Gomina y pelo suelto

Gustavo Varela Ezeiza, septiembre de 2013

Hay una historia vivida y una historia leída. La distancia entre una y otra es grande. La primera se compone de anécdotas, de impresiones, de una moral personal que es siempre de coyuntura, relativa a la edad, a las clausuras personales, es situación pura sin distancia, a nivel del mar. La historia leída se afinca en el presente, reconoce los posibles y los puntos ciegos del pasado, es de altura y de montaña, más del águila que de la hormiga. Cuando la historia vivida y la historia leída se juntan, la verdad del pasado aparece con toda su dimensión moralizante: reconocerse allí adentro, verse allí adentro, juzgar en nombre de una experiencia íntima que se supone más cierta que aquello que se reconstruye. Voluntad de identidad, de propiedad del pasado; voluntad de uniformidad para lo que es heterogéneo y múltiple. Personalmente, la lectura de este libro, el tema del que trata el libro, me llevó a enjuagarme la cabeza para sacar el fijador. Gomina y pelo suelto, de eso quiero hablar. Gomina Vi a los Redondos una sola vez, en Casa Suiza, posiblemente en 1987. Pasaron más de veinticinco años. Tengo un recuerdo difuso. Fui con un amigo de esa época, Daniel Souto. Estudiábamos filosofía en el profesorado. Era el alfonsinaso. Tremendo. Por primera vez se abría la importación directa de Bolivia, sin aranceles. Todo sin cortes. Lo que sí se cortó fue el faso, marketing coquero y política de estado, sin dudas. El gordo Daniel era unos años más grande que yo. En una disquería de Pacífico compró un disco de los redondos. Me dijo que la tapa estaba pintada a mano. Mientras, Soda y Paéz copaban la parada; en paralelo, el Partido Intransigente y la infinita línea psicobolche con todas sus mutaciones (setentistas rezagados, Joan Manuel Serrat, descubridores del fin de la historia, oyentes de Calamaro, maestros de La Matanza con ginebra, egresados del cine club, católicos devenidos en devotos ateos y judíos religiosamente críticos de su religión). O sea, pollo con papas, como siempre, humanismo a mansalva y un gesto de comprensión para todo. Había un afuera de aquella planicie, una línea que venía de atrás, de tránsito directo. En la música, la cara visible era Sumo. Cemento reventaba de todo lo que había a la mano. Era la continuación del Café Einstein, de Córdoba y Pueyrredón, en el primer piso, cerrado por un edicto de moralidad policial en 1984. Un encastre a repetición, la policía federal y los gobiernos radicales.
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Yo sabía algo de los redondos porque ellos venían de la Cofradía de la flor solar. Había un disco de la cofradía y el rumor de una película hecha en LSD. Lo confirmé en el año 84, en la cola para ingresar al penal de Devoto. Iba una vez por semana. En la cola estaba “el doce”. Él me contó de la Cofradía, de los Redondos y que él era el que hacía los buñuelos. Iba a ver a un tipo con el que había compartido la celda. Era su novio, me dijo. ¿Sos puto?, le pregunté. No, me enamoré de un hombre. Vivía cerca de La Plata. Había estado en cana porque reventó una tarjeta de crédito afanada durante cuatro meses. Hasta que lo pescaron y lo metieron adentro. Ahí conoció a su novio, preso porque quiso afanar un banco para comprarse un teatro. Un sábado había quilombo en la cárcel y no nos dejaron entrar. Lo llevé hasta la plaza Once para tomarse el micro. Me invitó a su casa. Nos tomamos unos sellos y nos vemos la película, me dijo. Yo no fui. Un día trajo los buñuelos de ricota para su novio. Me convidó uno y me dijo que a su novio lo largaban. Lo seguí viendo en Sasid, una institución que luchaba por los presos sociales. Hasta que el rancho ahí se pudrió mal y no fui más. Años después, en un colectivo de la línea 12, me enteré que lo habían cocido a cuchillazos en su casa de Claypole. En los 80 el rocanrol no tenía cabida. Con la música nacional de los milicos en la guerra de Malvinas, lo que se escuchaba eran canciones. Y así quedó. El retorno a la democracia trajo más azúcar en la música y letras con conciencia social. La Torre y su Sólo quiero rocanrol, era apenas un simulacro, las piernas de Patricia Sosa y una fiesta plástica con bozal y distancia. El rocanrol era música, sí, pero