You are on page 1of 76

El hombre que ríe (Jerome David Salinger

)

En 1928, a los nueve años, yo formaba parte, con todo el espíritu de cuerpo posible, de una organización conocida como el Club de los Comanches. Todos los días de clase, a las tres de la tarde, nuestro Jefe nos recogía, a los veinticinco comanches, a la salida de la escuela número 165, en la calle 109, cerca de Amsterdam Avenue. A empujones y golpes entrábamos en el viejo autobús comercial que el Jefe había transformado. Siempre nos conducía (según los acuerdos económicos establecidos con nuestros padres) al Central Park. El resto de la tarde, si el tiempo lo permitía, lo dedicábamos a jugar al rugby, al fútbol o al béisbol, según la temporada. Cuando llovía, el Jefe nos llevaba invariablemente al Museo de Historia Natural o al Museo Metropolitano de Arte. Los sábados y la mayoría de las fiestas nacionales, el Jefe nos recogía por la mañana temprano en nuestras respectivas viviendas y en su destartalado autobús nos sacaba de Manhattan hacia los espacios comparativamente abiertos del Van Cortlandt Park o de Palisades. Si teníamos propósitos decididamente atléticos, íbamos a Van Cortlandt donde los campos de juego eran de tamaño reglamentario y el equipo contrario no incluía ni un cochecito de niño ni una indignada viejecita con bastón. Si nuestros corazones de comanches se sentían inclinados a acampar, íbamos a Palisades y nos hacíamos los robinsones. Recuerdo haberme perdido un sábado en alguna parte de la escabrosa zona de terreno que se extiende entre el cartel de Linit y el extremo oeste del puente George Washington. Pero no por eso perdí la cabeza. Simplemente me senté a la sombra majestuosa de un gigantesco anuncio publicitario y, aunque lagrimeando, abrí mi fiambrera por hacer algo, confiando a medias en que el Jefe me encontraría. El Jefe siempre nos encontraba. El resto del día, cuando se veía libre de los comanches el Jefe era John Gedsudski, de Staten Island. Era un joven tranquilo, sumamente tímido, de veintidós o veintitrés años, estudiante de derecho de la Universidad de Nueva York, y una persona memorable desde cualquier punto de vista. No intentaré exponer aquí sus múltiples virtudes y méritos. Sólo diré de paso que era un scout aventajado, casi había formado parte de la selección nacional de rugby de 1926, y era público y notorio que lo habían invitado muy cordialmente a presentarse como candidato para el

equipo de béisbol de los New York Giants. Era un árbitro imparcial e imperturbable en todos nuestros ruidosos encuentros deportivos, un maestro en encender y apagar hogueras, y un experto en primeros auxilios muy digno de consideración. Cada uno de nosotros, desde el pillo más pequeño hasta el más grande, lo quería y respetaba. Aún está patente en mi memoria la imagen del Jefe en 1928. Si los deseos hubieran sido centímetros, entre todos los comanches lo hubiéramos convertido rápidamente en gigante. Pero, siendo como son las cosas, era un tipo bajito y fornido que mediría entre uno cincuenta y siete y uno sesenta, como máximo. Tenía el pelo renegrido, la frente muy estrecha, la nariz grande y carnosa, y el torso casi tan largo como las piernas. Con la chaqueta de cuero, sus hombros parecían poderosos, aunque eran estrechos y caídos. En aquel tiempo, sin embargo, para mí se combinaban en el Jefe todas las características más fotogénicas de Buck Jones, Ken Maynard y Tom Mix, perfectamente amalgamadas. Todas las tardes, cuando oscurecía lo suficiente como para que el equipo perdedor tuviera una excusa para justificar sus malas jugadas, los comanches nos refugiábamos egoístamente en el talento del Jefe para contar cuentos. A esa hora formábamos generalmente un grupo acalorado e irritable, y nos peleábamos en el autobús —a puñetazos o a gritos estridentes— por los asientos más cercanos al Jefe. (El autobús tenía dos filas paralelas de asientos de esterilla. En la fila de la izquierda había tres asientos adicionales —los mejores de todos— que llegaban hasta la altura del conductor). El Jefe sólo subía al autobús cuando nos habíamos acomodado. A continuación se sentaba a horcajadas en su asiento de conductor, y con su voz de tenor atiplada pero melodiosa nos contaba un nuevo episodio de «El hombre que ríe». Una vez que empezaba su relato, nuestro interés jamás decaía. «El hombre que ríe» era la historia adecuada para un comanche. Hasta había alcanzado dimensiones clásicas. Era un cuento que tendía a desparramarse por todos lados, aunque seguía siendo esencialmente portátil. Uno siempre podía llevárselo a casa y meditar sobre él mientras estaba sentado, por ejemplo, en el agua de la bañera que se iba escurriendo. Único hijo de un acaudalado matrimonio de misioneros, el «hombre que ríe» había sido raptado en su infancia por unos bandidos chinos. Cuando el acaudalado matrimonio se negó (debido a sus convicciones religiosas) a pagar el rescate para la liberación de su hijo, los bandidos, considerablemente agraviados, pusieron la cabecita del niño en un torno de carpintero y dieron varias vueltas hacia la derecha a la manivela correspondiente. La víctima de este singular experimento llegó a la mayoría de edad con una cabeza pelada, en forma de nuez (pacana) y con una cara donde, en vez de boca, exhibía una enorme cavidad ovalada debajo de la nariz. La misma nariz se limitaba a dos fosas nasales obstruidas por la carne. En consecuencia, cuando el «hombre que ríe» respiraba, la abominable siniestra abertura debajo de la nariz se dilataba y contraía (yo la veía así) como una monstruosa ventosa. (El Jefe no explicaba el sistema de respiración del «hombre que ríe» sino que lo demostraba prácticamente). Los que lo veían por primera vez se desmayaban instantáneamente ante el aspecto de su horrible rostro. Los conocidos le daban la espalda. Curiosamente, los bandidos le permitían estar en su cuartel general —siempre que se tapara la cara con una máscara roja hecha de pétalos de amapola. La máscara no solamente

eximía a los bandidos de contemplar la cara de su hijo adoptivo, sino que además los mantenía al tanto de sus andanzas; además, apestaba a opio. Todas las mañanas, en su extrema soledad, el «hombre que ríe» se iba sigilosamente (su andar era suave como el de un gato) al tupido bosque que rodeaba el escondite de los bandidos. Allí se hizo amigo de muchísimos animales: perros, ratones blancos, águilas, leones, boas constrictor, lobos. Además, se quitaba la máscara y les hablaba dulcemente, melodiosamente, en su propia lengua. Ellos no lo consideraban feo. Al Jefe le llevó un par de meses llegar a este punto de la historia. De ahí en adelante los episodios se hicieron cada vez más exóticos, a tono con el gusto de los comanches. El «hombre que ríe» era muy hábil para informarse de lo que pasaba a su alrededor, y en muy poco tiempo pudo conocer los secretos profesionales más importantes de los bandidos. Sin embargo, no los tenía en demasiada estima y no tardó mucho en crear un sistema propio más eficaz. Empezó a trabajar por su cuenta. En pequeña escala, al principio —robando, secuestrando, asesinando sólo cuando era absolutamente necesario— se dedicó a devastar la campiña china. Muy pronto sus ingeniosos procedimientos criminales, junto con su especial afición al juego limpio, le valieron un lugar especialmente destacado en el corazón de los hombres. Curiosamente, sus padres adoptivos (los bandidos que originalmente lo habían empujado al crimen) fueron los últimos en tener conocimiento de sus hazañas. Cuando se enteraron, se pusieron tremendamente celosos. Uno a uno desfilaron una noche ante la cama del «hombre que ríe», creyendo que habían podido dormirlo profundamente con algunas drogas que le habían dado, y con sus machetes apuñalaron repetidas veces el cuerpo que yacía bajo las mantas. Pero la víctima resultó ser la madre del jefe de los bandidos, una de esas personas desagradables y pendencieras. El suceso no hizo más que aumentar la sed de venganza de los bandidos, y finalmente el «hombre que ríe» se vio obligado a encerrar a toda la banda en un mausoleo profundo, pero agradablemente decorado. De cuando en cuando se escapaban y le causaban algunas molestias, pero él no se avenía a matarlos. (El «hombre que ríe» tenía una faceta compasiva que a mí me enloquecía). Poco después el «hombre que ríe» empezaba a cruzar regularmente la frontera china para ir a París, donde se divertía ostentando su genio conspicuo pero modesto frente a Marcel Dufarge, detective internacionalmente famoso y considerablemente inteligente, pero tísico. Dufarge y su hija (una chica exquisita, aunque con algo de travesti) se convirtieron en los enemigos más encarnizados del «hombre que ríe». Una y otra vez trataron de atraparlo mediante ardides. Nada más que por amor al riesgo, al principio el «hombre que ríe» muchas veces simulaba dejarse engañar, pero luego desaparecía de pronto, sin dejar ni el mínimo rastro de su método para escapar. De vez en cuando enviaba una breve e incisiva nota de despedida por la red de alcantarillas de París, que llegaba sin tardanza a manos de Dufarge. Los Dufarge se pasaban gran parte del tiempo chapoteando en las alcantarillas de París. Muy pronto el «hombre que ríe» consiguió reunir la fortuna personal más grande del mundo. Gran parte de esa fortuna era donada en forma anónima a los monjes de un monasterio local, humildes ascetas que habían dedicado sus vidas a la cría de perros de policía alemanes. El

un enano adorable llamado Omba. Peinarme. El «hombre que ríe» emitía sus órdenes a sus subordinados a través de una máscara de seda negra. pero al final reconoció que era una muchacha. En 1928 ni siquiera era hijo de mis padres. sin titubear. cuando me sentía. No digo que lo vaya a hacer. pero de verdadera responsabilidad. Su contestación. mascullando complejas pero precisas instrucciones en la oreja de los cocker spaniel. y una espléndida chica euroasiática que. una especie de Robert E. En el club había veinticinco comanches —veinticinco legítimos herederos del «hombre que ríe»— todos circulando amenazadoramente. Sus necesidades personales eran pocas. Se alimentaba únicamente de arroz y sangre de águila. Disimular a toda costa mi risa realmente aterradora. Seguir la farsa. había podido ver su cara. había una foto pequeña. un gigante mongol llamado Hong. sobre el parabrisas. observé un detalle nuevo en el autobús del Jefe. el enano adorable. le pregunté al Jefe quién era. Encima del espejo retrovisor. en una pequeña casita con un gimnasio y campo de tiro subterráneos. en algún puesto indefinido. debido a su intenso amor por el «hombre que ríe» y a su honda preocupación por su seguridad personal. solía tener una actitud bastante rígida respecto al crimen. Le pregunté cómo se llamaba. Pero lo más importante para mí en 1928 era andar con pies de plomo. Una tarde de febrero. de una chica con toga y birrete académicos. yo era el único descendiente legítimo del «hombre que ríe». de incógnito por la ciudad. aunque podía ser de otro modo— mi verdadera identidad. digamos. pero podría pasarme horas llevando al lector —a la fuerza. Yo acostumbro a considerar al «hombre que ríe» algo así como a un superdistinguido antepasado mío. Lee. apenas iniciada la temporada de béisbol de los comanches. sino un impostor de astucia diabólica. Ni siquiera Omba. todavía un poco reticente. En realidad. en las profundidades del mar Negro. con todas las virtudes del caso. cuya lengua había sido quemada por hombres blancos. sino además su único heredero viviente.«hombre que ríe» convertía el resto de su fortuna en brillantes que bajaba despreocupadamente a cavernas de esmeralda. enmarcada. Lavarme los dientes. Para no matar de pena a mi supuesta madre. pensaba emplearla en alguna de mis actividades subrepticias. Y esperando. si fuere necesario— de un lado a otro de la frontera entre París y China. a la espera de que cometieran el mínimo error para descubrir —preferentemente de modo pacífico. como un fusil. Con él vivían cuatro compañeros que le eran fieles hasta la muerte: un lobo furtivo llamado Ala Negra. Me pareció que la foto de una chica desentonaba con la exclusiva decoración para hombres del autobús y. fue «Mary Hudson». no solamente descendiente directo del «hombre que ríe». apuntando con el dedo índice. elevando a los ascensoristas a la categoría de enemigos potenciales. a la cabeza de los profesores de matemáticas. Y esta ilusión resulta verdaderamente moderada si se la compara con la que abrigaba hacia 1928. . en las tormentosas costas del Tíbet. Al principio fue evasivo. siempre esperando el momento para suscitar el terror y la admiración en el corazón del ciudadano común.

que el Wellesley era una universidad de alta categoría. guardaban silencio. sólo recuerdo haber visto en mi vida a tres muchachas que me impresionaron a primera vista por su gran belleza. alrededor de 1936. Mary Hudson. y que arrojó su encendedor a un delfín. En cambio. tras larga reflexión. Era como si hubiera preguntado «¿Soy fea?». que iba al Wellesley College. una belleza difícil de clasificar. Estoy seguro de que cuando llegamos al campo de béisbol cada rostro de los comanches llevaba una expresión del tipo «hay-chicas-que-no-saben-cuándo-irse-a-casa». cuando otro . casi un kilómetro más allá de nuestro campo de béisbol. Encogió levemente los hombros. entonces. No desapareció con los paquetes vacíos de chicles ni con los palitos de caramelos. Evidentemente. Mary Hudson se sentó entre yo y un chico que se llamaba Edgar «no-sé-qué» y que tenía un tío cuyo mejor amigo era contrabandista de bebidas alcohólicas. Recuerdo que el pomo de la palanca de cambios se le quedó en la mano. Con cierta vehemencia. Le pregunté. pero el Jefe se hizo el sordo. Pero apenas había empezado cuando alguien golpeó suavemente en la portezuela del autobús. hasta el último hombre. Me dijo que no. Los comanches. — ¡No! —dijo el Jefe. sonriendo. Pero un día que íbamos camino del parque el Jefe detuvo el autobús junto al bordillo de la acera de la Quinta Avenida a la altura de la calle 60. ese día los reflejos del Jefe estaban en buena forma. lo bastante como para sugerir —me pareció— que la foto había sido más o menos impuesta por otros. Mary Hudson se quedó muy cerca de nosotros. El Jefe estaba muy nervioso. Y. Long Island. de pronto. hacia 1939. miró a los comanches situados cerca de su asiento y les hizo una seña para que le hicieran sitio. Fue adquiriendo gradualmente la personalidad poco inquietante de un velocímetro. Cuando bajamos del autobús. sino que apenas oía lo que le decía la chica. La segunda. por qué tenía su foto en el autobús. Mientras volvíamos a nuestro lugar de estacionamiento habitual. — ¿He tardado mucho? —le preguntó. Vivía en Douglaston. la chica del Jefe. Una fue una chica delgada en un traje de baño negro.Le pregunté si trabajaba en el cine o en alguna cosa así. Veinte pasajeros solicitaron inmediatamente una explicación. Se levantó de un salto. que forcejeaba terriblemente para clavar en la arena una sombrilla en Jones Beach. accionó la manecilla de la puerta y enseguida subió al autobús una chica con un abrigo de castor. se limitó a adoptar su posición habitual de narrador y dio comienzo anticipadamente a un nuevo episodio del «hombre que ríe». esa chica que hacía un viaje de placer por el Caribe. Entonces el autobús se puso en marcha con un acelerón poco hábil. para colmo de males. Y la tercera. Agregó. Le cedimos todo el espacio del mundo. la foto —le hubiera sido impuesta al Jefe por la fuerza o no— continuó sobre el parabrisas. Durante las dos semanas siguientes. No sólo no lograba participar en la conversación. Así. Pero los comanches nos fuimos acostumbrando a ella. Mary Hudson se inclinó hacia delante en su asiento e hizo al Jefe un colorido relato de los trenes que había perdido y del tren que no había perdido.

que se veía desigual y borroso. Estaba bien para un doble corriente. ahora la contemplábamos con irritación. Por fin. Desde mi posición en la primera base. —y la verdad es que efectivamente apreciamos darnos prisa. Llevó aparte a Mary Hudson. Le dijo que no sujetara el bate con demasiada fuerza. — ¡Yo también —dijo—. Era algo desconcertante. observé que Mary Hudson me estaba sonriendo.. Era un espectáculo verdaderamente horrible. hizo una pequeña mueca y dijo: — Bueno. y sugirió que Mary Hudson ocupara su lugar. «No lo hago». dijo ella. lo suficiente como para que los comanches no pudieran oír. Cada vez que lo hacía. Ella nos sonrió. contestó ella. Nosotros entramos primero. miraba furtivamente de vez en cuando por encima de mi hombro. que estaba enfermo en su casa. y pareció dirigirse a ella en forma solemne y racional. los Bravos y los Guerreros. lo que aún era peor.. con toda claridad—.comanche y yo lanzábamos al aire una moneda para determinar qué equipo batearía primero. acertó en la primera pelota que le lanzaron. La respuesta no pudo ser más cortante. El Jefe abandonó su puesto de árbitro detrás del pitcher y se adelantó con impaciencia. y fijó su mirada en mí. por propia iniciativa. Mary Hudson debía ser la novena en batear en el equipo de los Guerreros. Mary Hudson me saludaba alegremente con la cabeza. Luego el Jefe se hizo cargo de la situación. dijo ella. Dije que no necesitaba un jugador para el centro del campo. «No lo haré». . Cuando le di un bate. Señaló hacia el campo. Se aproximó cautelosamente al campo donde estaban esperando los dos equipos comanches. Yo era el capitán de los Guerreros. Se quitó el abrigo de castor y el guante de catcher para la ocasión y avanzó hacia su puesto con un vestido marrón oscuro. cogí una piedra y la arrojé contra un árbol. Mary Hudson lo interrumpió. yo también quiero jugar! El Jefe meneó la cabeza y volvió a la carga. Llevaba puesto el guante de catcher. He venido hasta Nueva York para ver al dentista y todo eso. Así como antes los comanches nos habíamos limitado a mirar fijamente su femineidad. pero ella logró tres sin apresurarse. La entrometida fue al centro para la primera tanda. y los comanches pudieron oír perfectamente su voz. El Jefe dijo que qué mierda era eso de que no necesitaba a nadie que hiciera de centro. Me quedé estupefacto. revelando su genio para complicar las cosas. Y. y voy a jugar. Cuando se lo dije. pero abandonó la batalla. Mary Hudson declaró con entusiasmo que deseaba jugar. «Apártate. hasta entonces oculto. Mencionó el nombre de mi centro. Era la primera vez que le oía decir una palabrota. daos prisa. entonces. «Ya está». Tomó un bate de tamaño reglamentario y le mostró su peso. — No me importa —dijo Mary Hudson. y la mandó lejos por encima de la cabeza del fielder izquierdo. Le dijo que no perdiera de vista la pelota. preguntó por qué pesaba tanto. Le dijo a Mary Hudson que apoyara la punta del bate en el hombro derecho. Para dominarme. El Jefe sacudió la cabeza. ¿quieres?» Con un potente golpe. Le tocó batear en la primera tanda.

