Asgard vs Poseidón: Kanon de Géminis

Por

Sybelle

CAPÍTULO 1
Kanon se encontraba completamente solo. Después de destruir el Pilar Central de Imperio, todos los caballeros de Athena habían abandonado el lugar, que pronto se hundiría entre las aguas. También Siren se había marchado, acompañando fielmente a Julián. “Traidor”, murmuró para sí. “Se juró a sí mismo ser fiel a Poseidón hasta el final, y él mismo ayudó al caballero de Andrómeda a destruir los Pilares del Atlántico. Y ahora...” “¿Qué es lo que voy a hacer? Supongo que lo mejor será irme de aquí, olvidar todo esto y aguardar otra oportunidad. Pero estoy tan harto... quizás deba quedarme aquí, y dejar que las aguas sean mi tumba. Lo que más me duele es saber que cuando me encuentre en el mundo de los muertos Saga me dirá: “te lo dije, tus planes jamás hubieran triunfado”. Kanon bajó la cabeza y decidió esperar a que el fin llegara, después de todo, ya no había nada que hacer... Vaya, vaya... – rió una voz -. Nunca creí que el Dragón de los Mares fuera tan débil, ni que se fuera a rendir tan fácilmente. Kanon se dio la vuelta sobresaltado. - ¿Quién está ahí? ¡Responde! De nuevo se oyó la misma voz, riéndose, burlándose del general. Poco a poco, del interior del Templo de Poseidón avanzó una sombra que se fue convirtiendo en la figura de una mujer de piel morena y pelo rojizo, que vestía una túnica violeta. En sus manos había un cetro que a Kanon le recordó ligeramente a Niké, la Diosa de la Victoria que acompañaba siempre a Atenea. La mujer se plantó ante Kanon y le dedicó una mirada malévola. - Mi nombre es Sheeva, y soy una sacerdotisa de Poseidón. Llevo aquí mucho tiempo, más del que tú puedas imaginar. - ¿Una sacerdotisa?- Kanon dudó un momento-. ¡Mientes! Llevo aquí varios años y nunca he sabido de ti. - Y sin embargo... he estado aquí siempre. Yo soy como tú, general, he estado esperando la oportunidad para sacar partido a la guerra de Poseidón. Estaba allí... el día que rompiste el sello de Atenea. Sé lo que has intentado hacer... pero yo también he estado esperando una posibilidad. - ¿Qué quieres decir? - Kanon de Géminis, aún podemos utilizar a Poseidón y lograr nuestros propósitos... pero debemos colaborar. En este momento yo soy la única que puede convencer a Poseidón para que nos ayude. - ¿Y por qué me necesitas a mi? - Lo verás llegado el momento. Tienes que cooperar conmigo. ¿Qué me dices? Kanon analizó la mirada de aquella mujer. Era evidente que era ambiciosa, muy parecida a él... y por eso precisamente desconfiaba de ella. Pero no podía dejar que alguien se pusiera por delante de él. - Acepto. Sheeva sonrió. - Sabía que lo comprenderías. Sígueme. La mujer lo condujo por las salas del Templo de Poseidón hasta una habitación que el Dragón de los Mares no había visto en su vida. Había un altar en el centro de la estancia, y varios recipientes repletos de ingredientes extraños. La mujer tomó algunos de ellos y pronunció un cántico en un idioma extraño. “Magia negra”, pensó el general de las marinas. Acabado el cántico, la mujer se volvió hacia Kanon. Esto nos dará algún tiempo... hasta que hayamos conseguido la ayuda de Poseidón. ¿Poseidón? ¿Estás loca? ¡Acabamos de perder la guerra, estará furioso!

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Mi querido Kanon...-dijo con aire impaciente -. Acabas de perder una batalla, eso es todo. La guerra no ha hecho más que empezar. Ven conmigo. ¿Qué es eso que has hecho? ¿Ese canto...? He conseguido algún tiempo... antes de que las aguas cubran este lugar. Démonos prisa.

Kanon recordaba perfectamente el lugar al que lo condujo Sheeva: la estatua de Poseidón volvía a tener su armadura, sin embargo el resto de figuras estaban desnudas, cada marina había portado una durante la batalla. Pero ahora todos, salvo él y Siren estaban muertos. - Venerado señor Poseidón, te imploro oigas la súplica de tus siervos que claman venganza contra Atenea. El cetro de Sheeva se iluminó durante un segundo, una ráfaga de aire recorrió el lugar y, finalmente, la estatua de Poseidón recobró la vida. Sheeva...-la voz salía de la estatua-. Sheeva, ¿eres tú la única que ha salido con vida de esta batalla? No, señor... dos de vuestros generales se mantienen vivos aún. Señor Poseidón, necesitamos vuestra ayuda... hemos perdido una batalla, pero la guerra no ha hecho más que empezar. Hay que castigar a los traidores. Kanon no entendía ni una palabra de lo que la sacerdotisa estaba diciendo. ¿Traidores? ¿Quiénes? ¿El propio Kanon y Siren? Aquello no tenía sentido... Fue Hilda de Polaris, mi señor, la que ayudó a los santos de Atenea a llegar hasta aquí. Majestad, si devolvéis la vida a vuestras tropas podremos castigarla, conquistar el país que nunca debió dejar de ser nuestro y, después, aprovechar el desconcierto para atacar al Santuario. Una vez que Hilda esté muerta la tierra será cubierta por las aguas. Está bien, hija mía... pero esta vez yo no ocuparé el cuerpo de Julián Solo hasta que me hayáis demostrado vuestra fuerza. Traedme la cabeza de Hilda de Polaris y entonces volveré para tomar el Santuario y destruir de una vez por todas a Atenea. Gracias, mi señor, os prometo que no os defraudaremos – Sheeva bajó la cabeza y sonrió con malicia. Ve y busca a los dos generales que quedan vivos... y busca también a todos los demás, pues mi cosmos los devolverá ahora mismo a la vida, y hazles saber mi voluntad.

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La estatua volvió a su estado inerte. Poseidón se había ido. Sheeva estalló en carcajadas. - ¿Lo entiendes ahora? No necesitaremos más a ése estúpido de Poseidón... - Gracias a la armadura de Odín tendremos poder suficiente para vencer. Lo único que tendremos que hacer será mantener viva a Hilda para que no se hunda la tierra bajo el mar.–sonrió Kanon. - Veo que aprendes rápido, Dragón de los Mares. * * *

Eo abrió los ojos de par en par, pero tuvo que cerrarlos enseguida ya que la luz lo estaba cegando. ¿Dónde estaba? Lentamente se levantó, aún dolorido por las heridas que Shun le había causado. ¿Dolorido?, ¿desde cuándo los muertos sienten dolor? Sus escamas volvían a estar enteras, sin un solo rasguño y, sin embargo... el Pilar del Pacífico Sur estaba totalmente destruido, pero las aguas no lo habían alcanzado. ¿Cuánto tiempo habría transcurrido? -Olvídalo, Eo. Era Kanon quien le hablaba. -¿Kanon? ¿Qué es lo que ha ocurrido? Creí que estaba...

-¿Muerto? Ciertamente, sí-respondió fríamente-. Todos los pilares han sido destruidos, pero este lugar no se hundirá, aún no. Escucha con atención... * * *

“Hyoga... ¿qué ha sucedido? No lo habéis logrado?” Isaac se encontraba sentado en las escaleras que habían conducido al Pilar del Océano Ártico. Se encontraba perfectamente. Estaba seguro de haber muerto cuando su antiguo amigo lo atacó y ahora estaba intacto. ¿Por qué? El general de Kraken dirigió la vista al “cielo”, sorprendido. Si su amigo había tenido éxito él debía de estar cubierto por las aguas. ¿Qué había pasado? Por otra parte, no sentía el cosmos de Poseidón, ni el de Atenea, ni tampoco el de sus santos. Sin embargo, Kanon no andaba muy lejos. ¿Habría triunfado al fin? ¡Maldito Hyoga! ¿Por qué fue incapaz de detenerlo? Lentamente, Isaac se levantó y se dirigió al Pilar del Pacífico Sur. * * *

Eo sonrió para sus adentros. “Esto no ha hecho más que empezar.” - ¿Has entendido lo que tienes que hacer? - Sí, Kanon- Eo hizo una inclinación de cabeza y se marchó. El Dragón de los Mares observó al general de Escila alejarse a gran velocidad. Él no se movió; sabía que alguien trataba de alcanzarlo y el propio Kanon tenía que hablar con él. Isaac se plantó en unos segundos a pocos centímetros de su compañero. - ¿Qué ha pasado? - Creí que ya lo habrías adivinado. Sinceramente, te creía más listo, Isaac. El general de Kraken trató de propinar a Kanon un puñetazo en el estómago, pero aquél era más rápido y detuvo el golpe con la mano sin ningún esfuerzo. - ¿Qué pasa, Isaac?- dijo sarcástico-, ¿he hecho algo que te disguste? - ¡Traidor! Has utilizado a Poseidón para tus propios fines. No sé cómo lo has hecho, pero al final has logrado deshacerte de todos: Poseidón, Atenea, Hyoga... - ¿De modo que es eso?- Kanon rió-. ¿Temes por tu amiguito? Descuida, Hyoga está perfectamente, y Atenea también. Tus... amigos han vencido... por ahora. - ¿Qué quieres decir? - Poseidón me ha ordenado atacar Asgard. Ha sido por su culpa que hemos fracasado. Si no, los santos de Atenea nunca hubiesen llegado hasta aquí. Primero serán ellos, y después el resto del mundo. ¿Qué te pasa? ¿No te parece bien? Isaac apretó los puños. - ¡Maldito seas, Kanon! No pienso colaborar en esto. No pienso atacar a inocentes... - ¿En serio eres tú el general de Kraken?–interrumpió-.¿De veras representas a ser que atacaba barcos para destruir a todo ser cruel que hubiese en ellos, aunque algunos inocentes fuesen sacrificados? No pensé que cambiases de idea con tanta facilidad... sólo porque has sido derrotado por un antiguo amigo que, me permito recordar, fue el culpable de que perdieras ese ojo, el culpable de que perdieses lo poco que tenías en el mundo... En el fondo eres más débil que él. Kanon bajó los ojos, rabioso, sin saber qué responder. - De nuevo estás utilizando a Poseidón para lograr tus propósitos. Te detesto. - Isaac, no tienes elección. Muerto o conmigo. Si te niegas yo mismo te mataré ahora.

Isaac miró a Kanon desafiante y comenzó a encender sus cosmos. Al Dragón de los Mares parecía divertirle mucho aquella situación. También su energía cósmica empezó a crecer rápidamente. - Esperad –dijo una voz. Sheeva se había acercado sin que ellos fueran capaces de sentirla. Ahora parecía más bien una mujer buena, inocente y misericordiosa. “Perfecto”, pensó Kanon. “No podríamos haber montado esta escena mejor ni aunque lo hubiéramos ensayado.” - Kanon, déjamelo a mí. Tú no entiendes nada. El Dragón de los Mares estaba ansioso por hacer su parte de interpretación. - ¡Sheeva, esto es asunto mío! Lárgate. - No, Kanon, no entiendes por lo que está pasando Isaac. Yo sí. Y no sé por qué pretendes obligarlo a combatir. Vete. Kanon apretó los puños y se mordió los labios. - Está bien. El general se alejó dejándolos solos. - No le hagas caso. No entiende nada de todo esto. Él sólo busca su propio beneficio. - Si ha engañado una vez a Poseidón puede hacerlo dos veces. - Te equivocas. Soy yo la que ha hablado con Poseidón, en estas circunstancias sólo los sacerdotes pueden comunicarse con él. - ¿Quieres decir que eres...? - Sí, en efecto, soy una sacerdotisa de Poseidón. Ha sido él quien me ha pedido que destruyamos a los traidores. Por su culpa hemos perdido esta batalla. Debemos crear un lugar nuevo donde el terror no exista, y sabes que eso sólo será posible lograrlo por la fuerza. Limpiaremos el mundo del mal de una vez por todas...imagínalo: un lugar donde el hambre, el dolor y la muerte nunca vuelva a existir. Ése era el sueño de Kraken, al que tanto admiras. Purificaremos la tierra... y vigilaremos a Kanon. No me fío de él. ¿Querrás ayudarme?- Sheeva cogió la mano de Isaac entre las suyas y lo miró suplicante. El general de Kraken no sabía qué pensar. Por una parte, tenía que seguir sus principios, siempre había tenido una forma de hacer las cosas, pero por potra, Hyoga le había hecho percibir otras. Poseidón... y por otra parte, acompañar a Kanon era la mejor manera de vigilarlo. Contempló la mirada de la sacerdotisa. Parecía tan inocente, tan sincera, tan segura... - Está bien, te ayudaré. * * *

Baian no daba crédito a sus sentidos. ¿Por qué no había muerto? Recordaba perfectamente el último golpe que el caballero de Pegaso había descargado sobre él, con una potencia inusitada. Era imposible que hubiera salido vivo. ¿Qué había sucedido? Inmediatamente Baian sintió un cosmos familiar acercándose. Pronto distinguió una silueta que poco a poco se fue transformando en un tipo de pelo rosado que vestía unas escamas similares a las que lucía el propio Baian. -¡Eo! ¿Eres tú? El aludido sonrió. - ¿Qué ha sucedido? - Atiende, tengo algo importante que decirte. * * *

Khrisna llegó hasta el Pilar que Leumnades debía custodiar. De pronto, se detuvo sorprendido. ¡También el Pilar del Océano Antártico se había reducido a cenizas! Leumnades estaba que trinaba. - ¡Si lo hubiera sabido antes! ¡Si lo hubiera sabido antes lo hubiese eliminado! ¿Cómo pude no darme cuenta?- Khrisna carraspeó para hacerse notar- Ah, eres tú, Khrisna. Creí que estabas muerto. - Yo también lo creí. No sé cómo he logrado sobrevivir. ¿Qué te sucede? ¿Por qué despotricas de ese modo? - Es igual. Llegué a creer que yo también estaba muerto. Lo cierto es que no entiendo nada. - Enseguida os lo explicaré. - ¡Sheeva! - Khrisna... ¿tú también la conoces? - Sí... así es. - Khrisna, Leumnades, escuchadme, Poseidón ha dado sus órdenes.

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Kanon se dirigió hacia el lugar que Tetis le había indicado, justo entre los acantilados, cerca de los puertos que pertenecían a la familia Solo. Allí estaban ambos: Julián se encontraba sentado en una roca, contemplando el infinito, mientras Siren tocaba su flauta. La reencarnación de Poseidón parecía más bien una especie de autista, absorto en su mundo interior alejado de todo. Kanon avanzó un poco más, haciendo ruido a propósito para hacer notar su presencia. Siren se volvió hacia donde se encontraba e instintivamente se puso en guardia. Julián lo miró sin reconocerlo. -¿Quién es este hombre? Siren apoyó la mano en el hombro de Solo. - Es un conocido mío. Ahora vuelvo, he de hablar con él. Kanon sonrió maliciosamente. Ambos se alejaron un poco del lugar en el que se encontraba Julián, lo suficiente para que él no pudiera oírlos. ¿Qué has venido a hacer aquí? Harías mejor escondiéndote, o un día de estos te toparás con alguien que te matará sin contemplaciones. Kanon sonrió burlonamente. - ¿De veras crees que eso me preocupa? - Debería, ya que tienes a todo el Santuario en tu contra. - Precisamente de ese asunto quería hablarte. Poseidón ha dado nuevas órdenes. - Querrás decir que en nombre de Poseidón tú vas a dar nuevas órdenes. Kanon se rió. - Te equivocas. La sacerdotisa Sheeva ha hablado con Poseidón, y él ha ordenado atacar Asgard. - ¿Asgard? ¡Eso es absurdo! Poseidón ya utilizó una vez al pueblo de Asgard, fueron nuestros aliados, pese a la negación de Hilda ésta no tuvo más remedio que obedecer. El anillo de los Nibelungos... - Hilda ayudó a los santos de Athena a llegar al Imperio de Poseidón, a pesar de la prohibición. Por eso Poseidón ha decidido castigarlos y luego... ya se verá qué es lo que sucede. - No pienso colaborar en esto. Como siempre, pretendes aprovecharte del poder de los dioses para... - Escúchame bien, Siren: si desobedeces mis órdenes estarás desobedeciendo a Poseidón. No hagas que te obligue a... - ¿A qué? ¿Acaso piensas que me asustas? El cosmos de Siren se encendió en un abrir y cerrar de ojos. Kanon volvió a reírse. -

Siren –dijo burlonamente-, no pienso pelear contigo. Pero piénsalo, si te niegas caerás en desgracia ante Poseidón y... quién sabe lo que pueda pasarle a Julián si te niegas a unirte a las tropas... El general de Sorren se mordió los labios y bajó la mirada. - Supongo que no tengo elección. - Lo cierto es que no. -

CAPÍTULO 2
Como cada mañana, Hilda de Polaris se encontraba sola frente al frío Océano, implorando a su dios. Aquel día era especialmente frío, pero a pesar de que se encontraba entumecida, Hilda sonrió. Aquello era signo inequívoco de que Odín escuchaba su súplica. De pronto, se dio la vuelta sobresaltada. Aún permanecía en estado de alerta. Lo cierto era que desde el día en que Poseidón se dirigió a ella todo había cambiado. Se sentía culpable por las batallas libradas... Era Sigfried quien la había sobresaltado. El guerrero de Alpha, ahora vuelto a la vida gracias a la misericordia del dios, junto con todos sus amigos, había dejado los recuerdos de aquel día enterrados en lo más profundo de su ser, para olvidarlo todo y empezar de nuevo. Hilda sonrió aliviada al ver a Sigfried. Éste no iba sólo, tras él estaban la princesa Flare y su inseparable compañero Hagen. Hilda había perdido completamente la noción del tiempo. Estaba convencida de haber comenzado su oración hacía tan sólo unos minutos, pero para su sorpresa, vio que el sol comenzaba a ocultarse por el oeste. - Nos preocupamos al ver que no volvías –sonrió Sigfried. Hilda se ruborizó. - Lo siento... estaba tan concentrada que... - Es igual. Volvamos al palacio. Los cuatro amigos dieron media vuelta y emprendieron el camino de vuelta con algo de prisa; las noches del norte son realmente frías y, el que se atreve a quedar a la intemperie se arriesga a morir de frío. A mitad de camino los cuatro se detuvieron extrañados. Ante ellos había una mujer vestida con una túnica y un velo, que parecía estar rezando. - ¿Quién es esa mujer? Morirá de frío si se queda aquí mucho tiempo – Flare avanzó unos pasos y alargó la mano para llamar la atención de la mujer. Inmediatamente la imagen de la mujer se desvaneció para convertirse en un ser diabólico, una especie de espectro que se abalanzó sobre Flare. Hagen tuvo los suficientes reflejos para agarrarla y apartarla antes de que ocurriera lo peor. - Flare, ¿te encuentras bien? ¿Y tú Hagen?. - Estamos bien, no te preocupes, Hilda – Hagen ayudó a Flare, que temblaba de pies a cabeza, a levantarse. - ¿Qué ha sido eso?- Sigfried escrutó el bosque alarmado. Se oyó una risa burlona en la espesura. Apareció ante ellos un tipo que vestía una armadura entre dorada y cobriza, mirándolos con aire de superioridad. - ¿Quién eres tú?- preguntó Hagen. La figura se detuvo. - Mi nombre es Eo de Escila. Princesa Flare, habéis tenido suerte. Unas décimas de segundo más y...- Eo chasqueó los dedos. - ¿Eo de Escila? Eres uno de los generales de la marinas de Poseidón, ¿no es así? - Francamente, princesa Hilda, no creí que hubieseis oído hablar de mí. Es un honor. Sólo he venido a avisaros, tal como me ha ordenado el jefe de los generales, el Dragón de los Mares. Seréis castigados por haberos aliado con el Santuario. - ¡Eso habrá que verlo! - Hagen, rabioso, comenzó a encender su cosmos. Hilda interpuso su brazo entre el guerrero de Merak y el general. - No es el momento, Hagen. Eo de Escila, nosotros garantizamos la paz del mundo rogando a Odín que continúe helando los polos. Poseidón sólo busca la destrucción. Así que, si no lo entiende... no tendremos más remedio que defender nuestro territorio... Los ojos de Hilda se llenaron de tristeza. Otra guerra, otra guerra que asolaría su reino... - Princesa- Sigfried la sacó de sus cavilaciones -. Permitidme cortarle la cabeza a este miserable, como muestra para sus compañeros de lo que les ocurrirá si osan atacarnos. - No, Sigfried. Éste no es el momento ni el lugar.

La marina se rió. - Has tenido suerte. No hubieras durado ni cinco minutos... Sigfried apretó los puños, pero permaneció quieto, sin ninguna intención de atacar. - En fin, he comprobado que los guerreros de Asgard son unos cobardes... destrozaros será un juego de niños... Volveremos a vernos. Eo desapareció de forma tan misteriosa como había llegado. Princesa...¿por qué? Sigfried, no estabas en condiciones de combatir. Esas escamas no te hubiesen dado la oportunidad de rozarle, y no llevas tu armadura. Hilda, no pienso permitir que destruyan Asgard. Arriesgaré mi vida si es necesario para... ...¿de nuevo? Sabes muy bien lo que sucederá. Ganemos o perdamos, algunos de los más valientes morirán en el combate. ¡Es preferible eso a que asolen nuestro país! Debemos proteger a los inocentes. Y, además, la armadura de Odín está entre nosotros, venceremos. Supongo que... no tenemos elección. Volvamos al palacio. * * *

Hilda se detuvo en el gran patio del Palacio, justo enfrente de la armadura sagrada de Odín. Tomó la espada en su mano derecha por el filo y miró al cielo, buscando la Osa Menor. “Polaris, estrella protectora... Odín, señor de Asgard... prestadme vuestra fuerza una vez más. Nuestro reino necesita vuestra ayuda. De nuevo los guerreros deberán luchar para protegernos...” ... Mime avanzaba lentamente hacia la gruta, como guiado por un ser invisible, o quizás por un sonido que lo llamaba... Ya había estado antes en aquel lugar, pero deseaba poder olvidarlo y, sin embargo... ya desde fuera pudo ver relucir las finas cuerdas, enmarcadas en la armadura escarlata. “Despierta, Mime de Benetasch, pon la armadura de Eta al servicio de tu pueblo...” Dos sombras exactas, del mismo tamaño, la misma silueta, avanzaban hacia el frío lago, como impulsadas por una necesidad. Primero surgió una figura, similar a un gigantesco tigre, tras ella apareció otra exactamente igual... “Despierta, Zyd de Mizar, pon tu armadura de Zeta al servicio de tu pueblo...” “Despierta, Bud de Alcor y pon tu armadura de Zeta al servicio de tu pueblo...” La manada de lobos pareció asustada, sus miembros se escondieron tras los muros ruinosos del lugar. Todos menos uno, el único capaz de caminar erguido sabía qué era lo que pasaba. El muro se rompió, de él salió lo que Penril había temido: un traje hecho a su medida se plegaba formando la silueta de un lobo. “Despierta, Penril de Alioth, pon tu armadura de Epsilon al servicio de tu pueblo...” Alberick, había acudido, consciente de lo sucedido, al bosque. Sabía bien lo que ocurría y vio en ello una oportunidad de obtener lo que antes no había podido. Entre enormes rocas de amatista se alzaba lo que había ido a buscar. “Despierta, Alberick de Megrez, pon tu armadura de Delta a servicio de tu pueblo...”