también Rimbaud, Salinger, los poemas de Alen Ginsberg, Peter Fonda en Busco mi destino, las películas de Brian de Palma o de Walter Hill, William Burrougs, La naranja mecánica. Una ciudad errante llena de marcas. Antihippismo y estimulantes. No sólo un sonido sino la experiencia de un mundo más amplio, de desplazamiento con riesgo, cero ideológico, sin doctrina pero con algunos carteles en la ruta. Ser del palo era estar por ahí. Los redondos, creo, entraron por esa puerta. Pelo suelto Este libro que presentamos hoy no es un libro sobre la historia de una banda de rock. El signo de ello es que no tiene ni adjetivos calificativos ni una voluntad de ensalzamiento revelador. Es un libro de economía política. Habla de un ciclo económico que va de 1976 hasta el 2001, de los efectos políticos de ese ciclo y allí, en la capa de la dictadura y en la capa de la pos dictadura, una rajadura, una grieta con nombre y sin cara precisa: Patricio Rey. Agujeros sobre la piel de la historia. De inmediato se anuncia que el método es pasional, geológico y bailador. Es decir, definido por lo que excede, por la excavación y por el movimiento del cuerpo. Y dice que no está pensado y escrito
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como efecto de la introspección de uno sino por el encuentro de varios. El método y la autoría colectiva definen un plano contra ensayístico: ni objetividad ni ostentación de nombre. Más que una aclaración, una advertencia indirecta de todo lo que no hay que esperar de este libro. A la vez, la apertura para transitar por ciertos bordes que, en una lectura moralizante, podrían resultar inconvenientes. El libro toma a su cargo toda la experiencia ricotera sin eludir ninguna arista: ni el desborde callejero en los recitales, ni la ambivalencia de las piñas o el meo incomprensible de un sacado, ni el Solari cortesano de la reina Cristina. La pasión no es subordinación amorosa, las capas geológicas no son uniformes y el baile no es propiedad de uno solo, se llame como se llame. ¿Quién es Patricio Rey? Es la designación para una experiencia ética. Es decir, política, comprendida ésta como contagio, roce, movimiento, éxodo, multitud, transindividual, cladestinidad, nunca cerrado, disidencia, heterogéneo, itinerante, potencia autogestiva, multiplicación. Son conceptos cauce para el río ricotero. Por allí transita este libro, los redondos vistos más allá de sus individualidades, de contarlos de uno; es el despliegue de lo que emerge como una potencia de la época, que a la vez que raja la época, la trasciende. Un doble sentido para el concepto “raje”: como desplazamiento (de la multitud ricotera, de la fiesta por las ciudades, de la clandestinidad, siempre en fuga); y como rajadura, un martillo que golpea desde afuera de la época y agrieta, fisura y al fin agujerea. Dice el texto: “Posición rajante porque los Redondos no pertenecen a sus épocas; ejercen una presencia situada, concreta, pero tan radical que hunden la obviedad contextual, agujereando cada presente por la espalda”. Repito: “no pertenecen a sus épocas”. O sea, los redondos transhistoria y los redondos historia, lo que se mueve por encima agujereando y lo que sucede, trascendentalidad e inmanencia. Hay una tensión solapada en el libro que por momentos parece componerse en un mismo lugar y en otros marcar esta diferencia , la de no confundir a Patricio Rey con la historia y situarlo por fuera: Patricio no tiene encarnación, “Toca el Indio y lo usamos para festejar a Patricio Rey. Nunca los redondos se confunden con el Rey”. Y a la vez por dentro: el libro transita por la historia política argentina, sí, la dictadura, el alfonsinismo y la pos dictadura menemista, esto es economía de mercado y vida boba que se extiende hasta el final de la Alianza. 2001 es un corte histórico. Afuera nuevamente: Patricio Rey es condición en “clave trascedental”, es “ejemplo”, es “virtualmente disponible” siempre. Alarma: el riesgo de una metafísica política está a la mano. Creo que este es el nudo del libro y la razón de su escritura. Un doble acceso: situar a los Redondos en la historia y a la vez desplazarlo por fuera de ella. Es decir, afincamiento político en la historia argentina y a la vez, dimensión política de su potencia trans.

