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La era neoliberal y la hegemonía de la pequeña política

Carlos Nelson Coutinho

Texto de Carlos Nelson Coutinho, profesor titular de Teoría Política en la Universidad Federal de Río de Janeiro. Publicado

Marx en el siglo XXI, Tomás Moulian (coord.), LOM, Santiago, 2011, p. 183-196.

l. En la época del neoliberalismo, el modo mediante el cual se manifiesta la hegemonía -en el sentido gramsciano de la expresión- es aquel de la "pequeña política". Para que entendamos esta caracterización, recordemos, antes que nada, lo que Gramsci denomina como pequeña política. Cito al autor de los Cuadernos de la cárcel: La gran política comprende las cuestiones ligadas a la fundación de nuevos Estados, a la lucha por la destrucción, por la defensa, por la conservación de determinadas estructuras orgánicas económico-sociales. La pequeña política comprende las cuestiones parciales y cotidianas que se presentan en el interior de una estructura ya establecida en el transcurso de luchas por la predominancia entre las diversas fracciones de una misma clase política (política del día a día, política parlamentaria, de corredor, de intrigas). Por lo tanto, es gran política intentar excluir la gran política del ámbito interno de la vida estatal y reducir todo a la pequeña política.1 Ahora, es precisamente así -es decir a través de la exclusión de la gran política- que se presenta la hegemonía en la época del neoliberalismo, o más precisamente, en la época del gran predominio del capital financiero. Registremos lo siguiente: sería equivocado pensar que solo hay batalla hegemónica cuando grandes proyectos de sociedad se enfrentan. Es verdad que fue así durante algún tiempo en Europa, en el tiempo en que partidos con diferentes propuestas de sociedad competían entre sí (como, por ejemplo, conservadores y laboristas en Inglaterra, o comunistas y demócrata cristianos, en Italia). Al contrario, nunca fue así en Estados Unidos: ahí, la hegemonía de los valores del capitalismo nunca fue puesta en discusión por los dos grandes partidos nacionales, ni incluso por las principales organizaciones sindicales. Y, desgraciadamente, está hoy siendo así también en Europa y en los países de América Latina. ¿Qué diferencia sustantiva existe hoy, por ejemplo, entre conservadores y laboristas, en Inglaterra?, ¿o entre el gobierno de Fernando Henrique Cardoso y el de Lula en Brasil?2 La hegemonía, por lo tanto, no siempre se basa en lo que Gramsci llamó "ideologías orgánicas", aquellas que expresan de modo más claro y sistemático la concepción del mundo de las clases sociales fundamentales. Independientemente de basarse o no en una ideología orgánica, una relación de hegemonía se establece cuando un conjunto de creencias y valores se enraíza en el sentido común, en aquella concepción del mundo que Gramsci definió como "bizarra o heteróclita", frecuentemente contradictoria, que orienta -muchas veces sin plena conciencia- el pensamiento y la acción de grandes masas de mujeres y de hombres. Ahora podemos constatar que hoy predominan en el sentido común determinados valores que aseguran la reproducción del capitalismo, aun cuando no siempre 1 Antonio Gramsci, Cuadernos de la cárcel, Rio de Janeiro, Civilizazao Brasileira, 6 vol.
1999-2003, vol. 3, p. 21 (se seguirá citando, en el cuerpo del texto, como CC, seguido del número de volumen y la respectiva página).

