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Jorge araya poblete

Las desventuras del Matapacos

2013
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Las Desventuras del Matapacos por Jorge Araya Poblete se encuentra bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercialSinDerivadas 3.0 Unported.

Permitida su distribución gratuita como archivo digital íntegro. Prohibida su distribución parcial. Prohibida su impresión por cualquier medio sin permiso escrito del autor. Prohibida su comercialización por cualquier medio sin permiso escrito del autor. ©2013 Jorge Araya Poblete. Todos los derechos reservados.

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Índice

Presentación Matapacos La muerte de Pérez El caso de las joyas fantasmas El caso del marido engañado Benavides y González El caso de las hermanas gemelas El caso de la mascota perdida El retiro El caso del auto perdido El caso de la platería robada El secuestro

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Presentación

“Las Desventuras del Matapacos” es una colección de once cuentos de mediana
extensión, que relatan la vida profesional y parte de la historia personal del detective privado Pablo “Matapacos” González desde su expulsión de Carabineros, hasta que llega a sus manos el caso que da origen a la novela policial ciberchamánica KON ©2013. Esta colección está pensada en quienes leyeron la novela y se interesan en conocer aspectos del pasado del detective privado, para escudriñar en los hechos que forjaron la personalidad que le permitirán enfrentar el caso más complejo de su carrera profesional.

El norte de esta colección de cuentos no es otra más que entretener. Los relatos son completamente ficticios, el uso de nombres de instituciones públicas es sólo para darle un entorno más realista a estos cuentos de ficción. Los nombres de personas fueron creados por el autor, y cualquier alcance con personas vivas o muertas es mera casualidad.

Jorge Araya Poblete Septiembre de 2013.

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Matapacos I —¿Estamos todos de acuerdo, correcto?—preguntó el coronel Gutiérrez. —Sí mi coronel—se apuró en contestar el capitán Pérez. —Sí mi coronel—respondió el carabinero González. —Está bien. Este incidente no se debe dar a conocer a la luz pública, ese es el compromiso. Si no respetan este trato, esto llegará a la corte marcial y todos saldremos perdiendo, pero en especial ustedes, ¿quedó claro? —Sí mi coronel—respondieron al unísono los dos carabineros. —Correcto. Capitán Pérez, vaya a buscar sus cosas y diríjase a su nueva asignación. Y no quiero saber nada más de usted en mucho tiempo, al menos de aquí hasta mi retiro—dijo el coronel con evidente enojo—. Carabinero González, vaya a buscar sus pertenencias y entregue su uniforme y su arma. Ojalá sus años como carabinero le sirvan de experiencia en la vida, y que esta destitución lo ayude a abrir los ojos para que no vuelva a cometer errores que comprometan su futuro y el de su familia. Que le vaya bien. —Gracias mi coronel—respondió el ahora ex carabinero Pablo González, estrechando la mano de su ex oficial y mirando con rabia al capitán Pérez, quien dejaba ver una sonrisa socarrona luego de haberse salido con la suya. Pablo González salió de la comisaría con rumbo a su casa. Ya había conversado con algunos ex colegas para ver la posibilidad de conseguir empleo como guardia de seguridad, y poder ganarse la vida de modo digno, y darle a su esposa y a su pequeña hija todo lo que merecían y necesitaban, pues ellas no eran responsables de los hechos que habían terminado en su destitución. González estaba destruido, había perdido el sueño de su vida y el sostén que le permitiría cumplir sus planes a futuro por culpa de su inocencia y sus ganas por hacer las cosas bien. De todos modos, y pese a la incertidumbre laboral en que se encontraba, estaba tranquilo con su conciencia y con las enseñanzas de sus padres, que siempre le inculcaron la rectitud como virtud principal. Mientras caminaba por las polvorientas calles, González empezó a escuchar una suerte de murmullo a su paso, a veces susurrado, otras hablado en voz baja pero sin mirarlo directamente a él. De pronto, un hombre ebrio, que había estado en el instante en que se había sellado su futuro días atrás, se paró frente a él y le gritó: —Te pasaste matapacos, ese huevón del capitán… ese poh… se merecía lo que le pasó… González esquivó al hombre que seguía gritando alabanzas y parabienes a su nombre en medio de la calle, mezclado con bendiciones religiosas para el ex uniformado, y garabatos para el capitán Pérez, el gobierno, la locomoción y el clima. A esas alturas González sólo quería olvidar, pero al parecer su pueblo natal no se lo permitiría, al menos en el corto plazo. Luego de cambiar un poco el rumbo para evitar al ebrio y su grandilocuente discurso, González se encontró en una calle poco concurrida pero cercana a la plaza de armas de la ciudad. De pronto vio un letrero puesto en una anticuada y
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bastante mal mantenida construcción, que correspondía a una pequeña agencia de detectives privados, y que ofrecía empleo a ex uniformados para hacer investigaciones contratadas por particulares. Dado lo fortuito del hallazgo, González decidió pasar a preguntar por el aviso, al menos para saber si tenía alguna alternativa a terminar sus días como guardia en algún supermercado o camión de transporte de valores. En cuando abrió la puerta y entró a la vieja oficina, un hombre enjuto y añoso apareció tras el escritorio situado al centro del lugar. —Buenas tardes joven, soy Ernesto Benavides, ¿en qué lo puedo ayudar? —Buenas tardes, quería preguntar por el aviso que hay pegado en la pared, en que piden ex uniformados para trabajar en su agencia. —Ah, ya veo— dijo el hombre algo desilusionado al creer que tendría un cliente nuevo—. Asiento joven, ¿trajo su currículum? —La verdad es que sólo pasé a preguntar… verá, acabo de quedar cesante y estaba viendo en qué ganarme la vida. —Pero el aviso dice claramente ex uniformados, y usted es muy joven para haber jubilado—dijo el anciano. —Soy ex carabinero, de hecho me acaban de… dar de baja—dijo algo avergonzado González. —Ah, ya veo. Entonces si lo acaban de dar de baja tiene que haber sido por alguna falta grave, por lo que es esperable que no tenga referencias—dijo el dueño de la agencia—. Y dígame, ¿qué falta cometió señor…? —González, Pablo González—dijo el ex carabinero, esperando que el hombre al otro lado del escritorio no hubiera escuchado su nombre, o al menos no lo recordara. —¿El matapacos?—preguntó sorprendido el viejo investigador privado—. ¿Y no lo metieron preso por lo que hizo? —La historia tiene más aristas que lo que la gente sabe o cree saber, señor Benavides—dijo González, bastante contrariado, mientras se ponía de pie—. Disculpe por quitarle su tiempo, es obvio que no tengo el perfil profesional que usted espera. —¿Para dónde va, señor González?—preguntó Benavides—. La entrevista de trabajo está recién empezando, yo sólo manejo la historia que corre de boca en boca por este pueblo de viejas peladores y viejos copuchentos. Creo que lo menos que le debo es la posibilidad que me cuente su versión de los hechos, en una de esas podemos llegar a algún arreglo laboral que nos convenga a ambos. —Está bien señor Benavides, le contaré lo sucedido, y usted decidirá si sirvo o no para este trabajo—dijo González, disponiéndose a contar los hechos que terminaron con su destitución. II Dos semanas antes de la entrevista en la agencia de detectives privados, el carabinero González se encontraba junto a otros colegas y suboficiales siguiendo la pista de un grupo de burreros que estaban internando cocaína y pasta base desde Bolivia, y que no habían podido ser capturados pues cada vez que había algún dato, parecían enterarse justo a tiempo para cambiar sus planes, lo que llevó al servicio de inteligencia a suponer que había alguien pasándoles
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información desde alguna institución del Estado. El fiscal a cargo del caso estaba furioso con las constantes caídas de las pistas que lograban obtener, lo que lo llevó a conseguir con el juez una orden para iniciar una investigación paralela encubierta, que estaría a cargo de personal especializado, mientras la gente de la comisaría seguiría en la investigación formal. Un martes en la tarde, cuando González iba saliendo de su turno, fue abordado por dos hombres desconocidos y vestidos de civil, quienes le mostraron credenciales que los identificaban como miembros de la dirección de inteligencia de carabineros, y que lo hicieron subir a una van sin distintivos. —¿Qué sucede mi teniente, hice algo indebido? —Parece que no sabe por qué está acá, González. —No mi teniente—respondió confundido González. —Estamos en una operación encubierta llamada Zorro Andino. ¿Sabe para qué son buenos los zorros, González? —No mi teniente—respondió casi asustado González. —Son buenos para robar sin dejar muchos rastros. Estamos siguiendo a un zorro de esta zona, que le está robando los arrestos a los carabineros. —No entiendo mi teniente. —Quiere decir que alguien de tu comisaría le pasa el dato a los traficantes bolivianos, o les roba la droga para hacerse de plata, huevón pavo—dijo el acompañante del teniente. —Mi sargento, yo no tengo nada que ver… —Claro que no, se necesita ser inteligente para una operación así—interrumpió el sargento—. Necesitamos de tu ayuda, González. Tenemos listo un palo blanco que pasará mercancía a través de un paso fronterizo, tú vienes con nosotros para hacer la identificación de quien detengamos. —Sí mi sargento, ¿y esto cuándo será? —No le comunicaremos fecha ni hora González, es imprescindible que nadie sepa nada de esto—intervino el teniente—. Usted lo sabrá en el instante en que deba saberlo. Ah, y como comprenderá, nada de esta conversación debe salir de este lugar, no puede comentarlo ni con su familia, ni con sus superiores, ni menos con sus compañeros. ¿Está claro, González? —Sí mi teniente—respondió González, mientras el sargento abría la puerta y le hacía señas para que bajara rápido de la van. Una semana después, justo antes de entrar a su turno, la misma van estaba esperándolo frente a la comisaría, en esta ocasión con el motor encendido. En el instante en que González pasó frente a la puerta lateral del vehículo ésta se abrió, y la desagradable cara del sargento haciéndole señas para que entrara apareció entre varios rostros desconocidos, dos de los cuales iban con pasamontañas de color verde institucional. En cuanto estuvo arriba la puerta se cerró y el vehículo inició su marcha con rumbo desconocido. —Buenos días mi teniente, buenos días mi sargento—dijo con voz marcial González, ante la desidia de todos quienes viajaban en el vehículo. —¿Andas con tu arma de servicio?—preguntó el sargento. —Sí mi sargento—respondió González, preocupado. —Ponte la pistolera y el arma, y deja tu mochila acá en la van—ordenó el sargento; una vez que González estuvo listo, el sargento echó mano a un chaleco
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antibalas negro, sin distintivos—. Póntelo, servirá para que el resto del personal del operativo no te confunda con los carabineros corruptos. —De más está recordarle González, que todo lo que ocurra ahora es materia de investigación del servicio de inteligencia de carabineros, nada de esto se debe saber, bajo ninguna circunstancia. —No se preocupe mi teniente, no revelaré nada de lo que pase—respondió González, cada vez más extrañado por el modo en que se estaban dando las cosas. —Ah, por si acaso yo no soy tan confiado como mi teniente—agregó el sargento —. Yo sé dónde vives, con tu joven y bella esposa Marta y tu pequeñita recién nacida, la Marianita—al escuchar al sargento el semblante de González cambió de inmediato—. Qué bueno que te haya quedado claro el mensaje, huevón pavo. Nada de lo que pase se te puede salir, y si se te sale, te doy donde más te duele. —No le hagas caso al sargento, le gustan mucho las series de televisión de espías y esas cosas. —Dile eso al último huevón al que se le cayó el casete—dijo uno de los miembros del equipo que miraba fijamente al suelo. —Suficiente—dijo uno de los hombres con pasamontañas, al ver que González acercaba su mano a su arma de servicio. —Vamos a lo nuestro señores—agregó el teniente—González, usted va junto al sargento, no se separe de él. —Sí mi teniente—respondió González mirando con odio al sargento, que lo seguía mirando con una sonrisa en su rostro. De pronto la van se detuvo, bajando todo el contingente en silencio, quedando al final el sargento y Pablo González. Cuando el sargento se devolvió a cerrar la puerta de la van, González sujetó con fuerza el brazo del suboficial, lo miró a los ojos y le dijo: —No vuelvas a meter a mi familia en esto. —Si sigues la única regla, nunca se enterarán de nada—respondió el hombre, soltándose sin dificultad de la tomada del joven carabinero, para luego agregar— Ahora vamos a lo nuestro, mientras antes terminemos, antes dejarás de ver mi inolvidable sonrisa. III El grupo de hombres seguía de cerca a los dos encapuchados, quienes subieron rápidamente una loma y se parapetaron tras unas rocas, lo suficientemente altas y extensas como para esconder a todo el grupo. González se ubicó al lado del sargento, y a una señal de éste se asomó con cuidado para tratar de ver sin ser visto. Justo antes de asomarse, una voz conocida para él se dejó escuchar en el desierto. —¿Trajiste lo acordado?—dijo la voz del capitán Pérez, el comisario de la tenencia donde él prestaba servicios. —Por supuesto jefecito, acá está la mercadería que hablamos—respondió una voz con marcado acento altiplánico—. Es cocaína de alta pureza, quince kilos, tal como acordamos, jefecito.
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—Así me gusta, que la gente cumpla sus compromisos—dijo Pérez mientras miraba los paquetes con la droga—. Déjalos en la parte de atrás de mi camioneta, y ándate luego para que no tengas problemas. —Bueno jefecito. ¿Cuándo puedo pasar mi cargamento con seguridad?— preguntó el tipo que trajo la droga. —Ah, eso, casi lo olvidaba—dijo Pérez mostrándole una gran sonrisa a su interlocutor—. El martes próximo estaremos toda la tarde cuidando el paso que hay cinco kilómetros al norte, así que ahí tienes vía libre para que tu cargamento pase seguro. —Muchas gracias, jefecito Pérez—respondió el hombre. En ese instante los dos hombres con pasamontañas se pusieron de pie y sacaron de entre sus ropas ametralladoras UZI de 9 milímetros: el policía encubierto había dado la clave para que entrara el equipo en acción. —¡Dipolcar, todos al suelo, mierda!—gritó uno de los hombres con pasamontañas identificándose como miembro de inteligencia de carabineros, y apuntando su arma a la cabeza del capitán Pérez, mientras el resto de los hombres rodeaba al resto de los involucrados. En ese instante el sargento llamó a Pablo González y lo llevó al lado del capitán. —¿Identifica a alguien acá?—preguntó el sargento mientras se desarrollaba la revisión de las vestimentas de los detenidos. —A mi capitán Pérez, mi sargento—respondió nervioso González, al ser confrontado con su comisario. —Tenemos identificación positiva—dijo el sargento a los carabineros de pasamontañas, para luego girar hacia González y estrechar su mano—. Gracias por su colaboración González, la información que nos dio nos permitió descabezar esta banda de policías corruptos. González quedó paralizado: el sargento lo había sindicado en público como un soplón. Justo cuando el carabinero se disponía a responder al sargento, fue violentamente derribado: el capitán Pérez se había liberado de sus captores y se había abalanzado sobre él. —¡Sapo conchetumadre, te voy a matar!—gritó descontrolado el oficial, mientras se trenzaba a golpes con González, quien sólo atinó a enfrentar al capitán, sin ser capaz de hablar en su defensa. Antes que el sargento permitiera que el resto de los hombres interviniera, González logró ponerse de pie, y gracias al duro trabajo físico que le tocaba desempeñar, pudo tomar ventaja de la pelea y golpear con la suficiente fuerza a Pérez como para derribarlo e impedirle volver a ponerse en pie. La rabia lo llevó a descontrolarse y a arrojarse sobre Pérez, a quien empezó a golpear con inusitada violencia en el suelo, debiendo ser reducido por el equipo de inteligencia a cargo del procedimiento. Desde el suelo Pérez empezó a revisar sus heridas, para después sentarse en una piedra y mirar con odio a González. —No te voy a matar conchetumadre porque no quiero, pero me voy a encargar que te echen y que nadie más te dé trabajo en tu puta vida, mierda—dijo mirando a su subalterno. —No estás en condiciones de amenazar, te pescamos con suficiente evidencia para que no salgas por años de la cárcel—intervino uno de los policías con
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pasamontañas. —Eso es lo que ustedes creen, manga de ahuevonados—dijo con soberbia el capitán—. Tengo familiares influyentes en el parlamento y en el alto mando de la institución, y les aseguro que no me va a salir por nada esta huevada. Y esto te va a costar carísimo, sapo de mierda—dijo Pérez, dirigiéndose a González. —El testimonio de González ya no es necesario—dijo el teniente que lo había contactado—. De todos modos no podemos dejar de agradecer su colaboración. —Pero…—intentó intervenir González, siendo asido por el brazo por el sargento, quien le habló en voz baja. —Recuerda a la Marta y a la Marianita huevón—dijo el sargento—. Necesitamos mantener en reserva a nuestros agentes encubiertos, así que para efectos de este caso tú lo delataste. Y recuerda, si no rompes la regla, nada le pasará a tu familia. —Te van a echar y te vas a morir de hambre, hocicón culiao, nadie te va a dar trabajo en la ciudad, te lo juro mierda, no te vas a salir con la tuya—dijo descontrolado el capitán Pérez, mirando con furia a Pablo González, quien sólo atinaba a mirar el suelo sin poder responder. —Ya, se acabó esta cháchara—dijo uno de los hombres encubiertos—. Suban a este huevón a la van, para trasladarlo a la fiscalía militar y hacer la formalización de cargos. González, te vas en el otro vehículo. IV —Eso es todo señor Benavides. El capitán Pérez es sobrino del fiscal militar, primo de un diputado e hijo y sobrino de dos generales del alto mando de carabineros, así que movió sus influencias para salir limpio de la situación, siendo castigado sólo con un traslado forzoso a la frontera, donde estará varios años y será vigilado por la gente a cargo de pasos fronterizos. A mi… a mi me dieron de baja por denunciar supuestamente esta operación fuera de tiempo. Según la resolución, si yo hubiera denunciado antes, se hubieran evitado varias operaciones de los traficantes. ¿Le sirve mi versión de los hechos, señor? —Sólo tengo una duda, ¿por qué te dicen matapacos?—preguntó el detective privado. —Ah, eso… porque en el arresto había también un consumidor, que llegó al lugar buscando un mejor precio, y que vio cómo le pegué a mi capitán Pérez. Él llegó diciendo que hubo una pelea en que un carabinero casi mató al otro a puñetazos. —Vaya historia, hombre. —Bueno, esa es mi verdad. Gracias de todos modos por haberme escuchado, necesitaba contarle a alguien de mis desventuras. Buenas tardes, señor Benavides. —Buenas tardes señor González, lo espero el lunes a las ocho… no, nueve de la mañana—dijo Benavides, quien sonrió ante la aparatosa cara de sorpresa de González—. Usted fue utilizado por la Dipolcar y por sus superiores, y pese a ello sigue hablando con respeto de todos. Eso señor González, respeto, es lo que le hace falta a esta sociedad. Tal vez encuentre algo aburrido el trabajo, pero tendrá un sueldo seguro todos los meses. Le aconsejo que cuando su economía esté más estable saque algún seguro de vida a nombre de su familia, nunca está de más. Y bueno, si con los años le toma el gustito a este trabajo, puede que cuando decida retirarme le venda a un precio conveniente esta agencia. —Gracias señor Benavides, le aseguro que no lo defraudaré. Buenas tardes, y
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gracias de nuevo. Pablo González llegó caminando a su casa, a algunas cuadras de lo que sería su nuevo empleo. Cuando llegó encontró a Marta, su esposa, parada en la puerta con su hija Mariana en brazos, para darle un largo y cariñoso beso de bienvenida. —Qué bueno que llegaste, me tenías algo preocupada—dijo la joven mujer, que miraba con curiosidad la leve sonrisa que dejaba ver el rostro de su esposo—. ¿Ya terminó todo? —No. De hecho acaba de empezar—respondió esperanzado el detective privado Pablo González. FIN