Un día ventoso de abril. conociendo los elevados sentimientos de lealtad del «hombre que ríe». No obstante. y por último de mi alegría. Pero se negaba a sacárselo. Era un hombre totalmente feliz. Ala Negra sería puesto en libertad. el lobo Ala Negra. a la luz de la luna. Su fielding no podía ser peor. En cuanto la hija de Dufarge pudo . Decía que le quedaba mono. para matar el tiempo en una forma entretenida para los comanches. No parecía estar de pie detrás del pitcher. Esa presunción se convirtió en certeza cuando pasamos de largo por nuestra entrada habitual al Central Park.Cuando me repuse primero de mi sorpresa. más o menos. Mary Hudson me saludaba agitando la mano. Por algún motivo parecía odiar la primera base. Pero tenía el pelo peinado y reluciente. jugó al béisbol con los comanches un par de veces por semana (cada vez que tenía una cita con el dentista. sino flotando por encima de él. Además de su maestría con el bate. Por lo menos tres veces logró robar la segunda base al otro equipo. Durante el resto del partido. miré hacia donde se encontraba el Jefe. Una adversa serie de circunstancias había hecho que el mejor amigo del «hombre que ríe». Los Dufarge. No habría podido evitarlo. después de mi incredulidad. otras veces se limitaba a quedarse sentada. aunque hubiese querido. La noche de la transacción ataron a otro lobo en lugar de Ala Negra. fumando sus cigarrillos Herbert Tareyton (boquilla de corcho). A veces en el autobús hablaba hasta por los codos. Unas tardes llegaba a tiempo al autobús y otras no. después de recoger. Con la mejor buena fe del mundo. Después. tiñéndole primero la pata trasera derecha de blanco níveo. se acomodó a horcajadas en su asiento y procedió a narrar otro episodio de «El hombre que ríe». no había forma de retenerla. pero íbamos ganando tantas carreras que no nos importaba. el «hombre que ríe» aceptó dicha proposición (a veces su genio estaba sujeto a pequeños y misteriosos desfallecimientos). el Jefe dobló por la calle 110 y tomó como siempre por la Quinta Avenida. Quedó convenido que el «hombre que ríe» debía encontrarse con los Dufarge a medianoche en un sector determinado del denso bosque que rodea París. era una chica que sabía cómo saludar a alguien desde la tercera base. Contesté a su saludo. Durante un mes. para que se le pareciera. al parecer). como de costumbre. Desde su tercera base. y allí. El Jefe estacionó el autobús en la esquina a la altura de la calle 60. Lo recuerdo con todo detalle y voy a resumirlo. había dos cosas con las que los Dufarge no habían contado: el sentimentalismo del «hombre que ríe» y su dominio del idioma de los lobos. cayera en una trampa física e intelectual tendida por los Dufarge. Envolvía en un maravilloso perfume al que estaba junto a ella en el autobús. a quien temían y detestaban. Pero los Dufarge no tenían la menor intención de liberar a Ala Negra. llegaba a la base cada vez que salía a batear. a sus pasajeros en las calles 109 y Amsterdam. Creo que hubiera sido mejor si hubiese intentado atrapar las pelotas con cualquier otra cosa que no fuera un guante de catcher. llevaba un abrigo en lugar de la chaqueta de cuero y yo supuse lógicamente que Mary Hudson estaba incluida en el programa. le ofrecieron la libertad de Ala Negra a cambio de la suya propia.

completamente silencioso. Estaba sentada en un banco a unos setenta metros a mi izquierda. . Cuando se le pasó el ataque y vio a su hija tendida en el suelo iluminado por la luna. En la tercera o cuarta entrada de nuestro partido de esa tarde. Dufarge ató cabos. interrumpió al «hombre que ríe» informándole en primer lugar de que no se llamaba Ala Oscura. El lobo sustituto. casualmente en ese momento le dio un ataque de tos y así se libró del mortífero descubrimiento. y en segundo lugar que en su vida había estado en China ni tenía la menor intención de ir allí. Miré mi reloj. el «hombre que ríe» sintió la necesidad de elevar su bella y melodiosa voz en unas palabras de despedida a su presunto viejo amigo. Se me acercó apresuradamente. Pero a la larga el lobo sustituto comenzó a impacientarse y a cargar su peso primero sobre una pata y después sobre la otra. bajo la luz de la luna.atarlo a un árbol con alambre de espino. Bruscamente y con cierta rudeza. inclinó su cabeza para atrás y. Casi todos pensábamos en la situación en que había quedado el «hombre que ríe». Su padre tuvo más suerte. silbante. fumaba un cigarrillo y daba la impresión de estar mirando en dirección a nuestro campo. el «hombre que ríe» se quitó la máscara con la lengua y se enfrentó a los Dufarge con la cara desnuda a la luz de la luna. Lógicamente enfurecido. del «hombre que ríe». Eran casi las cuatro y media. y estaba. Me emocioné con mi descubrimiento y le grité la información al Jefe. dirigiéndose a todos nosotros. vi a Mary Hudson desde la primera base. Mademoiselle Dufarge se desmayó. Se alejó lentamente. El Jefe se sacó del bolsillo el reloj Ingersoll de un dólar lo miró y después dio vuelta en su asiento y puso en marcha el motor. Cuando el autobús se puso en marcha. Al principio escuchó cortésmente los consejos de último momento personales y profesionales. El autobús había estado. Se tapó los ojos con la mano y descargó su pistola hacia donde se oía la respiración pesada. dijo: — A ver si hay más silencio en este maldito autobús. No es que nos preocupáramos por él (le teníamos demasiada confianza como para eso). sin llegar a correr. después dijo que volvía enseguida y salió del campo. quedó impresionado por el dominio de su idioma que poseía ese desconocido. y antes de que pudiera repetir la pregunta. sino Armand. Llevaba su abrigo de castor. del «hombre que ríe». No me contestó. ni Ala Negra. Así terminaba el episodio. hecha un sanduche entre dos niñeras con cochecitos de niño. Me senté en la primera base y observé. a unos pocos metros de distancia. que se hallaba detrás del pitcher. le pregunté al Jefe si no iba a esperar a Mary Hudson. ni Patas Grises ni nada por el estilo. Volví a señalar con el dedo. pero nunca habíamos llegado a tomar con calma sus momentos de peligro. Miró un segundo en esa dirección. — ¿Dónde? —preguntó. abriéndose el abrigo y metiendo las manos en los bolsillos del pantalón. Lo menos que podía decirse era que la orden resultaba totalmente ilógica.

No hablaron ni se miraron. El Jefe la había tomado de la manga de su abrigo de castor. al parecer hablándole. Me dijo que me metiera la camisa dentro del pantalón. mirándola mientras desaparecía. intuitiva). Después Mary Hudson se incorporó y los dos caminaron hacia el campo de béisbol. Que tenía al mismo muchacho jugando en el centro y en el ala izquierda.Cuando el Jefe alcanzó a Mary Hudson. y de pronto choqué de lleno con un cochecito de niño. Otra vez negó con la cabeza. Me acerqué y le pregunté si él y Mary Hudson se habían peleado. El Jefe no intentó seguirla. que hacía especialmente arriesgado caminar hacia atrás. la luz era mala para jugar. pero ella lo esquivaba. por independiente que fuera de la suma de sus factores. . Arrojé mi guante al aire. su abrigo estaba abrochado nuevamente y las manos colgaban a los lados. Encendió otro cigarrillo y cruzó las piernas. No tenía idea de lo que pasaba entre el Jefe y Mary Hudson (y aún no la tengo. salvo de una manera muy somera. Le dije que no tenía a nadie que jugara en el ala izquierda. La última vez que vi con claridad a Mary Hudson estaba llorando cerca de la tercera base. Por favor. y por último se sentó en un banquillo mal situado cerca de la tercera base. Caminó lentamente por detrás de la base. Después de una entrada más. giré en redondo y empecé a caminar hacia atrás. — ¿Ella no va a jugar? —le grité. pero cayó en un charco de barro. Le dije que el Jefe iba con frecuencia. Abandonó el campo y empezó a correr por el caminito de cemento y siguió corriendo hasta que se perdió de vista. Me callé la boca y contemplé a Mary Hudson. Cuando los Guerreros estaban bateando. siempre dejábamos que él llevara los bates. Más o menos a la mitad de la línea de foul de la tercera base. el Jefe ocupó su posición detrás del pitcher. Toda esta información no encontró eco. La miré sorprendido. Se limitó a permanecer de pie. tratando de que aterrizara sobre mi cabeza. Estuvo de pie frente a ella unos cinco minutos. Cuando estuvieron en el campo. pero no podía ser mayor mi certeza de que Mary Hudson había abandonado el equipo comanche para siempre. Lo limpié en los pantalones y le pregunté a Mary Hudson si quería venir a mi casa a comer alguna vez. sacando entretanto una mandarina del bolsillo y arrojándola al aire. Me dijo que cerrara el pico. — Déjame —dijo—. Era el tipo de certeza total. me acerqué a su asiento y le pregunté si le gustaría jugar en el ala izquierda. Dijo que no con la cabeza. Le pregunté si estaba resfriada. contemplando a Mary Hudson y atrapando la mandarina. déjame. Suspendimos el partido y empezamos a recoger todos nuestros bártulos. Luego se volvió caminó hasta la base y recogió los dos bates. con las manos en los bolsillos de su abrigo de castor. luego me fui caminando hacia el banco de los Guerreros.

por lo menos relativamente silencioso. con avidez. Sin embargo. El autobús. el autobús fue invadido por un silencio incondicional. padre e hija avanzaron para inspeccionar su obra. se alegró mucho cuando oyó un extraño gemido agónico que salía de su víctima. contraía de un modo secreto los músculos de su abdomen. El «hombre que ríe». lejos de estar muerto. empujándonos. Recuerdo haber deseado que el Jefe tuviera guantes. o no hay cuento. Pero no terminó ahí). que cruzaba la Quinta Avenida.Como siempre. lo primero que nos dijo el Jefe fue: — Bueno. un lado cada vez. alguien dejó caer un jersey y yo tropecé con él y me caí de bruces. como de costumbre. metódicamente. El efecto de esta hazaña sobre los Dufarge fue tan grande que sus corazones estallaron. dos de ellas en el corazón. Pero los esperaba una sorpresa enorme. estaba silencioso cuando él subió. y cayeron muertos a los pies del «hombre que ríe». concentrado en el cruce de la calle. si el capítulo iba a ser corto. Todavía no había oscurecido. probando llaves de lucha libre. En total. podría haber terminado ahí. Los comanches se las podían haber ingeniado para racionalizar la muerte de los Dufarge. que no le dejó otra alternativa que ocupar su acostumbrada posición de narrador. sólo duró cinco minutos. basta de ruido. Cuando terminó con el pañuelo. Con el maligno corazón latiéndole fuerte corrió junto a su hija y la reanimó. Instantáneamente. con limpieza y hasta con minucia. pero había esa penumbra de las cinco y cuarto. Entonces sacó un pañuelo y se sonó la nariz. regurgitó las cuatro balas. Lo observamos con paciencia y hasta con cierto interés de espectador. Fastidiado. se atrevieron entonces a contemplar el rostro del «hombre que ríe». Pasaban los días y el «hombre que ríe» seguía atado al árbol con el alambre de espinos mientras a sus pies los Dufarge se descomponían lentamente. El Jefe atravesó la calle con el cuello del abrigo levantado y los bates debajo del brazo izquierdo. como un teatro cuando van apagándose las luces de la sala. todos los comanches corrimos los últimos metros hasta el autobús estacionado gritando. Cuando los Dufarge se acercaron lo suficiente. y. Cuatro de las balas de Dufarge alcanzaron al «hombre que ríe». Dufarge. lo plegó cuidadosamente en cuatro y volvió a guardarlo en el bolsillo. Después nos contó el nuevo episodio de «El hombre que ríe». alzó de pronto la cabeza. Las conversaciones se extinguieron en un rápido susurro o se cortaron de raíz. Lentamente. Cruzando la Quinta Avenida a la carrera. que aún se tapaba los ojos con la mano para no verle la cara. aunque todos muy conscientes de que había llegado la hora de otro capítulo de «El hombre que ríe». Los dos. ahora se había secado y el viento lo arremolinaba. Llegué al autobús cuando ya estaban ocupados los mejores asientos y tuve que sentarme en el centro. le di al chico que estaba a mi derecha un codazo en las costillas y luego me volví para ver al Jefe. Su cabeza estaba caída como la de un muerto. llenos de regocijo y con el coraje de los cobardes. inclinada sobre su pecho ensangrentado. lanzó una carcajada terrible. Sangrando profusamente y sin su . Su pelo negro peinado con agua al comienzo del día. (De todos modos.

El primer gesto piadoso de Omba fue recuperar la máscara de su amo. En cambio. se echó a llorar. el más pequeño de los comanches. Extendió débilmente la mano. extraño y desgarrador. lo primero que vi fue un trozo de papel rojo que el viento agitaba contra la base de un farol de la calle. nunca se había visto tan cerca de la muerte. pasó adelante. cuando bajé del autobús del Jefe. ya había alimentado a los camellos y se dirigía a acostarse. y me dijeron que me fuera derecho a la cama. recuerdo que me temblaban las rodillas. antes de hundir su cara en el suelo ensangrentado. La colocó respetuosamente sobre las horribles facciones y procedió a curar las heridas. por supuesto. Y así lo hicieron. Cuando al fin se abrieron los pequeños ojos del «hombre que ríe». Unos minutos más tarde. que había ido a parar sobre el torso cubierto de gusanos de Mademoiselle Dufarge. Omba acercó afanosamente el vaso de sangre de águila hasta la máscara. Pero el «hombre que ríe» no quiso beberla. El Jefe puso en marcha el autobús. tomó el vaso de sangre de águila y lo hizo añicos en su puño. Un árabe. Hasta que un día. partió del pecho del «hombre que ríe». Ordenó a Omba que mirara hacia otro lado y Omba. . Ahí terminó el cuento. El último gesto del «hombre que ríe». pidió ayuda a los animales del bosque. Billy Walsh. sollozando. Les ordenó que trajeran a Omba. fue el de arrancarse la máscara. obedeció. el enano amoroso. (Nunca habría de repetirse). La poca sangre que le quedaba corrió por su muñeca. Un último suspiro de pena.dosis de sangre de águila. con voz ronca. Nadie le dijo que se callara. Los viajeros dormían. Parecía una máscara de pétalos de amapola. alto y blanco. y cuando Omba llegó con un equipo médico y una provisión de sangre de águila el «hombre que ríe» ya había entrado en coma. Chacales y árabes (Franz Kafka) Acampábamos en el oasis. Llegué a casa con los dientes castañeteándome convulsivamente. Omba inclinó su cabeza levemente contorsionada y reveló a su amo que los Dufarge habían matado a Ala Negra. Frente a mí al otro lado del pasillo. En cuanto a mí. Pero el viaje de ida y vuelta por la frontera entre París y la China era largo. pronunció débilmente el nombre de su querido Ala Negra. pero elocuente.

pero no me permito juzgar cosas que conozco tan poco. de pronto estuvo cerca. Me siento feliz de poder saludarte aquí todavía.Me tiré de espaldas sobre la hierba. todos respiraban con golpes cortos y bufaban. El gruñido de los chacales me rodeó. —Sabemos —empezó el más viejo— que vienes del Norte. lo que dices se corresponde con nuestra antigua doctrina. sabes. Un chacal se me acercó por detrás. el aullido de un chacal a lo lejos me lo impedía. ¿Por qué deberíamos tenerles miedo? ¿Acaso no es un desgracia suficiente el vivir repudiados en medio de semejante pueblo? —Es posible —contesté—. me asombra mucho lo que dices. y todas las madres hasta llegar a la madre de todos los chacales. chacales? Y como envalentonados por este discurso quizá demasiado amistoso. y su madre. Tomaremos entonces la sangre de ellos. y desprecian la carroña. Ya casi había abandonado la esperanza. debe tratarse de una querella muy antigua. los árabes están durmiendo cerca de aquí. —Eres muy listo —dijo el viejo chacal. Nosotros no los mataremos. según la manera de los hombres que ni siquiera en el lejano Norte se pierde. y la querella habrá terminado. Y lo que había estado tan lejos. quería dormir. De este frío orgullo. en esto precisamente fundamos nuestra esperanza. eres muy listo. luego me encaró y dijo. los abatirán en masa con sus escopetas. y todos empezaron a respirar aún más rápido. Sólo por casualidad vengo del lejano Norte en un viaje muy corto. de lo contrario sabrías que jamás. no brota ninguna chispa de inteligencia. los chacales estrecharon el círculo a mi alrededor. A la simple vista de sus cuerpos con vida escapamos hacia aires más puros. que por esta razón se ha vuelto nuestra patria. para devorarlos. pasó bajo mi brazo y se apretó contra mí como si buscara mi calor. no pude conciliar el sueño. ningún chacal ha temido a un árabe. en toda la historia del mundo. El Nilo no tendría bastante agua para purificarnos. entonces concluirá quizá solamente con sangre. porque te esperábamos desde la eternidad. Allá se encuentra la inteligencia que aquí entre los árabes falta. puede ser. . jadeantes los pulmones a pesar de estar quietos. entonces me senté. Matan a los animales. —Eres en verdad un extranjero —dijo el chacal—. un olor amargo que a veces sólo apretando los dientes podía tolerarse salía de sus fauces abiertas—. sus ojos casi en los míos: —Soy el chacal más viejo de toda la región. ¡Créelo! —Me asombra —dije olvidando alimentar el fuego cuyo humo debía mantener lejos a los chacales—. al desierto. —No hables tan fuerte —le dije—. —¡Oh! —exclamé más brutalmente de lo que hubiera querido— se defenderán. ¿Qué quieren de mí. ojos dorados descoloridos que se encendían y se apagaban. —Has entendido mal —dijo—. cuerpos esbeltos que se movían ágilmente y en cadencia como bajo un látigo. de algo que se lleva en la sangre. mi madre te esperaba.

