LOS MUERTOS DE SENDERO Por Jorge Secada

En estas últimas semanas hemos discutido nuevamente sobre el número de los muertos causados, directa o indirectamente, por el terrorismo de los años ochenta y noventa. Discutimos sobre el total de muertos y también sobre cuántos murieron en manos de los terroristas, cuántos fueron víctimas accidentales o intencionales de la lucha legítima contra ellos y cuántos murieron en manos de quienes, por diversos motivos, usurparon la autoridad del Estado para realizar actos criminales al amparo de la violencia que sufrimos durante esos años. Saber quiénes y cómo murieron nos interesa a todos los peruanos, independientemente de nuestras inclinaciones políticas. Nos interesa porque es parte de nuestra historia y porque hay víctimas, demasiadas víctimas, que queremos reconocer y recordar. Lamentablemente la conversación pública sobre el terrorismo se ha visto pervertida por un enfrentamiento "político" en el peor sentido del término. Como bien ha señalado Antonio Zapata en su columna de "La República", desde que la Comisión de la Verdad y la Reconciliación (CVR) entregó su informe (yo agregaría que desde antes), estos temas han sido abordados para avanzar diversas agendas "políticas", como si la verdad no nos interesara a todos. Un ejemplo de esta perversión es un reciente artículo en "Hildebrandt en sus Trece". Ahí se atribuye a la CVR haber distorsionado las cifras buscando una "salida 'políticamente correcta'" frente al supuesto descubrimiento de que "el Estado era quien más crímenes había cometido". El artículo no ofrece ninguna evidencia para sustentar esta acusación; no menciona

el testimonio de comisionados confesando su conspiración ni documento alguno que la revele. El articulista critica, un tanto confusamente, los métodos que usó la Comisión para estimar el número de muertos. Esos métodos son, en efecto, cuestionables. Pero no porque haya otros que garanticen mejores resultados. Lamentablemente nunca sabremos con exactitud cuántos murieron. La Comisión ha ofrecido un cálculo aproximado, nada más. Ese artículo también manifiesta otra perversión del debate público al contraponer las víctimas del Estado con las de Sendero. Sendero y el MRTA son los responsables del infierno de los ochenta y los noventa. Que al sumirnos en el terror hayan puesto en evidencia nuestra precariedad institucional, las brutales injusticias que aceptamos cotidianamente y nuestro racismo no altera ni matiza ese hecho. Ellos fueron los causantes y responsables de esa guerra y, directa o indirectamente, de todas sus consecuencias. No son los únicos responsables, pero son los primeros y principales. Fueron nuestros enemigos, enemigos de todos los peruanos. Ellos mataron por igual en Lucanamarca y en Tarata; asesinaron tanto a María Elena Moyano como al general Enrique López Albújar y al doctor Domingo García Rada. El Estado, por otra parte, somos todos los peruanos. Acabemos de una vez con la equivocidad de quienes le atribuyen crímenes y asesinatos. No se trata de argumentar que el terror de estos otros criminales solo fueron "excesos” ni que se trató de unos pocos casos aislados. Hubo asesinato masivo y sostenido durante años por parte de personas que usurparon autoridades que no les correspondían. Cuando un policía comete un crimen no actúa como policía sino que usurpa esa autoridad. Lo mismo da si se trata de un grupo de policías o toda la policía. Los miembros de las Fuerzas Armadas que aterrorizaron a la población no actuaban con autoridad, por

más que pretendieran o creyeran hacerlo, y sean cuales fuesen sus intenciones y objetivos. Eso lo ha reconocido el almirante Gianpietri al rechazar la posibilidad misma de que un soldado mate a un rendido con un disparo en la nuca. Eso lo hace un asesino, y el momento en que lo hace deja de ser un soldado. Cuando un representante del Estado oculta pruebas se convierte en cómplice de los criminales y actúa sin legitimidad, es decir, sin autoridad. El Estado no fue causa de terror. Todo el terror fue criminal e ilegítimo. Algunos de los criminales fueron Senderistas o miembros del MRTA; otros actuaron usurpando una autoridad que no tenían; otros fueron simples criminales pescando en el caos de la violencia y el desorden. No existen víctimas del Estado; existen víctimas de quienes actuaron en nombre del Estado atribuyéndose una autoridad que no tenían ni podían tener. El Estado nos incluye a todos los peruanos y sus agentes nos representan y están a nuestro servicio. Esta distinción es importante y no un asunto "meramente semántico". ¿Por qué "politizamos" el debate sobre el terrorismo? Algunos lo hacen por motivos que no nos interesan. Son quienes no pueden pensar sobre el país sin pensar miserablemente en sus propios intereses. No pregunto sobre ellos. Pregunto por quienes honestamente buscan la verdad, pero no pueden dejar de enfrentar a quienes no piensan como ellos, atribuyéndoles motivaciones mezquinas que suponen pero no conocen. Aventuro que sus razones no distan de las que nos animan en mucho de nuestra vida privada: la falta de confianza y reconocimiento mutuo. No nos creemos ni nos concedemos buenas intenciones. Estamos tan acostumbrados al cinismo como mecanismo interpretativo en nuestras relaciones personales, que nos resulta risible abandonarlo en nuestra conversación pública. Pero mientras

no lo hagamos, no viviremos bien ni en lo personal ni en lo público. Ganamos la guerra. Derrotamos a los terroristas y estamos construyendo una sociedad próspera. Eso debería ser motivo de alegría y orgullo. Empecemos por reconocernos todos como peruanos embarcados en la misma tarea, peruanos vencedores frente al terror. Si queremos fortalecer nuestras instituciones, respetémoslas y no permitamos que los asesinos y ladrones y sus cómplices las usurpen. Amemos un poco más al Perú. Y que el reconocimiento de nuestra victoria frente a los criminales terroristas sea el comienzo y fundamento tanto de un diálogo limpio sobre el pasado como de nuestra reconciliación.

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