DEL MISMO AUTOR Juana Jugan, humilde para amar. 314 páginas con ilustraciones.

Paul Milcent, nacido en Francia en 1923, ordenado sacerdote en 1949 en la Congregación de los Eudistas, ha sido profesor de un colegio de jóvenes, después ha desempeñado el cargo de formador en su congregación. Consejero de comunidades religiosas, se interesa por la tradición espiritual heredada de Bérulle y San Juan Eudes, sobre todo en la medida en que ésta puede ayudarnos a vivir hoy la Misión.

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PAUL MILCENT

JUANA JUGAN
Fundadora de las Hermanitas de los Pobres

Editado también en árabe, catalán, coreano, francés, holandés, inglés, italiano, maltes, portugués, samoano y en varias lenguas indias: hindi, tamil, konkani y gujarati.

1982

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Nihil obstat:

Roma, 13 de febrero de 1982. Mons. T. Crisan, secretario de la Congregación para las Causas de los Santos.

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ÍNDICE

La hija de un pobre marinero............................................................ 6 Primeros pasos hacia los pobres.................................................... 10 Un tiempo de pausa y maduración................................................. 13 Juana da su cama........................................................................... 16 La colecta........................................................................................ 20 Las Hermanas de los Pobres.......................................................... 26 Un turista inglés y un periodista francés hablan de Juana.............31 Crecimiento..................................................................................... 35 «Usted me ha robado mi obra».......................................................40 Sin rentas fijas................................................................................. 43 Sabiduría de Sor María de la Cruz..................................................47 De la muerte a la vida...................................................................... 53 Su misión continúa.......................................................................... 55

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1 La hija de un pobre marinero
(1792-1816)

Una casita baja con el techo cubierto de bálago, el suelo de tierra apisonada; una aldea sobre la elevación que domina la bahía de Cancale, en Bretaña (Francia): he ahí el marco en el que nació Juana Jugan, el 25 de octubre de 1792. Año 1792: esta fecha evoca acontecimientos dramáticos. Algunas semanas antes, doscientos sacerdotes fueron ejecutados en París porque se negaron a prestar el juramento exigido por el poder revolucionario, y algunos meses después, el rey Luis XVI fue guillotinado. Se presiente que el oeste de Francia se sublevará para defender sus tradiciones y, en efecto, durante siete u ocho años tendrán que sufrir una dura guerra civil. Como muchas otras iglesias, la de Cancale será cerrada y transformada en almacén de forraje. Estos acontecimientos difíciles marcarán la infancia de la pequeña Juana. Ella será también probada por la muerte prematura de su padre. Cuando nació, estaba ausente: se había marchado para la gran pesca durante varios meses. Otras veces, que quiso embarcarse para ganar un poco de dinero, no pudo hacerlo debido a su mala salud. Entonces era necesario que su esposa trabajara, como asistenta, para alimentar a sus ocho hijos —cuatro de ellos murieron pequeños—. Un día, cuando Juana tenía tres años y medio, el padre se marchó para no volver más. Se le esperó mucho tiempo, pero no hubo más remedio que aceptar lo que casi era cierto: había desaparecido en el mar. La pequeña Juana aprendió de su madre los trabajos domésticos, a cuidar los animales, a orar. No había catequesis 6

organizada, pero muchos niños en esta época eran catequizados secretamente por personas de la vecindad que habían adquirido una fe personal y responsable en una especie de orden tercera fundada por San Juan Eudes en el siglo XVII. En estos años difíciles, los miembros de este instituto, viviendo como seglares consagrados a Cristo, desempeñaron un papel considerable en la transmisión de la fe. Sin duda, gracias a ellos, Juana aprendió a leer y alcanzó un conocimiento claro de la fe cristiana. Más tarde entrará a formar parte, ella misma, de esta asociación.

Hacia los quince o dieciséis años, Juana se colocó como ayudante de cocina en una familia de los alrededores. La casa, que aún existe, se llamaba la Mettrie-aux-Chouettes. La joven llegó allí, muy tímida, pero dispuesta a aprender y desempeñar bien su nuevo oficio. Parece que la señora de la Choué la acogió con afecto y la rodeó de simpatía. Con el transcurso de los años, le tuvo, incluso, una gran admiración. Juana no fue solamente una empleada en la cocina: fue asociada al servicio de los pobres. Iba a visitar a las familias indigentes o a los ancianos que se encontraban solos. Aprendía ya entonces el respeto, la ternura, a compartir lo que se posee y 7

cuánta delicadeza se necesita para no humillar a aquellos que tienen necesidad de ser ayudados. En estos años, un joven la pidió en matrimonio; según la costumbre, ella le rogó que esperase. Y continuó su servicio, que fue para ella una escuela en donde se acrisoló. Un poco más tarde, en 1816, tuvo lugar en Cancale una gran misión: después de la terrible tempestad de la revolución, había que reconstruir la fe y la Iglesia. Juana participó en ella. Fue entonces cuando decidió consagrarse por entero al servicio de Dios: no se casaría. Así se lo hizo saber a su pretendiente. Ella no conocía el futuro. Y, sin embargo, presentía vagamente algo. Un día dijo a su familia: «Dios me quiere para El. Me guarda para una obra que no es conocida, para una obra que aún no está fundada».

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2 Primeros pasos hacia los pobres
(1817-1823)

En 1817, Juana, a los veinticinco años de edad, abandonó Cancale y a su familia. Sus dos hermanas se habían casado y pronto serían madres de familia. Ella había escogido otro camino: dejó a sus hermanas una parte de sus vestidos, «todo lo elegante y bonito que tenía», nos dicen, y se marchó a Saint-Servan para ponerse al servicio de los pobres. Quería ser pobre con ellos. En efecto, la ciudad de Saint-Servan estaba llena de desheredados. Casi la mitad de la población estaba inscrita en la Oficina de Beneficencia, y numerosos mendigos importunaban a las pocas familias acomodadas que había. Juana se colocó como enfermera en el hospital del «Rosais», demasiado pequeño para cuidar la enorme cantidad de miserias que se encerraban en él; pues hay que decir que un hospital en aquel entonces era más bien un refugio para todas las miserias, que el lugar donde se encontraba lo mejor de la medicina; y que la formación de una enfermera se limitaba a aprender el arte de preparar una tisana, hacer una cura o cataplasma... Durante unos seis años, Juana se entregó totalmente al servicio de trescientos enfermos apiñados allí, junto con treinta y cinco niños abandonados. Entre esta pobre gente, «tiñosa, sarnosa, con enfermedades venéreas», y sin los medios necesarios, el trabajo era muy duro, agotador. Juana se entregó con todo su corazón. Además, se cuenta, consagró los momentos libres al apostolado: se sabe que dio catequesis a un enfermero. La sostenía una fe viva. Con ocasión de una misión que avivó la vida cristiana de Saint-Servan, en 1817, se crearon 10

congregaciones destinadas a favorecer la ayuda espiritual, a estimular la oración y la reflexión cristianas. Juana se inscribió en la congregación para jóvenes. Un poco más tarde, entró a formar parte de una asociación más exigente: la «orden tercera» eudista (o Sociedad del Corazón de la Madre Admirable) que, sin duda, había conocido desde su infancia por medio de las personas que le habían enseñado el catecismo. Las mujeres que formaban esta asociación llevaban una especie de vida religiosa en casa, y se reunían regularmente para orar y dialogar. Se imponían una disciplina de vida y un programa de oración cotidiana. Encontraban allí, sobre todo, una fuerte tradición espiritual de San Juan Eudes: la llamada a un cristianismo de corazón, la iniciación a una fe personal y libre, la relación viva con Jesucristo. Todo se basaba en el bautismo, cuyos compromisos renovaban cada año. Se buscaba entrar en comunión de pensamiento, de sentimientos, de intenciones, con el Corazón de Cristo y con el de su Madre, que no son más que uno. «Se lleva siempre sobre sí —decía la regla— un pequeño crucifijo; se le toma entre las manos, se le besa y se medita sobre él, y él nos habla al corazón...» Los miembros de esta asociación se formaban en la libertad interior a base de la abnegación de la propia voluntad para saber amar de verdad. «Una verdadera hija del Inmaculado Corazón de María (...) no pide ir a la iglesia, ni a las ceremonias religiosas, cuando su presencia es necesaria en otro lugar (...). De una caridad delicada y activa que se extiende hasta donde puede (...), ama a los pobres, a los sencillos, porque Jesucristo y la Santísima Virgen los amaron...» Juana fue miembro de esta orden tercera durante unos veinte años y quedó profundamente marcada. El espíritu de la asociación se encuentra en la primera regla o costumbres de las Hermanitas de los Pobres, sobre todo en su aspecto de comunión viva con Jesús y renuncia a sí mismo, que conducen a la libertad interior. 11

Pero habíamos dejado a Juana en el hospital del «Rosais», en medio de sus pobres enfermos, desprovista de medios. Al cabo de seis años, al límite de sus fuerzas, agotada, tuvo que abandonar su trabajo.

