1

B) Lengua, conocimiento y poder en Lorenzo Valla y P. Bracciollini. Considere el nuevo horizonte humanista (modelos, lecturas y escritura) y las propuestas teóricas de Francisco Rico (El sueño del humanismo) y A. Grafton (“El lector humanista”). Para humanistas paradigmáticos como Gian Francesco Poggio Bracciolini (Terranova 1380 – Florencia 1459) y Lorenzo Valla (Roma 1407 – Roma 1457), el intelecto humano tenía posibilidades prácticamente infinitas y esa creencia generó en ellos un optimismo sin mesura que los acompañó en las extraordinarias proezas intelectuales a las que se prodigaron. Ese optimismo efusivo, ambicioso y conmovedor fue acompañado por otro, fundado en una estimulante ilusión: la antigüedad clásica —que debía ser rescatada de las “mazmorras” medievales—, era una fuente inagotable de riquezas que el hombre jamás se hartaría de explorar suficientemente. Esa antigüedad implicaba un modelo global que debía resucitarse íntegramente y, toda vez que el programa humanista tenía como base de sustentación un ideal de saber con arraigo en el uso real del conocimiento —totalmente opuesto a la esterilidad escolástica—, los humanistas en su fervor, creyeron que con su propuesta programática podrían cambiar la vida, “que el mundo puede corregirse como un texto o un estilo”1. Como este trabajo no habrá de ser más que un vuelo rasante sobre la inmensidad del “sueño” humanista, no encuentro otro remedio que hacer un recorte que, metonímicamente, pueda hacernos inferir las múltiples y complejas relaciones que tanto Valla como Poggio Bracciolini mantuvieron con la lengua, el conocimiento y el poder, a lo largo de sus vidas completamente dedicadas a esos menesteres. Con ese fin, de sus incontables actividades humanistas, tomo dos que resultan iluminadoras al efecto: la defensa incondicional de Valla de la lengua latina y la ciclópea gesta de Poggio encaminada a la recuperación material de los textos clásicos. La Epístola a Guarino de Verona (1416)2 de Poggio Los prefacios a Las Elegancias (1440)3 de Valla, son medios eficaces para el propósito. Detrás de palabras breves, el iceberg ideológico. Más allá de los enconos personales, ambos intelectuales, mancomunados idealmente en el mismo proceso de rescate de la latinidad perdida, tuvieron siempre
1

Rico, Francisco. El sueño del humanismo (De Petrarca a Erasmo). Madrid: Alianza, 1993, p. 44.
2

Publicada en El Renacimiento italiano. Una incursión en sus fuentes e ideas. Comp. José Burucúa y Martín Ciordia. Buenos Aires, Asociación Dante Alighieri. 2004. pp. 218221. Después de cada cita se pondrá el número de página correspondiente.
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Publicada en Manifiestos del humanismo. Selección, traducción, presentación y epílogo de María Morrás. Barcelona: Ediciones Península, 2000. Todas las citas corresponden a esta edición y en adelante, luego de cada una de ellas se colocará el número de página.

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en mira que en su misión resultaba insoslayable que los textos fueran leídos del original directamente —para ser traducidos adecuadamente—, expurgadas las miserias de los glosadores medievales y “desinfectados” de las distorsiones interesadas de aquéllos. Como sostiene Grafton “Desde el principio, los humanistas se dispusieron a rescatar a los clásicos del fortificado hortus conclusus en el que habían sido encerrados por los comentarios medievales”4. Valla y Poggio estaban seguros de la necesidad de recuperar el sentido original de los textos. La humanidad le adeuda a Poggio un tesoro: el rescate de discursos de Cicerón, del primer texto completo de la Institutio Oratoria de Quintiliano, de un fragmento de las Argonáuticas de Cayo Valerio Flaco, de comentarios a oraciones de Cicerón, de Asconio y Prisciano, de un manuscrito de Vitrubio, de un códice de Vegecio, de De rerum natura de Lucrecio y de obras de Manilio, Silio Itálico, Amiano Marcelino, de obras de los gramáticos Caper, Eutyches y Probo, de las Silvae de Estacio, entre muchas otras glorias. Es sabido que Poggio copiaba línea por línea los textos resucitados —lo que le permitía luego disfrutar de la consulta en forma única e intransferible—5, y él mismo lo hace explícito en su epístola a su entrañable Guarino Veronese “De mi puño y letra los he transcripto —y por cierto velozmente— para enviárselos a Leonardo Aretino y a Niccoló Florentino, que ni bien se enteraron por mí del descubrimiento de este tesoro, insistentemente me han solicitado por carta que les enviara cuanto antes a Quintiliano” (221) La carta de la cual se extrajo la cita es en su totalidad, testimonio del espíritu que inspiraba los pasos de Poggio. Para él, intelecto y razón son los guías del feliz y buen vivir, pero “sin la práctica y el orden del decir” (…) “ni la razón misma ni el intelecto valdrían de mucho”, porque “sólo el discurso es aquello que, sirviéndonos para expresar la virtud del espíritu, nos distingue del resto de los animales” (218). Poggio está muy orgulloso de su hábito de exhumar volúmenes descubriendo reliquias de las artes liberales y del esmero humanista en devolverles la dignidad injustamente arrebatada por la barbarie medieval. Quintiliano, recuperado del moho, devuelta su belleza antigua y su salud, significaba, mucho más que simbólicamente, un avance de incalculable valía para el derrotero del soñado humanismo. 6
4

