SI AGUSTÍN

VIVIERA
EL IDEAL RELIGIOSO DE SAN AGUSTÍN HOY

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THEODORE TACK, OSA

SI AGUSTÍN VIVIERA
El ideal religioso de san Agustín hoy
2.a edición

EDICIONES PAULINAS

Introducción

AN AGUSTÍN fue, sin duda alguna, una personalidad de gran relevancia. Han transcurrido dieciséis siglos desde la fecha de su nacimiento, el año 354 d.C, y de su conversión a la fe católica, el año 386. Aunque gozaba de amplia notoriedad en la Iglesia de su época, se le conoce aún mejor y se le lee con mayor profundidad y despliegue en nuestros días. Personas hubo que, cuando él era obispo en el norte de África, discrepaban de sus opiniones —Pelagio, por ejemplo, fue uno de sus mayores adversarios intelectuales—, y han seguido existiendo personalidades discrepantes con diversos aspectos de su enseñanza en los siglos posteriores, incluyendo el nuestro. Pero la Iglesia en su globalidad ha concedido gran crédito a este hombre brillante, profundo y de gran prestigio personal. Y este fenómeno tuvo lugar en vida de Agustín y lo ha seguido teniendo a lo largo de los siglos. Resulta un hecho incuestionable que su influjo se ha dejado sentir con mayor intensidad ahora que en tiempos pasados. No hay sino pensar en la cantidad de citas, tanto implícitas como explícitas, que los padres conciliares tomaron de él en el Vaticano II para calibrar el alcance del hecho. En la actualidad sigue siendo uno de los autores a nivel mundial sobre el que existe más bibliografía. Por lo que respecta a las últimas décadas, se han publicado en torno a él cientos y cientos de artículos y libros tanto en torno a su personalidad como a sus obras. Circunscribiéndonos a uno de sus libros, las Confesiones, hay que subrayar que se han traducido a casi todas las lenguas modernas del mundo y sigue gozando de amplia difusión. En muchos aspectos se le puede considerar como un best-seller, probablemente el éxito editorial más importante después de la Biblia.

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© SAN PABLO 1990 (Protasio Gómez, 11-15. 28027 Madrid) © Alba House - New York 1988 Título original: IfAugustine Were Alive Traducido por José Cosgaya, OSA Fotocomposición: Marasán, S. A. San Enrique, 4. 28020 Madrid Impreso en Artes Gráficas Gar.Vi. 28970 Humanes (Madrid) ISBN: 84-285-1333-3 Depósito legal: M. 36.762-1993 Impreso en España. Printed in Spain

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¿ Qué decir de este hombre que vivió hace tantísimo tiempo y cuyo poder de convocatoria ha llegado hasta la gente de nuestra época? Su genio teológico y filosófico no es cuestionable, es cierto. Pero me gustaría poner de relieve de que su convocatoria llega a mucha gente de hoy precisamente por haber sido tan profundamente humano, en el mejor sentido de la palabra. Él nos proporciona métodos de introspección psicológicamente válidos; su odisea personal es idéntica a la de muchos de nosotros; su sed de Dios y las dificultades que experimentó en la búsqueda de Dios y en mantener lo conquistado son una marcada referencia a una necesidad humana básica. Más aún: los problemas que fue planteándose en la vida diaria son muy similares a los problemas a los que tenemos que hacer cara nosotros. Vivimos unos tiempos bastante análogos en cuanto a cataclismos sociales. Un profundo cambio flotaba en el aire a comienzos del siglo V. Nadie tenía conciencia de lo que traía consigo, ni del rumbo que tomaría, ni de su desenlace final. Por otra parte, él puso al desnudo su alma, su inteligencia, sus sentimientos y su herencia cristiana de tal modo que las personas que son honestas consigo mismas pueden hallar todavía en Agustín una especie de reflejo de su propia vida íntima y de sus luchas personales. También Agustín había realizado un profundo buceo en la vida cristiana misma, y todo aquello que subrayaba ante el pueblo, en especial a los cristianos consagrados, constituye la idea nuclear que muchas de las familias religiosas tienden a acentuar actualmente. Agustín promovió de una manera vigorosa un profundo sentido de la comunidad cristiana, una búsqueda común de Dios y de la alabanza divina, una amistad auténtica y un respeto verdadero hacia el individuo, aunque éste viva en comunidad. Estimuló a otros a profundizar en la vida interior y a emprender una búsqueda incesante de la sabiduría y de la verdad. Personalmente partía de la convicción de que hallarían a Dios precisamente a través de esta búsqueda. Y, sobre todo, lo que él ansiaba era que encontraran y sirvieran a Cristo unos en otros mediante un servicio y amor mutuos, prácticos y totales. Cualquier tipo de liderato dentro de la Iglesia tenía que basarse más en el amor que en el temor. En todo esto subrayó la dignidad y el valor intrínseco de la persona humana en un entorno social, tema que constituye objeta constante de violación en nuestra época. 6

Los capítulos de este libro se centran precisamente en estos y otros puntos similares y, aunque van dirigidos principalmente a los cristianos que se han consagrado, dentro de la vida comunitaria, al servicio de los demás, tanto en el apostolado activo como en el contemplativo, creo que pueden prestar un buen servicio a todos los cristianos que tratan de acercarse más al Señor. En realidad, muchos de los ejemplos que he tomado de Agustín iban originariamente dirigidos a la totalidad del pueblo cuando se dirigía a él en lenguaje muy familiar dentro de su iglesia catedral. El papa Pablo VI fue gran admirador de san Agustín. En una de sus audiencias generales en Roma contó que había intentado leer al menos una página diaria de san Agustín. En otra ocasión recalcó que, si Agustín viviera hoy, se expresaría de idéntico modo a como lo hizo hace mil seiscientos años, porque personifica una humanidad que cree y ama a Cristo y a Dios (3 de noviembre de 1973). Este pensamiento ha dado título al presente libro. La admiración del papa actual por Agustín no es menos evidente. Juan Pablo II cita a san Agustín a lo largo y alo ancho de sus escritos y homilías. Más aún: con ocasión del XVI centenario de la conversión de san Agustín (1986), publicó una extensa carta apostólica en que expresa también lo que Agustín tiene que decirnos a los hombres de hoy. En los capítulos de este libro he citado con frecuencia a Agustín precisamente porque también yo creo que tiene mucho que decir a la generación actual. Tengo, por lo demás, muy constatado que éste es el sistema que han apreciado una amplia mayoría de ejercitantes a los que originariamente he brindado estas reflexiones durante los últimos cuatros años como parte de un programa de retiros. Su entusiasmo por Agustín y el ánimo que me han infundido me ha llevado actualmente a ofrecer estas ideas a una audiencia más copiosa. Al traducir el pensamiento de Agustín al inglés moderno he tratado de emplear, dentro de lo posible, un lenguaje universal. A veces, no obstante, este tipo de traducción no ha logrado acomodarse a las circunstancias en que Agustín se dirigía a grupos específicos de hombres o mujeres. Aunque de la Regla de Agustín hay dos versiones, una masculina y otra femenina, por razones de nexo y de conveniencia he empleado únicamente la versión masculina. La forma

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femenina es exactamente la misma, excepción hecha de los cambios pertinentes en base al uso de las formas pronominales. En la conclusión de la Regla, Agustín dice a sus lectores que tiene la esperanza de que les sirva de espejo en que puedan mirarse. Yo no pretendo tanto, pero tengo la esperanza de que estas reflexiones sirvan de estímulos y sean un reto para todos los que desean unirse más íntimamente a Cristo.

1. Vida comunitaria La experiencia agustiniana

ESDE SUS P R I M E R O S días Agustín soñaba con sus amigos, se sentía tonificado y se hallaba a sus anchas con ellos. También éstos sentían un gran atractivo por su persona debido a su fuerte personalidad, realmente cálida y fascinante '. A la luz de esto no resulta difícil comprender cómo, incluso con anterioridad a su conversión, Agustín proyectó con sus amigos la formación de una especie de comunidad entre ellos. Quizá el proyecto que acariciaban podría denominarse una comunidad "filosófica"; es decir, una comunidad entregada a la búsqueda de la sabiduría a través de la reflexión individual y de la puesta de todos los bienes en común. Se trataba de llevar a efecto una comunidad real. Según nos cuenta Agustín mismo, se trataba de adoptar una separación de las masas, de establecer un fondo común de todas las posesiones y, partiendo de este punto, compartir las responsabilidades de modo que la mayoría quedara libre de toda preocupación personal de los bienes materiales. El proyecto se vino abajo, como era de suponer, cuando cayeron en la cuenta de que sus mujeres no estarían de acuerdo con el plan 2 .
1 Véase Confesiones 4,4,7. Mientras no conste lo contrario, todas las citas de las Confesiones de san Agustín están tomadas de la versión de John K. Ryan, Carden City, Image Books, Nueva York 1960. Esta idea puede verse con más detenimiento más adelante, en el c. 3, "Verdaderos amigos en Cristo". 2 Ib, 6,14,24.

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Lo que en todo este asunto resulta más interesante es que Agustín no tenía ni la más remota idea de la vida monástica que por entonces ya existía en la Iglesia. Tanto para él como para su íntimo amigo Alipio fue una revelación y una fuente de sorpresas lo que Ponticiano, su amigo y compatriota de África, les contó sobre un monje egipcio llamado Antonio; lo que les relató acerca de algunos m o nasterios que florecían en el yermo, y concretamente sobre un monasterio que se encontraba precisamente en Milán, donde Agustín vivía por aquellas fechas 3 . Ponticiano y su relato impactaron profundamente a Agustín. Realmente este relato significó un cambio en su vida, si bien es cierto que ya había ido madurando un proyecto así desde hacía años. Se sintió tan impresionado con las palabras de Ponticiano, que, tras despedir a su invitado, irrumpió en el jardín de la casa de campo donde él y Alipio se alojaban para encontrarse a solas consigo mismo. Después de sufrir allí las congojas de sentirse interiormente roto por dos sectores de sí mismo que litigaban entre sí, finalmente prevaleció la gracia de Dios y se sintió capaz de retornar con todo su corazón al Señor 4 . Esto ocurría a primeros de agosto del 386. A p r o x i madamente durante los seis meses siguientes que precedieron a su bautismo, Agustín vivió una especie de experiencia comunitaria en Casiciaco, pequeña casa de campo a unas 30 millas al norte de Milán. Aunque en esta comunidad se hallaba integrado un sector de su familia —su madre, M ó nica; su hijo Adeodato, su buen amigo Alipio, otros varios parientes, amigos y estudiantes—, quizá podamos hablar de ella como de la primera comunidad agustiana verdadera 5 .

Ideal r e l i g i o s o de Agustín Tras la muerte inesperada de Mónica a comienzos del otoño del 387 en el puerto de Ostia, Agustín se demoró en los alrededores de Roma un año bien cumplido. Durante este tiempo visitó diversas comunidades religiosas en Roma y sus proximidades, recabando más y más informes sobre otros monasterios "que funcionaban en otras partes 6 . Probablemente durante este lapso de tiempo es cuando en su mente llegó a madurar la idea sobre el tipo de comunidad religiosa que proyectaba tanto para él como para sus amigos cuando retornaran a África. Posidio, buen amigo de Agustín, colega de obispado y su principal y primer biógrafo, nos cuenta que Agustín fundó de hecho esa primera comunidad religiosa en su ciudad natal de Tagaste (hoy Souk Ahras, Argelia), lo más probable en otoño del año 388, poco después de su vuelta a África desde Roma. En ese emplazamiento, junto con algunos amigos y conciudadanos, todos laicos como él, hizo vida de comunidad, ayunando, orando, haciendo buenas obras y m e ditando continuamente la palabra de D i o s 7 . Es poco más lo que sabemos en torno a esta primera comunidad religiosa agustiniana. La situación continuó aproximadamente durante tres años, hasta que, a finales del 391, Agustín fue ordenado presbítero y fundó su segundo monasterio, esta vez en la ciudad portuaria de Hipona (hoy Annaba, A r g e lia), al lado de la iglesia, en un jardín que le regaló su obispo Valerio. Posidio subraya que el estilo de vida de esta nueva comunidad agustiniana estaba modelado según la comunidad cristiana de la Iglesia naciente en tiempo de los apóstoles 8 ,
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De morihus Ecclesiae Catholicae I, 31-33 (en adelante la citaremos De mor. eccl.

cath.). POSIDIO, Vida de Agustín 3,1. En adelante la referencia será "Posidio". Una versión inglesa de su Vida puede encontrarse en E. A. FORAN, OSA, The Augustinians, Burns Oates and Washbourne, Londres 1938. Las citas de este libro son traducción del autor. 8 Es decir, la comunidad de Jerusalén: cf He 4,32-35. (Las citas bíblicas están tomadas de la New American Bible, 1970 y 1986, de la Confraternidad de la Doctrina Cristiana, Washington, D.C.).
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Ib, 8,6,14. Ib, 8,8-12. Ib, 9,4-6.

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pero continúa diciendo que esto no constituía novedad alguna, porque Agustín ya había establecido este estilo apostólico de vida en su primer monasterio de Tagaste "cuando retornamos a nuestra patria surcando los m a r e s " 9 .

Orígenes de la " R e g l a " de san A g u s t í n Aunque no todos los estudiosos están de acuerdo, hay una corriente de opinión muy consistente que sostiene que la Regla l0 de San Agustín a sus religiosos fue redactada en torno a los años 396-397, probablemente con ocasión de la entronización de san Agustín como obispo de Hipona tras la muerte de Valerio. Por esta época decidió abandonar su primera fundación de Hipona y fundar un monasterio para clérigos que vivieran con él en su residencia episcopal. El porqué del abandono de este primer monasterio de Hipona nos lo explica personalmente Agustín: no sería indicado para el obispo vivir en él, subraya, porque se vería precisado a recibir a la gente a todas las horas del día, y su deseo era que no sufriera menoscabo la paz y el sosiego de los hermanos con tantas idas y venidas " . El anhelo de Agustín por seguir el ideal de la comunidad primera de Jerusalén se ve puesto claramente de relieve en esa regla de vida redactada para sus seguidores. También es interesante observar que treinta años más tarde, a sus setenta y dos años, Agustín confirmó de una manera solemne, en su iglesia catedral que este mismo ideal fue el modelo aceptado por él tanto para su persona como para los hermanos que vivían en su compañía. Con tal motivo hizo que el diácono Lázaro leyera el pasaje de los Hechos de los Apóstoles (4,31-35) que describe la primera comunidad cristiana:
POS1DIO, 5,1; cf Sermón 355,2. 10 The Rule of saint Augustine, con introducción y comentario de T. J. van Bavel, OSA, trad. de R. Canning, OSA, Darton, Longman and Todd, Londres 1984, 3-4. 11 Sermón 355,2.
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"Retembló el lugar donde estaban reunidos, los llenó a todos el Espíritu Santo y anunciaban con valentía el mensaje de Dios. En el grupo de los creyentes todos pensaban y sentían lo mismo: lo poseían todo en común y nadie consideraba suyo nada de lo que tenía. Los apóstoles daban testimonio de la resurrección del Señor Jesús con mucha eficacia. Todos ellos eran muy bien mirados, porque entre ellos ninguno pasaba necesidad, ya que los que poseían tierra o casas las vendían, llevaban el dinero y lo ponían a disposición de los apóstoles; luego se distribuía según lo que necesitaba cada u n o " . Acto seguido, Agustín recibió las Escrituras del diácono, volvió a leer en voz alta el mismo pasaje y lo comentó al pueblo que abarrotaba la iglesia: "Acabáis de escuchar cuál es el objeto de nuestras aspiraciones. Orad para que seamos capaces de vivir este estilo de vida" n. El objetivo principal de la Regla de san Agustín es muy sencillo: tanto los hermanos como las hermanas han de vivir en su respectiva casa religiosa de manera armoniosa, y ser un alma sola y un solo corazón orientados hacia Dios 13. La única gran exigencia, pues, que se hace a todos cuantos se integran en este estilo de vida religiosa es que traten continuamente de formar una comunidad donde todo esté claramente dirigido hacia Dios y donde se haga hincapié en la unidad y concordia. En pocas palabras, en la Regla todo apunta a la formación de una comunidad de fe y de amor. Una de las características más llamativas de esta comunidad es que hay que buscar, encontrar y poseer a Dios en y a través del amor e interés mutuo de los h e r m a nos/hermanas, del amor y a través del amor de unos por otros. Este auténtico amor e interés, esta unanimidad y concordia, constituye una reverencia real de Dios en el
Sermón 356,2. Regla de san Agustín, n. 3 (c. 1,2). A menos que se determine lo contrario, todas las citas de la Regla están tomadas de la traducción de Robert P. Russell, OSA, Villanova, PA, Provincia de Santo Tomás, 1976. El P. Russell emplea una numeración continua de la Regla. (La referencia que va entre paréntesis se refiere a la versión de Van Bavel.)
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compañero religioso que cada cual tiene a su lado: cada uno de ellos reconoce que los otros son templos de Dios tanto como lo es él mismo y, consiguientemente, todos ellos juntos constituyen el único templo del Señor 14. Agustín ve esta unidad de su culminación religiosa en su unidad con Cristo: "No son muchas almas, sino una sola: el alma única de Cristo"15. U n agustinólogo ha llegado incluso más lejos. Ha llegado a decir que la vida de comunidad tal como la interpreta Agustín constituye en sí misma la "adoración primaria de D i o s " que le brinda la persona 16. Desde este punto de vista puede dar la impresión de que el amor y servicio mutuos de unos a otros adquiere un aspecto cuasilitúrgico, una honra pública de Dios, presente en la persona del otro. Esta simple idea da una nueva y auténtica dimensión profunda a la vida comunitaria, dimensión que podría transformar muchas comunidades e incluso las vidas de cuantos viven juntos, si se le diera una mejor interpretación o se pusiera en ella un énfasis más rotundo.

Unidad en el amor a través de la c o m u n i d a d Si en el texto original latino de la Regla buscas la palabra "comunidad", explícitamente sólo la hallarás una sola vez 17. Sin embargo, el concepto de comunidad penetra cada uno de los aspectos de esa Regla. Todos y cada uno de los detalles van dirigidos al otro, encaminados a hacer posible lo que Agustín ha establecido como primer objetivo que hay que poner en práctica en la vida religiosa. Muchas de las situaciones que Agustín describe y muchos de los conseIb, n. 9 (c. 1,8); véase también En. in Ps. 131,5. Carta 243,4. TARCISIUS VAN BAVEL, OSA, Community Life in Augustine, en "The Tagastan" (actualmente conocida como "Augustinian Heritage") 29 (1983), n. 2, 124. Véase asimismo el Código de Derecho Canónico, 607,1, donde se acentúa la consagración personal. La existencia total del religioso es, de este modo, un acto continuo de adoración a Dios en la caridad. 17 Véase Regla, n. 8 (c. 1,7).
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jos que da en este librito van encaminados hacia esta meta primordial. A Dios se le ama y se le honra de verdad a través del servicio religioso concreto que nos hacemos unos a otros. Estos pequeños detalles de la vida, y en especial la actitud interior que los acompaña, son precisamente lo que aspira a hacer que muchos sean uno, al igual que el Padre y Jesús son uno 18. Más aún: el principio básico de la unidad que subyace en todos estos detalles y que unifica todas las facetas de la comunidad agustiniana no es otro que el amor. El mismo Agustín declara que el religioso progresará en el amor en la medida en que muestre mayor interés por las cosas comunes que por las propias 1 9 . Esta misma insistencia en el amor fraterno como medida de progreso encaja a la perfección con las experiencias tremendas de Agustín ante la descripción que el Señor hace del juicio final. En este juicio se contempla que la felicidad eterna de los bienaventurados depende de amor que hayan mostrado hacia sus hermanos y hermanas necesitados, servicio que, por un lado, se caracteriza por la abnegación real y, por otro, se observa en la auténtica estima de quienes son los pequeñuelos de Dios. La pregunta que surge aquí totalmente natural es ésta: ¿No hay que citar especialmente entre estos bienaventurados a quienes lo han abandonado todo para abrazar la vida religiosa, por su total abnegación en el servicio y por la estima que les han merecido los demás, comenzando por sus hermanos de vida religiosa en la comunidad? Por supuesto que éste parece ser el sentir de Agustín 2 0 .

Compartir e interesarse según la " R e g l a " Contemplemos en una instantánea cuánta abnegación y estima, cuántos estímulos mutuos y cuánta comprensión,
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Jn 17,21. Regla, n. 31 (c. 5,2). Mt 21,35-46; SAN AGUSTÍN, Sermón 389,4-5; 60,8-10.

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cuánto compartir e interesarse afloran en los temas e ideas siguientes, tomados de la Regla: 1) Todos los religiosos recibirán de acuerdo con sus necesidades particulares y compartirán alegremente todo cuanto tienen o cuanto puedan recibir en concepto de regalo. La humildad —que permite a las personas contemplarse a sí mismas como son en realidad en la presencia de Dios y aceptar las diferencias de cada cual— debe ser su guía constante, sin que para ello sea óbice la extracción social de donde proceden, porque en la comunidad todos tenemos una meta común: vivir en armonía unos con otros con la finalidad de ser unos en el único C r i s t o 2 1 . 2) Todos los miembros de la comunidad están convocados a la oración común en tiempos señalados, y si alguien desea orar en su tiempo libre, los demás deben ser transigentes con él, al menos siendo lo suficientemente considerados como para no molestarle en su oración 2 2 . 3) Se espera que los religiosos sean comprensivos cuando, por razones especiales, a otro se le proporcionan comidas o vestidos extraordinarios que no se les da a los demás 23 . 4) Los enfermos deben constituir objeto de especiales cuidados por parte de la comunidad. Con esta finalidad se designará a un religioso concreto para que supervise los cuidados de los que son objeto los enfermos 2 4 . 5) Aunque la castidad es una ofrenda muy personal a Dios, Agustín alerta a la comunidad a que sea consciente de su propia responsabilidad en este asunto, exhortando a todos a que practiquen una vigilancia y cuidado mutuos unos sobre otros, porque de este modo "Dios, que habita en vosotros, os garantizará su protección". Una vez más se pone de relieve la idea de la presencia de Dios en cada religioso
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concreto y en la comunidad, como estímulo para salvaguardar de un modo práctico la mutua consagración 2 5 . 6) De modo muy similar, la corrección fraterna es un signo de amor esmerado. Quienes no exhortan a quien está en peligro no sólo le hacen un flaco servicio a esa persona, sino que comparten totalmente la inculpación y constituyen una decepción en su amor tanto por la persona como por la comunidad 26 . 7) Todas las obras hay que hacerlas por el bien común, no por el medro personal 2 7 . 8) Cuando los religiosos salen fuera, se darán mutuo apoyo yendo j u n t o s 2 8 . 9) De todo aquel que ofende a otro se espera que pida perdón y que se le conceda lo antes posible, porque no puede existir armonía ni concordia donde se permite que las heridas se enconen 2 9 . 10) Finalmente, la obediencia es necesaria no sólo porque Dios habita en el superior, sino también porque es un modo de demostrar piedad y compasión frente a toda la comunidad. Porque en realidad es la comunidad la que se ve injuriada por quienes se niegan a obedecer, ya que tales individuos ponen su propia voluntad y su medro personal por encima del bien c o m ú n 3 0 . En todos estos puntos podemos observar que la comunidad orientada a estilo agustiniano tiene a la vez dos realidades: una espiritual, que es la búsqueda común de Dios, objetivo principal; otra verdaderamente humana, que es la construcción de una fraternidad de amor, de acogida, de soporte, de preocupación y de reto. Estas dos realidades —la espiritual y la humana— quedan fusionadas en una sola, dada la insistencia de Agustín en que el religioso sea cada día más consciente de la presencia de Dios en todos y
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Regla, nn. 4-9 (c. 1,3-8); n. 32 (c. 5,3). Ib, nn. 10-13 (c. 2,1-4). Ib, nn. 14-17 (c. 3,1-4). Ib, n. 18 (c. 3,5); n. 37 (c. 5,8).

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Ib, n. 24 (c. 4,6). Ib, nn. 25-26 y 28 (ce. 4,7-8 y 10). Ib, n. 31 (c. 5,2). Ib, n. 36 (c. 5,7). Ib, nn. 41-42 (c. 6,1-2). Ib, nn. 44-47 (c. 7,1-4).

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en cada uno. En la medida en que esta consciencia toma auge, la búsqueda de Dios y la construcción de la fraternidad constituyen un esfuerzo único y común. Este impulso comunitario es también algo antagónico de todo cuanto favorece al yo: las posesiones personales, el poder, el orgullo, la independencia, la competencia, el egoísmo..., elementos que con frecuencia caracterizan las relaciones de la sociedad secular y que, desgraciadamente, llegan a considerarse el no va más del progreso y de la realización personal dentro de la sociedad. Una frase de Agustín sintetiza a la perfección el énfasis que pone en el amor mutuo de hermanos o hermanas en la comunidad como culminación de sus esfuerzos por amar a Dios: "¿Son perfectos los que saben vivir en común? Perfectos son los que cumplen la ley. Pero ¿cómo se cumple la ley de Cristo por parte de aquellos que viven en comunidad como hermanos o hermanas? Escuchad lo que dice el apóstol: Arrimad todos el hombro a las cargas de los otros, que con eso cumpliréis la ley de Cristo (Gal 6,2)" 3 1 . A lo largo y a lo ancho de la Regla se intima a los seguidores de Agustín a acarrear las cargas de los hermanos y hermanas como si fueran propias. De este modo quedarán capacitados para saber que realmente están imitando a Cristo y su amor.

donde uno se encuentra con Dios. Agustín emplea un lenguaje realmente curioso: 'Todo el que desea vivir bajo un mismo techo conmigo tiene a Dios como posesión'... N o resulta fácil hallar otra legislación donde la noción de c o munidad se haya constituido de una manera tan consciente y vigorosamente en punto central de toda la vida monástica. Ser una familia de Dios, ser una comunidad de amor y esforzarse dentro de esta comunidad en la realización perfecta de los ideales de la vida cristiana es la idea nuclear de todo cuanto Agustín hizo al establecer esta forma de vida monástica" 3 2 . "¿Por qué darle tanto realce a la comunidad? ¿No será porque la tendencia a reforzar el propio ego y el individualismo son los principales obstáculos para vivir el evangelio?... La visión agustiniana de la comunidad es una protesta contra la indiferencia frente a la gente y contra la falta de igualdad que existe entre las personas como con harta frecuencia lo constatamos en la sociedad" 3 3 . "La única condición que Agustín le puso al obispo Valerio antes de ordenarle sacerdote fue quedar disponible para continuar viviendo en comunidad. Y la única cosa en la que siempre insistió, a medida que fue adaptándose a las distintas necesidades apostólicas de la Iglesia, fue la comunidad. Toda su actividad apostólica se basó en la c o m u n i d a d " 3 4 .
32 ADOLAR ZUMKELLER, OSA, Augustine's Ideal of the Religious Life, trad. de E. Colledge, Fordham University Press, Nueva York 1986, 126-127. 33 T. VAN BAVEL, OSA, Espiritualidad agustiniana, en Presencia, La Paz, Bolivia, domingo 16 de noviembre 1980. Véase asimismo T. VAN BAVEL, OSA, Community Life in Augustine, en "The Tagastan" 29 (1983), n. 2, 128-129: "En el monacato egipcio vemos a la cabeza de la comunidad el abba o amma, a través de los cuales los monjes más jóvenes escuchan la voz del Espíritu Santo... Con Agustín ocurre algo distinto: es la comunidad en su totalidad la que se halla reunida en torno al evangelio y escucha a Cristo como maestro interior. Consiguientemente, la construcción de la comunidad se considera mucho más como tarea de todos y cada uno de los miembros del grupo. Tenemos que escuchar a Cristo y su mensaje como grupo". 34 A. MANRIQUE-A. SALAS, OSA, Evangelio y Comunidad, Ed. "Biblia y Fe", Escuela Bíblica, Madrid 1978, 201-202. Véase también L. VERHEIJEN, OSA, Acts 4,31-35 in the Monastic Texts of St. Augustine, en Second Annual Course on Augustinian Spiriruality, Roma 1976, 58: "San Agustín constató que esta fraternidad en un monasterio es una forma concreta del espíritu fraterno de toda la Iglesia: el anima una es el anima única Christi".

El puesto central de la vida comunitaria Cuantos se han ocupado del tipo de vida descrito por Agustín en su Regla han puesto siempre de relieve el lugar central que ocupa la comunidad en este género de vida. Aún más: han subrayado este puesto central como algo muy característico del proyecto agustiniano de vida religiosa. Algunos ejemplos de autores modernos nos ayudarán a ilustrar este punto: "Para Agustín la vida en común es más de lo que los términos quieren significar. Es en la vida de comunidad
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En. in Ps. 132,9.

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Estas expresiones, que revelan la importancia básica de una vida comunitaria orientada a la persona en el ideal religioso de Agustín, constituyen una estupenda razón para detenernos a reflexionar en qué puede y debe consistir tal estilo de vida. Quien vive este estilo comunitario y se esfuerza por conseguir el ideal expuesto ya posee a Dios y brinda a los demás un modelo de lo que es el ideal cristiano real, modelo que sirve no sólo para otros religiosos, sino quizá de manera específica para todas las familias cristianas. Al mirar por los demás antes que por su propia persona, el religioso lanza un signo de protesta tanto contra las prioridades que el mundo se ha fijado para sí mismo como contra el terrible mal de la soledad y del abandono que tantos y tantos experimentan en nuestra sociedad computerizada. Al escuchar el evangelio con el resto de los miembros de la comunidad, los religiosos declaran paladinamente que nadie posee toda la verdad, y que Jesús habla y enseña ya cuando dos o tres están reunidos en su nombre. Más aún: si bien es cierto que podemos aprender muchas cosas unos de otros, es Jesús en realidad el maestro interior y, por tanto, nuestro guía constante y nuestro director espiritual definitivo 3 5 . Por último, el estilo de vida religiosa de Agustín no constituye un rancho aparte de las corrientes principales de la Iglesia. Es justamente todo lo contrario: es base de todo servicio apostólico y un auténtico reflejo de esa unidad del amor en Cristo que debe caracterizar a todos los cristianos.

Resumen Para compendiar brevemente, el puesto central de la comunidad teniendo en cuenta el concepto y la experiencia de la vida religiosa de Agustín podemos esquematizarlo como sigue: 1) En esta comunidad hay que buscar, poseer y honrar a Dios de un modo muy concreto: en y a través de los hermanos religiosos. 2) La comunidad vivida así es un acto de adoración a Dios. 3) Toda la Regla está orientada al otro; nos urge a compartir y a cuidar todo cuanto conduce a la unanimidad y a la concordia. Más aún, el progreso en el amor se mide por el grado en que se busca el bien común por encima de los propios intereses. 4) Finalmente, esta comunidad elimina todas las formas de egoísmo, porque el egoísmo es el mayor obstáculo de la visión evangélica de la vida y del seguimiento de Jesús. El centralismo de vivir la vida común está tan acentuado en el pensamiento de Agustín, que puede afirmarse que ¡os votos de castidad, pobreza y obediencia, tal como hoy los conocemos, se hallan contenidos en uno solo, en el llamado "compromiso santo", que Agustín exigía a todos aquellos que se le unían en aquel estilo de vida. Este santo c o m p r o m i s o " no es otro que el propósito de vivir la vida común con unanimidad de objetivos y en concordia con todos 3 6 . El religioso que tome en serio este "santo c o m p r o m i s o " no sólo agradará a Dios, sino que será fuente de inmensa alegría para el resto de los miembros de la comunidad y, por supuesto, para la misma Iglesia.

"Hasta donde llegan mis conocimientos, más que descubrir que tienes necesidad de mí lo que veo es que estás bien instruido. Porque no me gustaría que nadie fuera tan ignorante que nos viéramos precisados a enseñarle: es mucho mejor que todos fuéramos discípulos de Dios... Ten por totalmente seguro que, aun en el caso de que puedas aprender algo bueno de mí, tu verdadero maestro será siempre el maestro interior del hombre interior..." SAN AGUSTÍN, Carta 266, a Florentina, cit. en L. VERHEIJEN, OSA, Saint Augustine: Monk, Príest, Bishop, Augustinian Historical Institute, Villanova, PA, 1978, 59-60 (en adelante lo citaré como St. Augustine...).

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• « > Véase SAN AGUSTÍN, En. in Ps. 99,12; 75,16; Sermón 355,1,1; también A. MANRIQUE, Teología agustiniana de ¡a vida religiosa, El Escorial, Real Monasterio, 1964, p. II, c. 115-124 (citado en adelante como Teología...).

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2.

Ponedlo todo en común

N EL M U N D O de hoy existe abundancia de bienes materiales en algunos países. En otros —la mayoría, sin duda— muchedumbres inmensas de hijos de Dios viven en la pobreza e incluso en la miseria más abyecta. En este contexto, todo el problema de la pobreza religiosa constituye un auténtico reto. Si queremos que lo que el religioso comparte con los demás tenga sentido, esta oferta debe salir de dentro, de una vida interior inspirada por el amor. Este es el verdadero objetivo de los votos religiosos: deben ayudar a profundizar en el amor a Dios y en el amor al prójimo. El voto de la pobreza religiosa sólo tiene verdadero sentido cuando se le contempla en el contexto más amplio de una vida dedicada a la unión con Cristo y al servicio generoso del prójimo. Fuera de este contexto o de otro similar, este voto no tiene sentido y fácilmente se le puede plantear como totalmente indeseable. En el capítulo anterior ya hemos esbozado un cuadro más amplio del ideal religioso agustiniano. En síntesis b r e vísima, el objeto fundamental de la convivencia en una comunidad de orientación agustiniana es la consecución de la armonía y de la unidad entre los religiosos en su búsqueda de Dios, meta que consiste ante todo en buscar a Dios unos en otros y en honrarle en e l l o s ' . De esta manera, Cristo se
1 El papa Pablo VI recalcó que la vida común no tenía que considerarse precisamente como una ayuda más para los agustinos en su vivencia de la vida religiosa. Hay que considerarla más bien como el objetivo hacia el que tienen que

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hace visible y palpable; se le puede amar de una manera efectiva en su humanidad débil, en la endeble humanidad de cada uno de nosotros. A esta luz debemos contemplar y evaluar la gran insistencia de Agustín en la pobreza evangélica. Mejor dicho, su insistencia en el compartimiento total de los bienes en la comunidad religiosa. Agustín era muy consciente de la importancia de este compartimiento total desde el momento en que comenzó a vivir la vida religiosa personalmente. Comprendió muy bien que la verdadera unidad y armonía entre sus seguidores no sería posible mientras tuvieran la capacidad de poseer lo que quisieran y de hacer uso de estos bienes tal como les viniera en gana. A este propósito dice Agustín en un pasaje: " A causa de esas cosas que como individuos poseemos surgen peleas, enemistades, disensiones, guerras entre los hombres, motines, desavenencias... ¿Acaso nos peleamos por las cosas que tenemos en c o m ú n ? " 2 Pero si el objetivo último de la pobreza religiosa, o del compartir, es algo claro para Agustín, ¿qué idea tenía sobre el contenido y la práctica de esta pobreza? Me gustaría resumir su actitud en cuatro títulos: compartir, recibir, vivir, servir.

como lo hizo Agustín, dando cuanto tiene a los pobres o integrándolo en el fondo común de la comunidad religiosa. A este respecto dice Agustín: "Dejadles que hagan lo que quieran. Con tal de que sigan siendo pobres conmigo, podemos todos esperar en la misericordia de D i o s " 4 . Este principio básico de un compartir total también pone en claro, por lo demás, que los religiosos no deben tener nada propio, todo lo tienen que tener en común con el resto de los hermanos o hermanas. Antes de entrar en la vida religiosa sólo pueden reclamarse como propias las posesiones de título personal. Después de ingresar en esta santa sociedad y de ponerlo todo en común, incluso lo que los otros poseían pertenece ahora a todos y a cada u n o 5 . Lo que constituye mayor relevancia es el hecho de que Dios mismo se convierte en posesión común, en la más inestimable de todas: "Efectivamente, Dios mismo, tesoro fabuloso y superabundante, será nuestra común posesión"6. Sin embargo, esta norma básica no afectaba sólo a quienes acababan de acceder a su compromiso sagrado como cristianos consagrados. Se aplicaba también a los que ya estaban viviendo la vida común. Por ejemplo, todos los que recibían regalos del exterior, incluso de los parientes, se esperaba que pusieran todas esas cosas en común. C o m p e tencia del superior sería proveer que esas donaciones se dieran a quien pudiera necesitarlas. Más aún, Agustín llegó
Sermón 355,6. "Ellos ponían sus bienes personales en común. ¿Es que perdieron lo que había sido suyo? Si se hubieran reservado para sí lo que era suyo, entonces cada cual tendría sólo lo que era suyo. Pero puesto que puso en común lo que era suyo, incluso lo que los otros tenían pasó a ser suyo". (En. in Ps. 131,5). Esta observación nos recuerda, en un plano más espiritual, lo que Agustín escribió a Leto, religioso que había abandonado el monasterio, presumiblemente para atender asuntos financieros de su casa, con la intención de retornar al monasterio. Sin embargo, el afán dominante de su madre se lo impidió. Agustín escribió al joven recordándole, entre otras cosas, que ya no se pertenecía sólo a sí mismo, sino también a sus hermanos en religión: "Tu alma ya no te pertenece exclusivamente a ti; pertenece a todos los hermanos. Y sus almas te pertenecen a ti. Mejor dicho, sus almas junto con la tuya no son muchas almas, sino solo una, el alma única de Cristo" (Carta 243,4). 6 Sermón 355,1.
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Compartir con la comunidad El principio básico que sienta Agustín para el religioso en este asunto podemos verlo en el mismo comienzo de su Regla: "No ¡¡améis a nada propio, sino que todas vuestras cosas estén en común" ^. Esto implica, ante todo, que cuando alguien ingresa en una comunidad de orientación agustiniana, actúa
aspirar diariamente: una verdadera escuela de amor. Al hacer una ecuación entre la vida común y el objetivo del amor, el papa ponía de relieve que el ideal agustiniano trata de hallar a Jesús en el verdadero centro de la comunidad, presente en todos y cada uno de los religiosos (PABLO VI, Discurso al Capítulo General Agustiniano de 1971, en Living in Freedom Under Grace, Curia Generalizia Agostiniana, Roma 1979, 42. Cit. en adelante Living in Freedom).
2

SAN AGUSTÍN, En. in Ps. 131,5.

