John Wynberg © 1994

EL RAPTO

La alarma de la estación de bomberos anunció las doce. Un hombre esperaba. Había seguido a Kelly cada día, por dos semanas, cada vez que ella salía del colegio, y ahora esperaba, sentado en el anden, el momento en qué ella se acercaría. “Si está despidiéndose de las compañeras”, pensó, “no tardará en avanzar dos cuadras, comprar un helado, atravesar la autopista y encontrarse conmigo”. Pero si él no estuviera allí, ella continuaría caminando seis cuadras por cualquiera de las rutas que tomaba para llegar a casa, sin enterarse de que él existía. La primera vez, ambos distraídos, chocaron de frente, manchando sus ropas con helado de fresa. Ella, sin decir nada, se puso furiosa y se alejó con pasos rápidos, casi corriendo. El hombre recordó el breve contacto, las piernas medio ocultas por la falda de colegiala. Demasiado delgada, el cabello castaño oscuro parecía que lo hubiera teñido hace tiempo. Definitivamente no era del tipo de mujeres que aparecen en portadas de revista. “Y es una niña”, se repitió varias veces. Por eso nunca sería aceptado. Quizá tuviera doce o trece años. Él se estaba acercando a los treinta. ¿Qué dirían los padres? Imposible, pero inflamaba su deseo. Tendría que ser suya, aunque fuera por un par de días, para que los años de soledad quedaran olvidados. Perdido el trabajo, se estaba hundiendo en la depresión y nada más importaba. ¿Por qué no raptarla al mundo infantil para enseñarle el dolor y el placer? En su reloj, las manecillas dieron las doce y quince. A medida que la imagen se ampliaba pudo distinguir una blusa blanca y la falda de cuadros azules con verde. Como si de nuevo fuera a ser censurado por un helado, tuvo miedo. ¿Cómo violentarla? ¿Sería capaz? Le temblaban los pies. Se agazapó detrás de la puerta del garage, al que daba su apartamento, deseando que pasara lo más cerca posible. Pero cuando estuvo al frente, pasando como un relámpago, creyó que ya era demasiado tarde. Alargó el brazo y la tomó por el hombro, haciendo que se girase a mirarlo. Y sin esperar una palabra se abalanzó, golpeándole el estómago y alzándola como a una niña, ya que aun con la maleta era liviana. En dos zancadas estuvieron en el apartamento. Ella se debatió como un animal desesperado hasta que él le puso el pañuelo con cloroformo en la nariz. –¿Cómo pude olvidar el pañuelo? –maldijo. Las cosas no salieron como había planeado. Recordó el helado en el andén y salió a recogerlo, mirando a toda parte, en busca de alguien que estuviera observando. Al regresar, admiró las piernas delgadas, ligeramente musculosas, suaves y cálidas al tacto. Le arregló la falda a la niña y la organizó para que pareciera dormir por voluntad propia. Llevó una silla del comedor a la pieza y, sudando, fue a la cocina para mirar el termómetro pegado en la puerta de la nevera. –¡Veintiocho grados! Es natural, no son mis nervios. Se quitó la ropa y volvió al cuarto. Todavía temblaba. Un cuaderno de Historia, con letra torcida y dispareja, decía ser propiedad de Patricia González. Los demás poseían la manuscrita impecable de Kelly Roisé, estudiante de séptimo
1

John Wynberg © 1994

de El Sagrado Redentor. En las últimas hojas abundaban notas sin sentido, números de teléfono, corazones rotos y diversos muñequitos. Además encontró en el maletín libros de texto, lapiceros, lápices, un borrador, un sacapuntas y varias escuadras. Pero nada más personal. Ni un colorete o espejo. Ni una toalla higiénica. Se acercó a la cama y la miró detenidamente, apartando los cabellos desordenados que cubrían parte del rostro y que llegaban más abajo de los pechos. No iba maquillada. Ni lápiz de labios, ni polvo facial. El puente de la nariz que separaba las gruesas cejas albergaba la pelucilla que la cubría por todo el cuerpo. La frente extensa, la nariz corta inclinada hacia la izquierda, la boca amplia de labios carnosos, todo en ella le encantaba. La besó y al sentir el cloroformo fue por una toalla para limpiarla. Con la primera emisora de música americana al aire volvió al asiento, a un metro de distancia, para contemplar el cuerpo juvenil de manos delgadas, demasiado pequeñas, y uñas rosadas. En la blusa, dos manchas de sudor brotaban de las axilas. El promontorio donde se alzaban los senos era apenas visible y se podía adivinar una cintura estrecha a través del uniforme que culminaría en caderas aún no desarrolladas. Era perfecta para él. Gozaba con la visión de las partes expuestas, sin prisa por conocer las que se le ocultaban. Sacó las tijeras del nochero para cortar una cuerda de las cortinas. Centró a Kelly. Separándole los pies, ató cada uno en los aros metálicos del borde inferior de la cama. Levantándole los brazos, los ató en V a los círculos superiores. Apretó las manchas de sudor y se llevo las manos a la cara. No había ningún mal olor perceptible que lo excitara, pero no pasaría mucho para que lo hubiera. Entonces sería delicioso. La beso con lujuria, abriendo los labios con su lengua, y amarró una pañoleta en la boca dormida. En la nevera había lo suficiente para un bocadillo. No quedaba mucho más y no tenía dinero. Destapó una Coca Cola y se sentó a almorzar. Reclinado contra el espaldar de la silla lograba guardar parte de la barriga y parecer atractivo como en otros tiempos. Su cara conservaba la expresión infantil con barba de cinco días y arrugas al lado de los ojos vacíos. El cabello a ras y una constitución fuerte siempre se los había agradecido al ejército. La nariz aguileña y la tez oscura era de lo que no estaba orgulloso. Medía un metro ochenta, sobrepasando en más de treinta a Kelly. –Podría ser tu padre. Me hubiera gustado tener una hija así para tirarmela todas las noches –dijo, mientras terminaba la bebida directamente de la botella.– Vas a ver lo que te enseñará papito. Se acercó, dispuesto a explorar el cuerpo atado. Ella también estaba sudando. La camisa del colegio comenzaba a volverse transparente. Tocó las masas de carne sujetas por un top y aventuró la mano por la falda, bajo las bragas, donde la piel era más húmeda y resbaladiza. Restregó la raja infantil sin vello púbico, explorando los labios firmes de la abertura jamas penetrada y un dedo continuó hasta el culo, donde metió la uña. Después sacó la mano y se la llevo a la nariz. Le encantaban los olores femeninos, pegajosos y cálidos, tan excitantes. El pene dio muestras de vida pero no quiso desperdiciarla en un cuerpo inerte. Quería que ella lo sintiera. Deseaba escuchar que gritaba el dolor de ser penetrada por primera vez y sentirla arquearse, con las piernas intentando cerrar el paso. Por eso pensó en otras cosas. Por ejemplo, en que estaría sucediendo en casa de ella, cuales serían las investigaciones de la policía y las declaraciones de los compañeros de estudio. Se acostó boca arriba, tratando de calmarse, seguro de que las preocupaciones le darían un poco más de tiempo para enfrentarlas. Como la posición era incómoda, colocó su cabeza sobre el brazo de Kelly y las
2

