You are on page 1of 4

EL PERSEGUIDOR 158 ok.

qxd

03/09/2013

17:54

PÆgina 1

Número 158 Domingo, 14 de julio de 2013

El perseguidor
tura donde se hospedó durante su estancia en Puerto Cabras; o quizá esbozara el plan general de la obra en las tertulias con Ramón Castañeida, en cuya biblioteca familiar se dedicó por cierto a la lectura de Benito Pérez Galdós. No lo sabemos. Pero sí sabemos que estuvo entre sus propósitos vincular para siempre a don Quijote con Fuerteventura. ¿Lo consiguió? Es difícil de evaluar el éxito que ha tenido esta propuesta en las letras canarias, y puede que sea la razón para otro artículo. Lo que sí sabemos es que Fuerteventura influyó profundamente en Miguel de Unamuno. Sus libros De Fuerteventura a París, Por tierras de Portugal y España y Cómo se hace una novela dejan a las claras lo importante que para el escritor vasco fue su experiencia como exiliado en Fuerteventura. Se podría escribir largamente sobre esta experiencia, reflexionado en uno u otro detalle, pero quisiera sólo remitirme a la siguiente afirmación de Unamuno en su libro Alrededor del estilo: «Allí [Fuerteventura] empecé a comprender y sentir la música, a la que he sido siempre retuso. E inserté esas apuntaciones sobre el estilo de la voz, sobre la personalidad de la voz, sobre la esencia espiritual de la voz, oyendo el mar, que es voz, y voz más que humana.» Canarias obró nuevamente el milagro, consiguió que el poeta filósofo dulcificara su estilo. Canarias dejó en Miguel de Unamuno lo mismo que heredamos los escritores de esta tierra: un tono lírico para una melancolía contenida, y este tono se refleja tanto en nuestra producción poética como en la narrativa. ¿Se olvidó Fuerteventura de su ilustre visitante? No, el Hotel Fuerteventura después de albergar el Archivo Histórico Insular se ha recuperado para dar cabida al Museo Unamuno; también en una de las laderas de Montaña Quemada situaron un monumento en su honor. ¿Esto es todo? No, los críticos literarios de estas islas han dedicado varios estudios a la estancia de Unamuno en Fuerteventura. Me viene ahora a la memoria la obra de Sebastián de la Nuez Unamuno en Fuerteventura, por ejemplo; pero queda aún una cuestión no menos importante, la letra pequeña de este hito dentro de la historia de las letras insulares. ¿Puede acaso un profesor de Lengua Castellana y Literatura de enseñanzas medias en Canarias, con más razón en Fuerteventura, dirigirse a sus alumnos sin hacer referencia durante el curso a la estancia de Miguel de Unamuno en Tenerife, Gran Canaria y Fuerteventura? Creo que no. Por ello, pienso que la estancia del escritor bilbaíno ha dejado una gran impronta en las Islas Canarias. No sólo en escritores ya clásicos de nuestra tradición como Domingo Rivero o Alonso Quesada y en los que vinieron después, sino también en la intrahistoria de las Islas Canarias. Miguel de Unamuno dejó su huella en el paisaje y en la manera de entenderlo, y además, y lo que es más importante, está presente en el imaginario del canario gracias, entre otras cosas, a las clases de Lengua Castellana y Literatura en secundaria, y también a esa maltratada asignatura optativa no obligatoria que se llama Literatura Canaria.

Miguel de Unamuno

DON QUIJOTE EN FUERTEVENTURA
ALFONSO DOMINGO QUINTERO La imaginación es una de las facultades que el escritor pone en funcionamiento a la hora de crear. En este sentido, Miguel de Unamuno quiso que don Quijote pasara en Fuerteventura una de sus aventuras. Una aventura a la que podemos denominar de penitencia, pues la ficción que nos propone el poeta filósofo es que don Quijote buscó la soledad que propicia la meditación en Fuerteventura, como la buscó también en Sierra Morena imitando al caballero Amadís de Gaula. Pero, ¿qué encontraría don Quijote en Fuerteventura? Posiblemente lo mismo que encontró Miguel de Unamuno: una isla que nos interpela y que nos obliga a ponernos delante de nosotros mismos, sin engaños. Una sinceridad que emana del convento franciscano de Betancuria, y que se afirma en el paisaje esencial de la isla. Don Quijote en Fuerteventura fue el título que Unamuno eligió para el libro que debió dar cuenta de esta aventura fuerteventurosa, pero no lo escribió. Quedó en simple proyecto. Quizá escribiera algunas notas en su pequeño despacho en el Hotel Fuerteven-

