y tambor y el agua que chorreaba! El mentado Matías era un indio grande, mal encarado, godo, que andaba alzado por los lados del Pao y tenía pacto con el Diablo, y por ese pacto nadie se la podía ganar. Mandinga le sujetaba la lanza. ¡Pacto con Mandinga! La voz se hizo cavernosa y lenta, rebasó el coro de ocho negros en cuclillas que la oían y voló, llena de pavoroso poder, por el aire azul, bajo los árboles bañados de viento, sobre toda la colina. Mandinga: la voz rodeó el edificio ancho del repartimiento de esclavos, estremeció a las mujeres que lavaban ropa en la acequia, llegó en jirones a la casa de los amos, y dentro del pequeño edificio pág. "120” del mayordomo alcanzó a un hombre moreno y recio tendido en una hamaca. ¡Mandinga! Los ocho negros en cuclillas contenían la respiración. ¡Fea la noche! No se oía ni el canto de un pájaro; el cielo, negro como fondo de pozo, y Matías punteando callado. No marchaba sino de noche, como murciélago cebado. Adelante, como toro madrinero, y atrás, los veinte indios. ¡Ah, malhaya del pobre que tropiece con Matías! Al pobre que encuentre lo mata, ¡ah, malhaya! Montaba en un potro que hedía a azufre y echaba candela, y, por eso, desde lejos, la gente lo veía venir. Estaba la noche cerrada como pluma, de zamuros. ¡Y ahora viene lo bueno!... La voz del narrador excitaba la curiosidad de los negros de una manera desesperante; se encendía como una luz absurda en la tarde llena de sol y alcanzaba al mayordomo tendido en la hamaca. Lo molestaba como una mosca persistente. Bronceado, atlético, se alzó y llegó a la puerta de la habitación; el sol le labró la figura poderosa y el gesto resuelto. Vio el corro en cuclillas, allá junto a la pared, los torsos negros desnudos y la voz aguda. — Aaagua y relámpagos. Iba la tropa apretada con el frío y el miedo y Matías adelante. Cuando ven venir un puño de gentes; ¡ah, malhaya! Era poca la gente y venía con ellos un hombre chiquito y flaco, con patillas y unos ojos duros. — Espíritu Santo —interrumpió uno—, ¿y cómo con tanta oscuridad pudieron ver tanto? — ¡Guá! ¿Y los relámpagos? — ¡Uhm! ¿Tú estabas ahí? — Yo no. Pero me lo contó uno que lo vio. Y, además, yo no le estoy cobrando a nadie por echar el cuento. ¡Bueno, pues! Cuando Matías ve la gente pela por la lanza y se abre con el potro. Los otros se paran viendo lo que pasaba. pág. "121” ¡Y ahora es lo bueno! Y va Matías y le pega un grito al hombre chiquito: «Epa, amigo. ¿Usted quién es?» Y el chiquito le dice como sin querer: «¿Yo? Bolívar.» Persignársele al Diablo no fuera nada; echarle agua a la candela no fuera nada; ¡pero decirle a Matías: «Yo soy Bolívar»! Paró ese rabo y

se fue como cotejo en mogote, ido de bola, con todo y pacto con Mandinga. Los negros comenzaban a celebrar con risas el cuento, cuando la sombra de un cuerpo se proyectó en medio del círculo. Rápidamente volvieron el rostro. El mayordomo, en una actitud amenazante, estaba de pie delante de ellos. Su figura señoreaba los ocho esclavos acobardados. — Presentación Campos —dijo uno en voz baja. — Buen día, señor —insinuó Espíritu Santo, el narrador. — Buen día —musitaron otras voces. El hombre dio un paso más, y ya, sin poderse contener, los esclavos se dispersaron a la carrera, hacia las casas o por entre los árboles, dejando en el aire su olor penetrante. Sin inmutarse por la fuga, Presentación Campos gritó: — ¡Espíritu Santo! Al eco, tímidamente, la cabeza lanosa y los ojos llenos de alaridos blancos, asomaron por la puerta del repartimiento; luego, toda la anatomía flaca y semidesnuda del esclavo. — Venga acá, Espíritu Santo. Casi arrastrándose, llegó hasta el mayordomo. — Buen día, señor. — ¿Por qué no fuiste a decirme que habías regresado? — Sí, señor. Si iba a ir. Ahorita mismo iba a ir. — Ibas a ir y tenías una hora echando cuentos. No intentó justificarse; pero como un perro se alargó sobre el suelo sumisamente. — ¿Trajiste al hombre? — Sí, señor, lo traje. Es un musiú catire. Ahora está pág. "122” con los amos. Es muy simpático. Se llama el capitán David. Traía una pistola muy bonita y me habló bastante. — Yo no estoy preguntando nada de esto. ¡Vete! El esclavo huyó de nuevo. Presentación Campos comenzó a marchar a paso lento. Su carne sólida se desplazaba con gracia. La pisada firme, la mirada alta, el cabello crespo en marejada. Iba fuera de la raya de sombra de la pared del repartimiento de los esclavos, por cuya ancha puerta salía la tiniebla acumulada a deshacerse en el aire. Dentro, en la sombra, ardían los ojos de los negros. Sin detenerse, metió una mirada rápida, una mirada fría y despiadada. Allí dormían los esclavos; olía a ellos, al sudor de su carne floja y repugnante. Carne negra, magra, con sangre verde y nervios de miedo. Hizo una mueca y siguió marchando. Iba por en medio de los árboles en toda la parte alta de la colina; a lo lejos, su mirada podía navegar el verde vivo de los tablones de cañas, y más allá los cerros rojos, y más allá, los cerros violetas. Al pie de la colina, la torre y los altos muros de ladrillo del trapiche y el hormiguear de los esclavos. En la acequia, unas esclavas lavaban, cantando a una sola voz con las bocas blancas. — Buen día, don Presentación. El amo había prohibido que se le diera al mayordomo ese tratamiento; pero ante el imperio de sus ojos y la fuerza de sus gestos, las pobres gentes no acertaban a decir otra cosa. En la carne prieta, los dientes y los ojos blanqueaban acariciadores, húmedos de zalamera melosidad. — Buen día, señor. pág. "123” En su caminar majestuoso, apenas si respondía a aquella especie de rito de los débiles a su fuerza. junto a un árbol, un viejo con la pierna desnuda, cubierta de llagas rosa: — Buen día, don Presentación. Una moza mestiza con un cántaro de agua sobre la cabeza: — Buen día, don Presentación.

Ante la debilidad de los demás sentía crecer su propia fuerza. Los fuertes brazos, las anchas espaldas, los recios músculos, le daban derecho a la obediencia de los hombres. Respiraba profundas bocanadas de aire tibio. Un mulato, de su mismo color, venía por la vereda cargado de un grueso haz de leña. Al verlo se dobló aún más. — ¡Buen día, señor! Por entre los troncos se aproximaba la casa de los amos. Entre los chaguaramos altos, las paredes blancas de los amos. Don Fernando y doña Inés. Don Fernando, que era pusilánime, perezoso e irresoluto, y doña Inés, que vivía como en otro mundo. Los amos. El era Presentación Campos, y donde estaba no podía mandar nadie más. Don Fernando y doña Inés podían ser los dueños de la hacienda, pero quien mandaba era él. No sabía obedecer. Tenía carne de amo. La tarde hacía transparente el azul de la atmósfera. Grupos de esclavos regresaban del trabajo. Torsos flacos, desnudos. Alguno traía machete, alguno un aro de cobre en una oreja. Hablaban con fuerte voz descompasada. — La caña de «El Altar» se está poniendo muy bonita. Todos los tablones son buenos. — Está buena la hacienda. — Está buena y va a producir plata, si la guerra no se atraviesa. Venía Presentación Campos, y el grupo se hendió haciendo vía. Todas las bocas sombrías, unánimemente: — Buen día, don Presentación. Y el otro grupo que venía detrás lo hizo en la misma forma. El mayordomo desfilaba como una proa. pág. "124” En la palidez de la tarde se destilaba la sombra. Una luz se abrió en una ventana. Por el camino venían voces. — Yo no digo eso. Yo lo que digo es que hay guerra. Hay guerra y dura, y va a matar mucha gente. — Bueno, ¿y qué vamos a hacer? Si hay guerra, hay guerra. Si no hay guerra, no hay guerra. ¿Qué vamos a hacer? Alguien advirtió al mayordomo que se acercaba. — ¡Presentación Campos! — Buen día, señor. Salmodiaron todas las voces. Ahora pasaba frente a la casa de los amos. La ancha escalera que daba acceso al corredor alto, algunas luces encendidas en el piso superior y el ruido del viento en la arboleda que la rodeaba. Pasaba por delante de la casa de los amos y se detuvo. Aquella casa, aquellas gentes ejercían sobre él como una fascinación. Venía un esclavo. — Natividad —llamó el mayordomo. El esclavo se aproximó con presteza. — ¿Señor? — Quédate aquí un rato. Las dos figuras quedaron silenciosas ante la masa blanca del edificio. — Natividad, ¿te gustaría ser amo? El esclavo no acertaba a responder. — ¿Te gustaría? ¡Dímelo! — Pues, tal vez sí, señor. Presentación Campos guardó silencio un instante, y luego, iluminándosele el rostro con una sonrisa brusca: — ¿Tal vez? ¡Amo es amo y esclavo es esclavo! Natividad asintió tímidamente: — Por eso es que es buena la guerra. De la guerra salen los verdaderos amos.

— Capitán. En viéndolo. vibraba en el aire. justamente. es difícil explicarlo. — ¿Y por qué existe la guerra? —interrumpió ella de pronto. Le tomó las manos con efusión y lo trajo hasta junto al clave.. y Fernando comenzó a hablar. Por eso. "125” — La guerra. Inés.. Estaba desatada la guerra. Su hermana Inés era una joven pálida. Dijo dentro de la casa un mozo grueso a una muchacha pálida que dejaba correr la mano sobre el teclado de un clave. Estremecía las almas. La guerra está en él. hasta comenzar una sinfonía monótona. alguien moría de mala muerte. Fernando sonrió. — A la guerra no se va por gusto. mujeres llorosas pág. Inclinó ella la cabeza y él hizo una muy cortesana reverencia. viéndolo con fijeza—. sino fatalmente. Alrededor del cuello y en los puños mucho encaje vaporoso. Lentamente fue haciendo surgir las notas pueriles del clave. En todos los rincones. pág. el cuerpo ceñido en una casaca de seda lila de hondos reflejos. una música delgada y trémula.. sin responder. en la que se sentía temblar las cuerdas y que puso oleoso el aire que ardía en las velas quietas. Luego sentáronse en los sillones muelles. el capitán David. los ojos azules como agua con cielo y con hojas. botas pulidas. Sí. donde hombres taciturnos y mujeres sonrientes vestían una carne idéntica. ¿Por qué se van a matar los hombres? Yo no lo comprendo. ¿cómo dejó usted a Bernardo? — Muy bien. El cree que todo saldrá de la mejor manera y que pronto tendremos ocasión de enrolarnos. Inés. con los ojos iluminados y las manos sutiles. "126” decían adiós a los hombres. — La guerra. La luz de los candelabros disparaba reflejos a todas las molduras de los marcos y a la barnizada tela de algunos retratos. — El mundo no ha sido hecho. Fernando dejó de sonreír. En el salón decorado de rojo y dorado sonó la voz fresca de la mujer: — ¿Qué nos importa a nosotros la guerra.Una media luna frágil maduró en el lomo de un cerro. Por la escalera que del piso alto desembocaba junto a la puerta del patio. sacudía las hojas de los árboles en los lejanos campos. Su voz se hilaba entre la sombra de la tarde. Volvían de nuevo a correr las manos sobre el teclado. Presentación Campos regresaba seguido del esclavo. — Inés. ¿por qué existe? Si todo el mundo puede vivir tranquilo en su casa. A hablar de eso ha venido el capitán inglés. el dorado cabello partido en dos trenzas que le caían sobre los hombros. Fernando.. y nadie la ha traído. es algo terrible de que tú no puedes todavía darte cuenta. Habrá que ir. patillas y bigote fino. apareció una silueta. vestida de negro. . En aquel minuto. con el cabello y los ojos oscuros y el gesto displicente. Quedó en silencio. Inés. Por los pueblos pasaba la caballería floreciendo incendios. para lo mejor. Un hombre rubio y esbelto. — La guerra. si vivimos felices y tranquilos en «El Altar»? ¿Qué puede hacernos a nosotros la guerra? Fernando era un poco grueso. — Una cosa tan horrible en que todo el mundo muere. Fernando se puso de pie y fue a su encuentro. ¿por qué existe? En sus palabras ingenuas estaba vivo el desasosiego de la guerra. ni nadie podrá quitarla.

El cuento la tenía suspensa. Con infantil curiosidad dijo de nuevo: — Fernando me ha dicho que usted ha viajado mucho.. desde lejos. ¿quiere? — ¿Le gustan los viajes? — ¡Mucho! Debe ser lindo estar cada día en un lugar nuevo. — Entonces. Así debe ser el mar. apagándose como una luz lejana.. se volvieran agua.. los árboles. — ¡¡¡Eceepaaaa!!! — ¡¡¡Eeeeehhhpaaahhh!!! pág. Cuénteme algo de sus viajes. La conocí bastante cuando la guerra. ¿de qué quieres que hable? —dijo Fernando. revueltamente. — Sí. El capitán sonreía. pero no estoy fatigado. de modo que inmediatamente después de la comida se acabará la velada y podrá usted dormir. Estaban callados. ¿Cómo? — Muy fácil. De pronto. II . pero cuénteme sus viajes. las hojas. menos de eso. Fernando oía con displicencia y el narrador proseguía gravemente: — Estando una vez en Venecia.. Brusco mundo de ruido en la sombra. gritos de hombres y latir de perros enfurecidos. Corría por el aire la frialdad de las lanzas.. — Bueno. Agua verde y palacios rojos. ¡a veces! pág. si crecieran todos los ríos. — ¡Ah!. llena de presagios.. invadiendo la tierra dormida en la distancia. pero me lo imagino. Continuaban callados. los animales. Bueno. — ¡Ah! Ya creía que se le había olvidado. Estando una vez en Venecia. capitán. — Yo no lo conozco. Se iba el ruido alcanzando el confín nocturno. se sentía nacer el silencio. atravesando el ancho corredor que daba vuelta al edificio llegaron a ellos. las casas. si las gentes. como si descendiera por el otro lado de la colina.— Supongo —intervino Inés— que usted estará fatigado del viaje.. Por las sierras andan bandoleros montados. donde paran los soldados a tomar vino. En las pausas penetraba la soledad silenciosa que los rodeaba. En la noche. "127” — Y viajar por el mar. — Sí. — ¡No! No hable de la guerra. Tierra amarilla con buenas ventas. — ¡De España! — ¡Ah! España.. el mar sí es verdaderamente bello. desde afuera. Quiere que le hable de Inglaterra. La última palabra creció ante ella como un monstruo y la volvió a llenar de inquietud. — Así es —afirmó el inglés haciendo una mueca simpática. — Se lo imagina. Tengo la costumbre de viajar y de hacer largas marchas. La noche se erizó de voces. — ¿Qué pasa? —preguntó el capitán. Si toda la tierra y todos los cerros se fundieran. "128” — ¡Cogió por la falda! — ¡Atájenlo! — ¡Eeepaah! El vocerío se alejaba rápidamente.. Al cabo de un rato Fernando respondió: — Algún esclavo que se ha ido... de España. — Se lo agradezco mucho. — De todo. Hervía la luz de las bujías.

jugador y arrogante. Ibanse unos a Coro a establecer su solar. En la ciudad nueva perdió el poco dinero que traía. armas. que eran todas. Algunos se quedaban en las guarniciones. De España llegaban en los galeones lentos que aran el mar y en la primera costa se dispersaban como un vuelo de pájaros altaneros. para con ese primer acto de justicia dar comienzo a su jurisdicción. y todos adquirían su encomienda de indígenas. Entre ellos vino don Juan de Arcedo. otros llegaban a Cumaná. con otros cuatro aventureros y veinte indios dóciles. Primero le propuso comprarle una pequeña parte. importaba finos caballos andaluces. fuerte y cruel. y con los indios indolentes se daban a romper la tierra virgen para buscar oro o para sembrarla. y su hijo don Diego murió de viejo. Cuidaba de la prosperidad de sus cultivos. a lo que Arcedo no accedió. . el principal terrateniente de la región. y. don Carlos. Pero a su bisnieto. La tierra comenzaba a poblarse. le quedaba una hija tímida y tierna. erigían una horca. «su mujer había muerto». amenazándolos con matarlos. erigió una cabaña e hizo dar muerte a un indio. alguno envejecía pobre soñando con una expedición al Dorado fabuloso. solicitó una encomienda. un gigantón estúpido. maltrataba a los indios. Comenzó entonces la codicia de Fonta a ejercerse sobre las tierras de Arcedo. imágenes piadosas. el hijo. Lentamente. acompañado de su hijo Manuel. exterminaba los animales y bebía aguardiente hasta quedar tendido bajo un árbol días enteros. proclamó solemnemente que tomaba posesión de aquel sitio. Se fue a lomos de caballo. En las proximidades se establecieron otros españoles y otros. las tierras de don José crecían. Adquirió tierras en la vecindad y vino a establecerse en ellas don José Fonta. violaba a las mujeres. después de Arcedo. ásperos. Don Juan casó con la hija de un amigo. matachín. «El Altar» prosperó. Manuel. también como iluminados de una divina misión. y en esas ocasiones salía al frente de una verdadera caravana cargada de regalos: telas. jugando con otros soldadotes. le tocó distinta suerte. Don Carlos llevó una vida tranquila hasta los cuarenta años de edad. y su nieto don Francisco murió de viejo. decían que era bruja y que. "129” mataban las flechas o las fiebres. a algunos pág. pág. Al cabo de un mes llegó a un valle que le pareció conveniente. hombre despótico. "130” provocaba incendios. para repartir entre sus amistades. Fueron tiempos heroicos. En poco tiempo era él. dominaba a don José y le sostenía el carácter feroz. Tenía orgullo. derribando árboles para construirse el camino paso a paso. hacía visitas a los amigos de la comarca periódicamente. Casó joven. Compraba a los vecinos a precios irrisorios. ávidos de oro. algunos penetraban hacia el centro. sin embargo.Cuando la tierra de Venezuela era sólo selva intrincada y llanura árida. comenzaron a abrir el camino del hombre los Encomenderos. se la concedieron tierra adentro y se fue. y murió de viejo. fundaban una ciudad. incendiando las siembras. por medio de filtros y bebedizos. Compartía su vida una india vieja y huraña. que en adelante se llamaría «El Altar». Don José Fonta ejercitaba malas artes: sonsacaba hombres. otros se quedaban en una sierra de la costa. obligándolos a vender. robando las cosechas. Eran duros. frutas. mandaba matar y aspiraba a ejercer una especie de autoridad sobre todos sus vecinos. crueles. Clavó una pica en tierra. de la que las gentes cristianas.

comenzó a ser duro con su hija. El padre habló. Comenzaron a imaginar historias. Poco tiempo después cambió por completo la vida de don Carlos.! Fragmentariamente. tigres de seda amarilla. haciendo adivinar las palabras. Don Carlos de Arcedo no pensó en nada más. Iban poseídos de una infinita ansia. Se hizo cruel. "131” que a tal punto trastrueca las gentes que las hace abominables. casi por señas. Vio pájaros como joyas. propinaba a sus hombres tremendos castigos por cualquier futileza. Hablaba algunas escasas palabras españolas y veía con asombro las gentes. se dijo. — Rico —dijo el indio. "132” — ¿Estás seguro de haberlo visto? — Sí. montañas de sombra verde. venados blancos. El fuego de la luz estremecía el agua. en las que los árboles no dejan entrar el sol. cuando un día llegó a «El Altar» un indio de una raza distinta de todos los que por allí se conocían. Don Carlos de Arcedo interpretó la demanda como una ofensa. en la casa.Al poco tiempo. en lo hondo de lo remoto. Con mil colores chocaban en chorros de reflejos piedras rojas y piedras verdes y piedras blancas como un pedazo de sol. Atravesó llanuras. Desde ese día quedaron enemigos declarados. y a esta creencia se aferraron pronto todas las almas cobardes. el mundo daba vuelta. Bajo sus pies. allá. sin ver en días enteros otra cosa que la llanura desnuda. Una tarde. Venía a proponerle el matrimonio de sus hijos. Arcedo y su hija vieron entrar a los dos bárbaros y tomar asiento de una manera insolente. del remoto Sur. que estaba endiablado: un día de flaqueza pudo colársele adentro el mal espíritu. Don Carlos de Arcedo habló con el indio. Cruzó ríos anchos como el mar. Se dijo que don Carlos estaba loco: un mal brusco lo habría sacado del mundo normal. un mediodía cálido. Don Carlos sentía que por aquella boca algo lo llamaba irremisiblemente. Pasaron los días. mi amo. Venía de lejos. Tiempo tenía sumido en ese nuevo vivir. — Si lo has visto. Andando. Organizó una expedición con treinta indios y diez españoles. donde duermen todas las lluvias. y mostró a Arcedo varios pedazos de oro puro que traía escondidos entre hojas de plátano. Bajo sus pies cambiaba el aspecto de la tierra. rodeada de esclavas. se consumía rezando interminables oraciones ante un Cristo . se presentó Fonta con su hijo en la casa de don Carlos. huía el trato de las gentes y se encerraba días enteros sin que nadie le viese el rostro. parásitas gigantes. de las hondas tierras vírgenes.. Todas aquellas gentes que vivían empalagadas de la vida monótona no podían dejar pasar inadvertida tan extraordinaria novedad. pasó sierras interminables. pág. Decía venir del fondo de un mundo ignorado. el Dorado existe y es posible encontrarlo. no respondió una palabra y se retiró con su hija al interior de la casa. — ¿Dónde lo encontraste? — ¡Allá. Venía del Sur. y con el guía deslumbrado se pusieron en camino una madrugada en el nombre de Dios. adonde el hombre blanco aún no había llegado. y en la otra orilla una ciudad de oro que parecía incendiada. en el resplandor inmenso ardían el aire y la tierra. le construyó la visión de un reino fantástico.. desde la orilla de un lago violeta. Salió de hondas mesetas. que la india bruja de Fonta lo había tomado bajo su poder. pág. y aquella conversación fue definitiva en su vida. Había visto lo que apenas se vislumbra en los sueños. La hija de don Carlos. vio la otra orilla. Manuel observaba la delicada criatura con ojos hambrientos. había visto pasar más de cien lunas. que se estremecen en el borde de lo sobrenatural.

y entonces comenzó a pág. el paisaje era distinto y la distancia ante los ojos mayor. el resonar sordo del río. sentían un gozo estúpido e inconsciente. Se sabían perdidos y destinados a morir de hambre. La desesperación se apoderó de todos y muchos gritaban y lloraban como niños. de mucha agua desplazándose. Su relato fue horrible. se puso de pie y vio que a lo lejos la superficie del río terminaba bruscamente. no tornaba nadie. dentro del agua suave que acaricia. y las gentes los sentían sumidos como en un misterio vecino de la muerte. Iban sin noción exacta de sus personas ni de las cosas. gobernando la navegación de la balsa. Alguien comenzó a oír ruido de agua. Al fin resolvieron acampar unos días para reponer las fuerzas y cuidar los enfermos. adormecidas. la fatiga y el hambre. No quedaron sino los españoles. y nadie preguntó. y todos la comieron con voracidad. Soportaron varios días hasta que. La echaron al agua. Pasaron los meses. Todos estaban transfigurados. otro propuso: — Sería bueno que hiciéramos una balsa y nos dejáramos llevar por el río. nadie lo había sentido irse. pero todos tenían la certidumbre de que era carne de indio. A alguien se le ocurrió: por su cuenta. En veces topaban con una partida de indios nómadas. alerta. Después se fueron incorporando. Había desaparecido misteriosamente por la noche. abandonaron los enfermos y se fueron como fantasmas. y otro también y otro. Pasó un año. La evidencia del peligro . en una marcha lenta. tal vez una profunda catarata. y a cada vez. Andaban por lugares adonde nunca había penetrado ninguno de ellos y donde les era imposible orientarse. Marcharon horas. de hojas y de uno que otro animal que lograban cazar difícilmente. enfermo. Las cabezas sedientas se precipitaron en el agua como piedras y quedaron allí saciadas. Avanzaban cada vez menos. Dulcemente fueron dejándose vencer. Medio día después. La marcha se iba haciendo más penosa. herido. Inesperadamente. trajo carne fresca. De aquel pequeño grupo de hombres. a estar descontentos los más. uno cantó. regresó uno de la partida. Un día más tarde aún continuaba. Les silbaban los oídos y veían temblar los troncos de los árboles como a través de las llamas. Le propusieron regresar ya que todavía sus recursos lo permitían. Estaban como en un sueño. Algunos corrieron. pero continuaban por horas y horas dentro de la montaña idéntica y terrible como si marchasen dentro de un círculo cerrado. El resbalar muelle. Con bejucos y jirones de los vestidos unieron algunas gruesas ramas. todo incitaba a dormir. tan solo quedaba uno despierto. Comprendió que llegaban a un salto de agua. Iban en busca del Dorado y no regresarían sin encontrarlo. refrescadas. Se alimentaban pág. hasta hacer una plataforma suficiente para todos. Habían andado por días y días y días «inaugurando» el misterio de la tierra inexplorada. Llegaban a la orilla de un río ancho y lento. chapoteaban con las manos en el agua. Escaseaban las provisiones. en todo caso un tiempo impreciso y monótono. cadavérico. Nadie lo había visto. No quiso oírlos. "134” oír un ruido lejano que iba creciendo. desde lo hondo de sus corazones exhaustos todos se resolvían a hacer el esfuerzo. Volvieron a recomenzar el hambre y la desesperación. desesperada y tenaz. enloquecidos. creciendo vertiginosamente. se subieron sobre ella y comenzaron a deslizarse lentamente. Se pusieron a la obra. a desesperanzarse los otros. perdido en la vasta tierra desconocida. "133” de raíces. atravesando la montaña. hasta convertirse en un estruendo ensordecedor. comenzaron a enfermarse algunos. sin consultarlo a los demás. quizá días. Y así el otro día y así el otro.de rostro agónico. Un día tuvieron consejo con don Carlos. que al verles las barbas y las armas huían sin querer detenerse. Una mañana no hallaron al guía. El guía hablaba constantemente de que estaban a punto de llegar. Pasó año y medio.

Alguna sangre del Encomendero. Le preguntaron algo. Así don Luis. Ella continuaba su cantilena tediosa. a la misma hora que allá en «El Altar» la doncella débil. que la miraba con ojos ávidos. Todo inútilmente. Los descendientes de Manuel Fonta fueron propietarios de «El Altar». Invocó a Dios. exhausto. que fundara en Costa Firme. nació don Fernando Fonta. mórbida. Lloró. a golpearlos. Así las tierras de don Carlos de Arcedo pasaron a las manos de don José Fonta. En el fondo de sus espíritus se revolvían las herencias contrarias. repitiendo las mismas palabras con un sonsonete cansino. Don José la besó en la frente y se retiró también. Quedó sola.. escasa vida social. Otros sirvieron en la milicia. . De esta casta. les pegó. y él. los abuelos heroicos mezclados con malos hombres. La distancia se acortaba a cada segundo. Cada vez el ruido era mayor y la proximidad más inminente. pág. hijo de Manuel. arrastrada por la corriente. Así don Antonio. y comenzó a grandes voces a rezar una oración de difuntos. algo de negro. Así doña Josefa. entraban en el agua loca y vertiginosa. Tomó la mano de ella y la puso en la de su hijo. Desesperado. en tierras y en ocio. rezando. fuera de sí. orgullosa. acrecido con las otras extensas tierras paternales y figuraron con algún relieve en el tiempo de la Capitanía General. alguna lectura religiosa. el hombre flaco y extenuado cayó de rodillas. mucho orgullo. Fueron una casta pintoresca. en la margen. Algunos de los Fonta fueron a la capital a cursar graves estudios después de la fundación del Real y Pontificio Colegio.le dio fuerzas. los más quedaron en la casona de la hacienda. Mucho chisme. y algunas veces cantaba como los niños. Cuando volvió a mirar. "135” abrió un libro pequeño y comenzó a salmodiar su latín de casorio. El fraile hizo una cruz en el aire. los que acometían grandes empresas junto con los borrachos y ladrones. con los ojos extraviados. el Encomendero. Ninguno respondía. se lanzó al agua. respondió que sí. que fue coronel de milicianos. con los ojos vueltos al cielo. y con un resto de energía pudo ganar la orilla. a la misma hora en que los troncos de madera. llamándolos a gritos: «¡Muévanse! ¡Sálvense! ¡Van a morir! ¡Don Carlos!» Nadie respondía. gran fanfarrón y muy célebre borracho. algo de sangre de indio. Se creyó que podía estar loca. invocaba a Dios con voz transida. "136” los religiosos con los locos. que llegó a canónigo y dejó inédito un enrevesado discurso sobre «Las modernas tentaciones de Satanás». Nadie respondía: eran como cadáveres. delante del Cristo agónico. Dejó de rezar. pocos viajes. La hija de don Carlos quedó un poco como sin llegar a darse cuenta exacta. Eso contó el hombre de la partida que regresó milagrosamente. los sacudió como fardos. en 1790. y el linaje de los Fonta vino a continuar el de los Arcedo. con su cargamento quieto. su vida fue la misma vida lenta de los otros señores de la colonia. nieto de Manuel. a llamarlos a gritos. Desde allí acompañaba al paso el desplazamiento de la balsa. El fraile pág. que prescindió de aquel mundo monótono y se hizo monja. la superficie del río estaba limpia. atados con harapos. El rugido del agua invadiendo la atmósfera. les estrechó las manos y se retiró. después se le secaron las lágrimas. mascullando su cantilena infantil ante Manuel. se pasaba todo el tiempo como abstraída frente a un árbol del patio. gran latinista. nieta de Manuel. Ricos en esclavos. don Juan. con su hijo Manuel y con un fraile. enflaqueció.. Comenzó a sacudir a los otros. Frente a la silla donde se sentaba por las tardes llegó una vez don José Fonta. La balsa aceleraba cada vez más. Entonces.

por donde entraba escasamente el sol. pasó sus primeros tiempos en «El Altar». Don Santiago era impulsivo y desprovisto de reflexión. a quien se apaleaba por ladrón. como un sótano. echados sobre la tierra. Los había hábiles en las artes manuales. aislado. Toda aquella carne negra. consígame un permiso para ir al pueblo!» «Mi amito don Fernando. revueltas y mezcladas de la más repugnante manera. Una infancia profundamente grabada en su recuerdo. en algún desportillado cacharro. En ocasiones. Comían bestialmente. Dios le guarde el Infierno a todos sus enemigos». Venía el capataz. "137” de piedra. verduras y mil cosas más. El repartimiento de los esclavos quedaba vecino de la casa. llenos de impulsos primitivos. Era un varón primitivo. Sólo tenía contacto con la hermana. tan lindo. cubierto de oro. «Don Fernando. acompañados de un esclavo. El carácter se le forjó taciturno. que estoy enfermo». Lo dominaba el mal demonio de la carne. Los padres vivían metidos en sus propias vidas y los veían con cierta indiferencia. A los que se casaban se les permitía construir un pequeño rancho aparte. Todos estaban semidesnudos. algunos eran brujos e inspiraban gran respeto. A veces los veía comiendo. Quedaba el niño pálido en medio del círculo apretado de cabezas negras. embadurnándose con el alimento toda la cara. dolorosa y resignada. solamente el «usted» de los padres o el «mi amo» de los siervos. Quedaba el niño lleno de la resonancia del choque de aquellos espíritus opuestos y desnudos. sucios. El niño solía verlos con inexplicable emoción. Sólo mucho después vino a saber por qué sus padres vivían tan distanciados. Su padre. Las mujeres eran encerradas bajo llave por la noche. No se les decía nunca «tú» con confianza o cariño. . hacía paseos por la hacienda y se iba penetrando religiosamente de la naturaleza magnífica. mi niño don Fernando. Se les castigaba apaleándolos o suprimiéndoles el escaso alimento. juntos salían de paseo. otros componían largas tiradas de versos acompañados con la guitarra. Su mujer lo sorprendió en plena falta. los hombres. como los animales. aprovechando la ausencia de vigilantes o capataces. los esclavos. Cuando entre el sueño.Fue un niño débil. violento. sentían crujir la recia puerta del depósito de las mujeres. se les servía en las manos. por perezoso o por estuprador. La madre se pasaba todo el día en el oratorio. los dispersaba a palos. Cuando entre las esclavas jóvenes alguna le gustaba. fue un hombre sin ternura. enfermizo. Otras veces oía los gritos escandalosos de alguno. excitaba su imaginación. sonreían. Solo con su hermana Inés. el capataz se la llevaba por la noche. oyendo las más extrañas peticiones: «¡Ay. con algunas pequeñas ventanas altas. juntos pedían la bendición a los padres silenciosos por la noche. cuadradas y con reja. metiendo las manos de los unos en los recipientes de los otros. corazón de pajarito. sobre un pedazo pág. Cuando el niño salía de paseo se detenía largo tiempo a contemplarlo. Ella hizo una promesa a los santos para ganarlo al buen camino. rezando con un maniático fervor. los demás eran esclavos y los trataban con un respeto excesivo. en las inmediaciones. Tuvieron una exasperada disputa. tan frágil como él. juntos rezaban. venían a rodearlo con súplicas o lamentaciones. don Santiago. sensible. haga que me dejen sin trabajar hoy. Con Inés. Pasaban en fila ante una gran olla donde se cocían pedazos de carne. Allí dormían hacinados sobre la tierra desnuda. Cavado en el suelo. Su hermana y él. escupiendo y gritando. sabiendo lo que aquel ruido significaba. La presencia de aquel mundo extraño les obligó a aproximarse más.

Cuando llegó con su padre la vio de otro modo. y daba unos banquetes con casabe y cochino y guarapo. Ya lo sabe. y sus hijos sólo la vieron ya tendida sobre el lecho.Un día salió a pie. Ya se le había incorporado al recuerdo. joroba ancha de montaña que hace sombra en el cielo. no se borró nunca de la imaginación de Fernando. solos. entre los siervos bestiales. Misia Carramajestad. el mayordomo fue a casa del rey y dijo: “¡Ay. "138” la hacienda hasta la capilla del pueblo vecino: las manos juntas. vestida con el mismo hábito de la caminata. Quedaron más separados que nunca. allá pág. Que no se salve ninguno”. vestida de Dolorosa. Pero ellos vivían en la hacienda de un hombre maluco que les echaba muchas lavativas a los pobres negros y a todas las gentes. Lejos de conmoverse. — Fernando. Y entonces. Y va y le dice un día al mayordomo: “¡Mayordomo. Y el mayordomo le dijo: “¡Ay.» III Desde el patio. "140” en el fondo del valle verde y dilatado. soporosos. que fue de su madre. Los llevaba de paseo. venga acá! Usted va a salir ahorita mismo y me va a matar a todos los muchachos que haya. los ojos hacia la tierra. Rezó una hora en la capilla y regresó con igual aparato. . Ella murió algún tiempo después de manera violenta. recostados al tronco de un viejo árbol. En la hora de la siesta. ¡Ave. Santiago de León de Caracas —le anunció con voz solemne don Santiago. Después. que hacían coro a sus plegarias. rezando en voz alta. les enseñaba oraciones. pero a mí no me tocó ni tanto así. Así la veía ahora desde la casa de los Lazola. así se hará!”. desde la casa de pág.. La acompañaban gran número de esclavos. ¡ah. viendo a lo lejos los bueyes dorados que aran bajo el sol. Pero a Papá Dios. por el zaguán largo. el rey dio un fiestón. y vivía en una casa grandota. una ciudad menuda y clara como de estampa junto a un cerro majestuoso. Señalando con el dedo. hacían un fuerte contraste. se lo había avisado un ángel y se salvó en su burro. entre el ruido suave de las hojas. marchando a pleno sol. ya los matamos a toditicos!”. sin flores. algunos árboles de la Plaza Mayor y la mole del Ávila. Pero el rey quería matar a Papá Dios antes que Papá Dios tuviera tiempo de montársele. Misia Carramajestad. Se les vestía siempre de negro. María Purísima! Y el hombre maluco era el rey. San José carpinteaba y la Virgen rezaba el rosario. como una parapara. En medio de la naturaleza vital y fecunda. y tenía buenas mulas. saliendo a la calle estrecha y polvorienta podía ver el frío muro del convento de las monjas Concepciones. señalando con el dedo. chiquitico. Apenas si comenzó a acompañarlos desde entonces una esclava vieja. donde chorreaban los dulces y la mantequilla. La visión de su madre con aquel traje estrafalario.. caramba!. las relaciones de Fernando e Inés con su padre se hicieron más tiesas y ceremoniosas. las paredes multicolores sembradas de rejas verdes. les contaba las historias de la familia y algunos cuentos llenos de la imaginación pavorosa de los negros. por un claro de las colinas. Los que la topaban en el largo camino se ponían de rodillas. de luto. ¡Y mata y mata gente! ¡Y mata y mata gente! ¡Y mata y mata gente! Hasta que se cansaron. Y salió y empezaron a matar muchachos. y estaba vestido de oro. la vieja esclava comenzaba a contar: «Cuando nació Papá Dios estaba chiquitico. Y entonces. trasparente bajo la luz amarilla de un cirio descomunal. Y va el Diablo y lo pág. Daba grima ese sangrero y esa gritería y ese pilón de muertos. el marido se sintió ofendido de aquel público y espectacular ruego. junto al padre inaccesible. con un gorro colorado. "139” tienta.

Templos graves, llenos de dorados que multiplicaban la luz de los cirios, donde en las solemnidades, mientras el órgano temblaba, había visto como un violáceo resplandor al ilustrísimo arzobispo don Francisco Ibarra, o pasando por en medio de la guardia, erizada de brillantes aceros, cortesano y elegante, el capitán general don Manuel Guevara Vasconcelos. Adentro, el incienso, y afuera, la locura de las campanas, y por las aceras, canónigos, licenciados, militares, granujas y algún arreo de asnos cargado de frutas. Sus ojos hechos al campo, construían la ciudad ahora. Hasta los dieciséis años había continuado en «El Altar», al lado de su padre y de su hermana Inés. En una carne adolescente, un espíritu indeciso y tímido. Para tomar cualquier resolución nimia sentía como centenares de voces que desde opuestos rumbos lo llamaban y atraían. Nunca pudo obrar derechamente de acuerdo con un pensamiento único. A los dieciséis años cumplidos, don Santiago resolvió enviarlo a la capital para que estudiase según sus inclinaciones. Escribió a un viejo amigo, don Bernardo Lazola, funcionario del Cabildo, para ver si quería recibirlo en su casa todo el tiempo necesario, mediante remuneración de los gastos que ocasionara. Lazola respondió aceptando. Después de despedirse con mucha dolorosa emoción de Inés, salió de «El Altar», acompañado por su padre. Pasaron varias jornadas a caballo antes de llegar al valle de Caracas. Seguíanlos algunos esclavos. Hacían alto pág. "141” para pernoctar en las haciendas de los amigos, donde eran recibidos con dispendiosa munificencia. Al fin, desde las orillas del Guaire vieron la gran muralla violeta del Avila, en cuyo rededor desperezábanse nubes largas y blancas. Iban entrando en la ciudad. Pasaban por las calles de lajas desiguales, atravesaban las plazas de sombra brusca, iglesias, capillas, conventos extensos, rodeados de altas paredes lisas. Desde algunas fuentes, mujeres morenas envueltas en trapos de color conducían agua en ánforas de tierra. En la plaza Mayor estaba el mercado, en pequeños comercios pintorescos. Así la vio al comienzo. Bajo los techos de tejas rojas, casas bajas de vivos colores, rejas y zaguanes. Arboles hondos y quietos, desbordados por sobre las tapias; callejones torcidos. Un río manso cercado de guayabos, muchos altos chaguaramos y algunas torres chatas y blancas. Frente al convento de las Concepciones echaron pie a tierra en la casa de los Lazola. El dueño salió a acogerlos con muestras de una sincera alegría; junto a él, su hijo, llamado, igualmente, Bernardo, estudiante de Filosofía; y ya en el interior les tendió la mano la esposa, doña Ana María, una noble y digna matrona. Fernando observaba las gentes y la casa con curiosidad. Allí debía continuar su vida. Allí comenzaba un paisaje inusitado, y su existir cambiaba de pronto como enrumbado por un recodo súbito. Miraba el patio claro, rodeado de corredores; las paredes encaladas de blanco, una palmera erigida en el fondo, las anchas sillas de cuero, la acogedora sonrisa de la señora y la comprensiva expresión del otro adolescente, y se sentía en un mundo distinto e imprevisto. Cambiaba su horizonte, cambiaban las cosas que estaban en relación diaria con su sensibilidad. Cambiaba su existir. Cuando don Santiago cruzó la esquina diciendo adiós, cuando el último esclavo de «El Altar» hubo desaparecido, entonces comenzó a comprender, a penetrarse pág. "142” de que cambiaba. Su presente dejaba en cierto modo de ser la continuidad de su pasado.

