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La dificultad
Carlos Rehermann

Difícil uno Nicolás es un barbero que con su amigo, el cura Pero, se pasa un capítulo entero revisando la biblioteca de don Quijote en busca de la causa de su locura. En cierto momento el cura menciona un libro que allí no se encuentra: Orlando furioso, de Ludovico Ariosto, del que elogia el original italiano y condena a la hoguera su traducción castellana. Nicolás, entonces, dice algo extraordinario: “Lo tengo en italiano, pero no lo entiendo”. ¿Por qué querría alguien conservar algo que no entiende? Para Nicolás está claro que él no entiende porque no sabe. Si lograra acceder a cierto conocimiento (en ese caso, el idioma italiano), la dificultad desaparecería. Cervantes leía en italiano, entre otros motivos porque había vivido en Italia, pero probablemente se las habría arreglado de todos modos para conocer el idioma que había dado tanto a la poesía. El escritor tenía un interés profesional. El comentario de Nicolás es una recomendación de Cervantes: hay que esperar a estar listo para cada libro. A los quince años yo quería leer Orlando furioso aunque nadie me había hablado del libro. Mi interés había empezado por una pintura de Tiziano bastante simple e impresionante, que se conoce como “Retrato de Ariosto”, aunque se sabe casi con certeza que el modelo no fue el poeta. Es una pintura que innova el arte del retrato en varios aspectos, tanto compositivos (mediante una puesta en abismo del encuadre) como de la proxémica del modelo (una torsión que relaciona el plano de la tela con el eje transversal de las miradas, tanto de la figura como del espectador). Busqué en alguna enciclopedia aquel nombre, para saber a quién podía pertenecer un gesto tan airado. Resultó que no era un príncipe ni nadie poderoso, sino un poeta que había escrito un libro con un título notable. Mi ánimo adolescente, en los tiempos en que nuestros ceñudos gorilas se empeñaban en meter fierros entre los engranajes del tiempo, entendía perfectamente que un poeta escribiera acerca de la furia de un individuo. Claro, mi mala lectura había empezado aun antes de acceder al texto: furioso, me parecía, era alguien enojado y gritón, pero, si bien el pobre Orlando ciertamente se enoja y grita, su furia es locura de amor por Angélica. Olvidé el libro hasta que su lomo de diez centímetros se me echó encima una tarde, en una librería. Caramba, bastante bueno era que alguien escribiera sobre la furia del tal Orlando, pero que escribiera mil páginas significaba que se trataba de un furia digna de ser leída.

desenfrenado. devenido chatarra a los treinta. Traté de avanzar a través del primero de sus cuarenta y seis cantos. en una pousada con . Uno de ellos. sino al final del libro. Pero Orlando furioso había empezado siendo ilegible. de Victor Hugo. En ese tiempo. y en todo caso no era en absoluto una Angélica que me hiciera abandonar la intención de leer para dedicar mis energías juveniles a otros menesteres. Al año siguiente. como el barbero Nicolás. me recomendó lecturas más actuales y —dijo— cercanas. la abundancia de nombres y de referencias históricas y mitológicas me obligaba a ir a las notas por lo menos una vez por página. que solía ser convocado por los curas para pronunciar discursos en las festividades cívicas. si tuviera algo de tiempo —quince días. Sí: a los veinte estaba sumergido en Hacedor de estrellas. Como sea. cuando tenía doce años. Cada invierno me asaltaba un amor súbito por Ariosto. mucho más parecida a un ser humano. aunque era bastante probable que el problema fuera responsabilidad del traductor.2 Lo compré. de Gabriel García Márquez. corría al anaquel. y ya a los dieciséis me había resultado intransitable. Por ejemplo: yo había leído Han de Islandia. ininterrumpido. de Olaf Stapledon. vuelta insoportable a los cuarenta. Quizá el móvil principal de los personajes (el deseo unánime. Una vez que desentrañaba el sentido de los versos. Mis tenebrosos profesores de literatura no sirvieron de mucha ayuda. apenas mostró los dientes. las notas no estaban al pie de las páginas. el tal Jiménez de Urrea que Cervantes habría mandado quemar. por Angélica) lo dejaba mudo. abría el libro y descubría que seguía siendo más o menos ilegible. aunque misteriosamente cada visita permitía la chispa de una octava clara como un cielo de marzo (el libro se organiza en estrofas de ocho versos). él ladraba. leía Cien años de soledad. tenía una oscura obsesión por La leyenda patria y una incapacidad radical para expresarse mediante los instrumentos que la naturaleza ha provisto al ser humano para emitir la voz. Sospeché que ella no había leído la obra de Ariosto —habría aprovechado aquellos desbordes—. porque lo que yo había ido aprendiendo acerca de la ilegibilidad era que con los libros las cosas funcionan al revés: empiezan siendo legibles y se vuelven ilegibles con el paso del tiempo. La situación me inquietaba. una simpática profesora. pero en ese momento no fui capaz de entender la expresión de su mirada. y pasado el tiempo había seguido más o menos en el mismo estado. que a los veinte se convirtió en tan impenetrable para mi entendimiento como una piedra de magnetita para un rulo de manteca. yo lo conservaba en un estante. en cambio. De manera que no hizo comentarios a mi insinuación de una orientación para la lectura del Furioso. Empecé a creer que. ubicuo. a razón de tres cantos por día. Imposible: las frases parecían construidas por un disléxico. Para aumentar la incomodidad. El libro permaneció en mi biblioteca. Es que a los treinta leía los Diarios de Anaïs Nin.

