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Historia General de América Latina
Volumen I
Las sociedades originarias
Directora: Teresa Rojas Rabiela
Codirector: John V. Murra
Volumen Il
El primer contacto y la formación de nuevas sociedades
Director: Franklin Pease, C.Y.
Codirector: Frank Moya Pons
Volumen III
Consolidación del orden colonial
Director: Alfredo Castillero Calvo
Codirector: Allan Kuethe
Volumen IV
Procesos americanos hacia la redefinicíón colonial
Director: Enrique Tandeter
Codirector: Jorge Hidalgo Lehuedé
Volumen V
La crisis estructural de las sociedades implantadas
Director: Germán Carrera Damas
Codirector: John V. Lombardi
Volumen VI
La construcción de las naciones latinoamerkanas
Directora: Josefina Z. Vázquez
Codirector: Manuel Miño CriJalva
Volumen VII
Los proyectos nacionales latinoamericanos:
sus instrumentos y articulación,
1870-1930
Director: Enrique Ayala Mora
Codirector: Eduardo Posada Carbó
Volumen VIII
América Latina desde 1930
Director: Marco Palacios
Codirectora: Esperanza Durán
Volumen IX
Teoría y metodología en la Historía de América Latina
HISTORIA GENERAL
DE
AMÉRICA LATINA
Volumen 11
DIRECTOR DEL VOLUMEN: FRANKLlN PEASE, C.Y.
CODIRECTOR: FRANK MOYA PONS
,.(.c.
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EDlCIONES UNESCOf EDITORIAL TROTTA •
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Director: Herbert Klein
Codirector: Estevao de Rezende Martins
70
FRÉDÉRIC MAURO
modo de la navegación a vela. Para conseguir ese dominio se han necesitado tres
cuartos de siglo de esfuerzos... » (Chaunu, 1969: 129-132).
Quedan así abiertos los caminos a la vez hacia el Sudoeste, es decir, hacia las
Américas, y hacia el Sudeste, o sea, hacia el océano Índico y Asia. Quedan así
superados los terrores que embargaban el alma de los marinos acerca de los ex­
tremos de la Tierra. Ahora se comprende perfectamente el sistema de los vientos
atlánticos. La brújula, el astrolabio y las tablas de navegación permiten determi­
nar más o menos exactamente la posición de la nave en la inmensidad del mar.
La nao y la carabela sustituyen con ventaja a la galera y a sus derivados frente a
las olas del océano. Los europeos se muestran ávidos de saber lo que ocurre más
allá del mar y los Estados recobran una paz y una prosperidad relativas. El terre­
no está expedito para los grandes descubrimientos.
Pero lo más importante es que al alcanzar la Costa del Oro, en el golfo de
Guinea, los portugueses captan la corriente de metal precioso y de esclavos que
atravesaba el Sáhara hasta África del Norte y Europa. Utilizando una expresión
de los geógrafos, puede hablarse realmente de un "fenómeno de captura». Sólo
persiste una corriente derivada hacia Egipto. En 1482 se erige la fortaleza de San
Jorge da Mina, centro de estos nuevos tráficos. Ya Lisboa llega el oro que finan­
cia la expansión.
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3
FORMAS DE LA EXPANSIÓN EUROPEA EN AMÉRICA
Guillermo Céspedes del Castillo
Los teóricos del colonialismo han venido estableciendo, desde mediados del siglo
XIX hasta hoy, una tipología de asentamientos coloniales, sin duda orientativa y
útil, pero diseñada en función del «Nuevo Imperialismo» europeo, cuyo desarro­
llo histórico ocurrió principalmente entre 1870 y la Segunda Gnerra Mundial.
Mencionaré en el presente capítulo esos conceptos, aunque suelen resultar dema­
siado abstractos para su aplicación generalizada en la Historia, en Ja que no es
posible hallar arquetipos puros: casi todos los asentamientos coloniales resultan
ser formas mixtas de dos o más de esas abstracciones teóricas. Así, por ejemplo,
reunir bajo la rúbrica común de colonias de explotación al Perú y a las Pequeñas
Antillas es forzar demasiado realidades históricas para hacerlas caber en el
mismo molde.
Por otra parte, goza de fortísimo arraigo en la historiografía la formulación
de modelos colonizadores según la nación europea que los implantó en el Nuevo
Mundo. EJIo se vio favorecido, durante una época bastante larga, por el fuerte
etnocentrismo característico de los nacionalismos en su etapa de apogeo y de
mayor exaltación. En nuestros días, se perfiJa una tendencia paralela, si no coin­
cidente, con la especialización típica de todas ias ciencias, propensión a la que
no escapa la Historia. El idioma en que se hallan escritas las fuentes limita en
muchos casos Jas posibilidades del historiador, que de este modo, aunqne por
razón distinta, sigue sometido a horizontes regionales, aunque no estrictamente
nacionales.
La básica unidad del proceso colonizador europeo no debe olvidarse. Sus Va­
riantes de tipo nacional, con ser ciertas e innegables, no obstan para afirmar que
es más lo que rodas ellas tienen en común que aquello que las diferencia unas de
otras. Es incluso probable que una parte de las peculiaridades atrihuidas al ori­
gen nacional de las colonizaciones se deba en realidad a otras causas. Entre ellas,
la más infravaJorada consiste sin duda en las diferencias cronológicas. Una
Europa en acelerada evolución no colonizó de la misma manera en el siglo XVI
que en el XVIII; no pocas de las disparidades entre coJonizaciones tempranas y
tardías se deben más a su desfase cronológico que a su origen nacional. En roda
ca7o, son numerosas las concausas que determinaron la configuración de varian­
tes colonizadoras, tanto en el espacio como en el tiempo. Por eso será conve­
GUILl.ERMO CÉSPEDES DEL CASTILLO
72
niente definir esos factores, agruparlos según su naturaleza y valorar su influen­
cia, antes de entrar en la descripción comparada de los diferentes modelos de co­
lonización europea en el Nuevo Mundo.
LOS FACTORES
El factor geográfico
(
Entre los condicionamientos geográficos, el clima ha servido para establecer dos
tipos clásicos de colonias: las de poblamiento y las de explotación. Las primeras
surgieron de asentamientos llevados a cabo en zonas de clima templado y latitu­
des medias
1
con producción agrícola igualo similar a la de Europa, hecho que
no favoreció el desarrollo de los intercambios comerciales con ésta; los colonos
emigraron hacia ellas huyendo casí siempre de las persecuciones religiosas o
políticas en su pais de origen, o bien de la pobreza y la falta de horizontes, gene­
ralmente en grupos formados por familias completas. El propósito de estos emi­
grantes no era el de enriquecerse rápidamente, sino el de poseer tierras, hacerlas
productivas -de allí el nombre de colonias agrícolas, que también se les ha
dado- y vivir en paz y a su manera. La igualdad de oportunidades originada
por esta situación, la falta de mano de obra susceptible de ser explotada -la
población indígena es escasa e inasimilable en estas zonas y se carece de capital
para importar esclavos- y la relativamente homogénea distribución de la rique­
~ ,
za favorecieron la formación de sociedades igualitarias e instituciones políticas
.,
de corte democrático.
El ejemplo más típico de colonia de poblamiento o agrícola en el Nuevo
~ I l
Mundo es el de Nueva Inglaterra, al que suelen sumarse el resto de las Trece
Colonias inglesas, aunque las meridionales, por esclavistas, tropicales o subtro­
"h
picales no encajan en absoluto dentro de ese tipo. Prestigiosos investigadores in­
cluyen también, aunque con ciertas reservas, a Chile, los países del Plata y el Sur
del Brasil dentro del mismo grupo de las colonias inglesas de Norteamérica, aun­
que es evidente que sólo tienen en común parte de las características atribuidas
al arquetipo. De ello se infiere que el clima no determina por sí solo una forma
específica de colonización, ni es el único factor geográfico digno de tenerse en
cuenta.