naturalmente —dijo el viejo—. debí permanecer sentado. Pero debes esperar un ratito. de buena gana. oh señor. Señor. un aire respirable. pero no pude. y ahora basta! —gritó el jefe árabe de nuestra caravana. tan estrecha y rígidamente los numerosos animales. con un gran salto hubiese huido del cerco. Tal cual eres. —¿Qué quieres entonces? —pregunté algo aplacado. tú debes poner fin a la querella que divide el mundo. como prueba de respeto. somos pobres animales. sólo poseemos nuestra dentadura. Mientras tanto escucha nuestro ruego. pero a cierta distancia se detuvieron. ganas da de escupir viendo las comisuras de sus ojos. Por eso. —No diré que el comportamiento de ustedes me ha predispuesto a ello —contesté. —No nos hagas pagar nuestra torpeza —dijo. Limpieza. a una sacudida de su cabeza. ¡córtales el pescuezo con esta tijera! —Y. dirigiéndome ya al viejo. es preciso que nosotros los vaciemos de su sangre y que limpiemos hasta sus huesos. oh querido señor. empleando en su ayuda por primera vez el tono lastimero de su voz natural—. dos jóvenes bestias habían mordido la espalda de mi chaqueta y de mi camisa. nuestros antepasados te han descrito como el que lo logrará. de noble corazón y dulces entrañas? Inmundicia es su blancura. si tú lo exiges. todos los animales deben reventar en paz. con la ayuda de tus manos todopoderosas. hundieron la cabeza entre las extremidades anteriores y se la frotaron con las patas. y cuando alzan los brazos en sus sobacos se abre el infierno. con la ayuda de tus todopoderosas manos. que se los veía como un apretado redil rodeado de fuegos fatuos. estrechamente acurrucados unos contra otros. ya a los más jóvenes. porque siguiendo la costumbre han mordido muy hondo y sólo lentamente pueden abrir las mandíbulas. nunca más el lamento de los carneros que el árabe desgüella. —Te soltarán. que se nos había acercado contra el viento y que ahora agitaba su gigantesco látigo. por eso. el horizonte completo limpio de ellos. apareció un chacal que traía en uno de sus colmillos una pequeña tijera de sastre cubierta de viejas manchas de herrumbre. —¿Qué piensan hacer entonces? —les pregunté al tiempo que quería incorporarme. —¡Que me suelten! —grité. contamos únicamente con los dientes. —Llevan la cola de tus ropas —dijo el viejo chacal aclarando en tono serio—. y horrorosas son sus barbas. —Señor —gritó. —¡Ah.Y todos los chacales en torno. solamente limpieza queremos —y ahora todos lloraban y sollozaban—. para todo lo que querramos hacer. Es necesario que obtengamos la paz con los árabes. bueno o malo. Todos escaparon rápidamente. inmundicia es su negrura. finalmente apareció la tijera. y todos los chacales aullaron. a lo lejos me pareció como una melodía—. ¿cómo únicamente tú en el mundo puedes soportarlos. habríase dicho que querían ocultar una repugnancia tan terrible que yo. . tú. a los cuales entre tanto se habían agregado muchos otros venidos de más lejos.

En aquel momento el jefe restalló el severo látigo a diestra y siniestra. ya los chacales alzaron sus voces. Clarke (1917 . Y ya todos se apilaban en igual trabajo. Se habían olvidado de los árabes. —Tienes razón. todos lo saben. Prodigiosos animales. —¿Sabes entonces qué quieren los animales? —pregunté. vieron a los árabes ante ellos. Que yo sepa. arrastrando el vientre en la tierra. es la primera vez que un monasterio tibetano encarga una máquina de calcular electrónica. cada europeo es precisamente el que les parece el predestinado. No pudieron resistir. reventó un camello esta noche. por otra parte es tiempo de partir. a medias entre la borrachera y el desfallecimiento. y viajará con nosotros hasta el fin de los tiempos.—Así que tú también. están locos. son nuestros perros. inseguro. señor. —Naturalmente. Por esta razón los queremos. locos de verdad. Mira. otra vez estuvieron allí. formando como una montaña encima del cadáver. otra vez el jefe alzó el látigo. dieron un salto atrás y corrieron un trecho a reculones. Como una pequeña bomba rabiosa que quiere apagar a cualquier precio y al mismo tiempo sin éxito un prepotente incendio. cada músculo de su cuerpo zamarreaba y palpitaba en su puesto. Ya los has visto. Cuatro portadores llegaron y arrojaron el pesado cadáver delante de nosotros. A todo europeo que pasa le es ofrecida la tijera para la gran obra. La cosa tenía mérito. dejémoslos en su oficio. yo retuve su brazo. humeaba a lo alto. Apenas tendido en el suelo. habían olvidado el odio. pero estaba . sintieron el látigo en el hocico. la obliteradora presencia del cadáver reciamente exudante los hechizaba. en muchos lugares el cuerpo estaba desgarrado. has visto y oído este espectáculo —dijo el árabe riendo tan alegremente como la reserva de su tribu lo permitía. he dispuesto que lo traigan aquí. cada uno se acercó. ¿no es cierto? ¡Y cómo nos odian! Arthur C. Pero la sangre del camello formaba ya un charco. Ya uno de ellos se colgaba del cuello y con el primer mosdisco encontraba la arteria. Los chacales alzaron la cabeza. Estos animales tienen una esperanza insensata. señor —dijo—.2008) Inglaterra Los nueve mil millones de nombres de Dios El doctor Wagner se contuvo haciendo un esfuerzo. señor —dijo—. No quisiera parecer curioso. Después dijo: – Su pedido es un poco desconcertante. desde que existen los árabes esta tijera vaga por el desierto. más lindos que los de ustedes. Como irresistiblemente atraído por hilos.

etc. Alá. entre todas las permutaciones y combinaciones posibles de letras. como máximo. como si estuviera un poco aturdido. Y hemos calculado que necesitaríamos quince mil años para completar nuestra tarea. Jehová. imperturbable: –Tenemos excelentes razones para creer que todos estos nombres requieren. de modo que imprimiese letras en vez de columnas de cifras.K. Pues bien. me interesan letras y no números. no son más que rótulos escritos por los hombres. nos hemos venido consagrando a cierta labor. nueve letras de nuestro alfabeto. .. – Desde la fundación de nuestro monasterio.lejos de pensar que un establecimiento de esta naturaleza tuviese necesidad de aquella máquina. – O. Su calculadora electrónica tipo cinco puede hacer. nuestro objeto consiste en encontrarlos y escribirlos todos. ¿cuál es el objeto de la operación? El lama vaciló una fracción de segundo. – Puede llamarlo ritual si así lo quiere –respondió el lama–. Los nombres del Ser Supremo.. si su catálogo no miente. todas las operaciones matemáticas hasta diez decimales. – ¿Y han estado haciendo esto durante tres siglos? – Sí. – Es sencillo. pero tiene una gran importancia en nuestra fe. Sin embargo. ¿Puedo preguntarle qué piensa hacer con ella? El lama se ajustó los faldones de su túnica de seda y dejó sobre la mesa la regla de cálculo con la que acababa de hacer la conversión de libras en dólares. Estamos redactando la lista de todos los nombres posibles de Dios. hace más de tres siglos. – Con mucho gusto. Es un trabajo que acaso le parezca extraño. Tendría que pedirles que modificasen el circuito de salida.. Dios. Ahora comprendo por qué quiere usted alquilar una de nuestras máquinas. – De acuerdo. – ¿Cómo? El lama prosiguió. – No acabo de comprender. Pero. El doctor lanzó un silbido ahogado. y Wagner temió haber molestado a aquel singular cliente que acababa de hacer el viaje de Lhassa a Nueva York con una regla de calcular y el catálogo de la “Compañía de Calculadoras Electrónicas” en el bolsillo de su túnica de color azafrán. Consideraciones filosóficas demasiado complejas para que se las exponga ahora nos han dado la certidumbre de que. se encuentran los verdaderos nombres de Dios. Júpiter. y por ello le pido que me escuche con espíritu abierto.

Wagner dijo..A. generación tras generación.Z.Z. Allá.Z. Pero aún hay dos cuestiones más que resolver. – Le será fácil adaptar su calculadora automática para lograr este punto. Desde luego. precipitadamente: – Claro. El doctor Wagner creyó perder el sentido de la realidad..A. Por esto hemos escogido la máquina de ustedes.Z. Pero hay otro problema más interesante. Prosiga. los monjes tibetanos componían desde hacía trescientos años. Las luces y los ruidos de Nueva York parecían esfumarse al llegar a las ventanas del edificio. claro. Me preocupa más la instalación y el manejo. ninguna de las letras debe aparecer más de tres veces sucesivamente.. y terminarán con Z. Las piezas sueltas son lo bastante pequeñas para que puedan transportarse en avión. no será fácil transportarla al Tibet. lograremos en cien días lo que nos habría costado quince mil años más. ¿Acaso la locura de los hombres no tenía un límite? Pero el doctor Wagner no debía manifestar sus pensamientos. – Esto puede arreglarse. – No. Tres. y nosotros nos encargaremos de lo demás. su lista de nombres desprovistos de sentido.A..A. Convenientemente dispuesta una máquina de este tipo puede permutar las letras unas tras otras e imprimir el resultado. Además.. para montar la máquina y vigilarla los cien días. – ¿Desean los servicios de dos de nuestros ingenieros? – Sí. – ¿Tres? Querrá decir dos.Z. supongo que les será fácil modificar la máquina de escribir electrónica adaptándola a nuestro alfabeto. De esta manera –concluyó el lama tranquilamente–.A. Antes de que pudiese terminar la frase. Envíen las piezas a la India. Pero la explicación detallada requeriría demasiado tiempo. a lo lejos. Por ejemplo. el lama había sacado del bolsillo una hojita de papel. – Con la diferencia de que utilizamos nuestro alfabeto.A. Respondió: – No cabe duda de que podemos modificar la máquina tipo cinco de manera que imprima las listas como usted desea.A. – Enviaré una nota a la dirección de personal –dijo Wagner.– Ya comprendo.Z.Z. . escribiendo en un bloc–.Z. en su remoto asilo montañoso.. El cliente siempre tiene razón.A. aunque comprendiera usted nuestra lengua. la disposición de circuitos especiales que eliminen las combinaciones inútiles. Han empezado ustedes con A.

de cien o de mil letras. – Muchas gracias. y a George Hanley no le impresionaban ya los seiscientos metros de caída vertical que separaban el monasterio de los campos cuadriculados del llano.. Naturalmente.– Aquí tiene el estado. el ingeniero contemplaba con ojos cansinos las montañas lejanas cuyos nombres ignoraba. Se había hecho popular entre los lamas repartiéndoles habanos. El hombre parecía muy capaz de una cosa así. pero no tenían nada de puritanos”. Los monjes recortaban ciertas palabras al salir de la máquina de escribir eléctrica y las pegaban devotamente en unos enormes registros. Nos facilita la vida en el monasterio. y no tenía ningún empeño en saberlo. Las frecuentes excursiones al pueblo no habían carecido de interés. . Paciente e inexorable. temía el vértigo.. pues. de ordinario. La vista. “Aquellos individuos podían estar completamente desquiciados –pensó Hanley–... Chuk se reunió con él en la terraza. A menudo ocurre que se olvidan las cosas más evidentes. si me permite. Perfectamente. Semana tras semana. Chuk se sentó en el parapeto. estoy preocupado. ya. Fue instalado hace cinco años y funciona bien. ¿Disponen de energía eléctrica? – Tenemos un generador Diesel eléctrico de cincuenta kilovatios y ciento diez voltios. Apoyado en las piedras redondeadas por el viento. de veinte. – Escucha.. tan elemental que casi no me atrevo a mencionarla. Lo compramos principalmente para hacer girar los molinos de oración. – ¿Se ha estropeado la máquina? – No. Hubiese debido pensarlo. – Ah. su trabajo habría terminado. Estaba fumando un cigarro. Crujió la pesada puerta de madera. En sus pesadillas. como de costumbre. era sin duda el trabajo más desconcertante en que jamás hubiera participado. producía vértigo. hay otra cuestión. la máquina tipo cinco modificada había llenado miles y miles de hojas con sus inscripciones absurdas. certificado. Al cabo de una semana. la máquina calculadora había agrupado las letras del alfabeto tibetano en todas las combinaciones posibles. “La operación nombre de Dios”. Hanley ignoraba qué cálculos oscuros los habían llevado a la conclusión de que no hacía falta estudiar conjuntos de diez. soñaba algunas veces que el gran lama decidía bruscamente complicar un poco más la operación y que había que proseguir el trabajo hasta el año 2060.. de mi cuenta en el Banco Asiático. Fue algo sorprendente. desde el parapeto. George –dijo Chuk–. Pero. agotando una serie tras otra. Pero uno se acostumbra a todo. según la había bautizado un humorista de la Compañía. Tres meses habían transcurrido.

tiene grandes ideas –dijo–. podemos hallarnos en el aeropuerto cuando salga de la máquina la última palabra.. – Y después. El avión llega dentro de una semana. Pero. Piensan que cuando se hayan escrito todos estos nombres (que. son unos nueve mil millones). no será una cosa tan insignificante!” George reflexionó un momento.– Acabo de descubrir el objeto de la operación. en su versión tibetana. y muchos de ellos siguen creyendo igual. Pero nadie se encolerizó cuando pasó el domingo. y me ha dicho: “¡Oh. La mayoría pensó que había sido sólo un pequeño error de cálculo.. George. muy despacio–. y todo habrá acabado. Centenares de personas le creyeron. según ellos. Si calculamos bien el tiempo. La raza humana habrá cumplido la misión para la que fue creada. pero preferiría hallarme lejos cuando el viejo lama se dé cuenta del fracaso de la operación. pero ignorábamos el porqué.. Sólo tenemos que hacer una reparación que dure tres o cuatro días. utilizan nuestra máquina. – ¡Pero si ya lo sabíamos! – Sabíamos lo que querían hacer los monjes. por lo visto. – Esto es lo mismo que le he dicho al anciano. acaso. pueden pensar que es por culpa nuestra. – Comprendo. – ¡Bah! Están locos. debo advertirte que no estamos en Luisiana.. – Hay una solución: un pequeño sabotaje inofensivo. Estamos solos. entre centenares de monjes. no suenan las trompetas del ángel Gabriel. y la máquina acabará su trabajo en cuatro días. intervendrá Dios. como el maestro a un discípulo particularmente lerdo. a razón de veinticuatro horas por día. – Escucha. pero ya he visto otros casos parecidos. Cuando yo era chico. . ¿qué? ¿Esperan. – Es un tipo que. que nos suicidemos? – Sería inútil. Son muy simpáticos.. los dos. ¿no te das cuenta de lo que puede ocurrir? Si. el anciano acaba de explicármelo. Entonces él me ha mirado de un modo extraño. pero no veo que cambie nada la situación. se habrá alcanzado el divino designio. Ya habíamos convenido en que están locos. – Sí. – Para el caso de que no lo hayas notado. – ¿Se acabará el mundo? Chuk lanzó una risita nerviosa. hubo en Luisiana un predicador que anunció el fin del mundo para el domingo siguiente.. A fin de cuentas. –dijo George. No me gusta esto. terminadas las listas. Cuando la lista esté terminada. Incluso algunas vendieron sus casas.

3” acababa de posarse allá abajo. a su vez. mientras los novicios recortaban nombres extravagantes y los pegaban en el enorme cuaderno. George. – ¡Míralo! ¡He ahí una visión agradable! Semejante a una minúscula cruz de plata.Siete días más tarde. El gran lama y sus auxiliares examinaban las hojas. La voz de Chuk interrumpió sus sueños. Eran lámparas eléctricas suspendidas en el circuito de la máquina número cinco. . No huyo porque tenga miedo. C. detrás de las murallas. en el pequeño aeródromo improvisado. George se volvió en la silla y se quedó dormido. ¿La destruirían los monjes. Hanley dijo: – Siento un poco de remordimiento. – Estaremos en el llano dentro de una hora –dijo. No quisiera ver la cara que pondrá esta buena gente cuando se detenga la máquina. y les ha tenido sin cuidado. Esta visión daba ganas de beber un buen trago de whisky helado. La propia máquina calculadora. vuelto hacia el cielo. La mole del monasterio recortaba su parda silueta sobre el sol poniente. Ahora saben que la máquina es absolutamente automática y que huelga toda vigilancia. – Si no me equivoco –dijo Chuk–. cuando sus caballitos montañeros descendían la carretera en espiral. a impulsos del furor y el desengaño? ¿O volverían a comenzar de nuevo?” Como si todavía estuviese allí. pero se interrumpió de pronto. veía todo lo que pasaba en aquel momento en la montaña. Unas lucecitas brillaban de vez en cuando bajo la masa sombría de las murallas. Chuk empezó a cantar. No se oía más que el tableteo de la máquina. que combinaba millares de letras por segundo. han adivinado perfectamente que huíamos. el viejo avión de transporte “D. sino porque me dan pena. era absolutamente silenciosa. como los tragaluces de un navío en ruta. levantó los ojos. Las montañas parecían restarle ánimos. – Mira –murmuró Chuk.. Y añadió: –¿Crees que habrá terminado el cálculo? Chuk no respondió. Y también creen que no habrá un después. George consultó su reloj. Vio que el rostro de Chuk estaba muy pálido.. Y todo esto se realizaba en medio de un religioso silencio. “¿Qué sucedería con la calculadora eléctrica? –se preguntó George–. y George levantó la cabeza. golpeando el papel como una lluvia mansa.

