DIRECTOR FUNDADOR MARIANO PICÓN SALAS Fundada en 1938

SAEL IBÁÑEZ > Director

AÑO LXXI ENERO - JUNIO DE 2009. Nº 337

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SUMARIO

RESEÑAS
Ángel Mancera Galletti - QUIÉNES NARRAN Y CUENTAN EN VENEZUELA 11 Félix Guzmán - LARGO OLVIDO Y OTROS POEMAS 14 Mario Briceño Iragorry - LOS RIBERAS. HISTORIAS DE VENEZUELA 18 Ramón Palomares - EL REINO 21 Ángel Mancera Galletti - SENTIRÁS TU SANGRE 24 Manuel Vicente Magallanes - BRÚJULA EN VIGILIA 28 Arturo Croce - LA MONTAÑA LABRIEGA 31 Joaquín Gabaldón Márquez - MEMORIA Y CUENTO DE LA GENERACIÓN DEL 28 33 Pedro Grases - ORÍGENES DE LA IMPRENTA EN VENEZUELA Y PRIMICIAS EDITORIALES DE CARACAS 36 Pablo Neruda - TODO LLEVA TU NOMBRE 39 Arturo Uslar Pietri - LETRAS Y HOMBRES DE VENEZUELA 42 José Antonio Calcaño - LA CIUDAD Y SU MÚSICA. CRÓNICA MUSICAL DE CARACAS 45 José Ramón Medina - LA NUEVA POESÍA VENEZOLANA (ANTOLOGÍA) 49 Julio Febres Cordero G. - TRES SIGLOS DE IMPRENTA Y CULTURA VENEZOLANAS: 1500-1800 54 Ana Teresa Hernández - PEQUEÑÍN 57 Andrés Bello - COSMOGRAFÍA Y OTROS ESCRITOS DE DIVULGACIÓN CIENTÍFICA 61 Andrés Eloy Blanco - LA JUAMBIMBADA 65 Arturo Croce - FRANCISCO CROCE, UN GENERAL CIVILISTA 68 Arturo Uslar Pietri - SUMARIO DE LA CIVILIZACIÓN OCCIDENTAL 71 Enrique Izaguirre - LÁZARO ANDÚJAR 75 Ida Gramcko - LA DAMA Y EL OSO 78

José Fabbiani Ruiz - A ORILLAS DEL SUEÑO 81 José María Llopis - LUIS DANIEL BEAUPERTHUY 84 Juan Sánchez Peláez - ANIMAL DE COSTUMBRE 89 Luis Augusto Arcay - LA ALBERCA ENCANTADA 93 Luis Beltrán Prieto Figueroa - LA MAGIA DE LOS LIBROS 96 Luz Machado de Arnao - CARTAS AL SEÑOR TIEMPO 99 Mario Briceño Iragorry - IDEARIO POLÍTICO 103 Nicolás Guillén - LA PALOMA DE VUELO POPULAR 108 Pedro Díaz Seijas - EN VIGILIA 113 Pedro Francisco Lizardo - LOS CÍRCULOS DEL HOMBRE 117 Ramón Palomares - EL REINO 120 Ricardo Gullón - CONVERSACIONES CON JUAN RAMÓN 123 Salvador Garmendia - LOS PEQUEÑOS SERES 126 Carlos Felice Cardot - LA LIBERTAD DE CULTOS EN VENEZUELA 129 Arturo Croce - LA CIUDAD ALEDAÑA 134 José Rafael Mendoza - CURSO DE DERECHO PENAL VENEZOLANO 138 Edgar Pardo Stolk y Vicente de Amezaga - JESÚS MUÑOZ TÉBAR 142 Efraín Subero - INVENTARIO DEL HOMBRE 146 Enrique Bernardo Núñez - TRES POETAS 149 Germán Arciniegas - AMÉRICA MÁGICA 152 Germán Pardo García - CENTAURO AL SOL 160 Juan Friede - NICOLÁS FEDERMAN, CONQUISTADOR DE VENEZUELA 164 Lisandro Alvarado - ANTOLOGÍA 167 Mariano Picón Salas - REGRESO DE TRES MUNDOS. UN HOMBRE EN SU GENERACIÓN 170 Oscar Sambrano Urdaneta - LETRAS VENEZOLANAS 175 Pedro Pérez Perazzo - RAMÓN IGNACIO MÉNDEZ 180 Isaac J. Pardo - JUAN DE CASTELLANOS 184 Ángel Mancera Galletti - ISLA DE AVES 187 César Lizardo - DIÁLOGO Y VIGILIA 192 Eduardo Arrayo Lameda - CONFIAR EN LA INTELIGENCIA 195 José Cañizales Márquez - NOMBRES EN EL TIEMPO 200 Morita Carrillo - KINDERGARTEN DE ESTRELLAS (POEMAS PARA NIÑOS) 204 Pablo Antonio Cuadra - EL JAGUAR Y LA LUNA 208 Pedro Grases - RAFAEL MARÍA BARALT 212 María Victoria Cortés - POESÍA HISPANOAMERICANA (ANTOLOGÍA) 217

Alejandro García Maldonado - EL RASTRO DE LOS DIOSES 220 Pedro Emilio Coll - LA COLINA DE LOS SUEÑOS 223 Rafael Ángel Insausti - EL VALLE, LA CIUDAD Y EL MONTE 230 Rafael Bergamín - VEINTE AÑOS EN CARACAS (1938-1958) 235 Alexis Márquez Rodríguez - PRESENTE Y FUTURO DE LA EDUCACIÓN EN VENEZUELA 238 Antonio de Undurraga - HAY LEVADURA EN LAS COLUMNAS 248 Carlos César Rodríguez - FOLLAJE REDIMIDO 252 Dionisio Aymará - EL CORAZÓN COMO LAS NUBES 256 Guillermo de Torre - CLAVES DE LA LITERATURA HISPANOAMERICANA 260 María Beneyto - TIERRA VIVA 266 Jean Paul Sartre - EL EXISTENCIALISMO 270 Marta Mosquera - MANUSCRITO EN EL ESPEJO 274 Miguel Alegre Velarde - AÚN SIN AMANECER 278 Víctor Salazar - PIRAGUA 281 Plá y Beltrán - HABRÁ EN ALGÚN LUGAR MÁS CLARIDAD 283 Rafael Ángel Insausti - LAS VOCES ILUSORIAS 286 Vicente Aleixandre - POESÍAS COMPLETAS 289 Marcos Ramírez Murzi - ANTOLOGÍA POÉTICA 294 Miguel Ángel Asturias - LOS OJOS DE LOS ENTERRADOS 298 Otto de Sola - EL ÁRBOL DEL PARAÍSO 303 Ángel Rosenblat - BUENAS Y MALAS PALABRAS 307

Ángel Mancera Galletti

NARRAN Y CUENTAN EN VENEZUELA
FICHERO BIBLIOGRÁFICO PARA UNA HISTORIA DE LA NOVELA Y DEL CUENTO VENEZOLANOS Caracas-México: Ediciones Caribe, 1958.

QUIÉNES

PIENSO QUE

Quiénes narran y cuentan en Venezuela, no obstante la desmedida modestia de Mancera Galletti y de las posibles y hasta cierto punto explicables fallas que pueda contener su presente obra, es bastante más que «una entusiasta y candorosa intención de servir al venezolano que se está formando en el aula escolar», como él dice; es, también, bastante más que un amplio y simple fichero bibliográfico, pues en ella, o a través de ella, muchas gentes que conciben a Venezuela como una Tierra de Gracia, pero sólo de una gracia fundida o confundida con el petróleo, podrán ver y comprender ahora que, por debajo de la riqueza material, otra riqueza tanto o más importante fluye en Venezuela: la de la sangre del espíritu, la de la alta obra de creación de sus narradores.

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Debe señalarse —y en primerísimo término— el férreo y paciente esfuerzo de Mancera Galletti al enfrentar, ordenar y analizar en Quiénes narran y cuentan en Venezuela, más o menos terca y exhaustivamente, la obra de creación de ciento cuarenta y tres escritores venezolanos; luego, su apasionada e inquebrantable fe en el valor y en la reserva espiritual que contiene la dimensión imaginaria de esos narradores en la que, de alguna manera, «se ha de encontrar la afirmación definitiva de lo venezolano». La obra ha sido dividida por él en cinco partes, subdivididas, a su vez, en ocho extensos capítulos. El primero es posiblemente el más trabajado, el más hondamente meditado, el más íntimamente sentido y apasionante. Los ensayos dedicados a Rómulo Gallegos, Arturo Uslar Pietri y Ramón Díaz Sánchez, plenos de certeros atisbos, son particularmente valiosos. Ahí, a través de la prosa de Ángel Mancera Galletti, tocamos, sentimos, revivimos el misterio y la garra de Doña Bárbara, el furor, el fulgor y la poesía de Las lanzas coloradas y el testimonio, tierno pero implacable, de Mene y Cumboto. Al lado de estos estudios merecen mención los dedicados a Cubagua, de Enrique Bernardo Núñez; a Fiebre y Casas muertas, de Miguel Otero Silva; y a La balandra Isabel llegó esta tarde, El mestizo José Vargas, El falso cuaderno de Narciso Espejo y La mano junto al muro, de Guillermo Meneses. En el cuarto capítulo de Quiénes narran y cuentan en Venezuela se enfrenta la narrativa en la mujer venezolana (desde Teresa de la Parra a Alecia Marciano), y en el quinto y el sexto, respectivamente, se analiza la profunda significación de los escritores que figuraron en los grupos, generaciones o movimientos literarios surgidos al amparo de las páginas de Élite y Fantoches. Después, en «Promociones literarias más recientes de Venezuela», Mancera Galletti dedica artículos muy atinados a la cuentística de Oscar Guaramato, Antonio Márquez Salas, Humberto Rivas Mijares, Alfredo Armas Alfonzo, Héctor Mujica, Oswaldo Trejo y otros. La última parte, que comprende el mayor número de autores, abarca desde los nombres de Ramón Isidro Montes hasta Antonio Stempel

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París; o sea, un período que va desde la aparición de la novela Boves (1844) hasta la publicación de El recado del ángel (1957). Varios son los reparos que, sin excesivo rigor, podrían señalársele a Quiénes narran y cuentan en Venezuela. En primer lugar, algunas lamentables aunque involuntarias omisiones. Por ejemplo: las de Joaquín Gabaldón Márquez, Ida Gramcko y Adriano González León, autores, respectivamente, de Don Gerardo Patrullo y otros desmayos, Juan sin miedo y Las hogueras más altas. Luego, como en otra ocasión ya apunté, no aludir, en la parte dedicada a Mariano Picón Salas, a su Viaje al amanecer, una de las más bellas colecciones de relatos leídas por mí en América. Finalmente, una pequeña falla que Mancera Galletti anuncia corregir en una futura edición de su libro: no haber destinado un breve apéndice al estudio de la obra de los que, sin haber tenido el privilegio de nacer en Venezuela, narran y cuentan en Venezuela. Digo en suma, la mano puesta a la altura de mi encendido corazón, que ignoro si la presente obra de Mancera Galletti es de un valor excepcional; sé, empero, que para muchos será de un valor incalculable, pues ella representa no sólo un generoso aporte, una esforzada contribución a la difusión de la narrativa venezolana, sino también una poderosa incitación al estudio, para el mejor y más exacto conocimiento de esa narrativa.

Plá y Beltrán RNC Nº 129 Julio, agosto 1958

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Félix Guzmán

LARGO OLVIDO
Y OTROS POEMAS
Caracas: Editorial Sucre, 1958.

A SU ANTERIOR

libro, Croquis de la esperanza, publicado hace cuatro años, agrega Félix Guzmán un breve conjunto de poemas, todos ellos iluminados y crecidos bajo un cielo de profunda claridad amorosa, tocados por la mano tibia y rauda del recuerdo. Guzmán sigue en lo esencial la misma vía que llenó su andar poético del primer libro, en el cual el signo poderoso de la adolescencia volcaba sus señales y comprometía la búsqueda inicial, acuciado por la urgencia de los temas que son el despertar lírico del corazón del joven y acuden, con solícita frecuencia, a revelar los movimientos espontáneos de la intimidad del hombre asombrado ante la vastedad del mundo y obligado, por eso, a auscultarse interiormente, a revisar su personal historia antes que dar paso a la agresiva experiencia de afuera, que está como esperando la revelación de la vida en la palabra cargada de sabiduría del poeta. Temas palpitantes, indudablemente, cargados de entusiasmo varonil, plenos de esa honda calidad del joven que empieza a hacer su inventario ante el mundo complejo y vario, y revestidos de dignidad primeriza, a pesar de su limitado y repetido campo.
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Sólo que el poeta, aquí como en todo su ejercicio, es llamado por la responsabilidad de comprender y acertar la realidad —propia y extraña— a través de una verdadera expresión de sinceridad. Que su actitud no sea ropaje transitorio o de compromiso sin relieve, sino profunda y exacta claridad del alma. Todo eso fue promesa y cumplimiento de Félix Guzmán en su libro Croquis de la esperanza; por lo demás un libro fresco, sin retorcimientos, con un lenguaje que huía de la retórica y la oscuridad y que buscaba, por natural inclinación, decir las cosas que iban haciendo la historia del poeta, con sencilla y clara emoción, con directa y espontánea significación humana, no por eso dejando de ser fiel a los requerimientos fundamentales de la experiencia lírica. Igual concepción creadora y la misma sinceridad revestida de emoción permanente, un impulso de severa y cabal revisión de sus asuntos y, sobre todo, la aleteante revelación de un lenguaje poético que oscila entre el cortado aliento del verso breve y la aspiración a los largos períodos que se confunden con la prosa lírica, son los más significativos movimientos estéticos que nos entregan estos últimos poemas de Félix Guzmán. Naturalmente ha crecido la responsabilidad del poeta, ha madurado en profundidad su temática juvenil y sus procedimientos de ahora revelan mayor audacia creadora y mayor ambición artística que antes. Pero, sobre todo, hay un profundo auscultarse sin demoras, un preguntarse sobre la verdad de las cosas que señalan el destino del hombre entre las grandes y poderosas apetencias de la vida. Para que, en última instancia, el poeta encuentre refugio, que no es evasión, en los valores permanentes del estado de amor, que es como el santo y seña de una tendencia neorromántica que a pesar de todas las grandes transformaciones sufridas por la lírica contemporánea, no acaba de pasar nunca y está allí, como esperando siempre el descubrimiento de la voz y de la actitud del hombre que le dé validez en el ámbito de la poesía. Ya un epígrafe de Paul Eluard distingue el concepto creador que preside este breve cuaderno de poesía: «Y tu amor se asemeja
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a mi deseo perdido». Toda la tentativa lírica de Guzmán girará, por lo tanto, alrededor de ese pensamiento central, que es, por definición, la clave de estos poemas, revestidos de emoción, pero también de dignidad creadora. Aciertos estimables abundan en la descripción de sus diversos estados de ánimo y en la definición de sus motivos de poderío lírico. Así escribirá señalando su soledad: Cómo decirte que cuando se está en soledad, desde lo más profundo una sombra, sobre los huesos, crece. Que el recuerdo cuida viejas imágenes, pule bellos fantasmas, y hay un río de rostros que nunca acaba de pasar. O tendrá en sus manos la revelación del frío profundo que azotó su recuerdo, con la serenidad de las palabras que, sin embargo, tienen la vastedad del clamor en su concisa tristeza: Ahora tu muerte tiene un vago sortilegio, muerte de pies cansados, muerte de ojos dolidos, muerte de piel desesperada, muerte, muerte siempre de olvido sobre el mar. Pero el poeta, también, es celoso de su intimidad y sabe que contra él y todo lo que le pertenece en el reino de su amor, de su esperanza, de su recuerdo y su tristeza, conspiran calladas, pero persistentes señales: Por qué quieren robarme esta alegría de encender mi plegaria Quién amenaza ahogar estos metales que pregonan mi hallazgo.
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Quién pone a galopar estos caballos, ágiles como el rocío, sobre mi antigua tristeza. Félix Guzmán nos comprueba, una vez más, que continúa siendo fiel a su condición de poeta, que su vocación se nutre cada día de la realidad y que va en busca de una expresión más profunda del hombre de nuestro tiempo, asediado por tantas y tantas extrañas encrucijadas; pero sin perder, por eso, la insobornable claridad de sus primeras tentativas poéticas, que en él continúan siendo un santo y seña digno de consideración. Que el poeta siga atento a su propia experiencia personal, que ausculte su propia razón fundamental de vida y que no tenga miedo, como lo ha hecho hasta ahora, en proclamar las verdades que le nacen, líricamente, desde lo más profundo de su sentimiento, su emoción y su esperanza.

José Ramón Medina RNC Nº 129 Julio, agosto 1958

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Mario Briceño Iragorry

LOS RIBERAS
HISTORIAS DE VENEZUELA
Caracas-Madrid: Ediciones Independencia, 1957.

LA ÚLTIMA obra publicada por el ilustre Mario Briceño Iragorry es, como él mismo advierte, un «retablo novelado». Y, en efecto, el lector se encuentra ante una visión amplia y vital de una época, con todas las necesarias proyecciones históricas, políticas, económicas y sociales. El conjunto adquiere cohesión y proceso de continuidad alrededor de una trama novelesca y en particular de un representativo personaje: Alfonso Ribera. Pero, el libro está lejos de constituir una novela, ni fue tal el propósito del autor. Por ello, resulta fuera de lugar buscar las características propias del género novelístico, ni destacar fallas que resaltarían violentamente en una novela, pero que en este caso requieren una consideración apropiada desde el ángulo correspondiente. Los Riberas es un ambicioso panorama —abierto y elocuente— de una apasionante y amarga etapa de la vida venezolana. Es el lapso comprendido entre las dos guerras mundiales, es el áspero período que gira en su mayor parte alrededor de una funesta figu-

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ra: el general Juan Vicente Gómez; es el auge y entrega ignominiosa del petróleo. Pero es también la forja vigorosa, la escuela de luchas e ideales de nuevas y esperanzadas generaciones. Briceño Iragorry presenta un monumental cuadro de negro fondo sobre el cual se mueven los personajes y las ideas, a ratos entre tinieblas, a ratos con irradiación luminosa. Luchan los nuevos principios filosóficos, morales y políticos contra las caducas concepciones antiguas. Y luchan, también en batalla definitiva, la limpia nobleza juvenil y el arraigado prejuicio del alma envejecida. Estas dos fuerzas contrarias —trabadas en ardiente combate— son encarnadas por Alfonso Ribera, inescrupuloso comerciante lleno de resabios y carente de principios, y su joven hijo Vicente Alejo Ribera, representación del ímpetu generoso y avanzado de la nueva generación. Las contraposiciones de niveles sociales, de conductas morales, de ideas políticas, son para Briceño Iragorry oportunidades propias para profundos planteamientos generales. Así, el antagonismo entre la actitud patriótica de anhelo proteccionista para la riqueza petrolera del país de un Hermógenes Urdaneta y el servilismo vendepatria del viejo Vicente Ribera, rebasan los límites de los meros personajes y alcanza una amplia categoría simbólica que abarca a todos los de comportamiento semejante; proyectando la situación planteada hacia la magnitud de problema absoluto y vital. Briceño Iragorry nos introduce plenamente en una época de cambiantes y múltiples formas de vida, en un período marcado por la dureza y la contradicción. Y la mejor manera de lograr el reflejo sincero es presentar la variedad de aspectos en sus complejidades contradictorias. De este modo, a base de vigor y realismo en la expresión —que a ratos recuerda a Pocaterra, sobre todo en lo que respecta a ciertos diálogos y descripciones de usos y actitudes sociales—, el autor penetra, sin tardanza, en los vericuetos psicológicos y en los subterfugios espirituales que determinan la paradoja humana. Del individuo, el paso a la sociedad

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es directo y concluyente. Por último, la visión conjunta de todo un país y de una época brota de las páginas del libro como la culminación del esfuerzo creador. Los elementos utilizados para cubrir la enorme tarea que implica la formación de Los Riberas son de variada condición. Los problemas políticos nos llevan desde el planteamiento del afán de la dictadura por romper el espíritu unitario de la oposición, hasta una visión benévola y un tanto ingenua de Juan Vicente Gómez; los sociales, desde los prejuicios familiares de Alfonso Ribera, hasta la corrupción moral y física de grupos de enriquecidos y explotadores; los económicos, desde el agiotismo calculador e insaciable hasta la creciente tragedia del despojo petrolero. Los personajes, productos de la ficción o figuras históricas y políticas reales —algunas muy conocidas y de gran actualidad—, son como enfáticos puntos de referencia y de ampliación simbólica. Como fue habitual en su pluma firme y elegante, el dolorosamente desaparecido Mario Briceño Iragorry —vivo en la memoria y el cariño de todos— ofrece en Los Riberas un estilo directo, pulcro, de particular categoría artística en descripciones de paisajes y campos venezolanos. Algunos diálogos de excesiva y pesada extensión y digresiones diversas demasiado alejadas del cauce central predominante, no logran ser defectos agudos dentro de la elevada cualidad general de la obra.

Gustavo Luis Carrera RNC Nº 129 Julio, agosto 1958

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Ramón Palomares

EL REINO
Caracas: Ediciones Sardio, 1958.

El reino, de Ramón Palomares, decía yo que encontraba en él algo que me atrevía a calificar de insólito, de inaudito, de fabuloso hecho poético. «Creo —afirmaba yo allí— que jamás en Venezuela se ha dado el caso como ahora en que un joven, con un solo libro y de una sola vez, penetre tan rotundamente, con tan decidida y prodigiosa firmeza en los fastuosos dominios de la Poesía». Mi declaración se les antojó a algunos un tanto exagerada. Mas Guillermo Sucre, lúcido y veraz, coincidía, en lo esencial, conmigo, al decir, al escribir: «Penetrado de su propia capacidad, muy lúcido y paciente ante su propio desarrollo espiritual, Palomares tiene, como pocos, clara y certera visión del quehacer poético de nuestro tiempo». «Metido dentro de la grandeza del mundo, atento a los más puros hallazgos del hombre en la tierra, surge con un ímpetu embriagador y saludable en medio de las monsergas líricas y los remedos épicos de gran parte de la poesía venezolana.» «El reino —añade Sucre— nos sitúa ante un universo de verdades a veces elementales pero sugerentes y ante un lenguaje de muy nuevas y acaso inusitadas posibilidades
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de creación.» «De ahí esa extraordinaria capacidad de plasmar un mundo, que tiene Palomares; ese don especial de iluminar criaturas, objetos, sentimientos y sensaciones terrestres, que no deja de traducirse igualmente en un desdén muy fino por lo especulativo y abstracto.» Ramón Palomares es, para mí, el más soberbio caso de vocación poética que conozco. Para él la poesía no es un juego, sino un fuego: algo tan serio, tan profundo, tan misterioso e inevitable como la muerte. O como la vida, es igual. Y la enfrenta con seriedad, con responsabilidad plena. Cada poema suyo es un hallazgo, una herida al espíritu original, un ascenso o un descenso escalofriante a ese «otro mundo» que es la poesía. Más que una poesía de la esencia, de la intimidad, la de Ramón Palomares es una poesía de las sensaciones, de las excitaciones, de las inauditas revelaciones; una poesía despersonalizada, implacablemente castigada, pero sin embargo del instinto, de las vísceras, de la sangre, de la intensísima mismísima raíz del ser. El reino viene a ser algo así como una inmersión en las aguas originales de la existencia. Quince poemas integran El reino. En todos ellos prevalece, no obstante su «despersonalización», una personalidad avasalladora, una firmeza y una fiereza que le dan unidad al libro. Hay siempre, en el espíritu de este poeta, como un afán rabioso de integrar y domesticar los términos inmensos. Dentro de la perfecta unidad de El reino cabría destacar dos tendencias: una eminentemente sensorial y mágica, y otra, claramente patentizada en «Asuntos de teatro», más intelectual, más, si se me permite, dentro de cierto ámbito de la poesía moderna anglosajona: «tono burlesco, despiadado y no menos doloroso, cierto espíritu reticente y mordaz y la trágica significación que van adquiriendo los símbolos como surgidos de la vida misma, imprimen a su lirismo una honda metafísica del drama humano». En la segunda, sin desmerecer en un ápice sus bellas calidades poéticas, hay más «razón», más «compromiso»; en la primera, más venezolanidad, más raigal americanidad.
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Cada poema de Ramón Palomares está impregnado de una misma secreta original avidez por conquistar el Reino; sin embargo, la elegía a la muerte de su padre es para mí uno de sus poemas más colosalmente impresionantes. Dice allí: Esto dijéronme: Tu padre ha muerto, más nunca habrás de verlo. Ábrele los ojos por última vez huélelo y tócalo por última vez. Con la terrible mano tuya recórrelo y huélelo como siguiendo el rastro de su muerte y entreábrele los ojos por si pudieras mirar adonde ahora se encuentra. Ya entró la terrible oscuridad y con sus inexorables potencias cubre las bahías y hunde las aldeas en su vientre peludo. Pero aquel cuerpo que como una piedra descansa húndelo en la tierra y cúbrelo y profundízalo hasta hacerlo de fuego… Después de El reino no puedo aconsejarle a Ramón Palomares que se libre de algún posible resentimiento; sólo puedo decirle que se libre de toda posible satisfacción.

Plá y Beltrán RNC Nº 130 Septiembre, octubre 1958

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Ángel Mancera Galletti

SENTIRÁS TU
SANGRE
Caracas-México: Ediciones Caribe, 1958.

pasar desapercibido el original mensaje que nos entrega en las páginas de esta novela el escritor Ángel Mancera Galletti. Quizás lleguen a juzgar un poco fuera de nuestro tiempo esta novela aquellos que siguen de cerca la evolución de estilo narrativo hacia formas más sencillas, depuradas y vivenciales, donde la compleja descripción exterior ha sido sustituida por el íntimo indagar en el drama de la conciencia; pero esta novela reúne méritos que están por encima de las deficiencias del estilo en que ha sido escrita y sus páginas dejan en quien las lee el convencimiento de que se asiste a un episodio palpitante y vívido, donde ha entrado en juego el destino histórico del país; en efecto Mancera Galletti ha tenido la virtud de personificar acontecimientos que él ha presenciado y que por sí mismos estaban cargados de drama. El desarrollo del argumento de la presente novela abarca los hechos nacionales ocurridos en la década comprendida de 1935 a 1945, plena de sucesos que la historia varias veces ha cedido como materia de inspiración a nuestros novelistas. Contiene además
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originales aportes para el mejor conocimiento de esa realidad histórica y, por otra parte, el clima de ficción no parece traicionar los mejores deseos de un novelista. Siendo una obra de fondo histórico, Sentirás tu sangre se sitúa dentro de la tradición de la novela venezolana de trazos realistas y duros, cuya cúspide se encuentra en la obra de José Rafael Pocaterra. Pero hay que advertir diferencias notables entre el estilo narrativo de Mancera Galletti y el de aquél, que continúa siendo el maestro de la novela política del país. En líneas generales, Mancera Galletti se inclina a idealizar hechos y personajes que envuelve en una atmósfera de rara emoción y nos hace recordar algunas páginas de M.V. Romero García; el autor de Sentirás tu sangre parece colocarse más bien en la línea de escritores como Rómulo Gallegos, por su manera de fragmentar la trama en episodios aparentemente desligados entre sí, pero conducidos sin embargo hacia un presentido final donde el feliz desenlace no excluye la amargura y el pesimismo que los personajes han experimentado a lo largo de la novela. No aporta Mancera Galletti la complejidad argumental ni tampoco la elaboración artística de los temas que tienen nuestros mejores novelistas del criollismo; pero su obra, que decae muchas veces como relato, está sostenida por el tono de épica con que pretende narrar la crónica por él vivida o sentida. Mancera Galletti hace que sus personajes se identifiquen con el destino histórico de la patria; en sus almas se han reflejado las calamidades sociales; la frustración de los héroes corresponde al fracaso mismo del pueblo como destino heroico. En esta forma, el autor se encuentra ligado entrañablemente a la tradición de una corriente novelística que se había inspirado en la realidad política; podría decirse que los incidentes políticos dejan de ser el marco natural donde tiene lugar el argumento para convertirse en el centro mismo de lo que interesa al autor. Robusta, barroca, desigual, de párrafos extensos y poco elaborados, la prosa de Mancera Galletti se presta a sus fines de apasionado cronista. Los capítulos donde describe de modo original secuencias llenas de fuerza en torno a la muerte del tirano Juan

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Vicente Gómez resultan páginas vigorosas y patéticas, que encajan dentro de lo mejor de nuestra tradición; asimismo opinamos sobre el episodio que narra la deportación masiva de los estudiantes, a quienes el escritor hace seguir por el pueblo caraqueño, en acto de fraternidad, hasta La Guaira y en otras páginas donde se hace crítica contumaz de la acción gubernamental de personalidades políticas que aún viven. Pero la novela ha podido ser acortada en bien de su calidad y de la densidad ideológica en ella buscada, y notamos que frente a la solidez de las mejores descripciones se encuentran capítulos flojos, de importancia secundaria, subordinada, que lejos de añadir restan mérito al significativo trabajo de Mancera Galletti. Éste maneja hábilmente la descripción en tercera persona, pero se vale a menudo de diálogos de poca consistencia y plasticidad, inauténticos; generalizaciones sobre política puestas en boca de personajes no bien definidos dentro de la novela. En este estilo, donde reminiscencias de un romanticismo que está dentro de nuestra sangre ejercen su imprescindible influencia, hace Mancera Galletti el estudio de sentimientos humanos, dejándonos trozos de inusitado vigor cuando es el novelista mismo quien nos describe lo que sucede en el alma de los personajes y no así cuando les comunica vida propia a través del diálogo. Veamos un párrafo donde nos habla del suicidio de uno de los protagonistas:
Teresita Ruiz se iba definitivamente en su gran caja de caoba; se marchaba ya sin la pena de su pigmento y sin la gran masa de niebla, sombras y tormentas de sus últimos alucinados momentos. Caminaba a la eternidad. Un gran rumor de voces, murmullos, rezos y exclamaciones, la seguían en lo que no podía ser silencio respetuoso. De aquella multitud presurosa y agitada se destacaba Gisel Ruiz, fija la mirada, seca la fuente de las lágrimas, iluminado su rostro por el dolor en la blancura irreal y transparente de sus mejillas; erguida y sobrenatural la imagen de la hermana que-

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daba en la visión que el hecho reflejaba, la patética y tremenda escena de la despedida.

Hechas las pocas y personales objeciones del caso, sinceramente creemos hallarnos ante una de las novelas más interesantes publicadas el año pasado. Quienes se sumerjan en su lectura, cuyo argumento más que una historia vulgar lo constituye la profunda tragedia histórica de Venezuela, comprobarán que el autor nos ha entregado no sólo un testimonio sincero, sino también, y dentro de él, un mundo rico en pasiones, juicios y posibilidades sobre nuestro complejo destino como pueblo.

Juan Calzadilla RNC Nº 131 Noviembre, diciembre 1958

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Manuel Vicente Magallanes

VIGILIA

BRÚJULA EN
Caracas: Ediciones de la Dirección de Cultura y Bellas Artes del Ministerio de Educación, 1958.

la segunda salida literaria del poeta Manuel Vicente Magallanes. Su primer libro, Huellas de silencio, comentado en este mismo lugar, se publicó a principios del año pasado. Era su iniciación, su toma de conciencia pública con el ámbito poético nacional. En esta misma sección tuvimos oportunidad de comentar la realidad lírica de ese volumen. Apuntamos entonces las condiciones positivas que era posible advertir en el autor, los valores de su entrega poética, aun en medio de una que otra falla consustancial a toda tentativa primeriza, y señalábamos el elemento más objetivo de su labor, esto es, su adhesión a los valores formales de la poesía y la revelación cierta, por lo menos en la habilidad estructural de los versos, de un largo y laborioso proceso de maduración técnica en la expresión, fruto natural de esa artesanía que sólo se consigue mediante la experiencia pertinaz y constante. Satisface encontrar en esta “plaquette” que ahora publica la Dirección de Cultura y Bellas Artes del Ministerio de Educación,
ÉSTA ES

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la ratificación de ese saldo positivo del quehacer poético que ya se advertía en el primer libro de Magallanes. Este conjunto de poemas responde en su todo a la formal disposición creadora del poeta. Están concebidos, así, dentro de la más absoluta adhesión a los principios técnicos del verso, aunque se prefiera a la exigencia rigurosa de la rima del consonante la más libre y ágil condición del asonante. Y esto, vertido en el molde clásico del soneto endecasílabo, le permite al autor un mayor desahogo expresivo en sus propósitos líricos. Ciertamente, en este aspecto, Magallanes logra redondear una tarea de seguras posibilidades. Concebido en tres secciones: «En las desnudas vides te presiento», «Soneto en diálogos de sueño» y «Canto filial a la total ternura», este cuaderno poético responde a una temática de índole abiertamente amorosa. Sus dieciséis sonetos, en total, recorren la escala liviana que envuelve el clima enamorado de la adolescencia, con sus paisajes de memoriosa claridad, donde la soledad, la ausencia y los recuerdos primeros punzan una suave y decorosa nostalgia, que no es rompimiento con el pasado sino rescate de esa leve pátina del tiempo que no se quiere perder. La ansiedad de la espera titubea, por eso, entre una hipotética lejanía gris y el alborozo azul de la alegría. Lo que no obsta para soñar en un clima nocturno de sombras desvaídas o rendir el ofrecimiento viril de la juventud en el instante «torrencial de la ternura». Pero más que eso —y definición misma en el título que da cauce a los poemas: Brújula en vigilia— está la erguida postura del hombre que reconstruye la salvada historia de sus años, en medio del fragor vigilante de otras solicitaciones inminentes. Dentro del mismo tono y obedeciendo a igual temática pero con rumbo de más alzada ofrenda, ha de señalarse la última sección del cuaderno, «Canto filial a la total ternura». Se trata, en el fondo, de una temperada elegía a la madre, cuya sombra persiste como el rumor suave y profundo de unos pasos dentro de la noche crecida en el ámbito lejano de la casa desierta. Pero que,

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gracias a ese mágico poder de las márgenes poéticas, es posible «restaurar todo en el recuerdo». Este cuaderno de Manuel Vicente Magallanes ha de ser tomado muy en cuenta en la nueva producción poética del país.

José Ramón Medina RNC Nº 131 Noviembre, diciembre 1958

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Arturo Croce

LA MONTAÑA LABRIEGA
Caracas: Editorial Aramo, 1958.

ÉSTE ES

el primer tomo de los cuatro de que va a constar, por ahora, la ordenación de la cuentística de Croce; tras La montaña labriega irán apareciendo, sucesivamente, La ciudad aledaña, Los caminos y el llano y El mar, el río y la selva. La montaña labriega está integrada por quince cuentos o relatos. Estos cuentos, o relatos, han sido escritos por Croce durante un período que abarca tres décadas; es decir, desde 1929 hasta hoy. Su ordenación, por lo mismo, corresponde más a una unidad de tema o de clima que al rigor implacable de una técnica literaria. Puede afirmarse que Croce ha preferido la unidad de tema a la unidad de estilo. El presente libro de Croce es, ante todo, la huella dejada en el alma de Croce por la contemplación de una tierra y la presencia de unos seres, la proyección de un amor y de un coraje sentidos ante dicha tierra y dichos seres. El autor no habla aquí de cosas que no existen. Habla de cosas que conoce. Habla de cosas y de gentes que profundamente conoce. De la montaña, por ejemplo. O de la roca pelada. O del páramo donde tan sólo el viento ulula, donde tan sólo arraiga el frailejón. Tres corrientes prevalecen en la cuentística de Croce: una, de matiz cerebral y simbólico, representada por el cuento titulado
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«Frutas»; otra, de concepción más simple, pero estremecedora por su ternura y su hondo sentido social, representada por los relatos «Sol frío», «Chimó», «La muerte baja de la montaña», «El cepo de tambor amarillo» y «Ulula el viento en el páramo»; y otra, la última, que podría muy bien ejemplarizar «La roca desnuda», donde las palabras, feroces de simbologías y ancestros, fulgen y restallan como chamizas incendiadas, como llamas inextinguibles. El drama social, en alguno que otro relato de Croce, cobra a veces matices políticos, sucede entonces que a la lucha del hombre con la tierra y los elementos se suma el acoso del hombre contra la criatura humana. Ese matiz se evidencia, sobre todo, en los cuentos «Chimó», «La lámpara incandescente», «Los ovejos» y «El cepo de tambor amarillo». Dije una vez, en relación con estos mismos personajes que pone a vivir y a sufrir Arturo Croce, que podían ser tercos, pero no locos; elementales y de pocas palabras, pero de reacciones profundas. Cada ser, ahí, anda cargado con su drama, con su obsesionante abismo, viviéndose o muriéndose a chorros. Croce les palpa la sangre. ¿Buena? ¿Mala? ¡No importa! Él no la bendice, pero tampoco la maldice. La acepta. La acata. Arturo Croce escribe, describe así:
El páramo había estallado hacia el cielo. Tomás vio con espanto la sangre de la leprosa y se sintió pegado a ella, en vez de liberado. No era de eso de lo que deseaba huir. Era de algo absurdo. Nacía como un torrente que lo llevaba a continuar hasta el fin. Subió el cuchillo hasta su pecho y lo hundió con fuerza, como si el acto deleitara sus propios ojos inyectados de angustiosa ira.

Me parece La montaña labriega, pese a su desigualdad estilística, el libro de un verdadero maestro del relato.
Plá y Beltrán RNC Nº 132 Enero, febrero 1959
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Joaquín Gabaldón Márquez

CUENTO DE LA GENERACIÓN DEL 28
Caracas: Italgráfica, 1958. libro de crónicas Gacetillas de Dios, de los hombres y de los animales, Joaquín Gabaldón Márquez nos ofrece ahora Memoria y cuento de la generación del 28. Es decir, su interpretación personal, como miembro participante y actuante de una de las generaciones literarias más discutidas, más alabadas y a la vez más implacablemente acusadas. La obra, que a un mismo tiempo es «memoria» y «testimonio», ha sido ordenada por el autor en diez partes. En la primera se hace hincapié sobre el significado de aquel arranque —«generoso, espontáneo, desinteresado»— de los estudiantes del 28. Hubo en él, según Gabaldón Márquez, como un movimiento de espíritus, nacido de la profundidad de sus propias vivencias, «que hizo huellas durables en la vida de nuestra contextura colectiva». Los años transcurridos, con sus luchas y sus vicisitudes, no han podido extinguir de la memoria «aquella época de juvenil exaltación, de pura y noble esperanza» en los destinos de Venezuela. Se traza luego una breve panorámica sobre el ambiente y antecedentes literarios de la Semana del Estudiante. Parece que
TRAS EL DELICIOSO
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MEMORIA Y

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prevalecía en todos aquellos jóvenes un espíritu marcadamente crítico e iconoclasta: un anhelo de crear nuevas expresiones poéticas, y una voluntad, también, de destruir o derribar valores consagrados, ídolos erguidos dentro del ambiente viciado y mancillado por el soplo de la dictadura. Válvula fue la expresión máxima de este movimiento literario. «Se trataba de modificar —puntualiza al respecto el autor—, de manera intensa, las proporciones de la relación entre el artista y el público, de hacer de la obra de arte el producto de una colaboración colectiva, de dar, en fin, al arte, una función nacional.» Y este testimonio: «Rómulo Betancourt, al lado de Jóvito Villalba, se destaca como figura universitaria de primera fuerza, resaltando y como formando parte de todo el conjunto escénico de la Semana Estudiantil y del estado de espíritu que le diera origen». En tercero y cuarto lugar se da constancia de un hecho bastante trascendente: del encuentro del estudiante venezolano con el obrero venezolano en una empresa de liberación conjunta, en su lucha indeclinable por la libertad y la dignidad humanas. Incide después el autor en uno de los temas que más le apasionan y obsesionan: El Poeta Desaparecido, su hermano gemelo. Vivo, pero callado. «Desaparecido», pero viviente. Ahí, tras rendir homenaje a Luis Castro y a Pío Tamayo, «el formidable indio tocuyo», Gabaldón Márquez desemboca en un tema asaz polémico: el de la poesía social. El Poeta Desaparecido «fue» un poeta social. Y aunque callado, no le remuerde la conciencia el haberlo sido. «Lo que hemos sido en la juventud —confiesa— no suele ocasionar penas de remordimiento. Acaso más produce, que otra cosa, añoranza. Deseo vivo, o tranquilo, de volver, una vez más, a ser lo que fuimos.» Lo más bello y valioso de Memoria y cuento de la generación del 28 es, desde el punto de vista estrictamente literario, el cuento de la verdadera historia de Félix Cantalicio Reinoso: «La picada de la culebra». En él se nos revela Gabaldón Márquez como un extraordinario relatista: sobrio, profundo, desgarrado, irónico, mordaz, humano.
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Cierra el volumen —que aparece «¡gracias a Dios y al Pueblo!»— un copioso e interesante «Apéndice documental», en el que se incluyen discursos, cartas, notas, proclamas, testimonios que ayudan al esclarecimiento del pasado y que enriquecen poderosamente la obra.

Plá y Beltrán RNC Nº 132 Enero, febrero 1959

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Pedro Grases

DE LA IMPRENTA EN VENEZUELA Y PRIMICIAS EDITORIALES DE CARACAS
Caracas: Edición de El Nacional, 1958.
EL PERIÓDICO

ORÍGENES

El Nacional, de Caracas, publicó esta obra para marcar el XV aniversario de su fundación y en celebración del sesquicentenario de la introducción de la imprenta en Venezuela en 1808. Se trata de 33 estudios de diversos autores que han sido compilados, prologados y anotados por Pedro Grases, quien hiciera lo mismo con la obra, complementaria de la presente, editada en 1951 por la Escuela de Periodismo de la Universidad Central de Venezuela con el título de Materiales para la historia del periodismo en Venezuela durante el siglo XIX. De esta manera se hallan reunidos en dos volúmenes estudios que permiten formarse un cuadro amplio y bastante detallado de la cronología periodística y editorial venezolana durante el pasado siglo, y seguir el desarrollo de la polémica entre investigadores —no siempre provista de suficiente interés— acerca de algunos de los problemas planteados por la historia de la imprenta en Venezuela.
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El volumen que reseñamos está dividido en dos grandes partes: «I.Introducción de la imprenta en Venezuela» y «II.Primicias editoriales de Caracas». Algunos de los estudios recogidos en ellas contienen rectificaciones a aserciones hechas por sus autores en estudios precedentes, también incluidos en la selección, hecho que el compilador advierte: «Deliberadamente se ha mantenido así, ya que no deja de tener interés el análisis del progreso de la investigación y, por otra parte, en cada escrito constan datos, ideas y referencias, que no se anulan totalmente en las rectificaciones ulteriores». La obra está provista de diversos índices: por nombres propios, por nombres geográficos, por títulos y por materias, que facilitan las consultas. Los estudios compilados son los siguientes: de Manuel Segundo Sánchez: «El primer libro editado en Venezuela», «Orígenes de la imprenta en Venezuela», «La imprenta de la empresa mirandina», «La imprenta de la Expedición Libertadora», «La imprenta de la Expedición Pacificadora», «Incunables venezolanos» y «El primer libro editado en Venezuela». De José E. Machado: «El libro de Joseph Luis de Cisneros», «La Gaceta de Caracas» y «El libro de Quintana». De Santiago Key-Ayala: «El libro de Cisneros», «Investigaciones bibliográficas. I. Primicias editoriales de Caracas; II. Lo que fue o pudo ser», «Investigaciones bibliográficas. Ampliaciones sobre las primicias editoriales de Caracas» y «Una Constitución para Cuba». De Pedro Grases: «El primer problema bibliográfico venezolano. El libro de Cisneros», «Algo más sobre el primer problema bibliográfico venezolano», «Orígenes de la imprenta en Cumaná», «El primer libro impreso en Venezuela», «La fecha de impresión del libro de Quintana» y «La imprenta y la cultura en la Primera República (1810-1812)». De Arístides Rojas: «La imprenta en Venezuela durante la Colonia y la Revolución». De Pedro P. Barnola, S.J.: «Más sobre los primicias editoriales de Caracas» y «Más sobre la fecha de impresión del libro de Quintana». De Marcos Falcón Briceño: «La imprenta en Venezuela», «Orígenes de la imprenta en Caracas» y «La imprenta en Caracas, 1808». De
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Héctor García Chuecos: «Orígenes de la imprenta en Venezuela», «Primera imprenta y primer libro venezolano», «Algo más sobre la imprenta de 1808» y «Hombres y sucesos olvidados». De Enrique Bernardo Núñez: «Los orígenes de la imprenta en Venezuela». De Tulio Febres Cordero: «Imprentas libertadoras de Venezuela. 1806 a 1821». De José Toribio Medina: «I, Contribución a la historia de la imprenta en Venezuela», y «II, Primeras producciones en algunas ciudades de Venezuela». No es posible, en breves líneas, señalar méritos particulares en esta serie de ensayos. De allí que nos limitemos a enunciarlos y a destacar su interés, especialmente para quienes deseen una guía de fuentes para penetrar en los vericuetos de las luchas ideológico-políticas del primer cuarto del siglo XIX, y a los estudiosos de la historia de la cultura en Venezuela.

Germán Carrera Damas RNC Nº 132 Enero, febrero 1959

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Pablo Neruda

TODO LLEVA
TU NOMBRE
Caracas: Ediciones de la Dirección de Cultura y Bellas Artes del Ministerio de Educación,1958.

homenaje más entre los innumerables que ha recibido el gran poeta chileno Pablo Neruda en su visita a nuestro país, está la edición de un grupo de composiciones suyas en las cuales alude a lo venezolano con esa forma alucinada que tiene su verbo. Voz de entrañables resonancias de la tierra, en cuanto encierra ésta de sabiduría, de temblor milagroso, de heredad sin fronteras, cal de la tristeza, vena de la soledad, transfiguración de la sangre, reseña salobre de la pasión, abismo, embriaguez de todo cuanto contempla desde su propia nobleza, por encima de las vallas y tinieblas que tratan de parcelar el resplandor de la belleza. Pablo Neruda ya tiene su signo en la poesía de siempre. Su calidad lírica, su deslumbramiento épico, su marea en donde convergen seres fabulosos, su instinto de hechizada percepción para las cosas sagradas del espíritu, en síntesis, su tempestad imaginativa, su desolada geografía sumida en el aliento del vaticinio, le dan carácter de poeta sencillo y heroico en medio de ese legado que forman los bíblicos acentos, los griegos invictos, los indios cosmogónicos, los demás orientales religiosos de magia, hasta
COMO UN
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desembocar en las fuerzas de América con sus presentimientos donde el delirio asume el repetido sollozo de las razas vencidas, siguiendo en escala por los volcanes de libertad de Bolívar-poeta, de Whitman, de Martí. ¡Cuánto sugiere un poeta de cristalina entereza! Pablo Neruda desde la trascendencia de sus poemas, y todavía más lejos, aspirando la memoria de sus cantos, abre las esclusas de un llameante manifiesto en el cual se funden inteligencia maravillada y eslabón de piedra sonora repercutiendo en las vastas clausuras del tiempo. Pero, ¿adónde conduce Todo lleva tu nombre? ¿Acaso desde la primera línea no estoy hablando alrededor de la plenitud de su fondo? La participación de lo mítico reanuda en el filón de la obra de Pablo Neruda esa avidez de fuego que fundamenta el estado de la poesía. Todo lleva tu nombre: diáfano título, hondón de pensamiento conduciendo a las interioridades de Bolívar-patria, de Bolívarpadre, de Bolívar-intemporal como la libertad. Nada menos que decirle: «todo lleva tu nombre». Es un lenguaje digno de emplearlo en honor y pasión de Bolívar. En su materia original palpita no solamente la admiración, hay el subterráneo desorden de los sentidos relatado por Rimbaud y también hay la fosforescente actitud del fervor. Este cuaderno con poemas de raíces venezolanas receptadas por Neruda prosigue después del himno al Libertador, con una hoja breve y lívida dedicada a Sucre, «desbordando el amarillo perfil de los montes». Luego acude Miranda, «inteligencia signo cordón de oro» (aquí el poeta anula, estupendamente, los signos de puntuación, pues la composición adquiere así una independencia ciega pero sin perder de vista el refinamiento de la hazaña mental). Después del Precursor se estremece Guayaquil bajo las figuras del Libertador y San Martín. El trabajo tiembla. El acuchillado hielo de la adivinación, la entrevista sin preámbulos históricos, el cegado hito que cierra un enigma.

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Uno de los más hermosos poemas (a mí me parece el más hermoso) es el titulado «Orinoco». En trece estrofas ofrece el ámbito entre realidad y secreto. Le canta al Orinoco: déjame hundir las manos que regresan a tu maternidad, a tu transcurso, río de razas, patria de raíces. Cuánta fiebre y cuánta serenidad en el cauce de este poema. Bienvenido como poeta integral a esta su tierra de Bolívar la presencia corporal de Pablo Neruda ya en relación perenne con las fuerzas vitales de Venezuela como son el Libertador, el Orinoco, Sucre, Miranda, las banderas, los talismanes.

Jean Aristeguieta RNC Nº 132 Enero, febrero 1959

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Arturo Uslar Pietri

LETRAS Y

HOMBRES DE VENEZUELA

España-Caracas: Ediciones Edime, Colección de Autores Venezolanos, 1958.

COMO EL

hombre más inteligente de su generación lo definió una vez Mariano Picón Salas. Uslar Pietri le ha acondicionado a esa inteligencia aquella probidad de que hablaba el Libertador. Probidad que ha demostrado no sólo en su vida pública sino en la administración de los bienes de su encendida imaginación. Hace una decena de años publicó Arturo Uslar Pietri un libro que en cierto modo estaba dedicado a los estudiantes de educación media venezolana. Era un compendio de los nombres más brillantes de nuestra literatura. Desde luego no era historia literaria sino una visión general, a grandes rasgos de las «letras y hombres de Venezuela». No había acto cultural de liceo, ni reunión literaria de provincia adonde nuestra vanidad de dieciocho años no repitiera con emoción al hablar del país las primeras líneas del libro de Uslar Pietri, «…sabemos por los cartógrafos que Venezuela es el castillo de proa de esa rabilarga galeaza que pinta en el mapa la América del Sur». Y no podía ser más, nos emocionaba ese libro, se aleja-

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ba tanto de la cansona pedagogía de otros textos a los que sólo parecían interesarle fechas y títulos de obras. Fue así como descubrimos el sonido humano que había en la escritura de Uslar Pietri. Después, el trabajo literario nos ha llevado a leer con detenimiento todo cuanto ha escrito el autor. Lectura que se compadece en todo momento con la naturaleza y la esencia de Venezuela. No son las intenciones de esta nota hablar sobre el escritor que es Arturo Uslar Pietri, de ello, dice mucho su resonancia continental. Nos basta solamente comentar esta segunda edición aumentada de Letras y hombres de Venezuela que ahora Edime ha lanzado al mercado. Punto básico para Uslar Pietri es dar a entender a sus lectores que dentro de ese complejo que es la vida literaria hispanoamericana, aun desde sus primeros días, hay una nota, o mejor dicho, cierto tono que le da carácter regional, sentido nacional a las literaturas de estos países. Sin embargo, si se advierte ese cariz, debemos advertir también que «esa especie de historia comparada del espíritu de lo regional hispanoamericano está en gran parte por hacer». Escribir una literatura que reflejase toda esa conexión limitando lo nacional de cada país en sus aspectos propios sería labor posterior, ello ayudaría como bien lo dice Uslar Pietri a realizar una «verdadera historia de la literatura hispanoamericana y al mismo tiempo la fiel semblanza del alma criolla de que tanto carecemos». En este libro, como en la Literatura venezolana de Mariano Picón Salas, estarían por parte de Venezuela, los mejores materiales para llevar a cabo esa gran empresa iberoamericana. Uslar Pietri convirtió en libro sobre literatura venezolana las conferencias que dictará en la Universidad de Columbia en el verano de 1947. No pretendía que sus palabras de ese entonces se convirtieran en texto de estudio en su país. No pretende ahora que ellas sean la historia de nuestra literatura. El mismo Uslar Pietri reconoce que faltan algunos capítulos esenciales en su libro, para completar la visión de nuestros escasos ciento setenta y cinco años de vida literaria. Pero tanto en aquella época del

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verano «newyorquino», como en esta segunda edición, el libro ha contribuido a palpar con ojos más abiertos la perspectiva de una calidad honda y sensible en la manera de ser de los venezolanos.
A lo que más se acercan estas páginas —arguye el propio U.P.— es al esbozo de una cronología del espíritu venezolano, acompañada de una corta galería de siluetas de los hombres en quienes encarna una torturada vocación. En los más de ellos, y en las palabras en que han quedado con el ansia creadora y con la voluntad de servir está la huella de la condición. Los más vivieron dramáticamente, en batalla sin tregua, porque la vida venezolana nunca fue fácil y se ha caracterizado siempre por una tensión pasional que rompe a menudo en violencia y en daño.

Este libro ha de servir a muchas generaciones como obligada fuente de consulta, a la mayoría de nosotros nos ha hecho bien en «nuestro aprendizaje de venezolanos».

Félix Guzmán RNC Nº 133 Marzo, abril 1959

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José Antonio Calcaño

Y SU MÚSICA

LA CIUDAD

CRÓNICA MUSICAL DE CARACAS
Caracas: Tipografía Vargas S.A., 1958.

