Infame Eliza

INFAME

La Ley del Karma es aquella ley que ajusta sabia e inteligentemente el efecto a su causa. Todo lo bueno o malo que hemos hecho en una vida, nos traerá consecuencias buenas o malas para ésta o próximas existencias. No debemos olvidar los proverbios Cristianos: "el que siembra rayos, cosecha tempestades"; "con la vara que mides serás medido y con ventaja", "ojo por ojo y diente por diente" y "el que a hierro mata a hierro muere". La Ley del Karma gobierna todo lo creado, y es una ley inmodificable. Esta se conoce en las religiones como "justicia celestial". Quien viola una ley crea dolor para sí mismo. http://www.anael.org/karma/index.htm

I. ELIZA DARLING La revista… todo estaba en la revista… los detalles, las fechas… las imágenes… Demonios… esas imágenes que torturaban y lastimaban como finas puñaladas en blanco y negro. Los ojos verdes se clavaron en el espejo de plata. Escrutaban los tonos rojizos de sus rizos cuidadosamente peinados y rematados en un lazo del mismo tono de sus ojos gatunos. Con movimientos felinos, la mujer soltó el lazo y sacudió su cabellera. La pesada fragancia oriental que tanto favorecía la dama se esparció por el ambiente con más fuerza. Vestía con un kimono de seda roja que demarcaba las curvas voluptuosas de su cuerpo. Se miró en el espejo una vez mas tratando de copiar la sonrisa de la chica rubia que resplandecía de felicidad junto al guapísimo caballero vestido de etiqueta. El aura de amor que los rodea era casi perceptible aun en la fotografía en blanco y negro de la revista. - ¡Cómo te odio! - grito la orgullosa dama – No es posible que una criada como tu se comprometa con alguien tan importante y mucho menos antes que yo. Para su vergüenza, una vez mas su antigua dama de compañía obtenía lo que Eliza desearía tener pero nunca sería de ella: primero el rubio amante de las rosas, luego el rebelde actor inglés de su adolescencia y ahora en sus años juveniles, cuando la vida le había pasado la cuenta a su familia, la odiada huérfana se llevaba al soltero mas codiciado de dos continentes. Eliza Leagan había dedicado los mas recientes años de su joven vida a divertirse descaradamente con todos los hombres disponibles a su alrededor. El estado civil de los susodichos era lo menos importante porque hacia mucho tiempo que Eliza descubrió que ninguno de los hombres que conocía tenían potencial de maridos, ni en la cama ni socialmente. Esos tipos solo eran un medio para seguir a flote socialmente hasta que algo o alguien realmente sorprendente sucedieran en su vida. No importaba si el tipejo era gordo, flaco; caballero o gañán; viejo o joven. Lo importante era que todos de alguna forma podían ayudar a Eliza. Aunque, para un psicólogo conocedor de la naturaleza humana no habría sido difícil notar su marcada preferencia por los hombres maduros y bien forrados de billetes.