John Wynberg © 1994

piernas en una de las de ella. Kelly despertó al atardecer. Sentía nauseas y deseo de entrar al baño. Las imágenes violentas del mediodía cayeron desde su memoria al intentar moverse y ser consciente del cuerpo que dormía a su lado. Trató de esbozar lo que había sucedido. Tenía el gusto a tela en la boca y un poco de saliva se desplazaba a través de su mejilla izquierda. Volteo la cabeza para limpiarse y notó el rostro del hombre. Con miedo de observarlo sin que se diera cuenta, regresó su mirada al techo. Tenía que dominarse. Sino él despertaría de inmediato. El brazo y la pierna sobre los que él descansaba no los sentía. Movió sus extremidades derechas para desasirse de las ataduras y logró que la apretaran más. Pero su cuerpo no quedó tan tenso. “¿Cuanto he crecido mientras tanto?” Intentó sonreír. Nada podía hacer. De alguna manera le gustaba estar secuestrada para cobrar un rescate. Lamentaba que sus padres se fueran a preocupar, pero estaba segura de que con ayuda de la policía la rescatarían dentro de poco o, en el peor de los casos, pagarían y el hombre la dejaría ir. Al fin y al cabo ella era demasiado joven para gustarle. Claro que existían los tipos cochinos que la desvestían con los ojos, diciéndole groserías al pasar. Pero nada sabía de él, así que era mejor no mortificarse. Esperaba que no le interesara. ¿Pero por qué se había acostado desnudo junto a ella? Con deseos de gritar, pensó que no serviría de nada. En las películas un trapo en la boca era un medio eficaz de mantener a los cautivos en silencio. ¿Por qué no iba a funcionar? Permaneció inmóvil, sintiendo el sudor que bajaba por sus brazos y piernas. Miraba la habitación, tratando de no pensar. No quería seguir pensando, así que se imaginó dando una descripción del lugar. “La habitación era pequeña y había una cama, una mesita de noche, una silla y un armario empotrado en la pared. El suelo estaba cubierto por un tapete verde; roído en algunos puntos. En las paredes, de color blanco azulado, no habían fotos ni cuadros. ¡Ni un cristo! Y al lado derecho de la cama, más o menos a dos metro, estaba un baño cuya puerta se dividía en dos a la altura de la mitad y permitía ver el interior cubierto de baldosines blancos sin dibujos, el papel higiénico verde claro y que había una cortina plástica, también verde, con flores rojas. Atada a la cama como estaba, bajo mis pies y a la derecha podía ver otra puerta, cerrada...” Se detuvo. Un dolor opaco llegaba lentamente desde sus miembros oprimidos. Él se movió y ella permaneció quieta, aguantando la respiración. “Que no se despierte. Que no se despierte. Todavía no”, decía para sí, cerrando fuerte los ojos. El hombre giró hasta quedar de lado, frente a ella, mirándola con incredulidad. ¿Cuanto tiempo había dormido? ¿A que hora despertó ella? Se apoyó en su brazo derecho para observarla mejor y Kelly comenzó a gritar. –¡Auxilio! ¡Ayúdenme! Sonidos ahogados, bajos y graves salieron a flote. Histérica, se movió en convulsiones furiosas, haciéndose daño en las muñecas y tobillos. Él se arrojó sobre ella, sujetándole la boca con ambas manos. –Quédate quietecita y no te pasara nada malo –le susurró al oído.– No quiero hacerte daño. Kelly siguió debatiéndose. El cuerpo sobre el suyo la mantenía prácticamente inmóvil. Agotada por el esfuerzo, dejó de resistirse. ¡Todo con el fin de que él se bajara! Tenía miedo de excitarlo. –No entiendo. ¿No gritaras más? Ella se demoro en comprender la pregunta y movió la cabeza en señal aprobatoria, dudando de lo que haría.
3

John Wynberg © 1994

–Confiaré en ti, cariño. Más te vale no hacerme una mala jugada. Kelly pensaba gritar con todas sus fuerzas cuando le quitara la pañoleta y temía no ser capaz. Su garganta, dominada por el miedo, apenas podía articular algunas palabras. –¿Qué quiere de mi? ¿Por qué me secuestró? Yo no le he hecho nada. Déjeme ir, por favor, y no le diré a nadie. –Tranquilízate. No te voy a hacer nada malo. Sólo quería conocerte. Tenerte a mi lado por un rato. Tu me gustas. Eres una niña muy atractiva. ¿No te gustaría ser mi novia? Te puedo enseñar muchas cosas y no tendrás que ir al colegio; ni hacer nada de lo que te obligan papá y mamá. –Quiero irme. Deje que me vaya. Yo no le he hecho nada malo. Suélteme, por favor. –¡Maldita sea! ¿No me estas escuchando? ¡Deja de decir estupideces! –Probó calmarse y mostrarse lógico.– Nadie te va a echar la culpa de lo que suceda. Y puedes pasarlo bien o mal, según como quieras. Todo depende de que seas una niña complaciente conmigo. –¿Por qué yo? Usted no me conoce. No sabe quien soy. –Sí, Kelly. Lo suficiente como para saber que me gustas. Te he venido... Para Kelly, él estaba loco. Lo mejor era seguirle la corriente. Quizá al final no le hiciera nada. Podía ser sólo un tipo que se sentía solitario y quería conversar con una chica. Si, serían cosas como esas, se dijo para tranquilizarse. No parecía aconsejable demostrar miedo ni hacerlo enfurecer. –...si te portas bien, podré desatarte. Las palabras no le importaban. Sólo las acciones. Pero al final fue como si hubiera visto una tabla en el mar, acabando de naufragar en medio de la tormenta. No le importaba lo que él había dicho antes. Unicamente deseaba nadar hasta un punto seguro. –Está bien, haré lo que desee. Pero prometa que no me hará daño. Podremos ser amigos pero no me haga nada malo. La voz se le iba al comenzar cada frase y el hombre que la miraba apenas podía entender. Aburrido de intentarlo, pensó en ponerle de nuevo la pañoleta. Sin embargo le dijo “Así me gusta” y comenzó a desatarla. Lo primero que ella hizo fue unir sumisamente los pies, sintiendo desvanecerse en la pelvis el entumecimiento debido a la prolongada separación. Su corazón latió de prisa, esperando la libertad, sin permitirle definir lo que haría entonces. La primera mano se la llevo a la cara, por instinto, para apartar el cabello que le cubría los ojos e hizo una mueca para sacar uno de su boca. Así, cuando el hombre se levantó y dio la vuelta para desamarrar la otra mano, ella pudo dirigir una mirada fascinada y temerosa al sexo de él. El pene le pareció bastante grueso y del largo de una mano. Apartó la mirada y se incorporó. Tenía ganas de sacarse la parte de las bragas que se le había enterrado en el culo. ¿Por qué él estaba desnudo? No parecía excitado, ¿pero por qué se había quitado la ropa? –Bueno, eres libre. Ahora quítate el uniforme. Me encantaría observar esa figura que tienes. Kelly se puso pálida. –¿Puedo ir al baño? –¿Qué vas a hacer? Se quedó mirándolo. Esas cosas no se preguntaban. Pero como él no daba muestras de comprender, confesó que tenía que orinar. –Deja la puerta abierta. De inmediato se deslizó por el lado contrario y caminó hasta el baño, sintiendo sus piernas
4

