Sobre la determinación del tipo de cambio y su impacto en el crecimiento económico

Por Eduardo Crespo y Alexandre L. Freitas

Abstract Este trabajo explora la influencia de la política cambiaria en la determinación del tipo de cambio real en el marco analítico de la teoría clásica de precios. Primero se presenta la una explicación para el tipo de cambio de largo plazo y los términos de intercambio como extensión de la teoría clásica. De acuerdo con esta lectura, la competencia capitalista determina el nivel medio del tipo de cambio real en concordancia con el salario real y la productividad media. Luego se discute brevemente la concepción sraffiano-keynesiana según la cual la tasa de interés, y por lo tanto también el tipo de cambio, posee un elemento institucional o político. El argumento central del trabajo es que el tipo de cambio real de corto plazo influye sobre las variables estructurales que según la concepción clásica explican el propio tipo de cambio real en el largo plazo. Se concluye que aún cuando la tendencia seguida por el tipo de cambio real coincide con la dirección en la que se mueven los salarios normales y la productividad, la causalidad puede ir en ambas direcciones: de la productividad y los salarios al tipo de cambio real y del tipo de cambio real a la productividad y los salarios.

I. Introducción La teoría clásica sobre la determinación del tipo de cambio y los términos de intercambio es una extensión de la teoría de precios al comercio internacional. La tendencia al precio único para mercancías homogéneas en el marco del comercio internacional no depende, al menos directamente, de ajustes monetarios, a diferencia de lo que ocurre en los distintos modelos que unen PPP con la teoría cuantitativa de la moneda (TCM). De acuerdo con esta concepción, la competencia internacional de capitales hace que los precios de mercancías comunes tiendan a reflejar la técnica dominante. Cuando

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por algún motivo los precios internos de los bienes transables comunes son muy elevados en términos internacionales, se sufre el ingreso y la competencia de productos importados; e inversamente, cuando resultan comparativamente baratos, los productores locales comienzan a inundar los mercados internacionales. De esta forma, se impone la tendencia a que prevalezcan precios comunes. La técnica dominante y el salario tienden a definir los precios a nivel internacional. Por una parte, a diferencia de lo que ocurre en los modelos PPP basados en la TCM, este mecanismo no precisa la teoría cuantitativa del dinero, el pleno empleo de los recursos productivos, un comercio balanceado, las ventajas comparativas o la substitución factorial. Por otra, el patrón de comercio esperado no tiene un carácter armónico, ya que en general los productores de costos absolutos más reducidos tienden a desplazar a sus competidores1. Sin embargo, aún cuando se admita que los salarios normales y la productividad definen el salario real de largo plazo, estas variables también sufren la influencia de las políticas cambiarias que procuran incidir sobre el tipo de cambio de corto plazo. En otras palabras, aún cuando para la teoría clásica de los precios el salario real y la productividad aparecen como datos -o parámetros-, su tendencia de largo plazo y determinantes últimos precisan ser explicados. En el texto se ofrecen argumentos según los cuales la política cambiaria tiene, en efecto, cierto grado de libertad para influir sobre el tipo de cambio en el corto plazo y de esa manera participar en forma sistemática en la determinación del salario real y la productividad. De esta forma, la política cambiaria tendrá mayores o menores márgenes de maniobra según los diferentes casos. En aquellas circunstancias donde el conflicto de clases torne ‘rígida’ la distribución del ingreso2, la autonomía de la política cambiaria se verá reducida3. Si la productividad es ‘elástica’ al tipo de cambio, aumentarán los grados de libertad de la política cambiaria y así sucesivamente. Así, el debate sobre la influencia del tipo de cambio en el crecimiento económico debe centrarse en el análisis de los verdaderos determinantes de la productividad en el largo plazo. La conclusión del trabajo es que si bien la tendencia
Por su parte, desde esta perspectiva no se asume en que los ‘factores’ desplazados sean automáticamente reasignados en otros sectores, por ejemplo, en actividades donde cuentan con ventajas comparativas. Por lo contrario, se cuestiona la validez general del principio de las ventajas comparativas (Steedman, 1979; Shaikh, 1999 y 2003; Parrinello, 2006) 2 Nos referimos a la distribución del ingreso en general y no directamente al salario o a la tasa de ganancia, porque incluimos la posibilidad de que existan rentas asociadas a métodos de producción de supranormales. Ver las secciones IV y VI. 3 Por ejemplo, la resistencia a una política de retenciones agropecuarias, como ocurrió recientemente en Argentina, reduce el margen de maniobra de la política cambiaria.
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seguida por el tipo de cambio real coincide con la dirección en la que se mueven los salarios normales y la productividad, la causalidad puede ir en ambas direcciones: de la productividad y los salarios al tipo de cambio real o del tipo de cambio real a la productividad y los salarios4.

