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La enseñanza o la pasión por el saber Dr. Alexandre S.F. de Pomposo García

Un hombre sabio no pasa de ser un ignorante con jerarquía en sus dudas, exactamente de la misma manera en que un hombre sano no pasa de ser un moribundo en perfecto estado de salud. La vocación universitaria se caracteriza por la sublimación de la voz interior que impide suprimir el dolor primordial: la insatisfacción, supresión que significaría el suicidio de la humanidad. Por esto, al menos, es espiritualmente vital la metodología que garantiza la credibilidad de quien pretende transmitir un conocimiento o, más bien, la inquietud, la pasión y la incierta tranquilidad de un supuesto conocimiento a otros individuos. Es el desvelamiento de un camino más que de una meta. Ciertamente la meta se anuncia mas no como el punto al que se debe llegar a toda costa, sino como el acicate para emprender la marcha, a pesar de que más tarde, no mucho, se revele de suyo irrelevante, insuficiente. Como la lágrima nos debe recordar que tenemos ojos, así las metas nos deben catapultar hacia el descubrimiento de la fruición en el caminar. Así y todo, cuando se ponen los pies en la universidad, generalmente se hace respondiendo a un llamado interior; llamado éste que coincide con aquel otro que se orienta hacia la verdad. Sin embargo, aun no sabiendo cómo esa luz guía nuestros pasos, pues sabe más a misterio que a certeza, sí comprendemos que sin ella nos resultaría imposible correlacionar nuestra existencia con las actividades profesionales. El profesor universitario tiene un sobreañadido a este camino: habiendo recibido las directrices de la construcción de una actividad precisa con la que ayudar al mundo en su progresión, encuentra inevitable la necesidad de transmitir a los demás el amor a la verdad que a él mismo le mueve. No existe riesgo mayor. Todo esto tiene más, mucho más que ver con la dinámica del amor que con la lógica del intelecto; la verdad se pierde por una falta de amor, no por un error del entendimiento y el error es un estado del alma que puede ser tan nítido como la verdad, subjetivamente hablando. Por ello, aunque parezca extraño en el contexto de la enseñanza superior, la integridad espiritual, esa castidad a la que todos estamos llamados, es el presupuesto obligado para quien aspira a arrastrar con su pasión y ejemplo a aquellos que desean orientar los actos de su vida hacia las cumbres del servicio. En este esfuerzo lo peor no es el fracaso, sino el efecto frustrante del éxito, porque nunca termina de concretarse la plenitud de la formación. Esta concreción es construcción de belleza y sólo es posible crear belleza en este mundo cuando el centro de gravedad de la vida humana se transfiere al otro; probablemente la creación

2 humana libre es la única respuesta adecuada a la nostalgia que Dios tiene por el hombre. Desde los quarks hasta los supercúmulos de galaxias, pasando por el ADN, una amiba, un bosque y una vaca, exigen una estratificación que va más allá de la pura categoría intelectual. Las ecuaciones describen siempre un hecho realizado. 1 Este hecho realizado es, desde luego, el fenómeno natural que se pretende describir, pero también es el proceso psíquico de comprensión gracias al cual el hombre toma conciencia del fenómeno. El “número” (es decir, nuestras ecuaciones) no es un modo racional independiente, sino que va más bien de la mano de este otro modo primario de nuestra racionalidad propia que es la “palabra” (es decir, la razón limitada que ha escrito las ecuaciones); y estos dos modos son, uno y otro, formas del orden contingente, que encuentran su origen y su término en el orden no contingente (necesario) de la autosuficiencia de Dios (término o finalidad arriba insinuada). El comienzo de la civilización es el final del espíritu de la cultura; y la civilización siempre trae consigo un ansia espasmódica de vivir, de organizar todo aquello que es “vida”, lo cotidiano. Sólo el sacrificio impone un límite a esas ansias: la cultura espiritual es siempre aristocrática y no interesa a quienes viven al día. El profesor universitario ha debido degustar la soledad, pues quien se ha sentido radicalmente solo es el que tiene la capacidad de estar radicalmente acompañado; en esa libertad es en la que se construye el principio radical del mérito. Así, la docencia es acto absolutamente libre o, si no lo es, se convierte en farsa, en parcialidad y en repetición. No por ello, empero, quien osa pararse ante un grupo de alumnos deja de ser hombre, la fragilidad del sueño de una sombra; sin embargo, la floja calidad de un papel no disminuye la verdad de todo aquello que en él está escrito. La compleja interacción entre el docente y su alumno es el encuentro entre una conciencia y un deseo; cuando se vive esta interacción con la intensidad que merece, el corazón se convierte en la fuente de la unidad profunda de la persona de donde emana toda su actividad, natural y sobrenatural. Esto sucede ya que tanto el profesor como el alumno son personas y la persona es una subjetividad relativamente absoluta en un horizonte, él sí, absoluto. Quien se presenta ante un grupo de estudiantes con el fin de transmitirles algo, debe hacerlo con la humildad de quien sabe que va a “converter” (i.e. convertir) una inquietud, co-descubrir una incierta realidad, desvelar su profunda ignorancia con la sola ventaja de poseer algo de jerarquía, pero ignorancia igual. Se ha de quitar el sombrero, no la cabeza, para decir el milagro del habla coherente y abrirse a sí mismo y a los demás el apetito por el saber, no como posesión sino como misión.
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Es como lo dice textualmente Bergson en “Essai sur les données immédiates de la conscience”: la mécanique opère nécessairement sur des équations, et une équation algébrique exprime toujours un fait accompli (la mecánica opera necesariamente por medio de ecuaciones, y una ecuación algebraica expresa siempre un hecho realizado).