A las colonias de explotación se las ha caracterizado por el hecho de hallarse
siempre en latitudes bajas y climas tropicales, o bien por su riqueza en yacimien­
tos de metales preciosos. Se establecieron con el deseo de explotar y acumular
riquezas con cierta rapidez, en lugares donde las condiciones de suelo, clima y
distancia a Europa permitían obtener, con costos relativamente bajos, productos
que no se dan en ella, se dan en cantidades muy inferiores a la demanda, o bien
con muy superiores costes. Las colonias de explotación aparecieron en el Nuevo
Mundo en las tierras bajas tropicales de la costa atlántica más próximas a Euro­
pa: Brasil, las Antillas Menores y el grupo meridional de las Trece Colonias
inglesas de Norteamérica; tardíamente adquirieron similar carácter zonas coste­
ras del mar Caribe y alguna de las Antillas Mayores: Venezuela desde que inicia
FORMAS DE LA EXPANSiÓN EUROPEA EN AMÉRICA 73
la producción de cacao en gran escala, Gmnemala con sus cultivos de índigo,
Cuba con el tabaco primero, luego con el azúcar, etc. Las colonias de este tipo se
especializaron en producir, para su exportación a Europa, una o muy pocas
mercancías, generalmente cosechas de la agricultura tropical, procedentes del
cultivo o cultivos más rentables en cada lugar, en función de los bajos costes de
producción, la fuerte demanda y los altos precios en Europa.
Tal régimen de monocultivo crea economías sumamente especializadas y por
completo dependientes del mercado europeo, que como cliente único fija el volu­
men de la demanda y el nivel de los precios. La escasez de mano de obra, resul­
tado de una muy baja densidad de población indígena (diezmada además por las
epidemias), unida a la rentabilidad de los cultivos, determinó compras de escla­
vos africanos, que llegarían a constituir un sector amplio ---en ocasiones mayori­
tario- de la población total. La típica unidad de producción será la plantation
inglesa o francesa de las Pequeñas AntiHas, una extensa propiedad rural agroin­
dustrial y capitalista; de ahí el nombre de colonias de plantación ocasionalmente
dado a las de este tipo. El carácter multirracial y esclavista de las sociedades que
en ellas se forman exige una estructura social fuertemente jerarquizada, que se
halla presidida por una minoría plutocrática de dueños de plantaciones, bajo la
cual existen grupos de colonos europeos pobres o asalariados, castas híbridas
-singularmente mulatos- negros libertos y esclavos.
Las primeras colonias de explotación tuvieron como base de su economía el
cultivo de plantas procedentes del Viejo Mundo, hecho que sólo a primera vista
resulta paradójico; la caña de azúcar se llevó a Amérlca muy pronto porque su
producto contaba ya en el mercado europeo con una demanda sostenida y cre­
ciente. En cambio, los productos autóctonos americanos tardaron en contar con
demanda en el Viejo Mundo, especialmente si eran desconocidos; el que más
pronto se JifunJió fue el tabaco, por la doble circunstancia de considerársele
una medicina por los médicos europeos y por su capacidad de crear hábito en
los usuarios. Productos como el cacao no se introdujeron en Europa hasta el
siglo XV1l1, después de que se inventasen fórmulas nuevas para su uso, ya que las
aborígenes no encontraron aceptación.
Uno de los factores geográficos menos tenidos en cuenta ha sido el de la dis­
tancia, que en verdad es poco relevante si se considera en unidades de longitud.
En cambio es importantísima si se mide siguiendo los «caminos del Atlántico",
es decir, las rutas de navegación a vela -que na seguían las líneas más cortas,
sino la dirección de los vientos favorables y los rumbos de navegación más rápi­
da-o Al igual que el comerciante de entonces, el historiador de hoy debe medir
las distancias en días de navegación, lo que determina el coste de los fletes. A
causa de este costo, resultaba antieconómico el transporte trasatlántico de mer­
cancías de bajo precio y gran volumen. El producto americano más barato sus­
ceptible de comercialización era el pescado salado procedente de los riquísimos
bancos de Terranova. Le seguían las cosechas de la agricultura tropical-azúcar,
índigo, algodón, luego tabaco, más tarde café, etc.- con tal que procediesen de
la que podría denominarse «América cercana»: Brasil central, Antillas Menores,
lit<;Jral atlántico de Norteamérica. La lentitud de la navegación en el Caribe y el
golfo de México determinaba el hecho de que México, Centroamérica y la costa
74
I
GUILLERMO CÉSPEDES DEL CASTILLO
norte de la actual Colombia constituyesen una «América lejana», en cuyo co­
mercio exterior tan solo podían soportar el coste de fletes los metales preciosos y
las manufacturas de lujo; si se cargaban otras mercancías americanas era única­
mente como lastre, para aprovechar tonelaje disponible y vacío. Los progresos
de la navegación permitieron en el siglo XVIII acortar la duración de los viajes,
por lo que se modificaría hasta cierto punto esta süuación, apareciendo nuevas y
más largas ruras, como la directa n1 Perú por el cabo de Hornos.
El factor humano
El principal condicionamiento de carácter histórico que determinó el perfil y las
características de las colonizaciones europeas en América fue sin duda la pobla­
ción indígena y, especialmente, su grado de desarrollo cultural. En líneas genera­
les puede afirmarse que, cuanto menor era la distancia cultural entre europeos y
aborígenes, mayor y más temprano desarrollo tuvieron la colonización y el
mestizaje; cuanto mayor era esa distancia, más probable se hacía la desaparición
del pueblo indígena ante la presencia, generalmente tardía, de los colonizadores.
En aquellas extensas regiones donde los aborígenes practicaban formas de vida
nómadas, basadas bien fuera en la caza, la recolección o la pesca, la densidad de
población era naturalmente bajísima; los europeos no se sintieron arraídos hacia
esas zonas, que casi siempre con razón les parecieron muy pobres, salvo en el
caso de por su valor estratégico, establecieron alguna aislada colonia de po­
sición. Tal es el caso del conjunto de puestos militares españoles en la Florida,

establecidos para evitar amenazas extranjeras sobre la ruta de regreso de las flotas
.,
que conducían la plata a Europa; o del asentamiento hispano en Buenos Aires,
creado como centro de comunicaciones y mantenido por su valor estratégico.
I!
En algún caso, como resultado de indicios de riqueza --en ocasiones imagina­
h
rios- se emprendieron exploraciones más o menos sistemáticas que eventualmen­
te localizaron riquezas ciertas; pieles preciosas en el Noroeste de Norteamérica,
oro en los terdtorios brasileños de Minas Gerais y Mano Grosso, etc. En el primer
caso, los europeos establecieron meros puestos comerciales, adonde acudían con
las pieles tanto los indígenas como los mestizos y aun los europeos dedicados a la
caza y el transporte. En el segundo ejemplo, los bandeirllntes mestizos llevaron a
cabo la exploración hasta descubrir el oro, pero tras ellos llegaron europeos que
organizaron su explotación. Eventualmente se establecieron misiones católicas,
donde se trató de evangelizar y europeizar a los indígenas, que en general fracasa­
ron, o bien lograron su propósito de modo gradual o muy lento. Según los casos,
los indígenas nómadas resultaron asimilados cultural mente o fueron aniquilados o
huyeron de la presencia europea, mientras quedaron lugares adonde huir.
En aquellas regiones habitadas por aborígenes de nivel cultural que podemos
llamar medio, y que vivían por regla general como cultivadores de subsistencia,
la densidad de población era un poco más alta. La existencia de formas de vida
sedentarias facilitó la labor de los y el éxito de las misiones,
como en el caso de las de Paraguay, por ejemplo. Por lo demás, cuando se inten­
tó establecer colonias de encuadramiento, sobre la base de la población aborigen
regida y organizada por cuadros de inmigrantes europeos, el fracaso fue total y
FORMAS DE LA EXPANS',ÓN EUROPEA EN AMtRICA 7S
la despoblación indígena rápida, coma en el caso de la antigua isla Española a
partir de 1493; en otros lugares, estas colonias se desarrollaron con lentitud y en
medio de grandes dificultades, salvo en el casn de hallarse riquezas mineras o de
darse circunstancias geográficas propicias al desarrollo de colonias de explota­
ción. En estos casos hubo de llevarse mano de obra desde otros lugares, ya que
los aborígenes ni eran suficientes en número, ni se plegaban con facilidad al tra­
bajo organizado de tipo europeo, ni rendían lo suficiente bajo un régimen de
trabajo forzoso. Los trabajadores acudieron libremente desde regiones civiliza­
das, como en el caso del Norte de la Nueva España, hacia donde fueron indios
desde México central; o bien, como era más se organizó la emigración
forzosa de esclavos de otras regiones americanas, como ocurrió en el Brasil mer­
ced a las bandeiras que les conducían desde las tierras del interior hasta las plan­
taciones azucareras de la costa. Sin embargo, la solución más generalizada al
problema de la mano de obra consistiría en importar esclavos procedentes del
Africa Negra, que se llevaron a toda la América tropical en número suficiente
como para constituir la mayoría de la población total en algunas zonas o al me­
nos una amplia minoría.
