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Beashley, W.G., Historia Contemporánea de Japón. Alianza, Madrid, 1995.

Capítulo 13
La ocupación militar, 1945-1952
El lenguaje usado por el emperador para informar a su pueblo de la decisión de rendirse
fue en extremo elíptico. «Pese a haber hecho todos y cada uno mejor que se podía», decía en
el mensaje, « ... la situación de la guerra no se ha desarrollado necesariamente en beneficio de
Japón». A fin de evitar más derramamiento de sangre, acaso incluso «la extinción total de la
civilización humana», Japón tendrá que «soportar lo insoportable y sufrir lo insufrible».
Muy pronto se vio lo que en la práctica esto quería decir. La aparición en Tokio de las
fuerzas aéreas norteamericanas y de una flota aijada anclada en Yokosuka, al sur de Tokio, las
órdenes dadas a los soldados japoneses en ultramar de deponer las armas y a los que estaban
en el país de regresar pacíficamente a sus pueblos y ciudades de origen, todo esto trajo a casa
de forma vívida la realidad de la derrota. Por primera vez Japón estaba bajo ocupación militar
extranjera. En la zona de Tokio-Yokohama la población permanecía en lo posible encerrada
en sus casas por temor a atrocidades y represalias. Por todas panes se veía que la
administración del país, al igual que la economía, estaba en el caos: la producción,
paralizada; pocos trenes, menos transpone por carretera; apenas había alimentos, por lo
menos en las ciudades. Para una nación que durante semanas había sido exhortada a
prepararse para resistir hasta la última trinchera, el cambio era desconcertante pese al
bombardeo y a las otras señales del desastre multiplicadas por doquier el año anterior. La
terminación de la guerra trajo, por lo tanto, una sensación de alivio, pero también el shock de
la desilusión. La secuela era también una sorda apatía, evidente en la forma de caminar de la
gente, en el silencio de las calles, en la concienzuda provisión de divertir al conquistador.
Tan brusca fue la rotura con lo de antes que uno puede estar tentado a considerar
septiembre de 1945 como el final no de un capítulo, sino de una historia, y a tomar a todo lo
que siguió como parte de un nuevo comienzo. Y, efectivamente, así fue en muchos aspectos.
La derrota actuó como una catarsis, agotando las emociones que hasta entonces los japoneses
habían centrado en sus relaciones con el mundo exterior. También abría la vía a cambios
radicales impuestos por los vencedores en las instituciones politicas y sociales. Sin embargo,
este cambio de trayectoria puede ser exagerado. Una vez que pasó el choque y que los
japoneses volvieron a tomar la iniciativa en la dirección de sus propios asuntos, dieron a lo
nuevo algo de la actitud y personalidad de lo viejo: menos de la América de los años cuarenta
y más del Japón de los años veinte y treinta. El resultado es que en muchos contextos se
puede trazar hoy una línea de continuidad con el pasado reciente mucho más larga de lo que
antes hubiera parecido posible.
La solución política de la postguerra
La política a seguir en el Japón ocupado fue elaborada por el gobierno norteamericano
después de un mínimo de consultas con los aliados. Su finalidad básica, como se expresaba
en una circular enviada al jefe de las tropas aliadas de Japón en noviembre de 1945, era
asegurarse de «que Japón no volviera a ser una amenaza a la paz y seguridad mundial» para
poder ser readmitido «como miembro responsable y pacífico en la familia de naciones». Los
pasos que para ello tendrían que darse serían: «abolición del militarismo y del
ultranacionalismo en todas sus formas, el desarme y desmilitarización de Japón con un

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control continuo de su capacidad bélica, el fortalecimiento de los procesos y tendencias
democráticas en las instituciones gubernamentales, económicas y sociales, y el fomento y
apoyo de las tendencias políticas liberales».
La puesta en marcha de estas directrices fue obra de Estados Unidos en sus aspectos
vitales, aunque las tareas militares eran compartidas por un pequeño contingente de la
Commonwealth británica, sobre todo australiano. Había una elaborada fachada de control
internacional bajo la Comisión para el Extremo Oriente, de Washington, en la que estaban
representados todos los países beligerantes contra Japón, pero la autoridad en Tokio estaba
firmemente en las manos del general Douglas Mac Arthur, al frente de la Comandancia
Suprema de las Potencias Aliadas (COSPA). Como comandante en jefe de Estados Unidos,
Mac Arthur sólo recibía órdenes del gobierno de su país, a través del cual le eran transmitidas
las decisiones de la Comisión para el Extremo Oriente, pero la tendencia natural de hacerse
borrosa la línea divisoria entre sus competencias «aliadas» y «norteamericanas» le permitía
confiar a su discreción el desempeño de muchas decisiones. Esto era verdad sobre todo
debido al punto muerto en que se encontraban los diferentes comités internacionales que
supuestamente debían asesorarle.
Para asistirle, este organismo de la COSPA disponía de un personal considerable, tanto
militar como civil, formando una burocracia casi tan compleja, aunque no tan numerosa,
como la misma japonesa. Pocos de sus miembros poseían conocimientos o experiencia sobre
el país que tenían que gobernar. Esto a veces les llevaba a trasplantar instituciones
norteamericanas a Japón, no porque fueran adecuadas, sino porque eran las que conocían
bien. Carecían también de los medios para conseguir que entraran en pleno ejercicio las
directrices del COSPA. Una premisa básica de la política siguiente a la rendición era que las
autoridades de la ocupación ejercerían sus funciones a través de un gobierno japonés y no
intentarían gobernar directamente; pero la dificultad de controlar el funcionamiento de tal
gobierno por falta de personal aliado con formación —por no decir nada de los auténticos
malentendidos surgidos por las diferencias de cultura política—, motivaba numerosas
discrepancias entre intenciones y resultados.
La tarea más inmediata era desmantelar el aparato de guerra japonés. Se destruyeron los
suministros y las instalaciones militares y más de dos millones de hombres fueron
desmovilizados. Otros tres millones, además de otros tantos civiles, fueron repatriados de
ultramar como consecuencia de la decisión de los aliados de despojar a Japón de todas las
ganancias territoriales efectuadas desde 1868. Esto incluía las islas Ryukyu (Okinawa) y las
Curiles. Además, se pusieron a disposición judicial los japoneses identificados como
criminales de guerra. Entre 1946 y noviembre de 1948, 28 dirigentes, acusados de planear y
de iniciar una guerra injusta, fueron juzgados por un tribunal internacional en Tokio. A siete,
entre ellos a Tojo Hideki, se les condenó a la horca y a 18 a reclusión penitenciaria; dos
murieron durante los juicios y otro sufrió un colapso mental. Veinte oficiales veteranos de las
fuerzas armadas, que habían estado al mando de las zonas en donde se cometieron
atrocidades, fueron también procesados, aunque sólo dos fueron hallados culpables y ejecu-
tados. A miles de sus subordinados se les acusó de actos individuales de crueldad y asesinato
dentro y fuera del país. Sólo en Yokohama 700 hombres fueron sentenciados a muerte y 3.000
a diferentes penas carcelarias.
En cuanto a la política, la nobleza, por no ser un concepto democrático a ojos de los
americanos, fue abolida. Aparte de eso, todos aquellos que habían tenido una conexión
estrecha con el antiguo orden y que podían ser enemigos del nuevo fueron apartados de la
vida pública, es decir, de los puestos claves del gobierno, la educación, la prensa y la radio,

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incluso de ciertos negocios. A algunos se les seleccionó personalmente en base a sus
antecedentes. A la mayoría se los identificó simplemente por los trabajos que habían tenido,
un método fácil de operar pero no siempre justo. Esta «purga», como se la llamó, se inició en
enero de 1946 y afectó a más de 200.000 individuos, mermando sensiblemente la clase
dirigente del país. A modo de corolario, en octubre de 1945 se anuncié una amnistía en virtud
de la cual todos los que habían intentado sin éxito oponerse a los gobiernos de la preguerra y
la guerra —comunistas, socialistas y liberales de todas las tendencias— fueron liberados de la
cárcel o de otros controles personales.
Fueron también blanco de las medidas del COSPA los grandes conglomerados
financieros e industriales, el zaibatsu, por considerárseles no sólo activos en el desencade-
namiento de una guerra de la que habían salido con ganancias, sino también un obstáculo
para la competencia nacional y, por lo tanto, para la «democracia economlca». A partir de
noviembre de 1945, se dieron órdenes de disolución de las compañías de propiedad familiar a
las que estaban integradas otras menores; de esta manera, estas últimas podrían dedicarse a
los negocios por su cuenta. Las acciones de las compañías tenedoras fueron entonces
vendidas al público, previa compensación —aunque a niveles rápidamente comidos por la
inflación— a sus antiguos dueños. En abril de 1947 se aprobó un decreto contra los
monopolios para impedir que surgieran sucesores comparables. Sin embargo, el intento de
finales de ese mismo año de imponer más limitaciones legales a la excesiva concentración
empresarial levantó una oposición tan enconada en Japón (y hasta cierto punto también en
Estados Unidos) que no se llevó realmente a efecto.
La posición del emperador planteaba un problema especial. Mucha gente fuera de Japón
—y algunos en casa, concretamente los marxistas— pedían que se lo juzgara como criminal
de guerra o que se le obligara a abdicar por haber participado en las decisiones de los años
treinta. Pero había dos objeciones. Una, aducida por los conservadores de Japón y por un
puñado de extranjeros buenos conocedores del país, era que por convención constitucional al
emperador se le exigía confirmar cualquier decisión que se le presentara y que contara con el
apoyo de sus principales consejeros. Sólo cuando los miembros más altos de su gobierno
estaban divididos de forma irreconciliable, como ocurrió con el tema de la rendición, el
emperador podía personalmente decidir entre las dos alternativas propuestas. Esto en esencia
era verdad, aunque el planteamiento con frecuencia se exageraba. Otra razón, más del signo
de la conveniencia, tenía más peso entre las autoridades de la ocupación y del gobierno de
Estados Unidos. El sentimiento popular hacia el emperador era claramente muy fuerte en
1945. Agraviarlo haciéndole un mártir —la mayoría de los japoneses veían el destino de los
criminales de guerra «políticos» como un sacrificio necesario para el bien del país— podría
provocar un resentimiento tal que haría a Japón un país imposible de gobernar. Por lo tanto,
Washington ordenó al COSPA trabajar a través de las instituciones políticas existentes,
«incluyendo la imperial», a fin de recabar el «mínimo compromiso» de las fuerzas
norteamericanas. Además, el general Mac Arthur se oponía a cualquier intento de llevar a
juicio al emperador, pues eso causaría «una tremenda convulsión en el pueblo japonés» que
daría al traste con cualquier posibilidad de un gobierno indirecto.
De aquí no se seguía que Estados Unidos fuera a aceptar a cualquier gobierno japonés
como satisfactorio para sus fines. El primero (agosto-octubre de 1945) no tuvo importancia
en este contexto al no pasar de ser un gabinete de transición con un príncipe imperial como
primer ministro. El siguiente, que duró hasta mayo de 1946, estuvo encabezado por Shidehara
Kijuro, un liberal antimilitarista que había sido dos veces primer ministro antes de 1931. Sus
antecedentes lo hacían respetable, pero no tenía seguidores parlamentarios, dudándose, por
tanto, que cumpliera las condiciones que Mac Arthur había recibido y que le exigían el

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establecimiento de un gobierno «acorde con la voluntad libremente expresada del pueblo
japonés». Por ésta y otras razones, en el invierno de 1945-1946, se hicieron esfuerzos para
promover la formación de nuevos partidos políticos de los que podrían surgir lideres elegidos.
Los dos partidos más influyentes eran el Liberal (Jiyuto) y el Progresista (Shimpoto),
compuestos principalmente de hombres experimentados del Seiyukai y del Minseito de la
preguerra. Los dos eran conservadores en grado variable. Sin embargo, no tardaron en ser
afectados por la purga, especialmente el Progresista, que perdió 243 de sus 270 escaños en la
Dieta. Ligeramente a la izquierda de estos dos había una incómoda amalgama de moderados
socialistas y no socialistas, el Partido Social Demócrata. Aún más a la izquierda estaba el
Comunista, con mayor cohesión después del regreso en enero de 1946 de Nosaka Sanzo, que
había colaborado con el Comintern en Rusia y después con Mao Tse Tung en China. Había
también otra modalidad compuesta de pequeños partidos locales, cuyo número en la
primavera dc 1946 se calculaba en más de trescientos y que representaban todo, desde grupos
periféricos lunáticos a personas ambiciosas sin afiliación política.
En las elecciones de abril de 1946, los Liberales ganaron la mayoría de los escaños de la
Cámara Baja (140 contra 94 de los Progresistas), pero su líder, Hatoyama Ichiro, fue pronto
víctima de la purga del COSPA. La presidencia del partido pasó entonces a Yoshida Shigeru,
un ex cliplomático que había sido ministro de Exteriores en el gabinete de Shidehara. Yoshida
era un conservador al que alarmaba mucho la amenaza del comunismo en un país casi
destruido por la guerra, y que estaba dispuesto por tal razón a aceptar cierta dosis de reforma
bajo la tutela americana. En mayo fue nombrado primer ministro, cargo que ocupó un año,
durante el cual el Partido Progresista quedó disuelto y la derecha moderada se reorganizó
como Partido Demócrata (Minshuto) con Ashida Hitoshi como lider. El resultado fue una
división del voto conservador en las elecciones de 1947. Yoshida cayó, haciendo posible que
los demócratas de Ashida se aliaran con los socialistas de Katayama Tetsu. Se formé así un
gobierno de coalición. Pero no duró mucho, pues al romperse la coalición en octubre de 1948,
cl Partido Liberal volvió a tomar el poder confirmando su posición en enero de 1949 con una
clara mayoría —la primera desde la guerra—: 264 escaños en la Cámara Baja. El Partido
Demócrata, reducido a 69 diputados, empezó a dar señales de escisión entre una derecha
parlamentaria y una izquierda marxista; los comunistas, aprovechándose de la insistencia de
Nosaka en una «revolución pacífica», realizaron un importante avance (35 escaños). La
política japonesa empezó de esa forma a asumir sus tendencias características de la
postguerra: una mayoría conservadora enfrentada a una fragmentada oposición de izquierdas.
Yoshida fue capaz de explotar esta situación para mantenerse en el poder hasta 1954.
Democracia por decreto
En sus memorias, Yoshida parece no dar importancia a los logros que realizó en 1946-
1947. «No recuerdo que el gabinete hiciera nada lo bastante tangible para merecer registrarlo
aquí con detalle». Es una afirmación curiosa si uno tiene en cuenta que eran los meses que
alumbraron casi todas las reformas principales introducidas por la ocupación. Sin duda
Yoshida expresa así su desagrado por gran parte de lo que se hizo, así como su valoración de
la contribución japonesa. Ciertamente se marca así también la diferencia entre los miembros
reformadores del Cuartel General de Estados Unidos, que veían a la sociedad japonesa como
militarista y «feudalista» por naturaleza y necesitada de cambios fundamentales, y los
políticos y funcionarios japoneses veteranos, para quienes los años después de 1931 habían
constituido un intervalo aberrante y que no pedían más que las cosas volvieran a como eran
antes de ese año. En el periodo 1946-1947 fueron los primeros los que se salieron con la
suya. Pasado 1951, Yoshida se encargó de empujar el péndulo un poco hacia atrás.

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Para introducir la democracia como Washington exigía, era central una constitución que
sustituyera a la de 1889 y que fortaleciera la posición de la Dieta elegida, eliminándose el
poder de los militares y de la Corte Imperial. En el invierno de 1945-1946, las autoridades
japonesas respondieron lentamente y sin entusiasmo a las indicaciones de que debían elaborar
un proyecto constitucional según esas líneas. Ante esa respuesta, los funcionarios del COSPA
se pusieron a hacerlo en su lugar. Su versión impuesta a un gabinete japonés poco dispuesto,
se hizo pública en marzo de 1946; en el verano fue considerada y en algunos —pocos—
puntos corregida por la Dieta y el Consejo Privado. El 3 de noviembre fue promulgada en
nombre del emperador, entrando en vigor el 3 de mayo de 1947. Se estipulaba en la nueva
constitución que la Dieta siguiese siendo bicameral, pero las dos cámaras habrían de ser
elegidas por sufragio universal: una Cámara de Consejeros con 250 miembros, la mitad de los
cuales sería elegida cada tres años (tres quintas partes representarían a las prefecturas y el
resto a un distrito electoral único) y una Cámara de Diputados con 467 miembros (aumentada
después de acuerdo con el crecimiento demográfico), procedentes de 118 distritos electorales
diversificados. La Cámara Baja podía ser disuelta antes de expirar el mandato de cuatro años,
una medida que traía pareja la convocatoria de elecciones generales. La Cámara Alta, como el
Senado, no podía disolverse. El derecho de decisión en todos los asuntos claves descansaba
en última instancia en la Cámara Baja. En el caso de un desacuerdo insuperable entre las dos
cámaras, un anteproyecto de ley financiero se convertiría en ley treinta días después de que
los diputados lo aprobaran, mientras que cualquier otro anteproyecto rechazado por los
consejeros se convertiría en ley si la Cámara Baja lo aprobaba con una mayoría de dos terce-
ras partes. La Cámara Baja sería también la encargada de elegir al primer ministro, que debía
ser un civil y miembro de la Dieta. Además, su gabinete sería responsable ante la Dieta y no
ante el emperador como antes. La única limitación importante al poder teórico de los
diputados consistía en que la revisión de la Constitución requería dos tercios de los votos de
cada cámara, que debía ratificarse por mayoría simple en un referéndum nacional.
Otro rasgo significativo de la nueva Constitución era la redefinición del puesto del
emperador. A requerimiento del COSPA, el emperador ya había promulgado en 1946 un
rescripto en el que renunciaba a su supuesta divinidad. El emperador era ahora descrito
(artículo 1) como «sim-bolo del Estado y de la unidad del pueblo, debiendo su posición a la
voluntad del pueblo en el cual descansa el poder soberano» 8Q Pese a los profundos recelos
que eso suscité entre ios conservadores —y ha seguido suscitándolos—, este paso fue el
punto de partida para remodelar la monarquía con una imagen diferente en la que se subra-
yaba el respeto y no el miedo.
Igual de polémico por lo menos fue el tema de la llamada «cláusula de la paz» (artículo
IX) incluida, según se dijo, a iniciativa personal del general Mac Arthur. Rezaba esta cláusula
que «el pueblo japonés renuncia por siempre jamás a la guerra como derecho soberano de la
nación», comprometiéndose con ese fin a no mantener «fuerzas de tierra, mar o aire, ni
ningún otro potencial bélico». Volviendo la vista de 1946 a la Guerra del Pacífico, esto pare-
cía una medida intachable aunque de dudoso efecto. Sin embargo, en el futuro iba a ser una
fuente de problemas. Finalizada la ocupación y recuperada la independencia, esta cláusula iba
a originar regularmente disputas sobre la legalidad de sus fuerzas de defensa y de los tratados
de seguridad firmados con Estados Unidos.
En la Constitución se estipulaban también los principios en los que se basarían los
gobiernos regionales. Los cambios resultantes, que fueron introduciéndose por etapas antes
de quedar consolidados en la Ley de Autonomía Regional de abril de 1947, ocasionaron la
transferencia de muchas funciones desempeñadas antes por el gobierno central a las
administraciones prefecturales y municipales que encabezaban gobernadores y alcaldes