DESDE HACE

mucho la bibliografía nacional está reclamando con justicia libros de crónica. Caracas, «la ciudad de los techos rojos», inscrita en el reclamo espera aún con impaciencia al escritor que dibuje con rasgos firmes, con trazos anecdóticos y muy entre la literatura y la verdad el verdadero rostro de Santiago de León. Hasta ahora, han sido y nada más que para los ojos de historiadores y estudiosos, los viejos cronicones de la Academia de la Historia, del Archivo Nacional y del Palacio Arzobispal, los únicos documentos que han arrojado luz sobre algunos aspectos de la vida caraqueña desde los días en que el manso valle recibía el nombre de San Francisco. No digamos que disciplinados historiadores como fray Pedro de Aguado, Oviedo y Baños y más cercanamente Manuel Landaeta Rosales o Enrique Bernardo Núñez, no han contribuido a explicar con lujo de detalles, a los hombres de hoy, con ingeniosas teorías históricas el origen de nuestras tradiciones y el asentamiento de nuestras costumbres. Pero a pesar de la disciplina con que han abordado el tema, nuestros historiadores han preferido ciertos
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aspectos del mismo provocando dispersión en el estudio y dejando lagunas por llenar. Creemos, en verdad, que nuestro carácter, nuestra «manera de ser», todo eso que resume el orgullo de la nacionalidad tiene su muy remoto origen en las antiguas instituciones y las lejanas comunidades indígenas y españolas. A qué periodista o comentarista inteligente no se le ocurrirá pensar que los vicios de nuestra política quizás no tengan su raíz en las dictaduras recientes, sino que se remontan a los días de nuestra formación histórica y adquieren fuerza y desarrollo en las luchas e intrigas intestinas que se suceden después de la primera presidencia de José Antonio Páez. Es por eso por lo que celebramos siempre el aparecimiento de estos libros que ponen de manifiesto nuestra idiosincrasia, estos libros donde se revela ese algo que podríamos llamar el alma nacional. La ciudad y su música, el libro a que nos referimos en esta nota, es una estupenda crónica de la vida musical de Caracas desde sus comienzos como simple aldea indígena hasta hoy con su discutida y laboriosa Orquesta Sinfónica Venezuela. El recuento musical de Santiago de León nos dice que «en el principio fue el órgano», como en todas las nacientes ciudades de tierra firme, la cultura y la música estaban reducidas a monasterios y conventos. Reflejo fiel del espíritu medieval. Nuestro descubrimiento se realiza en los estertores de la alta edad media europea. Las tentativas de piadosos frailes y paisanos de fundar escuelas de canto y música tuvieron los tropiezos que el maestro Calcaño nos cuenta en su libro; «mil desastres», como revela el autor, impidieron una vida musical más creciente y culta, sin embargo no hay que olvidar que el hecho musical de la colonia en nuestro país es único, eso que Lira Espejo en frase feliz ha llamado el «milagro de Caracas» (se refiere a nuestra música colonial) no tuvo lugar en más ninguna ciudad o pueblo hispanoamericano de aquellos días. Sigue la historia de Calcaño desentrañando nombres y fechas hasta llegar a don Francisco Pérez Camacho, quien es el primero con significación en nuestra historia musical. Es más tarde, y ya aparecido el «primer Carreño» cuando la actividad musical va a
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adquirir más consistencia y se desborda hacia un grupo más numeroso; es la época del Padre Sojo. Calcaño dedica numerosas páginas de su libro a descubrir para nosotros las peripecias, el trabajo y la devoción musical de esos hombres que con el Padre Sojo hicieron su aprendizaje e hicieron posible después las actividades del oratorio de San Felipe Neri. Esto desemboca en lo que Calcaño llama en un capítulo «los próceres», donde aparecen las grandes composiciones religiosas venezolanas y nuestros primeros cantos patrióticos. El Popule meus de Lamas y el Gloria al bravo pueblo son de esta época. A ella pertenecen los hermanos Landaeta, José Ángel Lamas, Lino Gallardo, Cayetano Carreño, Juan Meserón y otros. Pasado el torbellino de la independencia, muerto el Libertador y separada Venezuela de la Gran Colombia, nuestra república entra entonces en la turbulencia de la vida civil, período este de sedimentación de numerosos aspectos de la nacionalidad; Calcaño se dedica a comentar la vida musical de Caracas en esos tiempos del Centauro, de la hegemonía de los Monagas, del afrancesamiento de Guzmán Blanco, de las incursiones revolucionarias de Zamora y Falcón, hasta llegar a las épocas recientes de Castro y Juan Vicente Gómez. Una breve incursión en el campo de la música que hoy se hace en Caracas concluye la interesante crónica del maestro Calcaño. Así como se cerraban los párpados cuando el padre en la grata velada familiar nos narraba las hazañas del abuelo guerrero y rebelde, narración repleta de remembranzas heroicas y hermosas, así como cuando alguien nos revela nuestro pasado glorioso y la caliente imaginación nos hace ver un hidalgo caballero con holán fino y corbatín, y la recia montura guarnecida de oro del Perú; con esa emoción hemos cerrado este libro. Estoy seguro que el mismo maestro Calcaño sabe cuanto bien nos hace este libro a los jóvenes que hoy tomamos parte en el debate de la vida ciudadana de Venezuela. Es con libros como éste como nos conviene echar una mirada atrás; no será el hidalgo criollo caballero en su rica montura peruana, ni el detalle elegante del pañuelo de holanda, sino el panorama de una Venezuela desangrada desde tanto tiempo,
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donde la torpeza y la intriga, sustancia vital en la existencia diaria de muchos de nuestros antepasados, nos señalan con su huella de años la cruda realidad de hoy. Fino observador como lo es Calcaño de nuestra peculiar forma de vivir y actuar, sabe, a pesar de que su intención no es sino relatar la actividad musical, pero proyectada en los hombres y en el tiempo, que su libro es decidor y expectante. En él además de la música hay una honda revelación social. Es en libros como éste donde hay que consultar el remedio que debemos aplicar a los dolores y malestares del alma nacional.

Félix Guzmán RNC Nº 133 Marzo, abril 1959

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José Ramón Medina

VENEZOLANA (ANTOLOGÍA)
Caracas: Cuadernos de la Asociación de Escritores Venezolanos, nº 100, 1959.

NUEVA LA POESÍA

LOS CUADERNOS

de la Asociación de Escritores Venezolanos han llegado a su número 100. Veinte años de labor incesante son el hito de una publicación que se ha impuesto por su calidad y honesto sentido de la cultura. Es triple la razón de entusiasmo para el lector a cuyas manos llegue este número centésimo. Primero, por lo que representa el número en sí. De los cien títulos editados pocos son los que han dejado de agotarse en breve plazo. La segunda razón, por el compilador del volumen. Un poeta militante de larga y limpia trayectoria, no sólo en su creación estética, sino en la permanente actitud desvelada por el impulso y renovación de la poesía en Venezuela. La última, porque es la Antología, un imperativo de incorporación a las filas de los veteranos escritores del país, por parte de los nuevos autores que figuran como integrantes de la obra comentada. José Ramón Medina, poeta de resonancia internacional, ha ocupado lugar de primer plano en las columnas que comentan el movimiento artístico venezolano de los últimos días; y es que su nombre competía por la adjudicación del más importante de los
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galardones que se conceden a nuestros intelectuales por su labor global: el Premio Nacional de Literatura, definitivamente concedido a Juan Manuel González. José Ramón Medina recibió una mención honorífica; importante en sí misma, pero más por lo que entraña el gesto noble del poeta. Un artículo suyo, publicado en la página cuarta del diario El Nacional, comunicaba el propósito que recibirían con alborozo todos los que se empeñan en una u otra forma por el trabajo intelectual; y es que José Ramón Medina destinaba la suma que le correspondía por tal concepto, a la creación de un fondo bibliográfico-editorial, para jóvenes poetas nacionales. No es un gesto aislado, ni de sospechosa filantropía; no es siquiera el comienzo de una labor en pro del género que él cultiva, sino la realización de lo que ha constituido su ideal de muchos años: ayudar a quien empieza, estimular en el primer paso, difícil en un medio palmariamente hostil a las voces que despuntan. El nombre del poeta Medina figura rubricando el prólogo a numerosos poemarios de autores nativos incipientes. Es la voz que sugiere benévolamente la natural deficiencia de búsqueda; es el ojo sensible que gusta y eleva, es la mano hermana del poeta íntegro que ayuda a sortear escollos. Por eso nos alegra el que ahora, en la continuación de su idea, digna de elogio y reconocimiento, sea nuevamente él quien, restando incluso el tiempo de la obra personal, lo invierta con paciencia en la selección de un grupo de obras y de hombres para estructurar la muestra de lo que puede la vocación creadora de nuestra juventud en el quehacer literario. Puede ser común el que los escritores de trayectoria no se preocupen por levantar con justicia, pero sin mezquindad, al joven que se siente inmerso en la pasión de las letras. Si no es el elogio vacío y de cumplido, es la ignorancia total del novel artista que reclama urgido la orientación sincera, o la muralla silenciadora de la camarilla. Así puede comprenderse, más cabalmente, lo que dice la acción de un hombre modesto y valioso que compromete energías en la empresa desinteresada de contribuir a la formación de nuevas personalidades poéticas; y que, si algún pecado tiene es el
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de la generosa honradez y el camino abierto a la amistad del inquieto intelectual joven. En él no cuenta la divergencia de concepciones estéticas; no importa la justificada lucha de generaciones en afán de renovar la dialéctica del arte; importa que con postura de hermano mayor, sin aires de magíster, procede con ecuanimidad en la aceptación de lo nuevo, en la explicación —no en la justificación— del pecado elemental del paso primerizo. Eso es lo que ponderamos objetivamente en José Ramón Medina. Prueba contundente de lo dicho es la propia antología que reseñaremos brevemente. En el prólogo se fija el criterio selectivo que privó en su compilador, luego de intentar un balance rápido de las tendencias y grupos generacionales del arte poético en Venezuela. Destacamos la advertencia que inserta su autor:
No hay —como podrá comprobar el lector— ningún juicio o valor excluyente de tendencias, orientación o carácter lírico en las páginas que siguen. Hemos querido ser —en lo posible— objetivos en nuestras apreciaciones y en la selección de los autores y de sus poemas no ha influido otra medida que la dictada por la propia labor divulgativa de los poetas y por la intrínseca consideración de las obras hasta ahora dadas a conocer por ellos. Algunos de los nombres más recientes no están presentes en este volumen. Y esto es explicable: apenas comienzan en el difícil camino de su expresión artística y mal podrían figurar en una antología que, necesariamente, tenía que acoger un criterio limitativo, que si no se apoyaba en el de la edad de la persona, sí debía hacerlo por lo menos en el de la cronología referida a los años de labor cumplida. Arbitraria o no, ésa ha sido la razón que nos ha guiado en esta difícil coyuntura. Aténgase el lector, por lo tanto, a esta mínima exigencia selectiva.

Las razones exteriorizadas por el antologista son valederas por la razón siguiente: en nuestra tierra, muchas veces aparecen escritores que se han quedado en el primer libro; no han proseguido en el
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esfuerzo perseverante que exige la tarea literaria; se han desviado de su vocación; por ello es sincero el procedimiento que lleva al autor a esperar una nueva oportunidad para completar el panorama de los poetas más recientes en aparecer. El pequeño volumen incluye una reseña biobibliográfica preliminar, y varios poemas seleccionados con acierto y buen gusto —sin que haya exención del peligro de subjetividad que implica toda faena antológica— de los autores siguientes: Edmundo J. Aray, Camilo Balza Donatti, Dionisio Aymará, Luis Julio Bermúdez, Martiniano Bracho Sierra, Velia Bosch, José Joaquín Burgos, Juan Calzadilla, Hely Colombani, Alfredo Chacón, Pedro Duno, Rubenángel Hurtado, Gonzalo García Bustillos, Miguel García Mackle, Luis García Morales, Víctor Alberto Grillet, Jesús Enrique Guédez, Roberto Guevara, Félix Guzmán, Néstor Leal, León Levy, Manuel Vicente Magallanes, Beatriz Mendoza Sagarzazu, Juan Ángel Mogollón, Elio Mujica, Rafael José Muñoz, Alejandro Natera, Ramón Palomares, Francisco Pérez Perdomo, Marco Ramírez Murzi, Hesnor Rivera, José Rodríguez U., Jesús Rosas Marcano, Juan Salazar Meneses, José Sánchez Negrón, Jesús Sanoja, Elizabeth Schön, Alfredo Silva Estrada, Ramón Sosa Montes de Oca, Efraín Subero, Guillermo Sucre Figarella, Régulo Villegas. Los nombres representan las más variadas y antagónicas tendencias del arte poético; las más alternantes categorías estéticas, generaciones, promociones, grupos, etc., de la dinámica actual en Venezuela. El mérito reside en que con ella se suministra al lector hispanoamericano y a todo lector, en general, una visión exacta, optimista, rotunda, de lo que se hace en materia poética en nuestra patria. Al lector venezolano, poco dado también a leer los libros de escritores contemporáneos y principiantes, o poco difundidos por la publicidad, se le entrega en la Antología una ratificación esperanzadora de que tenemos arte legítimo en los poetas de los últimos tiempos. Nos ha extrañado, sí, la no inclusión de un nombre: Ernesto Jerez Valero. Es, desde luego, un poeta ya sazonado en su obra y con dominio seguro del poema. ¿Sería el considerarle ya definitivamente colocado en el mundo de la poesía
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con historia en el país, lo que ha motivado la omisión? Ésa es, creemos, la razón válida; no obstante, sentimos la obligación de anotarlo como una observación marginal. Por lo que toca a la Asociación de Escritores Venezolanos, esperamos que éste sea el momento oportuno para incorporar como miembros efectivos del máximo organismo literario del país a aquellos que todavía no cierran filas en ella. Sería sangre nueva, voz renovada, energía sumada al esfuerzo por construir para nuestro país y para el continente, un baluarte creador de elementos artísticos de gran factura, unificados en la charla y en los proyectos.

Domingo Miliani RNC Nº 133 Marzo, abril 1959

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Julio Febres Cordero G.

DE IMPRENTA Y CULTURA VENEZOLANAS: 1500 -1800
Prólogo de Ramón J. Velásquez. Nota de Héctor Mujica. Caracas: Instituto Venezolano de Investigaciones de Prensa de la Universidad Central, 1959.
LA PRESENTE

TRES SIGLOS

obra se debe, idealmente, al Instituto Venezolano de Investigaciones de Prensa de la Universidad Central y, prácticamente, al tenaz esfuerzo de tres acuciosos investigadores: Julio Febres Cordero G., Inés Malavé Cova y Juan Bautista Páez Ávila. Ella es, según se nos explica, producto de un trabajo realizado en equipo; pero ha sido redactada, con amena y sencilla prosa, por Julio Febres Cordero G. Consta el volumen de cuatro partes, cuyos títulos son:«I) Actividad literaria en la etapa de la colonia», «II) Impresos llegados al país antes de la etapa 1764-1794», «III) Actitud colonial ante la difusión del pensamiento oral o escrito» y «IV) La imprenta en 1764-1800». Febres Cordero G. nos da, en primer término, una visión o panorama general de las diversas actividades literarias desarrolladas en
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el país durante los años de la colonia. Es decir, una referencia o índice más o menos exhaustivo de obras y autores: sobre poesía, lingüística, filosofía, etnografía, historia, ciencia, teatro… Es de opinión que, en realidad, no abundaron los poetas en la colonia. Hubo sí, dice, versificadores. Lo que más soberbiamente se desarrolló fue, primero, el tema lingüístico; después, en los albores mismos de la conquista, las especulaciones filosóficas. Cree que los misioneros se dedicaron al estudio de las lenguas indígenas como el medio más eficaz de penetración. Y que han dejado obras, sobre la materia, realmente admirables. Las más antiguas son dos: una escrita en lengua gayona por fray Gonzalo de Angulo, y otra escrita en cumanagoto debida a fray Francisco de Tauste. La última obra colonial sobre estos temas la conocemos únicamente a través de Humboldt: se debe a la pluma de fray Fernando Ximénez. Luego se comentan, entre otros, tres libros asaz importantes: El Orinoco ilustrado, del padre Gumilla —quien nos muestra «las tierras vírgenes, con sus bosques inviolados, sus pueblos primitivos, sus ríos semejantes a mares, sus bestias peregrinas…», y quien, además, fue el primero en introducir y sembrar semillas de café en el país—; Saggio di Storia Americana, de Filippo Salvatore Gilii —quien «observa por primera vez, con certera intuición crítica, el parentesco que liga ciertos grupos dialectales indígenas y echa las bases del maipure, llamado después moxomaipures, araguaco, arahuaco, nu-arawak o simplemente arawak, desbrozando así un tanto el camino que después transitaría más firmemente Hervás y Panduro»— y Apuntes sobre la provincia misionera de Orinoco e indígenas de su territorio, del misionero fray Ramón Bueno. Merece mención especial el apartado dedicado a esbozar o comentar la filosofía en la etapa de la colonia; o sea a señalarnos las eminentes figuras de Lázaro Bejarano, fray Alonso de Briceño, Gaspar Villarroel, Pedro Tamarón, fray Agustín de Quevedo y Villegas, Suárez, Mijares de Solórzano, Tomás Valero, Baltasar de los Reyes Marrero y fray Antonio Navarrete. Aborda después Febres Cordero la parte dedicada a estudiar el tema de los impresos llegados al país antes de 1764-1794: primer
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impreso de que queda constancia, catálogos del Convento Franciscano de Trujillo y de la Universidad Central, las obras más antiguas existentes en Venezuela… Estas obras, afirma, se encontraban en la antigua biblioteca de la universidad y corresponden a ediciones hechas en Sevilla, Venecia, Lyon y Basilea, entre un período de tiempo que va desde 1491 a 1541. Las ediciones de 1491 y 1502 corresponden a ediciones príncipe de Herodoto y Plutarco. En tercer lugar figura uno de los capítulos más apasionantes: la «Actitud colonial ante la difusión del pensamiento oral o escrito». Ahí vemos cómo la actitud un tanto liberal de los albores de la colonia, cuando un Bejarano escribe Purgatorio de amor, lleno de erasmismo y libertad, se irá trocando poco a poco en la represión más cruel y despiadada de todo lo que significase pensamiento. Por último, «La imprenta en 1764-1800». Primero, un agudo y minucioso análisis sobre el tan debatido y complejo «caso» de Joseph Luis de Cisneros y su obra; luego, posiblemente el ensayo más acuciante y polémico de la obra: la indagación sobre la fecha del establecimiento o entrada a Venezuela de la primera imprenta. Tres siglos de imprenta y cultura venezolanas tiene, en resumen, el siguiente fundamental interés: primero, divulgar globalmente lo más esencial e importante de la cultura venezolana durante la colonia; y segundo, orientar y poner en camino del hallazgo a nuestros jóvenes y futuros investigadores.

Plá y Beltrán RNC Nº 133 Marzo, abril 1959

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Ana Teresa Hernández

PEQUEÑÍN
Caracas: Editorial Arte, 1959.

saludar con regocijo las nuevas voces que intentan interpretar sinceramente el mundo de la infancia y verterlo en espontáneo y grácil lenguaje lírico. Se justifica el regocijo, decimos, dado el reducido grupo de cultivadores de este difícil género que trabajen su oficio con la disciplina, regularidad y seriedad que requiere. Contadas son con una sola mano las poetisas venezolanas que han asomado su inspiración al deslumbrante mundo de la infancia. Parece que existiera más bien cierto prejuicio por esta poesía menuda y jubilosa, leve y recién nacida que se renueva todos los días cándidamente en el dificultoso balbuceo infantil. Se dijera que algunos subordinan, con impensado criterio, un género de una importancia reconocida en la panorámica de las letras universales. Sucede que lamentablemente cierta opinión generalizada juzga como «tontería» lo que requiere una dedicación consciente, una técnica especialísima que es preciso conjugar con un aliento creador imaginífico y fresco para poder lograr el hallazgo poético.
GRATO ES

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Pero esta desconcertante realidad pudiera decirse que paradójicamente sirvió de estímulo a la maestra preocupada, a la fina sensibilidad que es Ana Teresa Hernández para que fuera escribiendo, seleccionando y agrupando uno a uno, con singular dedicación y lealtad poéticas, estos cincuenta y dos breves y bellos cantos que integran su primer libro de versos. Ciertamente, leyendo a Pequeñín se da uno cuenta que el poeta conoce perfectamente el difícil terreno que transita. No es poesía de adultos para niños, no. Es poesía de niños, simplemente. No obstante siendo escrita específicamente para ellos, no por eso deja de entrever una iluminada rendija de posibilidades creadoras para una poesía aún más ambiciosa de resonancias y proyecciones, que sin duda ha de venir algún día. Breves poemitas como «La brisa», «Las tijeritas», «Días azules», «La tinajita», «El arco iris», sorprenden por el candor, por la poesía pura y diáfana que rebosa sus pequeñas estrofas. Tijeritas soldaditos de metal. Van marcando su compás tris, tras. Recortando con su paso mi pedazo de papel. Tris, tras tras, tris. Obsérvese cómo el poeta desecha lo fácil y adorna la simplicidad con matices poéticos. Ana Teresa canta toda la multiplicidad

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de las cosas disímiles que centralizan diariamente la atención de sus alumnos. Pero sortea hábilmente los peligros del didactismo poético. No cae en el error de «hacer» una poesía deliberadamente planificada para que sirva de material de clase. Las escasas veces cuando pese a su afán de evitarla la traiciona su condición profesional, salva el obstáculo la frescura de su expresión espontánea: Los deditos de tus manos uno a uno suman diez. Contandito tú solito, uno a uno otra vez, al derecho, al revés, uno a uno tienes diez. Pero —está dicho— Pequeñín es la primera obra de la autora. Es natural, entonces, que algunos versos no se mantengan a tono con la generalidad del poemario. Obsérvase en ellos cierto abuso en la utilización del diminutivo, defecto muy común en los que escriben poesía infantil. Por otra parte, Ana Teresa suele usar en un mismo poema, metros distintos, lo que dificulta su lectura por parte de los niños. Sabido es que los poemas infantiles deben guardar un mismo ritmo y una rima preferentemente consonante. De todos modos, Pequeñín es, sin duda alguna, un buen libro. Un poemario editado cuidadosamente, que tiene el acierto de que

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sus ilustraciones fueron elaboradas por los mismos alumnos de la autora, que como ya dijimos, es maestra. Es decir —como expresa José Ramón Medina en acertado prólogo— doblemente poeta.

Efraín Subero RNC Nº 136 Septiembre, octubre 1959

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Andrés Bello

Y OTROS ESCRITOS DE DIVULGACIÓN CIENTÍFICA
Obras completas, tomo xx. Caracas: Imprenta López, 1957.

COSMOGRAFÍA

SIN LA PRETENSIÓN de hacer ningún descubrimiento, y antes bien con ánimo de recordar lo que a veces se olvida de puro sabido, este volumen xx de las Obras completas de Andrés Bello ofrece ocasión propicia para destacar una de las cualidades que distinguieron más singularmente al ilustre humanista: la amplitud extraordinaria de su criterio científico, la cual le permitió cultivar muy diversas disciplinas, desde la literatura medieval europea hasta el estudio de los progresos efectuados por la cosmografía a mediados del siglo XIX. No queremos con esto insinuar que Bello sobresaliese por igual en unas y en otras materias, ni equiparar lo que representa su labor de investigación y de crítica en sus estudios sobre el Poema del Cid, pongamos por caso, con una obra como la Cosmografía, donde la parte de la creación personal tuvo que ser, forzosamente, muy limitada. Pero a pesar de todas las diferencias y matices que puedan señalarse en su obra, queda siempre en pie aquella afirmación suya, hecha en momento solemne, de que «todas las verdades se tocan, desde las que formulan el rumbo de

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los mundos en el piélago del espacio... hasta las que dirigen y fecundan las artes». E Ignacio Domeycko, a los pocos meses de haber fallecido el maestro, enjuiciaba así su labor:
A todas las bellas cualidades que tenía nuestro sabio Rector, unía una muy rara, o cuando menos poco común a los hombres que consagran toda su vida a estudios serios y profundos: y es que su inteligencia estuvo libre de aquella exclusiva predilección que suelen manifestar los hombres especiales por el ramo a que consagran sus estudios, predilección tan exagerada que muchas veces menosprecian las demás obras de la inteligencia y de la imaginación, o bien las desconocen. El genio de don Andrés Bello era más universal, se esforzaba en abrazar el conjunto de las ideas y conocimientos que constituyen el verdadero progreso del espíritu humano, no se detenía en una especialidad sin relacionarla con la tendencia general de la humanidad («Introducción», p. XIV).

Este feliz equilibrio de su espíritu le permitió convertirse en el maestro universal de la América Hispana, en el gran clasificador y decantador de los progresos alcanzados por la cultura occidental, la que a través de su obra y en diversos campos, se hizo más accesible y asimilable a las jóvenes naciones recién surgidas a la vida institucional propia. Pulcramente terminado en los talleres de la Imprenta López, el tomo que comentamos consta de casi ochocientas páginas de nutrido y variado texto completado con un útil juego de índices. Realzan el texto numerosas láminas, algunas de ellas debidas a la pluma de Bello. La «Introducción» de la Comisión Editora proporciona al lector datos realmente valiosos cuyo conocimiento resulta indispensable para la plena utilización del material contenido en el tomo. El «Prólogo» y las notas preliminares a la Cosmografía son del distinguido matemático venezolano F .J. Duarte, a quien el pleno dominio de esta disciplina le ha permitido exponer de un modo directo y ameno cuanto necesita saber el lector común para adentrarse con provecho en el texto de Bello. Además, las notas
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del doctor Duarte han remozado aquel texto poniéndolo al día en algunos de sus aspectos más fundamentales. Después de la Cosmografía vienen otros escritos de Bello sobre el mismo tema, que habían sido publicados en El Repertorio Americano, La Biblioteca Americana o El Araucano: tienen especial interés los dedicados al cometa Halley, que fue visible en Santiago de octubre de 1835 a febrero del año siguiente, curiosos resultan también los artículos titulados «Época verdadera del nacimiento de Jesucristo» y «Profecías». Bajo el epígrafe «Naturaleza americana» se reproducen comentarios y versiones hechas por Bello de la conocida obra de Humboldt, Viaje a las regiones equinocciales… y otros escritos relacionados con diversos aspectos del nuevo continente. Los estudios zoológicos están representados por un artículo sobre el avestruz americano, ilustrado con una lámina grabada al parecer según indicaciones de Bello, otro trabajo sobre la cochinilla mixteca y los dibujos de aves hechos por Bello, los cuales presentan una faceta de sus actividades, hasta ahora no conocida. Varios artículos comentan relaciones de viaje, como la expedición de Wilkes, a cuyo éxito colaboró Bello. Agrupados como «Escritos varios», siguen trabajos sobre temas de química y de física, sobre la navegación a vapor, sobre enfermedades como la papera —el coto— y la sífilis, cuyo posible origen es ampliamente debatido, o se refieren a temas siempre apasionantes como el de los sueños y premoniciones. Mas como no es nuestro objeto reproducir in extenso el índice del tomo, dejaremos al lector el placer de encontrar entre su vario y rico contenido —del cual dan sólo una idea los títulos indicados más arriba— aquellos temas que puedan procurarle placer o utilidad, pues no es éste un libro para puros especialistas. En el «Apéndice» se reproducen documentos relativos a la actuación de Bello como secretario de la Junta Central de la Vacuna en Caracas durante los primeros años del siglo XIX. Algo quisiéramos añadir antes de concluir; algo que no por sabido es menos justo proclamar: cuánto debe la cultura hispanoamericana —más aún, la cultura, sin adjetivos— a esa tesonera e inteligente labor de la Comisión Editora de las Obras completas de
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Bello. Fruto de un trabajo proseguido durante años son esos volúmenes que ofrecen en su sazonada madurez, el pensamiento, mejor aún, el ejemplo de Bello a las actuales generaciones.

Manuel Pérez Vila RNC Nº 136 Septiembre, octubre 1959

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Andrés Eloy Blanco

JUAMBIMBADA
México: Editorial Yocoima, 1959.

LA

poco tiempo antes de morir, Andrés Eloy Blanco entregó a sus lectores lo que podría llamarse su testamento lírico: la plenitud de creación que se conjuga en Giraluna. Parte de la obra de este poeta quedaba sólo impresa en el sentimiento popular, en labios de quienes lo evocaban, sin reparar en la valoración artística, por lo que hubo en él de arraigo colectivo, de sentimiento folklórico. Quizá, ese conjunto lírico es el recogido ahora bajo el título de La juambimbada. Obra de varia época, de concepción heterogénea. ¿Actuó la mano del poeta en la selección, antes de marcharse? Excluyendo el «Soneto de la rima pobre», que sirve de pórtico, el libro está dividido en secciones cuyos títulos son: «Los palabreos, los corridos, los poemas de la madre, navideñas, los cantares negros, los testimonios», «Canto a América», «Carta rural a madame Braun y otros poemas». La obra en su conjunto presenta lo que hoy —completo el ciclo de creación con la ausencia de su autor— podemos juzgar con entera objetividad: una poesía donde el tono de sus grandes
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EN PLENO EXILIO,

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obras —Canto a España, A un año de tu luz, Canto a los hijos— contrasta con el poema circunstancial, galanteador, sutil, colmado de sugestiones no siempre maduradas, pleno de luminosa frase juguetona, pero de caídas bruscas en expresiones impropias; dos estilos que le hacen poeta de primera línea ante la comunicación jubilosa o angustiada de su tierra y juglar declamatorio de los amores populares; unas veces exponente del ardor revolucionario en la protesta del verso combatiente en unidad perfecta con el hombre de lucha; otras, presencia tierna del folklore en la captación de los motivos del hombre cotidiano; mas en una u otra forma, el descenso contradictorio. Así, La juambimbada, junto al canto donde el tema político se eleva a planos de auténtica poesía —«Trago largo», «El preso»—, donde la imagen cargada de intención social o de sátira complementa la selección del motivo, hallamos el descenso del lenguaje, aun cuando el tema sea propicio; la imaginería abigarrada que no siempre concuerda —«Corrido del viento de oro», «Maisanta». Hay, no obstante, una modalidad que apenas se presentía en el poeta a través de sus «Angelitos negros», tan declamativos: el ensayo de la poesía negroide. Varias composiciones inéditas nos prueban palmariamente que las posibilidades estéticas de su sensibilidad pudieron ir con éxito por cada sendero de confección en el verso. El elemento histórico anecdótico del Bolívar niño y la presencia del lenguaje pintoresco del negro dejan un saldo de calidad, sin ser de lo mejor escrito por él —«Reláfica de la negra Hipólita.» En cuanto a los temas, hallamos en la obra una repetición de motivos que ya habían cuajado en sus poemas anteriores y que difícilmente podían haber sido superados, pasada la emoción que vitalizó su palabra. Hallamos un «Nuevo canto a España», un segundo poema elegíaco sobre la madre: «A dos años de tu luz» y algunas coplas de tema amoroso que rotan sobre las expresiones de sus poemas: «Pleito de amar y querer» y «Coplas del amor viajero». Pensamos que fue posiblemente una época de remembranza lírica, de inventario sobre la obra ya escrita, la que dejó como saldo estas re-creaciones; justamente a propósito de ellas nos preguntábamos
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al comienzo si la mano del autor estuvo presente en la estructuración del libro; la misma mano que hizo la poda de sus composiciones para ajustar en unidad los libros anteriores. De haber sido así, es muy probable que la intención haya sido construir un apéndice con mayor valor documental sobre el laboreo de quien fue incansable profesional del arte en verso, mas con un relativo valor intrínseco. Lo demás es la reproducción de sus canciones difundidas primero a viva voz y que no habían sido recogidas en libro: los palabreos agrupan el de «La loca Luz Caraballo», «Palabreo de la recluta», «Palabreo de la alegría perdida». No fueron estrictamente sus mejores obras, sí las más acendradas en el alma que simpatizó con su intérprete más connotado: el alma popular. Podemos concluir en que La juambimbada no representa una expresión superada de la obra total de Andrés Eloy Blanco; pero es un libro cuya lectura no puede escapar a quienes le han admirado y visto transitar con galanura los senderos de la poesía contemporánea de América. No es libro sustantivo, ni por los temas ni por la expresión de ellos; pero tampoco es obra descartable si tomamos en cuenta que muchas de las claves líricas de su temperamento se hallan diluidas en sus páginas.

Domingo Miliani RNC Nº 136 Septiembre, octubre 1959

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Arturo Croce

CROCE, UN GENERAL CIVILISTA

FRANCISCO

Caracas: Ediciones Paraguachoa S.A., 1959.

ARTURO CROCE,

conocido cuentista y narrador venezolano, aborda aquí un tema de sumo interés, a nuestro ver, ya que a más del trabajo histórico con el cual contribuye al acervo de la amplia bibliografía que en Venezuela se ocupa de las diversas épocas del devenir político venezolano, emprende un trabajo poco frecuente, el de admitir abiertamente, y sin falsas modestias, la importancia que puede tener la historia particular de cada familia en la narrativa de los sucesos colectivos. La historia grande en efecto, se complementa y se colora de múltiples historias chicas y dan nueva luz al panorama, nuevo sesgo al enfoque de los sucesos generales, los puntos de vista de aquellos personajes que sin ocupar el lugar central en los acontecimientos de su día, fueron sin embargo ejemplos vivos de lo que se pensaba, se hacía y se anhelaba en su momento. Tal la historia del general Francisco Croce, personaje de una integridad y una pujanza poco comunes, tal como se desprende de las hojas de esta nutrida biografía en que su hijo lo retrata de cuerpo entero, con pluma llena de fervor filial, sin duda, pero también teñida de esa serena justicia de la cual ningún biógrafo
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que se estima se desprende nunca. Por todo lo cual resulta doblemente interesante la biografía del general Francisco Croce. La historia de una vida, con sus luchas, sus triunfos y sus fracasos, es también la historia de la filosofía de toda una época y de su manera peculiar de considerar el mundo y los acontecimientos que lo forman. Croce, el hijo, nos ha dado un cuadro de primer orden de la provincia y el día en que le tocó vivir a su padre, y los personajes que se cruzan y se tropiezan en esta historia están todos vivos. Son seres humanos, de cuerpo entero, sin consideraciones de sentimentalismo familiar y sin velos piadosos para las circunstancias estrechas en que a veces les toca desenvolverse. El biógrafo Croce lo dice todo. De allí el interés vital de su libro. De allí el que esta biografía se deje leer como si fuera una buena novela. «Nada es bello como lo verdadero», dijo el otro. Y Croce, biógrafo, hace de la verdad un culto. Es más, conociendo la imaginación fecunda del cuentista, nos admiramos de que en ningún momento haya dejado «ir la mano» en esta biografía en que lo grandioso conviene, como a todo suceso histórico. La tentación había de ser grande. Mas el biógrafo sofocó al cuentista. Paso a paso sigue la historia de su familia, que es la historia chica de Venezuela. No la embellece ni la retoca. Tampoco hacía falta. La simplicidad patriarcal en que se desenvolvía la existencia por otra parte agitada, del general Croce, nos recuerda múltiples anécdotas familiares, y siendo la vida de una familia venezolana es un poco la vida de muchas otras. En esto estriba, según nosotros, uno de los mejores méritos del libro en cuestión. Y ojalá otros muchos autores, poniendo de lado un falso pudor infecundo, se decidan a contar la historia de sus antecesores, para enriquecer así la historia venezolana, que abundosa en hechos heroicos y en efemérides gloriosas, carece en cambio un tanto del vivo cuadro familiar, de la anécdota íntima y veraz, de la cosa cotidiana vista en el pasado, y la cual pinta a lo vivo las costumbres, los pensamientos, las características de cada época. Dan más sabor a la historia estos episodios llenos de color local narrados con un buen humor que cubre apenas la honda ternura del que los considera con razón parte de sí mismo, de sus raíces,
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y las saca a la luz para que todos disfruten con ellos, que el solemne y grandilocuente vozarrón con que la historia oficial acostumbra a enterarnos de los sucesos generales. De allí que el buen lector encuentre en esta vena familiar, un placer delicioso. El mismo que experimentaría si la propia historia familiar le fuere contada. Otros valores, notablemente los de un estilo nervioso y ágil, contiene el libro. La ilación con que en todo momento se desenvuelve el relato —la cual no siempre es exacta en la vida, mas al buen biógrafo toca ordenarla y ponerla en marcha con el fin de que el lector no dé traspiés y se confunda dentro de lo que lee— hace fácil y por ende amena la lectura. Escollos difíciles salva el biógrafo que es al mismo tiempo deudo: al describir a sus hermanos encuentra el adjetivo exacto, aquel que siendo encomiástico es al propio tiempo justo. Sin caer en la presunción ni en el fácil rebajarse, dos extremos igualmente falsos, Croce se defiende muy bien de esta empresa comprometida: narrar la historia de los suyos sin vanaglorias y sin disminuciones. Todo ello bien medido, exactamente calculado para crear un todo armonioso. Y todo hecho con mano de buen escritor. Que al escritor le gusta narrar, por sobre todo, y ¿qué cosa más lógica que narrar lo que se sabe de uno mismo, de ese uno que son los otros, los mayores, los de antes? A ese empeño le da Arturo Croce, el escritor, sus mejores recursos. El resultado es un libro de interés estupendo para todos los que se apasionan por la cosa venezolanista, una imagen viva y real de la provincia y de sus hombres, entre los cuales fue sin duda uno de los más interesantes el honesto «General Civilista». Su figura se destaca perfectamente clara, sus motivaciones son lógicas, sus sentimientos elevados y humanos. Un hombre de verdad ha sido puesto al descubierto, y por obra y gracia de su personalidad definida, el libro se tiene de pie.
Gloria Stolk RNC Nº 136 Septiembre, octubre 1959
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Arturo Uslar Pietri

SUMARIO DE LA
CIVILIZACIÓN OCCIDENTAL
Caracas-Madrid: Ediciones Edime, 1959.

de nuestro gran escritor Arturo Uslar Pietri un propósito educativo, firme y bien orientado. Su trascendencia debe parecernos mayor en países como Venezuela, donde los estudiantes de secundaria y universitarios carecen de abreviadas ediciones como las francesas de Larousse, que faciliten el conocimiento de las fuentes bibliográficas o, en último caso, una familiaridad con los caracteres fundamentales de cada estilo, posición ideológica y reacciones personales ante las concepciones, modos de vida y costumbres en que los autores —protagonistas asimismo, de la gran historia— han tenido que desenvolverse. Como para los autodidactas, su lectura será, igualmente, un alerta, una revelación y, sobre todo, un largo y profundo viaje por el área cultural que se nos asigna como occidentales, en busca de los orígenes del magma en que nos hemos fundido como hombres de una civilización de propios y evolucionados matices, por incidencias de tiempo y espacio, climas y humanos ambientes e interferencias. Una vez despierto el gusto por lo clásico, lo que es digno de recordación, por las grandes ideas, motores del mundo, los hechos
REVELA ESTA OBRA
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decisivos para la humanidad, siempre en trance de crecimiento y con peligro siempre de su reposo y aun de su existencia; los grandes hombres que la han prevenido, adoctrinado o ayudado a su progreso en alguna forma; quedará en el espíritu, como un germen, la tendencia a la curiosidad interrogadora y constructiva que abre, poco a poco, hecha un hábito, los caminos de la autonomía intelectual y las posibilidades de la eficiencia. Y nótese qué alejada nos ha de parecer esta antología de lo que estamos acostumbrados a considerar así en el campo de las disciplinas particulares, porque la complejidad de su tejido responde a un cúmulo de circunstancias que difícilmente podrían ajustarse a la pretendida condición de las repeticiones históricas, aunque éstas se deriven, al parecer, de la ley de Vico, en último extremo la misma que rige, en general, a la energía ecuménica. Lo importante es saber si el hombre, descubridor de una nueva magia, puede, como lo comienza a hacer con el mundo físico, superar su precaria aptitud de aprendiz de brujo e impedir su propia destrucción. Esto significa nada menos que el «summun» de la sabiduría griega, y se resume en el hecho de autoconocerse y autodominarse, para lo que se requiere invadir con las armas de la más sublime cordura, el mundo interior o espiritual, mil veces más arduo porque no responde a las leyes matemáticas y puede siempre ser de otro modo. Pero en ello reside, precisamente, su grandeza, por lo que sería otra suerte de destrucción el querer reducir por medios coactivos o artificiales, esa libertad que lo consolida. Si el mundo antiguo, para subsistir, encadenó los cuerpos, el mundo futuro, en contraposición, no puede encadenar las almas, porque lo deshumanizaría; reduciéndolo, como en las peores épocas del despotismo, a una escala semianimal, con las correspondientes repercusiones. Si la satisfacción de las necesidades materiales se debe colocar en el plano de la urgencia, pues que lo primero es vivir, piénsese que la vida, en un ser de alteza tanta como el hombre, no puede limitarse a lo material; sino que, paralelamente, se ha de extender a su cultura. La vida no valdría la pena en caso contrario. Ni aun cabe, sin gravísima exposición,
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temporalmente posponer a lo más valioso. En la cuna de nuestra civilización, ya estoicos y cínicos lo demostraban cuando, con preferencia a lo vegetativo, elegían la posibilidad de pensar y actuar libremente. El panorama de su desenvolvimiento, en líneas precisas, y con las auténticas y variadas aportaciones, aquí nos enfrenta esta civilización occidental, que nos es tan cara. No puede estar todo en esta obra; pero sí lo esencial, lo característico y, como las rayas de un espectro, nos da testimonio, sin demasiada complejidad, de lo que constituye su estructura en cada uno de los meandros de su forzada evolución. Esto, que constituye un atractivo, por su variedad, le da solidez y prestigia el esfuerzo. La crisis actual exige estas revisiones; bien que en toda su historia, el hombre de cualquiera civilización no haya conocido sino estas crisis en sucesión y, probablemente, no podrá ser nunca de otro modo, a diferencia de todo el resto del mundo animal que se rige sólo por el instinto. El hacerlos soportables y hasta deseables en ocasiones, depende de la cultura: he aquí su importancia. Uslar Pietri ha logrado su propósito, a nuestro parecer, por su preparación, su buen sentido y sólido gusto; que no en vano se ponderan las dificultades que ha de vencer el buen selector. Lejos de la sequedad didáctica, ilustra la elocuente documentación a base de un prólogo vital y sintético, y los rasgos decisivos sobre cada uno de los autores que figuran en el «Sumario», para que se destaquen valorativamente, dentro de su época, con su especial significado. Filósofos, teólogos y moralistas; descubridores y libertadores; legisladores y juristas; pensadores, historiadores y políticos; poetas, novelistas y dramaturgos; psicólogos y sociólogos; innovadores y reformadores, en una palabra, van sucediéndose para comunicarnos directamente aquellas razones y opiniones con las que supieron fecundar o sembrar su inquietud. Desde la Biblia, pasando por Homero, Herodoto, Pericles, Isócrates, Platón, Aristóteles, Cicerón, Virgilio, Jesús, Séneca, Epicteto, Marco Aurelio, San Agustín, Justiniano, San Bernardo, San Francisco de Asís, Alonso el Sabio, Santo Tomas de Aquino,
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Cristóbal Colón, Nicolás Maquiavelo, Erasmo de Rotterdam, Tomás Moro, Baltasar de Castiglioni, se llega a los apasionamientos de la Reforma con Martín Lutero. Desde Montaigne, pasando por La Boetie, Cervantes, Shakespeare, Descartes, Pascal, Montesquieu, Benjamín Franklin, Juan Jacobo Rousseau, Adán Smith, Tomás Jefferson y Goethe, a la Asamblea Nacional Francesa con el derrumbe del feudalismo. Desde Clausewitz, pasando por Bolívar, Sarmiento, Sören Kierkegaard, Lincoln, Carlos Marx, León XIII, Henri Poincaré, Sigmund Freud, Miguel de Unamuno, Mahatma Gandhi, Paul Valéry, Albert Sweitzer, Arnold I. Toynbee y Norbert Wiener, hasta Jean Paul Sartre, removedor de ideas, sincero expositor de una cruda tesis. ¡Cuántas doctrinas y controversias, cuántas desgarradas concepciones, en el intento de hacer del sujeto de esta civilización en que aún vivimos, un ser que responda a su naturaleza y pueda alcanzar, al menos, un mínimum de dicha! Proceso dilatado lleno de escollos, porque siempre se ha tenido que enfrentar al sagrado monstruo de los convencionalismos y sofismas; a la fuerza en funciones de mentora y a la ambición y la codicia de los audaces. Acaso los incalculables recursos de la era atómica permitan resolver, al fin, el problema de una paz nacida de la abundancia y no del temor a los poderosos. Este Sumario de la civilización occidental responde, como ninguno, a los imperativos de la falta de tiempo disponible, signo de la época; evita la búsqueda de textos monográficos; supone un ahorro económico y, lo que es muy de agradecer, nos da hecha la selección más adecuada, posiblemente, al propósito que se persigue.

R. Olivares Figueroa RNC Nº 136 Septiembre, octubre 1959

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Enrique Izaguirre

ANDÚJAR
Ilustraciones de Luis Luksic. Caracas: Editorial Cordillera, 1959.

LÁZARO

TAL VEZ DOS

de las características más acusadas en los cuentistas venezolanos de las últimas promociones fuesen, de un lado, su desmedido pesimismo; del otro, como un deseo de expresar e integrar un mundo primario, desgarradoramente caótico, a través de un lenguaje restallante, fulgurante, compuesto por una extraña mezcla de magia, furia, rabia, asco, amor y piedad. Existía, además, el afán experimentalista, que en su búsqueda de valores literarios puros, esencialmente creativos, hacía del relato no un cuento sino un poema. Pero ahora llega Enrique Izaguirre y nos muestra otra modalidad; es decir, como otra cara del fuego. Enrique Izaguirre, partiendo de las más extremosas y acuciantes formas del relato, no sólo busca aquí, en Lázaro Andújar, un estilo propio, una manera personal de expresarse, sino que además quiere ser —y en el fondo es— testigo insobornable de nuestros días: de nuestra gloria y de nuestra angustia, de nuestro estímulo y de nuestra batalla. Con dos cosas parece sentirse íntima y totalmente comprometido Izaguirre: con el hombre —«uno o innumerable»—, que es
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para él lo más digno, como el más alto privilegio, y con la esperanza, que es para él una fuerza moral indestructible. De ahí que su narrar no sea el fruto de una emoción o de una pasión desordenada; que no esté poseído por caóticos fuegos; que no se revista de ciertas expresiones restallantes. Izaguirre no se revuelca en un lodazal. El drama vivo, el suceso humano —que es lo que particularmente le importa— es captado por él y expresado por él a través de un alto poder imaginativo, pero sin llegar a falsear o desvirtuar en su realísima esencia el mundo del hombre. Otra particularidad de la cuentística de Izaguirre consiste en que sus personajes, por lo común, no son entes ciegos, elementalmente bárbaros. No son costras vivientes pegadas a la tierra. Se mueven en la adversidad, respiran en el horror, pero tienen conciencia de sus destinos, de lo que son y de lo que representan. Lázaro Andújar, muerto de amor y de esperanza, afirmará no sólo que su muerte no acontecerá en vano —pues él sí supo juntar la acción con el sueño—, sino también que llegar a ver sus sueños realizados o no, no es tan doloroso, porque entiende que el tiempo de su vida fue menor que el necesario para poder contemplar las flores repartidas, el maíz repartido, los caballos abundantes y los coros terrestres de sus hijos y los amigos de sus hijos. Así pensaba Lázaro Andújar, el «murituri» para la libertad; con fe en la vida y en los hombres. Y pensaba así aunque sabía que había sido acribillado e iba a morir. Y en «Los sobrevivientes» dirá textualmente el agonista:
No sólo lo meditado por mí sirve a mi experiencia de ahora. Lo hecho y pensado por otros no me da únicamente la voz de un hombre, sino una sola fuerza indudable, conocedora del bien y del mal, ilimitada en el ser numeroso de todos. Juntos hicimos lo que hicimos y a sabiendas de lo que podía pasar. Es casi increíble cómo la muerte puede valer tan poco en el instante del hombre cuando pretenda elevarse hasta la libertad.

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Cabria añadir, y esto ya lo manifesté una vez, que Enrique Izaguirre es menos lírico que otros cuentistas; pero que, posiblemente, es más escritor que otros importantes cuentistas. De ahí el gran valor de su presente libro de relatos. De ahí su incalificable y personal originalidad.
Plá y Beltrán RNC Nº 136 Septiembre, octubre 1959

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Ida Gramcko

LA DAMA
Y EL OSO
México: Editorial Intercontinental S.A., Colección Teatro Contemporáneo,1959.

«A MARIANO PICÓN SALAS, que me donó este mito singular y oloroso a su tierra merideña.» Con esta dedicatoria que, además, es homenaje intelectual y de amistad se abre el breve volumen de teatro que de nuestra Ida Gramcko publica la Colección Teatro Contemporáneo de México, dirigida por Álvaro Arauz; colección que lleva ya en estos propósitos editoriales en favor del teatro una bien cumplida jornada, en cuyos trece títulos aparecidos, con éste de la venezolana, se cuentan nombres harto significativos en el ámbito de la escena moderna, como Gide y Jean-Louis Barrault, Cocteau, Maeterlinck, García Lorca, Usigli, Pirandello, Bertolt Brecht y otros. Selecta y gloriosa pues, la compañía en que Ida Gramcko marca otro afirmativo paso en su ya reputada vocación teatral entre nosotros. En los últimos años, justo es confesarlo, se ha hecho presente un resurgimiento del teatro nacional. O mejor dicho, se ha despertado un noble entusiasmo creador, entre gentes de la farándula y escritores dedicados a otros géneros, para enfrentar seriamente el problema deficitario que a lo largo de mucho tiempo ha padeRNC

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cido la cultura venezolana en este aspecto. Tal motivo de rescate de una actividad tan llena de tantas posibilidades como es la del teatro ha sido bien acogida y mejor respaldada por una legión de adeptos, viejos y nuevos, que han hecho práctica valiosa de esta afición singular. Profesionales, aficionados y público, de una parte; y escritores, curtidos y noveles en dichos menesteres, han unido esfuerzos meritorios en este sentido. El resultado es, ciertamente, un rumbo nuevo, o mejor el intento de un quehacer teatral que entre nosotros se diluyó, lamentablemente, en el pasado por falta de apoyo y estímulo en una ineficaz, inconsistente y desligada orientación costumbrista que no llegó a plasmar un verdadero ensayo nacional capaz de trascender, como expresión cabal del espíritu venezolano. Hoy, sin desdeñar aquellos difíciles y heroicos comienzos, el teatro venezolano comienza a andar con seguro paso, y mediante la responsabilidad creadora mejor afirmada en una concepción contemporánea de la escena —sin perder de vista los intereses locales de la realidad nacional—, se aspira a integrar este esfuerzo en ese todo universal regido por el espíritu contradictorio de la época que se vive. Entre los escritores venezolanos que más fervorosamente han sentido el llamado del teatro, está Ida Gramcko. Surgiendo de este mundo lúcido, proteico y profundo de su poesía, en que su verbo poderoso, su inteligencia clara y su sensibilidad apasionada han cubierto jornada sobresaliente en nuestro medio; imprimiendo el sello humano de una concepción literaria unitaria en sus diversas expresiones, regidas éstas por una vocación a toda prueba; aportando la experiencia de un ejercicio creador fecundo en sus proyecciones nacionales, y utilizando, con dominio y habilidad, toda la fuerza de un acervo prodigioso de mitos y leyendas aún sin explotar realmente (como en su notable obra de prosa narrativa Juan sin miedo), Ida Gramcko ha entrado de lleno, sin vacilaciones, con seguridad y reciedumbre, en el ámbito nada fácil de la creación teatral, aportando no sólo una temática cargada de anuncios y presagios, sino equilibrando la acción dramática, propia, con el genuino impulso poético; y poniendo en conjunción
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admirable elementos populares —la esencia, la fuerza del espíritu venezolano— y expresiones cultas; y fundiendo, asimismo, por eso, lo que hay de aspiración universal —y de realidad universal— en la materia criolla, en la temática criolla, sin apartarse por eso de la fuerza telúrica inmanente y del sello nacional de la vida que empieza a ser temática insobornable en todas sus obras teatrales hasta el presente. Imbuida en esos principios y propósitos, La dama y el oso, obra en dos actos, objeto de esta nota, se nos aparece como una experiencia de mayor logro, que agrega a sus anteriores tentativas del mismo género una más franca desenvoltura en el juego escénico, una mayor fidelidad a la estructura dramática y una habilidad técnica nada despreciable en el manejo de los personajes, en la agilidad del diálogo, en el movimiento de la escena, a propio tiempo, que una reiteración de una especie de «suspenso» ya presente en sus anteriores obras. Por otra parte, digno es de afirmar —lo que significa un elogio más— la indudable calidad poética de sus parlamentos y el clima todo de poesía que se respira a través de la obra entera. Haciendo honor a la dedicatoria que encabeza su libro, Ida Gramcko recrea, poéticamente para gozo y deleite del espíritu, un mito popular de nuestra gente, «oloroso a tierra venezolana». Y nos muestra una vez más la posibilidad de crear teatro venezolano, auténtico y perdurable, sin hacer inútiles concesiones a un costumbrismo chabacano, nada alentador, ni a la grosera realidad que, a veces, trueca la fuerza poderosa de la vida en grotesca mascarada.

José Ramón Medina RNC Nº 136 Septiembre, octubre 1959

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José Fabbiani Ruiz

A ORILLAS DEL
SUEÑO
Mérida: Publicaciones del Departamento de Extensión Cultural, n° 68, Universidad de los Andes.

CON ESTA NUEVA

novela, Fabbiani Ruiz aporta un elemento poco tratado en nuestra literatura narrativa: el desarrollo de temas puramente imaginativos. Se diría que el argumento importa poco o que éste se encuentra en función, no de una relación precisa de hechos, sino de descubrir un mundo imaginario que personajes bien caracterizados y animados de vivencias propias alientan en el fondo de sus espíritus. A orillas del sueño se nos ofrece así como una obra de calibrada ficción poética. Hay una atmósfera verdaderamente sugerente en este sentido. El novelista logra situarnos en un mundo donde la psicología de los seres —de seres sencillos cotidianos— se mezcla a la atracción de la naturaleza para comunicarnos el sentido de la trama. Magnolia es una muchacha que vive en un pueblo provinciano habitando el hogar de unos padres amorosos —don Francisco y doña Antonia—. Temprano le nace una amistad por Crisanto que pertenece a una familia adinerada donde no marchan muy bien las relaciones entre sus padres —don Pedro y doña María—.
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Esos dos jóvenes juntan sus vidas y comienzan a concebir un hermoso sueño. Ellos no saben perfectamente lo que sea. Pero hay algo que los atrae mutuamente. Están «los cabellos dorados y los ojos azules» de Magnolia que insisten, a cada momento, en el ánimo de Crisanto. Está el secreto que éste guarda desde un día que, registrando viejos papeles en el cuarto donde se conservan las cosas inservibles, encontró un papel amarillento de su bisabuelo con un extraño nombre escrito en uno de sus extremos: nanana. Es una palabra mágica que sirve para evocar otros mundos. Ella marca el contraste entre la realidad y el sueño. «Nanana es como un sueño», dicen ellos. Un sueño que los lleva a vagar por los montes, frente al mar a cruzar el puentecito que los separa de un cerro desde donde divisan un pueblo pequeño que es como el encuentro del mundo que buscan, del despertar del sueño. Realidad y sueño vienen a integrar los planos esenciales de la novela. Existe un tiempo diario, el del humano vivir. Pero hay un más allá, más grato, más poético —un universo pleno— que Crisanto y Magnolia con sus años de adolescentes tratan de hallar. Pero ese mundo imaginado no se les presenta tan simple. Cada uno de ellos lleva sus problemas peculiares surgidos de la influencia familiar que los ha formado. Magnolia es eso: una flor libre, dinámica y anhelosa como el amor mismo. No hay en su espíritu complejos, ni vacilaciones. Crisanto es tímido, irresoluto. Tiene el miedo impreso por la adustez de su padre, por el duro bastón que acostumbra a golpear sobre el suelo con sus manos nervudas y fuertes. Esa desigual conformación psicológica les crea conflictos, insatisfacciones. Pareciera como si juntos no pudieran vencer la realidad para penetrar el más allá. Aparecen, entonces, dos personajes de singular importancia. Epifanio, el cazador de nidos de pájaros, y John Kripp, el trapecista, vencedor de la muerte, actor en un circo que visita el pueblo. Ellos son espíritus libres y Magnolia siente, sobre todo por el primero, una profunda atracción. Epifanio le promete regalarle un pájaro, llevarla a la ciudad que tanto desean,
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traspasar los límites, con su imaginación fantaseosa, de la propia realidad. Entre Crisanto y Epifanio se debaten las dudas de Magnolia. ¿Quién vencerá, quién la llevará a la ciudad de sueños? Éste es el interés de la novela. Y en saberlo plantear reside el principal éxito de Fabbiani. Para ello utiliza toda una serie de símbolos que toman su consistencia en el mundo de la naturaleza. El mar, el aire, la montaña, los pájaros, y algunos otros elementos más, no tienen una función meramente descriptiva, sino que tienen una trascendencia simbólica. La naturaleza se nos convierte entonces en una gama de imágenes que adquieren expresión por sugerirnos el sentido del sueño, por acercarnos al más allá. Éste permanece oculto en las cosas para encontrarlo en el mundo de los seres. «Magnolia, novia del viento (…) traerá luz a este mar de tinieblas.» En otra oportunidad Epifanio piensa que su voluntad había descubierto un mundo y que se lo ofrecía a Magnolia «como si fuese un enorme nido de pájaros». ¿Vence el sueño, a través de sus figuraciones simbólicas y del logro histórico, la existencia cotidiana? Pareciera ser que no. La novela termina con un hecho real que, en cierto modo, niega los contenidos de la imaginación. Epifanio y John Kripp se han marchado hacia tierras lejanas; Crisanto vive en absoluta soledad habiendo perdido a sus padres; Magnolia siente romperse su poético mundo de adolescente al ser conducido su padre preso a la cárcel como político. ¿Dónde se quedaron los sueños? El novelista no lo dice. Deja la pregunta sin responder. Pero el tema ha sido desarrollado. Realidad y sueño adquieren categoría novelística, viven en el mundo de los personajes. Configuran una hermosa ficción poética que con sus doscientas trece páginas, resulta un conocimiento ameno.
José Francisco Sucre RNC Nº 136 Septiembre, octubre 1959
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José María Llopis

LUIS DANIEL BEAUPERTHUY
Caracas: Imprenta Nacional, 1959.