Había cambiado ya. Don Santiago y su hermana estaban lejos. Ahora eran don Bernardo y doña Ana María y Bernardo. Ahora era la ciudad. Así la veía ahora. Aquel señor, llegado a La Guayra en el último velero, que las gentes se volvían a mirar en las calles; aquella dama moza, vestida de blondas pluviales, escoltada por cinco esclavas tintas; un caballo atado a una reja verde; casas amarillas, casas rosadas, casas blancas, casas azules. Se hizo amigo e inseparable compañero de Bernardo. Estudiaban juntos, entablaban discusiones encarnizadas sobre los temas de estudio, juntos salían. Bernardo era impetuoso y exaltado. Le servía de guía en el conocimiento de la población y de las gentes. Lo llevaba de paseo por los alrededores, le presentaba los compañeros de la Universidad; juntos asistían a las clases. Iban a veces con don Bernardo a la comedia, o seguían con gran gozo a las muchachas por las calles angostas, entre la muchedumbre de los fieles, tras alguna procesión, en el atardecer, con muchas velas bajo el denso crepúsculo. Había cambiado. Ya no era el lento paseo bajo los árboles de la colina de «El Altar». Ahora venía de la Universidad. Como los días anteriores, venía de la Universidad. Como los otros días, por la noche, podía cerrar los ojos sobre el lecho y antes de dormirse ver las cosas como si estuviesen pasando de nuevo. Era el viejo sacerdote de la clase de latín, con su pobre sotana, un tanto verde, mientras él ojeaba el Nebrija, Antonii Nebrissensis Gramatica Latina, y con la misma voz de las oraciones, lenta y salmodiada, decía: «Rosa, rosae, rosae...», o bien se aprendía algún suelto verso de Horacio: «pallida mors»... No; ahora veía al maestro de Filosofía, sabio y silencioso. Iba penetrando en las causas de las cosas, porque antes veía; pero ahora sólo empezaba a comprender. La gracia platónica y la eficacia aristotélica. Aristóteles, divino maestro, y Tomás de Aquino, y todos los que habían sabido ver el interior pág. "143” de las cosas. Ahora, ciertamente, era otro. Sentía la ebriedad de ir comprendiendo. Estudiaba lógica; lo admiraba el diáfano mecanismo del pensamiento, las proposiciones universales y las contrarias y las contradictorias; las reglas del silogismo. «Barbara, celarent, darii...» La prueba ontológica de Dios. Ya no era el mismo. El problema de los universales, si los géneros y las especies... Estaba cambiado. Era una linda cosa eso de cerrar los ojos y ponerse a caminar por dentro del espíritu. Prescindir de la realidad. ¿De cuál realidad? Porque si la que nos rodea, la podemos abolir con cerrar los ojos, la otra, en cambio, persiste. Las sombras platónicas en la pared de la caverna. La sola realidad del espíritu conociendo, del espíritu en el momento de conocer. ¡Ah! Era como una divina borrachera, como un profundo sobrecogimiento. El mismo «busca a Dios dentro de ti», de Cristo. Lloraba de emoción. Por la hendidura de los párpados cerrados brotaban las lágrimas. Conocía la égloga profética de Virgilio: «He aquí que renace en su integridad el gran orden de los siglos, he aquí que torna la Virgen, que torna Saturno y que una nueva generación desciende de las alturas del cielo». De las alturas del cielo desciende lo nuevo, descenderá lo nuevo; de las alturas del cielo al hondo mar del espíritu. El mar del espíritu. El viento bate sobre él en contrarios caminos. El viento sonoro. Ya no llora: ahora siente un vago ruido. Suena el viento en las hojas del patio. Suena lejos. Se va quedando dormido. Se ha dormido. En lo hondo del cráneo bullen las resonantes voces confusas. En el salón de la casa de don Bernardo —profusas colgaduras rojas y algunas lunas ahumadas— se congregaban con cierta frecuencia sus escogidas amistades, y en esas ocasiones Fernando trababa conocimiento con las gentes distinguidas de la ciudad.

Iban ricos hacendados, clérigos, rentistas, empleados de la Real Hacienda. La reunión tenía lugar por la tarde. Llegaban las damas y se sentaban con doña Ana María en un extremo del salón a tertuliar todas a un tiempo y desaforadamente, en tanto que los señores se agrupaban en el pág. "144” otro extremo o en el corredor, tomaban rapé y hablaban ceremoniosamente. Pasaban esclavos de librea blanca con refrescos, chocolate y confituras. Los señores hablaban, de manera altisonante, de agricultura, de la política europea, de la próxima fiesta de la Iglesia. Don Bernardo hacía la presentación del mozo: — Señores, me permito presentarles a don Fernando Fonta, hijo de mi viejo amigo don Santiago, que ha venido a cursar estudios y vive conmigo. Fernando se sentía cohibido viendo aquellas fisonomías rígidas que lo observaban con un detenimiento molesto. Un señor viejo y patilludo le dirigió la palabra: — ¡Ah! ¿Conque es usted estudiante? ¡Muy bien! ¡Muy bien! ¿Estudia usted ciencias sagradas o profanas? — Profanas, sí, señor. — ¡Ujú! ¡Muy bien! No tengo nada que decirle, sino muy al contrario: mucho felicitarle. Pero, ¡ah!.... ¡mi amigo!, necesitada está de hombres nuestra Santa Iglesia y necesitada de bravos guerreros la batalla de Cristo. El siglo y el mundo se corrompen. Las gentes estudian tan sólo por la vana pompa de alardear de su propia sabiduría. Se estudia la retórica, ¡humo de humo! ¿Para qué han de servir las palabras si no son puestas al servicio de la causa de un Santo eminente? Un clérigo que había permanecido silencioso intervino entonces: — ¡Ah, mi venerable amigo, qué fiesta para un corazón cristiano el oír vuestras palabras! Alegraos, mancebo afortunado, que estáis como puesto a un banquete de exquisitos manjares. Razón tiene usted, mi venerable amigo... Fernando estaba en medio y oía las palabras con asombro. Aquellas gentes graves, tiesas, que hablaban con voz falsa y oratoria, le producían la impresión de algo abominable. Estaba seguro de que nadie decía la verdad. Todo lo que allí se oía era mentira e hipocresía, con las que, pág. "145” inútilmente, intentaban los unos engañar a los otros. Palabras tan frías, tan convencionales, no podían expresar sentimientos vivos. Debían ser malas gentes. — Razón tiene usted. ¿Dónde están aquellos fuertes leones de la Doctrina, o aquellos bravos navegantes de la Apologética, o aquellas reales águilas de la Teología? Es necesario que los ingenios se encaminen de nuevo por el camino de Dios. ¡Nuestra Santa Religión está siendo abandonada criminalmente! El anciano replicó: — Bien sabe usted, padre y amigo honorabilísimo, en cuánto estimo la grandeza de la Santa y Verdadera Iglesia y el mucho dolor que tengo de que Dios no me haya deparado descendencia, para así haber consagrado mis hijos a su servicio... Fernando oía e imaginaba. Imaginaba. La ciudad estaba llena de conventos e iglesias; en cada familia había una monja o un sacerdote; en las fiestas religiosas se arruinaba la gente, y aun la Iglesia se sentía pequeña y disminuida. Imaginaba. Cuando todas las gentes regalaran sus fortunas a las catedrales, cuando todos los padres dedicaran sus hijos al servicio de Dios, ¿no sería, acaso, la ruina del mundo? ... haberlos consagrado al servicio de Dios, haberlos salvado para la eternidad, apartándolos del mundo abominable. Alguien agregó:

por la mala ocupación del alma. Fernando pensaba. Sudaban. lleno de tentaciones hediondas del Demonio. y el día que salían a tomar refrescos en casa de un amigo hablaban con odio del mundo. Atravesó el patio. Mordía la guayaba y veía las ramas haciendo señales sobre el fondo blanco de las nubes. Como una provocación a someter la vida a un principio. junto al tronco de la palmera que se hundía en el cielo. o eran malas aquellas gentes? . Al fin. "146” malamente. pero los caracteres y las inclinaciones personales se iban desnudando en ellos. lentamente. Consagrar su vida a complicar la de los otros es un oficio que no me gusta.. todo. habría de decidirse. Antonio Zelina empezaba a hallar árido el estudio del Derecho..— Por unos miserables días sobre esta tierra miserable. A la salida de clases se reunían algunos a charlar o se iban de paseo hacia los campos vecinos. cazaban pájaros. ¿es que hay por ventura otro gozo que el gozo de Dios? No hay más ciencia que la sagrada. por unas miserables horas dedicadas al piadoso ejercicio. más adelante se tumbó en el suelo. "147” Se iban de paseo. ¿Dónde se hallan los seres capaces de dudar ante semejante elección? ¡Mostradme esos réprobos entenebrecidos por el pecado! Los otros varones asentían. y no quería pensar en cosa alguna. Con Bernardo iba a la Universidad. las minuciosidades del procedimiento. cursante de Derecho. Corrían. — Yo estoy contento de haberme dedicado a la ciencia de Dios — decía Gaspar Luiz—. Todos se encarnizaban en un odio apasionado contra el mundo. la estupidez de los principios. Al paso. y el fin del alma. ni más ejercicio que la vida piadosa. la sutileza de los comentaristas. Bernardo le hizo conocer a algunos estudiantes: Gaspar Luiz. fuera de Dios no hay grandeza. que estudiaba Teología. acercarse a Dios. y Carlos Irón. El pensamiento era como una tentación. Siento la verdadera vocación. Antonio Zelina. .. estudiante de Medicina. Todas aquellas gentes vivían encerradas en sus casas el año íntegro. Grande es Nuestra Católica Majestad. a una regla. de azul puro.. la ciencia es la última forma de la tentación de Satanás para ganarse los espíritus orgullosos. pág. de un árbol arrancó una guayaba amarilla. Quería abolirlos. — Yo. pero no pág. Cambiar el mundo feo. Se fue al corral. — ¡Yo.. ¿Era el mundo malo. Bueno es que los hombres se ilustren. Sin despedirse. militar —decía Bernardo.. El tono de las voces se le hacía insoportable.. Escoger era renunciar. que aprendía canto y música. Lo mejor del hombre es el alma. por el gozo infinito de la Divina Presencia. lo cansaba el cúmulo de instituciones. ganarse la beatitud eterna. A veces hablaban de lo que quería ser cada cual.. a una ordenación. — Es así. Puedo prescindir del mundo sin dolor. venerable amigo. Mordía la guayaba dulce y veía la palmera bañada de sol. discutían. Más valía estarse echado en tierra sin pensar en nada. y decidirse era prescindir de otras muchas cosas igualmente posibles y deseables. . Las ideas agitaban su espíritu y le movían el sentimiento desordenadamente. robaban fruta. Los que estudian Filosofía pecan de orgullo y los que leen literaturas profanas se condenan por la mala recreación del espíritu. menos Licenciado! El Derecho es una cosa idiota. José Salguero. porque sirve a la Iglesia. fue saliendo del salón. y la presencia constante del motivo religioso le fatigaba la atención y le producía inquietud.

Marchaba al lado del otro muchacho débil v silencioso y se esforzaba por comprender las palabras que había oído. Pero no importa. habría sido feliz. y después porque no sé si usted me comprenderá. Se detuvo. sí fui yo. "149” del mundo que golpeaban la Palabra Divina que yo había sostenido. y para hacer olvidar pronto el incidente. pero en la mente impresionable de Fernando quedaban los pensamientos sugeridos y flotando. violeta. El . Después. Si me hubieran matado. Llovían sobre él los golpes y los soportaba impasiblemente. al principio sí. Comenzaba el crepúsculo rojo. el pobre muchacho habló con voz estremecida y suplicante: — Yo preferiría no decírselo. a quien poco importaban todos los problemas físicos y metafísicos. Apresuró el paso y lo alcanzó. y entonces comprendí que aquellos golpes me los daba el mundo. acompañando a Salguero. sin reaccionar. y se marcharon. el verdadero yo. que había presenciado todo conmovidamente. la boca rota. y su silencio daba alas a la exaltación de Fernando. Fernando. Salguero. le volvieron la espalda. Pero pronto notaron que Gaspar Luiz no hacía nada pág. La nariz roja. Los otros hicieron rueda para verlos pelearse. — Usted ha debido pegarle más duro a él. cantaba con su dulce voz alguna canción de fáciles compases. sorprendido de que alguien quisiera acompañarlo. que iba solo en sentido contrario. verde. Búsquenme en el cuerpo el sitio que ocupa el alma. — Sí. que empezaba a vislumbrar su inteligencia con los primeros conocimientos de la Medicina. Salguero y Luiz vinieron a las manos. "148” por defenderse. Sin poderse contener. Todos ellos son unos cobardes. la materia batallaba contra Dios. ¿Por qué no lo hizo? Al fin. violento. Todos tornaban a correr y a jugar bajo el sol fuerte. superficial. callaba. comentando la pelea y haciendo burla del que quedaba solo y maltratado. — ¡Dale por la cabeza! ¡¡Dale duro!! Salguero tenía el traje desgarrado. Un día que discutieron más de lo conveniente. Pensé en Dios y comencé a gozar el gozo de los mártires. Ha debido matarlo. ¿Quién ha visto a alguien llamarse Luiz? ¡Hijo de cura! ¡Cura! ¡¡Cobarde!! Los otros. que aquellas manos que me pegaban eran las manos materiales pág. el traje en pingajos. se volvió hacia el vencido y le gritó: — ¡Cobarde! No puedes negar que eres hijo de cura. se arregló lo mejor posible el traje desgarrado. ¿Pero después? El estudiante de Teología. Los otros intervenían y los apaciguaban. se lo diré: Yo me defendí al principio porque no era yo. y el otro sangraba por las narices. Búsquelo. Los azuzaban con gritos y empujones. Fernando no quiso preguntar más. fatigado de dar puñetazos a aquella especie de masa inerte. hasta que el agresor. El mundo maltrataba el espíritu. El otro se volvió. primero porque quizá sea orgullo mío.Entonces. dorado. y hacían coro a los golpes. a ver si lo encuentra. impulsivo. los ojos sanguinolentos. le preguntó: — ¿Por qué se dejó usted maltratar de ese modo? ¿Por qué no le pegó usted también? — Yo me defendí al principio. lo interrumpía: — ¡Esas son pendejadas de vieja! El hombre no tiene sino carne. por eso no me defendí más. se separó del grupo en marcha y fue a reunirse con Luiz. con gesto despectivo. se detuvo. pasóse las manos por los cabellos revueltos. Irón. sino el mal animal que hay en mí.

Amén. le estrechó las manos y se marchó en la sombra. el Todopoderoso no podía ser . En el corredor. diez veces. Escoger el alma. La digna matrona decantaba con voz pausada: «Dios te salve. Dios no contaba sino con las almas. se marchó a su cuarto. Jesús. tan sólo advertía el sonido sin distinguir las voces. donde un Cristo vestido de pastor llevaba una oveja. Así su hermana Inés. el gran sol. para darle la revancha contra la carne.» Terminada la oración nocturna. Por las ventanas salía la luz amarilla de las lámparas. No rezaba. No pensaba. de los malos. quedarse con la mejor parte. madre de Dios. El curita es un pendejo. Le sobrevino la idea de pasar la noche haciendo penitencia. María. Había que prescindir de los otros.» pág. Así aquella estampa que estaba en el oratorio de «El Altar». La soledad era propicia para hacer triunfar el espíritu. Los otros compañeros. Se arrodilló en un rincón lo más silenciosamente que pudo. los repitió cinco veces.crepúsculo suntuoso. ruega por nosotros. Lo comprendo y soy su amigo. como nunca antes había sentido. eran enemigos de Dios. "150” Y el coro respondía con un murmullo confuso: «Santa María. Era una hermosa vocación. lo hizo callar. pensando. El acompañaba al pobre martirizado. los esclavos. Estarse solo era gozar de la ausencia del mundo. Pronto agotó todos los rezos que sabía. Silenciosamente lo vio venir y lo dejó hablar. con los grandes ojos abstraídos. que querían ser militares. y a su lado. Eso te va a dar fama de tonto. los ríos. y.» Fernando no rezaba. y a él se llegaba por la renunciación o por el martirio. Con los ojos cerrados. en grupo. el Señor es contigo. Apenas si le desfilaban imágenes rápidas por la imaginación. — ¿Por qué te fuiste con el curita y no con nosotros? No andes con él. Dios era el solo camino. don Bernardo respondía de rodillas. los hombres. la maciza muchedumbre de los árboles. Estar sin presencias impertinentes. la arrojó al piso y de hinojos sobre ella comenzó a repetir las oraciones cotidianas. vio que Bernardo lo observaba con una sonrisa maliciosa. En el reparto humano. Bernardo se aproximó a él. que comenzaba a colmarlo lentamente. El otro no respondió. de los materiales. se habían ido juntos. Renunciar a ellos o ser martirizados por ellos. Fernando tuvo la intención de responderle. Bendita tú eres entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre. estúpidos. solo. Bernardo. ahora y en la hora de nuestra muerte. En una esquina se despidieron. No obstante. Así el grupo de sus compañeros que se alejaba cantando por el camino. fuertes. pero una interior dulzura. pecadores. Comenzaba a amar la soledad. sin replicar palabra. doña Ana María rezaba el rosario. llena eres de gracia. Entraban en las calles de la ciudad. se sumergía como en un agua rumorosa. los animales. silenciosa. Eran tan sólo vano ruido. En los ratos en que enmudecía se ponía de manifiesto la vasta presencia del silencio que pesaba sobre toda la ciudad dormida. Fernando dijo sinceramente: — Cuente usted conmigo. Dejó al otro diciendo sus invectivas soeces. y al pie se leía: «He aquí mi oveja bien amada que se había descarriado y que torna al redil.. mecánicamente dichas. Tomó una almohada del lecho. De ahora en adelante quiero que nos reunamos más. Fernando llegó a la casa lleno de una emoción desbordada. Lentas palabras salmodiadas. que no llegaban a retener su atención. y un poco más lejos.

El ancho silencio pág. Venía sobre él. Hablaban. En «El Altar». de aplicarse recios disciplinazos. ¡¡¡Aaaayyyl!! Despertó bruscamente. había oído hablar mucho de Satanás. «Es verdaderamente sabio aquel que para ganar a Jesús mira como de barro todas las cosas de la tierra. Si bastaba pasar al mediodía. Se levantó. Las manos negras y velludas sobre sus manos. Crecía su admiración por aquel espíritu disciplinado y ardiente. de quieto regocijo. Le parecía que de un rincón sombrío surgiría aquella bestia espantosa contra él. no! ¡Era algo que crecía vertiginosamente. Por el dolor podía ganar la Gracia. En los siguientes días. La imaginación lo atricionaba velozmente. Comenzó a fatigarse. rezaban. hablaban de la vocación de Dios y de su servicio. Le gustaban los franciscanos. Sin duda había sabido hallar la verdadera vida. Comenzó a sentir miedo. El Diablo rondaba alrededor de él. Cualquier ruido de los muebles.» Llegó a pensar en dedicarse a la vida religiosa. de orden. de aquel rincón pág. "151” invitaba a dormir. entre los negros. en su interior. tan silenciosos. Fernando sólo frecuentaba a Luiz. piel de culebra. pero con más persistencia le volvía la idea de que algo se empeñaba en interceptarle el camino de la Divina Misericordia. Empezó a improvisar oraciones y a meditar sobre los bienes de Dios y sobre los males del mundo. El dúctil metal de la vida era bueno para la imitación. Sobre su espíritu se abatían los vientos contrarios. como diez torres! Rostro de sapo. Escribiría a don Santiago y entraría como novicio en alguna orden. Se abstuvo de los disciplinazos. ¡No. en cosas placenteras. Tenía la sensación de que su cuerpo y su espíritu juntos luchaban y se oponían para impedirle el gozo de Dios. como el cuarto todo. como una torre. cuando se le ocurrió que el ruido de los golpes podía despertar a los demás que dormían en la casa. el Diablo lo acechaba. repetidas veces. tan frescos. a la hora del sol abrasador. por la fuerza. súbitamente se salió de él. había salido como una rata. junto al pie de la cama.conmovido por ellos. piel de culebra. En los ratos inertes. Tuvo casi la certeza de que el Diablo luchaba contra su piedad. de estar vivo. una débil voz ponía en duda la eficacia de aquella penitencia. Estaba aterrorizado. Salían juntos. Ya iba a comenzar. Pobres almas arrancadas al mundo en un violento vuelo de llamas azules y azufrosas. de permanecer en la tierra. Fernando había oído contar a los negros historias espantables en que el Diablo arrastraba almas al Infierno. Se sorprendió pensando. . cualquier crujido de la madera lo sobresaltaba. De sus palabras. irresistiblemente. Por la ventana el cielo se iba poniendo claro con la proximidad del alba. Estaba dormido sobre el suelo. eremita que libraba grandes batallas nocturnas con el Diablo. Se persignó y se sintió invadido de una alegría animal y desbordante. Había oído hablar de San Antonio. Pero así como súbitamente deslumbrado se metió por el camino de Dios. como un cerdo. como un lagarto. empavorecido. de aquel rincón pequeño.» «Quien me sigue no va entre tinieblas. de paciente gozo. Se compenetraban. de no haber sido arrastrado a los Infiernos. de sus acciones. tomó una correa. visitaban las iglesias hacían lecturas piadosas.» «Vanidad de vanidades. Le dolían los huesos. junto a aquellos conventos tan llenos de árboles. Lo pintaban de una manera horrenda. que tenían un patrón pequeño y débil. de toda su persona se exhalaba una aureola de paz. Leían. ¡Ah!. manos de mono. alas de murciélago. Entonces le vino la idea de castigarse. no era infantil aquella contrición? Resolvió quitar la almohada y quedar de rodillas sobre el duro suelo. ¿Acaso era un gran pecador? ¿No era ridícula. la dobló en dos y se desnudó de la cintura arriba. los sentía ajenos y no significantes. Gaspar Luiz le era un constante ejemplo. Mezcla de todos los animales horribles y asquerosos: cara de sapo. "152” mínimo. y estaba junto a él en esa noche.

Estaba desconcertado. ¡Esa era la misericordia de Dios! pág. se mordía las manos. por los sacerdotes. oyó las compungidas súplicas. Eran jóvenes animales. Quiso preguntar. — Pero. Y allí era el caso de las pobres gentes que no tenían con qué pagar la Bula y querían salvar el ánima ausente de la terrible condenación. pálidas. con la voz llena de gemidos. Se encontraba en la confusión. ¿qué es? ¿Por qué? — ¡Salve una pobre alma del Infierno. la familia quedaba consolada con la seguridad de que su deudo no sufriría las eternas torturas. desamparado. . Pagada la suma que valía la Bula. Hubiera querido llorar la muerte de alguien. extático. señor. por la ciudad religiosa. abran! Se levantó impresionado por aquellas desusadas voces y abrió. no queremos que se condene! ¡Háganos la caridad! — Dios se lo pagará. sacó algunas pequeñas monedas y las ofreció diciendo: — Por el feliz tránsito de esa pobre alma. Dénos algo. Presas de la más horrible angustia recorrían la ciudad mendigando el precio del maravilloso papel. llorosas. en cierto modo preocupados. pasos acelerados en el zaguán y luego unas manos febriles que golpeaban la puerta. Durante el tiempo que estuvo dominado por ideas de vida religiosa había dejado de verlos casi completamente. pero no podía articular. hablaron a un tiempo: — Por la misericordia de Dios. señor. No acertaba a expresarse. Tres mujeres vestidas de negro. — Dios se lo pague. Se hallaba abandonado. señor! El cielo tenía precio. nuestro padre ha muerto y no queremos. "154” Comenzaba a sentir una especie de rencor por todas las cosas que antes había llegado a amar: por las iglesias. los hallaba esquivos. pero a lo menos no lo engañaban. Ahora que los deseaba joviales para entregarse con ellos a una vida indiferente. — ¡En el nombre de Dios. Apenas una que otra conversación rápida con Bernardo en la casa. impresionantes. no. desgreñadas. trémulas. Salió al campo. por aquel Dios que estaba en todas las bocas para todo. acercárseles de nuevo. Había experimentado un choque profundo. Doña Ana María se tornó al interior. Palabras banales le brotaban. Comenzaba a pensar con simpatía en Bernardo y en los otros compañeros. ásperos. y toda esa máquina de misterio no hacía sino exaltar la curiosidad de Fernando. Hablaban en secreto. Todos habían cambiado. Eran voces desgarradas. tenía deseos de gritar hasta el límite del grito. sintió. "153” Una tarde que Fernando se había quedado en el fresco corredor de la casa leyendo libros piadosos. señora. quiso responder. casi corriendo. mudo. morir él mismo. Tuvo deseos de correr a ocultarse. rudos. ¡Esa era la misericordia de Dios! Salió a la calle marchando velozmente. de pronto. se reunían a solas y silenciosamente. hermana. no le hacían creer en facticias ilusiones. Los sollozos y los trajes negros se alejaron y se perdieron por la calle. venimos a implorarle para una Bula de Muertos. inmóvil. Sentía una terrible conmoción. pág. Le era necesario encontrarlos. perseguido. por Luiz.Por aquel tiempo las gentes que morían en pecado sólo podían ser libradas del Infierno mediante la compra de la Bula de Muertos. A las voces acudió doña Ana María. apenas un encuentro en las aulas con los otros. Era como si le hubieran roto algo precioso. Arrancaba las hierbas. — ¡Señor. Fernando quedó de pie. algo graves. regresar a la vida desnuda.

Había sobre él. enemigo de Dios y del Rey. se congregó la población en la Plaza Mayor. Y aquel hombre era un enemigo de Dios. Algunos acontecimientos vinieron a sacudir la monotonía de la ciudad y a distraer la atención de Fernando. el perfil de un hombre deforme: los ojos a la altura de las narices demasiado chatas. Viene a robar y a matar. hombre. "155” estrado algunos milicianos armados que de vez en cuando hacían retroceder a culatazos el gentío demasiado apretado. Enseguida desenrolló un largo papel que traía bajo el brazo. su presencia. no sabe usted que este condenado Miranda ha hecho armas contra el Rey. Sobre un estrado se leyó una orden del capitán general Guevara y Vasconcelos ofreciendo treinta mil pesos a quien presentara la cabeza del traidor Miranda. no pudiendo ya soportar más. Un día. Estas ideas lo preocuparon y trajeron más confusión a la mucha que ya reinaba en su espíritu. debió sufrir martirio. Algo nuevo dijo el hombre sobre el estrado que tampoco pudo oírse. Eso es para gente que viva en el mundo: tú andas con los arcángeles. de aquel hombre maldito que se había atrevido a ser enemigo de las cosas más sagradas. Fernando estaba entre la muchedumbre. se hablaban a gritos. Fernando no juzgó útil seguir interrogando a aquel vecino. Los gritos y las llamaradas. algunas mujeres se persignaban. pero continuó observando la espesa muchedumbre que se agitaba y gritaba: — Sí. dañina. quiso pedir explicaciones a Bernardo. Los soldados repartían culatazos a las gentes enfurecidas que querían alcanzar las pavesas. Oyendo lo que se decía en los corrillos reunidos en las esquinas logró saber que Miranda era un criollo. Con él se informó: — Pues. Fernando. ¡Que lo maten! ¡Que traigan la cabeza! Sobre el estrado había de nuevo agitación. En la ciudad no se hablaba de otra cosa que del simulacro de ejecución y del hombre que había sido su objeto. Algo había gritado el ejecutor de la justicia. y dándose vuelta lo mostró a toda la multitud. "156” tomó de manos de un soldado una tea encendida y con un movimiento ridículo y solemne prendió fuego al dibujo. . la boca enorme. que en su lugar debió ser quemado. ¡¡¡contra el rey!!! Y el hombre que comía la cebolla se quitó el sombrero en señal de respeto al real nombre. Quizá más adelante. El ejecutor de la justicia pág. inconscientemente. un hombre grueso mascaba una cebolla con pan. ¿Qué sucedía? ¿Cuál era la causa de aquella secreta agitación en que estaban? — Eso no es para ti. Aquel mal dibujo representaba a un hombre.. Por aquellas frases afectadas comprendió que estaba solo. Los gritos de los hombres excitados se levantaron de nuevo. El papel ardió en una rápida llamarada. mortal. sustituía a un hombre. Imaginaba que podía encontrárselo de un momento a otro. Se figuraba la efigie monstruosa de aquel hombre que el fuego había devorado. El martirio. Rodeaban el pág. removieron en Fernando olvidadas ideas. La efervescencia excitaba su imaginación. La llama temblaba bajo la tempestad de alaridos. que el ruido de la gente no permitía oír. la cabellera desproporcionada.. y sentía miedo. porque su visión debía ser espantosa. El martirio para ganar la Gracia. a son de tambor y pregón.Un día. Veremos. las cejas mínimas. Algunos gritaban: «¡Qué feo! ¡Qué feo es! ¡¡Que lo quemen!!». dibujado malamente. Las gentes vociferaban. que tenía muchos años fuera del país y que había intentado desembarcar con tropas para usurpar la autoridad del rey. su contacto. Ya lo castigarán las armas de Su Majestad y las pailas del Demonio. — Es un pardo infame. cuyo alimento olía tan mal y cuyas explicaciones eran confusas. Al lado de Fonta.

Fernando pensaba esas ideas. Tiene las manos manchadas en sangre del rey de Francia.. Salieron de Caracas. El mismo había experimentado un vago rencor contra lo divino. "158” — Y traidor a su pueblo —agregó don Bernardo con voz reposada—. tan iluminados.. Los reyes. luchan contra Dios y se condenan. porque el temor inconsciente le retenía las palabras. — Así es —asintió el clérigo—. "159” — ¿Dónde está el agua? . están descomulgados. Miranda se había atrevido a luchar contra Dios y contra el Rey. Bajo la luz incandescente. porque a nosotros. — Así ha de ser. pág. "157” — Lógicamente —decía el clérigo—. porque ha leído los malos libros que quieren exterminar todo lo sagrado. así es. Cuidado con hablar a nadie. el clérigo hablador. La sangre de los reyes. indignas. El señor viejo y patilludo. atravesaron un poco de campo hasta las ruinas de un viejo trapiche. sino también porque Miranda ha tomado parte en las abominaciones de la Francia que parece maldita de Dios.. tan lejanos. . Miranda. Comprendía que debían ser algo distinto de lo humano. El Diablo. Era increíble. Pero es un gran secreto... y por ello no hay crimen mayor que el del traidor Miranda... no nos corresponde sino obedecer y adorar. criatura falible. — Y no sólo por eso. pero tan pronto como penetraron dentro del recinto se incorporó violentamente y gritó con voz recia: pág. Sobre un montón de bagazo estaba echado un mozo corpulento.. No es al hombre. los restos de un depósito.. Sería casi un marco físico. Bernardo lo guiaba. algunas otras graves gentes. Tal vez tendría alguna profunda razón para intentar tan insólito crimen. lógicamente todos los que lo sigan están en pecado mortal. . Asintió con la cabeza. Nuestro Rey lo es por la Gracia de Dios.. noble amigo. porque esas insolentes expediciones las hace pagado por los protestantes ingleses para entregarles estos territorios. puesto que Dios los permite.Por la tarde. Ha sido traidor para con el Creador. Parecia dormir. Se marchó sin hacer ruido. pobres criaturas. Un torreón a mitad derruido. No conocía a los reyes sino por vagas referencias. ¿Quién era aquel hombre temible que había venido a turbar la vida de todos? Le veía el rostro horrendo coronado de llamas y las manos tintas en sangre de rey. El Diablo. En su cerebro la confusión bailaba una zarabanda desenfrenada. a quien corresponde constituirse en juez de los reyes instaurados por Dios. Miranda. Ir contra Dios y contra el rey es la mayor abominación. y los traidores que contra él luchan. Dios. El corazón le batía desbocadamente. en el corredor. ¿Quién era aquel ser espantable que venía como un castigo? IV — ¿Quieres saber quién es Miranda? —le dijo un día Bernardo inopinadamente. Fernando entró de puntillas y se quedó del lado afuera. en casa de don Bernardo. Fernando no quiso oír más. había reunión de los mismos amigos que iban periódicamente a tomar refrescos y a charlar. aún más. porque es un pardo traidor debe ser condenado. Ante un rey no acertaría sino a ponerse de rodillas. pág. oyendo. — ¿Sí? Bueno. tan altos. La Majestad es el reflejo y el eco del Divino Poder. Los errores que puedan cometer los reyes son errores saludables. Tan únicos. Los ingleses. algunas gruesas paredes de ladrillos. La efigie quemada en la plaza pública. Al mediodía lo sabrás.

Era la primera vez que se oía decir ciudadano y le pareció sencillo y hermoso. Un sótano espacioso e iluminado por algunos tragaluces altos que se abrían bajo una maleza. Venezuela es su patria.Fernando quedó asombrado imaginando que sería un loco. y por el bienestar de ellos está obligado a batallar. el ciudadano Fernando Fonta. — Ciudadano presidente. en otro estaba dibujada una bandera amarilla. Lo miraba todo con un deslumbramiento de niño. debajo se leía: «Libertad». . de la Capitanía General de Venezuela. Una hacienda de caña. — ¡Ciudadano. — ¡No! No en la Capitanía General. terminada su investigación. Historia de ladrón. en adobes. — ¿Dónde queda Aragua? — En la provincia de Caracas. y por ella está obligado a dar su sangre. dando vuelta tras un montón de vigas viejas. — ¿Dónde nació usted? — En «El Altar». El mocetón. pero Bernardo respondió: — Debajo del maguey. Veinte rostros prematuramente graves lo observaban entre la tamizada luz de la cava. pág. levantaban una tabla cubierta de bagazo y descendían por una maltrecha escalera a un sótano. ¿está usted instruido en nuestros principios? Fernando movió la cabeza negando. de ligarlo para siempre a algo que podía ser terrible. El presidente lo interrogaba: — Ciudadano. Gustaba un placer mezclado de desazón. Volvía a la reconquista de un reino infantil. ¿aceptan ustedes por nuestro hermano al nuevo hijo de la Libertad. mientras ellos. volvió a tumbarse simulando el sueño. En las paredes. Todos los hombres que han nacido sobre este territorio son sus hermanos. Una vieja mesa en medio. Bernardo se dirigió a un joven sentado en un cajón ante la mesa. La escena lo emocionaba. Silenciosamente se fue acercando a cada uno y estrechándole la mano. ciudadano Fernando Fonta? La mayoría aceptó. azul y roja. otro a un Miranda tan hermoso como era feo el que quemaron en la Plaza Mayor. presento a usted nuestro nuevo hermano. de sociedad clandestina. sobre antiguos utensillos de labranza. y todos los hombres que han nacido fuera del territorio son extranjeros y no deben tener ni mando ni intervención sobre esta tierra que es nuestra. Uno representaba una mujer con una cadena rota entre las manos. Luego se sentó junto al muro y se puso a la expectativa. — ¿Dónde queda «El Altar»? — En Aragua. Sentía como si acabaran de bautizarlo. "160” El presidente se incorporó y dirigiéndose a todos proclamó con voz solemne: — Ciudadanos. sino simplemente en Venezuela. de hombre que posee grandes secretos. en nombre de la Patria y de la Libertad. algunos papeles con dibujos. de ahora en más es usted nuestro hermano hasta la muerte! Fernando no halló qué responder. El misterio y la aventura se habían abatido sobre él súbitamente. De nuevo tornó a preguntar: — ¿Qué palabra te despierta? — ¡Libertad! — Entra. más allá un letrero anunciaba el perfil de Washington. rodeándola hasta veinte jóvenes de pie y sentados en el suelo.

pero nunca llegó a pensar que entre él y toda la extensión que el nombre de Venezuela abarca pudiera existir pág. todas las figuras jerarquizadas que poblaban su mundo negaban esa ideología. Algunos entablaban disputas independientes. Al fin. los esclavos. ungidos de fraternidad ciega. Éste continuaba meditando. Artículo primero. Era un mozo flaco. La mayoría atendía a la peroración.Aquellas palabras lo arrancaban del círculo de sus pensamientos ordinarios. cerrado de negro. Las distinciones sociales no pueden fundarse sino sobre la utilidad pública. Fernando oía la exposición. con la melena revuelta. construidos según el mismo arquetipo. pero el seguirla le requería un esfuerzo extraordinario. estaban ligados a él y trabajaría gustoso por ellos aun cuando no llegara a conocerlos nunca. El pacto social ha traído consecuencias injustas. Todos los hombres que en ese instante nacían sobre aquella tierra. Era un sentimiento un poco confuso. pero su innata pusilanimidad lo contenía. en Bogotá. Aquel pensamiento se desarrollaba por vías que le eran desconocidas. Nacen dotados de iguales órganos. hechos de la misma substancia. Eso era la patria. Volvía la voz del presidente: — Ciudadano secretario. es decir. — La Naturaleza —comenzó sin vacilar— hace a sus hijos idénticos. Hubiera querido besarlos a todos. La sangre de los hombres une y amasa la tierra vasta y dispersa.. Los hombres nacen y permanecen libres e iguales en derechos. pág. impresa clandestinamente por Nariño. — ¿Quién quiere hacer el comentario? —interrumpió el presidente. comience la lectura de los Derechos del Hombre. el capitán general. Toda su cultura reposaba sobre el principio de la desigualdad. los pardos. pero en cierto modo agradable. lo aguijoneaba el deseo de exponer sus dudas. Pero desde que por maldición se constituyó la sociedad. los blancos. El Rey. Acababa de atraparlo una súbita atadura. Acababa de nacerle una porción gigantesca del sentimiento. demostrarles de un modo desusado la sinceridad de su emoción. En la Naturaleza no hay desigualdad. que sólo conocía en escasa parte. esa reforma no puede ser otra cosa que la igualdad. "161” un nexo. los plebeyos. transfigurados. le aparecían de pronto cambiados. . la justicia y el bienestar. su padre. Toda la experiencia de su vida le representaba la desigualdad.. Empezaba a hallar diferentes los hombres que lo rodeaban. tímidamente.. La disertación fue acogida con nutrido vocerío. Abrió y comenzó a leer con voz colegiala: — Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano. los nobles. Sabía que la tierra de «El Altar» era suya. reinaban la felicidad. La une y la hace tierna como carne. arrastrados por los mismos instintos y movidos por parejos deseos.. El llamado secretario extrajo de debajo de una piedra un pequeño cuaderno que era un ejemplar de la traducción de los Derechos del Hombre y del Ciudadano. "162” — Yo —reclamó alguien. El contrato social reclama una profunda reforma. se aventuró: . se ha salido de la Naturaleza y ha creado esa cosa monstruosa que es la desigualdad. fue engendrada la desigualdad. — ¡La sociedad es monstruosa! — ¡Viva la igualdad! — ¡Abajo los reyes! El mozo flaco vino a sentarse próximo a Fernando. en el estado de naturaleza reinaba la igualdad. un nexo tan profundo como para obligarlo a dar su vida.

. ... — Es bonita. Fernando se puso a contemplarla. azul y rojo—. en el castigo divino hay jerarquías. hasta en el cielo hay jerarquías.. En aquellos tres colores.. Fernando calló un instante. la mejor prueba es que es posible.. son iguales. Recordaba un poco los arco-iris que llenan el cielo. luego es posible. sólo que por el momento no puedo demostrárselo. Usted mismo acaba de decir que la desigualdad no es natural y. No todos los animales tienen la misma fuerza. Un grupo vociferó: — ¡Viva el general Miranda! El mismo nombre volvió a golpear sus oídos con nueva inquietud. No he comprendido bien.. Esa es nuestra bandera. En la Naturaleza todos los seres. . Lo que puede pasar pasa dentro de la Naturaleza. dentro pág. mal pintados sobre un pedazo de papel. ¡luego es natural! Fernando no acertaba a responder eficazmente a la rápida dialéctica del otro. Se trata de principios casi axiomáticos.. ya proteja o ya castigue... El otro replicó vivamente: — Con gusto. — Yo sé que tengo razón. — Miranda es el único que verdaderamente trabaja por la patria. — Yo creo. estaba la patria.. Ya sin control sobre sí mismo preguntó: — ¿Es un traidor o no lo es? — ¡Traidor! Nunca. debe ser la misma para todos. No es difícil saber cuál de las dos se ha extraviado... Es muy fácil. existe. son igualmente admisibles. La patria que se le había revelado de pronto. ni están tan bien defendidos los unos como los otros. La Naturaleza es obra de Dios. ¿Usted ve esa bandera? —y señalaba con el dedo el papel en que estaba dibujado un pabellón amarillo. Casi hubiera querido adorarla como se adora una reliquia. la propiedad.. A su lado alguien hablaba.. el amor. sin embargo. que toda la Creación proclama la desigualdad. Tampoco las capacidades están igualmente repartidas. al contrario. . La confusión comenzaba a lanzar su rápido giro abigarrado. y todo lo que pasa dentro de la Naturaleza es natural. aquellos que aseguran a los otros miembros de la sociedad el gozo de esos mismos derechos. Su argumento es falso.— Tenga la bondad de explicarme un poco más lo que acaba de decir. siendo iguales ante ella. Verá. ¿Quién la hizo? . No olvide usted que casi todos los libros religiosos han sido escritos para el servicio de los reyes y por consiguiente están basados en principios que les son favorables. La mejor prueba de que la igualdad es natural. Hoy la igualdad existe en Francia y en los Estados Unidos de América. Eran tres colores simples.. pág. el argumento Aquiles... La veía y comenzaba a sentirla con ternura. "163” de cada especie... . la Patria es el más sagrado vínculo. "164” El lector gritaba más fuerte: — Todos los ciudadanos. Tres colores representaban la patria que empezaba a nacer. — Esas observaciones no son valiosas.. Miranda lucha sólo para que tengamos una patria. en ella se unen la sangre. Zozobraba.. ... el orgullo y la protección. ordenando su pensamiento para responder... . En la sociedad humana los individuos son desiguales. no todos viven lo mismo. clarineaba la voz de un comentarista. sonora y sostenida: el principio de toda soberanía reside en la nación. La voz del lector se atravesó de pronto. La sociedad lo es de los hombres.

» Todas las ideas. La trajo en su primera expedición. "166” de los otros que no deja de ser más esclavo que ellos. arriba en el tope del palo. Veía a Miranda sobre el velero izando la bandera. El barullo ganaba todo el conjunto. Tal se cree el dueño pág. tengo menos libertad?» — Si la humanidad se hubiera mantenido siempre en estado de naturaleza —agregaba otro— no habría conocido la esclavitud. divinamente presentes ante la tierra ancha y muda. Fernando oyó el relato. todos los conceptos que se desprendían de la lectura eran recibidos con un entusiasmo ávido. En el puente se oían voces de mando. M. La mañana ardía en las bayonetas sobre la boca negra de los fusiles. El hombre puede decir. "165”Amanecía un sol de paja rubia sobre los cerros verdes y sobre el mar ruidoso y azul. dentro de la piel le hervía la carne como un trapo con viento. pálidos. El viento venía ancho desde lo hondo del Caribe. de un soldado. . — Sin duda —decía uno—. ingleses. ¿Cómo este cambio se ha hecho? Yo lo ignoro. Ahora le hablaban. El barco insignia se había adelantado frente a la rada. Lo llenaba una transparente serenidad. las cosas. bronceados. Sólo sabían aceptarlas o rechazarlas calurosamente. ¿Dónde está lo que puede hacerlo legítimo? Yo creo poder resolver esta cuestión. improvisaban comentarios. Se oyó un nuevo grito: «¡Fuego!». pantalón blanco ceñido. El presidente impuso silencio y comenzó a traducir el francés con dificultad. par J. Debajo había un libro amarillo de usado y muy viejo. Un instante permaneció quieto y erguido. franceses. y todo el aire del mar y de la montaña. hacía temblar. pág. y se sintió como sí estuviera presenciando lo que el otro contaba. Un hombre que venía a bordo me lo ha contado. Súbito. los tres colores vírgenes desnudos. J. negras botas de campaña. Por una escotilla. Tenga la bondad de dármelo.— Miranda. rubios. Los unos increpaban a los otros. Rousseau.» Lo llevó con cuidado hasta la mesa y tornó a su sitio. en el lóbulo de la oreja le temblaba un fino aro de oro. como Segismundo: «¿Por qué. y oyéndolo se le abolió el sótano y las gentes que gritaban. A nadie se le ocurría pensar de un modo más o menos filosófico sobre la verdadera esencia de las doctrinas. Vestía uniforme de general francés: casaca azul bordada de oro. Todos son reyes y todos son vasallos. un hombre salió a la cubierta. Fernando se sumergía en una vertiginosa emoción. La lectura había terminado y los oyentes la comentaban. con temblor en las manos. y por todo él está entre los hierros. Cerca de Fernando varios discutían acerca del mejor sistema de gobierno. tomó aquel trapo de tres colores y lo fue izando suavemente por una cuerda larga. los elementos. Veía las llamas que habían devorado la efigie. una seca voz de mando puso firme toda la fila. criollos se mezclaban. 1762. entablaban discusiones. lento y majestuoso. Saludó y marchó hasta el pie del palo mayor. que es la democracia. entre cuyo ruido la voz del lector naufragaba a ratos. — Ciudadano Fonta. Rey. El gobierno de todos por todos. Americanos. sacudido por el disparo de los cañones. Veía el pequeño papel pintarrajeado. son libres. Con tono enfático comentaba alguien: — Sí. ¿por qué el hombre que ha nacido libre no lo sigue siendo? Los animales. Formaba la tropa. despacio: «El hombre es nacido libre. bajo el brazo un sable corvo. citoyen de Geneve a Amsterdam chez M. teniendo más vida. se preparaba el cañón. debajo de ese cajón en que usted está sentado hay un libro. Allí. Sobre la cubierta se leía: «Du contrat social ou príncipes du droit pólitique. Levantó el cajón.

No podía comprender cómo los hombres habían podido vivir por tan largo tiempo infelices. La acción de la democracia será milagrosa.. Con eso solo bastará. La voz del lector se cortó brusca. de repetirlos. De la noche a la mañana. . Fernando. Fernando terció: — ¡Muy bien! Pero. Rezaba a aquel mismo Dios querido y detestado.. "168” igual que en aquellas noches en que temía morir de súbito y ser arrastrado por el Diablo. pág. Por la noche..en ella tornarán a ser felices como cuando aún estaban en estado de naturaleza.. Padre nuestro que estás en los cie4los. de decirlos a los otros. con el tiempo de su misticismo. la democracia será la felicidad de los pueblos. la claridad del campo abierto los deslumbró. La democracia. Haciéndolos conocer de las gentes. Se oía el canto triste y repetido infinitamente de los grillos y de los sapos. a su turno. como se dio a conocer el Cristianismo. tendió una almohada en tierra y se hincó a rezar sobre ella. "167” instaurar la democracia habrían puesto fin a sus males. La ciudad estaba igualmente silenciosa y dormida. las discusiones se apagaban y el silencio iba abriendo densas lagunas. por todos los hombres que la van a hacer. Sobre las últimas hojas de la palmera del corral bandereaba un guiñapo de sol. Salían a intervalos. . Inconscientemente evocaba las conversaciones de los viejos amigos de don Bernardo Lazola. La fatiga rodaba en la atmósfera. Los ciudadanos. Al fin el presidente habló dando por terminada la sesión. ¿cómo se hará para efectuar ese cambio? — ¡Sencillísimamente! Como hasta ahora se han hecho todos los cambios. Ganaba y perdía a cada instante la conciencia de aquellos valores nuevos. que no conozco y que son para siempre mis hermanos. Sentía el deseo de repetirlo en baja voz como los niños sienten el deseo de jugar con el juguete nuevo. de oírlos murmurar quedamente dentro de su cráneo. — Sí.. Rezaba a aquel Dios trémulamente.. Padre nuestro. según eso. por pequeños grupos. Como venían de la penumbra del sótano. sospechaba una vaga semejanza. que la hagas nacer fuerte y buena. Tan llenos de emociones y de pensamientos iban que ninguno acertaba a hablar al otro. cuando con sólo pág. La reunión comenzó a dispersarse seguidamente. Es una obra de entusiasmo. para no llamar la atención de nadie.— El gobierno democrático es la expresión de la voluntad general.. Te ruego. todo lo que se necesita es hacer circular las ideas.. e inconscientemente también. como chorro de agua. La luna llenaba de ceniza el aire. Rezaba. Cuando llegaron comenzaba la sombra. Poco a poco el bullicio decrecía. Es imposible que cuando todos los hombres conozcan las ventajas de la democracia no la proclamen inmediatamente. Con la predicación. por la sola virtud de su verdad cambiará la faz del mundo. salió con Bernardo. Así siguieron silenciosos al través de toda la ciudad hasta la casa.. a aquel mismo por quien era dulce sufrir y que cobraba por su Paraíso como un empresario de espectáculo. — Entonces. El sol declinaba y se advertía una dorada pureza en el aire que incitaba a respirar profundamente. Fernando se despidió de todos con efusivos apretones de mano y. .. con el ejemplo. — Padre nuestro. te ruego que hagas nacer la patria. Marcharon así hasta las primeras edificaciones del poblado. por todos esos hombres que están lejos.

hablaba con el esclavo. era el mayordomo. El pelo crespo. Don Fernando Fonta llegó a lo alto de la colina donde se erigía la casa de «El Altar». Era un hombre atlético. bien! — ¿Cómo han arreglado los trabajos? — Pues han seguido lo mismo. de hermosa presencia. Acompañado por el esclavo que había venido en su busca salió al paso lento de su mula. — Ajá. el ambiente perezoso. Su mirada se desplazaba lenta. Su hermana Inés lo esperaba en lo alto de la escalera. unos se le abrazaban a las piernas. un dorado sol teñido sobre los tejados de bermellón. Llegó un día sin que lo conociera nadie y lo colocó don Santiago. ¿Y mi hermana? — Pues la niña Inés está muy buena. y algunos negritos que lo veían por primera vez se ocultaban temblorosos detrás de los mayores. mi amo. Los Llanos. las gentes que iban y venían sin prisa. Los esclavos decían alabanzas e invocaban bendiciones. los Andes.En la rama de un árbol cantó un pájaro un canto de espejo nocturno. La encontraba mujer. llenos de vegetación salvaje. alto. señor. pág. Fernando se le aproximó. Fernando lo observó y no pudo menos que sentir curiosidad. Fernando respondía a todos con frases bondadosas y acogedoras. Los últimos días los había consagrado a despedirse de los compañeros de las reuniones del sótano. el ruido del follaje. Salieron a recibirlo todos los esclavos. vestido con un sencillo traje de tela blanca que hacía resaltar más su reciedumbre. Aquello era el reino fabuloso de su infancia. Presentación Campos. mi amo. Don Santiago había muerto y Fernando debía ir a encargarse de los trabajos de «El Altar». Don Santiago ha dejado todo en manos del mayordomo que hay ahora. — ¿Es usted el mayordomo> — Sí. agazapada a lo lejos. Picó espuelas y la perdió de vista. — ¿De dónde es? — Yo no sé. Se iba ardiendo en viva fe por las nuevas ideas y «ofreciendo» ayudar desde su hacienda en todo lo posible. todas aquellas cosas que lo habían ayudado a descubrir su alma. Las casas bajas. otros le besaban las manos. La pág. Don Bernardo. Debe ser forastero. Pensaba en la patria. sí. de los árboles. áspero. ésa es su gracia. con más dulzura y serenidad en el rostro. las torres llenas del vuelo de las campanas. las mujeres. mi amo. . — ¿Qué tal marcha la hacienda? — ¡Así. duro. sin efusiones. a la falda de su montaña azul. — ¿Y trabaja bien? — Así. "170” El único que había permanecido aparte. rió de las hipérboles con que algunos lo festejaban y ordenó que al día siguiente no se trabajase en celebración de su regreso. las rejas. Dios la guarde. las calles. Desde lo alto de un cerro la vio por última vez. mi amo. para ir gozando de una última visión de la ciudad. el mayordomo. para servirle. Presentación Campos. el mar. Las mujeres pedían a Dios beneficios para él. "169” plaza Mayor. la piel de bronce. Mientras se internaba por los espacios montañosos. el Orinoco. señor. doña Ana María y Bernardo le dijeron adiós con pesar. — ¿Quién es? — Un mulato. los conventos. V Fue necesario partir de la ciudad. Toda aquella tierra vasta y viviente lo llamaba y estaba esperando de él.

— Está bien; deseo que pueda continuar conmigo como lo estaba con mi padre. Le estrechó la mano y subió la escalinata abrazado a Inés, que lloraba de alegría. Así tornó Fernando Fonta a «El Altar». Y tornó en buen tiempo, porque tal vez más tarde hubiera tenido que regresar de otro modo. En Caracas pasaron muchas extraordinarias cosas. El 19 de abril de 1810 se destituyó al capitán general Emparan. El 5 de julio de 1811 se proclamó la independencia de la República de los Estados Unidos de Venezuela, y comenzó la guerra. Miranda había regresado al país rodeado del prestigio de sus largos años de lucha desesperada. Había sonado la hora para toda aquella juventud que soñaba con las grandes acciones. Hasta «El Altar» llegaban las noticias de los acontecimientos que Fernando seguía con furioso interés. Varias veces estuvo tentado de abandonar los cultivos y enrolarse al servicio de la República; pero las súplicas de Inés eran más poderosas sobre su carácter indeciso que la atracción de sus ideales. Venían malos tiempos. La vida ordenada y fácil de la Colonia se había roto. Por primera vez los criollos sentían el trágico gusto de la guerra. Empezaba el exterminio. pág. "171” Se deshacían los pueblos, emigraban las gentes, se dispersaban los hombres, morían los amigos. Así aquel Antonio Zelina, cursante de Derecho, que salió en la expedición del marqués del Toro contra los realistas de Occidente, y quedó en un arenal coriano. José Salguero, el estudiante de Medicina que disputaba con Luiz, se fue con las fuerzas de Villapol hacia el Orinoco, al Sur. En toda la extensión de Venezuela comenzaba el gran incendio de la guerra. Los hombres que nunca habían vertido sangre sentían la violencia de aquella primera y durable ebriedad. Un espíritu individual, indisciplinado y cruel se despertaba en las almas. En medio de la guerra que comenzaba vino la tragedia de la Naturaleza. El jueves santo, 26 de marzo de 1812, a las cuatro y siete minutos de la tarde, a lo largo del sistema de montañas que va desde la costa hasta los Andes, toda la tierra se sacudió y tembló profundamente. Fue como una ola del mar. Las ciudades quedaron desmoronadas, y los hombres, bajo las paredes que habían levantado. Largas grietas le abrieron la boca al grito de la tierra. Estaban las iglesias repletas de los fieles que iban a conmemorar el suplicio de Jesús, inundadas del gran ruido de la muchedumbre acumulada, y de pronto la conmoción brusca, y un gran silencio de cementerio después. Hubo quienes murieron en despoblado por el solo efecto pág. "172” de la vibración de la atmósfera. Ciudades como La Guayra, donde quedó en pie una sola casa. La superficie se limpió de pueblos. Castillo de barajas arrasado de súbito. Los soldados de la República murieron aplastados dentro de los cuarteles. Y ello pasó justamente el día aniversario del primer acto de desobediencia contra el Gobierno español, y por un curioso capricho las poblaciones realistas, casi todas apartadas de la línea de las sierras, sufrieron poco daño, en tanto que las republicanas, en su mayoría a la falda de las montañas, fueron totalmente destruidas. El terremoto deshizo los poblados y desequilibró los espíritus. El pueblo, lleno de un monstruoso fanatismo, supersticiosamente interpretó aquellas señales como la prueba de que Dios desaprobaba y castigaba a los rebeldes que se alzaban contra el rey de España. Así

lo predicaron los curas sobre las ruinas de las iglesias, mientras la muchedumbre rezaba en voz alta, contrita y empavorecida. ... además del castigo eterno, castigo llevan en la tierra. Malditos ellos, malditas sus almas, maldita su descendencia, malditos todos los enemigos del Rey, Dios los aplasta como a gusanos asquerosos... Sobre los restos de ciudades que fueron hermosas y agradables sólo había cadáveres que se descomponían al sol, gente enloquecida que imploraba a Dios, ladrones y pícaros que se favorecían del desorden, y un audaz oficial español, don Domingo de Monteverde, que aprovechando la confusión y el estado desastroso en que quedaron las tropas republicanas, pudo llegar en pocas jornadas, y con su ejército cada vez más acrecido por los fanáticos, desde Coro hasta Valencia. pág. "173” Allí se detuvo. Tenía enfrente al generalísimo Francisco de Miranda, viejo odiado, desobedecido, con una tropa que no conocía y con la indecisión y la amargura en el alma. Fueron duros días. Fernando Fonta, desde «El Altar», seguía apasionadamente la suerte de la campaña. Consideraba la posibilidad de entrar en acción, pero la iba postergando indefinidamente. Le hubiera gustado que alguien lo obligara a ir sin poderse negar. Se informaba con los que podían saber noticias, preguntaba, oía opiniones. Un vago escozor le recorría la piel. Empero, una vez fue llevado a pensar de manera contraria; sintió miedo, y llegó casi a convencerse de la pobreza de su energía. Hablando, le dijo Presentación Campos: — ¿Por qué no se mete en la guerra? Arma los peones y se va para el plomo con Miranda. Se sintió como acusado. Al borde de caer. Un gran desasosiego le aceleraba los pulsos. ¡No, la guerra no! El movimiento había alcanzado a todas las almas y ya nadie podía estar indiferente. Se extinguían los amigos. Gaspar Luiz, el estudiante de Teología, pereció aplastado en una iglesia el día del terremoto. Cuando Fernando lo supo, no pudo evitar el pensamiento de que su alma debía estar satisfecha de haber alcanzado aquel ideal martirio que perseguía ansiosamente como la llave de la Gracia Divina. Bernardo Lazola, después de la capitulación de Miranda y de la entrada de Monteverde en Caracas, como su nombre figurase en la lista de individuos sospechosos, se había ido a un pueblo que quedaba en las proximidades de «El Altar», desde donde mantenía una continua comunicación con Fernando. La entrada de Monteverde agravó en mucho la situación. Comenzaron las persecuciones y las represalias. Los antiguos compañeros se denunciaban los unos a los otros; gentes sin escrúpulos levantaban largas listas de sospechosos pág. "174” que presentaban al jefe español, quien, para restablecer la autoridad, castigaba duramente. El antiguo presidente de los Hijos de la Libertad fue denunciado por un zambo a quien no había querido admitir en las reuniones. Se le encarceló, se le hizo confesar los nombres de otros de los participantes, quienes a su vez fueron perseguidos, y los Derechos del Hombre y el precioso ejemplar de Rousseau fueron decomisados y destruidos por peligrosos y por estar comprendidos dentro de la prohibición, que no permitía la entrada al país de los «libros de romance que tratasen de materias profanas y fabulosas y las historias fingidas». La mayoría de las personas abandonaban sus bienes, enterrando los valores y joyas en un escondrijo, y furtivamente se expatriaban o, con nombres supuestos, se perdían por los pueblos del interior.

El dolor tallaba la carne de los hombres que habían de transformar la tierra. Había sobrevenido una hora maldita. Ya no era posible estar en paz. En el fondo de las almas se multiplicaban monstruosas florestas de pasiones. Se amaba o se odiaba ciegamente. Se amaba o se odiaba a los republicanos o a los godos, criollos y españoles que servían al rey. Parecía que después de la larga calma de la Colonia fuera el momento de un carnaval de locura. Fernando oía la relación de aquellos acontecimientos; su antiguo entusiasmo se levantaba de nuevo, su fervor surgía, y, sin embargo, siempre un obstáculo extraño se interponía entre él y la acción. Deseaba y no podía ir a la acción; pero esperaba, esperaba algo que él mismo no sabía lo que era con una terrible impaciencia. Un cuchillo de sombra segaba las vidas. Carlos Irón, aquel mozo despreocupado que cantaba hermosas y fáciles canciones, se había incorporado a las tropas patriotas destacadas sobre Occidente. En un tiroteo, después del terremoto, cayó preso en poder de un destacamento del ejército de Monteverde. Después del terremoto, cuando las gentes estaban llenas de incontenible miedo de que Dios acabase de aniquilarlas. Mandaba el destacamento un isleño borracho que pág. "175” transmitía sus órdenes a cintarazos a los soldados, unos treinta mozos descalzos y flacos. Cuando cayó preso estaba casi desnudo, herido en un brazo y abrumado de fatiga. El isleño lo puso en medio de dos soldados y los hizo marchar cinco leguas hasta un pueblo vecino. La marcha, la herida y la fatiga lo martirizaban terriblemente. En llegando a la explanada donde se asentaba el pueblo, pudieron ver un espectáculo curioso. Todas las casas estaban demolidas; sólo se alzaban montones de materiales, vigas, adobes, tablas, escombros, y por entre ellos, camas, cajones, colchones, cocinas improvisadas como el campamento de una población nómada. Alrededor de los fogones algunos comían; pero la mayor parte estaba congregada rezando el rosario a grandes voces. Tan pronto como advirtieron el pequeño destacamento abandonaron sus ocupaciones y vinieron hacia él. Observaban con miradas primitivas al prisionero; se lo señalaban los unos a los otros, y en sus ojos ardía una hostilidad idéntica. Carlos Irón vio aquella horda que lo cercaba. Hombres y mujeres semidesnudos, sucios, armados de estacas, gritando: «¡Muera el insurgente! ¡Mueran los traidores! ¡Bendito sea el Santísimo Sacramento!» Eran manos crispadas, torsos desnudos, ojos rojizos de ira, vociferaciones ensordecedoras. El pobre mozo olvidaba el cansancio y el dolor de la herida ante la jauría feroz que lo rodeaba. — ¡Muera el insurgente! ¡¡¡Mueeeraaa!!! Algunas mujeres permanecían rezando de rodillas bajo el pleno sol, golpeándose duramente el pecho, la cabellera llena de ceniza. Los soldados impedían que las manos llegaran hasta el prisionero. La voz del isleño dominó todo el griterío: — Bueno, pues. ¿Qué quieren? ¿Que lo mate o que no? Las voces aullaron: — ¡Que lo mate! ¡Que lo mate! ¡Que lo mate! pág. "176” El isleño sonreía divertido y complacido de toda aquella masa que estaba pendiente de sus palabras. — ¡Bueno, pues! ¿Cómo quieren ustedes, que lo mate yo o que lo maten ustedes? — ¡Nosotros! ¡Que lo matemos nosotros! Aun las mujeres que se habían quedado rezando apartadas se acercaron entonces.

piedras que se abatían sobre él. muchachos! —gritó el isleño a los soldados. — ¿Y los presos? — ¡También! ¡A toditos! Las mujeres y los muchachos y los viejos. — ¡Lárguenlo. estacas. maldecía. y los revolucionarios huían temiendo la revancha. «imploraba misericordia». — ¡¡¡Muera el insurgente!!! Eran pies. Tiempo después. — ¡¡¡Muera el insurgente!!! Se abrazó a las piernas de alguien. lo maten! ¡Que lo maten! ¡Y que vaya al Infierno. Era como si cayeran sobre carne muerta. algunos fugitivos le comunicaron: — El general Simón Bolívar viene invadiendo. o los godos acaban con nosotros. Cayó sobre un montón de piedras. Hablando con ellos. a lo largo del rostro. obedeciendo. los ojos. — ¿Y usted cree que llegue? — ¡Quién sabe! Muchos de aquellos hombres que iban a incorporarse a la guerra mostraban un ánimo feroz que desconcertaba a Fernando. Si . Alguien enarboló una gruesa y pesada viga. O nosotros acabamos con los godos. El infeliz dio un salto epiléptico y quedó inmóvil. la ira. las manos que lo rodeaban ávidamente. ni qué crueldad! Aquí no estamos jugando. Sólo advertía los alaridos.— ¡Sí. Fernando se horrorizaba reconstruyendo la escena. Había sido él quien perdió la plaza de Puerto Cabello. de su fanatismo. pues. tropezando y cayendo. manos. Ya no corría. que. Fernando había oído hablar de aquel Simón Bolívar. Caracas estaba en poder de Monteverde. En «El Altar» continuaban las faenas agrícolas. y con toda la fuerza de sus fuertes músculos. Eran puños. "177” Era un mal destino que se había atravesado en todas las vidas y las había alterado. — ¡Qué crueldad. el griterío no le permitieron responder. los golpes le producían un dolor insoportable. A veces pasaban por la hacienda partidas de hombres que iban a incorporarse a los ejércitos. — Los godos están haciendo atrocidades. Irón gritaba. siendo coronel del ejército de Miranda. Mientras no se acabe con todos ellos no se acabará la guerra. Al comienzo. Todos sabían que ya no podrían ser lo que hubieran debido ser. sonriente se dirigió a Irón: — Bueno. Al principio casi todos eran patriotas. por entre los dedos. — Eso es una crueldad. se advertía que el tiempo había cambiado. Rechazándolo. un pie lo golpeaba en el pecho. pág. empujaron el prisionero en medio de la gente. se la dejó caer sobre la cabeza sanguinolenta. Era como la cacería de una rata. — Hay que matar a todos los españoles. por los harapos del traje. Después no los sentía. Iban en busca de los focos rebeldes que quedaban hacia la Nueva Granada. Salió de Cúcuta. pero. piedras. Con las manos cubriendo la cara corría en todas direcciones. Los hombres. a la última paila! El isleño. se arrastraba por tierra buscando dónde ocultarse. Algunos de sus compañeros de la capital lo habían conocido. Anda por los Andes. Entonces ya Irón no vio más. Ahora invadía. estacas. La sangre le corría de todas partes. de su odio. Fernando se informaba de la situación. Un ladrillo le dio de plano en la nuca. aun cuando los trabajos eran los mismos. ¿y tú qué piensas? El miedo.

Fonta. al fin. Fernando no lo conocía. valiéndose de circunloquios. "178” Y el que hablaba esbozó un vago gesto de desesperación. Y dando una fuerte palmada en el anca de la bestia la hizo alzarse vertical.. ¡La guerra es para matar gente! — ¿Le gustaría a usted la guerra? Respondió evasivamente: — Eso depende. pág. Aquel hombre mozo y audaz había sido proclamado solemnemente libertador. Mientras que ahora. Le hallaba una personalidad curiosa. Continuaban pasando los grupos de godos. en Caracas. El capitán David sonrió ante tan ruda argumentación. Un hondo estremecimiento le sacudía el cuerpo.. La popularidad de aquel hombre comenzaba a cundir en todas las bocas. Sentía simpatía por aquel hombre áspero. y.el general Miranda hubiera tenido la mano dura. en un solo día. Ahora que hay ese muertero.. — Sígame por aquí —le gritó Campos galopando—. lo voy a llevar a un buen pozo. Cada quien con una historia más terrible. Todo el día duró la degollina. El Libertador. — Al soldado que presente treinta cabezas de españoles lo ascienden a oficial. No se oían sino historias de la crueldad del ejército vencedor. Ahora pasaban por «El Altar» las partidas de godos fugitivos. El país se va a volver un cementerio. Bolívar había firmado un decreto de guerra a muerte Guerra sin cuartel. y el que está abajo es el pendejo. El 14 de octubre. ochocientos prisioneros habían sido pasados por las armas. Bolívar había entrado en Caracas. Ambos cabalgaban desde temprano por entre los sembrados de la hacienda. pero se lo imaginaba. La campaña de Bolívar venía triunfante. "179” Con arma blanca para no gastar pólvora. en la Iglesia de San Francisco. habló: — Esta es una guerra que va llegando a punto. En las bóvedas de La Guayra. Simón Bolívar había sido proclamado Libertador de Venezuela. — Entonces. Bolívar estaba en La Victoria. Le parecía que todo iba a perecer. como un golpe de agua. La sangre corría continua por el desaguadero de la muralla hacia el mar verde. Campos. El capitán se había aficionado a la compañía del mayordomo y salía con él todas las mañanas a pasear a caballo. ¿qué piensa usted de esta guerra? Presentación Campos no respondió inmediatamente. pág. Aquellas noticias acongojaban a Fernando. le había hecho ver . poco comunicativo.. — Los insurgentes están matando a todo el mundo. El oficial inglés contemplaba las vigorosas evoluciones con arrobamiento. VI — En la vida no hay sino. Todo el mundo está huyendo. o estar arriba o estar abajo. Fernando seguía recibiendo noticias de los que pasaban. la guerra se habría acabado hace tiempo. Hizo como si se entretuviera apaciguando el caballo. en cuyos gestos y acciones había seguridad y fuerza. que briosamente se debatía. Y el que está arriba es el vivo. ahora es que es guerra. ¡Es una cosa bárbara! — En las poblaciones no queda un alma. — ¿Ahora qué? — Ahora tiene que haber mucho muerto.

nada! Que bajé a darle una pistola a Campos. Cuando el inglés regresaba.pág. El viento que venía modelando las siembras. El inglés desmontó y comenzó a desvestirse. gracias. aquí es. quien luego podría creerse con derechos a alternar con él de igual a igual. — ¡Es para usted! Guárdela y acuérdese de quien se la dio. Sabía que Presentación Campos era duro con los esclavos. ¡Pero yo. rizaba el agua y le daba de lleno en el pecho. Ya vengo. Pero el inglés era despreocupado. desaprensivo y furiosamente igualitario. grandes círculos espumosos asaltaron las orillas. pág. yo sí sé lo que vale esto! Terminado el baño. hallaba como una vaga razón por la cual el fuerte podía señorear al débil. aquel carácter enérgico tan opuesto al de Fernando. — Aquí es —dijo el mayordomo. Presentación Campos se marchó en silencio. Entre la cal del sol venía de todos los confines como la silenciosa melodía de un mundo que se iba aquietando. . como un animal sediento. algún velo inmóvil de pájaro extasiado lo incitaban a compenetrarse con la Naturaleza prodigiosa. El cuerpo rubio se agitaba locamente dentro del líquido. entraba por el túnel de bambúes. Al regreso galoparon desde el río hasta la casa sin interrupción. llevando del diestro los caballos y haciendo funcionar el mecanismo del arma ensimismadamente. y desde el primer encuentro. — No vale la pena. Con eso se acordará de mí. pero no se sentía capaz de acusarlo. El inglés permaneció en el agua largo tiempo. Había llegado prevenido contra él. — Espéreme. Le voy a regalar una pistola inglesa muy buena. Eso le hace subir la pretensión. además. Le alargó la pistola de acero brillante. sombreado de penachos de bambúes de un verde transparente. Las hojas verdes que cortaban la luz. el rumor del río. descendió el inglés. Yo lo espero. — ¡Ah! ¿Le regaló una pistola? Mala cosa. Este pozo es muy bueno y muy sabroso. con rapidez. en medio de los dos altos chaguaramos. — ¿No le provoca bañarse. Sin esperar respuesta. Llegaban a la orilla del río de vidrio. "181” — Usted no sabe lo que es esto. ¡Deje quieto! — No. Una vez llegados al pie de la escalera. — ¡Esto vale más que todas las ciudades del mundo! Terminó de desnudarse y se lanzó con ímpetu a la corriente. — Gracias —dijo Presentación Campos casi con desgana. que enfriaba el aire y se desleía sobre el agua llena de ruido. Sentía un gozo infinito de estar desnudo en medio de la atmósfera salvaje. el aspecto viril y franco lo desarmó. sacudiéndolo con mil contorsiones y piruetas. que escribía en el corredor. volvió a subir. "180” que no hacía bien en dar confianza a Campos. Campos? — No. Ahora sentía gusto en su compañía. Al bajar pasó por delante de Fernando. y tornó donde lo esperaba el mayordomo. voy a hacerle un regalo. Usted es un hombre de la Naturaleza. continuó conversando: — Usted me es simpático y quiero hacerle un regalo. con incrustaciones de nácar y preciosas tallas en la culata. mientras se vestía. yo que vengo de las ciudades corrompidas. la arena dorada. lleno de satisfacción. y. Subió hasta su habitación. No ha debido hacerlo. Fernando le habló: — ¿Qué le pasa? — ¡No. ejercía atracción sobre él. El agua tornábase oscura sobre una depresión del lecho. ancha y acogedora. tirándose de la montura con un salto ágil—.

que había corrido tanto mundo. con los órganos de las iglesias. se levantó graciosamente. el inglés se aproximó al instrumento. el inglés. era un ser tan extraordinario como nunca había visto otro. Campos de hierba menuda. Comenzó a tocar un minué tejido de armonías lentas. El evocador suspiró: — ¡La vieja y dulce Inglaterra! La señorita amaba las confidencias del inglés nostálgico. — ¿Usted ha leído a Shakespeare? Nunca lo había oído nombrar. Los únicos hombres que había conocido pág. Reflejos en las teclas amarillas. Toca usted muy bien. vestía una casaca de moaré lila con chorrera y bocamangas de encaje. llenas de una gracia fácil que invitaba a recordar lejanas y olvidadas cosas. entró en la sala penumbrosa y se sentó frente al clave. Estaba pálida. George David. — ¿De qué hablan? — Del mayordomo —dijo con displicencia Fernando. ni animales. con castillos en las colinas. Era deliciosamente ignorante. su hermano. de una palidez suave y tierna. cerró los ojos. sobre la que resaltaban más los grandes ojos negros. pero a mí no. "183” eran su padre. Ella se interrumpió. — ¿Quiere usted tocar algo más? Comenzó un himno religioso lleno de solemnidad. Siempre había estado sola en el caserón severo. Les saboreaba el encanto. para sentarse a la mesa por las noches. — Muchas gracias. En Inglaterra hay más hadas que en todo el resto del mundo. — ¡A mí sí! Yo le confiaría cualquier cosa mía sin ningún temor. con viejos árboles buenos para contar cuentos. ni cosas. — A usted le parece un buen hombre. El cochero suena un cuerno. Las riberas están cubiertas de parques verdes. su inferior. Fernando interrumpió su escritura. ante quien sentía repugnancia y desprecio. vibraciones sostenidas como agujas góticas y anchas cadencias buenas para el florecimiento de los coros. lo hondo de su alma. rubio. — ¿Sabe usted? Eso me recuerda mi Inglaterra. y con femenina curiosidad agregó: — ¿Y hay muy lindas damas en Inglaterra? — Sí. y hablábamos de eso. y los esclavos. Ella suspiró con él. Sonrió con incredulidad. Solamente que le regalé una pistola. "182” — ¡Ah! ¿Acaso ha hecho alguna nueva barbaridad? — No —agregó el inglés con sorna—. Por el Támesis se ven lindos botes cargados de muchachas con trajes alegres debajo de pequeñas sombrillas. que. pág. Movió la cabeza negativamente. duro. — ¿Quiere usted tocar algo? —suplicó el capitán. — Los domingos. ninguna. Van en una gran diligencia de cinco caballos pintada de amarillo. y todo lo tierno. En ese instante. La música flotaba en notas sencillas y nítidas. Doña Inés sonrió y tomó asiento junto a su hermano. La habían rodeado gentes indiferentes y graves. Accediendo. las gentes cantan himnos así. no había encontrado cauce. las hay. reclinado en un sillón. elegante. que no eran ni hombres. sólo sabía su catecismo y su clave. ¡Buenas gentes! Y después se van a pasar el resto del día a los campos. Aquel capitán. esbelto. . indiferente. Terminada la audición. Presentación Campos.— Yo no lo creo. Ella rió infantil y complacida. doña Inés salió al corredor.

Ahora tienen cogido todo el Llano con un tal Boves. como todos los otros. le mandaré todas las cosas de Shakespeare y ya más nunca volverá a sentirse sola. perezoso y ladrón. advirtiendo la súbita ruptura del encantamiento que las palabras del inglés habían ido forjando. de regimientos fantasmas que venían a presentar armas a sus coroneles. — El almuerzo está servido. ¡Ah. que anda haciendo horrores. Los godos se están haciendo fuertes otra vez. La de Miranda. que tiempo sobra para meternos. ¿Cuándo tendrá usted la contestación de don Bernardo? — Quizá esta misma noche. los gnomos pequeñitos y las hadas maravillosas. "185” — ¿Qué se sabe de nuevo? — Nada. "184” de Italia.. y así. En una de sus piezas hay un borracho. de capitanes piratas que prescindían de la sociedad de los hombres. — No se preocupe. de Londres. La historia de Titania. Lo mismo. de soldados que habían escogido entre su madre y la patria. Crea que me angustia no haber podido entrar en acción todavía. Fernando y el capitán hablaron: — Sabe usted. aprenda el inglés. Esto no se acabará ni en dos ni en tres días. Fernando se fue al trapiche e Inés y el capitán caminaron hasta el pequeño bosque que dominaba la colina. Un negro apareció en la puerta. . donde ve bailar los silfos verdes. Lo seguía con sus grandes ojos hondos. de moribundos que escribían con sangre su adiós a las amadas. verdosos como moscas tornasol. Aquellos cuentos de los hombres que se suicidaban de amor. Pues bien. pág. Está lleno de cosas que hacen soñar a las muchachas.. aquellas descripciones de París. embustero. Se estuvieron largo rato silenciosos. Una vez las hormigas les declararon la guerra..— ¿No? Es lástima. y bailando. de las ciudades de España. — ¿Vamos a comer? Se pusieron de pie. dora las cosas. Salen de noche en grandes bandadas. ensucian con sus zapatos todas las flores. — Señorita Inés. de bandoleros. «Un rostro de mujer delineado por la mano de la Naturaleza». hablaba también de guerra. Fernando entró en la sala. de los trajes de Madame Recamier. Ya tengo tiempo aquí y todavía no se ha resuelto nada. — Por eso es que es necesario apresurarse. — Muy bien. — ¡Es lástima! Shakespeare está lleno de sueños maravillosos. donde tanta ternura había. — ¿Y cómo son los silfos? — Los silfos. Nadie tan atractivo. Yo no he venido a otra cosa. es una explicación difícil! Son azules. pág. Nunca había conocido persona semejante. abstraídos en la contemplación del . enamorado. Durante el almuerzo. Shakespeare logra colocar a Falstaff una noche en una floresta. Se sentía infantil. de las chisteras de Jorge Brummel. de las noches en el teatro de Drury Lane. Es necesario que me mande noticias sobre el estado de la guerra y su opinión sobre lo que debemos hacer. y. traduciendo luego con tanta gracia. gordinflón. al mismo tiempo. al contemplarlas. acabo de escribirle a Bernardo. Como los otros. un ojo que. Después del almuerzo. Suspiró. Sir John Falstaff. No sería raro que se volviera a perder la República. absortos. si y un día regreso a Inglaterra. Sentía el encanto de aquella conversación. panzudo. rudo y fuerte como todos los otros. Era dulce como ninguno. Pero sólo él. ninguno que como él cantase y recitase en inglés. que se llama Falstaff. Había hecho la guerra en Europa y contaba historias terribles... sólo él y nadie más sabía tanta cosa grata de oír..

tonta. pág. Esas se quedan conmigo. Desde la cubierta veía la ciudad mal alumbrada por los faroles. Era sencilla. — Hasta cierto punto yo soy un hombre maldito. Cuando venía. Para ella eran extraordinariamente significantes y nuevas. Casi le provocaban ternura para aquel hombre que se decía maldito y que recorría la tierra en busca de los peligros por el solo amor de la libertad. Y de pronto. el velero atracó unas horas por la noche en un puerto desconocido. casi huía.vasto panorama. Al sentirse sola se abandonó a llorar desesperadamente. Me gustará acordarme. yo me seguiré acordando de los lindos aires que usted tocaba. Amo la libertad y voy luchando por ella en el mundo. el de acordarme de las cosas que no veré más nunca. seguir con él y no abandonarlo nunca más. de que la acariciasen y le dijesen cosas tiernas. el de morir. hasta que se pudo. Como todos los hombres de la Europa de su tiempo. Estaba solo. a una mujer que pasa. ¡Alguien no! El capitán David con sus finas manos cubiertas por el encaje de la bocamanga. Se van conmigo. cuando ya usted se haya olvidado de este hombre maldito. "186” Sentía delectación en mostrarse ante los demás como un personaje extraño y misterioso. se lo juro. ¿Quiere que se la cante? — ¡No! ¡Nol ¡No! Estaba emocionada y sabía que si lo oía cantar lloraría irremediablemente. Comprendía que junto a él la vida no sería jamás tediosa. pero triste. — ¿Sabe usted. el humo del torreón. El suspiró aparatosamente. recordaba las canciones que había oído en los viajes. Lo decía como un cumplido y ella «lo tomaba profundamente en su sentimiento». ¿Qué? — Las canciones. Sentía una profunda necesidad de que alguien viniera a consolarla como los niños. las montañas lejanas. aquí nos contaba cuentos una esclava. Subió a su alcoba y se encerró. — ¿Le da tristeza acordarse? — ¡No! Ella preguntó con ingenuidad: — ¿Por qué vino usted? — ¿Le interesa? — No —mintió con coquetería—. perseguido por el dolor y guiado por la fatalidad. — Cuando estábamos pequeños. Cuando ya no vimos más el puerto me sentí desolado. vivía y padecía en romanticismo. Para el capitán eran frases banales que había oído y repetido infinitas veces. "187” — Cuando yo me vaya. Al poco rato desatracamos. y leído hasta la saciedad en todos los libros en boga. Me acuerdo un poco. lloraba. cuáles son las únicas cosas que se han quedado conmigo. El dolor de vivir. Era una emoción desconocida. Las canciones que he ido oyendo por tierras distantes. A ella se le insinuaba el deseo de llorar. Y después. Lloraba. Deseaba acompañarlo. que me acompañan? — No. sin tener quien me cierre los ojos. Caminaba rápidamente. He visto muchas gentes y muchas tierras y no tengo sino el dolor. llegó una voz que cantaba una canción cualquiera. Lloraba por él. Después de otro rato de silencio: pág. sino plena . antes de hacernos a alta mar. y «no encontraba» alivio. Los cañamelares. — Mío no tengo sino el dolor. Algún día en un rincón moriré solo. me parecía seguirla oyendo. Me emocionó. en un campamento. erraba por el mundo al servicio de la libertad. señorita Inés. La estuve oyendo mientras nos salíamos al mar. viendo las luces que se escondían todavía. de no sé dónde. pregunto por preguntar. Pretextando una excusa se marchó y lo dejó solo.