Grafton, Anthony, “El lector humanista”, en Guglielmo Cavallo y Roger Chartier, Historia de la lectura en el mundo occidental, Madrid, Taurus, 1998, p. 286.
5

Es interesante destacar que Poggio, descontento como su antecesor Petrarca con la letra gótica, inventó a principios del siglo XV una nueva letra, clara, redondeada y elegante, a la que luego se denominó “letra humanista” y que fue utilizada por él por primera vez en 1408 al copiar a Cicerón. Dicho manuscrito es el más antiguo que se conserva en la actualidad en dicha letra.

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Los hallazgos de Poggio —y de tantos otros—, realizados temeraria y gozosamente, implicaron por un lado el extraordinario aumento de fuentes objetivas de conocimiento, motorizando su circulación, y por otro implicaron la apertura de horizontes y la impronta de una sensibilidad nueva, en la que la autoridad de los maestros ya no estaba anquilosada en el solipsismo escolástico sino reflejada en una diversidad humana arraigada en una dimensión histórica, donde era posible extraer los frutos singulares de cada hombre y su experiencia vital. Tal impronta tuvo como correlato la intención de leer a los clásicos de modo tal “que se produjera la propia transformación en el contacto con sus obras”7, sin que el precepto de la imitatio impidiera “a ningún humanista de talla buscar esforzadamente su propia voz”8. Lorenzo Valla, cuya influencia quizás sea incluso mayor a la de Voltaire9, ese hombre considerado por muchos como el pensador más brillante y original que el humanismo dio10 hizo, “la más vibrante exhortación a hacer realidad el sueño del humanismo, a concretar la visión de un mundo nuevo reconstruido sobre la palabra antigua”11. Esta suerte de instigación a dar inicio a la “cruzada” lingüística, la encontraremos, sin disimulo, en el prólogo a Las Elegancias. En ese texto vigoroso y provocativo, Valla hace explícitas las razones por las cuales vale la pena “tocar a batalla” y salir al rescate de la lengua olvidada: el latín —del cual provienen todas las ciencias y artes del hombre— educó a los pueblos dándoles las leyes mejores y liberándolos de la barbarie. Además, como “hace ya siglos que no solo no se habla latín, sino que para colmo casi no se comprende leído” (79), todos los dominios se
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Pascal Quignard nos revela el espíritu de Poggio con estas palabras: “Coleccionaba libros. A veces tomaba su mula, se rodeaba de carros, escalaba una torre en ruinas para reaprovisionarse de libros desaparecidos. Eso se llama renacer. Son los primeros renacentistas. Barthélemy de Montepulciano le mostró a Poggio, apretándolo contra su pecho, llorando, en un granero de la abadía de Saint-Gall, un Quintiliano completo manchado con basura, viscoso de polvo, que es el tesoro de la retórica especulativa romana”. (Quignard, Pascal. Retórica especulativa. Buenos Aires: El cuenco de plata, 2006, p. 69.)
7

Soletic, Ángeles, en El Renacimiento italiano. Una incursión en sus fuentes e ideas. Comp. José Burucúa y Martín Ciordia. Buenos Aires, Asociación Dante Alighieri. 2004. p. 207.
8

Rico, Francisco. Opus. Cit., p. 41. Ibídem, p. 11. Morrás, María. Opus. Cit., p. 14. Rico, Francisco. Opus. Cit., p. 19.

