Hugo Blumenthal © 2007

¿Qué es la lectura? ¿Para qué leer?
por Hugo Blumenthal

Buenas tardes: Amparándome en nuestro tema, me atreveré a leer... Estudiante desde que tengo memoria, lector desde que tengo autonomía, escritor en ciernes desde que una simple consumición de la letra impresa empezó a aburrirme. Profesor de Español y literatura más recientemente. Vengo, pues, a hablarles como alguien, cualquiera, que ha optado por “gastar” su vida en la literatura, sin importarle demasiado si vale o no la pena. Como uno de ustedes, seguramente. La lectura es algo en lo que gastamos o invertimos una gran parte de nuestro limitado tiempo, algo que elegimos contra un sinnúmero de posibilidades que en apariencia involucran un mayor grado de “vida”. Y así como nosotros elegimos constantemente la lectura, otros eligen la música, el aeromodelismo, la física, el fútbol... Así, pues, somos casos especiales, como muchos otros. Y sin embargo, pretendemos dejar de serlo. ¡Cómo nos gustaría no sentirnos tan solos respecto a esto que hacemos! Salir ahora a la calle y encontrarnos con alguien más, con dos, tres personas que también están leyendo o han leído, como nosotros, Crónica de la intervención, de Juan García Ponce. Cuánto nos preocupamos porque los otros se parezcan un poco más a nosotros. ¿Por qué no todos son capaces de ver las virtudes de la lectura, todo lo que proporciona? No es muy difícil imaginarlo: porque lo están viendo en otros lados que nosotros no vemos, porque están bebiendo de otras fuentes, “leyendo” otros textos. Ciertamente ésta, nuestra preocupación, no es desdeñable. Qué maravilloso sería que cada tanto, así como nosotros, se reunieran físicos, matemáticos, biólogos, filósofos, paleontólogos, discjokeys, escritores, periodistas... para cuestionarse por qué el profano no le presta mayor atención a su disciplina, y cómo podrían llegar un poco más a ese público. Personalmente, de conocer su esfuerzo, es algo que agradecería, porque me gusta saber un poco más de todo, pero que no me pidan más de lo que les puedo dar. Dicen que la posibilidad de la universalidad del saber la hemos perdido hace rato, por múltiples factores, entre ellos la especialización de las disciplinas. Tal declaración siempre me ha parecido que reducía al hombre a cierto conformismo: “como ya no lo podemos saber todo, dediquémonos a lo nuestro”. Los medios eran escasos y costosos: colegios, institutos, universidades, libros... ¿En cierta manera, no todos lujos? Hoy en día, es cierto, siguen siendo costosos, pero Internet (que tampoco es barato) ha hecho un poco menos escasos los textos, la posibilidad del conocimiento universal. Creo que en nuestro país aún no se ha considerado toda la importancia de este medio respecto a las dos actividades que como docentes de Lenguaje más nos preocupan: la lectura y la escritura. Que no hemos podido vislumbrar hasta qué punto Internet es una poderosa herramienta para aquel que sabe utilizarla: es decir, para aquel que sabe leer; para aquel que sabe cómo interpretar
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múltiples formas y tipos de textos, contenidos, discursos, imágenes... y para el que sabe buscar, indagar, investigar. Digamos que en la medida en que se puede acceder a este medio, entre otros, y en la medida en que somos por lo menos lectores activos, no hay más excusa que el deseo. Pero, pese a todo, ¿qué tiene que ver la enseñanza de la lectura o su “promoción” (esa horrible palabra, como si la estuviéramos dando barata) con Internet? Tiene que ver con los jóvenes. Proponga una búsqueda bibliográfica sobre el tema que desee: si se trata de libros, parece difícil (y no lo es poco, teniendo en cuenta el estado de nuestras bibliotecas públicas) y aburrido; mientras que si es en Internet... ¿Y por qué los jóvenes? Porque en particular, respecto a la lectura y la escritura, cómo se ven las cosas, respecto a los jóvenes en general, la situación parece preocupante... o en todo caso interesante, ya que nos encontramos aquí. ¿Qué pasa entonces hoy en día con los jóvenes? ¿Pasa algo acaso hoy, ahora, con los jóvenes, que no haya pasado antes? Quizá sí. Aunque jóvenes necesariamente han existido