Dino Buzzati Buzzati

MIEDO EN LA SCALA
Y OTROS CUENTOS

Dino Buzzati MIEDO EN LA SCALA Y OTROS CUENTOS

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ÍNDICE

MIEDO EN LA SCALA ........................................................................... 4 ALGO HABÍA SUCEDIDO ..................................................................... 49 EL ASALTO AL GRAN CONVOY ........................................................... 55 EXTRAÑOS NUEVOS AMIGOS .............................................................. 71 LA CAPA ............................................................................................ 78 LA MUJER CON ALAS.......................................................................... 84 LA NIÑA OLVIDADA ............................................................................ 99 LOS BULTOS DEL JARDÍN ................................................................. 103 LOS SIETE MENSAJEROS .................................................................. 108 ¿Y SI? .............................................................................................. 113 EL AUTOR..................................................................................... 119

que permanecen. Y hay abonado que. el mes de mayo estaba ya avanzado. La matanza de los inocentes constituía un acontecimiento de suyo. según la definición de su 4 . época en que. que los cantantes. Sin embargo. a juicio de los más intransigentes. Ciertamente. Se decía que en esta ópera (a decir verdad se trataba.Dino Buzzati MIEDO EN LA SCALA Y OTROS CUENTOS MIEDO EN LA SCALA Para la primera representación de La matanza de los inocentes. y no importa que los directores no sean primeras figuras. como si se tratase de una visita a una familia amiga. no excesivamente ambiciosos. llega hasta el punto de no dejarse caer siquiera por allí. no despierten curiosidad. por tanto. En esta época los exquisitos se permiten confianzas formales que escandalizarían en los meses más sagrados de la Scala: parece casi de buen gusto en las señoras no insistir en las toilettes de noche y vestir sencillos trajes de tarde y en los hombres ir vestidos de azul o gris oscuro con corbata estampada. seleccionados del repertorio tradicional menos conflictivo. En primer lugar. vacíos (y tanto mejor si los conocidos quieren darse cuenta de ello). compuesto en gran parte por turistas. sin por ello ceder a otros el palco o la butaca. el viejo maestro Claudio Cottes no dudó en ponerse el frac. de Pierre Grossgemüth (novedad absoluta en Italia). por esnobismo. espectáculos de éxito garantizado. en su mayoría elementos de vieja routine escalígera. la temporada de la Scala comienza a decaer y es buena norma ofrecer al público. aquella noche había espectáculo de gala. a causa de las controversias que la obra había suscitado cinco meses antes en media Europa cuando se había escenificado en París.

adoptando formas todavía más desconcertantes y audaces que las precedentes. uno de los principales maestros de la época moderna. de donde. Una vez que los alemanes lo habían invitado a dirigir un concierto con fines benéficos. Comoquiera que fuese. Philippe Lasalle. La interpretación más obvia de este oratorio –con libreto de un jovencísimo poeta francés. según sus admiradores. todo lo posible para no tener que tomar una actitud declarada permaneciendo enclaustrado en su rica villa. es decir. establecido en Grenoble hacía ya muchos años. había ayudado con generosidad a los maquis de la región. con la intención declarada. el interés mayor nacía de las repercusiones de género político.Dino Buzzati MIEDO EN LA SCALA Y OTROS CUENTOS autor. de un «Oratorio popular. se contaba. de «rescatar por fin al melodrama del gélido exilio en que los alquimistas intentan mantenerlo vivo con potentes drogas. en doce cuadros») el músico alsaciano. pero por otra parte. por tanto. ni siquiera salía ya la acostumbrada e inquietante voz del piano. identificando a Hitler con el torvo personaje de Herodes. volviendo (aunque hacía falta saber cómo) a la gloriosa tradición del diecinueve: había incluso quien le había encontrado vínculos con las tragedias griegas. no obstante. de aspecto casi prusiano. Había hecho. Pierre Grossgemüth. había observado en los tiempos de la ocupación una conducta ambigua. hasta las olvidadas regiones de la verdad». Sin embargo. había roto los puentes con el pasado reciente. en los meses más críticos antes de la liberación. no había sabido negarse. Pero Grossgemüth era un gran artista y aquellos días difíciles no se habrían desenterrado si no hubiese escrito y dado a la escena La matanza de los inocentes. si bien ennoblecido ya su rostro por la edad y la actividad artística. Nacido en una familia evidentemente originaria de Alemania. 5 . para coro y solistas. había emprendido –bien es verdad que a una edad tardía– un nuevo camino (después de haber probado tantos). inspirado en el episodio bíblico– la calificaba como una alegoría de las matanzas llevadas a efecto por los nazis.

Con todo. pues. desde las venganzas menudas acaecidas en todos los pueblos hasta las horcas de Nuremberg. y de París había llegado un pequeño grupo de fanáticos de Grossgemüth. había organizado un extraordinario dispositivo de orden para la eventualidad de que se desencadenase la borrasca. por su parte. La matanza de los inocentes debía considerarse un testimonio de fe cristiana y nada más. la expectación por los decorados –que se anunciaban demenciales– y por la coreografía ideada por el famoso Johan Monclar. Pero ha– bía quien iba más allá: según éstos. y naturalmente iba a asistir a la representación. No había habido en toda la temporada una soirée tan importante. El cuestor. de tal revuelta y una advertencia a cuantos tuvieran la potestad de sofocarla a tiempo: en resumen. Como era previsible. un libelo de espíritu absolutamente medieval. varios funcionarios y muchos agentes de policía destinados en un primer momento a la Scala se vieron trasladados a otros lugares. al que se había hecho venir expresamente de Bruselas. Los principales críticos y músicos de Italia se habían trasladado a Milán para la ocasión. en suma. daba al espectáculo un sabor de excepción. Pero en el estreno de París había habido incidentes y durante mucho tiempo los periódicos habían polemizado a sangre y fuego.Dino Buzzati MIEDO EN LA SCALA Y OTROS CUENTOS críticos de extrema izquierda habían atacado a Grossgemüth acusándolo de ocultar bajo la superficial e ilusoria analogía antihitleriana las eliminaciones perpetradas por los vencedores. A última hora de la tarde se había perfilado de improviso una amenaza diferente y mu6 . Grossgemüth había desmentido las insinuaciones con pocas pero tajantes palabras: si acaso. Añádase a esto la curiosidad por la difícil ejecución musical. una condena anticipada. La matanza de los inocentes pretendía ser una especie de profecía y aludir a una futura revolución y a las matanzas con ella relacionadas. Grossgemüth hacía una semana que estaba en Milán con su mujer y su secretaria para seguir los ensayos. Todo esto.

quizá para esa misma noche. nadie sabía nada. temerosos de ver avanzar desde el fondo una masa oscura que bloqueara 7 . hacía años que se repetían con frecuencia. Los jefes de este movimiento nunca habían ocultado que su último objetivo era subvertir el orden constituido e instaurar la "nueva justicia". después de salir de las oficinas. escrutando con aprensión el camino. No había ocurrido nada concreto que la justificara. No llevaban ni distintivos ni banderas ni pancartas. Los últimos meses había habido síntomas de agitación. a decir verdad. asimismo. no había siquiera rumores que hicieran referencia a nada preciso. no estaban encuadrados. Varios indicios apuntaban a una inminente acción de fuerza. Nada raro. No obstante. Pero no era difícil en absoluto adivinar su ralea. diríase provocador. como suele suceder. Aquella noche. Actualmente estaba en marcha una ofensiva de los Morzi contra la ley relativa a la migración interna. Ya había ocurrido otras veces. Y también esta vez la fuerza pública había dejado hacer. Podía ser un buen pretexto para una intentona seria. Los propios Morzi difundían rumores de este tipo. por parte de la agrupación de los Morzi. siendo éste uno de sus juegos favoritos. inocuas y en sordina. muchos ciudadanos apretaban el paso en dirección a su casa. que fuese una falsa alarma. no intentaban formar grupos. porque manifestaciones como ésta. Sin embargo. las informaciones secretas de la Prefectura hacían temer en un plazo de pocas horas una maniobra de gran envergadura para conquistar el poder. a las unidades del ejército. sin embargo.Dino Buzzati MIEDO EN LA SCALA Y OTROS CUENTOS cho más preocupante. Tampoco se podía excluir. se había puesto a policía y carabineros en estado de alerta y acuartelado. Durante todo el día se habían visto en las plazas y calles del centro pequeños grupos de aspecto decidido. pendiente de ser aprobada en el Parlamento. y sin embargo reinaba en el ambiente una tensión palpable. una vaga y sorda sensación de peligro se había extendido por la ciudad. Se había avisado inmediatamente a Roma.

la mayoría continuó dedicándose a sus ocupaciones como si fuera una noche como otra cualquiera. como si hablar de ello pudiera romper el encanto. que recorría periódicamente las principales ciudades europeas para ciclos de conciertos. En un tono acaso diferente del habitual. se decía hola y adiós sin apostillas. se había establecido en Italia siendo muy joven. se prefería. en determinados aspectos incluso obtuso. Por esta razón. del mismo modo que en los buques de guerra es ley no formular a bordo ni siquiera en son de broma hipótesis de torpedeos o cañonazos. para el cual nada existía en el mundo fuera de la música. provocar la desgracia. no aludir de forma abierta a aquello que de un modo u otro reinaba en todos los ánimos. esto aproximadamente hasta el año 40. se quedaba para el día siguiente. No era la primera vez que la tranquilidad de los ciudadanos se veía amenazada. Extinguidos luego en el público los primeros fanatismos. filtrado a través de quién sabe qué indiscreciones. en los años dorados. invitado por las más renombradas instituciones filarmónicas. Con todo. en definitiva. cuando su prodigiosa precocidad como virtuoso le había procurado la celebridad en poco tiempo. Entre aquellos que pasaban por alto tales preocupaciones más que los demás se hallaba sin lugar a dudas el maestro Claudio Cottes. había seguido siendo un magnífico pianista.Dino Buzzati MIEDO EN LA SCALA Y OTROS CUENTOS la calle. muchos comenzaban a estar acostumbrados. a principios de siglo. Lo que más le agradaba recordar eran los éxitos que más de una vez había alcanzado en las temporadas sinfónicas de la Scala. se desarrollaban las conversaciones nocturnas de costumbre. con sobreentendidos herméticos. hombre cándido. un presentimiento de cosas grandes había empezado a serpentear por aquí y por allá. se había casado con una milanesa y ocupado con suma probidad la cátedra de 8 . Rumano de nacimiento (si bien pocos lo sabían). traer mala suerte. quizá más delicado que potente. nadie hablaba de ello. Obtenida la ciudadanía italiana. resultaba singular una circunstancia que muchos advirtieron: si bien.

caían en el vacío. Con los años se le había acentuado un vago parecido a Beethoven. No lo entendía.». Un Beethoven no trágico. Cortot o Gieseking. Esta natural sencillez –de hecho. le preguntaban sus amigos durante los descansos. quizá sin saberlo. respondía en dialecto. sí era un viejo guapo. por decirlo así.Dino Buzzati MIEDO EN LA SCALA Y OTROS CUENTOS piano del curso superior en el Conservatorio. él. Pero si hubiera sido Beethoven. no frecuentaba más que a músicos y melómanos. compositor de veintidós años de prometedor talento. el viejo Cottes se hallaba. a los sesenta y siete años. Era su único punto débil y se le perdonaba con facilidad. extremadamente parco en confianzas y expansiones. Ahora se consideraba milanés y menester es admitir que. tampoco se había amargado al verse excluido. No dejaba de darse cuenta de que sus consejos. maestro?». «¿Qué. Desde que se había quedado viudo. en su ambiente. no se perdía un concierto y seguía con una especie de azorada timidez los éxitos de su hijo Arduino. porque en materia de pianistas lo raro era que no torciera el gesto. de una sensibilidad incluso exagerada. ». también en materia musical. pocos había que supieran hablar el dialecto mejor que él. dispuesto a ver lo bueno en casi todos sitios.. hacía que resultara simpático a todo el 9 .. ya tocara Backhaus. de sonrisa fácil. o bien: «¿Que por qué? ¿Lo habrá oído alguna vez? Pero si se ha dormido. largos y vaporosos que daban a su cabeza un halo muy "artístico". Cottes nunca había sido un hombre guapo. «Por mí bien. No sabía qué vida llevaba.. por causa de la edad. Ahora. más bien bondadoso. Decimos timidez porque Arduino era un joven muy reservado. de aquellos que se acostumbra llamar aparentes. inerme y cohibido frente a él. sociable. Si bien estaba jubilado –no conservaba más que el cargo honorario de miembro del tribunal en algunas sesiones de exámenes en el Conservatorio–. o parecidas gracias fáciles de viejo cuño. se complacía en tratar con cariño esos cabellos blancos. "casi". Cottes seguía viviendo sólo para la música.. de la activa vida artística–.

Había hablado incluso de ello con su padre durante el almuerzo. y a los tibios a un respaldo más manifiesto. Sólo para los estrenos que se auguraban de escasa recaudación las butacas eran dos. Tampoco se empeñó en lograrlo. tal como acostumbraba. una para él y otra para su hijo. a una «polifonía muy elaborada». que iba por horas. Arduino comía fuera y el piano. en que no hay obligación de ir bien vestido. en las veladas algo difíciles. con sus amigos. Cottes hijo había escuchado el día anterior el último ensayo de La matanza de los inocentes. intimidado. se quedó también esa vez. Su ingenuo padre no había conseguido saber si la obra era buena o no. a Arduino lo traía sin cuidado. Los jóvenes lo habían acostumbrado a su jerga misteriosa. en términos muy nebulosos. a cuyas puertas. gracias al Cielo. la presencia en la platea del bueno de Cottes constituía un pequeño núcleo de optimismo garantizado. La sirvienta. Cuando menos. Había hecho alusión a ciertas «interesantes resoluciones tímbricas». La mañana de cada día de estreno aparecía sin falta en su buzón de la portería de la via della Passione 7 una entrada con una butaca. se había marchado. En la temporada lírica lo de menos son los pianistas y. Precisamente. ni siquiera si había gustado o no a su hijo. El "gracias al Cielo" se halla10 . éstas. estaba mudo. por lo demás. Su nombre. a las «vocalizaciones más deductivas que inductivas» (palabras. pronunciadas con una mueca de desdén) y demás. figuraba en la secreta y parca lista de los «abonados perpetuos exentos de pago».Dino Buzzati MIEDO EN LA SCALA Y OTROS CUENTOS mundo y le garantizaba un tratamiento preferente por parte de la dirección de la Scala. prefería apañárselas solo. y era probable que el ejemplo de un concertista antaño famoso indujese a muchos discrepantes a moderarse. Eso sin contar con su aspecto sumamente escalígero y sus pasados méritos como pianista. se podía contar con sus personalísimos aplausos como norma. y asistir a los ensayos generales. por tanto. a los indecisos a aprobar. Ahora estaba solo en casa. Esto.

–Pero Arduino ¿está o no? –preguntó la misma voz de antes con un tono casi grosero. 11 . con todo. que saliese finalmente cualquier cosa parecida a música.Dino Buzzati MIEDO EN LA SCALA Y OTROS CUENTOS ba sin duda en el ánimo del viejo concertista. los acordes adoptaban sonidos aún más hostiles. soy yo –respondió. de su vitalidad. Sin embargo. –Sí. –No. su hijo no se liberaba. de decrepitud. decían. todo quedaba allí suspendido o caía a plomo abruptamente en nuevas fricciones obstinadas. las manos del padre se separaban y. temblando un poco. Comprendía que era una debilidad de músico caduco. se apresuraban a encender un cigarrillo. nunca habría tenido valor para confesarlo. las notas se enredaban cada vez más. Se repetía que lo agradable debía evitarse como señal de impotencia. Que Dios lo bendijera. yo soy Claudio. –¿El maestro Arduino Cottes? –No. con una esperanza casi visceral. Cottes estaba solo. entrelazaba los dedos de las manos con tanta fuerza que los hacía crujir. pero el sol todavía brillaba. Pero era superior a él. fatigosamente. Cuando su hijo componía. un aire tibio entraba por las ventanas abiertas. como si con ese esfuerzo fuera a ayudar a su hijo a "liberarse". no está –respondió el padre intentando devolver la brusquedad. Eran las ocho y media. de marchita nostalgia. Claudio Cottes entraba en un estado de extrema agitación interna. se sentía a gusto. que no se podían recorrer de nuevo los antiguos caminos. y que ésa era la señal. –¿Está el maestro Cottes? –dijo una voz desconocida. Burladas. Se estaba vistiendo cuando sonó el teléfono. Sabía que el nuevo arte debía ante todo hacer sufrir a los oyentes. De aquellos acordes aparentemente inexplicables aguardaba a cada momento. La comunicación se cortó. A veces. el padre. Volvió al dormitorio y el teléfono sonó de nuevo. mientras escuchaba en el cuarto de al lado.

tenía la vanidad de ponerse el chaleco negro. pero ¿quién en el mundo. con un camarero? Aunque tenía calor. Saboreando por anticipado la brillante velada. las conversaciones. pero le permitía ahorrarse la visión. Cottes tomó por la vía Conservatorio. Ahora el viejo artista contemplaba en el espejo del armario su frac a la antigua. al parecer. de esas en que incluso Milán consigue representar el papel de ciudad romántica. Claudio Cottes. el camino era así un poco más largo. exacto. salió de casa sintiéndose casi feliz. después de coger unos pequeños binoculares. el encuentro con tantos amigos. aunque fuera ciego. habría podido confundirle a él. Un joven de largos cabellos rizados cantaba en la acera una romanza napolitana sosteniendo un micrófono a pocos centímetros de su boca. Cottes. e interrumpió la comunicación. pensó Cottes. con las calles tranquilas y semidesiertas. largo. le duró poco. apropiado a su edad y al mismo tiempo muy bohémien. para él sumamente desagradable. para distinguirse del chato conformismo. el perfume de los tilos que salía de los jardines y la luna como la hoja de una hoz en medio del cielo. ¿y quién podía ser? ¿Qué clase de amigos frecuentaba ahora Arduino? ¿Y qué podía significar aquel «peor para él»? La llamada lo dejó un poco fastidiado. en el ejemplo del legendario Joachim. la contemplación de mujeres hermosas. Era una noche deliciosa de principios de verano. Allí el maestro se topó con un espectáculo extraño. Qué modales. una instalación de amplifi12 . Del micrófono salía un cable que iba a una caja con un acumulador.Dino Buzzati MIEDO EN LA SCALA Y OTROS CUENTOS –¡Pues peor para él! –dijo el otro. con una caída perfecta. se puso un abrigo ligero para evitar la curiosidad indiscreta de los transeúntes y. Afortunadamente. de los Navigli cubiertos. el vino espumoso que habría seguramente en la recepción anunciada para después del espectáculo en el salón de descanso del teatro. Como los camareros. Inspirándose.

. –¿Acaso pretendes insinuar. y aunque las conocidas palabras fueran de amor. imprecó en su interior el maestro al mendigo. Y durante muchos metros sintió en sus hombros el peso de un par de ojos vengativos. perturbado en su ánimo. insolente muchacho.. Pero ¿y Arduino? ¿Cómo es que no va? –Arduino vio ya el ensayo general. –Bien sabe usted –dijo el otro– que la Scala no sería la Scala sin el maestro Cottes. el buen humor. se habría dicho que el joven profería una amenaza.. vaya a saber por qué. simulando estar ausentes. Esta noche tenía que hacer.Dino Buzzati MIEDO EN LA SCALA Y OTROS CUENTOS cación y altavoz de la cual la voz salía con tanta insolencia que resonaba entre los edificios. 13 . ingenuo.. sin moverse. Pero el maestro. cólera. Había en aquel canto una especie de desahogo salvaje. siete u ocho muchachitos de aspecto pasmado y punto. malo!». un joven formidable que había sido alumno suyo en el Conservatorio y que ahora trabajaba de periodista. un cumplido. –¿A la Scala. ¿Estaban vacías todas aquellas viviendas? ¿O acaso los inquilinos se habían encerrado. como si se negaran a escuchar.? –dijo él solicitando. pasó de largo apretando el paso. que a mi edad ya sería hora. por temor a alguna cosa? Cuando Claudio Cottes pasó. Alrededor. maestro? –le preguntó al ver por el escote del abrigo la corbata blanca. ni siquiera sabía él cómo.. –Ah. aumentó tanto la intensidad de las emisiones que el altavoz comenzó a vibrar: era una perentoria invitación a poner dinero en el platillo colocado encima de la caja. «¡Además de bribón.. A un lado y otro de la calle las ventanas estaban cerradas y echadas las persianas. La desvergüenza de la exhibición le había estropeado. el cantante. Esta noche. Pero todavía le fastidió más un breve encuentro con Bombassei. habrá preferido quedarse en casa. ya entiendo –dijo Bombassei con una sonrisa de astuto entendimiento–.

inquieto. soslayando sus preguntas con vagas excusas.Dino Buzzati MIEDO EN LA SCALA Y OTROS CUENTOS –¿Y por qué tendría que hacerlo? –preguntó Cottes advirtiendo la segunda intención. Quien supiera podía pensar que todo un mundo dorado y exclusivo se refugiaba en su amada ciudadela. de los formidables automóviles detenidos en una larga hilera y a través de cuyos cristales se entreveían joyas. –y el joven hizo un gesto con la cabeza señalando a la gente que pasaba–. ¡Que lo pase bien! El viejo se quedó allí suspenso. pero a su mente afloraban recuerdos fragmentarios y confusos.. Allí. La propia inquietud que había empezado a extenderse por la ciudad acrecentaba probablemente la animación. de las señoras que se desplazaban con un presuroso ondear de colas y de velos. ¿Se había metido su hijo en algún lío? ¿Pero qué tenía de extraordinario aquella noche? ¿Y quiénes eran esos «demasiados amigos de paseo»? Dándole vueltas a estos problemas llegó a la plaza de la Scala... y la poca que había tenía un aspecto descuidado y en cierto modo sumamente ansioso. Nunca en las últimas temporadas se había visto un concierto tan opulento y dichoso de hombres. Las palabras de Bombassei seguían siendo un enigma. yo haría lo mismo. Por otra parte. maestro. nuevos compañeros salidos de no se sabía dónde en los últimos tiempos. los pensamientos desagradables se esfumaron inmediatamente ante la visión consoladora del bullicio a la puerta del teatro. escotes blancos. Miró a la gente y no consiguió advertir nada raro.. imperturbable. sin comprender. Pero perdone. medias palabras pronunciadas por su hijo. la Scala. quizá incluso trágica. hombros desnudos. espíritus y cosas. en su lugar. Cuando estaba a punto de comenzar una noche amenazadora.. viene mi tranvía. ocupaciones nocturnas que Arduino nunca había explicado. mostraba el esplendor de los viejos tiempos. de la multitud que curioseaba. co14 . salvo que quizá había menos que de costumbre. –Esta noche hay demasiados amigos de paseo..

extasiado como un muchachito. Muchos otros con quienes cambiaba ahora fugaces gestos de saludo experimentaban lo mismo. no saludaban a nadie y no cambiaban una palabra ni siquiera entre ellos. hallando a todo el mundo en su lugar. que habría dejado morir de difteria a miles de sus pequeños clientes antes de perderse un estreno (el pensamiento sugirió incluso a Cottes un gracioso retruécano en relación con Herodes y los niños de Galilea que se prometió utilizar más tarde). quizá les pareciera un poco ridícula. no hablaban con nadie. a aquellos que no formaban parte de ella. pero siempre con la misma ropa gastada. vestidos de ceremonia. que no faltaban a ningún estreno. ¿Quién faltaba? Los expertos ojos de Cottes inspeccionaron sector por sector el abundante público. Cottes miró a su alrededor. el excelente profesor 15 . aplaudían con idéntico ardor cualquier cosa que pusieran. pero su primera sensación al entrar en aquella sala seguía siendo pura y vívida. Pero en realidad pocos sabían. De allí nacía una peculiar fraternidad. A su lado se sentaba el famoso pediatra Ferro. en medio del resplandor de las luces. la pareja que alguna vez había definido como los «parientes pobres». hasta el punto de que todos los consideraban claqueurs de lujo. un hombre y una mujer ya mayores. desplazados al sector más aristocrático de la platea para dar vía libre a los aplausos. para una última noche loca de gloria. sí. Arrastrado por el torbellino de la multitud. Claudio Cottes se halló en la platea. La mayoría más bien tenía la impresión –tal era la suavidad de la noche– de que con los últimos vestigios del invierno había acabado un período turbulento y de que se anunciaba un verano largo y sereno.Dino Buzzati MIEDO EN LA SCALA Y OTROS CUENTOS mo los nibelungos en su palacio a la llegada de Atila. una especie de inocua masonería que a los extraños. A su derecha. Eran las nueve menos diez y el teatro estaba ya atestado. muy pronto. sin apenas darse cuenta. como la que se experimenta delante de los grandes espectáculos de la naturaleza. Los años habían pasado. lo sabía. Más allá.

le había acometido tal ataque de soberbia en su casa y en su empresa. Allí estaba la princesa Wurz-Montague. ¡qué piernas!». verdaderamente. pero lo querían igual. la bellísima Maddi Canestrini. expresaba incansablemente su satisfacción con la fórmula invariable: «Ah. viajaba en bicicleta. resplandecía entre la multitud. y él. pontificaba ahora sobre Purcell y D'Indy. Y ahí estaba el ingeniero Beccian. como dijo uno. que se había vuelto insoportable. economista. venida expresamente de Egipto con sus cuatro hijas. con madre. casi encima del proscenio. ¡qué figuras! Ah. tan rico que quizá fuera hasta multimillonario. con su gran nariz de pájaro. toda la tribu de los Salcetti. vieja familia milanesa que se jactaba de no haberse perdido un estreno de la Scala desde 1837. dormía en los parques y comía las provisiones que llevaba en una mochila. habiendo sido nombrado hacía un mes consejero de la Sociedad del Cuarteto (por lo cual había suspirado durante decenas de años como un enamorado y había hecho indecibles esfuerzos diplomáticos). de canales y puertos. parientes y amigos pensaban que estaba un poco loco. igual que el faro en el cabo de Buena Esperanza. Y allí. que miraban de reojo con amargura al suntuoso palco 14 del segundo piso. con su minúsculo marido. en el palco más bajo del proscenio.Dino Buzzati MIEDO EN LA SCALA Y OTROS CUENTOS Schiassi. Y en el cuarto piso. tía e hija núbil. En un palco del primer piso. brillaban los ávidos ojos del barbudo conde Noce. que se habían visto obligadas a abandonar 16 . nunca su célebre busto se había podido admirar en tanta plenitud y. que antes no osaba dirigir la palabra al último de los contrabajos. antigua dependienta que a cada nueva ópera se hacía catequizar por la tarde por un profesor de historia de la música para no hacer ningún papelón. y que en tal circunstancia. Allí. la pobre marquesa Marizzoni. desde tiempo inmemorial. y como entonces anduviera escaso de dinero. asiduo tan sólo a las óperas que prometieran la aparición de bailarinas. su feudo. famoso por haber seguido años y años a Toscanini allí adonde fuese a dar un concierto. melómano humilde e infeliz que.