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Regla, n. 4 (c. 1,3).

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a manifestar a sus diocesanos que si, al reparar que algunos de los regalos que le hacían eran demasiado elevantes, vendería los objetos y emplearía el dinero en obras de caridad, antes que estrenar los vestidos o hacer uso de cuanto era impropio de su profesión religiosa 7 . Precisamente con esta actitud Agustín enseña incluso a los religiosos de hoy la necesidad de ser sencillos; simplemente hay cosas que no están muy en consonancia con los que han prometido hallarse entre los pobres de Cristo. Pero quizá el detalle más importante de este compartimento total con la comunidad fue la actitud positiva que Agustín deseaba que tuvieran presente cuantos venían a vivir con él: alegría en el dar por parte de cuantos disfrutaban de bienes en el mundo 8 ; la ausencia de deseo de adquirir cosas por parte de los que habían ingresado en la comunidad sin haber tenido bienes materiales 9 . Más aún, la alegría debe caracterizar a cuantos viven en el monasterio a través de los servicios que se hacen unos a o t r o s 1 0 y en su talante en la observancia de la Regla, es decir, como personas libres bajo la gracia n. También subrayó Agustín en qué medida la ausencia del apetito de poseer cosas hacía de la ofrenda religiosa personal un sacrificio total: "Renuncia al mundo entero quien renuncia a cuanto posee o desea poseer"12. N o obstante, lo que realmente cuenta no es el hecho de haber traído algo para el fondo común ni el haber vendido cuanto se poseía. Lo que cuenta de verdad es el haber traído consigo a la comunidad "esa caridad que eclipsa todas las cosas..." 13.

Recibir de acuerdo c o n las necesidades de cada cual La segunda norma sobre la pobreza que Agustín deja bien sentada para sus seguidores tiene conexión directa con el estilo de vida con que se describe a la naciente comunidad de Jerusalén: la distribución de los bienes de acuerdo con las necesidades de cada cual 1 4 . La meta de la pobreza agustiniana es la unidad, no la uniformidad. Las diferencias reales entre los religiosos, por ejemplo, la salud, la complexión física, antecedentes, talentos y otras necesidades personales deben entrar en consideración siempre. Teniendo a la vista estas diferencias, Agustín en su Regla ha manifestado su amplitud de miras y su abierta mentalidad, así como el grado de deferencia mostrado frente a lo que hace a unas personas distintas de las otras. Supo comprender que las necesidades de los que antes eran ricos se hallaban expuestas a ser distintas de las necesidades de quienes vivían en pobreza; que las necesidades de la gente sana tenían que ser distintas de las necesidades de los que estaban enfermos, y que la gente robusta no necesita tantas atenciones como las personas débiles. Frente a sus religiosos tuvo en cuenta no sólo su condición física, sino también su madurez espiritual y su estado psíquico. Todo ello pone de relieve una comprensión extraordinaria de la naturaleza humana para los tiempos que corrían. Siguiendo esta lógica, estableció reglas particulares para los enfermos con respecto a los ayunos y a la alimentación 15; había que dar comida, vestidos y ropa de cama especiales a aquellos que habían vivido en el mundo dentro de un ambiente que les hacía menos capaces de adaptarse pronto a la austeridad monástica 16; y aunque advirtió a sus seguidores de no preocuparse demasiado del vestuario que recibían del fondo común, tam-

7 8 9 10 11 12 13

Sermón 356,13. Regla, n. 5 (c. 1,4). Ib, n. 6(c. 1,5). Ib, nn. 38,40 (c. 5,9,11). Ib.,n. 48 (c. 8,1). Carta 157,39; véase también En. in Ps. 103s, 3,16. Sermón 356,9.

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He 4,35. Regla, nn. 14,18 (c. 3,1,5). ' 6 Ib, nn. 16.17 (c. 3,3-4).
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bien hizo excepciones con aquellos que aún no podían adaptarse a este consejo 17.

V i v i r c o m o l o s pobres en espíritu Ya hemos visto cómo Agustín quería que sus seguidores fueran pobres de hecho. Ahora nos preguntamos: ¿Cómo esperaba que fueran esos pobres en espíritu, interiormente? ¿Qué espíritu guiaba a Agustín y a sus comunidades en la vida diaria de su consagración como pobres de Dios? Para comenzar a dar una respuesta a estas preguntas, oigamos primero lo que Agustín dice al pueblo cristiano, a los que, en su estimación, son pobres de Dios o pobres de espíritu: " U n pobre de Dios es... el que lo es en su corazón, no en su cartera... Dios no mira nuestros bolsillos, sino nuestros deseos... A todos los que son humildes de corazón, a los que viven en la práctica del doble mandamiento del amor, no importa cuanto posean en este mundo, hay que • clasificarlos como pobres, como los auténticos pobres a j quienes Dios harta de p a n " 18. " M i r a cómo los pobres y los j desposeídos pertenecen a Dios. Me refiero, por supuesto, aj los pobres en espíritu. De éstos es el reino de los cielos... ¿Y i quiénes son estos pobres en el espíritu? Los humildes, los que confiesan sus pecados, los que no presumen de sus p r o pios méritos ni de su propia justicia... Los que alaban a Dios cuando hacen algo bueno y se acusan a sí mismos si hacen algo m a l o " 19. Es curioso observar cómo en estos textos Agustín asocia los conceptos de pobres en el espíritu y de humildes de corazón; para él son inseparables estos conceptos. Para Agustín resultaría algo utópico que alguien busque la unidad y la armonía en su camino hacia Dios sin la práctica de estas dos virtudes. Más aún: Agustín recalca el hecho de que los
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pobres de Dios y los pobres en el espíritu son probablemente los humildes de corazón, y como tales practican necesariamente el amor a Dios y al prójimo. Al mismo tiempo no comprendían a Agustín quienes hacían un auténtico despliegue dando su fortuna a los pobres, pero no estando personalmente dispuestos a ser pobres de Dios: "Están hinchados de orgullo y creen que el bienestar que disfrutan hay que atribuírselo a ellos, no a la gracia de Dios. Por todo ello, aunque practiquen muchas obras buenas, no viven bien... Su riqueza son ellos mismos, no son pobres de Dios. Están llenos de sí mismos, no tienen necesidad de D i o s " 2 0 . Por eso, el verdadero pobre tiene que serlo primero en su corazón; debe reconocer con toda humildad tanto la necesidad de estar lleno de Dios como el hecho de que sin Dios no será capaz de realizar nada que sea digno del Reino. Si estos conceptos van dirigidos primariamente a todos los fieles, con mayor razón deben interesar a los religiosos. O t r a observación que hay que hacer en esta área de la vivencia de pobreza sobre una base cotidiana es que Agustín buscó siempre manejar el timón de manera equilibrada. N o creía en los extremismos. Una parte de la Regla que revela esta actitud equilibrada respecto de la pobreza es la referente al atuendo de los religiosos: "Que en vuestro vestido no haya nada que atraiga la atención" 2i. No se dan detalles al respecto. El único consejo que se da —y, como es lógico, es el más importante para Agustín— es que el vestido sea sencillo, ni demasiado buenos ni demasiado pobres. En otras palabras, que no les haga destacar. Este mismo rasgo de actitud equilibrada la expresa Posidio, si cabe, en términos más explícitos. El nos da una idea bastante aproximada de los hábitos personales de la vida de Agustín: "Sus vestidos, su calzado y el mobiliario de su dormitorio eran suficientemente modestos; ni demasiado refinados ni demasiado p o bres. Porque en tales cosas la gente está acostumbrada o a un despliegue de orgullo personal o bien a rebajarse dema20 21

Ib, n. 30 (c. 5,1). En. inPs. 131,26. En. ¡n Ps. 73,24.

En. inPs. 71,3. Regla, n. 19 (c. 4,1).

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siado. En ninguno de estos casos buscan las cosas de Jesucristo, sino las suyas propias. C o m o ya he dicho, Agustín matenía un sano equilibrio, sin desviarse ni a la derecha ni a la izquierda" 2 2 . U n último punto nos lleva a considerar la vida cotidiana de la pobreza religiosa: se refiere a la necesidad que tienen los religiosos de subvenir a sus propias necesidades mediante el trabajo. Todo el libro de Agustín sobre El trabajo de los monjes puede constituir objeto de lectura y de cita en este aspecto, pero el texto siguiente, tomado de esta obra, es un resumen adecuado de su pensamiento: "Algunos han renunciado o distribuido su fortuna, grande o pequeña, y con sana humildad han optado por ser numerados entre los pobres de Cristo. Si son físicamente capaces y no están comprometidos con trabajos de Iglesia y, no obstante, realizan trabajos manuales, rechazan todo ese tipo de excusas (para no trabajar) que suelen esgrimir los perezosos que ingresan en el monasterio procedentes de un estilo de vida más humilde y por ello más activo. Y al obrar así actúan con mayor misericordia que si hubieran repartido todos sus bienes entre los necesitados" 2 3 . Los religiosos no pueden decir que viven propiamente el voto de pobreza si no están dispuestos —en la medida en que la salud se lo permite— a aceptar con alegría las cargas del trabajo diario, sea oración, ministerio pastoral, enseñanza, escritura, enfermería, trabajo manual, servicios técnicos o cualquier otra forma de apostolado. Si hay algo que caracteriza al auténtico pobre es el hecho no sólo de tener que trabajar, sino de trabajar duro para su manutención personal y la de su familia. Servir a los necesitados Finalmente, dado que la pobreza religiosa no es simplemente una condición económica, sino una actitud del cora22 23

zón basada en el amor, tienen que sentirse también sus efectos más allá de los muros de la comunidad religiosa en un servicio que trascienda a los demás. Jesucristo se vació al sentar su tienda entre nosotros; aun siendo verdaderamente rico, se hizo pobre por nosotros, para que por su pobreza pudiéramos enriquecernos nosotros 2 4 . Este reto va dirigido a todos los seguidores de Cristo y mucho más a los religiosos. Es el reto de entregarse a los pequeños de Dios. Agustín entendió en todo su contenido y aceptó este compromiso personal en su época y fue un modelo para que sus seguidores hagan lo propio. Posidio lo hace resaltar así: "Siempre estaba atento a sus compañeros de pobreza. Tomaba parte de su propia asignación entregándosela a los que convivían con él. Me refiero a los ingresos procedentes de la iglesia y de las ofrendas de los fieles" 2 5 . " A veces, cuando la iglesia no tenía dinero, informaba a los fieles de que no contaba con más fondos para los pobres. Para ayudar a los encarcelados y a un gran número de pobres había mandado fundir algunos vasos sagrados. El dinero que le reportaba la venta de estos vasos sagrados lo distribuía a los necesitados" 2 6 . Pero además de estos cuidados materiales en favor de sus compañeros de pobreza, como llamaba a los pobres, se propuso ayudar continuamente al pueblo mediante diversas obras de misericordia 27 , porque sabía muy bien que no sólo de pan vive el hombre 28 . ¿De qué medios, podemos preguntarnos, puede servirse el religioso en casos concretos para imitar a Agustín en su ardiente celo por los pobres? Un autor nos brinda un amplio abanico de posibilidades en el pasaje siguiente: "El religioso se ha comprometido personalmente... a identificarse, tanto él como su instituto, con toda la familia humana, teniendo en cuenta que ésta manifiesta su pobreza de distintos modos ante Dios. Además de la forma más obvia de privación y de
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POSIDIO, 22; véase también SAN AGUSTÍN, Carta 48,3. De opere monachorum 25,33 (en adelante, De op. mon.).

28

Flp 2,7; 2Cor 8,9. O.c, n. 23. Ib, n. 24. Véase, por ejemplo, POSIDIO, nn. 19-20. Mt4,4.

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escasez de bienes materiales, existe la pobreza de la ignorancia, de la inseguridad, de la soledad, de la enfermedad, del fracaso y, sobre todo, la pobreza de la perversidad. Al dar gratis y con generosidad lo que personalmente ha recibido como don de Dios, el religioso procura llevar adelante de modo creativo el mandato de Jesús: 'Lo que habéis recibido gratis, dadlo gratis' (Mt 10,8)" 2 9 . En el texto que acabamos de presentar podemos ver numerosas áreas en que se puede servir de manera más satisfactoria a los pobres de Cristo. Pero no resulta posible realizar este servicio sin un espíritu real de autosacrificio, sin una disponibilidad de mantenerse uno fuera. Y una vez más ahí queda el reto de vivir en esa admirable sencillez que caracterizó la vida de Agustín, de experimentar de manera profunda dentro de nosotros mismos la necesidad que tenemos de Dios y del prójimo y de tener hambre especialmente de Dios y de la venida de su Reino. Agustín nos permite resumir sus enseñanzas sobre pobreza en aquello que constituye el verdadero núcleo del tema: la donación real que se nos intima a través de la pobreza evangélica es, ni más ni menos, el don de sí mismo. Agustín lo recalca en el pasaje siguiente: " D a d lo que habéis prometido; y, puesto que vuestra promesa os incluye a vosotros, entregaos al Único, que es quien os ha regalado la existencia... Lejos de disminuir, todo cuanto deis se conservará y a u m e n t a r á " 3 0 . De modo análogo, la meta de ser un alma sola y un solo corazón encaminados hacia Dios se alcanzará con mayor rapidez cuando los religiosos compartan con los demás no sólo lo que tienen, sino lo que son. En fin, lo que hemos dicho antes: el don de sí mismos. Cuando comparten sus talentos de mente y corazón, su fe, su esperanza y su amor, su tiempo, su entusiasmo y su propio yo, entonces resulta más accesible y tiene mayor sentido esa unidad en el amor
29 DAVID M. STANLEY, SJ, Faith and Religious Life, Paulist Press, Nueva York 1971, 83-84. 30 Carta 127,6.

que se han propuesto como objetivo. Las necesidades más importantes de los hombres y de las mujeres de hoy no son necesariamente materiales. C o n frecuencia sus necesidades espirituales, psicológicas y emocionales requieren una atención mayor y más inmediata. La posibilidad de contribuir en algo al alivio de estas necesidades se halla con toda probabilidad más dentro de las posibilidades del religioso que la de aliviar pura y simplemente las necesidades m a t e riales. Siguiendo a Cristo pobre. Agustín nos reta a aceptar de todo corazón no sólo la renuncia a nuestras posesiones en favor de los pobres, sino también, en una actitud realmente positiva, nos intima a un seguimiento voluntario de Cristo que invita a todos los religiosos: Ven y sigúeme. "¿Amas y quieres seguir a aquel a quien amas? Se ha marchado enseguida, se te ha adelantado. C o r r e y mira a ver dónde se ha ido. Cristiano, ¿no sabes adonde se ha ido tu Señor? Quiero preguntarte. ¿Quieres seguirle? ¿Quieres seguirle por el camino de las pruebas, insultos, acusaciones falsas, salivazos en el rostro, golpes y bofetadas, corona de espinas, cruz y muerte? ¿Por qué andas dudando? Mira, ahí tienes el camino. Y tú exclamarás: Arduo camino es ése. ¿Quién puede seguir a Jesús por é l ? " 3 1 Es muy posible que no todos los religiosos en la vida de cada día se encuentren con todo este tipo de retos. Pero la pregunta sigue en pie: "¿Amas y quieres seguir a aquel a quien amas?" ¿Qué quiere decir esto en la práctica? El P. Boniface Ramsey, O P , al hacerse esta misma p r e gunta, señala diversas áreas en que tienen que sentirse interpelados los religiosos si realmente desean seguir a aquel a quien aman. En breve síntesis, todo ello entraña: 1) El vaciamiento de nuestra condición humana; 2) La alienación de Cristo respecto de los estándares establecidos por los dirigentes y la sociedad de nuestra época; 3) Solidaridad con los pobres, los oprimidos y los alienados; 4) Carencia de poder
31 Sermón 345,6, tal como lo cita BONIFACE RAMSEY, OP, The Center of Religious Poverty", en "Review for Religious" 42 (1983) n. 4, 539.

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(impotencia) frente a ciertas situaciones; 5) Libertad con respecto a los asuntos humanos; 6) Dependencia de los demás, y especialmente dependencia del Padre 32 . C o m o ayuda para una reflexión práctica sobre el tema, me gustaría comentar con brevedad cuatro palabras clave o esos cuatro conceptos que he visto expresados en el pasaje anterior: alienación, solidaridad, abandono, dependencia. Alienación. Los estándares de nuestro mundo no son los establecidos por Jesús en el evangelio. Por todo ello, si queremos adherirnos a las enseñanzas de Jesús, tendremos que distanciarnos de estos estándares. Considérense, por ejemplo, estos dos casos: 1) la mentalidad consumista con que se nos bombardea en los diversos mensajes y, sobre todo, en la televisión: "¡Rápido, rápido! C o m p r e ahora mismo. Posiblemente su felicidad dependa de esto"; y 2) "Si eso no produce dinero, no merece la pena". Permitidme un ejemplo concreto de cómo la mentalidad consumista ejerce una presión absoluta sobre todo el mundo, pero en especial sobre aquellos que no pueden secundarla. Hace unos años me hallaba en un bulevar céntrico de M a nila. Mientras daba una vuelta de observación, me topé con una tremenda valla publicitaria instalada en todo lo alto de la calle, bien visible a todos los transeúntes. Presentaba las caras de tres niños de aspecto tristón con un mensaje escrito en caracteres bien destacados: " ¿ C ó m o privar a sus hijos de una televisión en color si su alquiler sólo cuesta 12,50 al m e s ? " Por supuesto que el precio constaba traducido a m o neda filipina, pero equivalía aproximadamente a la paga de seis o siete días de la clase trabajadora destinaría de la publicidad. Lo que la valla proclamaba era que aquella tristeza de los niños dimanaba de no tener una televisión en color; la felicidad depende de poder disfrutar de un aparato de ese tipo. En una sociedad opulenta tanto nosotros a nivel individual como nuestra comunidad tenemos que ser muy caute32

losos ante la avalancha del apetito de posesión de muchos bienes materiales, además del exagerado deseo de confort, o simplemente por el prurito de tener muchas cosas, e incluso por un espíritu falsamente competitivo. Asimismo tenemos que ser circunspectos para no dejarnos avasallar por una necesidad real de dinero en nuestra labor y en nuestra vida. Que no influyan en nuestra imagen de modo que lleguemos a olvidarnos de lo que realmente es importante en la vida religiosa, al sofocar quizá algunos de sus elementos esenciales: unidad en el amor, comunidad, oración, servicio. Solidaridad. Naturalmente que nos sentimos obligados a practicar la solidaridad con los pobres. Pero esta solidaridad no debe limitarse a los pobres meramente materiales. Como ya hemos indicado, debe incluir también a los ignorantes, inseguros, solitarios, enfermos, fracasados, pecadores 3 3 . Nos viene ahora al pensamiento la totalidad del área de justicia y paz, área que repetidamente ha ido en estos últimos años ocupando un puesto de preferencia en nuestra reflexión cristiana. Pero hay que dejar bien sentado que no tratamos de hablar a los demás sobre este tema sin antes tener nuestra casa bien ordenada. Nuestra actitud global ante los grupos menos privilegiados, excepcionales y minoritarios, que trabajan con nosotros o por nosotros, necesita someterse a un escrupuloso escrutinio, porque precisamente es en esta área personal donde debe comenzar la búsqueda de una mayor justicia en el mundo. Cuando tomamos en serio este aspecto de nuestra vida, nuestra solidaridad con todos los pobres —incluso con aquellos que disfrutan de bienestar material— irá adquiriendo un sentido nuevo y más significativo. Abandono. Jesús tuvo una experiencia real de abandono muchas veces en su vida. Se sometió voluntariamente a esta sensación porque quería ser como nosotros en todo menos en el pecado. Sufrió un montón de incertidumbres, frustraciones y angustias, manteniendo su confianza ilimitada en el
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BONIFACE RAMSEY, O.C, 534-544, pero especialmente 542-543.

Cf lo dicho en nota 29.

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amor indefectible del Padre. Pero tenemos que preguntarnos: ¿Existe una voluntad similar de sufrir todo esto por parte de aquellos religiosos —pocos en número, ciertament e — que parece que están sufriendo de eso que podemos definir como actitud de un futuro posible de dificultades? Esta clase de tipos son los que tienden a surtirse de los últimos gritos de la moda en el vestir y a preocuparse por verdaderas nimiedades; los que se procuran amigos influyentes y otras ayudas foráneas, no porque estén interesados en promover los valores del Reino o en ayudar a las necesidades de la comunidad, sino más bien por intereses puramente personales. En el trasfondo de toda esta ansiedad parecen existir algunas condiciones no expresas que han hecho que se tambalee la generosidad original que estuvo presente con toda seguridad cuando comenzaron su vida religiosa: "Si abandono...", o "si no puedo aceptar mi próximo destino...", o "si el superior se pone así o asá...". También yendo contra los principios básicos del espíritu de pobreza, este tipo de actitudes despliega una repugnancia básica a confiar en el Señor. Si no estamos dispuestos a confiar en el Señor y a correr riesgos prudentes, ¿cómo vamos a aprender a profundizar en nuestro amor, que es la auténtica meta de nuestra vida común? Dependencia. Se puede tener experiencia del sentido de dependencia de dos maneras: o con respecto a los demás (la comunidad) —en cuyo caso quedaría mejor expresado por 'interdependencia'— o con respecto al Señor. De nadie se dice que su dependencia se basa tanto en los demás que es incapaz de funcionar solo. Todos necesitamos un cierto margen de autonomía para desarrollar nuestros talentos y personalidad a tope de nuestras capacidades y en sintonía con las necesidades de la Iglesia y de nuestro instituto religioso. U n a pequeña anécdota va a enseñaros muy bien la clase de dependencia que no queremos fomentar. Durante unas recientes vacaciones de verano me encontraba en una de nuestras mayores casas, que en sus cercanías tenía una granja. Estábamos rezando vísperas al caer de la tarde cuando 36

estalló una tormenta formidable, con gran aparato eléctrico. De repente se apagaron todas las luces en muchas millas a la redonda. Justamente entonces se estaba procediendo al ordeño de las vacas del establo. Para ello se empleaban los medios más sofisticados y modernos. Cuando toda la maquinaria se paró por falta de energía eléctrica, las vacas se negaron a dejarse ordeñar con métodos "pasados de m o d a " . Todo intento fue vano. Resultado: rebosantes de leche, las vacas comenzaron a sufrir tanto que sus mugidos se dejaban oír lejos de la granja. Cesaron sus mugidos de dolor a las tres de la madrugada, tras arreglarse la avería eléctrica, cuando se reinició el ordeñado moderno. No es ésta la clase de dependencia deseable en la vida religiosa. Pero si la autonomía degenera en independencia, no le faltarán sufrimientos a la comunidad. Cuando alguien puede disponer de grandes sumas de dinero, muy por encima de lo que requieren las responsabilidades pastorales, y si además tiene a su disposición un coche sin límite de horario, es muy fácil que se vaya independizando gradualmente de la comunidad. Análogamente, quienes se quedan con los donativos que les vienen de fuera de la comunidad se van automarginando de hecho del resto de la comunidad, aunque no se den cuenta. La posesión de estas cosas, en especial en el caso del dinero, los hace diferentes, una especie de excepción, como si ello derivara de las restricciones normales de la vida de comunidad. Y por extraño que parezca, estos individuos son refractarios a compartir con la comunidad lo que les han regalado, pero continúan firmes en su voluntad de compartir todo lo que la comunidad ofrece a sus miembros. Cuando me pongo a pensar en una anomalía como ésta, no puedo menos de recordar la escena bíblica de Ananías y Safira 3 4 . Este matrimonio insistía en que habían entregado todas sus posesiones a los apóstoles, pero en realidad se habían quedado con ellas. Quizá también ellos sufrieran el síndrome del " t u t u r o muy oscuro".
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He 5,1-11.

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En última instancia, sin embargo, todo tipo de dificultades puede reducirse a una reluctancia a aceptar la dependencia del Señor, a confiar en él, a buscarle y amarle a él y a los demás en él. Si lo que intentan algunos es la adquisición o posesión de cosas materiales, es difícil imaginar que su intención vaya encaminada a Dios, que quieran seguir a Jesús más de cerca o que se empeñen en amar a sus compañeros religiosos con mayor generosidad. C o m o dice Agustín: "Es demasiado insaciable aquel a quien Dios no basta"35. Como conclusión está bien que recordemos que, para Agustín, compartir en común o profesar la pobreza evangélica es precisamente un medio más —aunque esencial— para fundir los miembros de la comunidad en uno solo, haciendo que sean uno como "el alma única de Cristo"36. Los sacrificios necesarios para vivir una oblación como la pobreza evangélica son aceptables cuando tenemos presente la globalidad del cuadro, es decir, la verdadera razón por la que nos hemos reunido: para tener un alma sola y un solo corazón —en Cristo— en nuestro caminar hacia Dios.

3.

Verdaderos amigos en Cristo

ASTA H A C E relativamente poco tiempo la noción de amistad en la vida religiosa suscitaba sentimientos de aprensión y con frecuencia levantaba oleadas de temor irracional. De hecho, cabe la posibilidad de que se llegara a considerar improcedente, o al menos poco avisado, escribir o hablar sobre la amistad a la luz positiva con que actualmente la consideramos. El único uso realmente aceptable de la palabra parece que tuvo lugar dentro del contexto de relaciones altamente espirituales o "sobrenaturales", estilo que, según se apreciaba, tuvo lugar entre los santos a lo largo de los siglos. Cuando escriben sobre el tópico de la amistad, los tratadistas de ascética mencionan con frecuencia estas amistades espirituales calificándolas de admirables, pero no siempre resultan fáciles de practicar o de m a n t e nerlas limpias de toda ganga de sentimentalismo peligroso. Hacen luego hincapié en los males de lo que ha venido a llamarse amistades "particulares", es decir, relaciones que en realidad son exclusivistas, egoístas, separatistas y que, en última instancia, revisten un carácter sensual. De la bondad y honradez de los niveles intermedios de la amistad apenas si se hizo mención '. Quizá un cierto temor moroso ante la corriente jansenista les hiciera considerar las cosas así ante la experiencia de la naturaleza humana caída.
1 A este respecto, véase, por ejemplo, ADOLPHE TANQUEREY, The Spiritual Life, Newman Press, Westminster, MD, 1930, 285-291. Un buen ejemplo de amistad espiritual o sobrenatural puede ser el de san Francisco de Sales y santa Juana Francisca de Chantal.

H

Citado en A. SAGE, La contemplation dans les communautés de vie fratemelle", en "Recherches Augustinniennes" VII (1971) 283. 36 Véase lo dicho en la nota 5; Carta 243,4.

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Innovaciones de un capítulo general Incluso después del concilio Vaticano II el cambio de mentalidad se tomó su tiempo. Recuerdo muy bien en 1968 el capítulo general especial de los agustinos, que se celebró en el campus de la Universidad de Villanova (EE. U U . ) , primer capítulo general que la Orden tenía en el nuevo mundo. Este capítulo especial y otros muchos que los institutos religiosos celebraron por aquellos años habían sido ordenados por la Santa Sede para renovar las Constituciones de la Orden. Se esperaba una respuesta clara a la urgente llamada del Vaticano II, dirigida a los religiosos, a volver a sus raíces y a poner al día su estilo de vivir la vida religiosa 2 . El anteproyecto de estas nuevas Constituciones, tal como se presentaron al capítulo para su consideración, contenían referencias muy específicas al puesto que tiene la amistad en la vida religiosa agustiniana. En los inicios del capítulo este hecho suscitó algunas críticas duras por parte de un buen número de miembros capitulares, que consideró estas nociones completamente extrañas a nuestro estilo de vida. En efecto, sus argumentos se basaban en que la vida religiosa que vivimos tenía como fundamento un vínculo jurídico libremente aceptado, y no en sentimientos que podían cambiar de un día para otro. Pero estas críticas fueron perdiendo fuerza desde el m o mento en que se cotejaron con las declaraciones de unos pocos que consideraban como fuera de lugar en las Constituciones el concepto de "fraternidad", nuevo y amplio, que se estaba introduciendo. En sintonía con el Vaticano II, haría que todos nos consideráramos verdaderos hermanos, iguales y acreedores al mismo respeto, sin tener en cuenta distinciones o privilegios que dimanaran de talentos personales, títulos universitarios, ordenación sacerdotal o profeVéase PC 2. (Todas las citas del concilio Vaticano II las he tomado de The Documents of Vatican II, editado por Walter M. Abbot, SJ, Guild Press, Nueva York 1966).
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siones ejercidas con anterioridad. Afortunadamente, tras larga discusión e intensa oración, prevalecieron la fraternidad y la amistad y hallaron su puesto exacto en la reforma aprobada de las Constituciones. C o m o agustinos, habíamos olvidado realmente o habíamos hecho dejación de la maravillosa herencia recibida de san Agustín. Nosotros, como muchos otros religiosos, habíamos infravalorado el calor de la amistad humana en la vida religiosa, considerándola sospechosa o peligrosa, aunque el mismo Agustín la hubiera considerado como una de las dos cosas más necesarias en el mundo3.

Fuera temores ante la amistad Agustín no le tenía miedo a la amistad ni a hacer amigos. Más bien al revés. Hacer amigos le era tan connatural que le resultaba imposible concebir su personalidad sin estar en contacto vital con ellos. Tal fue la realidad que vivió antes y después de su conversión a la fe católica 4 . Sin embargo, esto no implica que sus ideas acerca de la amistad no sufrieran algunos cambios significativos con su acepción de la fe de Jesucristo y con su entrada en la Iglesia católica por el bautismo. En aquellos momentos su conversión le llevó a reflexionar sobre un hecho: sus antiguos amigos habían sido hasta cierto punto deficientes por no haber estado aglutinados con Dios mediante ese amor que procede del Espíritu Santo 5 . Tras fundar su primera comunidad religiosa en Tagaste, sus primeros compañeros eran amigos ya desde mucho antes, a los que se unieron unos pocos hombres de buena volunt a d 6 . Algunos de éstos le siguieron a Hipona tres años más tarde, cuando hizo su segunda fundación. Alipio, Evodio y
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Sermón 299D.1; Carta 130,6.13. Véase, por ejemplo, Confes., 2,5,10; 4,8,13; 4,9,14; 6,16,26; Carta 73,3; etc. Confes. 4,4,7. POSIDIO, 3; Sermón 355,1,2.

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Severo son los nombres de algunos de estos amigos que vivieron la vida religiosa en su compañía desde los inicios; posteriormente se les añadieron Posidio y otros 7 . La amistad de Agustín con estos hombres no perdió vigor con el compromiso que hicieron ante el Señor de vivir la vida común. Tampoco disminuyó, como lo prueba la correspondencia epistolar posterior, cuando algunos de ellos abandonaron la comunidad para dar respuesta a la llamada de la Iglesia en calidad de obispos. De hecho fue multiplicando amistades con otros clérigos y laicos, hombres y mujeres, durante estos años 8 . Podemos afirmar con toda clase de garantías que no pocos de estos escritos fueron inspirados por las consultas de sus amigos y, a veces, por el diálogo subsiguiente con ellos 9 . El estilo de acción de Agustín a este respecto no se diferenciaba del estilo del mismo Jesucristo, tanto en sus enseñanzas como en sus prácticas. Entre los doce que escogió, al igual que entre sus muchos otros seguidores, Jesús tenía también amigos especiales: Juan, el discípulo amado; María Magdalena; María, Marta y su hermano Lázaro, y otros. Pero aunque tenía amigos especiales, Jesús deseaba extender su amistad a todos los hombres y mujeres que estuvieran dispuestos a guardar su doble mandamiento de amor 10. Llegó a afirmar que el colmo del amor era dar la propia vida por los amigos n . Una inequívoca indicación de que los discípulos eran sus amigos de verdad halló su confirmación compartiendo con ellos los secretos íntimos que su Padre le había confiado n. Más aún, las enseñanzas y la actitud de Jesús están en perfecta consonancia con la alta
7 MARIE AGUINAS MCNAMARA, OP, Friends and Friedshipfor St. Augustine, Alba House, Staten Island 1964, 129.133.137.142. Véase también TEÓFILO VIÑAS, OSA, La amistad en la vida religiosa, Instituto Teológico de Vida Religiosa, Madrid 1982, 173ss.
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estima que las páginas del Antiguo Testamento tienen de los amigos y de la amistad l 3 . A pesar de los cambios de mentalidad y de otros tipos de mejoras que se han dejado notar desde la conclusión del concilio Vaticano II, aún siguen persistiendo hoy en día algunos temores respecto de la amistad en la vida religiosa, quizá porque a continuación del concilio aparecieron algunas exageraciones en nombre de una amistad descaminada o mal entendida l4 . A pesar de todos los pesares y aun habida cuenta de que pueden existir algunos errores, en estos últimos años se han dado pasos muy importantes hacia una mejor apreciación del valor y dignidad de la persona humana y del sentido de la verdadera amistad en la vida religiosa.

Concepto agustiniano de amistad Personalmente Agustín no escribió nunca u n tratado sistemático sobre la amistad, aun cuando, como ya hemos dicho, este tópico llenó gran parte de su vida y de su pensamiento. Libando en sus variados escritos podemos sintetizar brevemente su pensamiento sobre el tema en tres ideas básicas: 1.a La amistad es esencial para el bienestar personal en el mundo; pero la verdadera amistad, la única que perdura, sólo existe cuando está inspirada por Dios y cuando Dios hace de soldador o aglutinador. 2. a La amistad presupone amor, una verdadera unión de corazones y un compartir mutuo de cargas, al estilo de lo que Jesús hizo por nosotros. 3. a La amistad está caracterizada por la confianza y la franqueza, y en su más amplia interpretación hay que extenderla a todos. P r o fundicemos en estas ideas básicas que nos ayudarán a apreciar el profundo concepto que Agustín tenía de la amistad,
Por ejemplo, Job, passim; Sal 41,9; 55,13; Prov 17,17; 18,24; 27,6. Existieron, por ejemplo, excesos infiltrados en ciertas sesiones de sensiblería o en un exagerado sentimentalismo que hizo de la noción de amistad algo indeseable para algunos. Siempre ha habido unos pocos, especialmente entre los superiores, que, aun sin darse cuenta cabal de ello, han tenido favoritos entre sus amigos y que, como resultado, han dividido sus comunidades.
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M. A. MCNAMARA, 144-211.

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Retractationes, I, 22,55; De libero arbitrio; también los diálogos de Casiciaco. Jn 15,12-14. Jn 15,13. 12 Jn 15,15.
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y que también gozó de alta estima incluso entre los no creyentes de la antigüedad. Sin un amigo nada es amable En el transcurso de su vida, Agustín experimentó una variada gama de amistades. Este abanico abarca desde las amistades muy íntimas, pasa por aquellas de cobertura m e nos emocional y llega a una especie de relación universal, comprensiva y global, donde no existe distinción real entre amistad y amor fraterno. Agustín cristianizó el concepto ciceroniano clásico de esta virtud, demostrando que la auténtica amistad es un don y una gracia especial de Dios, que sólo se mantiene de forma garantizada cuando se la vive en Cristo. Algunas citas bastarán para clarificar estos puntos: "La verdadera amistad no es auténtica si tú (Dios) no haces de aglutinante entre aquellos que están unidos a ti por medio de la caridad derramada en nuestros corazones por el Espíritu Santo" , 5 . " N o te desdeñaste... de ser amigo del humilde ni de responder con amor al amor de que fuiste objeto. Porque, ¿qué es la amistad sino esto? Deriva su nombre sólo del amor, es fiable sólo en Cristo y sólo en él puede ser eterna y feliz" 1 6 . "Si unidos a mí guardáis con valentía estos dos mandamientos (el amor a Dios y el amor al prójimo), nuestra amistad será auténtica y duradera y nos unirá no sólo los unos a los otros, sino también y sobre todo a Dios"17. C o m o un autor observa sobre estas ideas de Agustín: "Éste es el núcleo de la concepción agustiniana de la amistad y su gran innovación. Sólo Dios puede unir a Dios personas entre sí. En otras palabras: la amistad está fuera del alcance del control humano. Se puede desear ser amigo de otro que
Confes. 4,4,7. 16 Contra duas epístolas Pelagianorum, I, 1. 17 Carta 258,4; véase también Confes. 4,9,14: "Dichoso el que te ama a ti (Señor), y al amigo en ti y al enemigo por ti. Porque no pierde a ningún ser querido sólo aquel a quien todo le es querido en quien no se ha perdido".
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anda buscando la perfección, pero sólo Dios puede efectuar la u n i ó n " l8 . Agustín es muy claro ante el hecho personal de que le resultaba imposible vivir sin amigos. Necesitaba de verdad, y esto le ayudaba a promocionarse humanamente, las relaciones humanas cálidas, donde los intereses comunes, las alegrías, las penas y las ideas fueran objeto de compartimiento fecundo 19. Para el modo de pensar de Agustín, esto no era sin más ni más una amistad puramente espiritual. Por el mero hecho de que la amistad entraña un intercambio de amor, debe extenderse a toda la persona en su realidad integral. Más aún: Agustín fue mucho más lejos al no calificar la amistad como necesidad personal referida a él solo. Consideró que la amistad era una necesidad para todo el mundo. De hecho sitúa la salud y la amistad en el mismo plano, como bendiciones especiales de la naturaleza 2 0 . A la vez que Dios nos creó para existir y vivir en plena forma, también nos dio amistades para no encontrarnos solos en la vida 2 1 . Precisamente por esta razón Agustín puede concluir que sin amigos la vida es un vacío total, aunque se puedan disfrutar grandes riquezas y buena salud: "Cuando alguien se encuentra sin amigos, no hay nada en el mundo que le satisfaga"22. Por otra parte, la pobreza, los pesares y hasta el dolor mismo pueden soportarse cuando uno dispone de buenos amigos que le sirvan de apoyo, le alienten y le aligeren la carga. 'Cuando nos oprime la carga y los pesares nos ponen tristones, cuando los sufrimientos corporales nos quitan el descanso y acaban por abatirnos o cuando cualquier otro pesar nos aflige, si tenemos al lado buenas personas que dominen el arte de reír con los que ríen y de llorar con los que lloran, que sepan dirigir una palabra amable y elevar
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M. A. MCNAMARA, 221.

