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SINOPSIS
Después de seis meses, Jess y Sal siguen viviendo una luna de miel: sexo en la sala, el sexo en la escalera, sexo en el piso de la cocina. La vida no podría ser más perfecta. Hasta que llega el hermano pequeño de Jess, Teddy. Un niño es lo último que necesitan los amantes, especialmente un adolescente hosco, con problemas y demasiado equipaje, pero Teddy les necesita. Cuando la vida da un giro, los hombres de verdad tienen que tomar la dirección correcta. Un niño en la casa, sin embargo, significa estar buscando ya no sólo es una cuestión de lucha para ver quién va a la parte superior, esconder las botellas pequeñas de lubricante en lugares convenientes. Se necesita cambiar de tácticas: no han probado el lavadero en el garaje todavía. Y discreción, es difícil ser discreto si su amante grita cuando se corre. Aún así, viendo a Teddy florecer hace que los desafíos diarios valgan la pena. Se las arreglan, y su pequeña familia está empezando a asumir una nueva forma saludable de convivir, cuando de pronto, Teddy es brutalmente atacado y Sal está bajo sospecha. Ahora, la última prueba se inicia en su lucha por aferrarse al amor y la familia mientras que las fuerzas implacables trabajar para destrozarlas.

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INDICE
CAPÍTULO 1 CAPÍTULO 3 CAPÍTULO 5 CAPÍTULO 7 CAPÍTULO 9 CAPÍTULO 11 CAPÍTULO 13 CAPÍTULO 15 CAPÍTULO 17 CAPÍTULO 2 CAPÍTULO 4 CAPÍTULO 6 CAPÍTULO 8 CAPÍTULO 10 CAPÍTULO 12 CAPÍTULO 14 CAPÍTULO 16 CAPÍTULO 18

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Tú no estás solo. Tienes ayuda

CAPÍTULO 1
Sal reconoció el vecindario en el momento en el que ellos giraron al este. El Blacklite, un bar gay de mala muerte que su compañero de universidad había frecuentado, estaba justamente en esa manzana. No era un mal lugar para un ligue, si te gustaban los hombres vestidos de mujer, y, probablemente, un lugar razonable para buscar al chico, teniendo en cuenta la media docena de jóvenes merodeando bajo el resplandor de la lámpara halógena de la esquina. —Oh, Dios mío —le susurró Jess—. Ese es él. —Sal había estado en silencio tanto tiempo que se sobresaltó al oír el sonido de la voz de Jess. —¿Estás seguro? —En el asiento trasero de la limusina alquilada se inclinó hacia delante para estudiar a los chicos. Ellos se pusieron en grupos de dos y de tres, excepto uno. Su mirada se posó en el chico solitario que se balanceaba en la acera, mirando como el coche se aproximaba, y con la cara que Jess debía haber tenido hace diez años—. Está bien, Jess, disminuye la velocidad y da la vuelta a la manzana. El coche sobrepasó al muchacho. Él levantó los ojos con una sonrisa. Su mirada estaba dirigida a los ojos de los pasajeros a través los cristales ahumados y seguía como el coche fácilmente rodeaba la

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esquina. Dos dedos se alzaron en un gesto sensual antes de que desapareciera de la vista de Sal. —Se ve tan joven —susurró Jess. —Eso es lo que está vendiendo, bebé. —Sal hubiera preferido una manera de suavizar el golpe a su amante, pero si ellos iban a hacer esto, Jess necesitaría conocer la realidad. Una mirada a esa inocencia cuidadosamente construida dijo Sal, el pequeño hermano de Jess sabía exactamente lo que el cliente quería. Se acomodó en el asiento y examinó la situación, mientras ellos regresaban dando la vuelta. —Listo, amor. Detén el vehículo. El joven miró la limusina, cuando ellos pararon junto a él. Sal miró hacia Jess en el asiento del conductor. Él llevaba una gorra de chófer y agarraba tan fuerte el volante que tenía los nudillos blancos. —Tienes que esconder tu cara. Jess echó una sonrisa nerviosa por encima del hombro. —Gracias por hacer esto. —Solamente por ti. —La pura verdad, e incluso por Jess nunca hubiera aceptado si no fuera por el sentimiento de miedo desde el momento en que había comprendido que su hermano había desaparecido. Lo que ellos planearon podría fácilmente ir muy mal para Sal, pero confiaba que Jess entendiera eso y que no preguntara si él veía otro camino. —Ten cuidado. Él corre como el viento. —Jess miró hacia adelante y se recostó contra el asiento. Tirando de la visera de su gorra para ocultar su rostro, se volvió para ver el tráfico que se aproximaba por el espejo lateral. Sal pulsó el botón a su lado, y su ventanilla bajó con un silbido mecánico.

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Todavía con una sonrisa seductora, el muchacho ladeó la cabeza, entornando los ojos para ver dentro de la limusina oscura. Sal le hizo una seña. Él se contoneó hasta la ventanilla y se apoyó apenas. —¿Buscando a alguien, Papi? —Él preguntó en un tono entrecortado que haría que a cualquier hombre –homosexual o heterosexual– se le pusieran los pelos de punta. —Estoy bastante seguro de que lo encontré —dijo Sal, manteniendo su rostro en la sombra. El chico puso sus antebrazos en la puerta y apoyó la barbilla sobre ellos para mostrar una cara suave y sin manchas, dominada por una gran línea de kohl revistiendo sus ojos de color zafiro. Mi Dios, el niño tiene la cara de un ángel. —¿Es usted vicioso? Él ha estado haciendo esto un tiempo . mentalmente para verificar los registros de arresto. Sal tomó nota

—No —él añadió con una sonrisa torcida para dar su negativa un poco de peso. Él no era más mentiroso del mundo. Técnicamente, él no estaba mintiendo—. ¿Qué tienes para mí, mi amor? El niño movió el trasero y le dio un perezoso vistazo. —Lo que quieras, siempre y cuando esté envuelto en caucho. —Su sonrisa se ensanchó—. Quinientos dólares y soy tuyo toda la noche. La carcajada que brotó de la garganta de Sal no era fingida. El querido pequeño sin duda tenía un par. La tarifa era de treinta para chupar y cincuenta para follar, el doble para un niño y no más de tres veces para un chico guapo. Sal pasó su dedo por la suave barbilla del chico y vio esas largas y oscuras pestañas sobre sus mejillas perfectas. La luz plateada reveló algo que él había pasado por alto, apenas un moretón en el pómulo izquierdo camuflado por restos de maquillaje. Cómo dos personas de la misma familia podrían tomar opciones tan distintas no lo podía entender. Jess era inteligente, ambicioso,
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obligado a tener éxito. Su hermano, al parecer, tenía un deseo de morir. ¿Qué llevó a un niño como éste a ponerse en peligro? No drogas, él tenía los ojos limpios y la cara fresca. Jess no había dicho, y Sal no había preguntado. Él esbozó una sonrisa forzada. —¿Cuál es tu nombre, dulzura? —Teddy. —Teddy, no Ted. Sin embargo, lo suficientemente cerca de su verdadero nombre para que llegar hasta él fuera mucho más fácil. Pero si el chico no tenía un proxeneta enseñándole las reglas, ¿quién, además de los trucos, estaba protegiendo su culo? Sal vaciló. Él esperaba que Teddy pensara que estaba considerando la oferta. Nada de lo que ellos habían hecho hasta ahora podría volverse en su contra. Él se deslizó en su asiento e invitó a Teddy a subir al coche, estaba seguro al 99 por ciento de que el muchacho había mordido el anzuelo. Había una pequeña posibilidad de que ellos lo perdieran. ¿Valía la pena el riesgo? La tentación de echar un vistazo a su amante, sentado en el asiento delantero, contando con él, era difícil de resistir. No, Jess estaba en lo cierto. Si Teddy veía a su hermano y se iba, ellos nunca iban a encontrarlo otra vez. El sudor brotaba de sus axilas, Sal se recostó en el asiento y presentó su entrepierna. —Bueno, Teddy, dulce como tú eres, quinientos dólares es una cantidad importante para desprenderse. ¿Crees qué puedes convencerme? Teddy rió. Él deslizó su mano por el pecho de Sal y la arrastró dentro de su camiseta hasta un dedo rozó el anillo perforando su pezón. —Dulce. —Él jugó con el anillo un segundo, luego dio un tirón, lo suficiente duro para conseguir un gruñido de la garganta de Sal—. Me encantan las sorpresas. —Él liberó su mano y jugueteó por el torso de Sal—. ¿Tienes uno que coincida aquí abajo?
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¡Oh Dios! El pánico atravesó a Sal. Él luchó contra el impulso de temblar y cogió fuertemente el brazo de Teddy antes de que la mano del niño se cerrara alrededor de su pene por debajo de los pantalones de lino. Teddy levantó la mirada, su sonrisa de repente insegura. —Vas a hacerme trabajar por ello, ¿verdad? Sal aprovechó el momento para cerrar las esposas en su muñeca. Teddy trató de quitárselas, pero los puños, unidos al bastidor debajo del asiento, le dejaron a quince centímetros de la entrepierna de Sal. Sus ojos se abrieron. El terror reemplazó a su inocencia anterior. —¿Qué carajo? Antes de que el chico pudiera reunir el aliento para gritar, Sal le agarró por la culera de sus pantalones vaqueros muy gastados y tiró de él dando patadas y balanceándose a través de la ventana y lo metió en el coche. —¡Vamos, Jess! El muchacho era un peso ligero, pero sus brazos y piernas eran más fuertes de lo que parecían. Sus miembros se agitaban dando golpes indiscriminadamente. El coche se sacudió. Sal perdió su sujección. Lo último que necesitaba era que una de esas patadas golpeara la cabeza de Jess. —Vamos, hijo, cálmate. Vamos, no te vamos a hacer daño. —Ted, cálmate. —La voz de Jess, de tono alto y con tensión, resaltó a través del escándalo—. Ted, soy yo. Soy Jess. Sal, no puedo conducir así. —Él se las arregló para mantener una mano en el volante y acariciarlo suavemente.
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Sal tomó uno de los brazos de Teddy y trató de ponerlo en el asiento. Jess debía de haber utilizado el interruptor principal para cerrar la ventana, porque cuando Teddy dejó escapar un grito de terror, el sonido llenó el coche, hiriendo el tímpano de Sal. —Ted, ¡para! Soy yo, Jess. ¡Para! Sal no pudo adivinar cómo el chico le oyó por encima del ruido y del pánico. Todo se detuvo. Todo. Él juraría que Teddy ni siquiera respiraba. —Quédate tranquilo. —Jess bajó su voz, calmando al niño con dulce autoridad—. Nos guste o no, nosotros te vamos a sacar de aquí. —Él nunca apartó sus ojos de la carretera—. Maldita sea, Ted. ¿En qué piensas? ¿Cuánto tiempo has estado trabajando en las calles? —¿Jess? —Chilló Teddy. Él respiró otra vez, pero se quedó congelado en su sitio. Sal intentó quitar la rodilla del chico de su entrepierna y terminó esquivando un puño. Fue un golpe poco entusiasta en el mejor de los casos. El chico estaba demasiado confundido. Una mirada a su rostro mostró a Sal un niño asustado. —¿Jess? —Sí, chico. —Había ternura en la voz de Jess. —¿Qué ...? ¿Por qué...? Déjame ir. —Teddy comenzó a temblar. —Yo no te dejaré ir para que vuelvas de nuevo a las calles, Ted. Todo el color desapareció de su cara, Teddy miró por la ventana trasera con los ojos vacíos. —No me hagas esto, Jess. Él me va a matar. Sal tuvo que preguntarse quién era él.

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—No te voy a llevar a casa. ¡Jesús! El chico tiene miedo de ir a casa. No era sorprendente para un chico testarudo a punto de enfrentarse con algunas consecuencias graves, pero el nivel de su temor parecía fuera de proporción. Sal sabía que la madre de Jess había muerto cuando él tenía diez años y que había vivido con su padre y su hermano en Fresno hasta que se fue a la escuela en San Francisco hace tres años. ¿Teddy tenía tanto miedo de su padre? Sal echó un vistazo a la parte posterior de la cabeza de Jess. Nunca le había dado alguna razón para creer que había vivido con el abuso. ¡Espera un minuto! Si no lo llevaban a casa, ¿a dónde lo llevaban? —¿Dónde me llevas? —Teddy temblaba, sin saber qué pensar. Los músculos tensos bajo los dedos de Sal se relajaron un poco. Buena pregunta, pensó, liberando de su apretón el brazo del muchacho. Cuando Jess se le acercó y le dijo que su hermano menor se había escapado, no dudó en ofrecer su ayuda para encontrarlo. Encontrarlo y devolverlo a Fresno, donde su padre se haría cargo del problema. ¿O solamente había asumido lo último? —No lo he decidido todavía. A nuestro hotel por ahora. —No puedes dejar que él me encuentre. —No creo que él te esté buscando, Ted. —Las palabras salieron en un susurro tierno, como si Jess transmitiese malas noticias. Un profundo suspiro salió de los labios de Teddy. Él sorbió un sollozo. —Tal vez él te está dejando hacer el trabajo duro, pero él está buscándome. Eso es invariable. —Inevitable —Sal corrigió automáticamente. —Vete a la mierda.
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Muy bien, eso haría. Sal cansado de que el chico estuviera encima de él. —Siéntate, muchacho. Teddy se volvió hacia él, mirando. —¿Quién coño eres tú? —Pero él se volvió lentamente, moviéndose tan lejos como le permitía la muñeca esposada, y se dejó caer pesadamente sobre la tapicería de cuero en el lado opuesto del vehículo. —Sal es mi amigo, Ted. Amigo. Muy bien. Sal entendió que no quería abrumar al niño, aunque por toda la atención que Teddy prestó a la presentación, Jess podría haberlo llamado Señor y Maestro y habría conseguido la misma reacción. Teddy echó atrás la cabeza y se quedó mirando el techo corredizo. —Esto va a ser malo —dijo en voz tan baja que Sal, sentado junto a él, tuvo que leer sus labios. ¿Cómo de malo? Daría cualquier cosa para tener una idea de lo que había en la cabeza de Jess ahora mismo. La tensión en los hombros más o menos reflejaba el sentimiento de Teddy. Sal no tenía hermanos, pero él tenía imaginación y un montón de experiencia dando malas noticias a las familias de niños con problemas. Nadie lo tomaba bien. Algunos peor que otros. Otra entrada a la autopista se deslizó por la izquierda. Habían pasado diez manzanas en la dirección equivocada. Él se deslizó por el interior del coche hasta detrás del asiento del lado del conductor para hablar más cerca de la oreja de Jess. —Relájate, cariño. ¿Te has perdido? Al sonido de su voz, todo el cuerpo de Jess se sacudió. Él buscaba en el camino delante de ellos con una expresión de desconcierto. —Sí, supongo que estoy perdido.
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—Gira a la izquierda en el semáforo. Conduce bajo la autopista y gira otra vez a la izquierda en el segundo semáforo. Encontrarás una entrada un par de cuadras hacia arriba. —Llegó hasta el respaldo del asiento para masajear los músculos en los hombros de su amante y el cuello y jugar con su espeso pelo rubio bajo sus dedos. Él esperaba que fuera relajante para los dos. Jess necesitaba su apoyo un rato más—. El motel está a unos quince minutos. ¿Quieres que conduzca yo? —No. Puedo manejar esto. —Visiblemente más tranquilo, Jess siguió sus indicaciones y, a los pocos minutos, entró con suavidad en la autopista. El tráfico en la 101 nunca era fácil incluso a esa hora de la noche, pero condujo sin disminuir la velocidad. Sal se apoyó en el asiento y miró hacia atrás para controlar al chico. Teddy estaba tenso como un resorte. Apretó la mandíbula hasta que los músculos se contrajeron, miró la mano de Sal en la parte posterior del cuello de Jess. Cada pocos segundos, se crispaba levemente, un tic nervioso. El primer par de tirones le habían convencido de que no iba a liberarse. —Deja de hacer eso. Te has hecho daño. —La cadena estaba apretada alrededor de su muñeca, y la luz que venía del techo corredizo le permitió a Sal ver para ver el daño producido—. Déjame aflojarlo. —Tomó el brazo del niño. —No me toques. —Teddy arrancó la mano. Las esposas lo empujaron violentamente. Él jadeó, como un gemido, y sus ojos se llenaron de lágrimas por el dolor. Sal levantó sus manos en el aire. —Está bien, mirar, no tocar. ¿Te puedes relajar un poco? —Vete a la mierda. —El chico vibraba con tensión. Él puso sus pies sobre el asiento de cuero y enterró su rostro entre las rodillas.
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—Ted, por favor. —Las manos de Jess apretaron el volante. La agitación de su hermano era contagiosa. —Olvídalo, Jess —dijo Sal—. Solo conduce. Él no puede herir mis sentimientos. —Lo último que necesitaba Jess era algo más de qué preocuparse—. Nuestra salida es la próxima. Ahí está el motel. —Vamos. Él no quiere decir nada. —Lo sé. No te preocupes por mí. Preocúpate sobre cómo vamos a llevarlo a la habitación.

Se detuvo en el motel unos pocos minutos más tarde y aparcó la limusina debajo de la ventana de su habitación del segundo piso. Decidió dejar la limusina sin vigilancia en el barrio. Sin embargo, no tenía la intención de que Jess tratara de manipular el niño solo para ahorrar unos cuantos dólares por la devolución del vehículo a tiempo. Sólo tenían que esperar que estuviera aquí en una sola pieza por la mañana. Antes de que salieran del coche, Sal rompió el otro extremo de las restricciones de su propia muñeca. El hematoma debajo del metal en el brazo de Teddy le preocupaba, pero que tendría que hacer palanca con la mano del chico para solucionarlo. Una vez en la habitación, él tendría que luchar con Jess para conseguir quitárselo. Jess empezó a subir las escaleras, y para alivio de Sal, Teddy siguió a su hermano.
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El lugar era desagradable pero lo suficientemente limpio, y con un precio justo después de lo que les costó la limusina. Por lo menos ellos no alquilaban por horas. Sal no lo había elegido para la atmósfera. Las habitaciones se abrían hacia el interior en una sala central, que ofrecía una ilusión de seguridad. Sólo una ilusión, claro, pero la sala también les daba la privacidad desde la calle. Jess encendió la luz y abrió la puerta, mientras que Sal guiaba a Teddy dentro de la habitación y esperaba a que la puerta se cerrara firmemente detrás de ellos. El lugar olía a tabaco y lejía. En el momento en el que la cadena se desprendió de la muñeca de Sal, Teddy se escabulló hacia el otro lado de la habitación, con la cadena colgando de su muñeca, y se dejó caer en la única silla. Con un gruñido, volvió la silla y de espaldas a la habitación miró por la ventana a través de una rendija de las feas cortinas de color naranja y marrón a cuadros. Excepto que él no estaba mirando por la ventana. Contempló fijamente al reflejo de Sal en el vaso, observándolo con recelo. Sal se enfrentaba a este tipo de hostilidad casi todos los días. No podía decir por qué se encontraba a este chico tan desconcertante. Jess vino desde atrás con la mano extendida. —Es mejor que te quite eso. Él no discutió el tema. Sal le entregó la llave y se hizo a un lado, aliviado por evitar tocar al chico otra vez. No se sentía mejor al verlo coger la mano de su hermano y enterrarla en su regazo. El dolor en la cara de Jess hizo que Sal quisiera cruzar la habitación y tomarlo en sus brazos, pero se contuvo, sabiendo que ninguno de los hermanos agradecería su intervención. Jess dejó caer la llave en la palma de la mano de Teddy y retrocedió. Sin una palabra de agradecimiento o un vistazo a Jess, el chico se quitó las esposas y devolvió la llave a la mano de Jess.
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—Él dijo que tú saltaste por la ventana —dijo Jess en voz baja. —¿Yo? —Los ojos de Teddy se mantuvieron fijos en el reflejo de Sal. —Dime lo que pasó. Finalmente, el chico apartó la mirada de Sal y miró a su hermano. —Tú me dejaste. La boca de Jess se movió, pero no salió ningún sonido al principio. Se dejó caer de cuclillas junto a la silla de Teddy. —¿Es eso lo que te dijo? El cambio de Teddy tardó en llegar y doloroso de ver. Se derritió y se alejó. Sal atrapó sus ojos en el espejo y se sintió como la peor clase de intruso. —Sal... —Una mirada suplicante en los ojos de su amante fue todo el incentivo que Sal necesitaba. —Si ustedes dos no me necesitan, creo que voy a tomar una ducha. —Él agarró su bolsa del suelo al lado de la cama y se escapó al cuarto de baño.

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CAPÍTULO 2

Una brisa fresca recibió a Sal cuando él salió de la ducha a tiempo de ver a Jess tirar su bolsa bajo el mueble próximo a él y reclinándose, empujar la puerta con su hombro. Él se quedó allí, mirando silenciosamente a Sal envolviendo la toalla alrededor de su cintura. Líneas de preocupación arrugaron su frente. —Si tú no confías en él —, dijo Sal, mirando las bolsas de deporte—. Tal vez no deberías dejarlo solo. —Preocupaciones aparte, el peor de los temores de Jess había desaparecido. Sal sospechaba que la conversación había sido más suave una vez que había salido de la habitación. Bueno, a menos que Jess hiciera promesas que Sal no estuviera dispuesto a mantener—. Yo no te voy a llevar a casa —, repitió en su mente, poniéndose un poco intranquilo. Él puso el tapón en el lavabo y dejó correr el agua caliente mientras frotaba una toalla por su pelo. —Yo lo he atado a la silla. Sal estudió por un momento la sonrisa irónica de Jess, no estaba dispuesto a descartar la posibilidad de que en realidad había atado al niño a la silla, porque la misma idea había cruzado por su cabeza más de una vez en el último par de horas mientras que visiones de tiempo en la cárcel bailaban en su cabeza. Después de ver a Jess tan desgarrado por el chico, el hecho de que pudiera bromear acerca de la situación hizo mucho para aliviar la mente de Sal. Algo debe de haber salido bien por ahí. —Bien pensado. La cara de Jess se iluminó. Él se rio y señaló a los bultos en el suelo. —No, yo cogí su ropa.

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Sal soltó el aliento que había estado manteniendo y forzó una sonrisa. —Yo no oí ningún grito. ¿Debemos coger la ropa de cama? —Tú no conoces a mi hermano. Él se ducha con su ropa interior. Sal se abstuvo de mencionar que Teddy se bajaba los pantalones voluntariamente y por un precio. En cualquier caso, el niño tenía que saber que no llegaría muy lejos sin zapatos, sin dinero, y envuelto en una sábana. Ahora, él se quedaría allí hasta que ellos descubrieran qué hacer con él, y, posiblemente, el tiempo suficiente para acostumbrarse al hecho de que el policía feroz estaba atornillado a su hermano. Mientras tanto, Jess y él estaban destinados a reunirse en espacios pequeños y cerrados. Cogió el frasco de gel de afeitar y frotó el espejo humeante con una toalla fresca de la pila. —Será mejor deshacerse del disfraz del hombre lobo. Tal vez él dejará de mirarme como si yo estuviera a punto de sacar los colmillos y despedazarlo. —Tiene miedo, Sal. —No es broma. —Sal necesitaba entender por qué. ¿Qué tan grave era esto? ¿Y por qué él no sabía nada acerca de la situación tras un año de compartir la cama y su vida con este hombre? Habían estado viviendo en la misma casa durante seis meses, y Sal ahora se dio cuenta de que había compartido solamente unos pocos detalles del pasado de Jess. Cerró el grifo del agua y miró hacia arriba para ver el reflejo de Jess en el interruptor de la luz—. Ya he probado el ventilador. No funciona. ¿Él habló contigo? —Un poco. No ha comido en todo el día. Yo le ofrecí las sobras de la comida que había en el frigorífico. —¿Mi Lo Mein? Eso era para el desayuno. —Una oleada de fastidio hizo dudar a Sal de que sonara como una broma. Olvida los fideos. El chico formaba parte de sus vida desde hacía menos de tres

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horas, y por mucho que él tratara de dar Jess el beneficio de la duda, en su interior Sal esperaba lo que iba a ocurrir—. Jess. —¿Podemos olvidarle por unos minutos? Él se ha enterrado bajo las mantas. Es probable que no sepamos de él hasta la hora de salida. —Jess dio un paso más allá dentro de la habitación—. Aquí, déjame hacer eso. —Se quitó la camiseta por encima de su cabeza, tomó la lata de la mano de Sal, y volvió a colocarla en la repisa. Presionó su pecho desnudo a la espalda húmeda de Sal, lo rodeó y rebuscó en su kit de afeitado hasta que encontró la botella de aceite de afeitado—. ¿Cuántas veces he dicho que obtendrás un afeitado más apurado si la hidratas? —Lo dice el de pelo rubio al semental italiano que se ha afeitado desde que tenía doce años. —No es justo. Si tuviera que elegir una cosa que amar más del cuerpo de Jess, eso sería la forma en que su pecho liso y musculoso se desliza sobre su piel cuando hacían el amor, puramente erótico. Como siempre, la calidez de su amante presionándole lo llevó a creer que todo estaba bien en el mundo. —¿Doce? —Sus ojos se encontraron en el espejo, y toda la tensión desapareció del rostro de Jess. Él sonrió, chupando Sal en profundidad. —Bueno, catorce años. —Sal no era probable que se olvidara del niño durmiendo, con suerte, a menos de diez metros de distancia, al otro lado del espejo, ni la promesa de “no te voy a llevar a casa”. A juzgar por el temblor de su mano, Jess no lo estaba olvidando tampoco, pero unos pocos minutos de uno en los brazos del otro podrían recordarles a los dos lo que tenían que perder. —Sí, claro. —Está bien, catorce años y medio. Jess era cinco años más joven, pero dos centímetros más alto que Sal, y la curva de su hombro encajaba perfectamente en la nuca
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de Sal, dándole un buen lugar para anidar cómodamente mientras Jess aplicaba el aceite con aroma de nuez en su barba. Un dedo con un poco de aceite rozó sus labios, dando a su polla una sacudida. Un segundo más tarde, la sensación se repitió. Sal gimió. El primero podría no haber sido intencionado, pero... Sal atrapó la sonrisa juguetona de Jess en el espejo. —Estás tratando de ablandarme. —¿Está funcionando? —Jess sonrió y, girando sus caderas, extendió una mano cálida y húmeda sobre la tela áspera que cubría la entrepierna de Sal—. Si te quedas muy tranquilo, estoy dispuesto a probar como endurecerte arriba. La ronca invitación puso a temblar directamente las bolas de Sal. Santos en el cielo, su mano se sentía bien. Esta sería la primera noche desde que ellos vivían juntos que él tenía que intentar conciliar el sueño sin Jess envuelto en sus brazos. Todavía estaban en el modo de luna de miel, y Sal no tenía ganas de pasar una noche con una furiosa erección. Algo chocó contra la pared en la otra habitación. Jess hizo un gesto con la mano libre como si lo hubieran cogido por sorpresa, y se quedó inmóvil, escuchando. Después de unos segundos de silencio, se echó a reír. —Esto en cuanto a esa idea. —Menos mal. —Sal se encogió de hombros—. ¿Cuándo soy silencioso? —Él nunca esperó que sus burlas fueran a algún sitio. De hecho, probablemente debería dormir en la silla para asegurarse de que el chico se quedaba donde estaba—. Tenerlo ahí me pone nervioso de todos modos. La atención de Jess volvió a la cara de Sal. Se roció un poco de gel en las manos mojadas y las frotó hasta que consiguió espuma, luego levantó la barbilla de Sal y extendió suavemente la espuma cremosa por encima de su cuello con movimientos sensuales. —Er, Jess, tú no estás planeando…

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—¿Qué? ¿No confías en mí? Mira. —Él le tendió la mano, firme como una roca. Sal no era el único afectado por su tacto. Jess, sin embargo, por lo general tenía menos necesidad—. Tú sabes lo mucho que odio la barba de tres días. Si me dejas que te afeite, no tendré ningún derecho a quejarme. —La barba de tres días no es probable que sea un problema esta noche —le recordó Sal. En el aspecto físico, la semejanza de los hermanos era superficial. Jess llevaba el pelo un poco largo y decolorado por el sol. Se rizaba alrededor de su cara con el vapor del cuarto de baño, dándole algo de esa mirada angelical, pero la cara de Jess era demasiado masculina para ser llamada angelical, tenía encantadores ángulos en todos los lugares correctos. Y su toque cálido era puro cielo. —Esto es bueno. —¿Te gusta? —Preguntó Jess, como si la tienda de campaña en la toalla no lo traicionara. Terminó un lado y, con un dedo en la nariz de Sal, volvió su cabeza para que la piel sensible se apoyara en su cuello. Sin apartar la mirada del espejo, Jess levantó la barbilla de Sal y trabajó expertamente con la maquinilla de afeitar con rápidos, cortos y ásperos movimientos. Se agachó para enjuagar la cuchilla—. Sal —dijo en voz baja— no puedo llevarlo a casa... todavía no. Bomba. Curioso, pero escuchar las temidas palabras no afectó Sal de la manera que él esperaba. No había asimilado la información aún, pero no era tan tonto como para creer que Jess no lo había hecho. Las palabras sonaban ciertas, a pesar de lo poco que Sal sabía, o sospechaba. No tenía ni idea de qué hacer con el niño, pero el camino a seguir no era devolviéndolo a la situación que le había llevado a la calle. Y no hacía falta ser un genio para ver que Jess no estaba dispuesto a permitir que eso sucediera. De cualquier manera que él mirara esto, ellos tendrían una pelea en sus manos.
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Muy bien, la luna de miel ha terminado. Para bien o para mal, ¿verdad? Ámame, ¿ama a mi jodida familia? La verdad, esto era un poco más de lo que había negociado, pero para ser honesto, él aún tenía que decirle a Jess por qué había pasado la mayor parte de su adolescencia viviendo con sus abuelos o que su madre rezaba todas las novenas del mundo por la salvación de sus almas. Él no quería que estas cosas influyeran en la relación entre sus padres y su pareja, así tal vez él lo haría entender. Más revelador, después de sortear la bomba, su polla todavía necesitaba una distracción. —Déjame preguntarte algo. —Espera mientras termino con tu hoyuelo. —Jess raspó la barbilla Sal, y luego limpió a su alrededor. Frunció los labios fruncidos en lo que sólo se podría llamar una mueca, se hizo a un lado para dejar a Sal terminar y se sentó en la mesa, de espaldas al espejo. —Dispara. —De la forma que hizo el gesto, Sal tuvo la impresión de que él no esperaba nada menos. —¿Tenías miedo de él? Yo lo supongo por como es Teddy. Jess echó atrás la cabeza contra el cristal y se quedó mirando el techo. Sal le dio un minuto y se volvió hacia el fregadero para que el agua corriera mientras enjuagaba el residuo de jabón de la cara. Cuando Jess por fin habló, Sal tuvo que cerrar el agua para escuchar. —Miedo por Ted —dijo—. Él acababa de cumplir seis años cuando el viejo decidió que el tiempo había llegado para él deshacerse de la cosas de chicas. El chico no pesaría más de veintitrés kilos la primera vez. El lavabo goteaba, Sal se adelantó a Jess para agarrar una toalla limpia del estante. Jess miró hacia abajo. Sus ojos se encontraron, y Sal se sorprendió al ver que las lágrimas se formaban antes de que Jess parpadeara. —Sal, mi hermanito es... bueno... diferente.
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Diferente, seguro, como si Sal no hubiera notado la tendencia del niño a susurrar bajo presión. —Tú probablemente no me dirás nada que él no quiera que yo sepa, Jess. Él ya me odia. —Él no te odia. Se necesitaría mucho más que eso para convencer a Sal. —¿Y tú? —Yo no te odio tampoco. —Se rió entre dientes Jess—. ¿Estás preguntando si él me trató igual? Nunca. Yo era el chico de oro. Ted era como se suponía que era. —Hasta que tú le dijiste que eras gay también. —Ahora, había un hombre con un problema, dependiendo de un hijo gay para enseñar al otro a no ser tan... gay. Sal casi podría compadecerse de él. —Yo nunca se lo dije, y no tengo ninguna intención de decírselo. Si Ted se ha ido, yo no tengo ninguna razón para hablar con él. Sal ocultó su expresión de sorpresa detrás de la toalla mientras se secaba la cara. ¿Cómo se suponía que iba a reaccionar a esta noticia? Jess no hacía alarde de su orientación, pero nunca había tratado de ocultarla. Sal siempre sospechó que la ruptura de la familia provenía de su salida del armario, pero la frialdad en las palabras de Jess hablaba de algo mucho, mucho más profundo. Jess no era una persona fría. ¿Qué clase de hombre era su padre? Sin saber qué decir, optó por no decir nada. Terminó de secar su rostro y se pasó la mano por sus mejillas. Sorprendido, se miró en el espejo. —Buen trabajo, amor. Ni siquiera una sombra. Jess le dio una sonrisa irónica. Él tejió sus dedos en el cabello húmedo de Sal y tiró de él hasta que sus mejillas se tocaron. Mordisqueando su oreja, le susurró—: No cambies el tema —y rodeó con sus piernas cubiertas de mezclilla la cintura de Sal. Él lo abrazó completamente, y entonces se retiró unos centímetros, lo suficiente
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como para mirarlo a los ojos—. No estoy en el armario, Sal. Cuando Ted sea lo suficientemente grande como para defenderse a sí mismo, si quiere tirar mi homosexualidad en el rostro del viejo, es bienvenido. Esta vez Sal no trató de ocultar su preocupación. No podía pretender entender. La posibilidad de que no le importara lo que sus padres pensaran estaba más allá de su comprensión. —Así que, ¿por qué te echó? —Yo traté de entregarlo a la policía. Las cejas de Sal cejas se elevaron y Jess subió otro escalón en su valoración. De ninguna manera había sido fácil. —¿Y? Jess hizo el abrazo más ceñido y volvió su mirada hacia el techo. —Él había puesto a Ted en el hospital por tercera vez. La policía sospechaba de todos modos. Cuando me interrogaron, les dije que no era un accidente, pero yo no estaba allí cuando sucedió, y tanto papá como Ted me llamaron mentiroso. Él me echó ese mismo día. Aquí estaba el dolor que compensaba su frialdad anterior. Sal puso una mano sobre el corazón de Jess, intentando calmarlo. Jess cubrió la mano de Sal con la suya propia. —Después de todo este tiempo, acabo de descubrir que él permitió a Ted creer que yo había salido corriendo de él. Ted nunca me lo dijo. Insistió en las cosas estaban bien, que la perspectiva de la cárcel había asustado al viejo. Yo lo vi un par de veces el año pasado cuando llegó a la ciudad para una reunión. Él parecía estar bien, feliz incluso. —¿Un encuentro deportivo? —Una carrera. Ah, de modo que ese era el interés de Jess en las carreras de la escuela secundaria. Por supuesto que el chico era un corredor. Tenía
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las piernas de un corredor. —Tú no me dijiste que ibas a ver correr a tu hermano. —Él no apareció en la lista esta primavera. Por eso lo llamé. Él es demasiado bueno para no clasificarse. —¿Dijo Teddy por qué? Tal se hiriera. ¿Realmente saltó por una ventana? Jess sacudió la cabeza. —Él no me lo va a decir. Cuando yo llamé, el viejo dijo que él dio un salto y salió corriendo. Francamente, creo que lo empujó, pero Ted no dice nada. El silencio no le daría al muchacho lo que él necesitaba. — Tenemos un problema, Jess. —En realidad, muchos más que un problema, pero Sal solamente mencionó uno—. Yo soy un policía. Yo ya puse mi insignia en el límite esta noche. Vamos a estar bien si Teddy no presenta una queja. Pero tener un chico como él en mi casa será mucho más difícil de explicar. —¿Un chico como qué? Oh, Dios, malas elecciones de palabras, Sal . —Lo siento, no lo quise decir de la forma en que sonaba. Un fugitivo, para empezar. —¿Es un fugitivo si el viejo no ha reportado su desaparición? Dudo que lo haya hecho. ¿Puedes averiguarlo? ¿Qué era lo que Jess esperaba? —Por supuesto. Probablemente. Lo intentaré, pero no habrá mucha diferencia. La ley lo enviara a casa a menos que alguien denuncie el abuso. —No va a hacer eso. —Él desvió la mirada hacia el espejo, mirando más allá de su reflejo, como si tratara de ver más lejos de la habitación—. Hay una cosa de amor-odio entre los dos que yo nunca voy a entender. Ted es demasiado parecido a mamá. — Se enderezó con un suspiro, dando Sal una mejor visión de su rostro, ya no
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preocupado, pero sí decidido—. Mira, él tiene quince años. ¿No puede un niño de su edad decidir dónde quiere vivir? —Él lo puede pedir a la corte, pero ¿dónde iría? Ellos no lo dejaran solo por su cuenta. Sin sorpresa, la determinación de Jess se endureció. Sus ojos se estrecharon. —Yo no estaba sugiriendo que vaya por su cuenta. Un nudo se formó en la boca del estómago de Sal. —Jess, tienes que entender, un policía, un policía gay, viviendo con un hermoso muchacho que él sacó de las calles... Hay gente por ahí que podría utilizar eso en mi contra. —Demasiadas personas. La mirada de Jess se desvió hacia un lado. —Sal, Yo soy todo lo que tiene. — Entonces, sus piernas perdieron su agarre sobre las caderas de Sal, y se puso rígido al empujarse a sí mismo en el mostrador—. Escucha, este no es tu problema. Nunca debí haberte arrastrado a él. Sal no iba a permitirle alejarlo. Él lo agarró por ambos lados de la cabeza y le exigió su atención. —¿Cómo que no es este mi problema, Jess? —Él tomó su boca en un tierno beso y le susurró contra sus labios—. Te amo. Me encanta la vida que tenemos juntos. Tus problemas son mis problemas. El beso que Jess devolvió fue igualmente suave, vacilante. Sal forzó el beso, deslizando la lengua entre los labios y sobre la brillante superficie de sus dientes hasta que se abrió para él. Él se adentró, ofreciéndose en el beso, dando todo lo que tenía, dejándole hacer hasta que Jess recordara lo que eran el uno para el otro y le devolviera lo mismo. Por un momento, se olvidaron de donde estaban. El beso fue incrementándose hasta que ellos estuvieron ansiosos y gimiendo, buscando a tientas más. Jess fue el primero en alejarse con una sonrisa sin aliento.

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—Escucha, un niño puede pasar un tiempo con su hermano mayor durante las vacaciones de verano —dijo Sal, intentando dejar de pensar en esto ahora—. Vamos a llevarlo a casa por unos días, mientras me entero de la cantidad de problemas en los que él está metido. Mientras tanto, vamos a buscar opciones. Ya se nos ocurrirá algo, pero lo haremos juntos.

Cuando salieron del cuarto de baño, Sal estuvo a punto de tropezar con Teddy. Él estaba sentado apoyado en la pared envuelto en una manta y profundamente dormido. El desayuno de Sal, incluidos los palillos, se había derramado de la caja de cartón al suelo, junto a él. —Mierda —susurró Jess—. ¿Cuánto tiempo crees que ha estado aquí? Sal recordó el golpe. —Lo suficiente. Yo lo llevaré a la cama. —No. Mejor despertarlo. Recuerda que no le gusta que lo toquen. No se sabe cómo va a reaccionar si se despierta mientras lo estás llevando. ¿Y cómo se las arregla para olvidar? No por primera vez, Sal se preguntó cómo era de real la aversión, teniendo en cuenta la ocupación elegida por Teddy, pero el recuerdo de los gritos en el coche no lo había dejado. De acuerdo, no tocar. Jess se agachó junto al niño dormido. —Ted, despierta.

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En un instante, los ojos de Teddy se abrieron desmesuradamente. Se movió rápidamente lejos del sonido y estuvo a punto de romperse la cabeza con la esquina del somier de la cama. Agarrando la manta, se puso en pie, tambaleándose, desorientado. Su mirada de pánico volaba por la habitación, deteniéndose finalmente en la señal de salida por encima de la cabeza de Sal. Sus ojos se aclararon. Bajó la mirada y quedó sin aliento cuando sus ojos se posaron en Sal. Con la cara roja, cayó a una silla en la esquina de su cama y se alejó. ¿Por qué la reacción del chico hizo que Sal se sintiera mal? Por lo menos él no era muy evidente. Sal volvió a entrar en el cuarto de baño para encontrar algo más que una toalla para usar. —¿Estás bien? —Él escuchó a Jess preguntar—. Vuelve a la cama, Ted. Cuando salió Sal, Teddy estaba sentado de espaldas a la cabecera de la cama y la cobija hasta la barbilla. Aún así evitó mirar a Sal. Haciendo caso omiso de él, Sal se inclinó para limpiar el desorden y se sorprendió cuando el chico dijo—: Lo siento, yo estaba justo… —Espionaje —Jess terminó por él. Lanzó su edredón en la otra cama king-size y se sentó frente a su hermano pequeño mientras hurgaba entre sus cosas—. Mereces un rapapolvo, ¿verdad? —Lo que sea. —Incluso sin levantar la vista, Sal reconoció fácilmente la burla en su voz—. No es asunto mío lo que haces con él cuando yo no estoy mirando. —Tienes razón en eso, Ted. Vete a dormir. Teddy se hundió en el colchón y se volvió de espaldas a ellos sin ni siquiera discutir.

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Sal raspó el último de los Lo Mein 1 rebuscando en la caja, el chico había hecho un buen trabajo dentro, y tiró el lío a la basura antes de caer en la cama detrás de Jess encima del espantoso edredón. Olvídate de dormir en la silla. Jess se acercó más, y Sal envolvió con sus brazos alrededor de él, en cuchara contra su espalda. El niño podría comenzar a acostumbrarse a esto ahora mismo. En unos momentos, se sintió flotando. —Jess. —La suave voz de Teddy lo despertó con una sacudida. —¿Sí? —¿Él va a dejar que me vaya a casa contigo? —Sí, chico. —Está bien. Sal esperó por más. Menos de un minuto pasó antes de que unos suaves ronquidos se oyeran desde la otra cama.

