Escatología y catástrofe

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Para un deconstrucción del devenir contemporáneo.

Ceballos Quintero Carlos Misael Colegio de Estudios Latinoamericanos Facultad de Filosofía y Letras – UNAM III Encuentro Telecápita

La salvación se agarra al pequeño salto dentro de la catástrofe continua. Walter Benjamin.

Que en los primeros años del siglo XXI aparezca de nueva cuenta el «Apocalipsis» como emergencia temática, es quizá, síntoma de una construcción discursiva y de un supuesto epistemológico sobre el que habría que ser precavidos y sospechar antes de asumir en automático una lectura unívoca y homogénea, tanto del término como de sus implicaciones. Se habla también hoy de catástrofe, sin embargo, habría que tener la cautela de no leerle desde aquella mistificación que parece oscurecer nuestras expectativas ante el porvenir, sino que, por el contrario, tendría que evidenciarsele como una dimensión ontológica de la «modernidad» misma, es decir, como realidad intrínseca al telos del progreso y su respectiva comprensión lineal, consecuente y uniforme de la temporalidad.

Alberto Durero Los cuatro jinetes del Apocalipsis.

En medio de tantas voces, tantos relatos que hoy se avisoran proféticos, clarificadores y reveladores con respecto del fin del hombre y de la humanidad, y por lo tanto, del «fin de la historia», nuestra vigilancia crítica, de aprendizaje científico y anacrónicamente ilustrado, se revela contrario al discurso hegemónico que en el horizonte contemporáneo parace nombrar con amplía difusión una narrativa que se asume clarificadora de este fin. Se nos presenta así, una sucesión de enunciados que pronostican el término de una existencia terrenal y el advenimiento de la revelación y la catástrofe, ante lo cual, habrá de mostrarse entonces, la culminación de una época oscura, descubriéndose finalmente la redención.

Con esta «trama apocalíptica» advertimos ya que el Gran Relato de la Historia de la «modernidad» es pues, la narrativa secularizada de una prosa teológica de clara filiación judeocristiana, que como herencia y raíz genética de Occidente, se mantiene vigente a través de los siglos, ejerciendose por medio de relecturas históricas, adecuaciones a un panteón metafísico, que es también, una moral y un discurso de propensión institucional, es decir, con fuerza-de-ley.

El Greco. Las revelaciones de San Juan.

El Apocalipsis más conocido y que de hecho da nominación a este género textual, es el atribuido a Juan de Patmos, probablemente escrito a finales del siglo I o principios del II d.C. durante la persecusión romana al cristianismo, cuya condición clandestina — aunque con intervalos y regiones de relativa tolerancia― implicó gran represión y crueldad, sobre todo con Nerón y Domiciano, emperadores que figuraron en el horizonte histórico del autor del manuscrito; situación que continuó hasta Constantino y Licinio, que promulgaron libertad para el cristianismo con el Edicto de Milán hacia el año 313; aunque no dejaron de haber persecuciones posteriores como la emprendida por Juliniano el apóstata, quién cercano al neoplatonismo y la mística helénica, renegó del cristianismo y se declaró pagano. Así, este texto del cristianismo primitivo, posteriormentente includo en el final del Nuevo Testamento —es decir, el corpus canónico de la fe cristiana―, es también conocido como Libro de las Revelaciones.

Esta fragmentación de la devoción hebrea, así como la institucionalización la edificación romana del cristianismo, del discurso supuso ortodoxa

teológico y la lectura de los textos proféticos quedó dominada por un canon muy cerrado de tradición herméutica, dando paso así, a la línea escolástica del pensamiento cristiano, que abrevó también —y principalmente― de las herencias grecolatinas, y que se extendió hasta finales de la Edad Media.

A diferencia del profeta, el autor apocaliptico obtiene las revelaciones de los misterios divinos casi exclusivamente en visiones extáticas o en sueños. En los Apocalipsis apócrifos, las visiones no constituyen por lo general, experiencias reales, sino que son simple marco literario en el que el autor encuadra sus experiencias y temores, sus instrumentos y exhortaciones, y también en sus propias opiniones (Wikenhauser, 1959:18)

El cordero de los Siete sellos. Siglo XI.

Recordando que no es aquí nuestro urgencia extendernos sobre la significación medieval de nuestra herencia cultural, que aunque secularizada, es también mítica y teológica, procedemos pues, a señalar que la «textualidad apocalítica» es un archivo disperso, que aunque rico y cargado de significación histórica, no es menos críptico; sus partículas recorren así, las muy distintas tradiciones judeocristianas, incluyendo los sincretismos gnósticos, milenaristas y cabalísticos. Lo que habría que dilucidar, es que frente al canon hegemónico que funda la tradición, lo que persiste son también los agenciamientos, las desviaciones y aprociaciones subalternas de esas locuciones divinas.

Midrash, en una palabra, prosupone un alejamiento de Dios debido a la suspensión de estados proféticos o reveladores. Sin embarrgo, puede demostrar que, dentro de la tradición judaica, particularmente en la literatura apocaliptica y mística, hay una relación intrínseca entre el estudio de un texto y la experiencia visionaria. naturaleza Lejos de excluirse mutuamente, de la experiencia visionaria en sí misma puede ser de interpretativa, derivándose visiones previas conservadas en un documento escrito, mientras que la tarea exegética puede originare y desembocar en el estado revelador de la conciencia. (Wolfson, 1989:84)

Libro de las Revelaciones. Manuscrito medieval.

La comprensión teológica de la historia, al igual que su transformación secularizada, sentó las bases para un modelo progresivo de la temporalidad, lanzado hacia el futuro como constante, y que desde una prospectiva ilustrada, científica, positiva y liberal de la experiencia moderna, desembocará en una instrumentalización mercantil del transcurso temporal; es decir, la duración y diferenciación de la experiencia humana del tiempo, apartir de aquí, quedará marcada por una fragmentación y una alienación que calendariza, segmenta y periodiza las práctica humanas, al tiempo que ésto es visto como progreso.

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