Tholl también lo había sentido. Avanzó lentamente hacia el lugar al que lo llevaba su cosmos, entre la nieve... de allí procedía la llamada. “Despierta, Tholl de Pechda, pon tu armadura de Gamma al servicio de tu pueblo...” Hagen se había dirigido al lugar en el que había entrenado desde su más tierna infancia. Ya no sentía el calor, al igual que no le importaba el frío que reinaba fuera. Pudo distinguir la figura que salía de la lava: Sleipnir, el legendario caballo de Odín. “Despierta, Hagen de Merak, pon tu armadura de Beta al servicio de tu pueblo...” Sigfried aguardaba en la montaña lo que sabía era inevitable. Una figura de un dragón de dos cabezas se materializó ante él. Fafner, el dragón que según la mitología había custodiado el tesoro de los Nibelungos. “Despierta, Sigfried de Dubhe, pon tu armadura de Alpha al servicio de tu pueblo...” * * *

Unos más desconcertados que otros, pero todos sin excepción, acudieron presurosos a palacio. Hilda se encontraba sentada en el trono y su mirada parecía perdida en el infinito. A su derecha estaba Flare. Los guerreros de Asgard hincaron la rodilla en el suelo en señal de respeto hacia la sacerdotisa. Guerreros divinos, os he mandado llamar por un asunto extremadamente grave. Poseidón ha decidido invadir el reino de Asgard, para después destruir la Tierra. Lamento haberme visto obligada a tomar esta decisión, pero sólo puedo confiar en vosotros para defender el reino cuando llegue la hora. Por eso las armaduras han vuelto a despertar. Una vez más os pido vuestro apoyo en esta difícil hora. De nosotros depende el destino de Asgard. - Princesa –era Mime quien, con su melodiosa voz, había interrumpido el discurso-, creo que tanto yo como mis compañeros estamos dispuestos a arriesgar nuestras vidas cuantas veces haga falta por el bien de nuestro pueblo-giró la cabeza para ver asentir a sus amigos-, pero propongo que seamos nosotros quienes ataquemos el Santuario Submarino de Poseidón. Ellos no se lo esperan, jugaríamos con ventaja. Además de ese modo evitaríamos que los habitantes de Asgard corrieran el más mínimo peligro. - No creas que no lo he pensado, Mime. Sin embargo, una fuerza me cierra el camino a la entrada al Templo Submarino. Nos sería imposible llegar hasta allí y, además, piensa lo que podría suceder si nosotros estuviéramos allí mientras ellos deciden atacar. Sería catastrófico. - Cerrémosles el camino a palacio-dijo Sigfried -. Contamos con la ventaja de conocer el terreno y, además, por muy fuertes que sean los generales no serán capaces de resistir el frío tan bien como nosotros. Ante todo, princesa, debemos protegerte a ti... por la obediencia que te debemos y porque, sin ti, los hielos se derretirían y se produciría en la Tierra un gigantesco maremoto. - No es justo que tengáis que arriesgar vuestras vidas por mí... - Y, sin embargo –era Zyd el que hablaba-, no podéis permitiros arriesgar la vuestra, pues de ese modo sería toda la humanidad la que corriese peligro. Hilda los miró a todos. - Tienes razón. Así pues, todo cuanto podemos hacer es aguardar su llegada. -

CAPÍTULO 3
Isaac no recordaba haber tenido nunca tanto frío, ni siquiera en Siberia. El viento era realmente helador. Y, si él se sentía así...¿cómo debían encontrarse los demás? Quizás Krishna era el que peor parecía pasarlo. Cuando decidieron atacar Asgard, no se les había ocurrido que fueran a tener semejante problema. Los guerreros divinos, sin embargo, debían de encontrarse perfectamente a esa temperatura. Kanon rió para sus adentros. Poco a poco la entrada que se utilizaba para pasar del reino de Asgard al reino de Poseidón volvería a ser inútil. Kanon hizo un gesto a sus generales y éstos comenzaron a caminar lo más rápido que se lo permitían sus ateridos miembros. “Esto es ridículo”, pensó Kanon. “Deberíamos llegar triunfantes, causando temor a nuestro paso, y lo único que podemos transmitir es lástima. Si ahora nos encontramos así, ¿qué será de nosotros a la hora del combate?” Kanon volvió la vista hacia sus tropas, Isaac y Baian eran los únicos que avanzaban normalmente. El Dragón de los Mares se detuvo y los miró con aire de reproche. - Está bien, escuchadme. No sé qué os habéis creído, pero como aparezcáis así ante los guerreros de Asgard lo único que van a sentir es lástima. ¡Maldita sea, somos las marinas de Poseidón! Los generales estaban visiblemente ofendidos por la arenga. Unos se mordieron los labios, otros apretaron los puños, pero ninguno dijo nada. Por fin, para la satisfacción de Kanon, las marinas avanzaron con aire majestuoso y amenazador. El Dragón de los mares les ordenó continuar mientras él seguía un camino diferente. Poco a poco fueron adentrándose en un bosque. Reinaba en él una atmósfera realmente siniestra, que a más de uno le puso la carne de gallina. De pronto los árboles comenzaron a moverse con lentitud, hasta que parecieron cobrar vida y atacar a las marinas. Cada uno trataba de defenderse como podía, sin embargo las plantas no se daban por vencidas. Por fin, un canto melodiosos resonó por toda la espesura y, poco a poco, las ramas fueron liberando a sus presas. Era Siren quien, gracias a la música de su flauta, había conseguido poner paz entre los espíritus de la Naturaleza. Una risa sarcástica resonó más allá de donde sus ojos alcanzaban a ver. - ¿Quién eres? ¡Vamos, muéstrate! – Siren aguzó la vista y el oído en busca de su adversario. Una figura alta y delgada se plantó ante él. Vestía una armadura azulada y lo miraba con desprecio. - Alberick de Megrez, guerrero divino de Delta. Vaya, vaya, por lo visto he estado a punto de acabar yo sólo con seis marinas en menos que canta un gallo. No deberíais haber venido hasta aquí para perder el combate de antemano. - ¡Te haré tragar tus palabras!- Eo se había puesto en pie y estaba encendiendo su cosmos. - No, espera -Siren agarró el brazo de Eo -. Yo lucharé con él. Vosotros seguid adelante y llegad hasta el palacio. - Siren, déjamelo a mí. No me gustaría que se creyera capaz de vencerme tan fácilmente. - No hay tiempo para discutir, Escila. Continuad hasta el palacio. En ausencia de Kanon soy yo quien da las órdenes aquí. Eo apretó los puños y se quedó mirando fijamente a Siren hasta que al fin bajó los ojos. - Nos veremos en el palacio.. Eo avanzó dejando tras de sí a Alberick. Éste hizo ademán de impedirle el paso, pero recapacitó. Ahora que no podía aprovechar el efecto sorpresa sería incapaz de enfrentarse a todos. De todas formas, lo importante no era detenerlos. Todo lo contrario.

Escila fue seguido por sus compañeros exceptuando a Siren que analizó a su adversario con sus rojizos ojos. Alberick le dedicó una mirada burlona. Vaya, vaya...fuiste tú quien fue vencido por Sigfried, ¿no es cierto? Eso es falso, el combate se inclinaba a mi favor cuando él decidió matarnos a los dos, pero él fue el único que murió. - Es igual, de todas formas hoy serás tú quien muera. ¡En guardia! El cosmos de Siren, que siempre parecía tan apacible y suave, se tornó de pronto agresivo. Alberick, ya dispuesto a atacar, concentró su cosmos. Siren permaneció atento a sus movimientos, preguntándose qué estaría tramando. El guerrero divino cerró los puños, y bajó los brazos, cruzando los antebrazos a la altura de su cintura. Los movió hasta que quedaron extendidos de forma que formaban una X con sus piernas. Siren, previendo el ataque, se dio cuenta de que sus brazos empezaban a adoptar una tonalidad malva. Alberick sonrió. - ¡Que el ataúd de amatista se cierre sobre ti! Siren vio cómo se acercaban a él multitud de cristales amoratados, dispuestos a apresarlo. El general sostuvo su flauta con decisión y dibujó un círculo delante de sí mismo. La figura fue tomando cuerpo hasta que se convirtió en un escudo insondable ante el que nada pudo hacer el ataúd de amatista de Alberick. El guerrero de Asgard lo miró desconcertado. - ¡Es imposible! Nada escapa nunca a mi ataúd. Ahora fue Siren quien sonrió. - Creo que hasta ahora no has conocido adversarios demasiado poderosos... ahora es mi turno, prepárate. Siren se llevó la flauta a los labios y, lentamente comenzó a interpretar una hermosa canción que penetró hasta el interior del cerebro de Alberick. Éste comenzó a sentir que le dolía la cabeza, si bien el leve dolor se fue convirtiendo en un mareo, luego en pinchazos y, lentamente, fue aumentando hasta que el dolor se hizo insoportable y el guerrero comenzó a chillar. Mientras lo observaba sin dejar de tocar, Siren sonrió. La batalla había sido fácil de ganar. El cerebro de Alberick era incapaz de pensar, tan sólo sentía dolor. Sólo durante un momento, su instinto de supervivencia salió a la luz dándole un último resquicio por el que escapar. - ¡Que los espíritus de la Naturaleza te fulminen! – Alberick luchaba contra su propio sufrimiento a fin de mantener la orden que había dado su cosmos, levantando un dedo hacia el cielo. Siren fue rodeado por multitud de gruesos troncos que se asieron a sus brazos y piernas lanzándolo de un lado a otro. Sin embargo el general no abandonó su melodía, pero tuvo que variarla. Los seres del bosque lo liberaron con la nueva tonada, pero también el dolor de Alberick se fue mitigando. Éste sonrió y, empuñando una espada cristalina, arremetió contra su adversario. El general de Atlántico Sur pareció sorprendido, y apenas tuvo tiempo de evitar el golpe, que le hizo una pequeña quemadura en el rostro. Por suerte, la siguiente agresión fue detenida por la sólida flauta. La única opción de ambos era seguir con el combate cuerpo a cuerpo. Si Alberick invocaba a los Espíritus de la Naturaleza, Siren no tendría más que tocar su flauta para evitar ser golpeado, pero mientras tanto él tampoco sería capaz de atacar. De nuevo, Alberick blandió la espada y, con un movimiento veloz que silbó al cortar el aire, se abalanzó sobre Siren. Éste evitó el golpe con facilidad y se abalanzó sobre su adversario. -

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*

A Isaac no le gustaba en absoluto aquel lugar. Cuando le dijeron que iría allí, pensó que el tiempo le haría sentirse un poco más cerca de casa. No fue así. El ambiente se mostraba por completo hostil, sabía que no abrigaba buenas intenciones. Sin embargo, pensó amargamente, sabía que sus motivos daban igual. Kanon

tenía razón: ahora su hogar estaba junto a las marinas, había dejado de pertenecer al mundo exterior hacía ya mucho, pero no se había dado cuenta. Baian abría la marcha con paso decidido, avanzando lentamente, sin embargo y sin dejar de mirar en todo momento a un lado y a otro. De pronto, se detuvo en seco. En realidad, todos hicieron lo mismo. - ¿Qué es este cosmos? – dijo Eo -. No puede ser el de un guerrero de Asgard, es suave y no desprende ninguna agresividad... - No es el cosmos de Hilda – murmuró Isaac -. Y tampoco el de la princesa Flare. No es tan poderoso como para ser de Atenea. - Creo que sé a quien pertenece – dijo Leumnades con una sonrisa -. Seguid adelante, yo me desviaré para detenerlo. ¡Daos prisa o no podréis seguir adelante! Sin comprender muy bien lo que sucedía, los otros dieron la espalda al demonio de los mares y siguieron adelante con un único objetivo: el palacio. Leumnades siguió una dirección distinta y pronto se encontró en unas ruinas, un lugar donde los bloques de piedra aparecían totalmente diseminados. Poco a poco, la dulce música que lo llamaba se intensificó hasta que pudo ver de dónde salía: un guerrero de Asgard vestido con una armadura más roja que la sangre melodiosa pieza, suave y pura, que lo invitaba a dormir. Bienvenido, Leumnades – dijo el guerrero con voz suave y tranquila -. Soy Mime de Benetasch, guerrero divino de Eta. El general ni tan siquiera parpadeó. - Hace un instante – continuó Mime -, estabas pensando en la pieza que toco. Celebro que te guste, ya que será lo último que llegará a tus oídos antes de morir. - Yo no estaría tan seguro – repuso Leumnades con una mueca burlona -. Lo último que tú oirás antes de tu muerte será tu propia voz implorando clemencia. Mime ni tan siquiera se inmutó, y cambió de melodía. Leumnades comenzó a marearse, incapaz de atacar a su adversario, ya que ante él tenía miles de hologramas de él, y todos parecían reales. De cada uno de ellos salieron finos rayos blancos que lo golpearon haciéndolo caer. El general del Antártico se puso en pie con dificultad y se limpió la sangre que le salía de la boca. Leumnades, sé quien eres. Lees en los corazones de tus adversarios y haces que sus sentimientos se vuelvan contra ellos. Tomas la apariencia de un ser querido para que se dejen matar por él, incapaces de atacarle. Sin embargo, ignoras que yo también soy capaz de leer en el cosmos de mis adversarios; conozco esa técnica demasiado bien como para dejarme embaucar. - Sin embargo, estoy seguro de que tras ese instrumento se esconde un guerrero con un punto débil. ¿Crees que lograrás esconderte gracias tu cosmos? – Leumnades rió -. Es posible que pudieras, mas olvidas algo: he combatido con los caballeros de bronce de Andrómeda y del Fénix, y he hurgado en lo más profundo de sus recuerdos... sé lo que ocurrió en tu combate contra ellos... y sé lo que utilizó Ikki para vencerte... La figura del general se fue distorsionando con lentitud. Su estatura aumentó, sus hombros se ensancharon, poco a poco fue adoptando un aspecto totalmente diferente... de los labios de Mime sólo acertó a salir una palabra... - Padre... -

CAPÍTULO 4
El golpe de la flauta dejó a Alberick sin resuello, tendido en el suelo y haciendo esfuerzos por respirar. En su vientre se dibujó una mancha sanguinolenta. - Harías mejor en rendirte ahora que estás a tiempo – propuso el general. Alberick no pudo responder siquiera, estaba ocupado tratando de recobrar la respiración. - Como quieras, guerrero. Siren se llevó de nuevo la flauta a los labios para entonar su sinfonía en fa mortal. Las notas fluyeron por el aire lentamente hasta llegar al cerebro del guerrero, que se llevó las manos a los oídos tratando de soportar el dolor, pero incapaz de conseguirlo. Comenzó a retorcerse en una lenta agonía y, sin antes le faltaba el aire, ahora deseó poder asfixiarse y acabar con aquella tortura. Repentinamente, el general de Sorrent se detuvo. Alberick respiró aliviado y se incorporó a duras penas. - ¿Es que no ves el lamentable estado en que te encuentras? Detente, déjame el camino libre y olvida esto. - ¡Jamás! Si yo muero, tú te quedarás aquí conmigo. ¡Lo juro! – chilló mientras hacía verdaderos esfuerzos por mantenerse en pie. - Como quieras, una sola nota bastará para acabar con tus sufrimientos. Alberick acababa de sentir un cosmos acercándose, y lo reconoció al instante. Sólo tenía que aguantar un poco más. Siren se llevó la flauta a los labios nuevamente, pero no llegó a entonar su canción. - ¡Que los Espíritus de la Naturaleza te fulminen! El bosque entero volvió a revolverse, buscando los huesos de Siren para destrozarlos contra el suelo. El general no tuvo otra alternativa que cambiar de tonada una vez más. El guerrero divino se tambaleó, tratando de hacer prevalecer su orden. El cansancio estaba venciéndolo, pero sólo tenía que aguantar unos minutos... fue incapaz de ello y, al los pocos minutos se desplomó sobre la fría nieve. Siren cesó su canción y se acercó a su contrincante lentamente. Una vez estuvo a escasos centímetros de su cuerpo, tendido en el suelo, bajó la cabeza y habló: - Has luchado valerosamente, guerrero. No mereces sufrir más. Descansa en paz, Megrez. Alberick se mordió los labios y cerró los ojos, imaginando como su enemigo se disponía a entonar su canción... ¡Aguarda, Siren! – pronunció una voz.

Éste detuvo su ataque en seco y se volvió al lugar del que provenía el mandato. ¡Kanon! ¿Qué sucede? No lo mates, Siren... puede sernos útil – añadió a la vez que, con un brusco movimiento, agarraba a Alberick por el pelo, y lo obligaba a incorporarse -. Es más, estoy seguro de que ha estado esperando esta ocasión desde el primer momento... al parecer, éste fue el que quiso apoderarse de la espada Walmunga durante la batalla con Atenea... ¿no es cierto? Alberick hizo una mueca burlona. - Está bien... Alberick, escúchame con atención, si haces lo que yo te diga no sólo salvarás la vida, sino que serás compensado... pero... si me traicionas... Kanon descargó su puño en el estómago del guerrero de Megrez. -

*

*

*

Mime había parado su melodía en seco. No había pensado ni por un momento que Leumnades llegara a descubrir su secreto. Su arpa ocultaba su historia, nadie había logrado traspasar su barrera...no se le había ocurrido que el general conociera tan profundamente los recuerdos de los dos hermanos caballeros. Hijo mío – dijo dulcemente el demonio de los mares ahora transformado. Miserable, embustero... – por una vez en su vida, el guerrero de Asgard sentía de nuevo la ira que le hizo matar a su padre, pero esta vez era diferente -. Mi padre murió en mis manos. ¿Crees acaso que no seré capaz de repetirlo? - No, Mime... no serás capaz de matarme... toda tu vida has escondido en tu interior un sentimiento: te sientes culpable de mi muerte, sabes que eres un asesino. Hijo mío... lo siento, pero se me ha ordenado ajusticiarte por el crimen que cometiste – dijo suavemente -. Es una lástima que, ahora que podíamos recuperar el tiempo perdido esto suceda, pero Mime, es necesario. - ¡No! ¡Tú no eres mi padre! No voy a caer en un truco tan estúpido... – el guerrero de Asgard se puso en guardia y su cosmos surgió de nuevo como una explosión -. ¿Cómo te atreves a ensuciar la imagen de mi padre, Demonio del Mar? Pagarás por tu crimen. Leumnades sonrió bajo su nueva apariencia. Había logrado ponerle nervioso. Estaba seguro de que no sería capaz de atacarlo... - ¡Mime! ¿No matarás a tu... a tu propio padre? - Ya lo hice una vez... y, además, por encima de todo, está el bienestar de mi país – decía estos argumento más para sí mismo que para su adversario, para convencerse de que hacía lo adecuado -. Acabaré con esto de una vez por todas. Mime rozó con los dedos las cuerdas de su arpa y, al momento, éstas se alargaron saliendo del instrumento para apresar al adversario de su protegido. Los finos hilos se clavaron por todo el cuerpo del Demonio del Mar, hiriendo todo su cuerpo, mientras Mime, sin mirarlo y mordiéndose los labios, entonaba la melodía que lo torturaba. No puedo creer que seas capaz de matarme otra vez, hijo... ahora que teníamos tanto por compartir... ¡Cállate! – dijo el guerrero de Eta sacudiendo la cabeza. Se concentró en la pieza para olvidar todo lo que había a su alrededor, tratando de romper con cada nota los lazos que le unían al ser que estaba a punto de destruir -. La pieza toca a su fin... adiós.

Leumnades, enfurecido por haber fallado, cerró los ojos, esperando el golpe mortal, la nota que abriría su garganta.. pero que no llegó. Las cuerdas lo soltaron, cayó al suelo de espaldas y, haciendo un gran esfuerzo, se incorporó. Mime había tirado su arpa; de rodillas en el suelo, se mesaba el cabello. No he puedo hacerlo... – gemía -. Perdón, princesa Hilda... perdonadme, amigos míos...

El Demonio del Mar, aún en su falso aspecto, se acercó a Mime y lo vio a sus pies. Lo siento, hijo...pero no tengo otra opción...

Leumnades descargó su puño sobre la espalda de Mime, haciéndolo caer de bruces. Benetasch se incorporó, pero su adversario le dio una patada en la cara y comenzó a sangrar por la boca. Se levantó con dificultad. - ¿Es así como luchas, cobarde? Kaysa se rió.

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¡Vamos! ¿Me llamas cobarde? ¡Atácame!

Mime recogió el instrumento del suelo, dispuesto a defenderse, mas el general se lo arrebató y comenzó a estrangularlo. - ¡Qué final tan patético, Benetasch! A manos de tu padre... siempre supe que no darías la talla, hijo... Mime se quedaba sin aire, estaba a punto de perder el conocimiento. Ya no había nada que hacer... no sólo sentía haber fallado a Asgard... se había fallado a sí mismo, y a su padre... no merecía nada más que la muerte de viniera y lo cubriese de tinieblas. Comenzó a sumirse en la profunda oscuridad... Leumnades dejó caer el cuerpo de Mime al suelo.

*

*

*

Alberick se incorporó sin resuello, pero con una malévola sonrisa en los labios ensangrentados. Apoyó todo el peso de su cuerpo de espaldas en el árbol más cercano, mientras Kanon lo escrutaba en silencio y Siren miraba a la otra marina desconcertado. ¿Qué quieres de mí, Dragón de los Mares?

Alberick absorbió cada palabra de Kanon, analizándolas lentamente. En el fondo era más sencillo de lo que se había imaginado. De nuevo se dibujó una sonrisa cínica en su rostro. Nada más fácil. Nos veremos.

Megrez desapareció en la espesura, caminando aún con dificultad. Siren, no lo pierdas de vista. Antes o después nos traicionará. * * *

Leumnades se frotó el dolorido brazo derecho. ¿Qué había sido eso? La herida se había abierto rápidamente, no sabía qué podía haberla provocado. Extrañado, observó que el corte era similar a un mordisco hecho por una poderosa mandíbula... una mandíbula provista de enormes colmillos, al parecer. A su lado, Mime, comenzó a respirar trabajosamente, mientras sus manos temblaban. ¿Qué había sucedido? A lo lejos se oyó claramente un silbido. Mime suspiró en parte aliviado, en parte avergonzado... no tendrá valor para mirar a los ojos a quien había acudido en su ayuda... a él menos que a nadie. Leumnades, ya con su aspecto original, trató de descubrir la procedencia del silbido. Varios aullidos resonaron a su alrededor... a los pocos segundos se vio rodeado por una manada de lobos. Uno de ellos, de color gris claro y con una luna blanca dibujada en la frente, tenía los colmillos manchados de sangre... su sangre.

-

¿Qué significa esto? – masculló.