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La muerte de Pérez I Pablo González estaba sentado en la barra del único bar decente del pueblo. Ya llevaba dos meses trabajando en la agencia de detectives privados de Ernesto Benavides, y si bien es cierto ya estaba aprendiendo los gajes del oficio y utilizando su formación policial para facilitar su trabajo, no podía sacarse de la cabeza las amenazas del capitán Pérez. En el tiempo que llevaba aún no estaba participando activamente de ninguna investigación, pues primero debía aprender los asuntos administrativos del trabajo, que servían para informar a los clientes de los avances de aquello por lo que estaban pagando, y de paso podrían servir de respaldo ante algún requerimiento judicial, y todas las regulaciones que limitaban su campo de acción, para no cometer delitos que empeoraran más su aún precaria situación. Además, tuvo que comprarse un arma de fuego, pues al ser dado de baja debió devolver su revólver institucional; por un asunto de costumbre y nostalgia, decidió comprar el mismo modelo que usaba en su trabajo anterior, un Taurus calibre 38 de seis tiros, cañón mediano y empuñadura de madera. Luego de una aburrida tarde de papeleos varios, González se regaló un tiempo para ir al bar a tomar en silencio mientras miraba el espejo delante del cual estaban alineadas todas las botellas, y en el cual, además de reflejarse las etiquetas traseras de los licores, podía ver el alma amargada de quien aún no se acostumbraba a no ser quien había sido, y que no sabría si podría acostumbrarse a ser lo que era y tal vez sería por el resto de sus días. González estaba bebiendo su segunda piscola; de pronto una voz conocida hablando tras él lo hizo girar bruscamente y quedar de frente a quien venía entrando, casi como un reflejo. —Mi sargento Salgado—dijo González poniéndose de pie y cuadrándose frente a un hombre canoso y obeso que entró al bar con ropa deportiva. —Despabílate huevón, ya no eres carabinero, no tienes que cuadrarte ni tratarme de “mi sargento”, menos cuando ando de franco—respondió el hombre, para luego saludar efusivamente a González. —Qué gusto verlo de nuevo, mi sargento—dijo González, contento de ver por fin una cara conocida. —Manuel, me llamo Manuel huevón porfiado—respondió Salgado. —Prefiero que me diga Pablo, mi… perdón, Manuel—dijo González, tratando de acostumbrarse al nuevo trato que debía darle a quien fuera uno de sus superiores. —Está bien, Pablo—dijo Salgado, sonriendo al ver la cara de González al tratarlo por su nombre—. ¿Qué ha sido de tu vida, hombre? ¿Cómo está tu familia? —Bien, estoy empezando a trabajar en una agencia de detectives privados. Por ahora sólo estoy haciendo pega administrativa y pidiendo los permisos necesarios, pero al menos me alcanza para mantenerme. Mi familia está bien, mi esposa me ha apoyado en todo y el resto de mi familia le hace propaganda a la agencia para que tengamos clientes. —¿Detective? ¿Te pasaste al bando contrario, ahora eres tira?—dijo Salgado sonriendo, aludiendo a la histórica rivalidad entre carabineros e investigaciones.
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—Detective privado, nada que ver con los tiras, eso jamás—respondió González —. ¿Y qué ha pasado en la comisaría, cómo están todos por allá? —Quedó la cagada con lo de tu sapeo, Pablo. No creo que sea recomendable que te aparezcas por allá al menos por algunos meses—dijo Salgado. —¿Y por qué tanto?—preguntó González, debiendo tragarse la rabia al saber que no podía contar la verdad, pues ello pondría en riesgo la vida de su familia. —Lo de Pérez era sabido por muchos, y todos lo callaban. El día después que te dieron de baja y que trasladaron a Pérez, llegó un general con gente de la Dipolcar para intervenir la comisaría. Dos semanas después había cinco bajas más, incluido el teniente que estaba reemplazando a Pérez, —¿Mi teniente Gómez?—preguntó sorprendido González —Ya no es tuyo, ni es teniente. —Cierto, aún no me acostumbro. —El asunto es que ahora estamos haciendo la misma pega de antes, pero con siete menos—continuó Salgado—, así que no eres recordado con mucho cariño que digamos. —Lo imagino—respondió González, mirando su vaso medio vacío. —Y han pasado más cosas, tanto o más importantes que las bajas y los arrestos. —¿Qué más podría haber pasado que fuera peor que lo que vivimos?—preguntó González, cabizbajo. —Mataron anteayer a Pérez—contestó Salgado. —¿Qué?—dijo González, casi atragantándose con el sorbo del trago que estaba bebiendo. —Aún no ha llegado la información oficial a la comisaría—dijo Salgado—. Tengo un amigo que trabaja en la frontera, él me contó ayer cuando nos juntamos. —¿Pero qué chucha pasó, si apenas llevaba dos meses allá?—preguntó González, sorprendido por la noticia. —¿Tienes tiempo?—dijo Salgado— Mi amigo me contó todo con lujo de detalles, incluidos los que no se sabrán. —Por supuesto que tengo tiempo—respondió González, recordando la amenaza que le había hecho Pérez, y que ya no se concretaría. II El capitán Dagoberto Pérez llevaba un mes y medio en el puesto fronterizo. El lugar al que había sido destinado no tenía ni la mitad de las escasas comodidades que había en su comisaría de origen, en la región de Atacama. El frío y la poca concentración de oxígeno en el aire hacían sus días cada vez más desagradables, y los constantes roces con sus compañeros lo tenían aislado en uno de los lugares más aislados del país. Pero lo peor de todo para él era estar rodeado de “cholos”, gente con rasgos aymara por doquier, y con un modo de hablar arrastrado que le incomodaba sobremanera, máxime pensando en la cuna que lo había visto nacer, y con el entorno socioeconómico con el que le gustaba codearse, que no era otro que aquel que giraba en torno a las esferas de poder. Inserto en una familia cuyos miembros prominentes ostentaban cargos de alto rango y responsabilidad dentro de carabineros, gracias a los sacrificios propios de una carrera profesional bien llevada, y con un tío ejerciendo como diputado reelecto debido al cariño que le tenían sus votantes, Pérez era la oveja negra de la familia, pues a cada rato intentaba usar a sus seres queridos como plataforma y
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escudo para cometer abusos de toda índole, sin pagar nunca las consecuencias de sus actos. Sin embargo su último delito fue lo suficientemente grande como para no quedar impune, haciendo obligatoria su destinación a otra comuna para evitar un evidente ajuste de cuentas contra quien creían que lo había delatado, y también evitar que los traficantes intentaran cobrar su cuota en ese perverso juego. El capitán Pérez se encontraba de turno una noche, en las cercanías de un paso fronterizo no habilitado, pero usado comúnmente por traficantes menores, burreros, y algunos aymaras que no se consideraban bolivianos ni chilenos, sino miembros de la raza que los vio nacer y cuya sangre llevaban con orgullo. Los policías ya conocían a todos quienes frecuentaban ese paso, así que para evitar problemas innecesarios dejaban pasar a los aymaras de siempre, lo que ocurría a ambos lados de la frontera como una suerte de acuerdo tácito, destinado a respetar a la etnia originaria del lugar, y a mantener las buenas relaciones locales entre ambos pueblos, ajenos del todo a los discursos de la clase política que de tanto en tanto inventaban conflictos limítrofes en una frontera administrativa. Cerca de las diez de la noche, y cuando el frío viento del altiplano arreciaba con violencia en el lugar, el sargento Mamani fue a buscar un poco más de mate de coca al vehículo para soportar el frío y la puna: al ver que no quedaba nada, decidió manejar hasta la comisaría para tener con qué pasar la noche. —Pérez, te quedas un rato solo acá. Si pasa algo me avisas por la radio—dijo el sargento. —Capitán Pérez, huevón, respeta mi rango—dijo Pérez mirando con odio al cholo vestido de carabinero. —Y tienes cara de echar encima tu grado después del cagazo que te mandaste… agradece que no te mandaron a la conchetumadre, huevón—respondió el sargento, mientras encendía el vehículo y empezaba el viaje de media hora a la comisaría. Pérez se quedó en la inmensidad de la noche solo, vigilando un pedazo de tierra que no parecía terminar en ningún lugar, pensando en quién querría pasar por ahí que no fuera un traficante. De pronto tres sombras aparecieron entrecortadas a la luz de la luna, acercándose al lugar en que se encontraba; de inmediato Pérez encendió una linterna y pasó bala en su ametralladora UZI. —¡Alto ahí, carabinero!—gritó Pérez hacia las sombras, dos de las cuales empezaron a mover sus manos en alto como si estuvieran saludando. —¿Sargento Mamani? Somos nosotros—dijo una arrastrada y parsimoniosa voz de mujer, con el típico timbre agudo del altiplano. —El sargento no está, soy el capitán Pérez, acérquense con las manos en alto y lentamente—dijo Pérez hacia las sombras. —Buenas noches capitán, soy Violeta Quispe y él es mi hermano José—dijo la joven muchacha, acercándose a la luz de la linterna de Pérez. —¿Qué hacen por acá a estas horas de la noche? —Traemos un encargo de nuestro padre—dijo la morena y menuda joven de larga cabellera, al hacerse visible en la inmensidad del desierto—. Nos pidió que fuéramos a comprar un llamito para una ceremonia a Bolivia, porque allá salen más baratos.
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—Un llamito para una ceremonia… ¿de verdad creen que me voy a tragar esa mentira?—dijo Pérez con voz altanera—Ese animal debe estar cargado de cocaína. —Esperemos al sargento Mamani, él nos conoce y le explicará…—empezó a decir el muchacho. —¿No sabes la diferencia entre un capitán y un sargento, pendejo?—preguntó Pérez, para luego agregar—. Ese huevón es mi subalterno, yo soy acá el que decide de ahora en adelante, cholos de mierda. —No le haga caso a mi hermano capitán, es arrebatado desde chico. Le diré a mi papá para que lo ponga en regla—dijo la muchacha, sujetando del brazo a su hermano y medio escondiéndolo tras ella. —No es asunto mío este cholo malcriado, lo que me interesa es la droga que traen en ese animal—respondió Pérez, cada vez más enojado. —Capitán, el llamito es para un ritual religioso, nosotros no llevamos droga, ni siquiera mascamos hoja de coca porque nacimos acá, así que no nos apunamos. Si quiere revise el llamito, no lleva nada encima. —No llevará nada encima, pero probablemente sí adentro—dijo Pérez pasando la ametralladora hacia su espalda y sacando un gran cuchillo con filo en un lado y borde aserrado en el otro. —¿Qué va a hacer con ese cuchillo?—preguntó asustada la muchacha. —¿Qué crees que voy a hacer, chola de mierda?—dijo airado Pérez—. Voy a abrirle la panza a tu bicho para sacarle la coca que trae dentro, y después meterlos presos a ustedes por tráfico. —¡No puede hacer eso!—gritó espantado el muchacho, cruzándose por delante del animal—. El llamito es sagrado, lo vamos a usar en una ceremonia, no lo puedes matar. —Quítate maricón, estás obstruyendo una operación policial—dijo Pérez avanzando hacia el animal, siendo nuevamente bloqueado por el joven aymara. —Por favor, esperemos al sargento, él le explicará—dijo la muchacha, casi paralizada en su lugar. —No metan a esa mierda de Mamani acá, el caso es mío—dijo Pérez dirigiéndose a la muchacha, para luego girar y tomar por la ropa al joven—. Y tú te sales de en medio, o no respondo. —No lo puede matar…—en ese instante Pérez tiró con fuerza de la ropa al muchacho lanzándolo al suelo, para luego tomar al llamito por la correa y darle un certero corte en el cuello, matándolo de inmediato. Cuando el joven vio morir al animal, se abalanzó sobre Pérez, el cual lo recibió con un violento puñetazo en la cara, para luego botar el cuchillo, tomar la ametralladora, y dispararle al muchacho cuatro tiros al abdomen. La muchacha estaba consternada, de la nada su hermano yacía en el suelo herido a bala y desangrándose, en un viaje que revestía una connotación religiosa y que ahora se había convertido en un desastre. —¡Maldito maricón, mataste a mi hermanito!—gritó la muchacha en medio de las lágrimas. —Fue en defensa propia. Además, cuando le abra las tripas a ese bicho y le saque de dentro la droga, se van a ir en cana por años—respondió Pérez poniéndole el seguro a la ametralladora. Justo en ese instante llegó al lugar el sargento Mamani, iluminando el lugar con las luces de la camioneta verde y
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blanca. —¿Qué chucha hiciste, pedazo de ahuevonado?—gritó Mamani, al ver al menudo José Quispe desangrándose en el suelo, y a Pérez con la ametralladora aún humeante. —Pillé a estos tratando de pasar ese animal cargado con cocaína… —Ni siquiera sabes de qué estás hablando, mierda—interrumpió Mamani—. ¿Sabes quiénes son estos niños? Qué vas a saber, si lo único que sabes es dejar la cagada en donde estás. —Te digo que son traficantes… —¡Cállate mierda!—gritó desaforado Mamani, tratando de encontrarle el pulso al joven—. Estos niños son los hijos del chamán Alfonso Quispe, él es una autoridad religiosa aymara, es conocido en todo el sur de Bolivia y el norte de Chile, maldito huevón. —¿Y qué me importa a mi, acaso le van a creer más a los cholos que a un capitán de carabineros?—dijo soberbio Pérez. —No te preocupes Violeta, tu hermano aún tiene pulso. Vamos en la camioneta al hospital regional—dijo Pérez, tomando en brazos al muchacho agónico y subiéndolo a la doble cabina del vehículo, al lado de su hermana. —Voy contigo adelante para completar el procedimiento—dijo Pérez, acercándose a la puerta del copiloto. En ese instante Mamani pasó por delante del capitán, empujándolo con violencia, lo que desestabilizó al oficial, dejándolo sentado en el suelo. —No sabes lo que hiciste huevón, no tienes idea lo que hiciste—dijo Mamani, mirando al capitán casi con pena, para luego subir a la cabina y partir raudo hacia el hospital para tratar de salvar a José Quispe. III —¿Que le disparaste a quién?—preguntó con voz incrédula el coronel Gamboa. —Mi coronel, los sospechosos aparecieron… —Llevas apenas seis semanas acá, seis semanas y baleaste al hijo del chamán Quispe—interrumpió iracundo Gamboa—. ¿Qué mierda tienes en la cabeza para degollar un llamito que traen dos hermanos en medio de la nada, y luego balear a un cabro de doce años porque te empujó? Maldito huevón, si no fueras sobrino del general Pérez ya estarías fuera de la institución hace años, ¿cómo mierda puedes ser tan distinto al resto de tu familia? —Coronel, si me deja explicarle… —Sal de aquí, ándate a tu casa, mañana haré un par de llamados para decidir tu próxima destinación—dijo Gamboa—. Y trata por favor de no toparte con nadie en el camino. —Coronel, si me da la oportunidad… —Yo te puedo dar todas las oportunidades que se me antojen Pérez, pero el asunto no es tan simple como parece—dijo Gamboa, mirando por la ventana—. Yo tampoco estoy de voluntario, no hay que ser un genio para darse cuenta que es un tremendo esfuerzo vivir y trabajar acá. Cuando llegué me costó entender un poco a esta gente, pero a diferencia tuya me dediqué varios meses a observar a los lugareños, y por sobre todo a los carabineros que estaban desde antes que yo. Aunque tu orgullo te diga otra cosa, hasta el raso más rasca sabe más que tú cuando llegas a un lugar que desconoces.
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—Entiendo mi coronel, le prometo que de ahora en adelante seguiré en silencio al sargento Mamani, aprenderé todo lo que él sepa, y lograré limpiar mi imagen— dijo Pérez, tratando de convencer con su discurso al coronel. —Lo que te acabo de decir es para que lo apliques en tu próxima destinación, de te acá te irás lo antes posible por tu propio bien—dijo Gamboa. —¿Por qué insiste en que debo irme, mi coronel?—preguntó casi con rabia Pérez —, ¿acaso teme que lo habitantes del lugar intenten hacerme algo, o que la familia del chamán tome represalias en mi contra? —Pérez…—empezó a decir Gamboa, para luego suspirar profundamente—. Mira, hay cosas que no se entienden desde nuestra formación. El chamán Quispe es un líder religioso querido y respetado, pero también temido, porque la gente le atribuye poderes. Yo nunca he visto nada por mis propios ojos, pero los rumores vuelan, y mucha gente cuenta cosas de este chamán. Inclusive un carabinero dice que vio cosas no explicables respecto de alguien que le quedó debiendo un animalito a Quispe. —Disculpe mi coronel, pero eso para mi es ignorancia. —Ese es otro motivo por el que tienes que irte, no puedes andar gritando a los cuatro vientos que las creencias de la gente que nos rodea es ignorancia. Ándate a tu casa, estás con permiso hasta el lunes. Buenos días—terminó de decir Gamboa, no dando pie a continuar el diálogo. Dagoberto Pérez estaba frustrado, nada estaba saliendo como debía salir, él debería estar en alguna oficina en Santiago haciendo trabajo administrativo y no en el extremo norte de Chile, cuidando la frontera y siendo cuestionado por balear a un cholo que de seguro era traficante, o que en poco tiempo más lo sería. Y ahora más encima estaban preparando una nueva destinación, por el miedo que todos le tenían al padre del cholo. Pero Pérez no pensaba quedarse callado o sin hacer nada, estaba dispuesto a desenmascarar a ese tal chamán Quispe, pues lo más probable es que fuera un traficante de marca mayor que usaba como pantalla lo de ser chamán. Si era capaz de aclarar ese caso, en vez de redestinarlo le darían la jefatura de la comisaría, y por fin podría limpiar ese antro de toda la basura que lo contaminaba. Pérez estaba terminando de vestirse. En ese momento, unos pasos apagados y que avanzaban con lentitud empezaron a sentirse en el pasillo que daba al vestidor, y que no se correspondía con el sonido característico de los bototos oficiales que todos usaban en la comisaría. Pérez sacó su arma de servicio y se acercó lentamente a la puerta. —¿Quién anda ahí?—preguntó con voz fuerte, sin recibir respuesta—. Soy el capitán Pérez, ¿quién anda ahí? De pronto Pérez vio una silueta menuda acercarse por el lado del pasillo en que había un tubo fluorescente quemado. Su semblante palideció al ver que se trataba de José Quispe, el chico al que le había disparado la jornada anterior. De inmediato Pérez amartilló su revólver y apuntó al joven. —¿Qué haces acá, cholo de mierda?—preguntó con miedo Pérez—. Ayer te metí cuatro tiros, no te pueden haber dado de alta altiro. Levanta las manos huevón, o te juro que con la quinta bala no fallo.
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El muchacho pareció no escuchar, y siguió caminando con su lenta y leve marcha hacia Pérez, quien sin mediar una nueva advertencia disparó de inmediato a la cabeza del niño. En ese instante el tubo fluorescente quemado se encendió, dejando el pasillo iluminado, una bala incrustada en la pared, y nadie más acompañando al oficial. Un par de segundos después todos los carabineros llegaron al lugar con sus armas desenfundadas. —Capitán Pérez, ¿qué pasó?—preguntó el sargento Mamani, mientras guardaba su revólver. —El cholo de mierda al que le disparé, vino a atacarme… ¿dónde chucha se metió?—dijo Pérez, aún asustado. —Mi capitán, con todo respeto, yo soy amigo del chamán Quispe, y ayer fui a visitarlo al hospital—dijo un carabinero de evidentes facciones aymaras—. El hijo del chamán está en la UTI, conectado a no sé qué máquina porque no puede respirar por sus propios medios. Quien sea que se haya metido acá, no era el niño. —¿Me están agarrando para el hueveo acaso?—preguntó Pérez, desconcertado —. Si creen que van a lograr echarme están muy equivocados, yo sé lo que vi, estaba en penumbras, justo debajo del tubo fluorescente malo, el que ahora está funcionando. —Capitán Pérez, por favor guarde su arma—dijo Mamani—. Acá no hay ningún tubo fluorescente malo, están todos funcionando normal, y evidentemente lo que sea que usted vio no fue el muchacho al que baleó. —¿Estás insinuando acaso que lo inventé?—preguntó enrabiado Pérez. —No capitán, estoy diciendo que no hay nadie en el pasillo que no sea carabinero, que el tubo fluorescente nunca ha estado malo, y que el muchacho al que le disparó está grave e internado en el hospital. No tengo idea qué habrá visto, yo sólo veo una bala incrustada en la pared—respondió calmadamente Mamani. Dagoberto Pérez guardó su arma, y enfiló sus pasos hacia los vestidores, mientras el resto de los carabineros volvía a su rutina normal. Mientras terminaba de amarrarse los zapatos intentaba entender qué diablos había pasado, sin lograr encontrar explicación alguna. Luego de cerrar su mochila salió al pasillo para dirigirse a la salida, encontrándose nuevamente con el tubo fluorescente en mal estado; de inmediato sacó su revólver y empezó a caminar apegado a una de las paredes. Cuando miró hacia atrás, a la puerta del vestidor, vio nuevamente la silueta de José Quispe, quien avanzaba lentamente hacia él. —Pendejo culiao—dijo el capitán, para dispararle dos tiros al cuerpo, instante en el cual la luz se normalizó, y la silueta desapareció en el aire. Pérez se devolvió al vestidor, viendo afirmado frente a su casillero al muchacho, quien parecía mirar permanentemente al suelo. —Cholo de mierda, ¡muérete de una vez!—gritó Pérez, descerrajándole nuevamente dos disparos. Dagoberto Pérez salió despavorido corriendo del pasillo de los vestidores, para llegar al salón central de la comisaría donde todos los carabineros estaban con
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sus armas desenfundadas y listos para ir en ayuda del capitán. El hombre apareció con ojos desorbitados y el arma apuntando al cielo, mirando a todos a ver si en alguno encontraba la explicación que necesitaba para no volverse loco. —Pérez, guarda el arma hombre, acá estás seguro—dijo frente a él el coronel Gamboa—. Veremos el modo de ayudarte, pero por favor, guarda ese revólver. —El cholo de mierda ese anda por acá, me está buscando para matarme—dijo Pérez, sin dejar de mirar a todos lados. —Tranquilo capitán, ya lo hablamos en el vestidor, el niño Quispe está hospitalizado grave, no pudo ser él a quien vio—dijo con voz suave Mamani. —Sé lo que vi, ese pendejo me está buscando para matarme—dijo Pérez. —Pérez…—empezó a decir el coronel. —¡Cállense mierda!—gritó Pérez, mirando para todos lados, y sin bajar su arma —. Ustedes le tienen miedo a ese…—de pronto su mirada se clavó en la puerta de entrada de la comisaría—. Ahí está… Los ojos de los carabineros se dirigieron al punto que indicaba Pérez con su arma. En el lugar todos vieron la silueta de José Quispe, parado mirando al suelo, y con las cuatro heridas visibles en su polera ensangrentada. —Dios mío, este huevón tenía razón—dijo espantado el coronel Gamboa. —Les dije que era ese cholo de mierda, se los dije—dijo Pérez. En ese instante la silueta levantó la cabeza y miró con sus vacíos ojos al capitán. —No puede ser, ese niño estaba hospitalizado grave anoche—comentó casi como un susurro el carabinero amigo de la familia. —Pero no te saldrás con la tuya, jamás, cholo de mierda—dijo Pérez, para luego abrir su boca, introducir el cañón de su revólver y disparar la última bala que quedaba en la nuez. En ese preciso momento, la silueta en la comisaría desapareció, para no volver a aparecer nunca más. IV Pablo González estaba casi paralizado en su asiento, con la piscola aún en su mano y sin querer creer lo que Manuel Salgado le estaba contando. —No lo entiendo… ¿pero no me acababa de decir que lo habían muerto?— preguntó González, aún sorprendido con la historia. —Esa es la versión oficial que llegará a la comisaría—dijo Salgado, apurando el último sorbo de su trago—. La historia dirá que hubo un enfrentamiento con traficantes en la frontera, que Pérez disparó su carga completa, y que una bala disparada por los traficantes le dio de lleno en la boca, matándolo instantáneamente. —¿Y alguien sabe qué diablos fue lo que pasó, acaso era el fantasma del niño el que lo andaba penando?—preguntó intrigado González. —Parece que no, porque el niño no murió, dicen que ya despertó y que sigue recuperándose de sus heridas—respondió Salgado. —Entonces nadie sabe qué o quién era ese niño—dijo González —Mi amigo dice que es obra del chamán, que así se encargó de vengar el baleo a su hijo—dijo Salgado—. Yo no sé de esas cosas Pablo, lo único que sé es que
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Pérez se mató, y por fin nos sacamos ese cacho de encima. Ahora simplemente hay que seguir viviendo no más. —¿Y la familia del capitán aceptará esa historia sin chistar?—preguntó González a Salgado, quien sacaba en ese instante su billetera. —Eso espero; si no, empezarán las investigaciones y esta cosa se pondrá color de hormiga—comentó Salgado—. De todos modos, como fueron ellos los que encubrieron lo de tu sapeo, no me extrañaría que también hubieran inventado esta historia medio heroica. Tú sabes, siempre es bueno tener un mártir en la familia. Ya Pablo, me voy, voy a dejar pagada la cuenta. —No es necesario… —Por lo menos esta vez pago yo—dijo Salgado—. Cuando ya tengas un sueldo seguro, tú invitas. —Está bien. Gracias Manuel, estamos en contacto—dijo González —Por supuesto, cuídate—dijo Salgado, despidiéndose de González y abandonando el bar. Un par de minutos después, Pablo González salió del bar para ir a su hogar. Si bien es cierto la extraña muerte de Pérez lo sorprendió, al menos ahora tenía un problema menos del cual preocuparse. Pese a todo, el destino empezaba a mostrarle una cara algo más sonriente para su incierto futuro. FIN

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El caso de las joyas fantasmas I Ernesto Benavides estaba terminando de ordenar el dinero para pagar el mes de trabajo a Pablo González. El joven ex carabinero le era de mucha ayuda para poder agilizar los trámites necesarios para terminar todas las investigaciones pendientes, pero luego de cuatro meses dedicado sólo a labores administrativas se notaba algo alicaído. Si bien es cierto González no se quejaba ni reclamaba, sus años de experiencia le permitieron darse cuenta que si no empezaba a compartir los casos, el joven decidiría en cualquier instante buscar un nuevo rumbo para su futuro. Esa mañana González estaba a las nueve de la mañana en la oficina, listo para empezar a revisar sus pendientes y ordenar el día para alcanzar a hacer todos los trámites que pudiera. Cuando llegó, se encontró con su pequeño escritorio medio desordenado, y a su jefe reordenando todo lo que había hecho el día anterior. —Buenos días don Ernesto, ¿cómo está, necesita algún certificado para luego?— preguntó González, sacándose la chaqueta para empezar a trabajar. —Buenos días. No Pablo, no necesito nada especial, al menos no por ahora. —Ah… ¿está revisando cómo voy de atrasado con la pega, entonces?—volvió a preguntar González, tratando de entender en qué estaba su jefe. —No, no te estoy controlando Pablo. —¿Pasó algo, don Ernesto?—preguntó González, temiendo que las finanzas del negocio no alcanzaran para dos personas. —Sí Pablo, pasó algo—dijo Benavides sacándose los lentes y dejando de lado la carpeta que estaba leyendo—. Pasa que has estado trabajando mucho y muy bien estos cuatro meses, haciendo toda la pega administrativa que estaba pendiente. Pero yo no te contraté para eso, mi idea era y es tener un segundo investigador, para poder abarcar más casos. Así que desde hoy me dedicaré a completar tu pega, pues el próximo caso que llegue será tuyo. Yo te voy a ayudar en lo que necesites, pero la cara visible y quien tome las decisiones serás tú. —Muchas gracias don Ernesto, haré todo lo posible por no defraudarlo. —Más te vale, porque tu sueldo y parte del mío saldrá de ese caso—respondió Benavides, volviendo a sumergirse en la papelería pendiente. Tres días después, González estaba aburrido de no hacer nada, mientras Benavides estaba absorto en terminar de cerrar los casos pendientes, pasando la mayor parte del tiempo fuera de la oficina. Esos días le permitieron a González darse cuenta de lo difícil que debía ser para Benavides coordinar todo para tener el dinero de su sueldo a fin de mes; inclusive había llegado a pensar que a veces el viejo dueño de la agencia podría hasta sacar menos ganancias para no quedar en deuda con él. Mientras su mente divagaba en las dudas que le generaba su trabajo, la puerta de acceso se abrió, dejando entrar a una mujer añosa de ropa antigua pero bien cuidada y limpia, con aspecto de haber vivido tiempos mejores. —Buenos días, ¿usted es el detective privado?—preguntó la mujer. —Buenos días—respondió algo descolocado González—. Mi nombre es Pablo
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González, trabajo con don Ernesto Benavides, el dueño de la agencia. Asiento, cuénteme en qué la puedo ayudar. —Mi nombre es Marta Goya, y necesito ayuda por un problema del robo de unas joyas—dijo la mujer. —¿Hizo la denuncia a carabineros o investigaciones?—preguntó González, intentando empezar a recabar información. —El problema señor González, es que sospecho que el ladrón es un fantasma— dijo con seriedad la mujer. —Disculpe señora Goya, pero no entiendo a qué se refiere. —Verá, hace años estuve casada con un hombre millonario, muy dadivoso pero extremadamente mujeriego. Luego de diez años de aguantar sus infidelidades decidí separarme, a lo que él accedió sin problemas, dejándome una cantidad muy considerable de dinero, pero en joyas y oro, pues siempre consideró que el dinero era demasiado volátil, y uno siempre podría echar mano a metales y piedras preciosas. —Y supongo que él le enseñó a guardar dichas joyas en el hogar, porque los bancos cobran y son inseguros—comentó González, recordando más de algún robo similar que le tocó ver en gente añosa y desconfiada. —Exactamente—respondió la mujer—. Bueno, el asunto es que algunos años después conocí a un hombre bueno y tierno, cariñoso y fiel, pero sin los medios de mi primer marido. Con él convivo hace treinta años, tenemos un hijo maravilloso de veintiocho años que ya es profesional y vive con su pareja hace un año, así que nuevamente estamos solos en casa. —Ya veo. —Después que mi hijo se fue de la casa, empezaron las desapariciones de mis joyas. Al principio no me daba cuenta, hasta que un día se me ocurrió revisar mi escondite secreto, y encontré que… —Disculpe que la interrumpa—intervino González—, ¿a qué se refiere con escondite secreto? Supongo que no es una caja fuerte con clave. —Bueno…—dijo la mujer algo avergonzada—, mi ex marido me enseñó que el escondite más seguro es a la vista de todos, así que mandé a hacer un amoblado de comedor cuya mesa y sillas tienen las patas huecas… —Y utiliza esos espacios para guardar sus joyas—dijo González—. Bueno, ahora cuénteme cómo se dio cuenta del robo y por qué sospecha que los hechores son fantasmas. —Bueno, cuando me di cuenta que una de las patas de las sillas estaba sin las correspondientes joyas, llamé de inmediato a carabineros y empecé a buscar los certificados para hacer la denuncia formal—siguió relatando la mujer—. Cuando llegaron los carabineros les quise mostrar la pata hueca de la silla, pero al sacarle el tapón, encontramos las joyas en su lugar. —Ajá… ¿Y está segura de no haberse equivocado de silla, o de pata?—preguntó González, mientras intentaba encontrarle la lógica a un caso que parecía no tener mucho futuro. —No, porque sé qué es lo que hay en cada pata. —Cuénteme señora Goya, ¿de qué viven usted y su conviviente?—preguntó González. —Los dos recibimos jubilaciones, no muy grandes que digamos pero al juntarlas alcanza para sobrevivir—respondió Goya—. La casa es propia así que no pagamos arriendo, y cuando hay algún imprevisto, recurrimos a alguna de mis joyitas para empeñar o vender, dependiendo del apego y de la necesidad
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económica. —Bueno señora Goya, me gustaría visitar su casa mañana, para revisar el lugar y ver qué encuentro—dijo González—. Después la pondré en contacto con el dueño de la agencia para que se pongan de acuerdo con los pagos y los plazos de la investigación. —Muchas gracias señor González, lo espero mañana entonces, y gracias por tomar mi caso—dijo la mujer, poniéndose de pie y saliendo de la oficina, en el preciso instante en que Ernesto Benavides venía de vuelta de hacer los trámites pendientes. —¿Quién es esa señora, Pablo?—preguntó Benavides. —Mi primera clienta—respondió González, preocupado. II Poco antes del mediodía del día siguiente, Pablo González estaba llegando a la casa de la señora Goya. La construcción era antigua pero de material sólido, y aún parecía presentar reminiscencias de un pasado mejor. González golpeó la puerta, siendo recibido por un hombre alto y viejo, apoyado en un bastón. —¿Qué desea, joven?—preguntó el hombre con voz grave pero suave. —Buenos días, soy el detective privado Pablo González. ¿Se encuentra la señora… Marta Goya?—dijo González, leyendo el nombre de la mujer en una pequeña libreta de bolsillo. —Ah, usted es el detective que contrató mi señora por lo de sus joyas. Pase joven, adelante—dijo el hombre, haciendo pasar a González. En el instante en que entró, un fuerte golpe se escuchó en el piso, bajo el anfitrión—. No se asuste, es mi pata de palo. Hace años tuve un accidente laboral y me amputaron la pierna izquierda bajo la rodilla. Se supone que esta cosa sería temporal, hasta conseguir una prótesis, pero la mentada pata ortopédica nunca llegó, así que me quedé con esta. —Ya veo—dijo González, mirando la arcaica prótesis de madera, pero que parecía ser completamente funcional, al menos para su dueño—. Disculpe señor… —Manríquez, Arturo Manríquez—respondió el hombre a la frase abierta de González—. Asiento joven, y perdone el no haberme presentado, creí que mi señora le había dado mis datos. —No, de hecho conversamos muy someramente acerca del caso. Quería saber qué piensa usted acerca de la desaparición y reaparición de las joyas de su señora—preguntó González, mientras sacaba su libreta de notas. —No lo sé, es algo muy extraño—dijo el hombre, dejándose caer en uno de los sillones—. Mi señora es muy metódica para todo, tiene todas las facturas y boletas de lo que hay en esta casa, de lo que ella tenía y de las cosas que hemos comprado. Si usted viera nuestro ropero… le faltan letreritos a cada cosa, no hay nada que se le escape. Todos esos chiches que están en ese mueble, están en esa misma posición hace años. Mi señora es de las que va de compras sin lista y saca la cuenta mental, antes que el vendedor le diga el total. —O sea es extremadamente metódica, ¿y eso qué tendría que ver con el asunto de las joyas?—preguntó González. —Que lo de sus joyas no tiene que ver con que se le hayan extraviado ni que se
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le olvide dónde están, que es lo primero que la gente joven piensa de nosotros, los viejos—respondió Manríquez. —Ah claro—comentó González—. ¿Y qué cree usted que pueda estar pasando? Porque su señora comentó en la oficina que ella cree que esto es obra de fantasmas. —Es lo único que se nos puede ocurrir, señor González—dijo Manríquez—. A esta casa casi no vienen visitas, y si mi esposa no hace la denuncia a carabineros, jamás me hubiera enterado que ella tenía joyas; digo, ¿a cuánta gente se le podría ocurrir perforar patas de muebles para meter una fortuna? —Si bien es cierto no son muchos, tampoco es la única—respondió González. —Ahora, lo que más nos intriga es que las joyas reaparezcan. Se supone que un ladrón común se las roba y las vende, por eso lo único que se nos ocurrió es que fueran fantasmas—dijo Manríquez. —Señor González, ¿cómo está?—dijo Marta Goya, apareciendo por el pasillo que comunicaba el estar con los dormitorios—. Qué bueno que haya venido. Veo que ha estado confesando a mi Arturo. —Buenos días señora Goya—respondió González, poniéndose de pie y saludando de mano a la dueña de casa—. Para nada, hemos estado conversando un poco acerca de usted y el asunto de sus joyas. —¿Y a qué conclusión llegaron?—preguntó Goya. —Hasta ahora a ninguna. Señora Goya, ¿podría ver dónde y cómo oculta sus joyas?—pidió González. —Claro. Quédese sentado no más—dijo Goya. La añosa mujer ataviada con una vieja bata de levantar de seda se puso de pie, tomó una de las sillas del comedor y la llevó donde González, sentándose a su lado en el sofá, con la silla con las patas hacia arriba. La mujer tiró con fuerza de una de las patas, la cual se empezó a separar del cuerpo de la silla con lentitud; de pronto se sintió un leve crujido, luego del cual la mujer giró la pata de modo tal que quedó completamente por fuera del asiento de la silla. En ese instante empezó a resbalar desde el interior de la pata una delgada bolsa plástica, en cuyo interior se podían ver varias cadenas de oro, y un par de piedras redondas de tamaño considerable, aparentemente perlas. La señora Goya le pasó la silla a González, quien vio que la pata tenía al menos tres gruesas espigas de madera, que le daban la fuerza y estabilidad como para no quebrarse con el uso, ni salirse accidentalmente al levantar la silla; el cuarto soporte era un eje metálico cilíndrico que hacía las veces de bisagra, y sobre el cual giraba la pata para así poder liberar su contenido. Con la venia de la dueña de casa, González abrió las otras tres patas, dejando caer bolsas plásticas parecidas a la primera expuesta, que contenían todo tipo de joyas de metales y piedras preciosas. —Muy ingenioso el sistema—comentó González. —Es el invento de un mueblista amigo de mi ex esposo, fue diseñado para él originalmente, pero luego lo convencí de hacerme un trabajo similar—dijo la mujer, casi orgullosa. —Y estas bolsas, ¿de dónde las sacó?—preguntó González, viendo que algunas tenían inscripciones impresas algo borrosas, pero donde se podía ver el apellido de alguien y un número telefónico. —Esas son bolsas de la casa de empeño donde he llevado alguna de mis piezas para venta o empeño—respondió la mujer—. Como me gustó el modelo, después
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conseguí otras similares para guardar el resto de mi patrimonio. —Ya veo—dijo González mientras descifraba el nombre y el número telefónico, y los anotaba en su libreta, para luego devolverlas a su dueña—. Muchas gracias señora Goya, voy a ver qué otros datos logro conseguir para ayudarla con la desaparición de sus joyas. —Le agradezco la visita, señor González—dijo Goya—. Déjeme guardar las joyas para acompañarlo a la puerta. La mujer tomó las bolsitas y casi de memoria las guardó en las patas de cada silla. De pronto miró al trasluz una de ellas, para luego vaciar el contenido de otra de las patas e intercambiar ambos envases, mientras susurraba en voz baja “vieja loca”. —¿Necesita ayuda, señora Goya?—preguntó González. —No, no, fue una tontería mía, me equivoqué de pata, parece que confundí las bolsas—dijo la mujer, contrariada consigo misma. —Un error lo comete cualquiera Martita, no te mortifiques con tan poco—dijo Manríquez. —Ya, está todo en su lugar, ya pasó—dijo Goya, para luego dirigirse al visitante— Señor González, lo acompaño a la puerta, gracias nuevamente por su visita. —Por nada señora Goya. Acá está el teléfono de mi jefe, llámelo para que se pongan de acuerdo en el contrato y en los plazos del trabajo. Hasta pronto señora Goya, señor Manríquez—dijo González, para abandonar el domicilio y dirigirse a la agencia. Diez minutos después, González estaba de vuelta en la agencia, donde Benavides seguía con el trabajo administrativo. —Hola Pablo, ¿y, cómo va el caso?—preguntó el dueño de la agencia. —Por ahora creo que va, jefe. Esperaré a que la señora Goya lo llame confirmando el trabajo para empezar con las diligencias—respondió González. —Entonces empieza al tiro, porque llamó hace unos ocho minutos para dar el visto bueno y empezar a investigar—dijo Benavides. —Excelente jefe, iré entonces de inmediato a la casa de empeños a conseguir la información que necesito—dijo González, esbozando una sonrisa. III —Buenos días señor, ¿en qué lo puedo ayudar?—preguntó la mujer tras la ventanilla. —Buenos días, mi nombre es Pablo González, soy detective privado. Necesito saber si puedo hablar con el dueño de la casa de empeño. —No, el dueño no se encuentra, anda fuera de Chile. ¿En qué lo puedo ayudar? —Necesito información acerca de una cliente de acá—dijo González. —No se puede, tenemos prohibido entregar información acerca de los clientes—la mujer pareció mirar hacia los lados, para luego inclinarse hacia delante en la ventanilla, acto que replicó González al entender que le quería decir algo en secreto—. Hable con el tasador, él es medio suelto de lengua, pero como hace bien su trabajo, no lo echan.
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González se acercó a una parte abierta del mesón, donde se encontraba un hombre gordo rodeado de lupas, linternas, reactivos químicos y pocillos de porcelana de diversos tamaños, con cara de pocos amigos. —Buenos días, ¿le puedo quitar un par de minutos?—preguntó González al hombre que parecía no hacer nada. —Tu cara me suena—dijo el hombre, frunciendo el ceño como para poder enfocar mejor la vista—. Tú eres el matapacos, ¿cierto? Un amigo mío estuvo metido cuando le sacaste la cresta a un capitán. ¿En qué te ganas la vida ahora? —Soy detective privado—respondió secamente González. —Ah, ¿y ya no le pegas a los pacos? —Ese incidente está en el pasado. Y no, no golpearía a un carabinero ni a nadie por puro gusto—dijo González, pensando que en ese caso podría hacer la excepción. —¿Y qué andas haciendo por acá, quieres empeñar algo o estás investigando a algún traficante o ladrón de joyas?—preguntó el tasador con curiosidad. —Necesito información de una cliente de acá, pero la señorita de la ventanilla me dijo que tienen prohibido dar algún dato de la gente que empeña cosas acá. —Estas lolas le tienen miedo al jefe—dijo el hombre, tomando un sorbo de bebida que tenía en un vaso al lado de su lupa más grande—. Cuéntame, ¿a quién investigas? —Necesito que me cuentes qué sabes de una señora Marta Goya—dijo González. —¿La señora Martita?—preguntó el hombre—Esa señora tiene un gusto exquisito, y trae unas joyas maravillosas. Es extremadamente ordenada, cada vez que viene trae un catálogo donde aparecen las fotos de sus joyas para demostrar que son legales, y las facturas para acreditar su propiedad. —¿Viene muy seguido? —Si mal no recuerdo, algo así como dos o tres veces al año—respondió el tasador—Generalmente se aparece por acá cuando tiene que hacerse algún examen caro, y para cumpleaños de su marido y su hijo. No se lleva la tasación completa, sólo pide el dinero que necesita, y lo cancela siempre a tiempo. Con ella nunca ha habido problemas. —¿Cuando fue la última vez que vino?—preguntó González. —No sé, hace siete u ocho meses al menos—dijo el hombre gordo, lo que no se condecía con las fechas de los robos. —¿Y siempre le dan de esas bolsitas largas? —Sí, en esas bolsitas devolvemos las joyas—dijo el tasador—. En todo caso ella casi no las necesita pues trae las propias, pero por cortesía igual se las entregamos. El que sí las necesita es el marido, el cojo Henríquez, se pasó para desordenado ese hombre. —¿Y cuándo estuvo acá por última vez el señor Manríquez?—preguntó algo sorprendido González. —La semana antepasada—respondió el gordo—. El tipo siempre anda apurado, su dichosa pata de palo resuena cada vez que viene por acá, pero es igual de buen pagador que su esposa, así que no hay dramas con él; eso sí, el tipo no deja que pase mucho tiempo, en un par de días paga y recupera las joyas. —¿Y son las mismas joyas que trae su señora?—preguntó González. —Sí, las mismas. De hecho no le pido los certificados, porque se los he visto a
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ella. Y como sé que el tipo pagará rápido, es negocio seguro—respondió el hombre, mirando divertido cómo González anotaba todo lo que él decía. —Muchas gracias por su tiempo—dijo González, extendiendo su mano para despedirse del tasador. —De nada, es un honor haber conocido en persona al matapacos—respondió el gordo, quien agregó, mientras González salía del lugar satisfecho pero algo contrariado—. Vuelve cuando quieras, te tendré un crédito mayor para cualquier empeño. IV Pablo González estaba en la oficina redactando el informe del caso. Aún le costaba un poco ordenar las ideas de modo tal que no pareciera un parte policial, y que se entendiera lo que quería decir. De pronto sintió a alguien tras él, leyendo por sobre su hombro. —Veo que te tocó un caso fácil para empezar, ya descubriste al culpable—dijo Benavides, satisfecho. —Tengo el quién, pero aún me falta el cómo y el por qué—respondió González. —¿Y cómo pretendes hacerlo, lo encararás frente a su esposa o tratarás de hablar con él en privado?—preguntó Benavides. —El informe final es para la clienta, a ella le debo entregar este documento—dijo González—. Aún no he decidido cómo lo haré para aclarar lo que me resta, pero probablemente conversaré con los dos juntos. —Bueno, el caso es tuyo así que tú decides los procesos. Espero tus novedades —dijo Benavides, para luego salir a una notaría para legalizar una fotocopia. Para González el caso estaba terminado gracias al testimonio del tasador, quien reconoció sin problemas al marido de Marta Goya como el culpable de la sustracción de las joyas. La redacción del informe lo estaba complicando al no poder incorporar el móvil y el modus operandi, así que decidió visitar a la pareja para confrontar los hechos y aclarar todo de una vez; sólo esperaba tener la capacidad de resolver la situación sin que se le escapara de las manos. González llegó a pie al domicilio de los Manríquez Goya. Luego de los saludos de rigor pasaron a la sala de estar: había llegado el momento de probar que podía desempeñarse como detective privado. —Cuéntenos señor González, ¿qué novedades nos tiene?—preguntó ansiosa Marta Goya. —Bueno, después de entrevistarme con ustedes decidí visitar la casa de empeños de donde vienen las bolsitas de sus joyas—empezó a relatar González —. Cuando conversé con su marido, él me contó que usted es casi obsesivamente metódica para todo. —Sí, eso es verdad, a veces se me pasa la mano, pero así me educaron— respondió Goya. —Cuando usted estaba guardando las joyas en las patas de sus sillas, se equivocó en una de ellas. —Sí, es que ando un poco distraída tal vez—argumentó la mujer.
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—Me parece que no—dijo González—. Lo más probable es que se equivocó porque la bolsa original en que estaba era de las transparentes, y ahora estaba guardada en una rotulada. —Tiene razón—dijo la mujer, sorprendida—Vaya, si no me lo cuenta usted, aún no me habría dado cuenta del por qué de mi error. —El asunto es que el tasador de la casa de empeños me dijo que sus joyas habían sido empeñadas hace dos semanas—dijo González, tragando saliva—. Este hombre reconoció a su esposo como el hechor. —¿Qué, está loco acaso, joven?—dijo el hombre, algo descolocado—Le dije que no sabía lo de las joyas de mi esposa. Ese tipo debe estar equivocado. —Señor Henríquez, el tasador mencionó su apellido, y el hecho que usted usa una prótesis de madera, que suena mucho cada vez que usted visita la casa de empeños—dijo González. —De partida no soy Henríquez sino Manríquez, y por otro lado no conozco la casa de empeños que visita mi señora—el hombre se puso de pie y se dirigió a la puerta—. Marta, vamos a ir con el señor González a la casa de empeños a encarar a ese mentiroso, espéranos acá por favor. —Arturo, si fuiste tú no importa, después me explicas en privado por qué lo hiciste, no hay problema—dijo la mujer, mirando con pena a su conviviente. —Que no fui yo Marta, ¿acaso no me crees?—dijo el hombre, yendo hacia su mujer y dejando en la puerta a González, quien se quedo sujetando el picaporte y jugando con él mientras la pareja discutía. —En serio Arturo, no me importa, no quiero discutir frente al señor González, ni que pases malos ratos en la casa de empeños. No vale la pena, tú sabes que pese a todo… —Disculpe señora Goya—interrumpió González—, ¿por casualidad el mueblista que fabricó su mesa y sus sillas hizo también la puerta de entrada? —Veo que se dio cuenta de la mano del señor Henríquez—dijo Goya—. Cuando mandé hacer el comedor quise que hiciera juego con el entorno, y lo único que se me ocurrió fue la puerta. —Sí, me acabo de dar cuenta de la mano de este señor Henríquez—dijo González, enrabiado—. Necesito que vayamos a su taller, por favor. V Dionisio Henríquez se encontraba terminando de encolar las espigas de madera de una cava de madera que le habían encargado. Como buen mueblista de la vieja escuela, estaba acostumbrado a usar la menor cantidad de clavos y tornillos, pues las uniones por encaje de madera contra madera reforzadas con cola o neoprén duraban mucho más y su acabado era de mejor calidad. Cuando se disponía a poner las prensas para fijar las uniones, tres personas entraron a su taller, dejándolo con el alma en un hilo. —Bue… buenas tardes… señora Goya, ¿cómo está?—dijo con voz entrecortada Henríquez. —Buenas tardes señor Henríquez, soy el detective privado Pablo González. Sabe por qué estamos aquí, ¿correcto?—dijo González, parándose delante de la pareja. —Yo… no… es que…
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—Señor Henríquez, podemos hacer esto por las buenas o por las malas—dijo González con voz firme—Siéntese y explíquenos por qué robó las joyas de la señora Goya. —Yo… yo no robé nada… sólo las tomo prestadas y después las devuelvo, nada más—dijo avergonzado el hombre, dejándose caer en la banca en que reposaba, evidenciando una prótesis de madera en su pierna derecha. —Por eso lo confundieron conmigo, también está amputado—dijo sorprendido Manríquez. —Yo no quería hacer daño… no soy un hombre malo… sólo tengo una enfermedad que no puedo controlar… soy ludópata—dijo el hombre al borde de las lágrimas. —¿Esa enfermedad en que la gente necesita apostar?—preguntó Goya. —Yo nunca le he robado nada a nadie, pero no puedo controlar mis apuestas compulsivas—empezó a relatar Henríquez—. Cuando me contrataron para hacer el amoblado de comedor, y la señora Goya me pidió que hiciera esas patas huecas falsas, entendí que era para esconder joyas. —¿Y cuándo se le ocurrió lo de la puerta?—preguntó González. —La señora me dijo que quería hacer algo en el comedor que hiciera juego con el amoblado. Ella me pidió colocar unas vigas desnudas en el techo, y ahí se me ocurrió sugerir una puerta. —Y en la puerta colocó un sistema similar al de las patas para correr el picaporte y abrir desde fuera sin forzar la cerradura—dijo González. —Sí… cuando fui a instalar la puerta vi a la pasada al marido de la señora Goya… cuando me di cuenta que tenía una pata de palo como la mía, pensé que en vez de robar las joyas las podría sacar de la casa, empeñarlas y luego devolverlas… no me gusta robar, por eso preferí empeñar. —Supongo que siguió alguna vez a la señora Goya para ver la casa de empeño, y luego simplemente se hizo pasar por su marido, llevando las mismas joyas— agregó González. —Así es… por favor perdónenme, nuca quise hacerles daño—dijo Henríquez. —¿Y cómo sacaba las joyas de la casa?—preguntó Goya. —Así—dijo González, acercándose a Henríquez para tomar el extremo de su prótesis de madera, traccionarlo, y dejar ver un espacio suficiente como para que cupieran dos o tres bolsas de joyas—. Lo más seguro es que en alguna ocasión le cambiaron las bolsas en la casa de empeños, y eso hizo que la señora Goya se confundiera al rellenar las patas de las sillas. —Sólo hay algo que no logro entender, ¿cómo es que siempre logró recuperar el dinero de las joyas para devolverlas a su lugar?—preguntó Manríquez, algo menos enojado. —Es que soy hípico, desde cabro chico le apuesto a los caballos, y nunca pierdo… por eso uso una parte del dinero empeñado para jugar todo lo que pueda, y reservo lo justo para recuperar la plata apostando a los caballos—dijo Henríquez, para luego quedar mirando al piso, avergonzado—. ¿Qué va a pasar conmigo ahora? —Mi trabajo termina acá—dijo González—, les dejo a ustedes la decisión de denunciar o no. Señora Goya, pase por favor en un par de días más a la oficina a buscar el informe final de la investigación y a arreglar con mi jefe lo de los honorarios. Señor Manríquez, le pido mil disculpas, nunca fue mi intención acusarlo injustamente, creo que me dejé llevar por las evidencias incompletas, y por mi inexperiencia.
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—Gracias por todo señor González, y no se preocupe por el mal rato, al fin y al cabo logró resolver el caso—dijo Manríquez, estrechando la mano de González, quien salió del taller del mueblista ludópata conforme con el resultado de su trabajo, y feliz al haber encontrado un nuevo camino en su vida. FIN