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ESTA OBRA

es la de un devoto, la de un panegirista que trata, con tanta lógica como amor, volver por los fueros de esta gloria perdida, desconocida, olvidada, y que tiene tantos derechos a ser recordada y a reclamar para ella ese puesto que se ha formado con su obra, paciente, obstinada, intuitiva si se quiere, pero en cuyos atisbos surge ese genio solitario —tan típico de su época—, en la que todavía no se había comprendido las conveniencias de ese trabajo en grupos, en equipos, como ahora se lo llama, que multiplica el esfuerzo de cada uno de sus componentes con el de todos los demás. El doctor José María Llopis ha hecho imprimir en este tomo su conferencia —pronunciada en el Primer Congreso Panamericano de Historia de la Medicina, celebrado en Río de Janeiro el día 18 de abril de 1958— con un alto propósito: el de revelar la vida y la obra de este sabio venezolano que, como el otro sabio Marcano y tantos más, apenas si se conoce por los muy cultos, entretanto la gran musa no sabe, siquiera, no ya de su obra, sino de su nombre mismo; que apenas si lo hemos visto figurar, al paso, en algún
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episodio de las guerras civiles que han azotado a Venezuela, y que son, precisamente, las culpables de que estos seres de excepción se hayan perdido en ese anonimato desconsolador.
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Aunque hijo de franceses y formado en Francia, el doctor Luis Daniel Beauperthuy es un venezolano, nacido en Santa Rosa el 26 de agosto de 1807, que se siente unido a su tierra nativa por ese lazo —tal vez más recio que los de la sangre— que forma en los hombres estudiosos ese afán por conocer; por investigar; por arrancar a la naturaleza hermética sus secretos más íntimos, y verterlos después en sus escritos y ensayos; en esos descubrimientos que van acumulando los hallazgos de la ciencia, que son lo más precioso del tesoro real de la humanidad. Posee al doctor Beauperthuy esos afanes por saber que constituyen la especial característica de los doctos de su siglo, que se forman una cultura enciclopédica. De ahí que sus estudios abarquen zonas tan diversas como sus invenciones para hacer producir las salinas de Araya, y aquel otro método curativo, que se ha extraviado, para curar la lepra, y al que dieron tanta importancia en Inglaterra, que el Colonial Office, por recomendación del Royal College de Física, lo encargaron de la Dirección de Leprosería de Demerara, donde, desgraciadamente, murió en 1877, antes de que hubiera podido dejar al mundo ese método, que tal vez habría acortado el suplicio terrible de los lazarinos, que apenas si hace veinte años que han podido aspirar a sobrevivir, arrancados de ese infierno, de esa dolencia «solar o divina» como se la consideraba absurdamente, y que aún hoy requiere tan largo y difícil tratamiento para su curación.
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Pero para su biógrafo lo más importante de esta existencia del doctor Beauperthuy, consagrada tan devotamente a sus estudios, no son esos hallazgos que aparecen también en la obra de que nos ocupamos, como destellos o chispas escapados de la fragua de ese
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cerebro en constante funcionamiento, sino toda una teoría fundamental que convierten a su biografiado en eso, tan difícil y tan doloroso, que se llama un precursor. Y no vamos a hacer ahora la definición de los precursores. De esos hombres, generalmente intuitivos, que adivinan, que prevén, que podría decirse que descubren el futuro y que muy raras veces pueden llegar a ver concretarse en realidades las que los demás consideran, apenas, como fantasías. Cuando el doctor Llopis nos describe los medios rudimentarios con que el sabio forja sus teorías, nos asombra y espanta esta manera, al parecer tan sencilla, como va encadenando y forjando sus hipótesis basándose en esos estudios inconexos que ha realizado, por ejemplo, entre las tribus indígenas de Venezuela, y que lo hace observar que esos indígenas encienden hogueras para librarse de los mosquitos, y también que se impregnan la piel con sustancias oleaginosas que impiden la introducción del veneno —como él lo llama—, porque obstruye el conducto del mosquito y, en consecuencia, la inoculación del virus. Y aquí llegamos a esta obra del sabio cumanés, que hace que su biógrafo lo llame: «el precursor de la teoría insectil de las enfermedades»; esto es, el primero que advierte la importancia de ciertos insectos como trasmisores de las dolencias que, como la fiebre amarilla o vómito negro y el paludismo, causaban tantos males a la humanidad.
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Ya en su tesis doctoral Beauperthuy establece una teoría muy suya: la importancia del clima en las enfermedades y en la vida humana, hasta el punto de afirmar en esa tesis, que él titula significativamente «La climatología», estas premisas:
En cada sitio se imprime al hombre que en él nace o habita, desde cierto tiempo, un sello particular; el hombre, como los animales y los vegetales sometidos a leyes que rigen el Universo, sufre constantemente sin embargo la influencia de los elementos que lo
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rodean, por lo que —confirma— el hombre es una producción de la tierra (…) —y añade—: De todos los modificadores de la economía humana, el más potente es el clima.

Para comprender estas premisas hay que recordar el interés que daban los profesores de aquel tiempo a la historia natural. Los libros de Humboldt y de Darwin, que extraen de sus viajes tantas experiencias, y hasta toda una doctrina, hacen que los estudiosos de ese tiempo —Beauperthuy expone sus descubrimientos en la Gaceta de Cumaná en 1854— entiendan que el gran plúteo de la naturaleza está pleno de incógnitas que hay que desvelar, y se busca la relación entre todos los conocimientos, porque se cree en su indudable interpolación. Tal vez porque esos conocimientos son todavía tan escasos que el estudioso puede abarcarlos. Beauperthuy muestra en sus escritos constantemente estas relaciones. Desde su tesis que hace al hombre «producto de la tierra», a sus observaciones de sus viajes entre los indígenas, se advierte al sabio preocupado por esa naturaleza a la que arranca sus descubrimientos. Y de ahí su otra teoría del mosquito. Pudiendo decirse que esa teoría surge, lógicamente, de aquellos estudios, viajes y observaciones. Esa teoría es bien simple. Para el sabio las enfermedades que estudia —ya mencionadas— son producidas por un «carnaval de animáculos» —que así los llama— que aparecen en la platina de su anticuado microscopio «Vicent Chevaliere», y a los que acusa de producir esas dolencias, porque los va descubriendo en todos esos casos que describe en sus escritos, y que lo llevan a plantear sus prodigiosas conclusiones. Beauperthuy, en efecto, expone, en esos escritos, no sólo el origen de aquellas dolencias, que ha descubierto en esos animáculos que tiñe —también por primera vez en la historia de la medicina— con tintura de índigo, sino que afirma que existe un animáculo para cada dolencia, y también que el paciente queda inmunizado tras cada ataque de la enfermedad.
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Lo que quiere decir que este precursor, además de atribuir a esos animáculos el origen de aquellas endemias, descubre y clasifica el trasmisor —el mosquito conocido después por ese nombre—, tiñe a sus animáculos para distinguirlos y arriesga la otra teoría de la localización de las enfermedades, derivada de su tesis, y también de la atribución a cada especie de aquellos animáculos de una enfermedad. Y descubre los remedios que deben aplicarse para la curación, después que ha expuesto los motivos de la difusión por el mosquito trasmisor de aquellas dolencias. Recientemente hemos leído en un estudio sobre Finlay, a quien se le atribuye la lucha y la erradicación de la fiebre amarilla en Cuba, con sus métodos contra los mosquitos. Y sin arrebatar al doctor cubano esa gloria, tan legítima, no debemos olvidar esta otra nuestra. Porque Finlay expone su teoría en 1900 y Beauperthuy explana la suya en esa venerable Gaceta de Cumaná en el año 1854: ¡cuarenta y seis años antes!

José Rial Vázquez RNC Nº 136 Septiembre, octubre 1959

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Juan Sánchez Peláez

ANIMAL DE COSTUMBRE
Caracas: Editorial Suma, 1959.

el poeta sino un ser trashumante entre las cosas. Un portador sensible de palabras y ritos. Un hombre, simplemente, transitando los rumbos comunes de la vida. Husmeaba. Sentía. Escribía. Vivía. Simplemente, vivía. Al principio del deslumbramiento, iluminaba los rincones con su fe. La palabra se hacía chorro de luz. El corazón, espiga desgranada en el viento. La poesía, sin duda, estaba cogida por las barbas. Fueron alegres, fáciles, mentirosos y diáfanos los días iniciales. Pero después fue el tiempo. Mudas interrogantes hacían muecas inquietantes entre el silencio. La soledad era el reencuentro con el impenitente desespero. Hubo la lógica revisión. El riguroso análisis desapasionado. La tormentosa evidencia. La definitiva resolución. Y fue la ausencia. Juan Sánchez Peláez —el poeta, el hombre— deambuló con su fardo de inquietud sobre el hombro. Ex profeso, el desafío a la difícil vida. A los mundos extraños. A los ambientes mágicos. A los juegos endemoniados y bárbaros. Era el silencio,
QUÉ ERA

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sedimento feraz de la verdad y las palabras. Era la soledad, forma de responsable y torturante especulación lírica. Fue naciendo, del dolor de todos los días, del pensar de todos los días, del hacer de todos los días, de la palabra castigada hasta el ensañamiento, Animal de costumbre. Uno a uno los poemas se fueron moldeando con una fragua palpitante. La inspiración quería ser arbitraria y seguir imponiendo su dominio. Se entabló, entonces, una lucha sorda y tenaz. Nació una poesía personal, un tanto hermética, en donde el mismo amor toma formas inusitadas. El poeta no puede evitar, ni pretende evitar, su ardoroso monólogo que milagrosamente mantiene aún sobre el lírico diálogo simbólico. Lo sorprende la poesía, lo posesionan las palabras, y él las deja hacer y decir: Un día cualquiera Canta El bello cisne Petrificado Del arco iris Con su lengua radiante de martín pescador. Pese al amor persiste el tono fatalista. El negativo augurio. La amenaza latente contra la esperanza elemental y magnífica. El poeta se desespera y canta: Me abruma tanto tiempo perdido Y la nostalgia de mi primer viaje Y algunas aves negras Que pasan por el cielo Cuando echo las cartas. Más adelante de la vida, intensifica su advocación enardecida y subyugada como la propia palabra contenida.

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Fuera del sitio, fuera del bullicio, sin habla Como un padre púdico. A veces —poema VII— cambia la expresión. El sentimiento reminiscente lo empuja a la expresión directa, al tono un tanto exclamatorio. Pero rápidamente recobra para el poema su dominio, su aliento lírico característico y como por un cedazo severísimo, son apenas objetos residuales el verbalismo abrumador, la musicalización, los metros convencionales, lo rimbombante, todo lo que signifique concesión o sometimiento a lo tradicional. Poesía trabajada largamente, exhaustivamente, ésta de Animal de costumbre. Se evidencia la preocupación del poeta por cuidar su expresión, aun en los más mínimos detalles. Pero su palabra no se resiente de cerebralismo. Es como un leve grito que no llega a convertirse en alarido sino que modula su decir en forma culta y cultivada. Aun en las estancias X, XI, y XV, donde Sánchez Peláez utiliza la prosa poética, se ingenia para mantener la unidad estructural del poema que cobra maravillosos relieves cuando su autor parece recordar y verter amargamente la dolorosa experiencia del verano dictatorial: No formulé súplicas ni deseos. No extendí la mirada más allá de mi cubil. Ahora me hacen muecas horribles el esclavo y la bestia que desprecié. Ahora para franquear la orilla de mi casa, estoy obligado a pedir perdón. En el poema XVI, Sánchez Peláez renueva su delirante monólogo lírico con su tenaz «animal de costumbre» que lo «observa» y le «vigila». Poema extraordinario éste; el mejor logrado. Sintetiza admirablemente el prolongado ejercicio lírico del autor. En pocas

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palabras, con limitados elementos, Sánchez Peláez logra alcanzar la expresión precisa para decir exactamente lo que quiere: Cuando voy a la oficina, me pregunta: «¿Por qué trabajas Justamente Aquí?» Y yo le respondo, muy bajo, casi al oído: Por nada, por nada. Y como soy supersticioso, toco madera De repente, Para que desaparezca. Animal de costumbre, editado en forma pulcra y por demás hermosa, trae magníficas ilustraciones de Mateo Manaure. No nos parece exagerado el afirmar que es uno de los mejores libros de poesía publicados últimamente en Venezuela.

Efraín Subero RNC Nº 136 Septiembre, octubre 1959

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Luis Augusto Arcay

ENCANTADA
Caracas: Tipografía Irigoyen, 1958.

LA ALBERCA

siempre suscita hondas repercusiones al espíritu. Como su mundo es el de la síntesis, posee una escondida fuerza psíquica, que lastima el costado sensible de cuantos se acerquen para vivir su hallazgo. El lirismo que conlleva cada poema toma realidad expresiva en la imagen o la metáfora, en cada palabra, transformada en resonancia gracias a la sensible magia del poeta. Y es el lirismo el que le comunica delicadeza y ternura al verbo poético. El poeta Luis Augusto Arcay, autor ya de varios libros, hace nueva presencia en el mundo de nuestras letras con su poemario titulado: La alberca encantada, donde domina una sostenida fuerza lírica, una sufrida palabra emocional. Sólo sonetos integran la obra, dividida en estancias anímicas por el poeta, en la búsqueda no sólo de una armonía exterior del canto, sino también de una íntima concordancia. No obstante cierto sabor parnasiano que se observa en algunas de las palabras usadas por el poeta, tanto en su expresión lata como en su dimensión poética, el poeta Arcay nos lleva en esta obra al mundo de sostenido lirismo que ha creado con su fantasía y su ternura.
LA POESÍA
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Las estancias líricas, como divide el poeta su libro, responden a los estados espirituales que inquietaron el sentir y el soñar de Arcay. Fueron nombres que devinieron del contenido de cada una de la serie de los sonetos escritos, porque el poeta se limita a cantar su experiencia con espontaneidad creadora, que luego enmarca dentro de un título poético. Así, por ejemplo, las primeras estancias de que hablamos, se titulan: «La niña blanca», «Sonetos a la mujer del dulce nombre», «Raíz y entraña» y siguen otros más. En cada una de estas secciones encuadra el poeta un episodio de su vida. Los amores habidos en su adolescencia; el amor que en sus años de hombre maduro, suscita una bella mujer, que se fuga de su presencia, o canta al paisaje horizontal de su patria: a la sabana ilímite o al ave de esa pampa; a su ya lejana y perdida infancia o el recuerdo de su madre. Un como grande y hermoso sentimiento le sirve para hilvanar todas sus cuitas, que lleva fuera de sí, en el dulce encanto de sus versos. No obstante el rigurosismo expresivo que prefirió el poeta para volcar su inspiración, se observa una grata libertad, dentro de los límites de cada soneto; como si ciertas formas literarias estuviesen estructuradas para determinadas sensibilidades. Así, por ejemplo, Luis Augusto Arcay se mueve por casa propia, en la esfera de los catorce versos. Se ve que no hace esfuerzo alguno para lograr la expresión que se propone comunicar: expresión que se manifiesta en la espontaneidad de su voz lírica. Es la que nos ofrece Arcay una poesía escrita desde el borde de su propio y conmovido corazón; una poesía que amaneció como una espiga azul en su más puro sentimiento. Esta realidad podemos encontrarla en las palabras con que el poeta presenta su libro. Dice, al hablar de sus versos, que:
Han sido escritos con amor y fe, y, hoy, apretujados contra el pecho, como un puñado de espigas campesinas recogidas al azar, los echo al viento, mojados por el llanto que a veces nos lastima dentro, o salpicados por el agua madrugadora y cancionera, eternamente fresca, de la alberca encantada.
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Es, el publicado por el poeta Luis Augusto Arcay, un libro que se lee con alegría y deja un grato sabor al espíritu; no obstante llevar dentro de muchos de sus poemas una muda tristeza, que el poeta prefiere dejar que la hora de su corazón, antes que lastime el ajeno llanto. La alberca encantada es un poemario escrito con hondo sentimiento: es la verdad más íntima de su autor, expresada en lírico y altivo lenguaje que ha de recitarse, calladamente, cuando la nostalgia pretenda encarcelar la más pura ilusión de la humana existencia. En la hora de la duda, del desconcierto, del agrio vivir para el espíritu, bien puede ocupar sitio de honor uno de los bellos sonetos que integran este volumen de poemas.

José Cañizales Márquez RNC Nº 136 Septiembre, octubre 1959

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Luis Beltrán Prieto Figueroa

LA MAGIA

DE LOS LIBROS

Tegucigalpa: Publicaciones del Ministerio de Educación Pública de la República de Honduras,1955.

pequeño recoge una interesante conferencia que el doctor Prieto Figueroa pronunciara en el Teatro Nacional con motivo de la primera feria del libro en Costa Rica. El conferencista se planteó un tema sugestivo y de interés cierto: referir las lecturas estimulantes para la juventud. En un mundo donde tan poco se lee, acostumbrados a recibir la opinión que se ofrece a través del periódico, del cine, la radio o la televisión, el libro del doctor Prieto viene a llenar una necesidad. Se estimula y se orienta allí el deseo de leer. Para los jóvenes esto resulta de suma importancia. Porque leer no es fácil y saber hacerlo bien es mucho más difícil. Con razón decía Goethe a sus ochenta años que todavía no había aprendido a leer. La frase puede parecer exagerada en quien reuniera el saber humanístico más completo de su época, pero traduce una realidad que sólo puede negarse con ejercicios artificiosos. Y es que la lectura supone un orden, una meditación, una selección. Se lee para formarse una opinión. Los libros son la prinESTE LIBRO

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cipal fuente del conocimiento y quien quiera hacer de su vida una vocación al servicio de una actividad cualquiera, tiene que recurrir a los libros. Lee no solamente el intelectual sino también el profesional, el técnico, el hombre de todos los días. Prieto conoce bien estos problemas y los discute con altura. Su principal preocupación son los jóvenes. ¿Cuáles son las lecturas más recomendables para ellos? Sobre esto establece un criterio que resulta útil discutir porque de su aceptación depende la orientación que se le dé a las lecturas que en los liceos y universidades han de realizar los estudiantes. «Cualquier libro, dice, puede ser estimulante. Depende del momento, del lugar, del estado de ánimo, de la preocupación dominante.» Estas condiciones son las requeridas en la selección de libros para los jóvenes, argumenta. «Los libros con que éstos han de iniciar sus lecturas, expresa, no deben estar por ello muy alejados del momento actual.» De aquí deduce un principio muy importante: en los programas de enseñanza deben incluirse primero como lecturas recomendables aquellas que le despierten inmediato interés y dejar para luego las lecturas clásicas. Comenzar, por ejemplo, con algo de la literatura nacional y después ir pasando a las obras de épocas remotas. Esta opinión es muy discutible y, por lo mismo, resulta saludable aclararla. La lectura es un elemento de la formación del joven; los clásicos contribuyen a ello, sólo que la generalidad de las veces resultan pesados. ¿Cómo salvar este obstáculo? Aquí el doctor Prieto considera que la emoción del joven, su propio sentimiento, son los mejores guías. No hay otra alternativa: comenzar por lo más simple y continuar con los ejercicios de lectura más complejos. En esto, acaso, tenga razón y acaso sirva también para orientar el criterio de los profesores de liceos que pierden su tiempo enseñando, aun cuando sea someramente, las obras de la literatura universal sin lograr que la gran mayoría de los alumnos, al final del curso tengan la menor noción de los autores que han estudiado formalmente.

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Algunos otros temas estimulantes discute Prieto en su conferencia. Se habla no sólo de lo que se debe leer sino también de la manera de hacerlo, es decir, que si no se medita y se sacan opiniones asimiladas como legado creador de cultura, los libros resultan insustanciales. No hay que memorizar, simplemente, sino entender cabalmente. La conferencia —ahora libro— del doctor Prieto merece ser leída con atención. Su experiencia de pedagogo y sus desvelos de lector infatigable serán de gran ayuda, tanto para jóvenes como para viejos.

José Francisco Sucre RNC Nº 136 Septiembre, octubre 1959

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Luz Machado de Arnao

CARTAS AL SEÑOR
TIEMPO
Caracas: Cuadernos Literarios de la Asociación de Escritores Venezolanos, n° 101, 1959.

EL CUADERNO

n° 101 de la Asociación de Escritores Venezolanos nos trae un reportaje lírico de Luz Machado de Arnao, titulado Cartas al señor tiempo. En apenas cuarenta páginas apretadas de limpia emoción venezolana, nuestra laureada poetisa ha logrado plasmar en lenguaje poético las impresiones recogidas en una corta estancia vacacional en los Andes venezolanos. Comienza la autora por describir el paisaje que le sale al paso: el aire, los sembrados, la colina y el río. «Al fondo del paisaje —dice— pequeños retazos blancos se fijan entre los sauces. Son las casas del pueblo, distantes. Una que otra dispersa afinca su cálido secreto en las vertientes.» Pero el poeta diversifica su atención. Observa que «el maíz levanta tímidas grímpolas verdes», que los «No-Me-Olvides silvestres suavizan con espigas azules la orilla gris del río». Y está el «camino angosto», «el sauce», «los bambúes», los elementos todos naturales que caracterizan la bella y erguida porción venezolana.

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En casi todo el breve volumen, la autora se mantiene asida a una delirante geografía lírica. No importa que se trate de las cosas humildes, hasta prosaicas, que ocupan un lugar inferior en el paisaje. La poesía logra el milagro de sublimarlas con su magia infinita. Y hay lirismo de veras, tanto en la acequia que «suma su voz de contralto al coro monocorde del río», como en la quietud del agua que «cómo se desbordaría si pudiera estallar como una cadena cristalina, para suicidarse en el gran reloj verde del mar…» Por momentos, la poetisa se complace en anudar emocionados símiles. Y habla de la cascada —por ejemplo— como si fuera «un ala solitaria, como la cola de un potro degollado al borde del abismo, como una espiga de luz amenazante, como un sauce de cristal invertido». No obstante lo abrumador de la naturaleza múltiple está también el hombre con su sencilla angustia, su pasado infinito, su incierto porvenir. Ante el campesino-hombre que recuesta su sombra de la tierra como si le entregara su corazón, Luz Machado de Arnao enfrenta su capacidad creadora. Observa «las manos gruesas, de cortos dedos; los pies también cortos y gruesos; el gran sombrero de fibra que le oculta completamente el rostro». Hasta aquí la descripción del tipo humano, que da paso a una honda y sentida reflexión: «Respeto su silencio, mitad candor, mitad ausencia. Es una —otra— pequeña montaña movediza y sensible, en desequilibrada pareja con la inmensa inamovible que cubre el fondo del paisaje». Y la dolida queja con mucho de protesta ante el triste destino siempre el mismo:
Luego sembrará —seguramente— semillas nuevas y en próximos días crecerán tallos y flores, silenciosos como él y como él indiferentes a las voces duras y agrias, leves y bondadosas, de los hombres que pasan y los miran o los ignoran. La tierra se hará más bella. El tiempo tendrá gracia aromada y fresca. La Naturaleza será una respuesta a la estación…

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Y la tremenda antítesis:
Sólo el hombre que la ha limpiado y fertilizado estará más curtido y triste, con un gozo retoñándole sobre la última cicatriz, dolorosamente, con algún remordimiento sembrándole sus hongos venenosos al pie de los recuerdos.

Otras veces la autora se deshace del paisaje y aun del hombre que lo complementa dolorosamente, para atender sus propias voces interiores. El pretexto, entonces, puede ser las moras, oscuras de pura madurez que sirvieron a la hora del almuerzo para que el poeta desencadene su afiebrado relámpago. Es un ir hacia atrás. Un recobrar anteriores vivencias para el canto. Penetrar catedrales antiguas, soledosas. Y, finalmente, tocar con mano leve e insinuante, el desasosiego, la inquietud, la aventura. Todo lo irremediable, lo inexorable. El inevitable y pavoroso siempre igual que permite «que el cielo pueda quedar siendo cielo y la tierra su aspiración». Monólogo delirante. Profunda especulación lírica que toca la raíz más sensible de la palabra. Las páginas finales diversifican la estructura del cuaderno; pero siempre es la misma preocupación y la misma emoción para plantear desbordantes inquietudes. Es así como en medio de una sencilla descripción introduce preguntas reveladoras. Páginas adelante, ya para finalizar el breve y grato libro, Luz Machado de Arnao demuestra plenamente su dorada madurez poética. Una extraordinaria capacidad de síntesis. El dominio del ejercicio poético que le permite sortear hábilmente los acantilados del lugar común. Junto con todo ello, las inevitables reminiscencias telúricas que ya ha sublimado y patentizado en obras anteriores: «En la imaginación, el Orinoco riega su caleidoscopio de amenazantes cristales». Apenas si podría lamentarse en este apretado inventario lírico el hecho de que a veces se tocan los linderos de lo prosaico, acaso por el abuso de la sencillez. Otras, es la emoción ante el paisaje la que hace que la autora se recree en una descripción minuciosa

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e inútil. Con todo, Cartas al señor tiempo es una obra que consolida aún más la trayectoria literaria de la magnífica poetisa guayanesa. Una jornada lírica iniciada con Ronda (1941), continuada con Variaciones en tono de amor (1943), reconocida con Vaso de resplandor (Premio Municipal de Poesía 1946) y robustecida definitivamente con La espiga amarga (1950) y Canto al Orinoco (1953). El poeta José Ramón Medina prologa con acierto y elegante estilo la breve obra.

Efraín Subero RNC Nº 136 Septiembre, octubre 1959

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Mario Briceño Iragorry

IDEARIO POLÍTICO
Caracas: Ed. Las Novedades, 1958.

LA SIMIENTE revolucionaria de 1811 había comenzado a germinar desde mucho antes de que la abonasen los principios enciclopedistas: su origen quizás podamos hallarlo si nos remontamos al movimiento liberal español, en cuyo molde se configura la autonomía de los ayuntamientos, primer jalón hacia los sistemas populares de gobierno. Cuando Mario Briceño Iragorry, a lo largo de su obra, pone de manifiesto su profundo arraigo tradicional; cuando en su libro Mensaje sin destino formula tesis en las que defiende la herencia hispana, lo hace convencido de que, como el hidalgo manchego, quiebra lanzas en defensa de una idea noble; es decir, de una idea liberal. Briceño Iragorry cree más en el «valor funcional de la historia» que en la «liturgia de las efemérides»: a la historia debemos enjuiciarla no como un devenir, no como un conjunto de acontecimientos ya mineralizados cronológicamente, sino como una fuente viva de enseñanzas. Si en la historia sobrevienen «hiatos» o «pausas», según afirman algunos teorizantes modernos, aquéllos deben ir

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«acompañados de un cataclismo geológico o de un asesinato integral que borre del suelo nacional todo elemento humano de continuidad». La colonia y la República, para Briceño Iragorry, constituyen dos etapas superpuestas, pero no necesariamente discontinuas. De no ser así, quedaríamos «reducidos a una breve y accidentada vida republicana de ciento cuarenta años, que no nos daría derecho a sentirnos pueblo en la plena atribución histórico-social de la palabra». Este pensamiento del ilustre ensayista e historiador trujillano, ha dado margen a menudo para que se le confunda con un conservador en el sentido más lato de la palabra. Su credo, su doctrina, no se cansan de pregonar la dignidad ciudadana, no se cansan de exaltar las bases en que se edifica toda democracia verdadera. Dice:
Esencia de la democracia son la justicia y la libertad, y a éstas no se llega cuando un grupo de hombres restringe el derecho que integralmente toca al pueblo para exponer lo que, en uso de su facultad de pensar, cree sea su verdad. La coacción impuesta a la expresión del pensamiento político y filosófico de los pueblos, representa, además de un abuso de poder, un estado de espasmo mental ante el propio valor de las convicciones que se intenta defender… (1945).

Podríamos resumir el pensamiento político de Mario Briceño Iragorry, diciendo que aquél implica un rechazo no sólo de ese fermento disgregador conocido desde los viejos tiempos con el nombre de anarquía sino también de las fórmulas y teorizaciones con que se ha venido desfigurando la realidad histórica. Este pensamiento constituye el eje de su doctrina, sea cual fuere el problema hacia donde converja aquél: sistema de gobierno o estructura, verbigracia, del régimen universitario. Aludiendo a nuestra universidad escribe las siguientes frases: «Desde el Código de Soublette, donde adquirieron cuerpo las ideas de Vargas, hasta los últimos Estatutos, han jugado un papel primordial las simples palabras».

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Para adentrarnos en la realidad venezolana, para calar e impregnarnos en la savia con que se nutrieron los ideólogos de 1811, conviene, pues, erradicar las «simples palabras» y concebir la historia como una continuidad en el tiempo, como algo congruente en cuyo perenne fluir hallamos la razón de nuestro ser moral. La vida de un pueblo no es, en la cronología, un fenómeno aislado, una improvisación: tiene raíces profundas y al estudio de ellas debemos acudir siempre si queremos conocernos, o por lo menos conocer nuestro origen como pueblo. Hay una palabra, «revolución», a la cual muchos interpretan según sus propias convicciones o sus propios intereses, marginando lo que en ella se encierra de contenido social y humano y caemos aquí, nuevamente, en el campo de las fórmulas. Ya al promediar el siglo XIX en Venezuela nos hallamos con que el poder se lo disputan dos bandos, cada uno de los cuales esgrimen sus consignas, enarbola su bandera: son los «godos» y los «liberales»; ambos se llaman oligarcas y en el fondo sus procedimientos no ofrecen diferencia alguna. Se dan, incluso, paradojas como la de Páez y Monagas, quienes sustentan, respectivamente, ideas conservadoras y liberales, siendo de extracción humilde el primero, y de limpio linaje el segundo. La democracia de Briceño Iragorry es una democracia no «figurativa» si cabe el término, sino una democracia de principios hondamente arraigados en la historia. Los sistemas liberales actualmente en vigencia descansan, aunque no lo parezca, sobre bases tradicionales. El «hiato» de que nos hablan algunos sociólogos no parece confirmarse en la realidad. La realidad es lo continuo. Así lo han reconocido historiadores como Kahler, Croce, Le Bon, y muchos otros con los cuales coinciden las ideas del pensador venezolano. Dos conceptos, que llamaríamos cardinales, resumen el credo de Briceño Iragorry; conceptos cuya formulación, cruda, sin rodeos, como se deben decir las grandes verdades, acaso nos duela un poco. Si para los años que llevamos de vida republicana, ha dicho, «admitimos la procedencia de los varios procesos segmentarios (…) habremos de concluir que, lejos de ser una Venezuela en categoría
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histórica, nuestro país es la simple superposición cronológica de procesos tribales que no llegaron a obtener la densidad social requerida para el ascenso a nación». E incidiendo sobre el tema de la nacionalidad, añade:
En ella caben, como elementos que interesa examinar para la explicación de nuestra historia, el gesto de Vargas ante la insolencia de Carujo y la actitud ambigua de Monagas frente al Congreso, la mentalidad progresista de Guzmán Blanco y la curva hacia el nuevo caudillismo que reabrió el «legalismo» de Joaquín Crespo, momentos todos de una misma conciencia multánime, que expresa la agonía de un pueblo en busca de caminos.

En cuanto al concepto de política pura, Mario Briceño Iragorry sustenta la idea de que un pueblo, o digamos una estructura social en que rijan las normas del derecho público, no podría desplegar «funcionalmente» sus facultades o atribuciones como pueblo soberano, si no se apoya en aquel conjunto de valores morales y espirituales cuya unidad es base de tradición y a la vez conforma la fisonomía de lo que él llama «pueblo histórico». Muchas de las crisis sucedidas a lo largo de nuestra accidentada vida republicana, comenzando por las oligarquías hasta llegar a la moderna democracia social, han debido producirse en fuerza de ese desequilibrio de que siempre hemos padecido entre «país político y pueblo histórico». En Venezuela, piensa Briceño Iragorry, los partidos han superado las primitivas formaciones tribales, en las que el cacique encontraba apoyo para enquistarse en el poder. Figuran así, partidos circunstanciales para ganar elecciones; creados desde el poder «para dar continuidad ideológica a un sistema de gobierno»; partidos cuyos lineamientos programáticos descansan en el marxismo; liberales y de ideología socialcristiana.

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En el fondo, sin embargo, subsiste el viejo problema de vivir ajenos a una vertebración histórica verdadera; de subestimar el valor de las tradiciones culturales, y con ese valor la raíz de nuestra nacionalidad.

Eduardo Arroyo Álvarez RNC Nº 136 Septiembre, octubre 1959

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Nicolás Guillén

LA PALOMA DE
Buenos Aires: Editorial Losada, S.A., 1958.

VUELO POPULAR

CON EL HERMOSO

título de La paloma de vuelo popular, el conocido poeta cubano Nicolás Guillén ha recogido en un libro publicado por la Editorial Losada, de Buenos Aires, su más reciente producción poética. En este libro se nos presenta un variado, pero coherente registro, de sus andanzas viajeras por lejanos climas, pueblos y lugares del mundo, dándonos así uno de los más ricos testimonios poéticos americanos de estos años por la amplitud temática de sus motivos, que es a la par experiencia, goce o disfrute, angustia o drama del quehacer humano, protesta o requerimiento de un espíritu conmovido ante la realidad a la que asiste o participa, e impulso decisivo, brioso y viril, de una sensibilidad lírica, adiestrada en las más complejas resonancias del alma. En realidad, Guillén, tanto por intención como por obligación intelectual, simpatía y necesidad expresiva, divide su libro en dos partes sustanciales —la primera, propiamente la colección deno-

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minada «La paloma de vuelo popular»; la segunda, integrada por un conjunto de hermosas, desgarradas y nobles elegías— que si unidas por la reciedumbre comunicativa del conocido y personal estilo del poeta —e inclusive aún por la temática y los propósitos creadores persistentes en toda su obra— se distinguen, sin embargo, por la mayor fuerza de profundidad humana, de áspera controversia espiritual que, en definitiva, es posible percibir en la última de las secciones indicadas. Pero tanto en una como en otra de aquellas partes, está presente el inconfundible aliento americano de Guillén. Su esfuerzo por compenetrarse, metiéndose a lo hondo y sin reservas, con las gentes, lugares y hechos de esta América, nos da la imagen de una poesía, que sin dejar de ser culta en el mejor sentido de la palabra y atenta a las imponderables calidades del lenguaje poético de nuestros días, logra plasmarse en una gloriosa cercanía popular, por la forma y claridad de su exposición lírica. Ya la propia definición que en tal sentido ha perseguido el autor, precisamente, se encuentra en el título que acompaña esta entrega poética: La paloma de vuelo popular. Éste es el sentido de la poesía para Nicolás Guillén. Y hemos de decir que no ha sido en vano su esforzado laboreo en los definidos propósitos que lo han animado en su tarea creadora. Porque desde Motivos del son y Sóngoro consongo, pasando por West Indies Ltd., Cantos para soldados y sones para turistas, hasta El son entero, una indeclinable trayectoria, de fidelidad expresiva previamente escogida, de temas y motivos diversos, pero unidos dentro de una voluntad de terco acercamiento a las verdades del hombre y de los pueblos, se hace presente; pero, sobre todo, una infatigable decisión de crear poesía que, al mismo tiempo que fuera expresión de esa a veces inasible calidad de la palabra inspirada en las fuerzas de una comunicación espiritual permanente, diera, en los límites de su realidad, la dimensión del alma popular, gracias al uso de un lenguaje pleno de sabiduría elemental. Esto es, poesía como canto; poema y verso como canción.

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«La paloma de vuelo popular» y las «Elegías» —que componen este último libro de Guillén— aseguran en alto grado la madurez creadora de estos propósitos fundamentales del autor. Su obra, entonces, es eso que hemos definido como empecinada manera de hacer poesía popular, y responde, exactamente, a una disciplinada voluntad lírica. Pero hay algo más que eso —aparte del sentido americano que previamente hemos señalado— y es lo que, a juicio de muchos, distingue por entero toda la creación de Guillén: su aliento social. Por eso, la suya, viene a ser, en última instancia, y gracias a una magnífica integración de procedimientos, técnicas expresivas y temática fundamental, poesía americana, popular y social, al mismo tiempo, sin que, en ningún momento, exista el peligro de un rompimiento de ese admirable equilibrio que no deja de ser, también, equilibrio estético. No hay necesidad de señalar a estas alturas —me parece— que la parábola creadora de Guillén ha sido fiel a esas especies de coordenadas de su poesía, evidentes y objetivas en toda su obra. Y que por serlo, precisamente, a él corresponde un rango de primer orden entre los poetas contemporáneos de América, con su propia e inconfundible personalidad, con su peculiar estilo que a ningún otro se parece en la actualidad y con esa gracia de su pueblo —el cubano— que sabe decir las cosas más graves —y que sabe actuar al mismo tiempo— sin perder el sentido de las proporciones ni dejarse arrastrar por la desgracia o el temor que los tiempos, o las circunstancias, quieran imponer a la vida, sea ésta individual como colectiva. ¿En definitiva, qué podríamos agregar para individualizar este último libro de Nicolás Guillén? Creo que muy poco que antes no haya sido puesto de relieve en sus anteriores obras. Sólo que ahora —así lo hemos visto— existe una como mayor madurez, una más directa profundidad en el lenguaje, un más decidido enfrentamiento de las cosas que se cantan. Lo que en el fondo, repetimos, no es sino la consecuencia natural de una admirable trayectoria poética.

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Por eso, en primer lugar, aquí está la eficacia rítmica, el ritornelo, el son en el verso, tan peculiar en Guillén, y que es obra de inimitable procedimiento lírico, tan cercano a la expresión misma del pueblo cubano; la calidad humana de la poesía en que lo social no oscurece la palpitación del alma colectiva; la insistencia en el decir, más que el decir mismo, explícito, que es una de sus características más personales (por ejemplo, «La muralla»); y ese poso de la nostalgia, de la saudade, del sentimiento, que es posible advertir en uno que otro pasaje de su poesía, sin que por eso deje de ser el poeta que a toda hora y en todas partes sabe plantar la denuncia y el arrebato que sean necesarios. Porque, precisamente, y esto hay que decirlo también, en Guillén jamás se contrapone ese fondo permanente de lirismo contenido —lirismo viril siempre— con esa otra faceta de su arte que consiste en la rabiosa posición de la denuncia (véase, a este efecto, su poema «Exilio»). Además está el fuego de lo americano, la presencia de lo telúrico de este continente y la gran fuerza de su espíritu criollo. Que es, sin más, como una toma de conciencia natural del poeta con su medio. Igualmente se nos da, con habilidad suma que no disimula su origen, la gracia o la ironía, el sarcasmo, el humorismo, como mezcla diversa, pero efectiva y popular, en el lenguaje. Pero, por encima de todo eso, está el aliento universal de los temas, lugares, pueblos y países que llenan la experiencia del poeta, y que él nos da, sencillamente, como ámbito y escena real del hombre contemporáneo; a veces como recuerdo, como ansiedad, como angustia, como presagio o tempestad, en la que claramente es perceptible advertir una especie de expectativa general por algo que habrá de venir y cambiará el curso de la historia. Porque esto también se da en la poesía de Guillén: un sentido limpio y directo de la historia. Confesión y síntesis de un hombre, testimonio de un poeta vital integrado a las grandes realidades de su tiempo, es, en definitiva, la poesía de Nicolás Guillén. Y a ella responde, cabalmente,

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este hermoso libro, La paloma de vuelo popular. Libro que confirma un destino poético singular de nuestra América y que asigna a la poesía, como jamás tuvo en otra época de la historia, significación de beligerancia humana, popular y social.

José Ramón Medina RNC Nº 136 Septiembre, octubre 1959

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Pedro Díaz Seijas

EN VIGILIA
Caracas: Italgráfica, 1959.

GÉNERO DE

larga trayectoria y de muy significativos aportes a la cultura literaria del país lo constituye el ensayo. En particular el ensayo literario. Grandes ensayistas, críticos de muy variada obra, hemos tenido en el pasado. Y a pesar de las mutaciones que en el campo de la interpretación literaria se suceden a diario, aún se mantienen lozanas y vigentes muchas de las valiosas incursiones hechas entre nosotros por hombres penetrados del afán de la investigación, el estudio y examen de las obras literarias. Porque la tarea bien cumplida —y mejor respaldada con la seria y noble exigencia de la vocación—, perdura generalmente a despecho de los cambios que los nuevos tiempos casi siempre traen. El ensayo, pero sobre todo el ensayo de interpretación literaria, requiere muy especiales condiciones. A la par de una cultura básica, especializada, son cualidades imprescindibles una sensibilidad despierta, pronta y ágil, un esfuerzo de objetiva visión que ayude a dotar de imparcialidad el juicio que se exprese, y, sobre todo, una vivencia profunda de la obra u obras, del autor o autores

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en estudio. Todo ello, además, fundamentado, necesariamente, en un método, en un procedimiento de análisis que posea la virtud de desbrozar los límites superficiales del impresionismo literario —de cierta importancia, también, en su específica función— frente al hecho más serio y responsable, por sus exigencias de esfuerzo laborioso, que pide la otra forma ensayística, que va a más profundas búsquedas y certezas creadoras. Pienso que en la actualidad estamos en una magnífica etapa de trabajo en el campo del ensayo literario. Continúase así esa tradición que señalamos al comienzo; y se da, al mismo tiempo, una nota de responsabilidad intelectual en el presente —en manos de jóvenes con vocación y aspiración de hacer obra válida en el género— que ha de conducirnos, a no dudarlo, a hacer más sólido y fecundo el campo de esta forma tan comprometedora de la actividad del escritor de nuestro tiempo. Entre el grupo de los que con perseverancia, celo y responsabilidad intelectual se han dedicado en los últimos tiempos al difícil ejercicio del ensayo literario, destaca el nombre de Pedro Díaz Seijas. La feliz circunstancia de profesar cátedras de literaturas en importantes centros docentes ha puesto en sus manos una rica experiencia que a diario se ve aumentada por el esfuerzo ponderado de una voluntad que no desea quedarse en el mero ejercicio didáctico de repetir la acostumbrada lección, sino de trascender a labor más perdurable y creadora. De ahí su constante preocupación de escritor especializado en la materia, que le ha dado ya autoridad como investigador certero de las letras nacionales en sus más diversas y complejas etapas. La trayectoria de Díaz Seijas en este sentido es verdaderamente loable y significativa; y ello contribuye a fijar su obra ensayística como una de las más valiosas, responsables y serias con que contamos. Dentro de este vasto campo de investigación, y con iguales perspectivas a las de sus anteriores obras del mismo carácter, ha de encuadrarse su más reciente volumen de ensayos, muy acertadamente titulado En vigilia. El tomo en referencia ha sido editado en el año que cursa,

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aun cuando los trabajos que lo integran fueron realizados con anterioridad. En las ciento dieciocho páginas que lo forman se pone de manifiesto el amplio conocimiento de la materia literaria nacional que posee Díaz Seijas; pero junto a ello algo más vital: el sentido de contemporaneidad, de actualidad mejor, de las obras y autores estudiados y una muy particular inquietud personal que lo lleva a incursionar por entre su material de examen armado por la preocupación de adecuar la vigencia de la tarea literaria con la necesidad vital del país, en todos los órdenes de su realidad física y espiritual. Esto es, de desentrañar el sentido, el mensaje hondo que se acusa en la obra literaria, como una expresión de la angustia que palpita diariamente en eso que, confusamente, se ha dado en llamar la «conciencia venezolana». Vale la pena detenerse en este esfuerzo, bastante apreciable, de Díaz Seijas, porque ello dota a sus ensayos de entrañable querencia nacional, que lo aleja de una posible aridez erudita o estricta actitud científica con la que generalmente quiere identificarse el proceso de indagación crítica. Temas diversos enfoca Díaz Seijas en su libro. Y al lado de la investigación propiamente dicha, palpita el lúcido esfuerzo de la meditación serena y equilibrada. Son, en total quince trabajos los suyos, repartidos en dos secciones principales: «Interpretaciones» y «Meditaciones». Ambas tienen distinto carácter. Pero, en conjunto ofrecen una unidad de acción y un personal sentido de esclarecedora militancia venezolanista. Quizás, desde un punto de vista de doctrina literaria, aparezcan más valiosos los tres completos ensayos que forman la primera sección, los cuales versan sobre la interpretación de Doña Bárbara, el temor político en la novela venezolana y el examen de la generación modernista, a través de Rufino Blanco Fombona. Pero los restantes temas de la segunda sección, más breves o sintéticos, ponen de relieve un cuadro actualísimo de singulares problemas de la creación literaria que, dentro de una real apreciación de su significado humano, aportan innegables elementos para el deslinde de esa compleja realidad de las letras contemporáneas, sobre todo porque abarcan con

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sinceridad la dimensión venezolana de tan precisa realidad. Lo que viene a tener, en última instancia, el valor de un ideario estético, social e histórico verdaderamente apreciable.
José Ramón Medina RNC Nº 136 Septiembre, octubre 1959

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Pedro Francisco Lizardo

LOS CÍRCULOS

DEL HOMBRE

Caracas: Tipografía Vargas, 1959.

número de poetas venezolanos que de manera responsable trabajan una poesía consistente y contemporánea, esforzándose tenazmente en superarse en cada nueva obra, se encuentra Pedro Francisco Lizardo. Una revisión desapasionada de sus anteriores libros (Canción del agua clara, 1939; Comarca de amor, 1942; La viva elegía, 1944; Pura, encendida rosa, 1945; El tiempo derramado, 1954) y de su más reciente obra: Los círculos del hombre (Premio Internacional de Poesía Andrés Eloy Blanco, creado por la Asociación Cultural Interamericana, 1957), arrojan un saldo favorable. Este libro sorprende por la nobleza de sus poemas. Sin que necesariamente deba afirmarse —mentirosa, complacientemente— que se trata de una obra excepcional, Los círculos del hombre denuncian más bien y con mayor justicia la existencia de una notable sensibilidad poética en trance de cristalización. Hay aquí una búsqueda, casi desesperada, de voz propia, de aliento personal y único, que a ratos parece encontrarse. Estos poemas, aun entregados al evidente caos en que se debate Lizardo, se aproximan a la madurez lúcida y acaso terrible que
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signa a los verdaderos poetas. La obstinada y sistemática penetración en el maravillado mundo circundante, tan poblado siempre de misterios y abismos, constituye una actitud obsesionante y febril en el poeta. Nada, en verdad, escapa a su sorprendida visión, pues todo hiere su sensibilidad y lo impulsa irrefrenablemente a la elaboración estética. Estos círculos, más que del hombre de carne y hueso —que anda por las calles y saluda, come, procrea, lucha— abarcan un espacio ilimitado y fantástico, imposible de apresar en una sola ecuación artística. Aun cuando el hombre es definido como un «microcosmos» y como la medida de todas las cosas en cuanto son y de las que no son en cuanto no son, el poeta lanzado a una empresa tan riesgosa corre el peligro de no profundizar definitivamente en nada, disgregándose lastimosamente en un bosque demasiado cargado de motivos. Lizardo, sin embargo, pone de manifiesto a la expectante curiosidad general, la indudable riqueza de su imaginación y, sobre todo, su honrada conciencia estética, aun cuando los resultados no sean del todo convincentes. En los «Círculos del hombre», «Círculos de los días delirantes», «Círculos del paisaje», «Círculos de la noche», «Círculos de la sangre», «Círculos de la muerte», «Círculos de las contemplaciones» y «Círculos de la soledad», amplias secciones en las cuales se divide el libro, el poeta intenta una reconstrucción plena del hombre a partir de sus profundidades y sus relaciones con el mundo. Porque, ciertamente, no creo que Lizardo utilice la poesía como un simple juego retórico más bien lleno de alusiones que de significaciones, como suele ocurrir en la inmensa mayoría de los llamados poetas. Al contrario, su poesía parece exprimir una síntesis creadora con posibilidades reales de sentido. Su obra es coherente, a pesar del temperamento demasiado excitable del autor, que a veces lo orienta hacia una peligrosa disgregación de sus materiales, extendiéndose más allá de los límites señalados a sus propias fuerzas. Algunos de estos poemas, tales como «Las nubes» («Círculos de las contemplaciones»), cuya belleza resulta irreprochable, bien podrían interpretarse como el índice de los posibles hallazgos que
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obtendría su autor si concentrara sus esfuerzos en una más rigurosa disciplina creadora, es decir: si trabajara con mayor voluntad los fantasmas que visitan sus sueños, los extraños objetos que pueblan sus visiones. Porque, quizá no sea exagerada la opinión atribuida a Saint-John Perse, en la que el poeta francés parece afirmar que más del noventa por ciento de los poetas no son sino sensibilidades —muchas de ellas realmente extraordinarias— que no logran jamás realizarse en un riguroso acto creador, alucinados por una fácil y acomodaticia elaboración poética. No basta cantar a las nubes, hay que hacerlas. «Poeta —decía el viejo creador aymará— no cantes la lluvia; haz que llueva.» Por otra parte, ya sabemos que «lo poético» puede darse fuera del poema. ¡Hay tantas cosas poéticas! Pero es el poeta, el pequeño dios, de que hablara cierta vez Vicente Huidobro, el encargado de crear. Él imita la naturaleza, no en el vacuo sentido de una servil copia de sus criaturas que de por sí ya están dotadas de vida y belleza propias, sino en el hecho mismo de crear, dar vida y configuración propia a un mundo nuevo, independiente y libre de la naturaleza misma. Imitándola sólo en sus leyes, en su «técnica», si cabe la expresión. Lizardo, hemos de convenir en ello, no alardea por lo demás, con su obra. De antemano, con un epígrafe de Ulrich de Hutten, parece advertirlo: Yo no soy un libro hecho con reflexión; Yo soy un hombre con mi contradicción. El genio, no obstante, quizá no sea otra cosa que una larga reflexión.

Juan Ángel Mogollón RNC Nº 136 Septiembre, octubre 1959

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Ramón Palomares

EL REINO
Caracas: Ediciones Sardio, 1958.

CON PARTICULAR

atención sigo la trayectoria del joven poeta Ramón Palomares. Hace algunos años me mostraba, entre las esquinas de Viento a Muerto, El reino, poema que serviría de leit-motiv a los que integran su volumen publicado con el mismo nombre en 1958. En el comienzo de su gran aventura, Palomares nada un poco a contracorriente con su lector posterior, mientras atisba en zonas ocultas o de imperiosa profundidad personal. Nunca, ni antes, ni después, era como ocurre a menudo: en primer término una partida desigual con los vocablos. Una extraña simbología presidía cualquier posible comunicación verbal; peces que hablan fuera del agua, bueyes que se arrogan el poder de dueños de casa, gallinas que saltan por la ventana, y simples malabares que irradian en un jardín de encantamiento. La serpiente era una referencia continua a la culpa y el pecado; sin embargo parecía ser bella alrededor de los brazos y en torno al sexo de una mujer. En El reino gravitan dichas constantes mágicas, sólo que en la penumbra, abriéndose ahora hasta la transparencia el leve soplo respiratorio de la melancolía y la altivez. Exhibiendo menos desamparo íntimo, Ramón
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Palomares deja caer ahora en su reino, tal vez más jugosos frutos; en todo caso nos sobrecoge él por su existencia plena, y su obra por el discurso solemne y gravísimo que contiene. Ramón Palomares rehúye en sus poemas el balbuceo onírico y la sorpresa verbal; en alguna oportunidad sacrifica el vehículo lírico a través de una modulación directa, casi coloquial, muy expresiva, en la que no se halla ausente el habla típica de la región andina venezolana. Por último, apela a una mitología sanguínea, a las leyendas del Popol Vuh, a las fábulas de los indios, a los consejos de provincia, a un sabor, un dejo, un regusto de otra época americana con señores y damas extremadamente corteses y respetuosos, época que contrasta con la nuestra en «Asuntos del teatro», donde presiden las máscaras y… «Nos permitimos ser extraños, falsos. Llevar una emoción no sincera. Mientras andamos, desterrados de nuestro cuerpo, en un interminable paseo». He aquí el rumor de aquel tiempo extinguido: De uno y de otro lado de los océanos las silenciosas especies emprenden travesías apacibles, pueblos que aman la virtud de estar callados, simplemente mostrando en las ondas el lomo altivo y los nostálgicos ojos y cubriendo con sus sueños el mar como otros dioses a quienes nada importa el deseo. Para integrar sus poemas dentro de una estructura visible y plenamente coherente, adviértese en El reino que la descarga emotiva se encuentra confinada a un plano inferior: lo vago, lo más o menos lúcido ha de postergarse en beneficio de un centro vivo, de un núcleo poético primordial. Lejos de las serpientes y las águilas he decidido construir. En una colina conveniente con adornos propios a mi edad.
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Y soy como el ángel y el misterio y el vino y los labios de la mujer y la rosa roja y la pasión que devora el día; que es el desposorio de mis asuntos. Ramón Palomares se acoge de modo perceptible a una temática moral. En su poema «Lugares» se nos hace obvio que la mención de «aureola dorada» es en buenas cuentas, sinónimo de dicha, o sea pureza. La misma preocupación, la misma elección involuntaria o deliberada, subyace en El reino, uno de cuyos personajes, el Monje, no obstante sentirá en «las columnas del palacio azul», a «los hijos de la locura, cantando alegres o llorosos a través de sus habitaciones». El reino de Palomares no es lírico o imaginativo apenas, sino sobre todo, ético y conceptual. Sin poseer conocimiento previo de André Breton, ha recibido con singular videncia su mensaje ideológico: «la moral es la gran conciliadora, en ella encuentro temas de exaltación». Con el objeto de disipar cualquier equívoco vuelvo al comienzo de este pequeño trabajo y estampo una confesión nada desdeñosa: me hubiera gustado ver los poemas iniciales de Palomares recogidos en volumen. Pero Palomares ha preferido en este instante «la rosa roja y la pasión que devora el día»; elementos con que toca a las puertas de su reino y abre de par en par la claridad.

Juan Sánchez Peláez RNC Nº 136 Septiembre, octubre 1959

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Ricardo Gullón

CONVERSACIONES

CON JUAN RAMÓN

Madrid: Taurus Ediciones, S.A., 1958.

