You are on page 1of 3

1

Lo Básico de la Retórica
Por Douglas Wilson, Wes Callihan y Douglas Jones (De su libro La Educación Clásica y el Homeschool) La palabra “retórica” tiene connotaciones negativas para la mayoría de las personas. Evoca imágenes de políticos con mucha labia apabullando a sus audiencias con eufemismos pulidos y grandilocuencias patrióticas mientras intentan continuar en el puesto con salarios cada vez más jugosos; de tiranos con la voz en alto instigando a enormes multitudes de seguidores llevándolas a un frenesí de xenofobia genocida; de lúgubres charlatanes lanzando peroratas dominando el escenario con sonoridades sintácticas poderosamente moduladas y semimelódicas; de descripciones desenfrenadamente rimbombantes como estas. Esa es la imagen que ha asediado a la retórica por miles de años. El primer debate sobre la retórica del que conocemos se dio entre Platón y Aristóteles: Platón decía que aquellos que hablaban en público – los oradores – estaban demasiado preocupados con el estilo, con el brillo superficial de sus palabras, con persuadir a las audiencias por medio de la elocuencia que sonara agradable en lugar de hacerlo con la verdad y la sustancia. Aristóteles estaba de acuerdo en que a menudo se abusaba de la habilidad de la elocuencia, pero replicaba afirmando que la lógica más sólida es incomunicable sin palabras, y que por lo tanto, la habilidad en la retórica es necesaria para poder ser persuasivos. Los sofistas del Imperio Romano eran exactamente eso – meros sofistas que atraían a las audiencias para que escucharan sus discursos altamente entretenidos – porque el debate real político y legal ya no era crucial para el estado: el emperador se había apoderado de las funciones del senado y de la corte suprema. La elocuencia adquirió un mal nombre a causa de estos retóricos de circo. Y no obstante Agustín señalaba que los predicadores debían tener destrezas con el lenguaje para poderles comunicar verdades espirituales a sus audiencias y para persuadirlas a obedecer esa verdad. Este debate se ha repetido desde entonces con varios cambios resonando sobre el mismo tema. Pero al ataque siempre se hace con gran elocuencia, como lo fue el de Platón, mostrando así que la retórica es inevitable; y la respuesta es siempre esencialmente la de Aristóteles: la comunicación a través del lenguaje es una característica de los seres humanos, y por lo tanto, solamente nos quedan dos opciones – intentar comunicarnos y persuadir por medio de la prueba, el error y el accidente, o reflexionar en lo que estamos haciendo y tratar de refinarlo, ponerlo a punto y mejorarlo. De hecho, Aristóteles puso la retórica y la lógica en la misma categoría. Ambas son artes del pensamiento y de la comunicación que el hombre hace por naturaleza, y que por lo tanto, deben ser refinadas. El retórico y el lógico no son los inventores de la retórica y de la lógica, más de lo que el gramático es inventor de la gramática. Todos están involucrados en descubrir lo que el hombre hace de manera natural y en catalogarlo, disponiéndolo en categorías, nombrando, criticando y comunicando lo que descubren de modo que otros puedan ser más eficientes en estas artes naturalmente humanas. Por lo tanto, los siguientes principios básicos de la retórica han de ser considerados a la luz de eso. Son principios desarrollados en el mundo Greco-Romano y se les dio un vigor renovado en el Renacimiento y en la Reforma; son principios desarrollados por la observación de la