Lo mein es un plato chino basado en la técnica stir-fried de fideos de harina. A menudo contiene vegetales y algunas porciones de carne o marisco, generalmente ternera, pollo, cerdo, o gambas.
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CAPÍTULO 3

Sal miró el reloj en su camino de vuelta a su mesa. Dos y diez y él todavía tenía que transcribir la declaración de la víctima y presentar el informe de la detención antes del final de su turno. Por mucho que odiara quedarse hasta tarde para el papeleo, hoy sería un placer. Güero Vegas se le había estado escapando de las manos durante tres años, nunca había sido atrapado en algo más que faltas menores. Alguien se olvidó de recordarle al niño que era su cumpleaños, su décimo octavo cumpleaños. Los chicos de la brigada de pandillas estarían comprando sus bebidas durante una semana. No había sido un mal día de trabajo. Cuarenta minutos más tarde, leyó y releyó lo que había escrito. Satisfecho, él firmó. Rogers estaba hablando por teléfono, utilizando la única computadora del departamento, así que él escribió en una nota adhesiva que necesitaba a Bess2 por 30 minutos y la puso sobre la mesa debajo de su nariz. El oficial mayor le enseñó cinco dedos dos veces. Bien. Él podría llenar diez minutos. Dejó caer el informe en la cesta del supervisor en su camino a los vestuarios. Después de depositar su arma en el armario de las armas de fuego, se cambió a su ropa de calle. Estaba a medio camino de la puerta con tiempo de sobra cuando alguien lo llamó. —Bataglia. —Slaughter, su compañero de entrenamiento, estaba situado en el extremo de la fila de armarios, apuntando en una tablilla en la pared—. La hoja de inscripción ha estado ahí una semana, y tu cuadro todavía está en blanco. No estarás pensando en abandonarnos este año para quedarte en casa y jugar al amo de casa, ¿verdad?

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Bess – Nombre del ordenador

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—Lo siento, yo estuve fuera la mayor parte de la semana pasada. —Debía haber pasado por delante una media docena de veces desde que volvió. Sal cogió la pluma que colgaba de la pinza y rellenó sus lugares habituales de los miércoles y jueves en el gimnasio. Él había estado enseñando boxeo para jóvenes adolescentes en el programa después de la escuela PAL 3 durante los últimos tres años y no estaba dispuesto a dejarlos sin necesidad. Además, le gustaba trabajar con los niños. Tenía que recordar que cuando eras el único en casa se convertía en un desafío. —¿Qué tal un poco de calentamiento? —No puedo hoy. —Sal giró rápidamente a la derecha de Slaughter uno-dos al estómago. Él soltó un gruñido. —Te estás poniendo acolchonado alrededor de la cintura —, el hombre mucho más bajo bromeó. Sal le mantuvo a raya con una mano en su frente. —Mañana. Al final del turno. El gimnasio. Vas a tragarte esas palabras para cenar. —Él abrió la puerta y, dando un a Slaughter un empujón juguetón, regresó a la sala de la brigada, donde Rogers estaba manteniendo su asiento caliente para él. —¿Cogiste a Güero otra vez? —Preguntó Rogers—. ¿Crees qué se puede hacer algo para encerrarlo esta vez? —Haré lo que pueda. —Sal sonrió—. Lo atrapé in fraganti arrebatándole el bolso a una viejecita en el parque. —Con veinte testigos de la detención, si el fiscal no podía hacer del robo y el asalto un caso esta vez, no sería por algo que Sal no hubiera hecho. Juzgado como adulto, el miembro de la banda podría estar fuera de las calles y dejar de molestar por cuatro o cinco años.
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After school program PAL (Police Athletic League): La Liga Atlética de la Policía comenzó cuando el comisionado de Policía Arthur

Woods y el capitán John Sweeney dieron luz a la idea de ayudar los policías a los niños de Nueva York de las comunidades más desfavorecidas.

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Rogers abandonó su silla, y, finalmente Sal se deslizó detrás de la mesa y tecleó su identificación para la vieja Bessie. Cuando apareció el menú, eligió las alertas en todo el estado e introdujo el nombre de Ted. La búsqueda duró medio minuto. No encontrado. Bueno, no hay noticias de personas desaparecidas o de órdenes de detención de que preocuparse por el momento. Jess sería feliz, y tendrían un poco de tiempo para explorar algunas opciones. Curioso, dio un paso más y ejecutó una búsqueda completa. Después de cinco minutos, él todavía no tenía nada, y nada no estaba bien. Si Jess tenía razón, Sal debería por lo menos ver algo que indicara que el menor había sido cuestionado en algún momento. Buscó el nombre de nuevo, esta vez con las iniciales, y una tercera vez con Teodoro. Una vez más, nada. Una mirada al reloj le dijo que Jess estaba en clase y no podría responder a su teléfono durante otra media hora. Demasiado tiempo para esperar, pero aun tenía un As más bajo la manga. Tomó el teléfono y marcó Fresno. —Oficial Arkadian, por favor. Soy Sal Bataglia, policía de San Francisco. —La oficial Arkadian es ahora la inspectora Sloan. Un momento. ¿Cuándo ocurrió eso? ¿Cuánto tiempo hacía que había hablado con su antigua compañera? La línea sonó dos veces, y la voz gutural de Gwen respondió: —Aquí Sloan. —¿Inspectora? ¿A quién has engañado? —Hijo de puta. ¿Qué pasa, Bataglia? —Sabes lo que pasa. ¿Por qué no me dijiste que te casabas? Y espera, ¿por qué no me invitaste a la boda?
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—Tuvimos una ceremonia tranquila, una especie de asunto de prisa, si sabes lo que quiero decir. —No puedes decirlo en serio. ¿Cuándo es el feliz acontecimiento? —Hace seis semanas. —Ella soltó una risita—. Una niña, gracias por preguntar. Tal vez si tú mantuvieras el contacto de vez en cuando, la vida no te daría tantas sorpresas. —Tienes razón. Yo no he llamado en más de un año. —Por supuesto, había estado un poco preocupado en el último año, pero esa noticia podía esperar—. ¿Qué puedo hacer por ti? —Dime qué necesitas primero. Lo añadiré a la factura. —Estoy buscando un MPR4 de un niño llamado Teddy Sullivan. —Edward. No hay informe. Sullivan sabe bien que no debe presentar uno en este departamento. Hemos estado en todos sitios buscando el cuerpo. Algunos de nosotros hemos estado esperando una excusa para salir por ahí desde que Ted desapareció. ¿Por qué? ¿Lo tienen? ¿Está bien? —¿Lo conoces? —¿Cuáles eran las probabilidades de eso? ¿Y cuánto tiempo iba a obtener antes de que ella se sintiera obligada a dejar que su padre supiera dónde estaba? Edward, no es de extrañar. Tecleó en la nueva búsqueda, mientras que ellos hablaban—. Él está bien. No tiene ningún problema. —No es por falta de intentos. —Un montón de gente de aquí estará encantada de saber eso. Él va a la escuela con el hijo de mi hermano. Allí estaba él. Sólo una mención de cinco llamadas nacionales, la última hacía tres años. No había más detalles. —¿Qué me puedes decir?
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Imagino que será algo parecido a un informe, a un historial en la policía o algo así, igual es M Police Report.

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—Él fue detenido por robar unos pocos días después de que la escuela terminó. No hay cargos. Nadie habría notado que se había ido si su entrenador no hubiera esperado que él se presentara al entrenamiento. Él corre, ya sabes. Estamos orgullosos del pequeño… eh... niño. —¿Estás hablando del mismo Teddy Sullivan que su hermano y yo recogimos en Los Ángeles el viernes? —Está con Jess, entonces. Bien. Ha tenido un momento difícil, pero si trae a casa el oro como él lo hace, y la gente está dispuesta a pasar por alto algunas pequeñas peculiaridades, como llevar ropa interior femenina de Victoria 's Secret. Yo nunca dije eso, por cierto. ¿Cómo es Jess? —Jess es maravilloso. —Ella no podía eludir su significado—. Estamos tratando de averiguar qué hacer con el niño. ¿Cuánto tiempo nos puedes dar? —Santa mierda, ¿cómo es que conoces a Jess Sullivan? Espera, no me lo digas. No me lo quiero imaginar. —Gwen nunca había aprobado su vida personal. Él había sido, así, menos que discreto al terminar el día—. Jess siempre fue un buen hermano. Mira, no voy a decir una palabra, pero Ted es nuestra mejor esperanza a los nacionales de la próxima semana. Si el entrenador empieza a hacer preguntas, su padre podría tener mayor interés en presentar un informe después de todo. Dicho esto, si tú puedes encontrar otro camino, Sal, no traigas al niño de vuelta aquí. Sullivan se ha estado comportando desde que Jess se fue, pero si Ted huyó, él tendría una buena razón.

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CAPÍTULO 4
Nos encontraremos en casa a las 5. Yo soy tu beb é esta noche. Whitney Houston. Demasiado fácil. Sal cerró su teléfono móvil con una sonrisa. Los pequeños mensajes de Jess calentaban su corazón, pero Dios lo ayudara si alguno de los compañeros de trabajo leyera uno alguna vez. Sin embargo, ni siquiera la perspectiva de que le tomaran el pelo toda la vida haría que Jess se detuviera. Las cinco significaba que uno de los abogados de Jess había llamado con un trabajo de última hora que fácilmente podría convertirse en las seis. Jess estaba en su último semestre en la SFU 5. Estudiaba Justicia Penal e Investigación Legal entre clases y la mayoría de los fines de semana. Un horario bastante cómodo en su mayor parte, pero a veces un caso lo mantenía trabajando hasta tarde. Está bien. Jess tenía planes. Un rápido vistazo al reloj de su teléfono dijo que tenía al menos una hora, tiempo suficiente para prepararse. Si su sonrisa fuese más amplia, su rostro se rompería. Esperando que el niño probablemente no hubiera comido durante todo el día, se detuvo en el restaurante tailandés de la esquina y compró suficiente pollo al jengibre para alimentar a un ejército, y luego caminó, envuelto en el aroma picante, la mitad de la manzana hasta su casa. La pequeña y atractiva Casa Victoriana había estado en su familia desde 1854, cuando su tatara-tatara-abuelo Frank Bataglia tomó parte del oro que había sacado del río Merced y construyó una
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SFU – La Universidad Simon Fraser -comúnmente conocida como SFU- es una universidad pública canadiense con su campus

principal en la Montaña Burnaby en Burnaby y campus satélites en Vancouver y Surrey.

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casa de muñecas para su nueva esposa. Su abuelo la había renovado y convertido en dos pisos en los años setenta. Sal alquiló la planta baja a una pareja de lesbianas de Iowa. Él y Jess tenían el piso de arriba, dos dormitorios y un baño con acceso a la azotea, donde Sal mantenía un jardín. Empujó la puerta de entrada exterior y giró la llave en la cerradura de su piso cuando notó que la puerta de las señoras estaba entornada. Deben de haber vuelto de su viaje, pero para asegurarse, llamó. — ¡Hola, Beth! —¡Sal! —Un segundo más tarde, Beth, vestida con pantalones de franela anchos y una camiseta sin mangas, salió al pasillo. Su metro cincuenta y siete siempre sobresaltaban a Sal. La parte superior de su cabeza no le llegaba a la barbilla, y como además pesaba cuarenta y cinco kilos, él se sorprendía por poder oírla. Ella le recordaba a un duende de madera de las historias de Gram 6—. No es el primero de mes7. —Muy graciosa. ¿Cómo les fue en Yosemite 8? —Lleno de gente. Incluso la parte alta es como una autopista en esta época del año. Pasamos la mayor parte de la semana en nuestra tienda de campaña. Para el próximo año estamos buscando un lugar del que nadie haya oído hablar jamás. —Pregunta a Jess. Él sacará sus mapas del Servicio Forestal y te mostrará los lugares donde no se ve un alma por días. —¿Quieres entrar? Yo estaba haciendo té.

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Historias de Gram – Historias que te cuenta tu abuela de cuando ella era una niña pequeña. Creo que se refiere al pago del alquiler mensual.

El Parque Nacional de Yosemite se ubica a aproximadamente 320 km al este de San Francisco, en el Estado de California,Estados Unidos.

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—No esta noche. Jess llegará pronto a casa, y tengo que subir la cena —dijo, levantando la bolsa y soltando una nueva ola de aroma de jengibre y soja. Su estómago gruñó en respuesta. —Bien, entonces. —Beth sonrió y comenzó a cerrar la puerta pero paró antes de cerrar y su estómago gruñía—. Ah, por cierto, me encontré con su huésped en la entrada del edificio hoy, cargada de paquetes y sonriendo como una niña que acaba de tener su primera tarjeta de crédito de oro. Ella tenía una llave, así que no le pregunté nada. Sal se rió entre dientes. Un punto para Ted. —Te refieres a Teddy, el hermano pequeño de Jess. Se queda con nosotros por un tiempo. —¿Hermano? Oh, Dios mío. ¿Qué le dije? —Ella parecía a punto de que la tragara la tierra—. Todo lo que él dijo fue hola. Yo hubiera jurado que era una niña. Me preguntaba lo que estabais pensando, dando a una jovencita como ella la llave de vuestro apartamento. Oh, Dios mío. No se lo digas. —No te sientas mal, Beth. Teddy es un maestro de la androginia. —Sal no podía decir que entendía de moda, pero a los chicos parecía que les gustaba, y el aspecto de Teddy le decía precisamente eso—. Probablemente hizo su día. Será mejor que suba al piso de arriba antes de que la comida empiece a gotear en el suelo. Bienvenida a casa. —Se volvió hacia la puerta de su apartamento y se detuvo. Ellos podrían hacer esto bien—. Oye, ¿por qué no suben Carmen y tú después de la cena mañana? Yo serviré el postre, y vosotras podréis conocerlo. —Eso suena bien. Gracias, Sal. —Hasta mañana, entonces. ¿Alrededor de las siete? Él abrió la puerta, y la voz suave de Teddy flotaba desde el hueco de la escalera hasta la parte delantera de la casa.
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—¿Deberíamos castrarlos 9? —¿Qué? —Miró hacía Beth, preguntándoselo. Ella sacudió la cabeza, evidentemente sin entender. —Él incluso suena como una niña. En el momento en que Sal cerró la puerta detrás de él y empezó a subir las escaleras, el canto cesó, sustituido por el ruido sordo de unas zapatillas de deporte corriendo sobre una alfombra gruesa. Algo brilló por la barandilla en la sala superior. Una puerta se cerró. ¡Ah, el repiqueteo de unos pies pequeños! Si el niño iba a estar alrededor durante un tiempo, Sal necesitaba encontrar un hueco por donde atravesar su armadura. Tal vez debería buscar una oportunidad para echar un vistazo a su armario.

—No tengo hambre. Sal rebuscó nervioso en el cajón de los cubiertos, tratando de no escuchar la conversación que tenía lugar en la sala. Ellos hablaban en voz baja, pero el lugar era pequeño.
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Un castrati o castrado es un cantante masculino cuyo registro soprano, mezzo soprano o alto le fue adquirido como consecuencia de una castración en un momento anterior a la pubertad, o también, debido a una condición endocrina desfavorable por la cual nunca pudo alcanzar su madurez sexual. La castración anterior a la pubertad (o en una etapa temprana) evita que la laringe del joven sea transformada por los normales sucesos fisiológicos de dicha etapa evolutiva. Como resultado, el rango vocal de la prepubescencia (compartido por ambos sexos) se prolonga durante toda la vida del castrati, y la voz que se desarrolla durante la adultez adquiere características únicas.

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—Mira, sé que no has comido hoy —Jess estaba diciendo. No parecía muy feliz. Tal vez Sal no debería haber sugerido que Teddy estuviera con ellos. Tal vez el niño necesitaba más tiempo—. Sal me dio a conocer un concepto totalmente nuevo. ¿Sabías que algunas familias realmente se sientan en una mesa para comer juntos? ¿Quieres quedarte? Acostúmbrate a la rutina a partir de ahora. Mueve el culo y quítate la bufanda. —De acuerdo. Pondré cara de hombre. ¿Cualquier otra regla que debería saber? Esto no iba a ser agradable. —Las reglas son las mismas de siempre, hermano. No molestar a nadie. Jess entró en la cocina seguido por Teddy. La mirada que el niño dirigió a Sal era indescifrable, pero su lenguaje corporal lo decía todo. Se deslizó en la silla de Sal, en la mesa, la cabeza gacha, las manos en su regazo, los labios dibujando una línea recta subrayando un hosco ceño fruncido. En otras palabras, ocultándose a plena vista. La tensión teñía el aire a su alrededor. Sal puso un plato frente a él, empujó los envases de cartón de la comida en su dirección, y tomó la silla extra frente a Jess. —¿Corriste hoy? —Jess le preguntó. La tensión no había desaparecido del todo, pero Sal podía decir que él estaba tratando. —Sí. —¿Dónde has ido de compras? Teddy le lanzó una mirada de que coño y buscó en el bolsillo trasero de sus nuevos jeans pitillo. —Tienda de segunda mano. Tengo lo que me ha sobrado.

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—Guárdalo. Si Sal puede dejarnos la camioneta, yo saldré temprano el viernes y nosotros iremos al Centro Comercial. —Él dirigió una mirada inquisitiva a Sal y sonrió. —Lo que es mío es tuyo, bebé —dijo Sal y le devolvió la sonrisa. Jess podría haber sugerido el sábado y no hubiera perdido tiempo en el trabajo, pero el sábado era su único día de descanso juntos. Teddy dejó caer una cucharada de pollo y verduras sobre el arroz en su plato y se detuvo. Su rostro se iluminó. Se sirvió dos cucharadas más. Una repentina oleada de satisfacción fraternal atrapó a Sal con la guardia baja. Su sonrisa se ensanchó. Alguien podría pensar que había preparado él mismo la comida. Ahora, si pudiera encontrar una manera de romper el hielo entre ellos. Mientras echaba agua en un vaso de Teddy, se le ocurrió. —¿Cuáles son tus planes para mañana, Teddy? Teddy se sacudió con el sonido de su voz y se encogió de hombros sin levantar la vista. —Necesito un favor. Yo invité a Beth y Carmen de la planta baja a tomar un postre mañana por la noche, pero olvidé mis quehaceres después del trabajo. Si te doy algo de dinero, ¿puedes comprar algo? —Yo no soy tu… Jess le detuvo con un gruñido, y en ese momento, la tensión volvió. —Claro —dijo Teddy sin mirar a ninguno de ellos. ¿Había hecho algo mal? Jess hubiera dicho algo si él no creyera que había sido una buena idea, ¿no? Sal se inclinó hacia un lado para sacar su billetera, mirando a Jess, sin saber si estaba haciendo lo correcto hasta que Jess lo miró y con un gesto de la boca le dijo está bien. Deslizó un par de billetes de veinte sobre la mesa, dudó, y
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añadió uno de diez y algo más para el autobús. —Cruza la calle y toma el número de seis a… —Puedo hacerlo —Teddy estalló. Tomó los billetes y se los metió en un bolsillo de sus pantalones antes de volver a su cena. —Gracias. —Sal estaba menos preocupado por el estallido del chico que por la expresión furiosa de Jess. Algo estaba pasando aquí que no entendía—. Asegúrate de que tenemos suficiente café, ¿quieres? Beth bebe té de hierbas. Él dejó que el silencio reinara mientras Teddy comía y la tensión, por lo menos desde el lado de la mesa de Jess, se calmó. Cuando todo el mundo estaba terminando, él apartó el plato y se reclinó en su silla. —Muy bien, señores —dijo, manteniendo la calma— finalmente conseguí estar hoy en el departamento de informática. Tenemos buenas noticias y tal vez buenas noticias. ¿Qué queréis primero? —Anímanos —dijo Jess. —Tenías razón, cariño. Nunca se denunció su desaparición. Yo lo comprobé dos veces con un amigo en Fresno. Hay gente preocupada por ti allá abajo, Teddy. —¿Ellos saben que estoy aquí? —Teddy se puso tenso. —No oficialmente. Gwen lo descubrió. ¿Cómo iba a adivinar que la única persona que conozco en el Departamento de Policía de Fresno tiene un sobrino que va a la escuela contigo? —Sal se echó a reír—. La inspectora Sloan y yo somos amigos desde hace mucho tiempo. Confío en que va a mantener la información para sí misma. —Oh. La tía de Dennis Arkadian. Ella es genial. —Empujó un poco de comida en su plato y pinchó un champiñón—. Sin embargo, él es un imbécil. Si él se entera... ¿Estás seguro de que ella no va a decir nada?
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—Estoy seguro. —¡Querido Dios el chico estaba hablando con él! —. Además, me puse en contacto los servicios LGBTQ 10. Ellos tienen un refugio. El lugar es decente y muy cerca, a sólo unas cuadras al norte, justo al lado del parque. Están dispuestos a ponerte en la lista corta, pero hay dos chicos delante de ti que están durmiendo en la calle. A menos que alguien se vaya o sea expulsado antes, habrá un lugar para ti el cinco de noviembre. —Disponerlo todo tomó diez minutos al teléfono. Ser un agente gay en la Bahía Gay tenía que tener algunas ventajas—. Vosotros dos deberíais ir allí y ver el lugar. —Sal miró a Jess, cuya sonrisa parecía pegada. ¿Qué está pasando aquí? Quería decir por lo menos yo estoy tratando; en cambio siguió parloteando—. He oído cosas buenas sobre el programa ahí. Teddy se sentó con las manos en su regazo, mirando hacia abajo a su plato, pareciendo un poco verde. Ninguno de los dos dijo una palabra.

La puerta del dormitorio se cerró de golpe una vez más. Si el niño continuaba haciéndolo, Sal tendría que tener el pasillo a prueba de niños antes de que las fotografías comenzaran a volar cayendo de las paredes. —Probablemente debería estar contento de que se esconda en su habitación y deje la casa para nosotros —dijo Sal, caminando hacia
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LGBT o GLBT son las siglas que designan colectivamente a lesbianas, gais, bisexuales y personas transgénero. En uso desde los años

90, el término «LGBT» es una prolongación de las siglas «LGB», que a su vez habían reemplazado a la expresión «comunidad gay» que muchos homosexuales, bisexuales y transexuales sentían que no les representaba adecuadamente.

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el fregadero con una pila de platos, mientras que Jess guardaba la comida—. Pero de alguna manera la cara de desprecio lo estropea. —Sí, siento eso. —La cara de Jess apareció por encima de la puerta abierta del frigorífico llevando una sonrisa que decía que él estaba cualquier cosa menos apenado. ¿Debía decir algo? Sal no sabía cómo ni por dónde empezar, y lo último que quería era echar a perder la noche. Tal vez los hermanos sólo necesitaban tiempo para acostumbrarse de nuevo el uno al otro después de tres años. Sal esperaba eso, porque quería que su Jess volviera. Él fue a limpiar la mesa, cuando la puerta del refrigerador se cerró. Un segundo más tarde Jess se deslizó detrás de él, y su suave aliento susurraba en el oído de Sal, levantando la piel de gallina. —Date prisa —Jess susurró, poniendo un beso cálido y húmedo en la parte posterior del cuello de Sal. Él se movió, guasón, contra el trasero de Sal, entonces se alejó, tarareando el estribillo de Whitney Houston. Jess volvió. Ellos limpiaron brevemente. —¿TV? —Sal preguntó y accionó el interruptor del lavavajillas. Se le ocurrió que tener un chico alrededor requería una nueva forma de ver las cosas. Un poco de ruido en la casa podría ser la mejor cosa después de una sala insonorizada. Sin decir una palabra, Jess se abrazó a él y comenzó a empujarlo juguetonamente por la puerta de la cocina y el pasillo. Nunca llegaron a la sala de estar. Jess lo atrapó contra la pared exterior de su puerta del dormitorio y se echó sobre él con rápidos y duros besos hambrientos, la lengua abriéndose paso en la boca sin ninguna delicadeza. Jess, con un toque de jengibre. Un temblor cálido brotó en la ingle de Sal y se propagó. Su polla se volvió pesada, rozando contra
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sus pantalones vaqueros, como reclamando su atención. Con los ojos en blanco, comenzó a gemir y no podía dejar los labios de Jess, la lengua, el olor lo abrumó. Buscó a tientas detrás de él el pomo de la puerta. La mano de Jess se deslizó sobre su erección instantánea y comenzó a trabajar en los botones de sus pantalones vaqueros. Apretaba cada vez que alcanzaba su objetivo. ¡Cama! Sal se apartó de la pared y se volvió, impulsando a Jess a través de primera puerta. Sintió una mano en su pelo y un tirón duro. Se tambaleó hacia atrás. Un puño salió de la nada y se encontró con su cara. Él paró un segundo golpe en el aire con una mano levantada y se agachó justo a tiempo para tomar la rodilla que estaba destinada a su entrepierna. —¡Ted! ¡Detente! —Jess cogió a Teddy alrededor de la cintura y tiró de él hacia fuera. Teddy giró, golpeando un lado de Jess con su codo. —¡Quita tus manos de mí, maricón de mierda! La mandíbula de Jess cayó, y lo dejó ir. Al parecer, era el turno de Teddy para dar algunos empujones. En ese momento Sal se ajustó los pantalones para que su pene no estuviera colgando, el chico fue embestido por Jess contra la pared —¿Cómo puedes dejar que la reina de la polla te toque? El Sr. Jodienda Perfecta. ¡Mentiroso perfecto! ¡Tú lo engañaste todos estos años! Tú le permitiste presumir de lo gran hijo que eras. Tú le dejaste que me llamara todos los nombres que él debería haberte estado llamando. Tú le dejaste que me golpearan porqué yo no era tú. — Cada golpe añadía otra acusación. Sal no tuvo otra opción. Agarró el hombro de Teddy y lo empujó fuera, luego se interpuso entre los hermanos. —Eso es suficiente.
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—Vete a la mierda. ¿Qué le hiciste? ¿Qué le hiciste a mi hermano? —Ted volvió a él y trató de empujarlo fuera del camino. Sal esquivó los golpes. —Teddy, por favor, tienes que parar, o voy a tener que detenerte. De alguna manera se las arregló para mantener sus puños cerrados a los costados y rezó para que la advertencia fuera suficiente. Dudaba que Teddy siquiera le estuviera oyendo. Si esto era lo que sentía, el chico se merecía el mérito por ocultar su enojo todo el tiempo que tenía, pero Sal no estaba convencido de que esto fuera sobre ellos en absoluto. La rabia que estaba presenciando se había estado construyendo durante mucho tiempo. —Atrás, Ted. —Jess dio la vuelta con calma para estar junto a Sal, dándole solo el impulso de confianza que necesitaba. No hay necesidad de pánico. Él sabía cómo manejar estas situaciones. Nunca había tenido un interés personal en una situación como ésta. Y, sorprendentemente, Teddy dio un paso atrás. —Te odio. —Y otra vez—. Yo no te necesito. —Teddy, por favor, yo traté. —Jess lo alcanzó. Teddy lo eludió con otro paso hacia atrás. Sal extendió la mano para llevarse a Jess hacia atrás y obligó al chico a detenerse. Estaba demasiado cerca de la parte superior de las escaleras. —Escucha, Teddy. Jess no le permitió hacer nada. Él era un niño, igual que tú. ¿Qué podía hacer? —Que mierda. Joderos. —Levantó su pie para dar otro paso. Jess gritó: —¡Teddy!— y se movió rápidamente hacia él. Teddy giró sobre sus talones y corrió por las escaleras y salió por la puerta.

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CAPíTULO 5
Sal abrió su teléfono móvil al salir del autobús y trató de localizar a Jess de nuevo. Él no había querido dejarlo solo hoy, pero después de haber tomado la semana pasada para buscar al chico, él no se sentía bien estando en casa a pesar de haber pasado la última noche sin dormir. Había recorrido cada bloque de casas en un radio de cinco kilómetros y comprobado todos los lugares de reunión que conocía, y luego caminó por las calles de la Misión y Castro 11 hasta el amanecer. Él seguía convencido de que alguien allá fuera había visto al chico y no hablaba. Eludió una furgoneta de reparto cuando cruzaba Divisadero, haciendo caso omiso de los bocinazos furiosos y maldiciones, y corrió por la calle Haight hasta su casa. ¿Por qué no respondía Jess? Tal vez ya estaba en casa. Jess lo cogió después del cuarto timbre. —¿Lo encontraste? —No. ¿Dónde estás? —Conduciendo por Tenderloin12. —Dulce Jesús, Jess. Él no iba a durar un minuto allí. —Cállate, Sal. Él quería a Jess en casa, no buscando entre los cuerpos de la morgue—. Él es más inteligente que eso. Una mirada alrededor y saldrá de allí como si lo siguiera el demonio. —Él necesita dinero, Sal. —Tiene dinero de los cincuenta que le di ayer por la noche, además de lo que le había sobrado de lo que tú le habías dado, lo

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Mission – Castro – Divisadero – Haight: Son nombres de calles de San Francisco Tenderloin: Barrio de San Francisco

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suficiente como para llegar a Los Angeles. ¿Has mirado en la estación de autobuses? —Cuatro veces. Dejé una foto con mi número. Esa foto de Teddy, con el pelo ondeando a su espalda y haciendo muecas mientras cruzaba la línea de meta el año pasado en Sacramento, no valía la pena el papel reciclado en que se imprimió, pero era la única que encontraron que no tenía más de tres años. Si – cuando– trajeran el chico a la casa, Sal quiso solucionar el problema con una docena de fotografías desde todos los ángulos. Subió las escaleras y, sosteniendo el teléfono en su hombro, buscó a tientas la llave de la puerta exterior. —Vuelve a casa. Vamos a conseguir algo de comer, y voy a salir de nuevo contigo. —¿No has oído nada? —No. Hice copias de la foto y las pasé alrededor. —Y envió copias desde el fax de la policía a todas las salas de emergencia, incluyendo las que había visitado la noche anterior, pero no iba a sacar a relucir eso todavía—. Lo buscaré en Google una y otra vez mientras te espero. Resiste. La voz de Teddy bajaba hacia él desde el apartamento. ¿Fuck the pain away13? Sal apoyó la frente contra el marco de la puerta y dejó escapar un suspiro de alivio. —Él está aquí, Jess. Vuelve a casa. Jess sollozó. —Voy para allá. —El teléfono se cortó. El sonido del agua corriendo llegó hasta Sal en la parte superior de la escalera. Encontró a Teddy en el fregadero, de espaldas a la puerta, meneando la cabeza, las caderas ondulantes en un más que aceptable movimiento para una sintonía con una monótona letra de canción. Sin estar todavía seguro de qué decir al chico, Sal, en
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Fuck de pain away: Canción de Peaches. Es su canción más conocida debido a su utilización en el cine. Se utiliza en las películas de

Observe and Report, la cámara secreta y Lost in Translation , Jackass Number Two y Drive Angry , así como que cantaba Bollo de The Mighty Boosh vivo.

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silencio, cruzó la gruesa alfombra del vestíbulo y se detuvo en la puerta cuando un toque de color le llamó la atención. Echó un vistazo a la sala. La mesa de café estaba lista para más tarde, y en el medio... ¿un centro de flores? ¿Una ofrenda de paz? En la cocina, Teddy cerró el grifo y añadió a su baile las sacudidas a un colador lleno de pimientos para quitarles el agua. Se volvió hacia la isla en el centro de la habitación. Cuando descubrió a Sal bloqueando su única vía de escape, sus ojos se abrieron de golpe, y se detuvo en seco. Durante un largo momento, ellos simplemente se quedaron mirando, esperando a que el otro hiciera el primer movimiento. Di algo. Sal empujó este pensamiento en la dirección de Teddy como si pudiera hacer que esto sucediera por la fuerza de la mente. Dame una pista. No conocía a Teddy lo suficientemente bien como para adivinar la forma correcta de manejar esta situación. Y Teddy se quedó allí como esperando a ver qué hacía Sal. Sal no quería que pasara nada. Gritar no era su estilo. No era su manera, de todos modos, y sin duda lo podría hacer mejor con el chico. La posibilidad de golpearlo realmente estaba ahí. Buscando un aplazamiento, se dirigió a la nevera, tomó un par de cervezas del estante, y cerró la puerta, entonces volvió su atención hacia el chico cuya mirada, con los ojos muy abiertos, había seguido cada uno de sus movimientos. Sal se apoyó contra la pared y metió la parte superior de una cerveza en el abridor de botellas atado a la barra al lado del cajón de los cacharros. Al final, la mirada de desastre inminente que el niño llevaba lo convenció de que tener de vuelta a Teddy en una sola pieza era suficiente. Tomó un trago largo y frío, y lanzó la pelota a su cancha. —¿Qué estás escuchando?

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Teddy ladeó la cabeza y se sacó los auriculares. Sal repitió la pregunta. —Oh, Peaches. —La mesa se ve bien. —Gracias. —Lindo delantal. —Él tuvo una súbita visión de Jess con un delantal y sonrió. Una cosa más que los hermanos no tenían en común. Jess no cocinaba. Teddy miró a los volantes del delantal y se ruborizó. Empezó a deshacer el nudo de los cordones de la espalda del delantal, pero se detuvo y miró a Sal con una mirada desafiante. Ese poquito de normalidad era todo lo que Sal necesitaba para relajarse. El desprecio que había visto la noche anterior le había dado un buen susto. El desafío lo podía manejar. El chico iba a estar bien. Se separó de la pared y se dirigió hacia las escaleras. —Adelante. —Se las arregló para mantener su cara seria hasta que el rellano lo ocultó de la vista antes de estallar en una sonrisa. Eso no fue tan difícil. No sería el padre del año, pero podía haber sumado un punto o dos en su amistad. Algo le decía que ellos habían llegado a través de esto. Tal vez era por las flores. Se sentó en mitad de la escalera para esperar a Jess. Ellos hacían esto de vez en cuando, se reunían en las escaleras después de un día largo y estresante para sentarse y hablar o hacer como si fueran adolescentes. De cualquier manera, uno o el otro o ambos generalmente preocupados, dejaban el lugar en el momento en que ellos lo hacían en el rellano. Los sonidos de la cocina dijeron claramente que hoy no. Va a tomar algún tiempo acostumbrarse a esta nueva situación.
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En cualquier caso, su presencia en el hueco de la escalera retrasaría la llegada de Jess abajo, y Sal estaba bastante seguro de que había la necesidad de frenar. Había pasado suficiente tiempo desde la llamada telefónica para permitir que Jess superara su miedo. Iba a ser molesto y, a juzgar por la forma en que los dos habían estado relacionándose, Sal esperaba que esta reunión no fuera tan conmovedora como la que él había sido testigo cuatro noches atrás, cuando recogió al chico en Los Ángeles. Esperaba poder encontrar una manera de evitar cualquier derramamiento de sangre. La puerta exterior se abrió. Sal se un pie contra la pared para bloquear tarde, Jess llegó corriendo a través de dio cuenta de que Sal estaba sentado inferior. —¿Está bien? tendió en la escalera y estiró el camino. Un segundo más la puerta interior. Cuando se allí, se detuvo en el escalón

—Él está bien. Está preparando la cena. —¡Estás bromeando! —El alivio se reflejó en la cara de Jess, pero no por mucho tiempo. Miró hacia arriba de la escalera mientras oía la voz de Teddy por primera vez e hizo una mueca de fastidio—. ¿Dijo algo? —No mucho. Jess, tenemos que hablar. Todo el color desapareció del rostro de Jess. Sal debería haberse pateado. Él no había querido sonar de tan mal agüero. Por el amor de Dios, un policía debe saber cómo usar un poco de diplomacia, pero él estaba metiendo la pata un montón en los últimos días. Antes de que él pensara en algo que decir, los ojos de Jess brillaron con lágrimas no derramadas. —Sal, por favor —, le rogó en un susurro ronco—. Yo puedo resolver esto. No envíes... —Oh, no. No, Jess. —Sal tuvo su propio momento de pánico e interrumpió a Jess antes de que él dijera algo para provocarlo, cosa
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que Sal había estado haciendo todo lo posible por evitar desde Los Ángeles—. Tú no crees realmente que lo enviaría de vuelta, ¿o sí? Jess estaba agotado. Los círculos oscuros debajo de sus ojos hablaban del sueño perdido la noche anterior, pero más que eso, él estaba inquieto. Las arrugas de preocupación en la frente y en las comisuras de los labios dieron a Sal una idea del hombre con el que quería envejecer. —Ven aquí. Siéntate. —Él extendió la mano, tentándolo con la cerveza sin abrir. Jess subió las escaleras de dos en dos, cayó sentado en el escalón por debajo de él, y tomó la cerveza de su mano. Dejó caer su cabeza hacia atrás descansando contra la pared al lado del pie de Sal. —Yo no te culpo —dijo—. Lo he pensado de mi mismo. Más de una vez. Finalmente, Sal reconoció que la culpa y el miedo estaban afectando a Jess, y la tensión en la mesa la pasada noche empezó a tener sentido. La visión retrospectiva, como dicen, es de veinte y veinte. Un movimiento arriba llamó su atención. Teddy apareció, inclinado sobre la baranda, sin quitarse el delantal. Sal lo espantó con un movimiento sutil de la cabeza. Teddy se retiró rápidamente, pero el gesto no le pasó desapercibido a Jess. —Oye —él le gritó, girando su cuerpo para mirar hacia la barandilla. La cara de Teddy volvió a aparecer. Sal se mordió en la mejilla, a la espera de un estallido, pero los dos se quedaron mirando el uno al otro durante unos segundos. Entonces Jess le preguntó—: ¿Estás bien? Teddy asintió con la cabeza. —Sí. Bueno. —Él esperó, los labios dibujaban una la línea estrecha que se estaba convirtiendo en una
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característica permanente. Cuando se hizo evidente que Jess no tenía nada más que decir, le dio una sonrisa cauta y se escabulló. Jess lo miró alejarse y esperó hasta que estuvo fuera del alcance de su oído antes de apoyarse de nuevo contra la pared con un suspiro de cansancio. —No quiero hablar con él ahora mismo. —Miró a Sal con una sonrisa torcida que no llegaba a sus ojos—. Estoy fuera de mí. Sal se agachó y puso el pie de Jess en su regazo, quitándole el zapato y el calcetín, tirándolos descuidadamente en el escalón de arriba. Aterrizaron con un ruido sordo. Jess se alarmó. —¿Qué estás…? —empezó a preguntar, y luego cambió de parecer cuando Sal hundió sus dedos en la planta de su pie. Él gimió y se relajó. Sus ojos se empezaron a cerrar—. Oh, Dios, se siente tan bien. Sal sacó unos pocos gemidos más antes de continuar la conversación. —Nadie espera que tú estés preparado para criar a un adolescente, bebé. Tú mismo eres poco más que un adolescente. — Se inclinó y besó el dedo gordo de Jess—. Uf. No habrá dedos chupados hasta que alguien tome una ducha. —¿Qué esperas después de las últimas veinte horas? —Jess abrió los ojos y se puso serio—. Preparado o no, parece que eso es lo que estoy haciendo. Sal, tú tienes que saber. La idea del grupo hogar 14 no va a funcionar. El monstruo dormido se agita. —Pienso lo mismo. Te das cuenta de que si él hubiera hecho esa oferta a un policía de Los Ángeles, estaría mucho peor que en una casa de acogida —dijo, y lo habría dejado así, pero la necesidad de explicarse estaba allí mismo, en la cara de Jess—. Bueno, dime.
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Grupo hogar: Casa de acogida

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—Lo sé. Me mata que estuviera tan desesperado —, dijo Jess, manteniendo la voz baja—. La forma en que es... viviendo con desconocidos, compartiendo el espacio como eso, que no tendría un lugar para ir cuando las cosas se pusieran difíciles. Nunca ha sido bueno en ocultar su peculiaridad. —Oh, creo que él está escondiendo mucho más de lo que tú te imaginas. —El chico estaba tan tenso que a Sal no le sorprendería saber que ya tenía alrededor una terrible úlcera—. Sabes que, Toto. No iremos a Fresno más. No estaría de más que aflojaras un poco. —¿Piensas que soy demasiado duro con él? —¿Lo eres? —Él le hizo cosquillas en pequeños círculos en el arco de Jess para verlo retorcerse. —Mierda. —Jess se rió en voz alta y tiró de él. Sal esperó. Jess se tambaleó y dejó caer el otro pie en el escalón siguiente para mantener el equilibrio, exponiendo su paquete en el proceso y atrayendo la mirada de Sal como un imán. Jess sabía como usar un par de pantalones vaqueros. —Yo no haría eso si fuera tú. Es probable que recibas una patada en las bolas —le advirtió Jess—. Entonces, ¿cuál es el plan ahora? —Ah, bueno... ¿crees que tenemos tiempo para una siesta antes de la cena? Jess se echó a reír. —Creo que necesitamos un plan mejor que eso. Si tú puedes darme unas pocas semanas para encontrar un lugar donde nosotros no molestemos. El monstruo levantó su fea cabeza, no dispuesto a ser ignorado por más tiempo. —Olvídalo —Sal se tensó. Esta vez, cuando Jess se apartó, lo dejó ir y rechazó la sugerencia con una mirada ardiente en sus ojos.
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—Pero Sal, no veo otra… —Olvídalo. No vamos a ninguna parte. —Él se recompuso y dio una mirada atrevida a Jess. Él debe haber estado muy cansado, porque en un primer momento, Jess miró sin comprender. Pasaron varios segundos antes de su quijada cayera. —No dejaré que te vayas —Sal dijo en voz baja. Tomaría lo que fuera. Sus miradas se encontraron el uno al otro. Jess lo estudió con atención. Qué esperaba ver, Sal no lo sabía, pero si estaba buscando segundas intenciones, no las encontraría. La mirada era sumamente sexy, más aún cuando el alivio inundó su rostro y se arrastró por la escalera buscando la cercanía. —¿Mi equipaje y yo? —susurró, y cuando Sal asintió con la cabeza, le dio un beso en los labios—. ¿Tienes alguna idea de cuánto te amo? El corazón de Sal se agrandó. Por un momento, no pudo respirar. El monstruo, el que insistió en que eran demasiado jóvenes para esperar que fuera para siempre, volvió a dormirse. Cogió a Jess en sus brazos, y se abrazaron el uno al otro, Jess en su escalón, Sal en el de arriba. En poco tiempo, sus pechos subían y bajaban juntos. —¿Cómo vamos a hacer esto? —No sé. —No me importa. —Tenemos que establecer algunas reglas, mientras que él está aquí. —Las reglas son buenas.

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—No más mierda para ti. Odio cuando te falta el respeto de esa manera. —Me gusta eso. No más encerrarse en su habitación hasta que alguien vaya a sacarlo. —Y que tiene que empezar a pensar donde irá a la escuela. —Absolutamente —Sal murmuró en el pelo de Jess, amando la sensación de tenerlo en sus brazos. Esas otras preocupaciones tenían que ser abordadas pronto, no ahora. Se les ocurriría algo. Jess se volvió de pronto en sus brazos, buscando un beso. Sus labios rozaron los de Sal. —Tómame. ¿Eh? ¿De dónde viene eso? —Ah, ¿sí? ¿Es esta una regla? ¿Tendré que hacer una? —No. —Jess se rió entre dientes—. Quiero salir de aquí. Piensa en otra cosa, sólo por unas pocas horas. —No podemos. Tenemos compañía. —¿Mañana, entonces? —El viernes. ¿Estará bien aquí él solo? —¿Por qué no? Realmente, ¿por qué no? El chico había estado solo en sitios peores. Sal no podía decir cuándo habían salido últimamente. No en un mes, por lo menos. No había sentido la necesidad, pero a Jess le encantaba bailar, y Sal estaba a punto de olvidar lo bien que se sentía teniéndolo en sus brazos mientras se movía sobre la pista de baile. — Bueno, el viernes, entonces.