II. Tipo de cambio basado en la teoría clásica de precios De acuerdo con la teoría del tipo de cambio de largo plazo basada en la teoría de precios y competencia clásicos ofrecida, entre otros, por Lewis5 (1978), Carchedi (1991), Shaikh (1999, 2003), Sarich (2006), Antonopoulos (1999) y Ruiz Nápoles (2004), no es el tipo de cambio el que ajusta los precios sino los precios el tipo de cambio. El ajuste propuesto por estos autores no es de tipo monetario como ocurre en la versión ortodoxa de la paridad de poder adquisitivo (PPP) basada en la TCM tal como aparece en las obras de Hume, Ricardo y Cassel. Por el contrario, es el resultado de la competencia entre capitales. Exponemos el argumento partiendo de la conocida expresión de PPP: (1) $/FX = P$/Pfx Donde $/FX es el tipo de cambio entre la moneda local ($) y una determinada moneda extranjera (FX); P$ y Pfx son los precios medidos en moneda local y extranjera respectivamente. Según los modelos que unen PPP con la TCM, cuando existe un superávit (déficit) comercial, los precios deben subir (bajar) por la entrada (salida) de moneda y se debería tender al cumplimiento de la expresión (1). Así, en la versión marginalista dicha expresión presupone comercio balanceado, pleno empleo y TCM. En la versión clásica contemporánea el argumento es completamente distinto. Primero, no se argumenta que P$ y Pfx sean índices indistintos, sino que la relación debería valer sólo para mercancías transables y comunes a ambos mercados, al tiempo que se deben tomar en cuenta las distorsiones debidas a la diferenciación de productos.
Sin embargo, es fundamental tener en cuenta que las mejoras de productividad no sólo, y ni siquiera principalmente, se explican por la influencia indirecta de las políticas cambiarias. Por el contrario, a largo plazo las políticas cambiarias sólo podrán ser efectivas si funcionan como complemento de políticas industriales y tecnológicas que apunten a elevar la productividad en forma directa. 5 La teoría de Lewis refiere más a los términos de intercambio que al tipo de cambio. Sin embargo, dado que la teoría clásica también es, básicamente, una teoría de los términos de intercambio, entendemos que la concepción de Lewis se engloba a la tradición clásica sobre el tema.
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Segundo, el mecanismo no es monetario. Para ilustrar el asunto se puede pensar en P$ y Pfx no como índices, sino como los precios local y extranjero de una mercancía cualquiera, pongamos el acero. Si tenemos $/FX > P$/Pfx ó $/FX < P$/Pfx, esto significa que en un país dicho producto, medido en la misma unidad, se vende a un precio inferior que en otro6. Para un mismo salario los productores que poseen la técnica más productiva tendrán la posibilidad de reducir sus precios y así ganar market share. En este contexto, los competidores no tendrán otra alternativa que adecuarse a los nuevos precios y tratar de adoptar la técnica del productor más avanzado. De igual modo, cualquier productor que pague salarios más bajos que la competencia y utilice la técnica dominante tiene la posibilidad de reducir sus precios y desplazar productores. Se impondría así una tendencia a la igualación de las tasas de ganancia7. Así, tenemos dos variables explicativas del precio: la técnica dominante8 y el salario. Por este motivo, cuando $/FX > P$/Pfx, el productor (país, región, empresa, etc.) que produce al precio Pfx no podrá competir con los productores ‘locales’. O adopta el precio P$ que impone su competidor o será desplazado del mercado. Y lo contrario ocurre cuando tenemos $/FX < P$/Pfx. Así, por un lado, la ley del precio único no equivale a adoptar el modelo PPP más la TCM, el pleno empleo y la supuesta tendencia al comercio balanceado9. El mecanismo propuesto trata simplemente de la teoría clásica de los precios aplicada al comercio internacional, la cual no presupone un ajuste armónico. Quienes producen a costos más bajos tienden a desplazar a sus competidores e imponen ‘sus’ precios en el mercado. Esto puede coincidir con el aumento del desempleo y la presencia desequilibrios comerciales crónicos. Se trata de una ‘guerra’ comercial y no de la típica optimización en el uso de los recursos disponibles. Para concepción tradicional un ajuste de tipo monetario permite que todos consigan especializarse de acuerdo con sus ventajas comparativas y saquen el mayor provecho posible del comercio. En este enfoque, por el contrario, el comercio puede ampliar el desempleo, destruir recursos y generar tendencias a la asimetría crónica. Si a
El mismo fenómeno podría presentarse entre regiones o incluso entre empresas. Este supuesto puede relajarse en parte sin invalidar la conclusión general, ya que no se precisa que las tasas de ganancia efectivamente tiendan a convergir. Sería suficiente que las diferencias entre las mismas no se amplíen al punto de invalidar la dirección del ajuste. 8 Sobre el concepto de técnica dominante, ver la sección IV. 9 Ni siquiera equivale a suponer ventajas comparativas ricardianas. Por el contrario, para esta concepción el comercio internacional está gobernado por las ventajas absolutas de costos (Parrinello, 2006; Shaikh, 1999; Steedman, 1979), mientras que las ventajas comparativas son sólo un caso especial.
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eso se agrega la posible existencia de rendimientos crecientes y externalidades, sea pecuniarias o técnicas, es lógico que algunas regiones o países tiendan a desaparecer mientras otras crecen de forma continua.

III. Tipo de cambio, rentas y los grados de libertad de la política cambiaria En la sección anterior se ofreció una explicación del tipo de cambio basada en el salario normal y la técnica dominante, o regulating capital en la terminología de Shaikh (1999). Se puede definir la técnica dominante como la técnica más rentable, suficientemente difundida y en condiciones de atender toda la demanda en el intervalo de producción relevante. Ahora bien, ¿qué ocurre cuando algunos métodos productivos son más rentables que el resto pero no están en condiciones de atender toda la demanda? En este caso aparece una renta dada por las diferencias de productividad entre los métodos ‘supranormales’ y el método que define la técnica dominante. Es el caso de las rentas que usufructúan las tierras comparativamente más ‘fértiles’ que no pueden atender toda la demanda. Así, una apreciación del tipo de cambio, aún cuando eleva la tasa de ganancia normal correspondiente a la técnica dominante, puede ir acompañada por medidas compensatorias para el salario real consistentes en una reducción de los niveles de renta que usufructúan los métodos de producción supranormales que no están en condición de atender toda la demanda. Es el caso de la pampa húmeda en Argentina o el petróleo en Venezuela. Lo mismo vale para todo sector, empresa o región, que por cualquier motivo se encuentre excluido de la competencia y obtenga rentas positivas. Por este motivo, la presencia de métodos de producción de rentabilidad extraordinaria le otorga a la política económica un margen de maniobra importante aún en el largo plazo. En síntesis, en la visión clásica defendida, por ejemplo, por Shaikh, la política cambiaria no podrá afectar al tipo de cambio de largo plazo salvo que modifique la productividad o el salario normal. En realidad, contempladas las diferencias persistentes entre métodos de producción, el argumento debe corregirse y admitir que la política cambiaria no podrá afectar al tipo de cambio de largo plazo salvo que modifique la productividad o la distribución del ingreso en general, incluyendo las diferentes formas de renta. De este modo, por ejemplo, un tipo de cambio subvaluado puede reducir el salario real medido en bienes industriales mediante compensaciones que impliquen 5

aumentarlo en términos de bienes agrícolas, petróleo, gas o cualquier otro tipo de producto elaborado en base a recursos naturales que usufructúan rentas. Para que esto sea posible los impuestos que gravan las actividades rentísticas deben crecer más que proporcionalmente con relación a la desvalorización cambiaria.

IV. Sobre los grados de libertad de la política cambiaria De acuerdo con el enfoque defendido por Shaikh, la técnica dominante -que se resume en la ‘productividad’ media de la economía- y los salarios, explican los precios y el tipo de cambio en el largo plazo. Sin embargo, es indudable que en el corto plazo los gobiernos pueden imponer tipos de cambio reales diferentes a los definidos por la productividad y los salarios normales –definidos éstos por variables estructurales como el conflicto de clase, los niveles de empleo, las diferencias de productividad entre los distintos empleos, etc.-. Cualquier Banco Central, mediante el simple procedimiento de modificar sus tasas de interés de corto, influye sobre el tipo de cambio real mediante la entrada y salida de capitales (Harvey, 2008). La acumulación sistemática de reservas por parte de las autoridades monetarias, y la manutención de un diferencial entre tasas de interés por encima del riesgo país10 son manifestaciones de la decisión política de influir sobre el tipo de cambio real11. Aún los países cuyas exportaciones crecen a tasas muy altas, si acumulan reservas, pueden en buena medida evitar la apreciación de sus tipos de cambio (Polterovich y Popov, 2002)12.