2 Volveré a eso en infra, ítem 3.

lo defiendan directamente. Me refiero, en particular, al individualismo (tan emblemáticamente expresado en la máxima que nos recomienda sacar ventaja de todo), a la privatización (la convicción de que el Estado es un mal gestor y que todo debe ser dejado al libre juego del mercado). a la naturalización de las relaciones sociales (el capitalismo puede hasta tener sus lados malos, pero él corresponde a la naturaleza humana), etc. Cabe recordar aún que hegemonía es consenso y no coerción. Existe hegemonía cuando individuos y grupos sociales adhieren consensualmente a ciertos valores. Pero como Gramsci observa, existe consenso activo y consenso pasivo (CC, 3, 33). La hegemonía de la pequeña política se basa precisamente en el consenso pasivo. Este tipo de consenso no se expresa por medio de la autoorganización, de la participación activa de las masas a través de partidos y otros organismos de la sociedad civil, sino simplemente a través de la aceptación resignada de lo existente como algo "natural". Precisamente: de la transformación de las ideas y de los valores de las clases dominantes en sentido común de grandes masas, inclusive de las clases subalternas. Hegemonía de la pequeña política existe, por lo tanto, cuando se vuelve sentido común la idea de que la política no pasa de la disputa por el poder entre diferentes elites políticas, que convergen en la aceptación de lo existente como algo "natural". Cuántas veces oímos la frase: los políticos son todos iguales. Se escogen unos u otros por motivos que frecuentemente no tienen que ver con el contenido de sus propuestas (las cuales, en la mayoría de los casos, no presentan ninguna divergencia esencial o, simplemente, no tienen contenido alguno). Esta concepción de la política como disputa de élites y no como acción de mayorías fue teorizada por algunos exponentes de la teoría política del siglo XX, como Mosca, Schumpeter, Sartori, y muchos otros.3 Para ellos, la política es siempre acción de minorías, de élites. Schumpeter, por ejemplo, reduce la democracia al proceso de selección de las élites por medio de elecciones periódicas; pero, al mismo tiempo, también afirma que el pueblo no sabe combinar interés y razón, de modo que estas elecciones no tendrían como fundamento la disputa entre diferentes propuestas de sociedad, pues se basarían en elecciones irracionales. También contribuyen para difundir esta hegemonía de la pequeña política todos los que dicen que vivimos el fin de las ideologías, que la diferencia entre izquierda y derecha desapareció; ahora, como decía el hoy olvidado Alain, un filósofo francés, quien niega la diferencia entre izquierda y derecha es siempre de derecha. Una versión más sofisticada de esta posición es aquella defendida hoy por el llamado "posmodernismo": para los autores de esta corriente, la era de las "grandes narrativas" murió y en el lugar de un punto de vista totalizante y universal, nos debemos preocupar por las diferencias, por las identidades, por la defensa del multiculturalismo, etc. Esta fragmentación de las luchas sectoriales -que, separadas de una visión universal, no ponen en cuestión el dominio del capital y pueden así ser asimiladas por él- contribuye también al triunfo de la pequeña política. 3 Cfr. C.N. Coutinho, "Democracia: um conceito em disputa", en Id. lnterven~oes. O marxismo
na batalha das idéias. Sao Paulo, Cortez, 2006, pp. 13-27.

Repitiendo: existe hegemonía de la pequeña política cuando la política deja de ser pensada como arena de lucha por diferentes propuestas de sociedad y pasa, por lo tanto, a ser vista como un terreno ajeno a la vida cotidiana de los individuos, como simple administración de lo existente. La apatía, se vuelve así no solo un fenómeno de masas, sino que es también teorizada como un factor positivo para la conservación de la "democracia" por los teóricos que condenan el "exceso de demandas" como generador de desequilibrio fiscal y consecuentemente, de inestabilidad social. Pero, como también vimos, es expresión de gran política reducir todo a la pequeña Política: en otras palabras, es a través de este tipo de reducción, que desvaloriza la política en cuanto tal, que se afirma hoy la casi incontestada hegemonía de las clases dominantes. En situaciones "normales" la derecha ya no precisa de la coerción para dominar: se impone a través de este consenso pasivo, expresado entre otras cosas en elecciones (cada vez con mayor tasa de abstención), en las cuales nada sustantivo está puesto en cuestión. 2. Para identificar mejor la situación actual de la hegemonía en el mundo, correspondería intentar conceptualizar la llamada "época liberal” ,o: si preferimos, la época de la servidumbre financiera. Un análisis sistemático de la época presente del capitalismo "globalizado" es una tarea aun no concluida por parte de los marxistas. Con todo, lo que me parece puede contribuir a este análisis aún in progress es una discusión sobre la posibilidad de comprender características esenciales de la contemporaneidad a la luz del concepto gramsciano de revolución pasiva. Soy escéptico frente a esta posibilidad. Creo que, antes de hablar de revolución pasiva sería útil intentar comprender muchos fenómenos de la época neoliberal a través del concepto de contrarreforma, el cual también hace parte, aunque solo marginalmente, del aparato categorial de Gramsci. Antes que nada, recordemos brevemente las característica de la revolución pasiva, término que Gramsci recoge del historiador napolitano Vincenzo Cuoco, pero atribuyéndole un nuevo contenido. Se trata de un instrumento-clave del que se sirve Gramsci para analizar los eventos del Risorgimento, o sea, de la formación del Estado burgués moderno en Italia. Pero el concepto también es utilizado por él como criterio de interpretación de hechos sociales complejos, incluso de épocas históricas enteras, bastante diversas entre sí, como, por ejemplo, la Restauración pos-napoleónica, el fascismo y el americanismo. ¿Cuáles son -según Gramsci- los principales trazos de una revolución pasiva? Al contrario de una revolución popular, "jacobina”, realizada partir de abajo -y que, por eso, rompe con el viejo orden político y social-, una revolución pasiva implica siempre dos momentos: el de la “restauración” (se trata siempre de una reacción conservadora a la posibilidad de una transformación efectiva y radical proveniente "de abajo") y el de la "renovación” , en la cual algunas de las demandas populares son satisfechas por "lo alto", a través de "concesiones" de las capas dominantes. En este sentido, hablando de Italia pero expresando características universales de toda revolución pasiva, Gramsci afirma que una revolución de este tipo manifiesta...

