El Entenado, de Juan José Saer Un adolescente llega a principios del siglo XVI, en una expedición española, al Río de la Plata

. Allí convive diez años con los indios colastiné que lo enfrentan a otra concepción del lenguaje, de la existencia, y a la percepción de una realidad distinta. Los invito a la lectura de este fragmento de la novela de J.J Saer. M.D.
“No por ser el único posible, ni el mejor de todos, el mundo de los indios era más real. Aun cuando daban por descontado la inexistencia de los otros, la propia no era en modo alguno irrefutable. En todo caso, para ellos, el atributo principal de las cosas era su precariedad. No únicamente por su dificultad a persistir en el mundo, a causa del desgaste y la muerte, sino más bien, o tal vez sobre todo, por la de acceder a él. La mera presencia de las cosas no garantizaba su existencia. Un árbol, por ejemplo, no siempre se bastaba a sí mismo para probar su existencia. Siempre le estaba faltando un poco de realidad. Estaba presente como por milagro, por una especie de tolerancia despectiva que los indios se dignaban acordarle. Se la concedían a cambio de cierto provecho utilitario: fruto, leña, sombra. Pero, en su fuero interno, sabían que la verdad efectiva de ese intercambio era bastante problemática. El árbol estaba ahí y ellos eran el árbol. Sin ellos, no había árbol, pero, sin el árbol, ellos tampoco eran nada. Dependían tanto uno del otro que la confianza era imposible. Los indios no podían confiar en la existencia del árbol porque sabían que el árbol dependía de la de ellos, pero, al mismo tiempo, como el árbol contribuía, con su presencia, a garantizar la existencia de los indios, los indios no podían sentirse enteramente existentes porque sabían que si la existencia les venía del árbol, esa existencia era problemática ya que el árbol parecía obtener la suya propia de la que los indios le acordaban. El problema provenía, no de una falta de garantía, sino más bien de un exceso. Y, además, era imposible salir de ese círculo vicioso y ver las cosas desde el exterior, para tratar de descubrir, con imparcialidad, el fundamento de esas pretensiones. Lo exterior era su principal problema. No lograban, como hubiesen querido, verse desde afuera. Yo, en cambio, que había llegado del horizonte borroso, el primer recuerdo que tengo de ellos es justamente el de su exterioridad, y verlos atravesar la playa, entre las hogueras que ardían al anochecer, compactos y lustrosos, fue como saborear, por primera vez, el gusto de lo indestructible. Desde afuera, parecían al abrigo de duda y desgaste. En los primeros tiempos, me daban la impresión de ser la medida exacta que definía, entre la tierra y el cielo, el lugar de cada cosa. Después que sus fiestas espantosas pasaban, cuando se los veía gobernar, con rapidez y eficacia, la aspereza del mundo, podía pensarse, con toda naturalidad, que ese mundo estaba hecho para ellos y que en su interior los indios aún cuando pasaran por zonas de confusión, no desentonaban. A veces los contemplaba durante mucho tiempo, tratando de adivinar cómo vivían, desde dentro, esos gestos que lanzaban, en el centro del día, hacia el horizonte material que los rodeaba, y si esas manos tan seguras que aferraban hueso, madera, pescado, y que moldeaban el barro rojizo hasta darle la forma de sus sueños, nunca eran invadidas, en contacto con el aire ardiente, por ninguna vacilación. Pero sus ademanes eran mudos y no dejaban transparentar ningún signo. Parecían, como los animales, contemporáneos de sus actos, y se hubiese dicho que esos actos, en el momento mismo de su realización, agotaban su sentido. Para ellos, el presente preciso y abierto de un día recio y sin principio ni fin parecía ser la sustancia en la que, de cuerpo entero, se movían. Daban la impresión envidiable de estar en este mundo más que toda otra cosa. Su falta de alegría, su hosquedad, demostraban que gracias a ese ajuste general, la dicha y el placer les eran superfluos. Yo pensaba que, agradecidos de coincidir en su ser material y en sus apetencias con el lado disponible del mundo, podían prescindir de la alegría. Lentamente, sin embargo, fui comprendiendo que se trataba más bien de lo contrario, que, para ellos, a ese mundo

