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Jiao Lian y el secreto milenario del Coaching

por Guillermo Echevarría
Cuando tomé conciencia de que iba a ser papá de Rosario empecé a pensar en
todas las cosas que podríamos hacer juntos a medida que ella fuera creciendo y yo
aprendiendo a ser su padre. Eran tantas las ideas que decidí armar una lista para
asegurarme de acordármelas a todas. Andar a caballo, remontar barriletes,
componer canciones o descubrir la luna; pero entre todas ellas hubo una que me
cautivó poderosamente: plantar y cuidar un árbol. Al principio pensé en plantarlo
juntos, pero como para eso todavía faltarían algunos años decidí que podía
plantarlo yo y, de esa manera, el árbol tendría casi la misma edad que ella. Como si
se tratara de su hermano mellizo.
-¿Pero qué árbol? –me pregunté mientras agarraba las llaves de casa y salía en
dirección al vivero de la otra cuadra.
-¡Un Ombú! –dije pensando en los buenos momentos que había pasado jugando
entre las raíces gigantescas del que aún hoy sigue creciendo frente a la casa de mis
padres. Pero, al llegar al vivero, me enteré de que no tenían Ombúes. O sí, pero no
quería ni pensar en lo que me había contestado el empleado del lugar.
¿Un Ombú Bonsai? ¡Ni loco! Eso era exactamente lo opuesto al ser frondoso, de
raíces inmensas y capaz de resistir todos los vientos, que yo había imaginado.

Volví a casa un poco desilusionado con mi intento fallido, y decidí ponerme a
investigar sobre éstos árboles. Lo primero que me enteré fue que, técnicamente, el
Ombú no es un árbol, porque los científicos lo han etiquetado como hierba.
Reconozco que la clasificación me molestó un poco porque, si se trata de un pasto,
hay que reconocerle que se ha ganado la reputación pública de árbol.
Los días que siguieron entré en todos los viveros que conocía y también en los que
cruzaba por casualidad, pero ninguno tenía Ombúes. El tema quedó olvidado en el
cajón de los intentos hasta que un día me dí cuenta de que Rosario ya estaba en su
octavo mes y llegaría al mundo en cuestión de semanas. Si quería que tuviera a su
árbol mellizo tenía que hacer algo y rápido.