el hecho histórico de la ausencia de una iniciativa popular unitaria en el desarrollo de la historia italiana, bien como el hecho de que el desarrollo se verificó como reacción de las clases dominantes al subversivismo esporádico, elemental, no orgánico, de las masas populares, a través de 'restauraciones' que acogieron cierta parte de las exigencias que venían desde abajo; se trata, por lo tanto, de 'restauraciones progresistas' o 'revoluciones-restauraciones', o aún, 'revoluciones pasivas' (CC, 1, 393; las cursivas son mías). El aspecto restaurador, por lo tanto, no anula el hecho de que ocurren también modificaciones efectivas. La revolución pasiva, así, no es sinónimo de contrarrevolución y ni siquiera de contrarreforma; en verdad, en una revolución pasiva, estamos delante de un reformismo por "lo alto".4 En otro pasaje, Gramsci dice: Se puede aplicar al concepto de revolución pasiva (y se puede documentar en el Risorgimento italiano) e1criterio interpretativo de las modificaciones moleculares, que, en realidad, modifican progresivamente la composición anterior de las fuerzas, y por lo tanto, se transforman en matriz de nuevas modificaciones (CC, s, 317) Podemos resumir del siguiente modo algunas de las características principales de una revolución pasiva: 1) las clases dominantes reaccionan a presiones que vienen de las clases subalternas, a su "subversivismo esporádico elemental", es decir, aún no suficientemente organizado para promover una revolución "jacobina", a partir de abajo, pero ya capaz de imponer un nuevo comportamiento a las clases dominantes; 2) esta reacción, aunque tenga como finalidad principal la conservación de los fundamentos del viejo orden, implica la recepción de "una cierta parte" de las reivindicaciones provenientes de abajo; 3) aliado de la conservación del dominio de las viejas clases, se introducen así modificaciones que abren el camino para nuevas modificaciones. Por lo tanto, estamos delante, en los casos de revoluciones pasivas, de una compleja dialéctica de restauración y revolución, de conservación y modernización. Al contrario de "revolución pasiva", que es ciertamente uno de los conceptos centrales de los Cuadernos de la cárcel, Gramsci emplea poco el término "contrarreforma". Por otra parte, en la inmensa mayoría de los casos, el término se refiere directamente al movimiento a través del cual la Iglesia Católica, en el Concilio de Trento, reaccionó contra la Reforma protestante y algunas de sus consecuencias políticas y culturales. Pero se puede también registrar que Gramsci no solamente extiende el término a otros contextos históricos, sino que busca aún extraer algunas características de él que nos permiten, aunque solo aproximadamente, hablar de la creación de un concepto por su parte. Sobre la posibilidad de extender históricamente el concepto, se puede constatar que Gramsci, en un parágrafo donde habla del Humanismo, se refiere a una "contrarreforma 4 Christine Buci-Giucksmann y Goran Therborn (Le défi social-démocrate, Paris, Maspero, 1981),
después de caracterizar el Wefare State como revolución pasiva, lo definen como ""reformismo de Estado".

