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Juan Carlos Gómez

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Gombrowiczidas

2009

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WITOLD GOMBROWICZ Y FRIEDRICH WILHELM NIETZSCHE “¡A partir de este momento ya no quiero ser polaco! Estaré solo por completo; –¿Solo? ¿No ves que la soledad hará de ti la víctima de tus propias miserias?; –Entonces, ¡dadme un cuchillo! ¡Debo realizar una amputación más radical todavía! ¡He de amputarme de mí mismo! Imagino que Nietzsche habría definido mi dilema más o menos en esos términos. Procedí a amputar. El cuchillo verdugo fue el pensamiento siguiente: acepta, comprende que no eres tú mismo, pues nadie es jamás él mismo, con ningún otro, en ninguna situación, ser hombre significa ser artificial” En 1960 un diario alemán publicó una encuesta internacional a la que respondieron treinta y cinco grandes maestros de la literatura. La pregunta era: –¿Cuáles son los cinco escritores que más han influido en usted, y qué libros de ellos elegiría? Entre los interrogados estaban Hermann Hesse, André Breton, John Dos Passos, Georg Lukács. Gombrowicz también figuraba en esa lista. Aún vivía en Buenos Aires, acababa de ser traducido al alemán y su fama europea crecía semana a semana, en medio de la más ciega indiferencia argentina. “La elección que haré está vinculada con el lugar que ocupo en el mapa literario mundial (...) Estoy en el punto donde se desencadena la lucha por defender el Yo, donde ese Yo tiende a afirmarse e intensificarse, en busca de la Inmortalidad (...) Como ustedes habrán advertido ya aquí no están Proust ni Joyce ni Kafka ni nada de lo que se está haciendo ahora. Me apoyo en autores que los precedieron porque ellos medían al hombre con una vara más alta” Entre los cinco que eligió Gombrowicz estaba Friedrich Nietzsche, un alemán que mantuvo la ilusión sin fundamento de que sus antepasados habían sido nobles polacos. “Yo soy un aristócrata polaco pur sang”. Y Gombrowicz se refiere a este alemán pur sang polaco al que elige entre los cinco escritores que más lo habían influido. “Nietzsche. Con frecuencia me irrita el ridículo de su Superhombre. No comparto sus opiniones. Y sin embargo le debo, como a Dostoievski, una agudeza de visión llevada al extremo y también, debo añadir, un orgullo irresistible. Esas cualidades son necesarias en una época como la nuestra, en la que el inevitable crecimiento demográfico conduce –como toda inflación– a la devaluación del ser humano. Entonces: La gaya ciencia” Tal como le ocurría con el existencialismo y con el marxismo, Gombrowicz está de acuerdo con el punto de partida del nietzschianismo, pero no con sus deducciones. Andaba buscando puntos de apoyo para su filosofía de la insuficiencia y de la inferioridad, por aquel entonces aún no sabía que, por conflictos bastante parecidos a los suyos relacionados con el deseo de aprehender la vida en caliente, se estaban rompiendo la cabeza contra la pared los existencialistas que sólo después de la guerra llegaron a tener resonancia en el mundo. La afirmación de la vida de Nietzsche no andaba del todo bien con los nervios de Gombrowicz, le resultaba difícil imaginar algo tan artificial, ridículo y del peor gusto como la idea de su superhombre y de su bestia rubia, pero sí estaba de acuerdo con el alemán cuando ponía al descubierto cómo detrás de los sentimientos más nobles del hombre se ocultaba toda la suciedad de la vida. Nietzsche no era un filósofo en el sentido estricto de la palabra, escribía aforismos, y de estas anotaciones iba surgiendo una moralidad que se basaba en el hecho de que la especie humana es como todas las demás, se mejora con la lucha y la selección natural.

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La moral nietzschiana se pone en entredicho con la moral cristiana, una moral de los débiles que le ha sido impuesta a los fuertes, perniciosa para la especie humana y por lo tanto inmoral. “En verdad, los hombres se han dado a sí mismos todo su bien y su mal. En verdad, no lo tomaron, no lo encontraron, no les cayó como una voz del cielo. Los valores los puso el hombre en las cosas para conservarse; dio un sentido a las cosas, ¡un sentido humano! Por eso se llamó hombre, es decir, valuador (...) Valuar es crear. ¡Oidlo, vosotros los creadores! La valuación en sí es el tesoro y la joya de las cosas valuadas. Sólo por la valuación hay valor, y sin valuación estaría hueca la nuez de la existencia” Esta preocupación profunda de Nietzsche, que comienza a desconfiar de los sistemas abstractos, a sentir la vida cada vez más amenazada, y ese carácter de valuador que le da al hombre, influyeron profundamente en Gombrowicz . El pesimismo es para Nietzsche una debilidad condenada por la vida, y el optimismo es una cosa superficial, sólo le queda al hombre elegir un optimismo trágico, elegir la adoración de la vida y de sus leyes crueles, a pesar de la debilidad del individuo. Gombrowicz y Nietzsche realizan una crítica cruel a todas las ideas, a la moral y a la filosofía, y demuestran que el pensamiento filosófico no se realiza fuera de la vida, sino que la acompaña y la expresa cuando no está falsificado. Pero el alemán tensa demasiado una cuerda que lo conduce a la admiración de la crueldad, de la dureza inmisericorde, del látigo y de las armas, una orientación que deviene en una filosofía casi militar. “Cuando apenas estamos en la cuna, ya se nos provee de palabras pesadas y de valores pesados. Bien y Mal, así se llama este patrimonio (…)” “A causa de estos valores se nos perdona la vida... Ésta es la obra del espíritu de pesantez. Y nosotros arrastramos fielmente la carga que se nos impone, con fuertes espaldas y a través de áridas montañas. Y si sudamos se nos dice: –¡Sí, la vida es una carga pesada! ¡Pero la única carga pesada es el hombre! Porque el hombre arrastra consigo y lleva sobre los hombros una porción de cosas extrañas. Semejante al camello, se arrodilla para que lo carguen bien, sobre todo el hombre vigoroso y paciente, tocado de veneración: carga sobre sus hombros demasiadas palabras y valores extraños y pesados; ¡entonces la vida le parece un desierto!” Pero algunas ideas de Nietzsche le producían hipo a Gombrowicz. “La idea es y siempre será un biombo detrás del cual ocurren cosas más importantes” “Vivo en un mundo que todavía se nutre de sistemas, de ideas, doctrinas, pero los síntomas de indigestión son cada vez más evidentes, el paciente ya tiene hipo” Una idea que le pone los pelos de punta a Gombrowicz es la idea más abisal de Nietzsche: la idea del eterno retorno, que libera al espíritu de las venganzas, que supera el tiempo que pasa y el tiempo que se aproxima, y que confiere al devenir el carácter del ser. “Yo no me dejo embaucar por ellos; conozco este infantilismo que juguetea con el Infinito, sé demasiado bien cuánta despreocupación e irresponsabilidad hacen falta para entrar con orgullo en los terrenos de esos pensamientos impensables y de esa severidad inaguantable, conozco este tipo de genialidad. Y ese Heidegger, en su conferencia sobre Nietzsche, suspendido sobre esos abismos... ¡payasos! Despreciar el abismo y no digerir los pensamientos excesivos: hace tiempo que lo decidí así. Me río de la metafísica... que me devora”

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Las ideas del superhombre y de la bestia rubia, que le gustaban a Hitler, y la idea del eterno retorno que le gustaba a Borges, lo ponían hecho una furia. Ese hombre de Nietzsche, que como fenómeno pasajero tiene que ser superado, ese ser problemático que no puede ser un fin en sí mismo sino un medio para llegar al ser superior, que requiere un amor y una devoción más importantes que el amor al prójimo, le resultaba a Gombrowicz una quimera insoportable. La bestia rubia, que habita en el fondo de todas las razas nobles, lo convoca a Nietzsche a ser de nuevo bárbaro. Pero su idea del eterno retorno en la que el tiempo tiene un principio y un fin, un fin que vuelve a generar un principio ateniéndose a las estrictas leyes de la causalidad, es más insoportable aún. No nos las estamos viendo con ciclos sino con, exactamente, los mismos acontecimientos que se repiten en el mismo orden, sin ninguna posibilidad de variación. Se repiten los acontecimientos, los sentimientos y las ideas vez tras vez, en una repetición infinita e incansable. “La creencia en que el mundo, tal como debiera ser, existe realmente, es la convicción de los hombres improductivos que no quieren crear un mundo tal como debiera ser (...) ¿Qué es la libertad? Es la voluntad de sentirnos como únicos responsables de crearlo” Mientras que para Nietzsche el individualismo moral creador de valores es sólo un privilegio de unos pocos seres excepcionales, pues el que no puede mandarse así mismo tiene fatalmente que obedecer; el mundo de Gombrowicz es más elástico, o de temperaturas medias como le gustaba decir a él. “Para elevarse, luchando, de este caos a esta configuración surge una necesidad, hay que elegir: o perecer o imponerse. Una raza dominante sólo puede desarrollarse en virtud de principios terribles y violentos. Debiendo preguntarnos: ¿dónde están los bárbaros del siglo XX? Se harán visibles y se consolidarán después de enormes crisis socialistas; serán los elementos capaces de la mayor dureza para consigo mismos los que puedan garantizar la voluntad más prolongada (...) ¿Vas a juntarte a mujeres? Pues, ¡no te olvides del látigo!” Aparte de la agudeza de visión y del orgullo irresistible que Gombrowicz comparte con Nietzsche, me parece que la idea del hombre como valuador es la que más los aproxima. El polaco, igual que el alemán, valuó el mundo rebelándose contra todas las posiciones de la cultura y se preparó para amputar en sí mismo todo lo que los polacos tienen de exagerado: la virilidad, la violencia psíquica, el amor a la patria, la fe, la honradez, el honor. Trató con sangre fría y sin reparos sus sentimientos más queridos a la espera de que otros valores le salieran al encuentro. Valuó a la familia, a la cultura, a Dios, a la patria, a la realidad y a la historia. Se fugó de una cárcel en la que tropezaba todos los días con estos obstáculos y creó un mundo superior soñando con la libertad. Pero las cimas del espíritu que alcanzó con su conciencia terriblemente perfilada se le convirtieron otra vez en una cárcel. Valuó la existencia y se rebeló contra el mundo en su obra y en su vida y no le fue tan mal. Fue nimbado con la aureola del genio y se convirtió en un héroe que peleó contra un mundo muy pesado que le habían puesto sobre los hombros desde el nacimiento. Empezó a rebelarse contra la familia en “Ivona” y terminó rebelándose contra la historia

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en “Opereta”, convirtió a su vida en un Campo de Marte y declaró una guerra muy vasta con muchas batallas, como lo había hecho Nietzsche.

WITOLD GOMBROWICZ Y NÉSTOR TIRRI La realidad que el hombre va descubriendo poco a poco rompe los moldes y las teorías que la contuvieron durante un largo tiempo; los viejos barriles son reemplazos por otros, pero ni Einstein es tan distinto de Newton, ni Marx de Cristo, ni Sartre de Sócrates, para poner unos ejemplos. La realidad tiende a volverse teórica cuando está tranquila, pero cuando está intranquila produce revoluciones sociales como la francesa, o reducciones del pensamiento como la antropológica de Feuerbach, o la fenomenológica de Husserl o la sociológica de Marx. Gombrowicz formó su conciencia en el período más agitado del siglo XX y se vio obligado a reflexionar sobre concepciones tan amplias como lo son el existencialismo y el comunismo, pues estas dos concepciones juntas constituyen la verdadera introducción a nuestra época. El existencialismo era una forma del pensamiento que no tenía una representación política pero el comunismo sí que la tenía, y este aspecto social y político del comunismo le daba a ese pensamiento un aspecto bifronte, porque una cosa era hablar de Marx y otra cosa era hablar de Stalin. Gombrowicz estaba de acuerdo con el sentido moral del comunismo, con su pedido de justicia distributiva y con esa conciencia que se torturaba frente a la injusticia. Estaba de acuerdo también con la concepción marxista del valor que interpreta a la necesidad como su fundamento, pues un vaso de agua en el desierto no puede tener el mismo valor que al lado de un río. Para Sartre, en cambio, un hombre tiene necesidad de agua en el desierto porque elige la vida y no la muerte; en cambio, tanto para el marxismo como para Gombrowicz no existe esta libertad de elección, el hombre está obligado a elegir la vida en todas las circunstancias. Marx ha desenmascarado muchas mistificaciones históricas, del mismo modo que lo hicieron Freud y Nietzsche, son hombres que demostraron que detrás de nuestros sentimientos que parecen del todo nobles, se ocultan complejos, bajezas y todas las suciedades que tiene la vida humana. Si bien el pensamiento marxista ha servido para poner al descubierto muchas hipocresías históricas, es también un pensamiento utópico que no conduce a ninguna parte, y es precisamente por su falta de captación de la realidad que Gombrowicz se animó a profetizar poco antes de morir que dentro de veinte o de treinta años el comunismo sería puesto de patitas en la calle. Sin embargo, sabía que en el sentido filosófico el marxismo propone la liberación de la conciencia para que no se presente deformada en la actividad que debe realizar, para que sea auténtica frente al mundo y le permita al hombre un verdadero conocimiento. A la desconfianza que Gombrowicz le tenía a las ideologías se le podría agregar además la poca confianza que le tenía a la cultura política y científica de los habitantes de nuestros pueblos del interior. En una de sus vacaciones en Tandil estaba tomando un café y conversando con un hombre experimentado, director de una empresa importante:

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–¿Qué le parece?, ¿cuántos muertos hubo en Córdoba durante la revolución contra Perón del 16 de septiembre?; –Veinte mil; –¡Pero qué bah, esa batalla duró dos días y no hubo más de trescientos muertos. Y cuando fue a Goya, también en una mesa de café: –¿Cuántos muertos hubo en el bombardeo a la Casa Rosada del 16 de junio?; –Más o menos quince mil; –¡Pero ni siquiera trescientos! En Santiago del Estero un estudiante le decía que Sigmund Freud no le servía a los argentinos porque el psicoanálisis es una ciencia europea y nosotros somos americanos. Y de vuelta en Tandil, le pregunta al comunista Mariposón si alguna vez había tenido dudas: –Sí, cuando prohibieron por abstracta la pintura de Kandiski. Sólo eso le había parecido un poco irregular: –Usted pone el cuadro de un pintamonas por encima de treinta millones de cadáveres. Cuentan los de la barra de Tandil que nunca lo habían visto tan enojado a Gombrowicz al escuchar este disparate. La consecuencia que saca Gombrowicz de los desatinos de esta gente es que el mundo que sobrepasaba los límites concretos de la familia, de la casa, de los amigos o del salario era para ellos arbitrario. Sea como fuere, los integrantes del cuarteto Gombrowicz considerábamos al Mariposón como a un partiquino, un advenedizo que con astucia había metido la nariz en “Gombrowicz o la seducción”, la película de Alberto Fischerman. El Mariposón es un periodista gombrowiczida de larga trayectoria que de vez en cuando toma la pluma y escribe sobre Gombrowicz. “A mediados de junio pasado, en mi familia se recordaron los cien años del nacimiento de mi padre, un italiano que había llegado a Buenos Aires de niño, en la primera década del siglo. Un mes y medio después, el 4 de agosto, se conmemora el centenario de Witold Gombrowicz, un polaco que llegó a la misma ciudad en 1939. Aunque después ambos personajes viajaron por el mundo, ninguno de los dos volvió a ver su tierra natal. Mi padre murió en Tandil en 1955, dos años antes de que por esas mismas serranías aterrizara el polaco irreverente que habría de convertirse en uno de los escritores capitales de la centuria pasada. Si bien se trata de la simple coincidencia de dos europeos que confluyeron en el mismo solar de destierro, para quienes conocimos al autor de Cosmos en la adolescencia la asociación no es antojadiza: el tema del padre ocupa un lugar significativo en la obra de Gombrowicz” Es tan desubicado el comienzo de esta nota que escribió el Mariposón que hasta cierto punto es explicable la irritación que le producía a Gombrowicz la presencia de este personaje. El comunismo del Mariposón tiene un cierto parentesco con el de Stefan, uno de los protagonistas de los primeros cuentos de Gombrowicz. Stefan entendía el comunismo como un programa en el que los padres y las madres, las razas y la fe, la virtud y las esposas, y todo, sería nacionalizado y distribuido mediante cupones en porciones iguales. Un programa en el que su madre debía ser cortada en pequeños trozos y repartida en partes iguales entre quienes no fueran suficientemente devotos en sus oraciones para aumentar su devoción; que lo mismo debería hacerse con su padre entre aquellos cuya raza fuera poco satisfactoria para aumentar su dignidad.

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Un programa en el que todas las sonrisas, las gracias y los encantos fueran suministrados exclusivamente bajo petición expresa, y que el rechazo injustificado del programa fuera causal del castigo con la cárcel. Stefan elegía el término comunismo porque constituía para los intelectuales que le eran adversos un enigma tan incomprensible como lo eran para él las sonrisas sarcásticas y los rostros brutales de esos intelectuales. Es posible que Stefan no fuera comunista sino tan solo un pacifista militante. Navegaba por el mundo en medio de opiniones incomprensibles y cada vez que tropezaba con un sentimiento misterioso, fuera la virtud o la familia, la fe o la patria, sentía la necesidad de cometer una villanía. De la observación atenta que podemos hacer sobre el aspecto del Mariposón que aparece en la fotografía podemos deducir el carácter de un cura pecador que ha perdido el estado de gracia, una pérdida que lo hace pariente del padre del comunismo que también lo había perdido.

WITOLD GOMBROWICZ Y ARTHUR SCHOPENHAUER La contemplación como un juego superior a la vida da hermosos frutos en las concepciones que tiene Schopenhauer sobre la música, la risa y la belleza. “Por consiguiente, la música no es en modo alguno la copia de las Ideas, sino de la voluntad misma, cuya objetividad está constituida por las Ideas; por esto mismo, el efecto de la música es mucho más poderoso y penetrante que el del resto de las bellas artes, pues éstas solo nos reproducen sombras, mientras que ella, esencias” Reír resulta agradable porque nos satisface el triunfo del conocimiento intuitivo, la forma natural del conocimiento inseparable de nuestro ser animal, sobre el pensamiento abstracto. Nos agrada comprobar que el pensamiento es incapaz de comprender todas las variantes que presenta la realidad. Es placentero ver perder a la razón de vez en cuando, derrotar a ese dominio severo, perpetuo y molesto. Ésta es aproximadamente la idea que tiene Schopenhauer sobre el origen de la risa. Gombrowicz mezcla la seriedad con la ligereza para hacernos reír a nosotros y para provocarse la risa a sí mismo. El descubrimiento temprano e inocente de la belleza que hace Gombrowicz no siguió un camino recto porque la belleza suele estar encarnada en el sexo y en el cuerpo. Los intentos que hizo Schopenhauer para desexualizar la belleza no tuvieron éxito ni siquiera en Gombrowicz. Para el alemán el cuerpo más bello era el del hombre y sólo por la atracción sexual nos parecía a los hombres más bello el cuerpo de la mujer. Pero Gombrowicz quería encontrar una tercera vía en todo lo que concierne a la creación “(...) si Schopenhauer considera conmovedora la curiosidad con la que dos jóvenes de sexo diferente se contemplan buscando en el otro la madre o el padre de sus futuros hijos, la mirada crítica con la que se analizan dos jóvenes artistas en su primer encuentro, tampoco está desprovista de un significado profundo e íntimo. Cada uno ve en el otro a su rival y desea comprobar las ventajas que tiene sobre él, averiguar si su valor espiritual y su forma son suficientes para no sucumbir (...)”

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La contemplación era para Schopenhauer el alfa y la omega de toda su inspiración filosófica. Se puede escribir sin pensar, se puede leer sin pensar, pero no se puede pensar sin pensar, una consecuencia directa a la que nos lleva la contemplación. Hay hombres que piensan contemplando el mundo, y otros que necesitan leer un libro para pensar, para poner en claro este asunto vamos a ver qué hacían los griegos. Los griegos leían bastante poco, había mucho menos gente de la que hay ahora, y a muy pocos de la poca gente que había se le ocurría escribir. Escribían sólo cuando le venían cosas importantes a la cabeza, no como ocurre ahora, además Gutenberg aún no había hecho su entrada triunfal con su máquina infernal de imprimir. En un principio los griegos tenían tan solo el problema de pensar, poco a poco se le fueron agregando los de escribir y los de leer. Por esta razón el mundo de ellos fue al comienzo más simple y originario, el nuestro en cambio se ha vuelto más complejo y mediado. Si Gombrowicz hubiera vivido en la Atenas de aquel entonces se hubiera contrariado un poco, seguramente no habría encontrado tantas cosas contra las que protestar. Schopenhauer había heredado de su padre la energía de la voluntad y el orgullo, y de su madre la penetración intuitiva y la flexibilidad de la expresión. Lo mismo se podría decir de Gombrowicz, pero ésta es una condición bastante común de los hijos de familias acomodadas pues el padre es el que gana el dinero y la madre es la que lo gasta. Schopenhahuer tenía una gran devoción por su padre, en la segunda edición de su obra fundamental, “El mundo como voluntad y representación”, aparece una tierna dedicatoria en la que le manifiesta su gratitud por haberle proporcionado una posición independiente y a cubierto de las humillaciones de la miseria. Las relaciones con su madre, en cambio, no eran buenas, hasta podríamos decir que eran bastante malas. “Es necesario para mi felicidad, saber que tú eres feliz, pero no es preciso que yo sea testigo de tu dicha” Este es el fragmento de una carta que le escribió la madre al anunciarle el hijo que se proponía volver a la casa de Weimar. Cuando Schopenhauer le leyó el título de su obra “La cuádruple raíz del principio de razón suficiente”, la madre le preguntó si era un libro para boticarios: –Mi libro se leerá cuando de los tuyos quede, si acaso, algún ejemplar en la covacha de un trapero; –De los tuyos quedarán las ediciones enteras. Schopenhauer toma como base de su pensamiento al criticismo kantiano para desarrollar su filosofía, sin embargo, sostiene que con la introspección es posible acceder al conocimiento esencial del yo, ese ser en sí que para Kant no se podía alcanzar con el conocimiento. Identificó este principio metafísico como voluntad de vivir, sosteniendo que una y la misma sustancia animaba realmente la aparente pluralidad de las criaturas. Redujo las doce categorías del sistema kantiano a una sola, el principio de razón suficiente o de causalidad. El concepto de voluntad se refiere a un fundamento de carácter metafísico cuyo correlato sensible es el mundo fenoménico. El mundo de los fenómenos está sujeto al tiempo y al espacio por el principio de individuación y a la ley de causalidad, es la voluntad misma objetivada a la que Schopenhauer llama representación. La voluntad se manifiesta en el mundo desde una simple piedra hasta el mismísimo hombre en quien

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alcanza su grado máximo de expresión porque adquiere la forma del deseo constante, en cuyo único caso se identifica con la noción corriente de voluntad. La voluntad misma, sin embargo, no es otra cosa que una afán ciego, un impulso carente de fundamento y motivos. Esa voluntad está lejos de los conceptos vacíos del absoluto, del infinito, de la idea, es el fundamento y la base de toda explicación, es el núcleo de la realidad misma. En la medida en que la voluntad se expresa en la vida anímica del hombre bajo la forma de un deseo continuo siempre insatisfecho, toda esa vida será entonces esencialmente sufrimiento. Y aún cuando el hombre consiga mitigar o escapar momentáneamente al sufrimiento, termina por caer en el insoportable vacío del aburrimiento. De ahí que la existencia humana sea para Schopenhauer un constante pendular entre el dolor y el tedio, un recorrido que la inteligencia sólo puede anular a través de fases que conducen a una negación consciente de la voluntad de vivir. Reconoce como válidas tres alternativas para esta negación consciente: la contemplación de la obra de arte como acto desinteresado; la práctica de la compasión; la autonegación del yo mediante una vida ascética. Schopenhauer fue el pensador que le dio a Gombrowicz la noción más acabada para organizar el mundo en una visión. La contemplación es un juego superior a la vida, el artista contempla el mundo y se maravilla como un niño, en forma desinteresada. Schopenhauer construye una teoría artística que deslumbra a Gombrowicz como lo manifiesta en el curso de filosofía que dio en Vence dos meses antes de la muerte. “El arte nos muestra el juego de la naturaleza y de sus fuerzas, es decir, la voluntad de vivir (…)” “¿Por qué nos encanta el frontispicio de una catedral y una simple pared no nos interesa? Porque la voluntad de vivir de la materia se manifiesta en la pesantez y en la resistencia. La pared no expresa el juego de estas fuerzas porque cada una de sus partículas pesa y resiste a la vez. Mientras el frontispicio de la catedral muestra a esas fuerzas en acción: las columnas resisten y los capiteles pesan” El pensamiento de Schopenhauer es aristocrático hasta la médula, por eso distingue la inteligencia mediocre de la inteligencia superior. La inteligencia mediocre es como una linterna, ilumina sólo lo que busca; la inteligencia superior, en cambio, es como el sol, lo ilumina todo. El genio no puede vivir en forma normal, el artista, cuando alcanza el grado de la objetividad y del desinterés, tiene siempre que enfrentar como obstáculos a las enfermedades y a las anormalidades. Beethoven era un ser desgraciado, pero supo expresar en su arte la salud y el equilibrio porque no los tenía. Gombrowicz atribuía a esta antinomia la máxima importancia. El artista debe compensar sus desórdenes con la disciplina y el rigor. “La filosofía de Schopenhauer es más que una filosofía, es una intuición y una moral. Se indignaba porque en una isla del Pacífico las tortugas del mar salían cada año del agua para procrear en la playa donde los perros salvajes de la isla las daban vuelta y las devoraban. He ahí la vida, esto es lo que cada primavera se repite en forma sistemática desde hace milenios. La filosofía de Schopenhauer no es popular, es tremendamente aristocrática, y de ella no se pueden sacar consecuencias políticas, como de la de Hegel o la de Sartre. Para mí es un misterio que libros tan interesantes como los de Schopenhauer y los míos no encuentren lectores”

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WITOLD GOMBROWICZ Y TAMARA KAMENSZAIN Yo no sabía si dejar librada mi decisión de pedirle o no pedirle al Pato Criollo un prólogo para “Gombrowicz, este hombre me causa problemas” a una elección probabilística simple de sí o no, o de cincuenta y cincuenta, en cualquiera de las modalidades tradicionales, o si en cambio utilizar una forma más cercana a la literatura. Finalmente elegí un sistema combinado: que sea lo que Dios quiera. Cuando el libro se publicó enseguida se dividieron las opiniones sobre la calidad del prólogo del Pato Criollo en dos grupos antagónicos. El caso extremo de las opiniones favorables estaba constituido por los que leían de inmediato el prólogo y demoraban la lectura del libro, como la Hierática y la Poetisa Piquetera Impenitente, y el caso extremo de las opiniones desfavorables estaba constituido por los que lo consideraban un verdadero desatino, como el Licenciado Vidriera y la Flauta Traversa, para poner sólo unos ejemplos. En la Embajada de Polonia, el día de la presentación del libro, hablaba con la Poetisa Piquetera Impenitente, una vieja conocida del Pato Criollo: –Che, Goma, ¿vos sos loco?, ¿cómo le fuiste a pedir al Buhonero Mercachifle que te presentara el libro?, ¿no sabés que es tarado?; –Sí, pero fue de relleno, lo presentaron también el Zorro, el Socialista y el Régisseur Fanfarrón, además fue amigo de Gombrowicz; –Dejate de joder, ¿y por qué nadie habló del prólogo de Aira?; –¿Y quién iba a hablar, si ese prólogo es una verdadera mierda?; –Ah, no, no puede ser; –¿Vos lo leíste?, Aira se está cayendo, ¿viste lo del “Gauchito”?; –Sí, no pude terminar el libro; –Claro, yo tampoco, ese pelotudo se está convirtiendo, si es que no lo fue siempre, en un escritor para mujeres. Aquí la Poetisa Piquetera Impenitente se me escapó. La Poetisa Piquetera Impenitente fue el primer gombrowiczida argentino que desarrolló un trabajo acerca de Gombrowicz sobre la base de los testimonios de un quinteto, y no de un cuarteto como diez años después lo haría Alberto Fischerman en el film “Gombrowicz o la seducción”. “Rastrear la huella que dejó Gombrowicz en la Argentina por esos años, elegir algunos nombres –algunos de ellos transformados en seudónimos literarios– entre los muchos que menciona como „su amigos‟ en el Diario Argentino, escuchar las narraciones de esos amigos y después transcribirlas, implica de algún modo trazar las coordenadas de un mapa biográfico siempre parcial, siempre fragmentario. Pero quizás, o justamente, en ese fragmentarismo esté una de las claves de la personalidad de Witold Gombrowicz: prismático, multifacético, el genial escritor polaco intentó cubrirse –máscara sobre máscara– del peligro de la personalidad definida, unilateral (...)” “Jorge Di Paola („Asno‟)–novelista autor de „Hernán‟ y de „La virginidad es un tigre de papel‟– y Mariano Betelú („Flor‟ o „Quilombo‟) –dibujante–, lo conocen en la pequeña ciudad argentina de Tandil donde Gombrowicz recala para curarse de una enfermedad pulmonar. El escritor Ernesto Sabato y Juan Carlos Gómez („Goma‟), lo conocen en Buenos Aires, uno en plena vida literaria porteña, el otro en un bar donde se jugaba al ajedrez. Para Jorge Luis Borges, Gombrowicz fue „un amigo de amigos‟. Testigos, interlocutores, intérpretes, estos cinco argentinos conocieron cada uno de ellos a un Gombrowicz distinto. En sus recuerdos, en la transcripción de esos recuerdos, está el