Jerome David Salinger (1919 . acentuando el borde de la luna. . Cuando. y monopolizaban las líneas telefónicas de larga distancia de tal manera que la chica del 507 tuvo que esperar su llamada desde el mediodía hasta las dos y media de la tarde. abanicó en el aire su mano pintada. Quitó una mancha de la falda de su traje beige. -Hola -dijo.. Era una chica a la que una llamada telefónica no le hacía gran efecto.levantó el tubo del teléfono.2010) Estados Unidos UN DIA PERFECTO PARA EL PEZ BANANA Seymour parecía no ser el mismo después que regresó de la guerra En el hotel había noventa y siete publicitarios neoyorquinos. encima de ellos. Corrió un poco el botón de la blusa de Saks. Tapó el frasco y. en la paz de las alturas. Mientras el teléfono llamaba.. Se sentó en una de las dos camas gemelas ya tendida y -ya era la cuarta o quinta llamada. donde estaba el teléfono. salvo las chinelas: los anillos estaban en el cuarto de baño. estaba sentada al lado de la ventana y casi había terminado de pintarse las uñas de la mano izquierda. Lavó su peine y su cepillo. la izquierda. la operadora la llamó. por fin.Por última vez. poniéndose de pie. con el pincelito del esmalte se repasó la uña del dedo meñique. Se arrancó los dos pelos que acababan de salirle en el lunar. En una revista femenina de bolsillo leyó una nota titulada "El sexo es Divertido.. Daba la impresión de que el teléfono hubiera estado sonando constantemente desde que ella alcanzó la pubertad. tomó del asiento junto a la ventana un cenicero repleto y lo llevó hasta la mesita de luz. que era lo único que tenía puesto. Pero no perdió el tiempo.. Con la mano seca. manteniendo extendidos los dedos de la mano izquierda lejos de la bata de seda blanca. las estrellas se apagaban una a una. o infernal".

¿Estás bien. -Mamá -interrumpió la chica. -Mamá. Este es el día más caluroso que ha habido en la Florida desde. -Estoy perfectamente.-Su llamada de Nueva York... ¿Por qué no llamaste? ¿Estás bien? -Traté de telefonear anoche y anteanoche. Condujo perfectamente. A través del auricular llegó una voz de mujer: -¿Muriel? ¿Eres tú? La chica alejó un poco el auricular del oído. querida. -Estoy perfectamente. -Gracias -contestó la chica.. esa es la verdad.. -¿Quién manejó? -Él -dijo la chica-. acabo de decírtelo. No pasamos de ochenta en todo el camino. no me preguntes siempre lo mismo.. mamá.. Y no te asustes. él tenía que. Condujo bien. -Le dije a tu padre que seguramente llamarías anoche.. -¿Cuándo llegaron? -No sé.. Por favor. Anoche te llamé dos veces. el miércoles. -He estado preocupadísima por ti. Con calor..... -¿Manejó él? Muriel. -Sí. Una vez justo después. -Estás bien. a la madrugada. señora Glass -dijo la operadora.. Muriel? La chica aumentó un poco más el ángulo entre el auricular y su oreja. Puedo oírte perfectamente -dijo la chica-. me diste tu palabra de que. Los teléfonos acá han. Muriel? Dime la verdad. -¿Por qué no llamaste? Estuve tan preocupada. -¿No trató de hacerse el tonto otra vez con los árboles? . no me grites. Pero no.. e hizo lugar en la mesita de luz para el cenicero. ¿Cómo estás? -dijo. Yo misma estaba asombrada.

Tu padre. -Bueno.. cuando veníamos en el auto.? -No. Lo dejaste aquí y no había lugar en la. O aprendido el idioma. Es horrible.. ya veremos. -No tiene nada de gracioso. -Está bien.interrumpió la chica-.. lo tengo yo... ¡qué importancia tiene! -Muriel. Ahora tiene uno nuevo. Cuando pienso cómo. Hasta se esforzaba por no mirar los árboles. Le pedí que se mantuviera cerca de la línea blanca del centro. ¿Qué hice con él? Me he estado rompiendo la cabeza. entonces.... -¿Estás segura? -dijo la chica. ¿Cómo se portó? Digo. podía notarse. -¿Cuál? -Mamá.. y entendió perfectamente... es triste. ¿Por qué? ¿Él te lo pidió? -No. No hay motivo. -Mamá .. mamá.. con una risita. nada menos. -Tú lo tienes. . Está en el cuarto de Freddy.. -¡Pero está en alemán! -Sí querida.. Me preguntó si lo había leído. está bien. Espantoso. Vamos.. ¿papá hizo arreglar el auto? -Todavía no. ¿Te acuerdas de aquel libro que me mandó de Alemania? Acuérdate. -¿Siguió llamándote con ese horroroso. esos poemas en alemán.. Entre paréntesis. Muriel. cruzando las piernas-. y todo lo demás. Me llama Miss Buscona Espiritual 1948 -dijo la chica. y lo hizo.. Nada de gracioso.. por favor. Dijo que casualmente los poemas habían sido escritos por el único gran poeta de este siglo... En verdad es triste. -Espantoso.. en el auto y demás..... -Muy bien -dijo la chica. Realmente. solo para... insisto en saberlo. -Por supuesto. Es decir.-Vuelvo a repetirte que manejó muy bien. Simplemente me preguntó por él. Seymour le dijo a papá que pagaría él. Ese detalle no tiene importancia -dijo la chica. Anoche dijo tu padre. escúchame.Mamá. Me dijo que debería haber comprado una traducción o algo así. . Piden cuatrocientos dólares.

de que Seymour pierda por completo la cabeza. -Aquí en el hotel hay un psiquiatra -dijo la chica.. dijo que era un verdadero crimen que el ejército lo hubiera dado de alta en el hospital. -Tu padre habló con el doctor Sivetski. Palabra. Rieser o algo así. Así que tómalo con calma.-Un segundito mamá -dijo la chica. ya sabes como es tu padre. Me quemé lo mismo.. una posibilidad muy grande. Dicen que es muy bueno.. -En primer lugar.. -Te estoy escuchando... -Muriel. -Mamá.. Las cosas horribles que le dijo a la abuela acerca de sus proyectos sobre la muerte.. Ese asunto de la ventana.. y no pienso meter todo en la valija y volver a casa porque sí -dijo la chica-. -Muriel... anoche tu padre estuvo a punto de cablegrafiarte que volvieras inmediatamente a casa. -¿Ajá? -dijo la chica.. -¿Te quemaste mucho? ¿No usaste ese bronceador que te puse en la valija. todo.. Hace años que no me tomo vacaciones. -Muriel. Estamos muy preocupados por ti. por favor. Estoy tan quemada por el sol que ni me puedo mover. -Le contó todo.. mamá. no seas inconsciente. Lo cierto es que. En definitiva. El doctor Sivetski dijo que Seymour podía perder por completo la. dijo a tu padre que hay una posibilidad. -De todos modos dicen que es muy bueno.. mira. De cualquier modo.. escúchame. dijo... Lo que hizo con esas fotos tan hermosas de las Bermudas. Los árboles. ahora no podría viajar. . -¡Qué horror! ¿Dónde te quemaste? -Me quemé toda. Te lo juro. -Por ahora no pienso volver. Por lo menos.. Está.. acabo de llegar. mamá. toda. ¿Mamá? -dijo exhalando el humo. así me dijo. encendió uno y volvió a sentarse en la cama-. -Nunca lo oí nombrar. palabra. -Lo sé..? -dijo la chica... -¿Y entonces.. -¿Quién? ¿Cómo se llama? -No sé. Cruzó hasta el asiento junto a la ventana en busca de sus cigarrillos.

¿Y tu abrigo azul? . y me preguntó si Seymour no había estado enfermo o algo por el estilo. raro.-¡Qué horror! -No me voy a morir.. le dijiste lo que trató de hacer con el sillón de la abuela? -No. La mujer es espantosa. Le dije que sí. sí. o algo así. mamá. -dijo la chica... todas esas cosas. Y yo acepté.... -¿El verde? -Lo tenía puesto.. -¿Pero él qué dijo? El médico. -¿No dijo si había una posibilidad de que pudiera ponerse.. y me preguntó si el que tocaba el piano en la otra sala era mi marido.. tú sabes.? -En realidad. estábamos en el bar. Seguramente podré hablarle de nuevo.. Tocó el piano las dos noches que hemos pasado aquí. mamá. ¿Te acuerdas de aquel vestido de noche tan horrible que vimos en la vidriera de Bonwit? Que tú dijiste que había que tener un chico. Tal vez porque lo vio tan pálido.. -¿Por qué te hizo esa pregunta? -No sé. Se la pasó preguntándome si Seymour estaba emparentado con esa Susana Glass que tiene una tienda en la avenida Madison. ¿qué dijo? -¡Oh. Se pasa todo el día en el bar. jugando al Bingo. no -dijo la chica-.. -Dime.. No abundé en detalles -dijo la chica-. ¿le... mamá. La cuestión es que después de jugar al Bingo. en realidad... -En fin. Entonces yo le dije.. Yo estaba sentada anoche a su lado. la mercería. mucho no dijo.. sí. Ya te digo. pero.. Sabes. y qué sé yo -dijo la chica-. Había un bochinche terrible... el ruido era tal que apenas podíamos hablar... -Ah. Tienen que saber todo sobre la infancia de uno. Bueno.. Necesita conocer más detalles... no mucho! El fue el primero en hablar. -Sí. él y su mujer me invitaron a tomar una copa. más o menos. Con esas caderas. tocando el piano. ¿le hablaste a ese psiquiatra? -Bueno. -Bueno..? ¿De que pudiera hacerte algo.. -¿Qué dijo? ¿Dónde estaba Seymour cuando le hablaste? -En la Sala Océano.. chiquísimo.

-Bueno. No pudimos conseguir la habitación que nos daban antes de la guerra -dijo la chica-. -No. Seymour puede llegar en cualquier momento. -Bueno. -¿No se quita la salida de baño? ¿Por qué no? . esa es la impresión que das... Parece que hubieran venido en un camión. Por todos lados se ven lentejuelas -dijo la chica. quiero decir. Mira.. -Muriel.. te lo voy a preguntar una vez más. Pero encantadora.. -¿Y no quieres volver a casa? -No. -¿Y tu habitación? -Está bien. Muriel. Hablas de él como si fuera un loco furioso. Tendrías que ver a los que se sientan al lado nuestro en el comedor. Los dos pensamos. ¿Y tu vestido tipo bailarina? -Demasiado largo. ¿En serio estás bien? -Sí.. Pero nada más que eso. Le aliviané un poco el foro. cuando una piensa en esas esposas tan locas que. Mamá. gracias -dijo la chica. -Tu padre dijo anoche que estaría encantado de hacerse cargo si quisieras irte sola a algún lado y pensarlo bien. Colguemos. todo lo que hace es estar tendido en la arena. -¿En la playa? ¿Sólo? ¿Se porta bien en la playa? -Mamá -dijo la chica-. esta llamada va a costar una for. en todas partes es igual.-Bien.. Podrías hacer un hermoso crucero. Este año la gente es un espanto.. Te dije que era demasiado largo. Ni siquiera se quita la salida de baño. -¿Dónde está? -En la playa. -No dije nada de eso... -Cuando pienso cómo estuviste esperándolo a ese muchacho durante toda la guerra. y descruzó las piernas-. mamá. Por enésima vez. -Mamá -dijo la chica-. mamá -dijo la chica-. -¿Cómo es la ropa este año? -Terrible.

-Muriel. tú me entiendes.. o diga algo raro. que estaba alojada en el mismo hotel con su mamá-. ¿Por qué no lo obligas? -Lo conoces muy bien -dijo la chica.-No lo sé. una de las cuales. -En verdad no era más que un pañuelo de seda común. repartiéndolos sobre sus omóplatos. Era una preciosura. cargando su peso sobre la pierna derecha.) -Gatita.. Dice que no quiere tener un montón de imbéciles alrededor mirándole el tatuaje.. -Sí. No. Cariños a papá -colgó. mirando el océano. -Dios mío. La vas a enloquecer a mamita. Ojalá supiera cómo lo anudó. a lo mejor te llamo otra vez mañana. mamá -dijo la chica. y se puso de pie-. Adiós mamá -dijo la chica-. una podía darse cuenta cuando se acercaba a mirarlo -dijo la mujer sentada en la reposera contigua a la de la señora Carpenter-.. no le tengo miedo a Seymour. delicados como alas. -Bueno. del T.. -Llámame en el mismo momento en que haga. ¿Viste más vidrio? * Aquí la niña se refiere a Seymour Glass (pronunciado simor-glas) cuyo nombre se confunde con las palabras see more glass (ver más vidrio). no necesitaría realmente por nueve o diez años más. (N. por su casi idéntica pronunciación. no sigas repitiendo eso. Usaba un traje de baño de color amarillo canario. quiero que me lo prometas. necesita tomar sol. -Muriel. de dos piezas. . te lo prometo. -Ver más vidrio* -dijo Sybil Carpenter. mamá. por favor. Sybil estaba precariamente sentada en una enorme y tensa pelota de playa. Hazme caso. Tal vez porque tiene la piel tan blanca. Escúchame. ¿Me oyes? -Mamá. querida -dijo la chica. La señora Carpenter untaba la espalda de Sybil con bronceador. -¡Si no tiene ningún tatuaje! ¿O acaso se hizo tatuar cuando estaba en la guerra? -No. y volvió a cruzarse las piernas-. Quédate quieta por favor.

. y se llevó la mano derecha. hola Sybil. Difícil saberlo. Sybil corrió de inmediato hacia la parte asentada de la playa y echó a andar hacia el pabellón de los pescadores. -Quédate quieta. Bueno. O haciendo muñecos para los chicos pobres en su habitación. -¿La señora? -el joven hizo un movimiento. Puede estar en miles de lugares. Caminó cerca de medio kilómetro y de pronto echó a correr oblicuamente. -¿Qué hay de nuevo? ¿Qué programa tenemos? -Mi papá llega mañana en avión -dijo Sybill. Cada minuto. Haciéndose teñir el pelo de color visón. sacudiéndose la arena del pelo ralo-.. -¿Dónde está la señora? -dijo Sybil. Ahora vete a jugar. Sybil. y en seguida dejó atrás la zona reservada a los clientes del hotel. -No me tires arena a la cara. Te traeré la aceituna.-Por lo que usted me dice. -¿Viste más vidrio? -dijo Sybil. El joven se sobresaltó. tomando con una mano el tobillo de Sybil-. gatita. a las solapas de su salida de baño. parece precioso -asintió la señora Carpenter. En la peluquería. La señora Carpenter suspiró. Se detuvo al llegar al sitio en que un hombre joven estaba echado de espaldas. Mamita va a ir al hotel a tomar un copetín con la señora Hubbel. alejándose del agua hacia las arenas flojas. -¡Ah!. Sybil. Tapó el frasco de bronceador-. -¿Vas a ir al agua. pateando la arena. gatita. Se volvió boca abajo. Se detuvo únicamente para hundir en un castillo inundado y derruido. "ver más vidrio"? -dijo. ¿Qué hay de nuevo? -¿Qué? -dijo Sybil. -Muy bien -dijo. instintivamente. y miró de reojo a Sybil. era hora de que tu papi llegara. nena -dijo el joven. Lo he estado esperando. dejando caer una toalla enrollada como una salchicha que tenía sobre los ojos. -¿Vas a ir al agua? -Te estaba esperando -dijo el joven-.. Cuando quedó en libertad.

Sybil lo miró fijo. Si hay algo que me gusta. Yo soy capricorniano. Sybil -dijo-. Sybil dio un paso adelante. -Este es amarillo -dijo-. No era posible -dijo el joven-. -Es verdad. Sybil inmediatamente bajó la cabeza y empezó a cavar en la arena. -Bueno -dijo-. Sybil -dijo-. ¿Cuál es tu signo? . Es un gusto verte. Lo estoy pensando muy en serio. Qué tonto soy. y después contempló su barriga sobresaliente. -¿En serio? Acércate un poco más.Poniéndose boca abajo cerró los dos puños. -Tienes toda la razón del mundo. tocando. Yo estaba ahí. si quieres saberlo. Tienes un traje de baño muy lindo. Tú sabes cómo son esas cosas. Necesita aire -dijo. Cuéntame algo de ti -estiró los brazos hacia adelante y tomó en sus manos los dos tobillos de Sybil-. Pero ¿Sabes lo que hice en cambio? -¿Qué? -Hice de cuenta que eras tú. apoyó uno encima del otro y acomodó el mentón sobre el de arriba. Sybil. Y tú te habías perdido de vista totalmente y vino Sharon Lipschutz y se sentó a mi lado. -¿Sharon Lipschutz dijo eso? Sybil asintió enérgicamente. Sybil hundió los dedos en el flotador de goma que el joven usaba a veces como almohadón. -Ah. Sybil. estás muy linda. -¿Vas a ir al agua? -dijo Sybil. es un traje de baño azul.Sharon Lipschutz dijo que le dejaste sentarse a tu lado en el taburete del piano -dijo Sybil. -Pregúntame algo más. Es amarillo. Necesita más aire de lo que estoy dispuesto a reconocer -retiró los puños y dejó que el mentón descansara en la arena-. no. Le soltó los tobillos. -Lo estoy considerando seriamente. encogió los brazos y recostó el costado de la cara en el antebrazo derecho. No podía sacarla de un empujón ¿no es cierto? -Sí que podías. .

no está cerca de Whirly Wood. Desenrolló la toalla que había puesto sobre los ojos. -¿Que saque a quién? -A Sharon Lipschutz. recogió el flotador y lo sujetó bajo su brazo derecho. Sharon Lipschutz -dijo él-. Sybil sacudió la cabeza negativamente. Sharon Lipshutz sabe donde vive. . Sybil se detuvo y de un tirón arrancó su mano de la de él. Se la quitó. Sybil -dijo. y desanudó el cinto de su salida de baño. -No te imaginas cómo eso aclara todo -dijo él. ya sé lo que podemos hacer. ¿dónde vives. por casualidad. -Bueno -replicó el joven-. -¿En serio que no? Pero. Tenía los hombros blancos y angostos y el pantalón de baño era azul eléctrico. Plegó la salida. -La próxima vez. tomó el pie izquierdo con la mano izquierda. -Claro que sabes. Conneticut. Tienes que saber. entonces? -No sé -dijo Sybil. después en tres dobleces. Luego la tiró. sácala de un empujón -dijo Sybil. -¿Un qué? -Un pez banana -dijo. Luego con la mano izquierda tomó la de Sybil. -Me imagino que ya habrás visto unos cuantos peces banana -dijo el joven.-Vamos al agua -dijo. Vamos a tratar de pescar un pez banana. ¡Cómo aparece siempre ese nombre! Mezcla de recuerdos y deseos -repentinamente se puso de pie y miró al mar-. Vivo en Whirly Wood. primero a lo largo. Se adelantó unos pasos. y no tiene más que tres años y medio. -Ah. la tendió sobre la arena y puso encima la salida plegada. Recogió una conchita común y la observó con estudiado interés. Conneticut -dijo el joven-. -Whirly Wood. y dio dos o tres saltos. Creo que puedo arreglarme para hacerlo. ¿Eso. Se agachó. Conneticut? Sybil lo miró: -Ahí es donde vivo -dijo con impaciencia-. Los dos echaron a andar hacia el mar.