RICARDO GULLÓN,

escritor español ampliamente conocido en tierras de América, profesor y crítico de extensa obra, ha publicado en las prensas madrileñas de la editorial Taurus un interesante y muy revelador libro sobre Juan Ramón Jiménez. Conversaciones con Juan Ramón titula Gullón su obra en referencia. En ella nos brinda un perfil cordial, humano y sincero, del autor de Platero y yo, donde, a la par de una intimidad robusta y bien llevada se nos descubre lo que, no sé si aproximativamente, pudiéramos llamar la doctrina poética juanramoniana, con mucho de testimonio histórico y de abundante polémica. En una palabra, este libro, inteligente y hábilmente conducido, es una expresión viva, actuante, del poeta y un rico muestrario de sus preferencias literarias, de sus inclinaciones personales, de sus gustos y disgustos. Libro de lectura fácil y apasionante, donde se entremezcla la confesión con el discurso polémico; porque todo él está nutrido de descarnados juicios —algunos tajantes e inapelables—, que muestran el carácter inflexible del personaje, el

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cual, si sincero y directo en sus apreciaciones, no pocas veces se vio tentado por la arbitrariedad en sus veredictos. Ricardo Gullón penetra en la intimidad diaria de Juan Ramón Jiménez allá por el año de 1954, cuando arriba a Puerto Rico —donde residía el poeta— como profesor invitado para dictar cursos de literatura. El propósito de Gullón, inicialmente, era el de preparar material para una obra que piensa escribir sobre el modernismo. Y nadie más llamado para procurar información de primera mano que quien fuera, en el ámbito español, una de las primeras figuras del movimiento. Se dio, pues, a la tarea laboriosa, pero fecunda y grata, de conversar con el poeta, a fin de extraer de esos contactos de cordial expansión una guía valiosa para sus propósitos de investigación literaria. Surgió así, pacientemente, un cúmulo de datos, juicios, confesiones, testimonios y recuerdos verdaderamente esclarecedores en cuanto al personaje, a su generación, a sus amigos, al movimiento estético a que perteneció y a las fuentes orgánicas que sirvieron de estímulos a las jornadas literarias de su época. Era, en tal virtud, un rico arsenal donde, vivamente, se confundía lo autobiográfico con la razón crítica o con el apunte literario. Todo vertido, gracias a la espontaneidad, en un plano de confianza y seguridad absolutas y animado por la gracia expresiva de quien cuenta cosas que le son queridas, en las que fue protagonista o espectador interesado. Y en fin, completaba el esfuerzo de tan interesante manifestación la voluntad certera de contribuir a deslindar territorios y deshacer equívocos. Place así, encontrar en este libro de Gullón, una atracción irresistible para el conocimiento de tan vasta y controvertida materia como son los orígenes hispánicos del modernismo y su conexión con otros movimientos literarios europeos de aquellos tiempos. Aquel propósito inicial del autor se vio dramáticamente interrumpido con la muerte del poeta. Y entonces surgió, precisa, la necesidad de entregar al público lo que representaba un testamento literario. Publicadas ahora, de esta manera, aquellas conversaciones, tan llenas de luz, de claridad, de fuego y de pasión, llenan un cometido revelador, y nos muestran una faceta hasta el momento en
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cierta forma inédita, de aquel gran espíritu de la poesía hispánica: su penetración crítica, que se da la mano, admirablemente, con los profundos y vastos conocimientos de que hizo gala su cultura literaria. Siendo un homenaje a Juan Ramón Jiménez, éste de Gullón, también, nos da otro estupendo cumplimiento de amistad entrañable. Porque en estas lecturas de su obra se alía justicieramente la memoria del poeta con la de quien fue sombra tutelar, compañera bondadosa, mano leal y corazón abierto, en sus luchas, fatigas y creaciones. Por estas páginas cruza, lleno de recia humanidad, el recuerdo de Zenobia Camprubí, la infatigable. Una dimensión más de humana cercanía que dota al libro de Gullón de un especial atractivo biográfico, y que le asigna particular relieve de auténtica dádiva amistosa sobre el tiempo. Conversaciones con Juan Ramón ofrece, pues, dos vertientes por igual apasionantes y fecundas: lo propiamente biográfico, vitalmente esclarecedor del personaje, su ambiente y sus relaciones; y de la otra, la revelación histórica, con nombres y detalles, algunos desconocidos, de un gran movimiento de las letras de habla hispánica. Por eso, la lectura del libro, a la par agradable y estimulante, brinda su panorama crítico por demás interesante. Y al cerrarlo, quedan flotando en nuestro espíritu las visiones, la cercanía y claridad, de nombres y de obras que nos son queridas y admiradas desde hace largo tiempo.

José Ramón Medina RNC Nº 136 Septiembre, octubre 1959

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Salvador Garmendia

LOS PEQUEÑOS
SERES
Caracas: Ediciones Sardio, 1959.

POSEÍDO DE verdadero talento, pasión y vocación creadora, Salvador Garmendia se convierte, con Los pequeños seres, no ya en una gran promesa de novelista sino en uno de nuestros jóvenes novelistas más acuciantemente originales, más empeñosamente preocupados por darle a la novela venezolana otro matiz, otro significado y, sobre todo, otra dimensión. Garmendia parte, como novelista, de esas tentativas experimentalistas cuyo origen habría forzosamente que buscar en el tiempo de entreguerras y de las que son posiblemente exponentes máximos Faulkner y Kafka: de un lado la forma, el estilo, la manera de conducir la narración por medio de planos superpuestos, cortando y reemprendiendo constantemente el hilo o el nudo del relato; del otro, un como dar la espalda a la tierra «real» para abocarnos hombre adentro, mostrándonos más a la criatura humana en su «existencia» que en su «esencia» o «trascendencia». En cuanto a tema —y no en cuanto a planteamiento moral ni a propósito estético— la obra de Garmendia tiene dos claros prece-

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dentes: Laudin y los suyo, de Wassermann, y La caída, de Camus. En ambas novelas se plantean casos muy semejantes al del superintendente Mateo Martán; es decir, casos en que personas que «gozan» de una posición privilegiada en la vida se hunden de golpe, «incomprensiblemente», en una especie de voluntario y atormentado exilio. No apunto con esto sin embargo que Los pequeños seres esté precisamente en la línea de las dos novelas citadas. Los pequeños seres es otra cosa. Está escrita, si se me permite, con una «técnica» más depurada e intensa, o, al menos, más afín con nuestro tiempo y nuestra sensibilidad. Narra Garmendia en su novela «la caída» de un pequeño ser, la caída del superintendente Mateo Martán: hombre probo, paciente trabajador, que lleva quince años al servicio de una gran compañía. Martán no piensa, trabaja y espera. Mas ¿qué espera? Ser elevado al rango de superintendente. Para ello tendrá que morir antes un hombre, otro pequeño ser: su jefe inmediato superior. Esta muerte llega. Pero es precisamente esa muerte la que rompe algo en el espíritu de Mateo Martán. De pronto todo el pasado se le aferra a la desvencijada memoria: los amontonados despojos, las cosas liquidadas. Necesita pues ordenar ese caos, darle forma al horrible vacío. Se descubre solo y exilado. Precisa de urgentes respuestas afectivas. De amor, no de deseo. De algo que le libere de su mortal angustia. De su desamparo. De su soledad. Así comienza Mateo Martán su atroz monólogo, su desesperado viaje. Así, pasto de una realidad imaginada o metamorfoseada por la imaginación, se va hundiendo en una lucidez tan implacable como el fulgor de la locura. Así va cayendo no en la depravación ni el envilecimiento sino en su «otro» ser: en el ser que han frustrado «las dolencias profundas de un medio social y el absurdo de una realidad que suele negar al hombre su más inmediata realización». Dos cosas hay en Los pequeños seres que se hubieran podido expresar de otro modo: el diálogo de las páginas 26-28 y la escena de Antonio con Amelia. El primero es un tanto superficial; la segunda tal vez demasiado «excitante».

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Mas, como dije en un principio, Garmendia es todo un novelista: un creador capaz de darle a la novela venezolana otra dimensión y otra originalidad.
Plá y Beltrán RNC Nº 136 Septiembre, octubre 1959

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Carlos Felice Cardot

LA LIBERTAD DE
CULTOS EN VENEZUELA
Madrid: Ediciones Guadarrama, 1959.

UNA DE

las obras más importantes en materia religiosa publicada últimamente es la intitulada La libertad de cultos en Venezuela, cuyo autor, Carlos Felice Cardot reúne cualidades nada comunes en cuanto se relaciona con la capacidad de análisis y el acopio de documentación, elementos sin los cuales resultaría incompleto cualquier libro de esta naturaleza. Comienza el doctor Felice Cardot por exponer esquematizadamente el profundo arraigo que tuvo el cristianismo durante los primeros tiempos de su aclimatación en América; díganlo si no los frailes misioneros, cuya simiente evangelizadora, además de cumplir sus funciones específicas en lo tocante a catequesis, influyó considerablemente en el proceso de culturización del indio. Era lógico pues que la Iglesia se constituyese en una fuerza moral decisiva cuando la monarquía recabó su apoyo para fijar las bases del poder civil en el Nuevo Mundo, o sea para darle vigor a los códigos e instituciones implantadas en aquél. Cuando sobreviene el descubrimiento de América, en las postrimerías del siglo XVI, el solio pontificio lo ocupaba Alejandro VI,
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quien por medio de bulas expedidas en favor de la monarquía, hizo que los reyes salieran airosos de tan gigantescas empresas como la conquista y la colonización. El primero de estos privilegios en otorgarse es la bula conocida con el nombre de «Inter Cetera». documento cuyo contenido ofrece especial significación por cuanto en él se establecieron aquellas normas sobre las cuales deberían apoyarse las nuevas colonias. Más tarde la reina Isabel, mediante un codicilo, reafirma la vigencia de estas mercedes; e incluso el Papa Julio II, con fecha 28 de julio de 1508, expide su bula «Universalis Ecclesiae», ratificando las directrices delineadas por su predecesor Alejandro VI en beneficio de la monarquía. En esta bula, dice el autor, se acordaba a los soberanos españoles el derecho para intervenir en el régimen de las iglesias americanas, «salvo en cuestiones de materia dogmática y en la disciplina eclesiástica propiamente dicha». Asimismo Felipe II, igual que hiciera antes el famoso Concilio de Trento, y con fecha 1° de junio de 1574, promulgó leyes en virtud de las cuales allanábase el camino para llegar al patronato. En Venezuela, aunque el mismo data del año de 1508, sólo tiene vigencia al crearse en Coro (1531) el primer obispado. Durante el curso de 1638 fue designada Caracas como sede de aquél, habiendo sido creados sucesivamente los de Mérida y Guayana. Al sancionar la «Recopilación de las Leyes de Indias» el 1° de noviembre de 1681, el rey Carlos II incorporó en el Libro Primero «todo un cuerpo legislativo, esencialmente casuístico», entre cuyas normas figuraba la relativa al funcionamiento y disciplina de la Iglesia americana. Así pues, para que en América arraigase definitivamente la conciencia de un concordato, era aún necesario cubrir un largo período de ensayos o tanteos, en el cual se fuesen superando los diferencias entre el Estado y la Iglesia. Los dos poderes aparecen en los siglos XVII y XVIII sustentando el equilibrio sobre el que descansa una sociedad cuyas ideas en materia de moral hallábanse en la fase rudimentaria o poco menos. De allí ese laborioso y, en cierto modo, complejo proceso

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de sedimentación al que se refiere el doctor Felice Cardot en su importante libro de ensayo e historia. Así, en 1737 el monarca Felipe V y el Papa Clemente XII firman un concordato, y en 1753 se suscribe otro del cual son signatarios Fernando VI y Benedicto XIV, quedando ya definitivamente estabilizadas las relaciones entre ambos poderes. Las mismas se inician bajo la forma del concordato, cuando comienzan a integrarse en América los primeros centros urbanos y rurales. «Hasta no establecerse los obispados, observa Felice Cardot, no hubo mayor celo en los funcionarios seculares, pues el régimen misional o parroquial era sencillo en su ejercicio y no daba mucho margen a una rígida aplicación de preceptos especiales.» Recuérdese lo dicho en cuanto a que en nuestro país los primeros obispados fueron establecidos en Coro, 1531, Mérida y Guayana. Después del 19 de abril de 1810 los caraqueños invocan las especificaciones contenidas en la bula de Alejandro VI para asumir las funciones de un gobierno autónomo, ya que si las tierras americanas habían sido otorgadas a los reyes, desaparecidos éstos, aquéllas pertenecían ahora «a los descubridores y pobladores representados en nosotros». Vemos pues cómo, en medio del fermento de las ideas liberales, cuya semilla han sembrado los enciclopedistas venezolanos, las instituciones religiosas se mantienen firmes y disfrutando cada vez de mayor predicamento. Pero, según advierte el autor de La libertad de cultos en Venezuela:
Los hombres que la misma España había formado en las últimas décadas del siglo XVIII y primeras del siguiente, en los claustros de la Real y Pontificia Universidad de Caracas, se convertirán en los grandes ductores del movimiento, ideólogos de la emancipación, legisladores, magistrados, estadistas, diplomáticos, guerreros, floreciendo así una generación venezolana que habrá de constituir para siempre la más severa representación de la Patria.

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El primer congreso venezolano se reunió con fecha 2 de marzo de 1811; en aquella magna asamblea queda para siempre establecida la autonomía política de nuestro país. Muchos y muy graves son los problemas ante los cuales se encaran legisladores y estadistas en aquel momento sobre cuya significación histórica huelga hacer comentarios. Entre esos problemas no es el menos importante el relacionado con el buen clima de conciliación o armonía que debe presidir las relaciones del Estado y la Iglesia, si no en forma ideológica, por lo menos convencional. Ya hemos visto cómo, recién descubiertas las tierras americanas el Papa Alejandro VI expidió varias bulas en las que el Estado pontificio otorgaba privilegios a los soberanos españoles sobre las nuevas colonias. Había de por medio, sin embargo, la cuestión relativa a la tolerancia de cultos, materia cuyo fondo analiza con un criterio liberal aquel William Burke, quien en la Gaceta de Caracas de 19 de febrero de 1811 emite conceptos en apoyo de la misma, suscitando en los círculos revolucionarios y ortodoxos, larga y erudita controversia. La Iglesia, como depositaria de los valores tradicionales de la cultura en América, igual que lo fuese en la Europa medieval, no podía ver con indiferencia la merma de sus fueros, consagrada ya desde los mismos tiempos en que llegan las misiones y se erige la cruz como baluarte de la colonización.
Caracas, entre las americanas, era una de las ciudades más cultas y en donde las modernas corrientes del pensamiento se habían enraizado más. Humboldt, que la había visitado en la aurora del siglo, se mostró entusiasmado al comprobar que sus gentes estaban empapadas de ese ambiente de vida intelectual nueva que constituía privilegio del pensamiento europeo… *** Burke halló campo propicio para tratar un tema que podía crear hondas suspicacias y recelos. Y al efecto, las produjo. Lanzó la
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chispa que dio ocasión a la tormenta pero ésta fue desenvuelta dentro del marco de la serena discusión y análisis.

Fue el Congreso de 1833, ya disuelta la unidad grancolombiana, quien declaró vigente la Ley de Patronato. Un año después, o poco antes, el 18 de febrero de 1834, nuestros legisladores establecieron la absoluta libertad de cultos.
Sin duda —añade Felice Cardot— que ese acto constituía la serie de medidas encaminadas a menoscabar el prestigio de la Iglesia Católica, en momentos en que estaba duramente amenazada, con la primera expulsión del Arzobispo Méndez, y con otras disposiciones en donde se atacaba real o aparentemente.

Después de un largo período durante el cual menudearon las fricciones entre ambos poderes: el político y el eclesiástico, sobrevino la reforma constitucional de 1857, cuyos postulados en materia religiosa acusan un criterio mucho menos heterodoxo que el de los legisladores de 1834. Se declara en ellos que «El Estado protegerá la Religión Católica, Apostólica, Romana; y el Gobierno sostendrá siempre el culto y sus Ministros, conforme a la Ley». La obra del destacado intelectual venezolano doctor Carlos Felice Cardot titulada La libertad de cultos en Venezuela, constituye uno de los ensayos de mayor aliento que se han publicado en el país sobre tan importante materia. No sólo nos hallamos ante una obra informativa, de amplia documentación, sino también frente a una búsqueda inquisitiva de nuestra historia. No hay en ella un acento polémico; se trata, sencillamente, de un libro cuyo texto nos ilustra acerca de cuestiones vinculadas a nuestro propio significado como nacionalidad.
Eduardo Arroyo Álvarez RNC Nº 136 Septiembre, octubre 1959

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Arturo Croce

LA CIUDAD
ALEDAÑA
Caracas: Italgráfica, 1959.

ASÍ COMO los integrantes de La montaña labriega (Caracas: Editorial Aramo, 1958), estos cuentos de Arturo Croce, agrupados bajo el bello título de La ciudad aledaña, fueron escritos en varios y distanciados tiempos. Luego seguirán —igualmente creados en diferentes tiempos y espacios— Los caminos y el llano y El mar, el río y la selva, abarcando de esta suerte un vasto territorio físico y espiritual por demás ambicioso. Porque en realidad lo que Arturo Croce se ha propuesto —empeñándose en una lucha casi dramática con el lenguaje y el estilo— es traducir en sus relatos (o en sus cuentos) toda la amplia y pavorosa realidad del país. Tarea peligrosa, en cierto modo. Y difícil. Porque el artista no es en modo alguno un historiador sino un creador. Y un cuentista ¿no es acaso un poeta? En este aspecto, los alemanes no hacen diferencia. Se habla del poeta Kafka como del poeta Hölderlin. O, como lúcidamente lo expresara Apollinaire en El espíritu nuevo y los poetas: «Poesía y creación son una misma cosa; no se debe llamar poeta sino al que

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inventa, al que crea, en la medida en que el hombre puede crear». Y Croce en muchos de sus trabajos —como ya se advierte en La montaña labriega y en otras publicaciones aisladas— se aferra encarnizadamente a la realidad —al realismo—, describiendo las cosas y los seres tales como son, en la medida en que esto pueda ser posible, sin permitirse —salvo en raras excepciones— el libre vuelo de su imaginación creadora, sin proyectarse a un plano de mayores realizaciones estéticas.
Estamos en una época de creación artística —afirmó Reverdy— en la cual se han creado obras que, separándose de la vida, vuelven a ella porque tienen una existencia propia, fuera de la evocación o de la reproducción de cosas de la misma. Por eso, el Arte de hoy es un arte de gran realidad. Pero es preciso entender realidad artística y no realismo, que es el género más opuesto de nosotros (el subrayado es nuestro).

Parece importarle más al autor el documento fidedigno y descarnado que la fabulación y el enigma. Croce se acerca a la realidad cotidiana —la observa, la huele, la penetra— y la retrata con ingenua naturalidad. No obstante, en su prosa sencilla y acaso defectuosa se halla un cierto clima de candorosa y fresca poesía, de tierno y a la vez vigoroso calor humano, no exento de belleza. Porque Croce ama sincera y entrañablemente su tierra, su paisaje, el anchuroso escenario en el cual transcurre la dura —y a la vez encantada y avasallante— vida diaria. Si en La montaña labriega los hombres se hallan sumidos en una lucha implacable con la tierra y las bestias, en un ambiente agreste y violento donde hombres y bestias se confunden —conviven, se aman y se odian—, en La ciudad aledaña los personajes se enfrentan a las posibilidades de existencia que ofrecen las hostiles urbes. Pero ellos no habitan el lujo de las confortables mansiones, ni siquiera el reducido y sofocante ámbito del modesto apartamento. Ellos se hacinan en los inmundos ranchos, en los

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cerros escarpados y lejanos, en los desasistidos aledaños. Sus personajes se arrastran entregados a la desesperación y la miseria. Seres dostoievskianos y goyescos proletarios, mendigos, sifilíticos, locos, luchan afanosamente contra lo inexorable sin encontrar sosiego. De aquí que, forzosamente, el autor incida en el drama social y roce lo político. Podría decirse, con las reservas del caso, que la lucha de clases se plantea desde el principio del libro y lo recorre —a veces se sugiere, abiertamente se revela en otras— como un río envolvente. Si nos emplazaran a encontrar una «tesis», un «mensaje», en estos cuentos de La ciudad aledaña, acaso diríamos que en ellos —en términos generales— se pretende rescatar del olvido a las pobres gentes, a los humillados y ofendidos, a los humildes, y que su autor (y es ésta una afirmación un tanto aventurada) está convencido de que la literatura —el arte— puede hacer algo y acaso mucho en favor de estos seres. Sin embargo, ¿hasta qué punto la problemática social está en capacidad de darnos, mediante el ejercicio de una voluntad penetrante, el fruto perseguido por los objetivos propiamente estéticos? Situándonos en el terreno de las exigencias estilísticas, habría que señalar en La ciudad aledaña la, a ratos, acentuada desigualdad en la arquitectura de su prosa. Ciertos trozos —imposibles de ser reproducidos dada la reducida extensión de esta nota—, al confrontarse unos con otros, exhiben una incuestionable diferencia de estilo. Frecuentemente, después de saborear unas páginas de impecable corrección, no es extraño tropezar con largas parrafadas exentas de elegancia y cohesión. Mas resultaría injusto no advertir, como señalado atenuante, la diferencia cronológica que media entre sus cuentos. Muchos de ellos acaso fueron escritos hace más de veinte años y en circunstancias poco propicias para la labor creadora en nuestro país. (Últimamente he leído cuentos de Croce, tales como «Los ojos salvajes» —aparece en la antología que hiciera Guillermo Meneses— y «El obrero llegó cansado» —todavía no agrupados en volumen—, de una irreprochable factura

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y aun de exquisita belleza. Esto parece demostrar que sus más recientes obras están signadas por un mayor dominio del lenguaje y que el autor, en posesión de un estilo decantado, se halla en la plenitud de su capacidad creadora.)

Juan Ángel Mogollón RNC Nº 137 Noviembre, diciembre 1959

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José Rafael Mendoza

DERECHO PENAL VENEZOLANO
Parte General, tomo I Caracas: Empresa El Cojo, 3ª edición, aumentada y puesta al día, 1958.

CURSO DE

dedicada al estudio de los problemas del derecho penal, una bibliografía de veintisiete obras sobre aspectos de la ciencia penal —producción inusitada en nuestro medio—, una actividad docente en la universidad y en otros institutos públicos y privados donde ha formado discípulos y colaboradores, han convertido gradualmente al doctor José Rafael Mendoza en nuestro primer penalista, sin duda, y le han dado una brillante reputación internacional. Ni la cátedra que exige gran parte de tiempo, ni el ejercicio profesional, que Mendoza no ha abandonado, han sido obstáculos para que se interrumpa la labor de investigación de este hombre a quien debemos agradecerle estos dos libros que constituirán el objeto del presente comentario, libros de enorme utilidad para estudiantes y profesionales del derecho, y para profesores, ya que es muy escasa la bibliografía al respecto. Se trata del Curso de
UNA VIDA

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derecho penal venezolano, arriba citado; y del Compendio de parte especial del mismo curso, editado en 1957, el primero con 419 páginas de texto, y el segundo con 537 páginas. No es nuestra intención analizar ahora estas obras en un comentario extenso, como sus méritos lo exigen, pues preferimos que tal trabajo lo hagan los especialistas, sino llamar la atención del público acerca de sus cualidades, acerca del esfuerzo que representan y la valiosa contribución que aportan a la bibliografía penal venezolana. En primer lugar, hay que destacar los extensos conocimientos que posee el autor sobre la materia que trata. Doctrinas y teorías, desde las más antiguas a las más modernas, son expuestas con claridad y comentadas con gran tino. La documentación de estas obras no puede ser una completa. Basta echar una ojeada al índice de autores para comprobarlo. Cuando Mendoza trata un punto, cuida de hacernos conocer las opiniones más autorizadas sobre el tema. No nos impone su propio criterio sino que nos deja la libertad de escoger entre las diversas tendencias, lo que no es obstáculo para que muestre su simpatía por tal o cual doctrina. Cuando abraza una doctrina penal determinada, la defiende con calor y elocuencia, con la misma que ha desplegado en el foro, pero sin menguar el valor que puede tener el punto de vista contrario, sin caer en dogmatismos y posiciones negativas que nada provechoso aportan al esclarecimiento de los problemas. Tanto en la parte general como en la especial, el autor revela sus dones de exégesis y de análisis de las disposiciones por estudiar. Cada delito es estudiado tanto en su parte doctrinaria e histórica como en su parte nacional, de manera que el lector, a la vez que adquiere el conocimiento general sobre el asunto, recibe también las nociones por lo que respecta a la circunstancia venezolana, acerca de los antecedentes históricos, en nuestra legislación y en el extranjero, a través de los diversos cambios de las legislaciones. Nada más útil que estos libros para jueces, profesionales y estudiantes. El autor combina felizmente el estudio de lo abstracto

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con lo concreto; el caso ilustra la doctrina, la jurisprudencia no es olvidada. Al estudiar el delito de violación, por ejemplo, nos dice el autor:
No define el legislador el delito de violación carnal, pero castiga al que por medio de violencias o amenazas haya constreñido a alguna persona, del uno o del otro sexo, a un acto carnal o coito (coitus, de cum, justamente, e ire, ir) (Art. 375). La acción consiste, por lo tanto, en la verificación de un acto carnal mediante violencias o amenazas. No se requiere que el violador introduzca todo el pene; basta la semintroducción: coito vestibular; ni que desflore a la víctima, porque no es necesario que ésta sea mujer y virgen, puede ser un macho o una meretriz (…) El acto carnal puede ser natural o contra natura. Según algunos autores, no queda incluido el coito bucal oral (fellatio in ore) (Maggiore); según otros sí (Vannini). Aquí se contempla todo acto carnal normal que prepara y produce placer mediante excitación del sentido genético (…) Si la violación recae sobre una mujer casada, el adulterio queda absorbido por el de violación, y lo mismo sucede con el rapto. En ambos casos se aplica la pena más grave. Si recae sobre una prostituta, la responsabilidad se disminuye (Art. 393) (…) El acto carnal con animales no está incriminado en esta especie, al contrario de lo que ocurría antiguamente, en que la bestialidad se castigaba con la pena de muerte (…) Actualmente sería un acto lascivo u obsceno…

Como se ve el autor prevé, hasta donde es posible, todos los casos, todas las situaciones que pueden presentarse en cada delito, lo que encierra un indiscutible interés práctico. Al escribir esta nota no ha sido otro nuestro propósito que contribuir a la divulgación de libros que lo merecen. En nuestro país, desdichadamente, se le rinde poco tributo al trabajo intelectual serio. El doctor Mendoza, es verdad, no trabaja para el aplauso

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y la fama, principalmente, sino porque le gusta el derecho penal. Pero es justo que la obra paciente, fruto de numerosos años y de estudios prolongados, sea destacada y anunciada.

Alejandro Lasser RNC Nº 137 Noviembre, diciembre 1959

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Edgar Pardo Stolk y Vicente de Amezaga

JESÚS

MUÑOZ TÉBAR

Caracas: Ediciones de la Fundación Eugenio Mendoza, n° 33, 1959.

OTRA DE LAS

biografías con que la Fundación Eugenio Mendoza ha venido contribuyendo al mejor conocimiento de los venezolanos ilustres, es la de Jesús Muñoz Tébar, cuyos autores, Edgar Pardo Stolk y Vicente de Amezaga, han compilado datos lo suficientemente ilustrativos para darnos una idea cabal acerca de su biografiado. Jesús Muñoz Tébar, rama de un árbol genealógico de tan noble prosapia ciudadana como la que encarnaron su tío Antonio y su padre Juan. Bosquejando la figura del primero, dicen los biógrafos:
Se había graduado de Bachiller en Filosofía en la Universidad Central en 1806, a los catorce años de edad. Y cuando, cuatro años más tarde, el 19 de abril de 1810, resonó el grito de la Revolución abandonó los estudios y paseó por primera vez la bandera revolucionaria de Miranda por las calles de Caracas.

En cuanto a Juan, progenitor de nuestro personaje, escriben aquéllos:

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Recibió su bautismo de sangre en Vigirima en 1813; y en San Mateo y Carabobo, al lado de su hermano, combatió como los buenos. En 1815 figura entre los patriotas que defienden a Cartagena; cae allí prisionero de Morillo, y es condenado a trabajos forzados con cadena al pie, martirio que sufrió el Teniente durante cinco años.

Hemos transcrito los anteriores fragmentos a fin de que el lector aprecie la raíz del árbol cuya savia generosa circula por las venas de Jesús Muñoz Tébar. Sin embargo, los tiempos en que le toca nacer al futuro hombre público ya no forman en la historia de los grandes acontecimientos acaecidos durante las primeras tres décadas del siglo XIX. Nace el 17 de enero de 1847, un año justo, con sólo diferencia de días, antes del infausto 24 de enero de 1848, cuando, bajo la oligarquía liberal (léase Monagas), fue hollada la soberanía del Poder Legislativo. Muñoz Tébar hizo sus primeros estudios en la Academia Militar de Matemáticas, instituto fundado por don Rafael Acevedo en 1831 y cuya dirección hubo de ejercerla inicialmente don Juan Manuel Cajigal, esclarecida figura de la ciencia venezolana. Una vez obtenido el diploma de ingeniero civil (habíase especializado en ciencias exactas), ingresa a las aulas universitarias donde cursa principalmente estudios de filosofía.
Cuando se habla de esta filosofía moderna, dicen los autores, no hay que olvidar que, a partir de la segunda mitad del siglo XVII el criollo venezolano es ya un hombre preparado para sentir y comprender los postulados de la Ilustración que Francia exportaba a estas tierras a bordo de los navíos de la Compañía Guipuzcoana.

Fue Muñoz Tébar uno de los primeros en darse cuenta del grave problema que para la Venezuela de aquel entonces constituía la falta de institutos docentes. Era necesario fundar nuevos planteles de enseñanza y reformar en lo posible el anticuado sistema pedagógico. Fiel a tales principios cumplió meritoria labor en el campo
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educacional, habiendo desempeñado entre otros cargos el de director de la Escuela Modelo Guzmán Blanco, y el de inspector de Instrucción Primaria para los Estados Occidentales, en 1876. Como rector de la Universidad Central, Muñoz Tébar procuró por todos los medios modernizar los sistemas en vigor hasta aquel entonces, e iniciar un ciclo de investigaciones, lo cual hallábase muy de acuerdo con la filosofía del experimentalismo, en cuyas filas militaba como buen abanderado de las ciencias positivas.
La Universidad —comentan Pardo Stolk y De Amezaga— ha de marchar sincronizada con su hora, que si bien su función específica es la de ser engendradora de ciencia, ésta, por muy alta que se yerga, nunca ha de olvidar que, en definitiva, es una servidora de la vida que en cada tiempo tiene sus necesidades diferentes.

Durante dos ocasiones ejerció Muñoz Tébar la rectoría universitaria, habiéndose iniciado ambos períodos el 3 de mayo de 1887 y el 17 de julio de 1906. Sin embargo, no satisfecho con enseñar desde la cátedra, quiso también hacerlo desde el libro, publicando varios, entre los cuales figuran Sistema métrico decimal, Ortografía castellana, Notas gramaticales, Cartera del ingeniero, Estudios cosmogónicos, y algunos otros ensayos sobre astronomía, materia de la que fuera profesor universitario en 1907. Los biógrafos de Muñoz Tébar, al enjuiciarlo, le señalan cualidades poliédricas, y esto se comprueba con sólo fijarse en la multiplicidad de sus conocimientos. Escribe ensayos literarios y simultáneamente se lanza al estudio de problemas nacionales, como los relacionados con la canalización de la barra de Maracaibo, ferrocarriles, minas, hidrografía, vialidad, y algunos otros. En materia cívica sus obras, Bolívar y Personalismo y legalismo, ponen de manifiesto las arraigadas convicciones sustentadas por aquel hombre cuya figuración en la vida nacional ocupa alto nivel. Jesús Muñoz Tébar, quien fue cinco veces titular de Obras Públicas, como ingeniero construyó ferrocarriles y carreteras, el Teatro Municipal, el Hospital Vargas, la Capilla del Corazón de
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Jesús y otras obras. Numerosos fueron sus cargos políticos y administrativos. Además de la cartera de Obras Públicas desempeñó también las de Fomento y Hacienda, habiendo también ejercido la presidencia del Congreso Nacional, y desempeñado la primera magistratura de los estados Falcón, Zulia y Mérida. En 1890 fue candidato a la presidencia de la República para suceder al gobierno de Andueza Palacio. Después del fraude electoral de aquel año, Muñoz Tébar se exiló voluntariamente. Al morir, el 7 de septiembre de 1909 dejó uno de los más hermosos testamentos políticos en el libro Personalismo y legalismo. Las ideas consignadas allí revelan una lucidez nada común al enjuiciar los problemas y necesidades nacionales, formulando conjuntamente las soluciones que deberían adoptarse para desarraigarlos.

Eduardo Arroyo Álvarez RNC Nº 137 Noviembre, diciembre 1959

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Efraín Subero

INVENTARIO
DEL HOMBRE
Caracas: Ediciones de la Dirección de Cultura y Bellas Artes del Ministerio de Educación, 1959.

sus anteriores obras —Estancia del amor iluminado (1956) e Isla de luz (1957)— el escritor margariteño Efraín Subero ha evidenciado la decisión de escribir poemas. Ésta es una determinación encomiable, sin duda, siempre que ella responda a una auténtica vocación y no a un vacuo diletantismo, de suyo intrascendente. Se da con frecuencia en la poesía —tal vez más que en ninguna otra arte— el camouflage y la sofisticación. Aparentemente unas cuantas frases «poéticas» estereotipadas —a menudo del peor gusto— satisfacen el atrofiado paladar de los lectores menos avisados. Este fenómeno no es privativo de Venezuela. En Colombia, para no ir más lejos, no es extraño. Aún más, se ha dicho incluso que basta, en algunos pueblos de provincia, levantar un ladrillo para que de allí surja un poeta recitando sus versos. El último cuaderno de poesía de la Dirección de Cultura del Ministerio de Educación —el n° 31— recoge, bajo el título de Inventario del hombre, once poemas de Subero, ilustrados por Granados Valdés y diagramados por Carlos Cruz Diez. Estos trabajos escritos en diferentes épocas —entre 1950 y 1957— están,
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al parecer, más cerca de la prosa que de la poesía. El autor se esfuerza en traducir sus angustias, sus acechantes azares cotidianos, las interrogantes que caen sobre el pecho del hombre. Recoge allí una serie de inquietudes, pero ellas están desprovistas de una íntima elaboración. Es un esfuerzo epidérmico, sin hondura, destinado a resbalar fatalmente sobre la superficie. El autor no consigue la realización de una síntesis creadora. La poesía se frustra, muere en embrión. El autor dice: Ah! compañero, como no quieres que brille mi ramillete incoloro de lágrimas hacia los cuatro vientos…! («Letanías para retornar a la vigilia») Dice, también: Duéleme en fin que el corazón se duela. Y que el ensueño-tul, herida vela, su mástil azulado le fenezca. («Apoteosis del dolor») Adherido como está a un lenguaje inconsistente, el autor gira dentro de un círculo demasiado estrecho, empobrecido, balbuciente. Como lo ha revelado la psicología profunda, el hombre —aun el más moderno— esconde en su sustrato psíquico, inaccesible a su pesquisa racional, la necesidad de un sustento mágico y mítico. La poesía es entre sus vehículos quizá el más próximo a la consecución de estos oscuros fines. El hombre tiende a protegerse neutralizando las fuerzas malévolas, acumulando los poderes acaso milagrosos que coadyuven en su ingente tarea. Empero, no pudiendo, como el salvaje, recurrir a prácticas adivinatorias, a ritos o talismanes, se afana en la estructuración de un arte alucinante y complejo. Las frases epidérmicas, el simple juego retórico, no tienen cabida en él. Los objetos y las motivaciones suministradas por la
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realidad son transformados mediante un metabolismo aún inexplicable, pero cuya fuerza creadora se deja sentir con todo su rigor. No basta con tocar débilmente el lomo de la realidad. Es preciso golpearla hasta la devastación y transformarla. Es necesario un trabajo constante, peligroso, y la aplicación de un lenguaje ennoblecido y severo. «Creo —y es éste el espíritu de una frase de Nietzsche— en aquellos que viven quemándose, porque sólo ellos alcanzarán la otra orilla.» Subero posee condiciones para el ejercicio creador en modo alguno desestimables. Ellas son susceptibles de cultivo con una mayor responsabilidad estética. Si ello ocurre, no hay duda de que logrará pasar a la otra orilla.

Juan Ángel Mogollón RNC Nº 137 Noviembre, diciembre 1959

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Enrique Bernardo Núñez

TRES POETAS
Caracas: Ediciones de la Dirección de Cultura y Bellas Artes del Ministerio de Educación, Cuaderno de Prosa, n° 1, 1959.

talentosa y responsable dirección de Oscar Sambrano Urdaneta, los Cuadernos de Prosa de la Dirección de Cultura del Ministerio de Educación se han iniciado con una obra del excelente escritor Enrique Bernardo Núñez. En efecto, Tres poetas —ensayos biográficos acerca de Andrés Bello, Juan Antonio Pérez Bonalde y Rufino Blanco Fombona— constituye la primera entrega de esta colección. Núñez, con un profundo y exquisito dominio del idioma, en prosa amena y casi voluptuosa, construye una visión plástica y certera de los tres arquetipos objeto de su estudio. Andrés Bello, con quien inicia el viaje retrospectivo, es mostrado al trasluz, en medio de sus debilidades y, también, sus hermosos ensueños juveniles. No es, en realidad, éste el Bello para uso de los liceístas. Éste es un Bello monárquico y conservador. Bello fue siempre un conservador irreversible, pese a todo cuanto en su favor pudiera argumentarse. En sus días juveniles lo encontramos ejercitando su estro poético, incipiente aún, en alabanzas a Carlos VI, rey de España. Objetiva y fríamente, el autor observa sus personajes
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biografiados. Los ubica bajo su lente y no parece experimentar emoción alguna. Sólo escucha la voz de su cerebro inteligente que le señala ejemplos, muestras pecadoras. Hace precisamente lo contrario de los entusiastas bellistas oficiales, quienes no ven en don Andrés sino el hombre perfecto, el semidiós. No advierten que los hombres son una oscura mezcla de grandeza y miseria. No por sus flaquezas Bello es menos grande. En este cuaderno se estudia a don Andrés como poeta. Tema escabroso, en verdad, porque ¿fue Bello, efectivamente, un poeta? Desde luego, Núñez así lo admite y como tal lo estudia. Retórico y adocenado, Bello fue un poeta. ¿Y cómo no serlo así, siendo, como lo era y en grado eximio, un gramático? Aunque se ha afirmado, arbitrariamente, que nadie más alejado de la condición de poeta que un gramático, Bello, no obstante, sólo en edad avanzada permitió que el gramático estrangulara al poeta. Por otra parte, una cultura tan monstruosa como la de él pesaba demasiado a la frágil estructura del canto. A la figura mesurada y apolínea de Bello se opone la desesperada y errante de Pérez Bonalde, el poeta dionisíaco. El más auténtico de los tres, su obra está signada por la desventura y la crueldad del mundo. Traductor insigne de Heine y de Poe, Pérez Bonalde realizó una obra de saneamiento poético en Hispanoamérica y preparó —veinte años antes de que adviniera el modernismo— los ánimos para los compromisos de nuevos y más audaces acontecimientos poéticos. Aunque sus traducciones —las más conocidas son las que realizara sobre obras de Heine y Poe— son compartidas con otros destacados autores de habla hispana, parece evidente que nuestro poeta los aventaja a todos. De él puede decirse que tradujo sin traicionar. De las páginas de Núñez surge un Pérez Bonalde auténtico y ennoblecido. «Recordamos al poeta —dice— a la vista de las palmeras, junto al mar, y de los pescadores que van a tender sus redes en la arena. Lo recordamos al ver el Ávila, pues tal es la virtud de los poetas: se hacen inseparables de los seres y las cosas que aman.»
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El terrible Rufino es el tercer poeta. Pero más que al poeta volcado angustiosamente sobre la hoja de papel, contemplativo y casi lánguido, él se asemeja a aquellos hombres que Stefan Zweig ha designado con el significativo nombre de «poetas de su vida», entre los arquitectos del mundo. Si Pérez Bonalde está más cerca de los combatientes con el demonio, Rufino, en cambio, nos conduce, para decirlo con palabras de Zweig, «no como aquéllos a lo infinito», sino a un retorno hacia él mismo. No representa al macrocosmos, la plenitud de la vida, sino que desarrolla el macrocosmos del yo privativo, cuya tarea siente a conciencia como lo decisivo en su arte. Para él ninguna realidad tiene más importancia que la de su propia existencia. Así lo ve Núñez en su ensayo. «Hombrepasión», lo llama. Y agrega esta acertada frase: «Para explicar la pasión de Bolívar acaso no tuvo mejor documento que el de sí mismo». Más de cincuenta volúmenes, de los más disimiles géneros literarios, quedan a lo largo de su vida. Pero en ninguno de ellos está realizado el artista a plenitud, porque a nada, que no fuera la vida, se entregó jamás por entero. Tarde se lamentará en sus diarios y pensará que ha perdido el tiempo. «No he hecho nada», dirá con tristeza. Y más adelante se disculpará con la mejor excusa, la única adecuada a su temperamento: «La vida es también un acto de valor». Como poeta —como artista— su obra fue su vida, su poema único y grandioso. El gran polígrafo muere, al fin, fuera de su patria, dentro de la cual fue siempre un extraño. Enrique Bernardo Núñez, que asistió al entierro de sus restos repatriados, escribió entonces: «Muere a los setenta años, el que había deseado morir joven, amado de los dioses».

Juan Ángel Mogollón RNC Nº 137 Noviembre, diciembre 1959

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Germán Arciniegas

AMÉRICA
MÁGICA
Buenos Aires: Editorial Sudamericana, 1959.

EL QUE ABRA

y hojee este libro se sorprenderá de ver cómo, aparentemente, no responde muy bien al título. Y hablamos por experiencia propia, máxime cuando Arciniegas no es ajeno a tratar el tema de la magia, bien que, desde precisos ángulos legendarios, o históricos, como ahora. Pero el filón está hondo y no son frecuentes los descubrimientos de esta «nueva magia». Sin embargo, existe, y han bastado sus ojos de zahorí para dar con ella.
Decir que el hombre es un animal racional es quedarse en medio del camino —son palabras suyas—. El hombre es racional y algo más. La levadura de la historia, lo que impulsa al héroe a las hazañas que se salen de la estrechez de todo cálculo, el quijotismo, han abierto a los pueblos horizontes que la razón no pudo sospechar.

Y añade:
Hemos visto en nuestros días a las muchedumbres inermes marchando contra los ejércitos mejor vestidos de hierro y rayos, y
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vencerlos (…) El que hoy tiene menos razón, será mañana el que tenga más. Nuevo Mundo. Mundo Mágico. América Mágica.

Para el desenvolvimiento de su propósito, nuestro autor sigue un novedoso plan, a base de figuras representativas, calumniadas, difamadas y torturadas, física o psicológicamente: libertadores, héroes, santos, escritores, políticos, maestros… a quienes sitúa, respectivamente, bajo el lema de un mes decisivo. De aquí que subtitule su obra: «Los hombres y los meses» y los anteponga, de enero a diciembre, a cada capítulo, leve arbitrariedad poética que compararíamos a la de Goethe, al encabezar los de su Hermann y Dorotea con cada uno de los nombres de las nueve musas. Tras el prefacio esclarecedor, se adelanta José Martí, adivinador, a fuer de buen poeta, de
una Cuba libre que no existía: Martí recogía centavos de los tabaqueros de Tampa, y todo el mundo lo tenía por loco. Cuando un día le vieron con un buen armamento en la Florida comprado con esos centavos, los animales racionales no salían de su asombro al comprobar lo que vino a ser para ellos una edad nueva, edad de oro, la edad de la locura.

Si le ampara Arciniegas bajo la égida de enero, se debe a que el poeta-mártir nació el 28 de ese mes, en 1853. Sus aforismos, sus poemas, se conservan como reliquias: «Con un poco de luz en la frente, no se puede vivir donde mandan tiranos». Sus relaciones con Venezuela son harto conocidas y un motivo de enorgullecimiento para nosotros. Aquí vivió una temporada, escribió y ayudó a la independencia de su isla. Conoció a Cecilio Acosta en su vejez, y tuvo que huir de Guzmán Blanco para no envilecerse. Sigue Guatemoc: el que prefiriera combatir sin descanso a la esclavitud. «Su consejo a los mexicanos lo dice todo: que se dejasen crecer las uñas de los dedos de las manos para que, al faltar las armas, desgarrasen con ellas las carnes de los enemigos.» Es «el San Sebastián del pueblo mexicano», el de «la frente que no se
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inclina» y que, ante «Hernán Cortés, el de color de ceniza y la barba clara, parecía, sencillamente, un dios», y murió en febrero. Benito Juárez llena el tercer capítulo que encabeza marzo, el mes en que nació. Sin hablar sino el zapoteca, sin poseer medios económicos, en un ambiente hostil a la libertad, de muy niño piensa en la liberación de todos los suyos y la «decide» (¿por qué magia?). La verdad es que por ella sufre, pelea y discurre con el corazón lleno de noble audacia. Nuestro Arciniegas lo divisa, a través del «juego infantil» en que se colocan frente a frente, el diablo y San Miguel, y abre la lucha el primero con estas palabras: «San Miguel dorado, / por un alma vengo. / Si no me la das, / cogida la tengo». Porque nuestro héroe llega a conocer a su país independiente como lo había previsto asomándose a esa ventana: «donde se puede ver el resto del mundo: la hoja del libro»: especie de magia. Para Arciniegas, Juárez tenía ciertas dotes sobrehumanas; producía algo así como un embrujamiento que obligaba a no contradecirle, con que se imponía a todos. Lo mismo asegura con la anécdota sorprendente de un defensor suyo:
Cuando instaló Juárez su gobierno en Guadalajara, los insurgentes le rodearon, y ya iba a caer bajo el fuego de un pelotón, cuando Guillermo Prieto avanzó y dijo: «¡Descansen! ¡Los valientes no son asesinos!» Comenzó a hablar, a hablar… Y Juárez y sus ministros se escurrieron, sanos y salvos.

Rosa de Lima, taumatúrgica, poetisa como Santa Teresa, y maga a lo divino, que: «desconcertaba la formidable limitación de los canónigos de Lima», es objeto del capítulo que prestigia abril, el mes de las rosas, por su nacimiento. ¿Pues no embrujaba, y tan piadosamente, a los mosquitos del huerto conventual para que no interrumpiesen sus oraciones y era tan extraña que fue procesada por la Inquisición que en todo creía metido al diablo? El mismo Arciniegas se detiene ante su leyenda dorada: su madre le ve el rostro trocado en rosa, y la tradición aún lo manifiesta en tallas y pinturas… Pero, dejemos la palabra a su biógrafo:
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«Conviene advertir al lector que no sepa de magia, que no siga. Pero esta magia es pura, poética, porque estas cosas ocurren; pero hay que saberlas ver». Esteban Echevarría, argentino, que exaltaba el grito de independencia nacional del 25 de mayo en Buenos Aires, se nos aparece como un infatigable luchador, objeto de persecuciones, torturas, infamias, nacidas de la rebeldía ante los abusos del poder. Y apela al sentido de responsabilidad de sus compatriotas, para la defensa del derecho y la libertad humana: «El pueblo soberano o la mayoría no puede violar los derechos individuales (…) Desde el momento que los viole, el pacto está roto». Artigas, nacido en junio de 1764, es el uruguayo representativo, que luchó en lo que Arciniegas denomina «la edad del cuero» de esa nación, entonces vagamente delimitada entre los territorios un poco inadvertidos, de los imperios coloniales portugués y español cuando los hacendados impartían justicia «desde las sillas de sus caballos», como en la Edad Media, y puntualiza: «A todos los hizo iguales la lucha del hombre contra la bestia (sobre todo el tigre). Cuando el hombre se enfrentó al hombre, vinieron los caudillos. José Artigas fue el primer caudillo. Se hizo Protector de los Pueblos Libres contra el español». Y agrega: «Sus ideas de gobierno las sacaba Artigas del aire, de esas noticias que circulaban como soplos de magia». A los ochenta años de edad murió en el destierro, desde donde lo reclamó la patria. González Prada, objeto del capítulo que preside agosto, el mes de las cosechas, se debe a que: «González Prada fue el agosto que trajo para los muchachos y los obreros una fruta de sabor entre amargo y dulce, como nunca habían mordido antes ni estudiantes ni trabajadores, ni mucho menos obispos y generales». Su vida de trabajos y sacrificios no puede ser aquí sintetizada: nos absorbería demasiado espacio. Por lo que toca la magia que nuestro ensayista «descubre» en él, elegiremos unos botones:
De niño, había en su casa catorce perros, y hablar con ellos (como San Francisco) fue su encanto, mientras en el salón dialogaban canónigos y generales (…) Los perros le conocían, él los llamaba,
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uno a uno por sus nombres, se despedía de cada uno al salir para tomar parte en el rosario.

Como poeta escribió «La canción de la india» (amaba mucho a sus «hermanos» indios), en la que hay un seguro despliegue de ideas mágicas, expresadas con vivientes símbolos. Sarmiento da sentido a septiembre, porque murió en ese mes ahora consagrado a la juventud por los imperativos de su alma impetuosa y noble. Su extraordinaria voluntad le eleva, como a Juárez, de la condición de pobre lugareño, a la de promotor de dignidad y cultura en un pueblo de inconsolidadas tradiciones, silvestre en gran parte, como el mismo Uruguay de Artigas. Mientras que
al buen Echevarría, dice Arciniegas, se le miraba como a una figura quebradiza que no alcanzaba a ver en las calles a los transeúntes, nunca bajaron a Sarmiento del calificativo de loco; tal es la falta de visión para los contemporáneos con personalidad, que rebasan los ordinarios límites. Tuvo Sarmiento una infancia mágica. Oía cuentos de brujas, en tierra de brujas…

De donde acaso, le afloró, ya en su vejez, con el debilitamiento del sentido crítico, la inclinación a las supersticiones que, como la ignorancia, combatiera tanto. «Yo creo, decía, en muchas y misteriosas relaciones que escapan a las leyes conocidas y que a la lógica repugnan, aunque todavía se opusiera a la repetida ficción de las “brujas de San Juan” —una de las cuales había conocido, y que pasaban por “voladoras”». Fray Servando de Mieres, como el cura Hidalgo, Morelos, Juárez… fue un desaforado luchador que dedica su vida entera, energías y desvelos, a la liberación de su patria mexicana de toda extranjera dominación: otro loco genial, como Bolívar y Simón Rodríguez, con los que se relacionó en Italia. En él abunda, no ya lo pintoresco, sino lo inconcebible; sus peregrinaciones, fugas y audacias constituyen el más forzado éxodo. Como los anteriores,
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ve su patria libre y feliz en sus años últimos. Nació en octubre de 1783 o 1785. Lo que parece mágico en él son sus maniobras, casi siempre fructíferas, a favor de sus designios. A las autoridades eclesiásticas de que dependía, «se les representaba fray Servando (por esto), como un diablo de los que, caballeros en su escoba, vuelan por la noche, y no anduvo en esto tan errada la jerarquía, porque el fraile era voladorcito», como con su especial gracejo, nos dice Arciniegas. En realidad, habían llegado a creer que tenía pacto con el diablo. El capítulo que signa noviembre se justifica porque en ese mes murió el dictador García Moreno. El colombiano Montalvo era un hombre de letras. «No tenía otra cosa que su pluma, dice nuestro ensayista, ni otra pasión que la libertad.» «Y pretendió (…) con algo tan leve como una pluma, una sola pluma, levantar a todo un pueblo sometido al terror del látigo.» Propósitos tan «descabellados» como éste son los que, como ya hemos visto, permiten a Arciniegas hablar de «mágica americana», porque los medios no corresponden a los fines ni a sus resultados. Y, textualmente:
Montalvo no puede substraerse a la magia. Es el don que le dio la provincia. A García Moreno había que echarlo con cábala. De él había que defenderse con «contras». Era una bestia de la Edad Media: el escorpión de los astrólogos. Y había que aplicarle astrología.

Por eso, cuando el usurpador cae asesinado, Montalvo dice: «Mi pluma lo mató». Fue perseguido, desterrado, difamado, calumniado, atormentado por todas las contrariedades y miserias, como todos los que con pureza de alma aman la libertad, lo justo, la verdadera democracia. El capítulo último de la obra, es decir, el que diciembre ilustra, dedica a nuestro Libertador que ya, en 1830, «se acerca al diciembre de su vida». Germán Arciniegas, que nos parece poco expresivo, más que injusto, con nuestro Simón Bolívar, quijotesco y mártir de un ideal grandioso que logró asimismo ver triunfante
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aunque a costa de su tranquilidad y de su vida, reconoce su espíritu de lucha para enfrentarse con hombres y elementos: «Las más grandes victorias suyas, dice a la letra, fueron contra el hielo del páramo, contra los llanos inundados, contra los desiertos quemantes y, sobre todo, contra la razón». Arciniegas insiste pues, en el carácter mágico de América y de los americanos. Una anécdota basta para demostrar su posición en cuanto a Bolívar: hallándose éste en la convalecencia de un tabardillo o insolación, casi deshecho, y ante la perspectiva de una derrota en el Perú que parecía inminente por la desproporción entre los ejércitos en pugna, responde a un amigo que le acompaña, después de preguntarle: «¿Y qué piensa usted hacer ahora?…» Se le iluminaron los ojos, y le arrojó esta verdad, dura como una piedra: «¡Triunfar!». Bolívar fue, a su parecer, no el hombre de la República; sino el de la guerra: el Libertador, en una palabra, título que le envanecía, hasta el punto de no quererlo cambiar por una corona. Y, naturalmente, debía parecerle Santander: «El hombre de las leyes», el organizador civil de la República. En realidad, Bolívar había logrado algo que sólo como un milagro podía esperarse: la emancipación de cinco naciones. No podía exigírsele más, y él lo reconoce así en algunas cartas. De haber ocurrido la epopeya en la Edad Antigua, le habrían construido templos. Y muy justamente. Nuestro ilustre escultor Colina ha plasmado en un monumento no erigido aún; pero sí real, lo que dijo cuando se le ofreció la presidencia de Colombia:
Esta espada no puede servir de nada el día de la paz, y éste debe ser el último de mi poder; porque así lo he jurado para mí, porque así lo he prometido a Colombia y porque no puede haber república donde el pueblo no está seguro del ejercicio de sus propias facultades. Un hombre como yo es un ciudadano peligroso en un gobierno popular. Yo quiero ser un ciudadano libre para ser libre y para que todos lo sean.