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elegidos por votación. A las asambleas regionales se les dio poderes más amplios. El
Ministerio del Interior, que al entender del COSPA era una rémora a estas reformas, fue
abolido en diciembre de 1947. En este mismo mes quedaron descentralizadas las fuerzas de la
policía y se crearon, al estilo americano, las Comisiones de Seguridad Pública, con la misión
de supervisarlas a nivel regional y nacional. Sin embargo, al poner en práctica algunas de
estas medidas surgieron problemas de orden financiero. Los gobiernos regionales carecían de
recursos fiscales y de derechos crediticios apropiados, lo cual les hacía básicamente depen-
dientes de Tokio; y pese al asesoramiento en 1949 del Dr. Carl Shoup, de la Universidad de
Columbia, sobre este tema y otros afines, y a su recomendación de que se revisara el
reglamento fiscal regional y de subsidios del gobierno central con el fin de dar una mayor
autosuficiencia a los gobiernos regionales, sus proposiciones sobre este asunto concreto
levantaron tanta oposición en la Dieta y en la burocracia que muy poco fue lo que se hizo
para que entraran en vigor las medidas propuestas.
También en la separación del poder judicial del ejecutivo se siguió el modelo
norteamericano. La supervisión administrativa del sistema legal se transfirió del Ministerio de
Justicia a una Corte Suprema nuevamente establecida con la misión suplementaria de
nombrar jueces (excepto sus propios miembros nombrados por el gabinete) y de pronunciarse
sobre la constitucionalidad de las leyes. Esto hizo de esta Corte la guardiana de un amplio
espectro de disposiciones sobre derechos humanos que habían quedado establecidas en la
nueva Constitución, como la de dotar a las mujeres de igualdad legal y politica con respecto a
los varones. El Código Civil tuvo que ser también revisado para recoger estas normas y para
eliminar o modificar algunas disposiciones relativas a la familia (el poder del cabeza de
familia, por ejemplo, y los derechos de sucesión). Resulté ser éste un tema sumamente
polémico, que levanté acalorados debates públicos y que recordaba algo de las discusiones
sobre derecho civil de finales del siglo xix. Pese a todo, la Dieta aceptó la legislación
pertinente en noviembre de 1947, alcanzando fuerza de ley en enero de 1948.
Igualmente importante fue la revisión del derecho laboral. El Decreto sobre Sindicatos
de 1945 y el Decreto sobre Relaciones Laborales de 1946 dieron a los trabajadores japoneses
el derecho a organizarse y a la huelga, mientras que el Decreto sobre Normas Laborales de
1947 les daba la garantía de mejores condiciones laborales, incluyendo un plan de seguro
sanitario y de compensación por accidente. Estas facilidades no tardaron en ser aprovechadas,
pues en 1948 ya se habían formado 34.000 sindicatos con casi siete millones de afiliados
(más del 40 por ciento de la fuerza laboral industrial).
Al sistema educativo también se le estimé necesitado de reformas por su papel en
moldear las actitudes públicas. El primer paso fue prohibir en octubre de 1945 la «ideología
militarista y ultranacionalista», seguido pronto de la suspensión de las dases de ética. Como
alternativa, la Ley Fundamental sobre Educación (marzo de 1947) iba orientada a desarrollar
en el educando una personalidad que resultara en ciudadanos «sanos de cuerpo y mente con
amor a la verdad y a la justicia»81. Según esta ley, la educación obligatoria sería gratuita, se
basaría en los principios de igualdad de oportunidades y de tolerancia religiosa y ofrecería,
sin imponerla, la coeducación. En tanto en cuanto esto incluía una formación en conducta
civil, no estaría «en contra ni a favor de ningún partido político determinado».
A principos de 1946, el COSPA se beneficié del asesoramiento de una misión
educacional enviada de Estados Unidos. Entre sus recomendaciones, las que urgían a un
cambio de los métodos docentes, de manera que se inculcara «una forma de pensar
independiente» en lugar de «la memorización, la conformidad y el sistema vertical de deberes
y lealtades»~, demostraron ser las más difíciles de poner en práctica. La cuestión seguiría aún

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viva cuarenta años después, como luego se verá (capítulo 16). En cambio, revisar la
estructura educacional resulté ser relativamente fácil. En el Decreto sobre Educación Escolar
de 1947, se determinaban nueves años de enseñanza obligatoria (seis de primaria y tres de
secundaria), seguidos de tres años opcionales de escuela media y cuatro años de universidad.
El control del sistema escolar quedaría descentralizado, es decir, estaría bajo la dirección de
consejos elegidos en cada prefectura y ciudad. El número de las universidades sería
aumentado —para que al menos hubiera una en cada prefectura— y gozarían de libertad aca-
démica y económica bajo el Ministerio de Educación. Se les alentaría también a que
ampliaran sus planes de estudios.
Otras de las principales aportaciones al cambio social fue la reforma agraria emprendida
con la creencia de que la inquietud en el campo había contribuido a formas extremas de
nacionalismo y, de aquí, a la agresión japonesa. Las primeras propuestas al respecto,
preparadas por funcionarios japoneses, fueron presentadas en noviembre de 1945 al gabinete
de Shidehara, pero acabaron mutiladas por los intereses terratenientes que había en el seno de
la Dieta. Entonces, Mac Arthur puso veto a las revisiones de la Dieta y en su lugar presentó
un proyecto elaborado por el representante australiano, W MacMahon Bali. Este proyecto,
enviado al gobierno japonés en junio de 1946 y aprobado sin entusiasmo por la Cámara Baja,
adquirió carácter de ley en octubre. Se estipulaba en él la compra obligatoria de todos los
terrenos de propietarios absentistas. A los campesinos propietarios y a los terratenientes
residentes se les permitía tener una superficie máxima que iba de 12 cho (unas 12 hectáreas)
en Hokkaido a 3 cho en otras regiones del país, sin que se pudiera arrendar más de un tercio
de dicha superficie. Todo lo que excediera esos limites tendría que ser vendido al gobierno a
precios fijados en relación con los precios controlados de la producción agrícola vigentes en
1945, artificialmente bajos, y desde hacía mucho superados por los niveles de inflación. El
propósito de es-tas ventas era ofrecer los terrenos a los arrendatarios existentes en
condiciones fáciles. Condiciones doblemente facilltadas por la caída continua del valor del
dinero y por la capacidad del agricultor de cobrarse sus productos agrícolas con los precios
del mercado negro.
Una idea de la amplitud de lo realizado puede darla el hecho de que en agosto de 1950 a
2.300.000 terratenientes se les había comprado y después a 4.700.000 arrendatarios vendido
más de un millón de cho de arrozales y poco menos de 800.000 cho de tierras altas. Las
tierras sometidas a contratos de arriendo, que ascendían a más del 40 por ciento del total
antes de 1946, bajaron a un simple 10 por ciento. Por supuesto que seguía habiendo des-
igualdades. Al tener que deshacerse los pequeños propietarios, que eran la gran mayoría, de
sólo una pequeña proporción de sus tierras, sus arrendatarios tenían menos oportunidades de
adquirirlas que los arrendatarios de los propietarios absentistas. Había también mucha cabida
para las maniobras en la elección de las parcelas vendidas, tema del que se encargaban
principalmente los comités agrarios —compuestos de cinco arrendatarios, tres terratenientes
y dos campesinos propietarios— establecidos al efecto en cada pueblo. De todas formas, la
reforma hizo de Japón un país básicamente de campesinos propietarios. El conservadurismo
natural de éstos habría de ser un factor clave para mantener una sucesión de gobiernos de
derechas, a la vez que la mejora de su posición económica contribuiría a crear un mercado
interno más grande, factor crucial para el desarrollo industrial.
El tratado de paz y el acuerdo sobre defensa
Entre los políticos norteamericanos nunca había habido unanimidad sobre el tema Japón.
En el cuartel general de MacArthur, en Tokio, había algunos sectores preocupados sobre todo
por las reformas y otros de promover los intereses económicos y estratégicos de Estados

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Unidos. Diferencias parecidas había en Washington. En las dos capitales, sin embargo, la
influencia de los reformadores se debilitó con el paso del tiempo, en parte porque sus planes
tocaban inoportunamente a la puerta de la casa de las finanzas norteamericanas, en parte
porque empezaban a parecer menos relevantes al cambiar el contexto internacional. En
particular, cuando la guerra fría se puso a distanciar las relaciones ruso-norteamericanas, el
valor de Japón como base empezó a desbancar su interés como objeto de experimentos
sociales. Esta actitud adquirió más relieve con la victoria de Mao Tse Tung en la Guerra Civil
china, en 1949, quitándole a Estados Unidos su principal aliado en Asia oriental. Y se acentué
con las hostilidades que estallaron en Corea en junio de 1950 entre un norte comunista y un
sur anticomunista, el efecto de las cuales fue resaltar el valor de Japón como posible socio.
Dicho de otra forma, en este punto el futuro internacional de Japón tenía para Estados Unidos
más importancia que su democracia.
Los informes del general MacArthur sobre el éxito de la «democratización» de Japón
habían sido optimistas, dando a entender con ellos que su misión había llegado a término; fue
por esto que ya en 1947 empezó a hablarse de la posibilidad de un tratado de paz. Aun así, no
fue hasta 1951 —con los sucesos de Corea como telón de fondo— que se iniciaron las
negociaciones. En septiembre de ese año, la mayoría de los países beligerantes en la Guerra
del Pacifico firmaron en San Francisco un tratado por el cual se restauraba la soberanía
japonesa, se confirmaba la pérdida de todos los territorios que Japón había capturado desde
1895 y se dejaba la puerta abierta a un futuro acuerdo sobre indenmizaciones de guerra.
Aunque Rusia, India y China continental se negaron a aceptarlo, ninguno de los tres estaba en
condiciones de impedir que se pusiera fin a la ocupación cuando el tratado quedó ratificado
en abril de 1952.
Quedaban todavía varios problemas sin resolver. Uno era el de «las dos Chinas». Japón
estaba bajo la presión americana para que reconociera a Chiang Kai Shek como gobernante
legítimo chino asentado en Taiwán, donde se habría retirado tras su derrota en el continente.
La intervención china en la Guerra de Corea (diciembre de 1950), amenaza aparente a Japón
y a la posición norteamericana en este país, hacía inconcebible que el gobierno de Yoshida
pudiera seguir su propio gusto de reconocer a Mao Tse Tung como habían hecho los
británicos. Por tanto, en enero de 1952, Japón estableció relaciones con Taiwán, dando al
asunto de las relaciones japonesas con Pekín un carpetazo que habría de durar veinte años
más.
Rusia tenía que ser tratada con más cautela, pues estaba en mejor situación que China
para negociar con ventaja. Habiendo ocupado las islas Curiles y el sur de Sajalin (Karafuto)
según los acuerdos de Postdam, dominaba la zona al norte de Japón controlando todas las
rutas de acceso a los anteriores bancos de pesca japoneses del mar de Ojots. Esto quería decir
que en cualquier negociación Rusia podía elegir entre la amenaza o el soborno: podía amena-
zar con cortar del todo o parcialmente las faenas pesqueras japonesas o alentar la esperanza
de que Japón podría, si era dócil, recuperar las islas de Habomai y Shikotan, inmediatas al
litoral de Hokkaido, que Tokio consistente-mente había reclamado como parte de su territorio
nacional. Cuando en junio de 1955 los dos países inauguraron conversaciones de paz a través
de sus embajadores en Londres, esta cuestión territorial provocó el estancamiento. Tampoco
el ministro de Exteriores, Shigemitsu Mamo-ni, pudo dar ningún paso adelante en una visita a
Moscú en agosto del mismo año al enfrentarse con el veto ruso al ingreso de Japón en las
Naciones Unidas. En consecuencia, en octubre de 1956, el primer ministro, Hatoyama Ichiro
(que había sucedido a Yoshida), fue a Moscú en persona donde firmé un acuerdo que puso fin
a la hostilidad, restableciéndose las relaciones diplomáticas. Se llegó a un acuerdo pesquero y
se prometió un tratado de paz, pero la cuestión territorial se puso a un lado hasta que se

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pudiera firmar en condiciones un tratado de paz, tratado al que todavía no se ha llegado —
principio de 1994—, pese a las numerosas ocasiones en que han tenido lugar conversaciones
entre los dos países.
La finalización de la ocupación de Japón, a la que había abierto el camino el Tratado de
San Francisco, era algo de lo que Estados Unidos siempre había esperado beneficiar-se en el
sentido de reducir sus obligaciones militares en ese país. Esto implicaba que tendría que
haber algún tipo de presencia militar japonesa que garantizara la seguridad interna, mientras
que la norteamericana se encargaría de la defensa exterior. Ni una propuesta ni otra, sin
embargo, resulté muy aceptable a la opinión pública japonesa que había hecho a Yoshida
suspicaz ante cualquier sugerencia de rearme. El estallido de la Guerra de Corea en 1950, que
reclamaba nuevos contingentes norteamericanos en la zona, le hizo relajar su oposición hasta
el punto de establecer una Reserva de Policía Nacional paramilitar compuesta de 75.000
hombres. La negociación del tratado de paz le empujó a dar un paso más: en septiembre de
1951 firmó un acuerdo de defensa por el cual Japón prometía seguir proporcionando bases
para las tropas, aviones y barcos de Estados Unidos. Al entrar en vigor en 1952, la Reserva de
Policía Nacional se convirtió en la Fuerza de Seguridad Nacional. Rebautizada de nuevo en
julio de 1954, pasé a ser conocida desde entonces como Fuerza de Auto-Defensa (Jiei-tai),
administrada por la Agencia de Defensa (Boei-cho) con un director con categoría de miembro
del gabinete de gobierno.

Capítulo 14
Democracia conservadora y alianza con Estados Unidos, 1951-1972
Desde un punto de vista las reformas institucionales llevadas a cabo bajo la ocupación
militar parecen haber producido una transformación duradera de la política japonesa. El
poder se quedó desde entonces en las manos de una Dieta elegida para ser ejercido en nombre
de ésta por un primer ministro y un gabinete responsable ante la Cámara Baja. El saber
conseguirlo y retenerlo dependía de la conocida parafernalia de los gobiernos parlamentarios:
los partidos, compuestos de «aparatos» regionales y de diputados profesionales del pueblo;
las asociaciones empresariales y los sindicatos, cada una con sus intereses seccionales; toda la
pompa de las elecciones. Aun así, después de 1951 hubo importantes cambios en la forma en
que se compartía y ejercía el poder, a causa especialmente de que el crecimiento industrial
(véase capítulo 15) provocó una modificación en la posición relativa de los diferentes grupos,
así como en las aspiraciones del pueblo. Un rasgo de estos años siguientes al tratado fue la
«marcha atrás» o el intento por parte de los líderes conservadores de deshacer algunas de las
reformas de la ocupación. Otro fue que la toma de decisiones vino a depender cada vez más
de la estrecha relación existente entre la burocracia civil, la empresa japonesa, sobre todo la
gran empresa, y un partido político dominante, el Demócrata Liberal.
En el extranjero, los críticos dieron a esta sociedad política resultante la etiqueta
peyorativa de «Japón, S.A.», dando a entender así que por un lado había una actitud hacia el
mundo exterior extraordinariamente disciplinada, y por otro que las consideraciones comer-
ciales tenían una influencia excesiva en la política nacional. También había objeciones a
algunas de las consecuencias de la alianza con Estados Unidos, la cual, se decía, permitía a
Japón el no dedicar sus recursos financieros a la defensa con gran ventaja para la industria na-
cional. Dentro de Japón, la oposición al Partido Demócrata Liberal también encontró aspectos

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de la alianza no de su agrado. Por ejemplo, esta alianza obligaba al país a un tipo de
alineación internacional que no aprobaba —en casos extremos se refería a una forma de
imperialismo vicario bajo la férula norteamericana— a la vez que el dar el apoyo a gabinetes
de derecha podía llegar a poner en peligro a la democracia. En este sentido, la relación con
Estados Unidos iba a seguir siendo un tema central en la política japonesa durante una buena
generacion.
El sistema político después de 1951
La naturaleza y los objetivos de la «marcha atrás» pueden juzgarse por un pasaje de las
memorias de Yoshida Shigeru escritas en 1960, en donde aclara lo que él creía que se había
realizado bien o mal antes de 1951. La historía mostró, escribía, «que se había llevado a
efecto una purga que despojé a nuestra nación en un momento crucial de un cuerpo
adiestrado de hombres, que los intereses financieros quedaron desintegrados con la completa
descomposición de zaibatsu y con la institución de rígidas medidas antimonopolistas
retrasando gravemente nuestra recuperación económica, que líderes comunistas notorios
fueron sacados de la cárcel y ensalzados por sus labores de agitación fanática causando un
daño indecible a nuestro cuerpo político, que el sindicalismo organizado fue alentado en sus
acciones radicales poniendo así en peligro la ley y el orden, que se reformó el sistema
educativo siendo chupada la savia moral de nuestros aturdidos jóvenes».
La preocupación de Estados Unidos por el peligro del comunismo internacional le dio a
Yoshida la oportunidad de empezar a enderezar algunas de esas cosas, antes incluso de que
terminaran los años de la ocupación. En 1949 se enmendaron las regulaciones de la purga, de
forma que se pudieron aplicar a comunistas y a otros extremistas de izquierdas. Al mismo
tiempo, el COSPA autorizó al gobierno de Yoshida a revisar la aplicación de la purga contra
los militaristas llevada a cabo en 1946 y 1947. La revisión se hizo con entusiasmo, sobre todo
después del estallido de la Guerra de Corea el verano siguiente; y, aunque no fueron muchas
las personas con los derechos políticos restablecidos que pudieron volver a ocupar puestos de
mando —sus sucesores estaban ahora demasiado bien atrinchera dos para querer hacer sitio
en la cúpula a una generación más vieja—, su reaparición en la Dieta, ocasionalmente en el
gabinete, o en las juntas de empresas, contribuyó a aumentar el creciente conservadurismo de
la vida pública japonesa. Mientras tanto, la «Purga Roja», como se la llamó, hizo perder el
empleo a unos 22.000 trabajadores de izquierdas tanto del sector público como del privado.
No es de extrañar, por lo tanto, que la posición de los sindicatos quedara bastante debilitada.
El derecho a la huelga había estado siempre sujeto al veto del Cuartel General de Estados
Unidos, como había quedado demostrado en febrero de 1947 cuando se prohibió un paro
general que habían propuesto a causa de las graves implicaciones que tendría para una
economía frágil. En julio de 1948, la limitación fue codificada en forma de prohibición de
huelga para los funcionarios públicos, extendida después a todos los trabajadores de empresas
de servicio público. En diciembre de 1950, esta ley afectaba también a los empleados de los
gobiernos regionales.
Conseguidas estas bases, Yoshida desvió ahora su atención a atacar la «excesiva»
descentralización, una tarea a la que se brindé gustosa la burocracia de la capital. En 1951, se
enmendé la ley para que se les permitiera a las ciudades y pueblos, que estaban teniendo
dificultades para financiar sus propias fuerzas policiales, el acogerse a la jurisdicción de la
Policía Rural Nacional. Se acogieron alrededor del 90 por ciento. Dos años después se
sometió a la Dieta un proyecto de ley para imponer el control central a todas las fuerzas
policiales, pero fue rechazado en medio de la indignación popular. Vuelto a ser presentado en
una forma revisada en 1954, fue aprobado después de algunos disturbios. Esto posibilité el