Como no sabía por donde empezar decidí volver al vivero de mi zona para pedir
que me indicaran dónde podía conseguir uno, aunque ya estaba empezando a
pensar en comprar cualquier otra planta.
Me atendió el mismo empleado, dijo que no tenía idea de dónde podía encontrar mi
Ombú y me dí cuenta de que no se acordaba de mí cuando volvió a ofrecerme un
Bonsai. Me quedé en silencio, con la mirada perdida entre las plantas, deseando
que me hubiera contestado alguna otra cosa.
-¿Lo puedo ayudar en algo más?- interrumpió él.
-Sí –contesté- ¿Qué cuidados necesita un Bonsai?- Todavía no sé por qué pregunté
eso. La sola idea de los pobres arbolitos atrofiados a propósito me generaba
rechazo.
-Hay que humedecerle la tierra cada vez que se seca, podarle las hojas nuevas e
irle dando forma con este armazón –contestó señalando un Olmo que tenía hojas
diminutas y escasas ramitas atrapadas entre alambres.
-Además –dijo tomando entre sus manos al que tenía el cartelito de Ombú y
acomodándolo en una estantería más alta- una vez por año hay que podarle las
raíces, pero eso es mejor que lo haga un especialista. De pronto imaginé al Ombú
comprado por una señora que lo colocaba en una habitación oscura, sobre el
televisor o como centro de mesa, a modo de adorno para cuando vinieran visitas.
Pude sentir cómo sus intentos por crecer bajo una luz artificial eran interrumpidos
sistemáticamente en cada nueva hoja y cómo, sin ninguna consideración, una vez
por año removían la tierra para quitarle sus raíces.
-¿Y si no se podaran las raíces qué pasaría? –creo que pregunté en nombre del
Ombú.
-Corre peligro de que se desarrolle –me contestó.
-¿Cuánto?
-Y… en unos años se puede hacer como de este tamaño –dijo señalándose la
cintura.
-¿Nada más? –dije con desilusión.
-Y no, porque para eso está la maceta que le atrofia la raíz…
-¿Y si lo pongo en una maceta más grande? –volví a preguntar yo, que ya estaba
sufriendo más que el arbolito.
-Entonces va a crecer más.
-¿Cuánto más?
-Eso depende del tamaño de la maceta –contestó.
-¿Y si lo trasplanto y lo coloco en un jardín o en el medio del campo?
-Ahí se le puede convertir en un árbol gigantesco.
-¿Seguro?
-Claro –dijo riéndose por mi sorpresa- la gente cree que los Bonsai son un tipo
especial de árbol o que están genéticamente modificados para ser enanos, pero no
es así.
-¿No? –pregunté entusiasmado con la posibilidad de rescatarlo de semejante
destino.
-No. Cualquier árbol o arbusto puede ser convertido en un Bonsai si se lo coloca
en una maceta suficientemente pequeña y, entre otras cosas, se lo poda con
regularidad.
-Mire –le dije- me convenció. Lo voy llevar –un gesto de sorpresa casi
imperceptible de su rostro me hizo reír pensando que el tipo se estaría preguntando
de qué me había convencido y para qué compraba yo un Bonsai si lo que quería era
un árbol enorme.
Cuando llegué a casa quité con cuidado los alambres, lo trasplanté a una maceta
tres veces más grande con fertilizante, le mojé las hojas, y lo coloqué en el balcón
de mi habitación.

Con el tiempo, Rosario, aprendió a regarlo y
cuidarlo para que creciera fuerte y sano y
cuando ambos cumplieron tres años
decidimos pasar el Bonsai de la maceta al
campo. A esa altura yo ya había aprendido
que, en chino, Bonsai significa árbol en
maceta y pensé que era hora de dejar de apodarlo Bonsai para que tuviera un
nombre acorde con el árbol que bullía dentro de él. Creí que iba a ser sencillo, pero
ningún nombre me convencía. Quizá porque quería uno que sintetizara todo lo que,
ahora, ese Ombú significaba para mí.
Había ido con Rosario a visitarlo al campo y mientras disfrutaba viéndola limpiarle
las ramas nuevas y jugar alrededor de las prometedoras raíces resultado de su
transformación, pude sentir cómo ése Ombú me había inspirado a mirarlo siempre
con ojos de posibilidad y a tratarlo en cada minuto como al árbol que yo sentía que
él quería ser. Eso era exactamente lo mismo que otros maestros y coaches habían
hecho en relación conmigo; lo que seguramente sus maestros hicieron con ellos y
lo que probablemente hizo el primer maestro con el primer aprendiz de todos los
tiempos: Ser posibilidad para que aparezca una nueva realidad. Es lo que también
yo invito a empresarios y gerentes a hacer consigo mismos y con sus equipos.
Junto a ese árbol se había despertado lo mejor de mí, y entonces comprendí que él
siempre había sido Jiao Lian, que en chino quiere decir coach; y que para mí
significa: jardinero de posibilidades; partero de realidades.

Tu Minuto de Coaching
Somos pura posibilidad, pero nunca podremos crecer más allá del
espacio de relación que hayamos creado con otros y con nosotros.
Por eso, en este minuto presente, te invito a preguntarte ¿Estoy
dispuesto a triunfar pidiendo ayuda o sólo voy a sentir que tiene
mérito si lo hago sólo? Y ¿Es posible hacer algo completamente
sólo? Para nacer hemos necesitado que alguien apostara por
nuestra posibilidad. ¿Cómo serían tu vida y tu empresa si fueras
capaz de renacer y reinventarte cada día?

Guillermo Echevarría
www.decoaching.com