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LAS OVEJAS FEROCES

El vestido de pequeñas florecitas amarillas y rojas, puros pétalos, le alcanzaba justo debajo de las rodillas, remontándose brevemente a cada paso de aquellas piernas que sostenían su cuerpo post-adolescente, pasados ya sus veinte. Insegura, avanzaba tambaleándose casi imperceptiblemente de un lado a otro, dándose contra estrechos muros de aire: miradas acechantes, hambrientas, esperando que cometiera otro error, uno más, uno mayor, para echarse a reír, señalarla más crudamente, para siempre, que por el error inmediatamente anterior. Y en ella, para ella, cada uno de sus movimientos era un error. Pero no podía quedarse quieta, soportar permanecer inmóvil, a la espera del próximo ataque de alguien, de cualquiera o de todos. Error, por tanto, que se veía destinada a cumplir –aún no realizado, aún insuficiente y trivial, para su alivio y desesperación, para alargar el suplicio de su vida. Existencia errante, errática. De error en error iba avanzando hacia el hombre que la esperaba como esperaría la muerte cuando le llegara el momento, para conducirla... allí estará, lo reconocerás, no podrás más que reconocerlo, tan característico, especial... Te va a traer. Ni modo que vengás nadando. Aunque con este calor... seguramente cuando lo sintás y veás el mar, aunque sólo sea un lago el charco que nos rodea, seguramente querrás arrojarte al agua, ahogarte. Pero no te lo aconsejo. Tendrás tiempo luego... como la había conducido hasta allí ese río de palabras, a la búsqueda de su fuente, para ahogarse en ellas, aliviarse, inundar sus pensamientos. Qué más podría ser aquel deseo para quien tan pocos deseos tenía, impulsada más allá de su simple existencia para acometer un trabajo. Así la miraba, la intuía, a la pobre recién salida de su pueblo natal por la palabra de una desconocida. ¿Cómo pudieron llegar a conocerse? Parecía increíble. Ninguna de las dos habría dado el primer paso... y la aceptación de una y otra... De cuál, no importaba. Se entiende que ambas se habían reconocido como iguales, semejantes, y que se habían gustado, atraído, fascinadas ante la imagen del espejo. Recordaba entonces, no podía más que acordarse de esa historia que una vez un hombre le había contado en un bar, sobre un tercero, seguramente él mismo, vaya uno a saber, en un bar cualquiera. Ningún cuchitril de “mala muerte”, el bar, aunque nunca supo de ninguna muerte “mala” en ninguno de esos sitios; en cambio en la calle, al frente, los disparos, el pico de botella, las navajas, los saltos hacia atrás y hacia delante como dos gallos de pelea (el bueno y el malo, pocas veces más de dos) rodeados por un corro de gente... Público no

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podía faltar... Pero... Sí, sí, la historia. Menos dejarse llevar, le había dicho. Y sin embargo, este supuesto tiempo perdido es lo de menos, apenas importante, porque... Había salido temprano de trabajar y decidió tomarse una cerveza antes de llegar a casa. Total, ella ni se enteraría del tiempo invertido. Tres chicles de menta lo dejarían como nuevo, fresco. La cerveza, fresco por dentro. Pero no podía tomarse más que tres. No porque apenas tuviera tres mentas, porque no tenía ninguna. Iría a comprar cuando saliera de allí. E igual podía comprar cuatro o cinco. Aunque eso no importa porque el aliento es casi el mismo. Igual da tomar dos que cinco u ocho, pero se contrarresta mejor con sólo tres. Su secreto. Cosecha personal de la experiencia. No, era el tiempo. Se había pasado de la media hora que le había estado sobrando, saboreando, ya no le alcanzaba. ¿Cómo sino entender que hubiera gastado media hora en dos cervezas? Empieza entonces a dudar una tercera. Duda poco. La pide, y comienzan a llegarle los remordimientos. No porque estuviera haciendo nada malo, sino por lo que estaba haciéndose en el futuro próximo que le esperaba a la vuelta, a la otra media hora. Porque le llevaba el tiempo con cronómetro. Se quejaba entonces del tiempo, acodado en la barra. ¿Cómo podía ser de otra forma? Y se voltea entonces el hombre a su izquierda y va y le dice ¿El tiempo? ¡Algo sin ninguna importancia! Y sin embargo, todo en el mundo. Siendo entonces dos hombres más, anónimos, sentados a una mesa en un bar regular, de esos que les dicen sifón y se llaman Sandys o Siboney. La mesa en el rincón más oculto, alejada de todos los demás que allí concurren como en una reunión de espectros por miedo a ser escuchados, denunciados, encerrados. Sus miradas, sin embargo, poco temerosas, huidizas, enfrentan a cualquiera sin vergüenza ni pena y hasta con el descaro de quienes saben horribles secretos que la humanidad se oculta. Siguen así, no sabrían decir cuánto tiempo, conversando. Porque el tiempo no importa. En todo caso no hay referentes. Qué bar sería ese con un reloj bien visible sobre las cabezas, marcando inmutable el destino que sigue su marcha. Porque los bares son o deben ser lugares en donde el tiempo se detiene o se expande como un paréntesis sobre el tiempo –que siempre es el tiempo del trabajo (¿Cómo trabajar al contacto de una cerveza helada? Se pierde la cerveza y/o el sentido del trabajo). Por eso tampoco hay latas o botellas que se puedan ir apilando en la mesa; lo que quizá en otros lugares es permitido como índice de cuánto se ha gozado de la vida, y del coraje de llegar a tales límites. Aquí se sirve sólo en grandes vasos cerveceros que se renuevan una y otra vez, quizás insuficientes, con nueva espuma coronando cerveza casi helada. Así que el que quiera saber debe esforzarse e imaginar cuánto tiempo ha pasado (a no ser que un hombre en la barra, traicionero del espíritu general, se atreva a preguntarle la hora a su vecino, a menos que otro vecino (¿el mismo que espera impaciente la información para suministrarle el antídoto?) comience a hablarle y
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se lo lleve a una mesa en un rincón apartado, desde donde piden una cerveza tras otra, hablando en murmullos como con miedo de que algún otro pueda escuchar el terrible o inverosímil secreto que discuten) de acuerdo a cómo sienta su mente, corazón o vejiga por la frecuencia de las idas al baño, donde la dura luz de lo práctico y lo útil lo recibe a golpes, pero que se puede soportar bastante bien sabiendo que más allá siguen la oscuridad y las cervezas y el “amigo”, aquel tipo, hermano recién hallado o encontrado como por casualidad. Sólo una pequeña parte del cerebro consciente de su visión alegre y absurda y terriblemente seria, casi que existencial, único indicio de que están borrachos y llevan (por tanto) bastante tiempo tomando juntos. Observando, contemplando a través de un pequeño rectángulo de vidrio esmerilado, abierto, tocando el techo, cómo afuera ha comenzado una leve llovizna que parece fuera a detenerse de un momento a otro. “Pañito de agua tibia” para la afiebrada frente de aquel riguroso verano inclemente que lo estaba secando todo... Hasta el tiempo parecía quemado, acartonado entonces por aquellos hombres sedientos que buscaban refugio al interior del bar. Sin atreverse a caminar más cerca, bajo los portales de las casas, para recibir intermitentemente manchas de sombra colocadas por los techos aleros sobre su cabeza al ritmo de sus pasos. Casi al borde mismo del andén y no por la mitad de la calle por temor a incomodar a los conductores que pueden aparecer en esos momentos buscando dar una vuelta por la tranquilidad del mediodía del pueblo y no a una mendiga que les estorbe el paso obligándolos a reducir la confortable y placentera velocidad de sus coches. Por la línea del borde sin malla protectora, el pie izquierdo volando sobre el precipicio de altos centímetros, ahogándose en el aire sus piececitos (pececitos). Con la altura de un faro en la punta de la escollera haciéndoles recordar el viejo faro abandonado cerca de la intersección del río que vertía sus aguas profundas en el lago cuando era navegable como un mar desbocado y el pueblo resplandecía con sus comercios, llegaban turistas del interior-exterior y hasta lugares mucho más allá de la imaginación nativa de los habitantes perpetuos de tan graciosas lenguas y divertidos aspectos y modales (Reírse a escondidas, no sea que se vayan a molestar). Cuando el faro se encendía al atardecer y reflejaba en la noche. Como ahora su cabecita rubia, sol en la noche de ese día resplandeciente, que por los mismos destellos convertía al menos –en comparación– en un dulce atardecer. Por lo que todo el que la viera no podía más que amarla y odiarla encarnizadamente al mismo tiempo por la nostalgia de tiempos mejores, de esa época dorada, del puerto cuando existía un puerto, todavía no apagado en soledad con media docena de canoas para la pesca de subsistencia, más la del viejo para transporte exclusivo hacia la isla, chofer muy digno de esos que decidieron quedarse cuando todo se iba terminando, siendo que ellos sí podían irse cuando quisieran.
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No como la hija, planta para echar agüita, como alguien dijo, con pésimo sentido del humor, sin tener en cuenta de quienes era hija. Aunque si no volvieron a reclamarla... prefiriendo permanecer en el islote donde se habían empecinado en vivir con todas las comodidades como si fuera un lugar más cualquiera, no propiamente una isla, alquilando unos planchones del puerto más arriba, donde el río se dividía y se juntaba con su hermano mayor, para que les pasaran caballos pura sangre que miraban como aturdidos, escépticos, el agua, la locura humana, urdiendo represalias si se les puede concebir la venganza, índice de toda su conciencia de desarraigados, desterrados, dejando cabalgar sobre sus lomos, sobre las costillas del verdugo sacrificador designado, el más querido bienamado, al que todos le suponían alentaba sentimientos recíprocos por su dueña. Todos los que después vendrían con el chisme, sin que más tarde pudiera determinarse con claridad a uno solo de sus integrantes. Lo que hace pensar cómo surgió la historia. Nadie recuerda si fue el médico, que alega “inconfesabilidad” (sic) de lo acontecido. Aunque tampoco podía saber mucho, pues al poco rato había vuelto para seguir camino al otro pueblo y traer otro médico que era su opuesto y no le dirigía la palabra a los excluidos de la isla, como si fueran sólo sombras. Y las otras únicas fuentes probables u origenes posibles eran el hombre de la barca (más bien improbable porque poco hablaba), la doncella y el negro que le cargaba las provisiones, autoenvestido de la dignidad de un mayordomo agricultor excluyendo cantidad de frutas y verduras porque al parecer también las cultivaban y cuando no estaban en cosecha no las querían. Él el más seguro, no la doncella que se creía princesa rusa en breve exilio segura de volver pronto a sus propias tierras. Lástima. Una niña preciosa. La pálida piel más hermosa nunca antes vista. Rebeldes cabellos cobrizos descuidados sobre su expresión ensimismada, vuelta sobre sí misma en su sueño absoluto, indiferente al ajetreo alrededor de la camilla o la representación de la preocupación ajena sin sentido. Transcurridas más de veinte horas, su ropa también como perdiendo el sentido de su uso. Botas y medias perdidas. Pies desnudos con uñas al natural, sin la odiosa y vulgar pintura femenina, a partir de los cuales –a través de sus pantalones de montar– se intuían (por una prolongación imaginaria deseante) sus largas piernas plenas de fino vello de trigo, hasta el límite donde aparecían sus manos, una sola en realidad, la otra esperando al atento, resignada a su olvido, que la tomaran otras manos, igualmente frías pero emocionadas, para restablecer la simetría y entonces percatarse de la presencia, junto a la otra mano, de la mujer que sostiene asimismo unas botas negras y unas medias blancas y da las gracias a un extraño, seguramente la madre, sin saber el motivo porque más bien se sentía un ladrón aprovechando un pretexto inexistente, porque la paciente no podía ya tocarle. Acababa de terminar el turno, camino a los vestieres por el disfraz de calle, con una esperanza devuelta que sólo imaginaba poder conseguir tras el imposible de un mes de puro
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sueño, gracias a aquello que faltaba desde siempre en su vida y que no había podido definir hasta verla mientras la arrastraba a su habitación reservada y la abandonaba antes de que alguien le preguntara ¿qué estás haciendo si ya terminaste? y tener que soportar la breve mirada recelosa de la madre. Porque aunque tuviera su excusa, y no podía estar haciendo nada malo a ojos de nadie, sentía en sí esa culpa que le delataría apenas intentará balbucir explicación para aquel primer gesto de compasión que iba más allá de su deber. Porque hasta entonces había sido como todos: estricto con el horario asignado. Si al final le pedían que se quedara por una emergencia, se quedaba; pero porque debía quedarse, porque aunque se le solicitara eran otros los que decidían. Por lo que tenía razones para salir y apartarse al menos doce horas, arrancarse de ella, como si se autoamputara momentáneamente el sexo, no simplemente un brazo o una pierna, por la sensación de doloroso vacío, más interior, por los lados del estómago. Se dirige a uno de esos bares que tanto aborrece, lugares de reunión de reprimidos, como él mismo. Pide que le den lo que sea. La camarera, con una hipócrita sonrisa muerta antes de nacer, va y le trae precisamente la cerveza que menos deseaba, aunque él mismo no lo supiera hasta el último momento. Ningún trago amargo que le queme las entrañas y le abrace por dentro con las nauseas necesarias. Y va y le dice usted pidió cualquier cosa, comience con esto, a ver cómo le va. Prueba con reticencia la helada orina, a la que le han agregado un poco de alcohol y lúpulo. Mira alrededor, por si alguien le está a la vez mirando, vigilando. El bar está casi vacío. Sólo dos hombres en la barra y dos idénticas parejas más en las esquinas, dobles formando un triángulo equilátero, con él mismo contenido cerca del ángulo formado por los de la barra más que por de los de las dos oscuras y nebulosas esquinas restantes. Como los de la barra se encuentran abnegados en sus bebidas, se concentra en los que no puede más que imaginar: conversaciones obscenas sobre el tiempo y... Pobres caperucitas de sus corazones violadores y lobotómicos, siempre disfrazadas de sí mismas, deseando (inconscientemente, claro está) el encuentro cercano con el primer lobo que se le aparezca, que no sólo también busca comerse a caperucita sino reproducirse por puro instinto, estúpidamente (inconscientemente también, claro está), sin saber que incrementará así la competencia por sus presas-caperucitas (de una clase especial, muy WASP), y luego los cazadores tendrán que intervenir ante la proliferación de lobitos lúbricos-violadores-incestuosos de nuestras mujeres y (¡peor aún!) de nuestras hijas, futuro de la nación de futuras cocineras de carne de lobo al curry, sopa de cola de lobo, la imaginación como único límite, hasta la extinción de los lobos, cuando las recetas heredadas de la abuelita quedarán sin su principal ingrediente, a menos que nuevas caperucitas se propongan como una nueva clase de supercaperucitas, más allá de toda inocencia y maldad posibles, y comiencen a “delatar” como lobos a cazadores, para que los cazadores comiencen a comerse entre sí y sólo queden al final ellas –triunfantes y
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aburridas– con sus degeneradas mentecitas buscando un nuevo objeto sobre el cual abalanzarse sin compasión, pudiendo quitarse su disfraz ya inútil y asumir sin tapujos su verdadera naturaleza de lobas (ven, caperucita, ven por mí)... Y ella va y se le acerca con sus pasitos de pastora de ficción cual temerosa Heidi insegura en esa realidad de pueblo que se le antoja de multitudes y pregunta con una voz apenas perceptible entre el suave oleaje del lago y el terrible estruendo del viento que sacude la barcaza si han mandado a buscarla. A lo que él asiente, confundiéndose su movimiento con el de la inconsciente barcaza. Ante lo que ella no puede más que titubear y zozobrar en su absurdo temor, sabiendo que no tiene razón de ser pero sin poder evitarlo, arrojándose como se abalanzaría un prospecto de ahogado a una frágil tabla borracha mecida a capricho del mar, a merced del viento y profundas corrientes, para que no sean ya más dos objetos separados sino unidos contra aquel incomprensible destino que los empuja de acá para allá. Sin él ofrecerle esa mano que la hubiera asustado, que le agradece en silencio, porque ese acto de tan considerada descortesía, neutralidad o indiferencia le asegura que no está en su contra aunque tampoco esté de su lado sino quizás en la equidistante posición del público meramente observador, aburrido y muerto. Lo que representa tan bien (:muerto que conduce a la muerta al reino de los muertos) para ella sentada sobre madera podrida, con temor de ser demasiado pesada o apoyarse demasiado duro para no abrir un hueco que pueda llenarse rápidamente de agua, o quizá deseándolo (...purga mi alma, mis pecados, hundirme, ahogarme en estas aguas que podrían lavar todo recuerdo, dolor, temor...). Si al menos pudiera creer en ello, o en cualquier cosa, como en la religión de todos, en sí misma, en el futuro, con el pasado perdiéndose, perdido, pudiendo ser otra, simplemente otra, sin poder recordar absolutamente nada de esa anterior que ahora era y olvidarse de este su tiempo tan sin importancia que podría sucederle a cualquiera en cualquier momento, cual flor cortada por un potrillo, enviada a dormir sin sueño en un jarrón clínico, sin pensar ni poder recordar ya nada... Mientras (¿yo?) por el contrario... ¿qué pensar si alguien dice que ha vivido y recuerda más de lo que le ha sido posible vivir? Porque a cada uno se le dan ciertas posibilidades de existencia, de vida y recuerdo. Hay como una franja o cantidad promedio en la cual todos se encuentran. Unos se sienten vivir más que otros porque han nacido más sensibles al mundo o se han desarrollado más. Otros creen recordar menos, o efectivamente recuerdan menos, porque le dan menos importancia a los pequeños detalles del mundo que podrían hacer su vida más llena... Pero el tiempo del reloj pasa igual para todos. Eso al menos es lo que dicen. Todos se encuentran en los límites de lo posible, aunque pueden haber excepciones. Concedámoslo momentáneamente, aunque es difícil de imaginar. Lo cual es sólo una concesión a una muy improbable posibilidad, pero posibilidad al fin y al cabo. Aunque, bien pensado, deben haber habido varios, o al menos unos cuantos. Pero refiriéndonos al
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presente... La verdad no sé cuántos pueden haber ahora, pero en el límite exacto de mi desesperación seguramente pocos. Pero nótese bien que mi desconocimiento no es una simple concesión a la improbable posibilidad como margen de error sino un reconocimiento a mi historia como posible. Porque en todo caso no se trata de las excepciones normalmente imaginables sino de semejantes verdaderos como he llegado a ser de aquel hombre que encontré un día en un bar, cuando también me quejaba del tiempo de manera tan simple y ridícula como usted hoy. Y es que él entonces me contó una historia similar a la que ahora le voy a contar, que antes fue la de él y ahora es la mía y quizás también llegue a ser la suya. Y al final me regaló este reloj de bolsillo en irónica correspondencia a mi incredulidad, como es muy posible que termine regalándoselo a usted al final... Vuelve a mirar el reloj. Es hora de regresar. No es justo dejarla sola más de lo estrictamente necesario. Se negaba a salir y no dejaba que nadie la visitara. Ni siquiera sus amigas. Había sido inevitable que todos se enteraran, lo cual no precisamente podía mitigarle la vergüenza. Pero si no hubieran sabido ¿cómo explicarles su actitud? Aunque ahora tampoco podían hacer nada para ayudar, lo único que importaba. Por lo demás, se podían ir al carajo. No las necesitaban. Se lo había hecho saber a unas cuantas, a las más insistentes. Y como la noticia se regó rápido, no volvieron a molestar pidiendo que intentara convencerla de que las recibiera, que ellas podían ayudarle a superar el trauma, que una simple psicóloga no era suficiente. Pero al menos ella parecía saber lo que sentían. Las que se dicen amigas en cambio ni siquiera parecían tener una experiencia más allá del chisme de otras, al que buscan añadir, agregar al inventario descriptivo de sus perversiones, la de su esposa. Y saber que pudo haber ocurrido en cualquiera de aquellas casas que veía a su paso. Quizás hasta señalada por una de esas amigas que buscaba satisfacer una pequeña envidia o venganza por ofensa recibida. Quizás hasta lo había presenciado. Su esposa estaba segura de que había una mujer con ellos. Con los ojos vendados, las manos y el pie derecho atados a los barrotes de una desnuda cama-celda, desnudada poco a poco bajo una fuerte luz. Seguramente estarían grabándola en video. Qué no daría por conseguir esa cinta, destruirla, no dejar evidencia ni testigos de segunda mano. Toparse con los autores y matarlos uno por uno, lentamente, recordando cada cosa que hicieron con su nueva esposa. Todavía una niña. Aún no cumplía los dieciocho. Cosas que había relatado entre lágrimas, concisa, ahorrándole los detalles que entonces él quería gastar de una vez por todas. Exasperándose, incomprendiendo su deseo de saber realmente todo. Que de seguro sí le había contado a la psicóloga. Las piernas de la psicóloga, aureoladas por el conocimiento de lo indecible y sólo audible para el tímpano femenino. Complot. El secuestro cognitivo de su historia. Como si él debiera permanecer ignorante de todo, quedarse aparte, excluido de ellas. Lo que no podía saber, que seguramente no sabía, es que ella le agradecía que se hubiera quedado aparte, como sumido en impenetrables pensamientos que ella ni intentaba imaginar
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por temor a verse sorprendida, pues al fin y al cabo suponía que así no era más el objeto de sus pensamientos, que se limitaba a concentrarse en sí mismo en la conducción, su silencio una forma de corresponderse uno al otro hasta el infinito, hasta que una palabra de agradecimiento se aventuró en busca de una respuesta a la que él apenas respondió o le pareció que respondía con un imperceptible movimiento de cabeza mientras la mano de una mujer todavía joven pero no precisamente joven le era tendida cerca de unos ojos que resplandecían cual si vieran la esperanza que subía hacia la plataforma del embarcadero erigido con una madera igual de podrida que la de la barca, desde donde apenas se veían dos lanchas idénticas a la anterior en la que habían venido, “propiedad” del mismo barquero, que seguramente sólo podían ser conducidas por él hacia aquel puerto que las había parido, madera de su madera, de la cual la mujer había comenzado hablándole, derivando sin pausas hacia otras fórmulas de cortesía, como si llevaran mucho tiempo esperándola, lo que no podía ser porque en realidad tras hablar con la voz de la desconocida se había puesto en camino y llegado el día y a la hora convenida; prueba de ello es que allí estaban esperándola, (aunque era de suponer que la vida de él no era más que una sola espera que se podía constituir o construir en base a cualquier espera particular que se le solicitara), diciéndole que todos (¿quiénes?) estaban ansiosos por conocerla (¿por qué?), sin sorprenderse de que fuera tan agradable mientras caminaban con extremado cuidado por terrosa senda a través de la selva o jungla (nunca fue buena en eso), sin tomar el en apariencia confortable camino de piedras porque dizque llegaban más rápido por allí (ya le mostraría la casa), aunque tardaban como media hora. La voz de la mujer era agradable pero no suficiente para acortar distancias, guiándola entre la tierra (que quedaría encantada de servir allí) que se derretía bajo la llovizna que a pesar del sol y del verano que la otra voz de mujer le prometiera había comenzado a caer imperturbable (y así seguía) mientras la otra le señalaba que había traído frescor consigo. Apenas había subido, subió a la barcaza, tocó sacar una bolsa plástica de la maleta, vaciarla y colocársela en la cabeza, aunque de muy poco serviría porque hacia el final del trayecto del puerto a la isla y del embarcadero a la casa o al final de la segunda parte, si no antes, pero sólo entonces se percató de ello, tenía su vestido empapado, de manera que aparecía perfectamente casi desnuda, se le alcanzaban a ver los pezones lavados hasta la silueta de los pantys (como prefería llamarlos) que tanto les gustaba mirar a los hombres. Que sólo su padrastro podía tocar, rozándola como al pasar, haciendo casi imposible afirmar ante su muy querida madre que en realidad la tocaba, aunque estuviera segura y supiera que la tocaba con toda intención. Pero en todo caso aún no como su amigo, que había comenzado a contarle una historia lo más de interesante cierto día que no había nadie más en casa y había insistido en esperarlo aunque no le diera seguridad de que volvería pronto. Al poco rato había comenzado a cogerle la mano, muy emocionado, entre las suyas, por la misma historia que contaba.
