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U n f u e g o q u e e n c i e n d e o t r o s f u e g o s, pp. 135-138 La misión del apóstol La grandeza de la obra apostólica. El apostolado es la iluminación de las almas.

Dios, que podría iluminarlas por sí mismo, se vale de nosotros para ello. La Buena Nueva, el Evangelio, que trajo Cristo al mundo, es la reconciliación de las almas con su Padre. Esta Buena Nueva predicada y aplicada es el apostolado. La doctrina de San Pablo es muy clara: Jesús murió por todos, por los judíos y por los gentiles. Pagó la deuda de todos ellos y los redimió a todos, sin excepción. Pero además de este principio hay que tener en cuenta otro, que supone la solidaridad apostólica. La salvación ha sido hecha posible por Cristo, el rescate sobreabundante, infinito, está pagado, pero no basta eso para conseguir la salvación: la salvación no se realiza automáticamente. Cristo nos da la posibilidad de la salvación, nos adquirió el derecho a poder incorporarnos a su muerte y resurrección, pero para que esta incorporación se realice de hecho se requiere, normalmente hablando, la colaboración de otros hombres: los apóstoles. Esta colaboración humana, esta cooperación del apóstol al plan de Dios que San Pablo llama "co-trabajo con Dios" (1Cor 3,9), es el fundamento de la vida apostólica. La misión del apóstol se puede comparar a la de aquel hombre que, en una ciudad sitiada por el enemigo y a punto de que sus habitantes perezcan de sed, se encuentra dueño de la vida o de la muerte de sus habitantes, pues él conoce una corriente de aguas subterráneas que puede salvar a sus hermanos; es necesario un esfuerzo para ponerla a descubierto. Si él se rehúsa a ese esfuerzo, perecerán sus compañeros. ¿Se negará al sacrificio? Podemos comparar su misión a la de quien ve un torrente ancho, profundo y sucio, que fluye con ímpetu hacia nosotros. Retumba la avalancha, rugen los abismos, se encrespan las olas. Sobre las olas millares de desgraciados lanzan gritos de socorro: gritan, nadan desesperadamente, surgen y se levantan, para volver a hundirse, y pronto desaparecen. Son hermanos nuestros. Otros nos gritan: -¡Sálvame! ¿Quién de nosotros podría pasearse tranquilamente por la orilla? -¡Al agua los botes, empuñar los remos y salvar esas vidas que perecen! -¡Procuren sostenerse un poco! -les gritaríamos-, ya vamos, ya estamos. Dame la mano y te salvaré... ¡Y qué alegría la de aquel hombre que consagra su vida a tan humanitaria misión! La más humanitaria, la más bella, la más urgente. La inmensa responsabilidad de los cristianos, tan poco meditada y, sin embargo, tan formidable. El cristianismo se resume en una ley de caridad, a Dios y al prójimo; lo demás es accesorio o está contenido en estos dos preceptos, y, sin embargo, estos preceptos fundamentales son los más fácilmente olvidados. Del cristiano depende la vida de innumerables almas, de su predicación y sobre todo de su vida. Lo que él sea, eso serán aquellos que el Señor ha confiado a sus cuidados.

ni perdona los pecados. Las almas que se agitan y claman en las plazas y calles tienen un destino eterno: Son trenes sin frenos disparados hacia la eternidad. Los apóstoles pueden decir como nadie: Nosotros somos el tiempo. De mí puede depender que esos trenes encuentren una vía preparada con destino al cielo o que los deje correr por la pendiente cuyo término es el infierno. Y San Agustín. pues. que los hogares desunidos vuelvan a unirse. de la Tradición y de la liturgia de la Iglesia. tampoco se transubstancia. mañana reine la virtud. si le negamos nuestro trabajo. ¿Podré permanecer inactivo cuando mi acción o inacción tiene un alcance eterno para tantas almas? "La caridad de Cristo nos urge" decía San Pablo (2Cor 5. pero. Lo que seamos nosotros eso será la cristiandad de nuestra época. ¿cómo será la parroquia?".. hasta donde podemos penetrar en los secretos divinos. ¡cuántos destinos hay pendientes con proyecciones de eternidad! De los apóstoles depende que la guerra al pecado sea dirigida con intensidad y que si hoy hay vicio. si le negamos nuestros labios.. obrar directamente en el fondo de las conciencias. ¡Qué vida. sacerdote tibio. renazcan a una vida digna. de la acción del apóstol. De nosotros. ¿dónde irán al morir en su pecado porque no hubo quien les . que los jóvenes que hoy se agotan en la impureza. sed vosotros mejores y los tiempos serán mejores: vosotros sois el tiempo". se ha impuesto a Sí mismo el camino de trabajar en colaboración con nosotros. aleccionados por las palabras de la Sagrada Escritura.Está aún fresca la valiente comparación del santo Cura de Ars: "Un sacerdote santo. que los ricos traten con justicia y caridad a los pobres. Si le negamos el pan. hasta donde podemos colegirlo. sin hacer otra cosa por corregirlos. De esa revelación. no desciende Cristo a la Eucaristía. y los moribundos. a los que lastimosamente lamentaban la corrupción de los tiempos. en su última aplicación concreta. aun humanamente considerada.14). puede ser más bella que la vida del apóstol! ¡Qué consuelos tan hondos y puros como los que él experimenta! Las proyecciones del apostolado son inmensamente mayores si consideramos su perspectiva de eternidad. no desciende al pecho del niño llamado a ser tabernáculo. los pecadores no se hacen justos. El Redentor puede. parroquia tibia. La salvación depende. una buena parroquia. si le negamos el agua. por caminos desconocidos para nosotros. Junto al apóstol brotan las obras de bien. un buen sacerdote. dependerá que la Sangre de Cristo sea aprovechada por aquellos por quienes Cristo la derramó. ¡Horrible responsabilidad! Al apóstol le tocará revelar en su carne mortal la vida de su Maestro para la salvación de las almas. les decía: "Decís vosotros que los tiempos son malos. Las lágrimas se enjugan y se consuelan tantos dolores. y de condicionar la distribución generosa de sus dones a nuestra ayuda humana.

" (Mt 6. la oración y el trabajo.mostrara el camino del cielo?.3). "Yo he venido para que tengan vida y la tengan abundante" (Jn 10. "Vivo yo. a hacer conocer a Cristo. 2Cor 5. que el amor de Jesús no permanezca estéril. mediante la pureza de corazón. pues. su celo.. para sí. los sentimientos de Jesús: su paciencia. En esto consiste la abnegación radical tan predicada por San Ignacio. Así cumpliremos el deseo fundamental del Corazón de Cristo: obedeceremos al mandamiento de su amor. ya no yo. sino para Él (cf.15). y al que enviaste.. no vivamos para nosotros mismos.20). sino para Él. a acelerar la hora de su Reino está llamado el apóstol! ¡La Reina de los Apóstoles interceda porque todos los miembros de la Acción Católica sean apóstoles de verdad! . Jesucristo" (Jn 17.. Así cumpliremos el deseo fundamental del Corazón de Cristo: "Venga a nos tu Reino.10). No vivamos para nosotros mismos. "Esta es la vida eterna. hagamos nuestros. pues. en toda la medida de lo posible. que te conozcan a ti. vive Cristo en mí" (Gál 2.9). ¡A dar esa vida. su interés por las almas.. Si queremos. esto es. El que vive ya no viva. su amor. oh Padre.