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Mi Columna en A12 País Política, El Comercio 11 de agosto del 2013 ANÁLISIS POLÍTICO JUAN PAREDES CASTRO -Editor central

de PolíticaPastel de “mil hojas” En la política peruana, los grandes escándalos se esfuman uno detrás de otro hasta perderse en la nada. Una sola cosa lo hace posible: no hay control de daño real y efectivo sobre ellos. De ahí la sensación de que delante o detrás de cada denuncia, ¡no pasa nada!; y que delante o detrás de cada investigación, ¡todo sigue igual! ¿Por qué no se recuerda, por ejemplo, el escándalo de Chehade y la crisis de la segunda vicepresidencia de la República, comprometida, en su caso, por la denuncia de un presunto tráfico de influencias? Es que su renuncia al cargo y su sanción por la Comisión de Ética del Congreso bastaron para que se le sacara de la investigación fi scal y judicial que aún prosigue con otros implicados del caso. Tanto se disuelve así, en poco tiempo, un escándalo de tal naturaleza, que el doctor Chehade acaba de ser elegido presidente de la Comisión de Constitución del Congreso, con el vago recuerdo, además, de que su juramento como parlamentario lo hizo por la Carta Magna de 1979. Pronto el escándalo inmobiliario que puso al ex presidente Alejandro Toledo al borde de la picota parlamentaria y judicial tendrá que ser buscado en las hemerotecas; al igual que las indagaciones sobre las millonarias cuentas en bancos costarricenses atribuidas a estrechos allegados suyos. Lo mismo nos olvidaremos de los „narcoindultos‟ en el régimen aprista, más por la politización y apasionamiento de quienes investigan el caso que por los recursos de descargo del ex presidente Alan García para sortear cualquier responsabilidad legal directa. Un escándalo sigue a otro y una crisis sigue a otra. Y así, sucesivamente, nuevos escándalos y nuevas crisis se cubren y se disuelven entre sí. Finalmente, acaban por formar parte de algo así como un pastel de “mil hojas”, en el que se relame, una y otra vez, la impunidad. Si el año 2000 el Canal N de cable no hubiera existido, en medio de una autocracia que controlaba toda la televisión de señal abierta, ¿hubiera sido acaso posible la difusión de los „vladivideos‟ de la corrupción y el impacto público fulminante que ellos tuvieron en la caída del régimen imperante? Probablemente el tercer gobierno de Alberto Fujimori habría continuado sin más sobresaltos y Vladimiro Montesinos habría llegado a ser, por estrambótico que parezca el azar, una alternativa democrática de poder. El derrumbe del régimen fujimorista fue una de las raras excepciones a la regla en que la crisis política acumulada estalló de pronto en un escándalo: el de los „vladivideos‟. Todo un inventario de pruebas que sirvió, en esencia, para el control de daño (encarcelamiento de primeros ministros y comandantes generales) que la sociedad reclamaba en ese momento crucial. Un pesado manto de impunidad presiona cada vez más la estructura política, social y económica del país, asfi xiándolo y anulándolo en sus mínimas posibilidades de control de daño. Cero lucha anticorrupción. Cero rendición de cuentas. Cero contrapeso de poderes. Apenas una luz intensa al otro lado del túnel: el de una Contraloría de la República que gracias a su independencia y autonomía todavía puede poner contra la pared a más de un titular de pliego presupuestal. Este es el Estado Peruano rendido a su incapacidad de ejercer el más mínimo control de daño. “De ahí la sensación de que delante o detrás de cada denuncia , ¡no pasa nada!..”