Cuando en zonas pobladas por aborígenes nómadas o cultivadores de sub­
sistencia se instalaron grupos compactos de inmigrantes europeos formados por
familias completas, las resultantes colonias de enraizamiento estuvieron consti­
tuidas básicamente por europeos y su descendencia; se organizaron al margen
del mundo indígena, que según los casos permanece fuera de la colonia, o repre­
senta en su población una minoría que termina por ser asimilada culturalmente.
Ejemplos típicos son, del primer caso, las colonias de Nueva Inglaterra; del últi­
mo, los asentamientos portugueses en el Sur del Brasil y españolas en la Banda
Oriental, con las que se poblaron ambos lados de la frontera lusohispana.
En la América nuclear, la existencia de una pobJadón nativa densa, pacífica,
civilizada, habituada a una organización política muy jerarquizada y al trabajo
organizado, facilitó la organización -tras el breve paréntesis de la Conquista­
de colonias de encuadramiento, en las que una minoría europea sustituyó a los
anteriores grupos dirigentes indígenas. Se mantuvo la anterior economía diversi­
ficada y aurosufidente, basada en una agricultura avanzada y con excedentes de
producción, aunque modificada por la verdadera revolución económica y ecoló­
gica que supuso la llegada de la fauna y flora domesticadas del Viejo Mundo,
que no cardaría en dispersarse por toda América, en la medida en que los suelos
y climas lo hicieron posible. Bajo el marco de una sociedad estamental de tipo
europeo mediterráneo, adaptada a una estructura multirracial, eJ proceso de
mestizaje y aculturación, de proporciones masivas, seria muy profundo; esfuer­
zos evangelizadores también masivos contribuyeron poderosamente a intensifi­
car y acelerar la hispanización de estas sociedades implantadas. Aunque los es­
pañoles las instauraron, desde California por el Norte hasta Chile por el Sur,
principalmente en latitudes tropicales, debe tenerse en cuenta que, debido a la
altitud de montañas y mesetas, la colonización se centró en zonas de clima tem­
plado; entre ellas y las tierras bajas tropicales más próximas, una red de comuni­
caciones, costosa y difícil, pero efectiva, pos}bilitó la gradual integración
mica y social de ambas.
I
76
GUILLt:RMO DEL CASTILLO FORMAS DE LA F.XPANSIÓN EUROPEA F:N AMÉRICA
77
El factor cronológico
A partir de 1493, los castellanos establecieron en la isla de La Española puestos
comerciales en los que esperaban recibir de los nativos, a cambio de baratijas y
mercancías europeas, el oro que desde el primer viaje de Colón sabían que pro­
ducía la isla. Esos pequeños asentamientos, análogos a las feitorias portuguesas
de la costa atlántica africana, respondían al antiguo patrón establecido por las
factorías fenicias y griegas en el Mediterráneo central y occidental. Nuevas colo­
nias comercia/es se fueron estableciendo en otras islas y en puntos del litoral
damericano del Caribe, siempre en busca de oro 0, secundariamente, de perlas.
El rápido agotamiento del oro aluvial y de los bancos de ostras per/íferas deter­
minó el fracaso, tanto de este tipo colonizador como de los viajes de rescate o
trueque, emprendidos tanto para obtener oro de los indios como para localizar
su procedencia. Una existencia aun más efímera tendría (a colonia de conquista
que en el golfo de Datién y el istmo de Panamá estableció a partit de 1511 Vasco
Núñez de al instalarse con sus hombres, como minoría dominante y pa­
rásita, sobre la población nativa, alterar apreciablemente sus formas de vida;
con ello seguía numerosos que pueden remontarse hasta la conquis­
ta de Alejandto Magno en oriente.
Con la llegada de los castellanos a la meseta del México central -que signi­
ficativamente bautizaron como la Nueva España- se inició un nuevo proceso
colonizador que se extendería en pocas décadas por toda la América Nuclear. El
dramatismo de las grandes conquistas, el botín obtenido en ellas y el posterior
'r".. ·!
hallazgo de ricos yacimientos de metales preciosos han enmascarado hechos his­
".;
tóricos de mayor importancia y favorecido interpretaciones que no parecen co­
rrectas. Lo cierto es que, eran guerras de conquista en general muy breves y en
ocasiones los castellanos dedicaron lo mejor de sus energías a orga­
1\1.'
rhl nizar, en torno a cada una de las más de doscientas ciudades que fundaron, otras
tantas colo/lias de poblamiento. La ciudad, que ya había sido durante la Edad
Media la principal forma de asentamiento y el medio más efectivo en la teorga­
nización de la España peninsular tras la Reconquista, volvería a ser en América
el foco de implantación, tanto de economías monetarias de tipo europeo como
de sociedades constituidas por una pequeña minoría dirigente de inmigrantes
castellanos y una mayoría de indios dominados. Los procesos simultáneos e in­
separables de cristianización e hispanización que ocurren en las ciudades caste­
no tardarían en extenderse a los pueblos de indios, organizados sobre
modelos institucionales también castellanos, y asimismo a las zonas rurales, con
la gradual aparición en ellas de estancias, y otras formas europeas de
explotación agroganadera.
Que en el seno de estas nuevas sociedades existió -tanto e induso más que
en otras europeas coetáneas- una intensa explotación de los indios por los en­
comenderos españoles en general, de los pobres por los está fuera de
toda duda. Es en cambio falsa la interpretación de las exportaciones de metales
precíosos como evidencia de una intensa explotación de la América española,
por parte de su metrópoli. En primer la minería constituyó un sector im­
portante, pero que en ningún caso superó el 15% de la producción to­
tal ni empleó a más del 8% de la fuerza de trabajo disponible. Por añadidura, un
tercio del oro y la plata permaneció en las Indias como capital citculante y de in­
versión, lo que permitiría el desarrollo de los sectores agrario, ganadero e indus­
trial; el resto se exportó para pagar importaciones de acero, mercurio y
manufacturas de lujo. Por lo demás, la América hispana conservó su economía
básicamente agroganadera y autosuficiente, hasta que a finales del
siglo XVIII su industria comenzó a resentirse, como primer resultado de la Revo­
lución Industriat por la competencia de las manufacturas europeas.
Si las colonizaciones ibéricas del siglo XVI fueron de carácter medieval --con
un toque del Renacimiento- pobladoras y evangelizadoras, además de típica­
mente mediterráneas, (as que otras naciones iniciarán a partir del siglo XVII iban
a caracterizarse por su modernidad, sus fines exclusivamente capitalistas y
comerciales y su falta de interés por la evangelización. Tendrán su origen en la
Europa del protestante y económicamente avanzada, y supondrán el ver­
dadeto origen del colonialismo moderno. Vendtían a demostrar que la tiqueza y
el podet de un Estado dependerían más del cometcio que fuese capaz de organi­
zar y que de la extensión de sus territorios y dominios. Los agentes
decisivos de la colonización no serán ya los grupos de pobladores y misioneros,
sino las grandes compañías comerciales privilegiadas, cuyo considerable capital
se reúne mediante la suscripción de hecho que permite separar la pro­
piedad de ese capital de su administración y gestión. Las nuevas colonizaciones
siguen siendo europeas, pero son también el producto de una civilización dife­
rente, de una época distinta. Las circunstancias no dejarán de cambiar con el
tiempoj en el siglo XVIII, el Estado español se esforzará, con escaso éxito, por
imitar tardíamente el colonialismo practicado por ot[;]S metrópolis; Portugal,
con buenos resultados, tratad de intensificar su explotación económica del Bra­
sil; Gtan Btetaña y Francia habrán de incrementat el papel del Estado en el go­
bierno y la administración de las colonias, aboliendo anteriores concesiones de
tipo señorial y restringiendo el protagonismo hasta entonces ejercido por las
grandes compañías coloniales del síglo anterior.