Miguel de Unamuno dejó su huella en el paisaje y en la manera de entenderlo, y además, y lo que es más importante, está presente en el imaginario del canario gracias, entre otras cosas, a las clases de Lengua Castellana y Literatura en secundaria, y también a esa maltratada asignatura optativa no obligatoria que se llama Literatura Canaria

EL PERSEGUIDOR 158 ok.qxd

03/09/2013

17:54

PÆgina 2

2 El perseguidor

Domingo, 14 de julio de 2013

KIKO AMAT /Escritor y periodista
Kiko Amat (San Baudilio de Llobregat, Barcelona, 1971) es un conversador infatigable y un escritor que ha logrado construir un discurso coherente a través del cual giran sus historias. Todas ellas, configuran su manera de entender la literatura y la música, esencialmente pop. Amat visitó recientemente Tenerife para promocionar su última novela, Eres el mejor, Cienfuegos (colección Contraseñas, editorial Anagrama), así como impartir una conferencia tras dedicar toda una mañana y una tarde a firmar ejemplares de sus libros, algunos de ellos crónicas demoledoras sobre la juventud de ese barrio al que ha sabido darle voz como Rompepistas; o bien para ofrecer un ácido y cataclísmico retrato sobre los 40 años, experiencia que vuelva en su prometedora Eres el mejor, Cienfuegos. El escritor y periodista es autor además de El día que me vaya no se lo diré a nadie y Cosas que hacen BUM, entre otros títulos.
EDUARDO GARCÍA ROJAS - ¿Cómo definiría su literatura, su proceso de creación? - No soy un autor bibliotecario. Mi narrativa no se encuentra en los libros que he leído aunque uno tiene que leer libros pero no es como la música pop, que tiene una parte de espontaneidad y en donde puedes escribir canciones chulas sin contar con un bagaje musical. Es decir, que no hace falta ser un experto en música pop para hacer música pop, esa es una de sus glorias. En literatura, sin embargo, tienes que haber leído mucho pero mis libros no salen de los libros que he leído aunque sí la forma en cómo hacerlos. Me han servido de manuales, de cómo escribirlos pese a que mis libros son eminenteesperpento sino algo así como el mejor humor inglés, en este caso americano, en el que se explican experiencias duras y temas importantes como la familia y cosas así, pero a los que se les quita la capa de solemnidad. Y este tipo de sencillez, como decía Bukowski “la sencillez es mi dios”, es para mi un mandamiento fundamental porque aspiro a la máxima sencillez posible, a decir cosas que puedan tener calado particular y graves, heridas terribles o sucesos catárticos lo menos solemne posible y sí explicarlas con el mínimo de herramientas, sin demasiadas metáforas. Busco el lenguaje más sencillo, esquelético y eso lo aprendí de gente como Fante aunque escribo porque esto es vocacional. Uno tiene que tener la proclividad y si no la tiene, y en esto mienun tiempo a esta parte, he aprendido a valorar a gente de aquí y releído cosas que había leído por obligación en el Bachillerato y que por una reacción punk rock me las había pasado por la rabadilla y ahora veo que tenían un cierto valor y que mi cabrero estaba motivado porque me obligaban a que las leyera. Era un tiempo en el que a mi las cosas que me inspiraban de verdad eran las anglosajonas por alguna razón. Algo hay ahí. - ¿Algo hay ahí? - Posiblemente su falta de solemnidad. Para los ingleses el peor pecado es la solemnidad y tomarse en serio así mismos y eso forma parte de su carácter nacional y esto me habló directamente. Expresaba con exactitud cómo me sentía y reflejaba los ambientes en