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Agradable, calurosa, inspirada seguridad, aunque el miedo estaba al acecho, esperando el momento para saltar y apoderarse de ella. Y cuando llegó el siguiente movimiento (mano que sube acariciando mejillas y baja por cuello, deslizándose ida y vuelta por hombro y brazo desnudos) no estaba segura de sentir miedo. Entonces rebosaba orgullo de gustarle. No porque le gustara más allá de sus palabras sino simplemente porque le gustaba entonces gustar, saber que en ese momento había dejado de ser una simple niña para él (lo que por lo demás quizá nunca había sido). Ya al menos segura, creyéndose segura de saber lo que se deseaba de ella. Al menos no era como aquellos otros, como casi todos los demás, que nunca se atrevían a nada, de los que no sabía qué pensar, porque aunque no podía sentir ese miedo no dejaba de inquietarse y preguntarse luego por qué, qué era lo que querían de ella, si querían algo, y si no querían, última posibilidad fatal que no hacía más que reducirla a su insignificante ser del salón de clase, tonta retraída. Así que luchaba contra ese miedo. Se decía que no debía tener miedo, que acabaría en un instante y entonces todo todo volvería a ser igual de aburridor. Y que por eso quizá era bueno tener miedo. Porque le indicaba lo excepcional del momento. Así, cuando dejaba de pensar en combatir el miedo, podía darse cuenta, reconocer que de lo que en realidad tenía miedo era de que le encontrara algún defecto, la rechazara, se riera, devolviéndola a sí misma o la niña sin importancia que hasta entonces había sido. Porque entonces no hubiera podido hacer nada. No como aquel escritor no reconocido que acaba de salir del bar porque se le hace tarde para interceptar al verdadero que está por llegar a casa tras un agotador día promulgando lecciones en una pública universidad. O al menos no en la pura apariencia del primer momento. Al fin y al cabo tampoco deseaba emborracharse, tan sólo darse fuerzas, entrar un poco en calor y valor para esperarlo en la puerta o interceptarlo como al azar en el camino, para pedirle que le conceda la muy solicitada entrevista de quince días atrás, esperando que no lo hayan asustado las noticias para que no esté todo desconfiado. Claro que no tiene que ser necesariamente hoy. Hoy es un día como cualquier otro. Igual podría haberlo hecho ayer, y mañana también estaría bien. Sólo le preocupa que el tiempo va pasando y ni siquiera ha logrado que lo traten como a un igual. Pero su hora se acerca. Uno debe ayudarse y no esperar a que todo le llegue. Por eso Mahoma ha comenzado a robarse sus libros de bibliotecas y librerías y hasta comprado uno que otro ejemplar. Obviamente sabía que sería imposible destruir la totalidad de la edición (¡hoy en día imprimen tanto!), pero albergaba la esperanza de que al menos un veinte por ciento se perdiera. Así, si habían hecho imprimir 1000 ejemplares y sustraía 200... hipotéticamente quedarían... Y más de la tercera parte serían lectores únicos: una sola persona que le compra el libro al autor elegido y si mucho lo lee él y lo da a leer a su esposa para tener una segura y tranquila conciencia mientras jode con su amante o novia, para finalmente yacer en el cementerio de su mediocre y exclusiva biblioteca por la buena cantidad de años que creía necesitar para que por deficiente cantidad de obras (de autores nacionales, se entiende, pues
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de momento no le interesaba conquistar a los gringos con una operación internacional aún más imposible) le concedieran al menos un lugar en el mercado. Sí, sí, seguramente sabía. No podía más que saber que todo aquello era una locura. Y sin embargo... lo había hecho. Sólo restaba esperar que dijeran su nombre y sus señas al aire y tocaran a su puerta para ir al encuentro definitivo de su príncipe. Con tal que no sea negro, un príncipe africano... Aunque obviamente no se lo había dicho a la de la emisora, pues nunca se sabe de las traiciones que otra mujer, sabiéndose escuchada, puede ser capaz. Pero iban siendo las doce y nada que daban su nombre, dirección y teléfono para que escribieran o llamaran. Quería llamar otra vez para decir que era demasiado tarde. Les quitaría a todos la posibilidad de conocer a una excelente muchacha. Reconocería a modo de disculpa que era por una amiga que se mantenía encajándole cosas descabelladas en la cabeza. Pues a quién se le ocurre que una verdadera amistad puede brotar de unas cuantas ondas de radio. Los tiempos no cambian para todas las cosas. El amor, por ejemplo, el verdadero amor sigue conservándose. Al menos como un ideal irrealizado, según podía comprobar entre sus amigas. No porque ellas mismas se quejaran. Más bien al contrario. Parecían tan felices y orgullosas de sus hombrecitos... Algunos terriblemente mayores, tanto que la dejaban aterrada. ¿Julanita? ¿Menganita? Quién iba a pensar que terminaría con un vejete... Aunque generalmente sí lo había llegado a pensar. Porque sabía, conocía la verdadera naturaleza de la feminidad infantil. ¿Y ella, llegaría a realizarse en ella? ¿Estaría condenada a ser una más, como sus amigas? ¿Ningún objeto de envidia, entonces? Imposible, aún tenía esperanzas. ¿No estaría tal vez desesperada? Lo peor de todo es que podía parecerlo, hacerlo pensar. No importa que fuera cierto. Eso no lo sabía, ni le importaba. Porque llegar hasta el punto de poner un contacto siempre le había parecido un acto muy triste, confesión implícita del solitario. Como arrojar botellas al mar. Menos mal no había sucedido. Así estaba bien. Por el momento no necesitaba de nadie. Segura que un día ambos se encontrarían cruzando miradas en el amor inmediato. El programa había terminado. Mañana sería otro día. Sus señas, los estúpidos alicientes de su descripción física y lo que esperaba encontrar, todo seguramente anotado en un pequeño papel, se alinearía con idénticos datos radiados listos para ser botados a la basura, botando en el olvido su pecado, acto cometido en un momento de debilidad. Traición de la confianza puesta en ellos y caída en la trampa. ¿Por qué sino los habían puesto juntos y dejado solos? Día tras día viviendo prácticamente solos. Salvo una que otra presurosa y corta llamada recibida en las tardes, apenas veían a sus dioses en las noches. Cuando todavía estaban de vacaciones, sin nada que hacer. Gastando el tiempo como podían. Había aprendido hasta poker por complacerlo. Sus juegos.
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Le gustaba hasta el punto de no saber si le gustaba (o gozaba de) verlo tan sumiso a sus pequeños caprichos dentro de sus propios juegos. O si lo que le gustaba era su propia sumisión, que aceptaba incierta, con incertidumbre de los límites de su poder. O su capacidad para retirarse en cualquier momento a posiciones más seguras. Mientras, los calurosos días la obligaban a proponerse vistiendo ligeramente y atreverse en tan reducido espacio, escena, con un sólo hombre por testigo, público. Ella la mujer pública de él solo, su único dios verdadero seguramente a fin de cuentas. Por lo que no podía más que comparecer ante su mirada con miedo bajo los shorts y las semi-transparentes camisetas blancas que revelaban el preocupante contorno de su cuerpo (¿muy gorda? ¿muy flaca?). Pero (por eso) al final eran un alivio (siempre) las miradas embobadas que le sorprendía cuando creía que estaba sumida en la limpieza de la casa –en lo cuál también a veces le ayudaba, pero era más lo que la contemplaba, lo que para ella era más o menos lo mismo. Intimidándola, empujándola a seguir con lo que estaba haciendo, ofreciéndosele. Aunque al final no podía dejar de burlarse (de reírse, porque en realidad no se burlaba, sólo le daba como una risa inexplicable, como de felicidad), como para que pudiera desviar entonces obligatoriamente su atención a algún otro lugar improbable de ella, descansar de ella en una vieja foto de la abuela enmarcada y colgada de una pared, encarnado (rojo y hecho carne), atormentándose y preguntándole de qué te reís para decirle entonces que de nada más que de pura boba que soy, a veces me da por reírme porque sí, para no apenarlo, apendejarlo más, porque le daba lástima. Si no creyera asustarlo, se le habría arrojado a los brazos y le habría besado con toda su alma aquellos ojos (espejitos mágicos) que tanto adoraba contemplándola. Pero cuando pensaba en su imposibilidad, un oprimente vacío la recorría del pecho al vientre. Se le antojaba levantarse en la noche e ir de puntillas hasta su cuarto, su cama, resguardarse entre sus sábanas y sus brazos, fundirse con él en un abrazo infinito. Sus manos acariciándola. Enviaría su alma al cielo mientras caricias la recorrieran y dedos la perforaran, con palabras atravezándole aquel corazón imaginario bajo sus pechos. Cabeza transportada al interior de sus palabras, para materializarse en su ficción del cielo cayendo sobre la ciudad y poseyéndola por completo. Dejando, quedando completamente olvidada la diferencia, como la que podría haber entre letras y números, en un grado de identidad total. Porque en un momento de aburrimiento el dios bicéfalo (cabeza de papá–mamá) había creado de sí mismo aquellos otros que ellos eran: él y ella, hombre y mujer extraños a sus orígenes. Para verse posteriormente en la necesidad (o al menos parecía una necesidad entonces), en la posibilidad de abandonarlos al cuidado de la casa (cielo, reino). Por lo que se habían sentido con el derecho de soltarlo, dejarlo caer, bajarlo hasta una ciudad cualquiera. Como aquella donde precisamente vivía una niña igual a ella. Para que los hombres no desesperasen sin un atisbo real de lo que tras su fin quizá podrían disfrutar.
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Y así despertó una mañana sintiéndose flotar sobre la cama. El piso todo estaba cubierto como de algodón, inmensos copos que formaban una alfombra en la que sus piernas se hundieron suavemente, sin enredarse. Sus pasos parecían entonces hasta más ligeros, realizados sin ningún esfuerzo. Se deslizaba hasta la ventana, descorría las cortinas y podía entonces contemplar en su plenitud una luz lechosa que lo inundaba todo, ocultando toda partícula de sucia tristeza, realzando los más vivos colores. La ciudad resplandecía de verdes, amarillos y rojos en millares de flores que volaban por allí. Y extendió su mano hacia uno de los capullos en flor. Y al tocarlo sintió en su pecho su mano, acariciando la aureola de un futuro pecho, donde un día manaría la leche que le daría a tomar; como había visto amigas de mamá hacerlo con sus recién nacidos; como ella misma había hecho un día en el colegio, cuando una amiga le pidió que la acompañara al baño, que tenía algo que mostrarle, que le iba a encantar, y la había seguido como un cordero de dios, para no dejar traslucir su mojigatería, porque quería ser aceptada como una igual y sabía que necesitaba dejarse enseñar. Como el otro día que también la había llamado y le había dado a fumar marihuana en uno de los baños del fondo y apenas terminaron de quemarse los dedos había recibido tremendo beso de recompensa en la boca, apretada durísimo en sus brazos. Aquello le había encantado. Nunca hubiera pensado eso de ella, de ambas. Que la quería, que la amaba. Viernes, última hora... En adelante debía fijarse antes de pedir permiso para ir al baño a esa hora y en ese día y mirar al pasar si aún estaba en su salón o ya estaría esperándola en los baños. Pero entonces (como ahora) tampoco sería seguro de que se acobardara y se devolviera. Porque en cierta forma le gustaban esa especie de citas dejadas al azar, fortuitas, clandestinas, entre orines rancios junto a la voz sedosa de su inteligencia... Porque su amiga no era una cualquiera. Era la mejor, siempre. Menciones de honor... Quién iba a pensar. Sólo ella compartía o era la única dueña de un secreto que nunca traicionaría. Aún después de que la puerta se abriera y apareciese el príncipe, el novio. El tipo más inteligente. Pero nada en comparación a ella. Aunque le tenía mucho respeto. Seguramente hasta estaba un poco enamorada de él, pero jamás lo hubiera aceptado para sí, traicionando doblemente a su amiga. Aunque tampoco pudo contener esa sangre que se le subía a la cabeza, mientras él sonreía con la mirada que tantas veces le había sorprendido creyendo odiarlo mientras estaban juntas (¡Mirá lo que te traje!), sin entender (Los regalo el uno al otro) para qué la hacían arrodillarse, se arrodillaba con ella a su lado, le abría el pantalón, posaba su mano sobre su cabeza como un padre diciendo yo te perdono hija mía, esta es mi carne y mi sangre... Puedes ir en paz. Usted quede tranquila. Salgo inmediatamente para allá. No me demoro nada. Me cambio la blusa y ya. Puede irse... Mi madre vendrá por ahí a las siete. Yo no vengo esta noche. Ha surgido algo importante. No sabe cómo le agradezco. Yo sin avisarle. Apenas vengo a decirle, pedirle el favor ahora. Espero que no tenga ningún compromiso, que
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hacer para el colegio... Vaya usted tranquila. Usted sabe cómo los quiero. Como si fueran mis propios hermanos... Tú también. Como una hija. Nos vemos mañana. Te pago lo mismo... No se preocupe... Ahí está el taxi. Pórtense bien. Luego me cuenta... Siempre se portan bien... Dios la oiga... Entonces... qué vamos a jugar. Alcanzamos como dos horas. Tienen que acostarse temprano, cuando llegue la abuela, que mañana hay colegio. ¿Alistaron maleta, uniforme...? ¿Cuántos centímetros creciste hoy? Pareces más grande. La princesita siempre más bella. Ese peinado está divino. ¿Te lo hizo mamá? Te ves preciosa. Venga, vamos al cuarto, a ver ese desorden, a ver qué jugamos... Pero ¿qué les pasa? ¿Por qué están así? ¿Los regañó la mamá? Ustedes no son así. ¿De qué tienen miedo? No tienen por qué. Yo estoy aquí. Nada les va a pasar. Yo los voy a cuidar. Vamos a jugar algo bien chévere. Verán cómo se les olvida. No hay nada en televisión pero podemos ver una película si quieren... ¿Quiénes vienen? Ah, tan temprano, no creo. Quizá a las doce y estarán dormidos. Además esas cosas no existen. Puro cuento, historias para asustar a niños como ustedes. No deberían creer en todas esas cosas... ¿Quién les contó eso? ¿Cuándo? ¿Los han visto? ¿Son como ustedes? ¿Qué quieren? ¿Que se unan a...? Qué grupo de amigos, por Dios. Tendré que hablar con sus padres. ¿Muertos? Y entonces ¿dónde viven? ¿Qué comen? Creo que han visto muchas películas. Está bien, déjense de bromas. Me voy a enojar en serio. No debían estar viendo esa clase de películas. No sé cómo su madre los deja. Hablaré con la abuela... Pero no lloren. Saben que los quiero. Es que me han puesto nerviosa. Bueno, los esperaremos, a ver cómo son. Les prometo que no les va a pasar nada. No diré nada. Primero vamos a ver. No tengo sino hasta las diez. Claro, hasta que llegue la abuela. Si no, será otra vez. Yo me lo pierdo... Lo mismo dijo después, con increíble ironía; después de la oferta, del ofrecimiento que le había hecho. A una secretaria de la más baja estopa, la muy hijueputa, frustrada de lo fea. Seguro ni su jefe le había tenido un mal pensamiento para acusarlo de acoso. Así son. Además de ingratas, le cogen gusto a la frustración. Pero fue la primera revelación: si quería salvar a mujeres como aquella –que abundan como maestras de escuelas (que se creen lo que no tienen), vendedoras de mostrador (que esconden, enseñan y regatean la mercancía), cajeras de supermercado (siempre llevando las cuentas)– debía arrancarlas a la fuerza de sus tristes vidas solitarias; porque son incapaces de reconocer la oportunidad cuando se les presenta así de improviso, sin compromisos, directamente al grano, como yo, el realizador potenciador de sus más secretas fantasías violatorias. En comparación, soy un santo. Las enfermedades no me importan. Si me da algo grave, me vuelvo una especie de mártir sexual. Pero no soy tan irresponsable como para convertirme en una pesadilla ambulante, ni siquiera ambulatoria, transportando de aquí para allá ningún virus. Además las selecciono con altas posibilidades de multitud de represiones,
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así que por casi todo lado me tocan vírgenes. Y siempre llevo puesta la capucha, cual vengador enmascarado. Las sigo como una semana. Su proximidad y la acción de por sí me excitan. Y hay que ver la cantidad de viejas que pongo en circulación, que estreno, inauguro, desobstruyo y desvelo. En ese sentido, un mártir. Si vieras las que me han tocado en gracia. Algunas parecía que ni con sacacorchos. En todo caso, requiere su tiempo sacar el corcho de una botella que no ha estado reposando descansada un buen tiempo horizontal para que el corcho (coño) no esté seco y no se despedace en cantidades de vino (sangre) en la empresa. Aunque ahora que lo pienso, eso del despedazamiento... no sé. Examínelo usted mismo. Parece reloj ordinario. Ni siquiera es de marca, pero sin embargo es bastante original. Mire usted las dobles manecillas (segundero, minutero...) y el cuadrito para la fecha también multiplicado por dos... Déjeme explicarle. Las manecillas rojas, lo mismo que la casillita de la fecha bordeada de rojo esmaltado, marcan el tiempo que podríamos denominar corriente, de aquí y ahora, el que muy seguramente cualquiera le dará (a lo máximo con leves diferencias sin importancia) si usted va y pregunta ahí afuera. En cambio las manecillas verdes no hacen parte propiamente del reloj normal. Su función no es únicamente doblarlo en el sentido tradicional, dar la misma hora, aunque usted ahora los vea caminar juntos, hasta el punto de que sea difícil distinguirlos bajo las manecillas rojas. Pero ahí está la manecilla verde debajo, siguiendo el mismo tiempo de momento... La particularidad del reloj verde dentro del rojo es que se le puede dar vuelta atrás sin temor de que el resorte vaya a saltar por dentro, arruinándose. Porque es de cuerda, ¿o qué creía? Pero hay que tener cuidado (aunque es simple y seguro) debido al uso que se tenía pensado darle originalmente –ya que uno moderno (si el artista hubiera sabido lo que estaba construyendo y a dónde desembocaría, aunque entonces sólo entreverlo lo hubiera paralizado, seguramente) debería tener millares de manecillas, de todos los colores, y por tanto tendría que ser electrónico (una computadora de muñeca). Porque cuando uno mueve este botón para atrás o para adelante (la verdad todavía no veo ninguna diferencia, seguro error de fabrica) el tiempo se abre y expande... Por ejemplo... Mire, va siendo la una, corremos para atrás cinco minutos el minutero verde, el reloj rojo se detiene... y mire a su alrededor... (Hágalo ahora, aproveche, porque sólo funciona para el que lo tiene en su muñeca, que si yo lo hago no le diría a usted nada.) ¿No es increíble? Todo “congelado”, pausado por cinco minutos. Ni una mosca podía moverse, sólo usted. ¿Manoseó a la mesera? ¿No aprovechó? ¿Quiere otros cinco minutos más? Es gratis. Hágale con toda confianza, tiene tiempo, pero no me pregunte cómo... He estado trabajando en varias hipótesis que tengo. Con este aparatico uno no puede dejar de pensar en ello. Pero no soy ningún científico y no me he puesto a hacer experimentos, sacar conclusiones. Hasta la lectura de algunos libros sobre el tema parece
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estarme vedada, no soy capaz de entrarles y entenderlos. Pero en todo caso lo llevo utilizando como un año dos meses nueve días y unas pocas horas más de su tiempo anterior, según notas tomadas para intentar contrarestar el problema de que se pierde uno. Pero ¿notó cómo la gente volvía a moverse a los cinco minutos? La mesera obviamente no ha sentido mi libertina proposición, aunque tampoco la habría sentido de haberla usted realizado después de haber dado vuelta atrás nuevamente a las manecillas verdes. No interesa que el tiempo no se hubiera acabado aún, uno nuevo se nos habría sumado entonces dentro del paréntesis, y así podría seguir ad infinitum. Pero si uno es nostálgico en menos de una semana necesita saber el tiempo real que cree (o necesita creer) es el único original. Aunque la duda, pregunta o cuestionamiento por el tiempo-dios esté en uno. Y entonces se pone a tomar notas, no importa que ya se haya perdido, desfazado en horas, días que al principio olvida contar y semanas que pasan indiferentes (¿cuántos años tengo realmente ahora?) como si no existiera o hubiera más tiempo, todo confundido. Perdido bajo la lluvia, cuando apenas ha comenzado, todavía se tiene cierta conciencia del transcurso. Pero apenas nos acostumbramos a la pura realidad del diluvio se pierde toda cuenta y se llega hasta pensar que ella ha estado aquí por siempre, que no existió siquiera su ausencia. Pero aunque el agua vaya subiendo centímetro a centímetro, la casa se vaya achicando como seguirá achicándose cuando las goteras no dejen más lugar seco, no abarrotado por muebles, pinturas y vajillas resguardadas como si sólo nosotros pudiéramos quedar expuestos al baño interminable que termina modificando la conciencia con la perdida de toda ilusión o expectativa de salvación... no podemos ignorar que empezó cuando ella llegó con aquella fina llovizna que entonces parecía el justo descanso bastante esperado, por lo que a primera vista le hizo buena impresión. Cómo no asociarlas cuando al fin había una esperanza para las hortalizas que desde hacía meses había sembrado mecánicamente, cuando estaba pensando trasplantarlas a los límites de la isla, cerca a sus playas, para que no costara tanto mantenerlas vivas; desesperada idea absurda desde que el agua estaba casi estancada secándose al sol del verano. Hubiera podido traerla cargada a hombros. Se le enterraban las piernas en el fango de las orillas antes de encontrar, en sus manos juntas, acogedoras, recogedoras, un poco de agua. Cosecha perdida por excesiva sobreabundancia. Debió haberse ido al día siguiente, luego volver otro día, mandarla a vivir al puerto y mandarla llamar cada día y quizá así sería más simpática. Pero la señora dice estás loco y se niega, no hace caso. Mientras la muchacha tan sólo le mira con aquellos ojazos, sin dirigirle ni una palabra. Quizá no lo considera digno de su voz blanca... Lo mira como si no entendiera, no supiera de qué le habla. Como si fuera inocente, cuando la inocencia no existe más allá de una ingenua ignorancia, o una pura nada inocente. Máscara de pureza. Porque a ella le gustaba, gozaba
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con ello dentro de su terror, en el límite del goce. Yo, al fin y al cabo, no me ando con paulinas graduaciones, siempre en el límite de la experiencia. Apenas aptas, ¿para qué esperar más? Diez, doce años... Depende menos de edades cronológicas que de desarrollos corpomentales. Y no ando por allí averiguando edades. Aunque confieso que no puedo evitar pensar por puro juego, como un pequeño juego de azaroso razonamiento, cuántos años y adjudicarles un número. A veces hasta les pregunto. Pero nada que ver. Es un proceso más sutil, delicado... Todo es tenido en cuenta. No soy ningún compulsivo. En todo caso muy poco. Ningún santo, lo confieso. Y mucho menos un mártir. ¡Nunca! Lo que me tiene sin cuidado. Todo por la destrucción. Al sida no le temo más que a un resfriado, aunque acepto que tengo muy pocas posibilidades. La mayoría aún son vírgenes. Sus padres las cuidan y se cuidan muy bien. Sin mayores represiones internas, al menos la mayoría. Generalmente vienen de afuera, de una educación con la que luchan mientras se bañan soñando por la noche con tal muchacho con el que se atreven a lo más beso y disimulados y casi inexistentes roces; mientras por dentro tan fascinadas ante el borde del precipicio al que las arrojo de cabeza para nunca más volver. ¿Para qué dar pequeños saltos al vacío cuando puedo evitarles la traición de su más profunda verdad? Una de las mayorcitas hacia el final confesó que había soñado todo lo que le había hecho, como una premonición. Estuve tentado a dejarla ir Una discípula, mi “labor” confirmada. No sabés cuánto me alegró escucharla. No le estaba pidiendo ninguna palabra; a lo más gritos que luego yo ahogaría. Sin embargo hubiera sido traicionarme. Y traicionarla. No podía dejarla ir, a riesgo de decepcionarla. Pero el sida –como estaba diciendo– es el riesgo suplementario, porque tampoco nos vamos a creer que todas son aún flamantes vírgenes. Vos sabés que a esas edades son muy poco responsables. Aprovechan cualquier ocasión sin tomar medidas ni pensar en absoluto. Es como jugar a una lenta ruleta rusa. Le da una emoción extra al juego, que por otra parte tampoco me sorprendería. Yo estoy tan muerto como todas ellas: el ángel exterminador que vive en los intersticios, en el suplicio infligido, en el sacrificio otorgado... Cuerpo consumido, simiente derrochada, deglutida por pico de pájaro. Caricias en torno al cansancio y extenuación de los sentidos. Mente embotada. Y la felicidad que brinda el conocimiento y la seguridad de la comunión realizada entre madre hijo espíritu santo, moderna trinidad encarnada en uno, tricéfalo. Carencias momentáneamente recién colmadas. Retorno (desde la suspensión del tiempo y del espacio) a la cotidianeidad divergente, a la diferencia aparente, ya que la diferencia real referida a los otros no ha vuelto a importar; lo contrario reina con deliciosa angustia, cual inevitable separación tras reciente declaración de amor. La promesa de ser uno. Sexo engullido, referente “perdido”, puesto en reserva, resguardado. O realmente consumido. Vibrador mordido como chicle mascado, sin que aún se hubiera realizado el acto complementario que suspende momentáneamente la diferencia más básica de los sexos. Preguntándose cómo sería, por si tuviera que realizarlo. La materialización de lo simbólico. ¿Dónde se ubicaría cada uno?