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3 Un tiempo de pausa y maduración
(1824-1839)

Juana encontró oportunamente un nuevo empleo que fue para ella, al mismo tiempo, un descanso bienhechor: una tal señorita Lecoq, veinte años mayor que ella, y que sin duda era también miembro de la orden tercera, la acogió como sirvienta y como amiga. Las dos vivieron durante doce años una vida común dedicada a la oración, las faenas de la casa, las visitas a los pobres y la catequesis de los niños. Participaban diariamente en la misa, se leían mutuamente libros espirituales, hablaban familiarmente de Dios. La señorita Lecoq se preocupaba por la salud de su compañera, la obligaba a cuidarse; ella misma la cuidaba. Con el pueblo, vivían los acontecimientos agradables y las desgracias. Hubo días malos, en particular entre los años 18251832; tras una grave crisis financiera producida en Londres, en 1825, y las malas cosechas de los años sucesivos en Francia, mucha gente pasó hambre. Los mendigos aumentaron e incluso se veían por el campo bandas de vagabundos formadas por obreros sin trabajo. En Saint-Servan aumentó aún más el número de necesitados... Las dos, atentas a estas necesidades, contribuyeron generosamente en los esfuerzos desplegados por la colectividad para aliviar tanta miseria. Pero la querida señorita Lecoq cayó enferma y, en junio de 1835, murió. A Juana le dejó sus muebles y una pequeña suma de dinero. Para poder vivir, Juana se colocó como asistenta en SaintServan, con las familias que la solicitaban: trabajos de limpieza, 13

hacer la colada, cuidar enfermos... De este modo creó lazos de amistad con algunas personas; relaciones que serán, en el futuro, preciosas para Juana y para aquellos a quienes ella iba a unir su destino. Juana trabó amistad con una persona mayor que ella: Françoise Aubert, o Fanchon. Poniendo en común sus recursos, alquilaron un local en el centro de Saint-Servan; dos habitaciones en una planta y otras dos en el desván1. Aquí llevarán juntas una vida sometida al ritmo de la oración, bastante semejante a aquella que Juana compartió con la señorita Lecoq. Fanchon hilaba en casa, Juana continuaba sus jornadas de trabajo en el exterior. Pero muy pronto se añadió a ellas una tercera: una jovencita de diecisiete años, huérfana, llamada Virginie Trédaniel. La muchacha parece que entró con gusto en la existencia, dedicada a la oración, de estas dos personas mayores que ella. A partir de este año de 1838, las tres —setenta y dos, cuarenta y seis y diecisiete años— llevarán una vida común regular, que solo interrumpirá la muerte. Juana continúa preocupándose, en Saint-Servan, por el mundo de los pobres que la rodea, pero ¿qué hacer? Se siente impotente ante tan inmensa y multiforme miseria... ¿Era suficiente sentir el corazón herido? ¿No habría que dejarse herir en la propia carne? ¿No tendría que cometer incluso «la locura» de compartir lo necesario, aun su propia casa? ¿No sería esto amar? Esta es la decisión que Juana tomará ahora para no volverse jamás atrás.

Esta casa existe hoy en día y se ha convertido en lugar de peregrinación.

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4 Juana da su cama
(1839-1842)

Hacia finales de 1839, tal vez con los primeros fríos del invierno, Juana tomó una decisión: con el consentimiento de Fanchon y Virginie, llevó a su casa a una anciana, Anne Chauvin, ciega y enferma. Hasta entonces esta anciana había estado asistida por su propia hermana; pero ésta, enferma, acababa de ser hospitalizada; situación desesperada. Cuentan que Juana, para lograr subirla por la estrecha escalera de su casa, la llevó sobre sus espaldas. Le dio su propia cama y ella se instaló en el desván. La «adoptó como madre». Poco después se unió a Anne Chauvin otra anciana: Isabelle Coeuru. Esta había servido hasta el fin a sus ancianos señores arruinados, había gastado por ellos sus propias economías y después había mendigado para que pudiesen vivir. Ya se habían muerto y quedaba ella, agotada y enferma. Juana aprendió esta hermosa historia de fidelidad y de generosidad. Inmediatamente la acogió en su casa; esta vez fue Virginie la que cedió su cama y se instaló en el desván. Por la noche, después de haber cuidado a sus protegidas y haber dado las buenas noches a la buena Fanchon, Juana y Virginie subían por la escalera que las conducía al desván y, después de quitarse los zapatos, para no hacer ruido, concluían sus trabajos y sus oraciones antes de acostarse. Eran tres las que trabajaban (Virginie era costurera) para mantener a cinco personas, dos de ellas ancianas y enfermas. A veces, por la noche, había que velar después del trabajo para el

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remiendo de la ropa o el lavado. Es posible que Juana pidiera ya ayuda a las familias conocidas. Virginie tenía una amiga, casi de su misma edad, Marie Jamet, que no tardó en conocer a Juana y a todas sus acogidas. Ella vivía con sus padres y trabajaba con su madre, que tenía una pequeña tienda. A menudo, Marie iba en busca de su amiga y también llegó a tener afecto y admiración por Juana. Las tres —y, a veces, Fanchon con ellas— hablaban de Dios, de los pobres, de los interrogantes que les planteaba la vida. Juana dio a conocer a sus dos jóvenes amigas su pertenencia a la orden tercera eudista. Ellas eran demasiado jóvenes para entrar en esta asociación, pero hicieron, con la ayuda de Juana, una especie de reglamento de vida inspirado en el de la orden tercera. Marie y Virginie hablaron de su amistad y de la ayuda espiritual que mutuamente se prestaban a un joven vicario de Saint-Servan: el padre Augusto le Pailleur, que era su confesor. Lo aprobó y prometió ayudarlas. Conoció a Juana, se interesó por el grupo y su acción benéfica. Emprendedor, ingenioso, hábil, interesado también por los pobres, pensó que habría que apoyar lo que podía ser una obra naciente. Su apoyo sería eficaz, pero también fuente de grandes sufrimientos. El 15 de octubre de 1840, con su ayuda, las tres amigas formaron una asociación de caridad que adoptó, como ley, el pequeño reglamento elaborado por Marie y Virginie. El grupo contaría pronto con un nuevo miembro. Una joven obrera de veintisiete años, muy enferma, fue acogida por Juana. Creía morir... pero curó y desde entonces entró a formar parte del grupo. Se llamaba Madeleine Bourges. De este modo, en torno a dos ancianas acogidas por Juana, nació una pequeña célula: era el embrión de una gran congregación que se llamaría, mucho más tarde, de las Hermanitas de los Pobres. 17

En 1840, ni Juana ni sus compañeras lo sabían, pero ya soñaban con remediar otras miserias, ofrecer a otras personas consuelo, seguridad, cariño. El dinero, Dios no lo negaría. Pero la casa estaba llena; decidieron, pues, mudarse. Alquilaron en la vecindad una gran sala en planta baja, muy oscura, con dos pequeñas habitaciones adyacentes. Les pidieron de alquiler cien francos al año; enseguida cerraron el trato. El traslado se hizo el día de San Miguel del año 1841. Esta vivienda se llamó, para la posteridad, el «grand en-bas». Doce ancianas, contando las que ya habían sido acogidas, la ocuparon. Juana, Fanchon y Virginie se instalaron en una pequeña habitación del fondo. Marie y Madeleine aportaron su ayuda y un poco de dinero. Además, las ancianas, en la medida de sus posibilidades, hilaban la lana o el lino: vendían el fruto de su trabajo y esto ayudaba a la subsistencia del grupo. No permanecieron mucho tiempo en el «grand en-bas»: no era suficientemente grande. Un antiguo convento estaba en venta; con la ayuda de algunos donativos generosos y la esperanza de que con lo recogido en las colectas podrían pagar la deuda, compraron la Casa de la Cruz, en febrero de 1842. El traslado tuvo lugar en el mes de septiembre siguiente. El 29 de mayo de 1842, las asociadas se reunieron con el padre Le Pailleur: querían organizarse mejor en vistas al futuro. Completaron un poco su reglamento de vida, tomaron el nombre oficial de Siervas de los Pobres, escogieron como superiora a Juana y le prometieron obediencia. Así, casi sin darse cuenta, igual que una planta se va desarrollando poco a poco, la pequeña sociedad tomaba la forma de una comunidad religiosa; Juana se dejaba conducir por los acontecimientos de la vida, en los que reconocía las llamadas del Espíritu.

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5 La colecta
(1842-1852)

«Hermana Juana, sustitúyanos, pida por nosotras...» Así hablaban las buenas ancianas, que habían vivido tanto tiempo de la limosna. Con ello subrayaban la esencia misma de esta iniciativa de la colecta, que iba a ocupar un lugar tan importante en la vida de Juana: ella misma iba a sustituir a los pobres, iba a identificarse con ellos; más aún, guiada por el Espíritu de Jesús, iba a reconocer en ellos «su propia carne» (Is 58,7). Su miseria era su propia miseria; su colecta, su propia colecta. Por otra parte, motivos prácticos la impulsaron a pedir ella misma: si hubiera dejado a las buenas mujeres (como graciosamente se las llamaba) continuar sus giras por las calles de la ciudad, las habría expuesto a muchas miserias, sobre todo a las que se daban a la bebida. Entonces pidió a cada una de ellas, con respeto, que le diesen las direcciones de sus bienhechores e hizo la colecta en su lugar, diciendo: «Mire, señor, ya no será la viejecita la que vendrá, a partir de ahora, vendré yo. Por favor, siga dándonos su limosna». Retengamos la palabra dándonos, de gran significado. Debido a su carácter cancalés no le fue fácil a Juana tomar esta decisión; es verdad que ella había visto en Cancale a las mujeres de los marineros ayudarse unas a otras y tender la mano con dignidad; pero esto no bastaba para hacerla entrar deliberadamente en el mundo de la mendicidad. En su vejez, recordará aún esta victoria sobre sí misma, que tuvo que conseguir muchas veces: «Iba con mi cesto a buscar para nuestros pobres... Esto me costaba, pero lo hacía por Dios y por nuestros queridos pobres...» 20