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El caso del marido engañado I Ernesto Benavides y Pablo González estaban trabajando afanosamente cada cual en su escritorio, poniéndose al día con el papeleo necesario para poder cerrar cada caso. Luego de meses trabajando juntos, la agencia de detectives privados había tomado un nuevo aire, ampliando la cartera de clientes lo cual les permitía tener una mayor holgura económica, dentro del restringido mercado existente fuera de la capital, pero que estaba tomando bríos gracias al auge de la minería y del turismo no convencional; así, con una población flotante mayor y con la llegada de nuevos habitantes a la región, paulatinamente se estaban haciendo de un nombre, y ganándose la confianza de la población. Esa mañana llegó a la oficina un hombre alto y obeso, con cara de asustado y de indeciso, que parecía no estar seguro de querer estar en ese lugar. Benavides le hizo una seña a González para que él se hiciera cargo del voluminoso y temeroso hombre. —Buenos días señor, pase, siéntese—dijo González en tono afable—. Mi nombre es Pablo González, ¿en qué lo puedo ayudar? —Eh… buenos días… no estoy seguro de estar haciendo lo correcto—dijo el hombre, poniéndose de pie. —No hay problema señor, si está indeciso en lo que necesita tómese el tiempo que requiera para pensarlo—dijo González, con una leve sonrisa. —Es que… ¿le puedo contar mi problema?—preguntó el hombre mientras se volvía a sentar. —Por supuesto, cuénteme su problema sin compromiso, a ver si lo podemos ayudar. —Bueno, mi nombre es Ernesto Navarro, soy de Santiago, me vine a trabajar acá en una minera, como chofer—dijo el hombre, aparentemente algo más cómodo—. Como usted sabrá nosotros trabajamos en sistema de turnos, en que estamos una semana en la mina y otra en nuestras casas. —¿Hace cuánto tiempo está trabajando acá?—preguntó González. —Yo llevo algo más de dos años trabajando y viviendo acá—dijo Navarro—. El contacto para el trabajo lo hizo un amigo mío, con el que trabajábamos en Santiago. Un conocido de él le dijo que había dos puestos disponibles, y él de inmediato pensó en mí, así que lo conversé con mi señora y nos vinimos para acá, junto con él y su esposa. —¿Y acá les va mejor que allá? —Por supuesto, acá el trabajo es con contrato, allá trabajábamos haciendo fletes de carga, y la competencia se estaba haciendo cada vez más complicada—dijo Navarro—. Acá uno cumple sus turnos, recibe un sueldo fijo bastante bueno, y tiene tiempo para compartir con la familia. —Ya veo—dijo González—. ¿Y qué necesita de nuestra agencia, señor Navarro? —Parece que mi esposa me está gorreando—respondió el hombre avergonzado, y mirando hacia el piso. —¿Por qué sospecha que su esposa lo está engañando?—preguntó González con un tono más suave.
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—Ya no es igual conmigo—dijo Navarro—. En Santiago la pasábamos muy bien, salíamos harto, teníamos buen sexo. Pero desde que llegamos acá la cosa empezó a apagarse, ella como que no tiene ganas de estar conmigo cuando me toca estar en la casa, salimos poco, estamos casi todo el tiempo mirándonos las caras en la casa. Mi amigo me dijo que tenía que reconquistarla, sacarla a fiestas, salir de compras o a comer, lo que fuera, pero hasta ahora nada de eso ha resultado. —¿Ustedes tienen hijos, señor Navarro?—preguntó González, para intentar entender el entorno familiar del apesadumbrado hombre. —No, aún no, preferimos postergar lo de los niños hasta tener mayor estabilidad económica. Tal vez fue mejor así… —¿Usted sospecha de alguien, señor Navarro?—preguntó González. —Lamentablemente sí—dijo el hombre—. Estoy casi seguro que mi señora me engaña con mi amigo, el que me consiguió el trabajo. —¿Alguna razón en especial por la que sospeche de él?—preguntó González, mientras miraba de reojo a Benavides, quien no dejaba de hacer su papeleo. —Es demasiado evidente, cuando mi amigo y su señora llegan a la casa, el ánimo de mi señora mejora de inmediato. Además, no tenemos el mismo turno con mi amigo, nos topamos a veces no más en la pega, así que la mayor parte del tiempo en que yo estoy arriba, él está acá en la ciudad—respondió Navarro. —Está bien señor Navarro, necesito que me de sus datos personales y las fechas de sus turnos, y luego pase a conversar con mi jefe para ver el asunto de las tarifas de nuestros servicios. En cuanto haya novedades me pondré en contacto con usted para ponerlo al tanto de mis hallazgos—dijo González. Una vez que Ernesto Navarro acordó la forma de pago con Ernesto Benavides, se retiró de la oficina a esperar que en el menor plazo posible le entregaran una respuesta a su duda. Mientras tanto, González empezó a revisar en su agenda cuándo tendría tiempo de empezar a seguir a la esposa del cliente. —Parece que tendremos que comprar otra cámara fotográfica, Pablo—dijo Benavides. —Eso creo jefe, con este asunto de los contratos de los mineros cada vez llegan hombres con más plata y mujeres con más tiempo libre—respondió González—. Lo más terrible de todo es que parece que es tal y como este señor dice, que entre los mismos trabajadores de la minera se gorrean. —Demasiado tiempo libre y demasiadas lucas circulando echan a perder las relaciones, Pablo—comentó Benavides—. A veces es mejor no ganar tanto, pero tener la seguridad de que tu familia no está buscando suplir sus carencias afectivas por otros lados. —Sí… parece que podré empezar esta semana el seguimiento de la esposa de este señor Navarro—dijo González. —¿Tan luego, estás seguro?—preguntó Benavides. —Sí, porque el resto de los gorreados… o sea, de los clientes, vienen recién bajando de la mina hoy en la tarde, así que a partir de ahora y por una semana puedo trabajar tranquilo este caso—respondió González. —Y lo más probable es que justo hoy esté bajando de la mina el mejor amigo del cliente—agregó Benavides—. Ya, llévate tú la cámara entonces. Y trata que no te pillen como la otra vez.

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II Pablo González estaba sentado en su escritorio, bostezando tal como cada mañana de esa semana. Mientras se tomaba el tercer café desde su llegada, entró a la oficina Ernesto Benavides, siendo recibido por un inmenso bostezo de su empelado. —Vaya hombre, parece que estás durmiendo muy mal, o tu esposa anda demasiado cariñosa—dijo Benavides, soltando una carcajada. —Buenos días don Ernesto. Nada de eso, estoy muerto de sueño con este dichoso seguimiento—respondió González, sujetando su cabeza con el brazo apoyado en la mesa. —¿Cómo tanto hombre? Si ya has hecho un par de seguimientos antes, y nunca te había visto tan cansado, ¿pasa algo malo acaso?—preguntó Benavides. —No pasa nada, jefe. —¿Cómo que no pasa nada? No puedes estar tan cansado por nada—dijo Benavides, incrédulo. —Parece que no me entendió jefe, literalmente no pasa nada en este seguimiento —respondió González—. Llevo cinco noches completas de vigilancia, apostado frente a la casa de la esposa de Navarro y nada. Nadie entra, nadie sale, la mujer apenas se junta con una amiga, que es la que aparece todas las noches en su casa como a las diez de la noche y se va cerca de las doce. Inclusive un par de días también la seguí de día, por si ella iba a la casa de algún amante o algo pero nada; sólo en uno de ellos visitó a esta mujer que la visita en las noches, pero nada más. El problema es que el cliente vuelve pasado mañana, y hasta ahora no tengo ningún avance, y el tipo está seguro del engaño. —Pablo, ¿conoces ese viejo refrán que dice “no hay peor ciego que el que no quiere ver”?—preguntó Benavides, sonriendo. —Sí jefe, pero no entiendo qué relación tiene con este caso, si aquí no hay nada que ver—respondió González. —Entonces quiere decir que eres demasiado inocente, hombre—dijo Benavides —. ¿Por qué dices que nadie va a la casa si todas las noches va una mujer entre las diez y las doce de la noche? ¿O es que acaso descartaste de plano que la esposa del cliente lo pueda engañar con una mujer? —¿Qué? ¿Usted cree que es tortillera?—dijo sorprendido González. —Creo que en el informe se leerá mejor homosexual o lesbiana, Pablo—dijo Benavides. —Pucha jefe… claro, tiene razón, no se me ocurrió pese a lo evidente—dijo González, pareciendo atar cabos sueltos en su mente—. Y por eso es que se pone contenta cuando los visitan… —¿A qué te refieres?—preguntó Benavides. —Ah, es que aún no le digo que la mujer que la visita es la esposa del amigo a quien el cliente sindicaba como el culpable—dijo González. —Vaya, parece que la soledad le echó a perder la vida a esas dos mujeres—dijo Benavides—. Ellos se preocuparon de sus trabajos, pero al parecer dejaron de lado el resto de sus vidas. —Pucha jefe, esto es mucho más complicado aún—dijo González—. En este caso al cliente le costará más creer la conclusión a que llegamos. Por un cuento de machismo no lo creerá… parece que deberá obtener fotos explícitas de ambas juntas.
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—Estoy de acuerdo Pablo, no se convencerá si no las ve a ambas juntas—dijo Benavides—. El problema es que la cámara no es tan buena como para tomar fotos de noche sin flash. —Tendría que llamar a un amigo de la comisaría, a ver si me puede prestar uno de los visores nocturnos que usábamos a veces cuando seguíamos a los burreros… no, es casi imposible que me lo pueda conseguir—dijo González, pensando en voz alta. —Gracias por la idea—replicó Benavides—. Yo tengo un amigo que es fotógrafo profesional, y que de vez en cuando saca fotos para estas revistas de fauna, como la National Geographic. Él tiene una cámara con lente de visión nocturna, esa podríamos usar… lo voy a llamar para arrendársela y para que te enseñe a usarla. Si no la logras fotografiar con eso, no hay nada que hacer y habremos perdido una semana de trabajo. A la noche siguiente Pablo González estaba instalado frente a la casa del cliente y su mujer, escondido en la parte de atrás de un viejo camión, el que tenía habilitado un agujero estratégicamente situado en la parte más alta del sector de carga, lo que le permitía esconderse en dicho lugar y grabar a través de esa suerte de claraboya artesanal con la cámara que había arrendado su jefe para ese caso. En cuanto apareció la esposa del amigo de Navarro, González encendió la cámara y empezó a vigilar a través de la ventana del living por sobre la muralla, gracias a lo alto del camión. El artilugio le permitió ver cómo las mujeres, luego de saludarse, desaparecían por una puerta que parecía dar a la cocina, para aparecer a los pocos minutos con un par de vasos con algún jugo o licor. Durante las dos horas de la visita las mujeres no se movieron de delante del televisor, donde parecían estar viendo algún programa por capítulos, sin sentarse cerca ni hacer ningún gesto que le hiciera pensar alguna cercanía distinta a una buena amistad. Pocos minutos antes de las doce las mujeres apagaron el televisor, y la visitante se fue, tal y como había llegado. González estaba muy contrariado, pese a todos sus esfuerzos, y a la inversión que había significado el arriendo de la cámara de visión nocturna, nada había resultado. De todos modos había grabado todo, para tener material para entregarle al cliente. Para completar el trabajo seguiría grabando hasta que la mujer se fuera a su dormitorio: no tenía intenciones de pasar más allá, por el riesgo de ser sorprendido y terminar la noche en su antigua comisaría, pero como visitante a la fuerza. Luego de la salida de su amiga, la mujer apagó las luces y se sentó en el sofá al medio del living, como si esperara algo o a alguien. Justo en ese instante, lo que se empezó a grabar llevó a González a exclamar: —Pero qué chucha… III El detective González estaba nervioso, en cualquier momento llegaría Ernesto Navarro, y desde que terminó de grabar con la cámara de visión nocturna esa noche, no había logrado conciliar el sueño, tratando de entender qué era lo que había grabado, y peor aún, cómo intentaría explicárselo a su cliente. Su jefe, Ernesto Benavides, había visto la grabación, y al no encontrar explicación lógica a
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lo que había visto, le dejó la responsabilidad de las decisiones a González. González tenía instalado un televisor con el equipo de VHS conectado, y el casette de video sobre la mesa, listo a que llegara Navarro para encerrarse con él y ver juntos el resultado de su trabajo. Mientras la mente de González buscaba palabras para explicar lo sucedido, su cliente apareció por la puerta, con cara de profecía autocumplida. —Buenos días señor Navarro, adelante, asiento, ¿cómo estuvo su trabajo esta semana?—se apuró en decir González, estrechando la mano de su cliente. —Buenos días señor González. Debo suponer que me citó para darme las malas noticias en privado—dijo Navarro con voz algo temblorosa. —Bueno… será mejor que empiece de inmediato—dijo González, poniendo frente a Navarro una carpeta con fotografías, las que el hombre empezó a revisar—. Durante esta semana de seguimiento su esposa tuvo actividades completamente normales, haciendo trámites, yendo de compras, y en una ocasión visitando la casa de sus amigos. No hubo ninguna actividad diurna sospechosa. —Es algo obvio supongo, si tenía la casa disponible toda la noche—comentó Navarro. —No tanto como usted supone… pero eso no viene al caso—dijo González, tratando de ordenar sus ideas—. En las noches su esposa fue visitada todos los días, entre las diez y las doce, por la esposa de su amigo, al parecer para ver juntas alguna serie de televisión o algo similar. —¿Y cuándo aparece en escena mi amigo?—dijo Navarro. —Señor Navarro, dentro de los días de seguimiento que hice, su amigo no apareció por ninguna parte—dijo González, tratando de encontrar cómo explicar lo que se vendría después. —O sea que mi amigo no es el patas negras—dijo González con voz algo más aliviada—. Pero si estoy acá es por algo, y debo suponer que el video que está en la mesa es una evidencia. —Así es, señor Navarro. —¿Sabe? Prefiero no verlo, basta con que usted me diga quién es, yo le creeré y veré qué hacer al respecto—dijo Navarro. —El problema señor Navarro… es imprescindible que lo vea… no tengo cómo explicar lo que grabé y lo que verá—dijo González, buscando las palabras para explicar lo inexplicable. —¿Por qué tiene tantas ganas que vea a mi mujer revolcándose con otro huevón, tan morboso es usted acaso?—preguntó casi furioso Navarro. —Señor Navarro, yo no quiero que vea nada—respondió González, mirando al hombre a los ojos—. La mayoría de las veces intentamos que la gente no vea los videos probatorios para que no salgan lastimados, y la mayoría de las veces no nos hacen caso. Pero en esta situación, le juro que es imprescindible que lo vea. —Espero que de verdad esto tenga una justificación señor González, no quiero ver a mi esposa en… eso, simplemente por verlo. —Le aseguro que no será así—dijo González, más nervioso por el contenido del video que por la amenaza velada de Navarro. Pablo González instaló el casette en el reproductor de VHS. De inmediato en la pantalla apareció todo teñido de verde, propio de las grabaciones con lentes de visión nocturna. En ella se veía a la mujer despidiéndose de su amiga, luego de lo
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cual se sentó en el sofá con las piernas juntas y las manos sobre las rodillas, en silencio y con la luz apagada. De pronto, y ante los atónitos ojos de Navarro y la aún sorprendida mirada de González, la ropa de la mujer empezó a salir de su cuerpo sin que ella ni otra persona intervinieran. A los pocos segundos la mujer terminó desnuda, y antes que alcanzara a cubrirse, sus mamas se vieron como aplastadas por manos invisibles, para luego ver cómo el cuerpo de la joven se elevaba cerca de un metro y medio en el aire y terminara depositado con suavidad sobre la alfombra. Desde ese instante en adelante ambos hombres presenciaron cómo la mujer parecía estar en pleno acto sexual, pero sin nadie sobre ella, pese a lo cual se veía cómo partes de su cuerpo eran movidas casi contra su voluntad. A los pocos minutos la mujer se puso de pie, recogió su ropa y se dirigió al baño a ducharse para luego acostarse a dormir. —¿Qué significa…?—empezó a preguntar Navarro, siendo callado con un ademán por González, indicándole la pantalla. Justo cuando la mujer apagó la luz del dormitorio, una especie de sombra transparente pasó frente a la pantalla. —Por eso le dije que era imprescindible que viera el video—dijo González, mientras apagaba el aparato y sacaba la cinta, para incluirla dentro del sobre que luego entregaría a Navarro—. Antes que me lo pregunte, no tengo idea de lo que aparece en la grabación, y le juro que me costó mucho grabar eso sin que me dieran ganas de dejar todo botado y salir arrancando. —¿Mi esposa me pone el gorro… con un fantasma?—dijo estupefacto Navarro. —No sé cómo le llamarán a eso, pero es lo que encontré—dijo González, aún confundido—. No sé si estas sean buenas o malas noticias para usted, pero es el resultado de mi trabajo. Si lo desea, lo puedo acompañar cuando vaya a aclarar las cosas con su esposa, si es que está en sus planes hablar esto con ella. —No sé… la verdad es que estoy tratando de entender algo de esto—dijo Navarro, con la misma cara de confusión de González—. Creo que deberé enfrentar a solas a mi esposa, si es que decido que vale la pena hablar con ella. Le agradezco el trabajo señor González, y las agallas para mostrarme esto. —Por nada señor Navarro. Si necesita algo más, no dude en contactarme. —Gracias, y adiós—dijo Navarro, llevando consigo el sobre que le había entregado González. IV Pablo González estaba terminando de ordenar las boletas para incorporarlas al ítem de gastos de un seguimiento que estaba terminando, y que lo había obligado a incurrir en gastos más allá de los estipulados en el avance que solicitaban a todos los clientes. Justo cuando se disponía a hacer el documento para entregárselo a Ernesto Benavides, una cara conocida se asomó a su puerta. —Señor Navarro, buenas tardes, ¿cómo está?—dijo González, sorprendido de ver al hombre de vuelta. —Buenas tardes señor González. Tuve un tiempo y quise pasar a contarle lo que pasó desde que usted me entregó el sobre con el seguimiento de mi esposa—dijo Navarro. —Asiento, cuénteme—dijo González, realmente interesado en escuchar lo que había sucedido en ese caso.
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—Bueno, luego de un par de días y noches dando vueltas por toda la ciudad, decidí hablar con mi esposa. Ella me contó que desde que llegamos a esa casa se empezó a sentir como observada, y en más de una ocasión sintió cosas extrañas cuando se bañaba. De a poco esas sensaciones empezaron a hacerse más recurrentes, hasta que una noche este… fantasma la poseyó… usted me entiende, no posesión de fantasma… —Claro que lo entiendo—dijo González. —Bueno, el asunto es que desde esa fecha este fantasma empezó a aparecerse cada vez que yo estaba de turno, y esta especie de relación empezó a hacerse algo normal—dijo Navarro. —Ya veo. —Cuando encaré a mi esposa ella me contó que lo pasaba muy bien, y por ello sentía que ya no necesitaba tener sexo normal conmigo, y que además, como era un fantasma y no una persona de carne y hueso, sentía que no me estaba traicionando. —¿Y por qué ella se veía tan feliz cuando llegaban sus amigos?—preguntó González. —Porque estando ellos, las posibilidades de que yo le preguntara por su pobre apetito sexual eran menores—respondió Navarro. —¿Y las visitas de la esposa de su amigo todas las noches?—preguntó González, tratando de entender el entorno del caso. —Es que desde siempre se juntan todas las noches a ver unas teleseries—dijo Navarro—. Si de un momento a otro ella dejaba esa costumbre, podría haber levantado sospechas. —Vaya… ¿y pudo saber de dónde salió ese fantasma?—preguntó González. —Verá, una vez que conversé con mi esposa para arreglar nuestra relación, decidimos empezar a preguntar a los vecinos más viejos por nuestra cuenta, a ver qué lográbamos averiguar—dijo Navarro—. Una de las señoras de la cuadra conocía una viejita a punto de cumplir un siglo de vida, que había vivido hace como setenta años en esa casa. Esta señora nos contó que esa abuelita, cuando joven, había tenido un amante muy fogoso que la visitaba cuando su marido salía a trabajar. —Ya veo—dijo González, imaginando lo que tal vez había sucedido. —Esta abuelita le contó que este joven, por lo fogoso, era medio arriesgado para sus cosas, y un día se fue a meter a la casa sin avisar—prosiguió Navarro—. Justo ese día ella había salido y estaba su esposo, un hombre algo mayor y bastante celoso, que sospechaba que su señora andaba en malos pasos. Pues bien, en cuanto entró este joven reconoció a quien las vecinas describían como quien ocupaba sus sábanas en su ausencia, y luego de una fuerte discusión y una pelea, lo mató estrangulándolo. —Vaya, bastante sórdido el caso—comentó González. —El asunto es que cuando esta abuelita llegó, encontró a su marido enfurecido y arrepentido, y a su amante muerto—dijo Navarro—. Para no complicar más la situación, decidió ayudar a su esposo a enterrar el cadáver del joven bajo el piso del subterráneo de la casa, y no hablar nunca más del tema. Como la abuelita enviudó hace como quince años, le pudo contar a su amiga lo sucedido. —Es increíble todo lo que les tocó vivir señor Navarro—dijo González, aún sorprendido con la historia—. ¿Y qué van a hacer de ahora en adelante? —Con mi esposa decidimos dar vuelta la página y empezar de nuevo—respondió Navarro—. Lo primero que hicimos, ya que este fantasma es demasiado
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insistente, fue vender la casa a una empresa constructora que se encargará de demolerla para hacer un edificio. Suponemos que al hacer la excavación se encontrarán con los restos de este tipo y se encargarán de dar aviso a las autoridades. —¿Y dónde están viviendo ahora? —Nos mudamos a un departamento grande, cerca de la plaza—dijo Navarro—. De a poco estamos empezando a rearmar nuestra relación, a retomar lo entretenido del pololeo, la conquista, todas esas cosas que uno erróneamente deja de lado cuando está casado porque cree que la libreta de matrimonio se encarga de hacer la pega por uno. —Qué bueno que al menos han podido rehacer sus vidas desde este evento. Este asunto siempre es tremendamente doloroso, pero en su caso además era complejo de entender y de creer. Bueno, supongo que ya no lo volveré a ver, señor Navarro—dijo González, sonriendo. —Espero no tener que necesitar de sus servicios de nuevo señor González, al menos en lo que a seguimiento de pareja se refiere—dijo Navarro—. De todos modos gracias, por tener el valor de mostrarme una grabación tan descabellada como esa, y de no huir al hacerla. Si no fuera por eso, tal vez mi matrimonio ya se habría desmoronado. —Por supuesto, no es fácil de creer que el tercero en la relación es un fantasma. —Y si no hubiera sido por ese video, jamás lo podría haber creído. Adiós señor González, y gracias de nuevo—dijo Navarro. —Hasta siempre señor Navarro—dijo González, estrechando con fuerza la mano de Navarro. Esa tarde Pablo González salió un poco más temprano del trabajo. Ese era el día de la semana en que la madre de Marta, su esposa, tenía tiempo de quedarse con su hija Mariana, para que ellos pudieran salir a pasear, a comer, al cine, o simplemente a mirar el estrellado cielo del norte de Chile, y a recordar que su relación perduraría en la medida que no se olvidaran el uno del otro. FIN