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Jess sonrió y se acomodó, apretándose contra su pecho. Esta era la razón de que una noche en la ciudad no tentara ya a Sal. Una noche de caricias con su bebé era mucho mejor. —Por lo tanto —dijo Sal. El pelo de Jess le hizo cosquillas en los labios—. ¿Qué pasa con esa siesta? Jess miró deliberadamente hacia el rellano de la escalera, sus labios fruncidos. Su habitación estaba al lado de la cocina. —¿Puedes hablar más bajo? Pretendía darle algo para pensar. —¿Cuál es mi incentivo? Jess se apartó y se volvió hacia él, su mirada viajando por la longitud de su cuerpo. —Vamos a acostarnos, y yo te mostraré luego como poner una carga en la lavadora. Tenemos invitados que vienen. No quiero olvidar. ¡Lavandería! El lavadero estaba en el garaje. —Tengo una idea mejor —Sal dijo, saliendo de debajo de Jess—. Te encontraré abajo. —Problema del ruido resuelto. —¡Sí! —Jess le arrebató un beso rápido—. Eres un genio. Sal se puso de pie y estaba a mitad de camino al baño antes de que la puerta inferior se cerrara. Vertió lo que quedaba de su cerveza en el lavabo, tomó el lubricante del botiquín, y el cesto de la lavandería del armario de la ropa. En el último momento, reunió a las toallas sucias y las arrojó dentro. —¡Hey! —Jess llamó desde abajo. Sal sonrió y puso el lubricante en la cesta, debajo de las toallas. —Compláceme, bebé. Estoy de camino. —Prepárate para luchar por eso —resonó desde lo lejos.

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CAPÍTULO 6
Sal se asomó a la cocina cuando pasaba por la puerta y encontró a Teddy inmóvil como una estatua, con las manos apoyadas sobre el fregadero. Una sostenía un cuchillo de cocina, y la otra, un pimiento. Parecía absorto en sus pensamientos, y Sal se preguntó si estaba llorando. Estaba a punto de preguntar cuando Teddy se movió rápidamente y dividió el pimiento con un golpe seguro del cuchillo. —Hola. —Sal mantuvo su voz baja, para evitar asustarlo—. Jess y yo estaremos de vuelta en una media hora. ¿Estás bien? —Claro. —Miró apenas por encima del hombro. Sal no vio ninguna lágrima. Se le ocurrió que Teddy probablemente podría utilizar un poco de tiempo para pensar. Unos pocos minutos para apreciar el control que Jess había utilizado le haría bien. Además, y sabía que esto era egoísta, necesitaban un tiempo a solas también. Incluso si ellos nunca vieran otra rabieta, Jess se preocuparía por el chico hasta que su futuro estuviera resuelto y probablemente mucho tiempo después. ¿Así iban a ser las cosas? Los padres de los adolescentes tenían que estar preocupados y asustados y frustrados porque no los entendían, y eso no era lo que él quería para el hombre que amaba. No podía permitir que Jess cargara con todo él solo. Desde donde estaba ahora, la parte superior de la curva de aprendizaje desaparecía en las nubes, pero estaba decidido a hacer todo lo necesario para que el trabajo de Jess fuera más fácil. En este momento, eso significaba darle algo más en qué pensar. Él salió de sus pensamientos y miró el reloj en la pared en la cocina. ¿Por qué estaba aquí todavía? Se volvió rápidamente y bajó
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corriendo las escaleras, más que preparado para empezar. No habían hecho el amor en el garaje todavía. No podía imaginar por qué no. Jess había dejado la puerta de entrada que llevaba a su único coche en el garaje entreabierta. Sal no tenía la llave para abrirla desde el exterior, por lo que puso una cuña para dejar una rendija estrecha y evitar que se cerrara totalmente. No era tan privado como a él le gustaría que fuera, pero Teddy no tenía ninguna razón para venir aquí, y Beth lavaba la ropa los jueves por la mañana. Bajó despacio, descendiendo los seis escalones a un ritmo perezoso que no sentía, y dio la vuelta a la esquina con una sonrisa lasciva, de anticipación. Jess esperaba, apoyado en sus brazos, de espaldas a la lavadora, aguardando. Sal aminoró el paso, tomándose tiempo para disfrutar de la vista. En la penumbra, la bombilla desnuda emitía un halo de luz a través del alborotado pelo de Jess y sobre la extensión pecaminosamente sexy de su pecho liso. Los pezones cobrizos se alzaron por la anticipación. Él había ido tan lejos como para desabrocharse los pantalones. Abiertos en forma de V, mostrando la flecha de rizos oscuros apuntando al bulto debajo de la tela vaquera. En el caso de que hubiera olvidado el camino. Podía ver a Jess observándole por el rabillo del ojo, la boca temblando por el esfuerzo para no sonreír. Por lo tanto, Jess quería jugar. Un juego también le gustaba a Sal. Él enderezó los hombros, se ajustó el paquete con un resoplido varonil, y tropezó con un zapato que Jess había descartado en el centro de la habitación. Suave, Sal. Se las arregló para no caerse recogiéndolo diestramente mientras se recuperaba, entonces se

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contoneó el resto del camino hasta que el calor irradiado por el cuerpo de su amante se apoderó de él. —Oye —susurró y dejando caer el zapato en la secadora con un golpe hueco—. No dejes tu mierda por ahí. —Regañón. —Jess se aferró a su cuello, tirando de él hasta que su aliento corrió sobre los labios de Sal. —Gandul —dijo Sal, su voz entrecortada pronunció la palabra con ternura. Introdujo sus piernas entre las de Jess apretó. Jess jadeó y cerró el espacio entre ellos. Un beso dulce, burlón, un beso lento, un beso para inspirar el cálido resplandor del deseo que Sal había llevado durante días para encender y propagar. Aspiró el olor de su amante, el débil rastro de los cítricos y el sexo. Ese olor tocó algo primordial, algo conectado directamente a la polla de Sal. Sus pantalones decidieron en ese mismo momento ser demasiado pequeños para contenerlo. Cuando el beso ya no era suficiente, él fue bajando, siguiendo la curva del cuello y el hombro hasta el pecho duro, sexy, dejando mordeduras de amor en el camino hasta llegar a un pezón rígido donde podía jugar con su lengua. Un día conseguiría que Jess estuviera muy borracho y haría que ese pezón estuviera perforado. Un gemido vibró a través del pecho de Jess, ahogando el latido rápido de su corazón. El torció sus dedos en el pelo de Sal y tiró. — Bésame. —No, déjame hacer esto. —Sal levantó la vista. Jess gruñó su aprobación. Sus pestañas bajaron hasta rozar sus mejillas. Él soltó el pelo de Sal para tomar su propia polla a través de la ajustada tela vaquera y apretó y apretó, cada apretón acompañado de un Uh suave.

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¿Qué podía hacer Sal sino sonreír y ayudar? Se puso en cuclillas, bajando los pantalones y los calzoncillos hasta sus muslos. La polla de Jess saltó libre, dando a Sal la oportunidad de tener un poco de diversión. Con los labios y la lengua, atormentó el vientre, los muslos, la ingle, por todas partes, pero, donde Jess estaba demandando empujes, insistía en lo que él quería que fuera, lo cual podía haber sido un error. Sus sentidos casi lo superaron, la dulzura de Jess, el sabor salado, el olor del hombre y de la excitación, Jess murmurando maldiciones, apenas audibles por debajo del rugido del agua que llenaba la lavadora. Necesitaba un mayor agarre y no permitirle irse, pero se las arregló para extraer el lubricante del bolsillo de Jess y colocarlo sobre él antes de actuar sobre esa necesidad. La maldición de Jess fue perfectamente audible cuando Sal dejó lo que estaba haciendo, y lo sentó encima de la lavadora. —Conseguirás una hernia si no tienes cuidado. —Jess se rio, un sonido susurrante, y apartó sus pantalones con una patada. Esta vez Sal ignoró sus bromas y lamió a través de la suave piel de su glande. Jess se quejó y Sal alargó su caricia, pasando su lengua desde la coronilla hasta la base y de vuelta. —Sal, oh, la lavadora —Jess dijo con voz entrecortada—. Mis pelotas están zumbando. Sal había perdido la pista de la lavadora, pero ahora que Jess se la había mencionado, sintió el ritmo en sus dientes. Con suavidad, ahuecó el escroto de Jess. Los testículos, pesados en su mano, vibraban. Sintiendo la cadencia, sacó irregulares gemidos de Jess tarareando al ritmo del movimiento del agua y Sal sintió como si estuviera dirigiendo una sinfonía. En el siguiente movimiento, Sal rodeó la cabeza unas cuantas veces y miró hacia arriba con una sonrisa. —Podemos cambiar de
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lugar en el ciclo de centrifugado —bromeó. Su mano reemplazó a su boca, acariciando el eje maduro de Jess mientras movía la lengua y los dientes arriba, arriba, buscando un beso. —Nuh-uh. Te voy a tener sobre tus rodillas para entonces —Jess gimió. —No, si yo hago bien mi trabajo. —Sal se aferró a su boca, moldeando sus labios con una leve succión. Su objetivo era tener a Jess perfectamente besado y pidiendo ser follado antes de que él terminara. Su mano agarrada alrededor de la longitud de Jess, el cabello suave, lo empujó lenta pero constantemente hacia atrás hasta que Jess se vio obligado a apoyarse con el brazo para no caer contra la pared, justo donde lo quería Sal, pero fuera del límite de besos. —Muy bien —Jess se quedó sin aliento—. Manos a la obra, entonces. No lo bastante duro, pero acercándose. —Entonces cállate. —Sal no perdió más tiempo en bromas. Jess le dijo lo que quería, y él estaba feliz de hacerlo ya que todo su cuerpo vibraba con la necesidad de joderlo. Él tomó su polla entre sus labios, mimando, ordeñando suavemente hasta que una gota de semen cubrió su lengua. Sal pensó que no había otra cosa que le gustara más que el sabor del semen de Jess. Era como un excelente whisky escocés sin la quemadura, pero todavía tenía el poder de hacerlo temblar. Él gimió, chupó las primeras cinco de las siete pulgadas, profunda y duramente. Su propia polla presionó para liberarse de los confines de sus pantalones. Jess gritó algo que podría haber sido ¡oh mierda!, y Sal frunció su sonrisa alrededor de él. Cuando empezó a follar de nuevo, Sal tomó cada uno de los embates en la parte posterior de su garganta y la boca follándole hasta que su culo se levantaba de la parte superior de la máquina con cada embestida.

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Un chasquido fuerte cuando la máquina aceleró los giros cubrió el grito de Jess. Se estremeció, se puso rígido, y disparó duro. Sal tragó y tragó de nuevo con cada ráfaga de expulsión. Cuando Jess se incorporó, le soltó y puso la cabeza en su regazo, sólo disfrutando de la suave carne temblorosa de sus muslos, mordiendo de vez en cuando, mientras que Jess perezosamente pasaba los dedos por el pelo. Se acurrucó durante un minuto hasta que los músculos de Jess se endurecieron de nuevo a la vida, y se deslizó desde su posición encima de la lavadora. —Es tu turno. —Volvió a Sal contra la máquina, desabrochó y bajó la cremallera de sus pantalones y, enganchando sus pulgares en la cintura, los deslizó por su cuerpo, llevando los pantalones con él. Levantó primero uno, luego el otro de los pies de Sal fuera de los pantalones, luego los tiró a la cesta de la ropa sucia. En el camino de vuelta, el lento deslizamiento de la piel sudorosa y resbaladiza contra la piel envió temblores de anticipación a través de Sal. —Espera. —Sal se volvió hacia el compartimiento del lavadero para sacar el lubricante de su bolsillo y miró hacia atrás cuando Jess se echó a reír. Él sacudió la pequeña botella entre dos dedos. —¿Es esto lo que estás buscando? —¿Qué crees que vas a hacer con eso?— Sal se inclinó frotando suavemente su dura erección—. Esperar no es una opción. —Yo digo que tú tienes que luchar por ello. —No estoy interesado. Dámela. —Sal le arrebató la botella, y Jess fácilmente lo esquivó—. Dámela. —No. Sal la cogió otra vez. Esta vez Jess giró hacia fuera, y cuando lo hizo, se topó con la camioneta.
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Un estruendo retumbó en la habitación y se hizo eco en las paredes de hormigón. Momentáneamente aturdido, todo lo que Sal podía hacer era poner sus manos sobre sus oídos. —Te has olvidado de apagar la alarma —gritó, tratando de hacerse oír por encima del sonido discordante—. ¿Tienes la llave? —¿Qué? —¿Tú... tienes... la... llave...? —¿Por qué tendría yo la llave? —Jess articulaba las palabras, y Sal fue capaz de leer los labios. —¡San Antonio! —Él agarró los pantalones de la bandeja y buscó en los bolsillos. No hay llaves. El estruendo cambió. El coche ahora pitaba alaridos, chillido, ¡blat! y el tiempo entre ráfagas se acortó. Sal metió un pie en sus vaqueros y fue saltando por la habitación tratando de meter el otro cuando el ruido cesó. Alzó la vista para encontrar Teddy, ubicado a los pies de las escaleras con el llavero dirigido al coche. Hipnotizado por la forma en que el rubor surgió en el rostro del muchacho, Sal olvidó lo que estaba haciendo. ¿Cómo llegó hasta aquí tan rápido? ¿Volando por las escaleras? Los ojos de Teddy se hicieron increíblemente grandes. —Oh, Teddy, gracias a Dios...— la voz de Beth la precedió antes de aparecer por la esquina—. Oh, ¡qué asco! Sal casi la perdió de vista cuando ella giró y regresó por donde había venido, proclamando en voz alta—: Tú no quieres ver esto. Al parecer Carmen lo hizo. Su rostro apareció cuando ella se asomó por la pared. Ella lo miró por un segundo y estalló en una carcajada. Ella desapareció, pero la risa no lo hizo. Sal escuchó el
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repiqueteo de sus tacones mientras seguía a Beth, todavía riendo histéricamente. Eso le hizo moverse. Él comenzó en serio a tratar de conseguir que su ropa cooperara. No podía salir sin caer de culo. Teddy pareció despertar de su trance. —Lo siento —murmuró. Su rostro se había vuelto de un precioso tono fucsia—. Yo sólo... Lo siento. —Giró sobre sus talones y subió por las escaleras después de las chicas. —Mierda —dijo Jess. Sal finalmente consiguió que su pierna entrara en los pantalones y se enderezó para tirar de ellos hacia arriba. No hay prisa ahora. Jess dio la vuelta desde donde él se había estado escondiendo detrás de la camioneta. Ya estaba perfectamente dentro de sus pantalones y parecía un poco asustado. —Será mejor que vaya detrás de él. —Ve. —Sal no estaba seguro de qué esperar del niño. A juzgar por su reacción la noche anterior, él sospechaba que un problema, pero se reservó el juicio por el momento. Teddy le había sorprendido más de una vez—. Estaré bien. Rápidamente terminó de vestirse y subió las escaleras de tres en tres. Jess no debería tener que hacer frente a Teddy solo. Si el chico no se había recuperado del choque de anoche, esto iba a ser duro para él. Llegó al rellano justo cuando Jess agarraba el hombro de Teddy, deteniéndolo en la puerta de su habitación. —Ted, espera. Los brazos de Teddy volaron como para proteger su rostro. —Oye. —Jess se apartó con rapidez, sus manos en el aire—. No voy a golpearte.

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Sal no pensó que fuera posible, pero el color en la cara de Teddy se hizo más fuerte. —Lo siento. Lo sé. —El muchacho estaba nervioso, pero no enojado o asustado—. Lo siento. —Oye, no tienes nada que lamentar. Yo soy el que hizo sonar la alarma. Sal —dijo Jess, mirando significativamente por encima del hombro— es él quien se olvidó de apagarla. Eso fue lo que pensé enseguida. Tú estabas allí antes de que ni siquiera nosotros supiéramos lo que estaba pasando. —Bueno, cojones, él tiene razón. Fui el último en utilizar el camión. Yo soy el que debería disculparse —dijo Sal—. Eso fue realmente...— Realmente ¿qué? —Terriblemente divertido —Jess terminó—. ¿No te parece, Ted? Teddy sonrió al suelo. —Tal vez. —Él levantó la vista para captar la atención de Sal—. Deberías haber visto tu cara. —Tú parecías divertirte mucho —dijo Sal—. Pensé que tú podrías caer desmayado. No sé qué decir. Lo siento. —La sonrisa le dio la razón Sal para pensar las cosas podían estar bien. El olor de los jalapeños quemados los asaltó. Teddy se había olvidado de apagar el fogón antes de agarrar las llaves y bajar corriendo las escaleras. —Oh, mierda. Oh, mierda —Teddy chillaba—. Pensé que... lo siento mucho. —Se dirigió hacia la cocina, pero Sal estaba más cerca. —Yo haré esto —él dijo por encima del hombro en su camino para salvar la cena que él ya sabía que no podía ser salvada. Afortunadamente, el quemador estaba en el mínimo. Podrían haber tenido un verdadero desastre en sus manos. Apagó la cocina y quitó la sartén del fuego—. ¿Quién quiere mantequilla de cacahuetes y jalea para cenar?
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—Lo siento. —No es culpa tuya. La manivela se atasca de vez en cuando — dijo Sal—. Y deja de pedir disculpas. Asumo completamente la responsabilidad por todo el desastre. Caramba, ¡mira la hora! Beth y Carmen subirán dentro de media hora. —Podía sentir el aumento de calor en su rostro ante la idea de enfrentarse a ellas. —Ahora, esto puede ser interesante. —Jess se echó a reír. —Para ti es fácil decirlo. Tú te escondiste detrás de la camioneta. A lo mejor ellas lo cancelan, teniéndolo en cuenta. No me importaría esperar un día o dos para que la memoria empiece a desvanecerse. —No es probable. Carmen no va a dejar pasar la oportunidad tomarte el pelo. —Supongo que tienes razón. —Sal olió. Su nariz estaba empezando a afectarse. El humo acre de los pimientos quemados penetraba en sus fosas nasales y lastimaba sus ojos. Gracias a Dios que había solucionado el problema antes de desactivar la alarma de humo también. Encendió el ventilador para deshacerse de la nube de humo que flotaba por encima de los quemadores—. Jess, ¿puedes abrir todas las ventanas durante un rato? Tenemos que conseguir quitar este olor de la casa. —Bien —dijo Jess, y salió de la habitación. Sal llevó la sartén al fregadero y empezó a tirar el contenido a la basura. —Mira, siento el desastre… —Estás pidiendo disculpas de nuevo. —Sal interrumpió a Teddy y miró por encima de su hombro. No quería perder el pequeño progreso que había hecho por un pequeño error cometido en un momento agitado.
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El chico se había sentado en una silla en la mesa y sostenía su cabeza en sus manos. —Bien, vale —Teddy dijo en voz baja—. Pero lo siento por lo de anoche también. Por la forma en que actué. Para herirte. —¿Por darle un susto de muerte a tu medio hermano? —Sal preguntó. Puso una gota de jabón en la sartén, la llenó con agua caliente para quitar la grasa, y luego rebuscó debajo del fregadero para conseguir algo con lo que eliminar el olor penetrante y encontró algún producto con cítrico para rociar alrededor. —Eso también. —Espero que se lo digas —dijo Sal. Cogió una toalla y se volvió hacia el muchacho, apoyando por el culo contra el fregadero, mientras se secaba las manos—. Y me disculpo por arrastrar a su hermano a una vida de depravación. —Es bastante estúpido, lo sé. —Tal vez no tan estúpido, teniendo en cuenta cómo te enteraste. —No debería haberte golpeado. —Eso es evidente. Bien dado, a propósito. —Su mandíbula estaba todavía un poco rígida por el golpe, o tal vez de la mamada—. ¿A menudo golpeas primero y hablas después? Teddy se encogió de hombros. Sal pensó que había conseguido un punto de encuentro. No necesitaba arriesgarse a perturbar al chico más. —Así que te sientes avergonzado. Yo estoy avergonzado. —Puso una mano encima de la mesa—. ¿Qué dices si lo intentamos otra vez? Al principio, Teddy dudó, pero finalmente tomó la mano de Sal en un agarre firme y se estremeció. —Seguro.
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Sal pensó que podía acostumbrarse a esta sensación de triunfo cada vez que el chico se abría a él. Esperaba que él hubiera actuado con más confianza que sentía, porque estaba seguro de que quedar atrapado con sus pantalones abajo, dos veces, no sería su único error. Después de anoche, aunque... la pelea había sido la verdadera prueba. Cuan fácilmente él podría haber reaccionado como un policía, pero él se había retenido sin ni siquiera pensarlo. Podría ser capaz de hacer esto después de todo. Se ocupó de conseguir los ingredientes para la cena de los armarios, mientras se preguntaba cuándo había empezado a pensar en esto como un buen comienzo en lugar de una situación temporal. Arregló los frascos, el cuchillo, y la barra de pan en una tabla de cortar y colocó todo sobre la mesa enfrente de Ted, quien estaba mirando a la esquina de la habitación, sumido en sus pensamientos. —Tú cocinas, ¿verdad? Ted se volvió lentamente, volviendo a la tarea sin hacer comentarios. El muro estaba de vuelta. Al parecer, Sal no podía dormirse en los laureles demasiado pronto. Un chico en su casa 24-7 15 es un desafío mucho mayor que media docena en un gimnasio un par de horas a la semana. —Uno de estos días te voy a arrinconar y ver lo que realmente hay en ti. Ted gruñó. Tal vez no. Sal volvió a su tarea, usando un poco del agua jabonosa en el fregadero para limpiar las salpicaduras de la cocina. Unos minutos más tarde, Jess se deslizó en su asiento en la mesa. —Abrí la puerta de la azotea. Eso debería bastar. —Tenía el pelo mojado. Debía de haber tomado una ducha rápida.

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24-7: 24 horas 7 días a la semana

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Lo que le recordó a Sal su fuerte olor. Es probable que tuviera tiempo antes de que las damas se presentaran, pero se pensó mejor lo de dejar a los hermanos solos. El fregadero de la cocina tendría que bastar por ahora. —Oye, Ted. Me gusta lo que hiciste en la sala de estar —, dijo Jess. —Gracias. —Teddy no se molestó en mirar hacia arriba o, Sal notó, pedir disculpas a Jess. Empujó la tabla de cortar, colocando una pila de bocadillos triangulares perfectamente hechos, al centro de la mesa. Se levantó, cogió la botella de leche de la nevera y tres vasos de la alacena, los puso sobre la mesa, y rápidamente tomó un bocadillo—. ¿No necesitamos platos? —Me parece muy bien —dijo Sal, deslizándose en su nuevo, obviamente permanente, asiento. No le importaba. Después de trece años, un cambio de aires le haría bien, y con Jess sentado frente a él, no podía imaginar por qué no lo había pensado antes. Jess alcanzó la leche a través de la mesa, llenando primero su vaso, después de Teddy. —¿Corriste hoy? —Sí. —Teddy suspiró y puso los ojos en blanco—. Corro todos los días. —¿Sin dormir? —Yo dormí. Jess, simplemente asintió con la cabeza, acabó su mitad del sándwich, y tomó otro. —¿No me vas a preguntar dónde? —No —murmuró con la boca llena de mantequilla de cacahuetes. Ni siquiera se molestó en mirarlo, pero él le echó una mirada a Sal.

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Sal no pudo decidir si estaba enojado o simplemente siendo obstinado —. No estás pensando en usar ese delantal esta noche, ¿verdad? Teddy tragó ruidosamente. Él inclinó la cabeza y lanzó una mirada enfurruñada a Jess debajo de sus gruesas pestañas y balbuceó a la perfección—: Cariño, si tu puedes chupar una polla, yo puedo usar un delantal. La boca abierta de Jess no tenía precio. Para consternación de Sal, fueron interrumpidos por un golpe desde abajo. Había olvidado la cita. El calor subió en su cara mientras empezaba imaginar lo que iba a decir a sus inquilinas.

Dejó que Jess abriera la puerta mientras él y Ted levantaban la mesa. —Esta noche no hay discusiones, por favor. Ted dio un gruñido evasivo. Sal escuchó las voces subiendo las escaleras hasta que todos quedaron en silencio. Cuando se dio la vuelta, Carmen estaba apoyada en el umbral, con una sonrisa de oreja a oreja. —Eh... Hola. ¿Cómo fue tu viaje? La mirada de Carmen se desvió a Teddy, y la sonrisa se suavizó un poco. —No me hagas hablar. ¿Se necesita alguna ayuda aquí?

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—No, no, adelante. Vamos a estar allí. —Sal estaba seguro de que no era lo que ella había estado a punto de decir. Tener un chico en la casa obviamente ofrece algunas ventajas. Ella se echó a reír y se dirigió a la sala detrás de los otros. La mirada de Teddy con los ojos muy abiertos la siguió por el pasillo. —No dejes que la sonrisa del tiburón te engañe, Teddy. Ella sólo muerde un poco. —Ella es hermosa —dijo. Carmen era eso, y elegante, y un poco impresionante, con su espeso pelo castaño suelto como lo llevaba esta noche y sus ojos color humo, sin embargo la obvia admiración de Ted tomó a Sal por sorpresa. El chico estaba lleno de sorpresas. —¿Por qué no coges los pasteles? —preguntó—. Voy a llevar el café cuando esté listo. —No. Voy a esperar. Tú ve delante. Sal quiso insistir, pero cuando Teddy le dio la espalda a él y comenzó a limpiar el mostrador ya limpio, se dio cuenta de las manos del chico eran un poco inestables. ¿Nervioso o tímido? En cualquier caso, él probablemente necesitaba los pocos minutos extra, por lo que Sal guardó silencio. Sin embargo, tomó un poco más de tiempo para organizar los pasteles en la bandeja, para hacer justicia a la preciosa mesa preparada por Teddy, por supuesto. Cuando él no pudo retrasarse más tiempo, tomó la bandeja con un profundo suspiro y llevó los dulces a la sala de estar. Amaba esta habitación. Los suelos de roble y paneles de madera le daban un toque cálido y acogedor. Un ventanal que daba a la calle dejaba entrar luz suficiente para una romántica y cariñosa noche enfrente del fuego. Ellos no pasaban suficiente tiempo aquí.

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No hay fuego en una cálida noche de agosto, pero uno de los dos, Jess o Teddy, había abierto las cortinas, y el suave resplandor de una lámpara de Tiffany16 en el antiguo aparador de la abuela era toda la luz que necesitaban. Todo el mundo se había dispuesto alrededor de la mesa de café, Jess en el sofá, Carmen en el sillón reclinable irregular que era el favorito de Sal. Beth, con las piernas dobladas en una posición de loto, sentada en el suelo junto a la silla de Carmen. —Este debe ser un trabajo de Teddy —Carmen estaba diciendo —. Ustedes dos nunca pensarían en flores. Sal dejó la bandeja y se dejó caer en el sofá junto a Jess, que olía a pecado caliente. Ellos habrían hecho una fortuna si hubieran podido embotellar ese olor. En circunstancias normales, no lo pensaría dos veces inclinándose para un beso o poniendo sus brazos alrededor de su amante enfrente de Carmen y Beth, pero Carmen parecía haberse olvidado de su nerviosismo, y él no podía pensar en ninguna razón que refrescara su memoria. —Ted tenía algo que hacer hoy —Jess estaba diciendo—. Espero que los gritos no os molestaran ayer por la noche. —Él todavía estaba nervioso, a pesar de charla anterior de Sal. Los años no mostraban como era realmente Teddy. Su padre no había hecho con ninguno de ellos un acto de bondad. —Yo no noté ningún grito. ¿Tú, Carmen? —preguntó Beth, y Sal la quiso por eso. —Oh, vamos, Beth. No hay necesidad de mentir entre los íntimos. Beth estaba justamente lamentando los viejos tiempos, cuando podíamos disfrutar de una velada tranquila en casa sin tener

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Tiffany es un nombre que ya pertenece a la leyenda americana. Hoy tiene diversos significados: Tiffany, el fundador de la joyería y platería de Nueva York, el mejor lugar en el mundo para comprar diamantes. Además, Tiffany el artista, el exponente máximo del art nouveau, creador de las lámparas y los floreros de vidrio soplado. Hubo, entonces, un padre muy famoso, Charles Lewis, y un hijo también célebre, Louis Comfort.

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que preocuparse por nuestro casero, corriendo desnudo y con su instrumento creciendo, en el sótano. —¡Yo no estaba! —Vaya —dijo Sal—. Tenía la esperanza de que no te hubieras dado cuenta. La sonrisa en el rostro de Carmen, demostraba que ella tenía mucho más que decir sobre el asunto, pero Beth, Dios la bendiga, interrumpió. —¿Piensa esconderse en la cocina toda la noche? Teddy escogió ese momento para entrar en la habitación con la cafetera. Se detuvo en la puerta con timidez. Se había quitado el delantal, después de todo. —Siéntate, Teddy. —Sal le presentó a sus invitados—. Beth es escritora. —Lo que significa que estoy en casa todo el día, en caso de que alguna vez necesites algo, Teddy —dijo ella con una sonrisa amplia y acogedora. La sonrisa que Teddy devolvió era un poco de sorpresa. No tan amplia y tímida sin duda, pero un entendimiento instantáneo surgió entre los dos. —Carmen es abogada —Sal continuó, luego se volvió hacia Carmen—. Vamos a recoger tu cerebro más tarde, si no te importa. Jess miró por encima del hombro con una pregunta en su cara. —No puede hacer daño —dijo Sal. —Por supuesto —Carmen dijo con buen humor—. No aperitivos gratis, ¿verdad? Esto se ve bien, por cierto. ¿Dónde has encontrado las pastas para el té?

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—¿Teddy? —preguntó Sal. El chico se volvió de un nuevo tono de color de rosa cuando él se sentó en el suelo cerca de Beth. —M-Miette17 —balbuceó—. Yo… es en… —Octavia18 —Carmen terminó por él. Sal estaba impresionado. Él conocía el lugar y nunca habría pensado en ello. —¿Cómo lo has encontrado? —Google. —¿Buscando pasteles en Google? —Sal pensó en los veinte millones de resultados que habría obtenido y no podía imaginar como le habían llevado a la mejor confitería de San Francisco. Todo el mundo lo estaba mirando—. Hey, Yo uso Google... para el trabajo... a veces. Beth se acercó al lugar donde estaba sentado y le susurró algo al oído. Teddy se sonrojó y sonrió con las manos cruzadas en su regazo, pero cuando Beth le dio un empujón con el hombro, amplió la sonrisa, y toda la tensión pareció escurrirse de su cuerpo. Sal hizo una nota mental para preguntar a Beth por lecciones.

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Miette: La mejor confitería de San Francisco. Hay dos establecimientos. Podéis ver su página web. Octavia (Octavia street): calle de San Francisco

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Ellos sólo podían hablar sobre lugares de vacaciones durante un tiempo. Cuando la conversación empezó a morir, Carmen se sirvió una taza de café y preguntó cómo podía ayudar. Jess se inclinó hacia adelante y puso una mano sobre la pierna de Sal. —Déjame. Al parecer, había estado pensando sobre el tema. Los hermanos se miraron de precaución. Jess se aclaró la garganta y fue directo al grano. —Ted tiene que pedir por la emancipación. La ceja de Carmen se elevó. Dirigió su atención a Teddy, estudiándolo por unos instantes. —Tiene que ser capaz de mantenerse a sí mismo. ¿Cuándo vas a cumplir los dieciséis, Teddy? —El doce de mayo. —Él respondió con cautela, más molesto por la noticia de Carmen, Sal pensó, que por la pregunta de Jess. Él y Jess habían decidido aplazar la discusión de cómo había estado apoyándolo durante todo el verano. —Nueve meses. —Ella rechazó la idea con un movimiento de la cabeza—. Ningún juez le concederá la emancipación a su edad. ¿Has hablado con tus padres acerca de esto, Jess? Estoy asumiendo que tienen la custodia legal. —Ted vive con nuestro padre. Las cosas en casa son… Teddy le cortó bruscamente. —Mi papá y yo no nos llevamos muy bien. Carmen dirigió una mirada inquisitiva a Jess. Él se mordió los labios y sacudió la cabeza. Al parecer, ella no necesitaba nada más que eso para alcanzar la conclusión correcta. Sal casi podía ver las ruedas girando en su cabeza. —¿Cuáles son nuestras opciones? —Jess le preguntó. Dio a la rodilla Sal un apretón, haciéndole saber que él era consciente de sus
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preocupaciones—. Todo lo que hagamos tiene que ser estrictamente legal. —¿Tu padre cooperará? —preguntó ella—. Porque, tu mejor apuesta es pedir la tutela. —Él debería. Comoquiera que el hombre nunca se molestó en buscar a su hijo, Sal supuso que incluso podría estar feliz por cooperar. Teddy no parecía pensar así, pero los demás no lo veían apretando sus dientes y moviendo la cabeza. —Si él no está dispuesto a ceder la custodia, los Servicios de Protección Infantil pueden ser capaces de ayudar. —¡No! —Teddy gritó presa del pánico—. Ellos me pondrían en una familia de acogida. Involucrarían a la policía. —Los policías ya están involucrados. —Carmen miró deliberadamente en dirección a Sal—. Una casa de acogida es la siguiente mejor opción. No necesariamente con extraños, Ted. Tu hermano podría solicitar una plaza de parentesco. —Pero ellos podrían decir que no. ¿Es que nadie me va a preguntar lo que quiero? —Teddy —dijo Jess—, sabemos lo que… —Espera, Jess. —Sal apretó suavemente los muslos de su pareja pidiendo disculpas por la interrupción—. Dínoslo. ¿Qué quieres, Teddy? Sorprendido, Teddy tomó un minuto para encontrar respuesta. —Deberías haberme dejado en Los Ángeles. su

—¿Es eso lo que quieres? —La voz de Jess tronó—. ¡Quítate esa idea de la cabeza ahora mismo!
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—No. No. —Teddy tardó en responder, claramente agitado por la violenta reacción de Jess—. Quiero quedarme aquí e ir a la escuela. —Está bien. —Sal se sorprendió incluso a sí mismo por la velocidad de su respuesta. No podría señalar el momento en que lo había decidido, pero oír la elección del chico fue todo lo que necesitaba para reconocer que él quería lo mismo—. No te preocupes, Teddy. No vamos a tomar ninguna decisión sin ti. Ahora, ¿irías con Beth a la cocina mientras hablamos con nuestro abogado? —Pero… —Confía en mí. —Se volvió hacia Carmen—. ¿Cómo lo hacemos? —Vamos, Teddy —dijo Beth—. Tienen que hablar de cosas que tú ya sabes y yo no necesito oír.

Veinte minutos más tarde, Sal se sintió mucho mejor. Ellos tenían un abogado y un plan. Se estiró y recogió los platos y vasos, mientras que Carmen discutía el papeleo con Jess. Cuando se acercaba a la cocina, escuchó gritos de alegría desde la parte posterior de la casa. Puso los platos en el fregadero y siguió los sonidos a la pequeña oficina que habían arreglado como la habitación de Teddy. Teddy y Beth sentados delante del ordenador, riéndose con entusiasmo. —¿Qué está pasando aquí?

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Beth chilló. —¡Acabamos de comprar un ejemplar firmado del número diez de Sandman19 en perfecto estado por dieciocho dólares! —Maldita sea, Ted. No puedo dejarte solo ni un minuto —dijo Jess, que venía detrás—. ¿Quién tuvo la idea de eBay 20? —Beth —Carmen le aseguró—. Es adicta. —¿Dieciocho de dólares por un comic? —Sal preguntó, sacudiendo la cabeza con incredulidad, pero por dentro sentía una oleada de alegría porque Teddy había encontrado una amiga—. ¿Eso es bueno? —El vendedor está, probablemente, dándose patadas en el culo mientras hablamos. —Teddy sonrió.

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The Sandman es una serie de historietas, escrita por Neil Gaiman, e ilustrada por un amplia gama de artistas de variados estilos, limitados hacia arcos argumentales o episodios sueltos. Además del co-creador Sam Kieth, otros ilustradores que participaron son Colleen Doran, Mike Dringenberg, Marc Hempel, Kelley Jones, Jill Thompson y Michael Zulli.
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eBay es un sitio destinado a la subasta de productos a través de Internet. Es uno de los pioneros en este tipo de transacciones, habiendo sido fundado en el año 1995. Desde 2002 eBay es propietario de PayPal.

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CAPÍTULO 7

Jess parecía dulce como un caramelo, con todo su pelo revuelto y sus vaqueros ceñidos a sus caderas, cruzando la sala tenuemente iluminada con un cuenco gigante en ambos brazos. El corazón de Sal dio un pequeño salto en señal de bienvenida. Su polla ofreció su propio saludo, apretando su entrepierna con deseo, más sutil aunque no menos entusiasta. Se echó a reír, tanto por su reacción como por la vista. —¿Palomitas de maíz para seis? Poniendo el bol sobre la mesa de café, Jess cogió un puñado antes de dejar caer su cabeza en el regazo de Sal y sus pies en el brazo del sofá. Miró hacia arriba, su cabeza rozando la polla de Sal en el proceso. —Oh, ¿quieres un poco? Los ojos de Sal se cerraron con el agradable roce. Le tendió una mano. Jess le pasó dos palomitas y cogió el mando a distancia. — ¿Qué película has puesto? Esta vez, la íntima caricia produjo un gruñido. —Star Trek 21. —¿La nueva? —Jess encendió el vídeo y volvió a sonreír—. Spock22 está caliente en esta.

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Star Trek o Viaje a las estrellas es una franquicia de series de televisión y películas de ciencia ficción. El universo de ficción de Star Trek creado por Gene Roddenberry está compuesto por cinco series de televisión con actores reales, incluyendo Star Trek: la serie original de 1966, más una serie de animación con personajes dibujados en 2D, además de once películas.
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Spock es un personaje de la franquicia de ficción Star Trek. Inicialmente interpretado por Leonard Nimoy en la serie original de Star Trek. Este personaje de raza medio-vulcano es uno de los más conocidos de la serie original de televisión. El nombre de Spock, que nunca se ha mencionado en la serie, es impronunciable para los humanos.

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Si Jess no dejaba de moverse, Sal se iba a venir en sus pantalones. —Estás haciendo eso a propósito. —¿Qué? ¿Esto? —Y, por supuesto, él movió su cabeza hacia atrás y hacia adelante varias veces hasta que no fue posible ocultar la hinchazón en los pantalones de Sal. —Me estás matando. —Se removió en su asiento, intentando una posición más cómoda. Sus pantalones ya estaban apretando su entrepierna. Por desgracia, la maniobra no hizo más que empeorar las cosas. —Oh, ¿de verdad? —Jess se movió, desviando su atención de la TV, y hundió su rostro en el regazo de Sal. Dejó escapar un largo, largo, largo suspiro. —¡Ah! —El aliento caliente se filtró a través de los pantalones vaqueros de Sal, bañándolo en un agradable calor que se extendió rápidamente a sus bolas y lo encendió. Apretó los dientes para ahogar un grito. Al parecer, su culo estaba tomando las señales de su rostro, porque sus glúteos apretaban, empujando su entrepierna contra la cara de Jess. Jess se aferró a la polla de Sal y comenzó a tratar de morder a través de la tela vaquera. —Jesús, Jess, ¡detente! Jess sacudió la cabeza como un perro con un hueso. —¿Dónde está Teddy? Eso consiguió su atención. Jess se alejó, mirando molesto. —Está en el tejado. No creas que criarlo me va a reducir la velocidad. —Pensé que querías ver la película. Si sigues así, no voy a llegar a los créditos de apertura.

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—Están todavía poniendo los tráilers23. —Jess miró por encima del hombro, evaluando—. Nosotros tenemos siete minutos más. —Esto va a tomar alrededor de treinta segundos. Deberíamos ir a la habitación. Sin decir una palabra, Jess cogió el mando a distancia y detuvo la película. Él se puso de pie, agarró la mano de Sal, y lo arrastró por el pasillo a través de la puerta del dormitorio. Sal cogió la puerta antes de que se cerrara de golpe. La cerró con suavidad, con cuidado de no hacer ruido. Antes de que el pestillo estuviera en su lugar, Jess estaba de rodillas. Un segundo después los pantalones vaqueros de Sal estaban alrededor de sus muslos, y la calidez de Jess, la boca húmeda alrededor de su pene. Él se apoyó contra la pared con una mano y agarró la cabeza de Jess con la otra. Le tomó dos minutos. El orgasmo lo sacudió tan fuerte que tuvo que cerrar las rodillas para no caer. Jess no abandonó hasta que todos los músculos del cuerpo de Sal se hubieron convertido en gelatina. Luego se levantó, lo abrochó, y silenciosamente abrió un poco la puerta. —Oye —Sal gruñó. Empujó la puerta cerrándola, con menos cuidado en esta ocasión, agarró el cinturón de Jess, y lo empujó contra la pared, tirando de él, abrazándolo. Su cuerpo podría estar tan flojo como su polla, pero su mente estaba centrada intensamente en su amante. Él deslizó una mano en los pantalones de Jess y levantó la polla dura, con una larga caricia hasta que la cabeza se asomó por la cintura de sus vaqueros—. Mmmm... Yo no he terminado todavía. Jess se echó a reír. Frotó los labios de Sal con los suyos y susurró: —Te ves bien hecho para mí.

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Tráiler - Fragmentos de una película que se proyectan antes de su estreno con fines publicitarios.