Le ayudó a ello un hermano de San Juan de Dios, ClaudeMarie Gandet. Ya en esta época, los Hermanos tenían en Dinan una comunidad ferviente y un hospital; ocuparían un lugar importante en la colecta de Juana. Un día, pues, el hermano Gandet llegó al grand en-bas; él también pedía limosna para el hospital; encontró a Juana indecisa. Se comprendieron y él la ayudó a lanzarse deliberadamente por el camino de la colecta. Para darle ánimos, le prometió secundarla y anunciar su visita a muchas familias por las que él había de pasar. Incluso, se dice que le ofreció su primer cesto de colecta. Juana se hizo, pues, buscadora de pan. Pedía dinero, pero también donativos en especie: comida —los restos de una comida o sobras serán muy apreciados—, objetos, vestidos... «Les estaré muy agradecida si me pueden dar una cucharada de sal o un trocito de mantequilla...» «Necesitaríamos un caldero para hervir la ropa...» «Nos sería útil un poco de lana o de estopa...» No temía confesar su fe; si iba a pedir madera para hacer una cama, a veces precisaba: «Querría un poco de madera para socorrer a un miembro de Jesucristo». No siempre la acogían bien. Durante una de sus colectas, había llamado a la casa de un viejo rico y avaro. Supo convencerle y le dio un buen donativo. Volvió a ir al día siguiente; esta vez él se enfadó. Ella, sonriendo, le dijo: «Querido señor, mis pobres tenían hambre ayer, tienen hambre hoy y mañana tendrán también hambre...» El le dio otra vez y le prometió que continuaría dándole. Así, con su sonrisa, sabía invitar a los ricos a la reflexión y a descubrir sus responsabilidades. Una de sus frases se ha hecho célebre. Un viejo solterón, irritado, le dio una bofetada; ella respondió dulcemente: «Gracias, esto para mí; ahora déme algo para mis pobres, por favor». Muchas veces iba a buscar ayuda a la Oficina de Beneficencia y en los primeros tiempos la trataban como de la casa, pero un día una empleada la trató con dureza y le dijo que ocupara su puesto en la cola entre los mendigos. Ella obedeció. A fin de cuentas era una mendiga y aquel era su sitio. 21

Cuando era demasiado duro, se daba ánimos. Decía a su compañera: «Estamos caminando por Dios». O bien, un día de fiesta, en Saint-Servan, con la sonrisa que le era familiar: «Hoy haremos una buena colecta porque nuestros ancianos han disfrutado de una buena comida. San José debe estar contento al ver que sus protegidos están bien cuidados. Y nos bendecirá». Parece que su presencia impresionaba a la gente, tenía una especie de encanto que influía en los demás. De un hombre, que la conocía muy bien, es esta bonita expresión: «Tenía un don de palabra, una gracia para pedir... pedía alabando a Dios, por así decirlo». Vivida de este modo, la colecta se transfiguraba. Hubiese podido provocar una simple actitud de asistencia con la que los ricos hubiesen tranquilizado su conciencia; pero Juana hacía de ella una evangelización, que interpelaba la conciencia e invitaba a un cambio de vida. Gracias a la colecta, la acción de la pequeña asociación pudo ampliarse. Sin temor se instalaron en la Casa de la Cruz y en el mes de noviembre de 1842 había ya 26 ancianas, algunas muy enfermas. Esto suponía mucho trabajo. Madeleine Bourges vino a unirse a las asociadas. Tanto ella como Virginie Trédaniel, dejaron su trabajo profesional para consagrarse por entero al servicio de las personas que habían acogido. Poco después, Marie Jamet hizo lo mismo. Para asegurar la subsistencia y terminar de pagar la casa, se contaba sólo con la colecta... Un médico que había conocido a Juana en el hospital del «Rosais» se alegró de verla al frente de la Casa de la Cruz: aceptó cuidar gratuitamente a los pobres ancianos y hasta 1857 les prestó generosamente sus servicios. Durante el invierno 1842-43 sucedió un acontecimiento importante: la entrada del primer anciano. Le habían hablado a Juana de este viejo marinero, solo y enfermo en un sótano húmedo; lo encontró, en efecto, en un estado lamentable, vestido de harapos, sobre la paja podrida, con el rostro extenuado. Llevada 22

por la más viva compasión, Juana contó lo que había visto a una persona benefactora y volvió, poco después, con una camisa y ropa limpia. Le lavó, le cambió y le llevó a la casa. Allí recuperó sus fuerzas. Se llamaba Rodolphe Laisné. Poco después otros hombres se unieron a él. A veces las circunstancias o las nuevas necesidades daban nuevo impulso a la colecta y hacían que ésta se ampliara. Un día cierta señorita Dubois se ofreció para acompañar a Juana en la colecta por los campos vecinos. Era una persona respetable y conocida que se comprometía mendigando así con Juana. Su presencia sorprendió a todos y les movió a la generosidad. Además de dinero, las colectoras recibieron trigo, alforfón, patatas, así como hilo, telas... E hicieron nuevas amistades. Se hizo más asiduamente la colecta de las sobras de la comida. A veces se organizaba una gran recogida de ropa. Se instauró la colecta en los mercados y, en el puerto de Saint-Malo, también en los barcos. Al comprar la Casa de la Cruz, se había contraído la enorme deuda de veinte mil francos. A los dos años y medio, hacia finales de 1844, Juana lo había pagado todo, con siete años de adelanto. A veces, de improviso, le llegaba alguna limosna. Es lo que ocurrió cuando el sobrino de una anciana pescadora de mala reputación, constató el prodigio acaecido con su tía: acogida en la Casa de la Cruz, cambió totalmente y recobró su dignidad. El sobrino, sorprendido, legó siete mil francos a la casa y poco después murió. Esta suma llegó a tiempo para pagar el tejado de una parte de la casa que se estaba ampliando y cuya construcción se había comenzado sin tener nada en caja: sólo una moneda de cincuenta céntimos que pusieron al pie de una estatua de Nuestra Señora. Todo el mundo puso manos a la obra. Unos daban las piedras, otros el cemento, algunos acarreaban gratuitamente o bien se ofrecían para algunas horas de trabajo. Las hermanas manejaron la pala y la llana. Y para pagar los tres mil francos que faltaban, el Premio Montyon llegó a punto.

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Era este un premio que la Academia Francesa concedía cada año al francés pobre que hubiera realizado la acción más meritoria. Ante la insistencia de varios amigos de la casa, Juana aceptó que lo solicitaran en su nombre. El alcalde de Saint-Servan y las personas más influyentes de la ciudad enviaron una nota firmada a la Academia, y el 11 de diciembre de 1845, ante un ilustre auditorio, entre los que se encontraban Víctor Hugo, Lamartine, Chateaubriand, Thiers y muchas más celebridades, el señor Dupin, presidente, hizo un vibrante elogio de la humilde Juana. Los periódicos recogieron la noticia. El discurso se publicó. Juana se dio cuenta de que ese discurso podía serle útil: cuando fuera a pedir, llevaría, como ella decía, el folleto de la Academia, que sería para ella una recomendación eficaz. Y en efecto, lo utilizará cuando vaya a hacer la colecta sobre terrenos nuevos: Dinan, Rennes, Tours, Angers y muchas otras ciudades de Francia. Durante diez años ininterrumpidos, de 1842 a 1852, Juana llevará esta vida de colectora. Jamás fue decepcionada por Aquel en quien había puesto su confianza. Ante la admiración de todos, el número de ancianos pobres crecía sin cesar; eran bien tratados y estaban felices; se ampliaba la casa y se conseguían otras... con nada, sin ningún recurso asegurado. La única explicación era la infatigable colecta de Juana, el esfuerzo colectivo de toda una ciudad estimulada por ella y su fe en el indefectible amor de Dios hacia sus pobres.

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6 Las Hermanas de los Pobres

Poco a poco, el pequeño grupo formado por Juana y sus amigas iba tomando conciencia de llevar una vida religiosa y se organizaba en consecuencia. Habían hecho votos privados de obediencia y de castidad. Llevaban ya una especie de uniforme, inspirado directamente en los vestidos de las mujeres humildes de la región. Como los Hermanos de San Juan de Dios, las hermanas llevaban un pequeño crucifijo y un cinturón de cuero. Después tomaron «nombres de religión»; Juana se llamaría Sor María de la Cruz. En diciembre de 1843, Juana fue reelegida como superiora. Pero he aquí que dos semanas más tarde, el padre Le Pailleur, por su propia autoridad, anuló esta elección y nombró como superiora a la tímida Marie Jamet, de veintitrés años de edad, dirigida suya: ella sería más flexible entre sus manos que Juana Jugan, de cincuenta y un años de edad, de una gran experiencia, conocida en Saint-Servan desde hacía veintiséis años y que no se dirigía personalmente con él. El sacerdote lo había decidido; en esa época, frente a un sacerdote, ¿qué hubieran podido hacer unas humildes mujeres? Ellas aceptaron. Pero para Juana no fue, sin duda, sin dolor ni sin inquietud... Todas continuaron su camino. Por otra parte, fuera del pequeño grupo, nadie supo este cambio: Juana siguió siendo a los ojos de todos garante de la obra emprendida. Al principio del año 1844, la asociación cambió de nombre oficial: escogieron el nombre de Hermanas de los Pobres, sin duda 26