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Benavides y González, detectives privados I —Buenos días, “Benavides, detectives privados”, habla Pablo González, ¿con quién hablo?—dijo el detective González, repitiendo la frase de presentación que decidió usar en su trabajo en la agencia de seguimientos. —Bah, ¿desde cuándo el maricón Ernesto tiene empleados? Parece que le ha ido bien al viejo hijo de perra—dijo una voz al otro lado del teléfono. —Ya que no desea contratar nuestros servicios voy a cortar—respondió González, usando otra de de las frases que tenía a mano para facilitar su desempeño como telefonista—. ¿Desea dejar algún recado? —Sí, dile a ese viejo hijo de puta que voy a ir por él cuando menos lo espere—dijo la voz. —Su recado será entregado a la brevedad. Buenos días. Pablo González siguió organizando su horario del día, tenía un par de seguimientos pendientes, y uno de ellos debía realizarse ese día, pues había averiguado que el esposo infiel de una de sus clientas se juntaría con su pareja furtiva esa tarde en un café de la periferia. Era imprescindible llevar pruebas fehacientes, para que la mujer se convenciera y asumiera que su esposo la engañaba, pero no con otra mujer. Justo cuando se aprestaba a salir, llegó Ernesto Benavides. —Buenos días don Ernesto, ¿cómo está? —Hola Pablo, bien—respondió Benavides—. ¿Y tú cómo has estado? —Bien jefe, ordenando el tiempo del día para alcanzar a hacer todo lo que debo. Hay que cerrar los casos para poder cobrar las lucas—dijo González. —¿Ha habido alguna novedad?—preguntó Benavides. —Una llamada hace unos diez minutos de algún tarado al que probablemente usted pilló en malos pasos, y que ahora llama para insultar—respondió González —. Le corté educadamente, como usted me enseñó. —¿Y dijo algo en especial quien llamó, o sólo las típicas amenazas de siempre?— preguntó Benavides mientras se servía un café. —¿Aparte de los garabatos? Dijo que vendría por usted cuando menos lo esperara—respondió González, poniéndose de pie para salir a su primer destino de la jornada. —¿Por casualidad se refirió a mi de algún modo distinto?—preguntó Benavides, mirando a González. —No, con garabatos, como todos los infieles a los que desenmascaramos y creen que somos los culpables de sus fracasos matrimoniales—respondió González, sin darle mayor importancia al tema. —¿No te fijaste si se refirió a mi por mi nombre o por mi apellido?—volvió a preguntar Benavides, haciendo que González se devolviera y se sentara en una de sus sillas. —Por su nombre—dijo González—, de hecho lo llamó el “maricón Ernesto” —Apareció este chuchesumadre—dijo Benavides, dejándose caer en su silla y llamando la atención de González, quien nunca había escuchado salir de la boca de su jefe alguna mala palabra, ni menos un improperio de ese calibre.
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—¿Qué pasa don Ernesto, hay algo en que lo pueda ayudar?—preguntó preocupado González. —No Pablo, no hay nada que me puedas ayudar, esto es parte de mi pasado y es mi obligación hacerle frente solo—respondió Benavides. —Don Ernesto, tal vez esto no sea asunto mío, pero si estoy trabajando es por usted, que me dio la confianza después que me dieran de baja de carabineros— dijo González, casi emocionado—. Déjeme agradecer todo el apoyo que me ha dado, yo sé que puedo hacer algo, cuente conmigo. —Gracias Pablo, de verdad, pero esto es más bien personal. Anda a hacer los seguimientos del día, los clientes no van a esperarnos eternamente—dijo Benavides, poniéndose de pie y entrando a su privado. González salió algo contrariado a hacer su trabajo, no le gustaba ver complicado a su jefe; mal que mal el añoso hombre le enseñaba día a día los trucos del oficio, y pese a que a veces los clientes escaseaban, se daba la maña para pagarle el sueldo íntegro y a tiempo. Muchas veces González había intentado escudriñar en la vida personal de Benavides, pero el hombre de inmediato se cerraba a la posibilidad de compartir algo más que trabajo con su empleado y aprendiz, y por un asunto de respeto, González no intentaría investigar el pasado de su jefe. Luego de masticar su momentánea rabia, González salió en busca del marido de su clienta y su amante. Un par de horas más tarde González volvió a la oficina, luego de haber ido a dejar el rollo fotográfico al revelador que se encargaría de entregarle el material que serviría para cerrar un nuevo caso. En cuanto entró, notó que había algo de desorden en el estar, y que tras la puerta del privado de Benavides se escuchaban algunos quejidos. De inmediato sacó su revólver y entró a la oficina, encontrando a su jefe tirado en el suelo con evidencias de haber sido golpeado en el rostro en reiteradas ocasiones, y con un gran corte en el cuero cabelludo, justo donde se hacía la partidura para peinarse. González, luego de mirar a todos lados y cerciorarse que no hubiera nadie oculto, guardó su arma, llamó una ambulancia e intentó confortar a Benavides mientras llegaba el vehículo de emergencias. Cuando González empezaba a limpiar la sangre de su rostro e intentaba evitar que su jefe se incorporara, el viejo detective se desmayó, no sin antes decir: —Aléjate del tiburón Albornoz… II Pablo González estaba en la sala de espera del servicio de urgencias del hospital base. Al no ser familiar de Benavides no tenía autorizada la entrada, así que no quedaba más que esperar la llegada de la esposa de su jefe, a ver si a ella le decían algo. Cerca de una hora después de haber llegado, las puertas de la sala de atención se abrieron, y por ella salió Ernesto Benavides en una silla de ruedas, acompañado por una enfermera. —Don Ernesto, ¿cómo está?—dijo preocupado pero más tranquilo González. —¿Usted es Pablo González?—preguntó la enfermera—. Quería darle las gracias por cuidar a mi marido y conseguir una ambulancia tan rápido. En general se
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demoran mucho más en atender los llamados. —Por nada, señora… —Ay, disculpe, me llamo Antonieta Garrido. Creí que Ernesto le había contado de mi—dijo la mujer. —No, don Ernesto en general es muy reservado con su vida personal—comentó González—. ¿Cómo quedó don Ernesto, no le pasó nada grave? —Gracias a dios no—respondió Garrido—. El médico de turno tuvo que ponerle puntos a la herida de la cabeza, y además encontró la nariz y un par de costillas rotas, todo muy doloroso pero nada grave. Ah, y perdió un diente. —¿Tienen cómo irse a su casa?—preguntó González. —Conseguí que me prestaran la ambulancia, no estamos tan lejos de la casa, y en esas condiciones no puede caminar. ¿Nos acompaña?—dijo Garrido, mientras su esposo la miraba contrariado. —No quiero importunarlos—dijo González, viendo la expresión de su jefe. —Para nada. Además, es bueno que sepa dónde vivimos, ante cualquier eventualidad—dijo la mujer, mientras ayudaba al conductor y a González a subir la silla de ruedas a la parte de atrás del vehículo de emergencias. Diez minutos después Ernesto Benavides estaba durmiendo profundamente en su cama, luego que al llegar al hogar su esposa lo obligara a tomar una pastilla tranquilizante. Luego de dejarlo con las cortinas y las puertas cerradas, la mujer volvió donde González, quien esperaba sentado en el living. —¿Quiere un café, señor González?—preguntó la mujer. —No, muchas gracias, debo volver luego al trabajo, tengo un seguimiento pendiente—dijo González. —¿Usted sabe quién le puede haber hecho esto a mi marido?—preguntó Garrido, con evidente cara de cansancio. —No sé si sea prudente hablar de eso ahora—dijo González—, de hecho don Ernesto evitó hablarlo conmigo antes que lo atacaran. —Eso quiere decir que lo amenazaron—dijo Garrido. —Sí, hoy en la mañana llamó alguien que lo trató en duros términos. —¿A qué se refiere con “duros términos”?—preguntó Garrido—. Señor González, trabajo en un servicio de urgencias, estoy acostumbrada al trato con “duros términos”. —La persona al otro lado de la línea se refirió a él como el maricón Ernesto—dijo González. —Maldita sea, no puede ser Albornoz, no otra vez…—dijo la mujer, rompiendo en llanto. —Disculpe señora, ¿quién es ese tal tiburón Albornoz?—preguntó confundido González. —Necesito conversar con mi marido, señor González—dijo Garrido, secándose las lágrimas—, quédese por mientras a cargo de la agencia, nosotros lo llamaremos cuando sea oportuno. González se fue a la agencia con las llaves, sin entender el por qué de tanto misterio con el tal “tiburón” Albornoz. En cuanto llegó se puso a ordenar el desorden que había quedado luego de la agresión, y de la intervención de la Policía de Investigaciones en busca de huellas o evidencias que aportaran datos a la investigación judicial. Mientras metía los papeles en sus correspondientes
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carpetas para luego organizarlas dentro del mueble que hacía las veces de archivador, el teléfono sonó una vez más. —Buenas tardes… —¿Cómo quedó el maricón Ernesto después de mi visita, está hospitalizado todavía?—preguntó la misma voz de la llamada de la mañana. —No sé de qué me habla, vengo recién llegando a la oficina y me encontré con… —No sabes mentir, huevón—interrumpió la voz—. Tú ayudaste a llevar al maricón Ernesto a la posta, y después lo llevaste a su casa junto con la Antonieta. —No entiendo entonces para qué pregunta si está hospitalizado, si me vio llevarlo de vuelta a su casa—respondió rápidamente González para no ser interrumpido otra vez. —¿Te doy un consejo, mariconcito? Cierra ese cuchitril, entrega tu renuncia y te vas para tu casa. El problema es entre… —Lo lamento, no puedo renunciar por un asunto de lealtad—interrumpió ahora González. —Pobre pendejo, el maricón Ernesto no sabe de lealtad, en cuanto pueda te va a cagar… bueno, es cosa tuya, si sales herido será bajo tu responsabilidad. Date por avisado—dijo la voz, para luego colgar. Justo en ese instante un ruido extraño, como de una explosión pero algo apagado, sonó contra la vieja pared externa de adobe de la oficina. En cuanto salió se encontró con la pared cubierta por fuego y restos de vidrio en el suelo. En el instante en se aprestaba a entrar para sacar el extintor que había en el privado de Benavides, un golpe con un objeto duro contra sus costillas lo desestabilizó por el dolor, cayendo de rodillas al lado de las llamas; sólo los reflejos adquiridos en sus años lidiando con narcotraficantes le permitieron bloquear el bastonazo que iba a su cabeza y que habría terminado con él sobre las llamas. Fue el instinto el que lo hizo rodar por el piso hacia el agresor con el bastón, enredándolo con su cuerpo y derribándolo junto con él, dándole el tiempo suficiente para darle un certero puñetazo en el rostro que de inmediato le quebró la nariz, lo que no fue suficiente como para evitar la huida del hombre. González no fue capaz de correr por el dolor en sus costillas, así que se devolvió a buscar el extintor para apagar el incendio y llamar nuevamente a Carabineros e Investigaciones para que tomaran conocimiento de lo sucedido. Una hora después, tres fuertes golpes sonaron en la puerta de la casa del matrimonio Benavides Garrido. Dejando a su esposa encerrada con llave en el baño de la casa, Ernesto Benavides se acercó a abrir la puerta, con una pistola semiautomática en su mano derecha y ataviado con un chaleco antibalas. En cuanto la abrió encañonó a quien golpeaba. —¿Qué mierda…? III Pablo González entró al comedor y se sentó en el living. Aún tenía el rostro algo ahumado, le costaba bastante caminar y respirar, y traía una voluminosa venda en su antebrazo izquierdo. Luego de sentarse y de dejar su revólver en la mesita de
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centro, al lado de la pistola Smith & Wesson calibre 45 de Benavides, y mientras éste iba en busca de su esposa, González volvió a tocar sus costillas, a ver si lograba identificar algún crujido que se le hubiera escapado al médico que lo examinó, y que explicara el por qué de tanto dolor. De pronto una voz de mujer lo sacó de su concentración. —Dios mío señor González, ¿se siente bien, qué le pasó?—dijo Antonieta Garrido, al ver el estado en que había quedado el ex carabinero. —Eso mismo iba a preguntar—dijo Benavides. —El tal tiburón Albornoz, supongo—dijo González—. El tipo llamó a la tarde para decirme que renunciara y huyera del lugar. Luego tiró una molotov a la muralla, y me atacó cuando quise apagar el fuego. —¿No te pasó nada grave?—preguntó preocupado Benavides. —Un palo en las costillas y otro en el brazo, pero que iba a la cabeza… ah, y el olor a humo—dijo González—. Igual me guardé su nariz de recuerdo. —No debiste involucrarte en esto Pablo, ahora hasta tu familia está en peligro— dijo Benavides, apesadumbrado. —Por mi familia no se preocupe don Ernesto, están con un sargento amigo mío en la comisaría, fue lo primero que hice después de apagar el fuego—dijo González—. Bueno, supongo que ahora sí puedo saber quién es el tal tiburón Albornoz. Benavides y Garrido se miraron; de inmediato la mujer se dirigió al mueble del comedor, a buscar una botella de pisco y tres vasos. —Evaristo Albornoz, nombre de combate Tiburón, ex sargento primero de la Armada, buzo táctico e instructor de fuerzas especiales hasta su retiro hace dos años de la institución—recitó casi como un mantra Benavides. —Vaya, no me gustó para nada ese currículo—dijo González—. ¿Y cuál era su nombre de combate, don Ernesto? —Parece que ha aprendido a hacer la pega, Ernesto—dijo su esposa, pasándole a cada uno un vaso corto, para luego llenarlos hasta la mitad con un amarillento pisco envejecido. —Sí, la lleva en la sangre—dijo Benavides mirando su vaso, para luego mirar a González y responder—. Sargento segundo en retiro, nombre de combate Barracuda. —Debo suponer que usted nadaba más rápido, y él era más agresivo—dijo González, degustando el pisco. —Sí. Hacíamos un buen equipo entrenando a los buzos tácticos y fuerzas especiales… teníamos a los aspirantes derechitos, y a la primera caída los mandábamos de vuelta a sus unidades—dijo Benavides mirando con nostalgia a través del dorado licor. —¿Y qué pasó entre ustedes, que ahora son enemigos?—preguntó González. —Yo—respondió a secas Garrido, mientras Benavides la miraba sonriendo para luego volver a perder la vista en la nada—. En esa época yo estaba recibida hacía un par de años, y una amiga me dijo que el hospital de la armada necesitaba enfermeras, así que postulé y quedé de inmediato. El trabajo era excelente, me tocaba ver muchos casos graves, así que además del sueldo la pasaba bien haciendo mi pega. Un día llegaron dos buzos jóvenes que habían tenido un accidente en un entrenamiento, y los ingresaron para evaluación de eventuales
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lesiones internas. —Tiburón y Barracuda—dijo González. —Exacto—dijo Garrido—. El asunto es que Evaristo estaba casi totalmente sano, así que se fue de alta al día siguiente, y Ernesto tenía algo raro en uno de sus pulmones, que el médico jefe de sala decidió estudiar en profundidad pues podía jugarle en contra para su actividad de buzo táctico, así que lo dejó hospitalizado por diez días. —En esa época nos llevábamos muy bien con Evaristo, así que no me extrañó que me viniera a visitar todos los días—agregó Benavides—. Después supe que en realidad me usaba como excusa para ver a Antonieta e intentar conquistarla. —Lamentablemente para Evaristo, en cuanto llegó Ernesto a la sala me enamoré de él, y los días que estuvo hospitalizado me sirvieron para conocerlo y terminar de convencerme que era el hombre de mi vida—dijo Garrido. —Y supongo que Albornoz no tomó muy bien eso—comentó González. —Exacto Pablo—dijo Benavides—. Evaristo creyó que yo lo traicioné al enamorarme de la mujer que él había elegido, y desde esa fecha en adelante él se convirtió en mi enemigo. Una vez que nos casamos, decidí alejarme del equipo de buzos tácticos y cambiar de rubro dentro de la armada, para evitarlo; pero de todos modos se dio maña para hacerme la vida imposible, hasta que decidimos con Antonieta mi retiro. —Y como tenía contactos dentro, supo la fecha en que Ernesto firmaría su retiro voluntario, así que también se apareció ese día—dijo Garrido. —Y ahí me juró que una vez que se retirara, cobraría su venganza—dijo Benavides—. Es por eso que llevo dos años esperando a que se aparezca en nuestras vidas, a cumplir su palabra de hombre de mar. —¿Tuvo algo que ver el retiro de Albornoz con mi contratación?—preguntó González, recordando que llevaba dos años ya junto a Benavides. —Por supuesto—respondió Benavides—. A partir de esa fecha empecé a preparar las cosas ante su eventual reaparición, así que necesitaba tiempo para dejar todo listo, sin descuidar mucho el trabajo. Por eso cuando llegaste recién dado de baja, te tomé de inmediato, por tu experiencia y juventud. —A qué se refiere con preparar las cosas?—preguntó González. —Contratar seguros de vida, comprar armas y chalecos antibalas, mandar a hacer puertas de seguridad, todo lo que dificulte el accionar de Albornoz. De hecho creo que sería útil que te lleves esta pistola, es mucho mejor que tu viejo Taurus—dijo Benavides, ofreciéndole a González la pistola calibre 45 que había usado al recibirlo. —Gracias don Ernesto pero no, desde siempre he usado mi revólver institucional,, no sabría cargar otra arma que no fuera el modelo de toda mi vida—respondió González, afirmando su mano en la empuñadura de madera del revólver—. ¿Y qué se supone que hay que hacer ahora, esperar a que este tipo aparezca, irlo a buscar, qué? —Por ahora hay que tratar de hacer nuestras vidas lo más normal que se pueda, Evaristo aparecerá sin que lo llamemos—respondió Benavides—. Él viene por Antonieta y por mi, por mucho que le hayas pegado tú eres un actor secundario en esta historia, y sólo cobrarás importancia si logra acabar con nosotros. —Bueno, entonces volveré a la agencia a tratar de ordenar todo y ver si puedo seguir cerrando alguno de los casos pendientes—dijo González, poniéndose de pie—. Al fin y al cabo, con plata se compran balas.

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IV —Buenas tardes, “Benavides detectives privados”… —¿No te cansa repetir esa cantinela huevona, pendejo?—preguntó al otro lado de la línea Albornoz. —Menos que lo que a usted le debe cansar respirar, señor Albornoz—respondió González. —No te vanaglories pendejo, un golpe de suerte lo tiene cualquiera. Supongo que el maricón Ernesto está escondido bajo siete llaves con la Antonieta, ¿cierto? —No pregunte lo que sabe, señor Albornoz—dijo González, con la mano en la empuñadura de su revólver. —Cierto, ya no tengo que seguir jugando, estamos en los descuentos… empieza a buscar trabajo pendejo, voy a matar al maricón Ernesto—dijo Albornoz. —Haré todo lo posible por impedirlo—dijo González. —Lo posible no es suficiente a mi nivel, pendejo—dijo Albornoz—. Por si no te diste cuenta, no dije que intentaría matarlo, sino que lo voy a hacer… aunque me lo puedo cagar peor aún… ya, date por cesante pendejo, aunque en una de esas puede que no—dijo misterioso, para luego colgar. González colgó el teléfono y se dispuso a seguir ordenando. De pronto cayó en cuenta que en las dos ocasiones en que Albornoz había actuado, había sido poco después de cortar una llamada telefónica. De inmediato González empezó a cerrar todo para ir a la casa de Benavides; justo en ese instante, comprendió cuando Albornoz dijo que podía perjudicar a Benavides sin matarlo, y que tal vez él no quedaría cesante. Sin pensarlo dos veces dejó todo como estaba e inició una vertiginosa carrera hasta la casa de su jefe, para intentar impedir el asesinato de Antonieta Garrido. Algunos minutos después, González llegaba a la casa de Benavides, jadeando luego de haber corrido casi como si su vida dependiera de ello. A lo lejos vio que la puerta de la entrada estaba abierta hasta atrás, y que faltaba el pedazo en que iba la cerradura, por lo que desenfundó su revólver y empezó a correr más lento y agachado, tratando de evaluar la situación a la distancia. Al llegar a la reja empezó a mirar sin entrar, por si Albornoz había dejado algún tipo de trampa, anticipándose a su evidente llegada. De pronto, y cuando se disponía a entrar, divisó desde la reja al fondo del pasillo principal a Albornoz de espaldas, con una pistola en su mano, y botados en el suelo a Benavides y a su esposa; justo bajo el pie derecho de Albornoz, se veía un delgado bulto que de inmediato González reconoció como el arma de puño de su jefe. Era el momento de actuar, pero debía medir muy bien lo que haría, pues Albornoz estaba justo frente a sus víctimas, lo que aumentaba el riesgo que un disparo de su arma no hiriera sólo al atacante. Evaristo Albornoz miraba con odio y satisfacción a Benavides y a Garrido, botados a sus pies, todos los años de rencor estaban por terminar, en el instante en que se concretara su venganza. —¿No te da vergüenza maricón?—preguntó enrabiado Albornoz—, ¿no te da vergüenza no ser capaz siquiera de defender a tu mujer? —Evaristo, por favor, no vayas a hacer una locura—dijo Garrido—. No vale la pena, nunca hubo nada entre nosotros, nunca me fijé en ti, todo lo que haya
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pasado por tu mente siempre estuvo ahí, en tu mente. —Cállate, puta de mierda—dijo con odio Albornoz—. ¿Cómo te fuiste a fijar en esta mierda? El maldito maricón está botado en el suelo en vez de estar peleando por tu vida, eso no es ser hombre. —Está bien Evaristo, ganaste—dijo Benavides, adolorido por la herida de bala en su pierna, luego que Albornoz volara la puerta con su arma con silenciador y le disparara bajo el chaleco antibalas—. Mátame de una vez, y deja tranquila a mi mujer. —¿Matarte a ti? No te quiero muerto conchetumadre, te quiero sufriendo por el resto de tus putos días en esta tierra—dijo Albornoz, apuntando a la cabeza de la mujer, quien sólo atinó a cerrar los ojos. En ese momento dos fuertes impactos sonaron contra la pared al lado de Albornoz, quien instintivamente se agachó y giró para ver qué los había producido. Justo frente a la reja de la entrada se encontraba Pablo González, con el revólver sujeto con ambas manos, apuntando a Albornoz, quien en vez de intimidarse dio un paso adelante para poner rodilla en tierra y acabar con la vida del entrometido ex carabinero. En el instante en que lo hizo se dio cuenta de su error: Benavides se incorporó con su pierna sana y empujó a Albornoz derribándolo, y dándole el tiempo suficiente como para tomar su pistola del suelo y descargar tres tiros al pecho de su enemigo, destrozando con las enormes balas calibre 45 el corazón y los pulmones de quien otrora fuera su compañero de armas en la marina, acabando con su triste existencia instantáneamente. Pablo González llegó corriendo al lado de Benavides y Garrido, para ver la precisión de los disparos de su viejo jefe, y la copiosa pérdida de sangre por el agujero en la pierna de Benavides. —No se preocupe don Ernesto, llamaré a carabineros y al SAMU de inmediato— dijo González, para luego girar hacia Antonieta Garrido, quien intentaba contener el sangrado de su esposo mientras lloraba por la situación que le había tocado vivir—. No se preocupe señora Garrido, todo estará bien. —Claro que todo estará bien Pablo, gracias a tu llegada todo estará bien—dijo Benavides, mientras luchaba por no perder el conocimiento. V Pablo González se había desocupado recién, luego de entregarle a un cliente toda la evidencia que demostraba que su esposa no lo engañaba, junto con la sugerencia de buscar ayuda psicológica para controlar sus celos sin sentido. Justo cuando se aprestaba a tomarse un café, la puerta se abrió. —Don Ernesto, señora Antonieta, ¿cómo están? No sabía que había terminado su licencia médica—dijo González, feliz de ver a su jefe volviendo a la oficina, ayudado por su esposa y un bastón canadiense. —Hola Pablo. No te quisimos avisar para que no dejaras todo botado por irme a buscar—dijo Benavides, estrechando la mano de González—. ¿Cómo ha estado todo por acá? —Gracias a dios sin sobresaltos jefe, sólo casos comunes y corrientes, sin novedades y sin balazos.
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—Justamente por eso vinimos Pablo, tenemos que hablar acerca de tu trabajo— dijo Benavides. —No entiendo, ¿pasó algo malo?—preguntó extrañado González. —No señor González, nada malo—respondió Garrido—. Después de lo que nos tocó vivir, ya nada puede catalogarse de malo. —Después que nos salvaste la vida…—empezó a decir Benavides. —Disculpe don Ernesto, pero yo no les salvé la vida—interrumpió González—, yo sólo disparé a la muralla para distraer a este tipo, y darle tiempo a usted para reaccionar y hacerse cargo de la situación. —No sea modesto señor González, si usted no hubiera llegado a tiempo…—dijo la mujer, sin poder aguantar las lágrimas—, si usted no hubiera llegado, esto habría terminado mal para todos nosotros. —Como te iba diciendo Pablo, después que nos salvaste la vida estuvimos conversando con Antonieta acerca de cómo se vendrá nuestro futuro—dijo Benavides—. Demostraste una lealtad a todo dar, y es tiempo de agradecer esa buena leche. —Simplemente es una vuelta de mano don Ernesto, en agradecimiento por darme este trabajo y acogerme pese a mis antecedentes—respondió González. —Bueno, de todos modos tomamos una decisión con Ernesto, que vinimos a comunicarte—dijo Garrido. —Decidimos cambiarle el nombre a la agencia—dijo Benavides—. A partir de ahora somos “Benavides y González, detectives privados” —Con todo lo que ello implica—agregó Garrido. —¿Qué significa eso?—preguntó extrañado González. —Que a partir de ahora somos socios—dijo Benavides—Ya no eres mi empleado sino mi compañero de trabajo. —Pero… ¿no se les habrá pasado un poco la mano?—preguntó González, emocionado con la decisión de su jefe. —No señor González, es lo justo, ustedes reparten responsabilidades, ahora llegó la hora de repartir las ganancias—dijo Garrido. —Tampoco te hagas tantas ilusiones Pablo, esta agencia no es una fábrica de plata. Ya te darás cuenta lo que cuesta llegar a fin de mes—dijo Benavides, sonriendo. —Gracias, de verdad, infinitas gracias—dijo González, abrazando al añoso matrimonio—. Tengan por seguro que no los defraudaré—agregó González, siendo interrumpido por el teléfono. —Te toca hacer los honores—dijo Garrido. —Está bien—dijo Pablo González, levantando el auricular y contestando por primera vez—. Buenos días, Benavides y González detectives privados, habla Pablo González. FIN