Servían los esclavos de librea blanca. los platos de dibujos azules y tallaba la sombra de las manos sobre los metales limpios. Fernando estaba satisfecho de haber encontrado a alguien capaz de empujarlo a la acción. lejos. En la reunión de mañana se va a decidir el plan que hay que tomar. ninguna confianza. Los esclavos extinguieron las luces y todo quedó silencioso y en la sombra. para no regresar nunca. En su mayoría son dueños de haciendas de los alrededores. Era tan extraordinario con sus patillas rubias de miel nueva. roba. Comentaban las noticias traídas por el esclavo. Me gustaría conocerlo. Y sin embargo. se había de ir un día. No exigiría más. Andan hablando y preparando mucho. — ¿Y usted cree que sea serio? — Yo lo creo. Quería sufrir por él. las recordaría cuando ya no pudiera oírlas más nunca. Boves. — ¿Con cuántos hombres cuentan? — Alrededor de unos mil.. — Es curioso —agregó el capitán—. Lloraba. Ella lo seguiría hasta el fin del mundo. a ratos viendo en silencio el campo sombrío. Don Fernando y el capitán David. se había levantado en el Llano a la cabeza de un numeroso ejército de caballería salvaje en guerra feroz contra las tropas republicanas. "189” VII . Mientras más tarde será peor. Lloraba. Ya hace tiempo que debíamos habernos decidido. Después de la comida. doña Inés dormía soñando nerviosamente. Un hombre desconocido. sus casacas lilas. lento sueño disparatado. El candelabro de plata con sus cinco bujías iluminaba el mantel de rico tejido. aún más empalidecida. pág.de un regocijo inextinguible. Por donde pasa. Por la noche no quiso bajar al comedor.. Fernando dio las órdenes necesarias para salir a la mañana siguiente hacia el pueblo vecino. incendia. y cuando estuviera solo recordaría las cosas que ella tocaba en su clave. Que para mañana hay una reunión en el pueblo. cabalgaban en la penumbra lechosa y húmeda hacia el pueblo por la vereda de humo blanco. Por el camino se incorporará mucha gente. dócilmente. Estaba solo y se decía maldito. — ¿Usted quiere que le hable con franqueza? —dijo el inglés—. pág. Arriba. ser sacrificada por su amor. charlando a ratos. se fueron a sentar al corredor. Yo no tengo. Había regresado el esclavo enviado a casa de Bernardo Lazola en busca de informes. "188” — ¿Quiénes van? — Todos los que están comprometidos. — A Boves lo llaman el Diablo. sus pistolas labradas. Es como una peste. Sobre la piel. mata. como todas las noches. después subieron a dormir. sus grandes ojos estaban llenos de dolor. En la madrugada se oyó relinchar los caballos. Charlaron aún cierto tiempo. tiernamente. El capitán y Fernando quedaron solos. por el que cruzaban grandes veleros negros armados con todas sus velas. sus relatos de países fabulosos. — Bernardo dice que todo está muy bien preparado. torturando y destruyendo como plaga apocalíptica. en su cuarto. Mañana lo sabremos con seguridad. Parece ser prodigiosamente valiente y atrevido. acompañados de algunos esclavos.

purificarles la carne con hondas venas de látigo. Las esclavas. sobre la fresca hierba recién amanecida. y después. Arrinconado. Terminaba de pasar pág. inquieto en el agua fría: — Buen día. Olor de vida baja y asquerosa. de arrasarlos. marchando de puntillas para despertarlo de una patada.. atareadas. Vida que sólo era buena para producir sudor maloliente.. No podía saber. más allá un hombre sacaba una soga de una piel de res. El amo y el capitán David habían salido en la madrugada para el pueblo. Presentación Campos lo despreciaba. se creía revolucionario y no lo era. siquiera. reacción de su naturaleza viril ante aquel asalto de miseria. Respiró profundamente y se sintió poderoso. pero era la reacción de su naturaleza. húmedo. su única reacción era destruirlas. . mientras se iba hacia el trabajo: — Buen día. La sonrisa iluminaba su faz enérgica. un buen campo ancho y gente por delante!. un esclavo dormía. Salía un olor insoportable de trapo viejo. se incorporó nerviosamente. ¿Vamos a la guerra? — ¡No!» ¿A la guerra?. de su naturaleza fuerte y dominadora. A lo lejos pasaban grandes carretas arrastradas por bueyes.. con humildad. señor... que no podía soportar el contacto ni la presencia de las cosas vencidas y cobardes. El amo se creía fuerte y no lo era. «¿Sembramos tal tablón? — No. hacerlos morir a todos y prender fuego al cubil pestífero. que existían. Troncos de árboles erizados de hojas de verde puro montaban guardia a lado y lado de su andar. El campo estaba lleno de la actividad de las gentes. No podía saberlo. y tan linda cosa como era la guerra. Lo poseía el asco. a su alrededor los saltos ágiles de los perros. entre los árboles. Comenzó a caminar distraídamente. Los perros vinieron ladrando regocijadamente a lamerle las manos. ¡Tenía miedo. el pecho por entre la blusa entreabierta. junto a un estribo de la pared. de sudor frío. se creía inteligente y no lo era. don Presentación. Se detuvo. La sonrisa volvía a ganarle el duro rostro. las anchas manos sobre la cintura de cuero. revuelto. redimirlos de la pobre carne hedionda a duros golpes. lo sabía indeciso y tímido. La masa de carne negra rodó.. y él no sabía sino tomar un camino y caminarlo aunque llevara al precipicio. Aquél no era amo para mandarlo a él. don Presentación. dejó escapar algunos quejidos incontenibles. Su instinto lo rechazaba. Ahora pasaba por delante de la casa de los amos. se creía amo y no lo era. Los que lo encontraban le saludaban con temeroso respeto: — Buenos días.El sol de la mañana presidía el cielo con sus barbas de vidrio rubio.. Presentación Campos salió a la puerta y dejó correr los ojos por todos los colores claros del paisaje. Los que bañaban el caballo. Era fuerte y la vida lo justificaba. si llegaban a su alcance. de cubil de animal carnívoro. olor de cosa repugnante que salía por la oscura puerta y se deshacía en el día azul. Adentro era tenebroso. una buena lanza. Un buen caballo. dos esclavas pilaban maíz con movimientos acompasados. y junto a la acequia otros esclavos bañaban un caballo. repugnante. A terribles golpes de látigo. Llegó hasta él.. de sacar todos los esclavos a latigazos a la luz. La sonrisa satisfecha lo iluminaba. Cerca. olor molesto. Caminaba al borde de las paredes de cal violentamente blancas. — Buen día. Sentía el aguijón de un poderoso deseo. Sobre el marco se destacaba la recia figura. Despreciaba al amo. el cabello sombrío. Seguía marchando. "190” la pared blanca y llegaba a la ancha puerta del repartimiento.

Otra cabeza lanosa que se inclinaba: — Buen día. Se sentía satisfecho de su superioridad.Continuaba caminando. don Presentación. las mil formas que erigían y derrumbaban los movimientos desordenados. Ya había pasado más allá de él. recto como una torre brusca. señor. señor. El caballo partió saltando nerviosamente. a ratos. pág. Se sentía impetuoso y capaz de arremeter contra todas las cosas que lo obstaculizaran. El caballo zaino. Si le gustaba la guerra. y el animal. la cincha. El pensar que don Fernando lo mandaba le provocaba un acceso de ira. Espíritu Santo. Pero tampoco. Entre la nube de polvo que despedían los cascos se distinguían. — Buen día. Se sentía como señoreando los hombres y las cosas. bebió dos tragos y lanzó el resto a la tierra. — Gracias. perezoso: — Buen día. agua limpia para beber. a cuyo ruido huían las lagartijas. con bandas que tocan marchas. "191” El inglés era otra especie de hombre. Una guerra con bonitos uniformes. — Corra. Espíritu Santo regresaba trayendo un potro. con generales llenos de medallas. El jinete lo azotaba con las riendas mientras lo contenía con el freno. Pasaba bajo los altos cocoteros de la entrada. y luego. Se aproximaba al trapiche. contemplando no sin admiración aquella fuerza desatada y avasalladora. Iba alto y orgulloso. Los esclavos lo veían acercarse con aquel paso varón y sentían una vaga angustia. examinó los aperos. exasperado. Los esclavos interrumpieron el trabajo. señor. sino desnudos de la cintura arriba. calabozo. arriba de todos. debilucho. — Aquí está. y por sobre los hombres atareados venía el olor perezoso de la melaza. Hubiera querido destruir para poner a prueba su fuerza. Ensílleme el caballo. donde se extendían los tablones. Toda aquella carrera para dos trazos de agua. Tenían que obedecerle. . Ahora volvía el esclavo con una totuma rebosante de agua fresca. cayó sobre la silla. lo demás era estorbo. El sol fresco diluía las grandes manchas verdes en el aire. No podía comprenderlo. aquel esclavo a quien tenía mala voluntad. Sonreía complacido observando aquella actividad cobarde. La torre cuadrada hilaba un penacho de humo negro. era una guerra que él no comprendía. como cuando estaba a caballo sobre la bestia temblorosa dominada por las fuertes manos. "192” recibiendo órdenes de nadie. y tráigamelo. Llevaba los ojos en alto. Para él lanza y caballo.. Estaba arriba. ni uniformes. señor —y se fue rápido con el recipiente vacío. El mandaba. Era un hombre hecho para mandar. se revolvía briosamente y se levantaba sobre las patas traseras. Bajo sus pies resonaba la hojarasca seca. La tomó. contento con estar lejos del mayordomo. No se sentía cómodo pág. los estribos. Iba faldeando la colina hacia la parte llana. El negro huyó presuroso. Tráigame agua. conversador.. Campos lo recibió.¡¡ligero!! El esclavo desapareció velozmente colina arriba. Con eso lo haría trabajar. — Corra ligero. Pero es corriendo. con un salto ágil. ni más general que el que se lleva adentro. pero se revolvió bruscamente. apenas si advertía los torsos negros y las cabezas lanosas que se doblaban saludándolo. ni más música que los gritos. Su voz fustigaba a los hombres y los hacía obedecer temerosamente.

pero no el amo. El tema del amo tornaba a molestarlo. Ahora en el aire se oía el cuchicheo de los que se preguntaban el objeto de aquella intempestiva reunión. Presentación Campos se inquietaba esperando. Usted no tiene derecho a llevarnos de la hacienda de ese modo. Quedaba solo. Medio desnudos. pág. Después. — Hasta hoy no más dura el trabajo. Los esclavos permanecieron un instante indecisos. Hablaba al esclavo más próximo. Soltaba las riendas a la bestia y la dejaba correr libremente. Desde los más lejanos sembrados los hombres oían el ruido. Ya estaba entre ellos. Los otros sólo vieron el caballo encabritado y el brillo del machete. Los hombres lo miraban en un silencio perfecto. Los esclavos lo veían desaparecer a lo lejos entre los tablones. caballo bueno para la guerra. Los fue escogiendo. Recojan los machetes y síganme. el esclavo. La multitud de cabezas negras iba creciendo alrededor del bronce. . y con la derecha empuñó el machete. Eran cien hombres que formaban un abigarrado conjunto. ensangrentado. tomó las riendas en la mano izquierda. Al poco rato se oyó la alharaca de la campana. "194” — ¡Vamos! ¡A recoger los machetes! Ya algunos se preparaban a obedecerle cuando un negro vigoroso se adelantó hacia el mayordomo con aire resuelto: — Usted es el mayordomo. La campana enloquecía y su ruido era como un licor que excitaba la sangre. de descargar la fuerza. Se sentía altanero y dominador. que subía la colina. sorprendidos por la brusquedad de la determinación. con un hondo tajo en el cuello. apoyados sobre los machetes con cansancio. se oyó el galope del caballo del mayordomo. Bueno para la guerra. Se sentía ebrio de fuerza. A su lado huía un margen verde unido de caña vista a la carrera. junto al trapiche. Nadie más vaciló. — ¡Suba arriba! ¡Toque la campana y reúname toda la gente! ¡Toda la gente! ¡Vaya! El esclavo subió. Ustedes son mis soldados. Su voz volvió a levantarse poderosa. Con calma se atravesó la pistola en la faja. fuertes. Grupos de hombres venían de todos lados. — Tráigame mi machete y mi pistola. Espíritu Santo regresó rápidamente. flacos y enfermos. Tenía necesidad de fatigarse. tocada furiosamente. Subía y se detenía ante ellos. La luz del sol caía a plomo. El amo no está aquí. tras el brazo firme el caballo vertiginoso. Cuando estuvieron reunidos de nuevo. Nos vamos para la guerra. se incorporaban y se venían marchando aprisa.Presentación Campos sonreía. Hoy nos vamos todos. tendido en tierra muerto. algunos. señor. Abajo. Cuando el ambiente se hubo calmado un tanto. El sonido volaba a todos los extremos y dejaba estremecido el aire. Buen caballo. detrás de la lanza recta el brazo firme. algunos. Se aproximaba. "193” a disimularse haciendo que trabajaban. La catarata de ruido se cortó en seco. Los esclavos lo veían regresar a carrera tendida y comenzaban pág. Ahora su voz resonaba imperiosa. trayendo ambas cosas. sí. sobre el caballo. Todo el vigor que ardía dentro de su carne estaba contenido y mandado por el cobardón de don Fernando. La garra se estranguló sobre el mango de cuerno. Presentación Campos comenzó a observarlos. Apresuradamente iban a buscar las armas y regresaban. los otros que habían oído lo siguieron atropelladamente. descalzos.

Natividad. más pálida. El amo todavía. ante una Virgen oscura con una pequeña luz que parpadeaba. — Ustedes son los que mandan a esta gente según las órdenes que yo les dé. acababa de sorprender la escena. Arriba estaba doña Inés. y usted. Ya vuelvo. las miniaturas. rosas rojas pomposas que daban un olor penetrante. pero se contuvo. que lo seguía hostigando aún más allá de su enérgica liberación. — ¡¡Traidor!! El insulto hervía entre las paredes y le restallaba sobre la sangre acelerada. Un pequeño patio con rosas. La furia lo arrastraba. Y los hombres. con la fuerza de la indignación. que. "195” — ¡Traidor! ¡Asesino! ¡¡Ladrón!! Los gritos volaban aturdidos sobre la pequeña tropa. con esa gente? ¿Quién ha matado a ese hombre? Era doña Inés. desconcertados. velozmente hacia la casa. los sillones. desde el balcón. — ¡¡Ladrón!! ¡¡Traidor!! Sentía la necesidad de que aquella voz cesara. cuando de lo alto de la casa del amo surgió una voz clara y penetrante: — ¿Qué hace usted allí. Jesús. Aquélla era la hermana del amo. Pasó el corredor de aire fresco. — ¡¡Asesino!! ¡¡Cobarde!! ¡¡Traidor!! Fue una resolución súbita. jóvenes y fuertes. Era la primera vez que se aventuraba en el interior de la residencia de los amos. — ¡¡Asesino!! Había dos puertas. entró al salón con tapicerías rojas. dejaba reposar la mirada sobre los suaves brazos. recordó el tugurio de los esclavos. la carne del amo. . Tiró la puerta con ira y se metió por la de la derecha. Pedro. Desmontó en la escalinata. Ya no era un hombre: era una energía desatada y destructora. lo vieron dirigirse de nuevo. Por contraste. Cirilo. Pasó el comedor: la mesa sola. de que no pudiera oírse más nunca. pág. Ella lo vio venir en aquella forma salvaje y retrocedió asustada hacia el interior de la alcoba. Los cinco nombrados. Se paró a contemplarla a su sabor. Nunca había pasado del primer corredor exterior. Yo soy el jefe. que se llevaba todos los esclavos. ¡Síganme! Cuando ella vio que se iba sin hacerle caso. Corrió a la de la izquierda. serán mis oficiales. y usted. y usted.— Usted. desesperadamente. "196” — ¡¡Cobarde!! Ya fuera de sí. Campos. Subió con paso decidido. rodeada de los altos sillones de cuero. Iba a alcanzarla. La carne del amo. El grito agresivo bajaba rebotando por la escalera desde lo alto. comenzó a gritar. toda sacudida. Estaba en el oratorio. — No tengo que entregar cuentas ni a usted ni a nadie —respondió —. donde don Fernando leía por las tardes. y usted. Algo le quedaba de inconsciente respeto. de que aquella voz muriera. Pongan en marcha estos hombres. con los ojos más negros y más grandes. a desahogar su ira: pág. se separaron de la aglomeración. que abandonaba la hacienda. El clave. Ramón. que marchaba alejándose tras el caballo de Campos. Ya los improvisados oficiales comenzaban a ejercer su reciente autoridad a cintarazos sobre las espaldas de los torpes y asustados esclavos. — Espérenme aquí. se lanzó como un loco escaleras arriba. el grito del amo.

Eran llamas azules. tras la cama. cuando la voz temible los inmovilizó de nuevo: — Tres hombres a pegarle candela a la casa. indefensa ante aquel bárbaro que ella había considerado siempre como un animal. Momentos después se alzaron grandes llamas violentas por entre las paredes blancas. siguió arrancándole los trapos hasta dejarla completamente desnuda. Se acercó a ella. ante ella. los brazos en Jarra. él la miraba de arriba abajo. la besó repetidas veces. De pie. Ya no estaba ante doña Inés. y diez hombres a pegarle candela a los tablones. con los ojos incendiados de odio. que se desvanecían bajo el sol. para ocultar su desnudez. . pálidas. Un impulso imperioso de sangre la obligaba a insultarlo. con un golpe de su mano pesada. y entonces. ofendida y. Comenzó a llorar desesperadamente. la levantó sobre sus brazos y. Los oficiales activaron las órdenes a planazos. lentamente. La hermana del amo. Ira y dolor se le mezclaban. el rostro lleno de rasguños. Era una mujer desnuda que lloraba. mientras le pegaba y lo arañaba con sus débiles manos. ante él victorioso.Fue retrocediendo ante él. los ojos rojizos. Le besaba la boca. los esclavos esperaban. — ¡¡¡Cobarde!!! Abajo. le besaba los ojos negros. entregada a aquella fuerza indomable. Sus manos corrían con fruición por la carne suave y tibia. le vieron con asombro la blusa desgarrada. y con un tirón de animal de presa se trajo en sus dedos crispados. deshecho su orgullo. se fue sobre ella. la greña revuelta. Se desgarró la blusa hasta desnudarse el pecho. El era un hombre y ella era una mujer. Libre —en cierto modo— de su furia se puso a mirarla con detención. hasta la pared. desde arriba hasta abajo. Doña Inés se sentía indignada. Yo soy un hombre libre. Los incendiarios habían rociado la madera con barricas de aguardiente. a hacerle todo el mal que sus manos pudieran. pobre mujer! Yo no soy un esclavo. y mientras se lo golpeaba con las recias manos. sobre la trabazón de los músculos tensos de todo su cuerpo oscuro y macizo como el bronce. "197” Se sentía indefensa. de algo escondido. gritó ronco: — ¡Esta no es carne de esclavo. junto al lecho. la carne blanca y el gracioso dibujo de las líneas le iluminaban los ojos. que la hizo rodar a tierra. Desnuda y vencida. Esperaron largo rato. Cuando Presentación salió. llenos de lágrimas. a maltratarlo. le marcó los cinco dedos sobre una nalga redonda y blanca. Estaba. un llanto débil y quejoso. al mismo tiempo. — ¡Suélteme! ¡Suélteme! ¡Esclavo! La besaba insaciablemente. — ¡Esclavo traidor. medio traje de ella. como viniendo de lejos. como la tuya! ¡¡Carne de macho!! Se incorporó y fue a acurrucarse. Los que entraron a prender fuego a la casa dijeron después que habían oído. Erguido. El llanto produjo impresión brusca en Presentación Campos. trenzadas. rojas. contraída de ira. — ¡¡¡Asesino!!! ¡¡¡Cobarde!!! Los sollozos le cortaban la voz. Algunos comenzaron a sonreír con malicia. tronó la voz: — ¡Esta es carne libre. ya no estaba ante la hermana del amo. pág. Después. que te has atrevido a alzarte contra tus naturales dueños! ¡¡Esclavo cobarde!! No pudo contenerse. soberbio y enfurecido. poseso de una violencia ciega. Yo no soy esclavo de un pendejo como tu hermano. ¡¡¡¡Esta es carne de macho!!!! Desnudo el tórax.

Detrás. comentando en voz baja los extraños acontecimientos. se aproximó. Adelante. Presentación Campos tornaba a sonreír satisfecho. — Muy bien hecho. A lo lejos germinaba el bosque de fuego. el fuego había envuelto casi todo el campo: llamas enormes crecían en el aire. — Nadie me ha llamado. Pero aún ignoraba si seria realista o republicano. el grupo marchaba sin ningún orden. comenzaban a elevarse voraces fogatas. se oía el crepitar de las fogatas. Las chispas hacían caracolear el caballo. ¿Hasta cuándo íbamos a aguantar? — Ahora estamos arriba. ¿y qué diferencia hay? — ¡Mucha! ¡Cómo no! Tú no ves: los godos tienen bandera colorada y gritan: «¡Viva el Rey!» — Eso es. — ¿Y la patria? —agregó riendo Presentación Campos. de los lejanos sembrados. jefe. crecía potente y retorcido. ¿De qué lado nos vamos a meter? — ¿Cómo de qué lado? — ¡Guá! ¿De qué lado? Si nos hacemos godos o republicanos. ven acá. ¿Qué nos ofrecen los insurgentes? ¿Libertad? ¡Ya la tenemos! — Eso también es verdad —comentó Natividad. El otro rió con malicia. Natividad. — ¡Qué patria. en marcha! La pequeña tropa desfilaba al través de los sembrados. ni qué patria de mis tormentos! ¿Qué me ha dado a mí la patria? Eso es para asustar a los muchachos. — Mientras que los insurgentes tienen bandera amarilla y gritan: «¡Viva la Libertad!» — ¡Ah. Sobre los bríos de su potro. Hasta ese instante había obrado sin recapacitar. Recorrieron largo trecho.pág. — ¿Qué te parece esta vaina?. llamó a uno de sus oficiales: — Mira. que había estado oyendo. Cabalgaba sin hablar a nadie. — Bueno. Los de abajo que se acomoden. Mientras regresaba el emisario. rieron los dos. Pero tú no has pensado una cosa. le hago una comparación. Sólo sabía que iba para la guerra. pero yo voy a meter mi cuchara. Natividad. celebrando sus ideas siniestras. Regresaban los negros. Esas son tonterías. "199” — ¿Cuál? — ¡Guá! Esta de habernos alzado. . pág. el jefe indicaba el camino. Natividad guardó silencio un instante. Cuando salieron de las tierras de «El Altar». — A la orden. Natividad temía responder algo que estuviera en desacuerdo con el pensamiento de Campos. Natividad. "198” También de los tablones. — ¡Vamos. Aún no había decidido su conducta. — Échala. y el viento venía cálido e irrespirable. Si usted me permite. por entre los resplandores rotos del incendio. Presentación Campos montó a caballo. Hacia la tarde. estaban en las proximidades de una pequeña aldea. caray! ¿Y qué escogemos? Otro de los oficiales. Los hombres sudaban copiosamente. Nadie se atrevía a hablarle. mi jefe. — Bueno. Cirilo. Campos mandó hacer alto y destacó un hombre para allegar informes.

"200” no consiguen nada? Pues lo mismo. les habló: — Señores. Detrás de él. Había quienes creían que el jefe de los negros era el general Miranda. Todos rieron estruendosamente celebrando la comparación. "201” cuadrado. Después de oír los informes. Mientras que los insurgentes están más arrancados que un huérfano. en su mayoría. — ¡¡Eeepaaa!! ¡¡Viva el general Campos!!. creyéndose víctimas de una invasión furiosa. — ¡Virgen del Carmen.. Campos. y otros sospechaban que era Boves en persona. se pusieron a hablar en voz baja. hijo e’puya este Cirilo! — Por mi parte —dijo Natividad—. Con ellos se puede conseguir algo. mujeres y niños. ¡En el nombre de Dios! Se separaron en varios pequeños grupos por distintos caminos. pues. cubierto de hierba... Cuando estuvieron completos. desarmado y con bastantes cosas. Se confundían las voces terribles de los asaltantes y las acobardadas de los pobladores. en ejecución del plan. Bueno. Tenían confusas ideas sobre los acontecimientos del país e ignoraban completamente quiénes pudieran ser sus invasores. con lo que arreciaba el miedo. Eran. — ¡¡Viva Presentación Campos!! — ¡Bendito y alabado sea el Santísimo Sacramento! Presentación Campos llegó hasta la plaza. yo soy el general Presentación Campos. sálvanos! — ¡Máteme ese hombre!. — Ya veo que por las buenas no se hace nada. tengo que organizar mi gente y necesito que me ayuden. sino barajustarle a la mujer. pues. Campos se acercó al grueso de su gente. — Bueno.. pues. observaban con ojo asustadizo el aspecto de los forasteros. y andan suspiro y suspiro y pág.. A esa sazón regresó el hombre destacado para espiar. Tomaban consejo e imaginaban argucias para defraudarlo. o lo parecieron. Bueno. No hay que enamorarse. plata y gente. Los godos tienen mucho tiempo mandando y ya están ricos y buchones. Campos cambió de tono. un espacio pág. — ¡Ah. pues. ¡Vamos a ver si es verdad! Ahí está ese pueblo. ¿Usted no ha visto por ahí. Con esa gente no se consigue sino hambre. Lo vamos a rodear y entramos al mismo tiempo por todas las calles gritando mucho y meneando los machetes para asustar a la gente. Algunos cerdos gruñían echados. Cuando calculó que todo estaba listo. llegaban gritos desaforados.— Ahí va. yo creo una cosa. con un botalón en medio. Los mozos ya habían sido reclutados para la guerra. Continuaban sin responder. Las pobres gentes fueron saliendo con cautela. las gentes eran pocas y desarmadas.. ¡Si no salen ya los principales. Necesito víveres. viejos. No vengo a hacerles ningún mal. eso de la patria me suena lo mismo que eso del amor. A mí. muchachos. Los pobres habitantes corrían a esconderse en las casas. Eso sí. El pueblo no tenía guarnición. y mientras se reunían. Despachó centinelas a todas las salidas e hizo llamar a los vecinos. Era un escándalo infernal. siempre sobre el caballo. esas gentes que se enamoran. y había una pulpería con muchos víveres. La patria es un puro suspiro. ¿Quiénes son aquí los principales? Sin responder. y desde todos los lados del pueblo. Presentación Campos desembocó por una calle a todo correr y disparó la pistola al aire. caballos. me llevo a la fuerza todo lo que haya en el pueblo y le pego candela! .

iban solos o por grupos. En llegando a un recodo. los otros. Iban alegres. Por la noche celebraron el triunfo. se sentían libres y fuertes. En la penumbra se adivinaban las formas de los cuerpos entremezclados. Podemos entendernos de otro modo. señor. el entusiasmo de los bailarines subía. Era el primer acto de reconocimiento público de su autoridad. Comenzaron a bailar. como cadáveres. los había que se estaban una hora íntegra dando vertiginosas vueltas. El aguardiente los fue cambiando. Entre el tumulto se oía a ratos el sonido seco del tambor golpeado con los puños. en tropel. Había triunfado. Prendieron. Además. desmontando de la cabalgadura. "203” por la borrachera. El otro se puso en marcha adelante. plátanos.Inmediatamente. en la casa que Campos organizó como su cuartel general. atrevido. Al paso se le atravesó una vieja con cara de idiota. . tenían casi mil pesos. Los negros. Al mediodía. comenzaron a gritar. y comenzaron interminables «golpes» de Aragua. A algunos la risa les encendía la boca entre la sombra. Reclutó los mozos servibles que aún quedaban en el pueblo. mi hijo. y llevaba una reserva de machetes y tres fusiles viejos. De nuevo el campo abierto. No es necesario que usted haga eso. por instinto. — Si quiere. venga conmigo. Otros se aproximaban a las mujeres con torpeza. vieja del diablo! Esa misma tarde. — Oiga. Bailaban los niños y los viejos. para que se hospede en mi casa. Adelante iban la impedimenta. frijoles y maíz. Pasaban las totumas repletas de caña. simpático. Poco a poco fueron cayendo vencidos pág. sin disciplina. se mostraban tímidos. comenzaron a acumularse los víveres: sacos de caraotas. diez caballos y cinco novillos. otros tomaban en vilo a las hembras y las agitaban en el aire como un trapo. comenzaron a empujarse y darse la zancadilla con las parejas. Ahora iban a caballo los oficiales y algunos de los soldados. — ¡Viva Presentación Campos! La noche palidecía. — Viene tropa. pág. Ningún otro hubiera podido mandarlos. En medio de la plaza pusieron pipas de aguardiente a caño libre. se instalaron un tocador de tambor y un maraquero. — Convenido —respondió Campos. Lucían todas las estrellas. "202” Aceptó contento. — No. Cuando vino la mañana yacían sobre la hierba. El mismo hombre tornó a hablarle. un hombre destacado que iba a caballo adelante se volvió a todo correr. La muchedumbre se disgregaba. — ¿Mucha gente? — Mucha. Campos organizó de nuevo la marcha. velas. con las armas terciadas a la espalda. Nosotros le daremos lo que necesite y usted nos hará el menor daño posible. Entonaban canciones. conduciéndolo. Es la mejor de aquí. el ganado y unas bestias con la carga. — ¡No sea atrevida y preguntona. un hombre de pelo blanco se adelantó. marchando desordenadamente. Era valiente. ¿ustedes son de los insurgentes o de los godos? Como él no respondiera. entre lo que buenamente le dieron y lo que robaron los soldados. Estaba complacido. Le debían aquella vida maravillosa. en medio. Conforme iba corriendo el alcohol. uno de los negros la apartó de un planazo. Comenzaban a venerar al jefe. conversaban.

dése cuenta. uniformada y con fusiles. se dejó llevar por el caballo. un hombre que había permanecido silencioso. habló. — Boves ha acabado con la revolución. Otro añadió: — Además. "204” VIII Desde temprano había comenzado la reunión en casa de Bernardo Lazola. se hacían negocios. ¿A quién se le ocurre eso? Y eso de darle libertad a los esclavos. pero más lavativas han hecho los republicanos! Dígame eso del papel moneda. "205” sino un asunto de convicción. y se adelantó solo hasta franquear el recodo. si la revolución gana. Fernando se dejaba arrastrar con cierta satisfacción por la actitud negativa que ganaba a los demás. — Señores —corroboró Bernardo—. — ¿Quién vive? Soltó las riendas y. pero él continuó avanzando sin responder. Estas cosas no se pueden resolver así como así. Ahora que los republicanos están necesitados es cuando debemos ir. sea por lo que sea. y si pierde. Casi todos eran hombres a quienes el dinero hacía prudentes y que esperaban que la situación del país no fuera dudosa para poderse comprometer sin peligro. muertos de hambre y sin un centavo. Porque. joven. Conmigo no cuenten. silenciosamente. Meterse ahora me parece una locura. — ¿Quién vive? —preguntaron de nuevo. No respetan ni la gente ni la propiedad. lenta y sentenciosamente: — Bueno. Yo no tengo nada que hacer con República. ni con patria. los godos me arruinan. los ojos fijos en la bandera roja. Los únicos favorables a la guerra eran Bernardo y el capitán David. y aún no se había llegado a un acuerdo. pero nosotros también. hasta mi vida. Porque vamos a ver las cosas como son. porque andan derrotados. yo. Me voy para mi campo a trabajar. Un viejo y rico hacendado habló a su vez: — Sí. esa pila de negros haraganes y flojos. no es un gusto que me voy a dar. por mi parte. hay que ver las cosas como son. El inglés dijo: — Yo encuentro que ustedes discuten lo que no se ha venido a discutir. A esta sazón. Había plata. ¿Con qué cuentan los republicanos? Será con los reales de nosotros. esto no es un negocio pág. Si yo me meto a la guerra. Todo el país está otra vez en poder de los españoles. La avanzada le dio la voz de alto. de todos modos gasto mis reales. ¡Los godos serán malucos. Después que la situación se haya decidido en su favor no tiene ningún objeto nuestra ayuda —decía Bernardo. Todos están de acuerdo en que se debe ayudar a los republicanos. — No se puede esperar indefinidamente. pero antes. con los españoles. El auxilio hay que prestarlo justamente cuando se necesita. usted puede tener razón. Ya han tenido dos veces el mando . mis esclavos. acariciándose la boca con su gruesa mano. Deteniéndose bruscamente se empinó sobre los estribos: — ¡Viva el Rey! pág. Lo que se trata de saber es cómo y cuándo se debe prestar esa ayuda. son muchos miles de pesos que voy arriesgando: mis tierras. estábamos mejor. sé a qué atenerme. Venía un numeroso destacamento de tropa regular.— ¿Qué bandera? — Colorada. Estoy seguro de que ninguno de ustedes quiere pensar en mezquindades en una hora tan importante. ni con ninguno de esos cuentos. Presentación Campos ordenó hacer alto a su montonera.

Primero fue aquel general Miranda. El ruido de voces continuaba. por mi parte. y no se los doy a ningún insurgente muerto de hambre para que me los robe! Bernardo. Pasaba el tiempo. pero los demás se interpusieron. — A ver. Fernando sentía un escozor entre el miedo y la inquietud. de un rincón. Es preciso saber a qué atenerse. a pesar de haber venido con el propósito firme de excitarlos a la guerra. los que no quieran. Aunque nadie se levantó.y no han hecho nada. Usted es un miserable que no piensa sino en sus cuatro centavos. y casi llegaba a desear que la idea fuera rechazada. rezongando sus razones. y oía complacido a todos los que se oponían. Al otro extremo un hombre de grandes bigotes: pág. A ver. ya van dos. Muy bruto. pero que no servía para nada. el otro se fue. A mí me parece oportuno que cada uno vaya diciendo lo que piensa. a todos los que desertaban. porque aplazar esta resolución no es posible. que tampoco ha servido para mucho. vuelvo a repetirles que no creo que por el momento estén buenas las cosas como para eso. — ¡Yo! Otro cerca de él: — ¡Yo! — Muy bien. señores. muy franchute y muy todo lo que quieran. podría dar una ayudita en plata. señores. — No ha debido hacerle caso. Los que quieran ir. Al fin se logró restablecer la calma. Comprendía que las argumentaciones de aquella especie de bestia eran las mismas que en forma inexpresada se agitaban dentro de él. ¡Con esa gente no se va a ninguna parte! — Hace usted mal —replicó Bernardo— en juzgar de ese modo. aun cuando yo no me metiera. Mientras trataban de apaciguarlo. El viejo hacendado. ¡para que no digan! — Entonces —dijo el capitán David— se trata de saber quiénes van y quiénes no van. se advertía que el incidente había deprimido pág. Los que quieran meterse en la guerra. su carne era desfalleciente y cobarde. — Solicitan a don Fernando Fonta. — ¡No se caliente ni me venga a gritar! ¡Yo con mis reales hago lo que me da la gana. que lo digan también. hasta que. Sin embargo. como usted lo cree. — ¿Quién más? —preguntaba el inglés. quiso írsele encima. que había tomado la palabra al principio. "207” — ¡Y yo también! Fernando los había visto erguirse y comenzaba a temer que la idea de la guerra triunfara. Cualquiera podía observar que la mayoría estaba de acuerdo con el que se había ido. la proposición fue recibida con fuerte rumor de comentarios. Por ello. Usted no sabe de lo que habla. A la guerra prefería su vida cómoda y muelle en «El Altar». pero de todos modos. que se pongan de pie. Cortando la escena entró un negro. que lo digan. ni Bolívar lo es. Ni Miranda fue un inepto. se levantó un mozo. sin que nadie se moviera. "206” los ánimos. — El es así. — ¿Quién? . señores. El hombre se levantó con indignación. todos los bellos sacrificios. — Bueno. tornaba a hablar. Ahora es este Bolívar. Yo. porque aun cuando su espíritu comprendiera todos los generosos ímpetus. que se paren los que estén resueltos. fuera de sí. no había hablado una sola vez.

Aquel hombre que siempre le había parecido antipático había hecho su obra de destrucción. y su ira torpe lo señaló como un objeto en que saciarse. mi amo. Era muy poca cosa matar un hombre. mi amo. imbécil? Veía al pobre negro flaco postrado en tierra. mi amo! — ¿Horror de qué. Afuera estaba Espíritu Santo. — ¿Qué? — Se alzó. El mundo nacería y acabaría mil veces. ¡Habla! — Se alzó. Fuera de sus manos. Destruido. pese a su exasperada angustia. sus tierras. Ahora comprendía que los hombres se exterminaran en la guerra. Desesperada impotencia ante lo ya consumado. que Boves hiciera descuartizar los hombres en su presencia para verles las vísceras vivas. Lo habían destruido. Lo habían destruido. Casi podía decir que lo sabía hacía tiempo. más allá de su acción. Sentía la necesidad imperiosa de destruir. la vieja tierra de todos sus abuelos. La cólera lo poseía como una fiebre. Lo pág. cerró el cuello delgado del esclavo. El desgraciado comenzaba a asfixiarse. mi amo! — ¿Cómo? ¿También qué? — También. Lo levantó en vilo y lo zarandeó en el aire como un pelele. Destruido. Lo había aniquilado. — ¡Qué horror. — ¡Qué! ¿Qué pasa? — ¡Mi amo! ¡«El Altar». . Deseo de desahogarse. todo arrasado por aquella fuerza bruta. Fernando salió apresuradamente. Presentación Campos. — ¡Tú. Quemó la hacienda. Espíritu Santo temblaba viéndole congestionado de ira. desgreñado. Espíritu Santo? Dime. había sido incendiada por un intruso. Su hermana. Se sentía culpable. Una honda desesperación le torcía las fibras. oyendo suplicar. — ¿Qué? ¡Habla! El aliento fatigoso le impedía hablar con continuidad. ¿qué hace mi amo? ¡Perdón! No pesaba nada. Con manos crispadas por el espasmo nervioso. Era una infinita sed que no calmarían torrentes de sangre.. — Presentación Campos. que Rosete incendiara los hospitales. negro cobarde.— Un esclavo de «El Altar». Presentación Campos la forzó. Ahora comprendía que Zuazola «bayoneteara» a los niños.. sin voz: — ¡Mi amo! ¡Mi amo! Algo terrible debía suceder para que el pobre siervo llegara con tal rostro de terror. — Pero. los ojos asaltados de fatiga.. mi amo. Lo habían destruido. — Mi amo. — ¿Y tú? ¿Por qué no te alzaste y me robaste tú? Sentía odio. Era una infinita sed que le abrasaba el cuerpo. no me robaste por miedo! No podía distinguir. Le ha pegado candela a la hacienda. Muy poca cosa matarlo cien veces. sacudido por la fatiga y el pavor.. qué horror. ¿qué ha hecho. mi amo! Fernando se sentía enloquecer. Si lo tuviera a mano lo estrangularía. destruyendo. Ahora odiaba. Se alzó con todos los esclavos.. se alzó. Destruido.! ¡La niña Inés. y aquello no podría cambiar. la respiración intermitente. estaba destruido para siempre. "208” habían destruido a él mismo en algo más que en su persona sin haberlo podido evitar. ¡Qué horror. Lo habían destruido. «El Altar». — ¿Dónde está Inés? — ¡La niña Inés también.. oyendo gemir. que lo esperaba. Fue una revelación instantánea. Lo habían destruido.

capitán. — Me parece muy bien —respondió el capitán—. hablando con aquella voz seca: «El que está arriba es el vivo. atigrado por la huella de las llamas. Lo había visto muy de cerca. él. ¡Mi pobre hermanita! El inglés trataba de consolarlo. El sol dorado de la tarde realzaba el paisaje en el camino: los altos montes. de confianza. decía al inglés: — ¿Usted ve. aguijoneados por el deseo de llegar pronto. los ojos iluminados. — No. los bucares bermejos. sólido como hierro sobre el potro encabritado. Me producía una impresión de fuerza. hacia los lejanos términos aún se levantaban altos fuegos. Persistentemente le asaltaba el recuerdo. su pobre hermana. "210” Era natural. Espíritu Santo. No parecía capaz de hacer eso. una vez lo vi en el pueblo. pág.— ¡Mi amo. — Yo sí.. Bernardo se acercó. Entre el desmoronamiento se alzaba alguna pared renegrida como piedra de fogón. — Tal vez disimularía delante de usted. Bernardo llegó primero sobre la primera colina. De eso estoy seguro. Cabrilleaba en la ceniza el cielo de las chispas. unos hacendados. Lo mismo que delante de los otros.. No le brotaban lágrimas. "209” — ¿Qué pasa? ¿Qué pasa? ¿Qué ha sucedido? Calmado por el esfuerzo físico. Sin quererlo. Ayudaron a montar a Fernando y partieron al galope.. ese bandido que me ha acabado todo. lamentándose como quien deja escapar un delgado hilo de dolor.. aaayyyyy!! Bernardo. El cielo azul macizo gravitaba sobre los cerros. Delante de mí no disimulaba. La casa de los amos había caído bajo los techos. lloriqueando. ¿Por qué? ¿Por qué? El negro traía las cabalgaduras. Fernando cabalgaba. Era apenas una mueca intermitente en el rostro. Su hacienda destruida. incontenible. El mayor espacio de lo que fueron los sembrados era de un negro uniforme de carbón. No me fijé mucho en él.. — ¿Por qué no vamos hasta la hacienda a ver nosotros mismos que ha pasado? Yo los acompaño. — Ese bandido. — ¿Qué ha sucedido? — ¿Qué pasa? Mientras Espíritu Santo explicaba a las otras personas. las siembras de caña. Comenzó a sollozar. prepare los caballos. Fernando continuaba con el llanto nervioso.. Llegaban al confín de «El Altar». pág. Fernando fue viendo lentamente. desde donde se podía dominar el campo de la hacienda. Olía a rescoldo. A viva fuerza lograron arrancarle el esclavo. El inglés recordaba su primera visita a la hacienda. En la hacienda salíamos casi todos los días. . salieron del interior. me mata! ¡¡Me mata. atraídos por los gritos. el inglés. Se advertía como la resaca del incendio. Le evocaba: la risa fría sobre los dientes de animal de presa.» En medio. ahora destructora. ¿no conoció usted a Presentación Campos? — Sí. — Don Bernardo —preguntaba el capitán—. Ha acabado conmigo. — ¿No le pareció un hombre leal? — No recuerdo. — ¡Qué traición! ¡Qué horrible traición!. pasado el primer impulso de ira. aún lo obsesionaba su fuerza magnífica. Mancha de tinta espesa que había desfigurado la visión del campo. Calcinados troncos desnudaban su carbón azul en el aire. lo que era ese traidor de Presentación Campos? Me ha destruido todo. No se percibía señal de vida. Fernando tuvo una reacción infantil. capitán —continuaba Fernando—.

casi la recordaba con ternura. "211” en todas direcciones. el pequeño patio con rosas. Regresaron desesperanzados. Entre el campo desierto y las ruinas tan sólo se conservaban intactos el repartimiento de los esclavos y la pequeña habitación del mayordomo. Aquello había sido la casa de la señorita Inés: el salón con el clave. — ¿Por todas partes? —tornó a preguntar. enloquecido. Comenzaba a darse cuenta de toda la novelesca y dolorosa gracia que cabía en la vida de ella. La imaginaba pavorida. arrastrando sus voces compungidas. Desasosegado. cuando. cada una por su lado. sí. Fernando. Todas estas cosas que fueron de nosotros toda la vida. sin embargo. la hemos buscado de verdad. pulverizada la tierra. les ordenó: — Quédense aquí. señor! Toditico. echado en tierra. — Pero mire. Comenzaba a sentir un poco de compasiva ternura. Bernardo y el capitán iban hacia ellos a prisa. — ¡Ay. No había experimentado por ella la menor inclinación. las viejas imágenes del oratorio. le renacía la angustia. caída la piedra. Salvo algunos muros en pie. Había sido. El clave en que tocaba su música niña la señorita Inés. — ¡Seguro que se la llevó el gran bandido ése! Temiendo que si Fernando llegaba a verlas le provocasen una nueva crisis. en el zaperoco del incendio. en viéndolos aproximarse. Tornaba a lamentarse: — ¡Dios mío! ¿Cómo es posible semejante crimen? Espoleando el caballo se lanzó a carrera tendida al través del campo hacia la casa. cruzaba pág. se acabaron. a quien contaba cuentos de hadas. A tanto llegaba su interior desorden. Los otros lo siguieron. ¡Y no salgan! ¡Y se callan! Volvieron a desaparecer todas en el adentro. Fernando iba por entre los escombros. qué hora tan menguada! — Nosotras. salieron a la puerta del repartimiento hasta diez negras. nos metimos aquí. el edificio estaba totalmente destruido: carbonizada la madera. La pobre señorita Inés. Con ojos lacrimosos consideraba el estrago: — Esto es lo único que me queda de mi casa. que ni siquiera les preguntó el resultado de la búsqueda. comenzaron a hablar. — ¡Ave María Purísima. ahora le dolía la tragedia que había asolado su frágil vida. Era una pobre mujer llena de sueños y esperanzas que aquel súbito golpe había roto. tan melindrosa. — ¡Tan buena que era! — ¡Jesús Credo. La imaginaba tan frágil. llorando y con grandes muestras de pesadumbre. gemía. Entre la tierra removida vivían los tizones. Comprendía que había sido indiferente. la buscaban. . — ¡Ave María! La hemos buscado por toditico eso y no hemos podido dar con ella. toditico. Le había hablado como a la única mujer que le era dado ver en aquel sitio. "212” informe. Desde uno que otro rincón se hilaba un humo tenue. clamando con desconsolada y lamentable voz:: — ¡Inés! ¡Mi hermana! ¡Mi hermanita! ¡Inés! ¿Dónde estás? También los otros. — Las Tres Divinas Personas la amparen. qué horror! — ¿Dónde está doña Inés? —preguntó Lazola. La ciega destrucción lo indignaba. Y luego. Las acabó ese bárbaro.Con la contemplación le crecía el dolor. parábase a ratos a contemplar los restos dispersos. Ahora que estaba lejos y probablemente perdida para siempre. Desmontaron sobre las ruinas. llamándola. el inglés se puso a marchar sobre la ruina pág. tan de otro mundo entre los brazos brutales de Presentación Campos.

el apocalipsis de su mundo. El capitán tornó a hablarle: pág. y es ahora mismo. sin vacilar un instante. Ahora sí es verdad. Le remordía su pasada indiferencia. Presentación Campos lo había destruido. — Vamos hasta casa —prosiguió Bernardo—. Me voy para la guerra. — Capitán. Con lejanía. Aun cuando guardó silencio. Casi con furia repitió: — ¡No! ¡Ya he dicho que no! No quiero ir al pueblo.pidiendo auxilio. Bernardo se aproximó. — ¿Y tú qué vas a hacer? —preguntó Bernardo. intervino: — Regresen ustedes solos. Muchas gracias. capitán. tendido. yo creo que ya aquí no queda nada que hacer. Tal vez había llegado a quererlo un poco. Fonta comprendió vagamente. ahora sólo le faltaba hacer que Presentación Campos expiara su culpa. Fernando las advirtió. — Yo también —añadió el inglés. «¿Y cómo son los silfos?» En cada reflejo volvía a ver la palidez de la piel y el hondo negror de los ojos. Como sea. Fernando se alejaba. Y ella seguía con interés vital. — Si es así. a infinitas gentes indiferentes. la consumación. a anular con una acción extrema el delito de su borrosa abstención. Irme a la guerra. ¿regresamos al pueblo? Fernando. sin que nadie viniese en su socorro. Estaba de nuevo junto a Fernando. yo le acompaño. La recordaba tocando cosas tontas en el clave antiguo. — ¿Qué? — Que si encontramos a la señorita Inés me casaré con ella. Recordaba toda la amorosa atención que ponía a sus historias. el inglés se sintió justiciero. No vale la pena. La clausura. habló a Fernando: — Tengo el honor de pedirle la mano de su hermana. inconteniblemente. que había oído contar a todos sus amigos. Comprendía que había sido para ella mucho más de lo que podía adivinar. La excitación nerviosa lo galvanizaba. repetidas veces. Las esclavas tornaron a salir a la puerta del repartimiento. se consideraba como obligado a reparar una falta. Llevado y pág. indiferentemente. Me voy para la guerra. aún sollozando. nos preparamos y salimos lo más pronto posible. Fue por un instante el personaje de su propia fábula. No quiero nada con pueblos ni con gente que conozca. descendiendo la colina. Aquellas eran las ruinas de lo que fue su mundo. dolíale la actual ineficacia de su sentimiento. Sin pensarlo. Muchas gracias. como si se tratara de gente extraña. "213” traído por las ideas extremas que orientaban su vida. yo te acompaño. aprendidas en los libros románticos. El estado anormal se le revelaba en las palabras. Todo estaba lleno de su recuerdo: en el aire trágico estaba diluida su presencia. repuso: — Muchas gracias. — Entonces. — ¿Yo? Lo único que me queda. Se levantó y montó a caballo. Como sin oírlo. que oía. Cabalgaron rápidamente y fueron a reunírsele. — Yo también lo creo. tan sabidas por él. "214” — No se irá usted solo de ninguna manera. Por sobre el mugido de dolor que trenzaban les gritó: — ¡Están libres! ¡Váyanse! .