LOS MODELOS
El modelo ibérico castellano
La exploración del Atlántico y la colonización del Nuevo Mundo no iban a estat
a cargo ni de los navegantes y mercaderes del Mediterráneo ni de aquellos de los
mares Báltico y del Norte, ambos los más activos entre todos los de sino
que serían llevadas a cabo por gentes procedentes del centenar aproximado de
puertos que llegaron a constituir lo que se ha denominado la «Europa
ya estructurada y en progreso en el transcursO del siglo XIII. SUS tierras lito­
rales, desde el mar de Ir/anda hasta el golfo de Vizcaya, se habían ya repuesto de
las depredaciones de los normandos desde el Norte y de las invasiones islámicas
meridionales, e íníciaban una etapa debida al avance hacia el Sur de
los reinos cristíanos de [a Península ibérica. Los principales puertos y centros de
78
79
GUILLERMO CESPEOES DEL CASTILLO
tráfico eran: Bristol, exportador de productos agroganaderos y de metales; Nan­
punto de articulación de tráficos hacia el Sur y hacia el Mar del Norte; Bur­
deos, exportador principalmente de vinos; Bilbao, e! mejor fondeadero del com­
plejo marítimo-industrial de Vizcaya desde el siglo XI; La Coruña y Oporto, que
concentraban las industrias navales y toneleras de una zona rica en bosques yen
pesca; desde el siglo XII, la Reconquista incorporaba al conjunto el tramo costero
formado por e! Algarve portugués y el litoral castellano de! Sudoeste hasta el estre­
cho de Gibraltar, zona de industrias pesqueras de antigua tradición, cuyo puerto
más importante era el fluvial de Sevilla, exportador de vinos, aceite de oliva y
otros.productos agrícolas.
Esta Europa intermedia se hallaba dividida políticamente entre cuatro reinos
principales: Inglaterra, cuya monarquía fue perdiendo sus dominios en el conti­
nente hasta quedar reducida a sus tierras insulares; Francia, que se engrandeció
a costa de Inglaterra, integrando gradualmente los ya citados núcleos de Nantes­
Burdeos, los puertos de Bretaña y Normandía y toda la costa meridional del ca­
nal de la Mancha hasta Calais, una vez que esta última cabeza de puente inglesa
fue conquisrada en 1558; Portugal, cuya capitalidad se estableció en el magnífi­
co puerto de Lisboa; y Castilla, que acabaría siendo el núcleo de la federación de
Estados que se llamó la Monarquía española. Por el hecho de haberse integrado
en ella los Países Bajos, sus puertos de Amberes y Amsterdam, se vincularon
cada vez más con el Sur; lo mismo ocurriría con el puerto de Londres, estrecha­
mente relacionado con e! de Bristol. Con ello la Europa intermedia acabatÍa por
r!
incluir el rincón más meridional del Mar de! Norte.
":
Portugal y Castilla comenzaron a diferenciarse profundamente desde fines
'1'1
del siglo XVII, pero en el siglo xv, amnos reinos peninsulares tenían mucho en
común; entre otras cosas, su larga experiencia de vida de frontera. Por espacio
li
de siglos, ambos reinos poblaron zonas vacías, como el desierto del Duero; con­
¡-í
quistaron y repoblaron tierras con ciudades musulmanas importantes y pobla­
ción rural densa, como Toledo; practicaron la ganadería transhumante, llevando
sus rebaños, con la imprescindible escolta militar, a pastizales muy próximos a
territorio musulmán, como sucedió en La Mancha; fueron asimismo expertos en
la organización de algaras, correduras y cabalgadas, formas de guerra fronteriza
basada en expediciones pequeñas y rápidas, que actúan por sorpresa en territo­
rio enemigo «para correr la tierra y robar todo lo que según se define
en el código de las Partidas. Este tipo de lucha pobló el país de fortalezas y to­
rres de vigía, para defenderse de las algaras musulmanas, generalizando la tácti­
ca de contragolpes y emboscadas para rechazarlas.
La frontera llegó a ser una forma de vida para los pueblos hispanos: lugar
donde se vuelcan los excedentes de población; oportunidad de negocio, basada
en arrebatar al moro cualquier riqueza transportable o semoviente; sitio donde
obtener tierras de cultivo, apropiándose de aquellas abandonadas u ocupadas
por musulmanes; escuela militar donde el guerrero afortunado puede conseguir,
si no muere antes, riquezas y hasta títulos nobiliarios; lugar donde se forjan mi­
..'
tos populares, como el del Cid, o no populares, como los de Reconquista y Cru­
zada, que se hallan en el origen de la hegemonía sociaJ de sus respectivos agentes.
·'la nobleza y el clero. El avance de la frontera fue lo suficientemente lento y dura-
FORMAS DE LA EXPANSiÓN EUROPEA EN AMÉRICA
dero como para que los estilos de vida y la organización social que de ella nacen,
se afiancen y tiendan a perpetuarse. Cuando la frontera ha desaparecido, se bus­
ca una nueva, que se legitima por filiación con respecto a la ya extinguida. La pi­
ratería endémica y generalizada en el Mediterráneo y sus costas, sería considera­
da Guerra Santa por los musulmanes, Cruzada por los cristianos; la esclavitud de
los cautivos y su redención medjante el pago de rescates constituyó un negocio
de tal entidad, que vino a mantener como costumbre la caza del hombre.
La Reconquista iba a continuarse en el Norte de África, ya que se conservaba
vivo eJ recuerdo de que, desde los días del Bajo Imperio romano, la Mauritania
Tingitana había sido una de las provincias de la Diocesis Hispallellsis y después
formó parte de la monarquía visigoda española. Los portugueses la iniciaron
con la conquista de Ceuta (1415), mientras que los castellanos centtatan su
atención en las islas Canarias, que hallaron habitadas por una población de tjpo
mediterráneo, contra la que lanzaron, a partir de 1393, algaras en busca de bo­
tín. Desde e! año 1418 la empresa canaria quedó en manos de algunas familias
sevillanas y de navegantes andaluces, que practicaron en el archipiélago la mis­
ma mezcla de guerra fronteriza y de lenta colonización que durante siglos habí­
an llevado a cabo en la Pen.ínsula contra los musulmanes. Pero existía una dife­
rencia: los canaúos y guanches que habitaban las islas no eran infieles, sino
paganos a quienes nadie había predicado el cristianismo. Se inició la evangeliza­
ción y una bula papal del año 1434 amparó a los nativos; esto no impediría que
un buen número de nativos fuesen vendidos como esclavos en Castilla y en puer­
tos del Mediterráneo occidental, pero al menos se logró que tal práctica no se
generalizase. La evangelización facilitó la aculturación de los indígenas, que a
comienzos del siglo XVI constituían Ja cuarta parte de los pobladores, aunque no
tardaron en quedar asimilados a causa de un intenso mestizaje.
La guerra luso-castellana de 1475-1480 intensificó el interés por las Cana­
rias. La Corona se adjudicó el dominio directo de las islas de Tenerife, La Palma
y Gran Canaria, decide su conquista y concede licencias o capitulaciones a aque­
llos particulares que organicen tropas y lleven a cabo la conquista como delega­
dos del monarca. Con el título de gobernador y según una capitulación de 1480,
Gran Canaria sería conquistada por Pedro de Vera, un veterano de fa guerra
fronteriza de Granada. Las restantes islas continuaron por algún tiempo bajo
régimen señorial; eJ titular del señorío construyó en 1476, en el litoral africano
vecino a las islas, la fortaleza de Santa Cruz de Mar Pequeña, desde la que se lle­
varon a cabo numerosas cabalgadas hacia el interior. Las últimas resistencias in­
dígenas cesaron en 1496. A partir de entonces, las islas desarrollaron una econo­
mía agroganadera de subsistencia, combinada con una agricultura comercial de
eXportación -basada en la caña de azúcar, luego en la vid- destinada a pagar
la importación de productos europeos. Como puede verse, las Canarias y los te­
rritorios próximos a ellas ofrecen en muchos aspectos lo que parece un pequeño
ensayo de la posterior actuación castellana en eJ Nuevo Mundo.