Al resonar otro silbido, precedido de una risa, los animales se reagruparon en torno a una de las columnas derribadas. Sobre ésta se erguía un ser de cabellos grises vestido de azul; podría haber sido un hombre por su aspecto, pero por sus movimientos se asemejaba más a uno de los animales que lo acompañaban. Su mirada quedaba oculta por un extraño casco. Demonio del Mar, tus días están contados. Vas a tener el honor de morir a manos de Penril de Alioth, guerrero divino de Epsilon – se jactó la figura -. Mime, ¿estás bien? – preguntó secamente, sin mirarlo. No te preocupes, Penril. Acaba con éste indeseable. Así lo haré, descuida. * * *

Ahora era Krishna quien, a duras penas trataba de dirigir la marcha. Atravesaban una zona montañosa, pero pronto se encontraron ante un acantilado helado, que sería realmente difícil de atravesar. Consternado, consultó a Isaac con la mirada, el cual asintió. Separémonos - propuso Krishna – así llegaremos al menos dos de nosotros. Isaac, ve con Eo, y Baian tú.. ¿Baian?

Los tres se volvieron en busca del general del hipocampo. No estaba allí. * * *

Baian había sentido la llamada retadora de alguien cerca de la montaña, al este. Casi sin proponérselo, se dio cuenta de que se había separado del grupo. Miró a su alrededor y no encontró a nadie. Sin embargo, la llamada persistía. Por fin, divisó una diminuta figura a lo lejos, en medio de la nieve, que comenzó a acercarse. Estaba más lejos de lo que Baian pensaba, y se plantó frente al general mirándolo desde arriba. ¡Aquel tipo era inmenso! Probablemente de la raza de los gigantes. Sostenía firmemente un hacha en cada mano y lo miraba seriamente. Veo que has acudido a mi llamada, general. Por lo visto, he conseguido que otro general se aparte del camino... para no volver. Baian sonrió. - Volveré... en cuanto te haya eliminado. - Querrás decir que no volverás nunca... * * *

Mime se incorporó a duras penas, tratando de no venirse abajo. Penril se había acercado un poco más a Leumnades, pero no se había vuelto a mirar a su amigo. Benetasch se lo agradeció, ya sentía bastante vergüenza... Lentamente, comenzó a alejarse para dejar que el combate se resolviera pronto. El Demonio Marino trató de observar el corazón de Penril, buscando su punto débil, mientras éste decidió no perder el tiempo: ¡Que la Garra del Lobo te destruya!

Leumnades encajó el golpe y quedó tendido de bruces, pero se levantó al momento. Había descubierto el punto débil de Penril. Lentamente, su figura fue cambiando hasta adoptar el aspecto de la madre de Alioth. Penril rompió a reír burlonamente y descargó de nuevo su Garra de Lobo contra su adversario. Leumnades volvió a probar, esta vez con el padre del guerrero, pero el resultado fue idéntico. Por más que lo intentó, el guerrero lo golpeaba sin piedad. ¿Es que no tienes corazón, guerrero? Has sido capaz de matar a tus padres, a tu princesa, a tus lobos, en mi persona, sin parpadear. Creo que no lo has entendido – murmuró Penril sonriente -. Hace tiempo que dejé de confiar en la raza humana; además, olvidas algo: yo no soy un hombre, sino un lobo... y tu olor te delata. No percibo en ninguna de tus apariencias más que lo que percibo ahora: un cobarde, sí.

Leumnades trató de incorporarse. Su brazo chorreaba sangre, sus escamas estaban prácticamente hechas añicos. El guerrero de Asgard parecía loco de ira cuando luchaba, pero cuando se detenía sólo se podía sentir la fría sangre que corría por sus venas. El Demonio del Mar cojeó, su pierna cedió y cayó al suelo. Penril volvió a cubrirse los ojos con el visor de su armadura. - Ya me he cansado. Te remataré. Di adiós a este mundo, cobarde. >>¡Que los Lobos de las Estepas te devoren! El cuerpo de Leumnades cayó al suelo sin vida, y sin honor.

CAPÍTULO 5
A las puertas del palacio dos figuras conversaban en voz baja y con desgana. A cada momento volvían la vista al reino, aguardando la llegada de los que sobrevivieran. Yo me ocuparé de esto. No, no lo harás sin mí. Sabes que soy el mas fuerte de los dos. Eso ya no importa. Toda tu vida me has protegido, ahora me toca a mí actuar. ¿Estás loco? Esas marinas son más poderosas de lo que imaginas...

Su conversación fue interrumpida cuando vislumbraron una figura que se acercaba a todo correr, con pasos temblorosos a la par que rápidos. Por su facilidad para caminar entre la nieve, supieron que era uno de los suyos. Alberick... ¿qué hace aquí? No creo que haya terminado con todos. Aún siento el cosmos de seis. Lo averiguaremos, pero desconfía. Ya sabes cómo es él.

Megrez continuó ascendiendo hasta llegar ante ellos. Se detuvo mirándolos, jadeante. Debo hablar con Hilda – murmuró Alberick. ¿Qué ha sucedido, Alberick? Creí que luchabas con las marinas... Y eso hacía, pero traigo un mensaje de parte del Dragón de los Mares. Quiere negociar. Debo ver a Hilda.

Las dos figuras intercambiaron una mirada de desconfianza. Uno de ellos asintió. Adelante, está en la sala del Trono, con Sigfried.

Alberick pasó de largo y penetró en el palacio. No sé qué pensar... ¿Crees que Kanon lo dejaría marchar vivo realmente? – preguntó uno de ellos. Sabes que no. Pero hasta hace poco habíamos sentido los cosmos de Alberick y Siren, luchando el uno contra el otro. Y cuando parecía que el de Megrez iba a extinguirse, el combate se detuvo bruscamente. - Temo de veras que nos haya traicionado. - Yo también, pero no podemos acusarlo sin tener una prueba. Lo último que necesitamos es una lucha interna. Perderíamos a uno de los mejores. Sin embargo, sería terrible que atacase a Hilda... - Por eso no te preocupes, Sigfried la protegerá. >> De todos modos, no aguanto un solo segundo más aquí esperando mientras todos los demás defienden Asgard. - ¿Qué propones? - Kanon y Siren están juntos – repuso -. Si los vencemos a ellos los otros no sabrán qué hacer. Siren es realmente poderoso, y Kanon es quien ha planeado todo esto. - ¿Y pretendes dejar el palacio desguarnecido? - Penril y Mime se acercan, siento sus energías. Y Sigfried está con Hilda. Debemos confiar en ellos. El otro volvió los ojos al palacio, y después al mundo helado que se extendía a sus pies. Está bien, vamos.

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Penril dio la espalda al guerrero de Eta. ¿Te encuentras bien? Sí, ya te lo dije. Entonces vayamos hacia el palacio. Tres generales se dirigen hacia allí mientras nosotros perdemos el tiempo. Conocemos el terreno mejor que ellos, llegaremos a las puertas con tiempo suficiente para aguardarlos. De acuerdo, vayamos a proteger a Hilda – murmuró Mime apretando los puños -. Penril... ¿Sí? – el guerrero de Epsilon ya había comenzado a caminar, pero se detuvo. No te preocupes, no volveré a fallar. * * *

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A Baian le dolía el cuello de mirar hacia arriba. El inmenso guerrero que tenía frente a él medía al menos el doble de la estatura del general. Tholl de Pechda. He oído hablar de ti. Vaya, lamento decir que todo lo que he oído yo de ti no hace sino que me sienta más seguro de mi victoria. Baian sonrió. - Peor para ti. Cuanto más me subestimes, más fácil me será derrotarte. ¡ Tornado Divino! El ataque parecía haber pillado por sorpresa a Tholl, que no se movió para detener el ataque ni siquiera para esquivarlo. Los ojos de Baian se iluminaron viendo próxima la victoria, pero pronto su mirada se tornó en impresionada. El guerrero de Gamma recibió el golpe sin sufrir el más mínimo daño. ¿Eso es todo lo que sabes hacer? – rió -. Tu Tornado no sólo es incapaz de dañarme, sino que me hace cosquillas. Tendrás que pensar en algo mejor para derrotarme.

Baian respiró profundamente, tratando de concentrarse, mientras Tholl blandía sus hachas amenazador y las agitaba, dispuesto a lanzarlas. Finalmente las arrojó. Baian comenzó a describir círculos frente a él con las manos durante unos instantes y después permaneció inmóvil. Las hachas de Tholl rebotaron contra su muro de cristal. Guerrero, tú también me has decepcionado, esperaba algo más de ti. No es con un par de simples hachas como conseguirás vencerme – se burló mientras su cosmos comenzaba a cobrar agresividad -. Ahora verás lo que soy capaz de hacer.

Baian pareció hacerse más grande, y una nube cobriza rodeó su cuerpo. Tholl se puso en guardia. Pronto se vio rodeado por un espejismo de olas amoratadas que lo amenazaban. Acercándose a gran velocidad, la marina descargó toda la fuerza de su puño en la barbilla del guerrero de Gamma, que salió disparado hacia arriba varios metros y cayó con un fuerte golpe que lo dejó tendido boca abajo mientras la sangre comenzaba a asomar de la comisura de sus labios.

El general sonrió al ver que Tholl no se movía. Vaya, ha sido más fácil de lo que pensaba. Nunca debiste desafiarme.

Se dio la vuelta y comenzó a buscar el cosmos de sus compañeros. Dando al espalda al guerrero, comenzó a alejarse. Un fuerte golpe le llegó desde atrás, dejándolo tendido en el suelo cuan largo era. ¿Adónde vas? Aún no he terminado contigo!

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*

*

Cuando Isaac se dio la vuelta se percató de que había dejado a los otros atrás hacía rato. Los llamó a gritos, pero no obtuvo respuesta. ¿Cómo había llegado hasta la entrada de aquella cueva? Recordaba vagamente haberse desviado del camino, como si alguien le estuviera indicando otra dirección. ¿Quién podía haberlo llamado sino uno de los guerreros divinos? No sé por qué, pero este lugar me recuerda al infierno – murmuró, pensando en voz alta.

Entonces reparó en una estructura brillante que se erguía sobre un montículo cerca de la cueva. Se acercó para verlo mejor. La armadura era de tonos plateados y brillante y pálida como la luz de la luna. La cabeza era la de un caballo, todo el cuerpo lo parecía, sin embargo, la figura constaba de ocho patas, en lugar de cuatro. “Ya comprendo,” pensó Isaac. “Esta armadura representa a Sleipnir, el caballo que montaba el dios Odín según la mitología.” De pronto, la armadura pareció cobrar vida y sus piezas se separaron. Como impulsadas por un proyectil pasaron por delante de Isaac y siguieron su movimiento hasta quedar a su espalda. El general se dio la vuelta y observó a la figura que ahora portaba la armadura. Bajo el casco asomaban unos ojos azules y dos mechones rubios quedaban por delante de su cara. Hagen de Merak, celebro conocerte al fin. Se cuentan increíbles historias sobre tu formidable resistencia.

El guerrero de Beta lo miró con aire de superioridad. Será un honor medirme contigo, Isaac de Kraken. Dicen que sobreviviste a las corrientes asesinas del océano Ártico. Así es – respondió el otro, sonriente a la par que desafiante -. Pero como puedes ver, me costó un ojo. Si no abandonas ahora, será algo más que un ojo lo que pierdas. ¿Crees acaso que me das miedo? ¿Crees que tú me lo das a mí? Oh, no, por supuesto. Apuesto a que estás muy convencido de que vas a vencer este combate, estás muy seguro de tus cualidades – repuso sarcástico -. Y supongo que me llevarás a tu famoso volcán, para así tener ventaja.

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¿Qué insinúas? Soy capaz de vencerte, tanto aquí como junto a la lava. Te lo demostraré. Perfecto, lo estoy deseando.

CAPÍTULO 6
Alberick llegó a la sala del Trono caminando lentamente mientras trataba de recuperarse de las heridas que Siren y Kanon le habían causado. Eran dos tipos peligrosos, lo había sentido en su propia carne durante el combate, pero aún podía arreglárselas para engañarlos y obtener lo que quería. Apoyándose en la pared con el brazo izquierdo, entró en la sala del Trono. Hilda, impaciente, estrujaba su cetro con las manos, pero permanecía sentada en el Trono. Sigfried daba vueltas por toda la estancia, tratando de tranquilizar a Hilda con sus palabras, aunque en realidad lo hacía para calmarse a sí mismo, pues estaba aún más preocupado. Ambos se sobresaltaron al oír a Alberick penetrar en el cuarto. ¿Qué estás haciendo aquí? – le reprochó Sigfried. ¿Ha sucedido algo? – preguntó Hilda preocupada.

Alberick se humedeció los sanguinolentos y secos labios y, sin dejar de apoyarse en la pared con el brazo izquierdo, inspiró profundamente. Traigo un mensaje del Dragón de los Mares – anunció. ¿Desde cuándo eres portador de las palabras de nuestros enemigos? – interrogó Sigfried mientras lo miraba con desconfianza. Fui vencido por Siren de Sorrent. Cuando éste iba a darme el golpe mortal, Kanon lo detuvo y me pidió que trajera un mensaje a palacio. Kanon quiere negociar. ¡Negociar! Ese bastardo debería venir a palacio a implorar clemencia – se indignó Sigfried. Aguarda – ordenó Hilda -. ¿Qué es lo que propone el Dragón de los Mares? Promete abandonar Asgard ahora mismo con sus marinas si le entregamos la armadura de Odín.

La estancia quedó en silencio. Sigfried trataba de conservar la calma, pero se le veía visiblemente indignado. Hilda se mordió los labios. Kanon sabe que no puedo darle eso – dijo Hilda -. No está en mis manos entregar nuestra única defensa al invasor. Es la única posibilidad de que todos nos salvemos – dijo Alberick -. El orgullo del pueblo es una cosa, pero su supervivencia es algo bien distinto. Hilda, no le escuches. Si aceptas el trato lo primero que hará Kanon será empuñar la espada y destruirnos.... ¡si le damos nuestra arma más poderosa nada lo detendrá! Es una locura... ¿Qué otras opciones tenemos? – respondió Alberick. Luchar, como hemos hecho hasta ahora. Leumnades ha caído, eso sólo cuestión de tiempo que los otros le sigan. No sabes lo que dices, tú no has peleado con Siren, ni con Kanon. Te repito que si aceptamos el trato acabará con nosotros antes o después. Kanon es un manipulador, y Poseidón desea de todos modos acabar con el mundo entero para rehacerlo después. Si no luchamos contra sus marinas, de un modo u otro, saldremos perdiendo. Te equivocas, Sigfried.... ¡Ya basta! - interrumpió Hilda -. No entregaré la espada. Nuestro papel como habitantes de Asgard no es aguantar estoicamente sin razón alguna. Gracias a nosotros los océanos no se precipitan sobre las costas. Si entregamos la armadura, Odín nos abandonará y será el mundo entero quien sufrirá por ello. Alberick, en cuanto te recuperes vuelve a las puertas del palacio y corta el paso a cualquier intruso.

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Alberick se encogió de hombros. Al menos, lo había intentado, aunque suponía que no iba a resultar. Sin dejar de apoyarse en la pared, abandonó la estancia. * * *

Tholl se erguía ante Baian como una montaña humana, mientras el general se incorporaba sobresaltado. El hacha que había derribado al general permanecía en el suelo, mientras el gigante sostenía la otra con la mano izquierda. Estúpido. ¿Creíste de veras que sería tan fácil vencerme? No permitiré que llegues al palacio, Baian. Las marinas están cada vez más dispersas, será fácil acabar con vosotros. No sabes lo que dices. Oh, sí que lo sé. Presumís de ser tan fuertes como los caballeros de oro, creéis ser también más fuertes que nosotros. Lo lamento, Baian, pero te equivocas. No venceréis, porque vosotros, a diferencia de los santos de oro y de los guerreros divinos, no habéis entrenado para defender la paz, sino para perturbarla. ¿La paz? No me hagas reír. Comportándoos así lo único que hacéis es defender la injusticia por la que tantos inocentes sufren. Hay que lavar el mundo de todo pecado y comenzar una nueva civilización. Para crear un mundo en paz debemos empezar por la misericordia. Matar a inocentes en nombre de la purificación no es sino una cobardía que vosotros cometéis porque estáis manipulados por las ansias de poder del dios al que defiendes, que se escuda tras un ideal de justicia. ¿Osas insultar a Poseidón? Me limito a decir la verdad.

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Baian lo miró enfurecido y su cosmos se encendió de nuevo. Tholl se colocó en posición de combate. Mi turno – dijo -. ¡Que el Puño de Titán te destruya!

Baian volvió a describir círculos con las palmas de las manos justo delante de él. El Puño de Titán chocó contra el muro de cristal. La marina sonrió. Es inútil que lo intentes. No podrás traspasar mi barrera. Eso lo veremos.

El tornado formado por el puño de Tholl se intensificó a la vez que el cosmos de su dueño. Baian concentró su energía en el muro. Finalmente, la barrera invisible comenzó a quebrarse, hasta que el poderoso brazo de Tholl dio de lleno al general en el rostro, haciendo que saliera despedido varios metros. Baian trató de incorporarse, pero sus piernas le fallaban. Tholl lo miró fríamente. Los asesinos como tú merecen un castigo ejemplar. Es inútil que intentes levantarte, de todas formas la próxima vez que el Puño de Titán te alcance, morirás. Así que prepárate.

El general se enderezó haciendo un esfuerzo sobrehumano y encendió de nuevo su cosmos. Tholl se abalanzó sobre él a tal velocidad que la marina fue incapaz de reaccionar; únicamente pudo cerrar los ojos para aguardar el final...

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El poder curativo de Hilda era prácticamente ilimitado, pero debía ocupar casi toda su atención en mantener los polos congelados, así que Alberick tuvo que contentarse con unos segundos de atención por parte de su princesa y unos cuantos vendajes. Aún le dolía la cabeza por culpa de aquella sinfonía macabra del general del Atlántico Sur, pero no le importaba. Todo terminaría pronto. Olvidaría a su princesa, dejaría atrás los estúpidos años de servidumbre y sería dueño de su destino. Detestaba aquello, aquella vida en un país decadente, no soportaba la falsa resignación con la que todos asumían su “destino”. “Hipócritas.” ¿Qué más le daba a él lo que el resto del mundo necesitara? Si de veras era Asgard tan importante, él estaba dispuesto a cambiar su lugar por el de otros. Sigfried no lo entendía. Tampoco Hilda. Para ella era fácil, pues soportaba el frío en medio de cientos de comodidades, mientras otros la servían. Pero él no lo haría más. Para la princesa, su destino era defender el reino con la armadura de Delta, pero Alberick no pensaba del mismo modo; es el hombre el que hace al destino y no el destino al hombre. Pronto todo terminaría y sería su propio señor. Megrez continuó avanzando por el corredor hasta llegar a los inmensos balcones desde los que se podía observar toda la extensión del reino. Como cada día, aparecía frío y desolado, como si estuviera muriéndose. Alberick apoyó los codos en la barandilla y se mordió los labios mientras lo contemplaba. Detestaba aquel lugar, lo odiaba por haber sido un hogar inhóspito para él durante toda su existencia. La figura que se encontraba junto a él, observando a su vez el paisaje, se volvió para descubrir la expresión de amargura que se dibujaba en el rostro del guerrero, y después mirar de nuevo al exterior. Alberick sonrió al ver la preocupación en el rostro de Flare. ¿Traes noticias de los nuestros? – preguntó la princesa con la mirada perdida en el vacío. Kanon quería negociar, pero Hilda ha rechazado su oferta. A su parecer resultaba demasiado arriesgado... más que esta batalla. Mi hermana es prudente, confío en su buen juicio... no temas Alberick, el bien vencerá. No estoy tan seguro. Hasta ahora sólo uno de los generales ha sido derrotado, los otros seis siguen en pie, siento sus cosmos. Vos no los habéis visto. Yo sí. ¿Qué es lo que insinúas? – los ojos de Flare miraron a Alberick con preocupación. Ninguno de los nuestros podrá medirse con Siren, ni con Kanon. He luchado contra ellos, son realmente poderosos. Por otra parte... están en nuestro terreno, y no soportan bien el frío, eso podría ser una ventaja... Sí, así es. Sin embargo... – se interrumpió bruscamente para ver la reacción que causaba su gesto en la princesa -, sin embargo está ese general, Kraken. Se crió en Siberia, es capaz de resistir el frío tan bien como cualquiera de nosotros. En estas condiciones debe de ser el más poderoso de todos ellos – se volvió repentinamente y miró hacia el palacio, apoyando su espalda en la barandilla del balcón -. En fin, pronto lo sabremos. ¿Pronto? ¿Por qué? En estos momentos siento su cosmos encendido, está luchando. Está luchando con Hagen.

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Flare tragó saliva lentamente y miró a Alberick. Parecía sereno. Hagen vencerá. Me gustaría estar tan seguro como vos, princesa Flare. Sin embargo ese combate me preocupa de veras. Imploro a Odín para que proteja a nuestro compañero.

Flare bajó los ojos y apretó los puños.

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Sí, espero que Odín le ayude a ganar el combate.

Flare dio media vuelta y abandonó el balcón. Según se alejaba del lugar, sus pasos se iban haciendo más rápidos. Alberick escuchó con atención mientras una sonrisa siniestra se dibujaba en sus labios. Había resultado la mar de sencillo. Flare estaba fuera del palacio.

CAPÍTULO 7
Baian abrió los ojos y se encontró con el cielo, frío y nublado. Sentía todos los músculos del cuerpo agarrotados, doloridos. Con un gran esfuerzo, trató de incorporarse en medio de la fría nieve. ¿Qué había sucedido? Lo último que recordaba era a Tholl abalanzándose sobre él, pero algo había hecho que el golpe se desviara y, en lugar de destrozarle el tronco, le había dado en el brazo izquierdo. Apretando los dientes, se llevó la mano derecha al hombro herido, después se lo miró. Gracias al frío, la llaga no sangraba, pero el dolor se había hecho intenso. Mordiéndose los labios, Baian buscó a Tholl con la mirada. Pudo distinguir al guerrero tendido en el suelo, boca arriba, cuan largo era. Junto a él, había un figura en pie. Era una mujer. Su piel era morena, el pelo rojizo. Sobre la cabeza llevaba una diadema adornada con plumas blancas. Sobre la túnica violeta se ceñía una armadura . Lentamente, retiró el afilado cetro del costado de Tholl. La sacerdotisa lo miró seria. A duras penas, Baian se puso en pie y avanzó hacia ella. El general miró los ojos de Tholl, que reflejaban una expresión de furia. Resultaba evidente que había sido sorprendido por la espalda. -No debiste entrometerte, Sheeva. Era mi combate, para bien o para mal. -Estúpido. Si no lo hubiera hecho estarías muerto. -Sí, muerto. Pero un muerto con honor. -Un muerto con honor no sirve de nada a Poseidón. En lugar de lamentarte, deberías agradecerme que te haya salvado. Procura no volver a fallar. Y ahora, acompáñame. Tenemos algo que hacer.