Su ambición infantil y continuos berrinches habían dado paso a un desmesurado amor por las cosas buenas de la vida: las joyas, los viajes y los vestidos más finos. Lujos todos que su padre no podía concederle desde que su familia se fuera a la quiebra. Pero ahondando mas aun en la psique de la joven Leagan, se descubriría un amor y odio insanos por ese padre pelele, incompetente y machista. Su necesidad de amor lo suplía buscando en esos pobres diablos ricachones, lo que su desgraciado padre no podía o no quería darle ni material ni espiritualmente. El objeto de su odio inmediato y eterno, la bella Candice White, la huérfana, la criada, la dama de establo como su sarcasmo de niña la había bautizado, se había abierto paso en la vida sin empujar a nadie, sin dañar a nadie. Únicamente dando lo mas preciado que tenía, su amor, su corazón sincero y su devoción por los que necesitaran de ella. Aun la aliada mas fuerte con la que contaba Eliza, la orgullosa Tía Abuela Elroy, había dado su bendición y expresado abiertamente su beneplácito ante la tan comentada boda del líder del Clan y cabeza de la familia: William Albert Andrew V. - Candy y Albert se casan… - en su odio desmedido la mujer arrastraba las silabas y los objetos finamente colocados sobre su tocador. Los delicados frascos de Lalique, los costosos perfumes y las joyas sonaron a baratijas al caer sobre el piso de madera. Lagrimas de profundo odio y envidia arrasaron los ojos verdes. Sus manos se crisparon sobre los, ya de por si raídos, tapices venecianos que decoraban la recamara, desgarrándolos, estrujándolos y revolviéndolos. Como una gata en celo se revolcó por el piso, el frágil kimono de seda rojo se rasgó de arriba a abajo exponiendo su piel aceitunada. Las garras que eran sus manos se movieron violentas y eróticas sobre sus pezones erguidos, sobre su plano vientre trigueño y por entre sus piernas abiertas hasta encontrar el centro ardiente de su deseo. Con una sonrisa complacida, deslizo un dedo en su húmeda intimidad. El placer la embargó al acariciar el centro de placer que tan bien conocía desde niña. Desde que recordaba, era únicamente este auto placer lo único que lograban sacarla de sus crisis neurasténicas. Cuando las intensas oleadas de placer la fueron embargando cada vez más y mas, Eliza aceleró el ritmo de su caricia. Pronto sintió como todo su ser estallaba en espasmos convulsivos que sacudían su excitada pelvis y la obligaban a abrir mas y mas sus piernas y a arquearse hacia el techo en una cruda ofrenda de su excitada flor a quien sabe que dioses paganos de la sexualidad. En esos instantes parecía que todo el universo y sus placeres se concentraban en su entrada húmeda y palpitante. En ese momento y solo en ese momento, Eliza Leagan se olvidó de la inminente boda de su odiada enemiga gratuita. Unos segundos después retiró los largos y húmedos dedos de su todavía palpitante gruta para llevárselos a los labios rojos y secos de tanto gemir. Albert – pensó- Si solo esto lo pudiera hacer contigo. Conocer este placer que me embriaga contigo. Seria como viajar al paraíso. Un hombre de su experiencia conocería los placeres más eróticos y sería un gran maestro en las artes amatorias. Solo de pensarlo sus entrañas palpitaron en anticipación. Sonriendo enigmáticamente, la mujer gata expresó a gritos su ardiente deseo mientras golpeaba el piso:

- Albert… quiero que tu me poseas… no quiero que seas de nadie mas sino para mi. Solo de imaginarse que las manos del incansable vagabundo Sir William Albert Andrew V acariciaban su sobreexcitado cuerpo y de sentirse poseída por el, su cuerpo una vez mas se arqueó en busca de ese amante imaginario que suponía descomunalmente bien dotado. II. ALBERT Y CANDY Una hora después, tras haberse bañado, perfumado y cambiado el desgarrado kimono por un elegante vestido color cenizas de rosas y un elaborado sombrero adornado por plumas de pavo real, Eliza bajó la escalinata de la casa hipotecada y medio en ruinas: el último bien de familia que les quedaba a los Leagan y del cual ella renegaba. Únicamente, el temor al ostracismo familiar la había detenido de aceptar el palacete ubicado en lo mejor de Chicago que uno de sus generosos amantes le había ofrecido. Eliza Leagan, trepadora social, sanguijuela y ramera de los niveles altos de Chicago abrió la puerta de su ruinosa residencia. Ya su familia no podía darse el lujo de tener criados. Una mueca de envidia curvo su pintada boca al pensar que su antigua sirvienta, ahora era atendida por el pequeño ejército de criados de la familia mas distinguida de Chicago. Seguramente tendría una doncella francesa contratada exclusivamente para atender su guardarropa, bañarla, vestirla y peinarla como a una muñeca. En cambio ella, seguía colgando sus vestidos y tocados en los antiguos roperos que caritativamente la tía abuela les había prestado. Vestidos y tocados pagados con la riqueza de sus generosos amantes que se guardaban en un viejo ropero prestado. -No es justo- expresó en voz alta sin percatarse de que Madison, el chofer que la tía abuela había puesto a su disposición, la observaba con temerosa admiración y deseo. El la saludó cortésmente, saludo que ella ignoró por un instante, perdida en sus pérfidas meditaciones. Finalmente, Eliza lo envolvió en su cáustica mirada verdosa. Sabía la influencia que su cuerpo ondulante ejercía sobre el incauto joven y como vieja conocedora de los deseos masculinos sabia que el moría por poseerla. Pero su deseo no estaba en los planes de Eliza porque aunque joven, rubio y bien parecido, Madison no podía aspirar a los favores de la Señorita Leagan. Favores que únicamente el dinero podía comprar. Favores que ahora ella quería ofrecer al riquísimo y muy guapo prometido de Candice White. Contempló con gran placer la abultada erección del sirviente y las manos temblorosas que abrían la puerta del Ford, regalo de cumpleaños de la tía abuela. Apenas si lo rozó al pasar disfrutando la morbosa sensación de saberse deseada por este criado y gozando ante la certeza de que el jamás la tendría. Con ademán altivo y resuelto, la orgullosa dama se acomodó en el asiento trasero y dio la orden de enfilar a las elegantes oficinas del tío abuelo William.

