Re-significación del mercado: ¿es posible?

Miguel Aponte Para completar este aporte se recomienda ver el video http://www.dailymotion.com/video/xycfsk_el-tiempo-como-moneda-de-pago-la-bolsa-detrueque-online-favour-exchange-enlaces_fun. El mercado es un mecanismo de mediación entre personas y entre personas y cosas. Cosas aquí son, para la teoría económica, “mercancías”. Marx había dicho y sentenciado que bajo el capitalismo el intercambio de trabajo vivo entre trabajadores al adoptar la forma de mercancías terminaba “fetichizado”. La idea es compleja y no debe ser banalizada. Obviamente, Marx había advertido, y así lo dijo, que las categorías económicas como dinero, mercancía, intercambio y mercado, entre otras, pre-existían al régimen de producción capitalista. No hace falta sino revisar someramente para darle la razón. Pero de lo que se trata en el capitalismo es que la relación mercantil termina autonomizándose e imponiéndose a los propios seres humanos que ya no dominan la relación sino que son dominados por ella. A esto Marx lo llamó alienación, enajenación, fetichización de la mercancía. Términos complejos y con muchos puntos de fuga, no sólo económicos. Desde la economía y la sociedad podemos ver cómo se despliegan hacia la psicología y la medicina, por ejemplo: alguien que se “ajena”, que se enajena, que se aliena, pierde el contacto con la realidad y se encuentra en los límites de la demencia. Pierde el control sobre sí. Está incapacitado para “conocerse a sí mismo”, no es dueño de su voluntad, no es un “yo”, no es sujeto reflexivo y deliberante. Para nosotros, esto es un asunto pesado, pues quien ha perdido o no ha logrado su capacidad reflexiva y deliberante, jamás podrá optar por su propia autonomía individual. Es, para decirlo en la definición aristotélica alguien que no sería capaz de “gobernar y ser gobernado”: no es un ser humano autónomo. La autonomía no es un “estado” y, mucho menos, un estado ideal. La autonomía no hace feliz al sujeto sino que lo hace libre. Y, para entendernos, quien no es libre, ¿podrá optar para una vida humana que tenga sentido? Ahora bien, ¿cómo es que la sociedad contemporánea se aliena o se encuentra alienada? Bueno, nuevamente, simplemente observe la vida de un ciudadano en cualquier país. En el capitalismo todo es mercancía, también tú que lees este aporte; y resulta que para el capitalismo tiene que ser así porque si no, no entrarás en el circuito de la subsistencia que sus propias significaciones imaginarias sociales postulan. Para el neoliberalismo dominante todo es mercancía -el dinero, la tierra, el trabajo, los medicamentos, el talento, la ética, la moral, todo debe tener precio para “ser”-, todas las mercancías son iguales y, para rematar, todos los mercados se autoregulan. Todo es privatizable y sólo cobra sentido para el capitalismo si es privado. Lo público es una donación del individuo a la sociedad y no es nada, no es de nadie, es un estorbo eliminable. Con este giro, la visión neoliberal cierra su propio círculo mortífero. Preguntas tales como ¿qué hacer con aquello que no es asunto “privado”?, ¿qué es y qué hacer con la política? quedan sin respuesta. Bueno, sólo les queda una versión empobrecida de Maquiavelo e incluso de los propios padres intelectuales del liberalismo -

Fergusson, Constant, Rousseau, Smith, Montesquieu y los otros- quienes siempre vieron el problema, aunque reconocieron no poder resolverlo. Otros aportes de dedican a este tema denso, no nos desviemos aquí. Ver Liberalismo. El liberalismo y su retoño mortífero, el neoliberalismo, han llevado las cosas hasta donde nos encontramos hoy: una profunda crisis económica, desempleo, pobreza y pérdida del sentido: el mundo se hunde en la pobreza y en la insignificancia, para usar el término de Castoriadis. Postulamos que si se va a creer que el principal agente de acción responsable va a ser la economía, estamos lejos de construir una solución. Menos si se pretende apelar nuevamente a los determinismos de siempre: que el mercado o lo económico nos salvará para siempre, que ahora “sí aprendimos la lección”, que la macroeconomía ya captó el problema y lo solventará, etcétera. Esto no es verdad, es puro funcionalismo positivista. La pretensión de que la economía, la sociedad y la historia se comportan única y solamente en su estrato conjuntista-identitario, esto es, como aparatos lógico-deductivos o estructuras de causalidad determinadas y determinables es una estafa. Esta pretensión no entiende que la sociedad no es un aparato lógico, aunque algunos estratos de su ser soporten tal manipulación. No hay nada que hacer. A todo esto apuntaba desde el siglo XIX ya Carlos Marx con su teoría del fetichismo de la mercancía. Yendo así mucho más allá que sus antecesores y sucesores; y alcanzando una reflexión que sólo se vería coronada en el siglo XX. Ahora bien, la conclusión de Marx fue que habría que eliminar el mercado y, con él, obviamente las mercancías, el dinero y todo intercambio mercantil e incluso la propiedad que para él tomaba la forma exclusiva de propiedad privada. Fue más lejos, sabemos, y postuló que habría que eliminar incluso el Estado Burgués y todo Estado. En su visión del comunismo no existiría pues ni propiedad ni Estado. Nótese que al no haber Estado no habría la posibilidad de trasmutar la propiedad privada en la propiedad de un Estado que terminaría metabolizándose evidentemente en el único propietario, no desapareciendo así la propiedad, sino alcanzando -por el contrario- su apoteósis total y totalitaria. Marx fue pues totalmente coherente. Es obvio que en la tesis de Marx coexisten dos elementos: propiedad y Estado. Por un lado, la propiedad decanta en propiedad privada, ésta en mercados que implican mercancías y con ellas su fetichización; y por aquí la explotación y el dominio de clase. Por el otro, el Estado que para Marx, como para todos los pensadores políticos clásicos, implicaba el sometimiento del ciudadano y, por tanto, la negación de su libertad. Marx llega a más porque postula una manera de eliminar ambas cosas. Marx es más valiente y a la vez piensa más, pero parece haber entendido que habría una relación de necesidad histórica entre ambas variables y cree que eliminando la propiedad y suprimiendo la supuesta “contradicción entre el desarrollo de las fuerzas productivas y las relaciones sociales de producción” inmanentes al capitalismo, todo esto conduciría a la eliminación del Estado. Pero esto es funcionalismo y aún peor, funcionalismo económico. Sabemos que el funcionalismo es un engendro positivista y que esta significación es la madre directa del liberalismo económico smithtiano y posterior. Luego lo que estamos diciendo es que Marx, muy a su pesar, resultó ser funcionalista y positivista. Y aquí comenzamos a lucir antipáticos a nuestros amigos marxistas. Marx se equivocó. ¿De dónde iba a salir la relación funcional entre propiedad y Estado?