Iban en la tiniebla. atravesaban riachuelos de arena amarilla. y volviéndose hacia los otros agregó: ya lo saben. mucha prudencia. las paredes blancas. medio aclarada por las estrellas. los ojos de los gatos sobre los techos. — ¿Hacia dónde vamos? — Por el Sur andan los godos: Boves tiene todo el llano —dijo Bernardo—. el agua era de un azul sólido e inverosímil. En silencio continuaron al paso de los caballos. Algunos cocoteros dirigían el vuelo de las garzas. Por sobre el verde compacto de las orillas. ¡Ah! «mano». las cercas. Adentro hubo movimiento seguido de un silencio repentino. Aún a ratos se oía la voz de Fernando que suspiraba dolorosamente: — Mi hermana. el lago de Tacarigua. — ¿Dónde vamos a pasar la noche> —preguntó el capitán. — ¡Ah!. entonces. vieron celebrarse el violento crepúsculo. el abrupto monte de Yuma oscurecía el color. que invadía el aire. En el resplandor azul el primer lucero enhebraba escamas de sardina. mi amo lindo! — ¡Dios lo guarde! — ¡Dios lo bendiga! Las voces y las figuras giraron tras el lomo de la colina.— ¡Dios se lo pague. Luego. Iban faldeando un sistema de montañas poco elevadas por sobre largos y espaciosos valles cultivados. donde los ríos traen a dormir el ruido de las montañas. — Vamos hacia allá. Asomaba la luna y comenzó a delinearse en la sombra el relieve de las cosas. Marcharon por la orilla. sobrecogidos por la devastación que habían presenciado y por aquella resolución brusca que había cambiado de pronto sus planes y hasta su vida misma. Bajo la noche empezaron a titilar a lo lejos las luces de un pueblo. hoy como que se le hinchó el rabo arriba del caballo arreando ganado. Fernando se detuvo. guiados por el instinto de las cabalgaduras. entre claros de árboles. Marchaban juntos sobre sus propias sombras. Un instante después oscureció. los árboles espesos. — En Magdaleno —respondió Bernardo—. verde. Alguien se percató de la llegada de los tres forasteros. Como a las cinco de la tarde. Podían oír la conversación. comenzaron a vislumbrar. Una dura soledad señoreaba el espacio. hay que decirle que venimos a comprar ganado. a trechos. el agua profunda. Algunas carcajadas celebraron la burla. A lo lejos. el aire transparente. que es un pueblo chiquito y seguramente podremos informarnos. Mi pobre hermana. Sobre la orilla. pero por los lados de Valencia hay republicanos. De una casa salía abundante luz. en el ancho horizonte. En llegando pudieron ver que era la pulpería. Si alguien pregunta. rojo sangre. cárdeno. se abrían islas verdes ancladas por sus pág. «mano» Pedro —gritaba una voz recia y desafinada de campesino—. Andando un trecho. Los colores se fueron madurando de sombra. Ante el espectáculo fabuloso el inglés abría extáticos ojos: el cielo pálido franjeado de rojo en el Poniente. Volaba el canto penetrante de los pájaros de la tarde. Adentro algunos hombres charlaban y bebían. luego un hombre . que el sol les echaba adelante como desmesurados gusanos sobre el polvo amarillo. — Magdaleno —dijo Bernardo—. "215” árboles en el viento. El ambiente fue blanco. todo azuleó y se hizo aéreo.

— Cómo no —dijo el propietario. pág. El posadero fue llenando con «caña» del barril los diferentes vasos que formaban su ajuar. ya un poco mohíno: — ¿Qué hubo. La mayoría pág. y sobre un mostrador un pequeño barril y un queso cuadrado. y. señor! Los señores se pueden reposar aquí. que es un pueblo muy simpático. ordenó: — Sírvanles un trago a los muchachos por mi cuenta. Le habló: — ¿Por qué no se ha querido echar el trago. También. Bernardo tornaba a hablarles: — Bueno. Me voy a tirar este palo. un armario con comestibles y cacharros de alfarería. desnudo bajo el brazo. creyendo ganarse las simpatías. sí. llevándolos al pesebre. Mientras el que parecía dueño introducía a los tres viajeros. Esta es la mejor posada del pueblo. . recostado a la pared. Bernardo trataba de entablar conversación. afuera el mozo palmoteaba las ancas de los caballos. Fernando y el capitán David asistían sin intervenir. Una vez instalados comenzaron a observar los individuos que los rodeaban. — Muchas gracias —musitaron algunos. Un techo bajo de viguetas torcidas. Algunos increparon al zambo. El posadero les ofreció taburetes de cuero sin curtir para que tomaran asiento.salió a la puerta y estuvo observando un instante a los recién llegados. Dándose cuenta de ello. No había negros puros. viejo? Yo sabía que zamuro no come alpiste. Nos cogió la noche en el camino. el machete que les servía para las faenas del campo. zambo viejo? ¡Se ha quedado de verdad como zamuro aporreado! — Ande a echarse el palo y déjese de rezongos. — ¿Por qué no desmontan y se reposan? Se interrumpió para gritar: — ¡¡Ah!! ¡Filibertooo! ¡Ven a atender los caballos de los señores! Un mozo flaco salió apresuradamente y vino a tener las riendas de las bestias. los voy a acompañar. Aquí rancha toda la gente que pasa. una mesa larga sin mantel con dos bancos paralelos. "216” — ¿Los señores son forasteros? — Sí. si nos pudiera servir algo de comer se lo agradeceríamos mucho. — ¡Pues. — ¡Están rebuenos estos «muérganos»! Precedidos por el dueño entraron. Los que estaban reunidos. se secaban los gruesos labios con el revés de la mano y escupían ruidosamente. a la salud de ustedes y por Magdaleno. Todos rieron estruendosamente celebrando el chiste. peones y gente de campo. Casi todos eran mulatos y algunos enteramente blancos. — Muchas gracias —respondió Bernardo—. muchachos. pero no que no bebía aguardiente. como murmurando. Venimos de paso. dando las órdenes necesarias. que relinchaban y se sacudían libres del peso de los jinetes. un candil de aceite con mucho humo. los vieron entrar con aire entre insolente y temeroso. Los hombres los vaciaban de un trago. Cerca de él un zambo canoso estaba en cuclillas. Una vez bebido el aguardiente daban las gracias a media voz. Después del trago de aguardiente se podía observar que la hostilidad había desaparecido en gran parte. Bernardo se dio cuenta de las miradas hostiles. "217” llevaba.

señor. ¡Robándose todo! Otro alzó la voz. Bernardo tuvo intención de responder con altanería. comentando la conversación. el posadero servía la comida a los tres amigos: carne frita. a comprar ganado por estos lados. ¡cómo no sabe que en el Llano hay guerra! El zambo. — Ya se lo voy a decir. pero sí por estos lados. de intrusos. pág. no hay un pedazo de sabana por donde no anden los lanceros del Diablo matando la gente y quemando los ranchos. calló a su turno. Yo sí sé que donde se compra mejor es en el Llano. El resto de los presentes hacía burla del zambo. — Bueno. — ¡Pila de muertos de hambre! ¡Anden a jartarse de lo que les echan como perros! Los otros respondían con risas y burlas. A quién se le va a ocurrir ir ahora para el Llano. Pero al fin lo ganó el orgullo de asombrar al forastero: . con mucho gusto. Ese es un palo de hombre. Será para que se lo roben todo.. El dueño de la posada habló. pero usted. El zambo se levantó rápidamente con una ingenua expresión de triunfo en la cara. Mientras comían. ¡Robando andan los republicanos. Bernardo ordenó un nuevo servicio de aguardiente para todos los hombres. "219” — Eso es verdad. Al general Boves no hay quien lo derrote. Esas son mentiras. Socorriéndolo. Anda el plomo jugando garrote —comentó uno. de los recién venidos. ¿Y usted qué viene haciendo por aquí? Al oír la pregunta los hombres volvieron a quedar silenciosos. "218” Había desaparecido por completo la anterior hostilidad. Fernando intervino: — Sí.. pág. se atrevió a dirigirse a Bernardo. confundido. y los tiene espantados de tigre! Fernando aprovechó la disputa y la exaltación para intervenir. defendiendo a su cliente: — El señor tiene razón.En tanto el vocerío continuaba. preguntó: — ¿Será verdad que últimamente le pegaron una gran derrota? El más exaltado repuso: — No crea eso. pero luego pensó que con dulzura y bondad podía ganárselos de nuevo. Nosotros somos hacendados y venimos por aquí buscando reses para comprar. — Entonces. El general Boves se ha cogido todo el Llano —concluyó otro—. si no es verdad que está derrotado. respondiendo vigorosamente: — ¡Eso no es tan así! Eso de que el general Boves anda robando. una jarra de guarapo de piña y arepas. caraotas negras fritas. Envalentonado el zambo. Bernardo se sintió cogido. — ¡Conque a comprar ganado! ¡Y a Magdaleno! ¡Qué cosa tan rara que un amo de hacienda no sepa que el ganado se compra en el Llano! ¡Usted como que es nuevo! Los hombres comenzaron a reír maliciosamente. les recordaba la calidad de forasteros. No precisamente en Magdaleno. Ahora se empujaban los unos a los otros para beber primero. plátanos fritos. rencoroso. Lo que es ahorita ahorita las cosas no están buenas. Ese hombre se pega a San Antonio Bendito. no acertaba a desenvolverse y comprendía que la situación se hacía embarazosa. Mintiendo. vociferaba desde su rincón. Y mucho menos a comprar ganado. El zambo. ¿por dónde anda? Antes de responder el hombre hizo una mueca de disgusto y duda que denunciaba su temor de hablar más de lo que prudentemente debiera. señor.

— Yo. ¿Quién sabe a quién hemos tenido aquí? Los interrumpió el dueño de la posada. — También. bajo el río de las estrellas. . — ¿Compradores de ganado? —agregó. — Si es así —dijo Fernando con ironía—. les deseó las buenas noches y volvió a salir por la puerta ahora solitaria. A primera vista se comprendía que no era un peón ni un esclavo. del marco de la puerta que se abría a la sombra del camino surgió una voz ronca y autoritaria: — Buenas noches. Como estaban fatigados. Mientras hablaba con los tres amigos. Adelantó algunos pasos hasta situarse en medio de todos. impresionados. ¿Ustedes quieren saber una cosa? ¡En la guerra no matan sino al que tiene miedo! Subrayó sus palabras con una sonrisa corta. O no hablan nada o hablan mucho y fastidian. ¿No le parece? — No creo —opuso Bernardo. Advirtiendo las tres personas sentadas retiró un ancho sombrero de cogollo de palma y saludó con dignidad. me parece que no los va a encontrar fácilmente. Como si los esclavos pudieran perder en la guerra. No hablan de más nada. pág. El señor es «musiú». "221” — Sin embargo. fuerte. entre San Sebastián y San Juan de los Morros. — Y además se preocupan mucho de la guerra. ¿Como qué se conversa? Era un indio alto. aceptaron. nada de derrotado. sino un hombre libre. precedidos por el candil que bamboleaba su luz de oro pálido entre la noche llena de sombras azules. que entraba solemnemente con un candil de carreta suspendido en la mano a preguntarles si querían acostarse en el cuarto que les había preparado. pero antes que terminara de hablar. — Este hombre es tan mayordomo —dijo Bernardo— como yo soy cura. Los tres viajeros pudieron entonces verlo a gusto. imponiendo su estatura maciza. sonriendo con malicia. Al solo efecto de su presencia todos enmudecieron. señores. donde dormían gallinas. Fernando se daba cuenta de que su interlocutor debía saber mucho más y se proponía sondearlo hábilmente. Pasaron un patio plantado de árboles. principalmente el que estaba hablando sobre Boves. — ¿Los señores son forasteros? — Sí —respondió Fernando. — ¡Quién sabe! Tal vez los encuentre ligerito. — Esta gente de aquí es montuna. pág. observando que el inglés lo miraba con fijeza. un hombre aureolado de un halo de energía. Los tres amigos quedaron silenciosos. antes que me pregunten. más aún.— Pues. Como si en la guerra se fuera a morir todo el mundo. mire. de cara enérgica y ojos penetrantes. voy a decírselo: soy mayordomo de una hacienda de la Villa y ando por aquí buscando unos esclavos que se me fueron. todos los demás fueron saliendo sigilosamente hasta dejarlos solos. El hombre continuaba de pie. El indio guardó silencio un rato y luego agregó con displicencia: — Nada más que los que se tenían que morir. dijo señalándolo: — Y el señor no es de aquí. hacia la sombra del camino. Ahorita el general Boves anda con más de tres mil lanceros bien montados por la boca del Llano. ya se han muerto bastantes —comentó el inglés. Luego. "220” — ¿Qué les pasa? ¿Por qué no siguen hablando? Su voz no sufría alteración y sin embargo se sentía airada y amenazante.

Se pusieron las botas y salieron al patio. Tornó a dormirse. que no estaba amordazado. ¿Por qué no se para? — ¡Guá! ¿No ve que estoy amarrado? — ¡Qué amarrado va a estar usted! Menéese para que vea cómo se le cae la soga. extinguieron la luz y se tendieron vestidos sobre los lechos. que nadie le creyó. Los árboles proyectaban una perfecta sombra. Al poco rato sólo se oían las respiraciones acompasadas dentro de la alcoba. "222” Las respiraciones acompasadas de los otros fue lo que oyó el inglés al despertar bruscamente. tranquilizado. En veces de lo lejos venía el aullido triste de un perro. monótono y de mal agüero. pág. si se les ofrece algo. Pero prefirió esperar un instante más para no obrar con precipitación. Oía de nuevo. pág. y qué hace ahí acostado en el suelo. enlechado de cal. llamándolos: — ¡Vengan! ¡Vengan acá ligero! Hallaron al posadero amarrado y tendido en el suelo. que le veía la boca libre y no le hallaba huellas de violencia. que lo observaba cuidadosamente. Yo creía que a ustedes también los habían atacado. Yo duermo aquí mismito. como no tenían otra vestimenta que la que llevaban encima. iluminó todo el recinto. Pronto se sumergieron en el sueño. los cascos de varios caballos y muchas voces que cuchicheaban. Eran los cascos de un caballo. y el recuerdo lo inquietó. — Aquí es. El posadero. No se me ocurrió. Se acordó del indio que había hablado con ellos antes de acostarse. Dejó el farol sobre el pavimento de ladrillos y se marchó. La noche era silenciosa. Todo estaba silencioso. se quitaron las botas. algo más había oído. con dos catres altos y una hamaca colgada de pared a pared. Podían ser unos arrieros que salían para aprovechar el fresco de la noche en el viaje. Un perro ladraba a la distancia y la noche quedaba tranquila. Les voy a dejar el farol para que se alumbren. es verdad. En Magdaleno solamente la luna está despierta. alzando la luz. El hombre guardó silencio un rato. Comenzaban a inquietarse cuando Fernando gritó desde uno de los últimos cuartos. advirtió que las sogas que lo ataban estaban puestas sin fuerza y hasta con cuidado de no maltratarlo. se fue sobre él y de un tirón lo dejó libre de las ligaduras.Llegaron a la habitación: un cuarto largo y estrecho. respondió furiosamente: — Esos vagabundos. Quiso dárselo a entender. y después dijo: — Sí. El inglés lo interrogó: — ¿Qué le pasa? ¿Quién lo amarró? El hombre. Al través de la puerta se veía el patio bañado de luna. Que pasen buena noche. Los tres amigos. — Bueno. Tuvo la idea de levantarse. Pero no. Viendo que no hacía ningún movimiento para desatarse. Cuando despertaron era la mañana y el sol se metía por la puerta encendiendo las paredes de cal. avisar a los otros y salir a ver qué pasaba. o un canto de pavita. diciéndole: . Caminaron casi toda la casa sin encontrar a nadie. "223” Tanto se le veía en el rostro que mentía. le preguntó: — ¿Y por qué no gritó? Ahí estábamos nosotros. Las pisadas de las bestias se iban alejando y todo volvía a quedar en silencio. que me han robado y han reclutado toda la gente. Fernando. hubiéramos podido venir a defenderlo. Bernardo. no tienen sino llamarme.

sin poderse contener. — ¿Los republicanos lo robaron a usted? ¿Cuándo? — Pero. Ese indio que estaba anoche con ustedes. dio las gracias y salió con ellos hasta el patio. desorientados y a la merced de aquel ventero sospechoso. ya más calmado. A mí. Necesitamos bestias. exclamó: — Pero entienda que todo esto es bien raro. pág. Las sospechas aumentaban. — ¿Qué jefe? — Un jefe de ellos. . Se incorporó. No se veía el pág. ¿Para comprar ganado no pueden ir a pie? — No. Las caballerizas estaban desiertas. Lo cierto era que quedaban a pie. Tenían la convicción de que el posadero los engañaba y era un cómplice de los hombres que se habían ido. Bernardo. Bueno. Mire y que no haberme dado cuenta. El posadero volvió a guardar silencio dándose cuenta de que sospechaban de él. pero luego dijo con aparente inocencia: — ¡De verdad. — Yo siento por ustedes —dijo el dueño— todo esto que ha pasado. ¡Que se les vuelva peste! Verdaderos o falsos. y no le tocan un solo perol. Porque no se vaya a suponer que le hemos creído el cuento del robo de la mula. ¿Y ahora qué podemos hacer? ¿Qué nos aconseja usted? — ¡Guá! Eso depende de muchas cosas. sin medios de transporte. pues? ¿No me acaba usted mismo de desamarrar? —gritó el hombre casi con ira. muy mal por cierto. Y para conseguir las bestias necesitan plata. Estaba intacta. — Eso es. y al posadero lo amarran. Al fin. calló enfurruñado. presa de la más súbita indignación. — Plata tenemos. — ¿Cómo lo sabe usted? — ¡Guá! Sabiéndolo. se sacudió con las manos la tierra que tenía en la ropa. Después de recorrer el resto de la casa regresaron al mismo sitio donde la noche anterior habían comido. pues. es verdad! Ya hasta se me había olvidado. El hombre no se atrevió a responder. hombre! Yo hasta parezco pendejo. los sentimientos de aquel hombre no les interesaban. — ¿Qué bandidos? — ¡Guá! ¿Cuáles van a ser? Los insurgentes. A la vista del robo. no hicieron sino robarme una bestia. A nosotros no nos amarran y nos roban todo. Pero así aprenden a conocer a los insurgentes. ¿no está viendo. Los tres dejaban hablar sin prestarle atención. pero los ojos le traicionaban el contento. ése es el jefe. "225” — ¡Sí. Por dondequiera que pasan es lo mismo. — ¿Y por qué no nos lo dijo usted? — ¡Guá! Porque yo no sabía que iban a echar ninguna lavativa. ¡Para adivino Dios! Recorrieron toda la casa.— ¡Usted ve! Eso lo ha podido hacer usted mismo hace rato. el posadero se mesó los pelos. Por ejemplo. — Yo creo que aquí no ha quedado nadie. Bernardo le dirigió la palabra: — ¡Bueno! Ya nos robaron las bestias. ¿qué quieren hacer ustedes? — Ya le hemos dicho que venimos comprando ganado. — ¡Maldita sea hasta mi alma! Me han robado una mula que valía por lo muy menos trescientos pesos. "224” menor indicio de violencia o saqueo en ninguna parte. Esos bandidos cargaron con todo. Todos son una pila de ladrones. Los caballos habían desaparecido. gracias a Dios.

Si no lo cree. Díganle que yo los he mandado. era un hombre atrevido. A lo más en dos meses habremos acabado con todos. La masa de hombres ofrecía un pintoresco espectáculo. capaz de grandes cosas. o como Boves. sus reacciones rápidas y francas. — ¿Cuánto le debemos por el hospedaje? — Nadita. En estos días los insurgentes han hecho degollar a más de mil españoles y canarios. De todos modos. Por eso resolví armarme con estos muchachos y salirles a hacer la guerra. Presentación Campos: — Pues yo. — ¡Así es como es! —asentía Campos. que los acompañó hasta la puerta. pronto le ganaron admiración y simpatía entre los soldados. Los insurgentes no pueden aguantar mucho tiempo. pero por el otro lado los estamos cobrando. El orgullo y la ambición de Campos se exaltaban. bigotazos negros y dolmán rojo. y Boves tiene el Llano lleno de miedo. El camino de polvo amarillo se veía más amarillo entre los árboles verdes y bajo el sol claro. Ahorita cualquier gallo-loco se puede montar por el pico de la botella. los godos andan por San Juan de los Morros y los insurgentes por la Villa. señor. mi coronel. no tiene sino que ver a Monteverde o a Bolívar. Pero vinieron los insurgentes y me las quemaron. El coronel Zambrano le confió sus ideas sobre la situación. déjese de eso! ¿Cuánto le debemos? — Ya le he dicho que nadita. El posadero les decía adiós agitando la mano. que las tiene muy buenas. pues. se mostró contento de su decisión y del aporte de hombres y víveres que traía al destacamento. tenía unas tierritas por los lados de La Victoria y trabajaba en ellas. — La guerra se ha puesto tremenda. Se despidieron del posadero. su energía. Comenzaron a caminar con prisa. sobre un caballo zaino. pues! pág. ¿Cómo quiere que le cobre a una gente que han robado en mi casa? — ¡No. Cabalgando a su lado. "227” Rosete ha arrasado con el Tuy. y muchas gracias —gritaron con ironía. Los dos cabalgaban en medio de la larga fila que formaba el destacamento en marcha. Los tres amigos pensaron un instante. Adelante marchaban algunos con vistosos uniformes de . a la cual agregó algunos veteranos de su Cuerpo. que tal vez convenga en venderles unas bestias. En medio. que hace seis meses nadie sabía quién era. La simplicidad de su carácter. no había más remedio que seguir aquellas indicaciones. o como Bolívar. pág. No con menos les respondió el hombre: — ¡No hay de qué! ¡Que Dios les dé buen viaje! —Y alzando más la voz: — Y por si les sirve de algo. y le conservó el mando de su facción. "226” IX Por entre cerros bajos y verdes bahías de hierba desfilaba el destacamento bajo la bandera colorada. no. él también podía llegar como Monteverde. — Muchas gracias. Antes de cruzar por un recodo se detuvieron para decirle un último adiós. resolvieron salir enseguida para ganar en lo posible el tiempo perdido. el coronel Zambrano. ¡Ya lo saben. En consecuencia. — Adiós. El coronel español creyó o fingió creer. señor. — La situación está buena para un hombre atrevido. El hombre dio las gracias. y yo mismo me pude salvar por un milagro de la Providencia. Es mucho el pueblo en el que no quedan sino las piedras. Fernando tomó algunos pesos de plata y se los puso en la mano.— Entonces eso es otro cantar. o a Boves. Muchas gracias. allí pueden encontrar a mi compadre Nicanor. Esa es una gente muy maluca. Si ustedes se van costeando por aquí hasta la pata de Yuma.

los heridos. Desde las casas. a largas distancias. con lanzas. — ¡Dejen los fusiles! ¡A puro machete y lanza a asaltar las casas! Los soldados abandonaron las estorbosas y lentas armas pág. por ser más segura la región para los realistas por la vecindad del Llano. El coronel resolvió ocupar el villorrio para pasar la noche. iban espías informándose del estado de las poblaciones. La sorpresa los desazonó. no habituado al ruido de las armas comenzaba descaradamente a huir ante los graneados disparos. de las fuerzas que merodeaban y de las más seguras vías para llegar a los valles del Tuy. Los defensores se veían súbitamente cercados por diez o doce de aquellas fieras. — ¡Cobardes! ¡Vamos a entrarle al plomo! Campos. o los pantalones. Como no temían ser atacados en el pueblo. los diezmaban las descargas. se apartaban de los caminos transitados. Presentación Campos. las mesas. otros sin ningún arreo militar. las paredes. por sobre los techos. y los otros. A cada instante un hombre abría los brazos. Ya algunos buscaban la salida del pueblo. a machetazos contra las puertas. El coronel Zambrano se daba cuenta de que si el tiroteo se prolongaba. soltaba el arma y caía gritando. se puso igualmente a contener la desbandada. resolvieron entrar con la misma formación en que venían. Avanzaban con ciertas precauciones por estar casi toda la región en poder de los republicanos. casi todas de bahareque con techos de paja amarilla. agonizando entre los pies de sus compañeros y bajo los cascos de los caballos. Los heridos se desangraban sobre la tierra. Estaban salpicados de sangre y resbalaban sobre los coágulos. por las ventana de las casas. sin prepararse para combatir. Aquella tarde vino uno de los destacados a participarle a Zambrano que estaban cerca de un pequeño caserío donde no parecía haber guarnición. Erizado vocerío surgía. todos serían sacrificados inútilmente en aquella especie de trampa. Macheteaban los muebles. algunos desnudos de la cintura arriba. de lado y lado de la calle. viajaban a campo traviesa y acampaban con mucha frecuencia en despoblado. Dio la orden de asaltar las casas. maldiciendo. cuando de lado y lado. Adelante. "229” y se precipitaron al asalto de las paredes. Algunos cayeron. El coronel Zambrano. rompieron disparos de fusiles. pero ya detrás venían otros que sólo tenían la chaqueta. hablándose los unos a los otros en voz alta. y era un machetazo que le . Los soldados comenzaban a desfilar por la única calle del poblacho. comenzaron a replegarse en gran desorden sin acertar a defenderse. reponerse de víveres y allegar informes. pág. excitando la ferocidad y el desenfreno. Los heridos en combates recientes mostraban desnudas las heridas o mal cubiertas con sucios trapos sanguinolentos. o el gorro. imitándolo. Al esfuerzo la madera cedía y el torrente humano alcanzaba los interiores. lamentándose e implorando a los santos. con fusiles. Se orientaban hacia el sur de Aragua. "228” La aldea era pequeña. que marchaba junto con su destacamento. la mayoría descalzos. enarboló el sable desnudo y empezó a llover planazos sobre las espaldas de los temerosos. algunas más sólidas de tapia y teja alrededor de un espacio desnudo que hacía de plaza en el centro. Las paredes hacían completamente ineficaz el fuego con que podían responder. — ¡Natividad! ¡Cirilo! ¡Sujeten esos hombres! ¡Echenlos para adelante! A cada descarga caían en mayor número. sorprendidos y confusos.milicianos españoles. A la falda de una colina de tierra rojiza unas cuantas edificaciones. vio cómo éste. con machetes.

donde dormían otros hombres. al mismo tiempo que la bestia se incorporaba. Recobrados los estribos. Presentación Campos vio cómo desde la tronera le tumbaban un hombre. con un movimiento seco le arrojó la lanza. que ya estaba sobre él. . El hombre que escalaba el muro lo vio venir con los ojos espantados. Unas manos lo ayudaban a bajar de la silla. hasta que. tan terrible que el fugitivo lanzó un grito de angustia. de superioridad. le herían el caballo. sobre el caballo caído en el zaguán. no más! ¡Ahora vas a saber para qué naciste! Volvió a picar espuelas intentando lanzar la bestia pág. Tal vez iba a hablar implorando. "231” otro disparo que quedaba resonando en los ecos. Se sentía poseído por el ansia de la destrucción. En la carrera una bala le silbó cerca del oído. quedándose la hoja trabada y temblorosa entre el hueso firme. por entre las anchas paredes de la casa. Rápidamente reaccionó. Era un edificio de tapia con fuerte portón de madera. lo tendió en una cama junto a otras muchas camas.seccionaba la muñeca y otro que le hendía el hombro y otro que le penetraba en el cráneo. y otro. la lanza empuñada y ya en el interior. Apresuró el caballo para alcanzarlo antes de que tuviera tiempo de escapar. haciéndole saltar y alzarse desordenadamente. Se pasó la mano y se la vio empapada en sangre. de metódica destrucción le enardeció la sangre. y con un trapo limpio mojado en agua fresca comenzó a lavarle la herida. mientras gritaba. saliéndose de la carrera por un lado. Era una mujer morena que con un trapo le contenía la sangre de la herida y que decía entre dientes: — ¡Qué horror. Presentación Campos excitaba a sus hombres al asalto. disparándolo de nuevo contra los batientes cerrados. El hombre se sostuvo aún un instante. Aquella especie de ventaja. enloquecido el animal. Era una mujer. por una ventana pequeña. inerte y muerto. Con gran esfuerzo procuraba escalar una pequeña pared que daba al campo. la cara sangrienta. Por entre hombres y mujeres penetró un negro rodeado del reflejo de sus tajos. el ruido de las armas. De nuevo lo castigó terriblemente con las espuelas. Encabritó el caballo y lo hizo caracolear en todas las direcciones para no ofrecer blanco al tirador oculto. se matan como animales! La mujer lo arrastró hasta el interior. vencido por el dolor en la frente. los ojos airados. luego cayó a tierra. Desde una de las casas que rodeaban la plaza. el humo y el crepitar del incendio en la paja de los ranchos. Llegaba frente a la casa. Sentía vértigo. pero en llegando sobre ella el animal se resistió al choque. que vino a hundírsele en el costado. "230” contra la puerta. Embriagaban el aire los gritos. De afuera venían los alaridos de la lucha y uno que pág. adornado de gruesos clavos. requirió una lanza en la mano diestra. Lo vio caer y después se aflojó sobre la montura. fiero: — ¡Espérate. totalmente desencajada. lanzándolos contra los ranchos que ya habían comenzado a arder. salía un disparo intermitente que cada vez hería un hombre. y otro. Quedó aturdido por la conmoción. intentando huir. y con furia clavó las espuelas al caballo que arrancó en un salto brusco. y por último. Su aspecto debía ser terrible. lleno de sudor y de tierra. se desató el correaje del machete. Sentía el rostro mojado. como fruto maduro. vino a estrellarse sobre ellos en una pechada formidable que estremeció todo el edificio y a cuyo golpe la puerta se hundió. pero Presentación Campos. Tomó la cabalgadura de un subalterno. vio a un hombre que corría dificultosamente hacia el fondo.

— ¡Ajá! ¿Un hospital de qué? — De insurgentes. Con esa gente es la que ustedes han estado peleando. Aquí el único que pudo coger un fusil era uno que estaba baleado en una pierna. verde. Un soldado le había referido la salvaje acción. un poco gruesa y pesada. pero como plena de una maternal gracia. y entonces comenzó el saqueo. Marcharon por sobre los muertos que estorbaban el paso. antes que usted entre me toca a mí hablarle. donde estaba el hombre que había matado Campos. por toda respuesta. por una instintiva reacción de defensa. Entró en el espacioso recinto llamándolo a gritos: — ¡Campos! ¡Campos! ¿Dónde está usted? Vio en el patio el caballo con las señales del recio golpe. señaló hacia la pared del fondo. El metal estaba cubierto de una sangre espesa y negra. Por una puerta salió la misma mujer que había cuidado al herido. con la angustia detenida en la cara muerta. — No. — ¿Usted no ha visto al hombre que montaba ese caballo? Antes de responder. Yacía doblado sobre sí mismo. pero la mujer lo sostuvo por un brazo. Pero está herido. Las últimas luces de la tarde encendían los coágulos azules. la soldadesca transportaba los objetos que despertaban su avidez: gallinas. — ¡Pues ahí va! Este es un hospital. desnudaban los cuerpos para robarles las vestiduras. Pero no son sino unos pocos hombres mal heridos y enfermos que no pueden ni defenderse. El coronel se acercó a verlo. Tenía el tipo de las mujeres del campo. — ¡Ah! Es para saber. los dejó con unos quince hombres para que los cuidaran. cerdos. El coronel se puso a observarla en detalle y la halló de su gusto. Le apoyó un pie en la espalda y tirando con fuerza logró arrancar el arma. — ¿Y aquí no hay ninguno escondido? — No. — ¿Dónde está ése? La mujer. Ninguno de esos pobres puede moverse. un pedazo de espejo. dejando las carnes lívidas desnudas. no les vaya a hacer nada! Por aquí pasó una fuerza y los dejó. — ¿Usted quién es? — A mí me llaman «La Carvajala». cobijas. La dejó hacer. ¡Por vida suya. Habían hallado aguardiente y algunos soldados comenzaron a embriagarse celebrando el triunfo. señor. . — Hable. gran parte del asta penetraba en la carne. pues. Iba vestida de ancha enagua estampada de flores azules y rojas. — ¿Qué hace usted aquí? — ¡Yo! Cuidar unos heridos. Vacilaba para decir algo que temía produjese efectos contrarios a los que se proponía. — ¿Oficial suyo? pág. Pues es un oficial mío. sombríos los profundos huecos de las heridas. sobre la que se destacaban menudas islas de médula. "232” — ¡Sí. la mujer trató de averiguar primero las intenciones del recién venido. El coronel Zambrano. El coronel quiso entrar inmediatamente a las habitaciones. — Entonces sí está aquí. En la caída se había hundido aún más la lanza.La degollina duró hasta que sólo quedaron cadáveres. llegó a la casa donde éste se encontraba. mío! Yo soy el jefe de la gente que acaba de entrar. ¿quién es? Para yo poder saber. — ¿De qué hombre habla usted? — ¡Del que venía en ese caballo! — Pero. en busca de Campos.

Llámeme al corneta. Pasaba otro: — Yo soy el coronel. "234” Llamó a un hombre que pasaba cerca. que no lo sintieron entrar. . Una voz aguda dominaba todas las otras. Déjelo quieto. y luego. Tú tienes razón. Respiraba con fatiga por la boca abierta. silenciosamente. donde estaban alineadas las camas. Gritos penetrantes hacían coro y muchas voces repetían en diferentes tonos el cantar: — Los negro ooo o. partió velozmente a cumplir la orden. — Toque silencio. Había hasta diez hombres. y entre la oscuridad de la plaza se advertía la aglomeración. señor. Pasó algún tiempo. tendidos sin conocimiento. Hay que dejarlo tranquilo.. La mujer intervino: — No. — Sí. — Ahora. es verdad. Fue a dar a tierra. — ¡Llámeme al corneta! El hombre no lo reconoció. — ¡Epa. pág. — ¡Epaáa! ¡Voy que quemo! — Los zamuro ooo o. El coronel lo observó un momento. Ahora le conviene más reposarse. incorporándose dijo: — Ya la gente se me regó. que la dejó en el plato! Y puso la lanza junto a la cama. lleno de la continua gritería de los hombres. mugiendo. con una corneta brillante amarrada a la cintura. frotándola sobre la tierra y las hierbas del patio. arriba! ¡Aquí le traigo la cuchara. completamente ebrio. dejando al negro bamboleante delante del coronel. El escandaloso griterío de los hombres ebrios venía desde afuera y chocaba desagradablemente con la paz del interior. El hombre castigado se levantó y se marchó sigilosamente. El soldado. Llegó junto a él y comenzó a sacudirlo para despertarlo. donde quedó retorciéndose de dolor largo rato.Después. La mujer lo veía hacer silenciosamente. cantando con la entonación monótona y como de lamento con que cantan los ganaderos: Los negros y los zamuro ooo o son del mismo parece eee ee los negros son malicioso ooo oo y los zamuros tambié ece ee. la limpió hasta que la hoja brilló de nuevo. ¡Hoy se portó como un macho! Se sentó en el borde de la cama y guardó silencio. al ras de las paredes.. Campos parecía dormir. En el cuarto empezaba a acentuarse la penumbra del crepúsculo. Poco después regresó el enviado trayendo por un brazo a un negro enorme. habiéndolo reconocido. Saludó y se fue. sin horror. sin compunción. junto a la pared. amigo! ¡Alza.. pág. En el último lecho. ¡Vamos a pararlos! Cuando salió a la calle era de noche. El coronel oyó un instante. casi desnudo. Daba la impresión de dormir profundamente. era una confianza imperiosa que le había nacido con respecto a ella después que lo había visto recuperar la lanza. Tenía la frente vendada y el traje manchado de sangre y de tierra. Estaba apoyado sobre el machete desnudo. "233” Lo guió hasta la sala. — ¡Guá! ¿Y para qué tiene esa bocota? Instantáneamente sacó el machete y le cruzó la espalda de un planazo.. ¡llévame adonde está el herido! Ya no podía decirle usted.

Pasándose la mano por la frente palpó el vendaje. — ¿Qué hace usted aquí? — Cuidarlo. pues! La continuidad de las órdenes. temblaba de pavor. machete en mano. Hace un rato su coronel estuvo a verlo. Advertía las otras camas que estaban junto a la suya y el relieve de una persona sentada a sus pies. le estoy hablando! Al fin logró empuñar la corneta. el ruido de la corneta que saltaba sobre las piedras y la terrible voz de Zambrano. el caballo.. "236” — Sí. el cuerpo que se desplomaba en tierra. Aquella sombra a los pies de la cama: — ¿Usted quién es? — A mí me llaman «La Carvajala». mi coronel. señor. discordante y breve. señor —respondió el corneta. — ¡Toque silencio le he dicho! La voz era penetrante y resuelta. Andaba con el otro. — ¡Ande. ¿y se tomó el pueblo? pág. Tornaba el canto agudo de ganadero: Los negros y los zarnuro ooo o.. Regalarle una onza de oro.— Sí. Presentación Campos fue abriendo los ojos lentamente. Las sombras que invadían el cuarto le ayudaban la vaga sensación. los gritos y las alegres exclamaciones. . No recordaba haberla visto. Debía estar herido. señor. Por una rápida asociación de ideas se le ocurrió que. Deseaba poder pagarle de alguna manera digna. lo hacía aún más torpe. pues. — ¡Silencio! ¡Ya le he dicho! — Sí. Era una buena mujer. — Muchas gracias. Se sentía como en el aire. El terror y la ebriedad hicieron imposible la nueva tentativa. aumentándole el estado de excitación nerviosa. Lo estaba cuidando. Lo dijo con orgullo y después guardó silencio. ¿Estoy mal herido? — No. Pero la torpeza de las manos no le permitía desatar el instrumento. señor. salió un bramido áspero. al través del cobre reluciente. ¡Ah!. un camisón de zaraza. Se sentía contento de continuar en posesión de su vida vigorosa. señor. — ¿Qué es lo que voy a tocar? —preguntó con voz difícil. acaso. cerró los ojos y quedó un rato como adormecido. Nada de eso.. Después volvieron a renacer las voces en la plaza. en medio de la borrachera. Se la llevó a la boca y quiso empezar a soplar. No tenía jefe. Aquel son desusado llamó la atención del resto de la tropa. Sus ojos sólo veían el machete desnudo. Apenas si logró emitir un sonido estrangulado. Desde la gruesa boca del negro. Ante la ridícula escena la ira del coronel Zambrano llegó pág. que se marchaba maldiciendo. Hacía esfuerzos por recordar. — ¡Ande. que se volvió a ver lo que pasaba. era una mujer. pero mandaba su gente. Le alegraba saberse levemente herido. El pobre negro. — Bueno. Esa es mi gracia. el hombre subiendo la pared. "235” al paroxismo. Solamente el golpe. pero la suma ebriedad no le permitía hacerlo eficazmente. Los otros no vieron sino el brillo del arma. por la oscuridad. Sentía gratitud por la mujer que lo cuidaba. Carecía completamente de toda noción del sitio en que se hallaba. Él no tenía ningún coronel. — Yo soy Presentación Campos. Recordaba: la puerta. aquel que había matado casi delante de ella era su hermano o su hombre..