anticipada" (CC, 2,157). Así es claro que, para él, puede ocurrir una contrarreforma también ante fenómenos históricos que no son la Reforma protestante. En otro parágrafo, en el cual caracteriza las utopías como reacciones "modernas" y "populares" a la Contrarreforma, Gramsci presenta algunos de los trazos definitorios de esta última como propios de todas las restauraciones: La Contrarreforma,[...]en realidad, como todas las restauraciones, no fue un bloque homogéneo, sin embargo, una combinación sustancial, si no formal, entre lo viejo y lo nuevo (CC, 5, 143; cursivas mías). Me parece importante subrayar que, en este pasaje, Gramsci caracteriza la contrarreforma como una pura y simple "restauración", diferentemente de lo que hace en el caso de la revolución pasiva, cuando habla de "revolución restauración''. A pesar de esto, sin embargo, él admite que incluso en este caso tiene lugar una "combinación entre lo viejo y lo nuevo". Podemos suponer así que la diferencia esencial entre una revolución pasiva y una contra-reforma reside en el hecho de que, mientras en la primera ciertamente existen "restauraciones" -pero que "acogieron una cierta parte de las exigencias que venían de abajo"-, en la segunda no es preponderantemente el momento de lo nuevo, sino precisamente el de lo viejo. Se trata de una diferencia tal vez sutil, pero que tiene un significado histórico que no puede ser subestimado. Una vez esbozadas las principales determinaciones que las dos nociones asumen en Gramsci, podemos retornar a la cuestión formulada arriba: la época neoliberal, iniciada en las últimas décadas del siglo XX, ¿se aproxima más a una revolución pasiva o a una contrarreforma? La pregunta no tiene ningún sentido para la propia ideología neoliberal. Los ideólogos del neoliberalismo gustan hoy de presentarse como defensores de una supuesta "tercera vía" entre el liberalismo puro y la socialdemocracia "estatista", presentándose así como representantes de una posición esencialmente ligada a las exigencias de la modernidad (o, más precisamente, de la llamada post-modernidad) y, por lo tanto, al progreso.5 La versión actual de la ideología neoliberal hace así de la reforma (o incluso de la revolución, ya que a algunos les gusta hablar de "revolución liberal") su principal bandera. La palabra "reforma" fue siempre orgánicamente ligada a las luchas de los subalternos para transformar la sociedad y, por consiguiente, asumió en el lenguaje político una connotación claramente progresista e incluso de izquierda. El neoliberalismo busca utilizar a su favor el aura de la simpatía que envuelve la idea de "reforma". Es por eso que las medidas por él propuestas e implementadas son mistificadoramente presentadas como "reformas", esto es, como algo progresista de cara al "estatismo" que, tanto en su versión comunista como en aquella socialdemócrata sería ahora inevitablemente condenado al basurero de la historia. Estamos así delante de la tentativa de modificar el significado de la palabra "reforma": lo que antes de la onda neoliberal quería decir ampliación de los derechos, protección social, control y limitación del mercado, etc., significa ahora cortes, restricciones, supresión de estos derechos y de este control. Estamos ante una operación de mistificación ideológica que, desgraciadamente, ha sido en gran medida un éxito. 5
S Cfr., entre muchos otros, Anthony Giddens, A terceira via. Rio de janeiro, Record, 1999.