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El caso de las hermanas gemelas I Ernesto Benavides venía de vuelta del centro, donde había ido a comprar rollos fotográficos para documentar los seguimientos que hacían con Pablo González en la agencia de detectives privados en la que ahora eran socios. Luego de la grave herida en su pierna le había costado reincorporarse al trabajo, pero pese a ello no le gustaba quedarse en casa haciendo nada. Cuando entró a la oficina, encontró a González mirando unas fotos que le había dejado una clienta. —Hola Pablo, acá están los rollos que conseguí en el centro—dijo Benavides—. Con este asunto de la aparición de las cámaras digitales cada vez cuesta más conseguir material para trabajar. —Gracias don Ernesto. Yo creo que en algún momento tendremos que comprar de esas camaritas, la gente está cada vez más metida en este cuento de internet, y en algún momento deberemos modernizarnos—respondió González—. Además, como esas cámaras no usan rollo, puede que al final hasta terminemos ahorrando. —Sí, puede ser… bueno, lo veremos en su momento—dijo Benavides—. Ya, me voy de nuevo al centro, tengo que ir a buscar unas fotos que aún no estaban listas cuando pasé de vuelta para acá. —Tómese su tiempo don Ernesto, el día ha estado flojo, y si llegara a aparecer alguien, yo me encargo. —Pensaba ir corriendo—dijo Benavides, apoyando la mano en su pierna herida, lo que sacó una sonrisa a González—. Nos vemos más tarde. Pablo González siguió revisando las fotos que le había dejado una clienta, que quería hacerle un seguimiento a su esposo, pues sentía que algo raro estaba pasando con él, y si tenía una relación paralela, necesitaba aclararlo lo antes posible para intentar salvar su matrimonio. La pareja se veía feliz en las fotografías, no había algún dejo de un sentimiento reprimido en las facciones de alguno de los dos, lo que lo hacía pensar en celos enfermizos de parte de ella, o de una relación paralela de años y que ya no generaba culpas en él. El detective, una vez que terminó de revisar todo el material, guardó todo en un sobre, y dado que no pasaba nada, empezó a dormitar una breve siesta. Algunos minutos después, algunos suaves golpes en la puerta lo despertaron: la clienta había vuelto a conversar del caso con González. —Buenas tardes señora Pérez, adelante, asiento—dijo González, acomodando la silla de su clienta. —Buenas tardes señor González, ¿revisó las fotos que le pasé?—preguntó directamente la mujer. —Por supuesto, acabo de guardarlas recién—respondió González, pasándole el sobre a la mujer con el material que le había facilitado—. Se ven una pareja bastante feliz, ¿hace cuánto están casados? —Nos conocemos hace cinco años y estamos casados hace cuatro—dijo Pérez —. Tenemos dos hijos, un niño de cuatro y una pequeñita de dos. —¿Y hace cuánto se mudaron para acá?—preguntó González, seguro al ver las
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fotos que no eran oriundos del lugar por lo pálidos que se veían y la ausencia del acento y los rasgos propios de la gente nacida y criada en Atacama. —Hace un poco menos de dos años, luego del nacimiento de la Martina— respondió la mujer—. Nosotros somos concesionarios de casinos, y nos ganamos la concesión de una empresa que le presta servicios a varias mineras de la región. Mi hermana vive cerca de acá hace años, y ella nos avisó de la licitación. —¿Y cómo les ha ido, hay problemas económicos de por medio, demasiado estrés?—preguntó González, para saber la calidad de vida de su clienta. —No nos podemos quejar, nos ha ido excelente, el trato con la gente es muy bueno, y nunca ha habido malos entendidos mayores, ni con nuestros empleadores ni con los proveedores—dijo la mujer. —Bueno, vamos entonces a lo nuestro—dijo González, enderezándose en la silla —, ¿por qué piensa usted que su marido anda en malos pasos? —Es que ni siquiera sé si sean malos pasos… la verdad señor González es que mi marido anda muy extraño este último tiempo. Su mente… no funciona como antes. —¿Podría ser un poco más concreta, señora Pérez?—preguntó González, sin lograr descifrar lo que su clienta decía. —Mi marido a veces habla de cosas que hemos hecho y que no han sucedido, habla de lugares que hemos visitado que no conozco…—de pronto la mujer agachó la cabeza y se puso a llorar desconsoladamente. —Tranquilícese señora Pérez—dijo González, acercándole una caja de pañuelos desechables—, entiendo que la situación es complicada, y que usted crea que las cosas que relata su marido las haya hecho con otra persona. De ser así, usted más adelante deberá buscar ayuda psiquiátrica para él, y algo de apoyo psicológico para usted. Debe comprender que si su marido está en un estado mental alterado, no es tan responsable de sus actos que digamos. —El problema señor González es que me falta contarle una parte de la historia que es importantísima—dijo la mujer, secando sus lágrimas—. Yo… mi hermana es… es mi gemela. —Ajá—dijo González, creyendo entender el razonamiento de su clienta—. Entonces debo entender que su marido anda con su hermana, sin saber que no es usted, ¿eso me quiere decir? —Eso creo yo—respondió la mujer, algo más tranquila. —La verdad no me queda muy claro, señora Pérez. Es muy difícil que después de tantos años su marido aún la confunda con su hermana. —Si no tuviera ese problema de memoria que le conté, tal vez—argumentó la mujer—. Pero con esa memoria alterada dando vueltas, todo puede pasar. —¿Cómo es la relación con su hermana, señora Pérez?—preguntó González, a sabiendas que la respuesta jamás sería “buena” o “normal”. —Casi inexistente—respondió a secas la mujer. —¿Y usted sabe por qué les avisó de la licitación?—preguntó González. —La verdad no tengo idea, simplemente lo hizo, y gracias a ello estamos aquí, y en esta situación. —Señora Pérez, ¿su marido se ausenta mucho de la casa o del trabajo? —No, sólo lo que el trabajo obliga, cuando debe ir a hacer compras específicas de algún producto que nuestros proveedores no tienen en stock—respondió Pérez—. En general es malo para salir. —¿Y a qué hora cree usted que su marido está con su hermana gemela? —Supongo que aprovechan esos tiempos para juntarse… de pronto mi marido
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sale a comer fuera, y como almorzamos en horarios distintos para no descuidar la atención de la concesión, cada cual come donde se le antoja y por su cuenta— dijo la mujer. —Bueno señora Pérez, ¿trajo el adelanto que le pedí?—preguntó González. —Sí claro, acá está—dijo la mujer, entregándole a González un sobre con dinero en efectivo. —Bien, empezaré ahora mismo con el seguimiento. En cuanto tenga novedades me comunicaré con usted, y si usted lo cree necesario, puede llamarme cuando quiera para ver el avance del caso—dijo González. —Muchas gracias señor González, ojalá yo esté equivocada, pero estoy casi segura que no es así. Buenas tardes—dijo la mujer, estrechando la mano de González y retirándose de la oficina. —Buenas tardes señora Pérez, estamos en contacto. El detective González se quedó sentado en su silla, tratando de desenredar la poco coherente historia de la mujer. Había algo en su relato que lo llevaba a pensar que la mujer no le había contado la historia completa, pero en ese instante era incapaz de descubrir qué era; sólo los avances de la investigación le permitirían aclarar sus dudas. II Un hombre algo nervioso se paseaba por el hall de entrada de la empresa minera con un maletín algo ajado colgando de su mano derecha; llevaba puestos unos anteojos y vestía un terno más bien mal cuidado, con partes de tela bastante brillantes y un par de botones de las mangas menos. De pronto se acercó a él un guardia de seguridad que lo estaba mirando hacía un buen rato, al ver que el hombre parecía no ir hacia ningún lado. —Buenos días señor, ¿qué necesita?—preguntó con voz gruesa y fuerte el guardia. —Ehh… buenos días… no, buenas tardes, ya son las doce—dijo el hombre mirando su reloj—. Disculpe, ¿usted sabe dónde puedo comer por acá? Me citaron por una entrevista de trabajo y la persona que me iba a entrevistar… bueno, me dijeron cuando llegué que no vino, que estaba enferma de la guatita… —¿La señora Marta, de contabilidad? Sí, en la mañana avisó que no vendría— dijo el guardia, mirando al hombre que parecía mirar a todos lados—. Siga por ese pasillo hasta el fondo, a mano izquierda, ahí está el casino de los funcionarios, pero también venden colaciones a visitantes. Y no son careros. —Muchas gracias, se pasó—dijo Pablo González, tras sus lentes sin aumento y su caracterización para pasar desapercibido y poder hacer su trabajo con mayor tranquilidad. González llegó al casino tratando de pasar desapercibido. Una rápida mirada al lugar le permitió encontrar de inmediato al esposo de la señora Pérez, quien estaba tras un gran ventanal que separaba la zona de preparación de los alimentos del lugar en que se servían las porciones; por más que buscó, no encontró por ninguna parte a su clienta. De inmediato se acercó al autoservicio para poner en práctica su plan de acción: luego de pedir una colación se dirigió a
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una mesa, y sin que nadie lo notara dejó caer en el plato un cabello largo, del mismo color y tamaño que el de la señora Pérez. Un par de minutos después, y luego de hacer un par de muecas de asco, se acercó al mesón y pidió hablar con el administrador. —Buenas tardes señor ¿en qué lo puedo ayudar?—dijo el marido de su clienta. —Buenas tardes señor… Matamala—dijo González, leyendo la identificación del concesionario—, mire lo que apareció en mi colación, señor. Parece que la gente que trabaja con usted no sigue bien las medidas de higiene. —Mil disculpas señor, esto no había sucedido nunca en nuestro casino—dijo Matamala, con cara de desagrado—. De inmediato le reembolsaremos el dinero. Lo único que puedo decir en nuestra defensa es que nadie del personal es dueño de ese cabello, porque todos usan acá gorro para manipular alimentos, y las funcionarias de hoy día tienen todas el pelo corto. Lo más probable es que ese cabello viene de alguno de nuestros proveedores, y no lo notamos a tiempo. —Pero puede haber alguien de administración que tenga el pelo así de largo… —No señor, ninguna de las trabajadoras, o del personal administrativo, tiene el cabello tan largo. Es más, nadie siquiera de otro de los turnos, o del personal interno de la minera, usa el cabello así. Le reitero mis disculpas por no haber visto esta asquerosidad a tiempo, pero le doy mi palabra que este cabello no es de acá —dijo Matamala. —Está bien, no hay problema. Creo que deberé comer en otro lado entonces. Gracias señor Matamala—dijo González, recogiendo su maletín y acomodando sus falsos anteojos. Esa misma tarde Pablo González estaba al volante del viejo Kia Pop que había comprado a crédito cuando aún era funcionario de carabineros, y que había alcanzado a pagar antes de ser dado de baja. El vehículo, por lo poco llamativo, era ideal para los seguimientos que debía hacer, pues era casi invisible en medio de los gigantescos todo terrenos que usaban los trabajadores de las empresas mineras. En cuanto vio salir a Matamala encendió el motor y empezó a seguirlo, hasta dar con una casa de grandes dimensiones, pese a lo cual se destacaba por su austeridad y buen gusto; el marido de su clienta se bajó a abrir la reja para guardar el vehículo; una vez dentro se dirigió a la casa, siendo recibido por un niño pequeño que se colgó de él en cuanto abrió la puerta de entrada. González estaba algo confundido, pues el domicilio en el que estaba no se correspondía con la dirección que su clienta le había dado. La historia se hizo más confusa cuando vio llegar a una mujer añosa a la reja quien tocó el timbre y entró, para que a los pocos minutos su clienta junto a su marido salieran de la mano, se subieran al vehículo y condujeran hasta el centro de la ciudad, a un conocido y concurrido restaurante. Un par de horas después la pareja se dirigió en su vehículo a una disco que quedaba cerca del lugar, de la cual no salieron hasta casi el amanecer del día siguiente. Algunas horas después, cerca de las diez de la mañana, Matamala salió del domicilio en el vehículo, llevándose con él a la mujer añosa que se había quedado la noche anterior al cuidado de los niños. Las respuestas parecían cada vez más lejanas, y González no estaba dispuesto a seguir en el caso hasta tener claro de qué se trataba todo lo que estaba ocurriendo; luego de sopesar todo lo que había pasado en el seguimiento, había llegado la hora de tomar el toro por las astas.
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III Pablo González estaba en la oficina ordenando las fotografías del caso, para entregarle su informe a la señora Pérez, la cual llegaría en cualquier momento. Una vez que tuvo todo listo, se sirvió un café para hacer la espera más llevadera, y terminar luego con esa investigación, para ponerse al día con el resto de los casos. Un par de minutos después que el detective terminó de tomarse el café, la mujer apareció en su oficina. —Buenos días señora Pérez, adelante, asiento—dijo González, poniéndose de pie y acomodando la silla de su clienta. —Buenos días señor González. Gracias por llamarme tan pronto, veo que es extremadamente eficiente en su trabajo—dijo la mujer, sonriendo—. Cuénteme, ¿qué novedades me tiene? —Muchísimas, señora…María Millar—dijo González, abriendo su carpeta y revisando el primer papel que había dentro de la carpeta que contenía el resultado de la investigación. —¿Qué…? No entiendo a qué se refiere, ni quién es esa persona que… —Acá está una fotocopia de su carnet de identidad—interrumpió González—, ¿sabe cómo lo conseguí? —Supongo que en el registro civil… —No señora Millar, el registro civil no facilita información a privados. La fotocopia me la facilitó Ana Millar, ¿le suena el nombre?—preguntó González. —Veo que encontró a mi hermana—dijo la mujer—. Ella es la que se está aprovechando de mi marido por su estado de enajenación mental. —Es interesante esa historia—dijo González—, porque no tiene nada que ver con la que ella me contó. —Por supuesto, si mi hermana tiene convencido a mi marido de… —Señora Millar, es suficiente—dijo enojado González—. Ayer fui al casino donde trabaja el señor Matamala, lo seguí a su casa, lo vi junto a sus hijos, vi llegar a la nana, vi cuando salieron a comer y bailar. Ellos son una familia completamente normal. —Usted no entiende… —Ayer me decidí a hablar con la supuesta usurpadora, y resultó que toda la historia que usted me contó es cierta, con la única salvedad que la gemela que les consiguió el dato de la concesión a su hermana y su esposo es usted—dijo González. —Señor González, está cometiendo un error terrible, mi hermana… —Y si estoy cometiendo un error terrible, ¿por qué aparece usted en la lista de buscados de la Policía de Investigaciones?—preguntó González, mirando a los ojos a la ahora asustada mujer. —Por favor señor González, créame, mi hermana se está aprovechando… —¿Señora Ana María del Pilar Millar Echeverría?—preguntó una voz de mujer tras la clienta de González—. Policía de Investigaciones, queda detenida por el delito de falsa identidad, intento de chantaje, e intento de secuestro. Por favor, acompáñenos—agregó la inspectora, tomando por el brazo a la mujer, quien no opuso resistencia. —Están cometiendo el error más grande de sus vidas, esta maldita perra… —Es mejor que guarde silencio señora Millar, por su bien—dijo González, mientras la mujer era sacada de su oficina y subida al vehículo policial.
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—Señor González, se lo ruego, revise las fotos una vez más…—dijo Ana María Millar, antes que el vehículo policial emprendiera el viaje al cuartel. Pablo González se sentó en su silla, y sacó nuevamente las fotos, para volver a mirar los detalles del extraño caso. Algunos minutos después Héctor Matamala, el concesionario del casino de la empresa minera, entró tímidamente a la oficina. —¿Señor González?—preguntó con voz temblorosa. —Adelante señor Matamala, pase por favor, asiento—dijo González, estrechando la mano del nervioso hombre—. ¿Cómo se siente? —Mal señor González, esta situación es lo más extraño que me ha tocado vivir— dijo el hombre, que en cuanto vio un cenicero con un par de colillas encendió un cigarrillo y empezó a fumar apresuradamente—. ¿Cómo se dio cuenta de lo que estaba pasando? —La historia de la señora Pérez y su supuesta hermana gemela obsesiva era demasiado extraña, así es que antes de empezar a gastar recursos en un seguimiento como tal, decidí visitarlo encubierto en su casino para poder ver en dónde vivía en realidad—dijo González, guardando las fotos en el sobre que había traído la mujer—. Cuando llegué a su domicilio me contacté con un amigo que tengo en el conservador de bienes raíces, quien averiguó a nombre de quién estaba esta casa: ahí apareció el verdadero nombre de su esposa, junto al suyo. Pero también en ese instante apareció el aviso de búsqueda por parte de la Policía de Investigaciones, los que me contactaron para que les explicara el por qué de mi interés en el caso. La inspectora a cargo entonces me contó que no eran dos sino una sola persona, que usaba sus dos nombres como identidades aparte, Ana y María, y que en los antecedentes figuraba el trastorno de personalidad de su esposa, el que se había mantenido estable, hasta ahora. —No lo entiendo, no entiendo nada de esto—dijo Matamala. —De hecho necesitaba confirmar la situación, y con el permiso de la inspectora me entrevisté con su esposa, quien no me reconoció, y me pasó la fotocopia de la falsa identidad de la gemela—dijo González, mostrándole a Matamala las fotocopias de las dos cédulas de identidad que tenía su esposa, aparte de la real —. Con eso confirmamos que era la persona que ellos estaban buscando, y nos pusimos de acuerdo para hacer la detención aquí, lejos de sus hijos. —Es que aún no lo puedo creer, ¿cómo nunca me di cuenta…? —Es difícil de creer y de entender en realidad—dijo González, mientras miraba al cabizbajo hombre—, de hecho si no hubiera contactado a mi amigo del conservador de bienes raíces, o su esposa no hubiera usado la misma ropa después que usted salió de su casa esa mañana, que cuando me trajo las fotos en la primera entrevista, jamás hubiera sabido que era la misma persona. —¿Pero cómo no me di cuenta de su enfermedad mental? Estuve casado cinco años con ella, y ahora resulta que está detenida por varios delitos…—dijo angustiado Matamala. —Tiene que entender que los delitos que cometió fueron antes que ustedes se conocieran, y lo más probable es que hayan sido provocados por su enfermedad mental—respondió González—. Lo que la inspectora sospecha es que la vida en pareja haya estabilizado su cuadro, y la decisión de trasladarse de ciudad y de modo de vida lo haya reactivado. Ahora viene un proceso largo, que requerirá de su ayuda para demostrar que su esposa es inimputable, y que más que una cárcel necesita del apoyo de una clínica psiquiátrica y del cariño de su familia para salir
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adelante. Debe entender señor Matamala que aquí no hay maldad sino enfermedad. —No sé si pueda hacerlo… —No puede, debe hacerlo, recuerde a sus hijos—dijo González en tono paternalista—. De hecho le recomiendo que busque lo antes posible ayuda psiquiátrica para usted y sus hijos. Ustedes tienen que salir adelante, y para eso necesitarán apoyo profesional. Y si alguna vez decide que la madre de sus hijos puede volver a ejercer esa labor, usted y sus hijos deben estar preparados para esa determinación. —Gracias señor González, trataré de seguir mi camino con mis hijos, y de ayudar a que mi esposa mejore lo antes posible. No dejaré que mi familia se desarme por culpa de esta enfermedad—dijo Matamala, poniéndose de pie y despidiéndose de Pablo González, para empezar a recorrer la nueva vida que el destino le había impuesto. FIN

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El caso de la mascota perdida I Pablo González estaba sentado frente a su escritorio leyendo el diario y haciendo el crucigrama para matar el tiempo a la espera que alguien apareciera con algún caso que investigar. La época estival era una temporada de muy baja demanda, por lo que debían prepararse durante el año juntando dinero para sobrevivir la eventual cesantía que sufrirían entre diciembre y febrero. De pronto un hombre añoso y algo desgarbado entró, siendo recibido y atendido por Benavides. Mientras González seguía haciendo el crucigrama, notó que el hombre se inclinó hacia delante para hablar en voz baja con Benavides, quien luego de un par de cruces de palabras, se puso de pie y se acercó al escritorio de González. —Pablo, te presento al señor Jaime Pereira—dijo Benavides con aire ceremonioso—. Señor Pereira, el detective González es experto en el tema que lo aflige, él se hará cargo de su caso. —Asiento señor Pereira, cuénteme en qué lo puedo ayudar—dijo González, viendo con curiosidad cómo Benavides salía de la agencia aguantando la risa. —Buenas tardes señor González. Me da gusto saber que su agencia cuenta con detectives especializados en el caso que traigo—dijo el añoso cliente. —Bueno, dígame qué lo trae por acá—dijo González, temiendo un fiasco por la actitud de su socio. —Le cuento. Mi señora y yo vivimos cerca de uno de los cerros que dan hacia Argentina—dijo Pereira—. Ahí tenemos una parcela con animalitos de crianza, para tener leche, huevos, y carne para comer. Además de eso tenemos varias mascotas. Una de esas mascotas, el perrito regalón de mi señora, se extravió hace cinco días. —Ah, ya veo por qué mi colega lo derivó conmigo—dijo González, pensando en la venganza que debería planificar para su viejo socio—. Veamos, ¿cuándo se dieron cuenta que no estaba su perro? —Hace cuatro días lo estamos buscando. Mi esposa vio que la comida que le damos estaba íntegra y lo empezó a buscar, sin encontrar rastro de él. —¿Qué raza es su perro?—preguntó González. —Ninguna, es un quiltro grandote y lanudo, muy juguetón y muy cariñoso—dijo Pereira—. Mi esposa teme que algún turista haya creído que era callejero y se lo haya llevado. —Debo suponer entonces que no lo tienen inscrito, ni usa alguna placa de identificación—dijo González, pensando en el lío en que su jefe lo había metido. —Bueno, inscrito no, pero sí tiene una placa de identificación con su nombre— respondió Pereira—. Nuestro perro se llama Lligul. —¿Lligul, es acaso un nombre mapuche o algo así?—preguntó extrañado González. —La verdad no lo sé, mi señora le puso así, y como es su regalón, obedece a ese nombre. —Bueno, ¿tiene alguna foto del perro?—preguntó González, mientras anotaba el extraño nombre del animal. —Sí, acá hay unas cuantas—dijo Pereira, sacando un aparatoso computador portátil del maletín que traía, y en el cual desplegó en pantalla un álbum con fotos
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del perro, acompañado siempre de la mujer, quien en todas las imágenes aparecía luciendo grandes joyas de oro y piedras preciosas. —Vaya, el animal es enorme, parece un pastor inglés por lo lanudo, pero claramente está mezclado con un… perro sin raza—comentó González, tratando de entender cómo es que la pareja tenía dinero para comprar joyas de ese tamaño y no tenían un perro de raza, o al menos con inscripción o registro. —Yo siempre creí que era quiltro no más. Todos los días se aprende algo nuevo— dijo Pereira, algo ruborizado. —Bueno, déme su dirección y el sector donde se extravió el perro, para poder iniciar su búsqueda—dijo González—. Con esto de los perros es un poco más difícil comprometerse con fechas, pero haré todo lo que esté a mi alcance por encontrarlo lo antes posible. —Muchas gracias señor González, mi señora y nuestro perro le estarán eternamente agradecidos—dijo Pereira, para luego retirarse. Justo en el instante en que el cliente iba saliendo, Benavides volvió a entrar a la oficina; cuando estuvo seguro que el hombre se había alejado lo suficiente del lugar, soltó una enorme carcajada. —No crea que se va a salir con la suya don Ernesto, esta me la va a pagar—dijo González, sonriendo. —Te juro, en todos los años que llevo metido en el negocio, jamás había venido alguien para que buscáramos una mascota—dijo Benavides—. Te creo en alguna ciudad de más de un millón de habitantes, pero acá no somos tantos ni tenemos tanta población de perros vagos, como para que necesites de un detective privado para encontrar un perro. —Sí, es muy loco el caso—respondió González—. Pero más loco será ver cómo busco pistas de un perro… bueno, supongo que algo se me ocurrirá. —¿Te dejó el adelanto?—preguntó Benavides. —Por supuesto, con un caso tan loco no voy a correr ningún riesgo—dijo González. II Pablo González llegó en su pequeño automóvil al sector donde estaba la parcela desde donde su cliente le indicó que se había extraviado Lligul, el perro mestizo. El viaje era largo y agotador, pues las parcelas se encontraban efectivamente en medio de la cordillera y relativamente cerca de la frontera con Argentina, por lo cual el oxígeno escaseaba a esa altura sobre el nivel del mar. El lugar era extraño, no se condecían las fotos de la mujer ataviada con joyas enormes y aparentemente muy costosas con el entorno de la zona en que estaba: terreno desértico por todos lados, divisiones entre parcelas apenas demarcadas con estacas de madera mal trabajadas y alambre de púas a punto de cortarse, algunos llamitos y guanacos paseando desordenadamente en busca de cualquier brizna vegetal para comer, y la ausencia total de seres humanos, al menos hasta donde su vista era capaz de ver. Para cerciorarse de estar en el lugar correcto, González sacó un viejo mapa geográfico del sector, en donde se identificaba con facilidad el sitio en que se encontraba: la zona no le era desconocida, pues mientras trabajó como carabinero le tocó en más de una oportunidad patrullar en el lugar en busca de traficantes o burreros que quisieran evitar los pasos
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fronterizos habilitados para internar o sacar su mercancía. El detective estaba desconcertado, y no sabía de qué modo podría encontrar en ese pedazo de desierto altiplánico un perro mestizo de nombre mapuche. De pronto una camioneta todo terreno apareció levantando polvo por la vieja huella de tierra que hacía las veces de camino, deteniéndose al lado del pequeño automóvil del investigador. —¿Está perdido, joven?—preguntó el conductor de la camioneta, sin apagar el motor. —Algo así—respondió González—. ¿Usted sabe si por acá las parcelas tienen número para ubicarlas? —¿Número? No pues hombre, acá las tierras no tienen nombre ni número, acá usted pregunta por el dueño y ahí le dicen cuál es. —Si no hubiera aparecido usted, tendría que haberle preguntado a un llamito— dijo González, sonriendo—. Busco la parcela de don Jaime Pereira. —¿Pereira?—preguntó el hombre de la camioneta—. No, no hay nadie de apellido Pereira por acá. —Qué extraño, me dijeron que él y Leontina Espinoza… —¿La Leontina? Ella sí, ella vive hace tiempo acá, y esta es justo la entrada de su terrenito—dijo el hombre. —Ah bueno, muchas gracias, se pasó—dijo González, alejándose del vehículo para empezar a buscar a la mujer. —Tenga cuidado joven, la Leontina es guapa y anda armada. Adiós—dijo el hombre, poniendo en movimiento la camioneta para seguir su camino. González estaba incómodo con la situación, su cliente le había mentido y ahora estaba en medio del altiplano buscando una mujer armada, que quién sabe qué negocios tenía pendientes con Pereira. González fue hacia su automóvil desde donde sacó unos binoculares enormes, con los que empezó a mirar por todos lados, a ver si encontraba la casa, o donde fuera que la mujer se encontrara; luego de un par de minutos, decidió subir al techo del Kia Pop, a ver si desde esa altura podía abarcar más terreno. Justo hacia el oeste de donde estaba estacionado, a cerca de dos kilómetros de distancia, había una casa prefabricada que no parecía corresponder con el lugar en que se encontraba, por la lejanía y la altura; de todos modos, era el único punto de referencia que tenía, y si quería aclarar algunas dudas, debería ir a esa casa e intentar hablar con su dueña. El detective guardó los binoculares, cerró el auto, y empezó la caminata hacia la casa, tratando de hacerse lo más visible posible para no sorprender ni provocar a la dueña del terreno. Quince minutos más tarde, González estaba llegando a la casa. Si bien es cierto la construcción era de madera, tenía un leve aire señorial que no tenía relación alguna con su ubicación. Justo antes que la puerta de casa se abriera, un perro lanudo enorme salió a su encuentro, deteniéndose frente a él y moviendo la cola casi exageradamente: había encontrado a Lligul. —Buenas tardes, ¿qué desea?—dijo una voz gruesa de mujer desde la puerta de entrada de la casa. —Busco a la señora Leontina Espinoza—dijo González, sacándose aparatosamente la chaqueta para que la mujer viera que andaba desarmado.
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—Yo soy, ¿qué necesita?—dijo la mujer, alejándose de la puerta lentamente. —Señora Espinoza, soy el detective privado Pablo González, vengo de parte de don Jaime Pereira por el asunto de un perro llamado Lligul—dijo González. —¿Qué quiere ese desgraciado con mi perro?—dijo la mujer enrabiada, retrocediendo hacia la entrada y metiendo su mano izquierda al interior del lugar, al parecer para tomar un arma larga. —El señor Pereira me dijo que su perro se había extraviado, y lo estaba buscando —respondió González, retrocediendo un paso, el mismo que el perro avanzó para colocar su cabeza bajo la mano del detective. —Venga, pase, si mi perro lo acepta no puede ser tan malo—dijo la mujer. González avanzó hacia la casa con el perro a su lado, moviendo la cola y haciendo fiestas para recibir alguna caricia. Cuando ya estuvo dentro, vio a la mujer guardando la escopeta que tenía oculta por dentro del marco de la puerta. —¿Así que el Jaime quiere mi perro? ¿Y para qué, si se puede saber?—preguntó la mujer, mientras González seguía flanqueado por el lanudo animal. —Lo que mi cliente me dijo es que el perro estaba extraviado. Obviamente me mintió—dijo González acariciando al perro, y mirando por primera vez su placa de identificación—. Pero este no es el perro. —Este es el único perro grande que tengo—dijo la mujer. —Entonces cometí un error, el señor Pereira me dijo que el perro que buscaba se llama Lligul, y según veo su mascota se llama… Jewel, como sea que se pronuncie eso. —Señor González, ¿por casualidad sabe algo de inglés?—preguntó la mujer, sonriendo. III Pablo González estaba en su escritorio, masticando la rabia. En cualquier momento llegaría Jaime Pereira, así que el detective privado trataba por todos los medios de reprimir sus impulsos. Un par de minutos después de servirse un café, y justo cuando iba a encender el tercer cigarrillo de la mañana, un par de golpes a la puerta anunciaron la entrada de Pereira a la oficina. —Buenos días, señor González, qué bueno que me llamó, mi esposa y yo… —Siéntese Pereira—dijo González, interrumpiendo el ceremonioso saludo de su cliente—. ¿Sabe qué es lo qué más odio en la vida, después que me disparen? Que me mientan y me hagan quedar como huevón. —Disculpe señor González, no… —Ayer fui al domicilio de Leontina Espinoza, Pereira, no me siga mintiendo—dijo González, mientras su cliente lo miraba desconcertado—. ¿Sabe cómo se refirió a usted la señora Espinoza? —El desgraciado—dijo Pereira, mirando al techo. —¿Pensaba en algún instante acaso que me robaría el dichoso perro para traérselo a usted?—dijo González. —Creí que el perro se iría con usted, como se va con toda la gente—dijo Pereira —. Ese perro es regalón hasta del aire, sigue a todo el mundo. —¿Y por casualidad creyó que no me enteraría de la historia del perro?—
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preguntó casi iracundo González. —Supuse que usted no sabría inglés, y no se enteraría que Jewel en inglés significa “joya”—dijo Pereira, apesadumbrado—. Esa vieja de mierda de la Leontina… ¿sabe usted para qué tiene al perro? —Para hacer caer a tipos inmorales y estúpidos como usted—dijo González. —¿A qué se refiere, González?—preguntó Pereira. —A la mentira que inventé acerca de mi perro, huevón estúpido—dijo tras Pereira la gruesa voz de Leontina Espinoza, acompañada del perro mestizo. —Leontina… ¿cómo se te ocurre andar con ese perro en la calle, mujer?— preguntó Pereira, quien recibió un par de lengüetazos en la cara de parte de Jewel. —No eres más que otro maldito ladrón bastardo hijo de puta que quiere apoderarse de mi supuesta fortuna—dijo la mujer con rabia, mientras tiraba de la cadena de Jewel para que dejara de hacerle fiestas a Pereira. —Pero si todo el mundo sabe… ¿supuesta fortuna?—dijo Pereira, mirando a Espinoza, González y al perro. —Verá Pereira, la señora Espinoza me contó la historia acerca de su perro—dijo González, quien estaba de pie por si debía interponerse entre algún eventual conflicto entre los humanos presentes en su oficina—. La señora Espinoza tuvo una pareja años atrás, que tenía bastante buena situación económica, pero cuyo estilo de vida no era compatible con esta ciudad. Pese a que la relación terminó, el hombre en cuestión decidió ayudar a la señora Espinoza enseñándole un truco para que supiera con qué tipo de personas se relacionaba. —No entiendo de qué está hablando—dijo Pereira, desconcertado. —A que las joyas de las fotos no son mías, ladrón de mierda—dijo la mujer. —Según me contó la señora Espinoza, su ex pareja le regaló a Jewel, quien tiene una cicatriz en su abdomen por una operación que hubo que hacerle de cachorro por un problema intestinal—dijo González—. Este señor le prestó las joyas de su familia a la señora Espinoza, para que se fotografiara con ellas y el perro, y le dijo que contara que la cicatriz del perro era una especie de bolsillo superficial donde guarda dichas joyas. —Por eso se llama Jewel—dijo Pereira, cabizbajo. —Desde ese entonces, cada vez que conozco a alguien le cuento la historia del perro, y si me lo intentan robar, ya sé que a esa persona debo alejarla de mi vida —dijo Espinoza, enojada—. Debí haberte dado un par de escopetazos cuando pude, maldito maricón. —Qué quieres que te diga, las deudas me tiene acogotado, ya no sabía qué hacer, a lo único que podía apostar era a salvarme con las joyas en la guata de tu perro—dijo Pereira—. Lo peor de todo es que la plata para el adelanto a González se la pedí a un prestamista, ese no me la va a perdonar. —Y no habrá reembolso, ya te dije que no me gusta que me vean la cara—dijo González, mirando a Pereira para luego voltear hacia la mujer—. Señora Espinoza, ¿va a denunciar a este tipo a las autoridades? —No, no me interesa hacerle daño a este huevón patético, que el prestamista se encargue de él—respondió Espinoza, mientras Pereira se ponía de pie y salía en silencio de la agencia de detectives. —Nuevamente le pido disculpas por todas las molestias, señora Espinoza—dijo González—, creo que de ahora en adelante deberemos seleccionar mejor a nuestros clientes—dijo el detective, mirando de reojo a Benavides, quien leía unos papeles en el escritorio contiguo..
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—No se preocupe señor González, de todas maneras ya sé que el truco que me regaló mi ex pareja de verdad funciona. Sea como sea, ahora me siento más segura, y por fin veo que Jewel sirve para algo—dijo Espinoza. —Bueno, ojalá encuentre alguna vez quien en quien confiar. Adiós señora Espinoza—dijo González, estrechando la mano de la mujer y acariciando por última vez a Jewel. González volvió a su escritorio; cuando estaba a punto de sentarse, Benavides dijo, sin despegar la vista de sus papeles: —Sal a ver a ese perro sin que la dueña se dé cuenta. González fue de inmediato a la puerta, y en cuanto salió dejó caer sus llaves para poder agacharse y mirar al perro y la mujer sin que nadie se diera cuenta. Media cuadra hacia el sur se alejaba Leontina Espinoza con el perro tomado de su correa. Bajo el abdomen, y justo en la zona de la cicatriz, un bulto casi rectangular se dejaba ver colgando del simpático Jewel, quien giró su cabeza para mirarlo con su larga lengua colgando, y movió con más energía su incontrolable cola. FIN