Cottes se propuso entregarse de nuevo. un obeso príncipe indio no muy bien identificado daba cabezadas y. abierto por delante hasta la cintura. Para confirmar el éxito de la velada se veía. a una distracción que acostumbraba permitirse en sus años mozos: abismarse en tales panoramas desde lo alto. velado por un edecán en uniforme. decían. un niño guapísimo y espantosamente pálido que parecía que fuera a morirse de un momento a otro. contra lo acostumbrado. En cuanto a los círculos rivales de la nobleza y de la burguesía adinerada. Entre tanto. Estaba en el tercer piso y en él se hallaban. 17 . los brazos desnudos con un cordón negro enroscado en ellos como una serpiente. excelente contralto y buena amiga. procurando pasar inadvertidas. Y en su interior escogió como observatorio el palco del cuarto piso en que destellaban las esmeraldas gigantescas de Flavia Sol. tres señores de treinta a cuarenta años con trajes cruzados de color negro. para hacerse admirar. inmóvil. durante algún descanso. una impresionante mujer de unos treinta años. de camisas brillantes. Sólo un palco. una actriz de Hollywood. además. la aigrette de su turbante subía y bajaba. sentados uno a cada lado y un tercero de pie. obedeciendo al ritmo de su respiración. permanecían allí arriba. A su lado se sentaba. de fracs de los mejores sastres. habían renunciado a la elegante costumbre de dejar los balcones de proscenio medio vacíos. gran número de mujeres hermosas con décolletés sumamente atrevidos.Dino Buzzati MIEDO EN LA SCALA Y OTROS CUENTOS este año por restricciones económicas. resignadas a gastar en el abono un octavo de lo que acostumbraban. se hallaba de pie. Los "señoritos" mejor provistos de Lombardía se hacinaban ahí en apretados racimos de rostros bronceados. rígidas y comedidas como abubillas. Poco más allá. semejante a un ojo tenebroso y fijo en medio de un tremolar de flores. con un vestido color rojo vivo que causaba estupor. pero las opiniones acerca de su nombre eran discordantes. asomando fuera del palco. entre las palomas. contrastaba con este frívolo esplendor.

las impetuosas y casi ininterrumpidas intervenciones del coro. pronunciada la sentencia. ajenos a todo aquello que sucedía a su alrededor. ¿Quiénes eran? ¿Cómo se permitían entristecer a la Scala con su aspecto fúnebre? ¿Era una provocación? ¿Y con qué objeto? También el maestro Cottes. sino por repugnancia. Una maligna disonancia. se veían sometidos al máximo esfuerzo que se les podía exigir. experimentando cierto malestar. Cuando concluyó la primera parte. no ya por piedad. mientras que los protagonistas raras veces se movían). había energía. los extravagantes decorados. pero a qué precio. Más de uno se paró a observarlos. cuando reparó en ellos. encaramado como una bandada de cuervos sobre una especie de roca cónica (sus imprecaciones caían como cataratas sobre el público. hasta el punto de que no se atrevió a levantar hacia ellos sus binoculares. Y experimentó una oscura sensación de temor. sino jueces de un siniestro tribunal que. cantantes. como si éste fuese la única cosa digna de interés: parecían. Max Nieberl. director. Resaltó en la oscuridad el blanco reflejo que ascendía de la orquesta y surgió allí la descarnada figura de su director. músicos. no estaban concebidos para tranquilizarlos. aguardaran su ejecución y durante la espera prefirieran no mirar a los condenados. volvían obstinadamente la mirada hacia el telón. la música de Grossgemüth. no espectadores que hubieran acudido para disfrutar. el especialista en música moderna. Instrumentos. Si aquella noche había en la sala hombres temerosos o inquietos. la ansiedad del Tetrarca. Sí. Toda la maravillosa sala vibraba. cuerpo de baile (que se hallaba casi siempre en el escenario para dar minuciosas explicaciones mímicas. estalló el aplauso no tanto a modo de aprobación como por la común necesidad física de liberar la tensión. e incluso espectadores. coro. A la tercera llamada compareció entre los intérpretes la 18 . átonos.Dino Buzzati MIEDO EN LA SCALA Y OTROS CUENTOS corbatas oscuras y rostros enjutos y sombríos. sobresaltándolo a menudo). se quedó un poco perplejo. Inmóviles. Entre tanto se apagaron las luces.

al reparar en él. se estaba gestando una especie de revolución se extendieron entre el público. por un instante se separaron. levantó los ojos para mirarlos: todavía estaban allí. en las que el viejo Cottes participó sin expresar juicios. no aplaudían.Dino Buzzati MIEDO EN LA SCALA Y OTROS CUENTOS elevada figura de Grossgemüth. aquí está –prosiguió el conocido cuando se volvieron a juntar–. con jocosos comentarios en milanés. ¿Serían maniquíes? Permanecieron en la misma posición aun después de que la mayor parte de la gente hubo salido al salón de descanso.. le sonrió con expresión astuta. no hablaban. querido maestro –dijo–. ciertamente. Precisamente durante el primer descanso los rumores de que fuera. bajaban. Cuando bajaba por la escalera de la parte del Museo del teatro. precisamente tenía deseos de decirle una cosa. Pero también entonces se difundieron en sordina. un intelectual de buena familia venido a menos. sin parar de aplaudir. inmóviles e inertes como antes. sobre las encendidas discusiones sobre la ópera de Grossgemüth. Hablaba lentamente y con pronunciación muy afectada.. Entre tanto. ¡Como a Don Giovanni! Y le pareció haber encontrado un símil muy gracioso porque se echó a reír con ganas. me alegro de verlo. gracias a una instintiva inhibición de la gente. Era un señor pálido. no se habían desplazado un milímetro. y no paraba. quien. Cottes se encontró al lado de un conocido cuyo nombre no recordaba. en la ciudad. Hubo un atasco.. Al fin sonó el timbre para anunciar la conclusión del entreacto. Claudio Cottes se acordó de los tres lúgubres señores y.. No consiguieron prevalecer. –Ah. quien correspondía con brevísimas y casi forzadas sonrisas. ni siquiera parecían personas con vida. de aspecto incierto. inclinando rítmicamente la cabeza. –Ah. ¿dónde se había metido? ¿Sabe que por un momento he pensado que se lo había tragado la tierra. se habría dicho a juzgar por su smoking de 19 . poco a poco.

maestro?. ¿cómo decirlo?.... El viejo Cottes. eso es...Dino Buzzati MIEDO EN LA SCALA Y OTROS CUENTOS corte anticuado. ¿me explico? Quiero decir que no se imagine cosas que no son.. Y yo he hablado incluso demasiado.. su padre. las circunstancias de su primer encuentro. pidió disculpas y llegó a su asiento. Iban a abordar la escalerilla que lleva a las butacas. circunspecto. ¿no? –Sí. Pero vaya. –Bueno –prosiguió.. Bueno. ¿verdad. si bien todavía más agudo–.. Casi habían llegado abajo.. ¿Y quién era ese misterioso señor? ¿Dónde se lo habían presentado? Intentaba recordar. En su interior reinaba el tumulto. bastará que le diga esto: su hijo... sí... su camisa floja de dudosa frescura y sus uñas de luto.. quizá sería mejor. un representante oficioso. Estaba en el pasillo que corre. ¿Dónde.. y se fue con rapidez. por la alfombra roja del pasillo desierto. el compositor.... el conocido visto quién sabía dónde–. debe prometerme que considerará lo que le voy a decir como una comunicación confidencial. no alcanzaba siquiera a imaginárselo. Yo no estoy en la platea. a un lado de la platea. Ni se le ocurra considerarme. De forma mecánica. sí –dijo Cottes sintiendo renacer en él el mismo malestar experimentado al encontrarse con Bombassei.. que ya han apagado las luces. ¿Qué estaba tramando aquel loco de Arduino? Parecía que todo Milán lo supiera mientras que él. vaya. aguardaba. Le pareció poder excluir los ambientes musicales. Pero le aseguro que no entiendo nada. inclinó la cabeza sin darle la mano. sin éxito. un poco más de prudencia.. ese es el término que se usa hoy. el viejo Cottes se adentró en la sala ya a oscuras. ¿sabe? Rió. Allí el extraño señor se detuvo. ya no es ningún niño. entonces? ¿Quizá en el extranjero? ¿En algún hotel estando de veraneo? 20 . un portavoz. incómodo. –Sonó el segundo timbrazo de llamada.... a la izquierda. confidencial. –Debo dejarle –dijo–. casi a la carrera.

no conseguía recordarlo en absoluto. vive siempre en las nubes. Le preguntaría. nunca había querido interesarse en tales cues21 . su mirada. Él. que entraba en el palacio del Tetrarca. o algo similar. ¿sabría usted decirme quiénes son aquellos individuos de ese palco. justo a la izquierda de aquella señora que va de violeta? –¿Esos nigromantes? –dijo riendo el pediatra–. Mientras tanto. éste en smoking.Dino Buzzati MIEDO EN LA SCALA Y OTROS CUENTOS No.. Pero el hombre no aparecía. aferra sin vacilar el primer asidero que se le presenta. ansiosamente. haría que le explicara. en bárbara desnudez. allí en el tercer piso. el viejo Cottes buscó alrededor. Un escalofrío recorrió la espalda del maestro Cottes. maestro. bendito de Dios! –¿Los Morzi? –repitió el viejo. se alcanzó también el segundo entreacto. no estaba ni a favor ni en contra. –¡El de los Morzi. –¿Qué Estado Mayor? –insistió Cottes irritado. Un smoking de corte anticuado (ahora Cottes no vaciló en mirar con los binoculares). De eso no entendía. pero también macilento. se posó en el palco de los tres lúgubres individuos. Por fin. Y. en el escenario. al señor de antes. Los Morzi. Se volvió hacia el profesor Ferro como aquel que. Ya no eran tres. terrible nombre. profesor –preguntó con precipitación–. ahora había un cuarto. Como se pudo. manteniéndose un tanto atrás. Dichoso usted. avanzaba con sinuosidad de serpiente como encarnación del Miedo. extrañamente atraída. una aclaración no se la podía negar. –Perdone. la provocativa Martha Witt.. una camisa floja de dudosa frescura. a diferencia de los otros tres. Apenas se encendieron las luces. el nuevo reía con expresión astuta. Cottes. ¡Son el Estado Mayor! ¡El Estado Mayor casi al completo! –¿El Estado Mayor? ¿Qué Estado Mayor? Ferro parecía divertido: –Por lo menos lo que es usted. hundiéndose en el agua.

–He visto que se ponía pálido. discreto. Un padre indulgente.. sólo sabía que eran peligrosos. Se incorporó y se dirigió a la salida. ¿Por qué meterse a provocarlos? Volvió en sí con esfuerzo. –¿Cómo? ¿Por qué.. rescató al viejo artista de las tinieblas en que la revelación le había hecho sumirse. los Morzi.? –respondió. elegante.. eso no se puede negar. No había otra explicación.. de hecho he tenido un desfallecimiento. Escurridizos. maestro? –le preguntaba el profesor Ferro. se lo agradezco.. se había atraído su enemistad. 22 . rebosante de salud. Perdone. Y poderosos.. Resuelto a distraerse. E... ¡Ya soy viejo! –concluyó en dialecto.Dino Buzzati MIEDO EN LA SCALA Y OTROS CUENTOS tiones. se acercó a un grupito de críticos que estaban conversando. ¡pero al día siguiente sabía Dios que le habría de oír! ¡Exponerse a una desgracia por un capricho idiota! Al mismo tiempo renunció a la idea de interpelar al señor de poco antes. Mala gente.. Y gracias que habían tenido la delicadeza de avisarle. Tenía la sensación de que toda la sala lo estaba mirando con desaprobación. A la política. sí. el espectáculo de toda aquella humanidad acaudalada. a las intrigas se dedicaba así pues aquel muchacho sin dos dedos de frente en vez de poner algo de sentido común en su música. Comprendía que sería inútil. regresando poco a poco a la superficie. perfumada y viva entre los mármoles del salón de descanso. comprensivo a más no poder.. Los Morzi eran gente que no se andaba con bromas. cuando no perjudicial. Y aquel desventurado de Arduino se les había enfrentado. Miró detrás de sí. igual que por la mañana el primer rayo de sol desvanece las pesadillas que han obsesionado al hombre durante toda la noche. –¿Se siente bien.. que era mejor no meterse con ellos. Pasa a veces con este calor. los coros siguen estando ahí.. –En todo caso –decía uno–. Le dijo: –Al contrario.

no es fácil. larga y apremiante escena del "oratorio". Además.Dino Buzzati MIEDO EN LA SCALA Y OTROS CUENTOS –Pero los coros son a la música –dijo un segundo– como las cabezas de viejo a la pintura. –Está bien –dijo un colega célebre por su espontaneidad–. las voces siempre empleadas en el máximo registro y. Pero anidaba en la generalidad el deseo de mostrarse a la altura de las circunstancias. Aunque fuera de forma brutal. Pero ¿me pueden decir qué queda? Cottes pensó en la música de su hijo. Es poco probable que hubiera en toda la Scala alguien a quien gustara sinceramente la música de la Matanza. genialidad creativa y significado oculto. a aplaudir. ¿qué ocurre?. ¿cómo negarlo? El desasosiego que se acumulaba en los espectadores y les obligaba.. el verdadero entusiasmo lo desató la última.. Para el que quisiera divertirse ¿no estaba acaso el teatro de variedades? Por lo demás. perfecto. cuando los soldados de Herodes irrumpieron en Belén en busca de los niños 23 . En este sentido se entabló tácitamente una especie de competición para superarse. ¿cuándo se había visto que alguien se divirtiese con las óperas modernas? Se sabía de partida que los nuevos grandes maestros rehúyen divertir. especialmente. no es frívola. Por otra parte. no es pasional. a gritar "bravo". no se puede repetir de memoria. no es vulgar.. la autosugestión trabaja sin freno. Era tontería pretenderlo. aquella exasperación nerviosa a la que llevaban la orquestación de Grossgemüth. pero del efecto nunca se desconfía bastante. a revolverse. no es instintiva. cuando uno escruta una música con sus cinco sentidos para descubrir en ella toda posible belleza. apenas se hacía el silencio. Fue un gran éxito. de figurar en la vanguardia. ¿no era lo máximo a que podía aspirar un compositor? Con todo. La música actual no busca efectos. El efecto pronto se logra. el público en cierto sentido había experimentado una conmoción. no era desdeñable en absoluto. los machacones coros.. Pero entonces.

por decirlo así. de Monclar (no excesivamente innovadora. «¡Menudo mérito!».Dino Buzzati MIEDO EN LA SCALA Y OTROS CUENTOS y las madres se los disputaron a la puerta de las casas hasta que aquéllos se salieron con la suya. Hay que decir que escenógrafo. completamente de blanco. habían conseguido evitar toda posible interpretación ambigua: el conato de escándalo sucedido en París los había puesto en guardia. el célebre compositor estaba calvo (¿o acaso afeitado?) como un huevo. rabiaba por intervenir. del escultor Ballarin). sobre el fondo violáceo del pueblo. en su roca. figurinista y. incluido el rostro. La caracterización. ¡Deberían haber escrito ahí encima "Oberkommandantur"!». y representaban a los niños una especie de pupi hechos al torno (según diseño. Los cuadros escénicos gustaron mucho. blanco. precisamente por su pulcritud. constaba en el programa. se vieron interrumpidas a menudo por los aplausos. dijo Cottes en dialecto. «Mira qué radiante está Grossgemüth». mientras el coro. las madres. por lo demás) fue de suma sencillez. que se precipitaban a un ritmo cada vez más apremiante. impolutos y. autor de la coreografía e inspirador de todo el montaje escénico. replicó él en dialecto. Las sucesivas composiciones y descomposiciones de aquellos tres elementos. como se ha dicho. Y sus soldados. emocionantes. sobre todo. 24 . «poco tiene que ver con el palacio de Herodes. Johan Monclar. Efecto irresistible. ejerció la trágica danza final de los verdugos y de las madres. negro y rojo. pero tenía sin duda un aspecto decididamente nórdico que recordaba más a Sigfrido que al señor de Galilea. De modo que Herodes. un acorde altísimo de trompetas anunció la salvación del Señor. Los soldados iban completamente de negro. tampoco se prestaban a equívocos. desde el fondo del escenario. entonces el cielo se oscureció y. «Pero esto». especialmente por la forma del casco. de color rojo vivo. exclamó una señora detrás de Cottes cuando el autor avanzó hasta la corbata. no es que se pareciese a Hitler. «¡Pero si tiene la cabezota como una bombilla!» De hecho.

el maestro Rossi-Dani. el director artístico de entonces.Dino Buzzati MIEDO EN LA SCALA Y OTROS CUENTOS El palco del tercer piso que habían ocupado los Morzi ya estaba vacío. más frecuentemente llamada "doña Clara". pero incluso éstos se apresuraban a obsequiarla si se la encontraban. viuda desde hacía por lo menos treinta años. se la temía. la Passalacqua. había conseguido que la consideraran indispensable aun después de la muerte de aquél. por una parte. Le preguntaban cuando se trataba de planear la programación del año. menester es decirlo. del maestro Tarra. Antigua secretaria y brazo derecho. algo en lo cual. doña Clara era consejera del Ente autónomo desde tiempo inmemorial: un cargo prácticamente vitalicio que nunca 25 . escondidos hasta el momento. emparentada con la mejor burguesía industrial de Milán. mientras la mayor parte del público se iba a casa. En cada una de las dos puertas recibían a los invitados. Por lo demás. el director artístico. se le llamaba siempre para solucionarlo. era sumamente diestra. Los sucesivos directores administrativos y artísticos del teatro no habían tardado en intuir la ventaja de tenerla de su parte. y por otra el director del teatro. tenía enemigos. Naturalmente. con su fea pero exquisitamente educada mujer. le consultaban acerca de los repartos y. En esta atmósfera de satisfacción. para cubrir las apariencias. el doctor Hirsch. muchos años atrás. charlaba con el venerable maestro Corallo. la señora Passalacqua. cuando surgía cualquier problema con la autoridad o con los artistas. Aunque probablemente no existiera ningún motivo para ello. que la definían como una intrigante. la créme afluyó con rapidez al salón de descanso para la recepción. pues le gustaba hacer sentir su presencia pero al mismo tiempo no quería ostentar una autoridad que no tenía oficialmente. Un poco más atrás de ellos. En los ángulos del resplandeciente salón se habían colocado suntuosos floreros con hortensias blancas y rosas. rica por su casa.

hacer presa. de aspecto insignificante. pero sabía maniobrar con tanto tacto que no se daban cuenta de esto y se creían poco menos que los dictadores del teatro. En realidad. veía consolidarse su poder como nunca. toilettes recién llegadas de París. Doña Clara era una mujer feíta. al cabo de pocos minutos sorprendía la inteligencia que iluminaba su rostro. 26 . risitas escépticas. fue guiado hacia el buffet. En aquel momento. hombre de óptima pasta pero carente de cualquier noción del arte de marear en la vida. Grossgemüth compareció en el salón. La gente entraba en oleadas. magra. fue sustituido. Hombres célebres y respetados. tanto el director como el director artístico eran poco más que funcionarios dependientes de ella. bocas. Aunque parezca extraño. el commendatore Mancuso. descuidada en el vestir. Un tanto laboriosamente. exclamaciones incrédulas de aquellos que lo echaban todo a risa. Los diferentes y discordes rumores habían acabado por encontrarse y. Luego el compositor. Una fractura de fémur que había sufrido en su juventud al caerse de un caballo la había dejado un poco coja (de ahí el mote de "diabla coja" que le daba el clan adversario). runrún remoto e indigno de crédito. pequeña. A su lado estaba doña Clara. Ahora. torrentes de sangre azul. pero al cabo de tres meses. más de uno se había enamorado de ella. nadie sabe por qué. joyas célebres. también por aquella especie de prestigio que le daba la edad. se decían secretos al oído. Sólo un director nombrado por el fascismo. Sin embargo. Pero junto con todo esto entraba también aquello. en francés. Aquí y allá se cuchicheaba. pasados los sesenta años. hombros y senos a los que ni los ojos más morigerados se podían resistir. que hasta entonces apenas había destellado fugazmente entre la multitud sin herirla: el miedo. se hicieron las presentaciones. seguido por los intérpretes. había intentado arrinconarla. con la indiferencia que da la costumbre.Dino Buzzati MIEDO EN LA SCALA Y OTROS CUENTOS nadie había tomado en consideración cuestionar. confirmándose recíprocamente.

el director de la orquesta. hablase pasablemente el italiano. C'est le journal qui a le plus d’autorité en Italie n'est-ce-pas. los conocimientos de lenguas extranjeras se vieron sometidos a dura prueba. francés sabía poco. a pesar de vivir hacía decenios en el Delfinado. il parait le matin. Único consuelo para los más galantes: la sorpresa de que Martha Witt. repetía sin cesar el doctor Hirsch. Etesvous bien sure qu'il n' y soit pas? –Lenotre era el crítico musical de Le Monde. 27 . le maitre Fratt. que parecía no saber decir otra cosa. se formaron los grupos.. se mostraba demasiado suelto. Grossgemüth hablaba en voz baja con la secretaria. véritablement. la bailarina de Bremen. un vrai chef-d’oeuvre!». Grossgemüth habría conseguido un formidable desquite. Tampoco Grossgemüth. y su acento gutural hacía la comprensión todavía más difícil. napolitano a pesar de su nombre. On m’a dit que le critique. –On le fait pendant la nuit. –A quelle heure pourra-t-on lire le «Corriere della Sera»? –continuaba inquiriendo el gran maestro a doña Clara con el desparpajo propio de los grandes–. avait l'air rudement bouleversé. el director. –Je parie d'avoir apercu Lenotre –le decía–. Madame? –Au moins on le dit –respondió con una sonrisa doña Clara–. que lo había destrozado en el estreno de París..Dino Buzzati MIEDO EN LA SCALA Y OTROS CUENTOS Como sucede en estos casos. n'est-ce-pas. Mais je crois vous donner la certitude que ce sera una espéce de panégyrique. incluso con un curioso acento boloñés. «Un chef-d’oeuvre. Mais jusqu'á demain matin. de haber estado presente esa noche. Mientras los camareros se deslizaban entre la gente con vasos de vino espumoso y pastas. Madame? –Oui. Hizo falta algún tiempo antes de que la conversación se encarrilara. de cosas al parecer muy importantes. Por lo que se refería al maestro Nieberl. también alemán. Pero monsieur Lenotre no estaba.

je me rappelle un autre journal. le «Messaggero»! –Il a envoyé tout de meme son critique –anunció uno. á propos. Madame. –Maintenant il est derriere á téléphoner son reportage! –Ah. ca serait trop. c'est du vermeil!». J'aurais envie de la voir. una medalla de oro grabada con la fecha y el título de la ópera en un estuche de raso azul.Dino Buzzati MIEDO EN LA SCALA Y OTROS CUENTOS –Oh. y explicó–: Aprés tout c'est un journal de Rome.. a fuerza de circular. demain. por unos instantes el gigantesco compositor pareció realmente emocionado. sonrió extasiada y susurró al maestro: «Épatant! Mais ca. bien.. merci bien. Que se esperaba una acción de los Morzi había dejado de ser el secreto de unos pocos bien informados. «Este mes incluso han reforzado la policía. Ésta lo abrió para admirar su contenido. le «Messaggero» je voulais dire. oui. je pensé –Trató de improvisar un cumplido–. con tono triunfal. –Le «Messaro»? –doña Clara no comprendía. cette soirée a la grandeur. je m’y connais.. Luego el estuche pasó a la secretaria. a quien desgraciadamente nadie conocía. Hay más de veinte mil agentes sólo en la ciudad. como el maestro Claudio Cottes. –Peut-étre le «Messaggero»? –sugirió el doctor Hirsch. El conjunto de los invitados. Pero en el fondo. había regado aun a aquellos que acostumbraban a estar en la luna. Siguieron las consabidas protestas del agasajado. se interesaba por otra cosa. de certains réves.. –Mais c'est á Rome. después pronunció la frase que había de hacerse célebre y cuya belleza sólo Grossgemüth pareció no captar. El rumor. ce «Messaggero» –dijo Grossgemüth inclinándose hacia la secretaria. –Oui. sino otra distinta. vous comprenez? En ese momento apareció el director artístico para ofrecer a Grossgemüth. et le bonheur aussi. le «Messaro». si je ne me trompe pas. Et. Y 28 . los agradecimientos. en nombre del Ente autónomo de la Scala.. No le preocupaba la matanza de los inocentes... no muchos se lo creían. a decir verdad.. en cambio.

. Beppe... más ruido que otra cosa.Dino Buzzati MIEDO EN LA SCALA Y OTROS CUENTOS luego están los carabineros..» Y así todo. nadie se atrevía a marcharse...».. Pero di algo. tampoco exageremos.. En su interior. las calles desiertas. con tantos personajes cargados de autoridad. decía. además.» «Escucha.... incluso en las células periféricas. En cambio allí. ¡estás ahí como un pasmarote!» «¿Se han fijado? En el tercer acto. pasado mañana... todos habrían preferido estar a esa hora en casa. Pero. fumando... allí saben... Es prácticamente inofensiva. ¿dispararía?» «El otro día mismo hablé con el general De Matteis. Claro que las armas no son las más idóneas. Cuándo se ha visto que una revolución estalle de noche con las fábricas cerradas.. Ese señor ha dicho que hay una revolución.. el Gobierno tiene informadores entre los Morzi. Primero hay que ver qué pasa.. por otra parte. como si la Scala fuese una sede diplomática. «¡El ejército! Pero ¿quién nos garantiza lo que hará la tropa cuando llegue el momento? Si se le ordenara abrir fuego.. de esperar en la cama. ni las señoras.... para la fuerza pública. ¿no sería mejor irnos a casa?» «¿A casa? ¿Y por qué a casa? ¿Crees acaso que allí estaríamos más seguros?» «Señora.. ni siquiera en los del ejército.» «¿Idóneas para qué?» «Idóneas para las operaciones de orden público. desbandada general. parecía que hubieran dado una consigna..» «Tampoco en el de la Cuestura y la Prefectura. por favor..» «Ah. haz algo. entre tanta gente conocida. querido. el estallido del primer grito. querido.... pero en la Prefectura no se chupan el dedo. Todos tenían miedo de sentirse solos. de no tener noticias. decían.» «¿Una revolución? Dios santo. que para estos casos no había nada mejor que la caballería. además. sería coser y cantar!.. si pasa algo. Dice que puede responder de la moral de la tropa....... será mañana. en suelo inviolable. ¿has oído. ¡eso. se sentían como protegidos. en el palco de los Morzi ya no había nadie..... miedo del silencio. ¿qué vamos a hacer?. ¿En qué cabeza 29 . Beppe. en un ambiente ajeno a la política. Pero ¿qué se ha hecho hoy día de la caballería?. Harían falta más bombas lacrimógenas. Beppe?. Y luego el ejército....

querida señora. pero ¿de verdad le hacen gracia estas historias? Era Liselore Bini.. agradable tanto por su cara rebosante de vida como por esa sinceridad irreprimible que sólo proporcionan o un espíritu grande o la notoria superioridad social. ajado su rostro rosado de querubín y unos bigotes grises que obedecían a un preteridísimo modelo de intelectual. y quiera el Cielo que la cosa no esté ya demasiado adelantada –consultó. bien parecido. como se le había definido hacía treinta años. que todos estos hombres de talento. tan tonta como de costumbre. –Primera fase –decía adoptando un tono magistral y agarrando con los dedos de la mano derecha el pulgar de la izquierda. pudieran verse barridos de un plumazo? Con un mundano cinismo que a él le parecía de muy buen gusto. Clissi. describía alegremente aquello que todos temían que sucediera. –¡Dios mío! –exclamó sin poderlo evitar Mariú Gabrielli.. ¡y bien desarrollados! Rió su propia gracia. Segunda fase.. Teodoro Clissi. –Usted perdone. quizás la señora joven más brillante de Milán. estimados señores: neutralización de los elementos hostiles. riendo. –¿No tienen a la nurse en casa? –exclamó la bella Ketti Introzzi.. además. que todo este viejo mundo. como cuando se enseña a contar a los niños–: ocupación de los llamados centros neurálgicos de la ciudad. 30 . sólo adultos. Esto es caza mayor: nada de niños. el "Anatole France italiano". Intervino una voz fresca y arrogante al mismo tiempo. la mujer del financiero–. noble y educado. su reloj de pulsera–. alegre. ¡Y mis pequeños están solos en casa! –Nada de pequeños.Dino Buzzati MIEDO EN LA SCALA Y OTROS CUENTOS cabía. no tema –dijo Clissi–. todas estas mujeres tan bellas y amantes de las cosas buenas. todavía tan sólido.