“SOY UN AUTOR DEL EXTRARRADIO”
mente vivenciales, trágico comedias vivenciales en las que te encuentras en una telaraña de mentiras donde la emoción tiene que ser verdadera. - En ese sentido, ¿considera que la mayoría de sus obras son resultados de sus propias experiencias? - Sí que me gusta sacar las ideas de vivencias verdaderas, no ficticias, pero éstas me tienen que emocionar y hacer reír mientras escribo, antes de que le llegue al lector. Luego está la aventura, la debacle, el cataclismo, el esperpento, el hecho de que me gusta que le sucedan cosas exageradas a mis protagonistas. Me gusta someterlos a perrerías, muchas de las cuales me han sucedido pero otras no, y de ahí salen las cuatro ideas fundamentales de mis libros: surgen de un lugar real. Mío. - Dice que leer le ha servido como manual para ponerse a escribir. ¿Qué autores considera que son los que más le han enseñado? - Intento parecerme a John Fante porque para mi ese es el tipo de literatura ideal: escrita en primera persona, muy vivencial y con aventura urbana, así como con una parte de humor y otra de negrura, melancolía y penas. No es solo ten los talleres literarios, nunca podrás ser escritor. Y si eres escritor, un escritor en todo caso pasable porque hay una cierta excelencia, excelencia que no quiero decir que haya conseguido, pero sí que solo se obtiene con proclividad. - ¿Cuándo descubre entonces que puede escribir? - Yo me di cuenta que podía escribir cuando leí a Richard Brautigan. Fue descubrir un modelo a seguir para gente como yo. Si llego a leer La montaña mágica no hubiera pasado eso, ya que de Brautigan me atrajo su narrativa económica, breve, sencilla. A veces incluso un poco esperpéntica y demencial pero sin llegar a cotas de incomprensibilidad para que no resultara críptica sino escrita con una voluntad pop, que no populista, fresca, rápida y explosiva. Así que cuando leí a Richard Brautigan me di cuenta que yo podía escribir algo así. - En todos los autores que cita, Fante, Bukowski y Brautigan, no menciona a ningún español o latinoamericano. - Es que estos escritores forman parte de mi tradición, que es cien por cien angloamericana. De todas formas, y de los que crecí: mi círculo de amigos y la tradición oral de bar de la que provengo y todo eso desembocó en mi narrativa. Una narrativa en la que desdramatizo lo terrible. Es como si alguien entra llorando en un bar porque lo han despedido del trabajo y lo convierte en una anécdota, en algo con lo que hacer reír a su pandilla inmediata. Y eso es lo que pretendo, al menos, con mis libros: hacer reír. Incluso cuando hablo de cosas tristes intento que me salga el carácter inglés, ese humor negro que dice “vamos a reírnos de esto aunque sea horrible porque no hay otra manera de vivir que reírnos de la infinita comedia de la condición humana.” - Habla mucho del carácter inglés pero entiendo que también le ha marcado la literatura norteamericana. - También me influye porque mis raíces son de subcultura: rock and roll pero también de garaje, los sesenta. Subculturas nacidas con el rock and roll y que son una parte muy importante de mi universo personal al que intento adaptar con un lenguaje de mi barrio porque soy un autor del extrarradio de Barcelona que nunca ambienta sus historias en otro sitio. Una fórmula, por otra

