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Soberanía, energía y algo más POR ARNALDO PLATAS MARTÍNEZ

Nuestra cultura occidental ha sido, desde su fundación en la vieja península del Peloponeso, una cultura de mitos. Y entendido éste no desde la perspectiva de la mentira, en la actualidad todo lo que deseamos simplificar a una especie de sinonimia absurda; sino en la medida de una serie de referentes que tiene que ver directamente con la construcción de un imaginario colectivo, que explica nuestras categorías más profundas y los conceptos entre los que cada uno se mueve. Y uno de esos referentes es el relativo a la soberanía; el cual es, a la vez, mito transformado en constructo de la realidad. Durante muchos años la soberanía como tal fue entendida como un poder que lo absorbía todo. Una especie de agujero negro que todo lo poseía y que en consecuencia nada lo podía tocar, porque era tan poderoso que era intangible, o en su caso, tenía tal fuerza que formaba parte del centro de la integral energía del Estado. Sin embargo, las cosas han ido cambiando de acuerdo a los tiempos y los sujetos. La soberanía como ese objeto tan extraño a partir de la segunda parte del siglo XX ha empezado a dar tumbos ante una realidad que rebasó el mito y la explicación de la misma. Las condiciones de las relaciones sociales ya no se pueden explicar en la medida de las viejas categorías, sino en virtud de una especie de cambio constante, tanto interno como externo como diría Aristóteles en su momento. Y uno de esos cambios pega directamente en la reforma energética que se discute en todos los foros posibles de este país. La propuesta del titular del ejecutivo federal ha puesto como elemento central de su política una reforma que tomando elementos del pasado busca los cambios estructurales a la dinámica de la economía, y en consecuencia, en el desarrollo de una serie de políticas públicas, que deben leerse en medida de los contextos y no de los sujetos que intervienen. Podremos estar en favor o en contra la reforma que se propone, pero antes se tienen que poner en sintonía la gama de conceptos, categorías y referentes míticos que utilizamos en nuestra discusión y uno de ellos es la propia idea de Nación, la pluralidad de opiniones, la rectoría del estado, el estado de derecho, y sobre todo la idea de soberanía de los tiempos actuales. En ese sentido, la idea de soberanía tiene dos grandes componentes. El primero de ellos que es la gestora de la estructura jurídica del Estado. Es a través de la soberanía la que permite darle legitimidad a las normas jurídicas que emanan de los órganos del Estado. Y en segundo lugar, la soberanía debe tener como finalidad, otra vez nuestro amigo Aristóteles, el desarrollo de políticas públicas que desemboquen en la satisfacción de todos, o al menos, la mayoría, restando las desigualdades de todos los que viven en un territorio soberano. Si hacemos un pequeño análisis de la reforma propuesta se encuentran algunos de los elementos que arriba están mencionados. Se cumplen con los procedimientos determinados en la estructura normativa del Estado mexicano, y hay una finalidad que desembocar en una mayor competencia del servicio energético, o el impacto en la creación de empleos, o el papel de regulación que tienen las finanzas públicas en muchos sentidos de las relaciones sociales. Para muchos hasta ahí puede detenerse la reforma

Pero las tres propuestas en materia energética olvidan algo que es fundamental en la construcción de la soberanía dentro de un Estado federal. Y el elemento es el rol que habrán de jugar las entidades federativas y los municipios en esas nuevas regulaciones. No se trata de destruir el sistema federal de un pacto donde todas las partes son iguales, sino en medida de la reforma energética empujar en relaciones mucho más adultas entre todas las partes de la federación. Se debe recordar que la soberanía, en los tiempos actuales, no descansa en los poderes federales, sino en una Nación que la constituyen las partes integrantes del pacto federal. La misma noción que empleamos en la actualidad de nación permite entender como parte de un todo que se encuentra depositada en los poderes federales. Al iniciar la presente colaboración hacía mención al imaginario colectivo que nos avasalla, y que en muchas ocasiones no se encuentra explicación. Creo que en la presente situación, no podemos estar en contra de una propuesta que es importante para las políticas públicas, pero a lo que no podemos renunciar es al concepto de totalidad de los agentes políticos para participar en los mencionados procesos. El olvido de uno u otro es dejar de lado el pacto federal, y esto, si provoca ausencia de democracia en los tiempos presentes.