No soportan que haya gente educada. súbitamente pálido. Clissi se quedó prácticamente solo. Clissi. Pero como no había nadie que la contradijese. las cosas que dice si no se sintiese seguro? –¿Seguro de qué? –Oh. ¡Menuda fortuna! Y aun suponiendo que diéramos toda la quincalla.... Quizá dentro de poco podremos comprobarlo. algo más allá. no es por eso –y su voz se aproximaba al llanto–.... Me parece oportuno guiar a estas damas hacia la novedad que.. a ojo de buen cubero. Al contrario. muy bien. Por otra parte.. Como si aquello fuese una especie de vivac.. tenía la impresión de no ser bien comprendida y.. ha hecho bien.. hicieron círculo en torno a Liselore. pero sin abandonar el tono festivo–.. se ensayaba infantilmente: –¿Acaso no saben los sacrificios que se han hecho? ¿Que no tenemos ya un céntimo en el banco?. –¡Diantre! ¡Del paredón! –y le dio la espalda entre las risas sofocadas de los presentes. la Bini se acomodó lánguidamente en el suelo. Los otros.. entre los revolucionarios?. ¿por qué reprocharle que tenga usted buenos amigos también entre. esta noche. Se puso entonces a discutir vivamente con un acusador imaginario..Dino Buzzati MIEDO EN LA SCALA Y OTROS CUENTOS –Bueno –dijo el novelista un poco cortado. no me obligue a decir lo que todos saben. ¿qué se arreglaría?. levantando el rostro hacia los amigos que estaban de pie. ¡Las joyas! ¡Aquí están las joyas! –y fingía quitarse un brazalete de oro con un topacio de cuarto de kilo–. –Me va a perdonar. extendiendo entre las colinas y el champagne caído la toilette de Balmain que había costado.. pero contésteme: ¿diría usted aquí. –¿Librarme? ¿Librarme de qué? –dijo él. unas doscientas mil liras. asumiendo la defensa de su clase.. Usted sabe bien que puede contar con librarse. Pero no. no soportan que nosotros no apeste31 .. Clissi.. Es porque odian nuestro aspecto. El grupo se dispersó. el último desesperado vivac de su mundo. cómo decirlo.

El único de la concurrencia que perdió en seguida la cabeza fue el maestro Claudio Cottes. después de bastantes días de viaje constante por tierra segura. la catástrofe inminente. para consolarse.. Fuera de sí.. cuando a Arduino no le queda ya tiempo para salvarse?».. que contra Arduino no tienen más que sospechas? Seguro». Bueno. Y ahora quizá.Dino Buzzati MIEDO EN LA SCALA Y OTROS CUENTOS mos como ellos. ¡Y ese imbécil de Arduino! Si había un zambombazo sería uno de los primeros con quienes los Morzi ajustaran cuentas. ve asomar a centenares. –calló–. además. ha dado un gran rodeo para evitar el territorio de los caníbales y. eso es lo malo.. Nunca se sabe quién puede estar escuchando. que la advertencia se haya hecho esta misma noche por pura maldad. las azagayas de los ñam ñam y distingue entre las hojas el brillo de famélicas pupilas. cuando ya no lo espera. Igual que el explorador –por hacer una comparación de antiguo cuño– que. Y ahora era demasiado tarde para evitarlo. ¡esa es la "nueva justicia" que quieren esos cerdos!. el viejo iba de grupo en grupo presa de los nervios. la advertencia de aquel señor que no lograba situar y.. Liselore –dijo un joven–. Luego. por encima de la maleza que crece detrás de su tienda. se decía: «¿Pero acaso no es buena señal que ese señor de hace poco me advirtiera? ¿No significa eso. mejor dejarlo correr.. ahora. a fin de evitar contrariedades. acaso. Todo se le había venido encima en el espacio de pocas horas: la primera inquietud premonitoria causada por la llamada de teléfono. intervenía dentro de él otra voz. –Prudencia. –¡Un cuerno. las ambiguas palabras de Bombassei. el rostro ansioso. « ¡como que en las insurrecciones se andan con tantas delicadezas ¿Por qué descartar. prudencia! ¿Acaso crees que no sé que mi marido y yo somos los primeros de la lista? ¿Quién quiere tener prudencia? Ya hemos sido demasiado prudentes. con la esperan32 . del mismo modo el viejo pianista se puso a temblar ante la noticia de que los Morzi entraban en acción.

advertir a su hijo. cerca de la salida. Se dirigió hacía la escalera. íntimo del hermano del prefecto. Nanni. maestro –y la Passalacqua adoptó un tono de estrecha confianza–. un compositor que era viejo amigo suyo. ¿No se siente bien? –Era nada menos que doña Clara. hombre siempre bien informado. ¿por qué no acompañas al maestro a tomar un cordial? Nanni era el hijo del maestro Gibelh. la confusión aumentaba. Pero buenas noticias no las había.. esconderlo en cualquier sitio. el joven. Miró el reloj. Sin duda no faltaban amigos que estarían dispuestos a acogerlo. Acostumbrados a verlo siempre jovial y hablador. Y. Y se maravilló de no haber dado antes con ella: volver a casa. querido maestro. que se había apartado del grupo de gente más importante y estaba allí de pie. lo puso al corriente. Así vagando. Hasta que se le ocurrió la decisión más sencilla. sus amigos se hacían cruces de que estuviera tan trastornado. bendito de Dios. ¿Y adónde cree usted que puedo ir a una hora como esta. además. Mejor no salga. doña Clara –respondió Cottes haciendo acopio de ánimo–. –Ah. Hágame caso: espere un poco. No hay peligro. Pero bastante preocupación tenían ya con sus propios casos como para ocuparse de aquel inocuo viejo que justamente.. trasegaba distraídamente una tras otra las copas de vino espumoso que los camareros le ofrecían sin tasa. a estas horas? Tiene usted mala cara. naturalmente. con un joven. Pero a pocos pasos de la puerta se vio interceptado. a mi edad? Pues a casa. Fuera hay un poco de movimiento. Mientras doña Clara se alejaba para detener a otros en la salida.Dino Buzzati MIEDO EN LA SCALA Y OTROS CUENTOS za de oír cualquier noticia tranquilizadora. en tanto acompañaba a Cottes al buffet. –¡Maestro! ¿Adónde va. en su cabeza. ¿me entiende? –¿Cómo? ¿Ya han comenzado? –No se espante. –Escuche. nada tenía que temer. Hacía unos pocos minutos había llegado el abogado Frigerio. la una y diez. Había co33 . con tal de apoyarse en cualquier cosa que le proporcionara alivio.

¿No ha visto a ninguno por aquí?.. no era aconsejable. Salir de la Scala. Así pues. –asintió doña Clara meditando–. ¿Y si se le daba una escolta de policía? Probablemente sería peor.... enfrente de la estación. transmitida de boca en boca con sorprendente rapidez. Por lo demás. causó enorme impresión en los invitados. Había 34 . un anciano... se había acabado el tiempo de las bromas. era un artista.. Su mujer. En resumen: la cosa estaba mal.. hasta entonces. se suponía. un extranjero. A los Morzi no se les ocurriría ocupar el teatro. con quien no se sabía qué hacer. Si pudiéramos encontrar algún pez gordo de los Morzi. ¿Cómo acompañarlo ahora a él por las calles sumidas. Hirsch tuvo una idea: –Escuche. El excelentísimo señor Lajanni era un hombre pálido y modesto en el vestir. y más en traje de etiqueta. doña Clara. Me refiero a Lajanni. corro a ver.. Los Morzi se habían concentrado en varios puntos de la periferia y se disponían a converger en el centro. Sí. sí..Dino Buzzati MIEDO EN LA SCALA Y OTROS CUENTOS rrido a la Scala para advertir que nadie se moviera de allí. La nueva noticia. Sería un salvoconducto ideal. camisa de dudosa frescura y uñas de luto. cansada. Mejor esperar.. –Ya veo. raramente iba a Milán y sólo unos pocos lo conocían de vista.. El murmullo se apagó y sólo siguió habiendo cierta animación en torno a Grossgemüth. pero al fin y al cabo un diputado es un diputado. hacía ya una hora que había llegado al hotel en coche. en el desorden? Sí. Claro que sí. se había ido solo a visitar el Museo del teatro. La Prefectura estaba ya prácticamente rodeada. Aquella noche llevaba un smoking de corte anticuado. Varios cuarteles de la policía se hallaban aislados y privados de medios de transporte. Ningún peso pesado. ¿Por qué habrían de amenazarle? Pero siempre cabía la posibilidad. ¿sabe que es una idea estupenda?. en vez de correr al buffet. Encargado por lo general de trabajar en cuestiones agrarias. Hace poco me ha parecido ver a uno. El hotel estaba lejos. Y estamos de suerte.

–rompió a reír de tal modo que doña Clara se quedó de piedra. querrían que yo lo acompañara.. Hasta que recuperó el resuello y se explicó–: ¡El último. un incidente. ¿sabe lo que quiere decir el último?. –Dígame la verdad su señoría –dijo la Passalacqua sin más preámbulos–.Dino Buzzati MIEDO EN LA SCALA Y OTROS CUENTOS vuelto al salón hacía sólo unos minutos y se había sentado en un sofá algo alejado. ¿está usted aquí de guardia? –¿De guardia? ¿He oído bien? ¿Y por qué habría yo de estar de guardia? –exclamó el diputado levantando las cejas para manifestar su estupor.. es por eso. Grossgemüth está cansado.. sí.. un malentendido.. es un momento. que es de los Morzi! –Ah.. fumando un Nazionali. comprendo que pueda parecerle un poco cómico.. Reía compulsivamente al tiempo que hacía un gesto con la mano derecha como diciendo que lo entendía. Por otra parte. Lajanni la interrumpió: –En resumen. Nunca se sabe.. muy señora mía –dijo con su pronunciación afectada.. incluidos acomodadores y camareros.... para ser sincero. pero nos hallamos en una situación incómoda. Doña Clara fue derecha hacia él. que lo arropara con mi autoridad.. Y luego. Ya me entiende. estaba desolado. lo sabía todo con antelación... ¿no es eso? Ja... ja. pero el caso era demasiado cómico. el último de cuantos están en la Scala. algo tengo que ver. quiere irse a dormir y no sabemos cómo hacerle llegar al hotel. sin reparar en aquel «desgraciadamente». sin duda.. el último que puede proteger al bueno 35 . Doña Clara. desgraciadamente conocía el plan de batalla. que era una grosería reír así... que pedía disculpas. hay alboroto en las calles. todavía sacudido por los hipos de la risa–. –¿Y usted me lo pregunta? ¡Mejor dígamelo usted. tampoco sabemos cómo explicarle la dificultad. continuó con decisión: –Escuche su señoría. Sí. Éste se levantó.. Me parecería poco apropiado con alguien de fuera. si no me equivoco..... Y..

. –Eso es precisamente. Yo me encargo de Grossgemüth ... Es un hábito mental. – dijo ella. Exactamente entre el segundo y el tercer acto. le anunció después al director. si no. –Bueno. en el curso de una breve discusión.... que ha caído usted en desgracia. –Es decir. «Su señoría no nos sirve para nada.Dino Buzzati MIEDO EN LA SCALA Y OTROS CUENTOS de Grossgemüth. algo así. El coloquio de doña Clara con el diputado de los Morzi y su desenvoltura.. siempre estamos preparados para lo peor. Disculpe.. si me lo acepta. los invitados habían seguido el encuentro y habían cazado al vuelo algunas frases. y buena suerte.. parece. suscitaron muchísimos comentarios. prácticamente en silencio.. que no tenía pelos en la lengua. –¿Pero así? ¿De pronto? ¿Esta noche? -Sí. –dijo doña Clara. Pero creo que lo tenían pensado hacía meses.. Aparentando mante36 .. soy precisamente yo!.. pues ya se alejaba.. –añadió doña Clara volviendo la cabeza.... No se preocupe.. –Pues no sé. ¿Mi autoridad? ¡Esa sí que es buena! ¿Pero sabe usted a quién liquidarían primero los Morzi de todos los que están aquí? ¿Lo sabe?. por lo menos no ha perdido usted el buen humor. había algo de cierto en aquello que se rumoreaba hacía algún tiempo: que doña Clara intrigaba con los Morzi... muy señora mía! Arreglarían cuentas conmigo con absoluta prioridad. sumados al hecho de que fuera ella en persona a acompañar a Grossgemüth atravesando la ciudad. Pero nadie abrió tanto los ojos como el viejo Cottes: aquel que ahora le Mataban como el Excelentísimo señor Lajanni no era otro que el misterioso señor que le había hablado de Arduino. Son cosas que pasan. Así pues...» Desde una cierta distancia. Pobres de nosotros. –Bueno. «Nada que hacer». La embajada ha sido inútil. –¡Pues al que suscribe. – y esperaba su respuesta. nosotros –explicó con amargura–. –Está bien.

Sedas. Un grupo salió a curiosear a la terraza. en el asiento trasero? ¿O también ellos habían huido para tomar parte en la revuelta? Pero las farolas lucían con normalidad. por otra parte. se inclinaban a disculparla. Los hombres. Cansados. «¿Pero es que estamos locos?». «¿Imaginan lo que pasará si ven todas estas luces? ¡No hay mejor reclamo!» Volvieron dentro y ellos mismos cerraron los postigos de fuera mientras otro iba a buscar al electricista. ¿Y los choferes? ¿Dormían acaso. ¿Acaso no era perfectamente posible que. abandonados. con tal de permanecer en su cargo. comenzaron a sentarse en el suelo después de ex37 . décolletés. todo dormía y se aguzaban los oídos para advertir si algún lejano murmullo.Dino Buzzati MIEDO EN LA SCALA Y OTROS CUENTOS nerse ajena a la política. invisibles. joyas. doña Clara hubiese previsto todas las eventualidades y se hubiera procurado entre los Morzi las amistades suficientes? Muchas señoras estaban indignadas. cuando la fatigosa vida de todos los días vuelve a hacer acto de presencia. sabiendo la clase de mujer que era. la partida de Grossgemüth con la Passalacqua. Al poco rato las grandes arañas del salón se apagaron. los hombres y las mujeres. La ficción se venía abajo. La plaza estaba desierta. sino algo mucho más temible que acechaba detrás del alba. lo que había delante esta vez no era la cuaresma. Todo pretexto social para permanecer allí se había agotado. Sin embargo. Algo lógico. los coches estaban adormecidos. se bandeaba entre uno y otro campo. sin embargo. como había pocos divanes. También esto pesó sobre los ánimos como un mal augurio. todo el atalaje de la fiesta. más negros que nunca. No se oía nada. fracs. Los acomodadores trajeron una docena de candeleros que dejaron por el suelo. Con todo. acentuó la excitación general. algún rumor de columnas militares se aproximaba. algún eco de alborotos. dando fin así a la recepción. chilló alguien. adquirieron de pronto la amarga desolación de las máscaras una vez que ha terminado el carnaval.

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tender en él los abrigos para no ensuciarse. Delante de un pequeño despacho cercano al Museo, donde había un teléfono, se formó una cola. También Cottes aguardó su turno, para intentar cuando menos advertir del peligro a Arduino. A su alrededor ya nadie bromeaba, nadie se acordaba ya ni de la Matanza ni de Grossgemüth. Tuvo que esperar al menos tres cuartos de hora. Cuando se halló solo en el pequeño cuarto (allí, como no había ventanas, estaba encendida la luz eléctrica), tuvo que marcar tres veces el número, pues las manos le temblaban. Por fin oyó la señal de llamada. Le pareció un sonido amistoso, la tranquilizadora voz de su casa. Pero ¿por qué no respondía nadie? ¿Acaso Arduino no había vuelto todavía? Sin embargo, eran más de las dos. ¿Lo habrían detenido ya los Morzi? Apenas podía reprimir su ansiedad. Por Dios, ¿por qué no contestaba nadie? Ah, por fin. –¿Sí? ¿Diga? –era la voz soñolienta de Arduino–. ¿Quién demonios es a estas horas? –Sí –dijo su padre. Pero se arrepintió de inmediato. Cuánto mejor haber callado, pues en aquel instante se le había ocurrido que la línea podía estar intervenida. ¿Qué decirle ahora? ¿Aconsejarle huir? ¿Explicarle lo que estaba pasando? ¿Y si ésos estaban escuchando? Buscó un pretexto anodino. Por ejemplo, que fuese en seguida a la Scala para convenir un concierto de piezas suyas. Pero no, Arduino habría tenido que salir. ¿Un pretexto trivial, entonces? ¿Que se había olvidado la cartera y que estaba preocupado? Peor. Su hijo no habría sabido lo que estaba pasando y los Morzi, que sin duda lo estaban escuchando, entrarían en sospechas. –¿Oye? ¿Oye?... –dijo para ganar tiempo. Quizá lo único que pudiera decirle era que se había olvidado la llave del portal, la única justificación plausible e inocente para una llamada tan intempestiva–. Oye, mira, que me he dejado ahí las llaves. Dentro de veinte minutos estoy abajo –se apoderó de él una oleada de terror. ¿Y si Arduino bajaba a 38

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esperarlo a la calle? Quizá hubieran enviado a alguien a neutralizarlo y estuviera allí aparcado–. No, espera – rectificó–, espera a que yo llegue para bajar. Silbaré. –Imbécil –se dijo– eso era decirle a los Morzi la forma más fácil de capturarlo–. Escúchame bien –dijo–, escúchame bien... no bajes hasta que no oigas que silbo el motivo de la Sinfonía románica... ¿Sabes cuál es, verdad?... Quedamos así, pues. Cuídate. Cortó la comunicación para evitar preguntas peligrosas. ¿Pero qué clase de lío había organizado? Arduino todavía en ayunas del peligro y los Morzi prevenidos. Era posible que entre ellos hubiera algún musicólogo que conociera la Sinfonía convenida. Quizá, cuando llegara, encontraría en la calle enemigos esperándolo. No había podido actuar de forma más estúpida. ¿Y si llamaba otra vez y hablaba claro? Pero en aquel momento la puerta se entreabrió y vio asomar el rostro receloso de una muchachita. Cottes salió enjugándose el sudor. En el salón, apenas iluminado por las débiles luces, halló agravado el ambiente de desaliento. Señoras encogidas de frío, acurrucadas una junto a otra como podían en los divanes, suspiraban. Muchas se habían quitado las joyas más vistosas y las habían vuelto a meter en sus bolsos; otras, trabajando delante de los espejos, habían reducido sus peinados a formas menos provocadoras; otras se habían arreglado extrañamente con sus chales y sus velos para parecer casi penitentes. «Esta espera es horrible, mejor acabar con ella como sea.» «No, si esto era lo que faltaba... y yo que parecía que me lo oliera... Hoy teníamos que ir a Tremezzo, pero Giorgio dijo pero es un pecado perderse el estreno de Grossgemüth, digo pero nos esperan allí, no importa, dice, llamamos y lo arreglamos, a mí no me apetecía nada, y ahora, además, esta jaqueca... mi pobre cabeza...» «Oh, pero tú, perdona, no puedes quejarte, a ti te dejarán en paz, tú no estás comprometida...» «¿Sabes que Francesco, mi jardinero, dice que ha visto las listas negras con sus propios 39

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ojos?... Es de los Morzi... dice que hay más de cuarenta mil nombres sólo en Milán.» «Dios mío, ¿será posible tal horror?... » «¿Hay algo nuevo?» «No, no se sabe nada.» «¿Viene gente?» «No, decía que no se sabe nada.» Alguna tiene las manos juntas como por casualidad y reza, otra cuchichea al oído de una amiga incesantemente, sin parar, como presa de algún frenesí. Y luego hombres tumbados en el suelo, muchos de ellos sin zapatos, con los cuellos desabrochados, las corbatas blancas colgando, fuman, bostezan, roncan, conversan en voz baja, escriben quién sabe qué con lápices de oro a la vuelta del programa. Cuatro o cinco personas que miran a través de las ranuras de las persianas hacen de centinelas, dispuestas a avisar de cualquier novedad que suceda fuera. Y en un rincón, solo, el Excelentísimo señor Lajanni, pálido, un poco encorvado, con los ojos como platos, que fuma Nazionali. Sin embargo, durante la ausencia de Cottes la situación de los asediados había cristalizado de forma curiosa. Poco antes de que fuera a telefonear, se vio al ingeniero Clementi, el propietario de las griterías, pararse a hablar con Hirsch, el director, y luego alejarse un poco con él. Sin dejar de hablar, se dirigieron hasta el Museo del teatro y allí permanecieron varios minutos en la oscuridad. Luego Hirsch volvió al salón y murmuró algo sucesivamente a cuatro personas, quienes lo siguieron; se trataba de Clissi, el escritor, la soprano Borri, un tal Prosdocitni, comerciante en tejidos, y el joven conde Martoni. El grupito se llegó hasta donde estaba el ingeniero Clementi, que se había quedado en la oscuridad, y allí se montó una especie de conciliábulo. Sin dar ninguna explicación, un acomodador fue más tarde a coger uno de los candeleros del salón y lo llevó a la pequeña sala del Museo adonde aquéllos se habían retirado. El movimiento, en un principio inadvertido, despertó curiosidad, o más bien alarma; en aquel estado de ánimo, poco era menester para infundir sospechas. Aparentando ir a parar allí por casualidad, algunos se acercaron a echar 40

De hecho. era como para hacerse cruces. no era difícil comprender. algo así como una junta revolucionaria de la Scala que luego. En el caso del ingeniero Clementi. Hirsch y compañía intentaban ir a la suya. más por miedo. Clementi había pedido por teléfono ayuda a su hijo y que éste. repentinamente. pondrían a salvo. que había renegado de sus padres. Clementi. que por sincera convicción. éstos reconocerían tácitamente y. y de ellos. la sangre era la sangre. ocupaba por si fuera poco un puesto de autoridad en las filas de los Morzi. De algunos se sabía ya que en otras ocasiones. Pero. reuniendo una especie de comité favorable a los Morzi. según el rostro que se asomaba a la puerta de la pequeña sala. no queriendo comprometerse de forma personal. observó alguien. habiendo debido aguantar los que aguardaban fuera más de un cuarto de hora. pasarse de forma anticipada a los Morzi. Después de todo. cuando llegaran. lo que era más importante. En poco tiempo el número de los secesionistas llegó a la treintena. le había aconsejado actuar por su cuenta de inmediato. y a ellos o a gente como ellos podían imputarse muchos de los conflictos que demasiado a menudo ofrecían a aquéllos socorridos pretextos para la propaganda o la agitación. Y ahora. Hirsch y Clementi. Conociendo de quién se trataba. por lo que se refería a muchos otros secesionistas. dar a entender que no tenían nada en común con todos esos podridos ricachones que estaban en el salón de descanso. considerando que uno de sus hijos. probablemente. se supuso que. No hacía mucho que se había visto al padre entrar en el tabuco del teléfono. callaban o bien invitaban a entrar de forma bastante apremiante. no todos volvieron al salón. Se trataba de típicos campeones de la casta que los Morzi odiaban por encima de cualquier otra. no había nada de extraño. viéndose en peligro. aun siendo de mentalidad despótica y patronal.Dino Buzzati MIEDO EN LA SCALA Y OTROS CUENTOS una ojeada. renegando de todo su pasado y de las palabras pronunciadas hacía pocos minu41 . se habían mostrado tibios o indulgentes con la poderosa secta.

Cuando por fin había llegado la hora del peligro.. pero a hurtadillas. ahora se trataba de la vida. se habían apresurado a quitarse la careta sin preocuparse de salvar las apariencias: al infierno las relaciones. de vuelta en el salón. cuando llegaran a la plaza.. Nos han informado de que harán lo que sea necesario para salvarse. ¿Por qué habían vuelto a encender la luz en el Museo y. ¿sabe?. De modo que.. para no quedar mal en el mundo elegante que frecuentaban. ¡Bienaventurados los inocentes. maestro... las amistades lustres. Evidentemente hacía tiempo que intrigaban en el campo adversario sin reparar en nada con tal de asegurarse una vía de escape llegado el momento oportuno. en cambio. al advertir el blanco resplandor que. vale la pena. el maestro Cottes.Dino Buzzati MIEDO EN LA SCALA Y OTROS CUENTOS tos. vaya a verlos.. Ahora se reparten el pastel. querido maestro!. se ponían de parte de los enemigos.. reflejándose de uno en otro espejo. a través de terceras personas.. Una gente estupenda. –¿Que qué hacen? –alzó su simpática vocecita Liselore Bini. reparó en esta novedad. la posición social. dictan leyes. Apresúrese. que estaba sentada en el suelo con la espalda apoyada en la de su marido–. en el salón no? ¿Qué ocurría? –¿Y qué hacen esos de allí? –preguntó por fin en voz alta. Con todo. Esos maquiavelos han fundado la célula escalígera. nos han autorizado a volver a encender las luces. el plazo de inscripción se cierra dentro de pocos minutos. No han perdido el tiempo.. si bien al principio avanzó en sordina. venía del museo y al oír el rumor de las conversaciones que allí se tenían. no alcanzaba a entender las razones. maestro. muy pronto optó por manifestarse con claridad con el fin de dejar definidas las respectivas posiciones. Son formi42 .. La maniobra. En la pequeña sala del Museo se volvió a encender la luz eléctrica y la ventana se abrió de par en par a fin de que se pudiera ver bien desde fuera y los Morzi supieran así en seguida. que tenían allí amigos fieles.

la cojita. y así.. –Chist. un poco de aquí... vayan como vayan las cosas... aunque más cansada.. Clara Passalacqua seguía reinando. Pedazo de puercos.. suministraba más asientos y. que sonreía con los ojos cerrados. Seis o siete se precipitaron a ver. asquerosos –levantó la voz–. desapareció vía Manzoni abajo.. chist –advirtió en aquel momento uno de los centinelas apostados tras las persianas. no obstante. Ha optado por la solución más genial. con tal de obtener en ambos campos un éxito personal.. Una vez de regreso después de haber llevado a Grossgemüth al hotel. ella está en su sitio. no se decanta... dividiéndose de forma imparcial entre los dos partidos. Iba y venía. proveniente de la vía Case Rotte. con las bandejas y las botellas... dos palabritas aquí.. Camina.. no se pronuncia. siempre a la altura de las circunstancias. a no detenerse. divirtiéndose como si aquello fuera una nueva clase de deporte de aventura. ¿sabe?. con muy buen sentido. –Ah.Dino Buzzati MIEDO EN LA SCALA Y OTROS CUENTOS dables. Liselore. –¿Y doña Clara? –preguntó Cottes notando que sus ideas se nublaban. tratando de animar a las señoras más alicaídas. Esto la obligaba. como si fuera un capricho de los invitados. Y por ello fingía ignorar el fin de aquella reunión por separado... avanzaba un perro: parecía un perro callejero y. dos palabritas allí. Doña Clara camina. juro que si salimos de esta. –Vamos. con la cabeza baja... cojeando. A lo largo de la fachada de la Banca Commerciale. porque detenerse equivalía a una elección comprometedora. Ella misma iba de acá para allá.. no se compromete.. rozando el muro. cálmate –le dijo su marido. ¿comprende? Pasea arriba y abajo.. una veleta. ¡nuestra sin par presidenta! Era verdad. y señaló hacia la plaza. –¿Por ese has llamado? ¿Por un perro? 43 .. animó a tomar un generoso segundo piscolabis.. otro poco de allí.

de que se disponía a estallar una revuelta. Si los Morzi habían desencadenado la ofensiva. soportaban aquella especie de humillación a causa de un peligro aún no demostrado. pero a algunos se les despejó la cabeza... No me interrumpan. Pero ¿quién puede descartar. las calles vacías. no obstante. repito.. se dice. se vio adelantarse hacia el grupo en que se hallaban las señoras de más consideración al abogado Cosenz. llegadas de distintas partes. del prefecto.Dino Buzzati MIEDO EN LA SCALA Y OTROS CUENTOS –Creía que detrás del perro. de las autoridades militares. –Queridos amigos. ha traído mi benemérito colega Frigerio. Allí dentro. cuando menos en apariencia. en una situación crítica. era muy extraño que no hubiese llegado todavía a la plaza de la Scala siquiera una simple avanzada. Pero también es posible. Y habría sido amargo pasar tanto miedo en balde. Con el paso de las horas. digo que es posible. del cuestor.. Evaluemos los hechos con serenidad. resignadas. y no sabemos cuál de las dos hipótesis es más digna de consideración. Tercero. con una copa de vino espumoso en la diestra. un panorama de desolación: decenas de personas ricas.. ¿Qué hay que nos haga creer que el peligro está tan próximo? Enumeremos los indicios. es posible. que estuvieran hartos de la música? Segundo: las noticias. que mañana por la noche toda Milán se desternille de risa al pensar en nosotros. A la luz temblorosa de las velas. se ha marchado poco después y en reali44 . antaño célebre por sus conquistas y tenido todavía por algunas viejas damas por hombre peligroso. que mañana por la noche muchos de los que nos hallamos aquí nos encontremos. uso un eufemismo. y perdóneseme la herejía. De modo que la situación de los asediados estaba a punto de volverse grotesca. paz absoluta. escuchen –declamó con voz insinuante–. Un momento. estimadas y poderosas que. y esto sería lo más grave: las noticias que se dice. el cual.. el cansancio y el entumecimiento de los miembros iban en aumento. –una pausa–. Fuera. Primero: la desaparición en el tercer acto de los Morzi. el silencio.