Al contrario, es con razón que la noción de revolución pasiva puede ser ligada a la idea de reforma, o incluso de reformismo, aunque se trate en última instancia de un reformismo conservador y "por lo alto". Como vimos, un verdadero proceso de revolución pasiva tiene lugar cuando las clases dominantes, presionadas por los de abajo, acogen -para continuar dominando e incluso para obtener el consenso pasivo de los subalternos "una cierta parte de las exigencias que venían desde abajo", en las palabras ya citadas de Gramsci. Fue precisamente lo que ocurrió en la época del Welfare State y de los gobiernos de la vieja socialdemocracia.6 En efecto, el momento de la restauración tuvo un papel decisivo en el Welfare: a través de las políticas intervencionistas sugeridas por Keynes y de la acogida de muchas de las demandas de las clases trabajadoras, el capitalismo intentó y consiguió superar, por lo menos por algún tiempo, la profunda crisis que lo envolvió entre las dos guerras mundiales. Pero esta restauración se articuló con momentos de revolución, o más precisamente, de reformismo en el sentido fuerte de la palabra, lo que se manifestó no solo en la conquista de importantes derechos sociales por parte de los trabajadores, sino también en la adopción por los gobiernos capitalistas de elementos de economía programática que hasta aquel momento era defendida solamente por socialistas y comunistas. Es cierto que las viejas clases dominantes continuaron dominando, pero los subalternos fueron capaces de conquistar significativas "victorias de la economía política del trabajo sobre la economía política del capital".7 Se debe recordar que el Welfare surgió en un momento en que la clase trabajadora, a través de sus organizaciones (sindicales, políticas), había obtenido una fuerte incidencia en la composición de la correlación de fuerzas entre el trabajo y el capital. Ni se debe olvidar que la revolución pasiva welfariana es también una respuesta al gran desafío al capital representado no solo por la Revolución de Octubre, sino también por la presencia de la Unión Soviética, que emergía de la Segunda Guerra Mundial con un enorme prestigio junto a las masas trabajadoras y a los progresistas de todo el mundo. No creo que se pueda encontrar en lo que llamé (de modo un poco simplista) "época neoliberal" esta dialéctica de restauración-renovación que caracteriza las revoluciones pasivas. En la coyuntura en que estamos inmersos, las clases trabajadoras -por muchas razones, entre las cuales la llamada "reestructuración productiva" que puso fin al fordismo y, por lo tanto, a las formas correspondientes de organización de los trabajadores- se han visto obligadas a ponerse a la defensiva: sus expresiones sindicales y partidarias sufrieron así un evidente retroceso en la correlación de fuerzas con el capital. Además de eso, con el colapso del "socialismo real", disminuyó mucho la fuerza de atracción de las ideas socialistas, que una habilidosa propaganda ideológica identificó con el modelo 6 No puedo desarrollar aquí el tema, pero me parece que algunas (aunque no muchas) de las
conquistas del Welfare State fueron aseguradas a los trabajadores urbanos, en América Latina, durante el llamado período populista. Tal vez eso explique el hecho de que hoy, en nuestro subcontinente el término "populismo" venga siendo utilizado por los neoliberales para descalificar cualquier intento de escapar de las restricciones impuestas por el fetichismo del mercado.

7 La expresión es de Marx ('"Manifiesto de lanzamiento de la Asociación Internacional de los

Trabajadores", en K. Marx y F. Engels, Obras escolhidas, Rio de janeiro, Vitória, v. 1, 1956, p. 354), refiriéndose a la limitación legal de la duración de la jornada de trabajo y al movimiento cooperativista.

"estadolátrico" vigente en los países de la Europa del Este. La lucha de clases, que ciertamente continúa existiendo, no se entabla más en nombre de la conquista de nuevos derechos, sino que aquellos ya obtenidos en el pasado. No tenemos así, en la época en que estamos viviendo, el acogimiento de "una cierta parte de las exigencias que vienen de abajo", que Gramsci consideraba -como ya vimos- una característica esencial de las revoluciones pasivas. En la época neoliberal no hay espacio para la profundización e los derechos sociales, aunque limitados, sino que estamos delante delintento abierto -desgraciadamente en gran parte exitoso- de eliminar tales derechos, de deconstruir y negar las reformas ya conquistadas por las clases subalternas durante la época de la revolución pasiva iniciada con el americanismo y llevada a cabo en el Welfare State. Las llamadas "reformas"de la seguridad social, de las leyes de protección al trabajo, la privatizaciónde las empresas públicas, etc. -"reformas" que están actualmente presentesen la agenda política tanto de los países capitalistas centrales como de losperiféricos (hoy elegantemente rebautizados como "emergentes")-, tienenpor objetivo la pura y simple restauración de las condiciones propias de uncapitalismo salvaje, en el cual deben dominar sin frenos las leyes del mercado. Estamos delante del intento de supresión radical de aquello que, como vimos, Marx llamó las "victorias de la economía política del trabajo" y, por consiguiente, de restauración plena de la economía política del capital. Es por esto que me parece más adecuado, para una descripción de los trazos esenciales de la época contemporánea, no utilizar el concepto de revolución pasiva, pero sí el de contrarreforma. (Por otra parte, por lo menos en los países occidentales, no se trata de una contrarrevolución: en tales países el objetivo de la ofensiva neoliberal no son los resultados de una revolución propiamente dicha, sino el reformismo fuerte que caracterizó el Welfare State). Ciertamente, la época neoliberal no destruyó integralmente algunas conquistas del Welfare, lo que se debe sobre todo a la resistencia de los sub alternos. Por otro lado, en los círculos neoliberales más ligados a la "tercera vía" (e incluso en organismos financieros internacionales como el Banco Mundial) se viene manifestando en los últimos tiempos una "preocupación" en vista de las consecuencias más desastrosas de las políticas neoliberales (que continúan a pesar de eso siendo aplicadas), entre las cuales está, por ejemplo, el aumento exponencial de la pobreza. Pero esta "preocupación" -que llevó a la adopción de políticas sociales compensatorias y paliativas, como es el caso de "Fome Zero" en Brasil- no anula el hecho de que estamos delante de un indiscutible proceso de contrarreforma. Recordemos que Gramsci nos advierte, como vimos anteriormente, acerca del hecho de que "las reestructuraciones [no son] un bloque homogéneo, sin embargo una combinación sustancial, si no formal, entre lo viejo y lo nuevo" (CC, 5, 143). Lo que caracteriza un proceso de contrarreforma así no es la completa ausencia de lo nuevo, sino la enorme preponderancia de la conservación (incluso de la restauración) en vista de las eventuales y tímidas novedades. Como se sabe, Gramsci llamó la atención acerca de una importante consecuencia de la revolución pasiva: la práctica del transformismo como modalidad de desarrollo histórico, un proceso que, a través de la cooptación de los líderes políticos y culturales de las clases subalternas, busca excluirlas de todo efectivo protagonismo en los procesos de