John Wynberg © 1994

tan consistentes como un flan. Creyó que iba desmayarse. ¿Qué se sentiría? Si era un profundo sueño instantáneo, no deseaba experimentarlo allí. Quería estar presente a cada momento. El suelo del baño, unos centímetros sobre la alfombra, la hizo tropezar. Y por fijarse que en la ducha el desnivel desaparecía, resbaló. –¡Estos zapatos! –juró, inclinándose sobre el inodoro. La taza no tenía tapa ni la parte para sentarse. Era mortificante. Metiendo las manos en la falda, se bajó las bragas hasta cerca de las rodillas para que no se notaran. Se sentó en los fríos bordes, resbaló hacía el interior y quedó incrustada por su trasero. Miró la puerta, temiendo que él se acercara. Estaba confundida. Dentro de poco tendría que desnudarse frente a él. ¿Y luego qué? El se lanzaría sobre ella y la violaría. ¿Para que más le iba a pedir semejante cosa? –Dios mío, ayúdame –suplicó. Su voz era un susurro apenas perceptible. No podía orinar. Bañada en sudor, temblaba y tenía frío. La parte superior de la puerta estaba dentro del baño pero no podía ver la perilla de la de afuera. ¿Cómo cerrar? Sin levantarse las bragas, se abalanzó sobre la puerta inferior. La empujo hacía adentro y cerró la otra parte. Poniendo el pasador sus manos temblaban. Parecía que se demoraba una eternidad, aunque hundir el seguro en la parte de arriba era más fácil. Se subió las bragas y se recostó contra la puerta. Ya creía sentir la presión de él para derribarla. El hombre en la cama volteo a mirar lentamente. Pasaron treinta segundos antes de darse cuenta de lo sucedido. Nunca pensó que ella fuera capaz. Alcanzó el equipo de sonido. Con todo el volumen, aun no le pareció suficiente para cubrir los gritos de una niña asustada y se llenó de pánico. ¿Donde tenía la maldita llave del baño? La música desconcertó a Kelly. Tanto que al comprender, las llaves del apartamento (que no eran más de cuatro) ya habían sido encontradas dentro de un pocillo, en el mismo lugar donde se guardaban las medias y calzoncillos. –¡Aaaaahhhh! ¡Auxilio! ¡Me van a violar! –gritaba con todas la fuerza que podía concentrar en su voz mientras se apoyaba contra la puerta, un dedo en el seguro, la otra mano en el pasador, temerosa de lo que él haría si la agarraba. El hombre introdujo una llave equivocada. “¡Maldición, esta gran puta no es!” Ensayó la próxima y acertó, pero la puerta siguió sin abrir por más presión que ejerciera. Descargó su peso en la sólida puerta. Kelly seguía gritando. No tenía sentido razonar con ella. Todo el edificio estaría escuchándola. Los del piso de arriba ya habrían llamado a la policía. Deseaba matarla. Fue a la cocina por un cuchillo e introdujo el filo por el resquicio entre la puerta y el marco, tratando de forzar el seguro. Cuando cesó la música sintió la victoria. Tomó impulso y empujó. El brazo derecho entró en el espacio conseguido. La rabia le permitió aguantar las débiles mordidas. Ella no iba a conseguir quedarse allí. Dio con el cuello, apretó y Kelly, sin aire, se dejo caer, tratando de respirar. Una mano la agarró del cabello y otra abrió la puerta superior; y ambas la levantaron y la atrajeron hacia el hombre. Al ser arrastrada, el borde de la puerta cerrada le raspó las piernas. Pero no pudo articular ni un grito de dolor. Era una muñeca: pesada y sin vida. La presión y el dolor hicieron que volviera sus sentidos a las piernas, por donde corría un liquido. Estaba orinando. No podía evitarlo. Se dejo llevar hasta la mesa del comedor y el olor del cloroformo inundó su cerebro. Por la estupidez cometida era tanto el enfado que no se dio cuenta de la falta de resistencia de Kelly hasta que la arrojó en la cama para ir a bajar el volumen a la radio. El locutor aumentaba su odio por la humanidad. Ya en nadie se podía confiar. El calor acrecentaba su
5