*

*

*

Las sombras gemelas continuaron su avance hacia el bosque. El cielo comenzaba a nublarse, anunciando tormenta, y el boscaje resultaba umbrío. Se detuvieron, atentos a cualquier sonido que les indicase el camino. Una música adormecedora resonó en la espesura. Se pusieron en guardia, sin dejar de mirar hacia el lugar del que provenía la música. Por fin, dos figuras se personaron ante ellos. Siren detuvo su melodía, y Kanon sonrió. -Resulta sorprendente que los dos deis la cara – afirmó Kanon. Los gemelos se miraron, tratando de tranquilizarse el uno al otro. -Venga, no os miréis de ese modo – prosiguió -. Lo que digo es cierto, ¿verdad? Uno siempre permanece en la sombra, el otro se cobija en la sombra de su hermano... he oído hablar de vosotros, guerreros de Zeta. Nunca pensé, sin embargo, que os vería así, a ambos, frente a mí. Zyd permaneció sereno. -¿Y tú, Kanon? ¿Sigues escondiendo tus actos criminales tras la sombra de la justicia y el servicio a Poseidón? ¿Es así como logras que las marinas se unan a tu causa? Siren dirigió al Dragón de los Mares una mirada de desconfianza.

-Eso no es de tu incumbencia. Por lo que veo, Hilda ha declinado mi oferta. Peor para ella. Su negativa será el fin de Asgard. Zyd comenzó a encender su cosmos, sin dejar de mirar a Kanon. Por un momento, pareció que Siren iba a intervenir, pero Bud se interpuso. -No creí que volvieras por aquí... después de lo que hiciste la última vez – dijo mientras lo miraba fríamente. Siren mantuvo la mirada del guerrero de Alcor, mientras venía a su mente la batalla con Sigfried, en la que él también había estado a punto de morir. Recordó cómo el guerrero se había roto los tímpanos, cómo se había abalanzado sobre él y había sacrificado su vida cuando se había dado cuenta de su error y había decidido hacer todo lo que estuviera en su manos para salvar Asgard, a cualquier precio. Él había acudido a Asgard seguro de seguir las órdenes de su dios, pero todo había resultado ser un fraude de Kanon. Tras descubrirlo, él mismo había ayudado a los santos de Athena a destruir los pilares del Templo submarino. ¿Era aquello en algo distinto a la batalla que se mantenía ahora? Sorrent bajó los ojos para que el guerrero de Zeta no viera en ellos sus dudas. En aquel momento, Zyd descargó su Garra del Tigre Vikingo sobre Kanon. * * *

Los ataques helados de Hagen no parecían afectar en lo más mínimo al general de Kraken. Por tres veces, Hagen intentó utilizar su técnica. Sólo en una ocasión alcanzó a Isaac, pero éste no parecía muy afectado. -¿Eso es todo lo que sabes hacer? La princesa Hilda debió haber elegido mejor a sus guerreros. No es con un soplo helado con lo que conseguirás derrotarme. Tarde o temprano, tus cosmos se agotará, y no habrás logrado dañarme en lo más mínimo. -Silencio... aún no conoces todo mi poder, es sólo cuestión de tiempo hacerte morder el polvo... -¿De veras lo crees? En fin – murmuró tranquilo, mientras encendía su cosmos -, supongo que esto te bajará los humos: ¡Aurora Boreal! El ataque de Isaac dio de lleno a Hagen, que apenas encontró fuerzas para ponerse en pie. Podría haber estado más atento, pero algo lo había distraído: en el momento en que Kraken lo había atacado le había parecido sentir que el cosmos de Flare se alejaba del palacio. * * *

Mime y Penril llegaron a todo correr al palacio; nadie custodiaba las puertas, y esto les extrañó. Sin embargo, nada más cruzar el umbral de la entrada se toparon con Alberick. -¿Qué estás haciendo aquí? – preguntó Epsilon, mirándolo con desconfianza. Alberick hizo una mueca burlona.

-Tan sólo me estoy reponiendo, he estado a punto de morir en combate... las marinas se acercan cada vez más al palacio, es inútil intentar despistarlos por el camino... esperaré aquí hasta que lleguen. Después de todo, en el palacio estamos cuatro guerreros, será suficiente... Mime alzó la cabeza alarmado. Los otros lo miraron y, de pronto, comprendieron. -¡Tholl! – murmuró Mime, mientras bajaba la mirada con solemnidad. Penril suspiró, rabioso, y apretó los puños. Ni él ni el guerrero de Eta pudieron percibir el gesto de satisfacción que, por un momento, se dibujó en el rostro de Alberick. -Eso quiere decir que Baian se dirigirá hacia aquí – repuso Megrez -. También vienen hacia aquí Crisaor y Escila. Os aconsejo que los aguardéis en la entrada, Sigfried y yo permaneceremos con Hilda. Tanto Mime como Penril lo miraron con desconfianza y luego se miraron entre ellos. Sin cruzar una palabra se dieron la vuelta y volvieron a las puertas del palacio. -Leo en su cosmos... – murmuró Mime cuando se hubieron alejado -. Algo está tramando. Sin embargo, me conoce y es capaz de poner barreras a mi poder. No sé qué estará planeando. -Nada bueno – respondió Penril -. Si de algo puedo alardear es de olfato, y esto me huele a traición. Nada bueno...

CAPÍTULO 8
Hagen se incorporó, pero las piernas le fallaron. Apoyándose en una roca cercana, logró por fin ponerse en pie, ante la sonrisa de Isaac. Un espasmo sacudió el cuerpo del guerrero y, tosiendo, escupió sangre. Resoplando, trató de superar el mareo que le espesaba la cabeza. -Creo que estoy perdiendo el tiempo... – murmuró Isaac -. Tenía la esperanza de encontrar a un luchador de mi talla, pero veo que me he equivocado. Hagen lo miró, rabioso, y comenzó a caminar hacia él, pero su pierna derecha se dobló bajo su peso. -Ni siquiera he utilizado todo mi poder para atacarte, quería medir tu resistencia. Pero, al parecer, un solo golpe más bastará para enviarte al infierno. ¿Qué es lo que te sucede? Estoy seguro de que no eres así, algo te distrae. Vuelves levantarte, pero no me miras a mí, pierdes la vista en el infinito. Si no deseabas pelear conmigo, debiste haberlo pensado antes de intentar atraerme hacia este lugar. -No lo comprenderías, tú menos que nadie –respondió el guerrero divino entre toses. -Tienes razón, no creo que llegara a entenderlo. ¿En qué estás pensando? ¿Temes por alguien? Deberías aprender a concentrarte en el combate, o de lo contrario no durarás mucho. Así no llegarás lejos. -¿Has amado alguna vez, Isaac? La pregunta pilló desprevenido al general, que no supo qué responder. Tan sólo fue capaz de mantener la mirada de Hagen, aunque a duras penas. -Hay algo que debes comprender, Kraken. Puedes aprender todas las técnicas que desees, entrenar hasta caer desmayado, pero si no tienes una causa por la que luchar, tarde o temprano las fuerzas te abandonarán. Y pelear por los demás, por su felicidad, es la única causa que yo conozco, la única justa. >>Tú no peleas por nada, lo leo en tu mirada. Eres el general de Kraken, deberías estar convencido de que vas a acabar con la injusticia gracias a esta batalla. Pero, sin embargo, no sientes nada, lo sé. Empero, tienes razón al decir que no debería distraerme –mumuró, mientras sacudía la cabeza.

*

*

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Kanon se puso en pie sin apenas respirar y con una sonrisa de superioridad dibujada en sus labios. Sin embargo, apretaba los dientes y los puños, en un esfuerzo por ocultar el daño que le había causado el guerrero de Mizar con su golpe. -No es con un golpe así con el que me vencerás. Zyd sonrió. -Está bien, probemos de nuevo. ¡Garra del Tigre Vikingo! El Dragón de los Mares no vio llegar su ataque, lo que le sorprendió. De pronto se dio cuenta de que el golpe le daría de lleno en el estómago, el mismo punto donde había recibido el anterior impacto. Le había impresionado la fuerza del ataque del guerrero, parecía que su cosmos se había fortalecido enormemente tras la batalla con los santos de Atenea. Ya esperaba ver sus escamas destrozadas a sus pies, dejando vulnerable su cuerpo, cuando un extraño círculo de luz se interpuso entre Zyd y él.

Ni siquiera Bud, que lo tenía enfrente, había visto moverse a Siren, pero al parece éste había trazado un círculo con su flauta franqueando el paso al ataque de Mizar. Kanon miró a su compañero con fingida calma. -No era necesario que te interpusieras, Siren, su golpe nunca me hubiese alcanzado–mintió. Siren lo miró calmadamente. Sabía que estaba actuando. -De todos modos, Kanon, no debemos perder el tiempo jugando con estos dos. Cuanto antes lleguemos al palacio antes habrá terminado todo esto. Déjamelo a mí. Siren entonó una vez más su melodía macabra. Las notas salieron de la flauta como si fueran una perfecta armonía, pero al instante Zyd trató de taparse los oídos, de huir de aquel sonido que parecía destrozarle la cabeza. Al poco rato se dio cuenta de que su cuerpo se retorcía en espasmos de dolor. Vio borrosamente al general de Sorrent tocando su flauta en la distancia. De pronto, sin previo aviso, el sonido cesó, y el dolor fue aminorando muy lentamente. Poco a poco su vista se volvió de nuevo clara. -¿Qué haces? Por qué te detienes? Ya era tuyo – replicó Kanon furioso. Siren rehuyó su mirada mientras Zyd se ponía en pie tembloroso. -Le ofrezco la oportunidad de rendirse ahora y cesar esta agonía. No tiene sentido tanto dolor para no conseguir nada. -Si no tiene sentido, ¿por qué combates, Sorrent?-replicó Bud. ¿Qué pretendes con esta batalla? Siren se mordió los labios, esquivó sus ojos, sin saber qué responder. Fue Kanon quien lo hizo: -Hemos venido a castigar a Hilda por ayudar a Atenea, como bien sabes. Y ciertamente es inútil que vosotros tratéis de detenernos, es sólo cuestión de horas que el reino de Asgard quede sometido al poder de Poseidón. -O más bien-respondió Bud con voz ronca-, es cuestión de horas que la armadura de Odín caiga en tu poder, Kanon, y de ese modo ya no necesites utilizar a ningún dios para conseguir lo que llevas tanto tiempo anhelando-mientras decía esto, se acercó a su hermano y lo ayudó a mantenerse en pie-: el mundo a tus pies. Zyd apoyó el peso de su cuerpo sobre el hombro de Bud, mientras las fuerzas le volvían, muy lentamente. Kanon, al ver la mirada de desconfianza que le dirigía Sorrent, intentó cambiar de tema. -Dime, ¿por qué combates tú, Bud de Alcor? Por una princesa que te coloca a la sombra de tu hermano, por proteger a alguien que ganó todo lo que te pertenecía por legítimo derecho. Bud sonrió con calma. -No comprendes nada Kanon, porque eres un necio que no ve más allá de sus propios intereses. Fue Odín quien me destinó a esta armadura, él sabe porqué me la entregó a mí y no a mi hermano. Zyd tampoco tuvo la culpa de lo que había sucedido, y me ha demostrado que lo siente en más de una ocasión. No me vale la pena lamentarme por un pasado que ahora ha quedado atrás. Pero supongo que eres incapaz de comprenderlo, porque tus resentimientos se han alimentado de tu alma y odias todo aquello que hubo antes y trató de ayudarte a seguir la senda del bien.

Kanon tragó saliva. -¿Crees que él actúo mal? El Dragón de los Mares mantuvo la mirada de Bud. ¿Acaso el guerrero de Zeta se estaba refiriendo a Saga? ¿Cómo podía saber algo de aquella historia? ¿Se referiría tal vez a su hermano Zyd? “Sólo intenta desconcertarme”, se dijo. Kanon iba a hablar, cuando sintió que los cosmos de Zyd y Siren se encendían con violencia. Zyd extendió los brazos hacia arriba y en un abrir y cerrar de ojos descargó su golpe. Siren, empuñando su flauta, dibujó un círculo delante de sí. Tarde. La garra del Tigre Vikingo del guerrero de Mizar le dio de lleno, llevándolo hacia atrás varios metros y haciéndole caer pesadamente. -Nunca estés tan seguro de tu victoria como para dar la oportunidad de vivir al contrario. Esa seguridad puede costarte cara, Sorrent –mientras pronunciaba estas palabras, se acercó al lugar en el que había caído Siren, que ya estaba en pie, aunque jadeante. -Parece que se han desentendido de nosotros...-dijo Kanon con una sonrisa irónica. -Mucho mejor-respondió Bud-. Así es como quería verte: tú y yo, solos, frente a frente. Antes de encender su cosmos dirigió una última mirada a su gemelo, una mirada de confianza. Kanon, siguió sus ojos con atención. Las palabras de Bud seguían sonando en su cabeza: “¿Crees que él actúo mal?” * * *

Hilda continuaba en la sala del Trono, tamborileando con los dedos en la mesa más cercana. Sigfried no se había movido de la puerta desde casi una hora. Los únicos sonidos que percibían eran los choques de los dedos de la princesa contra la mesa y el crepitar del fuego en el hogar. -No aguanto más. Es absurdo permanecer aquí mientras todos combaten en un esfuerzo por salvarnos. Al menos iré a rezar por ellos. La princesa se levantó y fue resuelta hacia la puerta, pero Sigfried se interpuso. -Sería peligroso, princesa. Es mejor que permanezcáis aquí. -¿Peligroso? ¡Más allá de esas puertas hay siete personas entregando sus vidas a cambio de la mía. ¡Sigfried, Tholl está muerto! Lo menos que puedo hacer es pedir a Odín que los proteja y que continúe helando los polos. El frío favorecerá a los nuestros-esquivó a Sigfried y abrió la puerta, pero el guerrero de alfa se dispuso a seguirla- ¡No! Permanece aquí, necesito soledad. No me sucederá nada. Sigfried permaneció quieto, mirando al infinito, sin cerrar siquiera la puerta. No supo cuanto tiempo había transcurrido cuando Alberick entró en la estancia. El guerrero de Megrez lo miró extrañado. -¿Qué demonios te pasa? ¿Qué haces ahí plantado sin moverte? -Nada, supongo, salvo aguardar la llegada de las marinas. -¿Dónde está Hilda? -Dijo que necesitaba soledad, y se fue.

-Entiendo -a Alberick le divertía aquella situación. Un guerrero enamorado de la mujer a la que debía proteger, una princesa enamorada de un simple guerrero. Un sentimiento compartido que ninguno de los dos se atrevía a declarar. Resultaba de lo más patético. Pero después de todo era algo de lo que él podría sacar algún provecho-. En mi opinión resultas sobreprotector, Sigfried. Sigue sus órdenes, eso es todo lo que debes hacer. Después de todo, nosotros no somos más que sus guerreros. Ni más ni menos. Sigfried se acercó a la chimenea y posó sus ojos en el fuego. -Puede que estés en lo cierto. -Lo estoy. Creo que yo también me quedaré aquí, aguardaremos sus órdenes – dijo, acercándose a Sigfried. * * *

Hilda salió al patio arrastrando los pies, hasta que se detuvo en el balcón desde donde antes se contemplaba la inmensa estatua de Odín. Allí había estado escondida su armadura durante siglos, pero no hacía mucho que ésta había vuelto para proteger a su pueblo. Ella misma había comprobado en poder que otorgaba la armadura a quien la llevaba, y la potencia mortífera de la espada Walmunga. La armadura que ahora estaba a sus pies, a menos de un metro de ella. La armadura que debía traerles la paz, había desencadenado otra guerra. Sabía que lo que había dicho Sigfried era cierto. Kanon quería la armadura por encima de todo. Incluso era posible que hubiese manipulado a sus generales con el fin de obtener para él la armadura de Odín y utilizar su poder en beneficio propio. La felicidad de los últimos días no había sido más que un espejismo. Tal vez un castigo. Con un nudo en la garganta, murmuró unos versos del Cantar de los Nibelungos. Diu vil michel êre die liute heten alle mit laide was verendet als ie diu liebe leide was dâ gelegen tôt jâmer unde nôt des küniges hôhgezît z’aller júngéste gît.

Una lágrima furtiva recorrió su rostro mientras traducía las palabras para sí: Muertos por tierra quedaban allí los grandes honores. Toda la gente sentía tristeza y quebranto. Las bodas del rey habían acabado en sufrimiento; como siempre, el placer engendra, al cabo de todo, dolor.

CAPÍTULO 9
Mime detuvo en seco el sonido de su arpa. Penril, que acariciaba la testa de uno de sus lobos, alzó la cabeza y pareció husmear el aire. -Aquí vienen-murmuró El guerrero de Alioth estaba en lo cierto. Dos figuras envueltas en tonos dorados y cobrizos avanzaban con lentitud, impasibles, hacia ellos. Una de ellas portaba una lanza, mientras que la otra crujía sus nudillos. Tras una mirada rápida, Mime continuó con su melodía, que cada vez parecía más melancólica. Ambos generales se detuvieron al escuchar el sonido, titubearon un instante y continuaron avanzando. Krishna blandió la lanza en su mano y la arrojó con todas sus fuerzas hacia el guerrero de Eta, que no pareció siquiera inmutarse. En el instante en que parecía que la lanza lo atravesaría de lado a lado, la imagen del guerrero divino se desvaneció, dejando al general estupefacto. El verdadero Mime se encontraba detrás de él. Eo de Escila encendió su cosmos en un abrir y cerrar de ojos, y descargó el aguijón de su abeja sobre el cuello del guerrero de Eta. Dispuesto a dar otro picotazo, su golpe se vio detenido por la Garra del Lobo de Penril. Mime se alejó con un rápido movimiento, mientras Eo se frotaba la mano herida. Mime posó la mano sobre el golpe que había recibido en el cuello, de donde salía sangre a borbotones. Mientras tanto, Krishna se había apresurado en recoger su lanza, pero se encontraba rodeado por la manada de lobos de Penril. -¿Es así como luchas?-gritó el general de Crisaor a Alioth-.No pensé que necesitases un ejército de animales para enfrentare a nosotros, pero, por lo visto, tienes miedo. Penril sonrió. Una sola nota salió del arpa de Benetasch, seguida por una queda risa. -Por lo que veo, Krishna de Crisaor, eres tú quien está asustado de unos simples lobos. Penril se llevó dos dedos a los labios y emitió un agudo silbido, por el cual los lobos se abalanzaron sobre la marina. Blandiendo la lanza, se enfrentó a ellos. Tras herir a dos, su amo silbó de nuevo y los lobos se alejaron, quedando a una distancia prudencial. Un fuerte golpe sacudió el cuerpo de Penril, que por un momento sintió como si todo su cuerpo fuese estrangulado. A duras penas, se incorporó, maldiciéndose a sí mismo por haber bajado la guardia. -Vaya, parece que te distraes, Alioth-sonrió Escila-. Dejadnos pasar ahora, y os perdonaremos la vida. Negaos y será vuestro final. Mime acarició de nuevo las cuerdas de su arpa, extendió los dedos y finos hilos salieron de sus manos, golpeando con fuerza al general del Pacífico Sur, que cayó de bruces al suelo y trató de levantarse tembloroso. -Ahí tienes nuestra respuesta-susurró Benetasch. * * *

El golpe en la cabeza con la flauta le había pillado desprevenido, pero al menos tuvo tiempo de dar una patada a su adversario, con lo que ambos acabaron en el suelo. Siren se llevó la mano al hombro donde había recibido el golpe. Le había hecho más daño del que esperaba. Zyd se dio cuenta de que su casco había

salido despedido. Al llevarse la mano a la frente ésta se empapó de sangre. De hecho su ojo izquierdo quedaba nublado por el constante gotear de la herida de la cabeza y se vio obligado a cerrarlo. Una vez más, encendió su cosmos, trató de concentrar su poder en la mano derecha y descargó la Garra del Tigre Vikingo sobre Siren. De nuevo el general trazó un círculo con su flauta. Esta vez el golpe fue totalmente detenido. -Veo que insistes en combatir. No me queda entonces más remedio que matarte, guerrero. Es una lástimamurmuró Sorrent. -Ni siquiera sabes por qué luchas, ¿verdad? –dijo Zyd-.Tranquilo, no quiero tu piedad. Es más, te compadezco. Muera o no hoy, sabré que he hecho lo correcto. ¿Tendrás tú la conciencia tranquila al finalizar el día? No lo creo. Sabes que te estás equivocando. Por un momento, Siren vaciló. Toda su entereza se vino abajo durante unas milésimas de segundo, pero adoptó de nuevo una mirada desafiante y entonó su melodía macabra. Zyd volvió a retorcerse de dolor, tratando de taparse los oídos para no oír la música. * * *

La fuerza de Hagen se incrementaba por momentos. Apartando de su mente la preocupación por Flare, miró de frente a su adversario y se concentró en su propio cosmos. Isaac se puso en guardia, tratando de analizar el ataque que el guerrero divino lanzaría sobre él. Un ataque helado no importaba para alguien que se había criado en Siberia como él. Por un momento le vino a la cabeza su batalla con Hyoga en Atlantis; hasta que no cayó derrotado no había alcanzado a comprender del todo lo que se veía dispuesto a hacer: matar a un amigo. ¿Por qué había perdido aquel combate? ¿Es que tal vez, por un solo instante había sentido compasión por el caballero del Cisne? Se mordió los labios con rabia. Esta vez no sucedería, no pensaba flaquear ni por un momento. Sintió el golpe en la mandíbula, frío y seco, como si fuera el anuncio de una muerte próxima. Quedó tendido cuan largo era sobre la nieve, a punto de perder el sentido. ¿Por qué no lo había visto venir? Vio al guerrero de Merak frente a él, mirándolo a través de los fríos iris gris perla. Sin mover los labios, pareció hablar de nuevo: “Si no tienes una causa por la que luchar, tarde o temprano las fuerzas te abandonarán .” Isaac trató de sobreponerse. Su vista se nublaba por momentos. Le daba la sensación de que Hagen se alejaba, pero sabía que no era así. Respiró profundamente en un intento por mantenerse consciente. Se llevó la mano al lugar donde había recibido el golpe. Apartó la mano al sentir el tremendo frío en ella. Nunca hubiera imaginado que su contrincante pudiese realizar semejante ataque. Volvió a respirar profundamente y, con lentitud, alzó la cabeza para mirar al guerrero de Beta. A pesar de la calma que se observaba en sus fríos ojos, pudo ver que Hagen apretaba fuertemente los puños, hasta clavarse las uñas en las palmas de las manos, y que el labio inferior le temblaba. Un nuevo espasmo sacudió su cuerpo y volvió a escupir sangre. Hincó la rodilla en el suelo y volvió a escupir sangre. Un nuevo espasmo. Más sangre. A pesar de sus esfuerzos, Hagen perdió el sentido mientras Kraken se ponía en pie. * * *

Hilda continuó mirando la armadura durante largo rato. Mientras permanecía absorta, pudo sentir los cosmos de sus guerreros, unos luchando con ahínco, otros a punto de desvanecerse...otros ya se habían extinguido. En un momento de desesperación trató de enviar su propia energía a los guerreros divinos, para al menos lograr darles un poco más de tiempo. Sin darse cuenta, la sacerdotisa había entrado en trance y ya no era dueña de su cuerpo. La respiración se hizo más dificultosa, su vista se nubló, hasta que cayó en un estado de inconsciencia. Cuando abrió los ojos no fue capaz de calcular el tiempo que había transcurrido, sin embargo su mirada no reflejaba ya preocupación, sino serenidad. Se incorporó, tomó la espada Walmunga entre sus manos y se dirigió al interior de una pequeña habitación a la que se accedía desde el patio. Era una capilla que apenas se utilizaba ya. Todo cuanto contenía era un altar tallado en mármol, un tapiz que reflejaba a los dioses del Walhalla y unas cuantas velas casi consumidas. Como por arte de magia, al posar su mano sobre ellas, éstas se encendieron, mientras en la izquierda sostenía aún la espada de Odín. Se concentró unos momentos y su cálido cosmos envolvió la sala, haciendo desaparecer la penumbra que la envolvía. Se colocó delante del altar y tomando la espada con todas sus fuerzas, la hundió en el suelo de la capilla. El suelo tembló durante unos segundos, hasta que el altar se hundió en algún lugar más allá del suelo de la estancia. Hilda arrancó la espada del suelo, volvió al patio y la dejó en el lugar que ocupase en la vestimenta sagrada de Odín. Sin perder la calma volvió a la capilla y se asomó al lugar hueco que el altar había dejado en el suelo al hundirse. Unas escaleras descendían tortuosas. Sin más luz que la de su cosmos, descendió con lentitud hasta llegar a una habitación realmente pequeña, en la que su cabeza rozaba el techo. Alargó la mano y el objeto que contenía la estancia se iluminó, reconociendo a su dueña. La armadura era de tonos rojizos pero estaba llena de destellos plateados. Un cetro de gran tamaño se interponía entre ambos. Parecía hecho de escarcha, con un círculo en la parte más alta, en el que estaba incrustado un cristal de cuarzo. Al tocarlo adquirió luz propia, e Hilda pudo leer la inscripción grabada en la pared tras la armadura: “El día que esta habitación sea iluminada serán tiempos de lucha, muerte y guerra. Una valkiria vestirá la armadura de Polaris, y uno de los guerreros divinos será elegido por el todopoderoso Odín, padre de los dioses del Walhalla, para empuñar la espada Walmunga y ser protegido por su divina armadura. Recen los habitantes de Asgard para salir con vida de esa batalla...”