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poner a toda la policía del país bajo la Agencia de Policía Nacional, cuyo director sería
nombrado por la Comisión de Seguridad Pública Nacional con consentimiento del primer
ministro. Además, en 1952 se había vuelto a asignar a la Agencia de Autonomías algunas de
las. funciones del antiguo Ministerio del Interior (Naimusho), que había quedado disperso en
otros departamentos después de ser abolido en diciembre de 1947. A esta Agencia de
Autonomías se la concedió en 1960 la categoría de ministerio (Jichisho), denominación a
veces traducida como Ministerio de Asuntos Internos.
Yoshida había esperado también deshacer algunas de las reformas del sistema educativo.
Por ejemplo, en 1951 intentó reintroducir la enseñanza de la ética, pero una clamorosa
protesta popular frustré la tentativa cuando se filtré en la prensa el proyecto. Sin embargo, al
final esta tarea la heredaría su sucesor, Hatoyama Ichiro, que consiguió la aprobación de una
Ley sobre Educación Regional en 1956. En ella quedaban debilitados los poderes de los
consejos de educación que no serían decididos por elección directa, sino que estarían sujetos
a la supervisión de las asambleas prefecturales dominadas mayormente por políticos
conservadores. En la nueva ley se le daba al Ministerio de Educación (Mombusho) el derecho
de guía en asuntos relativos a programas educativos y libros de texto. Esta atribución quedé
reforzada en 1958 con una orden por la que se establecía un programa de estudios uniforme
en las escuelas de la enseñanza primaria y secundaria. La siguió al año siguiente la
reintroducción de la enseñanza de la ética.
Como primer ministro, Yoshida había sentado la formulación de una política nacional
con un considerable apoyo popular: la puesta en marcha de una variedad conservadora de
democracia parlamentaria, la participación en la alianza con Estados Unidos y una
concentración en los esfuerzos en pro del crecimiento y el restablecimiento de la economía.
Por otro lado, en parte a causa de la antipatía que provocaba por su testadurez e intolerancia,
en parte porque era mejor administrador que político, no logró crear una estructura estable de
partido que coadyuvara a hacer duradera su política y el trabajo de sus colegas. En efecto, los
Liberales, cuando Yoshida dejó el poder a fines de 1954, se encontraron con rivales que les
iban a poner a prueba de verdad. Había otros políticos de derechas, como Hatoyama Ichiro,
víctima de la purga y restituido en el verano de 1951, capaces de ofrecer una alternativa de
liderazgo. Hatoyama se hizo cargo del Partido Demócrata —Ashida había sido detenido por
un escándalo de corrupción— y llegó a primer ministro en 1954. Había también en la Dieta
un número considerable de socialistas que se oponían encarnizadamente a «la marcha atrás»
y a la alineación con Estados Unidos. En las elecciones a la Cámara Baja de febrero de 1955,
el nuevo partido del gobierno, el Demócrata, obtuvo 185 escaños, mientras que,
amenazadoramente, los dos grupos socialistas, el de derechas y el de izquierdas, ganaron
entre los dos 156 escaños, el 29 por ciento del voto popular. Al unirse los dos grupos en
octubre y constituir el nuevo Partido Socialista Japonés, todo el sistema conservador japonés
empezó a temer por su futuro. Apremiados por grupos empresariales, los liberales y los
demócratas acordaron fundirse al mes siguiente formándose así el Partido Demócrata Liberal
(PDL), que desde entonces y hasta agosto de 1993 ha mantenido el poder sin interrupción.
Este PDL estaba menos unido de lo que lo prolongado de su permanencia en el poder
pudiera hacer pensar. Disponía de un amplio acceso a fondos financieros suministrados
principalmente, como se verá, por las empresas. Esto le permitía organizar costosas campañas
electorales, cuyo presupuesto superaba con mucho el límite del gasto fijado por la legislación
electoral. Contaba con el sólido respaldo del voto de los agricultores, a causa de la reforma
agraria que tuvo buen cuidado de poner en marcha mediante una política de apoyo a los
precios agrícolas. Así mismo, sus diputados de la Dieta cultivaban individualmente una red
de «hombree de influencia» dentro de sus respectivos distritos, cuya capacidad de conseguir

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votos restaba cierta importancia a las bases populares del partido (el PDL ha alegado en
varias ocasiones contar con un número de afiliados de un millón a tres, aunque una elevada
proporción de éstos eran miembros nominales inscritos a menudo por sus patronos). La
coordinación de las actividades del partido se asemejaba a una máquina central bien
articulada y preocupada sobre todo por la estrategia electoral. En cambio, lo que enseguida se
echaba de ver tanto en 1955 como en los treinta y ocho anos siguientes, era una falta de unión
en la dirección del partido. Los grupos de los conservadores existentes en él momento de la
formación del partido se incorporaron a los demócratas-liberales como facciones que
mantuvieron su propia identidad y financiación. Al tocar las diferencias entre ellos menos a la
forma de gobierno que a las ambiciones políticas, siempre se las ha identificado por los
nombres de sus políticos más veteranos y no por los temas de política. Pero la regularidad de
su lugar en la política japonesa queda demostrada por el hecho de que es posible rastrear una
línea cuasi-genealógica de las principales facciones a lo largo del período desde 1955. Sus
rivalidades se centraban en la elección del presidente del partido, destinado a convenirse
automáticamente en primer ministro, siempre que el PDL retuviera [como lo hizo siempre
hasta las elecciones del verano de 1993. N. del T], una mayoría en la Cámara Baja de la
Dieta. Este cargo de máximo mandatario le permitía al primer ministro dispensar protección,
es decir, dar puestos en el gobierno a sus partidarios y, en la proporción que juzgara
conveniente, proporcionar cargos ministeriales a algunas otras facciones del partido.
Un pilar fundamental de la fuerza de los demócratas-liberales ha sido su estrecha
relación con la burocracia. Bajo cierto punto de vista, esto no refleja más que sus muchos
años en el poder. Bajo otro, es el resultado de la continuación de la costumbre de antes de la
guerra de dar cargos políticos a ex burócratas (con la diferencia de que ahora los militares no
eran elegibles). A veces había una continuidad del personal entre los períodos de la preguerra
y la postguerra. Por ejemplo, Yoshida era un diplomático de alto rango antes de 1941. Kishi
Nobosuke, primer ministro en 1957, había sido subsecretario en los departamentos de
Comercio e Industria y en el de Municiones bajo los gabinetes de Konoe y de Tojo; fue
detenido, pero no procesado, como criminal de guerra en la categoría «política»; y, antes de
ser absuelto en 1952, había sido político de partido (como miembro del Partido Liberal). Sus
múltiples relaciones con la administración y la empresa, surgidas de su experiencia, le
permitieron jugar un papel fundamental en sacar a luz en 1955 al Partido Demócrata Liberal.
En esto era Kishi el arquetipo de los muchos ex burócratas veteranos de la política de la
postguerra. Los antecedentes de estos hombres se centraban con frecuencia en los sectores del
servicio civil con mayor relevancia para el crecimiento económico, mientras que sus «contac-
tos» con viejos compañeros de los ministerios centrales facilitaban grandemente el trazado y
planificación de las labores legislativas. Y, en efecto, eran muy numerosos. Se ha calculado
que, después de 1955, alrededor de una quinta parte de los cargos ministeriales fueron
ocupados por estos antiguos burócratas que después de jubilarse se afiliaban al Partido
Demócrata Liberal. Además, entre 1955 y 1980, los ex burócratas actuaron como primeros
ministros por un total de veinte años, comparados con sólo cinco años para los que llegaron a
ese cargo a través de las filas del partido.
El tercer pilar del trípode del poder era la empresa japonesa, representada después de la
guerra por una variedad de organizaciones de amplia base y no, como en el pasado, por unas
pocas compañías destacadas. Una de esas organizaciones era la Cámara Japonesa de
Comercio e Iridustria que databa de 1922. Otra era el Nikkeiren (Federación Japonesa de
Asociaciones Patronales), fundada en 1948 para ayudar a la administración empresarial a
tratar con los sindicatos militantes. Las dos llegaron a ejercer considerable influencia, pero
ninguna igualé la vigorosa personalidad popular de la llamada Keidanren (Federación de
Organizaciones Económicas), que tenía —y tiene— entre sus miembros a varios centenares

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de las mayores empresas del país. Aunque establecida en 1946, Keidanren sufrió al principio
la hostilidad del COSPA hacia los potenciales monopolios y cárteles con el resultado que no
ocupó un lugar prominente hasta 1952. Desde entonces, sin embargo, ha venido
desempeñando un papel dual en la escena nacional: por un lado, buscaba mediar en los
posibles intereses en conflicto de los diferentes sectores y grupos empresariales; por otro,
hacía de portavoz de la gran empresa en ios temas económicos más importantes tanto dentro
como fuera del país. En este segundo cometido actuaba como grupo de presión trazando, en
términos habitualmente generales, las directrices que los empresarios deseaban que el
gobierno siguiera.
La capacidad del Keidanren para insistir ante el gobierno de turno procedía no tanto de
la presencia de empresarios convertidos en políticos —aunque eran muchos—, cuanto del
dinero que aportaba por una variedad de intermediarios. De hecho, después de 1952 siempre
había un denso flujo de fondos aportado por las asociaciones empresariales y por empresas
individuales que iba a parar al Partido Demócrata Liberal, a sus diferentes facciones o a
muchos de sus diputados de la Dieta. En conjunto, este flujo representaba más del 90 por
ciento del total de las contribuciones recibidas por los grupos políticos conservadores de los
años sesenta. La mayor parte de ese porcentaje venía del Keidanren, en especial cuando se
necesitaban grandes sumas ante una convocatoria urgente a elecciones para la Cámara Baja.
Generalmente, el precio de esta contribución era simplemente el reconocimiento de que el
gabinete se hacía responsable de preparar un clima político y financieramente idóneo para la
economía de las empresas. A veces, sin embargo, el precio iba más allá. Los líderes
empresariales no sólo se mostraron en favor de la coalición entre demócratas y liberales en
1955, sino que además aseguraban sus gastos. Cuando en 1960 dimitió Kishi, expresaron de
forma bien clara que estaban más dispuestos a financiar a Ikeda Hayato que a cualquier otro
candidato al puesto de primer ministro. Su recompensa fue el proyecto de «renta duplicada»
de Ikeda encaminado a dar a Japón un índice de crecimiento compuesto anual de más de 7
por ciento en los diez años siguientes.
Una consecuencia lógica de este apoyo de la empresa fue el dar a los demócratas-
liberales una inmensa ventaja sobre sus rivales políticos. De éstos, el Partido Socialista
Japonés (PSJ) seguía siendo el más importante, pese al desdeñoso comentario de que no
había conseguido para Japón más que el sistema de un partido y medio. Desde un principio se
había dividido entre una izquierda marxista y una derecha social-demócrata, cuyas
diferencias no habían quedado ni mucho menos curadas, como tampoco lo estaban las de los
demócratas-liberales al fundirse en un solo partido en 1955. En las elecciones de mayo de
1958, los socialistas ganaron un total de 166 escaños en la Cámara Baja distribuidos
equitativamente entre los distritos rurales y urbanos. Desde entonces, sin embargo, su declive
ha sido gradual. En 1960 se escindió de ellos un grupo de derechas para formar el Partido
Socialista Democrático (PSD); por su parte, la desunión de los que siguieron dentro fue
realzada por algunos desacuerdos muy notorios sobre la relación de defensa con Estados
Unidos, a la cual se oponía tajantemente la izquierda del partido, mientras que la derecha era
ambivalente. Además, el rápido crecimiento industrial alenté a los sindicatos, de quienes los
socialistas dependían estrechamente en materia de fondos y de candidatos, a prestar más
atención al nivel de vida que a la política del partido. Esto a su vez impulsé a ios políticos a
depender más de radicales con escaso apoyo popular. En las elecciones de diciembre de 1969,
los socialistas ganaron sólo 90 escaños. Hubo una modesta recuperación en los años
siguientes al beneficiarse de la inquietud por una serie de reveses económicos (véase capítulo
15), pero pasada la mitad de la década de los setenta se reanudé su declive.
En cuanto al Partido Comunista Japonés (PCJ), otro de los principales grupos de la

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oposición en la primera parte del periodo tratado ahora, estuvo sufriendo durante varios años
disidencias internas con respecto al enfrentamiento ideológico entre chinos y soviéticos. Estas
desavenencias no se conjuraron hasta 1965, cuando el partido adopté directrices más
independientes bajo Miyamoto Kanji. Desde entonces, su puso una vez más a restaurar su
imagen parlamentaria, ocupándose de temas específicamente japoneses y consolidando la
afiliación masiva. Esta política poco a poco empezó a dar resultados. El órgano del partido,
Akahata («Bandera Roja»), fue transformado en un periódico familiar que aportaba ganancias
sustanciales a las arcas del partido. Como organización juvenil, que se mantenía alejada de
los extremismos de la violencia estudiantil —hasta el punto que los estudiantes rebeldes
empezaban a referirse al Partido Comunista como grupo de «derechas»—, ensanché sus bases
populares. En consecuencia, se dio un aumento regular en sus logros electorales: 3 escaños en
la Cámara Baja en 1960, 5 en 1967, 14 en 1969, 38 en 1972. Este nivel se mantuvo
aproximadamente hasta 1980.
El hecho de que ni socialistas ni comunistas parecieran capaces de abrir brecha de forma
significativa en la estructura de poder durante un periodo de crecimiento económico vino a
quedar destacado con el surgimiento en 1964 de un nuevo partido de la oposición. Estaba
patrocinado por una organización budista, Sokagakkai, una de las ramas de la secta Nichiren,
que había logrado un rápido desarrollo en los años de la postguerra, sobre todo entre los
grupos urbanos que no habían podido coparticipar en el éxito industrial; y, aunque el nuevo
partido tomo el nombre de Komeito (Partido de Gobierno Limpio) para subrayar que sus fines
eran tan éticos como políticos, en la práctica sus programas reflejaban más su composición
social que cualquier ideario budista. Es decir, abogaban por una forma de neutralidad asiática
(que incluía el reconocimiento de la China comunista), pero también por un mejor trato a la
pequeña y mediana empresa, y una mejor asistencia social a los desfavorecidos. Desde el
punto de vista electoral, Komeito se beneficié del abultado número de afiliados de
Sokagakkai, aunque los dos grupos suspendieron oficialmente sus relaciones en 1970.
Cuando el partido participé por primera vez, en 1967, en unas elecciones a diputados,
presentó 32 candidatos, ganando 25 escaños con casi dos millones y medio de votos. En
1969, aumentó sus escaños en la Dieta a 47, número que volvió a reducirse en 1972 con 29,
pero temporalmente, pues en 1976 y otra vez en 1979 Komeito obtuvo 50 escaños, con-
viniéndose en el tercer partido más grande del país.
Como resultado de esta fragmentación de la oposición, cuyos miembros daban pocas
muestras de cooperar entre sí, los demócratas-liberales parecían estar a sus anchas en los años
sesenta. Ikeda Hayato fue su líder de 1960 a 1964. Al fallarle la salud, fue fácilmente
sustituido por Sato Eisaku —hermano de Kishi pero adoptado en una rama familiar diferente
—, otro exburécrata con experiencia en el Ministerio de Industria y Comercio Exterior. Esto
le hizo, al igual que a Ikeda, un candidato aceptable en los círculos empresariales. Y, en
efecto, prosiguió con una política orientada al crecimiento económico. También ganó
elecciones: 277 escaños en 1967 y 288 en 1969, gozando de cómodas mayorías en la Cámara
Baja que le mantuvieron en el poder casi ocho años. Subproducto de su largo mandato fue la
decisión de su partido de limitar el número de veces que su presidente podría presentarse a
ser reelegido.
Faltaban todavía varios años hasta que los políticos empezaran a hablar de desarrollar un
nuevo sistema que sustituyera al establecido cuando se fundó el PDL —«el sistema de 1955»
se le llamó—; pero ya a fines de los años sesenta había señales de que el sistema no contaba
con el apoyo total de la población en general. La generalización de los desórdenes
estudiantiles, por ejemplo, expresaba la insatisfacción con la naturaleza del capitalismo
japonés y las quejas por la manera en que se llevaban las universidades. Se produjeron

14
violentas manifestaciones callejeras, así como huelgas y sentadas de miles de personas en
centros educacionales —en el punto culminante de los disturbios, octubre de 1969, no eran
menos de 77 las universidades revueltas por los disturbios— que sólo fue capaz de aplacar la
policía antidisturbios de reciente formación. Se reconoce que el movimiento fue de corta
duración, pues las pugnas doctrinales destruyeron su eficacia, y el fin de la Guerra de
Vietnam le quitó el único tema que podía unir fácilmente a las diferentes facciones. Quedaron
sólo grupos fragmentarios de terroristas que operaban sobre todo fuera de Japón. Aun así, el
movimiento había demostrado inequívocamente que para los males de la sociedad la solución
de todos no era la prosperidad. En un contexto diferente, lo mismo demostraron las protestas
por la contammación industrial, la cual en 1966 y 1967 había llegado a un nivel que obligó a
introducir leyes de anti-contaminación, no obstante las objeciones de las empresas (véase
capítulo 15).
Una consecuencia de la turbulencia fue el descenso gradual de la popularidad de los
demócratas-liberales. En 1960 habían logrado más del 57 por ciento de los votos. En 1969, el
porcentaje había bajado al 48, aunque el número de escaños fue sólo marginalmente inferior
(Sato ganó 288 comparados con los 296 de Ikeda en 1960). Ianaka Kakuei, que le tomó a
Sato el relevo, ganó sólo 271 escaños en diciembre de 1972, y esto fue incluso debido más a
la administración que a la popularidad. Un candidato admitió a un periódico que en su
campaña electoral se habían necesitado 100 millones de yenes —veinte veces más que el tope
legal—, lo cual, decía, era típico. El 15 por ciento se había destinado a gastos directos, como
gastos de oficina, furgonetas de altavoces y otras formas de propaganda electoral, pero el
resto se había empleado en regalos y agasajos para los votantes y gente de influencia, además
de en donativos a compañeros del partido de las asambleas prefecturales y locales.
Declaraciones como las de este candidato, a las que se daba crédito universal, empezaban a
causar cierto desprestigio en el sistema parlamentario, como había pasado antes en este
mismo siglo. La voluntad de la prensa a darles prominencia —los tres principales diarios,
Yomiuri, Asahi y Mainichi, todos ellos ostentosamente independientes de partidos, en
conjunto vendieron en sus ediciones matutinas de 1970 más de 15 millones de ejemplares —
contribuyó a atizar el desencanto popular. El último periodo de la carrera política de lanaka
Kakuei sirvió para echar aún más leña al fuego (véase capítulo 16).
Relaciones exteriores
De los cinco primeros ministros entre fines de 1954 y mediados de 1972, dos —Ishibashi
Tanzan e Ikeda Hayato— dimitieron por motivos de salud. Los otros tres —Hatoyama Ichiro,
Kishi Nobosuke y Sato Eisaku— perdieron el poder debido, por lo menos al parecer, a po-
lémicas sobre asuntos exteriores. En un sentido esto era un tributo a sus logros en asuntos
internos; en otro, era indicativo de la importancia que en la política japonesa tenían las
relaciones con el exterior.
Para recuperar la buena estrella del país, Yoshida Shigeru había apostado por el
desarrollo económico manteniendo una diplomacia gris bajo la protección de los americanos.
Sus sucesores continuaron en general en la misma tónica, buscando ganar respeto
internacional con su participación en las actividades de las Naciones Unidas y prestigio con
gestos no políticos, como la celebración de los Juegos Olímpicos en Tokio en el año 1964. La
geopolítica del lugar de Japón en el mundo se dejó que la determinara la alianza con Estados
Unidos. Esta línea no era del todo popular dentro de Japón. Hubo, por ejemplo, cierto
resentimiento por las condiciones en que Estados Unidos seguía manteniendo sus bases
militares en Japón, y que afloré en octubre de 1956 en forma de grandes manifestaciones
contra los planes de ampliar un aeródromo norteamericano cerca del pueblo de Sunakawa a