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encuentran degradados y resulta imprescindible la recuperación de la lengua saqueada, porque “¿Quién ignora que los estudios y las disciplinas florecen cuando la lengua posee vigor y se marchitan cuando aquella decae? (78). Sin el latín, es inútil hablar de perfección en ninguna disciplina, pues sólo un manejo adecuado del latín, será la llave de acceso al conocimiento verdadero, se trate de aplicarlo al derecho, a la medicina, a la filosofía o a la teología. En nombre de esas bonanzas auguradas, dice Valla: “Confío en que pronto restauraremos la lengua de Roma mejor aún que la ciudad, y con ella todas las disciplinas. Por ello, por mi amor a la patria, que se extiende a la humanidad entera, y por la magnitud de la empresa, quiero exhortar y convocar en voz alta a la comunidad de los estudiosos de la elocuencia y, como suele decirse, tocar a batalla. (…) hasta cuándo, digo, oh quirites, dejaréis en manos de los galos vuestra ciudad (…) hasta cuando permitiréis que la humanidad permanezca oprimida por la barbarie?. (79) Dice Valla que imitará a Camilo12, ya que con sus máximas fuerzas congregará un ejército, al que, en primera fila, guiará contra el enemigo. Esta metáfora bélica13 es simbólicamente significativa, pues el enemigo a combatir está identificado con los galos, aferrados a la escolástica, con su jerga encriptada, sus aparatosas discusiones sobre nimiedades y sus dogmáticas certezas intemporales de perpetua validez. En otras palabras, el reverso exacto del propósito de Valla, quien, siguiendo a su endiosado Quintiliano14, consideraba que el lenguaje se validaba con el uso y que su norma no era más que su empleo real.

12

Esta alusión a Camilo es muy interesante por sus connotaciones: a finales del siglo IV a.C. los galos que habían invadido Italia, saquearon Roma. En ese momento aparece Camilo, que viendo Roma ocupada alista en las poblaciones vecinas un ejército de rescate con el que consigue derrotar a los galos y hacerles huir. Tras la marcha de los galos, los romanos se pusieron manos a la obra, reconstruyeron su destruida ciudad y contrataron a ingenieros griegos que les construyeron las famosas murallas que mucho después impedirían a Aníbal ganar la II guerra Púnica.
13

Aunque exceda las posibilidades de este trabajo, sería productivo confrontar las palabras de Valla con las de Nebrija, notablemente influido por aquél, y que sin tregua han sido repetidas a lo largo de la historia, aunque con una hermenéutica no del todo fiable: “Cuando bien comigo pienso, mui esclarecida Reina, i pongo delante los ojos el antigiiedad de todas las cosas, que para nuestra recordación y memoria quedaron escriptas, una cosa hállo y: sáco por conclusión mui cierta: que siempre la lengua fue compañera del imperio; y de tal manera lo siguió, que junta mente començaron, crecieron y florecieron, y después junta fue la caida de entrambos.” (prólogo a su gramática castellana -1492-)
14

En las Institutio oratoria de Quintiliano —curiosamente la obra que Poggio recuperó con tanta emoción en el monasterio de Saint-Gall—, se lee: “La costumbre es la maestra más segura de hablar, y hemos de usar de las voces como de la moneda, que sólo es corriente la que tiene el cuño del día”. http://www.cervantesvirtual.com

5
Cabe poner de relieve que la beligerancia no se dará solamente en la exquisitez del escenario filológico, sino que tendrá en mira el abanico completo de la experiencia vital de toda la civilización, tanto en el plano espiritual como material — siempre a favor “del provecho y el bienestar de la humanidad entera (76)”—, puesto que Valla con su plan aspiraba a “reconquistar la realidad (…) y recobrar la dimensión auténticamente humana de la cultura”15 El asunto de fondo que subyace en toda la cultura humanista es, según Dotti16, la cuestión de la palabra. Este tema capital debe abarcar tanto las grandes extensiones de la elocuencia en todas sus variantes, como las —en apariencia— nimias inquietudes ortográficas y morfosintácticas que perturbaron hondamente a los humanistas en su conjunto. La vocación sin quebrantos de resaltar los valores de la elocuencia, son de data antigua y en esa suerte de guía de ruta que podría trazarse en ese escenario, Poggio y Valla son los herederos de las viejas tesis del griego Isócrates, absorbidas a su vez en la cultura romana por Cicerón y Quintiliano y asimiladas entusiastamente por Petrarca. Las preocupaciones de aquéllos por la perfección gramatical —a veces puesta de manifiesto en insignificancias—, parecen dejar entrever ambiciones que una mirada poco atenta podría pasar por alto: detrás de un diptongo mal construido, por debajo de un pronombre levemente distorsionado, un poco más allá del pormenor de un verbo mal conjugado, latía la intención de desenmascarar la barbarie y la voluntad de anexar territorios más allá de la lengua. Así lo expresó Rico17: “Por más que a una escala minúscula, sanar un lugar desfigurado por la transmisión medieval es en última instancia un proceso análogo al que nos dibuja la entera trayectoria del humanismo (…) Incluso una menuda operación de crítica textual supone cobrar conciencia del fluir de la historia”. Si se trata de vincular lengua, historia y poder, no podrá encontrarse una prueba más elocuente de la estrechez de los lazos, que en el monumental trabajo de Valla, Discurso sobre la falsa donación de Constantino —(1440), en el cual, a través de la constatación de anacronismos detectados en los planos jurídico, filológico e histórico, el autor logró demostrar la falsificación del documento en el que el emperador Constantino había legado al Papa el dominio sobre Roma y la parte occidental del imperio. Tal maravilla filológica fue el fruto de las necesidades políticas de Alfonso el Magnánimo —a quien Valla servía— y resultó vital para neutralizar las
15