¿qué responderían?. del Corriere. adviértanlo bien.. que no ha obtenido ninguna información. ¿están preocupados? Y ha contestado: 45 . me ha respondido textualmente: –Hasta ahora aquí no se sabe nada preciso. Incluso los periódicos.. podemos permitirnos cuando menos ponerlo en cuarentena. se han mostrado reticentes. El cuarto elemento preocupante es. por llamarlo así. que no se entiende nada.. la sordera telefónica. Uno de ellos. Varios amigos míos de las redacciones no me han dicho más que vaguedades. No importa. en los alrededores no se ha advertido.Dino Buzzati MIEDO EN LA SCALA Y OTROS CUENTOS dad debe de haber hecho acto de presencia muy brevemente. es verdad. que la Prefectura estaba rodeada. Todo aquel que ha intentado hablar con la Prefectura y la Cuestura dice que no lo ha conseguido o.. Y me ha contestado: –No preciso. ya que casi ninguno de nosotros lo ha visto. en medio de una fase política sumamente delicada. No se han oído ruidos de ningún tipo. –¿Y no preciso? –le he preguntado yo. por lo menos. ningún indicio sospechoso. –¿Y por qué nadie ha conseguido tener noticias por teléfono? –Justamente –prosiguió Cosenz después de haber tomado un sorbo de champagne–. Bertini. Admitámoslo: Frigerio ha dicho que los Morzi habían comenzado a tomar la ciudad. y son ahora más de las tres. digo yo. etcétera. En conclusión. Yo he insistido: –Pero ahí. Y esto. Pero si ustedes fueran un funcionario a quien una voz desconocida o dudosa les preguntase a la una de la mañana cómo van las cosas en la ciudad. Pero yo pregunto: ¿de quién ha sacado Frigerio a la una de la madrugada estas informaciones? ¿Es posible que le hayan transmitido noticias tan reservadas a una hora tan avanzada de la noche? ¿Y quién lo ha hecho? ¿Y por qué motivo? Mientras tanto.

Dino Buzzati MIEDO EN LA SCALA Y OTROS CUENTOS –No exactamente. y demás. Escúchenme: esos de ahí. Tomó aliento. al menos hasta ahora. a la falta de noticias. si es que existe. ¡Mis niños! –¡Han comenzado! –gritó otra.. –Jesús.. mañana. 46 . la táctica de las dos barajas. el único problema que tendrían sería escoger: intento de enmascararse. Y eso significa que la tan temida revolución. Permaneció con el brazo izquierdo levantado sin acabar. todavía no se ha perfilado bien. –Para concluir –dijo Cosenz–. por lo que se refiere a las noticias por teléfono o. Vaciló un instante. Vamos: ¿creen ustedes que serían tan imbéciles como para comprometerse de forma tan abierta sin la completa seguridad de que los Morzi iban a tener éxito? Ya sé. Jesús –gimió Mariú Gabrielli cayendo de rodillas–. El humo de los cigarrillos se condensaba junto con un vago olor mezcla de transpiración humana y perfumes.. llegó un sordo estruendo: el fragor de una explosión que retumbó en el corazón de los presentes. –Pero no acaban aquí las cosas. Probablemente tampoco en los periódicos saben demasiado. desde una lejanía que era difícil estimar. histérica. no me parece que sea como para alarmarse demasiado. no sería difícil hallar buenos pretextos para justificar esa conjura particular.. dejaran salir el Corriere della Sera? Dos o tres rieron en medio del silencio general. En aquel brevísimo momento de silencio. mejor dicho. por ejemplo. ¿Se imaginan que los Morzi. El quinto elemento preocupante podría ser la secesión de esos de allí –y señaló con un gesto hacia el Museo–. ya me lo han dicho: en el caso de que la revuelta fracasara. preocupación por el destino de la Scala. Todos lo escuchaban con el loco deseo de poder aprobar su optimismo. Un rumor de voces agitadas llegó a la puerta del Museo. admitida la revuelta. con la ciudad en su poder. Figúrense.

miró fijamente a los ojos al abogado Cosenz. Quedó tendido en el asfalto con los brazos extendidos y la cara contra el suelo. no. fue lo último que le dijeron. Cottes echó a andar sin responder. no ha pasado nada! Parecen chiquillas! –intervino Liselore Bini. la gente se abalanzó sobre los ventanales para espiar desde las rendijas de los postigos. Arriba. Fue inútil. –Me voy. Y. en la plaza no se veía un alma. Nadie salió de los coches que aguardaban para ayudar al viejo pianista. la opresión de una pesadilla inmensa. sin decir una palabra. De lejos parecía una gigantesca cucaracha aplastada. cómo si le hubieran dado un empujón. Todo parecía muerto. Permanecieron quietos. las manos aferradas a las solapas del frac. Pero. –Pero. Se oyó el impacto. ¿ya mismo? No. se habría dicho que estaba borracho perdido. en el salón. Todos los que lo vieron se quedaron sin respiración. ¿Adónde quieren que vaya? No aguanto más aquí –y avanzó en dirección a la salida. como si tropezara. encaminarse al parterre del centro de la plaza. y anunció de forma solemne. ¡espere! ¡Dentro de poco será ya de día! –gritaron a sus espaldas. donde un portero soñoliento le franqueó el paso sin reparos. Entonces el maestro Cottes se adelantó. «Telefonee». Atravesó la primera hilera de coches detenidos y se adentró en la zona despejada. Súbitamente cayó de bruces. ¿Qué pasaría? Vieron al anciano atravesar los raíles del tranvía. calma. con pasos torpes. el abrigo sobre los hombros. –A mi casa. por encima de todo ello. Dos de ellos le abrieron paso con las velas hasta abajo.Dino Buzzati MIEDO EN LA SCALA Y OTROS CUENTOS –¡Calma. –¿Pero adónde? ¿Adónde se va? –preguntaron al mismo tiempo numerosas voces con una esperanza indefinible. aparte de él. 47 . Nada se movía en la plaza. Pero se tambaleaba. Con el rostro alterado. Luego se alzó un horrible grito de mujer: « ¡Se lo han cargado!». pasmados del susto.

Sacudido al fin por el barrendero. Con los papeles y la suciedad. un obrero a pie. fumando desesperado. Luego apareció en la plaza un hombrecillo encorvado que empujaba un carro. ¡Bravo! Bastaron unos pocos escobazos. Una automática. quién sentado. el velo negro. Con el alba filtrándose a través de las persianas. tambaleándose. 48 . –¿Pero qué dice? Habrá sido el ruido de la caída. desde las puertas de la ciudad hacia ellos. el maestro Cottes se incorporó resoplando. sé lo que digo. No había pasado nada. recogió su abrigo del suelo y. He oído el tiro –dijo uno. las negras sombras rodeándole los ojos. Con suma calma. se vio entrar con pasos quedos y silenciosos en el salón de descanso a la vieja florista. el cestillo colmado de flores. Atravesó por medio de la lívida asamblea y.Dino Buzzati MIEDO EN LA SCALA Y OTROS CUENTOS –Le han disparado. el hombre comenzó a barrer. Milán despertaba poco a poco. quién tirado en el suelo. Se oyó un fragor parecido al de los tranvías en la lejanía. espiando. partiendo del cruce con vía Marino. una camioneta. Hasta que un resplandor vago de luz gris se extendió sobre los palacios adormecidos. tendió a Liselore Bini una gardenia inmaculada. –He oído el tiro. Otro ciclista. Parecía que hubiera acabado de vestirse y empolvarse para una velada inaugural y que la noche hubiera pasado sobre ella sin marchitarla: el vestido de tul negro largo hasta el suelo. quién pegado a los postigos. Un ciclista solitario pasó con una bicicleta chirriante. apretó el paso hasta su casa. Una aparición. miró con asombro a su alrededor. Permanecieron así. Sentían avanzar al destino. lo juro. con su melancólica sonrisa. de forma concéntrica. barría también el miedo. Nadie lo contradijo.

estrellas cinematográficas. naturalmente. símbolo –para aquella gente inculta– de vida fácil. aventureros. nos detendríamos recién en la lejanísima estación de llegada. Y ya estaba por adormecerme. cuando quiso la casualidad –se trataba seguramente de una pura y simple casualidad– que reparara en un campesino parado sobre un murito. espléndidas valijas de cuero. que no era hermosa ni tenía nada de extraordinario.. a una muchacha. por añadidura.Dino Buzzati MIEDO EN LA SCALA Y OTROS CUENTOS ALGO HABÍA SUCEDIDO El tren había recorrido sólo pocos kilómetros (y el camino era largo. expreso al norte. al rítmico bamboleo del tren. ¡Quién sabe por qué había reparado en ella! Era evidente que estaba apoyada en la barrera para disfrutar de la vista de nuestro tren.. Fue una casualidad. quedó atrás y yo me quedé preguntándome qué preocupación le había traído aquel hombre a la muchacha que había venido a contemplarnos. que llamaba y llamaba hacia el campo. como si acudiera a prevenirla de un peligro. Solamente fue un instante: la escena voló. Pero cuando el tren pasó frente a la muchacha. superdirecto. celebridades. después de correr durante casi diez horas) cuando vi por la ventanilla. podía haber mirado tantas otras cosas y en cambio mi mirada cayó sobre ella. aunque me dio tiempo de ver a 49 . Una vez al día este maravilloso espectáculo y absolutamente gratuito. haciéndose bocina con las manos. en vez de mirar en nuestra dirección se dio vuelta para atender a un hombre que llegaba corriendo y le gritaba algo que nosotros. no pudimos oír. en un paso a nivel. También esta vez fue un momento porque el expreso siguió su camino.

lo repito. Seguramente estaba influido por el especial estado de ánimo. los paisajes. Ahora. una noticia" (eso. "¡Qué extraño!". ¿Por qué aquel ir y venir en los patios. Debía ser algo importante. pero lo cierto es que cuanto más observaba a la gente. el joven sobre el muro. algunos en el compartimiento. ¿O acaso sospechaban? Sí. Aunque a esa velocidad era imposible distinguir bien. miraba de reojo. vagamente sugestionado. ¡por Dios cómo corrían!. estaba a punto de dormirse... la hierba medicinal. ¿Se celebraría alguna procesión en la zona? ¿O los hombres se dispondrían a ir al mercado? El tren continuaba adelante y todo seguía igual.? En todos los lados era lo mismo. quebrando la paz de sus vidas.Dino Buzzati MIEDO EN LA SCALA Y OTROS CUENTOS seis o siete personas que corrían a través de las praderas. otros en el corredor. No se habían dado cuenta de nada. pensé. de golpe. escrutaba el campo. al llamado del muchacho. de una abertura en la maleza– pero todos corrían directamente al murito. no sabíamos nada. frente a mí. con presentimiento e inquietud. sobre todo ella. más me parecía encontrar en todos lados una inusitada animación. hubiera jurado que toda esa agitación respondía a una misma causa. Pero fue sólo un instante. las carreteras. Era evidente que todo se relacionaba: la muchacha del paso a nivel. entreabriendo 50 . de una fila de viñas. al menos era lo que yo presumía). Miré a mis compañeros de viaje. pisoteándola sin miramientos. el ir y venir de los campesinos: algo había sucedido y nosotros. los cultivos. también ellos estaban inquietos y no se atrevían a hablar. acudiendo alarmados. aquellas afanadas mujeres. sí. en el tren. no tuvimos tiempo de observar nada más. apenas un relámpago. Parecían tranquilos y una señora de unos sesenta años. Especialmente la señora somnolienta. Corrían. espantados por alguna inesperada noticia que los intrigaba terriblemente. "en pocos kilómetros ya dos casos de gente que recibe. Más de una vez los sorprendí echando rápidas miradas hacia fuera. a juzgar por la confusión. sí. Venían de diferentes lugares –de una casa. aquellos carros.

cada vez más gentío a medida que el tren se acercaba al norte. Desfilaron cerca las viejas casas y en los patios oscuros se veían ventanas iluminadas. Ninguno quería ser el primero en ceder. a velocidad enloquecida nos precipitábamos. Aquí. Pero. "¿Adónde?". una alucinación. la peste. cambios perfectos. el anuncio de un desastre. el tren encontraba todo en orden. camiones. semejantes a las que marchan en dirección a la iglesia el día del santo patrón de la ciudad. simulando que se desperezaba. corríamos hacia la guerra. y en cambio. Afuera. me preguntaba. Ya eran cientos. En aquellos cuartos –fue un instante– hombres y mujeres aparecían inclinados. pues había como una especie de alarma generalizada en la campaña como en la ciudad. grupos de gente a pie. el fuego. huían del peligro mientras nosotros íbamos directamente a su encuentro. como yo. Pero nuestro expreso.. En realidad quería ver mejor y se inclinaba sobre mí para estar más cerca del vidrio. ¿de qué teníamos miedo? Nápoles. hoy no. Nadie decía nada. señales de vía libre. el campo. Después me decía: "Si fuera una desgracia se habría detenido el tren. no. en el momento de llegar y seguramente sería demasiado tarde. Evidentemente no era una noticia feliz. el sol. el tren se detiene. Un joven a mi lado. habitualmente.Dino Buzzati MIEDO EN LA SCALA Y OTROS CUENTOS apenas los párpados y después me examinaba cuidadosamente para ver si la había descubierto. haciendo paquetes y cerrando valijas. la revolución. se había puesto de pie. como para un viaje inaugural. descendían hacia el mediodía. Cada uno quizás dudara de sí mismo. Y todos llevaban la misma dirección. ¿O me engañaba y todo era producto de mi fantasía? Se preparaban para marcharse. los caminos blancos y sobre los caminos carros.. y en la incertidumbre se preguntara si toda aquella alarma sería real o simplemente una idea loca. un peligro. largas caravanas. ¿Qué más podía pasarnos? No lo sabríamos hasta dentro de cinco horas. una de 51 . Una amenaza.

con un gesto repentino. esperando.. Una multitud había invadido las estaciones. afuera. Ahora las carreteras hormigueaban de vehículos y gente. como ecos de la montaña. logrando detener por un momento el periódico. dos o tres se levantaron con la esperanza de que se detuviera. cuando ya se está un poco cansado. casi por azar. Entre los dedos le quedó un pedacito. todos en dirección al sur. aparentando que recién se despertaba e igual que aquel que saliendo efectivamente del sueño levanta la mirada mecánicamente. pero el viento se lo arrancó impetuosamente. otros nos gritaban frases de las cuales se percibían solamente las voces.Dino Buzzati MIEDO EN LA SCALA Y OTROS CUENTOS esas ocurrencias absurdas que suelen asaltarnos en el tren. así ella levantó las pupilas. un convoy que partiera. en medio de un caótico montón de valijas. volando con tanta prisa hacia el norte. si alguno de ustedes rompiera al fin este silencio y pronunciara la pregunta que todos estamos esperando como una gracia y ninguno se atreve a formular. seguramente.. Y también todos nosotros miramos el aparato. Nadie se atrevió a hablar o tuvo la audacia de romper el silencio o simplemente osó preguntar a los otros si habían advertido. mientras suplicaba con la mirada. Los que nos veían pasar. fijándolas. Algunos nos hacían señales.. Un muchacho intentó seguirnos con un paquete de diarios y agitaba uno que tenía un gran titular negro en la primera página. Nos cruzábamos con trenes repletos de gente. Parecía decir: si alguien hablaba. Como al entrar en la estación el tren disminuyó su velocidad. La señora de enfrente lanzó un suspiro.. con idéntico pensamiento. nos miraban desconcertados. La señora de enfrente empezó a mirarme. en la manija de la señal de alarma. un gentío se enardecía. Entonces. algo alarmante. la señora que estaba frente a mí se asomó. No lo hizo y siguió adelante como una estruendosa turbonada a lo largo de los andenes donde. Con las manos enjoyadas estrujaba nerviosamente un pañuelo. Era un papelito casi 52 . Otra ciudad. Advertí que sus manos temblaban al desplegarlo.

nos volvió a dar un poco de coraje. ya sabríamos la suerte que nos esperaba a todos. Corrimos por el andén hacia la salida. hombres y mujeres solamente pensaban en salvarse. a la manera de un soldado honesto que se separa del grueso del ejército derrotado para llegar a su trinchera. Todos lo habíamos visto. A medida que crecía el miedo. El tren se detuvo. abandonando casas. Corríamos como locos hacia una cosa que terminaba en ION y debía de tratarse de algo espeluznante. a la caza de alguno de nuestros semejantes. Del enorme título. se leía. Sin decir palabra. a la llegada. Pero. ninguno de nosotros tenía el coraje de reaccionar. al fin. la superficie – –ahora oscura– del techo de vidrio. nos volvíamos más cautelosos. todo estaba como de costumbre. Sobre el reverso aparecían indiferentes noticias periodísticas. La estación. pero nuestro tren no. Dos horas. donde ya la ha cercado el enemigo. aunque ella aparentaba ignorarlo. cuando vi que la estación estaba desierta. cómo se parecen a la vida! Faltaban dos horas. la señora levantó un poco el fragmento. Por más que busqué no pude encontrar una figura humana. los andenes vacíos y desnudos. un halo amarillo en el cielo. en el ángulo derecho. ¡Oh los trenes. poblaciones enteras se daban a la fuga. Un hecho nuevo y poderoso había roto la vida del país. como un asiento. Me pareció entrever al fondo. ¡horror! Aún el tren se movía. Y por decencia. negocios. por un respeto humano miserable. las ruedas resonaron sobre el laberinto de los cambios. La locomotora emitió un silbido. trabajos. las lámparas. a fin de que pudiéramos verlo. marchaba con la regularidad de un reloj. Nada más.Dino Buzzati MIEDO EN LA SCALA Y OTROS CUENTOS triangular. a un ferroviario con su 53 . Dos horas más tarde. los carteles. Una hora y media. casi en la penumbra. Ya descendía la oscuridad. del cual ya nos sentíamos parte como un pasamano más. todo. Vimos a lo lejos las luces de nuestra anhelada ciudad y su inmóvil resplandor reverberante. Una hora. sólo quedaban tres letras: ION. el maldito aparato.

"¡Socorro! ¡Socorro!". la voz de una mujer. nos hizo estremecer. gritaba y el grito repercutió bajo el techo de vidrio con la vacía sonoridad de los lugares abandonados para siempre.Dino Buzzati MIEDO EN LA SCALA Y OTROS CUENTOS gorro que desaparecía por una puerta. 54 . altísima y violenta como un disparo. aterrorizado. ¿Qué habría pasado? ¿No encontraríamos un alma en la ciudad? De pronto.

Al acercarse. Consumido por la enfermedad. pero en cuanto abrieron la puerta. estaba cerrada. Con sus cosas en una bolsa. Al salir libre estaba muy cambiado. parecía un viejo y no el famoso "capo brigante". Como era fiesta. permaneció tres años en prisión. Sólo el viejo perro. Tenía pensado darles una sorpresa. donde suponía que debían estar sus compañeros. se puso en camino hacia el Monte Fumo. el mejor tirador conocido. Todo estaba igual que antes. el esquelético Tromba. Era un domingo de junio cuando se internó en el valle donde estaba su casa. la banda debía estar reunida en su casa. Adentro se hizo un silencio. Planetta oyó voces y carcajadas. con una gran barba. a diferencia de sus tiempos. La puerta. le saltó encima con alegría. que no sabía errar un disparo. capitán de bandidos.Dino Buzzati MIEDO EN LA SCALA Y OTROS CUENTOS EL ASALTO AL GRAN CONVOY Arrestado en un callejón de la ciudad y condenado solamente por contrabando –porque tuvo la suerte de no ser reconocido– Gaspar Planetta. Golpeó dos o tres veces. Después preguntaron: –¿Quién es? –Vengo de la ciudad –respondió–. vengo de parte de Planetta. 55 . se dio cuenta de que no lo reconocían. su antiguo reino. Los senderos del bosque no habían cambiado: aquí afloraba una raíz: allá una piedra que recordaba perfectamente.

–¿Qué es lo que no sabe? –No sé si Andrea estará dispuesto.. –¿Ah sí? –dijo a propósito de Planetta–.. Así supo Gaspare Planetta que el nuevo jefe era Andrea. lo rodearon. Y además él se enfermó. Por mí que vuelva. –Es que ya las cosas no son como antes –repuso Planetta con una sonrisa burlona–. Tampoco a Stella le resultó difícil evadirse. sí. nosotros dos siempre nos llevamos bien.. que se paró en medio del cuarto. 56 . cambiaron las rejas. –¿Y qué piensa hacer cuando vuelva? –¿Cómo qué piensa hacer? ¿Es que acaso no puede volver acá? –Ah. mientras tanto. dijo que Planetta sería liberado un mes más tarde y que.. no va a querer. Hay muchos guardias ahora. Las cosas aquí han cambiado mucho. Planetta recordaba un tipo alto y flaco. yo no digo nada. En ese momento se abrió la puerta de par en par y entró el propio Andrea. los bandoleros ya habían perdido todo interés en el recién llegado y lo dejaban con un pretexto cualquiera. pero sin reconocerlo. Al rato. que era el jefe. uno de sus antiguos compañeros. pidiéndole noticias de Planetta. Y él va a querer mandar todavía. Marco. lo había enviado a él para saber cómo marchaban las cosas. Sólo estaba pensando en él. Ahora tenía delante una formidable estampa de forajido. no hizo buen papel. Les contó que había conocido al jefe en prisión... se entiende. Felpa y también tres o cuatro desconocidos. con una cara dura y unos espléndidos bigotes.Dino Buzzati MIEDO EN LA SCALA Y OTROS CUENTOS Al principio sus antiguos compañeros. precisamente él. sí. También a Marco lo metieron adentro. Y en cambio él. Tampoco lo reconoció. jamás nos dejaban solos. ¿Y cómo fue que no consiguió fugarse? No debe ser demasiado difícil. Cosimo... pero no llegó a estar ni seis días. Sólo Cosimo se quedó hablando con él. pero no sé.

que no sabía errar un solo tiro. 57 . –Nadie ha tocado sus cosas –respondió Andrea–. comprendía que un "capo brigante" no puede dejarse capturar y mucho menos permanecer encerrado tres a cuatro años como un desgraciado cualquiera. no es culpa nuestra. reconociendo en aquel viejo flaco lo que quedaba de su famoso jefe Gaspare Planetta. y lo temían. –Me decía.Dino Buzzati MIEDO EN LA SCALA Y OTROS CUENTOS Mientras hablaba se iba dando cuenta que lo habían dejado afuera. comenzando a sospechar que era el propio Planetta el que tenía delante–. Y sonriendo sutilmente se acercó a la ventana para que todos pudieran verlo bien. me parece. –dijo Andrea arrogante. Si el caballo se murió. en efecto. deben estar por ahí. –Tenía. Sin embargo. De la ropa. aunque esta vez ya no sonreía–. un caballo blanco que se llama Polak. Y todos. comprendía que estaba viejo. y que tiene un bulto detrás de la rodilla. –Me dijo –prosiguió con voz cansada–. Tampoco Cosimo se atrevió a decir nada. en algún cajón. lo vieron. Planetta me dijo que había dejado aquí su caballo. su escopeta de precisión. querrá decir. Probablemente alguien la usó. Y Andrea hacía como si no pasara nada. el nuevo jefe. que ya no había lugar para él allí. me ha dicho que dejó aquí su fusil. –Me dijo –continuó con toda calma Planetta– que también dejó aquí su ropa. que su tiempo había terminado. una linterna y un reloj–. ninguno habló. –Me ha dicho –continuó imperturbable Planetta.. el mejor tirador conocido. siempre me decía: quién sabe qué trato le han dado a mi fusil.. Todos simularon no haberlo reconocido porque estaba presente Andrea. no sé nada. –Su fusil está aquí –dijo Andrea– y puede venir por él cuando quiera. tenía. quién sabe en qué chatarra me lo encuentro convertido a mi regreso.