Hacía mucho que no se acercaba por el despacho de Sir William porque George Johnson cuidaba de su otrora pupilo como un cancerbero. Pero ella sabría darse maña para burlar su vigilancia y abordarlo en la intimidad de su oficina y ¿quién sabe? Talvez esta misma noche acompañaría a William al apartamento que sabía conservaba en las afueras de la ciudad. ¡Cómo ardían sus entrañas ante la perspectiva de pasar la noche con él! ¿Cuán generoso sería el con una amante? (…) La mujer subió las escaleras de prisa, sonriendo burlonamente y pensando que las cosas habían funcionado mejor de lo que esperaba. George no estaba en su puesto ni la secretaria madura que sabía alguna vez había trabajado para su padre. El noble Sir William Albert Andrew V se había asegurado de que todos los empleados y criados de la familia Leagan no pasaran necesidad, luego de que el Señor Leagan perdiera todos sus bienes en la terrible crisis que los dejara en la calle. Con cautela felina avanzó por el pasillo que la separaba de la pesada puerta de roble tras la que sabía había una mullida alfombra de pared a pared color ámbar que contrastaban exóticamente con los tapices africanos de las paredes, un elegante y escritorio de finas maderas orientales, costosas lámparas de Tiffany cuidadosamente elaboradas al gusto del sofisticado caballero. Recordó el confortable diván de cuero marrón y los sillones cubiertos por finos tejidos africanos, las gloriosas fotografías en blanco y negro, de la prodigiosa sabana africana que la cámara Kodack de Stear había capturado para su tío, en uno de sus recientes viajes al continente Negro. Tras el sorpresivo retorno del joven inventor al seno familiar al término de la guerra, el chico parecía mas inquieto y dispuesto a disfrutar de la vida al mas puro estilo del bienamado tio abuelo Williams. Todo eso estaba a un empujón de su mano sobre la puerta oscurecida por los años. La mano de afiladas uñas rojas acarició la fina madera y para su sorpresa cedió a la leve presión. Todo parecía estar a oscuras y le tomó a sus gatunos ojos una fracción de segundo acostumbrarse a la penumbra reinante. Las elaboradas estatuillas y máscaras de madera, ámbar y marfil, regalos de los jefes tribales con los que Sir William mantenía cercana relación arrojaban curiosas formas sobre las paredes y los muebles. El aguzado sentido del oído de gata que caracterizaba a Eliza captó un ligero murmullo que la hizo abrir más los ojos primero de curiosidad y luego de asombro. Porque ahí, en la penumbra del despacho, oloroso a cuero y antigüedades se dibujaba la silueta de dos apasionados amantes. Los rizos inconfundibles de la mujer caían en suave desorden sobre la pulida superficie del escritorio en el que el alto y varonil amante la tenía recostada. La actitud de adoración con la que él buscaba sus labios, su armonioso cuello y la curva sedosa de sus senos blancos como la leche se hacia eco en los gemidos de placer que emitía ella. Cual instrumento bien tañido, el casto cuerpo de Candice White respondía a las sabias caricias intimas de su bellísimo amante.