CAPÍTULO 10
Mime había logrado escapar a las bestias de Escila, una tras otra, sin que Eo hubiese podido asestarle ni tan siquiera un golpe. Estaba lleno de contusiones por todo el cuerpo, y sus escamas aparecían quebradas en varios puntos. Sin embargo, aún podía mantenerse en pie y, aunque su energía había disminuido, parecía dispuesto a todo. Benetasch permanecía como siempre impasible, con un gesto de tranquilidad en su semblante. Sin embargo, su tez se tornaba más y más pálida por momentos, y la herida del cuello no dejaba de sangrar. Penril continuaba atacando sin compasión a Krishna pero, cada vez que lo hacía, éste adoptaba una extraña postura y el ataque de Alioth parecía rebotar contra un invisible muro. Por otra parte, Penril era muy rápido y ni tan sólo una vez había logrado rozarle con su lanza. Krisaor parecía cansado, pero para Penril la situación era peor, pues había recibido en su cuerpo los golpes que había destinado al general. Por un momento el combate se detuvo. Un fuerte choque de cosmos se había producido, no muy lejos de ellos, en Asgard, pero ninguno fue capaz de identificarlos. -¿Qué ha sido eso? – exclamó Eo tratando de no desvelar su desconcierto. Krishna negó con la cabeza. -Un combate, pero no sé dónde, ha sido tan repentino... los cosmos de los dos contrincantes se han ocultado en un abrir y cerrar de ojos... -Sospecho que tarde o temprano lo averiguaremos-susurró Penril- ahora no vale la pena pensarlo-volvió a encender su cosmos, dispuesto a medirse con Krishna-¡Garra del Lobo! Su ataque fue repelido, al igual que había sucedido en todas las ocasiones anteriores. Oyó un grito ahogado de Mime y, al momento, sintió un dolor punzante en el costado. Al alzar los ojos, vio la lanza del general del Océano Índico clavada en su cuerpo limpiamente, destrozando su armadura. Echó el cuerpo hacia atrás y cayó de rodillas en la nieve, mientras su tórax se movía a un ritmo frenético, luchando por mantener la respiración. El guardián del Pilar del Océano Índico sonrió con aire de superioridad. Penril miró su cuerpo y pudo comprobar que, antes de haber clavado el arma en su costado, le había hecho numerosos cortes en la barbilla, las palmas de las manos y las piernas, que comenzaron a sangrar a un tiempo. La vista del guerrero divino se nublaba por momentos.. -¡Ya lo entiendo!-casi gritó Mime-. ¡Los chakras, Penril! La barrera que se mantiene frente a él tiene un punto débil, sus chakras recorren su cuerpo en posición vertical, destrúyelos y vencerás... Krishna dejó escapar una carcajada. -¿De veras crees que tu amigo será capaz siquiera de ponerse en pie? Míralo, está más muerto que vivo, sólo queda esperar que se desangre hasta morir por completo, ya hace tiempo que perdió la batalla, pero su vida también se quedará en el camino. El general de Crisaor se acercó a su adversario, que movía frenéticamente el tórax haciendo esfuerzos por respirar mientras la lanza se movía al compás de sus movimientos y mantenía la mirada en el suelo. Krishna puso el dedo índice bajo la barbilla de Penril, obligándole a alzar el rostro, mientras no dejaba de sangrar, empapándole el dedo. La marina volvió a sonreír. -Cuestión de minutos, tan sólo.

El guerrero de Benetasch miró a su compañero sintiendo que era incapaz de hacer nada por él. Al menos, no por el momento. Miró al Eo de Escila, que parecía dispuesto a atacar una vez más. Penril había salvado su vida cuando él no había sido merecedor de tal ayuda. Había fallado una vez, pero ahora tenía que responder ante aquel que le había otorgado otra oportunidad para demostrar su valía. Tenía que deshacerse de Eo, y más tarde de Krishna, si quería socorrer a Alioth. Se llevó la mano inconscientemente al cuello, donde la herida seguía sangrando, haciendo que su cuerpo se debilitase. Sabía que un mal movimiento podría abrirla más aún, incluso provocar que perdiese tanta sangre como para dejarlo muerto en pocos segundos. -Esta vez no fallaré-rió Escila-. Antes lograbas desvanecerte ante mis ataques, pero esta vez no podrás, ya conozco lo suficiente tu técnica y sé como contrarrestarla. El cosmos de Escila adquirió una fuerza desatada que rodeó su cuerpo. Con una sonrisa, dirigió su ataque: -¡Tornado de Escila! Mime, trató de mantener la calma como siempre hacía, pero su atención estaba desviada hacia Krishna, que aún mantenía con su dedo la cabeza de Penril. Por un momento perdió la concentración y el golpe del general le dio de lleno, haciéndolo saltar varios metros por los aires. Aturdido, vio que la herida del cuello sangraba más que antes, sus huesos estaban doloridos, pero aún así, encontró fuerzas para levantarse. Recordó a su padre, que nunca se había rendido ante la adversidad, imaginó el orgullo que hubiese sentido al verlo vestir la armadura de Eta. Y vio a Penril, una vez más, frente a Krishna, tratando de seguir respirando, tratando de mantenerse con vida para cumplir su deber. Escila sonreía con un gesto de satisfacción. -¿Qué te dije? He sido capaz de alcanzarte; ahora que conozco tu punto débil es cuestión de tiempo que acabe contigo definitivamente. No sé por qué vuelves a levantarte, es sufrir inútilmente, la herida que hizo en tu cuello el Aguijón de la Abeja hará que, tarde o temprano, termines por desangrarte... Mime lo miró impasible. -¿La herida de mi cuello? Me he cansado de ti, Eo de Escila, y acabas de darme una idea que conseguirá que me deshaga de ti fácilmente. El cosmos del guerrero de Eta se encendió de nuevo a un nivel más fuerte que antes... rozó las cuerdas de su arpa con los dedos, y algunas se desataron del instrumento buscando rápidamente el cuerpo de su adversario. Eo no pudo escapar a las ataduras, habían ido tan rápidas que no había alcanzado a verlas venir. Mime comenzó a interpretar la melodía con la suavidad que lo caracterizaba, pero por un momento giró su rostro vio al general del Índico, que había abandonado a su compañero a su suerte y contemplaba a Penril en la misma posición, como si disfrutase su agonía, esperando para ver su muerte... La furia brilló en el cosmos de Benetasch que acortó enormemente la magnitud de su pieza. Tocó la última nota y la garganta de Eo quedó destrozada por el golpe. Las cuerdas soltaron a su presa y volvieron a su estado normal, mientras Mime se volvía para hacer frente Crisaor. * * *

Hagen no sabía cuánto tiempo había transcurrido desde que había perdido el sentido, pero sus ojos no miraban ya el cielo, sino un techo rocoso. Todo lo que sentía a su alrededor era una calidez familiar, pero lo

que lo había despertado, ahora que era capaz de recordarlo, era el choque de dos cosmos poderosos que no había tenido tiempo de identificar. Se incorporó hasta quedar sentado en el suelo, la calidez lo iba sacando de su aturdimiento y al mirar, pudo comprender su situación: se encontraba en el volcán donde tantas veces había entrenado, y el general de Kraken lo miraba moverse a pocos metros de distancia. El guerrero de Merak se puso en pie a toda prisa y se colocó en posición defensiva. Pero Isaac no parecía dispuesto a atacar. -¿Por qué nos has traído aquí, Isaac?-dijo mientras sonreía-. ¿Acaso ignoras que me has llevado a mi terreno? -Por supuesto que no. Pero... lo que dijiste antes, me hizo pensar... acerca de la justicia de mi causa y... o bien me he rodeado de embaucadores, como tú o mi antiguo compañero Hyoga, o bien la única embaucadora que hay es Sheeva. En cualquier caso hay algo que tengo claro... si mi causa es la justa, venceré este combate a pesar de cualquier adversidad. Por eso te he traído aquí. Hagen contempló a su contrincante. El golpe que le había asestado en la mandíbula había dejado su marca, pues aparecía congelada. El general del Océano Ártico estaba sudando, aunque permanecía impasible. El cuerpo del guerrero de Beta se sacudió de nuevo con un espasmo. Volvió a escupir sangre. Por un momento las piernas le fallaron, pero consiguió mantener el equilibrio. -Un solo golpe-murmuró Isaac-, y todo quedará claro. Los cosmos de ambos explotaron, sin que dejasen de mantenerse la mirada. Hagen cambió su técnica: -¡Furor del Volcán! -¡Aurora Boreal! Fuego y hielo se entremezclaron ante los dos contrincantes. La mezcla fue tan violenta que toda la tierra tembló en el reino de Asgard... * * *

¿Qué había sucedido? Tras aquel extraño choque de energías que habían desaparecido en un abrir y cerrar de ojos, la tierra temblaba. Bud y Kanon se detuvieron por un momento tratando de conservar el equilibrio. Se habían internado en el bosque hacía ya tiempo, pero aún no había nada decidido. Kanon aún no había atacado a Bud, mientras que éste había logrado herirle con la Garra del Tigre Negro en varias ocasiones. Aunque en aquel momento Kanon esta debilitado, mantenía aquella irritante seguridad en sí mismo. De nuevo Bud atacó, esta vez a mayor velocidad, y el golpe dejó al Dragón de los Mares tendido en el suelo cuan largo era. Al incorporarse, Bud pudo ver que asomaba sangre por la comisura de sus labios. El general sonrió. -He de reconocer que peleas mejor de lo que hubiese imaginado en un guerrero divino, a pesar de ser tan sólo una sombra...-sonrió-. Bueno, dentro de poco no habrá ni guerrero ni sombra, ya no tendrás a quién proteger y, de todos modos, no serías capaz de hacerlo... es mi turno. La energía cósmica de Kanon se encendió paulatinamente hasta inundar todo el bosque. Resultaba más desconcertante de lo que Bud hubiese pensado, pero, a la vez, menos violento.

-Dime, Bud de Alcor. Sé que no has salido de estas tierras, pero... ¿has oído hablar del Triángulo de las Bermudas? Es un lugar evitado por todos los marineros, pues más de una vez han desaparecido barcos en misteriosas condiciones. Lo que la mayoría de ellos ignora, es que es un portal a otra dimensión, un portal que sólo puede cruzarse en una dirección... sin retorno. Ahora lo verás, aunque... me temo que nunca podrás contárselo a nadie... Kanon atacó raudo, y pilló a Bud desprevenido. El guerrero de Zeta sintió que su cuerpo ascendía sin poder moverse ni hacer nada por evitarlo. -Hasta nunca-rió Kanon, y Bud se desvaneció-. Vagarás eternamente en un lugar sin principio y sin final al que no hay escapatoria. Nunca debiste desafiarme... Una ráfaga de viento recorrió el bosque. Tal vez solo fueron sus imaginaciones, pero le pareció distinguir una voz, murmurando... “¿Crees que él actúo mal?”

CAPÍTULO 11
La armadura parecía hecha a medida de Hilda, se había colocado sobre su túnica con tan sólo el pensamiento de la sacerdotisa. Asió con fuerza el cetro y subió de nuevo las escaleras que la llevaban hasta la capilla. El altar volvió a situarse en su lugar, las velas se apagaron y la valkiria dejó la habitación para salir al patio. Un fuerte chocar de cosmos la sacó del su trance. Por un momento pensó que le sería posible identificarlos, pero se desvanecieron como si nunca hubiesen existido. Volvió a la capilla, se colocó ante el altar y proyectó su cosmos para intentar averiguar lo sucedido. Fue en vano, estaban pasando más cosas de las que su comprensión alcanzaba a discernir. Abandonó la capilla y volvió al patio. Se detuvo en seco y quedó completamente pálida. Nadie había podido entrar allí, sin embargo, la armadura de Odín no estaba. ¿Cómo era posible? Nadie hubiese sido capaz de llegar hasta el patio sin que ella lo hubiese sentido, nadie podía sacarla de allí sin su conocimiento. Nadie, salvo... Nadie salvo el propio Odín. * * *

Mime se volvió hacia Krishna con una mirada desafiante, aunque su rostro seguía mostrando su habitual calma. -Creo que deberías preocuparte por algo más que por ver morir a Penril... es probable que acabe contigo antes de lo que imaginas. El general del Índico dejó escapar una carcajada. -Adelante, guerrero. Atácame, no lograrás nada más que herirte a ti mismo. Mime se volvió hacia Alioth. Por lo menos, tendría tiempo de descansar... o al menos eso esperaba. Hizo sonar su arpa y de sus dedos salieron pálidos rayos dirigios a la marina. Krishna adoptó de nuevo aquella extraña postura el ataque se volvió en contra de Mime, dándole de lleno y arrojándolo al suelo. Su herida seguía sangrando, cada vez se encontraba más cansado. Se levantó y contempló a Krishna de nuevo. Tal y como le había dicho a Penril, la única forma de romper aquel muro y acabar al mismo tiempo con aquél que lo levantaba era destruir sus chakras, que se disponían en posición vertical recorriendo su cabeza y su torso. Si lograba asestarle un golpe vertical, el muro y el propio Crisaor caerían. Su única posibilidad consistía en emitir con sus manos rayos lo bastante fuertes y cortantes como para destruir ese punto débil. Encendió su cosmos de nuevo, pero lo que sucedió le pilló desprevenido. Penril, blandiendo la lanza de su adversario, se abalanzó sobre él a la vez que su cosmos explotaba, y le propinó un corte vertical que recorría todos aquellos puntos. Después cayó al suelo cuan largo era y el arma cayó a su lado.

La mirada de furia de Krishna se quebró por una línea dorada que dividió su cuerpo en dos mitades. Finalmente, el guerrero de los lobos había conseguido romper su muro y destruirle. Mime, asombrado, corrió hacia Penril, que estaba tendido boca abajo. Le miró y examinó su herida en el costado, que ahora no dejaba de expulsar sangre a borbotones. -¡Penril! Aguanta, te llevaré ante Hilda... ella te curará, solo tienes que resistir un poco más. El guerrero de los lobos sonrió amargamente. -Hilda no puede permitirse derrochar su energía en mí ahora, y lo sabes, Mime. Déjame aquí y ve al palacio. Pronto llegarán los otros y no podrás hacerles frente tú solo, necesitas a Sigfried y a Alberick... por Odín, espero que siga de nuestro lado... -No, Penril, no te dejaré aquí. Antes salvaste mi vida, cuando no lo merecía. Tú, sin embargo, has peleado hasta el último aliento... -¡Nuestro deber es proteger Asgard! Líbrate de tu compasión ahora o nos traerás la perdición a todos. Déjame aquí. Si la estrella de Alioth me protege, sobreviviré. Mime apretó los puños, asintió y dio la vuelta, adentrándose en el palacio. Su herida había comenzado a cicatrizar. Penril vio como se alejaba, por un instante. Luego sus ojos se cerraron. En realidad nunca había creído que Alioth le fuese a salvar de la muerte.

*

*

*

Al salir del bosque Kanon halló a Siren esperándolo. El guerrero divino de Mizar estaba tendido sobre la nieve, con los ojos mirando a ninguna parte, la frente impregnada de sangre reseca y con una mínima respiración. -¿No piensas rematarlo? – preguntó Kanon mientras miraba al guerrero derrotado con desprecio. Siren esquivó la mirada de Kanon. -No tiene sentido hacerlo, sería derrochar energías. Ya está más en el otro mundo que en este, no será capaz de recuperarse, y todo lo que queremos es llegar hasta Hilda. Así que no vale la pena ni volverse a mirarlo. -Tú y tu compasión... Está bien, como desees. Creo que va siendo hora de que le hagamos una visita a Hilda de Polaris – sonrió-. Vámonos. Perdona, ¿has dicho algo? -¿Yo?- preguntó Siren-. No, no he dicho nada. -Es igual. Pero él sí había oído algo; de nuevo, al pasar la brisa le había parecido distinguir la misma frase...

“¿Crees que él actúo mal?”

CAPÍTULO 12
Mime avanzó lo más rápido que pudo por los corredores del palacio, tenía que llegar a Hilda, estar a su lado. Ya no tenía sentido intentar cortar el paso a los generales, él sólo no podría detener a Siren y Kanon, que se acercaban ya a las puertas. Pero tal vez ayudado por Alberick y Sigfried sería capaz de proteger la armadura de Odín y a su princesa. Iba a dirigirse a la sala del trono, pero sintió que el cosmos de su princesa despedía una fuerza inusitada, y provenía del patio. Continuó caminando por el pasillo hasta llegar al exterior, sin apartar la mano de la herida de su cuello, que sangraba menos ahora. Se quedó parado en seco al ver que Hilda vestía una armadura de tonos rojizos y portaba en su mano derecha un cetro que parecía hecho de escarcha. Todo su cuerpo despedía destellos plateados y su energía era pura y conciliadora. Sin embargo, había un atisbo de temor en sus ojos. -Mime-pronunció su voz al verle-. Estás herido. El guerreo de Eta bajó la cabeza avergonzado. -Estuve a punto de sucumbir por mi debilidad princesa, sólo gracias a Penril salvé la vida. Él debería estar aquí ahora con vos y no yo. Lo lamento de veras. -No cuestiones la voluntad de Odín, guerrero. Es posible que tengas aún algo que hacer aquí que Penril no podría, quien sabe... Se acerca el momento de la verdad, la batalla no ha hecho más que empezar. No las tenemos todas con nosotros, la batalla será dura, pero Odín nos brinda su protección, me ha otorgado una vestimenta y un arma, para acabar con mis adversarios y proteger a mis aliados – mientras decía esto posó el cristal de cuarzo que adornaba el cetro sobre el hombro de Mime, y al momento, la herida del cuello se cerró. -No pierdo la fe en vos ni en mi dios, señora... cuando las cosas están peor es cuando ves con mayor claridad... pero temo por todos nosotros. Decidme, ¿está la armadura de Odín a buen recaudo? -La armadura se ha marchado. Mime quedó estupefacto, una expresión de pánico se dibujó en su rostro. No alcanzó a decir nada. -No temas, Mime, si no está aquí es porque Odín se la ha llevado, se la ha llevado a quien la llevará hoy para ayudarnos... El sonido metálico de una pisada los sacó de su conversación. El cosmos de Mime se encendió al instante, mirando desafiante al Isaac de Kraken, pero vio que las piernas del general se tambaleaban, alguien le ayudaba a caminar. La marina tenía el cuerpo lleno de quemaduras y parecía que su mandíbula estaba congelada. Los miraba sin expresión en el rostro con su único ojo. Quien mantenía sobre su cuerpo el peso de Isaac no era otro que Hagen de Merak. -No, Mime, tranquilo, no tiene fuerzas y aunque las tuviera, no intentaría nada – dijo con firmeza, pero Mime lo miró incrédulo-. Es amigo de Hyoga- añadió-. Acepta su derrota y su error, está de nuestra parte. Hagen dejó a Isaac en el suelo, recostado contra las barandillas del patio, mientras éste respiraba costosamente. -Kanon no viene por orden de Poseidón- dijo el general-. En cierto modo sí, pero... la última vez que Poseidón decidió atacar a la humanidad fue porque Kanon le dijo que Atenea se había reencarnado, pero apenas llegó

a despertar por unos instantes. Kanon trataba de controlar a Julián, en cuyo cuerpo se encontraba Poseidón, utilizarlo como títere. Tras finalizar la batalla con Atenea surgió de la nada una mujer, Sheevah, que decía ser sacerdotisa de Poseidón. Creo que ella y Kanon pretenden apoderarse de la armadura de Odín y dejar a Poseidón sumido en su profundo letargo, en cuanto tengan la armadura de Odín tendrán poder suficiente para conquistar el mundo por sí mismos, ya no necesitarán nada más. Por un momento sus trucos me engañaron, pero... El discurso de Isaac fue interrumpido por un quejido de dolor de Hagen, un espasmo sacudió su cuerpo y escupió sangre una vez más. Hilda lo miró preocupada, pero el guerrero se rehizo enseguida. -No os preocupéis, estoy bien. Hilda, reserva tus energías para el combate, y aún puedo pelear sin ayuda de tus poderes curativos. Sólo espero que todo salga bien... estoy preocupado, ¿dónde está Flare? Hilda abrió los ojos completamente con una expresión de temor en ellos. -Creí que estaba en el palacio, pero ahora veo que... se... se ha marchado, no sé donde está...siento su cosmos pero no consigo ubicarlo... ¡Maldita sea! -Ya no podemos ir a buscarla, me temo-sentenció Mime-. Esperemos que su presencia pase desapercibida... ahora debemos permanecer aquí, protegeros, princesa. -¿Protegerla?- una risa sarcástica siguió a la pregunta-. Me temo que ya no tenéis mucho que hacer. No creo que con tan solo dos guerreros, princesa, seáis capaces de protegeros. Era Kanon quien había hablado mientras hacía su entrada en el patio, seguido por Siren. Por un momento miró a Isaac, con un gesto de desprecio en el rostro. El general de Kraken le devolvió la mirada con frialdad. De la puerta que daba a la Sala del Trono, asomó el rostro de Sigfried, mordiéndose los labios y reflejando furia en la mirada. Por fin, tanto unos como otros pudieron identificar los cosmos que habían chocado y a instante se habían desvanecido... -Princesa, lo lamento, no lo vi venir, y... Sigfried se acercó más a Hilda, se quitó la mano del costado y mostró una profunda herida que le estaba causando indecible sufrimiento. El puñal que había inflingido aquella herida, poco menos que mortal, estaba en el umbral de la Sala del Trono. Precisamente en aquel lugar se encontraba la mano criminal: Alberick mantenía su habitual sonrisa irónica y de superioridad mientras salía al exterior y se colocaba junto a Siren. La calma de Mime fue interrumpida por un instante, y la furia se vislumbró en sus ojos. La palabra “traidor” vino a su mente, pero se dio cuenta de que decirlo no tenía ningún sentido. Alberick era su propio bando, de un momento a otro, cuando los guerreros divinos hubiesen sucumbido, traicionaría también a las marinas y trataría de apoderarse de la armadura de Odín... sin embargo el propio dios se la había llevado a quien la vestiría ese día... empero, Mime hubiera apostado su cuello porque la armadura la llevaría Sigfried... claro que en aquel estado era difícil estar en condiciones de combatir... ¿pero entonces quién tenía la armadura de Odín?