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En este enfoque se asume que el riego país no es simplemente la diferencia entre la tasa de interés local la tasa internacional, ya que se asume que las autoridades locales tienen grados de libertad para definir un diferencial mayor al llamado ‘riesgo país’. En otros términos, si la tasa de interés local tiene un cierto carácter institucional o político, el diferencial no necesariamente se limita a dicho riesgo (Ver Freitas, 2006). 11 Debe hacerse la salvedad de que la acumulación de reservas que no se origina en un comercio internacional superavitario, no necesariamente prueba la dedición política de influir sobre el comercio internacional. Las reservas internacionales pueden crecer debido al endeudamiento internacional (Polterovich y Popov, 2002) 12 “The data suggest that the impact of policies of monetary authorities on the exchange rate is by no means negligible: there is a negative relationship between the increase in FER [foreign external reserves, EC] and the exchange rate undervaluation as measured by the ratio of PPP exchange rate of local currency in US$ to the official exchange rate… On the other hand, the policy of reserve accumulation and undervaluation of domestic currency has its obvious costs – countries that pursue this kind of policyappear to experience some appreciation of real exchange rate, although even with this appreciation it remains lower than in countries with no reserve build up. Increase in the ratio of FER to GDP in 197599 period is statistically significant in regression equations explaining the average ratio of domestic to foreign prices in this period... The goodness of fit improves if net external balance is taken into account – not every accumulation of reserves, but only the accumulation that occurs under the positive external balance (i.e. is not financed by foreign borrowing) can lead to the undervaluation of the exchange rate.” (Polterovich y Popov, p. 21-22).

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Sin embargo, la influencia de las políticas monetarias y cambiarias no necesariamente se circunscribe al corto plazo. De acuerdo con varios autores de raigambre clásica13, las autoridades monetarias cuentan con cierto poder para influir sobre la tasa de interés de largo plazo. Dado que en forma directa fijan la tasa de interés nominal de corto plazo14, si toman la decisión de intervenir en el mercado con cierta persistencia y por periodos relativamente prolongados15, normalmente tendrán la capacidad de incidir sobre la tasa de interés real, y, así, influirán sobre la tasa de ganancia y los salarios normales16. Si esta posibilidad efectivamente existe, necesariamente tendrán alguna injerencia sobre el tipo de cambio real de largo plazo17. Puede interpretarse el tipo de cambio real como el precio relativo de los bienes no transables (Eichengreen, 2007). Partiendo de la perspectiva clásica presentada en la sección anterior, se puede asumir que los precios de los bienes transables tienden a moverse en la misma dirección en todos los mercados. De este modo, el principal impacto de cualquier variación del tipo de cambio nominal será modificar el precio relativo de los bienes no transables con relación a los transables del propio país. Reconociendo que los precios de los no transables se modifican a velocidades apreciablemente menores que el tipo de cambio nominal, toda política económica que consiga alterar el tipo de cambio nominal por un cierto período de tiempo, modificará los precios relativos de los no transables en relación a los transables, y quizás pueda de este modo incentivar o desalentar la producción o el consumo de unos bienes en relación a los otros18. Sin embargo, si por cualquier motivo los precios de los no transables se mueven velozmente en la dirección en que varia el tipo de cambio nominal, este efecto podría no observarse. Tal es el caso de las economías de alta inflación, donde los grados de
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Ver Pivetti, 1991; Garegnani, 1978; Panico, 1988; Sraffa, 1960; Angitis y Pitelis, 2006. Si se excluya la posibilidad de un ajuste instantáneo hacia una determinada posición de equilibrio de tipo marginalista, necesariamente quien tiene la potestad de definir la tasa de interés nominal, aunque sea de corto plazo, literalmente tiene cierto margen para determinar el premio a la propiedad durante un cierto período de tiempo. Reconocido este punto, como mínimo no debería subestimarse el poder de las autoridades monetarias. 15 Esta posibilidad ya había sido vislumbrada por Keynes (1936). 16 El Banco Central influye sólo en la distribución funcional del ingreso dada por condiciones de competencia. Esto significa que no necesariamente participa de la distribución personal del ingreso ni puede de incidir sobre los elementos rentísticos. Es decir, la tasa de interés se conecta con la tasa normal de ganancia y los salarios, pero no está directamente vinculada a las ganancias extranormales o rentas. 17 Las autoridades monetarias pueden influir sobre, aunque no necesariamente determinar, la distribución del ingreso. El motivo es que la distribución del ingreso no puede explicarse por una única casa, sino que siempre es la resultante de varias fuerzas que suelen ir en direcciones opuestas. 18 “Theoretically, the FER accumulation should affect relative prices for non-tradables, whereas prices for tradables should more or less the same across countries (the difference is due to trade barriers and transportation costs).” (Polterovich y Popov, 2002, p. 23)

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libertad de la política cambiaria parecen ser muy reducidos (Sarich, 2006; Eichengreen, 2007). Y dado que la evolución de los precios de los bienes no transables suele estar fuertemente asociada a la evaluación del salario real, la posible rigidez del salario real en el largo plazo aparece como la principal restricción a cualquier política que procure influir en forma duradera en la determinación del tipo de cambio real. Aceptado este punto, es necesario aclarar que el salario que aparece como variable explicativa del tipo de cambio real necesariamente refiere a un salario estructural, un salario normal dado por elementos persistentes que tienden a mantenerse en el largo plazo. De algún modo, la concepción clásica sobre el tipo de cambio implícitamente asume que el salario efectivo gravita, o talvez fluctúa cíclicamente, en torno a este salario normal. Ese sería el caso, por ejemplo, del salario medio registrado a lo largo de un típico ciclo stop and go. Caso contrario, estaríamos simplemente frente a una tautología, ya que el tipo de cambio efectivo varía en todo momento cuando se modifican los precios y salarios efectivos. En otros términos, el tipo de cambio real dependerá del índice que se tome en consideración. Si el tipo de cambio se mide en relación a los salarios reales, sería una tautología decir que se modificará toda vez que varíe el salario real efectivo. En síntesis, la variable explicativa del tipo de cambio real de largo plazo no es el salario efectivo sino algún salario considerado ‘normal’ o estructural en determinado contexto histórico19. Toda teoría o modelo toma algunas variables como parámetros y considera al resto como variables de ajuste. Pero ello no significa que bajo ciertas condiciones las variables de ajuste no puedan influir sobre los parámetros o variables explicativas. En la teoría clásica de precios, los salarios, a diferencia de lo que ocurre en el marginalismo, no son una variable de ajuste, lo cual no significa que no puedan modificarse. Tampoco de aquí se deduce que el poder político no pueda influirlos. Esta es una de las principales debilidades de la teoría de las ventajas comparativas. Los salarios, en efecto, pueden variar, pero nada indica que siempre puedan ajustarse en forma tal que la relación productividad/salario necesariamente tienda a colocarse dentro del umbral que permite la especialización correspondiente a las ventajas comparativas. Es por ello que para esta teoría el comercio internacional en

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Por su parte, la referencia a un salario ‘normal’ de ningún modo significa que el mismo no pueda modificarse a lo largo del tiempo (Stiratti, 1994; Pivetti, 2000).

