Enseñar a pensar

Un deber ineludible de la educación. Una educación que solo se conforma con estudiantes que memorizan y repiten datos no puede llamarse propiamente “educación”. Se necesita enseñar a pensar. Es el año 1921. Un varón de raza negra camina absorto mirando árboles. Ha sido invitado a dar una conferencia en una comisión especial del Senado de los Estados Unidos. Es considerado un gran científico. Ha dedicado toda su vida a estudiar las plantas. Descubrió la importancia de la rotación de cultivos. Encontró cientos de productos a partir de modestas plantas o frutas, como el cacahuete o la patata. Su nombre George Washington Carver (1864–1943). Es el 17 de diciembre de 1903. En Kitty Hawks (Carolina del Norte, EE. UU.) está por ocurrir un hecho que marcará definitivamente la historia humana. Un joven que tiene más entusiasmo que conocimiento, va sentado en un extraño aparato mezcla de madera, tela y metal. De pronto, enciende los motores y aquel engendro mecánico se eleva del suelo y recorre por primera vez en la historia una distancia por el aire, son apenas 36 metros; sin embargo, marca el inicio de un milagro contemporáneo: el avión. El piloto es Orville Wright (1871-1948), quien dirige la travesía desde el suelo es su hermano Wilbur (1867– 1912). Es una mujer menuda. Su rostro no posee ni la simpatía ni la hermosura con la cual, normalmente, se asocia la belleza. Está sentada bajo un árbol en un recóndito lugar de Chile, Monte Grande. Su mente inquieta divaga una y otra vez. Está triste. Ha muerto alguien a quien ama profundamente. De pronto, vienen a su mente algunas palabras: «Del nicho helado en que los hombres te pusieron» y sigue escribiendo, azorada y contrita. Es su forma de hacer frente al pesar. Escribe los Sonetos de la muerte, unos versos que la lanzarán a la fama y al mundo. En 1945 se convierte en la única mujer sudamericana en recibir el premio Nobel de Literatura. Se llama Lucila Godoy, aunque el mundo la recuerda como Gabriela Mistral (1889-1957). Es hija de un modesto maestro de escuela. Decide estudiar una profesión no reservada para mujeres. Quiere ser científica. Vive una situación económica extremadamente dura, pero aun así, termina sus estudios. En un establo, tiempo después, refina junto a su esposo grandes cantidades de mineral radioactivo. Hoy, todos los estudiantes de química del

mundo aprenden el nombre del elemento “Polonio”, pocos saben, que dicho nombre fue puesto para honrar a su descubridora, que había nacido en Polonia. En 1903 se convierte en la primera mujer en recibir un premio Nobel de Física; en 1911, vuelve a recibir un Nobel, esta vez de Química, transformándose en la única persona que ha recibido dos veces dicho premio. Su nombre, Marja Sklodowska (1867-1934), aunque por un acto de injusticia sexista se la conoce como Marie Curie. Aprender a pensar ¿Qué tienen en común estos personajes? Pues algo simple y a la vez complejo. En algún momento aprendieron a ejercer el mayor milagro del cual está dotado el ser humano: cultivaron el don de pensar. Tal vez alguien diga: “¡Pero eso no es posible! ¡Todo el mundo piensa!” S , en cierto modo, eso es cierto, pero no es una verdad completa. Todos los seres humanos tienen la capacidad potencial de pensar; pero, para que dicha potencialidad se desarrolle, se necesita aprender. Y es ahí donde el asunto se torna complejo. El gran problema es definir exactamente ¿qué es pensar?, ¿cuáles son las mejores condiciones para que se desarrolle el pensamiento reflexivo?, ¿qué pueden hacer los educadores para formar efectivamente a hombres y mujeres para que sean pensadores? Pensadores y no meros repetidores Mucho de lo que se considera “educación formal”, consiste en lograr que los estudiantes sean meros repetidores de los datos que se les han entregado en clase. Sin embargo, una educación verdadera enseñará a crear a partir de los datos. Para eso, es preciso que los estudiantes:
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Desarrollen su individualidad. Crean en sí mismos. Entiendan el poder de pensar. Se creen las condiciones para actuar, con lo que eso implica: ensayo y error. La educación pasiva de repetidores ha creado generaciones de personas pasivas que están continuamente a la espera de que otros solucionen sus problemas vitales. Se necesita una generación de personas con amplitud de mente, claridad de pensamiento y valentía para defender convicciones. Lo anterior solo se logra enseñando a pensar.

No se enseña a pensar con:
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Memorización mecánica. Escuelas donde el centro de la enseñanza es el profesor. Estudio de teorías abstractas sin conexión con la realidad. Conclusión Se necesita adquirir determinadas habilidades docentes para enseñar a pensar. Para ello, es preciso, en primer lugar, romper con los paradigmas con los que la mayoría de los profesores han sido educados. Por otro lado, se precisa entender que una educación de calidad implicará que los alumnos no sean meros receptores de información, sino buscadores, investigadores y creadores.

Miguel Ángel Nuñez, Doctor en teología,

http://revista.adventistas.es/2013/01/ensenar-a-pensar/

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