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¿No quedaría uno excluido, necesariamente? Uno de los tres ignorado. Casi olvidado el rito anterior por la fantasía más definitiva, real y concluyente. Ignorando diversas formas posibles de participación. Los sentidos (¿cuántos de ellos?) seguramente perdidos, perdiéndose. Su importancia: posibilidad de pérdida y recuperación (de posibilidad de perdida), con nuevos placeres imaginarios o posibilidades de duda y vergüenza. O de disfrutar mucho más len-ta-men-te. Regodearse en la vergüenza como cerda en lodo, al fondo de su propia cochinada, previendo y preparando con su deseo nuevas posibilidades de perderse y reencontrarse, descargarse y desprenderse de todo lo que la ata: quejas de mamá, miradas de él, del siempre opresivo mundo... de sí misma, la carga, castigo y suplicio de “la familia”. Conseguir trabajo apenas termine (le queda un año, ¡por suerte!), casarse y tener hijos. ¿Podrían los tres? U olvidar los hijos. Sólo una carga más como ella ahora. Hasta el almuerzo “regalado”, tenido en cuenta, algo más... La soledad... ¿Cuándo acabará todo esto? La muerte, el suicidio, el autismo autoinfligido conscientemente apenas adquirida plena conciencia de su solitaria individualidad. Lo que le llegó temprano. Antes, apenas un simple niño más en el mundo que cree no tener escapatoria, obligado a seguir intentando realizar los deseos de sus padres. Luego, un día se quiebra y no hay más muro de contención, a lo más una cerca que se aprende a saltar, pasar de un lado a otro rápidamente. Nadie se complica en devanarse la cabeza por eso. Pero un día saltó y allá se quedó. Imaginación no más cercada, nunca ningún otro “debe ser” exterior impuesto que no sienta bien dentro (lo que quedó quedó). No más cargar con el peso de la realidad, el discurso falto de imaginación de los demás. Como papá incapaz de creer en su última fantasía comunicada o la última oportunidad que les había dado para que permanecieran y lo acompañaran. Porque no quería estar solo. Quería tanto a sus padres como a su hermana, aunque ni siquiera ella (pasados los quince) había sido un oasis. También realista cuan más. La edad, se comprende. Realidad romántica (¿arromantizada? ¿aromatizada?): universidad, relación de pareja estable (“somos fieles”), amor y tesis, lucrativo empleo con futuro en expansión incluido. Porque “lo que importa de una buena carrera no es la “realización personal” sino la seguridad económica que pueda brindar”. Palabras confirmadas por las miradas tristes dedicadas al pobre hijo negándose a entrar a otro colegio, quedándose interrumpido en séptimo. Del otro lo habían “botado” (¡A la basura con él!). O lo habían “sacado” por temor a que lo “echaran” al psiquiátrico centro especial para niños retrasados. Porque al final se llegó a mencionar psicólogos (aunque en conversaciones familiares ya jugaban y lo amenazaban con su incomprensible posibilidad). Y no fue necesario más que la realidad de la oficialidad confirmatoria para asustarlos. Porque no creyeron que fuera para tanto. Exageraban. Terminaría siendo perfectamente normal, tan despierto y realista como el que más, tan muerto como todos... “¡No sos realista!” “¡Tenés que ser realista!”: versiones complementarias de la frase preferida de papá. Él sí, claro, tan realista que apenas a duras penas podía apreciar algo más allá de su nariz, ponerse en el lugar de otro. Su visión era lo único que contaba (¿cómo iba
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a ser de otro modo?), de donde provenía el realismo, uno (la realidad) y otro (él) sinónimos. Según él, siendo modesto, casi ninguna diferencia entre la realidad y su percepción concebida de ella y la de los otros (realistas como él). Socavando la poca seguridad de su hijo, que poseía una realidad al menos, aunque no fuera la mejor o la ideal... Pero a fin de cuentas no le echa la culpa, acepta la responsabilidad de tomar por propia decisión aquel camino y las consecuencias de su acción o negación de toda acción (¿también una acción?). Aunque su padre (entre otros, por supuesto) había sido más un aliciente que un impedimento contra el cual habría tenido que luchar para tomar aquel camino. Tan semejante a fin de cuentas al de papá, por poner un ejemplo, ya que cualquier otro también hubiera servido (mamá, hermana, compañeros, profesores, tíos, primos... cualquiera). Aunque de direcciones opuestas que les garantizaban que nunca llegarían a encontrarse, sino que cada uno se alejaría del otro más y más. Un simple medio de defensa. La única diferencia es que en él se interiorizaba, se tornaba hacia dentro, mientras su padre exteriorizaba el suyo y trataba de imponerlo a todos con más fuerza de la que había tenido el hijo para hacerle compartir la suya. Pero ¿por qué todo se reducía, debía reducirse siempre a un combate, a una medición de fuerzas? Fuerzas encontradas en conflicto, aunque su fuerza apenas en formación le obligaba a retirarse, re-en-cubrirse y enquistarse o ser destruido. Diferencia anulada tras discurso dominante, unívoco y sin lugar a posibilidad de error, de una versión diferente, divergente. Como si todos estuvieran condenados a creerse dioses y a luchar por mantener viva su creencia. Como si de ello dependieran sus vidas, como si fueran lo mismo. Así, debían hablar perfectamente (un error de dicción era fatal para el ego) y creían saber escribir perfectamente; aunque nunca intentaban ponerlo en práctica, gracias a lo cual quizá mantenían la seguridad y la convicción para calificar o mejor descalificar fácilmente con una sola palabra. Pues eran la verdad encarnada, sino total al menos parcial. Y tenían todo derecho de expresar sus opiniones y “pensamientos”. Cualquier libro, película, persona... Sabían de cine, literatura, estética, ética, de todo para poder jugar. ¡Qué vieja tan fea!, decía la mamá que tampoco era ninguna diosa, mientras él veía al menos a esa fea esforzándose por hacer algo en televisión, mientras aquella otra fea que era su madre no podía más que quedarse en casa y criticarla (des)quitándose su fealdad en otra (por envi-diosa identificación imaginaria) que al parecer se negaba, no quería, aceptar la vida con realismo. Porque al menos hipotéticamente un hombre como él podía ser idealista toda su vida, pero una mujer como su madre, lo que se dice una mujer crecida... No importa que también haya sido una pura imagen con corazoncito esperanzado, anhelante, como la mayoría. Tarde o temprano se transforma en el ámbito del Señor... Las mujeres son mucho más realistas pues saben de qué va el asunto, el poder de dar la vida... El hombre en cambio apenas puede darse muerte. Las mujeres mueven este mundo donde el hombre es apenas un anhelo no existente, denegado, don-nadie. Ninguna quiere que exista en realidad. Por eso se encandilan cuando dan con uno, cuando creen haber dado
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con uno. Siempre el enigma de cuánto durará. ¿Podrá conservarse (impermeable al encanto de mi castración)? Por eso la iglesia se aseguró un buen punto con ellas. Al fin y al cabo ideología ridícula sólo para hombres. Pues ¿a cuál de ellas podían hacerla dudar lo que pensaran sus hombres si estaban seguras en su auto-adoración de El Hombre? Ninguna discusión posible. La fe y la duda, inventos del malvado hombre que la mujer muy sabiamente supo volver contra él, dejándolo solo con sus propias armas en lo que él tontamente creyó ser el campo de batalla, para atacarlo en el momento en que menos lo espera, amordazado de amor en la cama. Concédele un beso, sólo uno, a cambio de su silencio, embarazado... Por suerte ellas como seres humanos son incapaces de unirse con un propósito comunitario que vaya más allá de las necesidades inmediatas, reales, como para apoderarse del mundo de manera ostentosa o presumir públicamente de su poder –para tener que probar luego que se provenía efectivamente de una lámpara tan pequeña (Stevenson)–, en contra de su naturaleza y sus principios. Demos gracias al falo eterno que no todos serán subyugados. Unos se salvan. Desde una adolescencia (de esencia adolecida) pierden todo encanto ante y para ellas y la desilusión puede ser compartida... Casi un caso clínico, qué más se podía esperar. Pero ¿el rechazo no acrecienta el deseo? Mientras menos tenga ¿acaso no las deseará más? Oscuro objeto a entre sus piernas, seductora diferencia. En cambio si las tiene o las ha tenido tres o cuatro veces al menos... Porque en cierto sentido también todas ellas son iguales (amigas, manoseadas, peladas, hijas, hermanas, cajeras, maestras, niñas y niñeras, pre-adolescentes, violadas, santificadas...), todas al fin y al cabo putas. Como la madre que se desea joder. Todo reducido a una pura cuestión de matices: Algunos las prefieren rubias. Aunque haya de rubias a rubias y no todas las rubias sean putas en el sentido más explícito del termino (es decir, en su comportamiento explícito (¿consciente?))... Algunos nos sentimos impulsados hacia los símbolos de la más pura pureza, para destapar la podredumbre de santas lascivas. A otros nos tienta el vicio para buscar virtudes, de putas benditas... No es que todo sea lo mismo. Como digo, existen todos los matices en ellas, aunque quizás sólo sean una en constante –o al menos aparente– cambio. Por eso en ese sentido los hombres quizás sean unos cobardes, que no se atreven a luchar contra un mitin de ángeles formados (¿informados?). Vos también te aprovechás de la violencia de tu fuerza y lo imprevisible que les preparás. Pero en mi caso, más que a aquella mujer total me dirijo hacia una de sus etapas de constitución y renovación en el mundo: jovencitas que aún no saben, todavía no completamente mujeres pero que comienzan a mostrar sus armas (hasta una bebita posee en parte la esencia de la feminidad una vez es vestida de rosa), aunque aún no comprendan su misión en la tierra, que reniegan hasta donde pueden de sus madres y la educación recibida de mala gana, casi a la fuerza, aborreciendo entonces la “moral” de las mujeres, pues les parece injusto sentir aquella auto-exclusión de inseguridad, desesperan ante una cantidad de
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“todavía no” y comienzan entonces a tantear el terreno prohibido donde espero como una mina ansiosa por explotar. No se trata sólo del viejo juego del mete-y-saca sino del viejo conocimiento de la muerte que acompaña la cópula sexual. Muerte-vida asimbólica, más allá de lo real. Porque no soporto la traición; intento evitar todas las que como cualquier hombre más posibilito sin remedio. El idealismo triunfando en el instante de sus “eternidades”. Diez, doce años... “perdidos”, todo para mí. Consumir antes de los quince. Muchas todavía no ofrecen mayor cosa al mundo que una lejana promesa. Yo elimino toda posible retribución futura, la limosna castradora del amor, la previsión realista. Adelanto toda posible castración para que sólo recaigan sobre mí. Un gesto digno de un Sísifo que nada tiene de mártir. Como cualquier escritor, como su propio gesto. Sus esperanzas de acabar con los otros: una forma de hacerse lugar en la escena del público (entidad abstracta y concreta) que lo había condenado a cargar aquella roca. Creyendo siempre estar en la última cima que debía escalar, si es que podía y le quedaba tiempo para pensar, como obviamente nunca ocurría, para pensar más allá, en lo que sucedería después, en las consecuencias de sus acciones a largo plazo, no propiamente fines buscados, y por tanto nunca encontrados, sino todo lo contrario... la roca siempre volvía a caer. Con más peso, al parecer. Quizá la altura. Luego sería la velocidad, tendría que correr más rápido, a riesgo de perderla, que siguiera rodando cada vez más lejos de la cumbre... Así, todo escritorzuelo que asesinaba se convertía casi inmediatamente en un escritor además importante, lo que no habían calculado ninguno de los dos. La muerte del autor promocional de una “vida” en el hall de la fama. Procedencia extinguida, sin posibilidad de incómodas intervenciones de parte del cadáver. Apto para la autopsia intelectual, cualidad propiciatoria de biografías y comentarios críticos. La obra aparentemente más sola que nunca (“no tema tocarla, no se revolcará en su tumba”), resaltando como algo excepcional en el conjunto de la producción diaria, justificando las alabanzas al célebre, ilustre e insigne finado. Se le compra el libro (todos quieren uno) para darle el pésame a la posteridad. “¡Tan buena persona que era!” varía entonces a “¡Tan buen escritor que era!”. ¿O es? Mínimo la única mayor esperanza de las letras nacionales. (¿Y las internacionales? Bueno, le faltó el Nobel...). Su obra, pilar de la generación del mañana. La crítica reconfirma todo, o se calla. Al fin y al cabo es bien sabido que tampoco existe, un cadáver aún más viejo y seguro, lo que ya intuía por el silencio en que fue ¿acogida? leída si acaso su propia obra (aunque el efecto entonces fuera contrario). El público –aunque ignorante e ingrato, en grupos aislados– era lo único que importaba, tal como lo demostraban las editoriales más populares (¿sería una tautología?) obligadas a subir los precios a consumidores ávidos de comulgar con un muerto asesinado, que pagaban agradecidos (tanto tiempo buscando un ejemplar... hasta pensando en recurrir a una biblioteca pública). Los que conservaban primeras ediciones se sentían más que afortunados, como si se hubieran sacado apenas una lotería
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que creían perdida hace mucho o que ni siquiera sabían que habían comprado. No importaba que nuevas ediciones fueran más cuidadas. Ni siquiera se atrevían a cotizarlos. Mientras los no elegidos por el destino debían conformarse clamando porque un error de imprenta se considerase afrenta al muerto de excelsa obra. Hasta comenzaron a pasar en televisión programas sobre los extrañamente desaparecidos escritores, como solían decir algunos pudorosamente. Mientras él ¿qué más podía hacer? Abarrotar el mercado de figuras literarias recién fallecidas sería un suicidio, de ser posible, aunque había hecho todo lo posible en ese sentido. Por suerte sus fuerzas no eran suficientes, hubiera necesitado un comando. Pero así y todo apenas se estaba haciendo famoso como un innombrable asesino entre varios seudónimos ensayados, un simple asesino de escritores. ¿Había llegado su hora? Recostada sola en su habitación mientras la otra muchacha dormía, seguramente ya con todos dormidos, si es que dormían o se despertaban alguna vez, periódicamente. Repasaba su vida, preguntándose qué más quería o debía hacer y por qué había ido a dar allí donde nada más podía suceder. Absurdo ejercicio en el que casi siempre llegaba a los mismos límites de su pensamiento y memoria, donde a lo más que podía aspirar era a perderse en sinuosos recovecos, confiando encontrar algo nuevo, cuando no podía ni siquiera recordar muy bien a su madre. Apenas tenía una imagen muy fija de ella y de tan fija y nítida sospechaba ya de ella. Gracias a que nada más recordaba, no sabía si alguna vez había tenido una familia como la de casi todo el mundo en un momento de su vida, si el dueño del bar no sería un último vestigio arruinado, con algo suyo compartido. Aunque no sentía la más mínima sensación de agradecimiento por los años que pudo haber pasado encerrada con él, saliendo ocasionalmente con las otras chicas, para retornar ahora a una reclusión similar en otro lugar, prisionera de otras formas. Por lo demás ¿no había sido el que le había conseguido aquel trabajo, como sospechaba? ¿Cómo si no? ¿Se lo habría pedido ella? ¿Hubiera sido capaz de salir de allí, romper con la inercia, para trabajar en otra cosa? ¿Y por qué había accedido, por qué había querido o consentido en librarse de ella, dejarla ir sin decirle ni una palabra? No podía recordar ni siquiera su voz. A lo mejor le había dicho algo, cómo debía comportarse, consejos y recomendaciones que ya no identificaba como suyos sino como posibles voces anónimas que una vez se hubieran adentrado en sus oídos, violando en la noche su silenciosa pasividad de muerta. Porque ¿acaso eso era una vida? Ir de un lado a otro, creyendo poder retroceder para regresar en cualquier momento y en realidad encerrada en una celda de dos metros de largo, medio de ancho y a dos mil pies bajo los cascos de un millón de transeúntes, con apenas el espacio necesario para ir de un punto a otro en un mínimo recorrido posible, pero recorrido en todo caso, como si entonces se las hubiera ingeniado para hacer de aquellos pocos pasos
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un viaje de grandes experiencias que ahora se le quedaba corto al ver (¿objetivamente?) desde fuera el espacio real recorrido. El tosco muro contra los pechos, el vientre y las piernas, todo contra ella. Dudando entonces si en algún momento se había caído, si acaso no sería ese el suelo donde había extraviado la memoria; lo que insuficientemente parecía explicar todo –para los que se resistían a las pérdidas más perfectas–, sin posibilidad de conocimiento de causa y justificación del presente imposible. O el suelo donde se había quedado dormida. Pero en ese último caso dudaba de que estuviera despierta, o de que aquello fuera un sueño, pues no podía aún levantarse y caminar sobre la pared. ¿A donde podía o esperaría ir, en todo caso? ¿Al cielo? ¿Volver a la tierra, suponiendo que alguna vez estuviera allí? Polvo al polvo... Y sin embargo sabía, creía saber que no estaba muerta porque se movía, creía moverse, sentir, pensar... Aunque no estaba segura de si aquello que se recorría en ella era exclusivamente suyo y no algún otro que pensara por ella, la escritura de un dios que me (d)escribe (¿Quién escribía? ¿La escritura lo hacía un dios, necesariamente? Él (¿yo?) sólo se desarrolla, se desenrolla en mí). Al fin y al cabo caminaba por allí, y escuchaba conversaciones, y veía gente, y saltaba de un lugar a otro. Ahora estaba en una gran casona estilo Memphis Tennessee, muy señorial, bajaba a un muelle (especie de escollera inútil) de madera carcomida por la podredumbre, saludaba a un hombre muy viejo sentado en su canoa, ciego, sordo, quizás muerto, luego un bar lleno de voces, presenciaba un asesinato en una calle, luego la calle se vaciaba y se quedaba vacía, no se veía nada por un buen momento, todo intensamente blanco, hasta recobrar la conciencia con impresión de haber vivido esos instantes de posible pérdida en otros lugares y otras vidas irrecordables, no como pura alma penando en el cielo, testigo más bien de la escritura del Dios (cual Borges) y de su lectura, recorriendo con la mirada las letras que iban conformando visiones con su vida, representaciones tan reales, interpretando música quizá poco clásica (qué importaba, no era nada clásico lo que sucedía tampoco). Cuando se dirigía a los otros, la ignoraban, hasta que realizó el gesto pragmático y violento, el golpe de la caricia que noquea al contrario. Sus sentidos fallaron, la remitieron incondicionalmente a una condición fantasmal. Ella el fantasma. ¿O lo eran los otros? Imposible decidirse, asumir sin más una imposible realidad incomprensible. Nada que ganar tampoco (¡el conocimiento de la fe, tan poco!). La diferencia no se modificaría, por lo que prefería dejarla innominada, el enigma abierto en la esperanza de que desapareciera naturalmente por sí solo. Si lo nombra a lo peor termina de materializarlo, concretamente haciéndolo ser, imperturbable tras la seguridad de un nombre como tras una máscara anónima cualquiera que no le revelaría nada, obsequiándose apenas una excusa teórica para comenzar a aceptar lo inaceptable, cuando tal vez una sentida razón de ser podría venirle dada al final y ella no tuviera más que esperar, dejándose llevar y acceder consintiendo a todo con resignada fe cristiana (¿o era sólo católico atributo?), consciente de que el “final”
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podría sobrevenir en cualquier lugar inseguro y “tomarla” como un hombre que la posee mientras duerme, y entonces al despertar se encontraría con que no traía incluido nada especial para ella, obligada a volver entonces sobre el libro ( que siempre se escribe), a caracteres señalados e ignorados. O aceptar la sencilla nada de una vida que se nos escapa a manos llenas entre los intersticios de los dedos de las manos, como si nos sobrara derrochada, granos de arena de vuelta al mar para ser arrojada de nuevo a las playas. ¿Era cierto que la cantidad de arena iba en aumento, que terminaría por recubrir toda la tierra un gran desierto? La abundancia de la vida lindaría con la muerte, metafóricamente hablando, pero ninguna metáfora en realidad. Como su llegada a la isla, a aquel islote, transportada por ningún cándido Caronte a la mansión que si alguna vez había conocido épocas mejores de seguro le era imposible evocarlas. Con la patrona tísica y el gentleman indú que tenía por marido, el mayordomo con su oscura locura, la criada análoga que se las daba de doncella, la estereotípica colosal cocinera, la seductiva nana-mosquita-muerta y las lobitas que cuidaba (con sus vestiditos rojos y botas de cuero negro hasta las rodillas), que podían verse como parte de un plan, engranajes exactos en la exacta máquina de sus pesadillas, aunque no menos absurda, de la cual aún no podía inferir su producto final, guardándola allí mientras todo parecía ahogarse a su alrededor. Ningún arca de Noé, en todo caso. Le habrían buscado pareja, o rechazado por pocas posibilidades reproductivas para poblar el nuevo mundo. Pero no había habido ningún error. Había sido llamada. La enferma la había reconocido no más acercarse a su lecho, antes de que la doncella (“doncella” porque tenían básicamente iguales funciones, y ¿por qué no iba a soñarse ella también un poco más digna?) tocara a la puerta de su habitación para anunciar su llegada. ¿O simplemente por aquel aviso sabía de antemano que tendría que ser ella, tuviera la apariencia que tuviera? Conociendo la población de su reino, a quién más podía esperar. El amo y señor le quedaba apenas entrevisto con niñas y nana, como si una parte de la casa no le incumbiera, le fuera veladamente vedada. Por lo mismo, sin embargo, sólo habían conseguido despertarle una curiosidad que no imaginó que pudiera caberle dentro por nada exterior, en absoluto. Quizá el aburrimiento hastiado de la nada neutral, vacía, del lugar, de la isla magnificada, revalorizada... Cualquier cosa que pudiera parecerle o ver extraña... Porque el día de su llegada no vio a ninguno de los implicados en ahora su misterio, y mucho después sólo logró entreverlos ocasionalmente. La nana parecía haberse adueñado de ocuparse y tener a su cargo no sólo el cuidado total de las infantas sino el del consorte abandonado en el otro lado opuesto de la isla donde iban a pescar, lugar secreto donde las aguas eran mejores por más tranquilas (¿pero acaso no todo estaba antes tranquilo?) y donde se aposentaba una cabañita donde permanecían por días, según le dijo su gemela de oficio. Y no es que ella fuera chismosa (la otra quizá lo había sido, aunque entonces no parecía muy interesada por algo tan normal) ni malpensada, pero le resultaba chocante pensar en un hombre tan mayor junto a una chica como aquella, apenas
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acompañados de dos jovenzuelas que gustarían de perderse en el bosque jugando a las escondidas... muy naturalmente obligados a una diferente relación con la patrona-esposa inservible, invisible desde una muy otra cama pasiva, con el consentimiento (¿implícito?) de una futura difunta comprensiva (¿resignada?). Le daba miedo al pensarse como un objeto más que habrían decidido añadir a la decoración o a la escena de los personajes que debían pulular alrededor suyo por como la había mirado, quedado observando, como examinándola de cuerpo entero, segura aunque no podría jurarlo ya que apartó un instante los ojos de sus ojos, pues si al principio se atrevió o mejor osó mirarla directa a la cara por inconsciente indiscreción, luego como reacción instintiva ante el rostro de Dios bajó párpados, mirada, puso el suelo entre ambas, para levantarlos sólo luego finalmente, tímidamente, a la pregunta por su nombre, porque mucho menos quería parecer boba. Acabada la inspección, encontrada apta como posible alacena de carne pecadora (¿no era eso lo que quería, para lo que se ofrecía?), nana y niñas seguro pervertidas de la misma manera, pasó a compartir el deseo del único macho en consideración (los otros, meros apéndices), midiendo sus fuerzas, guardándolas mientras se enteran con quién han de enfrentarse por sus favores paternales en el ruedo de los sexos. Una no podía evitarlo, como una prueba de química, exponiendo la reacción de deseo conocida que creemos nos pertenece, aunque sea deseo del otro, pero hacia nosotros o mejor dicho hacia mí exclusivamente o muy segura creyéndome eso, probando diversas tentaciones y ofreciéndole otras posibilidades para ver sus reacciones. O si reaccionaba igual, le exhibía cuanta compañera amiga hacía digna de surtirle efecto, para cuando le causaban demasiada gracia terminar con ellas y no volverlas a traer invitadas nunca más a casa. Si algún día sutilmente me interrogaba con qué aparente ingenuidad (desfachatez) por una de ellas, le ponía una cara (¡a mí no me engañas!) que lo sofocaba, enmudecía abochornado. Aunque reconozco que la “culpa” era mía, que pocas veces llegaba a llevarle una de la que estuviera segura que no voltearía a mirarla dos veces. Por lo menos me gustaba dejar abierta una posibilidad. Si parecía no funcionar, quizá porque se olía la trampa, más insistía yo, obligándolo a que nos viera en traje de baño (teníamos una pequeña alberca de piscina y en casa hacía suficiente calor para justificar el uso interno). Aprovechaba para exponerle mejor la contemplación desperdiciada y la existencia del deseo que intentaba esconderse como inexistente; porque a mí me conocía de sobra –o era lo que ambos creíamos, ¡maldito!–, y quizá por eso hacía aquello. Se las metía por los ojos en shorts y cómo me reía (tragándome la rabia) cuando al fin pillaba su caída de mirada en las nalgas de mi amiga o erguida penetración de la incipiente hinchazón o abultamiento todopoderoso de los pechos de... ¡de mi mejor amiga!, expirando en lerdos interrogantes hacia ella dirigidos. Efecto y posiblemente causa parcial retroactiva de que me dejara definitivamente descansar en paz por las noches, como muerta ardiendo en vida, enterrada
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bajo capas de sábanas, sin más acoso de acaricias ni violación de besos y manoseo de lascivia, cuando el simple sueño del inocente había dejado de ser mi deseo, transmutado en deseo del cansancio extenuado de la piel sosegada, embabada y reluciente. Qué iba a saber que negándole lo que le ofrecía más allá de mi cuerpo único y exclusivo le ostentaba mi poder sobre él, que el pobre se iba a sentir disminuido (¿culpable?), ergo impotente. Pero aún no entiendo qué ganaba en su intención cumplida de abandonarme a mí misma cuando yo lo había aceptado como un singular y maravilloso juego y hasta lo deseaba noche y día. Me hubiera alagado que lo volviera a intentar, comprobándome que no podía más conmigo. Porque ¿que le dejara una posibilidad con una de mis amigas? Ni en sueños dormida... Cuando me di cuenta de que no continuaría conmigo (semanas después, ya que desgraciadamente no era ningún maniaco sexual), que no volvería a deleitarme con sus “molestias” (¿por miedo a lo que les pudiera contar a las puras estúpidas que le llevaba?), por un momento, en un ataque de rabia, pensé en desnudarle la verdad a mi mamá. Por suerte para él se me pasó antes de cualquier consumada y concluyente consecuencia. No me iba a rebajar al chantaje de la confesión para que me continuara haciendo cochinadas. Y para nada me hubiera beneficiado la indignación con posibilidad de divorcio de parte de mi madre. En el mejor de los casos sería una venganza más bien insulsa para por lo menos desahogarme. La infeliz idiota nunca sospechó nada porque es medio estúpida y medio boba su otra mitad. En cambio algunas de mis amigas... Hasta la más incapaz sería más perspicaz. Aunque ninguna se atrevió a proponer el sacrilegio abiertamente. Apenas sí insinuaban los esbozos inmediatos de leves sospechas, sintiéndose culpables al sospecharlas fantasías propias. Si les hubiera contado que en realidad no era mi padre biológico, del que apenas me acuerdo, que se murió siendo yo muy niña, sino uno postizo que aceptó casarse con mi madre no me explico por qué (¿para hacerse mi padrastro?) (en fin, las mentiras justificatorias y sin verdadera importancia de siempre)... Por tanto, eran apenas hermanos medios. Ella la mayor, él hijo de la madre muerta. Ni mandados a hacer el uno para el otro. Representación complementaria, a escala reducida, de los padres restantes, re-unidos por el destino en la pura forma, reunidos por el restante destino sobrante del que juntó a los cuatro originales, para no ir más allá atrás en el tiempo (sólo los hechos más básicos, sin exageraciones): par de parejas de particulares para dar existencia luminosa –con un intervalo de dos años de diferencia, de menor a mayor– a un total de dos hijos entre sí; como si el tiempo se hubiera dado cuenta de un descuido que tratara de compensar luego de la muerte de una y el abandono de la otra, lo que dejaba un resto de reproductor perdido (hurtado por él mismo, que a ella no le interesaba buscar), con la reunión de los dos complementos, y finalmente de ellos mismos... No podía ser de otra forma. Estaban predestinados uno al otro. Y en parte también por eso lo amaba. Cómo no iba a amar una chica al hombre que cree está allí sólo para ella y de nadie más posible, pero que aún no tiene la seguridad de poseer, de poder realizar el destino, faltando aún una acción fundamental, decisiva, para que fuera suyo por siempre.