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costa de tierra cultivable. En 1957 se dio otro caso célebre cuando un centinela de Estados
Unidos disparé contra una japonesa que recogía metal para chatarra en un campo de tiro. Lo
que aquí se disputaba en el plano legal era si el juicio debía ser civil, es decir, en un juzgado
japonés, o militar, en un juzgado norteamericano. El tema tocaba a las constituciones de los
dos países y además tenía implicaciones emocionales que evocaban la época de los tratados
desiguales del siglo xix; por eso provocó cierta acrimonia, aunque al final, después que se le
hubiera concedido prioridad al juzgado japonés, el centinela fue puesto en libertad
condicional.
De mayor envergadura fueron las discusiones sobre el tratado de seguridad. Desde un
principio habían surgido en Japón objeciones al mismo que venían de los dos extremos del
colectivo político. Los nacionalistas, sobre todo la extrema derecha, resentían la
implicaciones de servilismo del tratado. Desde la izquierda, se condenaba por hacer de Japón
el socio de lo que consideraban imperialismo americano. Kishi Nobosuke, primer ministro
desde febrero de 1957, decidió por tanto renegociar el acuerdo de manera que el orgullo
nacional quedara a salvo y con la idea de conseguir ventajas económicas para el país. Con
ello esperaba calmar a la oposición, por lo menos a la de la derecha.
Antes de enero de 1960 estaban acordadas las condiciones del nuevo tratado. En el
intercambio de documentos, firmados entonces por Kishi en Washington, se establecía que
Japón tendría una voz —sin definirse claramente su amplitud— en el uso a que pudieran ser
sometidas las bases americanas y las tropas en ellas estacionadas. En el tratado en sí, que
Kishi también firmó, el artículo II obligaba a ambas partes a «intentar eliminar los conflictos
en sus políticas económicas exteriores», y en el comunicado conjunto emitido
simultáneamente había una referencia al «creciente papel que el pueblo japonés está jugando
en el desarrollo económico del Asia libre»~. Por desgracia, esto no basté para vencer la
hostilidad de la opinión pública japonesa debido en parte al hecho de que los antecedentes
del mismo Kishi de antes y durante la guerra, casi siempre como un burócrata en asuntos
de economía, lo hacían sospechoso ante la oposición de todo lo que hiciera. Cuando, en abril
de 1954, el tratado llegó a la Dieta para ser ratificado, los socialistas, los comunistas, los
sindicatos y la Asociación Nacional de Estudiantes (Zengakuren) tenían preparado un
tumultuoso movimiento popular en contra del tratado. Fuera de la Dieta se repitieron
violentas manifestaciones. Dentro, los diputados socialistas boicotearon los debates y
estacionaron piquetes en la Cámara hasta que fueron sacados a la fuerza por la policía. El
partido del gobierno voté en su ausencia por la ratificación, convirtiendo el debate en una
discusión de los derechos parlamentarios. Las protestas llegaron al borde de la histeria. El 26
de mayo hubo manifestaciones en todo Japón; los disturbios estudiantiles de Tokio causaron
varios cientos de víctimas, incluyendo la muerte de una estudiante; numerosas recogidas de
firmas y, a comienzos de junio, una huelga en el servicio ferroviario.
Se había decidido que el presidente norteamericano, Eisenhower, hiciera una visita
oficial a Japón coincidiendo con la ratificación del tratado, pero esos desórdenes, a la vista de
sus tintes anti-norteamericanos, no la hicieron posible. El 16 de junio, en una junta de
emergencia del gabinete, se decidió pedirle al mandatario estadounidense que no viniera. Dos
días después entré por fin en vigor el voto de la Dieta favorable a la ratificación, y el 23 de
junio Estados Unidos lo ratificó por su parte. Kishi dimitió siendo sustituido por Ikeda I-
Iayato.
Curiosamente, estos sucesos causaron menos perturbación de lo que cabría esperar en las
subsiguientes relaciones entre los dos aliados, si bien uno y otro hicieron de la política de

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defensa japonesa un tema de preocupación constante. Pese al movimiento vocal de paz,
dominado por socialistas y comunistas, aparte de minorías estridentes quejosas de la
existencia del tratado y desafiantes de la legalidad de la Fuerza de Auto-Defensa por la
cláusula de paz de la Constitución de la postguerra, la mayoría de los japoneses, a juzgar por
sus votos y por la respuestas a los sondeos de opinión pública, acabaron aceptando en pocos
años la necesidad de lo que se había hecho. Cierto que no se deseaba ver a Japón convertido
en una potencia militar de primer orden, aunque sólo fuera por razones financieras. Seguía
habiendo una oposición importante a las armas nucleares y al envío de soldados japoneses al
extranjero. Pero dentro de esos límites, la posesión de un nivel módico de fuerza militar que
sería desplegado defensivamente en asociación con Estados Unidos, vino a ser considerado
generalmente antes de que acabara la década de los sesenta como un hecho de legítimo y
propio interés.
Así lo reflejaba el mismo desarrollo de la Fuerza de Auto-Defensa y los planes para su
uso operacional. De una fuerza de combate de 165.000 hombres en 1954, se pasó a 235.000
en 1972. De este total, más de 150.000 pertenecían a los fuerzas de tierra equipadas con
tanques, aviación y misiles tierra-aire. Además, había un destacamento aéreo de 42.000
hombres con 900 aviones, 40 helicópteros y 100 misiles Nike, y otro naval de 37.000 hom-
bres con 200 navíos de combate pequeños y un número similar de aviones. El gasto anual que
esto representaba se elevé de 509 millones de dólares en 1961, a tres veces mas en 1970 y a
unos 3 billones de dólares en 1974. A partir de entonces, este gasto militar siguió aumentando
a un ritmo regular, aumento, no obstante, debido a la adquisición de equipos más modernos y
no a un incremento en el volumen de las adquisiciones.
Las fuerzas militares japonesas se habían constituido en su origen con el fin de hacer las
veces de las que Estados Unidos estaba en proceso de retirar (hasta poco más de 100.000
hombres entre 1955 y 1960). En julio de 1961, se trazó un plan de defensa más ambicioso
orientado a que Japón pudiera por sí solo rechazar un ataque externo a la espera de la llegada
de refuerzos norteamericanos o de represalia con armas nucleares. En 1970, un Libro Blanco,
elaborado por Nakasone Yasuhiro, entonces al frente de la Agencia de Defensa, iba aún más
lejos. Japón, se decía en él, debía perseguir tal grado de «autonomía militar» que hiciera
posible su supervivencia en el caso de que se retrasara la ayuda de Estados Unidos. Aunque
esto se veía como un gesto de conciliación dirigido a los norteamericanos que habían
empezado a quejarse de que Japón no contribuía lo suficiente en los gastos militares,
implicaba costosas adquisiciones de armamentos, por no decir nada de los recelos que podría
despertar entre sus vecinos asiáticos sobre un resurgir del militarismo japonés y de la con-
siguiente hostilidad que provocaría en la Dieta. Sato Eisaku, por entonces primer ministro y
prudente en este tema, abordé la cuestión con mucha más cautela que Nakasone. En 1967 ya
había enunciado los «tres principios nucleares»: Japón no fabricaría armas nucleares, no las
poseería, no permitiría que nadie las trajera a Japón. Había decidido también limitar el gasto
de defensa a menos del 1 por ciento del PNB (una resolución que no se hizo oficial hasta
1976). Todo esto lo hacía poco dispuesto a aprobar un rearmamento de envergadura; de esa
forma las propuestas tuvieron que esperar a entrar en vigor hasta que el propio Nakasone
llegara a primer ministro en 1982.
De todas formas, la defensa resulté ser un motivo de fricción entre Estados Unidos y
Japón mucho menos grave que el comercio, especialmente el asunto de las crecientes
exportaciones japonesas a ese país. Pero los temas derivados del comercio mejor se pueden
dejar para otro capítulo (capítulo 16). Aquí se tratará más bien de las implicaciones que la
alianza norteamericana tuvo en las relaciones de Japón con otros países de la zona, alianza
que por supuesto lo obligaba a Japón a seguir las pautas de la política de Estados Unidos en

17
Asia, si no a cooperar activamente en ella. Esto también era visto con desagrado por grupos
de la opinión pública japonesa. La Guerra de Vietnam, por tomar un caso especialmente
delicado, era frecuentemente presentada en Japón con tintes antiamericanos, en parte porque
se la veía como ejemplo del intervencionismo americano en una disputa asiática, en parte por
miedo de que Japón sin darse cuenta pudiera ser arrastrado a ella. Había también expresiones
de desasosiego en las continuas disputas con la Unión Soviética. Las negociaciones sobre las
islas del norte del país siguieron estancadas en los años sesenta y setenta, pese a cierto pro-
greso en asuntos prácticos como comercio, rutas aéreas y representaciones consulares. Como
compensación, la alianza posibilité un número de ventajas concretas. En abril de 1968, las
islas Bonin le fueron devueltas a Japón y al año siguiente Washington prometió la devolución
de Okinawa en 1972 sujeta a la conservación de las bases en estas islas en las mismas
condiciones que en las islas grandes del archipiélago japonés.
Se dio asimismo un acercamiento al principal aliado americano en el continente, Corea
del Sur. En julio de 1965 se «normalizaron» las relaciones con Seúl, un paso con el cual el
Partido Demócrata Liberal reconocía que la importancia estratégica de Corea superaba las
persistentes y hostiles manifestaciones que tuvieron lugar en Japón. Por otro lado, proseguían
las discusiones sobre los derechos de pesca en aguas coreanas, y fueron constantes las críticas
de los grupos izquierdistas japoneses relativas a la política «reaccionaria» de Corea. Así,
cuando el presidente coreano realizó una visita a Tokio en 1974 se estimé prudente garantizar
la seguridad estacionando una fuerza policial en las calles de 20.000 hombres. El presidente
tuvo una reunión con el emperador Hirohito en el curso de la cual le fue expresado el pesar
por los pasados desafueros cometidos por Japón.
Para la mayor parte de los japoneses la cuestión de qué hacer sobre China era en
conjunto más importante. La hostilidad americana hacia Pekín, aunada al reconocimiento
japonés de Taiwán, dificultaba la promoción del comercio con el continente. Fue en
diciembre de 1962 cuando el gabinete de Ikeda fue capaz de conseguir un intercambio de
misiones comerciales destinadas a desarrollar la exportación de una planta industrial a la
República Popular China. Pero ni siquiera eso pudo elevar la participación china en el
comercio exterior japonés del 0,1 por ciento en 1960 a más del 2,9 por ciento en 1970.
Tampoco fue esto suficiente para convencer a las empresas más famosas de Japón a tomar
parte en él. Algunas compañías, con una tradición ya hecha de relaciones con China o que se
habían beneficiado de algún contacto reciente a escala reducida, deseaban seguir adelante e
ignorar los riesgos de represalias de Estados Unidos o de Taiwán. Las compañías más
grandes, cuyos intereses eran más diversos e internacionales y que por tanto podían correr
más riesgos, estimaron mejor mantenerse alejadas. Lo mismo hizo el gobierno.
En tales circunstancias, tuvo que darse un cambio en la situación internacional a nivel
general para producir una modificación sustancial en las relaciones sino-niponas. Este cambio
empezó a tomar forma en 1970. Cuando, pasada la Revolución Cultural, China se puso a
renovar poco a poco sus contactos internacionales, tanto en el parlamento japonés como en
los principales grupos empresariales del país, empezaron a oírse voces proponiendo que
Japón emulara a Canadá reconociendo al gobierno de Pekín. China respondió mostrando una
mayor voluntad de ser flexible en el tema de las inversiones japonesas en Talwán. Así,
cuando el presidente Nixon anunció en julio de 1971 su plan de visitar China con el objeto de
restaurar las relaciones cortadas en 1949, la atmósfera de Tokio sobre este tema era ya
receptiva. En el otoño dos misiones japonesas de empresarios visitaron China; la admisión de
este país en las Naciones Unidas en octubre abrió el camino para la actividad diplomática
oficial; tan sólo el sentido personal de compromiso hacia Taiwán de Sato Eisaku parecía
contenerlo. Su retiro eliminé este obstáculo. Poco después de convertirse en primer ministro

18
en julio de 1972, Tanaka Kakuei, con el firme apoyo de los principales miembros de su
gabinete, entre ellos Nakasone, hizo planes para visitar Pekín. Cuando llegó el 25 de septiem-
bre, sostuvo conversaciones con Mao Tse Tung y Chou En Lai antes de firmar una
declaración por la que cuatro días después se restablecían las relaciones entre los dos países.
Japón expresó su pesar por los sufrimientos infligidos al pueblo chino antes de 1945 y
reconoció a la República Popular como la única autoridad legítima de China. China, por su
parte, renuncié a cualquier reclamación a indemnizaciones de guerra, pero hizo constar una
vez más su insistencia en que Taiwán era parte del territorio chino. En una conferencia de
prensa, el ministro de Exteriores, Ohira Masayoshi, que había acompañado a Tanaka, anunció
que el tratado de Japón con Taiwán quedaba nulo.

Capítulo 15
El milagro económico
Si se vuelve la vista atrás y se contemplan los últimos cien años de historia japonesa, dos
cosas llaman la atención. Una es que la decisión del gobierno de Meiji de «fortalecer el
ejército», es decir, adquirir un poderío militar tal que le permitiera a Japón hombrearse con
Occidente, fue el comienzo del desastre. El imperio y la derrota fueron una extensión natural,
aunque no inevitable, del impulso hacia la fortaleza nacional. El segundo objetivo de la polí-
tica de Meiji, «enriquecer el país», no deja de ser del todo irrelevante para explicar el origen
de la Guerra del Pacífico, si bien sigue siendo verdad que los logros económicos han
resultado ser el aspecto más exitoso y duradero del legado del siglo xix. Hoy, si se olvida el
Japón del militarismo y de la agresión, es el Japón del «milagro económico» el que más
acapara la atención del mundo.
La primera tarea del presente capítulo será resumir la naturaleza del crecimiento
económico japonés desde el fin del periodo de la ocupación. Hay que reconocer además que
las proezas económicas han revolucionado en muchos aspectos la vida de los habitantes del
país. Aunque se consideren en otras páginas del libro las consecuencias politicas e
internacionales, parece apropiado incluir aquí una relación de los cambios que afectaron al
empleo y al nivel de vida.
Crecimiento industrial, 1955-1973
La guerra dejó a Japón con graves problemas económicos: unos diez millones de
desempleados, si se incluyen todos los miembros de las fuerzas armadas que quedaron
desmovilizados; destrucción general de viviendas y de plantas industriales; una producción
anual de carbón reducida a un millón de toneladas; una cosecha de arroz en 1945 que sólo
llegó a dos tercios de lo normal, y una inflación galopante. Las pérdidas materiales debidas a
la guerra se han calculado en una cuarta parte de la riqueza nacional representando todas las
ganancias realizadas desde 1935. Aun así, no todas las consecuencias eran adversas. El
desempleo quería decir que había una abundante mano de obra, experta en gran medida y
lista para ser di-rígida a nuevas tareas. La guerra había elevado también el nivel de tecnología
y de capacidad de producción de la industria pesada, especialmente en los sectores del hierro
y acero, deja maquinaría y químico, dejando en posición de arranque un tejido de controles
financieros, destinado en su día a dar prioridad a las municiones, que ahora se hallaba
disponible para que los sucesivos gabinetes lo utilizaran como instrumento de reconstrucción.
Al hacer uso de esas ventajas heredadas, el Japón de la postguerra contó con el beneficio

19
de la copiosa ayuda americana. En los primeros días de la ocupación, ésta tomó la forma de
cargamentos de emergencia de alimentos y materias primas, pero después de 1948, cuando el
énfasis de la política de Estados Unidos cambió del «castigo» a la autosuficiencia nacional,
hubo medidas para poner fin a la inflación (el Plan Dodge para el equilibrio de presupuestos,
del año 1949) que al gabinete de Yoshida podría haberle parecido difícil de aplicar por sí
mismo, sumadas a inyecciones sustanciosas de capital y de tecnología avanzada. La Guerra
de Corea en 1950 llevó a compras norteamericanas a gran escala de equipos militares ja-
poneses para las fuerzas de las Naciones Unidas, lo cual supuso un poderoso estimulo para la
producción japonesa. Los ingresos monetarios resultantes se aproximaron a los 600 millones
de dólares en 1951, a más de 800 millones en 1952 y a otro tanto en 1953, posibilitando
nuevas e importantes inversiones en plantas y equipos.
Además, Washington estimé que su asociación de defensa con Japón, una vez firmado el
Tratado de San Francisco, le exigía el realizar esfuerzos para impulsar el comercio japonés
sobre todo en el sureste asiático. Bajo los auspicios de Estados Unidos, se firmaron tratados
de reparación, a tenor de los cuales Japón prometía proveer de artículos y servicios a los
países que antes había ocupado sin sacrificar en beneficio de éstos su propia capacidad in-
dustrial, como en un principio se había llegado a proponer. A Birmania se le prometieron 200
millones de dólares (noviembre de 1954), a Filipinas 550 millones (mayo de 1956), a
Indonesia 220 millones (enero de 1958). Al lado de esto había préstamos japoneses a esos tres
mismos países por un valor total de 700 millones de dólares. Un resultado fue que a mediados
de los años sesenta más del 30 por ciento de las inversiones de Japón en el extranjero se
habían realizado en ese arco geográfico que, con exclusión de China, se extiende al sur y al
oeste de Corea hasta llegar a los límites de la India.
Nada de esto hubiera sido posible sin una regeneración de la propia industria japonesa,
objetivo al que los funcionarios y los políticos japoneses concedieron una prioridad mucho
mayor que la que le daban los americanos. Ishibasla lanzan, un periodista de asuntos
económicos de la preguerra, al que Yoshida hizo ministro de Finanzas en 1946, se lanzó a la
tarea de estimular la recuperación creando el Consejo de Estabilización Económica, con la
misión de coordinar la producción, y el Banco de Reconstrucción, con la de canalizar capital
a determinadas industrias (alimentos, fertilizantes, carbón, hierro y acero). El COSPA —
todavía en su vena reformadora— puso objeciones basadas en que tal política favorecía al
zaibatsu y a otros acaparadores del tiempo de la guerra. Ishibashi fue, en definitiva, objeto de
la purga y destituido en 1947, pero sus sucesores fueron capaces al final de seguir en la
misma linea. En 1948, el Consejo de Estabilización Económica elaboré un plan quinquenal
destinado a volver a aproximadamente los niveles de producción de 1934. El año siguiente se
estableció el Ministerio de Industria y Comercio Exterior (MICE), juntando así a los
burócratas expertos en comercio exterior con los que habían aprendido las técnicas de control
industrial del viejo Ministerio de Municiones. Bajo su tutela, el Banco de Reconstrucción fue
reemplazado en 1951 por el Banco de Desarrollo, como fuente de fondos a bajo interés para
las inversiones industriales; se introdujeron reformas fiscales en forma de prestaciones para la
inversión; se desarrollé un sistema de asignación de divisas que en la práctica les daba a los
funcionarios la autoridad para canalizar las materias primas a determinadas compañías, y se
llegaron a acuerdos de cooperación técnica con empresas extranjeras, especialmente
norteamericanas.
El MICE se sirvió de los poderes adquiridos por estas disposiciones para mejorar la
competitividad de la empresa japonesa. Patrocinó activamente la formación de con-
glomerados (keiretsu) en torno a los bancos, los mayores de los cuales estaban íntimamente
relacionados con el zaibatsu de la preguerra. Tanto Mitsubishi como Mitsui, cuyas empresas

20
de comercio habían quedado disueltas en la primera fase de la ocupación, ya estaban de
vuelta en 1955 con operaciones a gran escala. Además, a los productores de varios sectores
(primero fue el de hilado de algodón, pronto seguido del acero) se les animé a formar cárteles
con cuotas de producción y reparto de materias primas. Se llevó a cabo la supervisión
mediante lo que se llamó «guía administrativa», y, cuando ésta fue puesta en entredicho por
las leyes antimonopolistas de 1955, el MICE alegó con éxito que «aconsejar» no estaba
jurídicamente sujeto a esas leyes. Al año siguiente, convenció a la Dieta para que enmendara
la ley de manera que se autorizase la creación de cárteles patrocinados por el gobierno en las
industrias deprimidas o que estaban pasando por la racionalización. Desde entonces, el
prestigio del MICE avanzó rápidamente. De los diez primeros ministros en los treinta años a
partir de la dimisión de Hatoyama Ichiro (diciembre de 1956), nada menos que siete habían
ocupado previamente el cargo de ministro de Industria y Comercio Exterior.
Antes de 1955 la contribución de Estados Unidos y la organización del MICE habían
echado los cimientos sobre el que se erigiría el espléndido edificio del desarrollo industrial
japonés. A ello contribuyeron varios factores aparte de una consistente política de apoyo
oficial. La economía mundial había entrado en un período de expansión creándose un
ambiente favorable. La industria japonesa disfrutaba de buenas relaciones laborales en parte a
causa de las adversidades de la postguerra, en parte gracias a una eficaz administración. Esto
facilitó el desplazar la mano de obra a las industrias y a los empleos de productividad su-
perior, que habría de ser la clave del subsiguiente desarrollo. Otro factor fue la transferencia
tecnológica de Estados Unidos a Japón. Los cambios sociales, como la reforma agraria y el
desarrollo de los sindicatos (véase capítulo 13), contribuyeron a una amplia distribución de
las ganancias en toda la población, dilatándose así el mercado interno. Por otro lado, la
marcada tendencia del japonés medio a ahorrar permitió que gran parte del capital exigido
para la inversión industrial procediera de fuentes privadas del país canalizadas por bancos y
cajas postales de ahorro. La aportación del gobierno vino en forma de préstamos centrales a
los bancos privados, además de suministrar la infraestructura, como carreteras y ferrocarriles.
Por ejemplo, en 1960, Japón disponía de una red vial inferior a los 27.000 kilómetros; en
1975 la cifra era de 340.000 kilómetros.
Con estos estímulos, la industria japonesa primero se recuperé, luego se expandió. En
1948, el índice de producción industrial (1934-1936 = 100) estaba en sólo 55. En 1950 era de
88 y en 1955 había subido a 181. Pese al parón de 1957 provocado por el problema en la
balanza de pagos, en 1960 se disparé a 410, un año éste en que la economía logró un índice
de crecimiento real del 13,2 por ciento. En la década siguiente se mantuvieron índices anuales
semejantes.
En los años sesenta, la economía japonesa estaba dominada, como en el pasado, por un
número relativamente pequeño de fabricantes a gran escala. Algunos de éstos se hallaban
dentro de los conglomerados favorecidos por el MICE: Mitsubishi, Mitsui, Sumitomo y Fuji,
cada uno de los cuales contaba en 1970 con más de setenta empresas afiliadas. Eran
importantes sobre todo en sectores básicos como el acero, construcción naval y minería, si
bien se mantenían fuertes también en el comercio y las finanzas. Aparte de esas agrupaciones
había varias empresas de líneas de producción relativamente nuevas, como artículos
eléctricos, electrónica y automóviles. Entre ellas figuraban nombres hoy mundialmente
famosos como Matsushita Electric, Hitachi, Toyota y Nissan, que solían ser parte de
estructuras verticales con una serie de compañías subcontratadas dentro de las que la empresa
madre retenía las existencias. Gracias al control del MICE sobre el comercio exterior, todas
gozaban de cierta protección contra la competencia extranjera en tanto se labraban una
posición en el mercado de Japón.

