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(ViE'ne de la solapa anterior)

Estudios críticos, por otra parte, lo relacionan en su dinámica creadora con Pablo Neruda y César

de la crítica lo aproximan

a Eliot y Ezra Pound. El crítico Pablo Corbalán,

en el diario Informaciones, de Madrid, escribió: "La poesía de Antonio Fernández Spencer arranca de donde terminan las de los otros poetas americanos (Spencer es dominicano), Neruda y Vallejo. Arran- ca de allí, pero pronto adquiere singularidad, y su voz suena rotundamente personal. "De Neruda toma Spencer lit extensión de 101 elementos poéticos, 'aquella extensión infmita que adquieren los cantos del chileno y su suntosa plas- ticidad. De Vallejo le viene algo que pudiera ser opuesto a la "extensión"; lo recortado y concen· trado de una voz que aspira a expresar el "secreto seco" (le las cosas, su esquema más escurrido. Estas dos corrientes aparentemente antagónicas se unifi- can en la poesía de Spencer para llegar a una cali- dad transparente y extremecida, poderosa y plás- tica que culmina, para nuestro gusto, en el bcllíllÍ- mo poema dedicado a Antonio Machado. Spencer se sitúa ante el mundo apasionada- mente. Para él, los hombres, los minerales, los vege-

tales, las aves y las fieras forman un todo estallante

Vallej o, y otra vertiente

y

vital. Incluso el dolor puede servir para contrastar

la

belleza de un fruto y del mar"

Ese juicio se refiere a su libro Bajo la luz del día. El crítico Rafael Vázquez Zamora comentán- dolo reflexionaba: "Por muy a lo Eliot que sea su idioma poético, su actitud es clásica en el tratamien- to de la muerte. A su manera personalísima, canta la muerte de los demás, de la Humanidad. Incluso cuando anticipa su propia muerte, hay siempre poijaros, sol, nueva vida, juventud". En reciente homenaje que le rindió la Tertulia Literaria Hispanoamericana, creada en España por Fernández Spencer ~n 1952, el poeta Rafael Morales, profesor de Historia de la Literatura de la Universidad de Madrid, expresó; "Pero el más hondo libro publicado por Fer- nández Spencer es, para mí, Diario del Mundo. "Y por último, Fernández Spencer ha escrito dos libros aún inéditos - Tengo palabras y Otra vez en la tierra-, y en donde, a la vez que en Diario del mundo, culminará señera, personal, hurmm{· sima la voz encendida de este gran poeta de Amé- rica.

"El primero de ellos, Tengo palabras, ha sido escrito en 1965-1970. Se trata de un libro extenso, en donde otra vez, reverdecidos por nuevas conquis- tas expresivas, volvemos a encontrar las viejas preo- cupaciones del poeta; preocupaciones, pienso yo, que podríamos reducir a una sola sintetizadora de todas: a un cálido canto de amor; amor a los padres, arrebatados por el zarpazo de la muerte; a laa muchachas frutales y hermosas; a la humanidad triste y desamparada en su Gólgota; a la naturaleza que destruimos infatigablemente••• "Hondo, conmovedor libro éste de Femández Spencer, donde a su vieja ternura; donde a sus cantos a muchachas cuyos senos arden -dice el poeta- "como dos copas de coñac", donde a su

de los libros de poesía de Antonio Femández Spen-

cero La publicación de sus libros ha constituído un acontecimiento para sus lectares en nuestra lengua desde que obtuviera en Madrid en 1952 el Premio Adonais por su obra poética Bajo la luz del dfa. otorgado por un jurado que presidía Vicente Alei· xandre, hoy Premio Nóbel de Literatura de 1977,

y poetas y críticos de renombre en la lengua, y fuera de ella, como José Luis Cano, Florentino Pérez Embid, José Antonio Muñoz Rojas y Luis Felipe Vivanco.

El poeta tardará diez y siete años en volver a un concurso literario. en Madrid, España, y en 1969 obtuvo el Premio Leopoldo Panero de poesía, por decisión de un jurado constituído por Guillermo Díaz-Plaj a, Luis Rosales, J osé Hierro, Torcuato Luca de Tena, Gregorio Marañón, Hugo Lindo y José Ruméu de Armas. En Santo Domingo publica Vendaval interior. primera muestra surrealista de la poesía domini-

cana. Movimiento que llega a ese país con la Segun- da Guerra Mundial, como llegaba etltonces a Ingla- terra y a Grecia. En 1967, el Ateneo Dominicano, para contribuir a la conmemoración del Centenario del nacimiento de Rubén Darío, publicó su libro Noche infinita. De ese libro dijo el crítico don Manuel Valldeperes que bastarían sus sonetos para situarlo entre los grandes poetas de hoy, "sin olvi- dar, claro está, las ponderadas y magníficas décimas

de su bello libro".

Publicará en 1962 su libro Los testigos. que lo sitúan, según el crítico colombiano Ramiro Lago, entre los poetas más notables de la poesía de

combate '1 de protesta producida en América desde

la

colonia, "el mester de rebeldía", como bautiza

al

género ese crítico y profesor de la Universidad

de Notre Dame, Indiana, y de la Uruversidad de Carolina del Norte, en Greensboro. Al comentar Los testigos. Valldeperes expresa que el poeta "no

olvida que la poesía es uno de los pocos valores éti· cos que nos quedan, porque de ella nos viene. tres lecciones fundamentales, esenciales a la vida del hombre actual: la lección del sufrimiento, de la fraterrudad y, sobre todo, la lección del amor". Considerado en su país uno de los principales poetas de su historia literaria -por encima de todo intento de clasificación, como dice el historiador

y crítico Oscar Gil Díaz-, Femández Spencer es juzgado por la alta crítica hispánica como uno de los poetas más sigrúficativos de la lengua. Así lo marúfiesta Dámaso Alonso, que le llama, con su

gran autoridad, "grande y humanísimo poeta". Ese juicio ha sido ratificado por críticos del rigor de Ricardo Gullón, Leopoldo de Luis, Carlos Bousoño, Gerardo Diego, Melchor Femández Almagro, Rafael Vázquez Zamora y José Angel Valente, entre otros. Al referirse críticamente a su libro Diario del mundo. Guillermo Díaz-Plaja esaibe: "Lo que este libro -denso y extenso- de poesía contiene es, nada menos, que una cosmovisión". El novelista

y crítico catalán, Julio Manegat, apRcia que Fer- nández Spencer es uno de los poetas más uruversa- les de nuestra América.

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JfNGO PAlABRAS

ANTONIOFERNANDEZ SPENCER

IfNGO PAlABRAS

11985-19701

EDITORAS UNIDAS DEL CARIBE

San Juan, Puerto Rico

1980

Primera edición, 1980

Diagramación y portada: José Zayas

copyright, 1980 by Antonio Fernández Spencer

Tenemos derecho a todas las cosas que hasta ahora han estado difamadas.

NIETZSCHE

y nos arrebata todavía, oh mundo, tu fresco aliento de mentira.

SAINT-JOHN PERSE

el género humano no puede soportar mucha realidad.

T.S. ELIOT

Yel triunfo será de quien convierta el canto en gemido.

ALFONSO REYES

I

Man be my metapbor.

DYLAN THOMAS

Toda criatura gime con dolor de alumbramiento.

(Rom., VIII, 22).

I

QUIEN CANTA AL TIEMPO

Oh, mis buenos amigos, qué triste es ser un muerto estando apasionadamente vivo, riendo con la vida y estar muerto; pasar azul sobre la mar constante estando vivo y muerto,

y reir con la muerte entre las frutas, yen el amor ver silencioso que la muerte, de pálido lenguaje, muy misteriosa avanza con su lujuria y su vejez antigua destrozando cabezas de las flores,

la

rosa viva de unos labios

y

el esqueleto límpido del agua

con un pájaro nuevo en la garganta. Yo me vest( de vivo ayer en el crepúsculo;

porque pensé que había que hacer algo para quebrar espejos del espanto,

y hay también que enseñarle a cada niño que nunca vuelve un hombre de los huesos dormidos de la tierra. Yo recog( la lluvia de su pelo en la noche estrellada;

tan bellamente dos y al viento sus senos como dos naves blancas próximas al naufragio de mis manos. No me emborracho de sombras ni de estrellas,

y soy feliz con estos muertos,

y la solemnidad de la muerte suena como una guitarrd "No viajo más", le digo, "por tus huesos",

y tu caricia desgarrada, muerte del nuevo dl'a, llega hasta el vino, yen el canto del mirlo yo la siento ascender a otra rama del otoño, y no la lleva el viento de una vela en la barca del mundo que ahora viaja sin recordar los rojos arrecifes del beso, ni el temblor de la rosa en el ramaje yerto de la mirada de los viejos. Oh, mis buenos amigos, es triste pasar vivo estando pobremente muerto en el vuelo dorad) de los días, y buscar una luz, que es una sombra, en la boca de brasa de la novia. Incorregible el tiempo pasa muerto, yen la taberna bebe vino fresco

y se embriaga de días.

Quien canta al tiempo sabe que está muerto.

y

yo he cantado a su reloj de sombras

y

al pájaro dorado de los sueños.

12-XI-69

II

NO ES UNA CARTA

TLl

'y ,1

te

has

ido par" siempre de la vida

sin consullclr los astros ni mi pena, y tal ve;, mam,l, tL! no me h,IS dicho que la mM ('5 la JllM, y Llue un palaro es un pájaro aunque no vuele o cante. No me dijiste nada de eso y, sin embargo,

sin ti yo no sabria si estoy a solas con el mundo,

o si la vida es tan pequeña

aqu i en el pecho abierto a los aires de otoño.

Yo no sabria nada de la nieve,

ni del álamo triste, ni del beso,

si una mañana húmeda de un dia

(s,íbado o lunes, ya no me acuerdo) t raviesamente tú no me dejaras sobre la entraña ruda de la tierra,

y desde entonces he caminado tropezando un rato con esas cosas de la vida muerta. Es tan sencillo creer que hemos llegado solos a la vida sin que nadie guiase nuestros pasos ayer con alegria,

y es muy ingenuo pensar que la barca de la muerte

nos llegará sola con la tarde,

y que tú, mamá, ya no estarás en esas cosas; no anudarás las penas que se me rompen frente al mantel que nace en la mañana,

y que no pondrás tan tiernamente en orden

la cucharilla del corazón travieso, ni la taza del último crepúsculo que ya me queda

sin reflejos de nieve, sin tus manos en las frutas. Quizás ha sido lejos en el tiempo que he sabido que no camina un hijo por el mundo sin su mamá dos veces,

y dos veces muerto sin tus ojos

he llorado esta tarde recordando la nieve que en el claro papel de aquellos años puso frescor de un ave entre las letras de mi carta para tus ojos tan lejanos ayer también en esta vida que nunca tuve yo como un juguete en las manos que fueron entonces las de un niño. No te escribo esta vez como aquel día, pues no pienso molestar~econ cartas en tu muerte sencilla de hace años; pero es tal vez, mamá, que todavía no te he dicho que te quiero.

10-XI-69

I1I

CONVERSO CON MI PADRE

Padre, estoy solo, soy un niño en el mundo,

y los pescadores ya no me llevan a recoger los peces, ni los que cazan tampoco me aceptaron, ni los corredores contaron con mis piernas para vencer en la carrera del mundo. "Estas son cosas de la vida", recuerdo que dec(as

cada vez que mirabas pasar la injusticia y su lobo. Todo se ha vuelto lobo en esta tierra,

y yo estoy, padre, como siempre

dentro del mar de los corderos. Ese es mi oficio: vivir junto a los pobres

y escuchar las mentiras de los que sirven a los ricos. Nunca he tenido en mis manos

la protesta en silencio de una estrella,

yeso que en este valle hay estrellas para todos los hombres.

No he tenido tampoco, como la tienen todos,

la estrella de la muerte,

tan oscura cuando pasan las horas de este día. He ido a la taberna, y he bebido

el vino amargo de los pobres,

he repasado, en el periódico de la tarde,

su miseria, y en estos ojos míos la costumbre de un fruto se ha dormido. La casa vieja de la muerte yo la he visto en el alma del polvo, y con las horas contadas he cantado a la pradera y al viento. y mi canto ha levantado un roble triste

a

la orilla del río,

y

un jilguero (que ha muerto)

ya no canta en su copa. Padre, tal vez el tiempo gris

deja la plata de su garra en tus cabellos; pero, si ya no tienes tiempo, padre mío, ¿qué hacer con la plata de los años? Esa nave con las velas de polvo es la muerte que a todos nos embarca,

y hace ya muchos días que te has ido

hacia un puerto sin gente. Padre, estoy solo, y es un niño este mundo que tú me diste aquella tarde inmensa. ¿ Recuerdas la pradera y su verde,

y la sola estrella en mis ojos

al descubrirte con mi primer alegría?

Allá, donde tú estás, viven las sombras de los años

y es tan difícil verte con mis penas.