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azar de la biografía o –con un grado más de pretensión– las coordenadas de una posible historia” La nota que escribió la Poetisa Piquetera Impenitente, “Los que conocieron a Gombrowicz”, se publicó en “Texto Crítico” de México en el año 1976 y sirvió de inspiración a otros hombres de letras a los que se le ocurrió escribir sobre Gombrowicz algún tiempo después. A cada uno de los testimonios de los miembros de ese quinteto le puso un nombre: „Un lector de las pampas salvajes‟; „Dos instantáneas de Gombrowicz‟; „Un texto margotínico‟; „Una especie de histrión¡; „Como si fueran una fotografía‟ Estos títulos recorrieron el mundo mucho antes de que apareciera “Gombrowicz en Argentina” de la Vaca Sagrada, y fueron algo así como la primera inspiración, el primer amor de una novia que nunca se olvida. En esa entrevista con la Poetisa Piquetera Impenitente el Asno relata algunos episodios de las aventuras de Gombowicz en Tandil no demasiado conocidos. “Desconcertaba mucho a los adultos, era un tipo que vestía un arrugado traje de poplin y una gorra que llevaba en el bolsillo, casi podría decirse que se parecía a Jacques Tati. Era cómico, pero al mismo tiempo tenía como una especie de dignidad aristocrática, un orgullo. Creo que había asimilado en sus gestos mucho del cine mudo. Un día le pidió prestada la bicicleta a uno de los muchachos y se puso a andar, logró andar cada vez a menor velocidad hasta dejarla casi detenida y como el piso era de arena iba dibujando cuadrados en vez de círculos con una lentitud cercana a la inmovilidad. Era un perfecto corto de cine mudo y nosotros llorábamos de la risa... (...)” “Su partida de Tandil fue también payasesca. Recuerdo que mientras lo saludábamos en el andén él estaba parado majestuosamente en el estribo del tren con su traje, su paraguas y su pipa. Parecía un conde. Tan rara era su imagen, que provocó una situación también rara: se le acercó un hombre que estaba caminando por el andén y sorpresivamente le preguntó: –¿Y usted, qué es?–, y se fue” Y Flor de Quilombo pone al descubierto el carácter un tanto dudoso de sus relacionas amistosas con Gombrowicz cuando le pide unos pesos para cubrir unos gastos inesperados. “Viejo, es que vos sos para mí como un padre espiritual y yo no se lo podría pedir a nadie más. Sos como un padre potencial...; –Mira Flor, esto es el colmo del descaro... (se ríe) (...)” “Es curioso que yo, diríamos un impotente, me transforme en un padre potencial, además de no haber tenido, y esto sea dicho con el mayor respeto, el placer con tu mamá. (De pronto interrumpe la conversación y en tono severo dice): –Viejo, ¿te das cuenta de las estupideces que hablamos?. . . Por supuesto que existe un culpable...; – Witold, son las 17 horas. ¿No sería conveniente partir al Querandí?; –Ah, esa mezquindad tampoco se te escapó. No piensas sino en llenar el buche. ¡Corre vos y espérame mientras hago unos llamados por teléfono!...(...)” “Salgo de inmediato. Llego al Querandí. Esquina Perú y Moreno. A la media hora llega Gombrowicz caminando pausadamente, contoneándose como una matrona militar. Las manos en los bolsillos. El sombrero puesto. Compra el diario La Razón. Sin decirme nada me alcanza la sección de deportes”

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Gombrowicz tenía con las poetisas una relación jocosa y más bien despectiva, siguiendo la línea general de sus relaciones con toda la poesía, no sé cómo se hubiera llevado con la Poetisa Piquetera Impenitente. En el año 1960 Gombrowicz se embarca en el buque General Artigas y se va con el Asno a Uruguay a pasar una vacaciones. Desembarcan en Montevideo, se alojan en un hotel y a la noche asisten a una conferencia que dicta Dickman en la Asociación de Escritores. En el aire de la sala flota la cortesía, la banalidad y el aburrimiento. La poetisa Paulina Medero preside la sesión: –Tenemos el honor de presentar al señor Gombrowicz a quien le damos la bienvenida; quizás Gombrowicz quiera decirnos unas palabras; –Bien, Paulina, pero de hecho, ¿qué es lo que he escrito? ¿Cuáles son los títulos? Dickman observa los titubeos de Paulina y acude en su auxilio: –Yo sé, Gombrowicz publicó una novela en Buenos Aires traducida del rumano, no, del polaco, “Fitmurca”... no, “Fidefurca”. Se produce un malestar generalizado en la sala. Termina el acto y Gombrowicz estampa en el libro de la Asociación su firma, tras lo cual se lo pasa al Asno para que lo firme también. Esto vuelve a provocar inquietud entre el público porque el Asno está en la edad del servicio militar y todavía no tiene pinta de literato. De la Asociación de Escritores se fueron con Paulina y Dickman a un restaurancito que se daba aires, en el que los poetas habían preparado un banquete para homenajear a un profesor muy venerado. Se levantan los poetas y las poetisas y sueltan poemas en honor del profesor. Cada uno de los cincuenta poetas presentes tenía que pronunciar su poema de homenaje. Para pasar el mal trago Gombrowicz llama al mozo, pide dos botellas de vino y empieza a tomar. Le llega el turno a una poetisa grasienta y barrigona, se levanta de un salto, mientras balancea el busto de un lado para otro y agita los brazos, emite manojos de rimas nobles. Gombrowicz no aguantó más y lanzó una carcajada tras la espalda del Asno, que también soltó una carcajada pero sin ninguna espalda que lo protegiera. En medio de miradas indignadas se levantó el laureado para soltar su discurso, Gombrowicz y el Asno aprovecharon la oportunidad y ahuecaron el ala. “¡Chismes al canto! Al día siguiente, mientras cenábamos, Dipi oyó que en la mesa vecina se hablaba del escándalo en la Asociación de Escritores y de la provocación en el banquete de poetas... ¡Alguien aconsejaba escribir a Ernesto Sabato para preguntarle si su carta dirigida a Julio Bayce en la que me recomendaba calurosamente era auténtica!”

WITOLD GOMBROWICZ, MILITA MOLINA Y NICOLÁS ROSA Los hombres de letras argentinos tienen una deriva que los reúne en un punto en el que se encuentran inevitablemente utilizando palabras más o menos análogas para analizar al escurridizo Gombrowicz. De acuerdo a las ideas que tienen el Asiriobabilónico Metafísico, el Pato Criollo y el Buey Corneta, para poner sólo unos ejemplos, Gombrowicz vendría a ser más que ninguna otra cosa algo así como un poseur. Yo no estoy de acuerdo con la idea de estos ilustres gombrowiczidas, sin embargo, debo reconocer que las actividades de mentir, de desmentir y de desmentirse fueron convirtiéndose en las páginas de sus diarios en un hábito permanente de Gombrowicz. Sus mentiras están asociadas frecuentemente a maniobras defensivas: cuando se

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defiende de su homosexualidad, miente, cuando se defiende de sus deserciones, miente, cuando se defiende de sus destierros, miente, cuando se declara conde, miente... Utiliza la mentira para defenderse de la vergüenza que le producen el miedo y la culpa, la utiliza como un instrumento a veces doloroso, otras veces humorístico, otras más sarcástico, pero siempre deja alguna rastro para que los demás sepan que está mintiendo y, por si eso no fuera suficiente, él mismo se desmiente; es un mentiroso al que le complace decir la verdad. Aunque éste es un rasgo complejo de la personalidad de Gombrowicz podríamos decir como primera aproximación que él se somete al recurso de la confesión con el propósito deliberado de aliviarse de le culpa que le sobreviene cuando miente. Ni por un momento debemos olvidar que aunque Gombrowicz había perdido a Dios seguía siendo un hombre religioso, si bien que muy lejos de las actitudes sagradas y de la obediencia ciega características de los religiosos. No es por el lado de la pose, de la impostura o de la mentira que podemos acercarnos a Gombrowicz. Ese hombre, con un punto de vista moderno y ateo, que tanto desconfiaba de las ideologías y de la cultura, que nunca se valió de Dios ni siquiera por cinco minutos, debe ser interpretado en otra dimensión. La mala fe de la que se lo acusa va más allá de la simple mentira cínica, es como si se lo estuviera acusando de negar la propia verdad, de engañarse a sí mismo, como si su mala fe fuera una fe. Si bien es cierto que las concepciones de Gombrowicz son divergentes en muchos de sus puntos con las del existencialismo, no lo son tanto en su pretensión de llegar a ser una descripción moral del mundo, porque esta descripción nos revela el sentido ético de los distintos proyectos humanos. Ambas concepciones intentan llevar al hombre a la renuncia del espíritu que le concede al mundo más realidad que al hombre, y que considera al hombre como un resultado del mundo, un espíritu que los existencialistas llaman “espíritu de seriedad”. Es tan tentadora la actitud reduccionista de los hombres de letras argentinos que nos permite entender a Gombrowicz con una sola idea, que a mí hace tiempo se me está ocurriendo también escribir sobre otra de sus características más sobresalientes a la que podríamos denominar el complejo de Eróstrato; con la utilización de este complejo llegaríamos a comprender no sólo la obra sino también la mismísima vida de Gombrowicz. Eróstrato era un pastor del Éfeso que, queriendo hacerse célebre, incendió el templo de la diosa Diana, una de las siete maravillas de la antigüedad. Gombrowicz tenía una intención parecida a la del pastor griego, pero en vez de incendiar templos se dedicó a desmontar todas las posiciones de la cultura para alcanzar la grandeza. Cuando había terminado de poner en orden estos pensamientos en un gombrowiczidas que inmediatamente hice conocer a los miembros del club, la Flauta Traversa me informó que un doctor en semiótica de marca registrada estaba escribiendo un libro al que había dado en llamar “El Impostor”, un nuevo intento de los hombres de letras hispanohablantes de poner a Gombrowicz en la caja del poseur. Otro ensayo más sobre Gombrowicz que, según me parecía a mí aún sin conocerlo, debía seguir la misma línea standard del Asiriobabilónico Metafísico, del Pato Criollo y del Buey Corneta . El afamado doctor en semiótica de marca registrada le estaba preguntando a la Flauta Traversa si yo podía colaborar con él en la realización de este proyecto, una colaboración que le presté en forma inmediata.

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El Rosado se estaba convirtiendo de esta manera en un gombrowiczidas de última generación, por lo menos en cuanto miembro de la logia infusa y esotérica de nuestro club. Pero unos días después de esta aproximación al mundo de los gombrowiczidas el Mafioso me anuncia la muerte del Rosado. “Ha desaparecido, o sea, ha muerto. Ha muerto de repente y ha desaparecido tan completamente como si una mano se le hubiese llevado de entre nosotros (...)” “Y, sin embargo, en una aplastante mayoría, todos nosotros (...) nos estamos muriendo. Gente que ya ha traspasado la barrera de los cuarenta, que se está acabando poco a poco, cada año un año más viejos” La Flauta Traversa admiró y quiso al Rosado con un afecto intensísimo, una admiración sólo comparable a la que tenía por Lamborghini. “(...) Nicolás Rosa, la única persona –después de mi padre– que me reta y logra que me ruborice, „Seguí con tus bodrios perdularios‟ o su maravilloso „Podés callarte, Milita‟, aunque yo no esté hablando (...) me parece todavía increíble que Nicolás no esté, que no vaya a estar, que no estemos. Me despierto todas las mañanas con la vida entera que me pasa por la garganta y Nicolás ahí dando vueltas desde temprano (...)” “¡Es terrible su presencia! (...) alguien que me hacía bajar la cabeza con pudor al tiempo que lo trataba como un igual (...) Hace treinta años yo quería estudiar lingüística y me hablaron de Nicolás. De entrada supe que no iba a „aprender‟ lingüística, que ahí había algo más, algo que ninguno de los dos abandonaría y que se había intensificado en los últimos años: la excentricidad en sentido estricto, como „fenómeno moral‟, como piensan los ingleses... (...)” “(...) Nicolás Rosa se preguntaba en los últimos tiempos si era un escritor, y se respondía que sí, al tiempo que quería esa corroboración de alguno de nosotros. Nunca le dije que era un escritor porque Nicolás no escribía en sus escritos sino que su obra literaria era histriónica (su voz subía, se estrangulaba, se perdía, llamaba a la sospecha, etc., sus miradas eran impagables, también) y era en la oralidad donde para mí se expresaba (...)” “Claro que eso se puede „anotar‟, registrar, escribir, pero Nicolás no lo hizo. Cuando escribía su obra pensaba pensando, cuando se manifestaba en sus clases, en su conversaciones, dejaba caer las hilachas de su pensamiento, los restos del naufragio y más bien importaban sus reacciones, sus movimientos, la deriva de su pensamiento entrecortado, encubierto, poco claro pero rotundo, iluminador, inconexo si se quiere incluso. Era ahí cuando toda su eficacia de escritor salía a relucir y dejaba patitieso con su originalidad a los que podían soportar esa deriva esperando una cosita para llevarnos a casa, que siempre llegaba y era genial (...)” En las vísperas de la muerte el Rosado le pidió a la Flauta Traversa que me hiciera conocer su reconocimiento por la ayuda que le había dado para escribir “El Impostor”, un libro que algún día leeremos. “Nos gusta reposar en la compañía de nuestros semejantes... Siendo miserables como nosotros, impotentes como nosotros, no nos ayudarán... Moriremos solos. Por consiguiente, deberíamos obrar como si estuviéramos solos. Deberíamos buscar la verdad sin vacilación...”

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WITOLD GOMBROWICZ Y JORGE DI PAOLA “Este Asno se llama Jorge Di Paola. Fui yo quien lo bautizó como 'Asno' en un acceso de sarcasmo, y a partir de entonces se convirtió en Asno para sus amigos, sinceramente regocijados con ello (....)” La envidia, la ira, la avaricia y la lujuria eran cuatro de los pecados capitales con los que Gombrowicz regulaba las relaciones que teníamos con él y entre nosotros. La envidia trataba de despertárnosla al Asno y a mí, la ira al Asno pues entraba en crisis con mucha facilidad, y la lujuria era un pecado del que intentaba protegerlo a Flor de Quilombo ya que él mismo no había podido defenderse de ella. El Asno era escritor antes de conocer a Gombrowicz, yo me convertí en escritor medio siglo después de haberlo conocido, una demora por la que le estoy muy agradecido al Todopoderoso pues me libré de algunas burlas y de algunos consejos con los que Gombrowicz abrumaba al Asno. “(...) Asno: deja por un tiempo tus „Juegos‟ para que puedas tomar distancia y recuperar el dominio de la obra; después manda al diablo los 2 actos que fallan y procede a inventarlos de nuevo. No trata de mejorarlos. Inventa otra vez sólo ayudándote con el material ya elaborado –pero no caigas en el error frecuente entre los jóvenes que cuando les ha salido bien una escena o una frase aún, por nada quieren desprenderse de este tesoro (...)” “No. Mandalo a la gran puta. Escribí de nuevo. Hay que sacrificar el detalle; parta vos de la última escena que te satisface. Hay que seguir. La pieza debe ser un ente orgánico donde lo que sigue nace lógica y naturalmente de lo que precede –una escena de otra. La obra de teatro es ante todo una historia que hay que contar ( no tratándose, claro está, de un teatro a mi altura donde hay 50 historias a la vez; pero esto es cálculo diferencial para vos, asnito)” “No te apures, no seas anticuado, Asno, tu queja de que lo moderno es un aborto amorfo proviene del hecho que no lo dominas bien intelectualmente. Sepa que los grandes (como yo o el imbécil de Sartre) saben muy bien lo que quieren y donde van, pero los pequeños como tú se pierden (...)” “Te prohibo, Asno, escribirme a mano con tu letra maldita, torcida, además, vos escribime noticias concretas, es lo que me gusta, y no ejercicios dialécticos que para eso te procuré a Gómez, sino ya verás como te aplasto cuando vuelva para el verano y que te dejaré como un piso ante tus amigotes, vos ni en sueños te imagines que yo, un escritor con mayúsculas, voy a hacer dialéctica con vos que sos un pimpollo, un pollito, un debutante y, en general, a l‟heure de promesse. Lo único que te es permitido conmigo es admirarme y de ahí no salgas porque te degollaré vivo como león rugiente. Ahora, sí te permito ironías como las de tus últimas cartas porque están sobre un fondo de admiración –me ironizas porque me admiras” De los cuatro integrantes del cuarteto Gombrowicz el que conservó en alguna medida su independencia respecto de Gombrowicz fue el Asno, el único de nosotros que ya era escritor cuando lo conoció, y los escritores, como bien sabemos, se sienten obligados a ser originales y a conseguir su independencia. La historia verdadera de lo que les ocurrió en Tandil a unos jóvenes que poco a poco se fueron convirtiendo en leyenda, empieza en 1956, un año en el que el Ingeniero Fireire y el Asno leen “Ferdydurke”.

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Un poco después de esta lectura, algunos miembros del grupo que se formó al año siguiente cuando conocieron a Gombrowicz, se presentaba con una ramita verde entre los dientes, y todos se tocaban la oreja izquierda si alguna cosa no le gustaba. El día que lo conocieron en el León de Francia, uno de los cafés situados alrededor de la plaza principal de Tandil, todos supieron que Gombrowicz era la encarnación de “Ferdydurke”. “¡Viejos, Tandil cada vez se parece más a Atenas! Todo el mundo es artista, nadie tiene ganas de trabajar” Cuando el Asno pudo leer “Cosmos” y “Pornografía” encontró en esos libros algunas de las intrigas que armaba con ellos, se imaginó que había armado esas tramoyas allá en Tandil para ejercitar su estilo literario. El Asno, que acuñó una frase que se hizo famosa en Polonia: “El apostolado laico”, nos confiesa que Gombrowicz fue su mejor lector, aquí se ve como ese yo de Gombrowicz tan absorbente no dejaba de aletear ni siquiera en el cielo de los independientes. “Todavía hoy, que ya no puede leerme, sigue siendo mi mejor lector. Nadie lee lo que escribo sin que antes se lo lea yo como imagino que lo haría Gombrowicz. Es mi lector fantasma. Él quería que yo encontrara mi propia forma, que fuera yo mismo, que no me pareciera a él. Y ahora me juzgo a través de sus ojos” Con su inveterada costumbre de golpear con una mano y acariciar con la otra Gombrowicz le pide a los gombrowiczidas de Tandil que no se imaginen demasiado. “(...) hoy, justamente, estoy pasando a máquina el fragmento de mi „Diario‟, será más o menos de 5 páginas, donde primero va la carta de Asno a mí (un poco arreglada para la posteridad) y después va el relato de mi amistad con Quilombo, fortalecido por el nombre magnífico que inventé. Todo muy tierno, niños, tan tierno y conmovedor que mucho le temo a la interpretación de ese mundo hijo de puta tan dado a la maledicencia... y tanto más que el fragmento forma parte del „Diario‟ dedicado a Santiago, en el que en realidad tendría que estar a título de antinomia frente a la sensualidad india de esta ciudad (Santiago del Estero)... pero, maldita sea, no sé si no se confunde un poco uno con otro y resulta un verdadero quilombo. De todos modos para fin de año (no creo que aparezca antes) pasarán a la Historia de la Literatura. Lo hago porque me gusta operar con lo insignificante, llevar lo insignificante a la altura, desconcertar... Lo hice una vez con un par de zapatos y otra con seis camisas de verano, metiéndolos en el „Diario‟, así que no se imaginen demasiado (...)” Una tarde el Asno llegó a Buenos Aires completamente desesperado y dispuesto a suicidarse porque su novia lo había abandonado. Llamó a Gombrowicz en una hora inoportuna, una hora que les había prohibido a los jóvenes de Tandil, pero Gombrowicz se dio cuenta de que algo raro pasaba: –Me alegro que hayas venido pues hoy tengo que salir a comer, es el día de Félix Krüll, así llamaba a un restaurante horrible cercano a su casa. El Asno estaba enloquecido: –Crees que estás enamorado porque eres idiota ¿Acaso sabes qué es el amor? En cualquier caso eres un perrito faldero. Mira que andar pegado a los talones de una sola persona. Lo que necesitas son dos. Si tuvieras dos estarías enamorado de las dos, y si tuvieras tres, de las tres. Cuando te abandonara una no estarías tan desesperado como ahora. Sírvete tú primero. Estos macarrones son buenos... ¿Te das cuenta? Es imposible suicidarse con la tripa llena... te invito yo. Gombrowicz, igual que los indios, tenía el presentimiento de que las fotografías le robaban el alma, por eso no miraba directamente a la lente de la cámara. Pero el clic le

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devolvía la vida, el fotógrafo ya no podía hacer nada para transformarlo, la cosa empezaba a reinar por sí misma en la fotografía y aplastaba con su realidad implacable. El margen de creación después del clic se volvía inexorablemente estrecho y pobre para el fotógrafo. El fotógrafo lo había convertido en una cosa, como si hubiera fotografiado una piedra, exactamente igual que a otros objetos. El clic lo liberaba del fotógrafo pero la foto le robaba el alma. Aunque sobre películas y no sobre fotografías, el Asno tenía también sus ideas sobre la cámara, ese instrumento del diablo, como se lo manifestó a un periodista cuando se estrenó “Gombrowicz o la seducción”, la película de Alberto Fischerman. “Muchos pueblos primitivos, más sabios que nosotros, no se dejan fotografiar pues suponen que le roban el alma. Pero hoy, nosotros tenemos un mundo que imita al cine. La pantalla viene a ser el lugar de lo real. Pero lo real no es simple: está allá, en ese rectángulo de bichitos de luz, es a la vez deseable y angustiante; deseable, porque uno cree finalmente que existe ahí y porque todos queremos estar ahí; angustiante, porque me he sentido despojado de mi ser, reducido a algunos gestos planeados por un demiurgo. Y, finalmente, convertido en otro, soy y no soy yo. Por otro lado, está la vanidad, de la que no estoy exento, aunque la rechazo, me parece inmoral (...)” A juicio de Gombrowicz las fotografías que roban el alma son de la misma familia que la obra de un autor, pero el Asno piensa de una manera diferente. “Gombrowicz es su obra. Me parece que, no obstante su prestigio, sigue siendo un autor incómodo (...) ¡Minga!, mi última novela, es un corte de manga a la cultura occidental, tal como se ve a sí misma, en sus numerosas trampas. Pero no quiero explicar demasiado. Me parece haber aprendido de Gombrowicz, que dio tantas y tantas explicaciones de sus obras, que eso no se debe hacer en demasía. Las obras no demuestran, muestran. No interpretan, despliegan. Abren, por así decir, el tarro y desparraman los porotos sobre la mesa. Creo que mucha gente juzga difícil a Gombrowicz porque se explicó demasiado. Y no sé si „Ferdydurke‟ es un libro difícil o un libro divertido. Yo lo leí a los dieciséis años y me divertí enormemente” El Asno habla aquí de dos asuntos que suelen aparecer juntos: el de si el autor es su obra o no es su obra, y el de si el autor tiene que dar explicaciones o no tiene que darlas, cuestiones sobre las que vale la pena hacer algunas reflexiones. En casi todos los gremios de la actividad literaria se piensa que el autor es su obra. Esta explicación pareciera, sin embargo, más apropiada para los productos del arte que para los productos de la ciencia, a nadie se le ocurriría decir, pongamos por caso, que Einstein es la Teoría de la Relatividad, pero pega muy bien decir que Gombrowicz es “Ferdydurke”. Las diferencias fundamentales entre la ciencia y el arte no le son del todo evidentes al entendimiento pero se podría decir en general que mientras la ciencia intenta resolver los misterios del mundo, el arte en gran medida vive de ellos. De entre la suma de los misterios del mundo, Dios es el más importante y el menos explicable de todos. Así como Dios no es explicable la obra de un escritor es menos explicable que su vida. La vida corriente no es tan oscura, está medida por el desempeño que tiene el hombre en la familia, en el estudio, en el trabajo, y por tal razón es menos misteriosa. El hombre, cuando escribe, se pone aparte de las funciones, su horizonte está más allá, las particularidades y las funciones de la vida corriente se convierten en instrumentos para alcanzar otros propósitos, por ejemplo, el de ser Dios.

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El Asno quiere ser su obra y no quiere dar explicaciones, quiere ser Dios, pero Gombrowicz, según todo lo parece indicar, no quiere ser Dios, no se ha cansado de decir que el hombre está por encima de su obra, y por otra parte ocupó gran parte de su tiempo dando explicaciones. La obra de un escritor no puede ser inocente ni respecto de la crítica profesional ni respecto a la crítica de los lectores, pues corre el riesgo de ser destruida por el juicio de un idiota. El autor debe procurarse una ventaja de partida contra los malentendidos, pues un estilo que no sabe defenderse a sí mismo de un comentario humano no cumple con su cometido más importante. Las relaciones del Asno con Gombrowicz eran ambivalentes, a veces eran dulces y otras veces amargas, así como es la vida. “Creo que lo di por muerto mucho antes, de manera gradual, indolora. Pero esta muerte real y pública tiene la propiedad de avivar mi memoria empañada. De todos modos la noticia de julio fue poco más que una confirmación. Hacía tiempo que me había desprendido de él y no pude llorar a alguien lejano de todas las lejanías (...)” “Sobre Gombrowicz ya está todo dicho. Probablemente demasiado. Hace varios años que me tiene podrido. No él, pobre cadáver. El circo alrededor (...) No hablo de nada con casi nadie. No es personal. Pero nunca más, sobre nada”

WITOLD GOMBROWICZ, ANDERS BODEGARD Y PETER LANDELIUS Las primeras imágenes que se me formaron sobre los suecos estaban relacionadas con el gran tamaño de las personas nacidas en Suecia, con la dinamita, con el premio Nobel y con casi nada más. Aún hoy, pasado el tiempo, a pesar de que la información y la cultura que fui adquiriendo con los años modificaron en parte esas primeras imágenes flotantes, sigo conservando más o menos las mismas nociones que desarrollé en mi juventud respecto a estos representantes de los pueblos nórdicos. Quizás el premio Nobel sea el símbolo más sobresaliente de esta mezcla caprichosa que se me hizo tempranamente en la cabeza pues su presencia en el tiempo se renueva todos los años así como también se renuevan los elogios y los epigramas que tejen a su alrededor los hombres eminentes de todas las partes del mundo. Los hombres de letras que no son coronados con los laureles de esta distinción tan insigne suelen hablar del premio en forma socarrona y despectiva. “Qué vergüenza para Estocolmo... primero da el premio a Gabriela ahora a Juan Ramón. Son mejores para inventar la dinamita que para dar premios” No sólo el Asiriobabilónico Metafísico se burla del premio, también lo hace el iconoclasta Gombrowicz. “Me ha afectado el telegrama de Christian Bourgois a propósito del Premio Nobel que, desgraciadamente, se me ha escapado con sus setenta mil dólares. El año que viene se lo darán a un negro, después a un mulato, después a Günter Grass y después a mí, y entonces me compraré un Mercedes deportivo de dos puertas” Gombrowicz no puede perder la oportunidad de mencionar a su archienemigo argentino en forma despreciativa, se refiere al premio Nobel de Literatura y al mismo tiempo al Asiriobabilónico Metafísico con cierto sarcasmo.