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—Dame un minuto. —Dio un pequeño apretón, una promesa de más, una vez que había conseguido mantenerse seguro sobre sus piernas. Jess susurró un pequeño murmullo de apreciación sobre los labios de Sal. Aspiró, y la lengua de Jess invadió su boca. Tan dulce, el sabor de Jess por debajo del sabor almizclado del esperma. Sal llevó su mano libre, pasando los dedos por el espeso pelo rubio de Jess, hundiendo sus dedos en el cuero cabelludo, apoyándose en el beso. —Tan dulce. Así como Sal sentía que se había recuperado lo suficiente para hacer un poco de esfuerzo en él, Jess se apartó, terminando el beso. Llevaba una pequeña sonrisa. Los ojos brillantes con ternura, le quitó la mano a Sal de los pantalones y se la acercó para besar la palma de la mano, y luego comenzó metiéndose a sí mismo de nuevo en los pantalones. —Estoy ahorrando para después. —¿Qué? —Sal no podía creer lo que estaba oyendo—. Jess, tienes veintidós años de edad. Tienes lo suficiente para ahora y para después. La sonrisa de Jess se hizo más grande. —Sí, pero tú eres viejo. —Esta vez Sal no lo detuvo cuando él abrió la puerta—. Necesitas tiempo para recuperarte para lo que tengo en mente. —Él se asomó, examinando la sala. Su sonrisa se desvaneció—. Sal, su puerta está abierta, y la luz encendida. —Oye, no creas que puedes cambiar de tema después de un comentario como ese. —La broma de Sal le hizo entrar de nuevo en la habitación, pero se puso serio con una mirada de preocupación—. Tú dijiste que estaba en el tejado. Es probable que solo necesite un poco de tiempo a solas. —Pero es de noche. Ese borde es muy bajo, Sal. —Oh, por amor de Dios, él no se va a caer del tejado, Jess. —Sin embargo, las líneas de preocupación en la frente de Jess simplemente
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se hicieron más profundas—. Supongo que quieres que yo vaya allí y que vea cómo está. Jess asintió con la cabeza, esperanzado. ¿Cómo podía resistirse a esa linda cara un poco enfurruñada? Además, su hombre no iba a ser capaz de relajarse hasta que alguien se asegurara que el chico no había tropezado con los pies en la oscuridad y había tenido una caída que causara su muerte, y Sal no podía esperar que fuera Jess. No había estado en la azotea desde la primera vez, hacía casi un año. Si Sal incluso sugería ir hasta allí, Jess rompería a sudar. Jess supo cuando había convencido a Sal. Le salpicó de besos y agradecimientos, a continuación, le echó hacia las escaleras. —Es posible que desees tener una charla mientras que tú estés ahí arriba —le dio a entender no muy sutilmente. Bien. La charla. Sal miró sobre su hombro, preguntándose si acababa de ser manipulado, pero mirada fruncida de preocupación de Jess lo convenció de que había suficiente para inquietarse. —Date prisa. Voy a ir a ver la película. Voy a mantener el asiento caliente para ti y te agarraré cuando vuelvas.

Sal tomó su chaqueta y una de las sudaderas viejas de Jess del armario camino de las escaleras. Una brisa fresca y el olor a mar lo saludaron mientras entraba en el tejado. La temperatura había bajado unos veinte grados desde que el sol se puso, dejando un poco de frío en el aire, tiempo de suéter.
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—¿Aún estás aquí, Teddy? —Eran casi las nueve. No lo habían visto en varias horas. —Sí, aquí —, Teddy llamó desde la parte trasera de la casa. Sal se dirigió hacia el sonido de la voz a través de tiestos y macetas. Alguien había eliminado la mayor parte de los escombros de la temporada y había barrido el suelo debajo de las rosas y palmeras Phoenix. Aspiró de nuevo y tomó el secreto familiar, rico olor de suelo fresco-labrado y saludable vegetación. —¿Has arreglado esto? —le preguntó mientras se acercaba. Teddy estaba sentado en el borde de la azotea, suficientemente alto como para llegar a las rodillas, con los pies colgando sobre el borde, mirando hacia afuera, observando el flujo de las luces rojas y blancas a lo largo de Divisadero. Como Sal esperaba de un chico que había vivido en el calor sofocante de Central Valley 24 toda su vida, él solamente llevaba una camiseta de manga larga. Pasándole la sudadera con capucha, se sentó en un asiento en la pared junto a él y dejó que sus pies, también, colgaran sobre el borde. Desde este ángulo, las luces de la parte superior de los arcos del Golden Gate 25 parpadeaban a lo lejos a la izquierda, y la silueta de la Coit Tower 26 se encontraba con el resplandor de Fisherman’s Wharf27 a la derecha.

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Central Valley es un gran llano que abarca la porción central del estado de California, en los Estados Unidos. En él se localiza la mayoría de las industrias agrícolas del estado. Se extiende por cerca de 600 km en su tramo norte-sur; la parte norte se conoce como el Valle de Sacramento, y la parte sur como el Valle de San Joaquín. Las dos partes se unen en el delta de los ríos Sacramento y San Joaquín.
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Golden Gate – Puente colgante en San Francisco

26

La Coit Tower es una torre de 64 metros de altura situada en el Barrio de Telegraph Hill en la ciudad de San Francisco en los Estados Unidos de Norteamérica.
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Fisherman's Wharf es un barrio y una popular atracción turística de San Francisco, California.

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—Sí, gracias —dijo Teddy—. Me gusta estar aquí. —En las tres semanas que estaba con ellos, el tejado había llegado a ser tanto su lugar como el de Sal. —A mí también. Solía venir aquí cada noche y hacer mi propio jardín. No tanto desde Jess trasladó. —Sal se echó a reír, imaginándose a Jess a continuación preocupándose de que su hermano se hubiera caído y hubiera muerto—. Tiene miedo a las alturas. —Es una lástima para él. ¿Cómo puedo entrar en el patio? — preguntó, señalando a la mancha verde en la parte trasera de la casa. —La puerta está en la planta baja la cocina. Pregunta a Beth. Estoy seguro de que estaría encantada de dejarte salir, especialmente si tú estás interesado en ayudar con el mantenimiento. —No es que el pequeño patio necesitara mucha atención. Sin embargo, el chico debería tener algo que hacer, y al parecer le gustaba ensuciarse las manos—. Pensé que tal vez quieras saber que Jess y Carmen tienen todo listo para la Corte. Van a esperar hasta mediados de la próxima semana para presentarlo. Eso te dará un par de días en la escuela para demostrar lo normales que somos. Así que pórtate bien. —No te preocupes por mí. Yo sé portarme normalmente. —¿Nervioso? —No. ¿Debería estarlo? —él sonrió—. Después de todo, nosotros no estamos más en Fresno, Toto28. —Tonto del culo. —Sal se preguntó cuántas de sus conversaciones con Jess había escuchado el chico—. Pero escucha, Teddy. Sólo sé tú mismo. —Tan pronto como yo pueda averiguar qué es eso. —Teddy volvió su mirada a la oscura extensión de la bahía y suspiró—. Confía
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Toto: Nombre del perro de Dotothy en la película El Mago de Oz.

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en mí. No voy a hacer nada para estropear una buena cosa. Me gusta vivir aquí. Me gusta tu casa. Jess me dijo que ha sido de tu familia durante mucho tiempo. —Más de ciento cincuenta años. —El cambio de tema no molestó a Sal. En las semanas transcurridas desde la discusión, se había dado cuenta de la renuencia de Teddy para compartir sus pensamientos. Él se parecía más a él que a Jess en ese sentido—. ¿Has visto nuestro nombre tallado en el marco superior de la puerta? —Ciento cincuenta. Wow. Se ve bien para su edad. —Teddy se echó a reír—. ¿Cómo tuviste tanta suerte? Era bueno oírle reír. —Mis abuelos me la dejaron. —¿Hay algún Bataglias más por ahí? —Mamá y papá viven en el norte en Sonoma. La familia de mi madre es propietaria de un viñedo, y el abuelo Ricci es mayor. Cumplirá ochenta este año. Él necesita que le ayuden. —A ninguno de sus padres les gustaba venir a la ciudad—. Nos invitaron a la barbacoa que papá organiza todos los años con motivo del Labor Day29. Yo tengo que trabajar –normalmente lo hago en días festivos– pero nosotros los visitaremos pronto. Te gustará. Un montón de verdes colinas y otra vieja casa, una antigua hacienda enorme construida en el año 1900. Los ojos de Teddy se abrieron por la sorpresa. —¿Tus padres hablan contigo? Qué pregunta más triste, pero después de ver a los hermanos y oír algunas de sus conversaciones, no era una sorpresa. —Oh, sí, mi mamá estaría en la puerta de mi casa el domingo justo después de la iglesia si me olvidara de llamarla cualquier sábado. —No importaba lo mucho que odiara a venir a la ciudad.
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Labor Day, día del trabajo, es un día festivo federal que se celebra en Estados Unidos el primer lunes de septiembre. En España es el 1 de mayo.

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—¿Ellos no están molestos? —¿Porque soy gay? No es así. Ellos rezan por nosotros. —Se rio para sus adentros pensando cuan a menudo su nombre y el de Jess surgían cuando su padre bendecía la mesa, sin indicar detallar, al menos en su presencia. Él no debería reírse. No era divertido—. Ellos estaban dolidos al principio y luego tenían miedo por mí. Ellos están mejor desde que yo encontré a Jess. Les tomará un tiempo saber que yo estoy bien. —Y ese fue el preámbulo perfecto para su propósito de estar aquí—. Hablando de seguridad, Teddy, Jess y yo coincidimos en que debería plantear esto. Han pasado tres semanas desde que te encontré. Hay algo de lo que tú necesitas ocuparte. Teddy respiró hondo y exhaló un jadeo, pero al menos no hizo el tonto. —Lo sé. —Deja de retorcerte. Eso es una larga caída. ¿Entiendes de lo que estoy hablando? —Sí. Dile a Jess no tiene que preocuparse. Tuve cuidado. Y algunos de los chicos de ahí abajo me dijeron cómo cuidar de mí mismo. —Eso es bueno saberlo. ¿No te importa hablar de esto? —Claro que me importa. —Dio un pequeño susto a Sal inclinándose hacia adelante sobre la pendiente, pero su agarre en la pared se mantuvo firme—. No es un gran secreto, obviamente. —Así que, ¿te harás el análisis? —Supongo que tengo. Sal mantuvo una estrecha vigilancia sobre él. Teddy parecía estar tomando esto muy bien, a pesar de que la precaria posición lo ponía nervioso. —En el Departamento de Salud lo harán de forma gratuita. ¿Quieres que Jess o yo te llevemos?
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—No, iré yo solo mañana. Así podría acabar todo antes de que empiecen las clases. ¿Cuánto tiempo llevará conocer los resultados? —Unos pocos días. Una semana. Ellos llamarán si quieren que vuelvas. —Así que si no llaman, ¿estoy bien? —Probablemente. Tendrás que volver en un mes y una vez más después de eso. A continuación, tú puedes estar seguro. Miró a lo lejos, con su rostro oculto, y tragó saliva - Sal sospechaba un sollozo. Ningún niño de su edad debería tendría que hacer frente a este miedo en particular. —Qué pasa si… —Si son malas noticias. —Sal rápidamente le aseguró—: Vamos a tratar con eso.

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CAPÍTULO 8

—¿Qué vas a hacer, señor Havershim? —La última vez que había visto Sal a su vecino de setenta y ocho años de edad, se estaba recuperando de un ataque al corazón-no hace mucho tiempo. Probablemente no debería estar aquí raspando en la parte delantera de su casa adosada de dos plantas—. ¿Necesitas un poco de ayuda con eso? —Hola, Sal. No. Está todo cubierto. —El viejo se sacudió las manos sobre el mono del pintor que llevaba y se acercó a estrechar la mano de Sal cuando él se acercó a la valla de hierro fundido—. Mis hijos estarán aquí este fin de semana. Nosotros vamos a ponernos guapos. Estoy poniéndome a la cabeza del partido. Sal tomó la mano extendida. El firme apretón de manos del anciano siempre le recordaba a su abuelo, otro abuelo, el que había sido como un padre para él cuando su propio padre no podía mirarlo a los ojos. Había muerto cuando Sal tenía dieciséis años. —Ten cuidado, ahora no hay escaleras. No quiero estar limpiando la acera. —Dio un paso atrás para admirar la bien cuidada casa de la época victoriana—. Otra dama pintada en la cuadra. ¿En qué colores estás pensando? —Pensé en ser un poco conservador esta primera vez, de color azul pálido con ribete de genciana y marcas violeta. ¿Qué piensas? ¿Debo ir más audaz con las marcas? —Suena perfecto. Ella estará hermosa. —¿Cuándo vas a hacer la tuya? Sal miró al otro lado de la calle a sus tres históricos pisos. —La abuela se revolvería sobre su tumba si yo pusiera este lugar como

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una ramera. —Un coche extraño se acercó a la calzada, bloqueando la acera. —Oh, no sé, Sal. Miranda no era lo que se dice del tipo conservador. Habló de hacerlo un par de veces. —Lo he pensado un poco. Ella quería un cambio de imagen en tres o cuatro años... —Las palabras de Sal se fueron apagando. Beth nunca dejaría que sus invitados aparcaran en la puerta de su casa. Además, su lugar de siempre estaba vacío, y no vio su coche en cualquier parte del edificio—. Parece una visita Sr. Havershim, ¿has visto entrar a alguien? —No he notado nada. ¿No tienes un nuevo compañero de casa? A lo mejor tiene un amigo más. Teddy se había vuelto definitivamente más cómodo en el último par de semanas, pero la escuela no empezaba hasta el lunes. Sin embargo, podría haber conocido a alguien. Sal no tenía ningún problema con que Teddy tuviera un amigo más, pero Sal sabía que los adolescentes ni muertos conducían un Taurus plateado. —Sería mejor que quien quiera que sea mueva su coche antes de patrulla de tráfico vaya a por él. Él echó un vistazo al vehículo desconocido. No podía leer la placa desde este ángulo, pero reconoció la pegatina de color azul y blanco “Contractors Build Confidence” en el parachoques por su forma y configuración. —¡Dios, no! —el padre de su novio era un contratista. Sin molestarse en decir adiós, saltó la acera y se abrió paso a través del tráfico, rezando para que estuviese equivocado, pero sabiendo que no era así. Se las arregló para coger sólo los primeros caracteres de la matrícula en su prisa por llegar a la puerta, y subió los escalones de tres en tres.

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Mientras buscaba a tientas su llave, vio que la puerta no tenía el pestillo puesto. Se abrió paso. La puerta interior estaba abierta. Un fuerte estruendo se hizo eco de lo alto, y una voz gutural gruñó. —Tú, pequeño jodidamente raro. Te voy a matar. Sal subió corriendo las escaleras. Cuando su cabeza asomaba por encima del rellano, los vio. Al lado de la puerta de la cocina, Sullivan tenía la mano alrededor de la garganta del niño. Los brazos de Teddy colgaban a los costados, sus ojos desenfocados. Fácilmente del doble del tamaño de Teddy, el hombre le golpeó contra la pared antes de Sal llegara arriba. Saltó la barandilla y se movió rápidamente, golpeando al hombre de más edad en mitad del camino por el pasillo. Teddy se deslizó hasta el suelo, dejando un rastro de sangre en la pared. —Policía. No te muevas —Sal gritó y cayó de rodillas al lado de Teddy sin esperar para asegurarse de que el atacante lo hiciera. El cuerpo de Teddy se puso rígido y se arqueó en el suelo, su pecho desnudo estaba agitado intentando coger el aire que no podía capturar. —¡Teddy! —Sal vio su palidez gris y los labios azulados, mientras levantaba la barbilla y, haciendo caso omiso de la sangre corriendo desde una esquina de su boca, sopló en sus pulmones. El pecho de Teddy se levantó una vez más. Aspiró un fuerte chorro de aire y tosió. —Eso es, bebé, respira. Sé que duele, pero tú necesitas respirar. —¡Oh, Dios mío! ¡Oh mierda! No era mi intención... —El pánico del viejo sonaba auténtico, pero sabía que lo mejor era estar de acuerdo con Sal—. Ayúdalo. Tienes que ayudarle.
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Sal lo ignoró y revisó a Teddy, buscando desesperadamente la fuente de la sangre. Su camisa colgaba en andrajos, pero sólo vio contusiones color rojo profundo. Una vez que determinó que la sangre no fluía, comprobó su respiración de nuevo. Satisfecho de que Teddy estuviera tan estable como él podría hacer, Sal sacó el teléfono celular de su bolsillo y tecleó el marcado rápido. —Yo nunca quise hacerle daño, pero cuando llegó a la puerta de esa forma... No quise golpearlo con tanta fuerza. ¡Mierda! Sal no se fiaba de sí mismo para hablar, pero él cuidó cada palabra. Rápidamente respondió. —Aquí Bataglia. Necesito un auto y una ambulancia en mi casa. —Él dio la dirección—. Rápido. —¿Tu casa? Pensé que este era el lugar de su hermano. ¿Dónde está Jess? Sal sacó su identificación con la mano libre y le mostró la placa. —Estás bajo arresto, Sullivan. Tienes derecho a permanecer en silencio. Te sugiero que lo utilices. El viejo maldijo y se precipitó por las escaleras. Sal lo dejó ir. Él no llegaría muy lejos. Teddy se quejó. Sus párpados se medio abrieron y se agitaron un momento antes de que lograra enfocar. —¿Sal? —Su voz generalmente dulce era apenas un graznido. —Sí, bebé. No tienes que hablar. No te muevas, ¿vale? Se ha ido. La mano de Teddy se acercó y estrujó su camisa. —Él me encontró.

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Sí, y ¿de quién era la culpa? —Estoy tan triste, Teddy. Gwen sabía que no debía decir nada. Ella no es la única a la que se lo dije. Estoy seguro de que ella no es la única. Lo siento mucho. —No —gruñó—. Es culpa mía. —Tú llamaste a alguien. —Aunque ahora no era importante, el saber que aún podía confiar en su amiga fue un alivio. —Al entrenador. No le dije donde. —Identificador de llamadas, bebé. Está bien. Sólo quédate quieto. —No te puedes mover. —El ataque de pánico de Teddy agarrándose a la camisa de Sal decía todo lo contrario, pero podía tener algo roto. —Mueve los dedos de los pies para mí. —La parte inferior de su cuerpo tenía movimiento—. Voy a ir a abrir la puerta a los paramédicos, cariño. Prométeme que no tratarás de moverte. —¡No! —Teddy le agarró con más fuerza—. Por favor no me dejes. Sal odiaba a dejarlo ni por un momento, pero había oído el portazo detrás de Sullivan, lo que significaba que estaba cerrada con llave. —Yo no quiero esperar a que derriben la puerta. Estaré de vuelta. Lo prometo. Las lágrimas caían por las comisuras de los ojos del muchacho, pero él lo soltó. Sal bajó corriendo las escaleras y fijó la cuña en la puerta exterior, dejando el interior de la puerta abierta. En el camino por las escaleras, él marcó el número de Jess en su teléfono celular, haciendo el movimiento de forma automática. Si él pensaba demasiado, no sabría qué decir.
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—¿Qué pasa, Sal? —Jess, vuelve a casa. Teddy está herido. —Por un momento, él era un policía haciendo una llamada para notificar a un familiar. Entonces oyó un gemido y silencio. Cuando Jess volvió a hablar, su voz temblaba. —¿Estará bien? De repente era difícil hablar con un nudo en la garganta. Sal hizo un par de intentos fallidos antes de poder continuar. —Estoy... estoy esperando a los paramédicos. Él está hablándome. —¿Dónde está el viejo? La hipótesis de Jess no fue una sorpresa a Sal, y el hecho de que ellos no hubieran podido hacer nada para evitar que esto sucediera lo enfureció. Eso se acabó. —Tuve que dejarlo ir. No irá muy lejos. —Las sirenas ya se estaban acercando—. Lo cogí, Jess. Él no va a salirse con la suya esta vez.

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CAPÍTULO 9
¿Dónde estaban los malditos relojes? Escondidos, sospechó Jess, para que así nadie que estuviera allí esperando pudiera decir con certeza cuanto tiempo había pasado desde la última vez que habían visto a un doctor, a una enfermera o incluso a una persona de mantenimiento. Las primeras horas habían sido un borrón de actividad, pero no había pasado nada ni nadie desde que habían traído a Ted de vuelta de radiología. Tenía mil preguntas, y solo el pitido estable de la máquina que monitoreaba los signos vitales de Ted para responderlas. La respuesta que esta daba era lo único que le impedía venirse abajo. Su estupidez no había matado a su hermano pequeño. No podía sentarse allí mientras veía los moratones de su hermanito oscurecerse. La manta de libre tejido que habían colocado por encima del desnudo cuerpo de Ted no alcanzaba a esconder las notorias marcas en su blanca piel. Jess se levantó y volvió a sentarse. Metiendo las manos en los bolsillos, miró fijamente la cortina por un tiempo. Tenía que mantenerlo unido. Maldita sea, Teddy. ¿Cuán duro puede ser fingir? Yo lo he estado haciendo toda mi vida. Cierto, porque echarle la culpa a su hermano, que nunca había hecho nada para merecer eso, era mucho más fácil que admitir su propia responsabilidad. Ardiendo en culpa, echó un vistazo al bulto en la estrecha camilla. No quería sentirse de esa manera, pero se había permitido a sí mismo ser arrullado por tres años libres de carga. Había perdido el norte, olvidado como proteger a su hermano, fallado en su cuidado. Y

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había amado cada minuto en el que no había tenido que pensar en lo que había dejado atrás. Pero siendo honesto, tenía que admitir que siempre había sabido que nunca se habría ido muy lejos. Su error había sido dejar a Sal convencerle de que Ted tenía el derecho de tener algo de su misma libertad. Quería creer. Sal, después de todo, era mayor. Había estado alrededor por más tiempo. Había trabajado con otros chicos gay en la comunidad. Pero Sal no conocía a John Sullivan. Y Jess sabía exactamente que era lo que había hecho explotar al hombre mayor. Ver a Ted las pasadas semanas había sido una verdadera revelación. Beth había sido la primera en trabajar los milagros. Ella lo había tomado bajo el ala, manteniéndole ocupado, y él había florecido. No siempre de una manera que Jess consideraba segura, pero ¿quién podía pelearse con el nuevo, relajado Teddy? Él incluso había calentado a Sal. Había que admitir que Jess había tenido que morderse la lengua muchas veces mientras su hermano había tirado una parte tras otra del que había sido el Ted tan cuidadosamente construido a través de los años. La dura práctica de la voz había sido lo primero. Jess se había sorprendido al ver que, sin el mantenimiento forzado de mantenerla baja, la sensual y alta pregunta de “¿buscando a alguien, papi?” había salido de forma natural. ¿Sabían los otros como se vestía cuando estaba solo en casa? ¿De donde habían venido las ropas que ahora estaban embolsadas y etiquetadas como prueba? Su padre podía haber perdonado el maquillaje. El chico nunca había abusado de este, y muchos chicos llevaban los ojos maquillados. Pero los cortísimos pantalones y la camiseta tres tallas más pequeñas, nunca. Throw in that voz de sexo telefónico, y la combinación había ido directa a los miedos del viejo hombre. Jess se estremeció. La camiseta había sido hecha jirones. Nunca había visto al viejo golpear tan duramente a Ted.
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Jess no podía ayudar esperando que alguien más hubiera hecho eso. Eso era un truco estúpido de su mente. La pregunta no era quién o por qué. La pregunta era cómo. Por favor, no me digas que el amigo de Sal lo envió aquí. Sal estaría devastado si la llamada telefónica que hizo hubiera guiado al viejo hacía la dirección correcta. ¿Dónde está Sal? ¿Cuánto tiempo se tarda en hacer una declaración y dar un numero de licencia? —¿Señor Sullivan? —Un enfermero entró a través de la cortina, seguido por un oficial y un tercer hombre que llevaba una cámara digital—. Necesitamos tomar algunas fotos. ¿Podría salir un momento? —Debería quedarme. —¿Y si Ted despertaba? Las fotos eran necesarias. Quería las fotos, la prueba. Jess tenía la intención de asegurarse de que aquello no volviera a ocurrir, no importaba lo que costara, con o sin la cooperación de Ted. Tenían a un testigo ahora: Sal. Sin nada más que la sábana cubriéndole, Ted se volvería loco si recobrase la conciencia mientras lo estaban moviendo—. Si se despierta, entrará en pánico. —Podemos manejarlo —dijo el enfermero, usando su voz de “sé un buen paciente”. Cogió a Jess firmemente por los hombros y lo apartó—. No se preocupe. Seremos amables con su hermano. Nadie quiere hacerle más daño. Jess echó un vistazo al cubículo detrás de él. Los otros habían quitado la manta y habían esperado a que el enfermero quitara los apósitos en la espalda de Ted para la cámara. Ted no mostró signos de recuperar la conciencia. Jess no quería ver esto de ninguna manera. No quería ver que había bajo esos vendajes. —No le gusta ser tocado. El enfermero asintió indulgente dejó la cortina caer, dejándole fuera. Nada de lo que dijera les convencería. Él y su hermano pequeño estaban a su merced. Y el hecho de que había sido su padre
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quien los había puesto ahí, hacía que odiara a John Sullivan mucho más. Saber que tendrían las manos llenas si Ted se levantaba, le daba una pequeña satisfacción. Cuando finalmente apartó la vista, dos oficiales le esperaban. — Tenemos que hacerle unas preguntas, señor Sullivan. Jess echó un vistazo hacía atrás, considerándolo. Teddy estaba inconsciente. Para evitar tener esa conversación en una habitación llena de extraños, tendría que tomar el riesgo de que Ted no se despertara. —¿Podemos ir a la habitación de espera? Necesito hacer una llamada y realmente necesitaría un café ahora. —Donde quiera. La sala de espera en emergencias estaba llena de gente. Padres, sobre todo, con niños acunados en su regazo. Algo tenía que estar pasando, pensó Jess distraídamente mientras buscaba una esquina silenciosa. Una mujer pálida, agarrándose el estomago, estaba sentada junto a un hombre que le rodeaba los hombros con un brazo, marido o amante, que le susurraba en la oreja; su cara haciéndose eco de su dolor. Detrás de ellos, un hombre alto cubierto de aserrín sostenía una mano cubierta por una toalla contra su pecho, su cara tan pálida como la de la mujer. La habitación apestaba a antiséptico y vómito. Mal lugar para una conversación. El mayor de los dos policías miró a su alrededor y sugirió, —Fuera podría haber más privacidad. Jess estuvo de acuerdo. Siguió a los dos policías a través de la doble puerta de cristal hacia la fría noche de agosto y se dejó caer en el bajo muro de la entrada. El más pequeño de los dos, un joven de piel oscura en cuya insignia ponía Washington, no era mucho mayor que Jess. El oficial Washington le preguntó a Jess cómo tomaba el café y se fue. El otro hombre se quedó en las sombras, así que Jess
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no pudo leer el nombre de su insignia. Sacó una libreta y un bolígrafo, pero no se sentó. —Me llamo Neal Taggard. El oficial Washington y yo trabajamos con tu compañero. Entiendo que esté cansado, señor Sullivan, y preocupado por su hermano. Trataré de hacerlo lo más brevemente posible. —Taggard estaba en sus cuarenta y tanto, alto y bien construido. Permaneciendo unos pocos pasos alejado, era mucho más lato que Jess. —¿Sabe donde está Sal? Él debería estar aquí —, preguntó Jess. —El oficial Bataglia está en el recinto dando su declaración. Jess entrecerró los ojos, buscando una vez más un reloj en la bien iluminada sala de espera tras la puerta de cristal. ¿Dónde los escondían?—. Debe ser casi medianoche. La ambulancia nos trajo aquí a las cuatro y cuarto. ¿Qué tipo de declaración lleva tanto tiempo? Taggard echó un vistazo a su reloj. —Son las diez y media, señor Sullivan. Esperó a que Jess levantara la vista—. ¿Podría ser el oficial Bataglia el responsable de lo que le ha pasado a su hermano? —¿Qué? —La pregunta le quitó la respiración a Jess. No podía creer que estos hombres, que decían conocer a Sal, estuvieran considerando una cosa como esa—. ¿Cómo puede incluso…? —Lo siento. Necesito preguntar. —Al menos tuvo la decencia de sonar comprensivo. —Por supuesto que no. Sal nunca ha tocado a Ted. El oficial apuntó la respuesta de Ted en la libreta y continuó. — Un vecino se percató de un coche aparcado en el camino de entrada. ¿Es posible que Edward estuviera entreteniendo a un… amigo?

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—Un Taurus plateado de 2007, de California, está registrado a nombre de John Sullivan, el coche de nuestro padre. Él es quien hizo esto. —Tengo entendido que usted no llegó hasta que el incidente había acabado. ¿Cómo puede estar tan seguro de que su padre es el responsable? —Esta no es la primera vez. —Jess escuchó la rabia en su voz y trató de calmarse. Taggard estaba tan solo haciendo su trabajo, y Jess pensó que en realidad podría querer ayudar—. Perdone. Ellos han examinado las radiografías de Ted. Han llamado a los hospitales de Fresno. Nunca ha usado la misma sala de emergencias dos veces seguidas. Encontrará registros de caídas y accidentes desde que Ted estaba en pañales. —Mientras Taggard garabateaba en su libreta, Jess volvió su atención al estacionamiento, esperando ver una pickup azul allí. —Ya estamos buscando a su padre. No está respondiendo al teléfono de su casa. ¿Tiene un móvil? —Estoy seguro de que lo tiene, pero no tengo el número. —La luz de entrada de las ambulancias impedía una clara visión del estacionamiento. Nada parecía estar moviéndose. —¿Cuándo fue la ultima vez que habló con su padre? Jess volvió su atención al policía. —El mes pasado. Llamé para hablar con Ted. Papá me contó que había escapado un par de semanas antes. —¿Cómo llegó Edward a la casa del oficial Bataglia? Ahí, Jess dudó. Sal le había advertido sobre lo que pasaría si la policía descubría como se habían llevado a Ted de LA. Pero no tenía otra opción que decir la verdad. Sal probablemente ya lo había hecho. —Sal y yo lo encontramos en Los Ángeles.
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—¿Los Ángeles? ¿No vino él con usted? —Supongo que podría. Buscamos aquí primero, pero pensé que si no me había llamado cuando desapareció, no iba a llamar. LA era el siguiente lugar lógico para buscar. —¿Por qué cree que él no llamó? —Porque esperaba que esto pasara. ¿No dijo Ted lo mismo cuando le encontraron? ¿Por qué no le habían escuchado? —¿Es por eso por lo que Edward se está quedando con el oficial Bataglia? ¿Para esconderse de su padre? —No, Sal y yo somos compañeros. Vivimos juntos. —¿Por qué preguntar? Él ya había indicado que sabía que eran compañeros—. Ted se está quedando conmigo. —¿Cuánto tiempo ha estado con usted? —Tres semanas. —¿Sabía su padre que estaba con usted? —No. No sé como lo descubrió. No se lo dije. Sal buscó un aviso de personas desaparecidas. —No tenía que mencionar al amigo de Sal hasta que preguntaran—. No había ninguno. Antes de que Taggard pudiera pedirle una explicación, las dobles puertas de la sala de emergencias se abrieron de golpe, y Washington fue directo en su dirección. —¡Señor Sullivan! Se le necesita aquí.

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—¡Hey, no se puede correr aquí! —Apenas registró la voz aguda de la enfermera. Jess corrió esquivándola. Todos los cubículos de cortinas blancas parecían iguales, pero los chillidos sin palabras de Ted le llevaron al correcto cerca del final de la larga habitación. Se zambulló entre las cortinas de la sala de examen y encontró a un frenético Ted, su pierna sana alcanzando el suelo, como si quisiera saltar sobre sus pies; al mismo tiempo que se arrancaba la IV del brazo. —¿Puede calmarle? —Un médico agarró la muñeca de Ted con mano de hierro para que no tuviera éxito mientras la enfermera trabajaba en desenredar las restricciones del marco de la camilla. —No lo aten. Por favor. Me encargaré de esto —dijo Jess, con más seguridad de la que realmente sentía. Se dejó caer en cuclillas al lado de la camilla, por lo que su cara quedó al mismo nivel que la de Ted, y rápidamente cubrió su reacción ante el daño. Esos moratones y cortes que se anudaban bajo su ojo no eran el resultado de unas pocas bofetadas—. Esta bien, hermano. Estoy aquí. Nadie va a hacerte daño. Estás en el hospital. Concéntrate en respirar y déjales hacer su trabajo. —Jess mantuvo su voz uniforme y calmada hasta que el reconocimiento inundó los ojos frenéticos de Ted—. Muy bien, Teddy. Mírame. Ignóralos. —¿Jess? ¿Está él aquí? —No. En ningún lugar cerca de aquí. —¿Sal le arrestó? —Toda esa lucha no le podía haber hecho daño a Ted. Sus ojos se inundaron de dolor y su atención se fijó en los intentos de la enfermera de volver a colocar la IV. Hizo una mueca y una vez más trató de sacudírsela. Jess presionó un dedo contra el menos agresivo de los puntos en la mandíbula de Ted y amablemente volvió su atención hacía él. —No, pero ellos lo harán. Él no se librará esta vez.

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El doctor insertó una aguja en la IV. Analgésicos, imaginó Jess, pero a los pocos segundos, toda la tensión abandonó el cuerpo de Ted y sus ojos cayeron. Ted arrastró las siguientes palabras. —Quizá Sal pueda hacer que se mantenga alejado. Ted se desvaneció ante sus ojos. Alarmado por el rápido efecto de los sedantes, Jess miró al doctor. La alerta del hombre se calmó un poco con el desvanecimiento de Ted. —No te preocupes, hermanito. No dejaremos que te vuelva a hacer daño. Lo prometo. —Jess no sabía si Ted le había oído, pero tenía la intención de mantener esa promesa. La cabeza de Ted cayó contra la almohada. Sus labios se entreabrieron. Su respiración se calmó. —Está fuera —dijo la enfermera, metiendo las restricciones no usadas bajo el colchón y sustituyendo los vendajes que Ted había soltado en su lucha. —¿Qué le han dado? —Jess preguntó, todavía dándole vueltas a como de rápido habían dejado inconsciente a su hermanito. —Versed. Está completamente a salvo —dijo el doctor—. Es de corta duración, solo hasta que el sedante hace efecto. —Miró su reloj para ver la hora, tomó unas pocas notas anotándolas en el gráfico y se fue. Sin embargo, Jess todavía estaba incómodo con la idea de que lo dejaran inconsciente sin dudarlo. ¿Y si Ted no podía hacer frente a todo eso? ¿Qué era lo que iba a impedir que lo mantuvieran drogado? —¿Cuánto tiempo estará inconsciente? El enfermero conecto el tubo final y comprobó la posición de todos los cables. —El resto de la noche —dijo echando un vistazo a Jess—. Él está más cómodo de esta manera, señor Sullivan. Le están
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preparando una habitación. Nosotros tan solo queremos tenerlo en observación un tiempo para estar seguros de que no tiene ninguna reacción a causa de las drogas. ¿Observación? Ellos los habían arrojado aquí y luego los habían abandonado hasta que Ted tuvo el ataque, y entonces tan solo lo habían sedado sin pensarlo dos veces. —Entonces obsérvenlo, ¿lo harán?— Se estaba irritando. Necesitaba hablar con Sal—. Tengo que hacer una llamada. No lo deje solo. —Se volvió para irse justo cuando el policía y el fotógrafo volvieron a entrar. Se había olvidado completamente de ellos. —Señor Sullivan, agradezco que esté todavía aquí —dijo el fotógrafo—. Realmente apreciaría su ayuda, por si acaso se despierta de nuevo. Acabaremos en un minuto. ¿Puede sostener su brazo por encima de la cabeza para que pueda hacer una foto de las costillas? ¿Acaso no era aquello lo que Jess había pedido en primer lugar? ¿Ahora que el chico está demasiado drogado para reaccionar, están dispuestos a escuchar? Jess estaba demasiado cansado y demasiado disgustado para discutir. Tomó la mano de Ted, la que tenía la IV, levantó el brazo para la cámara y se estremeció ante las rojas contusiones. La parte inferior del brazo estaba en carne viva con ronchas. —¿Han visto esto? —Sí —dijo el policía, dirigiendo al fotógrafo—. Son heridas defensivas. Probablemente alzó los brazos para protegerse la cabeza. Jess sintió como la sangre abandonaba su cara. —¿Proteger su cabeza de qué? —Su voz sonaba estridente incluso para sus propios oídos. —De un cinturón, probablemente. —El oficial asintió hacia el enfermero, que alcanzó el cuerpo de Ted y lo colocó suavemente sobre su lado derecho.

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—Joder —dijo Jess de forma ahogada. La cabeza le daba vueltas. Su visión se volvió borrosa. Con sumo cuidado puso el brazo de Ted abajo, contra su costado y se tambaleó hacia la cortina. Alguien lo agarró del brazo. Él lo hizo a un lado y se volteó. Las dobles puertas de la sala de espera parecían estar a miles de kilómetros. Forzó a sus pies a moverse en esa dirección, manteniendo sus piernas por debajo de él con tan solo fuerza de voluntad. Tan solo cuando su mano cayó en el frío metal de la manija de la puerta creyó que podría conseguir salir afuera. Se inclinó hacia delante, con las manos en las rodillas, hasta que el desfallecimiento se convirtió en ira. ¡Maldito sea! Quería golpear. Quería darle al hombre que le había hecho eso a su hermanito una dosis de su propia medicina. Y ese sentimiento le asustó. Se enderezó y de inmediato comenzó a buscar la más clara ruta hacia las puertas automáticas de cristal. Sus ojos se iluminaron al ver a Sal, de pie a un lado, de espaldas a Jess, hablando con Taggard. Se armó de valor y se dirigió hacia ellos en su lugar. —La esquina de Western y Virginia —estaba diciendo Sal. Estaban hablando de LA. —¿Podría haber sido su chulo? ¿Se lo preguntó? —Según lo que pudimos averiguar, Ted no tenía… —Sal. Su compañero se giró hacia el sonido de su voz y empalideció al verle. —¡Jess! —Lanzó su brazo alrededor de los hombros de Jess, dándole un apoyo más que necesario—. Jess, ¿Qué ha pasado? —Necesito aire. —Jess repentinamente se sintió agotado.

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—De acuerdo. —Sal le empujó más cerca y empezó a moverse hacia las puertas de salida. —Esperen. ¿Puedo hablar con…? —La voz de Taggard se fue apagando. —Mira, Neal, lee mi declaración —dijo Sal sobre su hombro—. Llámame mañana si necesitas algo. Tengo una familia de la cual hacerme cargo ahora. —Claro. Te llamaré. Atravesaron las puertas hasta la nocturna neblina de San Francisco. La humedad le recordó a Jess lo cerca que estaba de desmayarse. Tienes que aguantar. Ted te necesita. Se repitió el mantra para empujar los recuerdos de lo que había visto al fondo de su mente y, con una respiración profunda, dejó que Sal le guiara hacia la esquina más oscura y que le sentara en un lugar de la fría pared de ladrillo. —¿Está él…? —La voz de Sal tembló. —¡No! —Inclinarse hacia delante le ayudó a despejar el aturdimiento. Jess apartó la niebla—. He hablado con él. Está estable. —¿Entonces qué? —Él le pegó con el cinturón. —Lo sé. —Sal se dejó caer, sentándose en la pared detrás de ellos—. Ellos encontraron el arma. —Enterró la cara en sus manos, sus hombros sacudiéndose—. Oh, Dios mío. Si hubiera llegado cinco minutos antes… Si no me hubiera parado a hablar con… —Para. Sal. No. —Jess quería alcanzarlo, pero sentía que se iba a desmayar si se movía, así que se quedó allí, inclinado sobre sus rodillas y sintiéndose como una mierda—. Le salvaste la vida.

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—Soy policía. Tendría que haber prestado atención. El coche destacaba. El mundo se inclinó un poco, pillando a Jess con la guardia baja. Sal, que veía la violencia casi diariamente, nunca había reaccionado así. Si esa roca se desmoronaba ¿Cómo lo soportaría? —No te rompas en pedazos, Sal, por favor. En un momento se estaba hundiendo. Al siguiente, dos fuertes brazos le rodearon y su espalda se asentó en tierra firme. —Ah, Jesús, Jess, perdóname. —El agarre se sentía más como Sal, dándole una sensación de seguridad—. Estás tan pálido. Tenía miedo… ¿Han acabado todas las pruebas? ¿Qué hay del daño interno? La forma en la que lo estaba maltratando… —La resonancia magnética no mostró nada. Tiene unas costillas rotas y un hombro dislocado. Es un amasijo de moratones, y el cinturón… El hombre es mi padre, pero ahora mismo querría verle muerto. Y Sal, su rótula está rota. Creen que cayó contra el borde de un escalón. No correrá durante un tiempo, si alguna vez lo hace de nuevo. —Eso era lo peor. Esa era la parte que destrozaría a Ted. —Él correrá de nuevo. Tu padre no estaba en su sano juicio, Jess. El aturdimiento cuando finalmente vio lo que había hecho era real. Pero cuando intentó culpar a Ted, yo también quería matarlo. —Claro que culpa a Ted. ¿Cómo podría vivir de otra manera si no? ¿Lo han encontrado? —Todavía no. Hay un APB en el coche de San Francisco County. —Sal se acomodó en su sitio, apoyando su rodilla en la pared y colocó a Jess de manera que su hombro quedó contra su pecho. Su tono también cambió, como si estuviera aliviado de estar en un terreno familiar, discutiendo sobre los hechos del caso en vez de sobre las incómodas emociones—. Si intenta atravesar el puente, lo atraparan cuando llegue a casa. ¿En que otro lugar podemos buscar?
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—Tiene una cabaña en el lago Bass. —Se lo diré. —¿Y si no intenta llegar a través del puente? —No quería pensar en que su padre podría aparecer por allí esa noche, pero la idea se aferró a él como una pesadilla de la cual no podía desprenderse—. No quiero que mi hermano despierte y lo encuentre en la habitación. —Taggard y Washington estarán pendientes de él hasta que sus turnos terminen. Una fotografía ayudaría. —No tengo ninguna. —A lo mejor Ted tiene. Le preguntaré cuando despierte. No te preocupes. Tenemos su foto de la licencia. Dudo que esté por aquí, sin embargo. Creo que ha puesto su culo lejos de San Francisco tan rápido como ese Ford haya podido llevarle. —No esperes mucha ayuda de Ted —le advirtió Jess—. Tenemos que evitar que el viejo hable con él. Ya será bastante difícil conseguir que colabore sin la influencia de papá. —Si se muestra por aquí, él añadirá manipulación de testigos a los cargos. Pero no te preocupes sobre el testimonio de Ted. No necesito la ayuda del chico para encerrar a John Sullivan.