Cuénteme. yo nací. — Mejor es que se duerma y no hable tanto. ¡Y no sé cuándo. Ya desde muchacha me empezaron a picar las patas. La mujer rió con sorpresa. déjeme ver. en cierto modo.. sabaaaana.. planiito. Se sentía como más seguro o más en confianza. Había presenciado una hazaña brutal de aquel hombre que ahora le preguntaba y temía por la suerte de los pobres seres indefensos. medio desnudos... ¡Da gusto! Pero una es muy sinvergüenza. no sé qué contarle. más allá. «La Carvajala» lo veía inquirir con la vista sobre todo el montón de miserables y guardaba silencio esperando a que hablase.... por entre las que salían hojas verdes. se pasó la mano por la frente. yo no me puedo dormir.. Sobre el catre más próximo estaba tendido un negro con el vientre envuelto en una faja de trapos manchados de sangre seca. adquirió vislumbres azules como de agua profunda.. reflejada en las paredes blancas. se había dormido. un hombre con la cabeza cubierta de vendas sucias... verdad. No me hallaba. — ¿Por qué no contesta? .. La vio con mirada distraída. Mire. Al fin. hable usted. con halago. no sentía dolor y la fiebre había desaparecido. A los pies continuaba «La Carvajala». de la angustia. su vida. toditico plano. "237” Campos gozaba oyéndola hilvanar su ingenua historia.. — Ahora sí es verdad que estamos bien. Cuénteme algo. Todo el batallar. — Déjese de embustes y cuente. ¡Ya ve! ¿Qué voy a contarle yo? Si acaso le inventaré una pila de disparates.. carrizo! Ya ni me acuerdo. al fin ella recomenzó: — De verdad.. dijo: — Bueno. La luz. — Bueno. Cuando el herido abrió los ojos de nuevo. Aquella respuesta lo consolaba. — ¿Ninguno de su gente ha sufrido hoy en el asalto? — Ninguno. yacían otros. cará! ¿Cómo es la cosa? Yo nací. pero la mayoría de los hombres roncaban echados en tierra.. pues. pero en el fondo.. "238” tomado para confiarle al coronel español volvieron a intervenir en su discernimiento. se habían derrumbado en el sueño sombrío y silencioso. Bueno. pág. En la sombra de la noche. ¿Y quiénes son éstos? El mismo miedo y las mismas precauciones que había pág. los vivos y los muertos se confundían.— ¿Usted no me tiene rabia? — Ningunita. ¡Uh! ¡Ah. sabana. cuyas heridas no acertaba a distinguir. Él sonrió. de la furia. Mucha sabana. «La Carvajala» lo abrigó con la manta y se marchó sobre la punta de los pies. Casi como si estuvieran de acuerdo sobre no sabía qué cosa. por ejemplo. porque si no le va a hacer daño. Todos sumidos en la modorra invencible de la fiebre. todo el agitarse de la destrucción.... Oyéndola. le daba importancia a su vida. Si usted no quiere que yo hable.. y luego. Yo no tengo a nadie. Incorporándose sobre un brazo advirtió por primera vez los otros heridos.. porque aquella curiosidad.. ¡ah. «La Carvajala» veía con inquietud que el herido hablaba mucho. sobre cobijas azules y rojas extendidas.. Cerró los ojos para oírla mejor. en el suelo....? Y después de un rato: — Mire. Los dos se quedaron en silencio. Yo nací en el Llano. es que es difícil. agotados por la fatiga y la borrachera. del gozo. señor. — ¿Y si no tengo sueño. una luz clara llenaba la estancia. Se había dormido profundamente. pero cogí ese camino y me despegué! Y ándate que te andas. me caminé una porción de pueblos. Todavía se erigían gritos aislados en la plaza.

el brazo se descolgó fuera del lecho. y. y fue como si ella lo renegara. con toda calma. Ella lo cuidaba. tomar su consistencia y naturaleza. No sabía quién era. jamás los había visto. ni qué se había propuesto aquel hombre. Un lanzazo. los veía con desprecio. la sintió fría y pesada y la dejó caer. sumidos en el dolor.Al preguntar ardía en sus ojos una tal luz confiada y viril que ella no pudo evadir la respuesta. dijo la verdad: — Son unos insurgentes heridos. y no sentía lástima ni compasión. y la mano negra y basta penduleó en el aire. Por más que se esforzaba no le advertía la menor expansión respiratoria del pecho. Por reacción natural de su carne. de manera semejante a la de los animales carniceros cuando amenazaban. «La Carvajala» llegó al lecho del negro. Los veía silenciosos. Pensaba en la herida ancha que le había volcado afuera las tripas como un nido de serpientes. Ella tampoco era de su naturaleza. Ahora que estaba de nuevo en posesión de su robustez. traslucían el blancor de los ojos. Aquellos montones de carne destrozada y muda. un dolor. le tomó la gruesa mano. — ¡Ajá! — ¡Sí! Y yo se lo digo porque sé que no les va a hacer mal. tal vez ella sufriría. Orgullo de sus fuertes músculos. ni qué pensaba. Después. Continuaba observándola. Aquella mujer lo había cuidado a él. y de quien se sentía solidario. Esperaba la impresión en el rostro de ella con una sádica delectación. que sabía que su herida era leve. Acaso estaba muerto. Está muerto. Está muerto. El negro del lecho vecino no daba señal de vida. dejando resbalar los dedos a todo lo largo del pecho. de su vida rebelde. — ¿Usted es quien los cuida? pág. No los conocía. — ¡Uh! Ya lo sabía. y no del débil. Era amiga de los débiles. le gustaban los vencidos. Debía estar muerto. Hacérsele enemiga. y en la boca espumosa. arrasador y orgulloso como él mismo. de sus destructoras manos. . Pero habían sido vencidos. quiso infligirle un sufrimiento. — ¿Usted cree? Preguntó mientras se acercaba para cerciorarse. tendido sobre el suelo. dijo: — Sí. Eran sus enemigos. Los insurgentes. "239” Comprendió o vio que asentía con la cabeza. como sometida por una especie de fascinación. es verdad. sobre los dientes grandes y blancos. — ¿Qué es lo que tiene ese negro? — Está herido en la barriga. La sintió mezclarse a los otros. también los había cuidado a ellos. corno si ahuyentara un insecto. le entreabrió los párpados y vio que toda la pupila estaba vuelta hacia adentro. sino orgullo. Si estuviera muerto. — ¿Cómo lo sabe? —preguntó con aquella sonrisa que le desnudaba los dientes magníficos. carne rota y llagada. la gruesa mano estaba abierta sobre el costado. carne dolorosa. la levantó. Piltrafas vencidas. después. una destrucción. las pupilas semicerradas. El era el prójimo del poderoso. Aquéllos eran los hombres que él iba a destruir. Ni los otros. moscas negras y moscas tornasol pululaban. como muertos. con la cabeza envuelta en harapos y hojas. Presentación Campos espiaba algún movimiento de terror o de dolor en la mujer. «La Carvajala» lo observaba. La mujer bajó los ojos y no respondió. del destructor y no de lo destruido. Veía la faja de trapos manchados alrededor del vientre. Tenía cubierto el rostro de un tinte ceniza que es la palidez de la muerte en los hombres de color. Eran la obra de destrucción de alguien que debía ser fuerte. continuador y semejante. vestida de sufrimiento e impotencia.

ella lo veía acercarse. — No sea mal agradecido. apresurándose. Para hacer ver que no le agradaba la insinuación enarcó las cejas y se abrió. ¿ah? Ya aquí no queda sino el rastrojo. el vértigo. Dio las gracias y continuó marchando solo hasta llegar a la calle. bajo el cielo de barro azul de la. Recordaba vagamente el aspecto del pueblo. otros un par de botas. "241” Pero el coronel lo veía con una persistente y maliciosa sonrisa. Los hombres del coronel Zambrano. — ¿Qué hay. y de nuevo volvió a sentirse firme y seguro. Con movimiento brusco se levantó del lecho e inició unos pasos para salir a la calle. montones de madera. Algunos llevaban una gallina amarrada a la cintura. ahora nos vamos. y comenzaba a molestarlo aquella insistencia. El coronel lo vio venir con la cabeza envuelta en el vendaje. por entre los árboles de la plaza. la única calle estaba cubierta de restos de muebles. recalcando las frases. Sin dar las gracias. "240” Creyó que iba a caer. en la puerta de la casa. mi amigo? ¿Ya como que le pasó la cosa? — Sí. que organizaba su tropa. — Este lo desencamé en el pueblo para usted. El negro Natividad venía a su encuentro. cadáveres. A las voces del coronel comenzaba a ponerse en marcha la montonera. pág. «La Carvajala» vino en su auxilio y lo sostuvo. Tomó las riendas que le entregaba el soldado. . De nuevo. Presentación Campos se dirigió hacia él. No atinaba a comprender a qué se debía aquel regocijo irónico. una colcha amarilla. mi jefe? ¿Está mejor? Le contestó con un rezongo agresivo que aterrorizó al otro y lo hizo retirarse. Envuelto en su mirada absorta. el coronel vino a su lado. a «La Carvajala». otros. Cambiando de posición vio allá. Un negro se acercó. sólo lo había visto por breves instantes entre la furia de la pelea. La fatiga. sobre el hombro. que decía adiós con la mano a la tropa que se iba. pero a la sola vista que ahora presentaba comprendía que había cambiado totalmente. y. Desfilaban desordenadamente cargados con las armas y con el botín del saqueo. mi jefe. mañana hacía un contraste extraño. Sobre el bruto le renacían más fuertes el orgullo y la confianza. enjaezado con una montura vaquera de muchos colores. los suyos. — ¿Qué hay. la pérdida de sangre. Déme ese caballo. ¡Después que lo cuidaron tan bien! Ahora comprendía que el coronel hablaba de «La Carvajala». ya estoy bueno otra vez. — Venga acá. Hacia el otro extremo. al paso del caballo. volvía a decirle: — Nos vamos. A todo lo largo. ceniza y ruinas de casas. tomó el caballo y montó. llegó adonde estaba la mujer. Fue sólo un instante. Con resolución rápida llamó a uno de sus hombres montados. Después de dar unas órdenes. y todo ello a la falda de la colina roja. pero violento oleaje de vértigo le ganó el cerebro y todo comenzó a girar a su alrededor. se oían las voces de mando del coronel Zambrano. Presentación Campos los veía desfilar. bajo el fusil. — Bueno. solo. de los ranchos sólo quedaban estacas carbonizadas. — ¡Nos vamos! pág. bajo los árboles de la plaza. trayendo un caballo nuevo.Aquella inesperada reacción desconcertó a Campos. ¿Está seguro de que no se le olvida nada? No comprendía.

llega sobre Villa de Cura la noche lenta y quieta. En Villa de Cura las casas están vacías. Sienten con desesperación que los hombres ya no sabrán hacer otra cosa que destruirse mutuamente. del viento de los ríos. y en sus manos. temen hablar en voz alta. con obediente humildad. de la comodidad. Boves invadía con siete mil lanceros. Se abandonaba todo. los pobladores. Asomados a las puertas con la vida concentrada en los ojos. "243” Sólo quedan unos pocos miserables. pág. La sabana se llenó del disparatado movimiento de la fuga. la ciudad. desierta. apenas si ardían una que otra luz pequeña en el poblado y algunas fogatas en la sabana abierta. el amarillo resplandor del miedo. Se iban todos. Sin responder. Siete mil caballos cerreros en avalancha sobre los campos. y bajo la noche. Quieta y lenta sobre la ciudad empavorecida. temiendo que el esqueleto se les vaya a escapar de la carne. no viven. en los silencios. han visto la última carreta cargada de niños que se iba. por distintos rumbos se iban. al pie de un árbol. caminando con los otros. Solos. La tierra de Venezuela va a ser destruida. Siete mil caballos cerreros en avalancha sobre los campos. ser transportados milagrosamente por los aires. los viejos. en todos los ojos. se han fugado para salvar la vida precaria. Ansiaban estar lejos. donde era dulce estarse el tiempo ocioso. Los que han quedado —inválidos. «La Carvajala» montó sobre la bestia y lo siguió paso a paso. Los hombres morirán. en masa. y después. de las escamas azules del cielo. Boves invadía. sienten que ya no podrá vivir nadie más nunca. la vieja casa. mujeres valerosas. la última espalda de fugitivos que se borraba en un recodo.— Móntese en ese caballo —dijo autoritariamente. madura de todas las estrellas. Angustia en los gestos. fatalmente. Huían descorazonados. huyen con la obstinación de los locos. y sobre ellos. pág. todo el día aquel gran silencio horrible de las cosas sin . Al precio de los bienes. en las voces. los campos serán talados. "242” X Hecha de la sombra de las montañas. los que han vivido largos años y tienen las pupilas acostumbradas a la tierra. sembrada largos años. en la profundidad de las almas. Andan por los rincones. enloquecidos de terror. En todas las carnes. de los empavorecidos. buscan la sombra. Toda la tarde estuvieron saliendo las gentes que emigraban de miedo. masca lentamente una fruta. Boves invadía con siete mil lanceros. A lo largo de las calles sombrías se oían los gritos solitarios de los centinelas. Un burrito gris cargado de niños y de muebles. y las rondas de soldados republicanos que van por las calles de la ciudad sin habitantes. en el que se adivinarán las sombras del baile de los diablos. están esperando la muerte segundo por segundo. En el fondo de las casas. no trabajan. La tierra. ancianos que desean morir para descansar de los horrores— no comen. Una mendiga. y los hombres huyen. Un frío viento de muerte los arrastraba. la ciudad toda arderá de un fuego nocturno. se percatan de sí mismos con asombro y les parece que la vida se les ha ido. y un niño llora desconsolado. siete mil armas de frío hierro mortal. Angustia de los hombres por salvar su dinero. Angustia de los animales. Angustia de las mujeres con el racimo de sus hijos a la espalda. la sienten crecer como una maléfica planta. siete mil diablos feroces. y temen que sus vidas sean un pecado horrendo que castiga un dios implacable. como si el mundo fuese a ser destruido. Por la tarde más de la mitad de la guarnición había sido destacada precipitadamente hacia San Juan de los Morros.

Se oye la voz del centinela. otro. Los resplandores de las llamas proyectan y entremezclan las sombras en un complicado tejido. zambo. Por un lado salía una pata y por otro una cabeza. Con razón los pelaron. y una vieja. Alguien dice «Boves viene». un perro ladra como a los aparecidos. malhaya!. Todo el tiempo los jefes se lo pasaban en banquetes y fiestas y discurseaderas. A ese hombre se le enfriaba el guarapo. ¡y ese sangrero!. Duendes de tabaco rojo rompen las tejas. los escasos soldados de la guarnición velan y conversan. «¡Para la guerra. Por donde uno pasaba no quedaba sino el «muertero». voy y veo al condenado del isleño. hombres de Guayana. ése es mi gallo! Con el general Bolívar voy yo donde sea. Y otro replicaba: — ¡Feliz usted. uno dice al otro: — ¡Ah. — ¿Y con quién empezaste tú? . al fin. Ese sí es un jefe. Alguien adelantaba un reparo: — A mí no me parece. No hay luna. — ¿Mucho palo? ¡Qué va. orientales parlanchines. Canta un gallo. me tenía agarrada la canilla. siento que me agarran una canilla con una mano fría!. un isleño «pichirre» y maluco. Un llanero hablaba: — ¿Cuándo se acabará la guerra para irme? Tan bien que estaba yo antes. un «muérgano» más flaco que un arpa. con los ojos peladotes. que se va dando tumbos por los ecos. alrededor de las fogatas. toda estremecida. a hacerse rico!» ¡Qué rico ni qué rico! Yo.. rostro de tierra agrietada y ojos de agua tranquila. Recogía el pilón de gente arriba de un cuero de res y los llevaba arrastrados por un caballo hasta el camposanto. Casi todos son mozos. Le eché látigo al caballo.. Iban todos revueltos: ojos con tripas y manos. Y van y me reclutan. Pero. Han venido de los cuatro confines. del viento que hace sonar las hojas. Tenía caballos de silla y no tenía que verle la cara a nadie. Ahora le están dando mucho palo. corianos de cabeza redonda. Al condenado lo puse yo encimita. — ¡Ah. su vida. En aquella tropa no se peleaba nunca. que. Yo no me atreví ni a ver para abajo del puro miedo. porque lo que es mañana le sacan el tripero. En lo abierto de la sabana. ¡Y cuando salgo de la ciudad para afuera. ¡Todas las mañanas había ese muertaje! Yo era el que los llevaba a enterrar. mi vale! Coma bastante. y la guerra los ha mezclado y confundido. Siete mil lanzas de frío hierro mortal. del campo bajo el cielo impasible. todo lo que he sacado es un tiro en una pata.. "245” Arismendi lo hacía fusilar. Arde la luz de sebo dentro del caserón desierto. todos los días en la Plaza Mayor fusilaban ese gentío. Le mandan su tirote y me toca a mí arrastrarlo con los otros muertos. y me fui silbandito al lado del cuero que hacía bulla. y las pocas gentes no pueden dormir. y en alta voz chancean de manera macabra. la sombra se llena de fantasmas. Cuanto español le caía en las manos al general pág. hasta por consideración. buen pescuezo negro para un machete! Hay hombres flacos del Llano.vida. La carrera que pegué la fui a parar al Valle. va y cae el que era el amo mío. Alguien cuenta una aventura. un negro contaba a su auditorio espeluznado: — En Caracas.. Más allá. ¡ah. pasan pasos. — Yo serví con el general Miranda. viejo! Yo me mamé con el general Bolívar la campaña desde Cúcuta hasta Caracas. Ahí sí fue verdad que hubo plomo. un recuerdo que lo pone triste. Cerca del fuego. hasta ahora. alguno. Por la noche. "244” alharaquean. las gallinas pág. del cielo solitario sobre el campo inmóvil. se persigna. Y sucede que un día.

al alcance de la mano. se hablaban con amor de sus lugares. Boves invadía con siete mil jinetes. "247” — ¡Alto! ¿Quién vive? — Republicanos —respondió uno del grupo. "246” — ¡Ay. cuya luz iluminaba un montón de papeles y la cara de un hombre. Algunos soldados despiertos se levantaron a ver los tres desconocidos. y ellos.. ni el «mato» de agua tampoco. Después el silencio ponía su substancia compacta sobre todos los vacíos. Un centinela vio tres hombres a caballo que emergían de la sombra. se habían venido de sus tierras. grandes bigotes. en el centro. quien. Después de atravesar gran parte del terreno. una voz que no se sabía si era el canto de alguien o un mudo rumor que crecía dentro de cada uno. El sueño libraba su batalla quieta. cumpliendo la indicación. Me cogieron preso y me quedé de este lado. a cuya puerta montaba guardia un soldado. y el juego con la muerte les daba la tristeza de no verlas más. un sable de puño de plata. habló de nuevo: — Desmonten de los caballos y acérquense. El hombre. describía el Orinoco a unos soldaditos asombrados: pág. sobre el cajón. como un alerta de campana: «Boves viene». que el sueño iba a ganar. Por sobre la sabana de la Villa. Desde lejos. Que si y que nos iba a dar real. Un guayanés. reunidos para la destrucción de la guerra. Se destruían los unos a los otros un poco inconscientemente. un cajón. Sin quererlo. los colocó delante de él y los hizo marchar a través del campamento. — ¿Y qué hubo? — ¡Guá! Nada. Que si y que era la primera lanza del Llano. Bajo las estrellas empezaban a morir las luces que florecían la sabana. por sobre el fuego y las conversaciones de los soldados. y salió al instante. . sentado en otro cajón más pequeño. se echó el fusil a la cara y dio su grito: pág. Los centinelas hacían su recorrido. con cara triste.— ¿Yo? ¡Guá! Con Boves. velozmente dio fuego a la mecha. Descabalgaron y se aproximaron al centinela. Dentro de cada cerebro. las patas en X de un catre. barbas cerradas y unos ojos amarillos como de vidrio. y por la noche inmensa. — Avísele al coronel que aquí traigo a estos tres hombres. el centinela y los tres hombres llegaron frente a una pequeña casa aislada: techo de paja. avizores e inquietos.. que había dejado la ciudad casi desierta. junto al catre. venía una voz que se extinguía sobre los hombres y las casas solitarias. que entren! Pasaron al interior. apuntándolos aún. miraban con curiosidad los hombres tendidos alrededor del fuego. A un lado. Era como una caja estrecha. de todos los extremos del territorio. la iguana no volvió nunca. Aquellos hombres. Poco a poco se extinguieron las luces y fueron callando las voces. un candil de aceite. a su vez. Los tres viajeros obedecieron. — ¡El coronel. paredes de bahareque y sin ventanas. un débil eco cantaba. con el fusil listo. por dentro de la sombra. mi hijo! El que no ha visto el Orinoco no ha visto agua. flotaba la humedad del peligro. y el dormir se ahuyentaba y un escalofrío sacudía la carne. amenazándolos siempre. El ordenanza entró. y decía un cantor del pueblo: La iguana y el «mato» de agua se fueron al Orinoco.

que continuaba envolviéndolos en la mirada de sus ojos amarillos e inexpresivos. mordió una punta y comenzó a mascar con delicia. de patillas.. de rostro moreno y simple. Los tres se sentaron en tierra. — ¿Y qué les pasó en Magdaleno? — Pues. señor —respondió uno de los tres—: en la sabana de la Villa. y el posadero. sacó del bolsillo un pedazo de tabaco negro. como siguiendo un impulso. mirando hacia la puerta. y los señores son el capitán inglés Jorge David y Bernardo Lazola. el coronel Roso Días. y. Las tropas republicanas. como queriendo penetrar las intenciones tras la máscara engañosa de la fisonomía. "249” — ¡Pues. una hacienda que queda por detrás de La Victoria. aguardando. aparte de que nos robaron los caballos. y allí descansamos para tomar informes. Fernando. Llegamos a la laguna y la costeamos hasta Magdaleno. la expresión de Roso Días cambió instantáneamente. sobre las piernas cruzadas. pasó a grave y trágico. y yo soy su jefe. Estiró las piernas. — Está muy bien. tomó una actitud despreocupada. que daba señales de fatiga extrema o de enfermedad. mire! El nido de vagabundos ésos no supo ni informarlos. a decir verdad.Observaba a los tres hombres. A esa noticia. pág. ¿Ustedes quiénes son? Los tres se miraron las caras. que llegó por la noche. — ¡Ajá! ¿Conque les robaron los caballos? ¡Mire. El coronel sonrió de nuevo. Han adivinado. y el inglés. dio media vuelta y desapareció por la puerta estrecha. preguntó: pág. hacendado de Aragua. Bernardo. — ¡Ajá! ¿Y por qué lado vinieron? Fernando contestó: — Pues nosotros salimos de «El Altar». alrededor de la Villa y los realistas por San Juan de los Morros. "248” — ¡Bueno! ¿Ustedes saben dónde están? — Sí. Antes de responder. con cuatro mil hombres a caballo. hijo e’puya! ¿Conque dijo eso? Pues se lo vamos a tener en cuenta. Vio al centinela. — En la misma posada nos informaron de la situación de los ejércitos. Cuando quedó con los tres forasteros. como si hablara solo. firme. sin dirigirse a ellos. A este nombre. Venimos buscando el ejército libertador para incorporarnos. Siete mil hombres es lo que tiene Boves. — Y usted. el coronel tornó a observarlos un buen rato. que parecía no sentirse bien. «musiú». — Pues. sobre todo a uno rubio. Saludó. ¡Y sepa. yo soy Fernando Fonta.. A colaborar con el general Bolívar. entre tropa republicana. de Caracas. Después. El posadero nos dijo que era un oficial republicano. los invitó a sentarse. — ¡Ah. Habló solemnemente: . hasta que uno de ellos se adelantó y habló: — Coronel. sí. que ahí todo el mundo es godo! Los tres enmudecieron. no nos pasó gran cosa. Este es un destacamento del ejército libertador. temiendo haber encolerizado al coronel Días. del aire burlón y desconfiado que había mantenido durante la conversación. pues! ¡Qué gente tan lavativosa! ¿Y quién se los robó? — Parece que entre un indio raro. para otro día que pase por Magdaleno. A la primera pasada por Magdaleno le pegamos candela. rubio y noble. lentamente. de facciones enérgicas. contestó con dificultad: — Yo he venido a luchar por la libertad. ¿qué viene haciendo por aquí? El inglés. Tú puedes irte. se pasó la mano por el bigote. el coronel sonrió maliciosamente.

Tan sólo Roso Días. — Esa es la falta de costumbre de andar por aquí. Y. Venga acá y repósese en mi catre. El coronel se acercó y le palpó el rostro. mire. recostados a la pared. como le decía. mañana van a llevar plomo junto con nosotros. Comenzaban a oírse los ronquidos del inglés dormido. Boves viene empujando con una caballería invencible. no sé si es enfermedad o cansancio. "250” — Las cosas están muy feas. desde por la tarde vengo sintiéndome mal. ¿Dónde se ha visto que un bueno y sano se acueste y un enfermo esté parado? Échese ahí y no hable más. Si han venido de espías. en la que volvió a mascar tabaco con delectación. De todos modos. El coronel regresó al cajón que le servía de asiento. Así es que. porque probablemente no hay nadie en el ejército de mejor fe que nosotros. Y. que saltando de boca en boca daba la vuelta al campo. abiertos. El capitán David. porque de todos modos los va a meter al plomo. espías o no. todos continuaban en la lenta alarma. coronel. — ¡Uh! Usted está mal. «musiú»? ¿No se siente bien? — No. Después de una pausa. son unos brutos. escupía de vez en cuando saliva negra de tabaco y se acariciaba el bigote espeso y la barba. Debe usted creernos. Yo no he quedado aquí sino con sesenta hombres. luego. — Ya yo les dije que a Roso Días no le importaba nada eso. Fernando y Bernardo. Todo entraba en la quieta bahía del sueño. «musiú» «musiú»! ¡No sea porfiado. Los otros dos. con las piernas estiradas. ¿Cómo me va a dar su cama? No. pero tal vez después lo podamos. "251” también. — ¡Ah. siguiendo el hilo de su anterior conversación: — Pues. veía la llama de la lámpara y oía el grito de los centinelas alertándose. — ¿Qué le pasa. con los ojos inexpresivos. ¡Siete mil caballos en avalancha sobre los campos! Suena una corneta. dormían pág. Todo lo que podamos disponer de tropas se está concentrando alrededor de La Puerta. respondían sólo con movimientos de cabeza. Tocan a diana. dio media vuelta y empezó a dormirse. Estamos en el cabo de la vela y es muy posible que mañana no duerman sino los muertos. Por el momento no podemos demostrárselo. El coronel volvía a sonreír. cará. Los . El inglés extendió sobre el lecho sus miembros doloridos. ayudándolo. acurrucado. — No. no. y el coronel Roso Días se lo agradece. El inglés se oponía. Chorro de metal que sube vertiginosamente y se duerme a ratos en anchos espacios cadenciosos. Dentro del cansancio. a quienes el sueño y la fatiga dominaban. temblaba. — Hace usted mal en desconfiar —le respondió Bernardo—. Boves es el único hombre capaz de acabar con la República. dentro de la honda ausencia del sueno. agregó: pág. porque aquí ya no hay qué espiar. son unos hombres. no. con la cabeza entre las manos. — Mañana hay que jugarse el resto. y si no le paramos las patas es muy posible que se vuelva a perder la República. Si yo estoy bien así. no me interesa.— Yo no sé si ustedes han venido a ayudar al Libertador o si son unos espías. El que no está acostumbrado se embroma. Si Boves nos derrota no va a haber quien lo cuente. Roso Días. empezó a llevarlo hacia su lecho. Si han venido de buena fe. Mientras ese hombre esté a caballo nos tiene en lavativa. Tiene el cachete caliente.

terminó: — ¡Qué carrizo!. "252” destacamento estaba formado a la entrada de las calles. llamó al centinela. Y llamando a un oficial dio las instrucciones necesarias para que prepararan cuarenta hombres para salir inmediatamente. — ¿Cómo sigue el «musiú»? — Dice que se siente muy mal. ya cuando el hombre había montado y marchaba a reunirse con la tropa. ven el cielo verde claro y junto a la mano el arma. El grito de metal invade el aire. que ya lo vamos a acomodar. y en el arma el recuerdo de la guerra. Apenas había comenzado el movimiento de las gentes cuando llegó en un caballo sudoroso y lleno de polvo. ¿Qué quieres que haga? Llévate cuarenta. agregó no sin cierta fanfarronería cordial y generosa: — Y si necesitan más gente. El cielo estaba pálido y presagioso. los niños. y una lluvia de angustia le martirizaba la carne friolenta. Desmontó en el rancho del coronel. "253” cuenta de que había engranado en el juego trágico. las hojas de los árboles que no se sabe si estremece el viento o la corneta. En efecto. listo a marchar. Ahora ya no me quedan sino veinte hombres. — Consígame un chinchorro y acomódemelo como para llevar un hombre acostado. el coronel Roso Días con sus impasibles ojos abiertos. el enfermo estaba pálido y todo el cuerpo le vibraba con frío profundo. y Fernando oía. ya no me quedan sino sesenta hombres. Y sonriendo. — Ustedes saben —dijo al rato—. porque al oír la voz el coronel salió a la puerta. El coronel estrechó la mano al jinete con efusión. Comenzaba a darse pág. y después de todo es mejor morirse de bayoneta que de parto. Después volvió de nuevo a sentarse sobre su cajón y a quedar mudo. esperaba. — Ese hombre tiene calenturas —dijo el coronel—. . Cuando volvió al interior del rancho halló a Bernardo y a Fernando que rodeaban el catre donde estaba el inglés. vuelvan a pedírmela. El inglés tiritaba sobre el catre. El sonido sube y se va por los montes solos y las sabanas abiertas escandalizando la mañana. veía. espérese ahí... al centinela que estaba en la puerta dijo: — Orden del Cuartel General. la exaltación. Lo que es hoy los zamuros comen de general para abajo. — Muchacho —dijo al fin—. Roso Días pensó un instante. Al alarido todos se incorporaban mal dormidos. con desaliento. silenciosos. Aquí como que no se va a salvar ni el gato. Era una orden para que enviara todos los refuerzos que le fuera posible. Antes de responder. Hasta ese momento había ido un poco fuera de la realidad. Lo están oyendo todos. Y como nadie se muere la víspera. las cosas están peores. — ¡Llévatelos! ¡Con lo que queda basta para morir como macho! ¡Llévatelos y que tengan buena suerte! Y después. Y se quedó un poco conmovido viendo desaparecer entre las casas los soldaditos silenciosos que se iban hacia la muerte. y al poco rato el pág. cansados. No hubo necesidad de que el centinela anunciara. las viejas que rezan dentro de las casas. Bernardo y Roso Días. el deseo de venganza. como si quisiera inspirar confianza. una luz verdosa y húmeda entraba por la puerta. a la carrera.soldados se despiertan. El jinete saludó y le alargó un pliego. un hombre armado. El dolor. Las órdenes se ejecutaron con rapidez. Saliendo.

es calentura. Las palabras de aquel hombre curtido de guerras anunciando la muerte lo desalentaban.le habían impedido el pleno gozo de su conciencia. pasando la plaza llena de árboles. Siguiendo al cura penetraron dentro de la iglesia. En un rincón. Bernardo preguntaba al capitán cómo se sentía. Era horrible. ¡Es un muerto! El cielo no acababa de ponerse azul. — ¿Qué tiene este hombre? — Yo no sé. escoltados por Bernardo y Fernando. — ¡Miren. dominada por el campanario cuadrado y blanco. Al fin. Ahora lo hacemos sudar y se le pasa. Pero ahora. sobre los hombros. dos hombres sostenían por los extremos. qué va. Los soldados se marcharon y quedaron el cura. Se sintió el eco que levantaba el ruido dentro de la vasta nave. solo. tomándole la temperatura con la mano. entre desconocidos. Sonido cavernoso y prolongado. Con las oscilaciones del paso el chinchorro bamboleaba fuertemente. donde con cuidado colocaron al enfermo. Un hombre sobre un caballo. lleven ese hombre a la iglesia. Su último día dentro de una iglesia desierta. Díganle que yo lo mando para que me lo cuide y lo sane. a casa del cura. "254” atrio. Estaban los tres solos. dirigiéndose a los otros dos: — Y ustedes acompáñenlo. no había sol y los cuerpos no proyectaban sino una vaga sombra diluida en el aire. tendieron al capitán David. Sobre la ancha puerta se alzaba la fachada gris. Afuera. junto a un viejo confesionario. El mismo malestar nervioso que le comenzó en el campamento le continuaba ahora. un largo palo. en medio de hombres desconocidos. se veía a sí mismo y comprendía que. Y luego. En el enorme recinto penumbroso se sentían mínimos y abandonados. un muerto! — No. le causaban un estado de malestar. Atravesaron las calles solitarias. Desde las casas algunas gentes los señalaban al paso o salían a verlos. y no poder huir. no hallar amparo ni socorro. mi coronel. Un egoísmo violento y . aquí le traemos este enfermo. ya lejos de la primera violenta reacción de la ira. un lanzazo. del que pendía un chinchorro. Ayudado por Bernardo y Fernando. Obedeciendo. los hombres se pusieron en marcha. — De orden del coronel. — ¡Ajá! Pasen. muchachos —dijo el coronel—. — Bueno. Se anunciaba el día lluvioso. cubiertas de hojas secas. pisaron las lajas del pág. Bernardo y Fernando. El centinela regresaba. — Sí. lo dejan bien acomodado y vuelven. Y se marchó a preparar su remedio. no poder gritar. reposado en cierto modo. Aquél podía ser su último día. Se sentía incómodo y ansioso. tal vez. Olía a incienso. En la mañana fría. sobre dos bancos que prepararon al efecto. miren. ¡es un herido! — No. — Aquí está el chinchorro. había ido demasiado lejos. Tras preguntar lo auscultó un poco. Después chirriaron los goznes y apareció por entre las hojas un hombre flaco y pálido dentro de una sotana negra. Entre las gruesas columnas flotaba espesa sombra manchada por las luces de los vitrales. El cura hablé primero. Chispas dispersas iluminaban los dorados del altar o prendían reflejos en los rostros barnizados de los santos. pero a Fernando no le interesaba la conversación. Uno golpeó la puerta. era desesperante morir. Creo que es calentura. húmedo y gris. el coronel cargó al inglés hasta la puerta.

Respondieron moviendo la cabeza. Vagamente se emocionaron al despedirse. Y como concluyendo: — ¿Ustedes saben cuánta tropa tiene Boves? — Sí —respondió Bernardo—. ¡Boves invadía con siete mil lanceros! Cuando regresaron al campamento encontraron al coronel Días con la espada de puño de plata ceñida y las pistolas pág. El militar continuó aún un rato paseándose en la misma forma. silencioso y tranquilo. debajo de un caballo frío o sobre la sangre coagulada. junto a un cura flaco que rezaba sin detenerse. Solo y abandonado en aquella tierra. La noticia les produjo una emoción que no sospechaban. En ese instante la suerte de ellos estaba en manos de otros hombres que podían perderla. — Hasta la vista —dijeron. era el momento de vida o muerte. unas hojas y una cobija. De los dos lados hay coraje. "256” en la faja. le calaba los huesos un dolor insoportable. Quedar entre el polvo. ¡Mejor así! Y después de dar otras vueltas. solo en aquel pueblo. sin decir palabra. al menos. Boves. se sentó a su lado y comenzó a rezar silenciosamente su rosario. Tan lejos de su Inglaterra. pág. El capitán se prestó a todo con docilidad y se tendió de nuevo sobre la cama improvisada. "255” la horrible guerra? La guerra era buena para aquellos animales: Presentación Campos. usted mismo nos dijo que siete mil jinetes. Y se marcharon por entre las gruesas columnas hacia la puerta chirriante. Todo tan quieto. había perdido su hermana. Si. El cura volvía con una gran taza humeante. Sentía la cabeza de hierro macizo. añadió: — En este momento se está tirando nuestro dado. como un tigre enjaulado. hubiera una mujer que lo cuidara. lo envolvió bien en la cobija y le dio a beber el cálido bebedizo. . Como la de ella. Con los dientes temblorosos de fiebre se mordía las manos frías. Había perdido su hacienda. con tan falsas apariencias de calma y. paseándose de un extremo al otro. ¿Por qué luchaba? ¿Por qué se había metido en aquel insoportable ambiente de tragedia? Podría haberse ido a vivir tranquilo en cualquier rincón de las Antillas. junto al cadáver repugnante. Su recuerdo lo ponía aún más triste. Tal vez nunca más volverían a verse. — ¿Dejaron acomodado al hombre? Esperaban que iba a comunicarles algo muy interesante y la pregunta los desconcertó. se plantó ante ellos. ¿Para qué la guerra. que prefirieron sentarse en el mismo sitio donde habían pasado la noche anterior. — La batalla será muy dura. El capitán David estaba triste. bruscamente. sin embargo. Aquél. El capitán sonrió con una triste sonrisa viéndolos irse. Casi tenían la seguridad de ello. Las manos a la espalda y la vista clavada en tierra. No quería morir. — Ahora nos vamos —dijo Bernardo. Todo estaba sumido en la penumbra mortal. muerto de una herida desgarrada. Si estuviera la señorita Inés. Roso Días. se sentía que de un momento a otro podía entrar la muerte. en medio de los hombres afanados en destruirse. El cura aproximó una silla. Solo y enfermo. así también podía perderse su vida estúpidamente. — Está bien. sosteniéndolas atadas con un pañuelo. Boves está atacando en La Puerta.cobarde se le revelaba. tan sólo había vida en los labios del cura que rezaba. Tal era su aspecto de desazón y de anormal inquietud. Aplicó las hojas alrededor de la frente del inglés. hasta que al fin.

. El coronel. sonriendo. habló a Bernardo: — ¡Uf!. sobre todo. Pero te voy a dar un compañero. Un pág. Después mandó al ordenanza a advertir que trajeran dos caballos. El ordenanza lo avisó al coronel. de destructora fuerza. de lo que no se salva ni salvándose es de enfermedad y de médico. que nos sacrifiquen como ratas. es estúpido que nos maten como perros. ¡Yo quiero vivir! ¡Yo quiero vivir! Y después. pero ya él había resuelto consolarlo a su manera. Bernardo por señas le quería dar a entender que era una crisis de nervios. — ¿Cómo están las cosas? — Muy mal. Se mordía el borde del traje. empezó a llorar infantilmente. Ya no hay remedio. El coronel insistía en sus consejos y Fernando en su desesperación. — No se aflija. "258” hombre entró. y habló con precipitación: — Coronel. tan agitado y sudoroso como el que había venido en la mañana. creyendo que podía estar loco. — Nos van a sacrificar —gritó al fin. Bernardo quiso calmarlo. cuando oyeron en la puerta la arrasada de un caballo que se para en seco de una carrera violenta. lo saludó. — ¡Fernando.. le hizo servir un trago de aguardiente y.— Sí. Yo también tengo algunos papeles que mandarle al general Ribas. y no se aflija! Mire. mientras se paseaba aún más vertiginosamente: — Tres mil hombres. no! ¡Déjame! ¿Por qué? ¿Por qué nos quieren sacrificar? ¿A quién dañamos con vivir. ¿quién le ha dicho que lo van a matar? De lanza se salva uno. tan llenos de injusticia. él se apartó a un lado como pensando en algo grave. También necesito un caballo de remonta para seguir para La Victoria con unos despachos. Bueno. Y. mi coronel. contra todos los hombres. "257” angustia incontenible.. de estupidez. cállate! ¡Cállate. — Muy bien —respondió éste. Pero él gritaba más. ¡Tres mil hombres. Al fin llegaron los dos caballos. sentía un grueso nudo atravesado en la garganta. — Es imbécil. Fernando! Hay que ser hombre. contra Dios. cada cual sumido en sus propios pensamientos. Sentía odio contra el coronel. ¿Y cuántos cree que son los nuestros? Y sin esperar la respuesta agregó.. como en todas sus crisis. a quién hacemos mal con solamente vivir? Nos van a matar a todos. se acariciaba las manos. Le parecía entrever la muerte inminente y enorme cerniéndose sobre todos ellos. Todo lo que antes habían sido sólo amagos de temor o inquietud. contra Bernardo. los ojos le ardían como si fuera a llorar. nada más! La afirmación del coronel sumió a Fernando en una pág. Y dirigiéndose al posta: — ¿Tú sales ya para La Victoria? — Sí. Fernando hacía lo posible por disimular sus sentimientos. era ahora miedo desatado. señor. Roso Días dio orden de que le prepararan un caballo al posta. Desde la llegada del mensajero. Vio al coronel. mi amigo. Adentro todos guardaban silencio. mientras el hombre bebía y se refrescaba del sudor. gritándolo. ahí tienes la bestia. que aliste su gente y la tenga preparada a la entrada del pueblo. Este como que se nos enfermó también. — ¡No. Boves viene cargando duro. . ¡Eche para adelante. El coronel Días lo observaba con sorpresa. de orden del general Campo Elías. contra todas las cosas. de algo nos vamos a morir.