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El retiro I Ernesto Benavides estaba tomándose el cuarto café del día. Pese a que el médico y su esposa le habían dicho que el café no era una buena elección pensando en su hipertensión, ya sentía haber hecho suficiente con haber bajado a la mitad su consumo de cigarrillos, por lo cual, al menos en el trabajo, seguiría calentando sus mañanas con su bebestible de siempre. Pablo González se había tomado el día para acompañar a su esposa y a su hija a una actuación en el colegio de la pequeña, así que esa jornada la pasaría solo, si es que nadie se decidía a traerle un nuevo caso. Justo cuando había abierto el diario para empezar a leer las noticias del día anterior, un par de golpes en la puerta dieron paso a un potencial cliente. —Buenos días, ¿esta es la agencia de detectives privados?—preguntó tímidamente una mujer obesa de mediana edad y desordenada apariencia. —Buenos días. Sí, este es la agencia Benavides y González. Soy Ernesto Benavides, asiento—dijo el viejo detective poniéndose de pie y estrechando la mano de su interlocutor—. Cuénteme en qué la puedo ayudar. —Señor Benavides, tengo un problema con mi marido—dijo con voz apesadumbrada la mujer—. Estoy seguro que me está engañando con una mujer más joven. —¿Cuál es su nombre, señora?—preguntó Benavides mientras empezaba a escribir en una hoja en blanco. —Me llamo Violeta Flores—dijo la mujer, esperando la sonrisa del detective por el nombre que escogió para ese apellido su padre, que finalmente nunca llegó—. Soy nacida y criada en la región, igual que mi marido. —Ya veo. ¿Y por qué sospecha de su marido, señora Flores?—preguntó Benavides. —Es que este último tiempo ha estado día tras día más extraño, se ha ido alejando cada vez más de mi, a veces parece que estuviera con la cabeza en otro lado, le hablo y es como si no me escuchara—dijo la mujer con cara de tristeza—. Yo sé que no me he cuidado como corresponde, que he engordado demasiado, que tengo casi diez años más que él… pero aún lo quiero, y esta incertidumbre casi me está matando—agregó entre sollozos Flores. —¿Cuál es el nombre de su marido, señora Flores?—preguntó Benavides, mientras anotaba los datos personales de su eventual nuevo caso. —Él se llama Arturo… Arturo Cofré—dijo la mujer, enjugando sus lágrimas. —¿En qué trabaja su marido, señora Flores?—preguntó Benavides. —Es recepcionista de un hotel de turismo que hay cerca de San Pedro de Atacama—respondió la mujer—. Como tiene que hacer turnos de noche a veces, temo que aproveche ese tiempo para estar con alguien más… atractiva que yo. —¿Cuánto tiempo llevan casados, señora Flores?—preguntó Benavides, casi automáticamente. —Cumplimos dieciséis años hace poco—respondió Flores. —¿Y hace cuánto que sospecha que su marido la engaña? —Ya son como seis meses en que su actitud no es la misma de siempre—dijo la mujer, ahogando un sollozo en su relato—. Siento que son seis meses de convivir
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con un extraño. —Señora Flores, ¿ustedes tienen hijos?—preguntó Benavides, sin dejar de mirar a la mujer de cuando en cuando mientras escribía. —Sí, un lolo de catorce años. —¿Y él le ha dicho si ha notado extraño a su padre?—preguntó el viejo ex marino. —No… es que está en la edad del pavo—respondió la mujer, aludiendo a la adolescencia de su hijo—, a su edad los padres son meros proveedores que no saben nada de nada. No creo que se haya dado cuenta de algo, ni que tampoco le interese. —Bien—dijo Benavides escueto, luego de años viviendo entrevistas similares, para luego entregarle a la mujer un documento impreso—. Estas son nuestras tarifas. Si desea que empecemos el seguimiento, necesito que me adelante la mitad del precio base, y le informo que cualquier gasto imprevisto derivado de la investigación y que sea imprescindible para llegar al objetivo, correrá por su cuenta. ¿Está de acuerdo? —Sí, en estos instantes lo que me interesa es saber la verdad, al precio que sea —respondió Flores, mientras empezaba a llenar el cheque con el avance solicitado por Benavides—. Tome señor Benavides. —Gracias señora Flores—dijo Benavides guardando el cheque—. En este instante no tengo casos pendientes, así que empezaré a la brevedad, y en cuanto tenga novedades me comunicaré con usted. De todos modos, si desea saber el avance de la investigación, puede venir cuando quiera—agregó Benavides, recitando el discurso de costumbre en esos casos. Luego que su nueva clienta se fue de la oficina, Benavides se reclinó hacia atrás en la silla, para pensar en el extraño curso que había seguido su vida: de ser instructor de buzos tácticos en la armada a seguir a personas casadas infieles, o a cumplir caprichos de inseguros y celópatas. Justo cuando la amargura estaba por empezar a invadir su alma, un par de suaves golpes en la puerta le devolvieron la alegría a su vida. —¿Se puede?—preguntó Antonieta Garrido. —Por supuesto amor, pasa—dijo Benavides, poniéndose de pie con rapidez para saludar de beso a su esposa—. ¿Y qué estás haciendo acá, te arrancaste del turno acaso? —Se nota que estás preocupado solamente de tu pega, Ernesto—dijo la mujer sonriendo, mientras dejaba sobre el escritorio un gran ramo de flores, un par de bolsas llenas de regalos, y una caja de cartón con una pizza recién horneada en su interior—. ¿Recuerdas qué día es hoy? —Martes… no… sí, martes—dijo Benavides, tratando de entender qué estaba sucediendo—. Pero no estamos de aniversario, ni es mi cumpleaños… tampoco es el tuyo… me rindo, no sé qué se supone que pase hoy. —Es mi último día de trabajo, acabo de jubilar—dijo la mujer, sonriendo. —Dios santo, tienes razón—dijo Benavides golpeándose la frente con la mano, para de inmediato buscar en el último cajón de su escritorio, desde donde sacó una pequeña caja de regalo con un gran moño amarillo. —Menos mal que te habías olvidado, loco—dijo Garrido, abrazando a su marido. —De verdad que me olvidé, y como sabía que se me iba a olvidar, en cuanto me contaste a principios de año compré el regalo y lo dejé guardado ahí—dijo Benavides, algo sonrojado—. Ojalá no se le haya agotado la pila—agregó el
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detective privado, mientras su mujer sacaba de la caja un reloj bañado en oro. —No se le puede acabar la pila, es a cuerda—dijo la mujer mientras se colocaba el reloj y volvía a abrazar a su marido—. Ya, comámonos la pizza antes que se enfríe, o que te empiecen a llegar clientes. Esa tarde Benavides y Garrido se dedicaron a comer pizza y a recordar la carrera profesional de la enfermera, y a soñar con el futuro que tenían por delante. Una vez acabada la jornada, la pareja volvió al hogar, sin que Benavides se preocupara del caso en que empezaría a trabajar al día siguiente. II Pablo González llegó a la hora de siempre a la agencia. A esa hora Benavides ya estaba instalado en su escritorio, preparando la cámara fotográfica para el seguimiento que debería empezar ese día. —Buenos días don Ernesto, ¿cómo estuvo la pega ayer?—preguntó González. —Hola Pablo. La pega estuvo tranquila, llegó un caso en el que voy a empezar a trabajar hoy—respondió Benavides. —¿Y le gustó a su señora el reloj que le tenía de regalo?—preguntó González, sonriendo. —Parece que al único que se le olvidó lo de la jubilación de la Antonieta fue a mí. Si no hubiera comprado ese regalo a tiempo… —Pero don Ernesto, yo no me acordé de la fecha, si lo tiene marcado con ese tremendo círculo rojo en el calendario—dijo González, mostrándole a su jefe la exagerada marca en el calendario colgado en la pared. —No puedo creerlo, nunca lo vi—dijo Benavides, mirando incrédulo la hoja marcada en la vieja muralla de adobe—. Parece que tendré que andar con cuidado, estoy muy desconcentrado y olvidadizo. —No se complique don Ernesto, son sólo detalles—dijo González, mientras se servía un café y empezaba a buscar qué hacer. —Sí, tienes razón, es sólo un detalle—dijo Benavides—. Te dejo Pablo, voy a ubicar el trabajo del esposo de la clienta para empezar a seguirlo. —Bueno don Ernesto, yo me quedaré acá a ver si llega algún cliente. ¿Dejó anotada la dirección en alguna parte, por si necesitara ir a buscarlo?—preguntó González. —Sí Pablo, ahí está—dijo Benavides, mostrándole a González un papel encima del escritorio. —Gracias jefe. Nos vemos—dijo González, mirando de reojo la dirección. —Hasta más tarde, Pablo. Ernesto Benavides salió en su auto rumbo a San Pedro de Atacama, para encontrar el hotel donde trabajaba Arturo Cofré, identificarlo, y empezar con el seguimiento. Benavides llevaba un termo con café y otro con mate de coca: acostumbrado en su juventud a vivir y trabajar a nivel del mar y a grandes profundidades, le costaba sentirse bien en la medida que ascendía en la cordillera de Los Andes; además, las bajas temperaturas con que se encontraba al ascender hacían que su pierna herida a bala un par de años atrás doliera más que de costumbre, recordándole además ese desagradable incidente que casi cobró
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su vida y la de su esposa. Luego de detenerse y tomar un vaso de cada termo, Benavides reanudó su viaje hacia el hotel. Cuando llevaba alrededor de quince minutos manejando, Benavides debió detener de nuevo el vehículo. La ruta que seguía no se parecía a la que había recorrido un par de veces en su juventud, cuando fue de visita a la zona turística: si bien es cierto era probable que luego de un par de décadas todo se hubiera modernizado, la geografía del lugar no cuadraba con sus recuerdos. Sin embargo y pese a ello, sentía que lo que veía a través de la ventanilla no le era totalmente desconocido. Luego de asegurarse por los espejos que no había nadie cerca se bajó del vehículo y empezó a recorrer el lugar, a ver si encontraba algo que le indicara dónde había perdido el rumbo. Después de un par de minutos decidió caminar hacia la siguiente curva en el camino; tras ella dio con la ruta que recordaba, por lo cual se devolvió al vehículo para seguir hacia su destino. Diez minutos después Benavides se detuvo de nuevo, bajando de su auto en esta ocasión con su arma en la mano: tras otra de las numerosas curvas con que se había encontrado, había dado con una edificación que no podía estar en ese lugar, y cuyo entorno ya no era altiplánico, pues en vez de una huella de camino polvoriento, se encontraba en una especie de calle asfaltada propia de la ciudad. Diez metros hacia el este había una especie de edificio antiguo, bien conservado, cuya arquitectura se parecía más bien a la de un edificio estatal de los años sesenta o setenta, que a la de un hotel de pasajeros para turistas ávidos de aventuras arqueológicas o de crecimiento espiritual. Lentamente Benavides se acercó a la puerta de entrada, encontrando tras ella un gran salón cuadrado que daba a tres escalinatas, tras cuyo ascenso cada cual desembocaba en un pasillo ancho y corto que parecían terminar en sendos pasillos distribuidores. Benavides eligió uno de los pasillos, en los cuales sólo había puertas cerradas, y en donde no encontraba a nadie para preguntarle qué era ese lugar. De pronto su mente se aclaró, dejándolo más confundido que nunca: el edificio era idéntico a donde se encontraba la escuela de buzos tácticos de la armada. Benavides avanzaba nervioso por los pasillos de la construcción que no podía ser lo que parecía. En ese instante no era capaz de ordenar su mente como para tratar de encontrar el sentido de lo que le estaba pasando, así que simplemente se dejó guiar por su instinto: si la edificación era idéntica al lugar en que se había formado, y en la cual luego se había convertido en instructor, debía conocerla casi como la palma de su mano. Luego de recorrer todos los pasillos de la planta en que se encontraba, los cuales no tenían diferencia alguna con los del edificio en que trabajó por años, enfiló sus pasos hacia donde debería estar la escalera para subir al segundo nivel: efectivamente la escalera se encontraba donde suponía, así que simplemente dejó de lado su prudencia y subió sus peldaños para seguir descubriendo ese conocido lugar. Benavides miró para todos lados. El segundo nivel del edificio original era donde estaba su oficina, y también la de su viejo amigo y posterior enemigo, Evaristo Albornoz. La avalancha de recuerdos que en ese instante inundaron su mente casi lo agobiaron, pues sabía a ciencia cierta que el lugar no era lo que parecía, pero eran tales las similitudes que temía que no sólo el edificio las tuviera. Su respiración se agitó al acercarse a la habitación que se correspondería con su
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oficina: en cuanto abrió la puerta se encontró con una réplica exacta del lugar en el que se había desempeñado en su juventud, y que se veía tal y como lo dejó cuando pidió su primer traslado, para huir del acoso del Tiburón. Luego de mirar a su alrededor, abrir cajones y ver que en cada uno de ellos estaban artefactos similares a sus recuerdos, dejó todo como estaba y volvió al pasillo: había llegado el momento de visitar la oficina contigua a la suya, la de Evaristo Albornoz. Benavides avanzó con lentitud los escasos metros que lo separaban de la oficina que se correspondería con la de su viejo enemigo, si estuviera en el edificio original. Su pulso empezó a subir, producto de los nervios y de la altura sobre el nivel del mar a la que se encontraba. El mismo instinto que lo había llevado hasta ese lugar le hizo amartillar su pistola semiautomática, acercar el arma a su pecho para evitar un eventual intento de arrebatársela, y avanzar de espaldas pegado a la pared: su mente racional sabía que Albornoz había muerto hacía ya dos años por su mano, y que el edificio en que estaba no podía ser lo que parecía, pero su instinto de comando de la armada lo mantenía en una incómoda situación de alerta. Benavides se agachó lo suficiente como para no poder ser visto por el vidrio de la puerta, y pasar su brazo hacia el picaporte sin delatarlo. Con cuidado giró el pomo y abrió la puerta: en el escritorio ubicado al medio de la oficina estaba sentado Evaristo Albornoz, mirándolo fijamente y con su típica sonrisa irónica que recordaba de todos los años en que convivieron en la armada. De inmediato Benavides apuntó a la cabeza de su enemigo, sin darle tiempo para reaccionar: —Maldito hijo de perra… no puede ser… no puedes ser tú… te maté hace dos años…—dijo Benavides, decidido a acabar de una vez por todas con quien casi terminó con todo lo que quería en su vida. —Tranquilícese don Ernesto, ya estoy aquí—dijo una voz familiar salida de boca de Albornoz. En ese instante todo se puso borroso, y más confuso de lo que ya había vivido. III Ernesto Benavides despertó algo mareado. Estaba acostado en una cama de hospital, y a su lado dormía en una silla su esposa. —Antonieta… ¿qué pasó, no se supone que te habías jubilado?—preguntó Benavides, despertando a su esposa quien lo miró con ternura. —Viejo tonto, casi me mataste del susto—dijo la mujer, incorporándose y abrazando a su esposo, quien aún no entendía lo que estaba sucediendo. —Don Ernesto, señora Antonieta, qué bueno verlos así—dijo Pablo González, entrando por la puerta de la habitación del hospital—. Realmente me dio un susto enorme ayer, jefe. —¿Ayer?—preguntó Benavides— ¿Estoy acá desde ayer? —Cuando me mostró el papel de la dirección adonde iría lo miré apenas, y no alcancé a ver la ubicación. Cuando me paré a verlo luego que usted salió, no pude entender su letra, eran sólo rayas sin sentido—dijo González—. De inmediato pensé que le pasaba algo raro, así que busqué en los papeles del caso y encontré el cheque del adelanto de su clienta, y la llamé para que me diera la
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dirección del trabajo de su esposo y poder seguirlo. Gracias a eso lo encontré con el auto en la berma del camino, y hablando cosas raras con la pistola desenfundada. —Lo que pasó es que te subió la presión en la mañana por tanto café y cigarros— dijo su esposa—, y te dio un accidente isquémico transitorio, algo así como un infarto cerebral pero reversible. Con la mezcla de café, mate de coca y la altura la presión siguió subiendo, y terminó por agravar el cuadro, hacerte tener alucinaciones y perder el sentido. —O sea que nuevamente me salvaste la vida, Pablo—dijo Benavides, entendiendo por fin toda la extraña escena que le tocó vivir—. Ya no sé cómo agradecerte todo lo que has hecho por mí. —Tal vez podría dejar el café y el tabaco, jefe—dijo González, mirando a Antonieta Garrido—. Bueno don Ernesto, los dejo, ahora que por fin despertó y que parece estar bien, volveré a la agencia y me haré cargo del seguimiento en que usted estaba. No se preocupe de nada más que de recuperarse, yo seguiré con la pega. —Gracias Pablo—dijo Garrido, sonriendo—, yo cuidaré a este viejo porfiado y me haré cargo que deje el pucho y el café. Una semana después Pablo González se despedía de Violeta Flores, luego de entregarle la evidencia que mostraba que su marido efectivamente la engañaba con una de las guías turísticas del hotel en que trabajaba. Luego de conversar largamente con el detective privado, la mujer decidió encarar a su marido para intentar salvar su matrimonio, y se comprometió consigo misma para empezar a quererse un poco más, y preocuparse de su salud y su apariencia. Cuando González terminaba de guardar el cheque con el pago final para ir a depositarlo a la mañana siguiente, dos suaves golpes en la puerta le anunciaron la llegada de una esperada visita. —Hola don Ernesto, qué gusto verlo de nuevo por acá—dijo González, estrechando la mano de Benavides, para luego hacer lo mismo con su esposa—. Señora Antonieta, ¿cómo se ha portado mi jefe? —Socio Pablo, socio, hace dos años que no soy tu jefe—dijo Benavides. —Para mí siempre lo será, don Ernesto—dijo González, sonriendo. —Eso no será por mucho tiempo—dijo Garrido. —De hecho sólo será por algunos minutos más—agregó Benavides. —¿Qué significa eso? No me irán a decir acaso que… ¿van a cerrar la agencia? —preguntó algo temeroso González. —No Pablo, no vamos a cerrar la agencia. A partir de hoy me retiro del trabajo de detective privado—respondió Benavides. —Ah, ya veo, ahora sólo administrará la agencia—dijo González. —No Pablo, Ernesto se retira del todo de la agencia—dijo Garrido. —¿Y qué va a pasar con la agencia, entonces?—preguntó González, algo extrañado. —A partir de ahora te traspaso la agencia Pablo—dijo Benavides—. Conversamos el tema con Antonieta, y como tengo claro que no tienes los medios para comprarla de una vez, diseñamos un sistema de pago. —No entiendo a qué se refieren—dijo González, confundido. —A que a partir de ahora le pagarás mensualmente a Ernesto el treinta por ciento de las ganancias netas, descontando los gastos, y con eso amortizarás el valor de
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la propiedad, hasta que con el paso del tiempo completes el precio del avalúo fiscal. Cuando eso suceda, la agencia será completamente tuya—dijo Garrido, sujetando la mano de su marido, quien estaba visiblemente emocionado. —¿Están seguros de esta decisión?—preguntó González. —Sí Pablo—respondió Benavides—. Ya estoy viejo para este tipo de trabajo, y si me quedo de administrador, al poco tiempo estaré de nuevo en las calles. El neurólogo y el cardiólogo me dijeron que me salvé por poco, y que probablemente no la cuente dos veces. Además, quiero disfrutar el tiempo con Antonieta, ahora que dejó de hacer turnos, es justo que yo también deje de trasnochar con los seguimientos para estar con ella. —En realidad no sé qué decirles—dijo González, casi emocionado. —No digas nada, tenemos que ir a la notaría a oficializar el traspaso—dijo Benavides. —Y luego a nuestra casa—agregó Garrido—. Tenemos una pequeña celebración preparada, y tu esposa y tu hija también están invitadas. Cierra todo y vamos. A la mañana siguiente Pablo González llegó temprano a abrir la agencia y a esperar la aparición de algún cliente, mientras terminaba de sacar los efectos personales de Ernesto Benavides para pasar a dejarlos a su casa por la tarde, junto con su viejo escritorio. El camino que tenía por delante se veía complicado, pero era el instante adecuado para empezar una nueva etapa en su vida, quizás la más importante: la independencia económica. FIN

