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REFLEXIÓN JUEVES 18 DE ABRIL DE 2013 En no muy pocas ocasiones nos imaginamos la humanidad de Jesús como si él hubiera sido una

especie de superman; y Jesús fue un hombre como cualquiera de nosotros, pero sin pecado; en sus primeros años fue, como todos, un niño débil, necesitado del continuo contacto con su madre; viendo a José aprendió, poco a poco, a ser varón; al principio, como todos los niños, vivió una vida meramente vegetativa y sensitiva; poco a poco fue siendo consciente de sí mismo. El niño Jesús, como lo dice Lc. 2, 40, crecía y se fortalecía; progresaba en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y los hombres. Jesús como cualquiera de nosotros pensaba, amaba, se cansaba, sentía hambre, comía y bebía, dormía, se le conmovían las entrañas de compasión, a veces sentía tristeza, otras miedo, lloraba se admiraba, oraba; su alma estaba dotada de inteligencia y voluntad como cualquier otra alma humana; su cuerpo era como cualquier otro cuerpo humano, era todo y solamente y nada más que expresión de esa alma. Lo impactante en todo es que ese, que nació débil y dependiendo totalmente de su madre, que aprendió poco a poco a ser varón. Era nada más y nada menos que el Hijo de Dios, todos sus movimientos y reacciones, gestos acciones y palabras realizados mediante la humanidad de Jesús, eran movimientos y reacciones, gestos y palabras de la segunda persona de la Santísima Trinidad. En Jesús hay dos voluntades una Divina y otra Humana, esta última enteramente sometida a la divina. Y, esto que tiene que ver… bien, pasa que la naturaleza humana o humanidad de Jesucristo es igual a la nuestra, con una gran diferencia, que la humanidad de Jesús no pertenece a una persona humana, como en nuestro caso, sino que es propia de una persona divina, del Hijo eterno del Padre, entregado a la docilidad y voluntarioso con su Padre Dios y por ello capaz de entregar su vida sin esperar nada a cambio. Y por esa voluntad y entrega total de amor es el único capaz de con su muerte liberar al hombre del pecado. Nosotros hoy estamos siendo invitados a vivir el martirio de la persecución y crítica de los diversos factores humanos a nuestra madre la Iglesia, algo que nos puede causar temor miedo, normal en seres humanos como nosotros, pero que con nuestra valentía y entrega lograremos arrancar de las manos del maligno a tantos hermanos que hoy se encuentran seducidos por las diversas manifestaciones de pecado.

Que sea la Virgen María, madre de Jesús y madre nuestra la que nos de ánimo en nuestra lucha contra el maligno y que sea el ejemplo suyo el que nos enseñe a hacer lo que Él nos diga. Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo…