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DERECHO Y MORAL: el catolicismo en cuestión Sergio Vélez Valarezo

servelez1@yahoo.com

La convivencia social está regulada por principios y normas que provienen y se sustentan en la moral y en el derecho que -manteniendo sus particularidades-, configuran un solo conjunto. En términos conceptuales la particularidad consistiría en que la moral “no concierne al orden jurídico, sino al fuero interno…”, mientras que los principios y normas del derecho provienen del “exterior“, y están prescritos por la ley”.1 Gráficamente podríamos representar dicha conjunción y sus particularidades de la siguiente manera:

La moral sería, concordando con el criterio de M. Rosenthal y P. Ludin, “un conjunto de normas de convivencia y de conducta humana que determinan las obligaciones de los hombres, sus relaciones entre sí y con la sociedad."(2) Podemos afirmar que, en el campo de la moral, la mayor parte de principios y normas, que corresponden al “fuero interno”, se sustentan en las creencias o convicciones religiosas que asumen las personas. Especialmente en el caso de nuestro País, en donde, el 91.9% ha afirmado tener una religión, de los cuales el 80,4% pertenecería a la Iglesia Católica Apostólica Romana/Vaticana, “seguidos por la evangélica y los testigos de Jehová”2. La estadística anterior se corrobora con el hecho de que los individuos que se encuentran en los reclusorios penales son creyentes, en iguales porcentajes, de dichas corrientes religiosas. La multiplicidad de estudios, políticas y acciones tendientes a enfrentar el problema delictivo se han circunscrito preferentemente al campo del derecho, es decir, a incrementar y actualizar las normas, tecnificar la coacción, incrementar las sanciones, procurar la rehabilitación de los inculpados, reconocer la justicia indígena, mejorar la probidad de los jueces, “modernizar” las instalaciones de la institucionalidad judicial, e, incluso, atender las causas socio-económicas del problema etc., -al comprobar que el sistema capitalista es fuente de muchas fuerzas favorables a la delincuencia-, pero no se han adentrado en desentrañar y actuar en el campo de la moral, aun reconociendo la existencia de una degradación de los valores morales individuales y colectivos incubados por el sistema imperante de relaciones sociales-, menos aún, a identificar y relacionar dicha condición con las creencias y prácticas religiosas de la sociedad ecuatoriana.

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Diccionario de la Real Academia Española, RAE, http://www.rae.es/rae.html Encuesta del Instituto Nacional de Estadísticas y Censos (INEC), julio 15/2013, www.noticiacristiana.com.

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La importancia de esta preocupación radicaría en la hipótesis y apreciación de que si aquellos que manifiestan profesar un conjunto de principios y valores morales, fundados en la religión -y reconocen el carácter divino y omnipotente de los mismos-, no logran llevarlos a la práctica, ¿cómo se puede esperar que no transgredan las normas del derecho establecidas por “terrenales” seres humanos? Como se ha reconocido, la religión es el conjunto de dogmas y rituales que obedecen a la creencia de uno o varias causas superiores o sobrenaturales del orden de las cosas, y dichos conceptos y creencias que atañen a la moralidad son generalizadas y codificadas en una cultura o grupo y, por ende, sirven para regular el comportamiento de sus miembros. La conformidad con dichas codificaciones constituyen lo que se conoce como moral, y nuestra sociedad depende de ella para su existencia. Como sostiene algún tratadista cristiano “la actitud religiosa eficaz fructifica en acción moral, en buenas obras”. En tales condiciones, consideramos que es necesario interpelar, o interpelarnos –para quienes profesan una opción religiosa- sobre la consecuencia entre lo que manifestamos creer y lo que hacemos, intuyendo que tal realidad no corresponde a la “convicción”, sino –posiblemente- a la costumbre o conveniencia, es decir no responderían a una interiorización de dichos principios y normas. Consecuentemente, se vuelve necesario invitar a todos los “actores” emprender el atrevimiento de dilucidar dicho fenómeno histórico-social e ideológico-cultural, pues en el mismo no sólo están incursos los reos sino también los juzgadores, o “administradores de justicia”. Adelantando algunas hipótesis, deberíamos analizar la presunción de que las sociedades o países que se adscribieron y emprendieron la reforma protestante, iniciada por Lutero, a inicios del siglo XVI-, enfrentándose al viciado ejercicio “religioso” de la Iglesia Católica Romana-, favorecieron la edificación de mejores relaciones sociales que aquellos que todavía no nos hemos liberado de dicho poder, transferido e impuesto conjuntamente con la colonización española. Tal presunción estaría corroborada por una realidad que nos indicaría que los países identificados como desarrollados y que optaron por el protestantismo tienen una mejor condición que los países calificados como “subdesarrollados”, incluyendo algunos del ámbito europeo: Portugal, Italia, Grecia, y España -en el cual la delincuencia está representada –en la actualidad- por conspicuos miembros cristianos de la Real Familia y la máxima autoridad del Gobierno, -que en otros tiempos hubiesen merecido “ipsofacto” la excomunión católica, y que hoy dicha Iglesia hace “mutis por el foro”-. Parece ser que la Iglesia Católica, intentado revertir el macabro papel que ejerció a través de la Inquisición, hoy se ha convertido en una institución contemplativa, permisiva y cómplice con los actos humanos inmorales y deleznables que cometen sus miembros, a partir de la concepción de que las malas acciones de sus creyentes sólo pueden ser juzgadas por Dios, y que la confesión de las culpas ante su representante –el sacerdote-, los libera del “pecado” cometido. Considero que, en nuestro país, el reto de interpelar a las instituciones religiosas atañe, ya no a la descolonización –como necesidad y logro económico-político- sino a la de-colonización, es decir, al deshecho de tales instituciones ideológico-culturales coloniales,3 y a la construcción -o reconstrucción-, de nuevos valores morales y éticos
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Como, por ejemplo, la de proponer el cambio de denominación de ¡Real! Academia Española, por la de “Academia Internacional del Idioma Español”

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anclados tanto en las concepciones viables y virtuosas de las sociedades precedentes, como en las requeridas por la edificación futurista de la sociedad del Buen Vivir, en lugar de “acolitar” la conservación de las tradiciones dominantes que conllevan ideologías y prácticas que atentan contra supremos objetivos humanos. Quito, agosto de 2013

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