El resultado del error no requiere demostración, porque la historia ya se encargó de demostrar la falacia. Esta es la que explica por qué y cómo todos los socialismos reales cuando intentan ser marxistas terminan en sociedades totalitarias y anti-democráticas, todas con un mega-Estado mega-burocratizado y concentrador con todas las horrorosas consecuencias ya conocidas. Al final, todos, sin excepción, han constituido retumbantes fracasos económicos y sistemas sociales inviables. Ahí están los restos de todos estos experimentos del siglo XX, no hace falta ni es objeto de este papel repasarlos. Fracasos económicos y fracasos sociales. Volvamos al capitalismo. Otro fracaso histórico y humano. Está allí, es verdad, pero si, como algunos afirman, el capitalismo es el fin de la historia, entonces el ser humano habría nacido, como apuntó Rousseau, sólo para ser esclavo. No hace falta ser marxista para afirmar que de seguir por la senda actual el régimen capitalista acabará no sólo consigo mismo, sino con la biosfera, la naturaleza y el mundo. Piénsese en la hipotesis completamente ridícula, económica y políticamente imposible, de que todos los países del mundo alcanzaran el desarrollo de digamos EE.UU, Suiza o China (por cierto, ¿qué es China, comunista o capitalista?) y se verá en un somero cálculo que ni siquiera existen recursos naturales para tal realización. El capitalismo es, pues, inviable. Para los dualistas-maniqueos liberales y marxistas -que no pueden pensar otras salidas que sus pobres propuestas- y que, desgraciadamente para todos nosotros, se creen cada uno por su lado los únicos capaces y responsables de postular las soluciones, pensar por fuera de la indigencia de sus paradigmas es “imposible”. Pero resulta que -afortunadamente- la solución no vendrá de ellos. La solución, como siempre, vendrá de la propia sociedad, de las sociedades reales, de un colectivo anónimo y de su propia Paideia generadora de la fuerza para cambiar el curso de las cosas. Así las cosas, podemos ver señales en todas partes: en la insurgencia de pueblos latinoamericanos por cambiar las cosas -aunque por lo pronto terminen atrapados otra vez en las burocracias de siempre y sus militares-, en los movimientos juveniles mundiales, en los movimientos de las mujeres y otras minorías, en los indignados de los países subdesarrollados y en la Primavera Árabe aunque, otra vez, la encapsulen los representantes y las otras mafias de siempre, pero no para siempre. Por otro lado, si somos capaces de pensar de verdad sin complejos e intentar revisar el pensamiento heredado, quizá podamos ver en ciertos ensayos no manipulados opciones para reencontrar los mediadores y el sentido que potencialmente pueden contener. Es el caso del mercado y el experimento cuya presentación se muestra en el video de la referencia que encabeza este aporte. Material de discusión. La aparición de “mediadores”, como el mercado y el arsenal de instrumentos que lo constituyen, en cualquier relación humana es siempre un desafío: puede ayudar, pero igualmente puede alienar. Se trata de creaciones humanas. Uno se puede alienar en el mercado, es lo que ha ocurrido; pero eso no quiere decir que el mercado sea per-se y siempre alienación. No es lo que fue en sociedades antiguas que se alienaron a otras cosas, pero no al mercado. Hemos hecho este ejercicio en clases pasadas: uno se aliena en el lenguaje, por ejemplo, pero el lenguaje él mismo

no es alienación. La idea más brillante y el amor más sublime puede alienarme; pero también es posible que no sea así. Mis propias ideas, categorías y conceptos o mi ideología puede alienarme si establezco con ellas una “relación mítica” y oculto el hecho de su propia alteridad. Las cosas no alienan al ser humano per-se, de modo que podamos creer que si se “eliminan” ya no habrá “más” peligro de alienación. Esto es ridículo e infantil. La alienación ocurre pero no es una fatalidad. Pero para que no me aliene debo conservar la capacidad de cuestionar, debo sostener una actitud reflexiva y deliberante. Esta es la actitud que conduce a la autonomía individual y social. Debo cambiar mi relación con la institución social y de esta manera cambiar a fondo la propia institución social.