Por otra parte, en 1492 se rindió Granada, último domjnio musulmán en la
Pení.nsula, cuya repoblación comenzó de inmediato, seguida sin tardar por la cont;::1. L.. v
forzosa de sus habitantes al cristianismo y su inclusión como reino en 1 1<1" ",r. tO"'.:í
Corona de Castilla. En 1519 se inicia, simultáneamente con la conquista, la rep DE ("
¡O •
",:'")A ¿
81
GUILLERMO CÉSPEDES DEL CASTILLO
80
blación en la América nuclear de las colonias que he caracterizado como de pobla­
miento y encuadramiento; pronto serán erigidas polítJcamente en Reinos de Indias
e incorporadas asimismo a la Corona de Castilla. Al convertirse su rey Carlos 1en
titular del Sacro Imperio Romano Germánico, se alegó el señorío universal del
Emperador como justificación de la conquista, ya que evidentemente no era
cable el tradicional concepto de Reconquista; este título venía a reforzar la dona­
ción hecha por el papa Alejandro Vl a los Reyes Católicos de los territorios descu­
biertos por sus súbditos, según la doctrina todavía a la sazón vigente de la
teocracia pontificia, que otorgaba al Papa una autoridad suprema no sólo en los
asuntos espirituales, sino también en los temporales. Los teólogos-juristas españo­
les, a partir de Francisco de Vitoria, pronto superaron esos planteamientos ideoló­
gicos medievales y elaboraron una nueva teoría de la sociedad civil, del Estado y
de las relaciones entre los pueblos, tratando de hallar títulos justos para el domi­
nio español en América.
Por haber creado nuevos reinos para su Monarca, conquistadores y primeros
pobladores se creyeron con derecho a perpetuarse como grupo señorial hereditario.
La Corona, que apoyada por el clero logró impedirlo, establecería por el contra­
rio una burocracia real, efectiva y a la sazón muy moderna, para que implantase
el absolutismo monárquico ya instaurado en los reinos peninsulares. En rigor,
puede hablarse de colonización, pero no de colonias castellanas en América.
Dentro de la Corona de Castilla, los Reinos de lndias quedaron incluidos en pie
de básica igualdad con los demás en esa confederación de naciones que se deno­

minó Monarquía Universal española bajo Felipe 11, quien se tituló -al igual que
l' ,
sus sucesores- Hispaniarum et lndiarum Rex, rey de España y de las Indias.
I¡i
El modelo ibérico portugués

Con una herencia histórica común y con metas muy similares, lusitanos y caste­
llanos tuvieron el mismo comportamiento en iguales circunstancias. Si se puede
hablar de un modelo característicamente portugués de colonización, se debe a la
diferencÍa de escenarios geogdJicos y condicionamientos históricos en que apa­
reció y en que le correspondería actuar; no definiré, pues, el modelo lusitano por
lo que ofrece de común con el castellano, que es mucho, sino por sus diferencias,
casi exclusivamente círcunstanciales. Mientras que Castilla se hallaba ocupada
con las últimas fases de su Reconquista peninsular, Portugal, que finalizó antes
la suya, quedó libre para continuar su cruzada antimusulmana en la orilla meri­
dional del estrecho de Gibraltar, iniciada con la conquista de Ceuta (1415). Des­
de entonces, Portugal volcó en Marruecos una desproporcionada cantidad de re­
cursos, que se mostraron incapaces de neutralizar el apoyo del imperio turco a la
resistencia local; la batalla de Alcazarquivir (1578) seria el postrer episodio de
un intento fracasado por completo.
De forma también paralela, en tanto que Jos castellanos conquistaban las
islas Canarias, los portugueses se instalaban pacíficamente en las Madeira y
Azores a medida que iban siendo descubiertas, en 1418-1420 y 1427-1452, res­
pectivamente. Se ha pretendido oponer la actitud conquistadora y violenta de los
castellanos a la más laboriosa y pacífica de los lusitanos, como reflejo de con-
FORMAS DE LA EXPANSiÓN EUROPEA EN AMÉRICA
ceptos Ymentalidades distintos. La verdad es que cuando llegaron a lugares des­
habitados ---como lo estaban las Azores y la Madeira- tanto unos como otros
se comportaron como pacíficos colonos. Pero al enfrentarse a sus respectivos ad­
versarios, ambos dieron pruebas de muy similar agresividad: la conquista lusita­
na de Malaca, por ejemplo, nada tiene que envidiar en audacia y temerario valor
a la de Tenochtitlan por los españoles.
En lo que sí adquirieron los portugueses una ventaja decisíva sobre sus com­
petidores castellanos fue en la exploración de la costa atlántica de Africa y en su
explotación comercial. Esto se debió, por una parte, al relativo desinterés de no
pocos monarcas castellanos por la navegación y las empresas marítimas y, por
otra y sobre todo, a la planificación eficiente, la unidad de dirección y la conti­
nuidad en el esfuerzo lusitano, que se debieron al príncipe don Enrique; fue este
hijo y hermano de reyes portugueses el primer europeo de alta cuna en interesar­
se, de manera tan tenaz como inteligente, en asuntos africanos. Bien por iniciati­
va suya o porque supo hacerse eco de las aspiraciones de navegantes y mercade­
res del Algarve, don Enrique patrocinó, prestigió y financió en sus pdmeros y
difíciles años (1422-1460) lo que se convertiría en tarea nacional de su país: la
colonización de archipiélagos atlánticos, la exploración de la costa africana y la
búsqueda del origen del oro que, desde el Sudán, llegaba en las caravanas tran­
saharianas hasta los puertos musulmanes del Mediterráneo. La zona donde se
producía ese oro nunca fue alcanzada por los portugueses, aunque sí lograron
desviar hacia la costa una parte del metal precioso que, junto a los esclavos ne­
gros, constituyeron las mercancías más importantes de su comercio en África.
Tanto en África como luego en Asia meridional y el Extremo Oriente, la pre­
sencia lusitana se basó en una serie de feitorias, similares a los (ondaci estableci­
dos durante la Edad Media por las repúblicas de Venecia y Génova en las costas
del Mediterráneo oriental y del mar Negro. Por eso se ha comparado el imperio
portugués en el Viejo Mundo a una línea de diez mil millas de longitud salpica­
da, a manera de pequeños nudos, de puestos comerciales y fortalezas costeras,
en contraste con e! extenso y compacto poblamiento castellano en América. Si es
cierto que, como dejó escrito un cronista de! siglo XVII, los portugueses se asen­
taban siempre a la orilla del mar «como los cangrejos», no fue porque dejasen
de intentar extenderse hacia e! interior, poblar extensamente y evangelizar a los
pueblos paganos, al igual que hicieron las gentes de Castilla. Pero en Africa se lo
impidió la geografía: los inhóspitos desiertos del Sáhara, de Kalahariu y de Oga­
den, la línea de rápidos y cataratas en los cursos fluviales, la impenetrable selva
y, sobre todo, las temibles y numerosas endemias tropicales -desde la malaria a
la enfermedad del sueño- que acortaban despiadadamente la vida de explora­
dores, misioneros y comerciantes lusitanos. En Asia, el obstáculo a su penetra­
ción fue, por el contrado, humano: la tenaz hostilidad de pueblos islamizados, la
superioridad militar de otros, la xenofobia de algunos, constituyeron un obstá­
culo insalvable; fuera del alcance de su artillería naval, que les proporcionó e!
dominio del océano Índico, los portugueses esta ban condenados a una posición
marginal y siempre precaria. El éxito inicial de las misiones católicas fue consi­
derable en proporción a los medios disponibles, pero asimismo limitado; donde
más prometía, en el Japón, la labor evangelizadora fue destruida por la xenofo­
¡
83
82
GUILLERMO CtSPEDES DEL CASTILLO
FORMAS DE LA EXPANSiÓN EUROPEA EN
bia local; sin embargo, el amplio mestizaje desarrollado en torno a factorías,
Brasil, más tarde a las Pequeñas Antillas y, en menor medida, al resto de la Amé­
puertos y ciudades costeras en Asia posibilitó el arraigo tanto del idioma como
rica tropical.
de la religión de los portugueses en extensos grupos mestizos.