John Wynberg © 1994

irritación. El sudor le bajaba por la frente y detrás de las orejas. En el baño, el agua fría de la ducha ayudó a calmarlo. Paso una mano por su entrepierna y la llevo a la boca de Kelly para limpiar el cloroformo. –Si tengo que volver a drogarla, quedara tonta. –comentó. No sabía por donde comenzar. Trataba de dominar el deseo para disfrutar más tiempo del placer de tocarla. Se inclino, sentándose en la cama, y coloco los pies de ella sobre sus rodillas. Desamarró los cordones de los zapatos azules bien lustrados y quitó las medias blancas. Los pies parecían grandes y poco sensuales. Los dedos eran largos y el dedo gordo era menor que el siguiente. Chupó uno, esperando el sabor a talco. Pero no había ningún sabor. Sólo un difuso olor, como el del las axilas, que no era desagradable. Su lengua siguió el rumbo de la pierna hasta el sabor de los orines. Sus manos pasaron por debajo de la falda, apretando los muslos mojados. Su tacto se deslizaba en la humedad, sintiendo los diminutos vellos donde la piel era más suave y los músculos delicados. Inflamado de deseo, desabrochó lo botones que se cerraban en la cintura, bajó la cremallera y se tiró sobre Kelly. Las manos se posaron en los pechos vírgenes y apenas pudieron sentir sus contornos. Introdujo la lengua en la boca semiabierta mientras buscaba los botones de la blusa; pero terminó jalando y los últimos saltaron. Entonces se retiró a contemplar la cintura estrecha, el vientre liso, la bolita de carne que tapaba un ombligo del diámetro de su dedo meñique, y, más arriba, las huellas sobre la piel de las costillas ocultas. El top blanco, ajustado y sin encajes sería un fastidio quitárselo, así como el resto de la ropa. Encontró el cuchillo donde lo había dejado caer y llevó el filo a la sedosa piel, guiando la punta al centro de la prenda e ignorando la tentación de ver brotar la sangre. Sin tocar los pechos descubiertos la hizo girar, dejándola boca abajo, y corto el uniforme en jirones. Juntando las manos casi podía abarcar la espalda. Se deleitó con el trasero que se levantaba natural, armonizando con la curva que la delineaba de lado. Las nalgas eran globos suaves y bien torneados. Las bragas blancas, casi transparentes, no mostraban ninguna zona oscura. Cortando la ajustada prenda su verga se alzaba, exigiendo la penetración. Volvió a voltearla y le abrió las piernas para contemplar el pubis impúber. La piel era la más tersa que hubiera tocado. Con el índice sintió la presión que ejercían los labios. La entrada no sería fácil. Se tomó la verga, la dirigió al coño que trataba de abrir con la otra mano y se dejo caer. Bajó su mirada sólo entró el glande. Empujó con fuerza y cogió los labios, introduciendo los dedos en la sangre, para abrir más. Lo hacía con tanta rabia que podía romperlos. Juntó sus glúteos, dejo caer la pelvis hasta chocar contra la de ella y permaneció otro momento en el tibio sexo. Apoyando los codos en la cama se limpió las manos en el sudor de los sobacos de ella. –¡Así te gusta, puta! ¡Putita mía! ¡Siéntelo! ¡Siéntelo! –gemía mientras sacaba la verga y volvía a introducirla con violencia, rápidamente. De chupar la boca y el rostro pasó a los círculos de canela oscura que formaban los pezones. Los hizo girar en su boca. Lamió las tetas desde la base hasta la punta, mordiendo leve y ocasionalmente. Y en el interior de la vagina terminó su ira, transportada por un chorro de semen. Volvió a dejarse caer sobre el cuerpo femenino y siguió atragantándose con los senos mientras se decidía a salir del recinto sagrado. Un siglo después se incorporó con la verga encogida, bañada por la sangre. Una manchita roja se extendía desde el sexo violado.
6

John Wynberg © 1994

Fue y se lavó con jabón, mojó una punta de la toalla y regresó a limpiar los destrozos, depositando saliva en el clítoris como una oración para pedir perdón al himen roto. Retiró la sábana, tirándola en un rincón junto a la toalla, y acarició a Kelly con ternura. Le pertenecía más que nunca porque era el primer hombre en conocerla. –Una de las cosas que ellas nunca olvidan –sentenció.– Lástima que estuviera dormida. La habitación se encontraba a oscuras. No podía distinguir nada por el cansancio. Tenía frío y gotas de sudor, como lágrimas, le bajaban por entre las piernas. “Quizá esté enferma”, pensó. La vagina le dolía. Le ardía y sentía que adentro todo estaba deshecho. Sin embargo no se alteró al pensar que había sido violada. Alguna vez tenía que perder la virginidad y era mejor que hubiera sucedido sin sentirlo. Siempre había tenido miedo al dolor que representaba, aun cuando estaba segura de que ella misma ya había rasgado su himen. Los sentimientos desfilaban dentro, repitiéndose como caballos en un carrusel. Se sentía sucia, satisfecha, sin valor, consciente de todo el universo, de su vida, inferior a una prostituta, feliz y triste. Y se mantenía quieta, tratando de pensar, incapaz de intentar un movimiento. Las sábanas se le pegaban a la piel. Las ataduras estaban tan tensas como la primera vez. Intuía la presencia de David (le había colocado ese nombre porque, incapaz de preguntarselo, creía que de hacerlo recibiría uno falso). No se atrevía a mirarlo. No lo odiaba. Había trocado sus sentimientos en una lastima sutil por compartir la suciedad del pecado que él cometió en su cuerpo. ¿Se había acostumbrado a estar atada? ¿Quería permanecer así, esperando que la volviera a violar? No, pero tampoco le importaba demasiado. A ella nadie la quería. Nadie la necesitaba tanto como el hombre a su lado. Trató de adivinar la hora para pasar el tiempo. La habitación se inundaba de luz. El amanecer se filtraba por las cortinas. En el rostro de David Podía notar los pelillos rubios de la barba, las cejas y la nariz. Le parecía atractivo pero no acababa de gustarle la forma de la nariz. Sin embargo cosas como esa nunca importaban demasiado. Si los hechos no hubieran ocurrido como sucedieron, quizá le habría gustado salir con él al cine y permitirle en la sala oscura que la besara mientras una mano (siempre aquellos animales perversos y juguetones) exploraba bajo la blusa o falda. Las cosas hubieran podido ser más suaves. ¿Pero no terminarían llegando a lo mismo? La idea de que tenían que ocurrir así le dio un descanso. Su padre nunca le permitiría salir con un tipo como ese. ¡A duras penas lograba que la dejaran ir a un baile con varias amigas! Los chicos no se fijaban en ella, pero eso no la molestaba. Al menos trataba de creerselo. No era la más hermosa del salón, pero a su manera resultaba atractiva y eran unos tontos los que no se daban cuenta. Había descubierto el placer de la masturbación un año atrás, poco antes de la primera menstruación. Desde entonces lo hacía pensando en un hombre mayor o no pensaba en ninguno. Que uno de sus compañeros o un joven de su edad le hiciera tales cosas le parecía escandaloso y sumamente improbable. Recordaba que empezó como un juego de baño para ver cómo estaban creciendo sus senos y que sentiría cuando un hombre se los tocara y penetrara su rajita. Al poco tiempo vino la sangre y se asustó creyendo que la había causado; que era un castigo divino por tocarse con tan malos pensamientos. Y es que mamá apenas llego a mencionar la menstruación, si es que alguna vez se sentaban a hablar de “cosas de mujeres”; convencida de que las niñas aprendían eso por sí mismas y que no había que explicar cosas innecesarias antes de tiempo. Y entre compañeras, por entonces, ni siquiera se mencionaba el asunto.
7