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CAPÍTULO 10
Tres noches intentando dormir en el sillón de mala calidad que habían colocado en una esquina de la pequeña habitación de Ted no hizo mucho para mejorar el estado de ánimo de Jess. Al menos la cosa se reclinaba si hacía la fuerza suficiente. Pudo dar una cabezada por una hora o así de vez en cuando, pero el insistente beep del monitor y el constante tráfico en el vestíbulo hacían que un verdadero descanso fuera imposible. Y esa tarde, la paciencia finalmente vino con premio. —Vamos, Ted. Han pasado tres días. El médico te quiere fuera de la habitación hoy. ¿Qué le voy a decir? —Déjame… solo. ¿Cómo podría esperar que Ted se despertara con esa ofensa? Y si, él podría caminar con el aparato ortopédico en la rodilla, pero ¿debería? Jess no pudo encontrar ningún clavo al que agarrarse, y se encogió ante la idea de dejar a su hermano mientras él pasaba por el dolor de volver a ponerse en pie. Jess en otro momento habría reñido al chico por no querer cooperar, pero hoy dijo. —Bien. Cuando manden al enfermero Ratched para sacarte de la cama, no esperes que defienda tu derecho a estar de mal humor. — ¿Por qué se molestó? Ted apenas reconoció su presencia. Al menos no estaba solo, las enfermeras ni pudieron sacar ninguna palabra de sus labios tampoco. El simplemente se había apagado, y la mirada vacía aterrorizaba a Jess. Tampoco ayudó que el enfermero de guardia ese día le aterrorizara. Demichev, no Ratched. Tenía esa actitud de a mi manera o...30 y una voz rusa gutural que Jess podría haber escuchado todo el día si el hombre no le molestara tanto. Por mucho que intentara hacerse oír, nadie le escuchó cuando pidió otro enfermero. En el caso de Ted, el personal parecía pensar que cuanto
En el original esta la expresión “my way or the highway" que viene a ser "¡O te adaptas a mi forma de pensar/ser/actuar ó tomas tu propio camino y me olvidas!"
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más grande, más intimidante, y más probable que hiciera lo que se le ordenase. No les importaba que la táctica no funcionara. Jess escuchó como alguien le llamaba suavemente, y miró hacia arriba para encontrar a Sal de pie en el umbral de la puerta, haciéndole señas hacia el vestíbulo. Gracias a Dios. Refuerzos. —¿Es Sal? —Al menos una persona tenía la atención de Ted. —Sí. Necesitamos un minuto. —O dos, o sesenta—. Prepárate para cooperar, porque Sal no tolerará tu mierda. Ted volvió esa mirada vacía hacía la pared. Jess resopló con exasperación y dejó la habitación antes de decir algo mezquino. Sal esperó, apoyándose en la pared justo al lado de la puerta. — ¿Cómo está hoy? —Está arisco, no coopera. —Tomó una respiración profunda y forzó una sonrisa. Un vistazo a la calidez en los ojos de Sal y la sonrisa se volvió genuina—. Te necesito para que me ayudes a ponerlo en pie. —Parece terriblemente pronto. —El doctor insiste en que le saquemos hoy de la cama, o van a mandar a un psiquiatra para que le evalúe mañana. —Algo que no tenía ganas de decirle a Ted. La amenaza podría probablemente servir a su propósito, pero Jess no quería ser el que retransmitiera el mensaje. —¿Necesitan a un psiquiatra para que les diga que está luchando contra la depresión? —El problema es que no está luchando, Sal. revolcándose en la situación. Sólo esta

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—¿Quién puede culparle? —Los ojos de Sal se pusieron vidriosos en simpatía. Hacía un buen trabajo fingiendo, pero Jess sabía que todavía no se había perdonado a sí mismo por no haber llegado a tiempo para parar el ataque. El ataque. Dilo: la paliza, el abuso. Jess era tan malo como Ted, distanciándose de lo que realmente había pasado. Sal, la persona inocente, era el que se lo estaba tomando de forma personal, y Jess dudaba de que su amante les estuviera dando a esos demonios la atención que demandaban. Él tampoco se estaba cuidando. No se había afeitado en un tiempo. Una barba de tres días, juzgando por su suave apariencia, sexy como el infierno según Jess, pero lejos de la habitual apariencia limpia que Sal prefería. Se había puesto la camiseta directamente de la secadora también. Algo inaudito en Sal, que planchaba todas sus camisas. —¿Cómo lo llevas? —Sal siempre preguntaba primero. El hecho tuvo éxito en recordarle a Jess como de mal estaba descuidando a su compañero. No tenían tiempo a solas desde que esto había pasado. Solo unos pocos segundos en el vestíbulo, como en ese momento, con pacientes y personal siempre presentes. Centrarse tanto en Ted dejaba muy poco de Jess para el hombre que amaba. Una oleada de tristeza amenazaba. No había dormido lo suficiente, eso era todo. Apartó un rizo que había caído peligrosamente cerca del ojo de Sal, se inclinó y depositó un cálido y acogedor beso en su boca. —Estoy contento de verte. —Lo han atrapado hoy. Jess suspiró de alivio. Su siguiente pensamiento fue como iba a reaccionar Ted ante las noticias. Como esperaba, se había negado a acusar al viejo. Había dicho que no lo recordaba. —Lo han encontrado en un trabajo esta mañana. Ha negado todo, por supuesto. Sloan me ha dicho que decía haber estado
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pescando todo el fin de semana, y unas pocas personas han intervenido para decir que sabían que iba a ir al lago. —Gente que quiere mantener sus trabajos. —Cierto. Su secretaria se retractó después de ver las fotos. Los oficiales que respondieron a la llamada encontraron su cinturón en el suelo del vestíbulo, lleno de huellas y de ADN de Ted, y Sr. Havershim anotó el número de licencia después de que se tranquilizó. Deja que el hombre explique por qué su coche estaba aparcado en la ciudad mientras no cazaba nada en las montañas que están a dos mil kilómetros de aquí. —Él le lanzó a Jess una sonrisa torcida, una disculpa sin palabras, y suavizó su voz—. Tenemos lo suficiente para acusarle a pesar de la llamada coartada, y tan solo se está cavando un hoyo más profundo al hacer que la gente mienta por él. —Se inclinó para mirar más allá de Jess en la habitación. Ted se había deslizado hacía abajo en la cama. Solo la parte de atrás de su cabeza era visible—. ¿Está dormido? —Está mirando hacía la pared. Sal frunció el ceño con todo su cuerpo. —Tenemos que ser pacientes con él —dijo, casi para si mismo—. Él entrará en razón. — Cuando volvió su atención hacia Jess, su expresión no había cambiado—. ¿Qué hay de ti, bebé? ¿Descansaste algo anoche? —Estoy más frustrado que cansado. —Y un poco dolido de que Sal no le hubiera devuelto el beso u ofrecido un abrazo. ¿Demasiado egoísta? Él empujó el dolor a un lado, se sirvió el abrazo, y fue recompensado con un profundo suspiro de Sal. —No me dejarán trabajar en el caso. Conflicto de intereses. —Bien. Tienen razón. —Lo sé. Es solo que me molesta. —Él gruñó y se enderezó, pero no antes de rozar un beso en la mejilla de Jess. La ternura fue
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suficiente para asentar la montaña rusa de emociones de Jess—. ¿No tenías una clase que empezaba hoy? —Me la he tenido que saltar. Los Servicios Sociales me dijeron que esperara una visita hoy o mañana. Todavía estoy esperando. —Maravilloso. —Él puso los ojos en blanco—. Bueno, son las cuatro pasadas. No van a aparecer ahora. Tómate un respiro, amor. Me quedaré con Teddy. Vete a casa por unas horas. —Puede que más tarde. Ahora necesito tu ayuda para sacarlo de la cama. Eres el único al que escucha. —Eso no es bueno. —Su frente se arrugó, pero Sal cuadró los hombros y se dirigió hacia la habitación—. Vale, vamos a hacer esto. Jess le agarró del brazo. —¿Se lo vamos a decir? —¿Por qué no? —Sal lanzó una mirada perpleja sobre su hombro —. A lo mejor se sentirá lo suficientemente seguro para decir la verdad sabiendo que vuestro padre no puede volver sobre él. Tendría que haberlo sabido. Sal siempre elegiría la verdad antes que el silencio. —Tendríamos que esperar. —Entonces esperamos —dijo, evidentemente no muy feliz—. A menos que pregunte. Jess resopló resignado. No podía esperar que Sal aceptara eso y mintiera. Sal camino alrededor de la cama y se quedó entre Ted y la pared. —Así que, chico ¿vas a levantarte o nos obligaras a arrastrarte fuera de esa cama? Ted se quejó, pero cuando Sal le ofreció su brazo, lo agarró y trató de empujarse lo suficientemente alto para apoyarse contra el alto cabecero de la cama, en un intento de sentarse. Hizo una mueca
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silenciosa y pálida, ya sin aliento y sin hacer muchos progresos, pero todavía sacando el esfuerzo. Mudo de asombro, Jess estudió sus caras con cuidado. Sal, preocupado, vigilando cuidadosamente, y Ted, con dolor pero confiando. ¿Cómo se ganó Sal su confianza tan rápido cuando Jess, después de años de cuidar al chico, nunca lo había conseguido? La punzada de celos fue solo eso, una punzada. Pasó. Estaba demasiado asombrado… y curioso. ¿Qué tenía Sal? El sudor perlaba la frente de Ted. En cuestión de segundos estaba jadeando y temblando por el esfuerzo. Sal con cuidado deslizó el otro brazo debajo del hombro del chico y tomó su cabeza en su mano para apoyar su peso. —Bien, chico. —No puedo. —Ted se quedó sin aliento. Sus ojos retrocediendo con una expresión en blanco. —El doctor dice que tú puedes, Teddy. Tienes que hacerlo, pero descansa un momento. Luego te ayudaré a sentarte. Despacio. ¿Vale? —Sal miró hacia arriba, lo mucho que no quería hacer esto escrito por toda su cara—. Di cuando. Y Jess encontró la respuesta a su pregunta en el firme compromiso de Sal de hacer lo que se tenía que hacer. Teddy, al borde de las lágrimas, admitió su temor finalmente. — No quiero hacerle más daño a mi pierna. —Entonces no apoyes tu peso en ella. —Sal ofreció su hombro—. Aquí, úsame de apoyo. Valor. No el tipo de valor de reírse en la cara de la muerte, pero Sal tenía el tipo de valor de aun viendo el miedo en sus ojos era capaz de tenderte la mano. Y era contagioso. Teddy descansó su mano en el hombro de Sal y se empujó a si mismo sobre sus pies. Jess se apresuró alrededor de la cama para ayudar.
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CAPÍTULO 11

—Siéntate, Ted. Vas a agotarte antes incluso de que lleguemos a casa —dijo Jess. Ted había estado cojeando alrededor de la habitación por un cuarto de hora, probando sus muletas con todo el nuevo conjunto de ejercicios que el doctor había ordenado. Obviamente había prestado atención cuando el especialista le había advertido de no tocar la pierna o nunca tendría de vuelta su velocidad. La falta de reacción ante las noticias tenía a Jess preocupado por si el chico pretendía rendirse. Su entusiasmo era alentador, pero bajo el rubor de excitación, él todavía estaba pálido y un poco inestable. Si no conservaba algo de esa energía, él y Sal tendrían que cargarlo escaleras arriba en casa—. No te sobreesfuerces, ¿vale? Ted chasqueó la lengua con fastidio, pero cojeó hasta la silla de ruedas y se dejó caer en ella. —¿Dónde está? Sal no llegaría tan tarde. ¿Crees qué ha tenido un accidente? Jess no tenía manera de saberlo: no móviles. No obstante, el chico estaba en lo cierto. Sal sabía como de desesperado estaba el chico por salir de ahí. Y Ted no era el único. Los últimos días habían sido una carrera frenética de complacer a todo el mundo menos a él mismo, y Jess estaba ansioso por llegar a casa, poner sus pies en alto, y centrar su atención en el objeto de su afecto por un tiempo. Al menos hasta que sal tuviera que irse a trabajar de nuevo doce horas enteras. —¿Quieres que vaya fuera y le llame? —Eso va a tardar una eternidad. —Vale, espera aquí. Llamaré desde la estación de enfermeras.

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—Bien. —Ted puso las muletas sobre su regazo y se sentó en el borde del asiento, con su pierna mala estirada frente a él y la otra moviéndose con nerviosa energía. —Siéntate. No te muevas. Ted le lanzó una exasperada sonrisa socarrona. —Date prisa. La mesa de las enfermeras estaba desierta cuando llegó Jess, pero le habían dejado usar el teléfono lo suficientemente a menudo para sentirse cómodo llegando al mostrador y marcando. Acababa de poner el receptor en su oreja cuando la mujer de los Servicios Sociales salió de la sala de espera hacia el vestíbulo. Ella habló brevemente con un hombre que parecía que le estaba esperando, y entonces fueron hacia la estación de las enfermeras. ¿Cuál es su nombre? Allen… Alle… Allison. Tal vez esté aquí por alguien más. No tuvo esa suerte. En el momento en que ella le vio allí de pie, se acercó directamente. ¿Qué quiere ahora? El teléfono de Sal sonó una vez antes de que fuera al buzón de voz. Eso es raro. ¿Por qué al apagaría su teléfono? —Señor Sullivan, necesito hablar con usted. No queriendo darle a la trabajadora social una razón para complicar todavía más sus vidas, Jess devolvió el teléfono a su sitio sin dejar un mensaje. Ella no necesitaba saber que estaba preocupado. Además, él no había oído lo suficiente del buzón de voz para asegurarse de que había marcado correctamente. Tenía que deshacerse rápidamente de ella y volver a intentarlo. —Señora Allison, estamos preparándonos para irnos. Ted se va a casa hoy. —Sí. Es por eso por lo que estoy aquí para hablar con usted. Tienes que estar bromeando. —¿Qué? Su supervisor firmó los acuerdos ayer. —Él y Sal habían saltado por el aro para conseguir toda la documentación, entrevistas e inspecciones hechas antes de
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que el medico dijera que Ted estaba bien para irse. Allison no sería una traba a estas alturas ¿verdad?—. Él está sentado en su habitación esperando a que nos lleven. —Su padre ha presentado una queja. —¿De qué tiene que quejarse? —Un segundo pasó antes de que Jess se diera cuenta de que la mujer había conducido todo el camino a través del pueblo para decirle eso. Algo pesado se colocó en su pecho—. No quiere que le tenga. ¿Por qué? ¿Dónde espera que vaya Ted? —No. No, señor Sullivan, el está de acuerdo en que Edward debería estar con usted. Él está cuestionando la naturaleza de la relación entre el chico y el señor Bataglia. —En su defensa, el sonrojo en sus mejillas le dijo a Jess que estaba incómoda con toda esa situación. No podía creer lo que estaba oyendo. —Eso es loco. Mi padre los vio juntos por tres minutos. No puede pensar seriamente que esto es nada más que una broma. —Lo que vio le concierne a él. —¿Cuándo? ¿Mientras Sal estaba apartándolo del chico o cuándo estaba arrodillado al lado de Ted intentando ayudarle a respirar? —La rabia que sentía contra su padre estaba demasiado fresca, demasiado cruda para tomar ese peso adicional. Esta mujer tenía sus futuros en sus manos. Él no podía dejarle ver como la rabia hervía en su interior —. ¿Cómo lo han dejado hacer esto? ¿Realmente creen que tiene la mejor intención con Ted en su corazón? —Él piensa que la tiene. —Su actitud cambió, se volvió más firme, no dejándole a Jess espacio para discutir—. Culpable o no, él es todavía el padre del chico y tiene el derecho de preguntar. El juez le escuchó y decidió que había escuchado lo suficiente para ordenar una investigación. Él ha emitido una orden de restricción.
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—Esto es loco. —Una orden de restricción representaba demasiadas complicaciones para Jess como para proteger su mente alrededor de este momento—. Él está tan solo tratando de socavar el testimonio de Sal. No le pueden dejar hacer esto. Pensaba que se suponía que estaban tratando de proteger a Ted. —Eso es exactamente lo que intentamos hacer, señor Sullivan. — Ella acomodó los archivos en sus brazos para liberar una mano y la metió en su bolso, sacó el móvil y lo abrió para revisar la hora—. Ahora necesito hablar con Edward a solas. El señor Bataglia está en su habitación. Me uniré a ustedes cuando acabemos. Jess se erizó, tanto por el teléfono como por la despedida, pero tan solo se quedó allí de pie, horrorizado, mareado, y miró mientras ella caminaba vestíbulo abajo y desapareció dentro de la habitación de Teddy. Un segundo después, la voz de Ted, aguda y llena de pánico, llegó hasta él. —¿Dónde está Jess? ¡Jess! Él se sacudió de su parálisis y se apresuró a contestar, pero un movimiento firme de la cabeza de Allison le detuvo en el umbral. Jess tomó una profunda respiración, esperando que Ted no hubiera visto el pánico en su cara. —Estoy justo aquí. La señorita Allison quiere hablar contigo antes de que nos vayamos. —Él mantuvo su voz tan libre de su confusión interior, pero no pudo decir nada de que todo estaría bien. Nada estaba bien—. Estaré justo abajo, en el vestíbulo, con Sal. Cuando Ted se hubo calmado visiblemente, Jess se dio la vuelta y se dejó caer contra la pared exterior de la puerta, debatiéndose entre su necesidad de saber como lo estaba tomando Sal y su incapacidad de abandonar a su hermano para encarar las noticias solo. No había estado tan asustado desde que Sal le había llamado para decirle que Ted estaba herido. ¿Cómo podían hacer esto? El hombre había tratado de matar a Ted. El estado tenía la custodia. ¿No
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dependía de ellos decidir con quien vivía el chico? Nadie que conociera a Sal creería nunca que la acusación era cierta. ¿Lo harían? El recuerdo de la cara de Sal cuando planteó por primera vez la posibilidad de que algo como eso podría ocurrir brilló ante los ojos de Jess. Había sido tan rápido al desestimar esas preocupaciones. —Señor Sullivan. La voz de la trabajadora social cortó el hilo de sus pensamientos. Ella no quería que escuchara. Oh Dios. ¿Cómo se lo tomaría Ted? ¿Planeaba ella decírselo? Y Jess no podía hacer nada para ayudar y decir o hacer algo para proteger a su hermano del shock. —Me estoy yendo —respondió rápidamente, cuidando de mantener una voz tranquila. Si se quedaba allí de pie mucho mas, se arriesgaba a hacer algo que pusiera en peligro su decisión de permitir a Ted que se fuera con él. Necesitaba encontrar a Sal. ¿Como iban a manejar la orden de restricción? ¿Como podría hacer frente a todo sin Sal? Una orden de restricción... ¿Donde iban a vivir? Cuando giró la esquina hacia la sala de espera en el otro lado de la estación de enfermeras, encontró a Sal sentado debajo de la televisión con la cabeza en las manos. En la pantalla, Jerry golpeaba a Tom con una sartén de hierro. Jess se encontró a si mismo simpatizando con el gato. Sus zapatos de suave suela no hicieron ningún ruido mientras cruzaba la habitación. —Sal. Su compañero miró hacia arriba, con una expresión desconcertada en el rostro, y un momento pasó antes de que el reconocimiento apareciera. Se levantó, no muy estable en sus pies, y caminó a su encuentro. Jess le abrazó y se aferró a él. No le gustaba la forma en la que Sal temblaba en sus brazos. Le gusto mucho menos cuando se puso rígido. —¿Ella te lo ha dicho? —susurró Sal contra su hombro.
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—Sí. —El dique se rompió—. ¿Cómo pueden ellos hacer esto? No tiene ningún sentido. ¿No le han quitado su derecho a hacer algo como esto cuando le quitaron la custodia? ¿No tienen la responsabilidad de pararle de causar más problemas al chico? —Cualquiera puede presentar una queja, bebé —dijo Sal—. Los Servicios Sociales deciden cuando investigar, y el juez decide si ellos pueden proceder. Una vez que tu padre presenta la queja, les deja pocas opciones. Soy su principal testigo. ¡El bastardo! El impacto completo de lo que esto podría significar para Sal finalmente golpeó a Jess. Y Sal estaba todavía más preocupado por el caso que por lo que una acusación como esa podría hacerle a su reputación o a su carrera. —¿Cómo va a afectar esto a la manera en que el jurado vea mi testimonio? Consciente de que estaban en un sitio publico, ellos se distanciaron hacia una esquina privada, donde sus voces no tenían que competir con la televisión. Sal apoyó la espalda contra el muro y se puso las manos sobre la casa. —Vamos a tener que ser realmente cuidadosos. Creo que ellos tendrán esto aclarado lo mas pronto posible, pero insistirán en hacerlo correctamente. —Nadie creerá esto —dijo Jess, como suficientemente fuerte pudiera hacerlo verdad. si diciéndolo lo

—No estoy preocupado por mi reputación. Un montón de gente me respaldara aquí, pero el jurado no me conocerá de nada. Todos ellos van a ver lo que el abogado defensor presente: un policía gay y un chico menor de edad viviendo con él. Pero…— —Lo siento tanto Sal. Tu dijiste que esto pasaría, y te presione para que le dejaras venir a casa con nosotros igualmente.
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—No, dije que esto podría pasar. —Él se sacudió y el Sal vulnerable desapareció—. ¿Y qué si decidimos que el riesgo era demasiado grande? ¿Dónde habría dejado eso a Ted? Solo, sin nadie que impidiera a tu padre hacer esto una y otra vez. Soy mayor que Ted. Puedo cuidar de mi mismo. Pero eso es el camino. Tenemos cosas más urgentes que tratar ahora. Jess hizo todo lo posible para recuperarse, hacia el exterior, por lo menos, y esperaba un poco fingida confianza se filtrara para calmar la conmoción en su mente. Sal tenía razón. La primera cosa que tenían que decidir era que hacer con Ted. Llevaría semanas encontrar un lugar, arreglarlo para él, inspeccionarlo… sin mencionar el saldo de tres cifras en la cuenta corriente de Jess. —¿Qué vamos a hacer? Teddy esta listo para irse a casa ahora. —Conseguiré una habitación para unos pocos días y tendré a Carmen apelando la orden de restricción mañana. —¿Cuánto tiempo llevara la apelación? —No he tenido la oportunidad de legar a eso, Jess. No puedo imaginar mas que una semana, en el peor de los casos, dos. Yo solo… Los gritos frenéticos de Ted les alcanzaron. Jess corrió, esperando que Sal le siguiera, pero cuando llego al vestíbulo sin sentir su presencia, miro hacia atrás. Sal estaba ahí de pie, donde le había dejado, sacudido, con los ojos abiertos, el cuerpo tenso como si estuviera congelado en el sitio. Claro. Estaba por su cuenta. —Ve —dijo Sal—.Ve. Jess giró la esquina por el largo pasillo, dirigiéndose hacia la habitación de Ted, los gritos habían atraído un montón de atención. Antes de que Jess pudiera realmente entender lo que estaba viendo, Demichev pasó junto a él su voz fuerte en auge. —Páralo. Esta haciendo daño al chico.
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Jess corrió a ayudar a su hermano, pocos pasos por detrás del enfermero. Fuera de la habitación, el hombre con el que Allison había hablado antes estaba luchando para mantener a Ted en la silla de ruedas mientras Ted peleaba como un gato salvaje para empujar su camino hacia fuera. El extraño tenia sus brazos envueltos a su alrededor, tratando de mantenerlo en su lugar. Él dirigió una confusa mirada hacia Allison, que se quedo allí de pie, en el marco de la puerta, su cara vacía de sangre, el horror en sus ojos. —¿Qué hago? Antes de que Jess y el enfermero se acercaran lo suficiente para apartar al hombre, una oficial se adelanto y puso una mano en su hombro. —Quite las manos del chico, señor. El hombre lo dejo ir como si esas palabras fueran todo lo que necesitara oír. Jess alcanzó a Ted al mismo tiempo en el que Demichev cayó de rodillas al lado de la silla. —¿Estos son expertos? —murmuró el enfermero, sacando una jeringuilla del bolsillo—. ¿No ven que el chico esta herido? —Espera —grito Jess, ignorando todo a su alrededor—. ¿Qué le estas dando? —Valium. Solo un poco. Todo está en orden. —Frotó un algodón sobre el brazo de Ted y suavemente inserto la aguja—. No es bueno para ti estar tan disgustado, Teddy. —Unos pocos segundos después, se sentó sobre los talones y preguntó—: Ahora, ¿te duele? —No, estoy bien —espetó Ted, su voz alta por el mal control de la histeria—. Ella me dijo que tenia que irme con ellos, no escucharía aunque le dijera que no. Jess se arrodilló delante de la silla y suavemente copio la barbilla de Ted en su mano, llamando su atención. —Escucha Ted. No sabía
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que ellos planeaban esto. No dejare que te lleven a ninguna parte. — Espero hasta que las palabras fueron escuchadas, y se giro hacia la trabajadora social, quien estaba en una conversación acalorada con su compañero de trabajo—. No dijo nada de esto. ¿Qué demonios cree que esta haciendo? —Señor Sullivan, Edward tiene que venir con nosotros. —¡No! Dile que me voy a casa contigo. Quiero irme a casa. —Por supuesto que te vienes a casa. Está todo arreglado. —Y para ella—. Dijo que discutiríamos esto. —Pensamos que seria mejor recogerle aquí antes que dejarle que se lo lleve a casa y estra obligados a llevárselo de la casa. Seguro que ha entendido lo que la orden del tribunal… —Señora. —La áspera advertencia e la voz del policía le interrumpo, sacando a Jess su rabia y queriendo gritarle a la mujer que se callara—. Creo que eso tan solo puede discutirse con las partes implicadas. Al menos alguien estaba pensando en Sal. La media docena de miembros del personal que se paseaban al alcance del oído no necesitaban los detalles de lo que estaba pasando allí. Haciendo la política del hospital a un lado, cualquiera de ellos podría estar interesado en ser una fuente anónima. La última cosa que Sal necesitaba era que sus problemas fueran de conocimiento público. Se le ocurrió a Jess que si su padre era serio sobre desestimar el testimonio de Sal, su alivio podría ser de corta duración. —Es suficiente —dijo Demichev—. Teddy no se va a ir a ningún lugar por un tiempo. El medico de guardia querrá estar seguro de que no ha habido ningún daño en esta pelea. —Tomó los mangos de la silla de Ted con un firme agarre y empujo la silla alrededor—. Ahora, todos estáis molestando a mi paciente, llevad vuestra pelea a la sala de espera. —Él hizo un gesto a otra enfermera para que le ayudara.
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Se aseguro de que la pierna herida de Ted descansara segura contra el soporte, entonces cogió su mano. Rodando los dos juntos, hasta la habitación, hablando entre ellos en voz baja. Jess les siguió, pero Demichev le freno junto a la puerta. —Nadie se lo va a llevar hasta que el doctor diga que puede irse, incluido usted, señor Sullivan. Ted volvió una cara sin color hacia Jess. Jess vio que Ted había entendido que el estaba por su cuenta también. —Vale. —Mejor dejarle con Demichev que arriesgarse a que Allison llegara hasta él—. Solo déjeme saber que esta bien. —Esperó a que Ted dijera algo, para pedir algún tipo de consuelo, pero no dijo ni una palabra. —Él esta bien por ahora. El doctor Edison esta en camino. Tendremos mas información cuando acabe de arreglar sus asuntos. Jess se quedo para vigilar en caso de que Ted necesitara su ayuda. El Valium le había calmado considerablemente, y para sorpresa de Jess, el acepto el hombro de apoyo que Demichev le ofreció. El se empujo a si mismo en la cama y dejo que el enfermero le colocara las piernas bajo las sabanas y su espalda contra las almohadas, ayuda que había rechazado de todos menos de su hermano o de Sal en el tiempo que habían pasado allí. Una vez el chico estaba metido en la cama, él volvió la parte trasera de su cabeza hacia Jess y miro por la ventana. Ante la ausencia de algo confortante que decirle, Jess se fue de la habitación y se apresuro hacia la sala de espera, donde encontró a Sal, su expresión reservada, hablando con la trabajadora social. —¿Me arrestaran? —No, esto es una investigación. —Allison estaba claramente sacudida por el incidente. Su mirada nerviosa mirando alrededor de la
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habitación, a cualquier parte menos a los ojos de Sal. Su ayudante destacaba por su ausencia. —¿Qué ha dijo él? —preguntó Jess. El no había entrado en la habitación, pero se quedo allí de pie en el umbral, vigilando por cualquier signo de la vuelta del otro trabajador social. —Su padre dijo que el señor Bataglia estaba llamando al chico por nombres de mascota y besándolo. Justo la reacción homófoba que esperaba del viejo hombre. —Por el amor de Dios, Sal estaba tratando de ayudarle a respirar. —Tengo entendido que usted no estaba allí en ese momento, señor Sullivan. —Teddy estaba. —Teddy estaba apenas consciente y luchando para respirar, Jess. —¿Cómo se lo estaba tomando tan calmadamente Sal? Jess estaba agradecido por la distancia entre ellos, porque quería agarrar a la mujer de los hombros y sacudirla hasta que tuviera algo de sentido común. —Mire —dijo Jess—. He visto a esos dos conocerse el uno al otro por un mes y nunca he visto u oído nada remotamente cuestionable entre ellos. —Le creo, señor Sullivan. No soy de esas persona as que piensan que todos los gays son secretamente pedófilos, y estoy segura de que ni encontrare nada que apoye la queja de su padre, pero mi trabajo no es decidir si los cargos son ciertos. Mi trabajo es proteger al niño y asegurarme de que la decisión del tribunal es aceptada. —Ella se volcio para añadir a Sal—. Señor Bataglia, usted lo entiende, Usted necesita esto tanto como nosotros, para disipar cualquier duda. Y el juez dice que hasta que eso pase, usted tiene que permanecer lejos. Si los hermanos están viviendo en su casa, llevarse a Edward hasta que el señor Sullivan encuentre un sitio donde llevarle tiene sentido.
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—Así que ¿Ted se puede quedar con Jess? —preguntó Sal. —Si, por supuesto —dijo—. Todo el mundo esta de acuerdo en que su hermano será el mejor cuidador. Especialmente después de ver como de disgustado esta el chico ante la perspectiva de cuidado extraño. —Ella cambio su atención hacia Jess—. Señor Sullivan, si tan solo pudiera encontrar la manera de tranquilizarle diciéndole que esto es temporal, haremos todo lo posible para acelerar su puesta en libertad bajo su custodia. Sí, y si Jess creyera eso, creería que ellos tenían los mejores intereses en el niño en vez de en proteger sus culos. Nada de lo que el dijera podría conseguir nunca que Ted estuviera de acuerdo con un cuidador extraño. ¿No había aguantado al viejo por años porque Ted estaba aterrorizado por un cuidador extraño? —No —dijo bajito Sal—. Me iré yo. Dame tiempo de poner todas mis cosas en una mochila. Encontrare un lugar y estaré fuera antes de que Teddy sea dado de alta mañana. —Sal, ¿de que estas hablando? No. —Dijo que encontraría una habitación, pero eso sonaba como que planeaba dejarles quedarse en la casa—. ¿Qué estas pensando? Somos nosotros los que deberíamos irnos, esa casa es tu hogar. —Es nuestro hogar, amor. ¿Cómo podía dejarle hacer esto? Desde el principio, Sal había hecho todo lo posible para hacer que Jess se sintiera cómodo llamándolo su hogar, pero Jess lo sabía mejor. Su pequeña casa era de Sal de principio a fin. Todo, desde las cortinas de las ventanas hasta el olor de su jabón de sándalo que impregnaba las paredes del baño, decía que aquel era el lugar de Sal. Y sin él, nunca seria un hogar. —Tenemos que arreglarlo todo para hacerle más fácil el andar alrededor. Además, Ted necesita la estabilidad mientras se cura. Es
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mucho más fácil si yo me voy. —Él se volvió hacia Allison—. ¿Cuánto tiempo llevara esto? —No puedo darle un marco de tiempo. —Una razón más para ser yo quien se vaya, Jess. No podemos darnos el lujo de alquilar un lugar lo suficientemente grande para los dos. Reservare una habitación de hotel esta noche y encontrare una habitación por la mañana. —Eso es muy generoso Allison no podía creer lo que que podamos para que todo problema es que preveo la abusador. No estoy segura de por su parte, señor Bataglia. —Incluso estaba oyendo—. Lo haremos lo mejor esto este solucionado en unos días. El historia de Edward protegiendo a su que su negación será suficiente.

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CAPITULO 12
Una solitario y estrecho rayo de luz que salía de la puerta medio cerrada del baño salvo a Jess de tropezar con la bolsa de peluche sentado junto a la barandilla en la parte superior de la escalera. Una bolsa pequeña, noto con alivio. Si Sal podía ser optimista, el podía serlo también. Sus ojos se acostumbraron rápidamente a la semioscuridad, así que no se molesto en encender la luz del recibidor. Escuchó. Tan solo los sonidos del tráfico y el tic-tc del reloj de Felix rompían el silencio. Después de diez días viviendo con la constante actividad del hospital a su alrededor, la tranquila oscuridad era aliviante, a pesar de la inusual hora temprana en la noche. Lo suficientemente inusual como para hacerle sentir un extraño en su propia casa. ¿Y por qué estaba tan silencioso? Beth y Carmen estarían fuera, ¿pero dónde estaba Sal? El no se habría ido sin esperarle, incluso sin saber cuando aparecería. Además, su bolsa estaba todavía ahí. —¿Sal? —Aquí. —La respuesta, poco más que un gruñido, vino de la parte delantera de la casa. Jess se volvió hacia el sonido y siguió su sombra hacia el salón. La luz fantasmal proveniente de la farola fuera de la ventana se filtraba por las cortinas y alumbraba al hombre desplomado en una esquina del sofá. Uno de sus brazos estaba estirado a lo largo del respaldo. El otro sujetaba una botella medio vacía de Cuervo Gold. El líquido ámbar brillaba como fuego de brujas, y Sal, aparentemente, estaba tratando de ahogarse en la magia. Jess nunca había visto que bebiera nadad de alcohol duro fuera de los clubs. Se dejo caer en el sofá y tomo la botella de su mano. Después de ayudarse a si mismo con el estremecimiento que sigue a
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un trago, la dejo en la mesa y luego coloco el brazo extendido de Sal alrededor de sus hombros para acurrucarse contra el. Escucho el silencio y el perezoso thump de su corazón hasta que su respiración se calmó hasta estar sincronizada. —¿Qué vamos a hacer? Sal le apretó fuerte y acaricio su pelo. —Vamos a tomar un día tras otro, recurriré la orden de restricción. No puede durar mucho. —¿Cuánto tiempo? —Depende de lo pronto que Carmen pueda programar una audiencia: unos pocos días, una semana o dos. —Nada en esas palabras o en la manera en que lo dijo le daba a Jess una razón para sospechar que estaba preocupado, pero el olor de licor en su aliento y el apretón de su abrazo dieron a entender que no sería tan simple como Sal quería que creyese—. Ese abogado que contrató tu padre es bueno. Un movimiento inteligente, el mantenerme ocupado luchando contra esto, incluso cuando me libre, ningún jurado va a considerar mi testimonio mas que un tema de envidia. ¿Inteligente? La ira de Jess ante la táctica solapada casi le hizo llorar. Las profundidades a las cuales este hombre podría hundirse raras veces lo sorprendían, pero esta vez él se había excedido. El abuso era algo emocional. Arrastrar el nombre de un hombre inocente a través del barro era algo sucio y rastrero. A pesar de lo mucho que odiaba a su padre, nunca le había considerado un cobarde. Sal tenia razón. Tenia que ser idea del abogado. —Has empacado una bolsa. —Trato de distraer su mente del hombre que nunca había dado una mierda por él y pensó en el hombre que le quería más de lo que creía posible. Bajo circunstancias normales, el toque de Sal era lo único que necesitaba para calmarse. Esa noche, nada lo hacia. —Sí. —Un pequeño José se mostró en la manera en la que Sal resoplo la respuesta—. He alquilado una habitación de hotel para un par de noches, de modo que podrás traer a Ted mañana a casa y
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comprobarle después del trabajo. Si necesito cualquier otra cosa… Bueno, nadie ha sugerido que no nos podemos ver. —No puedo dejarte haces esto, Sal. Puede que por un día o dos, para que podamos traer a Ted a casa. Pero no dejare que te vayas de tu casa. Estaba pensando. La casa en Fresno esta vacía. —No podía imaginar como lo manejarían, pero al menos el precio estaba bien. —¿Cuántos pensamientos le has dedicado a esa idea? Admitiéndolo, no muchos. —Simplemente se me ha ocurrido. Ted tiene todo colocado allí. —Olvídalo. —No pelees estaba implicado—. Primera razón, el probablemente pagara la fianza este fin de semana. Por un momento, Jess no pudo respirar. —¡Infiernos, no! ¿Cómo pueden dejarle salir? El vendrá por aquí tarde o temprano. Llevar a Ted a testificar ya será lo bastante duro sin añadirle más presión. —Siempre puedes presentar una orden de alejamiento. —Sal se rio. —Esto no es gracioso. —Lo siento. Lo sé. —Se escuchaba arrepentido, con reservas—. El abogado del estado se asegurara de que la orden de no contacto sea una condición de la fianza. Escucha, incluso si el juez decide que dejarle salir es un riesgo demasiado grande, quiero que te olvides de Fresno. Hay demasiadas razones por las que eso no funcionaria. Si crees que tratar con los servicios sociales es duro ahora, imagínate tratar de coordinar todo entre dos condados. Más asesoramiento. Más juicio. ¿Realmente quieres conducir 150 millas cada vez que Teddy tenga que hablar con el abogado? —Buen punto.

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—Además, tenemos la casa preparada para el, y Beth esta ansiosa por ayudar. Vosotros dos os quedareis aquí. Si la investigación no descansa en los próximos días, encontrare una habitación que alquilar durante la semana. —Apartó la cabeza de Jess hacia un lado y susurro en su oreja—. Algún lugar donde pueda tener invitados. La maniobra casi funcionó, pero Jess no podía echar la culpa fuera. —Odio todo esto. —Ahora mismo mi mayor preocupación es que no te abrumes. Vamos, bebé. Encontraremos la forma de que esto funcione. Jess se relajó contra el hombro de Sal, tratando de dejar que la tensión de los últimos días se fuera. El quería tan solo tomar un descanso y olvidar por un momento la impotencia que había prendido con la llamada de Sal y que había crecido cada vez mas fuerte cada día que se había visto forzado a tratar con extraños que querían cavar cada vez mas hondo y de una forma mas intrusiva en sus vidas. Todo lo que quería hacer era cuidar de su hermano. ¿Cómo se suponía que mantener a Sal lejos iba a ayudar a Ted? El mismo sistema que había fallado al niño durante toda su vida, estaba fallando de nuevo. Se volvería loco si no podía dejar de pensar en la injusticia de todo el asunto. —Jess. —Sal estaba hablando y Jess no había oído ni una palabra de lo que había dicho—. Todo va a ir bien. —Sal movió la mano por su regazo hasta cubrir la mano de Jess, que de alguna manera había acabado en su muslo. Jess se dio cuenta de que estaba agarrándole con la suficiente fuerza como para hacerle daño. —Lo siento. —Volvió su cabeza y enterró su cara en el pecho de Sal, hundiéndose en su olor y en los latidos de su corazón—. ¿Cómo lo manejare sin tu ayuda?

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Los dedos de Sal en su cabeza de hacían cosquillas, y la conciencia de Jess avanzo a un nivel superior. De repente, era mucho más fácil dejarlo ir. —Estaremos bien —dijo Sal—. No te voy a dejar solo. Desde que no puedo ayudarte con Teddy, mi trabajo será el de llegar a casa. Tú concéntrate en tu hermano. Déjame encargarme de todo lo demás, incluido tú. Nos veremos, solo que no aquí. Jess se enderezó en su asiento. —No es suficiente. Te echare de menos en mi cama. No he dormido solo por tanto tiempo. —Oh, dormirás. Estarás tan desgastado, que caerás en la cama todas las noches y te quedaras dormido antes de que tu cabeza toque la almohada. —Siempre optimista. —Y yo, se dijo Jess, probablemente nunca lo seré. Aunque podía darle a Sal un descanso de su lloriqueo. EL hombre se lo merecía. Lanzo una pierna sobre el regazo de Sal, se apoyo contra su entrepierna y le dio un beso suave en la frente—. Vamos a encontrar algo mejor que hacer en nuestra última noche en casa. —¿Tienes algo en mente? —se burló Sal. Se deslizo unos centímetros hacia delante hasta que su polla endurecida presiono las bolas de Jess a través de los pantalones. Sus manos quedaron ocupadas en calentar los muslos de Jess con movimientos largos y firmes. —Mmmm, tal vez. —Jess gruño y agarro la cabeza de Sal entre sus manos. Sal se puso rígido, como si se preparara para una avalancha. Su pequeño jadeo de anticipación hizo que Jess sonriera en sus pensamientos, porque su boca estaba ocupada. Rozo los labios primero, luego paso la punta de la lengua por la piel sedosa de los

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párpados de Sal. Deforma demasiado ligera para degustar, pero aun así, el toque de sal dejo un cosquilleo. Sal se tensó contra su agarre, buscando un beso. Jess se rehusó a dejarlo ir, con besos burlones desde la sien hasta la mejilla, en el puente de su nariz, desde la mejilla hasta la sien, abajo en el suave terciopelo de su barba de tres días. —Me gusta esto. Podrías llevar una barba como esta todo el tiempo. —Bésame. —No. —En vez de eso, mordió la punta de su nariz y quitando el dolor con un beso, dejando que su aliento susurrara contra los labios de Sal—. Hueles a tequila. Sal gimió y rodó sus caderas, mostrando a Jess su endurecida polla. Jess sonrío y devolvió una por otra. —¿Quieres hacer algo con eso? El gemido se volvió un gruñido. Sal le envolvió con sus brazos y los dos cayeron sobre el sofá. Jess le soltó la cabeza y Sal se aferro a su boca y no la soltó. Eso lo consiguió. Libre por fin, Jess se hundió en su cuerpo como un suspiro. Presionado contra el sofá bajo el delicioso peso de Sal, no había mucho que pudiera hacer excepto tumbarse allí y disfrutarlo. Sal le dio un gran trato con su lengua. Dando vueltas, acariciando, no suave en absoluto, hambriento, y luego, cuando Jess logró mover sus caderas en para llevar sus pollas endurecidas juntas a través de los dos pares de pantalones vaqueros, rapaces. Un calor comenzó en sus bolas y se apoderó de él en todas direcciones. Se quedo sin aliento, aspirando aire hasta que sus pulmones no pudieron aguantarlo más. Sal rodó a un lado para darle
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espacio y se empujó un centímetro fuera para ver. El aire que Jess respiraba tenía su olor, el sabor y olor fuerte del hombre, la excitación y el tequila. Quería más. Quería el sabor almizclado del sexo de su amante en la lengua. Él temblando y alcanzado. Sin una palabra, Sal se empujo a si mismo hacia arriba, le quito la camisa a Jess por encima de su cabeza mientras se ponía en pie, y luego hizo lo mismo con la suya. Expertamente, desabrocho el cinturón de Jess y lo lanzó fuera, y e un movimiento suave, le quito los pantalones, calzoncillos, zapatos y calcetines, para luego quitarse los pantalones y patear todo hacia una esquina, y se bajo de nuevo una vez mas hacia el sofá, al lado de Jess. Todos los centímetros de piel de Jess anhelaban su toque. Los miembros de Sal cerrados alrededor de él como un tornillo y capturó su boca en un beso fiero. Jess gritó desde el calor abrasador. Había pasado tanto tiempo desde que habían estado juntos como esto, y él lo necesitaba, lo necesitaba mucho, sobre todo sabiendo que podría pasar mucho tiempo antes de que pudieran tenerlo de nuevo. Sus caderas empezaron por su cuenta la lenta rutina que los llevaría donde tenían que ir. Fugas con liquido pre-seminal, proporcionando lubricación pegajosa y convirtiendo el calor que se construía entre ellos por la fricción en un sensual deslizamiento de polla contra polla. Jess sintió elevarse en una espiral de placer. La piel detrás de sus bolas se estiraba a medida que se extendía hasta cerca de su cuerpo. El gemido inicial de Sal atrajo un eco profundo a la garganta de Jess. Sal era un amante ruidoso. Sus gemidos y gruñidos, gemidos y galimatías añadían una nueva dimensión a su vida sexual, un concierto de sonidos impulsado por el movimiento de las caderas. A Jess le encantaba oírlo pero por lo general tenía que ahogar sus gritos con besos y alguna mano ocasional en la boca. Esa noche, sin
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embargo, tenían la casa para sí mismos, sin ningún niño, y sin vecinos a los que podían molestar. Jess agarró el culo de Sal y los dedos se hundieron en la piel suave hasta que llegaron al músculo duro como una roca contra él, incitando en él hasta que no se sabía quien de los dos realizaba esa sinfonía. Con un rugido, Sal alcanzó entre ellos para encerrar sus pollas juntas en una mano grande y áspera, bombeando duro y rápido. El pulso en la polla más profundo. Se puso rígido y gimió. ¡Oh, Dios mío! ¡Oh, Dios mío! Jess no podía respirar. Sus pulmones lucharon para aspirar el suficiente aire como para gritar en torno a la risa burbujeando en su pecho. El primer chorro de esperma caliente cayó sobre su pecho, y su propio orgasmo se hizo cargo. Logró un jadeo y gemido enfermizo. Su cuerpo vibraba. La carga combinada recubierta de sus vientres, pollas, la mano de Sal, haciendo todo resbaladizo. Jess gritó sin palabras, las caderas sacudidas. Sus bocas aplastadas juntas. Las lenguas jodiendo, golpeando los dientes, se llenaron los pulmones mutuamente con gruñidos desesperados. Todas las cosas buenas llegan a su fin. Sal se derrumbó sobre él. Los besos se volvieron lánguidos y suaves, amorosos, mientras gemían en la boca del otro. Las manos de Jess vagaron, acariciaron el vello de la espalda de su amante y los brazos hasta que se puso de pie y se estremeció contra sus palmas. Respiraron por un tiempo. Sal rodó un poco, quitando algo del peso sobre Jess sin soltarle. Jess le golpeó. —¿Qué? La risa cosquilleó subiendo por la garganta de Jess. —Casi me ahogo. No vuelvas a hacer ese sonido otra vez.
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Sal le sonrió. —No prometo nada. ¿Cuándo tienes que estar de vuelta en el hospital? Vuelta a la realidad. —Demichev dijo que el sedante que le dieron le hará dormir durante la noche. Él me prometió que le echaría un ojo cada media hora más o menos. Su turno termina a media noche. —Mmmmm. ¿Ducha, entonces? Ducha definitivamente. Jess pensó en levantarse, pero no se atrevía a moverse. Sal rebotó en el sofá, tirando de Jess, poniéndole de pie y llevándolo por el largo pasillo hacia el baño. Comenzó la ducha y ajustó la temperatura a su gusto antes de ir al armario de la ropa para las toallas limpias. —Debo tomar algunas de ellas. Las toallas del hotel son bastante inútiles. —Y una toalla y jabón. —Mientras Sal estaba distraído Jess ajustó la temperatura del agua—. Tú tienes que estar cómodo también. —Jodido delicado. —Oye, yo no tengo tu pellejo de cuero. —En más de un sentido. Un poco de piel más dura podría ayudar a lidiar mejor. Se metió en la bañera y se puso bajo el chorro, dejando el agua caliente sobre él. Cuando abrió los ojos, Sal seguía de pie, completamente desnudo, junto a la bañera, mirándolo—. ¿No te me vas a unir? —Pensé que te gustaría un momento antes de que llegara allí y te follase duro. Jess se rió. La risa era buena. —¿Sabes qué? —Cogió Sal de la mano y tiró de él dentro. —Tal vez me deje.