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La historia es discontinuidad; eso quiere decir que no hay nada, absolutamente nada, que no le ocurra nacer y morir: nace y muere dios, nace y muere una ciudad, un estado, una constitución; nacen y mueren las ideas, los movimientos políticos, las identidades, los estilos musicales y el pueblo. Las rajaduras de la historia son elocuentes, hay fragmentos con pretensiones de universalidad que anuncian un para siempre, que más tarde o más temprano perece. A la vez, cada uno de esos fragmentos de la historia vuelve al presente, ya no como herencia, sino como la exudación de un cuerpo vivo. ¿Qué hacemos con el pasado? ¿Dónde lo situamos cuando algo de ese pasado nos sigue convocando? Estas preguntas están formuladas aquí respecto de los redondos. Si transpiramos en el presente gotas redondas, ¿qué hacemos con ellas? El cauce que eligen los Perros Sapiens no es ni ideológico ni doctrinario. No proponen ni un revisionismo histórico con el fin de revelar una verdad falsificada, ni una serie de principios dogmáticos a seguir. Por ello se resisten a poner las gotas en un frasco, llevarlas a un museo y que sirvan para ser admiradas como un monumento. Tampoco a dejar que las gotas se diseminen de cualquier modo y sirvan para musicalizar la llegada de la Fragata Libertad. La muerte histórica de los redondos habilita una realeza, la de Patricio Rey, que no es contenido sino condición de posibilidad. El lenguaje resulta angosto para definir esta condición. Angosto y ambiguo porque se trata de decirlo en un libro, abrir con palabras un plano que es una experiencia vital de los cuerpos y no el recodo de una conciencia devoradora de verdades. Las palabras hechas conceptos no ahorran en riesgos de sentido y exigen su encarnadura: lo clandestino no es en sí mismo una afirmación; un amor clandestino puede ser la referencia oculta de una cobardía. Lo heterogéneo, lo móvil, el desplazamiento no es potencia sino en relación a la historia que habita. Un problema de nuestra época: una ontología vencida y la necesidad de decir, de componer, de pensar sin quedar atrapados en ladridos de cementerio. Este libro corre el riesgo de afirmar, eso es lo que personalmente más me gusta. Que no hace una exégesis, tan habitual en nuestra época huérfana, de hablar de todo lo que no es. Arriesgan y dicen qué. Se sustraen de esas expresiones que, con pretensión de inteligencia aguda, hablan del presente a partir de sus pérdidas, de lo que ya no funciona, de lo que no sirve como explicación, de lo que se espera y no sucede porque la época es otra. No son mártires de una ontología vencida, ni gurúes del vacío, ni escriben un manifiesto de imposibilidades. Afirman positivamente un mundo redondo en el que se conjugan, en el que absorben la historia y la hacen actual.

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Los perros sapiens transpiran así en este presente: apuesta al devenir, tomarse en serio y a fondo el propio viaje, toda intensidad se funda acá, encuentro exento de aspiraciones de ascenso. Eso es Patricio Rey en el presente, redondos sin aristas, que se rozan y que producen chispas. Busqué como loco la receta de los redonditos de ricota y no la encontré. No está, nadie la conoce. Busqué el libro de recetas de Patricia Rey para regalárselo a estos Perros Sapiens y nada, no existe. Rastré en revistas de cocina que eran de mi madre, de los años ´70 y tampoco. Tendría que haberle preguntado la receta a Edgardo, el doce, aquel día que me convidó uno de los redonditos de ricota en Devoto. Pero no lo hice. Lo único que me acuerdo es que eran dulces.

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