Confes. 6,16,26; también T. VAN BAVEL, Christians in the World, Catholic Book Publishing Co., Nueva York 1980, 25 (en citas ulteriores, Christians...). 20 Sermón 229D.1. s 21 Ib. 22 Carta 130,2,4.

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nuestra moral con su conversación, ocurre que nuestra amargura va mitigándose al menos en parte, que nuestras preocupaciones adquieren cierto alivio y que superamos nuestras crisis" 2 3 . Con todo, mientras "no exista un consuelo mayor que la lealtad sincera y el mutuo afecto de buenos y fieles amigos", en medio de las fluctuaciones de la vida, podemos realmente temer por el bienestar de éstos. Pero el temor puede adquirir mayores proporciones al constatar que los amigos pueden fallarnos e incluso volverse contra nosotros 2 4 . El amor, núcleo de la amistad Aunque Dios actúa en la gente para hacer posible la verdadera amistad, esta misma amistad presupone amor mutuo y una auténtica unión de corazones. Agustín hablaba con frecuencia de los corazones y almas de sus amigos y de su propio corazón como si estuvieran fundidos unos con otros de modo que ya no fueran muchos, sino un solo corazón y un alma sola. Al hablar de su querido amigo Alipio, dice, por ejemplo: "Somos dos, pero sólo en el cuerpo, no en el alma. Tan grande es la unión de corazones, tan firme la íntima amistad que existe entre n o s o t r o s . . . " 2 5 De todos modos, esta unidad sólo es posible cuando esta amistad está dominada no por un deseo de logros temporales, sino por un " a m o r que es puro y desinteresado" 2 6 . U n a característica de este amor desinteresado, y a la vez una prueba de verdadera amistad, es la disponibilidad a arrimar el hombro cuando el amigo está agobiado y hacerlo sin protestar. Por ejemplo, Agustín dice: "Llevas el peso del enfado de tu hermano cuando no estás enfadado con él. Lógicamente, en otra ocasión, cuando te veas alterado por tu mal humor, dé" Ib. 24 De ávitate Dei 19,8 (en adelante, De civ. Dei), hablando de idénticos temores en la Escritura. 25 Carta 28,1,1; véase también Condes. 4,8,13; 2,5,10. 26 Carta 155,1,1,

jale que se comporte contigo como arbitro de paz y de condolencia" 2 7 . Si el hacerse cargo de las molestias del prójimo no es t a r e a fácil, t a m b i é n es d e m a s i a d o c i e r t o que esto lo hacemos con mejor talante cuando el prójimo son nuestros amigos, porque somos proclives a las epiqueyas o excusas de su debilidad: "Sus buenas cualidades nos atraen y nos sirven de aval"2S. Más aún, esta difícil tarea está inspirada por nuestro conocimiento de que el Señor Jesús tomó voluntariamente sobre sí nuestras cargas y las soportó con sus sufrimientos por amor a nosotros. " N a d a sería capaz de hacer que aceptáramos de manera voluntaria una tarea tan pesada como llevar las cargas de los demás, si no fuera la consideración de lo mucho que el Señor sufrió por nosotros"29. El amor genuino es el núcleo auténtico de la amistad. Este mismo amor es el que hace que la amistad real no degenere en exclusivismos o particularismos. Y es precisamente este mismo amor el que nos protege de la ruptura con los demás, puesto que lo suyo es la apertura de todos: " N o hay que rechazar a nadie que trate de unirse a nosotros con el vínculo de la amistad. N o es cuestión de aceptarle inmediatamente, sino de querer aceptarle. Por eso tenemos que tratarlo de tal modo que hagamos factible tal posibilidad" 30. La confianza y la franqueza son esenciales La confianza que existe entre verdaderos amigos es tan grande, que con frecuencia se caracteriza por el hecho de compartir los pensamientos más íntimos. Cuando estamos dispuestos a tomar parte en esta experiencia somos conscientes de haber aceptado a una persona como realmente
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De Ib, Ib, Ib,

áiversts quaestionibus 83, q. 71,2 (en adelante, De iiv. quaest.). q. 71,5. s q. 71,3. q. 71,6.

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amiga 3 1 . Más aún, este hecho de compartir significa que hemos llegado a ver a Dios en esa persona y, por tanto, tenemos la sensación de que depositamos estos pensamientos no precisamente "en otro ser humano, sino en Dios que habita en esa persona"32. En realidad, ésta es otra manifestación de ese amor profundo que es base de toda amistad. Pero al igual que la confianza provoca el hecho de compartir, la franqueza, impulsada por el amor, hace que hablemos sin tapujos para ayudar a que nuestros amigos se conozcan mejor, se corrijan si es necesario y superen las dificultades con mayor facilidad 3 3 . "La mayoría de las veces los enemigos que te piden cuentas son más útiles que los amigos que sienten timidez en hacerte un r e p r o c h e " 3 4 . Continúa diciendo Agustín: "Nadie puede ser verdadero amigo de otro si antes no es amigo de la verdad... Cuando yo hablo lisa y llanamente en vuestro bien, tengo que ser tan franco como amigo, porque cuanto más leal soy con vosotros más amigo vuestro soy 35 . Pero si la amistad le obliga a uno a hablar sin disimulos, también le obliga al otro a aceptar de buen grado los esfuerzos que el hermano hace para ayudarle, por penosa que sea esta tarea a veces. Este extremo queda bien ilustrado en la vida de Agustín. De manera amistosa le escribió en cierta ocasión a san Jerónimo, a quien no conocía personalmente. Pero también le puso reparos a algunas frases de su versión bíblica. En aquella época la distribución y entrega de la correspondencia era un proceso harto accidentado. Se consideraba que las cartas eran de dominio público, como hoy ocurre con las tarjetas postales. Esta carta personal de Agustín tardó diez años en llegar a Jerónimo. Pero ya mucho antes que llegara
31 Ib, q. 71,6: " P o d e m o s considerar que esa persona ha sido admitida por nosotros c o m o un amigo con quien tenemos el coraje de c o m p a r t i r hasta los sentimientos más í n t i m o s " . 32 Carta 73,3,10. 33 Carta 68,2, de J e r ó n i m o a Agustín. 34 Carta 73,2,4. 35 Carta 155,1,1; 3,11.

a él había sido leída y copiada a lo largo de su recorrido. De hecho, bien pudo ocurrir que Jerónimo recibiera una de las copias y que no estuviera seguro de que era de Agustín. Jerónimo le contestó con una carta punzante que Agustín recibió pocos meses después. La respuesta de Agustín a esta severa corrección de Jerónimo es admirable: " Y o recibiré con el mayor agrado tu amigable crítica... Y si yo recibo con tranquilidad tu corrección medicinal, nada tendré que lamentar... Y si mi debilidad, por ser humana o por ser mía, no deja de resentirse un tanto..., mejor es que el tumor de la cabeza duela cuando es curado que no operar para evitar el d o l o r " 3 8 . Aunque estos dos gigantes de la Iglesia no llegaron a conocerse personalmente, se tenían en muy alta estima, y su correspondencia deja traslucir un amor y una amistad verdaderos, a pesar de desavenencias ocasionales. Los amigos tienen que creer unos en otros si pretenden una confianza mutua. Deben estar dispuestos a aceptar la corrección como aceptan las alabanzas y el aprecio de los demás. Esta confianza es tan necesaria entre los hermanos como lo es entre los padres y los hijos, maestros y alumnos, maridos y mujeres y en otras relaciones humanas 3 7 . Mucho de lo que se ha dicho sobre este punto hace referencia especial a la interpretación tradicional de las amistades como relación íntima. Sin embargo, Agustín con su profunda visión de la fe enfoca la amistad, tal como hizo Jesús, como abarcando a las personas a escala mucho más amplia. "La amistad no debe circunscribirse a un margen de límites empequeñecidos. Abarca a todos aquellos que son acreedores de nuestro afecto y amor, aun contando con que a unos se les dé mayores facilidades y a otros se les acoja con ciertas vacilaciones. La amistad se extiende incluso a nuestros enemigos, por quienes tenemos también obligación de orar. Por tanto, dentro del género humano no hay nadie a quien no se le deba amar, si no por razones de afecto mutuo,
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Carta 73,2,3-4. T. VAN B A V E L , Christians...,

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sí al menos porque compartimos una naturaleza humana común. Por lo demás, una sola cosa es cierta: sentimos un encanto especial por aquellos con los que compartimos un amor mutuo dentro de un estilo santo y c a s t o " 3 8 . En este pasaje concreto Agustín, como es evidente, hace una ecuación entre amistad y caridad fraterna. Esto se ve claro cuando consideramos que uno de los requisitos previos de la amistad auténtica es la oferta de amor por amor. Este intercambio de amor no aparece cuando tratamos con enemigos. Con todo, Agustín revela aquí su idea realmente creativa de amistad. A su modo de entender, siempre tenemos que actuar con amor, incluso frente a aquellos que se declaran enemigos nuestros. Tenemos que hacer esto con la esperanza y el deseo de que cambiarán sus actitudes dando carpetazo a su enemistad. De este modo claramente amaremos y actuaremos según el estilo que Jesús empleó con nosotros, viendo a los demás no sólo por lo que son o por quienes son en este momento concreto, sino por lo que serán o por quienes serán en el futuro mediante la gracia de Dios 3 9 .

V i v i r en unidad y armonía es v i v i r c o m o hermanos Las ideas expresadas con anterioridad se refieren claramente a todos los cristianos. Pero me gustaría aplicar esto al contexto de la vida religiosa o comunitaria. Si la amistad es tan importante para Agustín, podemos preguntarnos por qué no hace mención de ella en la Regla que dirigió a los religiosos. La respuesta puede estar en la repetición de lo que en otra parte se ha dicho en torno a la palabra "comunidad": " c o m u n i d a d " aparece explícitaCarta 130,6,13. "Ama de verdad a su hermano el que ama a Dios en él, sea porque Dios ya está en él, sea para que pueda estar en él". Sermón 361,1; véase también el Comentario a IJn. 10,7.
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mente una sola vez en la Regla; la palabra "amistad", ni una siquiera. Con todo, ambos conceptos son básicos en la Regla40. Considérese, por ejemplo, el énfasis que pone Agustín en esta unión de corazones que existía entre él y sus amigos; ya no eran dos corazones, sino uno solo 4 1 . Repite esta idea en su Comentario al salmo 132, que aplica a la vida religiosa. En este comentario define qué significa para él la palabra monos ( = uno): no uno a secas, sino muchos que se hacen uno 42 . Menciona la misma idea en su carta a Leto, uno de sus religiosos que había abandonado la comunidad de manera provisoria. En esta carta habla de los hermanos del monasterio diciendo de ellos que son " n o muchas almas, sino una sola..." 4 3 . Idéntica expresión es la que escribe al comienzo de la Regla cuando encarga a sus seguidores vivir en común con armonía y tener un solo corazón y un alma sola en camino hacia Dios 4 4 . La idea de amistad es algo nuclear a la Regla, porque todos aquellos que son unos en alma y corazón son claramente hermanos, en Dios sobre todo, pero a través de Dios también en su amor y preocupación de unos por o t r o s 4 5 . Más aún, la amistad sincera se basa en el amor desinteresado, y seguro que esto es lo que Agustín intenta decir cuando intima a los religiosos a crecer en el amor poniendo los intereses comunes por encima de los propios. Pone bien en claro que cuando los religiosos buscan primero el interés común, buscan también en realidad sus propios intereses más profundos, porque se comprometen a ser una comunidad en Cristo.

Véase el c. 1, "Vida comunitaria: la experiencia agustiniana". Véase página 37. 42 En. in Ps. 132,6. 43 Carta 243,4: "Sus almas unidas a las nuestras no son muchas almas, sino una sola, la única alma de Cristo". 44 Regla, n. 3 (c. 1,2). 45 En cuanto a estos conceptos relativos a la amistad en la Regla, véase T. VIÑAS, especialmente 236-244.
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A p l i c a c i ó n de las ideas de Agustín a la vida religiosa de h o y Las exhortaciones iniciales de la Regla, según eso, pueden considerarse como una llamada a vivir en amistad en la vida religiosa. Sin embargo, la prueba real de esta amistad llegará sólo a través de nuestra disposición a llevar los unos las cargas de los otros. ¿Qué cargas son ésas? Pueden ser la enfermedad, el desánimo, la incomprensión o, como Agustín sobrentiende, la ira, la envidia, la impaciencia, el orgullo y, en otras palabras, la carga del mismo pecado en nuestras vidas y en las de nuestros colegas religiosos. Pero ¿cuál es nuestra disponibilidad ante el hecho de la molestia que entraña ayudar a nuestros amigos y llevar las cargas en común con ellos? La amistad requiere franqueza y sinceridad, pero también implica el respeto a la naturaleza humana de nuestros amigos, que tratemos de ayudarlos y que realicemos esta tarea con gran delicadeza y comprensión; que no ocultemos la verdad por miedo de perder o romper nuestra amistad. La ocultación de la verdad no sería un acto amistoso, sino un gesto hostil. Según la noción que Agustín tiene de las cosas, como ya hemos visto, tiene que haber una regla implícita entre quienes viven en comunidad: deben estar dispuestos a ayudar y a dejarse ayudar, no sólo a través de una afirmación, animación y aprecio debidos, sino también a través de la necesaria corrección fraterna realizada con amor. ¡Qué diferencia tenía que marcar una actitud de este tipo entre los religiosos en todas partes! Estas consideraciones pueden llevarnos a formular algunas preguntas pertinentes: ¿Estamos por lo menos abiertos a la amistad con quienes comparten la vida con nosotros, constatando, como nos intima Agustín, que nunca podremos conocer realmente a los demás sino a través de la amistad? 46 ¿O sólo estamos dispuestos a vivir en común bajo el mismo techo física y materialmente, sin permitir que la armonía y
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la unidad externas penetren en lo profundo de nuestras vidas? 4 7 ¿Hemos adoptado una actitud creativa en nuestro amor a los demás, es decir, una disposición a mirar más que al hecho de la situación actual de una persona al hecho de la posición que puede ocupar en el futuro gracias a su crecimiento? Más aún, dado que la auténtica amistad es un don de Dios que nos acerca más no sólo a nuestro amigo, sino a Jesús mismo, ¿rezamos siempre por la gracia de la amistad?

Desterrar la soledad Uno de los mayores estigmas de nuestra sociedad es la soledad de tantos y tantos conciudadanos nuestros de todo el mundo. La madre Teresa de Calcuta se ha dedicado a ayudar a los más necesitados entre tanta soledad. Pero quizá muchos de nosotros podríamos contribuir un poquito más a aliviar esta desgraciada situación. ¡Cuántas veces quizá habremos visto religiosos completamente solos viviendo en el seno de nuestras comunidades! A veces todos necesitamos estar solos, pero la soledad es algo totalmente distinto. Es una de las experiencias más tristes que una persona puede tener. Es sentirse aislado aunque se esté rodeado por los demás, no sentir ánimos para compartir con los otros lo realmente profundo que tiene lugar en nosotros: luchas, gozos, frustraciones. Es no sentirse aceptado. Por otra parte, ¡qué estupendo es tener un amigo fiel que nos escuche, que nos anime, que sienta con nosotros! Cierto que podemos preguntarnos: ¿Cómo es posible que existan miembros aislados y solos dentro de la vida religiosa, sobre todo cuando Agustín ha puesto de relieve de manera tan clara, de palabra y de obra, la necesidad y el consuelo de la amistad? 4 8 Me t e m o que esto ocurre con frecuencia porque muchos, en una época o en otra, han tenido sus
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Const.
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De div. quaest., q. 71,5.

Constituciones de ¡a Orden de san Agustín, R o m a 1978, nn. 27.30.31 (la c i t a r e m o s OSA). Véanse las notas 20 y 24.

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anhelos de amistad y, dolorosamente, se han quemado en el proceso. Como consecuencia, han perdido confianza y se han encerrado en un infierno para protegerse de ulteriores contrariedades y sufrimientos. Quizá tengan necesidad de ánimos para intentarlo de nuevo. Ocasionalmente Jesús tuvo que sentirse también dolorosamente quemado, incluso ante aquellos que él consideraba amigos. Sin embargo, nunca se entregó: continuó repartiendo amor, aun cuando no siempre le correspondían. N o debemos ser renuentes a correr el riesgo de amar, aunque tengamos miedo de no ser correspondidos. Por otra parte, si algunos de nosotros hemos sido importadores de soledad por buscar nuestros amigos de modo exclusivo o principalmente de fuera de la comunidad, ¿no es hora de que también los cultivemos en casa? Hay todo un montón de preguntas que podríamos formular en torno a la amistad. Pero, a la vez que continuamos preguntándonos, quizá pudiéramos también reflexionar sobre las posibilidades con que contamos para hacer de esta característica asombrosamente cristiana una parte más importante de nuestras vidas y de las vidas de nuestras comunidades. Entonces estaremos más capacitados para comprender y apreciar la alegría y el consuelo de esa amistad de que Agustín hablaba con tanta frecuencia y que sintetiza tan bien con estas palabras: "Confieso que me entrego sin reservas al amor de quienes me son especialmente íntimos, en particular si están agobiados por las contrariedades del mundo. Descanso en su amor sin ningún tipo de preocupaciones, porque siento que Dios está presente allí... Ante esta seguridad, no me asusta el miedo a la inseguridad del mañana. Porque cuando veo que una persona está inflamada de amor cristiano y, como consecuencia, se ha convertido en un fiel amigo mío, me consta que, sean cuales fueren los pensamientos o consideraciones que yo le confíe, no se los confío a otro ser humano, sino a Dios, en quien mora esa persona y por quien esa persona es lo que e s " 4 9 .

4. Buscar a Dios Contemplación y vida interior

R O B A B L E M E N T E la frase más famosa escrita por Agustín se encuentre en el párrafo inicial de su igualmente famoso libro de las Confesiones: "Nos has hecho para ti, Señor, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti '. Esta frase puede identificar a Agustín con todos los que le conocen, pero el mensaje que expresa identifica la realidad de todos, hombres y mujeres: nuestra inquietud humana básica se debe al hecho de que aún no hemos llevado a cabo el objetivo global de nuestra existencia. Y a fuer de sinceros, nunca podremos realizarlo aquí, sobre la tierra. Somos peregrinos, y nuestros corazones se ven apremiados por una tremenda urgencia de encontrar y de poseer esa felicidad que es la única que puede satisfacernos. Al escribir esa frase, Agustín no hace sino poner su dedo sobre el objeto de nuestros deseos. Lo reconozcamos o no, estamos en camino hacia Dios y no podemos ser totalmente felices ni tener paz mientras no le hayamos encontrado plenamente.

P

A la búsqueda del amor La búsqueda de la verdadera felicidad, Dios mismo, creó una gran urgencia en Agustín, en su camino hacia la
1 Confes. 1,1,1.

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Carta 73,3,10.

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adultez, aunque en esa época, al igual que ocurre entre tantos jóvenes de hoy, él no identificara ese deseo de felicidad con lo que era en realidad: "Andaba a la búsqueda de un objeto de amor, porque estaba enamorado del amor... Interiormente sentía hambre, por estar alejado del alimento interior, tú mismo, Dios mío. Pero esta hambre no me hacía hambrear. Me sentía desganado de alimentos incorruptibles, no por estar harto de ellos, sino porque cuanto más vacío me encontraba, mayor repugnancia sentía hacia e l l o s " 2 . Agustín quería amar y ser amado, pero de un modo sensual. También ansiaba asirse a la verdad, hacerla algo propio y verse invadido por la sabiduría. Andaba a la búsqueda de respuestas básicas sobre el misterio de la vida. A su estilo, buscaba a Dios de verdad. Él mismo nos cuenta por qué no acababa de encontrarle: "¿Dónde estaba yo cuando te buscaba? Tú estabas delante de mí, pero yo me había escapado de mí mismo. No me encontraba a mí mismo, ¿cómo iba a encontrarte a t i ? " 3 " T ú estabas dentro de mí y yo fuera, y fuera te andaba buscando y, como una criatura deforme, me abalanzaba sobre la belleza de tus criaturas. Tú estabas conmigo, pero yo no estaba contigo. Me tenían prisionero lejos de ti aquellas cosas que si no existieran en ti serían algo inexistente" 4 . El joven Agustín no había logrado captar el verdadero sentido de su existencia, es decir, la profundidad de la belleza que, profundamente dentro, era suya como resultado del amor de Dios que actuaba en él por medio de Jesucristo. Como muchos otros de su época y de la nuestra, viajó a lo largo y a lo ancho del mundo para maravillarse ante las montañas, lo ancho de los océanos, los ríos que fluyen entre valles y colinas, las miríadas de estrellas..., pero que pasaba de largo ante su propia persona infravalorándola. De todos modos, nunca dejó de profundizar ni de mirar íntimamente
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dentro de sí mismo, ni de intentar conocerse mejor para saber quién era él en realidad 5 .

Buscar c o n e m p e ñ o De todos modos, Agustín tenía una cosa muy a su favor: lo intentó siempre. A pesar de todos los desalientos, nunca llegó a capitular. Y esto es lo que realmente le salvó. Con la llegada de la fe, finalmente fue capaz de darse cuenta de que Dios estaba muy dentro de él. Dios había estado en él a lo largo de su vida, incluso antes que Agustín descubriera una relación personal con é l 6 . Fue madurando hasta llegar a ser consciente de que Dios estaba más cerca de él que su propia persona 7 . Tras su conversión, Agustín fue un gran apóstol de la vida interior, porque llegó a constatar que, en realidad, era en esta vida donde había que encontrar a Jesucristo. Este empeño por encontrar a Dios a toda costa está expresado muy bien en el pasaje siguiente: "Busco a mi Dios en las cosas materiales del cielo y de la tierra, y no lo encuentro. Busco la realidad de Dios en mi propia alma, y no la encuentro. De todos modos, estoy decidido a buscar a mi Dios, y en mi anhelo por comprender y bucear en las realidades invisibles de Dios por medio de las cosas creadas, 'yo derramo mi alma dentro de m í ' (Sal 42,5). De ahora en adelante no tengo otro objetivo que alcanzar a mi D i o s " 8 . El hecho de que Agustín siguiera convencido de la necesidad de buscar a Dios fomentando una vida interior profunda, a pesar de todos los compromisos que entrañaba su actividad apostólica, da ánimos a muchos otros que en el día de hoy se hallan en idénticas circunstancias. Es indiscutible que se necesita ese entusiasmo, porque resulta muy fácil abandonar la dimensión contemplativa de la vida consagrada
Ib, 10,8,15. Ib, 10,4.6. 7 Ib, 3,6,11. 8 En. ín Ps. 41,8 (uso la traducción que he encontrado en M. PELLEGRINO, Give what you command, Catholic Book Publishing Co., Nueva York 1975.
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Ib, 3,1,1 (versión propia). Ib, 5,2,2. Ib, 10,27,38.

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con la excusa fútil de que hay demasiadas cosas que hacer. Agustín no dudó en hablar con frecuencia de la vida interior, de la contemplación, ni siquiera a los laicos. Sobre estos temas escribió asimismo cuando tuvo ocasión para ello 9 . Podemos incluso decir que esta orientación contemplativa domina las páginas de sus Confesiones, porque este libro no es simplemente una confesión de faltas y pecados, sino quizá especialmente una confesión o alabanza de Dios. Lo que yo pretendo ahora no es reflejar ni, menos aún, enseñar a nadie el método agustiniano de oración interior o contemplación. Es muy verosímil que Agustín no enseñara tal método. Pero, puesto que le hemos oído hablar de su búsqueda personal de Dios y del entusiasmo que contagió a los demás en este aspecto, quizá nos veamos inducidos con mayores facilidades a este tipo de oración o animados a perserverar si ya lo estamos practicando.

R e t o r n o a la interioridad Las profundidades de la vida interior a las que Agustín convoca a todos los cristianos pueden quedar bosquejadas en la cita siguiente: " N o salgas fuera de ti; retorna dentro de ti mismo. La verdad mora en el hombre interior. Y si ves que tu naturaleza sufre cambios constantes, vete más allá de ti mismo... Acércate, pues, a esa fuente donde la luz de la razón misma recibe su l u z " 10. Si hay algo en lo que Agustín insiste una y otra vez cuando trata de la búsqueda de Dios, es en el hecho de que debemos comenzar por entrar dentro de nosotros mismos. La palabra clave es dentro. Allí encontraremos la verdad, la luz, la alegría, a Cristo mismo. Allí se nos escuchará cuando oremos; allí amaremos y adoraremos a Dios. Pero mientras este dentro significa las profundidades verdaderas de nuestro ser, todo ello no es más que la primera etapa de nuestro
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viaje. Agustín nos estimula a avanzar, a llegar incluso a lo que está más allá de nosotros mismos, a la fuente auténtica de nuestra inspiración y luz, hasta el mismo Dios. "Busqué al Señor y él me respondió (Sal 34,5). ¿Dónde escuchó el Señor? D e n t r o . ¿Dónde contestó? Dentro. Allí oras, allí te escucha, allí te sientes feliz... El que está a tu lado no se entera de nada de esto, porque todo ocurre de un modo misterioso, como lo indica el Señor en el evangelio: 'Vete a tu cuarto, cierra la puerta y reza a tu Padre en privado. Entonces tu Padre, que ve lo que nadie ve, te recompensará' (Mt 6,6). Por eso, cuando entras en tu cuarto entras en tu corazón. Dichosos aquellos que hallan sus delicias al entrar en sus corazones y no hallan en ellos mal a l g u n o " n . Agustín emplea varias palabras para designar dónde, dentro de nosotros mismos, podemos hallar al Señor: en nuestro corazón, en nuestra conciencia, en nuestros lugares más retirados, en nuestro cuarto secreto, en lo profundo de nuestro ser. Pero todos estos términos significan lo mismo, una misma realidad: las verdaderas profundidades de nuestro ser, donde Dios mora y donde nos espera. Más aún, parece como si Agustín no fuera capaz de dar el énfasis suficiente a la gran alegría y dicha que esta comunicación interior con Dios trae circunstancialmente consigo. Reprende con delicadeza a sus fieles por creer erróneamente que las cosas de Dios, como meditación, descubrimiento del Creador en la naturaleza, adoración y amor de Dios, no pueden reportar tanta alegría como la que hallan, digamos, en la pesca, en la caza o en el teatro. "Levantemos nuestros sentimientos por encima de nosotros mismos y no nos limitemos al disfrute de las realidades temporales. También nosotros tenemos nuestro apartamento. ¿Por qué no entramos dentro? ¿Por qué no reflexionamos en los años eternos ni encontramos alegría en las obras del Señor?... ¿Quién puede vivir sin alegría? ¿O es que pensáis, hermanos y hermanas, que los que reverencian, adoran y aman a Dios no tienen alegría?
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De op. mon. 29,37; Confes. 10,40,65; 10,43,70. De vera religione 39,72.

En. in Ps. 33, sermón 2 (trad. de M. PELLEGR1NO, O.C).

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¿Pensáis de verdad que las artes y el teatro, la caza mayor y la volatería y la pesca, todas producen placer, y las obras de Dios no? ¿Pensáis que la meditación de Dios no proporciona alegrías íntimas, cuando alguien contempla el universo y el espectáculo de la naturaleza y rastrea a su Hacedor y se encuentra con un creador que nunca causa disgusto, sino que es el supremo placer?" I2

que enseñe dentro, el sonido que proferimos es algo fútil... Déjale que te hable interiormente en ese lugar donde no puede penetrar ningún maestro h u m a n o " l6 . " 'Entra', pues, 'dentro de tu corazón' (Is 46,8) y, si tienes fe, allí encontrarás a Cristo. Allí te habla. Yo, predicador, tengo que elevar mi voz, pero él te instruye con mayor eficiencia en sil e n c i o " 17.

Jesús, c a m i n o y meta A la vez que se nos invita a entrar dentro de nosotros para encontrar a Dios, se nos recuerda vigorosamente que el único que puede conducirnos provechosamente a esta meta es la persona de Jesucristo, Hijo de Dios 1 3 . Como subraya Agustín, Cristo es ambas cosas: el camino y la meta. " A través de Cristo-Hombre llegas a Cristo-Dios. Dios significa mucho para ti, pero Dios se hizo hombre. La Palabra que se hallaba lejos de ti se hizo hombre en medio de ti. Dondequiera que te instales, él es Dios. En el camino hacia esa residencia, él es hombre. Cristo mismo es el camino por el que avanzas y el cielo hacia donde encaminas tus pasos" 14. Una y otra vez Agustín subraya el hecho de que por medio de la fe Cristo ya está dentro de nosotros, de que sólo él es el maestro interior y que todos nosotros debemos aprender de él. Puede que la palabra del predicador resuene en nuestros oídos, pero si no tenemos a Cristo dentro y no estamos dispuestos a escucharle, no acabaremos de entender lo que Dios trata de hablarnos por medio de su ministro. "Tenemos nuestro maestro dentro. Es Cristo. Si no puedes captar nada a través de tus oídos ni de mi boca, retorna a él en tu corazón, porque él es quien me enseña lo que tengo que decir y a ti te da como él q u i e r e " 15. "Si no hay alguien
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La búsqueda tiene sus exigencias Ya que Jesús instruye interiormente en silencio, debemos fomentar dentro de nosotros una atmósfera de silencio. Aunque sirve de gran ayuda ser capaces de escapar del ruido y de la confusión del mundo que nos rodea, esto no siempre resulta posible para muchas personas. Lo que tenemos que hacer, no obstante, es saber cómo liberarnos de estas alternaciones dentro, en nuestros corazones, de modo que tengamos la oportunidad de escuchar a Cristo y no a nosotros mismos con todos nuestros trabajos, sentimientos y prejuicios. "Dejemos un pequeño margen para la reflexión y también un pequeño espacio para el silencio. Entra dentro de ti mismo, deja al margen todos los ruidos y la confusión. Mira dentro de ti mismo y observa si hay dentro de ti un lugar oculto de placer en tu conciencia donde puedas quedar libre de ruidos y de controversias, donde no tengas necesidad de fomentar tus debates ni de planificar tus propios sistemas de tozudez. Escucha la palabra en silencio para que puedas comprenderla" 18. Pero si para entender a Cristo, nuestro maestro interior, es necesario todo esto en el curso ordinario de los acontecimientos, tendremos mucha mayor necesidad de una atmósfera de silencio íntimo y atento donde tratemos de p r o fundizar aún más en nosotros mismos siguiendo los caminos
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En. in Ps. 76,13-14 (trad. de M. PELLEGRINO, O.C). Confes. 7,10,16. Sermón 261,7. In ev. lo., tr. 20,3.

In 1 Ep. lo. 3,13; véase también Sermón 134,1,1. Sermón 102,2. Sermón 52,22; c( también En. in Ps. 76,8.

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de la oración interior o contemplación. Más aún, necesitaremos alimentarnos, como lo hizo Agustín, con una lectura y reflexión frecuente y prolongada de las Escrituras. Esta lectura nos llevará tanto a escuchar como a dialogar con el maestro. Asimismo debemos purificar el ojo del corazón para ser capaces de ver a D i o s l 9 y estar dispuestos a eliminar otro amor que no sea el de Dios. Esta purificación es penosa, pero es un preludio necesario para ser más sensibles a la presencia de Dios dentro de nosotros. " T o d o s desearíamos, si fuera posible, obtener al menos las alegrías de la sabiduría amable y perfecta sin tener que soportar los sudores de la acción y del sufrimiento; pero esto es algo imposible en esta vida mortal. Lo propio ocurre en el orden humano: la fatiga de llevar a cabo la obra de la justificación precede al placer de la comprensión de la v e r d a d " 2 0 .

El amor fraterno conduce a D i o s El P. Atanasio Sage, sacerdote asuncionista que a lo largo de su vida escribió muchos estudios excelentes sobre san Agustín, comentaba en cierta ocasión que el santo insistía en la caridad fraterna como el mejor camino para acceder a la contemplación. Y esto, añadía, sólo sirve para poner de relieve la originalidad de las enseñanzas de san Agustín 21 . Esta indicación coincide muy bien con las ideas agustinianas que conocemos en torno a la vida cristiana, es decir, el servicio y honor que le debemos a Dios en nuestros hermanos y hermanas mediante el amor e interés que deDe quantitate animae 33,74. Contra Faustum 22,52. Véase Quaest. in Exodum 68: "El alma que está demasiado interesada por los asuntos humanos está en cierto sentido vacía de Dios; por otra parte, cuanto más libre sea el alma para alzar el vuelo a las realidades celestiales y eternas, más llena estará de Dios". Véase también A. TRAPE, OSA, The Searchfor God and Contemplation, en Searching for God, Publicaciones Agustinianas, Roma 1981, 17-21. 21 La contemplation dans les communautés de vie fratemelle, en "Recherches Augustiniennes" VII (1971)301.
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mostramos compartiendo las cargas con ellos 2 2 . Agustín llega incluso a afirmar que por medio de este amor a nuestros hermanos y hermanas es como accedemos a la visión de Dios, amando al amor mismo: "Si amas a tu hermano a quien ves, por esa misma razón verás también a Dios, ya que verás la caridad misma y Dios mora en la intimidad" 23 . Lo que es más importante aún es que este amor a nuestro prójimo es el camino en el que purificamos nuestra visión interior para que pueda ver a Dios: " P e r o tú, que no ves a Dios todavía, te harás digno de verlo amando a tu prójimo. Amando a tu prójimo limpias tus ojos para ver a Dios... Ama a tu prójimo, pues, y contempla dentro de ti mismo la fuente de este amor al prójimo; aquí verás a Dios en la medida en que te capacites para ello 24 . Por lo demás, si queremos reconocer a Cristo aquí en la tierra, es preciso que actuemos frente a los demás como los discípulos de Emaús actuaron frente al peregrino desconocido que se les unió en el camino: "Le acogieron con afable cortesía", dice Agustín. "... La hospitalidad volvió a poner en su sitio lo que había usurpado la incredulidad' 25 . Es muy importante recordar que, para Agustín, el amor al prójimo no es algo teórico. Este amor o tiene sus exigencias muy prácticas o no es un amor real. Por ejemplo, entre los que tratan de vivir en comunidad exige un esfuerzo diario por alcanzar la unidad y la armonía reales, por superar los problemas muy humanos que pueden ir surgiendo de continuo y que impiden todo progreso. En otras palabras, exige que nos ayudemos mutuamente a llevar nuestras cargas. ¡Éste es el camino para amar y cumplir la ley de Cristo! En el pensamiento de Agustín, la armonía fraterna tiene una dimensión social real. El hecho de que tanto la armonía como la unidad se busquen y se vivan en una comunidad dada, demuestra que Cristo está realmente presente en ella.
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Véase c. 1, "Vida comunitaria: la experiencia agustiniana". In Ep. lo. 5,7; cf también 5,10; De Trinitate 8,12. In ev. lo., tr. 17,8. Sermón 235,3.

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Éste es el medio principal por el que los religiosos se purifican interiomente para poder ver y reconocer mejor a Cristo26.

Buscar y compartir La contemplación de estilo agustiniano exige también que nos pongamos al servicio de los demás por medio del apostolado. Agustín subraya que nadie puede entregarse a la contemplación hasta el punto de olvidarse de las necesidades del prójimo 27 . En otras palabras, tal como él lo ve, ni siquiera la vida netamente contemplativa está libre de responsabilidad apostólica. La búsqueda de la verdad en sí misma requiere una intensa actividad, pero la verdad objeto de discernimiento no puede considerarse como posesión privada. Hay que compartirla con los demás. La responsabilidad puede tener un peso específico para quienes tienen talentos concretos para la enseñanza, la escritura o la dirección, aun entre quienes viven una vida estrictamente contemplativa 2 8 . Con toda probabilidad, sin embargo, la prueba más concluyente de la necesidad que todos tienen de amar al prójimo se basa en la descripción que Jesús hace del juicio final 2 9 . C o m o Jesús recalca, no es menester hacer grandes proezas. Pero, sin excepción, todos serán juzgados por el interés (o por la falta de él) que han puesto en los pequeñuelos de Dios, los necesitados. Por eso nos dice Agustín: "Cuando hayas encontrado tu camino de retorno a ti mismo, no te cierres en banda en tu interior... Vuélvete a aquel que te creó... "30. "Dios nos convoca a que nos acerquemos y bebamos, si es que tenemos sed interior. Más aún: dice que si bebemos, de nuestras profundidades brotarán surtidores de agua viva.
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Las profundidades del hombre interior son la conciencia de su corazón. Al beber de esta agua, la conciencia limpia retorna a la vida y tiene a su disposición una fuente donde pueda beber. ¿Qué es esta fuente y qué es este río que fluye desde las profundidades de la persona interior? La benevolencia que le lleva a interesarse por su prójimo. Porque si llegara a pensar que lo que bebe lo bebe sólo para sí mismo, no serían aguas vivas las que fluirían desde sus profundidades. Pero si se apresura en sus atenciones por el prójimo, las aguas n o se secarán: seguirán fluyendo"31. Si de verdad deseamos entrar en contemplación con el Señor y beber de su fuente íntima, debemos prepararnos a compartir con los demás su gran don. Como escribió Agustín: "(Mi) corazón arde, pero no sólo por mí; ansia estar al servicio del amor f r a t e r n o " 3 2 . También creyó firmemente Agustín que era más fácil llegar al conocimiento y al amor de Dios en una comunidad de hermanos, donde mutuamente compartieran todas las gracias o luces recibidas. Este antiguo deseo, expresado poco después de su conversión, lo tradujo a la realidad sólo dos años más tarde al fundar su primera comunidad religiosa de Tagaste. Agustín se preguntó una vez por qué deseaba que sus hermanos vivieran con él sobre una base permanente, y ésta fue su respuesta: "Para poder investigar sobre el conocimiento de Dios y del alma en armonía fraterna. Así el que primero llegara a la verdad podía comunicárselo fácilmente al resto. Serán tanto más amigos míos cuanto más plenamente compartamos todos a nuestra a m a d a " 3 3 . La búsqueda de Dios a través de la contemplación o de la oración interior no es, por tanto, un proceso interno que afecta únicamente a una sola persona. Al ser un proceso caracterizado por un amor progresivo, está hecho para compartirlo con otros y para que sea una irradiación de alegría. Más aún, es una tarea en proceso de avance. El progreso en
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VERHEIJEN, SÍ. Augustine..., 70-71. De ciu. Dei 19,19. VERHEIJEN, St. Augustine..., 22-23. Mt 25,31-46. Sermón 330,3.