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general está regido por las diferencias absolutas de costos, en tanto que las ventajas comparativas sólo representan un caso particular (Shaikh, 1999; Parrinello, 2006)20. Sin embargo, puede aceptarse que si el tipo de cambio real de corto, sea apreciado o depreciado, no ejerce alguna influencia en la selección de técnicas o en los salarios normales, a largo plazo tenderá a ajustarse al valor de estas variables. Un tipo de cambio depreciado que no eleve la productividad o reduzca el salario normal, terminará apreciado por la inflación y la puja distributiva. Al contrario, un tipo de cambio apreciado, que no eleve la productividad, es muy probable que a largo plazo acabe depreciado por las caídas de los salarios efectivos impulsadas por el desempleo o por devaluaciones monetarias generadas a partir de problemas de balanza de pagos21. Ahora bien, ¿el tipo de cambio real de corto no puede afectar la productividad y/o los salarios en el largo plazo?

V. Dos posiciones sobre los orígenes del progreso técnico Existen al menos dos posiciones con relación al progreso técnico y las mejoras de productividad. Una concepción explica el progreso técnico por incentivos de oferta. La otra lo hace por incentivos de demanda. Quizás sea posible una visión integrada que contemple ambas visiones. Sin embargo, para entender las diferencias esenciales, es importante explicar ambas posiciones por separado. Entre quienes defienden la primera postura se encuentran indudablemente los marginalistas, schumpeterianos y la enorme mayoría de los marxistas. La segunda es defendida en especial por kaldorianos y por casi todas las visiones que le otorgan a la demanda efectiva un rol significativo en el largo plazo. Para los primeros la innovación es impulsada por la presión competitiva. Un tipo de cambio apreciado y la apertura al comercio internacional incentivarían la innovación y las mejoras de productividad (Bloch y McDonald, 2000). Por un lado, el tipo de cambio apreciado forzaría a los productores locales a competir con la producción

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De aquí no se desprende que un déficit comercial crónico acompañado de endeudamiento - resultado de una relación tipo de cambio/salario que no se coloca en el umbral de especialización- pueda durar para siempre. La idea central es que este tipo de desajuste en el largo plazo puede resolverse como una crisis en la balanza de pagos con defaults generalizados, depreciaciones cambiarias signadas por overshootings, etc. 21 Esta última posibilidad es sólo hipotética, ya que el movimiento internacional de capitales puede mantener n déficit comercial crónico. El caso sería más frecuente en economías con problemas de financiamiento externo.

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extranjera, por otro, abarataría los bienes de capital22. Los capitales expuestos a la competencia externa ganarían ‘musculatura’ en términos de productividad. Algunos autores sugieren la posibilidad de que una suba de salarios, por ejemplo, debido a una apreciación del tipo de cambio, acarree mejoras de productividad inducidas por la elevación del monto de capital por trabajador (Sylos Labini, 1989; Samuelson, 1965; Marquetti, 2004). Debe aclararse que este mecanismo no necesariamente equivale a la típica substitución marginalista, ya que todo cambio técnico labour-saving que acompañe a una suba de salarios carecerá de cualquier implicación marginalista si no modifica la relación capital/producto agregada de la economía, la cual parece ser bastante estable en el largo plazo (Schefold, 1976)23. Si bien este argumento puede contar con alguna base empírica no despreciable, es importante tener en cuanta que el movimiento internacional de capitales impone serios límites a esta posibilidad. Si los capitales están en condiciones de atender la demanda importando productos de países de costos más reducidos, ¿por qué motivo la apreciación del tipo de cambio o la simple suba de salarios debería elevar la productividad? Cuando la rentabilidad se reduce con frecuencia los productores locales se conviertan en simples importadores de sus propios productos aprovechando de este modo sus clientelas y redes comerciales. Por otro lado, quienes sostienen esta visión suelen no tener una seria preocupación por la venta de los productos. Todo parecería indicar que la competencia induce la incorporación del progreso técnico independientemente de que los productos encuentren mercado. De este modo, quizás la presión salarial y la propia competencia intercapitalista impulsen la productividad cuando los capitales no están en condiciones de atender la demanda con importaciones. Es probable que esta concepción sea válida

Aún con un tipo de cambio devaluado esta posibilidad puede ser favorecida apelando a diferentes tarifas y/o subsidios para las importaciones de bienes de capital. 23 Cuando el progreso técnico es inducido, sea por cantidades o precios, el concepto de substitución en un sentido estático se torna un tanto difuso, ya que la envolvente de las técnicas (si es que existe) se está moviendo a medida que se modifican los precios de los ‘factores’. En este caso la substitución sólo puede plantearse en términos dinámicos. Es decir, no aumentaría el empleo cuando el salario cae, sino cuando crece relativamente menos que el resto de las remuneraciones. Habría distintas cantidades para cada precio dependiendo de la dinámica del progreso técnico. No se trataría de típicas funciones sino de correspondencias con múltiples técnicas para cada remuneración. Es decir, las ‘curvas’ de demanda por factores tenderían a modificarse toda vez que cambien los precios de los factores. El movimiento a lo largo de la ‘curva’ movería la propia ‘curva’. Por este motivo, es necesario distinguir el cambio técnico inducido, típico de la substitución marginalista, del progreso técnico inducido, el cual no necesariamente tiene implicaciones marginalistas (Schefold, 1976).

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para la economía mundial en su conjunto. Pero en una economía abierta esta posibilidad será sólo un caso particular de improbable aplicabilidad general24. Finalmente, también resulta difícil testear la validez empírica del argumento. No se puede saber a priori si la mejora de productividad se explica por la presión competitiva o si simplemente es la consecuencia estadística de que sobreviven los capitales de más alta productividad. ¿La presión competitiva incorpora progreso técnico o la mejora de productividad es un mero resultado estadístico ex post? Si en una economía todos los productores de baja productividad quiebran, el producto por trabajador empleado habrá crecido. Pero esto no será la consecuencia de una mejora general de productividad sino de la mortandad de los menos productivos. El producto por ocupado habrá aumentado, pero seguramente habrá menos ocupados. Es decir, la productividad medida para el conjunto de la población de edad activa se habrá reducido. La otra postura sobre el origen del progreso técnico se basa en la llamada ley de Smith-Verdoorn-Kaldor. Para esta visión el cambio técnico es inducido por incentivos de demanda. La productividad crece como consecuencia del propio crecimiento. El crecimiento impulsado por la demanda induce inversiones y las inversiones en nuevos bienes de capital paulatinamente van incorporando el progreso técnico. Así, el crecimiento es tanto un resultado como una causa del progreso técnico, ya que este último se incorpora a través de las inversiones inducidas por el incremento de la demanda agregada. En la práctica se verifican rendimientos crecientes de escala y externalidades positivas, ya que la productividad normalmente crece y los costos caen con el aumento de las cantidades producidas. De este modo, por ejemplo, un aumento de la demanda por exportaciones como consecuencia de una devaluación cambiaria podría generar o acelerar mejoras de productividad en transables al promover inversiones en sectores exportadores o competitivos con importaciones.