EL PERSEGUIDOR 158 ok.qxd

03/09/2013

17:54

PÆgina 3

Domingo, 14 de julio de 2013
parte, que me parecer atroz. - ¿Atroz? - Sí, esa tendencia de ambientar novelas en sitios donde no ha vivido el autor, aunque el autor puede hacer lo que quiera. En mi caso las novelas se desarrollan en el extrarradio de Barcelona, reflejan una cultura juvenil de clase obrera aunque cada vez menos juvenil porque ahora me gusta también escribir sobre la debacle de los 40 años. En este aspecto, mis lecturas son inglesas pero mi experiencia es la del extrarradio de Barcelona, así que de lo que quiero hablar es de eso. - ¿La crisis de los 40 centra su novela Eres el mejor, Cienfuegos. - Eres el mejor, Cienfuegos nace de una experiencia personal y el libro intenta hablar de eso. Es un poco como La caída y auge de Reginald Perrin, de David Nobbs, que la leí después pero con la que encuentro muchas similitudes que aún me parecen altamente reveladoras. En Eres el mejor, Cienfuegos intento contar la caída de un hombre que por edad y temor a la paternidad y por miedos particulares y particulares conexiones morales, espirituales y laborables acaba siendo una versión mucho peor de lo que era. Ha perdido toda pureza al venderse al mejor postor. Un tío que asalta el bar cuando tiene problemas y que es completamente egocéntrico y quejica, un personajes que reúne todas las cosas que me resultan horripilantes del hombre pero a la vez procuro explicar la posibilidad de indulto, de salvación de ese hombre. Y eso es lo que hace Cienfuegos, un tío que es una alimaña aunque lo que intento explicar en el libro es su caída y la forma de cómo es capaz de tocar un indulto, una salvación. Es un libro que nació para tener un final feliz, pero un final ridículamente feliz. Muy a lo Frank Capra, y eso es lo que hice con Cienfuegos, también como reacción contra una afectación de la literatura que no me gusta nada y contra la que me posiciono: la tendencia un poco pomposa de hacer que las cosas terminen horriblemente mal aunque no tenga nada que ver con la experiencia particular del autor y que lo escribe así solo porque parece que resulta mas real si el final es amargo. - Y usted reacciona contra eso. - Es que yo pienso que no es así, y cualquiera que haya vivido un poco sabe que no es así porque la vida tiene una parte de luz y otra de oscuridad. La gente toca el cielo y el infierno y hay cosas que terminan bien, está claro y por poco que hayas leído sabes que hay finales felices. Que existen posibilidades de salvación porque las has visto y entiendes que están ahí. Así que desde el principio quise que Cienfuegos se posicionara en contra del mal final. - No es usted un autor pesimista. - Intento ser optimista pero en mis tres libros anteriores muchos lectores opinan que acaban mal. Bueno, Rompepistas termina mal por la carga que tiene del pasado, la melancolía, pero no es una novela exactamente nostálgica aunque sí que te quedas con la sensación de los años que nunca volverán. De la imposibilidad --no el deseo porque parte de la épica y romántica de adolescente, me viene de esa subcultura así que, evidentemente, entiendo que la música tiene esa carga emocional y es otra forma de volver a explicar la sencillez, de hacer las cosas sencillas, de explicar verdades complejas pero sin solemnidad, y esto lo aprendí de la música pop porque el pop, en su propia naturaleza, es sencillo y creo que eso es una influencia en lo que hago; pero otro lado no quiero ser un autor que hace referencias, de los que todo el rato está hablando de canciones y libros porque lo considero un defecto. Así que las veces que se cuelan en mis libros lo veo como un error formal, como algo que si pudiera tirar atrás, cambiaría. Ahora lo veo como un exceso de referencialidad. Por ejemplo, En Cosas que hacen BUM, la intención sigue siendo la misma, ser divertido pero encuentro en ella demasiadas referencias que ahora dejaría a la mitad. En este sentido, en mi tercer y cuarto libro hay menos referencias porque no me parece bueno para un autor. De hecho es algo pernicioso. Tanto, que en libros de otros autores a los que se los toleré hace años, como por ejemplo La fortaleza de la soledad de Jonathan Lethem, ahora me molesta. Y hablo como lector, como narrador diría que intento no hacerlo aunque la compulsión está ahí porque quieres hablar de libros que te inspiran porque en el fondo deseas hacer proselitismo y hablar de las cosas que te han cambiado la vida y que te inspiran pero creo que en narrativa insistir en ello tiene un lado pernicioso que procuro evitar. - ¿Y que libros de Kiko Amat recomendaría? - Yo no empezaría cronológicamente porque mi primer libro se publicó hace diez años y es completamente Richard Brautigan y escrito en tercera persona. Se trata de un libro en el que intento parecerme a él, así que yo comenzaría por el final, con Rompepistas y Eres el mejor, Cienfuegos, aunque tengo muchos lectores a los que les gustas Cosas que hacen BUM, la cuestión es que nunca puedes coincidir. Yo apostaría por Rompepistas porque es la historia de mi adolescencia y Eres el mejor, Cienfuegos porque es la historia de una caída, la de mis cuarenta años, y porque los dos son en cuanto a las ambiciones de lo que quería contar los más ajustados a lo que pretendía no tanto por el éxito sino por lo que yo quería escribir. - ¿Es usted un escritor de mapas o de los que se deja llevar por la improvisación? - La parte divertida de narrar es la improvisación pero yo viajo con mapa y tengo un guión perfectamente trazado y manuscrito a mi lado para no desviarme aunque ocasionalmente entro en esa parte que es la utópicamente divertida de escribir, la del subconsciente, la que brota de algún sitio inesperado y que obliga a veces a rectificar el guión, pero siempre viajo con mapa porque la historia la tengo clarísima y sé que no hay que temer pensar porque eso es una parte crucial del proceso creativo.