El horizonte circular. Pero parece tiene menos el sentido de similitud que el de desconfianza. Si había alguna posibilidad de ser. la mentira. Implica más objeción que comparación. con variantes de pronunciación. los utensilios que arrancaban. liso y rugoso se nombran de la misma manera. significaba los hombres. Cuando creía haber entendido el significado de una palabra. con paciencia y habilidad. que no podían verificar en lo exterior. indistinto y pegajoso en el reverso contra el que se agolpaba la oscuridad. las ignoraban. que indicaba también continuación. Esa comprobación la fui haciendo a medida que penetraba. la gente. en sus construcciones materiales y en sus sueños. el mundo incierto y cambiante. Todas estas elucubraciones eran para ellos mucho más penosas de lo que parecen escritas porque ellos. Cuando la inundación los corría tierra adentro. Como tampoco tienen artículos. y después se alejó sin saludar. ellos. Le señalé que ellos. No es que remita a una imagen ya conocida sino que tiende. a los sentidos. comer. mirar. sin que yo comprendiese muy bien por qué razón el mismo vocablo designaba al mismo tiempo cosas tan dispares. a cada momento. yo.” . despertar. contradictoria. Con dificultad. Querían hacer persistir. Y el parecer de las cosas se sitúa. si quieren decir que hay un árbol. negh. con aire de desconfianza y de desprecio. cuando dos hombres se despiden. que me había parecido al principio indiscutible y compacto. y él me miró largamente. La playa abierta. lo cual es absurdo si se tiene en cuenta que. a pesar de que las vivían en carne y hueso. quiere decir que el intercambio de frases se da por terminado.que parecía tan sólido. por incierto que fuese. a desgastar la percepción y a restarle contundencia. decían negh. También una misma palabra. nosotros. empleaban una fórmula. La misma palabra que designa la apariencia. había que actualizarlo a cada momento para que no se desvaneciese como un hilo de humo en el atardecer. todo parece y nada es. el día transparente. en todo momento. en el idioma que hablaban. El universo entero era incierto. por ejemplo. con su presencia dudosa. y después de haber sabido esos dos significados. cuando se despedían. adentro. de todas maneras. era para ellos como desprenderse de un fragmento de realidad. No había mucho que elegir: era. a la materia reticente. y siempre barrían y limpiaban. las nutrias de piel tibia y palpitante. esa posibilidad no podía darse más que ahí. un almacén de supercherías y una máquina de engaños. en cambio. En-gui. Era una lengua imprevisible. el único mundo posible. los indios chapoteaban en ese medio chirle y sentían. era para ellos informe. esa incertidumbre suplementaria disminuía su autoridad. a pesar de su carácter precario. la arena amarilla. sin forma aparente. la amenaza de la aniquilación. como cuando se dice y entonces pasó tal o cual cosa. nombra lo presente y lo ausente. Arreglaban todo. el enemigo. todo eso que se presenta. sobre todo. aun cuando no valiese la pena. designa lo exterior. Lo que había que hacer durar era eso. el sol. el aire y las estrellas. los peces de escamas doradas. de durar. Por precario que fuese. les quitaba realidad. los eclipses. el mundo era más real que ellos. Negh viene a significar algo así como Y entonces. al único mundo conocido había que preservarlo a toda costa. En ese idioma. se concebían como algo un poco más seguro. en el campo de la inexistencia. como en una ciénaga. La más cercana significa parecer. la luna. Para los indios. uno. Malgastar una flecha. En ese idioma. Cuando se despedían. y muchas otras cosas más. nítido. Las vivían en cada acto que realizaban. aquí. otros nuevos se me hacían evidentes. Ellos tenían la desventaja de la duda. más bien. no hay ninguna palabra que equivalga a ser o estar. por todos los medios . Lo externo. un poco más tarde me daba cuenta de que esa misma palabra significaba también lo contrario. Es más un vocablo negativo que positivo. Una vez oí que uno de los indios se reía porque los miembros de una nación vecina lloraban en los nacimientos y daban grandes fiestas cuando alguno se moría. con los ojos entrecerrados. tal como lo designaba el idioma de esos indios. con cada palabra que proferían. el verde fresco de los árboles en primavera. no bien el agua bajaba un poco. por ejemplo. ése o nada. volvían a instalarse en el mismo lugar. Y. era en realidad. o que un árbol es un árbol dicen parece árbol. pero como ignoraban lo que el universo pensaba de sí mismo. Actualizaban.

Seix Barral. 1982. Ed. Selección: Marcela Depiera .Texto extraído de la novela: “El entenado” de Juan José Saer.

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