Después de todo allí estaremos siempre cuando me acoja el sueño.

II-XI-69

IV

EL ULTIMO BOLERO

presentes sucesiones de difunto.

QUEVEDO

Esta es la tierra de la muerte, y no lo sabemos.

El

jugador que va tras la pelota y no sabe que va muerto,

y

recibe el aplauso del público que tampoco sabe que va muerto

La muchacha bonita, y de los libros de colores,

que cree que va a la escuela porque piensa que está viva;

el jilguero que todavía canta en mi corazón esta mañana,

y que voló aquel día entre mis venas, yen ese vuelo, y en los otros vuelos, no sabe que va muerto;

el caballo que sexualmente toma a la potra

y

oye el bolero al ritmo del amor de las bestias,

y

que recuerda en su erótico instante la yerba verde

o el agua que le calma la sed, y no sabe que va muerto. Oh tristeza. Oh alegría, viene otra noche con estrellas

y llena los ojos de la muchacha,

y su fulgor multiplicado late en sus senos yen las miradas, yen mis manos de muerto

que con pudor no se atreven a tocarla.

El disco de Gardel suena y resuena

este año, yen el otro de ayer, tan lejano como este año; suena y resuena sobre los melancólicos bohemios,

y quién dice que el tango ha muerto en los labios de Gardel y en su pelo negro. ¿Quién, ebrio, se atreve a mezclar en su copa la oscura palabra?

El borracho de siempre nos dice chistes verdes acerca de la muchacha gorda de los senos pequeños y los ojos asustados,

intensos y tristes todas las noches en que presta su cuerpo,

y ese borracho no pensó que en el ron estaba muerto.

Antígona quiere enterrar a su hermano muerto,

y no recuerda que en su túnica blanca, como una estrella sola, se ha dormido cansada la caricia de la muerte. Antígona aún no sabe que está muerta en la tierra de Grecia. La trompeta de Luis Armstrong suena más en las murallas de la vida que las de Jericó,

y el moreno de la dulce tristeza

y de la sabia alegría está muerto; bien muerto como todos los hijos de esta tierra en que bailamos el último bolero.

18-XI--65

V

LA DESTERRADA DE NUESTRO TIEMPO

Ningún poeta ha hablado de la muerte; tampoco grabó la muerte con paciencia en una piedra, ni la retrató de noche en el valle de las estrellas. Todos esos poemas que hablan de la tristeza de la muerte han sido escritos sobre el ritmo de versos mentirosos. ¿Quién vio morir a una persona concreta

y sintió con verdadero pesar su muerte

hasta el punto de ofrecer su vida para que no estuviera muerta? ¡Bah; la poesía de la muerte, pura mentira como la llave que no corresponde a la cerradura, como el bolero que es bailado por los falsos amantes! Ningún poeta ha tirado una piedra viva en las serenas y hond ísimas aguas de la muerte. Nadie ha visto morir a Juan sin emborronar su figura

o a Pedro que tocaba calientemente su tambor en la fiesta. Un poema a la muerte nunca es sincero ni se justifica

si la corneta, roja de alegría, sigue sonando,

y si otros muertos la recogen del polvo para tocarla. "Nadie ha visto morir a nadie", te digo sin esperanza, y lo grito con sinceridad, y no quieres oirme mientras bailas otro bolero y otro mambo en la vida. El carpetoso mar de la vida sigue moviéndose,

y tú hablas, en poemas bien hechos, de la muerte.

¿Quién te va a creer, poeta, si la orquesta suena,

y nadie calla, compasivo, al paso de los muertos?

Un poema a la muerte es una tarjeta de bravos colores para entretener a los vivos, o es un canario enjaulado entre las tibias rejas de versos musicales. Mejor, poeta, canta a la negra que pasa

y deja tranquila a la muerte de oscuros cabellos. Una mujer negra que te acaricia vale más que todas las eleg{as, vale más que los epitafios afamados,

y tú, sin embargo, poeta, has elegido, como si fuese tu Dios, la sombra del reloj y su pena; pero todo lo que dices en versos hermosos, nadie, ni el ángel más bueno de una tarde muy clara, lo ha visto o sentido verdaderamente en la tierra. Por eso la poes{a es la desterrada de nuestro tiempo.

18-XI-65

11

.la palabra cuando dice lo que es, es libertad.

UNAMUNO

Oh tiempo, dame tu secreto, que te hace más nuevo cuanto más envejeces.

JUAN RAMON JIMtNEZ

VI

PRUFROCK VISITA LA TUMBA DE ELlOT

Tú, Eliot, que escribistes versos a la muerte, también has muerto; demasiado sencillo parece eso de morirse

a pesar de la tinta creadora

con la que el poeta, sin ninguna premura, le pule en el poema un espejo a la muerte. Mister Alfredo Prufrock sigue comiendo manzanas en la calle estrecha de las prostitutas, y, muy solemne, como todos los seres sensuales de la tierra,

afirma, sin pensar que pueda equivocarse en una tilde, que son muchachas sencillas,

o nos dice, lleno de lágrimas los ojos, que no sabe cómo el poeta Eliot

ha decidido irse de la vida sigilosamente en un crepúsculo,

si todavta hay camas suaves como e'l vaivén de las olas

y muchachas que se entregan a muy bajo precio. La niebla amarilla vuelve frotándole el vientre

a Mister Prufrock, y en las noches

es mucho más Alfredo que nunca. El humo amarillo, de un solo matiz, husmea silencioso,

con su hocico húmedo, en la tumba de Eliot,

y hay, en la altura de la tarde, un ruiseñor de niebla cantando en el bar de la borrachera en New Haven;

el tiempo, tan real y sereno como antes,

pasa viendo cómo el boxeador golpea en las mejillas del otro

cuando las bocas de los espectad9res rugen de entusiasmo; porque el tiempo, en las esfera de su reloj permanente, tan alejada del combate, no recibe los golpes. Eliot, sin desmoronarse del todo en su tumba, como le sucede, en cambio, a tantas viejas casonas en el valle de México,

sigue, en sus grises, fumando una pipa humosa como la muerte. "Vamos, y hagámosle nuestra visita", nos d ice Mister Prufrock convencido de que nadie, aunque quiera, muere en los versos,

y seguro de que seguirá buscando mujeres

que van y vienen por las calles,

y que, para llegar a sus pechos, les hablará de Miguel Angeol

de los ángeles terribles de toda la pintura del mundo; sabe Mister Prufrock que hablar de ángeles entre prostitutas

o

le

da a su pálida figura un aire de persona circunspecta,

y

que eso ayuda, indudablemente, para llegar sin alarde

hasta las más torneadas piernas. Brazos blancos y desnudo>, con brazaletes brillantes, lo llevan hasta la tumba de Eliot,

y

también el perfume velloso de las mujeres que van en sus ojos,

y

Mister Alfredo Prufrock, acercándose al poeta,

le

dice suavemene en el o(do de polvo:

"anduve, en el atardecer, por callecitas angostas

,/1

en las que, cruzando, floreda.el aliento de las mujeres,

y la tarde, con sensualidad, dormitaba en sus bocas; me sent( acogido, amableJilénte, entre las sirenas de la sombra,

y no me vi clavado en la tierra por el alfiler de mi corbata; no fui rid(culo bufón, ni cortesano que envejeda, ni me cre( el pr(ncipe Hamlet con la duda del mundo en la mano,

y

no me preocupó, Dios santo,

el

ser o no ser de las muchachas que pasaban;

fue entonces, Eliot, cuando me di cuenta de que llegasen cantos o no de sirenas, no pod(a morir nunca

entre los oscilantes versos de tu

Eliot, sonriendo, siguió fumando su pipa de la muerte.

grandeza"

18--XI---68

VII

PASAN LAS ESTACIONES

Tantos muertos, Dios mío, hoy también que amanece; la dactilógrafa y la archivista con sus papeles ordenados;

la joven equilibrista del circo

que falló en la cuerda floja, amiga del Señor Tiempo,

y gran jugadora de tenis, de senos que ard ían como dos copas de coñac; ahora, aunque el reloj siga caminando en su muñeca, su aliento ha perdido para siempre las manecillas del mundo; el semáforo de su corazón le dijo: "alto"'; ya no juega con brillo increíble en las tardes de circo. y un corazón que se detiene un segundo puede provocar un accidente; yo que bebo whisky en los bares, a esta hora y en otras horas, no lo sabía, y sigo pensando que un corazón hermoso

sólo existe en la vida para sembrar amores; Pero también (lo he comprendido) vivir es ignorar muchas cosas. Tantos muertos, no soñé que fueran tantos los muertos de la tierra, yeso que he andado, durante muchos días, entre flores movidas por el viento. He caminado bajo el viento que todo lo recorre, entre fornidos hombres de pechos sudorosos,

y al ver al herrero, que clavó sus tenazas de fuego en el hierro, se produjo en m í la sensación de la salud perpetua; me a~egré más tarde con la muchacha alocada, de tibios labios

que me besaba furtivamente en el tiovivo en la feria,

y la sent( sonar en mi corazón y en mis ojos como una música que no se apagar(a nunca; hoy escucho en la iglesia:

"dad el herrero al polvo, que a él le pertenece", ya la muchacha alegre del tiovivo en la feria .

la han rodeado de un cendal de velas encendidas.

Cuando vi"e a la tierra cre( que llegaba al valle de lo que permanece,

y

aunque noté que el tiempo me estiraba hacia arriba

y

que dejó de ser el caballo de cartón mi preferido,

y

no era dueño ya de la raqueta certera

de mis primeros torneos con la vida, no sospeché nunca que fuesen tantos los muertos de la tierra. Esa gente que pasa casi perdida en la niebla,

y la bicicleta rutilante y ligera de la muchacha que, con el lucero de sus cabellos, prende las constelaciones

en los ojos de los transeúntes que la miran;

la

viejecilla del paraguas gris como su pelo,

y

que imagina el solo la lluvia aunque es breve la tarde,

han completado su camino al no regresar bajo el viento. "¿Qué Dios moribundo hizo ese tiempo muerto de los hombre~? pregunto frente al muro infranqueable

de la vida que crece,

y sigue la gente gris en el parque sonriendo a la muerte; viene el otoño de hojas amarillas

y con su candelabro de muchos brazos ilumina el parque,

y el agua de las fuentes es amarilla y roja en este otoño que es como un durazno que fuese a su vez el espejo en que se contemplan dos que se aman,

y el antiguo durazno de las aguas del tiempo

en su espejo ha borrado a los amantes. y todav(a hablamos del tiempo; consultamos el reloj para decidir nuestros pasos,

y concertamos una cita, en la cateara' o en el cile,

y nuestros ojos no reparan en el polvo que io confunde todo. Cuando volvemos a nuestra casa pensamos que se arriba al tiempo de la dicha,

y la estilográfica no aparece,

o

el lápiz preferido tiene la punta rota,

y

por eso no anotamos la alegría del obrero en los andamios

o la de los compradores en el mercado de frutas. Me asomo al balcón de la vida y veo el tiempo que fluye en la caravana de automóviles y de gentes apresuradas; como no puedo escribir tranquilo una carta a la noche, miro inquieto el paso del día en la calle angustiosa mientras siento crecer el calor en mi triste butaca; oigo a Vivaldi llorar en la consola el paso de las estaciones, y, sin embargo, no olvido el asunto de que haya tantos muertos en la tierra;

me doy cuenta de que mis ojos sólo sirven para mirar lo que muere,

y que mis oídos sólo sirven para oir a los muertos.

19-XI- 68

VIII

LA MUERTE DE ULlSES

Ulises, triste papagayo de las colinas muertas;

en las tardes, cuando el mar de Grecia iba enamorado,

vi

sobre tu corazón deslizarse los barcos;

y

en tu copa de vino estaba la boca del amigo,

y

el tiempo nuevo, rubio como un hiño;

el

tiempo viejo, de encías solitarias,

era como los barcos hundidos,

o tan pobre como las penas de los velámenes que no buscarán su alegría otra vez en el viento. Ulises, lento lobo de mirada de muerto, ¿por qué arde la colina de oro cuando cantas

la verdad del naufragio de los viejos marinos,

o cuando dices, arrugando la boca, otra mentira de las sirenas de los besos de fruta

y de ojos amarillos como las llamas de los candelabros?

Tu candidez de sucio loro ha costado, Ulises, nuevos naufragios a las naves; son tus pupilas claras espadas de la muerte,

y con ellas cortaste una vela blanca en la tarde, suave y encendida como una muchacha desnuda que ha sido tocada por la brisa olorosa procedente de los rotos racimos de uvas.

El alcohol negro de la taberna de la noche cae sobre tu oscura pipa,

y tu memoria, Ulises, alumbrando la ruta

de las naves perdidas, nos limpia las estrellas;

tienes hijos que pasan bajo el viento como las naves, hijos ágiles como las quillas que cortan el rostro de los mares

o el pecho sonoro de las olas.