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Borges no había participado del congreso del Pen Club que se celebró en Buenos Aires en el año 1961, pero no porque no lo hubiesen invitado como le había ocurrido a Gombrowicz, sino porque estaba de viaje. Se había subido a un avión con su madre y estaba viajando a Europa en busca del Premio Nobel. “No es otra la razón por la que ese hombre de más de sesenta años y casi ciego, y su anciana madre, que cuenta ni más ni menos que con ochenta y siete años, decidieron volar en un avión de reacción. Madrid, París, Ginebra, Londres: conferencias, banquetes, fiestas, para despertar el interés de la prensa y para poner en marcha todos los mecanismos de la premiación. El resto, supongo, es cosa de Victoria Ocampo („he puesto más millones en la literatura que los que Bernard Shaw sacó de ella‟)” La oveja negra en esa mesa de ceremonias era Sastre, ese ilustre filósofo francés se comportaba de una manera extraña, era una verdadera excepción a la regla que obliga a los escritores que reciben el premio Nobel a hacer una reverencia pronunciada, la genuflexión característica con la que agradecen la distinción que reciben. Sartre se había convertido para Gombrowicz en una obsesión más o menos permanente, pero el filósofo francés no registró su existencia, ni aún después de que Gombrowicz recibiera el premio “Formentor” en el año 1967; claro, no le daba importancia a estas distinciones, al punto que tres años antes, en 1964, había rechazado el Nobel de Literatura. Sartre y Gombrowicz fueron dos hombres apasionados que tomaron rumbos diferentes, pesaron mucho en ellos sus familias, las tradiciones y el lugar de nacimiento. Mis contactos con los suecos han tenido un tono dispar, pero siempre negativo. En el año en que se publicó “Cartas a un amigo argentino” apareció por Buenos Aires el máximo especialista sueco en los asuntos de Gombrowicz. El día que lo conocí enseguida me di cuenta que su figura no se correspondía en absoluto con las imágenes que me había formado en mi juventud sobre los habitantes de los pueblos nórdicos, era un sueco enano y cabezón. Cuando Anders Bodegard empezó a hacerme reproches por la publicación de las cartas que me había escrito Gombrowicz sin la autorización de la Vaca Sagrada lo sermoneé severamente con mi índice acusador, como muy bien se puede apreciar en la foto que forma parte de este gombrowiczidas. La polémica que sostuve con ese enano cabezón se puso castaño oscuro y si no hubiese sido por la providencial intervención mediadora de la Madame du Plastique quién sabe lo que hubiera ocurrido. Conocí también a otro sueco que no era especialista en Gombrowicz, pero sí era el máximo representante nórdico en los asuntos del Pterodáctilo. El Embajador de Polonia me pidió que invitara al Pterodáctilo a la hermosa mansión que tiene la embajada en Palermo Chico, quería rendirle un homenaje a toda orquesta a nuestro célebre escritor y tirar la casa por la ventana. Es sabido que los embajadores viven especialmente de las apariencias, por esta razón el Camaleón decidió, una vez que Don Arnesto aceptó la invitación, organizar un almuerzo con una gran cantidad de embajadores para homenajear a nuestro insigne hombre de letras. Yo sabía que el Pterodáctilo había desarrollado con el tiempo una gran habilidad para excusarse, me contaba que se atrevía a cualquier cosa, desde las enfermedades infecciosas hasta los yesos, que en una oportunidad, renovando las excusas con la misma persona, se había convertido en un hombre tronco. Me preparé para lo peor, dos

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días antes del almuerzo me avisó por teléfono que estaba orinando sangre y que no sabía si podía ir a la embajada. Finalmente, se apiadó de mí y a último momento me dijo que iba. Cuando llegó el Pterodáctilo a la Embajada de Polonia la gente se arremolinó, Don Arnesto me pidió que le tuviera un momento un ejemplar de la versión sueca de “Sobre héroes y tumbas” que le había dado el embajador de Suecia para que lo firmara, porque no quería aparecer en las fotos como aparecía siempre con libros y lapiceras. Esta posesión inocente del libro me puso en un verdadero peligro, el embajador sueco que tenía el tamaño de un oso, me lo arrancó de un zarpazo al tiempo que me decía que el libro era de él y que no sabía por qué razón yo lo tenía en mis manos. Me senté a la mesa del Camaleón y de las esposas de los embajadores de Turquía y Costa Rica. Cuando le pregunté a las señoras qué libro de Don Arnesto habían leído, me respondieron que ninguno, cuando le pregunté a qué habían venido entonces, me respondieron que a comer. Esta arrogancia simpática de las señoras me dio ánimo para mudarme de mesa después de unas palabras confusas que el Camaleón pronunció a los postres. Me fui a la mesa del Pterodáctilo en la que también estaban Alicia Noworyta, la mujer del embajador de Polonia, y Peter Landelius, el embajador de Suecia. El oso sueco era un gran conversador muy versado en asuntos hispanoamericanos, siendo él mismo escritor se refería con autoridad a los temas de la literatura. En el tiempo que traducía “Cien años de soledad” le dijo a García Márquez que su libro no le presentaba mayores dificultades para trasladarlo al sueco. El autor latinoamericano se ofendió como si hubiese recibido una bofetada y le respondió en una larga nota que circuló por toda España en la que se refería a las múltiples complejidades y cruce de tramas de esa obra que el traductor ni siquiera sospechaba. Después de pasearse con soltura por Cortázar y por otros escritores hispanohablantes insignes la conversación de Landelius recayó en el Pterodáctilo, y debajo de las mismísimas barbas de ese hombre de letras tan celebrado miró desde arriba la traducción de “Sobre héroes y tumbas”. Dijo que algunos escritores se preocupan pensando en las dificultades que para los traductores suponen esos traslados lingüísticos, que conocía personalmente a varias de sus víctimas las que no siempre entendían en qué consiste el problema. Había recibido larguísimas cartas de Sabato explicándole cosas que no necesitan explicación, y de otras que sí lo requerían no se daba cuenta. El escritor no necesariamente es la autoridad más apropiada para atender estos problemas. Al referirse al Asiriobabilónico Metafísico manifestó que le habían negado el Nobel no por razones políticas sino porque al jurado le interesaban tan sólo algunos de sus primeros poemas, pero el resto no le interesaba. Alicia Noworyta empezó a hablar de un libro sobre comidas especiales que estaba escribiendo y le pidió al Pterodáctilo que le hablara de alguna receta que supiera preparar. Don Arnesto le respondió con una sonrisa diplomática al tiempo que se preparaba para huir, me dio un golpecito en un brazo y me pidió que lo acompañara con la mayor premura a su casa de Santos Lugares. De todo esto resultó que al año siguiente, cuando llevé a la Vaca a la casa del Pterodáctilo, se vino con una carta de la señora del Camaleón debajo del brazo en la que

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le pedía a Don Arnesto que le hiciera algún comentario sobre los ingredientes y la preparación de alguna comida que supiera hacer, que estaba escribiendo un libro de gastronomía para gente VIP, una solicitud que provocó una gran algarabía en el Pterodáctilo y en mí, mientras la Vaca permanecía en silencio.

WITOLD GOMBROWICZ Y EDMUND HUSSERL Cuando Kierkegaard le declara la guerra a Hegel se produce uno de los momentos más dramáticos de la cultura del pensamiento contemporáneo pues se empieza a perfilar en forma clara la oposición entre la abstracción y la existencia. Sin embargo, esta dirección hacia lo concreto que toma el pensamiento tropieza con una dificultad insalvable: la filosofía sólo puede hacerse con razonamientos. Este destino trágico con el que nace el existencialismo perdurará hasta el día de hoy a pesar del auxilio que le prestó Husserl al pensamiento con la clasificación y depuración de los fenómenos de la conciencia. Puesto que el razonamiento es impotente para acercarse a las cosas tal cual son pongámoslas entre paréntesis y tratemos de verlas tan sólo como se nos aparecen. La fenomenología pone entre paréntesis al mundo y a las certezas derivadas de todas las ciencias que conciernen al mundo, el centro de las cosas pasa a ser la conciencia. Es una conciencia que está obligada a ser conciencia de algo, y esta intencionalidad de su actividad que le impide estar separada del objeto nos lleva de la mano a las concepciones más fundamentales de Husserl. La existencia está pues a la mitad de camino de esas cosas que Husserl puso entre paréntesis, pero la fenomenología nos permite organizar esa soledad en la que nos deja la conciencia, eso es lo único que nos queda, la intuición de un saber directo sin la mediación de la razón, una descripción última de los fenómenos referidos a la existencia. La filosofía en el tiempo de Husserl estaba dominada por el psicologismo, así que sus primeras reflexiones las orientó a distinguir los actos psíquicos de los objetos ideales. Los actos psíquicos son reales y están en el tiempo, los objetos ideales no. Objetos ideales son los números, las figuras, las especies, los colores, los principios lógicos... Para poner un ejemplo de cómo se distinguen los actos psíquicos de los objetos ideales podríamos decir que la validez del principio de contradicción no quiere decir que no se pueda pensar en sentido contrario (acto psíquico), sino que los objetos ideales no pueden ser A y no A al mismo tiempo. Los objetos ideales tienen una validez universal y objetiva y no están afectados por las vicisitudes del mundo real. Husserl va construyendo poco a poco un método descriptivo que tiene prohibido afirmar, negar o dudar sobre algo que tenga que ver con la existencia, a la que pone entre paréntesis. La percepción va acompañada en la creencia en lo percibido, es entonces un juicio sobre la existencia, por la tanto también es puesta entre paréntesis. El método fenomenológico comporta una actitud idealista que se desentiende de la toma de posición sobre la existencia. Describe tan solo vivencias de la conciencia pura. Los contenidos de la conciencia pura se convierten en contenidos esenciales a través de un proceso de reducción; son esencias

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de las esencias de la conciencia pura. Es un método que garantiza la evidencia y evita la toma de una posición existencial, todo queda reducido al mundo de los objetos ideales. Heidegger le da una especie de consentimiento tácito a este mundo del entre paréntesis, pero de hecho no lo practica. La filosofía de Husserl es pues también una filosofía de la conciencia, pero de la conciencia intencional. Esto significa que la conciencia lejos de ser una cosa o un ámbito vacío, es siempre una relación con un objeto. El conjunto de las vivencias tiene una estructura bipolar, a cada acto intencional corresponde siempre un objeto intencional. La conciencia pura es el resultado de una reducción fenomenológica, y todo lo que contiene se llama trascendental, por oposición al ámbito del mundo empírico. La fenomenología es un ciencia de fenómenos reducidos en la que el fenómeno deja de tener una apariencia engañosa y se manifiesta como algo que contiene una esencia. Como resultado de las reducciones fenoménica, filosófica y trascendental queda un residuo fenomenológico: una conciencia pura con sus vivencias e intuiciones. La reducción fenomenológica es considerada por Hursserl el método de acceso al trabajo de la nueva ciencia, porque si se quiere filosofar resulta necesario abandonar el ámbito en que nos sitúa la actitud natural para situarnos en otro ámbito, en el de la “conciencia pura”. Es en este ámbito trascendental en donde el filósofo se sitúa como un espectador desinteresado de la vida de la conciencia. Gombrowicz sabía tanto como Husserl que el mundo sólo revela al hombre su significado a través de las intenciones que el hombre tenga para con él. La montaña sólo es empinada porque quiero subirla, el azúcar tarda mucho en disolverse si es que tengo apuro en tomar el té, los objetos son pesados sólo cuando quiero levantarlos, y livianos cuando quiero mantenerlos firmes en medio del viento. En otras palabras, las cosas sólo tiene relación y significado cuando el hombre se los da. La fenomenología de Husserl hizo posible la aparición de un sistema filosófico existencialista, la fenomenología es una forma de reflexión que le asegura al pensamiento un mínimo de objetividad, y esto lo consigue poniendo entre paréntesis la existencia de las cosas, limitándose exclusivamente a describir los contenidos de conciencia sin preguntarse si se corresponden con una realidad objetiva. Pero si la filosofía es una descripción de lo que ocurre en mi conciencia entonces puedo describir cómo imagino mi existencia de una manera personal, únicamente desde el punto de vista de mi yo. Una vez establecidas las condiciones generales del nuevo pensamiento Gombrowicz ya está en condiciones de reflexionar sobre qué pasa con el existencialismo en la Argentina. La Argentina es un país que se preocupa más por el fútbol que por las ideas, es por esto un país inmaduro. Pero el infantilismo argentino es menos peligroso que el infantilismo de la gente fanática que, en nombre de alguna teoría, está dispuesta a pasar por el cuchillo a la mitad de la humanidad. El hombre argentino, relajado, elástico e incapaz de asimilar teoría alguna es precisamente por esta razón el hombre del futuro, en todo caso, un hombre existencialista, porque el existencialismo se pone en la vereda de enfrente de los esquemas, de las abstracciones y de las teorías. Existe un parentesco entre el polaco y el argentino, no sólo por la alergia que le tienen a las ideologías sino por la situación que tienen sus naciones respecto al mundo.

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No son potencias y en consecuencia no están interesadas en crear una fuerza colectiva, en el seno de las naciones menores es posible vivir con más naturalidad pues sus destinos históricos están sometidos a menos tensiones. El existencialismo sabe muy bien que ninguna idea y ninguna teoría pueden esclarecer el sentido de la vida, no es extraño que la Argentina sea entonces un país existencial pues aquí reina el sosiego en medio de espacios enormes ocupados por poca gente y con poca historia, aquí el hombre puede crear para sí mismo su propia vida. Ni el exceso de organización ni la ciencia se han convertido todavía en la Argentina en ese monstruo que devora la humanidad del hombre, el existencialismo argentino es pues natural. El pensamiento filosófico había pasado de la claridad kantiana a una oscuridad deliberada, la razón se estaba convirtiendo en la sirvienta de un mundo premeditado al que trataba de servir, un razonamiento tan devaluado no podía serle útil a la nueva filosofía. Aunque Gombrowicz no le dedica una clase especial a Husserl en el curso de filosofía que da en su casa de Vence, habla de este filósofo para introducir el pensamiento existencialismo. Husserl se había doctorado en matemática con “Contribución al cálculo de las variaciones”. Con este cálculo de las variaciones, es decir, con la teoría de las combinaciones que sirve para determinar la probabilidad de ocurrencia de los fenómenos físicos que suceden en las micropartículas atómicas empieza una danza en el mundo de las ideas cuyos primeros bailarines fueron Husserl y Planck, dos alemanes que se ocupaban de la ciencia y de la filosofía. El “Natura non facit saltus” había imperado desde el tiempo de los griegos, la naturaleza no crea especies ni géneros absolutamente distintos, existe siempre entre ellos algún intermediario que los une al anterior. Pero cuando Planck sienta el principio de que la materia no puede emitir radiación más que por cantidades finitas, por granos, por cuantos, y Husserl le abre las puertas al mundo del entre paréntesis, la naturaleza empieza a saltar. Mientras Husserl había formado su pensamiento en el rigor de la matemática, con el pensamiento de Gombrowicz no ocurrió lo mismo. Yo creo que la actitud de Gombrowicz hacia la ciencia quedó decidida en un examen del bachillerato que él relata en “Recuerdos de Polonia”. “Volvió a repetirse lo mismo, desgraciadamente, en el examen escrito de matemáticas. Mi falta de talento en esta materia se dejó ver con toda claridad. Ataqué el problema de trigonometría con la bravura de un suicida y, para mi mayor sorpresa, lo resolví en diez minutos. Todo iba como la seda: bastaba sumar unas cuantas cifras y ya estaba listo. Pero yo sabía que era demasiado hermoso para ser cierto y me dispuse a buscar, horrorizado, otras soluciones... mas no había nada que hacer, cada vez, como un tren sobre una vía cerrada, llegaba a la misma solución sencilla, clara, deslumbrante por su evidencia. Por fin sucumbí, no pude resistirme más a la evidencia y, presa de los peores presentimientos, entregué el trabajo. Sabía que me iban a poner un cero pero, ¿qué podía hacer si no existía mancha ninguna en mi obra? Sí, un cero en trigonometría, un cero en álgebra, un cero en latín: tres ceros coronaron mis esfuerzos. Parecía que no tenía salvación”

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WITOLD GOMBROWICZ, BOHDAN ZADURA Y JACOBO MUCHNIK “Mi destino todavía quería mantenerme largos años apartado de las peripecias de Europa, lejos de sus capitales, y lejos de sus mecanismos literarios, escribiendo „para guardarlo en el cajón‟, como se dice hoy en Polonia. Mírese el mapa. Sería difícil escoger un sitio mejor que Buenos Aires (...)” “Argentina es un país europeo; se nota, allá abajo, la presencia de Europa incluso más que en la propia Europa, y al mismo tiempo uno está fuera y, además, en esta patria de las vacas, no se aprecia la literatura. También tenía necesidad de eso. Una distancia con relación a Europa y con relación a la literatura” Aunque mis relaciones con la literatura y con los hombres letras son completamente diferentes a las que tenía Gombrowicz también yo soy afectado de vez en cuando por el espacio y el tiempo. La Vaca, un ilustre profesor de filología de la Universidad Jaguellónica, tardó ocho años en pasar en limpio y publicar una entrevista que habíamos tenido con el Pterodáctilo en su casa de Santos Lugares. De ésta y de otras tardanzas similares de las que ya había sido víctima saqué la conclusión de que en Polonia el tiempo debía transcurrir más lentamente que en otras naciones. En efecto, los físicos del siglo XX han descubierto que el tiempo transcurre más lentamente en los sistemas de referencia que se desplazan a un gran velocidad o que tienen un campo gravitacional muy intenso, y eso es justamente lo que caracteriza a ese lugar de la tierra llamado Polonia, un país que ha sido alcanzado en su mismo centro de gravedad por el principio de indeterminación de Heisenberg. Quizás la Universidad Jaguellónica no sea el mejor lugar para hacer observaciones sobre el comportamiento polaco pues se encuentra situada justamente en Cracovia, un lugar que provocaba un aburrimiento en Gombrowicz que crecía hasta el dramatismo cuando llegaban los profesores a la pensión donde vivía. Las despreocupadas comidas de Gombrowicz se convertían entonces en una especie de celebración, cuya pesada pedantería lo enervaba increíblemente. Uno de los profesores de esa universidad que yo conozco, la Vaca, conserva algunas de las características de esos antepasados. Los profesores mantenían entre ellos unas conversaciones sabias que los demás comensales escuchaban con devoción. Nunca había sentido simpatía por los profesores, pero esos diálogos filosóficos o históricos, le parecían tan pesados como un hipopótamo y no mucho más lúcidos. En los momentos más solemnes los interrumpía con cortesía con algún disparate: –¿Por qué no prueban estos pastelitos? En un almuerzo les sirvieron unas pastas indigestas e insípidas, entonces Gombrowicz protestó alzando la voz: –Pasta para el estómago, pasta para el alma, es realmente demasiado. Se produjo un escándalo y uno de los sabios intentó romperle una silla en la cabeza. Para asegurarme de que la conclusión que había sacado sobre la tardanza de la Vaca tenía una grado de certeza equivalente a la del calor que dilata los cuerpos, un juicio sintético a posteriori que Kant utiliza a menudo en sus investigaciones sobre el fenómeno y el noumeno, busqué entre mis papeles otra experiencia que me la confirmara.

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Le había ofrecido a la Muda, la editora responsable de la organización editorial más importante de Polonia, Wydawnictwo Literackie, la publicación de la correspondencia que tuve con Gombrowicz. A los días recibí una respuesta alentadora en la que me informaba que se iba a poner en contacto con la Vaca, que juntos y rápidamente iban a tomar una decisión porque estaba interesada en la propuesta. Me senté a esperar la buena nueva con una enorme paz espiritual, como si estuviera mirando los lirios del campo, pero la Muda recién volvió a escribirme cuatro años después y con un lenguaje extraño que no resultaba comprensible. “Disculpe este largo silencio, pero en cuanto a las „cartas‟ yo también sigo estando en suspenso. Le explico: todo el tiempo estamos esperando una estabilización y delimitando los términos del contrato. Parece, con todo, que estamos acercándonos al final. Creo que la cosa será actual en el futuro” Han pasado varios años más y seguimos aguardando, nos acercamos peligrosamente al record de tardanza que tiene la publicación de la entrevista que la Vaca y yo le hicimos al Pterodáctilo. Cuando Gombrowicz contraponía dos situaciones dramáticas acostumbraba a meter en el medio una situación más ligera en la que solía aparecer alguna persona cazando mariposas. Por esta curiosa particularidad a la que podríamos llamar teatral, por los dolores de cabeza que a veces me da el Pequeño K, y por la actitud oriental que en general adopta su jefe, el director de la revista “Twórczosc”, para manejar estos conflictos, me vi obligado a apodar a Bohdan Zadura como el Hombre que Cazaba Mariposas, a pesar de que en otros asuntos es más decidido. “En el número de agosto, en la sección de Henryk Bereza, aparece un texto extenso referido a usted en el que expresa la admiración que tiene por sus escritos, admiración que yo comparto” Bajo el paraguas de esta admiración y a raíz de una consulta que el Hombre que Cazaba Mariposas le había hecho al Pequeño K acerca de si no me gustaría escribir algo sobre “Cosmos”, hace unos años atrás escribí un texto muy interesante sobre esa novela, pero hasta el día de hoy mi escrito no ha visto las letras de molde. Un editor argentino administró el conflicto que tuvo con Gombrowicz de una manera muy diferente a cómo lo administraron conmigo La Vaca, la Muda y el Hombre que cazaba Mariposas. En el año 1960 Jacobo Muchnik, por una sugerencia del Pterodáctilo, le propuso a Gombrowicz la reedición de “Ferdydurke” en Fabril Editora. Le ofreció un tercio de los derechos de autor potenciales en carácter de anticipo: –Eso es lo de menos, yo estoy dispuesto a autorizar la publicación de “Ferdydurke” si ustedes se comprometen a editar otro libro, muy importante, que estoy escribiendo. Sacó un par de hojas de los diarios en los que se refería a la Argentina y le pidió que las leyera en ese mismo momento: –Sí, como muestra es ciertamente bien elocuente, pero, honestamente, ¿cómo quiere usted que me comprometa a priori y por mi cuenta a editar en nombre de una gran empresa un libro polémico dedicado aparentemente a meterse belicosamente con lo más distinguido de la intelectualidad argentina? Gombrowicz no respondió, se puso de pie y por encima del escritorio le quitó de las manos las dos hojas, murmuró algo y se fue. “Así pues, no edité “Ferdydurke”. No volvía a ver a Gombrowicz hasta unos años más tarde, en 1963, cuando estábamos viviendo en el Quai de la Tournelle, en París (...) Elisa se negó a esperarlo y se fue de paseo antes de que él llegara, diciéndome irónicamente que la entrevista me fuera leve”

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Gombrowicz le habló de sus proyectos, le pidió que lo pusiera en contacto con los editores españoles, le habló de la incontenible resonancia alcanzada por su prestigio y de que iba en camino de obtener todos los grandes premios del mundo. “Lo que yo lamento es no haber anotado sus palabras aquel mismo día. Lo que sí recuerdo bien es que las dos páginas que me dio a leer en mi oficina de la calle California, no figuran en la edición del “Diario argentino” de Gombrowicz, publicado por Sudamericana en 1968. Cómo recuerdo cuánto lamentó Elisa haber regresado a casa cuando ya Gombrowicz se había ido; ella se quedó sin conocerlo y yo no volvía a verlo más”

WITOLD GOMBROWICZ Y GEORG WILHELM FRIEDRICH HEGEL Gombrowicz era una persona seria que sin embargo parecía poco seria. Que parecía poco seria lo supe de inmediato cuando me lo presentó en el café Rex el comunista Arrillaga y se puso a recitar el poema del chip chip. Y que era una persona seria lo supe una semana después cuando el mismísimo Arrillaga lo amenazó con desparramarle mierda en la cara; Gombrowicz lo había examinado en presencia mía sobre el origen del materialismo histórico y puso al descubierto que el desconcertado comunista no conocía ni siquiera el título de un libro de Hegel. A raíz de este episodio desgraciado decidí profundizar mis conocimientos sobre los títulos de los libros de este filósofo, no sobre el conocimiento del filósofo mismo, asunto del que me convertí en un especialista en muy poco tiempo, no fuera cosa que en un santiamén y por algo parecido a lo que había ocurrido con Arrillaga se malograra mi relación con una persona que me resultaba tan interesante. A medida que fui conociendo a Gombrowicz me di cuenta que era muy cierto lo que después supe leyendo sus diarios: él quería hacer de sí mismo un personaje equivalente a Hamlet o a Don Quijote mientras por otro lado andaba detrás de las siete llaves sagradas que abren el arcón de los conocimientos fundamentales. Vivió en una época que experimentó un ascenso irresistible de la actividad política cuya forma más representativa fue el marxismo, de modo que Hegel estaba siendo para las nuevas concepciones de la historia lo que Kant había sido para las nuevas ideas de la física moderna. Gombrowicz afirmó en el curso de filosofía que dictó en su casa de Vence que la biografía de Hegel era un tanto aburrida. Puede ser que tuviera razón, sin embargo, el filósofo aburrido se hacía tiempo para cometer algunos pecados carnales. En efecto, el aburrido de Hegel tuvo un hijo ilegítimo en la mismísima vida real, mientras el divertido de Gombrowicz sólo pudo tenerlo en la vida imaginaria de los diarios. Quizás lo más aburrido de Hegel fuera que se pasó la mayor parte de su vida dictando clases en los claustros universitarios y no en los cafés, como lo hicieron más tarde tanto Gombrowicz como Sartre. Sea como fuere las ideas de los filósofos se metieron lateralmente en la obra de Gombrowicz. Que esas ideas se habían medido en los diarios de Gombrowicz es fácil de verlo, pero también se metieron en los cuentos, en las piezas de teatro y en las novelas. De pura casualidad pude saber antes de conocer el libro, que algunas de las ideas de

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Heidegger habían entrado por la puerta de “Cosmos”, como ya tuvimos oportunidad de mostrarlo, pero también entraron por la de “Opereta”. La idea más grande de Hegel es la historia, por esta razón Schopenhauer escupió sobre su obra considerándola pseudo filosófica. Sin embargo Gombrowicz no despreciaba tanto a la historia como la despreciaba Schopenhauer. Seis años después de muerto Gombrowicz el Príncipe Bastardo descubrió unos manuscritos con la misma esencia de “Opereta”, pero con personajes y acciones distintos: una madre puerca, un enviado especial que se paseaba descalzo por las cortes europeas invitando a los reyes a que se quitaran los zapatos para liberar a los hombres de su esclavitud. En una hoja separada, perdida entre todas las notas, encontró su título: “Historia”. El primer título que tuvo entonces “Opereta” fue “Historia”, porque el asunto de estas obras era precisamente la historia. Gombrowicz metió la historia en un estilo tan monumental y esclerosado como lo es el de la opereta para hacer ligera toda su pesantez. Le costó mucho trabajo conseguir que los contenidos formales e ideológicos de la obra fueran aceptados por el estilo cristalizado y superficial de la opereta. Las opiniones sobre la calidad del pensamiento de Hegel están bastante divididas. Schopenhauer decía que era un charlatán; Stuart Mill era más drástico que Mill, clamaba a los cuatro vientos que el que se sentaba a conversar con Hegel se quedaba sin cerebro; el Asiriobabilónico Metafísico, bromeando con su amigo el Dandy, chapuceaba que Hegel no sabía nada de nada y que era un bruto; y más recientemente un historiador de la filosofía dijo que el sistema de Hegel era tan imponente como el de Aristóteles y que no comprendía cómo había sido tan estúpido. A pesar de todo su pensamiento dejó huellas muy profundas en los economicistas históricos modernos y el mismo Marx se reconoció discípulo del gran pensador. Hegel introduce un sistema para estudiar la historia de la filosofía y el mundo mismo, llamado a menudo dialéctica sin que él le hubiera dado particularmente ese nombre, un sistema que desarrolla una progresión en la que cada movimiento sucesivo surge como solución de las contradicciones inherentes al movimiento anterior. Dice Gombrowicz en ese último curso de filosofía que les dictó a la Vaca Sagrada y al Hasídico en su casa de Vence, que el mundo de Hegel va deviniendo en real en la medida que es asimilado por la razón, y para mostrarlo con mayor claridad utiliza una comparación muy luminosa. Al entrar a una catedral vemos fragmentos de muros y detalles arquitectónicos que no se explican por sí mismos, se ve la catedral de un modo fragmentario. A medida que avanzamos por sus naves vemos más de sus partes y, al final, cuando nuestra mirada se ha paseado por la catedral entera, descubrimos el sentido de cada fragmento, la catedral ha penetrado en nuestra razón y entonces deviene en real. El mundo existe en nosotros un poco cada vez, sólo al final de la historia ese mudo será completamente asimilado y será real. Al final de la historia desaparecerán el tiempo y el espacio, el sujeto y el objeto llegarán a ser idénticos y se transformarán en el absoluto. Este sistema filosófico tiene una estructura fantástica pero nos sirve para comprende mejor la realidad y el mundo. El progreso de la razón se realiza a través del sistema dialéctico. De una posición histórica como la Revolución Francesa deviene por su negación otra posición superior,

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y de la negación de esta negación deviene otra posición más alta aún en la jerarquía histórica, y así sucesivamente. De esta negatividad originaria surge la contradicción que progresa en todos los asuntos humanos: la nación, la familia, las leyes, el gobierno, las guerras, el estado... Esta marcha incontenible es un proceso dialéctico que nos coloca a cada paso en un escalón superior y es el logro progresivo de la razón en el desenvolvimiento de la historia. La actividad espiritual está formada entonces por dos elementos opuestos que no se encuentran nunca, y el hombre está en el medio de esta abertura como el ser a través del cual la razón del mundo llega a tener conciencia de sí misma. El mundo hegeliano es una verdad en marcha, es el lugar donde la humanidad forma sus leyes y el hombre se convierte en un peldaño de la historia. La importancia que Hegel le dio a la historia contribuyó en forma excepcional a la difusión de sus ideas. A este filósofo que era capaz de deducir la racionalidad del mundo a partir de un lápiz, no le costó un gran trabajo demostrar que lo inmoral de la guerra deviene en moral y que el estado se va transformando en la encarnación de lo divino. Tras la muerte de Hegel, sus seguidores se dividieron en dos cuerpos principales y contrarios: los de derecha y los de izquierda. Los de izquierda interpretaron a Hegel en un sentido revolucionario, fueron ateos y se atuvieron a los principios de la democracia liberal. El más famoso fue Marx. Los múltiples cismas de esta facción llegaron finalmente a la variedad anarquista de Stirner y a la versión marxista del comunismo. Ésta es la historia que nos cuenta Hegel en su filosofía, pero Gombrowicz nos cuenta otra historia algo distinta en su “Opereta”. No hay mejores representantes de la historia que la guerras y las revoluciones y en “Opereta” están presentes precisamente la dos guerras mundiales y la revolución comunista. Estos cambios violentos en el comportamiento general atrajeron la atención de Gombrowicz sobre el papel de la forma en la vida, sobre la poderosa influencia del gesto y de la máscara en nuestra esencia más intima. Y si lo sintió con tanta fuerza fue porque le tocó entrar en la vida en un momento en que las formas moribundas de aquella época que ya se alejaban, gozaban aún de cierta vitalidad y podían morder. El ascenso desde el individuo hasta la historia, que pasa por la familia, el pueblo, la nación, el estado, es también el ascenso de una forma cada vez más pesada que termina por aplastar al hombre, dictándole su destino. A medida que ascendemos por la colina de la forma hacia la historia la montaña de cadáveres va llegando al cielo, pero para Hegel las cosas no son así. La historia progresa aprendiendo de sus propios errores y de estas experiencias deviene la existencia de un estado constitucional de ciudadanos libres, que consagra tanto el poder organizador y benévolo del gobierno racional, como los ideales revolucionarios de la libertad y la igualdad pues es en el pensamiento es donde reside la libertad. “Opereta” y “Transatlántico”, contrario sensu de Hegel, son ajustes de cuentas que hace Gombrowicz entre el individuo y la nación. Gombrowicz le pide cuentas a Polonia, a ese pedazo de tierra creado por las condiciones de su existencia histórica y por su situación especial en el mundo. El propósito de Gombrowicz es reforzar y enriquecer la vida del individuo haciéndola más resistente al abrumador predominio del estado y de las instituciones colectivas que presionan sobre el hombre.

