El Culto a la Moralidad Gris

por Ayn Rand

Uno de los síntomas más elocuentes de la bancarrota moral de la cultura actual es una cierta actitud de moda hacia los temas morales, que puede ser mejor resumida como: “No hay blancos y negros, sólo hay grises”. Esto se afirma con respecto a personas, acciones, principios de conducta y moralidad en general. “Blanco y negro”, en este contexto, significa “bien y mal”. (el orden inverso de esa frase facilista es interesante sicológicamente) En cualquier asunto que uno se tome la molestia de examinar, tal noción está llena de contradicciones (encabezándolas está la falacia del “concepto robado”). Si no existe blanco y negro, no puede haber gris, ya que el gris es simplemente una mezcla de ambos. Antes de que uno pueda identificar algo como “gris”, uno debe saber qué es negro y qué es blanco. En el plano de la moralidad, esto significa que uno debe primero identificar qué es bueno y qué es malo. Y cuando un hombre ha identificado que una alternativa es buena y la otra es mala, no tiene justificación para elegir una mezcla. No puede haber justificación para elegir alguna parte de lo que uno sabe malo. En moralidad, “negro” es predominantemente el resultado de decirse a si mismo que uno es solamente “gris”. Si un código moral (tal como el altruismo 1 ) es -en la práctica- imposible de ser practicado, es el código el que debe ser condenado como “negro”, y no sus víctimas evaluadas como “grises”. Si un código moral prescribe contradicciones irreconciliables –de forma que al elegir el bien en un aspecto, un hombre se vuelve malo en otro- es el código el que debe ser rechazado como “negro”. Si un código moral es inaplicable a la realidad –si no ofrece una guia salvo una serie de indicaciones arbitrarias, sin fundamento y fuera de contexto, que deben ser aceptadas por fé y practicadas automáticamente como un dogma ciego- sus practicantes no pueden ser propiamente clasificados en “blancos” o “negros” o “grises”: un código moral que prohibe y paraliza la capacidad de análisis es una contradicción en términos. Si en un tema moral complejo, un hombre lucha para determinar qué es correcto y falla o comete un error sincero, no puede ser considerado “gris”; moralmente, él es “blanco”. Los errores de conocimiento no son defectos morales; ningun código moral apropiado para el ser humano puede exigirnos infalibilidad y omnisciencia. Pero si, para escapar la responsabilidad de tomar decisiones morales, un hombre cierra sus ojos y su mente, si evade los hechos en un asunto y se esfuerza por no saber, no puede ser considerado “gris”; moralmente él es tan “negro” como es posible serlo. Muchas formas de confusión, incertidumbre y negligencia epistemológica ayudan a oscurecer las contradicciones y a disfrazar el verdadero significado de la doctrina de la moralidad gris. Algunas personas creen que significa una simple forma de repetir lugares comunes como “nadie es perfecto en este mundo” –que todos somos una mezcla de bien y mal, y por tanto, moralmente “grises”. Dado que la mayoría de aquellos que uno conoce probablemente calza con esa descripción, la gente la acepta como algun tipo de hecho natural, sin profundizar en ello. Olvidan que la moralidad lidia solamente con asuntos abiertos a la posibilidad humana de elegir (al libre albedrío), y por tanto, no hay generalizaciones estadísticas válidas en este tema.