In ev. lo., tr. 32,4. Confes. 11,2,3 (traducción personal). Soliloquios I, 12,20; 13,22.

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este estilo de oración se asemeja al período de transición que hay entre el estadio de la infancia, donde predomina la lactancia, al de la madurez, donde los adultos se alimentan de comida sólida, cuya asimilación va mejorando a medida que pasa el tiempo. Pero este crecimiento, qué duda cabe, procede de Dios, quien da más y más luz a los que le buscan en la medida que tratan de unirse más íntimamente a él. " P o r eso en la mente misma, es decir, en la persona interior, tiene lugar el crecimiento de tal modo que uno no se limita a pasar de la leche a los manjares sólidos, sino que este alimento sólido se va asimilando en proporciones cada vez mayores. Este crecimiento no es sólo físico, sino que se basa en una luz interior más clara, porque el mismo alimento es una luz inteligible. Consiguientemente, si creces y comprendes a Dios..., debes buscar y esperar, no de ese maestro que aldabea a tus oídos..., sino de quien procede el crecimiento"34. La búsqueda que n o acaba nunca Puesto que Dios no fuerza personalmente a nadie, sino que se limita a atraernos hacia él con el deleite de lo que él es y de lo que enseña 3 5 , a veces la oración interior puede llevar consigo una luz o consuelo especiales. Pero la e x p e riencia tanto de la una como del otro suele ser normalmente corta. N o constituye el objeto de la oración contemplativa o de la comunicación con Dios. Agustín tiene algunos pasajes notables que expresan, sin lugar a dudas, su propia e x periencia al respecto. Pero incluso en medio de estas situaciones elevadas, cosa que le ocurrió, trata de mantener los pies en el suelo: "El que frecuenta esta tienda y repasa en su mente las maravillas que Dios ha hecho por la redención de los creyentes se ve golpeado y fascinado a la vez por el sonido del festival del cielo, arrastrado por estos sonidos como el ciervo por la corriente de agua. Pero mientras
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vivamos en el cuerpo, hermanos y hermanas, viajamos lejos de Dios y el cuerpo corruptible oprime al alma, y esta morada terrena tiraniza la mente que piensa en muchas cosas. Y así, aun en el caso de que caminemos con el deseo, tratamos de un modo o de otro de disipar las nubes y de alcanzar a veces estos sonidos..., pero bajo el peso de nuestra debilidad retornamos una vez más a la monotonía de las cosas ordinarias. Y precisamente así como allí encontramos algo en que gozarnos, aquí no faltan razones para l l o r a r " 36 . Algunos de los pensamientos más desafiantes sobre la oración interior podemos observarlos en Agustín cuando nos estimula a avanzar, a continuar la búsqueda y el encuentro, porque la búsqueda no acaba mientras no hayamos alcanzado la meta de nuestra vida. Esta búsqueda continuará incluso en el cielo, en el sentido de que estaremos descubriendo constantemente la infinitud de Dios. Lo que Agustín subraya en todo esto es el hecho de que nunca podemos darnos por satisfechos con nuestros propios récords. A Dios nunca se le posee plenamente en esta vida. El nos arrastra continuamente hacia algo más profundo si sabemos cómo atender a su llamada. "Busquémosle para hallarle, y una vez que le hayamos encontrado, continuemos buscándole. Tenemos que buscarle porque está escondido para nosotros. Y una vez que le hayamos encontrado, continuemos buscándole porque no tiene límites... Llena al que lo busca, en cuanto la capacidad de éste lo permite. E incrementa esta capacidad en aquel que le busca, para que pueda seguir buscándole y él, a su vez, pueda l l e n a r l e " 3 7 . "Buscamos a Dios para encontrarle con gran gozo por nuestra parte, y le hallamos para seguir buscándole con un amor más grande todavía"38.
36 En. in Ps. 41,9-10; todo el comentario al salmo 41, especialmente 8-10, es una oda a los gozos de la contemplación. Cf también Canjes. 10,40,65. 37 In ev. lo., tr. 63,1. El texto continúa: "No dejemos nunca de avanzar por este camino, hasta que nos lleve al lugar donde podamos estabilizarnos... Practicando la búsqueda y llegando al hallazgo alcanzaremos la meta. Aquí acabará nuestra búsqueda, porque habremos encontrado la perfeción que buscábamos". 38 De Trinitate 15,2.

Inev. ¡o., tr. 97,1. In ev. lo., tr. 26,7.

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El apostolado de los contemplativos Me gustaría hacer unas breves consideraciones en torno a lo que antes dejé en suspenso sobre el apostolado específico de quienes viven estrictamente la vida contemplativa en la Iglesia, de esos hombres y mujeres a quienes no se les aprecia lo suficiente, ni siquiera por parte de los buenos católicos. Cuando escribió Agustín a los monjes de Capraria —que se supone vivían una vida estrictamente contemplativa—, no les dijo que salieran del monasterio para dedicarse de lleno al apostolado activo, a no ser en el caso de que la Iglesia requiriera sus servicios. Lo que sí les dijo es que tenían que ejercer un apostolado real allí en el monasterio y, principalmente, entre ellos. Subrayó la necesidad del trabajo, pero que este trabajo estaba bien dentro del ambiente de su vida contemplativa. Les dijo, por ejemplo, que trabajaran por la gloria de Dios solamente, y que trabajaran con entusiasmo en la oración, en el ayuno y, sobre todo, en el amor fraterno. Si bien este amor debía abarcar también a los necesitados de fuera del monasterio, igualmente estaba orientado a fomentar el perdón dentro de la comunidad llevando gustosamente los unos las cargas de los otros. D e bían trabajar en el sometimiento de sus cuerpos y en el discernimiento de los buenos y malos espíritus. Debían trabajar alabando al Señor en la liturgia de las horas. En síntesis, su trabajo principal estaba dirigido a la santificación personal y a compartir con los demás los valores cristianos que descubrieran 3 9 . Si fuéramos a sintetizar las "actividades" que se esperaban de estos monjes, tendríamos que decir que su gran tarea era transformarse en Cristo y compartir la presencia de Cristo con todos los que les rodeaban. Pero los contemplativos pueden hacer aún más por los que viven fuera del monasterio o convento. Mediante su vida son un signo de protesta contra muchos de los pseudovalores que la sociedad
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propone. Por ello enseñan a los demás los valores auténticos de la vida y que la vida no consiste en acaparar muchas cosas, sino en reconocer humildemente nuestra pertenencia a Dios. Ellos nos enseñan cómo apreciar y hallar la paz verdadera, la paz interior, esa paz que sólo puede proceder de la presencia de Dios en el alma. Ellos nos proporcionan el sentido concreto de la comunión de los santos incluso aquí en la tierra, porque aligeran la carga de quienes son espiritualmente más débiles. Ellos llevan en sí mismos muchos de los sufrimientos y cruces, y que, si no fuera por ellos, quizá serían nuestros y con toda seguridad nos abrumarían. Ellos nos enseñan el espíritu con que debemos llevar las cruces que nos vengan. También nos enseñan el tremendo poder de la oración, de la fe y del amor en un mundo que parece que sólo cree en el poder del dinero, de las armas y de la violencia. Su presencia amorosa en la Iglesia, su interés por todos los hombres y mujeres tal como son en presencia de Dios, su profundo deseo de alabar a Dios y hacer a Cristo presente en nuestra época constituyen las obras espirituales de misericordia que son de incalculable valor para todos los pequeñuelos de Dios. Ellos, más que otros, llevan a cabo con generosidad el aviso de Jesús sobre el juicio final, aunque no sean específicamente conscientes de las personas a quienes hayan podido prestar un servicio de este tipo.

Resumen Si damos una mirada retrospectiva y reflexionamos sobre el camino de Agustín hacia Dios y en su búsqueda de Dios a través de una vida interior profunda, se destacan varios puntos. El primero de todos es que Agustín, aun rodeado de ruidos, ansiedades y muchos problemas de su servicio pastoral, nunca dejó de crear dentro de sí mismo, por medio de la fe y de la gracia, un silencio interior que le permitiera 69

" Carta 48; VERHEIJEN, St. Augustine..., 23-24.26-27.

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comunicar con Dios Padre y su Hijo Jesús. El enfoque total iba encaminado a Jesucristo como único ser que le podía llevar adentro y como el único que era la meta de su búsqueda interior. Aún más: se alimentó de las Escrituras, leyéndolas, reflexionando y compartiendo con los demás las luces que había recibido. Conoció la necesidad de purificar el ojo del corazón si lo que pretendía era ver a Dios y reconocerle. Comprendió muy bien que la fatiga de trabajar sobre el amor tenía que preceder al gozo de alcanzar la verdad, que es el mismo Dios. Por eso concentró un trabajo tan pesado en favor de la unidad y de la armonía de la comunidad, amando al hombre y a la mujer, en especial a aquellos que tenía más cerca y ayudándole a llevar su carga. Agustín estaba convencido de que éste es el modo más rápido y seguro de alcanzar la paz interior y de crear un entorno que le capacitara a uno para la búsqueda y el hallazgo de Dios. Dejó que el universo y todas las maravillas creadas por Dios le llevaran al Creador, pero supo que encontraría a su maestro únicamente dentro de sí mismo, en las profundidades de su propio corazón. No se permitió el lujo de desanimarse cuando su oración interior se veía interrumpida bruscamente y tenía que volver a las realidades rutinarias de la vida. Sabía que la búsqueda tenía que continuar y que nunca quedaría completa porque Dios sigue estando oculto y sigue siendo ilimitado. La única conclusión que quiero sacar de todo esto es que la contemplación no está fuera del alcance de los sencillos mortales como nosotros. Más aún, para quienes llevan unos cuantos años en la vida religiosa o sacerdotal, la oración interior de la que habla Agustín tiene que ser un estadio de crecimiento en la simplificación de la vida de oración. El silencio interior, el conocimiento de las Escrituras y la purificación progresiva son requisitos previos de esta oración. El amor al prójimo, llevado hasta el e x t r e m o del olvido de uno mismo, abrirá los ojos interiores a la presencia de Dios en nosotros y en los demás. Y Jesús mismo es el guía al que nos confiamos en la búsqueda del Padre.

El a u t o r de La nube del no-saber r e s u m e m u y b i e n las paradojas de la contemplación: "Si me ruegas que te diga con precisión cómo debe comportarse uno al hacer la obra contemplativa del amor, estoy completamente perplejo. Todo cuanto puedo decirte es que ruego a Dios todopoderoso para que con su gran bondad y clemencia te enseñe. Porque con toda honestidad debo admitir que no lo sé. Y no tiene nada de extraño, porque es una actividad divina, y Dios la realizará en aquel a quien elige... Te aseguro que la contemplación no es fruto del estudio, sino un don de la gracia w . Lo que este don de la gracia hizo por Agustín, lo que significó para él y cómo impactó todo su ser lo resume muy bien él mismo con sus propias palabras, que constituyen una adecuada conclusión de estas reflexiones: " M e llamaste y me gritaste, y desfondaste mi sordera. Relampagueaste, resplandeciste, y tu resplandor disipó mi ceguera. Exhalaste tus perfumes, respiré hondo y suspiro por ti. Te he paladeado y me muero de hambre y de sed de ti. Me has tocado y ardo en deseos de tu p a z " 4 1 .

40 ANÓNIMO INGLÉS DEL SIGLO XIV, La nube del no-saber, Paulinas, Madrid 19885, 34, p. 128; c. 39, p. 139. 4 ' Confes. 10,27,38.

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5.

Signo de contradicción

A C E U N O S A Ñ O S me encontraba en Filipinas dando una charla sobre san Agustín a los profesores y a unos 300 alumnos de la Universidad de San Agustín, dirigida por los agustinos, en el sector sur de la ciudad de Iloilo. Uno de los puntos que toqué fue la " e x t r a ñ a o r a c i ó n " que Agustín en su juventud le había dirigido una vez al Padre; oración que, tal como les dije, habría repetido con toda probabilidad la juventud de todas las generaciones desde tiempos inmemoriales: " Y o . . . había llegado a pedirte (Señor) incluso la castidad, y te había dicho: ' D a m e la castidad y la continencia, pero no ahora'. Temía que me escucharas enseguida y me sanaras de la enfermedad de los placeres, cuando lo que yo quería era satisfacerla, no extinguirla" '. Aún no había concluido la cita cuando se dejaron oír algunos rumores entre los estudiantes tras ir calando en su significado: se había establecido una comunicación completa entre el hombre que escribió estas líneas en el siglo IV y estos jóvenes del siglo XX, con sus problemas peculiares. Esto era tan cierto que al final de la charla, en el turno de ruegos y preguntas, una de las chicas asistentes me preguntó si Agustín tenía algún mensaje más que comunicarnos a estilo de éste.

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Confes. 8,7,17.

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U n conflicto del corazón En realidad, Agustín tiene mucho que decir sobre cosas "como ésa": sobre la virginidad, la castidad y la continencia; sobre el tremendo conflicto que tuvo desenlace en su propio corazón y en su mente cuando luchaba por desengancharse de las cadenas de hierro de los deseos sensuales que le tenían atenazado y por sustituirlos con la libertad que nos viene con el casto servicio del Señor. " M i voluntad estaba en manos del enemigo. De ella se había forjado una cadena con que me tenía bien atado... En cuanto a mi v o luntad nueva, recién estrenada, de ponerme a tu servicio gratuitamente y de gozar de ti, Dios mío..., aún no me sentía capaz de vencer a la primera, que se había ido reforzando con los años. D e este modo, mis dos voluntades, una vieja y otra nueva, una carnal y otra espiritual, peleaban entre sí. Este antagonismo destrozaba mi a l m a " 2 . C o n sinceridad total, Agustín no se ahorra la molestia de relatar escenas que muestran el abismo al que había descendido antes de encontrar el camino de Cristo. Al mismo tiempo, sin embargo, subraya claramente la alegría y la dicha que le embargaron cuando comenzó a vivir una vida santa y casta en el Señor. Los problemas de Agustín comenzaron muy pronto en su vida hogareña. Tal como nos cuenta, su padre, que todavía era pagano, estaba mucho más interesado en la carrera del hijo y en sus estudios de retórica que en su castidad o en cómo crecía en la presencia de D i o s 3 . (Entre paréntesis, podemos preguntarnos si actualmente las cosas son distintas, incluso en algunos hogares que se denominan cristianos.) Un verdadero confusionismo interior se abatió sobre Agustín en sus años de pubertad, como ocurre con todos los jóvenes, "hasta el punto de no poder distinguir entre la luz serena del amor casto y la bruma del placer"4. Hasta su conversión a los
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treinta y dos años experimentó un empuje tremendo hacia la actividad sexual pecaminosa. Posteriormente, ya obispo, y basado en su experiencia personal, aconsejaría a los n e ó fitos que estaban a punto de bautizarse que "en el santo bautismo se os perdonarán vuestros pecados, pero vuestras pasiones permanecerán; lucharéis, pues, contra ellas incluso después que hayáis renacido'''5. En cierta ocasión, al predicar al pueblo, hacía hincapié: "La concupiscencia con que hemos nacido no morirá mientras vivimos; puede que vaya debilitándose, pero nunca desaparecerá del todo"6. Y mientras daba gracias a Dios por el gran don de la continencia que le había sido concedido con la fe, confesó públicamente que aún le seguían asaltando las imágenes que los hábitos pecaminosos antiguos habían implantado en su memoria: " M e mandas, sin duda, abstenerme de las apetencias de la carne... Ya me mandaste que me abstuviera de la convivencia carnal, y respecto al matrimonio mismo advertiste que hay algo mejor de lo que concediste como cosa lícita. Y como fuiste tú quien me concedió esta gracia, lo logré incluso antes de convertirme en dispensador de tu sacramento. Pero aún están vivas en mi memoria... las imágenes de aquellas cosas que la costumbre dejó impresas en e l l a " 7 . Creo que es en este punto donde tanto los religiosos como los sacerdotes de hoy pueden identificarse con este hombre de hace dieciséis siglos, que era también religioso y sacerdote. Tanto a nosotros como a Agustín, Dios nos ha aconsejado "algo mejor", algo que nos hace renunciar de buen grado al matrimonio. Este "algo m e j o r " ha sido nuestra meta desde que ingresamos en la vida consagrada o en el sacerdocio. C i e r t o que hemos luchado por cumplir nuestro sagrado compromiso con Dios, pero, al igual que Agustín, también nos hemos visto sometidos a muchas y variadas tentaciones. Quizá hayamos tenido también algunas caídas, no sólo debidas a los recuerdos del pasado, sino
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Ib, 8,5.10. Ib, 2,3,5. Ib, 2,2,2.

Sermón 57,9. Sermón 151,5. Confes. 10,30,41.

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también a la misma naturaleza humana y al encuentro cotidiano con la cultura que nos rodea y que también se abre camino dentro de las casas religiosas en forma de revistas, libros y programas de televisión. Todo cuanto nos rodea está confrontado con una mentalidad que exalta la libertad sexual, incluso la llamada necesidad de actividad genital, para llevar a cabo la realización verdaderamente humana. La castidad, por tanto, que hemos escogido por el Reino, exige un esfuerzo determinado. Como todo objeto de belleza y de gran valor, no podemos poseerla a menos que estemos dispuestos a pagar un precio proporcionado por ella. Y el precio en este caso es la oración sincera, la humildad que nos lleva al conocimiento de nuestra debilidad, la autodisciplina y el sacrificio personal. Un voto de castidad ha exigido siempre los mejores esfuerzos de quienes lo han hecho. Sin embargo, hoy es aún más exigente porque es una manifiesta "contracultura". Vivir este estilo de vida se ha llegado a tildar de algo azaroso, perjudicial o imposible8. Pero también es un signo de contradicción. Hace que la gente de buena voluntad se plantee cuestiones arduas en torno a lo que significa el testimonio público o sobre qué es lo importante, incluso necesario, en la vida total de la Iglesia 9 . En una época de una indulgencia desmadrada y de un materialismo rampante, este signo de compromiso total con Dios y al servicio de su pueblo es más necesario que nunca.

del voto de vida común y no era fácil separarlos de é l 1 0 . La estima que Agustín sentía por la virginidad, tanto como por la castidad en todos los estados de la vida, puede verse en el pasaje siguiente, que es parte de un sermón dirigido al pueblo. Primero trata de los votos bautismales comunes a todos los cristiano y luego habla de los votos individuales: " N o hagáis votos y luego os olvidéis de cumplirlos... ¿Qué votos esperamos que hagan todos sin distinción? El voto de creer en Cristo, de esperar de él la vida eterna y de vivir una vida buena guardando las normas ordinarias de buena conducta... Pero también hay votos hechos por personas concretas: unos consagran a Dios su castidad conyugal... Otros, tras e x p e rimentar los goces del matrimonio, prometen abandonar esta unión en adelante. Éstos prometen algo más grande que los primeros. Otros hacen voto de virginidad desde sus primeros años y dejan completamente esos placeres que otros abandonan después de haberlos experimentado. Estos hacen el voto mayor de todos... O t r o hace voto de renunciar a todos sus bienes para poder distribuirlos entre los pobres y vivir en comunidad en compañía de los santos: éste es un gran voto... Que cada uno haga el voto que le parezca, pero que se cuide muy bien de observar el voto que ha h e c h o " u . La castidad religiosa es en realidad el más fundamental de todos los votos de la vida religiosa. Durante el curso de los siglos el estilo de vivir la vida común, así como el estilo de practicar la pobreza y la obediencia, ha variado en relación a los objetivos concretos de los distintos institutos r e ligiosos. Pero aunque ha habido nuevas profundizaciones en la afectividad de la persona humana en nuestros días, no ha habido cambio esencial en lo que se espera de una persona consagrada a Dios mediante el voto de castidad. Entre todos los consejos evangélicos, sólo éste, en sentir del concilio
10 A. MANRIQUE, Teología..., II, c. 1, pp. 115-124. Véase también R. E. HESLINGA, ed. One Mind. One Heart (publicación privada y traducción parcial de la obra de Manrique) 1973, 102-105. 11 En. ín Ps. 75,16; véase también De sacra virginitate 8,8 (en adelante, De s. virg.).

V i s i ó n agustiniana de la castidad a la luz de la fe Agustín consideró dos cosas esenciales para quienes quisieran vivir la vida religiosa en su compañía: el voto o profesión de vida común y el voto de castidad. La pobreza y la obediencia religiosa se hallaban tan incorporadas a la realidad del ideal de Agustín, que constituían parte integral
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PC 12. LG 42; OT 10; PC 12.

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Vaticano II, se mantiene como "don superior de la gracia" n. De todos modos, no hay que ignorar los problemas especiales que han surgido en nuestra época en torno a la intimidad, vida afectiva y mejor integración de la propia sexualidad dentro de la vida comunitaria. El mismo concilio parece tomar nota de estas necesidades cuando dice: "ha castidad cuenta con mayores garantías en una comunidad donde florece entre sus miembros un amor fraterno auténtico"^. En realidad, todo cuanto en este libro se ha venido diciendo en torno a la vida de comunidad y a la necesidad del amor mutuo, o todo lo referente a compartir las cargas, a animarse unos a otros y a saber calibrar las distintas necesidades, todo esto interesa, de modo general, al modo de tratar este punto concreto. A partir del concilio se ha progresado un tanto en esta área de la vida religiosa. Pero con frecuencia nos hallamos con la necesidad real de trabajar mejor para establecer las bases para una relación más auténtica entre los miembros de muchas de las comunidades. La solución de los problemas que surgen en estas áreas no va a venir del intento de satisfacer las necesidades reales de vida privada casta (intimacy), de vida afectiva y de integración, saliendo fuera de la comunidad a un entorno que, con toda franqueza, frecuentemente ni siquiera comprende el voto de castidad. Estas necesidades afectivas reales deben ser susceptibles de ser canalizadas de una manera sana y casta, comenzando dentro de nuestras propias comunidades, sin incurrir en exageraciones ni ceder ante expectativas irreales de lo que la comunidad puede hacer 14. Pero si no se cuestiona lo que se espera de una persona consagrada a Dios por la castidad, probablemente tampoco se cuestiona el hecho de que nadie es capaz de vivir este
PC 12; cf también D. M. STANLET, O. C, 74-75. P.C. 12. 14 Sobre una presentación más detallada del tema de la intimidad en la vida religiosa, véase R. J. MCALLISTER, MD, Living The Vows, Harper and Row, San Francisco 1986, especialmente pp. 38-51. Por ejemplo: "El deseo de intimidad motivará a una persona a la entrega del yo en busca del otro, no a privarse del otro buscándose el propio y o " (p. 41).
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voto apoyado únicamente en sus propias fuerzas. Jesús mismo lo dejó claro al hablar a sus discípulos: "Nadie puede aceptar esta doctrina (es decir, es mejor no casarse); sólo aquellos a quienes se les concede obrar así" 1 5 . Sin embargo, Agustín nos cuenta que en sus años jóvenes había sido lo suficientemente necio como para pensar "que la continencia se basaba en la fuerza personal de cada u n o " , sin constatar que "nadiepuede ser continente a menos que tú (Señor) se lo garantices" 16. "En efecto, ¿quién es el hombre que desea reflexionar sobre su propia debilidad y que, no obstante, se atreve a confiar su castidad e inocencia a sus propias fuerzas...?" X1 Y, como ya hemos visto, Agustín admitió que ni realmente había tratado de ser casto ni t a m poco había pedido seriamente esta gracia, porque temía que Dios le escuchara y le sanara. Y en el fondo no era eso lo que él quería 18. En el voto religioso de castidad se consagra la virginidad física. Pero esta ofrenda personal no tiene sentido alguno si no va acompañada de la castidad de espíritu. "Nadie —dice Agustín— conserva la pureza corporal a no ser que la castidad esté ya arraigada en el espíritu"]9, que, por su parte, tiene su base en "una fe íntegra, una esperanza sólida y una caridad sincera"20. Lo verdaderamente importante en el voto de castidad no es el hecho de renunciar al matrimonio o el estar más libre de una cierta esclavitud que entrañan los atractivos de la carne. Lo realmente importante, por el contrario, es el hecho de la consagración total de la persona a Dios. Esta consagración le capacita para amar al pueblo de Dios con un talante más generoso y más universal: " N o alabamos en las vírgenes el hecho de ser vírgenes, sino el hecho de su consagración a Dios mediante una santa castidad" 2 1 . El énfasis que pone Agustín más en el aspecto interior
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Mt 19,11. Confes. 6,11,20. Ib, 2,7,15. Ib, 8,17,17. De s. vng. 8,8; cf también En. ín Ps, 99,13. In ev. lo., tr. 13,12. Des. virg. 11.11.

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que en el exterior de la castidad lo pone de relieve el estilo notable con que habla de María, madre de Dios: "Para María fue una cosa mucho más grande haber sido discípula de Cristo que haber sido su madre... Fue mucho más grande conservar la verdad de Dios en su corazón que gestar su carne en el s e n o " 2 2 . En otras palabras: "María fue más bendita por acoger la fe de Cristo que por concebir la carne de Cristo... Ni siquiera la relación maternal de María le habría servido de provecho si no hubiera engendrado a Cristo más dichosamente en su corazón que en su c a r n e " 2 3 .

La castidad consagrada debe llevar al amor ¡La castidad religiosa no es cuestión de renunciar a nada! Al igual que todos los consejos evangélicos, debe llevar al amor 2 4 . También es verdad que la castidad religiosa da entrada a una amistad lo más íntima posible con Dios. Pero puesto que esta amistad se basa en la observancia de los mandamientos que Dios nos dio sobre el amor, debe englobar también a la Iglesia entera y a todo el pueblo. De lo contrario será un fracaso 25 . En síntesis, un voto de castidad constituye un compromiso no sólo frente a Dios, sino también frente a la Iglesia y a su ministerio pastoral. Debe llevarnos a una mayor amabilidad y preocupación por las personas y no hacer que nos encastillemos de manera egoísta. Por tanto, la castidad no puede limitarse a un amor intenso de Dios. Incluye también el amor a los hijos e hijas de Dios 26 . Más aún, este voto debería capacitarnos más y mejor para tener en cuenta nuestras prioridades y hacernos menos propensos a la atomización de nuestras propias fídeSermón 72A,7 (conocido también como Denis 25,7). De s. virg. 3.3. De civ. Dei 10,6. 25 Jn 15,12-15. 26 JOHN M. LOZANO, CMP, Trenas ín Religious Life Today, en "Review for Religious" 42 (1983), n. 4, 500.
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lidades, porque dirige todo el empuje de nuestras vidas a agradar a Dios y a seguir el m a n d a t o de Jesús mediante la santidad de cuerpo y de espíritu 2 7 . Agustín enfatiza este aspecto unificador de la castidad y todo su alcance en estas reflexiones: " A través de la continencia nos viene el reajuste y la reconducción a aquella unidad desde la cual nos precipitamos dispersándonos en multitud de cosas. Te ama menos (oh Dios) aquel que ama contigo alguna cosa que no ama por ti. ¡Oh amor, que siempre ardes y que nunca te apagas! ¡Oh caridad, Dios mío, e n c i é n d e m e ! " 2 8 . " Y puesto que no sólo no has exigido la continencia, es decir, la represión de nuestro amor por unas cosas concretas, sino también la justicia que nos señala el punto de referencia de nuestro prójimo..."29. Agustín pedía " e n c e n d e r s e " en amor de Dios y dar salida a la manifestación de este amor, porque comprendía muy bien el hecho de que "un amor más grande ha impuesto una carga más grande" sobre quienes están consagrados a Dios por la castidad 3 0 . Pero este mismo amor es la salvaguardia de la castidad personal consagrada. Cuanto más amemos en la medida en que Dios nos ha amado, más guardará Dios en nosotros su propio don, grande e insuperable: nuestra castidad. " P o r tanto, sólo Dios es el que da la virginidad y el que la protege. ¡Y Dios es amor! Consiguientemente, es el amor el guardián de la virginidad, pero la humildad es la conserjería de este guardián. Aquí mora el que dijo que el Espíritu Santo descansa en los humildes, en los pacíficos y en los que temen su palabra... Los esposos humildes siguen más fácilmente al C o r d e r o que las vírgenes orgullosas" 3 1 .

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ICor 7,32-34. Confes. 10,29,40 (traducción propia). Ib, 10,37,61. \ Sermón 161,11,11. Des. virg. 51,52.

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¡Qué descansada vida c o n el v o t o de castidad! Por bello que sea el ideal, los que tratan de vivirlo saben cuánta lucha entraña. Agustín conocía también esta lucha: "No te preocupes de los enemigos externos —dice—. Conquístate a ti mismo y vencerás el mundo"32. Pero ahí precisamente, en la conquista de uno mismo, es donde radica la dificultad. En efecto, hay dos voluntades y dos amores que luchan por la supremacía en cada uno de nosotros: el amor del mundo y el amor de Dios. Estos amores se manifiestan a menudo en sentimientos y deseos antagónicos 3 3 . Estamos consagrados a Dios, pero aún estamos sujetos a la tentación. Y porque somos conscientes de nuestra debilidad, también podemos temer fácilmente la fuerza de algunas de estas tentaciones. Sin embargo, al sentirnos como los seres más débiles podemos experimentar la gran fuerza de Dios que actúa en nosotros y que en verdad puede probar nuestro amor por él: " C o n mucho gusto seguiré gloriándome sobre todo en mis flaquezas, para que habite en mí la fuerza de Cristo. Por consiguiente, con muchísimo gusto presumiré, si acaso, de mis debilidades, porque así residirá en mí la fuerza de Cristo, pues cuando soy débil entonces soy f u e r t e " 3 4 . Me pregunto qué nos diría Agustín en una perspectiva práctica si nos hablara personalmente aquí y ahora. Quizá todo su mensaje se resumiría en aquellas palabras sorprendentes que ya hemos citado: "¡Dios mío, enciéndeme!"35. C r e o que Agustín desearía que comenzáramos por aquí: por pedir al Señor que nos inflame con su amor, con su generosidad, con su autosacrificio al servicio y en interés por los demás. Tenemos que centrar el voto de castidad más en nuestros corazones que en nuestra mente. Hay que cimentarlo en la fe, esperanza y amor más que en la persuasión intelectual. Una justificación de carácter intelectual
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nunca será plenamente satisfactoria en este aspecto. O comprometemos el corazón en esta consagración —y lo comprometemos en profundidad— o la castidad resulta imposible. Más aún, hay que afrontar las dificultades con una fe y amor profundos, así como con la energía que Dios mismo nos proporciona. ¿Y qué tipo de energía es ésta que Dios nos da? ¿Es simplemente la que brota de la gracia interior que puede salvarnos en el momento preciso, por decirlo de alguna manera? ¿O es la gracia que con frecuencia se reviste de forma muy humana y que Dios pone en nuestro sendero, intimándonos a aceptarla con toda sencillez y humildad, sin esperar milagros? Agustín cree en estas dos clases de gracias, pero su Regla en concreto pone de relieve algunas de estas ayudas más humanas de una manera eminentemente práctica. Una vez más creo que si Agustín viviera hoy entre nosotros nos diría: ¡Mira en torno tuyo! ¡Mira lo que Dios te ofrece aquí y ahora y haz buen uso de ello! ¿Qué es lo que Dios nos ofrece aquí y ahora? Ante todo un toque de atención a la comunidad, que en el sentido agustiniano del término, es una llamada al amor, a la amistad, al compartir, al interés mutuo. Consiguientemente, nuestras comunidades no pueden ser sitios refinados para orar, trabajar, comer y dormir. Son a la vez hogar, corazón y fuerza, porque nuestras comunidades somos nosotros mismos, tú y yo y cuantos viven con nosotros. La Regla de san Agustín pone de relieve con trazos vigorosos esta fuerza, y lo hace de manera muy concreta. M e diante la vigilancia mutua de unos sobre otros 3 6 , mediante la corrección fraternal realizada con espíritu de a m o r 3 7 , mediante el interés que unos por otros muestran incluso fuera de las cercas del monasterio o de la casa religiosa 38 , los religiosos ofertan un servicio único de amor que es de vital importancia para ayudar a vivir la propia consagración
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Sermón 57,9. Sermón 344,1. 2Cor 12,9-10. Véase nota 27.

Regla, n. 24 (c. 4,6). Ib, nn. 25-28 (c. 4,7-10). Ib, nn. 20.36 (ce. 4,2; 5,7).

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en castidad. Una amistad vivida mutuamente, que implique sinceridad, franqueza y confianza, es asimismo una fuente continua de optimismo y de arranque. Más aún, el espíritu de oración y de penitencia 3 9 , que forma parte integrante de la vida de comunidad, debe recordarnos continuamente la presencia de Dios y el temor saludable de Dios que es una fuente de fuerza y de protección que no debemos pasar por alto 4 0 . Agustín continúa ofreciendo sugerencias prácticas al precisar que los religiosos no deben llamar la atención ni disgustar a nadie ni por sus vestidos ni por su porte, comportamiento o cualquier otra actividad 4 1 . En otros términos: apela a la sencillez del estilo de vida como otra salvaguardia real. Pero quizá su exhortación más importante al respecto es que los religiosos se anticipen a las dificultades innecesarias conociendo y reconociendo su debilidad, es decir, siendo lo suficientemente humildes como para hacerse un chequeo personal, sobre todo en su corazón 4 2 . En todo ello resulta más que evidente que Agustín no nos pide que esperemos milagros para hacernos capaces de perseverar en nuestra consagración a Dios. Su insistencia se basa, por el contrario, en que Dios actuará principalmente en nosotros por conducto de otras personas buenas y a través de las cosas sencillas y ordinarias de cada día.

tidad o de consagración a Dios, parecen ser felizmente inconscientes de su naturaleza humana gravemente herida. Se parecen muchísimo al fariseo orgulloso del evangelio, que proclamaba que no era " c o m o los demás h o m b r e s " , y, por supuesto, no como el humilde publicano oculto en un rincón de la sinagoga, quien admitía cabizbajo su debilidad 4 4 . N o es extraño que Agustín tenga sus reservas sobre quienes profesan la continencia perpetua, y que pueden estar libres de otros muchos vicios y faltas, pero que se hallan tiranizados por su propio orgullo. En las citas siguientes se dirige a las vírgenes consagradas, pero el contenido es también aplicable a todos los religiosos. " T e m o que el orgullo anide en ellas: y tengo mis recelos de que se endiosen por ser beneficiarías de una bendición tan grande. C u a n t o m a yores son las razones que hallan para envanecerse tanto mayor es el miedo que yo tengo de que, al agradarse a sí mismas, desagraden a aquel que 'resiste a los orgullosos, pero da su gracia a los h u m i l d e s ' " 4 5 . " P o r tanto, que su primer pensamiento se base en la humildad, no sea que lleguen a pensar que son vírgenes de Dios por méritos p r o pios, cuando lo que ocurre es justamente lo contrario: este don tan exquisito procede de arriba, del P a d r e " 4 6 .

Llamada a la generosidad El o r g u l l o , precursor de la caída Nunca mejor aplicado el antiguo aforismo de que el orgullo precede a la caída que en el caso de la salvaguardia de la castidad religiosa: "Si alguno se considera firme, que esté ojo avizor, no sea que c a i g a " 4 3 . Los religiosos que piensan que pueden hacerlo todo, verlo todo, oírlo todo o leerlo todo como si nunca hubieran hecho un voto de cas39 40 41 42 43

A modo de colofón, me gustaría repetir algo que ya he dicho antes sobre la actitud de san Agustín antes de su conversión: que personalmente nunca intentó en realidad ser casto ni pidió seriamente esta gracia. A veces surge todo un montón de dificultades con la castidad, no por el hecho de que no deseemos realmente ser castos, pues en realidad no hay duda alguna de que deseamos serlo. Más bien dimanan del hecho de que no siempre estamos dispuestos a inver44 45 46

Ib, nn. 10.14 y passim (ce. 2,1-4; 3,1). Ib, n. 23 (c. 4,5). Ib, nn. 19.21 (c. 4,1-3). Ib, n. 22 (c. 4,2). ICor 10,12.

Le 18,9-14. De s. virg. 34,34. Ib, 41,42.