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Gombrowicz es un Anti-Hegel convicto y confeso, pero a pesar de todo podríamos afirmar que él también fue envenenado por las terribles ponzoñas del filósofo. La dialéctica en el sistema de Hegel es el momento negativo de toda la realidad, pues bien, no hay un caso más claro de cómo funciona el “no” en el mundo que el caso de Gombrowicz. Siempre se definió por la contradicción: con su familia, con sus condiscípulos, con sus colegas escritores, con cada uno de los temas de la cultura y, como si esto fuera poco, consigo mismo. Igual que Hegel, Gombrowicz utilizaba la contradicción como base del movimiento interno de la realidad. La contradicción le producía una fascinación verdadera, y con la negación aterrorizaba a sus interlocutores ocasionales que no sabían a qué atenerse. “No idolatraba la poesía, no era ni demasiado progresista ni moderno, no era un intelectual típico, ni nacionalista, ni católico, ni comunista, ni de derechas, no adoraba la ciencia, ni el arte, ni a Marx, ¿quién era entonces? Era con frecuencia, la negación de mi aterrorizado interlocutor quién, sólo al cabo de numerosas sesiones, se daba cuenta de que yo discutía por afición, por jugar y también por curiosidad, con el propósito de examinar por si acaso el contenido contrario de cada tesis... ese espíritu de contradicción que me quedaba aún de mi juventud, de las discusiones con mi madre, otorgaba a mis diálogos una viveza y una agilidad jocosas y, a la vez, nos conducía a menudo hacia vías verdaderamente imprevistas (...)”

WITOLD GOMBROWICZ, GUILLERMO SCHAVELZON Y ALBERTO DÍAZ “El libro estaba por fin traducido, pero faltaba encontrarle un editor. Como se dice, tocamos muchas puertas, siempre con resultado negativo. „Ferdydurke‟ no era un libro fácil, y su autor prácticamente desconocido en el país, para colmo de males, París o Londres no conocían a Gombrowicz, extremo éste de gran importancia para un editor. Por fin, toqué la puerta más inesperada: „Argos‟, una editorial de reciente fundación. Para sorpresa mía el libro fue aceptado. Quiero manifestar nuestro eterno agradecimiento a los señores Luis M. Baudizzone, a José Luis Romero y a Jorge Romero Brest, que dirigían por ese entonces la colección „Obras de Ficción‟ de dicha editorial. Baudizzone se mostró entusiasmado, aunque reconocía que Gombrowicz era, como acabo de decir, un autor prácticamente desconocido en la Argentina. Me dijo que pondría el mayor empeño para que „Ferdydurke‟ saliera de las prensas de „Argos‟ (...)” Virgilio Piñera, el autor de este comentario, no pudo imaginar siquiera las enormes dificultades que tuve yo medio siglo más tarde, casi tan grandes como las que tuvo Gombrowicz con su “Ferdydurke”. Las aventuras que corre el destino para realizar sus designios son realmente increíbles. El primer Protoser con el que me puse en contacto para proponerle la publicación de las cartas que me había escrito Gombrowicz desde Europa fue al ilustre Guillermo Schavelzon, un personaje que creciendo y creciendo llegó a ser el agente literario del difícil Pterodáctilo, de ese personaje realmente celebérrimo. Si bien es cierto que no aceptó mi oferta editorial poniendo como excusa que la editorial Planeta no tenía biblioteca para ese tipo de literatura, me sugirió que me pusiera en

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contacto con Bonifacio del Carril, uno de los dueños de la editorial Emecé, cosa que hice inmediatamente. Los caminos que siguieron estos dos Protoseres después de que me puse en contacto con ellos se bifurcaron radicalmente, Guillermo Schavelzon estuvo mezclado en un asunto bastante turbio con el premio que Planeta le dio a “Plata Quemada” del Vata Marxista, mientras que Bonifacio del Carril, entre muchas otras cosas, se ocupaba de la publicación de “Cartas a un amigo argentino”. Los aspectos de Guillermo Schavelzon y de Bonifacio del Carril que pueden observarse en dos de la fotografías que forman parte de este gombrowiczidas marcan muy bien las diferencias que existen entre una naturaleza tenebrosa, emboscada y dedicada a los cálculos financieros, y el talante de un hombre que goza de la buena vida y de las comidas abundantes. “El escritor Ricardo Piglia, el editor Guillermo Schavelzon y la editorial Planeta fueron condenados a pagar $10,000 (pesos argentinos, equivalente a US$ 3436.43 cada uno) a Gustavo Nielsen, escritor que según los jueces se vio perjudicado por la manipulación del concurso literario Premio Planeta de Novela 1997 en el que resultó premiada la obra „Plata quemada‟, de Piglia” Para no someterme a las estrictas relaciones a las que nos obligan las existencias de la categoría de causa y efecto y del principio de determinación voy a decir que en lo que a mí respecta, cuando desapareció Guillermo Schavelzon aparecieron Bonifacio del Carril y la Hierática, y cuando desapareció Bonifacio del Carril apareció el Socialista, un editor bifronte de Emecé y de Seix Barral de aspecto simpático. Hemos explicado hasta el cansancio qué cosas son los Protoseres, la mayoría de ellos son empleados de sociedades anónimas cuya carrera, la más de la veces, es tortuosa, algunos utilizan la ley del gallinero para ascender y hasta para mantenerse en su puesto, y otros terminan siendo simplemente lectores, el nivel más bajo de la carrera editorial. Ni el prólogo enigmático pero laudatorio que escribió el Pato Criollo para “Gombrowicz, este hombre me causa problemas”, ni unas declaraciones apodícticas y cavernosas que me hizo al oído el Gnomo Pimentón sobre la claridad y el rigor de mis textos, me sirvieron para penetrar la niebla espesa en la que se mueven esos Protoseres hijos de Gutenberg. En este trajín interminable que tengo con los editores identifiqué seis procedimientos con los que le han cortado el paso a “Gombrowicz, y todo lo demás” lo que me ha permitido desarrollar una tipología que no admite otras variantes. Si bien el Socialista, en todo lo que concierne a mis proposiciones editoriales, siguió la misma línea standard de Guillermo Schavelzon, es decir, se manifestó carente de biblioteca para mis escritos, debo reconocer que para otros asuntos tuvo otro comportamiento. En efecto, cuando en presencia del Zorro, por aquel entonces el Embajador de Polonia, el Socialista declaró que el viernes no podía asistir a la reunión porque todos los viernes, de todos los meses, de todos los años iba a una biblioteca socialista a hablar con sus amigos, el Zorro, miembro confeso del Opus Dei, se revolvió en su sillón. Estábamos organizando el anuncio de la edición de la obra completa de Gombrowicz en el año del centenario y la presentación de “Gombrowicz, este hombre me causa problemas” en la hermosa mansión que tiene la Embajada de Polonia en Palermo Chico.

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La presentación del libro que realizó el Socialista fue infinitamente superior a la del Regisséur Fanfarrón, a la del Buhonero Mercachifle y a la del mismísimo Zorro. Fue tan elocuente la presentación del Socialista que inmediatamente abrigué la esperanza secreta de que cuando le propusiera la publicación de “Gombrowicz, y todo lo demás” me iba a decir que sí, una esperanza vana como lo fueron tantas otras. Al hacer las invitaciones para la presentación de “Gombrowicz, este hombre me causa problemas” cometí una equivocación increíble que con posterioridad le hice conocer el Pato Criollo. “No te podés dar una idea del desatino enorme que cometí ofreciéndole a Lavelli y a Grinberg la presentación de mi libro (...)” “Los dos son unos locos presuntuosos y ególatras a más no poder. La idea central y única de Lavelli es la de que Gombrowicz fue descubierto por él, lanzado a la fama por él y paseado por toda Europa gracias a él, sobre mi libro no pronunció ni media palabra (...)” “La idea de Grinberg es la de que mi libro es como un partido de fútbol en el que yo convierto tres goles (tres capítulos del libro cuyos nombres no recuerdo) pero pateo afuera muchos penales, y poco más. Para regresar de vez en cuando a las tierra desde las nubes de sus desvaríos incomprensibles recurría a la lectura de alguno de los textos de Gombrowicz que yo cito en mi libro. Alberto Díaz fue el único que preparó con cuidado su participación, fue el único que habló en forma atinada y amistosa” No obstante debo decir que el aspecto de este Socialista con el micrófono en la mano que se ve en este gombrowiczidas es muy dudoso, hasta podría parecer que este Protoser es como Poncio Pilatos, se vale de lo que sea para lavarse las manos.

WITOLD GOMBROWICZ Y JAN ONUFRY GOMBROWICZ La curiosidad que tienen las personas cultas por saber cuáles han sido las lecturas de los hombres de letras eminentes es análoga al deseo de conocer sus antecedentes familiares, es una necesidad que se manifiesta en todos los campos del conocimiento humano, la necesidad de clasificar y de darle una estructura lo más simple posible al desorden. Pero ni de sus antecedentes familiares ni de las lecturas que hacía Gombrowicz podemos deducir su verdadera naturaleza. El padre de Gombrowicz era un hombre íntegro, que reaccionó como patriota contra la violencia zarista y que fue encarcelado por esta razón en la prisión de Radom. Sus hijos vivieron esos acontecimientos con intensidad, y Gombrowicz, que por entonces tenía cinco años, los comprendía también en parte, y estaba muy impresionado. Excluido de la complicidad que se había establecido entre los hermanos y el padre, se vio dominado por ellos, especialmente por su hermano Jerzy, el favorito de la familia, que lo hacía víctima de bromas continuas. Gombrowicz estaba subyugado y trataba de imitarlos, pero cuánto más crecía su admiración por ellos más humillado se sentía. El padre le despertaba una gran admiración pero también temor, Gombrowicz carecía de su aire desenvuelto y de su aspecto viril, además tenía otros defectos que lo hacían víctima de las burlas de sus compañeros como por ejemplo su tez femenina y su

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tendencia a ruborizarse. En el primer cuento que escribió, “El bailarín del abogado Kraykowski”, trató de ajustar las cuentas con estas humillaciones. Los psicoanalistas, esos incansables destripadores de las psiques humanas, están de acuerdo en considerar al padre de Gombrowicz como el abogado en “El bailarín del abogado Kraykowski” y como el tío de Pepe en “Ferdydurke”, pues en ambas obras Gombrowicz intenta destruir el señorío y la seguridad de estos personajes. “En nuestra familia vivíamos distanciados, éramos demasiado críticos, irónicos, sarcásticos, teníamos un exagerado sentido del ridículo, lo cual mataba en nosotros cualquier reflejo espontáneo (...) En cuanto a mi padre, tenía una naturaleza lituana cerrada, y sus relaciones con nosotros no eran estrechas (...) Un hombre guapo, alto, distinguido, muy correcto y puntual, metódico, con horizontes no demasiado amplios, poco sensible a las cosas del arte, católico practicante, pero sin exageración (...)” “Fue el último de los Gombrowicz en gozar del respeto general e infundir confianza; nosotros, la siguiente generación, éramos unos excéntricos que no prolongamos la tradición de nuestro padre (...)” La influencia que ejerció la familia sobre Gombrowicz fue muy importante, desgraciadamente el abuelo paterno era un lituano muy arrogante y el materno era un polaco medio loco, de esta mezcla de familias tan diferentes nació un Witold en el que se precipitaron unas sangres extravagantes y peligrosas. Onufry Gombrowicz, el abuelo paterno, era de una familia noble que durante cuatrocientos años había tenido propiedades en Lituania hasta que el zar de todas las Rusias le confiscó sus tierras. Con el dinero de la venta de sus bienes se estableció en Polonia, donde nació Jan Onufry, el padre de Witold. Este hijo contrajo matrimonio con la hija de Ignacy Kotkowski, Marcelina Antonina, y así se formó la familia de Gombrowicz. “Nosotros, los Gombrowicz, nos considerábamos siempre „algo superiores‟ a los demás terratenientes de la región de Sandomierz, como consecuencia de los diversos vínculos familiares que habíamos heredado de la época lituana y también porque la nobleza de ese país, más rica y asentada desde hacía siglos en sus tierras, podía vanagloriarse de una mejor tradición, una historia más precisa y funciones sociales y políticas más importantes. De todas formas no puedo asegurar que la nobleza de la región compartiera este punto de vista” Cuando Onufry Gombrowicz es obligado a vender sus propiedades en Lituania y a trasladarse a Polonia se sintió injustamente despojado, se mostró hostil a su nuevo medio polaco y se quedó orgullosamente apartado en su clan cerrado. Jan Onufry, a la muerte de su padre, abandona sus estudios, compra una propiedad en Maloszyce y contrae matrimonio con Marcelina Antonina, una hermosa mujer que le da cuatro hijos; Janusz 1884, Jerzy 1885, Irena 1899 y Witold 1904. Es la familia que aparece en la foto de este gombrowiczidas, a excepción de Witold mismo que todavía no había nacido. Como la familia del padre estaba muy orgullosa de sus orígenes y de sus alianzas principescas, Gombrowicz fue alimentado con las tradiciones lituanas. Los archivos que su abuelo había llevado consigo al salir de Lituania eran pare él una lectura apasionante, y a los dieciséis años le inspiraron su primer texto, una historia de su familia.

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Este manuscrito permaneció inédito, pero Gombrowicz conservó toda su vida una pasión muy marcada por la genealogía. La pertenencia de Gombrowicz a una clase social situada entre la alta aristocracia y los hidalgos campesinos se le manifestó como un gran problema que llegó a tener alcances de obsesión. En Varsovia experimentaba un sentimiento de inferioridad frente a sus compañeros de clase, hijos de importantes familias aristocráticas, mientras por otro lado despreciaba a la nobleza rural que su familia frecuentaba. Pero Gombrowicz era artista por los Kotkowski y no por los Gombrowicz, y fue el peso de esta sangre enfermiza el que lo arrastró finalmente hacia el mundo de los hombres de letras. Cuando murió su padre en el año 1933 ya había empezado a sentir la decadencia de su familia a la que le encontraba un cierto parecido con “Los Buddenbrooks”, la novela de Thomas Mann. Era una familia que se extinguía, las perturbaciones mentales de algunos parientes de la parte de su madre pesaban sobre su cabeza como una amenaza de trastornos psíquicos futuros, y el padre fue el último Gombrowicz en gozar del respeto general e infundir confianza. Él y sus hermanos, la siguiente generación, eran unos excéntricos de quienes la gente decía que era una lástima que no hubieran salido al viejo Gombrowicz. Su pertenencia a dos mundos, tan fuertemente marcada desde su juventud, fue muy clara hasta la muerte del padre, después las cosas fueron cambiando poco a poco. En vida del padre Gombrowicz entraba a la oscuridad y volvía a la luz con alguna facilidad, cruzaba la línea de sombra en las dos direcciones lo que le permitía comportarse como un camaleón. Esa doble personalidad se prestaba a la mistificación, su apariencia de terrateniente más que de asiduo de cafés y de escritor vanguardista le producía todo tipo de malentendidos, especialmente con el género femenino. Después de la muerte de su padre se le fue haciendo cada vez más claro que tenía que justificar su vida con una obra de orden superior pues el tiempo pasaba y su situación en Polonia se tornaba cada vez más penosa. A partir de los treinta años su pertenencia a una clase social superior empezó a debilitarse, cosa que aparece con mucha claridad en “Ferdydurke”, y el desastre de la guerra que arruinó a su familia y también a él pusieron a esta pertenencia en el camino de la extinción. En los último pasajes de “Ferdydurke”, la fraternización con Quique que lleva adelante Polilla, el amigo de Pepe, va descomponiendo poco a poco las formas del señorío campestre, a pesar de los esfuerzos que hace el tío Eduardo por encontrarle alguna analogía a esa aparente perversión sexual con la conducta del príncipe Severino a quien también le gustaba de vez en cuando. Después de que el peón rompe la bisagra mística con un soberbio cachetazo que le da al señor en medio de la facha, la servidumbre y el pueblo asaltan la casa señorial mientras Pepe intenta raptar a su prima Isabel de un modo maduro y noble. El deseo de Polilla de entrar en contacto con Quique, un peón de la casa de campo de los tíos de Pepe, empieza a descomponer el estilo de los terratenientes. El tono altanero y aristocrático del tío tenía sus raíces en un fondo plebeyo, y era de la plebe de donde obtenía sus jugos. Vivían en un sistema según el cual la mano del amo quedaba al nivel del rostro del criado, y el pie del señor llegaba hasta el medio del cuerpo del campesino. Se trataba de

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un ley eterna, un canon, un orden. A partir del momento en que Pepe le da un sopapo en la cara a Quique y de que Quique le da otro a Polilla a su pedido, se empiezan a producir acontecimientos irregulares que provocan la confusión de los roles. Pepe descubre que el misterio del caserón campestre de la nobleza rural es la servidumbre. El comportamiento de los tíos quería distinguirse de la servidumbre, estaba concebido contra la servidumbre para conservar el hábito señorial. El orgulloso señorío racial del tío crecía directamente del subsuelo plebeyo. Sólo a través de la servidumbre se puede comprender la médula misma de la nobleza rural. El hecho perverso de que el sirvientito pegara con su mano en la cara de Polilla, un huesped de señores y un señor, tenía que provocar consecuencias también perversas. ¡Mocoso! ¡En el culeíto te daré, mocoso!, el tío Eduardo y el primo Alfredo se arrojaron sobre Quique. Polilla empezó a chillar lleno de furia y saltó detrás del peón. Quique, como si hubiera recuperado el atrevimiento frente a los señores por efecto de la fra... ternización con Polilla, le dio en la facha a Eduardo: –¡Qué quieres! Se había roto la bisagra mística, la mano del servidor cayó sobre el semblante del señor. Eduardo estaba desprevenido y se desplomó. La inmadurez se derramó por todas partes. Cedieron las ventanas, el pueblo se impuso y empezó a penetrar lentamente, la oscuridad se pobló con partes de cuerpo campesinales. El pueblo, animado por la excepcional inmadurez de la escena, perdió el respeto y también deseó la fra... ternización. “Oí todavía el chillar de Alfredo y el chillar del tío Eduardo, parecía que los tomaban de algún modo entre sí y empezaban con ellos lerda e indolentemente, pero ya no veía por la oscuridad...(...)” El señorío y la majestad del padre quedan muy maltrechos en “Ferdydurke”, una tarea de desmoronamiento que Gombrowicz había empezado en “El bailarín del abogado Kraykowski” y que remata en “El casamiento”. “Cuando estaba escribiendo: Jeannot. –Nada. Henri. –Nada. El padre. –Transformado. La madre. –Dislocado. Jeannot. –Derribado. Henri. –Alterado... rompí a llorar de pronto como un niño. Jamás me ha vuelto a ocurrir algo semejante. Los nervios, sin duda... Sollozaba amargamente, y las lágrimas caían sobre el papel” Gombrowicz llora cuando se rebela contra Dios y contra al padre porque se queda solo frente a la nada, un sentimiento que le aparece con una elocuencia clarísima, con la misma elocuencia que tienen los hechos. “El casamiento” es la primera obra que Gombrowicz escribe en la Argentina, y la escribe mientras está enfrentado el hecho de la guerra. La autoridad del padre y el poder de la nación aparecen traspuestos en la obra narrativa de Gombrowicz, una autoridad y un poder perpetuamente caídos que alimentan el sueño del espíritu anarquista. En los últimos años de su vida los franceses, que son propensos a clasificar con una meticulosidad cartesiana, ubicaron a Gombrowicz en el casillero de los escritores anarcoexistencialistas. “Y quien alce su mano sacrílega contra su padre cometerá un crimen espantoso, inaudito, infernal, diabólico y abominable, que irá de generación en generación, lanzando gritos y gemidos terribles, en la vergüenza y los tormentos, maldito de Dios y de la Naturaleza, marchito, estigmatizado, abandonado” “El casamiento” es una historia que relata la degradación que sufrió la generación de la alforja vacía, educada después de la segunda guerra mundial, cuando todos los valores

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tradicionales se derrumbaron en Europa. La autoridad del padre y la pureza de la prometida son ideas centrales en esta pieza de teatro. Henri, el protagonista de “El casamiento”, utiliza un procedimiento drástico para hacerse de la autoridad que le arrebata al padre. “Es la paz. Todos los elementos rebeldes han sido detenidos. El Parlamento también ha sido detenido. Aparte de eso, los medios militares y civiles, y grandes sectores de la población, así como la Corte Suprema, el Estado Mayor, las Direcciones Generales, los Departamentos, los Poderes públicos y privados, la prensa, los hospitales y parvularios, todos están es prisión. Hemos encarcelado también a los ministros y, en general, a todo. También la policía está en la cárcel. Es la paz. La calma”

WITOLD GOMBROWICZ Y IMMANUEL KANT Andamos dando vueltas alrededor de los rastros que dejaron los filósofos en la obra artística de Gombrowicz. Algunas huellas ya encontramos, de Heidegger en “Cosmos” y de Hegel en “Opereta”, pero debe haber más. El primer amor filosófico que tuvo Gombrowicz fue Kant, a los quince años ya le echaba una mirada de vez en cuando a la “Crítica de la razón pura” de la que conservó notas que había escrito sobre los juicios sintéticos a priori. También intentaba entender algo de “Prolegómenos a toda metafísica futura”, una obra que revelaba la importancia fundamental de ese “yo” tan maltratado en Polonia. Pero encontrar relaciones entre un hombre tan serio como Kant y un hombre tan poco serio como Gombrowicz es una tarea bastante difícil. Es seguro sin embargo que Kant no era una persona totalmente seria, pero el acceso a su inmadurez y a sus suciedades le resultaba imposible a Gombrowicz, le estaba vedado al propio Kant. Es un misterio cómo el Kant niño se transformó en el Kant filósofo, pero no está de más recordar que el desarrollo de la cultura y de la ciencia tiene mucho de ligero y de caprichoso. Gombrowicz empieza el curso de filosofía que dicta en su casa de Vence hablando de Kant al que le dedica más tiempo que a los otros filósofos, en esas lecciones que son interrumpidas dramáticamente, primero por la enfermedad y después por la muerte. De los pensadores que integraron esas lecciones Kant fue el de origen más modesto, el que menos viajó, uno de los más longevos, el menos exagerado, y el más grande. Cuando murió sus conciudadanos le rindieron los mismos honores que se le rendían a los príncipes cuando fallecían. Antes de descubrir en qué obra de Gombrowicz aparece Kant vamos a dar un breve paseo por la filosofía de este maestro. La actitud idealista iniciada con Descartes basaba el razonamiento filosófico sobre la convicción de que los pensamientos nos son más inmediatamente conocidos que los objetos de los pensamientos. Sin embargo, en todos los pensadores anteriores a Kant, quedaba siempre un residuo de realismo que recaía en una existencia trascendente, en la existencia en sí de algún elemento fundamental como el espacio, Dios, el alma, las mónadas... Kant trata de terminar definitivamente con la idea del ser en sí. Para el conocimiento que nos da la razón el ser no es en sí, es un ser para ser conocido, puesto por el sujeto pensante como objeto del conocimiento.

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Kant se encuentra en el cruce de las tres corrientes ideológicas más importantes del siglo XVIII. Por un lado existía la corriente del racionalismo de Leibniz que distingue entre verdades de razón y verdades de hecho y cuyo ideal es estructurar el conocimiento científico como una malla de verdades de razón. Por otro lado la corriente del empirismo de Hume con sus reflexiones sobre las percepciones y sobre las conexiones no causales de los hechos. Y finalmente, la corriente constituida por la ciencia positiva físico matemática de Newton. El pensamiento de Kant huele mucho más a Newton que a ninguna otra cosa, es por eso que su sistema filosófico es imponente pero no exagerado. Newton había puesto en caja a todos los fenómenos de la naturaleza con su desarrollo de la mecánica racional, un sistema grandioso y seguro, alejado de las quimeras. Kant tiene en la mano pues todas las cartas de la ideología de su tiempo. La vida que llevó Kant ha pasado a la historia como un ejemplo de existencia metódica y rutinaria. Acostumbraba a dar un paseo vespertino todos los días, a la misma hora y con idéntico recorrido, al punto que llegó a convertirse en una especie de señal horaria para sus vecinos. La filosofía necesitaba de una teoría del conocimiento y de eso escribe en “Prolegómenos a toda metafísica futura”. La diferencia fundamental entre Kant y sus predecesores es que mientras estos hablan del conocimiento de una ciencia que se estaba estableciendo, Kant habla de la ciencia físico matemática de Newton ya completamente establecida. El hecho de la razón pura es pues el hecho de la ciencia físico matemática de la naturaleza que está compuesta de juicios en los que, en resumidas cuentas, algo se dice de algo. Estos juicios son el punto de partida de todo el pensamiento de Kant, son enunciaciones objetivas acerca de algo, son juicios que se dividen en dos grandes grupos: los analíticos y los sintéticos. Y esta clasificación nos lleva de la mano a “Filifor forrado de niño”, y a cómo Kant se metió dentro de una novela corta de Gombrowicz. Los juicios analíticos son aquellos en los que el predicado está contenido en el concepto del sujeto. Contrario sensu, en los sintéticos no está contenido. Son sintéticos porque unen sintéticamente elementos heterogéneos en el sujeto y en el predicado. Los juicios analíticos son verdaderos porque son tautológicos, son juicios de identidad. En cambio la verosimilitud de los sintéticos proviene de la experiencia, de la percepción sensible. Los juicios analíticos son verdaderos, universales y necesarios, por lo tanto no pueden tener origen en la experiencia, son pues a priori. La validez de los juicios sintéticos es, en cambio, limitada a una experiencia, son juicios particulares y contingentes, son entonces a posteriori. Si la ciencia estuviera constituida por juicios analíticos solamente, por verdades de razón, la ciencia sería vana, y si estuviera constituida por juicios sintéticos, por enlaces casuales de hechos como piensa Hume, no sería ciencia, sería una costumbre sin fundamento. Pero la ciencia físico matemática de Newton no es ni tautológica ni está compuesta de hechos de conciencia casuales. Los juicios de la ciencia tienen que ser a priori, es decir, universales y necesarios, como los analíticos sin ser analíticos, y también tienen que ser sintéticos, es decir, deben aumentar nuestro conocimiento sobre las cosas. Los juicios de la ciencia deben ser pues sintéticos y a priori, y lo son, tanto en la matemática como en la física. No es el caso aquí de poner ejemplos ni de hacer

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demostraciones, pero sí podemos preguntarnos cómo son posibles estos juicios, y si son posibles en la metafísica. Kant llega a la conclusión de que el espacio y el tiempo son formas de nuestra sensibilidad que hacen posible la existencia de los juicios sintéticos a priori en la matemática, la condición primera para que las cosas puedan ser conocidas. Pero la ciencia humana no es sólo matemática sino también física, determina la forma de los objetos pero también tiene que determinar las leyes que rigen la aparición y la desaparición de los fenómenos mismos, es decir, el conocimiento a priori de los objetos reales. Las leyes que se anuncian en la mecánica racional no son derivadas de la experiencia sino de nuestro propio pensamiento. Mientras la intuición del espacio y del tiempo hace posible la forma de los objetos, las doce categorías del conocimiento hacen posible la realidad, son las condiciones de existencia de los juicios sintéticos a priori en la física. Las condiciones del conocimiento son al mismo tiempo las condiciones de la objetividad, es lo que Kant llama la inversión copernicana. Las condiciones de la objetividad no nos pueden ser enviadas por las cosas mismas pues las cosas sólo nos envían impresiones, entonces son las cosas las que se deben ajustar a nuestros conceptos. Para redondear este paseo por los juicios sintéticos a priori de las lecciones que Gombrowicz les dio a la Vaca Sagrada y al Hasídico, el curso de filosofía más extenso que dictó y también el de menos concurrencia, vamos a decir que los objetos del mundo material sirven tan sólo como materia pura a partir de la cual se nutren las sensaciones. Los objetos, en sí mismos, no tienen existencia, y el espacio y el tiempo pertenecen a la realidad sólo como parte de la mente, como intuiciones con las que las percepciones son medidas y valuadas. Las formas de la sensibilidad, el espacio y el tiempo, más las doce categorías del conocimiento cuya reina es la causalidad, al punto que Schopenhauer suprimió las otras once en su obra fundamental, hacen posible la existencia de los juicios sintéticos a priori en la matemática y en la física. Este tipo de juicios no son posibles en la metafísica, pero ésta es harina de otro costal, nosotros vamos a detenernos aquí. La existencia de estos dos mundos opuestos de los juicios analíticos y de los juicios sintéticos pusieron en marcha la imaginación de Gombrowicz, le empezaron a rondar la cabeza y a los treinta años los metió en “Filifor forrado de niño”. “Filifor forrado de niño” es uno de los dos relatos cortos que Gombrowicz incluye “Ferdydurke”. Escrito, como Filimor, en 1934 es presentado en el libro con un prefacio, uno de cuyos pasajes se convirtió con el tiempo en el manifiesto ferdydurkista. Esta novela corta es una muestra del talento que tiene Gombrowicz para componer estructuras lógicas con elementos absurdos. El aparato formal que había puesto en movimiento era , en buena parte, de su propia cosecha. Cuando le preguntaron qué significaba “Filifor forrado de niño” respondió que era una historia que convocaba a la lucha a dos partes antitéticas alrededor de un eje central, en la que triunfaba la función sobre la idea. Pero no dijo que la fuente de su inspiración habían sido los juicios analíticos y sintéticos de Kant. El príncipe de los sintéticos, el señor Filifor, doctor en sintesiología, era un hombre corpulento, de barba hirsuta y anteojos gruesos, que viajaba por el mundo impartiendo lecciones magistrales de síntesis.