Eliza contuvo la respiración, temerosa de ser descubierta contemplando esta escena tan intima. Nunca pasó por su imaginación que Albert y Candy se rindieran al grato placer de descubrirse eróticamente antes de la boda. No por Albert a quien siempre consideró muy viril sino por la insignificante dama de establo a quien ella tanto despreciaba. No ignoraba Eliza que Candy había honrado la promesa que hiciera a la difunta señorita Pony que cuando se casara de blanco sería testimonio de su virginal pureza y no por que así lo manda la tradición. Sabía que con Terry Granchester la relación no había pasado de un pueril enamoramiento de adolescentes que se había desvanecido así como se había iniciado sin ir a ningún lado. Pero parecía que en estos momentos la promesa se le había olvidado a la jovencita y que su dulce seductor estaba más que dispuesto a darle lo que su cuerpo pedía en cada tierno gemido. La lujuria, natural el ella, dio paso a la envidia de ver a Candy disfrutando en los brazos de su prometido. Las finas manos manicuradas de la chica se perdían en la melena revuelta del hombre que la besaba. Un fino rayo de luz hirió la hermosa gema que lucia en su mano izquierda. El hermoso solitario, regalo del generoso y enamorado galán cuyo cuerpo entero parecía estar perdido en el deleite de este encuentro furtivo. Sobre el piso yacía el collar de diamantes más impresionante que Eliza había visto en su vida. Esas joyas eran, seguramente, regalos del generoso Sir William. Su mente depredadora rápidamente pensó que provecho sacar de lo que estaba observando en este momento. Seguramente, al buen Sir William no le convendría que alguien supiera de estos encuentros clandestinos. Eliza sabía que Albert jamás se fijaría en ella como mujer, después de todo era su sobrina y si en alguna ocasión se había dignado a posar sus ojos acerados en ella, había sido con una cortés frialdad. Pero talvez pudiera utilizar en su beneficio lo que estaba presenciando. Definitivamente los prometidos se encontraban secretamente, con la complicidad de George para disfrutar de las mieles de la pasión. Las cosas se ponían más y más ardientes entre la parejita y Eliza quería seguir observando cada vez más excitada. Pero su orgullo pudo mas que su natural curiosidad y lascivia y se alejó de ahí. No podía más que felicitarse ante la buena fortuna de estar ahí en el momento preciso para descubrir que Albert tenía un punto muy vulnerable: su ardiente sexualidad. Su mente siniestra comenzaba a maquinar lo que haría para destruir la relación del tío abuelo y Candice White.

III. TRES VECES INFAME Eliza casi no pudo dormir las siguientes noches ante la perspectiva de sus planes para dañar a Candice. Candice era una obsesión para ella y no iba a escatimar recursos hasta acabar con su felicidad.

No había sido difícil indagar lo que necesitaba para lograr su cometido. Ya había engañado a Candy en más de una ocasión. Esta no sería la excepción y finalmente, en esta tercera ocasión, ella caería en la trampa que Eliza le tendía. Haciéndose pasar por Candy, había escrito una nota citado a Albert en uno de los pabellones solitarios de la vieja casa familiar en Lakewood. Sabía que ese día Candice estaría trabajando como voluntaria en la Cruz Roja y no habría forma de que Albert sospechara nada porque sabía que la pasión y el deseo por su prometida lo consumían. Miro burlonamente los objetos que colocaba en la enorme sombrerera amarilla que pensaba llevar consigo a la cita. El perfume de rosas que la dama de establo tanto favorecía, el sencillo uniforme de enfermera y por supuesto el moño rojo con el que pensaba atar su cabello permanentado. Lograr los rizos voluptuosos de Candy le había costado mucho dolor y lágrimas, pero como había dicho la vieja cosmetóloga que lo realizo: ¿Quiére marrones la señora? ¡Pues aguante tirones! Y vaya que había aguantado pensando en que valdría la pena con tal de sacar ventaja de una vez y para siempre de la mojigata Candice White. Todo iba según los planes de Eliza. Llegó a Lakewood con anticipación a fin de preparar su disfraz. Caracterizarse como Candy no sería difícil aunque si muy humillante. Que asqueroso se le antojaba vestir un vil uniforme. Ya vestida y perfumada se aseguró de que las ventanas del viejo pabellón estuvieran todas cerradas para que ni un pequeño rayo de luz la pusiera en evidencia. No le importaba que tuvieran que hacerlo en el piso porque estaba tan deseosa de quitarle el novio a Candy que los pequeños detalles no la iban a detener. Casi temblaba de excitación mientras esperaba a que el galán apareciera por ahí. Las sombras de la noche empezaron a caer y Eliza contemplaba nerviosamente los detalles de la raída alfombra cuando unos pasos se escucharon presurosos por el sendero que conducía al pabellón. Quiso asomarse para ver pero únicamente distinguió una sombra alta y masculina que se aproximaba rápidamente. La puerta se abrió y cerró de golpe y la mujer se acercó rápidamente a su visitante. Sin decir palabra lo abrazó y buscó sus labios. Por experiencia sabía que entre mas excitado esta un hombre, menos piensa en quien o que tiene entre sus brazos. La mujer presionó su sensual cuerpo contra el cuerpo masculino y pudo sentir su ardiente erección. Con gran destreza deslizó su mano hasta alcanzar la bragueta y buscó el órgano palpitante que tanto anhelaba sentir en su mano… en su boca … en sus entrañas. Con rapidez se puso de rodillas para tomar en su ardiente boca la erección ardiente del sorprendido visitante. Casi se desmaya cuando sintió su palpitar húmedo dentro de su boca. Definitivamente, Sir William estaba mas que bien dotado, tal y como ella lo había intuido. Los gemidos del hombre la hicieron comprender que de continuar sus eróticas caricias, todo terminaría para él en unos segundos y Eliza quería que la noche fuera larga, interminable y ardiente. Por eso retiró su experta boca y se puso de pie. Pero no por