Si el hombre es “gris” por naturaleza, no hay conceptos morales que le sean aplicables, incluyendo “lo gris”, y no sería posible tal cosa como la moralidad. Pero si el hombre tiene libre albedrío, entonces el hecho de que diez (o diez millones) de hombres tomen la decisión incorrecta, no obliga a que el onceavo lo haga; no implica nada, ni demuestra nada, con respecto a un individuo determinado. Existen muchas razones por las que la mayoría de personas son moralmente imperfectas, es decir, que sostienen premisas y valores mixtos y contradictorios (la moralidad altruista es una de esas razones), pero eso es muy diferente. Independientemente de las razones de sus decisiones, el hecho de que la mayoría de gente es moralmente “gris”, no invalida la necesidad de la moralidad para el hombre y la “blancura” moral; si algo hace es volver dicha necesidad más apremiante. Ni tampoco implica el “empaquetamiento” epistemológico de desechar el problema al adjudicar a todos los hombres el ser “grises” moralmente y por tanto rehusarse a reconocer o practicar la “blancura”. Ni sirve como escape de la responsabilidad de un juicio moral: a menos que uno esté preparado para abandonar la moral totalmente y considerar a un pequeño embaucador y a un asesino como moralmente equivalentes, uno aún tiene que juzgar y evaluar las muchas sombras de “gris” que uno puede encontrar en los carácteres de los individuos. (Y la única forma de juzgarlos es por un criterio claramente definido de “blanco” y “negro”.) Una noción similar, que involucra errores similares, es sostenida por alguna gente que cree que la doctrina de la moralidad grisácea es simplemente otra forma de exponer la proposición: “Hay dos lados en todo tema”, que ellos han tomado como que implica que nadie está totalmente acertado o totalmente equivocado. Pero eso no es lo que esa proposición implica o significa. Implica solamente que al juzgar un asunto, uno debe debe reconocer o escuchar a ambas partes. Eso no significa que los alegatos de ambas partes sean válidos por igual necesariamente, ni siquiera que existirá alguna pizca de justicia en ambas partes. En la mayoría de ocasiones, la justicia estará en uno de los lados y (o algo peor) una impresión injustificada en el otro. Existen, desde luego, asuntos complejos en que ambos lados tendrán razón en algunos aspectos y errarán en otros –y es aquí donde el “empaquetamiento” de pronunciar a ambos lados como “grises” es menos permisible aún. Es en tales asuntos donde la más rigurosa precisión en el juicio moral se requiere para identificar y evaluar los diversos aspectos involucrados, lo cual sólo puede hacerse desenmarañando los elementos de “negro” y de “blanco” mezclados. El error básico en todas estas confusiones es el mismo: consiste en olvidar que la moralidad lidia solamente con asuntos abiertos a la capacidad del hombre de decidir –lo cual significa olvidarse de la diferencia entre “no poder” y “no querer”. Esto permite a la gente traducir la frase facilista “No hay blancos ni negros” como: “Los hombres son incapaces de ser totalmente buenos o totalmente malos”, la cual aceptan en confusa resignación sin cuestionar las contradicciones metafísicas que aquella implica. Pero no mucha gente lo aceptaría si tal frase común fuera traducida al significado real que se pretende introducir de esa forma en sus mentes: “Las personas no están dispuestas a ser totalmente buenas o totalmente malas”. Lo primero que uno le diría a cualquier proponente de esa idea es: “¡Habla por ti mismo, amigo!”. Y eso en efecto, es lo que está haciendo en realidad; concientemente o subconcientemente, intencionalmente o sin darse cuenta, cuando una persona declara: “No hay blancos ni negros” está haciendo una confesión sicológica y lo que quiere decir es: “No estoy dispuesto a ser totalmente bueno –¡y por favor no me consideres como totalmente malo!” Justamente como en epistemología el culto de la incertidumbre es una revuelta contra la razón, así mismo en la ética la moral gris es una revuelta contra los valores morales. Ambos son una revuelta contra lo absoluto de la realidad.