En América, el tratado lusohispano de Tordesillas (1494) dejó en zona lusi­
El modelo holandés
tana el Brasil, donde no existían imperios indígenas que conquistar, no se halla­
ron de inmediato grandes riquezas y no se daban las condiciones necesarias para
una colonización de poblamiento. Además Portugal, dada su reducida entidad
demográfica y el número y la dispersión de sus {eitorias en Asia y África, sólo
podía dedicar un mínimo de emigrantes al Nuevo Mundo. Se trató en vano de
utilizar el régimen de donatarias o capitan.ías, concesiones de tipo señorial usa­
das con éxito en la colonización de los archipiélagos atlánticos, para fomentar el
poblamiento, hasta dar con la única forma viable de explotación comercial. Ésta
resultó de la existencia, entre las actuales ciudades de Recife y de exce­
lentes suelos en la zona costera, adecuados para el cultivo de la caña de
con suficientes lluvias para hacer innecesario el regadío -que encarecía ese cul­
tivo en las islas del Atlántico- y suficientemente próximos a buenos puertos na­
turales como para hacer rentable, desde este privilegiado lugar de la «América
cercana», la exportación del azúcar a Europa.
La caña de azúcar se llevó desde la isla de Madeira; en 1532 se iniciaba su
explotación comercial. La unidad de explotación iba a ser el engenho de assu­
car, adaptación de un modelo utilizado por los italianos en el Mediterráneo
I
oriental y desde allí transmitido -principalmente por los genoveses- a los ar­
I

chipiélagos atlánticos. Al principio se trató de una extensa propiedad rural don­
"
.
:
,
de, además de los cañaverales, existieron varios cuttivos de subsistencia, pasti­

.. '.
, '.
zales para ganado europeo de tiro, carga, silla y carne, talleres artesanos de
alfarería, carpintería y herrería, explotaciones forestales de palo brasil para ex­
de maderas para combustible, construcción de edificios, envases
!
i,Ct
"
para el azúcar, etc. Las establos, el trapiche o engenho
propiamente dicho y la casa des (ornalhas o planta industrial para la obtención
y eventual refinado del azúcar completaban esta mezcla de gran explotación ca­
pitalista y de pequeña sociedad de tipo patriarcal, cuasiseñorial y esclavista. El
capital de inversión llegó a través de asociaciones entre productores de Brasil y
mercaderes de los Países Bajos. La previa existencia de una organización comer­
cial para distribuir el azúcar en Europa, montada para el azúcar de Madeira y
utilizada asimismo para las especias de que incluía Lisboa y otros
puertos lusitanos, además de socios, créditos e instalaciones de almacenaje y re­
finación en Amberes y otras ciudades de los Países facilitó la comerciali­
zación del azúcar del Brasil.
El problema crítico lo constituiría la mano de obra. Las bandeiras, siguiendo
el modelo de las cabalgadas fronterizas y el ejemplo de las castel'" nas en las cos­
tas del Caribe, se organizaron muy pronto con objeto de obtener, por captura o
por compra, esclavos indios para el trabajo en los engenhos de assucar; su esca­
so rendimiento y el hecho de que el monarca portugués declarase libres a los
aborígenes (1570), originó de inmediato un comercio de esclavos negros africa­
nos, que en breve transformaría la colonia azucarera de la isla de Sao Tomé, en
el golfo de Guinea, en depósito general para abastecer la trata negrera dirigida al
A diferencia de las colonizaciones ibéricas, ricas en antecedentes y de larga histo­
ria, la holandesa comenzó de improviso y sin precedentes, en el curso de una
rebelión de los Países Bajos contra su rey legítimo, el monarca español. Francia e
Inglaterra, con su ayuda a los convirtieron el conflicto interno en una
prolongada guerra de desgaste. Desde nuestro punto de vista, el hecho crucial
sería el cierre de los puertos de la Península Ibérica al comercio y a los buques de
los rebeldes (1586), medida destinada a ahogarlos económicamente. Cuando
dej'aron de llegar desde España las mercancías cuya distribución por la Europa
central y septentrional enriqueda a los Paises Bajos, los holandeses se vieron for­
zados a utilizar los numerosos buques que normalmente empleaban en la nave­
gación de para la búsqueda de esas mercancías en sus lugares de origen.
En 1595 emprendieron por primera vez la navegación de la ruta portuguesa al
Asia, con el fin de adquidr las especias que hasta entonces les habian venido re­
exportadas desde Lisboa. La sal de Setúbal y de otras salinas peninsulares, vital
materia prima para la importante industria holandesa de salazón de pescado, fue
a buscarse en las salinas naturales de Araya, en la costa venezolana. El azúcar
determinó el intento de organizar una Nueva Holanda en el Norte del Brasil
(1630-1654); para dotar de esclavos a sus plantaciones, arrebataron a los portu­
gueses en África las factorías de Sao Jorge da Mina y Luanda (1638,1641), ob­
teniendo así mano de obra a precios mínimos.
Como colonizadores y pobladores, los holandeses fracasaron por completo.
Carecían de experiencia en la vida de frontera y, siendo su país un área de alto
nivel de vida en aquella no consiguieron provocar una emigración sufi­
ciente hacia sus nuevos dominios. Por ello Surinam se desarrolló poco y muy
lentamente; Nueva Amsterdam, establecida en la isla de Manhattan para com­
prar a los nativos las pieles que hasta entonces habían llegado a Holanda desde
Rusia, a través de intermediarios, les fue arrebatada por los ingleses; los portu­
gueses reconquistaron el Norte del Brasil. De todo el gran esfuerzo colonizador
por parte de Holanda no quedaría, al cabo de pocos años, más que una semifra­
casada explotación en Surinam, un puerto de escala y aprovisionamiento en
Sudáfrica -asimismo perdido ante los británicos cuando empezaba a convertirse
en una colonia de poblamiento- y una importante serie de factorías comerciales
en Extremo Oriente. En América consolidaron las llamadas Antillas holandesas,
pomposo nombre adjudicado a un grupito de islas insignificantes; una de ellas,
tuvo desde 1634 la importancia de constituir el primer depósito ex­
tranjero de mercancías europeas que existiría con carácter permanente en el Ca­
ribe' destinado a nutrir el comercio directo -contrabando según la legislación
española- con los Reinos de Indias.
De este modo, en su doble condición de los mayores transportistas maríti­
mos y de los más poderosos mercaderes y banqueros del mundo, los holandeses
inauguraron una nueva etapa en el mundo atlántico. Ellos introdujeron en Amé­
84
GUILLERMO CÉSPEDES DEL CASTILLO
ric<l un avanzado y a la sazón modernísimo capitalismo comercial, protagoniza­
do por una compañía privilegiada por acciones, la West-Indische Compagnie,
fundada en 1621 para el comercio con el Nuevo Mundo, dotada de importantes
medios navales y financieros. La creación del Banco Comercial de Amsterdarn
(1609) y del no menos importante Banco de Crédito (1614) ejercieron un papel
decisivo en la compensación de deudas entre mercaderes y en la obtención de
crédito fácil y rápido. Por otra parte, el fluit o f¡l¡bote, nuevo diseño de buque de car­
ga eficiente y barato, fabricado en serie en los astilleros holandeses mediante el uso
de maquinaria que ahorraba mano de obra, gastos y [iempo muerto, que preci­
saba menos tripulación que cualquier otro prototipo anterior sin pérdida de cali­
dades m<1cineras, otorgó a Holandrt una ahsoluta supremtlcítl en el transporte
marítimo comercia1. Todo ello proporcionó a los negocios coloniales una agili­
dad hasta entonces desconocida y unas posibilidades de capitalización e inver­
sión sin precedentes; permitió acelerar enormemente la velocidad de cjrculación
del dinero y negocíar bienes futuros antes de disponer de ellos, hecho que sin
duda fovoreció la especulación, pero que asimismo hizo posible el desarrollo de
los seguros como ramo finonciero independiente y productivo.