Oh candil de la vida, apagado ya en tus amigos de aventuras, muertos junto a islotes

que ahora miras desde las altas colinas:

hacia sus noches sombrías va la embestida de otras olas. Canta en tu boca, con singular destreza

el último racimo dorado de la vid en la copa.

y te llaman, Ulises: "borracho", los presurosos de siempre; ellos que no entienden de cuentos,

y

que no sienten, con el oído fresco,

la

sabrosa caricia de uva de tus miradas.

y cuando la sangre sube hasta tus ojos (en la noche de estrellas),

miras pasar el olor áspero de las ovejas,

y, desde el destierro de tus colinas,

pones la oblicua garza de la ilusión a volar por los mares,

o cantas a las isletas de la muerte,

y tus amigos, desentendidos de la dicha para siempre, vuelven a estremecerse en la blancura de las olas. Ardes, Ulises, ardes,

sujeto a la inasible roca del tiempo;

y la desnudez de cristal de tus ojos,

navegando por las aguas abiertas de la locura,

o en el bar de esta noche tan inquieta, ve llegar las sirenas tan frías de la muerte. Alguien, que ahora canta, contará en versos temblorosos esa aventura indudable de Ulises.

19-XI-68

IX

LOS ANIMALES BUENOS

Anoche soñé, mamá, que estabas viva,

y

que teníamos una linda casa abierta a los vientos,

y

que ingenuos personajes de la selva habitaban en ella:

poseíamos una boa de inteligentes ojos y rápidas contorsiones,

un tigre que se movía con holgura entre los barrotes de su piel apretada,

y un león, con su melena como el oleaje de los mares;

pero un día el pájaro de la sensatez se posó en el sueño,

y me dí cuenta de que era necesario

echar de casa a tan poderosos animales;

ellos, sin embargos, se habían portado bien con nosotros, como no lo hicieron las personas que considerábamos decentes, yesos dichosos animales nos tenían confianza

o nos miraban con evidente agradecimiento

cuando compartíamos con ellos sus problemas; pero el pájaro de la sensatez, sin consultarnos, se posó en el sueño,

y tuve un miedo inexplicable a la boa, al león y al tigre,

y decidí arrojarlos a la calle con premura como si no fuesen míos; lo hice una tarde muy clara, y me sentí seguro contigo:

ya no existía el peligro de las fieras que nunca nos hicieron daño,

y pensé que un día de fiesta me invadía el corazón lentamente.

Pero no duró mucho mi tranquilidad ni la tuya,

y descubrí que por la yentana podían entrar el león, la boa y el tigre, porque en la mañana penetraron a la casa mi gato y mi perro, que también, por cierta equidad incomprensible, fueron incluídos con el pavoroso trío indeseable,

y decidí avisarle a los agentes del orden público que transitaban animales feroces por el pueblo; cogí con extrema decisión el teléfono

y

denuncié a mis buenos compañeros:

el

tigre desilusionado se marchó para siempre

y

me dejó una tarjeta que decía: "así tratas a tus amigos";

la

boa, de ojos inteligentes, tuvo que variar de oficio,

y

se metió a capitalista;

ahora, de modo muy honorable,

estrangula metódicamente con usura a los que trabajan,

y

no han valido mis denuncias fundamentadas en la prensa

o

en los viejos tribunales telarañosos;

all í, para excusarse, me han d icho con monótono

"es que así trata usted a los amigos cuando ya no los quiere" ¿y qué pasó, mamá, con el león del sueño? ¿Qué le sucedió al bello león de la melena como los mares? En feroz cacería de la gente del pueblo lo detuvieron, le pidieron sus documentos de identidad cuando se iba la tarde y, como era de esperarse, no estaban en regla. ¿A quién se le ocurre que un león ha de ir a las oficinas para que le pongan su libertad dentro de las normas usuales, bien alineada en el ejército de tarros de los códigos? Pero así son los hombres, mamá, y así la majestad de sus leyes, y, sin pensarlo, metieron al león en una jaula, y allí solitario lo veo todos los jueves de las semanas que pasan sin permiso; él me mira con tristeza e indiferencia, y, como ahora ya sabes, la ciudad se sintió libre de peligros; porque nadie ha oído rugir al león en estos versos, yen las calles andan sueltos los animales buenos.

ritornelo:

25-XI-68

X

AVES, ESA TARDE

Las aves carniceras vinieron a picar en mi corazón esa tarde:

el gavilán de locas garras y el vuelo fulminante como el rayo;

el cuervo, que es un aguafuerte primitivo de las noches oscuras;

el zopilote, cabalgando a lomos del viento;

el alcatraz, que elige los peces vivos

con sus pupilas rápidas sobre kilómetros de la mar relumbrante;

la

gaviota, en su vuelo, desde su mirador gris vigilando la costa,

y

sintiendo esa tarde el viento frío del este

mientras ve las aristas

porque es sabio tener tierra en nuestro corazón para siempre;

el águila, de majestad alta y lejana, poderosa como una estrella en vuelo;

desnudas de los arrecifes rojas de soles:

el

guaraguao, que anuncia la tempestad en el mar Caribe,

y

el cern í calo, que pice, repetidamente,

en el corazón agusanado.

y yo sentí sus picos devorantes en el roto corazón de la tarde. ¿Qué paisajes sacaban de mí con sus picos esas aves? ¿Qué retratos de pueblos remotos y grises, d~ hombres presurosos, o de mujeres ante el espejo arrancaron con sus garras en mi corazón esa tarde? El peligroso, el rápido, el pausado vuelo

de

de mí nunca las aparto,

y las siento como un roda de fuego,

como el desgarramiento de astros en el tiempo cuando pican con fuerza una vez y otra en mi corazón tan vano como el mundo; los halcones, con el pico salobre

las aves carn iceras;

o

con el olor penetrante de la carne del ciervo,

y

es sabio el vuelo de las aves, y es sabio el vuelo de las aves;

yo no lo sé por libros, ni por relatos de marinos o de cazadores, sino porque mis ojos se han detenido a verlo:

el

vuelo pardo y en drculo del cernícalo;

el

búho de ojos sagrados y amarillos como el otoño:

atónitas monedas de la muerte de un Dios dorado;

la negrura, otra vez, del cuervo

que compite con el cuerpo sudoroso

de la negra que baila junto al temblor de la tambora

y bajo el brillo de las estrellas.

¿De qué color e~ el águila? Yo no lo sé. ¿Del color casi negro de la muerte que viaja milenaria por el viento? ¿y qué de'cir de las aves encarnizadas con las flores?

EI colibrr' que busca sus colores en el tiempo,

y que, como picaflor, no marchita con la quemadura de su pico

el

clavel o la rosa,

ni

el sol que vive en los girasoles,

ni

la blancura de án.gel en las azucenas,

ni

el viaje perfumado

del nardo en el agua de la fuente;

el carpintero que, muy nervioso, con su pico caliente

está fabricando, en la espalda de un árbol centenario,

la

casa tan breve de su amor.sin pensar en los años;

el

jilguerillo, con su pecho de yema

o

con el otoño borracho en el pico,

y

el ave del paraíso que mastica las flores,

y

el petirre, de sol encarnado en el pecho,

y

el gorrión, con su abrigo gris para la nieve,

picoteando, al verse, sobre el vidrio de la ventana;

el ave del amor, que engendra al hombre o los mundos. ¿y esa ave grande y negra de la muerte no pica también en mi corazón azorado? No la detiene nadie, y vuela y planea sobre las ciudades,

y ama el desierto, y busca la sed de las caravanas,

y siendo el ave más carn icera, no existe cazador que la cace. Ningún disparo de rifle es certero contra la muerte, y ella sigue volando j unto al cuervo, al zopilote y al búho, junto a todas las aves carniceras; carniceras de flores o de carne palpitante; dirige en su vuelo toda la carnicer(a de la tierra.

23-XI- 69

111

Cuando la rosa muere deja un hueco en el aire que no lo llena nada.

FRANKLIN MIESES BURGOS

XI

EL MILAGRO DEL PAN

Los ángeles llegaban del mundo de la harina, y los arados estaban secos; la pena de la tarde no llovía,

y la estrella lejana tenía sed de vino,

y su vida de luces no era buena; pero cantaba claro la calandria en el orden soñado de la tierra,

y el viento, pordiosero, sonaba en el o(do de la casa como la voz entera del poema. La vida estaba afuera, y yo cantaba

al

ángel de los panes sin olvidar las frutas;

el

arroz, asombrado, estaba lejos,

y

la carne era un sueño de los pobres.

No hab(a entonces regocijo,

y el martillo dormía

su trabajo tan noble en la madera. La vida de la casa estaba abierta; de par en par los sueños inventaban las más bellas cocinas; sin embargo, mi pan lejano y blanco, no tomaba el camino de los hornos,

y en su afanosa miga reposaba.

Reposaba el arado,

y en gozo los labriegos reposaban

pensando cosas nuevas:

"que era domingo, d(a de descanso,

y que al llegar el lunes saldrían panes buenos

o los más rojos vinos para todas las mesas". El hambre, siempre cierta, no creía en el pan entrevisto, no vivú de cantos de calandrias, ni alcanzaba los más suaves racimos.

y acertaba otra vez el hambre cierta; porque las penas tibias de los hornos del hom.bre no tratan el pan a la mesa olvidada;

el pan iba dormido en las canastas viejas

yen el alma del pueblo, junto a las cocineras con olor a cebolla,

y subiéndose el sol sobre la mesa, vistiéndose de pobre así nos dijo:

"este es el pan que compartimos todos; nació puro del fuego y de la pena,

yen su miga más honda se duerme una paloma; alargando los días de la muerte

es comunión del que sufre y espera. Luchamos por el pan y clara vida

ha de llevarle al perro y al amigo.

Si n el trabajo duro, no hay pan para los hombres.

Quien no gana su pan todos los días, no descansa en la miga del domingo". Así nos dijo el sol de<;de la mesa,

sin oir la cll,il'd¡ id de los cuentos.

25

YII

ESPEJO DE ESTA VIDA

Amanezco de nuevo, recojo mi cuerpo, yen la frta madrugada salgo a la calle y llevo a Dios en la ceniza dcl cigarro,

y siento la llovizna insistente con su palidez de cuchillo sobre mi rostro que hace tiempo no sabc si es de alguien; pero hay cosas que yo sé muy bien, sin para(so y sin cielo;

por ejemplo, yo sé, sin que se lo pregunte al mar o a las cstrellas, que cada vez que alguien sube al poder se ha traicionado al pueblo,

y que ese es el juego de periodistas, de abogados ilustres, de comerciantes y banqueros,

y que el pueblo allá abajo, con ira en las costillas, espera que recomience el juego con premura

a ver si rompe la malla de esa tenaz pol(tica. Todos van a las urnas en busca de prestigio y riqueza, menos el pueblo que deposita la boleta marcada,

y que ha de servirle para empeñar su alma; pero si el pueblo elige al presidente,

se nos dice en la prensa, con estribillo digno de otra suerte, que es un acto sagrado, y que es respetable,

y al pueblo, paloma prisionera, nunca lo dejan libre para elegir su hambre. Ahora el pueblo tiene de nuevo un presidente,

y diputados nuevos que lo representan:

está muy presentable en el mismo Congreso, pues nadie muere ya fuera de orden,

y es constitucional el traje de la muerte.

Muy hermoso es todo eso, Señor: "la democracia y lo que muere,

o estar con la tristeza de la reforma agraria en la mano"

y el diputado nuevo, por su provincia de miseria, me dice: "Shakespeare es tan viejo, que en él no aprendo

yo prefiero los libros de econom la revolucionarios, para hacerle con ellos un buen paracatdas que en su bella blancura no se le rompa el pueblo,

y puesto que vivimos, sostengamos la rueca un rato

con el claro propósito de que no se apague el hilo de la vida sin asomarnos a la ventana del amor, al mar o a la pradera, yen la barca del sueño gritaremos al mundo:

"¡es siempre un poco tarde para tomar la barca!" Hablo del mundo que existe, ¿para qué inventar la noche con la mano huidiza de la nada? Además, ¿qué invento trae un muerto que Tú sacaste, a empujones de ángeles, del paralso una tarde? ¿Fue una tarde o una noche? ¡Qué más da! Desde entonces

estás cerca de mI, Señor, pero yo no lo admito, y te pienso infalible,

nada;

y por eso me gusta discutir contigo de las cosas pequeñas;

porque Tú no te enfadas si a la verdad yo le arrugo el sombrero, ni me hundes en la nada por que halle turbio al mundo;

o te rles de mi, porque sabes que nadie con elecciones

ha de robarte el cielo. Hablo del mundo que existe, ¿por qué vaya escribir un cuento con los zapatos rotos de los hombres que pasan? Hablo con las palabras mismas de los poetas que yo escucho de noche en el pobre mercado,

y me gustan porque son francas y poco académicas,

y no hacen temblar a la gramática; no me es grato que sufran las cosas inocentes,

y la palabra es la menos inocente de todas.