VI. Enfermedad Holandesa Un ejemplo típico de la posible influencia del tipo de cambio en la evolución de la productividad es la llamada ‘enfermedad holandesa’ (Corden, 1984; Medeiros, 2007;
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“Development experience – first and foremost that of the high-growth economies of East Asia but development experience more generally – shows that keeping the real exchange rate at competitive levels can be critical for jump-starting growth. It is hard to think of many, or for that matter any, developing countries that have experience sustained growth accelerations in the presence of an overvalued rate.” (Eichengreen, 2007).

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Bresser Pereira, 2007). El tipo de cambio puede ser determinado por una productividad extraordinaria en la explotación de determinados recursos naturales. En este caso, un tipo de cambio apreciado -y los resultantes salarios sobrevaluados medidos en moneda y bienes internacionales- podría inhibir el desarrollo de cualquier otra actividad, aún cuando los otros sectores productivos estén en condiciones de elaborar sus productos utilizando métodos de producción dominantes. Si en lugar de recursos naturales se tratase de métodos de producción industriales de productividad extraordinaria, se podría suponer que este efecto perverso necesariamente debería ser pasajero, ya que a la larga estos métodos se deberían difundir y la apreciación cambiaria terminaría con una caída de precios y el consecuente deterioro de los términos de intercambio25. Pero cuando se trata de métodos de producción que por su escasez no pueden atender toda la demanda, dicha difusión es imposible y la ‘distorsión’ sencillamente puede no corregirse jamás. Serán muy distintas las consecuencias si se asume que los recursos naturales de alta productividad logran emplear a toda la población o si sólo consiguen emplear a una parte reducida de ella. En principio podría no haber ninguna dificultad en producir bienes primarios y explotar recursos naturales en condiciones de productividad extraordinaria, siempre y cuando estas actividades tengan el potencial de emplear a toda la población. En caso contrario, la ‘distorsión’ dada por la enfermedad holandesa hipotéticamente sólo podría corregirse con caídas salariales impulsadas por un creciente desempleo en un doloroso proceso de largo plazo26. Sin embargo, aún garantizando el pleno empleo, en general las actividades extractivas basadas en recursos naturales constituyen un lock in perverso donde la productividad difícilmente crece a las tasas características de las actividades industriales (Kaldor, 1978; Thirlwall y McCombie, 1985 y 2004). Además es probable que adolezcan de baja elasticidad-renta, lo que a la larga acarrea menores tasas de
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También existen otras posibilidades, como es el caso de las economías que se encuentran en la frontera tecnológica, las cuales siempre se están desplazando hacia métodos de producción supranormales y por ello en general no sufren un deterioro de sus términos de intercambio a medida que los métodos de producción son difundidos. 26 Una de las categorías típicas utilizadas en los debates sobre las políticas de los gobiernos latinoamericanos ha sido el llamado ‘populismo’. Si bien esta palabra no tiene aún un sentido preciso, la idea básica que ronda esta expresión es que el populismo consistiría en políticas que mejoran la situación de los sectores humildes en el corto plazo, menospreciado los aspectos estructurales que inciden sobre sus condiciones de vida en el largo plazo. “Pan para hoy y hambre para mañana”, según reza el dicho popular. Aceptada esta definición, y en contraposición a lo que comúnmente se piensa, las políticas de estabilización macroeconómica consistentes en revaluar monedas locales para contener la inflación, típicas de la década del 90, serían ejemplos de políticas populistas. Por el contrario, las políticas cambiarias que prevalecen en el presente, consistentes en formar reservas y reducir y mantener paridades cambiarias competitivas, serían políticas esencialmente antipopulistas.

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crecimiento y problemas de balanza de pagos, lo que trae aparejado menores niveles de inversión y una tasa de crecimiento de la productividad comparativamente baja. Ambas posibilidades, en general, conllevan menores salarios en el largo plazo.

VII. Salario por actividades y salarios medios: consecuencias distributivas del cambio estructural Una de las discusiones más habituales en política económica refiere a las consecuencias distributivas de las políticas cambiarias. Es común el argumento según el cual el tipo de cambio depreciado equivale a una reducción del salario real. Si bien esta posición es indudablemente correcta, debe tenerse en cuenta que los efectos distributivos del crecimiento no se circunscriben al salario por actividades ni al volumen de desempleo abierto. También es necesario tomar en consideración los cambios estructurales. Se precisa pensar al ejército industrial de reserva como un fenómeno más estructurado y dinámico que nunca puede ser captado por el simple dato estadístico del desempleo abierto. Según la teoría marginalista, el proceso de substitución factorial hace que los precios de los factores tiendan a igualarse con sus respectivos productos marginales en todas las industrias y actividades, lo que equivale a concluir que el valor adicional que se obtiene por colocar a un vendedor ambulante en una industria moderna es aproximadamente igual al producto reducido en la venta ambulante. En términos formales: pi x PmgLi =pj x PmgLj = w Donde pi y Pj son los precios de los productos i y j, PmgLi y PmgLj los productos marginales del trabajo en la producción de i y j, en tanto que w es el salario nominal. Para el marginalismo es también el mecanismo de la substitución el que obliga a pensar al desempleo involuntario como un fenómeno necesariamente temporario, provocado por shocks o alteraciones circunstanciales de las opciones técnicas, las preferencias de los consumidores o las dotaciones factoriales o de riqueza. Por el contrario, en la tradición clásica el desempleo normalmente tiene un carácter estructural, ya que no depende sólo de la inversión presente sino del proceso de acumulación de capital a lo largo del tiempo. Es decir, al no suponerse substitución 13