Su cuchilla de caza – y volvió a sentarse. Un momento después le entregaron el fusil a Planetta. ¿Hay alguna otra cosa? –Eso –dijo Planetta acercándose a Andrea con la mayor calma y sacándole de la cintura un puñal envainado–. Todavía falta ésta.Dino Buzzati MIEDO EN LA SCALA Y OTROS CUENTOS –Yo lo usé algunas veces –admitió Andrea con cierto tono de desafío–. paralizados de estupor. pareció serenarse. –Adelante –ordenó Andrea secamente–. Tráiganle todo. el famoso "capo brigante". y también me dijo que dejó aquí las municiones. Gaspare Planetta se sentó sobre un banco. ¿Habría podido desafiarlo.. porque jamás hubieran imaginado que Gaspare Planetta. cosa que solía pasarle. –Dime –insistió. –Bien. Ve. 58 . pudiera terminar así. metió todas en la bolsa y se echó el fusil al hombro.. Corrió un largo y pesado silencio.. Lo recuerdo bien: seis medidas de pólvora y ochenta y cinco proyectiles. buenas noches –dijo por fin Andrea para hacerle comprender a Planetta que la entrevista había terminado. con aire preocupado y poco a poco. esperó que le dieran el resto de sus cosas. ve a buscarlo. pero no creo que por eso se haya estropeado. Gaspare Planetta levantó los ojos midiendo la poderosa corpulencia del otro.. ¿Me lo podrías dejar ver? –Adelante –respondió Andrea. pero lo suficiente para sentir la cabeza pesada. –Bien –dijo después de una larga pausa–. Se sentía afiebrado. –Buenas noches. mientras acariciaba el caño. Los hombres quedaron mudos. volviéndose a Andrea–. señores –dijo. encaminándose hacia la puerta. Lo observó minuciosamente. enfermo y cansado como estaba? Se levantó lentamente. permitiendo que lo mortificaran impunemente. no mucho. haciéndole señas a uno de los nuevos integrantes de la banda–.

una treintena de años antes. en medio de las sombra de la noche. Explicó sin titubeos que quería unirse a la banda. silbando. yo soy Planetta. que ya no era más "capo brigante" sino solamente Gaspare Planetta. ¡Adiós y buena suerte! Planetta se alejó por el bosque. –¿Planetta el capitán. en el medio del bosque. se abrió de golpe la puerta y apareció un joven. Tendría unos diecisiete años. quiere decir? –El mismo. mientras estaba sentado junto al fuego. en realidad. del año cuarenta y ocho. una cabaña sobre el Monte Fumo. encendió el fuego. con un fusil. –¿Está aquí la gente del Monte Fumo? Hace tres días que los busco. * Eso le sucedió a Planetta. no había tenidos más remedio que esperar un poco. Había vivido siempre vagabundeando y hacía años que tenía ese proyecto. haciendo a un lado toda simulación–. El muchacho tenía un aire desenfadado. se parecía a él. contó el dinero que tenía (podía alcanzarle para algunos meses) y comenzó a vivir solo. ahora había robado uno bastante bueno. donde se refugiara una vez que lo perseguían los guardias. Pero una noche. –¿Qué pasa? –preguntó Planetta sin siquiera levantarse. sin residencia fija. 59 . –Llegaste a buen lugar. Planetta llegó a su cabaña. de Severino. Aunque.Dino Buzzati MIEDO EN LA SCALA Y OTROS CUENTOS Sólo Cosimo consiguió emitir una voz extrañamente ronca: –¡Adiós. dónde vivir tenía. Planetta. El muchacho se llamaba Pietro. Planetta! –exclamó. pero como para ser bandolero debía contar por lo menos con un fusil. de troncos y piedra.

lo dejó creer que seguía siendo el jefe. que debe tener los bolsillos llenos. Supe que mañana pasan dos carros de buena mercadería. –Jefe –decía el muchacho–. Supe que mañana pasará por el camino del valle un tal Francisco. Está bien. –Jefe –decía Pietro–. ¿No tendríamos que intentar algo? 60 . ¿Qué dice. El resto del tiempo lo pasaba siempre junto al fuego. ¿cuándo vamos a dar un golpe? –Uno de estos días –respondía Planetta–. –Jefe –decía el muchacho–. por así decirlo –explicó irónicamente Planetta–. Planetta no desengañó al muchacho. mañana veremos. Todos cosas de comer. le explicó que prefería vivir solo y encontrarse con los compañeros nada más que cuando era necesario. pasarán cantidad de carruajes y muchos regresarán de noche. Estuve tres días: no tuvieron la suerte de retenerme por más tiempo. Es un hombre astuto. un verdadero zorro: cuando viaja no lleva un solo escudo encima. ¿Cosas de comer? –y dejaba languidecer el asunto. ¿no estaba en prisión? –Allí estuve. –¿Un tal Francisco? –repetía Planetta sin demostrar interés–. a excepción de cazar un poco. de miedo a los ladrones. Pero pasaban los días y Planetta no hacía nada. –¿Y ahora quieres que me quede contigo? –¿Quedarte conmigo? –dijo Planetta–. Lo conozco hace tiempo. por esta noche duerme aquí. El muchacho lo creía poderoso y esperaba de él grandes cosas. Mañana es la fiesta de la ciudad y habrá mucho movimiento de gente. Llamaré a los compañeros y te sacarás el gusto. como si no fuera digno de él. –Jefe –insistía el muchacho–. Los dos vivieron juntos. jefe? –¿De veras? –respondía Planetta–. Pero los días siguieron pasando. El muchacho lo miró entusiasmado.Dino Buzzati MIEDO EN LA SCALA Y OTROS CUENTOS –Pero.

El Gran Convoy Imperial con el gran carro de hierro. Trece bandidos habían muerto. No había bandolero que no soñara con él en las noches tranquilas. otros doce a los lados. precisamente el 12 de setiembre. No tienes ganas de hacer nada. los cocheros. ¿Por qué no hablas claro? –Puede que no esté bien –decía Planetta sonriendo–.Dino Buzzati MIEDO EN LA SCALA Y OTROS CUENTOS –Cuando hay gente –contestaba Planetta– más vale no hacer nada. pero no es lo que tú piensas. quiero que valga la pena. todos armados. Iban soldados adelante y atrás. Siempre estás al lado del fuego. Avanzaba entre sonidos de cuernos a lo largo del camino principal. Si quieres que te lo diga. así por lo menos me dejas tranquilo. No hay que fiarse. Debes estar mal. todo lleno de monedas metidas en sacos. Otros veinticuatro soldados en la retaguardia. es una estupidez fatigarse para embolsarse algunas pocas monedas. –Jefe –decía después de unos días Pietro–. a ti te pasa algo. los jinetes y los servidores. pero desde hacía cien años nadie había logrado asaltarlo impunemente. di la verdad. 61 . y enseguida el carro de hierro con la insignia imperial en relieve tirado por dieciséis caballos. Hay gendarmes por todos lados los días de fiesta. No quieres ver a los compañeros. veinte estaban en prisión. Después venían veinticuatro guardias a caballo. patrullas a caballo a los lados. Si hago algo. Bien: he decidido esperar al Gran Convoy. armados con fusiles. llevaba a la capital un cargamento de oro. Ni siquiera de ir a cazar. año tras año la recaudación de impuestos se hacía más grande y la escolta armada era reforzada. Se refería al Gran Convoy que una vez al año. pistolas y espadones. seguramente. ayer también tuviste fiebre. custodiado por guardia armada. Ya nadie pensaba en el Gran Convoy en serio. Lo precedía una especie de avanzada con trompeta y bandera. todo lo recaudado por concepto de impuestos en las provincias del sur. Precisamente fue en un día de fiesta que me capturaron.

Luca Toro. Planetta no lo desengañaba y en las largas noches que pasaban junto al fuego. Esto no es cosa de juego. aparecieron al borde del camino con la cabeza partida. Eso dijo Gaspare Planetta. Todos.Dino Buzzati MIEDO EN LA SCALA Y OTROS CUENTOS Cien mil ducados de oro. * 62 . cien años antes. destinados a la casa imperial. quiero arriesgarme. pero estaba lejos de pensarlo. ¿y cuántos seríamos? –Quince. Sergio de Topi. mil onzas de plata. Aun contando con una veintena de hombres habría sido una locura. el Tedesco.. para nombrar algunos. discutía el gran proyecto y se divertía también él. Tengo que hablar con mi gente. –¿Y para cuándo? –Hay tiempo –respondió Planetta–. Era la primera vez: la escolta se asustó y Luca Toro pudo huir a Oriente y darse la gran vida. –¿El Gran Convoy? –preguntó el muchacho maravillado–. Si lo logro. ¡cuánto más solo! Lo había dicho por bromear. El muchacho esperaba con impaciencia. Otros bandoleros lo habían intentado: Giovanni Borro. –Dime –preguntó–... por lo menos. el Conde y el Jefe de los treinta y ocho. El Convoy pasaba a galope cerrado. Y en algunos momentos él mismo llegaba a creer que era verdad. había tenido el coraje de asaltarlo y le había ido milagrosamente bien. ¿De veras quieres arriesgarte? –Sí. estoy hecho para siempre.. a la mañana siguiente. Pero los días siguieron pasando y los bosques empezaron a ponerse rojos. pero el muchacho se lo había tomado en serio y miraba a Planetta con admiración.

–¿Qué pasa? –preguntó Planetta. ¿por qué no me dijiste la verdad? ¿Por qué tantas historias? –¿Qué historias? –dijo Planetta. Sería una tontería no ir. anunció: –Mañana me voy. ¿Qué historias te he contado yo? Te dejé creer. bien lo sabes.. enfermo como estás. el día de la víspera. No sé como hubieras podido. ¿Te lo dijeron todo? –Seguro.. el muchacho estuvo afuera hasta la noche.. otra vez tranquilo–. sólo por atormentarme.. –No es verdad –repitió el muchacho–. ¿Te refieres al Gran Convoy? –Eso mismo. También se escuchaba la voz del viento que soplaba en el bosque. que hacía esfuerzos por mantener su habitual tono alegre–. –Bien –añadió Planetta y se hizo otra pausa en el cuarto iluminado tan sólo por el fuego.Dino Buzzati MIEDO EN LA SCALA Y OTROS CUENTOS El 11 de septiembre. sentado como de costumbre junto al fuego. –Jefe –dijo entonces Pietro con voz casi llorosa–. –Me dijeron que me fuera con ellos.. ¡Y yo que te creí! Aunque tenía que haberme dado cuenta. –¿Qué pasa mañana? –preguntó Planetta. –Entiendo –aprobó Planetta–. Me lo contaron todo. –Por fin me encontré con tus compañeros. Regresó con una cara sombría. Me retuviste aquí con falsas promesas. –Pietro se calló por algunos segundos y después.. no te quise desengañar. en voz baja. –Y bien. Se hizo un largo silencio y se oyó el restallar del fuego.. –preguntó Planetta con tono que quería parecer divertido–. que hay mucho trabajo.. * 63 . Mañana. eso fue todo.

La luz era clara y grisácea. El día ya había amanecido. Pero después le asaltó una duda. pero eso no tenía importancia. si lo mataban enseguida. por lo menos. como para hacerle ver que ya estaba cansado de aquella estúpida historia. En el fondo. llamándolo así por la fuerza de la costumbre–. Era un asunto personal con el poderoso Planetta de antes. Planetta fue el primero en levantarse. Avanzaba con prudencia entre los matorrales en dirección a un grupo de castaños. lo hacía por él mismo. Pero. Voy a esperar al Gran Convoy. Muchas veces Planetta le había mostrado el sitio ideal para esperar al Gran Convoy. –Jefe –dijo. nadie lo supiera jamás. 64 . De tanto en tanto se oía el canto de un pájaro. Recién cuando llegaba al umbral Pietro se despertó. se puede saber? –Sí señor. se puede saber –respondió Planetta sonriendo–. ¿No se propondría de veras Planetta llevar a cabo el asalto? A pesar de que le parecía una idea absurda. Se limitó a darse vuelta en la cama. Pietro se levantó y salió a averiguar. Ya lo habían fastidiado bastante sus compañeros. Probablemente nadie lo vería y hasta quizá. Pietro ni siquiera se molestó en responder. se disponía a asaltar el Gran Convoy. En los intervalos. Pietro dejó que Planetta se fuera. y hacia allí se dirigió. Pero esta vez no era sólo una historia. que aquel muchacho supiera quién era Gaspare Planetta. Se vistió de prisa sin despertar al muchacho y tomó el fusil. donde seguramente se encontraba Planetta. para sentirse el de antes. ¿Adónde vas a esta hora. Pietro corrió por el bosque hacia el fondo del valle. Una especie de apuesta a favor de una empresa desesperada. aunque fuera por última vez. donde pasaba el camino principal.Dino Buzzati MIEDO EN LA SCALA Y OTROS CUENTOS Pero el otro día. no era el muchacho lo que le importaba... se escuchaba el silencio. no. Para cumplir una promesa que había hecho en broma. pero el cielo estaba cubierto por largas nubes de tormenta.

Todo lo que pasara por allí se convertía en un blanco fácil. me lo han dicho. lo sé –rió bonachonamente Planetta–. Crees que van a venir tus compañeros. 65 . en el fondo del camino principal. la bandera. Tienen la manía de llegar siempre tarde. –Planetta –suplicó el muchacho–. –Lo sé. El muchacho miró la llanura del sur que se perdía en el infinito. en el fondo. ¿No te das cuenta de que vas a echarlo todo a perder? En ese momento se comenzaban a distinguir. nunca he pensado dejarte. cortada en dos por el camino. el carro. que ya no razonaba–. vete de una vez –gritó con voz ahogada Planetta. avanzaba por el camino: era el polvo que levantaba el Gran Convoy. –Jefe –dijo Pietro jadeando–. Este no es lugar para ti. –Estás loco. sal de ahí. vio una polvareda que se movía. Se volvió y vio a Pietro con su fusil en el árbol vecino. –Vendrán. Pero ahora basta. tienes que salir de aquí. no estoy loco. –Planetta –insistió el muchacho–. Era sólo una broma. Vete de aquí enseguida. Allá. cuando oyó que algo se agitaba cerca de él. te digo. sólo es cuestión de esperar un poco. pero no vendrán. Se había apostado sobre una especie de colina que dominaba una brusca vuelta del camino: una fuerte subida que obligaba a los caballos a andar más despacio. escondido detrás de un tronco y se había hecho un pequeño parapeto de ramas para que no lo pudieran ver. Que yo sepa. vete. los soldados que escoltaban el Gran Convoy. nunca pensaron venir. ¿Te has vuelto loco? –Chitón –respondió sonriendo Planetta–. Planetta estaba colocando el fusil con la mayor calma. te digo. Hazme el gusto. en efecto. ¿No ves que es una locura? ¿Qué puedes hacer tú solo? –Por Dios. por Dios que vendrán.Dino Buzzati MIEDO EN LA SCALA Y OTROS CUENTOS Allí estaba. Planetta.

Pero en aquel instante sonó un disparo del otro lado del valle. arrastrándose. ¡Nada de miedo. Pero no eran cazadores. Planetta. no dispares. ¡Señores. que ahora comienza lo bueno! Trescientos. –¿Viste? –susurró Pietro–. Planetta escuchó los cascos de los caballos. –¡Cazadores! –comentó el "capo brigante". –¡Atención! –murmuró alegremente. dio una ojeada a las grandes nubes de plomo. empezó a arrastrarse entre el pastizal hasta que desapareció.Dino Buzzati MIEDO EN LA SCALA Y OTROS CUENTOS –¡Por última vez. No son más que cazadores. de la que no se podía escapar. reaccionando por fin. furioso. Volvió la cabeza y vio al muchacho que soltaba el fusil y se desplomaba sobre la tierra. mejor. El muchacho. muchacho. ¡Canallas! Es demasiado tarde para retroceder. la función va a comenzar! Planetta ajustó la mira. Planetta! ¡Oh. iniciando la subida. como si no lo hubiera oído–. mama! 66 . su formidable mira que no podía fallar. mientras resonaba un terrible eco–. Doscientos metros. se oían las voces de los soldados que conversaban entre ellos. Gaspare Planetta oyó un gemido. vete! –repitió. Recién entonces el muchacho tuvo miedo. Comprendió que estaba embarcado en una empresa disparatada. –¿Viste que no vinieron? Por caridad. ¿Viste cómo no vinieron? –Canallas –murmuró Planetta sin mover ni siquiera la cabeza y esbozando una sonrisa–. Planetta tenía ya el dedo en el gatillo cuando advirtió que el muchacho regresaba. vio tres o cuatro cuervos en el cielo. Pero Planetta no se conmovió. –¡Me hirieron. ¡Atención. divertido. eh! Cuánto más confusión. El Gran Convoy se acercaba. y se apostaba otra vez detrás del árbol. El Gran Convoy ahora avanzaba despacio. Ya se distinguía la gran insignia en relieve sobre los lados del carro.

sino los soldados de la escolta encargados de adelantarse al Convoy para evitar una emboscada. espuelas inverosímiles. Planetta cayó de golpe. Tenían fusiles de precisión. Por sus divisas absurdas y sus caras bravías. Sonó un segundo disparo. ojos duros y clarísimos. Detrás de ellos. Uno de ellos. 67 . El muchacho volvió la cabeza y sonrió: –Tenía razón –balbuceó–. mientras escrutaba el bosque. Eran sus antiguos compañeros. ¿Los viste. los compañeros. horribles mostachos. seleccionados en los combates. había visto al muchacho moverse entre los árboles y tenderse después al lado del viejo bandolero. habían aparecido una treintena de jinetes con el fusil en bandolera. El temporal no terminaba de desatarse. pero en cambio entró en el pecho. Había sido dirigido a la cabeza. los bandoleros muertos que venían por él. pero haciendo un supremo esfuerzo. En efecto. barbas sacudidas por el viento. cerca del corazón. Parecían diáfanos como una nube y sin embargo se distinguían netamente sobre el fondo oscuro de la floresta. El proyectil atravesó el valle bajo las nubes tormentosas y después empezó a descender de acuerdo a las leyes de la balística.Dino Buzzati MIEDO EN LA SCALA Y OTROS CUENTOS No habían sido cazadores los que habían disparado. Rostros curtidos por el sol y atravesados por largas cicatrices. Planetta los reconoció enseguida. disponiéndose a socorrer al compañero. en el cielo. Eran todos expertos tiradores. Los cuervos estaban allá. como jamás había oído. Todos se mantenían expectantes. El Gran Convoy se había detenido. Planetta lanzó una blasfemia. miró en la dirección indicada. jefe? Planetta no respondió. Al final vinieron. Se fue levantando con precaución hasta quedar de rodillas. Se hizo un gran silencio. en un claro del bosque. se hubiera dicho que eran bandidos.

maravillado por el tono extrañísimo de su nueva voz–. feliz.. todos los buenos y viejos compañeros. Y Planetta (lo mismo que el muchacho) se levantó. caras simpáticas.. sin embargo. montado en el caballo blanco y flaco. polvorientas de tanto combatir. Frediano. idéntico a sí mismo.. era el propio Marco Grande en persona. Ahí estaba el buen Paolo. con el rostro iluminado de cordialidad y satisfacción. muerto en el asalto del Mulino. era él. como para convencerse de que ya no importaba nada de eso y se dirigió al claro. cincuenta años después. Lanzando una mirada sobre su pobre cuerpo que yacía en el suelo.. Estaban por comenzar los saludos particulares. todavía se pronunciaba en voz baja. muerto de frío. ¿Y acaso se equivocaba Planetta o el último de la izquierda que se mantenía erguido y orgulloso. Pietro del Ferro. ¿Y ese facineroso de grandes bigotes y un fusil casi tan largo como él. Avanzó hacia los viejos compañeros. no era el Conde. Giorgio Pertica. cuyo nombre. ya no de carne y hueso como antes sino transparente como los otros y.Dino Buzzati MIEDO EN LA SCALA Y OTROS CUENTOS grandes botones dorados. Sí. Planetta se encogió de hombros. Los bandidos muertos estaban silenciosos. Esperaban que Planetta hiciera algo. el famoso bandolero también caído por causa del Gran Convoy? Sí. ¿no será Polak este caballo? 68 . Instintivamente se acercó sonriendo. indiferente a los posibles disparos. el Conde. –Por casualidad –dijo. pero llenos de una común felicidad. evidentemente conmovidos. cuando en primera fila advirtió un caballo ensillado a la perfección y sin jinete. también había venido para honrar a Planetta. que jamás había conseguido aprender a cabalgar. ahorcado en la capital en presencia del Emperador y de cuatro regimientos de soldados? Marco Grande. lento de entendederas el pobre. el último valiente y desafortunado capitán. que había visto morir uno a uno.

Los bandoleros agitaron los sombreros. junto a sus fieles amigos. hizo como que tosía y le dijo a Pietro. Les juro que. –Gracias. saludando a Gaspare Planetta.Dino Buzzati MIEDO EN LA SCALA Y OTROS CUENTOS Era Polak. ¿Qué debía hacer? ¿Irse con sus compañeros. evidentemente halagado. –Bien.. vamos. con el embarazo que produce estar entre personas que recién se conoce–. hacia el reino de los bandoleros muertos que si bien no conocía. Planetta le dio dos o tres palmadas afectuosas y desde ya empezó a saborear la delicia de la próxima cabalgata. Los bandidos muertos sonrieron y bajaron levemente la cabeza en señal de bienvenida. que también transformado en sombra se mantenía apartado. ¡Vamos. era legítimo imaginar lleno de sol. Perdona –le dijo Planetta–. ¡adelante! ¡Monta en mi caballo! Es justo que te diviertas. el muchacho saltó sobre la silla. muchachos –dijo. indeciso. Apoyando la mano izquierda sobre la silla. Al reconocer a su dueño lanzó una especie de relincho (es necesario definirlo así. de verdad. Alguno guiñó un ojo.. acariciado por un aire de primavera. porque la voz de los caballos muertos es mucho más dulce que la que conocemos). su caballo. Gaspar Planetta habló. como si se dispusiera a montar.. Planetta calló y miró a su alrededor. Tenía tan sólo diecisiete años. dejando al muchacho solo? Volvió a dar dos o tres palmadas al caballo. Este es un bravo compañero –agregó dirigiéndose a los bandoleros muertos–. como diciendo "has69 . –exclamó Pietro por fin. –y se interrumpió al recordar a Pietro. –Si realmente quieres. con largos caminos blancos y sin polvo. dada la poca práctica que tenía en materia de equitación. Hubiera sido todo un hombre. que seguramente conducían a milagrosas aventuras. tratando de no dejarse dominar por la emoción–.. viendo que el muchacho no se animaba a aceptar. nada de historias! –agregó con fingida severidad. Y con una agilidad que jamás hubiera supuesto.

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ta la vista". Todos espolearon los caballos y partieron al galope. Se alejaron como disparados entre los árboles. Era maravilloso ver cómo se lanzaban en lo más intrincado del bosque y lo atravesaban sin que su marcha se viera entorpecida en ningún momento. Los caballos tenían un galope suave y hermoso de ver. El muchacho y algunos de los bandidos todavía agitaban el sombrero. Planetta, que había quedado solo, dio una ojeada en torno. Su inútil cuerpo seguía al pie del árbol. Parecía seguir mirando hacia el camino. El Gran Convoy estaba todavía detenido más allá de la curva y por eso no era visible. En el camino sólo se veían seis o siete soldados de la escolta que miraban en dirección a Planetta. Aunque parezca increíble, habían visto toda la escena: las sombras de los bandidos muertos, los saludos, la cabalgata. Nunca se sabe lo que puede pasar en ciertos días de septiembre, bajo las nubes de tormenta. Cuando Planetta, que había quedado solo, se volvió, el capitán del pequeño destacamento se dio cuenta que era observado. Entonces se irguió y saludó militarmente, como se saluda entre soldados. Planetta le devolvió el saludo tocándose el sombrero, con un gesto de familiaridad, pero lleno de hidalguía, y sonrió. Después se encogió de hombros, por segunda vez en el día. Se apoyó en la pierna izquierda, dio la espalda a los soldados, hundió las manos en los bolsillos y se alejó silbando, sí señor, una marchita militar, en la misma dirección por la que habían desaparecido sus compañeros. Iba hacia el mundo de los bandoleros muertos, que si bien no conocía, era lícito suponer mejor que éste. Los soldados lo vieron hacerse cada vez más pequeño y diáfano; su aspecto de viejo contrastaba con su paso ágil y rápido, el mismo paso alegre y despreocupado que tienen los muchachos de veinte años, cuando son felices. 70

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EXTRAÑOS NUEVOS AMIGOS

Cuando murió Stefano Martella, director de una sociedad de seguros y que había pasado una temporada en la superficie de la tierra pecando, trabajando y viviendo su partitura por casi cincuenta años, se encontró en una ciudad maravillosa hecha de palacios suntuosos, calles amplias y regulares, jardines, prósperos negocios, lujosos automóviles, cines y teatros, gente bien alimentada y elegante, sol brillante, todo bellísimo. Caminaba plácidamente por una avenida al lado de un señor muy cortés que le daba explicaciones mostrándole la ciudad. "Lo sabía –pensaba– no podía ser de otra manera. He trabajado toda mi vida, he mantenido a mi familia, he dejado a mis hijos una herencia respetable. En síntesis, he cumplido con mi deber; por eso estoy en el paraíso." El señor que lo acompañaba se presentó con el nombre de Francesco y le dijo que se encontraba ahí desde hacía diez años. –¿Contento? –le preguntó Martella con una sonrisa de complicidad, como si la pregunta fuera ridículamente superflua. Francesco lo miró fijamente: –¿Cómo negarlo? Los dos rieron. ¿Acaso Francesco era funcionario del municipio o lo hacía por mera cortesía? Condujo a Martella de una calle a otra, de maravilla en maravilla. Todo era perfecto, ordenado, limpio, sin ruido y sin malos olores. Caminaron larga-

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mente sin que Martella, que era bastante corpulento, sintiera ningún cansancio. En una esquina estaba estacionado un vehículo de lujo con un chofer de librea que esperaba. –Es de usted –dijo Francesco e invitó a Martella a subir. Dieron un largo paseo. El invitado miraba a la gente en las calles, hombres y mujeres de diferentes edades y de variada condición social, pero todos bien vestidos y de aspecto floreciente. Todos tenían buena expresión; sin embargo, en sus rostros se advertía una especie de fijeza, de aburrimiento secreto. "Por supuesto –se dijo Martella– no pueden estar riendo de felicidad todo el día." Se estacionaron en uno de los palacios más bellos. –Es su casa –dijo Francesco, invitándolo a entrar. La casa que había tenido Martella en el mundo era una pocilga comparada con esto. Como en los cuentos de hadas, había de todo: salones, estudio, biblioteca, sala de billar y una serie de comodidades que es inútil enumerar; jardín, naturalmente, con cancha de tenis, pista para correr, alberca y un lago con peces. Y por todas partes servidores que esperaban órdenes. Subieron en el elevador al último piso. Ahí se encontraba, entre otras cosas, un encantador salón de música con un inmenso vitral por donde escapaba la mirada. Martella reía maravillado. Por más que forzase la vista, no alcanzaba a ver el límite de la ciudad: terrazas, cúpulas, rascacielos, torres, pináculos, banderas al viento y, una vez más, terrazas, cúpulas, pináculos, torres, banderas, siempre más y más lejanas que parecerían no tener fin. Pero había otra cosa: no se veía ningún campanario. Entonces Martella preguntó: –¿Y las iglesias, qué, no hay iglesias aquí? –¡Bah! –respondió Francesco y pareció sorprendido por la ingenuidad–. Aquí no parecen necesarias, ¿no es verdad? 72

perdóneme si se lo digo. rivales suyos. después de todo ¿qué le importaba? Visitaron. tuvo incluso la vaga sospecha de que habían sido colegas. por supuesto. hubiera podido etcétera. para ser sinceros. Mientras salían. en el catecismo decían que en el paraíso uno puede ver a Dios. querido Martella. a su edad. Francesco le propuso ir al Círculo: ahí. ¿No se puede ver desde aquí arriba? Francesco rió. justo aquí en el paraíso? En el Círculo. conforme a su propia naturaleza. siete u ocho señores de conspicua altura social se reunieron en torno a Martella con la cordialidad de los viejos amigos. Después. pero me parece que usted es demasiado pretencioso –(Pero ¿porqué se reía de aquel modo tan antipático?)–.) –Qué pregunta –dijo Francesco con aquel tono burlón–. preguntar por el anfitrión. el ex director de seguros. pero le parecía necesario. ¿Y Dios? Recuerdo que cuando era pequeño. una residencia digna de un monarca. sino los sitios principales: el conjunto prometía una estancia beatífica. Martella podría conocer a un grupo de sus amigos más entrañables. Cada uno tiene el paraíso que se merece. sólo por cortesía. con curiosidad no exenta de astucia. ¿Por qué se interesa ahora por Dios. sin poner en juego su prestigio. no todo el palacio que era enorme. –Hey. Tuvo la impresión de reconocer a dos. si jamás creyó en él? Martella no insistió. etcétera. ¿Usted cree que falten. 73 .Dino Buzzati MIEDO EN LA SCALA Y OTROS CUENTOS –¿Y Dios? –preguntó Martella (en su corazón no le importaba en lo absoluto. Al resto no lo reconoció. en un tono un poco burlón. pero quería saber si él. susurró a su guía: –¿Y las damiselas? ¿No hay jóvenes damiselas? (No porque en la calle no las hubiera visto: una más bella que la otra. a quienes quizá les había hecho alguna mala jugada. Pero no estaba seguro. por el señor de aquel reino)–.