John Wynberg © 1994

Ahora se entregaba cada vez más al placer solitario, aun sin deshacerse del sentimiento de culpabilidad por estar haciendo algo pecaminoso. ¡Y ahora tenía que pasar lo de David, contra sus deseos! ¡Pero que tonta había sido! Al pensar en el episodio del baño la sofocada la vergüenza. ¿Como habría reaccionado él si se le hubiera entregado dócilmente? ¿Y si le pidiera que la dejara vivir con él? ¿O que le volviera a hacer el amor, esta vez despierta? Pero nunca sería capaz de admitirlo ante él, ni ante nadie. Pensó que él podría pensar que era una mujerzuela, pues no le parecía natural que una mujer a su edad quisiera entregarse a un hombre. Por eso no podía quedarse quieta. No podía permitir que él volviera a abusar de su cuerpo, aunque lo deseara. ¿Por qué? Porque no estaba bien. Eso era todo. Sus miembros se negaban a moverse. Todo consistía en no parar de desearlo. Lo sabía. Se contrajo y juntó los dedos de las manos para que los nudos se deslizaran. No había espacio suficiente. Tratar de liberar los pies sería más complicado. ¿Y de que serviría? Podría sentarse. ¡Que consuelo! Se estiró, tratando de agarrar las cuerdas y logró una. Sujetándose a ella hasta alcanzar el nudo en el barrote de la cama, intento imaginar su forma. ¿Cuantos segundos le quedaba? El tiempo se deslizaba tan rápido por su cabeza que no le sorprendió notar a David intentando salir de un oscuro sueño con palabras inteligibles. –Quizá no este bien. –dijo, refiriéndose al estado de la cabeza. Al sentir que él la miraba dejo caer el nudo y cerró los ojos. –Sé lo que intentas. No te hagas la bella durmiente. Kelly abrió los párpados, manteniéndolos bajos. –¿Que pasa? ¿Ya no te gusto? –Nada. –¿Qué? –No pasa nada. David miró de arriba a abajo la desnudez de Kelly. Ella se puso roja, odiándolo por un segundo, hasta que su rostro fue acariciado. –Eres demasiado hermosa para avergonzarte. Te he admirado lo suficiente como para pintarte de memoria. La mano bajó por su cuello y descansó sobre uno de sus pechos. Su rostro transpiraba y ardía. Trató de moverse, olvidando sus ataduras. –Tienes unas tetas muy lindas. Cuando crezcan serán la perdición de los chicos de tu colegio. ¿Te los acaricias en las noches? Permaneció en silencio. Se estaba comportando como una tonta y no encontraba que decir. –Deberías hacerlo –continuo David, sin esperar respuesta. –Así ayudaras a que se desarrollen más rápido. David dudó un instante y apartó la mano. –¿Por qué no has gritado cuando despertaste? Ella no sabía. No se había dado cuenta de que podía gritar. Y si lo hubiera considerado, lo habría descartado sin saber por qué. No deseaba gritar. Prefería morir a ser salvada por un extraño que irrumpiera en el apartamento y la viera desnuda y atada a una cama. –A pesar de todo eres una buena chica. ¿Yo no te gusto? –No. –Mírame a los ojos. Levantó la mirada, la sostuvo con toda su voluntad y volvió a bajarla cuando sintió la mano sobre sus piernas. Por una reacción involuntaria trato de cerrarlas. Luego cesó en el
8

John Wynberg © 1994

intento, permitiendo que subiera hasta el sexo descubierto y se depositara en él. David, atento, notó como cerraba los ojos y tragaba saliva cuando uno de sus dedos se internó en los labios del coño, que se contraían, chupándolo con miedo e ignorancia. Adentro era húmeda, cálida y sedosa. Kelly sudaba en exceso, como nunca antes lo había hecho. Sacando el dedo, David colocó su boca en el monte de Venus. Depositó un beso, metiendo la lengua en aquella otra boca. El dedo, tan húmedo que no le costaba traspasar un minúsculo orificio, exploró las paredes del recto de Kelly como un prisionero en la oscuridad. El dolor provocado por la intrusión inexperta fue velado por una oleada de placer que iba a dar contra la rajita, rancia y dulzona para cualquier gusto. Kelly se arqueaba por el placer y el temor de ser agredida. Su interior se derretía, se hacía liquido. Y se preguntó si había orinado en la boca de David. Una vez más, trató de liberarse de las ataduras, con más desesperación que raciocinio. Él le clavaba la lengua, resuelto, sin darse descanso para respirar otro aire. Subía desde la base al clítoris, penetrando lo más que podía, intentado meterse en la grieta inundada para ahogarse en líquidos cristalinos. El dedo índice en el ano permanecía enterrado hasta la raíz. La otra mano le pellizcaba los glúteos y ayudaba a levantar la pelvis hacía la lengua. David mantuvo la intensidad de los movimientos hasta sentir a Kelly teniendo el primer gran orgasmo de su vida. Satisfecho, enterró de golpe toda la longitud del pene en el coño rubí y el grito fue apagado por sus labios, que cayeron sobre los de ella. Para Kelly el dolor de la súbita penetración de un objeto tan grande en el coño no acostumbrado fue tan fuerte como la primera vez que intentó con una zanahoria. Pero entonces se detuvo al notar trazos de sangre en la hortaliza, fue a lavarla y se la comió en la cama. Ahora no podía detener el daño. Las manos de David se aferraban como garras a sus pechitos, estrujando con rabia y anhelo. Bajaban a las axilas, donde se detenían a sobar la piel desnuda de vellos, y regresaban a los montecillos para que los dedos segaran sin compasión las cimas. Ya no tenía el control; lo que le parecía más excitante en cuanto más miedo la llenaba por el dolor que él, quizá sin ser consciente, le infligía. La sensación de perdida y vacío desaparecía cuando él se hundía en ella. Entonces se sentía colmada. La carne rellenaba su hoyo, llegando a tocar la boca del útero. De las clases de educación sexual: “el coito es el ayuntamiento sexual entre hombre y mujer mediante la penetración del pene en la vagina”. Pero si el pene era demasiado grande, ¿llegaba hasta el útero? Parecía interesante. Quizá utilizara la pregunta en la próxima. En el colegio el sexo parecía un juego serio: divertido si se le ponía malicia. Pero aquello era real (lo estaba sintiendo) y más de lo que hubiera podido expresar; lo que no le había dejado intuir ningún libro de texto. La primera impresión era el dolor, desconociendo el papel del placer. “¿Porque conocemos el dolor antes que el placer?”. Sólo estaba segura de que sus pechos ardían al contacto de las rudas manos. Nunca hubiera creído que sentiría placer ante tanta violencia sobre su cuerpo. Antes, lo más salvaje que había soportado eran los castigos de su padre. Una vez trató de encontrar placer en los golpes del cuero sobre sus nalgas y piernas, él se dio cuenta y casi la mata a correazos. Regresando al presente, el placer recorrió su cuerpo como un molusco. Apenas sentía la lengua extraña sumergida en una mezcla de salivas en su boca abierta. Las babas resbalaban por su barbilla, hasta el cuello. Desaparecido el asco, ni había pensado que el dedo extraído de su culo estuviera cubierto de mierda o que el coño oliera mal a su lamedor. La punta de sus pezones era insoportable. No los podía aguantar. Estaba cerca al limite, abandonados los sentidos para dejarse arrastrar por el placer interior, como en la primera mamada. No era a
9