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Sus ensayos como gobernante lo habían llevado a la convicción de la dificultad que esto significaba para quien, como él, no poseía el dominio de la técnica como estadista, y tuvo el valor de obrar en consecuencia. Deliberadamente hemos dejado para el final, después de impresiones tan desmedradas, por lo unilaterales, de la casi totalidad de estos microensayos, radiografías heroicas de americanos ejemplares, el capítulo que dedica, como ya Camões lo supo hacer en Os Lusiadas, con harto esplendor, a «El pueblo soberano». Pero el capítulo, que evoca un mes, como los otros, es el de julio, «…el de la Bastilla, el de la revolución de América del Norte, el de Venezuela libre, el de Socorro. Y el de Santa Fe de Bogotá»: revolución nacida de un «cabildo abierto», que se consumó en menos de un día.
R. Olivares Figueroa RNC Nº 137 Noviembre, diciembre 1959

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Germán Pardo García

AL SOL

CENTAURO
México: Editorial Cultura, 1959.

pertenece a una generación de poetas como Neruda, Carrera Andrade, Jorge Reyes, etc., que apareció con una alta conciencia de su destino intelectual. Fueron escritores que tomaron parte en los movimientos vanguardistas a partir de los cuales se elaboró un lenguaje de acento telúrico y americano, a ratos social, a veces puramente erótico, que dejó profunda huella en la moderna poesía hispanoamericana. De tales movimientos surgió una nueva conciencia poética de América, distinta a la del romanticismo y distinta a la del modernismo. Pardo García se formó en el grupo Piedra y Cielo, de Colombia, influido por el purismo sentimental de Juan Ramón Jiménez. Pero Pardo García no se quedó en el decantado formalismo a que estuvieron condenados los poetas colombianos de su generación, atraídos por una visión demasiado deletérea de la realidad, con la que se perdió todo contacto. Y es que, por un camino opuesto, la lírica de Germán Pardo García ha ido acendrándose y ganando en profundidad en la medida en que la inquietud intelectual lleva a este poeta a plantearse los problemas fundamentales de nuestra época.
GERMÁN PARDO GARCÍA
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No hay duda de que el ambiente de México ha sido propicio pa ra una profunda compenetración del poeta con su tiempo. Pardo García asigna todavía gran interés a las formas métricas; pero es un interés referido a la esencia de su propio lenguaje, a la estructura de su propio estilo, y no a lo que aparentaría ser a primera vista juego retórico. Su poesía tiene significado, aparte de su belleza formal, y aunque el desarrollo de su pensamiento obedece a una lógica, el contenido siempre es el símbolo de algo interior. Era necesario hacer esta generalización porque una poesía como la de Pardo García se comprende bien sólo cuando se la juzga en función de toda la obra y no de un libro en particular. Dieciocho obras poéticas ha publicado este autor año tras año, tras incansable y paciente labor. Así, cada nueva obra de Pardo García es como una gran síntesis de sus libros anteriores. Si tuviésemos que definirla, diríamos que su obra es la lenta e inacabada proyección de su personalidad sobre la vida, más que una toma de conciencia del mundo que condiciona y moldea constantemente su yo. En México publicó Pardo García su último libro: Centauro al sol. En esta obra incluye el autor una serie de sonetos y cuatro extensos cantos, de aliento dramático, que reflejan unas cuantas impresiones sobre el mundo actual. La serie de sonetos, con que se inicia el libro, evoca un ambiente mediterráneo y solar, que sirve de escenario al autor para elaborar una suerte de mito del hombre alrededor de la figura fabulosa del centauro, mitad hombre y mitad caballo; este dualismo animal corresponde al dualismo del espíritu humano: instinto y razón, apetencia de inmortalidad y muerte, confinamiento de la libertad del hombre en la cárcel de la persona; conciencia de la tierra y visión del reino superior; el centauro, reducido a las condiciones de la vida de la que extrae su pena y su gozo, es de este modo el símbolo del hombre: «Yo en tus hombros castaños y calientes / y tú bajo mis manos delincuentes consteladas de horror y de grandeza». Pardo García es consumado maestro del soneto. Ahora bien: ¿añaden algo estos sonetos a su obra anterior concebida en la misma forma métrica? La verdad es que agregan muy poco. No
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sólo el tema, por original que sea su planteamiento, sino la idea y las inflexiones y matices del endecasílabo que emplea, han sido desarrollados a plenitud por el poeta colombiano en libros anteriores. Y aunque maneja un vocabulario castizo, personal y lleno de recursos, no se puede afirmar que P .G. sortee siempre el peligro retórico que resulta de repetir las experiencias en un determinado esquema verbal. En los poemas extensos, Pardo García reitera sus condiciones de hombre sensitivo y poeta hondamente suscitado por el destino de nuestra época. Uno de ellos, el titulado «Fantasía del pan», es un conmovedor mensaje que denuncia, por decirlo así, el abandono y la miseria de la creatura reducida sin su culpa a una determinada condición de crueldad por una época deshumanizada, donde el hombre se siente a sí mismo como un vacío a ser llenado por muerte. Pero hay que decir que la visión de P.G. resulta dramatizada, condicionada por su juicio pesimista y, casi diríamos, fatalista sobre nuestra civilización. En esto su lírica recuerda la de Pedro Salinas, en aquella época visionaria en la cual el poeta español, como presintiendo su propio final, vivió ensombrecido por una concepción nihilista del mundo. Esta situación de abandono del hombre en medio de una civilización mecánica, que advierte Pardo García, está expresada en un lenguaje incisivo y áspero, que resuena metálicamente en cada verso. Quizá el mejor poema del libro sea «Caín el inocente», que por cierto es como el epílogo de Centauro al Sol. Nos recuerda el tono de U.Z. llama al espacio, el libro anterior de P.G. Pero este último poema representaba una admonición en favor de la paz y la comprensión frente a un mundo amenazado por el peligro atómico y las guerras científicas. En «Caín el inocente» se hace juicio al hombre en una civilización completamente desnaturalizada donde, por consiguiente, ya no podría existir ninguna causa para juzgarle. Si hemos perdido nuestra condición, la condición humana, no podemos seguir siendo ni jueces ni condenados. En realidad el hombre será en adelante sólo un testigo

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y el mundo, el testimonio de un caos; tales ideas nos sugiere la lectura del poema de Pardo García. En «Canto de vida y muerte en los trópicos», Pardo García utiliza el octosílabo rimado para establecer su profecía sobre el paisaje inhabitable que sería, a la vuelta de algún tiempo, nuestro alucinante y mágico trópico. Pero las limitaciones formales y lo forzado de las consonancias restan impulso a la creación del poeta. En «Naturaleza muerta», concebido también en un tipo de estrofa clásica, cristaliza mejor este clima de angustia y acusación que nos hace respirar un poeta cuya inquietud en el orden del desarrollo de su propio lenguaje marcha al unísono con una vigilante conciencia de hombre avisado de nuestros tiempos, que no elude situarse en su puesto de combate como intelectual, es decir, como poeta.
Juan Calzadilla RNC Nº 137 Noviembre, diciembre 1959

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Juan Friede

FEDERMAN, CONQUISTADOR DE VENEZUELA
Caracas: Ediciones de la Fundación Eugenio Mendoza, nº 31, 1959.

NICOLÁS

económicos en que se encontraba la corona de España al finalizar el primer tercio del siglo XVI, hicieron que el país se endeudara con dos poderosas firmas comerciales alemanas: los Fugger y los Welzers o Belzares, estos últimos establecidos en Augsburgo. Monopolizaban ambas casas parte del comercio que se hacía con Oriente; sus navíos surcaban las rutas mediterráneas cargados con especies y sederías. El descubrimiento de América debía influir considerablemente en la estructura de los pueblos europeos, configurados aún en el molde de la Edad Media. Pero, aunque los reinados se vigorizan al decaer el feudalismo, el despilfarro y las inversiones en empresas ultramarinas, engendran graves problemas financieros para salir de los cuales algunos monarcas acuden al comercio o a las casas bancarias en solicitud de empréstitos más o menos cuantiosos. Así, en 1528, Carlos V firma un convenio con los Welzers, según cuyas cláusulas éstos adquieren un monopolio para colonizar tierras venezolanas desde el Cabo de La Vela hasta Maracapana. Los
LOS APREMIOS
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comerciantes alemanes enviaron a Ambrosio Alfínger, quien habría de ejercer funciones de gobernador y quien arriba a Coro en los comienzos de 1529. Habiéndose enfermado bajo los rigores del clima, aparece en escena Nicolás Federman, cuya monografía nos ocupa ahora, editada por la Fundación Eugenio Mendoza con el n° 31, y calzada con la firma de Juan Friede. Después de numerosas peripecias a lo largo de su travesía, la nave de Federman echa anclas en aguas venezolanas, cuando ya los indígenas de aquella comarca, la raza caquetía, habían iniciado negociaciones de paz con los españoles acaudillados por Juan de Ampíes. Conocida es aquella anécdota, según la cual el cacique de los caquetíos, Manaure, hízose conducir en andas doradas, y todo él revestido de oro, para conferenciar con los españoles. En Europa, la fiebre mercantilista, la codicia de metales preciosos alcanzaba su clímax. En Venezuela algunas leyendas o tradiciones aborígenes contribuían a mantener viva en los expedicionarios la imagen del Dorado. Aquel mito moviliza las principales expediciones a la Guayana venezolana durante los siglos XVI, XVII y XVIII.
El joven Federman, escribe Friede, no pudo resistir el embrujo que ejercía la tierra oculta tras la cadena montañosa que se elevaba al sur de Coro y que parecía separarlo de la tierra prometida. La idea de escalar las montañas para conocer lo que había tras de ellas, comenzó a formarse en su mente. Y así, el joven empleado, enviado por una casa comercial para vigilar sus negocios en Venezuela, cambia de destino. Deja libros de contabilidad y la compra y venta de mercancías y se convierte en un explorador y aventurero y en uno de los más célebres conquistadores de América.

Nicolás Federman salió de Coro el 12 de septiembre de 1530 al frente de doscientos hombres, la mitad de los cuales eran indígenas, enrumbándose con dirección al sur, en busca del fabuloso Dorado, del país de los omaguas, igual que lo hicieran después un Benalcázar o un Berrío. Prolijo sería glosar aquí las mil incidencias y vicisitudes que pusieron a prueba la templanza del tudesco.
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Si, como ocurriera con otros, el áureo señuelo no pudo cuajar en realidades, su expedición culminó con la conquista de nuevas tierras, principalmente en las comarcas de occidente donde habitaban los jirajaras, los ayamanes y los cuibas. De gran interés para los estudiosos de nuestro pasado histórico, y especialmente para los estudiantes venezolanos, es la monografía sobre Nicolás Federman escrita por Juan Friede, pues en ella se entraña uno de los más importantes capítulos de la historia venezolana comprendida con la dominación de los Welzers o Belzares, y cuya realización ha sido posible gracias a la encomiable labor de culturización emprendida a través de estas ediciones por la Fundación Eugenio Mendoza.

Eduardo Arroyo Álvarez RNC Nº 137 Noviembre, diciembre 1959

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Lisandro Alvarado

ANTOLOGÍA
Caracas: Ediciones del Ministerio de Educación, Biblioteca Popular Venezolana, 1959.

tienen el inconveniente de que, presentando fragmentariamente el pensamiento del autor, den una imagen incompleta de su obra, con la que se contenta muchas veces el lector. Por eso, el trabajo antológico debe ser cuidadosamente seleccionado, escogiendo trozos que trasmitan un pensamiento completo en sí mismo, dentro de la actividad general del escritor. Esto podría ser tanto más difícil tratándose de la obra de Alvarado, que resulta extraordinariamente abundante y variada. Afortunadamente, la presente selección ha cuidado, en forma global, de dar al público una síntesis bien lograda. De allí que su lectura resulte provechosa, teniendo la virtud de despertar un subsiguiente ánimo investigador con respecto a la producción completa de Alvarado, la cual, por cierto, ha venido siendo editada por el mismo Ministerio de Educación, en una serie que alcanza hasta ahora siete volúmenes. A don Lisandro se le ha reconocido una auténtica condición de polígrafo. El presente volumen lo testimonia ampliamente. Su sabiduría abarca diferentes aspectos: fue lingüista consumado que dedicó bastantes páginas al estudio de las raíces indígenas y su influencia en el español; al par que analizaba las modificaciones
LAS ANTOLOGÍAS
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que esta habla había experimentado entre nosotros. Tales investigaciones las complementó con otras relativas a etnografía nacional. En esta forma su obra histórica recibió una saludable ayuda por cuanto le fue más fácil entender el proceso de nuestra transculturación, que no es otro, sino el de la confluencia de culturas tan dispares como la de pueblos recolectores indígenas y esclavos africanos con las de una Europa altamente desarrollada con diferencias de grados. Así se hace más inteligible el proceso histórico que inicia nuestra vida republicana. Sobre éste, Alvarado tiene obras de tanta significación como su Historia de la guerra federal. Dado este carácter múltiple de lo que pudiéramos llamar su vocación por las ciencias sociales, Alvarado, situado dentro del positivismo, es el escritor de esta escuela que reúne una integración científica más completa, pudiendo reunir así las enseñanzas naturalistas del sabio Ernst y las históricas de Rafael Villavicencio. Por eso, Alvarado resulta el más nacional de todos los escritores correspondientes a esa época. El vasto saber teórico que acumuló, atesorado por su consecuente espíritu viajero, estímulo de largas recorridas a través de todo el país, en convivencia directa con las gentes y los problemas que deseaba estudiar, nos convencen más ejemplarmente que el de sus contemporáneos. El positivismo, si bien hizo de las ciencias históricas una disciplina que recurrió con más frecuencia al documento, antes que a la palabra vacua, originó serios vicios de interpretación en nuestra historia, que hoy repiten muchas personas. No obstante, hay que atribuirle también su vivo carácter polémico. Fueron años bocetados de poderosas inquietudes intelectuales. Se fundaron nuevas cátedras en las universidades y aparecieron publicaciones de importancia. Las gentes parecían sacudirse del largo letargo producido por la crueldad de la guerra federal y aun cuando la autosuficiencia pedantesca y atrabiliaria de Guzmán Blanco hizo perder buenas oportunidades para el desarrollo de la cultura, no puede negarse que se notó cierto relativo renacimiento intelectual. Pero continuó el mal de siempre: las enemistades del gobierno perdían vocaciones y hubo mucho talento frustrado.
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Alvarado pudo ganarle ventajas al medio histórico y nos dejó una obra bastante abundante. A ésta añadió sensatas opiniones como crítico literario. Revela conocimiento de la obra y del ambiente aunque podría decírsele que sus juicios no siempre son muy sólidos. Se nota también en él una preocupación por descubrir elementos extraños de acuerdo con sus preferencias por los grandes mitos y leyendas de esta tierra. Hay en su sensibilidad el sentido misterioso que siempre tiene el folklore. Es una especie de romanticismo naturalista cargado de meditaciones filosóficas. Hay algún recuerdo de las narraciones de Poe, como en el cuento «El fideicomiso». En este sentido le gusta tratar leyendas de nuestro pasado. No tiene, es cierto, la gracia y el donaire de Arístides Rojas, pero nos parece a ratos más personal, más dentro del ambiente. Todos estos elementos resaltan en la presente edición que comentamos, por lo que nos puede servir como aliado útil en ir hacia las fuentes más completas del pensamiento de Alvarado.

José Francisco Sucre RNC Nº 137 Noviembre, diciembre 1959

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Mariano Picón Salas

REGRESO DE
UN HOMBRE EN SU GENERACIÓN

TRES MUNDOS

México: Ediciones Tezontle, 1959.

afirmarse de los libros de Mariano Picón Salas, que todos son buenos porque están bien escritos. Pues tal es la virtud de este escritor, que todo cuanto vuelca sobre el inhollado papel se torna gracia, lúcida aventura en el ámbito del espíritu y la cultura. Por encima de presuntas actitudes políticas o moralizantes, más que un hombre parapeteado detrás de una determinada postura filosófica, Picón Salas es un poeta del idioma, un artista cuya acendrada calidad literaria es irregateable. En su último libro, Regreso de tres mundos, Picón Salas se propuso, tal vez sin lograrlo, poner su corazón al desnudo, mostrando su íntimo proceso de formación —y destrucción— espiritual y estética. Con propiedad él lanza, al comienzo del libro, estas preguntas, pues ciertamente las paradojas de la vida así las plantean a los seres humanos:
ACASO PUEDA

¿Estamos seguros de que la vida de cada hombre —por lo menos de los que tratamos de cultivar nuestra sensibilidad y nuestra con-

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ciencia— avanza, desde los vagidos de la infancia y del caos emotivo de los años adolescentes, a una esfera de perfectibilidad, y que cuando comenzamos a ser viejos somos, necesariamente, más sagaces que en los terribles años sanguíneos de la juventud? ¿O ese perfeccionamiento que pretende el hombre consciente es sólo un paso a la destrucción y a la muerte?

Puesto que todos no hacemos otra cosa, a cada instante, que madurar —conscientes o no— para la muerte, quizá lo único importante —para el artista, al menos— sea encontrarnos a nosotros mismos, revelarnos y realizarnos en nuestra vocación, en lo que más amamos, en nuestra «religión» —según el sentido que le asignaba Carlyle— con la vaga esperanza de seguir viviendo, perpetuándonos en la frágil y acaso ilusoria memoria de los hombres. Picón Salas se enfrentó desde su un tanto alocada y bulliciosa adolescencia provinciana (en la encantada, casi arcádica villa de sus padres, en un ambiente de fábula y ensueño, que él evoca con profunda emoción y que es, sin duda, la etapa de su vida que más quiere) al problema de su evolución espiritual. Desde luego, pensó, no era el hombre hecho para la hazaña bélica, la asonada anhelante y vesánica de los rebeldes que entonces se aprestaban a combatir al grasiento tirano del Táchira, Gómez, el saurio famélico, llamado graciosamente Juan Bisonte por Rufino Blanco Fombona. Él no iría, lo confiesa con entera franqueza, a exponer su juventud a la devorante barbarie, a quemarse entre la montonera de muchachos ilusos —grandes en su gesto romántico y heroico, pero desorientados y febriles en su desesperante y mortal soledad— que entregaban su vida en un gesto aislado y suicida, sin resonancias concretas, sin resultados positivos. Porque, ¿qué podía hacer un grupo de estudiantes valientes ante la común indiferencia de los conciudadanos y el espantoso miedo que llenaba las casas y las cabezas de entonces? Excesivamente corrompido y embrutecido el ambiente, todo esfuerzo revolucionario parecía condenado fatalmente al fracaso y la segura muerte. Por otra parte, como señala el autor, «¿hasta cuándo los mejores perecen en nuestro
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país para que triunfen los más torpes y desmandados?». Más adelante agrega:
No; no haría la ofrenda de mi cuerpo ni de mi alma a ese Saturno goyesco que devora a los idealistas suicidas. Quería mi cuerpo veinteañero que me llevaba briosamente por los caminos del mundo; quería mis ojos y mi mente dispuestos a disfrutar de los libros y las obras de arte, y defender mi libertad inalienable (que mora a solas conmigo y contradice prejuicios y convenciones que todos repiten), y de que no me despojaría ningún gendarme de los que arrastran a culatazos a los estudiantes. Era, acaso, preciso huir, como quien abandona una tierra invadida por ratas pestíferas.

Y, en efecto, huyó. Se fue al sur, a Chile, la «fértil provincia señalada» que cantara tan amorosamente Ercilla. Se fue, después de la quiebra económica de su familia y de la pérdida de su Arcadia, su «último Paraíso», el rincón serrano: «tierra donde soñé, dormí, sembré, forniqué, que más que ese suelo más grande de que hablan los libros de Historia, profanado por tiranos y verdugos, era mi pedacito de tierra entrañable». Pálido y provinciano, acaso ataviado con un flux de dril, mal cortado y barato, inició la era de los viajes, la gran aventura que es la vida en contacto con extraños seres, ajenos a nuestro afecto y a nuestro hábitat, pero a veces más próximos al espíritu que muchos de nuestros contemporáneos. Pues, ciertamente, puede decirse que todos, en algún lugar del mundo, poseemos nuestra patria espiritual, un sitio distinto, otra altura donde el corazón duele menos. No es materia para una simple nota el recuento de cuanto allí se habla, se roza o se penetra. Regreso de tres mundos (los tres eran: mundo, demonio y carne o en el viaje del alma: infierno, purgatorio y paraíso) tiene demasiadas aristas y sugestiones. Es un libro lleno de vida e ideas o, más bien dicho: lleno de vívidas ideas. El autor salta de un extremo a otro de sus días en aparente desorden.

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Por eso es fácil advertir cómo abandona, a ratos, su finalidad retrospectiva, su objetivo autobiográfico (¿es esta obra, en rigor, una autobiografía?), para caer en rápidos y agudos latigazos sobre los más diversos temas. Y al abordarlos hace las digresiones más amenas, las cuales rebasan el tema principal y se sitúan, subrepticiamente, en el terreno de la sociología o la historia, la crítica de arte o la política, pero todo ello signado por un estilo irreprochable, una gracia pura. Quizá no deban pasarse por alto las interesantes notas que acerca del amor escribe Picón Salas. Reflexiones agudas y acaso acertadas —¿qué es lo acertado tratándose del amor?— aun cuando el tema, de suyo, sea tan discutible. Desde luego, ni los sabios y antiguos tratadistas orientales ni los más inteligentes estudiosos occidentales, desde Platón a nuestros días, han agotado el asunto. Empero, nuestro ensayista intenta una crítica —entre las muchas apuntaciones que hace— del amor entre los pueblos latinos, asegurando que éstos aún escriben la palabra amor con signo tembloroso, «cargándola de un sentido más trascendente y admirable que el de un hombre y una mujer se acuesten juntos y sorbiéndose las bocas se comuniquen las almas». Critica, haciendo excepción del viril Arcipreste, concreto amador de robustas mozas, y de cierto caballero de muy bien ceñidas bragas llamado Garcilaso, la Contrarreforma española como abominación de la carne. Sin embargo, no parece inclinarse a la relación puramente erótica —física—, sino al «entendimiento de amor» que propusiera —sin alcanzarlo— Dante. Por eso discute y manifiesta su desacuerdo acerca del amor como se plantea en las obras de Lawrence, «ya que el gran novelista busca en el sexo —elemental o irracional— otra imagen del espontaneo salvajismo que añorara Rousseau». En las novelas de Lawrence el hombre y la mujer unidos en la cópula cumplen un casi penoso y agobiante acto de magia. Picón Salas pide la comunicación cabal entre hombre y mujer y reclama, en el grado más alto la «inteligencia de amor».

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No ser siempre —afirma— Don Juan raptor o Doña Inés violada, sino hombres y mujeres enteros, que toman en tarea alegre y bien repartida su obligación cotidiana. Rescatar el sexo de aquella zona húmeda del miedo y del pecado, e incorporarlo a la previsión y a la luz de la conciencia. Que el amor no concluya en el frenesí de un encuentro o de una noche, sino asegure su luz constante para toda la vida.

Juan Ángel Mogollón RNC Nº 137 Noviembre, diciembre 1959

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Oscar Sambrano Urdaneta

VENEZOLANAS
Trujillo: Ediciones del Ejecutivo del Estado Trujillo, 1959.

LETRAS

UN ESCRITOR joven y animoso, atento y sensible: Oscar Sambrano Urdaneta, nos brinda, en un volumen en 8° de ciento cuarenta páginas, muestras fehacientes de su capacidad de estudio y reacciones. Por razón de método trataremos de resumir nuestros puntos de vista sobre su libro —serie de microensayos—, comenzando precisamente por el que denomina «Meditaciones en torno a la crítica».

Para criticar una obra —dice— es necesario comprenderla, recrearla, esto es: andar y desandar el itinerario seguido por su autor; revivir los impulsos emotivos e intelectuales que engendraron su creación; procurar conocer, en lo posible, los resortes que, en la mayoría de los casos, accionan la función del escritor. Esta tarea reclama una aptitud natural, que no abunda: sensibilidad extraordinaria y múltiple.

Por eso reclama mucha dedicación para dicho menester, abundante tiempo, serenidad, método, valor, sentido comprensivo y de
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justicia, incluso disponer del respaldo económico que le ponga al margen, relativamente, de las angustias comunes. En lo que ya no estamos tan conformes es en ese apelar a una tabla de valores previos. Le habría bastado seguir a Jesús Semprum que, por cierto, lo estudia como crítico en uno de sus capítulos, para darse cuenta de que las normas clásicas, si bien latentes, y aun ejemplares en ocasiones, no pueden ser mantenidas como un código, porque el creador tiene derecho a alterarlas o a crear otras de su gusto siempre, naturalmente, bajo la mirada de los lectores ejemplares; queremos decir: los buenos críticos, que no dictaminarán solemnemente; pero podrán disentir de ellas, por las mismas razones que tuvo el que les dio vida. Por eso Valéry se guardaba de caer en aseveraciones demasiado rígidas, cuando expresaba: «Yo no digo que tengo razón, sino que yo lo veo así o soy así». La creación no puede acondicionarse (porque no se progresaría), lo que no supone que al creador deje de serle útil el conocimiento de las técnicas y estilos de los demás, incluso de sus ardides y atrevimientos. A nuestro parecer, la clave consiste en conocer lo más que se pueda, dentro de lo mejor, para olvidarlo luego (siempre queda algo, y ese algo es ya cosa nuestra). Que la crítica tiene un poco —y aun mucho— de subjetiva, en nuestra época, como reconoce, es cosa segura, y no se ha de evitar, siempre que autores y lectores saquen de ella provechosos corolarios; ante todo, antes que caer en el «dogmatismo», ese peligro, por fortuna, ya superado. La cultura crítica profesional tiene suficientes datos y ejemplos como para discurrir sobre lo que estudia y brindar posibles soluciones en ciertos casos. Me parece que Sambrano Urdaneta ha querido teorizar demasiado sobre las funciones básicas de la crítica y que, por su juventud, debe mostrarse menos rotundo, dejando a la libertad del escritor —sobre todo de temas de ficción— un margen seguro. Acierta en dudar de la eficacia de la crítica. Por lo que toca a la exactitud, no hay que pensar en ello: en cosas de espíritu, no se pueden buscar muchas precisiones. No hay una mecánica del espíritu; sino sólo espíritus. Y hay que enfrentarse a la realidad, tal como es.
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Con respecto a Semprum, dice justamente que su fama es debida no a sus versos, cuentos y novelas —de las que nadie ya se preocupa—; sino de su labor crítica. Sin duda excelente. Le atribuye una «delicada sensibilidad artística» y una «penetrante intuición». Sus aciertos fueron numerosos; ya cuando recomendaba atención a lo criollo contra el artificial exotismo, como cuando, en contraposición, pedía volver grupas por los abusos del criollismo. Entre sus desaciertos cita el entusiasmo, nacido a veces, de la amistad. Aprecia en él condiciones de ensayista. Y se lamenta de que las circunstancias económicas, privándole de tiempo y humor, le impidieran acabar algunos estudios como los relativos a Andrés Mata, José Ramón Yepes y Pedro Emilio Coll. Sus dos estudios sobre versos inéditos de Andrés Bello son documentados y juiciosos, ya por lo que respecta a la nueva edición de sus obras completas que se realizan en el país oficialmente, y ha de superar a la chilena en muchos aspectos, verbigratia, en la inclusión de trabajos descubiertos posteriormente, ya por los estudios y anotaciones con que ahora se enriquece, o el mejor aspecto de la edición: «reiniciándose —como dice textualmente— el reencuentro de Bello con Venezuela». El capítulo que titula «Venezuela en los versos inéditos de Bello» es interesante e impregnado de un noble fuego. En él resalta el esmero con que nuestro gran lírico cuidaba sus obras, retocándolas y aun recreándolas continuamente, como un precursor de «el andaluz cansado de su nombre». Bello y Sanz es un paralelo entre las ideas cívicas del primero en su «Silva a la agricultura de la zona tórrida», y el conocido «Informe» del segundo, y que le acredita como un escritor de acuerdo con su época y sensible a los fenómenos sociales. Entre otras cosas, señala Sambrano Urdaneta el influjo de Horacio, bien que el Virgilio de las Geórgicas haya movido, desde luego, su inspiración agrícola y didáctica en el área de sus poemas bucólicos. Son interesantes los dos capítulos que consagra a Lisandro Alvarado, ya como investigador andariego y original, ya como traductor de Lucrecio Caro; uno, sazonado con sales anecdóticas, más o menos confirmadas por la tradición, y el otro, avalorado
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con diferentes testimonios epistolares. Aludamos entre otros a sus ensayos sobre «Los Cuentos grotescos de Pocaterra», exponentes de la vida ciudadana en tiempos crudos, angustiosos, corrompidos, que considera con las Memorias de un venezolano de la decadencia, como lo más logrado de su producción. «Fue la de Pocaterra —dice— una personalidad recia y combatiente. Hombre de conceptos claros y escuetos, introdujo, como nadie, en el cuento venezolano, una visión realista», como reacción contra «la presencia, exageradamente reiterada, de paisajes y tipos campesinos elaborados dentro de ciertos moldes convencionales». El capítulo «Cuentos de Uslar Pietri», a quien considera un innovador desde la salida de su primer volumen de cuentos: Barrabás y otros relatos, en 1928, nos parece bien enfocado. El libro aparece cuando, según la cita del autor que estudia: «…la escena literaria del mundo estaba llena de invitaciones a la resurrección, y nuestro país nos parecía estancado y lleno de esfinges…».
Lo que es novedoso en estos cuentos —añade Sambrano— es la casi total ausencia en los diálogos, de nuestro lenguaje popular; la generalización de las descripciones de la naturaleza como para que se adapten a cualquier escenario geográfico; el soslayamiento de los elementos costumbristas; la búsqueda de personajes que no sean una expresión exclusiva de una región determinada.

«No se piense, sin embargo —dice—, que en todos los relatos de esta obra los personajes están solicitados en medios exóticos. Por el contrario, hay varias narraciones en las que, de inmediato, se echa de ver el mundo criollo.» Se trataba, pues, de esquivar el mundo criollista, como una justificada rebeldía juvenil contra los excesos de aquella escuela. En «Red» y «Cuatro hombres y sus sombras» reconoce que hay una superior armonía, en lo que coincide con nuestra particular opinión, sobre todo, al utilizar los recursos de nuestra magnífica tradición folklórica. Entre los capítulos restantes citaremos los que dedica a la novela de Julián Padrón: En este mundo desolado, a la obra en conjunto
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del cuentista Alfredo Armas Alfonzo, y a Joaquín Gabaldón Márquez, como «poeta desaparecido». Diremos, para terminar, que Oscar Sambrano Urdaneta es, a nuestro juicio, un escritor muy bien dotado que trabaja con método, que se documenta, lee y relee, como lector que se adelanta, reflexiona, compara, deduce, profundiza, y llega siempre a unas conclusiones.

R. Olivares Figueroa RNC Nº 137 Noviembre, diciembre 1959

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Pedro Pérez Perazzo

RAMÓN
IGNACIO MÉNDEZ
Caracas: Ediciones de la Fundación Eugenio Mendoza, n° 32, 1959.

EN LA HISTORIA,

en la sociología, rara vez hallamos una incongruencia. Hombres y acontecimientos se rigen por un determinismo; operar de acuerdo con un «designio providencial», en virtud de cuyo mandato se producen esos luminosos períodos o ciclos históricos en los que el hombre «parece» haber nacido para cumplir con un requerimiento de su época. Sería erróneo suponer que estos hombres singulares —guerreros o estadistas, legisladores o caudillos— han surgido del común; es decir, de la masa indiferenciada, sin conexión alguna con su tiempo. Constituyen, en realidad, un producto de la historia; asoman al escenario donde van a desarrollarse grandes acontecimientos, y ellos mismos advienen como actores de un importante drama en la vida de los pueblos. Cuando en Venezuela se hizo necesario quebrar la coyunda del dominio español, aparecieron los hombres capaces de llevar a cabo tan gigantesca empresa. Los finales del siglo XVIII venezolano podrían compararse ventajosamente con cualquiera de los grandes

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períodos estelares de la humanidad, sin excluir la Roma de los Gracos ni la Francia de la Enciclopedia. Surge entonces una de las más brillantes pléyades humanas. Es la culminación de un largo proceso durante el cual han venido sedimentándose en la conciencia del criollo las doctrinas liberales, nacidas al amparo de una nueva filosofía social: el enciclopedismo. Entre los venezolanos ilustres de la época a que nos referimos figura el arzobispo Ramón Ignacio Méndez, nacido en Barinas en 1761, y fallecido en Villeta (Nueva Granada) el 6 de agosto de 1839, y cuya biografía ha sido recientemente publicada bajo los auspicios de la Fundación Eugenio Mendoza, y calzada con la firma de Pedro Pérez Perazzo, quien en ella revela dotes singulares de estilo y observación. Leyéndola nos parece recorrer la Venezuela turbulenta de los años comprendidos entre 1810 y 1840, cuando se establece definitivamente la República y se abre el período de las oligarquías. Un tanto compleja es la personalidad de monseñor Méndez; hijo de familia acomodada, «fidalgo de capa y solar», como decían los cronistas del siglo XVIII, su primera vocación es seguir el sacerdocio.
En 1797 —escribe su biógrafo— recibe de manos del Obispo de Caracas, Monseñor Viana, las órdenes mayores del presbiteriado. Había concluido, orgullosamente, su carrera sacerdotal. Pero no habían terminado para él los años de la formación y el estudio. Todo lo contrario: ésta es la época de sus mayores esfuerzos. Los días y las noches de la lectura incansable en el Seminario y en la Universidad. Días y noches de notas al margen de gruesos volúmenes de Filosofía, de Historia de la Iglesia, de Derecho Canónico y Civil.

Semejante fiebre para disciplinarse en el estudio de materias tan rígidas, nos suministra un dato acerca de su carácter y la inquebrantable voluntad con que en años sucesivos habría de confrontar problemas asaz graves como el referente a la Ley de Patronato, en

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1830 y 1836. Con fecha 12 de mayo de 1799 Méndez recibe en la Real y Pontificia Universidad de Caracas el diploma de doctor en Cánones, y el 19 de octubre de 1800 el de doctor en Derecho Civil. La mañana del 19 de abril de 1810 encuentra al padre Méndez ejerciendo su piadoso magisterio. Aunque educado en principios tradicionales, su conciencia lo induce a incorporarse dentro de las filas revolucionarias. Y «así lo encontramos, anota Pérez Perazzo, a caballo por el llano infinito, en compañía del Marqués de Mijares y con rumbo a Barinas.» En el Congreso de 1811 Méndez figura como diputado por Guasdualito. Ya el 5 de julio sus dudas en cuanto a las reiteradas promesas de lealtad hechas al gobierno de Fernando VII, y las ideas independentistas sustentadas ahora. Varios representantes, entre ellos Peñalver y Roscio, logran disipar, mediante bien razonados argumentos, las dudas que embargan la conciencia de aquél, y Méndez estampa su firma al pie del acta gloriosa. Así comienza su papel en el drama de la independencia. Difícilmente podríamos hallar alguien cuya personalidad reúna mayor suma de rasgos, de caracteres algunas veces contradictorios. Es múltiple, mas en él sobresalen dos atributos: el sentimiento revolucionario, liberal, y la fidelidad al dogma de la Iglesia. Con Bolívar, con Páez, hace la campaña de los Andes, hasta sobrevenir los reveses de 1813, cuando Boves, el sanguinario asturiano, parece enseñorearse del país. Méndez se marcha a Casanare.
Vive entre los llaneros de pocas palabras y hondas intenciones. Con ellos sale a caballo por la sabana y tira el lazo a los cuernos del toro cerrero, y aprieta el puñal entre los dientes cuando se lanza al río crecido y lleno de caimanes, y a garrote limpio se mide con sus compañeros para demostrarles que puede tanto como ellos y para ganarse finalmente su admiración y su respeto.

He aquí delineada a grandes rasgos la figura de monseñor Ramón Ignacio Méndez; es el mismo que después, en el Congreso
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de Angostura, propone enmiendas a la Constitución de 1811: «con argumentos originales que muchas veces fundamenta en las ideas del filósofo francés Montesquieu»; el mismo que en la Asamblea de 1826 golpea con su puño la cara del senador Diego Gómez; y el mismo, también, cuya rectitud en el desempeño de sus funciones eclesiásticas le impide transigir en 1830 y en 1836 con el gobierno de Páez, cuando éste promulga medidas de menoscabo de los fueros asignados a la Iglesia. Prefiere entonces, por dos veces sobrellevar aquel exilio con que el régimen sanciona su rebeldía además de su bolivarianismo: Colombia acababa de desintegrarse, y contra Bolívar esgrimíanse el libelo y la difamación. Murió el arzobispo Méndez el 6 de agosto de 1839 en Villeta, aldea cercana a Bogotá. Sus cenizas reposan desde 1942 en el Panteón Nacional de Caracas. A los honores con los cuales se le ha hecho justicia a su memoria, se añade la magnífica biografía de que hoy nos ocupamos, lo cual constituye un verdadero acierto del notable escritor Pérez Perazzo.

Eduardo Arroyo Álvarez RNC Nº 137 Noviembre, diciembre 1959

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Isaac J. Pardo

JUAN DE

CASTELLANOS

Caracas: Ediciones de la Fundación Eugenio Mendoza, n° 34, 1959.

UNA DE LAS

figuras más interesantes, y en cierto modo pintorescas del siglo XVI ha sido la de Juan de Castellanos, hombre múltiple en quien alternaban el soldado y el clérigo, además de sus inclinaciones literarias para resumir la crónica de la conquista en una obra asaz conocida: Elegías de varones ilustres de Indias. Sin embargo, la biografía de Castellanos, e igual podemos anotar con referencia a Hernán de Ulloa, otro soldado y notable cronista de la misma época, apenas era conocida por las «elegías», especialmente aquella en que nos habla acerca de sus primeros años en Venezuela: Y un hombre de Alanía, natural mío Del fuerte Borinquen pesada peste, Dicho Juan de León, con cuyo brío Aquí cobró valor cristiana hueste Trájonos a las Indias un navío A mí y al Baltasar, un hijo deste…

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La reseña monográfica del interesante personaje nos la ofrece ahora la Biblioteca Escolar de la Fundación Eugenio Mendoza, y en ella aparecen consignados algunos datos que nos permiten ubicar cronológicamente las Elegías de varones ilustres de Indias hacia la década comprendida entre 1580 y 1590, hacia finales del siglo XVI. Castellanos había fijado para aquel entonces su residencia en Cubagua. De su estancia en la acogedora tierra insular nos dan testimonio numerosas «elegías» alusivas a costumbres, tipos y acontecimientos ocurridos en aquélla. Verbigracia: Yo solía posar en una casa Que bien cercana fue de la marina… Y viendo yo henderse cierta esquina, A grandes voces dije: fuera… fuera… Se refiere Castellanos al sismo bajo cuya conmoción quedó reducida a escombros la pequeña ciudad de Nueva Cádiz, para aquel tiempo floreciente emporio comercial gracias a la industria perlífera y a la riqueza de sus placeres. Nos dice también la mencionada monografía, cuyo autor es el conocido y preocupado médico venezolano Isaac J. Pardo, que el soldado y cronista de las Elegías, no fue remiso a incorporarse en expediciones con sabor de aventura.
En 1543 anduvo, con soldados llegados con Francisco de Orellana, en otra expedición que penetró profundamente en Venezuela; pero en 1544 se pasó a Cabo de La Vela, en el actual territorio de Colombia, y tomó parte en la conquista del Valle de Upar y en la de Tamalameque.

Juan de Castellanos, llamado también el «Beneficiado de Tunja», en virtud de ciertos privilegios de carácter eclesiásticos que le fueran concedidos en aquella localidad neogranadina, cubre uno de los períodos más significativos en los anales de la conquista, y como tal no pudo sustraerse a los reclamos de su época. Nada
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común es el caso de este hombre, cuya multiplicidad le permite ejercer funciones de catequesis entre los indígenas, enseñar latín y literatura, acopiar datos acerca de tipos y costumbres, embrazar la rodela y hacer muchas otras cosas de las que nos habla acertadamente Isaac J. Pardo en su biografía. Dice Pardo:
En la primera edición de la primera parte de las Elegías de varones ilustres de Indias, de 1589, aparece un grabado que representa al autor. Aunque bastante tosco, aquel grabado permite reconocer claramente un hombre no robusto, de frente muy amplia, grandes ojos, nariz larga y aguda y mentón estrecho. Varias de estas particularidades fueron comprobadas cuando exhumaron los restos en 1939.

La biografía de que nos ocupamos, escrita en estilo sencillo y con abundancia de documentación, es un verdadero acierto de su autor, pues a los datos biográficos de Castellanos aúna una extensa investigación en torno a las Elegías de varones ilustres de Indias. Es una obra que viene a enriquecer nuestro acervo bibliográfico, permitiéndonos estudiar una figura tan rica en matices como la de Juan de Castellanos, tanto más original cuanto más interesante fue el siglo, la época en que le tocó vivir.

Eduardo Arroyo Álvarez RNC Nº 137 Noviembre, diciembre 1959

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Ángel Mancera Galletti

ISLA DE AVES
Caracas: Italgráfica,1959.

apuntara Pascual Venegas Filardo hace ya algunos años, la temática marina no ha gozado del favoritismo de los prosistas venezolanos. Es José Salazar Domínguez quien en la época renovadora del 28 trata —quizás si por primera vez— el tema en su colección de cuentos Santelmo que aparece en 1931. No obstante es Guillermo Meneses «uno de los iniciadores de la novela del mar en nuestro país, desde las páginas de Campeones. Al menos, así debemos aceptarlo en lo que atañe a la parte costeña de su novela», ya que, «hasta la aparición de esta obra, el mar no había sido motivo favorito de nuestros escritores de ficción». Campeones, la novela de Guillermo Meneses había aparecido en 1939; pero ya antes el mismo autor había tratado el tema en su conocida novela corta La balandra Isabel llegó esta tarde cuya primera edición data de 1934. Y este mismo Ángel Mancera Galletti —del cual pretendemos comentar Isla de Aves— había humedecido de mar su disciplinada cualidad imaginífica desde las páginas de Derroteros caribes, publicada en 1936.
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COMO ACERTADAMENTE lo

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Posteriormente, en 1943 Antonio Arráiz gana el premio de la mejor novela venezolana de ese año (premio Simón Barceló) con Dámaso Velázquez cuya trama interesa totalmente el ambiente marino venezolano. Novela que con el título de El mar es como un potro edita de nuevo en la Argentina en 1950. Por otra parte, en 1949 Lucila Palacios obtiene el premio Arístides Rojas con El corcel de las crines albas, que se mueve sobre el ambiente marinero de la isla de Margarita, y tres años antes Salazar Domínguez ratifica su inclinación por el tema publicando su novela Güésped… Y esto —excepción hecha de los cuentos de Gustavo Díaz Solís— es todo en la narrativa venezolana hasta la aparición de Isla de Aves a fines de 1959, novela que Mancera Galletti tuvo que publicar en Argentina debido a las condiciones prohibitivas que rigen el mercado editorial del país. Es de hacer notar, no obstante, que el escritor español José Manuel Castañón editó en el 58, Una balandra encalla en tierra firme, parte de la cual se desarrolla en aguas venezolanas. Debemos decir que no es fácil eso de captar y expresar luego el ambiente marino venezolano. De todo lo publicado hasta ahora acaso Guillermo Meneses y Salazar Domínguez son los que se han metido más dentro de la especial atmósfera en la cual mueven su drama cotidiano los paupérrimos marinos margariteños, años y años de tradición, de costumbres, de plástico lenguaje enriquecido caprichosamente, de complejo vocabulario difícil de aprender y utilizar perfectamente, todo esto ha complotado para que todavía la literatura venezolana no tenga una obra que pueda considerarse antológica dentro de su especialidad. El mismo don Rómulo Gallegos, que nos ha dejado la novela del llano y de la selva, no ha querido jamás abordar el tema pese al conocimiento que tiene de Margarita en donde residió alguna vez y a los numerosos apuntes que se sabe tiene recopilados desde hace algunos años. Y es que para comprender la vida del margariteño con miras a convertirla exitosamente en instrumento literario, no es necesario solamente ver y apuntar. Es preciso permanecer hasta identificarse
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con la tradición y las costumbres. Meterse dentro de ese mundo complejo que apega y que domina al hombre circunscribiéndolo en su circunstancia vital. La cámara fotográfica, los apuntes ligeros, la conversación rápida a la sombra de la ranchería, muy poca cosa pueden aportar al éxito. Requiérese la observación lenta y disciplinada, la documentación exacta y un poderoso don de capitación que pueda desentrañar la magia de la vida marina ligada tan íntimamente a avasallantes factores ancestrales. Tanto en prosa como en poesía el mar, con todo lo que puede aportar de novedad, de originalidad, está casi inexplotado. No ignorando el riesgo, consciente de la realidad literaria que hemos esbozado a grandes rasgos Ángel Mancera Galletti reincide en la novela de ambiente marino cuyo primer intento data del 1936 con Derroteros caribes. Sabemos que con Isla de Aves el autor de Quiénes narran y cuentan en Venezuela no ha querido agotar las posibilidades que el tema le brinda. Ni mucho menos. Entendemos que Isla de Aves es otro intento —ahora mucho más maduro y logrado— en el palpitante tránsito por escribir algún día la novela definitiva que se siembre en las antologías con caracteres de perennidad. Desde este punto de vista, Ángel Mancera Galletti puede estar absolutamente satisfecho de su esfuerzo. Isla de Aves plantea a través de la performance del doctor Rafael Campos —personaje central— el problema del colonialismo en este lado del mundo. Llevado por un sano nacionalismo, evolucionado y fecundo, Mancera Galletti tantea la realidad de la indiferencia oficial y popular ante la abusiva invasión extranjera a entidades federales. Toma el ejemplo de Isla de Aves, «banco de arena situado en las proximidades de la costa de Marigalante y de la Guadalupe, a los 15º y 40’ de latitud boreal», y en torno a la historia y a la geografía de la pequeña isla perdida en la inmensidad oceánica desarrolla la trama de su novela. El doctor Rafael Campos es ganado por el patriotismo que le hace abandonar a su pequeño hijo en Caracas para ir a la isla de Margarita a contratar barco y marinos para emprender la empresa
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por hacer valer los derechos venezolanos. Logra entusiasmar a Víctor Gil, margariteño como él y capitán-propietario de la Carmen Victoria, y al fin se deciden a emprender la temeraria travesía. Llegados después de grandes vicisitudes al lugar de destino, la naturaleza los cerca e intimida, y el mismo crucero inglés Tribune que había sacudido las costas de la isla con sus cañones despertando la algarada de los pregoneros de los periódicos caraqueños, vomita fuego, abuso y humillación sobre la embarcación venezolana hundiéndola definitivamente. Sus desguarnecidos tripulantes quedan con su patriótico idealismo burlado, abandonados a su suerte sin que nadie llegue jamás a preocuparse por su destino. Complementando la trama, Mancera Galletti intenta plasmar diversos aspectos de la vida de los marinos margariteños, lográndolo plenamente en algunos pasajes que denotan una prosa vigorosa sin rebuscamientos estilísticos. Fiel a su concepto de que hay un solo modo de narrar («aquel que con técnica y talento sabe desarrollar el tema escogido y penetrar con su mensaje en la interpretación y el aprecio de todos los lectores de la colectividad») Mancera Galletti dice lo que tiene que decir en un lenguaje a través del cual se filtra la técnica y manera consagradas por el maestro Gallegos. A veces la imaginación poética lo domina y surgen espontáneas y maravilladas las metáforas, los giros luminosos; pero muy pronto recupera su dominio consciente y vuelve al lenguaje natural, un tanto periodístico y diáfano. La novela tiene capítulos logrados en depurado lenguaje en los cuales, dentro de una fuerza expresiva extraordinaria, no sobra ni falta nada. Vale la pena destacar entre ellos «La mortaja del cielo azul», por ejemplo, y sobre todo el titulado «Fuera de aquí», en el cual la palabra del novelista se hace emotiva y cálida para describir el desconcierto ante el esfuerzo rendido en vano y la reacción desesperada pero viril ante la omnipotencia humillante de los invasores ingleses… Es de desear que Mancera Galletti en futuras entregas que son dables esperar de su disciplinada vocación creadora, vuelva sobre el tema marino. Esta vez conjugando el mejor conocimiento de
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los escenarios regionales con el aporte vivencial de sus publicaciones anteriores, podrá lograr quizás una obra que pueda abarcar con características de permanencia y universalidad, todo un aspecto de la novelística venezolana.

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César Lizardo

DIÁLOGO
Y VIGILIA
Caracas: Tipografía Garrido, 1959.

virtudes de César Lizardo, acaso la más relevante sea la generosidad. De tal suerte que podría afirmarse que él es una de esas escasísimas personas que se mueven entre nuestro acosante medio literario sin odios ni rencores. Cordial y comprensivo, observa a ciertos personajes, a determinados autores y obras, encontrando en ellos el ángulo positivo, la porción bella y noble y, casi alegremente, exalta esos valores con sinceridad e íntimo regocijo. ¡Extraña labor ésta entre nosotros! En su obra más reciente —Lizardo ha publicado ya cuatro libros con anterioridad: Clima del sueño, Caracas, 1952; Espacio y voz del paisaje, Caracas, 1954; Eternidad del júbilo, Caracas, 1955 y Valores médicos, 1957—, bajo el título de Diálogo y vigilia, el autor reafirma su manera de ser, su tónica individual literaria y humana. Agrupa allí, quizá sin cuidarse demasiado de la unidad conceptual de sus trabajos y en una prosa más bien periodística y un tanto descuidada —no exenta, sin embargo, de ciertos suaves toques poéticos y certeros— algunas notas críticas en torno a libros y notables valores humanos de Venezuela, injustamente olvidados o margiENTRE LAS
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nados. La voluntad del autor se orienta hacia el rescate de esos nombres, pues él advierte claramente que la inconsecuencia para con ellos sería una acción deshonrosa. Hombres arrebatados prematuramente por la muerte, como Oscar García Uslar, poeta fallecido a los treinta años cuando su sensibilidad artística prometía los mejores frutos. Y hombres como Tito Salas, largo tiempo callado en su rincón de Petare.
Tito Salas —dice el autor— es un símbolo y una vocación inalterable y poderosa. Pintor de su pueblo y pintor de Bolívar, dos títulos para enaltecer una obra y para definir un hombre. Una obra y una vida, que a estas alturas, merece el más profundo reconocimiento por todo lo que ha hecho y cuanto ha significado en la plástica venezolana.

Entre los trabajos reunidos en Diálogo y vigilia merecen especial lectura «De La tienda de muñecos a La Tuna de Oro», en el cual analiza y comenta los exquisitos cuentos de Julio Garmendia, y el titulado «Roberto Montesinos», que es una evocación sencilla y emocional del poeta y educador larense del mismo nombre. Espíritu provinciano por excelencia —tan apegado a El Tocuyo como el erizado y solitario cardón o el desgarrado cují— Montesinos, autor de La ciudad de los lagos verdes y Lámpara enigmática, es visto por Lizardo como un escritor en cuya prosa atildada y en sus versos austeros «se siente el palpitar de la placidez provinciana con clara dimensión de eternidad». En otra parte —fuera ya del ámbito propiamente literario— se refiere a los «Aspectos de la obra sociológica de J.L. Salcedo Bastardo», y hace un somero comentario acerca de la personalidad y los escritos del autor de Visión y revisión de Bolívar (obra que alguna vez conocimos en páginas inéditas). A propósito del libro Universidad y sociedad señala el autor los alcances pedagógicos que Salcedo formulara a su regreso de Europa, en cuyas principales universidades realizara rápidas y agudas observaciones.

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Salcedo Bastardo —anota Lizardo— quiere puntos de arranque inmediato para iniciar la marcha hacia el progreso de nuestra Universidad. Insiste en que no puede pensarse en una reforma universitaria sin una reforma social. La Universidad es el centro de una circunstancia colectiva, pero puede iniciar desde el momento mismo en que vivimos, la larga marcha hacia la perfección que es marcha de generaciones y de siglos.

Otros trabajos que integran a Diálogo y vigilia son: «Elegía coral a Andrés Eloy Blanco de Miguel Otero Silva», «Caminos y señales», «Inocente de Jesús Quevedo, Ernesto Silva Garcés, M.A. Mata Silva», «Visión lírica del Tirano Aguirre», «El centenario de don Rafael Salas», «Cultura sucrense», «Caracas de la bohemia, novelas y novelistas de Venezuela», «Ejemplo y poesía de sor Juana Inés», «José Ramón Heredia, artista de su propia vida», «Carlos Morales», «Un libro de Juan Manuel González», «Marco Aurelio Rojas», «En tono menor», «Una obra sobre Teresa de la Parra», y «Ezequiel Urdaneta Braschi».

Juan Ángel Mogollón RNC Nº 138 Enero, febrero 1960

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Eduardo Arroyo Lameda

LA INTELIGENCIA

CONFIAR EN

Bogotá: Imprenta Nacional, 1959.

motivo de júbilo la aparición de un nuevo libro de este ensayista venezolano; tan recatado es en su honestidad intelectual, tan acusada su modestia y mesurada la actitud del hombre en permanente reflexión. Eduardo Arroyo Lameda se inició en nuestra literatura hace ya muchos años. Fue un libro de versos de corte posmodernista el que le abrió camino en el terreno creador. Entonces militaba junto a hombres como Jacinto Fombona Pachano, con quien le unió una profunda amistad hasta el último día del poeta fallecido. Mucho tiempo dejaría transcurrir antes de que otra obra suya viera la imprenta. Fue en 1930, en plena dictadura gomecista, cuando se perfiló definitivamente como cultor del ensayo de arraigo nativo, de serena meditación. Era delictivo en aquel tiempo hablar de problemas humanos con sentido digno, más si tomamos en cuenta el repliegue de la inteligencia democrática y la entrega cortesana de los pensadores más avanzados en edad. Su primer libro, el de poemas, se tituló Momentos, la segunda obra, Motivos hispanoamericanos. Desde allí, el hombre se lanzó al ejercicio de la lucha cívica. Culminados sus estudios jurídicos en
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la universidad, de inmediato ocupó sitial distinguido entre los catedráticos de Derecho. Lo demás, fue la fatiga de pensar mucho, de escribir con hondura sin ostentaciones y, eventualmente, mostrar a los lectores de la prensa nacional, la sazonada expresión de las ideas. Arroyo Lameda tiene el dominio del idioma hasta en sus más recónditas lumbres castizas, sin embargo, no es un escritor academicista. Tampoco es un estilo fácil el suyo, por el contrario, hay plena identidad entre la medulosa vena ideológica, la palabra exacta y la concisión razonadora. Las páginas que fueron de sus manos a los diarios caraqueños durante el largo período dictatorial, de fresca huella todavía, llevaron el mensaje que buceaba las raíces últimas de nuestros males. Pero nunca salió de su pluma una expresión amarga ni evasiva: mantuvo con ejemplar solvencia la voz limpia de culpa y sonora en los trayectos internos de nuestro drama, o la frase que atisba la problemática de un mundo en vías de transformaciones radicales y contradicciones cotidianas. El saldo integral tiene voz de consigna sustantiva en este libro que hoy nos entrega y que tal vez formó su cuerpo en una estricta labor selectiva del autor, durante los días de gestión diplomática, vividos en tierra colombiana. Los treinta y cinco ensayos que agrupa el volumen fueron dados al público en las rotativas de los diarios venezolanos; mas, conste y valga la advertencia, no se trata de un libro fabricado con los recortes mariposeantes de la crónica apresurada, tan factible de ser recogida en volúmenes por sus autores. Fueron al periódico, porque era ése un vehículo donde veladamente se desbordó la arteria del pensamiento valeroso, pese a la mirada inquisidora y al lápiz segador de la censura dictatorial, pese al temblor nervioso de quienes sospechaban sin comprender los entrelíneas donde se encerraba el consejo o el alerta, que no el grito impertinente ni la diatriba. Su título, Confiar en la inteligencia, responde a lo que es conducta mantenida en las páginas: una fe inquebrantable en el hombre y su redención por la virtud del pensamiento rectilíneo, un optimismo insurgente contra las horas de la decepción y el
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anémico pesimismo de quienes no hallaban una salida improvisada a nuestra farsa política, o al tablado confuso del mundo en convulsiones. La obra va desde la estampa depurada de un costumbrismo aleccionador, simbolizado en el torreón del trapiche aragüeño, a cuya sombra coloca el autor, vegetativamente, la figura de un lector trivial que desmiente toda actitud intelectualista frente a nuestra cultura y a lo que él, atinadamente, califica de las ruinas de orden intelectual y moral, hasta la inquietante cuestión del error como ejemplo y experiencia, de la palabra crisis como justificativo de males oprimentes, en una sociedad escindida en bandos de antagónica concepción filosófica e histórica; pasa en postura penetrante por la angustia del hombre frente a la carencia y la abundancia, o da pautas de honor a corporaciones internacionales de dudosa reputación y escaso prestigio como la OEA. Lo que consideramos de mayor sentido humano y trascendente en el complejo de temas que aborda el autor, es el deslinde establecido en los conceptos de élite y de masas, en lo que tiende a dirección social de las cuestiones, a entrega colectiva de los problemas vitales en manos de las últimas, o a dominio de las primeras; consideramos que hay en Arroyo Lameda un certero enfoque de tal asunto. Más, si consideramos la justeza de expresiones como ésta:
Si al dirigirnos al pueblo, a las muchedumbres, empleamos, como se hace por desgracia con suma frecuencia el idioma universitario, no debemos esperar ser comprendidos. Ni por tanto suscitar reflexiones. Más valdría que le habláramos al pueblo en sánscrito. Pero si, obedientes a la lógica, nos ceñimos estrictamente a las expresiones entendibles por la mayoría, apuntando al corazón de los temas, notaremos regocijados que somos comprendidos. Nos sorprenderá a veces la sutileza y la penetración de la inteligencia vulgar.