¡Ni siquiera un vulgar retortijón le será concedido! 74 . –Nunca se sabe. es inútil esperar enfermedades. –Eso espero –dijo el viejo de cabellos blancos.. Por mi parte. No espere estar algún día en la cama con fiebre.. sobre la treintena. como si esas palabras lo hubieran molestado–. te lo ruego –le dijo el viejo de pelo blanco. de cabellos blancos..Dino Buzzati MIEDO EN LA SCALA Y OTROS CUENTOS –¡Hete aquí también tú! –dijo el más viejo de aquellos señores. –¿Y enfermedades? ¿No hay siquiera resfriados? –¿Enfermedades? ¿Entonces para qué se estaría en el paraíso? –Y acentuó esta última palabra como si la despreciase. digo que es prácticamente obligatorio. flaco. y que lo contemplaba dignamente ávido–: ¿Contento?.. –¿Todo. –Tranquilízate –confirmó el flaco fijando la mirada en su nuevo compañero–. nunca se sabe –insistió el flaco. yo diría –contestó Martella complacido de que le hubiese salido.. Ni siquiera un retortijón. con un rostro parecido al de Voltaire. ¿contento? –Forzosamente contento –respondió Martella. o tener dolor de muelas. una gracejada. atrapando al vuelo un aperitivo que le ofrecieron.. evidentemente un gesto convencional y bastante común en el más allá para indicar la primera existencia–. Todo aquello que nos hacía sufrir allá. ¿Crees que es obligatorio estar contento? –Te suplico que no empieces con tus necedades. No vendrán. –¿Y qué te hace pensar que las espero? Ya he tenido bastantes. ahora ha desaparecido. No se entendía si estaba bromeando o no–. absolutamente todo? ¿Incluyendo a los que no nos caían bien? –preguntó Martella para hacerse el gracioso. con un gesto en los labios un poco irónico y amargo–. –¿Por qué dices forzosamente? –intervino otro. – hizo un gesto extraño que Martella no había visto jamás. Todo aquello que nos hacía sufrir allá. espontáneamente.

Dino Buzzati MIEDO EN LA SCALA Y OTROS CUENTOS –Pero ¿por qué le hablas así? ¡Como si fuera una desgracia! –exclamó el viejo. ni remordimientos. no tendrás sed. nosotros no tenemos dolores. dirigiéndose al recién llegado–. ya me di cuenta –dijo Martella con forzada desenvoltura. En ese momento. Ni deseos. ¡vamos. ni amores. Aquí todos somos felices. ¿Qué más podemos desear? ¿Qué nos hace falta? –¿Y las así llamadas.. ¡no tenemos 75 . Aquí no tenemos ni nostalgias. ni manicomios. Desde que estoy aquí no recuerdo haber soñado una sola vez. nunca te dolerá el corazón a la vista de una mujer.. clávatelo en la mente. ni asilos. porque en realidad se sentía bastante incómodo-. nada nos da miedo. ni guerras. –¿Deseos de qué? Lo tenemos todo. naturalmente. –Sí. –¿Y tienen deseos? Me imagino que tienen deseos. penas de amor? –Tampoco eso.. –Ni siquiera lo pienses –dijo a Martella con ímpetu–. ¿Sabe?. Entonces. querido mío –confirmó el señor de cabello blanco–. –No existe el dolor. –¿Ni cuando tenga sueños desagradables? ¿Ni cuando tenga pesadillas? –¿Y por qué crees que vas a tener pesadillas? No creo que siquiera vayas a soñar. revolcándote en tu cama. ¿entiendes? Nada te va a costar trabajo. –¡Precisamente! –aprobó el flaco–. aquí no existe el dolor. explícale todo bien! –Exacto –continuó el viejo señor–. por lo tanto no existen hospitales. Nunca te sentirás cansado. Y por lo tanto nadie tiene miedo. el flaco se levantó con una expresión dura en el rostro. Aquí todo es absolutamente tranquilo. nunca recibirás la luz del amanecer como una liberación. él se divierte haciendo bromas.. ni odios. No se preocupe. ni arrebatos. ¿De qué cosa temeríamos? Ya verás que nunca vas a volver a sentir el corazón desbocado.

cogieron al flaco por los brazos. aquel misterio. y los fantasmas. como puedes darte cuenta–. como convenía a un pacto imperioso del cual dependía la existencia común. castillos. ¿te acuerdas? Y los cipreses. Aquí pasa lentamente el tiempo... nada malo nos puede suceder –la voz se hizo lenta y grave–. teatros. bufando. Aquí todo es diferente. ni deseos. mañana igual a hoy. ni remordimientos. entre ellos el viejo de cabellos blancos. ¿te acuerdas? ¿Quién se acuerda de eso ahora?. Y las luces en la noche. Sin escándalo. Y el pensamiento sobre el más allá. hoy es igual a ayer. ni ansia. los fantasmas con cadenas que salían de sus tumbas. ni miedo. ¿verdad? Estamos de-fi-ni-ti-va-men-te (remarcando las sílabas). Por otra parte. especialmente una cosa. definitivamente exonerados. intervino duramente: –¡Ya basta! ¡Ya basta! ¿Cómo es posible que pierdas así el control? –¿El control? Y ¿qué me importa? ¿Y por qué no tendría que saberlo él? –exclamó el flaco. tres de los presentes. las discusiones que se hacían a ese respecto. además. llevándolo por la fuerza hacia la salida. ni nada! Era demasiado. ¿no es verdad? ¡Qué maravillosa alegoría! El viejo señor. que había escuchado el discurso con creciente aprensión. ¿Te acuerdas cuánto odiábamos a la muerte? ¡Cómo nos amargaba la vida! Y los cementerios. ¿entiendes? Ya no tenemos la facultad de morir.. la prontitud de la intervención denotaba que no era una nove76 . Qué satisfacción. mujeres. como si se le atravesase un pensamiento desagradable. pero con una extrema firmeza. (Aquí hizo una pausa. dirigiéndose otra vez a Martella–: Has venido tú también a marchitarte. entre nosotros no existe la muerte. –Qué maravilla. no hay nadie que nos espere a la puerta.. y no tienen enfermedades.. ¿sabías? ¡Y encuentran su automóvil.) –Y además. ni amores. paseos.Dino Buzzati MIEDO EN LA SCALA Y OTROS CUENTOS miedo ni del infierno! Somos felices. ¿qué no lo entiendes? A miles de gentes les pasa lo mismo que a ti. aquí somos libres finalmente..

Aquí las palabras fueron sofocadas. Una voz sutil. diviértete si eres capaz. Pero a su alrededor se encontraban seis o siete rostros impecables. Escenas del mismo género seguramente habían sucedido muchas veces. se sentía horriblemente solo. no te das cuenta que hemos perdido todo? No has entendido que. los jardines. Miraba invocando algo que lo desmintiera. Stefano Martella miraba extraviado en torno suyo.. Martella tomó un sorbo con disgusto. como si le hubieran puesto una mordaza. lentamente se repuso. 77 . trataron de sonreír. –¿El infierno? ¿Con esos palacios. ¿Qué. con la piel lisa y bien alimentada. Rostros misteriosos que lo miraban con los labios cerrados y regularmente regocijados. pero continuó gritando. sintiendo que se le desbordaba el corazón. siempre dirigiéndose a Martella: –¡Conserva tu palacio. extremadamente precisa murmuró: –Estamos en el infierno. Y todos juntos.Dino Buzzati MIEDO EN LA SCALA Y OTROS CUENTOS dad. con un enorme cansancio. abandonado por la humanidad. después de todo. esas flores y tantas criaturas agraciadas? ¿Esto. Un sirviente se acercó para ofrecerle otra copa. miró a la cara a sus queridos amigos. el infierno? ¡Qué absurdo! Sin embargo.. las joyas. Ya no importaba. La frase terminó en un murmullo informe que Martella no pudo descifrar. El flaco fue expulsado por la puerta y después por la escalera hacia el jardín. uniéndose a la desesperada conjura.

–Pero quítate la capa. bendito seas!». Apareció de improviso en el umbral y su madre gritó: «¡Ah. corriendo a abrazarlo. teniendo ya suficiente trabajo con reprimir el llanto.Dino Buzzati MIEDO EN LA SCALA Y OTROS CUENTOS LA CAPA Al cabo de una interminable espera. incluso sonreír parecía que le costaba. tráela acá. hasta el punto de sentirse amedrentada. Él apenas dijo nada. qué cansado. sus dos hermanitos mucho más pequeños. decía entre lágrimas la madre retirándose un poco hacia atrás. «Deja que te vea». cuando la esperanza comenzaba ya a morir. Qué cansado. instintivo. que debía traer la felicidad. 78 . Todavía no habían dado las dos. quizá por temor a que se la arrebataran. avanzó hasta la mitad de la habitación. ¿no notas el calor? Él hizo un brusco movimiento de defensa. criatura –dijo la madre. era un día gris de marzo y volaban las cornejas. apretando contra sí la capa. Giovanni regresó a casa. Se quitó el gorro. También Anna y Pietro. y lo miraba como un prodigio. Había dejado en seguida el pesado sable encima de una silla..» Estaba realmente algo pálido.. qué apuesto se había vuelto (si bien un poco en exceso pálido)–. en la cabeza llevaba aún el gorro de pelo. su madre estaba quitando la mesa. se sentó. Pero qué pálido estás. qué guapo. «déjame ver lo guapo que estás. Quítate la capa. tan a menudo entrevisto en los dulces ensueños del alba. y como consumido. se pusieron a gritar de alegría. qué alto. Había llegado el momento esperado durante meses y meses.

79 . cambió inmediatamente de tema. en medio de los torbellinos de la inmensa alegría. saboreando las amadas sombras–. –¿Está esperando fuera? ¿Y por qué no lo has invitado a entrar? ¿Lo has dejado en medio del camino? Se llegó a la ventana y más allá del huerto.Dino Buzzati MIEDO EN LA SCALA Y OTROS CUENTOS –No. Lo encontré por el camino.. pero ya se extinguía de su rostro amable la luz del principio. después de tanta alegría. dentro de poco me tengo que ir. la eterna pena de las madres–.. Está ahí afuera. y miraba en torno. quizá? –No. es igual. Nació entonces en su ánimo. Hemos parado en una hostería a unos kilómetros de aquí. ¿no has venido solo? ¿Y quién iba contigo? ¿Un compañero de regimiento? ¿El hijo de Mena. deja –respondió. alcanzó a ver en el camino a una persona que caminaba arriba y abajo con lentitud. Y la madre. para no contrariarlo. madre. evasivo–. estaba embozada por entero y daba sensación de negro. no. –¿Y un vaso de vino? Un vaso de vino se lo podemos llevar. mejor no. ¿no? –Mejor no. Es un tipo extravagante y es capaz de ponerse furioso. –¿Pues quién es? ¿Por qué se te ha juntado? ¿Qué quiere de ti? –Bien no lo conozco –dijo él lentamente y muy serio–. –¿Irte? ¿Vuelves después de dos años y te quieres ir tan pronto? –dijo ella desolada al ver de pronto que volvía a empezar. resuelto–. eso es todo. madre –respondió el muchacho con una sonrisa amable.. incomprensible. es un tipo raro. ¿Tanta prisa tienes? ¿Y no vas a comer nada? –Ya he comido. Ha venido conmigo. una pena misteriosa y aguda. esperando. –Ah. parecía avergonzarse. más allá del cancel de madera. Para él sería una molestia.. Parecía preferir hablar de otra cosa. uno que me encontré por el camino. no. –Mejor no –respondió él.

con innumerables noches hermosas. más guapo. por qué no contaba sus batallas? ¿Y la capa? ¿Por qué se la ceñía tanto. nacía de pronto una nueva inquietud. debajo. un rosario inagotable que se perdía más allá de las montañas. por qué no reía. Y. tendido inmóvil en tierra. en la inmensidad de los años futuros. y qué alegría para Marietta. lo miraba con fijeza y preocupación. Se acabaron las noches de angustia. los dos hermanos pequeños lo contemplaban mudos. una infinidad de días disponibles sin cuidados. con el calor que hacía en la casa? ¿Acaso porque el uniforme. con una vida nueva por delante. cuando en el horizonte brotaban resplandores de fuego y se podía pensar que también él estaba allí en medio. como triste. ¿te imaginas a Marietta cuando sepa que has vuelto? ¿Te imaginas qué saltos de alegría? ¿Es por ella por lo que tienes prisa por irte? Él se limitó a sonreír. mientras tanto. entonces. siempre con aquella expresión de aquel que querría estar contento pero no puede por algún secreto pesar. Dentro de poco llegaría la primavera. estaba roto y embarrado? Pero con su madre. por qué ni siquiera la miraba? Realmente el hijo no la miraba. mayor. igual que el lejano día de la partida? Ahora estaba de vuelta. ¿O acaso estaba enfermo? ¿O simplemente agotado a causa de los muchos trabajos? ¿Por qué no hablaba. se casarían en la iglesia un domingo por la mañana entre flores y repicar de campanas. ¿Por qué. Por fin había vuelto. con una extraña vergüenza. Con el dulce rostro ligeramente ceñudo. con el pecho atravesado. estaba apagado y distraído.Dino Buzzati MIEDO EN LA SCALA Y OTROS CUENTOS –Escucha –dijo–. entre los restos sangrientos. parecía más bien evitar que sus miradas se encontraran. La madre no alcanzaba a comprender: ¿por qué se estaba ahí sentado. ¿cómo podía avergonzarse delante de su madre? He aquí que. como si temiera algo. a captar con rapidez todos sus deseos. cuando las penas parecían haber acabado. atenta a no contrariarlo. 80 .

y eso fue todo. Y Giovanni se quedó con sus hermanos mucho más pequeños que él.Dino Buzzati MIEDO EN LA SCALA Y OTROS CUENTOS –Giovanni –murmuró ella sin poder contenerse más–. 81 . repitió. Ya estaba de vuelta la madre y con ella el café humeante con un buen pedazo de pastel. Gracias. sabes. Movía los ojos con inquietud. de hecho. de los visillos inmaculados. madre». pero ¿y la capa? ¿No te la quitas? ¿No tienes calor? El soldado no le respondió. –Giovanni –le propuso en cambio–. habría querido decirle la madre. La madre se adelantó corriendo para abrir los postigos (pero entró solamente una luz gris. también flamante. todos ellos nuevos y limpios. al inclinarse la madre para arreglar la colcha de la cama. esperando una gran escena de regocijo y sorpresa. Ahora se miraban recíprocamente en silencio. pero sonriéndose los tres de cuando en cuando.. Corrió a la cocina. ¡Por fin estás aquí! ¡Por fin estás aquí! Espera un momento que te haga el café. ¿y tu cuarto? ¿no quieres verlo? La cama es nueva. podía ver. Anna y Pietro. «¿Qué pasa? ¿Ya no te gusta? ¡Antes te volvía loco!». hay una lámpara nueva. ven a verlo. Sin embargo. sino que se levantó de la silla y se encaminó a la estancia vecina.. nada. –Está precioso –dijo él con débil entusiasmo cuando estuvo en el umbral. Sus gestos tenían una especie de pesada lentitud. de las paredes blancas. una mirada de inefable tristeza que nadie. tal había sido el cambio en el espacio de dos años. Si se hubieran encontrado por la calle ni siquiera se habrían reconocido. «Muy bonito. Pero. carente de cualquier alegría). estaban detrás de él. las caritas radiantes. como si no tuviera veinte años. pero calló para no importunarlo. obedeciendo casi a un viejo pacto no olvidado. masticó el pastel con esfuerzo. sin saber qué decirse. ¿sabes? He hecho encalar las paredes. posó él la mirada en sus frágiles hombros. a la vista de los muebles nuevos. además. Vació la taza de un trago.

intenta llegar un poco antes de que comamos. Se acercó a la puerta. todavía divertidos. ahí está ése esperándome. ¿no? Vas donde Marietta. –Giovanni –le suplicó–. –¿Que te tienes que ir? Pero vuelves en seguida. a no aumentar la pena–. –¿Pero vuelves luego?. ahora me tengo que ir. figúrate qué alegría para ellos también. parecía que tuviese algo atravesado en la garganta. se encaminaba a la puerta y había recogido ya el gorro de pelo–. –No lo sé. Giovanni? Tú me ocultas algo. aun sintiendo pena. a callar por caridad. ¿Qué te pasa? ¿Qué te pasa. –Madre –respondió. a través de la ventana. pero ahora me tengo que ir. pasado un instante. entre tanto. impaciente por verlo feliz. no lo sé. ¿a que sí? Dime la verdad. está precioso!» respondió el hijo (pero ¿por qué se empeñaba en no quitarse la capa?) y continuaba sonriendo con muchísimo esfuerzo. ¿vas donde Marietta? –y trataba de bromear. madre –respondió él. se apretaron contra él y Pietro levantó una punta de la capa para saber cómo estaba vestido su hermano por debajo. –¿Te gusta. 82 . con voz opaca– madre. «¡Oh. sí. ¿por qué no me lo quieres decir? Él se mordió los labios. –Madre –repitió el hijo como si la conjurase a no decir nada más. ya ha tenido demasiada paciencia–. ¿vuelves? Dentro de dos horas aquí.. ¿verdad? Haré que vengan también el tío Giulio y la tía.. sus hermanos pequeños. el cancel de madera verde detrás del cual una figura andaba arriba y abajo lentamente. Giovanni? ¿Te gusta? –preguntó ella. Ahora me tengo que ir. Pero sobre todo miraba de cuando en cuando con evidente preocupación. siempre con aquel tono contenido y amargo.. ése está ahí esperándome.. Y la miró fijamente.Dino Buzzati MIEDO EN LA SCALA Y OTROS CUENTOS como quien desea concluir un coloquio penoso.

no! –exclamó el soldado. sino a través de los prados. Salió como llevado por el viento. Estaba ya en la puerta. Ya lo he hecho esperar bastante. Entonces la madre por fin comprendió. hasta luego Pietro. hacia el norte. quién era aquel siniestro personaje tan paciente. –¡No. como un pordiosero hambriento. Pietro! –gritó la madre temiendo que Giovanni se enfadase.Dino Buzzati MIEDO EN LA SCALA Y OTROS CUENTOS –¡Pietro! ¡Pietro! Estate quieto. él. en dirección a las montañas. no hacia el pueblo. un vacío inmenso que nunca los siglos habrían bastado a colmar se abrió en su corazón. Giovanni. vida mía!. no. de pie. señor del mundo. Hasta luego Anna. Los dos faldones de paño azul se habían abierto un instante. galopaban. dos caballos partieron al galope bajo el cielo gris. ¿qué haces?. Comprendió la historia de la capa. –¡Oh. en medio del polvo. abrió el cancel. la tristeza del hijo y sobre todo quién era el misterioso individuo que paseaba arriba y abajo por el camino esperando. Atravesó el huerto casi a la carrera. de esperar tantos minutos detrás del cancel. Pero ya era tarde. ¿qué te han hecho? – tartamudeó la madre hundiendo el rostro entre las manos–. 83 . ¡déjalo en paz. adiós madre. Tan misericordioso y paciente como para acompañar a Giovanni a su vieja casa (antes de llevárselo para siempre). ¡esto es sangre! –Tengo que irme. Giovanni. Galopaban. madre –repitió él por segunda vez con desesperada firmeza–. a fin de que pudiera saludar a su madre. advirtiendo el gesto del muchacho.

–¿Sabes que es curioso? –dijo al cabo de un rato el marido. –No lo sé. que Lucina tenía por doquier extraordinariamente suave y lisa. No siento nada. pero no es un grano. casi veinte años más joven que él. –Y sin embargo hay algo. Y el marido inspeccionó el punto sospechoso. Se fue al estudio. Algo duro. ¿sabes? Lucina. acariciando a oscuras la espalda de su mujer Lucina. otra pequeña pero bastante más potente. Cuando se hizo la luz. 84 . el conde Giorgio Venanzi. de las llamadas «cuentahilos». –Te lo repito. No se adivinaba muy bien qué era. Giorgio Venanzi era meticuloso y ordenado hasta dar náuseas. ¿qué tienes aquí? –preguntó Giorgio. quiero verlo bien. tocando el punto. Yo no siento nada. mejor dicho encontró dos. agricultor. aristócrata de provincias. –Perdona.Dino Buzzati MIEDO EN LA SCALA Y OTROS CUENTOS LA MUJER CON ALAS Una noche. –Cariño. se dio cuenta de que a la altura de la paletilla izquierda tenía como una minúscula costra. pero había una irregularidad en la piel. encontró puntualmente la herramienta deseada. la bellísima esposa se incorporó hasta sentarse sobre la cama dirigiendo la espalda hacia la lámpara. de 38 años. Como un grano. pero enciende la luz. –¿Por qué? –Espera que voy a buscar una lupa. una normal de al menos diez centímetros de diámetro.

–No. en lugar de atenuarse o de desaparecer. Giorgio. 85 . Se sintió invadir por el desaliento. –Lucina –gimió casi–. Lucina sometiéndose paciente. Callaba. oye. en el extremo superior de la paletilla derecha. esta vez. La muerte seguro que no es. –Bueno. de los intereses literarios y artísticos: sin embargo. Se hallaba frente a un fenómeno de mínimas proporciones. su imaginación se desató: al marido en resumidas cuentas se le metió en la cabeza que aquellos dos minúsculos plumeritos. sea por indiferencia o por pereza. No sólo eso. Apagaron la luz. Mañana hablaremos. casi como un botoncito automático. no son pelos. y sin embargo insólito. completamente extraño a sus experiencias. Pero por la mañana. ¿sabes que te ha salido en el otro lado? –¿Qué me ha salido? –Aquella pelusilla. Pero debajo de la pelusilla hay algo duro. no es un granito. desde luego. Luego dijo: –No. reanudó la inspección. es una suavísima pelusilla. La fantasía evidentemente no era el fuerte de Giorgio Venanzi. Reanudó el examen con el cuentahilos. Pero es extraño. –La muerte no. Giorgio Venanzi volvió a examinar la espalda de Lucina y descubrió no sólo que la irregularidad cutánea en la paletilla izquierda. confirmó la presencia de dos minúsculas zonas de suave y cándida pluma. sino que durante el sueño se había desarrollado un fenómeno exactamente idéntico y simétrico.Dino Buzzati MIEDO EN LA SCALA Y OTROS CUENTOS Con las dos lupas. se había dilatado. Tuvo una sensación desagradable. –¿Entonces. quien sabe por qué. qué es? –Como una pelusilla. licenciado en agricultura pero siempre mantenido a distancia. nada más despertarse. –¿Un lunar? –dijo ella. me muero de sueño.

–Dime. de escasa cultura. –Oye.. ¿no? –¿Por estas cositas en la espalda? –¡Llámalas cositas.. educado. aunque de mentalidad limitada y anticuada. también nobles... A la tía Enrica. bien lo sabes. Sabes. normalmente tan sólido. Casada con Venanzi no por amor sino. Tienes que jurarme decir la verdad. –Pero. enamorado.Dino Buzzati MIEDO EN LA SCALA Y OTROS CUENTOS sobre las paletillas de su mujer. 86 . tú! –¿Y cómo quieres que las llame? Ya nos lo dirá el doctor Farasi. fui a verla el otro día.. después de emitir un profundo suspiro–. por obediencia a sus padres. quiero decir. –¿Se puede saber en qué estás pensando? ¿Los gitanos? ¿Por qué tendría que haber visto a los gitanos? Giorgio asumió un tono grave y conciliador: –Porque.... olía. Lucina –dijo Giorgio dejando las lupas. No salgo nunca de casa. en casa aburrido y a partir del matrimonio aquejado de unos violentos celos. tengo casi la sospecha de que alguien te ha jugado una mala pasada. a brujería. Lucina. toda la verdad. porque... más que a milagro.. como todavía sucede en provincias. era monstruosa. había perdido el juicio de pronto. La mujer lo miró sorprendida. No habrás ido por casualidad a alguna feria. más que extraña. Ayer fui a comprar aquí a la plaza. se había acostumbrado pasivamente a aquel hombre apuesto. que veían en aquel matrimonio una consolidación del prestigio familiar. La cosa en sí. ¿A quién has visto estos últimos días? –¿Que a quién he visto? A las personas de siempre. a quién voy a ver.. donde están los gitanos. Ella se preguntó si su marido. escaso gusto. vigoroso. –¿Una mala pasada? –Una brujería. No recuerdo nada más. eran una especie de microscópico embrión de alas.

Pero.. llegó a sus fincas. será un magnífico espectáculo! No es que Giorgio Venanzi fuese precisamente un modelo de castidad y costumbres morigeradas. se levantó. a la espalda. ¿Por qué? –Me refería. contraria a todas las reglas de la naturaleza... seguía palpando con las dos manos las dos pequeñas excrecencias. insistía en su interior. como caza87 . una voz opuesta.Dino Buzzati MIEDO EN LA SCALA Y OTROS CUENTOS –No. Y no llames al doctor Farasi. no me he vuelto a mirar. –No tenía la menor intención. olvídalo. por favor.. Durante todo el día estuvo en ascuas. sería completamente inútil. Quería mantenerse alejado a propósito. en tono burlón: ni granitos ni costras: ¡a tu hermosa mujercita le están saliendo alitas! La condesa Venanzi como la Victoria del monumento a los caídos. ya sabes. –Ah. que además consideraba. Finalmente hizo un esfuerzo.. –Eres tú quien está preocupado. procedente quien sabe de dónde. deja de tocarme ahí. Sin embargo no resistió a la tentación de preguntarle: –¿Nada nuevo. y desde allí telefoneó a Lucina que no volvería a casa hasta la noche. no. nada nuevo. nada de médicos. Al médico por ahora no pienso llamarle. Aunque la razón le repitiese que la idea era insensata. a unos veinte kilómetros. salió de casa. Ni siquiera después de casarse dudaba de insidiar a las campesinas jóvenes de sus tierras. que mantenía a Lucina abrazada a él cara a cara. como hace el enfermo con el enigmático bultito que podría ocultar la peste. cariño? –No. digna del más supersticioso de los salvajes.. no. Rumiando en silencio el inquietante problema. Giorgio. me haces cosquillas. de todas formas. no lo sé –respondió ella–. ¡oh... –Está bien. Por mí.. querido. imagínate. para no tener la quemazón de querer controlar continuamente la amada espalda. por favor..