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Un fenómeno espiritual de tanta magnitud debía suscitar en la naturaleza, en acuerdo con el principio de acción y reacción, un fenómeno de igual magnitud y de sentido contrario: anti-Flifor, un eminente analista, doctor en análisis superior, hombre menudo y hosco cuya única misión era perseguir y humillar al magnífico Filifor. Se especializaba en la descomposición del individuo reduciéndolo a partes por medio de cálculos y papirotazos. Accediendo al llamado de su vocación obtuvo el título nobiliario de anti-Filifor del que estaba muy orgulloso. Cuando Filifor se enteró de que anti-Filifor lo estaba persiguiendo comenzó él también a perseguirlo, pero durante algún tiempo se persiguieron en vano pues el orgullo no les permitía admitir que eran perseguidos.

WITOLD GOMBROWICZ, GERMÁN GARCÍA Y PABLO CHACÓN Los cismas lacanianos que se producen en las organizaciones tanáticas que preside el yerno de Lacan son frecuentes, violentos y contagiosos, tanto es así que en una de las historias verdaderas a la que di en llamar “Los problemas del diván”, tuve que hacer comentarios sobre el Gnomo Pimentón, uno de sus epígonos más fervientes y miembro celebérrimo del club de gombrowiczidas. Una de las particularidades más destacadas del yerno de Lacan, a más de su carácter violento, es su versatilidad, una versatilidad que nos recuerda la versatilidad de Revólver a la Orden, otro ilustre miembro del club. “(...) de las „psicosis no desencadenadas‟, de los lazos entre Borges y Lacan y del supuesto saber del presidente electo Fernando de la Rúa, de casi todo habló JacquesAlain Miller (...)” El psicoanálisis puede hacerse sentado o también de manera ambulatoria, pero la forma más usada desde los tiempos de Sigmund Freud es la forma tradicional de acostado en el diván. A pesar de las reservas que Gombrowicz tenía con el psicoanálisis y, en general, con cualquier manifestación de la ciencia, algunos de sus problemas podemos acostarlos en el diván. Gombrowicz es un caso singular en el que se cruzan con igual intensidad la seriedad y la falta de seriedad. Por su nacimiento estaba preparado para ser absorbido por la clase de los terratenientes como habían sido absorbidos sus hermanos, o por las organizaciones políticas, militares, o eclesiásticas, o por la mundología, pero por razones desconocidas y misteriosas se mantuvo al margen. Hizo todo lo posible por estar apartado también del trabajo y del matrimonio, sin embargo, ocho años después de haberlo perdido todo se empleó durante casi ocho años en el Banco Polaco, y algún tiempo después de haber regresado a Europa se casó con la Vaca Sagrada. Así que el pobre Gombrowicz terminó cayendo en las manos de un mundo extraño contra el que tenía muchas prevenciones al que podríamos llamar el mundo de los hombres de letras. Estas cavilaciones no dejan en claro cuánto protagonismo tiene Gombrowicz y cuánto la familia en el desarrollo de sus obras. Si bien es cierto que el Gnomo Pimentón fue el único escritor y psicoanalista argentino que había escrito un libro sobre Gombrowicz antes de que yo apareciera en el firmamento gombrowiczida, no pudo determinar el

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peso de cada una de estas participaciones a pesar de que aplicó a su estudio toda su ciencia infusa de origen lacaniano, un dilema ciertamente interesante. Cualesquiera haya sido la complexión psíquica de su familia y de su relación con ella resulta claro que Gombrowicz empieza a recorrer un camino que se aparta de la esfera donde reinan las relaciones rígidas de la causa y el efecto, de la determinación y del psiquismo. Uno de los propósitos deliberados que tenía Gombrowicz cuando escribía era el de desvincular la conducta humana de la voluntad y del determinismo psíquico, a la voluntad la trasponía con el automatismo y al determinismo psíquico con partes del cuerpo. Shakespeare recorría el camino contrario, dramatizó como ningún otro el desarrollo de los sentimientos y de las pasiones humanas y no deja de ser una paradoja que Gombrowicz lo haya tomado como ejemplo. Para el inglés los sentimientos eran la materia prima de todo lo que existe y para el polaco eran una afección que había que evitar tanto en el arte como en la vida. Gombrowicz trató a los sentimientos como costumbres agonizantes y esclerosadas de las que se habían escapado sus contenidos vivos quedándose nada más que con la rigidez de las formas puras. No es que Gombrowicz no tuviera pasiones, pero tuvo que escamotear su phatos del carril de los sentimientos y colocarlo en un ámbito donde las personas se forman unas a otras de una manera imprevisible. El Gnomo Pimentón, uno de nuestros gombrowiczidas más señalados, ha despachado desde el diván a muchos pacientes con suerte diversa. Director de una organización de orates a la que dio en llamar “Fundación Descartes”, es un destripador de psiques que ha enloquecido a una gran cantidad de personas siendo uno de los casos más notables el de Cara de Ángel. “Mi padre era metalúrgico y en mi casa sólo mi madre leía algo de vez en cuando. Durante la pubertad trabajaba en un taller mecánico y estudiaba en un colegio por la noche. Los libros los encontraba en una Biblioteca de Junín. Mi familia no deseaba que fuera escritor, sino que tuviera un trabajo. Ese fue uno de los motivos explícitos por los que rompí con ella y me fui solo a vivir a Buenos Aires” El caso del Gnomo Pimentón tiene algún parecido con el de Gombrowicz por la franqueza con la que habla de su familia y de su pasado, pero también es muy distinto por la diferencia de clases, Gombrowicz de joven era terrateniente y el Gnomo Pimentón de joven era metalúrgico. Un lacaniano de primera cepa como lo es el Gnomo Pimentón, repasando la obra de Gombrowicz descubrió que ni en sus narraciones ni en sus piezas teatrales hay consumaciones sexuales, afirmación que caracteriza con claridad uno de los vicios de su profesión. Cada hombre de letras gombrowiczida tiene su propio vicio: el del Orate Blaguer es la verborrea, el del Pato Criollo es la logorrea, el del Buey Corneta es la belorrea y el del Gnomo Pimentón, no podía ser de otra manera, es la psicorrea, para poner tan solo unos ejemplos de personalidades connotadas vinculadas a la actividad de escribir e integrantes del club de gombrowiczidas. Es muy útil descubrir los vicios asociados a los hombres de letras pues nos orientan en el recorrido de los laberintos del mundo que construyen en sus escritos.

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“Es claro que tu compulsión anal por Witoldo no te da respiro. Lo tuyo es preocupante y masturbatorio: el buen polaco se merece un poco de descanso. ¡No lo dejás tranquilo ni un segundo! Y lo peor: es realmente retrógrado de tu parte creer que lo único que nos interesa en el mundo es el autor de Ferdydurke y sus sagas. Calmate. Hacete ver. Te lo digo por tu bien” El Gnomo Pimentón, después del primer conflicto que había tenido conmigo me dio una segunda oportunidad que yo no supe aprovechar, como tantas otras oportunidades que desaproveché en mi vida. “Nuestra amistad en Gombrowicz evita cualquier juego „suma cero‟. Mandá lo que quieras yo lo leo y lo difundo. Pero si preferís que algo no sea difundido basta con que lo notifiques” La materia dramática había adquirido una forma bella, y aquí, como en tantas otras ocasiones, recordé una frase que Gombrowicz nos repetía a menudo: –¡Ojalá dure!, como decía la madre de Napoleón. Pero no duró, al poco tiempo se enojó otra vez conmigo. “(...) el último texto enviado por Juan Carlos Gómez, falta a la verdad en relación a mi persona y utiliza calificaciones ofensivas. Me temo que tendrá que seguir divirtiéndose sin mi ayuda. Le ofrecí una amistad en Gombrowicz, pero no me ofrecí para ser parte de su necesidad de injuriar (...)” Debo reconocer que el lío que se me armó con el Gnomo Pimentón lo empecé yo con gombrowiczidas un poco provocativos, pero nunca creí que este gombrowiczida hubiera guardado tan tenazmente en la memoria sus modales de metalúrgico. La relación amarga que tengo con el Gnomo Pimentón no me deja ver con claridad si mi conflicto es con el diván o con él mismo. No dejo de notar, sin embargo, que el Gnomo Pimentón tiene características confusas, algunos piensan que es tierno como una paloma, y otros piensan que es decididamente un criminal. Una tarde me encontré con Cara de Ángel en un café de San Telmo, a los minutos este gombrowiczida ambivalente estaba pasando por la guillotina a todos los integrantes del gremio de los escritores, una actividad desplegada con un gran encanto que a más de divertirme me parecía inocente. Pero sea porque yo le resultaba simpático, o porque me había tomado confianza, o sea por lo que fuere, en un momento determinado de la conversación se refirió a su propio padre y me manifestó, como si esto fuera la cosa más natural del mundo, que tenía ganas de asesinarlo, y que esto era precisamente lo que estaba planeando en esos días. Sin saber a qué santo encomendarme por el giro que estaban tomando estas confesiones sombrías le pregunté si no sería conveniente que visitara a un psicólogo: –Sí, ya estuve con el Gnomo Pimentón, ahora tengo ganas de asesinarlo a él también. De las aventuras que corrí con el Gnomo Pimentón me quedó clara una idea: alrededor de él se producen situaciones violentas y tanáticas como también le ocurre al yerno de Lacan, al punto de haber malogrado una buena relación que yo tenía con el Hombre Unidimensional. “Vos sí que estás cada día más pelotudo. No te das una idea de cómo me hacés recagar de risa. ¡Germán García hace estudiar las boludeces que escribís por sus alumnos, como buen caso clínico psicótico que sos, y ahí estás saltando en una pata de alegría! ¿Sabés qué te hubiera dicho Gombrowicz? Mejor ni te lo digo. A vos te encierran en una jaula

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del zoológico y te pensás que te están homenajeando. Y si te la pone un orangután, doblemente contento”

WITOLD GOMBROWICZ, MERCEDES GÜIRALDES Y BEATRIZ DE MOURA En la proximidad de las vísperas del trigésimo aniversario de su muerte sentí la necesidad de iniciar la campaña para publicar las cartas que me había escrito Gombrowicz. Como hacía poco tiempo que “Tusquets” había publicado “Bacacay” me dirigí de inmediato a España. Pasadas unas semanas recibí una carta de la Bestia Catalana. “(...) estamos gestionando con Rita Gombrowicz su autorización para la publicación del conjunto de cartas que Witold Gombrowicz le fue escribiendo a usted a partir de su retorno a Europa. Legalmente, el derecho internacional sobre la propiedad intelectual prevé que la reproducción pública de la correspondencia de un escritor debe ser autorizada por el mismo escritor o por sus herederos (...) En cuanto tengamos respuesta de la Sra. Gombrowicz, se la comunicaremos. Entretanto, le agradecería tuviera paciencia, ya que estas cosas nunca suelen resolverse de la noche a la mañana (...)” Y dos meses después la Bestia Catalana me pone al tanto de las novedades que le habían llegado desde Italia. “(...) a la agencia italiana ALI, agentes de Rita Gombrowicz. Como puede comprobar, nos dicen que Rita Gombrowicz está preparando un volumen con toda la correspondencia de su marido con sus corresponsales argentinos, por lo que se opone a que se haga antes un volumen con un único corresponsal, en este caso usted (...)” Éste era el segundo zarpazo que me estaba dando la Vaca Sagrada, el primero me lo había asestado cuando me escribió que dejara de enviarle las cartas que me había escrito Gombrowicz a los hijos ilegítimos a los que más tarde bauticé, por esta razón, con el nombre de gombrowiczidas. Como no podía entrar por la puerta intenté entonces entrar por la ventana y le mandé a la Bestia Catalana las cartas que yo le había escrito a Gombrowicz. “Para ser franca contigo de inmediato, o sea, antes de leer tus cartas a Gombrowicz, te digo que no me interesa publicarlas, ni aquí en España, ni en la Argentina (...) Agradezco tu generosidad al decirme que, a pesar de todo, conserve estas cartas „para mis noches de insomnio‟ que, por suerte, son escasas (...)” Pasó el tiempo, más de una década, el volumen con toda la correspondencia de los corresponsales argentinos todavía no apareció, pero en el año 2004 la Vaca Sagrada lo autorizó al Régisseur Fanfarrón para que publicara las cartas que le había escrito Gombrowicz, y en el año 2005 lo autorizó al Buhonero Mercachifle, y yo no sigo esperando porque la Hierática me dio una mano. Las cartas que yo le escribí a Gombrowicz fueron publicadas en Polonia, pero los editores hispanohablantes le han ofrecido a este epistolario una nutrida resistencia. La Bestia Catalana de “Tusquets” con su: “Prefiero ser franca contigo inmediatamente, o sea antes de leer tus cartas a Gombrowicz, y decirte que no tengo interés en

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publicarlas, ni aquí en España, ni en Argentina (...)”, y la Hierática con su: “Emecé desea hacer una edición económica”, me mandaron de paseo. La limitación que me puso Emecé y que yo no busqué me trajo, sin embargo, calurosos felicitaciones pues algunos gombrowiczidas ilustres destacaron mi modestia y generosidad, virtudes de las que yo carezco en forma pronunciada. Sobre la Hierática debo manifestar que es una mujer bella, elegante, inteligente, que tiene conmigo una paciencia de santa pero que, sin embargo, algo empieza a fallarle en su línea argumental a la hora de decir “no”. Cuando le hice una propuesta por uno de los libros del tríptico gombrowiczida que se había publicado en Polonia me dijo que habría que agregarle más fragmentos de las cartas que Gombrowicz le había escrito a Flor de Quilombo. Pero, Mercedes, si yo te ofrecí todas las cartas para que las publiques enteras; –Ah, ¿y si tenemos problemas con Rita?; –Serían los mismos problemas que tuvieron cuando publicaron las cartas que me escribió a mí; –Sí, pero vos sabés que para el centenario “Planeta” va a publicar “Ferdydurke” y no sé si alcanzará el presupuesto y el tiempo; – Bueno, del presupuesto no sé, pero tiempo tienen de sobra; –Sí, vos decís, pero para este año tenemos también el centenario de Silvina y dos más, no vayás a creer; –¿Cómo para este año?; –Sí, para el 2003. En ese momento recordé que la Hierática es muy despistada y sin ninguna esperanza le dije: –Escuchame una cosa, te lo expliqué de todas las maneras posibles, el centenario de Gombrowicz es en el 2004, el año que viene, ¿entendés?; –Ah, no, no puede ser, ¿vos estás seguro? No podía seguir hablándole del centenario, le pregunté entonces si tenía hermanos y si de chica había sido tan despistada como lo era ahora, me dijo que cuatro y que, sí, que había sido tan despistada, le pregunté si los hermanos no la habían zurrado por tonta, me dijo que no porque era la mayor, le pregunté si nunca se habían puesto de acuerdo para darle una paliza, me dijo que no. En el año 1999 el Pequeño K decidió traducir al polaco y publicar en Polonia “Gombrowicz está en nosostros”, un ensayo que ya había sido traducido al francés y publicado en Francia un año antes por el Corifeo. Mientras tanto la Hierática hacía lo suyo y lo incluía como epílogo de “Cartas a un amigo argentino”. Por fortuna para mí, el Pato Criollo y el Buey Corneta me tuvieron alguna simpatía justo en el momento oportuno. En efecto, cuando “Emecé” publicó “Cartas a un amigo argentino” la editorial decidió presentarlo en el Centro Cultural de España. En aquel entonces tuve una conversación breve con la Hierática: –Goma, aparte de Sabato, ¿querés que alguna otra persona presente el libro?; –Claro, Alan Pauls, es el más fotogénico de los escritores argentinos y trae consigo, por la parte baja, a una docena de mujeres. El Buey Corneta había quedado deslumbrado con “Gombrowicz o la seducción”, la película de Alberto Fischerman que se exhibió también en la presentación del libro, estaba seguro de que no me podía fallar, y así ocurrió nomás, presentó el libro y habló del film con mucho entusiasmo pero un poco intimidado por la presencia del Pterodáctilo. No es la primera vez que esta hermosa mujer me ayuda a pensar, hace un tiempo me sacó de la cabeza una idea preocupante y un poco alocada que se me había formado: –El Pato Criollo ha desaparecido, vas a ver que ese extraviado se va a suicidar; –No digás macanas, Goma, si acaba de publicar “La cena”.

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Le pregunté a la Hierática si “La cena” tenía algo que ver con “El gran salmón”: –No, “El gran salmón”, según me dijiste vos, transcurre en Rosario y esta novela transcurre en Coronel Pringles, el pueblo natal del Pato Criollo. En efecto, en cierto momento de esa novela se produce una gran revolución en el cementerio de Coronel Pringles, los muertos salen de las tumbas y atacan a los vecinos del pueblo. Le abren la cabeza a los vecinos y le chupan las endorfinas, los zombis resultan invencibles. Sin embargo, en uno de los episodios del relato una señora anciana reconoce a uno de los muertos que se le está viniendo encima: –Pero si éste es el colorado Pereira. Los viejos comienzan a identificar a los muertos a uno por uno y los zombis, confundidos y derrotados vuelven a las tumbas. El último proyecto de Aira que yo conocía era el de “El gran salmón”: –¿Y vos, qué estás haciendo, César; –Y, estoy escribiendo, como siempre; –¿Y ya tenés el título?; –Y, sí, se llama “El gran salmón”; –Ah, una novela de pesca; –No, no, es un salmón intergaláctico, se viene para acá nomás; –Caramba, pero, ¿habla?; –No, no, tiene un gran tamaño, mide cincuenta mil millones de años luz; –Por favor, está lejísimos entonces; –No, acá nomás, a quince kilómetros de Rosario. Esta conversación la había tenido con el Pato Criollo en el año del centenario de Gombrowicz. Pasó el tiempo y otra vez, en cambio de aparecer “El gran salmón”, aparece después de “La cena” otra novela en la que el Pato Criollo narra las desventuras de un joven escritor cuyo destino queda ligado a la conducta contradictoria de un editor. El editor recibe con entusiasmo la primera novela del autor, una historia que le parece genial, y le promete la firma del contrato en no más de dos semanas, pero las cosas no suceden así. Los contactos entre el escritor y el editor se van haciendo cada vez menos frecuentes, de semanas pasan a meses y de meses a años, sin embargo, el entusiasmo y la delicadeza con los que el editor trata al autor aumentan con el transcurso del tiempo. Pero es justamente el transcurso del tiempo el que hace pasar al escritor de la condición de joven promesa a la de autor entrado en años y, como si fuera poco, lo convierte en un escritor malogrado para siempre, una historia con un marcado aire kafkiano que me trajo a la memoria “Un artista del hambre”. Kafka narra en este cuento los infortunios de un hombre que ayuna por falta de apetito y que es exhibido en público como una rareza llamativa. Al final del relato ya nadie se interesaba por él y lo barren junto a la basura. A mí me seguía dando vueltas en la cabeza la historia de ese salmón intergaláctico que se había aparecido a quince kilómetro de Rosario, finalmente la espera terminó, la Hierática me cuenta: –Apareció “El gran salmón” con el título de “Las aventuras de Barbaverde”. Y aquí me di cuenta de que nosotros, los escritores, en vez de pensar en las ideas principales algunas veces pensamos en las secundarias pues yo, en vez de pensar en el salmón intergaláctico cuando recibí la noticia, pensé en Rosario. La foto de la Bestia Catalana que aparece en este gombrowiczidas tiene algo de tanático, del análisis cuidadoso del rostro de esta mujer se puede deducir la conducta que tuvo conmigo. El rostro de la Hierática, en cambio, es transparente y eurítmico, por eso siempre ha tenido conmigo la paciencia de una santa.

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WITOLD GOMBROWICZ, WILLIAM SHAKESPEARE Y JOHANN WOLFGANG VON GOETHE Gombrowicz distinguía a Shakespeare y a Goethe como las más altas cumbres de la literatura universal, pero el Asiriobabilónico Metafísico tenía una opinión diferente. Este personaje, cuyos restos mortales están disputándose en la actualidad el Homúnculo en tanto que presidente de la Sociedad Argentina de Escritores y la viuda en tanto que arpía, habla con ligereza de algunos nombres celebérrimos y de sus obras, al punto de considerar al Fausto de Goethe como un bluff de la literatura. Tampoco se salva Shakespeare, era un amateur, un divino amateur al lado de Dante que sí era un verdadero literato. En esa época las piezas de teatro no se consideraban literatura, se escribían así nomás, con argumentos ajenos y confusos. El surrealismo, contrariamente a otras ideologías invasoras de lo literario, como el catolicismo y el comunismo por ejemplo, prescinde del propósito de lograr obras legibles. “Qué vergüenza para Estocolmo... primero da el premio a Gabriela ahora a Juan Ramón. Son mejores para inventar la dinamita que para dar premios” Thomas Mann es un idiota, y les resulta curioso el caso de Sabato, ha escrito poco, pero ese poco es tan vulgar que abruma como si fuera una obra copiosa. Y qué pude saber de nada un bruto como Hegel, y el Asiriobabilónico Metafísico sigue complaciéndose en sus desvaríos, pero dejémoslo aquí. En el final de la historia de Gombrowicz París ya no era tan cerrado e inamistoso como lo había sido en su juventud, allí se trabajaba con la forma y se la ponía en tela de juicio, estaba a gusto en París porque se hallaba en el centro mismo de la crisis con la forma, y la irritación que le producía París lo hacía sentir bien. Las rebeliones de los franceses contra la forma eran brutales y frías y no desembocaban en ninguna relajación sino que, al contrario, contribuían a acrecentar el espasmo, pero eso era precisamente lo que le producía fascinación a Gombrowicz. A la forma le venían muy bien, paradójicamente, tanto la relajación argentina como el espasmo francés. Lo que aparece más o menos claro en todos los escritos de Gombrowicz es una invariante gombrowiczida: terminaba dándole importancia al lugar del planeta donde estaba viviendo, es decir, al lugar donde existía pues había aprendido muy bien de Goethe lo de que si quieres tener valor debes darle valor al mundo. “La madurez precoz de ciertos jóvenes franceses es verdaderamente pasmosa. Acabo de leer el “Goethe” de Pierre Babin, y me resulta difícil creer que este joven haya nacido en 1947 (...)” “Goethe es uno de los temas más arduos de la literatura universal. Ahora bien, Babin se desenvuelve a la perfección y demuestra un conocimiento verdaderamente profundo de la cultura y una erudición muy notable. En mi opinión, el nivel lingüístico es muy alto, y el libro resulta claro y preciso, y ofrece casi todas las antinomias goethianas (...)” Discutía en el colegio con su profesor de polaco, el señor Cieplinski, el Enteco del “Ferdydurke” de Argos, sobre un contenido de la educación que se impartía en los liceos de Polonia que le daba más importancia a sus poetas profetas Adam Mickiewicz, Juliusz Slowacki y Zygmunt Krasinski, que a Shakespeare y a Goethe. Gombrowicz le reprochaba que se ocuparan más de las guerras polacas contra los turcos que de la historia europea y universal.

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Y cuando Cieplinski le respondía que había que tener en cuenta que eran polacos, que hasta no hacía mucho tiempo habían sido perseguidos por hablar polaco en las escuelas, Gombrowicz le replicaba que por eso no tenían que ser ignorantes. El desempeño en la enseñanza se mide con las notas, en la escritura con los premios. El punto más alto de la enseñanza se alcanza con un diez, el punto más alto de la escritura con el Nobel. Las notas miden la inteligencia, el Nobel la grandeza, todo esto dicho más o menos grosso modo. “¿Qué tema o problema podría ser más mío que ese acrecentamiento depravante de mi personalidad, inflada por la fama? (...)” “Tengo que encontrar aquí mi propia solución, y a la pregunta ¿cómo ser grande? debería darle una respuesta totalmente particular (...) De nada me sirve el Olimpo de Goethe (...) Nada de eso, ninguna de esas máscaras, ninguno de esos abrigos purpúreos (...)” La acción en las novelas de Gombrowicz transcurre en un medio burgués, pero la acción de sus piezas de teatro transcurre en un medio cortesano, un poco porque quería imitar a Shakespeare y otro poco porque sus manías genealógicas nunca lo abandonaron del todo. Su familia tenía una posición ligeramente superior a la media de la nobleza polaca, pero no pertenecía a la aristocracia. La pertenencia de Gombrowicz a una clase social situada entre la alta aristocracia y los hidalgos campesinos se le manifestó como un gran problema que llegó a tener alcances de obsesión. “Los campesinos son unos dementes. ¡Los obreros, pura patología! ¿Oís lo que dicen? Son unos diálogos oscuros y maniáticos, limitados, no con la sana limitación de un analfabeto, sino con un balbuceo de loco que clama por el hospital y por el médico... ¿Es que pueden ser sanas esas imprecaciones y obscenidades inacabables, sin más, esa mecánica ebria y demencial de su convivencia? Shakespeare tenía razón al presentar a la gente simple como seres exóticos, es decir, de hecho, sin parentesco con el hombre” Gombrowicz dice en “Contra los poetas” algo que ya le había manifestado a su profesor de polaco en el liceo y que ya había escrito en “Ferdydurke”. Que los versos no le gustaban en absoluto y que lo aburrían, una afirmación que va contra la poesía en verso y no contra la poesía que aparece mezclada con otros elementos más prosaicos, como en los dramas de Shakespeare, en la prosa de Dostoyevski y en una corriente puesta de sol. El leguaje de los poetas es para Gombrowicz el menos interesante de todos los lenguajes y la manera en que los poetas hablan de sí mismos y de su poesía es ridícula y del peor estilo. Gombrowicz tenía miedo de ser asesinado, y no existe manía de Gombrowicz de la vida de todos los días que no aparezca en sus creaciones. El asesinato toma las formas de la antropofagia en el cuerpo de un niño al que se manducan en “El festín de la condesa Kotlubaj”, de la estrangulación de animales y de personas en “Cosmos” y, en fin, de todo tipo de muertes como en las obras de Shakespeare. Shakespeare dramatizó como ningún otro el desarrollo de los sentimientos y de las pasiones humanas y no deja de ser una paradoja que Gombrowicz lo haya tomado como ejemplo. Para el inglés los sentimientos eran la materia prima de todo lo que existe y para el polaco eran una afección que había que evitar en el arte y también en la vida.