John Wynberg © 1994

ella a quien estaban violando porque como ser humano no existía. Sólo era coño, tetas, axilas y las partes de manos y piernas donde sentía la presión de la soga que le impedía tocar a David. Desde la lengua en su sexo había deseado empujarlo más adentro, arañar sus glúteos ambarinos, clavar las uñas en la piel y enrollarlo con los pies para no permitirle salir; y apenas podía subir la pelvis para adelantar la embestida. David caía contra su vientre, aplastando los vellos en su raja desnuda. Acrecentaba la violencia, la hacía regular y retornaba con nuevas energías, llevándola a la desesperación. Regresó al dolor desagradable. La raja, inundada por un mar, volvió a ser presa del simple dolor. Aguantó sin pronunciar queja alguna, esperando saciar el deseo masculino que no había terminado de encontrar placer en su cuerpo, consciente de sus movimientos frenéticos y grotescos como si no tuvieran que ver con ella. Frescos chorros de un liquido espeso cayeron en las profundidades de su vientre. Cada uno por separado, se unieron formándole un charco. Los movimientos exaltados cesaron. David yació sobre Kelly, las manos sobre los brazos de ella. Kelly deseaba permanecer en esa posición, inerte por varios días, mientras no tuviera ánimos de realizar el más mínimo movimiento que demostrara vida. Entre la piel extraña y la suya, una capa de sudor permitía que se pudieran deslizar, para abandonarse sin desearlo. Él cayo a su lado. Siguió sintiendo como las gotas de sudor (suyo y de él, mezclados formando uno solo) bajaban por su estómago, cuello, senos y piernas. La superficie de su rostro estaba fría como la de un desierto en la noche. Y no únicamente por el sudor seco. Allí también estaba la saliva de ambos; que la hacía sentirse más cochina y feliz. “¿Qué diría papá si pudiera verme ahora?” Sonrió, cerró los ojos y se dejó estar. No tenía deseos de empezar una conversación. Tampoco esperaba escuchar nada de David. Una palabra le hubiera parecido la cosa más extraña. Hubiera tenido que pensar varios años para encontrarle significado. Satisfecha, adormilada y sin ninguna preocupación por el placer que compartió con su secuestrador, terminó de sudar el acto. La respiración entrecortada y palpitante se calmó luego. Ella no tenía la culpa. Lo menos que merecía era gozar un poco, esperando el menor dolor posible, mientras la rescataban. Segura de que por algún medio regresaría a la vida de colegio, con sus padres y la certidumbre de que nunca existió un David, sabía que, de momento, estaba en un mundo diferente. Y sí no podía imaginar el modo, al menos estaba convencida de que nada quedaría que la hiciera diferente a las demás chicas de su edad. Ella volvería a ser la misma estudiante indisciplinada en clase y soportable en familia, que se masturbaba dos o tres veces por semana en un cuarto de paredes rosadas. Para David el primer mundo, el del trabajo, reuniones sociales, fiestas de cumpleaños, conversaciones en familia, donde vivía la gente normal, de donde había raptado a Kelly, apenas había sido vislumbrado alguna vez por sus ojos y sabía que nunca sería aceptado en él. El otro, el que le había tocado vivir, era el de la soledad y el resentimiento por no ser nadie importante. En este último era casi un dios. “Casi” porque debía regir su comportamiento de manera tal que no lo descubrieran. “Casi” porque dentro de poco vendría la policía y no estaba en su poder el detenerlos. Se había equivocado al raptar a una niña. Tendría que pagar por ello. Pero le fascinaba ser dueño de una vida. Su prisionera le pertenecía. ¿Qué sucedería cuando los acontecimientos previstos llegaran hasta ellos? ¿Podría soportar una vida en prisión? “Primero me mataría”, determinó. ¿Pero qué sucedería con Kelly? ¿Qué haría con ella? No lo tenía planeado. En cualquier caso poco podía importar después de que estuviera muerto. La humillaría, le enseñaría a quien pertenecía. Estaba
10

John Wynberg © 1994

decidido a no ceder ante la ternura por la niña a la que un había hecho gozar y de quien había gozado. Él había tenido que tomar su parte de placer. Era todo. Nunca lo habría conseguido de no forzarla. Y por eso ella no merecía compartirlo. Si hubiera aceptado desde un principio... Pero no fue así. Tuvo que Raptarla. Poner en juego su vida. No, ella sólo merecía el dolor que sufrió cuando había deseado tener a alguien que lo escuchara y lo amara. Ella era la mejor representación de todas las mujeres que alguna vez jugaron con él hasta abandonarlo, que le echaron en cara cantidad de defectos que no poseía, que ni siquiera se habían fijado en su apariencia y que habían gustado de él y luego dijeron que no querían volverlo a ver. ¡En el fondo todas eran unas putas a las que había que pegar y forzar! Entonces gozaban, se entregaban por completo. Había que saber como dominarlas. Kelly era la mejor prueba. “Maldita puta”, pensó, esbozando una sonrisa de satisfacción. Él había encontrado una manera de gozar en la vida. Lastima que no la había planeado mejor. A tiempo de escapar, estaba convencido de que lo atraparían al cabo de unas horas o de unos días. Prefería no intentarlo. Esperaría al destino gozando de su poder. Convertirse en un violador que recorría las calles al acecho de la presa del día tampoco lo tentaba. Ser un criminal buscado por la policía, mucho menos. Había que aceptar que se encontraba en lo suyo. Nadie podría decir que fue un cobarde que no supo lo que deseaba. Había obtenido lo que quería y no lo abandonaría. Con asco, escuchó como se regulaba la respiración de Kelly. Cuando se imagino violándola no consideró la posibilidad de que ella pudiera gozar al mismo tiempo. Cuando le dijo que gozaría y aprendería, pensaba en su goce y en que las lecciones ella las aprendería con sangre y dolor. Las palabras no eran más que para ganársela y no hacer todo tan difícil. Pero no podía aceptar que se la hubiera ganado tanto como para que ella gozara. Había deseado gritos, vergüenza y odio. Y lo que acababa de hacer... Que estuviera atada no ayudo a que fuera diferente. Había visto películas en que algunas personas ataban a sus amantes para hacerles el amor. Y eso era, más o menos, lo que habían hecho. La palabra no cesaba de repetirse en su cabeza. No podía comprender por qué terminaron haciendo el amor como dos amantes más. Menos entendía como él se había dejado llevar por la ternura en algunos momentos. ¡Si no servía de nada! Su padre siempre lo decía: “Al final, las mujeres siempre te dan una patada en las pelotas y la espalda sin un adiós”. Sólo tenía que dejarla libre. Puede que ella deseara permanecer a su lado por unos días (tiempo con el cual no contaba, pero tampoco tenía importancia) y luego lo abandonaría. O lo mataría al primer descuido. “Así son las mujeres: ¡Unas putas malagradecidas!” Se levantó de la cama sin mirar a la exhausta Kelly. ¿Cómo hacerla pagar? La pregunta iba y venía. La haría llorar, estremecerse de dolor y miedo. Haría que le rogara un segundo de paz y se lo negaría. ¿Pero cómo? La verga colgaba y no estaba seguro de poder utilizarla lo suficiente como para alcanzar los fines que anhelaba. Tenía que ser otra cosa. Caminó por la habitación, dando vueltas; se acercaba a la ventana, miraba a través de la cortina y regresaba. Una escoba le parecía demasiado. No había que exagerar de golpe. Fue y abrió la nevera. Los pepinos eran en exceso grandes como para caber en un coño. Ni siquiera en su boca cabrían. Y las zanahorias no eran lo suficientemente largas. Tenía que ser otra cosa. Encontró tres salchichas. La mantequilla parecía una buena ayuda. ¿Valía la pena seguir adelante? El trabajo de quitar las envolturas plásticas hizo que se lo preguntara. Lo que iba a hacer no tenía sentido. ¿Para qué cuando ya se había ganado la confianza de la chica y podría gozar de ella casi que con su consentimiento? ¿Pero quien podía asegurar que ella no gozaría de su
11