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Roca y faro, padre perdido y fantasía del hijo, todo en uno. Complemento integral que la llenaría íntegramente, sin dejar nada vacío, ningún espacio en sus entrañas, con el corazón colmado, quizá desbordado, un mar entre sus piernas desbocado, destrozado el dique, virginidad profanada (barrera simbólica, ley enunciada, ofrecida a la transgresión, como cinta policial de prohibido el paso que cualquiera traspasa)... ¿Cómo ofrecerle más directamente su manzana? Los celos artificiales no parecían convenientes, ya que, fuera de que le resultaba inconcebible proyectarse traicionando lo que apenas intentaba poseer, desbordaría un río de sentimientos y compromisos, de palabras y realidades que no quería. Quedaría viciado todo por las palabras, como explicado, todo muy lógico. ¿No le quedaba nada más que exhibirse, exhibir su cuerpo? ¿Segura de sí misma, de sus encantos? ¿De la ley de la gravedad, de la atracción de los cuerpos? Las miradas, en el calor providencial que lo permitía todo. Espiada por la ventana del cuarto abierta. En cama a pesar del mediodía. Con las sábanas arrugadas a un lado y su levantadora levantada, autorizándole ver la extensión de sus muslos, calzones rebosantes de nalgas voluminosas (¿luminosas a la luz?) y mullido sexo húmedo por sudores y deseos (¿qué tan buena sería su visión?). Porque ¡cómo sudaba bajo su mirada! Prueba de que la estaba mirando. Con sonrisa a flor de labios a punto de traicionarla por la revelación de la no-gratuidad intencional de su desvelamiento. Pero al rato extenuada, se quedaba dormida, feliz. Y al despertar miraba con naturalidad hacia la ventana, a ver si continuaba abierta como posible explicación al calor, y no lo encontraba, no estaba allí espiándola; pero estaba segura (o quería estarlo) de que había estado, quizá toda la noche (¡Imposible! Porque mamá...), claramente adivinándola si no podía verla claramente. Entonces, rápida, diligente y ligeramente se erguía, cubriendo como avergonzada su cuerpo desnudo (generalmente sólo muslos, un poco más arriba de las rodillas) y corría al baño. ¡Debía ser tardísimo! Y luego, mientras hacia los oficios que le correspondían a diario (que no eran muchos, ni difíciles, sintiéndose por ello a veces un tanto inútil, como si sobrara allí), lo buscaba por la casa con la mirada. Y más luego, en un momento de descanso, lo buscaba más activamente, insegura de qué podría decirle si llegaba a darse cuenta de sus intenciones. Para estar más tranquila sabiendo dónde se hallaba, para que no la pudiera sorprender. Y hasta para fingir posar para él, para acabar con sus reticencias. Su desconfianza, para decidirlo de una vez al menos, a decirle qué tenía de malo, por qué no la quería como todos los demás (él qué iba a saber). Y si acaso no se trataba más que de una estúpida superstición de negros, para advertirle que no siguiera diciendo bobadas o se vengaría sobre él como el ángel de la muerte que era. Como una broma, claro. Porque sino terminaría convenciendo a todos, e incluso a ella misma. De hecho, la estaba psicoatemorizando. ¡Negro loco! Podía crear un mito, hacer que la echaran y obligarla a dejar el lugar vacío otra cantidad igual de años como había permanecido la habitación que
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ahora ocupaba. Habitación que había compartido por una semana con la otra doncella, al termino de la cual ella había regresado a su verdadera habitación, explicándole que había sido previendo e intentando evitar que se fuera a asustar, porque, según dicen, las piezas que permanecen solas mucho tiempo se resisten a ser re-habi(li)tadas. Y en todo caso como a ella se le dificultaba dormir allí, no sabía por qué (eso al menos le dijo), y ella parecía acostumbrada ya a su lugar... Segura que había sido él quien alguna vez había salido con tamaño disparate de mito como ese, que todos parecían creer. ¿Y qué no podría inventar si supiera que hasta entonces había vivido encerrada en una diminuta habitación? ¿Que si no la expulsaban a tiempo allí también la habitación terminaría formando parte de ella, que no la dejaría irse o escapar, la retendría aun contra su voluntad? Pero allí estaba. Había escapado, logrado... dejado una vez atrás su primitiva prisión sin mayor esfuerzo. Una simple llamada había sido suficiente para conjurar aquel encierro y hacer maleta con todas sus pocas cosas. Así había salido, ignorando cómo había podido permanecer allí enclaustrada prácticamente tantos años (cuántos, no sabía, le daba miedo preguntar y evitaba conjeturar un tiempo posible; sólo sabía que aunque no hubiera sido más que un año era bastante, simplemente demasiado). Aunque no estaba todavía segura de haber logrado escabullirse del todo, pues más de una vez se despertaba en la oscuridad de su nueva habitación creyendo que se encontraba en la misma de siempre, la única que podía recordar. Como si su encierro la persiguiera dentro de sí misma. Por lo que no podía concederle ninguna posibilidad de que tuviera razón. Necesariamente debía considerarlo loco de atar, a riesgo de reconocer que el Hombre por generaciones enteras (y él con Él) casi toda su existencia ha vivido (siendo) engañado. No sólo porque otros hombres pudieran haber vivido más, porque esa era una de las injusticias de la vida; al fin y al cabo no había una justa edad exacta para morir. Sino porque unos habían podido estar haciendo cosas “a nuestras espaldas”, aprovecharse de uno sin que uno pudiera ni imaginarlo. Por eso no quiso tocarle las tetas a la mesera. Porque, aparte de que dada la conversación que los ocupaba le pareció que sería un gesto de pésimo gusto, no pudo no ponerse en el lugar de ella, preguntarse cuántas veces algún maricón con el reloj ese pudo haberlo manoseado de forma similar. A no ser, claro está (tampoco podía estar muy seguro), que no se hubiera acabado de tragar el cuento del otro (una razón de no menor importancia), cuando por tanto lo tomaron por sorpresa aquellos... ¿cinco minutos?.. en que el mundo se había detenido, congelado, dudando de si no se trataba de una broma colectiva. Todavía ahora no estaba seguro de si había participado en una mera ilusión de un desconocido mago-ilusionista que intentaba gastarle una broma de borrachos muy inocente, siendo que si se hubiera levantado de la mesa levitando por aparente propia voluntad sin darse cuenta y hubiera ido a masajearle las tetas a la susodicha mesera seguramente se
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hubiera despertado al poco con mucho ardor en una mejilla, seguramente la izquierda si no era zurda (que no lo parecía). O quizá fuera un pobre encantador desesperado, intentando vender por cualquier medio el dichoso reloj. No faltaba sino que mencionara un precio, una cantidad. Casi deseaba la dijera de una vez para quitárselo de encima y acabar de una vez, para poder terminarse una cerveza tranquila. Si no lo confrontaba era –como dicen– por temor a interrumpirlo, pues no cesaba de hablar. Y porque le parecía un gesto grosero que no iba ni con su forma de ser ni con la forma en que se sentía en aquel momento, para cometer tamaña violencia, terrible error. Mejor dejarlo y seguir resignado a una escucha asentitiva (¿asertiva?) y sorprensiva, o aparentando escuchar, asintiendo y aparentando sorprenderse cada tanto donde el tema parecía ameritarlo, para ver a dónde iba a parar. A lo mejor le hacía otra pruebita y podía cerciorarse mejor de cuál era el truco. A lo mejor entonces no le importaba tocarle las tetas a la mesera, sin importar las consecuencias, si le garantizaba su cuota de conciencia de ello, justificado al menos ante sí mismo con la posibilidad de echarle entonces la culpa al otro, aunque no la tuviera. Él prometía estar atento esta vez. Comprendía que no era para menos, como único espectador de un espectáculo exclusivo y magistral y hasta allí gratuito; aunque seguramente debería pagar como mínimo el consumo alcohólico, como se le había “advertido”. El otro había pedido una nueva ronda de a dos y ni siquiera se dio cuenta cuándo le hizo la señal a la mesera. ¿Acaso no estaría utilizando un truco invertido, manteniéndolo inmóvil, inconsciente de lo que sucedía alrededor (quién se iría a dar cuenta), aunque creyera estar viendo transcurrir el tiempo (del cual no podía estar muy seguro, en cualquier caso)? ¿Qué podía justificar o certificar su creencia de beneficiario absoluto –y no de víctima a la vez? Todos los demás se moverían y se harían señas “a sus espaldas”... Como en una propaganda de Sal de Frutas Puras –por meter una cuña– en la que aparecen dos tipos que llegan a almorzar a la casa del que tiene más cara de idiota, seguro de sí, que ha invitado a su mejor amigo. En la sala los sale a recibir la perfecta ama de casa, una mujer en sus mejores treintas, bien peinada y maquillada como si acabara de salir de un salón de belleza en donde se hubiera emborrachado de informal hermosura y elegancia, cuando en realidad apenas salía de una cocina (o al menos es lo que se suponía), donde había estado preparando un rico y delicioso almuerzo con aceites aquí innombrables. Y a través de una serie rápida de formas convencionales y primitivas, a base de gesticulaciones etiquetadas como de feliz amabilidad, pasan al comedor. Los hombres se sientan a la mesa como en una buena sociedad machista donde la mujer es la que debe servir al amo y sus invitados porque no tienen más esclava asalariada, alias empleada del servicio, alias doncella, alias doméstica (o prostituta hogareña) de las que se venden (aunque creen alquilarse apenas) para interpretar el papel de amas de casa, como las dobles de las que por derecho natural deberían ser las protagonistas. Se trata de una familia clásica sencilla, de momento incompleta porque falta el vástago heredero de las costumbres, aunque de seguro provista de familiares distribuidos en otras
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casas como ésta, constituyendo otras familias estereotípicas completas ad infinitum (porque la familia de mi familia es mi familia) como en un juego de espejos, apartados lo suficiente como para poder mantener las buenas relaciones. Tampoco parecen sufrir los síntomas que padecen los recién casados al final de una luna de miel en un país que les resulta extraño y hasta por completo hostil. Allí casi que se podría asegurar que toda la sociedad está en ambos sentidos con ellos, reunidos en la buena mesa o última cena. Entonces llega el momento tan anhelado, inevitable. Nada más se podía hacer que sacar plato tras plato e ir poniéndolos lentamente (suspenso) en la mesa. Terminada su tarea repartidora, se sienta la señora toda sonrisas (haciendo sospechar que se trata de una nueva propaganda de una vieja crema dental, que terminada rápidamente la comida sacarán cepillos, seda dental, o lo que sea (¿enjuague bucal?), como demostración indiscutible de la existencia real de Dios). Sonrisas que se encuentran –demasiado sospechosamente, de forma especial, como con conocimiento de causa– con el amigo del confiado cónyuge, seguramente más fiel, que sonríe muy diferente a ellos, satisfecho de sí mismo (como cabe suponerle siempre), ignorante del presunto secreto que parecen compartir aquellos otros dos que se comportan como tolerables y liberales padres viendo al hijo preferido atragantarse, engullendo cantidad de aquellas cosas que en otra ocasión se negaría enfáticamente a comer y que si ahora supiera no se las comería. Cónyuge derrotado por ignorancia, todavía sin saberlo. Comida camuflada de la más inocente cotidianidad a la que está habituado, hasta la inevitable llenura donde queda poco si no es nada salvo los platos del amigo y la esposa que han comido como pollitos refinados, seleccionando cada bocado, como si no quisieran desbaratar ni por un momento sus sonrisas de puro contento. Al marido se le alcanza a salir un ligero eructo, estertor que apenas alcanza a tapar, ahogar con la mano, como si al pie del cadalso le importaran los buenos modales, mantener la compostura ante su verdugo asesino y morir de buena manera, dignamente. Quién lo hubiera pensado leyendo las cochinadas que escribía, denominadas sólo por él novelas eróticas, o simplemente literatura de la buena, como sólo lo sería en realidad su muerte. Por lo que sólo provocaba revivirlo a patadas, para que no se perdiera de sentir su pierna de futbolista fracasado, porque hasta en eso había sido un fracaso. Aunque quién sabe. ¿No estaba triunfando como misterioso enmascarado asesino de escritores? Su plan había sido modificado un poco con algunos arreglos y ajustes, abordando, robando originales de las editoriales. Empresa nada fácil (no el de las editoriales), aunque ya tenía tres de dos de sus víctimas pasadas de los cuales al menos no podrían sacar nuevas ediciones más fieles al texto del autor fallecido. Tendrían que resignarse y contentarse con publicar reediciones, ediciones de segunda mano o borradores, que no era lo mismo. A la gente le gusta (y tiene cierta manía por) lo original, desde el pecado original hasta la búsqueda de ser lo más original. Su tiempo llegaría, estaba próximo su reino de fama y prosperidad. Aunque no era ningún iluso sino muy realista. Sabía que no lo alcanzaría en veinticinco años al menos,
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pero para entonces estaba por descontado, seguro que sería seguro. En todo caso no tendría hasta entonces más preocupaciones, ya que tenía hasta entonces un trabajo más que seguro escribiendo, superando y eliminando competencias como estadios ininterrumpidos. Luego sus libros no darían abasto. Tenía que estar bien preparado. Un joven no tan joven pero bien preparado. Ya ni se molestaba más en enviar su producción (que de indigente y elaborada había pasado a copiosa y desaliñada en la seguridad de su extraordinariedad y éxito) a las editoriales (donde otro como él podía robárselos), escoltada de cartas explicativas de lo que había hecho o querido hacer; o a los indignos concursos siempre deshonrosos, sobre todo para perdedores tan habituales como él, que tenían su corazoncito orgulloso y su amor de madre por sus obras, supuestos hijitos inmortales, clásicos. Pero consumiéndose en todo caso más que ningún otro escritor dedicado entre el trabajo en un colegio (preparando y dictando clases a gamberros que nada podrían saber de literatura aunque se pasaran leyendo cien años, labor estéril y sin futuro, sus obras), sus pesquisas e investigaciones para los robos y atracos a mano armada a las librerías (de donde podía salir con todos los ejemplares de tal o cual otro escritor de moda, pasando por fascinante excéntrico, lector fanático), y los asesinatos en las noches (ocasionalmente en tardes o mañanas lluviosas), ya que tampoco quería dejar un perfil de su modus operandi demasiado claro y evidente como señor de las tinieblas o sabandija nocturna). Como ahora. Escapando a pleno mediodía de la escena del crimen, cuando no había podido dormir en toda la noche imaginando escuchar a sus enemigos murmurar contra él detrás de su propia puerta, conjurados para asesinarlo esa misma noche, no dejar ni su nombre, eliminado como nunca engendrado, error de familia excluido de la faz de la tierra, oveja negra o blanca única, cordero devuelto por una partida de descreídos, sin fe en su futuro, anhelantes de expulsión donde nada más importa Con ultimátum declarado al cumplir los quince, se veía venir. Bastante tiempo en todo caso. Casi tres años y nada que encontraba trabajo. Aunque tampoco buscó de a mucho porque la sola idea le horrorizaba gracias a historias escuchadas aquí y allá, en toda parte, de envidias y traiciones, de acoplarse de una vez a la sociedad, dejar se creerse importante definitivamente, no más exclusivo antisocial excluyente. Pero ni siquiera su madre lo protegía. Como cuando era más chico y no quería que lo enviaran a la escuela, ella intercedía declarando sobre juramento que estaba enfermito y lo resguardaba en sus brazos como cercas de defensa (se llamaba Amparo), y el padre lo miraba con rabia de haber dado al mundo ese imbécil. Pero entonces qué sabía. Le hubiera gustado seguir estudiando, como mal menor preferible a trabajar. Vivir del puro estudio. Hasta había pensado meterse a monje. Lástima que no creía, no tanto en Dios como en Cristo y su elenco, el mártir perfecto, venido a menos para salvar a los hombres. ¿A qué orden hubiera podido entrar riendo de ridículo? Además las historias (¿puros cuentos?) sobre militantes homosexuales no eran para él, no le atraían tales papeles protagónicos, no se atrevía a salir a una posible escena tal.