transformación social. A pesar de que se presente, en las palabras de Gramsci, como una “dictadura sin hegemonía" (CC, 5, 330), el Estado protagonista de una revolución pasiva no puede prescindir de un mínimo de consenso. Y Gramsci nos indica el modo por el cual las clases dominantes obtienen este consenso mínimo, "pasivo", en el caso de procesos de transición "por lo alto”, igualmente "pasivos". Él se refiere a Italia, pero avanza observaciones validas, cuando no debidamente concretizadas, también para otros países y otras épocas: El transformismo como una de las formas históricas de aquello que ya fue observado sobre la "revolución-restauración" o "revolución pasiva" [...] Dos períodos de transformismo: 1) de 1860 hasta 1900, transformismo "molecular", esto es, las personalidades políticas elaboradas por los partidos democráticos de oposición se incorporan individualmente a la "clase política" conservadora y moderada (caracterizada por la hostilidad a toda intervención de las masas populares en la vida estatal, a toda reforma orgánica que sustituyese el rígido "dominio" dictatorial por una "hegemonía"); 2) a partir de 1900, el transformismo de grupos radicales enteros, que pasan al campo moderado (CC, 5, 286). Una de las razones que parecen justificar el uso del concepto de revolución pasiva para caracterizar la época neoliberal es precisamente la generalización de fenómenos de transformismo, sea en los países centrales, sea en los periféricos. Aunque no me proponga aquí discutir más directamente la cuestión (que merece, sin embargo, una atención especial), creo que el transformismo como fenómeno político no es exclusivo de los procesos de revolución pasiva, sino que puede también estar ligado a procesos de contrarreforma. Si no fuese así, sería difícil comprender los mecanismos que, en nuestra época, han marcado la acción de socialdemócratas y de ex comunistas en el apoyo a muchos gobiernos contrarreformistas en países europeos, pero también fenómenos como Cardoso y Lula, en un país de la periferia capitalista como Brasil.8 La definición de nuestra época como caracterizada por la contrarreforma y no por una nueva revolución pasiva tiene implicaciones para nuestra discusión sobre las características de las actuales formas de hegemonía. Para Gramsci, como vimos, las revoluciones pasivas responden a grandes desafíos históricos. La época de revolución pasiva iniciada con la Restauración, en la Europa del siglo XIX, puede ser vista como una respuesta "por lo alto" a las exigencias puestas por la Revolución Francesa: muchas de las conquistas de esta Revolución son recogidas, pero al mismo tiempo emasculadas, generando aquello que podríamos llamar de pasaje de la democracia radical al liberalismo moderado. Algo similar ocurre en el americanismo (y en su expansión en el Welfare State): la "concesión" de derechos sociales, la adopción keynesiana de elementos de "economía pragmática", etc., 8 Explica la conversión, en Brasil de Lula, de importantes líderes sindicales en gestores de los
fondos de pensiones públicos, o sea, en una nueva fracción de las clases dominantes. Prefiero considerar que este proceso transformista genera una fracción de clase y no como afirma Francisco de Oliveira (Critica a razao dualista/O ornitorrinco, Sao Paulo, Boitempo, 2003, p. 147) una nueva clase.