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La intuición, con todo que es una percepción íntima e instantánea de una idea o una verdad, tal como si se tuviera a la vista, no puede enseñarse, pero se le frustra con extrema facilidad; es así que la investigación es en la vida universitaria una de las venas más finas del organismo académico. Se debe, sin embargo, reconocer que investigar es aun otra vocación dentro de la vocación docente: es ante todo un llamado a contribuir al conocimiento universal y, principalmente, a hacerse responsable del conocimiento descubierto. El trabajo, las largas horas de trabajo en soledad y desvelos son el peaje que gustosamente paga quien se enfrasca en los laberintos de la originalidad. No obstante, el compromiso va más allá de la simple satisfacción de una vana curiosidad. No, se trata más bien de descubrir para uno mismo y para los demás que lo que se creía horizonte (en tanto que línea limitante) en realidad es el borde “horizonal” del conocimiento (en tanto que línea que propone algo que va más allá de ella misma). “Nada se hace sin pasión” afirma Hegel 2 y en esa frase conjuga la acción y lo pasivo, la paradoja que constituye la dinámica de la voluntad humana. No porque el ser se encuentre en el origen del conocimiento, la realidad deja de formar parte del orden trascendente 3 . El conocimiento ha de tener en cuenta tanto a la inteligencia como a la intuición; sin embargo, no tenemos una distinción clara entre ambas y por ello frecuentemente se forman ideas erróneas o, por decir lo menos, fantasmales 4 . En la actualidad, la conciencia humana se concibe como un ente estrictamente material, basándose en el sustrato neuronal que posee; no obstante, esa perspectiva nos parece incapaz de rendir cuentas apropiadas ante el fenómeno de la intuición, del sentido profundo de la estética, de la necesidad muy humana por ir más allá de él mismo. En todo el reino animal la conciencia se muestra como la herramienta por excelencia, gracias a la cual se llevan a cabo las elecciones necesarias para sobrevivir de manera conveniente, dadas las condiciones que le rodean. Pero en el hombre, concretamente, el neo-cortex puede llevarle a ir en contra incluso de sus “instintos” más lícitos 5 . En consecuencia, la trascendencia es connatural al hombre, pues partiendo de la realidad que lo incluye, es capaz de penetrar en lo invisible, en lo inefable, asumiendo su naturaleza completa y contemplar la luz que es revelación en transparencia. El conocer es la actividad humana mediante la cual la existencia consciente intenta enunciar e interpretar su experiencia de la realidad. Punto focal de esta realidad es el rostro humano, mezcla viviente de misterio y de

Citado por A. Léonard en “El fundamento de la moral”, BAC, Madrid, 1997. Cfr. principalmente “Sobre el sentimiento y la volición” de X. Zubiri, Alianza Editorial, Madrid, 1993. 4 H. Bergson en « L’évolution créatrice » diserta acerca de este punto, bien que en su época sólo comenzaba a ser tomada en serio la cuestión. 5 V.gr. el caso del hombre que deja de comer, que ayuna, que practica la abstinencia sexual, etc. como parte de una convicción religiosa.
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4 significado 6 , de ser y de existencia, de tiempo y de duración; la dimensión divina se abre a partir del rostro humano 7 . El hombre ama naturalmente al universo y desea su bien; y así, para satisfacer ese deseo del hombre, el universo será perfeccionado. Sólo la observancia de los límites, la armonía, concede la verdadera libertad; y esta libertad, a su vez, proporciona el conocimiento. Hay un influjo recíproco maravilloso: la verdad nos hace libres y la libertad interior conduce derecha a la verdad, al sentido profundo de los seres. Lo infinito hace lo finito más real. Esto es lo que nos parece constituye el núcleo de las vocaciones de la docencia y de la investigación universitarias: la pasión por proponer la verdad, por señalarla a los demás y por contribuir a su revelación. Esta revelación es la que impacientemente espera el universo entero de parte del hombre: la revelación del Amor como entrega incondicional al otro antes de alcanzar esa apoteosis de la soledad que es la muerte. Probablemente, el fin último de la enseñanza universitaria sea el siguiente: parar mientes en que lo científico siempre es penúltimo y que lo último no es científico; que aunque sigamos enfrentados a problemas de suma dificultad, nadie que esté convencido perderá la esperanza, de que en último término alcanzaremos lo imposible mediante la aproximación a la integridad. Y mientras, durante las ociosas horas de contemplación solitaria, nos permitiremos soñar con un mundo limpio, que no nos dé asco, y en el que todos los individuos hayan realizado su genio y estén felizmente preparados para conocer el hecho de que, de una u otra manera, todos los hombres tenemos algo de únicos, algo incomparable e insubstituible. Muchas gracias.

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A. Heschel. É. Lévinas.

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