mucho tiempo porque el hombre la derribó sobre el frío piso y con destreza alzó la falda del uniforme y retiró sus bloomers. Con sabiduría Eliza abrió las piernas, esperando las caricias del hombre en su centro bastante excitado y humedecido. No cabía en si de felicidad cuando las manos y los labios del hombre comenzaron a acariciar sus muslos abiertos. Cuando finalmente hicieron contacto con su expuesta feminidad, Eliza pensó que iba a estallar. Oleadas de intenso placer se sucedieron cuando el la penetró con dos dedos al tiempo que su lengua acariciaba su diminuto botón de placer. El hombre no perdió tiempo y rápidamente la montó, penetrándola de golpe y llenando sus entrañas con el calor de su ardiente pasión. El roce de su órgano erecto la hacía gritar como una posesa, y sin embargo ella sabía que habría mucho más que esperar esa noche. Completamente ebria de placer y deseo, Eliza no se inmutó cuando el la hizo girar y expuso su trasero al aire. Sabía que algunos hombres gozaban penetrando a las mujeres por detrás y ella moría por sentirlo desgarrando cada uno de los orificios penetrables de su cuerpo. Caía la noche cuando finalmente el cansado y satisfecho cuerpo de Eliza, alcanzaba el décimo y ultimo orgasmo. En medio de su lascivia, Eliza recordó como se había encargado de destruir la naciente relación entre Candice y Anthony. Gracias a ella el chico había muerto en el accidente de caza y se las había arreglado para que todos culparan a la dama de establo. Mas tarde en el Real Colegio San Pablo, había manchado la reputación de la jovencita, al involucrarla en el famosísimo escándalo del establo. Únicamente Eliza y las otras chicas que Terry Granchester padroteaba en esos años escolares sabían que Candice era demasiado pura para prestarse a los juegos eróticos del actorcito y sus amigotes. Y ahora, Eliza tenía entre sus piernas al divino amante de Candy o mas bien divino ex amante porque luego de lo que había vivido él seguramente dejaría plantada a la mustia huerfana. Albert – suspiró ella, hablando por primera vez en toda la noche – que feliz me has hecho. ¿Lo has disfrutado tanto como yo? Hubo un largo silencio y sorpresivamente la puerta del pabellón se abrió de golpe. La luz de una lámpara iluminó la escena. La lámpara la portaba la odiada enemiga de Eliza y junto a ella, en toda su gloria, el soltero mas codiciado de dos continentes: Sir William Albert Andrew V. La sorpresa reemplazó al sobresalto de la desnuda Eliza. Con rapidez buscó el rostro del ardiente amante: Madison, el chofer. La habitación comenzó a girar a su alrededor. No era posible. ¿Cómo es que Albert no había llegado a la cita? ¿Cómo es que Madison, el chofer había terminado encamado con ella? Con un grito enloquecido de horror, la perversa Eliza se desmayó.