son intentos de responder al desafío anticapitalista representado por la Revolución de Octubre y por la Unión Soviética. En ambos casos de revolución pasiva, o sea, tanto en la Restauración del siglo XIX, como en el americanismo-welfarismo, estaban en juego, en última instancia, cuestiones de la "gran política": en el primer caso, la alternativa entre la democracia plebeya de los jacobinos (que ya apuntaba hacia el socialismo, aunque utópico) y el liberalismo burgués moderado; y, en el segundo, la posición entre socialismo y capitalismo. Al contrario, la contrarreforma neoliberal no tiene como telón de fondo ninguna cuestión de "gran política": en la disputa entre republicanos y demócratas en los Estados Unidos, entre laboristas y conservadores en Inglaterra, entre derecha y "centro-izquierda" en Italia, etc., no está en juego ninguna opción entre diferentes modelos de sociedad. Así podemos decir que, en la era de la contrarreforma liberal, predomina sin grandes contrastes la hegemonía de la pequeña política. 3. Vivimos también, en el Brasil de hoy, la hegemonía de la "pequeña política". A pesar de todos sus límites, la transición que el país experimentó entre finales de los años 1970 y mediados de 1980 reveló, en su punto de llegada, un dato nuevo y extremadamente significativo: el hecho de que Brasil, después de más de veinte años de dictadura, se había convertido preponderantemente en una sociedad "occidental" en el sentido gramsciano del término, es decir, en la cual existe una "justa relación" entre Estado y sociedad civil".9 Pero si observamos las sociedades "occidentales", veremos que ellas presentan dos "modelos" principales de articulación de la disputa política y de la representación de intereses. Por un lado hay un modelo que podríamos llamar de "norteamericano", caracterizado (como ocurre en toda situación “occidental") por la presencia de una sociedad civil fuerte, bastante desarrollada y articulada, pero donde la articulación política y la representación de los intereses se da, respectivamente, por medio de partidos débiles, no programáticos, y a través de agrupamientos profesionales estrictamente corporativos. 10 Y, por otro, tenemos un modelo que podríamos designar como "europeo". En este último, había una estructura partidaria centrada en torno a partidos con base social razonablemente homogénea y que defendían proyectos de sociedad definidos y diversos entre sí; y teníamos un sindicalismo clasista, politizado, que no se limitaba a organizar pequeños grupos profesionales, sino que buscaba agregar y representar el conjunto de la clase trabajadora. Por lo tanto, en cuanto en el "modelo norteamericano" tenemos partidos que defienden un mismo proyecto hegemónico de sociedad, en el "modelo europeo" había una saludable disputa entre propuestas hegemónicas alternativas. Si en los Estados Unidos el socialismo fue siempre una "ideología exótica", en Europa estuvo frecuentemente en el centro de la agenda política. Para volvernos a nuestro tema: en el primer caso, estamos delante de un modelo político centrado en la "pequeña política", en tanto el segundo ponía en movimiento 9 "En el Oriente, el Estado era todo, la sociedad civil era primitiva y gelatinosa; en el Occidente,
había entre el Estado y la sociedad civil una justa relación" (CC, 3, 262).

10 No puedo aquí profundizar la cuestión, pero me parece que se trata precisamente del modelo
de sociedad defendido por los liberales que se inspiran en Tocqueville.