John Wynberg © 1994

idea? Se sentía impulsado hacerlo. Los motivos eran contradictorios y difusos. Kelly abrió los ojos cuando David se levantó y lo miró de reojo dar vueltas por la habitación. El pensamiento de que estaba molesto la turbó. ¿Había hecho algo mal? Trató de recordar. No estaba segura de nada de lo sucedido. ¿Acaso se dio cuenta de su alejamiento en algunos instantes, mientras el acto ocurría? Sintiéndose culpable, pensó la manera de pedir perdón, prometiendo que la próxima vez mostraría sólo placer y participaría de buena gana en los actos a los que él la obligara. Por eso al verlo regresar le regaló una sonrisa, sin comprender. Cuando intuyó las intenciones se volvió temerosa. ¿Que sentiría? ¿Podía soportar otro cuerpo extraño por más tiempo? No sabía. Nunca se había masturbado dos veces seguidas, aunque se lo propusiera antes de empezar. Una vez que terminaba, el acto perdía sentido y sólo deseaba permanecer inmóvil hasta el siguiente día. –¿Estas bien? –le preguntó David. –Sí –respondió, abandonando sus pensamientos.– ¿Qué va a hacer? –¿Nunca te has metido una salchicha? –No –mintió. –Prueba estas. Son deliciosas. –¿Puedo ir al baño? Creo que tengo que ir. –¿Vas a cagar? –No intentaré escapar. Si quiere, puede acompañarme y esperar junto a la puerta. –No será necesario. Con el culo lleno gozaras más. –¿No podríamos dejarlo para más tarde? De verdad, estoy muy cansada y necesito ir al baño. –Lo siento, niña. Se calló. Le molestaba que la llamaran niña. Además tenía que admitir que aun le tenía miedo. Todavía le pertenecía. Estaba a su entera disposición. No deseaba hacerlo enojar negándose a sus deseos. Recién lo había prometido. Se mostró resignada, conteniendo las protestas. Se sentía muy cansada para volver a sentir placer y quería descansar del vientre antes que cualquier otra cosa. Realmente no deseaba que le metieran salchichas en ese momento. Más tarde no le hubiera importado. –Tendré que colocarte la pañoleta. Kelly sabía que no sería necesario. Ella no gritaría. Pero quizá él quería asegurarse de que no seguiría hablando de ir al baño. Algunos de sus cabellos fueron halados al colocarsela. –¡Aaayy! –alcanzó a quejarse. La ira volvió a invadir a David. “Ya se cree con derecho a expresar su inconformidad”, pensó mientras ajustaba la pañoleta. Ella se había quedado muy quieta. La dejo para colocar un cassette. La música tenía que calmarlo. Ningún grupo era lo suficientemente fuerte para aumentar su rabia. A las piernas de Kelly y tomando una salchicha, abrió el coño y la introdujo sin problemas. Insatisfecho, la volvió a sacar. Tomó mantequilla con dos dedos y los clavó en el culo desde el final del coño, bajando y hundiéndolos en la carne. Los enterró en el ano hasta sentir la mierda. Kelly se arqueaba mientras metía los dedos una y otra vez. En el coño introdujo uno de su mano libre. Luego dos y después tres, hasta abarcar la entrada. Redoblando la violencia de las penetraciones, olvidó las salchichas. La música retumbaba en el apartamento. Kelly lloraba. El dolor la acometía en espantosas punzadas. Aterrorizada, comprendía que le podía hacer verdadero daño en sus partes íntimas.
12

John Wynberg © 1994

Tenía un miedo enorme al dolor que quedaría en ella. Trataba de permanecer quieta, pero no rígida, acoplándose a la violencia para no ser despedazada. Moviendo la pelvis de acuerdo a la dirección de los dedos, trataba de que no tocaran las paredes interiores. No sabía si estaba gritando. Cinco dedos intentaron entrar y apretó los dientes. La mataría. La piel estaba rompiéndose. Adivinó a David sacando sus dedos untados de sangre y mierda e introduciéndolos en el coño que había bañado la otra mano. ¡Que cochinada! Era un animal al que revolcaban en sus propios excrementos. Alcanzaba a oler sus propias axilas. ¡Asquerosas! ¡Y como la habían excitado antes! Los sábados al mediodía, cuando aun estaba sin bañarse, sudorosa por haber barrido y trapeado la casa mientras mamá estaba de compras en la galería, gozaba con las gotas de sudor que bajaban por su cuerpo, internándose entre las bragas hasta dejarlas completamente empapadas. Entonces se encerraba en su cuarto, se quitaba el sostén, ansiosa de maltratar el cuerpo sudoroso; las manos pasaban por los sobacos, arañaba sus senos imaginándolos grandes y firmes; se deshacía de la bata, quedando semidesnuda en la cama revuelta, se cubría con una sábana para seguir sudando, bajaba las bragas a las rodillas, una mano acariciaba la superficie de su zona íntima, introducía un dedo, lo sacaba y tocaba alrededor del clítoris mientras la otra tiraba de sus pezones. Entonces el tiempo dejaba de existir; hasta que terminaba exhausta, totalmente satisfecha, y se dirigía a la ducha para que todo estuviera presentable cuando llegara su madre. Recordó esos días y trató de convencerse de que era lo mismo. Pero no lo era. Sus partes más íntimas estaban siendo lastimadas y no podía imaginar hasta donde llegaría el hombre que abría su sexo con ambas manos para introducir la lengua sin compasión. Una salchicha en el culo engrasado entró fácilmente. David empujaba hasta meterla entera, se arrodillaba, se tomaba la verga y se dejaba caer, introduciéndola en la herida. La investía con toda la fuerza de que era capaz. Mordía sus pezones mientras ella gritaba lo que podía, hasta quedar sin aire. Y entre cada grito, ella volvía al dolor. Su cara roja, cubierta de lágrimas, lanzaba suplicas de piedad en el vacío. Su cuerpo trataba de liberarse del que lo poseía, del peso que lo mantenía sujeto contra la cama y los dientes que lo marcaban. David apenas la sentía debatirse. Pasaba sus manos por debajo de la espalda y empujaba hacia su boca, tratando de engullir los senos con la mandíbula entumecida. Le arrancaría las tetas. De ella no quedaría nada. La destrozaría con sus dientes. Con la boca llena de sangre y un seno destrozado, aun no había conseguido arrancar ningún pedazo. Del nochero cogió la botella de Coca Cola y la introdujo en el agujero que había expulsado la salchicha. Su verga se convirtió en una maquina de tortura sexual implacable, destinada a todas las putas de la ciudad, folladas en Kelly. La conciencia de Kelly pendió de un hilo. El dolor le era insoportable. Por momentos se consideraba ajena al sufrimiento; tan lejano como el que queda después de pincharse un dedo con una aguja. Luego podía sentir dolores nuevos, independientes de los anteriores, producidos por golpes en su estómago, por el tótem moderno que se abría paso en su trasero y por la mano que la maltrataba. Iba a cagar y no podía. Trataba de expulsar la botella y seguía entrando. El anillo externo estaba destruido, la entrada completamente abierta. ¿Como podía caber algo así en una parte tan pequeña? El dolor era intenso. Un liquido bajaba por sus nalgas. ¿Mantequilla derretida, sudor, sangre o las tres? Su mente se apagaba. Se alejaba del cuerpo, protegiéndose de la violencia de la que estaba siendo objeto. David se retiró de los restos. La sangre lo mareaba. Sacó el pene y abandonó la presión en la botella, que salió por sí sola. En el baño, se arrodilló frente a la taza del retrete. Vomitó lo
13