¿qué pasaría si a Lucina le crecían verdaderamente dos alas.Dino Buzzati MIEDO EN LA SCALA Y OTROS CUENTOS dor. el decoro. como «antojos» sin precedentes. nada más llegar. Podía ocurrir que los dos mechones de plumas se metieran otra vez por el mismo sitio por el que habían salido. entre las piezas más codiciadas. aunque diminuta y grácil. le descubrió la espalda. ¿No te das cuenta de que es una cosa espantosa? –¿Espantosa por qué? Atemorizado ante la perspectiva de un escándalo. no. Y estás ahí sonriente. considerada la señora más fascinante de la ciudad. se sintió desvanecer. Pero ay de quién mancillara la honorabilidad. Por tal razón eran obsesivos los celos que sentía por su mujer. se retiró con Lucina al dormitorio. exactamente como las que los ángeles de las iglesias llevan sobre los hombros. que la convirtiesen en un fenómeno de feria? Por eso no había querido llamar al médico. dijo: 88 . Ahora bien. Pero también podía ocurrir que no. mirándote al espejo. Tú también lo ves. el prestigio de su apellido. Giorgio se decidió a contárselo a su madre. y escuchó sin respirar su anhelante explicación. La vieja señora se asustó cuando vio aparecer a su único hijo en aquel estado de aprensión. Con una velocidad de crecimiento que sólo había observado en algunas raras especies del reino vegetal. que vivía en el ala opuesta del edificio. como una boba. En fin. nada le aterrorizaba tanto como el escándalo. Finalmente. No sólo eso: sino que ahora ya no hacía falta recurrir a una fantasía sobreexcitada para reconocer la forma típica de las alas. ¿Qué encontrará en casa. –No te entiendo. aunque fuese de forma rudimentaria. las dos irregularidades habían asumido el aspecto de reales y verdaderas protuberancias plumosas. Lucina –dijo el marido con voz sepulcral–. cuando vuelva esta noche? Con enorme ansiedad.

a tu mujer. mamá: ¿qué vamos a hacer? La vieja señora. O Dios o el diablo. hay algo raro. Pero ahí fuera está Lucina. Cuando supo que la condesa madre deseaba hablarle. Desde luego. Voy a llamarla. Y ni tú ni yo podemos decidirlo. Don Francesco era una especie de capellán de familia. que son figuraciones mías? Ojalá. Dime. ¿se notan? –De momento. queridos amigos –dijo finalmente–. don Francesco. digo yo. De todas formas. Y que yo tuve buen olfato. –¿Piensa usted. Pero. como siempre. escuchó atentamente el relato de Giorgio. y permaneció largo rato pensativo. veamos. también a ella le interesa disimularlo. un personaje a la antigua. –¿Qué quieres decir? –Quiero decir que en la sangre de esos Ruppertini. se apresuró a acudir a la casa. –Discúlpenme. no. si tuviese que ponerse un traje de noche. que siempre fui contraria a ese matrimonio.Dino Buzzati MIEDO EN LA SCALA Y OTROS CUENTOS –Has hecho bien en no llamar al doctor Farasi. y la constatación será muy sencilla. a lo mejor menos. tenía la respuesta en los labios: –Hay que decírselo en seguida a don Francesco. no exento de un filosófico humorismo.. la pobrecilla? 89 . todo esto apenas se puede creer. Pero ¿quién te dice que no sigan creciendo? –Y debajo de la ropa. espero. recordarás. con la cabeza inclinada como se hace durante las oraciones. ¿quién se las puede haber puesto? Una de dos. –¿Por qué a don Francesco? –¿Y me lo preguntas? Esas alas. ¿Sabes? Lucina las tiene muy pegadas a la espalda.. ¿son muy largas esas alas? –Digamos veinte centímetros. nobles o no nobles. como si esperase una inspiración del cielo. ¿no? No hay que darles más vueltas. –¿Se halla muy turbada.

que llevaba puesta una especie de bata floreada. afortunadamente –respondió la condesa–. Actualmente los apéndices habían asumido proporciones imponentes: a pesar de estar plegadas medían. No podemos pretender tenerla segregada. creo. parece que esto la divierte. peor que si tuviera el cólera. Con las precauciones que tomó mi hijo. Un juicio por mi parte. Ese vestidito. y apareció vestida con un sencillo vestidito de algodón con dos cremalleras verticales por detrás correspondientes precisamente a las aberturas por donde salían las alas. Con la máxima desenvoltura se la quitó. El viejo cura carraspeó un poco: –Reconozco –dijo– que es un caso extraordinariamente delicado. Cuando la graciosa criatura hubo salido. ¿alguien más en la casa está al corriente? –No. ha aludido a ello hace un momento. Lucina es una gran chica. Mejor dicho. don Francesco. don Francesco. estaba anonadado. tal vez sea mejor que vuelvas a tu habitación. cuál es el origen del fenómeno. Pero ante todo. se los ha hecho ella. Eso es lo raro. –Lucina –dijo la suegra amablemente–. habría que establecer aunque sólo fuese de forma aproximada. Por eso necesitamos su consejo. Se llamó a Lucina. Y guardó silencio. –¿De qué manera? –preguntó Giorgio. don Francesco preguntó: –Aparte de nosotros dos. Don Francesco. ninguna de las personas del servicio ha sospechado nada. querido hijo. comprenderán. de arriba abajo. se le veía en la cara.Dino Buzzati MIEDO EN LA SCALA Y OTROS CUENTOS –En absoluto. –Tu madre. implica una responsabilidad tal vez superior a mis fuerzas. Pero no podemos seguir de este modo. Lucina está tan alegre como siempre. demostrando como siempre su excelente buen senti90 . ochenta centímetros por lo menos. Y confío en que Dios nos ilumine. Ah. esa bata.

–¡Dios mío. su vida. capaces de volar.. su legítimo marido.. es decir. En resumidas cuentas. sin testigos. hijo mío. ¿cree usted. la de Giorgio Venanzi. si se me pide mi parecer como teólogo. entonces no hay duda de que tendrían que ser alas de verdad. si han sido creadas por el Maligno con objeto de turbar las conciencias con el falseamiento de un aparente milagro. entonces para mí no hay duda: sólo pueden ser un simulacro. donde todos podrán verla? –No. 91 . estas alas fuesen una señal de Dios. –¡Eso es una locura. destruida. don Francesco. que habría que hablar de milagro? En una palabra. aterrorizado ante la idea de lo que podría suceder si la segunda hipótesis se demostrase cierta: ¿Cómo seguir ocultando aquella especie de vergonzosa deformidad si Lucina se pusiese a revolotear por la plaza? ¿Y cuántos problemas acarrearía? La publicidad.Dino Buzzati MIEDO EN LA SCALA Y OTROS CUENTOS do. en una santa? Y yo. como no podemos excluir. –En este caso –preguntó el marido–. en el lujoso coche inglés. no nos anticipemos a los designios de la providencia. la madre y don Francesco.. la investigación por parte de las autoridades eclesiásticas. una cosa terrible! –gimió el conde Giorgio.. –Démosle tiempo al tiempo. Esperemos a que estas benditas alas se hayan desarrollado completamente. dejémonos de eufemismos. en la oscuridad. una prueba! ¿Dónde? ¿Aquí en el jardín. Pero si en cambio. demostración de una excepcional benevolencia del Señor hacia la condesa Lucina. a que hayan dejado de crecer. podríamos ir al campo. en el jardín mejor que no. les responderé: si estas alas. Que transcurran unos días. su mujer. completamente trastornada... tienen una procedencia diabólica. Mejor fuera. ¿Lucina se habría convertido en un ángel. Luego haremos una prueba. Cruzaron la verja de la casa a las nueve de la noche: Giorgio. la curiosidad de la multitud. en este caso.

) La envergadura de las alas.Dino Buzzati MIEDO EN LA SCALA Y OTROS CUENTOS No hubo que esperar ni siquiera diez días a que las alas de Lucina alcanzasen dimensiones adultas. remedando burlonamente a las bailarinas clásicas. Desde la articulación mediana hasta las puntas. ciento veintidós centímetros. no era nada fácil. Todo permitía suponer que las dos gigantescas aletas no tendrían que hacer excesivos esfuerzos para levantar del suelo un cuerpo diminuto como el de Lucina que no llegaba a los cincuenta kilos. ya no blancas sino de un suave color rosado. para ser exactos. –Vamos. Finalmente se detuvieron en un pequeño sendero que se adentraba en una reserva de caza. medida como se hace con las águilas. superaba los tres metros. que Giorgio conocía como la palma de la mano. para que reanudara la marcha. en absoluto. se dirigió al centro del claro y empezó a agitar las alas. se adentraron en el campo. –¿Lo conseguiré? –preguntó entre risas–. Dejaron atrás las últimas casas. y el apuro y el enfurruñamiento del marido le hacían morirse de risa. Al contrario. a pasitos ligeros. Y no perdamos tiempo. quítate el abrigo. que casi llegaban al suelo. La colcha de plumas. Descendieron. (Por la noche. extrañas ráfagas de calor le recorrían el cuerpo estremeciéndola. buscando un descampado lo bastante solitario. Bastaba con que la ventana iluminada de algún caserío centellease. A pie avanzaron por el bosque. Pero aunque sólo llevaba el pijama. medían. hasta un claro rodeado por unos árboles altísimos. 92 . Y en seguida. en el lecho matrimonial. vamos –dijo la suegra de Lucina–. Lucina no sentía frío. En pijama tendrás frío. se había hecho compacta y sólida. en aquella zona ahora desierta. Había un inmenso silencio. aunque fuese a gran distancia. Era una hermosa noche de luna. Giorgio no acababa de decidirse. por suerte Lucina estaba acostumbrada a dormir boca abajo. supongo.

Sin embargo. garantizado. peregrinajes. sin que a la trémula luz de la luna pudieran percibir el momento preciso del despegue. los tres la vieron ante ellos. nunca! 93 . si no me equivoco. ¡Dios no lo quiera! Un contrato cinematográfico. –¿Entonces qué.Dino Buzzati MIEDO EN LA SCALA Y OTROS CUENTOS Flot. Hemos comprobado. Arriba. tú. –¿Qué misión? –Inescrutables son las decisiones del Eterno. todos los padres de la Iglesia (y he estado releyéndolos a propósito). flot. están de acuerdo. admirable desde todos los puntos de vista). ¡Y esto en casa de los Venanzi! El escándalo. don Francesco? ¿Tengo que dejar que sea pasto del mundo? ¿Usted se imagina el jaleo que se organizaría? Titulares así de grandes en los periódicos. desde el punto de vista estrictamente teológico. te lo aseguro. se oyó el suave aleteo en el aire. no se lo quitaría nadie. ella reía: nunca había sido tan feliz. –Razonemos con calma. estoy convencido de que a tu mujer no le habrían salido alas si el Omnipotente no la hubiese designado para cumplir una importante misión. El marido se cubrió los ojos. nunca han tenido sexo. criatura (convendrás conmigo. horrorizado. no creo que tengas derecho a mantener marginada a esa pobrecilla. ya que no queremos hablar de milagro. –Tienes razón. asedio de curiosos. De pronto. entrevistas. hijo mío. le han crecido alas. Se trata por tanto de una investidura divina. a una altura de siete u ocho metros. Lucina ahora debería ser considerada un ángel. De todas formas. molestias de todo tipo. y acompañaba el ritmo dando unas palmadas. Sobre este punto. –Los ángeles. que con estas alas Lucina es capaz de volar. Eso sin mencionar que. Y no le costaba ningún esfuerzo sostenerse: apenas una suave ondulación de las alas. hijo mío –decía don Francesco al conde Giorgio–. tu madre y yo. ni tan hermosa. peor que si se tratase de una leprosa. A tu jovencísima mujer. ¡Eso nunca. no se trata pues de una intervención demoníaca.

desesperado–. hijo mío. –Pero. presentarla al mundo tal como está. Encuéntreme usted una solución. es un verdadero ángel. Se te ha asignado. se lo juro. de soportar semejante vergüenza. donde el único que entra soy yo. Mire. don Francesco. por ejemplo. –Eso nunca. Dime: ¿hay alguien. incluso hablando metafóricamente. hijo mío? –Se lo ruego. de sexo femenino. De acuerdo. reverendo. Pero al fin y al cabo tienes que resignarte.Dino Buzzati MIEDO EN LA SCALA Y OTROS CUENTOS –¿Y quién te dice a ti que esta publicidad no forma también parte de los propósitos divinos? ¿Que precisamente el conocimiento del prodigio no pueda tener incalculables efectos en las conciencias? Como una especie de nuevo pequeño mesías. Lo he pensado detenidamente. Lucina ahora vive en una casita aparte. ¿Pero qué habré hecho yo para merecerme esta desgracia? –No la llames desgracia: quién sabe. a los amigos. –¿Y a la familia. me refiero. Ya se lo he dicho. además de tu madre y yo. –Ya te lo he dicho. una dura prueba. –¿Y las personas del servicio? –Nada. mi pesadilla. Piensa. no pensarás tenerla enclaustrada toda la vida. ¿Te das cuenta. –¿Y la limpieza? ¿Las comidas? –Lo hace ella misma. 94 . como marido. no protesta. al corriente del asunto? –Sólo faltaría eso. podría ser pecado. Es mi tormento. No se queja. Apuesto a que ahora también ella lo desea. –¡Y yo qué sé! –y meneaba la cabeza. ha sido la primera en darse cuenta de la delicada situación. No sería capaz. en que la condesa Lucina se pusiese a sobrevolar la línea de fuego en Vietnam. ¡basta! Creo que voy a volverme loco. qué les han dicho? –Que se ha ido a pasar una temporada a casa de sus padres en Val d’Aosta. Liberarla.

En su fuero interno. Le parecía hallarse en un mundo de ensueño. Lucina. y echó a volar sobre los tejados. y la dejase volar unos minutos. como la primera vez. Dejó caer el abrigo que escondió a los pies de un árbol. Por suerte ningún extraño se había percatado de nada. se había adaptado a la férrea disciplina que Giorgio le había impuesto. se habían expuesto a un grave peligro. paralizando el tráfico. la niebla había descendido sobre la ciudad. Para realizar aquel experimento nocturno. las famosas nieblas que a lo largo de toda la estación fría cubren la región como una mortaja impenetrable. Pero el hombre era inconmovible.Dino Buzzati MIEDO EN LA SCALA Y OTROS CUENTOS Pero el conde Giorgio no sabía lo que decía. arrebujada. y sólo volvía ya entrada la noche. evitando las habitaciones de la servidumbre. Llegó octubre. al que habían asistido también la madre y don Francesco. hacia mediados de octubre. nadie. sin ni siquiera asomarse a las ventanas. se deslizó hasta el jardín. absolutamente nadie podía verla. Miró en derredor. Los días en que el marido recorría sus tierras. De los pantanos que rodeaban la ciudad empezaban a levantarse. sin embargo. desde el mediodía. supusieron para ella un maravilloso consuelo. Pero intentarlo de nuevo habría sido una locura: ¡y además por un capricho! Bien. Salió a campo abierto. Una tarde cenicienta. la exasperación crecía conforme pasaban los días. Estas fugas clandestinas. sin mantener relaciones con nadie. Más de una vez le había rogado a Giorgio que la llevase durante la noche. a escondida de todos. al campo abierto. Tenía la pre95 . que pudieron renovarse cada vez con más frecuencia gracias a la inclemencia del tiempo. la pobre Lucina comprendió que se le presentaba una ocasión formidable. con un doble pijama de lana. De temperamento dócil. incluso algo apática. Más aún: era un suplicio no poder desplegar aquellas estupendas alas vibrantes de juventud y de salud. Con menos de veinte años permanecer encerrada en casa sin poder ver a una amiga. agitó sus queridas alas.

le habían crecido alas. dotada de un poder sobrehumano que la llevaba. Se lanzó en picado por la gélida penumbra de la bruma y no detuvo su descenso hasta escasos metros del suelo. Sencillamente. huía asustada. durante los vuelos. feliz cuando alguna rara ave. se zambullía en la neblina hasta vislumbrar las sombras de alguna casucha. En lugar de huir. había sido así. daba vueltas sobre sí misma. recién 96 . Lucina intuyó el peligro. la única persona en el mundo. para lo que no tenía tiempo. sintió la curiosidad de explorar la zona inferior. segura de sí misma. a costa de desvelar el secreto. al oír el batir de las enormes alas. al verla. un poco frívola. muy cerca. En su inocencia. La sospecha de divinas misiones ni siquiera había pasado por su imaginación.Dino Buzzati MIEDO EN LA SCALA Y OTROS CUENTOS caución de alejarse en seguida del centro. El cazador. se dio media vuelta como un resorte e instintivamente levantó la escopeta de doble cañón. se posó delante de él. a un beatífico delirio. uno de los más brillantes «lions» de la pequeña sociedad provinciana. el hábito a la impunidad acabó por hacerle descuidar la prudencia. la joven condesa no se preguntaba por qué precisamente a ella. no dispares! Y. Exactamente debajo de ella un muchacho que llevaba una escopeta estaba dirigiéndose a lo que probablemente era el refugio de los cazadores de uno de los muchos cotos. Allí se sucedían los bosques solitarios casi ininterrumpidamente y embargada por una ebriedad indecible rozaba las copas de los árboles. Una tarde. El cazador era un tal Massimo Lauretta. gritó con todas sus fuerzas: –¡Espera. Sólo sabía que se encontraba bien. Como suele ocurrir. antes de que el hombre pudiera recuperarse de su sorpresa. después de haber salido a la densa y humeante capa de niebla que cubría herméticamente los campos. y haber disfrutado largamente del dulce sol otoñal. volando en dirección contraria a las tierras del marido.

no sé. o de la brujería.. Pero aquí hace un frío de los mil demonios. –¡Lucina! –gritó– ¡Cariño! ¿Cómo ha sido? –¿El qué? –dijo ella sin inmutarse. Permanecieron algún tiempo mirándose embobados. Al final Lucina: –Te he dicho que tengo frío. Cuando volvió aquella noche. no se lo hizo repetir dos veces. no. dejando caer la escopeta. –Pues las alas. A pesar de su habitual desenvoltura.. Abrázame. Massimo. Giorgio Venanzi encontró a su mujer sentada en la sala y cosiendo. –¿Hay alguien más? –Nadie. es imposible. por lo menos.Dino Buzzati MIEDO EN LA SCALA Y OTROS CUENTOS licenciado. buen esquiador y piloto de coches de carreras.. 97 . recitando en voz alta: –Ave María. de óptima y rica familia. don Francesco y el joven Massimo que.. se arrodilló con las manos juntas. del milagro.? –Da lo mismo. óptimo amigo del matrimonio Venanzi. –No.... fue tal su extravío que.. ¿no? ¿Qué ha pasado con las alas? –¿Las alas? ¿Te has vuelto loco? Violentamente turbado. Sin el menor vestigio de alas. como era un caballero. Lucina soltó una carcajada: –¿Pero qué haces. Y el joven. La chimenea debe de estar encendida.. su madre.. el tema se consideró tabú. gratia plena. tonto? ¿No ves que soy Lucina Venanzi? El otro se puso en pie tambaleándose: –¿Tú? ¿Qué pasa? ¿Cómo puedes. –Vayamos dentro –dijo el joven indicando el refugio–. aunque todavía tembloroso. excepto Giorgio. no dijo palabra a nadie. él se quedó sin habla: –Pues... excepto el guardabosque. debo de haber tenido un mal sueño. Nadie. Pero incluso entre los que sí sabían. supo nunca nada.

–¿Suerte? ¿Qué suerte? –La de encontrar al Diablo en el momento justo. No me negarás que como ángel has tenido una suerte extraordinaria. Lucina. le dijo sonriendo: –Dios te quiere mucho. encontrándose solo con Lucina. 98 .Dino Buzzati MIEDO EN LA SCALA Y OTROS CUENTOS Sólo don Francesco. unos meses después.

señora. sin motivo. ¡Je. invitada por sus primos los Premoli. recibe un golpe seco y por la mañana se la encuentra preparadita para el entierro. riendo así. tipo inteligente. Pero usted. charlando hasta la una o las dos. por fortuna. el sacerdote y el ataúd. es verdad. ¿podría jurar haber dejado su casa en perfecto orden. sucede algo. ni siquiera recorro dos kilómetros. fue a pasar unos días al campo. con cirios. Decía: –Siempre que dejo mi casa de Nápoles. Como era verano. ¡je. O mejor dicho. o se meten ratas de los barcos y devoran hasta las piedras. Para poder ir a casa de los Premoli había llevado a su hija de cuatro años a una tía. viuda de Lulli. la sobremesa de la noche se hacía en el jardín. –No siempre. Por el pueblo iba y venía mucha gente. pero antipático. al volver a pensar en ello. no haberse olvidado nada? Piénselo bien. je!. en cambio.Dino Buzzati MIEDO EN LA SCALA Y OTROS CUENTOS LA NIÑA OLVIDADA La señora Ada Tormenti. Salgo. y se sale el agua del lavadero o se incendia la biblioteca por haber olvidado una colilla encendida. había decidido llevarla. por decirlo así. ¿o el motivo era. de repente tuvo un horrendo pensamiento. ¿No es así la vida? –No siempre –dijo con gravedad Tormenti–. con todo y estar segura de 99 . piénselo bien. Una noche la conversación se refirió a las casas de la ciudad. hacer daño al prójimo?–. la única persona que soporta allí el verano. por ejemplo. ¿Exactamente en orden? A estas palabras Ada se puso del color de los muertos. je! –continuaba. o en la portería. Porque ahora. Había allí un tal Imbastaro.

la duda era la siguiente: que ella.Dino Buzzati MIEDO EN LA SCALA Y OTROS CUENTOS haberlo hecho. ¿No estaba la casa cerrada y vacía? Si alguien acudía al aparato significaba. se dirigió al teléfono. pero. Uno preguntó a Imbastaro: –Perdone. –¿Hable? ¿Con quién? Al llamar. –Hablen. –¿Es usted quien ha llamado a Milán. ¡Qué extraño! No recordaba ni cuándo habían salido de casa juntas. si permanecen en ellas. Ada. Era una sospecha absurda. Con sorpresa la vieron ponerse bruscamente de pie y abandonar la compañía de todos. En resumen. (Aunque apenas tuviera cuatro años. En el acto. retorciéndose las manos. Habían pasado ya 10 días. Ada entró en la casa y. no obstante. que su primera sospecha estaba fundada. je! No comprendo. Temblando. Llamó urgentemente a Milán. esperaba que nadie le respondería. no conseguía recordar cómo y cuándo había llevado a Luisella a casa de su tía. Como si en su memoria se hubiese abierto un agujero. Ada se sintió morir. ¡je. ¿le ha dicho usted alguna cosa desagradable? –¿Yo? Nada de particular. por lo tanto. hacía un calor espantoso y en casa Ada no había dejado ni un bocado de comida. La comunicación se la dieron casi en seguida. sabía contestar al teléfono). la había encerrado en casa. ¡El calor! En los días de la canícula se cuecen los muebles en las casas abandonadas. y se quedan sin aliento los seres vivos. al irse. al 40079277? –Sí. de loco. Esperó. que Luisella se había quedado encerrada dentro. ni el camino recorrido. sí. para helarle la sangre en las venas. dijo: 100 . pero bastaba. dando el número de casa. Insensato. pero la imaginación fabrica a veces cosas muy extrañas. ni las despedidas en casa de su tía. sin decir nada a nadie. se había olvidado de llevar a la niña a casa de su tía y sin advertirlo.

hizo la maleta. ya la habrían socorrido. pero nadie dijo nada. Ada imaginó lo ocurrido: Luisella. muerta de calor y de hambre que. Había cuatro kilómetros de camino. 101 . Pensó que. cuando se acostó y en la enorme casa de campo se estableció el plúmbeo silencio de la noche y solamente por la ventana entornada entraban las voces de los grillos. la mamá. En aquella hora imaginó a la niña. se dijo. encerrada y sola en casa. la puerta forzada. La portera. la niña enloquecida de miedo. se vistió. La miraron. Ada saltó de la cama. Sin embargo. en el peor de los casos. Pero. cinco pisos más abajo. ¿Quién es? –preguntó el hombre. la primera alarma en el barrio. Y colgó. –Soy yo. Pero no podía contenerse. incapaz de abrir la puerta. A las seis salía un tren. Dejó una nota excusándose. Dio el número exacto. Menos mal. ya han pasado 10 días y a estas alturas te habrían avisado. eran las cuatro.Dino Buzzati MIEDO EN LA SCALA Y OTROS CUENTOS –¡Oiga! –Diga –dijo desde Milán una voz de hombre. Cautelosamente salió. sus gritos. Pudo ocurrir también que los pisos contiguos estuvieran desocupados en este período de vacaciones. agarrada al pestillo de la puerta y con los ojos desorbitados. volvió a sentir miedo. Ada volvió a llamar inmediatamente a Milán (pero la angustia había ya cedido). –Diga. pérfida. alguien debía de haber oído sus gritos. ¿qué podía oír? Miró el reloj. ¿Qué estupidez había imaginado? Ante un espejo se puso unos pocos polvos y salió afuera al jardín. Acaso empieza así la locura. Y con la velocidad de un relámpago. ¿quién es usted? –¿Qué mamá? ¡Yo no tengo mamá! Se ha equivocado de número. oyó la señal de línea y esta vez nadie le respondió. lanzaba sus postreros lamentos. la policía. de rodillas. abrió la puerta del jardín y se dirigió a la estación. Otra voz. objetaba: si alguien la hubiese oído. Respiró aliviada.

Sobre el suelo. la tocó con el pie. Las cenizas tenían exactamente la forma de Luisella. ¡Por fin. La portera le hizo el acostumbrado saludo. La ciudad ardía en un halo de polvo tórrido y húmedo. Las persianas del piso estaban todas bajadas. Ada sintió en el pecho un nudo doloroso. ¿por qué temblaba tanto su mano al introducir la llave en la cerradura? Se descorrió el pestillo. cuando abrió la puerta interior. porque. como una larga y recortada mancha. Aquel nudo que tenía en el pecho se hizo fuego. Balbuceando. un poco por encima de su cabeza. Corrió a la ventana del recibidor. Cenizas. Llegó a Milán hacia las tres de la tarde. Pero.Dino Buzzati MIEDO EN LA SCALA Y OTROS CUENTOS Cuanto más avanzaba el tren. Ha sido todo una pesadilla. Al abrirse la puerta. De pronto. Silencio y quietud en el rellano del quinto piso. Se acercó. abrió los postigos y se volvió. nada más. salió un vaho caliente y denso. 102 . infierno. su casa! No se notaba nada anormal. flotó. pero de notable espesor. se veía algo. a dos metros de ella. oblonga y pálida. mayor era su angustia. Bendito sea Dios. que no despedía olor. pensó Ana. Estaban esparcidas uniformemente como formando una especie de dibujo. Pasó corriendo ante la portería. ansioso de huir. un pequeñísimo e incomprensible humo. como las había dejado días antes. dio al taxi la dirección. una minúscula nubecilla.

me gusta dar un paseo por mi jardín. Al día siguiente llamé al jardinero. Le dije: –¿Qué has hecho en el jardín? En el prado hay como un bulto. y no me dicen nada. Y más tarde comprenderán por qué. En la oscuridad. Mi queridísimo amigo Sandro Bartoli. Un jardín como el mío lo tienen todos. pensando. alzo los ojos para ver si el cielo está sereno. camino por el prado. es que es una sepultura. hay noches en que no me hago preguntas. y si lucen las estrellas las observo preguntándome un montón de cosas. se había partido el cráneo en la montaña. A lo mejor el jardinero ha hecho algo. encima de mí. No obstante. Es un bulto estrecho y oblongo. de veintiún años. y mientras tanto pienso. apenas se ha hecho de día. Era yo un muchacho cuando. aunque realmente no está oscuro por entero porque de las ventanas iluminadas de la casa viene un difuso resplandor. En la plana superficie del prado había una protuberancia. mañana por la mañana le preguntaré. tropecé con él ayer por la noche y esta mañana. encendí una cerilla. las estrellas se están ahí. No piensen que soy rico. pensé. los zapatos hundiéndose un poco en la hierba. completamente estúpidas. Como no veía. y eso era extraño. parece una sepultura. Era cierto. 103 . señor –dijo Giacomo el jardinero–. Y es que ayer murió un amigo suyo.Dino Buzzati MIEDO EN LA SCALA Y OTROS CUENTOS LOS BULTOS DEL JARDÍN Cuando la noche ha caído. lo he visto. cuyo nombre era Giacomo. tropecé con un obstáculo. y. ¿Me quieres decir qué pasa? –No es que parezca. dando mi paseo nocturno.