cuestiones de la "gran política".11 Luego después del fin de la dictadura, Brasil se vio ante esas dos posibilidades de organizar su recién creada sociedad "occidental", o sea, según un modelo americano (neoliberal) o un modelo europeo (democrático). Si observamos la vida brasileña de los últimos años, veremos que estos proyectos estuvieron presentes y marcaron la agenda y el escenario político de nuestro país casi por dos décadas. Durante este período, era marcada la distinción entre nuestras dos mayores centrales sindicales, una que se originó clara mente inspirada en un tipo de organización próximo al modelo europeo (la CUT) y otra que explícitamente quería imitar el modelo norteamericano (la Fuerza Social); ni es casual que hayamos tenido partidos -particularmente el PT, pero también otros partidos de izquierdaorganizados según un patrón europeo, al mismo tiempo que teníamos (y tenemos) partidos muy próximos al tipo "norteamericano", como, por ejemplo, el PMDB, que hoy no pasa de una federación de diversificados intereses personales y regionales. La presencia simultánea de aparatos de hegemonía propios de estos dos diferentes modelos revelaba, de cierto modo, la persistencia de una indefinición en cuanto al tipo de sociedad occidental que iríamos a construir. Desgraciadamente, la llegada del PT al gobierno federal en el 2003, lejos de contribuir a minar la hegemonía neoliberal, como muchos esperaban, la reforzó de modo significativo. La adopción por el gobierno petista de una política macroeconómica abiertamente neoliberal -y la cooptación para esta política de importantes movimientos sociales, o por lo menos, la neutralización de la mayoría de ellos- desarmó las resistencias al modelo liberal-corporativo y abrió así camino para una mayor y más estable consolidación de la hegemonía neoliberal entre nosotros. Estamos asistiendo a una abierta manifestación de aquello que Gramsci llamó de "transformismo", es decir, la cooptación por el bloque en el poder de los principales líderes de la oposición. Y ese transformismo que se inicia en el gobierno de Cardoso, consolidó definitivamente el predominio entre nosotros de la hegemonía de la pequeña política. Este tipo de hegemonía se manifiesta en el hecho de que la disputa política entre nosotros se ha reducido a un bipartidismo de hecho, aunque no formal, centrado en la alternancia del poder entre el bloque liderado por el PT y otro por el PSDB, que no solo aplican la misma política económica y social, sino también practican métodos de gobierno semejantes que no retroceden ante formas más o menos graves de corrupción sistémica. No es casual el compromiso común entre de estos dos bloques en el sentido de "blindar" la economía, es decir, de reducir a una cuestión técnica y no política la definición de aquello que verdaderamente interesa al conjunto de la población brasileña. Una vez más: hegemonía de la pequeña política.

11 Al hablar de modelo europeo usé siempre los verbos en pasado. Es que, en la propia Europa,
en función de la actual expansión de la hegemonía neoliberal en el mundo entero, este modelo está siendo progresivamente substituido por un modelo de tipo norteamericano. Cada vez más, los partidos políticos europeos (inclusive los partidos socialdemócratas y ex comunistas) se asemejan a los norteamericanos, perdiendo sus características programáticas tradicionales; al mismo tiempo, también el movimiento sindical comienza a asumir en el Viejo Continente algunos trazos propios de un sindicalismo de resultados.

4. Todas estas reflexiones -ciertamente apresuradas- son puestas en cuestión por la actual crisis global del capitalismo, que surgió en el último trimestre de 2008. ¿Será que tendremos de nuevo, para esta crisis, una solución hacia la derecha, como fue el caso de la victoria del nazismo después de la crisis de 1929 (temor expresado, en reciente entrevista, por el historiador Eric. J. Hobsbawm)? ¿Será que volveremos a la adopción de políticas keynesianas, aunque sin muchas concesiones a los trabajadores, como parece resultar de algunas propuestas hoy puestas en práctica por los principales países capitalistas? ¿Será que continuarán existiendo, aunque bajo nuevas formas, las mismas políticas neoliberales? ¿O será que, como consecuencia de la crisis, volverá a predominar la "gran política", con una retoma del papel antagonista de las fuerzas de izquierda y del mundo del trabajo? Es precisamente ante estas cuestiones que se coloca el angustiante desafío: descíframe o te devoro. Son bastante débiles hoy los recursos políticos, organizativos y teóricos de que dispone la izquierda en todo el mundo. Por eso, aunque llegásemos a descifrar teóricamente los enigmas de nuestro tiempo, lo que está aún lejos de ser hecho, tal vez seguiríamos siendo -como de cierto modo, ya estamos siendo- prácticamente devorados. De cualquier modo, el principal desafío de la izquierda hoy es recolocar la gran política en la orden del día, único modo de romper con la hegemonía de la pequeña política y, por lo tanto, del capitalismo en su forma actual, la de la servidumbre financiera. No se trata de una tarea simple. Tenemos muchos motivos para ser pesimistas. Pero, precisamente por eso cabe recordar siempre el lema de Gramsci: pesimismo de la inteligencia, sí, pero también optimismo de la voluntad. O sea: realismo sin ilusiones en el análisis de la coyuntura, pero, al mismo tiempo, esfuerzo en la lucha para transformar esta coyuntura, para hacer que la izquierda vuelva a tener una palabra que decir –y un papel que desempeñar en el cuadro que se esta abriendo como consecuencia de esta devastadora crisis.