IV. EL TRATAMIENTO CANDY: De verdad siento mucho que las cosas hayan sucedido así, y que de alguna u otra forma te sientas agredida por mi, pero todo lo que he hecho lo he puesto en las manos de Dios, y lo he hecho disfrutando plenamente del amor del amor que Dios ha puesto entre Albert y yo, se que eres una dama en toda la extensión de la palabra, y yo tambien soy una, y lamento de verdad hacerte sufrir o trastornar, se que eres una buena persona y se que Albert te quiere mucho por ello, por lo buena persona que eres, y he tratado de respetar sus sentimientos, porque lo amo, y cuando tu amas, el mundo se transforma, pero cuando tu amas y te es correspondido, el mundo no se transforma, ya que simplemente deja de existir, y deja de existir porque conoces algo superior que la vida misma. Hay cosas que la vida nos pone en el camino, y hay cosas que nos da mas duro aprender, pero Dios nunca nos desampara y cuando al final de la noche se te acaba el aceite de la lámpara, siempre a pocas horas nos regalan un amanecer. Siento mucho lo que puedas estar pasando, y siento aun mas lo que pueda suceder. Deseo hablar contigo, y decirte muchas cosas, pero mientras eso sucede te agradezco mucho, el tiempo en el que me cuidaste parte del alma, porque protegiste a mi alma gemela, mientras yo terminaba de llegar. Y recuerda que en el hilo donde se juntan la razón y el corazón, siempre podemos encontrar la verdadera respuesta a nuestros actos y comportamientos. Espero que ya dejes que Albert se comunique conmigo y que no hagas que se tarde mas la curación de las heridas de tu alma, pero mira nosotros nunca quisimos

lastimarte, pero nadie tiene la culpa de enamorarse y menos de contenerse al amor, y mas aun cuando ese amor es tu otra mitad, es tu alma gemela que perdida en el tiempo, al fin pudo encontrar su verdadero hogar. ELIZA Eliza dobló la carta y con mucho cuidado la colocó en un sobre de hilo. Desde que la internaron en el asilo para enfermos mentales en 1919, todos los días redactaba cartas destinadas a Candice White. Cartas que los enfermeros aceptaban y secretamente destruían. Para Eliza el tiempo se detuvo, cuando los azares del destino o la intervención divina se opusieron a su maligno plan para destruir la felicidad de Candy. ¿Cómo explicar que Candy y Albert se encontraran por casualidad y que el rubio descubriera que su prometida jamás lo había citado en Lakewood? ¿Cómo explicar que Madison preocupado por la perversa Eliza la hubiera seguido hasta el pabellón olvidado? La mente de Eliza no pudo superar el choque de saber que su tercer plan para destruir a Candy había fallado y se encontraba internada porque ni los criados ni los familiares la podían controlar. Sentía una abierta desconfianza por todos. Todos estaban en su contra. Todos querían evitar que ella y Albert se amaran. Todos deseaban su mal. La paranoia que la consumía la retendría en el encierro del asilo por muchos años. A veces le daba por hablar mal de su padre a quien llamaba poco hombre y pelele. A veces por criticar abiertamente a su madre: la prostituta que le puso el ejemplo. Incluso llegó a decir que su hermano Neil, gustaba de disfrazarse de mujer y que en los barrios bajos era conocido como una sensual bailarina. Los años habían pasado, corría el año de 1940 pero dentro del asilo nada parecía cambiar. Nadie la visitaba porque todos temían sus repentinos arranques de furia. Madison, el chofer y amante de una noche de la perversa mujer, había intentado ir a verla pero su violenta reacción hizo que los médicos le impidieran la entrada en lo sucesivo. Desde la ventana cubierta por barrotes, Eliza miró hacia el jardín. Las rosas estaban floreciendo y en las bancas pintadas de blanco, los pacientes menos peligrosos tomaban el sol. Eliza vio por primera vez en muchos años su imagen reflejada en el cristal de la ventana. Hacía muchos años que los enfermeros habían retirado el espejo del pequeño baño en las habitaciones de la paciente. Su cabello había empezado a caer desde su ingreso al manicomio. Talvez por el agresivo permanente al que se sometió. En todo caso, debido al tratamiento, los enfermeros habían optado por rasurar su cabeza. Los ojos verdes y gatunos estaban cuajados de rojas líneas y finas venas. Arrugas de vejez y amargura afeaban el rostro otrora atractivo.