El perseguidor 3

Mis catarsis y epifanías son musicales. A la edad de catorce años fue una canción la que me cambió la vida. Una canción, no un libro, y eso que a partir de esas edad he leído una barbaridad pero siendo sincero lo que me cambió fue una canción, una canción de The Jam para ser más concretos, In the City. También temas de Brighton 64, un grupo que alteró el camino de mi vida
nunca querría volver a los diecisiete-- de reencontrarte con tu pasado como adolescente. Pero creo que tras leer la novela, con la que te has reído ocasionalmente quiero creer. o carcajeado porque esa fue su voluntad, hay una parte con una cierta amargura que se te queda dentro. El caso es que a veces mis libros parecen más optimistas de lo que en realidad son porque recurro al humor. No le tengo miedo a la comicidad y a ridiculizar a mis personajes y ponerlos en situaciones cataclísmicas pero a la vez divertidas. - ¿Y qué es lo que más le molesta que le digan de sus libros? - Considero un insulto cuando alguien me dice que se ha reído mucho con uno de mis libros porque entonces pienso que algo he hecho mal ya que sus ambiciones eran que te rieras pero también que te sentara como un tiro las partes de pena, de ignominia que sufre el protagonista porque se trata de tragicomedia. - ¿Hasta que punto pesa la música en sus historias? - Muchas veces parece más exagerada de lo que es. No obstante, mi educación es musical, dejando aparte la literatura infantil. En este aspecto, mis catarsis y epifanías son musicales. A la edad de catorce años fue una canción la que me cambió la vida. Una canción, no un libro, y eso que a partir de esas edad he leído una barbaridad pero siendo sincero lo que me cambió fue una canción, una canción de The Jam para ser más concretos, In the City. También temas de Brighton 64, un grupo que alteró realmente el camino que ha llevado mi vida. - Noto inquietudes mods. - Sí, sí, aunque luego dejé de militar porque es una subcultura obligatoriamente joven, con sus años de pasión, todas esas epifanías,