-Ah.. Yo sé lo que estoy haciendo -dijo el joven-. Espera a que estemos un poquito más afuera. -¿Los tigres corrían todos alrededor de ese árbol? -Creí que nunca iban a parar. -Me gusta masticar velas -dijo ella por último. -Sí. Nunca voy a ningún lado sin ellas. ¿y a quién no? -dijo el joven mojándose los pies-. pero hay algunas nenas que se divierten mucho molestándolo con los palitos de los globos. Sybil no dijo nada. Por eso la quiero tanto. espera un segundo.. ¿A ti no? Sybil asintió con la cabeza: -¿Te gustan las aceitunas? -preguntó. -¿Las aceitunas?. Sybil. -No me sueltes -dijo Sybil-. . Lo que me gusta más que nada de ella es que nunca le hace cosas feas a los perritos en la sala del hotel. Jamás vi tantos tigres. Da la casualidad que acabé de leerlo anoche -se inclinó y volvió a tomar la mano de Sybil-. Avanzaron hasta que el agua llegó a la cintura de Sybil. -Es gracioso que me preguntes eso -dijo él-. Sujétame. Pero Sharon. -No eran más que seis -dijo Sybil. -Dejó caer el flotador en el agua. ¡Caracoles! Está fría. ¿Qué te pareció? -le preguntó. Entonces el joven la levantó y la depositó boca abajo en el flotador. -¡Nada más que seis! -dijo el joven-. Por ejemplo a ese bulldog enano de la señora canadiense. -¿Si me gusta qué? -dijo el joven. -Mucho. ¿Y dices "nada más"? -¿Te gusta la cera? -preguntó Sybil. Nunca es mala ni grosera.Sybil soltó su pie: -¿Has leído "El Negrito Sambo"? -dijo. -¿Nunca usas gorra de baño ni nada de eso? -preguntó. Te resultará difícil creerlo. ¿quieres? -Señorita Carpenter. Solo ocúpate de ver si aparece un pez banana.No. Sí. Sí me gusta. -La cera. Las aceitunas y la cera. -¿Te gusta Sharon Lipshutz? -preguntó Sybil. jamás. Por favor.

-Tomó los tobillos de Sybil con ambas manos y empujó para adelante y para abajo. El agua no le alcanzaba al pecho. El flotador levantó la proa por encima de la ola. -Ahí viene una ola -dijo Sybil nerviosa. lamento decírtelo. Es una enfermedad terrible. Claro. -Mira. -No vayamos tan lejos -dijo Sybil-. húmedo. -La ignoraremos. pero sus gritos eran de puro placer. Seis. ¿Y qué pasa después con ellos? -¿Qué pasa con quienes? -Con los peces banana. se apartó de los ojos un mechón de pelo pegado. No pasan por la puerta. Muy curiosas. ¿te refieres a después de comer tantas bananas que no pueden salir del pozo? -Sí -dijo Sybil.-No veo ninguno -dijo Sybil. se portan como cochinos. Sybil. por Dios! -dijo el joven-. -¿Por qué? -preguntó Sybil. después de eso engordan tanto que no pueden volver a salir. -¿Un qué mi amor? -Un pez banana. ¿Sabes lo que hacen. La mataremos con la indiferencia -dijo el joven-. -Es muy posible. . Se mueren. El agua empapó los cabellos rubios de Sybil. Pero una vez adentro. -Bueno. te diré. ¿Tenía una banana en la boca? -Sí -dijo Sybil-. Cuando entran. parecen peces como todos los demás. ¿Sabes? he oído hablar de peces banana que han entrado nadando en pozos de bananas y llegaron a comer setenta y ocho bananas -empujó el flotador y a su pasajera treinta centímetros más cerca del horizonte-. Entran en un pozo que está lleno de bananas. Siguió empujando el flotador. -Contraen fiebre bananífera. Cuando el flotador estuvo nuevamente en posición horizontal. -¡No. como dos engreídos. y comentó: -Acabo de ver uno. -Bueno. Sybil? Ella meneó la cabeza. -Llevan una vida muy triste -dijo-. Sus costumbres son muy curiosas.

volviéndose. Sacó la llave del cuarto del bolsillo de su salida de baño. -Veo que me está mirando los pies -dijo él. En el primer nivel de la planta baja del hotel -que los bañistas debían usar según instrucciones de la gerencia. por la arena caliente. -¡Cómo dijo! Casualmente estaba mirando el piso -dijo la mujer. sin lamentarlo. -Adiós -dijo Sybil y salió corriendo. -¡Eh! -dijo la propietaria del pie. Pero maldita sea. -¿Cómo dice? -dijo la mujer. dígalo -dijo el joven-. Recogió el flotador mojado y resbaloso y lo acomodó bajo el brazo. cuando el ascensor se puso en marcha. -¿Cómo. Quinto piso por favor. El joven se puso la salida de baño. Caminó solo. . y le besó la planta. eh? Ahora volvamos. -Dije que veo que me está mirando los pies. -Si quiere mirarme los pies. blanda. La habitación olía a valijas nuevas de cuero de vaquillona y a quitaesmalte de uñas. en dirección al hotel. -Déjeme salir. Bajó en el quinto piso. y empujó el flotador hacia la playa hasta que Sybil descendió. El resto del camino lo llevó bajo el brazo. trabajosamente. Las puertas se abrieron y la mujer salió sin mirar hacia atrás. cruzó bien sus solapas y metió la toalla en el bolsillo. ¿Ya te divertiste bastante? -¡No! -Lo siento -dijo. no trate de hacerlo con tanto disimulo.El joven de pronto tomó uno de los empapados pies de Sybil que colgaban por el borde del flotador.entró con él en el ascensor una mujer con la nariz cubierta de pomada de zinc. por favor -dijo rápidamente la mujer a la ascensorista. y se dio vuelta enfrentando las puertas del ascensor. -Tengo los pies completamente normales y no veo por qué demonios tienen que mirármelos -dijo el joven-. hasta el hotel. caminó por el pasillo y abrió la puerta del 507.

Con el sombrero hundido hasta las orejas y las manos tocándose por los pulgares sobre el grueso vientre. Por ese desgano y la expresión canalla de su aburrimiento tenía el aspecto de un tratante de blancas. a momentos. Corrió el seguro. Enfundaba su macizo cuerpazo en un traje de color de canela y.. Sacó el cargador.65-. De pronto se sorprendió. que iba a su encuentro. cabeceaba con una expresión agria. ¿te casaste con Hipólita? ¬ Sí. abotagada. Después se sentó en la cama desocupada. . lo examinó y volvió a colocarlo. y se descerrajó un tiro en la sien derecha. Después fue hasta una de las valijas. apoyaba los dientes en el puño de marfil de su bastón. las mejillas fláccidas y el labio inferior casi colgando. en su cara amarilla. Roberto Arlt (1900 . porque Barsut seguramente no le facilitaría el dinero. la abrió. miró a la chica. y extrajo una automática de bajo una pila de calzoncillos y camisetas -Ortgies calibre 7. la primera pregunta de Erdosain fue: ¬ Y. inclinado el rostro. Aún sonreía cuando le estrechaba la mano a Erdosain. Lo vidrioso de sus ojos saltones. apuntó con la pistola. que pensó: ¬ ¡Cuántas lo han querido por esa sonrisa! Involuntariamente. le daban la apariencia de un cretino..1942) Argentina Un hombre extraño A las diez de la mañana Erdosain llegó a Perú y Avenida de Mayo. pero no te imaginás el bochinche que se armó en casa.Echó una ojeada a la chica que dormía en una de las camas gemelas. y el semblante del farmacéutico se iluminó con una sonrisa pueril. su gruesa nariz ganchuda. En la mesa de un café estaba el farmacéutico Ergueta. Sabía que su problema no tenía otra solución que la cárcel. Inesperadamente sus ojos se encontraron con los de Erdosain.

... Erdosain no había entendido. una ley de sincronismo estático. ¿Te das cuenta qué memoria la de esa gente? Después de diez años reconocieron a Hipólita que fue sirvienta de ellos. una a cada docena. y Jesús... Contenía su deseo de reír a medida que su esperanza crecía..¬ ¿Qué. ¿Vos sabés que Hipólita antes de hacer la calle trabajó de sirvienta?. ¿no tenía razón? ¿No se había regenerado? ¿No me aguantaba a mí. Por eso replicó: ¬ Jesús sabe revelar esos secretos a los que tienen el alma llena de santidad... en dos unidades la docena que tiene tres cruces. pero esta noche salimos con Hipólita para hacer saltar la banca. me ha revelado el secreto de la ruleta. La farmacia da sesenta pesos diarios. en una. fuimos mamá. con un punto la docena salida. ¬ ¿Y? ¬ Poco después que no casamos. ¡Algo que no tiene nombre! Yo y ella nos vinimos por un camino y mamá y Juana por otro. a mí... Luego le preguntó: ¬ ¿Jugás siempre? ¬ Sí. quiero decir. Toda la historia que yo inventé para justificar mi casamiento se vino abajo. Si no salen tres docenas distintas se produce ferozmente el desequilibrio. por mi mucha inocencia. Y de pronto lanzó la embrollada explicación: ¬ Mirá. Claro está que el cero no se cuenta y que jugás a las docenas en series de tres bolas. ¬ ¿Y por qué confesó que fue prostituta? ¬ Un momento de rabia. Pero. ¬ ¿Qué es eso? ¬ Vos no sabés. y esta sola base te permite deducir la unidad menor que las mayores y se juega la diferencia a la docena o las docenas que resulten.. disminuís. que les he sacado canas verdes a ellos? ¬ ¿Y cómo te va? ¬ Muy bien. yo. Marcás. pues era indudable que Ergueta estaba loco.. ya fui dos veces a Montevideo y gané mucho dinero. Lo desafié al cura a una controversia y no quiso agarrar viaje. el gran secreto.. En Pico no hay otro que conozca la Biblia como yo. . eso lo dijo ella después. Para las tres bolas que siguen quedará igual la docena que marcaste. le jugás hipotéticamente una cantidad a las tres primeras bolas.. Aumentás entonces una unidad en la docena que no tiene alguna cruz. supieron que era de la vida? ¬ No. Hipólita y mi hermanita a lo de una familia. entonces. Erdosain miró repentinamente esperanzado a su extraño amigo..

... ¬ ¿Ves cómo te comprendo yo? Vos querías salvar el alma del viejo haciéndole cometer un pecado al hijo. Iré a Palestina. pasado veinte y cuando se acuerda debe . y después vino a pedirme un consejo. clavando en él una mirada burlona. Ahora. ¿Sabés lo que le aconsejé yo? Que lo amenazara al padre con hacerlo meter preso por vender cocaína si lo denunciaba... impaciente... Lo que hay en vos es un exceso de vida.. Sos capaz de hacer el bien.. Pero yo no creo que estés loco. le hablás a la gente del cuarto sello y del caballo amarillo. Un tipo angustiado no sabe lo que hace. No sé para lo que estás predestinado.. claro.. si no el hecho de tener una hermosa alma.. ¿Te das cuenta? Ganaré en todas las ruletas el dinero que quiera. de caridad y de amor al prójimo. Y de pronto te convertís. ¡Cuántos hay que por necesidad defraudaron a sus patrones. ¬ Eso sí que es verdad ¬interrumpió Ergueta¬.. según tus propias palabras. de emocionarte ante un hombre que está a las puertas de la cárcel. ¿Sabés? Un camino raro. frunció el ceño.... ¬ ¿Ves? Yo te entiendo a vos. ¬ Cinco mil pesos gané en las dos veces.. Pero lo que te salva a vos no es el secreto de la ruleta.. Desde que yo me ocupo de esas cosas misteriosas he hecho macanas grandes como casas. cuando todo el mundo lo que tira es a hundirlo a uno y hacerle fama de loco.. ¬ ¿Y sos feliz con ella? ¬. Erdosain. Fijate que hay otro farmacéutico en el pueblo que es un tacaño viejo..... no lo creo. ¬ Seré el Rey del Mundo.. porque esas cosas no las conoce ni por las tapas. creer en la bondad de la gente. ¬ Pongamos que sea cierto. eso de que Jesús te haya revelado el secreto de la ruleta me parece medio absurdo. un gran pecador.¬ Y también a los idiotas ¬arguyó Ergueta. te casás con una prostituta porque eso está escrito en la Biblia. ¿A mí no me tienen también por loco porque he dicho que habría que instalar una tintorería para perros y metalizar los puños de las camisas?. la gente tiene que creer que estás loco. ¬ Y salvarás de angustia a mucha gente buena. Hoy roba un peso.. El hijo le robó cinco mil pesos. Pero creo que tenés por delante un camino magnífico... ¿No es así? ¬ Sí. en la biblia está escrito: "Y el padre se levantará contra el hijo y el hijo contra el padre". mañana cinco. robaron dinero que les estaba confiado! ¿Sabés? La angustia. por ejemplo.. a Jerusalén y reedificaré el gran templo de Salomón. No.. luego: ¬ ¿Cómo no querés que te tengan por loco? Vos fuiste.. casarme con esa atorranta. pecado del que éste se arrepentirá toda la vida. El destino de los hombres es siempre incierto.. a medida que guiñaba el párpado izquierdo¬..

Una expresión grave se disolvió en la superficie de su semblante abotagado. ¿vos no podés prestarme esos seiscientos pesos? El otro movió lentamente la cabeza: ¬ ¿Te pensás que porque leo la Biblia soy un otario? Erdosain lo miró desesperado: . y de pronto se encuentra con que han desaparecido quinientos. ¬ No.. tomándolo del brazo a Ergueta. de infelices. en tanto llega la revolución social.. los asesinos. El farmacéutico meditó un instante. es que eso pasa por el olvido de las Escrituras. no. con la Ramera? ¿No se ha levantado el hijo contra el padre y el padre contra el hijo? La revolución está más cerca de lo que la desean los hombres. exclamó: ¬ Porque yo estoy a un paso de la cárcel. decime. si no los estafadores. calmosamente. ¿sabés? He robado seiscientos pesos con siete centavos. Un hombre que lleva en sí las sagradas verdades no lo roba a su patrón. Y el hombre piensa. El farmacéutico guiñó lentamente el párpado izquierdo y luego dijo: ¬ No te aflijás. ¿quién no te dice que eso no sea para bien? ¿Quiénes van a hacer la revolución social..? ¬ Pero. a los angustiados.. no defrauda a la compañía en que trabaja..... los desdichados. ¿No me he casado ya con la Coja. toda la canalla que sufre abajo sin esperanza alguna? ¿O te creés que la revolución la van a hacer los cagatintas y los tenderos? ¬ De acuerdo. Los tiempos de tribulación de que hablan las Escrituras han llegado. de acuerdo. los fraudulentos. ¿De qué forma presentarle nuevamente las verdades sagradas a esa gente que no tiene fe? ¬ Pero si la gente lo que necesita es plata.. ¿No sos vos el fraudulento y el lobo que diezma el rebaño. Es poco. no sagradas verdades. el mundo está lleno de turros. seiscientos pesos con siete centavos.. pero... Luego se rascó pensativamente la nariz y continuó: ¬ Además... ¿qué hace ese desdichado? ¿Qué hago yo? Y Erdosain. ¿Te das cuenta? Ésa es la gente que hay que salvar. luego. pero ¿cómo remediarlo? Esto es lo que a mí me preocupa. agregó: ¬ Tenés razón. a los fraudulentos. no se coloca en situación de ir a la cárcel del hoy al mañana..cientos de pesos.

¬ Te juro que los debo. De pronto ocurrió algo inesperado. El farmacéutico se levantó, extendió el brazo y haciendo chasquear la yema de los dedos, exclamó ante el mozo del café que miraba asombrado la escena: ¬ Rajá, turrito, rajá. Erdosain, rojo de vergüenza, se alejó. Cuando en la esquina volvió la cabeza, vió que Ergueta movía los brazos hablando con el camarero.

Los chicos que nacieron viejos (Roberto Arlt)

Caminaba hoy por la calle Rivadavia, a la altura de Membrillar, cuando vi en una esquina a un muchacho con cara de "jovie": la punta de los faldones del gabán tocándole los zapatos; las manos sepultadas en el bolsillo; el "fungi" abollado y la grandota nariz pálida como lloviéndole sobre el mentón. Parecía un viejo, y sin embargo no tendría más de veinte años... Digo veinte años y diría cincuenta, porque esos eran los que representaba con su esgunfiamiento de mascarón chino y sus ojos enturbiados como los de un antiguo lavaplatos. Y me hizo acordar de un montón de cosas, incluso de los chicos que nacieron viejos, que en la escuela ya... Esos pebetes... esos viejos pebetes que en la escuela llamábamos "ganchudos" ?¿por qué nacerán chicos que desde los cinco años demuestran una pavorosa seriedad de ancianos?— y que concurren a la clase con los cuadernos perfectamente forrados y el libro sin dobladuras en las páginas. Podría asegurar, sin exageración, que si queremos saber cuál será el destino de un chico no tendremos nada más que revisar su cuaderno, y eso nos servirá para profetizar su destino.