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La sincera devoción del intelectual por la capacidad asimilativa de nuestro pueblo, guía, en muchos de los ensayos, la tesis englobada por su autor. Así, cuando incide por ejemplo en el espinoso tópico de los conocimientos resguardados de la divulgación «como de un tifus», la negación de la cultura y la ciencia al dominio de las grandes mayorías, tan defendida por quienes aún conllevan la complicidad de la ignorancia dirigida. Nos recuerda un poco este pensamiento la tesis que planteara en el pasado siglo un personaje muy admirado y estudiado por el propio Arroyo Lameda en inolvidable conferencia; aludimos concretamente a Cecilio Acosta. Desde luego, que en este caso, hay una visión actualizada de uno de los traumas sociales de la realidad hispanoamericana. No despierta menos simpatía su bien cortada página en torno a los profesionales del vituperio, o su reverso: la componenda y el eufemismo; con aguda mirada glosa el tema nuestro escritor, o bien el de la tan pendulada cuestión divorcio entre la teoría y la práctica, entre el pensamiento y la acción. Comentario aparte merece el grupo de exposiciones polémicas incluidas por el autor en el volumen. Se trata de un apasionante debate surgido entre nosotros a raíz de las reflexiones sobre la cultura nativa, que escribiera el doctor Ernesto Mayz Vallenilla. Difícil es seguir una polémica, tomando como fundamento la argumentación de una sola parte; pese a tal afirmación, el doctor Arroyo Lameda logra dejar vibrante el alma de la discusión por la lucidez expresiva que coloca al lector en el campo mismo de la controversia ideológica; por lo demás, es una sana experiencia el seguir los postulados de su tesis, porque hay en ellos, pasado el momento y accidente que los originaron, una nerviosa pasión por esclarecer las líneas sobre que corre y corrió el movimiento ideológico venezolano; aún más, la conciencia nacionalista auténtica del ensayista aflora en plenitud cuando defiende con vehemencia de convicciones, pero sin terquedad retórica —mal crónico de nuestros polemistas—, las nervaduras de su posición de hombre abocado a los temas humanísticos. Puede diferirse de algunas opiniones suyas, pero no por eso dejaremos de asimilar una experiencia de
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valor indiscutible: llevar al terreno de la reflexión la defensa de nuestros valores culturales contra lo que él llama «frutos de ceniza» y «andrajos de la mente occidental», sin dejar de cauterizar el vicio de nuestro poco espíritu metódico y sistemático para el análisis de la realidad vernácula. Concluimos aventurándonos a afirmar que el libro de Eduardo Arroyo Lameda —poco leído y menos comentado hasta ahora— es uno de los más densos aportes al ensayo contemporáneo venezolano, al tiempo que una ejemplar lectura que induce a la meditación serena y a la autocrítica franca de nuestro ser y decir nacionales; por último, está en él, al vivo, el perfil moral de su autor, razón de mayor peso para estudiar con detenimiento y simpatía la obra más reciente de un pensador solvente y con crédito para figurar en primera fila dentro de su tendencia literaria.

Domingo Miliani RNC Nº 138 Enero, febrero 1960

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José Cañizales Márquez

EN EL TIEMPO
Caracas: Imprenta del Ministerio de Educación, 1959.

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UNA SERIE de monografías compone el último libro de José Cañizales

Márquez, uno de los escritores venezolanos en quienes la función de escribir es algo tan necesario como la vida misma. Ha realizado Cañizales Márquez una obra doblemente meritoria: lo es por el acierto con que estudia al personaje, y lo es también por el contenido de divulgación literaria. La mayoría, si no todos los bocetos biográficos a que nos referimos fue publicada en El Universal, habiendo sido después recogida y ordenada para editarse en volumen, un volumen de 166 páginas en las cuales desfilan escritores y poetas, músicos y pintores, e incluso algunas de esas figuras populares de tan honda raigambre en nuestro medio. A pesar de que en el libro de Cañizales Márquez se estudian disciplinas intelectuales no sujetas a un mismo género, nos parece descubrir en aquél el sentido de continuidad a que suelen referirse los preceptistas y sin el cual nunca lograríamos obra armoniosa. Creemos, y con ello se revela acorde el autor, que en la Venezuela literaria de hoy nos hace falta cumplir labores de revisionismo. ¿Acaso, no se ha hablado ya acerca de una crisis o quiebra de
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nuestros valores artísticos? La propia obra de que nos ocupamos ahora: Nombres en el tiempo parece proyectarse en el sentido de revisar algunos de esos valores, señalando rasgos inadvertidos hasta hoy, o por lo menos escasamente divulgados en el mundillo de la crítica literaria. Dice Cañizales Márquez: «Junto a estas figuras necesitamos una amplia labor de revalorización de muchos otros intelectuales que, por modestia, aislamiento y hasta mezquindad, se han quedado ocultos en el olvido o la indiferencia». Cañizales Márquez afirma haber escrito sus «semblanzas» bajo un signo de admiración hacia las personas en ellas bosquejadas. Se resumen aquí tendencias y estilos de muy dispar naturaleza. Entre los escritores, junto con un Eduardo Arroyo Lameda, sobrio y academista, aparece un Claudio Vivas, el «imaginero» de Huellas sobre las cumbres; y entre los poetas, junto con el parnasiano Jorge Schmidke asoma la desvelada canción marina de Francisco Lares Granado. Sólo dos pintores figuran en el libro: Marcos Castillo y Rafael Monasterios; es decir, dos escuelas o dos técnicas donde el pincel no ofrece casi nada de común. Apenas encontramos en ambos el encendido cromatismo solar, esa plasticidad cuya presencia hallamos igualmente en la música de Moisés Moleiro, otro de los biografiados. Con acierto y originalidad José Cañizales Márquez define en sólo una frase el carácter o la tendencia de sus personajes. Así, por ejemplo, Arroyo Lameda es la «vigilia del pensamiento»; Rafael Ángel Barroeta, la «ebriedad del corazón»; Lares Granado, el «marino desvelado»; Ramón Ponce, la «bohemia del espíritu», y José Felipe Márquez (abuelo del autor), la «vigencia de los sueños». Dieciséis bocetos o monografías integran el volumen de que nos ocupamos, y en todos ellos encontramos la misma facultad indagadora y la misma nota de un estilo sobrio y sencillo. Pues en Cañizales Márquez, a la inversa de cuanto ocurre en algunos otros ensayistas venezolanos, se han excluido la imagen y el atuendo verbal; es el suyo un estilo directo, sin oropeles, si bien a veces de improvisto desembocamos en la peregrina belleza de un símil.
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Verbigracia: «como un brujo de manos truncas, ojos en vela y cabellos en alboroto, se mueve el poeta entre la vida y la muerte, para reír a la una y apagar el cigarrillo de sus ensueños en la frente de la otra» («Jorge Schmidke o la gracia del soneto»). Según hemos observado antes, las personas a quienes vemos desfilar a lo largo de las páginas de Nombres en el tiempo no forman un cuadro homogéneo; ofician en diferentes disciplinas dentro del arte o de la ciencia, representada esta última en la figura de Francisco Tamayo, el hombre de entrañable vocación a la naturaleza. Hace hincapié el autor en que algunos de sus personajes ni siquiera han recibido las auras del halago publicitario; se mantienen anónimos o casi anónimos, como aquel Ramón Ponce cuya vida discurre en el apacible marco de Carache, especie de tallista e imaginero medioeval, para quien Cañizales Márquez tiene las siguientes palabras:
Ramón Ponce ejecuta por igual el decorado —muy hermoso por cierto— de la iglesia de Carache, como esculpe la figura de un santo, compone un reloj, arregla una rocola, hace preciosos grabados en suela, arregla un automóvil, hace un aviso tallado en vidrio, talla una madera cualquiera, o realiza paisajes sobre nácar o grabados diversos sobre la dura piel de un coco.

La semblanza del abuelo, don José Felipe Márquez, acaso por los nexos de consanguinidad o por haberlo conocido más íntimamente, se desenvuelve en un alto clima lírico. Recuerdos familiares le sirven de contraluz; imágenes o estampas de la vieja casona solariega de Chejendé, en el estado Trujillo, donde el pensador y aeda presidía las tertulias.
Mentalmente, escribe Cañizales Márquez, era de cierta introversión, vivía más en diálogo consigo mismo. Esta circunstancia le permitió adquirir una hondura sobre cada problema, así como una transparencia en su revelación. Gustaba de leer en voz alta, como los antiguos filósofos griegos o latinos, como para que cada
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quien aprendiese algo de cuanto leía (…) Cuando abandonaba el pincel, se dedicaba a escribir un poema, a componer una pieza musical o a inventar un cuento.

Fluidez y precisión en el empleo del adjetivo, claridad conceptual, riqueza idiomática, he aquí los principales atributos de la obra en referencia. José Cañizales Márquez, de vieja prosapia cultural en los anales de la literatura andina, ha contribuido al estudio de muchos valores nuestros, acerca de los cuales el biógrafo o el ensayista han permanecido silenciosos casi siempre. Con el libro Nombres en el tiempo se despeja la vía hacia una labor revisionista. «Considero, dice el autor, que en esta forma se lleva al ánimo colectivo el perfil de cuantos, en callada soledad creadora, han dado lo mejor de sí mismos, por enriquecer, en alguna forma, el alma inmortal de la patria.» Hemos leído el libro de Cañizales Márquez con ese deleite que emana de la conciencia avizora cuando nos hallamos ante un viejo panorama espiritual cuyos contornos creíamos haber olvidado.

Eduardo Arroyo Álvarez RNC Nº 138 Enero, febrero 1960

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Morita Carrillo

KINDERGARTEN
DE ESTRELLAS
(POEMAS PARA NIÑOS)
Caracas: Editorial Villegas, 1959.

¿HASTA DÓNDE se puede renovar la poesía infantil? Una y otra vez nos hemos hecho la pregunta y hemos anudado más de una respuesta ante el interesante libro Kindergarten de estrellas que Morita Carrillo puso recientemente en circulación. Con anterioridad se conocían de la misma autora: Festival del rocío, Los cuadernos de Doñana y Jardines del Niño Dios, con los cuales alcanzó justamente lugar de preeminencia entre los cultores de la poesía infantil en nuestro país. Ahora Morita entrega un libro de más ambiciosas proyecciones que recuerda mucho el magnífico Canta Pirulero que Manuel Felipe Rugeles publicó en la misma editorial que rubrica el extraordinario esfuerzo de la ejemplar educadora venezolana. Tres partes dividen a Kindergarten de estrellas. En la primera de ellas titulada: «Del mapa familiar», Morita Carrillo se dedica a cantar el microcosmos que rodea al niño dentro de su vivienda: «El candado», «La llave», «El teléfono», «La escoba»… La segunda parte —«Los valores mágicos»— poetiza tradicionales juegos y clásicos cuentos infantiles, mientras que en la escala final del voluRNC

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men —«Tres reinos para el niño rey»— se canta lo infantil de los tres reinos en lenguaje poético que incluso moviliza el agua poniéndola a danzar al capricho infantil. El hecho de que sea Morita Carrillo quien firme el poemario en referencia obliga que la crítica vea con particular detenimiento y exigencia su trabajo. En Kindergarten de estrellas hay un divorcio completo de la poesía didáctica. En esto su autora coincide con el criterio expuesto por Juan Manuel González: «La poesía seleccionada para los niños debe ser de profunda raíz natural, zoológica y vegetal, por encima de otro tema». Pero no es sólo el divorcio de lo didáctico lo que caracteriza este nuevo poemario de Morita Carrillo. Es en la forma de expresión propiamente, en donde parece haber concentrado su mayor esfuerzo. Por ello acerca su poesía —deliberadamente, decimos— a las nuevas maneras imperantes en otros aspectos de la lírica, aunque conservando el ritmo, la incuestionable música interior que se le ha admirado siempre. Asimismo, Morita abandona la elementalidad de cierta poesía suya —poesía para kindergarten y primer grado, dirían agradecidos los maestros— y trata de colocar a los niños —sus amados lectores— ante la evidencia de la verdad poética, de la metáfora de calidad. En este intento, la autora rompe con casi todos los cánones, establecidos, escribiendo una poesía audaz que no vacila en crearle problemas al incipiente lector a quien precisamente va dedicada y que sin duda alguna no la podrá leer ya tan fácilmente. Y esta disposición de Morita de renovar sin mirar hacia atrás no aparece tan sólo en la manera de ordenar los versos. La rima ha estado también sometida a un aliento renovador. Ésta a veces es deliberadamente arbitraria, como se podrá observar en el poema «Pulgarcito»: Con alas de libélula hace lanzas
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y el pájaro mosca es su caballo. Y para no citar sino dos ejemplos, obsérvese igualmente esta estrofa del poemita «La faldita floreada»: Y hasta me he montado en zancos para sentirme mayor. ¿No se corre el riesgo de dificultar innecesariamente la lectura a los pequeños ordenando los versos a capricho con un criterio adulto? Ante esta actitud se podría desempolvar la antigua polémica que ubica a los poetas frente al público lector, adaptándola. ¿Deberían los cultivadores de poesía infantil esperar que los niños evolucionen y superen sus propias dificultades para leer y comprender sus producciones o, por el contrario, es un sagrado deber del poeta facilitárselas de la manera más honesta de acuerdo con la mejor tradición existente en este sentido? Por otra parte, en el poema «La ranita tungará» se emplean palabras como «miss» y «smoking», que podrían considerarse perjudiciales ya no tan sólo para la poesía misma sino para la corrección lingüística que tanta preocupación causa actualmente a los maestros. Pero por sobre todas las observaciones, dudas y desconciertos que podamos tener los consecuentes lectores y admiradores de la imponderable labor de Morita Carrillo, está su extraordinaria condición de poeta que se pone de relieve con toda su maravillosa ternura, espontaneidad y belleza en poemas como «A la señora
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granada» o «La tienda del tinajero» que a nuestro juicio es el poema mejor logrado del libro: Don Tinajero véndame tres centavos de luceros. Nos quedaría por consignar al lado de la comprobada calidad de las ilustraciones de Serny, cierto descuido en la aplicación de los colores y en la diagramación misma del libro. Pequeñas deficiencias que no obstante pasan desapercibidas dentro de la agradable concepción tipográfica. Tiempo habrá para que Morita Carrillo reflexione con serenidad y hondura sobre la ineludible responsabilidad que tiene contraída con su numeroso y alborozado público lector, al mismo tiempo que con su propia circunstancia poética. Producto de ese inevitable monólogo serán nuevos volúmenes que sin duda consolidarán definitivamente el fecundo tránsito lírico de la primera cultivadora del género infantil en nuestro país.

Efraín Subero RNC Nº 138 Enero, febrero 1960

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Pablo Antonio Cuadra

Y LA LUNA

EL JAGUAR
Dibujos del autor. Nicaragua: Imprenta de Artes Gráficas, 1959.

GOLPEADA

en los flancos por dos mares y enclavada como promesa vigilante en la porción central de América, Nicaragua, país de lluvias, lagos y volcanes, apenas si figura en el ruidoso concierto de la poesía continental. Fuera del ramalazo tremendo de Rubén Darío y la consternación subsiguiente que causara el modernismo como revisión importantísima de toda la poesía española, Nicaragua, a pesar de cierta subterránea y poderosa cultura, no ha presentado a los ojos de América la estructura de su poesía contemporánea. A este desconocimiento contribuyen los inoficiosos agregados culturales de nuestras embajadas y el temperamento eminentemente periodístico y práctico de las agencias noticiosas internacionales a quienes no parecen interesar —por lo menos en nuestro caso— sino algún intento de erupción del Momotombo o del Masaya o la política impolítica de Somoza. A la admiración que sentimos por el glorioso Sandino, también tenemos que agregar gracias a la falta de información, el desconocimiento de la actual realidad literaria de Nicaragua. Sabemos,
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pese a la poca difusión editorial, que la poesía, después del «chorotega», ha recibido otros estímulos y que las nuevas generaciones han realizado una profunda renovación en el deseo de «descubrir» en Darío lo que en él había de americano o mejor aún de nicaragüense. No es otro el propósito de un grupo tan renovador como el de José Román, Octavio Rocha, Joaquín Pasos, etc. De esta pléyade nos sale al paso Pablo Antonio Cuadra, su labor de escritor en Nicaragua constituye un alegato, producto del estudio y de ordenadas disciplinas. En la prosa y en el verso ha realizado obra seria, en el pasado año con este libro El jaguar y la luna le fue otorgado el Premio Centro Americano Rubén Darío, libro que hoy publica en edición limitada de muy buenas ilustraciones, algunas del autor, otras, adaptaciones de algunas figuras de cerámica de su país. Pablo Antonio Cuadra no es en realidad un poeta sorprendente, hay en él cierta conjunción, podríamos decir telúrica, con los elementos que integran la geografía y la naturaleza centroamericana. Al igual que Joaquín Pasos, notamos en el autor la incorporación de toda esa parte del continente con sus latitudes de mar y de selvas, al resto de nuestra poesía. Quizá sea por eso que el trabajo poético en Pablo Antonio Cuadra sea también un muestrario de elementos naturales de esa porción continental. El jaguar y la luna intenta crear un nuevo mito sobre el jaguar, desde los días iniciales, cierto génesis poético, que adquiere en el autor un lenguaje muy al gusto de la nueva poesía. Por eso en el instante de nacer: La lluvia, la más antigua creatura —anterior a las estrellas— dijo: «Hágase el musgo sensitivo viviente» y se hizo su piel; mas el rayo golpeó su pedernal y dijo: «Agréguese la zarpa». Y fue la uña con su crueldad envainada en la caricia.

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A medida que el libro va arribando hacia otras aristas que inevitablemente nos llevan al centro de América, Pablo Antonio Cuadra invoca otras circunstancias, siempre metido en la tierra, en su tierra, nos entrega una imagen casi de amor, pequeño mensaje de ternura en lo «Escrito junto a una flor azul». «Temo trazar el ala del gorrión porque el pincel no dañe su pequeña libertad.» Anote el poderoso esta ley del maestro o cuando legisle para el débil. Escuche este adagio del alfarero la muchacha cuando mis labios se acerquen. Para luego volver sobre el misterio, el mito del jaguar. El Rey Jaguar envió a mis ojos dos rabiosos cachorros. Sabía al poeta cazador de aves mágicas, levantador de huellas secretas, errante arquero. Pero dije, pasada mi juventud, al perverso mago: —Encadena mis cachorros. Fatigado quiero descansar bajo los árboles. —Déjalos —repuso—. Morderán el tobillo de la diosa que te abandona. Mi hermana, la manchada Luna, goza cuando un cansado corazón se apresura. En la edición de El jaguar y la luna el poeta ha incluido «Códice de abril», un poema sobre su país natal donde entre voces indíRNC

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genas y con el aliento de fuego de antiguos volcanes, la figura de Sandino y Amadís de Gaula encuentran sitio y acomodo en las voces poéticas de los distintos meses del año. Bien merecido el premio de Pablo Antonio Cuadra, nosotros ávidos de conocer y de estar siempre en trance con la poesía hispanoamericana saludamos en este autor a un limpio intérprete.

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Pedro Grases

RAFAEL MARÍA
BARALT
Caracas: Ediciones de la Fundación Eugenio Mendoza, n° 35, 1959.

LA FUNDACIÓN EUGENIO MENDOZA ha dado a la publicidad una nueva biografía: la del eximio historiador pardo don Rafael María Baralt, escrita por Pedro Grases, ensayista y bibliógrafo de bien cimentado prestigio dentro del ámbito de las letras venezolanas. En el primer capítulo de la obra nos encontramos con el biografiado, quien para aquel memorable 24 de julio de 1824, cuando se libra la batalla naval de Maracaibo, apenas frisa en los trece años. «Ha desempeñado durante dos años, escribe Grases, un cargo del que se siente orgulloso: abanderado de los cazadores volantes.» Don Rafael María Baralt nació en la ciudad lacustre, cuyo nombre está relacionado con tantas leyendas y mitos aborígenes, el 3 de julio de 1810, y falleció en Madrid el 4 de enero de 1860, después de una intensa vida donde vemos alternarse el drama y la anécdota sirviendo como marco a su fecundo laborar en pro de la cultura. Asaz prolijo resultaría hacer aquí una reseña cabal acerca de las múltiples funciones ejercidas por el ilustre marabino. Guerrero

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durante el turbulento período de su mocedad; historiador, lingüista, diplomático, su labor se proyecta siempre en el sentido de lo noble. Su biógrafo nos habla sobre la genealogía del personaje, haciendo resaltar su ascendencia catalana por vía paterna. El abuelo, don Ignacio Baralt y Torres, había nacido en Arenys de Mar en 1748, o sea un año antes de que en Venezuela el canario Juan Francisco de León acaudillase desde Panaquire su famoso movimiento contra la Compañía Guipuzcoana. Aunque estos sucesos no ofrecen un origen común, bien podemos correlacionarlos, si valorizamos el fermento revolucionario cuyos signos se manifiestan ya, de modo ostensible, en los mediados del siglo XVIII. Nos dice Grases cómo el abuelo de Baralt, «viejo lobo de mar», vivió las aventuras más interesantes, entre ellas, su cautiverio en Argelia, adonde lo condujeran, para obtener rescate, unos piratas moriscos. En 1824 un tío de Baralt, quien por entonces ha cumplido la edad de catorce años y vive en Maracaibo con su familia, es nombrado senador al Congreso, y se lo lleva consigo a Bogotá, donde el niño prosigue sus estudios ordinarios iniciados en Santo Domingo y en la ciudad lacustre. Don Pedro Grases, en la bien documentada biografía de que nos ocupamos, transcribe las palabras con que Juan Francisco Ortiz evoca los años estudiantiles, desde 1826 hasta 1828, en Bogotá. Dice Ortiz refiriéndose a su condiscípulo marabino:
... Era infalible en la barra del Congreso, describía con exaltación el mar y el lago de Maracaibo, suspirando tristemente por el día de regresar a su país nativo. No me acuerdo de su cara, pero sí de sus travesuras y pícaras ocurrencias, que llegaron a tal punto que, de la noche a la mañana, supimos que su tío, respetable sujeto, presidente del Senado de Colombia, lo hizo montar en una mula, y escoltado por un asistente, lo mandó para su tierra. Ese joven era el célebre Rafael María Baralt.

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Es durante el año de 1828 cuando Baralt se reintegra a Venezuela, siendo designado para desempeñar funciones como oficial de la Administración de Correos en el Zulia, cargo que entra a ejercer el 27 de septiembre de aquel año. Ya por entonces tiene el grado de bachiller y ha cursado estudios de tal importancia como Derecho Público y Civil. Junto con aquellos estudios, en los cuales sobresaliera, mereciendo altas calificaciones, placíale comentar las obras de Homero, cuyo acento épico acaso le evoca la propia epopeya independentista. Su primer escrito, según don Pedro Grases, data de 1830, y se titula «Documentos militares y políticos relativos a la campaña de vanguardia dirigida por el Excmo. Sr. General en Jefe Santiago Mariño, publicados por un oficial del Estado Mayor del Ejercito». Resulta lógico suponer que tales escritos de carácter castrense responden a un período preliminar de su extensa obra literaria. Ingresa luego en la Academia Militar de Matemáticas de la cual fuera fundador en 1831 aquel otro venezolano insigne llamado Juan Manuel Cajigal, y un año después le confieren el diploma de Agrimensor Público, mientras desempeña, dentro de la propia Academia, la cátedra de Filosofía. Pocos letrados de su época pueden equiparársele en cuanto se refiere a su asombrosa capacidad de estudios. Escribe un Anuario de la Provincia de Caracas, y su pensamiento va gradualmente ensanchándose mediante el continuo intercambio de ideas con figuras de tan alto relieve como Cajigal, González, Urbaneja, Codazzi, Vargas y otros. Dice don Pedro Grases:
El texto de la Geografía de Venezuela, que firma Codazzi tiene, sin duda, el sello del estilo de Baralt. Está escrito en el mismo espléndido castellano que campea en la prosa del Resumen de la historia de Venezuela, obra en tres tomos que honraría a cualquier escritor, por la belleza de la dicción y la riqueza del idioma (…) La Geografía, el Atlas y la Historia son una obra conjunta.

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Se refiere Grases a la realizada en colaboración, durante el año de 1840, por Codazzi, Baralt y Díaz. Designado por el gobierno de Páez para investigar en Europa los documentos relativos a la función diplomática que llevara a cabo el doctor Alejo Fortique sobre límites con la Guayana inglesa, Baralt embarca el 13 de setiembre de 1841. Contaba treinta y un años a la sazón y en él los libros y las experiencias habían dejado impresa su huella, la cual encontramos cuando se examina la copiosa obra del venezolano. «Aunque no haya seguido sistemáticamente, dice Grases, cursos académicos y regulares y continuos, ha nutrido su mente de copiosas lecturas, robando tiempo al tiempo, con atención multiplicada, para satisfacer su afán de saber.» Ya no volverá a la que llamase, con hermosa figura literaria, «tierra del sol amada»: muere en Madrid, donde colabora en los principales órganos de divulgación cultural y donde se le confieren lauros académicos, el día 4 de enero de 1860. Había publicado Antología española, Programas políticos, Historia de las cortes, Libertad de imprenta y otras obras no menos importantes. Sin embargo, el pensamiento baraltiano alcanza su más alta expresión en esos monumentos de la prosa castellana cuyos títulos nos son entrañablemente familiares: Resumen de la historia de Venezuela y Diccionario de galicismos. Lexicógrafo y poeta, el ilustre hijo del Zulia supo descollar en una época cuando fulguraban tantas lumbreras del pensamiento. La biografía es uno de los géneros literarios en que mayormente se requiere no sólo el dato documental, sino también la capacidad de análisis y la facultad para asociar personajes y acontecimientos, sin olvidarse de señalar las corrientes, filosóficas o literarias, que pudieran influir sobre ambos. Tales características las hallamos en el ensayo o monografía acerca de Rafael María Baralt, cuyo autor, el profesor Pedro Grases, se distingue en virtud de singulares dotes, así intelectuales como estilísticas. La obra de Grases no procede solamente del material acumulado en los archivos, en las fuentes

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informativas: procede asimismo de una bien disciplinada capacidad de crítica, cuyo signo más elocuente lo tenemos en la obra de que nos hemos ocupado a grandes rasgos y que constituye un nuevo acierto en la encomiable labor cumplida por la Fundación Eugenio Mendoza al ofrecer esta Biblioteca Escolar.

Eduardo Arroyo Álvarez RNC Nº 138 Enero, febrero 1960

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María Victoria Cortés

HISPANOAMERICANA (ANTOLOGÍA)
Madrid: Editorial Taurus, 1959.

POESÍA

seleccionada en cantidad o calidad que esté una antología, necesita un buen prólogo. Es como la mano y los ojos que orientan en la oscuridad. Será ésta una falla a la vista, de esta selección de poetas hispanoamericanos que la Editorial Taurus de Madrid presenta ahora a los lectores de América. Todavía no se ha escrito una especie de teoría sobre las antologías, apenas el juicio disperso de algunos autores que han escrito sobre la materia pero hasta ahora nadie ha dictado el modelo; o mejor aún, nadie ha significado las pautas por las que debe transitar una antología. A pesar de que en el proceso de revisión, análisis y valoración de la literatura de cualquier pueblo son ciertamente indispensables. En los últimos años dudosos antologistas, la mayoría con aguileña cara de comerciantes, han abarrotado el ingenuo mercado hispanoamericano de numerosas antologías poéticas, que no satisfacen ninguna misión de cultura, porque lejos de mostrar los valores representativos de la creación poética continental son como «rimero de poesía», sin la mano inteligente que las ordene ni el párrafo
POR MUY BIEN
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de prólogo, introducción o estudio liminar que explique o que informe sobre su nacimiento, su evolución y sus influencias. Algunas que tienen lo último, se quedan como en el aire, porque es la selección entonces la que omite valores reales y cuando no se cruzan lagunas desesperadas en su lectura, nos muestran entonces un abuso tremendo de nombres que merecen el olvido solemne de las generaciones. La antología que ahora comentamos para los lectores de la Revista Nacional de Cultura tiene, a pesar de lo que anotábamos al comienzo de estas líneas, cierta uniformidad en el recorrido por la poesía de Hispanoamérica. No escapa a los editores que no es tarea fácil mostrar de una vez más de cuatro siglos de labor poética, desde los primeros versos del español conquistador o misionero hasta los más ruidosos «ismos» de hoy. Por eso explican en el prólogo mínimo:
Hacer una selección en tan vasto ámbito —en el espacio y en el tiempo— implica necesariamente ausencias y fragmentaciones. Se ha realizado procurando no olvidar nada representativo, desde las primeras obras debidas a nacidos en suelo americano y siguiendo con las grandes figuras de su neoclasicismo, penetrando después en la sonora y luminosa época del modernismo para llegar a un amplísimo horizonte, abierto a infinitas perspectivas, ya en nuestros días, donde destacan cimas de la altura poética de Vallejo, Gabriela Mistral o Neruda. Lírica de veinte países, orgulloso cada uno de ellos de sus grandes poetas, y que, gracias a la unidad idiomática y a tantos otros vínculos comunes, participan de la gloria de las primeras figuras continentales, de las que todos se sienten parte, con una hermandad literaria compartida con la poesía de España, de la que nacieron y de la que nunca se han alejado.

Insistimos en que las antologías son necesarias, no sólo como libro de consulta familiar, sino como texto obligatorio de nuestras escuelas, liceos y universidades. El día en que nuestros escolares,
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liceístas o universitarios y no pocos escritores sepan llamar a la poesía venezolana e hispanoamericana con sus verdaderos nombres, no con esa confusa bibliografía con que la mayoría de nuestros estudiantes se doctoran, creeremos en verdad que otro destino aguarda a las fuentes más puras de nuestra nacionalidad. Por ahora sólo nos resta esperar…

Félix Guzmán RNC Nº 138 Enero, febrero 1960

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Alejandro García Maldonado

DE LOS DIOSES
Caracas-Madrid: Ediciones Edime, 1960.

EL RASTRO

tareas más difíciles para el crítico es ubicar una novela dentro de determinada corriente literaria. Y si esto ocurre la mayor parte de las veces, es regla general cuando se trata de una obra como la de Alejandro García Maldonado. Su autor presentó anteriormente otra novela de corte histórico, Uno de los de Venancio, pero resulta imposible encasillar a El rastro de los dioses dentro de un rótulo semejante. Pese a que su acción se desarrolla en un pasado reciente, con acontecimientos que algún día pertenecerán a la historia de Venezuela, no es desde ningún punto de vista una crónica novelada. Sus personajes protagónicos no han tenido existencia material dentro del devenir del país. Son, eso sí, un símbolo que a medida que avanza la obra hacia su inevitable desenlace, van cobrando vida propia, hasta ser casi tangibles en su realidad humana. La novela comienza suavemente, con cierta amable ironía costumbrista que al profundizarse se convierte en un humorismo patético, para dar paso a la crítica recia a sistemas políticos y sociales superados en el tiempo venezolano. Al concluir alcanza notas de un crudo realismo, cuya dureza llega a lastimar la sensibilidad
UNA DE LAS
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del desprevenido lector. Si lo que García Maldonado buscó fue asestar el golpe cuando menos se lo esperaba, lo logró plenamente. Esto es saludable. La reacción contra todo despotismo, por disfraces patrióticos que lleve, siempre es noble. La represión de todo intento de libertad resulta cruel, estúpida y estéril siempre. Por sus reflexiones, puestas en boca de sus personajes, García Maldonado se revela un ferviente enamorado de los derechos del hombre, la democracia y la dignidad. Al margen del apasionamiento con que juzga episodios demasiados recientes —apasionamiento que se contagia al lector en forma gradual y profunda—, Alejandro García Maldonado nos ofrece un interesantísimo cuadro de costumbres. La acción de El rastro de los dioses se desarrolla hace seis lustros, durante los acontecimientos revolucionarios de los años 1928 y 29. Los personajes centrales no son figuras de relieve en la política venezolana; se trata de simples seres humanos, ordinarios, sin muchas virtudes ni demasiados defectos. La dueña de una casa de pensión económica, sus dos hijas solteras, los huéspedes. Éstos, un estudiante levantisco con sus compañeros, un acartonado funcionario público de segunda categoría, un dependiente de comercio, una solterona virginal y un extraño anarquista español, mitad farsante, mitad cómico de la legua. La acción se centra en torno de este reducido fragmento de humanidad; la situación política del país se filtra poco a poco en la vida de cada uno, entrando a formar parte del pequeño mundo de la pensión; se suceden las débiles protestas contra el régimen, las airadas defensas que don Críspulo, el funcionario avejentajado, hace del sistema que rige a Venezuela, los mínimos problemas personales de cada uno. Por fin estalla la rebelión estudiantil del 7 de abril de 1928, seguida por la represión y las persecuciones. Los acontecimientos mueven a los hombres sin darles tiempo de pensar casi; el estudiante debe huir al exilio, el viejo funcionario público, panegirista formal del régimen, es víctima del mecanismo policial infame montado por un gobierno sin repercusión popular. Todo ello con cierto dejo existencialista que resulta inevitable en su realidad. Y la vida sigue su curso, los hombres pasan, los sistemas se avejentan. Pero
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algún día el ser humano será dueño de sus propios destinos, podrá subir a la cumbre del Olimpo sin haber pasado antes por las manos brutales de miserables esbirros. Y entonces todo será un canto al amor triunfante, a la vida, a la felicidad. Podrá gritar como el desdichado don Críspulo en el momento de su holocausto: «¡Afrodita! ¡Afrodita!». Será un grito de libertad finalmente lograda. El rastro de los dioses es una novela dura, de sintaxis intencionalmente arcaica, con cierto sabor a viejo cronicón polvoriento, que debe ser leída lentamente. Pero ante todo y sobre todo, debe ser leída. Porque obras como ésta encierran en sus páginas una lección útil no ya a Venezuela, sino a toda nuestra América del Sur. Y esto —al margen de sus positivos valores literarios— sería suficiente para justificar su difusión.

Alfredo Grassi RNC Nº 139 Marzo, abril 1960

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Pedro Emilio Coll

LA COLINA DE LOS
SUEÑOS
Compilación, prólogo y notas de Rafael Ángel Insausti. Caracas: Colección Rescate, 1959.

impone este libro que recién comienza a circular en Venezuela. Uno, por tratarse de trabajos literarios, hasta ahora dispersos en su mayoría, de quien fue cabal pensador y maestro venezolano en la más noble acepción de los vocablos. Otro, porque es la culminación material de un esfuerzo tesonero realizado por Rafael Ángel Insausti. Insausti se dedicó por largo tiempo a la revisión paciente de la hemerografía nacional, rico venero ignoto de buena literatura criolla. La Biblioteca Nacional fue refugio para este incansable trabajador de las letras. Quienes frecuentaron los salones del recinto de lectura por los años de 1956 a 1959, hallaron a Insausti, durante días y noches, aferrado al propósito de rescatar del olvido o la ignorancia, páginas de gran valor para el conocimiento de nuestra fisonomía cultural y social. El primer saldo está hoy impreso. No es el único, apenas el inicio de una sorpresiva revelación para la crítica. La advertencia resume con esa prosa sugestiva y cristalina que maneja el compilador, cuál ha sido la intención, cuáles
DOBLE COMENTARIO

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los resultados. Los apéndices del libro permiten concatenar al estudio de Pedro Emilio Coll, un buen acopio de fuentes hemerobibliográficas, y un buen ensayo sobre el estilo de nuestro ensayista y cuentista del modernismo, firmado por Rafael Silva. Pedro Emilio Coll es bien conocido —al menos lo fue por parte de varias generaciones— como el suave lector que comenta y apuntala con irónica gracia los libros por los cuales se repartió el talento del autor de Palabras, El castillo de Elsinor, La escondida senda, El paso errante. Así, como lector, se definía; igualmente lo esboza don Santiago Key Ayala, buen amigo, evocador de quienes tuvieron mayor o menor filiación modernista. Así lo confirma Briceño Iragorry en sus Apuntes para un retrato de Pedro Emilio Coll. Hombre de carne blanda y recio corazón, Pedro Emilio —como le llaman deferentemente quienes tuvieron la dicha de hallarle en diálogo callejero hasta 1942— se conocía hasta ahora como un fino pintor de cuadros líricos o realistas, donde una poesía de la serenidad se hilvanaba con cierto escepticismo. O bien se comentaba su inolvidable página El diente roto, breve cuento de intención meridiana: ridiculización del pensador aparente y vacío. Otras veces, el clásico murmullo de los corrilleros profesionales le colocaban a la espalda el oneroso cartelito de «gomecista». Sí, gomecista por enemigo de Cipriano Castro, gomecista por buena fe. Por creer que el mal sería menor si lo que Blanco Fombona califica de bárbarocracia daba oportunidad a la obra sana de los hombres capaces de crear nación. Pedro Emilio, hombre de carne blanda, pasó por la inmolación política en la dictadura de los veintisiete años; y el mismo Pedro Emilio, hombre de recio corazón, supo reivindicarse en buena hora, para desconsuelo de sus detractores y júbilo de quienes le pudieron llamar posteriormente, sin reservas, maestro, título que su modestia se negó a aceptar de por vida. Pero el otro Pedro Emilio, el de la charla constructiva, el de la mira intelectual enfocada sobre el mapa del país en actitud de análisis, en reflexión; alrededor del drama y en decisión de aportar soluciones a cada mal, nadie hasta hoy había intentado desenterrarlo.

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La colina de los sueños es la rectificación expresiva, la confrontación permanente de escritos difundidos con adulteraciones dolorosas. Faena llevada a cabo por Insausti, quien completó la visión integral sobre el autor, al formar la contextura mayor del libro con un haz de ensayos donde está al vivo la fe venezolana de quien los creara. Ensayos de vigencia absoluta por la denuncia intrínseca de lacras seculares como son el problema del desempleo («Del trabajo»); la educación del soldado en los cuarteles («Del soldado»); la tragedia educacional aún sin desenlace, que pide reforma total del planeamiento educativo («Educación Nacional y notas sobre instrucción pública»); la farsa teórica de la inmigración tendiente a purificar la «raza» que no rinde porque no ha superado su problema vertebral: la salud y la garantía de trabajo («Cortas palabras sobre un largo tema». «Prólogo a La cruzada moderna, de Luis Razetti»). Otras frases suyas afincan la garra impávida en los prejuicios tutelares que han acunado los sedicentes intérpretes de nuestro pueblo; sobre las aseveraciones gratuitas de que el venezolano es flojo por atavismo. De la misma filiación sociológica son sus «Notas sobre colonización interior». En ellas se revive el viejo litigio entablado desde la época de Juan Bautista Alberdi, entre los partidarios u opositores de la colonización territorial a base de inmigrantes o del propio habitante de nuestros países. Aunque circunscrito al área nacional, el planteamiento de Pedro Emilio Coll es valedero para todas las naciones americanas. Parte el análisis de una revisión de ambos campos, para luego incidir en un pronunciamiento categórico que está enunciado en el propio título del ensayo:
Entiéndese por colonización interior la que se hace con los propios elementos nacionales, favoreciendo, como ya ha sido escrito, la emigración hacia el interior, para repoblar regiones incultas, poniendo en cultivo adecuado terrenos actualmente baldíos e insuficientemente cultivados, mediante el establecimiento, dentro de la nación misma, de individuos y familias venezolanos, desprovistos

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de medios de trabajo o de capital para subvenir a su sustento, de esta unión de la tierra y el hombre, es de esperarse el doble resultado de asegurar la prosperidad de los colonos y la general de la República, por el poderoso desarrollo de la agricultura y el aumento de la producción. Siquiera llegáramos a producir, a módico precio, lo indispensable para nuestro consumo, para nuestra rudimentaria alimentación, sin tener que solicitar gran parte de ellos en mercados de ultramar, donde dejamos un capital que nos está haciendo falta para favorecer nuestro propio desenvolvimiento o para importar artículos que hasta hoy efectivamente no podemos producir.

No se trata de una referencia volandera en este caso. Sino de un serio y documentado estudio comparativo alrededor del problema de la tierra en Estados Unidos, Polonia, España (la republicana), Inglaterra, Rusia. La conclusión incita a sistematizar legalmente el anhelo de una reforma agraria que elimine el cuadro tétrico de la concentración campesina en las ciudades, sin que haya fuentes de trabajo para ellas. En momentos como el actual, de ensayar una reforma agraria en Venezuela resulta saludable esta lectura. Reseña aparte merece el grupo narrativo de título Desarraigados. Doliente revista del camino por donde se pierde la juventud venezolana que llega desde el interior del país, el arrebato de la profesión universitaria para finalizar en el recodo de la prostitución que alimenta la vieja negociante de muchachas rurales. Dos faces del tránsito juvenil por la metrópoli. No obstante, nada hay de pesimismo o desencanto. Al contrario, caso textual del hombre con ética confiada en la sustancia humana, concluye, como es costumbre en sus relatos, con la nota de dulzura que elimina el sabor de la crudeza.
Existe desde luengos años, por múltiples causas, una aglomeración de energías inteligentes, centralizadas en la capital, que se neutralizan mutuamente sin producir un fecundo resultado efec-

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tivo, y que esparcidas en sus respectivas regiones hubieran establecido centros de cultura dondequiera y creado en torno a ellas una bien entendida y verdadera federación. Sería como un armonioso canto de voces innumerables que, ascenderían de las pequeñas patrias regionales y que juntas formarían el himno de la Patria grande, de la Patria de todos.

El segundo grupo de materiales contenidos en el volumen es una miscelánea donde resulta grato el hallazgo de viejas páginas conocidas ya a través de sus libros, pero remozadas en la limpieza de erratas. Así ocurre, por ejemplo con las siguientes.
Publicadas en El Castillo de Elsinor y en Palabras: «Hojas de un diario», «La melancolía de Bolívar». Aparecidas en La escondida senda: «Elogio del doctor Muñoz Tebar», que figura con el título de «El antiRousseau español». Incluidas en El paso errante: «Sombra de mujeres», «Gente de mi parroquia», «Ocios lunares», «La Delpinada».

Obviamos el comentario a tales escritos. Por último, de la misma tónica lírica son las cuartillas no editadas antes en libro dispersas en revistas, de las cuales, la que sirve de título a la obra, merece una breve digresión. La colina de los sueños no es otra que el apacible oasis caraqueño de El Calvario. Fronda acogedora para el transeúnte cotidiano, como aquel prado deleitoso de Berceo. Un lugar donde el aire se puebla de alegres discusiones estudiantiles en tiempos de exámenes, o donde el recato de la arboleda hace complicidad con el galán que declara su amor a la muchacha de barrio, mientras la fuente cuchichea con la hierba para acallar el beso que produjo asustado chasquido en el banco aledaño. El idealista que hubo en Pedro Emilio Coll vio florecer, entre los verdores húmedos, un ramillete de estatuas que fijaran en la pupila criolla la imagen de nuestros mejores hombres: los de

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letras o música, los de sueño o canción, los de pincel iluminado y los de luminosa enseñanza. Con la misma tónica de poesía leve, fueron escritas: «La lección del bucare», un árbol que dialoga con fervor nacionalista; «La melancolía de Bolívar», humanizada estatua de la plaza, que sabe cómo desdice el conversador desocupado, de lo que es dolor de pueblo; pero también alienta su esencia metálica «con la divina embriaguez de la música» en las noches de retreta. Página breve e intensa, colmada de penetración en la problemática social, sin alardeos oratorios, apenas con adjetivada definición. Finalizamos el comentario con una referencia a la IV parte del volumen; ciclo de trabajos alrededor de figuras hondamente ligadas a la cronología y al sentimiento de Pedro Emilio. Primero la figura bíblica de Job; no evocada en la vieja leyenda, sino en la carne dolorosa de un mendigo venezolano que sirvió de modelo para la obra de un niño escultor: Rafael Blanco Vera, quien trabajaba en el taller del maestro Ángel Cabré. La emoción penetrante de Pedro Emilio Coll, aquella que le sirvió de esponja para absorber en drama de su tierra y luego exprimirlo en la página, halla aquí la fineza de otros escritos suyos como el de «Cirilo Crespo», semblanza rápida de un dibujante singular a quien no conocíamos antes de publicada esta página y que fue por el camino doliente, desde su pueblo natal —San Diego de los Altos— hasta Londres, en afán de nuevo Ulises por reencontrar su tierra después de conquistar un nombre. Completan el conjunto, un esbozo de «Josefa Salcedo», mujer centenaria que conoció a destacados personajes de nuestra independencia y supo del carcelazo realista en edad de hermosura juvenil; un comentario escrito como pórtico a la publicación de «Botón de algodonero», de Luis M. Urbaneja Achelpohl, en El Cojo Ilustrado, y unas palabras sobre «La muerte de Manuel Díaz Rodríguez», pronunciadas en la Real Academia Española. Una «Defensa personal», acerca de su actuación administrativa en tiempos de umbrosa vida política —el gomecismo— entorna el libro y deja como saldo lo que podría llamarse el credo de
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escritor que mantuvo incólume: «Por lo demás he preferido que el silencio y el olvido cayeran sobre mi humilde nombre de escritor antes de ponerlo al servicio de propósitos contrarios a mi manera de pensar». Desde el olvido llegan estas páginas, muchas de las cuales parecieran escritas en nuestros días. Y no se puede menos que abrirle campo a su lectura.
Domingo Miliani RNC Nº 139 Marzo, abril 1960

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Rafael Ángel Insausti

LA CIUDAD Y EL MONTE
Caracas: Editorial Sursum, 1959.

EL VALLE,

HACE, YA,

más de un año que se publicó esta obra. Y se ha espesado, en su torno, el más significativo, el más consagratorio de los silencios. Nadie, que sepamos, de cuantos se ocupan en libros al través de nuestros diarios y revistas se ha detenido en su análisis. Apenas si se ha dado noticia, en uno u otro sitio, de su recibo. Apenas si se ha apuntado con esa prisa tan nuestra, tan actual, tan desenfadada, que se trata de una breve colección de prosas evocativas. Alguien, desde Europa, acaba de afirmar que es una certera evocación de la historia de Caracas. Y es, hasta ahora, casi todo. Y El valle, la ciudad y el monte —destino transitorio, por fortuna, de todo lo verdadero— sigue inadvertido, desconocido, ignorado. Lo primero, por razones fatales, desde el punto de vista histórico: la vida intelectual nuestra como la otra (tal vez no pueda ser de otro modo dentro de la crisis general) anda transida de frivolidades; lo segundo, porque no podemos sustraernos al practicismo de esta hora, es decir, no podemos detener los ojos en obras que, por su absoluta pureza, niegan toda posibilidad para la propaganda o para la demagogia cenaculares y lo último, porque lo
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verdadero, lo que posee, de nacimiento, sustancia, resulta peligroso y acusador por contraste: tanto papel pasa, a diario, desde el ocio arrogante que lo emborrona hasta el pluteo donde el tiempo, inexorable, justiciero, extiende su capa definitiva. De ésta, naturalmente, no tiene que defenderse el libro de Insausti: comprometido, bajo fe de belleza con el destino de la ciudad, el valle en que ésta reposa y el monte que la vigila corresponderán en eternidad, suave y firmemente, a la que de aquellas páginas los tres han merecido para las letras. El valle, la ciudad y el monte no es, no puede ser, una simple colección de prosas evocativas; ni una serie de estampas históricas de Caracas; ni una reconstrucción más o menos fina, amable, ágil, del desarrollo de la urbe; ni un conjunto de remembranzas poéticas, arrancadas a la evolución capitalina. El valle, la ciudad y el monte es algo mucho más transcendente: es el mayor poema lírico que ha inspirado este lugar venezolano. Y como obra lírica no le resta unidad estética su distribución en diecisiete cantos; ni el que la inspiración creadora salte —se trata, nada más, de saltos aparentes— de motivos de raíz histórica a concretas realidades toponímicas ni el que, a ratos, se disputen el primer plano poético el regazo físico en que se detuvo la voluntad edificadora, la fundación, enmarañada o serpeante, y el granito imponente, ebrio de color y de luz u hosco de nieblas. «Caracas allí está» parece gritar conmovido y solidario, al fondo de la poesía, Pérez Bonalde: entera, orgánica, crecedora; arquitectura, hondonada y cima; tres personalidades líricas diferentes; un solo, acabado poema: El valle, la ciudad y el monte. Metidos ya en el ámbito de este poema, el autor, con certera agudeza creadora, nos pregunta a propósito de la ciudad: «¿Qué se hicieron las azules colinas, la ciudad de techos rojos, la blanca torre, las palomas que volaban por su cielo como en una postal?». El acento es, sin duda, desgarrado, de honda melancolía manriqueña; pero, cuando el poeta responde que «nadie las desnuda, nadie las profana y nadie las abate» porque son «intocables y perfectas», la gracia lírica nos abruma de lumbre: la ciudad y el tiempo que
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simbolizan aquellas palomas y aquellos techos contrastan, sin estorbarse, con las formas geométricas que, hoy, parecen empeñadas en aprisionar nuestra prisa. Doble plano psicológico que, partiendo de lo remoto histórico, cierra su ciclo en lo verdadero poético. En otro momento, no menos impresionante, «el fuego y el temblor de los cipreses abolidos» es —óigase bien— «una poderosa y lenta llamarada verde»; en otro, hallamos «en cada fanal una llama como un pajarito tembloroso» colocado allí por quien tenía el «extraordinario privilegio de poner luces donde Dios ponía sombras»; en otro, atravesamos un puente destartalado cuyo «tropel de sombras le sirve para contar los pasos extinguidos»; en otro, «luz de aurora y de ocaso perpetúa la gloria de otros días» mientras «el viento mueve apenas» unos pocos árboles vigilantes; en otro —sitio alto, empinado, arisco, difícil— el poeta, que «por aquí sintió los pasos de la dicha», nos pone, de pronto, ante los «enamorados perfectos»; o nos empuja tras quienes, un poco como él, siguieron los pasos de la urbe: don Arístides «ante un tiesto de flores»; don Santiago, acodado en un barandal, frente al Ávila; don Enrique vagando, solitario, por el parque de la Misericordia. El lector avanza, pues, no por entre unas crónicas emocionadas de Caracas, ni en medio de determinados hallazgos históricos organizados con mayor o menor destreza; sino dentro de un cerrado ámbito lírico que resulta, principalmente, de la contratación emotiva aludida antes, de la contraposición de las dos caras de la ciudad —una silenciosa y tranquila, y otra arrebatada y trepidante— que integran la fisonomía cabal de Caracas. ¿Motivos de inspiración de origen histórico o urbanístico? Sin duda. Una ciudad apacible que pertenece al recuerdo; unos árboles que se integraron a la tradición; un puente, apenas visible entre los rascacielos; un funcionario municipal desdibujado en la evocación; unos determinados devotos de la crónica lugareña, ya hundidos en el pasado. Pero cada uno de estos motivos no es otra cosa que eso, en efecto: motivos, puntos de partida desde los cuales proyecta el autor los planos de su emoción para que quede

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temblando, ante nosotros, ese pequeño y grandioso milagro que suele pasar, a veces, inadvertido: la presencia de la poesía. Cantada la ciudad verdadera —antigua, moderna, eterna— la mirada creadora se vuelve al «pozo de verdura», al «pozo encantado» de que nos habló, de manera no menos definitiva, Díaz Rodríguez; y desde allí, como para destacar mejor la majestad avileña, el canto adquiere su máxima tensión, alcanza, más bien, su mayor certidumbre lírica:
La luz lo lleva, de la adustez a la sonrisa discretísima, de la desilusión a una esperanza en que el verde reúne toda su ingenuidad. Yo he visto al sol con cincel de oro labrándole alma y cuerpo. Yo he visto brisas, nubes, iris, hermoseándole los pensamientos ásperos, sembrándole ternura. Y después vi claveles, malabares: sangre y fragancia de la dura entraña. Junto al pecho bronco olí luceros, dispensadores de amor tímido en su gotear irrestañable. Y caída de las manos de piedra, miré la suavidad blanca del agua, como un ángel en vuelo. («El monte».)

***
El aire comenzó a acariciarlo sin tregua, a esculpirlo en sustancia que todas las piedras preciosas soñaron. —¡Aquí te dejo! —gritó el fuego—. ¡Aquí te dejo: sombra serena de la violencia mía! —Baja ya, dura y quieta ola —rezongó a poco el mar. La tierra le decía: —¡Hijo de mis entrañas! Y el monte callaba. Sonreía y callaba. («El monte desde la poesía».)

De la eficacia creadora por contraste evocativo, el poeta, siempre en ascenso, pasa, ahora, al señorío de la imagen: y el Ávila

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«como un ángel en vuelo» indetenible ya por nuestra poesía, sonríe y calla, dentro de su nueva dimensión de perennidad. Historia y geografía, hombres y ciudad, todo ha nutrido la inspiración del poeta autor de este libro; y el canto ha sido posible gracias a una doble elaboración artística: de contratación emotiva cuando el arranque inicial mana de la tradición; de concretación imaginífica cuando es el Ávila, frente a su ciudad y a su valle, el que mueve la voluntad lírica. Valle, ciudad y monte. Un tema dispar sólo en apariencia. Único en la intuición y en la realización de Insausti. Que el poeta, este poeta, evadió el peligro de lo croniqueril, el de lo histórico, el de lo simplemente fantasioso, el de la elegía sin más (tan tentadora, por otra parte) en procura del poema que, digno de Caracas, se fundiera con el destino de la ciudad y fundiera con el del propio poeta. Precedido ilustremente de Bello, de García de Quevedo, de Pérez Bonalde, de Díaz Rodríguez, Rafael Ángel Insausti resume las tentativas dispersas de estos grandes líricos en un solo poema orgánico: El valle, la ciudad y el monte, cuya sobriedad, cuya hondura lírica, cuya perfección en fin, resisten al más exigente de los análisis.

Pedro Pablo Paredes RNC Nº 139 Marzo, abril 1960

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Rafael Bergamín

VEINTE AÑOS
EN CARACAS (1938-1958)
Madrid: edición del autor, 1959.

volumen —integrado por una serie de conferencias, artículos y comentarios periodísticos— es como la huella o el testimonio del quehacer de un arquitecto en Caracas durante un lapso de veinte años: desde 1938 hasta 1958. Ahí, escrito con palabra clara, viva, polémica, escalofriante, queda constancia de la actitud asumida por el arquitecto Rafael Bergamín ante los intrincados problemas urbanísticos de la ciudad de Caracas, o como él dice, de «nuestra Ciudad». Ahí están, en un principio, su fe y su esperanza, después su desilusión, su triste y amargo desencanto. Se abre el libro (aparece dedicado a los nueve nietos del autor, caraqueños todos) con «Unas palabras actuales». Bergamín mira, desde el presente, sus veinte años de labor en Caracas. No mira sus obras y dice: «Están bien hechas». Mira sus obras y dice: «Algunas hubiera preferido no haberlas hecho». Pero el valor de su obra no radica tanto en su obra visible, en su obra material realizada como en sus preocupaciones y propósitos; es decir, en lo que apuntó y hasta creyó podía hacerse para convertir a Caracas no sólo en una
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ciudad humanamente habitable, vivible, sino también en una de las más hermosas ciudades del mundo. La escritura del arquitecto Bergamín, toda o en su mayor parte, se reviste de un marcado tono crítico. Poseído de su verdad, habla claro y alto. La sinceridad, aquí, parece ser uno de sus más empecinados y soberbios dones. No importa que la crítica le proporcione sinsabores y disgustos. Él, se le tomase o no en cuenta, se veía obligado moralmente a advertir y alertar. «Lo peor no era la imprevisión», escribe, «sino la improvisación». Así, en 1951, su palabra fustigaba como un látigo: «La paradoja, manifestaba entonces, continúa adelante y la razón es siempre la misma: la falta de coordinación y de estudio, la carencia absoluta del sentido económico, la irresponsabilidad ante el despilfarro y, en síntesis, la imprevisión que es precisamente antiurbanismo». De ahí el caos, el mal tejer para retornar a tejer: calles y avenidas estrechas, no trazadas pensando en el hombre, en la valerosa criatura humana, sino en la máquina, en el automóvil, que es para Rafael Bergamín el principal enemigo de la ciudad; siempre la incapacidad o los intereses bastardos, la chatura de miras, la consabida imprevisión, la irremediable improvisación... Una de las pasiones más latentes en Rafael Bergamín (además o a la par que la arquitectura: «verso de la piedra, música del espacio») es el amor al árbol. Sin árboles, para él, no hay urbanismo posible, pues todo el valor de la moderna arquitectura con su sobriedad y sus planos lisos, viene realzada por la línea graciosa y espontánea trazada por la naturaleza. «La salvación de una ciudad es el campo —advierte—. La ciudad debe tener mucho de campo y el campo algo de ciudad.» Partiendo de esa convicción, en él tan arraigada, gran parte de su libro es como una requisitoria en defensa del árbol. De ninguna manera se explica la indiferencia, hasta el odio, con que muchos caraqueños tratan a los árboles. «Hay que reconocer, tristemente, que la inmensa mayoría de los habitantes de Caracas no son amigos ni defensores de los árboles; son, más bien, sus mortales enemigos.» Así, en Caracas,

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«todo aquel que allana los cerros, rellena las quebradas y tumba las matas, recibe el pomposo nombre de urbanizador». Veinte años en Caracas, copiosa y adecuadamente ilustrado, concluye con «La ciudad malograda». Bergamín, no totalmente desesperanzado pero sí un mucho desilusionado, insiste ahí en lo que significa para él urbanizar: hacer vivible una ciudad; hacerla grata a la vida del hombre; hacerla sana, alegre, habitable... Nada de esto se ha conseguido. Sólo se pensó en los automóviles. Se fabricó una ciudad sin alma. El arquitecto se encontró con una maraña de pistas y autopistas, por arriba, por abajo y ahora por medio, y no pudo materialmente colocar sus jardines, sus parques, sus aceras tranquilas donde el hombre de pie ejemplar casi desaparecido, pudiera pasear libremente a la sombra de unos árboles.