factorial, la generación de empleos necesariamente debe ir acompañada por un aumento del stock capital. Lo contrario podría suponerse si se asume, como ocurre en el marginalismo, que cualquier volumen de capital puede ser utilizado por cualquier cantidad de empleados. Por el contrario, en esta concepción normalmente se presupone que los ‘factores’ son complementarios en vez de substitutos. De este modo, para colocar la discusión en un terreno clásico (y observable) es necesario plantear el razonamiento en términos productividades medias y no marginales, ya que la productividad marginal es un concepto muy esquivo que precisa de la substitución factorial, fenómeno difícilmente observable y sujeto a innumerables polémicas aún no resueltas. Por el contrario, la noción de productividad media es tanto compatible con la presencia de ‘factores’ substitutos como complementarios. Dicho esto, es fácil demostrar que la productividad media por trabajador difiere notablemente entre las distintas actividades. Las diferencias son evidentes cuando se comparan sectores capitalistas modernos con sectores tradicionales y atrasados. También es notable cuando se toman en consideración las distintas estrategias de subsistencia disfrazadas en cuentapropismo, trabajo doméstico, venta ambulante, etc. También existen formas de desempleo y subempleo mucho más sutiles como la sobrecalificación laboral, forma que también va en contraposición a la presunta escasez de mano de obra. En este contexto, cuando el crecimiento del ‘sector moderno’ absorbe parte del “ejercito industrial del reserva” ubicado en sectores de baja productividad media, necesariamente elevará el producto agregado y la productividad media de la economía como un todo. Es el resultado de tomar trabajadores que se desempeñan en actividades de baja productividad y reubicarlos en actividades de alta o media productividad27. Esta posibilidad es muy conocida en la literatura (Lewis, 1954) y constituye un fenómeno muy habitual en toda economía capitalista, aún en las economías más avanzadas (McCombie y Thirlwall, 2004). Así, por ejemplo, si el crecimiento del sector moderno depende de la demanda que afecta a dicho sector, pongamos las exportaciones, debería observarse un aumento endógeno de la productividad por el desplazamiento de los trabajadores hacia actividades de productividad mayor28. Y en tanto la productividad media difiera entre actividades, no existirán serias restricciones surgidas en la oferta de trabajo, aún cuando
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En este enfoque la productividad depende del puesto y no del ‘factor’ (Gleicher y Stevans, 1991). En términos cuantitativos está aumentando el valor agregado por trabajador ocupado.

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el desempleo abierto pueda ser bajo, ya que normalmente cualquier (supuesta) dotación fija de fuerza de trabajo siempre puede transferirse de los sectores atrasados a los modernos. Por lo dicho, las diferentes formas como puede aparecer el desempleo dependen no sólo de la acumulación de capital sino también del cambio estructural. Si el desarrollo económico puede interpretarse como el crecimiento diferencial y el progresivo reemplazo de los sectores tradicionales por los modernos, puede pensarse que quienes se encuentran empleados en sectores tradicionales de crecimiento más lento –o incluso en franco estado de estancamiento o contracción- siempre forman un ejército industrial de reserva a disposición de los sectores modernos en expansión. De este modo, a largo plazo siempre el crecimiento implica algún tipo de desarrollo y conlleva algún cambio estructural, ya que el crecimiento cuantitativo de los sectores más avanzados se nutre de los sectores tradicionales de menor productividad. En este caso la relación de causalidad va en los dos sentidos: el crecimiento eleva la productividad y la mayor productividad genera crecimiento29. Lo primero ocurre a través del cambio estructural y del aumento inducido de la inversión que incorpora nuevas tecnologías. Lo segundo sucede cuando aparecen los nuevos sectores que lideran el crecimiento acaparando inversiones y absorbiendo parte de la fuerza de trabajo ocupada en sectores tradicionales. Es previsible que en una economía en crecimiento el excedente estructural de mano de obra urbana se reduzca, al tiempo que los trabajadores se van desplazando hacia actividades de más alta productividad. Los salarios reales del trabajador medio en general crecen reflejando ese cambio estructural. Sin embargo, es importante puntualizar que en este contexto no se precisa que el salario por actividades suba para que se eleve el salario medio. Si los trabajadores se desplazan hacia actividades mejor remuneradas el salario medio estará creciendo aún cuando el salario por actividades no se modifique. Es decir, el salario por actividades puede caer y la tasa de ganancia por actividades subir, sin que esto signifique que el nivel de vida de los trabajadores haya caído, ya que puede ocurrir que los mismos se estén desplazando hacia actividades donde los salarios son normalmente más altos. Así, el problema distributivo no se resume en la tasa de ganancia y los salarios por actividades. La tasa de ganancia puede

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El cambio estructural es otra de las formas como aparece la ley de Verdoorn , ver sección IV.

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subir con la baja del salario por actividades, incluso cuando el salario medio pueda elevarse sin que esta posibilidad suponga una paradoja. Para ilustrar este argumento nos valemos de un ejemplo. Supongamos que contamos con dos actividades productivas, A y B. Para simplificar asumimos que en ambas actividades el único compromiso de capital se resume en el adelanto de salarios. Es decir, sin perdida de generalidad excluimos los bienes de capital del ejemplo30. Así tenemos: A) wALA (1+ r) = pA B) wBLB (1+r) = pB Donde wA y wB son los salarios en las actividades A (‘moderna’) y B (‘tradicional’) respectivamente; LA y LB son las cantidades de trabajo requeridas para producir una unidad de A y otra de B; r es la tasa de ganancia -que a diferencia de la tasa salarial se asume idéntica en este ejemplo-; pA y pB son los precios unitarios de A y B respectivamente. Supongamos que tenemos 10 trabajadores, 5 trabajan en la actividad A y 5 en B. Definimos a la mercancía A como el numerario (PA = 1). Asumamos que wA > wB, por ejemplo, wA = 20 unidades de A y wB = 10 unidades de A. Así, tenemos que el salario medio es igual a 15 unidades de A (½ x 20 + ½ x 10). Escogemos valores arbitrarios para los coeficientes LA (0,04) y LB (0,07). Obtenemos, de este modo, el precio de B (PB = 0,875) y la tasa de ganancia (r =25%). El valor agregado por trabajador ocupado es de 18,75 unidades de A (25 x ½ + 12,5 x ½). Ahora supongamos que el salario por actividades baja un 10%. Tenemos wA = 18 unidades de A y wB = 9 unidades de A. Asumiendo que ahora en la actividad A trabajan 8 trabajadores y 2 en la B, ¿cuál es ahora el salario medio? Subió a 16,2 (4/5 x 18 + 1/5 x 9). La tasa de ganancia se elevó a 38,8%31. Por su parte, el valor agregado por trabajador ocupado ahora es de 22,5 unidades de A (25 x 4/5 + 12,5 x 1/5).
La exclusión de los bienes de capital arroja mayor transparencia al ejemplo ya que elimina las dificultades inherentes a la presencia de diferentes relaciones capital-trabajo, o ‘composiciones orgánicas’ en la terminología de Marx (1967), y sus posibles efectos contradictorios en presencia de modificaciones en la distribución del ingreso (Garegnani, 1970). Como nuestro ejemplo no depende de una relación sistemática entre la distribución y la demanda por factores, eliminamos los bienes de capital para fines expositivos. 31 En este ejemplo estamos asumiendo que todos los trabajadores pueden desempeñarse tanto en la actividad A como en la B. Es decir, estamos asumiendo que cuentan con un nivel de calificación que les permite desempeñarse en ambas ocupaciones. Sin embargo, reciben salarios diferentes según se desempeñen en una u otra actividad. De este modo, en este ejemplo estamos asumiendo que existe sobrecalificación de los trabajadores al menos en determinadas tareas y que siempre hay más personas
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Para conocer los efectos distributivos del tipo de cambio es imprescindible saber cuales son sus consecuencias sobre el crecimiento y si el mismo va o no acompañado por cambios estructurales. La reubicación de fuerza de trabajo en actividades de más alta productividad y salarios más elevados puede modificar el salario medio aún en dirección opuesta a los salarios por actividades. Por otro lado, dicha reubicación puede elevar la productividad media aún cuando la productividad por actividades se mantenga estancada. Y, como corolario, la tasa de ganancia puede elevarse aún cuando el salario medio suba y la productividad por actividades se mantenga constante. Todo esto sólo puede considerarse una paradoja si se presume que cada trabajador es remunerado por su producto marginal y tiene la posibilidad de ofrecer su fuerza de trabajo indistintamente en cualquier actividad (Mincer, 1958). Por el contrario, constituye un hecho normal en toda economía donde los ‘factores’ son complementarios y en consecuencia normalmente siempre existe heterogeneidad estructural y excedente de mano de obra.