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Gombrowicz trató a los sentimientos como costumbres agonizantes y esclerosadas de las que se habían escapado sus contenidos vivos quedándose nada más que con la rigidez de las formas puras. “Aún hoy en día sigo sin saber gran cosa de Ionesco y de Beckett porque confieso, tanto sin vanidad como sin rubor, que soy un autor de teatro que no asiste a representaciones desde hace veinticinco años y que, salvo de Shakespeare, no leo teatro. Me gustaría saber hasta cuando esos dos nombres malditos devorarán toda la sustancia de las críticas dedicadas al teatro que escribo; hasta cuando han de servir de pantalla a mi modesto teatro de aficionado (...)” “Que no es teatro del absurdo, sino teatro de ideas, con sus medios propios, sus propios objetivos, su clima particular y un mundo personal” Gombrowicz y Sartre tienen una concepción del arte distinta a la que tenían Shakespeare y Goethe, la de ellos está compuesta de ideas contradictorias. Para Gombrowicz, igual que para Kant, la obra de arte debe ser intencional, pero sin que lo parezca. Para Sartre, el propósito final del arte es poseer la totalidad del mundo, pero poseerla como si la fuente de esa posesión fuera la libertad humana. La obra de Gombrowicz contiene de una manera traspuesta su visión del mundo y del hombre, pero no sirve exclusivamente a estas dos deidades, si hubiera tenido que servirlas solo a ellas seguramente habría escrito su obra de otra manera. “En mí, escribir supone sobre todo juego, no pongo en ello intención, ni plan ni objeto. He ahí por qué no resulta nada fácil extraer de mis obras un esquema ideológico. Es un esquema, lo subrayo una vez más, a posteriori” Sartre se ocupa especialmente de destruir el carácter, para él no existe el carácter, sólo para otra persona aparecemos como un carácter, como una sustancia psíquica. Pero Sartre rechaza las sustancia en cualquiera de sus formas: el carácter, el temperamento o la naturaleza humana. La herencia, la educación, el ambiente y la constitución fisiológica no son más que los grandes ídolos explicativos de nuestra época porque corresponden a una interpretación sustancialista del hombre. Gombrowicz tampoco le tiene un gran apego a las sustancias. La formación del hombre por los demás hombres era una cuestión crucial que Gombrowicz quería poner en evidencia. La idea de la forma era muy natural para Gombrowicz pero, en verdad, de difícil comprensión; era muy natural en él por el rumbo artificial que había tomado su conducta desde joven y por sus sentimientos de extrañamiento. La consecuencia que saca de esta anomalía es que en la conducta de los otros tenía que haber también, por lo menos en estado larval, una intervención de lo casual. Sin embargo, ni Sartre ni Gombrowicz quieren desmenuzar al individuo hasta convertirlo en una especie de polvo psíquico. Para uno el individuo vendría a ser algo así como una unidad de responsabilidad, y para el otro una unidad atormentada por la forma. El carácter es para ambos sólo una sustancia que se nos aparece como una caricatura, en cambio, la unidad personal, tanto en Gombrowicz como en Sartre, es unificadora, y esta unificación es anterior a la diversidad que unifica. El término carácter proviene de un vocablo griego que significa sello o estampa. Y estamos habituados a emplear el término en el sentido de las peculiaridades estampadas en una persona como resultado de su herencia y de su medio. La literatura dramática de

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Shakespeare o de Goethe se funda sobre caracteres de estructuras definidas, que determinan las acciones en circunstancia dadas. Pero Gombrowicz y Sartre se convirtieron en autores dramáticos sin utilizar caracteres. Gombrowicz liquida la sustancia de los caracteres con la forma y con las palabras especialmente en “El casamiento”. “Las palabras se alían traicioneramente a espaldas nuestras. Y no somos nosotros quienes decimos las palabras, son las palabras las que nos dicen a nosotros, y traicionan nuestro pensamiento que, a su vez, traiciona (...) Las palabras liberan en nosotros ciertos estados psíquicos, nos moldean... crean los vínculos reales entre nosotros” Y Sartre liquida la sustancia de los caracteres echando mano a uno de los rasgos más característicos del existencialismo: su total indiferencia y aun desprecio por la ciencia empírica. En el existencialismo la ciencia ha sido devorada por la filosofía moral. La trama no tiene mucha importancia en la obra de Gombrowicz, la utiliza sólo como pretexto. Tampoco la tienen los caracteres, lo importante para él es la acción, por eso toda su creación en las novelas y en los cuentos tiene esa marcada característica teatral. Gombrowicz incorpora en “El casamiento” una teatralidad que aspira a la genialidad de Hamlet y Fausto, pero antes de emprender su escritura controla que este deseo de genialidad no tenga origen en la ingenuidad. Y no lo tiene, es que la adoración por la juventud le había destruido todo el valor de la grandeza y de todos los otros valores, menos el valor de la juventud misma; no le importaba la grandeza, así que la usó a su antojo. Cuando empezaba a hacer las valijas para regresar a la Argentina nos escribe una carta en la que se compara con Goethe. “En lo que se refiere a mi invitación para compartir nuestros destinos ya se nota la estrechez de su visión. Hay que ver un poco en función de mi extraordinario auge en Europa (calculo que dentro de un año seré el escritor número uno, ahora esto va en forma vertiginosa) y de mis publicaciones en el suelo patrio (porque “Ferdydurke” aparecerá dentro de unos meses y seguramente en 1964 también el “Diario”) (...)” “Mi presencia en Buenos Aires cobrará matices únicos y endemoniados, seré algo así como un Ricardo Rojas y un Goethe con algo de estrafalario y exótico y misterioso. Se avecinan pues momentos únicos y yo le aconsejaría que no se lo pierda, porque una cosa es participar dos veces por semana después de un viajecito algo agotador y otra estar bien en la pomada. La gente, Goma, sobre todo joven, cambia de vez en cuando de vida y de domicilio para matizar. Además es posible que le dejaré algo en mi testamento. Ahora si no le gusta usted volverá a papá y mamá. No veo por que hacer tanto lío, cosa sencilla, es verdad que ustedes todos son unos burgueses incurables, si yo propusiera algo así aquí o aun en Polonia tendría no se cuantos candidatos. No se olvide Goma que vivir con el escritor más grande del universo (o en vías de serlo, lo que da lo mismo para el caso) no es cosa que se le va a presentar todos los días”

WITOLD GOMBROWICZ, GUILLERMO SAAVEDRA Y HUGO BECCACECE En el primer encuentro que tuve con el Pitecántropo, el embajador de Polonia que había sucedido al Zorro, me trató, palabra más palabra menos, de insolente y de arrogante.

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Para mí fue una reacción inesperada pues los modales descuidados, en este caso los míos, nunca habían afectado que yo supiera a este tipo de androides. Este contratiempo relacionado con los malos modales tiene un cierto parentesco con el que tuve con Cornelio, un Protoser hiperactivo de muy malas pulgas que, sin embargo, llegó a formar parte del club de gombrowiczidas. Yo considero que una persona culta que se precie de serlo debe estar enterada hasta donde sea posible de los accidentes más señalados que ocurren en el mundo de los hombres de letras. Para cubrir este aspecto de la actividad de escribir a veces les dedico algunos gombrowiczidas pues el oficio de publicar es tan antiguo como oscuro. Después de haber manifestado una gran curiosidad por conocer “Gombrowicz, y todo lo demás”, una propuesta editorial que había puesto en sus manos, Cornelio empezó a utilizar conmigo la técnica del silencio, uno de los cinco procedimientos de los que se valen los Protoseres para despachar a los autores, que yo había relevado en un estudio pormenorizado realizado con este propósito. Como a mí no me gusta dejar las cosas colgadas de alfileres me vi obligado a decirle que no entendía cuál podía ser la razón por la que en un principio se manifestara tan entusiasmado y atento con mi propuesta editorial y a los pocos días ni siquiera tuviera la delicadeza de contestarme los teléfonos. Que bien pudiera ser que la hubiera leído y no le hubiera gustado, lo que echaría una luz muy dudosa sobre su capacidad para analizar textos, o que su publicación le pareciera incompatible con al actividad económica de la editorial, o que simplemente no la hubiera leído, eso no tendría nada de especial para mí, pero la hipocresía y el me da lo mismo una cosa que otra, sí tenía algo de especial, son las más claras evidencias de los modales descuidados. Puesto contra la pared de esta manera, Cornelio se consideró liberado de darme su opinión sobre “Gombrowicz, y todo lo demás”, pero de igual manera tuve que escucharle un sermón sólo comparable a los que daba Montaigne. Un autor decente no debe ignorar que un buen editor necesita tiempo y tranquilidad para ponderar una propuesta de esta naturaleza. La relación entre un editor y un autor debe basarse en la tolerancia y en la confianza, la falta de respeto presuntuosa no conduce a ninguna parte. Yo voy enfrentando a los editores de a uno por uno y con una sola obra, nada que ver con lo que hacía Gombrowicz. “(...) ¿crees acaso que yo, trabajando con treinta y cinco editores a la vez, tengo tiempo de ocuparme de insignificancias? (...) Firmé últimamente más de diez contratos con cinco países, pero la plata se me va que es un escándalo, porque aquí todo muy distinguido y muy caro. Sin embargo en Italia (estuvimos en Portofino, donde iba Churchill) también caro y por todos lados caro (...) Con Der Monat ofensa mortal, temían publicar mi diario sobre Berlín y no querían decírmelo, por lo tanto no contestaban mis cartas. Me enfurecí, los mandé a la mierda que los parió (...)” A Cornelio le hubiera ido mucho peor con Gombrowicz de lo que le fue conmigo. En la foto se lo ve como a un ladrón de baratijas, una persona que se hace condenar por muy poca cosa.

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Las maldiciones que echaba Gombrowicz son inolvidables, la que echó al comienzo de “Transatlántico” es increíble, pero no es la única, existen otras igualmente crueles, la dirigida a algunos lectores, para poner un ejemplo. “A todos aquellos que hablan de mí en vano, que abusan de mi nombre, los castigo cruelmente: me muero en sus bocas” Yo andaba, justamente, a la pesca de personas a las que Gombrowicz se les hubiera muerto en la boca, así que me puse a ver si encontraba algunas en la década del 80 y también en las décadas posteriores. El suceso argentino más importante de la década del 80 concerniente a Gombrowicz fue, sin lugar a ninguna duda, la película que filmó Alberto Fischerman, “Gombrowicz o la seducción” con el guión del Esquizoide, un hombre de letras muy bien perfilado en el arte de escribir. No creo que haya habido presentaciones más deslumbrantes de libros que las que le hicieron a “Cartas a un amigo argentino”, en el Centro Cultural de España, y a “Gombrowicz, este hombre me causa problemas”, en la Embajada de Polonia. Al primero lo presentaron el Pterodáctilo y el Buey Corneta, en una reunión a la que asistió tout Buenos Aires. Al segundo lo presentaron el Zorro, el Socialista, el Régisseur Fanfarrón y el Buhonero Mercachifle, en una embajada desbordante de entusiasmo. No es el caso de que me ponga a contar aquí todas las peripecias de estos acontecimientos tan rutilantes que se me han grabado en la memoria y dejado un sabor muy dulce, voy a referirme solamente a una circunstancia amarga. Cuando la Hierática empezó a elegir el medio en el que había que hacer la propaganda a “Cartas a un amigo argentino” se decidió por “La Nación” y se puso en contacto con el Prohombre. El periodista, que no podía imaginar en ese momento lo que iba a ocurrir después, aceptó de inmediato la propuesta sin reserva alguna. La cuestión es que el diario anunció con bombos y platillos, a doble página, el nacimiento de “Cartas a un amigo argentino” con un copete enorme que entre otras cosas decía: “Desde allí mantuvo correspondencia con Juan Manuel „Goma‟ Gómez, compañero argentino que había conocido en 1956”. Me puse furioso, no sin razón, y llamé al Prohombre para que me explicara cómo era posible que hubieran cometido semejante tontería, que yo no me llamaba Juan Manuel sino Juan Carlos, y que sacara inmediatamente una fe de erratas. El pobre hombre estaba aturdido y sólo atinó a invitarme a tomar un café para hacer las paces, pero yo estaba muy ofendido y no acepté la invitación. Pasaron unos meses... Al año siguiente “Emecé” decide tirar la casa por la ventana para festejar sus sesenta años de existencia y también el centenario del nacimiento del Asiriobabilónico Metafísico, en una reunión a la que asistió mucha más gente de la que cabía en el Museo Metropolitano. Estaba hablando con el Pato Criollo de esto y de aquello, pero no en el mismo lugar sino caminando. El Pato Criollo se desplazaba lentamente hacia un lugar, no por nada el Guitarrón lo llama el maestro de las intrigas, y yo lo seguía. Repentinamente para mí pero no para él, porque era un movimiento que había calculado cuidadosamente, nos encontramos junto a otra persona. El Pato Criollo, que conocía el cambio de nombre que me habían hecho en “La Nación”, nos preguntó a los dos si nos conocíamos. El otro, claro, era el Prohombre; nosotros nos pusimos colorados como un tomate mientras el Pato Criollo se reía a carcajadas.

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WITOLD GOMBROWICZ Y RENÉ DESCARTES Apremiado por su conciencia que lo sermoneaba con que debía ser un abogado, o un médico, o un mujeriego, o un coleccionista, pero que debía ser alguien, Gombrowicz escribió “Ferdydurke”, un programa espiritual para establecerse en la madurez, sin embargo, le salió el tiro por la culata. Su punto de partida para encontrar un lugar en el mundo es la defensa que hace de su yo, busca un camino que le proporcione seguridad, como lo había hecho Descartes con sus ideas claras y distintas. “No me está permitido escribir: la sopa de tomate es un buena sopa. ¡Qué abuso! En cambio, estoy en mi derecho cuando digo: me gusta la sopa de tomate. ¡Así es como hay que hablar! Eso es el estilo”. “Ferdydurke”, nacido de heridas personales, lo arrastró a la aventura universal del drama de la forma humana. Su postulado de no hablar sino en nombre personal era la condición necesaria de un buen estilo, y el testimonio de su moral y de su sentido de responsabilidad. “(...) che, viejo, me pasa una cosa rara, ya sabes cómo lo insultaba a Sartre y cómo lo despreciaba. Pues bien, en el diario que estoy escribiendo lo elevo a alturas vertiginosas, declaro que Francia tiene que elegir entre Sartre y Proust, y dije que el pensamiento de Sartre es el más categórico y decisivo desde Descartes. ¿Qué cosa che? Además describí mi peregrinaje a su casa (es decir, el que hice para contemplar las ventanas solamente). Esto va a joder a todo el mundo porque odian a Sartre” Los dos ápices del pensamiento francés eran para Gombrowicz René Descartes y Jean Paul Sartre. A partir de Descartes la filosofía se convierte en una filosofía de la conciencia y del sujeto, y esto le viene muy bien a Gombrowicz. El cogito cartesiano llega a ser el punto de partida de toda la filosofía idealista desde la cual se intenta alcanzar el mundo real. Descartes, Kant y Husserl, refiriéndose al pensamiento, a la razón y a la conciencia, corrigen el rumbo de la filosofía en tres momentos cruciales en el desarrollo de las ideas fundamentales. El pensamiento de Descartes sirve de puente para pasar de Platón y de Aristóteles a la filosofía moderna, y es también el que le abre las puertas a la noción de sujeto. El realismo de las ideas de Platón y el realismo del sistema de Aristóteles son puestos en tela de juicio por la duda metódica de Descartes y por su pienso luego existo. Se considera a Descartes como el padre de la filosofía moderna, independientemente de sus aportaciones a las matemáticas y a la física. Este juicio se justifica, principalmente, por su decisión de rechazar las verdades recibidas de la escolástica, cuyos prejuicios combatía activamente. Y también, por haber centrado su estudio en el problema del conocimiento, como un rodeo necesario para llegar a ver claro en otros temas de mayor importancia intrínseca como la moral, la medicina y la mecánica. En esta prioridad que le concede a los problemas epistemológicos, lo seguirán todos sus principales sucesores. Con sus preceptos de la evidencia, del análisis, de la síntesis y del control Descartes se propuso probar la existencia de Dios y del alma como sustancias originarias.

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La actitud idealista iniciada con Descartes basó el razonamiento filosófico sobre la convicción de que los pensamientos nos son más inmediatamente conocidos que los objetos de los pensamientos. Sin embargo, en todos los pensadores anteriores a Kant quedaba siempre un residuo de realismo que recaía en una existencia trascendente en sí, de algún elemento que encontraban por el camino, en el caso de Descartes la existencia de Dios y del alma. Kant trata de terminar definitivamente con la idea del ser en sí. Para el conocimiento el ser no es en sí, sino que es un ser para ser conocido, puesto por el sujeto pensante como objeto del conocimiento. Sin embargo, en ningún pensamiento, por claro y distinto que sea, hay la más mínima garantía de la existencia de su objeto. Para decir esto Descartes hace un rodeo muy llamativo, se imagina que un geniecillo maligno y todopoderoso se puede empeñar en engañarnos; nos puede poner en la mente pensamientos de una claridad y sencillez que tengan una evidencia indubitable, y, sin embargo, esos pensamientos, a pesar de su evidencia, puede que no sean verdaderos para el caso de que ese geniecillo todopoderoso, maligno y burlón se hubiera dado el gusto de poner en nuestra mente pensamientos evidentes y, no obstante, falsos. Claro que ésta es una manera metafórica de hablar. Lo que quiere decir aquí Descartes es que un pensamiento no contiene nunca, en su estructura como pensamiento, ninguna garantía de que el objeto pensado corresponda a una realidad fuera del pensamiento mismo. Para salvar este inconveniente Descartes afirma que Dios existe, y que esta existencia impide que el geniecillo burlón nos engañe. Para demostrar la existencia de Dios recurre a tres razonamientos que en los tiempos que corren resultan de lo más extraños. El más famoso de estos argumentos consiste en afirmar que la idea de Dios no puede haber sido creada por el geniecillo maligno pues esa idea designa a la mismísima perfección, y siendo el hombre un ser imperfecto no pudo concebirla por su cuenta, debe haber sido concebida por Dios mismo. Tradicionalmente, se considera que Descartes introduce la existencia de Dios en su metafísica como garantía de la verdad, pero esto da lugar al profundo problema de la circularidad, que Descartes mismo señala en la “Carta a los Decanos y Doctores...” que antecede a las “Meditaciones”. Otra postura que Descartes sostiene es la evidencia de la libertad. Pero más que discutir la realidad del libre albedrío, Descartes parece partir de la hipótesis de que él mismo es libre. Pese a que Sartre proclama el fracaso del proyecto humano de llegar a ser Dios, su filosofía le da finalmente al hombre los atributos de la divinidad como se los había dado Descartes. “No le reprochamos a Descartes que le haya dado a Dios lo que nos pertenece a los hombres; antes bien lo admiramos por haber desarrollado hasta el final los requerimientos de la idea de autonomía, y por haber comprendido, mucho antes que Heidegger, que la única base del ser es la libertad” Gombrowicz se ocupa, en no pocas páginas del “Diario”, de enjuiciar a la razón cartesiana. La intensidad de los estragos que causa esta razón varía, se podría decir que hasta Descartes la razón se había comportado con una relativa calma porque no se había metido demasiado con la vida.

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Pero el imperialismo de la razón es terrible, poco a poco los filósofos empezaron a marcar terrenos que antes le habían resultado inaccesibles y a descubrir que la vida se burla de la razón. Los pensadores, progresivamente, a medida que se sucedían, se iban aproximando a la ridiculez cuando se adentraban en el territorio de la vida utilizando la razón. Nietzsche, por ejemplo, es más ridículo que Kant, pero todavía no llega a provocar risa pues su pensamiento es abstracto. Pero el problema teórico se convirtió en el misterio, y el misterio se reveló como el origen de una risa dolorosa. Al sentido común le produce risa contrastar la realidad corriente con la realidad decisiva y responsable de los existencialistas, pero a esta risa se le agrega otra más terrible y convulsiva aún, una risa que no depende de nosotros. “Cuando vosotros, los existencialistas, me habláis de la conciencia, de la angustia y de la nada, estallo en carcajadas, no porque no esté de acuerdo con vosotros, sino porque tengo que daros la razón. Os doy la razón y no pasa nada. Os doy la razón, pero en mí no ha cambiado nada, absolutamente nada. La conciencia, que habéis inyectado en mi vida, se ha mezclado con mi sangre convirtiéndose inmediatamente en mi vida; y ahora el antiguo triunfo de los elementos me sacude con sus risotadas (...)” “¿Por qué estoy obligado a reírme? Simplemente porque en la conciencia también me desahogo. Me río porque me deleito con el miedo, me divierto con la nada y juego con la responsabilidad; por lo demás, la muerte no existe” Hay que encontrar esa espina que Gombrowicz tiene clavada en la garganta y el porqué de esa risa dolorosa. El cortocircuito de Gombrowicz con la filosofía se le produce cuando mira a la razón desde las ventanas de sus narraciones y de sus piezas de teatro. No es tanto el Gombrowicz filósofo el que se ríe de la conciencia, de la angustia y de la nada, son los personaje de sus obras, ese Gombrowicz irresponsable que se ríe a carcajadas. El Gombrowicz filósofo no desacredita ni se burla del Gombrowicz artista, pero el Gombrowicz artista no se cansa de desmontar las plantaciones que hace el Gombrowicz filósofo, ni de reírsele en la cara. Este corto circuito no existe en Sartre. El cartesianismo y la forma habían puesto a Gombrowicz en la vereda de enfrente de Francia, sin embargo, en el último tramo de su vida cruzó la vereda y se quedó en Francia para administrar mejor su gloria. Desde la edad temprana Gombrowicz había puesto en Francia el paso del tiempo para conservar indefinidamente su juventud, pero cerca de la muerte, el doppelgänger francés recuperaba la juventud y Gombrowicz se volvía viejo. Francia ya no era un país cerrado pues allí se trabajaba con la forma, allí se la creaba y se la ponía en tela de juicio, a veces en broma y a veces en serio. Y si estaba a gusto en París era porque se hallaba en el centro mismo de la crisis de la forma, y la irritación que le producía París lo hacía sentir bien. Sartre ilustraba muy bien esta crisis del cartesianismo francés. El “ser para sí” planteaba de manera radical el problema de la forma. La subjetividad, la nada, la libertad y la libre creación de los valores tomaban distancia frente a la forma, y la inclinación del existencialismo por lo concreto estaba desdoblada trágicamente por la breve palabra “para” y saturada de distanciamiento y de nada. Había que buscar al hombre fuera de la forma, pero el “ser para otros” lo ponía otra vez como objeto de la forma de otro, y esta crisis era la razón por la que Gombrowicz veía en Sartre un codificador de sus propios sentimientos. Pero Sartre convierte a “El ser y la nada” en un tratado moral y encierra nuevamente al hombre en unas reglas estrictas, es

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decir, en una forma bien definida, un giro fatal que retoma la línea tradicional del cartesianismo. El francés es lógico, sistemático y grave, pero también artista, espontáneo y sonriente. A través de la ciencia, del marxismo y de la variante marxista del existencialismo, todo cuanto hay de seco en Francia ha sido furiosamente estimulado, mientras que la elasticidad y la disponibilidad inocente, han sido violentamente sofocadas. Francia se mantiene viva porque su necesidad de forma es tan grande como su desconfianza por la forma. La filosofía de la conciencia y del sujeto de Descartes lo sumen a Gombrowicz en hondas cavilaciones sobre los problemas de la forma y de la desnudez humana. En “Aurora” se vale de un pequeño número teatral para mostrar qué cosas ocurren cuando la majestad rotunda de un cuerpo vestido, es decir, de la forma decide desnudarse. La acción se desarrolla en un banquete muy distinguido entre dos personajes: el Orador y el Público. El Orador: L‟eternel sourire dans lequel la grace et l‟ingence... (y se quita la corbata). El Público: algo extrañado. El Orador: La clarte de la pensee et l‟insuperable exprit de la mesure... (y se quita los zapatos). El Público: más extrañado. El Orador: L‟elegance exquise et le charme... (y se quita el saco) El Público: muy extrañado. El Orador: La distinction, le tact et la finesse unies au bon gout... (y se quita los pantalones). El Público: se levanta. El Orador: La cravate, le veston, les bottines et les pantalons... (y se quita todo lo demás). Telón.

WITOLD GOMBROWICZ, GRZEGORZ PACEK Y FRANCO DE PEÑA Cuando Gombrowicz se enteró de que había ganado el Premio Internacional de Literatura lo primero que atinó a hacer fue a preparar una lista de sus enemigos literarios, regocijándose de antemano con la amargura desesperante que les iba a producir cuando se enteraran. Ya con el premio en la mano escribe el famoso diario del hijo ilegítimo para mortificar a sus enemigos polacos de Londres. En este diario relata cómo después de algunas dudas y peripecias se compra una casa con los veinte mil dólares del Premio Formentor, y cómo la empieza a decorar con cuadros, tapices y muebles del gusto más refinado. Una carta que le llega de la Argentina interrumpe sus tareas de amoblamiento, le anuncia que Henryk quiere aparecer por la casa para darle una sorpresa. Entonces se le despiertan unos recuerdos sombríos sobre una mulatona llamada Rosa, y la alegría que le había aparecido con la mudanza se le esfuma. La oscura mulatona era como las algas en el fondo del agua, una cosa negruzca que se distingue mal. En el lugar

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comienzan las habladurías, chismean que el señor Gombrowicz espera la llegada de alguien de la familia. Tener un hijo era una idea que no había tenido en toda su vida, pero le importaba poco que fuera legítimo o ilegítimo, su desarrollo espiritual y su evolución intelectual lo ponían fuera de la órbita de ese dilema. Sin embargo, el hecho de que un semimulato se le acercara con su tierno papi... ¿estará bien de salud? Tenía miedo de la visita porque Henryk podía chantajearlo, un hijo suyo concebido con una mulatona indefinida, en una noche de hotel que se abismó en las tinieblas del olvido. De una fealdad negra le surge un hijo ilegítimo que quizás no esté bautizado ni tenga partida de nacimiento. Una negrura tenebrosa, tropical y hotelera desbordante de ilegitimidad se le anuncia desde la Argentina. Al comienzo de este diario, en el que relata episodios completamente falsos, nos dice que la casa estaba tasada en ciento cincuenta mil dólares, pero que el dueño sólo le había pedido cuarenta mil en la mano, posiblemente porque se trataba de un admirador ricachón. Y el final de este diario es una obra maestra con la que tortura sin piedad a sus enemigos polacos londinenses. “¡Un hijo ilegítimo que ronda/ la ilegitimidad redonda del hijo!/ ¡El despacho redondo de Rosa/ En que fue concebido el hijo! (...)” “¡Vendo! ¡Vendo! ¡Vendo! ¡Vendo muy barata una villa con sus habitaciones en fila, con terrazas sólidas y vistas panorámicas en un pinar y con un despacho redondo! Vendo al hijo y a Rosa con sus alcobas y redondeces. Urgente vendo una villa en muy buenas condiciones Tel. 36-580-1 de 15 a 17 h. He vendido por doscientos catorce mil dólares, con alcobas con vista panorámica, hijo y mulata. ¡Me he quedado sin nada!” Cuando Gombrowicz murió aparecieron polacos de buena voluntad, salidos de todos los rincones de la tierra, que se dispusieron a difundir la palabra del maestro por el mundo bajo el ala protectora de la Vaca Sagrada. Gombrowicz ha tenido muy mala suerte con el cine porque los polacos, cuando se trata de él, juegan a ver quién se hace más el loco. Desde el “Ferdydurke” de Skolimoski hasta la “Historia” de Gregorz Jarzyna los cineastas polacos se han ocupado de escribir guiones con el propósito evidente de malograr las ideas de Gombrowicz. Pero el fragmento del “Diario” con la historia del hijo ilegítimo despertó la imaginación de dos gansos polacos que se vinieron a Buenos Aires para filmar la peor película sobre Gombrowicz de todos los tiempos. El Larguirucho y el Pegajoso se trajeron el argumento bajo el poncho, bien oculto, cayeron por Buenos Aires con el propósito avieso de burlarse de nosotros, unos pobres ancianos escleróticos, valiéndose de un cuento que podría tener un equivalente en la Argentina si a alguien se le ocurriera hacer una película con la vida del General Don José de San Martín y escribiera un guión sobre la base de que encontraron al Santo de la Espada fornicando con una africana. “Una carta de Argentina” relata una investigación que hace El Pegajoso en Buenos Aires sobre el hijo ilegítimo de Gombrowicz a quien finalmente encuentra. A pesar de que le ofrecimos alguna resistencia intentando establecer un línea de defensa con el Ministro de Cultura de Polonia, a la sazón Slawomir Ratajski, que intercedió en nuestro favor, los guapos de Polonia se salieron con la suya y pasaron el film por la televisión polaca. Desgraciadamente también lo exhibieron en el cine, en funciones

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especiales, en ciclos de revisión y también aquí, en la Argentina, en la mismísima Embajada de Polonia. En efecto, el Esperpento, de vuelta de una viaje a Radom, había traído una copia del film, y le propuso a Eugeniusz Noworyta pasarlo en la embajada con la única condición de que yo no fuera invitado. Mis relaciones con el Esperpento, nunca del todo buenas, habían sufrido un brusco enfriamiento y se habían puesto tensas en la casa de Madame du Plastique cuando puse al descubierto que, soto voce, se lo conocía entre nosotros como el Esperpento, un mote que le había puesto Flor de Quilombo. Para el año del centenario me apoderé de la Embajada de Polonia y, por intermedio del que ahora era el embajador, Slawomir Ratajski, también me apoderé del Centro Cultural Borges y de la Feria del Libro, poniéndole una barrera infranqueable a la participación del Esperpento en estas jornadas. Cuando el Larguirucho y el Pegajoso desembarcaron en Buenos Aires se pusieron en contacto de inmediato con la Alemana Psicopática, una germana muy atractiva pero siniestra. Todo parecía hermoso y plácido, pero el diablo estaba emboscado. La Alemana Psicopática se comportaba en forma eficiente, su conquista más destacada la había obtenido casándose con un Kepler, descendiente directo del astrónomo Juan Kepler, el de las leyes de la órbitas planetarias. Otro comparsa de esta historia verdadera resultó Roman Pawlowski, un periodista polaco que puso al descubierto el aspecto insubstancial y bufonesco de la película en la “Gazeta Wyborcza”. “En la película, de igual manera que en el „Diario‟, la verdad se mezcla con la fantasía y la mentira con el drama. Pacek y Peña hacen retratos de las personas que pertenecieron al círculo de Gombrowicz con rasgos casi folletinescos; desde la conversación con el pintor Janusz Eichler que en vez de hablar sobre Gombrowicz repele los ataques de los mosquitos, hasta la escena en la que Juan Carlos Gómez con lágrimas en los ojos dirige la novena sinfonía de Beethoven, el compositor preferido de Gombrowicz. Sobre „Una carta de Argentina‟ se levanta el espíritu travieso de Witold Gombrowicz y es por este espíritu que vale la pena verla” Todo terminó mal, basta conocer las últimas explosiones que se produjeron en esta reacción en cadena que tuve con el Larguirucho. “Jamás se me cruzó por la cabeza que podía existir un gusano farsante tan grande como vos. Cada vez que pienso en lo que hicieron se me revuelven las tripas de indignación (...) Los que se ocupan de hacer películas sólo entienden el mundo que pasa por el objetivo, lo que entra en la lente existe, lo demás tiene poca importancia. A esta limitación general vos le agregaste otra, una idea idiota e inmoral, inmoral porque vos te viniste para acá con la aviesa intención de demostrar que el medio argentino en el que se había desenvuelto Gombrowicz era mediocre, y para probarlo hicieron todo lo posible por mostrarnos en una situación inferior recurriendo a la provocación con el hijo bastardo y al embotamiento con el alcohol (...)” “La participación del Pegajoso en ese sentido es terrible, a cada paso se nota en la película cómo se está burlando de nosotros (...)” “Tengo también buenos recuerdos tuyos; nuestras sesiones de ajedrez, de ginebra, de vodka, de champaña –una borrachera casi permanente acompañada siempre por la mirada vigilante de la Alemana Psicopática, tu cómplice femenina– no fructificaron en