Problema brutal e inexplicable porque uno no puede saber qué diablos es lo que tendrá ese nene en el "mate"; ese nene que a los quince años va al primer año del colegio nacional enfundado en un sobretodo y que hasta mezquino y tacaño de sonrisa resulta, y después, algunos años más tarde, lo encontramos y siempre serio nos bate que estudia de escribano o de abogado, y se recibe, y sigue serio, y está de novio y continúa grave como un Digesto Municipal; y se casa, y el día que se casa, cualquiera diría que asiste al fallecimiento de un señor que dejó de pagarle los honorarios... No se hicieron la rata. ¡Nunca se hicieron la rata! Ni en el colegio ni en el Nacional. De más está decir que jamás perdieron una tarde en el café de la esquina jugando al billar. No. Cuando menos o cuando más, o a lo más, las diversiones que se permitieron fue acompañar a las hermanas al cine, no todos los días, sino de vez en cuando. Pero el problema no es éste de si cuando grandes jugaron o no al billar, sino por qué nacieron serios. Los culpables, ¿quiénes son? ¿El padre o la madre? Porque hay purretes que son alegres, joviales y burlones, y otros que ni por broma sonríen; chicos que parecen estar embutidos en la negrura de un traje curialesco, chicos que tienen algo de sótano de una carbonería complicado con la afectuosidad de un verdugo en decadencia. ¿A quiénes hay que interrogar? ¿A los padres o a las madres? Fijándose un poco en los susodichos nenes, se observa que carecen de alegría como si los padres, cuando los encargaron a París, hubieran estado pensando en cosas amargas y aburridas. De otra forma no se explica esa vida esgunfiada que los chicos almacenan como un veneno echado a perder. Y tan echado a perder que pasan entre las cosas más bonitas de la creación con gesto enfurruñado. Son tipos que únicamente gustan de las mujeres, del mismo modo que los cerdos de las trufas, y en sacándolos de eso no baten ni medio. Sin embargo las teorías más complicadas fallan cuando se trata de explicar la psicología de estos menores. Hay señoras que dicen, refiriéndose a un hijo desabrido: - Yo no sé a "quién" sale tan serio. Al padre, no puede ser, porque el padre es un badulaque de marca mayor. ¿A mí? A mí tampoco. Chicos pavorosos y tétricos. Chicos que no leyeron nunca El corsario negro, ni Sandokán. Chicos que jamás se enamoraron de la maestra (tengo que escribir una nota sobre los chicos que se enamoran de la maestra); chicos que tienen una prematura gravedad de escribano mayor; chicos que no dicen malas palabras y que hacen sus deberes con la punta de la lengua entre los dientes; chicos que siempre entraron a la escuela con los zapatos perfectamente lustrados y las uñas limpias y los dientes lavados; chicos que en la fiesta de fin de año son el orgullo de las maestras que los exhiben con sus peinados a la cola y gomina; chicos que declaman con énfasis reglamentado y protocolar el verso A mi bandera; chicos de buenas calificaciones; chicos que del Nacional van a la Universidad, y de la Universidad al Estudio, y del Estudio a los Tribunales, y de los

Tribunales a un hogar congelado con esposa honesta, y del hogar con esposa honesta y un hijo bandido que hace versos, a la Chacarita... ¿Para qué habrán nacido estos hombres serios? ¿Se puede saber? ¿Para qué habrán nacido estos menores graves, estos colegiales adustos? Los asesinos (Ernest Hemingway)

La puerta del restaurante de Henry se abrió y entraron dos hombres que se sentaron al mostrador. -¿Qué van a pedir? -les preguntó George.

-No sé -dijo uno de ellos-. ¿Tú qué tienes ganas de comer, Al?

-Qué sé yo -respondió Al-, no sé.

Afuera estaba oscureciendo. Las luces de la calle entraban por la ventana. Los dos hombres leían el menú. Desde el otro extremo del mostrador, Nick Adams, quien había estado conversando con George cuando ellos entraron, los observaba.

-Yo voy a pedir costillitas de cerdo con salsa de manzanas y puré de papas -dijo el primero.

-Todavía no está listo.

-¿Entonces para qué carajo lo pones en la carta?

hígado.. Puede pedirse a partir de las seis. -Esa es la cena. Llevaba una bufanda de seda y guantes. -¿Será posible que todo lo que pidamos sea la cena? -Puedo ofrecerles jamón con huevos. hígado y tocineta. ¿Qué tienes para comer? -Puedo ofrecerles cualquier variedad de sándwiches -dijo George-. George miró el reloj en la pared de atrás del mostrador. sus labios angostos.-Esa es la cena -le explicó George-. . o un bisté. jamón con huevos. -El reloj marca las cinco y veinte -dijo el segundo hombre.. -A mí dame suprema de pollo con arvejas y salsa blanca y puré de papas. a la mierda con el reloj -exclamó el primero-. tocineta con huevos. Su cara era blanca y pequeña. -Bah. tocineta con huevos. -Jamón con huevos -dijo el que se llamaba Al. Vestía un sombrero hongo y un sobretodo negro abrochado. -Adelanta veinte minutos. -Son las cinco.

-Sólo lo que nombré. ¿no? -dijo el otro. inclinados hacia adelante. -¿Hay algo para tomar? -preguntó Al. -Gaseosa de jengibre. -¿Qué hacen acá a la noche? -preguntó Al. Era más o menos de la misma talla que Al. -¿Alguna vez lo oíste nombrar? -preguntó Al a su amigo. . cerveza sin alcohol y otras bebidas gaseosas -enumeró George. Aunque de cara no se parecían. Ambos llevaban sobretodos demasiado ajustados para ellos. -Así es -dijo George.-Dame tocineta con huevos -dijo el otro. -Dije si tienes algo para tomar. -Cenan -dijo su amigo-. con los codos sobre el mostrador. vestían como gemelos. -Es un pueblo caluroso este. Estaban sentados. Vienen acá y cenan de lo lindo.¿Cómo se llama? -Summit. -No -le contestó éste.

sobre el mostrador. Max? -El pueblo está lleno de chicos vivos -respondió Max. También trajo dos platos de papas fritas y cerró la portezuela de la cocina. Giró hacia Nick y le preguntó-: ¿Cómo te llamas? -Adams. ¿no? -Seguro -respondió George. -¿No te acuerdas? -Jamón con huevos. George puso las dos bandejas. -¿Cuál es el suyo? -le preguntó a Al. ¿No es cierto. -Pues no lo eres -dijo el otro hombrecito-.-¿Así que crees que así es? -Al le preguntó a George. -Así que eres un chico vivo. ¿No es vivo. -Otro chico vivo -dijo Al-. . Al? -Se quedó mudo -dijo Al. una de jamón con huevos y la otra de tocineta con huevos. -Seguro.

anda con tu amigo del otro lado del mostrador. -Ey. Esa sí que está buena. Se acercó y tomó el jamón con huevos. piensa -dijo Al. chico vivo -llamó Max a Nick-. George se rió. -¿Qué miras? -dijo Max mirando a George. George los observaba. -Nada. Piensa que está bien. ¿entiendes? -Está bien -dijo George. -En una de esas lo hacía en broma. Ambos comían con los guantes puestos. Me estabas mirando a mí. -Ah. -Cómo que nada. . -¿Cómo se llama el chico vivo ése que está en la punta del mostrador? -le preguntó Al a Max. Max -intervino Al. Siguieron comiendo. No tienes nada de qué reírte. -Así que piensas que está bien -Max miró a Al-.-Todo un chico vivo -dijo Max. -Tú no te rías -lo cortó Max-.

-¿El negro? ¿Cómo el negro? -El negro que cocina. -¿Dónde se creen que están? -Sabemos muy bien dónde estamos -dijo el que se llamaba Max-. chico vivo -dijo Al. Nick pasó para el otro lado del mostrador. -Mejor pasa del otro lado. ¿Parecemos tontos acaso? . -Nada que te importe -respondió Al-. -Dile que venga. ¿Quién está en la cocina? -El negro. -Porque sí.-¿Por? -preguntó Nick. -¿Qué se proponen? -preguntó George. -¿Qué se proponen? -Dile que venga.

Al bajó de su taburete. La puerta se cerró detrás de ellos. El negro Sam. parecería que sí -le dijo Al-. Vuelve a la cocina. dile al negro que venga acá. ven un minutito. Antes de ser un restaurante. el cocinero. -¿Qué pasa? -preguntó. chico vivo. ¿Qué tienes que ponerte a discutir con este chico? -y luego a George-: Escucha. El que se llamaba Max se sentó al mostrador frente a George. Piensa un poco. el lugar había sido una taberna. No lo miraba a George sino al espejo que había tras el mostrador. ¿Qué le haríamos a un negro? George abrió la portezuela de la cocina y llamó: -Sam.-Por lo que dices. negro -dijo Al-. con el delantal puesto. El hombrecito entró a la cocina después de Nick y Sam. miró a los hombres sentados al mostrador: -Sí. El negro abrió la puerta de la cocina y salió. Tú también. Los dos hombres lo miraron desde el mostrador. señor -dijo. negro. chico vivo. Quédate ahí. -Muy bien. . -¿Qué le van a hacer? -Nada. -Voy a la cocina con el negro y el chico vivo -dijo-.

-Está bien.-Bueno. -¿Qué piensas? Mientras hablaba. Al. que con una botella de ketchup mantenía abierta la ventanilla por la que se pasaban los platos-. Tú. Max. -¿Por qué no le cuentas? -se oyó la voz de Al desde la cocina. Acá este chico vivo quiere saber de qué se trata todo esto. chico vivo -dijo Max-. ¿Por qué no dices algo? -¿De qué se trata todo esto? -Ey. chico vivo -le dijo a George desde la cocina-. chico vivo -dijo Max con la vista en el espejo-. acá el chico vivo dice que no diría lo que piensa. -¿De qué crees que se trata? -No sé. Escúchame. córrete un poquito a la izquierda -parecía un fotógrafo dando indicaciones para una toma grupal. ¿Qué piensas que va a pasar? . -Ey. -Dime. -No lo diría. aléjate de la barra. Max miraba todo el tiempo al espejo. Al -gritó Max-. puedo oírte -dijo Al desde la cocina.

Jamás nos vio. -¿Por qué van a matar a Ole Andreson? ¿Qué les hizo? -Nunca tuvo la oportunidad de hacernos algo. ¿no? -Si viene. chico vivo -dijo Max-. -Tendrías que ir más seguido. Hablemos de otra cosa. -Yo te voy a contar -siguió Max-. está bueno ir al cine. ¿Vas al cine? -De vez en cuando. Vamos a matar a un sueco. -A las seis en punto. ¿Conoces a un sueco grandote que se llama Ole Andreson? -Sí. . ¿no? -A veces. Para alguien tan vivo como tú.George no respondió. -Ya sabemos. -Viene a comer todas las noches.

El negro y mi chico vivo se divierten solos. le dices que cocinas tú. -En un convento judío. -Cállate -dijo Al desde la cocina-. -¿Tengo que suponer que estuviste en un convento? -Uno nunca sabe. chico vivo? -Hablas demasiado -dijo Al-. ¿Qué nos harán después? . chico vivo. George miró el reloj. -¿Entonces por qué lo van a matar? -preguntó George. -Lo hacemos para un amigo. -Bueno. dile que el cocinero salió. Si después de eso se queda. Hablas demasiado.-Y nos va a ver una sola vez -dijo Al desde la cocina. ¿Entiendes. ¿no. Ahí estuviste tú. Es un favor. tengo que divertir al chico vivo. -Si viene alguien. Los tengo atados como una pareja de amigas en el convento. chico vivo? -Sí -dijo George-.

-Hola. chico vivo -le dijo Max-. lo puso en una bolsa y lo entregó. Lo que pasa es que es simpático. Eran las seis y veinte. -Mejor voy a la otra cuadra -dijo el chofer. A las siete menos cinco George habló: -Ya no viene. lo envolvió en papel manteca. En una oportunidad George fue a la cocina y preparó un sándwich de jamón con huevos "para llevar". El cliente pagó y salió. Eran las seis y cuarto.-Depende -respondió Max-. no es eso. Otras dos personas habían entrado al restaurante. ¿Me sirves la cena? -Sam salió -dijo George-. En la cocina vio a Al. George miró el reloj. George miró el reloj. Esa es una de las cosas que uno nunca sabe en el momento. con su sombrero hongo hacia atrás. La puerta de la calle se abrió y entró un conductor de tranvías. como había pedido el cliente. -No -dijo Max-. . sentado en un taburete junto a la portezuela con el cañón de un arma recortada apoyado en un saliente. Volverá en alrededor de una hora y media. Eres un verdadero caballero. George -saludó-. -Estuviste bien. -Sabía que le volaría la cabeza -dijo Al desde la cocina. Me gusta el chico vivo. George preparó el pedido. Nick y el cocinero estaban amarrados espalda con espalda con sendas toallas en las bocas.

no va a venir. Ole Andreson. En ese lapso entró un hombre. Las agujas marcaban las siete en punto. -¿Qué hacemos con los dos chicos vivos y el negro? -No va a haber problemas con ellos. Mejor nos vamos de acá. Harías de alguna chica una linda esposa. Cocina y hace de todo. Al -insistió Max.-El chico vivo puede hacer de todo -dijo Max-. -Mejor esperamos otros cinco minutos -dijo Al desde la cocina. chico vivo. -¿Por qué carajo no consigues otro cocinero? -lo increpó el hombre. Al -dijo Max-. y luego siete y cinco. -Le vamos a dar otros diez minutos -repuso Max. -Vamos. y George le explicó que el cocinero estaba enfermo. -Vamos.Su amigo. -¿Estás seguro? . Max miró el espejo y el reloj. -¿Sí? -dijo George. Ya no viene.¿Acaso no es un restaurante esto? -luego se marchó.

No quiero que vuelva a pasarme. ya no tenemos nada que hacer acá. Nunca antes había tenido una toalla en la boca. La verdad es que tuviste suerte. bajo el sobretodo demasiado ajustado que se arregló con las manos enguantadas..-Sí. -Querían matar a Ole Andreson -les contó George-. -No quiero que esto vuelva a pasarme -dijo Sam-.? -dijo pretendiendo seguridad. ¿no? -Igual hablas demasiado -insistió Al. Lo iban a matar de un tiro ni bien entrara a comer. Nick se incorporó. -Cierto -agregó Max-. los vio pasar bajo el farol de la esquina y cruzar la calle. qué te pasa -replicó Max-. -Adiós. Los dos hombres se retiraron. a través de la ventana. -Uh. deberías apostar en las carreras.. George. Es imprudente. -¿Qué carajo. Éste salió de la cocina. la recortada le formaba un ligero bulto en la cintura. -¿A Ole Andreson? . Tenemos que entretenernos de alguna manera. tú hablas demasiado. chico vivo. Con sus sobretodos ajustados y esos sombreros hongos parecían dos artistas de variedades. -No me gusta nada -dijo Al-. chico vivo -le dijo a George-. George volvió a la cocina y desató a Nick y al cocinero.

ya se fueron. -Está bien. -¿Ya se fueron? -preguntó. -Mejor que no tengas nada que ver con esto -le sugirió Sam. -No me gusta -dijo el cocinero-. -Si no quieres no vayas -dijo George. -Voy a ir a verlo -dijo Nick-. Mantente al margen. No me gusta para nada. ¿Dónde vive? El cocinero se alejó. -No vas a ganar nada involucrándote en esto -siguió el cocinero-. el cocinero-. -Los jóvenes siempre saben qué es lo que quieren hacer -dijo. Tendrías que ir a ver a Ole Andreson. . -Sí -respondió George-. -Escucha -George se dirigió a Nick-. a él. No te conviene meterte.-Sí. El cocinero se palpó los ángulos de la boca con los pulgares.

. Nick caminó por el costado de la calzada y a la altura del siguiente poste de luz tomó por una calle lateral. Afuera. -Pasa. Ella llamó a la puerta. Nick siguió a la mujer hasta un descanso de la escalera y luego al final de un pasillo. -¿Está Ole Andreson? -¿Quieres verlo? -Sí. Una mujer apareció en la entrada. -Soy Nick Adams. Nick subió los escalones y tocó el timbre.-Vive en la pensión Hirsch -George le informó a Nick. -Voy para allá. si está. las luces de la calle brillaban por entre las ramas de un árbol desnudo de follaje. La pensión Hirsch se hallaba a tres casas. señor Andreson -respondió la mujer. -¿Quién es? -Alguien que viene a verlo.

-Nos metieron en la cocina -continuó Nick-. -No es nada. -Le voy a decir cómo eran. Había sido boxeador peso pesado y la cama le quedaba chica. y dijeron que iban a matarlo. No miró a Nick. Sonó tonto decirlo. Ole Andreson no dijo nada.Nick abrió la puerta e ingresó al cuarto. Iban a dispararle apenas entrara a cenar. Estaba acostado con la cabeza sobre dos almohadas. -Estaba en el negocio de Henry -comenzó Nick-. cuando dos tipos entraron y nos ataron a mí y al cocinero. Ole Andreson yacía en la cama con la ropa puesta. Nick miró al grandote que yacía en la cama. -George creyó que lo mejor era que yo viniera y le contase. -¿Qué pasa? -preguntó. -No quiero saber cómo eran -dijo Ole Andreson. Ole Andreson miró a la pared y siguió sin decir palabra. -No hay nada que yo pueda hacer -Ole Andreson dijo finalmente. Volvió a mirar hacia la pared: -Gracias por venir a avisarme. .

-Tal vez no lo dijeron en serio. -¿No tiene ninguna manera de solucionarlo? . -Ya no hay nada que hacer. Seguía mirando a la pared. No hay nada que hacer. -¿No hay nada que yo pueda hacer? -No. Ole Andreson volteó hacia la pared. -¿No podría escapar de la ciudad? -No -dijo Ole Andreson-. Estoy harto de escapar. Lo decían en serio. Me quedé todo el día acá. No sería buena idea.-¿No quiere que vaya a la policía? -No -dijo Ole Andreson-.es que no me decido a salir. -Lo que pasa -dijo hablándole a la pared. -No.

Es un hombre buenísimo. . Me equivoqué -seguía hablando monótonamente-. buenas noches. Mientras cerraba la puerta vio a Ole Andreson totalmente vestido. -No quiere salir. Gracias por venir.-No. Nick se retiró. -Bueno. ¿sabías? -Sí. -Mejor vuelvo adonde George -dijo Nick. Yo soy la señora Bell. señora Hirsch -saludó Nick. -Yo no soy la señora Hirsch -dijo la mujer-. No debe sentirse bien. Dentro de un rato me voy a decidir a salir. -Uno no se daría cuenta salvo por su cara -dijo la mujer. tirado en la cama y mirando a la pared. ya sabía. -Estuvo todo el día en su cuarto -le dijo la encargada cuando él bajó las escaleras-. -Qué pena que se sienta mal -dijo la mujer-. No hay nada que hacer. -Chau -dijo Ole Andreson sin mirar hacia Nick-. Ella es la dueña. Yo le dije: "Señor Andreson. Estaban junto a la puerta principal-. pero no tenía ganas. Fue boxeador. Yo me encargo del lugar. debería salir a caminar en un día otoñal tan lindo como este". Es tan amable.

George estaba adentro. . El cocinero. -¿Le contaste lo que pasó? -preguntó George. abrió la puerta desde la cocina. -No pienso escuchar nada -dijo y volvió a cerrar la puerta de la cocina. -¿Qué va a hacer? -Nada. buenas noches. y luego por la calle hasta el restaurante. Está en su cuarto y no va a salir. -¿Viste a Ole? -Sí -respondió Nick-. -Buenas noches -dijo la mujer. -Sí. al oír la voz de Nick. señora Bell -dijo Nick. Le conté pero él ya sabe de qué se trata. Nick caminó por la vereda a oscuras hasta la luz de la esquina.-Bueno. detrás del mostrador. -Lo van a matar.

Se quedaron callados. Por eso los matan. -Debe haberse metido en algún lío en Chicago. -Me voy a ir de este pueblo -dijo Nick. -Horrible -dijo Nick. -Es terrible. -Supongo -dijo Nick. -Bueno -dijo George-. Mejor deja de pensar en eso. Las sonámbulas (Khalil Gibran) . -Sí -dijo George-. -Me pregunto qué habrá hecho -dijo Nick. -No soporto pensar que él espera en su cuarto y sabe lo que le pasará. -Habrá traicionado a alguien. Es lo mejor que puedes hacer. Es realmente horrible. George se agachó a buscar un repasador y limpió el mostrador.-Supongo que sí.

egoísta . -Sí. y que has vivido edificando tu vida en las ruinas de la mía! ¡Tengo deseos de matarte! Luego.¡Al fin! -dijo-. la hija habló.¡Oh mujer odiosa. la mujer y su hija caminaron dormidas hasta que se reunieron en el jardín envuelto en un velo de niebla. en estos términos: . madre querida -respondió la hija con la misma amabilidad. soy yo. mientras el silencio envolvía al mundo. que caminaban dormidas. que destrozaste mi juventud. Una noche. Y la madre habló primero: . Colinas blancas como elefantes . ¡Al fin puedo decírtelo. tesoro? -dijo la madre amablemente. -¿Eres tú.y vieja! ¡Te interpones entre mi libérrimo ego y yo! ¡Quisieras que mi vida fuera un eco de tu propia vida marchita! ¡Desearías que estuvieras muerta! En aquel instante cantó el gallo.LAS SONÁMBULAS En mi ciudad natal vivían una mujer y su hija. mi enemiga! ¡A ti. y ambas mujeres despertaron.

no prueba nada. – Parecen elefantes blancos –dijo ella. Se había quitado su sombrero y lo había puesto sobre la mesa. Que tú digas que no lo habría visto. hecha de tiras de cuentas de bambú. – ¿Grandes? –preguntó una mujer desde la puerta. .Las colinas del otro lado del valle del Ebro eran alargadas y blancas. a la línea de las colinas. Dos grandes. – Cuatro reales. – Sí. – Tomemos una cerveza. – No. – Hace bastante calor –dijo el hombre. – Dos cervezas –dijo el hombre a través de la cortina. Hacía mucho calor y el expreso procedente de Barcelona llegaría en cuarenta minutos. La muchacha miró a la cortina. Pegada al lateral de la estación se encontraba la cálida sombra del edificio y una cortina. – ¿Podemos probarla? El hombre gritó “Oiga” a través de la cortina. Paraba durante dos minutos en este empalme y luego continuaba hacia Madrid. – Podría haberlo visto –dijo el hombre–. La muchacha estaba mirando a lo lejos. Es una bebida. en el exterior del edificio. En este lado no había sombras ni árboles y la estación estaba al sol en medio de dos vías. – Han escrito algo encima –dijo ella–. ¿Qué dice? – Anís del Toro. no lo habrías visto. La mujer trajo dos vasos de cerveza y dos posavasos de fieltro. colgaba a través de la puerta abierta que daba al bar. Puso los posavasos y las cervezas en la mesa y miró al hombre y a la muchacha. para mantener fuera a las moscas. El americano y la muchacha que lo acompañaba se sentaron a una mesa en la sombra. – Nunca he visto uno –el hombre se bebió la cerveza. Eran blancas al sol mientras que el paisaje era marrón y estaba seco. – ¿Qué vamos a tomar? –preguntó la muchacha. La mujer salió del bar.

El viento cálido empujó la cortina contra la mesa. especialmente las cosas por las que has esperado tanto tiempo. con agua. – Quería probar esta nueva bebida. ¿No es genial? – Es genial. – ¿Con agua? – ¿Lo quieres con agua? – No sé –dijo la muchacha–. Eso es todo lo que hacemos. basta ya.– Queremos dos Anís del Toro. – Oh. . Estaba pasando un buen rato. – Sí. – Has empezado tú –dijo la muchacha–. ¿Está bueno con agua? – Está bien. – ¿Tomamos otra bebida? – Bueno. – Son unas colinas muy hermosas –dijo ella–. Lo decía por el color de su piel a través de los árboles. – Bueno. ¿no?. Decía que las montañas parecían elefantes blancos. Estaba tratando. Todo sabe a regaliz. Estaba divirtiéndome. ¿mirar cosas y probar bebidas nuevas? – Supongo. – ¿Lo quieren con agua? –preguntó la mujer. – Está muy bien –dijo la muchacha. – Pasa lo mismo con todo. La muchacha miró a las colinas del otro lado. tratemos de pasar un buen rato. – Tiene gusto a regaliz –dijo la muchacha y apoyó el vaso. – Bien. – Sí –dijo la muchacha–. – La cerveza está rica y fresca –dijo el hombre. Realmente no parecen elefantes blancos. como el ajenjo.

Una vez que entra el aire. – ¿Y tú lo quieres de verdad? – Creo que es lo mejor. Jig –dijo el hombre–. Pero si lo hago. – Y crees que después vamos a estar bien y ser felices. No hay nada que temer. En realidad no es una operación. pero es que no puedo pensar en eso. –dijo el hombre–si no quieres no tienes que hacerlo. Sabes que te amo. ¿no te preocuparás? – No me preocuparé por eso porque es algo perfectamente simple. – Bueno. Como estábamos antes. – Ya sé. De verdad. Conozco montones de personas que lo han hecho. Pero no quiero que lo hagas si tú de verdad no quieres. Jig. – Voy a ir contigo y voy a estar a tu lado todo el tiempo. – Sé que no te importaría. y te gustará? – Me encantará. – Si lo hago. La chica no dijo nada. – Entonces lo haré. es todo perfectamente natural. Yo no te haría hacerlo si no quisieras. Ahora me encanta. . Sabes cómo me pongo cuando me preocupo.Y después eran tan felices. estiró la mano y tomó dos tiras. y me amarás? – Yo te amo ahora. – ¿Y después qué vamos a hacer? – Después vamos a estar bien. La muchacha miró al suelo sobre el que se apoyaban las patas de la mesa. – Yo también –dijo la chica–. no es nada. Sólo tienes que dejar entrar el aire. La chica miró la cortina de cuentas.– Es realmente una operación sencillísima. – ¿Qué te hace pensar eso? – Es lo único que nos molesta. – ¿Y si lo hago. Es lo único que nos ha hecho infelices. ¿estará bien si digo que las cosas son como elefantes blancos. – Estoy seguro. Pero sé que es muy simple. Porque yo no me importo. serás feliz y las cosas serán como eran.

– No. – No me siento de ninguna forma –dijo la chica–. Y lo haré y entonces todo estará bien. no podemos. – Hay que esperar y veremos. no podemos. – Claro que sí. Cruzando. – Bueno.. No tienes que sentirte así. había campos de granos y árboles todo a lo largo de los bancos del Ebro. – Vuelve a la sombra –dijo él–. había montañas. – Ni que no sea bueno para mí –dijo–. La chica se paró y caminó hasta el final de la estación. Ya no es nuestro. – No. – ¿Qué dijiste? – Dije que podríamos tenerlo todo. ¿Podemos tomar otra cerveza? . del otro lado. Y podríamos tener todo y cada día hacerlo más imposible. – Podríamos tener el mundo entero. no lo es. – No. – No quiero que lo hagas si sientes eso.– ¿Qué estás diciendo? – Que no me importo. más allá del río. – Y podríamos tener todo esto –dijo–. – Podemos ir a todas partes. Solo sé algunas cosas. – Sí es nuestro. Lejos. no podemos. Y una vez que te lo quitan. – Pero no lo han hecho. a mí me importas. Pero yo no me importo.. – No quiero que hagas nada que tú no quieras. Ya sé. – No. no lo recuperas nunca. La sombra de una nube cruzó el campo de granos y ella vio el río a través de los árboles.

atravesó el bar. – Que el tren viene en cinco minutos. – Pero no quiero que tú. Miró por las vías pero no pudo ver el tren. Tenían etiquetas de todos los hoteles donde habían pasado las noches. Al volver. preguntó la chica. donde bebía la gente que esperaba el . Y sé que es perfectamente simple.. –dijo la chica–. “El tren viene en cinco minutos”. Ella le sonrió. Estoy perfectamente dispuesto a seguir con esto si es importante para ti. Pero no quiero a nadie más que a ti. – Claro que sí.. – ¿Para ti no lo es? Podríamos arreglarnos bien. sabes que es perfectamente simple. – Es mejor que lleve los bolsos del otro lado de la estación –dijo el hombre.que a mí no me importa. – Voy a gritar –dijo la chica. – ¿Harías algo por mí ahora? – Haría cualquier cosa por ti.. Después vuelve y terminamos la cerveza.. – Está bien que tú lo digas.. – Está bien. Él recogió dos bolsos pesados y los llevó del otro lado de la estación a las otras vías. –dijo–. para agradecerle. – Sí. – ¿Qué dijo?.. No quiero a nadie más. pero yo lo sé. La chica le sonrió a la mujer. – Me doy cuenta. dijo. ¿Podemos dejar de hablar? Se sentaron a la mesa y la chica miró hacia las colinas sobre el lado seco de valle y el hombre la miró a ella y a la mesa. – Tienes que darte cuenta –dijo– de que no quiero que lo hagas si tú no quieres. – ¿Podrías por favor por favor por favor dejar de hablar? Él no dijo nada pero miró los bolsos contra la pared de la estación. Pero tienes que darte cuenta.– Está bien. La mujer salió de las cortinas con dos vasos de cerveza y los puso sobre los posavasos húmedos.

sin la menor ondulación que venga de mar adentro. toda la larga playa está desierta. desprovista de rocas aisladas como agujeros en el agua. uniforme. Ella estaba sentada a la mesa y le sonrió. Avanzan. y el mar. Salió por la cortina de cuentas. es. Tampoco hay viento. al contrario. El sol ilumina la arena amarilla con una luz violeta. El del medio. El agua es azul. nacida a algunos metros de la orilla.. llevándose de la mano. uno al lado del otro. hasta el horizonte. Pero a intervalos regulares. Es un día hermoso. se infla bruscamente y rompe en seguida. como si cada movimiento se ejecutara . En el cielo no hay una sola nube. Alain Robbe-Grillet (1922 . una ola súbita. Aparte de estos tres niños. Es una banda de arena bastante ancha. aunque la playa se despliega sobre mar abierto. calma. siempre sobre la misma línea. Tienen sensiblemente la misma estatura.. No tengo nada. sin embargo. y después se retire. que parece sin salida. Tres niños caminan a lo largo de una playa. y sin duda también la misma edad: una docena de años.2008) Francia LA PLAYA Tres hermosos niños caminan por una hermosa playa para llegar a su destino. es un poco más pequeño que los otros dos. No se tiene la impresión de que el agua avance.tren. Estaban todos esperando el tren razonablemente. – ¿Te sientes mejor? –le preguntó. – Estoy bien –dijo ella-. Estoy bien. siempre la misma. vertical. inclinada apenas entre el acantilado abrupto. Tomó un Anís en el bar y miró a la gente.

No están deformadas ni por el hundimiento de los bordes ni por un hueco demasiado grande del talón o de la punta. Y todo queda de nuevo inmóvil. Los niños avanzan en línea recta. Ante ellos. sobre su izquierda. Caminan uno al lado de otro. no proyecta ninguna sombra a sus pies. aquí y allá. lechosa. Parecen recortadas de un modo incisivo sobre una capa superficial. los niños se aproximan a ellos. más móvil. para contemplar detrás de ellos la distancia recorrida. casi a igual distancia de ambos. y la ola retrocede un poco. sin producir el menor cambio en ella. a un centenar de metros aproximadamente. donde las tres líneas de huellas continúan alargándose. marcada por tres líneas de huellas dejadas por sus pies desnudos. en la que caminan uno al lado del otro los tres niños. a una velocidad regular. ni hacia el mar cuyas olitas rompen periódicamente. Y mientras el mar borra los trazos de las patas estrelladas a medida que se imprimen. Prosiguen su camino. Pero como los pájaros van mucho menos rápido. en el mismo sentido que ellos. el mar. No echan siquiera una mirada hacia el alto acantilado. tres sucesiones regulares de huellas semejantes e igualmente espaciadas. Están vestidos los tres de la misma manera. . Son rubios. tranquilos y llevándose de la mano. después estalla y se expande. Apenas si una subida más fuerte. para volver a ganar el terreno perdido. los pasos de los niños permanecen inscriptos con nitidez en la arena apenas húmeda. La hinchazón del agua produce primero una ligera depresión. Los niños miran derecho ante ellos. Ante ellos la arena es enteramente virgen. liso y azul. aunque un poco más cerca del agua. del terreno. el cabello un poco más claro. con un paso igual y rápido. sobre el otro lado. en línea recta. en el cenit. una bandada de pájaros del mar zanquea en la orilla. La profundidad de estas huellas es constante: cerca de dos centímetro. paralelamente al mar y paralelamente al acantilado. ambos de una gruesa tela de un azul deslavado. con un rumor de roce de arenisca. El sol. moja por un instante algunos decímetros suplementarios. Menos todavía se vuelven. llevándose de la mano. del lado de la playa. casi del mismo color que la arena: la piel un poco más oscura. Progresan paralelamente a la marcha de los niños. apenas húmeda. amarilla y lisa desde el acantilado hasta el agua. Detrás de ellos la arena. pantalón corto y camisita. exactamente detenido a la misma altura sobre la arena amarilla de la playa. sin rebordes. bien cavadas. sobre el declive.en su lugar. justo en el límite de las olas.