No te hago CUC.ltOS, Señor, porque no invento nada hoy en la tarde,

y la vida, con su crueldad que se repite,

es una fecunda inventora de dramas. Pongo mi confianza sobre cualquier hombre que pa5¡;).,

y

ah( va la hipocres(a, la traición, el engaño,

lo

mismo en el obispo que en el oficinista

o

en la muchacha que desde que amanece ya revisa su cara.

y viene otra muchacha, y pasa otra que es la misma muchacha, yen la tarde, sin vuelo de palomas, todav(a a una boca roja y tan hermosa que nos trajo el domingo

en medio de la casa de la alondra, con paredes de sol en la mañana,

y yo viendo esa boca con tristeza

desJe el tibio portal que hay en mis ojos. 5in embargo, aunque es hermoso el d(a, todos se venden y aparentan ser incorruptibles.

y si Tú, por las rendijas de la vida, los acechas, Señor, te dirán que su conducta es limpia como el agua que sale de los grifos;

y

te lo dicen hoy, como si no conocieras

el

otro lado de los cuentos.

Y, junto a tanta fábula, yo me digo:

"mata la vida en la cercana luna de espejo,

y mete su mortaja en tu amor que no vuelve.

Ponte frente al espejo y

como quien adora su duda

o al mar que no regresa. Amarás otra noche la nieve quebradiza':

¿Penetramos, cuando amanece (oh Dios, cuando amanece) en el estadio, en el circo,

o en el gran teatro vivo

que levantan los poetas en medio del camino? No, entramos en la pequeña vida con sus ventanales de mentiras; pero nada más se permite decirlo en dramas o poemas que escandalicen sólo al que pueda comprarlos.

Todos engañan, tranquilos en la vida, y lo hacen con palabras recogidas en la canasta humilde del vendedor de frutas

o que han dormido a piernas sueltas

en una casa sola y blanca a la orilla del bosque.

Ya se sabe que el guante de seda mata con más eficacia que la garra; son tiempos de selva todav(a:

estamos en la selva eficaz de la seda.

m (rate arrodillado

y la vida es un drama, Señor, un drama sucio en que se repite la misma escena:

el

grande vence al pequeño, y lo considera justo,

y

lo consigna en sus leyes,

y

el sociólogo con agudeza indica:

"he ahí otro episodio de la lucha de clases". La estrella dice con voz celeste sus acertijos,

y si no los descifra el navegante es recibido por los brazos de la noche corno otro náufrago. Todo está bien trazado en esta tierra de la muerte; todo viene tan rápido en el periódico que llega con la puntualidad caliente del pan en la mañana; Shakespeare, con gran sabiduría supo que un personaje surge puntual para morirse,

y así la dulce Ofelia siente que la vida está perdida de antemano,

y 'tut todo Hamlet es habitante de la muerte. "Ser o no ser", no es el primer negocio;

el asunto es la muerte de Juan o un Pedro cualquiera;

no la posible de Esteban Dédalo, en un cuarto putañoso

lleno del viento suave de algún jueves con el verano erguido en su silencio

o

la de Ricardo 1II que intriga para escalar un trono,

y

as( llegar al lecho predilecto con su ardiente deseo:

nadie ese problema, valiente o con miedo, lo ha resuelto en la tierra. No hay asesinos que sean buenos o malvados; los hombres, Señor, sólo son hombres que han aceptado jugar con lo que muere. Son hombres de carne y tristeza, porque no permanecen, No todos han le(do a Shakespeare; pero piensan que un buen personaje

es

el que sale temprano con la muerte,

y

que un alfilerito de ella, al final de la escena,

atraviesa lapared del castillo, y el poder de los reyes,

o el amor juvenil que comienza, se van al fondo de la tierra.

XI

EL MILAGRO DEL PAN

Los ángeles llegaban del mundo de la harina,

y los arados estaban secos; la pena de la tarde no llovía,

y la estrella lejana ten ía sed de vino,

y su vida de luces no era buena; pero cantaba claro la calandria en el orden soñado de la tierra,

y el viento, pordiosero, sonaba en el oído de la casa como la voz entera del poema. La vida estaba afuera, y yo cantaba

al

ángel de los panes sin olvidar las frutas;

el

arroz, asombrado, estaba lejos,

y

la carne era un sueño de los pobres.

No había entonces regocijo,

y el martillo dormía su trabajo tan noble en la madera. La vida de la casa estaba abierta; de par en par los sueños inventaban las más bellas cocinas; sin embargo, mi pan lejano y blanco, no tomaba el camino de los hornos,

yen su afanosa miga reposaba. Reposaba el arado,

y en gozo los labriegos reposaban

pensando cosas nuevas:

"que era domingo, día de descanso,

y que al llegar el lunes saldrían panes buenos

o los más rojos vinos para todas las mesas".

El hambre, siempre cierta, no creía en el pan entrevisto, no vivía de cantos de calandrias, ni alcanzaba los más suaves racimos. y acertaba otra vez el hambre cierta;

porque las penas tibias de los hornos del hombre no traían el pan a la mesa olvidada;

el pan iba dormido en las canastas viejas

yen el alma del pueblo,

junto a las cocineras con olor a cebolla,

y subiéndose el sol sobre la mesa,

vistiéndose de pobre así nos dijo:

"este es el pan que compartimos todos;

nació puro del fuego y de la pena, yen su miga más honda se duerme una paloma; alargando los días de la muerte

es comunión del que sufre y espera.

Luchamos por el pan y clara vida ha de llevarle al perro y al amigo.

Si n el trabajo duro, no hay pan para los hombres.

Quien no gana su pan todos los días, no descansa en la miga del domingo". Así nos dijo el sol de<;dc la lllC<;J, sin oír la caLil'dl iel de los cuentos.

).-

, ~

XIV

CABALLO EN ROMA

El caballo alejándose como el mar en la tarde, y los trigales en sus grupas como rubios muchachos despeinados que gritan:

¡Adiós, amigo mar, adiós caballo de tan claro galope!

Bebo por ti, caballo mío; yo no te tuve nunca en la galera negra de jóvenes esclavos en Roma, junto a un río de abejas, cerca de los prost(bulos turbios de la noche, con muchachas tan firmes como el peso en mis ojos de una estrella.

Yo te vi galopar, mar en la tarde, caballo rojo como el corazón en la mano de ella; caballo negro en el lecho de muerte.

Miro el exilio lento de las velas.

Arde Roma de nuevo en esta noche,

y los esclavos, con proyecto imposible para la época brava del hierro o la pantera, sueñan con naves libres, con ser hombres de hoy y de mañana en la v(a Apia.

Las prostitutas siguen gobernando. Arde Roma en la boca del vino

y en el sexo salvaje

de la esclava fenicia,

yen el golpe de gordo gladiador asust¡;¡do que derrama, joya de sangre,

al contrario en la arena.

Se extiende la ciudad como la muerte. Arde Roma en los lechos. La desnudez, la desnudez canta firme su canto en la taberna. y el prostlbulo arde.

El caballo se aleja, ya no trota

sobre las brasas

de mi amor cansado.

21

"'-65

XV

POEMA DE LAS GERMINACIONES

Hoyes domingo, y estoy triste; porque ha vuelto otra vez el tigre de la tristeza

con las zarpas rojas por el furor de las constelaciones,

y ese tigre germina

en el silencio t(mido del viento,

y las estrellas no caen en su desamparo,

y tu sexo es oscuro, y, sin embargo, no es la noche. La noche que yo tengo en mis manos,

o en mi boca que ya no besa nada,

ni siquiera las olas que se han ido;

'1 la muerte germina

en el silencio de esta casa sola,

y desde que nació la muerte

mató su sexo. Hace tiempo que tú y yo besamos con frenes( la muerte;

pero germinan las estrellas en tu vientre,

y desde mi primer desengaño

yo no beso las últimas que ven mis ojos,

o no tengo tus pezones

donde la aurora prende siempre su boca.

Hace tiempo que no acaricio la desnudez de la aurora. Qué callada la ciudad. Que tranquila. Ya no hay una sola muchacha desnuda para lanzar a la noche por el ruido de sus senos

o

por el abismático silencio de su sexo.

Y

hace años que no me detengo en la noche.

¿Qué puede hacer para la vida un muerto que viene caminando por el silencio?

Y

germinan los comerciantes

todo el dla; ellos son los dueños de las ciudades, de la poi Itica,

y hasta de los nobles muchachos rebeldes; desde que nacl

nunca he asistido al banquete de los comerciantes; las estrellas se detienen en sus anillos suntuoso,

y las muchachas pintadas con luces de la vida van en alas de sus coches, mientras el ángel solloza porque lo han dejado solo, sin los dientes blanqulsimos

o sin el pelo densamente nocturno

de la muchacha preferida,

y hace tiempo que no beso las lágrimas de los ángeles.

Germina la mar, y' junto a los barcos de nuevo la tristeza

y desde el primer dla estoy montado en la ola de esta muerte tan suave

o puntual que sabe repetirse

como una ventana movida por el viento.

Y germinan los trenes:

en ellos van todas las muchachas

que pudieron ser la sola novia mla.

Y

germina el retrato del que fui ayer tan solo,

y

lo enseño orgulloso,

y las sonrisas escépticas de mis amigos dicen que hace tiempo que he muerto;

lo dicen con la seguridad del banquero

que ha calculado sus ganancias.

Y la muerte vestida del dla que empieza

está alegre con la limpidez de mis huesos,

y yo, para vengarme de ella,

bailo y bailo hasta que cruje la arquitectura del mundo,

y la gente sensata, dueña de la vida, asegura, con aire de eternidad suficiente, que es muy escandaloso el baile para un poeta que ha de brillar solemne como un astro.

y es que ellos no se han visto en el espejo de la muerte; en ese espejo de ventanal sencillo que me ha dicho:

"todo, querido amigo, es sencillamente nada;

la noche puede caer como esta noche

en el templo del cuerpo de la muchacha muerta"

14--XII- 69

IV

Tengo miedo de esas grandes palabras que nus hacen tan desgraciados.

JOYCE

Infinito: tú sólo me bastas hoy para estar triste.

DOMINGO MORENO JIMENES

XVI

¿QUE SABEN LOS POETAS?

Nosotros los poetas, ¿qué sabemos de vida? ¿Qué sabemos de flores? Usamos las palabras como si fueran el mu ndo,

y

al decir "fuego", nada se quema,

y

al decir "rosa", queda varado su perfume.

La tierra sI' es poeta: tiene fuego, caballos verdaderos

la abeja y su punzante alegría

cuando de miel levanta castillo en los panales. Más poeta es el viento que el poeta:

acaricia el seno erguido de la montaña

en los Mas que pasan yen las noches que vienen;

le prec;ta su túnica azul a las olas

para ocultar la ronda de los peces en el vientre salobre de mares que han vivido. Digo "fuego" en mis versos,

y están frías sus riberas de palabras, yen el fogón, muchacho crepitante, arde sabrosa carne y esperanza. Nosotros los poetas, ¿qué sabemos del cielo? Nunca tuvimos un ángel en el vuelo de un verso,

yeso que de ángeles hemos hablado todo el tiempo. La luz sabe de ángeles más que cualquier soneto,

y el mar es elegía permanente

que llora naufragios y peces;

un pez besa en la noche a una dormida estrella en el fondo de un lago

o en el no apacible al caer de la tarde. ¿Cuándo -oh poeta-, con labios de poema, has besado u na estrella? La vida canta siempre si sabes escucharla; el roclo es sonata sobre la rosa roja,

y canta en el pico del jilguero

que, en su espejo tranquilo, contempla la sed del universo. Nosotros los poetas, ¿qué sabemos del viento?

Un chino es tan sencillo como un africano cuando al dormir a un niño ama todas las cosas,

y el viento es el amante del barro o de los sueños:

se siente libertino en el pantano

o en el espejo donde estuvo hace un rato

la desnudez tan pura de la rosa.

Toco la rosa y sangran las orillas del mundo,

y se derraman rlos de llanto

sobre rojas pupilas de vifiedos, sobre lanosas penas y en el balido claro de la oveja. Ahora digo "oveja" en mis versos,

y hay un claro blancor en su ritmo:

es que el mundo está triste y abierto

al mar o a la pradera,

es que el mundo es abeja,

y es un beso en la ligera pena de una ola

o en el amante viejo,

yen las rojas vocales de mi verso nace tan lento el vuelo para besar las alas del mundo que se escapan,

y son blancas las alas sobre la pena amarga

de los Mas que viajan. Nosotros los poetas, ¿qué sabemos del mundo? Nada sabemos, y por eso escribimos versos.