21
Una segunda característica de la economía en esta fase era el énfasis dado a los
productos necesitados de tecnología avanzada y de fuertes inversiones de capital: industrias
como la del acero y la petroquímica, la producción de artículos de consumo como cámaras
fotográficas, televisores, motocicletas y al final también automóviles. El sector metalúrgico,
químico y de ingeniería representaban ya en 1960 alrededor del 60 por ciento del valor de la
producción industrial bruta del país, comparado con sólo el 30 por ciento en 1930. En los diez
años siguientes, la producción anual de acero se elevó de 22 a 93 millones de toneladas y las
importaciones de petróleo aumentaron de 33 a 205 millones de kilolitros. Los barcos de acero
construidos en 1960 representaban 1.760.000 TRB (toneladas de registro bruto) y 12.650.000
millones de TRB en 1970, gracias en parte a una demanda mundial en alza, sobre todo de
petroleros a raíz de la crisis del Canal de Suez en 1956. La producción anual de televisores se
elevó de 3,6 millones a 13,8 millones en la misma década, mientras que los automóviles de
turismo, con sólo 165.000 unidades al comienzo de la década de los sesenta, alcanzaron más
de tres millones al final de la misma. Subrayando la naturaleza del cambio, mientras que el
índice de producción industrial en conjunto se movió de una base de 100 en 1960 a 373 en
1970, la de hierro y acero ascendió a 410, la de productos químicos a 424 y la de maquinaria
a 579.
En cambio, el sector textil, que había estado mucho tiempo a la cabeza tanto de la
producción nacional como del comercio exterior, hacia 1960 estaba en una baja relativa y su
alza después fue discreta. La seda en bruto, en reñida competencia con las fibras artificiales,
se producía en cantidades muy inferiores a las de antes de la guerra. La producción de hilaza
de algodón también había descendido, mientras que las exportaciones de prendas de algodón
demostraron ser incapaces de resistir los precios de los fabricantes del sureste asiático. Los
rayones y otros tejidos artiflciales, con el apoyo de una industria petroquímica en expansión,
compensaban algo las pérdidas textiles, pero no del todo. De hecho, el índice del sector textil
se incrementé tan sólo de 100 a 226 en los años del boom de 1960 a 1970.
En 1961, el primer ministro, Ikeda Hayato, había fijado el objetivo de duplicar la renta
nacional en diez años. Parte del plan era una expansión de las exportaciones a apro-
ximadamente el 10 por ciento cada año, concentrándose en la maquinaria y en los mercados
de Estados Unidos, Canadá y Europa. Como resultado, el crecimiento japonés en este período
iba orientado a la exportación en formas no contempladas por los acuerdos de defensa con
Estados Unidos. Concretamente, el éxito en la exportación ya no dependía de industrias con
salarios inferiores a los de los competidores, lo cual hubiera implicado el abaratar los
productos destinados a países subdesarrollados, sino de industrias con una mayor eficiencia a
las que espoleaba la competitividad reinante en el mercado nacional. Para ello eran cruciales
la calidad y el servicio de postventa. Las economías de escala mantenían los precios bajos.
Cuando en junio de 1955 Japón se afilié al Acuerdo General sobre Aranceles Aduaneros
y Comercio (GATT), varios países, como Gran Bretaña, estuvieron negándose durante algún
tiempo a concederle todas las ventajas de dicha afiliación, basándose en la sospecha de que
en Japón desde tiempo atrás subsistían todavía ciertas prácticas comerciales como el
dumping. Así, en parte por esto y en parte por la pérdida a partir de la guerra de un acceso
privilegiado a los mercados de China y de otros países de Asia, el crecimiento del comercio
exterior fue al principio bastante lento. Pero después de 1960 se aceleré. La cifra del índice
del comercio exterior (1965 = 100) revela que de 1960 a 1970 hubo un aumento en las
importaciones de 56,6 a 224 y en las exportaciones de 43,9 a 200,8. La composición de este
comercio reflejaba los cambios que estaban teniendo lugar en la industria japonesa. Las
exportaciones textiles no llegaron a duplicarse estos años, pero el indice de productos
químicos se elevó de 29 a 280 y el de maquinaria de 26 a 263. Japón se estaba convirtiendo

22
en uno de los mayores productores del mundo de barcos, cámaras, televisores, automóviles y
fibras artificiales. Fi precio era realizar grandes importaciones de hierro en lingotes sobre
todo de Australia, y de petróleo principalmente del Oriente Medio. En 1970, algo más del 30
por ciento de las exportaciones iban a Estados Unidos, alrededor del 15 por ciento a Europa
occidental y fraccionalmente más del 15 por ciento al sureste asiático, donde los principales
compradores eran Hong Kong, Filipinas, Tailandia y Singapur. La procedencia de las
importaciones estaba más diversificada, a no ser por Estados Unidos, de donde llegaba casi el
30 por ciento. En cuanto al resto, el 13 por ciento era del Oriente Medio, el 12 por ciento del
sureste asiático, el 10 por ciento de Europa occidental y poco menos del 8 por ciento de
Australia.
El comercio y la industria después de la crisis del petróleo
Cuando a fines de 1973 los países árabes productores de petróleo tomaron la decisión de
cuadriplicar los precios del petróleo provocaron en la economía mundial cambios que
pusieron fin a la fase japonesa de un crecimiento económico excepcionalmente rápido. Como
país que dependía del petróleo en dos terceras partes de su suministro de energía y de las
importaciones para casi la totalidad de su petróleo, Japón sufrió un enorme aumento en su
factura de importaciones y una subida general de los precios. En 1974, el índice de precios al
por mayor subió en un 31 por ciento. Las reducciones del consumo del petróleo impuestas
por el gobierno para disminuir las importaciones llevaron a la economía a la recesión, con el
resultado de que en el producto nacional bruto de ese año se registré un descenso por primera
vez desde la ocupación.
En 1975, la situación parecía ir mejorando. Las reducciones en el gasto público y una
política monetaria estricta, con restricciones en las prestaciones de los bancos a la industria,
empezaron a controlar la inflación; por otro lado, las exportaciones aumentaron con lo que se
compensaba la elevada factura de las importaciones por el precio del petróleo. El progreso
era desigual, pero en 1977-1978 la política del gobierno se movía hacia un mayor gasto como
medio de estimular la economía. Las inversiones experimentaron una vigorosa recuperación
en 1979. Sobrevino entonces la segunda crisis del petróleo, un encarecimiento en dos fases
que tuvieron lugar a mediados de 1979 y principios de 1980. El coste de las importaciones
japonesas volvió a elevarse, esta vez en 30 billones de dólares, y el índice de precios al por
mayor subió en un 20 por ciento. En marzo de 1980, el precio de la energía eléctrica al
consumidor subió el doble. Además, el gabinete introdujo una serie de medidas para reducir
el consumo de energía, como la prohibición a los funcionarios de desplazarse al trabajo en
automóvil y el fin de los programas de televisión que se emitían después de medianoche. El
volumen de las importaciones de petróleo se redujo ese año en un 10 por ciento. La
producción de energía eléctrica de origen petrolífero descendió también, de manera que en
1982 representaba sólo dos quintas partes del total, comparado con dos terceras partes en
1973. Se construyeron estaciones de energía nuclear, pese a las objeciones de grupos
pacifistas, que en 1985 estaban generando una cuarta parte de la electricidad del país.
De esa manera Japón se sacudió los efectos de la segunda crisis del petróleo bastante
antes de lo que había tardado en librarse de los efectos de la primera. No obstante, las dos
ocasionaron un cambio a largo plazo en los índices de crecimiento y en sus expectativas. El
crecimiento económico real, con un promedio de al menos ello por ciento anual en los años
sesenta y que todavía en 1972 superaba el 8 por ciento, se redujo en más o menos el 5 por
ciento, incluso cayó significativamente aún más en periodos cortos como 1974-1975 y 1981-
1983. El desempleo aumenté algo —del 2 por ciento del total de la fuerza laboral en 1980 a
casi el 3 por ciento en 1987, aunque entonces empezó otra vez a retroceder ligeramente—,

23
pese al hecho de que la producción industrial reanudé su marcha ascendente. Japón, se creía,
había entrado ahora en un periodo de «crecimiento sostenido» que probablemente se
prolongaría en los años noventa.
Sus características diferían en algunos aspectos de lo que había pasado antes. La subida
del precio del petróleo tuvo su mayor impacto en los mayores usuarios de energía, como la
industria del acero y la petroquímica; por otro lado, la recesión mundial provocó una caída en
la demanda exterior de productos como barcos, máquinas herramientas y rodamientos a
bolas. Al sobrevenir estos cambios, acompañados también del uso de una tecnología más
avanzada por parte de competidores surgidos de los países asiáticos de reciente
industrialización, especialmente Corea del Sur y Taiwán, los políticos del MICE japonés, con
el firme apoyo de la empresa, decidieron dar una nueva orientación a la industria: alejarse de
las industrias con fuerte dependencia de materias primas importadas y acercarse sobre todo
mediante innovaciones tecnológicas a las que reflejaban valores más altos y nuevos. En esta
categoría se incluía la industria automovilística, con lo cual el acero seguía siendo importante
—en 1980, Japón producía más coches y más acero que Estados Unidos—y las industrias del
campo de la información, como ordenadores, semiconductores y equipos relacionados, que
cobraron un gran auge.
Como parte de este proceso, algunas de las empresas gigantes antes dominadoras del
comercio de exportación empezaron a perder su posición hegemónica, hasta el punto incluso
de perder parte de su mano de obra. Esto principalmente fue lo que explicó el crecimiento del
desempleo. Las empresas que ahora destacaban, con la excepción de las automovilísticas,
solían ser más pequeñas y menos comprometidas con el tradicional sistema de empleo
vitalicio y de salarios en función de la edad. Además, los intentos de reducir el gasto de mano
de obra provocaron un incremento en la proporción de mujeres empleadas sobre todo con
contratos temporales, especialmente en las industrias de servicios, que ahora crecían más
rápido que las demás. Así, las líneas de la organización industrial que en el extranjero se
tomaban como típicamente japonesas estaban demostrando no ser inmutables.
Como podrá deducirse por lo que se lleva dicho, el desarrollo de la economía japonesa
estaba aún íntimamente relacionado con el comercio exterior. Una característica de esto
estaba en el ritmo y crecimiento de las exportaciones, que eran mucho más rápidos después
de 1970 que los de las importaciones. Medidas en dólares estadounidenses (lo cual es
habitual, aunque pueda inducir a error tratándose de cifras posteriores a 1980 debido a los
rápidos cambios en la paridad dólar-yen), las exportaciones japonesas sumaron 19,3 billones
de dólares en 1970, 55,7 billones en 1975, 129,9 billones en .1980, 174 billones en 1985, es
decir, un aumento del 800 por ciento en quince años. Las importaciones estaban en 18.9
billones en 1970, 57,9 billones en 1975, 140,5 billones en 1980 (un salto que reflejaba los
efectos a corto plazo de la segunda crisis del petróleo), 118 billones en 1985, es decir, un
incremento de algo más del 500 por ciento en el mismo período de quince años. Se dio una
disminución en la proporción de exportaciones a Estados Unidos, en su volumen pero no en
su valor, y un aumento sustancial tanto en volumen como en valor de las exportaciones al
Medio Oriente, al impulsar Japón más las ventas como medio de compensar el mayor precio
del petróleo. En 1980, las importaciones del Medio Oriente subieron —como era de esperar
habida cuenta del aumento del precio del crudo— en casi veinte veces con respecto a las de
1970. Las importaciones del continente americano aumentaron mas lentamente. El sureste
asiático y Europa (en ese orden) seguían siendo los otros principales socios comerciales de
Japón, el primero demostrando ser más capaz que el segundo de conservar en mejor
equilibrio su balanza comercial. Esto se debía, no sólo a que el sureste asiático suministraba
materias primas, sino también a que sus nacientes industrias empezaban a hallar en Japón un

24
mercado receptor para unos productos textiles y eléctricos baratos.
Un hecho significativo acerca de la composición del comercio exterior en esos años era
que el índice de exportaciones de maquinaria por volumen (1965 = 100), que incluía a los
automóviles, se elevó de 263 en 1970 a 1.070 en 1982. En efecto, Japón exporté poco menos
de seis millones de coches en 1982, cuando las empresas Toyota y Nissan ocuparon el
segundo y tercer lugar (después de General Motots) en el ranking de fabricantes del mundo
por producción. En cambio, el indice de las exportaciones textiles cayó de 121 a 52. En
cuanto a las importaciones, las de alimentos poco menos que se duplicaron (de 162 a 306), las
de maquinaria aumentaron dos veces y media (de 269 a 687) y las de combustibles fósiles
apenas registraron variación (de 243 a 285), pese a multiplicarse muchas veces por sí mismo
el coste de unidad. El porcentaje de las importaciones de productos manufacturados siguió
aumentado, aunque con bastante lentitud, a lo largo del periodo 1982-1988. Al acabar este
periodo, Corea del Sur tenía en torno al 3 por ciento del mercado japonés de grabadoras de
vídeo, un poco menos del de televisores en color y alrededor de la sexta parte del mercado de
ropa. Taiwán suministraba alrededor del 2 por ciento de los televisores y China continental
casi la misma proporción que Corea del Sur en el mercado de ropa.
El cambio en la relación entre importaciones y exportaciones que había en 1965 había
puesto la balanza comercial japonesa con un saldo positivo por primera vez en veinte años.
En 1972, la balanza favorable era de casi nueve billones de dólares. Hubo una brusca
reducción debida al aumento del precio del petróleo en 1973-1975, pero se recuperé en 1976
y creció a más de 24 billones de dólares en 1878. La segunda crisis del petróleo la volvió a
reducir a sus niveles bajos de 1979 y 1980, pero en 1981 el superávit ya era otra vez de 29
billones de dólares, cifras en las que se mantuvo dos años más. A partir de entonces, se
reanudé la tendencia ascendente llegando a aproximar-se a los 90 billones de dólares en 1986
y 1987. Los déficits en el capítulo de servicios financieros, aunque a veces muy abultados, no
fueron de ningún modo suficientes para neutralizar el superávit del comercio. En cambio,
hubo salidas sustanciales de capital a largo plazo, que al cabo de unos cuantos años
convirtieron a Japón en uno de los principales países acreedores del mundo. En sus primeras
etapas, esas salidas de capital iban mayormente destinadas a financiar inversiones en
acciones, pues las inversiones directas fuera del país sólo eran para conseguir suministros de
materias primas o llevar a cabo procesados simples (fundición o refinería, por ejemplo) en
zonas de bajo costo; pero desde 1980, las empresas japonesas empezaron a establecer plantas
o compañías subsidiarias en los países más avanzados del mundo, generalmente con el fin de
lograr ventajas fiscales o de evitar posibles restricciones a las exportaciones desde Japón. A
fines de 1987, las inversiones directas japonesas en el extranjero habían alcanzado los 23
billones de dólares. Europa, especialmente Gran Bretaña, era un blanco favorito, en
anticipación a la creación del mercado único europeo que tuvo lugar en 1992. Estados
Unidos, sin embargo, seguía siendo el destino más importante de la inversión japonesa. En
este país había más de seiscientas fábricas de propiedad japonesa, un centenar aproximado de
las cuales eran de electrónica, automóviles o de otros tipos de maquinaria.
Estos éxitos —a veces denominados en su conjunto «segundo milagro económico»— no
vinieron sin problemas. Las disputas sobre comercio con Europa y Estados Unidos eran una
constante en las relaciones exteriores de Japón. Los consiguientes ajustes introducidos en las
medidas del gobierno japonés empezaban a afectar a las directrices de la política y no sólo
con respecto a temas económicos. Pero éste es un asunto del que se ocupará el capítulo final
del libro. Algo que, sin embargo, no cambié era el aumento constante del nivel de vida del
pueblo japonés.