Pla y Beltrán RNC Nº 139 Marzo, abril 1960

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Alexis Márquez Rodríguez

FUTURO DE LA EDUCACIÓN EN VENEZUELA
Caracas: Colegio de Profesores de Venezuela-Editorial Sursum, 1960. se han escrito y se escriben en el país sobre el tema educacional; si llegaran a una veintena los editados como tales sería número exagerado. De ellos, la mayoría están concebidos como enfoques fragmentarios, parciales; casi todos convergen hacia tópicos de carácter más técnico que humano y social; los restantes son intentonas más o menos ajustadas a la idea de historiar la educación y en ello no se avanza mucho fuera de la época colonial; por último hay una especie de libros invertebrados, que acopian el ideario pedagógico de figuras ilustres de la nacionalidad y llevan unas cuantas acotaciones biográficas o históricas más o menos atinadas. La mayor parte de la cuestión pedagógica nacional ha sido ventilada en una diáspora de comentarios de periódicos y revistas especializados o en simples columnas a la volanda en las páginas editoriales de la prensa diaria. Hace aproximadamente año y medio, el eminente filólogo Ángel Rosenblat, lanzó la primera piedra motivante de una amplia disRNC

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POCOS LIBROS

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cusión en torno al problema específico de nuestro bachillerato. Fueron dos artículos publicados en el diario El Nacional de Caracas (26-2-59 y 1-3-59) que indujeron remolinos de charlas en los pasillos de los planteles de enseñanza o a las puertas del Ministerio de Educación. La acusación señalaba con dedo inexorable a los profesionales de la docencia media, como causantes casi únicos de que nuestro bachillerato fuera «un lamentable fracaso». El profesor Rosenblat acunó una tesis, desmesurada en el análisis, que tuvo como fundamento el haber hallado deficiencias elementales en la formación cultural de futuros aspirantes a ingresar en cursos universitarios, en cuyos exámenes de admisión, el director del Instituto de Filología Andrés Bello, había participado como examinador. El enfoque de Rosenblat, indudablemente, pecaba de la falla que apuntábamos al comienzo: unilateralidad, fragmentarismo; mas, es innegable que los yerros o aciertos contenidos en las apostillas, tuvieron la virtud de volver los ojos a la realidad educativa, a muchos de quienes se hallaban aún deslumbrados por el frustrado fenómeno político que alboreó el 23 de enero de 1958, algo que produjo un letargo mental y hasta cierta timidez franciscana para colocar sobre la mesa de discusión, las soluciones a una plétora de trágicas anomalías nacionales que una dictadura de diez años había echado sobre el rostro del conglomerado venezolano. Alexis Márquez —terco luchador democrático, desvelado gremialista de la educación, valiente comentador de problemas docentes desde las páginas de la prensa amordazada durante la dictadura— tomó en sus manos la sustancia de la acusación Rosenblat y se abocó a la redacción de un libro fascinante por el cúmulo de sugestiones y señalamientos que incorpora a la no extinta discusión necesaria del tópico venezolano. El Colegio de Profesores de Venezuela, institución académica y gremial que hermana casi a la totalidad de los profesionales de y la enseñanza media, acogió en la serie bibliográfica que viene patrocinando desde hace tiempo, el libro del profesor Alexis Márquez Rodríguez. Otro combatiente democrático, de voz limpia y autorizada por su trayectoria de dignidad, la de Simón Sáez Mérida —compañero de promoción
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de Alexis Márquez Rodríguez en el Instituto Pedagógico—, prologa el libro con acusadas expresiones que divergen en algunos puntos con el criterio seguido por el autor. Desde las páginas iniciales Márquez Rodríguez nos advierte sobre la intención polémica de su libro. Esto, antes que un defecto, lo consideramos una cualidad más para la unidad de los contenidos; primero, porque Alexis Márquez ha sido siempre un aguzado polemista de quien se esperaba y reclamaba con razón el que cuajara sus conceptos de solidez doctrinaria en el libro que hasta hoy no había echado al aire; segundo, porque el tema que aborda es y debe ser motivo de amplia reflexión en el ámbito de un país cuyo proceso de formación educacional ha permanecido estático y marginado de la atención oficial por más de diez años. El autor, ubicado en un campo ideológico ampliamente revolucionario, evidencia dominio de la filosofía que lo determina en su modo de pensar y rigor científico que está connotado en esa filosofía. Son éstas las razones de peso para exigirle una mayor sistematización expositiva, hondura en el análisis y concreción máxima en la clarificación de vicios y en el anuncio de soluciones. El libro está constituido por cinco capítulos y un epílogo. Los dos primeros de ellos —«I. El planteamiento del profesor Rosenblat» y «II. Un grave mal y sus síntomas visibles»—, a nuestro parecer, resultan débiles comparados con el resto del cuerpo de páginas que comentamos. Se debe quizás a que el autor trata de ambientar a sus consultantes en los momentos cuando se abrió la polémica; no obstante soslaya algunas peripecias, quizá anecdóticas pero necesarias para que un lector ajeno a nuestra realidad geográfica o un venezolano ubicado en actividades marginales de la educación, pueda interpretar la intención que dio origen al libro. Por otra parte, en el segundo de los capítulos anotados se pasa revista a un grueso contingente de problemas, de vicios y virtudes implícitas en las distintas ramas de la enseñanza venezolana, al igual que a un haz de raíces sociales que determinan el malestar educativo y vital. Todos los apuntados por el autor, son asuntos de indubita-

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ble actualidad, de plena e inquietante veracidad, pero están yuxtapuestos en un desfile poco sistemático, poco orgánico; vicio este que forma una idea falsa en el lector, acerca de los apartes posteriores del libro, donde por el contrario, una disciplinada exposición de lastres y de atenuantes, de soluciones y caminos, se amalgaman con valiente propósito de alertar a los sectores vinculados de uno u otro modo a la tarea de solucionar la problemática educativa. Los planteamientos a que aludimos son de trascendencia tal que no resistimos la tentación de enumerarlos a grandes rasgos: los síntomas visibles del mal pedagógico son, a su parecer, los siguientes: deficiencias en la formación de los profesionales de la docencia, no sólo media, sino primaria y hasta universitaria; escasa demanda de buenas lecturas por parte de la colectividad juvenil; poco acceso a fuentes extraescolares de cultura —conciertos, exposiciones, museos, buen cine, etc.—; males intrínsecos en la estructura del hogar: sistema educacional vigente; inconexión en las relaciones hogar-escuela, asunto que impide una concatenación de normas complementarias en la formación del educando y en cambio permite que la escuela destruya lo que el hogar formó como hábitos positivos, y viceversa; dualidad de regímenes educativos —estatal y privado— con la derivada discontinuidad de métodos y vías sólidas en el impartimiento de la enseñanza; problemas de la juventud —no sólo venezolana sino continental y mundial—, como el «pavismo» y sus secuelas de afeminamiento en el hombre, de negación de valores ético-sociales, y resquebrajamiento de la conducta colectiva. Aparejados a los lados negativos de cada aspecto tratado, destaca los rasgos positivos de la formación docente en el Instituto Pedagógico, la madurez político-social de la juventud venezolana —atribuido esto último al factor subjetivo de la rebeldía característica de la edad juvenil y al desarrollo de las condiciones histórico-sociales de sazón revolucionaria en nuestras masas. Finalmente, como una refutación primera a la tesis fatalista de Rosenblat, Márquez Rodríguez juzga que los anunciados son «los

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síntomas de un mal que aqueja a la educación venezolana», mas nunca pueden tomarse como razones bastantes para inferir que el sistema educativo nacional sea un lamentable fracaso. Un tercer capítulo —«Las raíces del mal»— realiza el balance de las deficiencias generales del profesorado medio, universitario y primario, ahora sí, más desmenuzados en sus aristas fundamentales, si bien abunda un poco en datos anecdóticos que ahogan la posibilidad de ahondar en razones que apenas si quedan esbozadas. La conclusión de la primera parte del mismo resume el pensamiento del autor acerca del educador colocado frente al medio donde se desempeña:
Mientras no se mejore sustancialmente la formación cultural y técnica de los docentes y mientras a la profesión pedagógica no se la sitúe en la jerarquía económico-social que reclama la importante función que la misma debe desempeñar, tendremos vivo el mal fundamental que aqueja a nuestra educación, en cuanto ese mal depende de una deficiente labor magisterial. Ahora bien, tanto lo concerniente a la mala preparación de los profesores y maestros, como lo que atañe a la pésima remuneración de su trabajo, son fenómenos que se vertebran a una problemática que abarca muy diversos y variados aspectos de nuestro presente histórico-social. Vivimos en una sociedad que no jerarquiza debidamente la actividad de sus miembros, ni valora con justeza la función cultural y las categorías éticas. Por todo lo cual, cabe concluirse, en definitiva, que si bien los profesores tienen parte de la responsabilidad en los problemas de la educación que actualmente confrontamos, ellos no son sino víctimas de un medio social que no atiende debidamente ni a su formación, ni a la fijación de óptimas condiciones de vida, tal como lo reclama la alta función social y cultural del magisterio.

Una segunda parte del mismo capítulo aborda lo pertinente a «Los alumnos, el hogar y la sociedad»; palpamos una mayor penetración para ir al fondo del asunto que perfila el fenómeno educatiRNC

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vo, respecto a las masas estudiantiles. Apunta la carencia de disciplina volitiva e intelectual en nuestro adolescente, al unísono de una marcada tendencia al facilismo. Cuando habla del hogar, bucea en las razones de la pérdida de la autoridad paterna, para adentrarse en lo que juzgamos inquietantes razonamientos, colmados de sustancia propicia a despertar la meditación de todos los sectores que comportan una u otra actitud frente al hecho formativo de la juventud. Los motivos que vimos enumerados en partes anteriores del libro, aquí hallan convergencia precisa y deslinde de sus facetas, como elementos integrantes de esa contaminación morbosa que vive la sociedad capitalista en su era decadente. Alexis Márquez se sitúa en correcta postura analítica hasta aprehender y arrancar, en un valiente denuncio, lo que es en última instancia la razón neta del descoyuntamiento pedagógico y moral campante en nuestro país y en las naciones que están dentro de la órbita capitalista, hasta sugerir las repercusiones de la progresiva anarquía moral de las juventudes, incluso en el mundo socialista. La ubicación clasista del “pavismo” como una herencia que nos llega en mascarilla de industrias cinematográficas, bibliográfica y automovilística, desde un mundo en desplome, delimita la trascendencia angustiosa de los agravantes extraescolares del mal educativo. Aquí hallamos al autor en toda su dimensión críticoanalítica de las cuestiones a cuyo estudio se ha enfrentado con sinceridad despojada de toda vacilación; es un cuadro exacto de lo que el pórtico del libro nos anunciaba como sugestión dilatada en el escalonamiento un poco recargado de enunciados sin desarrollo, que bien pudieran haber tenido acceso a esta tercera parte e incorporarse en ella con una ordenación más lógica y sistemática. El cuarto capítulo —«Nuestro sistema educacional»— constituye un balance histórico crítico de lo que se ha dado en llamar la reforma educacional de 1936. Consideramos que es, desde un punto de vista de la realidad venezolana, el grupo de páginas mejor logradas hasta hoy en el sentido de acotar lo positivo y negativo de la total estructura docente, con una retrospección actualizante. Lo
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inician unas consideraciones generales en torno a nuestro sistema educacional, caracterizado por el autor en la forma siguiente: 1. Divorcio de la realidad nacional. 2. Carencia de fines y objetivos últimos. 3. Inexistencia de una filosofía educativa. En una abigarrada síntesis de las condiciones económico-sociales previas a la reforma del 36, se analizan las proyecciones de la opulencia petrolera, la aparición consciente del auge de masas y, contradictoriamente, del neorriquismo; la incursión imperialista acicateada por la explotación del petróleo que inunda el ámbito criollo de «sub-valores éticos, de fácil riqueza y fabulosa irreverencia». Como aspectos negativos de la reforma del 36 anota: a) el abuso de tecnicismo pedagógico a la fronda de teóricos franco-norteamericanos, que desvió la atención de los «reformistas» hacia círculos ajenos a nuestra realidad y sumieron la renovación en un carnaval de métodos y tendencias más o menos abstractas; b) la carencia de una filosofía educacional autóctona, por la elusión de la consulta a nuestra fisonomía de pueblo, algo que dio tinte de artificialidad e idealismo a la intentona de remozar la estructura de la enseñanza. En este sentido, considera el autor que los dos errores antedichos «impidieron hacer el planteamiento integral de la educación con miras a crear el sistema educacional más adecuado al desarrollo futuro del país en todos sus aspectos. Y de esa falta de previsión provienen todos los males que hoy aquejan a nuestro sistema educacional». Una revista muy somera de lo ocurrido a partir de 1936 hasta 1958 permite a Alexis Márquez desentrañar una serie final de aportes y retrocesos que le abren campo para delinear las fallas del sistema general de educación hasta nuestros días, para de ahí extraer las soluciones prácticas conducentes a una auténtica reforma que aún se espera y que no puede continuar postergándose. La ausencia de filosofía educacional de características nacionales y realistas —dice, por ejemplo— es el factor motivante de la inexistencia de sentido humanístico, social y universalmente considerado, en cambio desvía la educación hacia una específica tenRNC

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dencia de formar profesionales universitarios egoístas, hechos para sí mismos, para su propio lucro, independientemente de toda consideración ético-social que contribuya al desarrollo del país o al mejoramiento completo de la humanidad. Otros de los lastres educativos que enumera el autor son: relajamiento de la obligación estatal de sostener, orientar, dirigir y supervigilar todo el proceso educacional; falta de unidad y continuidad en la proyección social de la educación, esto último, reflejado en la incompetencia de los padres para orientar correctamente la vida del hogar; en la desincorporación del inmigrante a la nacionalidad; en la escasa integración de las masas rurales y del proletariado urbano al beneficio de la cultura; en el ausentismo o deserción escolar de los niños cuya extracción social está filiada a tales capas. El capítulo V —«El camino a seguir»— desde su título anuncia la posición del autor como proclive a ayudar en el desbrozamiento de la desorganizada línea educativa seguida en Venezuela. Apunta con énfasis que la gran mayoría de los males educativos padecidos por el país no difieren en su esencia de los sufridos por pueblos de condiciones materiales idénticas. Mas no es una actitud pasiva la que propone; no es el idealismo en el que muchos escudan su abulia social, el de esperar que todos los asuntos sean resueltos por la concomitancia de las épocas sin la contribución que nos impone a todos como deber ineludible una trágica desmembración de la mayor industria espiritual de todo pueblo. Así, nos dice:
Tenemos la firme convicción de que nuestros problemas educacionales pueden irse resolviendo, aun dentro de las actuales condiciones nacionales, en la medida en que se mantenga una lucha tenaz en tal sentido. La dinámica histórico-social supone una lucha correlativa en los dos frentes: a medida que se lucha por el mejoramiento económico-social del país, se favorece la acción educativa; a medida que se mejora la educación, se favorece el mejoramiento económico social del país.

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Estas soluciones o fundamentos para poner coto definitivo al atraso educacional, son los siguientes: 1. Adopción de una doctrina educacional nacionalista y patriótica, para lo cual considera indispensable la fijación de fines concretos desprendidos de la realidad venezolana y cuya expresión resume así: a) Preparación efectiva y dinámica de la población para el ejercicio de la democracia y para la defensa de los intereses económicos y culturales de la nación; b) integración de la educación dentro del proceso de desarrollo económico social del país. 2. Planeamiento integral y progresiva realización de un nuevo sistema educacional que responda a los fines enunciados, tarea que sugiere, sea encomendada a un organismo cuya estructuración debe hacerse en torno a bases precisas que eviten el burocratismo y donde concurran, a más de las dependencias dirigentes de la educación, las organizaciones gremiales de maestros y profesores, asociaciones estudiantiles, sindicatos y demás instituciones afectadas directa o indirectamente por la cuestión. Por otra parte, recomienda el aprovechamiento de la experiencia acumulada por otros países, incluidos los socialistas, y con la sola excepción de aquellos que no sean de doctrinas y sistemas democráticos. Parejos con los anteriores apuntes de realización inmediata, coloca otros no menos importantes como son: revisión profunda de programas de estudio, a tono con una reforma sustancial y con la actualidad científico cultural; revisión de los sistemas que coordinan la formación docente tanto en las escuelas normales como en el Instituto Pedagógico; ensanchamiento de la educación superior no sólo universitaria, sino de institutos tecnológicos superiores, creación de un servicio de orientación profesional; mejoramiento de las condiciones económico-sociales del magisterio y el profesorado sobre la base de un instrumento legal de ejercicio profesional.

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No albergamos ninguna duda al afirmar que este libro, de reciente aparición, presenta ya un denso caudal de aportaciones sobre las cuales fundar una concepción diferente del fenómeno educativo venezolano. Sus puntos de vista puede que, para muchos, sean discutibles, pero la obra constituye el primer intento serio de actualizar hechos y factores de innegable proyección en todo aquello que tienda al mejoramiento de la docencia. Los contenidos y la hondura de la exposición comprometen al autor con quienes se preocupan en Venezuela por tan apasionante cuestión. Es un comienzo, un primer libro que obliga a la prosecución de la tarea investigadora ya emprendida y una imposición de adentrarse más en fases cuyo esbozo apenas se vislumbra por entre líneas de los capítulos y que exigen, como materia aparte, un enfoque mucho más amplio.

Domingo Miliani RNC Nº 140-141 Mayo, agosto 1960

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Antonio de Undurraga

HAY LEVADURA

EN LAS COLUMNAS

Bogotá: Ediciones de la revista Caballo de Fuego-Editorial Iqueima.

es uno de los poetas chilenos de obra más conocida en el extranjero. Sus primeros libros llamaron la atención sobre él y señalaban una vocación extraordinaria para la poesía. De esta vocación ha seguido dando pruebas Undurraga a través de una obra varia y abundante en el tiempo, realizada en diferentes ámbitos de Latinoamérica. La misma consagración al quehacer poético lo llevó a la crítica y al ensayo, géneros arduos en los cuales encontró Undurraga un instrumento de análisis de las corrientes poéticas de América y un medio válido para divulgar la lírica de uno y otro país. Una importante contribución al conocimiento de la actual poesía suramericana representa la revista Caballo de Fuego, que edita Undurraga. Las ediciones de esta publicación están igualmente consagradas a la poesía. Y aquí, como labor editorial de Caballo de Fuego, acaba de aparecer el último libro de Undurraga: Hay levadura en las columnas. Tenemos que hacer historia de la tradición de la poesía social chilena para comprender mejor el mensaje que Undurraga nos trae en este libro. Ella sería una de sus fuentes. Debemos también
ANTONIO DE UNDURRAGA
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acercarnos a las ideas que el propio poeta ha reiteradamente expuesto acerca de lo que él entiende por poesía convivencial. Así llegamos a descubrir la repercusión whitmaniana de sus cantos y justificamos su pleno derecho al ejercicio de una poesía que no es la habitual hoy entre los poetas suramericanos. Hay que analizar en este libro una cuestión de época. Aunque fuera escrito hace más de diez años, Undurraga, sin embargo, legitima hoy día sus búsquedas de entonces. Porque, ayer como hoy, Undurraga se rebela (por lo menos en el aspecto teórico) contra esta poesía encerrada en los muros de su propia casa, para hablarnos de la necesidad de una lírica universal basada en la comprensión del presente del hombre. Que él mismo lo logre cabalmente en su obra es ya otra cosa.
Por el contrario —nos dice en Hay levadura en las columnas— y a modo de oasis petrificado en el tiempo vemos que la gran plataforma humana de Latinoamérica es todavía pastoril y agrícola; que siente el pequeño color de lo aldeano y que rehúye lo sinfónico, lo ecuménico, lo que no está directamente relacionado con su agro...

«Supe que el triunfo fácil era el de los recados de adulación, el de los diminutos poemas de amor, lo supe siendo muy joven aún, pero opté por la universalidad.» Cuenta después Undurraga en el prólogo haber escrito este libro entre 1945 y 1947, en Buenos Aires, ciudad en donde «captó esa compleja universalidad del Occidente de la posguerra». Esta confesión nos lleva a primera vista a ubicar el presente libro de Undurraga en la producción poética de aquella época en la cual el surrealismo alcanzó un grado de difusión intercontinental a través de modalidades líricas caracterizadas por la amplitud de un lenguaje elemental hondamente inquietado por la problemática del hombre. Había nacido en América el vanguardismo y con ello una libertad que nuestra poesía no conoció ni antes ni después. Y quizás también una gran autenticidad. La influencia de los poetas franceses desplazó la endeble
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versificación y el gusto por la sonoridad de la palabra que habíamos heredado de la poesía española. Una mística de la solidaridad del hombre en el dolor y la resistencia entró a nuestro lenguaje llegada de poetas de gran aliento humano como Lubicz Milosz, Max Jacob, Robert Desnos, Aragón, los unanimistas, etc., y encontró eco verdadero en el ser ancestralmente desgarrado del poeta latinoamericano que podía librarse del propio peso de su tradición idiomática. El libro de Undurraga nos introduce una especie de preliminar manifiesto, donde plantea los puntos esenciales de su poética, los cuales pueden resumirse en los siguientes propósitos: a) La poesía consiste en «un acto vital de fe en el hombre». b) La poesía está comprometida con la historia y ha pasado por varias etapas, pero así como el hombre mismo no ha podido determinar un cambio radical que haga posible la creación de un mundo total y libre, tampoco la poesía puede hacer nada para liberar la condición del hombre. Pero la historia nos da ejemplos de que los poetas siempre han librado un combate para alcanzar esa libertad ansiada por el hombre. Por ejemplo, hay que reconocer que ha habido épocas de letargo y de retroceso de la poesía, determinados por el predominio de una actitud filosófica estrecha y mezquina, como sucedió durante la Edad Media. El Renacimiento fue otra cosa, significó el florecer de la poesía y se caracterizó por «la fe puesta en el hombre, por el empuje libertario». c) «He aquí el patético y doloroso destino del poeta: liberar al hombre de los mitos que enajenan su libertad; ser el Prometeo de hoy y de siempre, que no sólo está obligado a crear poesía, pan metafísico y estético del hombre para el hombre, sino también a defender las condiciones de libertad y evolución de la fantasía y el pensamiento humanos, para que sea posible la creación poética.»

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Dicho esto, afirmaremos que Hay levadura en las columnas es un libro de inspiración desigual y no precisamente el más feliz de la obra de este poeta y ello debido a su tono de libro circunstancial. Tampoco hay en él la unidad temática que su autor anuncia en la nota preliminar. No se trata de que dudemos del valor o de la autenticidad del sentimiento del poeta con respecto a los temas que canta, ni de que defendamos una mezquina concepción de la pureza del verso; pero una poesía de compromiso es algo más que un florilegio verbal que sirve a una actitud circunstancial frente a los problemas de la época. Aquí se exige una comprensión total de los valores éticos, lo que entraña a su vez una responsabilidad mayor con respecto al lenguaje que se emplea y, por otra parte, una conversión a través de la cual el poeta asume el destino entero del hombre por medio de su propia conciencia existencial. De nuevo volvemos a la tradición verbalista de la lírica castellana, contra la que arremete Jorge Luis Borges cuando enjuiciaba la obra de Leopoldo Lugones. Resumiendo todo: encontramos excelentes logros en el libro Hay levadura en las columnas, logros que se refieren a algunos versos y no a poemas enteros, logros no en el sentido de un aporte original a la poesía de habla castellana, por más que estemos dispuestos del mejor modo a elogiar en el poeta chileno una intención —no siempre bien clarificada— de hacer una toma de conciencia del destino presente del hombre.
Juan Calzadilla RNC Nº 140-141 Mayo, agosto 1960

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Carlos César Rodríguez

REDIMIDO
Caracas: Editorial Arte, 1959.

FOLLAJE

quince años Carlos César Rodríguez publicaba su primer libro de versos, Los espejos de mi sangre. Era éste el santo y seña de un joven poeta que aparecía, a través de los versos que en ese entonces entregaba, dotado de los atributos esenciales del verdadero creador lírico. La poesía venezolana vivía para aquella época una de sus más fecundas y renovadoras etapas, apoyada en la gestión de grupos nuevos en los cuales latía una aspiración genuina de hacer; poetas en su mayoría que si, en verdad, aparentemente daban la impresión de estar como en contradicción con el grupo más inmediatamente anterior, Viernes, sin embargo recogían no poco de las conquistas alcanzadas por sus más calificados representantes, de manera particular en el empeño de acercar el acto poético a las experiencias transformadoras de una ética renovada, tanto en la expresión como en el esfuerzo mismo del «élan» comunicativo que ya había hecho camino y aventura en el continente europeo a partir de la Primera Guerra Mundial, significándose de manera decisiva en lo que constituyó aquel esfuerzo prodigioso, en su esencia, que se llamó el surrealismo. Llegaban
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así, los jóvenes poetas de ese período, quizás sin proponérselo, o mejor aún en contra de esa misma posibilidad, a retomar, transformándola, la herencia que hoy nos resulta fecunda del grupo Viernes, hecha de inconformidad, de aspiración universalista, de intento por romper los modos de una poética nacional que parecía ya consumirse, sin posible rescate dentro de sus propios límites. Era, en el fondo, la afirmación del proceso dialéctico de las formas literarias que, generación tras generación, se alzan sobre la construcción de quienes preceden la aventura creadora, corrigiendo, superando, transformando, pero conservando, al propio tiempo, lo que dentro del arte poético es validez contra el tiempo, trascendencia y universalidad de la palabra del hombre. Dentro de ese cuadro es posible ubicar, con exacta significación y claridad de juicio, el aparecimiento de aquella primera obra lírica de Carlos César Rodríguez. Venía a afirmar, ciertamente, su condición poética, que se anunciaba limpia y resuelta, en la manifestación de espontánea claridad de unos versos decididamente antirretóricos, poblados por una magia casi elemental, llena de vibración vital, en la que no dejaban de advertirse los signos poderosos del hombre debatiéndose entre extrañas solicitaciones, llamado por urgentes y clamorosos relámpagos, pero en los que el equilibrio expresivo ponía la nota de ponderación, seguridad y resuelta eficacia de un lenguaje que aparecía neto y preciso en sus posibilidades de comunicación fundamental. Poetas mayores, como Vicente Gerbasi, y la crítica en general, recibieron con beneplácito, distinguiéndolo en sus justos términos, el nuevo libro de poesía que hacía evidente el estreno de un nuevo autor, preciso en su vocación y en su señal. Ahora, al cabo de tantos años de aquel anuncio que era segura esperanza de una obra mayor y más esencial en su realización, Carlos César Rodríguez, desde su apartamiento fecundo de Mérida, nos entrega su segundo libro, Follaje redimido. ¿Se han cumplido, frente al poeta y su obra actual, aquellas predicciones de más segura disposición creadora, de más crecido esfuerzo poético, que fue dable advertir en sus primeras tentativas? Ciertamente que sí. La
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comparación entre los dos libros del poeta, aquél de sus inicios, y éste que no dudamos en calificar ya de obra de madurez, permite llegar a un balance que arroja saldo positivo en el haber creador, de manera particular por cuanto en Follaje redimido se hace patente no sólo el crecimiento —hondo y hacia dentro— de una experiencia humana que no en vano ha ido haciendo su camino en el tiempo, sino el invalorable, y apenas perceptible empuje de un sólido avance cultural, en profundidad también, que no se ha querido revelar en señal externa que a veces muy poco convence, porque se ha reservado, inteligentemente, para el latido esencial del verso, para eso que es materia imponderable de la palabra poética, pero que constituye, en el fondo, su brillo y su fuerza de trascendencia y afirmación, como instrumento de la obra de arte. Hay, bien lo sabemos, dos especies de poesía como resultado de dos tipos fundamentales de poeta. La poesía desbordada, incontenible como río crecido, que pide el diario esfuerzo de la expresión, la necesaria y abundante muestra del ímpetu interior que no puede detenerse en algo que es como carrera contra el tiempo; y la otra la poesía contenida, limitándose constantemente en círculos y círculos de esenciales manifestaciones, luchando abiertamente contra la abundancia que a veces daña lo mejor de un mensaje, y resolviéndose, al final, en síntesis apretada, de claridad irrenunciable, pero ceñida a lenguaje deslazado de trabas inútiles, de pesos innecesarios. A esta última categoría pertenece la poesía de Carlos César Rodríguez y su último libro, Follaje redimido, es un magnífico ejemplo de tales atributos y prerrogativas. Sólo catorce poemas integran el volumen, y todos ellos dentro de la más exigente parquedad de expresión y la más sólida concisión del estilo. ¡Y sin embargo —o tal vez por ello mismo—, qué fuerza de atracción en ellos, qué limpia y honda manifestación del verso, qué apretada y al par qué aérea la voz que aquí despierta palabra y entendimiento en un mundo de sugerencias, de sueños, de realidades, con una armonía recóndita, con un fuego tan hondo en el ademán pausado, que nos lleva a pensar al poeta como a un viejo profeta pleno de la sabiduría que palpita en las
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cosas terrenales, y para las cuales tiene la hora del mensaje para advertir a tiempo cuál es la señal que ha de seguirse! Poesía, pues, llena de esencias de profunda claridad, espontánea en el mejor sentido del término, construida sin esfuerzo aparente, dotada de seguridad y equilibrio, ésta de Follaje redimido. Libro que ha de señalarse entre los más acusados logros de la última bibliografía lírica del país, por la densidad, la contención, el acendramiento, la economía del lenguaje, la justeza en la expresión, en fin, a la vitalidad que nos entrega; vida palpitante dentro del rigor escueto de la palabra en que el poeta se complace con singular maestría, habilidad y talento. Notas todas que consagran la madurez alcanzada por un poeta que ha hecho de ese poderoso fuego interior, que es la necesidad de la expresión y la comunicación poética, fórmula de devoción entrañable que los años transcurridos han ido fortaleciendo en sus nobles y verídicas calidades.
José Ramón Medina RNC Nº 140-141 Mayo, agosto 1960

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Dionisio Aymará

COMO LAS NUBES
Caracas: Tipografía Guanarteme, 1959.

EL CORAZÓN

DIONISIO AYMARÁ

es poeta perteneciente a las últimas generaciones literarias del país. Desde el interior, donde residió algunos años, comenzó a manifestarse con creciente solicitud y seriedad en el ámbito de la creación lírica. Tiene, así, ganada una buena experiencia que ha sido su mejor arma en las nada fáciles tareas de la poesía (de la poesía entendida como obligación fundamental, se entiende). No ha habido por eso, prisas ni precipitaciones de su parte. Se ha mantenido siempre como a la expectativa. Y de la labor callada, seria, reflexiva, sin aspavientos y sin bombos (sin estridencias, ni poses demagógicas, añadiríamos), ha ido surgiendo, poco a poco, pausadamente, pero con indeleble signo de esencialidad, y de autenticidad, que es lo más significativo en este menester, una poesía que no hay duda en calificar de bien concebida y expresada, con signo temporal de doble y fecunda claridad, hecha a imagen y semejanza de lo que constituye la experiencia misma del poeta, pero sujeta a ciertas pausas que imprimen contemporaneidad a su esfuerzo y sinceridad a su mensaje. Mensaje, por lo

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demás, que aparece dentro del rigor de las más cálidas intuiciones, vivencias y sentimientos de una personal visión del mundo —muy metido, muy recogido en sí mismo, entretenido en los sucesos propios que han ido afirmando la historia vivida, con sus contradicciones y conquistas necesarias—, pero sin hacer concesiones a un modo expresivo que puede, a veces, caer en la retórica, por olvido de lo que es esencial en la manifestación lírica, por demasiada inclinación a estar a la moda, un modo de embrollar la diafanidad o de esconder la pobreza de sustancia con la falacia de un lenguaje retorcido y complejo. Hasta ahora tres libros, con éste que comentamos, señalan la trayectoria de Dionisio Aymará. El primero, un estremecido breviario amoroso, Mundo escuchado, fue publicado en 1956, en San Antonio del Táchira; el segundo, naturalmente crecido en fuego interior, en lenguaje y densidad, Clamor hacia la luz, señaló el avance de su poética hacia un estadio de más rica, sugerente y musical modo de expresión. Ahora, con El corazón como las nubes, no sólo confirma sus anteriores libros y conquistas estéticas, sino que los recoge en una sólida manifestación de equilibrio creador, denotando de pasada que no abandona sus criaturas, que las eleva, mejor, que las recoge en su exacto temblor inicial y las rescata para la afirmación integral de su estilo, de su temática y de su concepción personal de la poesía. Queremos decir de esta manera —lo que para nosotros constituye, ciertamente, nota de consecuencia creadora digna de tomarse como afirmación sería de una vocación y de una conciencia estética bien fundamentada— que Dionisio Aymará no rehúye, antes por el contrario se complace en vitalizarla con la experiencia diaria, la tentación de insistir sobre los módulos de su obra anterior; pero lo hace con un sentido de extraordinaria firmeza, buscando la riqueza expresiva, el don de la madurez en la palabra, gracias a un empecinado ejercicio —¿agónico, entrañable?— sobre la materia temporal, vida ya vivida, de lo que ha ido haciendo para expresarse a sí mismo y comunicarse con los demás.

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Intento en el cual palpita, también, la aspiración luminosa hacia otras experiencias vitales cargadas de signos y deslumbramientos, todavía no revelados. El corazón como las nubes es un libro construido en tono elegíaco. Palpita en todo él la pasión —y el sentimiento que deja en el corazón, temblando—, el inexorable paso del tiempo. Sobre el mundo de las cosas perdidas, de lo que huyó de entre las manos y fue un momento latido presuroso, relámpago del espíritu, certeza de la carne, desgarramiento o caricia, permanencia indeleble del polvo o huella transitoria de los días, se levanta el testimonio del poeta: «Sí, la recuerdo. Veo sus campanarios en la niebla. / Sus casas blancas, sus evanescentes árboles oscuros, / sus calles silenciosas como una mirada / perdida». Lenguaje limpio, pulcro, denso; lenguaje que no aspira a profecía, pero que sabe del temblor de la eternidad que habita en el mundo de los recuerdos: «Aquella diáfana memoria aparecía de súbito / frente a nosotros que, de pie junto al muro encalado, / permanecíamos en silencio / como dos estatuas, como dos altas sombras hieráticas». El tono elegíaco, discurriendo en suave declive de emociones, en leves paisajes del sentimiento, en mansos oleajes de tibias reminiscencias, de pronto se sobresalta, se recoge sobre sí mismo, se desborda, tiembla, se interroga, aletea como un ave sorprendida en la noche: ¿De qué llanto invisible, de qué despavoridos ojos sin fondo, alucinantes, de qué morados surcos, de qué gestos pálidos de sobresalto, de qué agudas aristas, de qué temblor, Dios, mío, de qué viva tiniebla modelamos, instante tras instante, nuestro desnudo rostro, la piel cubierta de misterio, el pávido destello del dolorido tránsito, nuestro último espacio cruzado de líneas amargas? Pero la realidad amorosa se sobrepone, al fin, a todo desgarramiento, a todo esfuerzo sombrío, a toda ala de misterio que venga
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a herir el pecho, a atizar sus puñales de miedo: «Para oponer al viento, a la embestida de las noches / más lúgubres, / teníamos una voz convocadora y cálida, una voz que rasgaba / la tiniebla, el espeso silencio, / el torvo vuelo del invierno». Por eso el poeta habrá de desear, en última instancia, quedarse allí, en soledad, estableciendo los límites del tiempo en un mundo de lentas remembranzas, de calladas y permanentes aguas que, subterráneamente, bañan un perfil de remota y desvaída estampa: «Déjame en este sitio donde me quedo inmóvil, / solitario / viajando. / Déjame aquí, donde contemplo / mis perdidas memorias, / mi luz equivocada y mis encuentros / y mi asombro de hallarme / frente a mis rostros de otros días...» En definitiva, El corazón como las nubes es libro de poesía entrañable, mansa y tibia, evocadora y nostálgica pero no exenta, por eso, de densidad, de garra y poder, de briosa aspiración, que, como hemos dicho, son elementos que no residen en la foránea manifestación, ni de temática ni de estilo, sino en la profunda claridad de la palabra, que tiembla o se alza desde el fondo único de la aventura del hombre en la vida. Y nada más.

José Ramón Medina RNC Nº 140-141 Mayo, agosto 1960

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Guillermo de Torre

HISPANOAMERICANA
Madrid: Ediciones Taurus, S.A.,1959.

CLAVES DE LA LITERATURA

de editores en nuestro mundo americano de habla española permite a los de la península matriz —como a los franceses—, vigilantes desde las atalayas de su cultura —¿y por qué no decirlo?—, desde las no menos veladoras de su economía, llenar con frecuencia, en esta dirección, algunos vacíos. Así ahora, Ediciones Taurus, S.A., con su recolección de cuadernos prestigiados por una selección de temas básicos, de entre los que elegimos: Claves de la literatura hispanoamericana, Madrid, 1959 por el ensayista hispanoargentino Guillermo de Torre que, paralelamente a los Amado Alonso, Uslar Pietri, Picón Salas, Onis, Zea, Luis Alberto Sánchez, Arciniegas, Reyes, Henríquez Ureña, Mariátegui, Mallea, Vitier... quiere dilucidar temas trascendentes relativos a la producción literaria continental; bien que, según expresa: «se conformaría con señalar algunos posibles puntos de partida; más sencillamente, con descifrar ciertas posibles claves de investigación que nos permitan avistar las constantes y los rasgos fisonómicos capitales de las letras hispanoamericanas», favorecido por
LA PENURIA

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su «equidistancia crítica y efectiva entre el Viejo y el Nuevo Mundo» (p. 8). «La cultura precolombina, dice con palabras de Leopoldo Zea, no tiene sentido para nosotros.» Por esta razón no podríamos hablar de una literatura indoamericana ni de una Indoamérica, con sentido actual.
La denominación Latinoamérica o América Latina es inexacta; quieren fundarla en el hecho de que el español y el portugués son lenguas derivadas del latín. Pero en una importante zona del Canadá se habla francés —idioma también latino— y, sin embargo, nadie piensa en el Canadá francés al decir América Latina. Este nombre es tan inoportuno como lo sería el de América Germánica aplicado a los Estados Unidos, fundándose en que el inglés es una lengua germánica (p. 35).

Tal es la opinión de Américo Castro, que De Torre admite, aunque se funda sólo en razones lingüísticas. Lo más juicioso, a nuestro parecer, sería denominarnos Iberoamérica, incluyendo al Brasil, aunque no haya tenido fortuna el término, y admitamos lo que de convencional hay en estas cuestiones, condicionadas por nominalismos. Guillermo de Torre, que convive con estos problemas, por imperativos de vocación y profesionales, nos confiere sus preocupaciones casi angustiosas: carecemos de panoramas compendiados y orientadores para el conocimiento de lo fundamental, ya en lo que toca a aspectos como a figuras que puedan destacarse en la confusa red de las tan mal conocidas literaturas de nuestros países, por la falta de intercambio y el exceso de arbitrariedad en los antologistas e historiadores de nuestras letras. Esto que, para un hispanoamericano es difícil, se hace inaccesible para un investigador de otras latitudes, incluso la norteamericana o la europea. No sabemos bien el alcance de lo que poseemos, ni la serie de concomitancias o diferencias a establecer. Por nuestra parte diríamos que la antología de la novela corta iberoamericana (que, titula el editor, «latinoamericana»), ordenada y comentada por Juan Liscano,
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y publicada por Seghers, París, 1957, no tiene parangón en lengua española y nada nos permite apreciar mejor esos caracteres en este parcial aspecto —si se lee francés, pues se trata de traducciones. La juventud de nuestros países; su escaso desarrollo; la miseria, incluso para los intelectuales; el analfabetismo; las dictaduras... han impedido toda expansión. Veamos si las incipientes democracias superan o no los inconvenientes, favoreciendo el paralelismo: economia-cultura; aunque deberíamos esperar que sí; pero hay algo superior al optimismo aventurado: poner los medios. Permítasenos, pues, una expectación animada por los esfuerzos de los valores, para que no los hundan las resistencias que les impiden actuar con eficacia. Las mediocridades quieren vivir, y lo consiguen, aun a costa de ellos. Lo más grave es que se les obligue a desintegrar sus energías en una lucha injusta, porque hay que distinguir entre el intelectual y el hombre de acción; entre el cerebro que trabaja con ideas y el brazo que ejecuta. Hay que evitar la confusión, si hemos de ser algo. En Hispanoamérica predomina «la sensibilidad sobre la precisión», «la inteligencia sobre el criterio», dice De Torre con palabras de Ortega y Gasset, no sin sutileza, somos más inspirados e ingeniosos que razonadores y constructivos. Esto es capital, y demoledor; hasta poco serio. ¿Qué hacer? Reeducarnos, y mejor aún: decidirnos a educarnos, de dentro a fuera, aprovechando los estímulos, y a que los dejemos «moldear», para ser hombres nuevos de esta tierra nueva; sobre todo por los demagogos, que son los diablos de la era industrializada.
El hecho de que, en los tiempos últimos, cuando desean echar la sonda y medir la profundidad de las aguas navegadas, los pilotos jóvenes, los recién embarcados, agucen las cautelas y extremen el rigor para juzgar su pasado y su presente, no deberemos tomarlo como un signo de desorientación, sino más bien todo lo contrario. ¡Qué distinta, por lo pronto, su actitud, de las jactancias irreflexivas a que otros se entregaban, no mucho tiempo atrás! (p. 9).

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A la pregunta de si existe o no una literatura hispanoamericana, Guillermo de Torre nos ofrece, «por citar sólo a los desaparecidos», «la escueta mención de una docena de hombres: Martí, Andrés Bello, Sarmiento, Rodó, Hernández, Montalvo, Hostos, González Prada, Ricardo Palma, Rubén Darío, Heredia, Gabriela Mistral, cuyas obras señalan hitos miliares en la formación y proceso de las literaturas hispanoamericanas» (p.12). El problema tiende a aclararse, en efecto, sintetizando, seleccionando, dando idea de lo más representativo, de lo más sólido. Pero el lector ha de elaborar en esta búsqueda, renunciando así a esa tutela tradicional de las «autoridades», al «magister dixit»; esto es: rompiendo el cordón umbilical de la didáctica; con más conciencia y menos dogmatismo. No tardará en ofrecernos nuevas nóminas la de Pedro Henríquez Ureña; la que él mismo elabora más ampliamente, con «escritores y meditadores». Pronto se ve que establecer tal lista es un conflicto. Piénsese que el ensayo, en la actualidad, es tras el relato, el género preferido, y hoy los valores, en esas dos ramas, se hacen visibles y abundantes. Si, para la mayor parte de los tratadistas criollos, la literatura hispanoamericana empieza, un poco sorpresivamente, con la formación de las nacionalidades; para los verdaderos investigadores, sin prejuicios, hispanoamericanos o extranjeros, se inicia con el advenimiento de los exploradores y conquistadores, en cuanto éstos dejan de ser, sin más, españoles, según la cita de Ortega y Gasset, para ser españoles de América o «un nuevo modo de ser del español» (p. 18), y algo semejante podría decirse de los portugueses. Arbitrario es si se la concibe, ininterrumpidamente, a partir de la tan escasa como característica literatura aborigen; porque, aun nacida en la propia tierra, no constituye la raíz de la que cultivamos que es, querámoslo o no, de tipo europeo, ya que los indígenas nunca se consustanciaron con los invasores hasta el punto de influir sobre ella. Las modalidades, que se acentúan progresivamente, con la independencia política y otros influjos, naturales o técnicos, americanos o universales, van comunicando a

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nuestras literaturas nacionales formas y matices que podrán apreciarse más certeramente, a medida que la libertad, la economía y la cultura salten las barreras que nos lo impiden o, al menos, dificultan. Tenemos la intuición de que esta literatura existe y que ya va lográndose destacar con propia virtud, en el área ecuménica; por impregnada de esencias propias: medios, razas, costumbres, psicologías, aunque esté llamada a convertirse en un crisol de influjos, posibilidad, naturalmente, no privativa. Debe parecernos oportuno el capítulo que titula: «Mestizaje», doctrina que toma de nuestro gran ensayista nacional Arturo Uslar Pietri. Como aclara bien, no se alude al «mestizaje étnico, sino al espiritual y temporal». A su parecer:
la literatura hispanoamericana nace mezclada e impura, e impura y mezclada alcanza sus más altas expresiones. No hay en su historia nada que se parezca a la ordenada sucesión de las escuelas, las tendencias y las épocas que caracterizan, por ejemplo, a la francesa. En ella nada termina y nada está separado. Todo tiende a superponerse y a fundirse (...) Es aluvial (p. 28) [como en el arte].

Pero si la unidad es para De Torre, problemática; debe reconocerse que hay un «substractum» común que, con sus necesarias variaciones, justifica la mayor o menor convivencia del español —o del criollo— con el indio nativo y el negro trasplantado, paisajes, fauna y flora originales; ambientes; géneros de vida, contrastes, luchas, liberadoras e intestinas creencias, tradiciones, idiosincrasias... hasta el punto de que, posiblemente, sea más difícil especificar las diferencias. Ni lo temático ni lo idiomático, como se ha querido sostener, pueden caracterizar una literatura. (A no ser de modo temporal, advertimos por nuestra parte, como en la portuguesa la vida del mar y, particularmente, las exploraciones, las conquistas y los naufragios.) Por otra parte, «¿dónde empieza lo americano y termina lo europeo?» En realidad, no son los temas, sino su expresión, lo que en literatura vale, recuerda De Torre. Ni el idioma, pese
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a sus dialectismos, importa en esto, porque también España es una floresta de gentes que hablan de muchos modos: «Establecer un plano de verdadera nivelación» para la obra literaria, que aspire a «medirse con una escala de valores ambiciosamente universal»; esto es: dando primacía a lo individual, a lo creador, «sobre su razón de ser colectiva», es la fórmula que el autor propone, ya que lo nacional surge como síntesis.

R. Olivares Figueroa RNC Nº 140-141 Mayo, agosto 1960

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María Beneyto

TIERRA VIVA
Madrid. Accésit del Premio Adonais 1955.

releyendo esta preciosa obra de quien considero el poeta joven más importante de la actual poesía española, acude a la mente una pregunta que ya es tópico: ¿los premios literarios benefician realmente o sólo producen desazón con la parcialidad de sus veredictos? Por lo común lo negativo priva en esas deliberaciones. Este libro de María Beneyto por cuyos textos se agitan las más bellas aspiraciones creadoras, las más secretas y ardientes configuraciones del corazón, en lugar de un accésit merecía el primer premio del Adonais de ese año. Pero no fue así, reiterandose de ese modo la mezquindad o la miopía de quienes puestos a juzgar belleza deberían adoptar una posición de honestidad, de altura responsable. Afortunadamente los galardones pasan y únicamente las obras responden por sí mismas, más allá de toda moda o compromiso del momento. Éste será (y es) el caso de Tierra viva, de la gran poeta María Beneyto. Aun cuando Tierra viva está consagrada a la devoción de lo nuestro mortal que nos conjura y nos asiste, yo la creo también una obra arcangélica, no desde el punto de vista teológico, sino
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LEYENDO,

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por las raíces de su estética de una sobrenatural abundancia de dones míticos. Así, en una extraordinaria plenitud de virtudes se unen el lirismo violento, caótico y dulce de lo humano con el lirismo severo majestuoso y desencadenado de lo celeste. ¿Queréis mayores seducciones ? Lo que nos pertenece de cada día con lo que nos pertenece a través de la transfiguración de la mente y su relampagueante soledad de ensueño. Como en una experiencia de corola y de sangre recibo las esencias reveladoras de cada poema de este libro. La «tierra viva» es el primer contacto con esta línea de volcánica embriaguez: «He nacido de un día / en que el sol incendiaba / la clara primavera. / Con las lilas, / con las tiernas bestezuelas hinchadas de alegría». El alma de esta poeta es de una luminosidad franciscana. Sus reacciones poéticas son pues realismo de sortilegio ya que ella vive lenta y amorosamente su parte de limo y de ala en el acontecer de su tiempo, y lo cumple con una humildad jubilosa de hermana de la lluvia, de la melancolía, de la paz. De allí que la sencillez de su escritura no sea «facilidad» puesto que es materia de ascensión elemental. Vive su candorosa sed de hechizo con la naturalidad con que las olas existen, con la impetuosa delicadeza de ser mujermujer hermética y abrupta, transparente y quimérica. De la tierra pasa a construir una composición diferente por completo: «La mujer y las náyades», aluvión de tristeza desasida, ópalo de misterio: «Criaturas fluviales, / criaturas jamás envejecidas, / se acercan y me llaman / con sus voces traslúcidas de agua». Las convoca «líquidamente amigas» y les habla de «las canciones delgadas del otoño» hasta culminar en esta maravilla escalofriante: «Ay mujeres de agua, desertoras / de la hermosura misma transparente, / no me llevéis, no me arrastréis disuelta / como a hermana que viéseis desterrada». La densidad de esta atmósfera mágica se comprende cuando se conoce a Valencia, el suelo natal de María. En Valencia el Mediterráneo es un espejo que azota de belleza, su ascendencia de resplandor griego ofrece en esa zona la rigurosa añoranza de aquel origen exaltado por la mejor poesía. Y por si fuera poco, Valencia tiene su albufera, que es como paisaje de fábula entre
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el agua lacustre, arrozales, ánades e islas de una vegetación legendaria que emergen como figuras sonámbulas. Pero además está el río que pasa por la ciudad y la destroza cuando la «riada» se desborda coléricamente sobre el indefenso cuerpo de Valencia. Todo esto en un espíritu tan armónico como el de María Beneyto deja una huella precisa, preciosa. Y hay, además, el legado femenino, ese abismo cósmico que nos rodea a las mujeres según Simone de Beauvoir en trance e irrealidad de agua impenetrable. Después el volumen se hace día con una sensualidad inefable que pregunta: «¿Y adónde irme de mí misma sin muerte?». La sustancia se sumerge en el mercado, allí «las frutas se han dormido y yo las miro / árbol aún. Las frutas. Luz cerrada». Cruza la avidez del retorno «cuando el eclipse de la luz me llegue / ¿Quién hará suya mi palabra oscura?». Sigue una «oración de la tarde» sumida «al lado de la muerte y la inocencia». Ruega «por las mujeres rotas», también «por los que tienen que morir al alba». La «tierra última» es desembocadura trágica con «un poniente de adioses», cuando «el otoño se acuesta como un perro a la puerta». Otro ciclo del libro: «Tierrapueblo». En un paseo de la tarde María comunicará como en éxtasis (toda su poesía da esta sensación) que las nubes van a caer. Y en mujer de la tierra habla de «niñas de agua» y de «cataratas de flores despeñándose». Después los exilados, con la muerte entre «las ciudades del humo». En «Despedida a un pueblo que se muere» dibuja un «cielo mixto de ángeles y candores», pero el reverso es «un pueblo en fiestas» al cual le canta: «¿Qué viñedo eres tú que ignoras las bacantes?». El tercero y último capítulo (estoy escribiendo esquemáticamente de acuerdo con la exigencia de espacio y no con el detenimiento que requiere esta obra deslumbrante) trae la «vida anterior» cuando «la ternura no era un hambre ni un nombre», poema que María dirige a su madre a quien llama «tamiz de primavera». Inmediatamente una «Elegía plural» a su padre, el que le dio la «voz terrible». Hasta que en «Rumor hacia Dios» va a la perfecta nostalgia de sus delirios, entre el grupo de mujeres que

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buscan a Dios, ella, María Beneyto, es «la más absorta». Para mí, lo reitero, es la voz poética joven más profunda en belleza estilística y en humanidad que hay en el panorama contemporáneo de la poesía de España.

Jean Aristeguieta RNC Nº 140-141 Mayo, agosto 1960

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Jean Paul Sartre

EXISTENCIALISMO
Caracas: Editorial Barbarida, 1959.

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profesor de la Cátedra de Introducción a la Filosofía de la Universidad Central, nos brinda aquí uno de los ensayos más decididamente lúcidos de Jean Paul Sartre: L'Existentialisme est un Humanisme. Es decir: el trabajo en el que el desconcertante pensador francés expone los fundamentos filosóficos y humanísticos del existencialismo. Distingue Sartre dos especies de existencialismo: el ateo, representado principalmente por Heidegger y el propio Sartre, y el cristiano, del que se manifiestan como máximos representantes Jaspers y Marcel. Tienen ambos una cosa en común: considerar que la existencia precede a la esencia. Lo que significa que el hombre existe primero, se encuentra, surge en el mundo y que luego se define. El hombre, dice Sartre, tal como lo concibe el existencialista, si no es definible es que previamente es nada. «Él sólo será luego y será tal como él se hace. Así, no hay naturaleza humana ya que no hay Dios para concebirla.» Pero «el hombre es no solamente tal como él se concibe sino tal como él se quiere y como se concibe después de la existencia». O sea que el hombre no es otra
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EDUARDO VÁZQUEZ,

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cosa que lo que él se hace. Es, por tanto, responsable de lo que él es. Partiendo de ahí, «el primer paso del existencialismo es poner a cada hombre en posesión de lo que él es y hacer descansar sobre él la responsabilidad total de su existencia». ¿Qué entendemos por angustia?, pregunta el autor de El ser y la nada. Y responde: «El existencialismo declara de buen grado que el hombre es angustia». Porque «el hombre que se compromete y que se da cuenta de que él es no sólo lo que él escoge ser sino también un legislador que escoge, a la vez que se escoge, a la humanidad entera, no podría escapar al sentido de su total y absoluta responsabilidad». La angustia no es una cortina que separa al hombre de la acción sino que forma parte de la acción misma. Pero además de angustia, el hombre es libertad. Para Sartre no hay determinismo. «Estamos solos, sin excusas», afirma. «Es esto lo que quisiera expresar diciendo que el hombre está condenado a ser libre. Condenado, porque él no se ha creado a sí mismo y no obstante, libre porque una vez echado al mundo, el hombre es responsable de lo que él hace.» Como existencialista piensa que el hombre, sin ningún apoyo y sin ningún auxilio, está condenado a cada instante a inventar al hombre. El existencialismo es opuesto al quietismo, pues piensa que no hay realidad más que en la acción. Para Sartre el hombre no es otra cosa sino su proyecto, no existe más que en la medida en que se realiza, no es otra cosa sino el conjunto de sus actos, nada más que su vida. Ningún hombre nace cobarde o héroe. Igual uno que otro se define a partir de sus propios actos. El cobarde se hace cobarde como el héroe se hace héroe. Mas «para el cobarde siempre hay la posibilidad de no ser más cobarde y para el héroe de dejar de ser héroe». Por otro lado el existencialismo se define como una doctrina optimista, basada en una moral de acción y de compromiso. La palabra humanismo tiene dos sentidos completamente diferentes para Sartre: el humanismo clásico, que puede entenderse como una teoría que toma al hombre como fin y como valor superior, y cuyo culto a la humanidad termina en el humanismo
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cerrado sobre sí de Comte y en el fascismo, y el humanismo existencialista, que, en el fondo, significa esto:
el hombre está constantemente fuera de sí mismo, es proyectándose y perdiéndose fuera de sí que hace existir al hombre y, por otra parte, es persiguiendo objetivos trascendentes como puede existir. Por ser el hombre esa superación y por aprehender los objetos sólo gracias a esa superación está en el corazón, en el centro de esa superación. No hay otro universo humano, el universo de la superación humana.