29-1-70

XVII

ELEGIA

Angeles, ángeles: esta noche. Los astros nacen del mar y llegan a tus ojos:

allí los cierro con mis besos en la pasión del mundo. Astros como la noche, y la nJche en mis manos como un astro negro y suave. Es común a ti y a mí el mar que soñamos. No es el mismo mar de siempre, sino el que nace del deseo:

rojo en la fragua de los amores.

y las islas, allá, lejanas, no sen'an tan hermosas

si dejaras de mirarlas con la gran compasión de tus ojos. i Islas bajo el cendal de tus lágrimas de gozo!

y tus senos, redondos y dorados por el sol, dejan sus sombras tenues sobre la arena.

y

tu cabeza en la noche como una estrella perfumada.

y

el gran mar de ascuas vivas parpadea.

y la fiebre de mis ojos en el lecho lejano. y el viento como una abeja grande

zumbando en tu pelo

que va cayendo en la red de las sombras. Yo seguiré la noche hasta retener el último vuelo de sus alas.

la m iel dorada del d la

Distancia de mis ojos entre Dios y el oleaje. Distancia de mis ojos y la tierra cuando navego sin ti en la noche. Escucho la voz del pastor, blanca de ovejas, en la gleba roja que pisan sus pasos. La voz del hombre es de tierra. Sus pasos son de tierra. y yo, con las pupilas de ángel en mis ojos, fijo el orden terrestre en un verso. Ah, pero el reloj del viento, tan frágil, me dice que nada dura. Nuestro lecho está partido en dos; tu allá, yo aqu(:

riberas de un mismo 1'(0 que no se tocan. Tengo, hoy como ayer, las granadas rojas de España en el pétreo sabor de mi boca,

y

tiñen con su sangre tan tierna

el

silencio de mis huesos.

Ya no recuerdo el sonido de las gotas de lluvia sobre el temblor sagrado de tus senos; ya no retengo el canto de oro de los gallos en la noche, ni el lago de tus cabellos derramado en el lecho. Más allá, en el tiempo, aún escucho el trote de los caballos que se fueron. 5(, la isla sigue teniendo su arena, yen ella las pisadas de los astros

y las tibias pisadas tuyas:

oh mar egoista que te lo llevas todo. Los grandes insectos blancos de las olas golpean cansados sobre la quilla de los barcos. Ya no izamos el mar en nuestros cantos. Tú y yo no enlazamos las velas de un beso en nuestras bocas.

Tu corazón y el m (o

son hoy un eclipse y un desfallecimiento. Hemos visto bajar la noche hasta su último destino,

y vimos copular a los insectos negros sobre otra playa.

No estabamos ese d(a quizá frente a la mar que regresaba

con su gran corazón azul mordido por las estrellas.

En el abismo de tus ojos ard (a el silencio de las algas

y de la muerte que pasa por todos los naufragios.

Tus ojos recién nacidos a la dicha de ver morir los mares no sab(an, sin embargo, del bien y del mal en la tierra. ¿Qué importancia tuvo entonces para el mundo que depredaramos conchas y algas nuevas? iCuántos santuarios derrumbados vimos en las olas del tiempo que llegaban hasta nuestra lámpara esa noche! nuestros corazones, viejos y nuevos, consagrados, por Dios, al olvido. Nuestra desdicha erraba por el abismo de las aguas,

y

y no retuvimos ni una lágrima

del ángel de la noche que lloraba. En el fondo de la fábula de la vida hab(amos vivido,

y de improviso se acababa la extensión de nuestro d(a. Ahora recordamos al anochecer el ganado vacuno bañado por la misma luna de nuestro primer beso.

17--XII--69

XVIII

NADA TENGO QUE DECIR ESTA NOCHE

Debajo de las uñas dormidas de los muertos hay una estrella,

y

yo rasco y rasco sobre la tierra oscura hasta rescatarla en la noche:

la

libro del olvido que crece en el roce metál ica de las hojas secas,

y

la estrella alumbra otra vez por encima de la la muerte;

siglos y siglos alumbrará con su luz el paso de los muertos,

y

otros ojos, renovados en el tiempo,

la

retendrán bajo la tristeza de los párpados.

Igual al viento es mi corazón sobre la vacilante llamarada del polvo,

y toca a tu ventana, rojo y solitario, y no respondes mientras tu cuerpo blanco escapa en el crepúsculo.

Busco, mujeres que lloráis el muerto, busco el silencio. Busco el mar a esta hora de la pena milenaria, yen el brasero de flores busco el amor que no tuve. Bajo las uñas calladas de los muertos huye la estrella,

y crepita la lluvia sobre los huesos blancos; "nada ha de germinar de ese encuentro", solloza la flauta del viento entre las hojas rotas.

Paso del tiempo a esta hora muerta de la tarde,

y la medalla de tus ojos deshecha en el polvo:

Oh Cleopatra, oh Agripina, oh Ju/ieta. Mujeres hechas por la carne o por el verso:

sois la desolación del hombre y la alegría del mundo.

En la falda ligera de la muchacha resuenan las constelaciones, yen sus ojos la amagura y la belleza viajan hasta las gargantas viriles:

las secas gargantas como el polvo del mundo. ¿Quién una gota de bondad para la sed depositará en ellas? Oh Julieta, oh Cleopatra, oh Agripina; vientres imaginados o vientres reales:

de vuestra amargura surge el fruto de la vida. "Y no hay drama sin mujer, y no hay drama sin mujer", dicen todas las olas al golpear las costas de la tierra

Es amargo cantar esta noche sin que nos guíe una estrella. Es amargo cantar con esta sed de imposibles en la garganta reseca

y a esta hora en que la tierra es un vaso roto en el polvo. Busco, mujeres que lloráis el muerto, busco el silencio,

y nada puede callar mientras haya vida que cante o que llore. ¿Debo decir de nuevo que es un relámpago el invierno,

y otro la primavera con su reguero de pájaros?

¿Debo decir qué diferencia hay entre muerte y vida? Yo no la siento, ni la ven directamente mis ojos. No hay estadísticas de las estrellas; además, ¿para qué comercio serviría tener contadas las luces del cielo?

Para llegar aquí hube de caminar mucho en el tiempo,

y cada paso fue un agotamiento:

de paisajes, que ya no veré, y de aguas que yo no bebería, de amores que suenan en las ventanas rotas, de versos hundidos en la tinta y en los papeles rotos, de manos perdidas en el tiempo y rotas,

a

eso le llaman caminar por la extensa vía de la vida.

Diréis que estoy repitiendo /a misma estrella y los mismos sueños,

y

diré de nuevo todo lo que tengo que decir en esta tierra de muertos.

Para llegar a este lugar del verso hube de recorrer todos los caminos,

y recibí, en mi viaje, el paso amargo de las estaciones:

en cada estación un fuego distinto

y una ceniza nueva que lo empañaba todo.

Ah, los caminos sin amor, llenos de sombras y tropiezos; esos caminos sin éxtasis y sin alegrías, tan persistentes como la lluvia o el viento, como el cabello en desorden que hay que peinar todos los ameneceres.

Aqu í estoy, como Dante

o como un hombre cualquiera, en medio del camino de la vida. Ya es bastante estar aquí, con casi medio siglo fallándole al verso y a la poesía,

y recomenzando sin pérdida de tiempo, como el mar, porque no consigo poner el mundo en el poema;

empezando de nuevo, porque no pude crear una pequeña flor o un rostro,

y no

aprendo en todos los poetas,

y no dibujo, sin embargo, el mundo claramente; no dibujo el mundo a pesar de nuevas palabras bien escogidas.

es el mar al que deseo recoger en el verso, ni sus olas;

Nunca es tarde para recomenzar el mismo verso en otra noche; nunca es tarde para mirar la vida en cada verso. Reúno muchas palabras cotidianas,

y con ellas trato de crear la atmósfera del mundo;

hay lágrimas y besos, y estrellas rotas en el espacio

o en el palpitar de muchos corazones.

Con palabras sencillas digo

corrijo: trato de expresar esa cosa grande,

y lo hago empleando toda mi alegría

o

esa cosa grande que es el mundo;

y mi tristeza,

mi pasión por lo justo.

El mar con todas sus estrellas sube a mi corazón ya mis ojos;

el

toca las maracas de plata de las olas,

mar grande y redondo, azul como un muchacho de fiesta,

y

siento la sal alegre del mar en mis huesos,

y

escucho volar sus gaviotas en mi sangre:

.

estoy lleno de estrellas, estoy lleno de mundo.

Ya no tengo nada más que decir esta noche en que las mujeres lloran a sus muertos.

26-11-70

XIX

YO NO HICE TU MUNDO

Este es mi mundo, aquí sobre tu pecho de mujer que ha tejido túnicas a la vida,

y en el pezón rosado diste leche a los astros,

y al tiempo le das nave para lejanos puertos. Esta es la vida, aquí donde en secreto

suenan las aves, suenan en la ceniza de la muerte, yen triste corazón detenido o en vuelo tiene su paraíso el mar regocijado. Con su ruido de espuma y su central de estrellas ha de morir el mar en mis deseos,

y llegará su muerte hasta el pecho del ave,

tan lleno de los soles, palpitante de valles, navegando en la nave verdemar de las hojas. Que cante el mar, que cante

a la orilla del tiempo, del amor, de tu vientre en la red infinita del blancor de las olas cual cintura amorosa rodeando la isla.

Yo no hice tu mundo; te lo digo sin verlo. No soy el viento, ni la sombra del viento. No soy luz de la estrella, ni la estrella que palpo

la tristeza en el rostro de la tierra.

Aunque hable del mar en mis versos,

nunca tendré su oleaje en el poema,

y he dejado que pasen las velas del ocaso,

y escucho tenue flauta del viento en el pobre corazón de las velas.

Suenan las aves en la ceniza de los cantos del mundo,

y se levanta la noche de su tumba sin saberlo;

y tus labios, tan niños, son una sola brasa para quemar la nave de mi cuerpo. Del templo de la vida sólo queda ceniza;

y

el canto, renovado, señala el regreso del alba,

la

desnudez del ciervo, el silencio de las montañas

otra vez en tu beso,

y tus manos, altas y blancas,

ordenando el velamen de los ángeles.

La plegaria es tu boca, o el claro fuego en que se quema la carne de los sueños,

la nave de la tarde, la belleza, el olvido,

la tristeza más íntima, el panal de tus piernas

con pájaros que nacen de tu sangre despierta

tocada por mis manos, por mi boca, y por las interrogantes de mis ojos llenos de mar, de naves, de los templos más frágiles donde reza la vida su pena milenaria. Todo bajo aquel códice de la sangre tan nueva:

el caballo que pasta, el paso de la estrella, la pecera del vientre

con escualos de plata que aquel mar ha soñado feroz en el amor o en el naufragio, como el día en el mástil de la muerte donde ya estuvo el ángel jugando con el ave maría de las aves que vienen de la mar que ha cantado su placer en las playas.

Yo no hice tu mundo; te lo digo de nuevo.

De espuma son tus párpados; de mares, tus cabellos; de corales tranquilos

la

ceniza muy tenue de tus labios,

y

en carrera de ciervos van tus senos,

y

el nardo de tus piernas enceniza mis años.

Qué prodigio tu vientre, qué mar en tus caderas,

y el oleaje del beso lleno de breves barcos

que han de venir al puerto de mi boca con la aurora que trae racimo de los Mas para apagar láS penas. El vino de tus ojos de borrachas estrellas ha llenado el espacio de mis manos humanas, del rumor de la vida, del limo tan ingrato de la muerte.

Qué peces tan hermosos, parecidos a estrellas que se desl izan para verte; traen el mar en sus ojos, el mar en sus ojos de peces,

y las lunas antiguas, y tus senos despiertos al fulgor de la luna, barridos por el viento del valle, misteriosos en su blancura bajo el silencio de los muertos. Qué peces tan humanos, parecen el rumor de tus piernas en el oleaje de aquella noche, ya no tuya ni mía, Cruzan a orillas de tu cuerpo peces voraces, lumbres de mis besos, brasas sobre las aguas de la mar inconstante.

Suenan, bajo los días, aves en la ceniza del pezón que callando en la jaula de seda del corpiño no renuncia a la vida. Suena la mar, y el tiempo es la vasija del sudor de mi pena, del rizo de mis sueños con sabor a viñedos quemados por el paso de aquel año.

Yo no hice tu mundo; lo digo sin saberlo.

25-/11-70

XX

NOCTURNO CON UN CABALLO ADENTRO

E1caballo resbala en la tristeza de la tarde;

en sus belfos suena el acordeón de las estrellas

y

el aire enreda en sus patas

la

florecilla lenta del camino.

El buey mira el caballo que galopa esculpiendo a su paso montañas y n'os,

y el buey toca con la tibieza de sus ojos el viol(n de la tarde.