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El caso del auto perdido I Pablo González estaba terminando de instalar el nuevo letrero de la que era ahora su agencia de seguimientos. “Investigaciones González” fue el nombre que el ex carabinero eligió para el nuevo paso en su cada vez más atípica carrera profesional. A sabiendas que la situación se pondría un poco más complicada, pues muchos de los clientes no vieron con buenos ojos el alejamiento de Ernesto Benavides y por ende ya no servirían como promotores de las bondades de la agencia, González debería empezar a hacerle propaganda a su trabajo, si quería subsistir en un medio de escasa demanda, haciendo uso de su creatividad, y pidiendo la ayuda a todos sus familiares, amigos y clientes satisfechos con sus servicios. Justo al bajar del escabel que había usado para llegar a la altura del viejo letrero para hacer el cambio, una conocida voz llamó su atención. —Parece que estamos creciendo bastante rápido, don Pablo. —Hola don Joaquín, ¿cómo está?—dijo González, estrechando la mano del dueño del bar al que iba de vez en cuando a beber un trago para sacarse de la cabeza alguna mala jornada. —Bien don Pablo. Hace tiempo que no se aparece por mi negocito, ahora veo por qué—dijo Joaquín Henríquez—. Oiga, ¿y qué se hizo don Ernesto? —Don Ernesto se retiró y me dejó a cargo de la agencia. Ahora soy algo así como su arrendatario. —Ya veo. ¿Y no me invita a pasar a conocer su oficina?—dijo Henríquez. —Me pasé para mal anfitrión, por supuesto don Joaquín, pase—dijo González levantando el escabel y haciendo pasar a Henríquez, quien de inmediato se sentó frente al escritorio. —Bonito lugar, no parece agencia de detectives—dijo Henríquez—. Bueno, de hecho es la única agencia de detectives que conozco, así que no tengo mucho con qué comparar. —Es que no es mucha la gente que necesita de una agencia de detectives tampoco, don Joaquín. —Claro, yo no he necesitado nunca de una… al menos hasta ahora—dijo Henríquez. —¿Necesita mis servicios don Joaquín?—preguntó González, sentándose de su lado del escritorio. —Necesitar no es la palabra precisa, don Pablo—respondió Henríquez. —Bueno, cuénteme de qué se trata la situación y ahí veremos qué se puede hacer—dijo González. —No sé ni siquiera si lo que quiero se puede hacer o no… —titubeó el hombre—. Pero bueno, lo mejor es contarle. Quiero que encuentre un auto. —¿Le robaron su auto? ¿Hizo ya la denuncia a carabineros?—preguntó de inmediato González. —No don Pablo, no me han robado nada—se apuró en contestar Henríquez—. Verá, el bar que tengo es herencia de mi padre, él lo abrió y lo trabajó hasta viejo, y me enseñó todo lo que sé del rubro. Pero mi padre, antes de abrir el bar, trabajaba como mecánico, y por cosas del destino tuvo que cambiar de giro. —Ya veo—dijo González, tratando de encontrar la conexión de la historia con el caso.
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—El asunto es que mi padre tenía un Chevrolet 1956 Bel Air, un clásico para los amantes de las cuatro ruedas. El viejo lo trabajó mucho, lo pintó con los colores originales, le arregló el motor decenas de veces—dijo Henríquez entusiasmado, para de pronto guardar unos segundos de silencio y cambiar su semblante—. Mi padre me dijo que esa era la mejor herencia que me podía dejar, mejor aún que el bar. Me dijo que ese vehículo era casi una cuenta de ahorros. —Vaya, no logro imaginar cómo se habrá visto esa joya—comentó González, al escuchar la voz algo apenada del hombre. —Era espectacular… bueno, mi padre era un hombre sabio, y efectivamente el auto era una cuenta de ahorros—continuó Henríquez—. Un par de años después de su muerte, tuve muchos problemas de deudas por malas decisiones de inversión. Antes de cerrar el bar o de terminar en la cárcel, decidí venderle el auto a un coleccionista, que me dio una pequeña fortuna por él. Con ese dinero pude pagar todas mis deudas, mejorar y ampliar el bar, e inclusive hacer un par de inversiones inteligentes. —Y ese es el auto que quiere que encuentre. —Por supuesto don Pablo—dijo presto Henríquez—. Usted comprenderá que ya llamé al coleccionista al que le vendí el Bel Air, pero me dio pésimas noticias: él también tuvo problemas económicos y debió deshacerse de varios vehículos, dentro de los cuales estaba mi auto. —Vaya, se ve difícil lo que usted necesita don Joaquín—dijo González, pensando en cómo encontraría el vehículo—. ¿Y ahora tiene el dinero suficiente como para pagar por él? —Por supuesto, para pagar el auto y también sus servicios—dijo Henríquez, pasándole un cheque a González—. Según recuerdo de una conversación con don Ernesto, ese es el adelanto que él pedía. ¿Es suficiente para que acepte mi caso? —Por supuesto don Joaquín, es suficiente para empezar a investigar su caso— respondió González, pensando en el peculiar encargo que recibió como primer caso de su nueva etapa dentro del rubro de los detectives privados. II Pablo González venía saliendo de la oficina del suboficial Manuel Salgado bastante frustrado, luego de comprobar que la placa patente del Bel Air que había pertenecido a Joaquín Henríquez estaba registrada a nombre de quien se lo compró a él, pero que de ahí en más había desaparecido su rastro. Sin tener datos oficiales, encontrar el vehículo se podría convertir en una tarea imposible de cumplir. Lo primero que haría sería buscar en rubros de servicios para vehículos, y luego buscaría en compra ventas y arriendos de automóviles, para tratar de encontrar alguna pista. Su primera parada fueron las bencineras: en una de ellas, a la salida de la calle que daba a la carretera Panamericana, uno de los bomberos viejos pudo identificar el modelo que se veía en la fotografía que les mostró González. El hombre le comentó que cada vez venía un conductor diferente, que el vehículo cargaba combustible una vez al mes, y que esa vez había ocurrido por última vez un par de semanas atrás. Desalentado por el tiempo que debería esperar para apenas ver el vehículo y comprobar que se trataba del que buscaba su cliente, González fue a su segundo objetivo: los talleres mecánicos. Un vehículo de esa antigüedad necesitaría recurrentes ajustes y reparaciones, y
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obviamente el dueño lo llevaría donde algún mecánico viejo que conociera de esa mecánica automotriz clásica, y no lo andaría paseando de un lugar a otro arriesgando su integridad. Para ganar tiempo empezó con los talleres más antiguos, cuyos dueños fueran mecánicos añosos, lo que aumentaba la posibilidad de obtener algo con lo que poder trabajar: en todos ellos le fue mal, pues nadie parecía haber visto alguna vez un vehículo como el que aparecía en las fotografías. Luego de recorrer todos los talleres de la zona sin resultados, quedaba solamente buscar en locales de arriendo y compraventa: si no lograba nada con ellos, debería esperar dos semanas hasta que volviera a cargar combustible en la bencinera de la carretera. El detective González iba de vuelta a la agencia a buscar la cámara fotográfica para hacer un seguimiento pendiente. Luego de una semana dando vueltas por bencineras y talleres mecánicos, había conseguido un segundo caso que también necesitaba para poder mantener funcionando el negocio y de paso, reforzar su nombre dentro del medio. Su esposa sabía que esa noche no llegaría, así que decidió irse junto con su hija a la casa de su madre, a regalonear en familia; así, González podría trabajar con la tranquilidad que su familia estaría segura y pasándola bien en su ausencia. El detective entró a la oficina, encendió la luz, y sintió un fuerte y agudo dolor en su nuca que le hizo perder casi de inmediato el conocimiento. La cabeza de González sonaba dentro de sus oídos, como si un silbato dentro de su cráneo fuera soplado sin descanso. Junto con ello, voces a lo lejos parecían querer decirle algo, pero en su estado no lograba captar nada. De pronto un vaso de agua en su cara lo hizo reaccionar abruptamente, y escuchar lo que las voces le decían. —Despierta conchetumadre… tan mina que salió este huevón—dijo una aguda voz de hombre. —Te dije que se te pasó la mano con el palo que le diste, ahuevonao—dijo una voz diferente, también de hombre pero más grave. González por fin pudo abrir los ojos, estaba en una especie de galpón pequeño, como una bodega de forraje para el ganado pero vacía. Frente a él había dos hombres, uno joven y obeso, muy malagestado y con un bate de madera en su mano derecha, y el otro más viejo, alto y huesudo, con un rostro poco expresivo y un cigarro en la mano. Cuando intentó pararse de la silla en que estaba sentado, sintió las amarras en sus muñecas atadas por detrás del respaldo de madera. —Menos mal que despertaste maricón, ya me tenías aburrido de verte dormir— dijo el joven obeso de voz aguda, jugando con el palo. —Trata de decirme maricón de frente y desatado, chancho culiao—respondió González, haciendo que el gordo se abalanzara sobre él, siendo apenas detenido por el viejo. —Cálmate huevón, te está provocando—dijo el viejo, alejando al gordo de un empujón y quitándole el arma de madera, para luego dirigirse a González—. Y voh no te hagai el choro, te trajimos vivo porque el jefe quiere hablar contigo. —¿Qué jefe?—preguntó González.

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De pronto un crujido en la puerta alertó a los dos hombres: González desde su silla vio entrar a un tipo canoso, bajo, gordo, vestido con ropa de marca pero sin un estilo definido. El hombre caminó hacia él, se detuvo a un metro de distancia, y justo antes de empezar a hablar lo observó con detención, inclinándose un poco hacia adelante para ver mejor su rostro. Luego de un par de segundos se enderezó y dijo con voz sorprendida: —No puedo creerlo, el matapacos en persona. III Pablo González estaba desconcertado. Lo habían golpeado, secuestrado, inmovilizado, y ahora que llegaba el autor intelectual del plagio, parecía conocer su historia de vida. —Parece que no te acuerdas de mí—dijo el hombre, todavía con expresión de sorpresa en su mirada. —No sé quién es usted—dijo González, esforzándose por hacer memoria mientras el tipo pareciera estar viendo un fantasma. —Claro, lo más seguro es que ni te acuerdes de mí, si estabas ocupado sacándole la chucha al Pérez ese, tu capitán traficante—dijo el hombre—. No has cambiado mucho, según recuerdo. Y por lo que veo seguiste en el rubro, pero por fuera. —No te recuerdo. ¿Tienes nombre?—preguntó González, sin lograr asociar la cara del hombre con el día en que empezó a cambiar su vida. —Mi nombre no importa, dime Marco si quieres—respondió el hombre—. Cuando hicieron la operación, yo era uno de los burreros, me tragué completita la historia del paco encubierto… el maricón estuvo meses, casi un año viviendo con nosotros, para poder pescar al maricón del Pérez… me costó un mundo salir de la cana, menos mal que tenía con qué pagarle al abogado para que me consiguiera la condicional. De ahí me fugué y volví al negocio. —¿Y por qué me secuestraron?—preguntó González—. Yo no tengo nada que ver con carabineros ni investigaciones, no me dedico a cuentos de drogas, y como te decía no te recuerdo, pese a que estuviste ahí. —Ah eso, verdad—dijo el autodenominado Marco, sonriendo—. No tiene nada que ver con esto, olvídalo, es algo más importante aún: ¿por qué andas como loco buscando mi auto? Un conocido mío le avisó a mis soldados que alguien andaba preguntando por todos lados por mi joyita, y por eso te mandé buscar y traer. —¿Tu auto?—preguntó González, maldiciendo su mala suerte—. ¿Tú eres el actual dueño del Bel Air que me encargaron encontrar? —A ver… ¿cómo es eso que te encargaron mi auto?—preguntó Marco. —El primer dueño del auto me contrató para encontrarlo porque quiere intentar recuperarlo, por eso tengo las fotos, la patente, y toda la información original del vehículo—dijo González, pensando en comprar algún tipo de sahumerio una vez salvara la situación y terminara el caso—. Fui primero a la comisaría, luego a las bencineras, después a los talleres mecánicos, me quedaban sólo las automotoras. —Ya… el auto se lo compré a un coleccionista, junto con cinco autos más, ¿ese es el que lo quiere recuperar?—preguntó Marco.
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—No te puedo decir quién es mi cliente, pero no es él—dijo González—. Tú entiendes, secreto profesional. —Sí claro… es raro el cuento matapacos, el coleccionista que me lo vendió dijo que eran autos heredados de su padre, que él era el segundo y único dueño, y que nunca habían salido de la familia—dijo Marco, poniéndose nervioso—. ¿Y cómo es tu cliente? —Así—dijo la voz de Joaquín Henríquez abriendo la puerta; acto seguido el dueño del bar apuntó su pistola semi automática y sin pensarlo dos veces disparó cuatro tiros, matando a los dos soldados de Marco, y dejando al traficante de rodillas y tapándose la cabeza—. ¿Cómo estás Marco, me echaste de menos? —No me matís Joaco, la dura, nunca quise cagarte… mi contacto en Bolivia me jugó chueco y pasé a pérdida, y tuve que elegir a quién cargar… huevón, te voy a devolver todo, te lo juro—dijo casi al borde de las lágrimas el traficante. —¿También me vas a devolver a mi señora, maraco hijo de puta?—dijo Henríquez, mirando con frialdad al narcotraficante que seguía botado en el suelo en posición fetal. —Don Joaquín, ¿qué está pasando aquí?—preguntó González, mientras intentaba forzar sus amarras. —Lamento haberlo usado don Pablo—dijo el hombre, sacando una cortaplumas automática con la que cortó las ataduras de González, quien lentamente se paró y retrocedió, lejos de la línea de fuego de su cliente. —No sé a qué se refiere—dijo González, mirando a ambos hombres sin entender lo que estaba sucediendo. —¿Recuerda que le conté que había tenido problemas económicos y había tenido que vender mi auto? Pues bien, esos problemas fueron causados por este marica de mierda que me jugó chueco con la compra de varios kilos de cocaína, para vender en el bar—dijo Henríquez, para sorpresa de González—. Por favor, no creerá que con lo que deja un bar se pueda vivir con comodidades en esta zona del norte, don Pablo. —Está claro que no, que todos los beneficios se los lleva Santiago—dijo González, buscando su revólver en la pistolera de la espalda. —No busque su arma don Pablo, acá la tengo—dijo Henríquez mostrándole el revólver con la mano izquierda—, esos dos tarados no la notaron cuando lo aturdieron, pero yo sí. —¿Qué tiene que ver su señora en todo esto?—preguntó González. —La Juanita…—dijo Henríquez en medio de un suspiro, para luego patear en las costillas a Marco—. Mi Juanita tenía cáncer, y una parte importante del dinero de las ganancias de la cocaína se me iban en pagar sus terapias, y en hacer su vida más llevadera… gracias a esta mierda me quedé sin cocaína y sin plata, y atochado en deudas del bar. Con la plata del auto pude pagar a tiempo para que no me mataran, pero lamentablemente las lucas no me alcanzaron… mi Juanita se murió… yo sabía que iba a morir, que era irreversible, pero quería que muriera sin sentir dolor… mi mujer se murió llorando de dolor, porque no tenía plata para pagar la cantidad de morfina que necesitaba, y el médico nunca le dio la dosis suficiente para que muriera al menos tranquila. —Joaco, perdóname, te juro…—intentó decir Marco, siendo interrumpido por un violento pisotón que le quebró todos los dedos de la mano derecha, haciéndolo gritar desaforadamente. —Duele harto, ¿cierto conchetumadre?—dijo Henríquez, mirando a Marco—. Así le dolía a mi esposa, pero ella aguantó una semana, y así y todo no gritaba tanto
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como tú. —Don Joaquín… déjelo, péguele un par de patadas más y de ahí lo entrega a carabineros—dijo González, preocupado por lo que le podía hacer al traficante y a él mismo—. Yo voy a testificar en su favor. —Escucha al matapacos Joaco, sácame la chucha y estamos, no me matís, te voy a pagar todo, por favor… —Llevo años esperando este momento, y no lo voy a desaprovechar, don Pablo— dijo Henríquez—. Ni se imagina cuánto he gastado para dar con este mal parido. Todo lo que usted hizo para ubicarlo, yo ya lo había hecho, pero cuando descubrían que era yo, arrancaban. Por eso decidí contratarlo a usted, para poder usarlo para dar con el escondite de estos desgraciados. Yo jamás quise perjudicarlo don Pablo, y le pido mil disculpas por lo que ha tenido que pasar— dicho eso, Henríquez se acercó a la puerta de la bodega en que se encontraban, y lanzó con fuerza el revólver de González hacia fuera, sin objetivo definido. —¿Qué está haciendo?—preguntó González. —Don Pablo, este es el fin del camino para este hijo de puta y para mí, pero no tiene por qué serlo para usted—dijo Henríquez—. Una vez que salga de acá, buscará su revólver, lo recogerá, y… bueno, usted decidirá qué hacer. Yo ya vendí el bar, y en cuanto termine de torturar y matar a este huevón desapareceré para siempre. Si usted decide ser un héroe, y se devuelve armado a salvar a esta mierda, lamentablemente tendré que matarlo. —Matapacos, por favor… si matai a este huevón te paso veinte… no, treinta kilos de cocaína pura, tú sabís cuánto vale—dijo Marcos, llorando en el suelo—. Te doy lo que querái huevón, pide y será tuyo pero por favor mata a este huevón… por favor, me va a hacer mierda… —Don Joaquín… usted sabe que fui carabinero, no puedo hacerme el tonto—dijo González, mirando a Henríquez y tratando de adivinar qué pasaba por su atormentada mente. —Lo imagino… bueno, vaya por su revólver. Ojalá se demore harto—dijo Henríquez, volviéndose hacia Marco para empezar a pisotear sus manos y antebrazos y patear sus costillas, mientras apuntaba a González. Pablo González salió del lugar. El ex carabinero se encontraba en medio de la nada, con un frío que calaba los huesos y una gran luna llena iluminando la zona. De inmediato el detective empezó a adivinar dónde podía haber caído su arma según la posición de la puerta de la bodega, mientras se escuchaban de fondo los gritos destemplados de Marco: en esos momentos le hubiera servido un arma cromada, para poder ver el reflejo de la luz de la luna sobre ella. González apuró el paso y calculó cuánta distancia podría haber recorrido su revólver. De pronto vio al lado de una piedra su Taurus 38 intacto; justo cuando se agachó a recogerlo, un largo y sonoro “No” salido de la bodega fue interrumpido por una impresionante explosión que casi desintegró la construcción, dejando trozos de madera, carne y fibra esparcidos por doquier. Luego que logró ponerse de pie y que sus oídos dejaran de sonar, podría haber jurado que de fondo se escuchó el motor de una motocicleta. IV El detective González estaba de vuelta a la tarde siguiente en su oficina, luego de pasar toda la noche declarando en el lugar de los hechos y posteriormente en la
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comisaría con sus ex colegas, y la mañana completa en la oficina del fiscal, para después ir a su casa a bañarse y a contarle a su esposa todo lo que le había tocado vivir esa extraña jornada, y almorzar para reponer fuerzas y retomar el trabajo habitual. En la oficina se dedicó a eliminar los pre informes que tenía para Henríquez, y a buscar los datos para el seguimiento que no había podido hacer la noche anterior. Lo único positivo de toda esa situación era que había cobrado el cheque del adelanto que le había dejado Henríquez, y que había quedado con saldo a favor luego de esos días de investigación. Terminada la jornada, y antes de ir al domicilio donde debía empezar el seguimiento, decidió pasar al bar de Henríquez, a ver qué sucedería con el lugar y quién sería el nuevo propietario del negocio. Para sorpresa suya el local estaba abierto, por lo que decidió entrar: pese a estar varios segundos mirando a quienes estaba tras la barra, no podía dar crédito a lo que sus ojos veían. —¿Qué te pasa Pablo? Parece que estuvieras viendo un fantasma. —¿Don Ernesto? ¿Señora Antonieta? ¿Qué diablos están haciendo acá?— exclamó estupefacto González, al ver a su ex jefe y su esposa tras la barra del bar. —Ni te imaginas lo que sucedió Pablo—dijo Ernesto Benavides, estrechando la mano de González—. Ayer por la tarde apareció por nuestra casa don Joaquín Henríquez, el dueño del bar. Dijo que había hablado contigo, que te había hecho un encargo, pero que por motivos personales debía irse rápidamente de Chile, y que necesitaba vender con urgencia el bar. —El señor Henríquez nos lo ofreció, lo conversamos con Ernesto, y decidimos que era una buena idea tener esta fuente de entradas—dijo Antonieta Garrido—. Le hicimos una oferta con la plata de mi jubilación y unos ahorros que tenía Ernesto, y la aceptó de inmediato. —Así que estás frente a los flamantes nuevos empresarios de la noche nortina… ah, casi lo olvidaba, el señor Henríquez dejó el cheque por lo que te debía del encargo que te hizo—dijo Benavides entregándole el documento al detective, mientras González no salía de su asombro. —¿Se siente bien, Pablo? Lo veo demasiado sorprendido—dijo Garrido, algo preocupada. —Por lo visto no tienen idea de lo que pasó con Joaquín Henríquez—dijo González—. Hace una semana… —Espera un poco—interrumpió Benavides, sacando de la vitrina tres vasos cortos y una botella de whisky—. Por lo visto esta será nuestra primera historia de bar, y tienes que contarla como corresponde—dijo Benavides, sirviendo los tres vasos para luego, junto con su mujer, escuchar atentos el relato que Pablo González les tenía que contar. FIN

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El caso de la platería robada I Pablo González estaba fuera de la oficina lavando su viejo pero bien mantenido Kia Pop. Pese a los años, el vehículo casi no tenía problemas, y para el uso que le daba su rendimiento resultaba bastante económico. La economía no estaba en su mejor pie en ese instante por la escasez de clientes, por lo cual debía extremar recursos para ajustarse al exiguo presupuesto que manejaba, y no poner en riesgo el sustento de su familia. Pese a todo, González era un agradecido de la vida, pues no obstante las dificultades, nunca había dejado de proveer lo necesario para su hogar, aparte del amor que reinaba en su joven familia. Media hora más tarde, González se aprestaba a ir a su casa, luego de esperar pacientemente a que alguien apareciera a pedir sus servicios, cosa que nunca sucedió. Cuando ya tenía todo cerrado, decidió pasar al bar de su ex jefe y ex socio Ernesto Benavides y su señora Antonieta Garrido, para tomar un combinado y disfrutar de una amena charla. En cuanto entró fue saludado cariñosamente por la pareja, quienes se aprestaban para retirarse del lugar. De pronto Garrido miró hacia una mesa en que esperaba sentada una vieja mujer. —Dios mío Ernesto, se nos olvidó la Filomena—exclamó la mujer. —¿Qué Filomena? Ah chucha, la señora Filomena—dijo Benavides. —¿Qué les pasó, se les olvidó la señora en la mesa?—dijo González, divertido. —La señora Filomena es una abuelita buena onda, que viene a tomarse un trago viejo de vez en cuando—dijo Benavides—. A veces está acompañada, otras demasiado sola. —Habíamos quedado con Ernesto de acompañarla un rato, pero de verdad que se nos olvidó—agregó Garrido—. Y ahora viene para acá. —¿Les viene a cobrar sentimientos?—preguntó González. —No, no le habíamos dicho, simplemente se nos olvidó—dijo Benavides. —Hola señora Filomena—dijo Garrido, abrazando a la añosa mujer. —Hola hijita, ¿cómo estás?—dijo la anciana, para luego girar y abrazar a Benavides—Y usted Ernesto, ¿cómo ha estado? —Bien señora Filomena, justamente nos estábamos acordando de usted— respondió Benavides. —Y este chiquillo es amigo de ustedes?—preguntó la mujer, refiriéndose a González. —Buenas tardes, mi nombre es Pablo González y sí, soy amigo de la familia hace algunos años—respondió González poniéndose de pie y estrechando la mano de la mujer. —Ya que no me presentan, mi nombre es Filomena Almonacid—dijo la mujer, para luego girar nuevamente hacia Benavides—. Oiga Ernesto, necesito pedirle una ayudita, como usted fue detective privado… —Es que yo ya estoy retirado hace años, doña Filomena—dijo Benavides—. Pero el señor González es quien quedó a cargo de mi vieja oficina, tal vez él la pueda ayudar. —Es que me da no sé qué molestar a alguien a quien no conozco—dijo Almonacid.
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—Cuénteme qué le pasa, y veré si le puedo dar un consejo, señora Filomena— dijo González, viendo en los rostros del matrimonio una expresión de agradecimiento al dejar a la mujer acompañada y poder volver a su hogar. —Bueno, nosotros los dejamos, buenas tardes—dijo Garrido, mientras la pareja se despedía de la anciana y el detective. Pablo González quedó en la pequeña mesita del bar junto a Filomena Almonacid. La mujer parecía ser octogenaria, de ojos vivaces y sonrisa amable, con ropa pasada de moda pero bien cuidada y limpia, y llevaba en su mano derecha una pequeña copa con una sombrilla de adorno. —Bueno señora Filomena, ¿en qué la puedo ayudar?—dijo González, mirando con curiosidad a la mujer. —Le cuento señor González. Tengo una casa vieja, la única herencia grande que le dejaré a mis hijos; el resto de las cosas, todo, son más que nada chucherías— dijo Almonacid—. Pero hay algunas de esas chucherías que están desapareciendo de mi casa, muy lentamente, y eso me tiene un poco angustiada. —¿Qué está desapareciendo de su casa?—preguntó González, empezando de inmediato a dudar del estado mental de la anciana. —Mi abuela me heredó un viejo juego de cubiertos, que según ella eran de plata, pero que en realidad no parecen más que una imitación de alpaca—dijo la mujer —. El juego viene en una maleta de madera con terciopelo, donde viene el espacio preciso para cada pieza. Bueno, desde hace algunos meses, están empezando a desaparecer de la caja de a poquitito, como para que no se note. —A ver, vamos por partes, ¿está segura de no estar usando usted esas piezas y que luego no recuerda dónde las dejó?—preguntó de inmediato González. —No, yo no uso esos cubiertos, son el único recuerdo de mi abuelita—dijo la mujer—. Esas piezas tienen más de ciento ochenta años, y deben estar oxidadas. Yo tengo un servicio que me trajo una nieta, con mangos de color rosado, muy bonitos. —Y si no usa regularmente las piezas, ¿cómo se dio cuenta que le faltaban algunas? —Señor González, no tengo muchos quehaceres durante el día. A veces para matar el tiempo, saco mis recuerdos y los reviso, los miro, los atesoro y los sueño —dijo Almonacid. —Ya veo… ahora, si es del siglo diecinueve, lo más probable es que sí sean de plata, porque en esa época era común usar ese tipo de metales—dijo González—. ¿Sus cubiertos son muy pesados? —Sí, bastante… en verdad no había pensado que pudiera ser plata pura… de hecho tampoco me importa, lo que me importa es que es el único recuerdo de mi abuela, y que de a poco se escapa de mis manos—dijo la mujer, con voz algo angustiada. —Claro, la entiendo bien—dijo González—. ¿Usted vive con alguien, señora Filomena? —No, vivo sola. Yo enviudé hace cinco años, y desde esa fecha la gente parece turnarse para acompañarme—dijo Almonacid—. Mis hijos han tratado muchas veces de convencerme que me vaya a vivir con ellos, pero la verdad es que no quiero, me siento bien tal y como estoy. Ellos le pagan a una señora que vaya a hacer las cosas más pesadas de la casa tres veces a la semana, y el resto del tiempo siempre aparece alguien a visitarme, y a ayudarme a matar el tiempo.
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—Qué bien, se nota que su gente la quiere—dijo González—. Y aparte de venir acá de vez en cuando, ¿hace alguna otra salida? —De vez en cuando visito a alguna amiga en su casa… la verdad es que este último tiempo las visitas a las casas se han transformado en visitas al cementerio… Mi generación está muriendo, señor González—dijo la mujer, melancólica—Eso es lo que más me duele, sé que me queda poco tiempo en este mundo, y que todas estas chucherías quedarán tal vez botadas o arrumbadas en un rincón… pero así y todo aún son mías, y no quiero que desaparezcan de mi vida antes que yo. —Claro, es lo mínimo que puede esperar—comentó González, para luego preguntar—Señora Filomena, ¿mañana en la tarde estará acompañada en su casa? —Sí, mañana viene mi hija mayor a tomar once, ¿por qué?—preguntó Almonacid. —¿La puedo visitar en su casa, para ver si la puedo ayudar con sus cubiertos desaparecidos? —La verdad señor González es que no tengo dinero para pagar sus honorarios— respondió Almonacid. —No le cobraré, señora Filomena—dijo González—. No voy a hacer una investigación formal, simplemente iré a su casa a hablar con su hija y a que me muestre su caja de chucherías, a ver si se me ocurre algo para ayudarla. —De verdad lo haría?—dijo la mujer, esperanzada—. Muchísimas gracias señor González. Lo espero mañana en la tarde, a la hora que pueda. Tendré algo rico… una torta para la once. —Pierda cuidado señora Filomena—dijo González—. Y por favor, no se haga muchas ilusiones, recuerde que sólo iré a mirar sus chucherías, y a comer torta. II Pablo González llegó a las seis en punto a la casa de Filomena Almonacid. La vieja propiedad aún tenía los aires señoriales de las edificaciones de la primera mitad del siglo XX, y se veía bastante bien cuidada para su antigüedad. Como no pudo encontrar un timbre, el detective abrió la reja para llegar a la puerta y golpear un par de veces. Algunos segundos más tarde abrió la puerta una mujer muy parecida a la señora Almonacid, pero con unos veinte años menos a cuestas. —Buenas tardes, qué necesita?—preguntó la mujer. —Buenas tardes, soy Pablo González, conocido de unos amigos de la señora Filomena Almonacid. —Ah sí, el detective privado—dijo la mujer, sonriendo—Pase por favor, mi madre ha hablado todo este rato de usted. Mucho gusto de conocerlo, me llamo Filomena Poblete, y soy la hija mayor de Filomena. —Mucho gusto, señora. González siguió a Poblete por un pasillo distribuidor hasta un gran comedor donde destacaban varias vitrinas llenas de adornos de loza y metal, y varias cajas de madera de incierta antigüedad y contenido. Al centro de la sala había una mesa rectangular bastante larga, en cuya cabecera se encontraba Filomena Almonacid, sentada en un sitial con patas y brazos tallados.