Y agrega:
Esta vinculación de la trascendencia, como constitutiva del hombre —no en el sentido en que Dios es trascendente, sino en el sentido de superación—, y de la subjetividad, en el sentido en que el hombre no está encerrado en sí mismo sino siempre presente en el universo humano, es lo que llamamos el humanismo existencialista. Humanismo, porque recordamos al hombre que no hay más legislador que él mismo, y que es en el abandono que él decidirá de sí mismo y porque mostramos que no es volviéndose hacia sí mismo sino buscando siempre fuera de él una meta como ocurre tal liberación, tal realización particular, como el hombre se realizará precisamente como humano.

El existencialismo, concluye Sartre, de ningún modo busca sumergir al hombre en la angustia. Pero si, como los cristianos, se llama desesperanza a toda actitud de increencia, el existencialismo parte de la desesperación original.
El existencialismo no es tanto un ateísmo en el sentido en que se agotaría en demostrar que Dios no existe. Más bien declara: aunque Dios existiera, ello no cambiaría nada; ése es nuestro punto de vista. No es que creemos que Dios existe sino que pensamos que

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el problema no es el de su existencia. Es necesario que el hombre vuelva a encontrarse a sí mismo y se persuada de que nada puede salvarlo de él mismo, aunque sea una prueba válida de la existencia de Dios.

La versión que Eduardo Vázquez ha hecho de L'Existentialisme est un Humanisme responde plenamente a su propósito: resumir clara y lúcidamente los principales puntos del pensamiento filosófico de Jean Paul Sartre.
Plá y Beltrán RNC Nº 140-141 Mayo, agosto 1960

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Marta Mosquera

MANUSCRITO
EN EL ESPEJO
Buenos Aires: Editorial Losada, 1960.

Marta Mosquera ha aparecido en algunas oportunidades en el Papel Literario de El Nacional, y sus producciones —relatos, crónicas, ensayos sobre teatro moderno— son ofrecidas con frecuencia por diferentes periódicos y revistas de Hispanoamérica, entre los que se cuentan La Marcha de Montevideo, Sur y Los Anales Literarios de Buenos Aires. Nacida en Argentina, al borde de la Pampa, Marta Mosquera recibió de las llanuras la alucinación de los horizontes y las migraciones. Los países más dilatados y profundos, y los territorios más ricos en densidad y en espejismos le han visto pasar cualquier día, con su portafolio cargado de apuntes y esquemas inquietantes. El jurado del Fondo Nacional de las Artes, de Argentina, integrado por Enrique Banchs, Jorge Luis Borges, Fermín Estrella Gutiérrez, Alberto Cirri y Miguel Alfredo Olivera, consideró el libro que comentamos, Manuscrito en el espejo, «merecedor del máximo apoyo que concede para su publicación».
LA FIRMA DE

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Cinco relatos integran este volumen, editado por Losada de Buenos Aires. Cada uno se dirige a un panorama en cuya difícil transparencia se adivinan sutiles estructuras, parecidas a los nervios de un espectro que se ramificaran, entroncándose con elementos, lugares y rostros suscitados o inventados repentinamente por el poder de una causalidad yacente, pero ávida de las más singulares realizaciones entre el tejido de la existencia. La autora es dueña de un alto sentido magnético y de una intuición buida e inquieta. El ástil de su pluma persigue y rastrea el pozo de las vidas y los sueños, con delicadeza que no deja de ser mortal, casi siempre. A veces escarba una cicatriz tan antigua, que ya es futura o cosa que se cierne en una herida próxima. El tiempo, como un espejo reversible, le sugiere las más agudas alucinaciones; las armas, tienen para ella, el valor místico y fatal de los planetas en los textos astrológicos; en sus masas esplendentes y grávidas se hacinan los utensilios mortales y los venenos expiatorios. Los puñales —que le gusta describir en manos de los artífices de las heridas— trazan, como los cometas, órbitas dementes pero justas, de justicia fría y matemática. La muerte es un símbolo de muchos rostros, reunidos en el mismo estanque, la sangre y un sentido deportivo de la inmensidad que guarda lo eterno. La muerte es la sustancia lúcida e inteligente de todas las vidas que modela la autora. Desde el primer cuento hasta el último sus palabras y rostros son ardientemente inteligibles: aparece como una metáfora en el primer relato; y, luego, en diversas formas de atracción secreta o mandamiento. «Se cambia de sitio en la pelea»; es helada cuando se descubre en la mitad del cielo a los paracaidistas que se lanzan sobre una aldea rusa; o, siempre que se tiene un arma, en secreto, ese metal está consagrado a la muerte. Es una promesa oculta que el homicida hace a la sangre. La soltura y la vivacidad del idioma y de los giros presiden y alientan en toda esta narrativa, que se revela a sí misma como una independencia y una impaciencia inconquistables.

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El primer relato, «La victoria perdida», nos habla de la extraña dependencia de un hombre con respecto de otro, del cual se convierte en personaje, proyectado hacia la muerte dentro de las mallas de una metáfora. El estilo procede por acordes que adquieren la intensidad progresiva de una composición musical. «Laberinto para Narciso» es el segundo relato; en él se ve el paso de un personaje irrealmente difuminado, cuyos límites se hallan contenidos en la muerte, como en una atmósfera en la cual, en lugar de aire, se respira un sueño, una contaminación mortal. «Batalla secreta» nos habla de una pasión reprimida y de una batalla auténtica, entre las que se realiza un acto de expiación que no tiene plenitud en la vida, «infierno que carece de grandeza». La narración titulada «La cuarta memoria» fue ya reconocida internacionalmente en Berlín, durante el Festival de 1958, cuando representó a la «nouvelle» de la lengua española. En esta narración armada con frases de rico contenido y expresión flexible, la autora nos revela el territorio de un alma que se encuentra a sí misma, en épocas y países diferentes, permaneciendo identificada por el secreto de una transgresión. Contiene una fantasía sobre las existencias previas, y las afinidades espirituales; pero, es la poesía la que vuelve mágicos estos accesos y estos virajes. «Manuscrito en el espejo», el relato que da su nombre al volumen, es una bella estructura, concebida con precisión y poesía, en noble vocabulario. Sus frases y las situaciones que cada una revela se suceden en un juego de contrastes y encadenamientos perfectos. Hasta que aparece como un pozo de mosaicos rutilantes, el infinito, lo cósmico; el universo en el que se entrelazan y comunican como en una hoguera de reflejos los manantiales de los más remotos espejos de conciencia y sentimiento. Los cuentos están presentados en forma de memorias, fragmentos de diarios o eslabones biográficos. Entre estos datos serpea siempre un trauma sociológico o un relámpago mágico; pero

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siempre nos reservan una sorpresa brillante, una aventura de la inteligencia o de la vitalidad en el abismo facetado del universo o en el haz complejo de la sensibilidad humana.

César Dávila Andrade RNC Nº 140-141 Mayo, agosto 1960

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Miguel Alegre Velarde

AÚN SIN AMANECER
Caracas: Editorial Signo.

distinta a las que se publican ordinariamente en nuestra época de apresuradas conclusiones y de filosofías aplicadas, esta en que el autor peruano Alegre Velarde trata de enfrentar al materialismo y sus negaciones, un punto de vista espiritualista sobre el mundo y sus problemas. Partiendo desde los comienzos de la historia, en un ensayo dialogado en el cual los personajes son apenas pretexto para exponer las ideas, el autor nos hace revivir someramente los diferentes enfoques que el hombre ha ido dando a sí mismo, a su existencia y al misterio todo de la creación. San Juan el Apocalíptico, Confucio, Mencio, Lao Tse, Hillel, el hebreo, y algún discípulo de Buda, se enzarzan en estas discusiones eruditas, de las cuales disfruta el lector culto si bien no siempre está de acuerdo con las tesis sustentadas. Es placer poco común y que se encuentra en el ensayo que venimos comentando, el ver cómo el escritor moderno se sirve de la materia antigua que podría creerse estratificada y rígida, para plegarla a su propia intención. Este juego dialéctico, hecho con gran maestría, es a nuestro ver uno de los más sutiles méritos de
OBRA UN TANTO
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Aún sin Amanecer. Luego su fondo filosófico es también importante. El autor procura extraer de aquel amasijo enorme de pensamientos y de hipótesis en que el hombre se ha debatido desde que aprendió a pensar, una ideología cónsona con el cristianismo primero, aquel puro y primitivo, que estuvo a punto de dar al mundo la felicidad, para perderse luego entre el fárrago de liturgias, pragmáticas e imposiciones con que la humanidad, pequeña, trata de encasillar y poner vallas a la grandeza de Jesús. En su afán por sustentar esta tesis todo lo toca rápida y elegantemente el escritor Alegre Velarde. La caída de Bizancio está descrita en páginas verdaderamente hermosas. Su lenguaje siempre preciso y sabio cobra a veces destellos de gran narrador. Alude el autor en el prefacio al «carácter asaz bizantino de este ensayo» y se refiere luego a «que la heterogénea diversidad de capítulos pueda darnos, al simple parecer, una trama inconexa, y principalmente, a que las verdades que se agitan quieren revivir». Ciertamente reviven, bajo la pluma animadora de Alegre Velarde, y si el conjunto de la obra puede resultar un tanto decepcionante, pues el filósofo señala, sin extraer conclusiones definitivas, ello mismo es prueba de la absoluta pureza de intenciones del autor. El hombre se busca a sí mismo desesperadamente, en esta época de ansiedad atómica tanto como en las anteriores de ritmo más pausado, parece querer decirnos el autor. Cada capítulo de la obra estrena un escenario distinto en el tiempo y en el espacio. Se nos alcanza que el autor, con cierta coquetería de hombre muy culto, aprovecha para mostrarnos sus dotes descriptivas y su poder de observación. No sólo el mundo antiguo sino el moderno y el actual pasan en vivo caleidoscopio, en animada fantasmagoría, por las páginas de este interesante libro, tan conceptuoso, tan lleno de cosas diversas y aun dispares, que logra asombrarnos y absorbernos. Además de realizar su objetivo confesado, que es el de ponernos a pensar. Quisiéramos que el autor dilatara esta obra, tan completa, extrayendo de ella, o de cada uno de sus capítulos, un libro sobre sí mismo. Alegara el escritor que ya aquí lleva dicho, en forma
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sucinta, el nódulo mismo de su pensamiento. Mas el tema es amplio y abstruso y el autor está por rara y feliz circunstancia, perfectamente capacitado para tratarlo. De allí que una mayor extensión y pausa, un desovillar más lentamente las nerviosas madejas, sólo podrían ir en provecho del autor y del lector. Entre tanto, hay que decir que Aún sin Amanecer es obra profunda, de difícil pero estimulante lectura y que los planteamientos que encierra son en tal forma esenciales que no pueden dejar indiferente al hombre actual cuya cultura peligra y cuyas formas de vida más gratas tienden a desaparecer en un abismo incalculado.

Gloria Stolk RNC Nº 140-141 Mayo, agosto 1960

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Víctor Salazar

PIRAGUA
Barcelona (Venezuela): s/e, 1960.

ESTE BREVE

poemario de Víctor Salazar, la primera obra de un lírico joven —nació en Barcelona, estado Anzoátegui, en 1940— tiene las características que, naturalmente, pueden reclamársele en sus circunstancias: sencillez, fantasía conceptual, razón de amor. Hay, por otra parte, esa tendencia a lo conciso depurado que Gracián hubo de ponderar, como se sabe. Contra lo que podría esperarse huye tanto del alarde como del tópico; situándose en esa zona equilibrada que atestigua serenidad creadora. Su estilo coincide, en general, con el de las promociones nacionales aún recientes, más castellanizadas que las anteriores, todavía no libres de los últimos «ismos». Víctor Salazar comienza bien, para nuestro gusto —sin que esto signifique, desde luego, que lo supervaloramos—. Se le ve ágil en la expresión y en la obtención de hallazgos, en el modo elegante de pintar sus ímpetus: «Mis manos se aferraban a ti / como un racimo de espejos derretidos (...) Continuaré queriéndote (...) amasando tu luz entre mis dedos («La noche deshojada»). Esta plasticidad nos revela bien la de su espíritu. Sensible a
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las angustias humanas tiene, sin embargo, el temple optimista del que aún ve delante de sí un largo camino a recorrer, provisto de energía. Por eso exclama: «Rememos en la tarde / y digamos adiós al último / dolor anclado en el crepúsculo»; para, silencioso, consumir el óleo de la espera, junto al faro vigilante («Regreso»). Señalemos la propensión a descubrir en las manos evidentes señales líricas, un papel ritual o simbólico, al que alude ya el lema de Liscano que encabeza el texto: «Porque tu mano suele volar sobre las cosas», algo así como si fuesen, coincidiendo con la expresión popular: «los ojos del alma». Como se ve, hay algo de goetheano en el espíritu de esta poesía de «lied», aunque falte afinidad directa. Su neorromanticismo, si así lo podemos definir, no tiene características de escuela; sino humanas y, más concretamente, aquí se descubren como un don de la edad. Cada poemita equivale a un haz de luces y sombras de resonancias y evocaciones muy subjetivas.

R. Olivares Figueroa RNC Nº 140-141 Mayo, agosto 1960

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Plá y Beltrán

ALGÚN LUGAR MÁS CLARIDAD
Caracas: Cuadernos Literarios de la Asociación de Escritores Venezolanos, 1960.

HABRÁ EN

SIEMPRE ME ha llamado poderosamente la atención el intenso vigor y la fuerza devastadora y cruel impresos de manera, para mí, ostensible o incluso diabólica en los cuentos de Plá y Beltrán. Porque este notable escritor venezolano, nacido en el pueblecito de Ibi (atmósfera de aceite, vinos y almendras, en Alicante, España), posee una garra mayor que la imaginada por algún lector desprevenido. Acostumbradas como están ciertas gentes, en nuestro medio, a leer al Plá y Beltrán de las profusas e interesantes notas bibliográficas, no advierte al creador que se esconde tras los bastidores de la aburrida y casi desesperante crónica de libros (a diario publicados por seres excesivamente vanidosos, constantemente asomados a la fuente donde suspiraba Narciso). Muchas veces, en direcciones de libros y revistas y aun en el espantoso mercado persa de las calles caraqueñas (hechas a la medida de policías y buhoneros agresivos) he tropezado con el inteligente y fatigado rostro del poeta, siempre afanado, en virtud

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de su casi monstruosa capacidad de trabajo, en la persecución de sus fantasmas cotidianos y la solución de ciertos pavorosos enigmas. Plá y Beltrán —lentísimo el paso, en sus labios un cigarrillo inverosímil líado por él mismo, una voz que arranca de las profundidades— habla del cansancio y del mortal hastío, e imagina la posibilidad —acaso demasiado quimérica y remota— de huir hacia algún arcádico retiro para entregarse (¡oh, maravilla!) a la vasta construcción de sus hermosos cuentos. Quería decir, en realidad, que Plá y Beltran, autor de una veintena de libros y folletos, es dueño de un lenguaje avasallante y lúcido, y que sus cuentos se hallan teñidos de la angustia y el drama de nuestro tiempo. En efecto, Habrá en algún lugar más claridad (Premio de Narrativa de la Asociación de Escritores Venezolanos, correspondiente a 1957) es una obra sobre la cual se yergue la acosante realidad existencial, como un denso cinturón de rudas asechanzas. Sus criaturas revelan de manera objetiva y directa una apasionante vida interior, muy próxima al sueño y a los más oscuros designios abisales. No en vano el poeta fue testigo y víctima, a su vez, de la encarnizada y fratricida contienda española, de tan funestos y catastróficos resultados. Plá y Beltrán maneja un estilo en que se alternan con elegancia y sobriedad períodos cortos y largos, logrando el establecimiento de un pulcro dinamismo, ajustado a las exigencias de una narrativa centrada en el cañamazo de la gran aventura creadora de estos días. Su obra, por otra parte, sumerge al lector en una densa atmósfera poética, toda ella iluminada de suaves toques líricos. Los seis cuentos que integran el cuaderno («Entre la realidad y el sueño», «Los pasos de los hombres del castillo», «Mihai», «¿Hombre o demonio?», «El ladrón» y «Ver claro en la vida») asumen la realidad circundante y la transforman, mediante un metabolismo acaso inexplicable, en la fascinante y terrible realidad de las visiones. Plá y Beltrán parece demostrar un noble conocimiento de la estructura del cuento, y aun cuando el diálogo está considerado ya como un anacronismo y un lastre desde-

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ñable en la literatura actual, su presencia en el libro se diluye en la no escasa aglutinación de amplios monólogos interiores, que bien pueden interpretarse como un signo de positivos y generosos alcances.

Juan Ángel Mogollón RNC Nº 140-141 Mayo, agosto 1960

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Rafael Ángel Insausti

LAS VOCES
ILUSORIAS
París: s/e, 1960.

devoción, y poniendo al servicio de su condición poética una capacidad de trabajo y de creación verdaderamente bien orientada, fecunda y segura de su rumbo, Rafael Ángel Insausti viene cumpliendo, primero aquí en Venezuela, durante mucho tiempo, y ahora en París, donde reside ejerciendo funciones diplomáticas, una notable labor intelectual en donde se confunde, armoniosamente, la labor de investigación de una parte, y de la otra la pura y alta manifestación de la poesía, ya como personal fruto de su poblado mundo de realidades líricas, ora como intensa forma de búsqueda de la resonancia sensible en la ajena obra, tras la huella vital, palpitante, de las traducciones. Expresiones de tan pulcra y acabada decisión son dos libros que, en el apretado lapso de un año, ha publicado Insausti, cada uno dentro de las orientaciones señaladas anteriormente: Colinas de los sueños, el primero, admirable tarea de rescate de un conjunto de trabajos, desconocidos o poco conocidos, de nuestro Pedro Emilio Coll; y el segundo, ahora, un bellísimo volumen de poesía de autores franceses vertidos al español por el poeta venezolano, en la realización
CON ACENDRADA
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del cual se ponen en evidencia extraordinarias dotes para el difícil arte de la traducción, particularmente en el campo de la traducción de poesía. A este último libro queremos referirnos. Las voces ilusorias es un libro ganado para el mejor esfuerzo de la poesía. Difícil cosa es acertar en el complejo juego que impone el ejercicio de transferir la realidad y la esencia de un verso —hecho de voz dormida en la palabra; de sensibilidad, emoción e imaginación, que tiemblan en un ámbito de inasible misterio— a la expresión lírica de otro lenguaje. La mayoría de las veces, propósitos de esta especie se quedan en el umbral, esto, es, en la fórmula vacía de las palabras, o en el bosquejo de un posible tema que estuvo en el poema original, que es lo menos trascendente de la poesía, para huir con toda su carga de hechizo y deslumbramiento, el verdadero núcleo de la pasión creadora que le dio nacimiento. Por eso la traducción poética es, siempre, aventura mal correspondida, si no se cuenta con una visión clara del problema que encierra, apuntalado todo ello en la posesión personal de ciertas dotes imprescindibles que, al fin, realizan el milagro de la transposición del estado poético primario —el del acto creador— a una nueva calidad de comunicación, conseguida en distinto ámbito oral, pero conservando el indeleble sello de la gesta inicial que dio nacimiento a la obra. Este último es, precisamente, el caso de Rafael Ángel Insausti en este libro de tan acusados aciertos. Efectivamente, en Las voces ilusorias se da el admirable encuentro de una verdad poética con una devoción poética, con un profundo palpitar de acción interior, que es donde reside, en definitiva, la correspondencia necesaria para el difícil menester del traducir. Porque el problema de la traducción, en poesía, reside antes que nada en la consustancialización del traductor con su traducido, en una como especie de acercamiento sensible, antes que de comprensión ideológica, lo cual comporta, naturalmente, afinidades electivas y expresivas. O sea que esa necesaria simpatía que se revela en el acto del acercamiento poético de una obra, se resuelve en compenetración, en adhesión, y a veces hasta en identidad, que dan lugar, en definitiva, a una re-creación, a una puesta en
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vigencia de las propias razones, de los íntimos movimientos espirituales de las intransferibles experiencias personales, y del lenguaje o estilo que se posee. De allí que la auténtica traducción en poesía viene a resultar, al fin, en una versión amasada con sangre, pasión, emoción, recuerdo, sabiduría, extrañeza, dolor y angustia, en la que cabe el verso ajeno para ser reflejo, como en un espejo convexo, con toda su carga natural, su misterio, sentimientos o ideas, a veces imponderables, vigentes ahora en una nueva atmósfera, en nuevo clima, eso que, precisamente, constituye en nuestros días la más acabada significación de la creación poética. Pues bien, en el libro de Insausti habrá de hallarse con creces toda esta necesaria fundamentación del buen traducir. Ha hecho obra tan personal al verter a nuestro idioma los poetas franceses escogidos para tal intento —en total diecinueve, desde Víctor Hugo a Jules Supervielle, e incluyendo un poema de poeta venezolano escrito en francés, el de Enrique Planchart— que, a pesar de lo distinto que entre sí aparecen esas voces y de la naturaleza temporal que los separa —de un Rimbaud a un Paul Eluard, de un Verlaine a un Saint-John Perse, por ejemplo—, en esas traducciones se manifiesta, en el fondo, un mismo estilo, una sola manera expresiva, un limpio y admirable modo de comunicación poética, que las hacen tener eficacia sobre el lector contemporáneo, apartando, de una vez, todo posible distanciamiento en cuanto a tan complejos y dispares sujetos y objetos de poesía. En una palabra: quien se manifiesta a través de los poemas traducidos y de los autores escogidos, quien se hace visible y sensible, es el propio poeta que traduce. He allí la explicación de tan certera manifestación. Las voces ilusorias ha de ser tenido —y gozado en una lectura a profundidad— como un excelente ejemplo, aquí y en todas partes, de lo que significa un buen trabajo de traducción de poesía.
José Ramón Medina RNC Nº 140-141 Mayo, agosto 1960
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Vicente Aleixandre

POESÍAS COMPLETAS
Madrid: Colección Literaria Editorial, 1960.

nació en Sevilla en 1898, fecha que designa a una generación gloriosa en las letras hispanas. Vivió en Málaga, ciudad a la que adora, y posteriormente en Madrid, donde reside. A más de profesor mercantil es licenciado en Derecho, carreras que no ha ejercido. Publica su primer libro, Ámbito, en Málaga, 1928. Lleva, por tanto, treinta y dos años en el ejercicio público de la poesía. Pertenece a la Real Academia Española de la Lengua —para la que fue elegido en junio de 1949— desde enero de 1950. Nadie ha llamado a la puerta de Wellingtonia —nombre a una flor en homenaje al reaccionarísimo y gran general inglés vencedor de los Arapiles— que no haya sido escuchado. Tanto como su obra, Aleixandre ha ejercido un magisterio permanente y personal, de signo decisivo sobre la actual poesía española. Tal vez diálogo constante con los jóvenes haya preservado su obra de las telarañas y manías de las torres de marfil. Y como enseñando se aprende, Vicente Aleixandre ha evolucionado con el tiempo, o quizá porque en la semilla de Ámbito estaban las cosechas de Historia
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del corazón, poesía rehumanizada, aunque este signo ya se transparente en Sombra del paraíso, de 1944. Ahora tenemos, para el gozo y el homenaje, estas Poesías completas, de momento, pues los sesenta y dos años del gran poeta han de engordar el volumen que, en esta primera salida tiene ya sus 865 páginas, «montón de hojas, montón de vida»: en cada una ha ido muriendo un poco y perpetuándose. El libro lleva un espléndido prólogo —«Sentido de la poesía de Vicente Aleixandre»— del magnífico poeta y maestro de la estilística, Carlos Bousoño, profesor de la Universidad de Madrid. Bousoño es autor de una tesis doctoral memorable sobre la poesía aleixandrina. Se puede afirmar que, hoy por hoy, Bousoño es quien más y mejor conoce la obra del excepcional poeta español. Dice Bousoño:
Vicente Aleixandre es un poeta que desde el punto de vista puramente histórico, ha tenido suerte. El hecho fortuito de haber nacido en 1898 le colocó, como escritor, en un momento trascendental para la poesía española, de manera que no es posible entender del todo lo que le ocurre a la lírica contemporánea de nuestra lengua sin tener a la vista el conjunto de su obra.

Exacto. Mas creo que lo mismo puede asegurarse de Lorca, Neruda, Alberti, Vallejo, Dámaso Alonso, Ballagas o Nicolás y Jorge Guillén, por ejemplo. No se puede prescindir de ningún gran poeta si se quiere tener un conocimiento completo de la poesía. Mas Bousoño no lo dice en el sentido obvio de que el todo sea mayor que las partes: en este caso, que la poesía sea el resultado, no el origen, de los poemas que hacen los poetas. Bousoño considera a Vicente como un renovador de la lengua poética del porte de Góngora o de Rubén. Y cree que el individualismo y el irracionalismo, dos características del siglo XX en poesía, han facilitado el despliegue total de la obra aleixandrina. Conviene aclarar que para el prologuista, si la creación poética nace de lo individual y no racional, eso no impide que la poesía «pueda y deba... encauzarse en moldes de razón y seguir referencias de índole social». Prueba de ello es
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que el propio Aleixandre define la poesía, no ya la suya, como comunicación, como solidaridad, y ahí está ese poema clave en la obra aleixandrina, «En la plaza», de Historia del corazón. ¿Se ha cerrado el proceso que se inicia en el romanticismo —individualismo e irracionalización, según Bousoño—, y estamos, desde 1947, aproximadamente, en otro momento de la poesía universal? El irracionalismo verbal de la poesía del Novecientos es cierto como actitud común. Pero ahí están Rubén, Unamuno, Machado, Juan Ramón Jiménez para probar también lo contrario. Y hoy está más vivo y vigente Machado que todos los irracionalistas juntos, que vuelven a él. Claro que la aportación de todos los ismos ha sido muy beneficiosa para la poesía rehumanizada. Aleixandre representa el ápice del proceso irracionalista, en cuanto empleo de las palabras en sus conexiones alógicas. Bousoño considera que Aleixandre supone en el proceso del individualismo una posición de finisterre análoga a la que significa en el irracionalismo. Individualismo en sentido de cosmovisión propia. Yo creo que más que cosmovisión palabra alusiva a un sentido del mundo propio del filósofo —¿cómo casar la cosmovisión y el irracionalismo, que es un no ver?—, se podría decir cosmosentimiento o cosmosensación. Una cosmovisión es, ante todo, una postura moral, y el irracionalismo no tiene mucho que ver con el puesto del hombre en el mundo, sino más bien con su cenestesia. En resumen: el nuevo giro copernicano de la poesía implica que el poeta no es una isla, sino un pontífice, un constructor de puentes, un comunicador. De la naturaleza se pasa al individuo y de éste a la comunidad, sin perder la personalidad, sino multiplicándola por todos, caminantes distintos que se dirigen a un fin. Quizá el hombre sea hoy menos individuo, pero es más persona, porque la comunidad no merma, potencia la personalidad. Es más: la hace posible al superar la lucha por la vida, guerra de todos contra todos, y comenzar la batalla por la persona, solidaridad de todos con todos. (Como se ve, el fenómeno poético es la expresión más decisiva del proceso histórico-moral, del despliegue del hombre en la historia. Y prueba de ello es que mientras los sistemas filosóficos
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mueren a manos de los posteriores, el poema es una expresión invulnerable, contra la que se mellan las flechas del tiempo.) Vista en conjunto la obra aleixandrina cabe dividirla en dos grupos: 1) Ámbito, Pasión de la tierra, Espadas como labios, La destrucción o el amor, Mundo a solas, Sombra del paraíso y Nacimiento íntimo; 2) Historia del corazón, comienzo de una nueva singladura. Queda fuera de esos grupos el libro en prosa, Los encuentros, donde hay mucha biografía, historia de Aleixandre, ya en la clara y ejerciente postura rehumanizada.
En el vasto cuerpo primero —dice justamente Bousoño—, la idea rectora consiste en la concepción de lo elemental como única realidad objetiva del mundo. En el cuerpo segundo (Historia del corazón), la base de sustentación es otra: la consideración de la vida humana como historia, o más precisamente, como un difícil esfuerzo realizado en la dimensión temporal, tras una decisión de carácter ético.

Quizá quien mejor haya definido el proceso aleixandrino de su poesía sea el propio Vicente en el prólogo a Mis mejores poesías, de la editorial Gredos. Dice allí:
El tema de la mayoría de los libros del poeta era, si la expresión no parece desmedida, la Creación, la naturaleza entera, yo diría mejor su unidad, y el hombre quedaba confundido con ella, elemento de ese cosmos del que sustancialmente no se diferenciaba.

Lo que se ha llamado ingrediente panteísta de la creación aleixandresca.
Más tarde, bastante más tarde, Historia del corazón —escribe Vicente, refiriéndose a 1954, fecha de la salida al público de su último libro de versos— subvierte los términos y es ahora el hombre el directo protagonista, y la naturaleza sólo fondo sobre el que la historia del transcurrir humano se sucede y se desenlaza.
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Este proceso, poéticamente manifiesto, es Cantata en Aleixandre, de Gabriel Celaya, tan dilucidadora, a más de valiosamente poética, quizá porque en cierta y dramática medida el segundo ha pasado por la misma lucha del primero. La poesía, para Vicente, «no es cuestión de fealdad o de hermosura, sino de mudez o comunicación». Y añade con toda conciencia y responsabilidad —la poesía no es algo que se nos caiga sin darnos cuenta, como las hojas en el otoño—: «en este poder de transmisión está quizá el único secreto de la poesía, que, cada vez lo he ido sintiendo más firmemente, no consiste tanto en ofrecer belleza cuanto en alcanzar propagación, comunicación profunda del alma de los hombres». Contemplada panorámicamente la obra poética de Aleixandre se nos aparece, más que como una cordillera con picachos y desniveles, como un río que se profundiza y se extiende, que se va serenando en la reflexión y en la eficacia. Y siempre, agua pura, juguetona o sosegadora, auténtica agua viva de poesía. La obra de Vicente es una necesidad, no un producto manufacturero y adrede. Del futuro no sabemos nada. El tiempo, que revelará y oscurecerá, sujeto a la perspectiva y a la sensibilidad cambiantes, no podrá borrar esta poesía en lo que tiene de cumplida vocación y autenticidad de llamado y elegido.

Ramón de Garciasol RNC Nº 140-141 Mayo, agosto 1960

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Marcos Ramírez Murzi

ANTOLOGÍA
POÉTICA
Caracas; Biblioteca de Autores Tachirenses-Editorial Arte, 1960. Año Cuatricentenario de San Cristóbal.

ESTA ANTOLOGÍA se ofrece en un volumen bien presentado compues-

to a base de siete libros de Marcos Ramírez Murzi. La escogencia este poeta para la Biblioteca de Autores Tachirenses merece todo encomio ya que se trata de alguien consagrado durante quince años de su joven vida a la creación poética, como señala José Ramón Medina en el magnífico prólogo a esta obra. Ramírez Murzi es poeta por signo y por transfiguración. Nada denota en su extensa y hermosa labor un altibajo del oficio imaginativo, lo contrario, vigilia perenne, intimidad recatada con los terribles ardores de la belleza lírica, fidelidad severa y profunda con los fueros de su alucinante realismo. Así pues, esta Antología poética es festividad de una existencia entregada a la creación. Son los «primeros poemas», naturalmente, los escogidos para abrir el cauce de este florilegio. Sin embargo, en el caso de Ramírez Murzi el proceso ha ido clarificándose tan finamente, que los «tonos» de su voz no caen en un desbordado «cambio» brusco. Casi en secreto, con asombrado sigilo, va surgiendo cada ciclo de

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la fecunda actividad de este poeta. La avidez de las sensaciones iniciales del canto da en Marcos Ramírez Murzi un sentido de melodía triste a sus ideas. Sistemáticamente se evidencia en su mundo la vena amatoria, que, delicadamente, riega las estrofas de su producción (como bien lo alumbrara Gauguin, sería absurdo un poeta sin amor). De esa manera, amando y guardando los sutiles perfiles de seres y de cosas, este poeta entrega la sustancia de su mensaje. De Antes del olvido (poemario publicado en 1951), además del hilo romántico que retiradamente se aprecia en el estilo de Ramírez Murzi, debe subrayarse otra característica: la soledad. Amor y soledad corren hacia el olvido, parece que testificaran las composiciones suyas. Esta fusión imparte un intrincado clima de abatidos hallazgos, la nostalgia flota como una niebla enternecida, próxima a la desembocadura del ensueño. Lentos fantasmas exquisitos surten estas canciones. Entonces revela un acento de afiebradas búsquedas interiores, sus imágenes aparecen heridas: Espérame en tu largo y sombrío corazón de arroyo. De tal inclinación, la angustia vibra extraña, vitalmente: Solo, otra vez. Profundamente solo, ante mi cuerpo. De allí que busque los escudos lacerantes de la noche, el terror de la muerte con sus hieráticos espejos. Pero el nexo «amor» no lo pierde de vista: El olvido es una palabra siempre para recordar. Tercera obra representada en esta selección: Alta noche, 1955. Rasga con los cuchillos del alba a la ansiedad del amor. Y a las criaturas maravilladas, como la lluvia. O el bosque enlutado de la elegía:

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Recuerdo, en el jardín, cómo se deshojaban las rosas al tocarlas. Apenas empezaba mi poesía, todavía pequeña, a vagar por los largos corredores, sola y trémula. Impresionante soledad. El tumulto le hace llorar, perder el camino: Sobre la noche impetro. Y remata: Sobre la noche siempre, como la desolada vanidad del último árbol. A veces irrumpen preciosas figuraciones: Los tréboles abrían sus moradas uñas para rasgar la piel del aire. Tiembla después su Otra soledad, serie lírica editada en 1956. Un hálito sepulcral refleja el tiempo. Hay colores desvaídos como la cera. Que «estamos destruyéndonos», advierte. En el «diario morir» el delirio se vuelve mortificación interiorizada, abismal, mejor. El prestidigitador, libro de 1956, trae halagos de primavera. Cierto cromatismo verbal alude al poeta en algunas formas de esta obra. Aun cuando el «Viernes Santo» (de una agria temática) sea uno de los poemas fundamentales de estos textos. Pero la terrosa dimensión del aislamiento ha quedado como distante en ciertos aspectos psicológicos del libro. En este sentido la composición «El prestidigitador» muestra una vivencia floral-sanguínea de gran intensidad. Sólo poemas corresponde a 1960. Corolario de sedienta ambición espiritual, sedimento del desvelo. Como una hiedra, el lenguaje
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de Marcos Ramírez Murzi corona la propia fantasía de su ámbito. Hay trozos de fulgores, desplegados enigmas. El cuerpo del amor puede convertirse en la melancolía sin fronteras. Y la «otra muerte», con qué caótica belleza tiembla al derrumbar sus torres, haciendo «sonar, enloquecidas, mis campanas». En calidad y en espacio esta Antología poética de Marcos Ramírez Murzi presenta un territorio de selecta y personal categoría estética.

Jean Aristeguieta RNC Nº 144 Enero, febrero 1961

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Miguel Ángel Asturias

LOS OJOS

DE LOS ENTERRADOS

Buenos Aires: Editorial Losada, 1960.

descanso son aquellos que tienen los ojos abiertos debajo de la tierra sin otra frontera que su impotencia, su impasividad; ojos abiertos con las pupilas vueltas hacia ese misterio que se llevan los seres cuando se van definitivamente. Los muertos que no descansan son muertos rebeldes, inadaptados a su no vida, espiantes de su venganza; son muertos vivos. Estos seres en vida, pasaban muriendo. Una leyenda indígena habla de este desasosiego de las almas, que, atentas a su propia justificación y aun a la ajena, no duermen su postrer descanso. En ella ha basado el título de su novela Miguel Ángel Asturias que, muy atento a la problemática social de su pueblo y al desenvolvimiento económico y cultural de los países subdesarrollados, ideó una trama novelística con esos elementos y puso en juego desde las pasiones más violentas hasta los más puros ideales o las más miserables ambiciones. ¿Qué viene a simbolizar esta obra tercera de una tetralogía bananera que no sea, a través de un escenario de pugnas innobles, la causa de los injustamente desposeídos? Y son estas criaturas puestas en la vida para vivir mucho más a la fuerza, como impelidas por
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un extraño fatalismo que les hace sudar mucho más también el pan cotidiano, las que comunican todo su humano vigor a las novelas de Miguel Ángel Asturias. Seres comunes o alucinados o enfermos de mesianismo, o incapacitados para hacer de su vida una creación volitiva, sublimes en su desgracia y en su renuncia, todos ellos palpitando en su afán de superación desfilan por las numerosas páginas de Los ojos de los enterrados, obra que, junto con otras del mismo autor viene a aportar a la novela sudamericana una indiscutible renovación. «¡Ya se están mamando otra vez los gringos!», frase llena de pintoresquismo con que se inicia la novela y que, repetida en diversas ocasiones por una pobre mulata viene a resumir el odio contra un pueblo que entronizó el capital, que elevó la especulación a los niveles más inasequibles. Y esto sigue siendo la novela, odio y desvelo por iniciar la propia justicia dentro de los contornos de un medio ingrato. Consigue Asturias matizar esa atmósfera de café, restaurante y sala de baile dominical, en que suele ser el más despreciado y a la par reverenciado el que deja más ganancias. Un café es un mundo en pequeño que gira en el desequilibro de las diferencias de sus visitantes; aquí el elegante, allá el pobremente ataviado meditando sus penas ante un modesto café con leche, acá el individuo de nacionalidad fastidiosa —aunque una nacionalidad no constituye por sí misma delito—, y armonizándolo todo, la máscara de la cortesía y el móvil de los intereses que hace que un patrón de bar, por antiyanqui que sea atienda mejor a esos individuos que merced a sus libaciones dejan todas las ganancias, Los ojos de los enterrados pone al descubierto estas tremendas ulceras sociales que son, tanto la mulata Anastasia, no más deseable por su complejo antiyanqui, puesto que allá en su desgarrada conciencia, eleva una ara al mal negando a su hijo natural o el amor a sus padres. Y este mulatito que se pasa por sobrino de Anastasia también es la ulcera social involuntaria, producto de una injusticia. Pobre harapo apenas vivo pidiendo limosna en el café donde trabaja su fingida tía, la mulata Anastasia, que cada día lo lleva en pos de sí y hace de él una víctima de la vida tan sólo por haberlo
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alumbrado. Pero lo que esta novela viene a representar es la sinrazón del drama de los desposeídos de sus modestas propiedades por una fuerza cuyo poder no es otro que la bestialidad de un ser que, creyéndose omnipotente, expulsa de sus tierras a los pequeños propietarios bananeros. Este ser es el norteamericano Maker Thompson. Transcurren los años que llenan de desgracias, de cotidianos sinsabores a esas pobres gentes desarraigadas; sin embargo el todopoderoso ve incrementarse sus bienes, asiste a la multiplicación de la riqueza. En este cuadro de injusticia social se destaca el odio de quienes, desenvolviéndose en el cauce del dolor diario, no pueden olvidar. ¡Cuánto sufrimiento humano iluminándose allá en el fondo del alma como una luz intermitente de llamada de atención! Es la idea fija que va socavando el camino que prepara las revueltas, que alimenta el punto rebelde de la autodefensa. ¡Ah!, pero ¿qué harían esas gentes tras el instintivo movimiento de defensa que ha quedado fallido, si no existieran esos como seres escogidos para cumplir el destino de todo un pueblo? Callar odiando, alimentar el rencor, el silencio de una existencia estéril. Los ojos de los enterrados tiene naturalmente este héroe en Juan Pablo Mondragón, cuya cabeza es puesta a precio por ser el más comprometido en un atentado contra el presidente de su país. Desde el momento mismo en que es señalado por tal delito, su existencia no será otra cosa que una constante huida, una inquietud maravillosa por lo que tiene de aventura, de insólita circunstancia en esas situaciones siempre nuevas e inesperadas que se le llegan para salvar su libertad y la otra mucho mayor que es la de todos los ciudadanos. No podía faltar el amor y Miguel Ángel Asturias lo trae a colación, sabiamente dosificado. Muchos son los personajes que habitan cuatrocientas ochenta y dos páginas, que se nos antojan demasiadas, independientemente de la calidad muy notable de la novela. La medida de las cosas importa en su total perfección, no abundando en aventuras la obra, porque no pertenece a ese género, no obedeciendo sus dimensiones a una prodigalidad en el estudio psicológico de sus criaturas, no había ninguna razón para dilatar tanto la trama, dando ello lugar a una
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sucesión de situaciones iguales a reiteraciones y a diálogos inútiles y vacíos; de ello se deduce la pérdida de interés, cosa muy de lamentar, porque estamos ante una novela que debe ser leída, que debe conocerse porque, cuanto de nuevo posee en la historia de la novelística sudamericana se debe a una rebeldía no ciega, sino dirigida y reflexionada que desea acabar con todas las actitudes pasivas, mantenidas durante decenios por un pueblo resignado y paciente. El mulato Sambito, hermano de Anastasia, merece como personaje de novela especial atención. Está mucho más conseguido que Mondragón, el protagonista, porque acaso éste no resulte del todo real, sino un producto intelectual de la creación de Asturias, algo conformado cerebralmente, sin modelo de carne y huesos en la humana existencia. Pero Sambito, con esa vibrante testarudez que sólo le hace considerar su culpa y el sufrimiento de los suyos despojados de sus tierras de la costa, se nos muestra tan auténtico bajo su piel abrasada, tan sin componendas sofísticas, porque si él decide hacer algo en contra de su patrón Maker Thompson no es por ninguna razón de orden político, sino por liberar su propia conciencia, para hallarle por fin descanso a su muerto, el padre, color de tierra dormida, tierra ensombrecida su piel, en la que destacan como dos grandes corolas los ojos abiertos del sin descanso. Aquí habla Miguel Ángel Asturias con humana voz, en el Sambito que aporta una ayuda indirecta a la comunidad a través de un móvil particular; ¿no son así los seres tangibles, miserables y sublimes, limitados e infinitos? En la evolución que ha venido experimentando el concepto de lo novelístico se ha concluido que éste puede ser algo bien simple: el relato de lo inmediato desde nuestro perspectivismo y ésta es la dificultad, lo subjetivo deformando y también enriqueciendo lo objetivo. La novela en América tenía dos caminos en ese retratar la vida: la sociedad y el paisaje; aquella fue por muchos años algo muy supeditado, muy marcado por las características de lo colonial; quedaba el paisaje como aportación de un elemento autóctono; es fama que el paisaje agobia la novela sudamericana; los temas indígenas que el romanticismo puso de moda no interesaban al
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intelectual sudamericano. La novela parecía así condenada a vegetar, pero he aquí que la sociedad en Sudamérica surge con toda su pujante personalidad, que reclama lo suyo, lo que es de derecho, que crece, que se torna adulta... Este mundo pletórico de vida y ambiciones es el que refleja Miguel Ángel Asturias en sus novelas más recientes, éste es el nuevo camino de la novela sudamericana.

Helena Sassone RNC Nº 144 Enero, febrero 1961

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Otto de Sola

DEL PARAÍSO

EL ÁRBOL

Berna: Ediciones Kohler, 1960.

que Otto de Sola es uno de nuestros mayores poetas. La depuración de su cultura personal (aun cuando haya quien sostenga que la cultura y la educación del gusto, la adquisición de mejores técnicas, etc., nada agregan al verdadero poeta) y el largo aprendizaje estético realizado a través de una vida dedicada casi exclusivamente a la poesía, a la consecución de un lenguaje noble y hermoso, lo sitúan entre los más notables creadores de este país. Junto a Pablo Rojas Guardia y Vicente Gerbasi, De Sola constituye, a mi juicio, la muestra más representativa del grupo Viernes. Mientras un Rojas Guardia aparece como el abanderado de la turbulencia y de la angustia (recordemos su ya famoso verso: «Amanecimos sobre la palabra angustia»), debatiéndose en un clima de audaces conceptos y atrevidas imágenes, Gerbasi y De Sola orientaron sus pasos hacia una especie de misticismo mesurado, hacia un tono de elevación religiosa, un poco sensual y hedonista, curiosamente cercano a los místicos y aun a los románticos alemanes, señaladamente a Novalis y Hölderlin. En este último
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aspecto acaso jugó un significativo papel la presencia en Venezuela, durante la eclosión de Viernes, del poeta chileno Humberto Díaz Casanueva, gran conocedor de las literaturas germanas y para entonces vinculado a los jóvenes artistas que oficiaban en el grupo de marras. De Sola ha publicado libros calificados. He aquí sus títulos: Acento, Cooperativa de Artes Gráficas, Caracas 1935; Presencia, Editorial Élite, Caracas 1938; De la soledad y las visiones, Editorial Élite, Caracas 1940; El viajero mortal, Litografía del Comercio, Caracas 1943, En este nuevo mundo, Litografía del Comercio, Caracas 1945; El desterrado en el océano, Editorial Jorgensen, Oslo 1952; Al pie de la vida, Noruega 1954 y En los cuatro siglos de Valencia, Editorial Labara, Marsella 1956. Ahora un nuevo libro de poesía bajo el título de El árbol del paraíso se agrega a la lista anterior. Esta obra fue editada en las prensas de la Editorial Kohler, Berna, Suiza, a fines del año pasado, y en ella es fácil advertir una visión más renovada y lúcida, donde el quehacer poético se reviste de cierta altivez creadora y va dejando, al impulso severo de la imagen, una cohorte de monstruos y de ángeles cuyo resplandor baja de lo alto como una lluvia de rosas y espadas. En El árbol del paraíso parece intentarse la reconstrucción del hombre a partir de sus profundidades, de sus mitos y sueños. No es propiamente una interpretación religiosa o histórica del Génesis (puesto que el poeta no es ni un teólogo ni un historiador) sino el libre vagar del artista por los senderos que su intuición le señala, desligado de toda cortapisa libresca que pudiera inhibir el curso de la imaginación. Ahora escribo sobre roca que ha quemado el relámpago El relámpago anduvo sacando de los lagos viejas mitologías Mientras la tierra inmensa empezaba a sentir Grandes raíces Raíces que se hundían y adentro tocaban el agua desconocida por la luz que picotean los pájaros.

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La poesía que escribe De Sola podría ser el resultado de una larga inmersión en la estética contemporánea. Su contacto con las diversas escuelas europeas (particularmente la gran tradición poética francesa, tan rica e ilimitada en la majestad de sus proyecciones) dotan al autor de El árbol del paraíso de la imprescindible información y formación técnica inherente a toda buena poesía de nuestros días. De Sola demuestra que ha digerido y asimilado los aspectos más positivos y permanentes del surrealismo y, notoriamente, del creacionismo, esa atrevida aventura del espíritu cuya paternidad se disputaron (y aún después de la tumba se disputan) Vicente Huidobro y Pierre Reverdy. En algunos de estos poemas parece agitarse naturalmente el fantasma de Apollinaire, el fantasma con la cabeza vendada, la cabeza luminosa y herida por el estallido de ciertas granadas bélicas. Pero en nuestro poeta, que no es precisamente un abanderado del surrealismo entre nosotros (¿quién es realmente un surrealista ahora, un surrealista puro?) se observa una mayor coherencia, un pensamiento lógico, ceñido a cierta anécdota. En este libro se cuenta algo, algo se dice y se expresa por encima del caos y la pugnacidad, a menudo frenética, de las palabras. Pero cuando se afirma que esta poesía establece una evidente secuencia anecdótica, no debe tomarse este aserto como una vuelta, por parte de Otto de Sola, al más remoto origen de la poesía: cuando ésta casi corría pareja con la historia y servía de vehículo, dócil y esclavizado, a la divulgación de un determinado hecho, una leyenda, un episodio histórico, etc. Aquí se trata de algo fundamentalmente diferente. Desde luego, el poeta no trabaja sobre un material desprovisto de sentido. Su voz debe ir asentada y equilibrada en una base coherente, susceptible de ser interpretada por quien la lea o escuche. El poeta no lanza sus palabras como quien se arroja en un mar de locura, ni de manera arbitraria va ensartando alaridos y gestos sin objeto ninguno. La poesía se entiende como una síntesis maravillosa, un raro milagro del talento y la inteligencia humana y está llena de luz y de verdad. Cuando De Sola se refiere al desgraciado destino de Caín (aún más desgraciado que el de Abel, puesto que éste fue —supongo—
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directamente al seno del Señor, y el otro quedó vagando como una bestia despreciable y maldita) no está haciendo historia, ni apoyándose de manera sumisa en un hecho demasiado discutible y hasta pueril. Está haciendo poesía, como la hicieron, por lo demás, gran parte de los autores de la Biblia. Observemos lo que nos dice Otto: Oh bosques temblorosos mirad haría el sur de vuestras hojas Hay un ángel caído un ángel muerto en el rocío Ven emigra dice la tiniebla al pesado cuerpo de Caín No se trata de amarrar fuertemente a los pies del Árbol del Paraíso A esos desatados animales de los montes Se trata únicamente de encontrar para ese niño solo y evadido de los anillos mágicos del sueño Los recursos del agua inmortal rumiando en los helechos Hay un ángel caído un ángel muerto Al sur de los bosques largos y temblorosos. En ese fragmento no será extraño encontrar las huellas del creacionismo, en su aspecto más puro. Pero tampoco será difícil advertir una armoniosa serenidad conceptual, en ningún modo avasallando a la imagen. Creo que puede hablarse de equilibrio. Y puede hablarse, además de cierta maduración del lenguaje poético y de que Otto de Sola ha orientado su imaginación hacia planos de más amplia universalidad creadora.

Juan Ángel Mogollón RNC Nº 144 Enero, febrero 1961

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Ángel Rosenblat

MALAS PALABRAS
Caracas: Ediciones Edime, Colección Grandes Libros Venezolanos, 1960.

BUENAS Y

la segunda serie de esta monumental y excelente obra de Ángel Rosenblat. El filólogo, fiel a su teoría o filosofía del lenguaje, coloca como inscripción o pórtico de la misma dos reveladores versos del nunca bien ponderado Arcipreste de Hita: «Non ha mala palabra, si non es a mal tenida; / verás que bien es dicha, si bien fuese entendida». En el prólogo al primer volumen de Buenas y malas palabras —una, creemos, de las obras más fascinantes y apasionantes de cuantas se han escrito en relación con el castellano hablado en Venezuela—, Mariano Picón Salas escribía, con su habitual perspicacia y lucidez, que Ángel Rosenblat fue, en los días actuales, el primero que se acercó a nuestra lengua viva no sólo con rigurosa actitud científica, sino también con simpatía de poeta que puede solazarse con los varios sentidos metafóricos, la alusión o elusión, que comporta cada lenguaje. Así sus trabajos, añadía, no se enclavan en un cerrado campo lingüístico porque son, a la vez, testimonios invalorables en la historia de nuestra cultura.
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La lengua, para el filólogo Ángel Rosenblat, no es jamás un conjunto rígido de signos catalogados en un diccionario o en una gramática. Es, por el contrario, un sistema vivo, abierto, con posibilidades infinitas. El hablante, dice, en el acto de hablar, está recreando su lengua, y procede de acuerdo con el juego interno de las fuerzas expresivas. Cada palabra se enriquece así continuamente con sus acepciones metafóricas, y el sistema se acrecienta por derivación. Si unas formas se desgastan y mueren, otras surgen pujantes, con ímpetu vital y se imponen. Es la ley de la vida. En la persona de Ángel Rosenblat se unen y condensan el rigor del filólogo, la magia del poeta y el poder de penetración y de análisis del crítico, amén de una causticidad que llega, en determinados casos, a extremos no sólo polémicos sino hasta desafiantes. Tocado o armado de tan singulares dones y de un conocimento lingüístico rayano en lo insólito, Rosenblat analiza, destripa, somete a fuego lento palabras, frases, dichos, modismos y expresiones del habla venezolana actual. Pero no se conforma sólo con eso. Rosenblat historia o biografía o radiografía cada frase, cada giro, cada expresión, revelándolos en su origen, cúspide y decadencia. Que es, en cierta forma, como revelar la sustancia íntima del ser venezolano. Tal vez por ello alguien ha dicho de esta obra que aspira a iluminar, desde el ángulo visual de la filología, la historia de la formación venezolana. Si en la primera serie de Buenas y malas palabras desentrañaba Rosenblat el significado de vocablos tan curiosos como rubiera, mandinga, carraplana, panela, hallaca..., aquí incide sobre el san, el vale, el degredo, el pote, el loco de bola... Ante estas expresiones —familiares, populares— el autor no se arma de una mordaza o de un garrote —como seguramente haría cualquier purista o cancerbero del idioma— sino de una sonrisa comprensiva. Rosenblat «sólo se burla de la pedantería, de la afectación, de la falsa ciencia. Ama la libertad y —es sin duda un romántico inveterado— ama al pueblo». Abre el volumen un exhaustivo, lúcido, denso y apasionante ensayo en torno al purismo lingüístico en Venezuela. En él, tras
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enumerar y enjuiciar Ángel Rosenblat a muchos de los que en el purismo venezolano han sido, destaca dos actitudes extremas y señeras: la de Andrés Bello, que siendo un hombre de ideas social y políticamente moderadas, fue, en el mejor y más profundo sentido del vocablo, un reformador o revolucionario del idioma; y la de Rafael María Baralt, que siendo un liberal, un hombre para entonces de ideas socialmente avanzadas, fue, por el contrario, un empecinado y adusto conservador en materia lingüística. El filólogo Rosenblat escribe ahí cosas como éstas: «frente a la conservación, se abre paso la innovación. La historia de una lengua es la historia de sus innovaciones». «En general la obra del purismo o ha sido ineficaz o ha coartado, en ciertas esferas de la expresión, la movilidad y modernización de nuestro castellano.» Pero
no todo es purismo represor en la historia de nuestra cultura (...) Lo que tienen de más creador nuestras letras, desde Bolívar hasta Rómulo Gallegos, representa la negación rotunda de ese purismo. Y el dilema es claro y no ofrece otra alternativa: o se queda uno con la literatura venezolana, con su poesía, su novela, su cuento, o se queda uno con su purismo.

Buenas y malas palabras es, en suma, un libro valioso y apasionante, digno de figurar en todas las bibliotecas del mundo.

Plá y Beltrán RNC Nº 144 Enero, febrero 1961

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Corrección de textos César Russian Diseño gráfico y portada Clementina Cortés Diagramación Ana Beatriz Martínez Impresión Ediciones Anauco

Esta revista se terminó de imprimir en el mes de marzo de 2009 en los talleres de Ediciones Anauco, Caracas, Venezuela. En su diseño se utilizaron las familias tipográficas Futura y Berkeley. En su impresión se usó papel Saima Ivore de 60 gramos. La edición consta de 5.000 ejemplares.

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