El caballo avanza sin que lo rocen lás espuelas,

y el jinete ya es de ceniza en el viento. Crece el acordeón de las estrellas tocado por el velamen que, como un fruto blanco, siente la mano firme del aire que acaricia el vientre de la nave. Una escarcha de ruiseñor hay en la noche,

y un pájaro amarillo, lleno de todo el d(a, tiene en sus cantos soles perfectos, sen05 de muchachas. La calma de la música es un fruto en la rama de una boca esperada, y el caballo no relincha sobre Ids derrotadas amapolas del crepúsculo; aunque el jinete no regresa de la ceniza, suena el acordeón de las estrellas

en los belfos y en el fuerte galope. Yo entro con el caballo a la taberna

y bebo vino.

y viendo una copa limpi~, hablamos de la muchacha desnuda. El violín penetra en el sueño del caballo

y

toda la noche toca la música del mar enlutado,

y

los marineros náufragos

pasan danzando sobre los ojos de los peces. Van los puertos ebrios sobre los ojos del caballo,

y una muchacha como arcoiris se detiene en mis ojos; los cisnes de su pecho tienen un silencio blanco como un corpiño que hubiese caído de la luna.

Un puerto se derrumba sobre el corazón de otro puerto. "Pídeme otro caballo que éste se gastó galopando",

d ice

y el caballo, vivo, relincha bajo la luz desnuda de las estrellas,

y su galope inicia otra muerte, otro río, otro rosal con sus rosas, nuevas tabernas con sus vinos nocturnos.

Pensar que un caballo no es una muchacha, que la muchacha no es una manzana,

y que la manzana no es el mundo en mi boca.

Pensar que el mar no es un perro,

y que no es verdad que sus espumas muerden la costa. El mar es el mar, esta noche o cualquiera otra noche, que refleja en su espejo de sal a los barcos.

y los barcos no son ángeles ni muchachas,

ni son la tristeza lenta de una flor que se abre

y que lleva en su seno un derrumbe de cielo.

El violín de los pájaros amortajó la tarde.

Sin embargo, la tarde sigue llena de flores en las praderas de mis ojos,

y se oculta bajo el lienzo de mis párpados todas las noches cuando duermo. El pájaro desenreda el mundo en su canto,

y no sabe que canta contra la muerte.

Nadie esta noche dibuja una paloma en el aire,

y yo sigo en la muerte

la gu itarra tocada por la muerte.

oyendo el galope del caballo. iQué desconsuelo, sin ángeles la tierra,

sólo la mezcla del reloj y la sangre, ya veces, para un pequeño regocijo, una parada muy tenue en las frutas! y es en la tierra ardiente, llena de caballos ardientes, donde, como una constelación, se fuga la vida. La vida: sin estrellas, sin sombras ya de ángeles, transparente en el río último o en la rosa primera, ya sólo perfume de muertos en el leve reloj que ni siquiera es aire.

Yel

caballo me dice en la noche:

"eres más muerto que los otros porque fuiste más vivo".

20- VII-70.

v

La mar posada me compone el alma rota por el combate de la tierra

UNAMUNú

XXI

EL TIEMPO REGRESA

Estoy en las puertas del para/so:

el

viento azul rodea al pastor en la tarde,

y

las ovejas rondan, blancas, a la muerte,

y un pájaro, cantando, picotea sobre los huesos mortales del tiempo.

" ¡'Murió el tiempol", grita el mar,

y los marinos elevan las velas ventrudas de los veleros para contribuir con sus viajes al funeral del tiempo.

Libres los mundos de las horas se deslizan por el infinito de las manos de un niño N¡ida tiene I(mites, ni podredumbre, ni tristeza,

y ras rosas cantan en distintos colores mientras navegan por los más bellos jardines. "Murió el Dios de la muerte: murió el Tiempo," comentan los pececillos que no temen ya a los grandes peces. Todos trabajan para hacer más alegre el mundo.

Nadie dirige a nadie, y los que fueron peones en las fincas conversan con los ángeles bajo los manzanos,

y hay ángeles rojos, trabajadores y alegres

con el color de los bueyes en la noche cuando las fr(as estrellas bajan de los sueños;

los hay con la blancura movediza de las olas,

y otros tan amarillos como el otoño que borra el sol en las tardes, todo es prodigio y fiesta en el asedio del alba:

aran los hombres y aran los ángeles,

y no sabemos cuáles son más eficaces;

pues no hay cansancio, ni sudor, ni pesar porque el tiempo no alcance para tantas faenas. Las fuentes son jardines suaves con nubes que se agotan en el viento,

y un pez travieso lleva en su sangre paisajes locos para inquietar las pupilas dormidas del agua. En la tierra, el conejo de grandes orejas se duerme junto al r(o,

y corre insomne el espejo de las aguas llevándose al conejo, al jaguar y a la muchacha que forman una sola flor en las ondas.

Las muchachas enrojecen las aguas con sus mejillas de manzanas

o con sus bocas, canastas de cerezas que se ofrecen. El viento tira una flor en el prado

y luego la recoje para colocarla en otra rama. Un pájaro en el amanecer (que no amanece) picotea sobre los duraznos, yen la tarde (que no atardece)

el

duraznero es más hermoso,

y

tiene un corazón de pájaro cantando en la pulpa de sus frutos.

Un caballo rompe a correr en el alba

y no va más lejos de las manos infinitas de ese niño que juega con muchos animales. Me decido a besar la boca de una muchacha,

y mi beso rueda como un trueno benigno

por las bocas sonrientes de todas las muchachas.

El mar azul es una joya en los ojos de un hombre,

y todos nos ponemos a navegar por esos ojos,

sin que nadie nos diga "soy dueño de la nave". Ramos de cielo doblados por el peso de las frutas con aire amable en las bocas que cantan,

y el roda es de fuego que no quema,

de lágrimas que no lloran en los lirios.

El pensamiento lleva el perfume de todas las flores

y el vuelo de todas las aves;

ya no hay rayo de muerte que caiga para destruirlo. La tierra pare el divino silencio de sus manzanas,

y

cojo una y la muerdo en el centro mismo del mundo,

y

el amor de los huertos me lleva hacia el cielo sereno.

Cabalgo movido por las palomas blancas del espíritu

hasta poner mis plantas en las montañas nudosas y solitarias. En la soledad soy un monje, un tronco pulido por los vientos,

o el yelmo de la noche con todas sus estrellas.

La soledad es el único reloj de ese mundo sin horas. Los vientos me alcanzan, y yo sobrepaso a los vientos:

voy montado en la roja montura del vino. Ayer me alcanzaron los ríos, y sobrepasé los dos:

iba montado otra vez en mi negra montura de muerte.

Los ríos se deslizaban murmurando sobre las tierras ocres,

y el ruido del rayo de la muerte cae sobre el bosque:

las águilas vuelan llenas de tiempo,

y las patas centelleantes de los conejos grises

terminan su carrera en el hielo de muerte. Allá, en las puertas del paraíso, sólo queda el fuego de los ángeles

para quemar las distintas estaciones de los hombres:

el otoño cae deshojado como un pájaro muerto,

y el invierno es una copa blanca y rota.

Nadie habla del esqueleto de la primavera ni de la pobre ceniza del verano. Pero un pájaro, en una rama muy alta, dice que el tiempo regresa.

27-VII-70

XXII

EL MAR

Oh mar dichosa, suspendida

del abismo de mis ojos, tú creces todo el tiempo hasta llenar las playas de mi vida; pero no pasas más allá de mis carnes

o del ruiseñor

que todavía canta tempestuoso para el oído indiferente de los hombres. No te recojo en redes llenas de peces jóvenes, ni te hieren los barcos que desde que nací

dicen un largo adiós a mis días. Oh mar azul y lejana como los peces que ya no bogan en mis manos; lejos de mi niñez y de mis libros, tú, mar, recuerdas a la muchacha tímida que latió clara y precisa en la lluvia

y que fue como un beso que daba el sol a los árboles

erguidos en sus pies desde la aurora. Tu bogas siempre, sin cansancio en el tiempo, sobre los pechos tristes de marinos ahogados, sobre las algas densas de otras muertes,

y retienes, en el oído inquieto, la sombra de los cantos de un pájaro que cantaba en el día, cuando el sol era un puñado de trigo para bocas hambrientas de la mujer y el hombre.

En cada ola tuya tiene su mano el tiempo

y desgarran la costa con insistencia humana

para hacer, de un corazón ya vivo, tumba de un gran silencio a la tierra con el pastor que cuida sus ovejas tan blancas,

cuando la tarde pasa feliz como una fuente que se deshace en vida renovando sus aguas. Tuyo soy, mar que llegas travieso de esa tarde en que tuve su cuerpo contigo en las mareas

y fui dichoso y joven como un ángel

incapaz de pecar contra la vida. Conversamos de todo, mar altiva y lejana:

de la rosa de espuma que en tu pecho florece, de tus ojos azules y las palomas blancas que sin temblor volaban en tus hondas pupilas;

de la estrella imprudente que vino a ti una noche

y por poco de ti te separa

para hacerte el amante de su cielo lejano; hablamos de los hombres, de sus vicios pequeños que trituran la paz y la alegría en el rostro humillado de la tierra; de la mancha de alas del gorrión que a tus ojos se asoma; de la paz, ya tan roja, de corales hundidos en los años en que pastan tus olas,

y

me abriste tu pecho, y vi la cuna de los peces,

el

diario de tus aguas que en silencio los nombra,

y

van llegando todos

al

convite de tu alma profunda;

allí brindas sin prisa lunas de tu niñez;

porque tu fuiste niño, una vez, que jugabas con el aro del mundo,

y yo tu compañero entre las algas vivas;

yo también era un mar en la aurora del tiempo,

y ahora soy un hombre que de ti me separa.

No soy dichoso en esa forma de verte diferente a mi vida, diferente a mis sueños, viendo con el pesar con que abrazas la costa que otra vez te rechaza:

Mar Prometeo que vuelves

a amarlo todo, amoroso y sencillo cuando el d(a comienza sus doradas vendimias, yen los jardines hay rosas de otras nuevas mujeres. y no ves el espejo de los años pasados; porque amándolo todo nunca amaste la muerte,

y vives, vives siempre renovando tus ansias

sin pensar si los barcos perecen,

si

las velas naufragan en el mar de la vida,

si

los besos se pierden una noche cualquiera,

si

el anillo del cuerpo

deja un aro en el polvo, como el aro del mundo con que jugabas en la aurora, cuando tu boca múltiple estrenaba la dicha. Ahora todos los d(as me acerco a tu cintura de mujer que solamente pare vida,

y

all( dejo mi muerte enterrada,

o

suelto palomas de alegr(a

que han de ser en tu sueño el coro de las olas.

I-VIII-70

XXIII

LOS AMORES DE SIMBAD

Insultabas al viento, y la nave avanzaba. Sucia la mar de sangre, y los hombres sucios de vicios y de mentiras. Oscuro miedo las velas del terror denso levantaba en los pechos, amplios como radas,

y tristes como la última estrella que agota su aceite en la noche. "Las perras olas se levantan, parecen perras hambreadas, horas en el reloj de Dioses engañados", dice el buen capitán, león herido por el tiempo. Rompe las velas el viento ponentino

que atravesó

la isla de los muertos.

El joven Simbad, pescador de muchachas, sueña con las tabernas de la aurora o con las putas olorosas a mar y a pescado en un puerto secreto con velero salobre. Moraina, la prostituta del pelo como la negra lámpara de la noche, prepara el lecho para los cuentos de Simbad o para el resposo del velero.

Antes del beso lento le toca en el ombligo,

y le dice: "Simbad, ahí pueden naufragar muchas naves".

Simbad nada responde, pues piensa en la morena de otro puerta

A pesar de los sueños el huracán bramaba,

y Moraina

y Simbad en el lecho

eran un rojo naufragio. ¿Qué Amor, cual poderoso viento, impulsa las velas castas de los senos de la puta? ¿Qué Dioses apagan las. lámparas en la cintura de Simbad?

La cama parece un escualo de plata iluminado por los besos.

Canta el marino con labios de muerte:

"Orestes sangra en T ebas,

y las gaviotas vuelan

sobre el reposo de las islas; en T ebas yo beb í vi no con la muerte. Edipo, el buen timonel de la tormenta, se casó con una virgen limpia

y rápida como un sábalo

que huta de las nasas. Pero el vino es buena red para peces difíciles".

-Moraina, bésame en el ombligo de los naufragios. La lengua es ola breve contra el triste velero del cuerpo que se pierde.

Es la isla de Chipre, sobre tu vientre, Moraina; vaya besarla.

(Y un beso delirante se ,apaga entre las olas.)

La tempestad brama sobre la nave.

-Tiro la red a punto,

y pesco tus dos piernas; oh, Moraina,

qué blancas están tus piernas esta noche en mis manos.

Fumo sobre la tersa isla de los muertos,

y las aguas desnudas traen las velas rotas. En la clara ribera el alcatraz solloza viendo tu vientre como otra isla que escapa.

Gritos

llevan las sombras de la noche. Los muertos abandonan la isla al primer lucero que roza tu boca. Edipo rompe su nave contra la roca de la isla;. ya no es un hombre, ni un Dios, es una fuerza ciega,

y su corazón es el apretado furor de la borrasca.