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tir las energías necesarias para vivir de manera generosa este voto. Y quizá sea ésta la razón principal del perjuicio que nos hacemos. Porque en el tema de la castidad religiosa, sólo nos engañamos al pensar en la posibilidad de excluir la generosidad de nuestro compromiso y al tratar de vivir en la frontera artificial entre lo permitido y lo no permitido. Vivir la castidad por el reino de los cielos es una tarea que escasamente pueden realizar quienes tratan de arbitrar cierto balanceo sobre la cuerda floja situada en la altura. El vértigo de la altura puede abocar en una caída desagradable. Tenemos que aprender a tener bien fijos los pies en tierra, a reconocer nuestra naturaleza humana en lo que realmente es y a hacer el mejor uso de la ayuda de Dios, tanto espiritual como humana. Este es el medio para mantenernos fieles a nuestro compromiso. Nadie puede vivir el voto de castidad sin espíritu de autodisciplina y de autosacrificio. Nadie puede esperar la perseverancia en este santo compromiso sin impetrar ayuda en la oración y sin hacer uso frecuente de los auxilios sacramentales que ofrece la Iglesia. Puede que el ascetismo no sea hoy una palabra muy popular para muchos, pero lo que representa es esencial para la vida de los consagrados a Dios. N o hay modo de que el grano de trigo dé fruto si no m u e r e 4 7 . N o hay modo de que el religioso pueda dar fruto en el amor a menos que muera a sí mismo. Dios nos ha cursado una invitación especial a abrazar, en expresión de san Agustín, "algo m e j o r " o, como dice san Pablo, " a ser santos e intachables... y llenos de a m o r " 4 8 . Nuestro Padre del cielo nos estimula asimismo con palabras similares a las que dirigió a María en la anunciación: " N o temas. Estoy contigo. Nada es imposible para D i o s " 4 9 . Pero, como ya hemos observado, muchísimo depende de nosotros. Tenemos que aceptar la venida de Dios a nuestras vidas con un talante muy personal, confiar en él y cooperar con la fuerza que
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nos brinda. Entonces comprenderemos lo que significa estar abrasados de su amor, y comprenderemos también la inmensa alegría de compartir con los demás la plenitud de ese amor. La exhortación que sigue, dirigida por Agustín a las mujeres consagradas a Dios, tiene idéntica aplicación a los cristianos consagrados de hoy y constituye una conclusión pintiparada a estas ideas sobre la castidad evangélica: " Q u e los que perseveran entre vosotros os sirvan de ejemplo, y que los que caen aumenten vuestro temor. Estima el ejemplo de los que perseveran e imítalos; llora por los caídos; si no, te harás un orgulloso. No pregones tu propia justicia; sométete a Dios, que te libra de tacha. Perdona los pecados de los demás; reza por ti. Evita las caídas futuras mediante la vigilancia, borra las pasadas mediante la confesión" 5 0 .

Véase Jn 12,24. Ep. 1,4. Le 1,29-37.

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De s. virg. 52,53.

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6.

El cristiano comprometido y la cruz

L C O N C I L I O Vaticano II lanzó un reto a todos los cristianos: que apreciaran mejor su rol en la Iglesia y lo vivieran en plenitud según sus capacidades. A todas las personas bautizadas, por ejemplo, se les recordó su vocación a la santidad, área que durante muchísimo tiempo había sido considerada de dominio exclusivo de sacerdotes y religiosos '. Toda la Iglesia tomó profunda conciencia de su naturaleza fundamentalmente misionera y de las consecuencias prácticas que se siguen de esto 2 . Al laicado se le urgió a tomar parte activa en el apostolado, en consonancia con el rol particular que cada laico desempeña en la sociedad, y a no seguir siendo meros espectadores pasivos en su Iglesia 3 . Y mientras se les hizo hincapié a los religiosos de que su única ley suprema y su norma fundamental no era sino "seguir a Cristo tal como se propone el evangelio"*, se les retaba asimismo a que "considerasen bien que a través de ellos, tanto a los creyentes como a los no creyentes, la Iglesia desea de verdad proporcionarles una revelación de Cristo cada vez más clara"5. En otras palabras, a los religiosos se les recordaba encarecidamente que su vocación era ser cristianos radicales, comprometidos totalmente con el servicio de Dios y en la imitación de
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LG 40,2. Véase AG 2,4; 4,6 y passim. Vaticano II, passim. AA 3 y passim. \ PC 2a. LG46.

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Jesús, de modo que sus vidas reflejen con mayor claridad la vida de Cristo en el mundo de hoy. Ser un cristiano radical en este sentido no resulta una tarea fácil. Exige que una persona, literalmente, desee " e n gancharse" a Cristo, ser Cristo para los demás, con la misma delicadeza y comprensión que Cristo tuvo durante su estancia en esta vida terrena. Qué duda cabe que esto implica que estas personas estén dispuestas a amar como lo hizo Cristo, a despojarse de todo lo que constituye un óbice para comunicarle a él y su mensaje a los demás y estar preparados a sacrificar no a los demás, sino a sí mismos por la difusión de su Reino 6 . Sin embargo, parecerse cada día más a Cristo no es algo que ocurre de repente o que se hace de una vez para siempre. C o m o toda conversión, es un proceso gradual que requiere una cooperación solícita y una disposición a luchar durante toda la vida. La naturaleza humana no se doblega fácilmente al desarrollo de un amor altruista tal como nos lo presenta Jesús en su vida. Existen fuertes tendencias e instintos egoístas que hay que superar, así como ese básico e insaciable anhelo de la carne, de los ojos y de la ambición mundana que tan fuerte empuje tienen en todo nuestro ser. Basándose en su propio campo de experiencias de este tipo, Agustín comentó en uno de sus sermones: " E n tanto que vivimos aquí en la tierra, hermanos y hermanas, el panorama futuro es éste. Hemos envejecido en este combate y en la actualidad nuestros enemigos son más débiles, pero siguen siendo enemigos. Los años los han ido debilitando, pero no cesan de perturbar la paz de nuestra avanzada edad sirviéndose de mil artimañas. La batalla es más encarnizada para los que son jóvenes. Personalmente conocemos esta batalla y hemos pasado por ella. Seguid luchando con la esperanza puesta en la v i c t o r i a " 7 .
Regla, n. 3 (c. 1,2): la unidad propuesta por san Agustín no sería nunca posible sin una visión cristiana "radical". 7 Sermón 128,11; véase también Confes. 10,30,42; 10,31-37, referentes a las distintas tentaciones que Agustín padeció en su madurez.
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U n a realidad que hemos de tener en cuenta es el hecho de que, según la visión cristiana de la vida, el amor y la cruz están íntimamente unidos. Y no es sólo porque Jesús nos lo enseñara así, sino especialmente porque él predicó lo que predicaba: "No hay amor más grande que dar la vida por los amigos. Y vosotros sois amigos míos si hacéis lo que yo os mando"*. La señal suprema del amor de Dios a nosotros radica precisamente en la ofrenda que Jesús hizo de sí mismo en la cruz para redimirnos. El cristiano mira a la cruz En nuestra época actual da la impresión de que la gente se halla más apartada que nunca de la cruz y de la mortificación. Por supuesto que la cruz nunca ha sido muy popular. N o obstante, no cabe la menor duda que ha conferido gran fuerza y vigor a quienes han estado clavados a ella mediante el sufrimiento y la aflicción. Por eso se hallan tan profundamenta identificados con Cristo 9 . Nosotros mayoritariamente preferimos hacer énfasis en la resurrección, con sus aspectos de gozo, gloria, alabanza, libertad y conquista. Es una reacción muy natural: ¿quién no prefiere alcanzar la gloria del Señor sin pasar por el dolor y la ignominia del viernes santo? De todos modos, ahí queda el aviso del Señor: "Si el grano de trigo cae en tierra y no muere, queda infecundo. Pero si muere, produce mucho fruto" w. Probablemente contra lo que muchos se rebelan hoy es contra lo que parece negativo, un acercamiento casi anticristiano a la cruz, y que quizá existiera esporádicamente en tiempos pasados: la disciplina por la disciplina, el sacrificio que había perdido sentido, formas de mortificación que parecen fuera de lugar ahora que tenemos una comJn 15,13-14. Véase SAN AGUSTÍN, En. in Ps. 54,10: "Si hubieras meditado con toda sinceridad lo que Cristo ha sufrido, ¿no serías capaz tú también de sufrir con resignación, e incluso con alegría, puesto que te has hallado en situación similar a los sufrimientos de tu rey? 10 Jn 12,24.
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t prensión y apreciaciones mejores de nuestra naturaleza total y de la unión íntima del cuerpo y del alma. Sin embargo, debemos tener mucho cuidado y no permitir que los posibles errores del pasado oscurezcan el puesto importante que tiene la cruz en la vida cristiana. Si tratáramos de despreciar la cruz, correríamos el riesgo de chocar frontalmente con una enseñanza básica del evangelio. Así pues, lo que hay que subrayar es el lado positivo de la cruz, su objetivo real en la vida: ayudarnos a llegar a la expresión más plena de ese amor y servicio que ha encontrado su representación en la muerte de Jesús. El amor auténtico lleva de buen grado a una persona a hacer todo cuanto sea necesario para agradar al ser querido o a poseer el objeto amado. Este es el único sistema para comprender las dos breves parábolas del Señor en torno al reino de Dios: "El reino de los cielos es como un tesoro escondido que un hombre encuentra en el campo. Vuelve a ocultarlo, y contento por el hallazgo, va y vende todo lo que tiene y compra el campo. También el reino de los cielos es como un comerciante en perlas finas. Cuando encuentra una de mucho valor va y pone a la venta todo lo que tiene y la c o m p r a " n . En otras palabras, no hay un precio demasiado elevado para quienes están convencidos de que han encontrado algo de valor incalculable y que merece la pena poseer. Análogamente, ningún precio es demasiado elevado para aquellos que realmente aman a Jesús y desean seguirle más de cerca. Poseer algo que es bueno y que merezca la pena, algo que esté fuera del alcance del dinero, exige un esfuerzo concentrado y continuo. Sin embargo, por una razón o por otra, muchos parecen dudar cuando se trata del supuesto de que la vida del Espíritu puede requerir un esfuerzo similar, así como autodisciplina y sacrificio personal. Jesús no hizo misterio de cómo podemos, e incluso debemos, seguirle: "Si alguno quiere venir en pos de mí, niegúese a sí mismo, tome su cruz y comience a seguir mis pasos" 12.
11 12

Y una vez más, apoyándonos en su afirmación de que el grano de trigo debe morir para dar fruto, continúa Jesús: "El que ama su vida la pierde, mientras que el que odia su vida en este mundo la guarda para la vida eterna. Si alguien quiere seguirme, que me siga; donde estoy yo allí estará mi servidor. Si alguno me sirve, le honrará el P a d r e " 13. Seguir las huellas de otro es ser discípulo de esa persona. Las huellas de Jesús, sin embargo, tienen la marca indeleble del amor que se autoinmola: "Igual que yo os he amado, amaos también entre vosotros. En esto conocerán que sois discípulos míos: en que os amáis unos a o t r o s " 14.

El camino hacia la libertad interior La fórmula, pues, que Jesús propone es en realidad muy simple: niégate a ti mismo, toma tu cruz y sigúeme. Es decir: ama como yo he amado. De todos modos, nadie será capaz de amar como Jesús amó sin aceptar estas condiciones previas de negarse a sí mismo y de tomar la cruz, porque el amor promovido por Jesús es algo radicalmente opuesto a ese otro amor, amor muy atractivo, que promocionan las fuerzas materialistas que nos invaden: " D o s tipos de amores construyeron dos comunidades (ciudades): el amor de uno mismo llevado hasta el e x t r e m o de rechazar a Dios creó la comunidad mundana; y el amor de Dios practicado hasta el punto de abandonar la autosuficiencia construyó la comunidad celestial" 15. Los tratadistas de vida espiritual de nuestra época, al igual que hicieron los de tiempos pasados, ponen de relieve cómo la autodisciplina —no importa el nombre que se le dé: penitencia, mortificación, ascetismo— es absolutamente necesaria si queremos disfrutar del don de la libertad interior.
Jn 12,25-26. Jn 13,34-35. 15 SAN AGUSTÍN, De civ. Dei 14,28, tal como lo traduce VAN BAVEL, Christians, 61.
14 13

Mt 13,44-46. Mt 16,24.

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Esta libertad nos permite afirmar en nosotros y proponer a cuantos nos rodean los verdaderos valores de la vida, que son también los dones del Espíritu: amor, alegría, paz, paciencia perseverante, bondad, generosidad, fe, mansedumbre y castidad. ¡Contra éstos no hay ley!16 Si no adquirimos esta libertad interior seguiremos siendo esclavos de nuestro propio ego, completamente centrados en el yo, amándonos sólo a nosotros mismos y a nuestra propia voluntad l7 . "Amarse a sí mismo es hacer la propia voluntad. Antepon la voluntad de Dios a todo esto; aprende realmente a amarte a ti mismo superando el egoísmo" l8 . Un sentido cristiano de autodisciplina y mortificación nos permite comprobar que muchas actitudes que prevalecen en nuestra sociedad se basan en supuestos falsos que constituyen una negación práctica de la realidad espiritual de nuestra naturaleza l9 . Al seguir a Cristo nos sentimos con la energía suficiente para buscar los auténticos y permanentes valores de la vida que están totalmente de acuerdo con nuestra vocación cristiana.

Una v i s i ó n agustiniana de la cruz A la luz de lo expuesto, la aproximación muy personal y equilibrada de Agustín a la cruz, a la penitencia y a la mortificación puede servir de gran ayuda para comprender lo que Jesús mismo enseña sobre la materia. En general, Agustín dice a todos los cristianos que sólo pueden vivir su nombre y su vocación si no rehusan caminar por la senda de Cristo, aceptando el sufrimiento como Jesús lo aceptó: "£5 un camino duro — a d m i t e — , pero es el único
Gal 5,22-24. Sobre este punto véase VAN BAVEL, Christians, 38-46; RENE VOILLAUME, Spirituality from the Desert, 74-75; GIOVANNI SCANAVINO, OSA, Lo Spirito dipenitenza, en "Bolletino de S. Rita", Milán, abril 1983, 6-7. 18 SAN AGUSTÍN, Sermón 96,2.2. 19 JAMES CARROLL, Mortification for Liberation, en "The National Catholic Repórter ', adviento 1971, citado por MARTIN W. PABLE, OFM Cap. Psychology and the Commitment to Celibacy, en "Review for Religious" 34 (1975), n. 2, marzo.
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bueno"20. N o obstante el hecho de que este juicio puede resultar un tanto duro, no lo es tanto cuando se le contempla desde la perspectiva de la predicación y enseñanza agustiniana. De hecho, su aproximación a la penitencia y m o r t i ficación es nuevo y moderado, y pone de relieve estos tres puntos: 1) responsabilidad personal; 2) la salud del individuo, 3) y sobre todo, crecimiento en el amor, unidad y libertad interior como consecuencia del ascetismo. Agustín había quedado profundamente impactado por los ayunos rigurosos y prolongados de los monjes de los monasterios de Roma y Milán que él visitó 2 1 , pero quizá sus propias enfermedades físicas hicieron que pusiera mucho mayor énfasis en otros aspectos de la vida penitencial, que, sin género de dudas, eran muchos más importantes. Este extremo se ve claro en el pasaje siguiente: " C o n todo este (ayuno), nadie se ve presionado a mantenerse en los rigores y austeridades para los que no tiene la debida complexión. Nada se impone a nadie contra su voluntad... Todos sus esfuerzos tienen como centro no el rechazo de diversos alimentos como impuros, sino el sometimiento del deseo desordenado y el mantenimiento de la paz fraterna... Se hace hincapié especial en guardar la caridad: el alimento es subsidiario de la caridad, la conversación está al servicio de la caridad, los vestidos son tributarios de la caridad. Todo colabora con la caridad y sólo con la caridad" 2 2 . Agustín transfirió a su ideal religioso esta actitud básica y simple frente a la penitencia, donde a nadie se le coacciona contra su voluntad, donde cada cual es juez en última instancia de las posibilidades de su salud para tolerar estas prácticas y donde se cifra la caridad como norma última de todas las cosas. C o m o dice en su Regla: "Que la virtud de la caridad, que permanece siempre, prevalezca en todas las cosas que están al servicio de las necesidades transitorias de la vida"23.
20 21 22 23

En. in Ps. 36, serm. 2,16. De mor. eccl. catk, I, 33,71 y 73. Ib. Regla, n. 31 (c. 5,2).

s

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Siguiendo el e j e m p l o de Cristo ¿Cómo, pues, de acuerdo con Agustín, vamos a responder al reto de Jesús de negarnos a nosotros mismos, tomar nuestra cruz y seguirle? Agustín comenta estas expresiones en muchas y diversas ocasiones, pero en síntesis y paladinamente viene a decir esto: para amar a Cristo tenemos que: 1) hacer frente a las diversas estrategias con que el mundo trata de apártanos de nuestra fe; 2) aguantar todo lo que es oneroso; 3) guardar los mandamientos; 4) estar motivados por la misericordia y el amor como lo estuvo Cristo mismo; 5) no confiar en nosotros mismos, sino en Cristo; 6) llevar la cruz de nuestra mortalidad —es decir, nuestra carne— y ponerla al servicio de nuestras metas más altas; 7) pero sobre todo debemos llevar mutuamente nuestras cargas, porque ello constituye el cumplimiento perfecto de la ley de Cristo. Esto es todo un programa, especialmente cuando consideramos que la mayoría de estas ideas tuvieron como primer objetivo el laicado. Pero en realidad, dice Agustín, es toda la Iglesia la que está llamada a seguir a Cristo. Cuando Cristo habla de la necesidad de negarse a uno mismo y de seguirle, no se dirige exactamente a las vírgentes, a los religiosos o al clero, sino también a los casados, a las viudas, a todo el laicado 24 . El mejor modo de apreciar la garra de Agustín en estos temas es dejar que hable él mismo: "¿Qué quiere decir 'que tome su cruz'? Aguantarlo todo es una molestia, pero así es como tiene que seguirme. A decir verdad, cuando me sigue imitando mi conducta y guardando mis mandamientos, tendrá que contar con muchos oponentes, con muchos que le pondrán el veto, con muchos disuasores. Y todo esto será obra de la gente misma que aparentemente me sigue... Si deseas seguirme, debes tener en cuenta todas estas cosas..., considerarlas como una cruz; tendrás que soportarlas, resignarte a ellas y no darte por v e n c i d o " 2 5 . " Q u e se nieguen a
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sí mismos, es decir, que no depositen su confianza en su propia persona; que carguen con su cruz, es decir, que toleren todas las afrentas del mundo por amor a Cristo... Persiste, persevera, aguanta, cobra ánimo ante la dilación: de este modo cargarás con tu c r u z " 2 6 . "Esta cruz nuestra que el Señor nos manda llevar, ¿qué otra cosa es sino la mortalidad de nuestra carne? Nos angustia hasta que la muerte sea absorbida por la victoria. Por tanto, es precisamente esta cruz, esta nuestra carne la que tenemos que crucificar y taladrar con los clavos del temor de Dios, para que podamos ser capaces de llevarla con libertad cuando nos ofrece resistencia" 2 7 . Cuando seguimos a Cristo buscamos sus intereses y sus caminos, no los nuestros 2 8 . ¿Y cuáles son los intereses de Cristo? Cristo no tiene otro interés que el cumplimiento de los dos grandes mandamientos del amor. La ley de Cristo consiste en que unos llevemos las cargas de los otros. Cuando amamos a Cristo resulta fácil transigir con las flaquezas del prójimo, aunque no le amemos aún por sus buenas cualidades 2 9 . La experiencia nos enseña que las ocasiones de tener que soportar las flaquezas del prójimo no faltarán mientras vivamos. Por consiguiente, no es preciso que los que viven en comunidad se formulen la pregunta de cómo seguir a Cristo más de cerca. Ya tienen trazadas su penitencia y mortificación básicas. Sólo les resta ser generosos en la realización de su vida comunitaria, y entonces, sin duda alguna, estarán unidos más íntimamente a Cristo 30 . Pero, como dice Agustín, la carne —nuestra naturaleza m o r t a l — es nuestra cruz real. Es preciso que la domemos y desbravemos si vamos a crecer en el amor y ser capaces de
26 Sermón 96,7,9. " Carta 243,11. 28 In ev. lo. 51,12: "Sirven a Jesucristo quienes no buscan sus propios intereses, sino los de Jesucristo. Por eso la expresión 'sigúeme' significa sigue mis caminos, no los tuyos..." ""• 2<l Dediv. quaest. 83, q. 71,7. 30 Const. OSA, n. 38.

Sermón 96,7,9. Sermón 96,4,4.

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anteponer los intereses de Cristo a los nuestros. Tenemos que empeñar una gran batalla contra las tentaciones de cada día y tenemos que superarlas; aunque tengamos que hacerlo personalmente, sabemos que es una labor que supera nuestras propias fuerzas: "Nuestra tarea en esta vida es m o r t i ficar las obras de la carne mediante el espíritu, corregirlas día a día, atenuarlas, coartarlas, darles muerte... En esta batalla recurrimos a la ayuda de Dios mientras nos batimos il. En un pasaje de sus Confesiones Agustín describe una de sus batallas, con la que quizá muchos de nosotros podemos identificarnos: "Lucho a diario contra el apetito desordenado de comer y beber. En este punto no me resulta posible cortar drásticamente, de una vez para siempre, con ánimo de no volver a las andadas, cosa que sí pude hacer en el caso de mis relaciones sexuales. Porque en el comer y en el beber las riendas del apetito han de manejarse con equilibrio y moderación, con un tira y afloja. ¿Y quién hay, Señor, que no se desboque un poquito fuera de los límites de la necesidad?" 3 2 . A la vez que postula una actitud de moderada relajación, insiste también en una firmeza equilibrada. U n equilibrio saludable en este sector de la vida es tan importante como en otros. Lo que Agustín viene a decir es que debemos alimentar nuestro cuerpo de manera que esté en buen estado de servicio, y domarlo de tal modo que no impida nuestro desarrollo integral en la vida cristiana 3 3 .

La penitencia debe llevar al amor Pero el hecho de que Agustín requiera siempre moderación y un sano equilibrio no debe hacernos pensar en que
Sermón 156,9.9. Confes. 10,31.47; véase también En. in Ps. 99,1, donde habla del problema de sus experiencias de las alabanzas humanas. 33 Const. OSA, n. 38.
32 31

fuera un oponente de aquellas formas de penitencia y mortificación especialmente recomendadas por las Escrituras y por los primeros padres de la Iglesia: oración, ayunos, limosna. Y no sólo no se oponía, sino que oportunamente hablaba de su necesidad, subrayando, no obstante, que su último objetivo tenía que ser el progreso en el amor y la armonía. En su carta a Proba, Agustín en un breve pasaje combina muchas cosas que él considera de importancia al abrazar la cruz: por una parte, la necesidad de la oración, del ayuno y de otros tipos de penitencia; y por otra, la necesidad del discernimiento personal de la propia capacidad para estas prácticas. Pero, por encima de todo, insiste en la guarda del amor: "La oración recibe una gran ayuda del ayuno, las vigilias y toda clase de castigo corporal. Que cada una de vosotras haga lo que buenamente pueda. Si una (sólo) puede hacer un poquito, dejadla que haga lo que pueda, mientras ame en la otra lo que ella misma no hace sencillamente porque no puede. De ese modo, la más débil no servirá de remora a la más fuerte, y la más fuerte no fatigará a la más débil. Eres deudor de tu conciencia ante Dios. A nadie más le debes nada, sino el amaros unos a otros"34. La limosna y la oración, las buenas obras y el perdón de las ofensas de los demás nos hacen tan gratos a Dios, que cuando las ofrecemos con buena disposición borran todos nuestros pecados leves 3 5 . Un pasaje de tipo parenético de gran finura que Agustín nos ha dejado subraya la inutilidad del ayuno y de otras manifestaciones penitenciales si no van acompañados de obras de amor y justicia: "Si no controlas tu severidad frente a su siervo, tu ayuno se verá rechazado. ¿Es que va a tener aceptación si no reconoces a tu hermano? No te pregunto de qué alimentos te privas, sino de qué es lo que amas... ¿Amas la justicia?... Bueno, pues entonces deja que veamos tu justicia. Pienso que lo único bueno es que
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Carta 130,16,31. Sermón 56,8,12; 58,8,10.

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guardes lo que es más grande, para que lo que es más pequeño te guarde a t i " 3 6 .

Sugerencias a los religiosos sobre llevar la cruz Sugerencias desde la "Regla" Lo que Agustín ha expresado en sus enseñanzas al pueblo se lo repite a sus religiosos. Con absoluta franqueza, la Regla habla con la mayor sencillez de la penitencia, ofreciendo nada más que una norma concreta: "Someted la carne... mediante el ayuno y la abstinencia de comida y bebida". Pero Agustín añade a continuación una condición importante y cualificada: "En cuanto vuestra salud lo permite"1''1'. Hacer penitencia no tendría objeto ni sentido si a consecuencia de ella cayera uno enfermo. El objeto de la penitencia no es en modo alguno perjudicarnos a nosotros mismos, sino facilitar esa armonía total dentro de nosotros, esa prioridad adecuada entre cuerpo y espíritu, que redundará en bien de la salud de todo nuestro ser 3 8 . Como dijo muy bien un antiguo seguidor de Agustín: "La enfermedad que deriva de la abstinencia, más que recompensa lo que merece es reprimiendo"39. Agustín indica que incluso aquellos que no pueden resistir sin comer hasta la hora de la comida (que de ordinario se hacía en torno a las tres de la tarde) pueden tomar un ligero tentempié hacia mediodía 4 0 . Los enfermos quedaban libres de toda obligación de ayunar durante el proceso de su enfermedad. Pero al igual que Agustín se desvivía por que los enfermos estuvieran rodeados de cuidados especiales para que pudieran recobrar su vigor con mayor rapidez, así esperaba de ellos que fueran lo suficientemente maduros y responsables como para darse cuenta de cuándo debía cesar su caso espeDe utilitate ieiunii, 5,6-7. 37 Regla, n. Ule. 3,1). 38 De doctrina enristiana 1,24-45. 39 Const. OSA, n. 38, donde se cita al beato Simón de Casia en nota a pie de página. 40 Regla, n. 14 (c. 3,1).
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cial. Su idea era que debían retornar al modo de vivir más sencillo y más en consonancia con los siervos de Dios. E n otras palabras, los religiosos debían poner especial cuidado en no darse al regalo, prolongando su cura después de h a b e r recobrado la primera salud: "No deben hacerse esclavos del disfrute de la comida que les era necesaria para mantenerles en píe durante su enfermedad"41. Esta es la síntesis de lo que Agustín tiene que decir explícitamente sobre la penitencia y la mortificación en la Regla. De todos modos, en varios otros capítulos de la Regla se habla también de una conducta mortificada e incluso pedida a los hermanos y hermanas. Por ejemplo, al ofrecer garantías de que su conducta externa (vestido, porte, c o m portamiento, etc.) no ofenda a nadie 4 2 ; al evitar la curiosidad de la vista ante la presencia del sexo opuesto 4 3 ; al superar ciertas dudas o temores ante el compromiso de la corrección fraterna 4 4 ; al compartirlo todo en comunidad (cosa que en realidad puede ser una auténtica penitencia) 4 5 ; al pedir perdón a quienes han ofendido 4 6 ; e incluso en su verdadera actitud en la observancia de la Regla, que les pide vigilancia para no caer: " P e r o si uno de vosotros ve que ha tenido su fallo en algún punto, duélase de lo pasado, esté en guardia para el futuro, rogando a Dios que le perdone su falta y no le deje caer en la t e n t a c i ó n " 4 7 . Sugerencias a los otros religiosos En sus primeros años de obispo, Agustín tuvo ocasión de escribir a cierto abad, Eudoxio, y a sus hermanos de la isla de Cabrera, en el archipiélago balear, para responder a algunas cuestiones que le había formulado. En su carta hizo hincapié en ciertas prácticas penitenciales que, según dice,
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Regla, n. 18 (c. 3,5). Regla, nn. 19.21 (ce. 4,1.3). Ib, n. 22 (c. 4,4). Ib, nn. 25-26 (c. 4,7-8). Ib, n. 32 (c. 5,3). Ib, n. 42 (c. 6,2). Ib, n. 49 (c. 8,2).

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tenían que realizar con entusiasmo, aunque siempre para gloria de Dios. Sin embargo, hace mención especial de una acción concreta, que viene a subrayar una vez más lo que ya hemos observado que reviste para él el máximo interés: "Ante todo, soportaos mutuamente con amor, porque en realidad, ¿qué puede tolerar una persona que es incapaz de aguantar a su hermano?"A% El amor a nuestros hermanos y hermanas, el aguantar sus dificultades y debilidad es la prueba decisiva de nuestra disponibilidad a someter nuestro corazón y nuestro espíritu a Dios, que es lo que constituye el objetivo cabal de la penitencia y mortificación. No hay nada que pueda probar mejor nuestra aceptación de la voluntad de Dios en nuestras vidas que el cumplimiento de estos dos grandes mandamientos del amor. El ejemplo de la vida de Agustín Posidio nos ha dejado entrever algunas de las huellas de la vida de Agustín con los hermanos y de cómo estos h e r m a nos llevaban una vida sencilla y mortificada en lo que respecta a la comida y a la bebida en la mesa común. Pero incluso en esto el autor subraya que Agustín interrumpía su dieta normal, más bien austera, en atención a los huéspedes o a los enfermos, sirviéndoles carne y vino al lado de la verdura. La lectura y la charla en la mesa tenía más importancia para él que la comida y la bebida. Pero insistía, asimismo, en que todos los presentes se abstuvieran de charlas superfluas y dañinas, lo que es ya otra señal de su conducta mortificada, que también esperaba tuvieran los que convivían con él 4 9 . Quizá el perfil más significativo de Agustín en el aspecto penitencial es el que traza Posidio cuando nos narra su última enfermedad: " C u a n d o hablaba con nosotros de manera familiar, era corriente en Agustín decirnos que, una vez que había recibido el bautismo, ni siquiera aquellos cristianos y sacerdotes que gozaban de alta
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estima podían acercarse a la muerte sin haber hecho digna y adecuada penitencia. En su última enfermedad obró de acuerdo con este criterio. Había hecho copiar y fijar en la pared los salmos penitenciales de David. De este modo, estando enfermo podía verlos y leerlos en cama, mientras derramaba continuamente tiernas lágrimas" 5 0 .

Resumen De todo cuanto hemos visto en relación con el pensamiento y el modo de actuar de Agustín se ve con suficiente claridad que su actitud frente a la cruz, es decir, frente a la práctica necesaria de la penitencia y de la mortificación en la vida cristiana, no tenía variaciones sustanciales tanto si se dirigía al laicado como a los religiosos. Siempre insistía en estos mismos puntos: 1) la necesidad de abrazar la cruz y de seguir a Cristo; 2) la necesidad de salvaguardar la propia salud en estas prácticas; 3) la presencia de un sentido de responsabilidad personal, dirigido por la generosidad y una prudente moderación; 4) la importancia absoluta en esto, como en todas las cosas, del amor como norma última. Si es imposible llevar a cabo esta norma; si se rompe o pone en peligro real la unidad de una comunidad mediante la acción de un individuo o de un grupo, entonces este no puede ser un medio sano de imitar a Cristo. " E l trabajo de los que aman nunca es pesado; de hecho, con frecuencia proporciona placer..., no importa lo que se ama. Cuando hacemos lo que amamos, o nos damos cuenta del trabajo o incluso amamos este trabajo" 5 1 . Si tal es el sentido agustiniano de llevar la cruz, ¿hay alguien que no sea capaz de llevarla con amor? A veces saca uno la impresión de que, con posterioridad al concilio Vaticano II, para muchísimos religiosos la penitencia y la m o r tificación han sufrido un destino parecido al de la oración
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Caria 48,3.

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O. c, 22,2-3.5-6; 25,2.

Ib, 31,1-2. De bono viduitatis 21,26.

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meditativa y contemplativa. Dado que este tipo de oración ya hacía tiempo que no se practicaba en común, muchos simplemente lo ignoraron o lo descuidaron. Sin embargo, análogamente a como los religiosos no pueden progresar sin la oración de quietud, tampoco pueden esperar alcanzar el objetivo de seguir a Cristo más de cerca si no están dispuestos también a tomar su cruz. Esta cruz, como ya hemos visto, tiene muchas facetas. Por un lado es oración, ayuno y abstinencia. También es, por lo demás, dedicación al estudio y a otras formas de apostolado, todo ello emprendido únicamente en busca de los intereses de Cristo. Esto supone aguante bajo las pruebas de la vida diaria, guarda de los mandamientos y estar m o tivados como lo estuvo Cristo. Supone también el echar mano a las cargas de los demás con amor. Supone aceptar no sólo los gozos de la vida comunitaria, sino también sus sufrimientos —los trabajos y las luchas de nuestros hermanos y hermanas y también las nuestras propias—. Con todos estos medios nos vamos conformando poco a poco a la imagen de Jesucristo, cuya cruz fuimos y seguimos siendo por nuestros pecados y por nuestra negativa a renovarnos en el Espíritu. Cuando cargamos con nuestra cruz, no sólo a título individual, sino también en cuanto comunidad, esta cruz se hace mucho más ligera, especialmente cuando, según repite Agustín con énfasis, la cruz nos lleva a una unidad y a un amor más grandes. La cita siguiente resume la actitud de Agustín y puede servirnos de conclusión pintiparada a estas reflexiones: "Si te apoyas en las palabras de Cristo..., no te esclavizarán ni los deseos de la carne ni los de los ojos, ni te avasallará la ambición mundana. Y harás sitio para que, cuando llegue la caridad, puedas amar a Dios... Cada cual es lo que cada cual ama. ¿Amas la tierra? Eres terrenal. ¿Amas a Dios? ¿Qué quieres que te diga? ¿Que serás Dios? N o me atrevería a decirlo por mi propia autoridad, pero oye lo que dicen las Escrituras: Yo dije: sois dioses e hijos del Altísimo" 5 2 .
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7.

Revestios de la humildad

L C R I S T I A N I S M O es una religión de contrastes, a veces de fuertes contrastes, que no se pueden comprender desde un punto de vista puramente humano. Los que caminan en la luz, o en la gracia, se hallan en marcado contraste con los que avanzan en la oscuridad, es decir, en el pecado, o sin fe '. Hay un contraste entre la vida y la muerte hasta tal punto que los que mueren vivirán, mientras que los que desean conservar su vida la perderán 2 . Se ha dicho que los primeros serán los últimos y los últimos los primeros 3 ; que los que se enaltecen serán humillados, mientras que los humildes se verán enaltecidos 4 . Y todavía más: a los pobres se les colma de bienes, mientras a los ricos se les despide vacíos 5 . N o hay duda de que las prioridades que enseña Jesús son diametralmente opuestas a las que el mundo considera dignas de aprecio: la meta de ser los primeros, los que triunfan a fuerza de luchar, los que viven el momento presente sin pensar en el más allá. O t r o contraste bíblico digno de especial mención es la oposición, repetida con frecuencia, expresada entre debilidad y fortaleza, que afecta no sólo a los seres humanos, sino —cosa bastante extraña— al mismo Dios. Esto aparece particularmente claro en los ejemplos siguientes, tomados
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E

In ep. lo. 2,14.

Evangelios en general, Juan en especial. Me 8,35. Mt 19,30. \ Le 14,11. Le 1,52-53.

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de san Pablo: " T e basta mi gracia —le dice Jesús a Pablo—, porque en la debilidad es donde alcanza la fuerza su perfección... Por eso —dice Pablo— estoy satisfecho con mi debilidad..., porque cuando me hallo sin fuerza es cuando soy f u e r t e " 6 . "El mensaje de la cruz es un absurdo completo para los que se pierden, pero para nosotros que experimentamos la salvación es el poder de Dios... (Cristo crucificado) es piedra de escándalo para los judíos, un absurdo para los gentiles; en cambio, para los llamados, lo mismo judíos que griegos, Cristo es el poder de Dios y la sabiduría de Dios... Lo necio del mundo se lo escogió Dios para humillar a los sabios; y lo débil del mundo se lo escogió Dios para humillar a lo f u e r t e " 7 .

ha llegado incluso a producir religiosos zelotas, como es el caso de san Pablo antes de su conversión, o el caso parecido de san Agustín, proselitista ferviente en su primera época maniquea. Fue el orgullo el que le impidió a Agustín la entrada en la Iglesia. No tiene nada de extraño que calara tan hondo en la interpretación de sus obras tan sutiles. Estaba altamente cualificado para aleccionar a su pueblo sobre los efectos destructores del orgullo y para animarlo a imitar a Cristo en su humildad. Y no hay por qué cuestionarse de por qué dio un énfasis particular a la virtud de la humildad como uno de los fundamentos de la vida religiosa.

Encuentro de A g u s t í n con el o r g u l l o El o r g u l l o : pecado capital Hay un núcleo profundo de teología oculto en estas frases: la debilidad se hace fortaleza, la sabiduría del mundo se convierte en locura en presencia de Dios y la desesperanza de un Hombre-Dios crucificado se hace auténtica sabiduría y poder de Dios que conquista la muerte. Esta teología constituye todavía un lenguaje que es un " a b s u r d o " para los que no tienen fe, tanto en nuestra generación como en la época de san Pablo. ¿Cómo puede uno explicar esta enseñanza a quienes sienten que lo que realmente cuenta en este mundo es abrirse paso a empujones sin tener en cuenta para nada la gente sobre la que hay que pasar? ¿O a quienes confían tanto en la razón humana y en la sabiduría de la ciencia que apenas si dan crédito, si es que le dan alguno, a la sabiduría de Dios y a su Iglesia? ¿O a quienes se consideran personas que han alcanzado el éxito merced a su propio esfuerzo, que son superiores a los demás, que sólo tienen fe en lo que pueden ver, sentir o medir? El orgullo latente bajo estas actitudes
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Agustín conocía muy bien el poder del orgullo: su capacidad de hacer naufragar la vida de una persona. ¡Había hecho naufragar tantas veces la suya!... ¿No había exagerado sus propias fechorías antes sus compinches juveniles para aparentar chulería delante de ellos? 8 Y, algo importante, ¿no se había cerrado al mensaje de salvación de la Sagrada Escritura por no estar redactada en el estilo literario de los autores clásicos, que tan bien conocía y estimaba? 9 Consideró las Escrituras "inferiores al r a n g o " de estos autores clásicos. Como resultado, nada que mereciera la pena podía aprender en ellas. ¿No acudía a oír la predicación de san Ambrosio por su habilidad oratoria más que por lo que de él pudiera aprender como hombre de Dios? 10 ¿No tuvo ocasión de experimentar en su rebaño y en sus clérigos, y casi hasta en su propio cuerpo, la violencia que puede nacer del orgullo, en especial del orgullo ideológico, tal como se manifestaba en el fanatismo religioso de los donatistas y circunceliones, que eran los terroristas de
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2Cor 12,9-10. ICor 1,18.23-24.27.