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espíritu como se ve muy claro en la película (...) No voy a permitir que un mocoso como vos no atienda al hinchamiento de mi personalidad, que se hincha y se hincha en el mundo entero y no sé si no voy a reventar”

WITOLD, IRENA, JERZY Y JANUSZ GOMBROWICZ La transformación que sufre Gombrowicz respecto a la idea de familia es menos clara que la que sufre respecto a la idea de Dios y a la idea de patria, pues atraviesa toda su vida casi sin cambios. Son admirables la nobleza y la discreción con las que Gombrowicz habla de sus padres y de sus hermanos hasta el final de sus días. Sin embargo, las contrariedades que tenía con la familia fueron las primeras, y el origen de todas las otras contrariedades. “(...) Al volver a Varsovia escribí algunos folletines sobre mi estancia en la región de Poznan, pero estaba tan cargado de una extraña ira y guardaba todavía desde mi infancia tanto rencor hacia las mansiones del campo de lo terratenientes, empezando por la mía propia, que no pude evitar hacer ciertos comentarios maliciosos (...)” Aunque Gombrowicz no era indiferente a la vida difícil de los pobres, mientras vivió en Polonia, tuvo una vida fácil sin necesidades materiales. La familia, las institutrices y el servicio doméstico lo mantuvieron alejado de la parte dura de la existencia. Las cosas cambiaron brutalmente cuando llegó a la Argentina, el mundo doble y acolchado de ese noble burgués se derrumbó y Gombrowicz tuvo que enfrentar el hambre, la humillación y toda la variedad de las penurias materiales que produce la miseria. Este cambio fatal de las circunstancias acentuaron el rechazo que siempre había tenido por los artificios, el idealismo y las ilusiones al punto que se obligó a definir de una manera drástica su axiología. “¿El vacío? ¿Lo absurdo de la existencia? ¿La nada? ¡No exageremos! No se necesita de un Dios o unos ideales para descubrir el valor supremo (...)” “Basta permanecer tres días sin comer para que un mendrugo adquiera ese valor; nuestras necesidades son la base de nuestros valores, del sentido y del orden de nuestra vida” Todas las historias que conciernen a los hombres tienen un principio y un fin, veamos entonces un poco de cómo empezó la historia de Gombrowicz. En el tiempo en que Onufry Gombrowicz, el abuelo de Gombrowicz, es obligado a vender sus propiedades en Lituania y a trasladarse a Polonia se sintió injustamente puesto fuera de su clase, se mostró hostil a su nuevo medio y se quedó orgullosamente apartado en su clan cerrado. Su hijo, Jan Onufry, a la muerte de su padre, abandona sus estudios, compra una propiedad en Maloszyce y contrae matrimonio con Marcelina Antonina Kotkowska, una hermosa mujer que le da cuatro hijos; Janusz 1884, Jerzy 1885, Irena 1899 y Witold 1904. Cuando Gombrowicz tenía un año se mudaron de Maloszyce a Bodzechow, y a los siete años terminó viviendo en Varsovia. El viejo castillo de Bodzechow, rodeado de un vasto parque, era un lugar lleno de misterios. La familia de Marcelina Antonina se hallaba establecida en la región de Bodzechow, y fue en ese viejo castillo donde a

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Gombrowicz le aparecieron los primeros síntomas de la sangre enfermiza de los Kotkowski. De este ambiente lúgubre y de locos Gombrowicz sacó inspiración para muchas de sus narraciones. Los estilos agonizantes de las formas polacas que se remataban como a un animal enfermo, fueron una verdadera ganga para Gombrowicz en los tiempos que escribía “Ferdydurke”. Rena era de un temperamento más fuerte y de un espíritu más lógico que el de los otros tres hermanos. Las representantes del bello sexo amigas de Rena que frecuentaban la casa se caracterizaban más por sus virtudes que por su coquetería, se dedicaban a actividades filantrópicas y no se mostraban dispuestas al flirteo, razón por la que Janusz y Jerzy, sus hermanos mayores, se sentían perjudicados. Su actitud hacia esas amigas y hacia los principios que ellas practicaban era hostil y maligna. El catolicismo de la madre de Gombrowicz era espontáneo, natural y despreocupado, cuando abordaba cuestiones teológicas lo hacía con indolencia y sin preparación. Era católica ferviente de la misma forma que era polaca y nacida de terratenientes. La fe de Rena era, en cambio, complicada, fruto del esfuerzo y la concentración, un catolicismo que podríamos calificar de existencialista. El catolicismo moderno del temperamento más fuerte de los hermanos, era un espíritu lógico atraído por la objetividad científica, con una fe sentimental y razonada a la vez, que estudiaba matemáticas y que tenía un actitud desprovista de alegría. La severidad y la frialdad propias de la hermana se iban convirtiendo en el rasgo característico de la generación de Gombrowicz, un presagio del nacimiento de tiempos nuevos y más duros. Los hermanos se burlaban de las exageraciones de Rena y de sus amigas mostrándoles que eran el fruto de un refinamiento burgués y de las comodidades aseguradas por pertenecer a una clase social superior. Estas objeciones no llegaban a la conciencia de la madre que las rechazaba por proceder de la incredulidad y de la malicia. Pero en jóvenes como la hermana sí encontraban resonancia porque sabían que fuera de su mundo se ocultaba otro más brutal que no se podía evitar. Se sentían culpables: –No es culpa mía que haya nacido en un medio acomodado, cada uno tiene que vivir allí donde lo puso Dios, replicaba Rena; –Vamos, dime, ¿no es lógico? Actuó toda su vida de acuerdo a esa lógica, era trabajadora, escrupulosa, disciplinada, silenciosa y modesta. Pero estas católicas más modernas se encontraban limitadas por el peso de la tradición, por los lugares comunes de las madres y de las tías contra las que no querían rebelarse demasiado. Polonia era por aquel entonces un país de estilos agonizantes, uno de los alimentos principales de los que dispuso Gombrowicz para la concepción de “Ferdydurke”. Los diez años de diferencia que tenía con su hermano Janusz bastaban para mostrar con qué rapidez se producían los cambios. Janusz aún pertenecía a la juventud dorada, en vías de desaparición, era del campo, elegante, caminaba balanceando el bastón y se daba vuelta cuando se le cruzaba una mujer, con cara de tenorio. En el teatro se le veía siempre en las primeras filas conservando el porte de la nobleza terrateniente. Aunque no tuviera nada en el bolsillo, llegaba siempre a uno de los cafés más distinguidos de Varsovia en un coche elegante que, cuando ya estaba en las últimas, tomaba en la esquina más cercana sólo para descender en el café con su gala correspondiente.

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Gombrowicz no usaba bastón, a duras penas se ponía el cuello duro, no frecuentaba lugares de moda, no tenía asuntos de honor, no asistía ni a comilonas ni a borracheras, andaba en bicicleta en el campo y en la ciudad en tranvía, para escándalo de sus familiares y parientes higalguillos. Gombrowicz no tenía demasiada confianza en la cultura de los miembros de su propia familia, por lo menos no la tenía respecto a su hermano Janusz: –No estaría mal construir una acera para no hundirse en el barro cuando vamos al granero o a los establos; –¡Tonterías!; –¿Por qué?; –Porque el fango es el fango, si hago la acera se la llevan en tres días, mientras el fango no se destruye, ¡el fango es el fango!; –¡Pero el fango es el fango solamente en este país!, ¡en otras partes no es así!, saben arreglárselas, lo que pasa es que nuestro fango es un fango que con el fango...; –¡No seas tonto!, no son más que quimeras, hay que pensar con realismo, nuestras condiciones son diferentes. Janusz se preocupaba más por el honor de los comerciantes que por el honor de los nobles, en su visión del mundo la economía jugaba un papel más importante que las tradiciones y la carga hereditaria de las antiguas castas. Excluido de la complicidad que se había establecido entre los hermanos y el padre, se vio dominado por ellos, especialmente por su hermano Jerzy, el favorito de la familia, que lo hacía víctima de bromas continuas. Gombrowicz estaba subyugado y trataba de imitarlos, pero cuánto más crecía su admiración más humillado se sentía. El gusto que tenía Gombrowicz por decir tonterías le hacia decir a su hermano Jerzy: – cuando voy de visita con mis hermanos lo único que temo es que Janusz se acueste y que Witek se ponga a contar tonterías. Contar tonterías constituía en la época de su juventud una de las ocupaciones que más lo absorbía pero nunca se censuró esta actividad idiota. El desorden, la confusión y la torpeza de una existencia que elegía la idiotez para relacionarse con los demás fueron para él la mejor escuela en la se formó y que le permitió más adelante sobresalir y entrar en el gran mundo. Jerzy manifestaba durante el tiempo de su carrera universitaria, un gran gusto por todo el ritual y todo el protocolo solemne utilizados en los asuntos del honor, sin embargo, no los tomaba en serio. El benjamín de los Gombrowicz en cambio estaba completamente desprovisto de honor, en esa materia era un salvaje incapaz de distinguir las jerarquías de las partes del cuerpo y comprender por qué una bofetada era algo más terrible que un golpe en la oreja. El deporte que más practicaba con su hermano Jerzy era el de arrastrar a la madre a discusiones absurdas, una de las primeras iniciaciones en el ejercicio de la dialéctica que tuvo Gombrowicz, unas conversaciones que escandalizaban a las empleadas domésticas que tomaban partido por la pobre madre. ¡Otro divorcio en la familia!; –¿Qué estás diciendo?, ¿otro divorcio en la familia?, ¡no es posible!; –Te lo aseguro, me lo contó la tía Rosa, parece que ella se enamoró de su peluquero; –Cielos, qué escándalo. Al final de esta conversación teatral entre Jerzy y Witold aparecía la madre temblando de indignación: –¡Si la mujer de Henryk es tan desvergonzada no volveremos a recibirla!: –Pero, ¿por qué?, la tía Ela se divorció dos veces y ahora juega al bridge con sus tres maridos, dice que forman un equipo perfecto y que gracias a sus divorcios sus hijos tenían el doble de parientes.

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La caricatura es la forma grotesca de una persona o cosa, Gombrowicz era un especialista en hacer caricaturas y su hermano Jerzy también lo era. Gombrowicz cuenta que ese hermano suyo era un personaje con alma de artista. Un cómico y un bromista nato dotado de un gran sentido del efecto y de una notable invención en materia de dichos y expresiones algunos de los cuales fueron siendo utilizados por Gombrowicz cometiendo, como él mismo lo dice, un miserable plagio. Gombrowicz ajustó cuentas con los miembros de su familia en todas sus obras, pero sin mencionarlos por su nombre. En “Historia” en cambio, una pieza de teatro que no llegó a ver la luz del día en vida de Gombrowicz, los pasa por las armas a todos. Intervienen como personajes el mismísimo Gombrowicz y el resto de la parentela, el padre, la madre y sus tres hermanos, con sus verdaderos nombres. A medida que se desarrolla la acción estos fantasmas se van transformando en personajes históricos de las cortes europeas de principios del siglo XX. Gombrowicz se mueve como un enviado especial que se pasea descalzo invitando a los reyes a que hagan lo mismo. Se propone liberar a los hombres pidiéndole a los emperadores que dejen de representar sus papeles y se quiten los zapatos. Gombrowicz entra descalzo a su casa junto con el hijo del portero. A partir de ese momento la familia se convierte en un jurado que examina esta confraternización entre clases y se pregunta si Gombrowicz sería capaz de graduarse de bachiller debido a esta circunstancia. De junta examinadora la familia se transforma en un tribunal militar y, de delirio en delirio, llega hasta la corte del zar Nicolás II, a las puertas de la primera Guerra Mundial. Yo llegué a conocer a un miembro de la familia de Gombrowicz. Cuando me encontré con la Vaca Sagrada en Buenos Aires en el año 1973 el inefable Gustaw Kotkowski, primo de Gombrowicz, nos hizo de partenaire. Es difícil encontrar una persona tan amable y cordial como Gustaw Kotkowski, sin embargo Gombrowicz en el café Rex lo trataba en forma desconsiderada. Nos contaba que su primo tenía propensión a dormirse, que se dormía en cualquier lugar, que un día lo había encontrado dormido de pie en una estación de subterráneo apoyado en una pared. Kotkowski visitaba a Gombrowicz en el café Rex una vez por mes para charlar y llevarle un paquete con ropa. Cuando nos retirábamos Kotkowski era el que abría la puerta del ascensor. Gombrowicz entraba primero con el paquete debajo del brazo sin decir ni siquiera gracias. Cuando le preguntábamos por qué era tan descortés con una persona tan amable como su primo decía con tono displicente: –Vean, sucede que está preestablecido, nuestras familias son casi iguales, pero la mía es levemente superior a la de él.

WITOLD GOMBROWICZ Y HENRYK BEREZA El Viejo Vate, poeta, ensayista y uno de los críticos más eminentes de Polonia, nos pone sobre aviso de la propensión que tenía Gombrowicz para jugar en contra de sí mismo con el propósito de provocar a los lectores.

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El “Diario” es un gimnasio en el que un Gombrowicz a medio hacer, construido por su obra, hace movimientos para saber hasta qué punto su conciencia es suya: falso e insincero lucha con sinceridad para conseguir su propia celebridad. Su propósito predominante es diferenciarse del pensamiento de su época, es decir, diferenciarse de sí mismo, pues él mismo está formado en ese pensamiento, y al desarrollar esta diferencia los lectores deben confirmar en él que esa diferencia existe. De paso revela su intención de construirse un talento sobresaliente para dejar de ser un enigma demasiado fácil de descifrar, y obliga a los lectores a que se interesen por lo que a él le interesa. El Viejo Vate desconfía de todos los gombrowiczólogos desparramados por el mundo, especialmente desconfía de las interpretaciones que hacen sobre su “Diario”, y sobre el lenguaje mismo. Una verdadera comprensión de Gombrowicz no es compatible con una confianza depositada únicamente en lo intelectual, en la filosofía o en la ciencia. Los diarios de Gombrowicz no tiene la forma de una escritura sobre sí mismo sino la de una creación de sí mismo a través de la escritura. Gombrowicz no esconde la lógica de lo contradictorio, la exhibe con alguna frecuencia, aunque no con demasiada frecuencia, y es por eso que no se la advierte muy a menudo o, en todo caso, no se la quiere advertir. En el “Diario” la falta de percepción de esta lógica de lo contradictorio, es fuente de increíbles malentendidos y al mismo tiempo es el fundamento de la gombrowiczología académica y no académica que crece sin cesar. La creación artística que resulta del tipo de escritura que Gombrowicz utiliza en los diarios, realizada en un lenguaje absolutamente propio, suele ser tomada como una escritura discursiva con sus lugares comunes, sus estereotipos y su académica o pseudoacadémica lectura susceptible de una sola interpretación. Es posible que el mismo Gombrowicz se engañara utilizando su propio lenguaje de un modo que no es el artístico, pero lo más probable es que lo haya hecho con una premeditación artística absoluta, jugando con ese lenguaje para que aparente ser algo que no es, exponiéndolo a la prueba más difícil, a un uso que se contradice con su propia naturaleza, a un uso que le juega en contra. Detrás de la utilización de su propio lenguaje intelectual y artístico, para fines que le son adversos y que son ajenos a este lenguaje, podría ocultarse la más grande de las provocaciones intelectuales y artísticas de Gombrowicz. Si esto fuera así, entonces sería posible el acuerdo pérfido entre la masa gris de gombrowiczólogos y los lectores ingenuos que ven en el “Diario” la única, ya que la pueden entender, obra artística de Gombrowicz, y también sería posible ver en esta creación de sí mismo a través de la escritura, una actividad que requiere de un esfuerzo de interpretación, la respuesta a los enigmas de Gombrowicz y el fundamento de la gombrowiczología por los siglos de los siglos. De aquí entonces las orgías lingüísticas de “Transatlántico”, de aquí la estilística perfidia de “Pornografía”, de aquí el leguaje provocativo del “Diario” que en realidad no es ningún diario, porque hace lo que le viene en gana, simulando una manera de escribir para que los más tontos piensen que entienden algo. Gombrowicz se golpea la cabeza contra la impotencia del leguaje literario, hace piruetas increíbles para arrancarlo de su estado de parálisis, y se convierte en alguien absolutamente liberado en lo espiritual y libre intelectualmente como pocos entre los vivos.

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La obra creativa de Gombrowicz es sorprendente, sin embargo, hay en ella una frontera que no se puede traspasar, la frontera del lenguaje. Como es sabido, esta limitación es un mal generalizado, pero hay que tenerla en cuenta sobre todo para resaltar la particular filosofía y el sentido de libertad en Gombrowicz que no reconoce otro límite que no sea el del leguaje. Los entendidos, si es que los hay, podrán demostrarlo, ya que se puede olfatear el modo en que Gombrowicz rebota contra las paredes del lenguaje de la misma manera que una pelota rebota contra la pared. El Viejo Vate tiene la delicadeza de apartarme de estos pensamientos que le dedica a todos los gombrowiczologos. “Gómez no se aprovecha en su trilogía de ninguna de las conquistas de la gombrowiczología convencional ni entra en guerra con ella, esto es realmente maravilloso, que la gombrowiczología no haya dejado en él ni la más mínima de las huellas pues no necesitó recurrir a ella. Él no escribe nada de segunda mano, esto es lo que lo diferencia justamente de todos los gombrowiczólogos, admite sólo dos fuentes, la fuente de la palabra de Gombrowicz mismo y la de su propia palabra, que cuando es escrita, resulta estar muy próxima a la palabra de Gombrowicz, aunque no es idéntica, y no me refiero aquí a la diferencia del idioma (...)” “Lo excepcional de „Milonga para Gombrowicz‟ consiste, desde mi punto de vista, en el hecho de que Gómez, por alguna razón, conociéndola o no, se desvincula por completo de cualquier gombrowiczología, de la tradicional, y de la de cualquier futuro Bataille o Foucault, confiando exclusivamente en sí mismo, en su experiencia, en el haber sobrevivido a aquel su Otro, que se ha encarnado en la persona y en la obra escrita intituladas: Witold Gombrowicz. Gómez no comenta el „Diario‟, lo atraviesa con los rayos X de su conocimiento, producto de nueve años de un vínculo directo con la persona y casi medio siglo de comunión con su obra escrita. El prolongado contacto con la persona y el conocimiento de su obra artística, así como el de esas cartas tan particulares de Gombrowicz a sus amigos argentinos, cuyo carácter se parece al del „Diario‟, que Gómez conoce muy bien y a las que analiza en la primera parte de la trilogía, reemplazaron a la gombrowiczología de segunda mano” En unas palabras recientes que el Viejo Vate escribe sobre mí, despotrica contra las actuales condiciones políticas de la Polonia de los Gemelos Pimentones. “Juan Carlos Gómez es para mí el más importante exégeta de Gombrowicz entre los vivientes del mundo. Ningún espíritu científico puede competir con él teniendo en cuenta su unión espiritual muy particular con el maestro y sus competencias intelectuales tan singulares de las que surgió como prueba sugestiva su brillante e insuperable trilogía gombrowicziana publicada en „Twórczosc‟ (2004). Uno no llega a entender por qué esa trilogía no ha despertado interés en ningún editor de la patria del gran escritor a quien los manipuladores de la autoridad nunca podrán esconder ni destruir” Cuando estaba poniéndole el punto final a este gombrowiczidas tan interesante, me acordé de un pasaje del último capítulo de “Gombrowicz, este hombre me causa problemas”, entonces me asaltaron algunas dudas y quedé preocupado. “Pero en la raíz de la franqueza de Thomas Mann hay una coquetería que, con la apariencia de la humildad, fuerza sus títulos de gloria. Gombrowicz examina su arsenal, quiere saber de qué armas disponía para construirse su propia grandeza... „(...) tenía a mi disposición una sinceridad nueva e incluso un nuevo impudor que

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resultaban de unos lemas que proclamaban la eterna ruptura entre el hombre y su forma y que, en consecuencia, me permitían abordar estas cuestiones tan drásticas con una libertad jamás vista hasta ahora (...)‟ „La argucia de la que me podía servir para salvarme de la coquetería era la de tratar mi grandeza como un producto no premeditado que me imponía la actividad de la forma. Recordemos una vez más que la grandeza es un atractivo muy eficaz y constituye el verdadero sex-appeal de la gente madura que ciñe laureles en su frente‟ (...)” “Gombrowicz podía entonces, por un lado, desacreditar su propia grandeza y, por otro, entregársele impúdicamente sin necesidad de recurrir a los virtuosismos de Mann. Gombrowicz ya estaba en condiciones de experimentar en su propio laboratorio, es decir, en el „Diario‟, entonces empezó a hacer menciones pequeñas y discretas a su mismísima gloria. Pero algo salió mal, el convencionalismo que le impide al autor este tipo de jactancias funcionó, y los lectores se empezaron a aburrir”

WITOLD GOMBROWICZ Y RICARDO NIRENBERG Cuando Bonifacio del Carril se me acercó una tarde a la mesa en la que estaba conversando con la Hierática y me dijo que el libro iba para julio empecé a armar lo que terminó siendo “Cartas a un amigo argentino”. Debo reconocer que el Pato Criollo me dio una mano, fue el pulgón que utilizó la editorial para leer la correspondencia de Gombrowicz y su informe fue decisivo. Las historias verdaderas que se cuentan en este gombrowiczidas están relacionadas, sin embargo, con emociones negativas, y en menor medida con emociones positivas Después de que Bonifacio del Carril estampara la fecha de publicación de “Cartas a un amigo argentino” en un papel que guardo como un tesoro a pesar de sus exiguas dimensiones, puse manos a la obra y empecé a fabricar un marco que le quedara bien al libro. Di mi primer golpe proponiéndole a la Hierática que publicara también las cartas que yo le había escrito a Gombrowicz pero me lo rechazó de plano: –Mirá, no, Emecé desea hacer una edición económica. La limitación que me puso “Emecé” y que yo no busqué me trajo, sin embargo, calurosos felicitaciones pues algunos gombrowiczidas ilustres destacaron posteriormente mi modestia y mi generosidad. El Perverso y el Guitarrón se sumaron con entusiasmo al rechazo de la Hierática mediante la utilización de la técnica de la contratransferencia y la modalidad de la desaparición, en ese orden. Le pedí al Pterodáctilo que escribiera el prólogo, yo escribí el epílogo, y cuando ya había terminado de redactar la presentación me pareció que me estaba dando un exceso de lugar, entonces le pedí ayuda al Pavo. Al final de cuentas el prólogo y la presentación quedaron en las manos de dos argentinos, de las del Pterodáctilo, un fisico-matemático que vive en la Argentina, y de las del Pavo, un matemático que vive en Estados Unidos, ambos, por esas cosas curiosas que tiene la vida, se fueron convirtiendo con el paso del tiempo en hombres de letras, aunque con muy distinta fortuna.

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En la misma época que Emecé publicaba las cartas que me había escrito Gombrowicz, “Tworczosc”, en Polonia, publicaba las que yo le había escrito a él, y esta réplica de sucesos que ocurría a catorce mil kilómetros de distancia, despertó un sentimiento negro en el Pavo, uno de los integrantes de este dramatis personae. Los celos están constituidos por el temor de que nos sea arrebatado el cariño de un ser que amamos, y la envidia es una tristeza causada por el bienestar de otro. Pues bien, una mezcla de celos y de envidia se apoderó del corazón del Pavo. Mientras aquí aparecían notas sobre “Cartas a un amigo argentino”, en Polonia publicaban notas sobre mí, y aquí aparece el otro integrante del dramatis personae: el Viejo Vate. La primera estocada la dió el Pavo. “Estoy orgullosísimo de que mi humilde texto saldrá en polaco, en Tworczosc, gracias a ti y a Kalicki (...) La nota que realmente me gustó es la de Alan Pauls (...) Lo que me decís del eximio crítico polaco Bereza, no sé, no estoy seguro... Me gustan mucho las cartas tuyas a Gombro que he leído, pero en mi humilde opinión no se puede decir con justicia que Gombro 'conseguía a duras penas' escribir sus cartas mientras vos 'bailabas' escribiendo las tuyas (...)” “A ver, Bereza, a ver ésa (...) Leí tu carta admirando como siempre tu inteligencia y tu penetración, hasta que llegué al final, donde me jurás por la Santísima Virgen María que te pusiste a llorar cuando llegaste al final del texto de Bereza. Aquí tuve ciertos problemas (...) Bereza escribió un panegírico, quizás quieras empujarme al panegírico, pero yo no puedo escribir panegíricos (...) Pero me basta el textecito de Bereza que me mandaste para convencerme de que, a menos que se trate de una burla, estamos frente a un guitarrero de muy baja estofa” Donde las dan las toman, Kalicki publicó en Tworczosc estos fragmentos de la carta que me había escrito el Pavo y que yo le había hecho conocer para echar más leña al fuego, y el Viejo Vate no se quedó callado. “Nirenberg escribe tonterías que tienen origen en la amistad que tiene con vos y también en la envidia, respecto a lo cual se puede tener una actitud tolerante. Te nombré el hijo espiritual de Gombrowicz, no en un momento de exaltación, sino en plena conciencia de lo que pasó entre ustedes dos porque en la base de los milagros de la existencia algo así siempre puede ocurrir entre dos hombres, o entre una mujer y un hombre. Esto puede ocurrir independientemente de las diferencias que existen entre generaciones, entre sexos y, en general, entre todo, solamente no puede ocurrir en personas como Nirenberg porque su personalidad y su mentalidad, achatadas como después de un planchado, no pueden captar ni ver algo parecido” Esto me lo escribió a mí, pero el Viejo Vate quiso que se conociera de otra manera su pensamiento y entonces publicó unas palabras en “Tworczosc”. “Yo mismo me encontré como una aguja en un pajar, así que voy a aprovechar esta oportunidad para atacar la calificación de panegírico que Nirenberg le hace a mi nota 'Goma'. En 'Goma' no escribí ningún panegírico sobre Gómez ni sobre Gombrowicz. Mi ensayo trata sobre una colisión trágica entre dos hombres, dos creadores del valor más grande de este mundo, el de la amistad creadora. La culpa trágica recae en este caso sobre el que se sintió obligado a tomar una decisión que se convirtió en un castigo para sí mismo. El otro solamente estuvo presente en esta tragedia y aunque pudo sobrellevar el peso de esta presencia el costo no fue pequeño. En mi texto 'Goma' no hay ningún

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lugar para un panegírico, el panegírico es un arte para espíritus pequeños y yo huyo de todo eso” Pero una vez que los celos se despiertan la acción suele desembocar en una tragedia, y eso fue precisamente lo que ocurrió entre el Pavo y yo cuando me puse a buscar un prólogo y una presentación para la edición polaca de mis cartas. En un principio traté de seducir al Buey Corneta y al Pato Criollo pero sin ningún resultado, entonces se me ocurrió pedírselos al Viejo Vate y al Pavo que ya había escrito la presentación de “Cartas a un amigo argentino”, una ocurrencia que terminó con nuestra amistad. La primer versión de la presentación se la rechacé de plano pero la segunda se la acepté calurosamente. “Muy bien, Ricardo, brillante, por fin me pude quitar de encima toda la ferretería de la madre Rusia que me habías puesto sobre las espaldas. El texto de tu presentación es magnífico tanto en las ideas como en el idioma (...)” Mientras el Pavo corregía algunos pasajes de esta segunda versión, el Viejo Vate le ponía punto final al prólogo, una pequeña joya literaria con la que empecé a darle celos al presentador. Cuando le pedí que eliminara de la presentación a la Finada, una de las tres Gorgonas polacas, con la que me había peleado en vida por haber tomado partido por la Vaca Sagrada en el asunto de la publicación de las cartas de Gombrowicz, no estuvo de acuerdo. “No, no estoy de acuerdo con sacar el nombre de Alicia (...) cada uno debe vivir con su conciencia, y yo con la mía” Los celos estaban destruyendo los restos de vida que le quedaban a nuestra amistad. “Tu presentación irá sin Alicia, no puedo creer que siendo amigo mío te niegues a darme el gusto (...)” Intentó darme el gusto cuando la esposa lo convenció de que estaba bien que eliminara a la Finada de la presentación pues si había muerto tan disgustada conmigo porque yo había publicado las cartas de Gombrowicz sin la autorización de la Vaca Sagrada, entonces, de estar viva, no le hubiera gustado nada ver su nombre en la presentación de un libro mío, y la estaría traicionando si contrariara esa voluntad presunta de la Finada. Las cartas que yo le escribí a Gombrowicz fueron publicadas en Polonia en la revista “Twórczosc” con un prólogo y un epílogo memorables: “Goma” de Henryk Bereza y “Epílogo gomoso” de Jorge Di Paola. La presentación del Pavo, en cambio, duerme el sueño de los justos, ese brebaje ponzoñoso preparado con pata de celos, cola de boludez y una pizca de Vaca Sagrada quedó en un cajón de mi escritorio. De mal en peor, la relación epistolar afectuosa e intensa que había mantenido con el Pavo terminó cuando me devolvió una carta sin abrir dentro de un sobre. De la observación atenta de las fotos que forman parte de este gombrowiczidas se puede deducir con toda claridad que el Pavo es un hombre de armas tomar y que el Viejo Vate es un poeta de la vida.

