PUESTA DE SOL EN EL NILO

Imágenes propias y de Internet

Dr Guillermo Calvo Soriano

Parlantes

Entre los troncos de las palmeras, el crisol de oro del Poniente arde con un incendio anaranjado, púrpura e índigo. La atmósfera se curva como una campana de cristal saturada de Luz. ¡Instante sin igual!

El buque camina tan dulcemente que parece inmóvil en la superficie del río, y la orilla parece deslizarse como el bastidor de un panorama. Ahora el Nilo es una inmensa laguna que refleja entre extraños espejismos las irisaciones del cielo.

Creeríamos flotar en la Barca de Isis, entre dos inmensidades, si la línea de la orilla opaca, donde las negras siluetas de las palmeras lejanas dibujan una vegetación de lotos y de cañares no se interpusiera entre el cielo y su doble líquido.

Al fin todo se oscurece. El Poniente no es más que un arca tendida en el horizonte; una puerta de Oro que empalidece con el frescor de la noche.

Ya brilla Orión espléndidamente en el cénit y aparecen en el azul constelaciones desconocidas en nuestras zonas.

He pasado tres días bajo el influjo fascinador de las puestas del Sol y de las noches mágicas.

Y ni el espectáculo de las cambiantes orillas con sus rocas cortadas a pico, sus ciudades árabes, sus bandadas de ibis viajeros y sus vastas perspectivas sobre el desierto blanco sembrado de oasis…

Ni los hipogeos de Beni-Hassan, verdaderos templos tallados en la roca viva, ni la gruta de Spéos Artémidos, escondida en una barranca de la cadena arábiga como la guarida de un león, han podido substraerme a aquel influjo.

Las bellezas de la tierra y los recuerdos de la historia me parecen futilezas ante las magnificencias del cielo que aguardaba y contemplaba cada tarde como el único acontecimiento de la jornada, siempre nuevo y conmovedor.

Así llegué a observar las tres fases luminosas del ocaso sobre el Nilo.

El disco rojo y deslumbrador del Sol ha desaparecido tras la cadena líbica. Sobre el desierto libio corre un escalofrío parecido a ese impalpable velo gris que anuncia la muerte en la faz humana.

El cielo toma un color amarillo pálido en la zona por donde se ha sumergido el Sol. Parece que todo haya terminado y que la noche vaya a seguir sin transición a esta pálida luz. Tal es la primera Luz, de efecto siniestro y sepulcral.

Pero inmediatamente el nimbo amarillo se concentra en un arco de Oro fundido, reflejo del disco de Amón-Ra en la atmósfera, transfiguración del dios muerto en el alma palpitante de la tierra amorosa

El arco anaranjado se funde con el azul por los siete colores del prisma. Esta es la segunda Luz que arde rápidamente como vértigo del alma en que la gama toda de una vida ardiente vibrase por última vez en la borrachera y el desgarro del adiós.

Pero, a medida que se debilita el pórtico de fuego, se forma por encima de él una aureola violácea como un nimbo de dolor y pasión, que va creciendo hasta invadir el cielo.

Cuando el aire es muy puro se ven salir cinco rayos rosados de este nimbo, los cuales suben hasta el cénit y debilitan el resplandor de las constelaciones nacientes.

Es la tercera Luz, el adiós de Amón-Rá, la última sonrisa del dios ya lejano, y la promesa de su reencarnación.

La puerta de Oro se ha transformado en otra blanca y pálida: la puerta que conduce al otro mundo, al reino de Osiris.

Y el último rayo de Amón-Rá parece decir al alma abrumada y entristecida: “Ya no me verás más; he cruzado las puertas de la muerte; ve a buscarme allí…”

Esta grandiosa trilogía de la tierra, el Sol y el Cielo, me conmovió como una representación viviente del drama mitológico de Amón - Rá.

Cuyos tres actos podrían denominarse: la vida, la muerte y la resurrección, los cuales abarcan la historia de todos los seres.

Por lo tanto, no nos debe extrañar que los egipcios, circundados a diario por el esplendor de este espectáculo, hayan resumido el drama del Alma, del Universo y de los Dioses ... Edouard Schuré

En la lejanía, la ciudad del Cairo bañada por los fulgores del poniente.