25
Cambios sociales y nivel de vida
Aunque en Japón era habitual durante la Guerra del Pacifico referirse al pueblo japonés
como «los cien millones», la población de las islas principales del archipiélago japonés
distaba en realidad un buen trecho de esa cifra.
En 1950 todavía era de 83 millones. Se mantuvo, no obstante, un crecimiento regular,
llegándose a los 100 millones de habitantes al final de los años sesenta y a los 120 millones a
mediados de los ochenta. La tasa de natalidad que en 1948 (el baby boom de la postguerra)
había llegado a 33 por 10.000 habitantes, cayó por debajo de 14 en 1966, si bien la caída
quedó compensada por una tasa de mortalidad más baja, debida en gran parte a una mejor ali-
mentación y atención sanitaria. Por ejemplo, el seguro nacional de salud —fundado a nivel
privado para cubrir el 80 por ciento del total de gastos médicos— suponía un desembolso de
220 billones de yenes en 1955, casi ocho veces más treinta años después, es decir, en torno al
5 por ciento del PNB. La expectativa de vida de los japoneses de los años ochenta llegó a los
74 años para los varones y a casi 80 años para las mujeres.
La urbanización creció con más rapidez que la población. En 1960, las ciudades
albergaban al 64 por ciento del total de la población japonesa, y casi una cuarta parte de ese
total residía en 21 ciudades de más de 300.000 habitantes. En 1975, la proporción urbana
había subido al 74 por ciento, con un 36 por ciento del total que vivía en 49 ciudades. A
quienes hayan viajado en tren por la inmensa mancha urbana que se extiende a lo largo de la
costa del Pacifico, al oeste de Tokio, no les costará trabajo creer estas estadísticas. De gran
parte de ese incremento urbano era responsable la migración del campo. En la primera fase
del desarrollo industrial de la postguerra iniciado en 1955, un considerable volumen de mano
de obra emigré de los pueblos para trabajar en las compañías en expansión dedicadas a la
industria. Más tarde, concretamente en los años setenta, el flujo laboral iba más al sector del
comercio y de servicios. La concentración resultante de personas y organizaciones,
mayoritariamente en la capital, empezó a causar alarma por entonces. Un primer ministro,
Tanaka Kakuei, que llegó al poder en 1972, propuso una descentralización industrial que
nunca fue plenamente acometida. Otro, Takeshita Noboru, formé un comité en febrero de
1988 para considerar otras posibilidades, como transferir a otro lugar la capital del país o al-
gunas de sus funciones administrativas.
Las cifras demográficas revelan también cambios en el tamaño y composición de las
familias, debidos en parte a la baja en la proporción de familias rurales en favor de las
urbanas; las primeras eran más numerosas al proporcionar así, por un lado, una mano de obra
necesaria para las faenas agrícolas y, por otro, seguridad para los miembros de la familias que
por su edad dejaban de poder trabajar. Típico del nuevo Japón era la familia urbana que com-
prendía sólo dos generaciones: el marido, casi todo el día ausente de su casa por estar en la
fábrica o en la oficina; la esposa, responsable de administrar el hogar y de supervisar la
educación de los hijos (aunque con una tendencia cada vez más fuerte a entrar en el mercado
laboral de tiempo parcial una vez que los hijos terminaban la enseñanza secundaria), y los
hijos, no tan numerosos como antes. El tamaño promedio de la familia en 1980 estaba en 3,3
comparado con casi 5 en 1955.
El predominio de la familia nuclear contribuía aún más a los problemas derivados de la
presencia en la población japonesa de una proporción creciente de ancianos. En 1955,
solamente el 5,3 por ciento de la población tenía más de 65 años; en 1980, el porcentaje era
del 9 y para el año 2000 se espera que sea del 15 por ciento. Considerando que por entonces
será relativamente escaso el número de ancianos pertenecientes a familias que les ofrezcan

26
una seguridad social distinta de la estatal, los temas de cómo dotarles de atención médica y
sanitaria y el de la carga económica que esto supondrá para una población laboral cada vez
más exigua, han empezado a llamar la atención de los políticos. Las pensiones por vejez,
instituidas en 1959, en 1977 estaban pagando 180.000 yenes al año a cada uno de los 4,8
millones de ancianos japoneses. Pero ambas cifras están llamadas a subir.
Por no tener Japón desde 1945 una clase dirigente hereditaria ni niveles de riqueza
heredada, la posición de una familia japonesa ha venido a depender principalmente de las
condiciones de empleo y de los ingresos por trabajo del cabeza de familia. En 1965, el total
de la fuerza laboral era de 47,6 millones de personas, el 60 por ciento de los cuales eran
empleados y el resto se dividía más o menos por igual entre trabajadores autónomos y
trabajadores por cuenta familiar. Por ocupación y en el mismo año, un poco menos de la
cuarta parte trabajaba en la agricultura, silvicultura y pesca; algo más del 30 por ciento en la
industría y la construcción, y más o menos el mismo porcentaje en el comercio y en los
servicios. Diez años después, la fuerza laboral había subido a 53,1 millones de personas, de
las que casi el 70 por ciento eran empleados. La baja mayor fue en el número de trabajadores
por cuenta familiar, que se había reducido a un 13 por ciento, en situación paralela a la
mengua de la proporción de empleos agrícolas, silvícolas y pesqueros que ahora
representaban el 14 por ciento del total. Las otras dos categorías de ocupación habían
aumentado a casi el 34 y el 38 por ciento, respectivamente, del total de la fuerza laboral.
Resulta evidente por estas cifras que la comunidad agraria ya no jugaba en la economía
el importante papel de antes de 1945. La producción agrícola se había recuperado
rápidamente después de la guerra debido a que los hombres habían regresado del frente y a
que nuevamente se disponía de fertilizantes gracias a la industria. En 1950 se lograron los
niveles de producción de antes de la guerra, se aumenté un tercio en la década siguiente y
algo menos de un tercio más en los setenta. Desde entonces, los niveles se estabilizaron.
Medido en su contribución al PNB, sin embargo,.la agricultura perdía terreno de manera
constante: el 9 por ciento en 1960, el 5 por ciento en 1970, el 2,5 por ciento en 1980. Los
agricultores, como se ha visto, constituían una proporción cada vez más pequeña de la
población laboral. Representaban el 27 por ciento en 1960 y sólo el 9 por ciento veinte años
después.
El arroz seguía siendo el principal cultivo, pese al hecho de que los japoneses comían
menos arroz. En 1961, como respuesta a la presión de los intereses agrícolas, cuya des-
proporcionada fuerza electoral les daba una influencia política difícil de resistir, el gobierno
de Ikeda aprobó un decreto sobre agricultura destinado a mantener los ingresos del campo
tolerablemente próximos a los de la industria. El método elegido consistía en pagar a los
agricultores por su arroz un precio calculado en relación con su nivel de vida y no en relación
con su valor en el mercado; la diferencia se le abonaba en forma de subsidios. A la larga esto
demostró tener bastantes desventajas. Hacía que los japoneses pagaran por el arroz que se
comían mucho más de lo que se pagaba en el resto del mundo; a los malos productores les
permitía seguir cultivando, desfavoreciéndose así la consolidación de parcelas
antieconémicamente pequeñas (con una superficie promedio inferior a la hectárea), y hacía
que los agricultores produjeran más arroz del que los consumidores estaban dispuestos a
comprar.
Tampoco ese apoyo oficial a los precios solucioné los problemas del agricultor. No sólo
se trataba de que los altos salarios de la industria y los servicios seguían atrayendo a la mano
de obra rural. Entre las familias campesinas que se quedaban en el campo, una importante
proporción consiguió empleos en fábricas y oficinas, pudiendo desplazarse gracias al

27
excelente sistema de transporte público, y se convirtieron así en campesinos de tiempo parcial
que dejaban la mayor parte de las tareas agrícolas a las mujeres, ancianos y jóvenes. Su
puesto en el campo fue ocupado en parte por máquinas, generalmente pequeñas, lo cual tenía
sentido dada la reducida superficie de la propiedad promedio. Los tractores y cultivadores
mecánicos utilizados, que en 1955 sólo eran 38.000, en 1960 sumaban medio millón, y diez
años después siete veces más. Así y todo, la agricultura japonesa se quedó con más gente y
menos maquinaria de lo que es común en los países industriales avanzados.
A fines de los años sesenta, la tendencia creciente era que el residente en una ciudad
japonesa trabajara para una compañía dedicada a la industria, al comercio o a los servicios.
Dentro de las empresas más grandes, los empleados caían en una de las siguientes tres
categorías. A la cabeza estaba el grupo directivo contratado mayoritariamente de entre
graduados universitarios. Un hombre —había y hay pocas mujeres en puestos directivos, aun-
que su número aumenta lentamente— era admitido en la empresa con otros de su misma edad
y con esperanzas de ser promovido junto con estos compañeros de acuerdo con la edad y
siempre que estuviera motivado adecuadamente y que su salud respondiera. Los menos
capaces eran poco a poco relegados a puestos menos prestigiosos. Los más capaces podían
esperar al final llegar a la cima más alta, pues la propiedad familiar en una empresa de éstas
grandes era rara. El precio que tenía que pagar era mucho trabajo, cuantificado en horas de
oficina, y una lealtad inquebrantable, a cambio de lo cual el Sa ra riman (salary man) recibía
lo que según el baremo occidental era un sueldo mensual bajo, pero una cuenta generosa de
gastos de representacion.
En una segunda categoría estaban los trabajadores «permanentes» y regulares de la
compañía, con una formación bastante inferior, pero sin estar marcados por ningún símbolo
de otro status. La paga era buena, como también la formación recibida en el seno de la
empresa. Había un alto nivel de seguridad de empleo posibilitado financieramente por un
flexible sistema de bonificaciones; y existía por parte de empleado y patrón la voluntad de re-
currir a cambios de puestos de trabajo o a nuevos períodos de formación, y no a despidos,
cuando la situación se ponía difícil. No era raro que el empleado gozara también de vivienda,
de planes de pensión y de seguridad social de la empresa y de vacaciones en centros hoteleros
de la propia empresa. Muchos de estos beneficios, sin embargo, no llegaban a la categoría
más baja de la compañía, los empleados temporales, que además eran los más expuestos a
perder el trabajo en tiempos de recesión.
Las compañías medianas y pequeñas, con frecuencia subcontratadas por las más grandes
o dedicadas a las industrías de distribución o servicios, tenían algunas de las mismas
características, excepto que sus estructuras eran menos complejas y muchas eran de
propiedad familiar. En las primeras fases del desarrollo de la postguerra, estas compañías no
pagaban muy bien: en 1959, las compañías con menos de 100 empleados solamente ofrecían
el 60 por ciento de la media salarial que pagaban las compañías de más de 1.000 empleados.
Disponían asimismo de menos servicios de seguridad social. Sin embargo, al ir poco a poco
menguando la mano de obra disponible, los patronos juzgaron mejor apoyarse en la
racionalización y las mejoras tecnológicas, quizás financiados por sus empresas matrices o
por proveedores habituales, y dejar de insistir en prácticas salariales más baratas. Por lo tanto,
subieron los salarios de las compañías más pequeñas. Se mantenía la distinción entre los dos
segmentos de la economía dual, pero no era tan marcada como antes.
El ingreso del empleado en este sistema —o en la burocracia del gobierno- lo
determinaba el baremo de la educación recibida, lo cual explicaba que la mayoría de los
japoneses trataran de asegurarse de que sus hijos subieran lo más alto posible en la escala

28
educacional y que se matricularan en las mejores universidades. Efectivamente, el logro
educacional lo medía el prestigio de la escuela o de la universidad, y no el éxito en los
estudios. Una consecuencia de esto fue el rápido incremento en el número de estudiantes que
pasaban de la enseñanza primaria obligatoria al bachillerato voluntario: el 43 por ciento en
1950, el 55 por ciento en 1960, el 82 por ciento en 1970 y el 94 por ciento en 1980. Otra fue
un crecimiento comparable en la enseñanza superior. En 1975, Japón contaba con
aproximadamente cuatrocientas universidades, de las cuales dos quintas partes habían sido
fundadas en los veinte años anteriores; y el total en los años ochenta llegaba a casi quinientas
universidades, de las que alrededor del 70 por ciento eran privadas. En ellas estaban
matriculados dos millones de estudiantes, o sea, algo menos del 40 por ciento del grupo de
edad relevante. No todas tenían el mismo prestigio, por supuesto. El estudiar en las mejores
universidades estatales, como la de Tokio y la de Kioto —las dos que estaban a la cabeza—, o
en las privadas más famosas, como las de Keio y de Waseda, era garantía de una inmejorable
perspectiva para un buen trabajo. Por ejemplo, en 1965, los graduados de la Universidad de
Tokio proporcionaron el 20 por ciento de los ejecutivos de empresa (el 40 por ciento de las
empresas más grandes), así como el 60 por ciento de los jefes de sección de los ministerios de
asuntos de comercio y de economía. En cambio, muchos de los centros privados más nuevos
de enseñanza superior tenían un equipo docente deficiente, escasa provisión de bibliotecas y
de otras instalaciones, y se hallaban repletas de estudiantes. Eran incomparablemente
inferiores como plataformas de lanzamiento para un buen trabajo. No debe extrañar, por lo
tanto, que la competencia para ingresar en las universidades de más prestigio fuera feroz, y,
puesto que este ingreso pasaba por pruebas de selectividad, el resultado era la terrible
experiencia anual del examen. Además, los mejores institutos y colegios preparaban mejor
para aprobar esos exámenes, con lo que conseguir plaza en ellos era igualmente difícil; de esa
forma, la competitividad se extendía por todo el sistema educativo. Una encuesta publicada
en 1988 revelaba que de una muestra de niños de Tokio en su último año de escuela primaria,
tres cuartas partes estudiaban en academias preparatorias (juku) durante el período de
vacaciones de verano. Uno de cada cuatro asistía todos los días a las clases de estas
academias.
Afiliarse a un sindicato, incluso para empleados sin pretensiones de ser directivos, era
bastante menos importante que acabar el bachillerato o la universidad. Aun así, representaba
ventajas, especialmente en el caso de las empresas más grandes. El crecimiento de los
sindicatos, estimulado por Estados Unidos, se había acelerado después de 1945. Muchos de
los organismos de conciliación de la guerra establecidos en las fábricas se habían transfor-
mados en grupos sindicales y buscado afanosamente miembros, al tiempo que a escala
nacional se fundaban sindicatos para los empleados del sector público, como profesores y
trabajadores de los ferrocarriles y de correos. En 1947 hubo un paso atrás al ser vetada por el
COSPA una huelga general, y otro en 1949 cuando la purga afecté también a los comunistas
que trabajaban en la industria. Pero a partir de 1950 la situación se estabilizó. A lo largo de
los siguientes veinticinco años, algo más de la tercera parte de los trabajadores japoneses
pertenecían por lo general a sindicatos, bastantes más entre los obreros permanentes de la
industria, menos entre los empleados de las empresas más pequeñas y los sectores del
comercio al por mayor y por menor. El segmento mayor (el 36 por ciento de la mano de obra
sindicalizada en 1971) estaba afiliada a Sohyo (Consejo General de Sindicatos Japoneses)
que tenía el apoyo del Partido Socialista. La mitad de la anterior cifra pertenecía a Domei
(Confederación Laboral Japonesa) al que apoyaban los socialistas demócratas moderados del
centro-izquierda. La mayoría de los demás estaban en sindicatos patronales pequeños y sin
afiliación política, con un promedio de miembros que no pasaba de los 200 en 1971 y cuya
preocupación principal era el asunto de las condiciones laborales y salariales.

29
Colectivamente, los sindicatos, que cada año libraban una «ofensiva de primavera» para
solucionar asuntos de salario y de bonificaciones, contribuyeron a que la masa del pueblo
japonés participara en la riqueza producida por el crecimiento de la producción nacional. Los
salarios reales de la industria manufacturera en 1960 eran casi un 50 por ciento superiores a
su nivel de 1934-1936 (período que se toma como norma de la preguerra) y diez años después
habían crecido un 80 por ciento más; los del sector del comercio aumentaron sólo un poco
más lentamente. Utilizando un baremo diferente, la renta per cápita de Japón era de 208
dólares en 1955, pero en 1980 era cinco veces más alta, aun teniendo en cuenta la inflación.
En 1987, el PNB per cápita —aunque este baremo refleja en parte las rápidas fluctuaciones
del cambio dólar/yen—estaba en 19.600 dólares, superando al de Estados Unidos.
Un beneficio derivado de ingresos más altos fue el consumo de una mayor variedad de
alimentos más caros cuyo superior valor nutritivo supuso aumentos importantes en la estatura
y en el peso de los jóvenes japoneses. En cierto sentido esto fue posible gracias a la
diversificación de la agricultura. Hubo incrementos en la producción nacional de leche, de
carne de cerdo y de pollo, por poner tres ejemplos, mientras que había también más variedad
y cantidad de fruta y verdura. No obstante, las mejoras de la dieta se consiguieron a un precio
que no agradaba a los que creían —por razones no económicas— que el país debería en lo
posible alimentarse a sí mismo. Las importaciones alimentarias crecieron rápidamente con el
resultado de que en los años setenta Japón no era mucho más de un 70 por ciento
autosuficiente en productos agrícolas. Producía más arroz del que necesitaba y el 90 por
ciento o más del consumo nacional de huevos, pollo y verduras, pero tenía que importar tres
cuartas partes por lo menos de sus necesidades de soja, trigo, cebada y azúcar. La tendencia
se aceleré después de 1980 al subir el valor del yen. Pese a una alimentación mejor y más
cara, el porcentaje del presupuesto promedio que la familia japonesa se gastaba en comida
descendió de un 44,5 por ciento en 1955 al 27,8 por ciento en 1980, aproximándolo al de Es-
tados Unidos y Europa occidental. También se redujo la proporción de lo gastado en ropa, en
alquiler de vivienda yen atención sanitaria. Esto dejaba más dinero libre para la educación
complementaria, productos de consumo duraderos y actividades recreativas. En 1965, en el
90 por ciento de los hogares japoneses había televisores en blanco y negro. Diez años
después, el porcentaje era el mismo, pero los aparatos eran en color. Además, en 1975, en el
80 por ciento había teléfonos, en más del 90 por ciento había neveras y lavadoras y el 40 por
ciento de las familias tenían automóvil propio. En 1980 este último porcentaje ascendía al 57
por ciento.
El nivel de vida del pueblo japonés era en muchos aspectos indudablemente
impresionante ya en los años ochenta: salarios reales altos, índices de desempleo minimos,
excelente atención sanitaria, consumo de artículos y servicios por encima del promedio. Sin
embargo, en un Libro Blanco publicado en 1986, se revelaba que en asuntos relativos a la
calidad de vida faltaba todavía mucho por hacer si Japón quería alcanzar los niveles de
Estados Unidos y Europa. La jornada laboral era muy larga. Casi tres cuartas partes del
tendido eléctrico de Tokio todavía no era subterráneo; solamente algo más de la tercera parte
de las casas tenían servicio de alcantarillado; las casas eran muy pequeñas —«conejeras» se
las llamé en un reportaje europeo, lo cual provocó reacciones hostiles en Japón— y tan caras
que para pagarlas hacía falta que la hipoteca la pagaran dos generaciones. Los precios del te-
rreno, excepcionalmente elevados, sobre todo en las ciudades, estaban en el centro del
problema de la vivienda, frenando además la realización de obras públicas y limitando el
«boom del ocio». Centros dentro de las ciudades para practicar el tiro al golf y boleras eran
mucho más comunes que instalaciones para actividades que exigían grandes espacios
abiertos.

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Por otro lado, se había demostrado que cuando había voluntad política era a veces
posible superar problemas de esta índole. La contaminación es un ejemplo relevante. El
desarrollo industrial de los años sesenta, al no ir acompañado de controles de los vertidos
industriales, no solamente acarreé la fealdad de las ciudades, sino que constituyo también un
peligro para la salud. Se identificaron nuevas enfermedades provocadas por la contaminación
del aire o del agua y que a menudo recibían los nombres de las fábricas en donde habían
surgido: el asma de Yokkaichi (por emanaciones petroquímicas) y el mal de Minamata (por
envenenamiento de mercurio). En las ciudades, el smog causado por las emisiones del tubo de
escape constituía tal constante de riesgo que a los guardias de tráfico de Tokio les tenían que
administrar oxígeno. La gente puso el grito en el cielo y el gobierno, que hasta entonces no se
había decidido a tomar ninguna medida que pudiera poner en peligro el crecimiento
industrial, resolvió por fin tomar cartas en el asunto. En 1966 se publicaron las nuevas
normas sobre los gases de escape de los nuevos automóviles. En 1967, el Decreto sobre
Prevención de la Contaminación vino a constituir el marco jurídico dentro del que las
víctimas podían obligar a la empresa infractora al pago de una indemnización. En 1971 se
creó la Agencia del Medio Ambiente para supervisar la puesta en práctica de ese decreto.
Había dudas entre los observadores de la política japonesa de si sería esto suficiente para
anular las ventajas que gozaba la empresa, y ello debido en parte a que de la puesta en
práctica eran responsables los gobiernos regionales. Pero se equivocaron. Aunque nunca era
fácil de sacarle a la empresa una indemnización, el riesgo de tener que pagarla demostré ser
eficaz, pues ya en 1980 sólo una proporción minúscula de las muestras de agua recogidas no
cumplía con la nueva y estricta normativa. En ese año, el aire de Tokio contenía sólo una
cuarta parte del azufre de diez años antes. Hay que añadir, sin embargo, que en los años
siguientes, al bajar los precios del crudo y subir el valor del yen, el consumo de petróleo
volvió a aumentar, presentándose otra vez nuevas señales de contaminación en la atmósfera.