¿No podría yo —pensé. pude entenderlo. podría aprovechar su lectura. se convierte en “mal alumno”. lloró. extendiéndome las hojas maltratadas. Difícil dos Una alumna de liceo lloraba en una habitación vecina. La imposibilidad de leer esa fantástica frase la convierte en una explicación bastante clara de algunos problemas de la educación actual. Más de treinta años después de haberlo intentado por primera vez.3 pensión completa y habitación con terraza sobre la Playa 3 de Morro de Sao Paulo. pero aprendí a leer el Furioso leyéndolo en italiano. Lo que sé es que la dificultad era mía. no entiendo”. Es decir. Después de todo. no entiendo. Una persona normal. “No entiendo. la tinta de las cuartillas acuarelada por sus lágrimas. impotencia. Era un escollo que no estaba en la cosa. ¿por qué no dar . opta por abstenerse de cualquier tarea académica. La dificultad. Donde muy probablemente no había escollos. Ahora retengo la lectura. el profesor vino a colocar uno en el camino de la alumna. Eran apuntes que el profesor de literatura había repartido a sus alumnos. Si se trata de mostrar algo con respecto al cambio entre novelas de dos períodos históricos. Un invierno. porque descubro en cada ocasión que el mundo está todo el tiempo en génesis. “¿Qué pasa?”. Como en una escena de folletín del siglo XIX. por decir algo—. se encorvaba en una silla. por fin. con unos papeles arrugados en la falda. rabia y asco. no aprendí italiano leyendo el Furioso. Este es el párrafo que hacía llorar de impotencia a la adolescente: Por lo tanto parece harto trabajoso y tal vez estéril el esfuerzo orientado a deslindar un criterio absoluto que sirva de punto de referencia supuestamente objetivo con respecto al cual resulte factible evaluar con precisión indiscutida el desplazamiento sufrido por la novela contemporánea. demoro terminarlo. sometida a semejante maltrato. conmovido por la angustia que expresaba. en ese caso. luego de un proceso de angustia. se dice que Schliemann aprendió griego leyendo La Ilíada. ha sido creada por el profesor. Quizá un contacto más directo con la materia de estudio no habría planteado ninguna dificultad. Pasó demasiado tiempo como para que recuerde dónde estaba la dificultad de Orlando furioso. se me ocurrió que si supiera italiano tal vez podría seguir el consejo de Cervantes. pregunté. veinticinco años después de haber comprado el libro— aprender italiano leyendo el Orlando Furioso? No. Me acerqué.

aplicada para atacar a unos alumnos es ya un caso criminal. Noticias. Se trata de una actitud éticamente reprobable. por ejemplo. en tiempos de tiranía algunos artistas construyen unos universos de difícil interpretación. correspondencias entre hechos y signos. es la que empleó el profesor de literatura cuando redactó su frase delirante.4 a leer las novelas. Al no hablar directamente de algunos asuntos. y nos resulta imposible acceder a una comprensión inmediata. programada para impresionar al público. Cuando el artista no necesitó ya oscurecer su obra porque había terminado el peligro. George Steiner hace una clasificación en tres (o cuatro) categorías. sus películas cambiaron radicalmente y en buena medida dejaron de tener el mismo interés. la densidad metafórica de esas obras es anormalmente alta. gozosas dificultades aparecen en todo su esplendor. En suma. Es un asunto interesante. Las dificultades más interesantes son las que Steiner llama “modales”: ante la lectura. y que los estudiantes saquen sus conclusiones. Cuando se despejan las otras dificultades (después que uno aprende el idioma. no logramos estar seguros de qué nos está diciendo realmente el texto. Es el caso de obras que fueron muy populares en el pasado (como la de Ariosto) pero que ahora nos cuesta años apenas entender racionalmente. que no sabía italiano. La dificultad táctica también es política cuando se trata del trabajo de un falsario que introduce dificultades para colocar su obra en un lugar de difícil acceso. biología. Las experimentaba Nicolás. puras. lo cual multiplica la riqueza de significados. gramática. Atacar estas dificultades debería ser el objeto de la educación. En general esa intención tiene motivaciones políticas: por ejemplo. Las dificultades contingentes son las que trata de atacar la educación escolar: ortografía. en vez de intentar cocinar sus neuronas con frases desquiciadas? En un ensayo sobre la dificultad. si aprende el idioma. El cine de Carlos Saura durante la dictadura franquista. Esta clase de dificultad. porque uno sospecha que buena parte del sentido que los espectadores identificaban en aquellas películas en realidad no estaba en las películas sino en los espectadores. era deliberadamente difícil. aritmética. Una segunda clase de dificultad (que Steiner llama “táctica”) tiene que ver con la voluntad del autor de oscurecer su obra. asunto para Wikipedia. conoce los personajes y las costumbres. . se adecua al estilo) las auténticas. Dudamos entre varios sentidos que nos sugiere la obra. llegado el momento. esas dificultades desaparecerán. pero probablemente los diseñadores de políticas educativas están acosados por graves dificultades contingentes. Un tipo común de dificultades es el que llama “contingente”. datos de historia. geografía.

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