desde un principio, no se trata hoy de los mismos jóvenes de comienzos del siglo XX, ni de los mitad de siglo, ni de los que seguramente ustedes fueron. Nuevas generaciones aparecen en el horizonte ya en menos de cada diez años. Pero si ALGO realmente pasa con la lectura en los jóvenes de hoy en día, yo diría que es un mayor consumo, aunque no necesariamente de aquellos textos que desearíamos. ¿Qué leen los jóvenes hoy en día? Son grandes consumidores de programas de televisión, de películas comerciales, de música, de cómics... más que cualquier adulto promedio. Se encuentran, en cierta manera, tan informados y desinformados sobre el mundo que los rodea como lo podría estar cualquier espectador medio. Y en todo ello, lo reconozcamos o no, hay un cierto componente de escritura, aunque no necesariamente el favorito de los docentes de literatura. Así, pues, que los jóvenes hoy en día no leen es una afirmación tan gratuita como el pensar que todos son potenciales consumidores de drogas. Afirmación bastante gratuita y cómoda, que evita la mirada sobre otros, quizás sobre nosotros mismos. Porque, pregunto, ¿qué porcentaje de personas mayores lectoras existe? ¿Y de ese porcentaje, qué leen? Bueno, eso todos lo sabemos. No es nada alentador. Y ni se diga de ponerle el ejemplo a nuestros estudiantes. Ahora, consumidores no implica el tipo de lectura. Pero me atrevo a decir que en realidad no hay resistencia a la enseñanza, al mejoramiento del tipo de lectura, en tanto se tengan en consideración sus intereses, en tanto se respete, pese a todo, su opinión. Así, puede darse el caso, y seguramente se da, de que por más Iliada que sea, si el joven no logra relacionarlo con su mundo, si tras un primer intento de lectura conjunta (con el acompañamiento del profesor) considera que no tiene nada que decirle ahora, ¿por qué tendríamos que seguir atormentándolo con ella? Claro, nosotros sabemos de su valor, pero si no conseguimos que el estudiante participe de la conciencia de ese valor, ¿por qué insistir? Hay otras obras. Quizá aún no sea su momento de leer la Iliada, ¿qué se le va a hacer? Si insistimos, podemos crear resistencias. Lo mejor es dejarlo, pasar a otra cosa. Más adelante quizá sea el tiempo de Homero. Si no, bueno... Esto no quiere decir que tengamos que trabajar única y exclusivamente sobre los gustos ya establecidos de los jóvenes. Tampoco es que ya nada se pueda hacer. Pero sí creo que deberían tenerse más en consideración, al menos como referentes culturales, y para formarlos como lectores más críticos de sus productos habituales de consumo.
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Ahora, ¿no se supone que somos expertos en tipos de textos, discursos, en literatura? Pero ¿en qué medida ejercemos realmente? ¿Acaso nos arriesgamos cada tanto a leer algo que no nos viene asegurado como de la más alta calidad, por recomendación de los amigos, de que efectivamente se trata de literatura? ¿Y no será que sencillamente no nos interesa, todo desfila ante nuestros ojos, pudorosos de crítica? ¿En qué medida nos encontramos en una búsqueda personal por descubrir algo que todavía no conocemos? ¿En qué medida no somos unos simples repetidores, no nos encontramos un poco estancados, anquilosados, negándonos a leer verdaderamente más que aquello que deseamos leer porque ya sabemos en cierta manera qué dice? Y sin embargo, henos aquí, preocupados por ellos, por los jóvenes. Pero ¿qué pasa con nosotros –respecto a la lectura? ¿Sí pasa algo –al menos como para hablar de ello? ¿Y en dónde se inscribe, inscribimos, una enseñanza de la literatura, tan imposible como la esencia del objeto mismo de su enseñanza? Nos encontramos a puertas de un nuevo siglo, sumamente peligroso para nuestras viejas tradiciones y restricciones. ¿Hasta qué punto una enseñanza de la lectura, y en particular de la literatura, no contiene también ciertas restricciones que se resisten a ser eliminadas? Ahí está, por ejemplo, su historia, como si la literatura fuera fundamentalmente eso. Hoy más que nunca, varias generaciones se encuentran en conflicto, pocas con una clara consciencia de su situación (¿y quién la tiene?), sin saber muy bien cómo comportarse