CAPÍTULO 13
Nadie esperaba que Hagen se abalanzase tan repentinamente sobre Alberick, le arrebatase el puñal y tratase de atravesar el cuello del guerrero de Megrez. Para Hagen, Sigfried era lo más parecido a un hermano mayor que había conocido. Por descontado, despreciaba a Delta por su traición, pero aquello sobrepasaba los límites de su propio control. Por suerte para el renegado, Siren intervino entonando su melodía mientras los dos guerreros divinos forcejeaban, el uno intentando acabar con el traidor, el otro luchando por salvar su vida; el ataque iba dirigido a Hagen, y éste se vio obligado a soltar el puñal a su pesar, tapándose inconscientemente los oídos. Alberick parecía dispuesto a aprovechar la situación: se acercó a Merak arma en mano, dispuesto a aprovechar la debilidad de aquel momento de tortura. Pero Siren detuvo su canción, Hagen comprendió lo que sucedía y se hizo a un lado esquivando el ataque. -¿Por qué te has detenido justo ahora?-gruñó Kanon-. Ya era suyo, un enemigo menos para nosotros. Vamos, continúa tu canto. -Un combate de dos contra uno no es justo, bien lo sabes. Si quieren medirse, adelante, pero que lo hagan como verdaderos guerreros: cara a cara y sin ayuda de nadie. Kanon esbozó un gesto de desaprobación. Siren había acudido a Asgard a regañadientes, y cada opción que tomaba era un gesto de desprecio al General del Pacífico Norte. ¿En qué punto de la batalla se daría la vuelta y se desentendería de todos? Era difícil de decir. Hagen, que se había colocado en situación de combate, sufrió una nueva sacudida: escupió sangre por dos veces y quedó postrado de rodillas, con Alberick sonriendo cínicamente ante él. Delta blandió su Espada Llameante, dispuesto a cortar la cabeza a su adversario, pero la espada no llegó nunca al cuello de Hagen. -Mi amigo no se encuentra en situación de combatir, este combate no es justo de este modo, creo que Siren también estará de acuerdo conmigo en este punto- Mime alzó la mirada para contemplar al general, que asintió con la cabeza. Liberó la Espada Llameante de las cuerdas de su arpa, y encendió al máximo su cosmos. Isaac acudió tambaleándose a socorrer a Hagen, ayudándole a incorporarse. Kanon miró de nuevo a Siren, cada vez más convencido de haberlo perdido para su causa, pues ya actuaba más como árbitro que como marina. -¡Mime, te equivocas!-chilló Hagen furioso-. Soy capaz de luchar perfectamente, déjame que corte la cabeza de este maldito embustero. Alberick dejó escapar una hiriente risotada. -Hagen, ya has hecho bastante el ridículo, date por vencido y no interrumpas el combate. -¡Cómo osas hablarme así! –Hagen se encontraba en pie, parecía haberse recobrado azuzado por la furia-. ¿Cómo te atreves a decir eso, tú que has traicionado a aquélla a quien juraste lealtad, que has apuñalado a un compañero por la espalda, te has vendido, sabe Odín por qué insignificante soborno! Alberick volvió a reír, pero ésta vez, su risa fue amarga. -A partir de ahora, seré mi propio señor, eso es lo único que importa, Hagen. Mientras, tú seguirás humillado ante Hilda y suplicando a rastras la atención de su hermana; ciertamente, eres ridículo -concluyó. Hilda apoyó su mano sobre el hombro de Merak, tratando de tranquilizarlo. -Hagen, la ira no te hará vencer el combate. Deja que sea Mime quien se ocupe de él, tiene una cuenta de honor que saldar, si no me equivoco, tan sólo aguarda tu turno. Alberick recibirá su merecido. Bajó la mirada y asintió con la cabeza a Mime, indicando que se ocupara él del combate. Alberick sonrió ante la sumisión del guerrero: una sola frase de la valkiria había servido para domar al caballo loco. Megrez blandió la Espada Llameante, lanzándose a gran velocidad hacia su adversario. La imagen del guerrero de Eta se multiplicó rápidamente, hasta que en cada esquina del patio se personó una réplica del guerrero. El arma de Alberick fue a dar en el suelo. Aquella imagen era tan solo eso, un espejismo.

Todas y cada una de las imágenes de Mime dejaron escapar finos haces de luz de sus dedos. El guerrero de Delta, sin saber cuáles eran reales y cuáles no, recibió el impacto de lleno. -Mime, nos conocemos desde hace demasiado tiempo para que tu engaño me siga sorprendiendo. Te lo demostraré enseguida- Alberick alzó la mano hacia el cielo, señalando al cénit con la punta de su dedo índice.- ¡A mí, Espíritus de la Naturaleza! Tan sólo había un árbol en aquel patio, fue el único que acudió a la llamada del guerrero, pero fue suficiente para lo que éste pretendía, pues se abalanzó como una flecha hacia una de las múltiples figuras de su adversario. El guerrero de Delta detuvo la orden y atacó a Mime con la Espada Llameante. Benetasch apenas tuvo tiempo de esquivar el ataque, la espada le dio en el brazo causándole una profunda herida, de la que empezó a manar sangre a borbotones. Se alejó lo más que pudo, furioso. Se arrancó la manga de la camisa y la utilizó para hacer un torniquete, tras lo cual se acercó a Alberick decidido, blandiendo su arpa. La melodía que interpretaba no parecía en absoluto agresiva, pero fue adormilando al guerrero de Delta, que se sintió pronto incapaz de concentrarse. Fue entonces cuando Mime lanzó su mortífero ataque: las cuerdas del arpa ataron su cuerpo, comenzaron a clavarse en su carne mientras el ejecutor de la melodía, impasible, continuaba con la tortura. Kanon, viendo que acabarían con la vida del traidor en breve, dudó si intervenir. Su muerte le aseguraba que no los traicionase, pero de ese modo perdería un aliado del que luego podría deshacerse si lo deseaba. Inclinándose por la segunda opción, hizo ademán de auxiliar a Alberick, pero Siren se interpuso. Alberick, retorciéndose en su agonía, logró reunir fuerzas para lanzar un grito al cielo: -¡Sheeva, Sheeva! – Kanon quedó anonadado al oír a Megrez pronunciar el nombre de la sacerdotisa. El guerrero prosiguió-. ¡Sheeva, si no me sacas de ésta, les diré a todos quién eres! ¿Me has oído? ¡Si yo caigo, tú también caerás! ¿De qué demonios hablaba Alberick? Kanon era incapaz de entenderlo. Mime continuaba con su melodía, impasible, todos aguardaban el final del traidor. * * *

Una lanza surgió de la nada, como si hubiera sido arrojada desde el cielo. Su objetivo: el corazón de Benetasch. El arma avanzaba a tal velocidad que hubiera sido imposible para cualquiera de los guerreros o marinas allí presentes evitarlo. Por fortuna para él, el cosmos de Hilda, que seguía encendido irradiando poder a su alrededor, evitó que pereciese. Blandiendo el cetro de escarcha, la valkiria fue capaz de formar un muro de hielo ante su protegido. Las cuerdas que ataban a Alberick se fracturaron a causa del intenso y repentino frío. El traidor rió, al tiempo que se desplomaba en el suelo. Se incorporó y comenzó a quitarse los hilos del arpa de su cuerpo. Mime saltó hacia atrás ante la lanza y el muro congelado. Fue entonces cuando vio que no era realmente una lanza, sino un cetro con punta afilada. ¿Había acudido la tal Sheevah a la llamada de Alberick? ¿Quién era y por qué debía temer que Megrez desvelara su verdadera identidad? En el otro extremo del patio, una mujer miraba seriamente al Alberick. Su piel era morena y su pelo, adornado con plumas blancas, tenía tonos rojizos. Sobre su túnica violeta se ceñía una armadura de color púrpura. Mime no daba crédito a sus ojos cuando vio a Eo de Scylla a su derecha. Sorprendentemente, la herida que le había causado su último ataque en la garganta, seguía abierta. ¿Por qué clase de prodigio no había muerto? Recordaba haber terminado tal vez demasiado rápido con su melodía, sin embargo el golpe le había dado de lleno...

-¡Sheeva!-exclamó Kanon-. Ya era hora de que llegases, llegué a pensar que no encontrarías el camino... -¿Perderse? ¿Sheeva en Asgard? Lo dudo mucho, Kanon-se mofó Alberick mientras se ponía en pie. -¡Silencio, Megrez!-ordenó la sacerdotisa-. Te he salvado el pellejo, tal como suplicabas, así que mantén la boca cerrada. -Disculpadme, mi señora- respondió mientras hacía una inclinación de cabeza-. Creo que conocéis de obra las razones por las que deseo unirme a vuestra causa. Sheeva sonrió. Kanon estaba cada vez más confundido. -Lamento haberte arrebatado el gusto de matar a tu enemigo por segunda vez, Mime. Espero que comprendas que necesito aliados para la causa de Poseidón. -No suelo comprender el juego sucio, lo lamento. -Como sacerdotisa de Poseidón es mi deber asegurar su victoria; no puedo devolverlos a todos del reino del los muertos, pero tengo ciertos poderes curativos, al igual que tu princesa. -¿Sacerdotisa de Poseidón?-intervino Hilda- Has salvado a Alberick porque temías que desvelara quién eres, y creo que yo lo sé. -Preocúpate de tus propios problemas, valkiria- respondió recalcando el desprecio en la última palabra-. Harías bien en vigilar mejor a los tuyos, has estado tan concentrada en tus oraciones que los has olvidado. No me gustaría tener una hermana así. -¿Hermana?-Hilda se dio cuenta, por primera vez en aquel día, de que había perdido la pista al cosmos de Flare. Fue entonces cuando Baian hizo su entrada en el patio desde el palacio. Nadie había ya custodiando la entrada, había sido fácil entrar allí. Llevaba a Flare en brazos, la princesa parecía inconsciente. Hagen apartó a Hilda, su cosmos crecía a cada instante, pero él parecía no darse cuenta. Contempló al Baian, que mantenía un gesto victorioso, con desprecio. -Valkiria-prosiguió Sheeva-, entréganos la armadura de Odín y no haremos daño alguno a tu hermana. No creo que a tu dios le gustase que una de las princesas de Asgard falleciera por el descuido de la o... -La armadura de Odín ya no está en mi poder, Sheeva. Sé para qué la quieres, ni tan siquiera Kanon lo imagina. Esa armadura viste ahora a nuestro defensor. Por descontado, no te la daría ni aunque la tuviera. -Así que... eres capaz de abandonarla a la suerte que le tengo reservada, sólo por un estúpido descuido. ¿Y te haces llamar representante de Odín? -Sheeva, el bien vencerá. Habéis osado invadirnos y lo pagaréis. No tengo derecho a sacrificar a mi pueblo por mi estúpido descuido, y te repito que la armadura no está aquí, ¿o es que no lo ves? -Está bien, tú lo has querido. Baian –ordenó-, acaba con ella. -Te equivocas, Sheeva – intervino Hagen-. Creo que sé muy bien lo que está rondando la cabeza de tu marina. El cosmos de Tholl estaba en su punto máximo cuando de pronto desapareció, mientras que el del general era apenas perceptible. De ello deduzco que mi compañero estaba a punto de acabar con Baian cuando tú, seguramente por la espalda, como tu querido Alberick, lo mataste. >>Eso significa que Baian ha perdido su honor por tu intervención. Para saldar esta deuda, en la que los actos más deshonrosos son sin duda los tuyos, Sheeva, reto a Baian del Hipocampo a medirse conmigo por la vida de Flare y para vengar la muerte de Tholl de Pechda, guerrero divino de Gamma.

CAPÍTULO 14
Sheeva dejó escapar una carcajada. -¿De verdad piensas que voy a dejarte cambiar mis planes a tu antojo? Estúpido mocoso, no puedes arreglar ahora la imprudencia de tu sacerdotisa ni la tuya propia. -Aguarda, Sheeva- la interrumpió Baian-. Déjame medirme con él. ¿Qué podemos perder? Ni siquiera está en condiciones de combatir, yo recuperaré mi honor y Flare seguirá en nuestro poder. De todas formas, no te entregarán la armadura por las buenas, y lo que ordenó Poseidón fue atacar Asgard, no llevarnos tan solo la armadura. La sacerdotisa guardó silencio. Se percató de que Alberick la observaba divertido. Después de todo, cuantos menos quedasen al final, mejor para sus planes. -De acuerdo. Combatid si os place. Al anochecer no quedarán habitantes en el reino de Asgard. Kanon frunció el ceño. ¿Qué pretendía esa mujer exactamente? Parecía que el único que en realidad lo sabía era Alberick, aunque por lo visto Hilda también tenía sus sospechas. Baian contempló el rostro de Flare. Había sido sorprendida por sorpresa por Sheeva y el general, cuando avanzaba a todo correr a través de la nieve en busca de Hagen. Al parecer, el plan de Kanon para comprar la lealtad de Alberick había funcionado a la perfección: Flare había abandonado el palacio y el Sigfried resultaba ahora inofensivo. Lo que no comprendía era de qué se conocían la sacerdotisa y el traidor. Dejó el cuerpo de la princesa en el suelo, su respiración era acompasada, no parecía que hubiera sido atacada, de no ser por un ligero moretón en la frente. En realidad, el general del Hipocampo desaprobaba totalmente la estrategia de Sheeva. Atacar a inocentes y utilizarlos como rehenes no era, a su entender, una forma justa ni honorable de actuar. A pesar de todo, como sacerdotisa de Poseidón era en aquel momento la representante más directa del dios, así que tampoco se consideraba el adecuado para cuestionar sus órdenes. Hagen ahogó un nuevo ataque de tos, pero no pudo evitar que su cuerpo se viera sacudido por nuevas convulsiones. Decidido a seguir adelante, contempló a Flare, que descansaba pacíficamente. Si flaqueaba, todo estaría perdido, al menos para él. Pero precisamente por ello debía alejarla de su pensamiento, o no sería capaz de controlar su cosmos y su malestar físico, y la victoria se le escaparía. Además, debía controlar la furia que siempre había caracterizado a la representación de su armadura. Si el caballo se desbocaba, se perdería en la lejanía para no volver. Hilda se hizo a un lado, Baian se apartó de Flare. El guerrero de Merak entrecerró los ojos, concentrándose en su adversario. Tomó conciencia de su cuerpo para, lentamente, despertar su cosmos. Por su mente pasaron cientos de imágenes: Sigfried, Flare, Hilda, Odín... en un momento, apareció ante él la imagen de Hyoga, recordó cómo le había vencido, más tarde supo que había empleado una técnica de un santo dorado, maestro de su maestro. Para ello, había tenido que despertar algo llamado Séptimo Sentido que, al parecer, era la única forma posible de asegurar la victoria. ¿Era posible lograrlo? Tan sólo sabía que tenía que controlar sus otros sentidos, hasta estar por encima de ellos, pero que nade podría enseñarle a alcanzarlo, sólo lo aprendería al lograrlo, como tantas otras cosas en la vida. El Tornado Divino de Baian lo sacó de su ensimismamiento, arrojándolo varios metros por los aires. Al caer, su brazo izquierdo recibió todo el impacto de la caída. Un ruido sordo le indicó que se lo había roto. El guerrero divino hubo de incorporarse muy despacio para no dañar aun más su extremidad. ¿Cómo podía aplacar el poder de Baian, si ni siquiera le era fácil mantenerse en posición de combate?

Miró el brazo roto. Colgaba inerte de su hombro, como una carga muerta. Intentó moverlo, pero tan sólo le produjo más dolor. Concluyó que no podría emplearlo, lo cual dificultaba más allá de lo imaginable su situación, pues sus dos ataques más fuertes precisaban de los dos brazos para ser ejecutados. En algún punto a sus espaldas pudo oír una carcajada. Le pareció la risa de Alberick. -Sheeva, Kanon-habló Baian-. No voy a seguir con esto. Matar a un inválido no tiene nada que ver con recuperar mi honor. Hagen está más muerto que vivo –dirigió la mirada a su malherido oponente, que vio de nuevo convulsionado y escupió sangre-, este combate no tiene sentido. La sacerdotisa de Poseidón miró con aire de superioridad a Hilda, y sonrió. -Dale el golpe de gracia, general. No tenemos por qué perder el tiempo con esto. Cuando hayas acabado con él, mata a Flare, tal como advertimos. Su vida nos pertenece tras este duelo. Hagen alzó los ojos y se encontró con la mirada de Baian. Parecía apenado, y aquello le dolió más que todos los golpes que había recibido en el transcurso del día. No deseaba inspirar lástima al enemigo. Después de todo, aún seguía con vida. Intentó tragar saliva, pero tenía la garganta llena de sangre reseca, y sólo sintió un sabor amargo recorriendo su garganta. La vista se le nublaba de vez en cuando, pero su cuerpo se mantenía en pie sorprendentemente, con una firmeza que parecía superar a su voluntad. Miró de nuevo a Baian, sin apenas verle, y volvió a recordar a Hyoga. El Séptimo Sentido. Hagen comprendió entonces lo que debía hacer. No podía confiar en su cuerpo para ganar ese combate, todo cuanto le quedaba era su cosmos, que debería canalizar a través de sí mientras le quedase un aliento de vida. Todos sus entrenamientos, sus combates, le habían llevado a aquel momento, por algún motivo. Y, contra todo pronóstico, “el inválido”, como lo había llamado Baian, debía seguir combatiendo. Llevó su concentración al interior de su cuerpo, vio mentalmente su estrella, Merak, en el firmamento como guía. Baian se preparaba para lanzar de nuevo su ataque y terminar de una vez por todas. Sabía que ya había lanzado el golpe, que se acercaba a él, inminente. Su brazo sano se alzó casi sin que él se lo ordenase, una nube de colores rodeó toda su figura. Lanzó su golpe cuando el Tornado Divino de Baian estaba a pocos centímetros de él, y lo hizo con tanta potencia que su cuerpo salió despedido hacia atrás. El Furor del Volcán disolvió con su calor el Tornado y prosiguió su avance. Baian lo vio tarde, trató de protegerse con su muro invisible, pero fue disuelto también. Cuando el impacto le dio, fundió las escamas que lo cubrían; el potente chorro lo arrastró varios metros, hasta que chocó contra un muro. Mientras Baian moría, Flare abrió los ojos, se incorporó y vio la figura de Hagen, que caía al suelo, exhausto. * * *

Sheeva estaba visiblemente contrariada. No comprendía muy bien cómo había sucedido aquello, pero ya no había vuelta atrás. Había perdido a otro de sus guerreros.

-Parece que, después de todo, el viento no sopla a tu favor, Sheeva – murmuró Hilda, tajante-. Todavía estás a tiempo de marcharte y que te perdonemos la vida. -Estúpida, no sabes con quien estás hablando-respondió la mujer, lanzando una cortante mirada a Alberick-. Eo, Alberick, Siren. Acabad con ellos, empezando por Kraken. Que su castigo siga de ejemplo por haber osado desafiarnos. Alberick avanzó con una sonrisa de superioridad en sus labios, miró al tambaleante Isaac. -Ya me he cansado de este estúpido juego. Sheeva, hay algo que tienes que decirnos por lo que parece, así que yo mismo me haré cargo de lo que queda de guardia para proteger a la princesa, y luego acabaré con ella y con su hermana. Dos guerreros malheridos y uno de mis propios generales a punto de caerse por su propio peso no me llevarán mucho tiempo. Cuando tengamos la victoria, te exigiré respuestas. La mujer sonrió. -Las tendrás Kanon de Géminis, las tendrás. Kanon la miró irritado. No soportaba aquel apelativo tras su nombre. Sigfried se encontraba medio tumbado en el suelo, miró furioso a Alberick de nuevo. Isaac no se encontraba muy lejos. Mime se colocó rápidamente a su lado para protegerlos. Kanon encendió su cosmos mientras continuaba sonriendo. Aquello sería un juego de niños. Luchaba contra tres adversarios, pero tan sólo Mime estaba en verdaderas condiciones de pelear, y tendría que preocuparse de ayudar a los otros, con lo que no podría hacerle el menor daño. Lanzó toda la fuerza de su ataque hacia Benetasch, seguro de que no se movería, y así ocurrió: la Explosión Galáctica lo arrojó contra los muros, incluso parte de éstos se rompió, pero Mime volvió a levantarse. No comprendía muy bien qué debía hacer, si creaba sus ilusiones copias de sí mismo, Kanon atacaría a sus compañeros, que no podrían aguantar por mucho tiempo los golpes. -¿Sabes qué? – dijo el Dragón de los Mares-. Esta situación es humillante, tanto para ti, como para mí. Voy a dejarme de tonterías y acabar con esto de una vez, utilizaré mi triángulo de las Bermudas para enviaros lejos de aquí, perdidos sin espacio ni tiempo y zanjaré esta cuestión de una vez. -Lo lamento, Kanon, no podrás lograrlo-respondió Mime con seguridad-. No dejaría que nosotros tres desapareciéramos así como así. En cualquier caso, te esperan para pelear. Odín va a castigarte por tantos años de conspiraciones y traiciones. -¿Qué quieres decir, insolente? Si mostraras un poco de respeto, si hubieras pedido clemencia, tal vez te hubiera permitido unirte a mi causa. Has demostrado ser más resistente y más inteligente que tus compañeros y que casi todos mis aliados. Mime ni siquiera se encontraba en posición de combate, no lo miraba. Si vista estaba fija tras él. -Cuanto me alegra que al fin hayas venido, compañero-dijo con una risa asomando en sus labios. Kanon se dio la vuelta. Bud de Alcor lo miraba con seriedad y satisfacción. Llevaba a su hermano Zyd en brazos, inconsciente. Y llevaba la armadura de Odín.

