G20 en San Petesburgo Manfred Nolte El Palacio de Constantino en San Petesburgo albergará los próximos días 5 y 6 de setiembre la octava

cumbre del G-20. En principio, la influencia del G20 en sus cinco años de existencia no puede pasarse por alto. De las pautas proteccionistas seguidas por los diversos bloques en medio de la vorágine de la crisis pandémica de los mercados financieros en 2008, se ha pasado a un consenso de coordinación recogido en el ‘Marco para el crecimiento sólido, sostenible y equilibrado’ en el que los países del grupo cotejan las grandes líneas de sus políticas macroeconómicas. Análogas consideraciones positivas cabe formular en relación a la recuperación de un sistema financiero quebrado. Sin poder cantar victoria definitiva, la red de seguridad financiera tejida en estos últimos cinco años ha sido decisiva para la recuperación de los sistemas productivos globales. Basilea III y los nuevos estándares del Foro de estabilidad financiera que van siendo adoptados por la mayoría de países, junto a una creciente regulación y supervisión auguran una mayor estabilidad del sistema financiero. El control de las 30 entidades ‘sistémicas’, del sector financiero no bancario y de las agencias de calificación, apunta igualmente en la buena dirección. Con todas sus limitaciones, el grupo de los 20 llena el vacío de una ausente gobernanza multilateral en el mundo posterior a la guerra fría, en el que confluyen los rasgos de una globalización acelerada, la conciencia creciente de la interdependencia económica con la ecológica medioambiental, el rápido ascenso de Asia y otras economías emergentes, la ausencia de una coordinación regulatoria transfronteriza y un amplio descontento político y social. ¿Qué podemos esperar de los líderes reunidos en San Petesburgo? Si la reunión de ministros de finanzas celebrada semanas atrás en Moscú nos sirve de anticipo, el ‘Plan de acción de San Petesburgo’ bajo el lema ‘Crecimiento y empleo’ avanza los temas ya conocidos en favor del restablecimiento del equilibrio global, la financiación de la inversión, las reformas estructurales y el crecimiento sostenible. Los relativos a afloración de bases imponibles en las empresas multinacionales y el desmantelamiento de las jurisdicciones ocultas también reclaman su atención con creciente vehemencia. Pero la agenda oficial irá sin duda solapada con la oficiosa de otros temas multilaterales de corto plazo del máximo interés y actualidad. El primero de ellos se refiere a las políticas monetarias en curso. El punto central consistirá en debatir el impacto inducido por los principales países desarrollados cuando estos abandonen de golpe o gradualmente los programas de flexibilización cuantitativa. La posible ralentización del programa de compras de bonos americanos y la correspondiente subida esperada en sus ‘tires’ están provocando una salida de fondos de países como México, Indonesia, Brasil, Sudáfrica, Turquía, China o la India. Sus reservas centrales se recortan aceleradamente lo que puede finalmente conducir a lo que en la jerga de los mercados se conoce como ‘sudden stop’, la muerte súbita en el flujo de capitales hacia los países citados. En este contexto hay que interpretar otro tema de preocupación general como el de la relativa ralentización de la economía china. Relativa porque aunque provenga de niveles del 9 o 9,5%, crecimientos como los esperados para este año del 7,5% no pueden ser considerados de malos o decepcionantes. Aun así, una caída del 2% es crucial dado el impacto comercial de la potencia asiática sobre el resto del planeta. También China es protagonista mancomunado en una noticia que ha concitado un extraordinario interés. La creación por los países BRIC de un Banco de desarrollo dotado con un capital de cincuenta mil millones de dólares que pueda ser utilizado por cualquiera de sus miembros en caso de necesidad financiera. El proyecto de banco hace saltar chispas en las altas esferas del FMI pero refuerza la red de seguridad financiera de los emergentes. Junto a la agenda oficial y la oficiosa, dos puntos adicionales merecen una atención final. El tema de la financiación de la inversión global, en particular de la financiación de las estructuras relacionadas con el clima, la energía y la sostenibilidad. E igualmente la siempre pendiente de la financiación del desarrollo de los países más necesitados, que cobra renovada importancia a la

vista de la terminación en 2015 del programa de Naciones Unidas de los ‘Objetivos de desarrollo del milenio’. Debemos descartar resultados significativos o espectaculares. Pero si necesitamos esperar progresos firmes en determinadas líneas directrices y la conciliación de los estados de ánimo en esta nueva y frágil gobernanza global.

página 2 de 2

Sign up to vote on this title
UsefulNot useful