para expresar mejor la fraternidad evangélica revelada por Jesús y la intención de compartirlo todo, al mismo nivel, con sus hermanos y hermanas. Después, las hermanas hicieron votos privados de pobreza y de hospitalidad, por un año; este último voto —por el que se consagraban al servicio de los ancianos— estaba inspirado directamente en el de los Hermanos de San Juan de Dios. En enero de 1844, Eulalie Jamet siguió a su hermana mayor, Marie, en la Casa de la Cruz. A finales de 1845, una nueva hermana se unió al pequeño grupo: Françoise Trévily. Fue la sexta Hermana de los Pobres. Al año siguiente, una etapa decisiva iba a ser franqueada: la fundación de una segunda casa. En enero de 1846, Juana partió para Rennes. Iba a hacer una colecta en favor de los pobres de Saint-Servan. Esta colecta la anunciaron por los periódicos locales, que ya un mes antes habían hablado de Juana al informar sobre el Premio Montyon y el discurso de Dupin a la Academia Francesa. Desde el primer momento de su llegada a Rennes, Juana se dio cuenta de que, aunque en proporción había menos mendigos que en Saint-Servan, los más ancianos suplicaban su ayuda. Por otra parte, había mucha miseria en los barrios pobres de la ciudad. Enseguida brotó en su mente un proyecto de fundación y pidió permiso a su superiora. Juana se encontró con gente importante, pero no siempre bien dispuesta. Ella no se arredró. «Es verdad, esto es una locura, parece imposible... Pero si Dios está con nosotros, se hará». Y ¿cómo no iba a estar Dios con sus pobres? Marie Jamet vino a unirse a Juana, que ya había alquilado en Rennes una habitación grande con otra pequeña contigua. Pronto tuvieron diez ancianas. Era necesario encontrar una casa más grande. Las dos hermanas buscaron en vano. Se confiaron a San José (que cada vez tendrá un lugar mayor en sus oraciones). El 19 de marzo, día de su fiesta, Marie rezaba en la iglesia de Todos los Santos. Se le 27

acercó una persona y le preguntó: «¿Tienen ya casa?» «Todavía no», le dijo Marie. «Pues yo tengo la que necesitan». Fueron a verla: la casa, situada en el barrio de la Madeleine, podía albergar a unos cuarenta y cinco pobres y un pabellón serviría de capilla. Con el consentimiento de Saint-Servan, se firmó el contrato el 25 de marzo y se instalaron el mismo día. Algunos soldados ayudaron en el traslado y en el transporte de las ancianas. Y la casa continuó creciendo, en la pobreza. Afortunadamente, algunas postulantes habían entrado en Saint-Servan. Vinieron también jóvenes de Rennes y de otras ciudades. Juana había reanudado la colecta: Vitré, Fougères... Por donde pasaba, llamaba; y con mucha frecuencia se daba el caso de que, después de pasar por una ciudad, algunas jóvenes pedían ingresar en el noviciado. Tal vez es en esta época cuando Juana fue hasta Redon. Llamó a la puerta del colegio de los eudistas (ella, que también era un poco eudista). Un padre lo explicaba así: «Fui a verla al locutorio y me impresionó (...). Sin ningún cumplido, la llevé a la sala de estudio de nuestros pensionistas mayores, reunidos allí aproximadamente en número de cien (...) y Juana expuso sencillamente el objeto de su misión. Maravillados y profundamente conmovidos todos estos alumnos, vaciaron completamente sus bolsas...» Desde hacía varios años, las hermanas se habían beneficiado de los consejos del padre Félix Massot, antiguo provincial de la Orden Hospitalaria de los Hermanos de San Juan de Dios. En la primavera de 1846, ellas prepararon un reglamento más elaborado que el primitivo. Muchos puntos de este texto se inspiraron directamente en las constituciones de los hermanos. Pero el espíritu de San Juan Eudes permanece presente y se reconoce en varios detalles de las oraciones cotidianas. Un poco más tarde, después de una colecta de Juana, se abrió una tercera casa en Dinan, en una vieja torre de las murallas. No se tardó en reemplazarla por otra casa en mejores condiciones 28

y, más tarde, por un antiguo convento. Hablaremos de la vieja torre en el capítulo siguiente. Juana iba siempre pidiendo. Veámosla en enero de 1847, en Saint-Brieuc. Un periódico local la presentó así: «Juana Jugan, esta mujer tan abnegada en el servicio de los pobres, que ha hecho milagros de caridad y de la que los periódicos de Bretaña han hablado tan a menudo el año pasado, está ahora presente entre nosotros. Hace una colecta para su obra; se presenta en casa de las personas caritativas y sólo dice: «Soy Juana Jugan». Sólo este nombre basta para que se abran todas las bolsas». Y Juana caminaba siempre «con las alforjas en bandolera y el cesto en la mano», para mendigar en nombre de los pobres ancianos. A veces lo hacía para ayudar a alguna de las casas fundadas recientemente: Saint-Servan, Rennes, Diñan y después Tours (1849). Muchas veces sacará adelante la obra de la que se le había quitado la dirección. La gente tenía confianza en ella y, además, era ella la que veía lo que había que hacer. Llegaba, tomaba las medidas necesarias, obtenía los fondos que hacían falta, animaba a unos y a otros y después desaparecía; la necesitaban en otra parte. No tenía «dónde reclinar la cabeza»; parecía no pertenecer a ninguna comunidad local determinada. Con tal de que los pobres ancianos tuvieran un techo y estuvieran cuidados y amados, aceptaba estar ella sin hogar ni lugar seguro.

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7 Un turista inglés y un periodista francés hablan de Juana

Volvamos un poco hacia atrás. A primeros de agosto de 1846, Juana y Marie Jamet tomaron, pues, posesión de una vieja torre abandonada, en Dinan. Tres semanas más tarde, un turista inglés llamó a su puerta: venía para ver a Juana. Después publicaría un artículo sobre su visita. He aquí una parte de la traducción: «Para llegar al apartamento que ocupaban había que subir por una escalera difícil y con muchas vueltas, el techo era bajo, las paredes desnudas y toscas, las ventanas pequeñas y con rejas, de modo que parecía que estuviesen en una caverna o en una cárcel; pero alegraba un poco este triste panorama el resplandor del fuego y el aspecto de satisfacción de los habitantes de este lugar (...). »Juana nos recibió con una expresión bondadosa (...). Estaba vestida sencilla pero pulcramente con un vestido negro, con un gorro y un pañuelo blancos; es el traje adoptado por la comunidad. Parecía tener cerca de cincuenta años; su estatura es media, su piel morena y parecía gastada por los años o las fatigas, pero su expresión es serena y llena de bondad; no se observa en ella ni el más pequeño síntoma de pretensión o de amor propio». Entonces tuvo lugar una entrevista a fondo entre este turista —que era también un hombre de bien, ocupado precisamente en preparar la fundación de un hospicio para ancianos— y nuestra Juana Jugan. Con sencillez, ella respondió a sus preguntas. «No sabía —dice—, de dónde le llegarían las provisiones para el día siguiente, pero perseveraba, con la firme persuasión de que Dios nunca abandonaría a los pobres, y obraba según este 31

principio cierto: que todo lo que se hace por ellos se hace por Nuestro Señor Jesucristo. »Le preguntaba yo cómo podía distinguir a aquellos que merecían verdaderamente ser socorridos; ella me respondió que recibía a los que se dirigían a ella y que parecían los más desprovistos de todo; que empezaba por los ancianos y enfermos porque eran los más necesitados, y que se informaba, por los vecinos, de su carácter, de sus recursos, etc. «Para no dejar en la ociosidad a los que todavía podían ocuparse en algo, les hacía deshilachar y cardar los trozos de tela viejos y después hilar la lana que sacaban de ellos; así conseguían ganar seis ochavos al día... También hacían otros trabajos, según sus posibilidades, y recibían la tercera parte de lo poco que habían ganado». Juana le explicó también lo que podía esperar de los diversos proveedores: artículos que estaban aún buenos pero cuya venta era difícil. «Yo le he dicho que, después de haber recorrido Francia, debería venir a Inglaterra para enseñarnos a cuidar a nuestros pobres; ella me ha respondido que, Dios mediante, iría si la invitábamos. »Hay en esta mujer algo tan sereno y tan santo que al verla me creí en presencia de un ser superior, y sus palabras llegaban de tal manera a mi corazón que, no sé por qué, mis ojos se llenaron de lágrimas. »Así es Juana Jugan, la amiga de los pobres de Bretaña, y sólo el verla sería suficiente para compensar los horrores de un día y una noche pasados en un mar alborotado». Dos años más tarde, un periódico de París: L'Univers, de Louis Veuillot, publicó un artículo sobre Juana Jugan y su obra. El gran periodista católico había tenido la ocasión de visitar la casa de Tours recientemente fundada. Poco después asistió a la discusión que hubo en la Academia Nacional sobre el Derecho a la Asistencia, inscrito en el preámbulo de la Constitución de 1848 — que no estaba de acuerdo con su modo de pensar. 32

Al salir de esta sesión escribió un vibrante artículo para presentarles a los parlamentarios, dice él, a «una persona que sabe más socialismo que todos ustedes». Se trataba de Juana Jugan. Desde joven «amaba a los pobres porque amaba a Dios. Un día le pidió a su confesor que le enseñase a amar a Dios aún más. El le dijo: «Juana, hasta ahora has dado a los pobres; ahora compártelo todo con ellos». (...) Juana, aquella misma noche, tenía una compañera, o mejor, una dueña (...)». El artículo cuenta después la visita de Veuillot a la casa de Tours: «He visto vestidos limpios, rostros alegres y con muy buena salud. Entre las jóvenes hermanas y estos ancianos existe un afecto y respeto mutuos que alegran el corazón... »Las religiosas siguen en todo el mismo régimen que sus pobres, y la única diferencia es que ellas sirven y los pobres son servidos... Todo llega a punto para las necesidades del momento. En la cena no queda nada, y nada falta en el desayuno. La caridad ha dado la casa, y cuando llega un pensionista, le manda también la cama y los vestidos» (L'Univers, 13 de septiembre de 1848). L'Univers tenía una gran difusión; el artículo de Veuillot contribuyó a que se conociera la obra de las Hermanas de los Pobres.

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8 Crecimiento

La «casa-madre» y el noviciado se encontraban desde sus humildes comienzos en el antiguo convento de la Cruz, en SaintServan; pero desde finales de 1847 faltaba sitio para albergar, además de a los ancianos, a unas quince postulantes y novicias que habían comenzado su formación. Como el padre Le Pailleur, consejero de Marie Jamet, había tenido algunas dificultades con el obispo de Rennes, se decidió que fueran a instalarse a la casa de Tours, recientemente fundada. Por otra parte, el número de jóvenes, a partir de esta época, aumentó considerablemente: en el verano de 1849 eran ya cuarenta. Algunos meses antes, Juana Jugan había sido llamada por sus hermanas a esta casa de Tours, que ella no había fundado, sobre todo, para que consiguiera las autorizaciones oficiales que faltaban; llegó en febrero de 1849. Fue acogida con entusiasmo por el señor Dupont, generoso y santo seglar que había desplegado grandes esfuerzos y gastado mucho dinero para preparar la instalación de las hermanas: «Desde hace dos días —escribía— tenemos el honor de tener a Juana, la madre de todas las hermanitas (...). ¡Qué admirable confianza en Dios! ¡Qué amor a su santo nombre! Nos va a hacer mucho bien en Tours. Las gentes de la calle creen que esta pobre busca-pan, como ella se llama, les pide limosna; pero si abriesen los ojos, comprenderían que son ellos quienes la reciben abundantemente al oírla hablar con tanto amor y tanta sencillez de la Providencia de Dios». 35

Se conserva una carta de esta época: la joven sor Pauline escribió desde Tours al padre Le Pailleur (19 de febrero de 1849). Le contaba las visitas que hizo a los bienhechores y al obispo, en compañía de mi hermana Juana. Después vieron al cura de la parroquia, que les aconsejó volver a casa del obispo para pedirle una carta de recomendación para los curas párrocos. Fueron a pedírsela. Leamos la continuación de esta carta que nos permitirá ver, a lo vivo, a la «hermana Juana» y su comportamiento en la congregación, diez años después de sus comienzos: «Monseñor le ha dicho que no se atrevía a comprometerse demasiado. Ella se ha puesto de rodillas, confiando plenamente en su gran caridad. El se ha conmovido y le ha dicho que espere algunos días, que se la dará (...). Desearíamos que el señor de Outremont (un amigo de la casa, miembro de las Conferencias de San Vicente de Paúl) estuviese en Tours para que publicara algo en el periódico sobre mi hermana Juana. Ella me ha dicho que esto sería muy útil, que había entrado en muchas tiendas y que tenían el corazón duro como piedras (...). »Hemos ido a ver a la señora del Prefecto, que nos ha recibido bondadosamente, y esa misma noche nos ha enviado una autorización para todo el departamento, de parte de su marido, al que no habíamos podido ver (...). «Estoy contenta de la hermana Juana, es muy buena; le gusta estar en Tours, pero le cuesta no poder salir a pedir todavía (...). «Creo que la hermana Catherine es la que más conviene para la colecta. A mi hermana Juana le gusta...» Finalmente, Juana Jugan dejó la casa de Tours consolidada y bien arraigada en la población. El primero de agosto comenzó una nueva fundación: una casa en París. La solicitaron las Conferencias de San Vicente de Paúl, que habían conocido la obra por el señor de Outremont. A finales del mismo año 1849, otras dos nuevas fundaciones se pusieron en marcha: una en Besançon, la otra en Nantes. En Nantes fue donde empezó a generalizarse el nombre de Hermanitas de los Pobres, que un poco más tarde llegó a ser 36

oficial. La intuición popular había encontrado el calificativo que mejor expresaba la intención de Juana: excluyendo todo dominio, hacerse muy pequeño para amar mejor. Juana no había tomado parte activa en las fundaciones de París, Besançon y Nantes. En cambio fue ella quien fundó la casa de Angers. Siguiendo su colecta infatigable, Juana llegó a Angers en diciembre de 1849, donde la esperaban varias familias. Venía a pedir para las fundaciones existentes, pero tuvo, desde el principio (como en Rennes), el pensamiento de darle a la ciudad de Angers —que se le había mostrado tan acogedora— un asilo para los pobres ancianos. Gracias a un sacerdote, que era vicario general de Rennes, se encontró rápidamente una casa, y la fundación se hizo en abril de 1850. En el intervalo, Juana, probablemente, volvió a Tours con el producto de su colecta y después fue a pedir a otras ciudades. El 3 de abril regresó a Angers en compañía de Marie Jamet y dos jóvenes hermanas. El obispo, monseñor Angebault, las recibió con los brazos abiertos. Como en otras partes, llegaban con las manos vacías: entre las cuatro tenían solamente seis francos en el bolsillo para empezar su obra. Obtenidas las autorizaciones requeridas, se instalaron y se pusieron a pedir. Dos días más tarde, Marie se volvía a Tours «ya consolada» y acompañada por dos postulantes angevinas. A finales de abril, se acogía a los primeros ancianos. Los donativos afluían de todas partes. Un día les faltó la mantequilla y Juana vio que los ancianos comían pan a secas. «Este es el país de la mantequilla —dijo—, ¿cómo no se la piden a San José?» Encendió una lamparilla ante una imagen del padre nutricio, hizo traer los tarros vacíos y colocó un letrero: «Buen San José, envía mantequilla para nuestros ancianos». Los visitantes se asombraban o se reían de esta ingenuidad; uno de ellos expresó cierta desconfianza —razonable— sobre la eficacia del procedimiento. Pero bajo estos signos ingenuos, ¡se ocultaba una fe tan grande...! Algunos días más tarde un donante anónimo les 37

mandó una cantidad muy importante de mantequilla y llenaron todos los tarros. Juana quería que la casa de los pobres fuera alegre. Gracias a la red de amistades angevinas que tenía, un día fue a ver al coronel que estaba al mando de una guarnición de la ciudad y le pidió que le enviase, por la tarde de un día de fiesta, algunos músicos de su regimiento para que alegrasen a los ancianos. «Hermana, os enviaré toda la banda para daros gusto y alegrar a vuestros queridos ancianos». Esta música militar de Angers le daba un tono alegre al amor que se da y que suscita el amor. Juana dejó Angers para ir a otras ciudades a pedir. Durante el invierno 185051, aparecen sus huellas en Dinan, Lorient y Brest. En esta última ciudad encontró a una señora muy emprendedora, pero que no la animó. Juana la escuchó, reflexionó y dijo: «Muy bien, querida señora, lo intentaremos». Se puso a pedir. Una amiga la acompañó. Llegaron a una casa que no era muy acogedora; su compañera le propuso pasar de largo, pero Juana, agarrando el cordón de la campanilla, le respondió: «Llamemos con Dios y Dios nos bendecirá». La limosna fue generosa. Mientras despertaba en las gentes el sentido del reparto y recibía sus donativos, Juana permanecía atenta al desarrollo de la familia, nacida de ella. A Angers siguieron las fundaciones de Burdeos, Rouen y Nancy. Directamente, Juana no tomó parte en ellas. Después se abrió la primera casa en Inglaterra, en las afueras de Londres. Hay que decir que algunos días antes, había llegado a París Charles Dickens; había visitado el asilo recientemente fundado por las hermanas. Fuertemente impresionado habló de ello en un artículo en el semanario Household words (14 de febrero de 1852); después de evocar los orígenes, describió la casa de la calle Saint-Jacques: «... Un anciano tiene los pies sobre una estufilla y dice con voz débil que ahora está muy cómodo y confortable. El recuerdo del frío pasado en la calle en los años anteriores está grabado en su memoria, pero ahora está muy, muy a gusto...» Este 38

testimonio del novelista contribuyó a facilitar la instalación de las Hermanitas de los Pobres en su país. Paralelamente al crecimiento geográfico y numérico —en 1853 habrá ya quinientas hermanas—, tenía lugar el desarrollo de la institución como tal: la regla se ampliaba y se precisaba. El padre Félix Massot y el padre Le Pailleur trabajaron en ello juntos, en Lille, en 1851, durante tres semanas. Este proyecto fue sometido al obispo de Rennes, y el 29 de mayo de 1852 monseñor Brossais Saint-Marc firmó el decreto de aprobación de los estatutos. Desde entonces, la familia de las Hermanitas de los Pobres será en la Iglesia una verdadera congregación religiosa. Esta aprobación episcopal hacía del padre Le Pailleur, oficialmente, el superior general de la congregación, juntamente con la superiora general Marie Jamet. Deseaba ser confirmado en esta función y lo obtuvo. Se establecieron en Rennes. En efecto, acababan de comprar, en la periferia de la ciudad, una espaciosa propiedad llamada La Piletière; con el asilo se instalaron en Rennes el noviciado y la casa-madre, que anteriormente había sido trasladada de Tours a París. El obispo fue el 31 de mayo para presidir la ceremonia de la toma de hábito de veinticuatro postulantes y la profesión de diecisiete novicias.