Del atractivo cuerpo no quedaba ni el mas remoto recuerdo. Un montón de huesos cubiertos por piel reseca, eso era Eliza Leegan. Miró la puerta de su habitación que, curiosamente, hoy estaba abierta. Sonriendo gatunamente, Eliza se dirigió a ella. Candy no le respondía así que ella misma le llevaría la carta. Entonces hablarían de dama de sociedad a dama de establo. Casi había ganado acceso a la calle cuando uno de los enfermeros la vio y rápidamente la interceptó, conduciéndola rápidamente a la sala de terapias. - Voy a ver a Candy… Candy… Candy – gritó la enloquecida mujer. - La señora Candice no esta en América, señora Leagan – le susurró con calma en fornido enfermero – Se encuentra en Australia junto con Sir William. - Sir William… Albert… mi Albert – el brillo maligno de sus ojos se avivó al escuchar el nombre del glorioso amante – El es mío sabes… él me lo ha dicho… el es mío y yo soy suya. Hicimos el amor… vamos a tener muchos hijos… solo yo puedo darle hijos… el primogénito McAndrew lo llevo dentro de mi… Los gritos de Eliza se escuchaban por todo el asilo hasta que la puerta de la sala se cerró detrás de ella. El electroshock es llamado generalmente TEC (Terapia Electro Convulsivante). Fue descubierto por el psiquiatra italiano Ugo Cerletti hacia 1938. El TEC hace pasar por la cabeza de la persona una cantidad de corriente capaz de mantener encendida una bombilla de 10 vatios durante 2 segundos. La persona no sufría en lo absoluto si se le administraba algún tipo de anestesia pero estas consideraciones no se tomaban en cuenta en el asilo donde estaba recluida Eliza. Después de la terapia Eliza no recordaba nada de lo sucedido. Su atormentado cerebro alcanzaba el máximo umbral de dolor y bloqueaba los recuerdos de los momentos de tortura en el salón de terapias. Con el paso del tiempo incluso Albert, su amada obsesión se fue envolviendo en las sombras. Oracion de Eliza Dios mío, yo perdono de todo corazón a mis enemigos materias y espirituales, de esta existencia y de existencias pasadas, el mal que me han hecho y que hayan querido hacerme, así como deseo que vos me perdonéis y que ellos mismos me perdonen lo que yo haya podido hacerles en esta o en otras existencias. Si los habéis colocado en mi camino como una piedra, que se cumpla vuestra voluntad. Desviad de mi, Dios mío, la idea de maldecidles y todo deseo malévolo contra

ellos; haced que yo no experimente ninguna alegría por las desgracias que puedan tener, ni pena por los bienes que pueda concedérseles, con el fin de no manchar mi alma con pensamientos indignos de un cristiano. Señor que vuestra bondad se extienda sobre ellos y les conduzcáis a mejores pensamientos y a mejores sentimientos respecto a mi. Espíritus buenos, inspiradme el olvido del mal y el recuerdo del bien. Que ni el odio, ni el rencor, ni el deseo de devolverles mal por mal entren en mi corazón, porque el odio y la venganza solo pertenecen a los espíritus malos, encarnados y desencarnados. Por el contrario que este pronto a tenderles fraternalmente mi mano; a volverles bien por mal y a socorrerles si me es posible. Deseo, para probar la sinceridad de mis palabras; que se me ofrezca la ocasión de serles útil; pero sobre todo, Dios mío, preservadme de hacer nada por orgullo u ostentación, confundiéndoles con generosidad humillantes, lo que me haría perder el fruto de mi acción, porque entonces merecería que se me aplicasen aquellas palabras de Cristo: “Recibiste ya tu recompensa” Amen. Fin Nota de la autora: Candice White, Albert y Eliza son todos personajes de ficción. La locura, la obsesión y la ley del Karma no lo son.

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