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Pero si por lo menos hubiera tenido una familia bien carente de imaginación, como se acostumbra, que nunca concibiera arrojarlo a la calle como posibilidad ahora ni más ni menos trastocada en asesinato... Pero el destino no conseguía indignarlo. Le parecía más bien muy lógico-natural. Comprendía. ¿Qué más podrían hacer? ¿Empotrarlo en clínica psiquiátrica? Primero se mataría (pero ni hablar de mencionarles la idea, ya que la explotarían de inmediato)... Su hermana, por ejemplo, pretendía estar al margen del asunto y aprovechaba toda oportunidad para reafirmárselo, aunque (o quizá porque) sabía que él sabía que desde un principio había estado de parte de su padre. Para ella no hubiera podido ser de otra forma. Como ahora, siempre ahora. Podía escuchar su voz mimada al borde de las escaleras, sumada a la conspiración familiar básica, que no puede faltar en ningún hogar constituido. Si al menos se pelearan más a menudo sus padres hubiera sido asequible, conquistable, alcanzable una vida entre ambos bajo la sombra materna. La única incierta era la abuela. Con ella no se podía saber. Desde que la conocía, todo el tiempo jugaba a ser una especie de diminuto cactus arrugado. Y sin embargo tenía la impresión de que lo observaba constantemente a través de su máscara imperturbable, con aquella mirada enigmática, como la sonrisa de una Monalisa fácil, sólo asequible a él, como la Esfinge ante el Edipo. Como las historias que le inventaron en la clínica donde la habían transplantado hace años. Pasatiempos de auxiliares femeninos que tanto le dolieron y asustaron, como muchas otras. Porque a los enfermeras les encantan los chismes con sus víctimas a la vista, objeto de fascinantes tragedias, lo que pudo haber sido una vida anterior. Pero no a él, que le parecía completamente extraña cualquier posibilidad de comprender una vida más allá de su vida actual que no fuera una pura comedia sin importancia. Obligada a interpretar una farsa que ningún público podía concluir comprender por ser tan ficticia como cualquier otra historia, donde el decorado... ¿acaso no tenía aspecto de salido de un cuento de Poe? Y la madre sucumbiendo, que cae enferma, inminente, se niega a permanecer en cualquier clínica u hospital, prefiere encerrarse en su añeja mansión remota, abandona a la hija al abrigo del dinero. Aislada sólo por ello en un cuarto para sí sola, sin haber transcurrido ni un mes para serle ofrecida en su cofre o catre. Por lo que resultaba cómodo visitarla por horas, aprendido el horario de sus horas libre y sola. Tardes y noches principalmente. Por la mañana imposible, ya que una de las nuevas enfermeras la aseaba diariamente a las nueve y se pasaba toda la
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mañana con ella, casi hasta las doce. Aunque no comprendía qué podía hacer en tanto tiempo extra, perdiendo el tiempo de seguro con el beneplácito de la jefa de enfermeras. Aunque era fácil adivinar al encontrar cada vez el jarrón de porcelana azul marino con flores (¿margaritas?) aún vivas pero ya un poco agonizantes y la pequeña biblia azul profundo abierta, pese a que le fuera difícil aceptar la conclusión evidente, prefiriendo imaginar que ella misma había estado leyendo y –cansada– había abandonado descuidadamente el libro a un lado y quedado entonces al fin dormida tal como la había encontrado. Fantasía en todo caso más fascinante (¿acaso también para mí?), en la que podía soñar que podía despertar en cualquier momento. Corazón en mano, a punto de estallar, esperando ser descubierto... Pero al convencerse de que por sí misma no iba a despertar, porque en realidad no estaba dormida, sólo fingía estarlo, al acecho de que la tocara, abría sus párpados y la besaba venial pero largamente. Correspondido, se quedaba ella sonriéndole con labios inmóviles y a veces en apariencia seria pero de seguro sonriéndole muy interiormente porque le gustaba que la tocaran. A l f in y al cabo cualquiera necesita de cuidados, más allá de l a “ropalimentucación” (como decía irónica mi madre), saberse y sentirse deseada, amada, el placer de que la acaricien a una. Sobre todo en esa edad en que se arrojan en los brazos del primer patán que se les atraviese, en la familia o en la escuela. E indudablemente algunos de sus compañeros ya habrían intentado algo con ella. Pero ellos mismos son tan tontos a esa edad (como yo mismo lo fui)... y ella era algo tan especial (o al menos eso creía, como cualquier otra). Sólo una idiota no se daría cuenta de lo especiales que son a esa edad pensada en conjunto, abstracta. Por lo que es una suerte que uno esté allí para “salvoperderlas” (como digo yo), no dejarlas caer, espolearlas en sus pequeñas fantasías perversas. Aunque lo que se dice dejarse llevar, confiado uno de ellas, no se puede, pues son niñas mimadas. Por eso, cuando llega el inevitable o ella o yo es mejor alejarse, dejarlas ir, partir. Sobre todo hoy más que nunca, con tantos progresos pedagógicos, cuando es apenas natural que aprendan tan veloz y vertiginosamente sobrepasen al maestro y el chantaje y la traición no se hagan entonces esperar. ¡Yo que las conozco como que no hay tal cosa llamada amor eterno ni leal! Es inevitable. Sin importar que a esa edad –y quizás por el resto de sus vidas ¿pues qué mujer puede aceptar dejar de ser la niña que siempre quiso ser?– sueñen con ello, no pueden aprehender lo que naturalmente no puede más que escapárseles. Aunque pueden haber excepciones, como las anteriormente citadas. O ésta en especial en la que ahora pienso menos como excepción que como modelo que confirma una perversa regla antípoda. Hallada gracias a su propio padre. Invitado a comer un día a su casa, lo que prometía aburrirme, para después de considerar otras más aburridas perspectivas terminar acudiendo y encontrarme en la puerta a una pequeña salvaje que sale a recibir en camiseta blanca sin sostén, shorts y pies descalzos, cuya mirada parecía envestirme del título del más joven amigo de papá, carne fresca para la lolita que se relamía pensando en los padecimientos
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que me iba a poder propiciar. Inmediatamente dándose cuenta de su dominio sobre mí cual juguete suyo, por lo que ni siquiera se sonrojó al mirarle francamente las piernas con descaro mientras me dejaba pasar, representando pura magistral inocencia. Pero la madre... el peor bulto imaginable, insoportable... ¡Y pensar que así sería la hija en treinta años o menos! Aunque ¿quién podría querer poseer a aquella o a cualquier otra por más de dos años, lo que es mucho decir? H. H. había estado loco en su anhelo. Por ese lado no tenía mucho de qué preocuparme. Apenas de aguantar lo suficiente a sus aburridos padres para dedicarle un poco de cortés atención. No demasiada, toda la que se merecía. No es conveniente dejar ver que chorreamos “baba” de buenas a primeras. También hay que dejarlas esforzarse lo suyo. Seguir el juego de creación, fermentación y exasperación del deseo. Quizás considerando seriamente sus fútiles opiniones en contra de las sentencias tutelares que apenas la tienen en cuenta (“¡bobadas!”). Al menos aparentando considerarla entre miradas por completo disimuladas para los padres (sin convertirla en un punto ciego a sus ojos, lo que igualmente atrae las sospechas del menos suspicaz) y apenas medio disimuladas para ella. De forma que crea que se la mira pero nunca pueda estar segura, porque apenas se decide a enfrentar tu mirada miras como sobre ella, como atravezándola, para dejarle algo en que pensar en el día y soñar dubitativamente en las noches dormida. Un combate, al fin y al cabo, ni más ni menos. Donde la ingenuidad ignorante sirve de aliciente espoleador, extractor del deseo más inconsciente. Ya que ella misma no sabía de los efectos de mantener innominada, oculta, como en secreto, negada, una realidad reciente. Como aquella que la había tocado tan hondo y la marcaba al punto de hacérsela algo extraña, irreconocible. ¿Seguía siendo esa su mujer? ¿Qué había sucedido realmente? ¿Le había gustado en algún momento que ahora no recordaba? Piensa en tocar el timbre antes de introducir la llave, pero entra haciendo ruido, llamándola casi a gritos. ¿Dónde estaría? Menos mal no estaba más su suegra para recibirlo. Al parecer había decidido quedarse a vivir allí para cuidar de su hija hasta que la muerte las separara, abandonando a un esposo que seguramente no la extrañaría mucho. Pero su esposa aún quería (al menos) estar con él y no con su madre. La prueba es que no había durado ni una semana en casa de su madre, aun siendo reciente aquello que aún ni siquiera debía insinuarse a sus delicados oídos susceptibles de hacerle recordar y revivir. El sexo también descartado por su parte. Ninguno se atrevía. Ni él ni ella. Ya hablarían algún día que llegaría solo. Mientras tanto, silencio, tácito. Había que darle tiempo al tiempo, como decía su madre. En eso (sólo) quizá tenía razón. Pero mientras tanto el deseo crecía. No podía no imaginar cosas. Aunque a su lado se autocastraba, convertido en un primor, enunciador de locuciones tales como “¿dónde está mi niña? ¡llegó papá!”, aunque gritando tan sólo en su interior porque ella odiaba todas sus obscenidades y cursilerías (las otras parecía tragarlas o aguantarlas o encajarlas bastante bien, aunque no había tenido oportunidad de ponerla bien a prueba).
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Finalmente, tras buscarla por casi toda la casa, alcanza a escuchar su voz que llama insegura (¿se le habría subido tanto semen a la cabeza, hasta brotarle por las orejas, como para dejarla sorda?) desde la habitación, como si no pudiera abandonar la cama o el altar en espera del regreso de sus verdugos violatorios entrando por las ventanas o derribando puertas mientras simplemente yace allí esperando el sacrificio. Pero definitivamente no era uno de ellos. ¿No había algo de resignación en su llamada? Una lástima. Quizá le pesaba tanto como a él, pero no podía estar seguro. Contemplándola, o simplemente observándola, le parecía improbable, que se engañaba de manera absurda. No era más que un egoísta hijo de puta que apenas pensaba en sí mismo (o en su polla, la misma cosa) mientras la “pobre” qué cosas no había tenido que pasar esperándolo. Si hubiera estado acompañándola entonces allí, nada habría ocurrido. Pero (sólo) ahora estaba allí para protegerla y cuidarla. Para preguntarle cariñosamente “¿Cómo has estado? ¿Fuiste a ver a la psicóloga? ¿Has hablado con tu mamá?”. Para clamar falsamente indignado “¡¿Preparaste la comida?!”, pensando que eso al menos era algo, que vuelve a interesarse por algo, la segunda cena que prepara sola tras el incidente. Esperemos que ésta al menos se pueda digerir para su bien mental, poder hacerla sentir de nuevo útil y orgullosa de algo. Porque por algo se debe empezar a reconstruir un himen, y nada más tentador para una mujer que sentirse orgullosa de sí. El cuerpo es importante, pero no tanto en su materialidad como en su idealización; diciéndoles cuán hermosas y fascinantes son para nosotros, pero sobre todo lo que ellas mismas creen ser más allá de sus puros cuerpos corruptibles, como su forma de ser interior (sea lo que sea), o lo que algunas llaman personalidad (?), con todos sus atributos, una amplia gama de adjetivos alagadores. Y sin embargo, ni una palabra más allá de lo estrictamente necesario para hacer posible el acercamiento. Como un cuento donde puedan ubicarse en la piel de la protagonista, dejando en este mundo sus cuerpos a merced, en calidad de préstamo, retribución (¿inconsciente?) o forma de pago. Todo debe encubrirse bajo unas formas económicas. ¿Qué otra cosa sino es la decencia? Pero el anticipo sustraído una vez que se ha empezado a tomar en serio... La historia pasa a un segundo lugar, al fondo. La atención se enfoca en tus manos. Se puede quitar la música de ambientación. Toda palabra se hace innecesaria más allá de una pura apariencia de continuidad y sentido en proceso de revelación final. Entonces, cumplida, asegurada la primera etapa, silencio y suspensión del juicio. Nada seguro más allá de los actos mismos. En el instante no se puede uno abandonar, aunque sea inevitable sacar conclusiones y calcular probabilidades. Como pensar que mañana también veremos el sol ocultarse entre sus piernas porque se lo ha visto todos los días. Hasta entonces. Engañándonos sobre lo que sucede. Porque de un momento a otro siempre pueden negarse, pegar el grito, alcanzarnos la cara y aplaudirnos el rostro con sus palmas de oro. Aunque por suerte (menos mal) lo mismo se les puede corresponder: dejarlas en suspenso, sin pegarles, que sientan el temor de poder ser en cualquier momento rechazadas, no deseadas,
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pare de contar con aquello que comienza a recorrerlas cuando aún están inseguras de si se trata o no de algo placentero. Más tarde todo puede asegurarse. Y seguras del placer se olvidarán. Pero nosotros no podemos entonces llegar a más. No es lugar propicio un campo desguarnecido, abierto a cualquier posibilidad de interrupción sorpresiva. Tentar la suerte de ser sorprendidos. Se nos vendrían encima. Aunque tampoco importa demasiado el coito propiamente dicho, la “realización del amor”, círculo vicioso que nos mantiene en el poder. Entonces ella no puede evitar abandonarse (pienso en La lección de guitarra de Balthus), mientras la contemplo como el objeto de un experimento, experiencia de primera mano; dando gracias a la divina objetividad científica por la superioridad concedida sobre la mierda que analizamos, pesamos, medimos, manejamos con guantes tras este vidrio y la actitud impasible del más casto (¿o cauto?) santo que hace pecar más no peca él mismo. O al menos eso cree. Ningún pecado. Aunque a ratos se arrepentía, por lo general pensaba que en realidad no había nada de qué arrepentirse. Hasta al momento no habían hecho prácticamente nada, aún no se atrevía a nada. Y sin embargo... ¡Imposible decir que no era nada el engendrar la manzana en sus manos! Y no es que estuvieran mal con aquella seducción no del todo descubierta entre ambos en la noche anónima, ocultándose como lo prohibido, sin tener propiamente conciencia de la falta (seguramente ninguna ingenuidad de la ley nunca antes estuvo expuesta a tan severa prueba). Porque en cierta forma hasta le gustaba. Y hasta se hubiera contentado con ello de no atormentarla la idea de todo lo que podrían encontrar unas palabras más allá, dichas, escuchadas. O en unos actos irreversibles ya realizados, perdidos como el origen de todo, en un pasado de inmensa felicidad donde no tenía sentido preocuparse por ningún antes y donde seguramente hasta el futuro dejaría de importar. Puro presente, vivido plenamente, con todas las fuerzas de sus almas gemelas, donde nada más podría sobrar y conservarse. La duración misma sería un misterio. A no ser que fuera la muerte, que murieran en ese mismo instante, no más conscientes de estar viviendo a plenitud, cien por ciento, sus vida., Por eso no puede evitar una profunda tristeza al ver que su ofrecimiento tácito no es aceptado, bien comprendido. Y se obliga a fingir que todo eso aún no alcanzado está perdido. Porque él no la ama, no siente nada por ella. Así, el deseo que había alcanzado a sorprender en él no era más fruto que del más básico instinto masculino, respondiendo a las pruebas (¿o trampas?) que le tendía con su cuerpo y su actitud expuesta, sumisa a su mirada o contemplación. Tristeza fingida pero que se finge con toda el alma, no pudiendo sentirse entonces ninguna farsante, farisea, porque estaba segura (muy dentro de sí) que aquella imposibilidad era imposible, que todo debía, tenía que ser, no podía más que ser tarde o temprano; aunque para entonces, tan temprano, tarde más parecía una posibilidad de nunca, demasiado alejada para sospechar que algún día se la podrá alcanzar. Entonces se aparta, acepta –por esos momentos– su terrible soledad, lo ignora y lo excluye de su mundo como si no estuviera más allí
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acompañándola día tras día. No más que un fantasma sin importancia, sin posibilidad de actuar sobre el mundo real y material, sin posibilidad de cambiar y transformar a plenitud sus propios mundos, uniéndolos. Creyendo al principio en aquella pavorosa Verdad al fin descubierta, que no le importa, que la ayuda seguir el camino tomado, firme en su resolución de tristeza y desamparo. Pero luego no puede más que darse cuenta que tiene que contenerse para no correr a abrazarlo loca de felicidad (primera parte superada de la prueba mas no el fin). Sabiendo al menos que algo le importa, que tiene que ver con ella y que lo puede manipular manipulándose ella misma, convirtiéndose en fantasma de sus burlas, accediendo a representar desmesuradamente y con exceso, para volverse objeto de temor, el punto de comparación desde el cual se la criticaba. No más la pequeña tonta. Se da cuenta que la belleza no es definitiva e inmodificable. Convertirse en su objeto de deseo y de temor, repitiendo los términos casi inseparables, ya que sólo tememos lo que deseamos. Temor y deseo van juntos: temor a realizar el deseo y a no realizarlo. Todo al mismo tiempo. Así, modificó sustancialmente su forma de vestir con la ayuda paradójica de su madre que desde siempre intentó cambiarle la sobria y modesta vestimenta por algo más alegre y provocador que pudiera gustarle a los chicos para que importantes “partidos” la invitaran a salir. Y sin embargo, al final a su madre la tomó por sorpresa, desprevenida, con un vestir para el cual no podía aventurar más que el calificativo de “extraña”, manteniendo en suspenso todo juicio aprobatorio, aunque era un cambio. Comenzó a vestir principalmente un negro nada sobrio (faldas cortas y blusas escotadas o esqueléticas, nada como para un velorio) y a escuchar música inglesa de la que seguramente no entendería mucho pero que parecía disfrutar lo mismo o más aún de lo que había disfrutado de las baladas o los tangos que continuamente solía poner su papá y que había escuchado tan “pensativa” a su lado, cambiada por el tiempo de su edad. De pronto parecía no importarle más lo que pudieran opinar de ella. Su nueva forma de ser parecía más una crítica social, a cuya sociedad hubiera superado, dejado atrás de un salto. Sus miradas se volvieron casi compasivas, despectivas. Se interesó por los libros que él leía y las películas que veía. Probó la cerveza (que le quedó gustando) y aprendió a controlar bastante bien las continuas y casi excesivas idas al baño de las mujeres y sus borracheras. Y opinaba en clase con sus “nuevas” ideas, con lo que decía y parecía pensar, suponer, creer, y todos (o al menos la mayoría, pues unos aún no comprendían lo que estaba ocurriendo, no se daban cuenta de nada) la admiraban, respetaban. El patito felizmente convertido en aquel hermoso ejemplar de cisne alternativo (sin preguntar cómo un pato se podía llegar a convertirse en cisne) como en un final de cuento infantil, de lo que podía estar contenta. De algo le habían servido tantas burlas sufridas, pensaba, satisfecha de dejarlos atrás, con su nueva posición alcanzada entre compañeros de clase, colegio y barrio, objeto de habladurías, envidias, puros deseos... (¿sí sabés que se cuadró con uno de los pelados más repapitos del colegio?).
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Pero como inevitablemente siempre ha de suceder, terminaron. El por qué fue un misterio. Y la forma... como que quedaron mejor que antes. Él volvió con su anterior novia, y todos contentos. Muy buenos amigos los tres. Hasta algunos(as) se preguntan si en realidad pasó algo entre ellos. Seguro lo desilusionó, traicionado con otro, un muchacho como él. ¿Cómo era posible, sino, abandonar un “partido” como aquel? Pero al final la gente tomó conciencia (aunque es sólo una forma de decir), después de que otras (tres) buenas chicas pasaron por sus manos y boca, con las cuales hubiera podido tener una relación en suma estable, durable, fructífera (¿Cuándo le llegaría su hora?). Comenzaron a sospechar –lógicamente– que quizá el problema no estaba en ella, y por ende en cada una de ellas, poco probable en todo caso, contra la lógica del buen pensar. Había que rendirse a la evidencia. Él mismo parecía haberlo hecho como uno de los primeros. Por un tiempo no volvió a interesarse en las mujeres. Aunque tampoco es que lo acosasen de a mucho, por lo que no le resultó difícil. Pues no es tan sencillo como podría suponerse, ya que por lo general (o normal) todo hombre que se precie de tal está obligado a dar largas explicaciones (que no convencen a nadie), una negación tras otra, defraudaciones (inevitables), escuchar montones de no eras lo que creí que eras... etc., etc., etc. Pero se arregló bastante bien, sin embargo. Al parecer hasta algunos amigos llegaron a envidiarlo (alabándolo) diciendo que era lo mejor que podía haberle sucedido en mucho tiempo. Aunque ninguno de los mismos hizo ningún intento de imitar o seguir los pasos del ejemplo. Falta de fuerza quizás. Dos años de pura masturbación, seguramente, pues poco se le veía “castizo” y puritano monje. Aunque quién sabe con fantasías de qué tipo, pues ni siquiera parecía contemplar de lejos a mujeres prototípicas de fantasías futuras ni siquiera posibles (tampoco es que pareciera que mirara hombres, valga la aclaración, porque uno nunca sabe)... El caso es que un buen día apareció como el novio oficial de la “rubita” nueva que se había mudado al barrio, sin darle tiempo a nadie de soñar con una posibilidad tan siquiera. Y entonces empezaron los chismes de que lo habían visto en comprometedoras situaciones con tal y tal otra y no se sabía a ciencia cierta cuál era la “legal” (u oficial), si todas ellas o cada una de ellas sabían de las demás otorgándole su consentimiento (algo impensable en una mujer, absolutamente improbable en tal concentración de edades y diferencias). En suma, convertido en Don Juan. Quién lo hubiera sospechado dos años atrás. Un tipo tan decente, ahora tirándole los perros a una niña de nueve años (aunque no hay duda, a ella le fascinaba la experiencia). Explorando entonces toda la gama. La más vieja sin ser propiamente vieja era una viuda con tres niñas adolescentes, pero más mayorcitas que la otra. De seguro llegó a flirtear un poco en broma con todas ellas y de pronto tuvo algo más serio con una en particular, la pelirroja seguramente, conocida de antes en otros contextos. Entre el proceso de pagar y buscar idóneo asiento vacío había creído reconocer hacia el fondo a su amor platónico. Uno de tantos, que renovaba aproximadamente cada cinco años, cual cambio de objeto, como camisa, empaque del ser que entonces era, y por tanto
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necesariamente Ella también siempre diferente, bullendo diferencias, aunque pequeñas, entre una y otra, que le constituían en retrospectiva un universo de variedad, plural, heterogéneo; manteniendo –sin embargo– algo en común, como una esencia, al menos en apariencia, pues lo que deseaba en ellas no podía ser fortuito (¿gratuito?), obra del azar, tenía que haber algo que las conectaba, o que se las transformaba en una sola, en La Mujer, la suya, la que le correspondía por naturaleza o destino o la que él anhelaba le correspondiera; sin pensar que posiblemente lo único que las unía era él mismo, su manera de percibirlas o moldearlas a su imagen y semejanza (como semejanza de lo que su deseo le dictaba) y aceptarlas por lo que creía reconocer en ellas; aunque por lo mismo si se les acercaba demasiado parecía condenado a observar (tarde que temprano) que no correspondían, que fallaban en algunos puntos, quizá cuestiones pequeñas pero no por ello menos importantes si está en juego una perfección que no admite grados aproximativos, lo que hacía que tras algunas inaugurales y reveladoras experiencias temiera su proximidad, que no se les acercara demasiado, aunque tampoco tenía más sentido ignorarlas como ahora. Pero, pese a todo, no se sentaría a su lado junto a la ventanilla abierta, aunque fuera el lado de la sombra, a pesar de ser un buen puesto, sino ligeramente más atrás en la soleada hilera antagónica, para contemplarla sin problema de ser descubierto o percibido tan siquiera. Pues si se sentaba a su lado ¿cómo verla? Demasiado cerca lo cegaba. Había que mantenerse a distancia. Lo había aprendido con los años. Para poder observar las pecas profusas, saludables, piedras preciosas bajo su cabello encendido, en llamas del más cálido infierno... Los ojos como bocas, pequeños lobos hambrientos de una realidad más agradable... La blusa negra desmangada que ofrece a la mirada del voyeur retazos de una carne en contraste tan pálida... Contemplación intimidada por la natural exposición de aquella zona de inocente obscenidad (¡qué no daría por disfrutar su olor!), donde los brazos se unían al tronco. Debía mirar a otro lado y poner cara seria, dejar de parecer (estar) embobado, para mantener su color. La gente podría sospechar (¡Maniaco sexual! ¡Degenerado!). Hacerse el indiferente se hacía necesario. Pasar a la contemplación del espaldar frontal, donde deberían estar unidos sus nombres en tinta azul sobre los corazones y las vergas de otros. Pasar a la contemplación de cualquier otro objeto que pudiera erigirse en sexualmente deseable (¡Prohibido mirar zapatos de charol y tacón alto!). Aún le quedaba aquel vicio de su horrible y traumática juventud (como todas, por demás). Como la vida misma en conjunto, pues ¿qué podía ser más traumático? ¿Acaso no morimos precisamente de eso? Los que ya hayan vivido su juventud (yo también tuve veinte) deberían saber que el incremento traumático de la posibilidad de volverse loco, idiota u optar por un suicidio digno consuma allí su primavera... Él, por ejemplo, había alcanzado la madurez al fin y había llegado a ser un perfecto idiota, como otros muchos (a no ser que estuvieran todos locos, o idiotas puros ya que los locos siempre son los otros casos aislados, excepcionales).
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Como el hombre que tenía al frente, con el que de momento compartía su locura, tomando, escuchando sus desvarios de cómo al principio se había equivocado pensando que podría llegar a la inmortalidad abriendo o expandiendo tiempos dentro de otro anterior que era la expansión de otro anterior más cercano al original, si es que existía original o se lo podía llamar así, repitiendo la operación un centenar de mil veces ad infinitum por muchas horas cada una, hasta que tristemente se dio cuenta (el pensamiento es maligno) de que no podía más que seguir viviendo, que se perdía, que su vida se quedaba, la dejaba en los intersticios, irremediablemente. Lo que le hacía recordar, como recordó entonces, lo que cierta vez un profesor de física le había dicho sobre la muerte: que todos envejecemos por una inevitable y elemental ley de rozamiento, por la que nuestros cuerpos se van desgastando como una pila de arena azotada por el viento, por así decir. Lo que lo llevó a percatarse, en una cadena de deducciones para él exorbitante, que seguía soplando aquel viento sobre su terrenal existencia aun cuando todo parecía detenerse, incluso las nubes y el sol sobre el firmamento. No se explicaba de dónde pero allí estaba. Y cada vez se iba sintiendo más cansado del aquel juego sin sentido. O quizás sólo para principiantes, ya que había sido maravilloso al comienzo, para luego, tras comprender que no existía la factibilidad de abrir un tiempo dentro de otro tiempo, transformarse en insoportable absurdo tras la comprobación de la imposibilidad del paréntesis dentro de paréntesis que se le permitía; que para ello necesitaría más manecillas, porque ése (éste) apenas incrementaba la longitud de lo que podía contener entre el paréntesis del tiempo mensurable, siempre hacia delante. Porque, aunque lo echara una y otra vez hacia atrás, no hacía más que prolongar el tiempo suplementario que se le había otorgado ante los demás sin ellos saberlo, con la inmovilidad absoluta de todas las cosas. A excepción de aquel viento que pasaba en suaves ráfagas. Lo que explicaba que no ocurrieran mayores accidentes (¿Cómo les iría a los que estudiaban las variaciones climatológicas? Suponiendo que aún hubiera de esa clase de desocupados, debían estar pensando en dedicarse a otra cosa, dejar el viento ignorado en paz) en el mar-aire-tierra (los aviones, por ejemplo). Gracias a lo cual el público del suicida arrojadizo no quedaba defraudado a mitad del vuelo, piso doce, digamos, tras la expectativa de la publicidad previa de tamaño acto irrefrenable de violencia vuelta contra sí mismo. Aún no tan monótona acción en estos tiempos de muerte. De seguro el mismo hombre que preveía hubieran terminado encerrándolo, enterrándolo vivo, en caso contrario, que acostumbraba perder la calma de un momento a otro (¿Cómo si no?) sin motivo aparente... A no ser que en últimas hubiera podido escapar... ¿Aunque qué otra cosa habría sido, desde el veinticincoavo piso? Pocas posibilidades de que lo agarraran con vida. Primero suicidado y muerto que eliminado por “muerto”.