VIII. El tipo de cambio y las elasticidades-renta del comercio exterior Otro argumento referido a la influencia del tipo de cambio sobre el crecimiento se encuentra en Barbosa-Filho (2006). El autor muestra como el tipo de cambio real de corto plazo puede modificar los parámetros de los conocidos modelo de crecimiento liderado por las exportaciones de Kaldor (1978) y Thirlwall y McCombie (2004). Para ilustrar el argumento realizamos una breve presentación del modelo de Thirlwall basado en Thirlwall y McCombie. Partimos de un comercio balanceado: 1) Px Qx = Pm Qm E

Donde Px y Pm son los precios de las exportaciones e importaciones; Qx y Qm los volúmenes exportados e importados; E es el tipo de cambio nominal. Colocado esta relación en términos de tasas de variación, tenemos: 1) px + qx = pm + qm + e
calificadas para determinados puestos que puestos para las personas calificas. Es un modelo de ‘fila’ donde el empleador siempre dispone de varias personas (haciendo fila) suficientemente calificadas para el puesto de trabajo que debe ocupar. Esta posibilidad no existe en el la teoría marginalista del ‘capital humano’ basada en una perfecta substitución factorial y una tendencia al pleno empleo de todas las calificaciones (Mincer, 1958). Para más detalles sobre el modelo de fila, ver Gleicher y Evans (1991).

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La variación de los volúmenes exportados (qx) e importados (qm), depende de la variación de los precios (px, pm), el tipo de cambio (e), las tasas de crecimiento del producto internacional y domestico, y las respectivas elasticidades-ingreso. Tenemos entonces: 2) qx = η (px – pm – e) + ε yI con η < 0

3) qm = ψ (pm + e – px) + π yD con ψ < 0 Donde η y ψ son las elasticidades-demanda de las exportaciones e importaciones; ε y π son las elasticidades-ingreso de las exportaciones e importaciones; yI e yD son las tasas de crecimiento del producto internacional y doméstico. De las ecuaciones 2, 3 y 4 derivamos: 4) yD = [(1 + η + ψ).( px – pm – e ) + ε yI ] / π Sin embargo, como es bien conocido, la ‘ley’ de Thirlwall se expresa del siguiente modo: yD = ε yI / π Así, para obtener dicha ‘ley’ debe suponerse que: px – pm – e = 0 Es decir, la ley se basa en el supuesto de que los precios y el tipo de cambio nominal son neutros en el largo plazo. O, en otras palabras, que el tipo de cambio real no se modifica en el largo plazo. De este modo, la evolución del comercio y las tasas de crecimiento domésticas sólo tienen como ‘fundamentals’ el crecimiento del resto del mundo y las respectivas elasticidades-renta. Ahora bien, ¿acaso los precios y el tipo de cambio de corto, cuando se ‘desvían’ por períodos razonablemente prolongados de sus respectivos valores ‘constantes’ de largo, no pueden influir sobre las variaciones de las elasticidades-ingreso (π, ε)? Pongamos que tenemos unas funciones de este tipo:

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a) π = λ (px – pm – e) b) ε = β (px – pm – e)

con λ > 0 con β < 0

Donde λ y β son las elasticidades-precio de las elasticidades-ingreso. Si esta posibilidad existe y tiene algún grado de generalidad, será indiferente el hecho de que el tipo de cambio real se mueva hacia una determinada posición de largo plazo considerada ‘constante’. Si el tipo de cambio real de corto plazo influye sobre las elasticidades-ingreso, no será neutral con relación a la tasa de crecimiento del producto, incluso en el largo plazo. Un tipo de cambio real depreciado que consiga sostenerse por un cierto período de tiempo, y logre aumentar ε y/o disminuir π, podría elevar la tasa de crecimiento máxima compatible con el comercio balanceado. Y lo contrario ocurriría con las apreciaciones cambiarias duraderas, aún cuando ambos ‘desvíos’ tiendan a corregirse con relación a una presunta posición constante de largo plazo. Las ‘funciones’ del tipo a) y b) no necesariamente deberían ser consideradas reversibles y bien comportadas en el sentido marginalista32. Por otra parte, si los parámetros del modelo Kaldor-Verdoorn son elásticos al tipo de cambio, esta circunstancia también tendrá repercusiones sobre la productividad a través de la ley Smith-Kaldor-Verdoorn. Si un tipo de cambio ‘competitivo’ eleva ε y/o reduce π, permite elevar la tasa de crecimiento potencial compatible con una balanza de pagos equilibrada, y, de este modo, facilita un mayor crecimiento de la productividad por vía del progreso técnico inducido.

IX. La experiencia de América Latina y Asia Cuando se compara las distintas políticas cambiarias los resultados parecen ser diferentes según cada estrategia. Los casos de Asia y América Latina aparecen como los ejemplos más paradigmáticos. Por diferentes motivos, durante las últimas décadas los gobiernos de América Latina normalmente han procurado tener tipos de cambio sobrevaluados y lo contrario ha ocurrido con los países asiáticos. Así, estos dos grupos de países durante la mayor parte del tiempo se han desviado de sus tipos de cambio reales

Esta posibilidad no implica suponer, necesariamente, el típico mecanismo de substitución marginalista. Puede tratarse, simplemente, de desvíos de gastos y/o producción de los países que se encarecen hacia los que se abaratan.

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de ‘equilibrio’ dados por la productividad y los salarios. Y comúnmente dicho desvío siempre ocurrió en la misma dirección. Es decir, los países latinoamericanos normalmente presentan monedas sobrevaluadas y lo opuesto sucede con los asiáticos. Sin embargo, la tendencia observada parece confirmar el pronóstico según el cual el tipo de cambio real en el largo plazo se debe mover en la misma dirección que la productividad y los salarios. Es más, hasta se podría decir que la resultante final ha ido en la dirección opuesta al deseo de los gobiernos. América Latina a largo plazo tiende a devaluarse (en todo sentido) y Asia tiende a valuarse (también en todo sentido). En América Latina la productividad aparece relativamente estancada y los salarios muestran una tendencia en general descendente. Y la tendencia del tipo de cambio real, en efecto, parece confirmar estos fundamentals. En Asía ocurre lo contrario y lo propio sucede con su tipo de cambio real. Ahora bien, ¿tan equivocados han estado los gobiernos? Sí, los gobiernos latinoamericanos33… La evolución asiática no parece ser completamente independiente de las estrategias de desarrollo imperantes en esa zona del mundo, incluida la estrategia para la fijación del tipo de cambio nominal. El tipo de cambio real en el largo plazo sin dudas ha tendido valorizarse al compás del encarecimiento de la fuerza de trabajo y las subas de productividad. Los precios de los no-transables tienden a encarecerse por los motivos conocidos como “efecto Harrod-Balassa-Samuelson”34, etc. Y lo contrario, otra vez, sucede en América Latina. Entendemos que esta es la principal evidencia a favor de la estrategia consistente en establecer un tipo de cambio real competitivo. A largo plazo, el tipo real probablemente tenderá a valorizarse, pero ello será el resultado (entre otras cosas) también de los efectos indirectos que el tipo de cambio competitivo de corto provoque sobre la productividad y los salarios normales en el largo plazo. La idea de que las

En este trabajo no estamos sugiriendo que las diferentes estrategias seguidas por unos países u otros se expliquen por una mejor o peor evaluación académica de los impactos de las distintas opciones de política económica. Es claro que el predominio de distintas opciones en cada país normalmente responde más a cuestiones de poder, tanto dentro como fuera de los países, que a evaluaciones técnicas o intelectuales. Los verdaderos motivos por los cuales unos países o regiones siguen determinadas políticas mientras otros siguen otras diferentes no es asunto de este trabajo. 34 Cuando la productividad crece a diferentes niveles según sectores, por ejemplo, si crece más en la industria que en los servicios, es lógico que dicho impacto sea compensado por aumentos de precios de los sectores cuya productividad crece más lentamente. Esta es una consecuencia de la tendencia a la igualación de las tasas de ganancia y se conoce en la literatura como efecto ‘Harrod-Balassa-Samuelson’. Dornbusch (1987), por su parte, atribuye dicho efecto a David Ricardo. De ese modo, lo más apropiado sería hablar del efecto Ricardo-Harrod-Balassa-Samuelson.

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autoridades en todo momento influyen en la determinación del tipo de cambio real de corto, no está en contradicción con el hecho de que en el largo plazo su tendencia coincida con la dirección en la que se mueven los salarios normales y la productividad. Estas variables, sin duda, tienden a ajustarse las unas a las otras. Sin embargo, dado que la relación de causalidad puede ir en varias direcciones, no podrá entenderse el proceso en forma adecuada si se desconocen la secuencia del ajuste y los mecanismos específicos por los cuales unas variables gravitan en torno a otras.

X. Conclusión El trabajo presenta una extensión de la teoría clásica de los precios al comercio internacional como clave para interpretar el proceso de determinación del tipo de cambio en el largo plazo. En esta concepción, los términos de intercambio dependerán de los salarios normales y las técnicas dominantes correspondientes a las mercancías transables y comunes a los mercados en consideración. Este ajuste no depende de la PPP y la TCM sino de la llamada ley del precio único. Por su parte, este ajuste puede coincidir con la ampliación del desempleo y la destrucción de recursos productivos. Se discute, en el marco de la teoría clásica, la necesidad de ampliar el análisis para que éste pueda para incluir la posibilidad de que se verifiquen transferencias de renda entre distintos sectores. Dada la coexistencia de métodos de producción de rentabilidad extraordinaria, el tipo de cambio de largo plazo es determinado por la productividad media de la economía y la distribución del ingreso en general. Esta posibilidad es muy común cuando se explotan recursos naturales. Así, si existen transferencias de renta, el tipo de cambio puede alterarse en el largo plazo sin modificar el salario real o la productividad. La segunda (y principal) cuestión considerada es la hipótesis de que el tipo de cambio de corto plazo puede modificar la productividad media de la economía, afectando así el tipo de cambio de largo plazo. Esta influencia del tipo de cambio de corto sobre la productividad puede ser el resultado de cambios de precios relativos entre los bienes transables y no transables. Esta posibilidad, junto con la posible existencia de economías de escala o de aprendizaje y las externalidades positivas, permitiría el aumento da productividad media de la economía. El cambio de precios relativos puede permitir que ciertos sectores de productividad comparativamente altos sean activados, lo que traería aparejada la utilización de recursos productivos ociosos, o utilizados en 21

actividades de subsistencia o baja productividad. Estos sectores, usualmente, poseen un mayor potencial en relación a las mejoras de productividad. La productividad media de la economía y los salarios normales serían los atractores del tipo de cambio de largo plazo. Sin embargo, la política cambiaria puede influir en la determinación del tipo de cambio de corto plazo por períodos prolongados. Y este ‘desvío’, por su parte, puede alterar las propias variables estructurales que determinan el tipo de cambio de largo plazo. Por otro lado, el traspaso de trabajadores de las actividades de baja productividad a sectores de elevada productividad permitiría aumentar los salarios medios incluso cuando los salarios por actividades puedan caer. En otras palabras, el cambio estructural tiene repercusiones distributivas que sobrepasan la evolución de los salarios por actividad. Si estos procesos no se verifican, el ‘desvío’ no será sostenible. El mantenimiento de un tipo de cambio sobrevaluado acarrea normalmente déficit de Balanza de Pagos, circunstancia que obliga a acudir al financiamiento externo o la pérdida de reservas. Por su parte, los tipos de cambio devaluados que no alteran la productividad o los salarios normales suelen ser inflacionarios, lo que termina revaluando el tipo de cambio real. La diferencia fundamental entre la presente interpretación y otras visiones sobre el particular, se encuentra en las respectivas hipótesis sobre las causas de las mejoras de productividad y la ausencia de cualquier hipótesis referente al pleno empleo de los recursos productivos. Para la presente interpretación la inversión y el crecimiento económico incorporan el progreso técnico a la producción. Y el progreso técnico, por su parte, facilita el propio crecimiento. Se da así un proceso acumulativo de crecimiento y progreso técnico. Finalmente, se señalan brevemente las experiencias cambiarias de América Latina y Asia en el marco de las hipótesis desarrolladas en el trabajo. Una observación importante a tener en consideración es que la incorporación del progreso técnico y las mejoras de productividad no son, nunca fueron, ni serán, un mero resultado de las políticas cambiarias. Estas políticas sólo pueden ser efectivas si se complementan con políticas industriales y tecnológicas de largo aliento.

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