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9 «Usted me ha robado mi obra»
(1852-1856)

Detengámonos un poco en el extraño proceder del padre Le Pailleur, que en verdad no se explica si no es por un fallo sutil, pero sin duda profundo, de su personalidad. En 1843 había anulado la reelección de Juana Jugan como superiora para confiar esta responsabilidad a su hija espiritual, Marie Jamet. En los años que siguieron, su influencia sobre la obra vino a ser cada vez mayor; mientras tanto, Juana, infatigablemente, hacía la colecta para las nuevas casas, trabajaba directamente en dos fundaciones, acudía para sostener y salvar a aquellas que se tambaleaban, garantizaba con su presencia y su nombre el valor y el dinamismo de las iniciativas tomadas en favor de los ancianos pobres. Una vez obtenida la aprobación episcopal e instalada en Rennes la casa-madre, el padre Le Pailleur tomó una decisión que había de cambiar totalmente la existencia de Juana: la llamó a la casa-madre. En lo sucesivo no tendría ya relaciones habituales con los bienhechores ni ninguna función notable en la congregación; viviría oculta tras los muros de La Piletière, ocupada en labores humildes. Juana apenas tenía sesenta años, estaba en plena actividad. Obedeció humildemente. Permanecerá allí—en Rennes y después en La Tour Saint-Joseph, en Saint Pern— sin responsabilidades, hasta su muerte, es decir, durante veintisiete años. En La Piletière vivirá en la pequeñez. En adelante será «Sor María de la Cruz». En el interior de la congregación, no se

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empleará, casi nunca más, el nombre de Juana Jugan; pero fuera, su recuerdo permanecerá vivo. Al principio estuvo encargada de dirigir el trabajo manual de las postulantes, muy numerosas: sesenta y cuatro en 1853. Se ha guardado el recuerdo de su bondad, de su mansedumbre para con ellas. Siempre quiso a las jóvenes y ellas la quisieron. No reclamaba nada, vivía totalmente su arrinconamiento. Mucho más tarde, una hermana atestiguó: «Jamás la oí decir la más pequeña palabra que pudiera suponer que ella había sido la primera superiora general. Hablaba con mucho respeto y con mucha deferencia de nuestras primeras buenas madres (superioras). Era tan pequeña, tan respetuosa en sus relaciones con ellas...» Juana vio morir a una de sus primeras hermanas, Virginie Trédaniel, a la edad de treinta y dos años. Quizá fue esta muerte o su propio sufrimiento, o bien el recuerdo de las primeras pruebas de la fundación, lo que la indujo a decir un día a las postulantes: «Hemos sido injertadas en la cruz». Este injerto estaba bien vivo. La Iglesia lo reconoció como suyo. El 9 de julio de 1854, el Papa Pío IX aprobó la congregación de las Hermanitas de los Pobres. Alegría profunda para la fe de Juana. El padre Le Pailleur, para hacerse reconocer como fundador y superior general de este nuevo instituto, había, poco a poco, deformado la historia de los orígenes. Durante los treinta y seis años siguientes, las jóvenes que entraron en la congregación no aprendieron más que una historia falsa, según la cual Juana no era sino la tercera de las Hermanitas de los Pobres. El padre exigía que le dieran pruebas exteriores de respeto, hasta el exceso; ejercía sobre la congregación una autoridad absoluta: todo pasaba por sus manos; toda decisión la tomaba él; en todo era necesario recurrir a él. Pero la perturbación, e incluso el escándalo, terminaron por ser conocidos por las autoridades. Se hizo una investigación por decisión de la Santa Sede. Y en 1890, el padre Le Pailleur fue 41

destituido y llamado a Roma, donde terminó sus días en un convento. Durante más de cuarenta años, Marie Jamet le había estado dócilmente sometida; ella creía hacer bien. Pero en muchas ocasiones había sentido el desgarro entre lo que pensaba era su deber de obediencia y el respeto por la verdad. Poco antes de morir, reconoció: «No soy yo la primera Hermanita de los Pobres ni la fundadora de la obra. Es Juana Jugan la primera y la fundadora de las Hermanitas de los Pobres». Juana había vivido esto con una mezcla de dolor y de confianza. Tenía las ideas claras y no podía aprobarlo; pero su fe se elevaba por encima de todas estas maniobras. Guardaba el corazón bastante libre para decir, bromeando, al padre Le Pailleur lo que pensaba de él: «¡Usted me ha robado mi obra; pero se la cedo de buena gana!»

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10 Sin rentas fijas
(1856-1865)

En la primavera de 1856, la vida de Juana Jugan cambió de marco. La casa-madre fue trasladada a una propiedad recientemente adquirida en Saint-Pern, la Tour St. Joseph, a unos treinta y cinco kilómetros de Rennes. Juana fue a vivir allí con el grupo de novicias y postulantes. Allí prosiguió su existencia oculta y ocupada en humildes labores. Vivió durante varios años, en compañía de las novicias, en una habitación llamada «chambre de la cloche» (habitación de la campana). Estaba al margen de toda responsabilidad, de todo honor. Nunca la llamaron al consejo general de la congregación, del que nominalmente formaba parte. Una vez, sin embargo, una sola vez, se la invitó a tomar parte en una deliberación. Ella fue. Su firma da fe de ello. Era el 19 de junio de 1865. Se trataba de un problema grave para la vida del instituto, de una cuestión que ponía en peligro lo esencial de la vocación de las hermanitas: las exigencias de la pobreza en la congregación. Desde los comienzos, el deseo era vivir pobres con los pobres, depender enteramente de la caridad. Por tanto, se había excluido toda renta fija: sólo se poseía como propiedad, con el fin de proporcionar a los pobres seguridad e independencia, las casas en las que vivían. En realidad no existía ningún escrito en donde figurara esta opción. En los primeros años, la congregación aceptó algunas rentas fijas o fundaciones, pero excepcionalmente. 43

Ahora bien, en 1865 se ofreció a la congregación un legado de cuatro mil francos, bajo forma de renta fija. Una vez más se planteó la cuestión: ¿habría que aceptarlo? Mientras el consejo dudaba, un amigo, que las ayudaba en la gestión financiera, les recordó el principio: «Si me lo permiten, daré humildemente mi opinión: no deben aceptarlo si no es con la autorización de enajenar la renta para utilizar este capital en el pago de una casa (de París). Solamente deben poseer los inmuebles en los que habitan y, para lo demás, vivir de la caridad cotidiana. Si las hermanitas consintieran en tener rentas, perderían su derecho a la caridad que hacía vivir a los israelitas en el desierto, y si alguna vez almacenasen el maná, éste se pudriría entre sus manos, como en otro tiempo le ocurrió al pueblo de Dios». Esta observación era audaz; se estaba en pleno desarrollo del capitalismo naciente; nacían los grandes bancos franceses; se inventaba el talonario de cheques; la misma condesa de Segur escribía la Fortune de Gaspar! No se hablaba más que de intereses y el dinero era objeto de una especie de culto.

Pero las Hermanitas de los Pobres, sensibles a la llamada que se les había dirigido, escogieron el desprendimiento. Pidieron, en primer lugar, el consejo de algunos obispos. El consejo general se reunió.

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Fue entonces cuando se convocó a Sor María de la Cruz. Ella se sorprendió, se asustó: «No soy más que una pobre mujer ignorante, ¿qué puedo decir?» Insistieron. «Ya que lo desean, obedeceré».

Fue, pues, al consejo y expresó claramente su opinión: era necesario continuar no aceptando ninguna renta fija, dependiendo de la caridad. Esta fue la orientación que se adoptó. La circular enviada a las casas precisaba: «La congregación no podrá poseer ninguna renta, ningún ingreso fijo a título perpetuo» y, por consiguiente, «rechazaremos todo legado o donativo que consista en rentas o gravamen de fundación de camas, misas o también con cualquier otra obligación que exija la perpetuidad». El consejo escribió al «Carde des Sceaux» del Imperio, ministro de Justicia y de Cultos, para notificarle esta decisión. Al año siguiente, el Gobierno tomó nota de este hecho, y por lo mismo del rechazo del legado de los cuatro mil francos. Un poco más tarde veremos a Juana invitar a las jóvenes hermanas a rezar «para que no se ceda a las instancias de los que quisieran darnos rentas». Vemos así que velaba, con su oración, por esta congregación que había nacido de ella y sobre la elección de la pobreza, que es 45

la que permite que el alma se entregue al amor del Padre de los Cielos.