UNA NOVELA LIBERTARIA
EDUARDO GARCÍA ROJAS “Hoy no hay sexo, ni compras, ni paseos, ni restaurantes, ni librerías, ni tiendas, hoy solo hay pensamientos negros que conviven en perfecta armonía con las palomas blancas de ayer. Estoy sentado en el Lino’s café, a diez metros del mar, la música de la radio se mezcla con el sonido de las olas al golpear las rocas, yo también soy como el agua, pero me limito a golpear las palabras”. (El hombre que se enamoró de Sasha Grey, Antonio Lorenzo Gómez Charlín, colección Cultiva, Cultiva Libros) Para leer a Antonio Lorenzo Gómez Charlín hay que vaciar la cabeza y dejarse arrastrar por su escritura improvisada, un estilo que es seña de identidad y en el que parece que enciende el piloto automático al menos en los dos libros que llevo leídos del escritor: La leyenda de Fukaeri y El hombre que se enamoró de Sasha Grey. Tiene Gómez Charlín además la particularidad de desconcertarme cuando empiezo con sus historias cuajadas de reflexiones y referentes literarios y cinematográficos, aunque cuando que se pone más interesante pisa el acelerador y se va por otra dirección, lo que me deja descolocado, sin saber a ciencia a cierta hacia donde se dirige el autor. Lo mejor por eso es leerlo con la cabeza vaciada, tras triturar con paciencia los prejuicios que te condenan y prepararte para lo mejor y lo peor de un escritor que ha hecho de la literatura un espejo. Espejo ora cóncavo, ora convexo, en el que intenta disimular el laberinto de sus ideas. Así que Gómez Charlín lo vuelve a hacer con El hombre que se enamoró de Sasha Grey, un título con muchos atractivos que apenas se explotan porque, sospecho, se la trae al pairo a un escritor vocacional que solo escribe para mostrarse, ya dije, en un espejo. Me gusta de Gómez Charlín su estilo, así como comparto muchos de los referentes culturales que disemina por esta novela que no es una novela pero sí memoria sin ser memoria ni una de ciencia ficción con manchas de realismo sucio. Portada de El hombre que se enamoró de Sasha Las impresiones que Grey, de Antonio Lorenzo Gómez Charlín. saco tras La leyenda de Fukaeri y El hombre que se enamoró de Sasha Grey son por lo tanto la de observar a un escritor que insiste en un mismo rompecabezas: Antonio Lorenzo Gómez Charlín. En su nueva experiencia se reúne pues esa misma constante. Se palpan sus obsesiones, en especial las que siente por el oficio de la escritura y también su devoción por narradores y poetas cuyo trabajo considera fundamentales. Por otro, desparrama un lirismo que cuando frena queda corto, y que cuando alarga se convierte en una nube. Leerlo exige por ello estar predispuesto a viajar a su otro yo como escritor. A lidiar con sus contradicciones, su entusiasta espíritu literario al que le pesa la carga de una vida diaria que no le convence. Estructurado en tres personales relatos (Plegarias diurnas, Diccionario espiritual para los jóvenes escritores y Crónicas del gran tiempo) El hombre que se enamoró de Sasha Grey quiere ser muchas cosas, aunque lo mejor es tomársela como un juego de espejos en el que Gómez Charlín asoma la cabeza a veces con mucha fortuna y otras fallidas. En esta historia que son muchas historias, el conjunto final resulta un mosaico abstracto que no recomendaría leer/observar en su conjunto. Agradezco así, probablemente porque soy un inconsciente, que Gómez Charlín continúe trabajando futuras novelas con ese estilo que le arde entre los dedos. Porque aquí donde lo ven, este caballero tiene estilo. Me atrevo a decirlo porque con El hombre que se enamoró de Sasha Grey me pasó lo mismo que con La leyenda de Fukaeri: no deja de sorprenderme su literatura libertaria.