Capítulo 16
El fin de la era Showa, 1971-1989
La muerte del emperador Hirohito en enero de 1989 fue literalmente el fin de una era. El
apelativo de Showa —«La Armonía Brillante»—, que había identificado a su reinado, pasé a
la historía conviniéndose en el título póstumo del difunto emperador. Para el nuevo reinado
de su hijo, Akihito, se adopté el de Heisei, traducido inexactamente como «La Paz
Consolidada». El fallecimiento de Hirohito poseía también una importancia simbólica,
apropiada para un gobernante cuyos deberes habían sido asimismo simbólicos. Al ser
Hirohito el último jefe de Estado superviviente de los principales países beligerantes en la
Guerra del Pacifico, puede decirse que tanto su desaparición como el fin de la era que
representaba han cerrado un capítulo que muchos japoneses habían mostrado preferir olvidar.
Del mismo modo, sin embargo, en algunas partes del mundo su muerte hizo revivir amargos
recuerdos manifestados en acusaciones de que el propio Hirohito había sido un criminal de
guerra. Muchos de los que habían combatido contra Japón se quejaron de que altos
dignatarios de sus respectivos países hubieran asistido al funeral.
Pero ni la culpa de la guerra ni la posición del emperador eran ya centrales con respecto
al lugar de Japón en el mundo del año 1989. De importancia mucho mas inmediata eran las
repercusiones del reciente crecimiento económico japonés, con las cuestiones sobre comercio
y balanza de pagos internacionales en el candelero de las disputas entre Japón y otros países.

31
Estas afectaban particularmente a sus relaciones con su aliado Estados Unidos. Al mismo
tiempo, esas repercusiones a los japoneses les impulsaba a tener una creciente seguridad en sí
mismos —aunada en contradicción aparente— a un deseo de romper con la insularidad
nacionalista a fin de entender mejor otros pueblos. Todavía no está claro cuál de estos dos
impulsos va a predominar en el futuro.
Disputas sobre comercio y política económica
Las dificultades sobre el desequilibrio comercial entre Japón y Estados Unidos habían
empezado ya antes de la crisis del petróleo de 1973. Las exportaciones japonesas a Estados
Unidos habían aumentado de 666 millones de dólares en 1958 a 9,6 billones de dólares
quince años después; mientras que las importaciones durante el mismo período habían
crecido de 980 millones de dólares a 8,3 billones. En otras palabras, un sustancial excedente
de importaciones se había convertido en un excedente de exportaciones. También la
composición del comercio se había modificado. Al final de dicho periodo, las exportaciones
japonesas eran principalmente productos avanzados de la industria moderna, que tenían fácil
mercado en Estados Unidos; mientras que las importaciones de productos similares había
disminuido relativamente a causa de la competencia que habían encontrado en los fabricantes
japoneses. La ventaja de estos últimos era realzada por la determinación del Ministerio de
Industria y Comercio Exterior de apoyar a las empresas japonesas que estimaba cruciales
para la economía del país.
Las quejas de los gobiernos y fabricantes extranjeros sobre esta situación se centraban en
un principio en las exportaciones japonesas, el precio de las cuales estaba determinado en
muchos campos no por las exigencias de hacer una ganancia razonable, sino por el deseo de
ampliar mercados. A Japón, en efecto, se le acusaba de actuar en oposición a las reglas
internacionales del fair trade. Las primeras acusaciones concretas se referían a los textiles,
naturales y sintéticos. En 1971, sin embargo, a Washington le preocupaban también las
implicaciones monetarias del desequilibrio comercial, que había sido exagerado, manifestaba,
por la defensa japonesa de una paridad dólar-yen no realista. En agosto de 1971 y a la luz de
esta idea, la administración del presidente Nixon tomó de repente medidas para ajustar la
situación poniendo fin al tipo de cambio fijo entre el dólar y otras monedas, y a la relación
fija del dólar con el oro, imponiendo además una sobrecarga provisional del 10 por ciento a
las importaciones. Estas medidas, aunque de aplicación general, habían sido daramente
concebidas pensando en su efecto en Japón. Y a corto plazo resultaron. A finales del año, el
yen se había apreciado un 16 por ciento con respecto al dólar; el desequilibrio comercial se
había corregido y la balanza de pagos de Japón se había movido de un superávit de 4,6
billones en 1971 a un déficit de casi 10 billones en 1973.
Pero las cosas no acabaron ahí. En 1977 hubo otro largo tira y afloja acerca del precio
del acero. A partir más o menos de 1980, el tema de los automóviles pasó a ser todavía más
polémico—tanto en Europa como en Estados Unidos— y los fabricantes occidentales
llegaron a exigir varias formas de restricciones a las importaciones de Japón. Hubo también
otra disputa con Estados Unidos en 1987 a propósito de los semiconductores que llegó a ad-
quirir tintes tan negros que Washington en represalia impuso aranceles provisionales más
altos a determinados productos japoneses.
En sentido estricto, la solución habitual a problemas de esta índole venía dada por la
negociación de acuerdos bilaterales «voluntarios» en los que se imponían cuotas a las ventas
japonesas de los productos en cuestión. Pero esto no bastaba para acallar otra queja de los
extranjeros, a saber, que Japón protegía su propio mercado contra las importaciones del

32
extranjero de tal manera que a los empresas extranjeras les impedía corregir el desequilibrio
comercial. Cierto que la participación norteamericana y europea en el mercado japonés de las
importaciones había descendido bruscamente después de 1970. En los diez anos siguientes, la
norteamericana cayó de un 26 a un 17 por ciento y la europea de un 8 a menos de un 6 por
ciento.
A la vista de esto, el gobierno japonés estimé deseable hacer concesiones. En mayo de
1973, como respuesta al sobrecargo a las importaciones ordenado por Nixon dos años antes,
el gabinete de Tanaka anuncié una «liberalización» del comercio, pero en la práctica siguió
haciéndose funcionar el sistema de barreras sin aranceles para proteger a determinadas
industrias. Las protestas continuaron, sobre todo de Estados Unidos. En 1977-1978 hubo una
serie de intercambios en torno al acceso de la carne de vacuno y de los cítricos de Estados
Unidos, problemas que se resolvieron temporalmente con un aumento de las cuotas, pero que
siguió coleando hasta 1988 cuando se llegó al acuerdo de eliminar antes de 1992 las cuotas y
el proteccionismo. Otra larga desavenencia la provocó el criterio empleado en la concesión de
contratas y aprovisionamientos en subasta pública a las empresas extranjeras, especialmente
en el caso de la realización de proyectos de telecomunicaciones y obras públicas.
Consiguientemente, las actitudes y medidas de ambas partes al principio de la década de los
ochenta eran predecibles y fijas: los ministros japoneses anunciaban de vez en cuando una
«apertura de mercados», y los gobiernos y las empresas del extranjero acogían el anuncio con
escepticismo.
Por debajo de esas disputas sobre comercio había una cuestión de muchísima más
envergadura, la de la relación entre la balanza de pagos de Japón y el crecimiento de la
economía mundial. Durante 1977, el presidente norteamericano Carter enuncié la tesis de la
«locomotora», invitando a Japón y a Alemania Occidental a que se unieran a Estados Unidos
para estimular la demanda nacional en sus respectivos países a fin de ayudar a que se
recuperaran las economías que seguían padeciendo los efectos de la crisis del petróleo. Al
primer ministro, Fukuda Takeo, se le convenció para que aceptara el 7 por ciento como el ín-
dice de crecimiento anual de Japón, pero no pudo lograrlo. Su sucesor, Ohira Masayoshi,
abandonó la idea como impracticable en el contexto de la segunda crisis del petróleo de 1979.
En consecuencia, Japón se metió en la década de los ochenta bajo presión americana y
europea para que adoptara una serie de medidas económicas —reducción de las
exportaciones, liberalización de las importaciones, revaluación del yen, mejora de las
facilidades a la banca extranjera— no solamente destinadas a corregir balanzas desfavorables,
sino también entendidas como un deber ante la debilidad del yen. Los gabinetes de Suzuki
Zenko (1980-1982) y de Nakasone Yasuhiro (1982-1987) rechazaron ser acusados de
egoístas, pero decidieron que sería políticamente sabio el dar una respuesta.
Un medio de hacerlo era aumentando la cuantía de la ayuda al extranjero que en los
difíciles años setenta había sido reducida. En 1987, el monto anual de esta ayuda ascendía a
casi 7,5 billones de dólares, el segundo más alto del mundo. En lo que se había hecho se
incluyeron medios para aliviar la deuda del Tercer Mundo. Se realizaron planes para
incrementar la cuantía de las ayudas hasta los 50 billones de dólares en los siguientes cinco
años. Importancia más fundamental tenían los proyectos encaminados a una reforma
estructural de la economía japonesa. En un documento presentado en abril de 1986 por un
grupo de asesores presididos por Maekawa Harue, ex gobernador del Banco de Japón, se
recomendaba el aumento de la demanda interna mediante un mayor gasto en vivienda y obras
públicas, la reforma fiscal destinada a elevar el consumo, la nueva mejora del acceso al
mercado japonés para las inversiones y los artículos del extranjero llevada a cabo por medio
del repaso de los sistemas de distribución y de una liberalización del reglamento sobre

33
comercio, y la revisión del apoyo a la agricultura para reducir el proteccionismo. El primer
ministro, Nakasone, acogió públicamente con agrado el informe. Una vez finalizado su
mandato, en noviembre de 1987, otro comité dio cuenta a su sucesor, Takeshita Noboru, de
propuestas en la forma de un plan quinquenal para 1988-1993. En este plan se contemplaba
un índice de crecimiento real del 3,75 por ciento anual basado más que antes en la demanda
interna, un aumento muy escalonado de la inflación, una tasa de desempleo estabilizado en el
2,5 por ciento, y un nivel de vida más alto para el pueblo japonés más en consonancia con los
logros económicos generales del país. Todo esto implicaba, entre otras cosas, la bajada del
precio de la tierra y de los productos, y la implantación de una semana laboral de cinco días
con un total de 40 horas.
Hubo apoyo público a las últimas propuestas, pero las demás se encontraron con la
oposición duramente expresada de economistas y políticos poco dispuestos a abandonar la
política exportacionista que tan bien había funcionado en los últimos treinta años. Hubo
también quejas de intereses creados de numerosas clases. Aun así, se realizó cierto progreso.
Los ferrocarriles nacionales fueron privatizados en 1987 como un paso para reducir los sub-
sidios públicos. El mismo año se abrió una pequeña brecha en la estructura de la asistencia de
precios agrícolas (aunque sólo después de que los agricultores lo hubiera impedido el año
anterior). Nakasone tuvo que abandonar sus proyectos de reforma fiscal en 1987 ante la
oposición de la Dieta, pero Takeshita Noboru los reintrodujo con ligeras modificaciones en
1988 y al final salieron aprobados en la Cámara Baja. En esta versión aprobada se simplifica-
ban y rebajaban los niveles del impuesto sobre la renta. Este iba a ser recaudado en cinco
bandas que oscilarían del 10 al 50 por ciento. Además, se reduciría ligeramente el impuesto
de las empresas en plena vigencia en 1990, y se introducirían dos nuevos impuestos, uno por
ganancias de capital —fijado en el 20 por ciento- y otro de consumo, similar al IVA europeo,
fijado en el 3 por ciento. Un objeto de estas reformas era hacer más justa la carga fiscal, sobre
todo para empleados y ejecutivos de ingresos medios, mediante la reducción de los agujeros
por donde podían hacer fraude agricultores y autónomos. Otro era disponer de una base
tributaria más firme en anticipación de las necesidades generadas por las pensiones más altas
a una población cada vez más envejecida. Una tercera finalidad de estas reformas,
relacionado directamente a problemas externos, era desviar la carga fiscal de manera que
sirviera para ampliar la demanda interna.
Hubo asimismo en los años ochenta una reoríentación de las relaciones económicas en la
forma de vínculos más fuertes con los vecinos de Asia. La primera visita al exterior de
Nakasone como primer ministro fue a Corea del Sur en enero de 1983, en una misión de
buena voluntad expresada en ofertas de préstamos y créditos por un total de 4 billones de
dólares. Con China hubo al principio escollos que salvar, pues, aunque las relaciones oficiales
con este país se habían restablecido, como se ha visto (capítulo 14), en el año 1972, no fue
hasta 1974 cuando se llegó a un tratado de paz. Esta demora se debía principalmente a que
China quería incluir y Japón quería evitar una cláusula condenando las ambiciones que tenía
Rusia en el mundo. Pero una vez resuelta esta dificultad —que se sorteé con una frase que
rechazaba la «hegemonía» sin especificar quién pretendía ejercerla—, las relaciones sino-
niponas se centraron también en asuntos de inversión y créditos. La mayoría de las
exportaciones japonesas a China —en 1980 y 1981 habían alcanzado un total anual de cinco
billones de dólares y en 1986 casi el doble- consistían en plantas industriales y en otros
productos de alta tecnología. Se trataba de exportaciones cruciales para el desarrollo
industrial de China, pero difíciles de financiar, ya que a cambio este país exportaba a Japón
una elevada proporción de materias primas que nunca alcanzaban el mismo valor. El
resultado era una política de dar y retener por parte del control chino de créditos, con lo cual
el flujo de comercio resultaba desigual. Esto causaba una notable desventaja a los fabricantes

34
japoneses. En 1979, Ohira Masayoshi intenté solucionar el problema facilitando a China
préstamos de un billón y medio de dólares. En mayo de 1984, Nakasone viajé a Pekín para
organizar la concesión de créditos en yenes a gran escala. Por su parte, Takeshita, siguiendo
el ejemplo de su predecesor, en agosto de 1988 amplié el programa de préstamos hasta 1995.
A cambio, a los inversores japoneses se les dio un mejor acceso a la mano de obra y a las
materias primas chinas, además de más facilidades para mandar sus ganancias a casa.
En el sureste asiático, el comercio japonés en expansión se enfrenté a cierta hostilidad
después del rápido crecimiento de los sesenta, una hostilidad que reflejaba sobre todo el
miedo al potencial dominio económico de Japón y la queja de que las empresas japonesas no
daban muchas oportunidades de promoción profesional al personal local. Había también
recelo acerca del rearmamento de Japón, lo cual era la prueba para algunos de que los japone-
ses volvían a las andadas con sus ambiciones. Así, cuando Tanaka Kakuei visité la zona a
principios de 1974, fue saludado por manifestaciones antíjaponesas en Tailandia y en
Indonesia. La respuesta de Japón fue observar más discreción en las actividades de sus
empresas y aumentar los créditos de comercio como medio de ganar amigos. Tana-ka, por
ejemplo, concedió a Indonesia tan pronto como regresé a Tokio un crédito por 95 billones de
yenes para la explotación de gas natural. Nakasone siguió una política muy parecida diez
años después. El resultado fue que los países asiáticos de reciente industrialización (principal-
mente Corea del Sur, Taiwán, Hong Kong y Singapur) se vieron en una posición mucho
mejor que otros muchos para beneficiarse de la liberalización de las importaciones japonesas.
Así, con la ayuda frecuente de tecnología y capital japonés se pusieron a vender a Japón
artículos que Japón había estado vendiendo al resto del mundo: televisores, grabadoras y
equipos electrónicos en general.
Si se contempla con más perspectiva la política exterior japonesa de este periodo, cabría
comentar dos puntos. Uno era que Japón se metió más en el Medio Oriente. Como
importador de petróleo del Golfo, Japón tomó medidas para congraciarse con la opinión
pública árabe adoptando desde fines de 1973 una postura antiisraelí, enviando destacados
ministros a la zona para exponer su punto de vista, aumentando su representación diplomática
en los países árabes, dando ayuda a los refugiados palestinos y asistencia técnica a varios
países árabes. El resultado fue el suministro seguro de petróleo aun a costa de una disputa con
Estados Unidos en 1979, cuando Japón siguió comprando petróleo iraní a pesar de la toma de
la embajada norteamericana en Teherán.
Después de 1980, la cuestión del petróleo se fue haciendo menos crítica debido a las
reducciones de su consumo y al aumento de la diversidad de las fuentes de energía. En esos
años, el gobierno japonés empezó a desarrollar un eje diferente en torno al cual coordinar sus
intereses de ultramar. Fue enunciado por primera vez por el primer ministro, Ohira, antes de
su inesperada muerte en 1980, cuando lo describió como la política del Aro del Pacifico
(Pacific Ring). Se contemplaba en ella el uso de capital japonés para levantar estrategias
económicas en los países que forman el arco geográfico imaginario que desde Corea des-
ciende por China y el sureste asiático hasta Indonesia y Oceanía. El punto de mira de esta
política estaba en las necesidades japonesas de materias primas: el carbón de China, el
petróleo de Indonesia, el carbón, hierro y bauxita de Australia y los suministros de uranio
para la energía atómica. No es de extrañar que la idea desatara comentarios hostiles sobre la
creación de una nueva esfera de co-prosperidad. Después de todo, las propuestas de utilizar la
mina de hierro australiano y la tecnología japonesa en los altos hornos de Baoshan, en China,
o de financiar con capital japonés una mejora en los servicios de transporte chinos a fin de
llevar a la costa materias primas, no hubiera estado fuera de lugar en el año 1942. Poco a
poco, sin embargo, el concepto del Aro del Pacifico se amplié para incluir a Canadá y a

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Estados Unidos pasando a ser llamado el plan de la «Cuenca del Pacifico». Con esta guisa no
era tan notorio ni el acento en las necesidades particulares de Japón ni la relación «vertical»
entre economías avanzadas y menos avanzadas. Se apuntaba ahora a explotar lo que se
pensaba iba a ser una transferencia inminente del centro de gravedad de la economía mundial
desde el «viejo» Atlántico al «nuevo» Pacifico. El futuro, se creía, dependía de una suerte de
cooperación japonesa-americana dentro de la cual se reconciliarían las desigualdades sobre
acuerdos de defensa y sobre disputas de comercio. En una proyección al exterior se trataría de
un conjunto mucho más complejo de relaciones entre las economías de la zona —avanzadas,
de reciente industrialización y subdesarrolladas— de lo que había existido antes, o incluso
había sido ideado, en la antigua esfera de coproperídad.
Conservadurismo y nacionalismo
Dado el amplio espectro de actividades políticas dentro del Partido Demócrata Liberal,
no extraña que los gabinetes que hizo nacer tuvieran políticos con diferencias sustanciales.
Efectivamente, los analistas han identificado un sistema de alternancia en los años recientes,
según el cual algunos primeros ministros, como Ohira Masayoshi (1978-1980) y Nakasone
Yasuhiro (1982-1987), han tomado iniciativas para romper el molde heredado, mientras que
otros, como Suzuki Zenko (1980-1982) y Takeshita Noboru (1987-1989), han dedicado sus
esfuerzos a la consolidación. Podría argüirse, de todos modos, que el resultado ha sido un
proceso de cambios a lo largo del tiempo, pues los consolidadores nunca han dado marcha
completamente hacia atrás.
En la posición parlamentaria del PDL ha habido bastantes modificaciones. Contra el
fondo de recelos acerca de la economía, causados por las disputas sobre comercio y las crisis
del petróleo, el partido perdió por cierto tiempo su reputación como el arquitecto de la
prosperidad de los setenta. Por consiguiente, su representación parlamentaria bajó: 271
escaños en 1972,257 en 1976,248 en 1979. Teniendo en cuenta que al final de esa década
había más de 500 escaños en toda la Cámara Baja, los resultados de 1979, aunque
permitieron atraerse a unos cuantos grupos independientes después de las elecciones, no
fueron suficientes para conseguir una mayoría de trabajo. Por otro lado, el partido no parecía
estar en ningún peligro real de perder el control. Había grupos disidentes conservadores con
los cuales podría formarse una alianza, mientras que sus rivales se mantenían demasiado
separados para unirse, pese a rumores ocasionales sobre la creación de un frente popular.
Es cierto que en esta situación los miembros de izquierdas de la Dieta, ante la
oportunidad de ejercer algo de influencia práctica por primera vez en muchos años, empe-
zaron a concentrarse más en medidas concretas y menos en puntos ideológicos. El Partido
Comunista, por ejemplo, dejó de usar la expresión «dictadura del proletariado» o de recurrir a
los principios marxistas-leninistas, prefiriendo, al menos en público, el término de
«socialismo científico». Pero el Partido Socialista, que seguía siendo el grupo más fuerte de
la oposición, no supo medrar gran cosa. Al disminuir el número de miembros de los sindica-
tos —los sectores en expansión de las empresas eran los menos sindicalizados— los
socialistas demostraron ser incapaces de hallar otras bases de apoyo. En 1979, solamente
obtuvieron 107 escaños, distribuyéndose los otros 135 entre comunistas, Komeito y
socialistas demócratas. Desde entonces, la celeridad con que Japón se recuperé de la segunda
crisis del petróleo devolvió a los demócratas-liberales parte de su anterior prestigio, dejando
malparados a los socialistas. Así, en 1980 el PDL ganó 284 escaños a costa principalmente de
Komeito y de los comunistas (beneficiándose, como se dijo, del voto de simpatía al fallecer
durante la campaña el primer ministro, Ohira). Bajó a 250 en las elecciones de 1983,
salvando la mayoría al atraerse a los independientes; pero con Nakasone en julio de 1987