John Wynberg © 1994

poco que había comido. ¿Por qué lo había echado todo a perder? Tenía lágrimas en los ojos. Se levantó para mirarse en el espejo. La cara estaba ensangrentada. ¿Qué había hecho? Permaneció varios meses enquistado, en posición fetal, repitiéndose la pregunta. Hacia el anochecer se sumió en el silencio. Como un sonámbulo, regresó a la habitación. Al ver el cuerpo atado no pudo reaccionar. Le costo dificultad prender un cigarrillo. Sus manos temblaban. Al borde, la cama también estaba mojada. De seguro ella se había orinado, pero no recordaba la sensación. Quizá lo había hecho mientras él estaba en el baño. Se resistía a creer que estuviera muerta. Con curiosidad infantil, acercó la llama a una de las piernas. Kelly tenía que reaccionar, y no lo hizo. Un rojo intenso quedó en la zona expuesta. Dio otra chupada al cigarrillo y lo apagó en el sexo de ella. Un grito lo sacudió. La cama se sobrecogió por la fuerza de ella contra las cuerdas. Los ojos de Kelly, abiertos al máximo, mostraron su vacuidad, sin ver que David tomaba el cuchillo y lo clavaba en la garganta que ofrecía y desafiaba. A partir de entonces todo se hizo frenético. La sangre bañó la habitación y David cayo hacia atrás al sentir la quemazón en los ojos. Ciego, se levantó torpemente, invadido por un dolor que trataba de contener con ambas manos. Tropezó con la silla y se arrastró, ignorando los golpes. Siguió la pared hacia la derecha, hasta el marco de la puerta. Luego adelante, se golpeó de lleno contra el armario. Entró en la ducha y el agua fría golpeó los párpados. El dolor era tan intenso para abrirlos. Dejo correr el chorro y permaneció bajo él, pero el dolor no cesó. –¡Estoy ciego! –se lamentó. Saliendo de la ducha se golpeó con la taza del inodoro. Maldijo una y otra vez, tratando de aplacar la cólera. Con sus manos encontró la cabecera de la cama. Tanteó el rostro inerte extrañamente seco al tacto. Quitó la mordaza y sacó el cuchillo del cuello. Siguiendo el camino de los brazos, los deshizo de las ataduras y arrojó el arma a lo lejos, en la oscuridad. La música se detuvo. Escuchó el ruido que producía al caer en la alfombra. Todo era invadido por el silencio, como si el mundo hubiera desaparecido. Sólo existía el cuerpo de Kelly y él, en una habitación que flotaba en el espacio. –¿Qué he hecho, mi niña? Besó los labios, de los que brotaba un riachuelo de sangre seca. Poniéndola sobre su cuerpo, rodeó el cuello con sus brazos. Su mente medía el tiempo en un enorme reloj de arena mágica que se dejaba caer a intervalos irregulares. Tenía consciencia de la imagen que representaban ante el ojo de una cámara inexistente. Veía uniformados que irrumpían en el silencio y se paraban alrededor, con las expresiones de asco y vergüenza de quienes asisten a un museo de crímenes de cera. El dolor lo llevaba a la nada. Al volver, los testigos habían desaparecido. Seguía mirando las paredes, sintiendo el tibio de la sangre. La certidumbre de que todo se interrumpiría de pronto, que el mundo se volvería más frenético con golpes y palabras, no lograba decidirlo a una acción. Sentía el renacer de un deseo carnal desvinculado de la violencia y del placer. El pene se levantaba sin que él fuera culpable. Era algo ajeno. Como tal, le extrañó la húmeda presión del ano de Kelly alrededor. La verga penetró el cadáver con deseo propio, como una rata la madriguera. El asco o el respeto por un muerto –que en otra ocasión hubiera podido sufrir– no tenían sentido. Todo daba lo mismo. Disfrutaba de la calma y el silencio, de la suavidad de la piel contra la suya, del sexo inmóvil y el último contacto. Tomó el cuchillo sin inspiración propia. No sabía que iba a hacer y tampoco le importaba. Su brazo se derrumbó, indeciso. Como la lenta comprensión de una lengua extraña le llegaba la idea del suicidio; que no podía aceptar.
14

John Wynberg © 1994

Imaginó su muerte sin aun ser capaz de llevar a cabo el fin de tanta calma. Las gotas de arena cayeron en su totalidad. La interrupción ocurriría de un momento a otro. Esperaba tensamente, como un niño espera el castigo sin saber si la falta ha sido descubierta. Su pene se mantenía erecto. Contó hasta cuatro y se detuvo por un dolor en el vientre. El semen explotó, cortando su cuello. Apenas tuvo consciencia. “No es nada”, creyó decir. Sus palabras no salieron. Para tocarse el cuello, soltó el cuchillo y se dio cuenta de que ya no mandaba sobre su cuerpo. Devastado su mundo, estaba perdido. El pene se encogía. La piel perdía el sentido de contacto con la cama, con los líquidos que lo bañaban y con el cuerpo de Kelly.

John Wynberg Julio, 1994

15