. cada diez segundos. ni de los pájaros. sino que la distancia relativa que separa a los dos grupos disminuye todavía mucho más rápido. en comparación al camino ya recorrido. Los cabellos de la niña son apenas un poco más largos. Sin ocuparse de las huellas que continúan trazando. La niña se encuentra en el extremo derecho. se parecen. Pero la ropa es enteramente la misma: pantalón corto y camisita. estos sacuden de pronto las alas y vuelan. y sus miembros apenas un poco más gráciles. ni de las olitas a su derecha. retardarse. camina el varón que es ligeramente más pequeño. Sus tres rostros bronceados. los movimientos del agua son casi imperceptibles. allá abajo. precediéndolos. a su izquierda.. más oscurecidos que sus cabellos. Pronto no hay más que algunos pasos entre ellos. uno primero. describe una curva por encima del mar para regresar a asentarse sobre la arena y volver a zanquear. posiblemente preocupada. fundirse en un sólo trazo que separa la playa en dos bandas. como ejecutado siempre en el mismo lugar: el descenso y el ascenso alternado de seis pies desnudos. con un paso igual y rápido.. después diez. un poco más ondeados. del lado del mar. llevándose de la mano. Sus rasgos son también idénticos.. Sin embargo a medida que los pies desnudos se alejan.. a no ser por un cambio súbito de color. que por momentos vuelan y por momentos caminan. se aproximan a los pájaros. aproximadamente a una centena de metros. los niños rubios avanzan uno al lado del otro.Su triple línea se desarrolla así cada vez más lejos. Y toda la bandada. en toda su longitud. blanca y gris. el más próximo al acantilado. sobre el límite de las olas. uno y otra de una gruesa tela de azul deslavado. y parece al mismo tiempo disminuir. visiblemente. con precisión. después dos. A esta distancia. siempre en el mismo sentido. tiene la misma estatura que la niña. reflexiva. en la arena virgen. El otro varón. Pero cuando los niños parecen estar al fin por alcanzar a los pájaros. aunque. en el momento en que la espuma destellante brilla al sol. No solamente ganan terreno rápidamente. dos de los niños son varones y la tercera una niña. La expresión es la misma: seria. y que termina en un menudo movimiento mecánico.

deformados por la distancia. La olita rompe. Después. Cuando la calma regresa. la superficie lisa del agua es bordeada por un ribete súbito. inmóvil y azul desde el horizonte. hasta perderse de vista. la espuma lechosa trepa de nuevo la pendiente. —Es la primera campana —dice el más grande. —Ahí está la campana —dice el más chico de los varones.Ante ellos se extiende la arena amarilla y lisa. Los tres niños rubios caminan siempre con la misma cadencia regular. llevándose los tres de la mano. la onda que se infla cava de nuevo la misma depresión. el que camina en el medio. Describen la misma curva encima del agua. tres campanadas lejanas resuenan en el aire calmo. Sobre su izquierda se levanta la pared de piedra parda. volviendo a ganar algunos centímetros de terreno perdido. . con un rumor de roce de arenisca. ganada por un brusco contagio. casi vertical. aproximadamente a una centena de metros. justo sobre el límite de las olas. diez segundos más tarde. La olita rompe a su derecha. Es necesario esperar el fin del ciclo para percibir de nuevo algunos sonidos. Ante ellos la bandada de pájaros que no está más que a unas zancadas. que rompe en seguida para expandirse en espuma blanca. Pero el ruido de la arenisca que el mar aspira cubre el demasiado débil tintineo. para venir a posarse otra vez sobre la arena y volver a zanquear. del lado de la playa. no escuchan más nada. siempre en el mismo sentido. en la que no se ve ninguna salida. Sobre su derecha. sacude las alas y se echa a volar. En el silencio que sigue.

después dos. Y caminan a continuación los tres en silencio. —La habríamos oído igual —responde su vecino. Se callan hasta que la campana. llevándose de la mano. cuya triple línea se alarga paralelamente en los bordes. El más grande de los varones dice entonces: "Ahí está la campana. El mar borra los rastros estrellados de sus patas a medida que las imprimen... uno primero. Después de un momento. por esto. el que se halla del lado del acantilado dice: —Estamos todavía lejos. por el contrario. . Pero no han. que caminan más cerca del acantilado. uno al lado del otro. y las mismas huellas. a través de la larguísima playa. Después toda la bandada está de nuevo posada sobre la arena. siempre indistinta.. Los niños. Los pájaros que están a punto de alcanzar sacuden las alas y vuelan. antes. continúan naciendo. resuena de nuevo en el aire calmo. el más grande de los varones. deja detrás de ellos huellas profundas. progresando a lo largo de la orilla alrededor de cien metros delante de los niños. detrás de ellos. —Dentro de un rato no estaremos tan cerca —dice la niña. después diez.. modificado su paso." Los otros no responden.Puede ser la primera —continúa el más pequeño— si no se ha oído la otra. a medida que las imprimen sus seis pies desnudos.

Pero Dadá.A la derecha. ¿dónde encontraríamos una red bastante grande para coger la luna? Yo dije: -Podrías cogerla perfectamente con las manos. La luna está muy lejos. al anochecer. cuando es completamente redonda y se engancha en las ramas del cadabo! -no dije más que eso. El astrónomo (Rabindranath Tagore) -¡Oh. la misma pequeña ola. siempre en el mismo lugar. se burló de mí: -No he conocido a nadie tan tonto como tú. ¿te parece que está muy lejos? Pero Dadá replicó: -Pobre ignorante. desde la ventana. . mi hermano mayor. Dadá! Cuando. ¿cómo podríamos cogerla? Yo dije: -¡El tonto eres tú. rompe. si pudiéramos coger la luna. Mamá mira cómo jugamos en el patio y nos sonríe. del lado del agua inmóvil y lisa.

sin ninguna esperanza. de sus temores. implacable y definitiva. Dijo algunas palabras que fueron comprendidas. ¿te parece que su cara es muy grande? Pero Dadá repite: -Eres un pobre tonto. ¡qué barbaridades te enseñan en la escuela! Cuando Mamá se inclina para besarnos.Dadá se echó a reír y me dijo: -¡Nunca vi un niño tan simple! ¡Si la luna se acercara. La selva poderosa de Guatemala lo había apresado. Al despertar se encontró rodeado por un grupo de indígenas de rostro impasible que se disponían a sacrificarlo ante un altar. donde Carlos Quinto condescendiera una vez a bajar de su eminencia para decirle que confiaba en el celo religioso de su labor redentora. de sí mismo. de su destino. Quiso morir allí. Y . particularmente en el convento de los Abrojos. El eclipse (Augusto Monterroso) Esta casa Cuando fray Bartolomé Arrazola se sintió perdido aceptó que ya nada podría salvarlo. un altar que a Bartolomé le pareció como el lecho en que descansaría. aislado. Recordó que para ese día se esperaba un eclipse total de sol. con el pensamiento fijo en la España distante. Entonces floreció en él una idea que tuvo por digna de su talento y de su cultura universal y de su arduo conocimiento de Aristóteles. Tres años en el país le habían conferido un mediano dominio de las lenguas nativas. Intentó algo. Ante su ignorancia topográfica se sentó con tranquilidad a esperar la muerte. al fin. ya me dirías tú si es grande o no! Yo dije: -Dadá.

casi pueriles. las infinitas fechas en que se producirían eclipses solares y lunares. sin prisa. . no sin cierto desdén. que también pueden servir para la salvación. Se confió por completo en aquel puñado de cera y en el manojo de cadenas. El silencio de las sirenas (Franz Kafka) Existen métodos insuficientes. valerse de aquel conocimiento para engañar a sus opresores y salvar la vida. He aquí la prueba: Para guardarse del canto de las sirenas. mientras uno de los indígenas recitaba sin ninguna inflexión de voz. No sucedió en realidad. Ulises no pensó en eso. que los astrónomos de la comunidad maya habían previsto y anotado en sus códices sin la valiosa ayuda de Aristóteles. -Si me matáis -les dijo. la pasión de los seducidos habría hecho saltar prisiones mas fuertes que mástiles y cadenas. aunque nunca de su silencio. y esperó confiado. Contento con sus pequeñas estratagemas. muchos navegantes podían haber hecho lo mismo. Ulises tapó sus oídos con cera y se hizo encadenar al mástil de la nave. algo había llegado a sus oídos. Dos horas después el corazón de fray Bartolomé Arrazola chorreaba su sangre vehemente sobre la piedra de los sacrificios (brillante bajo la opaca luz de un sol eclipsado). en lo más íntimo. excepto aquellos que eran atraídos por las sirenas ya desde lejos. Los indígenas lo miraron fijamente y Bartolomé sorprendió la incredulidad en sus ojos. Sin embargo. una por una.puedo hacer que el sol se oscurezca en su altura. El canto de las sirenas lo traspasaba todo. Vio que se produjo un pequeño consejo. pero es probable que alguien se hubiera salvado alguna vez de sus cantos. si bién quizá alguna vez. Aunque todo el mundo sabía que este recurso era ineficaz. Ningún sentimiento terreno puede equipararse a la vanidad de haberlas vencido mediante las propias fuerzas. las sirenas poseen un arma mucho más terrible que el canto: su silencio.dispuso. navegó en pos de las sirenas con inocente alegría.

ya no supo más acerca de ellas. abrían sus garras acariciando la roca. tal vez porque creyeron que a aquel enemigo sólo podía herirlo el silencio. más hermosas que nunca. vió primero las curvas de sus cuellos. La luz entra en la bóveda. en cierta manera a modo de escudo. Si las sirenas hubieran tenido conciencia. los ojos llenos de lágrimas. la de un hemisferio casi perfecto. se estiraban. las terribles seductoras no cantaron cuando pasó Ulises. Pero ellas permanecieron y Ulises escapó. del otro hay un jaguar. que mide con secretos pasos iguales el tiempo y el espacio del cautiverio. quien sólo pensaba en ceras y cadenas les hizo olvidar toda canción. Se dice que Ulises era tan astuto. Ya no pretendían seducir. Por más que esto sea inconcebible para la mente humana. las sirenas se esfumaron de su horizonte personal. éste. cántaros con agua y trozos de carne. en ese instante puedo ver al jaguar. Creía que todo era parte de la melodía que fluía sorda en torno de él. mago de la pirámide de Qaholom. Desplegaban sus húmedas cabelleras al viento. habrían desaparecido aquel día. de un lado estoy yo. Fugazmente. y nos baja en la punta de un cordel. tan ladino. tal vez porque el espectáculo de felicidad en el rostro de Ulises. Jorge Luis Borges La escritura del Dios La cárcel es profunda y de piedra. y precisamente cuando se hallaba más próximo. La tradición añade un comentario a la historia. . la respiración profunda. si bien el piso (que también es de piedra) es algo menor que un círculo máximo. una larga ventana con barrotes corta el muro central. los labios entreabiertos.En efecto. tan sólo querían atrapar por un momento más el fulgor de los grandes ojos de Ulises. hecho que agrava de algún modo los sentimientos de opresión y de vastedad. aunque altísimo. Ulises. Estaba convencido de que ellas cantaban y que sólo él se hallaba a salvo. que incluso los dioses del destino eran incapaces de penetrar en su fuero interno. Y ellas. tal vez Ulises supo del silencio de las sirenas y tan sólo representó tamaña farsa para ellas y para los dioses. que Pedro de Alvarado incendió. Tzinacán. (para expresarlo de alguna manera) no oyó el silencio. no toca la parte superior de la bóveda. Un muro medianero la corta. su forma. En la hora sin sombra se abre una trampa en lo alto. El espectáculo comenzó a desvanecerse pronto. se contoneaban. A ras del suelo. y un carcelero que han ido borrando los años maniobra una roldana de hierro.

Horas después empecé a avistar el recuerdo: era una de las tradiciones del dios. y ahora no podría. Éste. o un río o el imperio o la configuración de los astros. que ya no dejaré en mi vida mortal. En ese afán estaba cuando recordé que el jaguar era uno de los atributos del dios. los hombres que bajaron de altos caballos me castigaron con metales ardientes para que revelara el lugar de un tesoro escondido. quizá yo mismo fuera el fin de mi busca. Así fui revelando los años. me deformaron. ni con qué caracteres. pero nos consta que perdura. cualquiera de ellas podía ser el símbolo buscado. de los pastos. y luego desperté en esta cárcel. el ídolo del dios. Abatieron. como siempre. quise recordar. pero éste no me abandonó y me mantuvo silencioso entre los tormentos. Pensé en las generaciones de los cereales. de poblar de algún modo el tiempo. Nadie sabe en qué punto la escribió. previendo que en el fin de los tiempos ocurrirían muchas desventuras y ruinas. Busqué algo más tenaz. La montaña y la estrella son individuos. Urgido por la fatalidad de hacer algo. secreta. sin magia. Quizá en mi cara estuviera escrita la magia. en el fin de los tiempos y que mi destino de último sacerdote del dios me daría acceso al privilegio de intuir esa escritura. delante de mis ojos. que alguna vez era joven y podía caminar por esta prisión. así fui entrando en posesión de lo que ya era mío. levantarme del polvo. y los individuos caducan. Consideré que estábamos. el viajero siente una agitación en la sangre. . Me laceraron. y luego me infundió una especie de vértigo. El hecho de que me rodeara una cárcel no me vedaba esa esperanza.He perdido la cifra de los años que yazgo en la tiniebla. Una noche sentí que me acercaba a un recuerdo preciso. En el ámbito de la tierra hay formas antiguas. antes de ver el mar. La víspera del incendio de la pirámide. formas incorruptibles y eternas. Esta reflexión me animó. en mi sombra. de los hombres. apta para conjurar esos males. La escribió de manera que llegara a las más apartadas generaciones y que no la tocara el azar. más invulnerable. no hago otra cosa que aguardar. Noches enteras malgasté en recordar el orden y el número de unas sierpes de piedra o la forma de un árbol medicinal. Pero en el curso de los siglos las montañas se allanan y el camino de un río suele desviarse y los imperios conocen mutaciones y estragos y la figura de los astros varía. el fin que me destinan los dioses. escribió el primer día de la Creación una sentencia mágica. todo lo que sabía. Con el hondo cuchillo de pedernal he abierto el pecho de las víctimas. me rompieron. de los pájaros. yo. En el firmamento hay mudanza. y que la leerá un elegido. en la postura de mi muerte. Una montaña podía ser la palabra del dios. acaso yo había visto miles de veces la inscripción de Qaholom y sólo me faltaba entenderla.

Un resplandor me despertó. Imaginé la primera mañana del tiempo. No diré las fatigas de mi labor. Con el tiempo. Fueron. mundo. que es el número de los granos de arena. Acaso eran un mismo sonido o una misma palabra. En la tiniebla . el pasto de que se alimentaron los ciervos. Dediqué largos años a aprender el orden y la configuración de las manchas. Un día o una noche -entre mis días y mis noches ¿qué diferencia cabe?. imaginé a mi dios confiando el mensaje a la piel viva de los jaguares. Algunas incluían puntos. Ese sueño está dentro de otro. todo. Me sentí perdido. el cielo que dio luz a la tierra. anulares. Un dios. se repetían. y no de un modo implícito. Comprendí que estaba soñando: con un vasto esfuerzo me desperté. otras formaban rayas trasversales en la cara interior de las piernas. sino a un sueño anterior. y así hasta lo infinito. universo. Más de una vez grité a la bóveda que era imposible descifrar aquel texto. ni hay sueños que estén dentro de sueños". así. sino inmediato. Sombras o simulacros de esa voz que equivale a un lenguaje y a cuanto puede comprender un lenguaje son las ambiciosas y pobres voces humanas. ¿Qué tipo de sentencia (me pregunté) construirá una mente absoluta? Consideré que aun en los lenguajes humanos no hay proposición que no implique el universo entero. que se amarían y se engendrarían sin fin. y en esa palabra la plenitud. reflexioné. sino explícito. multiplicándose hasta colmar la cárcel. Alguien me dijo: "No has despertado a la vigilia. los ciervos y tortugas que devoró. ese caliente laberinto de tigres. sólo debe decir una palabra. en cañaverales. decir el tigre es decir los tigres que lo engendraron. Consideré que en el lenguaje de un dios toda palabra enunciaría esa infinita concatenación de los hechos. el enigma concreto que me atareaba me inquietó menos que el enigma genérico de una sentencia escrita por un dios. pero grité: "Ni una arena soñada puede matarme. la noción de una sentencia divina parecióme pueril o blasfematoria. La arena me rompía la boca. y morirás antes de haber despertado realmente".soñé que en el piso de la cárcel había un grano de arena. Cada ciega jornada me concedía un instante de luz. otras. Volví a dormir. El despertar fue inútil: la innumerable arena me sofocaba. dando horror a los prados y a los rebaños para conservar un dibujo. y así pude fijar en la mente las negras formas que tachaban el pelaje amarillo. en su vecindad percibí una confirmación de mi conjetura y un secreto favor. En la otra celda había un jaguar. y yo moría bajo ese hemisferio de arena. para que los últimos hombres lo recibieran. Ninguna voz articulada por él puede ser inferior al universo o menos que la suma del tiempo. soñé que los granos de arena eran tres. Muchas tenían bordes rojos. la tierra que fue madre del pasto.Entonces mi alma se llenó de piedad. Imaginé esa red de tigres. Gradualmente. y no de un modo progresivo. en cavernas. en islas. El camino que habrás de desandar es interminable.

a un tiempo. sino en todas partes. Qué le importa la suerte de aquel otro. Quien ha entrevisto el universo. para ser inmortal. El éxtasis no repite sus símbolos: hay quien ha visto a Dios en un resplandor. catorce palabras. es nadie. Esa Rueda estaba hecha de agua. el cordel. vi las tinajas que se volvieron contra los hombres. para reconstruir la pirámide. sus circunstancias. porque ya no me acuerdo de Tzinacán. Yo vi una Rueda altísima. mayor que la de imaginar o la de sentir! Vi el universo y vi los íntimos designios del universo. bendije su tigre. acostado en la oscuridad. qué le importa la nación de aquel otro. . Vi las montañas que surgieron del agua. Me bastaría decirla para abolir esta cárcel de piedra. para que el tigre destrozara a Alvarado. y era (aunque se veía el borde) infinita. bendije el agujero de luz. Vi los orígenes que narra el Libro del Común. sin fin. pero también de fuego. con la forma de su destino. Ahí estaban las causas y los efectos. para que el día entrara en mi noche. y me bastaría decirla en voz alta para ser todopoderoso. y. aunque ese hombre sea él. Es una fórmula de catorce palabras casuales (que parecen casuales). Vi el dios sin cara que hay detrás de los dioses. la roldana. para reconstruir el imperio. Pero yo sé que nunca diré esas palabras. Vi la cara y las manos del carcelero. y me bastaba ver esa Rueda para entenderlo todo. que son y que fueron. Ocurrió la unión con la divinidad. hay quien lo ha percibido en una espada o en los círculos de una rosa. que me dio tormento. para ser joven. y ahora no le importa. y Pedro de Alvarado. para sumir el santo cuchillo en pechos españoles. ni a los lados. era otra. gradualmente. ¡Oh dicha de entender. Más que un descifrador o un vengador. y yo. Entretejidas. a la larga. la carne y los cántaros. regiría las tierras que rigió Moctezuma. más que un sacerdote del dios. Vi infinitos procesos que formaban una sola felicidad. Entonces ocurrió lo que no puedo olvidar ni comunicar. Tzinacán. bendije la tiniebla y la piedra. yo era un encarcelado. ni detrás. ahora. y yo era una de las hebras de esa trama total. por eso dejo que me olviden los días. un hombre es. no puede pensar en un hombre. vi los primeros hombres de palo. vi los perros que les destrozaron las caras. Un hombre se confunde. Bendije su humedad. bendije mi viejo cuerpo doliente. Por eso no pronuncio la fórmula.superior se cernía un círculo de luz. alcancé también a entender la escriturad del tigre. que no estaba delante de mis ojos. Del incansable laberinto de sueños yo regresé como a mi casa a la dura prisión. con el universo (no sé si estas palabras difieren). la formaban todas las cosas que serán. si él. en sus triviales dichas o desventuras. Cuarenta sílabas. quien ha entrevisto los ardientes designios del universo. entendiéndolo todo. Ese hombre ha sido él. Que muera conmigo el misterio que está escrito en los tigres.