Confes. 2,3,7. Confes. 3,5. Ib, 5,14,24.

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entonces? " A mayor abundamiento, en sus relaciones pastorales con el pueblo y con los que ingresaban en la vida religiosa hablaba con franqueza y frecuencia de los peligros que este pecado ha traído a la raza humana. No es extraño, pues, que subrayase tanto la necesidad de humildad entre todos los que desean seguir a Cristo.

U n corazón h u m i l d e atrae a D i o s Repetidas veces subrayó que la razón primera de por qué los cristianos tenían que ser humildes era que de este modo podían imitar mejor al Padre celestial, que por la salvación de todos se había hecho humilde en Jesucristo. Y al probar este punto, con frecuencia utilizaba los mismos conceptos que emplean las Escrituras cuando contrastan fuerza y debilidad, orgullo y humildad, destronamiento de los poderosos y exaltación de los humildes: "Quizá te avergüences de imitar a un hombre humilde; imita al menos a un Dios h u m i l d e " 12. "Si en tu debilidad no desprecias a Cristo humilde, permanecerás verdaderamente firme en el Cristo exaltado. Porque, ¿cuál fue el objeto de la humillación de Cristo sino que tú fueras débil?" 13 " C u a n t o más orgulloso es el corazón de una persona, más se aparta de Dios y baja hasta lo hondo. U n corazón humilde, por el contrario, hace bajar a Dios desde el cielo" 14. Lo que dice Agustín en este último texto es algo que quizá podamos ilustrar desde el ángulo de nuestra experiencia personal. Resulta fácil, por ejemplo, hacerle regalos a los pobres, porque necesitan casi de todo. Pero es casi imposible encontrar un regalo para un rico, puesto que tiene todo cuanto necesita y mucho más. También resulta difícil ayudar al hombre que tiene conciencia de hacerlo todo por
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sí mismo y que desea hacerlo todo él solo o ella sola. Algo así le ocurre a Dios: no tiene dificultades en contentar a los humildes ni en ayudar a los necesitados que reconocen su debilidad innata. Pero Dios sólo puede ser un mendigo, por decirlo así, a las puertas del orgulloso. La declaración de fuerza que hace la persona orgullosa pone de relieve la debilidad de Dios. Dios se permite en este caso ser casi un desamparado, porque no quiere imponerse personalmente por la fuerza a nadie ni quiere imponer sus gracias. La única manera en que Dios puede ayudar a las personas a superar el orgullo es llevándoles a tales estrecheces que se sientan forzados a reconocer su debilidad real: "Todos los orgullosos hacen alarde de fortaleza... Por eso, en su bondad, la primera gracia de Dios es hacer que admitamos nuestra debilidad, que confesemos que todo el bien que podamos hacer, así como todas nuestras capacidades, se lo debemos a é l " 15. Agustín añade otro pensamiento muy incisivo cuando dice que los orgullosos no quieren tener como líder a Dios porque es débil. Este Dios es un escándalo para ellos por haber nacido como un hombre, sujeto a la sed, al hambre, a la fatiga y, finalmente, a la muerte de cruz —y todos éstos son signos de debilidad, de desamparo, de dependencia de los demás, que los orgullosos no están dispuestos a admitir en ellos mismos, y mucho menos a hallarlos en Dios— 16. Pero, continúa Agustín, Dios se abajó y se hizo débil como nosotros y por nosotros, porque de otra manera habríamos sido incapaces de llegar a él. La humildad del Hombre-Dios Jesús, pues, es la única medicina capaz de sanar nuestro orgullo, pero esta medicina no nos es accesible si no estamos dispuestos a reconocer la realidad de nuestra condición pecadora y de nuestra debilidad, a reconocer que estamos enfermos y, ante este hecho, abrirnos a la curación l7 . Es justamente lo que dijo Jesús: "No son los sanos los que tienen
15 16 17

12 13 14

POSIDIO, 9-12.

TV. in lo. 25,16; cf también Sermón 117,17. Sermón 142,2 (conocido también como Wilmart, 11,2). En. in Ps. 93,16.

En. in Ps. 38,12,18. Sermón 123,1 y 3. Sermón 123,1; 354,5.

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f;

necesidad de médico, sino los enfermos... Yo he venido a llamar no a los justos, sino a los pecadores"{%.

El corazón de la humildad Pero si el orgullo consiste en no reconocer el papel de Dios en nuestras vidas, vernos como don suyo, y es la tendencia a instalarnos como el centro independiente de todo, ¿cómo podemos comprender la humildad? Ante todo, para Agustín la humildad no consiste en rebajarnos ni en tener una imagen pobre de nosotros, no apreciando ni desarrollando los talentos o los dones que Dios nos ha regalado. Agustín llega incluso a acusar a quienes actúan como adultos sin madurez calificándolos de "bebedores de leche", en vez de actuar como adultos maduros que toman manjares sólidos para alimentarse y progresar en la fe ' 9 . Su descripción de la humildad es sencilla y sin recovecos: " N a d i e te dice: 'Sé menos de lo que eres', sino 'conoce lo que eres'; sábete que eres débil, sábete que eres un ser humano, sábete que eres un pecador. Reconoce que él es el Dios que te libra de toda mancha; reconoce que te has mancillado. Que tu confesión revele los lunares de tu corazón y pertenecerás al rebaño de Cristo"20. Esta actitud no es degradante para el individuo; más bien lo que hace es realzar su auténtico valor de obra maestra y de don de Dios. C o m o Agustín comenta en otra parte: "Si alabas las obras de Dios, tendrás que alabarte también a ti porque eres obra de Dios... Fíjate bien, aquí tienes la posibilidad de alabarte sin por ello caer en la soberbia. N o te alabes a ti mismo, sino a Dios en ti. Alábate no por ser esta o la otra clase de persona, sino porque Dios te ha creado; no porque seas capaz de hacer esto o lo otro, sino porque él actúa en ti y a través de t i " 2 1 .
18 19 20 21

Estas ideas básicas sobre la alabanza y la humildad Agustín las compartía constantemente con su pueblo. En cuanto a su aplicación a los que vivían en su comunidad religiosa aparece clara cuando profundizamos en algunas de las materias que él tocó en su Regla.

O r g u l l o y humildad en el monasterio U n o de los pasajes más conocidos y explícitos de la Regla que trata del orgullo y de su contrapartida, la humildad, está en el capítulo 1. Con imparcialidad absoluta, Agustín habla de las dos clases principales de gente que componían la sociedad de su tiempo y proporcionaban la mayoría de los candidatos a la vida religiosa: los muy pobres y los ricos o nobles. A ambos grupos les pone en guardia frente a los peligros del orgullo y les habla de la necesidad consiguiente de la humildad. Los pobres han de evitar "el andar con la cabeza muy alta"22, metafóricamente hablando, por asociarse actualmente con gente con la que no podían alternar cuando estaban en el mundo. Los ricos, por su parte, no deben "menospreciar" a estas personas pobres a quienes habrían desdeñado totalmente en su vida social anterior 23 . La verdad pura y simple es que la llamada común a la vida religiosa ha unido muy íntimamente a estas dos clases sociales que en la vida civil distaban mucho una de otra. Tan íntimamente de hecho, que van a tener un alma sola y un solo corazón en su peregrinación hacia Dios 2 4 . A los pobres se les invita a elevar hacia Dios no sus cabezas, sino sus corazones, lo que es una clara actitud de una persona humilde; y a los que fueron ricos se les invita a congratularse no por sus orígenes de opulencia, sino por la compañía de los que proceden de una condición de vida más pobre, cosa que constituye una clara actitud de humildad.
22 23 24

Mt 9,12-13. En. in Ps. 130,12. Sermón 137,4; véase también TV. in lo. ev. 25,16. En. in Ps. 144,7.

Regla, n. 7 (c. 1,6). Ib, n. 8(c. 1,7). Ib, nn.. 3.9 (ce. 1,2 y 8).

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n
La exigencia que se cursa a ambos grupos va encaminada a realizar ese cambio de mentalidad, en la que ya insistía Jesús al situar las cosas en su verdadera perspectiva con relación al Reino. Pero si los orígenes o el rango social pueden ser una causa de orgullo, Agustín se apresura a puntualizar que para estas mismas personas hay otra fuente de orgullo mucho más sutil. Observa esta evolución en aquellos que llegan desde una condición de pobreza. Pueden convertirse en demasiado comodones e " h i n c h a r s e " de orgullo en la vida religiosa, porque en la actualidad poseen cosas de las que no habían disfrutado con anterioridad. Por otro lado, los que eran de condición acomodada pueden perder todos los m é ritos adquiridos al compartir sus riquezas con la comunidad, si son más orgullosos al hacer esto que si hubieran disfrutado sus riquezas en la vida del siglo. Porque, ¿qué provecho le reporta hacerse pobre dando sus riquezas al monasterio si la persona rica se hace orgullosa? Agustín subraya aquí una realidad perennemente válida en la vida y que debemos tener siempre en cuenta: "El orgullo está al acecho incluso de las obras buenas para tratar de destruirlas 25 . En resumen: se nos avisa que tengamos en cuenta que ni el estado social, ni los bienes materiales, ni la falta de ellos le inmunizan a uno contra los sutiles ataques del orgullo. Seguimos siendo muy humanos, incluso dentro de la vida religiosa, y sentimos la necesidad constante de aprender de la humildad de Jesús.

puede ayudarnos a discernir cuánto hemos aprendido en realidad del ejemplo de la humildad de Jesús y cuánto tenemos que avanzar a este respecto. Orgullo de los orígenes Un cambio muy notable en la mentalidad de nuestra época —al menos en los países más desarrollados—, si la comparamos con la de Agustín, excluye más o menos todo peligro de orgullo actual por razón de asociarse en la vida de comunidad con aquellos a los que ni siquiera nos habríamos aproximado en el mundo. En nuestro tiempo ya quedan muy pocas huellas de la diferencia de clases que existía incluso hace cien años. No obstante, la experiencia nos enseña que pueden existir, y de hecho existen, otras formas similares de orgullo. En algunas partes del mundo, por ejemplo, los religiosos (o los seminaristas) puede que de repente se hallen a un nivel más elevado dentro de la sociedad por el mero hecho de haber respondido a la llamada del Señor. De suyo no hay nada malo en esto, y de hecho puede ser un medio de servir mejor a los demás. Pero puede que surja, por el mismo motivo, la tentación de sentirse " s u p e r i o r " a todos los que han quedado en casa. Y esto hasta el punto de que estos religiosos comienzan a pensar en un trato diferente: hay que tratarlos con mayor deferencia, con mejores condiciones de vida y con otros privilegios especiales. Esta misma tentación de sentirse " s u p e r i o r " se puede experimentar también en el área de la discriminación racial o étnica. Los problemas de la sociedad hallan fácilmente un fiel reflejo en la vida religiosa de nuestros días, lo mismo que ocurría en tiempos de Agustín 2 6 .

Algunas conclusiones prácticas Si echamos un vistazo a algunas de las circunstancias que rodean la vida religiosa hoy, podemos sacar algunas conclusiones prácticas sobre lo que Agustín dice en torno al peligro del orgullo y a la necesidad de la humildad. Esto
25

Ib, n. 8(c. 1,7).

26 Por ejemplo, las diferencias tribales en algunas naciones pueden presentar serios problemas para la armonía y unidad en la vida religiosa. En otras circunstancias, un prolongado establishment puede considerar como inferiores a los recién llegados (emigrantes, refugiados).

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Orgullo de los talentos personales Sin embargo, el orgullo puede insinuarse en la vida religiosa de maneras mucho más sutiles. Hay otras clases de riqueza mucho más redituables que las que representan las posesiones materiales: los talentos o dones individuales, por ejemplo, que hay que compartir con la comunidad, pueden ser fácil presa del orgullo. Algunos poseen un gran caudal de habilidades intelectuales o académicas; otros tienen el don de gentes; otros, una agudeza psicológica notable. Todo esto hace que su relación con la gente sea mucho más fácil. Quienes tienen estos dones pueden caer en la misma trampa del orgullo de que Agustín habla en el capítulo primero de la Regla: " m e n o s p r e c i a r " a los demás por no tener estos dones. A veces podemos observar que los otros son más p r e miosos y lentos debido a la impaciencia e irritación que uno muestra con ellos; podemos observarlo en aquellos que se consideran más importantes o incluso imprescindibles en los cometidos que se les han asignado. Hay incluso algunos que llegan a tales extremos que rehusan interiormente aceptar las aportaciones de los otros simplemente por el hecho de que no creen que los demás tengan algo que merezca la pena compartir con ellos. Se cierran en banda frente a los hermanos o hermanas menos dotados porque no tienen nada que enseñarles, y piensan para sus adentros: ¿Qué se puede esperar de ellos? ¿Qué saben de todo esto? Es la misma actitud que adoptaban algunos frente a Jesús y que se preguntaban: ¿De Nazaret puede salir algo bueno? De idéntica manera actúan las naciones más poderosas frente a las más pobres: se reparten sus tierras y, conscientes de lo que hacen, llegan a explotarlos, pero rara vez intentan, ni por asomo, aprender algo a cambio de la población de esos países. ¡Qué absurdo sería ingresar en la vida religiosa, hacer todos los sacrificios que entraña un reto de este tipo, presentarse ante la Iglesia como un cristiano comprometido, hacer una obra buena en la presencia de Dios y luego per114

mitir que el orgullo se lleve todos estos sacrificios generosos hasta el punto de convertirlo todo en un negocio que busca el propio yo y que está centrado en el propio yo! Realmente podemos preguntarnos: ¿Han cambiado mucho las cosas desde los tiempos de Agustín? N o tanto, me atrevo a insinuar. Pero todavía tenemos mucho que aprender de la humildad de Cristo, como recalca Agustín en este pasaje: " N o s encaminamos hacia grandes cosas. Cobremos ventaja sobre las cosas pequeñas y seremos grandes. ¿Deseas ascender a las cumbres de Dios? Ánclate primero en la humildad de Dios... Edifica sobre la humildad de Cristo. Aprende a ser humilde, no seas orgulloso... Fíjate en el árbol: primero busca la profundidad para poder crecer hacia lo alto. Afinca sus raíces en el suelo para que sus ramas más altas puedan encaramarse hacia el cielo. ¿No está basado en la humildad? 2 7 U n corazón que finge ignorancia Agustín es muy explícito en el capítulo primero de su Regla respecto del orgullo y de la humildad, como ya hemos visto. Pero también se refiere de manera implícita a las actitudes orgullosas y humildes del religioso en otros pasajes de esta misma Regla28. Me gustaría mencionar particularmente una de esas actitudes para que, siendo más conscientes de ella, podamos enfrentarnos a ella con mayor eficacia en nuestras vidas y en nuestras comunidades. En el capítulo cuarto de la Regla, Agustín se ocupa principalmente de cómo deben salvaguardar la castidad los religiosos. Ansioso por salvaguardar la buena reputación de quien puede verse acusado de algún fallo al respecto, Agustín propone un método de corrección muy discreto. No
Sermón 117,17; véase también Sermón 69,2-4. Por ejemplo, en lo que respecta a la recepción de un vestuario más pobre (n. 30 [c. 5,1]) o al estar demasiado p r e o c u p a d o por la limpieza del vestido (n. 33 [c. 5,4]); el caso de un h e r m a n o que no quiere pedir p e r d ó n de corazón (n. 42 c. 6,2)]; la v e r d a d e r a humildad que se postula en un superior (n. 46 [c. 7,3]), y no a que resulta excesiva (n. 43 [c. 6,3]); en todos los casos se hace m e n c i ó n explícita de la humildad.
28 27

115

obstante, si esta corrección no consigue su objetivo, el asunto hay que llevarlo ante la gestión de otros. ¿Cuándo hay que dar ese paso? Una traducción sin equívocos del pensamiento de Agustín sobre este tema vendría a decir así: "Si él/ella finge ignorancia, convóquese a los otros"29. Fingir ignorancia es un acto que deja traslucir un corazón soberbio, un corazón que sabe que lo que ha hecho es malo, pero que no está dispuesto a reconocer el hecho. Es un corazón preparado para realizar algo vergonzoso, esperando salir airoso de ello. No es muy consolador pensar que incluso en nuestros días puede que haya algunos religiosos de esta calaña, como parece que existieron hace dieciséis siglos. Pero dejadme que mencione otras maneras más comunes de "fingir ignorancia" que revelan al menos una actitud subconsciente de orgullo y que pueden causar gran detrimento a la vida de comunidad. ¿Cuántos de nosotros, por ejemplo, hemos topado con religiosos que actúan como si nunca hubieran cometido un error, como si nunca se hubieran equivocado? Por supuesto que teóricamente admitirán que pueden equivocarse, pero en la práctica admitir un fallo raya poco menos que en lo imposible: siempre habrá algún tipo de excusas para sacudir la responsabilidad. No hay quien pueda reducir a estas personas a admitir de que también ellas están sujetas a esa condición universal tan bien resumida en el antiguo adagio: Errar es humano, perdonar divino. De modo muy parecido, a veces nos encontramos con otros que son incapaces de aceptar ninguna crítica, de cualquier clase que sea: de sus iguales, de sus superiores o del pueblo a cuyo servicio están. El P. Bernard Haring ha sabido etiquetar esta actitud en lo que realmente es: orgullo. "Parte del humilde servicio de la palabra de Dios es la disposición a aceptar cualquier posible fallo. El miedo a la censura o a la crítica es otra forma de vanidad"30.
29 30

Combatir el buen combate Conocernos bien es una tarea ardua. ¡Y mucho más ardua todavía la de reconocer las virtudes y los talentos de los demás! Sólo esto tendría que ponernos en guardia y concienciarnos de que nos estamos " h i n c h a n d o " de orgullo, de que nos consideramos "superiores". Nuestra verdadera condición humana subraya más que nunca la necesidad que tenemos del Señor y la que tenemos unos de otros en nuestra lucha por vivir una vida buena. Aún más, somos incapaces de luchar contando sólo con nuestras propias fuerzas. Necesitamos de la fuerza que Dios nos da, porque, como dice Pablo, nuestra batalla no se libra contra fuerzas humanas..., sino contra los dirigentes de este mundo de tinieblas31. Agustín nos lanza un reto parecido: "Lucha de manera que ganes. Gana de manera que recibas la corona. Sé humilde. Si no, caerás en la b a t a l l a " 3 2 . Un tratadista espiritual moderno emplea una terminología anóloga, poniendo de relieve cómo las auténticas pruebas de nuestra vida espiritual constituyen el campo de batalla donde debemos probarnos y adquirir la verdadera humildad: "La humildad sólo se adquiere en la batalla... La importancia de las tribulaciones en tu vida espiritual estriba en el hecho de que sólo a través de este tipo de pruebas adquirirás la verdadera humildad. Verás claramente la inutilidad de tus propios esfuerzos y la importancia de que Dios sea tu salvador... El orgullo es la última tentación que no ha llegado a superarse nunca en realidad" 3 3 . Existen muchas ventajas en la imitación de la humildad de Cristo: Dios se nos hace más cercano, aprendemos a vivir pacífica y gozosamente en comunidad y entre los demás y descubrimos cómo emplear nuestros talentos para el bien común. Cuando nos humillamos ante el Señor, él nos
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Regla, n. 27 (c. 4,9). BERNHARD HARING, The New Covenant, Burns and Oates, Londres 1965,

32 33

Ep 6,10-12. Comm. in ep. lo. 2,7. GEORGE A. MAHONET, SJ, Broken but Loved, Alba House, Nueva York 1981,

190.

30-31.

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a t r a e 3 4 . Ante esta perspectiva, no es extraño que Agustín insista tanto en la humildad como compañera que debe estar siempre a nuestro lado mientras caminamos por la vida. No es extraño que para él y para sus seguidores la humildad sea uno de los cimientos sólidos en que se construye la comunidad y que la lleva a la madurez. La cita siguiente, tomada de las cartas de Agustín, habla por sí misma al hacer que estos pensamientos desemboquen en una conclusión reflexiva: "Quisiera que te sometieras a (Jesús) con todo tu corazón... Y que no anduvieses buscando otro camino para seguir y alcanzar la verdad que el que ha sido garantizado por aquel que, siendo Dios, vio la debilidad de nuestros pasos. Ese camino es: primero, la humildad; segundo, la humildad; tercero, la humildad; y cuantas veces me preguntes, otras tantas te diré lo mismo. N o es que falten otros que se llaman preceptos; pero si la humildad no precede, acompaña y sigue todas nuestras buenas acciones, para que miremos a ella cuando se nos propone, nos unamos a ella cuando se nos allega y nos dejemos subyugar por ella cuando se nos impone, el orgullo nos lo arrancará todo de las m a n o s " 3 5 .

8.

Como quienes viven en libertad bajo la gracia

A " R E G L A " de san Agustín concluye con una exhortación impresionante en que se pide al Señor que garantice a todos los que la profesan la gracia de ser capaces de observar sus preceptos con espíritu de amor, "no como siervos bajo el peso de la ley, sino como seres libres bajo la gracia"'. En esta frase concreta se ve un contraste inequívoco entre una mentalidad precristiana —identificada con la esclavitud y la ley— y la mentalidd inspirada por la venida de Jesús —identificada con libertad y gracia—.

L

A m o r , n o temor Con su vida y enseñanzas Jesús mostró tanto a los judíos como a los gentiles que Dios no era un amo enfurruñado, dispuesto a sorprenderlos en sus debilidades y a castigarlos, sino un Padre amoroso, siempre dispuesto a echarles una mano. Consiguientemente, había que basar la relación con Dios en una respuesta amorosa similar. Jesús mismo era la prueba viviente del amor del Padre. N o exigía a sus discípulos más de lo que se exigía a sí mismo: un amor que aceptaba a la gente dondequiera se hallase y que, al mismo tiempo, miraba hacia el futuro para ver lo que las personas podían ser cuando crecieran en la gracia de Dios.
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Jm4,10. 35 Carta 118,22.

1

Regla, n. 49 (c. 8,2).

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A este mismo tenor, Jesús puso en claro también que las relaciones de las autoridades con los subditos iban a ser completamente distintas de las que detentaban las autoridades de aquellas épocas, en que privaban la ostentación de importancia y el dominio sobre los subditos: " P e r o no ha de ser así entre vosotros. Al contrario, el que entre vosotros aspire a la grandeza, que sea servidor de todos; todo el que quiera ser el primero, póngase al servicio de todos. El Hijo del hombre no ha venido para que le sirvan, sino para servir y para dar su vida en rescate por t o d o s " 2 . Un caso que me ocurrió hace años, siendo prior general de los agustinos, viene a demostrar de manera ilustrativa que este modo de abordar las cosas no es muy popular, sobre todo en nuestros días. Visitaba uno de nuestros seminarios menores de España y, siguiendo mi costumbre, me reuní con los 250 estudiantes en el salón de actos para poder dirigirme a ellos colectivamente. Apenas terminé de dirigirles cuatro palabras abrí el coloquio y el turno de preguntas de estos muchachos (su edad oscilaba entre once y dieciocho años). La mayoría se centraban en torno a los agustinos. Las cosas comenzaron con buen rumbo: uno me preguntó cuántos agustinos había en el mundo, otro mostró interés por nuestro tipo de actividades, un tercero deseaba saber en qué naciones trabajamos actualmente. Tras darles respuesta cumplida a estas preguntas fáciles, se alzó una pequeña mano al fondo del salón. Le dije que podía hablar, y me espetó una pregunta totalmente inesperada: "Padre general —dijo—, ¿qué tengo que hacer para ser general de los agustinos?" Como podéis suponer, la sala estalló en una carcajada, seguida de un aplauso cerrado. Yo le invité a este jovencito a que se me acercara. Descubrí que tenía once años y que acababa de llegar al seminario. Le miré con seriedad y le pregunté: " C o n q u e , ¿de verdad quieres ser general de los agustinos?" " S í " , dijo sin dudar. " B u e no, pues entonces —le repliqué— tienes que cumplir con lo
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que el Señor nos ha mandado: ser el último de todos tus compañeros y servidor de todos. Entonces quizá algún día llegues a ser general". Tan pronto como oyó que tenía que ser el último y ponerse al servicio de todos hizo un mohín de desagrado y dejó de pensar en ser general de los agustinos. A lo largo de los años he seguido la trayectoria de este muchacho, y siento la alegría de poder comunicaros que ha desistido de llegar a ser el líder mundial de los agustinos; felizmente se ha casado y es padre de un niño. Agustín entendió muy bien el concepto fundamental cristiano de la autoridad; incluso lo incorporó a su Regla. Para él autoridad y obediencia estaban tan interrelacionadas con el amor, que sobre superiores y demás religiosos recaía una responsabilidad mutua para alcanzar un objetivo único: la construcción sobre Cristo de la comunidad y la de cada miembro de ella. Pero esta clase de autoridad y obediencia, inspirada por el amor y no por el temor, exige gente madura y responsable dentro de la comunidad. Sólo tendrá su efecto donde los religiosos estén convencidos de que su meta en la vida consagrada es obedecer no sus propios sentimientos o inclinaciones, sino la ley del Espíritu, la ley del amor, tal como se les ha manifestado por medio de su inserción en una comunidad de fe y amor. Fallos del pasado y del presente En las décadas anteriores al concilio Vaticano II, las ideas básicas de Jesús sobre autoridad y obediencia como servicio en el amor no siempre se han tenido en cuenta. En ciertos sectores de la Iglesia —y, como es natural, también en la vida religiosa— ha predominado una atmósfera con más reminiscencias del Antiguo que del Nuevo Testamento, más caracterizada por el temor y por el dominio de la ley que por el amor y la compasión. En esta mirada retrospectiva es difícil comprender cómo ha podido existir una m e n talidad de tal tipo a la luz de la enseñanza de Cristo y a la 121

Me 10,42-45.

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luz del amor que Agustín dice que deben caracterizar las relaciones entre el superior y el resto de la comunidad. No es extraño, pues, que en algunas partes haya conocido la obediencia religiosa tiempos muy duros. No es e x traño que haya sufrido —a mi entender— quizá más que cualquier otro elemento de la vida religiosa. N o es extraño que, aunque el concilio Vaticano II invirtiera esta marcha con sus enseñanzas luminosas 3 y a pesar de que la actitud de quienes hoy ejercen la autoridad es, en general, muy distinta de la de antes, domine una terrible desconfianza en todos estos puntos para muchísimos religiosos. Esta desconfianza no sólo ha empañado algunos de los cambios significativos que han tenido ya efecto, sino que en la mayoría de los casos esto ha hecho que les resulte difícil aceptar sus roles renovados en la comunidad. Una falsa interpretación de la obediencia ha sido objeto de rechazo, pero, desgraciadamente, en no pocos casos con esta interpretación se ha rechazado la obediencia misma. Sin embargo, quizá en la actualidad nos acercamos a tiempos en que podemos ver otra vez las cosas con mayor objetividad. Aunque siguen en pie algunos problemas, el progreso es notable. Renovación, mayores cauces de consulta, más tolerancia ante distintos puntos de vista y el funcionamiento revitalizado de los encuentros comunitarios donde se adoptan decisiones reales han comenzado a realzar el ejercicio de la responsabilidad mutua en muchas familias religiosas. Sin embargo, a pesar de todos estos logros, no todos han entendido o aceptado su responsabilidad plena, a menudo renovada, en la comunidad. N o todos, por ejemplo, están dispuestos a aceptar aquellas decisiones comunitarias donde ellos han votado en contra. Y al revés, hay personas que desean aprobar decisiones en tales encuentros comunitarios, pero que no están dispuestos a mover ni un dedo para ponerlas por obra, ni se molestan siquiera en ver si se llevan a cabo. Ambos casos son ejemplos de un fallo en aceptar la
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responsabilidad corporativa y con frecuencia son signos de falta de madurez 4 . Teniendo todo esto en cuenta, puede resultarnos realmente útil echar un vistazo a la idea que Agustín tiene sobre la autoridad evangélica y sobre la obediencia evangélica. Todo cuanto dice tiene relevancia incluso para nuestra época de cambios. Y lo que dice de los superiores religiosos (líderes o coordinadores, como suelen denominarlos en algunos grupos) puede y debe aplicarse a todos aquellos que, aun sin ser superiores en el estricto sentido de la palabra, frecuentan el trato con otros religiosos que detentan cierta autoridad. Pienso especialmente en todos los que tienen cargos en la tarea de la formación, directores de colegios e incluso párrocos y sus vicarios.

Autoridad evangélica ¿Qué clase de superior fue san Agustín? ¿Qué relaciones tuvo con sus religiosos en el monasterio y con su pueblo en la diócesis? ¿Cuál fue su modo de actuar frente a los errores de pensamiento y de acción? ¿Qué estilo tuvo en corregir a los recalcitrantes? ¿Cómo reaccionaba frente a aquellos que evidentemente se salían de la norma? ¿Cuáles fueron sus enseñanzas sobre los deberes de quienes ocupaban puestos de liderazgo: sus relaciones con los elegidos para el mando, y la responsabilidad de los que tenían que obedecer? En temas como autoridad y obediencia encontramos en Agustín, una vez más, un desarrollado sentido de equilibrio. Esto se ve cuando habla del tema de la vida doméstica en general, de la sociedad globalmente considerada y de la vida religiosa. Los argumentos que esgrime, por ejemplo, se basan en que la verdadera paz doméstica sólo tiene lugar cuando existe una "correlación armoniosa de autoridad y obediencia entre los que viven bajo un mismo techo". Más aún: en una casa
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BERNARD O'CONNOR, OSA, A Cali to Reform, en "The Tagastan" 30 (1984)

PC 14.

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cristiana "donde los que mandan están al servicio de quienes parecen gobernar"5. Estos p e n s a m i e n t o s son algo r e c u r r e n te en Agustín, porque la paz de que aquí habla equivale a la armonía y unidad que espera de quienes viven en común la vida religiosa. En lo que respecta a este intercambio armónico de autoridad y obediencia en la comunidad religiosa, la Regla es admirable: en términos muy sencillos traza lo que se espera de los superiores y pone de relieve las relaciones que deben existir entre ellos y el resto de los miembros de la comunidad. Con sentido práctico, Agustín resume lo que espera de los superiores en un párrafo de la Regla; otra cosa es lo que de ellos dice respecto al lugar que les corrresponde en la resolución práctica de asuntos como la distribución de los efectos o bienes comunitarios o de la atención de la salud física y espiritual de los demás. "El superior, por su parte, no debe considerarse feliz en el ejercicio de su autoridad, sino en su rol de serviros en el amor. Ante vuestros ojos, él debe ocupar el primer lugar entre vosotros por la dignidad de su cargo, pero por temor a Dios debe ser como el último entre vosotros. Debe mostrarse ante todos modelo de buenas obras... Corrija a los inquietos, consuele a los pusilánimes, aguante a los débiles, sea paciente con todos (ITim 5,14). Mantega la disciplina y haga que la respeten los demás. Y, aunque ambas cosas sean necesarias, debe preferir que le améis a que le temáis, pensando siempre que ha de dar cuenta de todos ante D i o s " 6 . En esta descripción afloran unas cuantas ideas: 1) los
5 De civ. Dei 19,14; trad. City of God, de V e r n o n J. B o u r k e , G a r d e n City, Image Books, N u e v a Y o r k 1958. 6 Regla, n. 46 (c. 7,30). T. VAN B A V E L , O S A , en su Regla de san Agustín hace una versión ligeramente diferente de este pasaje de la Regla: ' Vuestro superior no debe considerarse dichoso p o r tener el poder y ejercerlo sobre vosotros, sino p o r el amor con que debe serviros. Por la estima que le tenéis debe ser vuestro superior; )or su responsabilidad ante Dios debe ser consciente de que es el último de todos os hermanos. Muéstrese c o m o ejemplo cabal en todas las buenas obras; reprenda a los negligentes en el trabajo; dé ánimos a los que están desalentados, sea soporte de los débiles y sea paciente con todos. O b s e r v e las normas de la comunidad y haga que los demás las respeten también. P r o c u r e ser más a m a d o que temido, aunque tanto el a m o r c o m o el respeto sean necesarios. R e c u e r d e siempre que él es el responsable de vosotros ante D i o s " .

superiores tienen que servir a los demás con amor y tratar de ser más amados que temidos; 2) tiene que guiarlos una profunda humildad, por la responsabilidad que se les ha confiado; 3) tienen que ser ejemplo para todos; 4) y finalmente, tienen que sentir un verdadero interés en el buen orden de la casa religiosa. Vamos a considerar más al detalle estas cuatro cualidades de esa persona a la que Agustín consideraría como un buen superior. Servir con amor En concepto de Agustín, la cualidad más importante de los superiores es un amor auténtico por sus religiosos, un amor que le motivará en cualquiera de las acciones que vaya a emprender. Por lo demás, todo lo que se pide de estos dirigentes se refiere al modo de llevar a la práctica este amor: humildad, conducta ejemplar, corrección de los perturbadores del orden de la comunidad, interés por los débiles y paciencia con todos. En otras palabras, todo lo que es básico para vivir la Regla en su globalidad, se espera tanto de los superiores como de los subditos: todos están llamados a la observancia de sus preceptos "con espíritu de caridad"1. Aún va más lejos; puesto que en la observancia de estos preceptos nadie debe actuar como un "esclavo bajo la ley", los superiores deben esmerarse en tratar a los religiosos tal como dice Agustín: "como a quienes viven en libertad bajo la gracia". La idea de que los superiores no se consideren felices porque se les ha conferido cierta autoridad cuadra muy bien con la insistencia de Agustín en que esta posición es una posición de servicio en el amor; mejor dicho, un servicio encaminado no al bien del superior, sino al bien común. Una vez más, pues, se nos recuerda un principio fundamental del estilo agustiniano de vida comunitaria por el cual todos los religiosos, incluso el superior, tienen que progresar: han de anteponer el bien de la comunidad a las ventajas
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Regla, n. 49 (c. 8,2).

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t: personales. En este sermón sobre los pastores en la Iglesia, Agustín se refiere concretamente a este punto: " D a d o que los superiores se designan para mirar por el bien de sus subditos, en el desempeño de su oficio no deben buscar sus propios intereses, sino los de sus subordinados. Todo superior que se lisonjea de estar por encima de los demás busca su propia honra y sólo tiene en cuenta sus propias conveniencias, se apacienta a sí mismo, no a su r e b a ñ o " 8 . Servir con humildad Nadie puede ser servidor de los demás si se siente "superior", " p o r encima" de ellos, por hablar de alguna m a n e ra. Ha de tener la misma actitud que Jesús esperaba de quienes querían ser los primeros: debían ser los últimos de todos 9 . Y esto no hace sino reiterar la necesidad de que un superior sea humilde: humilde a los ojos de Dios, humilde en el servicio de los demás religiosos. Agustín mismo estaba inspirado por esta actitud, incluso cuando era obispo: " T a m bién nosotros, quienes os hablamos desde un lugar más elevado, estamos postrados, llenos de temor, a vuestros pies, dado que somos conscientes de la estricta cuenta que tenemos que dar de este cargo tan e n c u m b r a d o " 10. Cuando la comunidad llama a algunos religiosos a la responsabilidad de ser superiores, no tiene el intento de " h o n r a r l o s " o de colocarlos "por e n c i m a " de los demás. La honra puede llegarles como resultado de su elección o n o minación, pero no hay duda de que no fue ése el intento o el criterio de su selección. El intento es que estos religiosos acepten posiciones de liderazgo, de responsabilidad especial, de animación, como garantía de la armonía y la unidad de pensamientos y de corazones, que son los contrastes de toda comunidad agustiniana. Y si hay alguno que se da aires de grandeza por su función de superior, tenemos que decir a
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secas que no ha entendido ni palabra del mensaje del evangelio ni del espíritu de Agustín. Un ejemplo para todos En tercer lugar, los superiores tienen que ser un ejemplo para todos. Tarea difícil, porque no todos tienen la misma óptica de las cosas. Pero al menos deben intentar el camino, no exigir de los otros más de lo que ellos se exigirían y confiar en sus oraciones la comunidad a Dios. Con toda probabilidad Agustín habría aplicado a los superiores lo que en cierta ocasión dijo de los predicadores: " H a y muchísima gente que... no quiere escuchar, con atención a aquella persona que no se escucha a sí misma, e incurren en desprestigio tanto el predicador como la palabra de. Dios que se les predica" n . Cuando los superiores fracasan en dar un ejemplo de paciencia, humildad o servicio, ¿no es muy probable que el resto de los religiosos comience a considerar qué es lo que los superiores tratan de comunicarles? Los superiores, ni más ni menos, no pueden llevar a sus religiosos a la meta de santidad y de unidad propuesta en el evangelio (y explícitamente en la Regla de san Agustín) si ellos no son los primeros en intentarlo. Los superiores no pueden esperar obediencia de sus colegas en religión si personalmente no están dispuestos a prestar obediencia a la Regla, a las Constituciones y a sus superiores mayores. Como recalca Agustín: "¿Hay algo más injustificable que el hecho de que quienes no están dispuestos a obedecer a sus superiores deseen que les obedezcan sus subordinados?"12 Hay una consecuencia natural de todo esto: los superiores están especialmente obligados a saber lo que de ellos se espera mediante la Regla y las Constituciones, y si no son capaces de enseñar la espiritualidad de su congregación en teoría, al menos tienen que intentarlo con el ejemplo.