Su cuerpo es una lástima sobre el silencio de la playa.

de muerte de ribera a ribera

El manuscrito de la muerte está encerrado en la botella negra; ha de leerlo Edipo,

y

ya no tiene ojos para descifrar las letras de una estrella

o

la cifra infinita de los mares.

-Las velas blancas, Melusina, enrojecerán en nuestro lecho.

Simbad, sobre la muerte, sólo sabe de amores; con el velamen roto de los peces se entretiene.

Tira sus ojos sobre la isla,

y oye el eco de los remos sobre su sangre.

Junto a la isla llora el mar de los muertos con mansa fiebre de palomas.

16-V-67

XXIV

RETRATO DE UN PUEBLO

Bella es la casa, tibia y de madera,

y el viento enamorado puso rosas

a sus balcones y a sus puertas. La casa tiene huellas de aquel año en que los bueyes tardos araban en la tierra una esperanza,

presintiendo, tal vez, la ruina de los campos por los torpes engaños de los hombres. El pueblo es gris, callada golondrina que calcinó el verano. Hacia los años va esa casa,

¿quién se acuerda?

y María, o Isabel,

dejan sus senos a media tarde por descansar la tela del corpiño;

Dioses en el pezón rosado

hacen la fruta rosa de sus senos. y María-Isabel surcan la tarde; son una más en esta vida,

y ya no dicen nada

de fa muerte tan blanca que reposa en la tierra. Plagas de puertas muertas no son vida; cargamento rosado de la rosa

y espejos que apagaron los dorados destellos de las telas. Sufre el reloj que vive en las mareas,

y la mar que medita junto al tiempo siente el año feroz bajo los astros. Sin nostalgia a los mares verle el sueño; darle una estrella nueva

al velero de un niño:

después, sin ser un ángel, caer sobre el espejo

de la tarde en el mar y en su silencio. Diablo es la luz y Diablo la esperanza por lentos corredores de la casa.

A Dios, para su hambre, darle un plato

de arcoiris repleto de la muerte,

y decirle: "he ahí la vida

pobre", y ofrecerle muy quedo un plato de reloj, un plato amplio de relojes que llegan de la niebla, para que coma todo el día.

La vertical, la vertical de un sueño disparaba a los ángeles su flecha por completar la diana de la muerte,

y cae uno con la cara rota,

y cae otro con la cara fresca; son ya dos ángeles, Miguel,

si tú los cuentas,

no importa en qué papel hayan caído;

no importa el verso que dejaste escrito para borrar dos ángeles traviesos.

Si es difícil borrar un ángel blanco,

no es sencillo borrar un ángel muerto,

y lo dice un pintor

que no ha pintado el mundo,

y un poeta que pasa sin saberlo.

"Quedó en la mar mi vocación de héroe, yen la arena encontraron mi esqueleto", reza una tumba de apagada espuma. "No discutas, Marcela, yo quiero oir el disco silencioso;

yo quiero oir el disco de la sombra tocado por los ángeles rebeldes,

y quiero a Lucifer en ese mambo yen ese twist de fiebre":

un marido disputa con la rubia de arriba, mientras los viejos astros de Id noche están de fiesta. Son cosas de este mundo tan malvado, tan Isabel desnuda por mis sueños, tan plato de arcoiris para un pobre, tan vocación de Dios que se ha dormido. Cieno es el mundo, cieno y mariposa, aciaga podredumbre de los astros:

un diputado pesa la cabeza del pueblo,

y la balanza es pobre, va a venderlo de nuevo con delantal de esclavo

y las boletas tristes con que eligió una tarde aquel gobierno malo y malo. Lo sabes, Isabel, no hay esperanza (aunque pidas un ángel por teléfono) de un casorio en la tarde de los besos

frente a un cura modesto que nos abra sin prisa

la puerta blanca de aquel ángel muerto.

Son cosas con que Dios se va pensando que la vida es tal vez sencilla y buena; pero 1sabel se acuesta con mi cuerpo mientras siente aquel rostro del vecino. Esta es la vida, amigo, vida sana

para llegar sin prisa a diputado

y defender al pueblo que se muere

en pobre soledad bajo los astros,

y no muere de Dios; porque hace rato que no quiere nada.

16-111-65

XXV

TESTIGO DE LA TIERRA

Navegaba en la muerte de ese día con una ave en mi nave cenicienta,

y el mástil de la muerte era impasible con su carga de estrellas moribundas. Las costas de la mar iban desnudas como muchachas nuevas de la aurora; los peces de sus piernas eran brillantes en las aguas del mar. Yo iba pensando en el ocre tan denso de esas tierras

y en la mujer que lava su tristeza

a la orilla del río. "La mar es bella", dijo la noche que llegaba. Pero la tierra es amplia y es traviesa, tiene huellas del tiempo, de los años en que besé una boca bajo un olmo, y tiene el viento extenso, como herida donde brota el calor de algún rebaño. La mar es bella y es mujer amable que al náufrago recoge entre sus brazos, yen su profundo pecho, noche y día, sabe cuidar el cuerpo del ahogado. Pero la tierra es dura como el hueso,

y es la nave repleta de la vida;

en ella pasa el drama y la tragedia,

y el anzuelo que pesca sus amores. La mar es una lágrima muy honda con un fondo de estrellas;

quien acepta morir, inicia nuevo viaje hacia las playas negras de la noche,

y rema por el mar sus penas

sabe que la alegr(a es ruiseñor sin bosque, yen la mar lo procura con un sueño. El jilguero intranquilo de las olas

viene a la nave, y canta. La mar es un cantar de hondos marinos. Pero la tierra es sabia y es extensa cada d(a en sus cosas; no la agota la mano o la mirada; no la agota el amante ni la apaga el olvido; es un lucero que siempre se levanta cuando todo parece que se acaba. Pasa Cleopatra, y la tierra crece.

Llora J ulieta, y

caricia a su honda pena,

y le regala un lecho si está muerta.

No hay clara tempestad como la vida,

y la vida es de tierra,

de polvo y soledad, de mano amarga que a su entraña le arranca claro vino. La tierra es sabia y es mujer sensible,

y am iga de la muerte;

su lecho sabe a frutas,

y su arado es también como la vida.

Un bueyes un amigo, y su belleza compite con el cielo de altas nubes, disputa con el mar y su silencio. Yo sé que el mar tiene sus peces; tiene corales rojos como labios, yodos de fuego que la herida curan. Pero en la tierra el sol hace las uvas.

la tierra es amplia

"De la espuma más blanca nace Venus", pasa contando la leyenda. Pero en la tierra vi muchachas vivas, hermanas de la flor y del durazno:

Diosas humanas que sin pena entregan

el caudal más sonoro de los sueños.'

"Navega, marinero, esa es la vida",

dice un engaño de dorada boca. Navegar para qué si estoy cansado

de los mares que pasan con sus peces, de la mujer con su jaula de besos

y de la nave que no toca puerto.

Si quiero descansar subo montañas

donde cuenta la muerte sus proezas,

y anoto cada flor que fue cantada

por el ave fugaz de la esperanza,

y alll, junto al olvido de la flores, busco el aroma vago de la vida.

15-VIII-7ü

VI

Eran ángeles fuertes con las manos curtidas y dientes de caballos detrás de la sonrisa.

HECTORINCHAUSTEGUICABRAL

XXVI

VERDAD DE TODOS

Recorría el amor por sus segundos,

y el reloj se paraba por tu nombre. Un kilómetro apenas de corazón, y pasas

a la turbia alegría de mi sangre. Santa Isabel ya rompe los dos platos; después del plato roto, ¿quién lo usa?

Sin platos, Don José, ¿qué trajo el Ma? Un problema, por Dios, es mi esperanza

a

la orilla sagrada de sus senos,

y

la flor es la flor, y el beso es beso.

Santa Isabel nos rompe los dos platos:

un plato de tristeza en tus cabellos,

y un plato de miseria entre mis manos.

Es milagro saber cómo la santa borra todo lo ingrato y turbio que me oprime,

y

le rezo y le rezo, y una vela

le

enciendo en cada flor de la mañana,

claros de vino el pecho y mi tristeza. Cinco minutos, Norte de la vida, es mucho tiempo sin hacer el mundo; cuando te veo pasar, sé que te acercas' pequeña vida que te vas de juerga

sin pensar en el taxi de la muerte;

tu tiempo es un retazo de otro tiempo;

un retazo

Ahora yo sólo escribo en el otoño,

si el otoño se esconde entre tus ojos

o se queda dormido en tu corpiño. El otoño, tus besos, tus dos pómulos

y un ruiseñor de oro que no canta

en la quieta ribera de tus párpados. Ahora, solo, yo escribo del invierno,

con su cara de palo y de pobreza,

y aquel beso tan frío de la muerte.

El invierno nos hiere una paloma que pasaba en la calma de la noche.

y tu presencia es gacha y harapienta, buena muerte sin luz, sin pan del día, sólo pobreza amplia de la vida. Sigue corriendo, muerte, sigue viva, ya te esperan la rosa y los jardines:

larga es la milla de tus astros claros; es preciso pensar que estás llorando,

y que es de polvo tu cansancio humano; por más que te repitas en el viento nunca agotas la vida de la tierra,

p~sado de tu pena.

y el ritmo cabizbajo del reloj nos repite el otoño tan dorado yel invierno de párpados de hielo.

Te secuestran, Amor, y no haces nada,

y el viento de otro amor te lleva lejos:

es la dócil manera de tenerte como un ave que vuela de la jaula, navegando en el mar que hace la rosa

o en la calma tan ciega de las naves. Estrella de la mano y de los ojos, buen talismán pulido de la muerte,

y la noche social, ojos de lobo,

con mentiras frenéticas te acosan. "Es el amor ingrato", dice un viejo; "es el amor remoto", dice un joven,

yen sus pasos magnéticos, la huída tiene patas de can, patas de cielo. El que aguarda tal vez ama la vida,

y el que huye quizá quiere la muerte. Flor sensible, la cara de la noche contemplaba los ojos del amante. Santa Isabel ya rompe los espejos,

y se borran las flores que pasaron.

Un gallo es poca cosa, no es el día

y tampoco emplumó la madrugada.

Pero está b ¡en de

pero está bien de voz, si es tan profunda que apresura la luz de la mañana. Confuso el pez también tiene la muerte,

pi u mas, si es hermoso;

y

en su nadar pasea solitario

el

amor, tan fugaz, al que se aferra.

Es que el amor es todo, y es la nada que se inventa la gloria de querernos. Confuso el pez también ama la vida,

y la busca en la espuma y en la estrella,

y muere a gusto cuando ve en los ojos de otro pez el amor que recomienza.

Tres veces por la noche cantó el gallo,

y Pedro, confundido, oyó la muerte.

Es que el amor es frágil y es humano,

y

es animal también, bajo los astros,

y

es un bosque frondoso de la vida,

o un poco de agua que secó el verano. Esto lo cuenta un ángel que está triste; porque es verdad de todos conocida.

18-X-66

XXVII

PUCUNA, CERBATANA QUERIDA

El sedante de las estrellas cae hacia los mares

de tus

siempre muerto en las verdes hojas de la tarde, en los lagartos de ojos tristes como botellas de ron vacías

y apenadas por el estropeo nocturno de los bares. Pucuna, la cerbatana del viento se clava en tus cabellos, negra noche, tunel suave en donde penetran mis dedos sin miedo. He recorrido el corpiño de las estrellas que guardan tus pechos, relucientes copas de alegría, con el vino fuerte de la mujer que llega de las piernas vellosas como el durazno,

o que se forma en las cepas oscuras ae la vida.

Pucuna, amada m ía, vasija de la noche en que vierto los astros del deseo que hacen un espejo turbio de la niñez de mi sangre,

ojos, Pucuna, amada m ía, y hay un recuerdo

y

que ponen suavidad de seda en las yemas de mis dedos,

o

en el mirlo que salta en el ramaje de los párpados,

o en los ramajes del viento, siempre frescos y lejanos en el lecho de los muertos. El viento, Pucuna, cerbatana querida,

cuando el ángel vengador de la muerte borre, sin compasión, el rocío de las rosas;

el vino, de las uvas;

la pulpa de la mujer, de las manzanas,

y el trote del anhelo humano, de las patas de todos los caballos.

Sí, llegas tú, y vengo yo,

sin

importarnos la muerte,

y

allá, al fondo de la noche, el abismo de un beso,

y

caemos, sin paracaídas, hacia su vórtice carnal y expansivo.