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11 Sabiduría de Sor María de la Cruz
(1865-1879)

Los largos años pasados en La Tour Saint-Joseph no implicaron muchos acontecimientos. Solamente, de cuando en cuando, una imagen: rosario en mano, Sor María de la Cruz, «erguida, apoyada en un gran bastón (...), recorría los prados y los bosques dando gracias a Dios (...); cuando se encontraba con antiguas amistades que habían conocido algo de los orígenes de la obra (...), cantaba su magníficat. Era verdaderamente elocuente en su sencillez». La sabiduría de sus palabras, unas veces cargadas de imágenes, otras graciosas, iba tejiendo sus días. En una ocasión, por ejemplo, explicó a las novicias cómo tenían que comportarse cuando les dijeran cosas desagradables: «Hay que ser como un saco de lana, que recibe la piedra sin resonar...» «Hacer penitencia», ¿qué quiere decir esto? Se lo explicaba con una imagen concreta: «Dos hermanitas van a la colecta; están cargadas; llueve, hace viento, se mojan, etc. Si aceptan estas incomodidades generosamente, con sumisión a la voluntad del Buen Dios, hacen penitencia». Un día, llamando a una joven, junto a una ventana abierta, le mostró a unos picapedreros, diciéndole: «¿Ve a esos obreros que tallan la piedra blanca para la capilla? ¡Qué hermosa la dejan! ¡Es necesario dejarse tallar así por Nuestro Señor! Sor Claire iba corriendo por el corredor. Juana la detuvo: «¡Usted deja a alguien detrás!» La hermana se volvió intrigada: «Perdón, mi buena hermanita, no veo a nadie...» «Sí, está el Buen

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Dios. El la deja correr delante, porque Nuestro Señor no andaba tan aprisa ni se apresuraba como usted...» Los recuerdos de estos años traen hasta nosotros cantidad de fórmulas, muy sabrosas, que llaman la atención. También, aunque en menor cantidad, algunos hechos notables. Un día, por ejemplo, una madre de familia entró en la capilla con sus hijos. Uno de ellos, a pesar de tener cuatro o cinco años, no podía andar. La mamá venía a rezar; muy a menudo pedía la curación de su hijo pequeño. Salió de la capilla con el niño en brazos, se encontró con Juana, quien se lo cogió, después lo puso en el suelo y dijo: «¡Pequeño, pesas mucho!» Le puso su bastón en las manos y le dijo: «¡Juanito, anda!» El pequeño empezó a andar solo con el bastón de Juana.

Los años pasaban; hacia 1870 Juana dejó la habitación de la campana («chambre de la cloche») por la habitación de la enfermería, que ocupó hasta su muerte con otras tres hermanas. Desde allí seguía los acontecimientos dolorosos de la guerra del 70; el Concilio Vaticano I, pronto interrumpido; la toma de Roma por los revolucionarios que luchaban por la unidad de Italia. Se interesaba también por la vida apostólica, y los sacerdotes de la casa iban con gusto a verla, a la vuelta de sus viajes, para contarle sus actividades y encomendarse a sus oraciones. 48

Ernest Lelièvre, sacerdote oriundo del norte de Francia, uno de los que más contribuyó a la expansión de la congregación fuera de este país, la visitaba a menudo para pedirle que rezara por él2. Sor María de la Cruz gozaba a la vista de la belleza de las flores del parque... Un día, enseñando una flor a una joven hermana, le dijo: «¿Sabe usted quién ha hecho esto?» «Es Dios», respondió la hermana. Juana la miró fijamente y le dijo con admiración: «¡Es nuestro Esposo!» La oración iba adquiriendo un lugar cada vez mayor en sus jornadas. Su piedad eucarística, su devoción a la Pasión del Salvador y al vía crucis, su amor por la Virgen María, llamaban la atención de las novicias. Muchas se impresionaban de su comportamiento, que irradiaba alegría y atención amorosa cuando hacía la señal de la cruz o se acercaba a recibir la comunión. Viéndola «se deseaba amar la Eucaristía como ella la amaba». Otras notaban su ternura por María: era un verdadero gozo verla rezar el rosario. Le gustaba decir: «Por el Ave María iremos al Paraíso». «Vivía en la presencia de Dios y nos hablaba siempre de ello», dice una novicia de este tiempo. Para marcar los caminos de la vida espiritual tenía fórmulas curiosas: «Hay que ser muy pequeñas delante del Buen Dios. Cuando hagan oración empiecen por esto: manténganse ante Dios como una ranita...» O bien, para las horas difíciles (y en ello hay, sin duda, algo de confidencial): «Vayan a encontrarlo cuando estén agotadas de paciencia y de fuerza, cuando se sientan solas e impotentes; Jesús las espera en la capilla; díganle: «Vos sabéis lo que me pasa, mi buen Jesús, sólo os tengo a Vos, que lo sabéis todo. Venid en mi ayuda». Después váyanse tranquilas, sin preocuparse por saber cómo
La congregación le debe al padre Lelièvre la rapidez de su extensión, especialmente en Gran Bretaña e Irlanda, Estados Unidos, Italia, Malta y España. «¿Habrán tenido los pobres alguna vez un amigo tan grande como él?», escribía Mons. Baunard en una biografía de más de quinientas páginas (hoy agotada) que le dedicó en 1923 y que las Hermanitas de los Pobres han publicado resumida en un folleto traducido en varios idiomas con ocasión del centenario de su muerte, titulada: Ernest Lelièvre, 1826-1889».
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actuar. Basta que se lo hayan dicho a Dios. Tiene buena memoria...» A propósito de la oración, invitaba también a la discreción en el empleo de fórmulas. Cuando rezaba con las novicias, «insistía a menudo para que más tarde cuidaran de no multiplicar las oraciones de devoción: «Cansarán a los ancianos, decía, se aburrirán y se marcharán a fumar... ¡incluso durante el rosario!» Le gustaba, de este modo, hacer partícipes a las jóvenes de su experiencia en el servicio de los ancianos: «Mis pequeñas, hay que estar siempre de buen humor, a nuestros ancianos no les gustan las caras tristes». Cuando hablaba de los pobres, «su corazón desbordaba»: «Hijitas mías, decía, amemos mucho al Buen Dios, y al pobre en El... Hay que ver con espíritu de fe, en los ancianos, a Jesús, pues son los portavoces del Buen Dios». Daba a las Hermanas consejos muy sencillos, pero muy densos: «No hay que temer el esfuerzo que requiere cocinar, como tampoco el de cuidar a los ancianos cuando están enfermos. Ser como una madre para los que son agradecidos y para los que no saben reconocer lo que se hace por ellos. Díganse a ustedes mismas: «¡Es por Vos, Jesús mío!» Miren al pobre con compasión y Jesús les mirará con bondad en el último día...» Con frecuencia hablaba de la colecta: «No tengan miedo de sacrificarse y de mendigar, como lo he hecho yo, por los pobres, pues ellos son los miembros dolientes de Nuestro Señor». Siempre había actuado con reflexión y sabía su importancia: «Mis pequeñas, deben rezar y reflexionar antes de obrar. Es lo que he hecho yo toda mi vida. Pesaba todas mis palabras». Ella, que había hablado tan poco de ella misma, nos dio a conocer con esto uno de sus secretos. Otro secreto era su amor por la pequeñez: «Sean pequeñas, pequeñas, pequeñas; si llegásemos a creernos importantes, a querer parecer grandes, la congregación no haría bendecir al buen Dios y caeríamos. «Sólo los pequeños agradan a Dios». 50

A sus ochenta años aún conservaba un porte enérgico. Una joven inglesa la describió así: «Andando con un paso firme, con una mano apoyada en el hombro de una joven hermana, y la otra en un sólido bastón, iba tan derecha y tan atenta (...) por las hermosas avenidas. Lo que nos admiró especialmente fue la gran dulzura de su sonrisa...» A veces, con las novicias, comentaba alguna lectura. Un día, hablando de las santas lágrimas, ella les hizo cerrar el libro y les dijo: «Hay quienes tal vez se aflijan al oír esto y digan: «Yo no puedo llorar... Ni querría estar siempre llorando...» No se preocupen por las santas lágrimas, no son necesarias. Hacer un sacrificio de buena gana, recibir una reprimenda en paz, vale tanto como las santas lágrimas. Estoy segura de que ya han llorado así varias veces hoy...» Sabiduría, equilibrio, benevolencia; todo esto es Juana Jugan. Poco a poco su vista se iba debilitando. Sus párpados se paralizaban. En los últimos años estaba casi ciega. Decía: «Cuando sean viejas, ya no verán nada. Yo sólo veo a Dios». O también: «Dios me ve y esto es suficiente». Esto no le impedía estar alegre, contar anécdotas muy graciosas. Contaba, por ejemplo, cómo un día un conejo saltó fuera de su cesto y dos muchachos pudieron atraparlo corriendo; ella les dio diez céntimos a cada uno. Un día de Pascua se acercó a un grupo de hermanas que estaban ensayando unos cantos. Dirigiéndose a ellas, les dijo: «¡Vamos, pequeñas, cantemos la gloria de nuestro Jesús resucitado!» Y con sus brazos comenzó a marcar el ritmo mientras cantaba «Aleluya» con tal entusiasmo, que parecía que quisiera abandonar su viejo cuerpo para seguir a su Jesús. Estaba llena de vitalidad. Vivía sumergida en la acción de gracias: «En todo, en todas partes, en toda circunstancia, repito: ¡Bendito sea Dios!» Hasta el final de su vida le gustó cantar canciones o estribillos que ella misma había compuesto: 51

«El pobre nos interpela, con la voz y el corazón. ¡Oh, que bella buena nueva vayamos con ilusión»!3 O bien: «Mostraos siempre dispuestas y nada rechacéis. A las pequeñas busca-pan todo les viene bien».4 O esta otra: «Oh, Jesús mío, rey de los elegidos, ¿quién te amará más?5 Parece como si la unión profunda y sencilla que ella vivía cada vez más con Dios, junto con el despojo creciente de la edad, hubiese despertado en ella la alegría.

«Le pauvre nous apelle / de la voix et du coeur: / O la bonne nouvelle! / Partons avec bonheur». «Montrez-vous toujours faciles, / ne refusez rien. / Pour de petites cherche-pain / tout est toujours bien!»
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O Jesús, roi des elus / qui vous aimera le plus?»