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CAPÍTULO 13
Si Jess tuviera un puño de sobra, lo habría batido contra los directores de esta comedia y gritaría suficiente es suficiente. Por el momento, sin embargo, sus manos estaban ocupadas agarrando los brazos de la silla de Ted hasta que le dolió, tratando de evitar la caída libre en la trayectoria de un coche que venía por la rampa del garaje de estacionamiento. Cada vacío marcado con la mancha en azul que había pasado en el camino, le recordó que unas pocas horas en el centro solicitando una pegatina para discapacitados podría haberlo salvado de un entrenamiento. ¿Quién sabía manejar una silla de ruedas sería tan difícil? Lo que es peor, a menos de una hora en un día muy largo, el chico ya estaba agotado. —¿No podían esperar una semana hasta que sanara a un poco más? —Gruñó. —Olvídalo, Jess. Quiero terminar con esto. Jess estuvo de acuerdo. Ted tenía un punto, más el incentivo añadido de una promesa que él no tendría que testificar si cooperaba con la investigación del fiscal de distrito. Con el viejo en libertad bajo fianza, entre más pronto Ted fuera depuesto, mejor. Sin embargo, cuatro días? Por el amor de Dios, podían tener alguna idea de lo dolorosas que serian las sesiones en un corto período de tiempo con las costillas rotas? O tal vez esperaba caminar desde el camión con un yeso fresco en la pierna. Llegaron al ascensor y Jess apretó el botón del séptimo piso. Acceso para discapacitados, mi culo. El ascensor se abrió en una pared de cristal. Los nombres CARTER, MAXIS Y ROWE, modestamente colocados en nítidas letras
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negras sobre un conjunto de puertas dobles anunciaron que habían encontrado el lugar correcto. Jess estaciono a Ted a un lado y luchó con una puerta abierta, pero la cosa empezó a cerrarse de nuevo el momento en que la dejaron ir. Oh, por el amor de Dios. Más allá del cristal, un traje -un traje caro, adaptado a la perfección- se levantó de uno de los sillones de cuero en la sala de espera y se acercó a la puerta. Abogado y a juzgar por la pausa reveladora de la mirada del hombre que se apoderó de Jess, de la cabeza a los pies, gay. —¿Sr. Sullivan? —Él salió al pasillo para sostener la puerta para ellos—. Este debe ser Edward. —Así es —dijo Jess, tirando de la silla de ruedas hacia la sala de espera. El abogado siguió, dejando que la puerta se cerrara detrás de ellos por su cuenta y le tendió la mano a Ted. —Hola, Edward. Soy Peter Wentworth, su abogado. —Teddy. —Ted limpió la mano en la pierna de sus pantalones vaqueros, antes de tomar la mano de Wentworth. —Teddy, gracias. Llámame Pete. —¿Por qué necesito un abogado? —El estado siempre vigilante de California quiere asegurarse de que está cien por ciento seguro de sus derechos y responsabilidades —, dijo Pete con una sonrisa pícara. A Jess ya le gustaba—. Estoy aquí para ayudarte a entender lo que está pasando en cada paso del camino. Al igual que hoy, por ejemplo. ¿Te han dicho qué esperar? —El fiscal me va a hacer preguntas sobre lo que pasó. —¿Ves? Ya puedo ser útil. Tira de tu silla hasta allí. —Hizo un gesto hacia la esquina de la sala de espera donde Jess lo había visto
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primero. Una mujer estaba sentada en una de las sillas, comprobando su BlackBerry, fingiendo no escuchar estaba Allison—. Están listos para empezar, pero ya que ellos debieron haberle dicho que llegara unos minutos temprano para que pudiéramos hablar, te hacen esperar. Has conocido a la Sra. Allison de Servicios Sociales, ¿no? La dama en cuestión sonrió débilmente. —Lo primero es lo primero. —Comenzó dejándose caer en una silla, con lo que quedó a nivel de la cara de Ted. El niño tenía toda su atención—. Como menor de edad, nadie puede interrogarte sin la presencia de tutores. En tu caso, por el momento, este es el estado de California y por delegación, la Sra. Allison. La misma impotencia atormentando a Jess pareció mucho más elocuente en la cara de Ted y en la súplica que expresó con voz débil. Él ni siquiera miró en su dirección. —Quiero a alguien más. Jess dio una mirada y vio lo que él pensaba que era sincera preocupación en su rostro. —Entiendo, Edward. —Por todo el bien que hizo. Cuando Allison habló ella pareció como que le importaba, no importaba cuán inútil era el sentimiento—. Mi jefe hizo todo lo posible para encontrar a otro trabajador para tomar tu caso. No hay nadie más disponible. —No me gusta esto —dijo Jess—. Parece un conflicto de intereses, el Estado haciendo el interrogatorio y el estado asegurándose de que las preguntas son apropiadas. —Ahí es donde entro yo —dijo Wentworth—. Yo no trabajo para el estado. Yo trabajo para Teddy. —Nosotros no podemos pagar un abogado —Ted señaló. Jess hizo una mueca. El niño no debería tener que preocuparse por si podían permitirse la ayuda que necesitaba.
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—Entendido —Wentworth le aseguró a los dos—. La empresa adquiere un cierto número de casos pro bono como una cosa natural. Le pregunté por la tuya. — Miró a Ted directamente a los ojos. El respeto en el gesto impresionó a Jess—. Si estás de acuerdo, quiero asegurarme de que no se pierdan en el sistema. Él tenía un buen presentimiento sobre Pete Wentworth, pero Jess se alegró que Ted le diera algún pensamiento antes de decir que estaba bien. —Gracias —Wentworth sonrió, una sonrisa muy bonita, mostraba verdadera gratitud—. Ahora, por hoy, podrás estar hablando con un representante de la oficina del fiscal del distrito, como te dije, pero también el investigador de los Servicios Sociales y un oficial de policía que está trabajando en el caso. —Espera —dijo Jess—. ¿Servicios Sociales? Pensamos que era sobre el caso criminal contra nuestro padre. ¿Cómo son parte de esa investigación? Wentworth sacudió la cabeza, incrédulo. Lanzó una mirada de disculpa Ted camino y le preguntó a Jess. —¿Quién hizo la cita con ustedes? —Algún secretario de la oficina del fiscal, ayer. —Deberías haber sido notificado. Los tres departamentos involucrados decidieron combinar sus preguntas en una sesión ya que sería más fácil para Teddy. Van a hacer preguntas acerca de las semanas previas al ataque también. —¿Qué tipo de preguntas? —Ted parecía un poco sacudido por la noticia, pero cuadró su mandíbula, dispuesto a desafiarlos a cabo. —No tengo una lista. Tu no estás acusado de nada, Teddy. —Dijiste que querías terminar con esto, Ted. —En realidad, Jess estaba feliz de escuchar que había considerado las necesidades del
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chico—. ¿Cuánto tiempo durarán? Él tiene una cita médica después. —Su primera cita con el psiquiatra, ¿cuánto esperaban que el niño a tomara en un día? —Una hora más o menos. Ciertamente, no más de dos. Dos cosas que recortaría cerca. Ted no tendría tiempo para recuperarse. Ya se estaba cayendo en su silla. —¿Estas de acuerdo con esto, Ted? El chico asintió con la cabeza, con los ojos vidriosos. —Está bien, listo, entonces —dijo Wentworth—. Dame un minuto con su hermano, ¿Teddy? —Seguro. Jess se levantó y siguió Wentworth a otra parte de la habitación. —Comprendes que no puede ir con nosotros. —Sí, ellos se acordaron de advertirnos acerca de eso. —No importaba que Ted aparentara estar de acuerdo, Jess todavía odiaba la idea de que él tuviera que enfrentarlos solo—. Habrá cosas de las que no quiere hablar. —Puede que tenga que hacerlo —advirtió Wentworth—. Quiero que confíes en mí. No pretendo conocer a su hermano, Sr. Sullivan, pero tengo sus intereses en el corazón, solo los de él. ¿Tenía una opción en el asunto? Él sólo tendría que tomar al hombre en su palabra. —¿Hay algo más que pueda hacer? —preguntó el abogado. ¿Qué se suponía que debía decir? No los deje hacer que mi hermanito reviva esa pesadilla. No le obliguen a elegir. Hagan que todo desaparezca o si no se puede, déjenme estar allí para él. Lo que
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quería decir era ¡Gracias por tomar esto de sobre mis hombros, porque yo no creo que pueda soportarlo. Jess se dio cuenta que sus ojos estaban cerrados. Los abrió para encontrar que Wentworth lo estudiaba, un poco aturdido. Había visto esa mirada antes. Por lo general, se sentía halagado, hoy eso trajo a la mente las complicaciones que simplemente no tenía la energía de tratar. —Señor. —Una exageración, tal vez. El hombre era treintañero, apenas un señor. El color rosa cubrió las mejillas de Wentworth, y su boca elaboró una sonrisa comprensiva. —Lo siento, estaba distraído. —Ted le dirá lo que él quiere que sepas. Sólo ten cuidado con él, ¿lo harás? —En otras palabras, hacer mi trabajo. —Él miró por encima del hombro de Jess y se convirtió en todo un negociante—. Me temo que usted se encontrará con una sorpresa hoy, Sr. Sullivan. —Su barbilla se alzó a un nivel superior y Jess se volvió para mirar. Otro hombre vestido con traje de cuello blanco esperó para oír. Jess no tuvo problemas para identificar este otro tampoco –pinta de alborotador, corbata de segunda– detective. —Preguntas solamente —Wentworth dijo, en voz baja, como si consultara con un cliente—. No tienes que hablar con ellos aquí, pero si no es aquí, ellos pedirán que vayas a la estación. Francamente, yo no sé lo que están buscando. Sospecho que quieren interrogar a los dos por separado antes de tener la oportunidad de comparar notas. Mi consejo para ti es el mismo que voy a darle a tu hermano. No estás en problemas. No tienes que responder, pero si lo haces, di la verdad.

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El detective se movió en su dirección. El abogado de Jess le palmeó el hombro y le dio un suave apretón. Entonces Wentworth se marchó. —Sr. Sullivan —dijo el detective, ofreciendo su mano—. Soy el detective Robert Kendrick, SFPD. Entiendo lo agitadas que deben ser las cosas para usted en estos momentos. Pensamos que podríamos ahorrarle un viaje al centro. ¿Le importaría responder algunas preguntas? —¿De qué se trata? —Queremos hablar con usted acerca de Los Angeles.

Aquí estaba la parte difícil. La puerta del garaje estaba soportada por un resorte y cerraba lo suficiente para que se bloqueara a si mismo. El hecho de que no hubiera ninguna habitación de en la parte baja para Ted, el yeso, las muletas, y el escalón crearon un problema a Jess. No iba a dejar que el niño se tambaleara al ritmo de nadie a sus espaldas para atraparlo si se caía, por lo que Jess dejó a Ted atrás para desbloquear y empujar la puerta abierta, luego tuvo que sostenerlo con una mano mientras estabilizaba a su hermano lo suficiente para que el niño pudiera ayudarse a sí mismo, la escayola y las muletas al mismo tiempo. Después de luchar con la silla de ruedas durante todo el día, su brazo se sentía como caucho y no estaba tan seguro de sus pies tampoco. El chico consiguió entrar en el apartamento. Jess le siguió, haciendo una pausa para tirar de la puerta interior y asegurar los cerrojos. Se volvió para encontrar a Ted apoyado en sus muletas,

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mirando a los quince escalones de la sala superior, como si estuviera frente a una escalada a mano hasta el rostro de El Capitán. —¿Listo? Ted le lanzó una mirada presumida y comenzó su ascenso, un paso a la vez, con Jess siguiéndole de cerca para atraparlo si perdía el equilibrio. Nunca se quejó, pero nunca trató de ocultar su descontento por la situación tampoco. La terrible experiencia pareció durar una eternidad. Cuando llegaron al rellano, Ted siguió su camino, pero arrastrándose a si mismo hacia el dormitorio. —¿Por qué no te vas a la sala de estar y ves un poco de televisión para relajarte? —Jess sugirió—. Voy a encontrar algo que pueda mantenerte hasta que pueda conseguir la cena en la mesa. —Yo sólo quiero recostarme un rato. —El pobre chico estaba dispuesto quedarse donde estaba, pero a excepción de pesadilla de hoy, apenas había salido de su habitación en cuatro días y no tenía que permanecer sobre sus pies. Se aisló completamente. Jess sabía que estaba deprimido. ¿Cómo se suponía que iba a ayudar si Ted no quería hablar con él? A quién estaba engañando? No tenía ni idea de cómo ayudar. —Dormir demasiado puede ser tan agotador como no hacerlo lo suficiente, Ted. Tal vez deberías intentar… —Estoy cansado. —Ted desapareció en su habitación y cerró la puerta. Y Jess dio un suspiro de alivio y por supuesto, el alivio provocó culpa, entonces molestia y más culpa. Deja de empujar. Después de un día como éste, lo único que quería hacer era colapsar también.
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Sin embargo no podía. El chico necesitaba comer. Fue a la cocina y abrió la nevera, con la esperanza de encontrar algo fácil. Huevos, leche, queso, yogurt y algo en un recipiente de plástico que no se atrevía a examinar. Había un poco de fruta en el cajón y tal vez los ingredientes de una tortilla, pero con Ted actuando como lo hacía, el esfuerzo sería en vano. La maldita psiquiatra ni siquiera pudo conseguir que se abriera. Ella había sido una perra con ello también, como si la negativa a hablar de Ted fuera culpa de Jess. No estaba convencido de que la negativa fuera el diagnóstico correcto de todos modos. ¿No debería ser capaz de diferenciar entre la obstinación y el miedo? El hecho era que, Jess no confiaba en ella, no con esa actitud, pero él sabía que no debía dejar que Ted viera sus dudas. Una cosa era cierta: el niño necesitaba cooperar si quería mantener a la trabajadora social feliz. Sal era mucho mejor en esto. Sal. Una rápida mirada al reloj le dijo que eran las 5:30. Debería estar en su habitación. Maldita sea, ¿cuánto tiempo había estado de pie delante de la nevera abierta? Nada le atrajo, así que trajo el galón medio lleno de leche a la boca y bebió unos buenos sorbos. Eso le mantendría por un tiempo. Cerró la nevera, tomó su teléfono celular del cargador en su camino hacia la sala y oprimió la marcación rápida antes de desplomarse en el sofá. Él lo necesitaba esta noche. Hacia el cuarto timbre, Jess estaba empezando a pensar que Sal no contestaría. La idea le irritaba. No porque Sal tuviera una vida, sino porque él no la tenía. Finalmente respondió un nanosegundo antes de que entrara al correo de voz. —Hola, cariño. ¿Dónde estás? ¿No es martes? ¿No se supone que estas en clase?

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—En mi casa. Ted tuvo su primera cita con la psiquiatra esta tarde. Las autoridades insistieron en dos horas a la semana y ella sólo tenía disponible los martes y viernes. Tuve que dejar la clase. —No es una buena noticia. —Fotografías de la naturaleza es sólo una materia optativa. No es gran cosa. —Sin embargo, tener a alguien a quien realmente le importaba hizo la decepción más grande. Él había estado esperando para aprender a sacar el máximo provecho de SLRL que Sal le había dado para su cumpleaños—. Todavía me puedo graduar en diciembre. —Si se las arreglaba para mantenerse en las tres clases que se requerían—. Por lo menos las citas de los viernes no se cruzan con la escuela. Ella fue capaz de hacerlo más tarde, así que puedo conseguir estar allí unas horas. Oye, Beth dijo que vendría más tarde para mantener un ojo sobre Ted. ¿Puedo ir? Quiero que me indiques lo que puedo esperar en la corte mañana. —Sólo una audiencia sobre la orden de restricción. Ni siquiera te molestes en ir. El juez pospondrá su decisión, en espera de la investigación. —¿No tienen posibilidades de avanzar en la investigación? Ted y yo respondimos a sus preguntas esta mañana. Se interesaron por LA. —Al parecer, esta se esta moviendo. —Sal rio sin humor—. Les dijiste la verdad, ¿no? —Sabía que tú lo querías. —Ellos habían indagado cada detalle de él, aunque se las arregló para no mencionar las esposas. Pensó que era lo correcto, ya que lo de las esposas fueron idea suya y Sal no había querido usarlas. Se aseguraría que ellos supieran también eso, si todo finalmente lo descubrían—. Ted no está hablando. —No te preocupes. Ninguno de nosotros esperaba que yo fuera a venir a casa hasta mañana. Así que, sí, trae tu dulce culo por aquí y

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deja de llamar para preguntar si puedo jugar. ¿Qué te parece que estoy haciendo, además de estar aquí esperando a que aparezcas? Tan pronto como colgó, Jess volvió a la cocina, colocó una rebanada de queso entre dos rebanadas de pan y se sirvió un vaso de leche. Encontró una lata de sopa de tomate en el armario. Podía colocar el sándwich en la parrilla y calentar la sopa, pero el chico tenía que comer algo y esperaba que la sopa y un bocadillo grasiento lo alimentaran –si decidía levantarse. Colocó el sándwich, la leche y un puñado de uvas en una bandeja y la llevó por el pasillo, pero no obtuvo respuesta cuando llamó, así que abrió la puerta. Teddy yacía de espaldas a la puerta. La forma en que respiraba, le dijo a Jess que estaba despierto. Dejó la bandeja sobre la cómoda. —¿Te levantarás y comerás? No hubo respuesta. —No estás dormido, Ted, así que deja de fingir que no me oyes. —Cuando Teddy siguió sin responder, Jess tuvo que reprimir el impulso de acercarse y sacudirlo. El impulso le inquietaba. No porque él estuviera enfadado. Estaba enfadado, pero en ese momento se sentía inútil. La misma impotencia que había conocido durante años mientras veía la lucha de Ted por la aprobación de su padre. Por un momento entendió por qué Ted escogió protegerlo a él-había una cierta comodidad en el status quo. El momento pasó y todo Jess sentía era cansancio. —Voy donde Sal. Mi número de celular está al lado de tu cama. Llame a Beth por si necesitas algo. Tu cena está en la cómoda. Come antes de que yo vuelva. —Él no esperaba una respuesta así que no se molestó en espera una. Jess llamó a la puerta de Beth y Carmen en el camino para decirles que se iba y luego condujo el camión en el tráfico de la hora

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punta. Manejar llevaría el doble de tiempo a estas horas. No le importaba.

—Oh, mira, un presente y ni siquiera es mi cumpleaños. Jess se rio. —¿Te gusta? —Exactamente la reacción que había estado esperando a su favor al ponerse la ajustada camiseta, jeans, y Doc Martens. A Sal le gustaba verlo en negro de chico malo—. ¿Lo bastante decente para ser visto en público? —Hizo una pirueta en el pasillo—. Vamos… Sal le agarró por la cintura y tiró de él en la habitación y cerró la puerta detrás de él. Se encontró atrapado entre el cuerpo perfectamente duro de Sal y la pared. Cuando llegó arriba, siguiendo el impulso de correr sus dedos por los rizos oscuros de Sal, Sal agarró sus muñecas. El beso era sorprendentemente suave, teniendo en cuenta el estado indefenso de Jess. Decidió dejar a Sal salirse con la suya, aunque él se retorció un poco, buscando un mejor contacto con el bulto en sus pantalones. El beso se detuvo. El bulto creció. Jess se fue con la corriente, teniendo en aroma limpio de su amante, el sabor a levadura de la cerveza después del trabajo, las corrientes eléctricas a través disparando su cuerpo mientras su polla se hinchaba en respuesta y sus rodillas se debilitaban.
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En el momento en que Sal dio marcha atrás, había entrado en un estado de ensueño que era difícil dejar ir. —Me alegro de verte, Sal —susurró. —Yo también. —¿Listo para sostenerte por ti mismo? —Sí —dijo Jess. Él estaba dispuesto a darle una oportunidad, de todos modos, pero primero, otro beso. Éste fue breve y saboreando con la lengua. Mmmm. Una cerveza sonaba casi perfecta en el momento—. ¿Tienes otro de esos? —Claro —Sal dijo, dando un paso atrás. Se inclinó con una reverencia—. ¿Entras en mi sala? Jess tuvo su primer vistazo a su alrededor. —Wow, el lugar es tan... er... amarillo. Sal rió entre dientes. —Oh, pero tú no lo estás viendo en su mejor momento. Añade un poco de ambiente —dijo y se inclinó sobre la puerta para accionar un interruptor. La luz de la cocina se fue, dejando sólo la lámpara de bajo voltaje sobre la cama—, y se convierte en un precioso tono de vara de oro. Jess hubiera dicho mostaza. —Ahí está ese optimismo de nuevo. Trató de mantener un corazón alegre, pero no fue fácil. Sal, tampoco pertenecía aquí. Mientras Sal fue a la cocina a buscar la cerveza, Jess miró a su alrededor. ¿Cuándo dejarían los hoteles de decorar con feos motivos florales y cambiar a cuadros escoceses aún más feos? Algo que lucía como un sofá acomodado en frente del calentador debajo de la ventana y todo a su alrededor se veía tan cómodo como una roca. Una pequeña mesa, justo para descansar sus pies sobre ella y una mesa rectangular que se duplicaba para convertirse en un escritorio,
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completaba la decoración. Ah y la cama de una reina con una cabecera sólidamente fija a la pared. Jess se acercó, dio un salto en el medio y se tumbó de espaldas, mirando las marcas de agua en el techo. Por lo menos, no rechinaba. —Disfruta de la vista mientras puedas —dijo Sal, sentándose en el borde de la cama, con un pie en el suelo, la otra pierna enroscada sobre el colchón para que su rodilla rozara la cadera de Jess—. Voy a estar fuera de aquí para el final de la semana. Tony tiene un estudio amueblado que me dejara usar. —¿Arriba de la pizzería? —La decepción corrió a través de las entrañas de Jess. Así que ha llegado a alquilar un lugar. Espera un minuto. Tony era primo de Sal. —¡Oh, mierda! ¿Qué le dijiste? —Él ni siquiera había considerado cómo iba a afrontar familia de Sal cuando se enteraran de lo que su padre estaba haciendo. Hizo una mueca y trató de incorporarse. Sal lo empujó hacia abajo. —Tan poco como fue posible. No te preocupes. Él prometió no decir nada. Pensé que tú querías salir. Otra cosa para mantener sus noches en vela. Atrás quedaron los días de espera para ser un adulto sin preocupaciones. —Tal vez más tarde. —Si lo deseas. —Sal puso en pie y levantando los hombros de Jess de la cama, deslizó un par de almohadas debajo de él. Giró la tapa de la botella y la puso en la mano—. Por ahora, simplemente, relájate, bebe tu cerveza y dime acerca de tu día mientras me aprovecho de ti. —Suena perfecto. ¿No te importa si duermo? Sal se deslizó en la cama y se apretó contra el lado de Jess. —No hay problema. Eso sí, no la derrames. Si tengo que dormir en un lugar húmedo, prefiero no oler a cerveza por la mañana.
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Jess hablaba mientras Sal le abrazaba, reconociéndolo con un movimiento de cabeza o gruñido en los lugares adecuados y respondiendo a las preguntas que Jess recordaba, hasta que Jess comenzó a dormitar. Lo último que recordaba era a Sal tomando la botella medio vacía de la mano y colocándola en la mesa de noche.

Lo siguiente que supo, fue que se despertó al lado del caliente Sal, la boca húmeda chupar suavemente su cuello y la mano aún más caliente, calentando su completa erección palpitante. Había estado soñando. Los detalles ya estaban desapareciendo, pero su cuerpo se aferró a la evidencia. Su piel estaba eléctrica. Sus bolas dolían. Sal había conseguido desnudarlo hasta la camiseta y calzoncillos. Los calzoncillos arrugados alrededor de sus muslos y la polla rígida de Sal acariciaron su grieta. En el borde de la conciencia, se estiró, arqueando la espalda, buscando un mayor ajuste. —¿Quieres un poco de compañía? — murmuró. —Sí. —La palabra, poco más que un suspiro, envió un escalofrío a través de él. Sal sonrió contra su hombro y bombea contra él una vez, dos veces, con el puño rozando su vientre y luego deslizó la palma de la mano a través de su glande, ya resbaladizo con presemen. Aún no estaba completamente despierto, su mente centrada en mano de Sal, la vara de acero prensado entre ellos y ese dolor terrible. Su canal se apretó alrededor del vacío. Era un manojo
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tembloroso de necesidad frustrada y lo que necesitaba estaba justo ahí, tan cerca. Sal le trajo un poco con un par pellizcos y empujones. El estado de ensueño se desvaneció. Sal entró en su enfoque, sólido y real, gimiendo suavemente junto a su oreja. La tensión en su abdomen y los muslos le dio a Jess una idea de lo mucho que cortésmente se contenía Sal, esperando a que se pusiera al día. Con la necesidad de su pareja tan grande como la suya, Jess no veía ninguna razón para esperar. Sacó su pierna hacia el pecho y enganchó su brazo alrededor de su rodilla, abierto y listo. —Házmelo Sal. —Su voz sonaba ronca incluso a sus propios oídos—. Por favor. Sal soltó su polla y se pasó una caricia de plumas a lo largo de la parte interior de su muslo mientras metía la mano bajo la almohada y agarraba el lubricante de su escondite. Acunado por el duro cuerpo de su amante, Jess cerró los ojos a todo, salvo el latido de Sal golpeando contra su espalda. Podía ir al galope, apretando su culo. La primera vez que lo intentó, Sal abrió la boca y dejó caer el lubricante sobre la cama. Los duros músculos de su pecho ondularon cuando llegó y buscó recuperar la botella. La anticipación de Jess creció con cada movimiento. No tenía la paciencia para tratar por un segundo apretón. Sal se retiró una fracción. El frío lubricante resbaló por la mejilla de Jess y humedeció su grieta. Un silbido, un clic de la tapa y la mano de Sal estaba allí, extendiendo el gel con aroma a fresa entre sus mejillas, la fricción de la carne contra la carne transformando todo en un largo y sensual deslizamiento. Él se estremeció. Un dedo frío, atravesó su agujero, luego dos. —Más —él gimió y se movió con impaciencia. No quería preparación. No la necesitaba. Necesitaba a Sal enterrado en lo más íntimo—. Ahora.
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Sal gimió. Sus dedos desaparecieron, reemplazados por su polla presionando para entrar. Jess contuvo el aliento y se empujó hacia atrás, tomando toda la cabeza a la vez, dando la bienvenida a la quemadura. Todo su cuerpo suspiró con alivio. —Sí. Más. Tan dulce. —Inspiradoramente dulce. Casi insoportablemente dulce. Sal, su Sal, temblando con auto-control, presionó más profundo, estirándolo, no demasiado rápido, ni demasiado profundo. Encajaba perfectamente, curvado a la perfección. —Sal... —Te amo. Quería gritar, pero sólo tenía aliento suficiente para gemir el nombre de Sal. Sonaba como un ratón e incluso no le importaba. Sal se puso rígido y se detuvo. —¿Te hago daño? —¡No pares! —Esto le ganó una sonrisa. Sal empujó duro y profundo. —¿Cómo esto? —Sí. Más. Duro. Sal se obligó al instante, con trazos profundos y feroces. Sus suaves gruñidos al oído de Jess se hicieron más y más altos mientras la cama se sacudía más y más fuerte. Jess apoyó una mano en la cabecera de la cama, tratando de minimizar el golpeteo de la cama contra la pared mientras se inclinaba para encontrarse con cada embestida, buscando el ritmo. De repente se movían juntos, gruñendo juntos, golpeando sus cuerpos juntos, cada movimiento deslizándose sobre su glándula, creando un mini-orgasmo. Presemen escapando de su polla en la cama y agrupándose contra su vientre.

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—Jess. Sí. Eso es. Justo así —gruñó Sal, hablando su jerga, enviando a Jess mas alto—. Eres tan caliente. Tan caliente. Me encanta lo caliente que estás. Muéstramelo bebé. Vente por mí. Estaba listo, tan listo. Su cuerpo temblaba con la necesidad de venirse. Sal agarró su pierna, sosteniendo todo el peso de ella en su brazo. —Te tengo, amor. Usa tu mano. Pero Jess no necesitaba una mano. Echó la cabeza hacia atrás contra el hombro de Sal. Sus bolas se estremecieron y él explotó por toda la colcha, tal vez hasta el suelo. —¡Oh! Sal —gritó, hundiéndose y poniéndose rígido. Jess sintió cada pulso cuando se vació en su interior—. Dios, te amo. El corazón de Jess se hinchó. El peso de la declaración lo dejó sin aliento. —Sal —sollozaba, incapaz de decir nada más. —Lo sé —Sal susurró contra su mejilla—. Lo sé.

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CAPÍTULO 14
—El departamento no está preparado para recomendar el levantamiento de la orden de restricción. Eso no puede estar bien. Sal se olvidó de respirar por un momento. —Su Señoría. —Carmen saltó de su silla casi antes que el fiscal del estado terminara su frase. La silla se enredó con la alfombra y se inclinó precariamente. Distraídamente Sal extendió la mano para arreglarla. No, él había oído bien. El hombre del arrugado traje marrón de pie frente a él en la mesa herradura, acaba de declarar que no había terminado. Había estado tan seguro. Todo el mundo había estado tan seguro que hoy pondría final al sórdido calvario. —Mi cliente ha sido excluido de su hogar durante casi dos meses —Carmen estaba diciendo—. Asuntos Internos lo exoneró de toda culpa hace tres semanas. ¿Qué razón da servicios sociales dan para retrasar esto? El pequeño hombre se metió las gafas en la nariz y revolvió el archivo que se encontraba frente a él. Sal no podía apartar los ojos de aquellos nerviosos dedos. —No hemos recibido los resultados de la investigación. —Los documentos fueron entregados personalmente a su oficina el dos de octubre, hace dos semanas, Sr. Fuller. Fuller la miró y empezó a buscar por el archivo en serio. —Sra. Salyers, ¿tiene usted una copia del informe? —preguntó el juez desde su estrado.
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—Aquí, señor juez. —Carmen mostró un fajo de papeles, con el emblema de la Oficina de Asuntos Internos de la Policía de San Francisco en la esquina superior izquierda. —Alguacil, por favor entregue el documento al Sr. Fuller. —El juez esperó. El ceño fruncido demostrado más que molestia—. Considere como esta, la entrega del informe. Le sugiero que acelere el papeleo y no me haga perder más mi tiempo. —Ella hojeó el calendario en su escritorio—. Estoy obligada a aplazar esta decisión. Podemos programar para continuar el...—flip, flip, flip. ¿Cuántos días representaba cada flip? Lanzó una mirada comprensiva a Sal—, noviembre tres. Tengo diez minutos disponibles el tres. Tres semanas. Tres semanas más condenado a su habitación arriba de la pizzería. Menos mal que no era alérgico al ajo. Con la cara roja, Fuller se dirigió a la página de su agenda. — Tengo un conflicto, Su Señoría. Sal apretó los dientes. La furiosa mirada del juez era un poco reconfortante. —Envíe a alguien que no lo tenga, Sr. Fuller —gruñó ella—. Y envíelo preparado. Aplazado. La sala del tribunal se levantó cuando el Honorable Juez Alicia Ortega salió de la habitación. Sal esperó a que la puerta se cerrara detrás de ella y se volvió hacia el público, buscando a Jess, a quien había dejado sentado en el fondo de la sala, cuando el caso fue llamado. —Sal, lo siento —dijo Carmen—. Me llamó ayer. El trabajador social me aseguró que el expediente estaba en orden. Apenas la escuchaba mientras miraba a Jess desaparecer por las puertas dobles. La necesidad de seguirlo anuló la necesidad de saber lo que venía después. —Carmen, ¿podemos hablar más tarde? Creo que Jess está molesto. —Él no esperó una respuesta.
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Al menos treinta personas llenaron el vestíbulo, esperando a que la sala del tribunal se vaciara para la próxima audiencia. No podía encontrar Jess en ningún lugar, por lo que se abrió camino hacia la salida pensando que podría haber salido a esperar. A mitad de camino a través de la habitación, una mano cayó pesadamente sobre su hombro. Se dio la vuelta y se encontró con expresión de Jess, la mandíbula apretada, los ojos enrojecidos y enojados. —¡No me dijiste que Asuntos Internos estaba investigando! —Hey —dijo Sal, desconcertado—. Era una formalidad. La reunión duró menos de una hora. —¿Una hora? ¿Entonces por qué no estaba listo el informe hace seis semanas? —Tenían que hacer algo fuera de la investigación. ¿Por qué estás tan enojado Jess? —La infernal investigación de asuntos internos estaba terminada y hecha—. Asuntos Internos no es otra cosa que exhaustiva. —Investigar, como asar a la parrilla a Ted y a mi por lo de LA. ¿No puedes decirme lo que era todo esto? Sí, eso era Asuntos Internos, pero Sal no vio ninguna razón en ese momento para mencionar el hecho. —Sabía que ibas a preocuparte por el mismo y no necesitas más estrés. —Extendió la mano para rozar un mechón de cabello de la frente de Jess. —Estás agotado. Jess alejó la mano a un lado. —¡No te atrevas a cambiar de tema! —Su voz se hizo cada vez más fuerte—. Sí, estoy agotado. Y enojado. Me dejaste gimotear acerca de mis problemas en casa mientras escondías el hecho de que mi jodido padre puso tu carrera en riesgo. ¿Y qué acerca del estrés de saber que mi pareja no cree que puedo soportar la verdad?

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¿Qué? —Vamos, Jess. Sabes que yo no creo eso. —El nivel de ruido en el vestíbulo era bastante alto, pero la gente a su alrededor estaba empezando a prestar atención—. Estamos de acuerdo, ¿no? Tú te encargas de las necesidades de Teddy y yo trabajo en tratar de llegar a casa. —Así es. Y mientras tanto yo estoy derramando mi corazón, agobiándote con todos mis problemas, mientras que eres el hombre de arriba. Supongo que eso me convierte en el más débil. No soy lo suficientemente fuerte como entrar en la foto, ¿no? —Por favor. —Sal vio a la Sra. Allison y a Fuller conversando en el otro lado de la habitación. Él trató de advertir a Jess con un sutil movimiento de su cabeza en su dirección—. Vamos a llevar esto afuera. No va a ayudar a cualquiera de nuestros casos si esos dos nos ven discutiendo. Jess se negó a darse por aludido. —Me parece que ese es nuestro problema. Todo esto, los dos. ¿Somos una pareja o no, Sal? —Vamos, Jess. —Él agarró el brazo de Jess para animarlo hacia la puerta—. Mira, yo hice lo que pensé que habíamos acordado hacer. Ven afuera conmigo. Jess se separó del agarre de Sal y se dirigió hacia la salida. Sal se esforzó por mantener el ritmo. Caminaron juntos fuera del edificio y hacia el estacionamiento sin decir una palabra. Tal vez él le había sujetado demasiado fuerte, pero la reacción violenta de Jess le dolió. La cerradura sonó cuando todavía estaban a unos metros de la camioneta. Sal se deslizó en el asiento del pasajero y esperó, mirando a través del parabrisas, con los ojos fuera de foco. Habían tenido desacuerdos antes, pero nada como esto -su primera pelea. Él realmente quería entender el punto de vista de Jess, pero había resuelto cómo manejar la situación desde el principio. Jess fue quien
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lo tomó como su salida del estrés y Sal se alegró de escucharlo. No fue así, sin embargo. Por supuesto que se había preocupado durante la investigación, pero ¿de qué serviría hacer que Jess se preocupar con él? Tener alguien a quien abrazar le dio toda la paz que necesitaba. El hecho de Jess no supiera eso acerca de él, todavía era difícil de soportar. Él se liberó de sus pensamientos y se volvió para averiguar lo que le estaba aguardando. Jess estaba de pie junto a la puerta, congelado en su lugar, las llaves en una mano y la otra a punto en el pomo de la puerta. Sal deseado echar un vistazo a su cara para obtener una pista, tal vez, de qué esperar, pero la vista en el cuello de color azul claro de Jess. Supongo que esperaba una disculpa, sin importar si debía o no . Bien, él se disculparía. Cuando la situación se calmara, tendría tiempo para averiguar lo que había hecho mal. Empezó a llegar a todo el coche para aprovechar la ventana, pero lo que sea celebrada Jess finalmente dejar ir. Arrojó las llaves una vez, los toma, y luego abrió la puerta y se sentó al volante. Nunca miraba en dirección de Sal mientras deslizaba las llaves en el encendido. El motor rugió a la vida. Puso el coche en marcha y empezó a retroceder hacia fuera. —Escucha, Jess… —¿Dónde quieres que te deje?

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El teléfono no va a sonar mientras lo estés mirando . Sal se echó a reír ante la idea. ¿No era la voz de su abuela una variación de una olla nunca hierve porque la vigiles? Esto era ridículo. Él debería tomar el teléfono y llamar, pero si Jess seguía molesto, gritaría y no lograría nada excepto hacer más daño. Por supuesto, el teléfono en silencio le dejaba claro como el día que Jess seguía enojado. Tendría que esperar a que Jess llamara. Él todavía podría gritar, pero al menos no podría culpar a Sal por provocarlo. Al diablo con esto. Sal se levantó de la mesa y caminó hacia el futón. Tal vez un poco de televisión le distraería. El teléfono se iluminó. Sal barrió la mesa de noche antes de que el timbre comenzara y automáticamente se detuvo. Qué idiota. ¿Crees que hacerle saber que estás esperando su llamada empeorará las cosas? No podía sacudirse la sensación de caminando en la cuerda floja. Nada acerca de esta situación era familiar. ¿Y cuál era este tono? Tecno algo. Jess probablemente lo configuró en el celular la noche anterior mientras Sal dormía. Jess siempre trataba de atraparlo con la guardia baja con los nuevos tonos descargados. Club de música. Conseguir algo. ¿Quieres un poco. Necesitas un poco. Probablemente no en el futuro previsible. Escuchó unos compases antes de contestar el teléfono abierto. ¡ Buena esa, Jess! —Some Lovin' de Alex Kain. ¿Estás bien, Jess? — Mejor no probar una broma sin saber de qué tipo de humor está —¿Sal? —No era Jess.

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Por un breve momento, se alegró de escuchar la voz del chico. — Teddy, no deberías llamarme. ¿No te dije que no me contactaras? Eso significa llamadas telefónicas, pequeño. —Él está aquí, Sal. —¿Qué? ¿Quién está ahí? —Mi padre. ¡Dios mío! —¿Llamaste al 911, Teddy? —Por supuesto que no. Él todavía estaría en la línea con ellos. —Jess está discutiendo con él las escaleras de la entrada. Jess realmente está cabreado, Sal. Me temo que va a pegarle. ¿Qué va a pasar si lo hace? ¿Se lo llevarán a la cárcel? —¿Llevarse a Jess a la cárcel? No. Cuelga y llama al 911. —No. Él me matará. La voz de Sullivan se levantó en el fondo. —¿A quién le estás hablando, muchacho? —Teddy debe estar de pie en la parte superior de las escaleras—. Será mejor que no estas llamando a la policía. —No le digas, Teddy. Simplemente cuelga y marca. — Espera. Tiene el celular de Jess—. ¿Te acuerdas de la dirección? Tendrás que darles la dirección. —Sal la repitió para él—. ¿Me estás escuchando, Teddy? Estoy esperando que tú… —¡Jess! ¡No! —Teddy gritó sin mover el teléfono lejos de su boca. Sal lo escuchó gritar en sus oídos. —¡Teddy! ¡Cuelga! Llama a la policía. —¡Dulce Jesús! ¿Por qué Tony no tenía un teléfono instalado aquí arriba? Sal abrió la puerta y golpeó abajo de las escaleras. Tendría que llamar desde el restaurante.