Sermón 46,2. Me 9,35; 10,42-45. Sermón 146,1,1.

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' De doct. christ. 4,27,60. De op. mon. 31,39; véase también En. in Ps. 148,6.

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Mantener el buen orden en la comunidad Finalmente, Agustín pone en las manos de los superiores todo lo que concierne al buen orden de la comunidad. Si no hubiéramos visto la gran importancia que Agustín otorga a la armonía y a la unidad como metas principales de su comunidad, nos sorprendería ver cuánto énfasis pone en este punto. La armonía y la unidad son esenciales para el desarrollo de la comunidad porque le permiten un mayor margen de libertad para la búsqueda y el encuentro de Cristo en su medio. En cuatro ocasiones específicas Agustín subraya en su Regla la obligación del superior de corregir e incluso castigar si la ofensa es lo suficientemente seria y el ofensor sigue contumaz en su actitud o sus actitudes 1 3 . Pero Agustín no espera cosas imposibles de sus seguidores. Es más que consciente de la fragilidad humana de los que han abrazado la vida religiosa. Y este simple hecho le lleva a recalcar el hecho de que "aunque en mi casa reine el buen orden, soy hombre y vivo entre hombres"14. Todo esto viene a explicar muy bien por qué Posidio pudo escribir de él que censuraba o bien toleraba las faltas contra el buen orden y las infracciones cometidas por los hermanos contra la buena conducta según fuera más conveniente o más necesaria su
13 Regla, n. 27 (c. 4,9), sobre la corrección fraterna; n. 29 (c. 4,11), sobre cartas o regalos secretos de mujeres; n. 45 (c. 7,2), sobre las transgresiones de la Regla; n. 46 (c. 7,3), sobre las advertencias necesarias a los "rebeldes ' y el mantenimiento de la disciplina. El n. 43 se atribuía antiguamente al superior, pero teniendo en cuenta investigaciones modernas, hay que enfocarlo en otra perspectiva. Este núm. 43 no trata de las relaciones de los superiores con los religiosos. Más bien parece referirse a las relaciones de todos los religiosos (superior incluido) con los que se consideraban menores en aquella época y que probablemente no eran religiosos. Todos estos jóvenes vivían con frecuencia en los monasterios de aquella época con la finalidad de recibir una educación. Por motivos de edad y quizá también de falta de disciplina, con frecuencia era necesario hablarles fuerte para corregirlos. En estos casos es en donde Agustín dice que no hay que pedir perdón, "no sea que por practicar demasiada humildad para con quienes tienen que estaros sujetos quede minada la autoridad para gobernarlos". Parece que Agustín introduce este número como excepción del pasaje precedente, n. 42, donde se les intima a los hermanos a pedirse perdón cuando se han ofendido. Otra razón: el n. 43 va dirigido al grupo global de los hermanos —todos los verbos están en plural—, mientras que en las demás partes de la Regla Agustín habla del superior exclusivamente en singular. 14 Carta 78,8,9.

actuación 15. La actitud de Agustín frente a estas situaciones puede colegirse de estas palabras: " Q u e los hermanos sean amonestados por sus superiores con caridad, con mayor o menor-severidad, en consonancia con las diversas faltas" l 6 . " Q u e el superior actúe bien, es decir, con caridad humilde y moderada severidad, de modo que sea plenamente consciente de que es servidor de sus h e r m a n o s " , 7 . Esta moderación de la severidad está recalcada una vez más y con claridad en el acercamiento de Agustín a los males generales de carácter social: " E n mi opinión, estos males sociales no se erradican a base de rigor, severidad o métodos coercitivos, sino con educación más que con m a n datos formales, con persuasión más que con amenazas. Éste es el método de tratar al pueblo en general; sin embargo, hay que usar de severidad sólo contra los pecados de una m i n o r í a " 18. De todos modos, nada de esto debe hacer que los superiores piensen que quedan automáticamente excusados de corregir a sus religiosos. La corrección puede ser algo necesario: " D e hecho se devuelve mal por mal cuando alguien que tenía que haber sido amonestado no lo ha sido, y el asunto se ha pasado por alto por un perverso color de p r e t e x t o " 19. De ahí su cordial llamada a todos: "Si sois nuestros hermanos y hermanas, nuestros hijos e hijas, y si somos camaradas de servicio, mejor dicho, vuestros servidores en Cristo, prestad oído a nuestras advertencias, aceptad nuestros mandatos, admitid nuestro consejo" 2 0 . Esta intimación la pueden seguir todos, lo que revela la actitud de Agustín frente a todos los fíeles bajo su dirección. Es una actitud que todos los superiores deben adoptar ante sí mismos en relación con todos los que sirven: " A y u d a d m e
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POSIDIO, 25,3.

De correptione et gratia 15,46. Contra Ep. Parm. 3,6. Carta 22,5. \ De corr. et gratia 16,49; también Regla, n. 26 (c. 4,8). De op. mon. 29,37.

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con vuestras oraciones para que (el Señor) pueda ayudarme a llevar su carga. Cuando rezáis así, oráis en realidad por vosotros mismos. Porque, ¿de qué carga estoy hablando sino de vosotros? Rezad por mí, lo mismo que yo rezo para que vosotros no resultéis tan pesados... Aguantadme... para que podamos llevar mutuamente nuestras cargas. Así cumplimos la ley de C r i s t o " 2 1 . Como conclusión de estos breves esbozos sobre las cualidades y características de un buen superior, vemos que hemos retornado al punto en que ya hicimos hincapié antes: llevando unos las cargas de los otros —incluso las del superior— es como realmente demostramos nuestro amor mutuo y nuestro deseo sincero de seguir a Cristo 22 .

característica prevalente en las relaciones entre ¡mioi id.al y obediencia, donde tiene aplicaciones prácticas. Al igual que ya consideramos en su momento el rol del superior bajo cuatro apartados, así ahora vamos a subrayar cuatro características especiales que Agustín relaciona con la obediencia: 1) Obedecer al superior como a padre/madre. 2) Ver a Dios en el superior. 3) Reconocer una responsabilidad mutua. 4) Aceptar la corrección. Obedecer al superior como a padre/madre En sus primeros días de convertido, Agustín estaba muy impresionado por la santidad y distinción de los superiores con quienes mantuvo trato en las comunidades romanas que visitó. Y esto le impresionó hasta el punto que dejó escrito sobre ellos el siguiente testimonio: "Estos padres no son santos simplemente por el tenor de vida que llevan, sino que son unos varones fuera de serie por sus santas doctrinas; sobresalen en todo. Sin orgullo miran por aquellos a quienes llaman sus hijos, y, aunque tienen gran autoridad para dar órdenes, también es grande la disponibilidad y obediencia de los que están a su c u i d a d o " 2 3 . Este modelo de superior se transfiere, aunque sólo en parte, a lo que Agustín escribió más tarde en su Regla: "El superior debe ser obedecido como un padre"24. Deliberadamente he dicho "sólo en p a r t e " porque me parece muy evidente que Agustín no adoptó para sus seguidores ese tipo más pasivo de obediencia que parece que encontró en aquellos monasterios de cuya visita habla. De hecho, en la Regla Agustín habla de los religiosos como si fueran sus hijos/hijas. Siempre que se dirige a ellos lo hace en calidad de hermanos o hermanas. Incluso parece excluir de modo totalmente deliberado el tipo de relaciones que existiría entre padres e hijos cuando les exhorta a todos a evitar el temor servil y a obedecer más en calidad de seres libres bajo la gracia. Este ^
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Obediencia evangélica Pero si la autoridad evangélica exige tales demandas de los superiores, la obediencia evangélica también tiene sus exigencias concretas y correspondientes a todos los religiosos. Hay que tener bien en cuenta que, desde el punto de vista de Agustín, tanto la obediencia como la autoridad son extremadamente importantes para asegurar la existencia de tal unidad y armonía en la comunidad, que se vea favorecida la búsqueda de Dios y que el bien común esté por encima de todos los intereses personales. Más aún, Agustín quiere que nuestra vida según la Regla no sea el resultado de un temor servil, sino un ejercicio práctico en el amor mutuo de unos por otros, motivado por la gracia. Puesto que el amor es la nota dominante en la comunidad, tiene que ser también la
21 Sermón 340,1. Véase también En. in Ps. 106,7, donde Agustín pide oraciones al pueblo, ya que todos se hallan en el mismo b a r c o : " T o d o el b a r c o está dest r o z a d o . . . Os digo esto para que no ceséis de o r a r por nosotros, ya que vosotros seréis los p r i m e r o s en padecer el naufragio. ¿ O es que pensáis, h e r m a n o s , que por no estar d i r e c t a m e n t e implicados en el gobierno del b a r c o no estáis n a v e g a n d o en él?" 22 Véase c. 3, " V e r d a d e r o s amigos en C r i s t o " ; c. 1, " V i d a comunitaria: la e x p e r i e n c i a agustiniana".

De mor. eccl. cath., I, 31,67. Regla, n. 44 (c. 7,1).

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tipo de relaciones padre/hijo sería también contrario a la imposición total de la Regla, que hace hincapié en una gran responsabilidad de todos los religiosos de actuar como adultos. Lo veremos, es de esperar, con mayor claridad a continuación. Ver a Dios en el superior A la vez que dice que el superior tiene que ser obedecido como padre o madre, Agustín añade que hay que hacerlo "con el respeto que le es debido, para no ofender a Dios en su persona"25. Puede dar la impresión de que con estas palabras Agustín quería poner énfasis en los objetivos que se había propuesto al comienzo de la Regla, es decir, que hay que honrar a Dios unos en otros, ya que somos templos de Dios 2 6 . Este honor a Dios, presente en todos y en cada uno, había que reconocerlo, quizá de modo especial, en el caso del superior. ¿Por qué este énfasis en lo obvio? ¿Será quizá que Agustín, con su gran sentido práctico, preveía lo fácil que le resultaría al religioso olvidar este hecho en el caso del superior? Después de todo, los superiores tienen que tratar con frecuencia con los religiosos en situaciones tan concretas y a veces tan duras, que éstos pueden sentirse inclinados a criticarlos o incluso a oponerse a ellos cuando no se acentúa esta presencia de Dios. Así pues, los superiores tienen que ser objeto de nuestro amor, cuidado e interés. Y lo más sorprendente de todo es que Agustín nos urge a tener para con ellos una misericordia humana y comprensiva por nuestro propio bien y por el de ellos. Cuanto más obedientes seamos, tanto mayor será nuestra comprensión amorosa: " P o r tanto, siendo obedientes haréis una demostración de piedad no sólo hacia vosotros mismos, sino también hacia el superior, cuya posición más elevada entre vosotros le expone a un peligro mucho m a y o r " 2 7 . Como Agustín puntualiza en otra parte, resulta dema25 26 21

siado fácil contemplar a los colegas en religión desde el punto de vista de las ventajas meramente humanas: "Pero si ama con amor espiritual a ese hermano a quien ve con óptica humana, verá a Dios que es el amor mismo" 2%. Sucumbimos a este modo de ver las cosas desde el prisma puramente humano si sólo nos fijamos en las cualidades humanas de quienes nos lideran; por ejemplo, en su capacidad de persuasión, sin ver su autoridad para enseñarnos y dirigirnos en cuanto líderes de la comunidad. Por esta simple razón Agustín recomienda a los religiosos "no fijarse en el tálente práctico y emprendedor de quien os dirige, sino en la autoridad de quien os manda"29. La fragilidad humana de los superiores no debe aflorar en nuestro modo de contemplar su autoridad ni su derecho a exigir de nosotros actuaciones concretas. Un tratadista espiritual de nuestros días ha coincidido en la misma idea: "Si amáis únicamente al que es perfecto, no amáis a nadie. Si os limitáis a obedecer únicamente a la gente razonable, no obedecéis. Y si sólo creéis en lo que es obvio, no c r e é i s " 3 0 . O t r o autor, experto agustinólogo, subraya vigorosamente el puesto que tienen el amor y la compasión en el concepto que Agustín tiene de la obediencia: "El oficio (en la Regla) se contempla globalmente a la luz del amor... La obediencia por parte de los miembros de la comunidad está exactamente en la misma línea. Para Agustín, ser obediente es en primer lugar un acto de amor al prójimo..., un acto de 'amor compasivo'... Según esto, la obediencia es compartir las cargas y los cuidados de la comunidad entera... En cierto sentido, es a la vez sorprendente y enriquecedor que la obediencia tenga que separarse del contexto de la fe, donde se mantuvo encubierta durante muchos siglos, y situarse en el contexto del a m o r " 3 1 .

Ib. Regla, n. 9 (c. 1,8). Regla, n. 47 (c. 7,4).

De Trinitate 8,12. Deop. mon. 31,39. Louis EVELY, Una religión para nuestro tiempo, Sigúeme, Salamanca 198122. 31 TARCISIUS VAN BAVEL, OSA, The Epangelical Inspiration of the Rule of St. Augustine, en "The Downside Review" 93 (1975), 97s (abril, n. 311).
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Una responsabilidad mutua Este acercamiento a la obediencia está muy de acuerdo, una vez más, con la insistencia de Agustín en la confianza mutua de unos con otros, el respeto al individuo y al mismo tiempo un interés prioritario por el bien común por delante de los intereses personales. Existe una idéntica compaginación con la responsabilidad que se cifra en el individuo, al igual que en el superior, de observar los preceptos de la Regla con amor. Asimismo resulta una cabal coincidencia con la visión paulina que tiene Agustín del amor perfecto como algo que se halla en aquellos que, viviendo en comunidad, cumplen la ley de Cristo llevando unos las cargas de los otros 3 2 . Justamente ésta es la razón de por qué la obediencia agustiniana no puede interpretarse jamás como algo pasivo o como algo que obstaculiza la auténtica madurez personal tanto humana como cristiana. Análogamente, las quejas, las murmuraciones, las críticas destructivas no tienen cabida en la comunidad, y mucho menos como respuesta a las posibles demandas del superior. Y, sin embargo, todos estos elementos pueden aflorar en quienes no hacen ni el mínimo esfuerzo por alcanzar ese amor perfecto de Cristo que se basa en honrarle a él unos en otros y en llevar mutuamente nuestras cargas: " C u a n d o se reúnen aquellos en quienes el amor de Cristo no es perfecto, se hacen odiosos, se molestan unos a otros, fomentan el desorden, desconciertan a los demás con sus desasosiegos personales y lo que pretenden es que hablen de ellos... Todo este gremio de murmuradores tiene su expresión bien plástica en muchos pasajes de la Escritura: 'El corazón del necio es como la rueda de un carromato'. Es inevitable que rechine. Y esto es precisamente lo que ocurre con muchos de los hermanos. Viven en comunidad, pero sólo físicamente" 3 3 . Para obviar este tipo de situaciones, Agustín emplea un símil: Los religiosos se asemejan a las naves que se guarecen
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en el puerto. Les estimula a que se concentren unos y otros evitando todo tipo de colisiones y a que se amen m u t u a m e n te. Para realizar este objetivo añade: "Vara esto se precisa una imparcialidad completa y un amor perseverante; y cuando los vientos racheados penetran por la bocana del puerto es cuando hay que practicar un pilotaje prudente"i4. La referencia al rol del superior y del grupo en su globalidad resulta evidente. Quizá toda esta temática esté admirablemente resumida en los consejos de Agustín: "Haced mayor hincapié en buscar lo que os une que en criticaros unos a otros"35. Al igual que recalca el hecho de que los superiores tienen que rezar por sus religiosos y recabar oraciones por sí mismos, también insiste en que la oración sencilla de una persona obediente puede tener más eficacia que diez mil oraciones hechas por un desobediente o indisciplinado 3 6 . Aceptar la corrección En los últimos años de su vida Agustín se enfrentó con una controversia en torno a la naturaleza de la gracia, controversia que tuvo sus repercusiones en uno de los monasterios sometidos a su jurisdicción. Alguno de los monjes de este monasterio exigía que el superior debía prescribir lo que había que hacer y orar por sus religiosos para que pudieran cumplir sus órdenes. Pero que, en caso de que no lo hicieran, no debía corregirlos ni censurarlos. Extraño concepto de obediencia, que quizá no difiera demasiado de algunas actitudes de nuestros días, que pretenden hacer de los superiores poco menos que recaderos o de mandaderos de la comunidad. San Agustín da una solución muy hábil a este problema citando la práctica de los apóstoles. En efecto, ellos, dice, prescribían lo que había que hacer, corregían cuando las cosas no se hacían debidamente y oraban para que sus mandatos resultaran factibles. Agustín aplica su ejemplo a la práctica de la caridad, de esa misma caridad
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En. in Ps. 132,9. En. in Ps. 132,12; véase también de Op. mon. 16,19.

En. in Ps. 99,10. Carta 210,2. De op. mon. 17,20.

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que es el objetivo real que une a los religiosos para que vivan en comunidad. "El apóstol imparte órdenes para practicar la caridad; amonesta cuando de hecho ve que tal caridad no se practica; ora para que abunde la caridad. De acuerdo con esto, en los mandatos del superior aprended lo que debéis tener; en sus admoniciones aprended que por culpa vuestra surge este tipo de deficiencias; en sus oraciones aprended dónde está la fuente donde podéis adquirir lo que queréis t e n e r " 3 7 . Con este ejemplo por delante, vamos a retomar lo que ya hemos dicho previamente sobre la insistencia de Agustín en la obligación que el superior tiene de corregir a los indóciles, a los que de alguna manera infringen la armonía y la unidad de la casa religiosa, sea por ignorancia, sea porque actúan en contra de la Regla y de los mandatos del superior. De todos modos, resulta indicado añadir que Agustín no está pidiendo un sometimiento de la inteligencia a los propios superiores. Un famoso teólogo agustino expresó a la perfección esta idea hace ya seis siglos: "No hay que molestar a nadie por sostener un punto de pista contrario cuando puede hacerlo sin perjuicio de la fe..., porque nuestro entendimiento no está sometido al hombre, sino a Cristo"**. Sea de ello lo que fuere, es indiscutible que el sometimiento de la voluntad es una tarea muy difícil. A Agustín le asistía toda la razón del mundo al afirmar que la obediencia es la virtud de los humildes, la virtud de quienes conocen su propia debilidad, su naturaleza corrupta, lo que son en la realidad 3 9 . Sólo el humilde es capaz de soportar el peso de la obediencia evangélica o de la autoridad evangélica a semejanza de Cristo, que se humilló a sí mismo y se hizo obediente hasta el punto de morir por nosotros 4 0 .

Llevar unos las cargas de los otros Jean Vanier, fundador de L'Arche, dice que los líderes de toda comunidad tiene una doble misión: " D e b e n m a n t e ner fijos tanto sus ojos como los de la comunidad en lo que es esencial, en los objetivos fundamentales de la comunidad..., pero su misión consiste también en crear una atmósfera de confianza mutua, de paz y de alegría entre los miembros de la c o m u n i d a d " 4 1 . Todo esto es verdad, pero quizá tendríamos que añadir que los superiores no pueden crear esta atmósfera de confianza, de paz y de alegría por sí solos. Necesitan de la ayuda de todos y de cada uno de los miembros de la comunidad, pues de lo contrario fracasarán. El religioso debe prepararse a ayudar a llevar la carga al superior, y viceversa. Que no alienten la expectativa de que los superiores están exentos de fallos humanos. Los tienen más o menos como los demás. Denotaría un grado de inmadurez muy acentuado hacer el propósito de seguir a los superiores y de obedecerlos en tanto no tengan fallos. Tal actitud vendría a ser algo así como caer en el cisma donatista contra el que Agustín tuvo que luchar tan duro y tantos años. C o m o ya se ha puesto de relieve con anterioridad: "Si sólo obedecéis a los que no se equivocan, no obedecéis a ninguno"42. Cuando nos comprometemos a seguir a Cristo nos comprometemos a seguirle a la luz oscura de la fe, sin la satisfacción que deriva de la certeza. Esto incluye seguirle en los tiempos buenos y en los malos, en la salud y en la enfermedad, en tiempos de madurez y en tiempos de fracaso. Al prometer obediencia hacemos una especie de pirueta en el terreno de lo desconocido, porque no podemos leer el futuro con claridad. Pero esta pirueta es una pirueta de fe profunda y de confianza en aquel que nos llama. Es algo así como la respuesta práctica que Abrahán dio a Dios cuando éste le
41 JEAN VANIER, Community and Growth. Our Pilgrimage Together, Paulist Press, Nueva York 1979, 128. 42 Véase nota 30.

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De con. et gratia 3,5. EGIDIO ROMANO, Degradibus formarum, pars 2, c. 6, cit. en Const. OSA, n. 31. De civ. Dei 14,13. Flp2,8.

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invitó a abandonar toda su parentela, su casa y sus amigos. Se puso en marcha sin conocer a ciencia cierta adonde se dirigía ni cuándo llegaría, pero confiando a ultranza en que Dios se interesaba por él y cuidaba de é l 4 3 . Tanto en calidad de superiores como en calidad de gente que obedece, todos hacemos lo mismo. Y ésta es la razón de por qué nos necesitamos unos a otros para alcanzar la meta que nos han puesto delante.

9.

Amad a Dios, amad a la Iglesia

N A DE LAS V O T A C I O N E S que más dispersas se auguraban durante los cuatro años que duraron las sesiones del concilio Vaticano II fue la que tuvo lugar en la sesión del 29 de octubre de 1963. La votación no afectaba a materia de fe y costumbres, ni siquiera a un tema de relevancia pastoral. Sin embargo, el asunto que se debatía estaba cargado de matices teológicos, aunque éstos se ocultaran en una proposición de resonancias más bien blandas. El núcleo de la cuestión era simplemente éste: El tratamiento que el concilio daba a la santísima virgen María, ¿debía incorporarse al documento sobre la Iglesia, o habría que tratar este tema en un documento aparte? Entre los casi 2.200 votos escrutados ese día, sólo un margen de 40 votos determinaron que el lugar ideal para tratar el tema de la madre de Dios no tenía por qué ser diferente, sino situado dentro de la estructura del documento sobre la Iglesia '. Para los conocedores del pensamiento de san Agustín este resultado de lo que había sido un tema candente de debate podía tener visos de resultado lógico sin más. Nadie ha tenido expresiones más elevadas para alabar a la madre de Dios ni para su rol exclusivamente personal en el plan de salvación de Dios que Agustín. Pero al mismo tiempo nadie ha afirmado con mayor claridad que, a pesar de su elevado rol, María es ni más ni menos que un miembro de la Iglesia:
43 1 AMADEO ERAMO, OSA, Mariologia del Vaticano II vista ¡n S. Agostino, Ed. Gabrieli, Roma 1973, 1012.

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Gen 12,1-4.

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un miembro muy especial, es cierto, pero sólo un miembro: "María es santa, María es bienaventurada, pero la Iglesia es mejor que la virgen María. ¿Por qué? Porque María es una parte de la Iglesia, un miembro excelente, un miembro fuera de serie, pero un miembro del cuerpo total. Si ella es una parte del cuerpo total, resulta evidente que el cuerpo es más grande que su m i e m b r o " 2 . N o me valgo de este ejemplo para hacer una introducción a la doctrina agustiniana sobre la santísima Virgen. Me sirvo de él porque me parece ilustrar con gran concisión la importancia absoluta que tiene la Iglesia para Agustín, esa Iglesia cuya cabeza es el Señor Jesús y cuya cabeza y cuerpo constituyen conjuntamente el Cristo total. El comprender el gran amor y la grande estima que a Agustín le merece la Iglesia desde siempre nos ayudará a apreciar mucho mejor todavía su idea del puesto del religioso en la Iglesia y de lo que la Iglesia puede y debe esperar del religioso. La Regla de san Agustín no dice ni siquiera una palabra sobre la Iglesia, ni tampoco sobre el apostolado de los religiosos en la Iglesia. No tiene por qué extrañarnos: la Regla es muy breve y su interés total se centra en la vida interna de los religiosos. N o trata de ocuparse en otros temas 3 . Sin embargo, en muchos de sus escritos Agustín tiene ideas clarísimas y auténticamente provocadores sobre los religiosos en la Iglesia. Y esto es lo que voy a tratar de sintetizar a continuación.

tuvo que alterar radicalmente esta perspectiva, aunque muí ca llegó a desconectarse de su anhelo que le arr.islr.ib.i al estilo de vida contemplativa 4 . El apostolado directo puede que se viera directamente forzado en la persona de Agustín por su ordenación inesperada. Pero una vez que aceptó la carga del sacerdocio y del episcopado, nunca llegó a cuestionarse su respuesta generosa a las demandas apremiantes que estos oficios habían impuesto sobre sus hombros. Al mismo tiempo, no obstante, su amor a la comunidad, su orientación contemplativa y la innata inquietud que guió su búsqueda de Dios y de la verdad confirieron una nueva dimensión dinámica a su servicio sacerdotal. Más aún: esta nueva dimensión pronto iba a difundirse por toda la Iglesia, quizá principalmente por el influjo que ejercía el ejemplo de Agustín. De hecho, con la fundación de su primer monasterio en Hipona poco después de su ordenación sacerdotal, el sacerdocio y el ministerio activo comenzaron a combinarse con la vida religiosa en el caso de no pocos hermanos, y el empuje básicamente contemplativo de la vida religiosa comenzó a fundirse con los elementos más activos del ministerio pastoral 5 . Los primeros en sentir el influjo de esta combinación de vida religiosa y de ministerio activo fueron los miembros del monasterio que Agustín tenía en Hipona. Posidio, que fue uno de los que experimentaron una influencia más directa, nos da una idea de la reacción en cadena que se produjo cuando miembros de la comunidad de Agustín ocu4 La prueba de esto se ve en el hecho de que habló con frecuencia a los demás de sus deseos de volver a un modelo más contemplativo de vida. Sin embargo, esto no implica que fuera cauteloso a la hora de lanzarse a sus deberes apostólicos. El gran montón de sus sermones editados y de otras obras de teología revelan ya gran parte de su dedicación pastoral (véase POSIDIO, ce. 6.7.198.19, etc.). 5 El papa Pablo VI, ávido lector y admirador de san Agustín, reflejó frecuentemente en sus alocuciones públicas las dos dimensiones vitales de este gran santo y el equilibrio y unidad maravillosos que mantuvo entre ellas. Por ejemplo: "¿Quién fue más activo que él en la lucha diaria por la edificación de la Iglesia? ¿Quién estuvo más atento que él a la voz del maestro interior que habla en las profundidades del alma en conversación secreta, continua y amorosa?" (PABLO VI, Alocución del 20 de marzo de 197Í, cit. en Living in Freedom under the Grace, 39; cf también 49.

Los religiosos en la Iglesia Agustín inició su propia experiencia de vida religiosa con una orientación abiertamente contemplativa. Cuando le ordenaron de sacerdote y casi acto seguido de obispo,
Sermón 72A (Denis, 25,7). Ya hemos tenido ocasión de advertir que la Regla no trata explícitamente de la idea de amistad. Sin embargo, esta idea fue fundamental en la visión que de la vida tenía Agustín, y consiguientemente también fundamental para su idea de la vida religiosa. Véase c. 3, ' Verdaderos amigos en Cristo".
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paron otras sedes episcopales y establecieron a su vez m o nasterios: "Los que servían a Dios en el monasterio bajo la guía de san Agustín y al igual que él comenzaron a ser ordenados sacerdotes de la iglesia de Hipona... De hecho, previas las correspondientes demandas, san Agustín dio a diversas iglesias —algunas muy importantes— unos diez varones santos y venerables, castos y bien preparados, a los que yo conocí personalmente. Por otra parte, estos hombres, que se habían iniciado en su estilo de vida santa para servir a las iglesias de Dios que se difundieron por distintos lugares, siguieron fundando monasterios y... preparando a sus hermanos para recibir el sacerdocio, quienes a su vez ocuparon cargos en otras iglesias" 6 . En el trasfondo fervoroso de esta formación cultural y espiritual de los clérigos de la Iglesia de África, muchos de los cuales procedían de las filas monásticas de Agustín, subyace una teología sólida de la Iglesia, a la que Agustín repetidas veces confirió expresión. Esta teología consideraba la vida religiosa como fundamental al servicio del evangelio por su situación peculiar en la Iglesia, que es la madre de todos y de cada uno de los miembros del Cristo total. Veamos cómo expresó este pensamiento en su correspondencia con el abad Eudoxio y con los monjes de la isla de Cabrera, monasterio que no figuraba dentro de la jurisdicción de Agustín: " O s exhortamos en el Señor, hermanos, a que perseveréis hasta el final en la práctica del ideal religioso que habéis abrazado. Más aún: si la Iglesia requiere vuestros servicios, no accedáis a este requerimiento movidos por el apetito personal de encumbramiento, pero tampoco lo rechacéis instigados por el confort de vuestro ocio. Por el contrario, obedeced a Dios con sencillez de corazón, sometiéndoos humildemente a él, que es quien os dirige... No prefiráis vuestro ocio tranquilo a las necesidades de la Iglesia: si no hubieran existido personas buenas puestas a su servicio cuando ella
POSIDIO, 11,1-5. Posidio fue u n o de los religiosos pertenecientes al m o n a s t e rio de Agustín. Fue obispo de la sede de C a l a m a .
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daba a luz, ni siquiera vosotros habríais tenido ocasión de nacer"1. Con posterioridad expresó un modo paralelo de pensar a Leto, un joven religioso de su propio monasterio, que había retornado a su casa paterna para arreglar algunos asuntos familiares y que en aquellas circunstancias se estaba desvinculando de su vocación por culpa de una madre superdominante: "La Iglesia, tu madre, es también la madre de tu madre. Esta Iglesia os ha concebido a los dos por medio de Cristo... y os ha dado vida para que podáis alcanzar la vida eterna... Esta madre, extendida por toda la tierra, se ve asaltada por las acometidas del error... También se ve afligida por la pereza e indiferencia de muchos de los hijos que gesta en su vientre. Está acongojada, asimismo, viendo a tantos de sus miembros que hacen gala de frialdad en diversos lugares, mientra ella se ve cada vez menos capacitada para ayudar a los pequeñuelos. ¿Quién, pues, está dispuesto a brindarle la ayuda necesaria que está pidiendo, sino otros lujos y otros mkwhros a cuyo número tú perteneces?" 8 Finalmente, en un texto muy conocido de la Ciudad de Dios podemos observar cómo Agustín emplea ideas comparables a las generalmente expresadas sobre los tres estilos de vida abiertos a todo el mundo: el contemplativo, el activo y el mixto, integrado por los dos primeros. N o menciona explícitamente a la Iglesia ni al servicio de la Iglesia, pero lo que dice sobre la naturaleza imperiosa del amor coincide perfectamente con la doctrina de las dos citas anteriores. " N a d i e debe entregarse al ocio hasta el punto de, desde esta postura, dejar de pensar en las necesidades del prójimo; pero tampoco debe entregarse a una actividad tan desenfrenada que no le quede tiempo para la contemplación de Dios. La atracción del ocio no puede basarse en una inactividad vacía de contenido, sino en la búsqueda y descubrimiento de la verdad... Por consiguiente, el amor a la verdad anda a la busca del ocio santo, mientras que la fuerza acuciante del amor toma parte en la actividad necesaria. Pero si nadie se impone esta
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Carta 48,2. Los subrayados son míos. Carta 243,8. El subrayado es mío.

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carga, el tiempo transcurre y se gasta en la búsqueda y en la profundización de la verdad. Sí uno se impone esa carga, cuenta con energías suficientes para llevarla merced a la fuerza estimulante del amor. N o obstante, ni siquiera en este caso debe abandonarse enteramente el atractivo de la verdad, pues de lo contrario se perderá el gusto por ella y la carga acabará por aplastarle a u n o " 9 .

Principios básicos de orientación del r e l i g i o s o en la Iglesia ¿Qué conclusiones podemos sacar de estas y de otras expresiones del pensamiento de Agustín sobre los religiosos y su apostolado en la Iglesia? Pienso que podemos sacar los siguientes principios o conclusiones teniendo en cuenta el posicionamiento de Agustín: 1) Se espera que los religiosos perseveren en su vocación hasta el final; que nada les obligue a abandonarla. En otras palabras, lo primero que se espera de los religiosos es que sean lo que su vocación pide de ellos dentro de la Iglesia: cristianos modélicos, los consagrados de Dios 1 0 . 2) Si la Iglesia no los reclama, los religiosos deben emplear su ocio santo y sus horas de descanso en la búsqueda de la verdad; en otras palabras, en la oración contemplativa de Dios. Pero a la vez el religioso tiene que ser consciente de que incluso esta contemplación es un regalo que hay que compartir con los demás. Lo que Agustín dice al laicado en uno de sus sermones se aplica, con más fuerza si cabe, a los religiosos consagrados: "Predicad a Cristo donde podáis, a quien podáis y cuando podáis. Lo que se os pide es fe, no elocuencia. Quien no da nada a los demás es un desagradecido con aquel que le ha colmado de dones. Por tanto, se espera que cada cual dé de acuerdo con la medida que han empleado con él"11.
De civ. Dei 19,19. El subrayado es mío. i» En. ¡n Ps. 75,16; Carta 132,2. 11 Sermón 260E (también llamado Guelf, 19,2). Para Agustín tiene su responsabilidad una vida monástica "puramente contemplativa' . Incluso los "monjes
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3) Si la Iglesia los llama, la naturaleza aprcmi.uiii di I amor exige que el religioso arrostre todos los s.u litliiitn necesarios en pro del mayor bien de la Iglesia, sin abandonar, por lo demás, la vocación y dedicación religiosas luu damentales. 4) La Iglesia cuenta particularmente con quienes y.i han sido bendecidos por Dios con gracias especiales p.u.i ayudarla a engendrar nuevos hijos e hijas y para difundí) < I evangelio. Agustín pone el mayor énfasis posible en la oblí gación que aquéllos tienen de servir a los demás, habida cuenta de la poca necesidad de preocuparse de sí mismos: "Aquellos a quienes el evangelio y la gracia de Dios ha hecho perfectos, viven en este mundo sólo para bien de los demás. No necesitan vivir para sí mismos" n. 5) Finalmente, el servicio que la Iglesia puede demandar de los religiosos no debe contar con móviles de ambición, ni con deseos de promocionarse en el mundo o en la misma Iglesia, ni de apetito de honores o intereses personales, sino que debe basarse únicamente en el motivo del " a m o r de Cristo que nos acucia" 13. Resulta interesante que Agustín hable de modo explícito de la ambición en exclusiva, de los honores y de los intereses personales aun en el caso de los religiosos que han proyectado y emprendido un servicio especial a la Iglesia. Su p r o pia experiencia le debió poner en contacto con clérigos y / o religiosos de carácter ambicioso y egoísta. En todo caso, se hallaba suficientemente interesado, dadas sus observaciones, en despertar la atención de los demás sobre este e x t r e m o . Acababan de ordenarle sacerdote cuando escribió a su obispo Valerio en estos términos: "En esta vida, y especialmente en esta época, nada hay más fácil, más apetecible ni más solicitado que el cargo de obispo, sacerdote o diácono si estos oficios se toman un tanto a la ligera entre halagos y
laicos" pueden y deben compartir con otros el fruto de su respectiva contemplación. Sobre este tema, véase VERHEIJEN, St. Augustine..., 22-23. 12 En. 2 in Ps. 30; Sermón 2,5. '3 2Cor5,14.

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adulaciones. Pero a los ojos de Dios nada hay más miserable, más desdeñable y más digno de condenación... Por otra parte, habida cuenta de que este servicio hay que prestarlo como manda el Maestro, a los ojos de Dios no existe una felicidad m a y o r " M . Con posterioridad hablaría y proclamaría con vigor la necesidad que tienen los pastores de la Iglesia de hablar con una sola voz, con la única voz de Cristo. Porque si se dedicaran a hablar del cisma o herejía o se consagraran a la búsqueda de ventajas personales, no harían sino apacentarse a sí mismos y no al rebaño. Lo que constituirá para este último la confusión y la dispersión 15. El punto clave que Agustín parece poner de relieve es éste: sin que importe para nada la posición que ocupemos, estamos al servicio de la Iglesia, porque la Iglesia es Cristo, el Cristo total, y por tanto ella es nuestra madre espiritual. Todos los ministros tienen que estar unidos a ella cumpliendo su misión personal, porque toda auténtica misión es como un mandato de Cristo por medio de la Iglesia. " 'Si el Señor no construye la casa, en vano se afanan los albañiles. ¿Quiénes son los albañiles? Los que en la Iglesia predican la palabra de Dios, los ministros de los sacramentos de Dios. Todos los que corremos, todos lo que trabajamos, todos los que construimos... Pero si el Señor no construye la casa, en vano trabajan los albañiles'... Nosotros hablamos desde fuera; él construye desde dentro. Él es quien construye, aconseja, inspira temor, abre los corazones y los dirige a la f e " 16. Los religiosos no son, ni mucho menos, una simple parte de esta realidad de la Iglesia, sino, como recalca Agustín,
Carta 21,1. Sermón 46,30 y en otros lugares. El problema de los clérigos o religiosos ambiciosos o indiferentes no se ha restringido nunca a esta o a la otra generación. El papa san Gregorio Magno hablaba de idéntico problema casi dos siglos después de san Agustín, criticando severamente a quienes asumen los deberes de pastor y reivindican los honores anejos a tales cargos, mientras lo que más les preocupan son sus propios intereses en el mundo, anteponiéndolos a los cuidados del rebaño, (véase Homilía 17,3,14, tal como se lee en la Liturgia de las Horas, sábado de la 27 semana del año). 16 En. in Ps. 126,2.
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una parte muy honorable, una parte modélica , 7 . Igual que los miembros de la comunidad naciente de Jerusalén estaban íntimamente unidos a los apóstoles y eran instruidos pot ellos 1 8 , así los religiosos de hoy tienen que estar íntimamente unidos a la Iglesia e interesados principalmente en sus necesidades, no en las suyas propias. De modo análogo, toda obra o trabajo apostólico tiene que estar íntimamente relacionado con las necesidades de la Iglesia y con la realidad que vive la Iglesia, porque cuanto el Espíritu nos da está al servicio del bien común i9 .