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12 De la muerte a la vida
(1879)

En los últimos años de su vida, Juana hablaba con bastante frecuencia de su muerte; lo hacía con serenidad. Un día le dijo a una joven hermana que había venido a hacerle compañía: «Cánteme el estribillo: Oh, ¿por qué alargo mi estancia en la orilla extraña?» Decía a veces: «Quisiera morir...» «No debe morir», se le respondía. «Sí, lo deseo mucho: para ir a ver a Dios». Pero antes de partir, debía conocer una última alegría. En noviembre de 1878 se habían emprendido las gestiones para obtener del Papa la aprobación de las constituciones6. El 1 de marzo de 1879, León XIII la concedió. Había entonces —cuarenta años después de los humildes comienzos de Saint-Servan— dos mil cuatrocientas hermanitas. Juana había terminado su obra y su larga misión de oración. Podía partir. Una mañana del mes de agosto de 1879 se sintió mal. Le administraron el sacramento de los enfermos. Ella rezaba a media voz: «¡María, vos sabéis que sois mi madre, no me abandonéis...! ¡Padre Eterno, abrid vuestras puertas, hoy, a la más miserable de vuestras hijas, pero que tiene un deseo tan grande de veros...!» Y con voz más débil: «¡María, mi buena madre, venid a mí. Sabéis que os amo y que deseo veros...!» Después expiró dulcemente. Los testigos nos han hablado de la inmensa paz que emanaba de su rostro.
6

La aprobación de 1854 era solamente ad experimentum.

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Había terminado su entrega, con y entre los pobres, en las manos de nuestro Padre.

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13 Su misión continúa

«Le hablarán de mí, no haga caso: el buen Dios lo sabe todo». Ultimo consejo de Juana, el 19 de marzo de 1876, a una joven hermana, profesa desde hacía tres días, que iba a marcharse de La Tour para Saint-Servan. Desaparecer, ser olvidada, Juana no tiene otra ambición. A su muerte, esta ambición parece realizada. Y sin embargo, en 1894, la que fue llamada a conducir la congregación después de la muerte de Marie Jamet, se propuso hacer escribir la historia. Este primer trabajo de búsqueda histórica aparece en 1902. Fue precedido, tres años antes, de una breve noticia necrológica de Juana Jugan: en ella es reconocida como «la primera hermanita y fundadora». Con la restitución de «su obra», la misión postuma de Juana comienza: irá ampliándose a través de los años. En 1935 los numerosos testimonios de sus contemporáneos hacen pensar que ha llegado el momento de abrir, en Rennes, el proceso informativo sobre su reputación de santidad. Al año siguiente los restos de Juana fueron trasladados del cementerio de la comunidad a la cripta de la capilla. La segunda guerra mundial vino a interrumpir estos trámites; será necesario esperar hasta julio de 1970 para introducir la causa en Roma. Todos los testigos oculares habían desaparecido. El proceso apostólico deberá, pues, formar un juicio sobre la heroicidad de las virtudes de Juana, a partir de un trabajo histórico, el cual se terminó en febrero de 1979 y se presentó a Juan Pablo II. El decreto de heroicidad de las virtudes fue promulgado el 13 de julio, seis semanas antes del centenario de la muerte de Juana Jugan. Tres años más tarde es reconocida, como inexplicable por la ciencia médica, una curación: Antoine Schlatter, anciano residente 55

de la casa de las Hermanitas de los Pobres de Toulon (Francia), afectado por la enfermedad de Raynaud en fase muy avanzada y en peligro de que le amputaran una mano, sanó de repente, mientras se hacía una novena pidiendo su curación por intercesión de Juana Jugan. Al proclamarla «Beata», el 3 de octubre de 1982, la Iglesia propone a Juana Jugan como modelo de nuestro tiempo. ¿Cuál es, pues, su mensaje? ¿Puede éste ser actual a los cien años de su muerte? Precursora en el campo de la acción apostólica y social, hace siglo y medio, Juana tuvo un sentido humano y evangélico de la ancianidad, que no se limita a su tiempo. Por su obra hospitalaria al servicio de los ancianos pobres, establecida hoy en treinta países, nos invita a considerar, en la óptica de Dios, el lugar y la misión de los ancianos en nuestra sociedad moderna, su inserción en la familia y en la Iglesia, la aportación única de esta edad, tanto sus riquezas, como sus dificultades7. Ella nos invita a una actitud esencial de estima, de comprensión mutua, de diálogo, de intercambio y de ayuda, que debe unir a las generaciones. Pero el mensaje de Juana Jugan no se reduce a eso. Una persona que la había conocido bien dijo que su característica era «la alabanza a Dios». En las contradicciones, en las humillaciones, en el culmen de sus adversidades, «siempre iba alabando a Dios». Esta alabanza tenía sus raíces en su fe. Pobre con los pobres, feliz de serlo, Juana ponía su confianza absoluta en la bondad paternal de Dios, se abandonaba en los caminos de su
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Cfr. Juan Pablo II:

— a los participantes del Fórum Internacional «para una vejez activa», Castelgandolfo, 5 de septiembre de 1980; — a los ancianos de Munich, 19 de noviembre de 1980; — a los ancianos de Australia, alocución en la casa de las Hermanitas de los Pobres de Perth-Glendalough, el 30 de noviembre de 1986. El texto se encuentra disponible en fotocopia en la Tour Saint-Joseph, 35190 SaintPern.

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Providencia, se sabía una sierva inútil y proclamaba su alegría de «esperarlo todo de Dios». Juana Jugan es una llamada a vivir las Bienaventuranzas hoy. Su misión continúa. Una misión autentificada por el Papa Juan Pablo II en presencia de miles de peregrinos llegados a Roma para celebrar la beatificación de Juana Jugan.

«La lectura atenta de la Positio sobre las virtudes de Juana Jugan, así como de las recientes biografías consagradas a su persona y a su epopeya de caridad evangélica, me inclinan a decir que Dios no ha podido glorificar a una sierva más humilde» (Juan Pablo II en la homilía de la Misa del 3 de octubre de 1982).

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«Juana nos invita a todos, cito palabras de la regla de las Hermanitas, a comulgar la bienaventuranza de la pobreza espiritual, que nos encamina hacia el despojo total que entrega un alma a Dios. A esto nos invita ella mucho más con su vida que con sus pocas palabras conservadas y marcadas por el sello del Espíritu (...). En su largo retiro de la Tour Saint-Joseph, ejerció sin duda sobre numerosas generaciones de novicias y de hermanitas una influencia decisiva, imprimiendo su espíritu a la congregación mediante la irradiación silenciosa y elocuente de su vida. En nuestra época, el orgullo, la búsqueda de la eficacia, la tentación de medios poderosos... tienen lugar en el mundo y, a veces, también en la Iglesia. Obstaculizan la llegada del reino de Dios. Esta es la razón por la que la fisonomía espiritual de Juana Jugan es capaz de atraer a los discípulos de Cristo y de llenar sus corazones de sencillez y de humildad, de esperanza y de alegría evangélica, que emanan de Dios y del olvido de sí misma». Después de meditar sobre la actualidad del mensaje espiritual de Juana Jugan, Juan Pablo II exponía el mensaje apostólico, igualmente actual, que ella también nos ha dejado. «Se puede decir que recibió del Espíritu, como intuición profética, las necesidades y aspiraciones profundas de los ancianos (...). Sin haber leído ni meditado las hermosas palabras de la Gaudium et Spes, Juana estaba ya en secreto acuerdo con lo que ellas dicen acerca del establecimiento de una gran familia humana, en la que todos los hombres vivan como hermanos (cf. núm. 24) y compartan los bienes de la creación según la regla de la justicia, inseparable de la caridad (cf. núm. 69) (...). Desde los primeros años, la fundadora quiso que su congregación, lejos de limitarse al oeste de Francia, se convirtiera en una verdadera red de casas familiares, donde cada persona fuera acogida, honrada y, según las posibilidades individuales, alentada a gozar de su propia existencia (...). Toda la Iglesia y la sociedad misma no pueden por menos que admirar y aplaudir el maravilloso crecimiento de la pequeña semilla evangélica, sembrada en tierra bretona (...) por la humilde cancalesa, tan pobre de bienes, pero tan rica de fe...» 58

«Perseverad en la admiración y la acción de gracias, por la beata Juana, por su vida tan humilde y fecunda, que ha llegado a ser, con toda verdad, uno de los muchos signos de la presencia de Dios en la historia...»8 «Signo de la presencia de Dios en la historia». Que la palabra del Papa ilumine el camino de quienes han puesto su confianza en Juana Jugan, la humilde hermanita Sor María de la Cruz.

Tríptico del cuadro de la beatificación de Juana Jugan, realizado por Dina Bellotti, 1982

«No somos sino los instrumentos de su obra» (Juana Jugan) Juan Pablo Pablo II, durante la audiencia concedida el 4 de octubre de 1982 a los «peregrinos de Juana Jugan».
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Hoy, en treinta países de los cinco continentes, como respuesta a la llamada de Cristo, siguiendo a Juana Jugan, las Hermanitas de los Pobres están al servicio de los ancianos más desprovistos de bienes materiales, de cuidados y de amor en un espíritu evangélico de alegre pobreza, de sencillez, de humilde amor fraterno, de confianza ilimitada en Dios Padre

Con un corazón ampliamente abierto a las necesidades del mundo y de la Iglesia

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