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volvió a aplastar con la cifra triunfante de 300 escaños. En esa fecha, los socialistas
alcanzaron su nivel más bajo desde 1955, 86 escaños. Tan grande fue la confusión, que el
partido aposté ese mismo año por una mujer como nuevo líder: Doi Takako, la primera mujer
en estar al frente de un partido político en Japón.
Durante este periodo los primeros ministros eran hombres con un historial algo diferente
del de los mandatarios de los años cincuenta y sesenta. De los siete que ocuparon el cargo
desde mediados de 1972 a 1988, sólo Ohira Masayoshi puede ser clasificado como ex
burócrata. Los demás se habían dedicado casi siempre a la política. El PDL en efecto, estaba
produciendo su propia generación sucesora de líderes capaces de dominar a los altos
funcionarios o al menos de explotar en su provecho los desacuerdos entre los ministerios. El
partido estaba desarrollando también un secretariado competente para informar a sus
miembros de los temas políticos, así como un foro para discutirlos, el Consejo de
Investigaciones Políticas. El resultado fue un cambio en la balanza de poder en el centro, un
poco más lejos de la burocracia del gobierno y un poco más cerca de la Dieta y de los
demócratas-liberales.
También el papel de la empresa se iba haciendo diferente. Seguía aportando el dinero
que los políticos necesitaban: en las elecciones de 1972 se informé que los demócratas-
liberales pidieron al Keidanren siete billones y medio de yenes, una tercera parte de los cuales
sería distribuida entre los candidatos individuales en forma de subsidios. Por otro lado, para
los demócratas-liberales como partido, el depender demasiado del dinero de la empresa y de
la política de «máquina» conllevaba el riesgo de perder la simpatía popular. Esto se puso de
manifiesto en las últimas etapas de la carrera de Tanaka Kakuei. Tanaka había entrado en la
política después de 1945, habiendo ya acumulado su propia fortuna como contratista de
obras, y en los veinte años siguientes hizo gala de un don para recaudar fondos y una
habilidad para repartirlos que le permitieron agrupar en torno a sí a la facción mayor del
partido. Después de ocupar un número de cargos ministeriales apropiados —el de Finanzas y
el de Industria y Comercio Exterior— llegó a ser primer ministro en julio de 1972 sucediendo
a Sato. Por desgracia, no era el momento más propicio. La idea principal de su política —un
plan para redistribuir la industria japonesa por todo el archipiélago por medio de un mayor
gasto en transportes y telecomunicaciones— tuvo que ser abandonada por costosa en vísperas
de la crisis del petróleo. Después, la subida de los precios de consumo, motivada también por
el petróleo, debilité su popularidad entre los electores. En consecuencia, cuando un rotativo
de Tokio publicó en noviembre de 1874 información poniendo en duda su probidad en el
asunto de la recogida de fondos y finanzas, empezaron a escucharse voces pidiendo su
dimisión, voces que Tanaka no estaba en situación de desoír.
De todas formas, su dimisión no puso de ningún modo fin a su poder. El número de
miembros de su facción se elevó de 90 en 1974 a 105 en 1982, convirtiéndole en la persona
más influyente del partido. Su sucesor inmediato, Miki Takeo, elegido como «Don Manos
Limpias», era de una facción rival, pero dos de los siguientes primeros ministros fueron
protegidos suyos. Incluso después de ser detenido en julio de 1976 con nuevas acusaciones de
corrupción (esta vez por haber aceptado enormes sumas de dinero de la empresa Lockheed en
los años de su mandato a fin de influenciar la asignación de contratos japoneses de material
aeronáutico), Tanaka siguió trabajando en la Dieta mientras estaba en libertad provisional.
Dejó el PDL y se hizo independiente, pero no abandonó el control de su facción. Esta
anomalía se mantuvo en el centro de los debates políticos varios años, durante los cuales sus
amigos tuvieron que desbaratar intentos repetidos de que lo sacaron de la Cámara Baja; y,
aunque fue juzgado y declarado culpable por el asunto de la Lockheed, retuvo su escaño en
las elecciones que siguieron. Muchos altos miembros del PDL debieron haber sentido un

37
profundo alivio el día de febrero de 1985 en que una hemorragia cerebral lo retiré de la
política activa y de la vista del público.
A pesar de esto, no desapareció el tema de la recaudación de fondos en política,
especialmente en la política de los conservadores. En los meses finales de 1988, la prensa y la
televisión japonesa empezaron a dar cuenta de las donaciones políticas hechas por Cosmos,
una compañía subsidiaria de bienes raíces de la empresa Recruit, concretamente en forma de
acciones distribuidas a políticos y a otras personas a precios de oferta, para que pudieran ha-
cer ganancias cuantiosas cuando en una fecha determinada subieran sus acciones en la bolsa
de valores. Las primeras revelaciones involucraron al ministro de Finanzas, Miyazawa Kiichi
—que en noviembre de 1991 sería primer ministro—, y posiblemente también al entonces
anterior primer ministro, Nakasone. Takeshita Noboru, que había sucedido a éste, sacrificó a
Miyazawa en diciembre y después reorganizó su gabinete con el supuesto fin de eliminar a
los ministros afectados por el escándalo. Resulté, sin embargo, que el asunto tenía más
alcance del que él había creído. El nuevo ministro de Justicia, responsable de seguir el caso
contra Recruit, y el secretario-jefe del gabinete se vieron obligados a dimitir poco después.
Estaban también implicados varios funcionarios de alto rango. Se practicaron bastantes
detenciones, entre ellas las de algunos ejecutivos de empresas estatales. En esta fase se vio
amenazada la posición del mismo Takeshita, primero por haber fracasado en crear por
segunda vez un gabinete «honesto», y después porque resulté que también él había recibido
dinero de Cosmos. A fines de abril de 1989 anuncié su intención de dimitir, aunque no fue
hasta el 2 de junio cuando la Dieta eligió como sucesor suyo a su ministro de Exteriores, Uno
Sosuke. Este tan sólo duré dos meses en el cargo, al quedar involucrado en un escándalo
sexual y después ser tenido como responsable de los malos resultados del partido en las
elecciones a la Cámara Alta del mes de julio. A primeros del mes siguiente fue sustituido por
Kaifu Toshild, un ex ministro de Educación. Empezó a parecer como si los demócratas-
liberales tuvieron que cambiar de actitud, si querían seguir en el poder. Kaifu nombré a una
mujer como secretario-jefe del gabinete en un intento aparente de apaciguar al electorado
femenino, ofendido por las revelaciones públicas de las costumbres sexuales de altos
políticos. Nakasone, como había hecho Tanaka antes, se salió del PDL —aunque siguiendo en
control de su facción— entre indicaciones de que algunas de sus medidas más impopulares,
como la reducción de los subsidios agrícolas y la introducción del impuesto por consumo,
podrían ser abandonadas.
De forma consistente, Nakasone en sus relaciones internacionales había tratado de llamar
la atención más de lo que era habitual entre los primeros ministros japoneses de la postguerra.
Ya a principios de 1983, en su primer encuentro con el presidente norteamericano Ronald
Reagan, había establecido un acercamiento personal que en adelante iba a ser conocido con la
referencia familiar de «Ron y Yasu». Su actitud en el tema de la defensa era también abierta,
lo cual le iba a granjear amigos en Washington. Al cabo de una o dos semanas de ocupar el
cargo en 1982, indicó a la Dieta que no estaba preparado para considerar sacrosanto el límite
en los gastos de defensa fijado en el 1 por ciento del PNB; poco después, autorizó la exporta-
ción de tecnología de defensa, un paso repetidamente sugerido por Estados Unidos;
posteriormente, en un Libro Blanco sobre Defensa, aprobado por el gabinete en agosto de
1983, se contemplaba por primera vez la formación de una fuerza aérea y naval capaz de
hacer posible la política de los corredores marítimos de mil millas desde el litoral japonés;
finalmente, en el presupuesto para el año 1986 figuraba el aumento de los misiles y la mejora
cualitativa de otras armas. Se llegó a hablar incluso de revisar la Constitución para hacer legal
de forma inequívoca la Fuerza de Autodefensa; pero en la práctica no se hizo nada.
El interés de Nakasone en el sistema educativo, motivado en parte por su deseo de

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fortalecer los valores tradicionales, tenía también una dimensión internacional. En abril de
1984 estableció un Consejo de Educación con la misión de asesorar al primer ministro sobre
la forma de suprimir del sistema educativo los rasgos que parecían anticuados y la manera de
hacer de ese sistema un adecuado instrumento de preparación para las cualidades que Japón
necesitaría en su futuro trato con el mundo exterior. Este Consejo redactó unos informes en
junio de 1985 y en abril de 1986 recomendando una serie de reformas. Una era reducir la
rigidez de los exámenes de selectividad y los métodos docentes de colegios y universidades,
con la esperanza de que una mayor flexibilidad facilitaría la creatividad y una expresión
independiente de las ideas. El aprendizaje de memoria, en otras palabras, ya no sería
considerado la norma, en parte por considerársele negativo para la investigación. Otra
propuesta era dar a la juventud japonesa un mejor conocimiento de las culturas de otros
pueblos y un dominio más práctico de los idiomas. Al ser gran parte de todo esto polémico
para los demócratas-liberales —después de todo eran conservadores— Nakasone buscó
ayuda fuera de su partido. Utilizando más los departamentos especializados del secretariado
del primer ministro, además de grupos asesores en parte contratados de los servicios no
gubernamentales, Nakasone fue a veces capaz de evitar a la Dieta y la maquinaria burocrática
de rigor y de dirigirse directamente a la opinión pública. Este recurso no siempre le salió
bien; así, sus propuestas de reforma fiscal y educativa siguieron recibiendo bastante
oposición de expertos y políticos. Con todo y con eso, una mayor franqueza ayudé a ganar
votos. La resonante victoria del PDL en las elecciones de 1986 fue tan ampliamente atribuida
al mérito personal de Nakasone que el partido le reeligió un año más como su presidente, uno
más de lo permitido en teoría.
No sería prudente concluir que la política japonesa se estaba volviendo presidencialista
en el sentido norteamericano. Parecía, más bien, que Nakasone había sabido conectar con la
gente. Le ayudé el nuevo boom de la economía japonesa. También le ayudé el hecho de que
el obrero estaba ahora menos inclinado a votar por la izquierda que antes. En la ofensiva de la
primavera de 1986 para obtener alzas salariales, los trabajadores del metal (acero, au-
tomóviles, aparatos eléctricos, industria pesada en general), que siempre habían sido la punta
de lanza sindical del Partido Socialista, consiguieron una subida de menor porcentaje que la
del año anterior o que la de la mayoría de los demás trabajadores. En noviembre de 1987 se
formé una federación de sindicatos privados (Rengo), con bastante más de cinco millones de
miembros (lo que la hacía mayor que Sohyo) y sin afiliación política dedarada. Un Decreto
sobre la Igualdad en el Trabajo de mayo de 1985 había dado nuevos bríos a la contratación de
mujeres —en 1987 y 1987 formaban el 36 por ciento del total de la fuerza laboral—, las
cuales en general no se comprometían mucho con los sindicatos. Se daban, por lo tanto,
razones para aceptar la afirmación de Nakasone de que había sacado al Partido Demócrata
Liberal de un periodo de incertidumbre y había vuelto a fortalecerlo, no obstante el debilita-
miento provocado por los escándalos financieros del partido, que surgirían en los años de sus
inmediatos sucesores.
Uno deles factores que contribuyeron también al éxito de Nakasone fue un modesto
brote de nacionalismo o un sentido de identidad asiática. Durante cien años el conflicto entre
ser asiático y ser moderno —a la manera occidental— era un tema constante en la vida
japonesa. A primera vista casi todo lo ocurrido después de 1945 parecía robustecer la
tendencia a lo moderno. La democracia parlamentaria, el gobierno burocrático, la estructura
empresarial, los sindicatos, el sistema educativo en su fase de postguerra, todo tenía su origen
en una cultura que es europea y norteamericana. Igual pasaba con casi todos los aderezos de
la vida cotidiana: autobuses y trenes, grifos y neveras, la oficina y la fábrica, la televisión, el
periódico, el vestido, incluso la comida (excepto en ocasiones especiales). El gusto japonés
actual por la música pasa sobre todo por Beethoven, por el jazz o por algunos de sus

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sucesores occidentales.
En este aspecto los japoneses no se diferencian de otros pueblos no occidentales, si bien
su andadura ha sido más larga. A uno le queda por tanto la pregunta: ¿qué hay de la sociedad
japonesa, después de un siglo largo de modernización, que todavía merezca el calificativo de
«asiático»? Es tentador contestarla diciendo que muy poco. Los intelectuales y la juventud
del Japón de hoy—y, de hecho, la mayor parte de la población— han recibido una educación
que les ponen en términos tan familiares con Goethe, Shakespeare o Tolstoi como con
Murasaki Shibiku o Ibara Saikaku, o tal vez más. En cuanto a la política, si admiten tener un
credo, probablemente se trate de un conservadurismo a la occidental o de un marxismo que
sigue estando omnipresente aunque ya no sea tan universalmente ortodoxo como lo era a raíz
de la rendición en 1945. En 1978, cuando en un Libro Blanco se informaba de los resultados
de una encuesta en la que se comparaban las actitudes de los jóvenes de varías partes del
mundo acerca del trabajo, religión y servicio a la patria, las cifras de Japón en esos tres
epígrafes resultaron muy próximas a las de Gran Bretaña y Alemania Occidental y muy
alejadas de las de la India.
Pero falta aún algo por decir. Para un japonés, joven o viejo, el código «ético» sigue
siendo en gran parte confuciano. Incluso desde el fin del período de la ocupación en 1952, las
conversaciones sobre reforma educativa casi siempre han recogido referencias a restaurar sus
bases éticas expresadas en términos confucianos. Tampoco hay que ignorar la religión como
vínculo con la tradición, pese a que los sondeos de opinión realizados de 1958 a 1983 tienden
a indicar que sólo una cuarta o tercera parte de la población admite tener fe religiosa.
Dejando a un lado los festivales religiosos, a los cuales en general se asiste para pasar el día
en familia o en plan de celebración comunitaria, sigue siendo significativo que haya habido
desde la guerra un considerable desfile de movimientos religiosos nuevos, la mayor parte de
los cuales afirman poseer antecedentes tradicionales. Así y todo, Sokagakkai, el mayor y el
más famoso, procede de una secta budista; otros son sintoístas, al menos nominalmente, o
bien están centrados en prácticas semirreligiosas como el oráculo y la adivinación,
difícilmente encasillables en un cuerpo doctrinal. En los cursos de administración empresarial
no es raro ver incluidos aspectos del budismo zen. Compañías japonesas como Mitsubishi y
Hitachi tiene su kami: divinidades protectoras o santos patronos relacionados de alguna
manera con su fundador o con el lugar de origen de la compañía.
De cualquier forma que esto pueda explicarse o categorizarse, no se trata de algo
evidentemente «moderno», a no ser que otras sociedades modernas manifestaran fenómenos
parecidos. Ciertamente no es algo occidental. Por otra parte, quizá no sea sensato llamarlo
«asiático». Como se dijo en el primer capítulo de este libro, gran parte de la tradición
japonesa remonta sus orígenes a culturas de fuera de Japón, pero los elementos de éstas
habían quedado tan completamente asimilados con el paso de los siglos que habían llegado a
ser de hecho japonesas. En este sentido, es en el marco de una cultura nacional, y no en el de
una identidad asiática definida autoconscientemente, en el que pueden situarse las señales
más recientes de una vuelta al pasado. Ha habido una variedad de síntomas al respecto en los
años setenta y ochenta. En 1972 se creó la Fundación Japón para promover en el extranjero el
conocimiento de la lengua y de la cultura japonesas. La diplomacia japonesa tiene como
norma establecer intercambios culturales, pese a críticas dentro de Japón por no hacer lo
suficiente. Los primeros ministros, empezando por Miki Takeo en 1975, han reanudado la
costumbre de visitar el santuario de Yasukuni consagrado a los caídos por el país (aunque
generalmente han alegado que se trataba de visitas «de carácter privado»). Incluso Ohira
Masayoshi, que era cristiano, creyó apropiado como primer ministro el realizar una visita de
Año Nuevo a los santuarios sintoístas de Ise. Además, el Ministerio de Educación ha utilizado

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en varias ocasiones su potestad de dar licencia a los libros de texto escolares para suavizar
algunas de las más duras afirmaciones sobre la expansión militar japonesa entre 1931 y 1945.
En 1982 y 1986 esto desencadené una disputa internacional, con vigorosas protestas de Seúl
y Pekín. También protestaron los eruditos japoneses, pero es significativo que el principal
punto de las críticas de éstos, a diferencia de las que venían del extranjero, era contra el he-
cho de la censura y no tanto contra la sustancia de lo que se modificaba.
A partir del periodo Meiji, el foco del nacionalismo japonés ha estado en la Casa
Imperial, por lo menos hasta que ocurrió la derrota de 1945. En cambio, en los años de la
postguerra se decidió como artículo de sensatez convencional que el emperador tuviera un
papel más centrado en la cultura que en la política, de forma que cualquier residuo de
sentimientos políticos ligados a su figura había que encontrarlos principalmente entre la gente
mayor. Pero cuando en octubre de 1988 Hirohito cayó gravemente enfermo y su muerte podía
sobrevenir en cualquier momento, las reacciones en Japón, como informó la prensa y la
televisión, revelaron que la preocupación de la gente era más general de lo que aquella
sensatez convencional hubiera permitido suponer. Cuando falleció el 7 de enero ocurrió otro
tanto. Quizá la razón estaba simplemente en que al haber reinado tanto tiempo, la gente de
todo el país, insegura de cómo comportarse en una circunstancia nueva, juzgó que para
expresar su aflicción sería mejor pecar de mucho que de poco; pero también pudo ser debido
a que, de repente, al pueblo japonés se le recordó que la institución imperial era algo que les
unía al pasado, una suerte de defensa contra el desarraigo. El funeral del emperador, que se
celebré el 24 de febrero, no fue ciertamente sólo una ocasión de Estado que congregó a los
líderes del mundo, sino una ocasión nacional en la que los japonesas desplegaron su sentido
de unidad y de identidad. No es de ninguna forma imposible, por lo tanto, que el reinado de
Akihito vea un Japón más seguro de sí mismo, un Japón que intente edificar sobre esos dos
cimientos sin olvidar su posición en el mundo.

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