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Quizá el mismo (¿Quién si no?) que había aparecido en los periódicos, famoso: el serial que había asesinado a su familia. Veía (¿Veo?) los titulares en caracteres rojos con fotos full color: escándalo en la comunidad internacional de la Familia. Complot justiciero, clamando por sangre, arrojándose, cayendo sobre él, el ángel justiciero del Señor. No los podía olvidar. Compensación finalmente otorgada cuando creía que nunca llegaría. Cuando a la mañana siguiente aún no había nada y tres días pasaron sin que encontraran los cadáveres, para entonces tan descompuestos que quizá llegaron a pensar que también había muerto a manos de un extraño (toda la familia en familia), por lo que no se harían autopsias. El olor de los despojos ameritaría un entierro casi diligente. Visitaría las tumbas. Leería intrigado las lápidas, preguntándose quién pagaría por todo. Si el Estado se lo deduciría a partir de unos bienes decomisados y subastados, o si algún desconocido familiar lejano aparecería de la nada y le(s) haría el favor. Sin embargo las autopsias se habían hecho públicas, delatando su ausencia. Eslabón perdido. Mientras el muerto que tan eficazmente lo reemplazara por aquellos días no pudo ser identificado. Ni él mismo podía recordar su nombre. De lo único que estaban seguros era que no era el que buscaban.. Una lástima por el esfuerzo invertido (bate, gasolina y fuego), en dejarlo convertido apenas en una masa de carne humana, todo para nada... ¿Cómo habrían podido reconstruirlo hasta ese punto? ¿Cómo se habrían dado cuenta? Aunque tampoco es que le importara. Nada personal. Lo había hecho casi por instinto –se justificaba–, sin adjudicarle previamente un fin práctico. Lo había hecho como se defiende un animal acorralado. Quizás sobrepasando un poco su defensa, pero ¿es que acaso no había en este ancho mundo animales obligados a devorar a otros en su propia defensa? ¿Victimarios sorpresivamente reconociéndose víctimas? Serpientes atacadas por estúpidas ardillas más rápidas. Así, una se le escapó (o decidió perdonarle la vida, como prefería pensar). Por lo que no se preocupa en buscarla para ponerla fuera de circulación, de los medios, de sus estúpidas declaraciones en titulares por él observados de reojo, no fuera que el interés lo delatara. Quién sabe qué no diría la noticia completa sobre lo sucedido en realidad (en realidad conjeturada), la historia oficial, que debía ser indiferente a su mirada lectora. Aunque tampoco era necesario asumir la máscara de la indiferencia. Sabía lo que decían, como si él mismo hubiera escrito aquellos artículos en sus sueños, con historias imaginativamente modificadas para mantener el interés público, aceptando el tardío escarnio (¿por qué se había demorado ella en hablar?), sacrificándose, ocultando la más terrible verdad. Él, la única víctima, lo que nadie sabía, por lo que nadie lo lloraba ni lloraría. Más bien la alegría en un posible futuro. La indiferencia en cambio no le habría molestado. Que lo dejaran solo. Pero era demasiada tentación lo que ella denominaba amistad (por darle un título diferente a novios, amigovios, amantes, qué cursi), ya que todo podía echarse en el saco de la amistad, para bien o para mal, sin compromisos, olvidando aparentemente un pasado que de vez en cuando le echaba en cara, en broma, sin recriminarle abiertamente nada.
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No quería escuchar explicaciones. Disculpas... ni hablar. Conceder su perdón declarado, garantizado, de palabra... ¿Acaso su comportamiento no bastaba? Pero le hubiera gustado escucharlo de sus labios. Le hubiera dado mayor tranquilidad. O que le concediera escuchar su confesión para decirle porqué siglos antes se reía de ella. Afirmarle que entonces era un estúpido. (Y seguía siendo un estúpido, según ella. Cállate ya... no digas más... me vas a hacer llorar... por ti... pobrecito... yo tan egoísta; pero no, sólo las primeras palabras, la orden del silencio seguida de su propio silencio. Ni siquiera podía estar seguro de cuál podría ser el tono de aquellas palabras). Un estúpido que no había podido ver más allá de su propia nariz, dejando la verdad sin decir. Decirle que la había perdonado. O que se sentía avergonzado por aquella debilidad (el perdón concedido), como si se hubiera equivocado, de lo que no estaba seguro. Le parecía asombroso que se hubiera equivocado tanto. Aunque menos podía creer que ella hubiera podido cambiar el tanto equivalente a su posible equivocación. Necesariamente todo aquello tenía que haber estado muy dentro de ella para florecer un día. Por lo que en últimas le hubiera gustado haber sido menos violento, pensando qué hubiera pasado si la hubiera dejado desarrollarse por sí misma, sin presiones, atosigada de pequeñas burlas para él entonces seguramente tan inconscientes como su amor por ella, que finalmente había ido poniendo sobre las espaldas de ambos, ya que ahora también se veía obligado a cargar con el peso de aquel remoto pasado (aunque quizá sólo para él, ya que no había ningún rencor por parte de ella, como si no llevara, hubiera llevado nada a cuestas por su culpa, por mucho tiempo, casi dos años, aunque al final disminuyó el tono de sus burlas, después del llamado de atención de un profesor que le había hecho ver su injusticia, aparentemente tan agradable a todos, menos para ella, la única que importaría...) Y desde aquella noche no había vuelto a ver al hombre. Hasta se había olvidado de su casi gratuito presente-to-you, que ahora (¿cuándo?) descansaba sobre madera esmaltada en las profundidades del cajón superior del oscuro y sombrío nochero situado al lado de su lugar en la cama, espacio tan ignorado como los objetos que contenía en confianza. Despertaba limitándose a mirar sin ver el colorado despertador que descansaba y seguiría durmiendo al alcance de la mano impaciente aún adormilada, porque como la mesa misma eran objetos que preferiblemente sobraban en su vida y de los que prescindía, que si mucho apenas entretenían sus pensamientos en ocasiones increíblemente deprimentes preguntándose cómo llegaban a imponerse a su posesión, para concluir (casi siempre que le alcanzaba el interés hasta ese punto) que todos estamos obligados a recibir y almacenar a través de la vida (como si en ello se resumiera) una determinada cantidad de objetos que nunca deseamos, insignificantes como el reloj aquel comprado a precio de ganga, descontando el valioso tiempo perdido en su adquisición, que no necesitaba, que por tanto dejaba abandonados cada mañana por siempre jamás, gracias a que cada una de las historias que los componían (demostraciones mágicohipnóticas incluidas) no lo habían deslumbrado, no le habían hecho titubear la certeza de estar siempre tratando con charlatanes que lo único que querían era su dinero o su amor (que
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también equivalía a dinero), ahora también olvidados como sus objetos en una oscura gaveta de su memoria, relegados al justo olvido hasta que un incidente de consideración le impusiera reconsiderarlos o por lo menos resucitarlos un momento para echarles una otra ojeada, para constatar lo que seguramente sabía pero de lo que había dudado. Como el hallazgo de su esposa (también reconsiderada, revalorada de paso, pues no sabía que la curiosidad era otra de sus excelsas cualidades) cuando a media comida le pregunta, como quien no quiere la cosa y habla del asunto por decir algo, poner tema de conversación, de dónde había sacado aquel bonito reloj... Porque quizás había estado considerando posibilidades de regalarle uno igual para cumpleaños y aquel hallazgo le había desbaratado la seguridad de un planeado presente perfecto. Y quién sabe qué cosas no había podido sospechar en una tarde de ocio, quizá alentada por las amigas, si se lo había contado a alguna. ¿Quién podía maliciosamente habérselo regalado, adelantándose a la buena esposa? ¿Otra mujer? ¿La amante? ¡¿Esa perra?! (¿Pero cuál?)... Sus pensamientos posibles lo adulaban, pero en aquel momento no tuvo el coraje para constatarle o sostenerle al menos aquellas sospechas y cimentar con ellas más hondos los andamios de su ego reflejado en su esposa-espejo, sino que por el contrario –rápidamente, quizá sospechosamente– sacó a relucir del cajón de su memoria el incidente del hombre aquel, como el reloj, sobre el tapete de la mesa de pareja, sin contar todo tal cual, sustituyendo el bar por una callejuela cualquiera, omitiendo la fantástica explicación del hombre, limitándose a acentuar su carácter de ganga y la –a pesar de su constante olvido– nueva conciencia de su necesidad. Pues ¿cómo podía ser de otra forma? ¿Por qué no se había dado cuenta antes? El tipo no era bobo, eso había que reconocerlo, a diferencia de los otros... Quizá hasta ameritaría concederle un poco de tiempo a su palabra más seria, no tan forzada por el verdugo ante el patíbulo (¿Cómo negarse? Por lo que le había dicho...). Sí. ¿Cómo no lo había pensado antes? Había trabajado para su propia perdición, cavando la tumba del olvido, mientras extraían fuerzas de la muerte y volvían con más ímpetu para negarle su merecido espacio, para formar las murallas que no daban cabida a su aporte, retirados ladrillo a ladrillo por ávidos lectores cuyas existencias se duplicaban en gradual desaparición o desplazamiento a dulces hogares previstos por libreros... ¡Era un hecho! Les otorgaba popularidad. Como dijera un escritor de tercera al invitarlo y ofrecer pagarle (aparentemente en broma) para que lo matara. ¡Y por televisión! ¡Qué poca dignidad! ¡Hasta dónde hemos llegado! Con lo que obviamente quedó excluido de su negra lista, en espera de ganarse mejor una posibilidad en el estricto sentido de un éxito literario como motivo, pues no iba a hacerle todo el favor (aunque ¿no sería acaso eso lo que quería, que no lo hiciera?). Ni él ni su indigente obra merecían ser tocados de esa manera por el destino, por sus manos de Minas arrepentido. Pero le “agradecía” en todo caso el envío de aquellas impensadas consecuencias de sus actos. Y por ello mismo con más ganas de buscar y
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destruir a los de su grupo, gruta o grupa y no tocarlos para nada, para ver cómo le quedaba el ojo. ¡Venganza! Se reiría mucho. Pero también sabía que no podía seguir así, pues cada vez se lo hacía más difícil. Debía detenerse y repensar todo aquel asunto. Por suerte era capaz de reconocer sus errores y “volver sobre la marcha” (lo que es un decir, ya que lo hecho bien hecho estaba), volver sobre sí... ¿Suicidarse? ¿Por qué no? Pero ¿daría resultado? ¿O dónde conseguiría un asesino que se lo hiciera gratis? Un asesino humanitario, compasivo... ¡¿Asesinado por otro escritor, en defensa propia?! ¡Era humillante! Pero lo pensaría. De momento era fundamental que se dedicara a escribir sus memorias, lo que podría servir como punto de entrada a su obra aún por escribir. ¡Todo estaba por hacerse! ¿Y qué papel le competía a ella? Acaso ni más ni menos que escribir la historia misma, porque hasta donde veía allí no había nada. Nada en absoluto ocurría. Sólo la vida trasplantada tal cual, como un decorado sin profundidad en el que unos personajes sonámbulos divagan en todos los sentidos. Como si el escritor o Dios no supiera qué hacer con ellos, en últimas, tras su creación, por demás bastante imperfecta y ridícula ella misma. Hubiera preferido ser simplemente otra. No sabía si como antes, suponiendo que hubiera existido antes o que poseía un pasado, porque éste le era nebuloso y confuso. En todo caso ¿no podía ser (o no era necesariamente) un personaje más, creado por la mano de un Dios escritor? Aunque su papel... O quizás en esto consistía la modernidad post-morten: puros clichés anhelantes de trascendencia. Por otras vías, se entiende. La Iglesia Católica y el Coito parecían ineficientes dinosaurios (¿De dónde sacaba aquello?)... En todo caso nunca fui monja, pero el medio necesariamente la va corrompiendo a una. Y ¿por qué mi historia debería ser diferente a la de cualquier otra joven educada en molde, en “baño-María”? Divago, esa no es... o es la cuestión ¡precisamente! contra la que aparentemente estoy en contra, contra lo que me rebelo... Definirme ¿o primero el mundo? ¿Cómo lo harías (suponiendo que estuvieras allí fuera, aquí dentro)? ¿Nunca te ha sucedido antes? Es lo de todos los días. El problema es que estoy completamente exiliada o excluida de momento y no tengo o no recuerdo tener padres, hijos, hermanos, esposos, amigos... ¿Un amor acaso? Nada. Desatada de la sociedad ¿se (me) les habrá olvidado? Admitámoslo: no es un error frecuente. Tú por ejemplo y yo en cambio... No es que recorra un simple papel virgen o en blanco de calles vacías, caminos aún no trazados, porque efectivamente estoy en una ciudad y en un tiempo histórico (¿histriónico?) determinado (la gente se viste de una forma, no como la que he visto (¿cuándo?) en una ajada revista que encontré junto al río). Pero mis relaciones, ataduras, no sé... Ayer, por ejemplo, pedí un cigarrillo a un tipo muy pinta de ejecutivo que me dijo no fumo y se levantó de su mesa y se fue como si yo tuviera la peste, mientras que el que estaba a un lado muy gentilmente me ofreció, regaló, su media cajetilla, aunque no tenía fósforos,
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encendedor quién sabe, seguramente fino y no me lo iba a regalar así porque así. Y nada más. Ninguna gran conversación. Al parecer no teníamos nada que decirnos. Eso yo (¿sí?) lo sé y él lo aparentaba bien mientras que otro que sí parecía tener mucho que decirme, una promesa, lastimosamente comenzó con una grosería que se pretendía piropo y se suponía debía agradarme pero no fue así. Todo lo contrario. No había hecho más que asustarla, intimidarla, echando por el suelo cualquier posibilidad que hubiera podido estar gestando según su creencia (la de él). Por lo que al final se atrevió (sin pensarlo, era obvio), cediendo a sus impulsivos deseos, en el convencimiento de que era como todas las demás que le rodeaban, cuando en realidad ella nunca había querido o concebido tamaño honor posible, que más bien le horrorizó. Por lo que se había visto obligada a salir corriendo de aquella sala tan entonces peligrosa en la fortuita intimidad de ambos, o al menos no por ella buscada, atravesando el campo de recipientes minado, conteniendo goteras sin fin, convencida de que debía pasar a otro plano a descargar las aguas que se iban recolectando a su pesar no solo en las cuencas de sus ojos. Por ella fuera, que se inundara todo. Ayudando a la doncella a sacar el agua y arrojarla por una de las puertas o ventanas del segundo plano mientras las niñas jugaban a ayudar en el primero. Así que era prácticamente imposible realizar ninguna labor que se pudiera pretender útil en el plano bajo de la casa (¿de dónde le venía esa palabra que nadie compartía con ella diciendo en cambio, si no corrigiéndola, “piso”?) mientras esperaba no le volviera a ocurrir, o deseando que sucediera de nuevo pronto para tener oportunidad de reiterar su negativa de manera más categórica que entonces. Le parecía que había sido muy clemente, casi condescendiente, que podía ser malinterpretada (¡Ojalá! No es sino que se atreviera). Como que le dejaba o le daba esperanzas, si no alentaba con un supuesto (falso) pudor de hembra a punto de sucumbir por el celo del macho en calor. Entonces quizás apagaría su fuego con un baldado de aquellos. Porque estaba sola y a nadie allí (en el mundo) le importaba. Porque el hecho de que se viera obligada (o como impulsada) a conservar aquel trabajo no la obligaba a semejantes abusos de confianza que no estaba segura de desear. Pues ¿con qué garantías? ¿Qué podría ganar con ello? Aunque el deseo de la reiteración por venir fuera aún recurrente, no precisamente inconsciente, ¿acaso había sido tan fantástico? Si pudiera creer que de eso se trataba por lo menos el placer y no el miedo, se ofrecería encantada como víctima propiciatoria. Pero aquel miedo un tanto indeterminado, o lo que en ese caso fuera, podía más contra esa seguridad de lo agradable y plenamente complaciente. Aunque otra cosa era la vida, cambiada o transformada desde aquella incómoda experiencia del más intenso rapto del deseo del que jamás antes fuera testigo, que aunque en su origen también se parecía a su incertidumbre respecto a ambas sensaciones, al menos inicialmente, aunque duramente combatida con reiteradas reflexiones de lo que había pasado
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entonces y aún le estaba pasando, le era claro que lo que le atraía era la diferencia, esa otra vida suya puramente sólo suya, al margen, como por debajo, a leguas de la superficie de la vida que su madre, por ejemplo, creía todavía contemplar cual toda su hija-espejo de cuerpo entero y que en realidad hasta aquel momento ella misma aceptaba como real, de que así había sido, sin mayores discrepancias con la versión materna. Hasta saber (o tener la seguridad) de tener ahora un cierto poder sobre un amigo paterno que parecía a su vez tener un poder sobre su madre (¡cómo la había visto rebajándose, estupidizándose en amabilidades por caer bien, hacerlo de su corte!), lo que le daba, como resultado de una sencilla, simple lógica, un poder sobre su madre, que aunque ella (la madre) aún no lo supiera a ella (la hija) le bastaba con su seguro convencimiento interior de tenerlo, en últimas, aún al casi inimaginable precio de tener que pasar por todo ello otra vez, verse de nuevo acorralada entre la espada de su verga y la pared de sus brazos, oliendo su aliento susurrarle a sus oídos incomprensibles sentencias, mientras sus manos se detenían, desplazándose sin fin, por su c... Humillación dejada en pago por la posterior imaginación de su poder sobre otro (él “mismo”, su madre, una de sus inocentes amigas, cualquiera), pero en últimas pagando también la expulsión del paraíso de su inocencia del no-saber más jubiloso, expulsada de sí misma, o de la niña que era con su familia a la mujer que ahora existía tan sola y desamparada. Desplazándose cual zombi entre mesas de hombres en potencia sin todavía acercarse al único verdadero, el cliente por excelencia, que seguramente de verdad en aquel momento la deseaba, quizás para toda la vida, una chica como aquella, toda una mujer para aquel chiquillo que se había hecho grande de la noche a la mañana, igualmente expulsado por un crimen a la mayoría de edad, expulsado del paraíso para encontrar a su Eva con la intensa mirada que no le despegaba ni un instante, a ella que no se daba cuenta, que apenas lo había determinado (si había ocurrido) en un primer reconocimiento del lugar, de cómo estaba esa noche la arena donde debía batirse en retirada a una cama para seguir sobreviviendo de esa manera noche tras noche, esperando tan sólo que sus ojos no delataran –más allá de sus intereses– su inexperiencia, su sorpresa por como aquellas manos callosas no la tomaban inmediatamente, fuerte, podían dejarla seguir, irse, no detener aquel ignominioso paseo de exploración de las pasiones embotadas en alcohol, en aquella clase de hombres entre los que debería empezar a contarse (¿por qué no?), sólo que aún guardaba la ilusión de encontrar algo verdadero, eterno en aquel lugar de transición obligada, donde nada podía trascender más allá de sus paredes, lugar construido para todo lo contrario, noches concretas para erigir algo como aquello que la mayoría consentía en llamar vida, que entonces creía no tenerla o al menos haberla perdido, estar de regreso de todo, lo que quizás no era menos cierto respecto a todo, salvo ella. Quizás no se había tratado más que de suerte (improbable, ciertamente), pero ¿qué otra cosa sino era el azar? Además la primera vez ya estaba a su lado mirándolo como a su última esperanza del momento de esa noche concreta (¿un cliente más?), sin dejar traslucir resignación a su destino, no hay que ser desagradecidas, acercada, aproximada con una alegría que le renovaba la boca a la vista de cada hombre todavía posible. Finalmente acercada
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por pasos decididos y no tan desamparada, había dado con su víctima. No otra cosa se sentía ahora, aunque feliz de verse reconocido, saludado por una voz reluciente, de terciopelo acariciante, grata, aun desde la seguridad de sus mentiras (pues hasta que no lo conociera..., pero dando por sentado su conocimiento de ella, que su “conocimiento” consistía en lo esencial de ella; lo demás, accesorios y prótesis anecdóticas de personalidad que a lo más podrían estorbar un poco pero nada más, no escudarla tras lo imposible). Ahora lo necesario era que dejara de mirarlo como a un niño que había logrado infiltrarse en aquel mundo perdido sólo apto para mayores, por lo que volvió a repetir (mentir) que tenía dieciocho aunque todavía le faltaran muchos meses. Pero al menos a ella no tendría que mostrarle la cédula del muerto que era, que el cancerbero apenas había mirado hace unos minutos (con sólo verle la cara y un gesto seguro le había dejado adelantarse a los chicos de su edad, quizás por lástima, a ver si eso le componía la cara de escepticismo y tristeza que portaba como fruto de ensayar el papel que de ahora en adelante creía mejor le sentaba como hombre: cara de escéptica tristeza o de triste escepticismo, cara de preocupación por el presente más próximo, por encontrar un lugar donde vivir anónimo, ser otro. Con un nombre arrebatado y otra edad para fines avezados ¿no era simplemente, prácticamente, otro? En este país, donde un par de poblaciones de por medio serían suficientes para que nadie diera con uno, si uno quería mantenerse a cubierto, no iba a tener mayores problemas. Siempre había sido reservado. Nunca hubiera sospechado la ventaja de no conocer a mucha gente. Los compañeros del colegio debían haberse hecho a la idea de que se había ido del país hace tiempo pues ni siquiera habían ido a buscarlo a la casa a ver qué le había pasado y por qué no había vuelto, como si les importara. Sólo le dolía un amigo de aquellos que creyó (creía aún) sus amigos. Pero era mejor así. Menos problemas para pensar. Borrado del mapa, aparecido en otra existencia, cuerpo, vida, se preocuparía luego de cómo subsistir. Tampoco es que le importara mucho. Lo mismo podía suicidarse, sin problemas, si veía la cosa peliaguda. Pero todavía contaba con tiempo (no era de los que viven pensando en la muerte) y dinero suficiente (o la ventaja de tener padres retrógrados que te dejaban la herencia en el colchón, para cobrar de inmediato, sin trámites ni complicaciones). Por ello había pensado hacer mientras tanto algún contacto con una chica que sonara de fiar y mereciera ir hasta el fin del país (más allá le parecía más complicado, habría que ver). Todas las noches escuchando emisoras juveniles, tendido sobre una de las literas rojo esmalte de su camarote, sopesando una y otra vez todas las posibilidades, realizando análisis semántico-interpretativos de las escasas palabras (y hasta de las voces cuando se radiaban en directo) que constituían los contactos lanzados al aire por solitarias muchachas (aunque la gran mayoría eran tan sólo nombres y números que aplicaban larga distancia) sin importar cuánto le costaba hablar a través de aquellos aparatos y más para seducir a quién no veía. Una experiencia carteada le había demostrado que las autodescripciones eran abismalmente erróneas, pura propaganda afectiva. La mayoría de los rostros no correspondían, como si no
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hubieran conocido un espejo objetivo en sus vidas. De otros atributos físicos no sabía. Ninguna le había enviado una foto de cuerpo entero. Hasta el momento, la mayoría habían quedado en puras llamadas, puro conocimiento de “personalidades”, puras pérdidas de tiempo. Como si las muy putas trabajaran para la compañía de teléfonos. Pero las pocas fotos que recibía (que las había) nunca resultaban ser como se las (a las muchachas, a las fotos) alcanzaba a imaginar. Y no es que se hiciera mayores ilusiones. Por algo debían estar haciendo contactos. Pero siempre eran peores. De una u otra forma, sus palabras siempre mentían (seguramente los muchachos también, pero, como no era marica, difícilmente podía comprobarlo, así como su sospecha de que todos eran gays, estúpidos, o ambas cosas a la vez)... Sin embargo, también habían pobres que o no tenían teléfono o no podían usarlo a sus anchas (para hacerse una paja en caso necesario) y les tocaba dar su dirección y esperar a ver si aún quedaba algún tipo romántico que con las mejores intenciones le diera por ponerse a escribirle cartas a la perfecta desconocida. A éstas era a las que prefería. Lo cual (a sus ojos) lo había salvado de verse inscrito en esa categoría de hombres imposibles, tan poco dignos de envidia, escarnecidos por amigos y compañeros, objetos de burla pública. Y sin embargo, al final no le había importado mayor cosa, pues, no se sabe cómo, se había enamorado de ella. ¿Quién lo diría? ¿Acaso nada le importaba ya? O si le había importado no había sido sino en un principio, antes de darse cuenta de la verdadera importancia que tenía para él aquella chica, después de que la había molestado por años. Entonces, la repercusión en sus amigos le había preocupado mucho menos que la posible reacción de ella: la final aceptación de su verdugo. Y por su capacidad de perdonarlo y amarlo (porque estaba seguro de que había sido perdonado y amado), cómo no la había amado. Sin recriminarle nunca aquel pasado en conjunto, aquella otra relación de odio (porque ¿qué otra cosa pudo haber sido para trastocarse tan radical y perfectamente en amor?), cómo habían durado, en una casi que perfecta sumisión mutua a los deseos del otro. ¿Cómo había sido posible? Porque le parecía que, asimismo, la había satisfecho en todas sus posibles expectativas. Aunque, ya que lo pensaba, era posible que ella se hubiera anulado un poco a favor de él. Pero ¿a cambio de qué? ¿Acaso de su pasión? ¿Hasta ese punto había llegado a amarlo, a depender de él? Si nunca había sido su intención... Quizás lograda inconscientemente... Había repasado sus antiguos amores, que sumaban unos cuantos cuentos capaces de revelarle algo de sí mismo, y no podía dejar de notar que siempre había algo que se repetía y que no necesariamente parecía deberse a ellas. Porque todas ellas (y en particular esta última) eran tan diferentes entre sí (al menos para él), hasta donde puede serlo una mujer de otra, que no creía que radicara allí la causa, sino en sí mismo, que había algo en sí mismo que las obligaba a amoldarse a él y que –a cambio– no se notara mayor cosa lo contrario, un juego de amoldamiento en el otro sentido, de él hacia ella(s). Porque en cierta forma él siempre era el