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—¡Ted, trae tu culo aquí abajo! —¿Estás loco, papá? ¿No ves que está en muletas? Ted, no te atrevas a intentar bajar esas escaleras. —Muy bien. Voy a subir allí, Ted. Los gritos se convirtieron en una confusión de voces, cada uno esforzándose por gritar más al otro. Sal no podía entender una sola palabra. Tiró de la puerta de la cocina y maldijo, recordando que no se podía abrir desde el exterior sin una clave. Hizo una carrera de obstáculos a lo largo del lateral del edificio y se dirigió a la entrada principal. —Jess, no, no lo detengas. —Teddy estaba demasiado tranquilo de repente—. Déjale que venga. Inténtalo Pa. ¡Vamos! ¡Oh Dios! ¡Teddy, detente! No estás ayudando. —No me importa. Yo quiero que venga arriba, así puedo noquearlo derecho hacia abajo. Tengo mi muleta. Vamos a ver cómo se siente estar tirado en la parte inferior de la escalera con unos cuantos huesos rotos. De repente Sal se sentía terriblemente cansado. —Teddy, por favor toma el teléfono, ve a tu habitación y cierra la puerta. —Oh. —¿Qué está pasando ahora? —Odiaba escuchar esto cuando él era incapaz de hacer nada. Las voces se detuvieron. Sal creyó oír hablar a Beth en el fondo, muy en silencio para entender lo que estaba diciendo. —¿Teddy, todavía están allí? —Beth salió y dijo que la policía está en camino.

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Gracias, Dios. Caminó hasta el final del callejón y salió a la luz antes de caer contra el edificio aliviado. —¿Están todos bien? —Mi papá se cayó. Él no está herido, sólo un poco sorprendido. Empujó a Jess fuera del camino y Jess echó hacia atrás. Cayó contra la puerta principal. Bastardo con suerte. Si esa ventana se hubiera roto, él tendría una herida muy grande. Atreverse a venir hasta aquí así no fue tan inteligente. —Teddy, tu padre es un hombre adulto. ¿Siempre viene cuando lo llamas? —Teddy rio—. Eres gracioso, Sal. ¿Cuándo vienes a casa? —En un par de semanas y algo de cambio. Deberías ir a tu habitación y dejar descansar la pierna. —No puedo todavía. Tengo que estar aquí cuando venga la policía, así puedo decirles lo que pasó. ¿Seguro Jess no será en ningún problema? —Jess no ha hecho nada malo. Él tiene el derecho de protegerse y proteger nuestro hogar. Tu padre, sin embargo, va a volver a la cárcel. No lo dejaran en libertad esta vez. —Eso es probablemente lo mejor. —Pídele a Jess que me llame cuando se hayan ido. —Él está enojado contigo. ¿Qué hiciste? —Cariño, arreglaremos. si lo supiera, sabría cómo disculparme. Ya lo

—Será mejor. —Puedes decirle a Jess que hablamos, pero a nadie más, a menos que la policía pregunte. Bueno, ¿Ted? —Estaba empezando a bajar de la adrenalina. ¿Cómo era posible que el chico se quedara tan tranquilo con todo eso?
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—Está bien. —Me alegro de oírte, sin embargo. ¿Aparte de todo esto, cómo te está yendo? —Bueno. Bien. La escayola me la quitaron ayer. Mi costado todavía me duele mucho. Me canso todo el tiempo. Odio el psiquiatra que me está haciendo ir. Ella no tiene ni idea. —¿Qué hay de ti y Jess? Están ustedes dos llevándose bien? Pausa larga, muy larga. —Sí, mejor. Sería genial si todos nos dejaran en paz. Hey, la policía está aquí. Mejor me voy. —Muy bien. Cuida de mi novio por mí, ¿lo harás, muchacho? —Vuelve a casa y cuida tu mismo de él, abuelo.

A las diez en punto, Sal no se podía engañar por más tiempo. Jess no tenía la intención de llamar. ¿Cuánto tiempo se necesita para enfriarse? Como esta era su primera pelea de verdad, Sal no sabía qué esperar, pero él no sería capaz de descansar hasta que Jess le dijera que estaban bien. Así que llamó. Jess respondió al primer timbrazo. —Hola, Sal. Lo siento, debí haberte llamado. Sí, pero no lo hiciste. —¿Estás bien?
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—Estamos bien. Papá se fue con ellos sin luchar. Creo que con la caída se le pasó la borrachera. Oye, ya es tarde. Ted se fue a descansar. No deberías haber hablado con él. No necesitas más problemas. —No pude colgar, Jess. Estas realmente bien? Pensé que podrías necesitar… —Mira, ya he dicho que todo está bien. Estoy cansado. ¿Podemos hablar más tarde? —¿Cuándo? —No lo sé. Mañana será un día ajetreado. Te llamaré. —Jess, ¿me puedes dar una pista de lo que he hecho mal? —Yo no quiero hablar ahora. Tómate unos minutos y piensa por ti mismo, Sal. Yo no soy tu esposa. ¿El supone que puedo leer su mente? —Entonces deja de actuar como tal y di lo que tengas que decir. El teléfono se cortó. Sal se quedó mirando la pantalla durante unos segundos, sin poder creer el mensaje de Llamada desconectada . —Mierda.

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CAPÍTULO 15

¿Qué diablos estoy haciendo aquí? La pregunta se estaba convirtiendo rápidamente en un mantra que atravesaba la mente de Jess. Su mirada recorrió la habitación, una vez sintiéndose la única persona que parecía tan fuera de lugar como él se sentía: una mujer de negocios vestida casual sentada frente a él. Pálida e inexpresiva, la mirada fija en sus manos en su regazo, ella no se había movido desde que se fijó en ella. Cualquiera que fuese su historia, el simpatizaba. Se movió un poco en el banco duro y estrecho en un intento de traer su culo de vuelta a la vida y trató de prestar atención al guardia diciendo en voz alta los nombres de una lista. —Jess Sullivan. ¡Por fin! Él se puso de pie sus piernas amortiguando lo que debe haber sido una eternidad aplastado entre un hombre harapiento que al parecer no se había bañado en un mes y una mujer gorda con tres niños berreando. ¿Por cierto, quién traía niños a un lugar como este? Tomó su lugar en la fila con los otros visitantes y esperó a que el rubio fornido terminara su lista. Cuando hubo terminado, doce personas, todas ellas, como Jess, entumecidos de estar sentados la mayor parte de la mañana, arrastrando los pies mientras el guardia se inclinaba sobre el mostrador coqueteando con su contraparte femenina detrás del vidrio a prueba de balas. Un timbre se oyó y la puerta de seguridad hizo un sonido ruidoso de pesado golpeteo. El rubio sacudió el mango y al final les dejó pasar a través. Otro guardia los condujo a través de un complejo laberinto de pasillos anchos, sin rasgos distintivos. A excepción de la evidente luz fluorescente, el lugar parecía y olía como una cueva. La idea de estar encerrado aquí le dio a Jess estremecimientos.
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Pasaron a través de varias puertas antes de llegar a otra puerta de seguridad. Una vez más en espera del zumbido y el ruido metálico. Esta puerta daba a un cuarto largo con paredes de hormigón y una barrera de plexiglás en el centro. La pared transparente se dividía en una docena de cubículos privados. Cada uno contenía una silla y un auricular de teléfono a cada lado del cristal. Jess tomó el cubículo vacío al lado, se sentó y esperó un poco más. Unos diez minutos después, otra cerradura sonó amortiguada esta vez y los presos se presentaron en la habitación. Su padre al final. El uniforme naranja lucía en él. Un guardia le indicó la silla frente a Jess. No se sentó, miró a Jess a través del cristal hasta que el guardia le dijo algo agudo. Probablemente sentarse o regresar a su celda, porque el anciano miró hacia la puerta que acababa de atravesar como si lo considerara. Después de un momento se dejó caer en la silla, puso el auricular a la oreja y observó a la espera de que Jess hiciera lo mismo. ¿Qué le digo a este hombre? Jess no tenía idea. Se había pasado el largo viaje lanzando la pregunta. Algunos sentimientos fuera de lugar en el fondo de su mente le decían que debía disculparse por golpear en el culo al viejo la otra noche, pero él no estaba dispuesto a pedir disculpas, no cuando él deseó haber ido mucho más lejos y haberle dado una pequeña venganza por amor a Ted. Su padre golpeó el plexiglás con el receptor. Un guardia gritó una advertencia y se echó hacia atrás, agitando el auricular en el rostro de Jess hasta que Jess cogió el otro a su lado de la barrera. —¿Dónde está Ted? —Su padre preguntó antes de que Jess tuviera la oportunidad de decir una palabra—. ¿Le has traído? —Hola, papá. Me alegro de verte. —Jess no pudo evitar la amargura de voz—. No me molesta que me agradezcas por conducir una hora y esperar toda la mañana.
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Su padre sonrió. —El sarcasmo nunca fue tu punto fuerte, muchacho. —¿Qué parte de no contacto, no entiendes? —Jess decidió dejar pasar la animosidad de su padre. El hombre no valía la pena la energía que enojarse le costaría—. ¿De verdad crees que vendría incluso si ellos lo dejan? ¿Por qué quieres verlo de todos modos? ¿Tu abogado te dará una lista de sus lesiones? ¿O necesitas comprobar el daño por ti mismo? —Tengo que pedir disculpas. No debería haberlo golpeado. —¿Golpeándolo? —Estuvo en el hospital durante más de una semana. —Por el amor de Dios, lo golpeé con mi cinturón un par de veces. —Convertiste su espalda en carne de hamburguesa. Ah, ¿sin mencionar que le rompiste la pierna? —Vamos. Se cayó por las escaleras y se rompió una rótula. —Oh, está bien, sólo una rótula. —Jess no podía decidir si el hombre estaba fingiendo para los guardias o si realmente creía su propia mierda—. Se enfrenta a seis semanas de terapia física y el doctor dice que no va a correr de nuevo por un largo tiempo o nunca. Tu hiciste eso, papá. —No, eso fue un accidente. —Lo hiciste. Te llevaste lo único que tenía para tratar de ganar tu aprobación. —Lo que podría, en última instancia, ayudar al niño a darse cuenta de que no necesita tu aprobación . La posibilidad de no hacer de esto algo que Jess nunca desearía para Ted—. Disculpas no harán que esto desaparezca. ¿O crees que puedes convencerlo de que te encubramos otra vez?
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—Jess, sabes que nunca quise hacerle daño. La cuestión era que Jess sabía. —¿Qué piensas hacer, papá? La dureza de su rostro se desmoronó. —El me sorprendió. Te estaba esperando a ti. ¿Por qué no me dijiste que lo habías encontrado? Jess había visto esto antes, el remordimiento. No caería de nuevo en eso, no lo había hecho por un largo tiempo. Ted, sin embargo, era todavía susceptible. La orden de no-contacto era lo mejor que Ted tenía a su favor. El poco de resistencia que mostró la otra noche era una prueba. —Yo no te lo dije, porque yo no quería que huyera de nuevo. Lo encontramos en LA unos días después de que hablé contigo. No le sorprendió que el remordimiento durara poco. —Vendiendo mamadas por veinte dólares, me dijeron. Y tú lo traes de regreso a ese poli maricón con el que estás viviendo. ¿Qué diablos estabas pensando? ¿Y cuándo comenzarás a tomarlo por el culo? —Que hermoso, papá. Realmente hermoso. —Dale a Ted un mensaje. Dile que no le obligaré a volver a casa si él no quiere. Me aseguraré de que sea atendido, pero tengo que salir de aquí y volver al trabajo. —Al parecer, su padre no encontraba nada malo con la oferta—. No se le puede sobornar. Teddy no tiene nada que ver con los cargos en tu contra. —No tienen un caso si no testifica. —¿Te has olvidado del testigo? —Tu novio maricón. —Él se burló.

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—Sí. El policía que salvó la vida de tu hijo. Papá, lo que estás haciendo con Sal es cobarde. —No fue mi idea. ¿Cómo que no fue su idea? Jess apretó los dientes hasta que hubo ganado de nuevo el control de su temperamento. —El abogado no puede hacer algo como esto sin tu permiso. —Quiero saber. Un escalofrío se deslizó en la voz de su padre. Jess no estaba dispuesto a darse por vencido todavía, pero tenía que proceder con cautela. —Lo sé y te lo digo. Nada esta sucediendo. —Estás dejando que el hombre que te joda. ¿De verdad esperas que me crea que no vas a dejar que se lo haga también a Ted? —Se movió en su asiento y acercó su rostro más cerca del cristal—. O tal vez tú se lo estás haciendo a Ted. Tal vez has sido tú todo el tiempo. ¡Hijo de puta! —¿Es eso lo que piensas? ¿Estoy perdiendo mi tiempo aquí? —Jess empezó a colgar, pero no, su padre no estaba lo suficientemente enojado. Él lo había dicho para hacerle daño—. Tú no crees eso. —Si es por eso que viniste, entonces sí, estás perdiendo tu tiempo. —Él no confirmó ni negó, simplemente se sentó y su nariz apretó su nariz como si le hubiera dado un dolor de cabeza—. ¿Qué te pasó, muchacho? Nunca se me diste la más mínima razón para esperar esto. Maldita sea, Jess, tenías amigas en el instituto. O estaba confundido o eres el mejor mentiroso del mundo. —Nunca entenderás. Su padre lo miró de arriba abajo y sacudió la cabeza. —Tienes razón. No lo entiendo. —Y obviamente, no quería entender—. Entonces, ¿por qué has venido?
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—Para pedirte que nos dejes en paz. —Él tenía que cambiar de táctica. Obviamente no conseguía nada por ahora, rogando por el caso de Sal y no podía arriesgarse a alienar a su padre antes de que llegaran a la discusión en torno a Ted—. Papá, he solicitado la tutela. Ted tiene la oportunidad de sanar. Su depresión es peor de lo que yo he visto. Están haciéndole hablar con un psiquiatra dos veces a la semana y él lo odia. Lo único que quiere hacer es acurrucarse en la cama y dormir. Hay que darle un poco de paz, papá. Necesitamos que le dejes ir. —Lo que necesita es Ted detener su mierda de niñita y tú dejándolo actuar no estás ayudando. Cuando llegué a la puerta, pensé que era tu puta novia. Llevaba pantalones cortos, por Dios. ¿Tienes alguna idea de lo que se siente darte cuenta de que estás mirando tu propio hijo? ¿En qué clase de padre que me convierte eso? Yo ni siquiera lo sabía, lo habría golpeado antes de que se hubiera perdido. A Jess le gustaría decirle qué tipo de padre era, pero necesitaba su cooperación. —Enfréntalo papá. Teddy es quien es. Lo que necesita es a alguien que lo acepte y lo apoye. Nosotros podemos darle eso. —Tú y ese… —Sal, papá. Su nombre es Sal. Él es un buen hombre. Ted confía en él. Una voz amplificada anunció —Un minuto. Terminen. —Mira, Ted va a estar bien. Por favor, no luches mi petición. —No pienso hacerlo. No puedo obligarlo a ir casa. Él sólo va a salir de nuevo. Deja que él decida. Si él confía en ti... Bueno, al menos él no está en la calle. No creo que decirte que te deshagas del maricón sirva de nada.

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Jess se preguntó si no había logrado hacerlo ya, pero él negó con la cabeza. Su padre sólo iba a tener que enfrentar el hecho de que había criado a dos maricones. —Gracias. Ahora, ¿qué necesitas? Las cejas de su padre subieron hasta la frente como si Jess le hubiera sorprendido. Jess se sorprendió. No sabía que iba preguntarle hasta que las palabras ya estaban fuera. —Está bien, escucha —dijo su padre, hablando rápidamente. Tenían unos treinta segundos—. Me vendría bien un poco de dinero aquí. Saqué una suma grande del banco. Pon un centenar en mi cuenta y utiliza el resto para Ted. Luego llama a Jorge y dile que haga lo que sea necesario para hacer el trabajo a tiempo. Confío en su juicio. Y mantén un ojo en el maldito contador. Él tiene poder y Jorge no es tan bueno con los números. ¿Puedes manejar todo eso? Justo lo que necesito, más cosas que hacer. Bueno, él había preguntado. —Supongo que quieres asegurarte de que las facturas se pagan. —Ve allí y cerrar la casa. Entonces todo lo que necesitas es preocuparte por la hipoteca. Haz que el correo sea reenviado por el momento. John Sullivan al parecer esperaba una larga estancia.

—Date prisa. Llegamos tarde. —Jess se extendió a través de la camioneta y abrió la puerta del pasajero cuando Ted empezó a bajar las escaleras. Incluso con la barandilla, mirándolo cojear por los escalones de cemento de la casa a la acera, a Jess le dio una
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punzada. Se estaba volviendo cada vez más audaz desde que le quitaron la escayola. —¿De quién es la culpa? —Ted respondió. Se deslizó en el asiento y jaló las piernas en la misma como un profesional, colocando la muleta entre las rodillas—¿Cuándo vas a dejar que empiece a tomar el autobús para estas cosas? —Tan pronto como digan que está bien. —Tal vez entonces podría volver al trabajo y empezar a traer algo de dinero, a pesar de que todavía podría llevarlo a estas citas de fisioterapia. Ninguno de los dos quería que el niño perdiera ninguna. Puso el coche en marcha al segundo de que Ted cerrara la puerta de golpe—. Vamos a preguntarles hoy. —¿Vas a decirme por qué se vamos tarde? —Él estaba teniendo problemas con el cinturón de seguridad. Jess se acercó a ayudar y recibió una bofetada en su mano—. Estaba nervioso. —Fui a visitar a papá. Cuando dijeron que estuviera allí a las nueve yo estúpidamente pensé que significaba nueve no 11:30. —¿Qué? —Ted olvidó por completo el cinturón de seguridad, dejando que colgara por encima del hombro mientras se enfrentaba a Jess con una mirada de asombro—. ¿Por qué demonios fuiste allí? —Para hablar con papá. —¿Sobre qué? ¿Le dijiste que no iba a declarar? —No, Ted, no lo hice —dijo Jess, irritado—. Cuando se ofreció a pagarte, le dije que no era necesario tu testimonio, pero tomaríamos el dinero en efectivo. —La oferta era demasiado tentadora. Ted necesitaba ropa para empezar la escuela. Tuvieron que arruinar los tres pares de pantalones vaqueros que había comprado en la tienda de segunda mano para acomodar la escayola. Hoy llevaba pantalones cortos como los que su padre encontraba tan ofensivos. Ellos no estaban tan mal, más cortos que los que la mayoría de los chicos
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usaban, pero no apretados. Había visto cosas peores—. Después de la otra noche, oyéndote negarte aún a testificar me molesta. —Me dijeron que no tenía que hacerlo. —Ted notó que él miraba y tiraba de los pantalones cortos aún más abajo en las piernas—. Se dijo que el testimonio de Sal era suficiente. —Entonces, ¿por qué tardaron dos horas? Colócate el cinturón de seguridad. —Ya hemos hablado de esto. Ellos me acaban de hacer un montón de preguntas acerca de por qué me fui de casa y lo que pasó en Los Ángeles. —Ted tiró de la correa, que estaba atorada. Se volvió para liberarla. —¿Ni siquiera preguntaron sobre el ataque? Después de colocar el cinturón en su lugar, se volvió y miró hacia adelante a través del parabrisas, evitando los ojos de Jess. —Les dije que no lo recordaba. —¡Ted! —Es la verdad. Yo estaba noqueado. —Maldita sea, Ted. ¿Por qué insistes en protegerlo? — ¿Por qué molestarse en preguntar?—. No importa. Es probable que no puedas responder si quisieras. Ted finalmente lo honró con una mirada en su dirección. —El es nuestro padre, Jess. —Oh, correcto. —Él podría apestar a sarcasmo, pero pensó que probablemente Ted lo dejaría pasar—. Fui a pedirle que me deje tener tu custodia y para averiguar lo que necesitaba. Por lo tanto, ¿puedes entrar en su cuenta bancaria o no? —Jess, no puedes solo tomar….
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—Él necesita dinero ahí. Además, quiere que llame a su socio. —Puedo hablar con Jorge. Yo sé donde papá guarda todas sus cosas. ¿Qué te ha dicho? ¿Va a dejar que me quede contigo? —Sí, al menos eso dijo que haría. Él quiere verte… pedirte disculpas. Teddy se quedó en silencio, mirando su regazo, mientras Jess se detuvo en el estacionamiento para pacientes ambulatorios y encontró un espacio. Apagó el camión y esperó a que Ted saliera, pero el chico se quedo sentado allí por un minuto, sin moverse. Finalmente dijo—: No. El tranquilo NO, no era muy convincente. —Sabes —dijo Jess— cuando todo esto termine, podrías tomar una oportunidad de decirle lo que está en tu mente. —¡No! No puedo hablar con él. Él ya me odia. —Él tiró el cinturón de seguridad fuera, hecho una furia y empujó la puerta. —Nada de lo que hagas o digas nunca hará que te odie, Ted. Ted se detuvo en medio del balanceo de sus pies sobre el suelo. Sus siguientes palabras fueron amargas. —Tienes razón. Lo que hago y lo que digo sólo lo hace enojar. El odia lo que yo soy y nada que yo pueda decir va a cambiar eso.

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CAPÍTULO 16
Una apenas brisa cosquilleó sobre la parte posterior del cuello de Jess, sacándolo de sus pensamientos. Una suave voz femenina dijo—: Disculpe. Puso un dedo en el párrafo que debería haber estado leyendo y miró hacia arriba. Uno de los técnicos de la biblioteca estaba de pie al lado de su silla. ¿Cuánto tiempo había estado allí? —¿Terminaste con esto? —preguntó, poniendo una mano en la pila de libros sorprendentemente alta, en el borde de la mesa. Tal vez hoy había estado haciendo mucho después de todo, a pesar del diálogo unilateral que atravesaba su cabeza como una mala canción. Él asintió con la cabeza para hacerle saber que podía tomar la pila y llevarla. —Voy a terminar con esto también en pocos minutos. —Tómate tu tiempo. —Ella sonrió dulcemente y barrió a los libros en sus brazos—. Voy a conseguir uno cuando vuelva. —Él esperó que ella se alejara, pero ella se quedó—. ¿No son vas a almorzar? —preguntó ella. Sus ojos hicieron un barrido a la sala. A juzgar por todas las mesas vacías a su alrededor, había tomado más tiempo de lo esperado. —No, estoy muy cerca de terminar. Miró el reloj de su escritorio 12:45. El cliente estaba esperando. —¿Te estoy retrasando? —Oh, no. N-no —ella tartamudeó—. Voy a estar en las estanterías si me necesitas.

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Obviamente la estaba retrasando. Tres horas para terminar un trabajo de dos horas. Bueno, al menos había conseguido su final de la conversación con Sal trabajando en su cabeza, editado y memorizado, ad nauseam. Correcto y tu hablarás con Sal, todo será perdonado, las cosas volverán a la normalidad y todos vamos a olvidar que los últimos meses han pasado. Enfrenta los hechos, no tienes idea de qué esperar porque no has hablado con él en más de dos semanas . Oh, déjalo descansar. Hoy era la tercera. Lo más probable Sal saldría con Carmen directo desde la corte. Probablemente estaría en casa antes de que él llegara. Si él se ponía en evidencia . El pensamiento trajo una sensación de pesadez en el pecho que se había convertido en algo muy familiar en las últimas semanas. Apartó esos miedos a la parte posterior de su mente para hacerles frente cuando no tuviera otra opción y se volvió hacia la pantalla. Después de comprobar y volver a comprobar sus citas, hizo una rápida lectura a través de todo el documento. Entonces, sólo porque había estado tan distraído toda la mañana, hizo otra lectura más cuidadosa. Guardar y Enviar. El documento cerrado, dejando en su escritorio vacío, excepto por la alarma parpadeante en el centro de la pantalla. Él se puso en pie. Ted tenía una cita con el psiquiatra en cinco minutos. El pánico duró hasta que recordó que Ted planeaba tomar el autobús hoy. Un suspiro de alivio elevó a las comisuras de la boca en una casi sonrisa. Gracias, Ted. Gracias por sugerir, más bien insistir en querer
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hacer esto por tu cuenta, a pesar de que estoy de acuerdo . Le debía una al chico, en más de un sentido. La pelea con Sal no había ayudado a su relación con su hermano. Ted había dejado de pedirle que llamara Sal después de la tercera excusa. Sus conversaciones otra vez consistían en oraciones de una sola palabra. Jess pensó que su depresión parecía mejorar, ya que el yeso se desprendió, por lo menos él estaba ahí, tomando un poco de iniciativa, como hoy. Pero de vez en cuando, cuando lo sorprendía con la mirada perdida como ciervos asustados por la luz de los faros, Jess se preguntaba. ¿Cómo podía estar seguro de que el chico no se abriría? El psiquiatra no estaba teniendo mejor suerte, sus informes no eran buenos. El hecho era que Ted no confiaba en él. Él y Sal eran demasiado parecidos a ese respecto. Jess amaba a los dos, pero después de muchos años como el intruso en la familia, no estaba seguro de querer vivir mas con dos personas que le cerraban las puertas. ¡Alto! Hoy es un buen día de vuelta al trabajo, Ted toma alguna iniciativa, Sal vuele a casa. Tenía que sacudir los pensamientos negativos y creer que Sal pensaba que estaba haciéndole un favor a Jess por protegerlo del desastre. El problema era que Jess sabía que había creado ese desastre en primer lugar. Él guardó su laptop, recogió el resto de sus cosas y se dirigió a la puerta. Su móvil sonó en la pierna cuando estaba a mitad de camino a través del vestíbulo. La forma en que se las arregló para alcanzar y abrir el teléfono de su bolsillo en un tiempo récord le dio una pequeña sacudida de placer, pero al no reconocer el número en el identificador de llamadas, la decepción lo sacudió. No era Sal. —Este es Jess.
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—Jess, éste es Peter Wentworth. ¿Interrumpo algo? El abogado. —No, acabo de llegar del trabajo. Ted no está conmigo. Está en la tarde del médico. —Eso está bien. Eres la persona con la que necesito hablar. ¿Ya almorzaste? Tengo noticias para Ted y me gustaría ponerte al día antes de decirle. Probablemente no es una buena noticia. Oh, anímate. Todo parecía estar poniéndose al día con él de una vez. —¿Qué noticias? —¿Estás todavía en el centro? —Sí. Frente al centro cívico. —Encuéntrame en el Jardiniere. —Él le dio instrucciones—. Puedo estar allí en cinco minutos. ¿Jardiniere? Una invitación así no se presenta todos los días. Miró la hora en su teléfono. El restaurante estaba a una corta caminata. Un paseo sonaba bien, pero tendría que detenerse primero en la camioneta para deshacerse de parte de este bagaje. El garaje estaba de camino. Empezó a cruzar la concurrida calle en el medio de la manzana con el teléfono a la oreja, esperando alguna idea de lo que se trataba todo esto. —¿Puede usted decirme algo ahora? —Cambiaron de idea. Se decidió citar a Teddy. —¿Qué? —El optimismo nunca era para él—. Han estado prometiéndole todo el tiempo que no tendría que testificar. Pasó por cuatro horas de interrogatorio por esas promesas. ¿Cómo pueden ellos salirse con la suya? —Encontrémonos y te daré los detalles. Me gustaría tu opinión sobre la manera correcta de decirle.

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—No hay manera correcta... —Jess decidió esperar hasta que estuvieran cara a cara para decirle lo que pensaba. Necesitaba el tiempo para averiguar lo que pensaba—. Deme diez minutos. Colgaron y Jess desvió hacia el garaje para asegurar sus libros y carpetas en el camión y luego cortar a través del parque Grove. El restaurante estaba a un par de cuadras más lejos. Cuando entró, un mesero le mostró a una mesa en el segundo piso. Cuando se acercaron, Wentworth se levantó y le tendió la mano. Jess aceptó un breve apretón de manos. —¿Cómo pueden hacer esto? Dígamelo. —Siéntate, Jess. ¿Puedo ofrecerte un trago? Jess pidió una cerveza y trató de relajarse. Él estaba lleno de preguntas, ninguna de las cuales se prestaban especialmente a la paciencia. Logró, sin embargo, esperar a que Wentworth hiciera su pedido antes de saltar directo al punto —¿Cuándo es el juicio? —Dos semanas. —Wentworth se instaló en su asiento y finalmente volvió la atención a Jess—. El fiscal me llamó para decirme esta mañana. —¿Cuánto tiempo antes de que expidan la citación? —Él no dijo cuándo, sólo que él no quería que el servidor de procesos tomara por sorpresa a Ted. —Inteligente. —Jess pensó que su desprecio salió bastante claro —. ¿Qué es lo que piensan que van a conseguir obligándolo a hacer esto? Ted ya les había dicho que no recuerda lo que pasó. La expresión del abogado se volvió simpática. —Nadie le cree, Jess. No es de extrañar, ya que Jess tampoco lo hacía. Aún así... — Supongo que tenemos que darle las gracias a la siquiatra por eso.
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El camarero les interrumpió con sus bebidas. Las puso sobre la mesa y dio un paso atrás. —¿Está usted listo para ordenar? —¿Hambriento? —Wentworth preguntó. Jess no quería pensar en la comida en el momento. Negó con la cabeza. —Vamos a compartir un aperitivo. Tengo que comer algo. Es probable que también tú debas hacerlo —dijo el abogado, indicando deliberadamente la cerveza de Jess. Probablemente tenía razón, pero el hecho no hizo su insinuación menos molesta. Ordenó algo de cangrejo sin mirar el menú y el camarero les dejó con su conversación. Wentworth bebió un sorbo de whisky, pensativo—. Ayúdame a convencer a Ted para que cambie su testimonio. —¿Crees que no lo he intentado? Sal es al único al que debiera pedirle, pero dudo que ni siquiera él podía convencer a Ted. Después de esta especie de traición, ¿lo culparía? —¿Qué si el supiera...? —Hizo una mueca y vaciló, mirando a Jess directamente a los ojos con una expresión triste—. Jess, la citación no es de la DA. Jess tomó un momento para descifrar lo que el hombre le estaba diciendo. Cuando lo hizo, su mente se torció en un nudo. —Mi padre nunca estaría de acuerdo con esto. —Su abogado no pudo tomar la decisión sin su consentimiento, Jess. ¿Acaso Jess no sabía eso ya? ¿No le había dicho lo mismo en la cara de su padre? Ted nunca lo perdonaría por esto. Empezó a sospechar que al hombre no le importaba o creía que Ted era tan tonto como para creer que el abogado no le dio una opción en la materia. Jess no podía decidir que era más probable. —¿Qué está pensando él?
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—Están contando con que Ted mantenga a su historia —dijo Wentworth—. Tenemos que encontrar una manera de que él cambie de idea. Esto era una locura. El anciano había perdido la cabeza. Y Jess había creído realmente que quería hacer lo correcto por Ted. Hablando acerca de necios. Su garganta se cerró. Apenas podía hablar. —¿Cómo voy a decirle? —Creo que deberíamos decirle juntos. Déjame llevarlos a cenar esta noche a ambos y hablaremos con él. Cena. No, Sal estaría en casa para la cena. Miró su reloj - dos de la tarde. Sólo había pasado una hora pasado desde la última vez que miró? Se sentía como una eternidad. No podía llamar a Sal ahora mismo de todos modos. Él y Carmen estarían en camino hacia el palacio de justicia. —¿Por qué no en su oficina? Si usted piensa que Ted va a reaccionar mejor en un lugar público, se equivoca. Ted no reacciona en absoluto. Nunca sabrá cómo se tomará esta noticia. Él se va a cerrar. Wentworth parecía un poco decepcionado. —Mi oficina, entonces... —Su teléfono móvil sonó antes de decir cuándo—. Lo siento, Jess, tengo que atender esto. Es mi secretaria. Le dije que me llamara sólo si no podía esperar. Jess se encogió de hombros. Wentworth se levantó y le dio la espalda a la mesa. La conversación era estrictamente unilateral, ya que él no dijo ni una palabra más allá de —¿Qué es esto, Wendy? La distracción le dio Jess un minuto para pensar. Si se acercaban de manera cuidadosa, Ted podría ver... No, él se negaría a pesar de la orden judicial o huiría para evitar el problema por completo. Cualquiera de estas opciones significaba problemas para el niño. —¿Cuándo? —La aguda pregunta de Wentworth atrajo a la atención de jess. Él puso su mano sobre el auricular y se volvió hacia
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Jess—. Dijiste que Ted estaba en el consultorio del médico. ¿Está con el psiquiatra? —Sí. —A Jess no le gustaba la preocupación en la cara de Wentworth. Sin dejar de mirar a Jess, le preguntó a su secretaria—: ¿Estás segura? —Él maldijo y cerró el teléfono—. Ellos están notificándole ahora. Jess se puso en pie. —Mierda, ¡tengo que ir por él! —Miró a su alrededor, confundido, sin saber qué hacer primero. Wentworth tomó su maletín y el portátil de Jess de debajo de la mesa. —Voy a llevarte.

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CAPÍTULO 17
Sal se abrió paso fuera de la sala de la corte y comprobó lista mental de tareas con una gran satisfacción. El alivio se disolvió cuando se acordó del siguiente punto en el orden del día, la conversación que le esperaba cuando llegara a casa. —Será bueno tenerte en casa —dijo Carmen cuando ella se le unió en el vestíbulo. Ella automáticamente metió la mano en el bolso para encender su teléfono celular, recordando a Sal hacer lo mismo—. Jess ha perdido peso corriendo en esta confusión. Él necesita tu ayuda. Si él me dejara ayudar. ¿Ella sabía que él y Jess no se habían dicho una palabra el uno al otro en casi tres semanas? Probablemente no. A Jess le gustaba hablar, pero Sal dudaba que compartiera algo tan personal con su abogado. Tres semanas. Él no podía permitirse imaginar por qué había dejado que la pelea tomara tanto tiempo. Apretó el botón para encender el teléfono y lo dejó caer de nuevo en el bolsillo de su chaqueta. —Será bueno estar en casa —dijo, esperando más allá de la esperanza que conseguiría tener resolver esto y aún así tener un hogar. Independientemente del reto que todavía no había enfrentado cuando Jess se sentara y escuchara, teniendo este último trozo de basura legal con un enorme peso levantado de sus hombros. Un mes después de la investigación estaba sepultado, él todavía no podía creer que hubiera salido con sólo una reprimenda. Una vez que hiciera que Jess entendiera... Bueno, si podía hacer entender a Jess. Había practicado poner las emociones de esas pocas semanas en palabras. Jess quería que él derramara su corazón, ¿verdad? Se palmeó el bolsillo de la camisa, asegurándose de que no había

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olvidado las notas que había escrito cuidadosamente. Bueno, él estaba dispuesto a dar su mejor golpe. Su teléfono terminó de encender y empezó a pitar. Lo revisó, encontrando tres llamadas perdidas de Jess. —Está tratando de encontrarme. Déjame saber lo que necesita. ¡Él llamó! Sal marcó el primer número, pero la llamada fue directamente al correo de voz. Él estaba presionando el botón para acceder a sus mensajes cuando el teléfono sonó en la mano. No reconoció el número. —Hola. —Sal, gracias a Dios. —El sonido de la voz de Jess era música para sus oídos, pero algo andaba mal—. He estado tratando de encontrarte. —Estaba a punto de ver tus mensajes. Acabamos de salir de la sala del tribunal hace un minuto. Estaré en casa en un par de horas. ¿Qué ha pasado? —Estoy en el hospital. Teddy se cortó las muñecas. Oh Sal, había demasiada sangre. El mundo se volvió blanco por un momento. Sal tropezó con alguien. Una mano firme se apoderó de su brazo y le preguntó con voz preocupada —Estás bien?—‖ Lo siguiente que supo Sal, es que estaba haciendo su camino a través del vestíbulo hacia la salida y jadeando en el teléfono. —¡Oh Jesús! —Se detuvo en la puerta. ¿Cómo llegó hasta aquí? Carmen se detuvo, lo tomó por el brazo y lo llevó con ella.

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El aire brumoso lo revivió. —¿Estás en Pediatría? Estaré allí en quince minutos. —General. En el centro de trauma. Sal articuló las palabras de Jess a Carmen y la siguió por la calle hasta el garaje subterráneo, sin quitar la oreja del teléfono. —Lo están llevando a cirugía ahora. Sal, él podría no lograrlo. Necesita sangre. —Sus palabras se atropellaban una a la otra—. Ellos no tienen suficiente. Están llamando a todas partes para encontrar más mientras que yo estoy completamente indefenso alrededor con el mismo O positivo que fluye por mis venas. ¿Por qué les importa con quién me acuesto? La maldita prueba tarda veinte minutos. Corrieron uno en él y lo trataron como un peligro biológico hasta que tuvieran los resultados. —Los sollozos de Jess desgarraban el corazón de Sal —. Estoy con el teléfono en la estación de enfermeras. Ellos necesitan que libere la línea. Voy a estar en la sala de espera en cirugía de emergencia segundo piso. Madre María, por favor. Es sólo un niño. —Estoy en camino, amor. —Habían llegado al coche. Sal se deslizó en el asiento del pasajero en el momento Carmen liberó el bloqueo—. Jess, no estás solo. —Su voz tembló—. Te amo. —Estoy esperándote. Te necesito. Ellos quieren el teléfono. Te amo. —Él colgó. Carmen puso en marcha el coche y salió al tráfico en silencio mientras que Sal se componía antes de decirle lo que Jess le había dicho. Ella palideció, pero no hizo ningún comentario, por lo que Sal estaba agradecido. El tiempo se detuvo. Coches pasaban como una bala a la derecha ya la izquierda. Cada luz roja hasta que llegaron a la autopista, envió a su corazón acelerado. Lo único que podía hacer era cerrar los ojos y esperar y esperar y obligarse a sí mismo a ser fuerte
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ya que Jess le necesitaba. Se negó a pensar en Teddy. No podía pensar en Teddy ahora mismo, tenía que cuidar de Jess. Finalmente, Carmen salió de nuevo a las calles fuera de la autopista y Sal comenzó a contar los semáforos en rojo. En la tercera abrió los ojos. Los edificios de ladrillo rojo de San Francisco General aparecieron a la derecha. Un minuto más tarde, Carmen se detuvo en el estacionamiento y a la entrada de la sala de emergencias para dejarlo salir. Recordó inclinarse para darle las gracias antes de cerrar la puerta. —Voy a estar justo aquí —dijo—. Ve. Cuando preguntó en el mostrador de la recepción, la enfermera le señaló hacia el ascensor y le dio instrucciones explícitas para encontrar Jess. —Lo siento —dijo ella, dando a Sal una sacudida—. Él es un chico hermoso. Espero que lo logre. Gracias, Dios. Por un momento él pensó... No importa lo que él pensaba. Dio las gracias a la enfermera en la carrera hacia los ascensores. El único que bajaba estaba en el sexto piso y no pudo encontrar el hueco de la escalera, así que rezó por paciencia mientras lo veía descender piso por piso. En el momento en que encontró la sala de espera, estaba luchando contra las lágrimas, pero ver a Jess sentado en un rincón, con la cabeza entre las manos, sacudido por los sollozos, lo puso serio. Estaba cubierto de sangre. Entonces vio al hombre que estaba sentado a su lado con un brazo alrededor de los hombros de Jess, el abogado. Wentworth se fijó en él congelado en el marco de la puerta y se levantó para darle su asiento. Su palidez fantasmal envió un escalofrío de terror a través de Sal. ¿Qué habían visto? Sal sintió una punzada de rabia al saber que este hombre había estado allí para ofrecerle comodidad en su lugar. Debería estar agradecido de que Jess no se había visto obligado a enfrentarse la terrible experiencia solo. Él estaba agradecido. Con un movimiento de
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cabeza le dio las gracias y corrió al lado de Jess. Atrayendo a Jess a sus brazos, dejó que la presencia de su amante calmara su necesidad de saber. El aire estaba cargado con el olor de sangre, la sangre de Teddy. Durante mucho tiempo, Jess no pudo hablar. Sus lágrimas ahogaron todos los esfuerzos. Sal simplemente lo sostuvo con más fuerza. Pasándose los dedos por el cabello de Jess, canturreó en voz baja: —Esta bien amor. No tienes que hablar. Está bien. —Jess finalmente renunció a tratar de decirle lo que pasó y enterró su cara en el hombro de Sal. El abogado -Wentworth, corrigió Sal- se había trasladado a la silla frente a Jess. Pálido y tembloroso y cubierto de sangre, tenía el aspecto de un sobreviviente de un desastre. Nunca lo había conocido, pero el hecho de que el hombre estuviera dispuesto a sentarse aquí de esta manera, a la espera de escuchar las noticias, le dijo a Sal lo mucho que se preocupaba por Teddy y Jess también, para el caso. ¿Cómo iba a pagarle por estar ahí cuando él no podía? Wentworth se puso a hablar con voz temblorosa. —El abogado de Sullivan le notificó hoy. Jess sabía que iba a estar molesto. Fuimos a buscarlo a la consulta del psiquiatra, pero él no estaba allí. Ella le dejó salir de la cita y pensó que se había ido. Finalmente lo encontraron en el cuarto de baño. Jess se agitó. —Estaba apoyado contra la puerta, sentado en un charco de sangre. Él estaba azul. Pensé que estaba muerto. —¿Qué dicen los médicos? —Sal preguntó. —Necesita sangre —dijo Wentworth—. Tenían sólo dos unidades de O positivo, apenas suficiente para la cirugía. —Beth es O positivo. —Carmen estaba de pie en el pasillo fuera de la habitación, mirando a Jess, con la mirada fija en su ropa ensangrentada—. Ella está en camino. Le dije que tomara un taxi. Ella
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no estaba en condiciones para conducir después de haber oído lo que había pasado. Los tres hombres en la habitación gimieron con alivio. —Gracias, Dios —Sal repitió. Por una vez el hombre allá arriba estaba escuchando. —Jess, ¿te dieron algún problema para firmar la autorización del tratamiento? — Preguntó Carmen, entrando en modo de negocio una vez que se las arregló para apartar la vista de la sangre. —No, no lo creo —dijo Jess con incertidumbre. Él tenía una mirada confusa a su alrededor—. Él… ellos me dejaron firmar. —Ellos le preguntaron —dijo Wentworth—. Hasta que yo les dije que tendrían una copia de la autorización de la tarde. El problema es que no tengo una copia. —¿Sabes dónde está la forma, Jess? Se frotó las manos por la cara y negó con la cabeza. —Voy a correr a la oficina y obtenerla del archivo. Puedo pasar por la casa de camino a recoger una muda de ropa para ti. —Ella se volvió hacia Wentworth—. ¿Te vas a quedar hasta que yo vuelva por si algo más surge? Wentworth asintió. —Yo no voy a ninguna parte. —Mi ropa le debe quedar —dijo Sal y dio instrucciones a Carmen de cómo encontrar lo que necesitaban. Una vez que se fue, todos se quedaron en silencio, esperando.