EL PERSEGUIDOR 158 ok.qxd

03/09/2013

17:54

PÆgina 4

4 El perseguidor

Domingo, 14 de julio de 2013

VERSOS CONTRA EL DOLOR
YOLANDA DELGADO BATISTA San Petersburgo era el epicentro cultural de Rusia, caldo de cultivo de las vanguardias. Simbolistas, representados por Blok, futuristas liderados Maiakovski, acmeístas, y artistas de todas las disciplinas, se congregaban en un pequeño sótano multidisciplinar, El Perro Errante, donde ya en 1913, Ajmátova era la reina indiscutible. Desde muy joven, el mayor anhelo de Anna Andreievna Gorenko era convertirse en poeta. Todo en ella tuvo un halo de misterio, razón”, aunque de manera intermitente se alojara durante muchos años en la Casa del Fontanka, --hoy museo dedicado a la escritora-- propiedad de su tercer “marido”, Nikolái Punin, un crítico de arte con quien convivió en una insana intimidad que incluía a la mujer de éste y a la hija del matrimonio. La inestabilidad afectiva sería la tónica en la vida de Ajmátova. Enamoradiza por naturaleza, el amor no lo halló en sus numerosos amantes, lo encontró en la poesía tal y como ella explica en una especie de autobiografía publicada en España como: Anna Ajmátova Prosa (Ed. Nevsky Pospects, 2012). En 1910 contrajo por primera vez matrimonio con Nikolái Gumiliov, poeta reconocido en el ambiente cultural de San Petersburgo. Por entonces, Ajmátova ya escribía versos pero estos carecían de calidad. Aprovechando que Gumiliov, muy aficionado a las expediciones, se encontraba en Abisinia, Anna se inscribe en un curso de literatura en Kiev, y lee El cofre de ciprés de Innokenti Ánnenski, una obra decisiva en su vocación. “Los versos surgían como una uniforme, hasta ese momento no había experimentado nada parecido. Buscaba, encontraba, perdía. Sentía (de una forma bastante confusa) que empezaba a conseguirlo.” El 14 de marzo de 1911, Anna leyó sus nuevos poemas en La Torre, y ese día, la intelectualidad de San Petersburgo celebró el nacimiento de una de las poetas más importantes de la literatura rusa del s. XX, de la talla de George Eliot en Inglaterra, o de George Sand en Francia. San Petersburgo era el epicentro cultural de Rusia, caldo de cultivo de las vanguardias. Simbolistas, representados por Blok, futuristas liderados por Maiakovski, acmeístas, y artistas de todas las disciplinas, se congregaban en un pequeño sótano multidisciplinar, El Perro Errante, donde ya en 1913, Ajmátova era la reina indiscutible. Un año antes, la poeta publicó su primer libro, La tarde, con el apoyo de El Taller de los Poetas, agrupación que daba nombre al nuevo movimiento acmeísta, en el que N. Gumiliov, Ósip Mandelstam, Sergéi Godoretski y por supuesto Ajmátova fueron figuras claves. Los acmeístas, al contrario que los simbolistas, reivindicaban la claridad del verso, valoraban la experiencia individual y defendían la relación de la poesía con la realidad más inmediata. 1912 también significó el nacimiento de Lev Gumiliov, el único hijo de Anna Ajmátova. Al año siguiente, después de una serie de desencuentros de egos e infidelidades, el matrimonio decidió separarse aunque conservaron una relación de amistad. “Le gustaban tres cosas en la vida: / pavos reales blancos, canciones al atardecer, / y desgastados mapas de América. / Detestaba el lloriqueo de los niños, / confitura de frambuesa para el té / y la histeria femenina… / Y yo era su mujer…” La tarde obtuvo un éxito inesperado. Los poemas hablaban de la infelicidad del amor, y se hicieron muy populares. Por primera vez, una mujer protagonista, la misma Ajmátova, abría de par en par la puerta de su intimidad al lector. En 1914 salió a la luz su segundo libro, Rosario, al que le sucedieron otros: El rebaño blanco (1917); Llantén (1921); Anno Domini MCMXXI (1921)... A partir del 1 de agosto de 1914, cuando Alemania declara la guerra a Rusia, la poética de Anna Ajmátova tomará un rumbo diferente. “Por la mañana, todavía algunos poemas sosegados sobre otras cosas. Pero, por la tarde, el mundo entero se ha hecho añicos.” A partir de entonces, la poetisa dirigirá su mirada hacia Rusia, una tierra que ama y que no abandonará jamás, pues al igual que Gumiliov, pensaban que emigrar al extranjero era un acto de traición imperdonable. “Yacemos en ella y en ella nos convertimos/ y por eso, con toda libertad, la llamamos nuestra.” Mientras en Rusia van sucediéndose sin tregua terribles acontecimientos históricos, a medida que crece el sufrimiento de los rusos, la voz de Ajmátova se hace cada vez más potente y comprometida con los débiles. La poeta toma consciencia de su responsabilidad. Ajmátova vive la caída del imperio de los zares, la Revolución de octubre, y dos guerras mundiales. Ajmátova vive el terror de Stalin y la persecución de sus amigos escritores que pertenecieron a la Edad de plata: Esenin, Blok, Ivánov, Gumiliov, Maiakovski, Bulgákov, Mandelstam, Pasternak, Tsvetáieva… “Toda una generación ha pasado a través de mí como a través de una sombra”. Y a pesar de la pobreza y su debilitada salud, la generosidad y la solidaridad de Ajmátova con su familia y sus amigos fue siempre una cualidad de su carácter. Tal y como le ocurriera a muchos compañeros, también su poesía fue oficialmente silenciada en 1924 por el Partido Comunista. Sin embargo, ella nunca renunció a su escritura. Entre 1922 y 1940 compuso Requiem: un vía crucis personal donde llora el fusilamiento de su primer esposo, la detención de N. Punin y el encarcelamiento de su hijo Lev. Pero Requiem también significó un canto de resistencia de un pueblo ante el poder de Stalin. “(…) Diecisiete meses pasé haciendo cola a las puertas de la cárcel, en Leningrado, (…) Un día alguien me reconoció. Detrás de mí, una mujer (…) y me preguntó al oído (allí se hablaba solo en susurros): -- Y usted puede dar cuenta de esto? -- Puedo. (…)” La madurez poética de Ajmátova llega a su máxima expresión con Poema sin héroe, una de las mayores aportaciones a la literatura universal en la que ocupó 22 años de su vida. Escrito entre Leningrado, Tashkent y Moscú, Poema sin héroe (1940-1962) se trata de un poemario épico, desfragmentado, donde se dan cita múltiples voces, y géneros distintos, que van componiendo la crónica lírica en la que se funden la Historia de un pueblo, la cultura y las experiencias de todo lo vivido. “Dedico este poema a la memoria de sus primeros oyentes -a los amigos y compatriotas que murieron durante el sitio de Leningrado.” Cuando detuvieron por primera vez a su hijo Lev, Ajmátova quemó todos sus cuadernos de poemas. A partir de ese momento, memorizaba cuanto escribía, para después recitárselo a sus amigos de confianza. Este salto a la oralidad supuso también un cambio en su estilo: más fragmentario, visual y sobre todo, más sonoro. Esa fue su estrategia para sobrevivir y salvaguardar la memoria colectiva de su pueblo. Ella como poeta no podía salvar a las víctimas, pero su verso transparente pudo preservar la memoria; salvarla de una segunda muerte: el olvido. Rehabilitada políticamente en 1956, Anna Ajmátova recibió todos los honores en su país. Su obra fue traducida a varias lenguas y le concedieron varias distinciones en el extranjero como el Premio Internacional de Poesía EtnaTaormina, y el Honoris Causa por la Universidad de Oxford en 1965. Murió en Moscú el 5 de marzo de 1966. Sus restos yacen en el cementerio de Komarovo, en San Petersburgo.