La lección de Holanda, pronto aprendida por otros países, hizo aparecer a
las coJonizaciones ibéricas como ineficientes y anticuadas, al centrar éstas su es­
fuerzo en poblar y producir. El modelo holandés consiste esencialmente en una
pura explotaciólI económica, eficaz e intensa; el único territorio üldispensable es

el pequeño enclave comercial, en la tradición de las antiguas talasocracias; lo im­
portante es generar comercio y regularlo con eficacia. Poblar y administrar
,
,
extensos territorios sería esfuerzo inútil y costoso, digno de arcaicos imperios
continentales. Producir no es la tarea clave, sino comprar, distribuir y negociar
aqueJlo que ultramar produce, vender a los que producen en ultramar. Empresas
civilizadoras y empeños religiosos serán trabajos superfluos, por improductivos
y costosos; fuera de la ética comercial que regula las relaciones entre mercaderes,
cualquier cuestión o principio moral aparece como irrelevante.
El modelo británico
Gran Bretaña llegó a consolidar, en el transcurso del siglo XVII, una serie de
dominios en América que, estructural y funcionalmente pueden dividirse en co­
lonias de poblamiento y de explotación. Estas últimas fueron las más importan­
tes y se extendían desde Virginia a Georgia, en Norteamérica, las continentaJes;
desde las Bahamas hasta las Antillas Menores, las insulares; Jas postreras adqui­
siciones tuvieron lugar Jurante las guerras napoleónk:as, consistic.::ndo en la isla
de Trinidad y la Guayana Británica; la colonia de posición en las islas Malvinas
es aun más tardía; meros campamentos dedicados al contrabando y al corte de
palo de situados en la costa centroamericana del Caribe, sólo llegaron a
arraigar en el actual Belice. En conjunto, constituyeron una serie de asentamien­
tos pequenos, pero de población relativamente densa y explotación económica
intensa, dedicados a la agricultura tropical especializada y destinada a la expor­
tación. En principio fueron los holandeses quienes llevaron a las Antillas Meno­
res, tanto la caña de azúcar --cuyo cultivo inicial en la isla de La Española por
FORMAS DE LA EXPANSiÓN EUROPEA EN AMtRICA
85
los casteHanos fracasó por falta de mano de obra- como el engenho de assucar,
desde el Brasil; pero este moJelo pionero se transformó rápidamente en la pJan­
tation, por meras razones de productividad.
La plantación fue más extensa que el enf{enho, dedicó todo el suelo al culti­
VO comercial, y sustituyó con importaciones los cultivos de subsistencia, la
producción ganadera, la maderera y la artesanal; por otra parte, los dueños de
plantaciones en las Antillas Menores, solían ser absentistas, ya que em más im­
portante negociar las cosechas en Europa que dirigir la producción, tarea ésta
que se confiaba a administradores y subalternos; ten bajando los esclavos en
grandes grupos, implantada la sagrada norma capitalista de lograr beneficios
máximos y perdido el contacto directo entre Jos esclavos y sus amos, no sorpren­
de comprobar que la esclavitud alcanzase allí formas más crueles y opresivas que
en cualquier otra región americana. En el siglo XVIII, la multiplicación de cose­
chas tropic.:ales y el crecimiento de su demanda en Europa incrementaron hasta
tal punto la riqueza de esas islas que generaban mayor volumen de tráfico trasa­
tlántico y mayores ganancias a los comerciantes europeos que todos los Reinos
de Indias, pese a la extensión, población y riqueza de éstos. Sin embargo, su de­
pendencia económica era tan completa que, a poco que se prolongase una situa­
ción de guerra y bloqueo marítimo, la ruina se generalizaba y el hambre hacb su
aparición en las islas afectadas.
Las colonias de pohlamiento fueron inicialmente las de Nueva Inglaterra;
entre ésta y el límite septentrional de surgieron otras posteriormente.
La zona de asentamiento fue costera y muy reducida. Aunque prosperaron de
manera notable en el siglo XVIII, su vertiginoso Lrecimiento territorial, demo­
gráfico y económico es ulterior a su Independencia y guarda poca relación con
Gran Bretaña. A partir de 1670, yen la costa meridional de [a bahía de Hudson,
la compañía peletera de ese nombre estableció unos pocos puestos comerciales.
y desde 1763, la Nueva Francia, convertida en la colonia británica de Canadá,
atravesaría una difícil etapa de transición y no miciará su crecimiento hasta bien
entrado el siglo XIX.
Cabe preguntarse si tan extensa y variada actividad tuvo relación con la ex­
periencia inglesa de la vida de aunque más bien parece que la atención
prestado a la frontera de Irlanda durante el siglo XVI retrasó más que favoreció
la colonización exterior. En todo caso, debe distinguirse entre 1<1 demostrada in­
clinación a emigrar y la copacidad colonizadora de los hobitantes de las islas
Británicas por una parte, y por otra la política colonial de su gobierno. Esta
sistió básicamente en adoptar primero y mejorar después el modelo holandés ya
descrito; su primer objetivo sería arrebatar a Holanda la hegemonía comercial y
marítima, lo que consiguió entre 1652 y 1674, en tres guerras exclusivamente
navales, en las cuales cada parte se propuso como único objetivo destruir la ma
rina de la otra. Simultáneamente, Inglaterra fue promulgando las famosas Navi­
gation Acts, que representan un hábil e inteligente esfuerzo por organizar el co­
mercio colonial y exterior de lo que, tras el Acta de Unión de 1707, iha a ser
Gran Bretaña y su Primer Imperio.
Lo esencial en la política inglesa y luego británica fue siempre el comercio.
Escribió en el año 1727 el primer ministro Robert Walpole: {(nuestro comercio,
87
fORMAS D[ LA EXPANSiÓN I:N AM[RICA
86 GUILLEQ,MO CÉSPEDES DEL CASTilLO
una breve etapa muy amplia e importante. Lo primero que llama la atención es
del que principalmente depende la y la grandeza de esta nacióo»\ y aña­
el hecho de que fuese tan tardía, proviniendo de la nación más grande, rica y po­
diría Pitt, con más dramatismo: «cuando el comercio está en juego no hay retira­
blada de Europa occidental, que contaba con un extenso litoral atlántico y con
da posible, hay que defenderlo o perecec»2, Al servicio de Sil expansión estuvie­
ron la diplomada y la Armada británicas, llegando a convertirse en uno de los excelentes marinos; esto se debió sin duda tanto al escaso apoyo del Estado a las
empresas de exploración y colonización. organizadas desde el siglo XVI por par­
más importantes asuntos de Estado. La política comercial británica alcanzó ple­
no éxito: logró que rodo el tráfico de sus colonías se efectuase en buques británi­ ticulares, como a la comprensible falta de interés por la emigración que mostra­
cos; consiguió monopolizar el comercio de todos sus productos coloniales, que ron los franceses, dado qut: ya vivían en un país rico y próspero. Vimos que, por
reexportó desde Gran Bretaña a toda Europa, en cantidades cada vez mayores y idéntica razón, los holandeses, tan aficionados a navegar y comerciar, fueron
igualmente reacios a establecerse lejos de su patria.