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Carmen volvió con sus ropas limpias y con Beth siguiéndole detrás, luciendo un vendaje alrededor de cada codo y llevando varias cajas de jugo. Tenía los ojos enrojecidos e hinchados, sus mejillas rojas de llorar. Al ver a Jess, ella palideció y las lágrimas comenzaron a fluir de nuevo. Sal había esperado tener tiempo suficiente para que Jess y Wentworth se asearan antes de Beth llegara. Tan cercana como era de Ted, le preocupaba su reacción. Por un momento pensó que iba a desmayarse y él se puso en pie, dispuesto a ayudar, pero cuando sus piernas trataron perder fuerza, Carmen cogió y se la llevó a una silla al otro lado de la habitación. —Beth, gracias —Jess dijo con voz trémula—. Yo estaba tan asustado. Tú le salvaste la vida. —Sólo les hacían falta dos unidades. —Ella habló distraídamente sin mirarlo—. Quería dar más, pero ellos no tomaron más. —¿Alguna noticia? —preguntó Carmen. —Todavía nada. Wentworth dejó de organizar un lugar para limpiar y regresar por Jess. Jess se negó a dejar que Sal fuera con ellos, insistiendo en que se quedara a esperar noticias y lo buscara de inmediato si el cirujano salía. Todavía estaban esperando cuando los dos regresaron media hora más tarde. Una joven pareja afligida se unió a ellos en la sala de espera por un tiempo. El llanto silencioso de la mujer sustituyó el silencio sepulcral que se había apoderado del ambiente. Una hora más tarde, su cirujano entró para informarles que la apendicetomía de emergencia de su hija había ido bien. Sal le detuvo en su camino para preguntarle qué podía decirles acerca de Teddy.
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—Yo eche un vistazo al procedimiento más temprano. Se estaba sosteniendo por si mismo. La sangre le ayudó a estabilizar —dijo con un asentimiento hacia Beth—. A partir de aquí, es un juego de espera. Así que ellos esperaron.

Jess había estaba llorado. Sal lo sostuvo contra su pecho, hundió la cara en su cabello largo y rubio y dejó vagar su mente. Necesitaba la paz de no atravesar esto. Pasó mucho tiempo de esa manera. Finalmente Jess se movió un poco. —¿Qué hora es? —Siete y media —Wentworth ofreció. —¿A qué hora se lo llevaron al quirófano? —Sal preguntó. —Cuando te llamé. —Cuatro horas. —No quiero pensar en lo que se necesita para reparar ese daño. El dolor por el que debe haber pasado. —Jess se estremeció en sus brazos y las palabras salieron de su boca—. Lo desesperado que debe haber estado... —El último pensamiento fue cortado como si de repente se diera cuenta de que no estaban solos. Necesitaban un lugar en el que Jess pudiera hablar sin tantos oídos alrededor.

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—Camina conmigo —dijo Sal. La sugerencia pareció dar a Jess nueva vida. Se sentó, mirando alrededor, buscando algo para secarse la cara. Sal ofreció el borde de su camisa. Levantarse era más fácil decirlo que hacerlo después de cuatro horas. Las articulaciones de Sal crujieron como las de un anciano cuando se abrió paso de la silla y le ofreció una mano Jess. Los otros también se veían agotados a causa de la larga espera. Wentworth, vestido con la camiseta muy apretada de Sal y pantalones vaqueros, demasiado cortos, estaba más fresco después de haberse limpiado, pero todavía lucía un poco aturdido. La sangre había empapado los cordones y las costuras de los caros zapatos. Sal era demasiado pequeño. Beth, sin embargo, estaba peor. Ella se apoyó en el hombro de Carmen, su rostro de duendecillo dulce, demacrado y encrudecido por el llanto. —Carmen, creo que Beth podía necesitar algo para comer —, dijo Sal. Aturdido o no, Wentworth inmediatamente atrapó la preocupación de Sal. Se puso de pie y se estiró. —Señoras, Sal tiene razón. Deberíamos hacer algo antes de que la cafetería cierre. Beth, que apenas había dicho una palabra desde que llegó, no se movió. —Voy a esperar aquí por si alguien viene. —Ella se veía muy cansada. Sal estaba a punto de sugerir que ellos traerían algo para ella, pero Carmen se inclinó y habló en voz baja cerca de su oído. Lo que ella le dijo cambió la idea de Beth. Ella suspiró y se puso de pie con la ayuda de Carmen—. Asegúrate de buscarnos si tienes alguna noticia. Sal estuvo de acuerdo. Cuando los tres se dirigieron a la puerta, Wentworth le preguntó —¿Qué podemos traerles a los dos? —Café, un montón de crema y azúcar —dijo Sal sin dar ocasión a cualquier pensamiento—. Lo mismo para Jess. —No fue sino hasta que estuvieron solos que se dio cuenta que Jess probablemente
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necesitaba comer algo. Él no estaba haciendo un gran trabajo cuidando a su hombre, pero al menos podría darle una oportunidad de hablar. —Vamos —dijo, lanzando un brazo alrededor de los hombros de Jess—. No vamos a ir muy lejos. El amplio pasillo era corto, terminando en una T en los ascensores. Nadie había llegado hasta él desde que la familia que había compartido la sala de espera al principio, se habían ido. Caminaron a lo largo y de nuevo antes de Jess hablara. —Creí que no vendrías. —Oh, Jess, no venir nunca fue una opción. —¿Tenía tan poca fe en su amor? Sal no podía creer que él pensara que una pequeña discusión podría cambiar sus sentimientos. Entonces se acordó de las palabras anteriores de Jess y decidió que era su miedo a hablar—. Vamos a encontrar una manera de detener lo que le hizo hacer esto, amor. Jess se liberó de debajo de su brazo y apoyó la espalda contra la pared exterior de la sala de espera. Su mirada desenfocada pasó por encima del hombro de Sal. —¿Es culpa mía? Sal tomó su barbilla y le obligó a mirarle a los ojos. —No. —Siento como mi fuera culpa. —Ya lo sé. Siento como si también fuera culpa mía. —Tú no estabas ahí. —Lo que quiero decir. —Si él se dejaba, podía llegar a una docena de razones para asumir la culpa por la desesperación de Teddy. Pudo haber llamado a su madre en busca de ayuda o tratar de encontrar a alguien que hablara con Teddy, pero al igual que Jess, había estado abrumado y colocó demasiada confianza en el sistema
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—. La culpa es parte del sistema, Jess. Esto no pasó bajo tu cuidado. Nos prometieron que lo protegerían. Tú no tienes la información que necesita para hacerlo por ti mismo. No dejes que el dolor te diga lo contrario. Una pequeña sonrisa intentó salir a la superficie en el rostro de Jess. —Siempre dices lo correcto. Eres un buen oyente, Sal. Sal se inclinó y le dio un beso rápido y suave en los labios. —Me gusta escucharte. —Mentiroso. —Palabra dura, pero dijo en voz baja—. No sé por qué me aguantas. —Bebé, entiendo que necesitas hablar las cosas. Me gusta que escucharte te ayude. Escuchar no es difícil en absoluto. Es casi como hacer trampa. Jess se rió un poco. —Sí, soy un hablador, muy bien. Puedo quejarme de nada y tomo mi tiempo haciéndolo. —Quéjate lejos. —Sal rio entre dientes como respuesta. Jess estaba hablando con él. Quería besarlo de nuevo. Quería gritar de alegría. Pero antes de que pudiera actuar, la expresión de Jess cambió. Su sonrisa se convirtió en una mueca. —Nunca me hiciste sentir como un quejica antes de todo esto. —Nunca has... —Espera. Con cuidado. Precaución. Tenía que pensar en esto. Había algo terrible en lo que Jess estaba diciendo. Algo que tenía que...—. Oh. ¿Por qué? ¿Cómo? La idea nunca cruzó por su mente. —Jess, nunca pensé que... —Y ese era el problema. La idea de que Jess pudiera estar herido por no corresponderle, nunca se le hubiera ocurrido a él. Nunca—. Sólo quería protegerte —dijo con voz débil.
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—Lo sé. —Lo siento por no decirte lo que estaba sucediendo. —Sal dio unas palmaditas en el bolsillo. Las notas arrugadas dentro eran atractivas, pero no se molestó en sacarla. Era mejor intentar hacer esto sin notas. Necesitaba pensar antes de abrir la boca—. La investigación fue difícil de pasar, pero estoy acostumbrado a separar las situaciones difíciles. Sólo ahora me estoy dando cuenta de lo asustado que estaba y sólo porque tu me hiciste pensar. —En verdad, no veía el momento de ponerse a sí mismo pasando de esto, pero él quería lo que Jess quería—. Nunca supe cómo poner mis emociones en palabras. Intentar y fallar sólo empeora las cosas. Es mejor para mí para dormir sólo en tus brazos y dejar que la deriva se lleve todo lejos por un tiempo. —Estoy entendiendo eso, aunque no saberlo me lastima. Yo... Yo nunca se cómo ayudar. —Esta es la forma de ayudar. —Sal le dio un apretón. Incluso con los ojos tristes y una boca torcida, Jess era la cosa más dulce que jamás había visto—. Puedo hacerlo mejor. Haré lo mejor. Las últimas dos semanas me dieron una prueba de lo que es no saber. No deberías tener que pasar por eso. Pero necesito que seas paciente, ¿puedes? —Dime lo que está pasando. Puedo vivir sin ti derramando tu corazón como yo. En realidad, no creo que yo pueda llegar a ser un buen oyente. —Eres un buen abrazador. Los otros volvieron con su café y un bocadillo, que Sal intentó sin éxito lograr que Jess comiera. Sal tomó un sorbo de su café. Jess lo contuvo en su regazo. Esperaron un poco más.

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Por último, las puertas de cirugía se abrieron, el cirujano salió, tirando de la máscara hasta la barbilla mientras caminaba hacia la sala de espera. Jess se puso en pie. —¿Sr. Sullivan? —Justo aquí —dijo, corriendo a su encuentro en el pasillo. Sal le seguía de cerca. —¿Eres su hermano? —preguntó el doctor—. Firmaste el consentimiento para el tratamiento. ¿Dónde están los padres del niño? —Tengo la custodia. —¿Y este es…? —preguntó, indicando a Sal. —Sal Bataglia, mi compañero. Le dio a la introducción una segunda consideración, entonces no perdió más tiempo. —Muy bien. Lo hemos estabilizado. Tomó más de 300 puntos. Está en estado de coma ahora. —El interrumpió al grito de Jess—. No, no entre en pánico aún. Debe recuperarse una vez que su presión arterial se estabilice. Déle un par de días antes de darle de alta. Hemos sido capaces de sustituir la mayor parte de la sangre que se perdió con las dos unidades que teníamos a la mano y las dos que su amiga proveyó. Dos unidades están en camino de Alameda en caso de que las necesite. No debería. ¿Le dijeron las complicaciones que podría enfrentar? —Dijeron que orgánicas o da-daño cerebral —Jess tartamudeó. Sal sintió su miedo en su interior. El doctor pasó por encima de eso. —Si su condición mejora, vamos a realizar una resonancia magnética mañana para darnos una idea de qué esperar. Por el momento, todo parece estar funcionando
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bien. —Hizo una pausa, clavando sus ojos en la reacción de Jess para lo que iba a decir—. Ha estado pensando en esto por un rato, señor Sullivan. Alrededor de un mes si los cortes en las piernas son una indicación. ¿Sabías que se estaba cortando? —No. —Un miedo terrible se deslizó en el rostro de Jess—. ¿Un mes? Ha sido el mejor mes que ha pasado. Pensé que estaba saliendo de la depresión. —Eso no me sorprende. El corte es un mecanismo de supervivencia. Tu hermano debe haber estado tratando con mucho dolor por mucho tiempo y salir de esto con un montón de cicatrices para recordarle lo que le llevó intentarlo. Él necesita una vigilancia estricta. Ellos se lo llevarán de la sala de recuperación a Cuidados Intensivos. Luego, dependiendo de lo bien que se estuviera curando, estará restringido en una sala médica o colocado en Salud Mental, donde puedan asegurarse de que no intente hacerse daño de nuevo. Esto no fue un intento para llamar la atención, Sr. Sullivan. Creo que tu hermano no estará feliz de despertar.

Las visitas en Cuidados Intensivos se limitaban a la familia. Por definición del hospital, no incluía a Sal, pero el personal se apiadó y le permitía esperar en el pasillo, desde donde podía ver a la habitación de Teddy por las persianas abiertas en la ventana de cristal. Después de una hora más o menos, una de las enfermeras le trajo una silla y le dijo que se quedara fuera del camino. Jess, con las manos cruzadas sobre la cama, la cabeza apoyada en sus brazos, se negó obstinadamente a dejar el lado de Teddy. De vez en cuando, se removía para arreglar las sábanas y hablar por un
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minuto o dos, como si el chico inconsciente estuviera escuchando, pero siempre volvía a la misma postura de esperar y rezar. Si no oraba, Sal esperaba al menos dormitando. No creía que Jess fuera un hombre de oración, de modo que se hizo cargo de ese aspecto. Cuando se acercó la mañana, Sal lo dejó sólo el tiempo suficiente para llamar a su capitán y arreglar un par de días de descanso. Él había usado toda su licencia personal, pero tenía unos días de vacaciones por tomar. El capitán le dio dos. Dos tendrían que funcionar. Volvió al pasillo fuera de la habitación de Teddy y durante las siguientes doce horas, esperaba con Jess, aunque su amante salió a reunirse con él sólo un par de veces, hasta que Teddy despertó gritando y las enfermeras le pidieron a Jess que se fuera. Juntos observaron el personal tranquilizar y restringir a Teddy. Al verlo pelear sus esfuerzos por ayudar fue probablemente la cosa más difícil que Sal había hecho nunca. Finalmente una de las enfermeras cerró las persianas y salió para decirles que las horas de visita habían terminado por un tiempo. Sal arrastró a Jess hacia abajo a la cafetería y se sentó frente a él en la pequeña mesa mientras recogía a sus alimentos. Ninguno de ellos tenía mucho apetito, pero Jess tenía poco más que unos pocos sorbos de café desde que él y Wentworth trajeron a Teddy el día de ayer y no recordaba o no quería decir cuando había comido por última vez. Sal le empujó hasta que se las arregló para que comiera la mitad de un sandwich y su postura se relajó un poco. —¿Cuánto tiempo crees que deberíamos esperar antes de volver? —preguntó Jess. —Relájate por un momento, Jess. Apenas dormiste anoche. Vamos a volver en una hora y ver cómo esta y luego te voy a llevar a casa.
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Él no discutió. Parecía a punto de caer a la menor provocación. —Eso es probablemente lo mejor. Tendrán que sedarlo durante toda la noche mientras trabajan con él. Pero quiero estar de vuelta antes de que lo trasladen. —No van a trasladarlo hasta la mañana. —Él todavía tenía que ser evaluado y después de todos los medicamentos que había bombeado en él, Sal parecía bastante seguro de asumir que no iba a suceder esta noche—. Vamos a volver pronto. Él va a estar bien hasta entonces. Jess no discutió el punto. En lugar de eso dio otro mordisco a su sándwich y se quedó pensativo. —¿Qué pasa con nosotros, Sal? — preguntó en voz baja—. ¿Vamos a estar bien? La pregunta tomó por sorpresa a Sal -no era una sorpresa del todo desagradable. Egoísta como sonaba, el hecho de Jess pudiera tomar un momento de preocuparse por su hermano para preocuparse por ellos le dio esperanza. Una vez más, se dio unas palmaditas en el bolsillo. Las notas seguían allí, pero la respuesta a la pregunta de Jess no estaba en ellas. Tantos pensamientos corrían por su mente. ¿Qué pasa si Jess estaba con él sólo porque necesitaba ayuda? No podía creer eso, aún no, pero la pregunta le molestaba, aunque no era algo que fuera capaz o dispuesto a poner en palabras ahora mismo, incluso si Jess no estuviera tan vulnerable. No estaba preparado para conocer la respuesta. Lo único que sabía es que ayudaría a aligerar la mente de Jess. —Tengo la intención de hacer lo que sea necesario para asegurarme de que estaremos bien. Cuando regresaron a Cuidados Intensivos, Teddy estaba despierto y sometido. La enfermera en la habitación con él estaba tomando lecturas de los monitores. Los dos parecían estar ignorándose uno al otro. Jess esperó con impaciencia a que terminara.

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—¿Puedo hablar con él? Ella miró por encima del hombro, mirando a Teddy a través del cristal. —Si puedes conseguir que diga algo. Está muy sedado, pero debe ser capaz de hablar, si él está dispuesto. Cinco minutos. Jess no tuvo suerte tratando de que Teddy le respondiera. El chico ni siquiera le miró. Después de lo que parecieron sólo unos minutos, la enfermera regresó para decirle que su tiempo había terminado. —¿Nada? —preguntó, y no mostró sorpresa cuando Jess confirmó sus sospechas—. Vete a casa y descansa un poco. El Dr. Card dijo que iba a tratar de estar aquí a las ocho. Si quieres ver a tu hermano antes de que él sea trasladado a Salud Mental en la mañana, llega temprano. Las horas de visita por allá se encuentran restringidas. Una vez que haya sido evaluado y lo establezcan, tendrás que llamar para concertar una visita. —Vamos a estar de vuelta a las ocho en punto —, dijo Sal. Llevó a Jess a casa y lo puso a dormir. Durmieron como los muertos hasta la mañana.

—¿Cómo está? —Jess ansiosamente preguntó a la enfermera en la recepción. —Está más tranquilo esta mañana —dijo—. Tiene un poco de fiebre, no es inusual después de una transfusión de sangre y se quejó de náuseas, tampoco es inusual, pero sus signos vitales están bien. El Dr. Card está con él ahora. Les diré que estás aquí.

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Unos minutos más tarde, el médico, un hombre alto, de rostro amable, salió y le ofreció su mano Jess. —Eres hermano de Teddy — dijo, sonriendo—. No hay duda de la semejanza. Jess le tomó la mano y presentó a Sal. Para sorpresa de Sal, el médico le dio la mano, dándole su primera experiencia de ser parte de todo esto. Cuando habló, se dirigió a los dos. —Soy Alex Card, psiquiatra de Teddy. Esta lúcido esta mañana y hablando. Charlamos durante unos quince minutos. Preguntó por usted, señor Bataglia. El dolor en el rostro de Jess desgarró el corazón de Sal. Él cogió su mano y la apretó. —Oye, ¿has oído eso? Él está hablando, Jess. — El recordatorio parecía marcar la diferencia. Jess trató de sonreír. Sal volvió hacia Card sin soltar la mano de Jess—. ¿Ahora? ¿Qué debo decirle? —Él no había hablado con Teddy desde la llamada telefónica y nunca había esperado que él tuviera la oportunidad tan pronto. —Ahora, sí, por unos minutos. Escucha primero. No digas nada para hacerle sentir peor de lo que ya lo hace. —Card puntualizó esto último con una sonrisa sin humor—. Mientras tanto, su hermano y yo vamos a hablar de lo que las próximas semanas tienen reservado. No parecía correcto que él debiera ser quien entrara. Sal miró a Jess buscando una señal de que él estaba bien con esto. —Ve —dijo Jess—. Tú escuchas mejor que yo de todos modos. Sal no trató de ser silencioso cuando se deslizó en la habitación y cerró la puerta detrás de él. Teddy abrió los ojos y gimió cuando lo vio. No era exactamente la bienvenida Sal había estado esperando con ansias el día antes de ayer, cuando esta reunión se suponía que debía suceder. —Hey, chico. —Él se veía bien, pálido, pero había un poco de rubor en sus mejillas, probablemente la fiebre.
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Teddy tuvo esa mirada de pánico en sus ojos por un momento, pero la desvió hacia abajo y se aclaró la garganta. Su primer intento de hablar sonaba más como un graznido. El siguiente salió como él pretendía. —Hey. Sal sonrió y agarró la silla de la esquina. La puso junto a la cama para poder hablar cara a cara y se sentó. —Te extrañé. —Sí. Yo también. —El doctor dijo que querías hablar conmigo. Sus labios formaron esa línea perfecta de nuevo. —¿Le darías un mensaje a Jess? —Claro, pero Jess realmente quería… —Ya lo sé. Lo siento. No puedo. —Su agitación golpeó como un accidente de coche—. Dile que lo siento. Sé que le duele. Yo no quería estar aquí para ver cómo le duele. No puedo hablar con él. Lo siento. —Está bien, se lo diré. —Sal trató de mantener la emoción en su voz, pero el verlo con los ojos secos y aterrorizado lo sacudió gravemente—. Vas a mejorar, Teddy. Su cara decía gracias por creer, pero... —Jess no necesita oír tu disculpa. — Oh, por favor, Dios, ayúdame a decir lo correcto. No podía soportar ver al chico destrozado más de lo que ya estaba—. Él sólo tiene que saber que vas a mejorar. ¿Puedo decirle eso? Nada. —¿Puedo decir por lo menos que lo intentarás? Teddy suspiró y volvió su rostro hacia la pared. —Sí, dile que lo intentaré.
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CAPÍTULO 18
Húmedo de la ducha, Sal volvió a entrar en el dormitorio, frotando una toalla por el cabello y encontró a Jess todavía en la cama. Mientras estaba de pie en la puerta admirando la vista, un rayo de sol apareció entre las nubes y en ángulo a través de la claraboya, iluminando la burbuja dulce de su trasero. Tentador, oh tan tentador. Incapaz de resistirse, le espetó la toalla. Jess gritó y un color de rosa, bonito color de rosa de la superficie de la piel de suave de bebé. Sal se inclinó sobre la cama para besar la picadura. —Levántate, Jess. Apestas. ¡Tienes que saltar a la ducha! —Ese es tu olor hueles a mí, amigo. —Jess bostezó y se estiró perezosamente—. ¿Cuándo tenemos que ir? —Tienes una hora si todavía quieres caminar. —Sal se sentó en el borde de la cama, tratando de alcanzar los pantalones limpios que habían tendido. No jeans hoy, al menos no hasta que regresamos de visitar a Teddy. Sábado o no, hoy estaba vestido para impresionar. —A toda hora —Jess canturreó. Se sentó y envolvió sus brazos alrededor de los hombros de Sal, acariciando la parte posterior de su cuello. —Estás de buen humor. —No había sido así, no por un tiempo. Jess quería que su hermano estuviera en casa por Navidad, pero Card les dijo que no estaba progresando lo suficientemente rápido. Con las vacaciones a sólo un par de semanas, Sal tenía pocas esperanzas de que vieran un cambio lo suficientemente grande como para que eso sucediera. Aunque la visita de la semana pasada estuvo bien. Teddy realmente se abrió un poco, diciendo que quería volver a casa, pero se sentía más seguro donde estaba.

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—Hoy es un buen día —dijo Jess. Ese poco de aliento, además de las noticias que había recibido a principios de esta semana, al parecer cambió su estado de ánimo a su alrededor. Sullivan había tenido finalmente piedad de Teddy, despidió a su abogado y se declaró culpable de un cargo menor a cambio de que la fiscalía abandonara el asalto agravado. Ahora, de repente Jess tenía esperanzas. Sal no estaba tan seguro. —¿Y si no lo toma como esperas que lo haga? —Él no quería echar a perder el día, pero siempre existía la posibilidad de que Teddy se sintiera culpable. El chico no podía manejar la adición de más culpa a las cargas que ya llevaba. —Hey, estás usurpando mi posición. Soy el pesimista en este hogar. —Dedos de Jess hicieron cosquillas a través de los vellos en el pecho de Sal—. Tú no lo entiendes, Sal. Esto es más que dejar que papá dejando a Ted en paz. Esto es admitir que necesita ayuda. Esto le está diciendo Ted que es libre de tomar sus propias decisiones. — Con cada punto, se abrió paso más cerca de la polla sobre excitada de Sal—. Vamos —bromeó—. Anímate. Sal rio. —¿Qué crees que vas a conseguir con esta maniobra? — preguntó, poniendo su mano sobre la de Jess para detener su avance. Sin embargo, sintió una pequeña punzada. —Práctica —dijo Jess—. La práctica hace al maestro, ya sabes y tú necesitas todo lo que puedas conseguir. Sal se encontraba de espaldas mirando la mirada diabólica de Jess. —Estoy fuera de práctica. —Ya veremos eso. —Jess soltó una risita. Deslizó un dedo en el anillo del pezón de Sal. De ninguna manera. No lo haría. ¿Lo haría?

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—Ahora, vas a tenderte allí y concentrarte en no hacer ruido, ¿entendido? Si no recibirás esto. —Él tiró. —Uhnn. —Sal bajo un poco y con su lengua mató el gemido. Era un dolor muy dulce—. No es justo. Sin soltar el dorado anillo, Jess se deslizó de la cama y se alivió entre las rodillas de Sal, moviendo sus caderas extendiéndolas más. —Pon las manos sobre tu cabeza. Sal no lo hizo con la suficiente rapidez. Otro tirón lanzó una sacudida eléctrica directamente a sus bolas. Esta vez se las arregló para mantener su reacción ante un grito silencioso. Jess rió entre dientes, se inclinó y tomó la polla más y más interesada de Sal en la boca. Sal hizo un ruido suave, estrangulado y dejó vagar su mente con la sensación de la boca cálida y húmeda y oh Dios, la lengua, las caricias de Jess con la lengua. Se las arregló para mantener los jadeos entrecortados hasta que los dedos de Jess salieron de la nada, entró en su agujero y lo acarició. Él empujó. Jess se lo tragó todo y tiró. —¡Oh, Dios mío! ¡Oh mierda! —Él explotó. Cuando abrió los ojos, el rostro de Jess se cernía sobre él con una sonrisa maliciosa. —Hiciste trampa. Jess sacudió la cabeza. —Nop. Gemiste tan alto que estoy seguro que los vecinos oyeron. —Él robó un beso, dejando a Sal con el sabor del semen en su boca. —Sólo vamos a tener que seguir practicando.

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¿Por qué siempre tardan tanto? El estómago de Sal gruñó. Debería haber escuchado a Jess. Habrían tenido tiempo de sobra para comer algo antes de salir. —Sr. Sullivan, usted y el Sr. Bataglia pueden volver ahora. ¡Por fin! Aunque ahora su estómago respondió con otro tipo de malestar. ¿Por qué había aceptado ser quien le diera la noticia a Teddy? —Ya te dije que no valía la pena darse prisa —dijo Jess. Amaba un buen te lo dije—. Nunca vienen por nosotros hasta por lo menos media hora después de la hora programada. —La recepcionista esperó a llegar a la puerta antes de que la puerta zumbara ante ellos. —Hola, Gloria. —Jess saludó al joven consejero que esperaba para llevarlos de vuelta—. ¿Cómo lo está haciendo Ted? —Hola, señor Sullivan, Sr. Bataglia. Estoy feliz de decir que hemos visto un gran progreso la semana pasada. —Gloria era tan alegre como los salones soleados por los que les llevó a través. Sólo las puertas de seguridad cerradas, les dejaba saber que estaban en un centro de salud mental—. Está comiendo otra vez e interactúa con los demás. Incluso ha conseguido un amigo o dos. Si le sigue yendo bien, estamos esperando que el Dr. Card le permita tener un pase para el fin de semana que viene. Ahora, eso era una buena noticia. —No puedes saber lo feliz que nos hace —dijo Jess. Su sonrisa brillaba ampliamente—. ¿El nuevo medicamento está funcionando entonces? —Quiero decir que sí. Está respondiendo bien y hasta el momento, sin efectos secundarios. Tenemos esperanza. Creo que Teddy también. —Se detuvieron delante de la puerta de Card—. Sin
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embargo, necesitas mantener una estrecha vigilancia sobre él. Sabes acerca de los adolescentes y los antidepresivos, ¿no? —Sí. Antes de llegar a casa, vamos a querer hablar con alguien acerca de lo que debemos tener en cuenta. —No te preocupes. Te van a llamar para una consulta antes de dejarlo ir. Él está esperando por ti —dijo ella y llamó. Card llamó para que pudieran entrar y ella abrió la puerta. —Gracias, Gloria —dijo Jess mientras él y Sal pasaban a la pequeña oficina. Sal buscó a Teddy, quien levantó la vista de su asiento frente al escritorio del psiquiatra y sonrió indeciso a los dos. El gesto largamente esperado, hizo el día de Sal. Él quería envolver al niño en sus brazos y cubrirlo de besos. Se las arregló para reprimir el impulso. El Dr. Card se inclinó sobre la mesa para tomar la mano de Jess. —Gracias por venir, Jess y tú, Sal. He oído que hay buenas noticias por todas partes hoy día. —Gloria nos dijo que Ted podría ser capaz de obtener un pase de fin de semana para el viernes. —Jess se dejó caer en la silla al lado de Ted, radiante—. Ted, estamos ansiosos por tenerte en casa. ¿Estás listo para darte una oportunidad? —Sí. Creo que sí. Tal vez. —Sin embargo, él parecía un poco nervioso. —Estoy orgulloso de ti, hijo. Te necesitamos allí. —Sal quería asegurarse de que Teddy supiera que él sentía lo mismo. A pesar del hecho de que en realidad sólo habían ocupado la casa juntos por las primeras tres semanas, Teddy había hecho su marca en ausencia de Sal. Cada vez que Sal pasaba la habitación vacía o entraba en la cocina, esperaba encontrar al chico golpeando y sacudiéndose por cierto ritmo indie. Especialmente en el techo, el techo se había
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convertido rápidamente en su pequeño rincón de la casa—. El lugar no ha sido lo mismo sin ti. —Así que —el Dr. Card intervino—. Siéntate, Sal. ¿Por dónde empezamos? —Eso depende de usted, Doctor —dijo Sal. Pensó que debía hablar primero, pero estaba nervioso. Si Teddy no tomaba bien la noticia, sería un retroceso gigantesco. Por otro lado, esto podría ser justo lo que necesitaba para deshacerse de todo, tal vez. —Creo que deberíamos empezar con lo único que sostiene el pasado de Teddy. — Card se encontró con los ojos de Sal y asintió alentándolo. Sal frunció los labios. Tenía que hacer esto bien. Se aclaró la garganta y se volvió hacia Teddy. —No tendrás que preocuparte sobre el juicio, Teddy. No va a haber uno. Tu padre finalmente aceptó la oferta del fiscal. Se acabó. Teddy miró fijamente durante un minuto, entornando los ojos como si tratara de dar sentido a lo Sal le acababa de decir. Por un momento Sal se preguntó si las drogas habían embotado sus sentidos. —¿Él se declaró culpable? ¿Por qué hizo eso? —Tendrás que preguntárselo algún día —dijo Sal—. Unos días después de que te hicieras daño, despidió a su abogado y habló con el fiscal. La semana pasada se presentó en la corte y se declaró culpable de un cargo de delito grave de abuso infantil. El juez lo condenó a tres años de libertad condicional. —¿Así que no irá a la cárcel? —Preguntó Teddy con gran alivio. Todos los temores de Sal se drenaron. Debería haber tenido más fe en el chico. —No, pero el juez dictó una orden de protección. No lo volverás a ver hasta que cumplas los dieciocho años y sólo si lo deseas.
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En este punto, Teddy se fue en silencio la cabeza, hacia abajo, con las manos cruzadas, mirando pensativo. —Firmó los papeles, Ted —dijo Jess—. Él renunció a sus derechos parentales. —¿Por ti? —Cautela y esperanza, él no levantó la vista. —Sí. Teddy no dijo nada durante un tiempo muy largo. Un desfile de emociones cruzó por su rostro la ira, el dolor, la tristeza y finalmente, alivio. Él sonrió una sonrisa real en su regazo. —¿Significa esto que tengo que llamarte papá? —¡No te atrevas! —Los tres se echaron a reír. Oh, reír era bueno. El Dr. Card se reclinó en su asiento, mirando complacido. — Entonces, Teddy, ¿listo para ser mejor y salir de aquí? Teddy asintió. —Dile a tu hermano sobre tu incentivo adicional. —¿No puedo esperar? —preguntó Teddy con aprensión. —No, si quieres ir a casa el fin de semana siguiente. Necesito saber que estás mirando hacia fuera por ti. Bien, así que Teddy tenía noticias. ¿Cuál es la demora? Se retorció. —Yo... eh... Conocí a alguien. Silencio de muerte cayó mientras Sal trataba de recordar respirar. —¿Alguien? —Jess aventuró—. ¿Como un amigo? Más silencio. Teddy empezó a verse un poco preocupado.
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—Teddy tiene una novia —el Dr. Card ofreció. Sal miró a Jess. Jess miró a Sal. Sus ojos se encontraron y se mantuvieron durante un momento. —¿Quieres hablarnos de ella, Teddy? —Sal preguntó. —Su nombre es Maya. —Bonito nombre —Sal observaba con cautela. Una novia. Sal estaba acostumbrando a las sorpresas de Teddy, pero ésta fue el pastel. —Es hermosa... y lista. Mucho más inteligente que yo. Inteligente era bueno. Inteligente podría decir que ella podía apreciar a Teddy por más que por su hermoso rostro. Inteligente también significaba que llevaba el potencial de causarle a su hijo, sí, suyo, un mundo de dolor. Tanto Sal y como Jess se volvieron hacia el doctor. —Maya Sung. Tiene dieciséis años, estudiante de Lowell. Maya se fue a casa hace unos días y Teddy ha pasado cada uno de sus minutos telefónicos hablando con ella. —Así que por eso no hemos sabido nada de ti. —Sal rio. Teddy sonrió a Sal, alivio escrito en toda su cara. —Ella vive en Forest Hills. Puedo tomar el autobús. —Vaya —dijo Jess, despertando en un instante de su trance—. No estamos haciendo planes para que tomes el bus hasta la casa de su novia por ti mismo tu primer fin de semana en casa. —Era el turno de Jess para retorcerse. Sal sabía lo que iba a hacer antes de que las palabras salieran de su boca. Deseaba una manera de detenerlo.

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—¿Estas seguro de esto, Ted? —¿Estoy seguro acerca de qué? —Teddy preguntó en voz baja. La inmediatez de su respuesta le dijo a Sal que había anticipado la cuestión y probablemente se había preparado para ello—. Estoy seguro de que me gusta. Estoy seguro de que quiero estar tan cerca de ella tanto como pueda estar. Ella me hace sentir bien. Ella me hace sentir como que quiero ser lo mejor que puedo ser. Jess miró al doctor expectante. Card le dio mirada evasiva del psiquiatra, esperando a que se abriera la boca e insertara el pie. Pero fue Teddy quien habló primero. Se enderezó la espalda y cuadró los hombros. —Hey —dijo y esperó que Jess lo mirara a los ojos—. Yo nunca dije que era gay -gay o no-. Todo el mundo siempre me dice lo que soy. Acabo de tener la oportunidad de descubrirlo por mí mismo. Jess dejó escapar un largo suspiro a través de los labios fruncidos. —De acuerdo, entonces —dijo, mirando un poco aturdido—. Una novia. Tiene que haber una forma correcta de hacerlo. —Miró a Sal en busca de ayuda. Sal no tenía nada que ofrecer—. Necesitamos tiempo para resolver esto, Ted. Mientras tanto, vamos a obtener un teléfono celular. Puedes hablar con ella desde casa todo lo que quieras. Si has concertado una cita, uno de nosotros te llevará allí y te traerá. ¿Lo tienes? ¡Sí! ¡Yay, Jess! Sólo lo consiguió y fue con ello. Sal estaba impresionado. Teddy sonrió. —Claro. Eso está bien por ahora. Ella acaba de llegar a casa también. Yo no quiero meterla en problemas. Quiero caerles bien a sus padres. Una sensación cálida y difusa invadió el cuerpo de Sal. Estudió a Jess por un momento, luego a Ted. Esta era su familia.

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La niebla de la mañana se había ido, dejándolos con un día hermoso para caminar. A pesar del temprano frío de diciembre en el aire, el sol brillante de la tarde hizo que la lana del abrigo que Sal había elegido estuviera muy caliente. Él estaba a punto de despegar cuando Jess le agarró de la mano y tiró de él a lo largo de la fachada. —¿Qué piensas de estas botas? Tantas veces como habían caminado este bloque, no podía imaginar cómo había perdido la marroquinería. Jess, al parecer, estaba bastante familiarizado con él. Recorrer vitrinas en Haight con Jess siempre fue una experiencia interesante. —Van bien con el suspensorio de cuero, Sal —dijo, tratando pero no pudiendo reprimir una risita—. ¿He de añadir a tu lista de Navidad? ¿Tu tamaño o el mío? La mirada íntima de Jess asomó por debajo de los largos rizos rubios enviando un escalofrío por el cuerpo de Sal. —No lo he decidido. —Espero que esto no significa que estás consiguiendo aburrirte ya de mí. Jess le envió la sonrisa más dulce, pero el calor en esos ojos azules fue toda la respuesta que Sal necesitó. Él se inclinó para rozar sus labios con los de Jess y aprovechó la oportunidad para mover el saco de terciopelo del bolsillo de la chaqueta a los pantalones antes de retirar la capa y el drapeado sobre su brazo. Él había estado llevando el regalo durante días, esperando el momento adecuado. Todo en su alma gritaba hoy. La sonrisa de Jess lo decía todo. Hoy dejaría salir la presión. Hoy su pequeña familia se había reunido. — Vamos a caminar por el parque. Caminando de la mano, Sal abrió el camino al punto más alto en Buena Vista Park. Podría haber esperado hasta esta noche y se lo
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pediría en una cena romántica, pero quería hacerlo aquí, en su lugar favorito, donde el Golden Gate y las colinas de Marín separaban el cielo azul, de la bahía más azul a través del mar de blanco que era San Francisco. La tierra suave acolchando los pies de Sal al entrar en el claro del lado de la colina, tentándolo a quitarse los zapatos y hundir sus dedos en la felpa de verde hierba. Jess echó un vistazo al color blanquecino de los pantalones de Sal y se quitó el abrigo nuevo y luego se extendió en el suelo, invitando a Sal a sentarse. Lo primero que hizo cuando se reunió con él fue lanzar sus zapatos. Sal rio y siguió su ejemplo. Una vez que se acomodaron en el esponjoso matorral, sólo tenía que inclinarse y besar su mejilla por ser tan considerado. Con un brazo alrededor del hombro de Jess, observaba a los barcos de vela en la bahía mientras Sal encontraba el valor suficiente para hablar. Le pareció más fácil de empezar por hablar con el cielo. —Estoy pensando que deberíamos tomar unas vacaciones después de la graduación. —¿Cómo Jess lo había logrado, teniendo en cuenta los acontecimientos de los últimos meses?, estaba más allá de la compresión de Sal, pero de alguna manera terminó el trabajo del curso. La graduación sería la semana que viene, un nuevo comienzo para Jess y un motivo de celebración, pero también la razón para el nerviosismo de Sal. Con la futura promoción de Jess ante él, ¿era este el momento adecuado para pedirle que se comprometiera a un hombre y a un lugar? Tal vez no, pero Sal tenía que hacerle saber lo que sentía, lo mucho que quería ser parte de ese futuro—. Tengo un par de días de vacaciones que podría utilizar antes de que finalice el año. —Un milagro por sí solo—. Podríamos planear un fin de semana de cuatro días.

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En realidad, incluso esperanzadoramente, que ya había hecho las reservas. —He oído lo agradable de Vancouver esta época del año. Incluso podríamos tener un par de días de esquí. —¿Canadá? —Jess llegó a una completa atención, su interés despierto. Animado, Sal se volvió para estudiar su rostro. Sí, ahora era el momento. Sacó la bolsita del bolsillo y se puso de rodillas. —Podemos casarnos en Canadá —dijo. Mirando de cerca a Jess, colocó el anillo en su mano y tomó la mano de su amante entre las suyas—. ¿Lo harás? —¿Casarme contigo? —Jess chilló, mirando hacia abajo al pequeño anillo de ónice que Sal le ofrecía entre sus dedos—. ¡Sal! ¿me compraste diamantes? Diamantes era generoso, teniendo en cuenta el tamaño de las tres pequeñas gemas adornando una de las esquinas de la piedra de corte cuadrado. —Sí, ¿quieres casarte conmigo? —¿Casarnos, Sal? La cara de su amante pasó por muchos cambios Sal no estaba seguro de qué esperar. El nervioso aleteo en su estómago creció a una ola de náusea mientras esperaba oír las siguientes palabras de Jess. —¿Estás seguro? —preguntó, buscando los ojos de Sal con atención—. Venimos con tanto equipaje. —Te amo, Jess. —Había estado preparado para ello, la posibilidad de que Jess se podría preocupar porque serían una carga —. Y a Teddy. Déjame cuidar de ti, de los dos. No quiero volver tener miedo de estar solo otra vez.
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Pasó una eternidad antes de que Jess suavemente retirara su mano de la Sal y presentara su dedo meñique. Nunca miró hacia otro lado. Su expresión seria nunca vaciló. Con mano temblorosa, Sal contuvo el aliento y puso el anillo en el dedo meñique de Jess. Se ajustaba perfectamente a su hombre perfecto. Su hombre perfecto. Suyo. Aturdido y un poco mareado, miró a los ojos amorosos de Jess. Había algo que tenía que hacer o tal vez decir. No podía recordar. El rugido en sus oídos hacía difícil pensar. —¿Sal? —Jess le estaba llamando—. ¡Sal! Él parpadeó y trató de concentrarse. Su mirada se posó en los labios perfectos de Jess. Tenía que probar esos labios. Tenía que llegar primero. —¡Sal! Labios perfectos, tan cerca ahora que podía sentir su calor y el suave soplo de aire cuando Jess llamó por su nombre. —Sal, respira. Por supuesto. Aspiró el aire, llenando su cabeza con el aroma de limón y almizcle con un toque de aroma de cuero de Jess. La sonrisa de Jess. Por último, se concentró. Alegría corrió a través de él. Su corazón se disparó. El cerró la brecha.

FIN

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Créditos

Coordinadores de proyecto
Zicaruth y Perversa

Traducción Blanca, Kaiel y Alba Corrección
Odilie

Portada y edición
Roskyy
¡Y no olvides comprar a los autores, sin ellos no podríamos disfrutar de tan preciosas historias!

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