La poeta Anna Andreievna Gorenko.

empezando por su nacimiento, la noche mágica de San Juan, 24 de junio de 1889, cuando la tierra se siembra de hogueras. “Nací el mismo año que Charlie Chaplin, La sonata de Kreuzer de Tólstoi, La Torre Eiffel y, o eso parece, Eliot.” A lo largo de su vida, ella forjaría esa imagen de mujer especial. Su apellido artístico, Ajmátova, lo tomó de una bisabuela, una princesa tártara de la estirpe de Genghis Khan. Fue su padre, quien al leer sus poemas la llamó “poeta decadente” y se opuso a que utilizara su apellido. Su metro ochenta de estatura, su extremada delgadez, su porte altivo, su melena larga y lisa recogida en la nuca, su flequillo en la frente; su rostro de pómulos marcados, inmensos ojos grises, labios finos y nariz aquilina; su característica manera de vestir, con su chal sobre los hombros, su anillo, su collar de perlas de ágata negras y sobre todo, el ritmo hechizante de su voz cuando recitaba sus versos, hicieron de Anna Ajmátova una mujer deseada, icono de belleza que muchos pintores, como Modigliani, quisieron retratar. A los siete años aprendió a leer con el alfabeto de Lev Tólstoi, y a los once años escribió su primer poema. Fue una adolescente introvertida y solitaria que leía a Blok, y a los poetas franceses malditos, Verlaine y Baudelaire. Tsárkoie Seló, fue el paisaje de su infancia, al que siempre regresó en sus poemas, y que ella identificaba con su admirado Pushkin. A pocas millas de distancia, otro lugar clave: San Petersburgo, su ciudad amada y llorada. Allí vivió con intensidad la vanguardia, y la fiesta, disfrutó del amor y de la libertad sexual, pero también allí vivió el dolor, la pobreza y la enfermedad. Su deriva personal la despojó muy pronto de un hogar: “Pero, dónde están mi casa y mi