WITOLD GOMBROWICZ Y DANTE ALIGHIERI

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El Asiriobabilónico Metafísico acostumbraba a desacreditar a los escritores, una costumbre que también tenía Gombrowicz, pero el Asiriobabilónico Metafísico era más irresponsable. Habla con ligereza de algunos nombres importantes y de sus obras, al punto de considerar al Fausto de Goethe como un bluff de la literatura. Tampoco se salva Shakespeare, era un amateur, un divino amateur al lado de Dante que sí era un verdadero literato. Gombrowicz no compartía para nada estas opiniones, especialmente la idea del infierno de Dante le resultaba insoportable. Como Dante era para el gran mundo literario, de igual modo que para el Asiriobabilónico Metafísico, el gran campeón de la literatura, Gombrowicz se impuso la tarea ciclópea de destruir a Dante. “Inferno. Canto terzo Per me si va nella città dolente Per me si va nell‟eterno dolore, Per me si va tra la perduta gente. Giustizia mosse il mio fattore: fecemi la divina potestate, la somma sapienza e‟l primo amore. Dinanzi a me non fuor cose create se non eterne, e io eterna duro. Lasciate ogni speranza, voi che entrate” Los detalles de la reescritura que hace Gombrowicz de las palabras inscriptas en la puerta del infierno están en el “Diario”, unas páginas que muchos de sus contemporáneos calificaron de libelo. El infierno de Dante según la idea de Gombrowicz está mal hecho, está hecho por un Satanás que sólo busca el mal, también para lo que él mismo hace, pero Dante no podía hacer otra cosa porque era un hombre de la Edad Media. Después de volver a escribir el comienzo del Canto Tercero del Infierno Gombrowicz queda muy satisfecho, ha convertido al diablo y al hombre en las columnas indestructibles del infierno. Con estas ideas nuevas sí que estamos en un infierno dantesco. Ha pegado un salto de seiscientos años para modificar unos conceptos de la Edad Media con otros conceptos modernos. En este punto a Gombrowicz le parece que ha llegado la hora de exhibir su maestría en este tipo de empresas y nos anuncia que hubiera podido echar mano a otras diez ideas igualmente vertiginosas y desconocidas por Dante para alcanzar este propósito, y enumera algunas categorías sacadas la física, del marxismo, del existencialismo y del estructuralismo. Empieza a subir por una montaña de cadáveres mientras va pensando que nuestra convivencia con la muerte es anormal porque el pasado ya no existe, ni el pasado de los siglos ni mi propio pasado. Con los restos del pasado se recrea una existencia que se fue, convivir con el pasado significa aprehenderlo sin pausa, convocarlo continuamente a la existencia, pero del pasado sólo tenemos restos, es caótico, fragmentario y casual. El pasado es un gigantesco escenario hecho de minucias. En este camino ascendente y oscuro que recorre entre los muertos se va encontrando con lo que para él es el quid de todo lo que existe: el dolor. La realidad es realidad porque se nos opone, porque nos hace daño. El hombre real es el que siente dolor porque el dolor es el fundamento de la existencia. “Este libro, la Divina Comedia, se escribió hace seis siglos. ¿He de buscar en el pasado seres humanos o, más bien, una suerte de abstracción dialéctica sobre la evolución? De los hombres del pasado sólo me llegan los más importantes. En este gran desfile de todos los muertos del mundo sólo podré reconocer a los grandes”

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Gombrowicz sigue haciendo reflexiones sobre la muerte. Cada día mueren cientos de miles de personas y nosotros no nos enteramos de nada, la discreción de la muerte y de la enfermedad es admirable, todo ocurre fuera de nosotros. La muerte es universal, imprecisa y no deja rastros. Gombrowicz quiere encontrarse con Dante, pero sólo se encuentra al autor de la Divina Comedia que llega hasta él a través de la historia. Los grandes hombres dejan de ser hombres para ser obras, y nuestra actitud ante esas obras es ambigua: valemos menos porque son grandes, pero también es cierto que valemos más pues el estado de nuestra evolución es más alto. No puede ponerse en contacto con Dante sino con una gran obra del pasado, cuando intenta alcanzarlo con su talante moderno, prescindiendo de la historia, entonces siente que la Divina Comedia no vale nada. El infierno de Dante no es un castigo, pues el castigo nos purifica y tiene un término en el tiempo, mientras su infierno es una tortura eterna, un dolor que nuestro sentido de justicia rechaza. Sólo por miedo y por vileza pudo haber mezclado Dante el primer amor con ese infierno. “Recojo el libro de la vergüenza, ojeo el poema en su conjunto... no hay duda, todo este baño infernal desprende el perfume del amor supremo. Dante acepta el infierno, lo aprueba, es más, lo venera ¿Cómo puede ser? ¿Que pasó para que una obra tan viciada por el miedo enloquecido, tan servil y tan contraria al más esencial sentido de la justicia humana acabara convirtiéndose con los siglos en un libro edificante, en el poema más solemne?” El infierno de Dante no es verdadero, las torturas son retóricas, los condenados declaman y su eternidad tiene la indolencia de los monumentos. La humanidad se mueve en el camino trillado de los modos de expresión, pero no podemos escaparnos del infierno tan fácilmente, los herejes eran quemados vivos, realmente. Aquí Gombrowicz hace un cargo que frecuentemente le hace a la literatura: resulta instructivo acerarse de vez en cuando al centro del dolor. La realización del infierno de Dante sólo es posible en una atmósfera de irrealidad perfectamente irresponsable. Giuseppe Ungaretti, encolerizado con Gombrowicz por lo que había escrito en “Dante”, cuando se encontró con el Hasídico en la puerta de un hotel, rompió en mil pedazos el ejemplar que llevaba bajo el brazo y le escribió una carta enfurecida. “El libro del polaco sobre Dante es una pura majadería. Es absurdo que hayan publicado una idiotez semejante. He hecho pedazos y mandado al diablo ese escrito estúpido” Ungaretti y Gombrowicz están pensando en la estupidez, pero cada uno la pone en cabezas diferentes. Las ideas que Gombrowicz tenía sobre el infierno y sobre el diablo no resultaban tan dantescas, eran parecidas a las que tenía el catequista que nos preparaba para tomar la primera comunión. El infierno al que iríamos si no obedecíamos los mandamientos de la ley de Dios tenía un fuego eterno, no lo afectaba la escasez de kerosene, las llamas no se apagaban nunca. Esta idea que nos metía en la cabeza era realmente preocupante, y en aquel tiempo Gombrowicz todavía no había escrito nada sobre el infierno, y aunque lo hubiera escrito yo era muy joven para comprenderlo, tenía ocho años. Era un diablo más bien teórico, sin embargo no dejaba de meter miedo por eso. No hay obra de Gombrowicz ni corta ni larga, ni temprana ni tardía, en la que no se sienta la

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presencia del Maligno. Desde “El bailarín del abogado Kraykowski” hasta “Opereta” el diablo se pasea mostrándonos la cola. El primer encuentro con la Bestia lo tuvo en la casa de campo de su hermano Janusz, a los diecinueve años. Lo había invadido un sentimiento de que algo no iba como debía, sintió la necesidad de justificarse de alguna manera, así que empezó a escribir una novela sobre el personaje de un contable. Una tarde se animó y les leyó un fragmento al hermano y a la cuñada que habían ido a visitarlo. Janusz exclamó que era un horror, que tenía que tirarlo porque daba asco, que en el futuro se ocupara de otra cosa, mientras la cuñada suspiraba que era una pena que no se hubiera dedicado a la caza. Gombrowicz quemó la obra, esta primera prueba le indicaba que en la soledad de esa casa empezaban a manifestarse las ponzoñas que lo atormentaban desde hacía tiempo. Poco tiempo después de esa visita familiar se produjo un acontecimiento extraño que tuvo una influencia considerable en su vida psíquica. Una noche se despertó y sintió un peso sobre los pies, movió las piernas, algo gruñó y se alejó, pero no pudo ver lo que era porque estaba muy oscuro, era de noche. Lo invadió una terrible sospecha, la casi certeza de que no había sido el perro negro de la casa sino un ser cien veces más horroroso el que se había acostado a sus pies. Esa idea lo atormentó varias noches, finalmente recordó algo que le había sucedido cuando era niño. El obispo de Sandomierz había ido a visitar a los padres y les confesó que una noche se le había aparecido el Maligno. Cuando ya dormía sintió un peso sobre los pies, movió las piernas para sacárselo de encima y algo increíblemente pesado cayó emitiendo un ruido metálico. No era un perro, era un pequeño hombrecito de cincuenta centímetros que parecía estar hecho de metal. Pronunció una oración para ahuyentarlo, la criatura emitió un alarido y se escondió debajo del armario. Cuando el obispo constató más tarde que el suelo había quedado completamente quemado huyó de la casa atravesando el campo y pasó toda la noche bajo las estrellas a pesar de que nevaba. Estos episodios asociados produjeron en Gombrowicz consecuencias importantes que justifican la presencia del diablo en toda su obra. “Los días vividos a la sombra de aquellos terribles enigmas me introdujeron en regiones espirituales hasta entonces desconocidas y que no hubiera alcanzado con facilidad por caminos normales. Me pusieron en contacto con el Misterio, con la máscara, me revelaron el poder de los significados ocultos, me arrancaron de la rutina de lo cotidiano para precipitarme en el pathos, en el drama de nuestra verdadera situación en el mundo. Esos descubrimientos casi oníricos me mostraron un lenguaje sibilino y poderoso, al que luego recurrí con gran frecuencia en mis obras literarias posteriores”

WITOLD GOMBROWICZ Y WLADYSLAW JANKOWSKI Wladyslaw Jankowski, llamado Dus, era dueño de una estancia en Necochea. En esa estancia, “La Cabaña”, Gombrowicz escribió páginas memorables sobre las rubias, el perro, la vaca, el caballo y los escarabajos en un ambiente familiar en el que le hacía

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muecas con la mitad de la cara a dos jóvenes hijas de Dus mientras componía versos con el amigo. En el año 1955 Vladimir Nabokov había actualizado la atracción malsana que ejercen las nínfulas sobre los hombres maduros con su “Lolita”. En la época que apareció la “Lolita” Gombrowicz escribía también sobre unas lolitas. “Marisa, quince años, distinguida y romántica (...) se sumerge continuamente en las luminosas brumas de la belleza, el amor y el arte (...)” “Andrea, doce años, una chiquilla avispada, brillante y perspicaz, me gusta reír con ella, se ha especializado en robarme la pipa. Lena, catorce años. Con ella he iniciado un ligero flirteo que consiste en intercambiar miradas (...) Rubias. ¡Qué bellas son! (...) y miento, miento, porque es lo que me exige su imaginación, estoy impregnado de mentira hasta la médula. Les cuento mis batallas en la última guerra” Dos de estas lolitas eran hijas de su amigo Dus, el estanciero de Necochea. Cuando llega por primera vez a "La Cabaña" nos previene contra lo que escribe en los diarios. “Si este diario que voy escribiendo desde hace ya algunos años no está a la altura –la mía, la de mi arte o la de mi época–, nadie debería reprochármelo, pues es un trabajo que me ha sido impuesto por las circunstancias de mi exilio y para el que posiblemente no sirva” Más de una década después, cuando se publican la totalidad de sus diarios, en las palabras preliminares que escribe para presentar el libro, sigue con las prevenciones. “Es una escritura bastante desordenada, hecha de un mes para otro; seguramente me repito o me contradigo más de una vez. ¿Qué hacer? ¿Ordenarlo? ¿Pulirlo? Prefiero que no quede demasiado relamido” Se instala en una espaciosa habitación de la casa de invitados, se prepara para dar una batalla decisiva con sus borradores, y escribe unas líneas que, en su momento, le quitaron el sueño al Orate Blaguer produciéndole al mismo tiempo una gran consolación. “¿Quién sentenció que hay que escribir sólo cuando se tiene algo que decir? Pero si el arte consiste precisamente en que no se escribe lo que se tiene que decir, sino algo totalmente imprevisto” En esa pampa ilimitada no hay océano ni sal ni vientos. Después de la agitación de las playas, ahora reina la tranquilidad, el silencio y el relajamiento. En el campo argentino no hay campesinos como los hay en Polonia, aquí no hay nadie. Unos cuantos peones cuidan los campos y la enorme cantidad de vacas y de caballos, pero sin prisa. Un hombre con un tractor labra, siega, trilla y embolsa los granos. Gombrowicz se sentía confuso y en contradicción con la naturaleza al punto que al momento de ponerse en contacto con ella se transformaba en un demonio, en una antinaturaleza. La importancia que fue tomando el dolor respecto de la muerte era, a su juicio, la causa de esta inseguridad, pero la causa también podría ser el papel preponderante que le daba Gombrowicz a la actuación y al artificio. Sea como fuere se pregunta cómo debía comportarse en los encuentros que había tenido con una vaca. Paseando por un avenida arbolada de la estancia “La Cabaña”, detrás de un árbol se le apareció una vaca. Quizá el hecho que lo obligó a realizar indagaciones sobre este encuentro fue que la vaca lo miró, mejor dicho, que él le permitió a la vaca que lo mirara, y si bien es cierto que no estaba en condiciones de sacar de ese encuentro

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las consecuencias drásticas que saca Sastre de la mirada, se sintió tenso y con una vergüenza propia de hombre frente al animal. Continuó el paseo pero se sentía incómodo, como si toda la naturaleza lo estuviera asediando mientras lo contemplaba. La primera idea que le pasó por la cabeza para resolver esta oposición entre su humanidad y la naturaleza fue la de que el hombre es no-natural, es anti-natural, pero resulta que Gombrowicz tenía la tendencia a establecer contacto con lo inferior. Si en el mundo humano pone al descubierto la dependencia que tiene la conciencia superior de la inferior, si recorre el camino descendente de la madurez a la inmadurez yendo contra la corriente, entonces, ¿por qué no seguir descendiendo hasta el fondo en la escala de las especies? Y cuando pareciera que empieza a seguir los pasos de San Francisco de Asís, de pronto se detiene bruscamente. Mirar, contemplar y comprender la naturaleza es una cosa, pero dejarla aproximar como algo igual a nosotros porque la comunidad de la vida nos engloba, tutearla, es demasiado, entonces regresa rápidamente a su casa humana y cierra la puerta con doble llave. La negativa a reconocer la humanidad de una vaca, es decir, de la naturaleza, una negativa que se le traduce en fatiga y aburrimiento a partir del momento en que intenta reconocer a esa vida inferior en un pie de igualdad, vendría a ser una de las características principales de la humanidad de Gombrowicz No es lo mismo entrar a una reunión de psicólogos que a una de ingenieros, o a un salón plutocrático que a una taberna del puerto. Cada profesión y cada clase social tiene sus códigos y sus modales. Gombrowicz, nacido de terratenientes y educado en un colegio aristocrático, era el producto del refinamiento y del tipo de belleza que produce la riqueza. Pero Gombrowicz era, antes que ninguna otra cosa, un escritor, y sólo un escritor puede confundirse o incomodarse cuando lo mira una vaca. Quien ha decidido ocupar una parte de su vida escribiendo debe empezar a tomar apuntes y a realizar experimentos originales, o a escribir un diario para alcanzar sus objetivos y no malograrse. En un pasaje de los diarios, el más hermoso de todos, Gombrowicz descompone en partes el devenir de un crepúsculo y, simultáneamente, las vuelve a componer restituyéndole a la forma un carácter humano. Nos podemos acercar al sentido de este pasaje por el lado de la forma, pues parece que la estuviera comparando con el crepúsculo, o por el lado de la naturaleza, porque el crepúsculo es una manifestación de la naturaleza; Gombrowicz se le acercó por el lado de la naturaleza. No es extraño que sea así, sus narraciones notables sobre la vaca, los escarabajos, el perro de Dus… y también la del crepúsculo las hace en la estancia de Wladyslaw Jankowski. La descripción del crepúsculo estaba acompañada por el pensamiento de que la naturaleza ya no era para nosotros armonía y sosiego como lo había sido antes cuando el hombre se sentía como una partícula proporcionada de ella. De regreso a casa se siente sumergido; “en el no-ser, seguro de ser un demonio, un anti-caballo, un antiárbol, una anti-naturaleza, un ser venido de otra parte, un extraño, un intruso, un forastero. Un fenómeno no de este mundo. Del otro. Del mundo humano” Las playas de Mar del Plata y de Necochea le despertaban a Gombrowicz distintas ocurrencias a las que le sobrevenían en la estancia “La Cabaña”, en plena pampa húmeda. En las playas se le había prendido la lamparita y, por la aplicación de una

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determinada ciencia infusa, supo de repente cómo se había realizado en la Argentina la reforma agraria. “Santiago Achaval, Juan Santamarina, Paco Virasoro y Pepe Uriburu: jóvenes de la oligarquía, ricos. ¿Cuántos hermanos y hermanas tienen? Paco es el que tiene menos, sólo seis. Entre los cuatro, un total de cuarenta hermanos. Niaki Zuberbühler tiene ochenta primos de primer grado. La reforma agraria se lleva a cabo en la cama” Caminaba por las avenidas de eucaliptos en medio de la inmensidad de la pampa húmeda, y de nuevo lo asaltaba el presentimiento de una agonía solitaria en un sótano asfixiante. Sabía que Dios no sería un asilo para su vejez, y menos aún la trascendencia del existencialismo con su borracheras de sentimientos trágicos. El tiempo del deshielo presionaba sobre su conciencia y se preguntaba si su regreso a Polonia, si su regreso a la patria no podría darle lo que Dios y la filosofía no podían darle. Pero en ese caso se tendría que enfrentar con una libertad relativa, una libertad que debía presentarse dos veces por semana en la oficina de control para poder vivir una semivida y una semiverdad. “No niego que esta oportunidad de abrir en el futuro las puertas de la libertad debería ser aprovechada políticamente. Pero yo no me dedico a la política..., y lo único que sé es que el estilo, la forma, la expresión, tanto en el arte como en la vida, no pueden alcanzarse a través de una concesión ni fabricarse en dosis estipuladas” A través de estas cavilaciones se estaba definiendo respecto a la ética del catolicismo, del existencialismo y del marxismo, pero la moral es sólo un fragmento de la vida, y los otros fragmentos lo seguían presionando por todas partes pues la realidad es inagotable. “¿Qué hacer de mí? Este examen de conciencia no ha arreglado nada en mí, de nuevo solamente soy, soy en esta pampa argentina, en esta estancia” Esa contradicción entre el ser y el existir lo llevaba de la mano al mundo palpable de los eucaliptos y de la tierra, ese único mundo amigable y creíble, un mundo que se le había diluido en esa pampa inmensa bajo la bóveda celeste, se le había borrado. Ni siquiera el globo terrestre, suspendido él mismo, podía asegurarle un terreno firme para los pies. Ese abismo sin fondo podría enloquecernos si es que no estuviéramos tan acostumbrados a él. Se marcha de “La Cabaña”, se despide de Dus y de las rubias y viaja hacia el norte, hacia Buenos Aires, dentro de unos días navegará por el río Paraná. Va sentado en el tren mirando tranquilamente por la ventana, mientras observa a la mujer que está frente a él de manos menudas y pecosas. “Y al mismo tiempo estoy allí, en el seno del universo. Todas las contradicciones se dan un rendez-vous en mí; la calma y la locura, la sobriedad y la embriaguez, la verdad y la patraña, la grandeza y la pequeñez, pero siento que en mi cuello se posa de nuevo la mano de hierro, que poco a poco, sí, de manera imperceptible..., se va cerrando” Yo conocí a Dus una noche, cuando vino a despedir a Gombrowicz al café antes de su viaje a Europa. Gombrowicz era un verdadero maestro dando clases de aristocracia, Antonio Berni observaba en la Fragata cómo Gombrowicz hacía muecas delante de un espejo y tomaba actitudes de emperador, de obispo o de militar: –¿Qué, está dialogando con sus dobles?; –Miro mis rasgos de aristócrata, parece que mis facciones, día a día, registran mejor todo mi linaje. ¿Qué cosas diferenciaban a un verdadero aristócrata de una persona sin

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nobleza?: el sombrero, las pipas, unos zapatos bien lustrados, un impermeable sucio, pero, muy especialmente, los tobillos. Era terrible la manía que tenía con los tobillos, nos hacía exhibiciones de tobillo, en este punto se decidía la verdadera raza del aristócrata. En esta cuestión el único rival que reconocía era el tobillo de Wladyslaw Jankowski. Una noche, a días de su partida para Europa, estaba con Gombrowicz en la Fragata. De pronto, aparece en la puerta una figura radiante, era Jankowski, pide permiso para acercarse, Gombrowicz le hace un gesto con la mano. Durante dos horas estuve maniobrando para colocarme en una posición favorable y verle el tobillo a Wladyslaw.

WITOLD GOMBROWICZ, JORGE HERRALDE Y MANUEL BORRÁS En uno de los gombrowiczidas le abrí las puertas a ciertas tendencias tanáticas que a veces se apoderan de mí y declaré que ya que no podía doblegar a los editores entonces iba a tratar de destruirlos. Ya sabemos que esos Protoseres se mueven en un rango que va de los rufianes melancólicos a los asesinos seriales, siendo los casos del Pretexto y del Perverso, en ese orden, los más conspicuos. Es imposible analizar la totalidad de los estados intermedios de este tipo de criminalidad porque tiene muchas variantes. Otros extremos entre los que se mueven los Protoseres son la dulzura y la aspereza, siendo los casos de la Hormiguita Viajera y de la Bestia Catalana, en ese orden, los más notables. En los estudios detallados que realicé sobre los Proseres pude descubrir también los cinco procedimientos que utilizan para contrariar a los autores. Los Protoseres disponen de una especie de pulgones llamados lectores, a los que protegen como las madres protegen a sus hijos y a los que le sacan el jugo todo lo que pueden, como hacen las hormigas con los pulgones. El orgasmo de los Protoseres se produce cuando los libros se venden, sin importar en absoluto si son buenos o son malos, ésa es una cuestión que dejó de interesarles hace mucho tiempo. A veces me siento como un corsario enarbolando las banderas del enemigo, metido en las entrañas oscuras y misteriosas de los Protoseres, preguntándome por dónde estará la salida. Se me ocurre que soy también un Caballo de Troya esperando que se descuiden para destruirlos. Estos pensamientos turbios giran de vez en cuando por mi cabeza pues no puedo aceptar la idea de que no exista algo así como un tercero excluido en este mundo de Gutenberg. En medio de la penumbra y de una horrible tensión que me zumbaba en los oídos, y sin saber a que santo encomendarme para salir de las entrañas de los Protoseres, una tarde caí en uno de esos estados hipomaniacales en los que de vez en cuando caen los genios, y en cierto momento, el destello de una luz intensísima que me venía desde la inteligencia, me hizo ver con claridad meridiana. “Me cuentas la penitencia y el fracaso de no poder publicar. Tal vez te hayas equivocado de giro editorial. Tu libro estaría mejor en una editorial pequeña, valiente, que no publica libros para enriquecerse sino porque el goce de la literatura les produce la mayor dicha. Tal vez Beatriz Viterbo (…)”

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Cuando recordé estas palabras del Niño Ruso puse inmediatamente en las manos de la consigliere de la mafia rosarina, es decir, de la Pitolina, a “Gombrowicz, y todo lo demás”, esperando que esa pequeña valiente gozara en medio de la mayor dicha. Pasados no más de los días que tienen una semana me vino a la cabeza el pensamiento de que lo que abunda no daña, entonces le mandé a la Pitolina un conjunto de gombrowiczidas en los que el Pato Criollo dempeñaba un papel estelar. Este acto puramente maquinal se convirtió en una terrible equivocación, como supe un poco después, cuando me enteré de que la Pitolina era una devota adoratriz de este hombre de letras tan prolífico. El camino que siguió “Gombrowicz, y todo lo demás” hasta que alcanzó las letras de molde fue tortuoso. El primero que me dio una idea alentadora fue el Orate Blaguer. “Quiero decirte que mi editor es Jorge Herralde (Anagrama) quien, a la vuelta de un viaje argentino, me regaló el libro de Emecé, con las cartas a Goma de Gombrowicz. Así como Beatriz de Moura, que fue mi primera editora, le importa muy poco Gombrowicz, Herralde siempre ha tenido una gran debilidad por él (como tú ya sabes, publicó „Testamento‟). Yo te recomendaría que hablaras o, mejor dicho, le escribieras a Herralde (...) Escríbele a Herralde, por favor” Cuando le conté al Niño Ruso lo que me estaba diciendo el Orate Blaguer le dio una gran alegría. “Sería maravilloso que tu libro se publique en Anagrama. Herralde es muy receptivo a esas cuestiones (...)” “Además, ha sido un editor que ha leído con profundidad a Gombrowicz al que quiso traducir desde el inicio de su editorial. No pudo entonces conseguir los derechos. La viuda miraba a Anagrama como a una minucia, algo que no valía la pena. El único libro que pudo publicar fue „Transatlántico‟ aunque ya había sido editado antes” Como el Herrero le daba muchas vueltas a la contestación que tenía que darme empecé a insultarlo abriéndole las puertas a mis impulsos destructivos, pero el Niño Ruso se interpuso entre nosotros con su natural bonhomía. “Y ya te debía otra, donde me maltratabas al formidable Herrero, y que no había respondido porque no sabía qué decirte. Claro debí escribirte lo que siento, lo que es cierto, que Jorge es una persona notable (...)” “Lo conozco desde hace más de treinta años, y es incapaz de ofender a nadie. Habría que saber qué fue lo que ocurrió, tal vez haya sido un mal entendido de una empleada despistada. En fin... te ofrezco mis servicios diplomáticos para enmendar la relación, puesto que dentro de tres semanas Jorge y Lali, su esposa, estarán en México” Esperé ese encuentro en un estado de intranquilidad, pero sin entusiasmo y destilando veneno. “Estuve con los Herralde. No lo sentí para nada enojado, y luego cuando me llegó tu carta y la copia de la que le enviaste, me di cuenta de que no es tan tremebunda como me lo habías advertido. De esas cartas, pero mucho, mucho más fuertes le llegan sin cesar. Me dijo que sí, que estaba interesado en publicar tu libro (...)” Era una buena noticia, aquí renacieron mis esperanzas, pero fue como la mejoría que aparece antes de la muerte. “Lamento el retraso en contestarte, pero estoy agobiadísimo de trabajo y también sepultado por manuscritos. Leí con gran interés tu libro, pero me resulta imposible publicarlo, tenemos ya programación para dos años y nuestros autores siguen

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escribiendo como posesos. Pienso que el lugar más idóneo para publicarlo sería, claro está, Seix Barral, y si no Pre-Textos (...)” El Herrero escribió hace poco más de un año que Gombrowicz era un grande, que en los años 60 ya tenía algunos fans entre los que vivían en Barcelona: Gabriel Ferrater, el Niño Ruso, Joaquín Jordá y él mismo. El Herrero es un Protoser muy publicador, le publica al Niño Ruso, al Orate Blaguer, al Vate Marxista, al Pato Criollo, al Buey Corneta, al Gnomo Pimentón... pero no me publica a mí a pesar de que a la altura de los tiempos que corren vengo a ser algo así como el representante de Gombrowicz en la tierra. O bien el Herrero no es tan amateur de Gombrowicz como declama serlo, sino más bien otro charlatán como tantos otros, o es un amateur al que yo no le despierto amor ni siquiera interés. A esta altura de mis aventuras con los Protoseres ya había determinado que uno de los extremos del rango en que se mueven estaba ocupado por los asesinos seriales, así que con resignación le escribí al Pretexto. “He leído con toda mi atención, por tratarse de un autor que siempre me ha interesado mucho, „Gombrowicz y todo lo demás‟. Creo que es un libro que contribuye a clarificar la figura de un gran escritor a través de una mirada profundamente amistosa y leal. De todos modos, y siendo muy honesto, publicar este testimonio sería muy apropiado si hubiese sido completo, es decir, si hubiera contenido los tres libros dedicados a Gombrowicz, y si la editorial hubiera podido, de alguna forma, hacerse con alguna obra del genial polaco. No acabamos de ver clara la edición de „Gombrowicz y todo lo demás‟, aun gustándonos mucho, pues consideramos que se quedaría, por decirlo de algún modo, huérfana en nuestro catálogo. Espero que, en la medida de lo posible, lo comprendas. Te agradecemos de verdad, de todo corazón tu confianza y espero poder corresponderla algún día como se merece” De la lectura de este texto tan magnánimo y elegante saqué la conclusión de que el extremo opuesto al de los asesinos seriales que ya había descubierto, debía estar ocupado por los rufianes melancólicos, tal como me lo pareció la excusa que me interpuso el Pretexto, editor responsable de Pre-Textos. Del examen atento de la foto que aparece en este gombrowiczidas se puede deducir el por qué estos personajes no alcanzan a pasar el nivel de Protoseres.

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