CAPÍTULO 15
El guerrero de Zeta dejó que su hermano reposara en las escaleras del gran patio, cuidadosamente, pues blandía la espada Walmunga en su brazo derecho. Sin mirar a Kanon, se giró hacia la derecha, dio unos pocos pasos y se postró ante Hilda de Polaris. -Mi Señora... en su sabiduría nuestro venerado Odín me ha otorgado el honor de llevar hoy su armadura, una vez más ofreceré mi vida al destino si con ello logro protegeros a vos y a nuestro reino. Pero lamento haber llegado tarde, avancé lo más rápido que pude desde donde estaba para llegar a la batalla. Veo que Hagen está malherido y Sigfried también. Prefiero no hablar del traidor... sólo espero ser digno de la tarea que Odín me ha encomendado. -Mi fiel Bud... tantos años obligado a vivir en la sombra te han traído hasta aquí. Sé que no fallarás. Si mii señor Odín ha puesto en ti su confianza, yo deposito también en ti la mía plenamente.

Bud se encaró con Kanon. Lo miró de arriba abajo, deteniéndose por un momento en su estómago, donde parte de su ropa estaba hecha harapos y mostraba un par de arañazos, debidos a la Garra del Tigre Vikingo de su hermano Zyd. El Dragón de los mares miró a Bud, luego a su gemelo, y por último a Siren, furioso. El general del Atlántico Sur había perdonado la vida de Zyd deliberadamente, engañándolo a él. Imaginaba que en algún momento acabaría por desentenderse de aquella guerra, pero no se había dado cuenta de que lo había hecho tan pronto... lo observó con desprecio, sabiendo que Siren había dejado de luchar. -Está bien, Siren. Cumpliré mis amenazas, no te quepa la menor duda. Te advertí lo que sucedería si no colaborabas... Sorrent lo miró con tranquilidad. -No me asusta pelear contigo, y no tengo intención de ceder de nuevo a tus manipulaciones. Más bien preocúpate por lo que te espera ahora. Bud seguía frente a él, impasible, con sus fríos ojos fijos en la espada Walmunga. Al alzar los ojos se encontró con la mirada de Alberick, que parecía impresionado. Tras unos instantes, la habitual sonrisa burlona se dibujó en su rostro. -Nunca creí que un bastardo como tú llegase a llevar la armadura de Odín-fue todo lo que dijo, pero Alcor no le prestó atención. -El peor de los infiernos está reservado para los traidores. Tarde o temprano, toda tu maldad te hará caer, no me preocupas en absoluto. De nuevo miró a Kanon y su cosmos se encendió violentamente. Como bien sabían sus compañeros, a la hora de pelear, Bud de Alcor no se andaba con tonterías. * * *

Mime contempló a Sigfried e Isaac. Ninguno de los dos había sufrido daños por los ataques de Kanon. Él, sin embargo, se encontraba dolorido, y el corte en el brazo, aunque gracias al torniquete apenas sangraba, le resultaba de lo más molesto. Observó a Bud, maravillado del poder que desprendía su cosmos unido a la armadura de Odín, seguro de que la batalla con Kanon, aunque dura, les daría la victoria. Eo lo sacó de sus pensamientos. Sus escamas estaban rotas allí donde Mime le había herido, y el corte que le había hecho en la garganta estaba abierto, pero por alguna razón no sangraba. La marina sonrió. -Deberíamos continuar el combate donde lo dejamos. Eo descargó el Tornado de Escila sobre Mime, pero no era más que una ilusión. Mime estaba tras él y le dio una fuerte patada en la espalda que lo hizo caer de bruces. -Parece ser que seguís el juego sucio de vuestros líderes. No voy a permitir más tonterías. Ya conozco todo tu poder, no me va a costar nada acabar contigo, sin contemplaciones. Por primera vez en mucho tiempo, el cosmos de Mime se mostraba violento. Golpeó a Eo una y otra vez, a tal velocidad que al general del Pacífico Sur le fue imposible evitar los golpes. Cuando se pudo levantar, vio que Mime había tirado su arpa y se disponía a golpearlo únicamente con su energía. * * *

La Garra del Tigre Negro volvió a golpear a Kanon en el rostro, y esta vez le hizo caer al suelo. El general del Atlántico Norte se levantó con tranquilidad y miró a Bud. -Reconozco que tu golpe es poderoso, sí. Al parecer esa armadura no sólo te reviste como protección, sino que hace que la energía de Odín te envuelva. Bud lo miró con sus fríos ojos rojizos. Parecía que no tenía la menor intención de responder. Pero Kanon quería ponerlo nervioso. Miró a Zyd, que reposaba con pausada respiración en la escalinata, inconsciente. -Resulta ridículo que te hayas molestado en traer a alguien tan débil contigo. Parece que no te das cuenta de que él no merece tu comprensión ni tu compasión. Una sonrisa irónica se dibujó en el rostro de Bud, pero su mirada permaneció igualmente impasible. -No lo entiendes, ¿verdad? ¡Es mi hermano! Es lo más importante que tengo en este mundo, porque por nuestras venas corre la misma sangre, ya que somos gemelos, en cierto modo, todo lo que le sucede a uno le afecta al otro. Y desde que volvimos a reconocernos como hermanos, todo lo que ha intentado es demostrarme esto. Así que yo también a él. Parece que no eres capaz de entenderlo. >>Pero... tú también tienes un hermano, Kanon de Géminis. Al final el efecto había sido el contrario, pues quien se puso nervioso fue el Dragón de los Mares. -Ni tienes ni idea de lo que hablas. -¿No? ¿Un hermano que parece ser mejor que tú en todo, más bondadoso y más glorioso? No tengo más que mirarte para saber que en el fondo te sientes culpable porque te desligaste de él, por culpa de tu estúpida ambición.

Kanon apretó los dientes, tratando de demostrar calma aparentando no haber oído lo que le decía Bud. Se dio la vuelta, porque de nuevo había sentido aquella frase susurrante en su nuca. “¿Crees que él actúo mal?” El General del Atlántico Norte sacudió la cabeza, miró a su oponente y volvió a encender su cosmos, con tal violencia que todos se volvieron a mirar de dónde provenía. -Me he hartado de ti, Alcor. Esta vez no cometeré el error de dejarte con vida... mi Explosión Galáctica hará que no quede rastro de ti... Kanon descargó todo su poder, pero lo hizo contra Zyd.

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Alberick observaba divertido la lucha entre Mime y Eo. No comprendía que a aquellas alturas el guerrero de Eta tuviera aun fuerzas para luchar. Sin embargo, él mismo había probado el poder curativo de Hilda, estaba seguro de que ella había tenido algo que ver. Parecía que estaba a punto de darle el golpe de gracia, así que decidió intervenir. Se volvió por un momento al notar una fuerte explosión de energía, pero al ver que era de alguien de su bando, Kanon, se tranquilizó. A los pies de Megrez se encontraba el puñal ensangrentado por el ataque que éste había inflingido a Dubhe. Mime parecía muy concentrado, aquel golpe no precisaba su cosmos para darlo, y tendría un punto más a su favor a la hora de que Sheeva echase cuentas. Lo recogió del suelo y avanzó con sigilo y rapidez. Sigfried le franqueó el paso, tambaleándose y mordiéndose los labios a causa del dolor que le producía la herida, hasta el punto de llevar la mano derecha apoyada en la espalda para soportar en dolor. Aquellos ojos claros reflejaban el honor que recorría hasta lo más profundo de su ser, su necesidad de participar en aquella batalla que parecía perdida para él antes de haber empezado. Alberick rió con desprecio. -Sigfried, harías mejor en esconderte, no estás en condiciones de pelear conmigo. Eres un necio, hasta el punto de que pude atacarte cuando estabas desprevenido, sin que te diera tiempo a reaccionar. Así que no te entrometas o morirás ahora mismo. Aprovecha el tiempo que te queda en decirle a Hilda lo que sientes por ella, y la situación será mucho más divertida. El guerrero de Alpha lo miraba tratando de mantenerse consciente. -Alberick, tú también eres un necio y un descuidado. Por eso has perdido. No tenía la mano apoyada en la espalda para soportar el dolor como había pensado Alberick. En su descuido, Sigfried había recogido la Espada Llameante y la ocultaba tras él. Reuniendo las fuerzas que le quedaban, la blandió con ambas manos mientras el fuego comenzaba a emanar de ella. El movimiento abrió un inmenso tajo en el cuerpo de Alberick, recorriéndolo desde el hombro izquierdo a la cadera derecha; cayó al suelo, la sangre no fluía porque el fuego la había cauterizado, pero al traidor se le escapaba la vida.

Contempló a Sigfried mientras todos, salvo Bud y Kanon, envueltos en la ardua batalla, se volvieron para presenciar su final. Alberick exhaló su último aliento con estas palabras: -Te dije que si no me ayudabas, lo diría, falsa sacerdotisa. ¡Hell, diosa de los Infiernos, hija de Loki, que has venido a buscar el Crepúsculo de los Dioses, yo te maldigo por tu traición a mi lealtad!

CAPÍTULO 16
Sheeva se rió. Avanzó hacia Alberick y clavó la afilada punta de su cetro en el cuello del cadáver. Hilda avanzó a toda prisa, para apartar a Sigfried del lado de la mujer pelirroja. -Alberick, necio... tú nunca me fuiste leal... sólo eras leal a tu persona. Preferiría haber pasado desapercibida, pero, qué demonios, no es tan importante. Podré conseguir lo que quiero igualmente. Os he engañado el tiempo suficiente. Isaac se había incorporado, y la observaba inquieto. -Señora Hilda de Polaris... ¿de qué está hablando esta mujer? ¿Por qué se supone que dicho nombre debía ser mantenido en secreto? Todos los guerreros divinos lo sabían. Kanon y Bud habían detenido el combate al oír los gritos de Alberick. El Dragón de los Mares también escuchó con atención, al igual que Siren. -Era lo que sospechaba cuando Alberick lanzó su amenaza...-susurró. Prosiguió en alta voz-; Isaac, esta mujer es la reina de Niflheim y la señora de Hellheim, el Infierno de estos parajes septentrionales, una diosa, hija del maligno dios Loki y de una gigante. El mismo mal que surca las venas de su padre recorre también las suyas. Loki representa el fuego destructor, y simboliza el pecado, la mentira, la maldad y la astucia. -Así es -rió Sheeva-. Cuando mi padre fue inculpado por la muerte de dios Balder el Bueno, fue encadenado y encerrado en las profundidades de la tierra. Pero yo lo sacaré de allí. Sé donde se encuentra, y todo lo que necesito para romper sus cadenas es la poderosa espada Walmunga, la espada de Odín, aquel que hizo un pacto de sangre con él para introducirlo entre los Ases, él más poderoso de todos, y aquel que después lideró su encarcelamiento. Pero cuando sea liberado, Ragnarok, el crepúsculo de los dioses, comenzará, y lideraremos los ejércitos del mal contra Odín y todos los suyos. Esa hora está muy, muy cerca... Isaac, Siren y Kanon no daban crédito a sus oídos, pero entonces comprendieron. Comprendieron por qué no habían sabido de la existencia de aquella mujer, por qué se había dejado ver, al parecer, muy pocas veces en el Templo submarino de Poseidón. Los había utilizado para llegar hasta la espada Walmunga. Aquella armadura que se ceñía sobre la túnica violeta de la mujer, pensó Kanon, no se encontraba en el Templo la primera vez que él llegó, cuando había hablado con el dios para anunciarle la reencarnación de Atenea. Porque probablemente era, como la de Odín, una armadura divina, que había sido elaborada únicamente para ella. Eo, por el contrario, no parecía extrañado. Tal vez él si lo sabía. Los otros tres generales lo miraban esperando su reacción. Sheeva, o más bien Hell, los sacó de dudas: -Mime mató a Eo, lo hizo. Pero yo lo reviví, está atrapado en su cuerpo obligado a luchar otra vez hasta que muera, cuando llegué junto a él capturé su alma y le revelé la verdad. Por eso su cuerpo no está curado, pero sus heridas abiertas no son capaces de sangrar. No tiene otra opción que servirme hasta sufrir una nueva muerte. Parece el mismo, pero no lo es, ¿no os habíais dado cuenta? Siren se sobresaltó, extrañado de no haberse percatado del extraño comportamiento de Escila, pues apenas había pronunciado palabra desde su llegada al patio, y su mirada resultaba extrañamente ausente.

Kanon meditó por un momento. ¿Qué debía hacer? Había imaginado que acabaría luchando con la sacerdotisa por la armadura, pero su condición de diosa lo cambiaba todo. Sin embargo, si ella los eliminaba a todos, tendría una oportunidad de hacerse con la armadura de Odín venciendo a Bud, y entonces, blandiendo la espada Walmunga, tendría una posibilidad de derrotarla... o de hacerle creer que se había unido al bando de Loki. El cetro de Hell dejó escapar un haz de luz negra, que dejó inconscientes al instante a Flare, Isaac y Sigfried, demasiado débiles para evitarlo. El resto se hizo a un lado como pudo, Hilda trató de proteger a Sigfried del ataque, pero no lo consiguió. Polaris comprendió entonces el mensaje que había encontrado junto a su armadura, y por qué aquella batalla iba a ser tan dura. De ella dependía el destino del mundo. -¡Escila, acaba de una vez con ese estúpido!-ordenó Hell. Mime seguía sin portar el arpa, la muerte de Alberick lo había sorprendido tanto como a todos. Eo, como en un trance, atacó con el Tornado de Escila, pero Benetasch, a pesar de encontrarse algo desconcertado, ya conocía ese golpe demasiado bien, y no tuvo ningún problema en pararlo. De nuevo se concentró en utilizar su energía descubierta para terminar con el combate. Debía sobrevivir para poder ayudar a los otros a vencer a aquella maligna diosa. Su padre lo habría querido así, lo imaginó observando el combate desde algún lugar, dondequiera que estuviese confiaba en él. Fue muy rápido, ninguno de los presentes lo vio moverse, tan sólo se percataron de que Mime ya no se encontraba frente a su enemigo, sino que parecía que lo hubiese travesado. En el cuerpo del general del Pacífico Sur no había ninguna nueva herida, pero se desmoronó sin vida. * * *

Siren no comprendía cómo habían llegado a esa situación. Ya no era una estratagema de Kanon para lograr más poder, sino que podía desencadenar en un enfrentamiento entre Odín y el dios más maligno de Asgard. Ragnarok, había dicho Hilda. El Crepúsculo de los Dioses. Los rosáceos ojos de Sorrent se movieron pensativos de Hilda a Sheeva. Sólo había alguien en quien Sorrent confiase y que fuese capaz de darles un atisbo de esperanza si esa mujer se hacía con la espada Walmunga. Comprendió que en aquella ocasión quedarse a luchar no era lo que debía hacer. -Hilda de Polaris-dijo en voz alta-. Éste no es momento para la guerra entre Odín y Poseidón. Todo el planeta podría perecer como resultado de esta batalla. Confío en vos para intentar frenar a esta mujer, pero hemos de ser realistas, pues ella es una diosa y nosotros simples mortales. Así pues, iré lo más rápido que pueda en busca de Julián Solo, por si dado el momento nos vemos obligados a despertar a Poseidón para que nos ayude. Me mantendré alerta por si avisar a mi dios fuera necesario. Avanzaré lo más deprisa que pueda. La sacerdotisa asintió. -Excelente idea, General de Sorrent. Dejemos nuestros conflictos por el momento. Confío en que Poseidón tampoco permitirá que el mal se adueñe del mundo sin presentar batalla. Siren asintió y comenzó a correr hacia la entrada del palacio, para abandonar Asgard y llegar junto a su señor.

-¿Adónde crees que vas?-gritó Hell lanzando un nuevo rayo de luz oscura, dirigido al general de Atlántico Sur. El cetro de escarcha de Hilda se interpuso entre el rayo y Siren. -Te enfrentarás a mí, Hell. Soy más de lo que imaginas, no conseguirás la espada con tanta facilidad. Sheeva rió. -Así sea. Mi primera acción del Ragnarok será cortar la cabeza de Hilda de Polaris. * * *

Finalmente había anochecido. La temperatura cayó vertiginosamente, el frío helador del lugar se hizo más intenso si cabe; el viento comenzó a soplar, desencadenando una ventisca. De pronto se dio cuenta de que estaba tiritando de frío, sus músculos estaban ateridos. Le costaba enormemente respirar, y sentía un frío vacío en el tórax. Todo cuanto veían sus ojos era un punto brillante en el inmenso y oscuro cielo. Alioth. Su estrella. Notó que su rostro rozaba algo húmedo. Era uno de sus lobos, aquél cuya piel se mostraba plateada como la nieve, que trataba de despertarlo dándole golpes en la cara con el hocico. Parecía que, aunque él había perdido la fe en la estrella de Epsilon, ésta seguía confiando en él. Se incorporó muy lentamente, pero aun así tuvo que tumbarse de nuevo, pues se mareaba. Su lobo lo ayudó a no caer de bruces, soportando su peso bajo él. Alzó de nuevo la cabeza, hasta que pudo observar el estado en que se encontraba: Todos los golpes con la Garra del Lobo que Krishna había repelido con su muro le habían provocado numerosos cortes por todo el cuerpo. La herida del tórax estaba cubierta por la nieve, se había escarchado y ya no sangraba. El frío y la tormenta de nieve lo habían salvado. Tardó aún algunos minutos en conseguir ponerse en pie sobre sus temblorosas piernas. ¿Qué había sucedido mientras había estado entre el mundo de los vivos y el de los muertos? El cuerpo de Eo de Escila ya no estaba allí, pero no podía percibir su cosmos. Se concentró para tratar de averiguar en qué estado se encontraba la batalla. Sintió levemente los cosmos de Hagen, Zyd, Sigfried y Flare, debían estar muy débiles. Hilda, Bud y Mime parecían estar en mejores condiciones. En cuanto a las marinas, pudo percibir levemente a Isaac y la fuerza del cosmos de Kanon. Una energía más, poderosa, violenta y oscura se alzaba cada vez con más fuerza, pero no sabía a quién podía pertenecer. Agudizó sus sentidos. Otro cosmos se acercaba a él a toda velocidad, Penril se puso en guardia. Era Siren de Sorrent. Al verlo en pie, vivo, se detuvo. -Penril de Alioth-dijo-. Celebro que estés vivo, ahí dentro te necesitan. -¿Por qué huyes, general?-preguntó con desconfianza. -La sacerdotisa que nos trajo hasta aquí es una impostora, no sirve a los deseos de Poseidón. Es Hell, la diosa de los Infiernos, y pretende hacerse con la espada Walmunga para liberar a su padre Loki, encadenado en una caverna, para que ambos lideren el Ragnarok.

El guerrero divino abrió los ojos de par en par. -¡Ragnarok! ¡El Crepúsculo de los Dioses, el fin de nuestro mundo! Así pues esa poderosa energía oscura que siento es suya... -Me gustaría poder explicártelo, guerrero, pero parto a toda velocidad en busca de la reencarnación de mi dios Poseidón por si despertarlo fuera necesario. Si esa Hell libera a su padre y lideran los ejércitos de la oscuridad... el único en quien confío para frenarla es Poseidón, la batalla entre marinas y guerreros divinos puede esperar. Suerte. El general de Sorrent pasó de largo a Penril y continuó su acelerada carrera. El guerrero de Epsilon mantuvo la mirada fija en su estrella durante un fugaz instante. Su lobo dejó escapar un leve gemido, sin dejar de observarlo. Penril se agachó y le acarició el lomo. -Vuelve con los otros, amigo mío. Ya no tengo esperanzas de que esto salga bien. Pero moriré luchando con las pocas fuerzas que me quedan. Sed felices por mí, que nunca pude serlo... El animal, pareció comprender, frotó por un momento su rostro contra Penril, luego se alejó, confundiéndose con la nieve. Penril avanzó hacia el palacio.

CAPÍTULO 17
Mime se alejó del cuerpo de Escila sin tan siquiera mirarlo. Por lo menos en aquella ocasión había sido capaz de vencer sus debilidades, estaba exhausto, pero seguiría peleando hasta el último aliento. Se interpuso entre Hilda y Hell. -Mi señora- dijo decididamente-. He jurado proteger a la representante de Odín con mi vida, no permitiré que esta maligna criatura se os acerque sin pasar antes por encima de mi cadáver. La diosa rió. -No seas estúpido, os aplastaré a ambos como si fuerais moscas. Y no olvidéis preocuparos por vuestro amigo, él tiene la espada que he venido a buscar... -Antes de hacerte con Walmunga tendrás que matarnos a todos. Mime probó a descargar sus rayos contra Hell, pero éstos se disolvieron como si fueran humo flotando en el viento. * * *

Kanon dio un fuerte puñetazo a Bud en la mandíbula. El guerrero divino cayó sin resuello, no había esperado ese golpe. La última explosión Galáctica del Dragón de los Mares había herido su pierna, al abalanzarse velozmente a socorrer a su gemelo. Había sido una maniobra astuta por parte de su adversario, pues sabía de sobra que no lo dejaría desamparado. La frialdad en la mirada de Bud seguía presente, en ella se vislumbraba un reproche al truco usado por el general. Miró a su hermano. Había conseguido salvarlo, seguía en el suelo, inconsciente y respirando pausadamente, como si descansara de la dura batalla. El guerrero de Alcor encendió un gélido cosmos. -No metas a Zyd en esto, creí que eras capaz de pelear sin usar esos trucos. -Como quieras. Harías mejor en entregarle la espada a Hell, tal vez se apiade de ti si le muestras un poco de sumisión. -Algunos preferimos la ética al poder, Kanon, aunque tú no lo entiendas. Si tan sensato crees que sería eso, mátame y entrégale tú el arma. Estoy seguro de que lo estás deseando. Kanon rió mientras su cosmos iba envolviéndolo en una nube. -¡Explosión Galáctica! * * *

Penril agarró por sorpresa el cetro de Hell, no sabía por qué había procedido así, tal vez al ver que los ataques a distancia de Mime se habían desvanecido de forma inexplicable.