frente a lo nuevo, a lo otro, a la diferencia que nos excede; sin saber muy bien por qué debemos seguir, y si en alguna parte debemos detenernos. El próximo siglo es el campo donde se llevará a cabo una verdadera revolución, de una u otra forma un encuentro de diferencias sin mayores restricciones. Revolución hasta el momento inimaginable para nuestro el pensamiento. ¿Qué resultará de ello? ¿Nuevas guerras y matanzas? No necesariamente, esperemos. Nuestra actual cultura, todos lo sabemos, no es perfecta. Desearíamos modificar muchas cosas, aunque en realidad no sabemos muy bien cómo. Sin embargo, personalmente, no creo que todo el sistema esté tan podrido como para querer tirarlo a la basura y olvidarnos de él. Y aún en ese caso, como mínimo podría ser tomado de ejemplo de lo que no debería ser. Razón por la cual nos compete su enseñanza. Lo que implica su lectura e interpretación, más allá de lo que ha sido dado para leer, así como incentivar y exigir de otras lecturas críticas, y la capacidad para respetar las diferencias, aquellas interpretaciones que no están de acuerdo con nuestras lecturas. Hoy en día, pues, aparentemente se lee más. Pero para que la cantidad se convierta además en calidad es necesario que cuestionemos nuestros modos de leer y nos esforcemos cada día en ser mejores lectores, lo cual en últimas también quiere decir que nos convirtamos en cierta medida en escritores, en forjadores, de una u otra manera, de lectores activos del mundo. Exigiendo a nuestros alumnos, a nuestros amigos, a nuestros allegados, ser sujetos más críticos, mejores lectores, de que no se trata simplemente de complacernos. Lo cual no es nada fácil. Es un gran paso, por ejemplo, convencer, demostrarle a nuestros estudiantes que no se trata sencillamente de reproducir una lectura para hacer feliz a su profesor, que se trata de una actitud crítica la que buscamos, actitud que necesariamente los involucra a ellos mismos. Se trata en últimas que nos demuestren que realmente están vivos, en este mundo, ahora, y que no son superfluos, que en realidad importan en construcción diaria de éste nuestro mundo.
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Porque sólo es posible enseñar a leer en la medida en que enseñamos a cuestionar, a interpretar y a escribir. No se trata de promover una lectura pasiva, ésa tan cómoda, del lee sólo para ti, pero lee, que eso es cultura, sea lo que sea que signifique esa palabra, para que al final seamos todos tan cultos y nada más. Entonces, ¿dónde situar una educación –y más concretamente una enseñanza del saber leer? Que hemos pasado de una era escrita a una audiovisual, ya nadie lo cuestiona. Pero lo que tan fácilmente se acepta con ello es que la letra está perdiendo la batalla, cuando en realidad, mientras no pasemos a una nueva forma de comunicación más visual, la letra siempre estará allí. Un tanto encubierta, escondida de manera pudorosa por algunas formas como el cine y la televisión, pero allí está. Tanta preocupación por la pérdida del dominio de la letra en la actualidad, no es más que las pataletas infantiles del hermano mayor que se resiste a dejar de ser el único, el más preeminente. Porque en realidad si hay represión, creo que se da más de la letra hacia otras formas de lenguaje. Porque es más lo que nuestro sistema verbal funciona como una forma de represión inconsciente de nuevas formas de comunicación. Para la muestra, ¿qué tantas películas, por ejemplo, se construyen desde una perspectiva puramente visual? ¿Y cuantas se elaboran a partir de una escritura verbal? Y en lo que respecta a la literatura, cabe recordar que ésta nunca ha sido de muchos, y seguramente no necesita de nuestra preocupación docente. Ella se las ha arreglado muy bien durante mucho tiempo, y en muchos casos pese a los docentes que pretenden enseñarla. Y digo esto no con el ánimo de erradicar de una buena vez por todas una “enseñanza” de la lectura, de la letra y la literatura, sino aliviar quizá un poco esta neurosis en la que vivimos por la aparente pérdida de la literatura y la lectura en la actualidad.

Hugo Blumenthal Cali, octubre 22 del 2000

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