Boves nos va a matar a todos! — ¡Misericordia! ¡Por el amor de Dios. las mujeres. Después abrazó a Bernardo. ya el coronel había empezado a dar órdenes para organizar su pequeña tropa a la defensiva hacia la parte del pueblo que daba al camino de La Puerta. al coronel y a Bernardo inmóviles ante la puerta. para cuando lo necesite. que contenían relaciones de raciones y otras cosas sin importancia. Una mujer gritó: — No nos dejen. Antes que acabaran de borrarse entre los árboles que limitaban al fondo la sabana. Bernardo. Desde la puerta el coronel volvió a hablarle: — Felicidad. "259” — ¡Cómo no. pero esta vez quietas y agradecidas. ¡No los vamos a abandonar! ¡Nada de eso! Aquí estamos para morir defendiéndolos. Y otras voces le hicieron coro y se confundieron a la suya con igual desolado timbre: pág. habló: — No. ahora es cuando yo cuento con todos ustedes. y aún por mucho rato continuó viendo. De nuevo las voces volvían a alzarse. Con voz reposada. que dominó el tumulto. no nos dejen! A tal punto llegó el incendio pavoroso de los gritos y las súplicas. Y cuente con Roso Días. ¡Que no me falle ninguno! ¡En el nombre de Dios! El pelotón se puso en marcha a través de la ciudad. hizo un lío con ellos y llamó a Fernando. los ancianos. que es su amigo. Fernando ocultó el paquete de papeles entre la faja y montó a su turno. Lo que deben hacer es reunirse todos en la iglesia para yo ponerles una guardia que los cuide. Veían la tropa en marcha y se imaginaban que el destacamento los iba a abandonar. Roso Días los arengó: — Bueno. Había querido salvarlo. Lo que pasa es que vamos a acomodarnos en la entrada porque es mejor. Puso al galope el caballo. Que Dios te saque con bien. Al sentir pasos en las calles volvían a salir apresuradamente los escasos habitantes. yo se lo agradezco mucho. — Coronel. en La Victoria. cuyos bríos se impacientaban. muchachos. — Venga acá. Lo que le falta es costumbre. — Buena suerte.Tomó de sobre el cajón un puñado de papeles. Lo voy a mandar con el posta para que me lleve estos papeles al general Ribas. que el jefe resolvió darles una explicación. No nos abandonen. llevando a un lado el mensajero. "260” — ¡Llévennos con ustedes! — ¡No nos dejen morir! — ¡Si nos abandonan. con ojos manchados de lágrimas. No bien había terminado de hablar cuando ya las primeras gentes corrían en dirección al templo. señor. Los niños. Detrás cabalgaban el coronel y Bernardo. Cuando estuvieron formados. Bernardo correspondió melancólicamente. hijo! Y le tendió su callosa y fuerte mano. Dígale también que usted tiene todas mis recomendaciones. — ¡La Virgen del Carmen se lo pague! — ¡Dios lo guarde! — ¡Bendito y alabado sea el Santísimo! . las viejas rezanderas. mi amigo: yo sé que usted no tiene miedo. Eso nos ha pasado a todos. Fernando comprendió el gesto de aquel hombre rudo. El posta ya estaba sobre la bestia. mi amigo. los veinte soldaditos evolucionaron sin vacilaciones. ¿Me deja usted darle la mano? pág. Silenciosamente.

no hay fuerzas. se distinguió un numeroso destacamento a pie. sospechando que fuese una maniobra hábil del enemigo. Yo no tengo sino veinte hombres. Dieciséis soldaditos para defender la ciudad y la vasta sabana. por sobre aquellos hombres que habían batallado con heroísmo y no habían encontrado sino el dolor. "262” Al fin se resolvió: — Aquí. El camino se metía recto por la sabana rasa hasta desaparecer en una hondonada cubierta de vegetación. El efecto de las palabras fue inmediato. Los demás. y él iba a negárselos. — ¿De dónde? — De La Puerta. Y en todo aquel revuelto hato de gentes nadie gritaba. — ¿Para dónde van? — Nos dijeron que había fuerzas aquí en La Villa. Envidiaba la cobardía descarada de Fernando. se desgarraba en grandes lagunas azules. como a distancia de un kilómetro. Manchados de sangre. Temía desmoralizarlos del todo. ahora rota. Algunos daban traspiés apoyados sobre los otros. Sabía que su respuesta podía desalentarlos. venían sostenidos por una ficción. comenzaba a inquietarse. Ya bien entrada la mañana. Llenos de barro. Les parecía no oír sino la voz de sus propios presentimientos. Bernardo. Se encendieron luces de pavor en los ojos y la desesperación rasguñó las carnes. llevaban a uno que gemía. El cielo. — ¿Qué les pasa? El oficial mostró su acompañamiento con un gesto extenuado y agregó después: — Venimos derrotados. Roso Días se adelantó a caballo a encontrarlos. con las armas colgadas a la espalda como frutas. pág. Aquella tropa resultaba irrisoria. No traían bandera y marchaban en desorden. Cuando llegaron a la salida el coronel repartió su gente al abrigo de unas paredes. Venían marchando desde la carnicería clamorosa en busca de reposo y seguridad. pág. Su vista daba la evidencia de la guerra. que había amanecido encapotado y gris. algunos tiradores puso detrás de gruesos árboles. Las palabras perdían su valor significante. cargado como fardo. después un haz de sol cayó sobre un pedazo de sabana y la puso clara. Antes de responder. A la cabeza venía un oficial joven. sable en mano. Entre dos. y él y Bernardo quedaron en medio del camino haciendo de centinelas. Roso Días paseó de nuevo su mirada por sobre el rebaño doloroso. de sudor. podía dar un golpe definitivo a la escasa energía que guardaban aún sus corazones.El coronel destacó cuatro soldados para montar guardia en la iglesia y continuó con dieciséis. "261” Cada quien sentía lo trágico del momento y no osaba hablar. nadie hablaba. saliendo de la hondonada. en La Villa. El coronel. Era una empresa de locos. aun a pesar de ser despreocupado. preparó la tropa y espero que se aproximara más aquella horda. — ¿Los derrotó Boves? — ¡No! ¡Acabó con nosotros! — ¿Mucho muerto? — Casi todos. de cansancio. Cuando estuvieron cerca se pudo ver bien lo que eran: hormiguero humano revuelto y empavorecido. Exhaustos. Desde allí hasta las primeras casas era campo abierto. mogote verde entre manchones de tierra amarilla y uno que otro árbol solitario. En La Villa no podían encontrar socorro ni .

¡Boves invadía! Había quienes se atareaban en descubrir augurios. compactos como atajo espantado. Pero el joven oficial. Sobre la sabana ancha eran un puñado de hombres entregados a la muerte. conmovido. ¡Siete mil caballos en avalancha sobre los campos! Con ojos desorbitados. Los ojos convergían en la hondonada del camino. Al fin.descanso. arrasadores como creciente. El cielo se despejaba perezosamente. en las formas que revestía una nube en el horizonte. Casi desnudos y oscuros como sus caballos. Y así como la ola llega y pasa sobre las piedras y prosigue. Se veían venir inminentes. nadie habló. Algunos jinetes cayeron. Tornaba a estacionarse el tiempo. salvo la hoja de la lanza que el sol encendía. Todos querían preguntar a los recién venidos detalles sobre la invasión. en la dirección que tomaba el vuelo de un pájaro. sobre la que las lanzas ardían claras como llamas. A cada segundo el ansia ominosa crecía. como animales perseguidos. dos. de los nervios y de la espera desesperada. era inhumano. "264” las .. de la fatiga. para distraer sus nervios de aquella atención insoportable. ni los árboles. Roso Días distribuyó a los recién venidos en la misma forma que lo había hecho antes con los suyos. aquí nos quedarnos. un grito de una resonancia inhumana los estremeció a todos: — ¡Ahí están! ¡Ahí vienen! De la hondonada plena de árboles comenzaban a desbordarse como hormigas.. y el otro. La tropa descargó los fusiles. los soldaditos los veían llegar. ni la sabana. pero preferían callar. aquella lluvia oscura. El sol iba alto y su luz bañaba todas las cosas. como agua incontenible. así la caballería de Boves llegó y fue a chocar contra pág. Si está de Dios morir. jinetes innumerables en tropel. sin objeto. les habló: — Muchachos. Ya no se veía la hondonada. irresistibles. — Los que estén en buenas condiciones se quedan aquí conmigo. Los más pequeños ruidos tomaban una significación monstruosa. Al mediodía el sol calcinaba la tierra amarilla y hacía vibrar el trasluz de las cosas como sobre el fuego. tres. Ahora de nuevo la expectativa se hacía larga e insoportable. pero parecía oírse el jadeo unánime. ¡qué se va a hacer! Entre los soldados nadie chistó. Ahora contaba con setenta hombres. como una fuerza de las cosas. tomó las disposiciones necesarias.. resueltamente. y carecían de fuerza para marchar. creían hallar avisos de que iban a morir o a ser salvados. En el modo como caía una hoja planeando en el aire. formado por los heridos y por los que los transportaban. en el galope hacían una sola mancha. se fue a la iglesia. acompañado por Bernardo y el oficial. sino aquella mancha oscura. Los pág. Era horrible. A los heridos los llevan a la iglesia. guiado por un soldado de la guarnición. más lejos. de donde se esperaba que surgieran los invasores. Comenzaba a poseerlos la modorra del calor. Los demás pasaban sobre ellos y continuaban. Volvió a situarse en medio del camino para estar alerta. Uno con sus armas se situó a un lado. Bernardo contaba: uno. La horda se dividió en dos grupos. Roso Días. "263” hombres sentían los pulsos batiendo como campanas. Los tiros se ahogaban en el trueno de la caballería lanzada a la carrera furiosa.

Llegaban. y al oficial joven arrojarse contra la masa oscura erizada de lanzas y desaparecer. — Ya yo estoy mejor —dijo. — ¡Estamos perdidos! —le gritó al verlo— ¡Perdidos! Con el aspecto acobardado de todos contrastaba la cara tranquila del capitán David. A la puerta de la iglesia halló los cuatro soldados de guardia. — ¡«Regina coeli»! — ¡¡¡«Ora pro nobis»! —rugían todas las bocas angustiadas. De afuera comenzaban a llegar los gritos salvajes de los lanceros. arracimados. en la resonancia de la nave. Dios mío! pág. Golpes formidables resonaban en la puerta. adelante las lanzas. repetido en tiempos iguales y seco. con un fuerte crujido. como si abatieran contra ella un tronco de árbol. Por último. El coronel Días tuvo tiempo de volverse a él: — ¡Corra! ¡A la iglesia! ¡Organice la gente! Oyó apenas. con los brazos en cruz y golpeándose el pecho de una manera desesperada. yacían sobre el suelo. que iba a dar paso a la muerte. picó espuelas y se lanzó a la carrera loca. de rodillas. "265” Atravesando por el medio de la muchedumbre. que estás en el cielo. junto a Roso Días. Bajo las patas de los caballos vio desaparecer los primeros soldados. apostados tras los árboles. al otro extremo de la sabana. un solo grito de espanto llenó el recinto. La mezcla de voces resurgía indiscernible: . El golpe continuo resonaba y crujían los viejos hierros de la cerradura. Los heridos. rodeaban al cura. Todos fijaban los ojos en aquella puerta. todo el resto de los habitantes. Bernardo llegó junto al inglés. ¡Sálvanos! ¡Sálvanos. blancas cabezas de viejo. Los gritos afuera y las oraciones adentro. abruptos. que desde el altar dirigía las oraciones. la cerradura cedió y las hojas se abrieron. delante venían los mismos caballos veloces y los mismos ojos ávidos. Volviendo la cabeza vio a Roso Días. algunos imploraban a Dios en oraciones improvisadas. que levantaba un eco prolongado en las paredes gruesas. a lo largo de las calles. los niños. ¡Siete mil lanzas de frío hierro mortal! Bernardo. — ¡«Consolatrix aflictorum»! — ¡¡¡«Ora pro nobis»! — ¡«Stella matutina»! — ¡¡¡«Ora pro nobis»!!! Independientemente del rezo en común. recién llegados. Tuvo tiempo de saltar del caballo y gritarles mientras entraba: — ¡Boves llega! ¡Cierren bien las puertas! Obedecieron. que continuaba echado sobre los dos bancos. Era un golpe monótono. La iglesia penumbrosa estaba llena de gentes. los veía llegar devorando el espacio bajo las patas de sus bestias cerreras. creaban una atmósfera enloquecedora. y los ancianos. Los invasores abatían sus armas sobre todo lo que estaba a su alcance: espaldas de mujer. — Dios mío. estaban sobre ellos.paredes de las casas. ¡Boves invadía! Todos los que rezaban quedaron en silencio. Un oleaje de hombres se precipitó por entre ellas. que era su última defensa. en aquella puerta. Sin articular palabra emitían alaridos roncos y pavorosos semejantes a los que los ganaderos emplean para arrear el ganado y atropellarlo. en el mismo rincón. Se sentía el choque de una pesada viga contra los batientes. Y haciendo un esfuerzo logro sentarse sobre el banco. las mujeres.

Lo devoraban con las miradas mientras se persignaban temblando de angustia. Bernardo y el inglés lo observaban a distancia. la de los que rezaban. Y de pronto. con los instrumentos bajo el brazo y el pavor en la cara. los disparaban como piedra de honda. Hasta recordaba sus frases: «En la guerra no matan sino al que tiene miedo».la de los que morían. la de los que aullaban de miedo. Entre los de la escolta. la primera lanza del Llano. penetró un escaso grupo de hombres recios que le hacían escolta. No se oía sino el golpe fofo de los cuerpos cayendo sobre la tierra. Entre ellos se mezclaban llaneros ágiles. "266” templo. que traducía el dolor. El caballo negro vino a detenerse en medio de la nave. Bamboleaba una lámpara. un pedazo de puerta cayó sobre un grupo. en el puño sólido la lanza. . el hijo del Diablo. entre la luz penumbrosa. — ¡Que les den palo! ¡Palo a los que no bailen! Varios hombres llegaron hasta los que habían permanecido quietos. pág. Boves dictó una orden breve con voz áspera: — ¡Despejen esto de los heridos y traigan música! Los lanceros pusieron manos a la obra. que tuvieron buen cuidado de abandonar el banco y mezclarse con los otros. Era el hombre misterioso que había hablado con ellos la noche que les robaron las cabalgaduras en la posada de Magdaleno. los moribundos. el pelo rojizo. y a golpes con los cabos de las lanzas los obligaron a entrar en el ritmo monótono. fuerte. Se oyó una voz martirizada: — ¡¡¡Boves!!! Detrás. y que toquen —ordenó el jefe. los hombres que gemían. viendo hacia la entrada. — Acomódelos. Los colocaron en un ángulo y al instante comenzaron a producir una música seca e interminable de baile negro. El jinete sonreía complacido entre el miedo de la muchedumbre. que se repite sobre los mismos tonos y cuya gracia la da el movimiento de los bailarines. los ojos claros. tomaban una mujer a la fuerza y la metían en el vértigo de sus danzas furiosas. la nariz ganchuda. Entre ellos el capitán y Bernardo. Sólo quedaron adentro las gentes en pie. con el ala del sombrero vuelta hacia arriba. Sobre un caballo negro. Tenía cierta gallardía. — ¡A bailar! ¡A bailar! ¡A bailar todos! Y los que tenían miedo y las mujeres llorosas empezaron a balancearse los unos y los otros. el cuerpo de un niño rebotó sobre el altar y echó por tierra todos los cirios y flores. y haciéndolos voltear sobre sus cabezas con brazos hercúleos. todos aquellos demonios lanzados a destruir cesaron en su obra y quedaron inmóviles. como todos los demás que llenaban el pág. Volviéndose hacia el hombre más próximo. Aquella fisonomía le recordaba algo. Tomaban los cadáveres. En poco tiempo estuvo el recinto libre. a pie. "267” Al cabo de un rato llegaron dos hombres trayendo a un guitarrero y a un tocador de tambor. Un hombre cruzaba el umbral. Sobre el caballo. Aquél era Boves. Bernardo vio un indio alto. lejos. la sonrisa fría relampagueaba por encima de todo el movimiento desatado. con movimiento torpe y constante. arrogante. en medio de la calle. esperaban sin bailar. junto a una columna. Estaba seguro. y casi con los mismos ojos angustiados de todos los demás. Parecía gozar con el sadismo del pavor. el amo de la legión infernal. Bernardo y el capitán.

y aproveché para traerme los caballos que tenían. y cabezas. Sueño. sin esfuerzo. girando al compás monótono. se le hacía angustioso perecer fríamente. — Bueno —dijo Boves—. dirigiéndose a Bernardo: — Usted sí es criollo. entre la luz tamizada. parecía acabar y recomenzar a cada instante. pág. El cura. — Yo soy un oficial inglés. los padres. lo matan mañana. No le hubiera importado morir en la guerra. de glorificación a la fuerza. con la música que repetía siempre su solo motivo. Pasaban por su lado los bailarines como sombras. ante el hombre soberbio sobre el caballo negro. Muy mal hecho. de espaldas a un muro. todo acababa. Un viejo obeso.La música. Al anuncio de la muerte los dos palidecieron. — ¡Palo con él! ¡Que baile! Y a golpes la sotana comenzó a inflarse entre los bailarines. Bernardo se llenó de indignación. El llamamiento a la vida se le concretaba en imágenes: Caracas. Lo sacrificaba a él y a todo lo que estaba en él. las siluetas mudas. este par de hombres los encontré yo por Magdaleno. "269” para él en aquel mismo instante por una simple orden de Boves. y parecía un solo gesto repetido al infinito con un propósito de martirio diabólico. Los cuerpos se desplazaban con el mismo movimiento de balanceo insistente. ojos blancos. El inglés saludó y dijo: — Gracias. Su cabeza me responde. bocas abiertas. El indio rió silenciosamente. La música menuda y el ruido de los pies sobre las baldosas girando. Luego reaccionaron de distinto modo. Al que no lo matan hoy. futuro. cráneos calvos. la guerra se está poniendo fea. Caracas. aquel baile tenía algo de liturgia primitiva. todo lo que ya no vería en la realidad. Un hombre tropezó a Bernardo y al capitán. Se sentía al borde del sueño. se balanceaba solo. como los ojos. Entonces el indio arrogante intervino: — Mi jefe. — ¿Y anda sirviendo con los insurgentes? — Iba a hacerlo. Todo lo posible y lo imposible acabarían pág. los cabellos. Y luego. la patria. El Ávila. morir batallando. La lucha. Benicio. Dentro del edificio religioso. señor. . — ¡Ajá! ¿Conque pescamos un catire? Usted. Desde lo alto los contempló un rato antes de hablar. el Avila. pero una enfermedad me lo ha impedido. llena del brillo de la baba y los dientes. señor. ¿quién es? El inglés pensó que responder con franqueza y dignidad sería el mejor partido a tomar en aquel trance. sin gloria. La guitarra y el tambor se desgranaban. regidos por los golpes iguales sobre el tambor. — ¿No quisiera regresar a su tierra? — Todavía no. abierta. cortada como hipo. que estaba escondido en un confesionario. A lo que el jinete agregó con sorna: — Y los dejaste desmontados. Se les arrastró a la fuerza hasta donde estaba Boves. la boca fatigosa. su casa. "268” — ¿Y ustedes quiénes son? No respondieron. obra. Y volviéndose al indio Benicio terminó: — Saque estos insurgentes y fusílelos. los dientes. delante de ocho bárbaros que apuntan. Fernando. Grandes risas bárbaras celebraban el espectáculo. Pero como que tiene cara de mantuano. fue sacado a la fuerza. desnuda la panza por entre la chaqueta rota. sin pareja. Iba a decir algo. Yo los voy a sacar de penas.

y mucha seda. cuando llegaron a Garabato. nerviosa. queriendo caer aturdidos de vértigo. los hombres acostumbrados a violar las mujeres. como encarnizados contra ellos mismos. y para «La Carvajala» la vida había vuelto a perder aquel sentido nuevo que adquiriera. y toda su tropa. Ahora poco le importaba quedarse en un pueblo. que habían llenado el pequeño pueblo con su vida bulliciosa y loca y que. el estrecho corredor. sobre el caballo negro. El movimiento idéntico. "270” XI «La Carvajala» terminó de lavar el pañuelo ensangrentado y lo tendió sobre la rama de un limonero para que se secara al sol. verlo toda la noche con ojos iluminados de dulzura y dolor.Marchaba entre dos soldados. — ¡Yo haré real en la guerra. y collares. Por aquel recodo se habían ido ellos. y todos los hombres la habían visto con humildad: los soldados ebrios. En tres peleas yo me hago jefe. ella cabalgando junto a él. Y él la alojó en su propio campamento. un macho. y cuando oyeron el ruido de la descarga de fusilamiento. Te daré bastante para que andes vestida como santo en procesión. mecánico. como lo había hecho toda la mañana. Sentía ternura por él. menuda. Aquellos dos días fueron algo extraordinario en la igualdad de su . Se habían ido. No tenía que hacer esfuerzo para volver a ver y a oír pág. Ella valía para él seguramente más que la vida. y te daré bastante. "271” todo de nuevo. Tendrás camisones lindos. Y el coronel Zambrano la había saludado con respeto. Lo había visto estrellarse contra una puerta como un toro salvaje. Todos ellos. de paredes amarillas. volvió a encenderse la sonrisa de Boves. marcándoles en los hombros blancos la huella profunda de los dientes. como si estuviera realmente sucediendo en ese instante. lo dejaban más quieto. En Garabato no pululan las gentes. Continuaban bailando como enloquecidos. los negros lascivos. Presentación Campos era un hombre. Por allí se habían ido en la mañana el coronel Zambrano y Presentación Campos. y un chinchorro de moriche que valga cien pesos. que desde afuera inundaba la iglesia. más silencioso. todo porque ella era la mujer de un jefe. pág. o marcharse por los caminos a la buena de Dios. por donde el camino se salía del pueblo. Atravesó el patio. «Carvajala». Habían sido los mejores días de su vida. «Carvajala»! Y la primera noche. La mujer lanzó sus miradas por la calle desierta y vio. Súbitamente calló el tambor y no continuó sino la guitarra sola. en toda la noche. Vio y suspiró. como buscándole una vía de salida al dolor. La noche anterior él dormía a su lado y ella no había hecho. como lo había hecho media hora antes. hablando de cosas vagas y esperanzadas como ella nunca las había oído de hombre alguno. o cuidar un herido. Algunos lanceros comenzaban a precipitarse sobre las mujeres y las besaban. Y el día anterior lo habían pasado hablando. ahogados dentro de la propia carne palpitante. más solitario que nunca. Después de todo. hacia el recodo de la última esquina. Todo lo que había vivido antes y todo lo que quedaba por venir le era indiferente. Su rostro trascendía tristeza. donde la única cosa distinta era el cielo azul. y ella lo quería. sino verlo. Se ponía a imaginar. y se asomó a la puerta pequeña que daba a la calle llena de sol amarillo. para él la vida tenía poco valor. al irse. de polvo amarillo. — ¿Qué pasa? Y una voz ronca explicó: — Que el del tambor tenía miedo y le tumbé la cabeza. continuaba. redoblaron la velocidad de sus vueltas. En la penumbra. — Yo haré real en la guerra.

Si él no regresaba. que le tiznaba de un lila asqueroso y deforme toda la piel. y luego volvía al camino. Habían sido los más bellos días de su vida. «La Carvajala» sentía un incontenible deseo de llorar. y ella. y le ató aquel pañuelo que ahora estaba secándose sobre el limonero.. y la llamó desde la puerta. Cuando hayamos ganado. Si lo mataban. Era cosa buena para ponerse triste. vestida de pingajos sucios. Pero lo había dicho. Por la mañana había llegado aquel hombre a caballo. y había oído decir también que se había hecho muy rico con los saqueos. Desde que se fue de su pueblo en el Llano arriba. desde aquella misma puerta. que no podía traer sino malas noticias.. "273” Y como la calle estaba sola. Mejor es no pensarlo. siendo una muchacha. y volvería. Se había ido Presentación Campos ¡Cómo anda ligero un caballo al paso! Acababan de montar en la puerta y ya estaban en el cabo de la calle. Pero tú te quedas. cuando llegó el coronel y dijo: «Este hombre se ha portado como un macho». con el rostro bañado en sangre.. Presentación Campos mismo se lo dijo: pág. Se había ido la tropa. «La Carvajala» estaba triste. Andaba guerreando por el placer de que los hombres no se quedaran tranquilos en sus casas. si quiere. los brazos perfectos. y «La Carvajala» podría ser feliz. dulcificando la voz con tono compasivo: — Venga acá. que era como una herida. una mendiga. En cuanto no más derrotemos a ese vagabundo de Bolívar. "272” — Nos vamos. y ya estaban en el otro lado del recodo. Ahora estaba en trance de que volviera a comenzar aquella existencia. los pies dentro de los restos de unas botas graciosas.existir. repugnante. el sol le recortaba el contorno con nitidez.. Si llegaban a matarlo aquellos bandidos de Bolívar. Lo único que se atravesaba en el camino hacia su felicidad era ese Bolívar. Era una mujer. y a otro pueblo y a otro camino. Pero. ella podría contar a las gentes asombradas que había sido la mujer de un jefe.. llegar al recodo por donde el camino se sale del pueblo y cruzar el Norte. y en la cara la cicatriz de una quemadura enorme. yo vendré a buscarte. adivinó quién era. o ambas cosas. desde el oído hasta la boca. Y después. Sobre la tierra amarilla. y siguió después. Un hombre tan hombre no podía decir mentiras. y hasta las hojas de los árboles estaban quietas. acabarían con él. trabajaba o se vendía a los hombres. No contaba sino con los caminos. «La Carvajala» lo recordaba y le venían amagos de ira. hacia las tierras donde la guerra ardía. Llegaba a un pueblo.. en que Presentación Campos lo derrotarían. y ya no los veía. Por la mañana se había ido la tropa. ¿Por qué podrían existir hombres tan malos? Pero tenía fe en que Boves. cuando le pidió que le contara su vida. «La Carvajala» lo había oído decir. Desde la primera vez que lo vio se lo había conocido en la cara. Ya tenía algo maravilloso que contar: adonde llegara. Pero toda aquella cosa tan magnífica había sido rota de pronto. Debía ser un mal hombre. Desde que lo vio hundir la lanza en el costado del fugitivo. Cuando lo encontró en el patio. Y después. en el confín del mundo que estuviera. entre y descanse un rato y tome algo. Al fin y al cabo era mala suerte. hermana.. «La Carvajala» sintió lástima. que habló un rato con el coronel Zambrano.. ¡Vamos a pelear! El general Boves ha vencido en La Puerta y va a atacar La Victoria. o curiosidad. pág. los vio marcharse. Lo había visto bien al pasar: un hombre mal encarado. . casi desmayado sobre el caballo. Y después. nunca había tenido grandes goces. no se veía una persona. ni un animal. Era un amo de hombres. la única persona que desembocó por ella llamó su atención. Continuaba inmóvil en la puerta sobre la calle solitaria de Garabato. ni una sombra.

. — ¡Ay. La tomó de la mano y la hizo entrar. La mendiga bebió el agua de un trago y consumió con voracidad la escasa comida que le proporcionaba la otra. Anoche durmió conmigo. pág. Terminó de comer y volvió a internarse en su misma actitud extática. quieren la guerra. las mujeres somos muy desgraciadas! La mendiga asentía con la cabeza... Tenía ojos negros. Vio la forastera pedigüeña.. hermana. — ¿Quiere comer algo? No se movió siquiera. — ¿Dónde está él?— volvía a preguntar la mendiga con entonación uniforme. — ¡Ay. palo porque me da la gana. La mendiga. ¿Dónde está? El asombro la desbordó. no me hubiera importado nada que él me hubiera metido en una cueva. llegó a olvidar que la pregunta la hacía una extraña recién venida. estaba como sin oír palabra.. Pero.. De cerca pudo verla mejor. Ay. habló sobre el tema que estaba en la periferia de su conciencia: — ¡Ay. — ¿Quiere tomar agua? No respondió. La mendiga suspiró.. No les gusta lo que tienen.Al oír que le hablaban. venida de Dios sabe dónde. ¡pst! A mí. Y cuando ya creía que me había acomodado. pareciéndole más bien que la formulaba su propia ansia. y se le advertía en los ademanes cierta gracia delicada. Pero. trocó su expresión de ausencia por un aspecto de profunda y angustiosa obsesión.. hoy. la única pregunta que hiciera fuese justamente aquélla! La mendiga repitió la pregunta y tornó a hundirse en su silencio. hija! Hombre metido en la guerra. pero he sufrido. Hubiera sido bonita sin aquella quemadura atroz. ¿qué quiere usted? Así son los hombres. hoy. el Diablo sabe dónde para. de verdadita. no crea que no la compadezco viéndola tan maltratada! A usted se le ve por fuera. y hasta en el movimiento rígido de los ojos tenía cierta cosa de automático. La voz de la forastera. hermana —proseguía «La Carvajala»—.. . No pudiendo más. profundos y muy hermosos. Caminando. — ¿Dónde está él? «La Carvajala» quedó un poco desconcertada por la pregunta.. ¡Que una mendiga que nunca había visto. instantáneamente. — ¡Ay.. a mí tal vez no. Habló con una voz que se construía en el latir de la carne. de loco. «La Carvajala» lo advirtió. arrastrada por el impulso inconsciente que sostenía la figura del guerrillero en el dintel de todas sus asociaciones y procesos. anda en la guerra. De todos modos fue a buscarle algo para socorrerla. En el corredor le ofreció una silla de cocuiza tejida. hermana. Presentación Campos.. si tienen el trabajo. un pedazo de queso y otro de papelón. "275” — ¿Quién es él? — El. o sentada.... y regresó trayendo agua fresca en una totuma. palo porque no. — ¿De dónde viene? Tampoco respondió esta vez. continuaba ensimismada. "274” para los nervios de «La Carvajala». «La Carvajala» sintió por primera vez la voz ajena. que desde que nací no he hecho sino llevar palo! Palo porque sí. Que si están tranquilos. quieren el trabajo. él. sin noticia de sus sentimientos. «La Carvajala» se sentó enfrente. de inconsciente. ayudada por la simple mecánica de sus ideas. la mendiga se aproximó. acogida por ella misma. y el silencio se hacia insoportable hasta la inquietud pág.. dígamelo a mí.

. Hacía mil conjeturas. Me besaba. Medio desnuda. pero sus dedos resbalaron sobre la cicatriz. — ¡No se desespere. el que se alzó contra mí. Una muchacha bonita. Pero sin hacer caso. ninguna llegaba a explicarle aquel hecho. Hasta que no encontré la primera . en el otro pueblo me dijeron que estaba en el otro pueblo.. pero eso se le quita con el tiempo. en el otro pueblo me dijeron que estaba en Garabato. — ¿Para qué lo busca usted? — ¿Dónde está Presentación Campos? — ¿Para qué lo busca una mala mujer como usted? — ¡No! Yo no soy una mala mujer. mi hija! Mire que las mujeres no hemos nacido para otra cosa sino para sufrir. con mi casa. su propia mortificación la ayudaba a comprender la de la otra. me arrancó la ropa con sus manos horribles. ¡Dios mío! ¡Dios mío! Le pegó candela a mi casa. sin que me viera nadie. — ¡No! Fui bonita. por la ventana. ¡Entraba la candela por la puerta. Casi tenía ganas de acompañar a la mendiga en el llanto. me fui para donde me llevaban los pies. ni los esclavos. no diga eso! — Todo lo que le haga es poco. sus magníficos ojos pág. donde nadie me conociera. agregó: — ¡Segurito que fue la guerra la que la embromó! ¿A quién no han fregado con esa maldita guerra? La otra continuaba el hilo de sus propias ideas. Le daba lástima y quiso consolarla.. — ¡Jesús. La narradora comenzaba a llorar. Irme donde nadie me viera. como ella. Estaba propicia a sentir lástima y dolor. con todo lo que podía querer en el mundo. Y todo eso lo perdí. que la destrozaban y nadie venía a ampararla. — Yo lo que quiero es encontrarlo. nadie. me destruyó todo. hasta los otros mendigos por los caminos. Nadie me oía. Pero después supuso que. Después. "276” negros lloraban copiosamente sobre la piel horrible. — Y fue él. se sació en mi cuerpo. gritaba. Usted tiene una quemada grande. Un hermano bueno. de haberlo sido. gritaba. qué va! Eso no es así. Lo único que deseo es encontrarlo. ¡Ahora no! Ahora soy fea. la otra continuaba. pero ninguna la satisfacía. y tampoco es una cosa así que dé asco. «La Carvajala» se conmovió. Donde lo halle lo mato. ¿qué podía hacer yo en el mundo? Huir. nadie me ayudaba. donde nadie pudiera irme a buscar. ni los animales. pero no me la había visto. ¡Cómo ardía la candela! Y yo gritaba. Tenía un hermano. mi esclavo. y esclavos. Sentía el ardor de la quemadura en la cara. Acabó con mi vida. — Y además era rica. casi sentía. ¡Ahora no! Fui buena. a mis tierras. todo ardía! Y aquella vigueta que se desprendió encendida y me dio en la cara. Y como para confirmarlo se pasó la mano por la cara. me salvé del incendio. y tierras. Revistiéndose de un aire de indiferencia. es verdad.. «La Carvajala» sentía comunicársele la terrible emoción de la mujer que hablaba. niña. las cortinas. Y después de meditar un rato. no le hubiera hecho la pregunta de modo tan intempestivo. para ella tan misterioso e impenetrable. Poco me importa vivir o morirme. cuando me ven se apartan asustados. Yo soy una muchacha buena. las matas.Sospechó que fuera una espía. me fui. No diga eso mi hija. lo mato con un alfiler largo y grande que le voy a enterrar en el corazón. En el otro pueblo me dijeron que estaba en el otro pueblo. mi perro. — ¡No. «La Carvajala» preguntó a su vez: — ¿Quién es él? — Presentación Campos.

Las señas correspondían. Y sin embargo. Pueden echar una lavativa sin querer. Se pueden engañar. El llanto la interrumpía a ratos y su dolor se hacía más patente en los gemidos animales que le cortaban la voz. Ahora soy un monstruo. que las cosas se hacen por razón de gusto? ¡Entonces. los ojos angustiados y fiebrosos. tan fresca. Un monstruo. Ahora no vivo sino para vengarme. niña! — Mi casa tan linda. Al fin. la cicatriz horrenda. «La Carvajala» sentía miedo de que en ella venciera la lástima. A veces tienen sus motivos. mi hija. La otra se contagiaba de la indignación contra el bárbaro autor de aquella destrucción estúpida. preguntó imprudentemente: — ¿Quién? — ¡El traidor. con todos pág. Aquella apología del crimen la hacía sospechar de «La Carvajala». Mi oratorio. Las gentes se deben acordar de mí. ¿Y qué podemos hacer nosotras sino aguantarlos? Una no nace sino para ser esclava del hombre. "277” los que iba encontrando era lo mismo. — El capitán David decía: «Señorita Inés. Aquella mujer no tenía más objeto que hacerle mal a la única persona que ella quería en el mundo. como tratando de justificarlo ante sí misma. Presentación Campos! Usted sabe dónde está. pretencioso. Todo se hacía súplica para venir a conmoverla. tan tranquila. incendiando una casa. y aquellas voces atormentaban a «La Carvajala» y la reducían a la desesperación.gente y la vi hacer la primera mueca de asco. pero al mismo tiempo se daba cuenta de que no podía ayudarla. dígamelo! ¡Por lo que más quiera! ¿Dónde está? ¡Dígamelo! ¡Dios se lo pagará! Le suplicaban la voz. ¿Dónde está él? «La Carvajala». lo admiraba. olvidadiza. Ya no podía vivir en ninguna parte. Aunque hubiera sucedido. Y después. Los sentimientos contrarios la dividían. mi clave. "278” — ¡Si usted lo sabe. el cobarde. A la evocación. — ¿Usted cree. siendo un siervo traidor. se acuerdan de mí por la música. no lo podía creer. — ¡Ay. no hay que ver las cosas así. mi hija. La desgracia de la pobre mujer la hacía sufrir. Credo! — Ya no tenía objeto mi huida. los harapos. — ¿Cómo es él? — Un pardo grande. no podía creerlo malo y villano. No se mueve la hoja de la mata sin la voluntad de Dios. Aunque hubiera sido verdad. casi a gritos. que no la acompañaba en su fe y que le hacía posible creer que él había sido el autor de la cobardía. Y además. ¡Dígamelo por Dios! ¡Dígamelo! «La Carvajala» se santiguó de espanto. Usted lo ha visto. que una no conoce. La mendiga hablaba ahora en voz más alta. pág. no era verdad. disparatadamente: — No. ellos también tienen sus malas horas. y no podía imaginárselo haciendo mal a una mujer. Lo quería. pues! Y agregó. «La Carvajala» tornaba a verlo. fuerte. sonriente. hercúleo. No lo podía creer. moreno. ¿Quién sabe por qué causa Campos se sublevó? La mendiga oía con interés. a pesar de que batallaba contra la convicción que quería hacerse fuerte en su espíritu. toque un minué». el cuerpo maltratado. Presentación Campos había hecho todo aquello. algo había en ella que la traicionaba. Probablemente sabía donde estaba él y no quería decirlo. le suplicaba. mi hija. — ¡Jesús. . se puso a justificar al mayordomo traidor: — Todos los hombres son malucos.

haciéndose la ignorante: — Pero. Yo le voy a enseñar por dónde se fueron. de la voluntad de Dios. Se acordaba de Presentación Campos. — Venga conmigo.. en cierto modo. Así creía ella no traicionarlo del todo. ¿Por qué me desea mal? La mendiga tornaba a llorar. pero con llanto lleno de espasmos de cólera. Una mujer que toma parte con el Diablo contra los ángeles. — ¡Jesús. yo creo que lo vi. una mujer mentirosa —gritaba la mendiga—. en donde el camino se bifurca en dos sentidos opuestos. y ella ahora lo traicionaba. — Venga conmigo. Llegaban al recodo. — Usted lo ha visto. continuaba tratando de defenderse con evasivas: — Ellos no se pararon en el pueblo. no me diga así! Si yo a usted no le he hecho nada. dígame. silenciosa. Uno por donde había tomado el destacamento. Muy de a caballo el hombre. Por aquella misma calle había salido él confiando en ella. ¡Trigueño él! — Sí. lo más que yo puedo decirle es el lado por donde cogieron. los ladientes parejos. «Carvajala». que ya veía una brecha por donde salvarse de la ira divina y al mismo tiempo no traicionar del todo a su hombre. que le habían dado esperanza: «Yo haré real en la guerra. pág. ¿Para dónde fue? «La Carvajala».. una mujer que para defender un mal hombre engaña a una pobre desgraciada. Fingiendo que recordaba. mi hija. — ¡Usted es una mala mujer y Dios la castigará! ¿No le da lástima verme en este estado? Usted sabe dónde está él. «La Carvajala» marchaba adelante. pág. Usted ha tenido que verlo pasar. Comprendía que Dios podía castigarla por haberlo mezclado a aquella sucia cosa. ¡Uhú! ¡Eso es! Sí. ¡ajá!. con el miedo en el alma supersticiosa. tomó por el brazo a la mujer suplicante. La mendiga se levantó y marchó detrás de ella. Ante aquella alusión al divino nombre. Tomaron la calle hacia la salida del pueblo. la otra comenzó a decir: — ¡Ajá! Sí. «La Carvajala» sintió un poco de miedo. Levantándose. angustiosa y amenazante. con el pelo liso. «La Carvajala». por obra del azar. Una sonrisa de contento hacía asomar los dientes menudos por entre la boca asquerosa. frentón. ¡Dígamelo. "280” Lo que deseaba más ardientemente era dejar de verla. ¿Pero cómo quiere usted que yo sepa los nombres de todos los que iban? Una porción de hombres que yo no conozco. comenzó a defenderse de aquellos anatemas. dígamelo! — ¡Qué voy a saber yo! Pero ganando más terreno el temor en su espíritu terminó diciendo: — Yo he visto pasar una fuerza. antes de decir la verdad. ¿Dónde está? ¿Dónde está? Entonces.— ¿Cómo puede usted hablar de Dios para defender tamaña infamia? —gritó casi con ira. y que . Quitarse de delante aquella presencia horrible. de su aire vigoroso y confiado. de su facha autoritaria. comenzó a preguntar. sí. de sus palabras. frentón. "279” «La Carvajala». Ese. iba a entregarlo a quien más lo odiaba en el mundo. Yo no sé exactamente para dónde fueron. por Dios. y esa desazón quebrantó la fuerza de sus convicciones. ¿cómo es él para ver si yo me acuerdo? — ¿Él? Un pardo grande. ése. — Usted es una mala mujer. con una risa estúpida. mi hija. Si la mendiga lo encontraba sería. Y ella ahora iba a traicionarlo.

el generoso capitán David. a caballo. pero los fantasmas del terror continuaban escoltándolo. Boves marchaba contra La Victoria. las patillas negras revueltas sobre la piel pálida: el general Ribas. sujeto tan sólo a las órdenes del general. exterminador. Hacia el Norte había cruzado Presentación Campos. tan sin importancia. El mismo frío miedo. ¡Era tan fácil morir en aquellos días! De La Villa había huido a La Victoria. fusilado. Conocía la triste suerte de todos los que había abandonado. El mismo general Ribas. el tejido de las calles. hacia las vastas tierras. hacia abajo. hacia La Victoria. dijo: — ¡Para allá! La mendiga le besó el puño cerrado y comenzó a irse por el falso camino. bajo los árboles. la veía disminuir. encajándose en la tierra. El otro hacia el Sur. al Orinoco. Aquella primitiva desesperación que lo había hecho lanzarse a la guerra ya estaba en gran parte apagada. el valle abierto lleno de sembrados. rumbo al Llano. la tropa preparada a combatir. Se esperaba de un momento a otro el ataque de los realistas. la mole verdosa de la campana ahogaba el paisaje. y su voz. el coronel Roso Días. El recuerdo la perseguía. La cabeza desgreñada del centinela asomó al lado y desbordó una mirada ansiosa: hacia abajo la torre adelgazaba. Perdida su hermana. Delante de ella. Por entre las casas. el brazo de «La Carvajala» se tendió hacia el Sur. muerto en el combate. sin temblar.iba hacia el Norte. escogido para el cumplimiento de un sino fatal. al recibir los papeles. Se daba perfecta cuenta de la cobardía suya al huir ante Boves. Fernando Fonta pasaba solo en medio del movimiento coordinado. Pero la situación actual se le imponía de una manera avasalladora. como si estuviera en la víspera de . estaba volante. lo habían visto con cierta desconfianza. Con un gesto violento. desde la calle de tierra amarilla. sacrificadas. "282” combate. y los cerros coronados de artillería. la cara violácea. donde el sol amarillo llena las paredes amarillas bajo el ciclo azul. al principio. los techos y la plaza de La Victoria. Esta vez de una manera más poderosa. tan poderoso. los mismos descorazonadores augurios que lo habían atormentado en La Villa. Las posiciones de su espíritu cambiaban pronto. En La Victoria. necesariamente. no pudo menos que sospechar que había sido un pretexto para disimular la fuga. sola. y de ese modo se proporcionaba un cínico consuelo. fusilado. pero la vida le resultaba un argumento tan convincente. No lo habían adscrito a ningún cuerpo. roto por los árboles. «El Altar» destruido. lo molestaban de nuevo. hacia el mar. No se veía muy justificada su venida en momentos en que hubiera sido más útil su presencia en el pág. a la selva. "281” XII Por la ventana curva. que cualquier razón que la apoyara le parecía suficiente y buena. como porque se sentía casi señalado para ser la próxima víctima. que le entregaba de parte de Roso Días. hacia las tierras de la costa. sobre la que se desperezaba una bandera amarilla. Hacia el centro de la ciudad era más densa la aglomeración de soldados: pasaban oficiales al galope llevando y trayendo órdenes. al frente. Bernardo. ya comenzaban a no dolerle tanto. hacia abajo. La muerte de sus dos amigos lo alcanzaba profundamente. junto a un asta. y el río. no tanto por el dolor de haberlos perdido. pág. «La Carvajala» la veía alejarse. y en medio de la plaza. como formando parte de una serie de personas que debían ser. Fácilmente podía imaginar que nunca habían existido.

al comienzo repetido y rápido. Por complacerlo. Sentía como su presencia fantasmal en medio de todos. la algazara de una montonera de indios. Parecían los preparativos de una fiesta. La República.su turno. Dio las gracias al indio y permaneció a caballo cerca de ellos. obedecían. su primera reacción fue de contento: se sentía salvado. Haciendo rueda en el suelo. Entre él y la ciudad. El aspecto curioso lo divertía. Uno. Veteranos alistaban los cañones. fisonomías vestidas por la preocupación del combate y de la muerte. También ellos eran venezolanos. Se pasaban de boca en boca taparas de aguardiente. Una ola ardiente le encendió la sangre. con fuerza! ¡Ah. — ¡El chopo se agarra así. . recibía de un hombre maldiciente una sumaria explicación del manejo de las armas. Eran caras hoscas. moviendo las armas con la torpeza de los brazos débiles. tomó algunos tragos. Precipitadamente se alzaban en las bocacalles parapetos y barricadas. Lo conocía sólo por la fama. mire! Con la culata en el hombro. el arco y las flechas a la espalda. que bebían a grandes tragos vociferando en su dialecto. llenos de calma. Las lecturas de Rousseau. pág. ¡Eso es! ¡Pero duro. una pluma de guacamaya en el pelo dormido y un taparrabo sucio. Piel verdosa. Lleno de augurios. ¿Tú. iba recorriendo los grupos de hombres que se preparaban para la batalla. la ciudad. se sentía más solo y expuesto. "283” del asta de la lanza. el centinela paseaba su mirada veloz: los cerros. el cacique de esta gente. quieres beber? El aguardiente es bueno para la pelea. charlaban en cuclillas. ensayándola contra un tronco de árbol. En un caballo claro. con trajes de seminaristas. Por todas las cosas que antes lo habían entusiasmado. entre aquella gente encorajinada y deseosa de combatir. Al llegar a La Victoria. armado de una lanza que le habían dado en la mañana. Los ojos imperiosos y la palabra serena. Boves podía demoler la patria recién nacida. que moría en largas notas lentas y penetrantes. carrizo! Los niños. algunos. de quien recibir consuelo. asombrados. pero sentía profundamente que su presencia allí le hubiera infundido una confianza ciega. un grupo de adolescentes. y en el fondo del valle la masa del enemigo. a quien comunicar sus sentimientos. pero. percatándose de que Fernando los observaba. La invasión se aproximaba lentamente en un frente compacto y ancho. Casi tornó a rezar como antes. percatándose del buen estado de los aperos con recios tirones. ¿Por qué no estaba allí el general Bolívar? Fernando hubiera querido verlo. Había recorrido todo el sitio defendido. otros enjaezaban sus bestias. De todas las alturas venían aires de clarines que revolaban sobre la ciudad agitada: sonido excitante. desplazándose. otros probaban la resistencia pág. al fin. "284” Caía de los cerros un son de tambores y cornetas que se quebraba en el aire. estaba allí para luchar por la República. vino a ofrecerle la tapara para que bebiese. con la esperanza de encontrar a alguien conocido con quien hablar. Más adelante. — Yo soy «Cuatrorreales». para que la Providencia desviara a Boves hacia otro sitio. Desde la campana. que estaba en medio. La bebida le había barrido mucha idea fúnebre. la tierra desierta esperaba. Más allá. Porque. Aquel día era decisivo. Fernando recordó su época de los claustros. el valle. después el pensamiento de que los realistas atacarían la plaza comenzó a mortificarlo. Allí estaban los indios.

