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El discreto encanto de los antiliberales.

En “El discreto encanto de la burguesía” Luis Buñuel retrata, con humor y cinismo, un conjunto de personajes frívolos y superficiales, atrapados en sus vicios y prejuicios. Con pinceladas de surrealismo, la obra cumbre del cineasta español muestra la encantadora mediocridad de un grupo de burgueses. Nos hace reír con la naturalidad (e ingenuidad) con la que aceptan lo ridículo. Viven en un mundo onírico, donde sueños imposibles son aceptados como realidad, y la realidad es descartada como posible. Por eso su encanto es discreto, es vacío, sin fondo. Se ve bien si no se rasca la superficie. Muchos críticos del liberalismo comparten con la burguesía dibujada por Buñuel ese mismo encanto discreto y vacío. Atrapados en prejuicios, crean coloridas piñatas de liberales (a las que denominan “neoliberales”) para pegarles con palos tan vacíos como sus ideas. ¿Cómo crean sus piñatas? Toman características de diversos grupos y las mezclan para crear un falso liberal. Construyen muñecos con atributos que pertenecen a los rivales del liberalismo. El “neoliberal” es un adefesio impostado, creado al combinar un poco de conservadurismo, otro poco de mercantilismo, mucho de utilitarismo, algo de autoritarismo (los llaman “fachos”), y una dosis de intolerancia. Luego, para posicionar su idea, acuñan frases como “no hay que confundir libertad con libertinaje”, “tiene posiciones pro empresa”, “son anticonsumidores”, o “defienden la libertad para proteger el status de los ricos y los poderosos”. Sus críticas solo se explican en una profunda ignorancia o en una profunda malicia. En la mayoría de los casos estamos ante una malicia ignorante. Los verdaderos liberales partimos de un principio moral básico: la libertad, en todos los ámbitos, es el mejor camino para alcanzar una auténtica dignidad pues cada quien es el mejor juez y dueño de su destino. Sustituir ese juicio individual es una expropiación de nuestra propia personalidad y como tal es inaceptable. El valor de la libertad no está en la utilidad de su resultado, sino en la dignidad del hombre. La intervención ajena en lo individual (incluida la del Estado) solo se justifica para preservar el límite natural de la libertad: que no pueda ser usada para causar daños a otros. Y no hay libertad sin responsabilidad: estas son las dos caras de la misma moneda. Los liberales somos distintos a los conservadores que se sienten con autoridad para limitar la libertad de elegir en lo moral (por ejemplo, negando el derecho a optar por la orientación sexual). Nos alejamos de la izquierda (sea lo que signifique esa palabra), ya que busca limitar el poder de elegir de los individuos en lo que respecta a lo económico. Somos esencialmente tolerantes. No obstante, como dice Mises, solo se debe ser intolerante con los intolerantes. Negamos el autoritarismo, ya que creemos en un gobierno limitado.

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Combatimos el mercantilismo, que no es otra cosa que la repartija de privilegios por parte del Estado a ciertos grupos que buscan eliminar a la competencia. Esto último hace que la riqueza y el poder se concentran sin límites. Reducir el rol del Estado evita que los gobiernos (y los políticos) se adueñen de nuestros destinos. Por el contrario, las ideas intervencionistas de los antiliberales crean, mediante regulaciones, trámites y monopolio legales, la concentración del poder económico y político que critican. Basadas usualmente en un falso paternalismo, antes que liberar, se convierten en lo que Hayek denominaba el camino a la servidumbre. ¿Por qué se le teme tanto a los liberales como para desnaturalizar lo que piensan y crear esas piñatas falsas para atacarlas? Como decía Bernard Shaw, “La libertad supone responsabilidad. Por eso la mayor parte de los hombres le teme tanto.”

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