El paseo resulta maravilloso debido a las puestas de Sol. Todos los repechos de roca y de tierra desnuda adquieren unos matices cobrizos ardientes, extraordinariamente cálidos, y no es un espectáculo banal ver como desaparece el Sol en el horizonte.

Al anochecer he regresado con una puesta de Sol deslumbrante. Un fino abanico de nubes, delicadamente estriadas y muy ligeras, se ha inflamado casi de repente y durante un cuarto de hora ha sido una auténtica bóveda que pasaba poco a poco del oro claro al rojo oscuro. Al Nilo, claro, le ocurría lo mismo… Theillard de Chardin

“Que las puertas del cielo se abran para que el Poder Divino aparezca en Gloria. Así llegan los Cuatro Vientos del Cielo, dominados sean para que la riqueza del país esté segura. He aquí el Viento del Norte, fresco y vivificante. He aquí el Viento del Este, el que abre las puertas celestes, el que crea un camino perfecto para la Luz Divina y da acceso a los paraísos del otro mundo. Ni una sola vacilación y un ritmo embrujador.”

“He aquí el Viento del Oeste que procede del seno de lo Único, antes de la creación del Dios. Brotó del más allá de la muerte. La bailarina superaba a sus colegas, imbuida del mensaje espiritual que simbolizaba, desarrolló una coreografía más dramática y exigente. Algunas figuras evocaban la lucha contra el fallecimiento y la voluntad de acabar con él. He aquí, por fin, el Viento del Sur, que trae el agua regeneradora y hace crecer la vida.”

El viejo Sol se preparaba para el renacimiento de su sucesor, resucitado durante su travesía del cuerpo de la diosa Nut. Todas las noches, todos los templos de Egipto participaban en su combate contra las tinieblas.

Más allá de la muerte física, el resucitado OSIRIS seguía actuando aquí abajo y transmitía la Luz donde vivía con una nueva vida.

Después de examinar atentamente altorelieves en Karnak, fui de pronto consciente que había alguien a mi espalda. Me volví hacia el Nilo. Lo que contemplé superaba el entendimiento. Ninguna palabra podría describirlo...

Muy bajo en el horizonte , el Sol del anochecer había estallado fraccionándose en mil colores , del rojo sangre al amarillo dorado .

El cielo y el río se confundían .

El tiempo se había detenido para permitir que se expresara el hechizo de ATUM, luminaria del anochecer.

Muy pronto el astro del día desaparecería entre las tinieblas, se hundiría bajo tierra, en un mundo peligroso e inquietante donde unos demonios atentarían contra su vida.

Tendría que luchar para renacer , para reaparecer la próxima mañana .

Antes del gran combate , la luz se hacía serena , ATUM , el Creador , ofrecía a la mirada ese conocimiento del anochecer , tan por encima de las posibilidades del hombre, que la única actitud posible era la de la veneración.

Eso era el Hetep de los egipcios , ese estado de Conciencia traducido por una palabra que significa a la vez “puesta de sol” “plenitud” y “ofrenda”.

Hetep representa una mesa de ofrendas y significa también “paz , serenidad ,conformidad , plenitud , calma”. Por medio de la ofrenda , depositando un alimento destinado a los dioses se puede alcanzar el estado de HETEP , que caracteriza a los Sabios .

El objetivo del Sabio, sentado en la pose del Escriba, es alcanzar la plenitud que los jeroglíficos representan con la Mesa de Ofrendas, Hetep, palabra sinónima de «puesta de sol», ese instante inefable en el que la obra concluye antes del inicio de un nuevo viaje. Estamos muy lejos de esa serenidad…

HETEP es también la puesta del Sol , el momento en que la paz de la noche se extiende sobre el país . Concluye el trabajo , llega el momento del descanso , de la meditación y del silencio .

“Paz y Amor” se representa así en Jeroglíficos Hetep Hena Merut Paz y Amor Si el hombre ha vivido de manera correcta , llega en Paz (HETEP) a la orilla del Otro Mundo …

En esta luz postrera antes de la noche se revelaba la Civilización Egipcia. Y comprendí entonces porqué Egipto era la Tierra de los Dioses , porqué el viaje a Egipto es un Viaje a la Eternidad … Christian Jacq

Bibliografía - El Egipto Musulmán y el Egipto Antiguo. Edouard Schuré,1976 - Lettres d´Egypte. Theillard de Chardin,1963 - Les grands monuments de l´Égypte ancienne. Christian Jacq, 2003