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que permanecía, se desarrollaba casi por sí solo. Sin embargo, todas le parecieran tan importantes en su vida como para andar pensando casi a todo momento en ellas. Como ahora hace caminando en la joven noche con cerveza en mano, sin destino concreto, con más tiempo para gastar que dinero, sin ánimos de entrar en uno de aquellos antros comerciales hacia los que sus pasos (o su inconsciente) parece dirigirlo (o conducirlo), sino el azar o la nada de la rutina, de un camino andado infinidad de anteriores veces, repetido por automatismo. Pensando como siempre en ellas... y ninguna a la vista con los méritos indispensables para opacar esas fantasías que de momento le hacían sentirse tan vacío... y tan lejanas de lo que pudiera experimentar en los momentos de lo real más próximo por venir. Si tuviera a quién acudir... una de ellas para encaminar sus pasos... como aquella en el norte de su horizonte, dispuesta a tomar un bus en sentido contrario. ¿Y qué más daba a dónde le llevara el destino esa noche? Nada se perdería a su lado, con ella, esperando lo que fuera, arrojándole, insistente, furtivas miradas, para responder con creces a aquella que ella al acercarse seguramente (¿o acaso ilusión?) le había otorgado, cual don de insospechado valor. Aunque fuera demasiado joven para su gusto. Más o menos en apariencia así le gustaban, pero en realidad no tan niñas. Y no era más que una niña. Por lo que se hacía necesario mirar alrededor, para cerciorarse de que nadie los estuviera vigilando, cuidándola de degenerados. Quizás le parecía sospechoso. El simple gesto que la delataba parecía suficiente para que pensara que no valía la pena arriesgarse así. Aunque de nada le iba a servir, pues, aunque no fuera ningún degenerado, no iba a darle el gusto. No iba a dejarse amedrentar por las sospechas de una chiquilla que se había subido delante suyo y lo había obligado a sentarse en la fila contraria, dos puestos delante de ella, dispuesto a seguir contemplando la noche a través de una ventanilla cualquiera, dispuesto a olvidarla. Al menos no se cansaría en especulaciones. Había cambiado finalmente el rumbo de su peregrinaje, sin encontrar a la verdadera víctima, a la compañera del hombre. ¿Por qué tenía que ser así? ¿Acaso había más de unos que de otros, como se decía por allí? Pero esa excusa improbable sólo serviría en caso de que la fidelidad estuviera realmente implícita, fuera real en todos los casos, en cada relación. Y quién mejor que él –abandonado por tantas mujeres, a cambio de tantos otros hombres en su búsqueda de una relación total (cuasi eterna)– para saber que no era así, que nunca era así. Por lo que debía tenerse a sí mismo como el único (quizá el verdadero) que sobraba. Y no era para menos. Había empezado joven. Segundo de primaria, aproximadamente (de Primero no se acordaba), plant(e)ando en el salón retoños de posibilidades floridas, aunque siempre cada una muy distanciada del siguiente foco de sus esperanzas arquetípicas (que tenían un espectro de fluctuación, o cierto margen). Así, la “primera” que ahora podía recordar había sido entonces la única, trasplantada al lugar del ideal, más chica y vivaz que sus aparente iguales, con su carita desprotegida, casi huérfana, apenas preservada del sol por un casco homogéneo de cabello azabache, y defendida del resto por sus ojos y sonrisa festiva, devaluadora, mientras otros aspectos como el eterno rubor de sus mejillas la traicionaban, entregándola por igual a
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monárquicas adversarias y devotos capitalistas de sí, sonrisa que se pensaba no le servía o no la utilizaba más que para esconder la picardía. Pero ella, al fin, muy seguramente adulada, revaluada desde un principio por su interés. Ella, la misma que luego vería constantemente con otros chicos y nunca en cambio lo suficientemente juntos los dos. Ella, la que se veía que se aburría (aunque lo negara), para o con la que él no sabía qué más hacer, para (re)tenerla a su lado (preferiblemente satisfecha, o como fuera necesario). Lo imposible de la libertad del otro en el amor tan tempranamente siéndole revelado. Y luego, a partir de allí, mes tras mes, el ocaso: desilusión tras ilusión revestida de salvación final sólo hecha posible desde una anterior desilusión, en un círculo que empezaba a sospechar eterno, vicioso, al cual estuviera predestinada su vida escolar. Sobre las pocas chicas que pudiera conocer en el ámbito familiar, o simplemente por su casa, no se hacía ilusiones, no contaban más que como una amenaza del ridículo. Hasta conocer a Clara, en quinto, una mona no oxigenada, pura, con dientes de caballo, a la que le comenzaban a despuntar magníficamente senos de ensueños. Cuando por entonces, junto a su mejor amigo, ya mostraba un interés desbocado por el “otro” sexo, por mirar a toda costa bajo las faldas de las niñas, visiones fugaces que no hacían más que acrecentar una aspiración de fijeza y total posesión (son etapas) a la que Clara –cual ángel venerado, más que compañera de juegos– hubiera podido corresponder, de no haber sido arrancada de su lado por el destino de unos padres que (le) tenían (a él sin saberlo) otros planes en una ciudad no cerca de allí. Cuando escribir todavía no significaba ni una posible excusa para un amor casi que necesariamente platónico. Pero, ¿a quién quería engañar? No habría funcionado. Aunque ella se hubiera quedado a su lado, tras la inevitable expulsión del paraíso paterno. Y seguramente para su padre la falta sería sólo suya, de lo que él mismo no estaba seguro tras tanta seducción deslizándose, introduciéndose entre ambos en esas tardes de estío que de otra manera hubieran sido simplemente de hastío. Tardes que comenzaban temprano, poco antes de que sus padres salieran a trabajar, en la espera de aquella aparente libertad ilimitada de vacaciones y ausencia de adultos que estaría por sobrevenirles, para luego, tras arreglar la casa, ante la larga espera del almuerzo, repleta de vacío y/o televisión, fingir entre ambos indiferencia y aburrimiento. Por eso aún no sabía cómo habían podido enredarse de pronto en todo ello, de aquella manera... A no ser que el juego, que no conoce límites... ¡El juego del escondite! Correr tras ella para tomarla fuerte entre sus brazos y hacerle cosquillas, sintiendo junto a aquel cuerpo tan palpable en su semi-desnudez que se debatía en risas bajo el pijama no sabía bien qué, dejándose llevar hasta no respetar (¿el juego? ¿él?) ningún escondite (cuartos ni baños) para la intimidad, ya que no había forma de ejercer sin consecuencias la mirada de su deseo. Así, se hizo con la llave del baño donde finalmente siempre ella se escondía para descansar de sus juegos (de los juegos de él), para lavarse la niña que era con él y salir
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convertida en esa señorita que lo miraba recriminatoriamente cuando no parecía percatarse inmediatamente del cambio de papeles sufrido y del comportamiento que entonces debía practicar o tener para con ella, cumpliendo la amenaza que ella había aprendido, ignorándole tan cruelmente por su hasta entonces impotencia. Y consiguió entonces con aquella llave descubrir lo que nunca esperó encontrar: su entera naturaleza al fin des-cubierta: la pequeña diosa meando (la palabra no se comparaba a la obscenidad de la visión, por la que debió pagar cual Acteón), diosa que –ante su anonadamiento, por aquello que lo sobrepasaba, que lo hizo sonrojar– le había respondido con una carcajada (si hubiera visto entonces su propio rostro, si hubiera podido verse desde sus ojos...) que lo tumbó a sus pies, en espera de que se inclinara y posará su mano sobre su mejilla, como una niña buena en el reconocimiento de su poderío, de su poder otorgar la muerte. Poder diferido sin embargo por la locura, pues en realidad no estaba en sus manos sino en el destino, de la identidad y el origen. Maquinaria que la había llevado a aquella isla para cumplir una promesa inconsciente. Para que entonces, viéndose reflejada, invertida, en aquellas dulces criaturas, se sintiera impelida a salvarlas destruyéndolas, para así salvar(se)las del eterno retorno de lo mismo, pues su exploración era en la venganza, búsqueda de tachar el origen nunca deseado. Para ponerle punto final a esa historia que la hacía desplazar su mano izquierda hacia la nuca infantil, contra el previsible retroceso frente a la primera violación brutal, irrefrenable, desgarradora de la interioridad de su cuerpo, entre las piezas de su traje de baño, del cuchillo, materializando la imposibilidad de todo grito, de otro modo arrojado al vacío como seguramente cualquier otro. Pero en todo caso la buena chica le había permitido mantener aún el juego del gato o lobo disfrazado entre ratones u ovejas oculto. Contempló entonces su presa inaugural entre el barro inerte y las hojas podridas del suelo, bajo la lluvia que volvía a arreciar –reemplazando a la hasta el momento inalterable llovizna–, que lavaba su brazo con la hoja de acero ensangrentada suspendida sobre el cuerpo arrastrado bajo los arbustos para hacer ligeramente más interesante su descubrimiento, sin pretender retrasar por ello los planes casi desbocados que perseguía dentro de aquella prodigiosa lucidez que puede procurar la locura, dentro de la cual resultaba inconvenientemente superfluo deshacerse del arma homicida para luego quizás verse obligada a procurarse otra, ya que siempre era preferible tener en reserva la seguridad de una cuchillada profunda recompensada por el extraño atractivo de la sangre, su propia sangre, mezclada con la lluvia, entre las hojas, derramado el vino de los muertos. Para que se tomaran la molestia de investigar quién había sido (o era) verdaderamente y dónde había vivido (o vivía entonces más que nunca). Aunque también existía la riesgosa posibilidad de que no les interesara, y para ello mejor se hubiera dado muerte en su apartamento, sosteniendo sobre su cadáver, bien visible, su obra, pasando por (el) egocéntrico (que era), amante ignorado por una fama ingrata (vil calumnia aún), por la cual se había suicidado, como una infantil forma de llamar la atención... y a lo peor entonces por ello mismo
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quizás inevitablemente terminarían negándosela, siendo olvidado su caso tan trivial a los pocos días. Mientras que, no siendo visible esa relación entre escritura y muerte (coincidencias), quedaría un enigma que ni para él en realidad había tenido solución, porque así lo había querido e inventado (aunque imaginando unas cuantas, “ideales”, que podrían dársele); el enigma de por qué se había suicidado en tan singulares condiciones el famoso asesino de escritores (no otro escritor de asesinos más); enigma planeado para que sobrevolara por sobre las cabezas de todos por mucho tiempo, eternamente; enigma en el peor de los casos resucitado cada tantos años dentro de la historia de la ciudad, de las excentricidades de sus habitantes. Con su obra por ello mismo seguramente publicada al comienzo por uno de esos peores ciegos conocidos como editores, atraído más por su inaudito caso que por la verdadera calidad intrínseca a sus escritos. Y asimismo reseñado por uno que otro periódico (e incitando a su publicación, si no se había hecho aún), instituyendo el mórbido interés de los lectores por conocer las impresiones de alguien que se había atrevido, aunque fuera dentro del no muy atractivo mundo literario para el común de la gente, pero por el contexto prácticamente anulado. Sin poder salir aún de su asombro. Nunca lo hubiera creído. Si lo había intentado (lo que podría ser esgrimido en su contra, por albergar al menos una posibilidad), había sido sólo por contradecir imaginariamente a su esposa, que se había reído sin más de su ingenuidad por la historia del hombre que le había vendido aquel pedazo de basura, sin decirle nada por las horas perdidas en aquel antro de mala muerte (como ella gustaba llamarlos); historia que le había contado creyendo que sería de la misma opinión de su esposa, para, no más abrir la boca, darse cuenta de que no era así; y no por la tan previsible reacción de ella sino (¿quién lo creyera?) por su propia concepción de aquel asunto (lo cual demuestra que conocía mejor a su esposa de lo que creía conocerse a sí mismo) que antes de salir para el trabajo lo había hecho probar lo absurdo de sus esperanzas de retrasar aquel tiempo del “tener que ir(se)”, en una fantasía de lavabo. No sin (embargo) esperar un poco ver luces de colores, fuegos de artificio o que algo parecido sucediese. Pero sin que nada sucediese. Para salir otra vez del baño apresurado, tranquilizado y decepcionado por la primacía de la razón de su mujer, que ya no se escuchaba arreglando la cocina y escuchando la radio (¿la había apagado para salir al patio?), y despedirse instintivamente, casi inconscientemente, en un apenas perceptible acto de habla, sin la más lejana convicción de recibir a cambio algo grato antes de salir a la calle y ver una pequeña mimo disfrazada de estudiante, perfectamente inmóvil, y más allá un taxi de los nuevos con su conductor adentro parqueado a mitad de la intersección de las dos calles, y mirar entonces su nuevo reloj, ante esos indicios en apariencia demasiado cercanos a su sueño donde las manecillas rojas se encontraban fijas en un cuarto para las siete y las verdes antes inmóviles ahora se acercaban rápidamente con su segundero para emparejarse a las otras, que, al ser alcanzadas, despertaron de su letargo, como al parecer todo lo demás, y así muchos sonidos llegaron a sus oídos, acostumbrados a un silencio casi ideal, donde apenas se hallaban los que él mismo producía, mientras veía a la muchacha seguir sin más su camino hacia un
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taxi desaparecido, sospechando entonces que quizás su esposa no lo hubiera escuchado despedirse al salir, lo que a la comida podría traerle consecuencias. Aunque ya poco importaba. De todas formas no esperaba ningún recibimiento muy efusivo, con ella seguramente ya encamada, arropada con uno de sus detestables pijamas enterizos, comprados tras su deshonroso incidente (atuendo nocturno cuya sobriedad lo incitaba, excitaba de una cierta perversa manera (si ella supiera...), especial), aferrando fuertemente la cobija bajo la barbilla, ocultando el resto del cuerpo al extraño que cada noche la adoraba y abordaba aparentando ser un buen cónyuge comprensivo, en realidad por siempre jamás indulgente, lo que no había podido aguantar ni querido soportar, para tan sólo besarle la mejilla inmaculada de quién sabe cuántos polvos recibidos, aspirar el aroma fresco del cutis recién lavado y responder al fingido interés de cómo le fue en la oficina con un no menor fingimiento para mantener la cuota básica de autoengaños de parejas y familias y evitar un posible torrente de manías de niña mimada, para lo que hubiera preferido que se quedara con su señora madre y lo dejara en paz, encerrándose en el baño, en su papel de “hombre cansado de trabajar”, mamado (¿literalmente por quién?), para intentar leer al fin un periódico que de sobra hubiera podido leer tranquilamente en la oficina, sustrayendo tiempo, que en realidad no había podido leer por pensar en ella (y en ellos, rebajándose a imaginar desearla como ellos la habían deseado), sintiendo con indignación la paradójica limitación del simple hecho de ser su esposa, de supuestamente pertenecerle (el uno al otro), con las normas sociales implicadas en ello y representadas, encarnadas en su familia (la suya propia poco o nada le importaba), para la realización y consumación de su deseo, para una vez visualizado el seguro cansancio de ella (maravillosa paciencia, resignación o sumisión había aprendido, le habían enseñado) por la espera salir al fin ante su presencia semidormida y acostarse a su lado, fingiendo ignorarla delicadamente para responder al interrogante de si había comido (su voz de preocupada solicitud, cuando qué podía hacer ella para calmar su necesidades), como supuestamente lo había hecho con una cliente de camino a casa, pensando que ella al menos podía buscarse algo si la empleada no había regresado aún y no quería morirse de hambre, para yacer(?) en la certeza de que al despertar se repetiría la misma rutina de salida y llegada, día tras día, infinitamente, con ella al lado e inalcanzable en su deseo, sin poder arrancársela de aquel lado inalcanzable, como al principio, pensando que la táctica del cohabitar de poco le había servido... ...empezando a sospechar que quizás no era a ella a quien entonces había deseado en su figura sino otra cosa que por su intermedio sentía inalcanzable: una complementariedad que nunca había estado ni siquiera como ínfima posibilidad en aquella pública mujer de compañía, la entonces aparentemente más fácil opción de llenar aquellos espantosos cuartos de residencias desoladas, apenas plenos de inquietantes presencias (o apariencias) para él, que anhelaba suplantar por unas más agradables, sustraerse y refugiarse de ellas. Para lo cual más
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le hubiera valido entregarse. Si no fuera por la espantosa sospecha de que una celda no sería diferente... salvo por la imposibilidad de la posibilidad de escapar a otro lugar. Como si no existiera refugio. Sin ella. Dejándola atrás (¿asesinándola como una forma de defensa, de reapropiarse nuevamente de una supuesta libertad perdida (como si alguna vez la hubiera tenido), por no atreverse a decirle simplemente la verdad, para eludir la confrontación y su responsabilidad?), para buscarse otra, otros medios, todavía sin saber qué. Apenas consiguiendo dormir de día, pasando las noches “con” ella, como (¿convertido en?) un celestino que desempeña a regañadientes el oficio, aparenta trabajar en contra, aceptándole cual mártir los trabajos necesarios para la subsistencia de ambos, para no gastar el patrimonio escondido en su estancia. Hasta no poder más, harto al límite. Bajo procedimientos etílicos, favorecido por un farmacéutico caído en desgracia, del que obtuvo un venenoso afrodisíaco, patrocinado por el dueño del local para su noche de coronación de “miss hetera” (lo que en otras partes se correspondía al empleado del mes). Gracias a ello, había estado fenomenal. Orgulloso, casi se sentía un poco culpable. Aunque con el tiempo empezando a dudar si algún día hallaría una auténtica compañía, no tanto femenina como masculina. Aunque los hombres... Aunque sentía esa posibilidad próxima a su realización, hechizada por sus palabras de esperanza, de sacarla de la monotonía del pueblo. Y su mejor (o única) amiga estaba que se moría de envidia. No debió haberle mostrado sus primeras maravillosas cartas. Si no hubiera sido por buscar ayuda... ya que la hacían sentirse un poco estúpida al intentar una respuesta. Nada le parecía suficientemente bueno. Y no había sido de mucha ayuda, en todo caso. Al final, haciéndose a la idea de que una imagen equivalía casi a un millón de palabras, había optado principalmente por el lenguaje visual, por una foto suya en traje de baño, contextualizada como una foto perfectamente normal, cotidiana, en el acostumbrado paseo familiar, nada especial, no a propósito posada y captada sólo para él (como efectivamente había sido, aunque sí dentro del contexto familiar), para que no fuera a creer quién sabe qué cosas, pues a los hombres (como a las mujeres, aunque ella era (o al menos se creía) diferente) nunca se les puede dar seguridad de nada, siempre preferiblemente muy poca; luego se creían los dueños, amos y señores de una esclava embobada. Convencida de que esa imagen de su cuerpo, o quizá de una manera no consciente su cuerpo mismo, valía más que los inhábiles significantes verbales de los que trataba de procurarse para recubrir (refrenándose) como entusiasta amistad su indudable apasionado amor. Obligada (pretendiéndose forzada) a ello, como un ajedrecista a sopesar cada movimiento, para no estropear el vínculo que podría llegar a ser. Con secretas intenciones insospechadas, apenas reveladas con su realización en la réplica de él: perfecta imagen complementaria a cambio, que aunque no necesariamente debía ser en traje de baño (aunque ¿por qué no?) le había cautivado ya más tarde aun más si cabe de aquel hombre ni muy joven ni muy señor de aspecto serio (quizá por el traje, que aunque le sentara bien, informal, traje al fin y al cabo), acompañada de sus tan correctas palabras de agradecimiento y elegante admiración por el inesperado presente de la visualización de su
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destinataria preferida (¿desliz, falta o ideas suyas?), con las que anunciaba en respuesta a unas palabras escritas como provocación desde la impotencia cierta posible satisfacción a los deseos de ambos por igual. Aunque no especificaba si por viaje de negocios (lo que no sabía qué podía significar, pero le sonaba bien), vacaciones, o –mejor aun– ni por una cosa ni otra sino por ella, para conocerla mejor de lo que sus palabras se lo permitían, para lo cual anunciaba próxima su llegada, solicitando urgente otro modo de comunicarse si no quería al llegar que se presentase sin más en su casa. Y sin pensarlo, se había apresurado a contestarle esta vez sin más, entusiasta, esbozándole el horario de las mejores posibilidades de encontrarla sola en casa. O máxime con su hermano, con el que nunca se sabía, lo que podría ser un problema. Tendría que ver qué hacer con él. Podría contarle, intentar hacerlo cómplice, aunque estaba segura que hasta la evidencia nunca creería su sueño. O que la esperara de camino a la escuela, y entonces no asistiría a la escuela, se escaparía con él; o de vuelta a casa, y entonces diría que se había quedado a almorzar donde una amiga. Dependía de él. Como siempre. La pregunta había sido más retórica (un puro gesto de tenerla en cuenta con su opinión y consentimiento) que la verdadera expresión de una indecisión, con su consiguiente espera, puesta en escena. Pues terminaría finalmente haciendo todo a su manera; en la medida en que ello fuera posible, ya que todavía no sabía cómo se daría esa posibilidad sólo recientemente deseada quién sabe por qué. Aunque sabía que no era imprescindible que hubiera un porqué más del que se pudieran imaginar (no estaba solo en ello) para justificarse mejor y sacarle el cuerpo a la responsabilidad de sus deseos, pues la sola aparición de una modificación en un devenir pretendidamente sempi-eterno por los siglos de los siglos no estaba obligada a tener explicación más allá de la constatación de su existencia. O así lo había aprendido, sin cuestionar mayor cosa al comienzo el aparentemente obligado divorcio con lo material, para finalmente terminar, junto a otros semejantes, decidiendo una nueva vida, un recomienzo. No dejarnos caer sino poner al mismo nivel, a ras del suelo, toda la estructura. Primero como un experimento inicial que cobijaba a aquella que tanto le llamaba la atención (sin “segundas intenciones”, más allá de su felicidad (¿la de quién?)), pues su poder era restringido (aún). Sin prever consecuencias más allá de las puras aparentes ganancias, aunque con aprehensión debido a una indefinible certidumbre de estar llevando a cabo algo no consentido hasta el momento. Lo que tampoco significaba que estuviera prohibido de seguro. Con el deseo de instaurarlo como una posibilidad por lo menos cíclica. El que hasta el momento no se hubiera realizado ni una vez no parecía razón suficiente para una imposibilidad terminante, y ello aunque la cuestión misma fuera inconcebible dentro de su círculo anterior. La tentación lo invitaba a su lado, adivinando sus miradas e interés, alegre siempre tan serio, imaginariamente auscultándola, retirando la venda a la vista de sus senos.