Con juvenil regocijo,

Pucuna, cerbatana querida, usamos la carnalidad de nuestros cuerpos, sin remordimiento, como las estrellas usan sus luces,

y como el mar, impasible, la insistente pasión de las olas.

en una tierra de muertos,

17-IX-70

EL POLVO NO

XXVIII

RETIENE LOS CANTOS

Lo ef{mero del placer, la vanidad de la alegrl'a,

la

desesperación de la nave que no llega a ningún sitio,

y

hablar a solas de la muerte

o

con el vigor de las constelaciones

que se bañan en el mar, y salen limpias del naufragio. El pañuelo que le seca el sudor a las estrellas,

o

el poema que no llega a su hora

y

tiene que detenerse

para no descarrilar como los trenes. Descubrir que en la noche pueden haber falsas lunas, vientos efímeros en la piel de los relojes,

o un mar que yace m~erto en la playa con tímida tristeza y con el peso núbil de las olas. Fijo es el movimiento del mundo que se acaba en la vasija irremediable del tiempo. Recojo el polvo de los lunes,

y pienso en el despojo de la noche sin ti, tal vez víctima también de los d.ías, sin una gota de vida en la nave,

y el agónico reloj de las olas se detiene en su lecho de muerte,

y vuelve a navegar sobre mi corazón marchito;

levanta las velas de sus agujas en la esfera de la pena:

en esa esfera gris de polvo y muerte. El tiempo en unos ojos, en el color del canto de un pájaro que huye de la nieve,

y la nieve llega, fría,

con su blanco vestido de invierno. El tiempo en la leña que se quema, yen una boca que ríe después de contar todas las estrellas, sin que le sobre una al rebaño celeste:

saber que son pocas en el enjambre de la noche. Hurgarse los bolsillos con pretexto de hallar un mundo olvidado No vuelvas, tiempo, no te quiero en la nave; no me llenes de la tristeza gris de tu rastro; tú no tienes para m í el sabor de las frutas de primavera; no me gusta verme en tu espejo aunque sea de noche.

Marchito el mar. Marchitas las estrellas. Marchito el viento,

y la nave náufraga, como siempre sin puerto.

Ulises, viejo, ya no guía a los muertos de los mares,

y baja al infierno, otra vez,

y ve a Lucifer en su caballo de fuego; toma el caballo de la niebla de los días en la cuadra del tiempo,

y lee el libro de la muerte, página a página.

No encuentra Ulises, en las letras de ceniza (en las borrosas letras del tiempo), una gota abierta de su sangre, ni el canto de los pájaros

en el recuerdo de la muchacha que besó en la playa,

y piensa que tal vez haya muerto;

piensa que está marchito definitivamente su traje de invierno. Marchita la estrella de la aurora. Marchito el oleaje,

y la pipa de Ulises, náufraga en el humo de muerte.

El polvo de los planetas. La vanidad del cuerpo,

y de nuevo, Ulises, el invierno que llega.

El fuego de leña en el hogar de los muertos,

11 n

v

y tú, Ulises, aferrándote a la nave de la vida. Tus marinos izan las velas del sueño, tocan el acordeón borracho de las estrellas,

y hay peces vivos en sus venas

o en las canciones que aprendieron en los puertos lejanos' en el espejo veo marchito el rostro de los años,

y Marcela, la juvenil manzana que amaste,

es un jilguero de polvo en el viento; Menandra sólo teje, solitaria, las redes de las penas en el espejo ingrato de su vida. Todo está marchito, menos el reloj de los mares:

vencedor de las naves en el tiempo, azul perenne que espera el oscuro naufragio de las cosas. Lo efímero del placer. La vanidad de otras frutas,

y contigo, Ulises, hablar a solas de la muerte. Recojo del polvo un rostro de muchacha:

nadie sabe a qué ruiseñor pertenece;

el polvo no retuvo sus cantos en la primavera.

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XXIX

LA GUITARRA DE Tia JaSE

Tío jasé iba a morir, acumuló tiempo en la vasija de su cuerpo, tonel de atléticas borracheras durante días seguidos, oscuros o blancos como oleaje repetido en el vientre de los mares. Tío jasé, sin proponérselo, nunca fue un jilguero en el bosque, ni un verso discreto en un soneto, ni el sonido gimiente del violoncelo en una sonata; pero vivió, siempre joven, a pesar de los años, sin hundirse en la pirámide de polvo de la envidia. Tío jasé era como una guitarra afinada en la aurora, con el calor de tragos de ron en sus cuerdas; se tocaba a sí mismo, sin pensar en el olvido, para todas las muchachas alegres del barrio,

y el bordoneo de su guitarra carnal y adorable se entregó, una y otra vez, al nido rojo de sol de una boca juvenil como las olas en el comienzo del día. Iba a morir tío jasé cual una lámpara en el velero del tiempo, como una estrella retrasada en el alba, y, para morir tranquilo, cortó una rama de su propia nave, muy fresca y poblada por el canto de los ruiseñores; sacó un remo de sangre de su corazón enamorado,

y los tiró simplemente a los ríos para que viajaran;

iba ordenando sus párpados para morir a la llegada de la noche,

y su corazón transitable emprendía el camino del polvo. "No puede tardar la nave negra",

tocó en los bordones de su carne, guitarra abierta de la pena, lenta ceniza bajo la llama de una boca de muchacha; tosió sobre la joya de la noche,

y cayeron ateridos dos astros

que todavía habitaban en sus ojos.

Hubo un legado de estrellas en el final de la tarde para la muerte de tío José

y yo lo guardo en mi pecho

como algo sombrío y muy amado. Eran ya muy canosos el tacto y la respiración, cada vez más pequeños, de tío José esa noche que, con su cremallera abierta, vertía sobre la tierra

la

limpidez de las estrellas nuevas,

y

sobre el viento,

el

galope de dos caballos negros:

los ojos de tío José, siempre dispuestos a perseguir e( esplendor de la vida; suspiró delgado como 'ma lámpara de aceite que se consume, como el aire naciente que impulsa muy débil a las aves hacia islas lejanas, con lágrimas salobres en la blancura de'las olas.

Me daba tío J osé la impresión de un caballo fatigado por los pero al mismo tiempo me parecía una guitarra dispuesta a tocar sobre los flancos de la primavera. Llovía, y no era la muerte la que llovía,

y no era el tiempo, en el reloj de la sangre, el que llovía. Pasaban mis pensamientos como rebaños bajo la lluvia. No decía tío José una sola palabra del tiempo ni del relincho del caballo negro.

Su claro silencio obstinado

era un velero que naufragaba contra un arrecife de palabras en el oro ya gris de la tarde. iQué serios son los muertos

cuando contemplan el triángulo de la vida! Tío José miraba en el espejo brumoso

su rostro de guitarra, su mujer como un cirio apagado,

y la pujanza del hijo

años;

y yo presentía que su boca roja y tibia

como una proa que corta el mar de la existencia. Estaba tan cansado de ver morir a tío José esa noche que mi pañuelo no me alcanzaba para el pesar de las estrellas. De pronto, se desgajó el velero de arriba abajo, y la guitarra de tío José, muy quejumbrosa, tocó el último bordón de sombra:

fue suave como el polvo mismo del tiempo, como una campana rota en el fondo de los mares. Yo, casi llorando, escuchaba ese misterio de guitarra que se apaga.

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XXX

DIAS DE MISERIA

Tristes casas saqueadas. Irritantes casas de muertos; polvo y desolación en las ventanas donde brilló la vida en las mejillas llenas del n'o solar de los días, vasijas del tiempo, con huellas de sombras. Las bocas tapiadas. Las bocas que nunca han dicho este ruiseñor es mío, leí aquel poema para acariciar la muerte de un mundo que pasa; porque no han dejado a esas bocas comer apaciblemente en la viña de todos. Poeta, no escribas poemas bellos, de muerte y vida, de mares azules con sus olas de leche, ni recuerdes el trote de los caballos vivos que compiten con los veleros que viajan en el lago; porque ese hombre, que al lado tuyo vive, pocas veces ha comido: nunca fue dueño de una sola manzana. No escribas poemas hermosos al canto de la luna con su plumaje de yeso que acaricia los mares; porque aquella vieja, de arrugas limpias en su cara, en donde está preso el tiempo moreno de la vida, fue ofendida, humillada y vendida al capricho de los hombres desde la infancia,

cuando apenas había visto una muñeca en una vitrina. Esta es la tierra de los ricos, del oro venal que les sirve. Poeta, no cantes a la rosa en el jardín de ~nvierno, ni a la seda del cabello del egoismo de la mujer hermosa; porque miles de mujeres, que pudieron ser bell ísimas,

y reir y cantar a la salida del sol en los prados, fueron molidas por la indiferencia

o por el trabajo que como un trapiche

les agotó la carne de cielo, los nísperos del cutis, las estrellas de las miradas. Tú poeta, sabes que la miseria existe,

y no debes pasar indiferente por la tristeza de los hombres.

Ese hombre borracho, al que llaman borracho,

y que puede morir en un accidente por culpa del vinO, tuvo sueños de bienestar para todos,

y fue arrojado de cualquier lugar del pueblo

porque creía en el amor y en la justicia; esa idea y su corazón distinto lo alejaron del lobo del engaño de los poderosos; como su amor no cerraba la puerta de nada ni tapiaba la boca de miles de obreros,

fue perseguido y separado por desconfianza de oficinas oscuras donde vuelven doméstica la vida de los pobres; desde que vio a los hombres, en tierra de esperanza, cortó la piel de la mentira en su responsabilidad más profunda,

y dejó fluir la miel de la verdad en sus labios.

No cantes, poeta, a las estatuas inmortales en esta tierra de muerte; no pongas en tus versos la noche abierta como una granada azul en la frente del cielo, ni las nubes como veleros blancos que viajan hacia la felicidad que no existe para todos. No; no es humano amar la Gioconda,

las hilanderas de Velásquez, las venus carnosas de Rubens,

o escuchar la Sinfonía del Nuevo Mundo

con alegr(a suprema, como si ya estuviéramos de receso en el exilio, mientras docenas repetidas de muchachas de más valor que los bellos cuadros famosos

y que las más sonoras sinfonías de la tierra

son engañadas frente a la indiferencia culpable de todos. No bajes, poeta, la luna hasta la serenidad de las estatuas, ni hables de las estrellas que brillan con el olor de los naranjos. Las estatuas de esta guerra se parecen a miles de jóvenes mutilados por el fuego de la metralla. Las estatuas van a ser restauradas; pero nadie puede restaurar al muchacho que cayó en la trinchera. Por una estatua hay muchos hombres capaces de dar la vida; mas no la dan gozosos por otro hombre cualquiera. Borra, poeta, todas las estatuas del mundo,

y ve junto al hombre herido,

sediento, pateado, engañado,

y restaura la estatua viviente de su sangre en la tierra.

El tonel de vino se vacla en la noche, yen la mañana crece el tonel de los hombres explotados. No restaures, poeta, el rostro de las estatuas antiguas; deja los templos de la mentira derribados,

y recuerda a Elsnor, el muchacho sirio que tocaba una flauta, roto en una trinchera por los Dioses borrachos del odio; poco antes de caer tocó en su flauta una canción de Oriente que dibujaba rebaños bajo la luna conducidos por una muchacha morena de pureza de lluvia.

y negras balas de muerte derribaron la flauta que cantaba cerca del mar donde se bañan las estrellas en la noche. Tristes casas saqueadas. Irritantes casas de muertos:

¿de qué noche inombrable viene la lámpara del hombre que se apaga? No cantes, poeta, a las estatuas de sombras de la noche, en un rincón del mundo te espera un hombre para narrar sus d (as de m¡seria.

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IN DICE

I Quien canta al tiempo

 

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II No es u na carta

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13

111

Converso con mi padre

 

15

IV El último bolero

17

V La desterrada de

nuestro tiempo.

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19

 

1I

VI Prufrock visita la tumba de Eliot,

 

23

VII Pasan las estaciones.

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27

VIII La muerte de Ulises

 

31

IX Los animales buenos

33

X Aves, esa tarde.

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35

 

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XI El milagro del pan

 

41

XII Espejo de esta vida

 

43

XIII La existencia de Paco

 

47

XIV Caballo en Roma

 

49

XV Poema de las germinaciones

 

51

 

IV

 

XVI ¿Qué saben los poetas?

 

57

XVII Elegía

61

XVIII Nada tengo que decir esta noche

 

65

XIX Yo no hice tu mundo

 

69

XX Nocturno con un caballo adentro

 

73

XXI

El tiempo regresa

79

XXII El mar , 83 XXIII Los amores de Simbad , 87 XXIV Retrato de
XXII El mar
,
83
XXIII Los amores de Simbad
,
87
XXIV Retrato de un pueblo
91
XXV Testigo de
la tierra.
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VI
XXVI Verda~ de todos
101
XXVII Pucuna, cerbatana auerida
105
XXVIII El polvo no retiene los cantos
109
XXIX La guitarra de tío José
113
XXX Días de miseria
117
INDICE
121

Esta edición de 1,000 (mil) ejemplares de TENGO PALABRAS, de Antonio Femández Spéncer se acabó de imprimir en el mes de septiembre de 1980 en Edi- torama, S.A., en Santo bomingo, República Domini- cana. El proceso de composición fue realizado por Vi- cente Guillén.