con beneficios crecientes; fue capaz de proveer a touas sus colonias con las ma­
A los franceses les caía ya bastante lejana su experiencia en la vida de frontera,
nubcturas de ta industria metropolitana, que resultó así estimulada a emprender
a Ja que se adaptaron, sin embargo, en NUrlt:américa, con relativa facilidad e in­
la llamada RevolucIón Industrial; por último, además de defender todo e! merc"­
dudable éxito. Por el contrario, Francia se hallaba empeñada en la tatea de forjar
do imperial contra intromisiones extranjeras, logró penetrar con sus buques y
su unidnd nncional primero, de superar la difícil época de sus guerras de religión
mercancías en los mercados ajenos, participando en el cOlllt:-rcio exterior de las
Indias españolas, de! Brasil y de las colonias francesas. y, finalmente, de ampliar su territorio y conseguir una poslción hegemó­
nica en Europa. Cuando Luis XIV se esforzaba en alcanzarla, su influyente mi­
Dentro del sistema imperial, diseñado en función de los intereses de la metrów
nistro Jean Baptiste Colbert trató de convencerle de que Francia podín y debía
poli, Gran Bretaña permitió una líbert<lJ Je comercio bastante amplia. De este
ser una gran potencia comercial, marítima y cofonial. El Rey Sol, empeñado en
modo, las colonías de Nueva Inglaterra, por ejemplo, pudieron comerciar con Te­
rranova, España, Portugal y, sobre todo, con las Antillas inglesas -asimismo, más convertir a Francia en una gran potencia continental, optó por añadir al concep­
to de la grandeur de la France las ideas de su ministro. Colbert diseñó entolll:es
o menos ilegalmente, COn las francesas, españolas y holandesas- hecho que deter­
las grandes ordenanzas reguladoras de la marina (1671) Ydel comercio (1673),
minó la clave de su prosperidad en el siglo XVIlI; COIl las ganancias de esos tráficos,
instaurando el sistema que se denominó l'Exclusif; consistía en especializar a las
los mercaderes de Nueva Inglaterra podían adquirir manufacturas inglesas y así, a
través eJe nexos crediticios y de negocios, quedaban en situación de dependencia colonias en la producción de materias primas con destino a la metrópoli yen su

económica respecto de la metrópoli. Exceptuada la regulación del comercio y del reexportación desde ésta al resto de Europa; a su vez Francia haría de las colo­
11"
11.
"
,
tráfico marítimo, Gran Bretaña dejó roda lo demás en manos de la iniciativa priva­ nias un mercado para la exportación de sus manufacturas.

l
da, que actuó movida por el interés económico, delegando en los particulares toda La colonización francesa en América
1
como resultado de todo lo menciona­
do, tuvo un muy predominante signo económico y cOIllt:rcia1. En las Antillas,
clase de servicios públicos a través de concesiones de tipo señorial, otorgadas a in­
entre 1625 y 1697, un grupo de ricas islas -entre ellas
11.
dividuos o a compañías comerciales. La Corona británica dejó en manos de los co­ Francia llegó a reunir
l
tre.
lonos la responsabilídad de organizar su vida y configurar sus institudunes, no in­ Santo Domingo, parte occidental de la isla de La Espnñola- que nada tuvieron
que envidiar como colonias de explotación a las británicas en cuanto a producti­
terfiriendo en la organización política interna de las colonias; nunca pensó
Londres en enviar a éstas --como hizo España- una burocracia estatal eficaz, nl vidad, rendimiento económico y actividad comercial. La Guayana francesa tuvo
en cambio un desarrollo muy lento y difícil. En Nortenméricn, las activid"des
en reglamentar el desarrollo y configuración de las ue las sociedades coloniales: en
tanto que prosperaba el comercio, todo el resto se jU7,gÓ innecesario, adoptándost: francesas más relevantes fueron la pesca, practicada en gran escala en los bancos
una actitud de benigno abandono (beningn neglect), lo que permitió que las aSnm­ de Terranova, y el comercio de pieles, llevado a cabo por los audaces coureurs
de bois, prodigiosos exploradores a quienes no tardaron en seguir audaces mi­
bleas coloniales fueron extendiendo su control sobre el gobierno local.
sioneros católicos. No se escatimaron esfuerzos para establecer una colonia de
Los modelos menores
poblamit:nto, una Nueva Francia, en torno a Quebec y a lo largo del río San Low
renro, cuya!'i funciones estribMían en dar solidez y pennanenda a lus negocios
de la pesca y las pieles y, por añadidura, en aprovisionar a las Antillas Francesas
En una síntesis tan breve como la presente, sólo es posible la simple mención de
de manera análoga a como Nueva Inglaterra lo hacía con respecto a las Antillns
colonizaciones como la sueca y la danesa, ambas de tipo comercial, poco t:xren­
Británicas. Pero ni Quebec , ni luego la Louisiana, siempre escasísimas de pobla­
sas y duraderas. Debe, sin embargo, prestarse atención a la colonízación france­
ción, pudieron cumplir satisfactoriamente tales funciones, hecho que originó que
sa que, no obstante haber dejado huellas territorialmente reducidas, fue durante
el conjunto de los dominios franceses en América resultase débil desde e! plinto
de vista económico. La tenue ocupación de territorios extensísimos no permitió
La frnsc original es; «OUI Commerce, upoo which the richoess and grandcur of this nation
su defensa eficaz ante la agresividad británica. De este modo, las colonias fran­
ch.íefly
1.
dcpends».
cesas de Norteamérica desaparecieron en 1763, sin que el gohierno de París se
La frnsc original es: «Whell trade is at stake, it is YOUI last Ietrenchmcnt; you musr defend it
2.
molestara en defenderlas o conservarlas.
or perish».
88
GUILLERMO CtsrEDES D[L CASTILLO
Al decidir la monarquía francesa constituirse en gran potencia continental y, a
la vez, marítima y colonial, vino a colocarse en la misma difícil y a la larga
nible posición de la monarquía española en el siglo XVI, con el agravante de que
los Austrias de España heredaron esa situación y trataron únicamente de defenderla
y mantenerla, pero Luis XIV pudo, por el contrario, elegir entre varias opciones,
entre ellas la que siguió Gran Bretaña hasta convertirse en la primera potencia
marítima del mundo. Otro hubiera podido ser, en este caso, el resultado de la gi-
gantesca pugna franco británica, que no concluyó hasra 1815, con la derrora fi-
nal de Francia.

,

.'
l


4
PROPÓSITOS Y FINES DE LA EXPANSIÓN
Juan A. Ortega y Medina
EL CERCO DE EUROPA, DE LA RUPTURA A LA EXPANSIÓN
El descubrimiento europeo de nuevas tierras y nuevas gentes, y la exigencia
apremiante de dar razones sobre unas y otras para aceptarlas dentro de la cos-
movisión entonces vigente, de acuerdo con el cuadro histórico y científico de la
época, para incluirlos, en suma, en el esquema jerárquico tradicional, no fne em-
presa fácil ni de un día.
A lo largo de toda la Historia del mundo medieval de occidente, los cristianos
tuvieron que aceptar o rechazar la presencia de pueblos, razas y culturas que por
todas las fronteras del mnndo civilizado presionaban para saquear, conquistar y
drenar las riquezas de esa pequeña porción peninsular de Euroasia: galos, partos,
hunos, mongoles, tártaros, árabes y turcos entre los más audaces y destructores.
Reyes y papas, juristas y teólogos, misioneros y comerciantes, caballeros, soldados
y mercenarios, mercaderes, artesanos y siervos tuvieron que hacer freme al alud
destructor inicial, y durante siglos de terca, obstinada y dura lucha alcanzaron un
difícil equilibrio de convivencia, de aceptación o de rechazo violento. Se trataba de
la oposición tenazmente periódica del desierto nómada frente al oasis fecundo, di-
cho sea en los términos histórico-filosóficos de Abenjaldum; de la pugna dialéctica
entre la harbarie y la civilización sedentaria, agrícola e intelectualmente cultivada.
La actitud política imperialista de la agresiva Roma en los territorios conquistados
por ella en Europa, África y Oriente, no fne únicamente para asegurar la perviven
H
cia del pueblo latino mediante los tributos de los países conquistados, sino también
para afirmar las fronteras del Imperio. Recuérdese a este propósito que los galos
estuvieron acampados a las pnertas de Roma, vae victis roman;!; que los partos de-
rrotaron a los romanos en los años 53, 39 y 20 a.n.e. y nunca fueron totalmente
sometidos, como tampoco pudo romanizarse completamente la Germania tras la
derrota de Varo en la selva de Teutoburgo (9 a.n.e.) y que Atila penetró en Italia
en el año 451 n.e. y al año siguiente se retiró de Roma ante la presencia del papa
León el Grande. La derrota del guerrero en los Campos Cataláunicos por las fuer-
Zas germanorromanas mandadas por Aecio libró a la civilización occidental futnra.
L<:J. Europa cristiana intentó más de una vez romper el cerco (Cruzadas: siete
de 1096 a 1270) y evitar la amenaza fronteriza permanente o, cuando menos,

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