Soltó el arma sin fuerzas, de pronto sus manos eran incapaces de sentir nada, como si estuvieran dormidas, y le costaba enviarles órdenes, sus movimientos eran lentos. Al mismo tiempo, sintió como si aquella mujer estuviese removiendo la herida de su costado con un palo, el dolor fue insoportable y cayó hacia atrás respirando con dificultad. -¡Penril!-Hilda se acercó a su guerrero y se dio cuenta del lamentable estado en que se encontraba. Mime permaneció atento, manteniendo la mirada a la diosa por si se decidía a atacar. -¡Mime!-el guerrero de Alitoh se incorporó sin apenas resuello, miró a Hilda y se colocó delante de ella-. Tenemos que destruir su cetro, todo lo que lo toca se sume en un sueño mortal, tan solo ahora vuelvo a sentir mis manos, ni tus ataques ni los míos pueden llegar hasta esa mujer, porque su cetro se interpone con un aura de muerte entre ella y nosotros. Es un Cetro de Oscuridad. Benetasch observó a su compañero, como si estuviesen conversando mentalmente. Tras unos instantes, asintió. Penril se arrodilló ante Hilda. -Mi señora-pronunció mientras su voz se quebraba-, toda mi vida, he pensado que los seres humanos eran despreciables, porque cuando mis padres murieron, me abandonaron a mi suerte. Creía que sólo los animales leales, como mis lobos, eran dignos de vivir. Hasta que os conocí a vos, y me di cuenta de que había gente que estaba dispuesta a morir para que otros, indefensos y desamparados, como me sucedió a mí, pudieran seguir adelante. Decidí ser mejor que los que me dejaron solo, decidí que, a pesar de ser un humano, tal vez algo en mí podía valer la pena. Creo que mi misión está cumplida. Sólo me resta hacer una cosa... -Princesa Hilda-Mime se había inclinado de forma similar a como lo hizo Penril, y miraba al suelo-, mi vida no ha sido tampoco especialmente fácil, pero creo en vos, y creo en nuestro pueblo, creo en todo aquello que mi padre me intentó enseñar y yo, inconsciente, no puede ver entonces. Por fin lo comprendo. Asgard se sacrifica para que otros puedan vivir en lugares más clementes, así, yo sacrifico mi vida para que otros puedan vivir en el reino de Asgard, y en el resto del mundo. Gracias por todo lo que me habéis enseñado. Hell rió con sorna mientras Penril la miraba de frente y Mime se colocaba detrás de ella. Blandió el cetro y lo hizo girar sobre su cabeza. Una ráfaga de oscuridad se extendió a su alrededor. Mime trató de concentrarse. Sabía que su adversaria estaba allí, pero era incapaz de ver nada en torno a él. Trató de concentrarse y sentir la energía de Hell, y comenzó a avanzar hacia la sombra. Según lo hacía, notaba su cuerpo más pesado, sus músculos se agarrotan y parecía que iban a desprenderse de su cuerpo. La diosa de los Infiernos, como era de esperar, no tenía problemas para aproximarle a la muerte. Pero esta vez, Mime no tenía miedo. Penril también continuó avanzando, guiándose por su olfato, pero pronto se dio cuenta de que estaba totalmente desorientado. Por todas partes, percibía el perfume de la muerte. A pesar de la oscuridad, pudo distinguir sobre él un destello. Alioth, su estrella, seguía acompañándolo. Si antes lo había salvado era porque tenía una misión que cumplir, y ahora era la única luz que alumbraba su camino. “Padres, pronto volveré a estar con vosotros, después de esta vida de sufrimiento, nos espera una nueva oportunidad de ser felices juntos... pero si no logramos vencer a Hell, no tendremos esa oportunidad. Alioth, estrella protectora, hoy necesito que me des toda tu fuerza.” -¡Lobos de las Estepas! El cosmos de Penril se desprendió de él tan poderosamente que hizo que la densa oscuridad se convirtiera en penumbra. Tan poderosamente que no quedó un hálito de energía en el guerrero de Epsilon. Hell lo vio venir tarde pero, segura de sí misma, se dio la vuelta e hizo frente a Mime, que se abalanzaba a gran

velocidad para quitarle el cetro. El ataque de Penril era más potente de lo que la diosa hubiera imaginado, la empujó con fuerza hacia Mime quien, atento a todo movimiento, se disponía a robar el arma. Pero la mujer reaccionó a tiempo y, en lugar de forcejear, clavó con todas sus fuerzas la punta afilada del objeto en el pecho de Mime, destrozando su armadura. Benetasch lo había visto venir, pero no le importó. Era su último servicio a Asgard. Cayó hacia atrás, pero volvió a levantarse, aunque ya sentía cómo su cuerpo se iba adormeciendo por la Oscuridad del Cetro. Se lo arrancó del cuerpo y, empleando hasta la última brizna de poder que le quedaba, lo partió por la mitad. En el firmamento, en la Osa Mayor, las estrellas Eta y Epsilon parecieron dejar de brillar por un instante.

CAPÍTULO 18
Bud trató de amortiguar el golpe de Kanon, pero de poco le sirvió. El general atacaba con una potencia inusitada, una mezcla de odio y mezquindad que hacían sus ataques más mortíferos. Mostraba una seguridad externa desconcertante, teniendo en cuenta que no quedaba ninguna marina apoyándole y, con mucha suerte, todo lo que lograría sería servir a una diosa que pretendía que su mundo se desvaneciera en una guerra de dioses. Ya no tenía nada que decir, pero sabía que en breve Hilda y él se quedaría solos: Penril y Mime parecían dispuestos a dar sus vidas y hablaban con Hilda inclinados, como si se despidieran. Los demás estaban demasiado débiles para pelear, desvanecidos. Tenía que proteger a su princesa y tenía que proteger la espada. Alzó los ojos al cielo, murmurando una plegaria. “Señor Odín, actúo como vuestro brazo, por favor guiad mis movimientos para que podamos salvar este reino.” Kanon se rió al ver lo que hacía el guerrero de Alcor. -Veo que tienes miedo, haces bien en empezar a rezar. Tu final está cerca. -Kanon, hace años que estás acabado, eres un cobarde y un estúpido, no te tengo miedo. Tal vez sea tu final el que está llegando. La energía de la armadura se sumaba al cosmos de Bud, creando un aura fría a su alrededor. La Garra del Tigre Negro se desató con fuerza, velocidad y precisión inusitadas. Kanon, por primera ver, dudó de su capacidad de detener el golpe, y lo recibió de lleno, cayendo al suelo. Sus músculos estaban ateridos por el golpe, no hubiera imaginado que Bud tuviera semejante poder en un momento decisivo. No se podía mover. El guerrero sombra de Zeta estaba delante de él y blandía con decisión la Espada Walmunga. -¡Arriba, defiéndete!- su voz era fría, impasible, dura como la roca. El guardián del Pilar del Atlántico Norte tuvo que hacer un gran esfuerzo para incorporarse. No sabía si conseguiría esquivar el próximo golpe. -Te enviaré al infierno, has perdido este combate porque nunca has luchado por otra causa que no seas tú mismo, has tenido cientos de oportunidades de redimirte y las has dejado pasar. Ahora, lo único que te espera es sufrimiento. Kanon encendió su cosmos, tenía que evitar el golpe a toda costa, pero su cuerpo no respondía bien. “Ahora o nunca”. Bud no dudó un instante. Un profundo corte se abrió en el cuello de Kanon, en diagonal desde la derecha y surcó parte del tórax hasta su axila, despedazando las escamas de Dragón de los Mares. Kanon sintió que la sangre manaba de la herida a borbotones y comenzó a perder el sentido. No había logrado su objetivo, Odín, en nombre de todos los dioses, había puesto fin a su maldad. * * *

Hell no se lo explicaba, pero el golpe de aquel simple guerrero la había hecho caer al suelo de bruces. Con toda la dignidad que pudo, se incorporó y contempló los cadáveres de sus dos atacantes. Había perdido el cetro, pero seguía enfrentándose a simples mortales; antes del amanecer, la Espada Walmunga sería suya y Ragnarok estaría comenzando. Vio cómo el guerrero que llevaba la armadura de Odín avanzaba hacia ella. Había matado a Kanon, pero ya no importaba. Aquel estúpido había sido útil hasta el final. Hell pronunció una de aquellas desagradables palabras, Bud salió despedido como si hubiera sido golpeado por un ariete. Si no hubiera llevado la armadura divina, tendría todas las costillas rotas. Hilda avanzó hacia Hell e hizo que su cetro despidiera un viento helador. A pesar de lo pacífico de su cosmos, consiguió encerrar a la diosa en un bloque de hielo. Ayudó a Alcor a levantarse. -Princesa Hilda...-una risa lo interrumpió. El bloque de hielo se quebró. Hell se sacudió la escarcha de su armadura. -No tiene sentido que lo intentes, valkiria. No lograrás nada- acto seguido murmuró de nuevo el conjuro mientras la miraba, Bud se interpuso entre las dos, el golpe los lanzó a los dos hacia atrás varios metros. Cuando Bud se incorporó, le costaba respirar. ¿Cuántos golpes así sería capaz de aguantar su cuerpo? Ayudó a Hilda a levantarse. Parecía aturdida, pero él había recibido casi toda la fuerza del impacto. La diosa volvió a reír y murmuró de nuevo el conjuro. Esta vez, Hilda fue más rápida, con su cetro creó una lámina de fino hielo ante ellos, que detuvo el ataque a costa de quebrarse. -No estás acostumbrada a pelear, valkiria-el desprecio era patente en su voz-. ¿Cuánto tiempo crees que tardará tu cosmos en agotarse? Hilda no respondió. Tenía razón. No estaba acostumbrada a pelear, sino a orar, y aunque aquella armadura y el cetro la apoyaban, empezaba a sentirse algo cansada. -No está sola-respondió Bud-. Llevo la armadura de Odín, y la estrella de Zeta me protege. Tendrás que acabar con los cosmos de ambos. -Como gustes-sonrió. Una nueva palabra gutural salió de sus labios. Hilda interpuso el Cetro de Escarcha entre ellos, dibujando una nueva lámina de hielo. Ésta se ennegreció. Bud avanzó por debajo de la lámina, saltó con la Espada Walmunga en alto y cruzó de un tajo todo el tronco de la mujer de arriba abajo. Su armadura no se quebró, pero el vientre, desprotegido, comenzó a sangrar. Hell se echó hacia atrás, ahogando un grito de dolor y se protegió la herida con la mano. Unos segundos después dejaba escapar una nueva carcajada. Otro sonido gutural y el guerrero de Alcor salió de nuevo despedido hacia atrás violentamente. El dolor esta vez fue más fuerte. Supo que le había roto las costillas, cada respiración le costaba más. -Necio. Has tenido mucha suerte. Si tu princesa no hubiera intervenido con ese muro, ahora estarías ciego. ¿Aún no habéis comprendido que no podéis matarme? Soy inmortal, para mí no sois más que un pequeño estorbo que no me llevará mucho tiempo destruir.

*

*

*

El agua le llegaba hasta el cuello, con cada ola tragaba agua por la boca y por la nariz. Si no conseguía inhalar una bocanada de aire, moriría. Y entonces, una suave energía dorada hacía que el mar se calmase un poco, que el nivel del agua descendiera levemente. Y volvía a respirar. Una vez más, aquella energía lo había salvado de la muerte. ¿Por qué volvía a estar en el Cabo Sunion? De pronto lo comprendió. No se encontraba allí, estaba en Asgard y la sangre le encharcaba la garganta y el pulmón izquierdo. Por eso sentía que se ahogaba. Y de pronto, volvía a respirar. Había perdido mucha sangre por la estocada de su adversario, tendría que estar muerto. ¿Por qué no lo estaba? Saga me espera al final del camino. “Te lo dije”, me reprochará. Pero da igual. He perdido. Y puede que el mundo acabe hoy. Ragnarok. “¿Crees que él actúo mal?” Otra vez esa frase, no había dejado de oírla en su cabeza todo el día. Saga... hizo lo correcto para el mundo, para salvar a Atenea, pero luego él también cayó en la tentación del poder. Aunque... la imagen de Bud interponiéndose entre Zyd y su Explosión Galáctica le había resultado absurda antes, ahora lo vio. Dos hermanos que se ven separados. Gemelos. Eso no significa que no hubiesen deseado estar juntos. No significa que deban odiarse. Saga... Saga me encerró en el Cabo Sunion, lo hizo para salvaguardar la paz, pero antes de eso trató de convencerme, cientos de veces, de que siguiera el camino correcto. Pero Saga está muerto. Ya no queda nada, el mundo se va a pique, no lo diré nunca, pero tengo que reconocérmelo a mí mismo: tal vez, Saga tenía razón. Pero... ¿por qué me salvó Atenea si era mi hermano quien estaba en lo cierto? La recordó, cuando Julián Solo la llevó al templo submarino. Había permanecido oculto, pero recordaba esa energía que desprendía compasión, amor y piedad. La energía que amainaba las olas en el Cabo Sunion. La misma energía que sentía ahora, que hacia que sus pulmones siguieran funcionando. Comprendió lo que Bud de Alcor había intentado decirle. “...has perdido este combate porque nunca has luchado por otra causa que no seas tú mismo, has tenido cientos de oportunidades de redimirte y las has dejado pasar. Ahora, lo único que te espera es sufrimiento.” Entonces, ¿por qué no estaba aun muerto? Una voz resonaba en su cabeza mientras notaba el alivio de poder respirar cada vez que parecía que sus pulmones iban a inundarse. “Atenea te da la última oportunidad”.

CAPÍTULO 19
Kanon abrió los ojos y se encontró con el oscuro cielo nórdico. Las nubes comenzaban a cubrirlo todo dándole un matiz grisáceo, ocultando la luna y algunas estrellas. Sangre en los pulmones… y una nueva bocanada de frío aire septentrional. Otro acceso de sangre, menor que el anterior… y de nuevo el aire helaba su garganta. La herida estaba abierta, pero comenzaba a cerrarse, la sangre se congelaba antes de caer. Vio cómo Bud protegía a Hilda una vez más. Sólo ver el golpe le produjo dolor, debía haberse roto las costillas. Una fuerte respiración lo hizo darse la vuelta. Era Zyd, incapaz de moverse, que murmuraba una plegaria mirando al cielo. No distinguió sus palabras, pero era evidente por quién oraba. “¿Crees que él actuó mal?” Sintió que lo agarraban fuertemente por el brazo. Sigfried. -General de Poseidón, no te permitiré interrumpir el combate para ponerte del lado de Hell. No. Antes tendrás que pasar por encima de mí. -¿General?-Kanon contempló su vestimenta cobriza, llena de manchas y quebrada a la altura del pecho. Parecía haber oído al guerrero divino, pero no le prestaba atención. “Atenea te da la última oportunidad”-. No, eso ya no. Nunca más. Sólo Kanon. Miró en dirección a Sigfried, pero más lejos de su figura. Con la vista perdida tras él, comenzó a quitarse el peto. Sumido en sus pensamientos, se despojó de toda la armadura. -Sigfried, escúchame-lo cogió por el hombro, tratando de convencerlo-. Hilda y Bud no aguantarán así mucho tiempo. No se puede matar a una diosa, no podrán acabar con Hell. No sólo es demasiado poderosa, sino que es inmortal. Hay que cambiar de estrategia. El guerrero de Alpha lo miró estupefacto. ¿A qué venía aquel cambio de actitud? ¿Era una nueva estratagema? Pero había algo diferente en la mirada de aquel hombre. Por primera vez, le pareció sincero. -¿Qué propones? -Desterrarla. -¿Por qué debería confiar en ti? -Atenea… espera mucho de mí. Te demostraré que soy sincero, pero antes atiende… * * *

Sheeva se rió al ver que Bud se veía obligado a arrodillarse para poder respirar. A cada movimiento de su tórax, las costillas se le clavaban en las entrañas, cada respiración se convertía en un dolor insufrible. Hell aprovechó el momento para descargar un nuevo golpe de fuerza. Esta vez, ni Hilda ni Bud tuvieron tiempo de reaccionar. Pero el golpe no llegó a darles. Un ruido de hueso roto, e Hilda vio cómo el cuerpo de Sigfried caía sobre ella al interponerse para evitarles el golpe. El guerrero de Dubhe había recibido todo el impacto en su hombro. La sacerdotisa se puso en pie una vez más, dispuesta a parar un nuevo golpe. -Dudo que esa vez te queden fuerzas para detener un nuevo golpe, valkiria. No importa, será más divertido ver tu lucha en balde por sobrevivir.

Sheeva abrió la boca para dejar escapar un nuevo sonido gutural, pero recibió un golpe en el costado. No contaba con aquello, y el impacto la hizo dar un traspiés. -De no ser por esa armadura divina, Hell, ahora tendrías un serio problema. Pero descuida: lanzaré la Explosión Galáctica sobre ti una y otra vez, acabará haciendo mella. La diosa lo miró de arriba abajo con un gesto de asco. -Imbécil, has hecho mal en desafiarme, de otro modo tal vez habrías podido servirme tras mi victoria. Mírate, ni siquiera llevas tus escamas, puedo aplastarte como a un insecto en cuanto lo desee. Un nuevo sonido, Kanon trató de protegerse del golpe con los brazos. El impulso lo hizo caer cuan largo era. No sabía si se había roto todos los huesos o ninguno, un instante sentía el dolor más intenso, al siguiente llegaba el alivio. Con el cuerpo dolorido, volvió a incorporarse, “Atenea te da la última oportunidad.” Otra Explosión Galáctica. Sheeva la esquivó sin problemas y atacó de nuevo a Kanon. Se había roto el brazo, estaba seguro. La herida del costado ya no parecía dolerle tanto al lado de los huesos quebrados. Con ayuda del brazo izquierdo, Sigfried se incorporó hasta quedar arrodillado en el suelo. -Hilda, Bud… -los contempló en silencio unos segundos, como si tratara de decirles algo. Hell dejó escapar una carcajada. Un nuevo golpe los lanzó a los tres despedidos. Los guerreros tuvieron que ayudar a Hilda a levantarse. -No os preocupéis, vuestra vida acabará pronto, este sufrimiento terminará… a l menos hasta que consiga liberar a Loki. Disfrutad de vuestra muerte como un descanso hasta que llegue el Ragnarok. Y tú-se dio la vuelta un instante-, tú serás el siguiente, no creas que te reservo ningún honor, Dragón Marino. Murmuró una palabra. Kanon sintió un golpe que lo hizo caer pesadamente. No tenía cómo protegerse. Su cosmos volvía a debilitarse. Hell le dio la espalda. Un nuevo estampido de energía, como un ariete. -¡Apartaos!-Bud se colocó delante de sus compañeros, blandiendo la espada. Con cada respiración sentía los huesos rotos clavándosele. Blandió la Espada Walmunga mientras mantenía la vista fija en Hell. En algún punto entre ambos, el golpe se iba acercando. Una estocada al aire con la pesada espada. El impacto se quebró antes de tocar a Bud. Otra palabra de Hell, otro golpe de espada de Bud y el ataque volvió a quebrarse. Kanon no daba crédito a lo que veían sus ojos. Tendido en el suelo, esperaba mientras el dolor se mitigaba. Se había roto todos los huesos, o al menos eso creía, pero el dolor desaparecía, como si todo su cuerpo se fuera restaurando milagrosamente. Y esa era la única explicación: milagrosamente. Atenea. Se puso en pie tratando de pasar desapercibido. La diosa volvía a atacar al Bud, él se defendió con la misma técnica. Kanon entrelazó las manos tratando de no llamar la atención. Un perfecto triángulo dorado se abría entre él y Sheeva. -¿Me crees capaz de caer en un truco tan estúpido, Kanon de Géminis?-se mofo la mujer-. No tienes energía suficiente para hacerme traspasar ese portal. -¿De veras?-Hilda canalizó todas sus energías a través del Cetro de Escarcha; no más muros. La temperatura cayó vertiginosamente, la suave fría brisa que los rodeaba comenzó a adquirir más y más fuerza, con un solo objetivo: empujar a Hell hacia el portal.

Sheeva empleó su propio poder, tratando de anclarse al lugar que ocupaba, y parecía lograrlo. Kanon no podría mantener abierto el portal mucho tiempo más. Polaris mantuvo su esfuerzo, debía lograrlo. Se le doblaban las piernas e incluso le costaba mantener el ligero centro entre sus manos. Debía resistir. Era la única posibilidad que tenía de salvar Asgard. La supervivencia de su reino era lo único que importaba ahora. -No sabes cuánto me alegra que pienses así-la dulce voz estaba junto a ella, tan cerca que le hizo sentir un escalofrío-. Concédeme el honor de salvar a Asgard y de salvarte a ti-Sigfried le dio un leve beso en la mejilla, que hizo que Hilda tuviese otro escalofrío-. Quién sabe si… tal vez en otro tiempo, otro mundo, en otro lugar, Hilda. Bud atacó a Sheeva mientras Sigfried avanzaba resuelto hacia ellos. Hilda comenzó a percibirlo todo como si estuviera soñando. Una estocada de Bud por medio de Walmunga. Hell se hizo a un lado para esquivar el ataque, pero sintió algo que casi desconocía. Dolor. En el costado, allí donde la armadura divina no la protegía. Desconcertada, no vio a Sigfried acercarse; se pegó a su espalda, la aprisionó rodeándole los hombros con los brazos. El guerrero divino se mordió los labios al tener que atraparla con fuerza a pesar de tener el brazo roto. Por primera vez, envuelta en el frío y sufriendo por el profundo corte que le había inflingido Bud con Walmunga, el aturdimiento la impidió reaccionar. “He de aguantar, sólo un segundo más”. Kanon sudaba a pesar de la fría tempestad. Sigfried saltó al interior del triángulo dorado, llevándose a Hell con él. Kanon se desplomó agotado cuando el portal se cerró. La estrella de Dubhe se apagó en el firmamento.

EPÍLOGO
El Triángulo de las Bermudas, el lugar donde se pierden los marineros. Ragnarok no será hoy. El Crepúsculo de los Dioses deberá esperar. La tormenta cesó. El silencio inundó el patio, el palacio, el reino de Asgard. Todo lo que se percibía era el leve viento entre las nubes que daban al cielo un tono grisáceo. Lentamente se disiparon, y el firmamento se hizo visible en toda su plenitud. El cuerpo del guerrero de Alcor empezó a levitar. Con suavidad, la armadura se desprendió de su cuerpo y se juntó de nuevo en el centro del patio. Una a una, las armaduras de los guerreros fueron desapareciendo, escondiéndose en los rincones que los dioses les habían designado para tiempos de paz. Si volvieran a ser necesarias, una valkiria las invocaría otra vez. Hilda también había perdido su armadura. Lloraba en silencio. Mientras, Bud avanzaba a rastras hasta su gemelo. - “En otro tiempo, otro mundo, en otro lugar…”Sigfried, has salvado Asgard. Y me has salvado. Sigfried… -Mi señora-Kanon susurró cerca de la sacerdotisa-. Mi señora… he de deciros que no es imposible que Hell vuelva. Es posible retornar… tal vez si alguien orase a los dioses, podría volver de esa dimensión. Os lo digo para preveniros. El portal no es infalible. Hell… o cualquier otro…podrían tener una posibilidad de regresar. Hilda escuchaba en silencio, pero las lágrimas seguían bajando por su rostro y mojaban su túnica. -No es infalible…lo tendré presente. Es posible que vuelva. -Tal vez. Kanon se dio la vuelta y se alejó unos metros. Alzó la mirada hacia el cielo, fijando los ojos en una constelación. -Dragón de los Mares-Bud se había acercado a él. Zyd se apoyaba pesadamente en su hombro-. Sin ti no lo habríamos logrado… -No digas eso. El hombre contempló de nuevo el firmamento. Algo relumbró en él un instante. Alguien que despierta. Una amenaza. Un peligro. “Atenea te da la última oportunidad.” -¿El qué?-preguntó Bud. -No me deis las gracias, después de daño que os he inflingido. Sin no fuera por mí, tal vez esta masacre nunca habría tenido lugar. Celebro que, al menos, haya podido evitarse el Ragnarok. Pero, sobre todo, os suplico que no me llaméis así. Mi nombre…-aclaró la garganta antes de hablar con voz decidida-. Mi nombre es Kanon de Géminis. Comenzó a caminar hacia la salida del palacio. -¿Adónde vais? El hombre se volvió y habló con una mezcla de preocupación y orgullo. -Al Santuario. Atenea me necesita. Kanon de Géminis se abrió paso entre las piedras derruidas del Palacio del Valhalla. Mientras el reino de Asgard dormía, el Averno comenzaba a desperezarse.

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