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O ella al menos así imaginando: que todos los tipos interesantes eran iguales y ella podría dominarlos a todos por igual con la misma táctica de sumisión, de posibilidad de perversión infligida a su inocencia (¿La de quién? No importaba. A ambos les gustaba). El único problema era esa casi que inevitable acumulación fruto de la necesaria derivación, pues, aunque no le gustaba jugar a dos manos, simultaneas, convencida de que ello no le permitía aplicarse, ejercer todo su poder de seducción destructora –aunque uno siempre era insuficiente para poner todo en juego, no era entonces tan palpable el riesgo–, le tocaba experimentarlo una y otra vez en el traspaso de sus afectos, de uno a otro. Como ahora, todavía sin poderse deshacerse del anterior, en lo operativo ni en lo afectivo (su corazón (?) no podía ser (aún) tan calculador como sus deseos más carnales, a flor de piel), y ya tiene los ojos en otra víctima. Lo que siempre era una molestia, porque la hacía asumir su peor papel de perra, amenazando con denuncias a la policía y familiares por corrupción de menores (más específicamente, de ella), lo que generalmente al comienzo los asustaba bastante, pero luego se les pasaba y seguían. Y a ella claro que tampoco le interesaba meterse en denuncias y embrollos jurídicos, a no ser que fuera un caso extremo, la última posibilidad de alejarlos de su lado. Por lo que algunos, recelosos, la seguían durante días, sin permitirle llevar a cabo mayor cosa, obligándola a unas aburridas vacaciones sentimentales, mientras iba acumulando fama (¿en qué círculos?) entre simplemente “perra” y “pequeña puta calientahuevos”, lo cual, técnicamente hablando, no se le ajustaba, ya que no buscaba, y difícilmente recibía, alguna remuneración económica. ¿A cambio de qué? No se trataba de eso, sino de una transferencia más interesante. Lo que los obligaba a inventar formas manidas sobre ella, que les hiciera asimilable sus devaneos, rumbeos. Puros cuentos. Volviéndolos hasta el extremo inseguros de si su plan funcionará, como en una secreta fiesta de cumpleaños tras el almuerzo, en celebración de su mortal digestión, amparada por un vaso de sal de frutas puras, brindado por una solicita esposa ante el comprensible (y por ello pasable, con una sonrisa entre festiva y ligeramente reprobadora) eructo, como si fuera árabe el muy cabrón, pensando el amigo que comprende mejor que nadie a esa magnifica mujer que por un momento (con un fin) ha dejado de representar su triste realidad de esposa incomprendida por un mezquino marido pueblerino... Si en cambio hubiera conocido entonces a su mejor amigo... Pero él se les había adelantado, ejerciendo (eso sí) de casi que inmejorable punto de encuentro. Punto casi irreprochable, que les hacía posible el papel de amigos en consideración a él. Creyendo en últimas los motivos que le había señalado ella. El uno para el otro. En realidad tampoco es que a él (o al otro) le importara. Un simple inconveniente que debía remediar, superar, dejar atrás como un mal sueño, o una indigestión por ingerir perniciosa comida en exceso, para quitarle aquella molestia de encima al pobre infeliz inocente que se toca más inquietamente la panza sin que por ello desparezca todavía aquella estúpida sonrisa de su rostro, aunque con una expresión un tanto preocupada, para levantar
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luego la mirada, observarlos con sus ojos como platos (¿u ojos de pato?), sin comprender lo que le sucede para transmitirlo a aquellos que aparentemente se ríen de un chiste (o una broma) que seguramente él ha dicho (o está realizando) y no ha escuchado (o no se da cuenta), mirándolo y riéndose, creyendo que hace una broma cuando nunca ha intentado ser más serio (o precisamente por ello mismo). Recordándole entonces a su amigo cómo había sido él mismo y no era más. Cuando sufría por las mujeres, poniendo cara de c(at)ólico, sentenciado a una muerte incomprendida, de la que (¿quién lo dijera?) su mejor amigo lo había curado con su esposa. Mujer que ahora no tenía nada que objetarle, por qué convertirlo en objeto. Porque tampoco lo conocía más allá, y en cierta forma estaría en desventaja. Porque hasta entonces todas –sin excepción– lo habían engañado. Quizás por haber sido demasiado romántico. Ahora lo veía. No se les puede pedir tanto a las mujeres. Sobre todo viniendo de un devoto que se ofrecía sin reservas. Así había sido con su primera noviecita, la primera mujer a la que amó. Un poco mayor, con muchos otros problemas, deseos enfocados por sobre su cabeza. Para ella, no más que un amigo fiel (como un perro), hombre de donde poder saltar –y volverse a sentir adolescente (quizás entonces sí realmente creyéndolo sentir), a través de su rebelión de estudiantes suspendidos tantas veces de un mismo colegio... Siendo objeto de preocupada atención del poder mismo delegado en directivas y padres, ¡cómo gozaban! Creyendo cada cual mejor su gran drama, que representaban de forma casi inconsciente, instintiva, con apenas algunos destellos de una aparente y sólo aparente claridad al final del túnel de entrada en la madurez, en situaciones oscuras y angustiantes. Hasta el casi inevitable noviazgo, finalmente pactado. La pareja conformada en su aceptación (de ella) ante el insistente deseo y sufrimiento de él (¿pues que otra cosa sino podía ser o era entonces el amor?), para llegar a las peleas que por derecho les permitía la recién instaurada relación, en el casi infinito juego de engaños y traiciones deseadas. Traiciones algunas cumplidas de su parte, para hacerle sentir celos y confirmar así al fin el amor de ella. Y de parte de ella, porque sencillamente se sentía insatisfecha, porque buscaba otra cosa, otro hombre, un hombre a sus ojos más que él, que le costara algo más conseguirlo, conservarlo y la hiciera sentir por ello mismo más mujer, significase lo que significase, segura de que entonces tendría la seguridad de serlo. Independiente de su padre, del que una vez confesaría, en uno de sus ataques de angustia, que la había violado de niña. Lo cual lo había dejado sin saber qué hacer con ella. Y aquella verdad, que en realidad sólo era una supuesta verdad, de la que ahora realmente no sabía, dudaba, le costó finalmente su desprecio. Preguntándose entonces qué se suponía que podía o debía entonces hacer, qué hubiera querido ella que hubiera hecho ante esa confidencia. Si al menos se lo hubiera pedido o exigido de una manera más clara... Pero entonces había pensado que lo mejor era olvidar lo que había escuchado, como si con ello pudiera lograr que ella
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misma lo olvidara, cuando lo que entonces buscaba era un verdadero hombre que la arrancara de la proximidad tangible del recuerdo de su padre y la convirtiera al fin en otra. La muy puta, que se regodea en la traición de su señora, cuando seguramente la pupila todavía anda por ahí cerca, buscando a su hermana; como ella misma, que la había encontrado finalmente en sí misma, de una forma negativa, como la sublevación de la eterna víctima que también había encarnado (tan bien) hasta hace poco (les venía de familia). Así que se acerca con sigilo, para tomarla por sorpresa, sin pensar en él todavía. Y contempla su estupor al enterrar en la espalda de su amante, cual campo abierto, jadeante, de espalda a la parte frontal gozante, el arma asesina de su hija. La escucha gritar (¿todavía de placer, o ya de terror?). La ve caer hacia el cuerpo desnudo que entreabre los ojos y entrevé paulatinamente –en la oscuridad del crepúsculo, con fondo de lluvia y sombras artificiales– la silueta de una mujer (ella) que levanta el brazo en una pose inverosímil, casi ridícula, sobre su cabeza. Preguntar qué ha hecho, jurar no tener velas en este su funeral o entierro, víctima entonces de una simple cuestión de desplazamiento y usurpación necesarias: con lucha de cotilleos, adulaciones e informaciones dejadas caer como al azar sobre la entonces degradada doncella, para terminar de conducirla a la desesperación, tras la apenas elemental angustia de su vida en aquel mundo infernal, con aquella opresiva familia, colgada decididamente al interior del armario que le habían hecho ocupar, poniéndose en su lugar cual muñeca de trapo cansada de jugar con niños tan inocentemente crueles. Única posibilidad de escape entrevista. Porque la crueldad era su ley. El silencio, la soledad, despóticas, las armas de todos contra todos, su manera de relacionarse, su fuerza. Por lo que tendrían que pagar con su propio discurso, única forma de que entendieran, en el exceso. O ni eso... Menos cobradora que simple exterminadora de lo que nunca debió haber sido, ni siquiera como posibilidad instaurada por una madre indiferente y un padre inexistente. Así, rota su única familia, para ser recluidas en dos manicomios diferentes: una casa de familia y un sanatorio mental: como la acción y la reacción de la separación de su familia. Y de ella. Aunque aún sin perderla de vista, excediendo más bien por el contrario la actuación de su ignorancia como provocación. Porque no deseaba asustarla por algo que en todo caso no sería capaz de hacer: acercársele. Porque temía, más que su rechazo, una aceptación inmediata que se la destruiría, que acabaría con el ideal que le encarnaba en ese momento y lugar. Sin decidirse a bajar aún ninguno de los dos. ¿A dónde iba toda esa gente a aquellas horas? ¿A dónde iba ella? ¿A dónde podría conducirlo? Seguramente lo mismo se estarían preguntando, de vez en cuando, uno que otro de los otros. O ella misma. Y entre ellos, unos que le dan más desconfianza de lo usual. No puede evitar mirar siempre quién va a subir y sentir un cierto temor ante tipos como aquellos. Uno que otro, vaya y pase, pero ya eran muchos a la vez, subidos al mismo tiempo. A no ser que fuesen alucinaciones, imaginaciones suyas, para obligarse a pensar en otra cosa que no sea ella. Como el primer grito y la sarta de groserías, de “¡Hijueputas, se sacan todo!”.
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Todos azarados, de una u otra forma, por múltiples motivos. La violencia de los gestos, golpes y amagues. La visión de los objetos corto-punzantes. De seguro ya el jefe encañonaba (¿con el único revolver?) y obligaba al conductor a desviarlos de su ruta, camino, cambio de destino. Imaginando ver todo a través de un noticiero, como si no estuviera allí, deseando no estar entonces allí. No más que un puro testigo o presencia no implicada, como si todo no fuera más que una simulación, aunque muy real. Esperando que allí otros desviaran la atención sobre su en todo caso tan insignificante persona. No eran ningunos desarrapados. Sin ser profesionales, tenían su método. Se veía que lo habían planeado (¿todo?), que no se trataba de un simple impulso en su camino a casa de vuelta de un trabajo mayor, ahora auscultando maletines y enchuspándose billeteras, relojes, joyas, mandando a los pasajeros del fondo hacia adelante para que no se les fueran a escapar. Y finalmente descubriéndola a ella. El con cierta aprehensión, queriendo, impotente, tranquilizarla. Y ellos reteniéndola, empujando hacia atrás a la niña que lo ve sin verlo, con la cara deformada por un puchero de terror, al tiempo que comienza a llorar... Para después no recordar más, con sólo la intuición o certidumbre de que algo había pasado. Algo realmente significativo. Porque siempre en todo caso pasa algo que puede sin más no importar, olvidarse tranquilamente, inconscientemente sin más. Pero su paseo o errancia acaso sin fin, lo intuía, no era de esos tranquilizadores. Debía deberse a algo, o tener alguna meta que acaso había olvidado en el camino. Víctima por tanto de algo que no podía recordar, pero que estaba segura de encontrar de un momento a otro y reconocerlo como tal. Con esa esperanza que la empujaba a continuar a través de esa (o esta) escritura del camino de su vida (a veces le salía al encuentro la cursilería), derivando sin meta a través de esas imágenes que se desplazaban a través de sus ojos. Confiada en que al final (si es que al menos había uno) encontraría allí (o aquí) su lugar, y adquiriría entonces un verdadera sentido (como si no lo tuviera ahora, o éste fuera falso). Como un puzzle o rompecabezas que no sabía que tuviera o debiera que (¿re?)construir. Pero se esforzaba. Lo intentaba, empujándose a cada tantos pasos, con la certeza de que el tiempo no estaría ni estaba a su favor. Y lo que le asustaba no era su posible mortalidad –lo que por el contrario la tranquilizaba un poco–, sino un posible no-fin, por decirlo así, una supresión instantánea que dejara todo en el aire, suspendido, o desmoronándose, con lo que su vida toda quedara inexplicada o injustificada, como puro gasto sin sentido donde ella había invertido (aunque sin desearlo, sin poder propiamente elegir desearlo) un tiempo que tenía al menos el sentido de ser suyo (suponiendo que fuera posible su posesión), fuera ella la que fuera (lo que no importaba demasiado, que no recordaba aunque sí le importara). Presentándosele entonces a cambio un sentido de pérdida e injusticia que la hacía trastabillar y tropezar y seguir sólo por abnegación con paso inseguro. Sin atreverse a caminar
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bajo los portales de las casas para recibir intermitentemente las manchas de sombra de los techos aleros sobre su cabeza. Al borde del andén. Por culpa de posibles lágrimas que nunca llegaban a materializarse a través de los surcos de su rostro. Víctima propiciatoria de un suplicio infringido por un ser cruel y desconocido (¿Dios? ¿Yo?). Suspendido ante inmensidad de terribles posibilidades, de realidades que lo (nos) envolverían (con él a todos nosotros (aunque ¿quiénes, nosotros?)). Perdido el norte referencial, derivando como sin poder nunca más cesar, que nunca cesara o terminara. Derivando sin más. Punto final. Palabra o vida diseminada sin acaso fecundar nada, desgastándose, muriendo un poco. ¿Invirtiendo o gastando vida en una de las muchas posibilidades de dejarla escurrir entre los dedos como la sangre de la propia herida que estupefactos (de no poder disfrutar el espectáculo que damos a otro) intentamos retener? Sin descifrar tampoco de seguro como tú también por qué se pierde el tiempo de esa y ésta manera, cuando si bien en apariencia no todo es posible. En algo se podrá abrir más el espectro de posibilidades, sin importar el esfuerzo. Darse cuenta de los márgenes y luchar contra ellos en la búsqueda del exterior desconocido. Al borde de donde se cree escuchar el agonizante estertor que ha empezado a proferirse desde un principio. Equivaliendo sin más la agonía a la voz y la voz a la agonía. No bien transmitida (la voz, la agonía) en esta transcripción. Como si algo se perdiera inevitablemente desde el pensamiento. Y aun lo apenas deseado sin pensarlo, conocerlo o intuirlo más que por otro (¿tú acaso?) que se lo señala y obliga. Designando la existencia por medio de nombres (aunque se abstuvo). Preocupado por los esenciales sentido y coherencia. Evitando en lo posible la justificación que en apariencia inevitable realiza esa palabra complementaria del existente. Aquí a ojos de nadie. Cuya reacción fue de miedo, por la inmensidad de las posibilidades conferidas. Ante la posibilidad, entre otras, de que se las robaran o cayeran en malas manos (suponiendo las suyas buenas). Sin darle tiempo a detener el tiempo (valida la necesaria redundancia de aquella portentosa y estrambótica palabra) para desaparecer a ojos de posibles victimarios. Jaloneado y/o arrebatado. De lo que debía tener tanto o más cuidado como cualquiera. Ahora lo más apremiante era volver a probarlo para cerciorarse (¿se cansaría alguna vez? ¿podría algún día serle cotidiano? ¿cómo sería?) de los límites de su eficacia, para entonces pensar en qué lo aplicaría “realmente”, más allá del inevitable diferimiento del absurdo trabajo diario. Pensando en cómo manejar aquel asunto a los ojos de los otros, de manera que no sospecharan, para no tener al mundo entero en su contra. Si utilizar la técnica del típico superhéroe, sustituyendo caseta telefónica por baños público, ya que las escasas casetas con que contaba la ciudad eran demasiado visibles y siempre se podía encontrar a alguien que perdía el tiempo mirando. Pues al fin y al cabo, así como no era superman, tampoco estaba en Metrópolis. Asegurándose en todo caso que al acabarse su tiempo estaba de vuelta en el baño
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y/o no había nadie alrededor para volver a “su” sitio, asumiendo la misma pose. Aunque esto último podía ser suficiente, con máximo consecuencias como: un hombre que consulta y maneja su reloj, automáticamente en una ligera posición diferente, lo que llevaría a muchos a cuestionar la eficacia de sus sentidos. Continuando lo que entonces para los otros supuestamente tenía pensado hacer. Para así del trabajo correr a casa a violar a la esposa inerte, rígida como siempre pero accesible en la inconsciencia, aunque insuficiente para el deseo, sin ser en realidad la realización buscada. La existencia del acto supeditada a la conciencia y a su resistencia. Para que no quedara sólo como una fantasía. Compartida realmente por ella en la (re)presentación del acto mismo de su deseo. Con él asumiendo el papel de los otros, de ellos; alternativamente y al mismo tiempo siendo todos, como una gran ente. Con ella en su eterno papel de víctima, representándose a sí misma. Sólo entonces el acto valdría la pena. ¡Shame for you! De ello se trataría. Mientras tanto, de nada le serviría. Puras especulaciones. Debía encontrar la manera o asumir el riesgo, volverse un fugitivo de su tiempo (¿el peor de los criminales?). Aunque habría tiempo para ello, siempre. Mejor comenzar suavemente sin ser notado, víctimas desligadas de toda sospecha. Dar rienda a otras fantasías más secretas. Como las primeras, ya olvidadas de todos. Las originales, que con el tiempo se le habían tornado socialmente irrealizables, con esas pre-adolescentes que habían llenado sus ilusiones de niño (las niñas nunca le habían gustado). Con esos exquisitos enigmas. El periodo más bello de la mujer, a la entrada de su plenitud. El resto, dilatada decadencia y espera de la muerte. Enigmas ante los cuales ahora recomenzaría su esperanzada (re)elección, pues las que tanto había deseado en su juventud (y seguía deseando, en cierta manera) habían perdido ya en realidad casi todos sus encantos a sus ojos. Y niñas deseables sobraban en la ciudad. Todo hombre lo sabe, aunque esté bien acostumbrado a resignarse en la imposibilidad de alcanzarlas todos los días. Como él había llegado a desear inconsciente, itineraria y furtivamente, como un lobo, a unas cuantas caperuzas. Volver entonces atrás con una para sentirse ahora más satisfecho. Para que le desnudara el pecho, sacándole la camisa con ágiles y sonrientes manos. Inmediatamente turbada ante el acto de infantil osadía de unos dedos que constatan inexistencias, aberturas o (re)plegamientos quizá aún húmedos, en un lugar común aquí pervertido El miedo latente, al acecho del siguiente paso; menos fuerte, casi en suspenso. Perdidos en el momento en los ojos del otro. Hasta reanudar, suavemente, imperceptiblemente al comienzo, caricias sólo al poco rato sensibles. Continuación de una caricia más larga que quizá se remontaba a los primeros juegos. Diseminadas casi imperceptiblemente hasta allí
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donde se tornaban claras, en finos baldosines contra las espaldas. Calentados apenas por un haz de sol tierno no menos luminoso, desbocado desde el tragaluz suspendido en el techo (que de día hacía innecesaria la bombilla a su lado, pálida sustituta). Cuando, recuerda bien, acercó su rostro para ver más perfectamente lunares, pestañas, cejas... la completa enumeración de los rasgos de su rostro (que en cierta manera son universales, allí expresados en una maravillosa infinita particularidad). Como la forma de los labios, con los dientes frontales un poco aún en desproporción mayores que los otros. Labios ligados a la representación de una palabra por decir, suspendida, y a una fuerte carga sexual para el inconsciente de los hombres; cuando lo suyo era el silencio, táctica reforzada en la práctica de la seducción por el efecto suplementario que conseguía en el sexo masculino (¿dónde más que en él?). Labios con los que lo había besado, aproximándose a una monstruosidad de lo que segundos antes había sido simplemente bello. ¡Cómo olvidar aquello! Y sin embargo había seguido adelante, para sentir entre su cálida, fresca y cristalina saliva, la lengua, que ya se aventuraba con timidez a acariciar sus labios. (¿Los de quién, ambos confundidos, perdidos en el otro y por ende en ninguna parte? No tratándose allí, aquí, de un simple intercambio de cuerpos y/o sensaciones, poco importa). Sin permitir poseerla de otra forma. Una por demás inconcebible entonces, a pesar de los planes elaborados a partir de las películas observadas con los amigos. No más que por las caricias y el deslizamiento de los labios hacia zonas en cierta forma permisibles, o no tan escandalosamente comprometedoras del coito. A partir de lo que, desde ese mismo día, veneraron sus cuerpos bajo la ducha, acostados en los fríos baldocines, dejando caer entre ambos un leve chorro de agua. Para terminar en un abrazo lleno de lujuriosas caricias en el que todos participaron. Orgía de roces para los que algunas –poco acostumbradas al tamaño de la empresa, alienadas en el sistema clásico de privacidad dos a dos, o máxime hasta el triangulo equilátero–, se echaron para atrás, abandonándola, dejando frustrado a más de uno. El espacio imponía sus límites. Y si no habían pensado entonces en forzar a las reticentes era quizás porque el verdadero objeto de deseo se encontraba en aquel centro y no en la atomizada periferia reluctante. Centro desde donde, no se sabe cómo, entre la azarosa masa de cuerpos que trabajaba para someterla, relegarla a la inferioridad del suelo y el objeto, se había erguido, y con increíble autoridad había puesto orden al abrebocas, alargando el show, introduciendo actos más potentes, a su vez considerados umbral a otros más fuertes (siempre un paso más adelante, siendo imposible entonces predecir a dónde podrían llegar, pensando que se pudiera ir siempre más allá). Pidiendo que uno se la tirara ahí mismo, delante de todos. Señalando a los que en progresión aritmética a continuación seguirían, para poner en práctica todas posible posición. Quizá efecto de las drogas. Aunque quién sabe hasta qué punto no tenía programada una coreografia tal, a partir de haber estado (h)ojeando el rancio kama-sutra que le había comprado por los grabados. Quizá con la esperanza de que hubiera algún tipo de los Guinnes, o para ganar al menos el concurso de la chica ya no del mes sino del año o milenio. Proeza inigualable que al año ameritaría comprobación. Pero hasta entonces reina indiscutible en la memoria. La más
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puta de las putas. Hasta que a los siete dejó de moverse para convertirse en una “simple” muñeca de carne por unos minutos más, sin terminarse los veintiocho. Y mientras los demás salían de su frenesí, él seguía fascinado e impaciente ante tal despliegue de energía. Y con el grito de una muchacha que creía que las iban a violar la escena se volvió casi irreal. La chica más bonita, con la que habían empezado, era ahora la viva representación de todas las demás, horrorizadas ante tamaña posible violencia, más allá del despojo de sus pertenencias objetuales, del despojo de la ropa que le adivinan. Sin atreverse ninguno a mirar. Fingiendo hasta donde era posible la indiferencia. Como si no fuera con ellos o no estuviera sucediendo nada en absoluto. Muertos, perversos aterrorizados que instauraban cierto silencio en la oscuridad de las calles que atravesaban en su soledad. Sin que nadie más que ella pueda gritar tras los golpes iniciales para rasgar o romper una inútil resistencia, para abandonarla luego como un desecho en coma... Balbuciendo lloros entre el sonido de ropa desgarrada y golpes sobre su carne. Lo que en un descuido del más próximo le impulsó a oficiar de héroe, sin saber cómo, agarrándose de una navaja con un relativo éxito, más por la perplejidad causada en su víctima que por el golpe y la eficacia propia del acto (la eficacia residía en lo imprevisible que toma por sorpresa). Pertrechándose entonces contra la ventanilla, agarrando a su víctima con la navaja al cuello, como escudo contra las armas de los otros, para ver venir mejor las represalias. Observando a los demás desconcertados, apenas cayendo en cuenta de lo sucedido. Sin saber qué decir para que los dos del fondo se den cuenta de que la situación ha cambiado (¿realmente?). Con todo ya sucedido y cumplido e irremediable, siendo imposible dar marcha atrás. Con aquel cansancio a cuestas. Con el frío que comenzaba a calar sus cuerpos hasta los huesos. Dejándose morir, exhausta, enajenada, creyendo volver por momentos al estado de conciencia pero deambulando más allá de su conciencia anterior. Como si apenas despertara de una pesadilla, sin saber si había sido sólo un mal sueño o si en realidad había despertado. Aún dentro de esa vieja casa haciéndose agua, mojando unas ropas de por sí empapadas, preguntándose quién la había arrojado allí, para luego pasar a unas habitaciones que sólo ahora recuerda y mirar los cuerpos enclaustrados, desperdigados: una señora en apariencia dormida, con los ojos abiertos, expresión un tanto desconcertada, descubriendo su vejez; otra en el corredor, con la cabeza abierta; y afuera seguramente... Seguramente una de las niñas seguía buscando a su hermana. O cansada de buscar y sospechando lo peor simplemente se le ocultaba. Como si aún pudiera hacerle otra cosa. Porque no había sido su intención hacerla huérfana –posiblemente con un trauma– para que la historia se (le) repitiera. Mientras otros se creerían a salvo, creyendo haber logrado escapar de la visión de la venganza que vieron venir. Venganza casi que reconocida antes de tiempo, aunque dudando,
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porque no podía ser. Y luego huyendo, porque nada podían hacer contra sus razones, siendo en realidad ella la razón misma, indiscutible, como parca de tragedia griega. Así como lo que realmente había ocurrido. Dejando sólo conjeturas a partir de la visión de la carnicería, para hacer balance y sacar resultados, por estadística. Perdida toda restricción, desengañados... Ante lo que no quedaba nada para procesar. Puro archivo. Bien podrían haber sido todos sólo dos, los mismos: él y ella, ying y yang, un puñado de múltiples y perversas permutaciones de términos con un cierto final aquí para cada una de sus representaciones. Aunque el “fin” no era más que una palabra, entre otras posibles, antes del silencio, más allá del punto final. A no ser que todo quedara en realidad sólo suspendido, desmoronándose en el olvido del que lo ha recorrido (yo, tú, ella... “ellos”). Porque el tiempo no será mayor para continuar discurriendo y perpetuarse la palabra. El hálito no es inmortal. El cansancio llega finalmente. Y cada paso, cada palabra, comienza a pesar. Aquí, allí. Sin poder descansar en el sueño de la muerte, para más adelante resucitar del pliegue del tiempo suspendido. Ningún descanso situado en un paréntesis temporal posible. Ni siquiera metaforizado en un magnífico reloj, que de hecho en cierta forma y hasta entonces lo ha permitido. Todo lo cual obviamente no se puede más que suponer o adivinar, porque las marcas se declaran ilusorias o fruto de una cierta demiurgia y menos del azaroso cansancio que obliga a poner siempre punto final y/o dejar todo en suspenso, como confesando no se puede más o se (me) acabó. Si quieres, sigue tú, pues nada necesariamente se termina sino que permanece en esencia en sus infinitas modificaciones, por los tiempos de los tiempos...

John Wynberg 1996, 2002

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