Desde el fondo de las calles hasta los parapetos. De la fila se destaca otra masa de jinetes a la carrera tendida. Arriba. y a ratos se alzaban tormentas de gritos. Tras los parapetos. Pasando sobre ellos. y a la izquierda la caballería. los artilleros veían el pedazo de sabana que andaba. Caen los jinetes y los caballos libres se dispersan locos. alcanza las primeras casas y se mete por las calles. veía la acometida que llegaba acelerando. y con el pecho ancho se llevan la bayoneta y el hombre que la tiene. Todos veían. y a la espalda la caballería y sobre todas las cabezas. los defensores levantan otro para ocuparlo al . la caballería espesa. llegan envueltos en nubes de polvo. el resplandor de las lanzas. pasa la tierra limpia. Al frente. Y más allá. "285” De uno y otro lado se tejían los alaridos de las cornetas. y otra. adelanta velozmente. Como un anillo monstruoso. Presentación Campos. No se atreve a hacer salir su caballería porque teme sacrificarla vanamente. Penetran por todas las calles a un tiempo mismo y vienen a estrellarse contra los parapetos del centro. que pasaban y se iban retumbando por entre los cerros. El tableteo de la fusilería eriza el aire.Desde los cerros. veía los cerros y la piel temblorosa de su caballo y la multitud que se acercaba. Y más allá. iluminados por sus propios ojos milagrosos de niños absortos. Los tiradores. ebrios. silencioso. bajo las chispas amarillas de la bandera. a su lado. loco de aire. más caballos y más lanzas. un bloque sólido se desprende de la masa. se estrangula el recinto. La ininterrumpida sucesión de ataques consume todo el plomo y llega cada vez nueva. Boves avanzaba mirando las paredes blancas de la ciudad. "286” Detrás de cada parapeto. como si las estrellas se hubieran puesto bajas. sobre el caballo negro —pelo rojizo y ojos claros—. el general Ribas disparaba sus órdenes. y veían la tempestad de hombres cerniéndose. el indio Benicio. a la derecha. los cañones sacuden el aire claro. mudos. El indio «Cuatrorreales» gritaba en su habla de pájaro a sus vasallos. La avalancha irrumpe por todos lados y cierra sobre el cuadrángulo de la plaza. Sobre los cerros de La Victoria. pág. Y de pronto. armaban los fusiles. tropezando. y más altos que sus cabezas. Y Fernando. a la sombra de un trapo rojo. y otra. conteniendo su cabalgadura. y veía. Y más allá de las lanzas. Otro alud violento se desprende de la invasión. Como detenidos por una cuerda. llegan nuevas olas. El general Ribas comprende la situación crítica y se convence de que al fin violarán las defensas y sólo quedarán las carnes desgarradas debajo de los árboles. Algunos potros fogosos saltan por sobre las líneas. los seminaristas. Rodean la ciudad. cuajadas de hombres. apostados sobre los techos. Todos veían. y veía enfrente la masa amorfa que marchaba. pág. con los ojos clavados en las paredes blancas. y más allá. Sobre el tamborear de las patas del caballo. Hierve el reflejo de las armas en las voces de los hombres. Y en medio de la plaza. las cargas de caballería llegan creciendo. la calle desaparece bajo los cuerpos de hombres y caballos caídos. aletean sus gritos. más caballos. Rápidamente. Y cerca de él. a su derecha. la tropa republicana responde con descargas cerradas. cayendo a su vez. miraban la mancha dividirse en figuras. los cañones desatan su trueno repetido. jinetes y caballos ruedan bajo el fuego de la fusilería. y más allá el coronel Zambrano y.

Tienen un aspecto horrible y cómico. "287” tensos. En medio del estrago nadie ve claramente. Y otro arremete contra un hombre desmontado y pasa por encima. Junto a la campana verdosa. divisa un cuerpo de caballería. y contra ellos vienen los otros. corre por las astas. lo advierten los hombres sobre los techos. Contra las tablas chocan los caballos. Lo advierte el centinela. Los ve requerir sus arcos. se coagula en el labrado de las manos. bloqueados entre sí. otro montón a caballo acomete arrebatadamente. Un lancero ve una espalda y empuja la lanza. Precipitadamente. Sobre la tierra rasa. aullando. que. alcanza los cuerpos y baña la mitad del caballo. y da una orden rápida: — Que salga la caballería. se abren paso y salen al campo. Los golpes del cañón dan como un ritmo a la zarabanda sangrienta. alzan las patas sobre las cabezas. desbocan los animales. la tierra se borra y viene a formar una turba convulsa y revuelta. arrastran los cadáveres. bajo bandera amarilla. los caballos. prendidos por los pies a los estribos. se encabritan. De la ciudad arrancan los destacamentos como trombas para deshacerse contra los otros en un choque escandaloso. La carga se incrusta en el movimiento de la caballería enemiga. las cargas contra la ciudad se hacen menos repetidas y recias. al otro extremo del valle. caballo zaino con el lado derecho negro. Y otro asesta la lanza entre dos ojos encendidos. Ya no están sobre las cabezas.abandonar el primero. le encienden las venas. excitado hasta la ferocidad. saltan. resbalando sobre la sangre que cubre las piedras. Pero de súbito. los hierros atraviesan los cuellos delgados. y perderse a todo correr. y el alcohol. con desconcierto. Desde los muros de la ciudad. lo advierte Ribas. coge por en medio a un jinete enemigo y lo derriba bajo su propio caballo. rebotando sobre las piedras. Las cargas vertiginosas se arremansan en choques secos. Caballo alazano con el lado derecho oscuro. salpicar y tejerse sobre el pecho como unos alamares absurdos. Fernando los ve con asombro. son como el asta de banderas rojas deshilachadas. La sangre chorrea de las lanzas. . Del recinto se despenan nuevos grupos de lanceros hacia el valle. a la altura de los pechos. y el otro. Los caballos van ciegos. Fernando ve. trepa por los brazos pág. lanzados en una fuga frenética. Y viene un lancero. Se desmoronan. Para hacer frente al nuevo enemigo. animosamente. en lo alto de la torre. atropellan. se inmovilizan. sus flechas emplumadas. los indios han bebido todo el aguardiente y «Cuatrorreales». y el otro. los hombres montan. ataca en lo abierto del campo a los godos. con una flecha se desgarra la lengua. Las armas se entorpecen las unas con las otras. El fuego de las lanzas se apaga. Lanzas y patas de caballos asaetean el aire en todos los sentidos. A su lado. y dando de pecho con su potro. Los hombres sienten la sangre secarse sobre los brazos como el revestimiento de una armadura. caballo bayo con el lado derecho marrón. que se deshacen entre sí como tierra cernida. la borrachera de la sangre. entre los pelotones de caballería. Y una panza se traga una hoja reluciente. encima del jinete. renacer más impetuosas. los ojos del centinela han visto las cargas cerradas como un puño. la lucha se distribuye armoniosamente. caballo blanco con el lado derecho rojo. caen sobre los lomos. y el otro se rasga la lengua y se tiñe la cara. deshojarse contra las barricadas. y con la sangre que vierte se tiñe la cara como una máscara diabólica. La alarida arde y crepita. ahora.

Fernando lo mira disimuladamente. Vuelve a montar.Las descargas de la fusilería cercenan como hierba dócil anchas filas de jinetes. Ya hay casi tanta gente tendida en tierra como los que se encarnizan batallando. romper un torbellino de jinetes trabados. y los caballos llegan solos. con la sangre fresca en la silla: la del amo y la del enemigo. Obstinadamente repite: «¿Qué me importa morir?» A su vera. bamboleando sobre la silla. Pero a la plaza no llegan sino potros desmontados. lo clava en la carne del caballo y se va. Aturdidos. Los lanceros que se atormentaban en la espera se precipitan a mezclarse en la vorágine. Todos los combatientes le han visto la cara pálida y terrible. aprietan la lanza. ¡Qué hondo calofrío debe dar una lanza clavada en el pecho! — Si Boves vence. y. pág. Como si aquel hombre que había partido de su lado lo . recoge otra lanza y la empuña. Lo sabe. Círculos de jinetes remontan los cerros agudos. se desploman muchos. o a internarse por las calles. el sombrero hundido hasta los ojos. Fernando adivina como la proximidad de algo inminente que ya no puede eludir. pero otros coronan la cumbre y ruedan por la falda los cuerpos de los muertos. Desde lejos es impresionante aquel desplazamiento de islas humanas que transportan florestas de lanzas. los cruza la lluvia de las balas. o a señorear los cerros. La orden florece en todas las bocas y va haciendo desplazar grandes masas. se pelea hace dos horas. arroja el sombrero a tierra. los desgajan los cañones. la punta de la lengua mordida. Alguno pensó en un esfuerzo de loco: romper todas las filas y alcanzarlo con la lanza. como un pelele. hasta que el bruto cae. mezcladas. Al mismo tiempo. Fernando ve la ebullición de la batalla. El general Ribas va de un extremo a otro. y Boves se impacienta bajo su trapo rojo. "289” el combate. Boves se impacienta. grupos de jinetes realistas se internan por las calles de la ciudad. Vanamente trata de persuadirse. Golpes arrebatados de jinetes de Boves han llegado hasta la plaza y lo han visto de cerca. cierran las piernas sobre los costillares de la bestia y se arrojan. algo lo sujeta inmóvil. busca entre los muertos y. arranca sobre el caballo brutalmente hacia la refriega. Los caballos revuelven los cadáveres entre la tierra. Faz de tabaco. El trueno de los cascos llena todo el ambiente. y las masas oscuras de caballería van avanzando. El golpe del cañón hace un surco sangriento. Corren los jinetes transmitiendo la orden. muerde las riendas para guiar con los dientes. la orden es llevada velozmente a todos los extremos del campo. A alguno. Ordena terminantemente: — ¡Que cargue todo el mundo! Desde su lado. Sus voces desprenden nuevos macizos de jinetes que van a inundar la llanura. Lanceros republicanos andan batallando con los últimos extremos de las fuerzas invasoras al otro lado del valle. La batalla dura. las balas. en un caballo grande. Lo ve alejarse. van revueltos en el tropel de sus cabalgaduras y ven venir la embestida oscura de los contrarios. Las cuchilladas hienden sin ruido. disminuir. El hombre desmonta. el lanzazo lo clava en el fuste. Varias veces su cabalgadura se ha desplomado muerta. además de la que ya tiene. y de frente las balas. Quiere decidir la batalla de un segundo a otro. pero de lado. se persigna. sosteniendo un arma en cada mano. y por encima. alguien se para a contemplar pág. la República se pierde. La carne se le estremece. pero no puede mezclarse a la batalla. y la angustia lo va ganando. "288” Unos y otros van ebrios de furia batalladora.

solo. le pesa y le molesta. a marchar hacia la trágica barahúnda. Las reuniones en el sótano del trapiche. ni el aire. Detrás. las dos orejas erizadas como la lanza. ojos punzantes del hombre que viene. La degollina se teje y desteje sañuda. que quiere destruir. toda la caballería desbocada. Bernardo. Podría haber continuado viviendo cómodamente. Fernando avanza. bajo el árbol frondoso de las lanzas. ojos. Los ojos ya no ven venir seres humanos. sin buscarlo. pasarlos bajo los cascos. — ¡A la carga todos! El grito va desatando la avalancha. "291” herir con la mirada o con el arma. reflejos de todos los colores en los gritos sin sentido. . y entonces ya los ojos encarnizados sólo ven terribles ojos duros y fríos cristalizados de furia. que el viento quiere deshilachar. pág. por las bestias. Y la guerra es una cosa fea y desagradable. tranquilo. En la mano el asta del arma le pesa como un cuerpo extraño. del galope a la carrera. va alcanzando todo. y los otros no ven tampoco venir hombres sino brazos con lanzas. como la sombra de unas infinitas alas sombrías. pisoteados. ni la tierra misma. aguacero de resplandores. Podría estar lejos. entre el relampagueo de las lanzas. como el polvo de los cascos. sino brazos con lanzas rojas. cada cual es tan sólo una cosa fatal que sabe destruir. Todas las fuerzas godas se desplazaban en un solo movimiento de ataque. llega a los extremos del campo. La orden va pasando de boca en boca: — ¡A la carga todos! — ¡A la carga todos! Ya no hay nada quieto. "290” Cada vez se aproximaba más. Por instantes se pierde la conciencia de las cosas. ojos de aceite de los caballos. Veía la batalla sin darse cuenta de que estaba entrando en ella. Ojos de vidrio de los muertos. Ño han visto de los caballos sino las dos orejas erizadas que flotan sobre las patas nerviosas. sobre la caballería tempestuosa. como pájaros torpes. Fúndense los montones de jinetes vertiginosos y las lanzas. La silla cruje con el movimiento. Era su turno. sobre su caballo negro. Algunos cuerpos flacos volteaban en el aire y caían mostrando la carne blanca y muerta entre los desgarrones de la sotana. ojos del seminarista borrachos de sangre y muerte. Ya nadie es un hombre. ojos que no se cierran porque apagarían la batalla. de la forma. en el anca. Las visiones lo obsesionaban. Todo hierve. ni los árboles. En persona. va llegando a los hombres que todavía estaban quietos sobre la silla. Apenas se daba cuenta del paso por el crujir del cuero de la montura. el resplandor de la lanza lo guía. brazos rojos con lanzas rojas. que no alienta sino para destruir. como si las máscaras grotescas de los indios ensangrentados lo persiguieran. del color. Los gritos empavesan toda la atmósfera. Boves carga. estremecido por los cañones. Todo fue un mal sueño. ojos. Y ahora. Junto a la crin desatada. Reflejos en la lanza. desgarrarlos con los agudos hierros. Lentamente pasa del paso al galope. ni los muertos. Había puesto a marchar su caballo. Se iba acercando irremisiblemente. Boves se lanza a la carga. en la pupila. Había visto ya un pelotón de caballería penetrar entre los seminaristas y barrerlos con los pechos de los caballos. ojos claros de Boves. ojos y lanzas. van rebotando en los pechos. como las banderas. Le repugna. se interna en la batahola furiosa fatalmente. Resplandores siniestros.arrastrara invisiblemente. que puede pág. pálidas miradas mortales en el vuelo de las lanzas. Se encuentra en aquel paroxismo desenfrenado sin quererlo.

con aspecto de loco. ¡Era tan estúpido morir clavado de un lanzazo por uno de aquellos demonios ebrios! ¿Por qué combatía? Las gentes a su alrededor toman una realidad más precisa. El coronel Zambrano comenzó a dar voces para preparar a sus hombres. las figuras de los combatientes. pero continuaba como si fuera un paseo quieto. Tres hombres a caballo vienen sobre él. Sus ojos veían crecer. En un extremo del terreno el coronel Zambrano y Presentación Campos esperaban. pisado por un caballo. Caballería frente a Fernando. delante de la fila de lanceros quietos. "292” y les lanzó el grito y los vio transfigurarse. ya estaba dentro de la batalla. Frente a Presentación Campos eran lanzas. Tres hombres a caballo se abaten sobre él. La carga general despeñaba toda la caballería. Aún hay tiempo de salvarse huyendo. Tres lanzas convergentes como un halo hacia el cuerpo inerme. Natividad. Llegaba al extremo último. Todavía. usted es nuestro hermano». Veía. por todos los gritos pág. Esta es la guerra. pero sin esperar nada más. se sale de él. y les escupió con voz terrible: — ¡¡¡Ahora van a ver cómo pelea un héroe!!! Y sin más arrasó el caballo vientre a tierra. aún hay tiempo. y en medio al campo abierto. Bruscamente el sol le encendió todo el torso de bronce desnudo. Le entran por los ojos. lo rodean. Bastaba con que cualquiera de los hombres lo percibiera. pág. Crece tanto que ya no puede verlo. cómo el movimiento se desataba loco a su paso. Presentación Campos habló a los suyos: — ¡Nicolás. Va acostado sobre el cuello del animal. Pasaba frente a la fila de jinetes un negro al galope que a cada instante bandereaba el grito que hacía desprenderse las grandes masas compactas: — ¡A la carga todos! El negro iba viendo cómo los rostros se encendían al oír su voz. caballería en todo el estruendo del aire. Inés. "293” muertos en su boca muda. haciéndole tragar media arma. grita. de un tirón brutal se arrancó la blusa. caballería a la espalda. y. un eco ensordecedor surge dentro de él. que golpea y hiere por sus manos inútiles. lanzas y caballos. lo rodea y se va gritando por todas partes: «Ciudadano Fonta. con la proximidad progresiva. Una resignación . las crines le foetean el rostro. Todavía puede huir. Los ojos y la punta fina del hierro.El capitán David. sino en detalles. unos ojos angustiados y feroces. Ya no puede huir. Siente que se harán trizas en el choque. Ya no. Pero mucho más fuerte que las lanzas y el fragor de los cascos. Caballería junto a Boves y detrás de Boves. vienen sobre él las lanzas ávidas. Caballería al frente. Aprieta la lanza hasta dolerle la mano. De la cintura hasta el pelo no tenía sino la carne. Veía el combate como una visión de fantasmas sin ruido. con una mirada inhumana. Todavía la orden no había llegado a ellos. en una carrera desaforada hacia el combate. Aquel lancero que se ha abierto solo. rebotando en el potro. que. con el tórax tallado en el aire. Ya se tocan. ¡Bernardo! ¡Bernardo! ¿Qué ha pasado? ¿Dónde están? Ya estaba cerca. Iba como un encantador diciendo una frase mágica. Las figuras crecen. Lanzas y rostros feroces. de poseso. la carne y la lanza. un hombre ensangrentado lo ve con una mirada pavorosa. arranca al contrario de la montura y va a lanzarlo sobre otro jinete que llega detrás. adelantó la bestia briosa que se alzaba en dos patas. Cirilo. Allí. Siente los gritos y el golpe seco de los cuerpos sobre la tierra. a Presentación Campos y al coronel Zambrano. Y así. desvía el caballo rápidamente. Vienen sobre él. se volvió de nuevo hacia sus hombres. sale a su encuentro. debajo de un caballo. de forajido. Ya las lanzas lo alcanzan. muchachos! ¡¡¡Nos fuimos!!! Y mientras los otros montaban. Fernando se siente arrastrado. con que cualquiera de los jinetes viniera sobre él. aún hay tiempo de irse.

La lucha se forma como un choque de agua. estrangulando la carne. La intensidad de la pelea decrece. los caballos sin jinete se desbandan. y el hachazo pasa rozándolo. vociferando. ni imagina que aquello puede terminar una pág. Dejan de luchar. Se hieren los unos a los otros siendo de la misma bandera. trenzados. Ya Boves no está sobre su caballo. pero continúa alanceando todo lo que se le atraviesa por delante. El desconcierto complica el asalto de modo inesperado. La muchedumbre de los godos pierde elasticidad. La tierra es para que los hombres guerreen sobre ella. lo han oído todos: ya Boves no está con ellos. Vital. Aún resuenan los fuertes choques de ambas caballerías. el animal está cubierto de espuma y de sangre. Entre sus piernas. pero el ataque es menos furioso. Una bocanada de sangre le ahoga las palabras. Tierra de la patria. pág. Cierra los ojos y deja caer el arma. pero como si cayera otro cuerpo. contra los que . La batalla se construye segundo a segundo como una sinfonía. Con el arma en la mano siente hervir la vida. brilla sobre él una lanza. Un contacto frío. el trapo rojo lo ha visto doblarse vencido. Lo han visto todos. vistos desde su carrera. de los que se escapan. Cuando la carrera alcanza un límite vertiginoso. El golpe del cañón late como un pulso. como una ola contra una piedra. Presentación Campos se siente envuelto por los gritos y la confusión. Oye. a ratos. Va a hablar. Pierden las armas. en la garganta. el brazo y la piel del pecho están rojos. Tres hombres a caballo pasan sobre el cadáver. Su fuerza lo asegura. Hacia el fondo del valle. los coágulos hacen resbalar el puño en el asta. ensañado. Oye las voces de los que caen heridos.dulce lo envuelve. De nuevo todo el ataque se concentra sobre la ciudad. Siente una plenitud de vida como nunca antes la había experimentado. ciegos. pero el tiroteo desde las casas los siega. Los pelotones de jinetes entran con más violenta carrera por las calles. Allí pasarán los años. apaga el fuego de la lucha. sus nervios vibran. El esfuerzo de los republicanos se torna en victoria. asesta el arma contra la primera sombra que pasa cerca. Vuelven grupas y se van a carrera tendida gritando. A ratos un son de clarín se eleva. Pasan las cargas compactas e iguales a todo lo largo del campo y van a desbaratarse al otro extremo en un choque fragoroso. descuartizando al enemigo. espantados y locos. arremete. como en un juego de destreza. ahora su sangre derramada. enloquecidos: — ¡Boves está herido! ¡¡¡Boves está herido!!! Hasta enronquecer al otro confín de la batalla. Pero Presentación Campos no tiene ojos para ver a los que huyen ni para advertir la derrota: para él sólo hay jinetes. En la mescolanza gris que. Trenzados. ya sus ojos no acicatean. jinetes y lanzas a su alrededor. íntegramente clara como un relámpago. y un golpe de caída. Se insinúan finas direcciones de asalto que se ensanchan de gritos y de la carrera de los caballos. o para la cabalgadura en seco. "294” hacen los hombres. Cuerpos enteros se dan a la fuga. La acometividad lo empuja. fogosamente. y así como su voz llevada de boca en boca desató toda la carga bárbara. No se fatiga. como de hielo. pero se tumba a un lado. A la sombra de su trapo rojo. Presentación Campos hace saltar la bestia hacia uno y otro lado. ya no destroza lanza en mano. "295” vez empezado. ya su sombra no se extiende sobre toda la caballería. y con el brazo de hierro soporta el tirón tremendo del otro cuerpo atravesado por la hoja. Boves ha sido herido. Trastrueca y domina la tropa. Violentas rondas circulares se construyen para deshacerse frágiles. como los dedos sobre el asta. nervudo.

Ya la mayoría de los godos se ha retirado. — El general Bolívar viene. El movimiento con que había sido transportado hasta entonces cambió de pronto. — Bolívar viene. Alguien. Más allá de los soldados. y en medio de ellos. y al fondo. a caballo y a pie. con la lanza apretada en el puño. Como si viniera emergiendo desde el fondo del mar hacia la superficie. Delante del caballo se derrumban los cuerpos vencidos. aún más cerca. Por último. No veía a los que estaban hacia atrás. y más allá otros soldados. encabrita el caballo y lo empuja contra el grupo. ni entre quiénes. Grandes claros quietos se abren entre la confusa arquitectura de la pelea. que ponen loco al aire. de la cintura arriba sólo tiene la carne y la lanza. como para alzar un toro. como si se lo estuvieran diciendo bajo el oído. Más nada. había dicho algo que no entendía. el puñado de soldados le entra por los ojos. oír los gritos y los disparos. Los soldados ven venir la carrera desbocada sobre ellos. después aquella calle por la que se había precipitado sobre un grupo de hombres. las palabras cobraban lentamente significación. peleando encarnizadamente. Otro más próximo lo volvió a repetir. Más allá de la hamaca veía el hombro poderoso del soldado que cargaba el extremo delantero del palo. No oía gritos. Pero ya no estaba a caballo. El aire está lleno del grito de una corneta. "296” las voces. Estaba herido. A fuerza de oírlas repetir. Ante él se abre una calle. ni tiros. Un aceite de calma vence la vehemencia desatada del combate. Como cuando dio la primera carga. el campo verde. otro. Una palabra que sonaba más clara entre las otras: Bolívar. porque no podía volver la cabeza. rodeados por ellos. con armas. — No seguimos viaje. al fondo de la calle. cerca. se le reveló claro el sentido de las palabras. y estaba herido. Iba en una hamaca como los heridos. pero mezcladas en una niebla de ruido. cargando con la lanza. y en el fondo unos cerros azules. Empezaba a poder distinguir pág. como un solo tiro. en medio de la calle. Pero Presentación Campos continúa en su orgasmo de valor. Se recordaba a caballo en la batalla. se echan el fusil a la cara y. abrió los ojos.descarga su furia destructora. y el jinete queda tendido. — El libertador viene. Oía entre la marejada de ruido muchas voces. Aquellos hombres hablaban de Bolívar. — Bolívar viene. Con esfuerzo enorme. hombres de cara feroz desarmados. Debía estar preso. Recordaba haberse caído. varios hombres armados de fusiles. Creciendo. estallan diez disparos. Persiguiendo a un lancero vino a quedar casi dentro de la ciudad. pero al moverse un dolor espantoso lo venció. XIII Lo envolvía un ruido sordo y poderoso como si estuviera a la orilla del mar. Quiere combatir. La sola idea de estar herido y preso . Está solo en campo raso y con el ansia de matar. No podía entender. El era todavía Presentación Campos. inmóvil. Como cuando dio la primera carga. descargar infatigablemente la lanza. — Vamos a acampar en la hacienda. No acertaba a saber dónde estaba. La luz lo deslumbró. ¿Y la lanza? Buscó la lanza. queda apenas un escaso numero sobre la sabana. El caballo rueda en la caída.

«Carvajala». . Olor de carne floja y hedionda. Viene. lograba articular palabras. La habría llamado el coronel Zambrano. Por la ventana pequeña y enrejada entraba luz y se veía una rama. como un esclavo. Estaba en «El Altar». lloraba. ¡«Carvajala»! Los rincones estaban cubiertos de sombra y olía muy mal. ni los caballos. de cueva. Olía lo mismo. el inglés que creía que la guerra era como sacar una cuenta. Comenzaban a tornarle las rachas de recuerdo. y oscuro.lo exasperó. lo mismo. El era Presentación Campos. don Fernando que hablaba de la República. Quiso gritar. Cuando pasaba por la puerta del repartimiento en «El Altar». Tal vez lo habrían derrotado ya. ¿estás ahí? Todo silencioso. Debajo de la mano sentía la tierra húmeda y fría. a quien iban a derrotar. la carne florecida de heridas. El amo era él. Estaba en la sombra. Abrió los ojos. todas las mariposas que empalagan. Estaba en el repartimiento de los esclavos de «El Altar». pág. "298” — ¡Esclavo cobarde! ¿Quién hablaba? Estaba sobre la tierra como un esclavo. ¡Inés! El tiene la carne oscura. Estaba tirado en el suelo. todas las avispas. Después de tanto gritar. como la tierra. de mal aire. sino barajustarle a la mujer. ¡¡«Carvajala»!! Ella estaba siempre al pie de la cama. ¡Preso! El era el que estaba preso. «Carvajala». Se veía el brazo desnudo. Doña Inés lloraba. matar los hombres. ni el agua. Eran las mismas paredes. El olor del dormidero de los esclavos. pero el dolor de garras finas le hizo perder de nuevo el sentido. Lo matarían y más nunca podría volver a la guerra. ¡Ah. Ellos creían que eran los amos. Y era bajo. "297” Ahora era un olor desagradable. Preso y herido. — ¡Esclavo cobarde! ¡Ah!. el camino. El hombre por quien se hacía la guerra. y grande. todos los zancudos. Estaba solo. Podía violar las mujeres. No hay que enamorarse. Aun cuando las heridas le dolían profundamente. Doña Inés que cantaba canciones de amor. Quizá venía preso. Recordaba la hamaca. La misma luz que afuera iluminaba el trapiche y el campo. doña Inés. En la tierra húmeda. La cabeza llena de ruido. pág. Iba a verlo. incendiar las casas. y la ruina negra de la casa incendiada. y las distancias verdes y solas. Natividad! La patria es un puro suspiro. Los insurgentes tienen bandera amarilla y gritan: «¡Viva la Libertad!». Era una mujer buena. y estaba solo. Intentó moverse. la mariposas no son la sombra. Estaba echado en tierra sobre una cobija. pero el amo era él. todas las moscas son la sombra. Lo habían hecho preso los insurgentes. ni los relinchos de los caballos. Las mujeres no saben sino llorar. Tuvo la evidencia de estar en la hacienda. Olor de trapo viejo. La carne oscura como la sombra. Yo haré real en la guerra. todos los zancudos están en la sombra. Creía encontrarse todavía entre los hombres extraños. Era un hedor particularmente repugnante. Ahora lo matarían. Por el ventanillo entraba la luz y una rama de árbol. Los godos tienen una bandera colorada y gritan: «¡Viva el Rey!». Todas las avispas. huir. «La Carvajala» lloraba. levantarse. contra quien hacía la guerra. en aquella cueva. El mismo techo. Aguzaba los ojos y reconocía la habitación. todas las abejas. Y con un tragaluz pequeño. pero Inés desnuda era toda blanca. Era un macho. Se sintió lleno de desesperación. Cuando pasaba por la puerta del repartimiento. El mal olor continuaba molestándolo. Recordaba «El Altar». ¡¡¡«Carvajala»!!! ¡Bolívar viene! ¿Quién lo ha dicho? Recordaba haberlo oído.

La guerra. está un negro muerto con un machetazo en el cuello. como una mujer bien peinada. Desde el Orinoco. Si quedara muerto como cualquier pobre soldadito cobarde en aquel sótano de esclavos. pág. Ahora lo estaba esperando. Voces de mando. desde el Llano. Él se iba a morir. Se siente desfallecer de debilidad. Ella lo esperaba. Aquel hombre a quien no había visto nunca. herido. Se oyen a lo lejos voces desaforadas. — Ahora van a ver cómo pelea un héroe. Ya no puede ir a la guerra. Toda la tierra de Venezuela ardía en la guerra. su amo don Fernando. grande. se siente suavemente un son de tambor como una menuda lluvia. bien peinado. Ahora estaba tendido sobre la tierra húmeda. — Espíritu Santo. libre. En el ambiente lleno de voces. con su lanza. Bolívar venía. grita. No podría ir a la guerra. lo tenían preso. acabaría con Bolívar. Estaba hecho para andar guerreando con sol.Pero estaba herido y preso. ¡Bolívar viene! En la sombra de los rincones su delirio construye figuras de imágenes rápidas. No.. ni hacerse un jefe. La guerra para ganar tierras y dominar ciudades. le sonríe con . Afuera. pág. ¡«Carvajala»! ¡¡¡«Carvajala»!!! Los diez hombres desde el fondo de la calle se le metían por los ojos. Si estuviera sano. Todavía oía el cañón. El movimiento de la tropa se hace más sensible. La candela crece como cuando se quema una casa. Se siente como si desfilara caballería. en todos los confines ardían los pueblos. ni usar su fuerza. Las heridas le producen un dolor exagerado. yo soy el jefe. que llega. Lo habían cogido los insurgentes. Doña Inés grita. Lo habían vencido. movimiento y trote de caballos. Si tuviera fuerzas. como mujer bien peinada. Don Fernando. — ¡Esclavo cobarde! «La Carvajala» no le había contado la verdad. en los pueblos enteros incendiados. sobre la casa de la hacienda. si estuviera sobre su caballo. si pudiera fugarse y matarlo. Quiere verlo. de ruidos. La guerra contra Bolívar. La guerra contra los insurgentes que hablan de cosas de locos y que serán destruidos. Sonido de tambor que se aproxima y estremece las cosas. zaino. Caballo de coraje. Si hubiera de morir. Había sido mujer de muchos otros hombres y se había ido con él por miedo. por cuya causa está casi reducido a la muerte. Lo habían herido. un son de tambor que entra por el ventanillo con el sol. "299” — Ustedes serán mis oficiales. ¡«Carvajala»! En tres peleas yo me hago jefe. La lanza fría en el brazo desnudo. de recuerdos. Tan linda que subía la candela desde los ranchos de paja. lo habían derrotado... Toda la tierra. ensílleme el caballo. y la montaña. en la tierra. Se mordía las manos. Los hombres batallaban. El también hubiera podido llegar a ser un gran jefe. Banderas amarillas y rojas entre las llamaradas. desde el mar. caballo lindo. En todas las sabanas los hombres cargaban a caballo con las lanzas cerradas. bien bañado. Bolívar venía. Afuera el tambor arrecia y. El caballo calabozo. Estaba en el suelo. todo el aire. linda en un caballo lindo. "300” ¡Bolívar viene! Aquel hombre a quien odia tanto. La casa comienza a arder. Ahora está inutilizado. Todo se funde en el ruido del tambor. Debía estar afuera. toda el agua. domina todos los otros ruidos. y la casa crece con la candela como cuando se quema una montaña. si tuviera tropa.. no quiere morir. grita mucho. El caballo loco bajo las piernas cerradas. Debía estar cargando delante de La Victoria.

Va a verlo a él. Hieden los esclavos. El tambor atruena en el espacio. y las manos de los muertos. Aquel son estremece la carne. los muertos se quedan. lentamente. Una caballería firme al frente. El no lo ha visto nunca. — ¡Viva el libertador! Aquél es el momento. se ve a caballo a Boves. Son cuatro. y las caras de los muertos. Falta apenas un tirón más. Se va incorporando. y no le entran al plomo. de mata hedionda. y el capitán David le tiende una pistola de culata de nácar. Todas las voces. como una cabeza de serpiente. empieza a levantarse. Allá. Penosamente. ¡Natividad! ¡Cirilo! ¡Nos fuimos! Éntrele al plomo. Se aproximan inminentemente. El griterío inunda las paredes. Todo se estremece. el techo. Ayer fueron degollados ochocientos españoles. hedionda. Le parece flotar entre los gritos. Sus ojos lo verán. Está llegando. Llegan a la ventana.cara de idiota. ¡Aún más! Un infinito frío lo golpeó de pronto. Que ha obsesionado toda la tierra de Venezuela. a tierra hedionda. Ya otros se han encargado de vencerlo. ¡puaj!. — ¡Viva el libertador! Viene. ¡Ya! — ¡¡¡Viva el libertador!!! Ya los gritos resuenan como dentro de él mismo. inacabablemente. Con una fuerza como para llevarse diez hombres con la lanza. Presentación Campos siente que está llegando. llega. éntrele ligero. del otro lado de la pared. Resuenan junto a la pared. Don Fernando tiene miedo. Está llegando. Afuera las voces llegan al paroxismo. de guerra hedionda. Todos los tambores y todos los gritos vuelan. Ya sus ojos rozan el borde de la ventana. Que en algunos instantes va a pasar cerca de él. Está llegando. hasta que los dedos verdosos de palidez se cerraron sobre el barrote. Está llegando a él. La carne morena como la sombra. de cosa hedionda. ¡Ahora van a ver como pelea un héroe! Está en cuclillas en el suelo. El sótano se llena de colores vertiginosos. Se alza lentamente. de la sombra. Comprende que está llegando algo que no va a ser sino una sola vez en su vida. Se ve a caballo a Bolívar. y fatiga el delirio del herido. Va a verlo. La guerra es la muerte. La tempestad de voces lo zarandea. crece como una rueda. ¡Don Fernando! . Los que tienen miedo se quedan. hedionda como los esclavos. su mano ha ido remontando. como la tierra. Aquel hombre que lo ha obsesionado. son diez. Continúa el esfuerzo con una infinita calma dolorosa. Haciendo un esfuerzo le verá la cara por entre las rejas del ventanillo. El dolor lo atraviesa. son veinte tambores golpeados furiosamente. Llega. "301” Se oyen voces claras que se despeñan por el hueco estrecho de la ventana y hacen resonar todo el interior. Ahora. a lo lejos. de día hediondo. Don Fernando tiene miedo. a animal hediondo. Lo siente llegar. hieden a carne hedionda. Rueda. a agua hedionda de tierra hedionda. hedionda. y la sangre enloquecida en el fondo de la carne. Ha llegado. Estallan sobre ella. Las noticias son malas. Los gritos socavan la tierra. "302” sobre el hierro. Ya va a llegar. Está allí. Va a verlo. todos los cascos de los caballos: — ¡¡¡Viva el libertador!!! Viene. Ya ellos no tendrán nada que hacer contra él. Llega. pág. de la tierra. Unos pelean por el Rey y otros por la Independencia. Ya. Un hombre atrevido. La patria es como las mujeres. y llega. Todos los tambores giran en el espacio pintarrajeado. Aún falta. la sombra. Siente el hervor de la sangre. Un calofrío le hace vibrar los nervios. Ya sus dedos lo están viendo. Va a pasar junto a él. todos los tambores. Pasan como legiones de alas por el aire. Está pasando junto a él en aquel instante. Sube. Podrá verlo pasar a caballo. El chorro de luz le baña la garra contraída pág. Don Fernando suda de pavor. rueda y crece.

1930. y fue a desplomarse sobre la tierra húmeda. . ¡¡¡«Carvajala»!!! Va a llegar. Un gran frío le cala el dolor de las heridas. ¡A la carga todos! Todavía era Presentación Campos. París.¡Doña Inés! Los tambores han saltado dentro. ¡A la carga todos! Suavemente dejó resbalar la mano de la reja. la carne pesada de muerte.