–No puedo. 104 . En este caso su recuerdo volvía a mí. vamos. Pero este asunto es algo difícil de entender. tropezase con aquel pequeño relieve. señor –contestó–. y con los años nadie se acordaba ya de él. Sin embargo. que fuera a dar en el bulto porque en aquel momento estaba pensando en él. tropecé con otro bulto. y yo continué paseando por el jardín una vez había caído la noche. en el jardín. dormía. era un bulto de setenta centímetros de ancho y metro noventa de largo y sobre él crecía la hierba. nadie le llevaba flores. Naturalmente. te ruego que aplanes ese bulto. ocurriéndome de cuando en cuando tropezar con el bulto. Pero aquí. Tras lo cual no se hizo nada y el bulto se quedó allí. efectivamente. Pasaban por ejemplo dos o tres meses sin que yo en la oscuridad. bajo las rocas. cada vez que tropezaba en él pensaba en el querido amigo perdido. en un cementerio de montaña. señor. –Vamos. ya que el jardín es bastante grande. en el curso de mi paseo. Es decir.Dino Buzzati MIEDO EN LA SCALA Y OTROS CUENTOS –¿Acaso me estás diciendo –le dije a Giacomo– que mi amigo está enterrado aquí? –No –respondió–. eso no son más que supersticiones absurdas –le dije–. su amigo el señor Bartoli –dijo así porque era persona educada a la antigua y por ello todavía respetuoso– ha sido enterrado al pie de las montañas que usted sabe. y sobresalía del nivel del prado unos veinticinco centímetros. señor. si bien no muy a menudo. Pero también podía pasar que fuera al revés. Él. pero lejos. justamente en el rincón opuesto del jardín. tendrá aquí una consecuencia. pasaron muchos años y he aquí que una noche. durante mi paseo nocturno. por favor. entonces me paraba y en el silencio de la noche preguntaba en voz alta: ¿Duermes? Pero él no contestaba. y todo lo que sucede en su vida. el prado se ha levantado solo porque éste es su jardín. ni siquiera mil jardineros como yo conseguirían aplanar ese bulto.

” Pasaron luego algunos años bastante tranquilos. llamaba. Sólo que mientras tanto un querido compañero suyo de trabajo se ha ido –dijo–. y por eso estaba ansioso por saber. –¿Qué demonios es este bulto? –gritaba yo–. como si de pequeñas colinas se tratase. Rebizzi. también esta vez llamé a Giacomo. pero también habían aparecido otros gigantescos que no se podían salvar con un paso. muchas cosas dolorosas se revolvían en mi interior y yo me quedaba allí como un niño asustado y llamaba a mis amigos por su nombre. pero aquel día no me habían llegado malas noticias. Su nombre es Cornali. todo el mundo había ido a dormir. algún tiempo después topé con un tercer bulto y. Sin embargo. paciente. Mauri. los que habían trabajado mu105 . que estaba durmiendo. Se llamaba Giuseppe Patané. Allí debajo. apareció en la ventana. De hecho. Ahora sabía ya muy bien el significado que tenía aquel bulto. Giacomo apareció en el antepecho. aunque fuera noche cerrada. los que habían crecido conmigo. Patané. Giacomo”. llamaba. sino que realmente hacía falta subir por una parte y bajar después por la otra. Era pasada medianoche. estaban encerrados trozos queridos de mi vida arrancados de ella cruelmente. una ventana se iluminó. Giacomo. “¿Quién es? –pregunté– ¿Ha muerto alguien?” “Sí señor – dijo–. justamente para despertarlo. pero en determinado momento los bultos volvieron a empezar a multiplicarse en el prado del jardín. Cornali. Por eso cada vez que me tropezaba en la oscuridad con estos dos terribles montículos. De esta importancia crecieron dos a poca distancia una de la otra y no hubo necesidad de preguntar a Giacomo lo que había pasado. en aquellos dos túmulos altos como un bisonte. Los había pequeños. Longanesi.Dino Buzzati MIEDO EN LA SCALA Y OTROS CUENTOS Por poco caí de bruces cuan largo soy. pero mi enfado era tal que me puse a llamar “Giacomo. ¿Has cavado algún hoyo? –No señor.

se alzó una tan alta que. y cada amigo corresponde a una tumba lejana y a un vacío dentro de mí. Ahora. amargarse a propósito es una idiotez. No. pero el prado sube y baja en un laberinto de montículos. juntos habíamos explorado la poesía. en voz más alta: ¡Negro! ¡Vergari! Era como pasar una lista. tiene hierba todavía. entre él y yo había habido tantas verdades. Patané. relieves. como una caseta. subir a ella era algo espantoso. Pero nadie respondía. las montañas y era lógico que para contener todo este material destruido. su silueta tapó la visión de las estrellas. me dije espantado. Vergani. por favor. Negro. hiciera falta una auténtica y verdadera montañita. poco a poco. Y luego. antaño plano y agradable al paso. Rebizzi. la música. juntos habíamos descubierto el mundo. cada nombre corresponde a un amigo. Aquel día no me había llegado ninguna mala noticia. cuando estuve a su lado. Orlandi. y cada una de estas excrecencias corresponde a un nombre. Cornali.Dino Buzzati MIEDO EN LA SCALA Y OTROS CUENTOS chos años conmigo. la vida es ya tan breve y difícil por sí misma. Pero esta vez pronto supe también: era el mejor amigo de mi juventud quien se había ido. Longanesi. no se podía hacer otra cosa que sortearla rodeándola. no obstante. una especie de ascensión. la vida y las cosas más bellas. se ha transformado en un campo de batalla. era grande como un elefante. juraría que una especie de voz me decía que sí y venía de otros mundos. pero quizá fuera sólo la voz de un ave nocturna porque a las aves nocturnas les gustaba mi jardín. no podía ser. bultos. protuberancias. Brambilla. Este verano. Mauri. por eso aquella novedad del jardín me tenía muy sorprendido. aunque fuera compendiado y sintetizado en mínimos términos. les ruego que me digan: por qué hablas de estas cosas tan tristes. Segàla. Y una vez más llamé a mis amigos por sus nombres. la pintura. En ese momento tuve un arranque de rebelión. Chiarelli. llamaba. mi jardín. Así. En ese momento se alzó una especie de soplo en la noche que me respondía que sí. 106 .

desgraciadamente tienen que ver también con ustedes.Dino Buzzati MIEDO EN LA SCALA Y OTROS CUENTOS en fin de cuentas estas tristezas no tienen nada que ver con nosotros. que no fuera así. también para ustedes se repetirá. Y no es un juego literario. No. me han explicado por fin. cuando el sol luce en lo alto. al menos una tropezará. y cada uno de nosotros. lo sé. como una punta de nostalgia) en cierto tipo que se llamaba Dino Buzzati. Porque esta historia de los bultos del prado nos sucede a todos. tienen que ver sólo contigo. apenas conseguirá verse. Es una historia antigua que se ha repetido desde el principio de los siglos. las cosas son así. me pregunto también si en algún jardín surgirá algún día un bulto relacionado conmigo. Puede pasar que por culpa de mi maldito carácter muera solo como un perro al final de un pasillo viejo y desierto. es propietario de un jardín donde suceden estos dolorosos fenómenos. y cada vez pensará (perdonen mi esperanza. respondo yo. esa noche una persona tropezará en el bultito que surgirá en su jardín y tropezará también las siguientes noches. Sin embargo. sería bonito. Naturalmente. 107 . una persona en el mundo. apenas una arruga en el prado que de día. quizá un bultito de segundo o tercer orden. Sea como sea.

creyendo avanzar siempre hacia el sur. A veces pienso que la brújula de mi geógrafo se ha enloquecido y que. en realidad damos vueltas sobre nuestros propios pasos sin aumentar jamás la distancia que nos separa de la capital. seguí encontrando nuevas gentes y países y en todas partes hombres que hablaban mi mismo idioma y que decían ser mis súbditos. Comencé el viaje cuando tenía poco más de treinta años y han pasado ya más de ocho años. que el reino se extienda sin límite alguno y que. en realidad. seis meses y quince días de ininterrumpido camino. 108 . Empecé el viaje cuando tenía más de treinta años. con mis seres queridos. demasiado tarde. esto podría explicar por qué no estamos ahora junto a la extrema frontera. me preocupé de poder comunicarme. entre los caballeros de la escolta elegí los siete mejores para que me sirvieran de mensajeros. Pero más frecuentemente me atormenta la duda de que este confín no existía. por más que yo avance. se burlaban de mi proyecto. Creía. en el momento de partir. Creí. los mismos familiares. quizás.Dino Buzzati MIEDO EN LA SCALA Y OTROS CUENTOS LOS SIETE MENSAJEROS Habiendo salido a explorar el reino de mi padre. Los amigos. jamás podré arribar a la frontera. aceptaron partir. día a día voy alejándome de la ciudad y las noticias que me llegan son cada vez más raras. Pocos de mis leales. por el contrario. Si bien era algo descuidado –mucho más que ahora–. durante el viaje. que en pocas semanas habría alcanzado los confines del reino. opinando que iba a despilfarrar los mejores años de mi vida.

consecutivamente. Federico. El primero todavía no había regresado. que partió la tercera noche del viaje. Carlos. Con el transcurso del tiempo advertí. retornó recién a la décimoquinta. Supe por Alejandro que su rapidez había sido menor a la prevista. cuando habíamos recorrido ya unas ochenta leguas. mientras nosotros avanzábamos cuarenta leguas. podría recorrer en el mismo tiempo el doble de distancia que nosotros. pero no había recorrido el doble. había pensado que. que eran ridículamente pocos. hasta la octava tarde del viaje en que partió Gregorio. Benito. Gregorio. Lo mismo pasó con los otros. en unas jornadas. él avanzaba sesenta. Al alejarnos constantemente de la capital. Alejandro. Muy pronto comprendí que bastaba multiplicar por cinco los días que llevábamos viajando para saber cuándo volvería el mensajero. que tener siete mensajeros era una verdadera exageración. el itinerario de los mensajeros se hacía cada vez más largo. A la noche siguiente. Daniel. por el contrario. después al cuarto. envié al primero. Eduardo. sino sólo una vez y media. mientras antes veía 109 . Los siete me han servido con una tenacidad y una devoción que difícilmente podré recompensar. Para distinguirlos con facilidad les puse nombres cuyas iniciales eran alfabéticamente progresivas: Alejandro. que partió a la cuarta noche. yendo separado y en un corcel inmejorable. para asegurarme la continuidad de las comunicaciones. después al tercero. Benito. nos alcanzó en la vigésima. Carlos. Poco acostumbrado a estar lejos de mi casa. al caer la noche del segundo día de viaje. pero no más.Dino Buzzati MIEDO EN LA SCALA Y OTROS CUENTOS ignorante de mí. Llegó la décima noche mientras acampábamos en un valle deshabitado. envié al segundo. a pesar de que ninguno de ellos fue asaltado por los bandidos ni malogró su cabalgadura. Después de cincuenta días de camino el intervalo entre un arribo u otro comenzó a espaciarse sensiblemente.

borraba las palabras descorazonadoras que se formaban sobre sus labios. los pájaros se me aparecían en verdad. modos de decir insólitos para mí. se volvía cada vez más apagada: pasábamos semanas enteras sin tener ninguna noticia. ¡Qué larga fatiga! La capital. A la mañana siguiente.Dino Buzzati MIEDO EN LA SCALA Y OTROS CUENTOS llegar al campamento un mensajero cada cinco días. Ya habían pasado cuatro años de mi partida. igual el soplo del viento. idénticas las voces de los pájaros. mi padre. el cielo. mi casa. que el aire era el mismo. Las nubes. Yo incitaba a mis hombres a no descansar. Avanzábamos aún. Una vez que transcurrieron seis meses –ya habíamos atravesado los montes Fasani– el intervalo entre uno y otro arribo de los mensajeros aumentó a cuatro meses. después de una sola noche de reposo. se habían vuelto extrañamente remotos. sentimientos que no lograba comprender. la voz de mi ciudad. que el cielo de la ciudad lejana no era diferente de la cúpula azul que tenía sobre mí. debido a las noches que el portador se había visto obligado a pasar al sereno. 110 . Ahora pasaban fácilmente veinte meses entre las sucesivas apariciones de los mensajeros. muchas veces con manchas de humedad. el intervalo llegó a hacerse de veinticinco días. ¡Adelante! ¡Adelante! Vagabundos encontrados por la llanura me decían que los confines no estaban lejos. En vano buscaba persuadirme de que las nubes que se deslizaban rápidamente sobre mí eran iguales a las de mi niñez. el aire. los vientos. el sobre me llegaba ajado. mientras nosotros nos poníamos en camino. y yo me sentía extranjero. Ahora ellos me traían noticias lejanas. como cosas nuevas y diversas. casi no me parecían reales. llevando a la ciudad las cartas que yo había preparado en ese mismo tiempo. de esa manera. el mensajero partía en dirección opuesta. Me traían curiosas misivas amarillentas por el tiempo y en ella encontraba nombres olvidados.

no podré volver a ver a Daniel hasta dentro de treinta y cuatro años. Daniel. Como esta noche. De cualquier manera. allá. Pero comienzo a sentirme cansado y es probable que me muera antes. cambiando quién sabe cuántas veces de cabalgadura. inesperadamente. que me consideran perdido. donde estaban las encinas a cuya sombra solíamos jugar. Ya se fue a dormir y volverá a partir mañana mismo. Daniel. el buen mensajero entrará en mi tienda con las cartas amarillas. Tú eres la última atadura con ella. que han construido altos palacios de piedra. El quinto mensajero. que aún lograba sonreír. Consultando el calendario calculé que.Dino Buzzati MIEDO EN LA SCALA Y OTROS CUENTOS Pero ya han transcurrido ocho años y medio. Entonces tendré setenta y dos. bosques y desiertos. los fuegos de mi campamento y se preguntará por qué nunca antes le resultó el trayecto tan corto. flanqueado por dos soldados con antorchas. ¡Anda. Tú eres la última ligazón con el mundo que en un tiempo fue también mío. que me alcanzará. pues. Partirá por última vez. Eduardo. atravesando praderas. Esta noche cenaba solo en mi tienda cuando entró Daniel. mucho antes) Daniel descubrirá. Los mensajes recientes me han hecho saber que han cambiado muchas cosas. llenas de absurdas noticias de un tiempo ya sepultado. yo continuando mi camino como lo he hecho hasta ahora y él el suyo. aunque todo salga bien. No lo volveré a ver. muerto. para traerme el paquete de sobres que hasta ahora no he tenido deseos de abrir. siempre seguirá siendo mi vieja patria. dentro de un año y ocho meses. pero se detendrá en el umbral y me verá inmóvil tendido sobre el camastro. aunque estaba muerto de cansancio. Durante todo este período larguísimo no ha hecho más que correr. si dios quiere. no podrá volver 111 . y no me digas que soy cruel! Lleva mi último saludo a la ciudad donde nací. Hace casi siete años que no lo veía. que mi padre ha muerto. al amanecer. Dentro de treinta y cuatro años (quizás antes. que la corona pasó a mi hermano mayor.

Las plantas. el silencio. 112 . como en los primeros tiempos del viaje. para llevar a la ciudad remota mi inútil mensaje. Ha quedado definitivamente atrás el último cielo azul. Una vez más levantaré el campamento. después de él. se me adelante. Una nueva esperanza me llevará mañana por la mañana aun más adelante. continuaré mi camino. No hay muralla de separación. los ríos que atravesamos. más bien es la impaciencia de conocer la tierra ignota a la que me dirijo. los montes. Probablemente atravesaré el límite sin ni siquiera advertirlo e. dios mío!. ni siquiera en sueños. en dirección a aquella montaña inexplorada que ahora ocultan las sombras de la noche. a menos que encuentre los anhelados confines. sospecho. Desde hace un tiempo una ansiedad inusitada se apodera de mí por las noches y ya no se trata de la añoranza de las alegrías pasadas. para que yo pueda saber con anterioridad lo que me espera. por lo menos en el sentido que habitualmente le damos. ni ríos divisorios. me alcancen nuevamente. Advierto –y no se lo he confiado hasta ahora a nadie– cómo de día en día. a medida que avanzo hacia la improbable meta. No existe.Dino Buzzati MIEDO EN LA SCALA Y OTROS CUENTOS a partir porque no tendrá tiempo de regresar. el cielo irradia una luz insólita como jamás había visto. parecen hechos de una esencia diferente de lo ya conocido y el aire me acerca presagios que no sé transmitir. ¡oh. y Daniel desaparecerá en el horizonte en dirección opuesta. Después de ti. más me convenzo de que no existe frontera. Pero cuanto más avanzo. en vez de volver a tomar el camino de la capital. Por eso he decidido que cuando Eduardo y los demás mensajeros. ignorante de mí. frontera alguna. ni montañas que cierran el paso.

y en los oídos le resonaban todavía las grandes cataratas de los aplausos puntuadas de alaridos delirantes. entrega. 113 . Él era el Personaje más Poderoso del País Y Todo Aquello Que Se Refería A Él En Adelante Se Escribiría O Diría Con Mayúsculas. la austeridad. Pocos minutos antes había finalizado. democráticamente. sino con el trabajo. Por El Tributo De Honor. Estaba pálido y llevaba gafas. conquistando el triunfo. en la Sala del Supremo Konzern. meditando sobre su propio éxito. tan intensa que casi resultaba dolorosa. Había llegado. Una salvaje felicidad. como jamás los había oído. en esos aplausos había éxtasis. de los goces físicos y de las sirenas mundanas. de las carcajadas. Pero feliz. el informe del Congreso Universal de las Hermandades. ni para los demás ni para sí. al término del cual la moción de sus adversarios fue desestimada por aplastante mayoría. según es uso y costumbre. se sentía un poco cansado. sin embargo. el sacrificio de los esparcimientos. la fidelidad. ¡A los cuarenta y cinco años. Asimismo. nadie estaba por encima de él. las calles de la ciudad. Él era el Gran Músico que poco antes había oído en el Teatro Imperial de la Ópera las notas de su obra maestra levitar y expandirse en el corazón del público anhelante. llanto. a la meta final de la vida y no podía ya desear nada más. mientras recorría a pie. lo invadía hasta lo más profundo del alma.Dino Buzzati MIEDO EN LA SCALA Y OTROS CUENTOS ¿Y SI? Él era el Dictador. Por lo cual. pues. el Dominio de la Tierra! ¡Y no lo había conseguido con la violencia.

su golpe de genio las había revuelto súbitamente contra los enemigos. y. Él era el Gran Banquero recién salido de una catastrófica tenaza de maniobras que debían triturarlo y. casi recreándola. en ridículos e insensatos balbuceos. Él era el Gran Científico que. ahora. sobre el cual. se alzaba victorioso. y las formaciones enemigas se habían deshecho en aterrorizados jirones. Por lo que. rodeado de ejércitos superiores.Dino Buzzati MIEDO EN LA SCALA Y OTROS CUENTOS Él era el Gran Cirujano que. su menoscabado y tambaleante ejército en una horda de titanes desencadenados. razón por la cual los gigantescos esfuerzos mentales de centenares de sabios colegas esparcidos por el mundo se tornaban de golpe. y el cerco de hierro y de fuego que lo sofocaba se había resquebrajado en pocas horas. de las calculadoras y de los teletipos electrónicos. 114 . en medio del espanto de los ayudantes que lo tomaron por loco. él saboreaba la beatitud espiritual de tener en su mano la última Verdad. había transformado. derribándolos. en un impulso de inspiración divina. una hora antes. por lo tanto. comparativamente. había intuido poco antes la sublime potencia de la fórmula definitiva. en cambio. se había atrevido a aquello que nadie había podido nunca ni siquiera imaginar. Y él había liberado aquella microscópica llamita de la pesadilla. su masa crediticia se había agigantado de una capital a la otra como un nubarrón de oro. con astucia y mando. ante un cuerpo humano ya absorbido por las tinieblas. como a una dulce e irresistible criatura que le pertenecía. Él era el Generalísimo que. haciendo surgir con sus mágicas manos la lucecita superviviente de las profundidades incognoscibles del cerebro. en el frenético crescendo de los teléfonos enloquecidos. y sonreído. en la mísera estrechez de su estudio. hasta el punto de que el difunto había vuelto a abrir los ojos. allá donde la última partícula de vida había anidado como el gozque moribundo que se arrastra a la soledad del bosque para que nadie asista a su deshonrosa humillación final.

hierro. Tendría unos veinte años. de oscuridad.Dino Buzzati MIEDO EN LA SCALA Y OTROS CUENTOS Él era el Gran Industrial. el Gran Poeta. era una gélida tarde de tormenta. tras larguísimos años de trabajo. También ella aparecía como difusa por causa de una nube. era un alba purísima de cristal. era una tibia noche de luna. Era una estupenda mañana de sol. Y él caminaba extraviado en aquella indecible exaltación. Podía ser una estudiante de la bohemia de vanguardia. las caderas desbordaban libremente al sesgo. era sólo porque estaban hechos de piedras. Pero entonces –él estaba atravesando los jardines del Almirantazgo–. de economías. realzada. con la evidente intención de honrarle. mientras los palacios se extendían en torno con formas apropiadas. Era bellísima. En aquel punto. formando una especie de corona. Su negrísimo pelo. el Gran Explorador. circundada por una balaustrada de hierro forjado. Apoyado el peso del cuerpo en la balaustrada. de allí su rigidez. era sólo la hora extraña y maravillosa de la victoria que pocos hombres conocen. de soslayo. en fajas superpuestas. se disponían en círculo. una especie de terraza. Si no se doblaban en ademán de reverencia. ay de mí. Y también las nubes del cielo. en actitud felina. Llevaba un sencillo suéter de color gris y una falda negra muy ceñida en el talle. por casualidad. era pálida. se extendía. de interminables fatigas. y entreabría perezosamente los labios en expresión de rendida y muelle apatía. lateralmente. La muchacha estaba acodada en la balaustrada y miraba distraídamente hacia abajo. por lo demás exultante y luminoso. están impresas indeleblemente en el cansado rostro. y cuyas huellas. era un crepúsculo tempestuoso. beatos fantasmas. peinado hacia arriba formando un ancho moño –ala de cuervo jovencito– sombreaba la frente. sus ojos. uno de esos tipos que logran hacer una elegan115 . se posaron sobre una joven mujer. el hombre que ha vencido definitivamente. cemento y ladrillos.

quizás. Podía ser una buena hija de familia. Sin embargo. la chica lo miró. ¿O acaso una chica perdida? Cuando pasó frente a ella. él desvió los ojos al frente. podía ser una mujer de teatro. tanto más cuanto que el secretario y otros dos acólitos lo seguían. no podía arriesgarse más. suavemente relajados. La chica lo miró de nuevo. Apresuró el paso. ella lo seguía mirando. Ya no volvería a verla. con la mayor rapidez posible. a través de la reja de la balaustrada. sino sin duda más bien por indiferencia suprema –por no cuidar ella. Le pareció percibir un vago calor en la nuca. Llevaba grandes gafas azules. Quizás. no demasiado. Basta. se ensanchaban en esa progresión carnal que todos conocemos. 116 . el pelo rojizo llameó. por decoro. desde los finos tobillos. podía ser una pobre tunanta.Dino Buzzati MIEDO EN LA SCALA Y OTROS CUENTOS cia casi ofensiva de la extralimitación y de la impertinencia. No por interés. pero pudo verla muy bien. oculta en seguida por el borde de la falda. aquellas piernas femeninas. A pleno sol. cuidó de no meter los pies en los charcos del suelo. Fue sólo un instante. Por pura decencia. sus ojos percibieron la silueta proterva de las pantorrillas que. En la palidez del rostro. como si un hálito lo rozase. le impresionó el rojo crudo de los labios. entregada al aburrimiento. de controlar siquiera las miradas–. la distancia sería de dos metros y medio a tres. Pero no supo resistirse y. como quien se dispone a hablar. Bajo la lluvia torrencial. volvió de nuevo la cabeza para verla. Tras haberla atisbado fugazmente. porque los pies estaban tapados por los bordes de la terraza y la falda era más bien larga. A él incluso le pareció –pero debía tratarse de una sugestión– que los exangües y voluptuosos labios se estremecían. De abajo arriba –pero fue una fracción infinitesimal de segundo– vislumbró.

sí. Quién sabe dónde estaría la chica a estas horas. de rigor. sin aquel cuerpo misterioso. ¿Y si él. lo hubiese hecho todo por ella? ¿Por ella y las mujeres como ella. Una chica desconocida. Ya no volvería a verla. y numerosas molestias lo aguardaban.Dino Buzzati MIEDO EN LA SCALA Y OTROS CUENTOS Pero en aquel preciso instante se percató de que algo le faltaba. de pobreza. las desconocidas. aquella sensación de saciedad y de victoria. Y. hubiesen tenido sólo aquel objeto. ¿Enamorado? ¿Así. Ni con ella ni con las semejantes a ella. quizás incluso de poca calidad. sin saberlo. importantísima. Ahora. había cesado de existir. allí donde pocos instantes antes vibraba un contento desenfrenado. de fatigas. pero sin aquella boca.. qué estupidez! Por haber visto a una mujer. Su cuerpo era un triste peso. ¡Qué absurdo. de disciplina. las peligrosas criaturas que jamás había tocado? ¿Y si los años eternos de clausura. Envejecería sin siquiera dirigirles la palabra. sin embargo. sin embargo. bajo estas miserables apariencias. ahora se extendía un árido desierto. el Genio? ¿Por qué ya no lograba ser feliz? Caminaba. Se dio cuenta con espanto de que la felicidad de antes. de golpe? No. ésas no eran cosas para él.. de renuncias. el Gran Artista. Nunca sabría quién era. ¿Por qué? ¿Qué había pasado? ¿Acaso no era el Dominador. Envejecido en medio de la gloria. lo hubiese impelido tan sólo el amor? 117 . el jardín del Almirantazgo se encontraba a sus espaldas. Una cosa esencial. No hablaría jamás con ella. si en lo profundo de sus desnudas maceraciones hubiese estado al acecho aquel tremendo deseo? ¿Si detrás del afán de celebridad y de poder. Jadeó. Y. sin aquellos ojos de lacerante apatía.

Dino Buzzati MIEDO EN LA SCALA Y OTROS CUENTOS Pero él nunca había comprendido algo como esto. 118 . los años habían pasado inútilmente. Sólo pensarlo le habría parecido una escandalosa locura. ya era demasiado tarde. ni siquiera en broma. ni lo había sospechado. Por ello. Y hoy.

Más tarde se empleó como redactor jefe en la Domenica del corriere. una fantástica presentación de un mundo de gigantes. en la que se retrata el ansia. esperando en vano la invasión de los tártaros. 1972)* Escritor y poeta italiano que fue uno de los pocos representantes en su país de esa narrativa surrrealista o metafísico-existencial que tuvo en Franz Kafka a su máximo exponente. inició en 1928 una extensa carrera de periodista en el Corriere della sera. ahondan en su tendencia a lo grotesco. diario en el que también desarrolló labores de redactor y enviado especial. * De Biografias y Vidas. historia de jóvenes oficiales que consumen toda su existencia en una solitaria fortaleza fronteriza. donde se hicieron evidentes algunos de los motivos fundamentales de su obra: el gusto por la magia y la alegoría. de animales que hablan y de hechos prodigiosos. El resto de su obra. la renuncia y la soledad del hombre. La novela tuvo un gran éxito de público y de crítica y fue traducida a múltiples lenguas. en el misterio y la angustia de lo cotidiano o en el absurdo e inexplicable destino humano. 1906 – Milán. incapaz de escapar a su propio destino. Il segreto del Bosco Vecchio (1935). entre la que destacan Siete mensajeros (1942) o Sessanta racconti (1958). una inclinación a la fabulación y al romanticismo descriptivo y un clima de leyenda nórdico-gótica. Su mayor logro fue El desierto de los tártaros (1940). Debutó en el campo de las letras con Barnabó delle montagne (1933).EL AUTOR DINO BUZZATI (Belluno. pero fue en su segundo libro. Tras doctorarse en derecho en la Universidad de Milán. . con el que obtuvo el premio Strega.

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