Rico, Francisco. Opus. Cit., p. 37.

16

Dotti, Ugo, La citta dell’uomo. L’umanesimo da Petrarca a Montaigne. « La cultura dell’animo » Roma, Editori Riuniti, 1992, Traducción de María José Schamun, Ficha de cátedra de Literatura Europea del Renacimiento, Buenos Aires, UBA, Facultad de Filosofía y Letras, 2002. p. 12.
17

Rico, Francisco. Opus. Cit., p. 43.

6
pretensiones territoriales del papado, lo que permitió considerar a la Declamatio como un verdadero “acto de guerra”18. Si se analiza el entramado que nutre los grandes documentos del humanismo —a modo de ejemplo paradigmático la Declamatio o más indirectamente la Epístola a Leonardo Bruni de Poggio que relata el proceso seguido por la Iglesia a Jerónimo de Praga, entre tantos otros—, si se consideran los studia humanitatis como un verdadero arma en manos de los poderosos —si se toman en cuenta las miserias e intrigas que se suscitaron en torno a las correcciones de los manuscritos encargadas por el Monarca—, solo se puede concluir que son tremendamente lábiles los límites entre lengua, cultura y sociedad19, ya que “Toda lengua, justamente porque está en el fundamento de la comunicación civil, es una convención política en el sentido fuerte del término”20. Tanto Poggio como Valla fueron hombres políticos y desempeñaron cargos al servicio de la dirigencia de turno21. Ambos se odiaron, prolongando sus disputas por años (1451-1453) y en forma pública22. Sin embargo, por vías diferentes, pero sin vehemencia dispar, un mismo ideario los mancomunaba, un igual entusiasmo los hermanaba, un similar proyecto los aliaba por detrás de las sórdidas estocadas discursivas que se prodigaban. Las Elegancias de Valla y la carta de Poggio a Guarino de Verona, dan forma al entero programa del humanismo y dan cuenta de la dimensión de su sueño. Elisa Celia Bendersky – Junio 2006

18

Francisco Rico en la mencionada obra atribuye la expresión a Mario Fois. p. 56. Rico, Francisco. Opus. Cit., p. 38. Rico, Francisco. Opus. Cit., p. 38.

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Entre otros cargos, Poggio Bracciolini fue secretario apostólico (1414-1418). Entre 1403 y 1453 cumplió diversas funciones para la curia romana. Desde 1453 y hasta su muerte en 1459 fue canciller de la República florentina. Sin embargo, sus críticas al papado fueron demoledoras: “En la Curia romana (…) la ciencia y el mérito no sirven para nada. Trabaja un tiempo en desaprender lo que sabes, y en aprender los vicios que ignoras, si quieres hacerte apreciar por el Papa”. Quignard, en la obra citada, lo define como ateo (p. 65) y luego agrega “El secretario pontificio Poggio tenía una absoluta indiferencia en materia de religión”, p. 69. Lorenzo Valla — quien llegó a ser condenado por hereje por la curia de Nápoles—, trabajó durante años al servicio del Rey de Nápoles Alfonso el Magnánimo y el papa Nicolás V lo nombró secretario apostólico.
22

Es famoso el Apólogo Vallense contra Poggio Bracciolini (1454) en contestación a la Cuarta Invectiva de Poggio Bracciolini (1453), en la que éste utililiza la palabra monstruum como epíteto de Valla.

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