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—Señor González, buenas tardes, qué gusto de verlo nuevamente—dijo Almonacid, poniéndose de pie para saludar al detective. —Buenas tardes señora Filomena, ¿cómo ha estado? —Muy bien, muy bien—dijo la mujer—. Asiento por favor. Veo que ya conoció a mi hija Filomena. —Gracias—dijo González, mirando a ambas mujeres—Bueno señora Filomena, vamos a lo nuestro, ¿cuál de todas las cajas es la que tiene la platería que usted dice que ha empezado a desaparecer? —Esta es—dijo Almonacid, poniéndose de pie y dirigiéndose a la vitrina más antigua del comedor, desde la cual sacó una caja de madera oscura con un seguro, bisagras y bordes de bronce oxidado. Con sumo cuidado la mujer corrió el mantel de encaje para poner sobre la madera desnuda la caja, la cual crujió cuando Almonacid soltó el seguro, y luego al abrir la tapa por lo oxidado de las bisagras. Dentro de la caja había una cubierta de terciopelo negro con espacios con la forma de cada pieza del juego de cubiertos, los cuales estaban casi en su totalidad ocupados, salvo unos cuantos vacíos. Con mucho cuidado González sacó una de las cucharas de café para mirarla con detención: el trabajo del orfebre era sobrio y pulcro, con unas pocas líneas labradas en paralelo a la forma de la pieza, y un pequeño número grabado en la parte posterior del mango. —Esto es plata—dijo González—. Tengo un conocido que es anticuario, y él me explicó que en los metales preciosos se graba el número de kilates en alguna pare de la pieza. Ese es el número que tiene ahí; no lo alcanzo a ver, pero confirma que es plata. —O sea que la colección tiene algo de valor—dijo la hija. —Tal vez bastante, pensando en la antigüedad y en la cantidad de plata utilizada —dijo González—. Aparte de la familia, ¿qué otras personas visitan la casa? —Además de un par de amigas de mi edad, a las que espero no tener que ir a ver a sus velorios todavía, la señora Ester es la única que viene para acá—dijo Almonacid—. Ella es la señora que contrataron mis hijos para que me ayude con los quehaceres del hogar. —Bueno señor González, supongo que no habrá venido sólo a ver los cubiertos de mi madre—dijo la hija de la dueña de casa—Usted es nuestro invitado a tomar onces, y es lo que vamos a hacer ahora, ¿les parece? Durante la siguiente hora, el detective compartió una opípara once con madre e hija, donde conversaron de historias de vida y sueños para el futuro. Luego de agradecimientos y parabienes, y después de comprometerse a ayudar a investigar la desaparición de las piezas de plata faltantes, González se despidió de Almonacid, y fue escoltado por la hija de ésta a la puerta. Justo antes de despedirse, la mujer salió con él de la casa y cerró la puerta tras de sí. —Señor González, necesito conversar algo con usted—dijo la mujer. —Dígame, señora Filomena—dijo González. —Mi madre está con problemas severos de memoria, señor González. Como usted se dio cuenta, ella maneja sus vitrinas con llaves, de las cuales no hay copias, por tanto el único modo que esas cucharas se hayan extraviado es que ella las haya cambiado de lugar y no recuerde dónde las dejó. —Ya veo—dijo González. —Yo de verdad le quiero agradecer su visita, y el tiempo que le ha dedicado, pero aquí no hay nada que investigar—dijo la mujer.
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—Claro, la comprendo—respondió González—. ¿Y han pensado en buscar ayuda profesional? —De hecho estábamos esperando su visita—dijo Filomena—Conversamos con nuestra mamá y quedamos en que después que usted la visitara, nos permitiría llevarla a un médico. Como acá no hay geriatras, la vamos a llevar a un neurólogo para ver qué opina él. —Ojalá todo resulte bien, y no sea algo irreversible ni muy grave. De todos modos, si creen que puedo ayudar en algo, no duden en ubicarme. —Muchísimas gracias señor González, usted es una persona admirable—dijo Filomena, emocionada. III Pablo González estaba en la agencia una semana después, trabajando en un seguimiento. Aparentemente la infidelidad y los celos se estaban poniendo de nuevo de moda, lo que le traería cierta bonanza económica; sin embargo, como el tema era casi estacional, tenía que aprovechar la racha para poder guardar algo de dinero para el período de vacas flacas. Mientras terminaba de revisar el audio de un micrófono escondido en la oficina de la pareja de su cliente, una cara conocida se asomó por la puerta. —Hola don Ernesto, ¿cómo ha estado?—dijo González, saludando a su ex jefe y ex socio. —Hola Pablo, ¿cómo está todo en tu agencia?—preguntó Benavides. —Bien don Ernesto, tal como usted me dijo, no llueve pero gotea—respondió González—. ¿Cómo va todo en el bar, se acostumbró bien a la nueva pega? —Excelente, con Antonieta estamos felices, fue una buena inversión desde el punto de vista económico y humano, porque además recuperamos a muchos amigos alejados por el asunto pega—dijo Benavides, contento. —¿Y a qué se debe su visita, don Ernesto?—preguntó González. —Nos tiene preocupados la Filomena, Pablo—respondió Benavides—. Desde que te dejamos hablando con ella no ha vuelto a aparecerse por el bar. —Qué raro… tal vez el control con el neurólogo… —¿Qué neurólogo?—preguntó preocupado Benavides. —Los hijos la querían llevar al neurólogo, porque decían que lo de la desaparición de las cucharas de plata tenía que ver con su memoria—dijo González. —Pucha, ojalá no sea así—dijo Benavides. De pronto el ruido de un vehículo frenando bruscamente se sintió a la salida de la oficina. Un par de segundos después, un joven entró con cara de asustado a la oficina. —¿Usted es el detective González? Soy nieto de Filomena Almonacid, por favor venga conmigo, el psiquiatra de mi nona necesita hablar con usted, urgente. —Te sigo en mi auto—dijo González, para luego girar hacia Benavides—. Don Ernesto, ¿me cuida la oficina? —Por supuesto Pablo, que te vaya bien. González subió a su Kia Pop y salió raudo tras el vehículo del nieto de Almonacid.
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Luego de menos de cinco minutos de conducción, ambos automóviles se instalaron frente a la puerta de la casa de la simpática anciana. En el antejardín había dos o tres personas con cara de miedo, una de las cuales temblaba de pies a cabeza. —Sígame, rápido—dijo el muchacho, para luego subir corriendo la escalera hasta el segundo piso, donde se encontraba la habitación de su abuela. Cuando entró, vio a la mujer sentada en la cama, rodeada de familiares y de un hombre de mediana edad. —Hola señora Filomena, ¿cómo ha estado?—dijo González. —Hola señor González. He estado bien, pero parece que he asustado a mucha gente estos días—dijo Almonacid, mientras una sonrisa se dibujaba en su rostro. —Señor González, ¿podríamos hablar un instante afuera?—dijo el hombre desconocido de mediana edad. González, el hombre desconocido y la hija mayor de Almonacid salieron al pasillo que daba al dormitorio de la mujer. —Señor González, soy el doctor Alberto Herrera, soy psiquiatra, y estoy viendo el caso de la señora Almonacid—se presentó el hombre. —¿Psiquiatra? Pucha, no sabía que la señora Filomena estaba tan mal—dijo González—. ¿No se suponía que la vendría a ver un neurólogo? —Señor González, quien haya venido a ver a mi madre no importa mucho ahora —dijo Filomena, con cara de asustada—, ¿usted no le dejó ningún aparato de esos que usan en espionaje por casualidad? —¿Cómo? Disculpe pero no entiendo la pregunta—dijo el detective. —Señor González, no sé cómo explicarle esto… de hecho desde mi visión profesional no encuentro explicación alguna—dijo Herrera. —Bueno, ¿alguien me va a decir qué diablos pasa?—dijo González, algo molesto. —Venga, pasemos para que lo vea con sus propios ojos—dijo Filomena. González entró de nuevo a la habitación de Almonacid, escoltado por el psiquiatra y la hija; antes que alguien interviniera, González tomó la palabra. —Señora Filomena, ¿por qué me dijo recién que ha asustado a mucha gente estos días? —Bueno, es que por fin descubrí a quien me robaba las cucharas de plata—dijo la mujer, poniendo cara de seriedad. —Qué bien, ¿quién es el ladrón? —Ladrona para ser más precisos—dijo Almonacid—. Es mi abuelita. —Ajá—dijo González, algo apenado al ver el estado de enajenación mental de la anciana mujer. —La misma cara puso mi hija cuando le conté—dijo Almonacid, sentándose erguida en la cama—. Verá, después que usted me visitó, decidí tomar el toro por las astas y ver qué pasaba con mis cubiertos, luego que mi hija me dijera que quería traer a un neurólogo a mi casa. Así que esa noche me quedé en pie y bajé en la madrugada al comedor: ahí vi que la vitrina estaba abierta, y que mi abuelita estaba sacando una cucharita de café. Me quedé bien calladita para que no me viera, para saber qué hacía con la cucharita. Lentamente mi abuelita subió la escalera, entró a mi habitación, y la guardó debajo de mi colchón.
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—Cuando mi madre me contó esto, de inmediato supe que no debía llamar a un neurólogo sino al psiquiatra—dijo la hija de la mujer—. Así di con el doctor Herrera, el único que aceptó atenderla acá. —¿Y por qué su abuelita guardó la cuchara bajo su colchón?—preguntó González, confundido por el curso de la historia. —Cuando yo era niña no había mucho en qué entretenerse señor González, y a la gente adulta le costaba pasarla bien con los niños—dijo Almonacid—. Entonces a mi abuelita se le ocurrió un juego: ella me escondía una cucharita en cualquier parte de mi habitación, y yo tenía que encontrarla. Si la encontraba antes de una hora, me regalaba una chaucha. —Pero usted sabe que su abuelita falleció—dijo González, con suavidad. —Por supuesto, si yo estuve con ella cuando se murió—dijo Almonacid—. Yo tenía como ocho o nueve años, y mi abuelita me había escondido hacía poco rato la cuchara de ese día. Yo estaba en lo mejor buscándola cuando escuché un golpe enorme y prolongado: mi abuelita se había tropezado, y rodó escalera abajo. Cuando llegué a su lado ya había fallecido, parece que se quebró el cuello en la caída. Pobrecita, a sus noventa años tenía sus huesitos demasiado frágiles y no aguantó el porrazo. —Y entonces, ¿cómo es posible que su abuelita haya vuelto a jugar con usted, señora Filomena?—preguntó González. —Es lo mismo que le pregunté a la señora Filomena cuando la entrevisté hace un rato atrás—dijo el psiquiatra—. El problema es que no alcanzó a responderme. —¿Por qué?—preguntó curioso González. —Porque mi abuelita decidió ponerse a jugar justo cuando estaba hablando con el doctor—dijo Almonacid, para de pronto fijar su vista en la puerta de entrada de la habitación—. Mire, ahí viene de nuevo. González miró hacia la puerta de entrada. Por ella venía entrando una cuchara de café del juego de Filomena Almonacid, flotando en el aire y dirigiéndose hacia la añosa mujer. —¿Ahora entiende por qué la pregunta acerca de si usted le había traído algún aparato a mi madre?—preguntó asustada la hija de la mujer. González miró con detención la cuchara. Luego de convencerse que no tenía ningún hilo ni imán, se acercó con lentitud y sin titubear la sujetó con la punta de sus dedos. La pequeña cuchara, en vez de dejarse estar en su mano, pareció cobrar fuerzas y empezó a moverse hacia el ropero de Almonacid, a vista y paciencia de todos en la habitación: cuando González llegó a la puerta del viejo ropero, sintió un par de tirones en la cuchara, guiándolo hacia la manilla. Cuando abrió la puerta, la cuchara guió su mano hasta el fondo de madera, para luego empezar a ascender hasta llegar a la barra donde se colgaban los ganchos con la ropa; luego la cuchara se desplazó hacia uno de los soportes en que se unía la barra con la estructura del mueble. Justo sobre dicho soporte la cuchara chocó contra algo metálico. —Acá está, doña Filomena—dijo González. —No puede ser…—dijo la anciana mujer, al ver en la mano de González la cuchara que había entrado volando a su habitación, y junto a ella la cuchara que nunca había encontrado, luego del deceso de su abuela.
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—Al parecer su abuelita quería terminar el juego—dijo González, entregándole a la mujer ambas cucharas. De inmediato Almonacid se puso de pie, sacó de su velador las cucharas restantes, bajó al comedor, sacó la caja, y colocó todas las piezas faltantes en sus respectivos lugares: pasadas varias décadas, el juego por fin había terminado. IV Ernesto Benavides estaba recordando viejos tiempos en el escritorio de la agencia de detectives. De pronto un enojado Pablo González entró por la puerta, refunfuñando. —Hola Pablo, ¿qué te pasó que estás tan enojado? —Hola don Ernesto, estoy choreado por lo que le pasó a la señora Filomena—dijo González. —¿Le pasó algo grave?—preguntó preocupado Benavides, al ver que la actitud de González no cambiaba —Sus hijas y un psiquiatra decidieron internarla en un hogar de ancianos. —Pobrecita, ¿tiene Alzheimer?—preguntó Benavides. —No, no tiene nada.—dijo González. —¿Y entonces? —Tiene un fantasma en su casa, y para la familia y el psiquiatra reconocer que existe ese fantasma está fuera de toda lógica, pese a haber visto las pruebas de su existencia—dijo González, aún molesto. —Definitivamente no hay peor ciego que el que no quiere ver—dijo Benavides—. Vamos, te invito un combinado, necesitas despejar tu mente un rato que sea. —Está bien don Ernesto—dijo González, aún apesadumbrado—. Creo que debo poner en práctica uno de los tantos consejos que me ha dado en esta pega. —¿Cuál sería?—preguntó Benavides. —Que no me olvide de olvidar. FIN

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El secuestro I El detective privado Pablo González se encontraba en su oficina, esperando algún cliente para poder mantener su cada vez más alicaído rubro. Luego de quince años metiéndose con la infidelidad, los celos y la inseguridad de las personas, no había muchas sorpresas en el día a día. El único cambio real vino de la mano de la masificación de las tecnologías de la información, y de la sobre exposición de la vida de los privados por internet, lo que llevó a que día tras día sus servicios fueran cada vez menos requeridos: era más fácil buscar por el computador o el teléfono “inteligente” a la persona que perturbaba los pensamientos de celosos e inseguros, además de ser mucho más económico. Así, sus trabajos se restringían a quienes no dominaban dichas tecnologías, o a aquellos que necesitaban evidencias específicas para algún proceso judicial o inclusive, para alguna extorsión. Esa mañana González había sobrevivido la eterna mañana a punta de café, cigarrillos y el diario. Cuando ya estaba pensando en ir a almorzar a su casa, y tal vez quedarse en ella el resto del día, una mujer de mediana edad, vestida a la moda y alhajada con joyas que parecían reales, entró a la agencia con cara de vergüenza. —Buenos días… ¿usted es el detective privado?—preguntó la mujer, que ocultaba parcialmente su rostro tras unos grandes lentes oscuros. —Buenos días señora. Soy el detective privado Pablo González, ¿en qué puedo ayudarla?—preguntó presto González. —Le cuento. Me llamo Verónica, y creo que mi esposo me está engañando—dijo la mujer, sin sacarse los lentes pese a lo oscuro de la oficina. —¿Hace cuánto que sospecha de su esposo?—preguntó González, empezando la rutina de preguntas clásicas para esa situación. —Hace más o menos seis meses. De la nada empezó a comprarme joyas, a renovar mi guardarropa, a darme dinero para que viajara fuera de la ciudad con mis amigas, con la excusa que para él era imposible darme más tiempo por asuntos del trabajo—respondió la mujer, inclinando su cabeza. —Y antes no era así de dadivoso. —No era tacaño pero tampoco tan desprendido—dijo la mujer. —¿Y usted sospecha de alguien?—preguntó González. —La verdad es que no conozco a mucha gente del trabajo de mi marido—dijo la mujer—. Yo no soy muy sociable que digamos, así que son pocos los amigos que compartimos y menos los que van a la casa. —Ya veo, ¿y ustedes tienen hijos?—preguntó González. —Una lola de diecisiete que adora a su padre, y que me cree paranoica—dijo la mujer, nuevamente inclinando su cabeza hacia delante. —Bueno, estas son mis tarifas—dijo González, entregándole el documento con los valores actualizados de sus servicios—. Si está de acuerdo me deja el adelanto, los datos de dónde ubicar a su marido, y empezaré lo antes posible con el seguimiento. —Tome, acá está el cheque, ya había visto sus tarifas por internet así que venía
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lista—dijo la mujer, esbozando una forzada sonrisa—. Esta es la dirección de nuestra casa, mi marido sale todas las mañanas como a las ocho y media rumbo a su trabajo, o al menos eso creo. —Bien señora Verónica, empezaré entonces mañana a las ocho y media. Buenos días. Luego que la extraña mujer se retiró, González llamó de inmediato al banco para asegurarse que el cheque tenía fondos. Si bien es cierto de vez en cuando aparecía gente misteriosa en la oficina, algo en esa mujer le daba mala espina; sin embargo, en cuanto le confirmaron que el cheque era legal, empezó a preparar las cosas para trabajar en el caso al día siguiente. II Ocho y media de la mañana. Un vehículo sedán del año salió desde el estacionamiento de la casa. Un par de segundos después, el Kia Pop ya casi destartalado de Pablo González salió tras él a distancia prudente, para poder cumplir los requerimientos de su empleadora. El detective estaba aún un poco preocupado por el secretismo de la mujer: no mencionó su apellido —pese a que estaba impreso en el cheque—, no se sacó nunca los anteojos, no dijo en qué trabajaba su marido, y siempre parecía estar mirando para todos lados, como esperando o temiendo algo. La primera sorpresa de la mañana llegó a los quince minutos de recorrido, cuando el vehículo entró a dependencias del ejército: al parecer el hombre era funcionario civil de la institución, pues al bajar de su automóvil iba con ropa de calle, y no con alguno de los uniformes característicos que usaban los miembros de la institución castrense según la ocasión. En general los seguimientos a uniformados eran siempre más complicados e inclusive más riesgosos, pero ya había empezado el trabajo y trataría de hacer lo más posible sin correr riesgos ni meterse en problemas. La segunda sorpresa llegó a los pocos minutos, cuando el hombre salió del edificio para subir nuevamente a su vehículo, sin dar tiempo a González ni para sacar la cámara fotográfica. De inmediato el detective echó a andar su viejo Kia Pop, y salió tras el marido de su cliente. Cinco minutos después, y luego de manejar casi en línea recta algunas cuadras para luego virar en una población de edificios de baja altura, González vio cómo el hombre se detenía frente a uno de esos edificios, para de inmediato estacionar el auto y subir raudo por las escaleras hasta el cuarto piso. El trabajo empezó a dar frutos de inmediato, así que había que empezar a documentar con imágenes lo antes posible. Media hora después, González había fotografiado el auto, la patente, el edificio, el letrero donde se veían claramente los nombres de las calles en donde se ubicaba el edificio, y la numeración del mismo. El trabajo entraba en esos instantes en la tediosa fase en que debía esperar a que el hombre saliera del lugar para terminar de establecer su itinerario, para los días siguientes poder obtener pruebas fehacientes del engaño, o de la inocencia del hombre. Seis horas más tarde, González estaba con el asiento del conductor levemente reclinado, comiendo un sándwich seco que traía en una bolsa plástica para esos
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días. La jornada había sido extremadamente aburrida, y al parecer el hombre se quedaría bastantes horas más en el lugar. Ya que la situación no iba a variar, González enderezó el asiento y se dispuso a encender el motor, para ir a la agencia a buscar comida para la noche, y avisarle a su esposa que probablemente no llegaría sino hasta el día siguiente. Justo cuando estaba por encender el motor para abandonar el lugar, sintió en su mejilla derecha un objeto metálico apoyándose en ella, seguido de un crujido metálico, típico al amartillar un arma de fuego de puño. —A ver huevoncito, ¿a qué se supone que estamos jugando?—dijo una voz de hombre que no se dejó ver directamente, pero que pudo identificar por el espejo lateral como el marido de su clienta. —No sé a qué… —Te voy a preguntar una vez más no más, ¿¿a qué estamos jugando? Y no me respondas huevadas, porque no tengo ningún drama en pegarte un tunazo—dijo el hombre. —Me llamo Pablo González, soy detective privado… —Ah… déjame hasta ahí no más—dijo el hombre, parándose al lado de la ventanilla sin dejar de apuntar a la cara de González—. Déjame adivinar, la huevona de mi esposa te contrató para seguirme porque cree que le estoy poniendo el gorro, ¿cierto? —Sí señor—dijo González con voz marcial, para tratar de ponerse a tono con su captor. —Y esta tonta juraba que no me iba a dar cuenta que me estaban siguiendo… esta no es más huevona porque no nació antes no más—dijo el hombre de duras facciones y cabello entrecano. —Supongo que eso creyó ella—respondió escueto González. —A ver lolito, déjame aclararte la película un poco—dijo el hombre—. Soy militar retirado, hago funciones administrativas en el edificio institucional porque no me pueden mover de ahí. ¿Sabes por qué no me pueden mover, te lo dijo mi esposa? —No señor, hasta hoy ni siquiera sabía que usted trabajaba en el edificio del ejército. —No me pueden mover porque fui de la CNI durante el gobierno de mi general Pinochet, y le sé muchas yayitas a mis superiores. Si algún huevón me toca, caen varios generales conmigo. —Entiendo señor—dijo González, enrabiado con la actitud de la mujer que lo puso en esa difícil disyuntiva. —En cuanto llevabas dos cuadras a la siga mía te caché, no sabes hacer seguimientos a gente con experiencia, lolito—dijo el ex militar, desamartillando el arma. —Usted tiene demasiada experiencia. —Claro que la tengo, ni te imaginas la cantidad de marxistas que me tocó seguir a sus casitas de seguridad—dijo el hombre con orgullo—. Esos huevones sabían hacerla, hasta que les aprendimos las rutinas, y hasta ahí no más llegaron. Contigo fue demasiado fácil. Te llevé a mi pega, le avisé a mi jefe que necesitaba salir, y te traje al departamento de mi hermano, que anda fuera de la ciudad. Así que si pensabas decirle bajo cuerda a mi esposa de esta ubicación, te va a salir el tiro por la culata. —Supongo entonces que este trabajo llegó hasta aquí no más—dijo González. —Por supuesto huevoncito, hasta aquí no más llegaste—dijo el hombre,
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guardando el arma—. Ah, quiero que le devuelvas la plata a mi esposa, y le digas que no la supiste hacer. No te preocupes por lo que ella diga, si le devolviste la plata, aunque lo niegue, lo sabré. —Está bien señor—dijo González, algo más tranquilo—. Creo que se la devolveré mañana, debo esperar al banco al menos veinticuatro horas. —No hay problema—dijo el ex militar, para luego agregar—. Ah, y si llego a saber que mi esposa te dejó la plata y me dice que se la devolviste, la mato a ella y voy por ti. Ya cachaste que no me voy a demorar mucho en encontrarte, ¿estamos? —Sí señor, estamos. —Ya, ándate antes que me arrepienta y te haga pasar por mirista vengativo, huevón—dijo el hombre, para dirigirse a su auto y partir sin rumbo definido. Pablo González estaba algo más tranquilo. Había salvado una situación complicada, y ahora simplemente debía volver a su oficina para ordenar el asunto del dinero y llamar al día siguiente a su clienta, para acordar la devolución del dinero. III El detective González había por fin terminado de cuadrar el dinero, y al parecer no saldría tan mal parado de la situación en que se había visto envuelto esa tarde. La jornada había terminado, y era hora de ir a su casa a estar con su esposa y su hija para olvidar el mal rato, y tener tiempo esa noche para inventar un discurso convincente para la mujer, y tratar de recuperar algo del dinero invertido en el seguimiento. Justo cuando el ex policía se disponía a abandonar el lugar, un par de golpes en la puerta hicieron que su semblante empeorara un poco más. De inmediato tomó su desgastada mochila y abrió la puerta, saliendo de inmediato para así evitar que su eventual cliente entrara. —Lo lamento… señora, cerramos por hoy, cualquier cosa que necesite venga mañana a partir de las ocho… no, nueve de la mañana— dijo el detective mirando al piso, para evitar un incómodo cruce de miradas que lo hiciera cambiar de parecer. —Señor, necesito hablar con usted ahora, es urgente— dijo la mujer que había tocado a su puerta en un castellano mal pronunciado, mezclado con francés. González levantó la vista: su interlocutora era una mujer madura, alta y delgada, que no parecía pertenecer a ese lugar. No tenía el aspecto de las mujeres europeas que se quedaban a vivir en el norte de Chile, que en general eran algo desordenadas, como si fueran hippies extemporáneas o “alternativas”, como les gustaba que les dijeran; esta parecía una suerte de ejecutiva bancaria o secretaria ejecutiva, por lo pulcra en su vestuario y lo sutil en el uso del maquillaje. Sus casi transparentes ojos celestes y la expresión de angustia en su rostro terminaron por quebrar su voluntad y postergar su cansancio. —Adelante señora, pase y siéntese— dijo el detective González encendiendo la luz y sentándose en la silla del otro lado del escritorio—. Cuénteme, ¿en qué la puedo ayudar? —Mi nombre es Marie Olivie, soy ciudadana francesa nacionalizada chilena.
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Llegué hace veintidós años a Chile como turista, me enamoré de un chileno de origen aymara y me quedé a vivir acá. Con mi marido tenemos un hijo de veintiún años, José Condori, artesano y estudiante universitario, tiene un puesto en la feria artesanal cercana a la playa, el que abre los días que no tiene clases y durante todo el verano, para juntar dinero para el año. Hace tres días salió de la casa hacia la feria, y no hemos tenido noticia alguna de él. —Ya veo— dijo González, al menos satisfecho por no tener que meterse en un nuevo seguimiento por supuesta infidelidad—. ¿Ya hizo la denuncia formal a Carabineros o Investigaciones? —Sí, ya está hecha— dijo la mujer—, pero ambos creen que mi hijo se fue de fiesta por ahí con alguna turista, y que aparecerá en un par de días más con resaca y sin dinero. —¿Y qué le hace pensar que están equivocados? —Señor González, mi hijo es un joven moderno pero responsable. Le gustan las fiestas pero siempre avisa si va a estar fuera más de un día. Por otro lado él es muy ordenado con su negocio, va a trabajar inclusive estando enfermo, pues sabe que así mantiene el nombre que tiene entre los turistas, y se financia gran parte de los materiales que requiere para su carrera universitaria. —Señora… Olivie— dijo González, revisando sus notas—, ¿su hijo se droga, o toma en exceso? —Hasta donde sé, sólo consume marihuana— dijo la mujer con cierta naturalidad, lo que no causó mayor extrañeza en González, acostumbrado a las rarezas de algunos habitantes de la zona—, pero no la compra, tiene un cultivo oculto en un cerro. Según me contó, es un cultivo hidropónico. —Hidropónico —repitió González mientras anotaba y se divertía en silencio de las ocurrencias del muchacho—. Señora, ¿tienen usted o su marido enemigos o deudas? —No, tenemos un buen pasar y no molestamos a nadie. —¿A qué se dedican su marido y usted?— preguntó el hombre, más que nada para averiguar si estaba tratando con una cliente rentable. —Yo tengo una agencia de turismo esotérico— respondió la mujer—. Administro viajes y tours donde aparte de lo habitual, de gastronomía y naturaleza, le damos al cliente la oportunidad de conocer la magia del norte de Chile, que fue una de las cosas que me dejó en este país. —¿Y su marido? —Él es un chamán. —Eh… ¿eso se puede considerar como un trabajo?— preguntó algo curioso el detective, tratando de no reírse en una situación incómoda como esa—, es decir, ¿es rentable ser chamán? No quiero desmerecer la labor religiosa o hasta el aporte a la medicina alternativa de su marido, simplemente necesito entender un poco el entorno social, cultural y económico de su grupo familiar —Tal vez para la visión occidental tradicional no lo sea— dijo la mujer, sin cambiar su tono de voz ni su expresión—. Desde el punto de vista social y cultural, él es una suerte de líder de la comunidad, es respetado y hasta querido por muchas personas a las que ha ayudado e inclusive protegido en algunas circunstancias. Y desde el punto de vista económico, aparte de los animales y pequeños regalos que pueda recibir después de alguna ceremonia, él está encargado de toda la parte esotérica de la agencia de turismo. —Puntualmente, ¿a qué se refiere con eso? —A que él organiza las visitas a los distintos centros de meditación y sanación,
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coordina las actividades con los distintos maestros, y también aporta con sus conocimientos como guía para los turistas e inclusive hasta haciendo algunas ceremonias. —Ya veo— dijo González, tratando de entender quién podría querer raptar al hijo de esa familia de locos—. Mire señora Olivie, lo único que se me ocurre en este instante aparte de la teoría de las policías, que comparto plenamente, es que hayan secuestrado a su hijo para pedir un rescate. Necesito saber el nombre de su marido y dónde ubicarlo, para conversar con él y obtener algo más de información para ver si les puedo ofrecer algo útil y no hacerles perder su tiempo. —Mi marido se llama José Condori, igual que nuestro hijo, y estará toda esta semana en la oficina de la agencia de turismo. Acá está una tarjeta con la dirección. Vaya cuando quiera, lo estaremos esperando para responder todas sus preguntas y que nos ayude con nuestro hijo. —Muy bien, trataré de ir mañana en la mañana, supongo que entre las nueve y las once—respondió González, poniéndose de pie y estirando su mano para despedirse de su potencial cliente. —Lo esperamos mañana señor González— dijo la mujer, poniendo en la mano extendida del detective un sobre blanco cerrado—. Ese es un adelanto, para lo que necesite. Más adelante me dirá las formas de pago del resto de la investigación. Buenas tardes. González se dejó caer en su destartalada silla reclinable, que parecía que iba a romperse cada vez que se sentaba en ella. Cuando abrió el sobre se encontró con una gran cantidad de billetes de veinte mil pesos, que sumaban más que todas las ganancias del semestre anterior. Esa sola imagen fue suficiente para dejar en el olvido el mal día que había pasado; ahora debería preocuparse de buscar en su casa aquel terno que guardaba para matrimonios y funerales, pues sus clientes eran de una categoría a la cual en general no tenía acceso gente como él. Más adelante se preocuparía de averiguar por qué lo eligieron a él, habiendo otras agencias más famosas y de un entorno y trato más agradable que su minúscula oficina y sus modales sobre actuados. A las ocho de la mañana del día siguiente, el detective González se había levantado, para sorpresa de su esposa e hija, acostumbradas a que el hombre de la casa tuviera horarios incompatibles con colegios y oficinas. La sorpresa fue mayor cuando lo vieron de tenida formal, cosa que jamás hacía por su voluntad y sin antes reclamar por lo incómodo y ridículo de la existencia de las corbatas. —¿Cuál es la idea Pablo, que llueva en verano para echarnos a perder las vacaciones?— preguntó su esposa en broma, luego de un gran y sonoro bostezo. —No te burles Marta, tú sabes el sacrificio que significa ponerme esta tenida— respondió el detective privado, evidentemente incómodo con la corbata—, si lo hago es exclusivamente porque las circunstancias lo requieren. Además, tú sabes que yo no tengo vacaciones. —Si sé gordo, estoy jugando un rato— dijo la mujer, con una enorme sonrisa en su rostro—. Oye, ahora en serio, ¿por qué el disfraz de caballero? —Porque por fin tengo clientela que vale la pena, y por algo que no es un seguimiento por infidelidad. —Qué bueno, ¿y de qué es el caso, si se puede saber?— preguntó curiosa su hija, apoyada en el hombro de su madre mientras veía divertida a su padre
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tratando de desayunar sin manchar su atuendo. —La desaparición del hijo de unos millonarios medio excéntricos. Prefiero no contarles más porque puede que los conozcan, y a esta gente le gusta la discreción— dijo González. —Claro, como si hubiera tan pocos millonarios excéntricos por acá— dijo Marta—. Aparecen de un día para otro casi como hippies, y bajan a la ciudad en camionetas del año. —Tú sabes que todos son traficantes mamá— dijo la muchacha—. Nunca me he tragado esa onda mística con que invaden los valles de por acá. —Da lo mismo Mariana— intervino su padre—, no somos jueces ni autoridades, sólo personas comunes y corrientes que buscan ganarse la vida en paz. Ya, basta de conversa, no quiero llegar atrasado a mi reunión. —Que te vaya bien con tus millonarios excéntricos— dijo Marta, besando cariñosamente a su marido. —Y sácales harta plata, que yo también quiero hacer excentricidades— dijo Mariana. —Nos vemos a la tarde, de ahí les cuento qué pasó. Pablo González salió de su casa, al encuentro del que sería el caso más importante de su carrera como detective privado, y del misterio más difícil de entender y aceptar que cualquiera de sus aventuras vividas en sus quince años de ejercicio profesional. FIN

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