manera en que trabajan los buenos oradores y escritores. No son reglas inquebrantables, pero sí son guías seguras hasta que un estudiante de comunicación persuasiva las entienda, las interiorice y las use bien y entonces sea capaz de manipularlas (“romperlas”) para su provecho. La retórica clásica se divide en cinco “cánones”: (1) la inventio, o la capacidad de desarrollar argumentos, ilustraciones y un contenido de peso; (2) la dispositio, o facultad de arreglar ese contenido acumulado en el orden más favorable para la comunicación persuasiva; (3) la elocutio, o capacidad de considerar como decir mejor en la realidad todas esas cosas, qué palabras y frases usar y cuáles figuras de lenguaje; (4) la memoria, aprenderse de memoria el discurso ya completo; y (5) la pronuntiatio, o entrega efectiva del discurso. Los estudios más modernos de la retórica prescinden de los últimos dos por considerarlos como enfocados primordialmente con la oratoria en vivo y se concentran en los primeros tres por considerarlos aplicables a una amplia gama de comunicación persuasiva tales como el ensayo, el discurso, la escritura de cartas y el habla formal de todos los tipos. En la primera etapa, la de desarrollar una composición o discurso (“inventio”), existe una cantidad de consideraciones. ¿Cuáles apelaciones serán efectivas: emocional, ética, lógica? Cuando se usen argumentos lógicos en una composición en particular, ¿de qué tipo debiesen ser: comparación /contraste, causa /efecto, género /especie, definiciones? Cuando se usen apelaciones emocionales, ¿cómo puede la audiencia ser conmovida sin ser manipulada? ¿Y cómo puede el autor /orador impresionar a la audiencia con su propia integridad o credibilidad de modo que le escuchen (la apelación ética)? En la etapa de “dispositio” tradicionalmente se ha seguido un orden típico de las partes de un discurso, aunque naturalmente con buena cantidad de variaciones. En este patrón genérico, la primera parte, llamada “exordium,” es la introducción. La segunda, la “narratio,” es la declaración de la tesis o punto principal de la composición. La tercera parte, llamada “divisio,” bosqueja para la audiencia o el lector las principales divisiones, encabezados o puntos que se cubrirán en la composición o discurso. La cuarta parte, la “confirmatio,” es el argumento real o discusión principal de la tesis bajo consideración; la quinta, “confutatio,” es la refutación de posibles objeciones; y la sexta, la “conclusio,” es la declaración final, el sumario o conclusión. Este orden tradicional admite variaciones, adaptaciones, adiciones, eliminaciones y recombinaciones de las partes, pero los principios esenciales están presentes en este esquema. En la etapa “elocutio,” la fase final de la composición, el autor elige el nivel de estilo que adoptará (elevado, medio, sencillo), y considera su consistencia de estilo, la propiedad del estilo para la ocasión y la claridad de expresión. También tomará en consideración los recursos de lenguaje persuasivo tales como las figuras de lenguaje, la elección de las palabras o la dicción. Debiese ser obvio para este momento que el principio fundamental detrás de todo el estudio y la práctica retórica es que la audiencia debe ser tenida en cuenta. Dado que no nos comunicamos con nosotros mismos sin con otros, la comunicación implica una audiencia, ya sea el amigo a quien le escribimos, la congregación a la cual le predicamos o los lectores para quienes escribimos. Y la audiencia implica un contexto y una ocasión, las que deben ser también tomadas en consideración en todas las decisiones tomadas en la composición; o la audiencia ya se ha formado o se formará una opinión del autor /orador, y eso también debe ser tomado en consideración.

Detrás de todos estos principios se encuentra una metodología fundamental de aprendizaje que tiene una aplicación más amplia que solo el estudio de la retórica. Este método activa las tres etapas llamadas “arte” (o precepto), “imitación” y “práctica.” “Arte” quiere decir aprender los principios de una materia o estudio. La “imitación” significa identificar y copiar, en manera y estilo, y algunas veces literalmente, los mejores modelos del pasado. “Práctica” quiere decir ejercitarse constantemente en el esfuerzo de incorporar todo lo que se ha aprendido de copiar modelos en una habilidad original y en un estilo propio. Cuando el estudiante haya estudiado, copiado y practicado diligentemente y haya comenzado a interiorizar los hábitos del arte de la retórica, descubrirá que la retórica es más que elocuencia; es una manera de reunir, organizar y usar el conocimiento. Pablo les dice a los Corintios que “ni mi palabra ni mi predicación fue con palabras persuasivas de humana sabiduría, sino con demostración del Espíritu y de poder” (I Cor. 2:4), pero está claro que usa palabras y que las usa bien. Su objeción no es contra el uso habilidoso de las palabras, sino a la confianza en la persuasión y la sabiduría humana; pero todos los dones y habilidades, incluyendo las del lenguaje, cuando se someten al Dios que las dio llegan a convertirse en poderosas herramientas para la edificación de los santos, el dominio de la tierra y el avance del reino de Dios.