De la misma forma como el culto de la incertidumbre no puede triunfar en una rebelión abierta contra la razón y por tanto lucha para elevar la negación de la razón como algun tipo de razonamiento superior, el culto de la moral gris no puede triunfar en una rebelión abierta contra la moralidad y lucha para elevar la negación de la moralidad a un status de virtud superior. Observe la forma en que uno encuentra dicha doctrina: es muy pocas veces presentada de forma positiva, como una teoría ética o un tema de discusión; mayormente, uno la escucha en forma negatica, como una objeción o reproche, expresado de una forma que implica que uno es culpable de atentar contra un absoluto tan auto-evidente como para no requerir discusión. En tonos que van desde el asombro al sarcamos pasando por la ira para llegar a la indignación y el rechazo histérico, la doctrina le es lanzada a usted en forma de un acusador: “Seguramente usted no piensa en términos de blanco o negro, ¿cierto?” Impulsados por confusión, desazón y miedo al tema en general, mucha gente se apresura a contestar de manera culpable: “No, claro que no” sin una idea clara de la naturaleza de la acusación. No se detienen a pensar que tal acusación dice en efecto: “Seguramente tú no eres tan injusto como para discriminar entre el bien y el mal, ¿cierto?” ó “Seguramente tú no eres tan malvado como para buscar el bien, ¿cierto?” ó “¡Seguramente tú no eres tan inmoral como para creer en la moralidad!” El sentimiento de culpa, el temor a ser juzgados moralmente y una petición de indulto, son tan obviamente el motivo de tal frase facilista que una mirada a la realidad sería suficiente para decirle a sus proponentes la fea confesión que están emitiendo. Pero un escape de la realidad es tanto la precondición como el objetivo del culto a la moralidad gris. Filosóficamente, dicho culto es una negación de la moralidad –pero, sicológicamente, no ese el fin de sus adherentes. Lo que buscan no es la amoralidad, pero algo más profundamente irracional: una moralidad no-absoluta, ‘fluida’, elástica y balanceada. Ellos no se proclaman a sí mismos “por encima del bien y el mal” –buscan mantener las “ventajas” de ambos. No son retadores morales ni representan una versión medieval de los conspicuos adoradores del mal. Lo que les otorga su peculiar sabor moderno es que no promueven que uno venda su alma al Diablo; promueven que se la venda por pedazos, poco a poco, al mejor postor. No son una escuela de pensamiento filosófico; son el típico producto de la ruina filosófica –de la bancarrota intelectual que ha producido el irracionalismo en epistemología, un vacío moral en ética, y una economía mixta en lo político. Una economía mixta es una guerra amoral de grupos de presión, carente de principios, valores o cualquier referencia a la justicia, una guerra cuya arma finalmente es el poder de la fuerza bruta, pero cuya forma externa es un juego de concesiones. El culto a la moralidad gris es la moralidad de baratija que la volvió posible y a la cual los hombres ahora se aferran en un intento desesperado de justificarla. Observe que su espíritu primario no es una búsqueda de lo “blanco” si no un terror obsesivo de ser considerados parte de lo “negro” (y con buena razón). Observe que ansían una moralidad que coloque a las concesiones como su estándar de valor y vuelva por tanto posible medir la virtud por el número de virtudes que uno esté dispuesto a traicionar. Las consecuencias y los “intereses enquistados” de su doctrina son visibles en todo nuestro alrededor. Observe, en política, que el término ‘extremismo’ se ha vuelto un sinónimo de “malvado” independientemente del contenido del tema (lo malvado no es que aquello en lo que usted sea “extremo”, si no que usted sea “extremo”, es decir, consistente). Observe el fenómeno de los así llamados neutralistas en las Naciones Unidas: los “neutralistas” son algo peor que simplemente

neutros en el conflicto entre los Estados Unidos y la Unión Soviética; ellos están comprometidos, por principio, a no ver diferencia entre los dos lados, para nunca considerar los méritos de un asunto, y siempre buscar concesiones mutuas, cualquier concesión en cualquier conflicto –como por ejemplo, entre un agresor y un país invadido. Observe, en literatura, el aparecimiento de algo llamado el anti-héroe, cuya distinción es que no nada le distingue –no posee virtudes, valores, metas, carácter, trascendencia- pero que ocupa, en obras y novelas, la posición anteriormente ocupada por un héroe, con la historia centrada en sus acciones, aún cuando no haga nada y no llegue a ningún lado. Observe que el término “buenos y malos” es usado sarcásticamente y -particularmente en televisión- observe que la revuelta contra los finales felices, la exigencia de que los “malos” tengan una oportunidad igual y un número similar de victorias. Como una economía mixta, las personas de premisas mixtas pueden ser llamadas “grises”; pero en ambos casos, la mezcla no se mantiene gris por mucho tiempo. “Gris” en este contexto, es meramente un preludio antes de “negro”. Pueden existir hombres “grises” pero no puede haber principios morales “grises”. La moralidad es un código de blanco y negro. Tales son las razones por las cuales cuando a uno le preguntan “Seguramente tú no piensas en términos de blanco y negro, ¿cierto?”, la respuesta apropiada (en esencia si no en la forma) debe ser “¡Ciertamente que sí!”

(Escrito en Junio, 1964. Traducido por Juan Fernando Carpio – jfcarpio@gmail.com )

1

Altruismo: doctrina que asevera que el fin del ser humano su sacrificio a los demás, colocando su propia felicidad por debajo de la de otros. Además de lógicamente indefinible, es un embuste sicológico pues incluso quienes eligen una vida de ayuda a los más necesitados -de lo que sea- lo hacen interesadamente, pues es de su interés y satisface su espíritu lo que están haciendo. Una doctrina que al ser impracticable, se explica solamente en su amplia divulgación porque sirve en la práctica (política, religiosa y cultural) para que aceptemos la servidumbre o sacrificios que otros quieren imponernos a nosotros. (N. del T.)

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