U n i d o s en el amor en una verdadera Iglesia católica Pero no hay que ver las necesidades de la Iglesia bajo el estrecho prisma de lo que ocurre inmediatamente en torno nuestro. C o m o observa Agustín, uno de los aspectos más importantes de la Iglesia es precisamente su universalidad. Agustín estaba muy sensibilizado en este punto: su visión no se limitaba a los confines geográficos de su propia iglesia local, sino, como ya hemos visto, estaba más que dispuesto a subvenir las necesidades misioneras de la Iglesia donde las hubiera 2 0 . Quizá motivado por los persistentes problemas que tuvo con los donatistas, que de hecho tenían una visión muy restrictiva de la Iglesia, Agustín llegó a equiparar su identificación de la Iglesia con el "Cristo total", extendido por todo el mundo: "Nosotros somos la santa Iglesia. Pero no he dicho 'nosotros' como para indicar que lo somos en
In ev. lo., tr. 13,12; En. in Ps. 132,1. En. in Ps. 132,2; He 2,42. ICor 12,17. Estas ideas se han reiterado machaconamente en nuestro tiempo por parte de Pablo VI en su gran encíclica misionera Euangelii nuntianii: "La evangelización no consiste en un acto individual y aislado... No actúa en virtud de una misión que el individuo se atribuye a sí mismo o por inspiración personal, sino en unión con la misión de la Iglesia y en nombre suyo... El evangelizador tampoco es el dueño absoluto de su acción evangelizadora... Actúa en comunión con la Iglesia y sus pastores" (n. 60, 8 dic. 1975). 20 Véase nota 6.
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exclusiva quienes estamos aquí, vosotros que me estáis escuchando. Pienso en todos los que estamos aquí y por la gracia de Dios somos cristianos creyentes de esta iglesia, es decir, de esta ciudad. Pienso en todos los de esta región, de esta provincia, de allende los mares, del mundo entero... Esta es la Iglesia católica, nuestra madre verdadera, la esposa fiel de un esposo tan g r a n d e " 2 1 . " M u y cerquita de nosotros, aquí, en África, hay tribus innumerables de gente a los que no se ha predicado aún el evangelio... Por eso hay que establecer también la Iglesia en medio de estas personas, donde aún no está p r e s e n t e " 2 2 . A esta Iglesia verdadera, católica y universal, estamos invitados a amar, comprender, sacrificarnos por ella, mantenernos en su unidad, servirla con corazón generoso y tolerar el hecho de encontrarnos con que los miembros malos están mezclados con los buenos. Agustín sintetiza muchos de estos conceptos en este enunciado, que viene a ser un reto tanto para los apóstoles comprometidos como para los simples fieles: "El que ama a su hermano se acomoda en todo en aras de la unidad, porque el amor fraterno se basa en la unidad del amor. Suponte que una persona mala te ofende, o bien uno a quien juzgas que es malo o que te imaginas que lo es. ¿Abandonarías por este motivo a muchos otros que son buenos?"23 Estas apreciaciones no deben conducirnos al error de pensar que Agustín se refiere principalmente aquí, calificándolos de malos, a los separados de la Iglesia. C o m o con frecuencia indicaba a sus catecúmenos, la mayor piedra de escándalo de la fe no dimana de ordinario de los que se hallan fuera de la comunión de la Iglesia, sino de los que están dentro de la Iglesia, de los que reivindican el nombre de cristianos, pero que de hecho no lo son en modo algun o 2 4 . "Muchos se denominan cristianos, pero no lo son en
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realidad. No son lo que indica su título ni en su vida, ni en su moralidad, ni en su fe, ni en su esperanza, ni en su caridad"25. No tiene, pues, nada de extraño que, como cristiano recién bautizado, Agustín admirara tanto a los que ocupaban puestos de mando en la Iglesia, porque en realidad no sólo tenían que aguantar a este tipo de cristianos falsos, sino que también tenían que gobernar a quienes adolecían de una pobre salud espiritual: " H a n de tener paciencia con los vicios del pueblo para curarlos, y antes de poder calmar la tempestad tienen que aguantar sus embates. En tales circunstancias resulta difícil mantener una conducta ejemplar y mantener el espíritu en perfecta c a l m a " 2 6 .

Honra a tu padre, honra a tu madre Agustín, finalmente, resalta con fuerza inusitada la identidad existente entre la unión con la santísima Trinidad y con Cristo mismo. Si de verdad amamos al Padre, necesariamente tenemos que amar su Iglesia, que es el Cristo total. Análogamente, no podemos estar unidos al Espíritu Santo ni ver realizada en nosotros la obra del Espíritu si de algún modo estamos separados de la realidad de la Iglesia universal. No podemos honrar ni amar a Dios como Padre sin honrar y amar del mismo modo a la Iglesia como madre. Estas ideas las hallamos perfectamente entramadas en las citas siguientes: " ¿ C ó m o puede uno llegar al conocimiento de haber reconocido el Espíritu Santo? Dejémosle que pregunte a su propio corazón. Si ama a su hermano, el Espíritu de Dios mora en él. Dejémosle que se constituya en testigo delante de Dios: que mire a ver si hay en su persona amor a la paz y la unidad, amor a la Iglesia extendida por todo el m u n d o " 2 7 . "También nosotros recibimos el Espíritu Santo
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Sermón 213,8. Carla 199,12,46 y 48. Inlep. lo., 1,12. VAN BAVEL, Christians..., 100.104.

In I ep. lo. 4,4. De mor. eccl. caá. 1,32,69. In I ep. lo. 6,10.

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si amamos a la Iglesia, si estamos conjuntados por el amor, si nos sentimos contentos del prestigio y de la fe católica. Creámoslo, hermanos y hermanas: uno tiene el Espíritu Santo en la misma medida en que ama a la Iglesia de Cristo... Más aún: amamos a la Iglesia cuando estamos firmemente anclados en sus miembros y en su amor 28 . Pero la afirmación más sorprendente de Agustín —que demuestra su intenso amor a la Iglesia— sitúa a la Iglesia en tal unión con el Padre que hace un retrato de ellos como si estuvieran unidos por los vínculos del matrimonio: " A m e mos al Señor nuestro Dios, amemos a su Iglesia; a él como padre nuestro, a ella como nuestra madre; a él como Señor, a ella como esclava, porque somos hijos e hijas de esa esclava. Pero este matrimonio está unido por el amor más grande. Nadie puede ofender a uno y esperar ser honrado por el otro... ¿Qué bienes te puede reportar no ofender al Padre, si va a vengar a la madre en el caso de que la ofendas?... Por eso, queridos míos, estad siempre en acuerdo completo con Dios como padre y con la Iglesia como m a d r e " 2 9 .

a otro que con toda seguridad fue contemplativo y activo lo he mantenido yo siempre en mi persona. Hago mención de este tema porque, al igual que en la vida de Agustín hubo inevitables tensiones en la búsqueda de equilibrio entre las dimensiones contemplativa y apostólica, estas mismas tensiones siguen siendo frecuentes en nuestro días entre todos los religiosos que con toda sinceridad tratan de ser aquello a lo que han sido llamados en la Iglesia. Agustín enfocó este problema de distintos modos, pero en la práctica siguió siendo problema para él. En su obra La ciudad de Dios ya hemos visto la esperanza que tenía en que los llamados a la actividad no abandonaran nunca las alegrías interiores de la contemplación 3 0 . Aunque estaba muy comprometido en sus trabajos apostólicos en favor del pueblo, siempre tenía tiempo, en medio del cúmulo diario de ocupaciones, para la actividad más importante de todas: su oración contemplativa, interior y tranquila a Dios. De h e cho enseñó a sus compañeros de religión, y a los clérigos asociados a él, que antes de ser predicadores reales de la Palabra tenían que ser hombres de oración, bebiendo en la Palabra que Dios les daba antes de compartirla con los demás 3 1 . Practicó en su propia vida lo que el papa Juan Pablo II ha subrayado con frecuencia en sus alocuciones a los religiosos de todo el mundo: "Una pausa de verdadera adoración tiene más valor y provecho espiritual que la más intensa actividad, aunque se trate de actividad apostólica" *2. Quizá esto nos lleve a formularnos la siguiente pregunta: ¿Cómo nos enfrentamos a este reto en nuestra vida de hoy? A menos que exista una unión íntima entre estas dos dimensiones de nuestra vida y a menos que la dimensión contemplativa cuente con posibilidades de suministrar la energía
Véase nota 9. JUAN PABLO II, Alocución a tos Superiores Generales, 24 de noviembre de 1978, n. 4, en "Acta Ordinis S. Augustini" 23 (1978) 13. Este juicio es representativo de un pensamiento que ha aparecido a menudo en las observaciones del papa a los religiosos.
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Algunas conclusiones breves Siempre he sentido fascinación al observar que la Iglesia ha sido algo central en la vida de mi propia O r d e n agustiniana desde su fundación en el siglo XIII. Fue en efecto la misma Iglesia, por medio de dos papas en particular, la que unió distintos grupos de religiosos en el año 1244 y posteriormente en 1256 para constituir nuestra Orden. Estos diversos grupos se habían dedicado, en su inmensa mayoría, a la vida contemplativa, y, sin embargo, la Iglesia les dio en aquella época un verdadero empuje apostólico, insistiendo a la vez en que no perdieran su dimensión contemplativa. El paralelismo de lo que le aconteció personalmente a Agustín al pasar de un tipo de vida verdaderamente contemplativa
28 2 <

ln lo. ev., tr. 32,8. > En. in Ps. 88; Sermón 2,14.

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necesaria que exige nuestra actividad pastoral, se corre un grave peligro de esterilidad o de rutina e incluso de que la apatía haga acto de presencia en el servicio a los demás. Y caso de que esto ocurra, me extraña que podamos seguir diciendo que somos fieles a nuestra vocación dentro de la Iglesia en calidad de cristianos modélicos.

espiritual, que nos ha dado la vida y que continúa alimentándonos a todos. Justamente de este modo otros hijos e hijas serán capaces de recibir esta misma gracia que se nos ha dado a nosotros, para así nacer y alimentarse en el evangelio.

Una v i s i ó n más amplia de la Iglesia O t r o punto que la idea que Agustín tiene de la Iglesia pueda inspirar a todos los religiosos es éste: Nuestra visión de la Iglesia no puede limitarse a nuestro entorno. Agustín estuvo dedicado a la Iglesia católica y universal. Se mantuvo abierto a las necesidades de largo alcance de todo el cuerpo de Cristo, sin estar totalmente atado a los problemas reales con que tenía que enfrentarse en su propia diócesis. Su visión de la Iglesia fue auténticamente misionera, y a esta visión respondió personalmente de manera muy práctica: enviando a otros en ayuda de la Iglesia cuando ésta se veía realmente necesitada. Todos podemos estar orgullosos de las muchas contribuciones que nuestras respectivas congregaciones religiosas han hecho a la Iglesia en el pasado. Pero aun contando con esto, tenemos que seguir sensibilizándonos ante las necesidades emergentes y cambiantes de la Iglesia. Tenemos que seguir cuestionándonos cómo responder mejor a estas necesidades tal como evolucionan, teniendo siempre en cuenta, naturalmente, nuestras limitaciones, nuestro carisma distintivo, nuestra razón de ser en la Iglesia. Cuanto más fieles seamos a nuestra llamada dentro de la Iglesia, tanto más conscientes seremos de nuestra misión, aunque nunca salgamos de casa, como le ocurrió a santa Teresita de Lisieux. Amar al Señor y amar a su Iglesia —el " C r i s t o t o t a l " — es una tarea gozosa, pero también es siempre un reto. Para quienes deseamos seguir el espíritu de Agustín cuenta también el modo con que estamos al servicio de nuestra madre 152 153

10. Hacer comunidad mediante la confianza y el amor mutuos

A E X P E R I E N C I A agustiniana de la vida comunitaria presenta un ideal que es a la vez atractivo y exigente '. Trata de fundir en una sola las dos partes distintas de este ideal: la parte espiritual, que tiene como objetivo principal la búsqueda común de Dios, y la humana, que se ocupa de la construcción de las relaciones mutuas que surgirán en una comunidad de amor, de acogida, de ayuda y de reto. Estas dos realidades pueden fusionarse porque, según la idea de Agustín, una conciencia creciente de la presencia de Dios en el otro inspira al religioso a hacer realidad su búsqueda de Dios, sobre todo en el verdadero corazón de la comunidad. Es, por tanto, en las relaciones mutuas de los religiosos donde la búsqueda de Dios halla su punto de partida y donde adquiere impulso. Esta búsqueda postula demandas constantes y concretas a cada uno, demandas que pueden resumirse en un ideal básico: cada uno debe llevar las cargas de los demás como si fueran las propias. Esto es lo que constituye la realización de la ley de Cristo: que nos amemos unos a otros como él nos ha amado. Este estilo de vida ni es irreal ni es romántico. Eso sí, es un estilo de vida y como tal necesita de un esfuerzo de por vida para la consecución plena de sus objetivos. El esfuerzo
1 Véase el c. 1, "Vida comunitaria: la experiencia agustiniana"; también T. V. TACK, OSA, Augustinian Community and the Apostolate, en Living in Freedom Under Grace, 148-157, y Essential Charactistics of Augustinian Religious Life, ib, 187-200.

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necesario para llevar a ejecución este amor e interés mutuos que tanto distinguen al proyecto agustiniano de comunidad se expresa de modo perfecto en un sermón que tuvo con ocasión de la dedicación de una nueva iglesia, en que se congregó la comunidad cristiana local: "Esta iglesia es la casa de nuestras oraciones, pero también nosotros somos casa de Dios. Y si somos casa de Dios, vamos construyéndonos aquí durante el transcurso de la vida para que nos puedan dedicar al final de los tiempos. U n a edificación o, por mejor decir, la construcción de ese edificio ocasiona trabajos, mientras que la dedicación produce alegría y nada más que alegría. Cuanto aquí se ha hecho al levantar estos muros se vuelve a realizar cuando congregamos a todos los que creen en Cristo... Sin embargo, no llegan a constituir una casa del Señor mientras no estén unidos por el amor. Si estas vigas y estas piedras no se dispusieran de manera orgánica; si no estuvieran ligados estos materiales unos con otros de manera armónica, en paz y, por decirlo así, encajadas en el amor mediante una cohesión de unos con otros, nadie se atrevería a entrar en esta casa. Pero como contempláis un edificio donde vigas y piedras están sólidamente trabadas, entráis en confianza y no tenéis miedo de que se venga a b a j o " 2 . La colocación de la piedra angular de una iglesia es ocasión para celebrar una fiesta, pero no hace sino señalar el principio de todo un montón de trabajos duros para m u cha gente, para que la iglesia pueda adquirir su estructura externa y su calor íntimo y familiar. O t r o tanto puede decirse de las personas que ingresan en la vida religiosa o que se reúnen para formar una nueva agrupación comunitaria. Es algo que ocurre cuando alguien entra a formar parte de la comunidad o se le traslada. Hay por delante todo un cúmulo de esfuerzos incalculables, de muchas dificultades, de múltiples desencantos antes que el religioso aprenda el modo de formar una auténtica comunidad de amor en el
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Señor, antes de ser capaz de alcanzar esa unión con Dios a través de sus hermanos y hermanas, que es lo que constituye el objetivo último que propone Agustín a quienes quieren seguir su ideal religioso. Muchos ingresan en la vida religiosa con expectativas poco realistas. (Es muy posible que nosotros mismos hayamos tenido expectativas de este tipo en fechas más o menos lejanas de nuestro pasado.) No son conscientes de sus propias limitaciones ni de las limitaciones de los demás. Con frecuencia buscan la perfección y no pueden hallarla. Parecen haber olvidado que la vida religiosa es formalmente " v i d a " integrada por seres humanos, no por ángeles. Con frecuencia no están preparados para las decepciones con que ineludiblemente se toparán al no ver sus ideales realizados de modo inmediato. En síntesis, no acaban de constatar que la construcción de la comunidad y de la propia vocación es un proceso largo y a veces muy tedioso.

Idea agustiniana de la vida religiosa. Antes y después En sus primeros días de cristiano, Agustín quizá tuviera una idea romántica de la vida religiosa, probablemente debido a que era un mero espectador desde fuera. Hay evidencias de ello, por vía de ejemplo, en algunos párrafos de su libro Sobre las costumbres de la Iglesia católica. En esta obra concreta, Agustín hace una referencia casi exclusiva a lo positivo de la vida religiosa, hecho que podría llevar a uno con demasiada facilidad a la creencia, totalmente falsa, de que la vida religiosa es una especie de paraíso en la tierra. U n breve pasaje de esta obra puede servirnos de ejemplo de esta mentalidad: " ¿ C ó m o no admirar y recomendar a quienes, despreciando y abandonando los placeres de este mundo y viviendo juntos en una sociedad auténticamente casta y santa; viviendo su vida en oraciones, lecturas y estudios, sin 157

Sermón 336,1-2.

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asomo de orgullo, ruidos o pendencias, sin los ceños de la envidia; sino tranquilos, modestos, pacíficos, llevan una vida de verdadera armonía y consagración a Dios?" 3 Las alabanzas tributadas a los siervos de Dios en este texto hacen que su vida parezca casi "del otro m u n d o " , muy lejos de las capacidades del común de la gente. Induciría al lector a pensar que estos religiosos ya habían alcanzado una especie de nirvana o estado de perfección. Pero años más tarde, cuando Agustín emprendió personalmente la vida religiosa, sus ideas se hicieron muy realistas y equilibradas. Vio todo el cúmulo de bienes que entraña este estilo de vida, pero al mismo tiempo no dudó en subrayar también la cantidad de cosas que pueden ir mal cuando se vive este tipo de reto. Esta visión más realista aparece en primer lugar en la Regla de Agustín, pero también en otras de sus obras. En todos estos escritos muestra una visión muy equilibrada, al insistir sobre muchos elementos positivos de la vida comunitaria, sin ignorar, por lo demás, los aspectos negativos que a veces pueden encontrarse en el monasterio. Ve la vida religiosa como un microcosmos de la Iglesia misma, y en la Iglesia existe siempre una mezcla de trigo y de cizaña entre los miembros, sean laicos, clérigos o religiosos. " H e r m a n o s y hermanas, que nadie os engañe. Si no queréis que os engañen y deseáis amaros unos a otros, tened bien en cuenta que todos los estados de la vida eclesial tienen sus hipócritas. Yo no diría que toda persona sea hipócrita, sino que cada estado de la vida tiene sus hipócritas... Igual que hay buenos cristianos, los hay m a l o s " 4 . "Cualquier género de vida, caso de que se recomiende de manera errónea, es decir, imprudentemente, servirá de cebo a la gente por el mero hecho de alabarlo. Pero una vez que estas personas que han venido al monasterio se hallen dentro, verán cosas que nunca se habían imaginado que hubiera allí. Asqueados del mal,
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desisten del b i e n " 5 . "Aunque en mi casa reine el buen orden, soy hombre y vivo entre hombres, y no osaría decir que mi casa es mejor que el arca de Noé, donde fue expulsado uno de los ocho...; ni mejor que la comunidad de Cristo el Señor, donde once almas leales aguantaron la deslealtad de Judas el ladrón... N o , pero os digo con toda sinceridad ante el Señor, nuestro Dios, que es mi testigo..., que difícilmente me he encontrado con personas mejores que las que han progresado en el monasterio. Pero a la vez tampoco las he encontrado peores que las que dentro del monasterio han perdido su v o c a c i ó n " 6 .

Una investigación pública Nada mejor que un caso práctico para ilustrar las dificultades con que Agustín se topó en uno de sus propios monasterios. Este caso fue una prueba severa de su ideal religioso a los ojos de toda la iglesia local. Lo que podía haber degenerado en un desastre no fue tal, sino que dejó las cosas en su sitio, poniendo tanto a la comunidad como al ideal comunitario en una situación auténticamente luminosa, a pesar de todas las debilidades humanas. En el Sermón 355, que predicó poco antes de la navidad del año 425 — c o n taba por aquel entonces setenta y un años de edad—, vemos que Agustín estaba muy preocupado por uno de sus sacerdotes que había vivido en su compañía, un tal Jenaro, y que había muerto recientemente tras hacer testamento y dejar sus últimas voluntades. Este hecho estaba estrictamente prohibido, porque nadie dentro de su monasterio podía disponer de propiedades o fundos personales. C o m o resultado de este hecho, Agustín comunicó al pueblo su intención de realizar una investigación exhaustiva acerca de cómo vivía su voto de vida común el resto de los clérigos de su comunidad. Cuando algunas semanas más tarde presentó final\v
5 6

De mor. eccl. cath., I, 31,67. En. in Ps. 99,13; también 132,4; 54,9.

En. in Ps. 99,12. Carta 78,8-9.

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mente sus conclusiones a la multitud que abarrotaba la iglesia, mostró que se hallaba orgulloso con toda justicia: había constatado que todos sus hermanos eran leales a su "santo c o m p r o m i s o " de vivir en común sin tener nada propio 7 . Eran, pues, hombres de confianza y gozaban de crédito para el ideal que Agustín les había trazado. U n líder fiable La investigación tuvo un final feliz. Pero aún nos resta responder a una pregunta importante: ¿Cómo saltó este problema al primer plano? ¿Era posible que Jenaro hubiera vivido durante años con Agustín y su comunidad sin que ninguno de ellos sospechara de su mal comportamiento? Ese puede haber sido el caso, en efecto. Sin embargo, es difícil entender cómo ocurrió si tenemos en cuenta la actitud básica que guió a Agustín en el trato diario con sus compañeros de religión. Agustín era muy consciente de esa verdad fundamental que enseñó a otros: que cada uno de nosotros es un templo de Dios. Y esto hizo de él una persona muy fiable. Pensaba asimismo que muchos de sus hermanos eran recelosos por lo que a su vida privada se refería. Es evidente que consideraba esta actitud de confianza del todo punto esencial para la total armonía de la comunidad. Tan esencial como su insistencia, por ejemplo, en el total compartimiento de bienes en el monasterio. El respeto mutuo que todos los hermanos debían tener unos con otros tenía una finalidad: excluir de la vida común todo tipo de alteraciones graves que surgen invariablemente cuando se permite que eche raíces la sospecha, que crezca y que eventualmente emponzoñe las relaciones fraternas. Esta actitud de respeto y de confianza reviste especial importancia para quien está a la cabeza de la comunidad y cuyo cometido principal dentro de la estructura agustiniana no es andar escrutando los secretos de
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los demás, penetrar en sus conciencias, sino proteger y p r o mover la unidad y armonía de la comunidad. Ya hemos indicado lo que significaba para Agustín esa unidad y a r m o n í a 8 . Su pensamiento en torno a la confianza lo expuso con toda claridad cuando se dirigió a los fieles con motivo del caso de Jenaro: " T e n g o tan buena opinión de mis hermanos que me he abstenido de hacerles preguntas, porque me parecía que al andar indagando entre ellos podía dar la impresión de que sospechaba algo malo. Por otra parte, era consciente, tanto entonces como ahora, de que todos los que han convivido conmigo están familiarizados con nuestro ideal y con nuestra regla de v i d a " 9 . Este mismo elemento de confianza aparece en la Regla cuando habla Agustín del cuidado de los enfermos: "Si la causa de la enfermedad corporal del hermano no se ve con claridad, debes aceptar la palabra del siervo de Dios cuando indica que tiene dolores" l0 . Posidio ofrece otras pinceladas en torno a la confianza de Agustín en relación con el área delicada de las finanzas: "Delegaba y confiaba alternativamente en los clérigos más capaces la administración de todos los bienes de la casa vinculada a la iglesia. Personalmente no se reservaba ni llaves ni sello. Los encargados registraban todas las entradas y salidas. A finales de año se le entregaba el balance de modo que pudiera estar al tanto de las cantidades recibidas, de las distribuidas y del remanente que quedaba para su ulterior distribución. Pero en muchas transacciones, más que verificar personalmente los documentos, lo dejaba todo en manos del administrador" " . Agustín estaba incluso dispuesto a aplicar esta misma actitud de confianza frente a los aspirantes a ingresar en el monasterio, hecho que constituye un ejemplo más de su extraordinaria apertura y comprensión de la psicología hu8 Véase nota 1. " Sermón 355,2. 10 Regla, n. 35 (ce. 5.6), donde el individuo se integra a la observancia normal una vez recuperada suficientemente su salud.

ii POSIDIO, 24,1.

Sermón 356, predicado poco después de la epifanía de 426.

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mana. Déjales que se prueben a sí mismos, le dice a un superior hipotético, subrayando las dificultades que entraña juzgar a los demás sin tener experiencia personal de ellos. " ¿ C ó m o vas a conocer a quien tratas de excluir del monasterio? Si quieres averiguar su falta de aptitud, somételo a prueba, y esto tienes que hacerlo dentro del monasterio... ¿Tratas de rechazar a todos los que no son aptos? Eso es lo que dices... ¿Crees que van a presentarse ante ti con el corazón en la mano? Algunos postulantes ni siquiera se conocen a sí mismos. ¿Es que les vas a conocer tú mejor? Muchos se han prometido responder generosamente a la santidad de esa vida que posee todas las cosas en común, donde nadie reivindica nada como propio y todos tienen un solo corazón y un alma sola dirigidos hacia Dios. Los han puesto en el disparadero y se han d e r r u m b a d o " n. Estos contados ejemplos nos hacen ver con suficiente claridad que Agustín observó una actitud de confianza fundamental con los que convivían con él. Al mismo tiempo, sin embargo, era muy exigente con ellos. Esperaba de ellos una actitud muy madura frente a su compromiso de vivir en común de manera armónica en una búsqueda común de Dios. Esta madurez y sentido de responsabilidad están en el núcleo de su Regla, que es una intimación continua a todos y cada uno a ser sinceros consigo mismos y con la comunidad, como quienes han dejado ser esclavos y ya viven en libertad bajo la gracia.

¡Suspicacias, n o ! ¡Responsabilidad, sí! De todos modos, no hay que confundir una naturaleza suspicaz con la actitud de "dejar h a c e r " a los que viven en comunidad. Ante signos claros de deficiencias, de actos o de actitudes erróneas que torpedean a la comunidad o ponen en peligro la vocación del individuo, uno tiene que actuar
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de la misma manera con que actuó Agustín. Él nunca hizo la vista gorda ante desórdenes evidentes. Posidio, por ejemplo, nos cuenta con qué energía actuaba Agustín cuando algunos colegas en el episcopado, invitados a su mesa, c o menzaban a hablar sobre algunos hermanos ausentes. De manera inmediata mostró su repulsa y les afeó la acción con dureza l3 . ¿Por qué reaccionaba con tanta fogosidad y acritud? Porque la ofensa era grosera e iba contra los principios más fundamentales de la vida comunitaria. Con todo, la mayoría de las correcciones no son de esta naturaleza. Probablemente la mayoría de las situaciones de la vida comunitaria exigen un método totalmente distinto, uno que trate de proteger el buen nombre del individuo cuando el asunto no ha trascendido hasta alcanzar el punto del escándalo público 14. Es, por tanto, un asunto confidencial y hay que evitar suspicacias indebidas. O t r o tema bastante distinto es interesarse por la buena salud de la comunidad —es decir, de los individuos que la integran—, de modo que se tome la resolución oportuna cuando se considere necesario. Los superiores que dejan que las cosas se deterioren hasta el punto de que toda cura resulte inútil o prácticamente imposible son mucho más dañinos para la comunidad que aquellos que, sin base suficiente, adoptan una actitud de suspicacia frente a sus religiosos. Pero lo que tiene validez hablando de los superiores vale también para cada uno de los miembros de la comunidad. Las personas que andan de la ceca a la meca "buscando j a l e o s " no contribuyen en nada a la unidad y armonía de la comunidad. Son peores que aquellos que no quieren comprometerse en el hecho actual y concreto de la construcción de la comunidad. La confianza y el respeto mutuos, que nacen del interés y del amor mutuos y que se demuestran de modo práctico, son esenciales para la unidad y la armonía de la comunidad. Aunque se pueden cometer errores en la admisión de
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POSIDIO, 22,6-7.

En. m Ps. 99,11; véase también De op. mon. 25,25; Carta 31,7.

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Regla, nn. 26-29.45 (ce. 4, 8-11; 7,2).

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algunas personas en la vida religiosa, de las que con posterioridad se puede constatar que no tenían vocación verdadera o que vuelven la mirada atrás de la vocación que un día acogieron, Agustín creyó, a pesar de todo, que "nuestra santa fraternidad no se ve perjudicada por quienes profesan ser lo que no son"i5. A éstos, dice, "no se les puede echar afuera sin haberlos aguantado con anterioridad",6. De nuevo aparece aquí la idea de Agustín de que servimos, honramos y adoramos a Dios en y a través de nuestros compañeros de religión llevando unos las cargas de los otros. Tal como Agustín lo ve, tenemos que aguantar las molestias de los problemas que causan algunos religiosos incompetentes o hipócritas en bien de los muchos que son buenos. Por nuestra perseverancia gozosa en este intento contribuimos al sostenimiento de la vocación de muchos otros —una amplia mayoría— que tratan de llevar una vida religiosa santa 17. Siguiendo esta línea, y tal como Agustín apunta en otros lugares, Jesús no vino a salvarnos cuando estábamos libres de pecado, sino precisamente porque estábamos agobiados por su peso. Por otra parte, Jesús no vino para que siguiéramos siendo pecadores, sino para que pudiéramos madurar y llegar a ser lo que no éramos todavía 18. Básicamente, ésa debe ser nuestra actitud en la vida religiosa. Tenemos que pedirle a Dios el don de amarnos unos a otros como Jesús nos amó. Porque, con toda franqueza, sólo nos amaremos unos a otros cuando amemos a Dios en el otro, "sea porque Dios vive en esa persona ya, sea porque Dios puede venir a vivir en ella..."19 De todos modos, esta actitud de amor y de confianza básica no nos dispensa de afirmar nuestros pasos para salvaguardar la unidad y la armonía de la comunidad, habida cuenta de que ya han fracasado repetidamente otros ensayos más atemperados. "Esto no se hace por crueldad —escribe Agus15

tín—, sino por un sentido de compasión, para que otros muchos no se pierdan por el mal ejemplo de uno o de otro"20.

Profundizar en el respeto y en la sensibilidad De estas reflexiones pueden sacarse algunas consecuencias práctica para la vida de comunidad. Dado que somos el resultado de una era que se ha caracterizado a menudo por la desconfianza y la carencia de fiabilidad, estamos llamados a adquirir un respeto más profundo de unos a otros en cuanto personas, hijos e hijas de Dios, con una llamada común. Este respeto por los demás dimanará, ante todo, del respeto que tenemos por nosotros mismos, es decir, del hecho de comprender quiénes somos y de lo que Dios trata de hacer en, a través y en favor nuestro. Este e x t r e m o debe llevarnos a apreciar mejor cómo trabaja y actúa Dios en los demás con idéntico objetivo, a pesar del obstáculo inevitable que nuestra naturaleza humana común pone ante su gracia. Diciéndolo sin tapujos, significa que nos debemos dejar llevar por una mejor sensibilidad frente a los otros; frente a sus necesidades, esperanzas y angustias; ante su soledad y ante los momentos de alegría. Hemos de prestar oído a sus deseos y tratar de comprenderlos. N o podemos acompañarlos físicamente en la oración, en el trabajo y el recreo mientras nos mantengamos apartados de sUs sentimientos e intereses. Sin embargo, para conseguir esto muchos tendrán que aprender a curar las heridas del pasado, que impiden su madurez personal y su cambio a mejor. Todos tenemos que aprender de nuevo a escucharnos unos a otros en el nuevo ambiente que se ha creado en la totalidad de la vida religiosa a partir del Vaticano II y de la renovación de nuestras Constituciones. Bien poca unidad hay en una pila de ladrillos puestos o amontonados sin más; sin embargo, hay contacto entre unos y otros. Pero la unidad sólo surge cuando están trabados
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En. in Ps. 132,4; también 75,16; Sermón 355,4,6. En. in. Ps. 99,12. " Ib.
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AGUSTÍN, Coment. a í Jn. 8,10.

Sermón 361,1-2.

Regla, nn. 27, 42 (ce. 4,9.6,2).

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unos con otros de manera racional y estable. Este ejemplo tiene validez hablando de las comunidades religiosas. T e n e mos que darles consistencia y sentido por medio de una trabazón firme por el amor, la confianza, el interés y el apoyo; los más rápidos deben ser conscientes de que están llamados a animar a los demás a permanecer en la carrera, compitiendo por mantenerse a la cabeza; los que están mejor dotados pueden contribuir quizá de manera efectiva y en mayor proporción a la construcción de la comunidad, pero sin dejar nunca a sus compañeros de religión en la sombra. Agustín nos ofrece algunas cautelas sobre temas prácticos en torno a este esfuerzos que supone un ejemplo, un reto y una palabra de ánimo. "Sabemos que caminamos juntos. Si nuestro paso es lento, poneos a la cabeza del pelotón. No os vamos a envidiar; al contrario, trataremos de alcanzaros. Pero si nos consideráis capaces de correr más rápido, corred con nosotros. Sólo hay una meta y estamos con ganas de alcanzarla, unos despacio, otros más aprisa" 2 1 . "Si unos tienen una capacidad de comprensión más rápida que otros, que piensen que a lo largo del camino se encuentran con otros más lentos. Cuando dos compañeros emprenden el mismo camino, en manos del más veloz está el permitir que le alcance el más lento, no viceversa. De hecho, si el más veloz corre con toda la velocidad de que es capaz, su camarada no conseguirá seguir sus pasos. Por eso es necesario que el que es más rápido atempere su marcha de modo que su compañero más lento no acabe por a b a n d o n a r " 2 2 . Estas páginas nos recuerdan el pasaje de san Pablo donde dice que todos tenemos diferentes dones de acuerdo con la gracia especial que se nos ha dado a cada uno, pero que todos esos dones están al servicio de la comunidad 2 3 . Repetidamente Agustín puntualiza que nuestro compromiso con Dios tiene que realizarse en términos prácticos mediante el compromiso de unos con otros. Incluso los campeones de
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velocidad y de fuerza tienen sus momentos de duda y de debilidad. Todos necesitamos apoyarnos mutuamente viendo la vocación a la que hemos sido llamados. Todos necesitamos llevar mutuamente nuestras cargas si vamos a formar una comunidad real. Y cuando hacemos esto con amor, con ese respeto y confianza que dimana del reconocimiento de la presencia de Dios en nuestros hermanos y hermanas, entonces, y a pesar de todas las dificultades, florecerán la unidad y la armonía, que constituyen el sagrado compromiso de la comunidad en su camino hacia Dios. Entonces es cuando tendremos constancia de esa paz interior que sólo Dios puede garantizar a los que le aman en sus pequeñuelos 2 4 .

Sermo de Cántico Novo 4,4. En. in Ps. 90; Sermón 2.1. Rom 21,6; ICor 12,7.

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De civ. Da 19,13.

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índice

Pág.

Introducción 1. Vida comunitaria: La experiencia agustiniana. Ideal religioso de Agustín Orígenes de la Regla de san Agustín Unidad en el amor a través de la comunidad .... Compartir e interesarse según la " R e g l a " El puesto central de la vida comunitaria Resumen Ponedlo todo en común Compartir con la comunidad Recibir de acuerdo con las necesidades de cada cual Vivir como los pobres en Espíritu Servir a los necesitados Verdaderos amigos en Cristo Innovaciones de un capítulo general Fuera temores ante la amistad Concepto agustiniano de amistad Vivir en unidad y armonía es vivir como hermanos Aplicación de las ideas de Agustín a la vida religiosa de hoy Desterrar la soledad

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3.

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Buscar a Dios: Contemplación y vida interior. A la búsqueda del amor Buscar con empeño Retorno a la interioridad Jesús, camino y meta La búsqueda tiene sus exigencias El amor fraterno conduce a Dios Buscar y compartir La búsqueda no acaba nunca El apostolado de los contemplativos Resumen Signo de contradicción U n conflicto del corazón Visión agustiniana de la castidad a la luz de la fe La castidad consagrada debe llevar al amor ¡Qué descansada vida con el voto de castidad!. El orgullo, precursor de la caída Llamada a la generosidad El cristianismo comprometido y la cruz El cristiano mira a la cruz El camino hacia la libertad interior U n a visión agustiniana de la cruz Siguiendo el ejemplo de Cristo La penitencia debe llevar al amor Sugerencias a los religiosos sobre llevar la cruz. Resumen Revestios de la humildad El orgullo, un pecado capital Encuentro de Agustín con el orgullo U n corazón humilde atrae a Dios El corazón de la humildad Orgullo y humildad en el monasterio

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Algunas conclusiones prácticas U n corazón que finge ignorancia Combatir el buen combate 8. Como quienes viven en libertad bajo la gracia. Amor, no temor Fallos del pasado y del presente Autoridad evangélica Obediencia evangélica Llevar unos las cargas de los otros Amad a Dios, amad a la Iglesia Los religiosos en la Iglesia Principios básicos de orientación del religioso en la Iglesia Unidos en el amor en una verdadera Iglesia católica Honra a tu padre, honra a tu madre Algunas conclusiones breves U n a visión más amplia de la Iglesia Hacer comunidad mediante la confianza y el amor mutuos Idea agustiniana de la vida religiosa. Antes y después Una investigación pública U n líder fiable ¡Suspicacias, no! ¡Responsabilidad, sí! Profundizar en el respeto y en la sensibilidad.

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